lunes, 16 de enero de 2017

Mojado con los pies secos

Hundido en un hueco del bote, Saúl, miraba el cielo. Su rostro estaba iluminado por un trozo de luna que lo alumbraba como la luz de una lámpara vieja que se filtra por una rendija. Sus pensamientos estaban anclados en la isla que había abandonado el día anterior. Se repetía con intermitencia la imagen de Joselyn en su mente y la sensación del beso de despedida no lo había abandonado ni un solo minuto.

 Había estado trabajando en secreto con Joan, un avispado en navegación, y otros tres hombres que habían decidido irse del país para adquirir la nacionalidad en la tierra prometida. Todos llevaban bien guardado su sueño americano y en ese momento lo veían con claridad arrullados por el tranquilo mar que los había ido arrastrando hacia Miami. Él quería ser músico, formar un grupo y vender miles de discos, ser famoso y aparecer en revistas, en Internet y la tele. Quería que todos se enteraran de quién era.

Todo—se decía a sí mismo—, menos traidor. He idolatrado al Che, he cantado con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, he escuchado los discursos de Fidel y he recitado las consignas, todas.
Hacía frío y el raído jersey que le habían prestado no lo calentaba en absoluto, por eso le cascabeleaban un poco los dientes. Por el día, el trapo de estambre lo cubría mal del sol y por la noche no le servía de mucho, pero ese insignificante sufrimiento no era nada comparado con el de ver sus ilusiones encerradas en una jaula, revoloteando sin parar, agitando la cabeza. Eso le producía dolor en el alma, la repetición de sus hipótesis y sus condicionales. Fue esa la razón que lo impulsó a salir a mar abierto en busca de la libertad. No lo detuvieron las lágrimas de su novia, quien lloraba de amargura y de ilusión. Ella sonreía de alegría al ver al muchacho valiente y lloraba por la separación. “Nollorej Joseling, tejulo que vendré polti, lo plometo”—le dijo soltándose de sus manos, mientras ella lo iba dejando marchar con cara de resignación.

Esa imagen de Joselyn agitando la mano y reduciéndose de tamaño, muy despacio, fue lo que le hirió el corazón. Sabía perfectamente que la llamaría en cuanto estuviera a salvo y con los primeros dólares que ganara le mandaría un pasaje para que se uniera a él. No sabía exactamente cómo lo haría, pero ella llegaría a los Estados Unidos lo más pronto posible. El arrullo del mar, los recuerdos y la humedad calándole los huesos eran su única realidad. No pensaba en otra cosa más que en su objetivo. Se dio cuenta de que Joan lo miraba de reojo.

“Vamoallegá prongto, muchacho, vete preparangdo. Duelmete, yotespertaré cuando sealaora”.

Saúl respondió con un movimiento de cabeza y cerró los ojos, pero no se pudo dormir. Siguió con su ilusión, saboreándola como si fuera un caramelo formado por su dulce novia, el embriagante éxito y la ostentosa prosperidad. Al notar que empezaba a amanecer, Joan, les golpeó los pies a sus compañeros. Un poco adormilados lo vieron como a un extraño, pero el dedo índice alargado hacia el frente les dijo todo. “Nojodachico, ¿nosva a decil que ya llegamo?”- La respuesta fue que sí, que faltaban unos kilómetros, pero que había que rezar para que nadie los detuviera y los hiciera dar la vuelta. No llevaban binóculos, ni ningún objeto que los pudiera ayudar a localizar a los guardacostas. Joan con determinación encendió el motor y dirigió el timón hacia el frente. Se veía tierra, se sentía como Pinzón anunciando el final de la larga travesía trasatlántica. Para ellos en cierto modo había sido igual el riesgo. Habían visto a la muerte rondando en forma de tiburón. Primero la aleta, luego la sonrisa sarcástica asomándose como un espectro que surge de debajo del agua. Los duros embistes de la bestia y las manos apretadas a los bordes del bote para no caer. 

Se levantaron y comenzaron a gritar de felicidad, ya no es nada, son unos dos kilómetros. Con los dientes pelones y el pelo en forma de vela, Saúl, miraba con atención la orilla. Un sonido horrible los enfrió. Una sirena. Era el colmo. Eso no les podía pasar en ese momento. ¿Por qué no los habían encontrado atrás? Ya era tarde para todos. Joan aumentó la velocidad y el bote empezó a dar trompicones, era muy difícil mantenerse aferrado a la embarcación, las fuerzas le fallaron a Saúl y cayó al agua. No hubo oportunidad de detenerse a rescatarlo, los guarda fronteras estaban pisándoles los talones. “Sálvate, Saú peldónanopol favó”. Fue lo único que oyó cuando las olas lo empezaron a balancear. Se echó a nadar, ya no vio el bote, ni la patrulla. No nadaba muy rápido y sentía que la distancia no se reducía. Braceó casi media hora hasta que las fuerzas lo abandonaron. Cerró los ojos ardorosos, se sintió derrotado, pero sintió la proximidad de unas voces caribeñas. Miró unas figuras borrosas. Eran como él y corrían a su encuentro. Pensó que podría tratarse de Joan y los otros tres navegantes, pero no. Era una mujer de unos cuarenta años y unos niños. La mujerona habló sin pensar y le recriminó por haberse salido a nado desde la isla.

 “Pelo, tú estámaela cabeza. Milaque salirte anao e la isla. Ejtá loco, ejtá loco”.

Saúl se quedó acostado en la arena con los ojos entrecerrados, recuperándose. Se levantó cuando le alcanzaron las fuerzas y miró hacia el mar. No vio la embarcación de sus compañeros, sólo notó el bote americano, meciéndose en el agua. Estaba empapado, pero por ironía de la ley de migración, ya era un pies secos. Estuvo mucho tiempo atento como un perro esperando a su dueño, pero nadie llegó.


martes, 10 de enero de 2017

Decisiones erróneas

Después de haber mantenido una relación sexual vacía de pasión y muy automatizada, Marcelo le dijo a Jessica que tenían que romper la rutina. Pensaron la forma de motivar su añeja relación de diez años de casados, pero el compromiso de padres los ataba a dos pequeños gemelos con multitud de necesidades. No podían escaparse a una playa, ni pedir un año sabático, sobre todo por la crisis que les ajustaba cada vez más el cinturón. Al no encontrar una solución se resignaron a seguir con su vida habitual. Marcelo se fue a trabajar y Jessica se quedó atendiendo a sus dos pequeños. Los llevó a la escuela y volvió a sus quehaceres del hogar. 

Estaba preparando la comida cuando recibió la llamada de su marido que le propuso que se encontraran el fin de semana con Andrés, un viejo conocido que en el bachillerato se había colado por Jessica y seguía soltero. Ella se negó de inmediato, pero Marcelo le insistió tanto que tuvo que ceder. El sábado por la mañana llevaron a los dos chicos con los abuelos y se fueron a su cita a un restaurante de comida china. Andrés estaba muy alegre y recibió a la pareja con un saludo estudiantil. Se rieron por la ocurrencia y se sentaron entre las bromas y chascarrillos evocadores de otra época.

Pasaron una tarde estupenda y al despedirse se intercambiaron todas sus direcciones de correo electrónico y sus móviles. Quedaron en volverse a reunir en la primera oportunidad. No fue muy pronto, a pesar de que lo estuvieron acordando mucho tiempo. El día en que se reencontraron Marcelo estaba un poco raro, según palabras de su esposa, quien no sabía que todo ya estaba planeado con anticipación. Jessica se vio obligada a recordar su breve relación con Andrés. Se habló mucho del día en que se escaparon al cine y de lo que habían hecho protegidos por la oscuridad de la sala. Durante la alegre conversación el camarero, por orden de Marcelo, no dejó de servirle vino tinto a Jessica y coñac a sus acompañantes. La nostalgia por el pasado y los tiempos de juventud lograron que se formara un sentimiento fraternal que los obligó, en la calle, durante un corto paseo, a tomar una resolución descabellada. ¿Sabes que Andrés es un hombre con ideas muy modernas? —le preguntó Marcelo a su mujer, pero ella no entendió el significado del mensaje. Sí—continuó— se ha encontrado con algunas parejas y ha compartido su amor con ellos, bueno, bajo ciertas condiciones, ¿no es verdad, Andrés?
Andrés secretamente se había enamorado de nuevo de Jessica y había estado observándola como un experto don Juan, tratando de adivinar su desnudez y su fuerza en el lecho marital. Marcelo lo supo y motivó que se hablara con libertad de eso. Su intención en realidad era que tuvieran un encuentro los tres en la intimidad. Marcelo sabía que Jessica necesitaba un chispazo para despertar de nuevo su instinto femenino y Andrés era el macho adecuado, pues no sólo era físicamente atractivo, sino que había mantenido una pequeña relación sentimental con su esposa y eso era suficiente para motivarla. “Hay que incitarla para que le gane el sentimiento y pueda superar la barrera moral” —le había dicho Marcelo a su compañero antes de encontrarse con su esposa.

