miércoles, 18 de abril de 2018

La desgracia de un lobo


Era un lobo como esos de los cuentos infantiles que se comen a las abuelas o los cerditos. Se había cansado de ser malo y había escuchado una voz que le pedía que se arrepintiera. Él lo interpretó como una llamada de un ser superior. Toda la vida se había preocupado por ser ejemplar. Cumplía al pie de la letra todas las normas que exigía la comunidad lobuna. En las cacerías era uno de los mejores. Se había ganado el reconocimiento de su clan y por modestia había rechazado el puesto de líder. Tenía a sus lobas y procreaba en los períodos que le exigía la naturaleza; pero ahora se sentía incómodo dentro de sí mismo. 

Seguía atacando a las ovejas con el mismo éxito, pero terminada la carnicería, se sentía con remordimiento de conciencia. «¡Arrepiéntete! ¡Arrepiéntete de tus pecados! —le decía la voz, todas las noches—. Debes amar y ser noble, perdona a los que te ofenden y haz el bien». El lobo se preguntaba cómo podría hacerlo, pues si perdonaba a las ovejas y comenzaba a amarlas, tendría que dejar de comer carne y cambiarla por vegetales. Les consultó a todos sus conocidos la cuestión, pero se rieron de él porque la imagen de un lobo comiendo verduras era ridícula. Él lo sabía a la perfección, pero no dejaba de oír los mensajes que le venían del interior y que se repetían con bastante frecuencia durante el día. Fue tanta la presión que un día en el que se reunieron los lobos de su clan para atacar a las ovejas por la noche, él se fue sin decir nada. Se alejó para siempre de sus semejantes y trató de aprender a comer plantas. Le fue muy difícil acostumbrarse porque entró en un método de experimentación que lo llevó de las purgas a la inanición. Al final descubrió que sí podía comer pepinos, tomates, lechugas y zanahorias. Creyó que ya se encontraba en el camino correcto, pero al ver una liebre, saltó sobre ella y se la comió con mucho apetito. Cuando se vio mordisqueando los huesos y lamiendo la sangre en las piedras, lloró porque se dio cuenta de su pecado. Se castigó a sí mismo por su instinto depredador y estuvo metido en el agua fría de un lago por una noche entera. 
Cuando amaneció se tiró en la orilla y perdió el conocimiento. Cuando despertó notó los balidos de unas ovejas, se levantó y fue a mirarlas. El rebaño estaba muy cerca y había unas cabras que lo vieron, se pusieron en círculo y lo recibieron amenazantes.
“¿Qué quieres, lobo? —le preguntaron con mirada agresiva—No te atrevas a acercarte. Somos mayoría y en las condiciones que vienes, es difícil que puedas hacernos algo”. El lobo les explicó su problema, les demostró que estaba capacitado para comer hortalizas y les pidió que lo dejaran estar con ellas. Las cabras se negaron, pero él persistió y se fue siguiéndolas a unos metros de distancia. Poco a poco se fueron familiarizando con la bestia voraz que parecía un perro pulgoso. Un día estuvo en compañía de los cabritos más pequeños y les sirvió de juguete. Lo atacaban con presteza y el con dificultad resistía las embestidas. Lleno de moretones se acercó a la cabra macho que mandaba en el grupo y le pidió de nuevo que lo incluyeran en su rebaño. Fue aceptado. Su conducta era ejemplar, no molestaba a nadie y se comunicaba con sinceridad. Les preguntaba a todas las cabras qué pensaban de los lobos y que era lo que les gustaría que cambiara. Pasaron los días y el lobo empezó a pasar desapercibido, no le ponían mucha atención y todo el tiempo se le veía comiendo cosas que arrancaba de los arbustos o desenterraba de la tierra.

Una noche el lobo pensó que debería estar feliz porque su voz interior había cambiado, ahora le elogiaba sus actos y lo animaba a acercarse a las ovejas. Era la hora de ir al encuentro de las criaturas que siempre habían sido sus víctimas. Aprovechó que unos corderos pastaban cerca para comenzar una conversación. Al verlo las hembras se pusieron a la preventiva y estaban listas para llamar a los carneros para que las defendieran, pero el pobre esperpento que quedaba del lobo las hizo recapacitar. “¿Qué quieres de nosotras, lobo?” —le preguntaron en coro.  Les contó su historia y les rogó que lo aceptaran entre ellas, que estaba arrepentido de sus malos actos y que quería redimirse. Lo llevaron con el macho más fuerte del rebaño. Hablaron más de una hora y la comunidad quedó conmovida por los sufrimientos del pobre animal. Lo dejaron permanecer entre ellas un tiempo con la condición de que si se le ocurría atacar a algún crío, lo echarían sin falta.

El lobo acompañaba al hato a pastar y ya tenía varios amigos con los que mantenía largas conversaciones. Comenzaron a estimarlo porque, a pesar de tener un aspecto de fiera voraz, era manso y no comía carne ni cuando se le presentaba la oportunidad. Muchos habían visto cómo el lobo se alejaba de los restos de las presas que dejaban los cazadores. Lo que nadie sabía era que el pobre cánido mantenía una lucha interna muy fuerte. Era una batalla contra sus instintos naturales. El olor de la carne fresca lo ponía nervioso y cuando lo detectaba en el aire y veía a sus compañeras, salía corriendo en sentido contrario para dejar de martirizarse con el antojo. Se iba a la montaña y hablaba con su voz interior. “Guíame, dame fuerzas para soportar esta tentación, no me dejes pecar—le decía al cielo—y luego aullaba por lo bajo llorando de sufrimiento. Volvía a su comunidad masticando largos tallos de hierba y flores. Todos lo veían con cariño y sentían conmovido su corazón. Había quien lloraba de verdad por la ternura del pobre animal que ya no paraba las orejas, llevaba siempre el rabo entre las patas y sus dientes se habían pintado de verde y eran lisos y sin filo. El lobo se acostumbró a su condición y mantuvo sus deseos a distancia. Estaba orgulloso de haber cambiado y sentía que pronto alcanzaría la paz interior, a pesar del sufrimiento constante.

Una noche lo despertaron unos balidos muy apagados. Cuando abrió los ojos se vio mordiendo a un pequeño borreguito que respiraba con dificultad. Todos estaban alarmados y surgieron los rumores, todo mundo se reprochaba haber permitido que el salvaje lobo se quedara entre ellos. Él por su parte se disculpaba y pedía perdón, decía que había sido víctima de un sueño, que realmente tenía distanciamiento con su vida pasada, pero a la hora de dormir había perdido el dominio. Decidieron echarlo y lo amenazaron con matarlo si volvía. Con gran desconsuelo se marchó. No sabía qué rumbo tomar. Se acercó a la montaña y empezó a rezar, conforme iba orando sus plegarias se alejaba cada vez más de sus antiguas amigas las ovejas. Llegó a un sitio muy alto y se sentó viendo el horizonte. Su respiración era entre cortada por el llanto que no dejaba salir. Luego, ya no pudo soportar y derramó sus amargas lágrimas. Tenía la esperanza de que le llegara del cielo una respuesta, pero la luz se fue apagando y sus pensamientos fueron cada vez más oscuros.

¿En qué he fallado? —se preguntaba entre sollozos—¿Qué fue lo que no pude dominar? Estaba a punto de redimirme y vivir en paz, en armonía con la naturaleza ¿Por qué es tan difícil ser bueno y no caer en la tentación? No obtuvo respuesta y le pareció que todos los seres vivos habían dejado de existir. El silencio era como una capa de hielo que lo cubría todo. Entonces el lobo se hizo unas preguntas tontas: “¿Cuál es la razón de mi existencia? ¿Para qué me ha creado dios? ¿Con qué fin llegué este lugar?”.

Meditó mucho tiempo y mantuvo un diálogo en el que su otro yo era su juez. No pudo encontrar razones para volver con los suyos, ni le quedó el deseo de ir a buscar a las ovejas. No quería seguir comiendo vegetales y la carne le pareció más despreciable aún. Se decidió a ponerle una prueba a su resistencia. Se quedó esperando un mensaje que lo salvara, unas palabras de aliento que lo condujeran por un camino razonable. No encontró la respuesta que necesitaba y dejó que se cumpliera el juicio final. Se puso de pie con dificultad y dijo:

 “Nací como un lobo por designio divino. Se me puso a prueba para que pudiera alcanzar el perdón por mis pecados, pero fallé, no pude luchar contra mi naturaleza. La vida se convirtió en un infierno porque renegué de mi esencia, decidí purificarme sin saber que no podría soportar la transformarme en cordero. No me queda nada. No siento deseos de nada. No sé si cometí un error o es así como debía llevar mi vida. Siempre tuve fuerza moral y física, pero no escogí el camino adecuado para realizarme. No le reprocho nada a nadie. Lamento no haber sido capaz”.

