lunes, 20 de marzo de 2017

Anorexia con gula

Cuando Rodrigo dejó escapar un ahogado grito de placer, se giró, suspiró y quedó mudo al lado de Malena. Quería abrazarla y manifestarle su agradecimiento por la eléctrica sacudida de placer que había sentido en todo el cuerpo, pero ella estaba mirando su móvil y, como no le gustaba que la interrumpieran cuando se comunicaba con su amiga Lorena o con alguno de sus admiradores, prefirió cerrar los ojos y fingir que dormitaba. No era muy tarde y la luz anaranjada del atardecer entraba por la ventana para colorear los pálidos muros. Malena se levantó y Rodrigo pudo ver la espalda desnuda de su apetitosa amante. Disfrutó el espectáculo de los glúteos grandes y firmes que se estrellaron dejando escapar un chasquido de carne joven. Suspiró y deseó con toda el alma que esa imagen se le quedara grabada para siempre. Oyó el chorro de la regadera y creyó ver el vapor que salía por la rendija de la puerta. A Malena le gustaba bañarse con agua caliente y luego entumecerse bajo la gélida cascada de la regadera abierta a toda presión. Era emocionante sentir su cuerpo de hielo cuando volvía a la cama. Estaba mirándola en el techo como si viera una película para adultos y no notó que ella estaba parada frente a él esperando que volteara. Cuando dejó de tener sus fantasías en el fondo blanco de cal, se le apareció el cuerpo de Malena erguido y enrollado en una toalla rosa. Estaba inmóvil como una estatua, hasta sus ojos carecían de movimiento. Rodrigo se espantó un poco porque esa actitud presagiaba algo malo.

Sucedió lo que temía. Malena le dijo que tenían que hacer una dieta y se tendrían que abstener del sexo como si estuvieran en celibato. Rodrigo no podía entender a qué venía esa tendencia de prescindir de la fornicación, que entre otras cosas, era lo único que le había dado fuerzas para mantenerse al lado de Malena. No pudo discutir mucho y sus férreos argumentos fueron derrocados en cuestión de segundos porque Malena le dijo que había cobrado consciencia de su naturaleza femenina y que los hombres habían construido la sociedad durante miles de años y era el momento del sexo débil, que era el nombre de un libro de Simone de Beauvoir y no la denominación que se le había dado por siglos a las mujeres.

Se levantó de la cama, se duchó meditabundo y se vistió. Quiso darle un beso prolongado de despedida a Malena, pero ella sólo le ofreció la mejilla y su brazo estirado en dirección a la puerta. Bajó las escaleras con inercia y le pareció que conforme pisaba los escalones se iba alejando a años luz de su amada. Lloró de amargura y cuando la puerta de entrada al edificio se abrió, una empapada de rayos solares lo cegó, sus lágrimas se le quedaron colgando como dos gotas de baba. Se alejó despacio por la calle. Miró por última vez la ventana del piso donde había sufrido, maldecido, chillado y bramado de placer. Los recuerdos empezaron su marcha atrás. Se apareció ante él la imagen de Malena ajustada dentro de su vestido blanco, montada en sus altos tacones, con su boca al rojo vivo por el efecto del pintalabios, su eterno pelo rizado desprendiendo destellos por el gel y la laca y, por último, sus ojos semi cerrados, marca de una somnolencia eterna que tenía desde la adolescencia. Llevaban dos semanas sin encontrarse y ella tenía el aspecto de un atleta que ha estado sometido a un fuerte entrenamiento. Lo malo era que la actividad física que practicaba Malena era el sexo.

Rodrigo había aceptado, hacía mucho tiempo, que ella se acostara con otros, a él no le importaba porque había encontrado una solución para ofuscar su enamoramiento. “Si Malena no quiere ser mía para siempre—se dijo—viviré con amor fornicándola, como un hedonista, hasta que ella no pueda prescindir de mí”. Lo malo es que ella lo había aceptado por lástima. Había visto en él a un ser débil, simple, comprensivo y fiel. Se lo llevó a la cama por compasión como se lleva un muñeco de peluche abandonado en una caja de juguetes, pero se acoplaron bien y la rutina se encargó de mantenerlos juntos, hasta esa tarde en la que Malena había decidido que llevaría una vida libertina revolcándose con la mayor cantidad de hombres que pudiera sólo para humillarlos. No era una ninfómana ni mucho menos, pero su popularidad entre los hombres le había vedado el derecho al matrimonio, ya que nunca se encontraba sola y siempre aparecía algún pretendiente que la cortejara. Rodrigo había sido una especie de fuga de esa atmósfera opresora. Fue lamentable que el pobre no se diera cuenta a tiempo porque para su amante él sólo representaba una forma de distracción que le daba descanso mientras se reponía de las decepciones que le acarreaban los otros.

El rebobinado de la película de su vida siguió su marcha atrás y se vio con Malena en la fiesta de un compañero de trabajo en la que se ofreció a enseñarle los mejores pasos de salsa. A Malena le encantó esa cualidad que era lo único excepcional de Rodrigo, pues en todo lo demás era parco. Leía poco, su carácter era muy simple, le gustaba pasearse solo mucho tiempo y cuando tenía algún problema se le acentuaba su intraversión.  Malena lo llevaba a su casa y le manifestaba su entusiasmo, pero Rodrigo se encargaba de que una hora después ella lo viera como parte del mobiliario de su habitación.

Andando por la acera, Rodrigo sabía que estaba cruzando por una etapa nueva en su vida. Tendría que dejar de pensar para siempre en Malena y buscar una sustituta. Sería muy difícil y no tenía ninguna esperanza de lograrlo. Le dio un fuerte escalofrío cuando comprendió que tendría que andar por un largo pasillo de recuerdos que, al final, lo llevaría a una habitación en la que la depresión sería su peor enemiga. Se preguntó si quería a Malena y la respuesta fue contundente: “¡Claro que sí! ¡Estaría dispuesto a todo por permanecer a su lado!”. Era verdad, pero Malena no lo permitiría jamás, incluso si no lo hacía ella, sería alguno de los tantos hombres que ahora ocuparían a tiempo completo su vida. Apretó los puños y se fue directamente a un bar a tomarse una copa. Se emborrachó y llegó al trabajo con los ojos de cotorra a la mañana siguiente. No tuvo muchas cosas que hacer ese día y se fue a su casa a buscar un remedio para la resaca. Por la noche tuvo un sueño.

—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¡Mira qué cara tienes!
—Pues, la de siempre, ¿no?
—No, Rodrigo, te digo que no estás bien. ¡Dímelo ya!
—Es que será ridículo que tome esta actitud.
—¡Ya no le des vueltas! !Di lo que tengas que decir!
—Es que cuando te dan tus ataques de ansiedad y me comienzas a preguntar sobre nuestra relación tengo que estar al cien por ciento atento, en cambio tú, llevas no sé cuánto tiempo atada a tu cacharro chateando con tu “Lorena” y ya ni siquiera sientes que estamos haciendo el amor.
—Oye, no lo tomes así. Era una información urgente la que me comunicó. No volverá a suceder.
—¡Claro! Pero, ¿cuántas veces me lo has dicho ya?
—No seas pesado. Ya me quitaste la inspiración. Será mejor que lo dejemos aquí.
—¿Que lo dejemos? Mira, siempre he sido un hombre consciente de mis necesidades. Sé que soy un ser sexuado y por lo tanto requiero de la actividad reproductora para encontrarle sentido a mi vida, no es que el deseo de follar me lleve a desear a cada mujer y la fuerza de la lívido me obligue a correr detrás de cada falda, pero como hombre normal requiero del sexo, al menos, una vez por semana. Eso lo entiende cualquiera, pero tú...