El método resultó y terminaron los tres en una habitación de hotel disfrutando de su amistad. Al principio Jessica estaba un poco inhibida, pero las tiernas caricias de Andrés y la aprobación de Marcelo en todo momento lograron despertarla. Se apasionó, gritó y terminó tendida respirando con dificultad mientras sus dos hombres la acariciaban sin parar. Salieron de la habitación y acordaron la próxima cita. Se separaron con el deseo de volver muy pronto. Desde ese momento las cosas marcharon mejor. Marcelo trabajaba con ímpetu y era recibido por las noches con fiereza en su cama. Jessica disfrutaba recordando los mejores momentos de su vida sexual y se aferraba a su esposo como si fuera una sanguijuela. Terminaban fumando, riéndose de felicidad. 

Siguieron los encuentros con Andrés, que se hicieron habituales, pero gracias a su ingenio y experiencia era esperado con anhelo. Pasaron dos años y Andrés se convirtió en parte de la familia. Ya no tenían que ir a hoteles para estar los tres juntos. Todo había ido bien porque se había respetado la regla principal que era la de que Jessica y Andrés no se encontraran en ausencia de Marcelo. Lo único malo fue una falta de cálculo en los planes, pues Andrés vio que dentro se le despertaba un sentimiento raro, pero era causado por la conducta de sus amigos y en particular por Jessica que era más tierna y benevolente con él que con su cónyuge. Además, aparecieron hábitos que entorpecieron la relación marital de Jessica porque se la pasaba chateando con él. En las largas conversaciones que tenían, ella le decía que sentía un torbellino que le revolvía el vientre y que todo lo provocaba él. Andrés se arriesgó y le propuso que se encontraran a solas. Fijaron la hora y el lugar. La relación fue increíble y se sintieron renacidos y optimistas. Andrés comenzó a visitar con más frecuencia la casa de sus amigos. Le propuso a Marcelo organizar fiestas e invitar a conocidos comunes. Llegó un momento en el que parecía que en la vida todo era dicha, sin embargo, una noche en la que estaban los invitados bailando al ritmo de una canción romántica, Marcelo sintió un piquete en la espalda, fue un llamado de alerta que le llegó con la voz de una de sus invitadas. “Si no supiera que tú eres el marido de Jessica, me arriesgaría a decir que está recién casada con Andrés”. Era cierto, parecía que estaban en su luna de miel, no tanto por las caricias o los besos, sino por la mirada ilusionada que se dirigían sin parar. La llama de los celos quemó a Marcelo y se fue al baño por un fuerte dolor en el estómago.  Mientras estaba inclinado frente al inodoro se decía que todo era un mal entendido, que no existía ninguna preferencia y que Jessica lo seguía amando como siempre. Recordó que había urdido ese encuentro para reavivar su relación, pero también para ocultar la presencia de Lurdes, su esporádica amante.

Se irritó al ver de nuevo la posición de las fichas que él había colocado mal en el tablero. Había comenzado dedicándole toda su energía y atención a Lurdes quien no quedó satisfecha por ser demasiado ardiente en el aspecto físico y calculadora en lo que atañe a la razón, luego el laberinto de sus ideas le estorbaba en la cama cuando estaba con su mujer, después el error de traer a otro hombre para hacer el trabajo que le correspondía y, por último, la amenaza de perder emocionalmente a Jessica y quedarse como un marido cornudo sin poder protestar por ser él, quien motivara dicho engaño. La única solución que encontró fue la de poner las cosas como estaban al principio. Sabía que sería muy difícil, pero se sentía capaz de hacerlo porque la balanza se inclinaba a su favor. Tenía dos hijos, mantenía a su esposa, no tenía amante, le había ayudado a su mujer a recobrar la llama del amor y podía exigir sin miramientos que se alejara de Andrés.

Sí, así, sin más explicación —pensó que se lo diría—. Muchas gracias, Andrés, nos has servido de mucha ayuda, pero ya basta. Prescindiremos de ti. Seremos siempre amigos y te recibiremos en nuestra casa mientras seas un simple invitado. Adiós.  Parecía fácil hacerlo, por eso Marcelo se unió de nuevo a sus invitados con la determinación de comunicarle su resolución a su amigo y esposa, pero quiso la realidad que las cosas no salieran bien. En el salón no encontró a la pareja de tórtolos, salió al jardín y habló con las personas con las que se cruzó, volvió al salón, buscó en la cocina, en los baños y decidió subir a la segunda planta. La habitación de los niños estaba vacía y su dormitorio también, pero del cuarto de los cacharros salía un sonido raro, era como si dos personas no pudieran respirar bien y por la sofocación no se entendieran sus palabras. Marcelo pudo haber entrado para interrumpirlos, pero decidió bajar al salón.

Se entrometió en una conversación y con sonrisa comprensiva movía la cabeza aceptando las barbaridades que decían sus conocidos. Media hora más tarde, se comenzó a retirar la gente y aparecieron, como por arte de magia, Andrés y Jessica. Se llevó a cabo la ceremonia de las despedidas y los buenos deseos y al final se quedaron los tres compartiendo una botella de vino. Marcelo habría hecho la proposición de que fueran al dormitorio si se hubiera encontrado en otras condiciones, pero en ese momento resultaba inútil porque sabía que se negarían y en caso de insistir tendría que soportar la idea de haberlos encontrado in fraganti un poco antes, también cargar con las condolencias de Andrés por haberle ganado el mandado y para colmo tolerar la pasividad de Jessica esperando que terminara sus embistes para librarse de él.  Decidieron separarse y verse unos días después.

Jessica estaba muy nerviosa, se había enterado de que Andrés no asistiría al encuentro de ese día por razones familiares. Miraba con persistencia el móvil y revisaba su correo electrónico. Marcelo se puso de mal humor, pero no dejó salir su rencor y trató de convencer a Jessica para salir a dar una vuelta. Ella se negó excusándose de un dolor de cabeza y se encerró en su habitación. La casa se quedó en silencio y Marcelo encendió la televisión. No encontró nada que le llamara le interesara, entonces vio su cámara de video y comenzó a ver lo que tenía. Mejor no lo hubiera hecho porque encontró la ocasión en que se sintió rechazado por su mujer. En las escenas ella mostraba su desagrado cuando él la tocaba y veía con horror la satisfacción que ella mostraba cuando se unía a Andrés. Entendió que la había perdido sentimentalmente a Jessica y hacía mucho tiempo que estaba con él sólo por obligación. Recordó aquellas palabras que le había dicho uno de sus amigos de la universidad. “Para que una mujer sea infiel, necesita dejar de amar a su pareja. Nosotros, en cambio, somos distintos porque lo tomamos como deporte”. Se enfureció porque lo primero era verdad y lo segundo no valía mucho para él, pues había conocido pocas mujeres en su vida y era muy recatado.  Una idea le comenzó a estorbar por la insistencia con que iba y venía por sus pensamientos. Tomó una decisión y comenzó a fraguar un plan para deshacerse de su enemigo Andrés. 

La confabulación era sencilla. Invitaría a su compañero a ir de caza al bosque. Se llevaría el rifle que tenía arrumbado en el armario y que había sido utilizado la última vez por su padre. Llevaría a Andrés a un lago donde podrían dispararles a los patos, luego fingiría que se le escapaba un disparo y de esa forma terminaría con todo. Recogería el cadáver y lo enterraría lejos de ese sitio y por último tiraría el arma al profundo estanque donde nadie lo encontraría jamás. A espaldas de Jessica, Marcelo realizó el plan. Se inventó una coartada y mató a su amigo de tres disparos a quemarropa.

