martes, 17 de agosto de 2021

Casa verdugo

“Esta casa tiene su propia personalidad—me dijo el dueño con una mueca sutil—. Ya lo verá en cuanto se mude aquí”. Tenía varias semanas buscando una casa amplia, pero ninguna de las que había visto me convencía, incluso esta me parecía un poco anticuada. Lo único que me retenía era la curiosidad que había despertado en mí el dueño, pues, según él, las personas que la habían comprado anteriormente habían encontrado algo asombroso que les cambió su vida. En cierto grado, era lo que necesitaba, un gran cambio en mi vida. Durante la transacción logré que me rebajara una jugosa cantidad, ese hecho me alegró bastante, sobre todo, porque el señor Vasconcelos siguió con su actitud alegre y sus bromas muy certeras. Le pagué y decidí irme a vivir allí de inmediato. No haré referencia a las dificultades que tuve para amueblar mi nueva residencia porque les aburriría con aspectos de poca importancia para mi historia. El caso es que desde el primer día que pasé la noche allí, noté las cualidades de la casa. El primer suceso fue ver el sueño que tuve a los trece años. Lo había olvidado por completo y me había costado muchos años librarme de aquella ave onírica de malagüero.

Me desperté de madrugada horrorizado. Había visto de nuevo ese cuervo negro que maté y que me persiguió toda la adolescencia. Pude hasta escuchar su voz de humano, sus insultos, sus presagios y su maldición. Quise irme de inmediato, pero descubrí que me era imposible, no por que no tuviera a donde ir, sino porque una fuerza desconocida me lo impedía. Los sueños comenzaron a ser mas frecuentes. Las visiones nocturnas habían sido para mí una cosa insignificante, por eso nunca les ponía atención, sin embargo, estaba soñando cada noche. Lo peor era amanecer con las imágenes terribles que a las cinco de la mañana me despertaban. Durante el día se iban desvaneciendo los recuerdos y a la hora de la cena me encontraba excitado y con ganas de satisfacer mis deseos. Comenzaba a prepararme para ir a aliviar mis pasiones, pero cuando ya estaba todo listo, me aplastaba la desgana, perdía todo el deseo de irme y me servía un poco de alcohol y me sentaba a esperar a que dieran las doce en punto. Cuando sonaba la última campanada del enorme reloj del salón, me iba despacio a mi dormitorio, apagaba la luz y me dormía.

El desvelo me pasó factura. Perdí muchos kilos, me aparecieron unas ojeras de color morado que remarcaban las venas rojas en mis cuencas, perdí el pelo y me llené de arrugas. Lo peor es que me comenzaron a atosigar sensaciones que solo había experimentado durante mis noches de lujuria. Nunca había sentido lástima por nadie, no sabía lo que era el cariño, el amor o la angustia y la desesperación. Siempre había sido un hielo y, por eso, había logrado ser lo que era. En algunas ocasiones llegué a preguntarme si no sería un reptil con cuerpo humano. Podía pasar horas mirando documentales de la National Geografic, pues me sentía muy identificado con los seres del desierto y las junglas. Primero corrieron ríos de sangre, luego cuerpos destazados, después violencia extrema y todo eso, que antes era para mí algo placentero, ahora me desagradaba mucho y las náuseas me obligaban a correr al baño para vomitar.

Los crímenes que cometí se fueron repitiendo en esos sueños matutinos y cada movimiento que hacía cuando me incorporaba era muy doloroso. Sentía que me clavaban enormes agujas calientes, el dolor era intenso, pero lo peor era la repulsión que sentía hacia mí mismo. Se desmoronó mi ego y empecé a transformarme en un bicho. Temblaba por cualquier cosa y no había calmantes que pudieran detener mi sufrimiento. Era tan sensible que los zumbidos de las moscas me resquebrajaban la cabeza. Ver sufrir a alguien me ponía el estómago del revés. No comía y las habitaciones se alargaban, nunca podía encontrar la cocina y me alimentaba de lo que encontraba en los rincones. La penumbra me sumía en un calabozo y me sentía inmovilizado por unos pesados grilletes. Ya no lo podía resistir más y llamé a la policía para confesar. “No señor, está usted en un error—me decía la voz de un policía entrado en años—. Ese hombre, quien dice ser usted, lleva mucho tiempo muerto. Cerciórese bien de su nombre y fecha de nacimiento. Llame mas tarde y le atenderemos con gusto”.

jueves, 8 de julio de 2021

Muerte al maestro

La gente estaba impresionada por la ejecución del gran maestro. La rapsodia en azul de Gershwin nos había puesto la piel de gallina durante diecisiete minutos y los dedos de James Tasson se movían de forma prodigiosa. Llegó la última parte y con golpes contundentes el pianista decidió entrar en la recta final. Los vientos tocaban una marcha bélica, los platillos rompían el aire y James se levantó para culminar. La gente se puso de pie, pero se oyó también un estallido. Las partituras salieron volando y el cuerpo de James se desmembró en el aire. Los aterrados músicos estaban manchados de sangre, conmocionados, pero ilesos. Los guardias llegaron al escenario para impedir que alguien se acercara. Un empleado llegó con un extintor y apagó las llamas que estaban devorando el piano. Me acerqué al escenario y pedí que me dejaran mirar la montaña de tablas arrumbadas. Recogí las partituras y descubrí que tenían algo escrito con tinta roja. Las acomodé, faltaban algunas que se habían quemado, y me las guardé en la chaqueta. Llegaron los enfermeros y comenzaron a recoger los miembros del cuerpo del pobre James Tasson. Los sollozos no habían parado, algunas mujeres se habían desmayado. La gente no podía entender qué le sucedía dentro del cuerpo. Dos sensaciones se le habían mezclado, la dicha provocada por la música y el terror de la muerte. A mí también se me hacía muy amarga la saliva. Cuando llegaron los policías y el forense les conté todo. “Ya me estoy encargando del caso”. ¡Vaya sorpresa que le han dado inspector! —me dijo Charles mi ayudante—. Era verdad. Me habían regalado las entradas y ni siquiera había preguntado quién. Me habían dicho que ese concierto era especial y que era lamentable no poder asistir. ¿Lo habrían lamentado? Jamás lo podrían comprender y cuando se enteraran de las noticias se les arruinarían sus vacaciones o lo que estuvieran haciendo.

La sala se fue quedando vacía. Los periodistas habían tomado sus fotos y se habían ido. Me pregunté sobre la razón de la explosión. Alguien había puesto una bomba y sabía que el maestro activaría el detonador al terminar la composición de George Gershwin. Debía ser un músico o alguna persona que odiara al maestro. Lo único que sabía era que James Tasson era un prodigio. Saqué las partituras y descubrí las siguientes notas:

“James, ¿te acuerdas de mí? Soy uno de tus alumnos. Me destruiste por completo y ahora tendrás que pagarlo todo. Tengo tu reputación en mi poder…Ahora que ya te has convencido sigue mis instrucciones…Toca esa variación de Rajmaninov, tan romántica…Después de tus represalias quedé frustrado para siempre…Quise terminar suicidándome…No despegues tus ojos de las notas, ¿no me decías así? Pues, ahora te toca a ti y mientras lo haces…Tu carrera estará en peligro, por tu culpa… Y así se mezclarán en ti esos sentimientos que transmitió el maestro ruso y que eran mi ilusión…Ya falta poco, James, soy ese bichito, ¿recuerdas? Sólo unas notas más y pasarás a la inmortalidad…”.

Comprendí por qué la actitud del concertista había dado un giro unos minutos después de haberse sentado al banco. Incluso, me pareció recordar que unas notas fueron diferentes, ya que las había oído por la radio y algo me había alertado de que eran discordes. Seguramente con la amenaza que tenía escrita en las hojas no podía concentrarse al cien por ciento. La cuestión es que no sabía qué información podría estropear la reputación del músico. Tenía que empezar la investigación lo más pronto posible, pero estaba impactado. He visto cientos de cadáveres, pero nunca había presenciado un asesinato. Por increíble que parezca, jamás había visto cosas violentas. Era como una de esas paradojas del mecánico que no sabe conducir o el doctor que le tiene temor a la sangre. En mi caso siempre me habían avisado de los homicidios, pero jamás los había presenciado. Era horrible y sentía asco y desprecio por el autor de tal aberración.

Durante la semana visité el conservatorio. Me dijeron que James era un adicto al trabajo, muy estricto en los exámenes y un docente encomiable. Entré en la cátedra para hurgar entre sus cosas. Una secretaria me ofreció café y me llevó al despacho de Tasson. No había mucho orden y pensé que era normal en un creativo de esa talla, mantener un caos controlado en el que se sentía a sus anchas. Vi muchas partituras, tesis de antiguos estudiantes con dedicatorias, fotos de graduaciones, libros, un tablero de ajedrez al que le faltaba un caballo y en su lugar habían puesto una chapa de refresco. Me pareció original la idea. Encontré unos cuadernos en los que el maestro hacía sus anotaciones. Eran apuntes de todo tipo con ideas raras, frases de filósofos y dibujos magníficos. En su gaveta había un mechero que según me dijeron, dejó de usar cuando tomó la decisión de no fumar más. En esa abundancia de papeles debía existir algo que me guiara al asesino, pero no sabía qué pista podría encontrar para jalar del hilo. Le pregunté a la secretaria si el compositor recibía visitas y quienes eran las ultimas personas que habían entrado allí. “Venía mucha gente, ¿Sabe? —dijo coqueteándome un poco—, pero él no le permitía a nadie pasar ese umbral. Los estudiantes lo tenían prohibido y solo Charles y Anthony podían sentarse con él a jugar y conversar durante horas. Con ellos discutía algunas cosas de la historia de la música, de la composición y de los brillantes alumnos que podrían destacar”. Le pregunté si recordaba a algunos estudiantes destacados. Me hizo una lista y cuando llegó al final, dudando un poco me dijo: “No sé si se podría incluir a Arsenio Barragán…es que ese no terminó siquiera el segundo curso, pero era un genio según James”.

Supe esa tarde que el ser humano puede llegar a traspasar límites inimaginables. No creí lo que me había dicho la secretaria. Según las palabras de James, ese chico tenía una capacidad de trabajo enorme, pero por lo mismo su vida estaba amenazada, ya que con lo que interpretaba o inventaba podía, primero, romperse los dedos, y, segundo, llegar a sufrir un infarto cerebral. Me interesé por su paradero, pero no lo llegué a encontrar. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Volví a los documentos de Tasson y encontré una carta que no envió.

“Nunca lo comprendiste, querido, Arsenio, de seguir con lo que deseabas, te habrías vuelto loco. Tus secuencias, es decir, tus cadenas interminables de escalas y variantes lo único que habrían provocado, habría sido un corto circuito en tu cerebro. ¿Quieres saber cuál habría sido tu fin? Pues la muerte por un infarto cerebral. ¿Pero no de los comunes? En ti se había desarrollado un fenómeno extraño. Algo que solo un músico podría ver. Lo noté un día cuando te vi a contra luz en uno de los corredores del conservatorio. Era un aura de color azul celeste, eran como pequeñas descargas eléctricas que parpadeaban con un ritmo simple, celestial, pero fue suficiente para entenderlo todo. Eso te iba a generar una acumulación de energía que te destruiría tarde o temprano. Si te prohibía coger temas difíciles y te incitaba a dejar la música era por esa razón. No quería que te privaras de la vida, era un suicidio. Chico, había muchas otras cosas que habrías podido hacer, pero te empeñaste en seguir. Como artista lo entiendo. Para mí, tampoco existe la vida sin las notas. Aunque, tu tenías otra salida. Te habrías convertido en un excelente pintor o escultor, tal vez. Lástima”.

La secretaria me dio la última dirección de Arsenio y me fui a buscarlo. Llegué a una casa vieja muy alejada de la ciudad. La casera me dijo que Arsenio era un mal inquilino, que tenía algo de macabro y que lo había echado por moroso. Le pedí que me lo describiera y que me dejara ver las cosas que había dejado en su habitación. No encontré mucho, pero conocí su caligrafía que era malísima. No se entendía casi nada de lo que ponía en sus garabatos. Pensé que tal vez su mente fuera mil veces más rápido que su mano y eso lo obligaba a plasmar el camino de un hilo enmarañado que se alargaba por todo el papel. Tenía su descripción. Bajo, fortachón, con tendencias a la calvicie. Moreno y un poco encorvado. Silencioso e irritable. Su mirada es muy penetrante, me dijo la señora con un poco de miedo. Pensé que sería un hombre introvertido dedicado a la música, preso de sus pensamientos que veía en la gente un estorbo para trabajar. Debía encontrarlo, pero no tenía ni idea de su paradero. Seguro estaría trabajando con clases particulares, tocando el piano en algún bar o refugiado en alguna cueva de la ciudad sobreviviendo con penas. Era mi principal sospechoso y los demás quedaron en segundo plano. En el mundo del arte se lamentó mucho la fatídica muerte de James Tasson. Ya me habían asignado el caso en comisaría, pero me estaban presionando para encontrar al asesino y, aunque, tenía un buen equipo, en las pesquisas no habíamos encontrado nada. El tiempo se me estaba acabando.