No pudo continuar con lo que quería decir en su sueño porque un ruido muy fuerte lo despertó. Abrió los ojos y se concentró en lo que sucedía a su alrededor. Era la vecina que estaba discutiendo con su marido. Vio el despertador y notó que faltaban veinte minutos para que sonara la alarma, su inconsciente quería que durmiera un poco más, pero la voz de la realidad lo obligó a levantarse. Se fue directamente a la ducha y cuando salió se preparó un café. Tenía presente la sensación de su sueño, pero bien comprendía que tenía que librarse de los recuerdos de Malena. Se hizo a la idea de salir con alguna compañera de la oficina, alguna de sus viejas amigas, que eran muy pocas y la mayoría se había casado, o una chica nueva que conociera en un bar. “Lo voy a lograr—se dijo como si estuviera participando en un concurso de la televisión—, sobreviviré”.  Se arregló y fue a su oficina. La jornada pasó sin novedades. Se empezó a germinar en Rodrigo una rutina que lo llevaría a refugiarse en la comida. Los recuerdos de Malena iban esfumándose gracias al gran esfuerzo que hacía viendo películas de acción por las noches, almorzando bastantes cosas que le sirvieran de placebo y concentrándose en olvidar. 

Al mes ya había borrado una gran parte del volumen de historias relacionadas con Malena, además su imagen se comenzó a diluir. Ya no era tan material como antes, ahora parecía una fotografía plana sin las virtudes que le había dado la naturaleza y su voz se oía como un lejano eco. Era cierto que en sus sueños volvía a presentarse hermosa, deseada y cariñosa, sin embargo, cada vez iba siendo más fuerte esa melancolía que despertaba la abstinencia sexual y lo hacía ver sólo una parte del cuerpo de Malena.  Eran sus caderas cuando se ponía de espaldas para recibirlo. Al final, fue lo único que apareció en los largos viajes por su mundo onírico, pero se hizo confusa y cambió tanto que Rodrigo se desprendió completamente de ella. Muy pronto su vida cambió de tono y cobró un poco de brillo, las preocupaciones desaparecieron por completo y la tranquilidad motivo más el aumento de peso. No había encontrado a una mujer que sustituyera a su ex amante, pero no tenía necesidad porque el estímulo de la barriga lo satisfacía por completo. Había ganado muchos kilos y seguía enterrando su pasado con grandes copas de helado, tartas, dulces, carne de cerdo, patatas fritas y hamburguesas en abundancia. Hacía su trabajo con más paciencia, no se estresaba y llevaba siempre una lonchera para comer en los momentos en que algún detalle de su vida anterior lo amenazaba con despertar los sentimientos ya dormidos. Dejaron de importarle las mujeres, siguió viendo películas, paseando solo y leyendo cada vez menos.
Malena, al igual que Rodrigo, también tuvo un sueño al día siguiente de la separación.

—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¡Mira qué cara tienes!
—Pues, la de siempre, ¿no?
—No, Malena, te digo que no estás bien. ¡Dímelo ya!
—Es que será ridículo que tome esta actitud de nuevo.
—¡Ya no le des vueltas! !Di lo que tengas que decir!
—Es que cuando te dan tus ataques de lujuria y me comienzas a preguntar sobre nuestra relación tengo el ardiente deseo de dejarte, en cambio tú, llevas no sé cuánto tiempo atado a mí como un perrito faldero y ya ni siquiera tienes atenciones que me hagan sentir mujer.
—Oye, no lo tomes así. Es porque tú me menosprecias. No volverá a suceder.
—¡Claro! Pero, ¿cuántas veces me lo has prometido ya?
—No seas pesada. Vamos a olvidarlo, por favor. Sabes perfectamente que soy tu esclavo y que haría cualquier cosa por quedarme a tu lado.
—¿Cualquier cosa, dices? Mira, siempre he sido una mujer consciente de mis atractivos. Sé lo que represento y lo que puedo lograr, para mí el sexo no es el mejor recurso para encontrarle sentido a la vida. Siento mi cuerpo y mi feminidad, deseo tener hijos, pero también siento la necesidad de luchar por los derechos de todas las mujeres. Hemos sido sometidas durante siglos y ha llegado la hora de darle la voltereta. Desde este momento seré yo quien abuse de los hombres, o del así llamado por ustedes: “El sexo fuerte”, que no lo es porque todos son unos maricones.

Malena tampoco pudo continuar con lo que quería decir en su sueño porque un ronquido muy fuerte la despertó. Estaba junto a ella un hombre que le había ofrecido un puesto en una institución pública. No era muy joven, pero sí atractivo. Le había hecho el amor de forma precipitada y se había quedado dormido. Por la mañana, Malena comenzó su camino hacia adelante, quiso olvidar lo que había vivido con Rodrigo, pero los recuerdos en lugar de desaparecer se iban haciendo más consistentes. Recordaba mejor el olor de su piel, la suavidad de sus manos, su cuerpo esbelto pero fuerte y su actitud mansa de siempre. Le parecía oír su voz por las noches y hasta llegó a hablar con él de forma inconsciente. Un día se sorprendió hablándole desde la ducha y se extrañó mucho de que él no estuviera recostado en la cama escuchándola. Decidió enterrar las memorias de Rodrigo con la ayuda de otros hombres. Se esforzó muchísimo y al final lo único que logró fue convertir la imagen de su ex amante en un monumento al que le hacía culto comparándolo con todos los abusadores y peleles que se la llevaban a la cama. Salía victoriosa de todos los encuentros, pero eso implicaba que recordara más a Rodrigo. Humillaba a cuanto hombre la tocaba y sus víctimas llegaban a los límites de la impotencia después de haber sufrido la experiencia traumática con ella.

Dos años después se encontraron por casualidad. No se reconocieron. Pasaron uno junto al otro como dos desconocidos. Rodrigo pesaba más de cien kilos y sus mofletes eran tan grandes que sus ojos parecían los de un chino enfadado o miope, caminaba muy despacio y no ponía atención en las personas que se cruzaban en su trayecto. Malena estaba demacrada, el abuso del cuerpo le había dejado holgada la piel. No tenía la consistencia de antes, su carácter se había estropeado, se había vuelto rencorosa. Estaba muy flaca y ya no era tan pretenciosa al arreglarse, le faltaba, por asombroso que pareciera, confianza en sí misma, pero ella se negaba a aceptarlo. Buscaba con ímpetu los brazos de su ex amante, sin embargo, su orgullo la volvía necia y no quería ir a rogarle que volviera con ella. Por las noches, se revolvía entre las sábanas recordando los encuentros con Rodrigo, recriminándose por la forma en que se compadecía de él dejándolo hacer sin recompensarlo con amor. Ahora sentía remordimientos y sabía que era tarde para dar marcha atrás. Era imposible regresar las páginas de su historia y, más aún, iniciar una nueva relación con el único hombre que le había agradecido sus favores y estaba dispuesto a quedarse a su lado. Siguieron cada uno por su brecha. Rodrigo cada vez más pesado y ella cada vez más decepcionada de los hombres y seca del cuerpo.


martes, 14 de marzo de 2017

Destino de una triadora

No sé si de tanto estarle dando vueltas a las palabras de Paco, se han hecho realidad al final. Cuando se me emborracha se pone necio con sus filosofías baratas. Que si el infierno lo busca uno mismo en vida, que si la mentada teoría del ser y la nada, que si el puto existencialismo y su maldito Sart o Sarté, ni siquiera sé cómo se pronuncia ese apellido francés. El caso es que me he llevado una sorpresa horrible, hoy cuando me he vuelto de la planta de separación de basura.
Dicen que echarle la culpa a los demás es una forma de librarse de la responsabilidad propia, pero a mí no me queda otra salida más que esa. Necesito echarle a otro esto que me ha pasado a mí porque está fuera de toda lógica. Esa vez, cuando estaba en la línea, ya harta de soportar el dolor de la espalda (es que se me había enfriado el espinazo y, como es mi punto débil), quería irme de una vez por todas. Que se vayan todos a la mierda —me dije —sin poder enderezarme y, precisamente en ese instante apareció la famosa bolsita de la compra con un nudo ciego.

