lunes, 12 de febrero de 2018

La visionaria


Amanda María nació arrugada como todos los bebés del mundo, pero su piel estaba corrugada no por su estancia en el líquido amniótico, sino porque desde la gestación el espermatozoide que llegó primero al óvulo ya era dinosaurio. Se había rezagado en varias eyaculaciones anteriores y permanencia allí en el túnel carnoso de salida a la espera de un milagro. Una ocasión, por fin, se desprendió y llego con rapidez a formar el cigoto. El caso es que la madre no lo entendió y tuvieron que explicárselo con un lenguaje más popular: “Señora, Cleo, su niña padece progeria desde antes del embarazo, es decir, ya era anciana antes de nacer”. La señora Cleo miró a su marido Teodoro y se abrazaron en una actitud de resignación. Ya no preguntaron más y decidieron, de forma empírica, llevar la carga de senectud que les habían entregado en una manta con un listón rosa. “Se parece a tu abuela—dijo Cleo mirando con ternura con el ojo izquierdo a su marido y a su hija con el derecho—, mira nada más que cachetes tiene”. Teodoro no contestó, pero su boca de pato constató la veracidad de las palabras de su esposa. Los primeros días no sabían qué hacer porque Amanda ni de broma se acercaba al pecho de su madre. Pedía gachas y papillas con bastante sal y carne molida, a escondidas, se servía el licor de las botellas de su padre.

La vecina Pancha decía que era como el caso de Benjamín Botón o Button, pero en mujer; incluso les puso la película en la computadora para que le creyeran. Amanda dijo que prefería el cuento al filme y que además Fitzgerald tenía algo de anciano en su expresión facial. Para acostumbrarse a su condición de padres primerizos los Villegas tuvieron que ir rompiendo uno por uno los principios que les habían inculcado por generaciones. Trataron de verle el lado bueno a su situación y acordaron poner a prueba la experiencia de su pequeña hija. Pronto se arrepintieron porque la “Abuela”, como le decían los niños en la manzana, sabía de todo y su sentido común, junto con la intuición, era algo tan autentico que ni los más sabiondos maestros de primaria se atrevían a contradecirla.

Pasó un año y con una lupa, la señora Cleo, le contó las arrugas a su hija para ver si ya había empezado su proceso de rejuvenecimiento. La noche anterior había hecho cuentas en sus sueños y, de acuerdo, a ese principio de regresión inventado por el alentoso Scott, calculaba que cuando su hija cumpliera los veinte años tendría la misma apariencia que ella y se verían como hermanas. Se carcajeó frente al espejo del baño de su habitación onírica y se dijo que apuntaría sin falta la recomendación de tomarse una foto y mandarla a una pagina de las redes sociales para preguntarle a los curiosos qué relación tenía con su acompañante. Resultó que no había ni más, ni menos arrugas que las traídas desde su nacimiento. A Cleo le tembló la mano un poco al presentir que su querida Amanda María no rejuvenecería nunca, pero lo consideró una idea tonta, pues si un talentoso escritor americano ya lo había desvelado en la ficción, tenía que pasar en la vida real. A esta segunda idea siguió una temblorina jacarandosa muy larga porque Cleo y Teodoro no eran filósofos, por lo tanto, las cuestiones de metafísica, teo-física, como llamaban a la teología, y las demás físicas los desconcertaban.  Esa fue la razón por la que Cleo no le comentó nada a su marido cuando su pequeña niña estaba soplando las velitas frente a la tarta de cumpleaños y el rostro interrogador de Teodoro exigía el número exacto. Pasaron dos años más y se repitió la escena y el silencio de Cleo. La niña seguía sin rejuvenecer, tampoco había empeorado, pues los achaques que traía desde el nacimiento le seguían dando las molestias habituales.

Un día la anciana niña se levantó por la noche y despertó a sus padres. Ellos de forma automática cogieron las pomadas para reumas y las pastillas para el insomnio y se las dieron, pero Amanda dijo que no le dolía nada, que lo que deseaba era conversar un momento con ellos. Se levantaron y se fueron con ella a la cocina. Prepararon un café aguado y sacaron unas galletas de canela que Amanda saboreó con mucha calma antes de hablar. Luego con la mirada fija en algún lugar de la cocina dijo: “¿Saben que los gringos no llegaron a la Luna en el 69? Eso fue una farsa, pero luego si mandaron a unos astronautas y lo que vieron en el satélite no les gustó, por eso prohibieron las expediciones”.
Cleo le contestó que eso ya lo sabían y que había algunos libros que lo trataban con lujo de detalle. Amanda entrecerró los ojos y se quedó dormida. La cargó Teodoro y la recostó con cuidado. Las noches de desvelo se hicieron habituales, en algunas ocasiones Amanda se levantaba dos veces y decía cosas relacionadas con la historia, mucho de lo que comentaba era de dominio público, pero luego comenzó a destacarse su calidad de historiadora. Ya no se conformaba con narrar el pasaje histórico, sino que lo describía con detalles y la información era tan reveladora que Cleo y Teodoro decidieron consultar a varios especialistas, tanto en psicología como en historia. El psicólogo no les ayudó en nada porque su diagnostico señaló a Amanda como una persona con un gran intelecto y una personalidad estable, libre de traumas y complejos, de obsesiones y perversiones, en una palabra, un dulce de anciana inofensiva. Los historiadores fueron más escépticos porque Amanda los ponía en atolladeros insalvables y luego les daba soluciones tan lógicas que hasta los expertos más recelosos movían la cabeza para manifestar su aceptación. Algunos profundizaron en los temas y le hicieron las preguntas evadidas por la historia para tantearla, pero su sorpresa fue grande cuando empezó a citar documentos oficiales de asesinatos, conspiraciones, deportaciones, fraudes y otros asuntos estatales. Amanda se ofreció a llevar una página en un prestigioso periódico, pero todos consideraron que sería muy peligroso por lo comprometido de sus declaraciones, a cambio de su silencio le ofrecieron pagarle por las consultas y ella aceptó. 

Cleo seguía padeciendo los desvelos, pero Teodoro un día dejó de ignorar las conversaciones nocturnas de su hija porque percibió un olor raro en el ambiente. Se dio cuenta de que Amanda olvidaba las cosas que decía y sus opiniones nunca eran sobre el presente, ni siquiera sobre el último año del que había hablado la ocasión anterior. “¿Te das cuenta—le preguntó Teodoro a su mujer—de lo que le está pasando a nuestra hija?”. Al no obtener respuesta soltó de tajo lo que temía. “Nuestra hija está perdiendo la memoria en dirección hacia el presente”. Los ojos de su mujer lo sacaron de sus casillas y gritó lo más bajo que pudo oculto bajo la manta. “Se va a ir hasta la edad de piedra y luego será una vieja autómata, ni siquiera podrá hablar en un idioma normal”. Cleo, con su arrogante sentido común, calmó a su marido y le dijo que Amanda sólo tenía quince años y que sus temores eran infundados. Se dio la vuelta y fingió roncar. Teodoro también hizo lo propio. Los únicos ronquidos reales eran los que llegaban de la habitación vecina. Cleo volvió a hacer cuentas y se dijo que cuando Amanda tuviera treinta años hablaría de la Edad Media o el Renacimiento, así que para el imperio romano llegaría con cuarenta, a Egipto con cincuenta y así hasta los ochenta que era los que aparentaba en ese momento y desde el día de su venida al mundo.

Por desgracia, el proceso se aceleró y a los diecisiete años, Amanda comenzó a hablar de Thomas de Aquino, de la quema de brujas y de Copérnico, ya no se acordaba de la Guerra Mundial, mucho menos de la Guerra Fría ni de la URSS. Se alarmaron cuando un especialista les dijo que muy pronto empezaría a tratar temas de la historia del periodo anterior a Jesucristo. No tenían otra salida más que detener el proceso degenerativo. Probaron con lecturas de la historia moderna, le llevaron especialistas para discutir sobre el siglo XIX y XX. Todo fue inútil porque Amanda se expresaba cada vez más rápido y las personas que la rodeaban apenas se daban tiempo para escribir o grabar lo que ella comentaba con tanto énfasis. Llegó el día temido por sus padres. Amanda ya no salió de la habitación, se había transformado en un ser peludo por descuido y sucio por capricho, con las encías llenas de sangre devoraba vegetales e insectos. Después adoptó la manía de romper todo con un mazo y se la tuvieron que llevar a un sitio apartado para que no causara molestias. Pronto se fueron olvidando de ella y se quedaron esperando la noticia que les anunciaría el final de su hija.