Jessica comenzó a inquietarse cuando sus mensajes se fueron acumulando y las respuestas no llegaban. Se lo comentó a Marcelo y decidieron acudir a la policía. “Lleva tres días sin reportarse y nos preocupa que haya desaparecido sin decirnos nada, pues somos muy íntimos amigos”—le dijo Jessica al inspector de la comisaría. Empezó la búsqueda, pero no hubo respuesta ni la primera semana, ni el primer mes. Interrogaron a los clientes de Andrés que sólo los atendía por internet y el día que había desaparecido les había comentado a todos que iba de cacería y que atendería sus pedidos al día siguiente. No lo cumplió, pero nadie se preocupó por ello. La mayoría decidió posponer las compras o dirigirse a otro distribuidor de partes de recambio para autos.

En lo referente a sus familiares nadie sabía nada del paradero de Andrés y Jessica y Marcelo tenían la misma versión desde el primer interrogatorio. Ella había despedido a su marido al trabajo, se había quedado en la cocina haciendo la comida, había recogido a los niños de la escuela y había esperado a que volviera Marcelo de la oficina. Él se había ido al trabajo, había ido a entregar unos documentos a una empresa, había vuelto a la hora de la comida a reportarse con el jefe y había salido a la hora de costumbre. No había motivo de sospechas, pero Jessica estaba desmejorada, no le ponía atención a su familia, se despertaba por las noches y terminó culpando a su marido de la desaparición de su amante. “Tú nos oíste cuando estábamos en el cuarto de los cacharros, ¿verdad? —le preguntó ella, pero Marcelo lo negó—. Por eso no nos propusiste estar juntos los tres después de la fiesta. Luego ideaste un plan para matarlo. ¡Eres un maldito asesino!”.

La intuición de Jessica era, por desgracia, más poderosa que las investigaciones de la policía y la prudencia y meticulosidad de Marcelo, por eso su instinto la guió hasta el armario donde recordaba haber visto un rifle viejo de cacería. Al no encontrarlo le dirigió una mirada aterradora a Marcelo, pero este fingió no saber nada al respecto y le dijo que no sabía a qué arma se refería. Las noches comenzaron a ser insoportables por el insomnio y las eternas preguntas que se habían repetido hasta el cansancio. Una mañana llegó el inspector a informarles de que se había encontrado el cadáver de Andrés en estado avanzado de descomposición y se le habían extraído unas balas de rifle calibre 25. Jessica le dijo al inspector, tal vez sin pensarlo, que a ellos se les había perdido un arma del mismo calibre. Marcelo se puso blanco y no le quedó otra salida que la de permitirle al inspector que viera el lugar de donde se había extraído el arma. Salió a flote la lista de invitados y personas que concurrían la casa, el inspector se llevó, en un paquetito, una caja pequeña y vieja que había contenido algunas balas y Marcelo tuvo que contar detalles de la vida de su padre con respecto a su afición a la caza y comentó que lo había acompañado dos o tres veces, pero que para él ese tipo de actividad era muy inhumano. Las cosas no eran tan alarmantes como pensaba Marcelo, porque la policía, aunque hubiera sospechado de él, nunca encontraría el arma, pero la sospecha de su mujer empezó a crecer como un enorme monstruo que lo fue aplastando hasta que la desesperación lo obligó a confesar. No lo hizo frente al investigador de la policía, ni se lo dijo a un amigo, ni a su mujer, sino a sí mismo en una pesadilla. Estaba hablando dormido cuando Jessica se levantó a orinar y al conocer los detalles se desmayó. Por la mañana, Jessica permaneció muy callada y no dijo más que lo necesario, luego estuvo todo el tiempo haciendo una evaluación de las cosas y logró, por un instante, volver a la realidad y sentir de nuevo las cosas tal y como eran. Lo primero que notó fue que llevaba dos meses sin reglar y que los síntomas del embarazo ya comenzaban a manifestarse, luego lloró por saber quién era el padre, por último, la paralizó un escalofrío por el presentimiento de quedarse abandonada con tres hijos, con un marido en la cárcel y el agrio recuerdo de su amante asesinado. 

No podía permitir que las cosas se acomodaran de esa forma. Así que tomó el bando familiar. Enfrentó los interrogatorios con valor, le confesó a Marcelo su embarazo, se mantuvo con firmeza admirable ante las adversidades y logró salvar a su familia. Quién no pudo mantenerse tan firme fue él porque en el último interrogatorio se quebró. Lo engañaron usando unas palabras que se le habían escapado, de forma inconsciente, a Jessica y que luego el astuto inspector fue hilando con los hechos hasta llegar a la conclusión de que Marcelo no había ido a entregar unos documentos como lo había afirmado todo el tiempo, sino que se había ido a un bosque con Andrés, lo había despachado nada más llegar a un lago, luego lo había dejado tirado en una fosa oculta bajo unos arbustos que había cerca de allí, se había deshecho del arma tirándola al lago y cambiándose de ropa se dirigió de nuevo al trabajo.
“Lo confesó en un sueño—dijo el inspector—, esas fueron las palabras de su mujer que nos llevaron a aclarar la verdad ¿se imagina? Ella ni siquiera se dio cuenta de lo que nos estaba contando. Se hallaba tan distraída lamentando la muerte de Andrés que pensaba en una cosa y decía otra. Lo siento mucho, señor Marcelo, pero ahora tendrá que cumplir una condena por homicidio calificado”.



jueves, 5 de enero de 2017

El plan para dejar el tabaco

Desde que Martín tenía uso de razón, su abuelo había estado recitando cada cena de Nochevieja su promesa de dejar, en definitiva, el tabaco. Cada uno de enero se despertaba muy pronto, reunía sus cajetillas de cigarrillos, los metía en una bolsa del supermercado y salía a tirarlos al contenedor. Entonces comenzaba la tortura porque, fuera al lugar que fuera, siempre le preguntaban cómo iba su proyecto de librarse de su vicio. “Bien —decía con una sonrisa falsa, que parecía franca, y se alejaba para no sufrir la presión a la que lo sometían con los interrogatorios y, sobre todo, los comentarios desagradables con respecto a las personas que sí lo dejaban de verdad.

Don Jacinto había empezado a fumar a los doce años. Le había tocado vivir rodeado de chiquillos muy traviesos que lo obligaron a chupar cualquier pitillo que se encontraran, así como las colillas. Después, no se pudo desprender del mal hábito. Ahora ya tenía sesenta y siete años y en el fondo pensaba como Mark Twain cuando hizo su famosa broma sobre no fumar al dormir, no dejar de fumar durante el día y no fumar más de un cigarrillo a la vez. La única diferencia era que Twain lo había dicho al cumplir los setenta y ese era el límite de edad que don Jacinto se había puesto para vivir, no pedía más, sólo llegar a los setenta—le pedía por las noches a Dios.

 No sufría de achaques y su salud era envidiable. No abusaba del alcohol, trabajaba cuando tenía la oportunidad, ayudaba en todo tipo de tareas y comía siempre de forma austera, lo que le ayudaba a no padecer de pesadez estomacal y agruras, eso sí, después de cada actividad se fumaba de tres a cuatro cigarrillos consecutivos. Martín veía con gran pesar que su abuelo, al pasar la fiesta de Reyes, volvía a comprar las cajetillas. Primero en secreto y, luego, sin inmutarse durante todo el año, pero llegado el mes de diciembre comenzaba otra vez a prometer que lo dejaría para siempre. Todos sus amigos y familiares se reían y apostaban diciendo que eso no se cumpliría nunca. Un día le dieron la mala noticia de que Blanca, su nuera, quien vivía en la misma casa, había contraído el cáncer de mama.

Todos los ojos se centraron en él como si fuera el causante de la enfermedad o, peor aún, como si él fuera la misma afección destructora de las células sanas. Nadie se lo dijo a la cara, pero las indirectas fueron tantas y tan claras que se vio obligado a fumar a escondidas y fuera de la casa. Por fortuna, Blanca se recuperó pronto con un tratamiento milagroso y aplicado a tiempo y no volvió a padecer de tumores malignos. Don Jacinto se sintió muy mal porque si bien no era el causante del daño estaba bajo la vigilancia constante de sus familiares que le exigían fumar fuera del piso y bañarse después de cada cigarrillo. La vida se hizo imposible, pero en diciembre tuvo que volver a su eterna promesa. No fumó casi todo el mes y no fue necesario que se quitara el mal olor tres veces al día bajo la ducha.