Siguió mirando cómo se ponía el cielo de color azul marino. Una fuerte corriente de aire le enfrió el pelaje. Su mirada seguía divagando en su cabeza. De pronto encontró fuerzas para acercarse a un precipicio, cerró los ojos y soltó su último aullido.  

lunes, 9 de abril de 2018

El pintor de las sensaciones (terror)


Acabó los últimos detalles del cuadro con unos trazos dolorosos, llenos de nostalgia y agonía. No podía asegurar si volvería a repetirse la experiencia, pero sabía que valdría la pena intentarlo otra vez. Se sentó a unos metros de la pintura y suspiró, la estuvo contemplando largo rato. Las baldosas dejaron de sentir el calor de su cuerpo y las gotas de sudor formaron un charco alrededor de sus piernas. Estaba desnudo y la luz del sol iluminaba su espalda dorada. Se puso de pie y encendió un cigarrillo, luego se sirvió ron añejo y se quedó mirando por la ventana. Eran las diez de la mañana. Se marchó sin rumbo.

Lu´fredo era su nombre artístico. Lo conocían bien en los círculos intelectuales, pero como tenía un talento especial lo descartaban como representante del arte contemporáneo. Su obra estaba impregnada de un tono callejero, vulgar y obsceno, no obstante, era eso precisamente, lo que reconocían los críticos y valoraban sus admiradores. Estaba catalogado como “El artista de las sensaciones”. Sus pinturas, adquiridas por una bicoca en el mercado negro, se encontraban en las mejores colecciones privadas. También algunos museos poseían las pinturas que él mismo había donado en un acto de altruismo. En realidad, estaba tan inmerso en su método de experimentación que ni siquiera se preocupaba por el sustento y la apariencia. Confiaba en que algún mecenas lo sacara del atolladero—lo intuía en la práctica—y, por eso iba confiado por la vida, fumando sus cigarrillos de tabaco montés y sus porciones de aguardiente mal destilado y viejo. Tenía muchos conocidos, pero con ninguno había estrechado lazos de amistad porque veía la realidad como falsificada y ellos la autentificaban. Alquilaba un pequeño cuarto en una casa vieja. La dueña le toleraba que no pagara la renta siempre que le dejara algunos cuadros firmados. La astuta casera, la señora doña Leticia, no se veía obligada a esperar a fin de mes para recibir los añorados trabajos de Lu´f, como le decía de cariño, porque todo dependía de la prolijidad del pintor. Había días en que trabajaba durante más de quince horas. Después de sus maratónicas jornadas podía quedarse muerto en un colchón o salir con el pelo desordenado y los ojos hambrientos a pedir sopa o un trozo de carne con pan.

Cuando le llegaba la inspiración se quedaba con los ojos clavados en algún sitio y se ponía a preparar el lienzo y las pinturas a tientas. Parecía que después de pintar en su mente los cuadros los mantenía frente a él y sólo los filtraba a través de sus dedos transmitiendo sus sensaciones con el pincel. Los resultados eran desconcertantes para el observador común. La gente que no lo conocía pensaba que sus trabajos eran fotografías de gran tamaño embadurnadas de pintura en forma de garabatos, pero en cuanto se acercaban a las telas descubrían que la foto de la manzana tachonada con fosforescentes colores, era en realidad un óleo en el cual el artista había trazado primero, con líneas anárquicas muy finas, los círculos, triángulos y espirales, de tonos verdes, rojos y marrón, y luego había sacado de esos grumos de pintura que ponía en su paleta, todos los recortes de la fotografía que se encontraba dentro de su cabeza. Los fenómenos más impresionantes acontecían con los cuadros eróticos porque, si bien los melocotones, fresas, naranjas, verduras y carne de pollo producían un poco de hambre en los espectadores y admiradores de su obra; las partes del cuerpo humano, desnudas e innegables emitían el calor de la pasión que hacía temblar a dos metros de distancia. 

Lu´fredo tenía un gran secreto. Primero cogía los objetos que deseaba pintar, los acomodaba en la posición más estética según su concepto de equilibrio cósmico y, luego, permanecía varias horas tratando de transformarse en esa composición. Si había madera entre los elementos que escogía, meditaba reconstruyendo la vida del árbol de donde se había sacado la tabla para la elaboración del mueble o adorno. Con lo comestible era más sencillo, ya que lo único que debía hacer era probarlo y dejar que su gusto, tacto, olfato, oído y vista se encargaran de mezclarlo con el caudal de alcohol que le corría por la sangre y esperar a que el humo de la hierba quemada formaran un espectro en el aire, en cuanto este procesos se realizaba, Lu´fredo cogía los pinceles y no dejaba de trabajar hasta que tenía todo representado en la tela, cartón u objeto sobre el que había decidido pintar.

Un día don Camilo de la Serna, un terrateniente con mucha influencia, escuchó los comentarios que su más cercano amigo hacía del artista y se interesó por él. Pidió que le mostrara las fotografías de la revista en la que le habían dedicado un pequeño artículo. Miró con atención y decidió que debía contratarlo para que le hiciera un retrato al estilo de los grandes impresionistas o, mejor aún, como un postimpresionista del tipo de Roger Ing. En realidad, Camilo de la Serna no tenía la más mínima idea del arte, pero como tenía dinero, en cuanto escuchaba que había pinturas como las de Frida Kahlo, José Luis Cuevas, Rufino Tamayo y otros no dudaba en adquirir, aunque fueran copias o falsificaciones. No fue difícil localizar al maestro de los sentidos en el arte, sin embargo, hubo que recorrer más de ochocientos kilómetros. Lo encontró el señor Mateo, el fiel chofer de don Camilo, que ya tenía sus años y conducía cada vez con más precaución, fue por lo que, de las previstas nueve horas de trayecto, resultaron quince. “Lo necesitamos para un trabajo especial, Luis Alfredo—le dijo el chofer mientras le entregaba un sobre retacado de billetes—, nomás necesito que se venga conmigo al estado de Durango, ahí tendrá alojamiento y comida mientras termina su encargo. Además, el patrón dice que esto, y señaló el bonche de dinero, es un pequeño adelanto, luego le dará más.

Lu´fredo había terminado de hacer un cuadro y se estaba recuperando del trance cuando tocaron a su puerta. Tenía mal aspecto porque durante sus viajes astrales y meditación, su cuerpo se descomponía, era como si su espíritu alcanzara un nivel celestial, pero su cuerpo se resecara o marchitara por el abandono de la energía vital. Con los ojos entrecerrados por los dos enormes párpados hinchados aceptó la propuesta de Mateo. No salieron de inmediato porque la casera no quería dejar marchar a su inquilino. De forma muy persuasiva insistía en que el único lugar dónde el talentoso pintor estaba bien era su casa. Tal vez tuviera razón y su instinto maternal la previniera causándole una sensación de asco en la barriga. “Nadie podrá cuidarlo como lo hago yo, señor Mateo, se lo juro”. Repitió mil veces la frase, pero no logró nada. En el momento en que Lu´fredo consideró que ya era suficiente, cogió todo el dinero que tenía y se lo dio. Doña Leticia ya no pudo contener su amor incondicional y comprendió que había perdido su gallina de los huevos de oro y se resignó. Calculó la suma del fajo de billetes, el precio de los cuadros que vendería pronto y lloró de felicidad. “Te voy a extrañar, mijo. Ya sabes que aquí tienes tu casa”. No se preocupe señora—le dijo Mateo pensando que era la madre adoptiva del pintor—, ya verá que en menos de unos meses ya está aquí de vuelta—hizo una pausa y luego agregó para calmarla e ilusionarla— y va a llegar con un chingo de lana, ya lo verá.

Se quedó frente a su ex inquilino mirándolo con atención para grabarse su cara. No sabía que unos meses después volvería a tener noticias de Lu´fredo, pero serían tan desagradables que preferiría no haberlo conocido nunca. En ese instante sólo pensaba en las reformas que le haría a su casa, los muebles nuevos que compraría y el coche que había deseado inútilmente hasta ese momento. Observó a Mateo para recordar la forma que debe tener un chofer experto por si se le presentaba la necesidad de contratar uno. Los dos hombres salieron y se treparon a la camioneta negra que echó un rugido en cuanto la pusieron en marcha y volando desapareció tras de una nube de esperanza.