Una tarde se fue la luz del edificio y los eléctricos repararon unos fusibles y cambiaron algunas lámparas. No les puse mucha atención porque salí a tomarme un café. Cuando volví encontré una nota en mi mesa. La información era extraña y reconocí la escritura. Le pregunté a todos los que habían visto a los trabajadores. “Sí, en efecto, decía la mayoría, uno era bajo, calvo y un poco encorvado. Tenía un aspecto enfadado y de vez en cuando refunfuñaba. Ya lo tenía localizado y comprendí que me había estado siguiendo los pasos. En el mensaje decía que quería verme. Dejó la dirección escrita con mas claridad. Había día y hora específicos para el encuentro.

Antes de acudir a la cita, me comunicaron que alguien se había suicidado en un taller. Acudimos al lugar y estaba un poco preocupado porque faltaba muy poco para mi encuentro con Arsenio. Entré a la habitación donde se encontraba el cuerpo. Ya lo habían puesto en el suelo. Al registrar sus cosas encontraron una bitácora con anotaciones. Vi al hombre y me quedé de piedra. Era él. Revisé la dirección de la nota y coincidía con el lugar. Esa era la cita que me tenía preparada el pobre infeliz. Me desconsolé un poco porque en mis razonamientos, aunque sabia que no había remedio, buscaba una posibilidad de rescate. Tal vez, habrías podido salvarlo, me decía la conciencia, sin embargo, el razonamiento frio y calculador solo me miraba con los hombros encogidos. ¿Qué se le va a hacer? La vida es una ruleta llena de sorpresas. Redacté el informe y salí abatido. Mi vida de inspector había transcurrido dentro de un mundo raro en el que solo había paradojas, estupideces y cadáveres. Lamenté ocupar siempre ese papel de espectador. Cogí la bitácora y comencé a leerla.

¿Qué tal está, inspector? Perdone que nuestro encuentro sea de esta forma. Le escribo del más allá y supondrá, por supuesto, que me he marchado por cobardía. No, no es así. Es que no me motivaba mucho la cárcel. Ya he vivido en la mía desde hace mucho tiempo. ¿Quiere saber por que maté a James Tasson? Me imagino que ya tendrá alguna hipótesis. Le he observado y comprendo que es usted muy inteligente. Eso sí, un poco negado para la música, pero eso podría remediarlo con algunas horas de trabajo. Bueno, no le voy a quitar el tiempo con mis opiniones y mis justificaciones. Quiero que decida usted mismo si he actuado de la forma adecuada, si opina lo contrario seguro que no tendré mucho descanso en el infierno. Bueno, esto es lo que puedo confesarle.

Nací en una familia de clase media que se vino a bajo con la muerte de mi padre. Tuvimos que mantenernos aferrados a la vida con las uñas. Mi madre me puso a trabajar en una tienda en la que me pasaba todo el día cargando bultos y limpiando la porquería. Un día descubrí que se me daba bien la música. Vi a un hombre tocar en un bar y al verlo pensé que podía repetir los sonidos que oía. Un día a escondidas me quedé en ese lugar y hablé con él. Me enseñó algunas cosas y me invitó a que fuera a tocar con él por las tardes. Aprendí rápido. Tenía quince años y no podía trabajar allí, así que un día Merlín, como se hacía llamar Yoan, el cubano, me dijo que me pusiera un sombrero y que saliera a escena. Me presentó como Rodri, toqué las piezas que me había enseñado e improvisé una que otra cosa. “Fantástico, muchacho, me dijo Yoan, deberías irte al conservatorio”.

Así fue como paré en las garras de James Tasson. Me miró incrédulo y me hizo preguntas sobre las notas, pero no me las sabía. Me aceptó, pero fue para destruirme. Cada clase comenzaba con una lectura. Me costó un esfuerzo descomunal entender ese lenguaje que para mi era más oscuro que la noche. Cuando no estaba James, me sentaba al piano y hacía combinaciones de notas. Algunas sonaban muy bien y con ellas partía para alargar la composición. Me las aprendía de memoria y luego las repetía varias veces para automatizarlas. Un día fatídico entró James con la cara pálida. Me miró con sorpresa al principio y después con odio. ¿Qué estas tocando? No le supe decir qué era y me dijo que le llevara las notas al día siguiente. Le pedí ayuda a una chica polaca, Lidia Poltarova, me escribió en el cuaderno las notas y me dijo que jamás había oído algo tan original y armónico. Es una combinación entre Bach y Chaikovski, dijo con una sonrisa. Mi situación se empeoró. James se puso a trabajar conmigo. Las sesiones eran de varias horas y al término quedaba sin fuerzas. Seguía tocando en el bar para sacar un poco de dinero. Pero, incluso, en ese antro de mala muerte estaba James. Cuando me dijo que dejara la música me quedé paralizado. Era la única cosa que me hacía vivir. Me echaron de la academia, del trabajo y tuve que volver a cargar y limpiar. Me había sumido en el infierno. No podía vivir sin música, pero no tenía dinero para comprar un piano, ni siquiera para alquilarlo unas horas. Un día escuché dos composiciones que me definían por completo. Una la había ejecutado en presencia de James y me había servido para sufrir con el peor de los procedimientos sadistas del maestro Tasson. La otra era romántica tierna y celestial. Una composición de Rajmaninov sobre un tema de Paganini. Empecé a soñarlas. Las veía como historias y en esos sueños me liberaba de mis penas. Me veía en la cúspide de una carrera esplendorosa, tocando en el conservatorio, aplaudido por cientos de espectadores. Era algo que nunca podría lograr, pero un cartel me dio la posibilidad de realizarlo. Era un concierto de James Tasson. Un viernes en una de las más prestigiosas salas de la ciudad. Ese sería el día final. La culminación de una vida frustrada. Decidí que usaría los dedos de otro músico y que moriría dos veces. Una en mi odio y otra en mi frustración. Usted se imaginará lo demás. Investigué el día del concierto, puse en el piano un mecanismo conectado a una bomba casera para que el final de la Rapsodia azul fuera roja y espeluznante. Le visité en la comisaría y dejé las entradas. Todo salió a pedir de boca. ¿Se imagina que yo era su vecino de asiento? ¿Me recuerda? Iba muy elegante, disfrutaba la música como el que más, movía la cabeza y tarareaba un poco. Sí, inspector ese hombre al que usted no miró ni de reojo, era yo. Estábamos juntos. Nos rozamos los brazos y nos pedimos disculpas por toser o movernos demasiado y todo sin ni siquiera vernos. Fue un placer, estimado inspector. Le deseo lo mejor y le aseguro que pensaré en usted en el más allá”.

Salí con un sentimiento raro. Sería algo como la depresión. Me había convertido en un monigote de teatro guiñol al que le habían puesto en segundo plano. No era ni siquiera uno de los actores principales. Todo se había ideado sin mí. Me habían citado solo para mostrarme una mini tragedia de Sófocles adaptada por Woody Allen. Me fui a un bar y me emborraché por el despecho.

 

 

sábado, 26 de junio de 2021

Infierno permanente

Subo y bajo por una escalera de caracol. Me guio tocando las paredes. Todo está oscuro y húmedo. Es una pesadilla que no veo en sueños, sino en la realidad. Comenzó hace tanto que ya no sé cómo llegó a convertirse en esto. Una noche mi madre llegó con él. Se veía un mal tipo. Agresivo, muy mandón y con un acervo cultural deprimente. Me miró con unos ojos amenazantes, fieros. Esa noche emborrachó a mi madre. Se quedó a vivir con ella. Todas las tardes la golpeaba y la mandaba a buscar dinero. A mí me aterraba su presencia, por eso pasaba mucho tiempo con mis amigas y me encerraba en mi habitación. Una noche que mi madre estaba perdida de alcohol, oí que forzaban la puerta. Entró la luz y sentí una mano fuerte en mi boca. Me tiró del pelo, me gritó, me dio de bofetadas y me arrancó el camisón. “Nada más intenta decírselo a tu madre y ya verás, miserable”. Salí y llamé a la policía. Llegó una patrulla y los agentes llamaron a Ernesto. Al verlo los polis le dieron la mano. Se conocían todas sus bromas y chistes. Se rieron un rato y le dijeron que me controlara para que no les volviera a llamar en vano.

Comenzó un acoso sistemático. Dejó la puerta sin cerradura, entraba cuando se le pegaba la gana y me asfixiaba, me decía que mi madre tenía la culpa de todo. Un día me escapé y me fui a vivir con una amiga, pero me encontró. Hacia sus viajes en un camión y me subió, me dijo que lo tenía que acompañar a dejar una carga. Varias veces me dejó en descampados donde sabía que no pasaba un alma. Me aterré y cuando le imploraba que no me dejara, se ponía cariñoso. Con su estrategia me quebró totalmente. Se me formó una amalgama de dolor y necesidad. Todo era terror y poco a poco me convencí de que yo era la culpable de las desgracias de mi madre. Tomé una actitud muy negativa. Sufrí depresiones y llegué a desear que me mataran. Las cosas fueron de mal a peor. Cuando le faltaba dinero, se venía hacia mí y me comenzaba ahorcar. “Nadie te creerá nada—decía con su aliento de cerveza barata y pestilente—. Tengo de mi parte a la autoridad y lo único que lograrás será que te metan a la cárcel por levantar juicios falsos”. No le creí al principio porque todavía existía en mí el amor propio, sin embargo, la autoridad y las instituciones públicas me lo hicieron saber. “Una denuncia es solo una queja, señorita, debe presentar pruebas y traer testigos”. Lo hice, puse una cámara oculta en mi habitación, se la mostré a los policías, pero lo único que oí fueron expresiones vulgares que dijeron con tanta asquerosidad que me salí de allí. No logré nada y cuando estuve a punto de contratar a un abogado para empezar un juicio, se vinieron las cosas abajo.

Ernesto se ausentó un tiempo. Llegué a pensar que se había cansado de mí y se había conseguido a otra víctima. Lamenté que otra persona cargara con eso, pero no tenía ni siquiera fuerzas para rehacerme. Temblaba de miedo todas las noches. El abogado me llamó y le dije que no necesitaba sus servicios. Traté de adaptarme de nuevo a la vida. No había ni siquiera terminado la secundaria, me dijeron que me veía ya muy demacrada y que aparentaba los veintitantos. “No, si solo tengo dieciséis”. Pues, tendrás que cuidarte más, hija mía—decían las personas—porque si sigues así a los veinte te verás como una anciana. Después de tres meses me sentía convaleciente, pero con energía suficiente para seguir con las clases de la secundaria. Llegué a sacar buenas notas y los profesores me animaban a mejorar para pasarme al bachillerato. Me ilusioné y pensé que sería alguien en la vida. Me empecé a interesar por el Derecho. Una tarde que estaba haciendo mis deberes, alguien toco a la puerta. Pensé que sería una de mis compañeras que venía a pedirme los apuntes, pero cuál fue mi sorpresa cuando vi frente a mí a la bestia. Estaba sucio y borracho. Me dio asco verlo, pero me cogió del cuello y me levantó en vilo. Me sentí desnuda, desprotegida, con un animal jadeante encima de mí. Cerré los ojos y traté de imaginar que era una pesadilla. “¿Creíste que te habías librado de mí?¡Perra maldita!”.

La poca vida nueva que había logrado edificar se derrumbó. Los maestros me olvidaron pronto, mis compañeras de grupo se alejaron. Nadie estaba dispuesto a enfrentarse con él. Volvieron los abusos, esa presión psicológica que me hundía en un pozo negro. A mi madre la trataba peor y ella solo se refugiaba en el alcohol. Se la veía medio desnuda, cayéndose de borracha, pedía un poco de dinero para llevárselo a Ernesto. Todos lo sabían y nadie movía un dedo para ayudarnos. “Son unas perdidas, esas dos”. Era lo único que pensaban. Nos veían como un virus. Una escoria a la que se evita para no mancharse. Me volví un autómata, vacía, no quería tomar conciencia de mi ser para no sufrir por la realidad. Me reprochaba continuamente para sentirme despreciable y un día noté algo extraño. Estaba embarazada. Una voz muy alarmante surgió de mi vientre. “No puedes tener a ese bebé, estará maldito y será víctima de este energúmeno. Peor si es niña”. No podía permitir que sucediera una tragedia. El bebé no tenía por qué sufrir los errores de su madre, así que me escapé.

