martes, 12 de marzo de 2019

La huida frustrada

Llovía a mares, Susy trataba de ocultarse bajo su paraguas, pero los riachuelos que le impedían avanzar con rapidez la dejaban ante una cortina gris que le penetraba el jersey humedeciéndolo. Sabía que el hotel no estaba muy lejos, sin embargo el llegar le parecía una hazaña. Vio el anuncio luminoso de un cine, se acercó y leyó. Echaban una película de Bogart, la famosa Sabrina. El film iba a empezar, se compró una entrada y se sentó en la última fila, se quitó los zapatos que estaban empapados, colgó su paraguas de una butaca de enfrente y apoyó las rodillas en el respaldo del asiento vacío que tenía delante. Sus medias brillaron con la luz que salía de la pantalla. Notó que a la derecha, no muy lejos había un hombre dormido. No habían pasado ni diez minutos desde que habían apagado las luces y el tipo ya roncaba. A ella le hubiera gustado conciliar el sueño con esa facilidad, pero le era imposible. Las circunstancias la habían obligado a fugarse, su mundo se estaba desmoronando y no quería quedar enterrada bajo los escombros. Dejó de ponerle atención a las palabras de la hija del chófer de la familia Larrabee, aunque le encantaba la actitud de la Hepburn con su carita infantil y su gran encanto aristocrático.
¿Cómo había podido llegar a esa situación?—se preguntó con la mirada extraviada en el vacío—. Por qué no tuvo la suficiente fuerza de voluntad para negarse a la propuesta de su jefe. Antes de acostarse con él las cosas habían pasado desapercibidas. Había sido testigo involuntario de las maquinaciones de la empresa, de los fraudes de los accionistas, del lavado de dinero, de los sobornos y no lo había comprendido hasta que abrió las piernas desnuda en una cama de hotel de lujo. Ahora tenía una última puerta, pequeña y parecida a la entrada de una madriguera. Era a donde se dirigía esa noche de domingo muerto, pero el chubasco y el miedo la habían dejado sin recursos para llegar a su salvavidas. Sabía que dormir fuera de su casa era la única forma de esconderse. Le seguían los pasos, tenía información muy comprometedora, sería el testigo más importante en las declaraciones. Gracias a ella se destruiría el imperio de las bebidas energéticas, pero el precio era altísimo. ¿Qué ganaría ella? Nada, ni siquiera el perdón de sus compañeros que la consideraron la peor traidora desde aquella fiesta en la oficina. “No se vaya Susy—le había ordenado Rodrigo Villa con aire soberbio—, tengo que hablar con usted”. La conciencia fue quien puso el grito en el cielo y el sentido común dio de patadas abriéndole paso para que huyera, pero la estupidez le puso una copa de vino espumoso en la mano y sus hermanas: la necedad, la idiotez y la ignorancia se la llevaron con bailes carnavalescos hasta el lecho del rey. Quedó despatarrada, ebria, soportando el peso del semental Villa oprimiéndola contra el colchón.
La relación habría ido bien de no estrecharse demasiado los lazos de amistad. El culpable fue Rodrigo que le empezó a llevar regalos caros. Joyas, inmuebles, coches. Susy era una ramera, según la opinión de sus colegas. Ella trataba de disimular, se vestía de forma muy modesta, usaba efectivo y sus billetes eran de baja denominación, algunos parecían procedentes del mercado o del bolsillo de un pordiosero, pero no lograban ocultar la esplendorosa vida que le obligaba Rodrigo a aceptar. Lo malo fue que el idiota se encariñó con ella. Al principio la usó de muñeca de goma, pero luego fue descubriendo algunos sentimientos que le hicieron brotar en su corazón pétalos aterciopelados. Ya no le decía palabras de prostíbulo, al contrario, la engalanaba con diminutivos y sílabas dulces. La cosa empeoró cuando el frío y calculador señor Villa, respetado y temido hasta por la mafia, dobló las manos ante su concubina, amante o lo que fuera, y comenzó a revelarle los negocios sucios de donde salían los pequeños pisos, las esmeraldas y los coches de año que ella recibía. En la oficina las palabras eran peligrosas avispas. Le zumbaba la cabeza al cotejar el florecimiento del negocio con la actitud dócil y servicial de algunos diputados, senadores y empresarios.
La pestilencia empezó a llamar la atención de los inspectores de hacienda. Susy sabía que de sus archivos era de donde emanaba el fétido olor y le preguntó a Rodrigo si había forma de deshacerse del tufillo. Él se reía de su miedo, pero Susana Donoso se había quemado las pestañas en su instituto técnico y sabía que una contabilidad sucia es siempre un peligro. Debió escaparse mientras tenía la posibilidad. No lo hizo y ahora su única tabla en el mar la ayudaría a pasar unas cuantas horas que la llevarían a la costa del lunes y podría presentarse ante las autoridades con todas las pruebas. La acusarían de complicidad, sin embargo no era lo peor y con una fianza saldría libre para desaparecer muy lejos con el poco dinero que le quedara. La película seguía su rumbo, ya la había visto. Sabía que Linus, o sea el guapo Bogart, se enamoraría de Sabrina y se iría con ella en un barco a París. Ella también necesitada una embarcación, pero se dirigiría al Caribe. Un temblor que no venía por la lluvia, sino por el terror la poseyó. Miró de reojo a la derecha y notó que el hombre seguía dormido y roncando. A su izquierda había un tipo de chaqueta negra y vaqueros, estaba "despiertísimo". Era amenazador, terrorífico. Susana se quedó inmóvil y sintió algo metálico en la sien. Decidió gritar pero no lo logró. Se encendieron las luces de la sala, la gente comenzó a salir, el hombre de la última fila seguía durmiendo, una joven guapa de jersey beige y falda roja parecía haberse dormido también. El acomodador subió con parsimonia estaba harto de hacer de despertador. Zangoloteó al tipo y le dijo que la sala no era un hotel.