En una ocasión sonó el timbre de la puerta y al abrir vieron a dos hombres que les entregaron una caja de madera. La abrieron y descubrieron a su hija, estaba irreconociblemente momificada. La lavaron le pusieron ropa adecuada y la colocaron en el salón, en un sitio confortable y poco húmedo. La miraban con atención todos los días y cuando se dieron cuenta de que en sus pupilas se podía ver el universo comenzaron a viajar por el espacio con ella. Llamaron a un astrónomo que comparó las imágenes de las niñas turbias de Amanda con las tomas del Hubble. Determinó la posición en la que se encontraba la memoria de Amanda y la conectó directamente al observatorio ALMA en Chile para ir cotejando la valiosa información.

viernes, 2 de febrero de 2018

El poeta

Sus berridos agrietaron los muros de la casa e hicieron caer la cal del recubrimiento en forma de copos grises. La partera les dijo a sus padres que se sentía como si estuviera viendo llorar a todos los niños que había jalado por la cabeza para llegar a este lado de la existencia. El perro aullaba fuera de la casa espantando a la luna llena, los ratones se habían acurrucado temblando de pavor, los gatos, sobre todo los portadores del infortunio miraban verdes con las orejas encogidas. Los pájaros ya se encontraban en aires vacíos de turbulentos gimoteos y se habían llevado consigo a todos los vecinos.  El señor Schultz y su esposa habían esperado a su hijo con una careta de ilusión de padres primerizos, pero se les había caído de pena el rostro y ahora no sabían cómo actuar. Los bramidos del pequeño desaparecieron al tercer día y se llevaron toda su acuosidad. Su madre actuó rápido cotejando con su memoria las experiencias y las viejas historias familiares. El médico le dijo que se guiara por la intuición porque él no conocía casos como ese y lamentaba que la ciencia resultara inadecuada para ayudarle.  La señora Schultz se sentía abandonada en un bosque en el que palpaba los cólicos de su hijo y los metía en su vientre para comprender su dolor, lo mismo hacía con la viruela, el sarampión y las fiebres provocadas por el desgarramiento de las encías.

El nene parecía un mártir valeroso sometido al castigo de la vida. Era inexplicable que no mostrara ningún signo de dolor. Frederick se puso de pie y caminó precoz. Fue a la escuela con determinación. El tiempo lo estiraba, le amoldaba el cuerpo para que resistiera las agresiones de los demás niños y le procuraba el aprecio y condescendencia de los profesores. Sus compañeros no lo querían y lo fustigaban con todo tipo de látigos injuriosos. Él no podía llorar porque el depósito lagrimal se le había vaciado desde el principio y ya no lo podía repostar con unas nuevas. Aunado a esa pérdida tenía la capital penitencia de la intromisión que alarmaba a sus compañeros y ocasionaba que arremetieran contra él como mongólicas hordas.  Un día comenzaron a salírsele algunas frases raras. Sus expresiones eran como afiladas espadas que blandía con destreza. Lanzaba con excelente puntería saetas y la sagita de su arco era atemorizadora como visionaria de la muerte por idolatría. Quienes quedaban expuestos a sus ataques con hachazos y sablazos, soltaban el llanto del que el mismo Frederic carecía. Sus coetáneos no le entendían nada, por eso eran inmunes gracias a su analfabetismo sentimental, pero los adultos se aguaban perdiendo su entereza falsa, sobre todo las mujeres padecían su lenguaje que las obligaba a mojar los escotes de sus blusas con la brisa dolorosa de las cascadas de lamentación provenientes de sus ojos. La fina métrica con la que las diseccionaba era como veneno para sus corazones.  En la adolescencia se convirtió en un terrible matarife. No perdonaba a nadie y hacía picadillo a quien se cruzaba por su camino. Era una especie de Gengis Khan o Tamerlán dejando montañas de almas cadavéricas amontonadas en forma de pirámide.


Nadie lo vio nunca como hombre, pues él mismo se fue alejando con pasos que lo llevaron al desierto, al abandono y a una ermita. La naturaleza interpretó de forma equivocada sus cánticos y estimulada por su musicalidad afligió a la gente con frondosos árboles, insoportables flores de hermoso colorido, intolerantes frutas de pulpa suave, jugosas y de gran tersura. Divinos paisajes atormentaron la vista de quienes huían despavoridos de sus grandes confesiones. Destruyeron su monumento de carne para erigirle uno de impresionantes leyendas, en las que aparecía como un portento de la tierna crueldad amorosa. Se le imaginaba de pie con la mano alzada hacia el corazón de quien lo mirara, armado de su equipo de guerra. Para prevenir a la gente de su peligro se daban clases especiales en las escuelas y universidades y quiso una famosa academia excomulgarlo del reino del hombre común invistiéndolo con una toga de desprecio y un medallón de oro. Su nombre fue borrado de la lista de la gente habitual, se grabó en una placa de cobre y se metió en el baúl de lo excepcional. 

domingo, 28 de enero de 2018

El Holocausto

Saltó por la ventana y sintió el frío hormigón, no le había dado tiempo de ponerse los zapatos y el deseo de fugarse le dio las fuerzas para afrontar el infierno que le habían descrito sus padres. No podía controlar el temblor de su cuerpo por más esfuerzos que hacía para sujetar el miedo que seguía haciéndola vibrar como flor a contra viento. Caminó y sintió la necesidad de tocar en alguna puerta, pero la razón le aconsejaba buscar una patrulla, pues era primordial rescatar a sus hermanos. En realidad, estaba muy confundida porque el acto de salvación era como un desdoblado cuerpo con cabezas mellizas que se le enfrentaba con lenguas ávidas. Las veía llenas de baba y nada parecidas a las de los monstruos que le habían descrito sus padres. En su casa le habían metido en la cabeza toda una década que el peligro rondaba las calles. Recordaba las casas y la gente como algo nebuloso bidimensional. Ahora estaba dentro de esa pantalla plana, rodeada por una hilera de viviendas variopintas por dentro e idénticas por fuera.  Se sentía como un perro callejero escapando del antirrábico. Caminaba de prisa provocando que algunas cortinas indiscretas parpadearan. No podía detenerse hasta que la interceptara una patrulla. Era de vital importancia aliarse con el orden oficial y la ley ciudadana porque en su casa sus padres le habían atiborrado la cabeza con sagradas dádivas celestiales de los profetas y el resultado no había sido el esperado. No sabía en qué momento sus padres habían perdido la brecha y se habían metido por los barrancos escabrosos de la maldad. Entonces tenía doce años y creía en la educación, la amistad, las diversiones y hacía travesuras con sus hermanos, pero eso estaba atado al pasado. Ahora tenía veintidós y seguía pareciéndose a aquella adolescente, sólo que no se había duchado en meses y su pelo era una fregona, además iba con su camisón del diario. Llevaba quince minutos buscando la calle principal, las pocas personas con las que se había cruzado se alejaron temerosas.

Comprobó que su padre le mentía cuando decía que la gente era peligrosa. Se iba orientando por el ruido de los motores. Oía de vez en cuando alguna sirena de ambulancia. Aceleró el paso y vio a unos trescientos metros un flujo de coches. Un hombre le habló y extendió los brazos para detenerla, pero con agilidad lo esquivó y siguió de frente. Llegó a la avenida. Los autos pasaban a gran velocidad. Una patrulla del tercer carril desapareció en sentido contrario sin hacerle caso. De pronto, se detuvo una patrulla a su lado. Se acercó apresurada y comenzó a implorar ayuda. El patrullero preguntó por el hospital psiquiátrico más cercano a la moderadora de la comisaría. No había ninguno cerca. Alice no paraba de hablar. Describía, con manos ansiosas y pocos detalles, historias que no se creía el patrullero. El otro poli se quitó la gorra y se sobó la cabeza amasándose el pelo, parecía que trataba de sacarse los ojos apretándose la cabeza. No lo consiguió.  Reportaron el hallazgo. Describieron a la niña y la subieron al vehículo como si fuera un esqueleto. Estaba desnutrida, la sentaron procurando que no se le desprendieran los huesos y no se le desgarrara su envoltura de piel transparente. Ella siguió hablando de lo inimaginable, les indicó su dirección. Eran las once de la mañana y la zona estaba muy desierta.