Durante el trayecto, Lu´fredo se durmió porque el viaje nocturno no tenía ningún atractivo. Cerca de las cinco de la mañana se despertó por un tremendo enfrenón. Una vaca se había cruzado en medio de una curva no muy prolongada y Mateo tuvo que detener de golpe el auto. Lu´fredo se hizo un gran chichón en la frente. Preguntó la causa del alboroto y vio a un hombre con una carabina apuntándole detrás del parabrisas. Mateo apaciguó al arriero y siguió su marcha. A mediodía ya estaban en compañía de Camilo de la Serna. Los recibió muy contento y se rio mucho cuando le contaron lo de la vaca, pero le advirtió a su chofer que, si le pasaba por segunda vez algo parecido, sacara la fusca sin pensarlo. Se preparó una gran comilona para el recibimiento y Lu´fredo comió a morir. Hacía mucho tiempo que no probaba la comida campirana y el estar cerca de la naturaleza le cambió el humor. Sus reflejos perdieron la lentitud habitual y oía mucho mejor, además el olfato se le agudizó. Lo notó cuando sintió en el aire la cosquilla de la canela y preguntó si estaban preparando algo para despanzar la comida. Sí—le dijo Camilo—le tenemos preparado un tequilita y café con canela. Por la tarde le mostraron el rancho, los animales y los peones y el personal que se encargarían de servirlo. Había a su disposición tres muchachas que le arreglarían la habitación y le proporcionarían lo que les pidiera. Le recomendaron que no intentara abusar de ellas en la cama porque estaba prohibido, él asintió y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Camilo le explicó lo que deseaba. “Quiero que me pinte unos cuadros como esos que usté sabe hacer—le dijo retorciéndose el bigote y alisándose su barba de chivo—, pero necesito que sean los mejores trabajos que haya hecho hasta hoy”. No le prometo nada don Camilo—le contestó Lu´fredo un poco enfadado porque no soportaba que le dieran ese tipo de órdenes—, pero como en este sitio me siento muy bien, lo más seguro es que sean muy buenos. Lu´fredo ya estaba listo para empezar, incluso empezó a estudiar el rostro de su cliente, pero éste lo previno de que primero tendría que practicar con algunos objetos, animales y personas del rancho. Camilo ya había entendido que su huésped tenía que asimilar las cosas, experimentarlas, metamorfosearlas en su cuerpo si era posible para poder pintarlas, por eso le encargó una naturaleza muerta que resultó magnífica, ya que los intensos sabores, nada parecidos a los artificiales de las frutas que se venden en la ciudad, le inspiraron tanto que hasta las imágenes del lienzo despertaban el apetito.

Satisfecho por el resultado, don Camilo dijo que el siguiente paso serían las aves de corral, luego los conejos, seguidamente las ovejas, las vacas y los cerdos. Durante tres semanas de intenso trabajo, Lu´fredo llegó a perfeccionar tanto su arte que se sentía un iluminado como Leonardo Da Vinci. Había ido adquiriendo unos hábitos raros. Paseaba unas horas por el monte, olía las yerbas, recolectaba plantas, hongos y minerales con los que a medianoche se pintaba la cara con una mezcla que hacía con ellas. Sus sueños eran muy intensos y le parecían viajes a un pasado desconocido. Se veía junto con otros hombres haciendo ceremonias. Invocaba a los espíritus y participaba en sus festines. Unos guerreros le daban de probar la carne-esencia de sus enemigos, se la servían en pequeños platitos y le decían de qué estaban impregnadas. Fortaleza—decían mostrando sus pectorales—, inteligencia, resistencia, astucia y odio. También había otros con aspecto de brujos enrollados en pieles de lobo que le hablaban de su árbol genealógico. Le daban vísceras y le llenaban la boca de cariño ventral, mamaba la sangre clorofílica de sus ancestros. Ya estaba habituado a todo y ni siquiera se lavaba la cara ni se quitaba los dibujos hechos en las piernas con sangre de conejo.

Lu´fredo pintó a una sirvienta que después se sintió muy indispuesta y renunció a su trabajo. No pudo ver el cuadro terminado porque impresionada por la forma de plasmar las imágenes del artista renunció a la vida. La misma suerte corrió una ama de llaves y un capataz. Don Camilo de la Serna estaba a punto de renunciar a su proyecto, pero era demasiado tarde. Lu´fredo tenía a todos en fila posando para sus pinturas. No tenían forma de escapar porque todos permanecían enclaustrados en un almacén de granos. Cuando por fin pintó a don Camilo ya no quedaba nadie más a quien plasmar en las telas, entonces Lu´fredo se puso triste y sin coger el dinero que debía cobrar por su esmero, emprendió la marcha a pie. Por la carretera unos patrulleros lo confundieron con un aborigen. Le preguntaron sobre su domicilio y contestó que no tenía, que la ultima dirección que recordaba era la del rancho de don Camilo de la Serna. Lo acomodaron en el asiento trasero y se dirigieron hacia donde les había indicado. Cuando llegaron se sorprendieron de ver una masacre, parecía que una jauría de lobos había pasado por ahí y se había cobrado con creces una deuda pendiente con el hombre. Lu´fredo fue remitido a un hospital psiquiátrico en el que no se le encontró anomalía alguna. Se le citó a juicio y el abogado defensor tuvo la genial idea de invitar a un antropólogo que demostró que Lu´fredo era descendiente directo de unos nativos de las islas caribeñas en las que la población había desaparecido por la hambruna y las guerras entre tribus. Los estudiosos en genética mostraron una proteína que contenía esa información. Dijeron que Lu´fredo al volver al ambiente natural de sus ancestros se había comunicado con ellos y le habían despertado sus instintos. No se le pudo dar una condena y se declaró objeto de estudio para la ciencia. Lo llevaron a un zoológico y lo pusieron cerca de los cánidos. No se pudo demostrar que por las noches sintiera deseo de comer carne cruda, por el contrario, la cercanía con las bestias voraces le había despertado el gusto por las verduras y las frutas.

La señora Leticia lo visitó un día para hablar con él, pero no lo logró porque Lu´fredo ya no se comunicaba en cristiano y usaba sólo señas y gestos para la comunicación. Los especialistas le contestaron a doña Leticia que era imposible demostrar que el salvaje de las jaulas vecinas a los zorros pudiera pintar y le mandaron de vuelta a su casa con sus pliegos enrollados. Se alejó decepcionada recordando al joven artista que por unos años había sido representante de un nuevo tipo de arte, pero eso ya no le servía de nada.

miércoles, 4 de abril de 2018

Argucia del gladiador


Una corriente de aire levantó el polvo del circo romano y los pies de Nauplio quedaron rodeados por unas pequeñas dunas que lo hacían parecerse al Coloso de Rodas, los espectadores gritaban y exigían la presencia de Marcus, el favorito del emperador que había sido adquirido hacía un mes y ya era el terror de los púgiles en toda Roma. Era un samnita muy audaz y tenía las cicatrices de las batallas que había librado en el ejército, pero la mala suerte había hecho que lo olvidaran y fuera comprado como esclavo en África. Nauplio era del sur de la península ibérica y lo habían cogido junto con su padre cuando se encontraban pescando. Un gobernador los acusó de robo para quedarse con sus mujeres y sus propiedades. Así Nauplio perdió a su madre y su hermana.  

Su padre pudo mantenerse durante unos cuantos combates, pero al enfrentar a un griego muy corpulento no pudo contenerlo con la red y terminó degollado.  La única herencia que le dejó fue la red y el trinche. Nauplio desde el principio mostró habilidad con la espada, pero el lanista que había oído que el joven era pescador decidió darle la red y llamarlo Poseidón. Le resultó bien el cambio, pues de un adolescente con espada débil, se transformó en una araña altamente peligrosa.
Se movía con agilidad esquivando las estocadas, mantenía al enemigo a una distancia imposible de acortar y nunca fallaba con la malla. Un día se enfrentó a un etíope muy fuerte y ágil, el lanista vio fallar a Poseidón tres veces con su urdimbre y se resignó a que le mataran a su luchador. La contienda había sido muy larga y uno era tan ágil como el otro, la diferencia era sólo el tamaño y la fuerza que estaban del lado del negro. De pronto, se levantó un nubarrón dorado y se oyeron los gritos de asombro. Los hombres ricos que habían apostado a ojos cerrados por el enorme gigante de ébano apretaron los puños y se mordieron el labio inferior. Cuando vieron que éste yacía en el suelo con el trinche en el cuello. Había caído enrollado como un enorme bagre, respiraba con tranquilidad y miraba sin vida a su oponente, sabía que era su final. El dueño y los invitados se encontraban haciendo los cálculos de las pérdidas que les acarrearía esa ejecución y propusieron que se le dejara con vida. La suma que el dueño de Poseidón obtuvo le dio muchas cosas y, sabiendo que podría ganar mucho más, decidió velar por la vida de su retiarius. El gigante de ébano llegó al circo romano y le dio al emperador muchas satisfacciones porque lo convirtieron en el adversario a vencer en todo el imperio. No había muchos gladiadores que pudieran hacerlo, pero la vida quiso que Marcus lo matara de un medio giro. Había adelantado el pie derecho para defenderse con el escudo, luego había girado y, en el aire, dejando caer la rodela, empuñó la corta espada y la clavó en el cuello del Titán. Todos los espectadores lo vieron caer, pero nadie podía explicarse la razón, fue la coloración roja la que les dio la respuesta, pues la arena se humedeció rápidamente provocando los gritos de alegría de los enemigos del régimen. Marcus pudo haber recibido en ese momento la espada de madera, pero el astuto Cesar se dijo: “Mortuus est rex, post regem” y puso al nuevo héroe de su lado. Fue entonces cuando los caminos los llevaron al mismo cruce. Nauplio venía desde Mantua pasando sobre griegos, árabes, africanos y uno que otro eslavo. Marcus sólo esperaba a los contrincantes para acortar su vida de guerrero, abrazaba la ilusión de recibir la libertad pronto.  No sabía que la obtendría, pero de una forma completamente distinta.