sábado, 2 de marzo de 2019

Traicionada


El hombre se transformó en asesino. Todo fue circunstancial, el éxito y la vida pública lo arrastraron al homicidio. Alicia lo vio acompañado de una joven muy atractiva. Carlos iba con su traje de oficina, pero su acompañante parecía salida de una pasarela. Tenía porte y el viento le acariciaba el pelo. No se le veía muy bien el rostro, pero se adivinaban una nariz afilada, unos pómulos grandes y unos ojos seductores. Alicia los siguió guardando una distancia razonable. Los vio elegir unas joyas. Salieron y se besaron como dos tórtolos. Cuando lo constató todo, se dio la vuelta y se fue a su casa. No podía controlarse, quería compartir su desgracia con alguien, pero las piernas se le habían hecho de hierro, en el estómago la náusea le daba vueltas y las arcadas eran como golpes secos. Llamó a su esposo, no tuvo suficiente empuje para hablar. Él le devolvió la llamada. Hizo un esfuerzo enorme por controlarse y lo único que consiguió fueron unas cariñosas recomendaciones de su cónyuge.

Tenía que actuar. Ella había creado al ejecutivo, le había abierto las puertas en la alta sociedad y, él, lo había aprovechado todo hasta la última migaja. La gente importante sintió su atracción. Lo respetaban porque su argumento más convincente era decir que su mujer llevaba las finanzas y él solo se limitaba a convencer a la gente de invertir y hacer donaciones benéficas. En realidad, era así, pero el veinte por ciento de esas jugosas sumas le pertenecían. Con sofisticados trucos conseguía que un pequeño flujo se desviara hacia su cuenta personal. Nadie lo había visto engañar a su mujer y, según la opinión general, era el hombre más fiel del mundo. Eso era lo que derrumbaba las sospechas de Alicia, había una voz pegajosa en su interior que le repetía: “No seas tonta, él jamás lo haría, seguro que era otro hombre o el beso solo sucedió en tu imaginación”. Ella terminó aceptándolo todo, pero en la calle un suceso le despertó de nuevo la duda.

