miércoles, 1 de agosto de 2018

El texano


Entro a la tienda de sombreros, se oye la campanita de la puerta y una corriente de aire deja entrar la oleada de frío invernal que padecemos en esta temporada del año. Un hombre viejo aparece en el mostrador, se acerca y me pregunta si deseo un pasaporte. Le digo que no, que quiero comprar un sombrero. Me mira con una sonrisa sarcástica y comenta que no tiene el tipo de texano que busco. «No lo va a necesitar—dice cerrando con llave la puerta de la que ahora cuelga una tabla indicando que el local ha cerrado—. Necesita viajar ahora mismo». Lo miro dudando y le pregunto si sabe la contraseña. Responde la palabra indicada. Me habían dicho que tenía que comprar un sombrero y dirigirme a la estación de trenes. Él me muestra un pasaporte con mi foto y me pide que lo siga. Bajamos a un sótano, enciende una luz y me muestra una mesa en la que hay una especie de radio muy grande. «Viajará al año 96 en esa época ya no hay muchas personas que usen sombreros. Tendrá que actuar rápido porque el campo magnético inter-temporal dura unas cuantas horas y si no vuelve a la hora exacta habrá un desface y se quedará en otra época, Eso, ya sabe lo que implica, ¿verdad?

Sé que está al tanto de la misión, le pido la pistola y los planos del lugar al que tengo que dirigirme. Me recomienda que me ponga de inmediato el uniforme de obrero, que pase a través del laberinto de la planta, que suba hasta la oficina del ingeniero en jefe y que entre sin miramientos. Le digo que lo sé todo a la perfección. «No se vaya ha equivocar—dice con una cara muy triste—. El enviado anterior se confundió en el momento en que entró y le disparó al acompañante del ingeniero. Luego han pasado cosas horribles. Usted debe corregir ese fallo. Mire, estarán vestidos los dos de traje azul, son bastante parecidos, cómo decírselo…¡Ah, ya sé. Como el cielo y el mar a los que solo divide la línea del horizonte. En fin. Hágalo bien por amor a la humanidad».

Pongo las manos sobre el aparato, me indica con el dedo la fecha a la que me dirijo: 10 de septiembre de 1996 es un espacio de tiempo al límite de la tolerancia del aparato, pues lo máximo son cincuenta años. Podría desviarme con una turbulencia magnético temporal, pero si ya un hombre ha viajado antes que yo, lo más probable es que no haya riesgo. El hombre ha programado el cacharro y en unos segundos partiré. ¡Uf! ¡Qué mareos!!Voy a perder el conocimiento…!

¡Santo Dios! ¡Qué dolor! Bueno, ahí está el casillero, debo dejar mi ropa allí. El uniforme es de mi talla y las botas también. Escondo en el bolsillo el revolver. Veo a unos obreros llevando cajas al almacén. Uno me saluda y me desea buen provecho. Veo el reloj, es la hora del almuerzo, camino por un largo corredor y llego al ascensor que me llevará hasta la oficina del ingeniero. Salgo despacio y saludo a la secretaria, parece que me conoce bien porque me indica con los ojos que entre. Abro la puerta, veo a dos hombres idénticos. Le disparo al de la izquierda y salgo corriendo. Llego agitado hasta el casillero, me cambio de ropa y en el momento en que me pongo los zapatos hago el salto de nuevo. ¡Uf! ¡Qué mareos!!Voy a perder el conocimiento…!

Despierto delante del aparato. Lo reviso y en la pantalla dice que la misión ha fallado. He matado al hombre incorrecto. Me levanto para abandonar el sitio y huir. Los errores en estas misiones, me lo han advertido, son imperdonables. Noto que algo anda mal porque estoy un poco viejo, me duelen las articulaciones y camino con dificultad por el efecto del salto. Subo con mucho trabajo la escalera y cuando salgo al mostrador se oye la campanilla, debe ser algún agente que viene a liquidarme. Me acomodo las gafas para ver mejor. El tipo se acerca y me pregunta si tengo sombreros texanos. Reconozco la contraseña, le respondo que si desea un pasaporte. Se queda parado y me aseguro de que nadie lo acompaña. Volteo la tablilla de la puerta, me acerco a él y le digo que tenemos que bajar al sótano.

viernes, 27 de julio de 2018

Un hombre original (traducción del ruso) Cuento de Leonid Andreyev


Se hizo un minuto de silencio, y entre los tintineos de los cuchillos golpeando los platos, en la vaga conversación de las mesas lejanas, los roces de la ropa y los crujidos del suelo bajo los pasos rápidos de los lacayos, alguien, con voz baja y suave dijo:

—¡Pues a mí me gustan las negras!

Antón Ivánovich se ahogó con el vodka que intentaba tragar, el lacayo que recogía la vajilla mirando por lo bajo, lanzó una mirada curiosa, todos con asombro voltearon hacía el que hablaba: vieron allí un rostro mojado con un bigote pelirrojo con las puntas húmedas y oscurecidas por el vodka y la sopa de col, unos ojos descoloridos y la cabeza cuidadosamente peinada de Semen Vasílievich Kotélnikov. Durante cinco años, la mayoría había servido junto a Kotélnikov, cada día lo habían saludado y se habían despedido de él, y habían intercambiado la palabra, cada fin de mes cuando recibían el sueldo comían con él en el restaurante, como en ese momento, y por primera vez lo veían. Lo miraron y se maravillaron. Resultó que Semen Vasílievich no estaba nada mal, pues, si se excluían el bigote y las pecas, parecidas a unas manchas provocadas por una llanta; se vestía bien y su alto cuello era el más limpio, aunque fuera de cartón.  Aclarando la garganta, Antón Ivánovich,  el jefe de la oficina, todavía  rojo por la presión, con atención y curiosidad y los ojos salidos vio al turbado Semen Vasílievich agitado, y con acentuación, preguntó:

—¿Cómo está Semen…cómo se?
—Semen Vasílievich— le recordó Kotélnikov no diciendo Vasílich, sino “Vasílievich” y eso les gustó a todos como expresión de sus cualidades, sentimientos y amor propio.
—Entonces, a usted Semen Vasílievich… ¿le gustan las negras?
—Sí, me encantan las negras—. Su voz, aunque era baja y parecía un poco rugosa como un viejo nabo, resultó agradable. Antón Ivánovich contrajo el labio inferior porque el bigote canoso le cosquilleaba la nariz, la cual tenía una punta roja, con una hendidura. Les dirigió una mirada a los funcionarios y haciendo una pausa justa se carcajeó con fuerza.
—¡Ja, ja, ja! ¡Le gustan las negras! ¡Ja,ja,ja!
Y se rieron todos con cordial ánimo y el gordo y sombrío Polsikov, que no sabía reírse, dolorosamente chilló: “!Ji,ji,¡ji! Semen Vasílievich  también se carcajeó suave y pausadamente como un garbanzo seco. Enrojeció, grotesco, de gusto, pero temiendo al mismo tiempo que hubiera alguna complicación.
—¿Lo dice en serio?—preguntó Antón Ivánovich dejando de reír.
—Muy en serio. En ellas, en esas mujeres negras, hay algo fogoso, o, cómo explicárselo, exótico.
—¿Exótico?
Y otra vez todos se burlaron espurreando, pero al reírse comprendían que Semen Vasílievich era, incluso, un hombre educado, puesto que sabía esa rara palabra exótico. Después, comenzaron a demostrar animadamente que no se debe amar a las negras: son negras, aceitosas, tienen los labios demasiado gruesos, y su olor es diferente.
—¡Pues, a mí me gustan!—con modestia insistió Semen Vasílievich.
—Al libre pensador, cordura—Decidió Antón Ivánovich—. Preferiría amar a una cabra que a esa negra.

Pero a todos alegró, que, entre ellos, con derecho a ser su amigo, se encontrara un hombre original, que en verdad amaba a las negras y por esa razón pidieron media docena de cervezas y en la mesa de al lado, en la que no había gente original, empezaron a mirar con desconfianza. Comenzaron a hablar alto y claro, pero Semen Vasílievich sin prender la cerilla para su cigarrillo, esperó a que el lacayo le diera fuego. Cuando se bebieron la cerveza y pidieron más, el gordo Polsikov miró con crudeza a Semen Vasílievich y con reproche dijo:

—¿Por qué, estimado Kotélnikov, seguimos hablándonos de usted? Parece que trabajamos en el mismo departamento. Si es una persona decente, tomemos a la brudershaft.
—Dígnese. Yo lo haré con mucho gusto—. Aceptó Semen Vasílievich. Radiaba de alegría porque, por fin, lo habían visto y valorado, mientras él temía que lo golpearan y sostenía altas las manos sobre el pecho para defender, en caso de necesidad, su rostro y el peinado. Después de Polsikov bebió el brudershaft con Troisky, Novoselov, los otros, y los besó tan fuerte que hasta los labios se le hincharon. Antón Ivánovich no bebió al brudershaft, pero con cordialmente anunció:
—Cuando esté por nuestros lares, visítenos. Aunque le gusten las negras, tengo dos hijas. A ellas les interesaría verle.
— ¿Lo dice en serio?