Me oculté donde pude, no fue por mucho tiempo. Me halló muy rápido el maldito cabrón. Se burló de mi y me dijo que me había llegado la hora de proporcionarle dinero. Me obligó a acostarme con los borrachos por unos cuantos billetes. El odio se fue destilando poco a poco dentro de mí. No podía resistir más y un día robé una pistola del bar. La oculté debajo de mi colchón. Una noche decidí usarla y cuando se me abalanzó Ernesto, la saqué y disparé. Sentí solo el fuerte estruendo. La sangre me comenzó a bañar. Me Sali con esfuerzo de la cama. El enorme cuerpo estaba inmóvil, la sábana se ponía roja y el silencio me dejó percibir el olor de la pólvora. Me había liberado, pero no sentía regocijo, al contrario, me recriminé por haberlo ultimado. Lloré de decepción. Después de muerto, me seguiría estropeando la vida. Ya había tenido mi cárcel y ahora me trasladarían a otra, tal vez menos cruel, pero seguiría en prisión. No había ganado nada, al contrario.

Llegó la policía. Me arrestaron y me condenaron por homicidio. Me dieron veinte años sin derecho a fianza. Vino de nuevo el abogado. Me riñó por no haber hecho denuncias, ni pedir ayuda. Le conté mi vía crucis, le dije que este mundo está hecho por los hombres y que los actos de las mujeres, sean cuales sean, siempre se ven con prejuicios. Me prometió que buscaría la manera de sacarme, pero no le creí. Empezó un período horrible de mi vida. En la soledad mis ideas me atormentaban más. Me suministraban calmantes para que no gritara como una demente por las noches. Nadie se acercaba a mí, me veían como a un bicho raro que no les despertaba el mínimo interés. Nadie quiso entablar amistad conmigo. Pasé meses enteros sin hablar. Los guardas, me metían palizas cuando se les acababa la paciencia.

Un día recibí una visita. Era una mujer de unos cincuenta años, llevaba el pelo teñido y su cara mostraba un gesto amable, pero las arrugas que tenía le daban un aspecto triste. “He sufrido igual que tú—dijo con voz clara—y conozco mas casos como el tuyo, te voy a sacar de aquí”. Con esa determinación me convenció. Ya no creía en nadie, pero ella me dio fuerzas, me habló de los procedimientos que emplearía para zanjarlo todo. Dejé que me fuera conduciendo de la mano. Hice todo lo que me pidió. Hice las testificaciones tal y como me lo ordenó. El día de mi liberación vi lágrimas en los ojos del jurado. Había hombres con el rostro bajo y las mujeres se sonaban constantemente la nariz. Supe que lo habíamos conseguido. Me compraron ropa nueva y salí de la mano de Carolina Huesca. Nos entrevistaron los periodistas. Ella no dijo mucho y yo menos.

Pronto me propusieron publicar mis memorias. Lo hice con una gran dificultad. No podía recordar tanto maltrato. Consumí muchos calmantes y en la editorial, cuando se presentó mi libro, apareció una mujer. Era gorda y baja. Estaba muy descompuesta. La reconocí. Era la madre de Ernesto. Me miró con odio y sacó un arma de su bolso, me apuntó y disparó. Nunca más la volví a ver y quedé con una marca en la cara. La cirugía no me ayudó mucho. Ahora voy por allí en las campañas de protesta contra la violencia de género. Me admiran, pero nadie sabe que nunca he salido, ni podré salir de mi infierno. Eso es algo con lo que se carga toda la vida.

 

domingo, 20 de junio de 2021

Descendiendo a lo profundo

Regresó del funeral más aliviado. Los familiares de Consuelo Vargas y sus amigos llegaron al restaurante para comer y recordarla en la cena funeral. Rolando Cuevas estaba un poco inquieto, no quería que la gente se le acercara con preguntas tontas. De todos los presentes, solo Diego era la persona con quien podía conversar tranquilamente. “Entiendo tu situación, Rolando, pero debes aguantar, al menos durante esta tarde”. No era necesario que se lo recordara su amigo, pero tenía la sensación de que las cosas se estaban acomodando a su favor y una fuerza interior lo obligaba a cambiar constantemente de lugar. No quería que su inconsciente lo traicionara y se fuera todo al traste. Miró la cara hipócrita de todos los presentes y decidió buscar un espacio libre de curiosos. Encontró lo que buscaba.

Se acercó al pianista que en ese momento tocaba una pieza muy triste, al menos no es mortuoria, se dijo Rolando. ¿Puedes tocar la canción que le gustaba a mi mujer? Si me dice cómo se llama la melodía —dijo mirándole con un poco de sorpresa—, y me la sé, entonces se la interpretaré con mucho gusto. Rolling in the Deep—le dijo sin comprender su expresión de sorpresa—. Esa la ponía Consuelo casi todos los días. El músico, muy precavido, le comentó que esa canción no era la más apropiada para ese momento, pero Rolando insistió. Está bien, amigo, pero debería tener en cuenta que la letra de la canción es muy poco habitual. No me importa, dijo Rolando, tóquela y déjese de peros. El hombre respiró hondo, se quedó un momento viendo hacia la pared que tenía enfrente, miró las coronas de flores y comenzó con unos golpes fuertes como si tocara la batería, su mano derecha ascendía y descendía como si estuviera dando nalgadas, la izquierda solo acariciaba algunas teclas. Para la gente no pasó desapercibida la tarea del músico. Las mujeres miraron con horror a sus maridos, ellos no sabían qué hacer.  Nadie quería dejar huella ese día, y mucho menos hacerse notar con una imprudencia. La melodía estaba rompiendo todo el plan estratégicamente planeado. La señora Rosa viuda de Vargas miró a sus hijas. No obtuvo más que movimientos de hombros encogidos y expresiones de rostros sorprendidos. Caminó hasta el piano, pero cuando llegó la música se terminó. Se quedó helada, dio media vuelta y se ocultó en un rincón con sus parientes.

Los invitados se sentaron cuando notaron que ya se servía la mesa. Cada quien buscó su nombre. Se acomodaron en sus sitios y hablaron por lo bajo con sus vecinos. “Pero ¿quién ha sido el idiota que le permitió al pianista tocar esa melodía?”. Nadie se había enterado. Ninguno había visto acercarse a Rolando al instrumento musical. Lo peor era que en el aire se habían quedado colgadas las palabras de la letra. “Un fuego me saca de la oscuridad...”. Se pidió silencio para que Lucrecia Vargas hiciera un brindis en memoria de su hermana. Era, dijo con voz lastimera, una mujer increíble. Muy difícil de entender, pero de corazón noble. Todos la recordaremos como aquella mujer que en los momentos más duros se quebraba y solía levantarse gracias a nuestro apoyo. Pero, ¿cuál apoyo? —se preguntó Rolando apretando los puños—. ¿Acaso no se acuerdan que yo era el único que arrastraba esa carga que todos evadían? ¿Dónde estaban cuando echaba a la servidumbre y hacía sus caprichos? ¿Dónde estaban cuando se ponía histérica y no quería salir al escenario? Deberían agradecerme todo lo que soporté con esa harpía. Y sí, que lo sepan todos. Me casé con ella por interés. Era un pobre diablo, pero ella fue quien se empeñó en que estuviéramos juntos. Luego, me quedé atrapado en sus redes con la amenaza de perderlo todo y soporté. ¿Para qué? Pues, para que su dinero no callera en manos de la ludópata Lucrecia o en las de Marga que es más bruta que una acémila. El único que puede darle un uso adecuado a su fortuna soy yo. Cuando tenga el dinero en mis manos viviré mi vida, esa misma que he tenido en una jaula de oro. Jamás me volverán a ver, sépanselo de una vez.

“Puedo verte con claridad bajo el agua, traicióname y sacaré tus trapos sucios…”. Los ojos se centraron en Rolando. Al principio no entendió nada, pero un susurro que llegó débil, pero con claridad a sus oídos, le abrió los ojos. Era cierto, toda la letra de la canción eran las palabras de Consuelo que llegaban desde el más allá. El fuego encendiéndose era esa furia que sentía por él. La soledad y oscuridad eran sus días de claustro que pasaba maldiciéndolo en el húmedo cuarto. Me iré en cada pedazo de ti, le decía siempre que lo encontraba por las mañanas.

Recordó los pocos instantes de tranquilidad que halló con ella. Fueron los únicos momentos en los que no se sintió bajo la amenaza de la destrucción. ¿Para qué soporté tanto? —se preguntó Rolando haciendo un gesto amargo—. ¿Acaso esa herencia lo merecía? No, la verdad es que no. Nadie estaría dispuesto a soportar esas humillaciones por nada del mundo, pero me empeñé en cobrarme a lo chino. “Cuando te mueras, desgraciada, me quedaré con todo tu dinero y seré feliz al lado de mi amante. La atmósfera se llenó de una energía gris oscura que tintineaba en las copas y salía como polvo de cristal de las bocas de los oradores. Fue tanto el ataque hacía Rolando que decidió abandonar el lugar. Se fumó un cigarrillo y conversó con un camarero. Llegó un taxi y se fue a un hotel. Paso mal la noche porque sentía que desde aquel momento la canción le seguiría como una maldición. Así fue al principio. Encendía la televisión, la radio o fisgoneaba en Internet y la suerte hacía que oyera algún fragmento de la melodía. “Casi lo tuvimos todo…”. ¿Todo? Todo lo tenías tú, pero me alimentabas de migajas, era tu mendigo que sobrevivía con tus limosnas. Y ¿Sabes? Te robé. Sí, aunque notabas faltas en la contabilidad, no lograbas demostrarlas. De allí saqué para el alquiler, los regalos y las diversiones para Sandra. Ella sí que me ha querido de verdad. Nunca me metió prisa para deshacerme de ti. Fui yo mismo quien tomó la decisión. Tenía que hacerlo todo con estrategia, con movimientos de ajedrecista y lo logré. Ahora todo es cuestión de esperar, nada me impedirá irme lo más lejos posible con tu pasta.

Recibió un citatorio. En el bufete de abogados Villanueva se leería el testamento de Consuelo. ¿No habrá faltado a su promesa? —se preguntó antes de dormirse la noche anterior—. No, no sería capaz. Además, la espié y sé bien que una buena parte de la tarta me corresponde a mí. Ernesto, ponga el cuarenta por ciento de mi fortuna a nombre de Rolando. Se que no se lo merece, pero tomando en cuenta que ha sido mi perrito faldero estos años…

Recordaba bien aquellas palabras. Ya no le causaba daño la melodía, ya no rodaba hacia lo profundo. Estaba saliendo a flote. Nadie podría hundirlo jamás y, lo mejor, tenía bastante vida por delante, a sus sesenta años podía reinventarse. Se teñiría el pelo, iría al cirujano plástico y recuperaría aquellos años de miseria. Tal vez, hasta dejaría a Sandra por una más joven. Debía tener paciencia y controlarse. Recibió una llamada de su amante. “¿Ya vas al bufete? Llamame cuando sepas lo de tu parte”. Rolando miró por la ventana del taxi. El día estaba claro, el cielo no tenía una sola nube. El taxista cambió la estación de radio tres veces. Ese día no habían despertado los locutores y pinchadiscos con mucho ingenio. “Rolling in the deep, queridos amigos, para que pasen un día espléndido”. Pero ¿Qué le pasaba a todo el mundo? ¿Acaso no sabían el significado de la letra? Seguramente eran como él, antes de pedírsela a aquel pianista nefasto.