Llegaron a su destino. “Es ahí—dijo Alice con los ojos cubiertos de una telaraña rojiza—, en donde está la camioneta azul”. Se detuvieron y dejaron a la muchacha con los dedos enterrados en los respaldos del asiento. Al escuchar el timbre la señora Mary comenzó a buscar el sonido con la vista, su marido le señaló la puerta poniéndose el índice en los labios. Se dispuso a ocultar a sus hijos bajo unas sábanas biliosas y ordenó algunos objetos desperdigados por el suelo. “Somos de la policía”—le dijeron los hombres a Mary cuando fueron interrogados por la puerta de caoba. No quiso abrir sin la autorización de Thomas. Este le indicó con gestos que los hiciera esperar.

Tardaron más de cinco minutos en meter debajo de los divanes y dentro de los armarios los objetos manchados de tortura. Avanzaron juntos hacia la puerta, Thomas iba detrás de su mujer. Ella  palpaba el aire como si quisiera apartar algún obstáculo de su camino. Se fue separando con lentitud la puerta del marco. Una cortina de luz se extendió en el recibidor. Sintieron el reflejo de una placa dorada convertida en linterna. La puerta desistió de su impertinencia y se desbloqueó. Thomas sintió una migraña. Las ideas comenzaron a estrellársele unas contra otras como bolitas de cristal haciendo ruidos cascados. Los oficiales no daban crédito a lo que veían. Había cuerpos sin cara con la cabeza de plumeros y su cuerpo semidesnudo era amarillento. Las voces oprimidas y gangosas giraban como rehiletes dejando estelas de preguntas: ¿qué pasa aquí? ¿por qué están los niños encadenados? ¿por qué huele tan mal?

El terror les cocía a los niños los labios y les hinchaba los ojos. Era cierto todo lo que decía Alice, la familia se había enfrentado a los designios fatales que venían del exterior en forma de Armagedón o aerolito gigante. “Nos quedamos atrapados en el infierno, gobernado por nuestros malos sentimientos y fobias—les repitió Alice—. Eran los demonios que nos acosaban día y noche”.

Sus padres los habían protegido del peligro el primer año con esmero, pero después las cosas frágiles se quebraron por la dureza de la psicología humana. Las ideas se comenzaron a llenar de tumores de duda y temor, esos enormes abscesos fueron pudriéndose alimentados por la enorme capacidad de información de la red en la que estaban atrapados y, al final, aplastó la moral, la ética y la religión misma. Empezaron a construir con los pocos conocimientos de arquitectura filosófica un templo de paz y armonía, pero les resultó un castillo de espanto e indeterminación.

El espectáculo era conmovedor para los nuevos espectadores que tenían enfrente un desorden digno de Diógenes. No podían creer que la estricta disciplina y el claustro exigieran el uso de los grilletes, sobre todo, tratándose de seres tan endebles y anémicos como los que estaban de rodillas rezándole a Dios por su salvación. Un murmullo fue agitando el aire sin poder librarlo de su olor a defecación, pero capaz de transmitir voces infantiles. Una pregunta se repetía rebotando por todos los rincones. Los niños tenían los labios de escama y temían que se les cayeran las lentejuelas de los labios y se tapaban la boca para evitar que se les desangrara.  Gracias a los gemidos de su oración los demonios fueron saliendo como ramas de árbol, enrollados en forma de humo verde, para irse despacio, por las ventanas y las puertas. El miedo desapareció como una exhalación, la duda triste permanecía de pie llorando con la forma de una viuda. Estaban en hilera los trece niños, su piel parecía la de las pequeñas lagartijas recién nacidas. Se comenzaron a poner de pie, se arreglaron el pelo y con las manos entrelazadas rezaban.

Empezaron a llegar nombres del cielo, se oyó un altavoz y unas sirenas. El padre por fin reaccionó saliendo de su trance. “Son policías—dijo levantando las manos como pastor en la iglesia—no nos van a hacer nada malo, no son maléficos. Tengan confianza”. La madre se soltó a llorar muda de lágrimas de dolor, pero anegada por la luz de la realidad, dejó que se le derramaran perlitas de rocío matutino.  Dirigía sus plegarias al cielo y exigía una respuesta pronta y reveladora. Confesó, a cambio, sus pecados y haciendo la señal de la cruz se persignó, luego abrió la boca para que saliera la última oración. “Tú bien lo sabes, Señor, por el bien de todos era. Nos abandonaste como a Moisés en el desierto y has mandado a los profetas a que nos indiquen el camino, bendito seas”.

Uno de los policías preguntó por las llaves de los candados. El padre se las entregó desprendiéndolas de su cinturón. Se las ofreció con mano temblorosa como si pesaran demasiado. Se abrieron los cerrojos y los críos comenzaron a sobarse los tobillos y las muñecas. Se acariciaron las partes sin llagas. Los encaminaron con dificultad hacia la salida, arrastrándolos como si no pudieran despegar los pies del parqué. Los mayores parecían recordar cosas, y sus pies dudaban, los medianos se clavaron al piso. Iluminados por el día, los más pequeñitos, se miraban las venas azules debajo de la piel, seguían las rutas de líneas color lila. Todos llevaban el mismo peinado del padre. En la calle parecían pequeños murciélagos desorientados, se abrazaban y temblaban. Pronto recobraron la confianza y se dieron cuenta de que los temores que les habían inculcado sus padres eran infundados. No había monstruos asesinos, la gente no andaba en la calle con armas, ni agredían a los demás sin causa, no torturaban ni golpeaban con látigos, incluso estaban ausentes. Pensaron que, si habían podido soportar los castigos hogareños, los abusos de la intimidad, las provocaciones, las instigaciones y hábitos familiares; podrían superar cualquier cosa. Subieron a un camión que llegó por ellos. Era amarillo. No muy cómodo pero espacioso. Una mujer les dio unos bocadillos envueltos en papel de cera. Se fueron mirando el paisaje que les ofrecían las ventanas mientras su boca se llenaba del sabor del pollo, la lechuga, los tomates y el aderezo secreto del coronel Sanders.

Diez años antes, el señor Thomas Bronte mantuvo una conversación muy seria con su mujer Mary. Había oído la profecía sobre el fin del mundo y estaba muy preocupado. Su último viaje a la costa del Pacífico le había dejado mucha vitalidad a su familia. Eran cinco miembros en total y querían vivir sin preocupaciones alejados del peligro. Decidieron no asistir más a las reuniones religiosas o familiares y cambiar su domicilio. Eligieron una provincia alejada de las grandes ciudades. Un pueblo pequeño bien comunicado. Había lo indispensable para sobrevivir. Urdieron un plan de salvación en el que los valores morales les abrirían las puertas del cielo en caso de que llegara la indeseada catástrofe. Mary se abasteció de libros de todo tipo para darle clases a sus vástagos. Comenzó su plan con bastante éxito, los niños mejoraban y ella los comparaba en secreto con los que asistían a los colegios. Gracias a su experiencia como pedagoga orientaba y apoyaba a sus polluelos. Comenzó a embarazarse cada año, los bebés llegaban uno detrás de otro y eran el producto de ese amor intenso que surgía en los momentos de temor. En la cama, oculto el matrimonio bajo las mantas, se escapaba de sus terrores enfrentando la muerte a través del fallecimiento simulado que experimentaban después de cada copulación.

Fue después del nacimiento del antepenúltimo niño cuando se aficionaron a los libros de terror. Primero leyeron unos cuentos inofensivos, pero luego descubrieron que había historias que los hacían temblar de verdad. Dejaron de salir a la calle y, aunque ya no temían el Armagedón; no se dieron cuenta que sus demonios eran sensaciones físicas que engendraban ideas en su desgastada mente. Habrían podido evitarlo dedicándose a leer algo de filosofía, sociología o psicología, pero cogieron un mal hábito y arrastraron tras ellos a sus retoños. No les gustaban sus travesuras, veían cosas malas en su conducta, hacían juicios descabellados y fueron ensuciando su mente confundiendo las tétricas historias noveladas con la realidad. Por último, se autonombraron libertadores, se empotraron sus casullas de santos papales. Mary se proclamó inquisidora y Thomas asumió la responsabilidad del verdugo. Las tramas terroríficas fueron sirviendo de descripciones para montar el escenario. La locura de la genialidad le ayudó a Thomas a inventar herramientas e instrumentos de persuasión para el arrepentimiento. Pronto los condenados que se negaban a confesar se enfrentaban a los largos interrogatorios. No comían bien, pasaban engarfiados a las paredes la mayor parte del día y sufrían los desgarres de su intimidad. Alice había aprendido a escribir a ciegas y por las mañanas sacaba de su escondite su diario y escribía los martirios sentimentales por los que atravesaba.