Semen Vasílievich hizo una reverencia y, aunque estaba un poco mareado, todos notaron que tenía buenas maneras. Para despedir a Antón Ivánovich bebieron un poco y después, ruidosamente, el grupo se fue por la avenida Nievski y no le cedieron el paso a nadie, al contrario, obligaron a todos los paseantes a abrirles paso. Semen Vasílievich caminó en medio abrazado de Troitsky y al triste Polsikov le explicó:

—No, hermano Kostya, tú no lo entiendes. Las negras tienen algo especial, cómo explicarlo, ah, algo exótico.
—Y no quiero entenderlo—dijo Polsikov—, una negra es una negra y nada más.
—No, hermano Kostya, para eso se necesita tener gusto. Las negras, ellas, hermano…—hasta ese día Semen Vasílievich no había pensado nunca en las negras y no podía aclarar, que era lo que tenían de bueno y repitió:

—Ellas, hermano, son fogosas.
—¡Por qué discutes, Kostya!—enfadado dijo Troitsky tropezando y chapoteando con sus chanclos de invierno, eres un buen argumentador, pero no te va. Significa que él sabe por qué le gustan. Ve, Senya, amalas y no escuches a los torpes. Tú eres nuestro as, ahora mismo armamos un escándalo. Vaya con Dios, ¡qué demonios!
—Una negra es una negra y nada más— lúgubre insistió Polsikov.
—No, Kostya, tú no lo entiendes…—le explicó brevemente Semen Vasílievich y así anduvieron balanceándose, mirándose, discutiendo y empujándose y estaban muy a gusto. Una semana después, todo el departamento sabía que al funcionario Kotélnikov le gustaban las negras y un mes después se enteraron los porteros de las casas vecinas, los delegados y guardias municipales en las esquinas. Acudían a mirar a Semen Vasílievich las damas de las sucursales vecinas que trabajaban en la empresa Remington y él permanecía tranquilo, sentado y no sabía con seguridad si lo alabarían o lo golpearían. Una vez, asistió a una velada de Antón Ivánovich. Tomó té con mermelada de cerezas en un mantel de Kamchatka nuevo, y explicó que las negras tenían algo exótico. Las mujeres se confundieron y la hija del anfitrión, Nastenka, que leía muchas novelas románticas, se entonó, con sus ojos miopes y acomodándose los rizos, para preguntar:

—Pero ¿por qué?
Y todos se alegraron, pero cuando el interesante invitado salió, hablaron de él con mucha pena y Nastia lo llamó víctima de  una pasión dañina. A Semen Vasílievich le gustó Nastenka, pero como a él le gustaban las negras, decidió ocultarlo y fue amable; pero frío y poco comprometido. Todo el camino pensó en las negras que eran oscuras, aceitosas y desagradables. Al imaginar que besaba a una de ellas sintió picor y le dieron ganas de llorar y escribirle a su madre, quien vivía en una provincia, para que lo visitara; pero durante la noche venció su ataque de cobardía y a la mañana siguiente se presentó en la oficina. Por su corbata roja y su misteriosa expresión de la cara, estaba claro que ese hombre amaba a las negras. Sin duda alguna Antón Ivánovich, decidido a influir en su destino, le presentó a un reportero teatral que lo invitó gratuitamente a un espectáculo y le presentó al director Jacob Du Clot.

—Mire, este hombre—dijo el reportero, avanzando delante de Semen Vasílievich que iba inclinado con modestia—. A él le encantan las negras. Nadie más que las negras. Asombrosamente original, usted, Jacob Ivánovich motívelo porque si a estos no los motivamos ¿a quién deberíamos? Eso es, Jacob Ivánovich, una labor social. El reportero le dio unas palmadas en la estrecha y restirada espalda, y el director, con unos bigotes negros valerosos  dirigió la mirada al cielo como si estuviera buscando algo, hizo un gesto decidido y apuntando con los ojos negros al funcionario que seguía ladeado dijo:

—¡Negras! Es maravilloso. Ahora mismo tengo tres negras.
Semen Vasílievich palideció un poco, pero el señor Jacob amaba su empresa y fingió no notarlo. El reportero preguntó:
—Sí, señor Jacob Ivánovich, dele una entrada gratuita. De temporada.

A partir de esa noche Semen Vasílievich comenzó a pretender a Miss Cowlright  que tenía las pupilas como ciruelas pasas y los contornos de los ojos blancos como platos hondos. Y cuando ella lo veía, girando lentamente sus armas esféricas, le giñaba y a él se le entiesaban las piernas y saludaba con prisa brillando por la engomada cabeza de la mujer y con pena recordaba a su madre que vivía en provincia. Miss Cowlright no entendía el ruso en absoluto, pero por suerte halló varios traductores voluntarios, los cuales se tomaron muy a pecho los intereses de la joven pareja y con exactitud le transmitían a Semen Vasílievich los comentarios de la muchacha negra.

—Ella dice que nunca había visto un caballero tan atento y guapo, ¿verdad?”
Miss Cowlright inclinaba la cabeza con frecuencia mostrando sus anchos dientes como teclas de piano y movía a todos lados los platones de sus ojos.
Y Semen Vasílievich también movía la cabeza inconscientemente y susurraba:
—Dígale, por favor, que las negras tienen algo exótico.
Todos quedaron conformes cuando Semen Vasílievich le besó la mano a la mujer por primera vez.  Se reunieron a mirarlos casi todos los artistas, muchos espectadores y, un comerciante viejo, Bogdán Korneich Seliverstov enaltecido por un sentimiento patrio. Después, bebieron el champagne y dos días Semen sufrió de una incómoda taquicardia y no se apareció por la oficina. Sin resultado intentó varias veces escribir una carta:

“Madre querida…” Así empezaba, pero por la debilidad no podía terminarla. Cuando se apareció por la oficina lo llamó su excelencia. Semen Vasílievich se alisó el pelo que se le había parado durante la enfermedad, se retorció las puntas oscuras del bigote para hablar con claridad y muriéndose de terror entró.

—Escuche. ¿Es verdad lo que me han dicho de que…?—su excelencia tartamudeó—. ¿Es verdad que a usted le gustan las negras?
—Así es, su excelencia.
El general centró su mirada en sus sienes, en la mitad lisa donde se levantaban y se agitaban dos pelos; lo cual le sorprendió un poco, pero continuó con aprobación y preguntó:
—Eh, dígame, ¿por qué le gustan?
—No lo sé, su excelencia —respondió Semen Vasílievich porque lo había abandonado el valor.
—Es decir, ¿cómo que no lo puede saber? ¿quién puede saberlo? Eh, no se avergüence, estimado, a mi me gusta ver en mis subordinados la independencia, siempre y cuando no rebasen las leyes. Dígamelo con sinceridad, como si se lo confesara a su padre, ¿por qué le gustan las negras?
—Ellas, su excelencia, tienen algo exótico.
Esa misma noche, en su sitio del club inglés, su excelencia, repartiendo las cartas con sus manos blancas e hinchadas, con actitud un poco burda apuntó:
—En mi cancillería hay un funcionario que ama locamente a las negras. Un simple escribiente, ¡imagínense!

Tres generales sintieron envidia porque en sus cancillerías había muchos funcionarios, pero todos eran comunes y descoloridos, no originales y de los cuales no se podía contar nada. Anatoli Petrovich verde de envidia pensó mucho y sin pedir cartas se quedó con cuatro y esperó la siguiente repartición y dijo:

—También mi verdugo : La mitad de su barba es negra y la otra pelirroja, pero todos comprendieron que la victoria era de su excelencia: el verdugo no es el culpable de que tenga la mitad de la barba negra y la otra pelirroja y, con seguridad, él mismo no está satisfecho, pero el mentado funcionario, de forma independiente, por su propia voluntad, ama a las negras, su deseo, sin duda alguna, demuestra sus originales preferencias. Pero su excelencia, como si no se diera cuenta de nada, agregó:

—Afirma que las negras tienen algo exótico.

La existencia, en el segundo departamento, de algo tan original y sorprendente lo hizo muy popular y a los funcionarios de la otra capital, como sucede por lo común, les provocó que se hicieran sus imitadores. Un escribiente canoso y con familia numerosa, del sexto departamento, que llevaba veintiocho años detrás de su mesa sin que nadie lo notara, anunció que sabía ladrar como perro y cuando todos se burlaron de él ladrando, gruñendo y relinchando quedó muy confundido y se puso a beber durante dos semanas. Hasta se olvidó de entregar su reporte de baja por enfermedad como lo había hecho durante sus largos veintiocho años de servicio. Otro funcionario, muy joven, fingió estar enamorado de  la esposa de un emisario chino y por un tiempo atrajo la atención general e incluso compasión, pero los mirones astutos pronto distinguieron las imitaciones miserables y penosas por su poca originalidad y los desafortunados fueron aislados a su anonimato del pasado. Hubo otros intentos del mismo tipo y, en general, ese año entre los funcionarios se notó una mejora en el ánimo. La abundante nostalgia por la originalidad asaltó a los jóvenes y en algunos casos les trajo lamentables consecuencias, un canciller, hijo de buena familia, no pudo decir nada original y le gritó insolencias al jefe y fue suspendido de sus funciones. Al mismo Semen Vasílievich le surgieron enemigos, que abiertamente declaraban, que él no sabía nada de las negras. Pero la respuesta se salió en un diario en el que Semen Vasílievich públicamente afirmaba, con permiso de sus superiores, que él amaba a las negras porque tenían algo exótico. Y la estrella de Semen Vasílievich brilló con un nuevo y lúcido colorido.

Ahora en las veladas de Antón Ivánovich era el comensal más solicitado y Nastenka lloró amargamente varias veces por su juventud perdida y él, sentado con orgullo en medio de la mesa sintiendo que todos le dirigían sus miradas puso una cara melancólica y, al mismo tiempo, exótica. Y todos, hasta el mismo Antón Ivánovich y sus invitados, incluso la abuela sorda que limpiaba la vajilla sucia en la cocina sintió satisfacción de que un hombre tan original fuera su invitado. Sin embargo, Semen Vasílievich volvía a su casa y lloraba hundiendo el rostro en la almohada porque amaba a Nastia y odiaba con toda el alma a miss Cowlright. En vísperas de la Pascua empezó a correr el rumor de que Semen Vasílievich se casaría con la negra miss Cowlright, la cual acogía la religión ortodoxa y dejaba de trabajar para Mr. Jacobo Du Clot  y que su padrino sería su excelencia. Los solicitantes y porteros felicitaron a Semen Vasílievich y él se inclinaba, no tanto como antes, pero con galantería y su cabeza calva brillaba bajo los rayos del sol. En la última velada, antes de la boda, a ojos de Antón Ivánovich era un héroe y sólo Nastenka cada media hora corría a llorar en su habitación, después de lo cual se empolvaba la cara para que después se le diluyera su talco, como harina fina en las levitas de sus dos vecinos, blanqueándolas.  Durante la cena todos felicitaron al novio y bebieron a su salud y el abstraído Iván Ivánovich dijo:

—Hay una cosa que es interesante, hermano, ¿de qué color serán tus hijos?
—Con franjas—sin ánimo dijo Polsikov
—¿Como que con franjas?—se sorprendieron los invitados.
—Una franja blanca y otra negra, una blanca y una negra— dijo desesperanzado Polsikov quien sentía lástima de su amigo con todo el corazón.
—¡Eso no puede ser!—dijo indignado Semen Vasílievich y Nastenka, sin poder contenerse, atropelladamente, abandonó la mesa lo cual produjo un murmullo general.