No sé por qué se le pasó a mi compañera de al lado, estaría papando moscas como siempre. No es la primera vez que sucede porque cuando llegó una caja aplastada con unos gatos aplanados dentro, la Lola se puso que dizque a toser. ¿Casualidad? ¡No! Seguro que la muy zorra tiene un sexto sentido que le indica que los desechos desagradables son para mí —¡Toda la mierda para mí! —. No es que en la banda todo sea muy chulo y agradable, al final es basura que hay que reciclar, pero que no me joda. Me deja pasar los mininos aplastados, las malditas ratas quemadas y ese pobre bebé. ¿Impresionante? Sí, claro, pero ya nos habían llegado antes articulaciones, manos y pies. No sé por qué la gente piensa que echando su basura al contenedor hace un truco de magia con el que desaparecen las cosas, pero que vengan a dejarse aquí el pellejo, a oler toda esta porquería y separar los cartones manchados de mierda. Estoy muy enfadada, por eso me salen reproches como vómito, pero es que la verdad no es justo. Para que me comprendan empezaré por el principio.

Cuando mi vecina Alicia me vio llorando por que el dinero no me alcanzaba para nada me dijo que, lavando, cosiendo y planchando ajeno lo único que conseguiría sería echar mi vida por el caño, lo dijo muy convencida y al día siguiente me levantó pronto para que la acompañara a la planta. Nos tardamos casi hora y media en llegar, pero cuando vi el edificio enorme me dije que tenía que quedarme allí para sacar el dinero que me hacía falta para convencer a mi hija Diana de que volviera a la casa. Dolores me recomendó con don Pepe y me asignaron un lugar en la línea de separado de cartón, papel, metal y vidrio porque se había dado de baja una empleada y yo les venía como anillo al dedo. Me dieron un delantal, un gorro, unos guantes y una máscara para no oler la podredumbre que es horrible, siempre he sido muy sensible a los olores desagradables, pero ¿qué podía hacer? Por un lado, la crisis no me permitía encontrar nada mejor y, por el otro, el sueldo no era tan malo, bajo, sí es verdad, para qué voy a mentirles, sin embargo, hice cuentas rápido y pensé que las montañas de ropa que tendría que planchar y coser para ganar lo que me ofrecían, llegaban al cielo.

Así fue como me quedé. Lola se alegró mucho y todos los días hacíamos el trayecto juntas. Paco se relajó un poco y se hizo más cariñoso, sólo le aumentó un poco al licor, pero estaba muy manso. Me decidí a ahorrar en una lata de galletas muy vieja, pero con unos dibujos muy chulos. El dinero era para convencer a Dianita de que volviera a la casa. La cruda o, mejor dicho, tensa situación en la que siempre nos habíamos encontrado desde la llegada de Paco provocó que se buscara un tipo que al final se la llevó. Intenté detenerla con todas las estratagemas de una madre, pero todo falló. Fue más fuerte la maldita necesidad de estar con su inútil amante que el compromiso familiar. En fin.

Conforme iban pasando los días el ahorro se hizo más y más grande. Empecé a indagar por el paradero de mi hija, sin mucha suerte claro. Lo malo es que después de encontrar la bolsa que dejó pasar Alicia, vino la policía a investigar. En boca de todos estaba la madre deshumanizada que había tirado a su hijo a la basura. Nada más de pensarlo se nos revolvían las tripas. Nos habituamos a que se comentara como un “buenos días” la noticia del bebé. No hubo durante bastante tiempo otro extravagante suceso que lo sustituyera, ni siquiera la bolsa llena de dinero que encontró Concha era lo bastante atractiva para ensombrecer al niño muerto empaquetado en una bolsita del centro comercial. Sabíamos que la deshumanizada madre vivía cerca de aquí porque el paquete se había colado en uno de los contenedores de la ruta de los camiones de esta parte de la ciudad. Daniel, el camionero, que hacía ese trayecto nos dijo que era probable que se hubiera recogido el contenedor en la colonia aledaña. La vida continuó de forma habitual y seguimos con nuestra ardua labor de triadoras.

Bueno, había prometido ordenar las cosas para que se me entendiera bien lo que les quiero contar, pero creo que les he revuelto tanto todo esto que ya ni se acordarán que todo empezó porque Diana, mi hija se fue con un fulano que la maltrataba, pero luego regresó. Eso fue cuando ya había juntado bastante dinero para buscarla y ayudarla para que saliera a delante en los estudios. Diana quería ser dentista, pero la nota del bachillerato, que terminó de milagro, no le daba para ingresar a la facultad. Se dedicó a la vagancia y un buen día se marchó. Ahora estaba de vuelta. La encontré cuando iba subiendo las escaleras. La reconocí de espaldas y me dio gusto que estuviera allí. La impresión que tuve cuando se volteó fue horrible, pues se hallaba muy demacrada, con unas ojeras enormes, el rostro muy pálido y algunos moretones en el cuerpo. Había perdido mucho peso. Entramos al piso reventó en llanto, dejé que sacara todo lo amargo que llevaba dentro. Me empapó la blusa con sus lágrimas y la abracé con ternura como cuando era pequeña.

“Dejé a ese cabrón de Marcelino, mami. Te prometo que ya no haré más estupideces”—dijo ahogándose por el llanto. Le cogí las manos para que se calmara, le aseguré que en mi tenía a su mejor amiga y que podía vivir conmigo cuanto quisiera. Tomamos un café y la noté muy meditabunda, era como si con las lágrimas se le hubieran acabado las palabras. Le pregunté por qué estaba tan seria si ya no había motivo de preocupación—. “Es por causa de Paco—dijo con la voz entrecortada”. Ya, hija—le contesté sin ni siquiera imaginar que las siguientes palabras me caerían como granizo—. Paco tiene mal carácter, pero con mi nueva situación se ha calmado y ya no es tan agresivo como antes. Podemos estar tranquilas. “No mamá, tu no entiendes nada—me espetó mirándome con fiereza a los ojos—. Paco me violó, me obligó a complacerlo y me chantajeó con matarte si abría la boca”. ¿Cómo dices? —le pregunté todavía pensando que había oído mal, pero ella repitió lo mismo. ¿Cómo era posible que se lo hubiera callado, Diana? Ella sabía a la perfección que yo tenía a Paco sólo como un compañero para no estar sola y no aburrirme, es decir, por costumbre, si se puede explicar de esa forma, pero de eso a que abusara de mi hija…Lo malo es que no sólo esa fue la única noticia mala, también me dijo que cuando Marcelino, el cabrón con el que se había ido a vivir, se había dado de que iba embarazada la echó de su casa y ella tuvo que quedarse con una anciana que le ofreció un cuarto a cambio de su ayuda.


