lunes, 11 de junio de 2018

El despertar


Abrió la puerta y vio la litera. Puso las pocas cosas que llevaba en un armario de pino. La habitación estaba fría, húmeda, pero limpia y muy ordenada. El aire, cargado de un sabor amargo, le raspó el pecho. Se cambió de ropa y esperó a que volvieran por él. Pasaron unos minutos, en su cabeza se acomodaron los acontecimientos de las últimas semanas. Su viaje a una nueva vida había empezado de forma trágica, ahora estaba intranquilo. ¿Cuál será mi futuro? —se preguntó pensando más en sus hermanas que en sí mismo—. Al recordar se le fueron saliendo las lágrimas mientras contaba en voz baja los largos segundos de espera.

«Lo siento mucho Nicolás—le había dicho la tía Elena—. No puedo darme el lujo de quedarme con todos ustedes, me haré cargo de tus hermanas. Lo lamento de verdad. Tendrás que irte a Monterrey a buscar a tío Alberto. Ten este dinero y márchate. Aquí está la dirección». 

Fueron las únicas palabras que le dijo su familiar más próximo. Sintió abatimiento y odio al mismo tiempo. Sabía que sus hermanas menores estarían bien, pero no se podía explicar por qué no le habían permitido quedarse. Tenía sólo quince años y era huérfano. Lo habían despreciado como algo desagradable, peligroso o innecesario. Su padre Renato había desaparecido sin dejar rastro y no hubo compadre, amigo o conocido que se cuestionara la posibilidad de protegerlo. Era como si todos hubieran tratado de evitarlo como a la peste. Miró los billetes viejos que tenía en la mano y se subió a un autobús que iba a la estación de trenes. Sentado en un asiento trasero ocultó la cara. No quería recordar la ciudad. El trayecto era largo y tedioso. La gente sumida en sus conversaciones era ajena a su dolor. Un hombre que se subió a cantar con una guitarra le hizo albergar esperanza, una pequeña flama de anhelo que le dio fuerzas. Había estudiado bien, siguiendo el ejemplo de su padre, quien había pasado por experiencias desagradables. Una gran guerra, el rescate de condenados a muerte. La sangre se le entibió y el corazón le empezó a golpear el pecho. Su mirada se detuvo en un punto vago. Miraba la nada y el todo. Pidió y rezó por sus seres queridos. Su madre consumida por el cáncer, su padre probablemente asesinado, sus hermanas condenadas a trabajar día y noche para una mujer amargada. Él era el único a quien habían soltado al vuelo. Comprendió que aferrarse a su situación anterior era absurdo y tenía que enfrentar su destino. La salvación se encontraba a doce horas de viaje en tren, pero no tenía garantías, temblaba de horror. De pronto, era un ser individual, dueño de su camino y su propia vida. Podía entregarla y perderlo todo, pero también podía ganar. Nunca había sido cobarde, haría lo imposible por demostrar que no era débil. Regresaría un día a ver a sus hermanas y les mostraría las pruebas de su buena decisión: unos hijos, esposa y trabajo. Sería un mito familiar, parte de su historia en varias generaciones.

Compró un billete de tercera. Miró la naturaleza desplegándose en paisajes diversos tras el ventanal. Primero frondosos, atiborrados de pinos y tierra alfombrada de espigas doradas, luego hierba y cactos con hojas ovales y chichones. Recordó un sabor ardiente, la lengua se le hizo liquida y se transformó en una inquieta serpiente. Tuvo que defenderse del sonido de sus tripas. No había recuerdo, ni fuerza de voluntad que le ayudara a controlar su hambre. Nunca la había sufrido de una forma tan desesperanzadora. Siempre había tenido algo que llevarse a la boca, incluso en los momentos más austeros. Ahora temía ser víctima de la inanición. Enfrentó la lucha interior, descubrió que su orgullo era un arma peligrosa. Había una señora en el asiento de enfrente. Estaba alimentando a su marido e hijo. El olor a pollo era un terrible martirio. De pronto el niño dejó caer un trozo de pan. Nicolás, con disimulo, atrajo con el pie el mendrugo y se inclinó aprovechando un repiqueteo del vagón. Masticó muy despacio, con el rostro vuelto a la ventana. Le fue posible apartar la imagen de los ojos críticos que lo juzgaban o lo compadecían. Una voz de su interior salió anunciándole un cometido, era tal vez una convicción o una afirmación que se materializaría con el tiempo. «Prométete—decía con énfasis— que nunca más volverás a pasar por esto. Nunca más vuelvas a poner tu amor propio por los suelos. Necesitarás mucho valor para enfrentarte solo la vida». Engulló el bolo y se abandonó al sueño.

Un altavoz lo despertó. Se levantó con pesadumbre y salió de la estación de trenes. Eran las seis de la mañana. Hacía frío. Pidió que le indicaran cómo llegar a su destino. Lo encontró, para su desgracia, bastante pronto. Tardó sólo un cuarto de hora en llegar. La casa de Tío Alberto era grande, pero él hacía tiempo que no vivía allí y no se tenían referencias de su paradero. Las calles volvieron a ser desoladoras y los pasos indeterminados. Llevaba la mirada fija en el suelo. Tenía que buscar un refugio, un lugar de salvación. Se sentía un náufrago. De pronto, vio un anuncio. Era un internado. Preguntó si podía quedarse, explicó su situación. Lo hicieron esperar. Las paredes eran beige, los chicos estaban haciendo filas en el patio. Todos llevaban el pelo corto, la camisa blanca, los zapatos lustrosos, se veían serios. Deseó que lo acogieran. Apareció ante él un hombre con rostro rígido, le explicó el reglamento y la sanciones por incumplimiento, luego llegó una mujer ruda con un uniforme, un jabón y una toalla. Lo acompañó hasta un corredor de puertas blancas. Llegaron a una con el número ocho. 

«Deja tus cosas aquí y cámbiate—le dijo la mujer con voz chillona—, vuelvo en unos minutos». 

Más tarde, Nicolás oyó los tacones de la mujer y supo que su viaje pronto comenzaría, respiró hondo y enderezó el cuerpo.



lunes, 4 de junio de 2018

El hombre desafortunado


Octavio Salinas estaba viejo. Se le ocurrió un brillante plan. Le había dedicado su vida a la literatura, pero las circunstancias habían impedido que lo reconocieran como talentoso escritor. Se había dedicado a todos los oficios habidos y por haber para sobrevivir. Un día le ofrecieron unas cuantas horas en una escuela secundaria y comenzó a impartir sus clases de literatura. El sueldo le ayudaba a medio vivir, pero era feliz. Leía mucho y escribía más. Le encantaban los cuentos y las novelas. En los momentos que se cansaba de narrar sus historias optaba por la poesía y eso engrandecía su obra porque era la fuerza vital que le daba ánimo para sobrellevar el dolor de su corazón. Todos los días, sin excepción, se levantaba a las seis de la mañana, se preparaba un café y se ponía a trabajar muy duro. Hacía planes todo el tiempo. Colocaba en un gran corcho, que tenía en la pared, sus notas, frases ingeniosas y las ideas que le llegaban de repente a la cabeza. Después pensaba horas enteras en sus tramas y cuando ya tenía armado el mecanismo, lo ajustaba y lo echaba a andar para confirmar que funcionaba. Si resistía las lecturas de los días posteriores y seguía entera, entonces la acomodaba en sus carpetas, hacía unas anotaciones y seguía con los siguientes proyectos.

Estaba flaco, no era muy alto y por las tardes se le veía andar a paso lento por las callejuelas de su barrio. Tenía el pelo rizado y, por su falta de consistencia y espesura de antaño, se le levantaba como si fueran las plumas de un penacho. Sus párpados se le habían ido cayendo con los años ocultando sus bellos y expresivos ojos de aceituna. Los vecinos lo tenían en gran estima y se detenían a conversar con él porque siempre hablaba de los libros que conocía. Su forma de conversación era como una clase del colegio, pero con el estilo de los filósofos griegos.  Así, con preguntas simples y respuestas deslumbrantes transmitía sus críticas de las grandes obras universales. Un día una persona importante del gobierno, que estaba promoviendo su campaña electoral, lo oyó hablar y se interesó por él. Le dijeron que siempre había trabajado, que lo recordaban como carpintero, mecánico, fontanero, barrendero, mensajero y maestro tanto de construcción como de escuela. Octavio Salinas fue invitado a una entrevista. Llegó al edificio público con un pequeño maletín y fue recibido por el ministro de cultura que había accedido, por petición de su secretario, el descubridor de aquel talento; a dedicarle cinco minutos. La conversación duró más de dos horas y al final el ministro Colosio le rogó que asistiera durante unos días con todos sus escritos para que una secretaria se los pasara a máquina bajo su supervisión y, así, se pudieran publicar todas sus historias.

Octavio se vio impedido de sus paseos, de sus conversaciones amenas vespertinas y de sus comidas modestas en los puestos callejeros. Le asignaron a Sarita, una mujer muy guapa que se aferraba con todas sus fuerzas a no perder la frescura de su juventud, a pesar de que pasaba los cincuenta, seguía teniendo un aspecto lozano, al menos en la conducta. Octavio descubrió que era inteligente y que podría colaborar muy bien con él. Se instalaron en una oficina dispuesta para el trabajo y comenzaron. En dos días habían adelantado poco, Octavio se había cansado de llevar su traje gris y la incómoda ropa le estorbaba. Pidió permiso para ir de vaqueros y camisola, se lo permitieron a condición de que entrara con chaqueta al edificio. Octavio era un completo desconocido en esa institución, todos los empleados se ocupaban de sus asuntos y nadie lo saludaba ni lo notaba. El anonimato aceleró su trabajo y en tres meses y medio ya estaba todo listo.  Se sorprendió mucho de que sus cincuenta años de actividad literaria se hubieran comprimido en diez tomos un poco gruesos. Suspiró con resignación y se despidió del ministro. “En cuanto tengamos noticias de algo, señor Octavio—le dijo estrechándole con mucha fuerza la mano—, le llamaremos. Es usted un gran hombre. Hasta pronto”.  