Dos años Semen Vasílievich fue el hombre más feliz y todos se regocijaban al verlo y recordar su destino poco común. Una vez fue recibido por su excelencia y obtuvo una jugosa subvención por el nacimiento de su hijo, después sin haber entrado a concurso, fue ascendido al nivel de auxiliar de emisión de la cuarta mesa. Y su hijo no nació con franjas, sino un poco gris, mejor dicho, aceitunado. Y a todos les comentaba cuánto amaba a su esposa e hijo, pero no se apresuraba en volver a su casa y al regresar no se decidía a tocar el timbre y cuando en el umbral lo recibían unos dientes como teclas de piano y unos ojos como blancos platos giratorios y su cabeza bien peinada y lisa se apoyaba en algo negro, aceitunado con olor a almizcle, lo invadía un sentimiento de nostalgia y pensaba sobre las personas que tenían esposas e hijos blancos.

—¡Querida!—decía con resignación dejando a su mujer parada para ir a ver a su hijo. Odiaba al bebé con labios gruesos, de color gris como el asfalto, pero con sumisión lo cuidaba deseando en el fondo de su alma dejarlo caer al suelo. Después de dudarlo mucho y con sudorosos respiros le escribió a su madre que vivía en provincia sobre su matrimonio y sorprendentemente recibió una respuesta alegre. A ella también le gustaba que él fuera un hombre tan original y que su excelencia hubiera sido su padrino. Con respecto al cuerpo negro y desagradable olor dijo lo siguiente: “Aunque la cara tenga de oveja, de humana alma está hecha”.  Dos años después Semen Vasílievich falleció de tifo. Moribundo mandó llamar al sacerdote de la parroquia y éste miró con curiosidad a miss Cowlright se acomodó la enorme barba y con tono importante dijo:
—Ajá.
Se notaba que respetaba a Semen Vasílievich por su originalidad, aunque la tenía por pecadora. Cuando el padre se inclinó hacía el moribundo, este reuniendo todas sus fuerzas abrió mucho la boca para gritar:

—¡Odio a esta negra del demonio! —Pero recordó a su excelencia, las subvenciones, recordó al noble Antón Ivánovich y a Nastenka, miró el negro rostro cubierto de lágrimas de su mujer y dijo muy bajo:
—Yo, padre, adoro a las negras. Tienen algo exótico. Con las últimas fuerzas pudo adornar su huesudo rostro con una especie de risa de felicidad y con ella en los labios se murió. La tierra lo recibió con indiferencia, sin preguntarle si amaba a las negras o no, se redujo a polvo su cuerpo y mezcló sus huesos con los restos desconocidos de otros muertos y destruyó las huellas del alto cuello de cartón. En el segundo departamento durante mucho tiempo se conservó el recuerdo de Semen Vasílievich y cuando los solicitantes empezaban a aburrirse el portero los llevaba a fumar a su buhardilla y les contaba sobre el hombre asombroso que amaba con locura a las negras. Y a todos les producía placer la historia.                              

sábado, 21 de julio de 2018

El abogado del diablo


Iliós Therinós llegó un poco nervioso a su encuentro. Lo hicieron esperar media hora porque el encargado de comisionarlo estaba ocupado en una reunión importante. Hacía tiempo que Iliós no tenía una tarea semejante. Era por los grandes cambios sufridos dentro de las instituciones. En su juventud había estudiado teología, sus publicaciones habían despertado la curiosidad de la iglesia y lo habían llamado, al principio para excomulgarlo y, después, para perdonarlo y ofrecerle el puesto de defensor o argumentador del mal. Con la modernidad había llegado una nueva filosofía tolerante que ya no requería de los lúcidos razonamientos de Iliós, quien se había dedicado en cuerpo y alma al estudio de las religiones y la antropología. Lo hicieron entrar en un amplio salón. Vio los muebles con lujosos tapices de flores, una mesa muy grande y las paredes decoradas con bellas pinturas. Reconoció una naturaleza muerta al estilo holandés y se le despertó el hambre al ver el vino y la pierna ahumada que se veía tan apetitosa como una real. Sintió la mirada de un hombre flaco. Lo saludó y se le acercó para verse en la penosa necesidad de sonreír y rechazar la mano huesuda que se le ofrecía para besarla. Era el Cardenal Mantini que ocupaba el puesto de vocero del papa y tenía un historial muy escabroso, sin embargo, era intocable y se hubiera preferido el derrumbe de la iglesia de San Pablo antes que revelar los pecados de dicho personaje. Iliós se sentó y esperó a que su interlocutor terminara de dar una enorme lista de instrucciones a un hombre que lo escuchaba con paciencia y la mirada baja.

 “Seguro que le ha sorprendido que acudamos a usted en estos momentos, señor Iliós—dijo con la boca entrecerrada el cardenal a quien, al parecer, la última embolia le había dejado paralizadas algunas partes de la cara—. Le explicaré de la forma más breve el motivo de nuestro llamado. ¿Qué tal domina el Nuevo Testamento? —El cardenal sonrió y con ojos de juez imparcial obligó a Iliós a callar mostrándole la palma de la mano—. Seguramente sabe lo que está sucediendo en el mundo, ¿verdad? Si ha leído los periódicos de los últimos meses se habrá dado cuenta de que la humanidad está en peligro—. Iliós sabía que con un hombre como el que tenía enfrente era necesario controlar hasta la más mínima reacción y todos los gestos de la cara, por eso había permanecido con el cuerpo erecto y la cabeza baja escuchando con atención. El único movimiento que se permitía era el de subir y bajar la cabeza afirmando lo que se le comunicaba en forma de preguntas—. La misión que le hemos preparado será muy bien remunerada, en caso de que logre el éxito, claro. Ya no tendrá que trabajar jamás. Para que lo entienda le diré que se trata de descubrir si es real la anunciación del Mesías que pregonan hoy algunos hombres en la tierra. Como bien sabe—continuó tratando de darle más elocuencia a su voz balbuciente—, en varios continentes y bastantes países han surgido hombres que se autodenominan como Cristo. Eso, está de sobra decírselo, es muy peligroso para todos, por lo que me gustaría que se encargara usted de desmentirlos y mandarnos un informe detallado de sus argumentos en cada caso. No me mire así, sé que es demasiado trabajo, pero le hemos preparado una lista de los más peligrosos, es decir, los que bien podrían ser Cristos reales. Está de sobra decirle que es un asunto muy delicado por el perjuicio que le acarrearía a la iglesia que uno de esos falsos mesías fuera verdadero. ¿Me entiende? Mire, la casa de Dios se ha encargado durante más de mil años de mantener el control de la humanidad. Si de pronto fuera cierto que Cristo ha vuelto ¿qué pasaría con todos nosotros, se lo imagina? Es por eso por lo que le pedimos que haga su trabajo lo mejor posible. No tiene tolerancia de error. Sus conclusiones deben ser exactas y con argumentos irrevocables. En caso contario nos meterá en dificultades. No quiero influir en usted y entiendo que es todo un profesional, pero en caso de que nos complique la vida, yo seré quien se encargue de ultimarlo. ¿Está claro?— Iliós siguió moviendo la cabeza en señal de afirmación y cuando quiso hablar recibió otra vez la orden de callar, pero en lugar de la palma huesuda del cardenal vio una hoja con una lista de nombres—. Tome esto y váyase. Encantado de verle, señor Iliós. Hasta pronto”.

Iliós abandonó la hermosa catedral y salió hacía su hotel. Había mucha gente paseando. Los turistas se tomaban fotos y se santiguaban. Hacía bastante sol y la plaza con adoquín de mármol reflejaba la luz como un gran espejo. Al pasar por una terraza se le llenó la nariz de una agradable fragancia de hierbas y se detuvo para comerse una ensalada y un trozo de pizza con vino. Mientras masticaba con lentitud su comida empezó a leer la lista de nombres que le había dado el cardenal. Un pasaje bíblico se convirtió en humo de café ante sus ojos. Era aquella frase de Mateo en la que hacía referencia a los charlatanes que se auto denominaban mesías. Miró con alegría a los paseantes y  trató de descubrir en ellos un halito de fe, pero comprendió que el hombre normal recuerda a Dios sólo en los momentos difíciles. Los pordioseros, que eternamente extendían la mano para que alguien les ayudara a sobrevivir, eran los únicos que no se alejaban nunca del señor; sin embargo éste ya les había dicho que la política de inmigración, la economía y las dictaduras eran cuestión de los gobernantes y no podía hacer nada, que ellos mismos debían actuar. “¿Dónde está aquel Yahvé que prometió una tierra pródiga?—se preguntarían esos pobres diablos—. ¿Dónde está nuestra tierra prometida?”. Estaba claro que Mantini temía que alguien por allí, ya hubiera encontrado la respuesta y fuera reuniendo a su rebaño para llevarlo al paraíso en la tierra.

Miró los nombres de los mesías falsificados y vio que ya estaban ordenados por continentes con sus respectivos países, organizaciones y ubicación. Lo único que tenía que hacer era elaborar una ruta e investigar las características de cada uno de esos impostores. Suponía que ya habían pasado la prueba de su origen y, a él, le tocaba indagar cosas como: el período en el desierto, la entrada en algún Jerusalén, los milagros con el pan y el pescado y, sobre todo, el celibato y la presencia de sus apóstoles y una María Magdalena. En Australia vería a WeyB que, a pesar de haber pecado con menores, tenía una fuerza arrolladora que hacía temblar a toda la comunidad cristiana. En Malasia estaba AriMo, quien uniendo varias corrientes filosóficas había demostrado que se podían hacer curaciones sencillas de forma astral. Iliós fue elaborando un plan para cada miembro y se levantó para ir al hotel y preparar sus cosas. Quería salir esa misma tarde. Solicitó un billete de avión a Malasia y otro a Australia. Así empezaría investigando a los dos mesías más destacados y luego iría eliminando a los menos originales.

