miércoles, 29 de marzo de 2017

Cita a ciegas

Estaba esperando que algún empleado le atendiera, había bastantes clientes y el trabajo se había retrasado por una pequeña avería en la cocina. Hacía unos minutos el maître le había comunicado que se tardarían en tomarle su orden, pero que tenía a su servicio el bar y la bebida que pidiera sería por cortesía de la casa. Se decidió por un vino tinto y miró sin interés la carta. Por lo regular, elegía la carne, pero esta vez se le despertó la curiosidad por los mariscos y el pescado. Vio que los ingredientes y elaboración del filete al ajillo no estaban nada mal. La espera se había alargado mucho, ya no había nada más que ver en el menú y le habían servido ya, dos copas. Cogió el libro que tenía sobre la mesa y le echó una ojeada. Se lo había comprado, al pasar por la librería que le quedaba de paso, porque había visto un remate anunciado en el escaparate. Se acercó a curiosear entre el bulto de libros y se encontró una novela breve que le habían recomendado hacía mucho tiempo, pero que, por razones tontas o infundadas, no la había leído. Esta vez el ejemplar saltó de inmediato delante de él, como si lo hubiera estado buscando durante mucho tiempo. Al abrirlo escuchó las casi desvanecidas palabras de Mauricio:

 “Lee ese libro, Raúl, te va a encantar. Cambiará sin duda tu forma de ver la vida y el amor. Está muy lejos de ser un recetario, pero le ayuda a uno a orientarse en ese laberinto de emociones que surge cuando salimos con una mujer”.

Por haber relacionado el título con un libro erótico, no lo buscó nunca y postergó su compra. Nadie tuvo el atino de regalárselo en un cumpleaños y él lo evitó por completo. El escrito no contenía más de ciento cincuenta páginas, la letra era más grande de lo habitual, por lo que la lectura se hacía rápida y amena. Estaba presentado como un cuento infantil, pero sin dibujos.  El autor había puesto su seudónimo, pero Raúl sabía por Mauricio que se llamaba Charles Chrome y no Charlomé como estaba escrito en el empastado con letras góticas doradas. Leyó algunos pasajes al azar, sacó el dinero de su bolsillo y se fue a la caja, miró el reloj y el rugido de sus tripas le indicó que era la hora de almorzar. Era sábado, por eso se lo tomó con calma y caminó hasta el restaurante donde acostumbraba ir para matar un poco el tiempo. No tenía compromisos, estaba solo, tenía un buen empleo y disfrutaba de la vida complementándola con actividades interesantes de ocio.
Miró el empastado blanco, abrió la quinta página y comenzó a leer.

“Una mujer llega a su cita, lleva retraso y está un poco agitada. Entra buscando a alguien. Se le acerca un camarero para conducirla a una mesa, pero ella señala un sitio y es conducida hasta ahí. Recibe el menú, le ofrecen una bebida por cortesía de la casa, se niega al vino y pide un mojito, pero sin alcohol. El camarero trata de ocultar su sonrisa bajo el espeso bigote, pero sus dientes lo delatan. Trae la bebida bastante rápido. Ella respira con más calma y su rostro atractivo empieza a recobrar el color, sólo sus mejillas siguen coloradas. Su maquillaje es muy discreto. Va bien arreglada, su vestido olivo es entallado, con un escote triangular y mangas cortas, lleva un medallón, es una piedra glauca que hace juego con sus ojos. Sus movimientos son delicados, aunque sus manos se ven fuertes, es muy esbelta del tronco y sus caderas abundantes. Éstas, por cierto, han llamado la atención de los hombres que la han visto entrar. Ella finge concentrarse en lo que ofrece el menú, lleva el pelo recogido y le cuelgan dos caireles.  Su cara es redonda y su nariz respingona, tiene…

Raúl se da cuenta de que su copa está llena otra vez. Ve la cara poco familiar del camarero, se da cuenta de que es nuevo y le pide una ensalada de verduras para empezar. El sonido de los cubiertos y el tañer de los platos anuncian que se ha reparado el desperfecto en la cocina.  Cae una pequeña lluvia metálica, es la loza que recibe los golpes de los cubiertos. La música ambiental pasa a segundo plano y su puesto lo ocupan los chasquidos y el balbuceo. Coge de nuevo el libro.