Volvió a sus actividades normales y rebozaba de felicidad, hasta su andar adoptó un ritmo más ágil. Ya no lo veían encorvado, su voz era más vigorosa, sus pelos seguían siendo rebeldes, pero no les duró mucho el gusto, ya que la señora Dolores se horrorizó al verlo y a empujones lo metió a la peluquería. Salió con buen aspecto, parecía otra persona sin los largos mechones y el bigote bien afeitado. Fue una buena decisión la de la señora Lola porque unos días después le serviría su nuevo aspecto para salir bien en las fotos de los diarios. Cuando Octavio estaba dando una lección magistral sobre la novela romántica del siglo diecinueve, se abrió la puerta del aula y entró el director. “Se ha hecho usted famoso, señor Salinas—le dijo entregándole un ramo de flores, un cheque con su sueldo triplicado y una medalla de níquel conmemorativa que mostró con orgullo a los reporteros que lo acompañaban—. Le han publicado sus libros, hay una reseña en el diario, mire. Aquí está”.  Octavio hizo un gesto extraño y trató de levantar los párpados, pero ya estaban tan holgados que resultó inútil el esfuerzo, lo que sí logró fue hacer una mueca y luego mostró los dientes como un chimpancé. Su sonrisa no era de alegría, simple y sencillamente era su reacción natural ante las noticias. La gente lo criticaba por eso, porque fuera mala o buena la noticia la expresión era igual. El director no puso atención en eso y le dijo que se podía tomar el día libre. Se negó, pero el peso de las circunstancias y el deseo de los chicos por salir a pasear, borraron el interés que había despertado con sus hermosas palabras sobre la narrativa relacionada con el amor. Cogió resignado su portafolio y salió con sus flores abrazadas como si fueran un ser vivo. Por el trayecto a su casa se le ocurrió el plan, que ya les había mencionado al principio, pero por extenderme en la descripción de su personalidad y forma de vida se me pasó contar. Más adelante lo desvelaré porque es prematura la escena y faltan algunos aspectos por tratar.

Cuando llegó a su casa quiso continuar con su vida habitual, pero las interrupciones lo acosaron como insectos enfadados. Primero el teléfono que estaba lleno de polvo porque nadie había hecho una llamada en años, luego la puerta que no podía proporcionarle la intimidad deseada y se habría para recibir a sus vecinos que le llevaban flanes, arroz, guisados de todo tipo, dolorosas confesiones y dulces ruegos. «Es por mi hijo, ¿sabe? —le decían algunos con cara compungida— Desea obtener una beca e irse al extranjero y necesita un poco de ayuda económica». Las peticiones eran diversas, había quien no se intimidaba para demandarle abiertamente lo que necesitaban. Podría echarme una mano para conseguir empleo. ¿Qué tal si nos ayuda a pagar nuestra hipoteca?  ¿Y sí nos prestara dinero para nuestra luna de miel?  Cuando llegó la noche no pudo soportar más las llamadas y las visitas, se puso unas orejeras y un antifaz y se metió a la cama.

Durmió bien, incluso logró olvidar el ajetreo del día anterior. Su vida cambió por completo, decidió no asistir más a la secundaria y se ponía un sombrero y unas gafas de sol para hacer sus paseos que ya no eran por su barrio, sino en uno de los parques más grandes de la ciudad. Allí se mezclaba con la muchedumbre y sentía el sabor de la vida. Lo empujaban de vez en cuando o lo insultaban por pararse en los lugares inadecuados, lo trataban como el anciano que era y se sentía bien. Pasados unos meses, un golpe terrible de la suerte le cambió la vida. Se anunció que le habían otorgado un reconocimiento por su obra. Le preocupó de inmediato el dinero, pues la suma era bastante jugosa y le puso ante los ojos a los vecinos exigiéndole ayuda. No era tacaño, pero no quería convertirse en el mensajero de un mecenas improvisado que les entregaría las sumas requeridas a sus destinatarios para quedarse de nuevo en la calle. No le preocupaba su capital ni perderlo todo, ni prestarlo, lo que aborrecía era el orden en que se habían sucedido las cosas. Lo ideal habría sido que pasara todo al revés, que primero, cuando era joven enamorado y con ilusiones, le hubieran dado el dinero y, después, ya achacoso y feo, la facultad de escribir. Entonces tuvo una idea —remarco aquí que fue sólo algo de lucidez que permitió después que concibiera su plan, que era el de alejarse de las personas que lo conocían—, comenzó a gozar de los placeres que le proporcionaba su cuenta del banco. Apartó un poco su vida pública y se dedicó a sus placeres. Se arregló el peinado, se compró buena ropa y perfumes. Se reservó mesas en los mejores restaurantes y probó las cosas que jamás había comido, además se permitió algunos pecados como el de excederse con la grasa, el vino y la compañía de damas de la vida alegre. Se cambió de domicilio y se compró algunos cuadros de pintores reconocidos, decoró su piso con muebles caros y se construyó un sauna. Todo era placer y descanso.

Una noche se despertó asaltado por una idea desagradable. Una especie de masa densa y caliente que se le escurría lentamente por el cerebro y le producía la sensación de opresión y fatalidad. Era su inactividad literaria. Llevaba mucho sin garabatear sus ideas en papelitos sueltos. Se trató de calmar diciéndose que era una etapa de cambio y en cuanto se estabilizara volvería a su estado habitual. Pasaron unos días e intentó probar con algunas ideas espontáneas e ingeniosas, pero el resultado no se vio. Entonces sí perdió el sueño y comenzó a angustiarse. Ya no estaba en edad de esperar la beligerancia de la inspiración en su campo de batalla. Perdió el apetito, se puso a releer sus obras tratando de chupar la pulpa de sus geniales ideas. Todo lo recordaba, incluso podía volver a ese estado de iluminación en el que extendía los brazos, miraba al cielo y le daba gracias a Dios por el milagro. El problema era que cuando se ponía a escribir, las palabras quemaban el papel, cuando trataba de enfriarlas rompía la fina superficie. Se alarmó y se puso a meditar. Se mató de hambre una semana pensando que el ayuno le crearía el efecto de levitación de antaño. Todo fue inútil y cuando ya llevaba tres días de insomnio, se desmayó.

Alguna de las divinidades del cielo se compadeció de él y bajó a darle un consejo. Él lo tomó como un sueño agradable y alentador. “Debes buscar a algún escritor que se encuentre en una condición paupérrima. ¿Recuerdas cómo sufrías de hambre y matabas el deseo de comer con la cerveza y las historias que inventabas? Hay varios candidatos cerca de ti. Busca al más adecuado y dile que escriba en tu nombre, revélale tus secretos y guíalo para que no se muera de hambre, pero pueda mantener la fuerza suficiente para seguir con tu producción literaria.”. Al despertar Octavio estaba desconcertado, apenas tenía fuerzas para levantarse. Se duchó, se vistió y salió a buscar alimento. Entró en la primera cafetería que encontró y pidió una sopa de pollo. Saboreó con gusto el caldo y mordisqueó un pan suave. Ya había terminado de comer cuando al sobarse la barriga volteó a la derecha y vio a un hombre flaco con cara de felicidad que tenía una taza de café frío. Le puso atención y vio que levantaba la vista, se quedaba pensando unos minutos y luego escribía en un cuadernito algunas cosas. “¿Es usted escritor? —le preguntó reconociéndose en sus años de juventud y penuria—. Sí lo soy. —fue la respuesta—. Entonces aplicó ese plan al que me refería al principio. Le surgió de inmediato porque ya tenía el consejo de su sueño o del arcángel que lo había visitado. El tipo era muy agradable, pero su aspecto dejaba mucho que desear. Supo que el hombre llevaba mucho tiempo tratando de publicar, pero nadie lo recibía en las editoriales y los críticos no entendían su estilo. Le preguntó por sus historias, le sacó con cuidado todos sus recursos narrativos provocándolo con su placentera charla y escrupuloso método. Al final, se ofreció a ayudarle con la condición de que publicaran con su nombre, o sea Octavio Salinas. El hombre estaba tan necesitado y deseoso de ganar un poco de plata que aceptó con los ojos cerrados. Conversaron bastante tiempo y Octavio se lo llevó a su piso para explicarle las cosas con lujo de detalle. Como el pobre no tenía a donde ir, Octavio le propuso que se quedara a vivir con él. Así sería mucho más fácil trabajar.