Llegó la Nochevieja y cuando iba a empezar con su conocido brindis, Blanca, sacó un estuche envuelto con papel navideño rojo y le dijo: “Con esto ya no tendrá que dejar de fumar, querido suegro”. Era una pipa electrónica con esos atomizadores modernos y boquilla de color marfil, un cargador de batería, tres frasquitos con líquidos para rellenar, de diferentes sabores y porcentajes diferentes de nicotina, el claromizador. La sacó del estuche, entre todos le leyeron las instrucciones, y le pidieron que fumara su primer pitillo electrónico. El salón se llenó del humo que salía de la boca de don Jacinto, pero a diferencia del horrible humo quemado del cigarro, el aroma era de vainilla. Don Jacinto se resignó a su nueva condición de anafe, para que no se le culpara de ser el causante de una de las más temidas enfermedades del siglo XX. Los visitantes y amigos de la familia alababan el olor de la casa y María, la esposa de Jacinto, decía que todo se lo debían a su marido que desde que había cogido la pipa, la casa olía muy bien.

 Él no estaba contento con el nuevo hábito y sólo fumaba para complacer a Blanquita, quien no dejaba de llevarle frasquitos de todos los olores y sabores posibles. “Ya no gastes tanto, Blanquita” —le decía don Jacinto, pero ella le contestaba que los conseguía baratísimos en una tienda cerca del metro. No había un momento en que no le preguntaran si le gustaba el nuevo sabor de las esencias de la pipa y se reían de satisfacción al saber que el abuelo estaba en el camino de la vida sana y que el tabaco ya no representaba un peligro para su salud.

Dos años después de haber dejado el tabaco, Jacinto fue internado con una complicación renal que se le complicó mucho y fue operado. No se recuperó del todo y falleció pronto. En una de las últimas visitas, antes del fatal suceso, el doctor le preguntó a Blanca cuáles eran los hábitos de don Jacinto y ella le dijo que fumaba, pero que era una pipa electrónica inofensiva. Le contó lo bien que olía su casa y el esmero con el que había motivado a don Jacinto para usar su pipa desde la fiesta de Nochevieja en la que recibió el regalo. El doctor le preguntó por el origen de los líquidos para repostar el aparato electrónico. Ella le contestó que los compraba de oferta en una tienda. Más tarde, al revisar algunos frasquitos de aromatizador, el doctor le dijo a Blanca que los re-cargadores estaban adulterados y que contenían sustancias químicas peligrosas.

martes, 3 de enero de 2017

La prueba

Se giró al escuchar el grito de alegría de su mujer y su hija. Subió la pequeña rampa que lo separaba de la meta, se detuvo en mitad de la línea y levantó con dificultad los brazos, permaneció unos cuantos segundos así y cruzó, por último, el límite final de la agotadora competición. Le parecía increíble que sólo unos minutos antes estuviera a punto de desertar y no porque ya no tuviera la esperanza de llegar al final, sino porque las fuerzas lo habían abandonado por completo. Su voluntad era de hierro, se había sobrepuesto a todos los sufrimientos y los había vencido con valor, pero estaba sentado en la acera llorando su derrota, se encontraba sólo a medio kilómetro del final, pero no se podía mantener en pie, le temblaban las piernas y los brazos y mientras más permanecía sentado, más tieso se le ponía el tronco.

 El viento frío era el enemigo que lo iba a aplastar y lo dejaría fuera de juego y de la vida. Hasta entonces sus relaciones familiares se habían estropeado por su carácter. Él tenía sus razones, era un atleta olvidado que se ganaba la vida haciendo trabajos de salvamento o soldando fierros en teleféricos o máquinas pesadas. De él dependía la seguridad económica de la familia. Se sentía mediocre, traicionado por el destino y la economía capitalista, pero un día su hijo le demostró que había un camino alternativo. Una forma de reconciliación que podía convertirlo no sólo en ídolo, sino en el padre más maravilloso del mundo. Aceptó el llamado, se enfrentó a las penalidades con la ayuda de todos sus conocidos que se asombraron por la decisión. Le ayudaron con el equipo, le dieron un asiento especial para su hijo de un material moderno, resistente y ligero, le ayudaron a diseñar una bicicleta doble y le financiaron una silla de ruedas especial para carreras. Los meses empleados en su entrenamiento y, sobre todo, la promesa a su hijo se estaba filtrando por una alcantarilla. De nada había servido nadar tres kilómetros con un bote hinchable atado a la cintura, los ciento ochenta del recorrido en bicicleta y los incompletos cuarenta y dos de carrera. Miró al cielo e imploró, pero una voz lo distrajo.

 “Vamos, Papá, no podemos dejarlo aquí, levántate. ¡Estamos a unos metros de la meta!—le dijo Paul con voz firme—.”No tengo fuerzas, hijo, no me puedo mover y me tiemblan las manos y las piernas. Tengo un shock”.

 No dijo más y se echó a llorar con un berrido doloroso, entonces sucedió un milagro. Paul, que nunca había logrado coordinar los movimientos de sus manos, impulsó las ruedas de la silla, primero muy despacio, y después con más determinación. Jean no lo vio y siguió con su lamentación. Luego levantó la vista y notó que su hijo se alejaba. Su cuerpo se desentumió y se levantó muy despacio como si fuera una momia. Comenzó a andar y seguir la silla que se movía muy despacio, pero a él le parecía que se desplazaba rápido. Anduvo unos treinta metros detrás y al final logró asirse a los manubrios. Empujó muy despacio y resonó una voz de alegría. “Lo vamos a lograr, papá, lo vamos a lograr”.

 Con pasos lentos y con la consigna “Lo vamos a lograr” que no dejaba de sonar en boca de Paul, Jean siguió venciendo el dolor. Sus fuerzas volvieron para que lograra cubrir la última distancia. Jean sentía que era un martirio, sin embargo, veía las manos de su hijo impulsar las ruedas cuando él desfallecía. Terminó. Vio a la multitud aplaudiéndole. No le quedaban lágrimas porque las había gastado antes sentado al lado de una farola. Sabía que su mujer estaba orgullosa de él. Paul no cabía en sí de alegría porque había logrado sus sueños. Ahora su padre era un ironman, pero lo más importante es que había construido con su esfuerzo de dieciséis horas de trabajo una familia que sería inseparable. La gente los rodeó, les entregaron sus medallas y su diploma de participación.

Unas personas se tomaron fotos con ellos, les desearon lo mejor y se asombraron del esfuerzo sobrehumano que habían realizado para terminar esa larga distancia. Se quedaron a un lado. Marie abrazó a su marido y él le entregó con un suspiro y una mirada tierna el amor sincero que le había negado los últimos años. Ella le peinó los cabellos y lo besó como en la época en la que eran novios.

lunes, 2 de enero de 2017

El último adiós

Se giró al escuchar el grito, pero me miró de reojo y siguió su marcha. Era imposible detenerla porque ya no había nada que hacer, ella había tomado una decisión irrevocable. Me dejó en medio del parque. De pronto, desapareció la luz y mi alma quedó ensombrecida, me brotó un llanto de lágrimas amargas. Me había costado mucho esfuerzo dejarla ir, pero hasta el último segundo conservé la falsa esperanza de que se quedara, de que recapacitara y volviera conmigo. Vi su cuerpo joven y esbelto avanzar sin prisa, su pelo castaño ondulado, un poco revuelto por el aire tibio de la tarde, se contoneaba, la falda roja se ajustaba a sus caderas marcándole los bordes de las bragas, su blusa amplia con estampados de leopardo me recordó el día que nos conocimos. Llevaba, entonces, la misma ropa y otros zapatos más altos. 

Estábamos en el mismo sitio, pero ella, en lugar de alejarse, venía hacía mí. Se detuvo y me imploró que la ayudara, que la escondiera en algún lugar. Vi la sangre que manchaba su rostro y la inflamación de su nariz rota, sin pensarlo la llevé a mi piso y le ofrecí que se quedara el tiempo que quisiera. Por el acento con el que hablaba supe que era extranjera.

 “De Kiev—dijo cuando se lo pregunté mientras tomaba un poco de té enrollada en una toalla—. Me vendieron, después de haberme engañado con la historia de la agencia de modelos”. 

Me lo contó todo. La habían convencido de salir en revistas modelando prendas de marca, pero luego la prostituyeron. Me dijo que la habían drogado y violado durante varios días hasta que se resignó y empezó a trabajar vendiendo su cuerpo. La tenían como esclava. Al oír su historia las tripas se me revolvieron, le prometí que haría lo posible por protegerla, pero se negó a que fuéramos a la policía a declarar. “Si se enteran —dijo resignada—los primeros en sufrir las consecuencias serán mi hermano y mi madre. Los matarán sin dudarlo”.