En el trayecto vio a un hombre con unas sandalias viejas y se las compró, luego se metió a una tienda de ropa de segunda mano y buscó alguna túnica de algodón. Encontró una, pero tenía unos estampados hippies y pidió que se la envolvieran. Ya en su habitación sacó una botella de alcohol potable y comenzó a limpiar las sandalias que tuvo que pegar y coser después. Se miró en el espejo. No tenía el pelo largo, pero decidió no lavárselo ni cortárselo hasta que terminara su misión. Tampoco debía afeitarse y echó los afeitadores a la basura. Empacó sus pertenencias y bajó a coger el taxi que lo llevaría al aeropuerto. Su vuelo tardó más de diez horas. Cuando salió del aeropuerto sintió el fuerte calor y la humedad. Preguntó por el barrio más barato y popular. Un taxista lo llevó y le dio la información necesaria sobre el líder religioso que se había asentado a unos trescientos kilómetros de la capital en una población que llevaba el nombre de “El paraíso del cielo”. Al preguntarle cómo ingresar en la secta, le dijo que sólo lo conseguiría con la ayuda de algún miembro de la organización. Cada sábado—le comentó el taxista—se reúne uno de sus representantes en un auditorio donde crean adeptos. Les hacen unas pruebas y si las pasan, los conducen después al tal paraíso del cielo. Iliós le pagó por el trayecto y la amena conversación, cogió su maleta y alquiló un pequeño cuarto en un hostal de mala muerte. Se quitó la ropa, se puso la túnica y las sandalias y salió rumbo al sitio donde el representante de AriMo recibía a la gente. Se acercó con prudencia, a cada paso hacía reverencias y saludaba con las palmas unidas. Pronto tuvo la oportunidad de hablar con el hombre gordo y moreno que dirigía a sus feligreses.

“He tenido una visión hermano—le dijo Iliós muy cerca del oído—. En mis sueños he visto a un hombre como tú que me dijo que me podía llevar a conocer al mesías”. El hombre se quedó muy pensativo y comenzó a hacerle preguntas relacionadas con la abstinencia, la fe, la bondad, la no violencia y otras cosas relacionadas con las enseñanzas de Jesús. Todas las respuestas de Iliós fueron adecuadas, incluso lúcidas. El hombre le pidió que volviera al día siguiente para poder llevarlo al encuentro con el hombre santo, el hijo de Dios. Iliós se retiró con pasos cortos y la cabeza baja. Su figura desapareció despacio, como si se estuviera hundiendo en la arena. Nadie le puso mucha atención. Se oyó un cántico y la potente voz del emisario de AriMo que animaba a la gente a arrepentirse de sus pecados. Iliós tenía la costumbre de meditar en calzoncillos, así que en cuanto entró en su cuarto, cerró las ventanas, se desnudó y sentado en el piso como un samurái cerró los ojos y empezó a ordenar sus ideas. Primero, repasó las cosas que sabía de la anunciación, los milagros de Jesús y su crucifixión, los analizó con paciencia y fue amoldándolos a una cultura de creencias budistas. Encontró un punto de apoyo muy fuerte que consideró como el eje en el cual apoyaría su teoría para hablar con AriMo. Presentía que el hombre le pondría acertijos y si no los resolvía de la forma adecuada despertaría sospechas. Dos horas meditó y se grabó los puntos fundamentales de su argumentación.

Llegó a la hora indicada. Lo estaban esperando el gordo y un chofer muy flaco en una camioneta muy grande. Lo subieron en la parte trasera que iba al descubierto. Le recomendaron que se sujetara bien por que el trayecto sería muy duro y pasarían por carreteras y caminos muy accidentados. En efecto, todo fue como se lo predijeron. Tenía el culo destrozado y le dolían los muslos por tratar, sin éxito alguno, de amortiguar o evitar los golpes. Bajó despacio y fue conducido a una pequeña choza en la que le dieron un trozo de pan, arroz y té. Engulló todo de pie mientras una mujer muy morena le seguía los movimientos de la quijada con ojos absortos. Notó a un joven adolescente con cara de gato que estaba apoyado en el umbral de la puerta, éste lo miró y le preguntó si ya estaba listo para el encuentro. Iliós dijo que si y a continuación tuvo que seguir al muchacho que daba grandes zancadas. Subió por unas pendientes y se le acabó el aliento. Respirado con dificultad vio que le ofrecían una silla. Levantó la mirada y descubrió a AriMo. Estaba radiante, con el pelo embadurnado de aceite de coco y la piel muy quemada. Iba vestido de paisano y sus dientes brillaban de alegría tanto como su rostro.

—Me han dicho que deseas conocerme, hermano.
—Sí, maestro, es que he tenido una visión.
—Y ¿qué visión es esa?
—Te he visto a ti. He oído una voz, que parecía venir del cielo, y me decía que tenía que buscarte por que tú eres la verdad.
—Ah, eso dicen todos. ¿Cómo sé que no me mientes?
—Mirando mi corazón, maestro—Iliós cogió la mano de AriMo y se la llevó al pecho.
—Siento la verdad en tu mirada. ¿Quieres entrar en el paraíso?
—Es mi único deseo, maestro.
—Tendrás que pasar algunas pruebas, ¿sabes?
—Sí, maestro. Eso me dijo el arcángel, que tendría que encontrar la verdadera fe.
—Está bien. Vamos a aquella montaña.
—Sí, maestro, como usted diga.
—No me digas maestro. Usa Ari, para dirigirte a mí.
—Está bien, Ari.

En seguida se levantaron y emprendieron la marcha. El sol se estaba poniendo y el viento era tibio y flácido. Las palmas estaban estáticas y el polvo y la arena parecían inertes. Avanzaron despacio y AriMo empezó a hablar de las debilidades del hombre. Dijo que era necesario luchar contra las pasiones del cuerpo, los temores y los apegos carnales. Iliós sabía que lo pondrían a prueba y que necesitaba tener la sangre fría para lo que le pusieran. Trató de sonreír cuando su acompañante le dijo que estaría dos días dentro de una cueva sin ver la luz, comer o recibir ayuda en caso de que lo picara una alimaña. Su cometido era más importante que cualquier cosa y tenía experiencia. Las circunstancias adversas y los sufrimientos lo habían forjado. Llegaron a un túnel que había entre la vegetación. “Es allí—dijo el iniciado—. Ve hasta el fondo de esa gruta y permanece allí hasta que te saquemos”. Lo hizo como se lo indicó su maestro. Caminó despacio con las manos extendidas para no chocar con las rocas. No llegó pronto llegó al fondo. Estaba muy fresco. No podía distinguir nada y comenzó a palpar todas las paredes para reconocer el espacio en el que tendría que pasar dos días. El silencio era algo tan sólido que se podía sentir con las manos. Se habló a sí mismo susurrando y decidió que sería mejor ocuparse de alguna tarea que le hiciera olvidar el tiempo. Cogió unas piedras pequeñas y las puso en hilera. Denominó cada una con concepto filosófico; después las iba tomando, las recorría por la superficie con las yemas de los dedos y decidió que cada protuberancia sería una pregunta. La tarea lo desconectó del mundo y pudo olvidarse de los lentos minutos que en otras condiciones lo hubiera martirizado. El problema más fuerte que se le presentó fue el hambre, tuvo que esforzarse en atrapar algunos insectos que se comió como si fueran un manjar. Al término del plazo estaba dormitando cuando notó que el mismo chico que lo había llevado a encontrarse con Ari le pedía que se levantara apuntándole la cara con la linterna. Salieron y Iliós pidió que lo condujera de la mano hasta que sus ojos pudieran soportar la luminosidad del sol. El muchacho lo dejó en una pequeña casa para que lo lavaran y le dieran de comer. Salió limpio, con el pelo húmedo de aceite, la piel limpia y el estómago lleno.

—¿A qué conclusión llegaste?—le preguntó AriMo.
—He descubierto muchas cosas, Ari—dijo alegrando la cara y mirando al cielo—. Ahora sé que el cuerpo puede ser una prisión y que los malos sentimientos y la perversión pueden ser producto de los demonios que se despiertan en nuestro cuerpo.
—Eso está muy bien querido hijo, pero ¿qué es lo más importante?
—Lo más importante, Ari, es que somos parte del universo. Dios es todo y al unirnos con él formamos parte de la eternidad. Nuestro objetivo en la tierra es hacer el bien y vivir en armonía para que podamos unirnos todos en el reino de Dios.

Ari no contestó, cogió a su alumno del brazo y lo llevó a un río. Puso las manos en forma de cuenco y lo bautizó. Se miraron con cordialidad y Ari comentó que serían primos como el Bautista y Jesús, y aclaró que sólo era en sentido figurado. Que nadie sería degollado ni menos crucificado. Se rieron con gusto y se fueron a prepara el sermón de la tarde. “Quiero que hoy hables tú, hermano—le dijo Ari cuando llegaron al poblado—. Por la tarde tenemos una reunión para recibirte en nuestra familia y me gustaría que nos sorprendieras con algo interesante. Ve a descansar y piensa lo que dirás”. Iliós tenía asignada una pequeña choza sin muebles, lo único que tenía era un colchón viejo en el piso de tierra y una especie de mesa improvisada con una caja de cartón. Se recostó y durmió un rato. Le dejó la tarea del discurso al cerebro y cuando despertó se lavó si éxito la cara. Se acomodó el pelo y se dirigió a la plaza en la que ya se encontraba la gente cuchicheando y riendo. Todos dirigieron sus miradas al nuevo miembro que, sin haber hecho proeza alguna, tenía casi el grado de su guía espiritual, fue por lo que Iliós llegó hasta el entarimado rodeado del silencio y la expectación.  Subió con cuidado y se enfrentó a la multitud. Tenía un micrófono al que tuvo que acercarse mucho para que su voz llegara hasta los últimos espectadores.