Se abrió una puerta y apareció la figura maciza del consentido del pueblo romano. El nombre de Marcus se elevaba por el cielo, su cuerpo brillaba gracias a los aceites que le habían untado antes del combate. Nauplio siempre se había guiado por dos consejos, el primero de su padre, que le recomendó antes de morir que fuera prevenido y que luchara por su vida pasara lo que pasara. Lo hizo a menudo, pero cuando creció, se dio cuenta de que era una recomendación para un adolescente porque estaba anegada del cariño paterno, la segunda la recibió de Marcus, que le enseñó todos los secretos del combate y lo obligó a automatizar sus movimientos para reaccionar en el momento exacto. Este secreto era el que los había unido durante muchos meses de entrenamiento y ahora los confrontaba en la arena más importante del mundo. Pensó, casi soñando, en un combate como el de Vero y Prisco que todavía no se había llevado a cabo, pero que había concluido con dos espadas de madera como símbolo de su compartida libertad. Nauplio recordó las largas tardes en las que conversaban de cosas habituales, de su pasado y sus esperanzas.  Marcus lo único que deseaba era ser libre, pero su gran capacidad de luchador y sus estratagemas lo llevaban cada vez más cerca del emperador. Eran tiempos miserables, en el pasado la gloria había llegado con honores y reconocimientos, con villas y esclavos al servicio de los grandes combatientes. Ahora sólo le importaba al pueblo la sangre derramada, los gritos de dolor y las humillaciones perversas. Se desconocía el indulto y se pedía que los perdedores fueran masacrados sin conmiseración. Para no mirar la figura agresiva de su contrincante, Nauplio rebuscó en su pasado algo que lo alejara de esa situación tan desagradable en la que no sabría matar a su cercano amigo. Estaba dispuesto a perecer y terminar con todos sus sufrimientos. Llegó la imagen de Fulvia, una joven con la que se quería casar, no la otra mujer famosa, la preferida de Cayo, sino la que se parecía a una de las Pléyades, Mérope, quien era la única de las diosas que se había enamorado de un hombre. Ahora, le pertenecía a un rico mercader, la había visto por última vez cuando lo compraron para formar el equipo de su nuevo lanista, en aquel momento perdió a su amigo Marcus y se le quedó herido el corazón, Fulvia su Mérope, la hija de sus vecinos, era la protegida del vendedor de especias, la había robado y la tenía como una criada a la cual le daba también la categoría de amante. Él estaba en espera de las órdenes de su entrenador, cuando ella entró con una bandeja con frutas y vino. Se miraron con desconsuelo, tratando de explicarse por qué la vida los había acomodado en esa posición. La desesperanza los sumió a los dos en un túnel oscuro en el que perdieron sus sentimientos.

Se oyeron las trompetas anunciando el inicio del combate. La muchedumbre sólo deseaba ver al pescador Poseidón, descuartizado por la filosa espada de Marcus. Nauplio no sabía cómo frenar a su contrincante que atacaba como una bestia. En unos cuantos segundos se sintió bañado por el sudor. El sol era devastador, Marcus lo miraba furioso y se lanzaba como un oso. Nauplio pensó que, por la gran estima del pasado, Marcus estaba dispuesto a morir y no usaba sus armas letales o, tal vez, con la gran experiencia que había adquirido durante los combates, se había convertido en todo un maestro de las fintas y las trampas. Por instinto de conservación Nauplio aplicó todos sus sentidos a sus movimientos, calculó con exactitud cada ataque y en fracción de segundos adivinó las variantes de cada lance. Habló con él, pero no obtuvo respuesta. Marcus rugía como león y se defendía con la agilidad de siempre, sin embargo, unas heridas le habían dejado más lenta la pierna izquierda y, al notarlo, Nauplio supo que en el momento en que el cansancio llegara y la luz del sol se pusiera de su lado, podría atrapar a la fiera que parecía insensible a los recuerdos. Era como si de un fuerte golpe en la cabeza hubiera perdido las imágenes del pasado. Más de media hora fueron recorriendo los rincones del estadio y no hubo quien se quedara con el deseo de arrojarles algún objeto para incitarlos a un enfrentamiento más cruel. Nauplio lanzó la red en la dirección incorrecta para que Marcus se librara de ella y al girar le mostrara una parte de su espalda. En ese momento sería herido por el trinche y desarmado de su espada. Fue una cuestión de segundos. El mismo Nauplio no sabía lo que había hecho, pero había conseguido derribar a Marcus y cogiendo el tridente se lo apoyó en el cuello.
El griterío de los espectadores animaba al emperador a desangrar a su gladiador. No se decidía y lamentaba que no hubiera oportunidad de argumentar algo en contra del reciario que esperaba paciente para hundir la fuscina. El dedo apuntado hacia abajo decidió la muerte de Marcus. Permaneció en silencio hasta el último minuto, no maldijo, ni gritó, sólo emitía pujidos y sonidos indescifrables. Con el corazón en pedazos, Nauclio, apoyó todo el peso de su cuerpo en el largo mango de su trinche y vio cómo se revolvía su amigo sin poder evitar las convulsiones. Nauplio le pidió en voz baja perdón y sus ojos se llenaron de lágrimas anegados por los dulces recuerdos. Se le premió y fue comprado a su lanista por una cantidad estratosférica. Se convirtió así en el gladiador oficial del emperador y tenía que servir ahora como monigote en las celebraciones. Salió encorvado, sin el ego que cualquier otro en su lugar hubiera sentido. En cuanto llegó al sitio donde estaban sus compañeros, se derrumbó en un rincón y amenazó con matar a quien se le acercara.

En la noche comió poco y dejó que le curaran las heridas. Tenía una en el lado derecho del tronco y el galerus y la manica lo habían librado de la muerte. Recordó un movimiento de Marcus, tirándole una estocada al cuello, pero había sido lenta, como si la hubiera querido anunciar para que no fuera mortal. Después del fallido espadazo, Nauplio había tirado la red y lo había vencido. Lamentó que su amigo hubiera muerto por sus consejos: “Nunca dejes de ver al enemigo y reacciona en el momento en que se descuide”. Así lo había hecho y había triunfado, perdiendo. Habría preferido mil veces ser la víctima. Morir tirado en la arena mirando con desprecio al vulgo, aprovechando su condición de vencido para escupirles su desprecio, pero Marcus lo había estropeado todo. Ahora abrazaría la esperanza de recuperar a Fulvia o quizás sufriera el martirio de buscarla en las esclavas que sin duda le proporcionaría su nuevo dueño en las fiestas privadas donde tendría que sacrificarse combatiendo con ponzoñas criminales, expertos soldados y gladiadores de su entorno. No pudo conciliar el sueño y se aferró al vino para viajar al pasado feliz en el que abrazaba a su amigo y miraba con ojos tiernos a su prometida. Estuvo a punto de escapar para que la guardia lo detuviera y lo matara por desobedecer la orden de detenerse. Hubo un momento en el que el vino fue más poderoso que él y se durmió.

Despertó rodeado de unas mujeres que le estaban lavando el cuerpo, le sirvieron de comer y lo vistieron para que se presentara ante unas grandes personalidades. Se levantó con dificultad y caminó renqueando porque las heridas le dolían intensamente. Fue despacio y en el trayecto una mujer joven le permitió que se apoyara en ella. Al hacerlo, le entregó un papel que decía:

“Querido Nauplio, ayer escapé de Roma, en mi lugar pusieron a un griego que se parece a mí físicamente. Si has recibido esta nota, lo cual creo con toda seguridad, estaré satisfecho. Me gustaría encontrarme contigo alguna vez, pero no se cuando será. Recibe un fuerte abrazo y rompe esta nota y quémala. Tu sincero amigo Marcus”.

domingo, 1 de abril de 2018

La cómplice


Siempre he considerado la hoja en blanco como una aliada, más que una enemiga. Podría reprocharle que es olvidadiza, pero no infiel ni chismosa ni, mucho menos, un simple folio en blanco. Me extraña que haya escritores que le dediquen tanto tiempo a ese supuesto problema de la falta de inspiración. “Pamplinas—me dice la hoja virginal muy coqueta—, eso sucede sólo por falta de sensatez. Pues si no tienes inspiración, no te sientes a llorar frente a una hoja en blanco. Tampoco escribas en el momento inoportuno. Lee primero y ve películas, observa a la gente y piensa, piensa en cómo contarías eso o lo otro, luego espera el momento en que salte la chispa y, sobre todo, permanece listo para hacer cosas que la gente normal no hace, como: parar a una señorita para describirla en un cuento erótico diciéndole que necesitas ver sus prendas de lencería, salirte del baño con el papel higiénico en la mano porque no puedes dejar que se te vaya la inspiración o arrebatarle un lápiz a un niño para poder pintar el rostro de tu personaje más villano con cara de limón”.