 Vivió conmigo unos meses y en ese tiempo me enamoré de ella. Me acostumbré a su cuerpo y sus graciosas palabras, no podía explicarme cómo podía ser, en algunas ocasiones, tan superficial estando su vida en peligro. Le propuse que nos casáramos, que rehiciera su vida y que nos fuéramos a esconder a algún lugar lejano donde no nos conociera nadie. Estuve a punto de convencerla, pero el destino nos impidió realizar nuestro plan. La encontraron, por casualidad, en un centro comercial la vio uno de los proxenetas que la andaba buscando, le siguió los pasos y llegó hasta mi casa. En poco tiempo descubrimos que nos seguían por todos lados. Fue por esa razón que compré una pistola, Nadia me dijo que era inútil oponerse, que de cualquier forma nos matarían si nos negábamos a cumplir sus exigencias. No estaba en posibilidades de pagar la suma que me pedían por ella, así que ella hizo su maleta, no tenía gran cosa que llevarse, y se fue. Salí tras de ella sin que se diera cuenta. Llevaba escondida la pistola, una treinta y ocho automática, sin el seguro, estaba dispuesto a todo, incluso a morir por salvarla.


Cuando llegó al lugar de la cita la llamé para que volviera, pero me miró sin inmutarse, se dio la vuelta y siguió su marcha. El hombre ya la esperaba, era alto y muy fornido, entonces el dolor de perder para siempre a la mujer que amaba me sacó un llanto de ira, aceleré el paso, saqué la pistola y le apunté. Cayó fulminada, la bala le atravesó el corazón. El hombre reaccionó rápido, pero no tuvo tiempo de defenderse, los tiros le hicieron sangrar el estómago y el pecho, me apuntó, pero falló en los dos intentos, le temblaban las manos, me acerqué y lo miré, dijo algo en otro idioma con mucha rabia, le apunté a la cara y tiré del gatillo dos veces más, luego arrojé el arma. Me puse de rodillas y levanté a Nadia. Su cara estaba manchada de polvo, pero su expresión no era de terror, más bien estaba triste y tenía las mejillas húmedas. Oí que alguien llamaba a la policía, me quedé con ella en los brazos y sentí que el tiempo se congelaba, perdí la noción de la realidad hasta que llegaron unos guardias. Me cogieron de los hombros, me separaron de Nadia y me metieron con fuerza a una patrulla. 

domingo, 1 de enero de 2017

Complot

Eugenia Ramírez está sentada frente al inspector, le ha respondido a todas las preguntas que él le ha hecho por tercera vez. Su aspecto es normal, incluso se podría decir que está inmutable, pero por dentro mantiene una lucha con sus emociones. Se le han mezclado el odio por saberse engañada, el deseo por su amante y el temor de que se le culpe como asesina de su marido. Señor inspector, ya le he dicho que mi esposo se iba siempre sin decir nada. 

Eso lo hace, es decir, lo hacía desde hace cinco años, que es el período en el que nuestras relaciones han ido decayendo, a mí los últimos meses me ha dado lo mismo a qué se dedicaba y qué hacía ¿Cómo dice? ¿Que si sabía que él tenía una amante? La verdad sospechaba, pero ya le he dicho que me daba lo mismo con quien se encontrara, lo que más quería en la vida era asegurar el futuro de mi hija. Qué cuándo conocí a José María. Pues, le repito que fue en una fiesta de la empresa de mi marido, él se acercó a saludar a Dionisio y cuando me saludó supe que entre nosotros sería inevitable enamorarnos.

Chema se portó muy amable, iba sólo y le pidió a mi esposo que nos dejara bailar algunas piezas, a solas se me declaró, no lo pude evitar sentí un flechazo. Después comenzamos a concertar citas en sitios solitarios y, luego, fue inevitable que nos acostáramos. Cómo que eso es un móvil, ¿usted cree que yo sería tan idiota como para tener un amante ideal y fraguar la muerte de mi marido para unirme a él? Puede que usted piense así, pero ya le he dicho que mi marido ni se ocupaba de mí y de los quince años de casados, sólo diez se pueden considerar normales. Luego está el asunto de Celia la amante de Dionisio, como dice usted, pero yo lo he sabido sólo hasta ahora. Además, ¿por qué no le han ido a hacer los mismos interrogatorios a ella? ¿Qué? ¿que ya lo han hecho? Entonces dígame qué méritos tiene la muy zorra para no ser ni siquiera sospechosa en el supuesto asesinato. Mire, inspector, tengo mis dudas sobre esto. Dice que se encontró el cadáver calcinado en una calle poco concurrida en un barrio muy peligroso; que lo único identificable es el Rolex de Dionisio; y que no se puede saber de las cenizas cuál es el ADN del cadáver.

Yo creo, inspector, que mi marido fue víctima de un chantaje, un engaño o un complot, pero no estoy implicada. ¡Ah! Eso quiere decir que, según usted, todo lo planeó José María para desalojar el camino hacia mí. Pues, dígame, ¿para qué lo haría? ¿Sabe? A nosotros nos convenía seguir así, como amantes. De habernos juntado habríamos tenido infinidad de problemas. Primero, mi hija, que adora a su padre y no concibe el mundo sin él, en segundo lugar, me habría aburrido de Chema porque si bien es cierto que es buen amante, como pareja es aburrido y desatento, por último, está lo absurdo de las propiedades y el seguro de vida porque la mayoría de inmuebles están a mi nombre. Eso de los seguros de vida pasa sólo en las películas, señor inspector, porque en la vida real es diferente.
¿Qué? Eso no es verdad, inspector, ¿cree que Chema sería capaz de contratar a un asesino a sueldo para matar a mi esposo? Está tonto. Eso tampoco es verdad, es imposible, ¿tiene alguna prueba de lo que está diciendo? No, no, señor, yo sé que José María me quiere de verdad y nunca estaría de acuerdo en conquistarme por dinero, y mucho menos por orden de mi marido. ¿Qué dice? Ah, sí, eso sí es verdad. Mi marido es muy, pero muy astuto. Toda su vida a negociado con buitres y siempre, siempre, ha ido tres pasos adelante. ¡Ay del pobre que se vea atacado o embaucado por él! Mi esposo era capaz de idear planes maquiavélicos. Que si no creo que me tendió una trampa. No lo sé, pero de haberlo hecho no habría terminado achicharrado dentro del coche.  A ver, vamos por partes. ¿Me está diciendo que mi marido no está muerto y que ha escapado con un falso nombre junto con su amante, que contrató a José María para seducirme y que eso se lo ha confesado Chema?

Creo que mi marido es capaz de cualquier cosa y les corresponde a ustedes encontrarlo, pero lo que me dice es una patraña. Chema me quiere de verdad. ¿Y qué? Que sea más joven no implica nada, él ha sido sincero conmigo desde el principio. ¿Dice que Chema mantiene una relación con una mujer joven y que vive con ella? De donde sacó esa información. ¡Ah! Y ¿cómo se llama la zorra esa? ¿Sandra? Esa foto es un montaje. No se lo creo. Será su secretaria o un familiar. A mí no me va a engañar con esos trucos. Soy una mujer con dignidad y me merezco su respeto. No se burle de mí. ¿Cuándo me dejarán salir de aquí? Tengo cosas más importantes que hacer, ¿sabe?

Con gusto le contestaré su última pregunta. Hágala—Eugenia presintió que lo que vendría a continuación no era la última pregunta, sino la siguiente etapa del interrogatorio para la cual no se había preparado mucho—. Mire, inspector, sabía de la existencia del primo de Chema, pero su relación es muy distante. ¡¿Cómo?! ¡¿Qué diablos está diciendo?! No, lo niego en absoluto. No fuimos a ver a Rubén. Nunca lo haríamos, le he repetido mil veces que estábamos bien y que no le deseábamos ningún mal a mi marido, para mí ya estaba muerto desde antes, es decir, en mi corazón. Ya no sentía el más mínimo aprecio por él, pero de eso a contratar al primo de José María para que lo asesinara hay una probabilidad mínima, es una estupidez rotunda.