…la mirada felina.  Se viste sin lujo y extravagancias, se le nota en los movimientos poco refinamiento, pero nadie la recriminaría por eso. Ha pasado un cuarto de hora y la persona a la que espera no llega. Tal vez ésta ya se encuentre entre los presentes—se dice bajando los ojos—. Pone en la mesa una hoja que ha sacado de su pequeño bolso y lee con atención como si estuviera recordando un poema que deberá recitar después. Lo guarda y respira con fuerza…

Raúl se distrae porque aparece ante él un gran plato con un filete al ajillo que huele muy bien. Corta un trozo pequeño y lo mastica con calma. Le gusta el picor de la pimienta mezclado con el ajo. Ve la superficie del trozo de la merluza y sonríe. Piensa que hacía tiempo tenía que haber probado ese plato. ¿Cuántas cosas había pospuesto en su vida?

…Tiene la mirada baja. Frunce el ceño al mirar el reloj y da un pequeño brinco, levanta la cabeza y mira alrededor, algunos curiosos se quedan inmóviles. Ella se fija en un hombre que está sentado cerca. Su rostro alterna las expresiones de duda y enfado. Se ríe de nervios, sus pensamientos la incomodan. El hombre pone atención en ella, se levanta y va hacia su mesa…

Raúl deja la lectura, busca una servilleta para limpiarse el aceite de los labios, pero no la encuentra—sería un despiste del camarero —se dice mirando hacia la cocina—. Le hace una señal con la mano al joven, que ya se ha dado cuenta del problema, y se acerca a corregir su despiste. Raúl le muestra el chorrito de aceite en su barbilla y recibe una servilleta con el bordado del establecimiento.

…—¿Es usted Elena?
—Sí—contesta un poco enfadada—. Y ¿usted Daniel?
—Sí. Encantado—extiende la mano y espera a que ella le ofrezca la suya, pero no lo hace—. Perdone mi distracción, estaba seguro de que usted me había dicho que vendría con un vestido azul.
—Sí, así se lo había dicho, pero no me fío de los desconocidos.
—Entonces… ¿por qué está aquí?
—Ya lo sabe. Usted ha despertado mi curiosidad, sin embargo, no quería bajar la guardia por lo que me dijo por teléfono. Además, usted no lleva gafas.
—Es que, por desgracia, se me han roto— Daniel saca unas gafas de su bolsillo y las agita en el aire con actitud de niño, ella se ríe.
—¿Lo ve? Usted es un mentiroso.
—No tanto como usted, por lo menos yo me he vestido como le dije.

Raúl cierra el libro y llama al camarero. Pide un flan y un café. Mentalmente se imagina la escena que acaba de leer y le parece absurda, irreal y nada original. Por qué le habría recomendado Mauricio un libro tan tonto. Por quién lo había tomado. Sabía perfectamente que odiaba las novelitas románticas y que tenía un sentido común muy práctico. Miró el flan y sintió un cosquilleo que le llenó la boca de saliva. Le empezaron a surgir ideas, se encaminó por la senda de su experiencia en literatura y su hábito de componer y criticar todo lo que le parecía inadecuado lo llevó a imaginar la escena de Daniel y Elena de otra forma.

—Pero a fin de cuentas sus engaños han comenzado desde que se confundió de número de teléfono, como dice que le sucedió. ¿No son acaso patrañas?
—He de confesarle, querida Elena, que me tomé el atrevimiento de pedirle a su amiga Cristina su número. Luego he tenido que inventar una infinidad de trucos para traerla hasta aquí.
—Como eso de mis documentos extraviados, ¿no?
—Sí, es verdad, pero tome en cuenta que estoy enamorado de usted.
—¡Qué impertinencia la suya! ¿Está loco?
—No, no estoy loco, estoy perdidamente enamorado.
—¿Se da cuenta de lo que dice? Mire, estoy comprometida y no me interesa usted en absoluto.
—Ve, ¿lo ve usted? Es una mentirosa. Estoy al tanto de su vida y su estado sentimental.
—Le pido, por favor, que me dé mis documentos y se vaya por donde vino.
—Elena, me obliga usted a abrirle mi corazón. ¡Quiero casarme con usted! !¿Lo oye?!
En ese momento Elena se levanta y se dispone a marcharse, pero Daniel la coge por el brazo y le pide que se siente. Ella está refunfuñando, obedece, pareciera que echa humo por la nariz, aunque se nota a leguas que todo es pura actuación.
—¿Qué tipo de bicho es usted?
—No soy un bicho raro, sólo estoy enamorado. Ya no puedo vivir sin usted. Desde que la vi no puedo pensar en otra cosa.
—Pues, búsquese otra en quien pensar. A mí no me interesa lo que le pase a usted.