“Hermanos—dijo dándole una entonación dulce a su voz—, les agradezco su presencia. Quiero que sepan que he recorrido un camino muy arduo para llegar hasta aquí. Me vi como Job, privado de mi riqueza, después de mi familia y al final de la salud. Por fortuna, Dios me ha traído hasta aquí y siento que renazco. Sé que mi cuerpo no vale nada, que es el caparazón que protege mi alma, es decir, la esencia que el todopoderoso nos ha dado para vivir en armonía con nuestros semejantes. Antes creía en el dinero, el consumo y la vida holgada. La tuve y siempre fui soberbio. Humillé a mis criados, le negué la ayuda a los pobres, jamás escuché a las personas que me confiaban sus problemas. Un día lo perdí todo y me encontré en la situación de las personas que me pedían ayuda. La vida me llevó hasta ellos y cuando me vieron—en ese momento empezó a sollozar—…Cuando me vieron, me ofrecieron sus trozos de pan duro, su ropa ajada y sus casas de cartón. Entendí todo. Ellos no sentían rencor contra mí y me aceptaron como a uno de los suyos. Nadie me reprochó nada y me entregaron su corazón. Estuve con todos ellos y trabajé a su lado, les desvelé secretos que desconocían, progresaron. Algunos tuvieron éxito y ayudaron a sus hermanos. Salimos juntos del hoyo y al verme de nuevo ante la vida, brilló una intensa luz frente a mí y decidí encontrar a Ari Mo. Ahora le he confesado mis sufrimientos, le he abierto mi corazón y me ha aceptado. Quiero ser un hermano más entre ustedes. Si me lo permiten, siempre estaré dispuesto a sacrificarme por todos ustedes. ¡Qué viva el señor! ¡Qué viva nuestro nuevo Jesús en la tierra!

Después de tal confesión la gente se acercó a Iliós. Lo abrazaron los niños. Las mujeres y los ancianos le besaban la mano. Los hombres un poco recelosos lo miraban tratando de penetrar en su interior para descubrir la farsa, pero la mirada que les dirigía Ari les aclaró las dudas. Los llamó a todos y dio la orden de llamarlo El Apóstol, a secas. Así Iliós se convirtió en “El apóstol” del paraíso en la Tierra. Pasó una semana meditando, acompañando a Ari a todos los sitios a donde iba. Una noche Ari lo fue a despertar.

—Apóstol, despierta, despierta.
—¿Qué sucede Ari? ¿Hay algún peligro?
—No, Apóstol, no. Hoy es la noche de tu consumación.
—¿Consumación? ¿Qué significa eso?
—No te preocupes sígueme y lo verás.

Iliós se levanto despacio, se amasó la cara para deshacerse de la modorra, se lavó con el agua de su palangana y siguió a Ari hasta su casa. Había música y bailes, las mesas con frutas y comida estaban dispuestas cerca de la entrada, en el fondo del salón había unos sillones de cuero muy grandes y se oía música oriental. Parecía una fiesta al estilo antiguo. Varias mujeres con velos se paseaban meneando las caderas. Una de ellas se acercó a Iliós y lo condujo al lugar que se le había asignado. Le ofreció una copa de plata en la que había un ron añejo bastante suave y aromático. La mujer se sentó en sus piernas y le acarició el pelo. Iliós miró temeroso a Ari porque pensó que estaban poniendo a prueba su celibato. Le temblaban las manos y si no hubiera sido porque Ari se desnudó y mostró su cuerpo moreno y excitado, se habría desmayado. Fue testigo de la famosa iniciación que no era otra cosa más que una orgía.

“Te he escogido a tu primera esposa, querido hermano—dijo Ari acostándose en una alfombra con cojines muy grandes—. Ve a consumar la tarea que nos dio el señor: “Amaos y reproducíos”. Iliós quiso escaparse, pero dos mujeres lo desnudaron y lo comenzaron a limpiar con aceites y perfumes. Le pusieron una corona de flores y le dieron una bebida que le hizo perder el control. Perdió la noción del tiempo, se entregó al placer como un animal salvaje y amaneció tirado cerca de Ari.
Le dolía el cuerpo y no podía pensar. Se puso de pie y salió hacía su casa. Tardo bastante en llegar porque no podía mantener una dirección recta. En cuanto se abrió la vieja puerta de su choza, se tiró en su colchón y se volvió a dormir. Por la noche, volvió a encontrarse con Ari que estaba impávido, con los ojos brillantes. La seriedad del líder le causó un poco de desconcierto, sabía lo que le preguntaría su amigo Ari y pensó en la mejor forma de responder. “He descubierto otro de los secretos de Dios, hermano Ari—le dijo poniéndole la mano en el hombro—. Ayer con mi esposa Jade me di cuenta de que somos un ser que tiene dos objetivos en la vida. Uno es prolongar la especie y, el otro, prepararnos para la unión con lo divino. Ese es el significado del todo y a partir de allí nacen todos los principios. Por eso los mandamientos dicen: No matarás, ¡Es verdad!!Muy simple! Si mato le quito la oportunidad a un hermano de cumplir con su fin. ¡No desearás a la mujer de tu prójimo! ¡Está más que claro! Y todos los demás mandamientos lo…

Iliós no pudo seguir hablando porque Ari le tapó la boca y le dijo que tenía mucha suerte de haberlo aceptado como su amigo y confesor. Iliós no sabía a qué se refería cuando le decía que era su confesor y al preguntárselo. Obtuvo lo que buscaba. Ari le dijo que era un impostor, que por el odio hacía la injusticia de los gobiernos, el abuso de la iglesia y la desesperanza de la vida moderna había inventado todo lo del reino del paraíso en la tierra. “Solo contigo, esto comienza a tomar forma, hermano—le dijo Ari bajando la mirada—. Ya no sabía como seguir lavándoles el coco a mis adeptos y apareciste tú. Estando tú a mi lado gano confianza, me ilumina la sabiduría, me dan ganas de aplicar mis conocimientos y no me da miedo experimentar o fallar. Tu me has mostrado la luz”. Iliós se retiró, después de la conversación, a su nueva casa donde lo esperaba su ardiente esposa. Ella no lo dejó hablar y lo martirizó toda la noche proporcionándole placer. Se quedó dormido en la madrugada y soñó que volvía a ver al cardenal Mantini y le decía que podía estar en calma, que los famosos Cristos eran de carne y hueso y más débiles que cualquiera. Ya no sentía la necesidad de visitar a los otros prospectos porque si el más influyente se había quebrado, los demás no serían mejores. Su intuición filosófica lo había puesto todo sobre la mesa. Empezó a dar sus argumentos en contra de los supuestos iniciados. Mantini reía y hasta se despojaba de su casulla para sentirse a sus anchas. Su sonrisa se hacía diabólica, incluso Iliós lo veía con cuernos y cola. Entonces apareció la figura de un hombre pequeño, era él mismo, pero con bigotes de morsa y toga de juez. Empezó a hablar de la historia de la casa de Dios. La escritura de los evangelios, las represiones a los infieles, la división de católicos y ortodoxos, de judíos y árabes, el surgimiento de la Inquisición, la quema de brujas, los escándalos de la pedofilia y todos los papas represores, los Borgia, entre otros. Despertó sudando. Tenía a su lado el cuerpo tibio de su mujer que en posición de feto se protegía de la luz. Iliós se quedó mirando el techo. Había cumplido su cometido, pero la oferta de Mantini era como una burla, una vil trampa para ratones. Se había dado cuenta de que lo que deseaba el gran cardenal era seguir en el poder, seguir gozando de sus acciones del banco que tenía a su disposición, quería limpiar su imagen y hasta canonizarse él mismo. Era por lo que Iliós, el mejor abogado del diablo, había sido retirado de sus funciones para convertir en santos a todos los hombres buenos o malos que quedaran bajo la bendición del papa. “¿Qué es lo que debo hacer, Dios mío?—se preguntó mirando como si el blanco del techo fuera el cielo—. ¿Cuántas mentiras se han inventado para mantenernos como borregos? ¿De qué sirve que desmienta a Ari? ¿De qué sirve que lo proteja si al final es un impostor? ¿Dónde está la verdad?”.

Jade se despertó y se sorprendió al ver a su marido con el rostro tan serio. Le preguntó la razón, pero el calló. La abrazó y le dijo que nunca había soñado con tener una mujer tan hermosa. Iliós no le mentía, pues su vida sexual había sido muy pobre y jamás había pensado en el matrimonio ni en dejar herederos. Lo único que le había importado siempre era su trabajo y ahora sabía que su vida no había servido para nada. Le preguntó a Jade qué deseaba en la vida y ella sólo le contestó que su único deseo era recibir su bendición. Ella estaba convencida de que su marido era un apóstol de verdad, lo veía como a Mateo, tal vez. Iliós se sintió mal porque el peso de su farsa lo estaba doblegando. Miro la hermosura de Jade y deseó en verdad tener hijos y vivir a su lado. La abrazó y su calor lo reconfortó, incluso le preguntó si lo amaba. Cuando ella dijo que sí. La besó y cuando se desprendieron el uno del otro, Iliós se levantó de un salto y dijo que iba a ver a Ari. Cerró con un azotón la puerta empezó a correr. Por el trayecto, dijo en voz alta: “!Que se joda ese maricón de Mantini! ¡Ya verá quién es Ari!

miércoles, 4 de julio de 2018

Tchaikovski no se interpreta como Jazz, idiota


¿Le ha pasado alguna vez que oyendo una canción, se imagina una historia? ¿No? Pero qué dice ¿Se acuerda de Mariano? ¿No? ¿cómo es posible? Todo mundo lo recuerda por lo extravagante que era y…bueno, por su tragedia. Precisamente a él, las canciones le despertaban historias en la cabeza. A veces hasta las contaba en voz alta cuando escuchaba a Davis Miles, por ejemplo. Lo oíamos decir:

 “Ah, miren, miren eso. Ahí está la tarde lluviosa y triste, los coches transitan despacio y los limpiadores salpican sin cesar, la gente se oculta en los toldos y entradas de las tiendas, pero un hombre cabizbajo va sin poner atención en la lluvia. Avanza despacio, abstraído. Al parecer sufre, lo ha dejado su novia, esconde su tristeza debajo de su sombrero y su gabardina, pisa los charcos a propósito. Él camina, pero su alma está agonizante, inmóvil. Los demás no lo notan porque siguen el ritmo de sus apacibles vidas, nadie lo entiende. Habita en un infierno y sus sentimientos, tanto los buenos como los malos, son sus demonios. Su existencia suena a trompeta solitaria, un cántico en medio del desierto. Una voz solitaria que trata de llenar el aire con su amor y comprensión, pero se desvanece, no llega a los oídos de su amada, ni siquiera los que se cruzan con él o lo saludan son capaces de percibirlo. Se pregunta cosas sobre el amor y el odio, el respeto y fidelidad y la pasión y el engaño, la telaraña de la filosofía va creciendo. De nuevo ese ritmo de las gotas estrellándose contra el hormigón, es murmullo de Manhattan Transfer la melodía que escuchó Faulkner para componer su libro. Lo acompaña otro instrumento, es más bajo, más profundo, como los reproches de la conciencia, su Dios interior, castigándolo por su debilidad y sus pecados. Leyéndole los mandamientos y excomulgándolo. Condenándolo con el sermón: “Culpable, eres culpable por soñar, por amar demasiado y traicionar”. Sigue ese todopoderoso predicando desde su interior hasta que el pobre hombre revienta. Se sube el cuello de la gabardina y se baja el sombrero, clava la barbilla en el pecho y espera la salvación. Y llega, ahí está, viene en forma de teclas, las grandes blancas y las pequeñas negras. Es una ola de optimismo, hermosa baila con pasitos tan graciosos que hasta las gotas se ruborizan y se convierten en pequeños caballitos al trote. Se debilita la lluvia y aparece el sol y el hombre con canto metálico, con ese tono chillón conocido, barrita como elefante rosa”.

Así era Mariano y no sabíamos si era un músico que contaba historias o un escritor que las tocaba. El caso es que el grupo con el que tenía que interpretar estaba formado por Claudia, una mujer encantadora, pero congeniaba con Mariano sólo en la cama, en la vida cotidiana tenían muchos desacuerdos. Además, estaba Artemio, un baterista temperamental y muy meticuloso que se llevaba a las mil maravillas con Claudia. Arturo era el saxofón, esa voz interna con la que se mortificaba Mariano, eran medios hermanos y tenían un poco del temperamento de su padre, también músico. Alberto, un hombre flaco, ya entrado en años era el promotor y administrador del grupo. Participaba muy poco en los ensayos y sólo en contadas piezas ejecutaba sus interpretaciones que lo habían llevado a la gloria en décadas pasadas. Trataba de no molestar mucho y siempre encontraba un momento coyuntural para estimular la inspiración. Tenía el don de resolver el conflicto prolongado del trompetista y la vocalista. Era suficiente que hiciera una broma ingeniosa para que en los labios de Claudia se dibujara una sonrisa de Gioconda. Eso era suficiente para desencadenar una serie de temas que, por haber estado reprimidos en la cabeza de Mariano, salían como pequeños retoños y el grupo se aplicaba al cuidado y protección de cada nota. Era asombroso ver como esas carcajadas estimulaban los dedos de Néstor, el pianista que daba las primeras notas de lo que ya estaba madurado en los labios de Mariano. De esa forma, comenzaba la manifestación de la armonía de los sentimientos a través de soplidos, movimientos ágiles de los pies y la increíble voz de Claudia. Tenían éxito, aunque no eran un grupo muy popular. Tocaban en un café clase-mediero en el que pocas veces se veía personalidades. Sólo en una ocasión tuvieron la suerte de que un periodista se extraviara por allí y quedara fascinado por las ejecuciones del grupo y el cántico la espléndida cantante. Escribió, incluso, un artículo en el periódico, pero se publicó en un mal día porque otra noticia más importante la opacó demasiado. Tenían para vivir sin holguras y eran felices. Se llevaban bien y eran una pequeña familia que conservaba la cordura para poder sobrevivir.

Un día me dieron un nuevo empleo y tuve que abandonar el país. Lo último que supe de Mariano es que en una ocasión se le ocurrió proponerle a Claudia que interpretaran a Chaikovski en jazz. Ella, que tenía formación del conservatorio, puso el grito en el cielo y le dijo esa frase que nunca se nos olvidó. “Tchaikovski no se interpreta como jazz, idiota”. Se lo dijo en un ensayo en el que salió la propuesta y ni el ingenioso Alberto logró que hicieran las paces. Tal vez ese fue el momento en que surgió el verdadero conflicto porque a partir de aquel día las cosas cambiaron. Claudia era muy ordenada. A veces, como casi todas las mujeres, caprichosa. Una de sus virtudes era la de serle fiel a Mariano. Se había protegido con gran determinación de caer en los brazos de otro hombre que no fuera su odiado y, a la vez añorado, trompetista. Parecía que tenían una relación simbiótica, igual a la de una futura madre y su hijo en estado de gestación. Su amor era incondicional, pero la vida les ponía obstáculos que ocultaban ese amor que solo relucía en la cama. Tenían relaciones con frecuencia y era para ellos el paraíso. Un momento de extroversión de los sentimientos e interrupción de la música que les proporcionaba una felicidad real. Los músicos lo notaban cuando se reunían a media tarde para los ensayos. La trompeta sonaba nostálgica y alegre. Combinaba la sensación de la creación universal y la muerte. Sonaba erótica y tétrica en algunas partes. Claudia cerraba los ojos y parecía revivir los pasajes de la historia. Dejaba que se le cayera el pelo hacía el frente y dejaba la cabeza inclinada mientras sostenía una nota suave, luego levantaba el rostro, se separaba el pelo y miraba arriba del público, como si encima tuvieran una aurora boreal de color denso. Después, en la pausa que le tocaba, escuchaba con entrega los vientos, las percusiones y se movía al compás del piano mientras fumaba. De vez en cuando miraba a Néstor seductora, se alisaba el vestido, ya entallado, y hacía brillar la lentejuela con el movimiento de sus caderas. Todos sabían que se movía para motivar las notas de Mariano que de vez en cuando la miraba de reojo y sacaba las partes más ardientes. Los oyentes se derretían de compasión. La fuerza de la música removía los sentimientos y la gente se abrazaba, se besaba y se miraba con ternura. Claudia lloraba en silencio. Así, con la trompeta narrando los sufrimientos del hombre bajo la lluvia, el saxofón hablando como su conciencia, el bajo dirigiendo el paso del tiempo y el piano haciendo resurgir el optimismo; la excitación se transformaba en sudor estimulado por el calor de la voz de Claudia, el humo y el alcohol. 

Todo eso se acabó aquel fatídico día en el que apareció Chaikovski. Para Claudia era un sacrilegio pasar la composición del maestro a las vulgares y prosaicas notas de la trompeta. No sabía que Mariano lo podría hacer de forma genial. Cerró los oídos cuando él interpretó la danza de los cuatro cisnes mezclando humor y gracia a la ejecución. Ella se tapó las orejas diciendo que era un sacrilegio, pero los demás se contagiaron del ánimo fogoso y vital de la pieza, querían comenzar a interpretar y dejar que la improvisación fuera construyendo esa hermosa melodía, sin embargo, era imprescindible la autorización de Claudia. Ella se negó y con su actitud los dejó fríos. Hasta Artemio se vio en una encrucijada, ya que no podía dejar que una melodía acabara con su amor platónico para siempre. No hubo forma de convencerla. Mariano se encaprichó con su obra y tuvo que luchar contra sí mismo. No logró derrotarse porque cada encuentro en la cama terminaba al pie de ese montículo frustrado. Comenzaba a convencer a Claudia, pero ella era categórica.  Lo hacía a causa de su propia naturaleza. No podía permitirlo, durante la infancia y la adolescencia sus profesores de canto se lo habían dicho. Sabía distinguir lo que le pertenecía a la voz y lo que se les permitía a los instrumentos. No fue capaz de ceder y Mariano sintió fango en sus pies. Se fue manchando del barro que lo haría caer en un abismo sin fin. Claudia no pudo convencerlo, él aceptaba sus argumentos y seguía escapándose en otras piezas. Una noche se ahogó en una oleada de hiel y se puso a improvisar en medio del escenario, los demás creyeron que ya lo había acordado en secreto con su amante y dieron rienda suelta a la interpretación. La gente se quedó pasmada porque reconocían la pieza clásica y ésta les parecía mejor, más contemporánea, más burda e irrespetuosa como la vida misma. Aplaudieron mientras Claudia abandonaba el escenario apretando con sus dedos el cigarrillo. No fue ella quien desapareció para siempre esa noche, sino Mariano a quien nadie vio en el momento de su partida. Cegado por la demencia, furia y la falta de solidaridad de su vocalista y amante, se fue a dar un paseo sólo. Claudia lo esperó toda la noche y la siguiente. Mariano nunca se había ausentado. Un mal presagio llenó los estómagos de los componentes del grupo. Llamaron a la policía, buscaron por todos los rincones de la ciudad y Mariano no apareció.

Hoy, después de veinte años de aquel suceso he vuelto porque el grupo se ha reunido de nuevo y van a interpretar la pieza. Mire, aquí está en el programa. Se llama así, ¿lo ve? Bueno, ya han salido al escenario. ¡Cómo han cambiado! Oiga ¿será posible que Claudia no se haya refugiado en Artemio? ¿Qué cosa? ¿Usted no sabe nada de ellos? Está bien, ya me voy a callar. Ah, esa pieza la conozco. Ahí está el hombre de la gabardina, la lluvia caerá pronto, las calles son grises…

lunes, 2 de julio de 2018

Personalidad oculta


Czeslaw llegó solo al lugar del crimen. Iba de mal humor porque le habían dejado investigar los casos de Gerwazy, quien estaba de baja por problemas de salud, pero no tenía malestar alguno. La verdad era que el jefe del departamento de homicidios lo había suspendido dos semanas por haber faltado al reglamento. El inspector Borowski, como llamaban a Gerwazy, llevaba varios años en el servicio y siempre había cumplido con eficiencia. Su mente era muy perspicaz y se podría decir que adivinaba los procedimientos delictivos de todos los asesinos que buscaba, incluso parecía llevarles la delantera. Lo único que no podía hacer era evitar los crímenes. En su despacho llevaba un archivo muy depurado. Su equipo de soplones recibía recompensas por la información que mandaban en tarjetas postales, notas anónimas y todo tipo de codificaciones. En el departamento sabían que era el detective más fiable de toda la ciudad y que en cualquier momento podría sustituir al caduco Román Sikorski que a sus sesenta y cinco años se negaba a retirarse. «Me moriré de aburrimiento en la jubilación—decía muy serio y preocupado mientras los demás se reían—, sería insoportable vivir en el abandono después de haberle entregado toda mi vida a este trabajo». Todos lo entendían y cuando analizaban su propia situación admitían que muchos de ellos llegarían igual o peor a ese estado vergonzoso.