En una ocasión su padre cayó desmayado por un golpe que se dio en la esquina de una mesa. Mary todavía dormía porque pernoctaba fuera de la noche como todos y deambulaba desde el alba hasta la tarde cuando era necesario preparar el almuerzo. Su cuerpo se conducía con dificultad, era como si el operador de sus articulaciones se fuera a descansar y dejara sólo al auxiliar inexperto. Por esa razón la comida que preparaba era sosa, salada o se quemaba. De cualquier forma, eso no importaba, Thomas lo toleraba y los demás acataban las órdenes de zafarrancho contra la comida y se engullían hasta las migajas.

Alice se estiró todo lo que pudo y con el meñique comenzó a jalar el llavero, luego pudo desprender el aro y consiguió quedarse sin grilletes. Para no alertar a nadie de su escapatoria descorrió la ventana, se apoyó en la canaleta de aluminio, dio un salto y traspasó la frontera prohibida. Caminó por la calle y se dirigió a la avenida en la que encontró a los patrulleros y pudo conseguir la liberación de su familia.    

jueves, 18 de enero de 2018

Un caso paradójico de nuestro tiempo o por qué el marinero no subió al barco

Cuando James Lee llegó al puerto, lo primero que hizo fue comprarles regalos a su mujer e hijo, era un hábito que había adquirido gracias a la superstición de que, si entregaba ese tributo, la suerte lo acompañaría donde estuviera, como esta vez, que había estado muy cerca de perder las piernas. Había pisado una mina en territorio enemigo y el detonador se había trabado. Luego, un soldado descubrió el explosivo y con cuidado lo desenterró y desmontó. James le dio gracias al cielo por no haber estallado en ese momento. Pensó, por otro lado, que, si alguno de sus subordinados hubiera cometido ese error al enterrar una bomba, le hubiera castigado de forma ejemplar.

Bajó del coche con el juguete a control remoto y los bellos pendientes que había conseguido a buen precio en una joyería de clase. Linda sacó las hermosas joyas y se las puso para la cena, además se arregló como si fuera a salir a una fiesta. Se sentaron a la mesa y esperaron que llegara el pequeño Johnny, pero se estaba retrasando. Bajaron por él y lo sentaron en su sitio. Rosenda, la criada, comenzó a servirles los platos. Una deliciosa ensalada, luego pato al horno y, al final, unas peras en almíbar con dátiles picados.

“Papá—dijo Johnny con su jeep militar en las manos—, de grande quiero ser como tú”. La ocurrencia les causó gracia, pero James le preguntó en qué sentido lo decía. “Pues, un marine como tú”—contestó el niño muy alegre—. James de inmediato comentó que eso no era muy bueno porque tendría que realizar algunas cosas que no todo el mundo puede hacer. “Pero yo podré, papá—contestó alegre y orgulloso el niño— porque tú me enseñarás”. Linda lo cortó diciendo que sería un gran hombre, que tendría una familia preciosa y que sus hijos se sentirían tan orgullosos como él de su padre. Terminaron la conversación y mandaron a Johnny a la cama.

James se sentó de nuevo y comenzó una conversación habitual con su mujer, tenía la intención de irla seduciendo y terminar con los tres meses de espera que había durado su comisión. Linda le preguntó si le dolía la herida del brazo, él negó con la cabeza y se sentó. Empezaron las noticias y salió un reportaje del exitoso trabajo de las fuerzas armadas en el proceso de paz en el Oriente Medio. James notó preocupación en el rostro de su esposa y le preguntó la razón. “No es nada—dijo un poco distraída—, es que no sé qué ropa ponerme mañana para la reunión con mis amigas”.
James le comentó que le preocupaba Johnny porque si seguía influenciándose por la idea de ser soldado, las cosas no irían bien. Ya es demasiado con uno en la casa—increpó con tono agrio—. Linda le dijo que no se preocupara, que ya cambiaría de opinión en el futuro. “Tú no sabes lo que hacemos en campaña—respondió James enfadado—. Esta vez fuimos muy lejos. Entramos en un poblado con la orden de disparar a quien ofreciera resistencia. Un hombre salió con una metralleta y di la señal para disparar. Por desgracia, arrollamos a la población de ese lugar. Buscamos más terroristas en las casas y en los escondites, pero no encontramos a nadie más. Entre los muertos vi a un niño de la edad de nuestro hijo, tenía un coche viejo sin ruedas en la mano…”.

Linda lo interrumpió. Amor, tú sólo haces tu trabajo. Si no fuera así no tendríamos esta casa, no pagaríamos la escuela de Johnny, no tendríamos a la criada y no nos vestiríamos así. Es normal, no te quiebres la cabeza con tonterías. Pero tú no sabes—le reprochó James— lo que se siente matar gente pobre e indefensa. Pues no deberías pensar en eso. Haz tu trabajo y confórmate con las cosas como son. Linda se calló de pronto y el rostro le cambió. Por desgracia, James le hizo un comentario que no le gustó y se ofendió. Tiró el cojín que tenía en las manos, dio media vuelta y se fue a duchar.

James imaginó a Johnny recibiendo las órdenes que él les daba a sus soldados, lo miró acribillando civiles, torturando hombres y se le agrió la boca. Decidió no subir a dormir. Abrió una botella de Whisky y se sirvió un vaso, luego siguió hasta ver el fondo del Walker de etiqueta negra. Estuvo amasando sus ideas hasta el amanecer y se dijo que la próxima vez no subiría al barco.

viernes, 12 de enero de 2018

La mujer con pasión

María de los Ángeles era una mujer que amaba de sobremanera, tanto física como espiritualmente, por dicha razón los hombres le temían y, en el fondo, la deseaban. Algunos la imaginaban como una virgen noble, milagrosa y comprensiva; pero otros la veían como una bruja astuta y seductora. La naturaleza la había dotado de un cuerpo atractivo y un alma noble. Quien la miraba se revolvía en un mar de dudas tratando de resolver el acertijo que le ponía la unión de una cara inocente y un cuerpo fértil y ávido. Había tenido varios amantes que no pudieron resistir la arrolladora fuerza, con la que los hundía en el placer, y la divina consolación que les proporcionaba en el instante del éxtasis. Las mujeres, por supuesto, veían en ella a una loba insaciable que esperaba de ellas algún descuido para llevarse a sus hombres. Eran falsos esos temores porque ella jamás lo habría hecho y cuando algún temerario marido se le acercaba para hacerle proposiciones sucias les decía que pensara en su mujer, que el adulterio era un pecado y que ella no deseaba condenarse. Con la actitud de un cordero de dios y con un arreglo sin pretensiones se paseaba por las calles del centro. La maraña de sensaciones que dejaba a su paso les hacía cometer locuras a quienes la miraban. Los más tímidos se persignaban y hasta llegaban a ponerse de rodillas, los casados o con pareja se mordían los labios y se aferraban a la mano amiga para no salir corriendo detrás de ella, los solteros, dependiendo del carácter, se arriesgaban a pretenderla o decirle vulgaridades. Los más pervertidos se quedaban con los ojos en blanco mirando sus fantasías sacrílegas en un lugar de las montañas. En el barrio donde vivía Angelines había una iglesia donde ella había tratado inútilmente de confesarse. Cada vez que entraba ocultando su bello rostro debajo de un pañuelo de lana estampada, los sacerdotes se escondían y el cura tenía que salir a hacerle frente. “Hija mía—decía el párroco temblando—, estás libre de pecado. Ve sigue tu vida normal y no tengas malos pensamientos”. En cuanto salía de la iglesia la mujer, volvía el sonido de los pasos y hasta la respiración agitada de los misioneros de Cristo.