Le pregunté por el bebé. No debí hacerlo nunca porque la respuesta me llevó de nuevo a la línea de separación de basura. Sentí de nuevo ese golpetazo del corazón al ver la bola de carne arrugada como si fuera un lechón crudo. Una tormenta de imágenes comenzó a atiborrar mi cabeza de ideas. Todo comenzó a ordenarse en mi mente. Las discusiones con Paco, los escándalos de Diana callando la verdad, mis reproches absurdos y todo lo demás. Cuando supe que la casa de la vieja estaba cerca de la planta y que mi hija había echado al niño al contenedor y que el crío era de Paco, ya no pude contenerme y salí a buscar al patán para darle su merecido. Se me arruinó la vida en cuestión de minutos y ya no valía la pena vivir bajo la burla y el engaño. Se había formado un infierno a mi alrededor y la única manera de acabar era exterminarlo todo. Por eso, precisamente por esa razón, fue que cogí lo primero que encontré a mano. Bajé al bar de don Pedro y encontré a Paco tomándose una cerveza, estaba alegre, contando chistes, me miró y soltó un “!Mírala, nada más! ¿Qué puta mosca le habrá picado ahora?”. Ya no pudo decir más porque arremetí contra él, le propiné un golpe en la nariz, luego mi furia se encargó de demolerlo por completo hasta que el rodillo se me rajó. Fue imposible que me detuvieran sus amigotes no sé de donde me salió tanta fuerza. Bueno, eso es todo lo que pasó y perdónenme por haberles contado todo tan desordenadamente, pero es que nunca he sido muy buena para contar las cosas.

domingo, 12 de marzo de 2017

Flor que embelesa

Cuando la policía se abrió paso en la oficina para llegar al escritorio del ingeniero Reggio, nadie sospechaba que sería arrestado por el consumo de estupefacientes. Lo retiraron de su silla, le espulgaron la gaveta y una mano ágil y experta mostró ante los curiosos un sobrecito de polvo blanco. Quedó claro que se arrestaba con motivo justificado al empleado que durante dos años había estado ocultándole a sus jefes su adicción. Los empleados siguieron en silencio la marcha de los agentes, luego se despertó un murmullo que los llenó de asombro. Hasta ese momento se tenía a Iván Reggio como un hombre enfermo que hacía con dificultad su trabajo, pero jamás se habría arriesgado nadie a suponer que su aspecto marchito y su eterna somnolencia se debían a la resaca causada por las drogas. Pronto se desocupó su escritorio. Lo primero que se llevaron fue su eterna taza en la que todos los días bebía su té después de comer, luego sus archivos y cosas personales, por último, se retiraron los muebles y se decidió que nadie más volvería a sentarse en ese lugar. En las siguientes semanas hubo una fuerte reestructuración de los departamentos y se interrogó a todos los allegados del toxicómano para saber si alguien más era adicto.

En la empresa se reconstruyó la biografía del ingeniero gracias a la ayuda de todas las personas que llegaron a conocer algunos detalles de su vida privada. En realidad, no había mucho que decir porque el recato y la falta de extraversión de Iván habían dejado siempre un hueco muy grande en el que cada uno de los empleados había ido metiendo una opinión subjetiva como si se tratara de echar bolas de tenis en un gran cubo. Se propagaron muchos bulos, pero nada se podía comprobar. Había una novia con la que nadie lo había visto salir, pero de la cual Iván decía que lo único que deseaba era su dinero, por eso en la oficina la llamaban La Reggia o La princesa. También, estaba el raro caso de su padrastro, quien en realidad era su pupilo y eso nadie lo podía entender del todo porque lo lógico hubiera sido lo contrario, sin embargo, Iván era su tutor, a pesar de que tenía a sus padres y les ayudaba con su jugoso sueldo.

Después de indagar hasta lo imposible se llegó a una conclusión: Iván se drogaba, la culpable era su novia quien lo había obligado a adoptar un pupilo, el cual con toda seguridad sería su padre o un pariente cercano de la arpía y, al final, Reggio no había podido superar la dependencia a los estupefacientes, los guardias de seguridad de la empresa lo habían descubierto y habían dado el chivatazo. Se dejó de hablar sobre el extraño caso de Reggio y todos se olvidaron de sus trajes elegantes, de su pequeñez extrema, de sus párpados lilas, su cabeza de cacatúa y su habitual postura en su escritorio con la cabeza apoyada en los brazos cruzados.

Dos años después, la señorita Natalia Carter, evitada por su difícil carácter y actitud esquizofrénica, recordó al desafortunado Iván. Estaba rodeada de algunos de sus empleados y les preguntó si sabían algo del ingeniero Reggio, la respuesta fue una dolorosa negativa y, por extraño que parezca, el olvido en el que se había echado al pobre ingeniero había servido para que muchas cosas crecieran como pequeños tallos y aprovecharan precisamente ese instante para florecer. Una secretaría aseguró que Iván le había comentado alguna vez que después de un mes de estar trabajando su salud había empeorado y no sabía cuál era la razón. Quizás fuera una estratagema para ocultar lo que vendría después—dijo un traductor masticando con fuerza un trozo de carne—, ya saben cómo lo acabó su vicio. Sí, quizás tengas razón—respondió una abogada—, sin embargo, yo vi su curriculum, era muy bueno, y lo acompañé a sacar su carné en el gimnasio. Era muy activo y hacía bastante deporte. Pues eso sería el primer año—comentó alguien más—, pero al final terminó consumido por la droga. No estaría mal que le mandáramos algo a la cárcel—dijo la secretaria—porque ya saben cómo es la vida de presidiario en nuestro país. Y ¿quién irá a dejárselo? — farfulló Natalia Carter—yo no iría ni loca. Para que me acusen de cómplice, prefiero que se muera allí.

Se terminó la conversación y una neblina de remordimiento se quedó atrapada en la conciencia de todos. Las dudas empezaron a surgir de los rincones. Eran como pequeños insectos molestos que no dejaban a nadie escribir sus informes, hacer los reportes y estaban presentes en todas las tertulias de sobremesa.

Fue Víctor Borrego quién terminó de liberar la plaga de dudas cuando se quedó mirando el techo del comedor con su taza de café sostenida en el aire y les preguntó a sus contertulios si alguien había notado algo raro en los hábitos alimenticios de Reggio en la oficina. Recordaron que lo único característico era su habitual manera de tomar té después de lo cual caía en un profundo sueño. Era precisamente Natalia quién siempre se había preocupado de que a Iván nunca le faltara la reconfortante bebida. Se habló de ello y se bromeó al respecto, pero nadie lo tomó tan en serio como Víctor que impulsado por la curiosidad comenzó a fisgonear entre las cosas de la empleada Carter y descubrió libros de superación personal, manuales de derecho, novelas románticas y de detectives, unas latas con té de hierbas y un libro que llevaba el título de La Reina de la noche, que no era precisamente sobre la vida del amante de un famoso narcotraficante, sino de una planta que se había usado desde la antigüedad  para atolondrar a las personas. De pronto, apareció ante él la imagen de Natalia ofreciéndole té a los empleados con menos rendimiento y somnolencia. Se dio la vuelta y caminó en dirección de la oficina del director.


domingo, 5 de marzo de 2017

Caso 34.0p-Saravia

Pasaron cinco minutos desde que el profesor Saravia se había puesto a demostrar su teorema de Bell y no se movía. Los alumnos que, por lo regular, no le prestaban mucha atención cuando el canoso miope se ponía a trabajar en cosas difíciles, se dieron cuenta de que Pedro Saravia estaba completamente paralizado. Permanecía con el rotulador electrónico pegado a la pizarra. Se acercaron para saber si se encontraba bien y se sorprendieron al notar que no parpadeaba y su mirada estaba perdida. No oía nada en absoluto y su cuerpo era una estatua muy dura de carne y hueso. Lo trataron de cambiar de posición, pero fue inútil, una estudiante le dio un poco de agua, pero en lugar de que el hombre se la tragara, tuvo que recibirla como una compresa para refrescarle el rostro. Llamaron al director y, después de que el jefe de la cátedra de psicología dijera que no se trataba de hipnosis, ni otro tipo de afectación mental; decidieron llevárselo a un hospital para hacerle estudios y descubrir la causa del extraño fenómeno.