¡Cómo que hay testigos! No, señor, ese día fui por mi hija a la escuela, volví pronto, dejé a Lety en casa con la niñera y me fui a cortar el pelo. Cómo que fue mucho tiempo. ¿No sabe acaso que el arreglo y cuidado de una mujer requieren tiempo? Sí, tardé más de tres horas, pero eso es normal. Me hice el corte, me tiñeron el pelo y me hicieron la manicura, ¿Cuánto tiempo cree que se tardan en hacerlos? ¡Aja! No tiene testigos, ¿verdad? No, eso no. Es imposible. ¿Las cámaras? Seguro que tienen una resolución malísima y la imagen de la mujer que aparece allí, donde dice que me vieron, pertenece a otra persona. Bueno, reconozco que esa tía, esa mujer, es muy parecida a mí, pero si observa bien se dará cuenta de que tiene la nariz muy chata y el rostro más ovalado que el mío. Oiga, cualquiera puede pintarrajearse para parecerse a alguien eso lo saben a la perfección los maquillistas. ¿cree que soy una estúpida? Esa es una trampa que alguien me ha puesto y usted haría bien en investigar más a los allegados y conocidos de mi marido. Bueno, inspector como usted comienza a hacerme cargos, ya no hablaré sin ayuda de mi abogado. ¿Qué quiere que le diga ahora? ¿Sabe? Después de lo que me ha dicho, me parece que haría mejor en investigar si no fue mi maridito quien le mostró ese camino para inculparme, ya le he dicho que es demasiado astuto.

 ¿Por qué no lo ve desde otro punto de vista? ¿Cómo? Pues, imagine que mi marido contrata a un hombre para simular su asesinato, consiguen un cadáver y lo ponen en el coche, le dejan el Rolex en la muñeca, lo visten con su ropa y queman el auto. ¿Qué pasaría, entonces? Señor inspector, ya le he dicho muchas cosas, así que me voy y si quiere seguir con su juego, vaya a mi casa a preguntarme lo que quiera, ya sabe dónde vivo. No pienso huir a ningún lado, sería muy tonta si lo hiciera. Es más, me pasaré aquí las vacaciones del colegio de mi hija hasta que me aclaren este crimen. Adiós, señor inspector.

Al salir de la comisaría Eugenia se encuentra con Chema.
—¿Qué tal ha ido todo?
—Mal. Imagínate que el inspector me acusa, es decir, nos acusa a mí, a ti y a tu pariente de haber planeado la muerte de Dionisio.
—Y tú, ¿qué le has dicho?
—Le he dicho que no sé nada, ni quiero saberlo. Ese es asunto de él. Si quiere culparnos que encuentre las pruebas suficientes y lo demuestre un abogado en un juicio. Además, dijo que Dionisio te contrató para enamorarme, ¿cómo lo ves?
—Eso no es cierto. ¡Qué cabrón!
—Sí, eso mismo le dije.
—¿Y en qué terminó todo?
—Pues, van a ir a interrogar a tu primo, así que ponlo al día por si las dudas porque mi marido es capaz de todo. Tú no lo conoces.
—Él no tiene vela en el entierro.
—Pues, ponlo en alerta para que luego no tengamos más dolores de cabeza con el inspector.

Al llegar a su casa Eugenia se despidió de José María y se fue a su habitación. Se recostó en la cama y trató de dormirse, pero le fue imposible porque comenzó una hilera de ideas a distraer su atención, se quedó con los ojos clavados en el techo y reconstruyó los acontecimientos de las últimas semanas.

Que hijo de puta eres, maldito Dionisio. Pensaste que caería en la trampa, ¿no? Ya sabía que ibas a fingir tu muerte y te ibas a ir con tu zorra. Lo que más me ha dolido es que el inspector me haya abierto los ojos con respecto a Chema. Conque Susana, ¿no? Se van a ir todos a la mierda ¡Qué imbécil fui! Debí sospecharlo desde el principio. Un hombre tan atractivo como José María no se enamoraría de mí, así como dice que lo está. Me cegó la vanidad, ese orgullo femenino que nos oculta las cosas y ni la intuición es capaz de descubrirla, pero ahora todo está claro. Tengo todas las cartas sobre la mesa y los voy a entregar, o, mejor dicho, solitos se van a entregar y se llevarán a sus malditas putas consigo a la cárcel por homicidio calificado, ¡bola de cabrones! ¿A quién mataron? ¿A quién quemaron en el coche? Pídanle a Dios que no los haya visto alguien que pueda atestiguar sus maquinaciones porque me los van a meter a la prisión, mínimo quince años, papitos. Se te van a acabar tus días de Luna de miel con la perra con la que estás, Dionisio. Ya lo verás. Y tú, Chemita, despídete de tu Susanita. Has de saber que de Eugenia Ramírez  no se burla nadie.




jueves, 29 de diciembre de 2016

Infidelidad demostrada

Teresa se levantó de la cama desnuda, seguía hablando como de costumbre y se dirigió al baño mientras Daniel observaba con agrado como sus carnes firmes se balanceaban al andar sobre las puntas de los pies.  Aún no sabían que era la última vez, en su larga relación de varios meses de pasión incontenible, que estarían juntos en un cuarto de hotel porque Fernando ya los había encontrado y pronto mataría a Daniel. Teresa estuvo unos minutos bajo la ducha sin dejar de comentar cosas superfluas, no cerró la puerta, era su costumbre. Sabía que su amante era un hombre de pocas palabras, decidido y apasionado. Ella sabía muy poco de su amante y las cosas que sabía las había confirmado a través de hipótesis. Lo cierto era que Daniel trabajaba en la construcción, estaba soltero, era muy introvertido, pero se expresaba bien a través del cuerpo. No era necesario llevar largas conversaciones con él, para Teresa era suficiente recibir toda la fuerza animal de su macho y los tiernos besos al final del coito. Se volvía loca porque Fernando, su marido, en toda su vida conyugal nunca le había proporcionado el placer que necesitaba. En realidad, el matrimonio se había dado por interés y eran felices a su manera. Cuando Teresa salió con el pelo enrollado en una toalla se vistió y se despidió. Tenían la costumbre de separarse de esa forma, sin palabras, con una mirada cómplice y un gesto que indicaba que se verían pronto.

Era suficiente que se encontraran por casualidad en cualquier parte para que Daniel le cogiera la mano y la condujera al hotel. Ella no podía resistirse y su mente se nublaba tanto por la imagen del deseo que no le importaba si la veía algún conocido. Por suerte nunca había pasado nada, pero el destino quiso que Fernando se diera cuenta. Empezó a seguir al amante de su mujer, descubrió todo: su lugar de trabajo, su casa, sus lugares preferidos y las personas allegadas que se contaban con los dedos de una mano.

El día que se unió la pareja de tórtolos en el hotel, Fernando esperó a que Daniel saliera del hotel, lo siguió hasta una calle poco concurrida y aprovechó el momento para dispararle a quemarropa por la espalda, luego tiró la pistola en un contenedor. Fernando era muy cobarde y en el momento de los impactos cerró los ojos, sólo comprobó que nadie lo hubiera visto y salió corriendo. Llegó muy agitado a su casa y le pidió a su mujer que le preparara un café mientras él ponía la lavadora y se bañaba para quitarse el olor a pólvora. Al día siguiente se fue a trabajar, realizó sus tareas con un poco de nerviosismo y cuando le preguntaron la causa sus compañeros se excusó diciendo que había dormido mal. Pasaron los días y notó que Teresa se ponía nerviosa. Dormía mal y estaba demasiado inquieta. Se salía muchas horas a la calle y no contestaba a las llamadas que él le hacía. Fernando adivinó que ella estaba buscando al albañil. Por desgracia, Daniel había desaparecido y nadie lo había buscado porque era muy introvertido, nadie sabía si tenía familiares y como había cobrado tres meses de trabajo, pensaron que se había ido a otro lugar.

Teresa buscó en la policía, en la morgue, en los periódicos e interrogó a todos los compañeros de la construcción que tenía Daniel, pero nadie sabía nada. Unos días después apareció un policía en la casa de Teresa. Le mostró la foto de Daniel y le preguntó si lo conocía. Ella notó que Fernando estaba cerca y miraba la imagen también, por eso negó con la cabeza, el investigador aprovechó para preguntárselo a Fernando y obtuvo la misma respuesta. Era sábado y el matrimonio no tenía planes. Teresa dijo que se sentía muy mal y que dormiría un rato. Fernando le estuvo dando vueltas al caso y no entendía la razón de que se buscara al obrero, pues lo había matado o, ¿no? En ese momento, le brotó el sudor a chorros y por primera vez pensó que tal vez su víctima estaría viva y, si se recuperaba de los disparos, podría encontrarse de nuevo con Teresa y le diría que le habían disparado, lo demás sería consecuencia de sus razonamientos, los cuales los llevarían a sacar conclusiones y sabrían que el único que tenía un móvil para hacerlo era él.