Raúl sintió que le echaban un balde de agua fría en la cara, una ofensa como la que estaba soportando era lo último que le podía hacer Mauricio. Se levantó con el libro en la mano y se dirigió al servicio, tenía la intención de echarlo a la basura. Abrió la pesada puerta de madera, entró y se encontró con su propia imagen reflejada, buscó la papelera y cuando iba a tirar la novela oyó una voz. Buscó, girando la cabeza, pero no había nadie. La voz era un poco femenina. “No lo tires, te arrepentirás después”. Por qué habría de arrepentirme—dijo Raúl mirándose en el espejo—. “Porque tú jamás te habrías atrevido a hacer lo que hizo Daniel para conquistar a una mujer”. Tampoco es la gran cosa. Me vas a disculpar, pero es ridícula la conducta de ese tipo y, por otro lado, a mí qué. Yo no tengo la necesidad de seguir y engañar a las mujeres. Bien lo sabes. “Y ¿No crees que ahí está precisamente el problema? En tu lugar, yo seguiría leyendo. Tal vez descubras cosas de ti. Ya te lo dijo Mauricio…”. Salió con las manos un poco húmedas y el libro en el sobaco. Se sentó y miró a su alrededor. Reconoció a algunas personas que como él, iban a comer ahí los fines de semana. Quería salir y dejar su lectura para ocuparse de otra cosa, pero su conversación del cuarto de aseo lo obligó a seguir con la historia.

—¿No ha sentido amor alguna vez?
—¿Amor? ¿Existe, en realidad? Para que lo sepa, siempre que he sentido amor he sido traicionada.
—Tal vez, y discúlpeme por la sinceridad, usted no sepa qué es el amor.
—Ah, ¿no? Y ¿quién demonios lo sabe? ¿Me lo podría decir?
—Sí. Mire, el amor tiene diferentes fases y edades. Hay materno, paterno, fraternal, espiritual y carnal. Usted le da importancia sólo al último, por eso siente que la traicionan y lo único que ha pasado es que no ha encontrado al hombre adecuado.
—¿Se cree muy listo? Eso que usted dice no tiene fundamentos y los hombres ni siquiera se cuestionan cosas como las que me acaba de decir. Todos quieren sexo y podrían follarse hasta a una escoba con faldas.
—Tal vez tenga usted razón. No la voy a contradecir, pero si lo hacen es porque no se han detenido a pensar en el amor de forma más seria. ¿Me entiende?
—Claro que me doy cuenta de todo. Su estrategia es la peor de todas. Si cree que con eso me va a convencer, está muy equivocado.
—Yo no quiero convencerla. Quiero amarla.
—¡Qué estupideces dice usted!

Raúl esta vez ya no cerró el libro y sólo levantó la vista para ver qué era lo que sucedía a su alrededor, pues alguien estaba gritando y no lo dejaba concentrarse en sus pensamientos. Por alguna razón, las palabras de Daniel lo habían cuestionado, a través de la voz afeminada que había escuchado en el baño, porque él nunca había pensado que el amor se pudiera definir. Sabía que ese sentimiento tenía características, pero si se lo hubieran pedido, lo habría planteado de otra forma muy diferente. Resonó de nuevo la voz femenina, pero ahora con una pregunta. “Y ¿tú? ¿alguna vez has tratado de entender a las mujeres desde ese punto de vista?”. ¿Desde cuál? —preguntó Raúl en voz muy baja—. “Pues interpretando las actitudes, diferenciando los actos fraternales o maternales de una relación amorosa. ¿Lo ves? Eres demasiado práctico y tu razonamiento sirve nada más para resolver los problemas de la oficina, pero no los del matrimonio. Debes ir adelante en el pensamiento. Las cosas no son sólo lo que ves en el instante, encierran cosas y harías bien en prever las consecuencias de tus actos. ¿Te acuerdas de las causas de tu divorcio?”. Ya no quiso seguir oyendo la voz de su conciencia porque le traía malos recuerdos.