Lo primero que hizo el equipo de doctores fue efectuar un encefalograma que mostró que el cerebro estaba parado, es decir, el hombre estaba vivo, pero su proceso mental estaba en punto muerto. No era un estado de coma porque el cerebro estaba en excelente forma, sin embargo, los torrentes de energía en los enlaces neuronales estaban ahí, pero no circulaban. Era como si todo el funcionamiento del cuerpo y el razonamiento se hubieran detenido por un tapón que impedía su realización. Pedro Saravia, decía el reporte médico goza de una salud envidiable, pero su cerebro, a pesar de no padecer ninguna afección, no trabaja.

Transcurrieron los días y fue necesario reunir a un grupo de especialistas de todas las áreas de la ciencia para analizar el caso. El primero en encontrar el camino hacia la solución fue un ingeniero en computación que, por hacer una broma, dijo que el famoso profesor Pedro Saravia estaba colgado como si fuera un ordenador y había que reiniciarlo. Los talentosos científicos que se encontraba allí se rieron por la ocurrencia, pero un filósofo, a quien nadie soportaba por ser detallista en extremo, hizo una pregunta que dejó a todos pensando. «¿Qué pasaría si el cerebro de un hombre fuera en realidad un ordenador sofisticado?». A pesar de que el cuestionamiento era una tontería, los científicos comenzaron a razonar sobre esa posibilidad.

«Imaginemos—dijo el filósofo— somos capaces de crear un ordenador con neuronas y lo programamos para que funcione de acuerdo a un programa introducido por un enlace genético que dirija los sistemas nerviosos periférico y central…»

—Lo que nos está diciendo son puras tonterías—comentó el especialista en computación.
—Me doy cuenta de eso, querido amigo, pero permítame decirle que no estoy pensando en nuestra época, sino desde el año tres mil de nuestra era. Mire, la tecnología avanza a pasos vertiginosos, cada vez que descubrimos nuevas formas para mejorar la inteligencia artificial damos un brinco de Jesús saltador o sea que avanzamos en la singularidad tecnológica. Dígame, ¿cree que dentro de cien años podamos integrar algún sistema electrónico que trabaje conjuntamente con el cerebro y le permita a la gente ver o recuperar el habla?
—Sí, eso ya es posible en la actualidad.
—Y si dentro de doscientos años fuera posible adaptar nuestro cerebro a un cuerpo semi-humano, qué pasaría.
—Bueno, en la actualidad ya se empieza a investigar.
—Ahora, imagine que la tecnología se desarrolla a lo máximo y hace posible sustituir algunas partes del cerebro para que algunos materiales sintéticos le permitan transportarse a otros planetas o viajar a grandes velocidades.
—Bueno, eso suena muy descabellado, ¿sabe? Hay otras soluciones.
—De acuerdo, pero escuche está hipótesis. Imagine que los hombres somos superados por la tecnología y ésta crea unas máquinas que nos sustituyen rápidamente y el hombre desaparece del universo, luego, dos mil, tres mil o, tal vez más años después, la tecnología trata de descubrir de dónde se ha formado y empieza a experimentar con los organismos para crear gente, es decir para recuperar al hombre y lo hace copiándose a sí misma y programando el cerebro del humano de acuerdo a sus teorías. Antes de que me diga que estoy completamente loco, razone y dígame si la tecnología podría hacerlo.
—Lo que ha dicho es absurdo y suena a herejía porque está poniendo al progreso tecnológico en el sitio que le correspondería a Dios. Suponiendo, de acuerdo a sus disparates, que el cerebro fuera un ordenador programado tendríamos que actualizar sus programas, darle mantenimiento y ampliarle su memoria y en caso de un ataque por parte de los hackers…
—Creo, querido amigo, y gracias por aceptar analizar mis locuras, que los doctores nos podrían dar la solución, pues estamos frente a un caso raro en la medicina.

En ese momento un cirujano muy bonachón dijo que lo único que se le ocurría era hacerle un electro shock al profesor Pedro Saravia para reiniciarlo. No todos los especialistas estuvieron de acuerdo, pero al llegar a las votaciones la mayoría estuvo a favor de que se le conectaran dos electrodos al pobre catedrático y se le aplicara la carga necesaria para ver si reaccionaba.
Se llevaron el equipo a la cámara en la que se encontraba Saravia. Lo desnudaron hasta la cintura, le quitaron sus gruesas gafas, le quitaron los objetos metálicos que llevaba en los bolsillos del pantalón y le aplicaron la corriente. A pesar de la gran cantidad de voltios, el cuerpo del profesor siguió sin moverse y muy tenso. Le volvieron a realizar un electroencefalograma y no notaron diferencia alguna con el primero.

Se reunió de nuevo el consejo de expertos y esta vez vino en ayuda del filósofo un neurólogo que propuso que no se usara la electricidad porque podría producir daños irreparables en las conexiones neuronales. Todos le preguntaron si tenía una propuesta y, después de unas horas de estar barajando varias posibilidades, sugirió que se le inyectara adrenalina para que al bombearse la sangre pudiera reaccionar el cerebro con el fuerte torrente. Por desgracia, ese intento y muchísimos más fueron en vano. El profesor Pedro siguió parado en un rincón de su cámara y el personal del hospital y algunos pacientes se habituaron tanto a él que ya no lo tomaban como a una persona, sino como parte del mobiliario. 

Los expertos siguieron reuniéndose, pero por cuestiones del trabajo algunos dejaron de asistir a las sesiones. Al cumplirse tres meses de la inesperada desconexión del profesor Saravia, ya nadie se interesaba por él y, aunque no lo habían quitado de su sitio, ya nadie lo notaba. Lo sorprendente fue que un día, sin razón alguna, el cuerpo se movió. Las enfermeras recordaron a Pedro y se fueron corriendo a avisarle al director del hotel. Todo mundo vio al docente en muy buena forma, a pesar de que no había comido en mucho tiempo. Lo más raro es que creía que estaba en la universidad, buscaba la pizarra y le hacía preguntas a todas las personas que encontraba en su camino, incluso el director tuvo que explicarle que no sabía nada de fluidos, ni hidráulica, mucho menos de mecánica cuántica. Saravia se fue dando cuenta poco a poco del sitio en el que se encontraba y cambió sus preguntas por otras más sencillas. Entonces le explicaron que había estado desconectado de la realidad y que se había convertido en una estatua de piedra, pero Pedro se rió con una carcajada que duró muchos minutos y se paseó por todos los pasillos del hospital burlándose de tal ocurrencia. Cuando Saravia se calmó, el director del hospital lo invitó a almorzar y luego ordenó que lo llevaran a su casa en una ambulancia.