Conformó su plan que consistía en pedirle a su jefe un cambio de actividades en su trabajo. Primero pediría que lo ascendieran, luego se propondría para que le asignaran comisiones a otras provincias del país y finalmente plantearía que lo transfirieran a otra sucursal de la empresa. Al principio, su jefe no deseaba hacerlo, pero se abrió una plaza para el puesto que Fernando deseaba y se la asignaron. En el período en el que eso ocurrió, Teresa supo que Daniel había estado en un hospital y que por los efectos de los disparos había perdido ciertas capacidades mentales por lo que se creía que había desaparecido por causa de la desorientación. La noticia le produjo un sentimiento retorcido de satisfacción y pena a la vez. Sintió mucha nostalgia por las tardes en las que permanecía abrazada a su amante y tristeza por no saber exactamente en qué condición se encontraba. Pronto tuvo que arreglar las cosas de su traslado. Visitó con su marido una casa que comprarían a crédito, se orientó en la nueva ciudad y respiró tranquila pensando que el cambio le vendría bien para olvidar su relación con Dani.
La vida regresó a su cauce habitual. Fernando se hizo más gentil y amable, tenía más tiempo para relacionarse con su esposa e incluso fue más condescendiente en el lecho conyugal. La relación no mejoró mucho, pero la idea de adoptar a un niño llenó el vacío que los separaba. Visitaron un orfanato y comenzaron a buscar algún chiquillo que les inspirara un sentimiento maternal. “Se tendrán que armar de tiempo y paciencia”—les dijo con amabilidad la directora—. No se preocupe—respondieron cogiéndose de las manos e intercambiando una mirada cómplice—, tenemos las dos cosas de sobra.
Una tarde llegó Fernando con la cara pálida. “¿Te sientes mal, mi amor? —le preguntó Teresa. Fernando no contestó y se encerró en su habitación sin contestar a las preguntas de su mujer. Pasó varias horas dando vueltas desesperado y cuando salió parecía más viejo. “Tenemos que hablar Teresa—le dijo en cuanto la vio—. Ha pasado algo grave”. Teresa se dejó llevar por sus presentimientos y se dispuso a recibir una noticia mala relacionada con el empleo de su esposo, sin embargo, las palabras de Fernando la dejaron fría.
—Lo he visto.
—¿A quién?
—No te hagas la tonta, ¿a quién va a ser? Al albañil.
—¿Cómo? —Teresa sintió que la sangre se le acumulaba en la cabeza y perdió la visión por un instante, luego muy sofocada preguntó sin pensar—¿Dónde lo has visto?
—Me he cruzado con él hoy, al salir del trabajo casi nos estampamos, me llevé el susto de mi vida.
Teresa se puso a llorar, gemía por el dolor que le oprimía el alma. Fernando estaba enfurecido digiriendo su bilis en silencio.
—¿Lo sabías?
—No todo. Sólo los vi una vez juntos, pero supe que él era el causante de tus cambios de humor, así que fui por él.
—Eres una mierda.
—Si tú no hubieras sido infiel, las cosas irían bien, pero ahora…—No tuvo tiempo de terminar porque Teresa se levantó y se fue al dormitorio.

A la mañana siguiente Fernando se disculpó para no ir a trabajar y mantuvo una conversación complicada con Teresa.

—Me tienes que ayudar a aclarar la situación.
—Ni aclarar ni nada. Quiero el divorcio, eres una bestia.
—Espera, Teresa, todo esto es por mi culpa. Lo acepto, pero me tienes que ayudar.
—¿Ayudarte? ¿Después del crimen que has cometido?
—Pero está vivo.
—Sí, pero lo dejaste tarado al pobre. Dios te va a castigar.
—Oye, no sé a qué te refieres. Se veía normal. Un poco más gordo, menos fornido, pero completamente normal.

Al escuchar lo anterior, teresa, sintió que surgía dentro de ella una luz de esperanza y se alegró, pero lo disimuló muy bien.

—No te lo voy a perdonar nunca, ¿lo oyes?
—Teresa, escúchame, necesito que me ayudes.
—¿En qué?
—Pues, a confirmar en qué estado se encuentra y si se acuerda de lo que le hice. Si se le despierta la memoria, irá a la policía y me meterán a la cárcel.
—¡Eso lo hubieras pensado antes de hacer lo que hiciste cabrón, te odio!
—Bueno, ya está bien. Sé que tienes curiosidad por verlo. Mira, vas a encontrarte con él y vas a preguntarle de qué se acuerda, luego si quieres te dejaré que salgan juntos. Te prometo que no me interpondré entre ustedes.
—Eres un cobarde, Fernando, estás dispuesto a entregar a tu mujer por no ir a la cárcel, ¿verdad? Me das asco.

A pesar de todo, Teresa se dejó vencer por la curiosidad y los sentimientos que la obligaron a aceptar la propuesta. Fernando le propuso que fuera a verlo al trabajo a la hora de la salida y luego esperaran cerca del lugar donde se había aparecido Daniel. Los intentos fueron inútiles los primeros días, el hombre no se aparecía a ninguna hora. Una semana después Teresa lo vio.
Había salido a hacer unas compras y en el momento en que se dirigía a la oficina de su marido le llamó la atención un hombre con uniforme azul. Por el bailoteo del corazón sintió un sonido agudo en los oídos, tuvo que apoyarse en un muro para no caer. Le temblaban las piernas. Se fue acercando despacio, no porque tuviera miedo del encuentro, sino porque sus piernas a penas la sostenían. El hombre entró en un comercio compró un refresco y se lo tomó de un trago, luego se limpió con el dorso de la mano el sudor de la frente y se disponía a marcharse cuando vio que Teresa le cortaba el paso. Ella le pidió que no dijera nada. Lo tomó de una mano y se dirigió a un hotel que estaba cerca. Cada vez que surgía una pregunta ella le ordenaba callar con un fuerte ¡Chisst! 
Llegaron a la recepción, Teresa pidió una habitación y en cuanto se encontró a solas con Daniel lo desnudó y lo besó con desenfreno. La pasión contenida, el temor, el odio y muchas más sensaciones se le mezclaron. Perdió el control y sólo la liberación de sus angustias en un chorro de líquido la liberó con un grito de agonía. Se tiró sobre él y le pidió que le mostrara las heridas.

—¿A qué te refieres?
—Mira, mi amor, ya sé que has perdido la memoria y pensarás que esto es muy raro. Déjame verte la espalda. ¡Mmm! ¡No tienes cicatrices!
—¿Por qué habría de tenerlas?
—¡Daniel! Tú…—No tuvo tiempo de seguir porque el hombre la corrigió.
—Me llamo Arturo.
—No, no, tú eres mi Daniel, ¿no te acuerdas de mí? ¿de todas las veces que nos acostamos juntos?
—Usted se equivoca, señora, no soy Daniel. Tengo…
—¡Escúchame, Daniel! Mi marido te trató de matar y estuviste en el hospital, perdiste la memoria y te viniste a vivir aquí.
—No. Yo siempre he vivido aquí. Tengo un hermano que vive en la capital.
—¿Un hermano?
—Sí. Mi hermano gemelo, Daniel. Trabaja en la construcción.
Teresa se desmayó. Había comprendido que la vida le había puesto una horrible trampa. Tirada en la cama como una muñeca de trapo permaneció unos minutos hasta que Arturo la pudo despertar.
—Oye. ¿Cómo te llamabas?
—Arturo, ya te lo he dicho.
—¿Sabías que tu hermano y yo somos amantes? Lo malo es que ha desaparecido.
—Pues, hace muchísimo que no me comunico con él.
—Y ¿no se ha puesto en contacto contigo?
—No.

Teresa empezó a padecer a causa de las vertiginosas ideas que le iban apareciendo en la cabeza. Sabía que había cometido un error al confundir a Daniel, trataba de excusarse consigo misma por ser tan impulsiva, pero ya era demasiado tarde para componer las cosas. Lo que hizo después terminó de estropear la situación.