En realidad, siempre escribí siguiendo más o menos esas reglas y era verdad, la benigna lucidez creativa, era capaz de surgir en medio de un sueño de terror o durante un paseo con una chica o, incluso en la cama, en medio de los gritos de placer en el momento más dulce y deseado de la relación. Una vez me pasó y Magdalena casi me mata, pero la obra fue publicada y después ella misma me preguntaba antes de bramar de placer si tenía algo pensado, yo sólo la miraba con los ojos de huevo y balbuceaba algo que la hiciera callar. Publiqué bastante y nunca tuve problemas con la creatividad. Lo que si me causó realmente un problema grave fue mi afición a mi literatura secreta, esa que escondía en los minutos del retrete, en las noches de insomnio y las horas muertas del trabajo en la oficina. Empecé con cosas sencillas que iban cayendo en mis manos. Grushenka, El diario de Fanny Hill, Memorias de una pulga, La Venus de las pieles, Tiresias y muchas más. Mi capacidad descriptiva, que combinaba las sensaciones comprobadas en la experiencia de cuerpos ajenos y la imaginación, que me daban la poesía, causó un enorme desagrado en los editores y los pocos amigos que me leían. Mis historias les parecían demasiado ardientes, difíciles de terminar, un día José Alfredo se empapó los pantalones de engrudo leyendo uno de los pasajes que escribí sobre una mujer fatal que padecía de amor y la definían peyorativamente como “La ninfómana”.  Avergonzado por el mal que le había ocasionado a mi amigo y, previendo que muchas personas se podrían encontrar en la misma situación, no podía imaginarme a una inocente señorita en un autobús con ese tipo de lecturas, decidí que no escribiría más, habría sido un crimen. Ya pensarán que lo dejé todo y que eso de la hoja en blanco es verdad y que no soy capaz de contar nada digno de lectura, pero siento decepcionarlos. Les revelaré mi gran secreto.

Cuando me ha llegado una gran idea y es imposible controlarme, cojo un folio en blanco y lo pongo sobre la mesa. Lo dejo en un sitio muy visible para que mi mujer Magdalena vea que no estoy escribiendo y comienzo a redactar la historia al estilo de los grandes maestros de la antigüedad y los impresionantes altruistas pintores del Oriente. Escribo con ritmo, pongo música adecuada para el tipo de historia y voy siguiendo las notas con la imaginación, luego remojo mi pluma de ganso en el tintero y hago la descripción, voy siguiendo los bordes del camino que lleva al erotismo puro de mis historias y dejo que las sensaciones de mi cuerpo se plasmen en el papel. Remojo y escribo, remojo y escribo, y cuando viene Magdalena y trata de leer lo que estoy narrando, no ve absolutamente nada, se queda extrañada viendo como me arde el cuerpo y me transpira la piel y se aleja, ella interpreta mis locuras como un rezo, como un ejercicio semejante al de los artistas chinos que se entrenan mil veces dibujando con agua para poder dominar el trazo perfecto. De la misma forma, yo remojo mi pluma en agua y disfruto las historias, las vivo plenamente y lo hago sin recato, sin enrojecer por la presencia de las miradas curiosas, ya no discuto con nadie, me realizo en cada cuento y cada vez soy más pródigo.

lunes, 26 de marzo de 2018

Mal torero


Me califican de criminal, inhumano, verdugo, insensible y más cosas. Allí afuera hay cientos de personas con pancartas exigiendo que se suspenda este espectáculo. Les doy toda la razón, pero al hacerlo mi única fuente de ingresos desaparecerá y, aunque crean que esto es maquiavélico, matando animales es con lo único que puedo vivir. Si analizamos el problema, como le digo a mi compadre Facundo, tendríamos que cambiar la economía. Les doy un ejemplo. En Indonesia, allá por el oriente, no me pregunten por los países y capitales porque tengo cero en geografía, los niños trabajan explotados por los empresarios globalistas y ninguno de estos ecologistas gritones los defiende. Está claro que todos los humanos tienen la decisión de escoger el trabajo que quieren realizar. Estoy muy de acuerdo, pero pónganme a un indocumentado a elegir su trabajo y ya verán lo que hace. Por otro lado, somos un rebaño de borregos, nos dejamos llevar por las opiniones públicas sin ni siquiera detenernos a pensar sobre el asunto.

Eso lo digo por mí, no por ustedes y, discúlpenme si digo idioteces, es que así soy de nacimiento. El caso es que yo no escogí este trabajo. Busqué se los juro, algo creativo, ingenioso y remunerado, no me alcanzó el cerebro, lástima. Probé arreando mujeres en las calles, vi cosas horribles y desistí de continuar. Era joven, inexperto y ahora me remuerde la conciencia de lo que hice. Luego vino mi primo, me animó a lidiar con toros. “A ver, cabrón de qué tamaño los tienes”. Ni me lo hubiera dicho. Seré tonto, pero no rajón. Pues te lo demuestro—le dije—. Nos fuimos a ver al don Anacleto que era monosabio en la Plaza de toros México y nos recomendó. Me puse abusado y vi cómo toreaban los matadores. Luego me iba a mi casa y buscaba los casetes con las corridas del Armillita Espinosa, cogía un zarape y me ponía en el patio de la casa a hacer “sombra” como si fuera un boxeador, imaginando que se me venía un toro encima, entonces lo manejaba con la lana de la mugrosa manta que para mí era como la muleta.

Luego los chamacos del patio me hacían travesuras jalándome de los pantalones y así aprendí a mover los pies y a esquivar los ataques. Un día me dieron chance de hacerle pases a un toro y lo hice tan bien que el astuto don Anacleto me dijo que me iba a organizar una novillada. Estaba emocionado, incluso cuando mi vieja me llamaba para echarme las broncas por no ir a conseguir dinero, se lo dije clarito. “Mira, mamá, ya no voy a irme a robar a los camiones, voy a torear”. Ella se moría de la risa y me dio harta furia, sólo porque me pude controlar no le di una madrina, si no me la hubiera mandado al hospital.  Bueno, perdónenme la cantaleta, pero es que así empecé con esto de los toros, luego me presenté, me dieron la alternativa en una placita de provincia y me hicieron matador, pero mi alegría fue desapareciendo cuando empecé a conocer la profesión y los chanchullos que la estropean. Resultó todo peor de lo que pensaba. Mi sueldo lo recorta mi promotor, los toros están amañados porque no entran por primera vez al ruedo y algunos ya saben tanto de los engaños que te miran fijo a los ojos. Es cuando le tiemblan a uno las piernas. Te ponen entre la espada y la pared.

Los aficionados recriminándote por cobarde. «Mira nada más ese maricón—dicen como si fueras un payaso de fiesta de cumpleaños—, le saca al toro, no se arrima ni de milagro, luego aleja las piernas cuando embiste el cornudo». Si supieran los malnacidos lo que dicen. ¡Dios, perdónalos por pendejos, la neta no saben lo que dicen! Un día mi amigo Felipillo me dijo: “Maestro, debería leer a Ernest Hemingway, tiene un librito sobre toros, échele una leidita, se llama Muerte en la tarde”. Uta, chamaco, ¿qué sabes tú y ese jemingüey de estas bestias? No tiene la menor idea el pinche gringo de todo esto. Lo malo es que sí lo leí y fue peor. Ahora lo sé todo de este trabajo inmundo. Mi contrincante espera, me mira con astucia y se burla de mí. La muerte en la tarde es la mía, el promotor vio a este maldito bicho y sacó a su torero. Que traigan al de reserva. Ni siquiera sabía mi nombre. Bueno, cabrón te toca este, se llama Manchado. Hasta el nombre le quedó como anillo al dedo. Desgraciado Manchado, ya es la hora. Lo bueno es que la lana se la dejé a mi madre, así que tendré cajón donde descansar mi eternidad. Ahí vamos…

martes, 6 de marzo de 2018

Parricidio vicioso


Tenía la mano firme, presta a desenfundar. A unos metros, su enemigo, un poco bebido, pero con la ponzoña en los ojos esperaba inmóvil. Los dos sabían que ese momento llegaría tarde o temprano, no obstante, por los descuidos de la memoria y el tiempo, prefirieron dejárselo al azar. El sol moría y los curiosos se escondieron para evitar balas perdidas o represalias. James Connery había estado buscando al asesino de su padre, en el trayecto se había cruzado con el anciano Bill Crosby quien le transmitió toda su experiencia y lo hostigó cronometrándole el funcionamiento del índice. La práctica le había creado los reflejos condicionados que se necesitaban para un enfrentamiento así. Miró al hombre con traje negro, tenía el sol detrás, era un buen blanco.

El otro torció un poco la boca, le brillaron los ojos. Tenía ganas de insultar, de reírse y desbordar la ira del muchacho. Tu padre era un traidor, maldita sea— se dijo para sus adentros—. Se había retirado y llevaba una vida pacífica de vaquero, enseñándote a trabajar; pero tenía un pasado sucio. Dios lo cambió y así lo conociste, no viste al otro, al borracho pendenciero. Tu madre salió de un burdel, se convirtió al cristianismo debilitándose ella y arrastrándolo a él. Luego, creciste tú. Te inculcaron buenos principios, te alejaron del peligro, eres un hombre bueno; pero los malos actos te alcanzarán pronto. El pasado es arrollador cuando cae por el peñasco de la venganza. Puedes ser un santo llegado el momento, pero la suciedad de antaño te pudre, te devuelve tus actos infestos. Viene la conciencia y te somete al juicio final en el que el Señor está ausente por prudencia. Es un problema personal, te quedas sólo, sabes que tus planes se terminan, que te separa de la muerte una fracción de segundo, que viajarás por la oscuridad con el primer parpadeo. Cuando una gota de sudor caiga al suelo se mezclará con tu sangre.