Muchos periodistas se interesaron por el caso de Saravia y acudieron a su casa, a su gabinete y las aulas en las que impartía su disciplina, pero nadie pudo sacar nada en concreto porque no desconocía lo que le había pasado, sin embargo, no recordaba nada en absoluto. Se perdió pronto el interés por “El profesor bloqueado” como se le llamaba, cuando la noticia estaba fresca, y la vida volvió a su curso habitual.

Tres meses después se volvió a registrar un caso parecido al de Saravia. Esta vez era un matemático japonés al cual se le aplicaron los mismos remedios que a Saravia, pero el resultado fue el mismo, así que se decidió mantener al profesor Takeshi en observación hasta que se desbloqueara. En los periódicos aparecieron de nuevo las columnas sobre el extraño fenómeno que estaba dejando a los hombres especialistas en ciencias exactas y física, inmóviles. No faltó quien se atreviera a predecir que el siguiente bloqueado sería un químico, pero no fue así. En Colombia un niño que se encontraba en clase presentó todos los síntomas de Saravia. Hubo una alarma internacional porque se propagó la noticia de que se podría convertir en una epidemia. La gente se puso a contratar seguros de vida, muchos dueños de inmobiliarias aprovecharon para ofrecer lugares de retiro en los que podría permanecer la gente que padeciera de la desconexión y los políticos pidieron que se conservara su plan gubernamental en lugares fiables para que nadie actuara sin contar con su opinión. Los siguientes casos fueron de una mujer embarazada y una adolescente que se dedicaba a la gimnasia rítmica. 

Los gobiernos aprobaron un plan internacional para crear tecnologías preventivas que pudieran ayudar a las personas que se quedaran bloqueadas, en caso de que estuvieran conduciendo su coche, por ejemplo, u operando una maquinaria. De esa forma, se desarrolló con eficacia la tecnología y diez mil años después, cuando la humanidad convertida en robot se había dispersado por el Universo, se aplicó el plan “Recuperación del cuerpo de carne y hueso”. Se volvió al origen de la vida creando en laboratorios pequeños microorganismos que dieran como resultado seres sexuados capaces de reproducirse. Para evitar los lentos períodos de evolución de las condiciones reales que dieron origen a dichos organismos, se usaron fórmulas y teoremas cuánticos conceptuales y se desplazó un equipo desarrollado de especialistas que, saltando en las dimensiones del tiempo, pudieron rectificar y acelerar los procesos de desarrollo de los seres vivos. Al final, ya no les diré la cantidad de años porque tendría que presentarles un sumario de tiempos que sería muy largo y no viene al caso, logramos obtener un ser con cuatro extremidades, un cerebro muy primitivo con las funciones básicas y dejamos que poblara la Tierra de nuevo.


jueves, 2 de marzo de 2017

El embustero

Era delgado, bien parecido y estaba en el mejor momento de su vida. No tenía compromisos familiares y vivía para su propia satisfacción. Era amante de los libros y le habían confiado la cátedra de literatura universal. Todos los días, por la mañana, daba sus magistrales clases y luego se dedicaba a la investigación, crítica y asesoría para las tesis. Esto último le producía una gran satisfacción porque era muy estricto en la selección de sus alumnas. Por lo regular, no aceptaba hombres y no había hecho jamás una excepción.

En cuanto a las mujeres, tenía un sofisticado método en el que las rubias guapas, las morenas seductoras, las ardientes mulatas y todo tipo de pupilas superfluas quedaban excluidas. Siempre comenzaba con un interrogatorio, luego les dejaba una tarea y si ésta era cumplida, la alumna se ganaba la atención completa del brillante profesor, por un año. A lo largo del curso iba localizando a sus futuras especialistas en literatura, por no decir víctimas. Era muy importante que las elegidas tuvieran una cualidad interior para analizar los textos y hallar la esencia impregnada en las obras de cada escritor. Por lo regular, las chicas que tenían una amalgama de intuición y análisis crítico se ganaban el puesto.

Silvino González se dedicaba en cuerpo y alma a la siembra, cuidado, desarrollo y madurez del objeto crítico literario. Llevaba trajes de buena calidad, cargaba un portafolios de cuero muy caro y sus gafas tenían las molduras de oro. Siempre sacaba un cuaderno con empastado celeste, al que llamaba “Diccionario de latín”, pero que sólo contenía las frases que los estudiantes debían aprenderse al final del curso para obtener una nota. Los desafortunados que no ponían atención o que no podían recordar todas las citas, se veían obligados a repetir curso. Había unos parámetros que podrían ser determinantes en la elección de las candidatas. Primero, la estudiante debía asistir a clase ocultando su verdadera naturaleza bajo un antifaz de modestia, determinación o cualquier otro tipo de estratagema. En segundo lugar, debían aceptar la entrada de cine que les entregaba para ver una película en la que ellas se veían reflejadas en la pantalla. Por último, debían quedarse con él después de la celebración de la fiesta de fin de curso.

Silvino tenía mucho éxito en las conquistas porque contaba con muchos recursos, gracias a los libros, sin embargo, por iniciativa propia había hecho de la seducción un arma infalible que nunca lo traicionaba. Sabía penetrar tan hondo en la naturaleza femenina que lograba que ellas recibieran satisfacción, aunque ni siquiera las tocara. Había una cosa que no lograba entender hasta el final, era que sus presas llevaban el mismo nombre. Podían ser de diferentes razas y nacionalidad, pero se llamaban siempre igual. Otra cosa que no encajaba era que ellas siempre se querían casar con él y padecían de una enfermedad mortal. Además, por más años que corrieran, él seguía igual.

Su calvicie prematura no avanzaba, sus arrugas eran siempre las mismas y por más que se descuidara o abusara de la comida, ni engordaba ni perdía peso. Para colmo, las fiestas de fin de curso no variaban mucho en sus características, pues siempre se elegía la misma música, se terminaba en el mismo momento y la mujer que lo acompañaba decía siempre las mismas palabras. Trató, sin lograrlo, de hallar la respuesta. Tuvo crisis emocionales, padeció la agudeza de sus hipótesis y no aceptó su realidad empeñándose en demostrar que todo lo que sucedía no era producto de un intelectual loco que lo había creado con esas características para que llenara el espacio de una historia interesante, pero banal en su esencia. Trató de cambiar las cosas, pero siempre llegó al mismo sitio. Evitó relacionarse con las estudiantes y no escoger a ninguna, pero eso sólo provocó que su técnica de seducción fuera más persuasiva. En una ocasión dejó de asistir a las clases, pero llegado el momento se vio acompañado de una joven desnuda que le pedía matrimonio.

Lo que ignoraba Silvino González era que estaba encerrado en los cuadros de una cinta de cine y su historia se repetía cada vez que alguien echaba a andar el proyector. Podían cambiar las sensaciones, gracias al ambiente de cada sala, los estímulos del público que lo veía le podían dar ánimo; pero le impedían terminar con el ciclo interminable de seducciones del mismo tipo de hembras. Ni siquiera los que se dormían en las butacas le abrían un paso hacía la imaginación.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El mentiroso

Me agrada que sea usted una persona tan culta y le guste el latín—le dijo a don Martín, su cliente—. Me recuerda una frase que encontró un artista en un antifaz, de esos que usan en los carnavales, después de haber engañado a su mujer. ¿Conoce la historia? Permítame narrársela.