—Oye, Arturo, qué te parece si olvidamos lo que ha pasado hoy y no volvemos a hablarnos, ¿estás de acuerdo? —Arturo afirmó con la cabeza y empezó a vestirse, ya estaba por salir cuando Teresa lo detuvo e hizo lo peor que podría haber hecho en su vida.
—Bueno, pero si lo deseas podríamos seguir haciendo el amor. ¿Te ha gustado?
—Lo siento, pero tengo una mujer y es mejor que tú.

Enfadada por la serie de tonterías que había hecho, se fue a refugiar en su cocina. Por más que trató de preparar algo antes de que llegara Fernando enfadado, por no haberla encontrado en el lugar acordado, no lo consiguió. Se abrió con fuerza la puerta e irrumpió con fuerza Fernando con cara de pocos amigos.

—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué no llegaste a la cita? Ni siquiera me avisaste y te esperé una hora y media. No me cogiste el teléfono y pensé que algo te había pasado.
—Pues sí, si me pasó algo y estamos metidos en un problema gordo.
—¿Por qué?
—Pues porque hoy he estado con Daniel, es decir…
—¿Cómo?
—Bueno, no precisamente con él, sino con su hermano Arturo.
—No te entiendo.
—Pues, hoy cuando ya iba a verte me lo encontré cerca de una tienda y luego hablé con él.
—¿Y qué te dijo ese tal Arturo? ¿sabe lo de su hermano?
—No, es decir, no lo sabía, pero yo se lo he dicho.
—¿Para qué? ¿Estás tonta o qué? ¿Para qué abriste el pico, eh?
—No lo sé. Me dejé llevar por la impresión y mis impulsos. Perdí el sentido de las cosas.
—Bueno, cuéntamelo con detalles.
—Pues, me fui a acostar con él para ver sus heridas y comprobar que estaba bien.
—Pero, ¿no has dicho que es su hermano?
—Eso lo supe después.
—¿Cómo que después?
—Sí, después, cuando pudimos hablar con tranquilidad.
—Ah, o sea que primero te metiste en la cama con él, te lo follaste y luego, con tranquilidad le preguntaste ¿quién era?
—No, no exactamente. Es que…
—¡Eres una puta de mierda!

En ese momento Teresa le soltó un bofetón que casi lo tira noqueado. Con trabajos Fernando se recuperó, pero ya tenía las ideas bien acomodadas en la cabeza. Cuando dejó de ver estrellas y oyó a su mujer que le reprochaba sus deficiencias en el lecho, cambió su actitud.

—Nada de esto hubiera pasado si no fueras un inútil en la cama.
—Bueno, dejemos eso y pensemos en lo que tenemos que hacer ahora porque ese Arturo irá a buscar a su hermano y luego me vendrán a buscar para meterme en la prisión.
—Me parece que la única solución es que nos vayamos de aquí.
—Oye, pero si acabamos de llegar. No llevamos ni tres meses aquí. Si pido un cambio de nuevo, van a sospechar algo y entonces sí que tendremos problemas.
—Pues, busca otro empleo.
—¿Tú estás loca? Llevo años en esto y lo que he logrado es gracias a mi esfuerzo.
—Piensa lo que quieras. Yo no veo otra salida. Si quieres correr el riesgo, allá tú.

De pronto dejaron de hablar y se sumieron en sus pensamientos. Estuvieron todo el tiempo comunicándose con frase cortas y monosílabos.
Fernando no podía concentrarse en el trabajo. Su nuevo jefe le llamó la atención y le pidió que fuera más cuidadoso con las cosas y no cometiera errores que le provocaran pérdidas a la empresa. Los fallos que tenía eran causados por las ideas que se iban germinando en su mente. Había decidido acabar con todo el problema de raíz. De forma inconsciente, ya había matado a Arturo, pero no quería reconocerlo.

“Si desaparece Arturo —se decía con tono convincente como lo es siempre en la cabeza, mas no en la realidad—, su hermano jamás lo sabrá porque está tarado y de esa forma se resolvería todo. La única cuestión es cómo hacerlo porque a mí no se me levantará la mano para matarlo por segunda vez, o sea, atentar contra su hermano por quien no siento odio ni nada. Si contrato a un asesino a sueldo, siempre tendré el riesgo de ser delatado y viviré con el alma en un hilo”.
El empujón que lo obligó a decidir más rápido fue la noticia que le dio Teresa.

—Hoy ha venido a preguntarme por su hermano.
—Y ¿qué le has dicho?
—Nada, sólo que después de recuperarse de las heridas se había ido y nadie sabe cuál es su paradero.
—Y ¿qué te dijo?
—Nada, se quedó pensando un poco y se despidió sin más.
—¿Qué crees que eso significa?
—La intuición me dice que irá a casa de un familiar o de sus padres para saber si se ha aparecido por allí.
—¿Sabes lo que pasaría si lo encuentra?
—Sí.
—¡Me lleva la madre que los parió! Tendré que actuar de nuevo.
—Sí, pero esta vez asegúrate de apuntarle bien porque si no lo matas…
—Y ¡Todo por ti! Dime, ¿acaso no te lo di todo? Nunca has trabajado en tu perra vida. Te toleré todo.
—Mejor cállate porque…—En ese momento hizo un movimiento para recogerse el pelo y, al levantar la mano, Fernando se le adelantó y le dio un golpe con el puño cerrado. Teresa se levantó con la nariz sangrando, le escupió en la cara y se fue a encerrar. Fernando estaba como león enjaulado y para apaciguarse sacó una botella de whisky y comenzó a beber directamente de la botella. El alcohol sólo sirvió para acentuarle el rencor así que prefirió salirse a dar una vuelta. Anduvo una hora y media dando vueltas y decidió volver para dormirse y olvidarlo todo, aunque fuera por una noche. “Mañana será otro día”—se dijo mientras se echaba vestido en la cama.

A la mañana siguiente se fue con la resaca al trabajo. No habló con Teresa en todo el día. Siguió así hasta que la idea de acabar con Arturo lo convenció por completo. Consiguió una pistola vieja muy cara y comenzó a buscar a Arturo. Supo que era el encargado del departamento de mantenimiento de motores eléctricos en una fábrica. Estaba soltero, no era muy comunicativo y se la pasaba los fines de semana en su casa o descansando en la plaza cerca del Palacio municipal. Decidió ponerse en acción. Esperó que Arturo saliera un día de su trabajo y lo siguió. Anduvo tras él un tiempo, pero se desconcertó cuando lo vio entrar a un hotel de mala muerte. Se le revolvió la cabeza y se quedó parado como si estuviera jugando al ajedrez y le hubieran movido una pieza por descuido y no recordara exactamente qué era lo que había planeado para su siguiente ataque. En esa laguna mental se encontraba cuando un hombre salió corriendo del hotel. Reaccionó y entró. La chica de la administración estaba desconcertada, una chica de la limpieza gritaba algo, pero los berridos le impedían pronunciar con claridad, luego apareció una mujer envuelta en una toalla y con el pelo alborotado que pedía una ambulancia con urgencia. Fernando pensó que era Teresa y estuvo a punto de apretar el gatillo de su pistola, pero al verla mejor descubrió que la mujer era más delgada, más alta y mucho más guapa que su esposa. Rápido guardó el arma y se ofreció a tranquilizar a la chica de uniforme que seguía gritando histérica. Fernando la sujetó por los hombros y la agitó tan fuerte que la chica se calló. Unos minutos después entraron unos enfermeros y al saber el lugar donde estaba el herido siguieron a la mujer de la toalla.

“Lo siento—dijo uno de los enfermeros al salir—, no pudimos hacer nada. Llamen a la policía”. La mujer de la toalla seguía impactada, tenía los ojos rojos y murmuraba algo contra su marido. Le cubría los labios una espuma blanca y le temblaban las manos.

 Fernando subió con uno de los policías al lugar del crimen y para no levantar sospechas dijo que había visto al criminal. Cuando vio tendido sobre la cama el cadáver de Arturo, respiró profundo y le dio las gracias a Dios por haberlo sacado del atolladero. Habló con el inspector y le describió al hombre que había salido con un retrato hablado. “La descripción coincide con la de la esposa y la encargada de limpieza —le dijo el ayudante del encargado de homicidios—, muchas gracias. Firme aquí su declaración y si quiere, se puede retirar”.
Fernando salió del hotel, se fue por unas callecitas y cuando se aseguró de que no había moros en la costa, tiró a la basura la pistola que llevaba oculta en el calcetín y se fue a su casa.
Fernando entró en el salón y vio a Teresa. Le dio la noticia, pero ella ni siquiera despegó la mirada de la revista que tenía en las manos.