Bueno, ya hemos llegado. Cambió la expresión de su rostro y bajó la cabeza. Llevaba el pelo despeinado y ojeras. Entró a la oficina de los Villanueva. Lo recibieron los familiares de Consuelo con una mirada celosa y acusativa. El saludó sin mucha voz. Ernesto sacó una carpeta con documentos y después de un preámbulo largo mostró el testamento. No voy a entrar en detalles, pues cada heredero tendrá que venir a recibir lo que se le haya asignado. En primer lugar, la señora Rosa viuda de Vargas se queda con la finca en la que vive, la señora Marga tendrá derecho al veinticinco por ciento y su hermana Lucrecia, igual. La lista de inmuebles está aquí especificada. Por último, Rolando recibirá el cincuenta por ciento del total. Se oyeron gritos de insatisfacción. Abelardo, el marido de Marga se le abalanzó y comenzó a gritarle y golpearlo. “Un momento—gritó Ernesto Villanueva—. No he terminado de leer”. Después, dijo algo que calmó los ánimos de todos y les dejó una sonrisa sarcástica en los labios. “Es inapelable una condición. Rolando no recibirá su parte, si se comprueba que ha tenido una relación extramatrimonial”. El silencio dejó que cada uno de los presentes le diera libertad a sus pensamientos maliciosos. Luego, comenzaron los murmullos. Rolando se quedó muy desconcertado y la duda le enfrió el espinazo. ¿Había sido tan prudente como para no desvelar su relación con Sandra? Echó cuentas, recordó las ocasiones en que había ido a las tiendas, a los restaurantes y teatros con su concubina y llegó a la conclusión de que había sido un insensato. Su relación con Sandra era un secreto a voces y, si alguien los había visto o, peor aún, les había hecho una foto, entonces estaba perdido. Claro que todos lo delatarían, pero nadie hablaba y el silencio era peor que cualquier acusación. Apretó los puños, se mordió la lengua y contuvo lo más que pudo las lágrimas. Con voz apagada se disculpó y salió. Sintió que su móvil vibraba sin parar. Era Sandra, que se había abandonado a su curiosidad y dejaba que el aparato se agitara sin cesar en el bolsillo de Rolando. “Pero ¡qué demonios quieres, joder!”. Del otro lado no hubo reproches, solo una pregunta clara y directa: ¿Te toco algo?

Rolando cogió el teléfono y lo estrelló contra la acera. El destino le había metido una zancadilla. La burla era imperdonable. ¡Lo sabía, la muy puta! ¡Lo sabían todos, joder! ¡Jamás podré tocar ese maldito dinero! ¡Los odio! ¡Los odio, maldita sea! ¡Púdrete en el infierno, desgraciada! 

miércoles, 9 de junio de 2021

Dubl Dva


I

Estaba en mi estudio terminando mis escritos. No era nada importante, en realidad, pero me urgía enviar esa carta a la señora Bovary. Quería advertirle de los peligros de seguirse endeudando. No podía revelarle que ya sabía de su final trágico y decepciones. La preocupación no me dejaba dormir. Llevaba algunas noches sin pegar ojo. En cuanto terminé de escribir, limpié la pluma, cerré el tintero y saqué mi estuche de cuero para poner el sello. Puse a calentar el lacre y le estampé el escudo de mi anillo. Llamé a Petronio de inmediato para que me entregara la correspondencia y llevara la misiva a mi adorada Emma. No me habían escrito ni Flaubert ni Víctor Hugo, sin embargo, sí había una carta de Leo, mi estimado amigo ruso. No comencé la lectura de inmediato, quería disfrutarla en la noche bajo el resguardo de la oscuridad y el silencio. Me quedé un momento solo, repasé mi agenda y me di cuenta de que tenía una hora para la consulta del doctor. Esta vez les diré que voy a escribir todo lo que me digan—pensé—, no vaya a ser que me salgan otra vez con eso de que no sigo las instrucciones del doctor.

Me fumé un buen puro y saqué mi mejor whisky. Tomé dos copas y miré a través de la ventana. La calle, no estaba muy concurrida. Solo vi pasar un coche, era domingo. Por lo regular, siempre hay un poco de bullicio, pero los fines de semana no hay mucho movimiento. Ya no me quedaba bastante tiempo para releer un pasaje de El hombre que ríe, ni mucho menos para un capítulo de Guerra y Paz o Papa Goriot. Este último me habría traído solo penas, puesto que sus pasajes relacionados con el matrimonio me incitarían a reñir de nuevo con mi esposa Constance. Ella no es muy desagradable y nos casamos por amor, lo único es que, desde hace varios años, creo, no hemos podido llegar a un acuerdo. No me entiende muy bien y me critica demasiado. Hemos tenido riñas de verdad y siempre le he perdonado todo.  A mí, por ejemplo, no me gusta su forma de vestir, su forma de hablar y su distanciamiento. No creo que sea por la edad ni el tiempo que llevamos de casados que, serán unos veinte años, más o menos. Seguro que el origen de nuestra discordia es que odia cualquier cosa que esté relacionada con la literatura. ¿Cómo es posible que odies mis libros y a mis escritores favoritos? —le pregunto cuando la sorprendo leyendo—. Deberías leer las obras de nuestra época, pero te empeñas en adquirir libros que hablan de tonterías.

Hace un mes casi me voy de la casa. Fue por un libro que me pareció la tontería más grande del mundo. Se llamaba El amante y era demasiado inmoral. No quiero contarles las perversiones de las que habla la autora. En nuestra época, bien lo saben, hay normas que la gente debe seguir. No me imagino una relación como la que cuenta esa mujer. Una inocente niña en manos de un diabólico chino, pero ¿qué piensa la gente? ¿Se han vuelto locos o qué? Lo peor es que mi esposa estaba disfrutando a lo grande con esas cochinadas. No quiero decir que ahora no sucedan cosas así, pues la humanidad se ha caracterizado siempre por su bestialidad, y no seria sorprendente descubrir la degradación entre nuestros vecinos o coterráneos. A lo que me refiero es que eso no se debe hacer público en forma de novela. Que se encarguen los jueces o los verdugos de esas cosas, pero que no se ponga en las estanterías de las tiendas de libros.

Bueno queda muy poco para la consulta del doctor. Odio su forma de vestir. No tiene sentido del gusto. Elige sus prendas con los ojos cerrados. Se pone chistera y sus trajes son horribles. Bien podría cambiar su guardarropa porque lo que lleva puesto siempre parece salido de un museo, lo digo por la calidad de las telas que parece que tienen más de cien años. En fin. De mi mujer, mejor callar. No se pone el corsé, ni sus crinolinas voluminosas, tiene el aspecto de una moza de ricos. A decir verdad, lo que se pone no parece ropa de este mundo. No es elegante, ni de telas finas. Hay, sobre todo, unos pantalones que le quedan ajustados, no sé de que tela serán, nunca he visto nada igual, y sus blusas dejan ver su sostén. No se cómo no le da vergüenza salir así a la calle o andar aquí entre la servidumbre con esas fachas.

Me han dicho que hoy será la prueba de fuego. El doctor intentará hacerme dormir para preguntarme algunas cosas. Sigue pensando que estoy mal del coco, es por eso que he tomado todas mis precauciones. Estas notas servirán de referencia para cuando me despierte. No sé qué demonios es ese método de la hipnotización. Esa palabra no la he oído nunca. Bueno, doctorcito, prepárate que te daré una gran sorpresa. Voy a seguir escribiendo, incluso cuando me duermas. No me fio de ese tipo. Su peinado es horrible, parece que no sabe lo que es un peluquero. Bueno, allí están. ¡Que puntuales!

A ver, amorcito, ¿qué tengo que hacer hoy? ¿Qué es el doctor el que da las instrucciones? Vaya, pues ¿no te gustaba tanto dar órdenes? Ya quisiera verte sola sin el doctorcito para que empezaras con tu interminable trabajo de generala. Pues, estoy listo. ¿Cuándo me tengo que dormir? Que espere, ¿qué me tienen que ayudar? Bueno, pues venga y no me pidan que deje de escribir. No les daré el gusto de burlarse de mí. Estoy en mi sano juicio. ¿Qué es eso, doctor? Una esfera de cristal, ya veo, pero ¿para qué necesito verla y escucharle a usted? Sí, le escucho, pero me empieza a dar sueño de verdad. ¿No piensa parar? ¿Cómo? Que en eso consiste el método, me lo imagino. Bueno, creo que ya estoy a punto de…

II

Me he despertado de buen humor. Nunca me había sentido así. Alicia está radiante. Ya se me había olvidado su sonrisa y hemos desayunado juntos. Ha preparado un pie de queso muy bueno. Siempre lo prepara los domingos, pero está vez se ha esmerado. He tratado de recordar algunas cosas, pero siento como si me hubieran desconectado algunas partes del cerebro. Alicia me ha dicho hace un rato que la sesión con el doctor fue fantástica y que ya no vendrá por aquí, a menos que se requieran sus servicios en una situación de emergencia. Sí, así lo ha dicho: “de emergencia”. No sé a qué se referirá, pero mientras nuestras relaciones vayan bien, será mejor no ver al doctorcito. Tengo muchos planes. He llamado de nuevo a la oficina y me han dicho que la empresa quebró. Luego he mandado mi CV a otros sitios, pero me he enterado de que los especialistas como yo ganan muy poco. Alicia me ha presentado su plan y le he dicho que me parece buena la idea. Vamos a abrir una floristería. Por el momento mi estudio está bajo llave y mejor que sea así. Creo que de tanto leer novelas del siglo pasado se me descompuso el coco. Bueno, mañana vamos de compras. Necesito ropa nueva y cambiar de imagen. Me voy a cortar el pelo y ya no quiero llevar está barba horrible. En gran medida mi aspecto ha de haber sido uno de los factores que arruinaron mi relación. También el mal carácter. Alicia ya no me lo dice, pero recuerdo que teníamos discusiones larguísimas por estupideces. Ahora trato de ver las cosas con más sencillez. Sin darme aires de intelectual. Ja, qué simple es la vida, dice Alicia mientras saca los trastos del lavavajillas. Sí, le digo, esa máquina es una maravilla.

Llevo una semana haciendo los trámites para el local. He conseguido que me abastezcan de flores y mi mujer ya ha registrado nuestro negocio. Pronto empezaremos, mejor dicho, comenzaré con la venta de flores. Esto seguro que nos dará mejores posibilidades económicas. Tengo muchas ganas de ayudarle a Alicia, sé que por mi culpa se ha endeudado un poco y lo mejor que puedo es ser solidario en estos momentos. Hace poco noté la actitud de los vecinos. Me saludan con prudencia y se asombran cuando les comento cosas. No creo que cuestiones sobre el tiempo y alguna broma motiven la desconfianza. La señora López me ha dicho que esta muy contenta de verme tan cambiado. ¿Cambiado? —le he preguntado, pero me ha visto con sorpresa y se ha retractado—. ¿En qué sentido? No ha dicho nada y con una risa forzada se ha ido.

Me siento fantástico. La gente viene a comprar flores para todo. No me imaginaba que hubiera tantos motivos para regalar una flor. Para nosotros eso es bueno, somos los únicos que vendemos flores aquí. Además, resultó que tengo talento para envolver y decorar. Mis arreglos han cobrado cierta fama y los clientes vuelven pidiendo las combinaciones de rosas, peonias, claveles y tulipanes. A veces pienso que estoy viviendo una existencia ajena. En algunas ocasiones me ha asaltado la duda del pasado. Alicia me ha ocultado muchas cosas. He visto solo nuestras fotos de la boda y todas en las que estamos abrazados o contentos, pero recuerdo que había algunos álbumes en los que tenía fotos de mis amigos y mi familia, pero ella dice que no los tenemos. Eso es muy raro y tengo la sensación de que los he visto hace muy poco tiempo. ¿Dónde habrá metido todo? También me preocupa el estudio. No lo hemos abierto desde hace un mes y sé que tengo cosas importantes allí.

III

He visto un sueño rarísimo. En realidad, lo percibí todo cuando estaba casi a punto de despertarme. De hecho, ya oía los pájaros trinar y un haz de luz solar me daba en la cara. Sentí el cuerpo caliente de Alicia y de pronto me vi a mí mismo con un traje del siglo XIX. Estaba dando vueltas por la casa y le pedía a mi criado que me entregara la correspondencia. Era todo, pero sentí que esa imagen era tan real como la vida misma. Me levanté y me ocupé de otras cosas. Hice el desayuno y esperé una hora a que se levantara mi mujer. Puse la radio y escuché las noticias. No había nada nuevo. Seguía la política expansionista de Israel, las eternas riñas entre La Nueva Rusia y los EE UU, nuevas reglas para los conductores, aumento en los productos de importación, etc. Bajé al buzón por la correspondencia. Estaban todas las facturas, talones publicitarios y un folleto de ropa de una tienda famosa. Lo puse todo en la mesita de centro y me encontré con la mirada de Alicia. Me abrazó y me dio los buenos días. Nos fuimos a desayunar. Luego nos vestimos y nos marchamos a la tienda. A ella le gusta pasar el fin de semana en el local. No es muy amplio, pero está muy bien ubicado. Hay muchos curiosos que se quedan mirando nuestros arreglos. Una señora mayor nos ha comprado un ramo de rosas para su amiga. Hemos conversado con ella de tonterías, pero ha sido agradable.