Cuentan que un pintor estaba en su estudio cuando llegó una mujer que le pidió que le hiciera un cuadro, pero con la condición de que no pusiera su cara real y dibujara el rostro de la mujer que se imaginaba que se escondía debajo del velo que tenía puesto. Acordaron el precio y el número de sesiones y comenzaron de inmediato con el trabajo. La mujer le pidió que le hiciera un desnudo al estilo clásico, así que se quitó el vestido, se despojó del pañuelo que le cubría el rostro y entró en el salón resguardada por un antifaz. El hombre se sintió muy atraído por la carne blanca y firme de la dama. Es usted como Galatea—dijo el artista preparando los carboncillos y un lienzo grande. Le propuso que se pusiera cerca de la ventana para que la luz iluminara el flanco derecho de su atractivo cuerpo. Con mucha rapidez se puso a trazar los contornos de los hombros y la cadera, remarcó las partes de la sombra y le dedicó más tiempo del habitual a un peinado con el pelo recogido y algunos caireles sueltos.

—Ya está. ¿Qué le parece?
—Usted es el experto—contestó ella sin poder separar la vista del boceto que tenía enfrente.
—Quedará perfecto, señora. No lo dude.
—Es tarde, señor…
—Dígame, Leo, a secas. Y ¿usted?
—Gabriela, a secas.

El artista se sintió muy satisfecho y en cuanto salió Gabriela, le puso una capa de barniz a la tela para que en la sesión siguiente pudiera empezar a pintar. Llegó el día acordado y se repitió la escena. Gabriela estaba cerca de la ventana y notó que Leo le hacía preguntas y mostraba mucho interés por ella. Según le decía, era para descubrir a la mujer que se encontraba debajo de la careta de carnaval y poder ir construyendo sus facciones para luego pintarla. La conversación se fue haciendo cada vez más larga y en el quinto encuentro, Leo, empezó a romper la distancia que había mantenido todo el tiempo. Sintió el perfume de melocotón, mezclado con ese aroma natural que tienen las mujeres fértiles y que las cubre como un néctar dulce, que le habría despertado el apetito sexual a cualquier macho que se encontrara cerca.

Leo no fue capaz de contener sus manos y la comenzó a acariciar. Gabriela se dejó arrullar por las palmas calientes y varoniles de Leo. Al final, se unieron sus labios y se enrollaron en un abrazo que los llevó a descubrir su interioridad. Los encuentros amorosos se repitieron y cuando el cuadro quedó terminado, Leo le pidió a Gabriela que se quedara con él.

—Pero, tú estás casado, Leo.
—No me importa. Nunca he tenido un romance como este y estoy dispuesto a dejar a mi esposa. De cualquier forma, es aburrida, sosa y ya no me interesa. No puedo estar sin ti.
—Está bien, pero primero me llevaré el cuadro y después nos iremos a donde te plazca.
—Haz lo que quieras.

Al día siguiente unos cargadores llegaron por la tarde y se llevaron el cuadro. Leo recibió una nota para encontrarse con Gabriela en un restaurante y verla por fin tal cual era. Por desgracia, no llegó y se tuvo que ir muy decepcionado. Llegó a su casa que estaba sola, pero su cuadro se encontraba apoyado en la pared del salón. Estaba también el antifaz. Lo cogió y descubrió que tenía la siguiente frase en la parte anterior: “Magis ese quam videri oportet”. Cogió un diccionario de latín, fraseológico, y descubrió el significado. ¿Sabe cuál es?

—Sí mi querido amigo. Esa frase se podría traducir como “Más importa ser, que parecer”. ¿Cierto?
—Sí, claro, lo ha hecho muy bien. Ahora, dígame ¿quién era la mujer del antifaz?
—Lo ideal hubiera sido que fuera su mujer, pero me arriesgaría a decirle que por la época en la que sucedió, quizás haya sido una prueba y la señora le haya mandado a una criada o una prostituta.
—Es usted muy astuto e inteligente, creo que podemos empezar a hacer negocios.
—¡Claro! Usted dirá… ¿Qué le parece una entrada de cine para el estreno de Moonlight?
—Sí.

martes, 28 de febrero de 2017

El inspector sospechoso

 Hace unos minutos he salido de la peluquería y he visto pasar por la acera de enfrente a María. Está muy guapa, ha cambiado mucho y estos dos años de ausencia me hicieron crear una imagen completamente diferente de ella. Por desgracia, tal vez no lo fuera, iba acompañada de un hombre de mi estatura, bien vestido, un poco delgado y con andar suave como si no tocara con los talones el suelo.

He dejado que se alejen y me he venido a tomar un café, no quería incomodarla, pues ya habíamos tenido una separación muy dura hace dos años. La camarera de siempre me recibe con una sonrisa, llevo, desde mi separación con María, casi dos años viviendo en este barrio y me siento muy satisfecho de haber dimitido al departamento de homicidios.

 He de confesar que no tengo vocación para las investigaciones y caí en una trampa que me permitió encontrar la excusa perfecta para dejar ese horrible trabajo de una vez. Por naturaleza, soy una persona poco comunicativa, es porque cuando me pongo nervioso tartamudeo un poco. A nadie le gustó jamás responder a mis interrogatorios y, si no hubiera sido por la ayuda de Ramón, mi ex ayudante, jamás habría podido obtener información de los testigos de los casos que traté de aclarar con todas mis fuerzas. Mi ingreso al departamento de policía fue circunstancial porque no tenía trabajo, iba mal en la facultad de derecho y mi tío, queriendo colaborar al bienestar de mi familia, convenció a mi padre de que lo más justo que podía hacer, era obligarme a convertirme en inspector. Pasé momentos duros para acostumbrarme a esa actividad. Le tenía un poco de repelús a los cadáveres y no era muy atento al indagar los detalles de los homicidios, ni seguir bien las pistas. La práctica me fue dando una herramienta útil para desenvolverme con cierta facilidad en ese ambiente, al cual siempre consideré como un inframundo, era la experiencia.

A golpe de fracasos, finalmente llegó el hábito que me dio la capacidad para ponerme a la cabeza de las investigaciones. Tuve, modestia aparte, mis éxitos y pude atrapar a delincuentes bastante astutos. Lo que nunca pensé que llegaría a pasar, era que yo mismo me convirtiera en motivo de sospecha y tuviera que investigar mi propio crimen. Una ocasión, cerca del mediodía, me llamó Ramón para que fuera a un pequeño piso en un edificio muy viejo, para aclarar los detalles de un homicidio. Se trataba de un abusador de mujeres que tenía mala fama. De entrada, sabíamos que habría por lo menos una decena de personas que tendrían un móvil para asesinarlo, y resultó que la lista me incluía sin yo saberlo.

El hombre estaba desnudo en la cama, había recibido un tiro en el pecho y otro en la cabeza. El primer disparo lo mató y el segundo sólo alcanzó a descalabrarlo, pero si no hubiera fallecido con el primer impacto, se habría salvado. Habían usado una almohada para ahogar el sonido del disparo. El criminal dejó las huellas de sus zapatos marcadas en el piso porque al acercarse a la víctima derramó un refresco que estaba casi vacío y al secarse el pequeño charco quedó impresa en el azulejo la forma de la suela. Ninguno de los vecinos había oído nada y si alguien había visto al asesino, no lo confesó, no porque no quisiera colaborar, sino por agradecimiento por haberles librado de tan despreciable bicho.