—Elena, si usted quisiera podríamos casarnos y vivir felices.
—¿Felices? ¿Cómo puede estar tan seguro?
—Pues, porque estoy capacitado para amar.
—¡¿Capacitado para amar?! Escuche, he oído estupideces grandísimas en mi vida, pero ninguna como esta. Seguro que usted es un anormal.
—Sí, tal vez, pero hablo con fundamento. Si le digo que estoy capacitado para amar, es porque realmente es así. Le voy a decir por qué. En primer lugar, usted sabe que si una persona no se ama a sí misma, sin llegar al egoísmo, claro; es incapaz de amar a los demás. Para lograrlo hay que tener mucha empatía, es decir, meterse en el pellejo del otro y entenderlo. Después, está el principio fundamental de no hacerle al otro lo que no se quiere que le hagan a uno. Eso es el respeto, parte fundamental del amor. Luego, viene algo importante que es conocer a la otra persona. Quién no conoce nada, no ama nada. ¿Sabe que sólo se puede sentir algo por una persona, si se le entiende y se le tolera?
—Bueno, ¡ya está bien! ¿Ha venido a darme mis papeles o a echarme un sermón?

De pronto, Raúl, recordó que jamás se había preocupado por resolver sus problemas internos y había buscado culpar a las mujeres con las que había vivido. También, le había importado muy poco lo que ellas lloraran por causa de su infidelidad e inestabilidad emocional. Era cierto que su atractivo le ayudaba a seducirlas, pero luego tenía una conducta infantil culpándolas de las contrariedades de la vida en pareja. Estuvo atento por si la voz afeminada le decía algo, pero esta vez el silencio no fue quebrantado ni siquiera por los ruidosos vecinos que habían armado una camorra. Estuvo repasando algunos pasajes de su vida y llegó a la conclusión de que, efectivamente, había cometido una gran cantidad de errores al centrarse sólo en sí mismo sin importarle los demás. Descubrió que no sólo no había sido frío con las mujeres, sino que, a sus padres, sobre todo a su madre, les había hecho la vida imposible con sus exigencias y críticas. Vio el rostro de Rosa, su ex mujer, implorándole que recapacitara, que pensara en los años que habían disfrutado juntos. A él no le importó y se fue. No sintió mucho remordimiento. El estómago se le contrajo un poco. Llamó al chico que lo atendía y le pidió un cigarro y una copa de coñac.

—No lo va a creer, pero es una declaración. Le asombrará que le diga todo esto, pero creo que es mejor que engañarla e ilusionarla para que haga castillos en el aire.
—No me importa lo que haga o diga. Entrégueme mis papeles y váyase.
—No lo haré hasta que no me dé el sí.
—¡¿Qué?! ¿Cree que una mujer se va a casar con el primer pelele que encuentre en un café? Está mal de la cabeza.
—Sí, eso lo sé a la perfección, pero si no se casa conmigo no la dejaré en paz.
—Pero, ¿qué no sabe que el matrimonio es una cosa seria y que hay que estar muy enamorado para cometer esa locura?
—Pues, yo lo estoy.
—Pues, yo no. Usted no me atrae lo más mínimo.
—Eso, tampoco es problema. Se supone que las mujeres no buscan la belleza en los hombres. Lo que necesitan es tener seguridad y eso, sí que se lo puedo proporcionar.
—¿Seguridad? ¿Qué tipo de seguridad?
—Pues, la que usted quiera o necesite. Sentimental, económica u otra.
—¿Se está burlando de mí? Yo no necesito nada de usted.
—Elena, ya sé que todo esto es muy raro para usted, pero si se pregunta por qué las mujeres engañan a los hombres se dará cuenta de que tengo la razón.
—No, Daniel, está equivocado. Una mujer engaña a su marido porque deja de amarlo. Nada más simple. No hay amor, no hay cama y se acabó.

Un recuerdo amargo entristeció la cara de Raúl. Llevaba tres copas de coñac y su cigarro seguía intacto echado en el cenicero. La causa del disgusto era Laura que le había puesto los cuernos con uno de los compañeros de la oficina. Le pareció recordar algunos avisos que le habían llegado a través de Mauricio, pero no los tomó en cuenta por su soberbia. Ahora, sabía por ese maldito libro que la razón era muy simple. Él había dejado de proporcionarle seguridad a Laura y ella lo dejó de amar. No fue un engaño, fue un rompimiento que se convirtió en rutina y, al final, no pudo mantener la consistencia por causa del agudo filo que cortó para siempre su relación. Pidió otra copa y se la bebió haciendo grandes pausas. Tenía la mirada perdida, estaba reviviendo su pasado para analizarlo. La voz femenina esperaba paciente para saltar después sobre él.