No tardaron en publicar la primera novela. El ministro de cultura estaba feliz, los críticos decían que Octavio Salinas había rejuvenecido unos veinte años como mínimo. Era verdad porque Andrés Medrano, el nuevo Octavio Salinas camuflado, iba a cumplir cincuenta y cinco. Empezó una lluvia de inspiración que aumentó la colección de obras de Salinas en cinco tomos más. Andrés y él estaban felices. Octavio vivía a cuerpo de rey, descansaba en las mejores playas del mundo y Andrés no paraba de escribir. Un día Octavio se sintió mal y se puso a hacer su testamento. Le pidió a Andrés que no revelara la verdad después de su muerte, que siguiera publicando como lo habían acordado. Le recomendó que aprovechara el dinero, que cuando se sintiera cansado y lo abandonara la inspiración o el deseo de escribir buscara un sustituto, pero que no cambiaría el nombre del autor. Al poco tiempo Octavio falleció. Fue necesario sepultarlo en secreto para no arruinar el plan que había elaborado tan certeramente. Andrés trabajó mucho, pero también se vio en la necesidad de buscar un sustituto. Lo encontró. Las obras de Octavio Salinas ya eran más de veinte tomos. Sus lectores se sorprendían de que a sus cerca de cien años tuviera una lucidez tal. Andrés enfermó gravemente y se puso a buscar un sustituto, hizo testamento y se resignó a declarar la muerte de Octavio mostrando su propio cuerpo. La noticia causó furor y la gente comenzó a adquirir la colección completa de sus obras. Magdaleno Rivas, su servidor, se vio en un enorme problema porque tuvo que anunciar cada nueva novela como un escrito póstumo del célebre Octavio Salinas.  

Yo también he sido prolífero, he logrado que las obras del famoso Salinas tenga treinta tomos, pero estoy cansado. He perdido la inspiración y la angustia me quita el sueño. No me queda otra salida más que buscar a una persona que pueda seguir escribiendo las novelas póstumas del apreciado y querido Octavio Salinas o Andrés Medrano o Magdaleno Rivas. Te he de comentar que es una vida tentadora. Se posee casi todo: fama, dinero, éxito y veneración, todo mundo habla de ti en los bares, en la calle, en cualquier sitio. La suma de dinero no es de despreciar y prefiero no mencionártela ahora. El caso es que te he encontrado a ti y, si no estás en contra, podré retirarme pronto. Si me prometes que publicarás con el nombre de Octavio Salinas y le dices a los editores que las obras son de él y que las has encontrado en algún lugar donde vivió; entonces te lo dejo todo. ¿Aceptas? Podría darte unos cuantos consejos, pero veo que eres una persona talentosa y sagaz. Ya sabes lo que tienes que hacer.     

viernes, 1 de junio de 2018

El hombre afortunado

Llevaba una gran hacha en la mano. Iba subiendo despacio los escalones del patíbulo. Nunca había sido su respiración tan dolorosa como en ese instante. La negra capucha era pesada y estaba mojada de sudor, le creaba un efecto de introspección que nunca le había interesado en sus veinte años de servicio; pero ahora, por la importancia de los hechos, lo martirizaba sumiéndole la cabeza en los hombros. La noche anterior había reconstruido su pasado hasta que el sol se lo interrumpió. Esperaba que se realizara un milagro, que la Divina providencia impidiera su cometido. Nunca había castigado injustamente a nadie, pero esta vez se habían tergiversado las cosas. Se sentía más culpable que la víctima. Llegó hasta su sitio, lo miraron los jueces que dictarían la condena y lo saludaron con rostro magnánimo. Respondió con una inclinación y esperó a que llegara el carro de donde bajaría su víctima. Miró a la masa de gente que se había congregado. Trató de no oír las palabras que le dirigían, pues había morbosos que lo animaban a ser cruel y despiadado. Otros lo maldecían y eso lo estaba desmoronando. Sus brazos perdían fuerza y las piernas le temblaban un poco. El sol llegó a su cenit y desaparecieron las sombras. Tenía frío y la piel de gallina. Trató de encontrar una solución. No le costaba nada pedir un cambio, el sustituto terminaría el trabajo sin duda alguna, pero estando allí podría matar a los dos guardias y proporcionarle una salida a la condenada que estaba por llegar. Repasó los movimientos. Un hachazo al juez de su izquierda y otro al de la derecha, después subiría el soldado con el arcabuz, pero no alcanzaría a disparar, luego el segundo soldado, ya apuntando y listo para matarlo recibiría un fuerte golpe y caería del entablado. Él cogería en brazos a la mujer y se montaría en un caballo que estaba atado a un árbol.

De pronto llegó una carreta. Traía a una mujer con un vestido azul celeste muy lujoso. Era la condesa de Moulinare. Estaba esplendorosa, su presencia dejó sin aliento a los mirones. Descendió con garbo con las manos atadas, parecía que no se presentaba para recibir su castigo, sino para bailar en una fiesta de palacio. La gente abrió un hueco y por el avanzó despacio. No miraba a nadie, llevaba la cabeza en alto y quienes cruzaban su mirada con ella eran asaltados por el remordimiento. En parte todo el pueblo era cómplice de su fatídico destino. Habían provocado con sus bulos que se le acusara de infiel. Su marido no lo pensó mucho y para seguir su vida promiscua con sus amantes la desacreditó públicamente. No, no era verdad que ella tuviera un amante de La Corte, ni entre los comerciantes, menos entre el séquito o los extranjeros. Su culpa era haberle entregado su corazón al hombre más infeliz que había visto en su vida.

Una ocasión que había bajado a los calabozos a despedirse de una de sus primas condenada a la hoguera, se topó con un hombre corpulento con cara de niño. Al no comprender cómo una persona con los ojos de un espíritu bondadoso podía aplicar las torturas, se lo preguntó. «Sufro, señora—fue la respuesta—no se imagina la carga que llevo en mis hombros y mi corazón, estoy desahuciado sin amor. Rezo todos los días por las almas que he mandado al cielo. Siempre he considerado personas inocentes a las víctimas. Llévese a su prima, ya encontraré un cadáver para sustituirla. Diré que no soportó la tortura. Así he salvado a mucha gente buena». Elena de Moulinare no podía creerlo. Sintió agradecimiento y abrazó al hombre, pero su naturaleza la traicionó y dejó que sus labios se posaran sobre la fina boca del verdugo. Entregados al amor maldijeron la vida. Las almas gemelas se encuentran en sitios impredecibles e inadecuados. Su problema era la diferencia social. Un pobre ser como él estaba a una distancia tan lejana de ella que sería más fácil que se le acercara un perro. Lo que no pudieron evitar fue que sus corazones se encendieran con una llama ardiente y sagrada.

Un día la condesa le dijo que estaba embarazada, que tenía que desaparecer con el fruto de su vientre o abortar. Poco después la desgracia cayó sobre ellos. Ahí en el armatoste de madrera estaba por culminar la fatalidad con una decapitación. Elena de Moulinare llegó hasta él, giró y se dirigió al pueblo que seguía en silencio. “Soy inocente. No le falté a Dios, ni engañé a mi marido jamás. Mi única culpa fue la de haber amado a las personas buenas. Moriré sin remordimientos. Ustedes, por desgracia pasarán a la historia como intrigantes. ¡Que Dios me perdone y a vosotros también!”. Sus palabras despertaron un murmullo, pero nadie se atrevía a insultarla. Ella se hincó y estiró el cuello para que el golpe certero le desprendiera la cabeza lo más rápido posible. El verdugo se acercó y levantó en el aire el arma. Calculó las posibilidades de su plan y decidió aplicarlo. 

Fianal 1-De pronto, se le nubló la vista y la oscuridad lo rodeó por completo. No sabía si era un sueño o un desmayo. Tenía que actuar con determinación y pronto, pero sentía terror. Se decidió y lo primero que vio al abrir los ojos fue una ventana de madera abierta. Oyó cantar unos pájaros. Estaba en una cama pequeña. Se levantó y vio a una mujer guapa. “Has dormido mucho. Ya es mediodía. ¿Qué soñaste hoy? Estabas muy inquieto. No dejabas de hablar de una tal condesa Elena de Moulinare”.
Él miró el patio y se dio cuenta de que estaba en su casa de campo. Su esposa le ofreció el desayuno y se sentaron a mirar el campo y las montañas. Soy un hombre muy afortunado—le dijo a su esposa con una sonrisa—. Ella lo abrazó y le dio un beso.

Final 2- Todo resultó de acuerdo a lo previsto. Iba en un corcel a toda velocidad, la condesa se aferraba a él no sólo para no caerse, sino para unir más aun su vida con él. Pronto se encontraron lejos. Les sorprendió la noche y decidieron pasar la noche bajo la protección de unos frondosos árboles. La condesa se durmió rápido, pero el verdugo no concilió el sueño hasta la madrugada. Cuando se despertó no sabía donde estaba, sus sueños lo habían alejado de la vida real y lo habían engañado haciéndole creer que era un hombre común de otra época, que tenía una casa de campo y era feliz con su esposa sembrando hortalizas fuera de una gran ciudad. Se levantó y caminó hasta un río. Ahí estaba el marmóreo cuerpo de Elena Moulinare que parecía  una Galatea surgiendo del agua. Ella sin voltear le indicó con la mano que se bañara. El verdugo es desnudó y se acercó a ella. Era un hombre muy afortunado.


jueves, 31 de mayo de 2018

Accidente en el hogar


«Ya me está colmando la paciencia»—le dijo Ingrid a su marido—. Este la miró con ojos cómplices. No sabían en ese momento que esa mirada se repetiría, pero como resultado de un acto terrorífico. Permanecieron casi un minuto sin parpadear, estaban hipnotizados interpretando los pensamientos mutuos. El sonido de una puerta los desató y volvieron a la movilidad. Frank se dirigió al armario y sacó su traje, se vistió cuidando cada detalle y cuando ya estaba listo, se acercó a su mujer y se despidió. Ella le dio un beso insípido y se empezó a cepillar el pelo, vio por el espejo como salía su marido, luego oyó el saludo que le hizo a Iris, la chica de acogida, y esperó que la recriminara por el retraso, pero le decepcionó no oír ninguna llamada de atención. Decidió encargarse ella misma. Bajó con lentitud los escalones mirando a la muchacha que esperaba con la vista baja y desconcertada. Cuando llegó hasta ella, le levantó la cara subiéndole con el índice el mentón y le dijo que si seguía con los retrasos la echarían a la calle. Iris se disculpó y le preguntó si había algo pendiente por hacer. Recibió una lista de tareas absurdas. Resignada se fue al aseo para limpiar y pensó en la forma más adecuada para no hacer ruido. Cuando ya estaba lista con el detergente, el cepillo, los guantes y su delantal la llamó Ingrid y le dijo que le planchara un vestido porque iba a salir. No pudo volver a su tarea porque fue necesario preparar algunas tostadas, cortar unas flores del jardín y sacar los productos estropeados de la nevera.