 El forense nos dio la hora exacta de la muerte. “Entre las dos y las tres de la madrugada—indicó el especialista—. Decidimos que el ejecutor había forzado la puerta, había entrado con una linterna y se había dado el lujo de despertar al hombre y en el momento en que se abrió los ojos lo único que pudo percibir fue una luz en su cara. Ramón tomó nota de todos los detalles y nos fuimos a entregar nuestro reporte. Unos días después recibí la lamentable noticia de que las balas con las que habían ultimado al golpeador de mujeres habían salido de mi arma. Además, la huella del zapato estampada en el piso era de la medida de mi pie y, por si fuera poco, del mismo modelo de los que suelo usar.

Conforme fue avanzando la investigación me vi cada vez más sumido en las sospechas, al grado de que tuve que estar bajo arresto domiciliario. Tenía una coartada y un testigo. Por lo regular soy un hombre al que se puede catalogar como frío. El deseo sexual y las mujeres siempre han sido como enfermedades ocasionales que no suelen reincidir y si lo hacen son tan pasajeras que no llegan a hacer merma en mi vida. La única excepción fue María. La conocí en mi edificio. Ella se encargaba de limpiar los pisos. Siempre llevaba el pelo suelto y nunca le veía muy bien la cara. Por lo regular siempre la veía bailando de un lado a otro con su cubo y su fregona. Me saludaba muy cortés y seguía con sus actividades. Me la encontraba cuando salía a la comisaría y me gustaba ver sus pantalones entallados, sus blusas holgadas y su movimiento de cabeza que parecía más un tic nervioso que un movimiento hecho especialmente para llevar el ritmo de sus cumbias. Le gustaba poner una grabadora. No muy alto para no molestar a los vecinos. Bien se habría podido comprar un reproductor de música de mp3, pero un día me dijo que no le sabía así ni el baile ni las melodías. “La música, Jorge—me dijo atiborrándome las palabras por la oreja derecha—, es para disfrutarse en un espacio abierto. No tiene chiste encerrarla en tu cabeza, las canciones son para calentar el espacio, la atmósfera”.

Me acostumbre a su presencia, conversábamos un poco cada mañana, incluso en la calle, al encontrarnos en el supermercado o en cualquier otro lugar. Varias ocasiones noté que se maquillaba demasiado los ojos o las mejillas. Descubrí a mi pesar que era maltratada por alguien. Se lo pregunté, pero sólo obtuve la respuesta de sus párpados caídos. No me confesó quién era la bestia que la trataba así. Un día, precisamente el anterior al que me llenó de sorpresas por mi implicación en el crimen al que me he referido antes, llegó María a mi piso. Tocó la puerta muy fuerte. Le abrí y la vi sangrando. La ayudé a limpiarse, le ofrecí que se duchara y se pusiera cómoda. Le di una bata que nunca usaba y ella aceptó. Le preparé un café y cuando salió se arrojó sobre mí. Se le escapó el llanto y me apretó como si fuera su tabla de salvación en el inmenso mar. Se calmó un poco, le puse merthiolate en las heridas, preparamos una tortilla de patatas y cenamos. Se me despertó un instinto fraternal desconocido. Ella sintió el afecto y se despojó del albornoz, le quedaba muy grande y tenía las mangas enrolladas. Vi su cuerpo moreno, bien formado, un poco magullado en algunos lugares. Se acercó y después ya no pudimos detener la corriente de pasión que nos dejó envueltos en una sábana hasta la mañana siguiente. Descubrí que la embriaguez no había impedido que satisficiera a María hasta entrada la madrugada, que estaba tan necesitado de afecto como ella y, lo peor, que me había enamorado perdidamente.

Desperté cerca de las nueve. María estaba acostada de lado y vi su espalda bien delineada por los huesos de las costillas y la columna vertebral, le puse una mano en las caderas y se despertó. Estaba sonriente, había florecido durante la noche y tenía muy buena apariencia. Desayunamos en el café que se encuentra a unos metros de mi casa y nos despedimos en silencio. Me fui a ver a Ramón. Descubrí que el amor no hace a la gente cometer tonterías, más bien son las distracciones ocasionadas por los sentimientos y el embeleso. Cuando llegué con mi ayudante descubrí que no llevaba mi pistola. Era muy raro que después de quince años de mantener una rutina sin cambios, esta vez se me hubiera pasado ponerme el coldre, o pistolera, y que me hubiera ido sin la placa. Entré y escuché todo lo que me dijo Ramón, el forense y los testigos que sólo confirmaron que Ricardo Pérez era un violento vecino de profesión proxeneta. Salí sin darle importancia al caso y eso me condenó. —Como ya he dicho antes—, Ramón me dijo que las balas con las que se había cometido el asesinato eran de mi canana. El resultado del análisis mostraba que mi pistola se había usado para matar al proxeneta.

Yo, la última vez que había disparado, había sido en una redada en un bar de mala muerte en el que tuve que sacar el arma y amenazar a los guardias que no querían dejarnos entrar. Empecé a hacer conjeturas y la única explicación era tan descabellada que la descarté por completo. La investigación estuvo a cargo de Ramón y el jefe se vio en la necesidad de suspenderme por unas semanas, luego tuvo que evitar llevarme a juicio y me pidió que dimitiera. Lo hice porque no quería que se comprometiera ni María, ni Ramón, ni él mismo. Recibí el apoyo de todos mis compañeros y cuando alguien dijo que no era justo encarcelarme por haber matado a un patán como Ricardo Pérez, quién tenía un archivo de antecedentes bastante gordo por sus fechorías que iban desde tráfico de drogas hasta los escándalos en lugares públicos. Tuve que romper mi relación con María y ella decidió irse a vivir a otro barrio.

 Dos años habían pasado. Mi relación con el departamento de la policía era nula y de vez en cuando Ramón venía a verme al restaurante para preguntarme que tal iba mi vida de camarero. No había conseguido otra cosa, pero no me importaba porque mi vida era muy tranquila. Un poco pesada sí, pero no sucedía nada especial. Hasta hoy que he visto pasar a María por la acera de enfrente y se me han despertado los recuerdos. Mucho tiempo estuve tratando de armar el rompecabezas del asesinato de Ricardo Pérez. Ahora creo que lo he entendido todo. Lo que voy a decirles es tan sólo una hipótesis, pero podría haber sucedido así. El día en que llegó María a mi piso, había sido maltratada por el animal de Ricardo, ella había planeado con alguien su asesinato y me habían usado de la siguiente forma. Cuando me quedé dormido, cerca de la una de la madrugada, el cómplice de María vino por mi pistola, se llevó mi par de zapatos puestos, cogió las llaves de mi coche y se fue. Luego volvió cerca de las tres, María recibió el arma y la puso en su sitio, dejó mis zapatos a un lado de la cama y se acostó. Más tarde, tuvimos que defendernos hasta con las uñas porque estábamos como dos círculos concéntricos girando alrededor de nuestra coartada.

El jefe, don Genaro, no se lo creyó y creó su propia versión de los hechos que sonaba mucho más real de lo que se pueden imaginar. Fue por eso que decidió cerrar el caso y despedirme. A mí lo único que me afectó fue la partida de María porque la necesitaba como a la vida misma, sin embargo, por cuestiones morales y, sobre todo jurídicas, no podía obligarla a quedarse conmigo. Se fue y no me volvió a escribir ni a llamar. Se esfumó sin dejar rastro y sólo hoy, que la he visto con su compinche, deduzco que todo estaba planeado con anticipación y he sido sólo una pieza para eliminar al maldito Ricardo. Eso no me duele, lo que más lamento es haberla perdido a ella.