—Con eso me da la razón, querida Elena. ¿Sabe que una mujer deja de amar a su pareja cuando ya no hay seguridad? Eso, eso que dice usted de forma tan clara, es por causa de la pérdida de seguridad en la pareja.
—Pues, como sea. A mí me tiene sin cuidado su rollo patatero.
—Creo que es el momento adecuado para abrirle mi corazón.
—Ah, y ¿antes era solo bla bla bla?
—No, Elena, le quiero confesar cosas. Primero, le confieso que he tenido varias relaciones. Todas han terminado mal y las causas han sido mi ignorancia y mi falta de paciencia. En segundo lugar, he aprendido a través de mi experiencia y el estudio de la naturaleza del ser humano y, por último, sé que a una mujer como usted le podría dar toda la seguridad del mundo.
—Mire, Daniel, creo que ya hemos perdido demasiado tiempo y sería mejor que lo dejáramos aquí.
Daniel se acercó un poco a ella, la miró con atención y le cogió la mano. La primera reacción fue separarla de inmediato, pero él se la apretó.
—Sé que ha tenido algunas decepciones y que ahora mismo prefiere no relacionarse con ningún hombre, pero si me diera una sola oportunidad se daría cuenta de que podemos vivir juntos.
—No necesito nada. Me voy.
—Sí lo hace no lo solucionará. Sé que en cuanto recapacite comenzará a darle vueltas a lo que le he dicho y después volveremos a comenzar desde cero. Ya se lo he dicho. Estoy dispuesto a todo por unirme a usted y déjeme tutearla, de una vez por todas, ¡caray!
Elena bajó la mirada. Estaba tratando de decidir su futuro. Daniel no era el hombre con quien había soñado, pero era bastante inteligente y le había dicho lo que nadie le había planteado nunca.
—Está bien, Daniel, le doy… es decir, te doy una oportunidad, pero has de saber que soy demasiado exigente y si fallas en algo, se acabó.

Raúl no podía creer que una historieta tan barata como la que tenía en las manos le tocara los sitios más delicados de su corazón. El libraco tenía la virtud de despertarle sus peores decepciones amorosas, las cuales ya creía olvidadas. No se había imaginado mucho a los personajes porque había pocas descripciones físicas de ellos, pero tenía claro que Elena era guapa y sencilla, con un código moral estricto. Daniel sólo inteligente y feo. Sintió una pequeña derrota porque él siempre se había apoyado en su atractivo para conquistar a las mujeres, en cambio este hombre entraba al corazón de las mujeres directamente con su conversación. Se imaginó las escenas siguientes y fue leyendo rápido los diálogos, le interesaba mucho la actitud de Elena. La empezó a comparar con Rosa. Cuando adivinaba sus reacciones o sus preguntas y respuestas, se reía satisfecho y, cuando fallaba, la vocecita femenina le hacía zumbar los oídos. Se dio cuenta de que la cuenta llevaba bastante tiempo en la mesa y que muchas personas se habían ido. Era una hora muerta en la que las mesas se vaciaban antes de recibir el torrente de visitantes que se daban cita por la noche en ese sitio. Sacó el dinero y lo dejó dentro del porta cuentas, luego fue leyendo en diagonal las páginas y se preparó para irse a su casa. Por curiosidad, vio la última página y descubrió que su predicción era errónea, hizo un gesto de decepción al ver la sonrisa de su conciencia y salió cabizbajo. 

En la calle fue dando pasos muy cortos y decidió vagar un rato. Tenía la cabeza embotada, ya iba un poco borracho. Le pareció haber encontrado una solución a sus problemas y la vocecita femenina que le había desagradado durante su estancia en el restaurante, ya no le gritaba y lo miraba con compasión. Vio que una mujer se acercaba. Llevaba un vestido azul y el pelo recogido. Agitaba mucho su brazo izquierdo al caminar y el bolso pequeño que llevaba en la mano parecía un balón para jugar al hand ball, iba montada en unos tacones altos y por eso balanceaba mucho las caderas. Al verla más de cerca, le sorprendió que fuera Rosa. Tembló un poco y trató de improvisar algunas palabras para el momento en que se cruzaran. Ella iba distraída, pero lo vio y su expresión cambió por completo. Se le juntaron las cejas y sus labios se pegaron torciéndose.

“Hola, Rosa—dijo Raúl con sorpresa, moviendo mucho las manos—, ¿qué tal estás?”. Ella solo le echó una mirada amenazante y emitió una especie de rugido. Raúl le abrió paso y se quedó mirando cómo se alejaba, clavando los tacones en la acera, en dirección del restaurante.

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