En este camino absurdo tu asesino siempre será más joven, lo verás como a tu propio hijo y, tal vez lo sea, quizás tendrás enfrente el fruto de una noche de pasión en un día de borrachera. A mí, me pagaron por hacerlo. Era un mal bicho—decían todos cuando sacaban las monedas de oro—, hazlo morir lentamente, no le des la oportunidad de irse sin recordar sus pecados. Tú no estabas cuando sucedió. Me lo encontré igual que tú a mí. Ya lo sabíamos, él caminaba resignado a su suerte, seguro que pensó en ti y lamentó no prevenirte. Era necesario habértelo dicho, pero lo descubrió muy tarde. Pudo habértelo mandado, quizá alguien no te transmitió el mensaje por olvido. No busques venganza, hijo mío—eran, seguramente sus palabras—, pero no te llegaron.

Ya sabes que le di un arma, fue inútil porque no la iba a usar. Fue una formalidad. Tuve que armarme de valor para dispararle, recreé en mi mente sus balazos a bocajarro destrozando cráneos, perforando corazones desde la espalda y sólo así me llegó el valor. Le di en una rodilla y soltó el arma. Cayó y me acerqué para pedirle que recordara sus faltas, que rogara por la salvación de su alma. Se puso a rezar en voz baja, creo que te mencionó. Fue en el momento en el que le disparé al estómago. Se quedó frente a un camino oscuro, fue asaltado por las alucinaciones. Lloró, sus lágrimas no las producía el dolor físico, todo era espiritual. Seguro que obtuvo el perdón porque se fue con una sonrisa. Un poco amarga, pero luminosa. Perdóname, Tom— le dije cuando tiré a su lado el arma maldita—. Seguro que los mirones, que ya formaban un corro, me calificaron de cobarde. Ya no servirás para esto, amigo—parecían decir con los ojos—, quédate esperando el día de tu muerte. Ahora me toca a mí. Ya estás listo y tendrás que soportar el peso del que me liberas. Hazlo ya.

James reaccionó más rápido de lo que esperaba, Bill habría dicho que se había establecido su récord. Era así, el hombre trajeado sólo había movido un poco la zurda. Respiraba con dificultad. Los pulmones se le llenaron de sangre. Se miraron fijamente. En un susurro le dijo: “Es tu turno, hijo, retírate ahora, no esperes que te aplaste la desgracia. Ve en paz”. James pareció no oír el consejo. Pudo evitar que siguiera el círculo vicioso de los parricidios, pero su inexperiencia cegó su buen juicio.

lunes, 5 de marzo de 2018

El falso monarca


Cuando el horizonte se llenó de agua cristalina y el viento dejó de soplar con fuerza, comprendió que ya estaba dentro de su sueño. Victoriano se levantó con gusto y se acomodó la capa, el peso de su corona era el mismo que el de las esmeraldas de la historia. En ese instante cruzaba el mundo por la era de los cambios y él era partícipe de la transformación. Se auto proclamó rey y tiranizó a su pequeño pueblo. Eran pocos esbirros y se habían muerto los hombres de forma voluntaria, hipnotizados por el deseo de la libertad. Sólo las mujeres habían sobrevivido al espejismo y las hizo sus concubinas. En la realidad todo era tortuoso, vivía en una cueva, se le habían caído algunos dientes y la barba le llegaba al ombligo, apestaba a carne podrida y su cuerpo parecía el de un pez seco. Se dirigió a su palacio en la zona más alta de la isla y desaparecieron las hendiduras de su cabeza. Por costumbre miró hacia al frente buscando naves, embarcaciones del Nuevo Mundo.  Ya no era el farero despreciable a quien habían tratado de asesinar meses antes, sino un gran monarca. No había signos de vida humana en el inmenso océano. Bajó con lentitud y mandó llamar a su amante de turno.

La dama que esperaba llegó ataviada con un largo vestido azul marino y zapatillas bordadas. Los cordones que le ceñían la espalda eran dorados, el peinado se había terminado con una diadema muy cara aprisionando los caireles de su pelo. Estaba esplendorosa y aromatizada con hierbas y aceites. La comenzó a desnudar y se la llevó a la enorme cama real. La música le armonizó el viaje por la basta extensión de aquel fértil cuerpo. Ella lo miró interrogativa y él le introdujo sus ideas, la obnubiló con sus fantásticas historias de los Borgia, los Medici y los Borbón. Ella atenazó su título real con las piernas, le juró que a él no le pasaría lo que a Enrique VIII. La noche no fue muy prolija, pero se cumplió el plan del amor. Luego ella se retiró con el nacimiento del sol y se fue menguando mientras caminaba en dirección a las palmeras, que agitadas trataban de liberarse de los maduros cocos que necesitaba el pueblo para no padecer escorbuto.

Satisfecho el rey permaneció recostado haciendo planes para el futuro. En la parte más alta del atolón construiría un hermoso castillo. Clausuraría las precarias minas y aprovecharía el combustible para fomentar el comercio. Se mandaría hacer unos jardines con fuentes y se pasearía recibiendo los favores de Afrodita, Neptuno y Zeus. Tal vez llegaría a ser un hombre dios y su descendencia reinaría en las islas aledañas. No importaría el abandono de los galos, ni la intervención ancestral de los piratas británicos, ni el fraude del tirano Díaz. Acabaría con la causa de sus sufrimientos y mitigaría la revolución. Su ejército aplastaría como un pie gigante a esas pandillas de bandoleros que habían cortado las vías de comunicación. Se rió incrédulo, volvieron las imágenes de su adolescencia en las que era tratado como una basura por sus superiores. Le mitigaron el dolor las ilusiones de aquella época que en ese momento ya eran realidad. El monarca poderoso y omnipotente les daba rienda suelta a sus deseos. Una vez por semana organizaba orgías y comilonas para satisfacer al pueblo. Pan, juegos y vino, es de lo que hay que abastecer al vulgo para mantenerlo en paz.

Creyó que algo lo despertaba. Eran golpes en la cabeza, se los propinaba la mujer de la noche anterior, que había regresado muy enfadada. Le preguntó con desesperación, rogándole al cielo para saber lo que se le exigía, pero adivinó el maleficio que perseguía a la realeza. Le estaban aplicando la ley popular del rey muerto para que viviera el rey, ese paradójico mandamiento que exige sustituir al monarca cadáver y otro vivito y coleando. Les preguntó por qué en ese instante tan inoportuno lo despertaban.  Como respuesta recibió un dedo señalando la lejana imagen de un barco varado detrás del arrecife. Ondeaba una bandera enemiga de franjas rojiblancas y ya se acercaban unos soldados con una careta por rostro. Se quedaron pasmados por la incredulidad, por la incongruencia de la realidad. No aceptaban la crudeza del espectáculo. Habían conspirado contra él—pensó el militar, pero siguió la estela de los acontecimientos imposibles de interrumpir— y yacía el monarca enemigo muerto por una dócil mujer que le había robado el arcabuz y le había perforado el jubón. La blancura de la tela no se tiñó como él pensaba. El deseado azul de los soberanos apenas humedecía con gotas espesas de frustración la prenda. Sintió que la reseca vida que había guardado, como un tesoro, se le desvanecía en un respiro como vapor matutino. Vio el rostro de un hombre rubio con mostacho que con sus ojos grises lo interrogaba. Rezó como si en lugar de un teniente tuviera a un sacerdote para la confesión.

Fueron los demonios—balbuceó—. Un día nuestro espíritu se partió y salieron los seres satánicos. La venganza en forma de bruja malvada, el engaño como hechicera, la perversión como sátiro, la muerte como hambre. No logró decir más y no le alcanzaron a exhumar sus pecados para mandarlo limpio al cielo. Lo dejaron como alimento para los cangrejos, como símbolo de la lucha contra la injusticia y el abuso del poder. También, su sacrificio fue empleado como lección para los gobiernos que prefirieron ordenar las cosas sin ton ni son; para que se apagara esa mentirosa afirmación sobre el fin de la historia. La sabia matrona existiría, engalanada con su vestido de fechas y nombres, mientras estuviera sobre la Tierra el ser humano y la podían transformar, manipular, embellecer o ridiculizar, pero siempre permaneceríamos abrazados a ella para que nos mostrara, con cara alegre, cuan ridícula y perjudicial puede ser una decisión tomada veinte años después. Por suerte, se trataba sólo de un ingenuo sueño.

jueves, 1 de marzo de 2018

Año del gato


Se cruzó con Gilberto y no le sorprendió que hubiera vuelto del extranjero, tampoco que hubiera cambiado radicalmente de aspecto físico, ni que se hubiera hecho ingeniero fuera del país; sino que lo acompañara una hermosa mujer. Esta es Renata—le dijo con cara de satisfacción—, mi esposa. Ramón se había negado a creerlo, aunque le habían dicho sin descanso que las mujeres de Europa del Este eran guapas y esta que tenía enfrente era algo excepcional. Ella lo miraba con sus penetrantes ojos verdes y estaba inmóvil esperando que su marido se despidiera de su viejo amigo. ¿Dónde la conociste? —le preguntó olvidándose de todas las formalidades, la ética y la moral. Gilberto, que estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones decidió gastarle una broma a su amigo—. Es muy fácil, querido Ramón, tienes que buscar una mujer que tenga tres encantadores elementos que son: unos zapatos de tacón alto, alguna prenda con estampado felino y algo de encaje en la blusa o, quizás, en las medias. Si se juntan esos tres elementos puedes estar seguro de que la mujer será irresistible, incluso si la ves de espaldas. Gilberto se retiró abrazado de su mujer y le confesó susurrando el pecadillo que había cometido.