Al salir del supermercado una mujer que estaba hablando por teléfono chocó con ella y le estropeó la compra. Las mermeladas mancharon toda la comida y la nerviosa mujer se ofreció a compensarle la pérdida. Alicia se negó y aceptó, sin quererlo, la tarjeta de la descuidada dama. Resultó que era detective privada. Alicia no podía creerlo, le parecía que las cosas se las había puesto Dios en las manos. Primero la tarjeta, luego una página de Internet en la que había una serie de recomendaciones de la talentosa Marga Perón que le había devuelto la felicidad a muchas mujeres engañadas. Alicia mandó unos mensajes, luego llamó y tuvo una entrevista. “No lo he comentado con nadie—dijo Alicia con recelo—es que no lo he confirmado y no me gustaría acabar ni con la reputación de mi marido ni con la mía. Daría lo que me pidieran por que desapareciera esa zorra”. Marga le planteó el problema desde otra perspectiva y le dijo a su nueva clienta que entre sus conocidos había hombres mil veces más guapos que Carlos y que la desagradable mujerzuela doblaría las manos o, abriría las piernas, según se quiera entender, al ver a un hombre joven, guapo, amable y con dinero. El plan quedó así: le pondría en su camino a un ejemplar de ese tipo a la amante de su esposo. Le tendería una emboscada y la ridiculizaría frente a Carlos, éste, al saber de las aventuras de su querida, la dejaría y las cosas volverían a la normalidad.

Pasaron dos semanas y un inspector se presentó ante Alicia para investigar un asesinato. Alicia no pudo responder a las preguntas y al no tener una coartada, fue detenida. Se llevó a cabo el juicio y resultó culpable. Sus huellas digitales estaban en el arma, las pistas llevaban directamente hacía ella y el móvil era evidente: celos y venganza. Su abogado no pudo hacer nada porque la defensa era un laberinto de callejones sin salida. “Solo alguien que estuviera dentro de su casa podría haberlo organizado de una forma tan perfecta, querida Alicia, entiéndalo— dijo el abogado antes de dejarla en su celda—, teníamos todo en contra. Si le sirve de consuelo le diré que es posible que algún día encuentre a esa mujer que me describió. Lo malo es que no hay rastros, parece algo inventado por usted. Perdóneme”. Alicia se sentó en la cama y se quedó callada para siempre.

sábado, 23 de febrero de 2019

La batalla de Asencio


La embarcación llevaba media hora de trayecto, el viento comenzó a soplar con fuerza. Las nubes opacas descendieron atraídas por la inquietud del mar. La tripulación estaba muy ocupada con las velas, el capitán ordenó que se retiraran los objetos de cubierta que pudieran caer al mar. El casco había sido reparado y relucía chocando con las agitadas olas. La proa comenzó a picotear la superficie del océano sumergiéndose hasta las amuras, la agitación y balanceo producían vértigo hasta en el más intrépido de los marineros. Resistían con valor porque sabían que su misión era trascendental para el nuevo rumbo que tomaría la humanidad. Solo el abogado Fuentes parecía indiferente a los fuertes silbidos y estrepitosos empujones de la inclemencia del tiempo. Estaba analizando uno de los artículos del código penal que podría ofrecerle una salida a su contrincante en el juicio. Ya había encontrado todas las salidas y con astucia había pegado en cada agujero una adherente consigna o acusación. Asencio no podía resistir las embestidas del barco, ya desde el puerto las arcadas lo torturaban, ahora con el estómago vaciado se aferraba a lo que podía. Su camarote estaba cerca de la batería de toldilla, por eso sufría como en un parque de atracciones los prolongados vaivenes de un carro de la montaña rusa.  