Sucedió que un día llegó un vicario que debía encargarse de la iglesia mientras el cura estaba ausente. Sócrates García, en aspecto, era un hombre común y corriente, pero gracias a su capacidad de trabajo y dedicación había logrado ir subiendo los escalones que a otros les había sido vedado dentro de la casa de dios. Tenía un sentido muy humano y había logrado someter su naturaleza animal separando las necesidades de la carne con la fuerza y peso del razonamiento y espiritualidad. Era muy acertado en los consejos que daba y su visión teológica dejaba siempre a los obispos y cardenales con una inquietud en el alma. Se encontraba esa mañana acomodando los floreros, quitando algunas veladoras con la cera consumida y no se dio cuenta de que a su lado estaba una mujer. Oyó la voz y volteó. Notó las grandes flores rojas del pañuelo de lana blanco y retiró las manos temiendo que la mujer le besara el dorso como lo hacían todos los adeptos que lo encontraban. “Padre”—dijo la mujer sin continuar y Sócrates se quedó esperando que ella le dijera lo que deseaba. Hubo un prolongado silencio y por fin le dijo que quería confesarse. La invitó al confesonario señalándole con el dedo la dirección. Caminaron despacio, el religioso siguió repasando con la mirada de que todo estuviera bien acomodado en la casa del Señor. No notó que el lugar se había quedado desierto. Se fue a quitar la casulla verde que tenía puesta y se puso su sotana, abrió una puertecita, se sentó, se acomodó en la dura tabla que servía de asiento, miró hacia la celosía y le ordenó a Angelines que empezara su confesión.

“Padre, soy pecadora—no hubo respuesta y Sócrates con una tosecita leve le indicó que continuara—. Tengo la impresión de que he concebido las palabras de dios de forma errónea…— otra vez el silencio la obligó a continuar—Sentí, padre, en un sueño, que el Espíritu Santo me revelaba una gran verdad. Hija mía, decía la voz de esa imagen sagrada, debes amar sin recato. ¿Cómo es eso posible? Le pregunté aturdida. Sí, hija, me contestó. Debes amar a tu prójimo como a ti misma. Recuerda que el amor es la única espada con la que se puede combatir el mal. Entre mayor bien le hagas a tus hermanos, más dolor le causarás al mal porque la maldad son esos malos sentimientos del hombre como la envidia, la ira, la lujuria. La avaricia y otras pasiones que pierden sin remedio al ser humano. Pero eso me hundirá sin remedio en la suciedad, me convertirá en un ser inmoral del cual se burlarán todos. No me siento capaz de enfrentar esos peligros. Me lapidarán por mi osadía. No debes temer nada, hija mía, dijo la voz tranquilizándome con un baño de agua bendita. Entonces me desperté bañada en sudor, pero purificada, iluminada por un aura dorada y protegida por un optimismo invencible. Me miré como una mujer diferente. Sentí dentro de mi una luz que me guiaba por un camino hacia una vida con cimientos espirituales y el acero de la espada que me entregó el arcángel. Antes de despertar por completo, la voz me indicó que buscara al hombre que me ayudaría a consolidar la unión. Ese ser que me ayudaría a procrear una nueva generación de hombres llenos de amor. Desde aquella ocasión comencé a buscarlo, padre, pero mis intentos fueron vanos. Los hombres con los que me uní descubrieron sólo sus demonios conmigo, es decir, sus bajas pasiones. Unos se arrepintieron y se abandonaron al celibato, otros se confundieron tanto que buscaron el camino del alcohol y las drogas, otros se pervirtieron y terminaron corroídos por el pecado. Es, por eso, por lo que busco la ayuda en esta casa, quiero que se fortalezca mi fe, pero nadie quiere hablar conmigo de esto. El cura me rehúye y los sacerdotes se esconden, me hacen sentir como un ser maligno que los ahuyenta. No te preocupes—dijo por fin el padre meditabundo—, no eres tú la culpable. Déjame pensarlo un poco y te daré una respuesta. Ven la próxima semana y te diré qué hacer. Ahora vete y no incomodes a mis hermanos con tu presencia. Eres libre de culpa, pero despiertas remordimientos en la gente. Cuídate y no provoques la ira de las mujeres—. Angelines se persignó, le dio las gracias y salió.

Se alejó Sócrates pensando en lo poco habitual de su entrevista, pero como tenía muchas obligaciones ese día no reparó mucho su atención en ello. Lo encontraron unos fieles y le hicieron unas preguntas. Les dijo que estaba preparando el sermón de la misa vespertina y que necesitaba un poco de tiempo. Le agradecieron sus acertados consejos y se fueron felices con la promesa de volver por la tarde. Notó la mirada pícara del monaguillo que estaba estudiando el catecismo y le dio una palmada en el hombro, luego se encontró con el padre Mariano que más que indagarlo con la mirada parecía olfatearlo con su enorme nariz afilada. Intercambiaron unas palabras y Sócrates se disculpó diciendo le que tenía que recluirse para encontrar los pasajes más adecuados para la misa de ese día. Mariano tenía todo tipo de cuestionamientos y le hostigaba lanzando preguntas teológicas muy afiladas. Sócrates se reía con la impertinencia de su compañero y adivinó que le estaba reprochando su encuentro con la come hombres, como llamaban muchos a la seductora Angelines. Esa tarde todo fue bien, los asistentes dijeron que Sócrates tenía chispa y se sentían mucho más cristianos con su alentadora voz que con la monótona liturgia del cura y Mariano quienes alentaban a la gente a arrepentirse de sus pecados, pero no les decían muy bien de qué forma hacerlo, en cambio Sócrates iba al grano y con determinación. No dudaba en llamar las cosas por su nombre y daba instrucciones claras con pelos y señales. Mariano oyó con envidia la misa y levantó al final la nariz en actitud de rechazo.

Por la noche Sócrates durmió como un ángel, pero en el último sueño que ocurrió cerca de la madrugada, vio en su cama a Angelines desnuda. Estaba acostumbrado a las reacciones de su cuerpo y sabía a la perfección cuales eran los reinos de la carne y los del espíritu por eso consideraba esos fenómenos como capricho de su cuerpo y los solventaba con un balde de agua fría espiritual. Se levantó muy extrañado por que su reacción no había sido llamada por un capricho de su organismo, sino de su alma. Era un híbrido de sensaciones e ideas que lo obligaron a estar casi media hora bajo el chorro de agua fría de su regadera. No rezó, ni se confesó, ni se reprochó por su debilidad; más bien trató de apagar el fuego que hacía que el agua llegara tibia al piso de hormigón. Cuando finalmente desistió del baño se fue a caminar hasta la plaza central en la que había unos álamos y un quiosco viejo. Eligió una banquilla que quedaba frente a los portales del Palacio de Gobierno y esperó con paciencia que fueran apareciendo los paseantes. No llegó nadie hasta bien pasadas las horas. Alrededor de las nueve, cuando Sócrates ya había agotado todos sus argumentos, notó que se le acercaba la gente y lo saludaba. Comenzó a hacer preguntas. “Hermano, ven aquí—les decía con suavidad—, dime qué es el amor y qué es el pecado”. Los interrogados se sentían incómodos, pero los ojos de cordero del padre les abrían las puertas cordiales de la confianza, así que terminaban abriendo su corazón con palabras francas y limpias.

Sócrates se retiró con el corazón hinchado de gozo. Llegó a la iglesia y cogió sus cosas. Salió vestido de civil y dejó todos sus atuendos dentro del pequeño armario que le habían asignado. Tenía pocas posibilidades de resolver el problema que lo aprisionaba porque lo habían asignado sólo un par de semanas. El tiempo apremiaba y debía actuar con rapidez si quería encontrar la felicidad y, sobre todo, la respuesta a la pregunta de María de los Ángeles que sin duda asistiría a la iglesia en la fecha acordada.
A los tres días apareció el hombre que habían dado por muerto, pues nadie lo había visto salir y cuando regresó ya estaba en boca de todos los cristianos su desvanecimiento. El culpable era Mariano que había estado preguntando a todos los habitantes si sabían sobre el paradero del nuevo predicador. “Ha resucitado—decían los niños con una sonrisita sincera. Levantaban los brazos y agitaban los ramitos de palma con los que habían festejado el día anterior el fin de la pascua—, ha venido a salvarnos del desagradable buitre, que era como llamaban a Mariano”. Se le veía diferente. Tenía un lunar grande en el cuello que nadie recordaba haber visto. El primero en notarlo fue el monaguillo. Mariano dudó porque no lo recordaba y para terminar con la incertidumbre del niño le comentó que eso no tenía importancia en absoluto. Así desapareció, como por obra de magia la duda de Andresito. Sócrates, durante media hora, le dio explicaciones al cura y se comprometió a cumplir con la penitencia que se le impuso. Era la primera vez que cometía una falta y su sombra era tan insignificante en su luminosa carrera que el cura Fermín le permitió oficiar la misa del día siguiente para que le recordara a los hijos del señor las consecuencias de los actos erróneos en la vida.