La señora Ingrid salió muy arreglada y se montó en su coche. Iris no pudo desprenderse de su sensación de acoso. No sabía si ese temor permanente era ocasionado por su falta de recursos para abandonar el país y regresar con su madre o, por la presión psicológica que la estaba destruyendo poco a poco. Llevaba seis meses tratando de serle agradable a esa familia que la había recibido en su casa. El primer mes había sido muy bueno por la cordialidad y predisposición de sus protectores a ayudarla, pero por alguna razón todo había empeorado, se habían convertido en ogros. La maraña de ideas, dudas, deducciones y la actitud impredecible de sus anfitriones le estorbaba para pensar de forma adecuada. Los sentimientos la traicionaban y sus rencores le salían en voz alta. Estaba de rodillas con la mano metida en el inodoro limpiando el fondo. La porcelana ya resplandecía cuando sintió en su espalda un pie que la empujaba. Era Marc que se había levantado y tenía hambre. Iris se puso en pie de un salto, se quitó los guantes, se lavó las manos bajo la mirada del impertinente joven y se puso a prepararle el desayuno. Trató de no oír las ofensas que le hacía, pero era inevitable porque sus manos reaccionaban cada vez que le llegaba una a los oídos.  Apretó el cuchillo y descubrió un chorro rojo en el fregadero. Quiso gritar, pero se contuvo y se fue por el botiquín a ver si encontraba algo que le pudiera cauterizar la herida. Unos minutos después, cuando se había librado del desayuno, se subió en un banco para limpiar el polvo de los altos armarios. Marc se levantó y se fue directamente hacía ella. Iris lo notó sólo cuando una mano le sobaba las piernas. Trató de librarse, pero recibió un manotazo no muy fuerte en la nuca y luego palabras que no entendió. Sonó un portazo y se quedó sola tratando de recuperar la calma.

Quiso con todas sus fuerzas evitar el llanto, pero se le salieron las lágrimas. Se preguntó si merecía la pena sufrir tanto por un sueño que poco a poco se le iba desvaneciendo. Oyó sonar su móvil, pensó que era la señora Ingrid, pero después vio que la llamada era de su madre. Tuvo que ordenar sus pensamientos y ocultar sus penas para dar una buena impresión. Al principio de la conversación se mostró alegre, pero al final sacó a relucir sus desgracias de forma involuntaria. La señora María le preguntó por su inglés, por el trato de los dueños de la casa y las cosas interesantes de la ciudad. Iris mintió diciendo que le ayudaban con el idioma, que eran muy comprensivos, que la apoyaban en todo, que eran muy tolerantes y los fines de semana la llevaban a la ciudad para mostrarle cosas y hacerle unos modestos regalos. La intuición de la madre le indicó que algo no iba bien y con cuestionamientos simples, empezó a ponerle el dedo en la llaga. Preguntas tan tontas e impensables como ¿abusan de ti? ¿te matan de hambre? ¿te ofenden? Y cosas por el estilo, fueron la llavecita que abrió el cofre donde se ocultaba la verdad. En realidad, no son tan buenos como me lo imaginaba—dijo tratando de ocultar su rencor—, pero de eso a que sean agresivos o me golpeen hay una distancia enorme. No les caigo muy bien, pero me toleran. Lo que sí me molesta es que me tomen por una asiática. Bien saben que soy sudamericana, pero me siguen diciendo filipina. La filipina para acá, la filipina para allá. Te juro que, si tuviera dinero para regresarme a la casa, lo haría sin pensarlo. “Pues, hazlo, hija—le dijo la madre con la esperanza de que volviera a su tierra—, aquí en Caracas te puedo conseguir un buen préstamo”. Iris se quedó muda. Luego, reaccionó y le dijo a su madre que eso era imposible, que la situación en el país era muy difícil y que ni hipotecando la casa le darían dinero. Después, la conversación perdió consistencia, se hizo irreal, especulativa y desesperanzadora. Las lágrimas llegaron hasta el otro extremo de la línea y produjeron reproches de auto castigo. Saltó una frase inútil que sólo empeoró las cosas y llevó la conversación al final. Un prolongado silencio después, las identificó y las puso tan cerca que oían latir su corazón con fuerza. “Bueno, mamá—dijo tratando de aclarar la voz—, ya te cuelgo porque va a salir cara la llamada”. Unos besos y abrazos imaginarios, unas oraciones y palabras de esperanza fue lo último que se dijeron.

Iris había realizado la mitad de su trabajo y se dio cuenta de que le quedaba poco para hacer la comida. La señora Ingrid era muy estricta, pero había cosas por las que estaba dispuesta a matar, una de ellas era que no le sirvieran el almuerzo a tiempo. Con destreza iris le preparó una ensalada, sacó una caja con pollo pre congelado y lo empezó a freír, puso los cubiertos y llevó el agua. Cuando volvió a la cocina recordó sin más, la primera vez que había visto la casa. Le había encantado. Los muebles muy finos, su habitación bastante cómoda y decorada con unas pancartas muy modernas. Ya no se acordaba de lo que era dormir en una cama, pues la habían castigado metiéndola en el sótano. La idea de escapar la comenzó a tentar. No tenía sentido permanecer con personas que la castigaban y no le permitían estudiar. Se había convertido en una esclava. Recordó la primera vez que la señora Ingrid muy disgustada le había propinado un bofetón. El dolor y las palabras incomprensibles la inmovilizaron. La asaltó la idea de escapar, pero cómo y a dónde. La idea la incomodó por dentro. No pudo desarrollarla en ese momento porque se abrió la puerta y una pregunta la obligó a abandonar sus sensaciones. “Sí, señora Ingrid—dijo tratando de mostrar amabilidad—, su comida ya está lista”.

La dueña parecía excitada, tenía una fuerza que la obligaba a subir y bajar escalones. Se sentó a la mesa y probó lo que le ofreció Iris. Se quedó con la mirada clavada en los cristales y la obligó a arrodillarse, llamó su atención sobre la comida. Iris se disponía a contestarle cuando recibió un puntapié en el mentón. Desconcertada volvió a ponerse de rodillas y la señora la mandó a su cuarto. Estaba encerrada bajo llave. Iris deseaba matarla. Ya lo había soñado algunas veces. Se veía con un cuchillo enorme descargando toda su furia contra la señora Ingrid, primero, y luego contra el señor Frank y su hijo Marc. A este último le cortaba el miembro y le sacaba los ojos. Lo malo es que eso era lo único que lograba en su mundo abstracto de la inconsciencia, en la realidad era modosa como un perro hogareño. Ni siquiera gemía. Era por el orgullo y esa falsa sumisión alimentada por siglos que había dejado la filosofía imperialista. De pronto, sintió que el fuego la consumía por dentro, estaba acumulando fuerzas para una batalla real, miró las condiciones en que vivía y se dijo que ya era suficiente. Un golpe en la puerta y unos gritos le frustraron su plan. La señora Ingrid le dijo que tenía que acomodar la ropa, pasar el aspirador por los dormitorios y limpiar los cristales de las ventanas. Iris salió derrotada. Subió al dormitorio de la señora y encontró toda la ropa amontonada sobre la cama. Vio la montaña de trapos y las perchas. Un aviso le predijo de las consecuencias si hacía mal la tarea. Comenzó a poner las camisas de Fran en el armario, luego su ropa interior y despacio fue poniendo los vestidos, chaquetas, pantalones y blusas en su sitio. Tardó más de una hora y media en realizarlo todo. Terminó agotada, más por la presión de la vigilancia que por el esfuerzo físico. Al final oyó la orden de retirarse al piso de abajo. Descendió con pasos lentos, sin voluntad, pensaba que era inútil. Se había convertido en un objeto, en un costal de basura que nadie quería. El resto del día no fue mejor. Se fue sin cenar a la cama y a las tres y media de la madrugada la mandaron a limpiar la cocina.

En los siguientes días la actitud cruda y violenta empezó a seguirla por toda la casa. En dos ocasiones había sentido la presencia de un cuerpo ajeno que la oprimía. Sus gemidos eran silenciados por una mano fuerte. Estaba herida, sobajada y reducida a la categoría de un animal. Empezó a fraguar su huida. Calculó las posibilidades de llegar a un poblado cercano y dirigirse a la policía. Tres días fueron suficientes para salirse de la casa. Iba a mediodía por un camino que llevaba a la carretera. Había pocas casas y parecían de un pueblo abandonado. El silencio era total. Ni siquiera el viento lograba que las hojas de los árboles emitieran sonidos. Trató de recordar los sitios por donde iba, pero hacía mucho que había pasado por allí y no sabía cuantos kilómetros le faltaban para llegar a la siguiente población. De pronto vio un coche que iba muy rápido en la dirección contraria. Reconoció el auto de la familia Brook y se salió del camino, pero ya la habían visto. Empezó a correr, pronto notó que Frank corría detrás de ella. La alcanzó y la derribó, le dio un fuerte golpe en la cabeza y perdió el conocimiento.