Czeslaw abrió la puerta y se quedó de piedra. Al principio creyó que le habían dado mal la información, pero releyó tres veces la nota y confirmó que todo era correcto. «¿Quién está haciéndome esta maldita broma? —farfulló mientras se ponía un cigarrillo en la boca—. Es lo único que me faltaba. Se suponía que debía encontrar a una anciana prestamista con el cráneo partido por un hacha. Era verdad, lo había pensado, coincidía con una novela clásica rusa, pero…». Esa era la causa de su enfado. Mandarlo a investigar el asesinato de una anciana y darle pistas del sospechoso era demasiado para una investigación de verdad. Se quedó parado mirando a su alrededor. Notó que la puerta que tenía enfrente estaba entornada. Una corriente extraviada y fría entró por algún lugar. Avanzó y entró. El cuarto estaba vacío. Distinguió un camastro viejo cubierto con una manta sucia. Olía mal, a cadáver, pero no estaba el cuerpo. Encendió la luz y vio las paredes pelonas, el foco estaba tan lleno de polvo como la habitación. Pensó que alguien había muerto ahí, el tiempo había pasado como un líquido muy denso y el fiambre se había desintegrado por su efecto. De ser así, cuál era su misión, ¿tenía que investigar a quién había pertenecido el cadáver desaparecido? ¿o coger el camino en busca del asesino? Lo viera como lo viera todo indicaba que alguien se estaba burlando de él.

Trató de ordenar sus pensamientos. Elaboró varias escenas del crimen, siguió paso a paso las pistas imaginarias de cada una de sus variantes. Su hábito de perro de aguas lo obligó a fisgonear por todo el piso. No encontró nada que lo orientara sobre el asesino, así que se concentró en la víctima. Estaba claro que el muerto había vivido en la miseria lo cual no coincidía con la información del soplón. Estuvo más de media hora hurgando en sus deducciones hasta que volvió a la habitación. El olor nauseabundo le revolvió otra vez las tripas. Tenía que soportarlo, ya estaba acostumbrado a todo tipo de pestilencias, era una condición habitual, pero el olor rancio de la muerte junto con su mal humor le impedían razonar fríamente. Repasó centímetro a centímetro la habitación. Las paredes, los tres rincones sucios, el techo y, al final, otra vez la colchoneta desfigurada. La levantó para ver qué había debajo. Encontró trozos de pan fosilizados, colillas y envolturas de dulces, las últimas estaban como si las hubieran estado torturando durante años. Luego, algo increíble, un cuaderno que tenía algo indescifrable en el empastado, parecía una frase de alguna lengua antigua.

Czeslaw empezó a leer el contenido, sabía a la perfección que allí encontraría todas las explicaciones que requería. Dejó de notar el mal aroma y siguió con los ojos las líneas. Lo fue llenando una sensación agria, se le descompuso la cara y estuvo a punto de vomitar. Empezó a rezar en voz baja y muy de prisa, conforme avanzaba en la lectura se iba reconstruyendo ante él la imagen de otro Borowski, que no era un detective.

jueves, 28 de junio de 2018

El poder infernal


El gendarme rural Ricardo Villanueva llegó al sitio donde se encontraba el cadáver. Saludó a su compañero José Álvarez y se dirigió a los forenses improvisados. Cuando les vio la cara comprendió que la democracia en el país había muerto. Miró sin lástima el moreno rostro del hombre que yacía boca arriba, puso más atención en el sitio e imaginó las circunstancias en las que había ocurrido todo. La calle tenía un empedrado disforme, con seguridad los asesinos se habían escondido en alguna esquina y cuando tenían a tiro a su víctima le dispararon a quemarropa. 
La mañana era fría, los curiosos habían preferido mirar por las rendijas de sus ventanas. Nadie quería comprometerse, pues el asunto era muy delicado. Lo más sorprendente no era el evidente crimen, sino que la secuencia de actos violentos llegara a un nivel tan alto. Emiliano Villa se había proclamado como candidato a la alcaldía de su pueblo. Dos ocasiones había ganado de forma extraoficial y está vez, como le decía a todo mundo, ganaría oficialmente por aquella ley que dictaminaba el sentido común: “A la tercera va la vencida”. En efecto fue la última, pero no a su favor. Eran las cinco de la mañana y algunos gallos comenzaron a cantar como si estuvieran reviviendo el pasaje bíblico de la negación de Cristo. El hombre inerte había sido algo parecido al Mesías en los últimos años de su vida. En algún momento de su recorrido político encontró una luz maravillosa que le mostró una sociedad utópica, alcanzable sólo con la bondad y los buenos principios. El problema es que quiso implantarlo en una tierra árida y estéril para la justicia. Había un cacique, Magdaleno Aceves, que había controlado la región y al ver amenazado su poder decidió extirpar la amenaza como si se tratara de un tumor. Todos sabían con certeza cómo actuaría en el momento final, pero la ilusión y confianza depositada en Emiliano los había cegado. Por unos meses creyeron que el milagro se cumpliría, que la injusticia sería erradicada con todos sus demonios y la armonía reinaría en ese rincón olvidado del mundo. Las lágrimas de la gente se convirtieron el rocío matutino. El silencio era tétrico y sólo los inocentes niños de pecho se atrevían a irrumpir con sus lloriqueos. Nunca habrá paz en nuestra tierra—decían las mujeres que empezaban a preparar el café con canela—. La verdad era tan cruda, tan inminente que la gente no podía tragarla, causaba desagrado y gestos de ira contra Dios. Si él, que había creado el universo, no podía llevar la justicia celestial a la tierra, entonces nadie podía hacerlo. Por qué habría querido el Señor que se sufriera el infierno en ese lugar. ¿Era una prueba para ganarse el paraíso? —se preguntaban todos cada día—. O era que el mal se había concentrado con todas sus fuerzas en un solo sitio. No había forma de lograr el orden por que ya estaba escrito: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Con seguridad la gente había llegado tarde, tal vez los pobres errantes bajaron de la montaña y el César ya tenía todo dispuesto para esclavizarlos. Los mártires que habían caído antes que Emiliano estaban en el reino divino, eran ángeles, pero no tenían voz ni voto.

Sólo una vez una anciana creyó ver a un arcángel que declaró que se haría justicia. Había sido hacía muchos años y seguramente su presagio, que provocó una gran revuelta al principio, se fue secando en el aire. Había quedado colgado el designio en algunos tendederos y a veces sus resquicios volaban por el viento y llegaban a la cantina para que algún borracho se sintiera capaz de luchar contra la ponzoña del planeta y fuera a entregar su alma al averno, que por un fenómeno transposicional se había convertido en la hacienda “El Verano”. Con ese nombre tan placentero don Magdaleno escondía sus pecados capitales, su encierro de doncellas y matones a sueldo. Desde su Olimpo controlaba la vida de los hombres que miraban con ojos bajos las decisiones de los maléficos dioses. Los mortales parecían sacados de las tragedias griegas. Los monstruos infrahumanos carecían de agua y tierra propias. La riqueza de las minas se había entregado en concesión a empresas extranjeras, las cuales para evitar cualquier pérdida por fraude o robo se trajeron a su ejército y espías. Al final, el todopoderoso Magdaleno Aceves había caído en sus redes cegado por la ambición. Les había entregado riqueza a cambio de protección y en su propia casa era un muñeco guiñol. «¿Qué va a pasar ahora en este pueblo? —se preguntó José Álvarez mirando los montes—. Ricardo Villanueva sólo encogió los hombros e hizo un gesto deformando sus labios. Se celebró casi en secreto el funeral nadie lloró ni comentó las virtudes del muerto. En un ataúd muy modesto estaba el cuerpo bien vestido del hombre que había puesto resistencia a la injusticia, pero su teoría de la no violencia, el amor y el apego a la verdad lo terminaron mandando al cielo por ser tan santo. La vida siguió su curso. Magdaleno celebró su victoria con sus compinches. En las faldas del cerro llamado “El Trinche” se empezó a edificar una casa, se definieron las limitaciones de un gran terreno y el pueblo dedujo que el propietario de toda esa gran extensión era el asesino gozando de su paga. En efecto Valeriano Ciénagas había quemado su modesta casa de adobe y se había llevado a su esposa y cuatro hijos a su nueva residencia. La gente los miró de reojo pensando en que se habían cansado de sufrir y se encaminaban al sitio a donde van a morir los olvidados. No fue así porque se les vio muy pronto despojados de sus vestidos amarillentos y ajados. Tenían nuevos sombreros y las mejillas chapeadas. Las muestras del bienestar se les marcaban en sus sonrisas que en antaño fueron más bien opacas. La cobardía de Ciénagas motivó la aparición de serpientes silenciosas con un veneno muy potente, pero ineficientes para curar el mal que propagaba Magdaleno Aceves.