Para Ramón no fue una broma, sino la fórmula que necesitaba para alcanzar la felicidad. Mentalmente trató de citar en su cabeza a todas las extranjeras que había visto en la Plaza Mayor. Se recriminó no haberle puesto atención a los tres elementos básicos que le había revelado su hermano del alma. Se le aparecieron unas rubias de pelo liso, unas morenas con el pelo ensortijado, incluso orientales de pelo negrísimo, pero parecía que la ropa se les borraba al evocarlas. Tomó la decisión de comenzar la búsqueda ese mismo día. Vio cientos de turistas extranjeras, incluso unas más guapas que la misma Renata, pero a él le parecían inadecuadas para sus fines. A partir de ese día se arregló más, se puso unas gafas de moda y en sus paseos revisaba con atención a las mujeres que veía. Se dio por vencido unas semanas después porque no lograba encontrar a nadie que llevara encima la fórmula triangular del hechizo. Sólo en una ocasión logró aproximarse a una mujer con unos botines de tacón alto, una falda de estampados de ocelote y una blusa con unos dibujos semejantes al encaje de la lencería. Por desgracia, estaba parada en una calle famosa por sus travestidos. La decepción lo obligó a renunciar a su agobiante empresa y se resignó a prolongar su vida solitaria.

Un grisáceo sábado de lluvia se quedó en casa y puso una película. Se pidió una pizza a domicilio y se tumbó en el sofá. Aparecieron las imágenes de Bogard y la Hepburn en el filme Sabrina, la iba a quitar porque la que realmente deseaba ver era la del remake con Harrison Ford y Julia Ormond, pero se detuvo al mirar el rostro de la guapa protagonista. Despacio, le quitó el vestido ampón, le arregló el pelo y le puso una blusa negra de encaje, una falda de tigre y la montó en unos zapatos de tacón de cigarrillo. Las escenas seguían con los enviciados diálogos que había oído cientos de veces su padre y se hizo la luz. Era esa la razón por la que su progenitor se pasaba admirando a esa mujer. Tiene rostro de gata traviesa—se dijo sin poder despegar los ojos de la pantalla—. Se acercó y tocó la superficie plana del cristal para dibujar su cara. Más tarde apagó la televisión y en ese preciso momento se filtraron, por la ranura de la puerta, unas notas olvidadas. Eran los arañazos de las pezuñas de un gato en las teclas del piano, luego llegaron las sordas notas de percusión que eran como latidos del corazón y, por último, el rasgueo de una guitarra para invadir su habitación con miles de hormigas negras entrándole por los oídos. Esa marabunta le reconstruyó las imágenes de su pasado. Abrió la puerta y se encaminó hacia las escaleras de caracol. Vio una estela de mariposas efervescentes y las atrapó con su red del oído.

“Una mañana de una película de Bogart. En un país donde retrocede el tiempo, vas paseando entre la multitud como Peter Lorre contemplando un crimen. Ella sale del sol, corriendo, con un vestido de seda como una acuarela bajo la lluvia. No te molestes en pedir explicaciones, ella sólo te dirá que vino en el año del gato…”.

Era Al Stewart a quien odiaba y amaba como a su padre. Bajó con sigilo moviendo la cabeza para poder encontrar las chillonas bocanadas de un saxofón que subía de intensidad mientras el descendía. Se encontró en la calle y miró el bullicio plácido y lento de los fines de semana. Levantó la nariz y pudo sentir un cosquilleo, de pronto pasó a su lado el férreo aroma de una falda de color amarillo pardo, estaba manchada de puntos negros, el repiqueteo de unos precipitados tacones violentos, un peinado de bicho de angora o plumas cortas de pollo y unos volantes bordados lo hicieron temblar. El rayo del fiasco, en la calle de las hembras falsas, lo fulminó y pensó en aquella bruja postiza, sin embargo, las prominentes caderas aprisionadas bajo la corta falda y los bordes de las bragas marcadas en el acrílico y algodón lo revivieron. Levantó las orejas y empezó a traducir a su manera la canción de otro Stewart, esta vez Rod, que le llegaba desde un local: Da ya think I´m sexy?  “Estás esperando alguna propuesta, estoy nervioso evitando las preguntas, tengo los labios secos y el corazón rebotando como tambor…”. Siguió hasta el final de las estrofas en las que el macho sexy le propone a la curiosa mujer ver una película recostados en el sofá. Se imagina preguntándole si desea tocarlo y si le parece erótico e irresistible con sus pantalones de cuero negro y camisa de seda blanca.

Ella ni siquiera lo había visto, iba ocupada en su sensual andar, rompiendo el aire a caderazos, retirando las turbulencias con las manos, mientras los mirones temblaban al manosearla con la mirada. Ramón la alcanzó en el momento en que entraba a la tienda de discos, sonaba una música de órgano de circo con una inflamable canción, el vocalista imploraba la pasional ignición del amor. Ella lo miró como lince siberiano y lo dejó hecho sal. A Ramón la sorpresa le produjo un levantamiento espiritual y un entumecimiento en el vientre. Supo que era rusa, que tenía un trabajo temporal de encargada en la tienda de música, que su cantante favorita era Zhana Aguzarova, una especie de Amanda Miguel que interpretaba en idioma eslavo una canción parecida a Mi gato y yo y, que, además, portaba consigo el inseparable maleficio de los gatos negros. Por último, le advirtió que sus antepasados, en especial las mujeres, se habían emancipado y que eso las hacía peligrosas. Ramón no opuso resistencia y se dejó engatusar. La invitó al cine. Ella aceptó chupándose los labios y le ofreció la mano para que le indicara el camino.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Realidad 4


Debe haber una forma de establecer comunicación con otras personas—se dijo echando la cabeza hacia atrás y dejando que se le salieran los ojos y se le hundieran las ideas. Parecía un reptil calentando su cuerpo con el sol, estaba inmóvil, sumida en sus razonamientos. Para ella la realidad estaba dividida en cuatro partes. La del consciente que consideraba aburrida, la inalcanzable de la que los filósofos hacían hipótesis, la inconsciente que era, en cierta medida, el opuesto de la primera y, por último, la onírica, la más importante y que le preocupaba más. Les daba mucha importancia a los sueños, pero no los interpretaba a la manera de Freud, ni tampoco se metía en cuestiones del funcionamiento neurológico, los veía como una forma extrovertida de manifestar sus ideas y sensaciones, pero estaba cansada de navegar sola por los terrenos del sueño sin obtener respuestas. 
Todo lo llevaba en un diario y describía con detalles lo que recordaba. Los sueños que se repetían sólo se clasificaban con un nombre y una cifra como fuga 16, boda 35, etc. Terminó de poner sus ideas en orden y, ya enfriadas sus impresiones se dispuso a desayunar. El día era como cualquier otro. Los vecinos se disponían a salir para ir al trabajo y ella sorbía el café escuchando los gritos, recomendaciones, quejas y demás costumbres matutinas de la familia de al lado. Se hizo el silencio y pudo explayarse a su gusto. Puso música y comenzó su modesto arreglo. No le gustaba maquillarse mucho y elegía, como si fuera un japonés dispuesto a dibujarse los ojos con tinta china, el color y el momento más apropiados para hacerlo. Dos trazos y listo, luego sonreía y se comenzaba a peinar, esta tarea tampoco era complicada porque se recogía el pelo, hacía una coleta y la enrollaba para luego sujetarla por detrás con una liga. Se iba tranquila al trabajo encerrada en su actitud cordial y generosa. En realidad, buscaba personas con las que pudiera entrar en contacto durante la noche. A veces creía descubrir a alguien que había visto ya en esa fase de conexión nocturna, pero al preguntarles con insistencia hipnótica ellos volteaban los ojos en actitud de negación o disculpa.