La gente acudió a la misa con prestancia, pues echaban de menos la sinceridad de sus mensajes y la melodiosa entonación con que les hacía vibrar el corazón, pero desde el inicio notaron que su voz era más ronca y que sus palabras se encaminaban por sendas que llevaban a terrenos inapropiados. La gente comenzó a mirarse con espanto. Sus ojos desorbitados ya no se ocultaban detrás de los párpados y bajaban lo más posible la cabeza. Les dolían las rodillas, pero no paraban de rezar. Cuando llegó el momento de la conciliación, la gente se dio un fuerte apretón de manos y se retiró en silencio. El cura Fermín estaba rojo de vergüenza y no sabía cómo actuar, sólo el color verde pálido de la pregunta de Mariano lo volvió a la tierra. “¿Ha blasfemado?” —preguntó con su actitud orgullosa que empleaba en los momentos críticos. No lo sé, dijo el cura y se retiró asustado.

Llegó el momento del encuentro con Angelines. Iba con su pañuelo de lana más bajo que de costumbre. La iglesia volvió a quedarse vacía. El viento azotó la puerta que el cura trataba de cerrar con cuidado y se oyeron precipitados los tacones de sus zapatos que se alejaron como una granizada inesperada. “Padre —exclamó—, vengo por la respuesta que me debe—. No te preocupes, hija mía—contestó con alegría el padre Sócrates—. Todo está bajo control y tengo una noticia que he recibido por una anunciación del cielo. Vendrá el hombre que te sacará de tu martirio. Lo reconocerás cuando aparezca. No será el que ves ante tus ojos desaliñado y perseguido por la muchedumbre, sino un hombre sencillo, vestido como cualquiera. Llegará tranquilo, tocará a tu puerta y te irás con él para crear una familia y serás feliz hasta siempre.  Angelines salió atormentada porque había esperado ese encuentro con deseo. Se había quedado prendada de la armonía espiritual de Sócrates y ahora, cuando estaba dispuesta a declararle su pasión por él, la mandaba esperar a otro hombre. Le había asombrado que estuviera un poco descuidado, que su voz fuera otra y que hubiera adivinado sus intenciones con esas palabras de “No es el que ves perseguido por la muchedumbre”. Era verdad, pues desde su regreso Sócrates no era muy bien aceptado por la gente porque no les perdonaba nada. Cuando los encontraba en la plaza les hacía preguntas que les hacía sentir el dedo en la llaga. Los incomodaba tanto con sus interrogatorios que el tendero confesó en medio de la calle que le era infiel a su mujer, un policía corrió al banco para sacar el dinero que había acumulado por sobornos y lo regaló a los pobres. Lo más trágico fue la desaparición de Mariano que un día encontró a Sócrates leyendo libros de psicología social y filosofía y quiso acusarlo con el padre Fermín, sin embargo, escuchó unas palabras que lo condenaban para siempre al infierno. No sabía nadie de su paradero, pero había quien decía que se había condenado quitándose la vida. El mismo cura enrojecía cuando se veía envuelto en una discusión durante las misas que oficiaba en las fiestas más importantes. Sócrates blandía un arma paralizante como la verdad y sacaba a los demonios hasta de las piedras, como decían los habitantes del pueblo. La gente se dio cuenta de que tener un sacerdote así representaba un gran peligro para la comunidad, pues rompía la armonía que había perdurado tantos años por el manto de la indiferencia. Los habitantes se sentían desnudos y sin protección en las aceras. Si veían que se acercaba la sotana de Sócrates corrían despavoridos y pensaban en las respuestas que le darían en caso de caer en sus interpelaciones.

 La gota que derramó el vaso fueron las preguntas que le hizo al presidente municipal cuando se disponía a festejar el día de la fundación de San Aquilino del alto. Llegó montado en una moto y se paró frente al mercedes del funcionario. Macareno Díaz salió muy envalentonado a sabiendas de que era un momento crucial en su carrera y por dentro se recriminó no haber linchado al monje endemoniado que estaba haciendo que los cristianos de buena fe vomitaran todo tipo de sacrilegios y sandeces. La pregunta que se le estrelló en la cara no estaba relacionada ni con el cristianismo, ni con la tergiversación de los fondos del gobierno, ni con su amante, ni el de su esposa; sino con su pecado más grande. Se negó a contestar, pero Sócrates, con ayuda de la impertinencia y un gran conocimiento de la psicología lo orilló hasta obligarlo a hincarse e implorar perdón. La gente se quedó muda y con las miradas que se intercambiaban se decidió matar al diabólico padre que estaba condenando a todos los aquilenses. Se oyó el grito que detonó la bomba “Matémoslo, matémoslo”—gritaba la dueña del monte de piedad, temblaba y presentía que la siguiente pregunta sería para ella, por eso desaforada incitaba a la gente al linchamiento.  Sócrates se montó en su moto y se fue alejando sin prisa. Por momentos parecía que los fanáticos que lo seguían lo atraparían, pero cuando alguien se acercaba a unos centímetros, aceleraba un poco y quedaba fuera de peligro.

En ese momento, en el otro extremo del pueblo apareció un hombre con gafas oscuras, camisa blanca y vaqueros. Tocó una puerta de lámina oxidada y salió Angelines, que se había quedado en la ducha y ni idea tenía de lo que estaba sucediendo en San Aquilino del alto. Ya se había vestido con un hermoso vestido y se estaba cepillando el pelo cuando oyó los golpes sordos. Abrió y se vio reflejada en los cristales azules de unas gafas. Luego vio unos ojos castaños que la sedujeron y preguntó:
— ¿Eres tú?
—Sí, soy yo—contestó Sócrates poniéndose las manos en la cintura y girando de lado a lado.
—Y, ¿el otro? —Preguntó Angelines con el entrecejo más torcido que un cuerno y moviendo la lengua como si quisiera escupir algo agrio.
—Ah, es mi hermano gemelo, ya te lo explicaré.

Se rieron. Sócrates le mostró un coche y le señaló con el dedo índice una puerta. ¿Me vas a confesar? —le preguntó con una sonrisa divina. Desaparecieron detrás de una nube de polvo igual a la que iba dejando la moto del maléfico confesor que estaba dejando el pueblo desierto con su retirada. 

jueves, 4 de enero de 2018

El nuevo Tokio latino

Akihiro se fue del Japón. Llegó a un país latinoamericano para pasar el resto de su vida cerca de la naturaleza. Era joven todavía y deseaba cambiar de existencia por completo. Le había dedicado tres décadas a su trabajo y tenía un capital que le permitiría vivir sin problemas en un pequeño pueblecito del centro del país. Había algunas montañas cerca y se veía desde su pequeña casa de adobe, un volcán nevado que le recordaba al Fuji. Llegó en un autobús de segunda clase y tuvo que andar más de un kilómetro para llegar a su destino. No llevaba equipaje y conservaba sólo algunas cosas que lo unían a su patria. Por el trayecto se dio cuenta de que había un río, pastizales ralos, muchos cactus, y árboles frutales. No había muchas casas y la población vivía de lo poco que se producía allí. Lo más abundante por temporadas era el maíz, el frijol, el tomate, las lentejas, garbanzos y frutas. Se estableció en su pequeña vivienda que estaba limpia, pero no contaba ni con baño ni con luz.
Una mujer del pueblo de nombre Magdalena le llevó comida y conversó con él un poco. Akihiro había estudiado español en su empleo y había negociado un par de veces con los españoles. Casi no habló de sí mismo y arremetió con muchas preguntas breves a la mujer que se admiraba que un extranjero la entendiera tan bien y le ayudara con las palabras que desconocía. Al terminar la conversación le dijo a su nuevo conocido que tuviera cuidado de cerrar bien la puerta por la noche y arroparse bien.