“Esto durará bastante, muchacho—le dijo el capitán asombrado de verlo tan blanco, casi sin tonalidad humana—, tendrás que ser fuerte. Las pruebas duras te esperan en tierra firme”. Asencio ni siquiera lo miró, temía que lo viera un riguroso hombre acostumbrado a los peores ataques de las bestias marinas. Lo había abandonado la determinación, esa señora rica y astuta que lo engatusó y animó, con su aspecto soberano, a que declarara en contra del Cardenal obispo. Lo conoció en el catecismo cuando el supuesto Isidoro Santo le echó el ojo. “¡Serás iluminado, hijo mío!”—le dijo abrazándolo como si fuera un enviado del cielo. Asencio se lo creyó, se imaginó vestido de héroe salvando la casa del señor. Uno era el portador de la fe y la esperanza en la salvación del espíritu y el otro, un niño entrando en la adolescencia que tenía ganas de creer. Fue engañado y desviado por muchos años del camino correcto. Le fue mostrada la autoridad de Dios y sus grandes amenazas a la desobediencia, la voz de Jesús era débil en aquel entonces porque el estudio era del génesis, de los profetas, los reyes y la migración del pueblo elegido. Con ellos, Asencio salió hecho un esclavo, sufrió el hambre, la sed y el abuso de los poderosos que cada vez se encontraban con él vestían atuendos muy lujosos y extravagantes. Isidoro subió como la espuma de simple religioso a diácono, luego sacerdote, después obispo y si no se lo hubieran impedido sería un cardenal pretendiendo el lugar del Papa.

El letrado Fuentes llamó a Asencio, le dijo que lo protegería de los truenos que en ese momento comenzaron a estallar en el cielo. Eran las vociferaciones del mismo Señor, que, dada la imposibilidad de demostrar la inocencia de sus emisarios, rezumbaba en el firmamento. La amenaza era una condena al infierno en el reino de Poseidón. Sonaron los cánticos del coro formado por las voces de Nietzsche, Tolstoi, Schopenhauer y Hegel en defensa del pobre joven que quería enfrentar al ejército de la fortaleza del Todopoderoso. “El reino del verdadero Dios está dentro de nosotros, no es más que la filosofía de la bondad y el amor que nos dejó Jesucristo. No le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti, no generes la violencia, ama sin intereses personales y libera tu cuerpo de los malos deseos, mata esos demonios con la paz del espíritu”. Esa era la novena sinfonía de los rezos de los hombres de la embarcación, fuera, la lluvia torrencial era la fuerza del Clero secular cuidando sus intereses. La voz del Papa canonizaba para inmunizar a sus demonios. Isidoro Santo había ocultado su cuerpo lobuno debajo de las sotanas y casullas. El lobo del hombre, la bestia pervertida tendría que organizar a sus soldados de infantería para recibir a estos argonautas improvisados que iban al laberinto de Dédalo a matar al minotauro. No tenía las armas de Ariadna, no tenía la fuerza y determinación de Teseo, pero ya había visto su muerte y la de sus compañeros en sueños mitológicos. Era para salvarse y salvarlos a ellos, para tomar una venganza que no era la guillotina, ni la horca, ni el fusil, solo destaparle la cara al Anticristo que se había ocultado junto con miles de sus cómplices en la casa de Yahvé. El Mesías usó el látigo dijo el licenciado Fuentes, tú usarás la voz como arma, tu lengua será afilada, desgarrará la hipocresía, desnudará a los traidores y mutilará discursos episcopales y, tal vez, derribe la guarnición de arcángeles; pero debes ir hasta el final.