Esta vez era diferente. Tenía a un hombre joven delante de ella, su apariencia física estaba opacada por un halo que lo rodeaba. Le había dado un golpe con el coche. En un giro había perdido el control y le había dado un empellón a la pobre y, al chocar con un muro se había lastimado el hombro. No tenía fractura, pero el dolor la sugestionó. Creyó que se había desmayado, pero estaba allí auxiliada por las fuertes manos de esa aura celeste. Estoy bien, no se preocupe—susurró y se levantó—. Ya puedo caminar. Espere, le ordenó el hombre, aquí tiene mi teléfono por si me necesita alguna vez. La dejó con la mano sujetando el pequeño cartón impreso. Leyó que era un repartidor de una tienda de ropa y se llamaba Salvador Paulus. Lo recordó con elementos del campo onírico y no con los de la gris realidad. Al tercer día lo llamó para saber si podía ser él quien le entregara la ropa que había solicitado en la tienda de moda. El joven se alegró al saber que estaba bien y que, quizás podría empezar una relación con una mujer tan atractiva. Se encontraron y la invitó a salir. Ella seguía intrigada por el borde de luz que había visto en él. Salieron varias ocasiones, pero no lograba distinguir la aureola, pensó que había sido efecto del golpe y desistió de su búsqueda y se focalizó en él. Era simpático y guapo, con buen sentido del humor y una técnica de seducción apropiada. Le fue abriendo la puerta de su confianza, llegó el primer beso, el contacto en las caderas, la humedad del deseo y finalmente el abrazo que produjo su aleación. Se fue acomodando su vida a las nuevas condiciones. Ella buscaba con insistencia la comunicación en el sueño y se reprimía el lenguaje durante el día para experimentar por la noche. Pasaron tres semanas, un mes y al medio año hubo una respuesta. Venía de otro lugar. Le sorprendió mucho que no fuera Salvador quien comenzara a abrazarla en la habitación de aquella recámara abstracta. Lo iba sintiendo con lentitud y cuando distinguió sus colores se sobresaltó. Era un hombre maduro, envuelto en una bata de seda. No parecía oriental, pero acostumbraba a dormirse con ella en las noches y despertarse para revisar sus propios cambios. Hablaba frente al espejo y decía que, en el lejano Oriente, los hombres mayores lo hacían de esa forma y que tenían resultados garantizados. Ella no entendía mucho el mensaje porque en el sueño era muy joven y su piel era el de una crisálida blanca, casi transparente y muy hermosa. El hombre sólo se adhería a ella y la cubría con la seda para que no se enfriara. Así permanecían toda la noche y al amanecer él se despegaba y se miraba en el espejo, ella no podía oírlo, pero veía como se contaba las arrugas, cómo se miraba con atención las canas calculando el número exacto. Luego se pasaba las manos por la cara palpando su piel con la intención de evaluar su suavidad. Después del largo monólogo se reclinaba y le daba un beso en la mejilla. Se iba despacio apoyando los pies como un maestro de artes marciales y en un giro desaparecía. No descartó que ese hombre fuera el otro Paulus, el del otro plano de la realidad. No se parecía en nada y las coincidencias eran remotas, pero tenía viva la esperanza de que fuera así. Trató de establecer comunicación cada minuto de la madrugada. Decidió que durante el día cerraría los ojos ante lo superfluo y miraría con más atención la vida. Revisaba cada rostro, cada movimiento, no había espacio por el que pasara que no quedara con el sello de la comprobación. 

Un día al bajar por la escalera se abrió una puerta y salió una joven muy delgada, con el pelo suelto, no le pudo ver el rostro, pero notó el perfil del señor que la despedía. Su voz llegó como un tintineo metálico y doloroso. Se ajustaban los rasgos y la mirada era igual. Tuvo dos sensaciones contrapuestas, en el vientre, el placer de haber descubierto a su visitante nocturno y, en el corazón, el plomizo dolor de saber que no era Paulus. Adoptó otra vez su tradicional pose, se dejó bañar por los rayos del sol y meditó mucho tiempo. En su cabeza se liberó la lucha de resoluciones. Llegó a la conclusión de que esa noche debía bajar antes de que el hombre subiera. Estuvo muy nerviosa porque Paulus llegó excitado. Como si temiera una separación, se aferraba a su cuerpo con tanta fuerza que a ella se le salieron las pasiones y gritos reprimidos por la abstinencia. En su delirio se imaginó que el hombre de la bata ya estaba a su lado y que era él quien la retorcía con sus brazos. Miraba con dificultad el rostro del semental en el que se había convertido su pareja. Llegó el final con un zumbido en las orejas, una especie de muerte temporal que dejó ver un haz de luz, pero ella ya sabía que no tenían remedio. Paulus sería la atadura real que la sacaría de su laberinto oscuro. Pero en ese momento no era tan opaco, la luz de Paulus no se apagaba y los nervios le erizaban los vellos del cuerpo. No supo cuando se desconectó, cayó en esa trampa del no querer dormir por temor y al resistirse tanto se dejó vencer por el sueño. Llegó primero, él estaba acostado en posición fetal con su bata blanca y peonias. Tenía los ojos abiertos y esperaba dormirse, bajaba el ritmo de la respiración, al parecer había algo que no lo dejaba dormir y se rascaba las piernas o la espalda. Ella por curiosidad trató de grabar las imágenes de su habitación, era muy lujosa y tenía cierta armonía, no pudo oler el incienso, pero vio las nubecitas viajando por el aire, deshizo algunas y notó que había un libro muy grueso en la mesita de noche, más que un tocho de hojas empastadas, el ejemplar le parecía como una puerta que la llevaría por un estrecho túnel. Tardó mucho en cogerlo. Lo abrió en la primera página, era blanca, luego había una especie de prólogo que no le dijo nada que no supiera ya y, después, entró en la historia sin recato.

Esa cuarta realidad existe—decía el autor—. Ya lo he comprobado. Fue muy difícil encontrar la fórmula porque las variantes eran muchas y no había modo de comprobar los resultados. Tuve que crear otros conceptos, alejarme de la tradicional descripción  del mundo. Recopilé las experiencias de mis antecesores. Leí y releí sus diarios. Hice una estadística de sus emociones y reacciones a ciertas condiciones emocionales. Ese trabajo me llevó diez años, pero al final se prendió la chispa. Descubrí que la intensidad del sueño era proporcional al deseo, pero tenía que adecuarse a una frecuencia onírica. Había cientos de ellas y en una noche no se repetían. El factor tiempo era primordial. Un rezago de algunos segundos impedía la unión. Al principio me vi perdido en un bosque de hojas volando por el viento, parecía una tormenta silenciosa y algunas veces eran filos metálicos. Producían dolor o cortes, pero aprendí a esquivarlas. Luego hubo una primera conexión. Era verdad que esas ondas actuaban como el efecto de los imanes, era muy tenue la reacción, pero aprendí a distinguirlas y luego el sentido común me orientó. En una ocasión calculé la hora, la intensidad, la velocidad y la energía de un sueño que había visto en tres ocasiones. Hice todo de la forma correcta y me traslapé. Fue una sensación placentera, tibia, era como nadar en una inexistente agua termal. Llegué hasta ese sitio y la vi por primera vez. Parecía muy cansada, cada vez que se apoyaba sobre su hombro derecho hacía una mueca. Me acerqué y vi que sus párpados eran intermitentes, estaba buscando algo, pero no podía hallarlo, supe de inmediato que se encontraba en medio de la tormenta, llena de dudas y padeciendo los cortes de la hojarasca. Tenía poca experiencia, era una novata completa. Me decidí a ayudarla. Conservé las imágenes y me retiré. Los días siguientes estuve aproximándome a ella, guiándola por el oscuro camino que tenía al frente. Poco a poco, comenzó a distinguir las emociones, el paso se le aligeró y comenzó a buscar con más confianza. Era una total inexperta en la pesca de ondas, sin embargo, la intuición la hacía voltear al notar una ola adecuada. Así fue como llegó al canal exacto. Le produjo dudas e inestabilidad. Mucho tiempo estuvo inmóvil apreciando los fenómenos que ocurrían frente a sus ojos. Finalmente, decidió levantarse y actuar.

Se acostó bajo las condiciones normales de presión y temperatura astral y cerró los ojos. Ya no tembló cuando su piel se hizo blanca como la leche, dejó que su mirada saliera a su interior y me vio detrás, abrazándola. Hizo preguntas y comprendió que sólo ella tenía las respuestas, así que apuntó todo en la memoria y esperó a que me fuera. Los encuentros se fueron repitiendo todas las noches. Se habituó a mi presencia. Podía leer en mis labios lo que no oía. Se habituó al descanso, a los viajes fantásticos que realizábamos. Cada vez se hacía más confiada y llegó a dominar pronto el arte del cálculo preciso. No le costaba mucho saber en qué momento sucedería la transformación y la recibía con una sonrisa. Hoy será su examen final. Vendrá a mi cuarto y me encontrará despierto envuelto en mi bata. Verá cómo me molesta la comezón y, después de leer, se meterá en la cama bajo mis brazos. Sabe que sólo ella podrá continuar la historia. Debería estar sorprendida y arrojar estos escritos a la basura, pero decide no hacerlo. Se queda parada pensando un poco y pone el libro sobre la mesilla. Lo deja abierto en la primera frase del capítulo segundo. Se acuesta desnuda, coge mis manos y se las coloca en las caderas, siente mi cuerpo adherirse a ella. Cierra los ojos y mira hacia atrás. Sonríe y ella misma cuenta mis canas, dice el número exacto de arrugas y me pide que me levante. Salgo de la cama, camino despacio como si el suelo no existiera y ella  vuelve a su habitación.