Por la noche han sucedido cosas increíbles. Pensaba que eso del amor carnal se había terminado entre nosotros, pero qué va, estamos en buenas condiciones y con un gran futuro. Después del esfuerzo estuvimos hablando cosas de nuestra juventud, luego recordamos nuestro primer encuentro y las noches que pasábamos haciendo planes para el futuro. No se cumplió casi nada. No se nos dio lo de los hijos, Alicia terminó su carrera y el doctorado. A mí se me complicó más la vida, pero lo bueno es que seguimos juntos. Bueno. Mañana será otro día.

IV

No lo puedo creer. Tengo un dolor fortísimo de cabeza. Siento como si me estuvieran diseccionando el cerebro. Por momentos veo cosas extrañas. Muchas imágenes se relacionan con ese sueño extraño que tuve. Todo ha sido porque abrí mi estudio y me puse a fisgonear. Al principio, vi que todos mis libros tienen anotaciones. ¿Cómo me he podido olvidar de ellos? Hay muchos, la mayoría son colecciones completas de las obras de famosos escritores. Tengo, incluso dos de los libros de Balzac, una con empastado azul marino y otra negra con letras doradas. Hay muchos de Tolstoi, Dostoievski y mis amigos franceses. También hay objetos antiguos que parecen sacados del museo de historia. Hay notitas por todos lados. Al principio me he querido salir de allí con los documentos que buscaba, pero luego me he sentado y he visto una carta o un aviso escrito por mí. No sé hasta que grado sea cierto lo que puse allí y me parece que eso lo haría solo un loco. Ahora trato de atar cabos y recordar ese día que fui hipnotizado, pero es como si no lo hubiera vivido. Tengo mil dudas y cada minuto me siento más nervioso. Es como si de pronto comenzara a reconstruirse mi cabeza y las imágenes fueran surgiendo poco a poco. Comienzo a ver pasajes de libros. Personas en coches, calles oscuras iluminadas con candiles. Necesito irme a trabajar, pero no creo tener fuerzas suficientes. No me quiero quedar aquí, sin embargo, los pensamientos no me dejan en paz.

La noche ha sido horrible. Alicia se ha puesto de muy mal humor. Me ha echado la bronca por haber entrado al estudio. Llamó al doctor y estuvo consultando con el dos horas. No me imaginó por qué hizo tanto alboroto. Le dije que estaba bien, que lo único que me preocupaba era la floristería, pero me echó en cara mi estupidez y perdí la paciencia. Eso fue lo peor que pude haber hecho. Se puso muy caprichosa, rompió la vajilla y casi rompe la puerta. Llevamos unas horas sin hablar. Le hago preguntas y no responde. He pasado todo el día fuera. Me he puesto de malas y los clientes me han mandado al demonio. Les pedí disculpas, pero no me compraron nada.

V

Estoy irreconocible. Me he puesto una chistera y un traje pasadísimo de moda que estaba arrumbado debajo de mi mesa de trabajo. Me he puesto a escribir cosas importantes. Por precaución he cerrado la puerta para que Constance no entre. La he oído hablar con el doctor. Hablan de una hipnosis fallida. No entiendo nada de lo que dicen. Tampoco he querido responderle a mi esposa. Le he recordado lo del libro. Dice que es mentira, que nunca ha leído nada semejante. Me ha mencionado una floristería, pero no me importa nada. Tengo muchas cosas importantes que hacer y si quiere que le regalen flores, que cambie de actitud y se comporte como lo que es, una ama de casa. SE ha extraviado la carta de Leo. No la puedo hallar por ningún sitio. La necesito ya. Me hago una idea del contenido y hasta podría arriesgarme a contestar a ciegas, pero qué dirá mi queridísimo amigo. Estaría en juego mi reputación. ¿Luego? ¿Con qué cara podría presentarme ante Gustav? ¿Qué me diría Honore y Víctor Hugo? No, es necesario buscar con más escrupulosidad. No, aquí no está. En el armario tampoco. ¡Ah, ya! ¡Qué tonto soy! Está allí, sí, exacto. En el libro de воскресенье. ¡Bien! ¡Veamos, querido amigo! Sí.

“Estimado Jan, te escribo para comunicarte que me será imposible llegar a tu casa en verano. En Ясная поляна o, como le dice usted, Calvero claro, tenemos mucho trabajo. Tengo muchas cosas que enseñarles a los niños de los campesinos. ¿Sabe? Nuestra sociedad es injusta con los pobres. Son explotados y humillados, jamás el estado les dará las condiciones adecuadas para que tengan una vida digna. Mi deseo es que gocen de los beneficios de mi riqueza. En mi casa tengo problemas con mi familia. Nadie entiende nada y son egoístas. Algún día la gente reconocerá este esfuerzo. En fin.

Por otor lado le comento que he escrito mi libro sobre la iglesia ortodoxa y me han excomulgado. Ha sido el patriarca que dice que soy un hereje y que merezco ir al infierno. Se ve que no ha tenido ni la curiosidad, ni el valor para leer. ¿Con qué derecho se da la libertad de quitarme el derecho al cielo? ¿No será que lo ha consultado con dios y el creador le ha dicho que me merezco ser condenado solo por criticar a los religiosos? En breve le llegará un ejemplar firmado por mí. Léalo a conciencia y deme después su amplia y valiosa opinión. Se despide de usted su amigo de siempre,

León T.

Bueno, no era lo que yo pensaba. Gracias a dios la encontré. Bueno es hora de responderle. ¡NO me molesten! ¡Que no ven que estoy trabajando! ¡Ay! Ya está aquí otra vez el doctorcito. ¡Esta vez no me va a engañar! ¡Ya no quiero seguir con su método tonto! ¡Váyase y déjeme en paz!

viernes, 4 de junio de 2021

Buscando un Glashütte


Lo primero que decidí hacer después de la guerra fue encontrar el reloj que había visto en la muñeca de un soldado alemán. Lo recuerdo muy bien porque presumía en el campo de concentración de su valioso y apreciado artefacto. “Es de mi padre, cabrones, ¿lo oís? No es cualquier cosa. Pertenece a un empresario que fabrica bombas. Sí, esas mismas que están cayendo sobre las casas de vuestros familiares”.

Franz era muy blanco y tenía unas pecas que le daban apariencia de mapache. Era fuerte y tenía muy buen apetito. Siempre le robaba lo que podía a sus compañeros y era extremadamente cruel. Su devoción al Reich era más fuerte que cualquier fe. Se sabía de memoria los protocolos de los sabios de Sion y citaba algunos puntos cuando se disponía a mandarnos a la cámara de gas. ¿Es verdad que queréis gobernar el mundo apoderándoos de la riqueza y el oro, malditos bichos? Pues, escuchad bien. ¡No lo podréis hacer porque todo este aparato se ha construido para el exterminio total de la lacra del mundo!”.

Todos le teníamos miedo y cuando percibía nuestros titubeos se acercaba muy despacio y callado. Luego se posaba a unos centímetros de la cara y soplaba, después se reía a carcajadas. Había quien no podía resistir su presencia y al poner un gesto de enfado era castigado con trabajos duros y ayuno hasta la muerte. No había peor cosa que sufrir por el fallecimiento de algún compañero y escuchar su maldita perorata de su reloj Glashütte. Yo no era el único que deseaba con fervor su muerte. Por las noches hubo quien tramó un atentado contra su vida y estuvieron a punto de envenenarlo, pero se salvó y su venganza fue lo peor que nos pudo haber sucedido. Se encargó personalmente de descargar las latas de gas de los camiones. A muchos los puso a trabajar en los hornos y luego los rehabilitó en la construcción de los refugios. Los que volvían parecían seres a quienes se les había extirpado el alma. Durante las mañanas opacadas por la neblina se oían sus pasos agresivos, nos sacaba desnudos al patio y ordenaba que nos bañaran con agua fría. Los pocos que sobrevivimos a sus maltratos nos prometimos encontrarlo para acabar con él.

Un día notamos que los miembros del SS estaban en el campo dirigiendo la fuga. Se quemaban documentos, se empacaban las cosas de valor y se destruía cualquier cosa que pudiera comprometerlos. “Se van a largar estos malditos—dijo Joseph que no podía mantenerse en pie por la tos tuberculosa que lo levantaba del suelo—. Ahora verán lo que les espera”. No duró mucho y en la noche se quedó tumbado en una litera. No nos dimos cuenta de su muerte hasta la mañana siguiente. Una prueba que no olvidaré jamás fue la hambruna que vino cuando nos liberaron. Los rusos nos habían quitado el yugo de los nazis, pero no tenían planeado alimentarnos así que sobrevivimos llevándonos a la boca hierba y cosas incomestibles.

Regresé a Varsovia para recibir las malas noticias. Con el aislamiento de cuatro años le perdí la pista a todos los miembros de mi familia. Las puñaladas fueron cayendo poco a poco. Mi casa quedó destruida, no quedó nadie de mi familia y me encontraba tan seco e insensible que no pude ni siquiera llorar. Las escenas tétricas que vi en Majdanek me dejaron hueco. Tuvieron que pasar unos años para que las lágrimas volvieran a rodar por mis mejillas, pero eran clorhídricas, me fueron destruyendo el rostro y envejecí demasiado. Traté de encontrar un motivo para vivir y al hacer un repaso de mis planes recordé lo del reloj. Fue una noche en la que me quedé dormido en el sofá y apareció ante mí un reloj de oro con una cubierta para proteger el cristal. No era como el de Franz, pero me hizo recordar el Glashütte. ¿Cómo había podido olvidar mi promesa? Sería por los tranquilizantes que me tomaba como golosinas. Me había tratado de apartar del mundo para existir en un espacio abstracto. La somnolencia me había convertido en un autómata. Mis movimientos se repetían como programados para convertirme en vegetal. De pronto sentí de nuevo latir el corazón. Resonaron esas palabras amenazantes y rencorosas de Joseph. Entonces fue cuando decidí encontrar a Franz y su maldito reloj. Ya habían comenzado hacía mucho los juicios de Nuremberg. Fui a la embajada de Francia a preguntar sobre los prófugos de la II Guerra Mundial y si sabían algo de Franz Schwerin. No me pudieron dar ninguna información, pero me recomendaron que me pusiera en contacto con el Centro de documentación judía de Viena. Así lo hice y me dijeron que tenían pistas de Franz quien se encontraba en Buenos Aires. Estaba muy lejos y no me imaginaba como podría ir a buscarlo. Con las pocas fuerzas que tenía no podía hacer esa travesía. Decidí hacer amistad con algunas de las personas que se encargaban de la búsqueda de nazis. Me invitaron a hacer declaraciones y escribí una larga lista de los oficiales y coterráneos que había conocido. Me lo agradecieron mucho y quedaron de informarme. Empecé a fortalecerme para el momento en que me dijeran que se había detenido a Franz. Quería asistir a su juicio y quitarle el reloj o al menos recordarle sus palabras cuando fuera condenado. Soñé cientos de veces ese momento, pero nunca llegó. Según supe después, se suicidó. Se había casado con una mujer argentina, Rosario Vega. La había dejado con dos hijos.

Me sentía frustrado. No sabía qué hacer. Mi deseo de venganza se vio atrapado en mi raquítico cuerpo y el malestar me incomodaba todas las noches. Llegué a pensar que ese veneno que se producía en mi interior me mataría a fin de cuentas. Hice mis maletas y me fui en busca de la familia de Franz. Me resultó difícil encontrarla, a pesar de que me habían dado todas las referencias. La razón fue que la señora Rosario se cambió el apellido y mis pesquisas duraron más de un año. Tuve que asentarme en esa ciudad porteña. Aprendí el idioma y empecé a comunicarme con la gente. Cada día seguía las falsas pistas que me daban. Estuve a punto de darme por vencido y si no hubiera sido por un golpe de suerte, me habría regresado a Varsovia. Fue un día que estaba paseando por La Plaza de Mayo. Me quedé de pronto estático con la cabeza en blanco. Tenía enfrente un estanque y veía la caída del agua como hipnotizado. Oí a lo lejos algo que resonó varias en mis oídos, pero no podía reaccionar, seguía petrificado. “Franz ven aquí”. Se hizo un eco en mi cabeza y volteé. Era un niño muy rubio con pecas. Lo miré fijamente y encontré un parecido enorme con el otro Franz. Tuve que sentarme para no caerme. El corazón latía inútil porque no llegaba sangre a mi cabeza. Caí en el suelo y cuando me recobre vi a una mujer que me ofrecía su ayuda. “¿Se siente bien?”. Me levanté con dificultad y acepté el café que me ofreció. Me llevó a un sitio muy modesto. El interior estaba fresco y recuperé las fuerzas. Entablé una conversación sencilla con Rosario. Le dije que había emigrado de Europa, que trabajaba ocasionalmente dando clases de idiomas. Pasamos una hora hablando de todo y después me dijo que se iba. No podía dejarla ir, así que me las ingenié para que aceptara mis servicios. Le dije que Franz parecía austriaco y que con toda seguridad podría aprender el alemán. Ella dudó mucho y al final me confesó sus temores. “Lo mejor sería que olvidara esa lengua y que se desvanecieran los recuerdos de su padre. No sabe el peso que nos oprime”. Le dije que estaba de acuerdo, pero que la cultura es lo más valioso que se tiene en la vida. Saber un idioma extranjero siempre ofrece más oportunidades. Ella me dio largas y me explicó que tenían problemas de dinero, que habían llevado todo al empeño y que por eso estaban en la ciudad. Vivian muy lejos y tenían que regresar al día siguiente.