Oscureció el cielo diurno y la nave avanzó como una pequeña hoja otoñal en un río brumoso. Se evitó la luz de los quinqués y se dejó el faro de la esperanza. El corazón guió el camino de los pasajeros. Nadie cayó al mar. Las fauces de los tiburones se confundían con las crestas de las olas. Salieron las grandes serpientes del fondo del mar, endemoniadas mantarrayas, cíclopes de tentáculos se dejaban arrastrar por la embarcación en su intento de hundirla. No lograron aplacar la fuerza de la justicia, que con una bandera pulcra se mantenía firme ante los ataques del viento. “¿Recuerdas lo que vas a declarar?—preguntó Fuentes con los oídos fijos en el oscuro silencio y los ojos abiertos a la respuesta—. Es importante que lo declares todo, en caso contrario fallaremos y esta oportunidad se perderá para siempre, nos mandarán al infierno por calumnia. Sabes que no tenemos testigos y es tu palabra contra la de él. Nadie más se atrevió a enfrentar la ira de los sermones, los pasajes del Antiguo Testamento, pero la voz del hijo del hombre saldrá por tu boca y dirás la verdad. Será como El Espíritu Santo con alas blancas que destellarán en esa sala de ignorancia. No será un juicio eclesiástico, habrá civiles y militares, se presentará el emperador y habrá crucificados. Atestiguarán contra ti los filisteos, te querrán cambiar por un criminal en las Pascuas, pero tendrás nuestro apoyo, nadie te venderá por treinta monedas. No habrá ilusos colgándose de las ramas de los robles.

Tres semanas duró el viaje y al final vieron la costa. ¡Tierra! ¡Tierra!—gritaba el vigía que se había dejado las fuerzas enredadas con los rayos de luz de las estrellas—. La brisa llegaba con las voces de las sirenas. Todas estaban fuera del agua con vestidos blancos y pancartas. Pedían justicia. Asencio recobró el color, se le calentó la piel y se puso moreno, le brillaron los ojos con pupilas de zafiro. Quiso hablar, hacer promesas y recoger denuncias, pero Fuentes le pidió modestia. Se bajó con prudencia del barco, sus altas botas se mojaron y se tuvo que enredar la capa para no empaparla. Su sombrero con pluma y enfundada espada le valieron las palmas. Lo subieron en un corcel y lo escoltaron con una peregrinación, parecía un paso de trono en Semana Santa, los ojos lo miraban por las celosías de la curiosidad. La gente lo tocaba esperando un milagro. No duró mucho la magnificencia de la acogida porque aparecieron los verdaderos encapuchados. Estaban ordenados en filas con sus túnicas blancas, sus capirotes y crucifijos. Sus ojos echaban fuego y algunos se desenmascararon los capuchones para mostrar su gesto amargo.

Había reservada para el valiente comandante una casa de adobe con techo de paja. No era un pesebre, pero lo parecía el mobiliario. Había puertas marcadas con estrellas de David. Se culpaba la ineficiencia de Moisés y sus tablillas petrificadas. El día era hermoso, la gente comía pan ácimo y vino joven. Algunos no se retractaron de hacer los sacrificios y quemaron corderos para satisfacer el hambre de El Creador. Por recomendación de Fuentes, Asencio no salió a la calle, guardó ayuno y se dedicó a meditar. En realidad, estaba repasando sus declaraciones. Dejó que los recuerdos surgieran como pequeños tallos de legumbres. “Ve cómo aparecen, Asencio—le dijo al oído el experimentado abogado—, guárdate en la mente esos gérmenes y describe tus sensaciones para que puedas describirlos ante un juez”. Asencio con los ojos cerrados lloraba porque los recuerdos le nacían del vientre y se estremecía. Al final reconstruyó todo el pasado y se quedó dormido. Llegó el día esperado.