Iris despertó. Estaba en el garaje maniatada. Le dolía la cabeza y no podía gritar porque estaba amordazada. De pronto, se abrió la puerta y entraron los miembros de la familia Brook. Frank comenzó a insultarla, la acusaba de robarse cosas de la casa. Ingrid le dio a su marido una cadena, de esas con las que se aseguran las bicicletas y le dijo que la golpeara. Frank se quedó atónito, pero fue tanta la presión que tuvo que empezar a golpear con todas sus fuerzas. Con cada impacto, Frank, oía acusaciones que le rezumbaban como un martillazo. «!Demuéstrame que no te la has follado! ¡Demuéstralo! ¡Demuéstramelo, maldito!». Por ‘ultimo apareció Marc con un bate y concluyó la tarea. Los tres estaban agitados, luchando contra su instinto animal y la fatiga. Frank se derrumbó sobre una silla y Marc permaneció de pie mirando a su madre. Ingrid respiraba con los ojos desorbitados, su mirada era la de una loba satisfecha. Y ¿ahora qué? —preguntó Frank que ya se había recobrado—. Lo que habíamos planeado, dijo Ingrid.

 Por la noche salieron Marc y Frank en el coche, habían guardado en el maletero a Iris y todas sus pertenencias. Volvieron agotados al amanecer. Ingrid no les había llamado por cordura, no quería levantar sospechas y cuando vio que su marido e hijo salían del coche se metió a la cama. Pronto, Frank le hizo compañía. Tendremos que inventar una coartada, Ingrid—le dijo agobiado—. Ella le contestó que ya habría tiempo para eso. Continuaron con sus actividades habituales y se fueron olvidando del suceso fatídico. Habían pasado casi dos meses cuando se presentó en su casa la policía. Era una visita de rutina. Se trataba de la desaparición de una chica venezolana. Sí, agente—le dijo Ingrid—. La tuvimos de acogida unos meses, pero se fue con unas personas que le recomendaron sus amigas. Tratamos por todos los medios de que se quedara con nosotros, pero insistió en que estaría mejor en la ciudad. Le dimos dinero, la llevamos a la estación de tren y nos despedimos con pena y muchas lágrimas. Es una chica formidable, la vamos a echar mucho de menos. El policía hizo unas anotaciones, comentó que la señora María del Rosario se había puesto en contacto con la embajada porque llevaba dos meses sin tener noticias de su hija. Agregó que no había rastro alguno de la muchacha, que su permiso estaba vencido, que el móvil no tenía saldo y que el silencio que se empecinaba en mantener era muy poco común para una joven tan sociable. Ingrid dijo que por desgracia ignoraba su paradero y que si querían información buscaran entre las conocidas de la chica. No se llegó a nada y el policía pidió de favor que en caso de tener alguna información no dudaran en avisarle.

Por la tarde hubo una reunión familiar, se establecieron todos los detalles de la estancia y partida de Iris. Marc tuvo que repetir varias veces frente a su madre la información. Cuando terminaron de establecer las normas de conducta para las siguientes semanas, continuaron con sus tareas como siempre. Ninguno de los tres se sentía incómodo o nervioso. Parecía que nunca habían visto a Iris y la borraron de su cabeza. Todo hubiera seguido su curso normal, pero llegó a visitarlos el inspector Richard Cage. Era delgado sin ningún atributo particular. Lo único que destacaba de su rostro era una frente bombacha y los ojos muy vivos. La familia estaba descansando después de una semana muy agitada. Les pareció raro e inoportuno que los interrumpiera un desconocido.

—Buenas tardes, señora Ingrid, soy el inspector Richard Cage, perdone que venga en un día tan inadecuado, pero tengo que hacerle unas preguntas—. El inspector miró con atención la casa, el jardín, las casas aledañas, los coches y todo lo que juzgaba necesario para hacerse una idea de la forma de vida de los Brook.
—No se preocupe, inspector. ¿A qué se debe su visita? —. Richard se detuvo mirando las flores e hizo un comentario sobre las rosas y los claveles que en fila conducían a la puerta de la casa.
—Sí, inspector, nos encanta nuestro jardín.
—Oiga, ¿podría contarme algo de Iris?
—Pero si ya le habíamos dicho al gendarme que vino hace unas semanas que no sabemos nada de ella.
—Lo que pasa es que nadie la ha podido encontrar y nos están presionando. Nos ha visitado el embajador en persona y quiere una respuesta pronta.
—Mire, desde que se fue Iris no nos ha llamado. No sabemos nada, se lo juro.
—Sí, le creo, pero me gustaría saber un poco más de ella. ¿Cómo es?
—Pues, bajita, delgada, morena…
—No, no me refiero a su apariencia, sino el carácter.
—Ah, ya entiendo. Pues qué le puedo decir. Es activa, muy inteligente, amable y estudiosa.
—Oiga, si no es mucha molestia. ¿Puedo ver el sitio en el que dormía?
—Por supuesto. Venga conmigo—. Ingrid subió los escalones de la entrada con determinación, se limpió los pies y entró seguida del inspector. Siguió una actitud de protocolo de anfitriona describiendo las partes de la casa y cuando llegó al dormitorio para las visitas abrió la puerta. El inspector pidió permiso para entrar y descubrió que todo estaba limpio y en orden. Buscó algún objeto olvidado por la chica, pero no había absolutamente nada.
—¿Era muy ordenada, Iris?
—Sí, inspector, me dejó la habitación así de limpia al marcharse.
—Tiene una casa muy bonita y bastante grande. ¿Usted eligió los muebles?
—No, inspector este estilo le gusta más a Frank que a mí. Yo soy más cosmopolita, pero aprecio el buen gusto de mi marido.
—No está nada mal. Se nota el concepto estético. Por cierto, ¿tiene a alguien que le haga la limpieza?
—No inspector. Vivimos muy lejos de la ciudad y no hay muchas chicas que quieran venir hasta aquí para ganarse unas cuantas libras. Lo hacemos todo nosotros, aunque no me lo creo. Es relajante. Aunque antes le pedíamos de favor a nuestro vecino que nos dejara a su criada a cambio de una buena compensación. Es muy amable y cedía siempre, pero últimamente hemos decidido no molestarlo.
—Pues, la felicito, eso habla muy bien de su familia. Hay armonía y convivencia. Oiga, creo que no hay motivo para molestarles más, me retiro y espero no venir de nuevo por aquí.
—No, inspector, esta es su casa. Venga cuando quiera.
—Gracias, señora Ingrid, despídame de su marido e hijo. Ah, una cosa más, ¿qué es eso que tienen detrás de la casa?
—¿Se refiere al remolque?
—No, no. Es sobre esa parte de la casa que sobresale.
—Ah, eso es un cuarto para los cacharros y cosas así. Lo usamos para guardar cosas viejas.
—Bueno, muchas gracias y disculpe las molestias.

En cuanto se marchó el inspector Ingrid se reunió con su familia y les contó detalladamente lo sucedido. Fue necesario establecer una lista férrea de declaraciones, en caso de que se repitieran las visitas tendrían que afirmar sin duda que Iris era muy buena, sociable, emprendedora y comunicativa, sin embargo, se conducía de forma recatada y era en exceso respetuosa, luego se había enamorado de Marc y lo había tratado de seducir. Al darse cuenta de que su vida al lado de Marc era imposible, se había marchado con sus amigas. De todo lo demás, era necesario improvisar algunas cosas lógicas; pero breves, había que contarlas sin mucho ahínco.

Frank se cogió unas vacaciones y se dedicó a pasar las tardes con su esposa. Parecía que estaba reavivando su enamoramiento. Preparaba comida rica, bebía vino en la sobremesa y contaba anécdotas del trabajo y la política. Ingrid vio despertar su interés e interpretó de forma adecuada la seducción de su marido. Pasaron varias noches consumidos por esa fuerza de rechazo hacía la fatalidad. Ya no eran jóvenes y se veían en el sendero de la vejez. Lo importante era deshacerse de la escoria del pasado y emprender el camino con los deseos del cuerpo clausurados y el espíritu listo para crecer. Hablaban de los amigos del pasado, de las buenas y malas experiencias. Parecía que tenían la obligación de hacer un buen resumen de su vida antes de recibir a sus nietos. Marc no tenía ni la edad ni el menor deseo de casarse, pero ellos se auto proclamaron previsores del futuro y planificaron todo. Miraron las habitaciones, determinaron cuál sería el dormitorio del bebé y los arreglos que harían. Mientras todo fuera especulación los planes eran cómodos, pero en cuanto algo tomaba cariz de realidad se incomodaban. Una mañana en la que se habían despertado tarde y quedaban pocos días para que Frank volviera a sus obligaciones se presentó el inspector Cage.

—Perdonen por la intromisión, pero siendo las ultimas personas que se comunicaron con Iris, su ayuda es fundamental.
—¿Qué pasa ahora, inspector? —Preguntaron fingiendo real sorpresa.
—Nada. Es que estamos sin rastros, pistas o cualquier cosa que nos pueda ayudar para encontrar a Iris.
—No se preocupe inspector, estamos en la mejor disposición para ayudarle.
—Sí lo creo. ¿Me invitan un café?
—Por supuesto, pase, pase.
En inspector se sentó en el diván del salón y miró hacía el jardín. Se quedó pensando un rato y luego la voz de Frank lo sacó de sus pensamientos.
—Debe ser duro trabajar como inspector, ¿no?
—Sí, estimado Frank, es duro, pero como todo en la vida. Uno se acostumbra a su trabajo, además no es tan desagradable como el de matarife o forense. Nosotros los investigadores vemos muy poco el cuerpo de las víctimas y convivimos más con los testigos y los vivos que con los cadáveres. 