Una tarde fría, cuando el sol se estaba ocultando para dejar de mortificar a los pobres campesinos que lo veían pidiéndole un poco de tibieza, llegó envuelta en una manta una mujer. La vieron pocos, sin embargo, pronto se supo que estaba en casa de Justino Padilla, que era una parienta lejana que venía de quien sabe qué tierras. Era guapa, decían todos. Jamás se ha visto por aquí ese tipo de personas. Tiene una mirada de ámbar un poco felina y el pelo claro. Pronuncia muy fuerte algunos sonidos que por aquí son débiles. No se anda con rodeos y mira siempre de frente. La expectación mantenía a todos con la vista apuntada a la casita de los Padilla. Eran dos viejos que no tenían para comer y mucha de la comida que los conservaba con vida llegaba por vía de la compasión de sus vecinos. Al cabo de unos días salió Amanda iban con un vestido de percal muy limpio, pero nada nuevo. Llevaba un rebozo, unos guaraches y caminaba con garbo. Sus pasos eran lentos y su postura recta. Se podía adivinar la belleza de su cuerpo esbelto. Se fue al río y se lavó la cara y los brazos. Estuvo unos minutos resistiendo la potente luz del sol y luego se sentó a la sombra. Estaba pensativa, jugaba un poco con la hierba y parecía que acompañaba el trino de los pájaros con una canción rara. Dicen que parecía una oración, pero nadie lo pudo confirmar porque fue la única vez que cantó. Magdaleno atraído por los rumores no pudo resistir su curiosidad, cogió unos pendientes muy caros de su esposa y salió a caballo resguardado por sus caporales. Encontró a Amanda correteando unas gallinas, estaba agitada y respiraba con fuerza, su pelo ondulado parecía una melena leonesa oscura. Sintió la mirada de Magdaleno y se detuvo cuando colgaba de su mano derecha la flaca ave con los ojos como los del visitante. «Vengo a darle la bienvenida a nuestro pueblo, señorita Amanda—dijo Magdaleno retorciéndose el bigote y mirando debajo de la ropa el posible aspecto de erguido cuerpo—, tome este regalo como prueba de mi aprecio». Amanda no se movió y le dijo que no quería ningún regalo, que no era nuevo y que la joya se la había robado como todo lo que él decía que le pertenecía. Don Magdaleno se puso furioso, trató de contener la espuma que le salía por la boca, pero se la llevó una corriente de viento empolvado. Sujetaba con fuerza la rienda y el caballo sintió que le dislocaban la quijada. Amanda no se movió ni sintió el peligro de las amenazas. Sus ojos permanecieron impasibles hasta que la nube de polvo se desvaneció y dejó ver unos pequeños cuacos volando en estampida. Le torció el cuello a la gallina y comenzó a desplumarla.

Las noches comenzaron a llenarse de humores agrios. En algunas casas había preocupación y rezos. Magdaleno llamaba a sus amantes y les pedía modelar desnudas a media luz. Se le había caído el velo de los ojos, veía caderas planas, vientres esféricos, piernas endebles y caras grises. «¿Cómo es posible—se preguntaba con pena— que en mi casa se marchite la belleza? ¿No será que he sido un ciego? He amado y deseado esperpentos, todo es fruto de mi debilidad e impotencia. Con el poder que tengo bien habría podido revolcarme con actrices, beldades inalcanzables para los mortales y heme aquí engañándome como un semental en decadencia que monta sobre vacas improductivas. Tomaré las medidas adecuadas».

Las noches se llenaron de sudor y agitación. La figura de Magdaleno se mezcló con los espectros de su pasado y revivió sus aventuras, recordó sus noches alcoholizadas. Los asesinatos efectuados en un estado levitante, veía a sus víctimas llorar implorando por sus seres queridos, pero la soberbia tiraba del gatillo y se convertía en gritos de lujuria. Entendió que la nostalgia que sentía era provocada por un enamoramiento. Eran esos ojos de miel y esa mirada penetrante la que lo seducía. Se los imaginaba formando parte de un cuerpo desnudo, activo y sensible. «Tiene que ser mía esa desgraciada—se dijo apretando los puños y tirando de una rienda imaginaria como la que había dislocado la quijada de su caballo preferido—. Le voy a pedir que se vaya a vivir conmigo a la hacienda chica, ahí donde podré revivir mi juventud». No sabía que estaba abriendo una brecha hacia un encuentro con el hombre que había asesinado para aplacar las protestas y esperanzas de un pródigo cambio social. Un sábado en el que había concebido bien el sueño y se encontraba de buen humor, se bañó, se puso un traje nuevo, se perfumó y se emparejó el bigote. La servidumbre sabía lo que eso significaba, Carolina, la esposa de Aceves, se estremeció porque una carga de electricidad gélida le enderezó la espalda y le hizo sentir un ardor extraño. Le punzaron las sienes y la derribó en la cama una fuerte jaqueca. “Ojalá se muera el maldito—se repetía Carolina sumiendo con fuerza su cabeza en la almohada. Se imaginó a Magdaleno perforado por los balazos de una metralleta, pero luego borró su imagen ensangrentada por el temor de verlo revivir a pesar de todo el plomo que tenía dentro—. Ya es hora de que Dios se acuerde de este maldito pueblo”.

Magdaleno preguntó por Amanda y le dijeron que estaba en el río. La encontró en el momento en que salía desnuda del agua. La impresión fue tanta que hasta el caballo se quedó inmóvil. No hubo ni intercambio de miradas ni saludos ni siquiera una actitud por parte de Amanda que expresara su sorpresa. Magdaleno le dijo que estaba dispuesto a todo, que la quería sólo para él. Hablaba sin saber que sus palabras se confundían, que por momentos se refería a la belleza del cuerpo y de sus intenciones y en otros de sus promesas. «Piénsalo bien, Amanda, conmigo tendrás todo. No escatimaré para que te pertenezca no sólo este pueblucho, sino el país entero. Te voy a hacer la reina más envidiada del planeta». La poco convincente palabrería de Magdaleno se estrelló contra un silencio férreo. Preguntó varias veces y cada vez se fue sintiendo más incómodo. Era como si en ese silencio le empezaran a quitar su máscara y lo dejaran desnudo, mostrando su impotencia ante una crítica veraz. En esa situación la reacción normal habría sido la venganza. En otros tiempos ese acto hubiera afectado su reputación y se habría visto obligado a dispararle a su pretendida. Ahora, era el dueño de todo, sabía que asesinarla habría sido la muestra más horrible de debilidad. «Tú misma vendrás a buscarme—dijo con los dientes apretados—, ya lo verás». Emprendió con seguridad su regreso. Nadie lo quiso ver de frente y los que no alcanzaron a esconderse fingieron estar ocupados en labores importantes.

Otra vez las noches se llenaron de demonios. Esta vez le parecieron otros. Antes se complacía con su presencia, pero ahora sentía que hasta ellos lo despreciaban por irresoluto o cobarde. Decidió llevar a cabo un escarmiento. Cogió una botella y comenzó a producirse heridas para realizar con saña su venganza. Después de dos días continuos de furia contenida sacó unas antorchas y se llevó tres hombres, llegó a la casa de Justino, lo sacó y le prendió fuego ante los ojos de su esposa. Luego a la señora Marga le ató los pies a su caballo y dejó que la arrastrara por el campo. Se acercó a Amanda y le dijo que si no se iba con él acabaría con todo el pueblo. «Tuya será la culpa por los muertos que haya hoy—le dijo retándola—. En tu conciencia estarán penando hasta que tú misma no lo aguantes y te mueras». El efecto esperado no llegó. En lugar de ceder, Amanda sólo se rio con un gesto extraño. Se oyeron unas palabras y Magdaleno no entendió, pero no quiso preguntar. Se tuvo que dar media vuelta y volver a su hacienda. En el trayecto la voz comenzó a tomar forma. No habían sido palabras, más bien era una insinuación. “A mi no podrás matarme porque ni tienes el valor y la pérdida es más grande para tu orgullo que para mí”. Ese era el verdadero significado de su penetrante mirada. Magdaleno sintió algo inconcebible. Les ordenó a sus hombres seguir y se fue directo al monte. Allí pasó la noche haciendo conjuros. El alba iluminó su cara congestionada. Ningún ánima le había dado una respuesta concreta. Había sacado sus conclusiones y la peor era la que le había enseñado que los demonios y esas fuerzas del más allá eran sólo torrentes de energía perjudicial, eran sus mismos sentimientos negativos producidos por sus traumas. Pensó que, si Dios no lo había ni recriminado ni compensado, sus aliados sí harían justicia. Recordó que su traición, su anti-patriotismo era una aberración y que con su muerte se acababa él y todas sus generaciones pasadas. Tuvo el presentimiento de que todos sus actos habían sido absurdos y que sólo un estúpido se habría dejado engañar por el brillo de la riqueza y el poder. Ni sus hijos, ni sus nietos, ni sus bisnietos podrían pronunciar con orgullo su apellido. Les dirían que eran producto de la involución humana. Bestias satánicas con aspecto humano. En una palabra, más salvajes que los animales del monte.

No sabía cómo recuperar su poder. Supo que a sus espaldas los extranjeros a quienes les había entregado todo por su reconocimiento lo trataban de soso e ignorante. Las máscaras le mostraban sonrisas, pero del otro lado de la frontera su condición era peor que la del más estúpido de los hombres. Perdió empuje y valor. El sueño se le fue ausentando como el humo de sus puros y las ideas tediosas sobre si mismo le dejaron inmóvil medio cuerpo. Estaba derrotado. La rebelión de sus articulaciones lo hizo muy rencoroso. Tenía todavía el poder de decidir el futuro de su reino. Paralizado y todo, tenía esa voz de gobernador, de dictador incuestionable. Pidió noticias de Amanda y la sorprendió un día en medio del campo. Llegó hasta ella renqueando. Tuvo que reunir todas sus fuerzas para hablar. Amanda no respondió a ninguna de sus preguntas, ni reaccionó a sus amenazas y lo único que dijo sonó como sentencia el día del juicio final. Magdaleno ya no se pudo mover. En los pocos minutos que tuvo de conciencia fue arrollado por la ira de sus malos actos que se le retro vertieron.  La debilidad física le había mostrado el lado oscuro de sí mismo. El estado flácido de su personalidad y sus miedos infantiles. Nadie lo lloró. Nadie se percató de su ubicación hasta que unos  perros con fuertes ladridos indicaron por equivocación el paradero de una niña extraviada en los sembradíos de maíz.