El día decisivo. Asencio salió con el pelo ungido de aromáticos aceites, tenía puesta unas sandalias viejas, su atuendo era humilde y las sortijas de su pelo habían creado una corona espinosa en su cabeza. Decidió hacer el camino a pie. Era como un viacrucis, sufría amenazas, era acusado de blasfemo, las lenguas le lamían la espalda como latigazos. Los ojos furibundos lo hacían sudar sangre. No se hincó, ni pidió ayuda. Alguien se compadeció de él y le dio de beber. Caminó por una pendiente hacia la cima de la montaña donde estaba el capitolio. Ya lo esperaban las togas y un martillo. El murmullo llegaba hasta él, se le metía en el tuétano y le impedía avanzar, sin embargo, los rostros conocidos de sus seguidores le dieron fuerza. No habrá gallo que cante al amanecer, todos estarán fuera de la suprema corte, nadie te negará tres veces y saldrás resucitado sin morir en la cruz.

En la entrada. Había monjas y sacerdotes vendiendo trozos de La Sábana Santa, crucifijos de leña y biblias traducidas y corregidas por Dios. Los limosneros miraron al osado joven y se curaron de la lepra. “Existe—dijo un hombre que había comprado, con ruegos y clemencia, cientos de botellas de alcohol—Es de verdad”. Claro que existe, idiota—le dijo un hombre más joven que reconoció la bondad de Asencio y se arrodilló—. Asencio, cuando estés en el reino del Señor, acuérdate de mí, confiésalo todo. Él lo cogió de las manos y le dijo que esa misma tarde estarían los dos sentados declarando en nombre de la verdad. Se abrieron unas enormes puertas y brilló el piso de mármol. Avanzó Asencio sigiloso como un gato en una casa nueva. Le señalaron su sitio, quedaba frente al juez. La sala estaba llena y las personas enmudecieron. Solo sus ojos parecían tener vida. El aire se quedó inmóvil. Esperando que alguien lo exhalara. Fueron unos niños que no sabían lo que pasaba quienes lo inhalaron, pero su intuición les decía que ese hombre con rostro amargado les salvaría. “Dejad que los niños se acerquen a mí—exclamó una voz que descendió de la cúpula más alta— y quien se atreva a manchar su pulcra alma con manos sucias se retorcerá en el infierno”. La voz inundó con un eco ferroso la atmósfera y Fuentes se presentó ante el juez.

Empezó la sesión y el cardenal Isidoro Santo fue interrogado. Respondió con los ojos aposentados en la nada, esperaba que las fuerzas del mal, con las que había pactado la venta de su alma, lo salvaran dándole los recursos para engañar, pero no había nada. No acudían las fuerzas demoníacas, solo tenía ante si a la depravación con cara lujuriosa tirada, abierta de piernas; el deseo estaba de cuclillas entumecido, temblando con escalofríos; el valor que lo había ayudado a dormir con la conciencia tranquila salió de forma imperceptible. Entonces le comenzaron a vibrar las piernas, gritó pidiendo la intervención de Dios, pero rápido comprendió que estaba solo. Nadie lo secundó cuando justificó sus actos. El dolor se le escurrió por las piernas cuando oyó que sería condenado a la cárcel de por vida. Escuchó sin levantar la cara una lista de nombres que le llenó la cabeza con hoyos de alfiler. Minutos después se le detuvo la respiración y quedó tan tieso que lo sepultaron sentado y de cabeza.    