Una risa les alegró el rostro, hablaron de cosas simples y el investigador les informó que no habían encontrado ninguna estudiante o ciudadana de origen venezolano que pudiera darles referencias de la desaparecida. Ingrid tuvo la ocurrencia de decir que tal vez no fueran unas amigas venezolanas las que le habían propuesto marcharse a su amiga, sino de otro país. El inspector se dio una palmada en la frente y dijo que era un tonto al no preverlo. Luego hizo algunas preguntas relacionadas con la invitación que le habían hecho a Iris, sobre la iniciativa de Marc, para el intercambio de estudiantes y las cosas académicas que les preocupaban más a la familia. Antes de retirarse Cage le pidió a Frank un sacaclavos o alguna herramienta que le sirviera para desdoblar la lámina de la salpicadera que le estaba estropeando la rueda. Frank se fue directamente a su garaje y le pidió al inspector esperarlo, pero éste sin hacer caso se fue tras él. Después le preguntó si recordaba lo que había pasado el día en que se fue Iris con sus amigas. Frank iba a contar lo que tenía acordado con su familia, pero Cage le dijo que estaba al tanto de sus relaciones con una de las secretarias de su oficina y que según le habían comentado el día en que Iris se había ido, él había recibido una llamad urgente. El personal decía que en esa mañana no se había presentado Rose y todos pensaron que le había sucedido algo, dados los gritos de sorpresa que Frank había soltado al levantar el auricular.

—Le pido mucha discreción, inspector. Sería mejor que no lo supiera Ingrid.
—No me ha entendido, Frank. No me interesa que su mujer sepa o no de sus relaciones extramaritales. Lo que no entiendo es por qué le sorprendió tanto que Iris se fuera esa mañana. No tendría relaciones con ella, ¿verdad?
—¡Qué dice, inspector! Usted sabe que Iris estaba enamorada de Marc y por la decepción se fue. Esa era la razón de que se fuera de nuestra casa así tan de prisa. Me vine a la casa y la encontré por la carretera, le pedí que subiera al coche, le di dinero y traté de persuadirla para que recapacitara, pero dijo que la presencia de mi hijo le causaba impaciencia y no podía concentrarse, que era mejor que se fuera. Que tenía amigos ya esperándola.
—Lo entiendo Frank, por cierto, Marc tiene novia, ¿verdad?
—No inspector, tendrá alguna amiga por allí, pero nada serio, además está muy dedicado a sus estudios.
—Pues lo que me han dicho sus amigos es otra cosa.
—¿Cómo? ¿Ha sido capaz de ir a la universidad?
—Sí, Frank, estamos desesperados. La presión es mucha y tenemos que buscar hasta en los sitios más absurdos. ¿Sabe que Marc tuvo relaciones con Iris? No lo podemos confirmar y su hijo lo negará sin duda, pero sus mejores amigos nos contaron que varias noches seguidas entró a su habitación y la poseyó.
—Oh, inspector, eso no lo sabía. Le prometo que tomaré las medidas apropiadas.
—Tal vez sea un poco tarde para hacerlo Frank. Esa mala conducta de su hijo pudo haber provocado el deseo del suicidio. Pobre chica. No hemos encontrado su cuerpo, si es que se suicidó, pero ya aparecerá viva o muerta.
—Mire, inspector, si ustedes no buscan bien no es nuestra culpa. Lo que le puedo afirmar al cien por ciento es que la tratamos bien y se fue por la razón que sea, pero no intervenimos mi familia y yo en eso.
—Está bien, Frank. No se ponga así y búsqueme algo para enderezar la lámina de mi salpicadera—el inspector se puso a fisgonear entre los objetos y al notar un bate con una mancha le preguntó si su hijo jugaba al beisbol.
—Sí, inspector, está en el equipo, pero no es tan bueno como para ponerlo de titular. Los últimos meses ya ni siquiera va a los entrenamientos.
—Es una lástima Frank. A mí me encanta ese deporte. En mi época de estudiante tampoco pude ingresar al equipo y me conformé con deportes menos populares. Me aceptaron para el bádminton, pero no hice carrera y terminé de sabueso.
—Bueno, mire. Esto le servirá—Frank mostró un fierro muy largo y un martillo—. Vamos a que le ayude con esa lámina del demonio.

Frank tardó unos cuantos minutos en separar la lámina. Con unos cuantos martillazos dejó libre la rueda y al terminar tiró a un lado las herramientas, se despidió de Cage y se fue a hablar con su esposa. Por primera vez, desde la muerte de Iris no habían sentido la adrenalina, pero esta ocasión era producida por la incertidumbre. Tenían una coartada comprobada cientos de veces, pero el investigador Cage estaba hurgando en sus vidas y no sabían qué tanto podría encontrar. Los tranquilizaba el hecho de que las otras chicas que habían pedido acogida en su casa no habían aceptado en el último momento y que obligados por el director de la universidad habían aceptado a Iris. Tampoco, habían informado mucho sobre ella y los reportes que entregaron eran buenos. Estaba el hueco de los abusos de Marc, pero sin las declaraciones de la víctima todo seguiría bien. Sabían que sería imposible encontrar rastros y seguirían declarando lo mismo cada vez que se presentara el investigador Cage.

La vida volvió a la normalidad. El investigador Cage ya no se presentaba de forma inesperada en la casa y llamaba para informar del desarrollo de la búsqueda. Los Brook ya se habían casi olvidado de su crimen cuando el inspector les llamó para decirles que existía la sospecha de un asesinato. Dijo que, al parecer, alguien había encontrado un objeto que le pertenecía a la muchacha; que los mantendría informados de los acontecimientos; y que les avisaría para confirmarles que el criminal había caído. La atmósfera en la casa comenzó a llenarse de una energía gris y maléfica que les producía insomnio. Cuando no era Ingrid, era Marc o Frank, pero a veces se encontraban los tres tomando calmantes en la noche. La que se mantenía más firme era Ingrid, que gracias a su sexto sentido medía la intensidad del peligro de acuerdo con las sensaciones. Para Frank y Marc era mucho más difícil porque su raciocinio les picaba como una serpiente. Marc creyó haber cometido un error al ocultar las armas del delito. Frank recordó lo del bate que le había señalado Cage. Se levantó rápidamente y se fue a ver dónde estaba el palo. Entró al garaje, encendió la luz y miró el objeto, la luz producía una sombra que le impedía ver si tenía una mancha de sangre o no. Se acercó y descubrió que sí, en efecto era visible. Aunque, la parte limpia era la que se veía primero, para un buen observador estaba claro que la mancha era de sangre. Salió muy enfadado y le riñó a su hijo. Ingrid intercedió por él y la discusión se terminó. Frank durmió mal. Había algunas ideas que le preocupaban demasiado. Descuidaba un poco los asuntos del trabajo por sus miedos y cuando ya no pudo más se decidió a comprobar que la policía no tenía ubicado el sitio donde habían enterrado el cadáver.

Iba por la carretera y bajó la velocidad, buscó con la mirada los arbustos que había en el extremo opuesto de la carretera, aparcó, se cruzó del otro lado y subió por una empinada, después buscó un roble grueso y muy frondoso, miró con atención y halló el montículo que ya se había llenado de hojas secas. Respiró tranquilo y volvió a su coche. Días más tarde recuperó el aplomo, incluso empezó a fanfarronear un poco y andaba de muy buen humor. Insultaba a sus subordinados con ironía y se reía en secreto porque los consideraba todos unos gallinas ineptos. El siguiente fin de semana le propuso a Ingrid ir al teatro por la noche. Eligieron el sitio, la obra, la ropa y esperaron a que llegara la hora para ir a ver el espectáculo. Después de comer Frank decidió descansar un poco. Cogió un libro y se sentó en una banquilla de su hermoso jardín. Estaba sumido en la lectura cuando oyó que un auto se detenía frente a él. Era el inspector Cage que se le acercó y, después de saludarlo, le preguntó por la historia de su lectura. Era una novela histórica de un autor famoso que había escrito sobre la Roma en el siglo III. Hubo un instante de silencio y ante la mirada interrogadora de Frank el inspector solo dijo:
 “Ha cometido un error, Frank…”


miércoles, 23 de mayo de 2018

Complot


Le habían retirado la palabra la mayoría de sus conocidos, ni uno solo de sus amigos se había querido solidarizar con él por temor a la crítica y las burlas. El caso era que Golub se había cansado de que las cosas fueran injustas y que nadie fuera capaz de proponer un cambio. Él estaba harto de que los gorriones le robaran el alimento y sus compañeros más fuertes no le dejaran acercarse a los sitios donde la gente tiraba migajas de pan, semillas o algunos granos de arroz. Se preguntaba por qué había una contienda entre ellas mientras las pardillas astutas se acercaban, cogían su botín y volaban con rapidez. Reñir entre ellas por la comida que no iban a tener, le parecía una de las peores aberraciones. Cuando lo comentó con su padre, éste le dijo que las cosas habían sido así desde siempre y que tenía que aceptarlo. La naturaleza es sabia y no se la puede cambiar. Con esas palabras creyó que haría entrar en razón a Golub, pero este fue el motivo para alejarlo aún más de la comunidad.

Un día empezó a volar con más pericia. Observó por mucho tiempo la conducta de los pájaros pequeños y fue condicionando sus reflejos a los movimientos de los traviesos ladronzuelos. No logró mucho porque de cualquier forma eran más astutos y dominaban las técnicas de la simulación de forma asombrosa. Golub se apartó y se fue a vivir lejos de la catedral, su objetivo era entrenarse para adelantársele a sus enemigos. Caminaba con pasos más cortos y buscó la forma más cómoda de desplegar las alas para elevarse. Con paciencia se decía a sí mismo que todo era cuestión de convicción y trabajo. Las primeras semanas las palomas que volaban en bandada lo miraban volando muy bajo y decían que era una gallina imposibilitada para los despegues. No sabían que Golub medía la fuerza de las corrientes de aire y hacía maniobras que sólo un malabarista podría hacer. Claro que no lo hacía como un profesional, pero con lo que había conseguido habría podido volver a su comunidad para dejar con el pico abierto hasta a los más diestros y fuertes.