Al día siguiente salió como si hubiera sido alumbrado en otro mundo. Un hombre joven acompañado de una vaca lo miró con curiosidad y lo saludó.  Akihiro se dirigió al río y se echó un chapuzón en el agua fría. Salió temblando, diciendo cosas en su idioma que los curiosos, escondidos entre los matorrales, no entendieron y al tratar de acercarse para oír mejor, delataron su presencia. “Vengan aquí—les dijo con una gran sonrisa y temblando enrollado en su toalla—. Báñense conmigo”. Nadie aceptó y lo siguieron hasta el otro lado del pueblo. Como no tenía la presión del trabajo y las responsabilidades de antes, Akihiro, paseaba mucho. Descubrió unos árboles a punto de caerse y les pidió a algunos hombres que le ayudaran a cortarlos. Los pueblerinos no dejaban de asombrarse con el nuevo habitante que les parecía un extraterrestre. Pidió que le ayudaran a hacer tablas y vigas. Trabajó en compañía de todos y se hizo amigo de los jóvenes a quienes enseñaba con paciencia. Cuando consideró que tenía la madera suficiente para poner los cimientos de su casa, se fue a escoger un terreno plano. Eligió la orientación, contó los pasos que había hasta el río, aplanó el terreno y empezó la edificación. Diseñó un techo sencillo, le regalaron tejas que fue adaptando al estilo que deseaba, se hizo unos muebles prácticos y con paja hizo grandes biombos, dinteles y puertas correderas para dividir las habitaciones. Les pidió a unas mujeres que le diseñaran unas mantas de lana gruesas para ponerlas como alfombras. La gente aprendió muchas cosas, tales como elaborar papel de arroz y atar juncos como bambús. Rápido le pidieron autorización para usar sus técnicas de decoración e, incluso, construir algunas copias de su casa. Akihiro se alegró mucho al saber que la gente estaba dispuesta a realizar cualquier tipo de trabajo en su compañía.

Colaboró en las reformas de algunas casas, enseñó a la gente a tomar té por las tardes y bebía con gusto la bebida caliente de maíz que le llevaban todos los días. En una ocasión preguntó por qué no dividían los terrenos para sembrar arboles frutales y todo tipo de legumbres. Fue cuando se enteró de que nada se podía producir sin la autorización de don Nacho, el cacique que dominaba la región. En realidad, don Nacho ya estaba al tanto de lo que sucedía en el poblado y estaba esperando el momento para presentarse ante el extranjero y dictarle una por una las normas que tendría que acatar. Akihiro habló con Felipe, uno de los hombres más fuertes y le preguntó qué pasaría si empezaran a producir legumbres. La respuesta no fue muy esperanzadora porque se enteró de que tendrían que recibir la autorización de don Nacho para desviar el agua para el riego, además le tendrían que dar el cincuenta por ciento de la cosecha y la otra si se las compraba a bajo precio. Akihiro anduvo dando vueltas por todos lados, hizo mediciones, calculó distancias, preguntó por el temporal y las sequías y lluvias, preguntó por los almacenes de semilla, buscó garbanzos, habas, frijol, maíz. Preguntó por las higueras, los limoneros, la naranja, el aguacate y los nísperos. Llamó a las familias y las puso a dividir sectores de tierra y les indicó por donde harían los surcos, que sitios eran mejores para probar con el arroz. Una semana después escribió una carta para que se la llevaran a don Nacho.

La visita no se hizo esperar. Llegó acompañado de sus matones y de forma altiva le advirtió que, si seguía organizando a la gente en su contra, se tendría que atener a las consecuencias. Akihiro le dijo que en su país eso ya había pasado en la Edad Media y que no le preocupaba mucho, que mejor le dijera bajo que condiciones estaría dispuesto a negociar. Como se lo habían dicho, don Nacho pidió el cincuenta por ciento de la cosecha y precios favorables para la compra del resto. Akihiro le dijo que estaba de acuerdo en lo primero, pero que en lo segundo no porque el fruto del trabajo sería para la manutención de la gente de allí. Don Nacho miró la tierra y preguntó si iban a tocar a los animales. Akihiro le dijo que sí, pero que, si aceptaba el cincuenta por ciento, le entregarían a tiempo su parte. Don Nacho con una sonrisa sarcástica miró alrededor, repasó con ojos de águila a los reunidos y dijo que aceptaba. Akihiro le dijo que le enviaría un documento para que lo firmara y así se comprometieran las dos partes.

La gente comenzó a arar la tierra. Se dividieron la producción por temporadas y quedaron en construir almacenes para mantener los sobrantes. Sembraron peros, manzanos, limoneros y aguacates. Akihiro consiguió unos cerezos y los puso cerca de su casa. Organizó a las personas para mejorar los caminos y pronto se vio circulando una gran cantidad de caballos flacos por el centro de la localidad. Se había construido una gran fuente y se habían puesto un quiosco rudimentario pero multifuncional.  Pronto la gente comenzó a sacar sus instrumentos musicales y algunos vecinos llegaron arrastrados por la curiosidad. La población a la que todos llamaban el nuevo Tokio mantuvo su promesa de no lucrar con la producción. El mismo don Nacho estaba asombrado de que una población tan pequeña produjera casi lo mismo que sus grandes territorios. Había siempre peleado por el agua y era una de las razones por la que el antiguo pueblo de San Martín estaba a punto de desaparecer. Ahora, era imprescindible para el terrateniente que con gusto vio que la producción crecía con los meses. En el nuevo Tokio la gente se paseaba y recibía, por cortesía de los habitantes, granos de maíz cocido, higos o cualquier fruta de temporada. Había lugares especiales para depositar la basura, la limpieza era una de las grandes responsabilidades y por eso nadie tiraba nada. Se construyó una pequeña capilla y se empezaron a oficiar misas. El padre Armando, que se había retirado por problemas con el Vaticano, encontró en Akihiro un consejero sensacional. Le recomendó muchos libros de cristianismo en los que se hablaba de las enseñanzas de Cristo como una escuela de la no violencia y bienestar espiritual del hombre.

 “Hermanos—decía vestido de campesino el padre Armando—. Recapacitemos sobre los preceptos de Cristo. Debemos hacer el bien para recibir el bien y atacar el mal con el bien porque el mal sólo trae problemas y violencia. El hombre no debe vivir para las necesidades y perversiones de la carne. No nos dejemos llevar por la ira, la envidia, el odio, los celos y todas esas pasiones que nos crean la enemistad con el prójimo. Vivamos para desarrollar nuestro espíritu y démosle a nuestro querido amigo Akihiro las gracias por su bondad y buena fe”.
Don Nacho comenzó a preocuparse porque los espías que mandaba para ver qué tanto fraguaban en la población regresaban transformados y algunos habían perdido empuje. Ya no era tan bravucones como antes y uno que otro de plano desertó, a pesar de las amenazas de don Nacho. “Tiene que ir a oír lo que dicen allí, don Nacho—le decían las personas sin inmutarse—, esos hombres le cambiarán la vida. No quieren revoluciones, ni tierras ni dinero, sólo vivir en armonía”. Qué armonía ni que ocho cuartos—decía enfadado don Nacho sin poder entender la situación real—. Ya verán cuando me comunique con el gobernador y le diga el complot que están tramando esos canijos. Se van a acordar de mí, carajo.

El gobernador Rosendo Méndez ya conocía los detalles del conflicto y cuando don Nacho lo visitó en su oficina le dijo que haría todo como de costumbre, pero que tratándose de un extranjero las cosas se complicaban y necesitaría más tacto, además estaban por celebrarse las próximas elecciones y no podía arriesgarse mucho para no perder votos. Llegaron a un acuerdo y establecieron una fecha para desaparecer al incómodo visitante que tanto daño había causado en la región. Un día antes de que se llevara acabo el plan secreto del gobernador, llegó al nuevo Tokio, Isamu, un compañero de Akihiro, que había hecho el viaje atraído por la curiosidad que le despertara su ex compañero de trabajo. Fue recibido con honores al estilo tradicional y la gente se ofreció a construirle una casa igual a la de Akihiro en el terreno de enfrente. Se negó con insistencia, pero esa misma tarde la gente se fue a buscar árboles apropiados para elaborar las vigas. Se echó a andar toda la máquina de construcción y en una semana ya se veía la distribución de la casa. Isamu dijo que estaría poco y que no hacía falta trabajar tanto, pero al paso de los días se fue convenciendo de que su amigo le había dicho la verdad.  Cuando pasó la primera noche en su propio lecho decidió que se uniría a Akahiro para mejorar la calidad de vida en la región. La primera necesidad que sintió fue la de crear unas escuelas de arte en las que se enseñaría actuación, música y pintura, que era las disciplinas que le gustaban más y tenía una gran experiencia enseñándolas. Hablaba bien el español, pero su nivel era mucho más bajo que el de su paisano.