miércoles, 20 de febrero de 2019

Libertad


El infierno es líquido— se dijo Francisco, mientras esperaba que lo liberaran del cuarto oscuro en el que había pasado una semana—. No diluye las penas y la sal te carcome, ¿a quién se le ocurrió ponerle a este archipiélago el nombre múltiple de Vírgenes y pecadoras arrepentidas? Para los reclusos es el abandono y para los custodios el exilio. Ya habían recorrido la isla los rumores de que nos iban a liberar, pero nadie se lo tomó en serio. Ese murmullo se paseaba por todas partes en forma de cangrejo, al final, creció y ahora aplasta los arbustos, deja su rastro en la arena en forma de zanjas y crea desconsuelo en los condenados. Nos recorre un escalofrío ácido por la espalda. El tatuaje imaginado de criminales peligrosos lo llevamos en la frente, mancha las páginas de los periódicos y la legislación nos aparta como leprosos. Nos condenan y critican sin mirarnos a la cara. En estos años nos convertimos en animales de cautiverio, sufriendo a conciencia las transformaciones que indica la teoría de Darwin. Las piernas se nos hicieron zambas, la piel se nos engrosó con capas oscuras, nos cambió el pelaje y algunos hasta lo perdieron. Nuestro cerebro se redujo y se adaptó a las condiciones de animal preso. ¿Qué tan fiables son los resultados del experimento? ¿Cuál es el grado de veracidad en los datos que arrojan las pruebas, hechas con ratones de laboratorio? ¿Qué tan reales son esos roedores que ya no gozan de sus capacidades naturales?

Tenemos siempre miedo ante lo desconocido, la liberación es un gran logro. Algunos de nosotros no podremos regresar a la vida normal, incluso si se nos deja ir con una preventiva, Raúl, por ejemplo, que en un arrojo de demencia ultimó a un policía en los guateques que organizamos. Se te pasó la mano, cabrón—le dijo Meche con la cara blanca por el reflejo de la muerte—, por eso si nos van a refundir. No solo nos refundieron, nos mandaron al infierno de las enceguecedoras tinieblas. Nos han maldecido o nos han maldito, no lo sé, el caso es que hemos reprimido la esperanza, nadie quiere ver destruida su ilusión. Cómo estará mi mujer, me dice Alfonso que dejó a Susana hace veinte años con una barriga de seis meses. Cabrón, hubieras pensado en tu hijo, antes de hacer tus pendejadas. Esta frase lo volvió loco, le vedó la facultad de ver las letras y se imaginaba las palabras en la arena de la costa. Mira, nos decía alegre, la Susi le puso mi nombre al chamaco. Ya tiene cinco años, luego diez, quince y ahora lo veré hecho un hombre. Seguro que no es como yo, es una persona de bien. Lo veo como arquitecto, doctor o abogado, eso sí, feo hasta la cachas, como yo cuando era más joven. Se pone a llorar en silencio y hace penitencia, le dura tres o cuatro días el ayuno. No habla con nadie y después de la crisis nos empieza a saludar. Nos ha atiborrado de preguntas estas últimas semanas. Por su intransigencia estoy aquí. Espero que cuando me saquen pueda resistir el peso de las nuevas buenas.

Mi futuro seguirá siendo gris y dudo que a mis amigos les cambie en algo. Estamos mutilados de la vida, nos castraron el deseo, nos hicieron una ablación forzada. Ya nadie es quien era y no queda tiempo para cambiar. La que se merece un pedestal es la pobre Meche. Llegó bien chamaca. La prostituyeron, la usaron de paño de perversiones y ya no le queda nada. Volverá para trabajar de criada, en una casa de ricos. Tendrá que negar su identidad. No será esa mujer inteligente que se sabía las obras de Mar y Lenin. Pasará como una provinciana ávida de empleo. Ella fue quien nos lo adelantó. He oído las noticias, dijo mostrando los canales de sus dientes, esas reformas van en serio. Ese cabrón va a liberarnos. ¡Qué Dios lo bendiga! Y en efecto, vinieron de la capital los ingenieros, hicieron un reconocimiento del campo, los topógrafos comentaron que se construiría un albergue, sitios de esparcimiento y que será un sitio cultural. Creímos que era para nosotros y se iluminaron nuestras caras, pero resultó que no. Se abrirán los casos, se revisarán los procedimientos, las condenas, el Poncho se trasladará a otra cárcel en tierra firme, eso lo acabó de chingar. Le dijimos que se esperara hasta que empezaran las inspecciones, pero se alarmó, prefirió volverse loco. Traté de detenerlo, pero llegué tarde, ya había usado las armas. Repetí mil veces que no era su cómplice, me costó este castigo y cuando salga sabré que pasó con los demás.