No era eso lo que perseguía, quería más. Deseaba saber cuales eran los límites de su propia naturaleza y, aunque una parte de él mostraba gran escepticismo, otra más convincente lo impulsaba a probar sus teorías. Para perfeccionar algunos movimientos se metía entre los arbustos y espantaba a los insectos de vuelo lento como los escarabajos o las polillas. Los alcanzaba a unos cincuenta centímetros de altura y los aprisionaba con el pico sin dañarlos, luego los escupía para que siguieran su rumbo. Pasados unos meses se dio cuenta de que ya eran lentos los insectos habituales y cambió a las abejas. Al iniciar sus prácticas se frustró porque las avispas eran tan rápidas que ni siquiera lograba acercárseles. Decidió perder un poco de peso y fortalecer sus alas. Se puso a volar en grandes círculos e intentó hacer piruetas dentro de un espacio de un metro cúbico. Le gustaba hacer sus ejercicios cuando los ventarrones eran fuertes. Un día se fue directamente a donde picoteaban los gorriones y estos al verlo se pusieron contentos porque sabían que cuando buscara comida y encontrara un buen bocado se lo quitarían del pico. Golub tuvo la suerte de encontrar un trozo de patata frita que algunos paseantes habían dejado caer. Con discreción, como lo hacen todas las palomas para evitar los peligros, se acercó. Parecía que caminaba de forma natural, pero en realidad estaba llamando la atención de las avecillas. Estas la miraban fingiendo indiferencia para que no se diera cuenta de su vigilancia. El juego se prolongó casi un minuto y cuando Golub se decidió a coger la patata frita un gorrión burlón se precipitó sobre ella. Lo que sucedió después desconcertó a los mirones porque nunca habían visto algo parecido. Golub había adivinado la trayectoria que seguiría el ladrón y lo interceptó en pleno vuelo. En caso de que hubieran chocado, el tropel de pardillos que presenciaba la escena habría decidido que había sido algo normal, pero Golub se dio el lujo de arrancarle del pico el trozo de fritura. Nadie lo podía creer porque habían comprendido lo peligroso de dicha proeza. Vieron como se alejaba la paloma y la siguieron con la vista porque sabían que se lo comunicaría a sus amigos. 

En efecto, Golub iba con la determinación suficiente para convencer a sus semejantes de que las cosas se podían cambiar. Nadie lo escuchó y no sólo no cerraron los oídos a sus palabras, sino que lo calificaron de loco. Trató de demostrarles en ese preciso momento de lo que era capaz, pero ante la inexistencia de gorriones, sus aleteos resultaron un baile ridículo que provocó sólo risas. Se alejó un poco enfadado y se prometió aparecer en la plaza al día siguiente cuando las atolondradas aves torcaces anduvieran entre la gente peleándose entre ellas por las pizcas de pan. Se acercó con disimulo y anduvo dándose empujones fuertes con los machos que le sacaban el pecho amenazándolo. Cuando los vanidosos palomos perdían su alimento los miraba de forma retadora. Alguien le preguntó por qué era tan insolente con sus miradas. Lo amenazaron con combates, pero el prefirió apostar. Nadie quiso aceptar lo que les proponía porque, como decían entre risas, estaba derrotado de antemano. No le quedó más recurso que herir el amor propio del macho más arrogante. Le dijo que si le ganaba la apuesta se quedaría con sus hembras y si perdía se iría lejos de allí y no volverían a saber de él.

Como todos estaban cansados del alegato animaron a que el contrincante se decidiera. Así fue y al echar a la suerte los turnos, le tocó al soberbio pichón comenzar. Se le dejó el espacio libre en los sitios donde los gorriones merodeaban. Comenzó la contienda y la pesada ave daba tan fuertes aletazos que impulsaba más lejos a las avecillas que salían como flechas después de robarle en su propio pico el alimento. Como era muy testarudo voló sin éxito una cien veces. Cuando las fuerzas lo abandonaron le pidió a Golub que demostrara que él sí podía lograrlo. Con pasos lentos se fue acercando a los montoncitos de miga y corteza de pan y eligió un trozo no muy grande que fuera cómodo para el pico de uno de sus cacos. Sabía que una avecilla audaz lo seguía con la mirada y se inclinó con el pico listo para coger el pedacito de pan. El gorrión se acercó, cogió el pan y salió disparado confiado en su velocidad, pero a los dos metros se dieron un encontronazo. Golub que hizo un giro después del choque, cogió al vuelo el pan y voló hacia donde estaba su oponente.

Nadie podía creer la proeza. Las hembras temerosas se unieron en un grupo y bajaron la cabeza. Los machos se fueron en dirección al gran pichón que permanecía callado. Golub llegó y les preguntó si era suficiente la demostración o tendría que hacerlo de nuevo para que no se argumentara después que había sido un golpe de suerte. Tres astutos palomos se apoyaron en dicha posibilidad, pues nunca se había visto que una paloma pudiera ganarle a un gorrión. Golub repitió su hazaña dos veces más y ya no hubo duda de que era capaz de hacerlo cuantas veces se lo pidieran. Llegó el momento en el que se debía hacer la entrega de las fértiles palomas, pero el consejo de aves viejas se reunió y empezó un debate en el que se decidió que no se las darían al ganador de la tonta apuesta, pues en caso de hacerlo se daría pauta para que se apostara por cualquier cosa, el segundo motivo y más importante, según las aves sabias, era que Golub no era fuerte ni amenazador y sus críos serían tan débiles como él, lo que representaba un peligro para la especie. Acordaron deshacerse del impertinente miembro de su comunidad que deseaba convertirse en un reformador de la sociedad. Propagaron el rumor de que era peligroso y lo mejor era evitarlo. Por desgracia, el bulo fue engrandeciéndose y el temor de contar con un pájaro con esas ideas los atemorizó. No había más remedio que eliminarlo. Casi nadie estuvo en contra y se evitó comunicárselo a sus familiares para evitar que le avisaran y pudiera escapar.

A la mañana siguiente unos paseantes comenzaron a tirar semillas de girasol en el adoquín de la plaza. Golub miró con atención a los gorriones y se acercó a ellos para que intentaran robarle el alimento. En tres ocasiones interceptó a los pillos y estos muy extrañados se alejaron. Notó que no había una sola paloma hembra y se le hizo raro, pensó que el gran pichón les había prohibido ir a la plaza mientras no se llevara a cabo la entrega oficial. En realidad, Golub, solo quería manifestar públicamente que le interesaba enseñarle sus técnicas a los jóvenes para que se acabara esa estúpida regla de pelear con el prójimo por el alimento para regalárselo a los audaces pardillos que, por otro lado, podían, si lo desearan conseguir su alimento en otra parte. Vio que se le acercaba un grupo de machos. Los esperó para que le dijeran su resolución, pero llegaron sin decir nada. Lo miraron fijamente y lo atacaron. Golub no tuvo tiempo de volar porque le asestaron fuertes y rápidos picotazos. Les preguntó adolorido y desesperado por la razón de su ataque, pero murió pronto desangrado. Quedó tendido en el suelo algunas horas, la gente lo fue apartando con el pie hasta que quedó debajo de una banca. Las hormigas pronto dejaron las plumas y los huesos limpios de carne. En la comunidad se prohibió hablar del suceso a las nuevas generaciones y a nadie se le volvió a poner el nombre de Golub.

lunes, 14 de mayo de 2018

Castigo a destiempo


El inspector Christopher Morrison tenía la mirada fija en el rostro del anciano. Parecía que con la vista trataba de definir si el pobre enfermo seguía respirando. En la habitación hacía un poco de calor y la enfermera había descorrido las cortinas por completo para que se pudiera ver el paisaje de la ciudad. Estaban en el piso número quince y las vistas eran muy buenas. Se veían algunos rascacielos, el río y algunas zonas verdes en las que la gente paseaba por los parques. Era domingo y la familia de James Caldwell no tardaría en llegar. Harían la misma pregunta de siempre: “¿Podemos desconectarlo ya?”.
Era la forma en que pedían la autorización para practicar una eutanasia asistida. Caldwell se lo había pedido a su hija cuando todavía podía hablar y los dolores de su cáncer no eran tan intensos y le permitían conversar normalmente. Llegó Mariane acompañada de su esposo Jerry. Con miradas de complicidad esperaron a que Christopher les diera el visto bueno, pero éste se mantuvo en su posición argumentando que la ley no autorizaba esa forma de ayuda y por otro lado Dios no permitía que se asesinara a un pariente por muy enfermo que estuviera. Sabían que para los doctores todo estaba claro y lo único que hacían era administrarle las medicinas para que pudiera soportar, en la medida de lo posible, los intensos ardores que le quemaban por dentro. Pasaron unos cuarenta minutos de relación tensa. James entreabrió los ojos y quiso decir algo, pero estaba tan débil y castigado por la enfermedad que no lo logró. Los temas fueron subiendo y bajando por las vías de una montaña rusa en la que las subidas representaban los éxitos de los chicos en la universidad, las curvas los imprevistos en el trabajo y los planes de la vida cotidiana, y las bajadas eran los gastos y los fracasos en el estudio y el trabajo. Después de mantenerse firmes ante la incomodidad de no poder resolver el problema principal que les atañía, se levantaron de sus butacas, le dieron un beso al viejo en la frente, le preguntaron al doctor por el estado de salud y la esperanza de vida, acomodaron las flores en el jarrón y se despidieron del inspector con un fuerte estrechón de manos. Christopher Morrison los vio salir con parsimonia y remordimiento de conciencia. La enfermera volvió y le preguntó si deseaba seguir allí porque era su hora de comida y no regresaría hasta después de una hora u hora y media. Christopher le dijo que no se preocupara y que si tenía alguna urgencia o duda ya se lo diría a otra empleada del hospital. La sonrisa de agradecimiento de la mujer morena provocó que se le salieran los pensamientos en voz alta al jefe de policía.