Con la aparición de Isamu el plan del gobernador y don Nacho se frustró, pues no tenían previsto asesinar a dos extranjeros, así que simularon su retirada mientras pasaba la amenaza. La escuela fue un éxito. Pronto se formaron grupos de teatro, música y baile. Se daban funciones gratuitas y se organizaron exposiciones de pintura al aire libre. Comenzaron a llegar turistas que por boca de algún conocido se habían enterado de la existencia de esa comunidad tan rara. Como la carretera que llevaba hasta esa población pasaba por los terrenos de don Nacho, éste comenzó a cobrar por el peaje. La gente que llegaba al lugar recibía la cordialidad de los lugareños. No había hoteles, pero la gente les ofrecía sitios en sus casas para pasar las noches. Pronto se enteró el Gobierno de que el turismo se había ido desviando poco a poco hacia esa parte de país. Salió a la luz el nuevo Tokio y se supo que los beneficios mayores se los quedaban don Nacho y Rosendo Méndez. El primero recibió la visita de un general del ejército con orden de arresto y confiscación de sus bienes. Fue condenado a la cárcel y liberado unos meses después. El segundo, sólo fue destituido de su cargo, su puesto lo ocupó un pariente del presidente de la república.

El nuevo Tokio estaba produciendo una cantidad enorme de legumbres, frutas y carnes que se exportaban en forma de barter por tecnología japonesa, lo que había ocasionado un crecimiento sustentable de la agricultura y ganadería. Además, el turismo había dejado unos cuantos millones de dólares. El nuevo gobernador pidió una entrevista con Akihiro e Isamu, quienes tenían en sus manos la organización productiva. Les avisó que formarían parte del municipio, que tendrían que pagar impuestos, que recibirían un presupuesto anual, pero que serían controlados por el estado. El par de amigos protestó argumentando que la suya era una comunidad que había evitado desde su formación el empleo de una moneda y que la gente vivía bajo la consigna de la colaboración por el bien de la comunidad. No tenían ni economistas ni funcionarios ni policías ni cárceles ni nada. El gobernador les indicó que enviaría al equipo de funcionarios que se encargarían del control de los censos, los trámites de registro, la justicia, el orden público y la renta de la tierra.


Volvieron desconsolados porque sabían que su sueño había terminado. Para no ver las consecuencias del derrumbe de su paraíso les aconsejaron a los habitantes que cogieran sus pertenencias y que se pusieran en marcha con ellos para buscar un nuevo territorio para empezar de cero. La gente no estuvo de acuerdo. El padre Armando, ya vestido de cura, ofició misas exhortando a la gente a que abandonara sus casas, pues lo que venía estropearía todo. El nuevo Tokio volvería a la pobreza, el saqueo y la opresión que habían vivido siempre en San Martín. Los menos fieles a Akihiro se quedaron en sus casas y una parte de los habitantes se marchó en una caravana como la que salió de Egipto. Por el camino fueron interceptados por el ejército y fueron baleados con la acusación de traición a la patria. En el nuevo Tokio se privatizó la agricultura, la ganadería y el turismo. Tres fueron los grandes propietarios que mandaron un emisario al Japón para pedir asesoría tecnológica. Todos los intentos por parte de las autoridades fueron nulos y tuvieron que rascarse con sus propias uñas, lo cual encaminó la producción a la ruina. El florecimiento del nuevo Tokio fue vertiginoso, pero no duró mucho, pues la tierra se encareció, se mermó la economía porque los capitales no eran reinvertidos para el mejoramiento de la zona y los grupos delictivos comenzaron a presionar al gobierno local para que le cediera una parte y así poder vender drogas, extorsionar y traficar con gente.

martes, 2 de enero de 2018

Sueño fatuo

Estuvo cinco horas a la deriva. El barco se había hundido por el impacto de un torpedo. Roger tuvo la suerte de encontrarse en el momento de la explosión cerca de los botes salvavidas y cogió uno hinchable antes de que la proa desapareciera por completo. No hubo más sobrevivientes. Era ya mediodía y el sol lo calcinaba, buscó la forma de cubrirse, pero no tenía nada a mano. De pronto vio una enorme roca en el mar. Era una piedra de cinco metros de alto, estaba rodeada por arena oscura y grava. Se esforzó por acercarse impulsándose con un pequeño remo, tardó más de media hora en llegar. Bajó de la lancha salvavidas. Pisó tierra y comenzó a medir el territorio, caminó en círculo y calculó que habría unos cincuenta metros cuadrados. Se trepó a la roca, que tenía consistencia volcánica, y miró en las cuatro direcciones sin resultado alguno.

Estaba solo en medio del Pacífico. Tal vez a unos trecientos kilómetros de Hawái. Descubrió una cuneta donde había agua dulce, algas y unos moluscos. Calmó su sed y se mojó la cabeza. Se quitó el uniforme y lo colgó para que lo ocultara del sol. Resguardado por la débil sombra se durmió. Unos minutos después, notó que a su lado estaba sentado un individuo desagradable. “¿Te acuerdas de aquella obra que leíste en la cárcel? —le preguntó el hombre con mirada estricta—Era Martin Pincher, de Lord William Golding, aquel náufrago, ¿verdad?”.  No, no—contestó temeroso Roger—Martin Pincher soy yo. El hombre guardó silencio y se recostó, se puso las manos detrás de la nuca y dijo que no hacía calor, que el viento era frío y olía a hormigón. Mi nombre está escrito en mi uniforme, lo puedes comprobar si quieres—agregó Roger sin escuchar lo que le comentaba su interlocutor—. “El caso—respondió el hombre— es que no quiero y, a decir verdad, tú tampoco querrás hacerlo porque eso significará que aceptas que no pudiste escapar, que no lograste embarcarte y que en este momento deseas que hubiera sido así. Sin embargo, la realidad indica lo contrario. No has naufragado, no estás en medio del mar y ni siquiera me tienes recostado a aquí en este sitio”. Roger decidió abrir los ojos para demostrarse que el otro mentía, pero por más esfuerzos que hizo no logró despertar. “¿Lo ves? — le dijo el hombre con ironía—. Te queda poco tiempo y deberías aprovecharlo para idear tu fuga. Se supone que sólo estás agotado por las náuseas y los mareos”. Roger había estado preso y había leído el libro de aquel náufrago que se salvaba y quedaba en un islote como él. Se acordó de que el personaje moría al final y que esa salvación ficticia no era más que la muerte real. Miró a su compañero, éste no respondió y se encogió de hombros.

Tengo que idear algo para huir de los policías—se dijo con voz apresurada—. Oyó que un gendarme decía: “Vean, es el marinero: no subió al barco”. Eso era, él no había subido al barco, un golpe en la cabeza lo había hecho perder el conocimiento, pero ya podía despertarse y huir, correr con todas sus fuerzas y evitar el encarcelamiento. Está vez le ampliarían la condena por intento de fuga. Debía actuar rápido. Notó los pasos del policía y el silbado pitando. Abrió los ojos y dio un tremendo saltó. Se le enredó la camisola en la cabeza, tiró varios golpes y sus puños se estrellaron contra algo muy duro. Oyó el crujido de las piedras bajos sus pies. Notó el aroma salino y las olas estrellándose contra la roca. Se quitó de la cara el peto y con terror descubrió el inmenso mar. No he salido de mi sueño—se dijo golpeándose la cara—. Necesito despertarme con urgencia.

El policía estaba a unos metros. Si me atrapara—pensó—, jamás volvería a navegar, nunca más regresaría al Aurora, no podría viajar hacia el Oriente y no me quedaría atrapado en un pequeño espacio de tierra volcánica y una zanja con agua dulce y moluscos, además no existiría el mentiroso que me engaña en los sueños. Se recostó, se durmió y vio al hombre que fingía roncar, esperó oír los pasos y el silbido del policía, aguantó hasta el último segundo y volvió a saltar como resorte. Crujieron las piedras, golpeó algo duro y se quitó el peto de la cara. Lo que vio lo aterrorizó completamente.