Al final le pregunté por los objetos que había dejado bajo consigna. Nombró algunas cosas, pero a mí me interesó solo que el reloj de oro de Franz estaba en el Monte de piedad. Le prometí recuperarlo y entregárselo de vuelta, sin embargo, ella se negó categóricamente. “Si lo recupera, quédeselo y no me busque jamás para hablar de él”. Me despedí de ella y su hijo y me fui. Al día siguiente fui a buscar el reloj. Llegué al mediodía. No había mucha gente y el encargado que me atendió me dijo que una joya como esas no podía pasar desapercibida, así que el señor González que era el administrador se lo había llevado. Le rogué que me pusiera en contacto con él. Tuve que insistir durante varios días y cuando hablé con el señor González se río cuando vio mi cara de asombro. “¿Y qué creía usted? ¿Piensa acaso que era para mí? No, estimado amigo. ¿Sabe quién me lo compró sin pensarlo? ¿No? Pues el mismo licenciado Barón”. Le pregunté cómo podría encontrarlo y me fui al anticuario donde estaba seguro de que podría recuperar el reloj.

Entré en un local muy oscuro con aroma rancio. Había todo tipo de objetos raros, pinturas, lámparas antiguas, esculturas, objetos de latón, plata y cobre. Pregunté por el dueño y me dijeron que había salido porque tenía que cerrar un buen negocio. Pedí que me mostraran todos los relojes que tenían, pero ninguno era el de Franz, así que supuse que el gran negocio que estaba haciendo en ese momento el licenciado Barón estaba relacionado con lo que yo buscaba. “En efecto, señor Saúl, hace unos días vendí ese reloj por una buena suma. Le gané el cincuenta por ciento y sé que el americano que me lo ha comprado sacará aún mucho más. Le pedí las referencias de aquel hombre. Resultó ser un empresario que se hallaba de paso por Argentina y saldría en unos días a los Estados Unidos.

John Steel era un hombre ocupadísimo. Me había costado un trabajo enorme llegar a América y más aún encontrarlo. Tenía dos oficinas. Una en Nueva York y otra en San Diego. Siempre estaba haciendo viajes y cuando me presenté en su oficina en California me dijeron que tendría que esperar una semana a que volviera de Canadá. Se había ido una semana de vacaciones con sus socios. Según decía la secretaria Marie, les encantaba pescar salmones en esa época del año. Pasé los días merodeando por la oficina, por si el hartazgo de pescado lo hacía volver antes. No fue así, por el contrario, fue una semana y media y cuando me presenté en la oficina Marie me indicó que me sentara, que me atendería John en un momento. Fueron unos minutos espantosos para mí. Los recuerdos y las emociones ya casi olvidadas regresaron como fantasmas aterradores. Estaba sudando y no sabía qué decirle. Antes había inventado una historia para convencerlo de que me vendiera el reloj, pero ya no podía recordar cómo contarla y mi cabeza estaba echa un embrollo.

Salió de la oficina. Llevaba un traje azul marino muy elegante. Su pelo estaba embadurnado de brillantina y su rostro de águila me miró como si yo fuera una presa fácil. “En este momento no puedo atenderle, señor Saúl. Explíquele a mi secretaria el motivo de su visita y vuelva otro día”. Me quedé con la mano extendida. Perdí el habla y el dominio de las piernas. Estuve así por la imagen de su muñeca. Llevaba puesto el Glashütte. Sali después como poseído, no sé cuántas horas estuve caminando por la ciudad. En la tarde llegué a mi modesto cuarto de hotel y comencé a beber vodka. Quería disipar con alcohol las ideas, pero entre más me embriagaba, más triste me sentía. Me dormí llorando y a la mañana siguiente decidí renunciar a mi plan. De nada valía recuperar ese reloj, incluso, sería aún peor porque no tendría la fuerza para destruirlo y me acosarían los demonios hasta provocarme la demencia. Hice la maleta y busqué un vuelo a Europa. Encontré un avión que salía en cinco horas a Londres. Esperé con paciencia evitando todo tipo de pensamientos. Me entretuve mirando a la gente. Lo hacía sin juzgarlos, por la necesidad de distraerme. Vi niños correteando, padres gritando, mujeres muy arregladas pavoneándose por todos lados.

Miré el reloj y vi que faltaban unas horas para hacer el registro. Fui a buscar el mostrador de la empresa British Airways y cuando iba a llegar vi a John. Estaba sentado con aire distraído. Me quedé unos segundos pensando qué le diría y me fui a sentar a su lado. Lo saludé y él no me reconoció. “Es muy bonito su reloj —le dije amablemente—. ¿De qué marca es?”. Es un Glashütte—contestó mostrándomelo—, perteneció a un empresario judío que murió en un campo de concentración. No podía creer lo que oía. ¿Quién le habría contado esa falsa historia para embaucarlo? Le comenté que un objeto tan valioso debía tener alguna inscripción. Dijo que sí, que en efecto tenía una dedicatoria en alemán. Se quitó el reloj y me la mostró.

“Für meinen lieben Sohn Franz. Hilf ihm durch schwere Zeiten während des Krieges.

Sein Vater: Carl Schwerin”.

¿Sabe usted quien fue Franz Schwerin? Negó con la cabeza y empecé a contarle lo que había hecho el dueño de su preciada adquisición. John me oía con asombro y por sus muecas estaba claro que me tomaba por un farsante, sin embargo, le mostré mi tatuaje del brazo. El cincuenta mil novecientos treinta y siete. Llegué antes de que se empleara el número uno para las series y mucho antes de que se pusieran en práctica las categorías A y B. John quedó convencido, pero las cosas que oía lo desconcertaban tanto que se deshizo el nudo de la corbata y se quitó la chaqueta. Su rostro mostraba vergüenza y estaba como un tomate. “Mire, Saúl, si quiere le doy el reloj, por lo que me ha dicho, usted tiene sus razones para conservarlo. Pagué mucho dinero por él, pero si tiene detrás tanta crueldad y lo necesita para cumplir su promesa, se lo doy”. En seguida me lo puso en la mano, pero no podía sostenerlo. Mi mano parecía resistirse y temblaba como si le estuvieran administrando una gran descarga eléctrica. Al final lo pude coger y le dije a John que lo destruiría allí mismo. Dijo que se tenia que ir. Me levanté para despedirme y me abrazó. No pude contener el llanto y me convertí en una estatua de piedra. Se alejó sin volver la mirada. Vi su espigado cuerpo desaparecer. Pasaron unos minutos y vi el reloj. Era verdad lo que me había imaginado. No tenía fuerzas para destruirlo, era más fuerte que yo. Me sentía otra vez en las filas de presos con la horrible mirada de Franz. Oía que me decía: “A ver, inútil, a ver si eres capaz de destruirlo. Seguro que no tienes fuerzas ni para sostenerlo”.  Permanecí en mi sitio hasta que se anunció la salida de mi vuelo. Fui al baño y saqué el reloj. Lo tiré por el inodoro. Tuve que bajar varias veces la cadena hasta que la cañería se lo tragó. Salí de los aseos peor que nunca. De nada había servido tanto esfuerzo. No podía perdonar a Franz y la venganza que según pensaba se comía fría, era tan indigesta que no podía andar.

Llegué a mi piso. Saqué lo que tenía en la maleta y preparé un café. Estuve mucho tiempo viendo la pared. Todas las cosas malas que había sufrido regresaron. Nunca debí empeñarme en seguir el rastro de aquel reloj. Ya no quedaba más remedio que vivir con eso el resto de mis días. Intenté distraerme frecuentando personas de mi edad. Traté de leer y pasar el tiempo jugando al ajedrez. Nada me pudo ayudar y sentí que estaba cerca de la locura. Un día amanecí peor que nunca y perdí una parte importante de la memoria. Ahora los médicos me dicen que me resigne, que las cosas irán a peor. Ellos lo lamentan mucho, pero para mí es un alivio, una liberación.

lunes, 3 de mayo de 2021

El misterioso cochero, el final inesperado de un detective o el impostor, decídalo usted

Sherlock se lo dijo a Watson, estaba claro. Había un escritor que experimentaba con ellos para crear sus obras. Tenían que apurarse porque la última pista que tenían les indicaba que el tipo se escaparía. Se dirigieron al Teatro Nacional donde iba su pieza preferida. El crimen se cometería durante el Nessun Dorma y el protagonista caería fulminado por un dardo envenenado.

“¿Cómo podremos encontrar al asesino, Sherlock? —preguntó Watson sin obtener respuesta—. ¿Acaso sabe algo que nos revele su identidad? ¿Se ha puesto a calcular el número de espectadores que asistirá hoy al estreno? ¡Sera imposible encontrarlo!”. No desespere, querido Watson, hay formas de saberlo. Una cerbatana no se esconde tan fácilmente. ¿Dónde se la pondría usted? ¿Debajo de los pantalones? ¿la desarmaría y la armaría durante el entreacto en el baño?  Watson no supo que decir. “Queda una hora para el comienzo de Turandot, ha llegado el cochero, es hora de irnos, Holmes”. Bajaron sin decirle nada a la señora Hudson. Ella los miró sin interés y se retiró a sus labores.

¿Ha notado algo extraño en el cochero, Watson? Sí, Holmes, tiene más tipo de oftalmólogo que de cochero y esa pipa que fuma lo hace muy semejante a usted. Es verdad, estimado amigo, esa es precisamente la pista que nos ha enviado el psicópata. Pero, ¿cómo lo detendremos? —replicó Watson limpiándose el sudor con su pañuelo—. Sherlock no contestó e hizo que su acompañante enrojeciera de cólera. La mirada persistente obligó al detective a escribir en un papel lo que sabía. Watson palideció y dijo muy bajo: “El problema final”. Holmes se recostó sobre el asiento y le pidió silencio a su compañero, que tenía los ojos llenos de lágrimas y le temblaban las manos.

Salieron del coche y se dirigieron a la entrada del teatro. Watson tenía conciencia de la ubicación del cochero. El rostro rechoncho, el bigote cuidado y la ropa tan limpia eran pruebas inequívocas de que el criminal se había confiado demasiado. Tenían que vigilarlo y descubrir su plan. Lo esperaron ocultos detrás de una columna. Lo vieron pasar con una capa negra y su sombrero. Lo siguieron, pero en un pequeño descuido el tipo se esfumó. Los dos estaban muy tensos. “¿Qué hacemos ahora, Holmes?”. La respuesta se fue mezclada entre los gritos de la gente que entusiasmada iba a la sala. Se cruzaron sus miradas. Holmes sabía ya cuál era el final. Era su hora y nadie podría evitarlo. Le puso la mano a su amigo en el hombro y le pidió que pasara lo que pasara, nunca permitiera que la gente supiera de su paradero. "Es inevitable, Watson, esto va más allá de nuestra capacidad. No está en nuestras manos evitarlo. Solo quiero que cuente todas nuestras historias para la posteridad”.