Tienes que aguantar un poco más, James, ya te falta poco para morir, pero como bien sabes no te puedo dar el gusto de que te vayas tan rápido. Me reprocharás todo lo que he hecho estás últimas semanas convenciendo a los médicos para que hagan hasta lo imposible para mantenerte en este mundo, es necesario que permanezcas aquí hasta el último minuto. Además, fuiste tú quien empezó con toda esta historia. Jamás te hubieras acercado a mí. ¿Qué fue lo que te obligó a despertar mi curiosidad? ¿Recuerdas cómo empezó todo?  Seguro que sí. Mira, yo estaba desembrollando un caso, tenía mal humor y me dolía la cabeza. Ya llevaba unas cinco tazas de café muy cargado y no tenía ganas de seguir. Fue cuando Tom, mi ayudante, llegó con esa diadema. Es para ti James—me lo dijo como si le hubieran indicado que era un regalo—. La habría tirado a la basura sin ni siquiera mirarla, pero ya sabes como es nuestro instinto, James, eres inteligente y sabías que ese objeto me iba a despertar un maldito gusano venenoso. Seguro que te imaginabas mis noches de insomnio y te reías. Lo que no sé con exactitud es si lo habías calculado todo. Quiero decir en días o en horas. Era imposible saber en ese momento que me tardaría casi medio año en llegar hasta ti. Tu tenías los hilos en tus manos, planificabas cada paso para irme llevando a los crímenes que cometiste. Hubo cosas que no podías saber antes de tiempo, pero de cualquier forma eras un dramaturgo de la vida reconstruyendo tus crímenes y desenrollando esa tragedia que vendríamos a terminar juntos aquí. Recuerdo que me quedé mirando el pequeño adorno y pasó cerca Mariane que me dijo que se le hacía conocido, que lo había visto alguna vez en un archivo. No te imaginas lo terrible que fue buscar esa maldita foto, James. Revisé los asesinatos del año pasado, eran más de trescientos homicidios en todo el estado, pero tú sabías que no era de nuestro condado, ni de nuestro estado, ni de este decenio. Seguro que te burlabas, que me veías como un ratón royendo los archivos. Primero en el ordenador, luego en las carpetas viejas de nuestro archivo. Quería darme por vencido, la verdad James, no tenía paciencia, me comenzaron a devorar los medios. ¿Cómo sabías cuáles eran los momentos decisivos, James? Las pistas llegaban a tiempo, cuando ya tenía los mechones de pelo listos para arrancármelos. Me conocías, me habías visto cerrando un caso al que no le encontramos ni pies ni cabeza. Eras soberbio, muy audaz y con una inteligencia privilegiada. No te me acercaste nunca. Jamás te decidiste a intercambiar un saludo conmigo, creías, o más bien, estabas seguro de que me encontrarías cuando se te antojara. Mientras había mucho por hacer. ¿Cuál era tu meta, James? ¿A cuántas mujeres querías asesinar? Siempre me quedará la duda. Fue una obra de arte, James. Lo reconozco, hacías las pausas necesarias, me dejabas frío de terror en los peores momentos, me enfrentabas al dolor del pasado, revivías esas angustias en la gente con mis interrogatorios. ¿Eso lo lograbas ver con tus propios ojos? O ¿Era tu mente inquieta y calculadora la que te daba ese gusto? Podías haber sido un gran científico, podrías haber llegado muy lejos aportando maravillosos inventos a la comunidad, a toda la gente, al mundo entero.

Todo este tiempo te fui reconstruyendo. Pieza por pieza. ¿Cuándo te estropeaste James? ¿En que momento desaparecieron tus sentimientos y te surgió la duda? ¿Cuándo empezaste a causarle dolor a los demás para comprobar que eras capaz de sentir? He pensado tanto en ti. No te imaginas los razonamientos en los que me he sumido tanto tiempo. Te veo en la juventud, maltratado, sufriendo por ese monstruo que se fue germinando en tu interior. Y todo por qué, James, ¿por una mocosa que te ofendió? ¿por una mujer que te dijo que eras impotente? Esas no son suficientes razones para asesinar. Era venganza, ¿verdad? ¿Tenías una imagen materna dolorosa? Sé que no me lo dirás jamás, pero la psicología me ayuda, James. Tal vez no lo descubra todo, pero Freud me guía, no es el mejor, pero está a tu altura y es una autoridad para mí. El me ayudó con las primeras piezas, luego tuve que seguir sólo, se hizo un asunto personal. Lo sabías. Puedo ver tu risa incluso ahora que estás al borde de la muerte. Lo malo es que tu risa es cruda. Lo ha sido siempre, ahora está seca y cadavérica. Vamos a reír juntos, James, te lo cuento de principio a fin y con los párpados me lo dices. Si me equivoco parpadeas dos veces, si estoy en lo cierto, no hagas nada. ¿De acuerdo? Bueno, vamos a jugar, James. Sé como lo planeabas. Buscabas una casa en otro barrio o en otra ciudad. Tu empleo te lo permitía. No te costaba nada convencer a tu esposa. Tus hijos iban bien en la escuela. Les heredaste tu capacidad, tu ingenio. Los guió tu mujer por el buen camino, tú sólo hacías lo necesario para no estropearlos. Antes de marcharte, cuando ya tenías tu mudanza lista, realizabas tu rito. Te excitaba la marcha. Querías despedirte con un acto brutal. No describiré tus maléficas y demoniacas acciones. ¿Te sentías Dios, James? ¿Era eso? No, Tu eres egoísta, gozas tu individualidad. Me asalta una pregunta. ¿Te habría dolido la pérdida de tu hija? Me asombras, James, no parpadeas. Un ser como tú debería decir que no. ¿Qué tal si en la próxima visita le cuento todo? Ah, ríes, está bien. Has entendido la broma. Ella no lo creería nunca, incluso si viera tus rastros y le dijéramos que algunas de las víctimas fueron conocidas suyas. ¿Eso fue ocasional? No, eso no va contigo, amigo mío. Tu mente es demasiado perspicaz. Yo no soy brillante, James, mi mente es débil, ingenua y frágil. Tu eres como un gran jugador de ajedrez. Prevés los movimientos de tu enemigo, sabes lo que la gente hace en cada situación. Creo que incluso lograste rebasarte a ti mismo. Eso, tal vez, fue tu perdición, James. Lo que no sé es qué vamos a hacer ahora. Entiendes que no puedo llevarte a juicio por tus homicidios, no soportarías, sería una gran estupidez. ¿He hecho mal en cobrar venganza con mi propia mano? ¿Te ríes? Eres un hombre astuto, James, otro en tu lugar sentiría remordimiento de conciencia u odio. Tú no buscabas el sexo, ¿verdad, James? Sé que eres impotente, no incapaz de haberlo hecho, sino impotente de verdad en el sentido físico. Aunque, eso no te afecta, James. Eres insensible y tu hija tiene la suerte de ser de otro padre y tu hijo no es como tú. En absoluto, James. Su padre es un buen hombre. Es por lo que nunca congeniaste con él. Tal vez, el pequeño John sea más de mi tipo. Es muy parecido a mí en su conducta. Le gusta su trabajo, es buen padre y no oculta cosas como tú. A lo más que llega es a tener alguna aventurilla extra marital, pero nada que afecte demasiado a su mujer. Para ti las aventuras debían producirte adrenalina, ¿verdad? Desafiabas al destino, le dabas oportunidad al azar de ponerte trampas, pero siempre ganaste.

Oh, James, lo siento, creo que te estás poniendo mal de verdad. Estoy pensando que serás capaz de soportar el dolor físico, ya estás acostumbrado. Si pierdes el sentido, te prometo que llamaré a la enfermera. Ahora, aguanta. Tenemos mucho que aclarar, James. No seas mal amigo. Acepté tu propuesta y cumplí. ¿Tú tienes honor? ¡Claro! Es tu mejor cualidad, James. Te lo decías a ti mismo. Cuando te decían: “vámonos a dormir, papá”. ¿Qué hacías, James? ¿Qué excusa dabas en tu casa para ir a cometer tus crímenes? ¿Sí?  ¿Lo ves?  Oh, James, no respiras. Dime que no te has ido. Contéstame, dame una esperanza, unas horas más, aunque sea sólo un par. Me falta contarte lo que sintieron las madres de las mujeres que ahorcaste, James. No, no te vayas, James. Eres mal amigo, James. ¿No has podido soportarlo? No te puedes quebrar ahora, amigo. Mira, ahí viene la enfermera. James, demuéstrale que has podido soportar, que puedes seguir oyéndome unas horas más…

Señor Morrison, lo siento de verdad. Su amigo ha muerto. ¡Qué lástima! Usted ha sido testigo de sus sufrimientos durante estos días. Ahora ya descansará en paz. Reciba mi más sentido pésame. Un favor, señor Morrison. Dígaselo de una forma discreta a sus familiares. Gracias.