Watson se fue a su butaca y comenzó a buscar entre los espectadores al sospechoso. Holmes le preguntó si lo había encontrado, pero su amigo solo movió la cabeza. Vamos al baño Watson, después tendremos tiempo de ver al tenor y prevenirlo si es que el demente decide asesinarlo a él en mí lugar. Llegaron al servicio, Watson con retraso y, cuando lo vio Holmes, tenía en sus manos un tubo ebúrneo. “Lo sabía—dijo Holmes—. Entonces es usted, querido amigo. Puedo saber el porqué de su decisión”. No, no, Holmes, no lo entiende. Me ha querido como a un fiel compañero, pero no existo más que en su imaginación, o mejor dicho, al revés, es usted quien existe en mi mente, es usted irreal. No es posible que no se diera cuenta todos estos años. Ha llegado el final y debe aceptarlo. Holmes permanecía inmóvil. Su mente era un torbellino de deducciones que se iban acumulando para mostrarle una respuesta desagradable. Era cierto. Lo había presentido miles de veces, pero su fría mente le había cegado los ojos. “Hágalo ya amigo, estoy listo”. Watson sacó una bolsita de tela, le mostró un dardo con la punta color violeta, lo introdujo en la cerbatana, hincho los pulmones y sopló. El proyectil se le clavó en el lado izquierdo del pecho y se mareó. Echó espuma por la boca y cayó con todo su peso. Entraron dos cargadores, lo envolvieron en una manta y se lo llevaron a la carreta. El cochero hizo una señal y cuando el cuerpo inerte estuvo dentro se marchó. Watson sacó su pipa y miró hacia el cielo. Bueno, está hecho. Mi pesadilla se ha terminado. No volveré a escribir jamás.

viernes, 2 de abril de 2021

Farol roto rojo


Estaban desapareciendo las cosas de mi tocador. Era un mal presagio porque a quienes les había sucedido lo mismo, habían sido víctimas de la más horrible violencia. Estuve a punto de orinarme en la silla cuando busqué mi peine de marfil y no lo encontré. Por más que intenté tranquilizarme, fue imposible. No había un ladrón, pues en las otras ocasiones los objetos habían sido devueltos, lo malo era que habían regresado en calidad de adornos alrededor de un cadáver. Eso le pasó a Lana, una rubia ucraniana que se arriesgaba con los clientes para ganar más. Se confió, le dijeron que tuviera mucho cuidado, pero ella solo decía que estaba urgida y tenía que mandarle dinero a su hijo en Kiev. No es la única. Casi todas nosotras estamos en la misma condición. Nos alquilamos por dinero. Aquí, al menos, tenemos ciertos derechos porque en nuestros países de origen somos explotadas, desechables como un objeto o consumidas como fast food.

“Cuídense y alerten a los Proxis—nos había dicho el Gitano—. No se confíen. La policía no es infalible, ya ha dejado pasar dos asesinatos. Además, ya conocen el modus operandi del hijoeputa”. Sí, era verdad. Lo sabíamos muy bien y teníamos manías. Todas nosotras nos poníamos a contar y recontar nuestras pertenencias. Que aparecieran objetos no era un motivo de alarma, se les preguntaba a las otras y si les pertenecían, la cosa quedaba solucionada. Si lo hallado no era de nadie. Se tiraba, así de simple. El problema era que se desapareciera algo como un perfume, un lápiz labial o ropa interior. Esa mañana no estaba mi amuleto, una piedra de color verde oscuro empotrada en un peine de cuerno de elefante que me había dado Amara, una chica de marruecos que se casó con uno de sus clientes. Fue como un cuento de Hadas, hasta fuimos a la boda. Sabemos que ha formado su familia y que es feliz.

Ya le he dicho a los tíos que nos cuidan que no lo encuentro por ningún lado. Le hemos preguntado a las chicas y hemos repasado la lista de clientes que vinieron ayer. Todos son conocidos y, creo, de confianza. Vienen a menudo los fines de semana, el sábado es su día preferido. No me parece que entre ellos esté el psicópata. ¿Y los nuevos u ocasionales? No son muchos y la policía ya ha investigado si tienen antecedentes. Todos están limpios, ¿entonces? ¿quién demonios se ha llevado mis cosas? Necesito que aparezcan en el transcurso de dos días porque al tercero… sí, creo que ya lo han leído en las noticias y no es recomendable contarlo de nuevo. Eso no ayuda en nada. Bueno el caso es que no me puedo imaginar a mí misma tumbada boca arriba en mi cama con el cuerpo abierto por la mitad y ese maldito peine incrustado en la entrepierna. ¿Qué tipo de bestia podría hacer esas cosas? Eso, se supone, pasa en las novelas policíacas, pero ¿en la vida real? Acaso, ¿no dicen por allí que la realidad rebasa a la ficción? De quién demonios es esa maldita frase, por favor ¿Para qué la inventó?

Nunca había sido supersticiosa hasta que comenzaron estos malditos crímenes. Antes ni siquiera creía en Dios y ahora mírenme. Rezando día y noche, orando con las piernas abiertas, esperando que los ángeles me protejan y que el bruto que me monta no sea el asesino. Creo que me estoy volviendo loca.

Han pasado los tres días de plazo. Me he despertado oyendo una voz extraña. Sí, no es una alucinación. La voz era mía, pero las palabras no me pertenecían, luego al abrir los ojos me he encontrado con el rostro de piedra de un policía. “Ha aparecido su peine, señora Diana, pero le tenemos malas noticias”. Dígame quién fue, por favor. ¿Dice que yo? Pero si estoy viva, ¿me está tomando el pelo? ¿Que fue Dolores? ¿Qué le han metido ese peine hasta la médula? Pero ¿por qué a ella? ¡Explíquemelo!

Es horrible. El inspector me ha mostrado las fotografías de mis huellas. Están por toda la habitación. Dice que no se trataba de un cliente, que era alguien de dentro y si se demuestra que no tengo problemas mentales, me mandarán a cadena perpetua, pero si algo falla, hasta la pena de muerte me caerá encima. Podría ser juzgada y extraditada por petición de los familiares de las víctimas. Será fatídico. Solo tengo una puerta de escape, tendré que usarla…


viernes, 26 de marzo de 2021

Misiva de la duda

No hay nada más satisfactorio que recibir una carta de la persona que más admiras. La tenía en mis manos, la había obtenido gracias a un amigo mío que la guardó unos años por considerarla demasiado reveladora para mi prematura carrera. No sé qué habría pasado si me la hubieran entregado antes de la desaparición del maestro. No era muy sustancial, tenía un preámbulo muy largo y esta frase me tenía intrigado: “Estimado amigo, escribe usted bien. Me gustaría que nos encontráramos para analizar algunos aspectos de su obra y estilo”. Era imposible volver atrás en el tiempo y lo único que tenía para aclarar el asunto era una interminable cadena de interrogantes que me atosigaban. ¿Qué me habría aconsejado aquel genio? ¿Qué cosas le habrían atraído? ¿Qué pensaba de mis escritos? ¿le parecía bueno mi estilo o lo consideraba pésimo? Sé que jamás podré responder a estas interrogantes y que lo mejor sería dar vuelta de página y seguir. Por las noches me despierto imaginando que estoy frente a él, que lee mis cuentos y hace comentarios satíricos o crueles y, luego, me hace grandes revelaciones. He decidido acercarme a él a través de su obra porque su vida es un misterio, una aleación de genialidad y furia; holgazanería y talento.

Sus obras están llenas de ingenio. Las voces que usa en su narrativa son polifónicas, las estructuras son asombrosas, su lenguaje es exacto y sus temas apasionantes. La pregunta que le hicieron siempre fue si sus historias eran verídicas y él, para burlarse de los incautos, decía que eran al cien por cien autobiográficas. Eso daba pauta al asombro, el escándalo y la náusea. “No se lo creemos—le espetaba la gente que hacía esas preguntas absurdas—. Eso no es posible”. Compruébelo, haga lo mismo que yo y lo sabrá, era su contundente respuesta. Claro que nadie se atrevía a hacerlo. Ningún hombre en su sano juicio estaría dispuesto a relacionarse con asesinos, invocar espíritus del más allá y, mucho menos, descender a los sótanos de la maldad humana solo para satisfacer la curiosidad. El pago sería muy grande y nadie se arriesgaría. Por otro lado, al verlo tan atractivo, tan arreglado y feliz, podían comprender que se trataba de una broma, pero él insistía. “¿Sabe? Para escribir La zorra de Ámsterdam viajé a esa ciudad y me contacté con las prostitutas de la calle de los faroles rojos. Allí me encontré con extorsionadores, bandidos y gente muy mala y me codeé con ellos. Bebimos juntos, compartí su cena y me desvelaron sus secretos, pero me asesinaron y tuve que hacer un terrible pacto”. Cuando le pedían aclarar lo del asesinato, alargaba una pausa incómoda y luego sonriendo decía que lo habían matado moralmente, sin embargo, sus palabras tenían tan poca convicción que todos se quedaban con la duda.

En su obra era muy común encontrar esos pasajes sobre su muerte y la resurrección, pero no se asociaba con algo parecido a lo de Lázaro o Jesús. La idea primera que surgía en la cabeza era que el tipo era un espiritista, ocultista o esotérico, pero al ver sus fotografías surgían la desorientación y la duda. Con sus trajes caros, su peinado impecable, su bigote bien afeitado y la seducción en sus ojos, era más un Dandi que otra cosa. Quien lo acusara de practicar ritos o pertenecer a una secta se veía obligado a aceptar, en contra de su voluntad, que era un Casanova o don Juan y que le interesaba más estar en la compañía de bellas mujeres que perder el tiempo en cosas absurdas como la magia, la brujería u otra cosa. Había tenido cientos de mujeres en encuentros ocasionales y no se le conocía una amante o concubina fijas. Sin vástagos, con fama y dinero podía hacer lo que quisiera.

Un día simplemente desapareció y nadie volvió a saber de él. Se especuló con su muerte y al final dos versiones cobraron más fuerza. La primera decía que había sido atropellado y, al quedar desfigurado por completo, lo habían enterrado en una fosa común como a cualquier hijo de vecino. La segunda era más idealista, pero menos creíble que la primera, pues algunos aseguraban que se había transformado en un mago o demonio y andaba por allí haciendo sus fechorías en las noches de luna llena. Eran las mujeres entradas en años y sus ex amantes quienes aseguraban haberlo visto con el rostro pintado y una capa negra.

Traté de acercarme más al hombre para adivinar lo que me quería decir. Visité su piso en una gran avenida de la ciudad. Hablé con el portero, con la chica que le ayudaba con la limpieza, con su sastre, su agente literario y algunas de las mujeres que estuvieron con él. El resultado de esas pesquisas fue todo un fracaso. Resultó que la gente apenas sabía algo de aquel famoso escritor. Todos decían que lo que más recordaban era su aspecto seductor y su agradable voz, pero nadie recordaba sus palabras, incluso sus gestos y facciones. Nadie fue capaz de citar alguna de sus frases. Era increíble porque precisamente por sus citas era conocido en el mundo literario. Quedé muy decepcionado y la búsqueda solo me dejó intensos dolores de cabeza. Hacía miles de hipótesis imaginando ese encuentro que habría podido ocurrir en el pasado. ¿Por qué Hermilo no me lo dijo a tiempo cuando esa celebridad estaba viva? ¿Sabía algo? ¿Trató de evitarme una decepción? Se lo pregunté mil veces, pero no me quiso decir nada.

Una noche sentí que una voz me arrancaba de mis sueños. “Busca entre mis cosas—decía cuando ya me había despertado—. Encontrarás lo que buscas y más”. No daba crédito, esa claridad como el canto de un pájaro se quedó allí rebotando de pared en pared. El sudor me escurrió por las sienes y la frente y, cuando pregunté quién estaba allí, la voz desapareció. Me quedé con la duda. Hablé con Hermilo y le conté lo sucedido, pero no me hizo caso. “Estás buscando una excusa para no seguir con tu libro, ¿verdad?”—Le juré y perjuré que se trataba de algo muy extraño. No hubo forma de que me creyera y me tildó de loco. Salí a pasear al centro. Es una de mis estrategias cuando algo no va bien en la escritura. Esas largas caminatas por las calles del casco antiguo me devuelven la inspiración y siempre me sucede algo fuera de lo común. Esa vez no fue la excepción. Volví al piso del maestro y comencé a hurgar entre sus notas. Tenía muchos cuadernos y folios con anotaciones rápidas. Eso me indicó que escribía los pensamientos que le cruzaban la mente de forma atropellada. Era la prueba de que solo escribía cuando tenía un arranque de palabrería. Es verdad que eso no pasaba a menudo, pero cuando se llenaba su cubo de imágenes líquidas y las palabras comenzaban a derramarse, todo se vertía en el papel. Se notaba la desesperación del náufrago que teme atragantarse de mar y se aferra a su tabla para no hundirse y no ser presa de los tiburones. Ese extraño proceso estaba allí plasmado en unas hojas que iban del marrón rancio y poco consistentes hasta las más blancas y crujientes. Noté que había correcciones posteriores, se notaba el raciocinio, el análisis y el sentido común, además las palabras estaban bien escritas con una excelente caligrafía. Las flechitas que ponía en algunos apuntes me dieron una pista para leer de forma correcta sus cuentos.

Era como lo que decía el personaje de Fogwill. “Si lees de tal o cual forma, la historia cambia…”. Sí, era verdad. Cogí una antología de cuentos y busqué las notas donde claramente se veía la regla de lectura. No me pareció muy original porque ya lo habían hecho muchos otros antes que el maestro, pero sí aprecié el esfuerzo mental que había tenido que hacer el famoso autor de mi carta. Pensé que si se escribe una historia y luego las frases se separan por espacios de cinco renglones creando la estructura principal, lo demás se puede rellenar de cualquier forma. Lo que me sorprendió más fue que si se aplicaban más variantes de lectura, sí surgían más historias y era como diría, tal vez Borges, alephsiano. No era de extrañar por que el maestro era de origen argentino. Cierto es que había vivido mucho tiempo en España y México, pero por su sangre corría esa herencia cortaziana, borgiana y quién sabe qué más. Era seductor el método y pensé que eso era lo que quería confesarme el maestro. “!¡Eh, hombre! Deja de perder el tiempo y aprende este oficio de tejedor penelopesco. Inventa diez historias a la vez y enlázalas con esta tabla de guías de lectura. Te encantará”.

Estuve a punto de caer en la tentación, pero mi naturaleza desconfiada me echó desde algún sitio su grito de alarma. “No lo hagas, tonto. Eso es solo para despistar a los críticos. ¿Acaso crees que él lo dejaría todo allí reunido para que después sus incautos enemigos lo tildaran de ingenuo? ¿No? Pues, claro. Razona un poco y dime. ¿Habrá otro mensaje oculto si se lee de cabo a rabo uniendo las historias alternativas? ¿Sí? ¿Lo ves? Eso quiere decir que un cuento de este tío es una historia principal hecha de otras secundarias, pero al final son un conjunto y ahora a ti te toca descubrir cuál es el mensaje verdadero de sus cuentos. Coge, para empezar, ese que decías de La zorra de Ámsterdam.

Lo hice y quedé conmocionado. Había leído ese cuento varias veces y siempre había pensado que se trataba de un simple asesinato y extorción de una mujer que cayó en desgracia al emigrar de la ex URSS a un país que se la comió por completo. La zorra, inocente, por cierto, se llamaba Natasha y era una de esas innumerables mujeres desesperadas que se habían fugado del bloque socialista para buscar un futuro en la globalización. Por desgracia, le había ido mal y se le había escurrido la vida entre las fumadas constantes y la entrega lucrativa en la cama. Sí, era conmovedor y mucha gente pensaba que era un buen cuento, pero nada más. Resultó que la historia trágica era solo una hebra de un telar enorme. Con tan solo diez páginas, este coloso de la narrativa había plasmado una historia tan larga como La guerra y la paz. ¿Cómo era posible tanta genialidad? Era pura trigonometría. No se había limitado a simples lecturas de izquierda a derecha, salteadas, o en diagonal, o con reglas de números primos. Iba más allá de la trigonometría plana abarcando las tres dimensiones. Era imposible calcular las variantes que se podían obtener del asesino, que en una lectura lineal era el malo, pero que en otras era victimado por la mujer. Traté de escribir las tramas que iba descubriendo, pero tuve que parar en la centésima por comprender que era inútil abarcar ese universo. Pensé en la obra completa del gran maestro y conté tres novelas y cien cuentos. Lo peor es que encontré su diario y estuve a punto de perder el conocimiento porque lo había redactado sin trucos. Sus frases eran muy simples y su cuaderno era escuálido. No tenía más de treinta hojas. Se describía como una persona sin fuerza de voluntad, holgazana y esporádica. Un genio—decía—es un amasijo de horas ociosas y un minuto de brillantez. Confesaba que no hacía más que leer, beber, pasear, salir con mujeres y divertirse por las noches. Nada de secretos narrativos, ni vida epistolar, ni disertación filosófica. Un tremendo vago que solo le dedicaba tiempo a su arreglo personal. Ya entenderán, amigos, lo que me sucedió. Quise romper el cuaderno, pero resurgió la duda aquella de qué era lo que me quería decir. Pensé, o más bien, me imaginé nuestro encuentro. Él estaría perfumándose, acomodándose el pelo y revisando que su traje no tuviera ningún defecto mientras yo le hacía preguntas importantes. Le exponía los acertijos de las estructuras del cuento y las combinaciones del tiempo como bucles, saltos en los planos y teletransportaciones de los personajes, así como las voces de los narradores. En realidad, todo estaba en La zorra de Ámsterdam y, me temo, en todas sus obras. Él me veía con aire despreocupado y sus ojos de eterno seductor me producían náuseas. “Querido amigo, un escritor no se realiza mientras no se decida a arriesgar el pellejo”. Sí—le contestaba yo—, pero una cosa es dedicarle cada minuto de la existencia a la literatura y, otra completamente diferente, garabatear abusando del don que te ha dado dios. Me miró con lástima y comentó que era un iluso, que lo único que tenía que hacer era asomarme al más allá. Me reí y le espeté que ya lo sabía, que su pacto con algún demonio le había dado tal posición en la vida, pero él me cogió del brazo y me dijo unas frases en hindi.

“Rahasya kul dhyan mein hai jab tak tum brahmand se prem nahin karte, tab tak tumhen pata nahin chalega ki koi asur nahin hai, devta nahin hain way sirf aakar or sankhya kar rahe hai”.

No sé de qué manera se transformaron esas palabras en mi mente, pero entendí que decía que, si no me asomaba a ver el universo, jamás entendería nada y que no existían ni los demonios ni los dioses y que solo gobernaban las figuras geométricas y los números. Pensé en Ramanuyan, aquel genial matemático que escribía complicadas fórmulas como si fueran poemas. ¿Pero quién se creería que el maestro practicaba la meditación cuando era famoso por sus farras? No me lo podía imaginar sentado en posición de loto, con una bata naranja, el pelo a rape y las escuálidas manos unidas en rezo. No, eso son pamplinas. Este cabrón hizo un pacto como Fausto. No hay otra explicación. Me quedé a dormir en su piso y me recosté en su diván. Caí en un profundo sueño y volvió esa voz que ya había escuchado en mi habitación. Sonaba mas cordial, incluso paterna. “Eres demasiado desconfiado, estimado amigo, deberías superar todos esos prejuicios que arrastras y dejar todas tus supersticiones. Te voy a dar una tarea para que descubras mi secreto. Primero, enumera mis narraciones por su volumen, después busca la forma en el primer cuento, después en el segundo y así hasta llegar al último, seguidamente pásate a las novelas. Para entonces ya tendrás una visión completa de las fórmulas que he usado en mi obra. No te preocupes por el tiempo y el dinero. Si buscas en el cajón de mi gaveta, encontrarás la llave de una caja fuerte que está en la pared falsa de mi dormitorio, gasta lo que quieras. Te puedes quedar aquí el tiempo que desees. Si te llegan a asaltar las dudas no temas llamarme. Deposito en ti toda mi confianza, lo único que te pido es que de vez en cuando salgas con alguna chica guapa.

Me sentía abrumado, apachurrado como una cucaracha. Me tomé dos botellas de whisky que encontré en la cocina. Pedí durante una semana pizzas y no hice absolutamente nada. Me pasé durmiendo y bebiendo las mañanas y las tardes. Por las noches, cuando tenía un poco de lucidez, acomodaba las obras del maestro. Apilé los cuentos en un sitio y las novelas en otro y empecé a explorar en esa jungla de letras impresas. Al principio eran como ramitas de hierba en un campo árido y se podía identificar una suma o una resta, pero conforme fui avanzando tuve que echar mano del álgebra. Era verdad, no había dejado que mi mente se liberara de mis ataduras. Mi paupérrima vida de profesorcillo de taller de literatura me había desgastado tanto que ya no podía pensar por mi mismo. Al escribir seguía las inútiles reglas que le había enseñado a cientos de alumnos y comprendí por qué ninguno de ellos había llegado a escritor. Lo peor era reconocer que los pocos tíos brillantes que tuve, se fueron porque les eché con risas e insultos por haber propuesto cosas que no entendía y que ahora estaban más claras que el agua. Para no llorar de desilusión y coraje me tomé otras dos botellas, pero esta vez fueron de ron. No sé cuánto tiempo estuve asomándome al universo y cuántas botellas de alcohol me tomé, pero cuando todo terminó, incluso las salidas nocturnas y los encuentros sexuales con desconocidas, me hice a la tarea de escribir mi propia novela. No fue nada difícil porque la trama era lo que me estaba sucediendo. El libro se llamaba Vistazo al universo y trataba de un escritor mediocre que recibía una carta de un gran coloso de la literatura y trataba de descubrir en su obra y notas la respuesta a una pregunta que no lo dejaba dormir. Al final, el personaje descubría el gran secreto y comenzaba a escribir un gran libro. Terminé eufórico. Tenía, por fin, una obra que merecía la pena. No tardé en llamar a Hermilo que me riñó como nunca, pero cuando le comenté que tenía lista la novela se vino volando a mi casa. La leyó en ocho horas y no hizo ningún comentario. Por lo regular, me criticaba mucho y me hacía miles de recomendaciones, me citaba a los grandes clásicos y se ponía a tachar lo que no le gustaba, pero esta vez no hizo nada de eso. Cuando leyó la última página soltó el llanto. Era un pequeño mugido de vaca y el fuerte sonido de los mocos aspirados. Se levantó y me abrazó. Me dijo que al día siguiente lo llevaría a la editorial y que le pediría al maestro Oleh Co que me hiciera una reseña y el prólogo.

Me fui a duchar y me puse un traje del maestro que me quedó que ni pintado. Salí y cogí un taxi. Llegué a un sitio donde había mujeres espectaculares y se me acercaron algunas con actitud seductora. Me llamaban “Maestrito” y me metían en habitaciones con iluminación tenue, bebían champagne y me pedían que les contara historias. El alcohol me soltaba la lengua y ellas comenzaban a bailar, iban perdiendo las prendas de vestir hasta quedar como Nereidas en un mar donde las sábanas eran la espuma de las olas y en ellas nos revolcábamos alegres. Ellas me salvaban de ahogarme con las burbujas y la lluvia dorada de sus cuerpos que me inspiraba más y más. “Ya hemos oído esas cosas, Maestrito, pero las cuentas tan bien que podríamos escucharte cuanto nos pidieras”. Así, entre cuentos de ficción, humor y erotismo nos fuimos sumergiendo juntos en un sueño placentero y agridulce hasta quedar completamente rendidos.

Me levanté a las siete de la mañana, me abrió la puerta una mujer con mala cara y solo refunfuñó cuando le deseé los buenos días. Llegué a la casa del maestro y me tiré en su sofá con el fin de convocar una visita, pero no llegó ni ese día ni los demás. También dejó de sonar su voz en mi interior y pensé que ya había desaparecido, en definitiva, solo faltaba que sus obras también fueran algo falso, pero al comprobar si seguían en las estanterías las cogí y hojeé. Llevé durante un mes una vida agitada y no volví a percibir al maestro. Pronto apareció Hermilo. Se había comprado un traje nuevo de marca, olía bien y venía de la peluquería. Me enseñó un libro. En la portada estaba un hombre en una barca mirando el cielo, se notaba en la transparencia de las aguas marinas la presencia de unas mujeres desnudas que no eran sirenas. El título era Un vistazo al universo. Me gustó y le di las gracias por la publicación. Lo único que me dijo antes de marcharse fue que estaba muy contento de que hubiera regresado, que lo mejor que nos habría podido suceder en ese momento es que se vendieran muchos ejemplares y que tenía que presentarme el sábado en el salón de actos del Instituto San Carlos para la presentación. “Prepárate un buen discurso y ya verás qué bien irán las ventas”.

Llegó el sábado. Llevaba uno de los mejores trajes del maestro y estaba muy presentable. Aclaré la voz y comencé a leer un pasaje del libro. La escena era un poco extraña y fui preparando las fórmulas trigonométricas para explicar cuántos significados podría tener ese pasaje si se calculaban las diferenciales y las diversas formas geométricas. El público esperó con paciencia el final de mi lectura y empezó la ronda de preguntas. Las mujeres, en su mayoría, se interesaban por saber si lo que contaba en mis libros era verídico. Me reí, hice una larga pausa y contesté que sí, que todo lo que había contado era autobiográfico. La gente se calentó y me dijo que no era posible, que nadie estaría tan loco como para bajar a la ultratumba del inconsciente, pero les reté a que lo hicieran. Alguien con una risita nerviosa me pidió que le dedicara el libro y después me quedé firmando los ejemplares mientras pensaba en lo que me habría dicho el maestro en ese momento.