No aguantó, el pendejo, es lo primero que me dice Meche al salir. Tantos años con una voluntad de hierro y se nos vino a quebrar cuando ni hacía falta. Estaba poroso por dentro, le sacaron la esperanza muy rápido, quedó allí, de alimento para las pescadas, insípido les va a saber. Tú, mejor come bien, Paco, no sea que te pase lo mismo y ya no llegas al final. Según nos anunciaron se llevará menos de seis meses. Ya están dispuestas las comisiones y han mandado barcos. ¿Te imaginas? Hay algunos idiotas que no se quieren ir. Les digo que es mejor estar en tierra, aquí somos náufragos a la deriva, acompañados de puros changos maliciosos y desgracias hambrientas. Que no van a soportarlo, dicen angustiados. Mejor aquí abandonados que rodeados de ratas. Ya no somos metropolitanos. Ha pasado un cuarto de siglo, quién nos va a necesitar. Mejor ser enterrados aquí, ya nos falta el último tirón. Pero los van a obligar, les dice Meche, si no lo hace la justicia, será la chota. Se ponen tristes y se van a llorar por los castigados rincones. Meche se acongoja porque siente el mismo dolor. Cálmate, mi Meche, algo podremos hacer para sobrevivir. Me mira con lástima, con esa mirada que reconstruye nuestro pasado. Con esas ilusiones en añicos que dejan mirar nuestro amor perdido, nuestras riñas, nuestra resignación y el amor desinteresado. La vuelvo a ver joven cantando a Roberto Carlos, recitando los versos de amado Nervo, caminando bajo las estrellas para que nos miraran con envidia.

La vida se ha puesto más colorada, menos fría y la esperanza se pasea ataviada. Hay gente que no lleva más de cinco años, son los últimos que llegaron y nos dan una imagen contradictoria con lo que arguyen los políticos de hoy. Ya nos dejan leer las noticias. Ponen la radio, parece otro país, otro mundo. Se acabaron los partidos institucionales, sus representantes sí que deberían estar aquí, pero les ha tocado venir a jugar al baloncesto, a pintar marinas y hacer teatro. Bonito destino, las acciones nacionales son otras. Las dirige, según dicen, la democracia. El pueblo es la voz. Le pregunto a Meche con los ojos si nosotros también somos el pueblo. Me dice que sí, pero el reprimido, el pueblo cansado de las inútiles consignas, el pueblo de los olvidados. Se nos escurrió el tiempo entre el aburrimiento y los estúpidos trabajos forzados. No lo vamos a recuperar nunca. Mañana ya no toca irnos. Seremos libres Meche y yo, pero qué nos espera. Una ausencia de seres queridos que de encontrarlos serán tan ajenos como un pato corriendo con los avestruces. A los que siempre odié por exceso de amor ya no están y los que me comprendieron por compasión me recibirán con remordimientos. La vida es absurda y los hombres no la instruimos con nuestra experiencia, la solventamos con nuestro silencio, con esas caritas de risa mustia y ojos de rana.

No llevamos equipaje. Rescatamos lo más elemental. Un reloj de la época de la Revolución, heredado del abuelo. Unas cartas y fotografías polaroid amarillentas, unos libros rojos que se han percudido por el desarrollo de la humanidad, han caducado. El frío nos recorre la espalda. ¿Comunista? No me chingues—nos dirán todos—eso ya desapareció de la historia, hasta los miembros del politburó ruso lo renegaron, eso se acabó. Es por eso la mala sensación. Meche y yo nos hemos dado cuenta de que fue una lucha inútil. Se devaluó la protesta en la bolsa de valores de la existencia. Hubo reformas y las doradas acciones se convirtieron en papeletas sucias. Se postergaron los grandes tratados de igualdad y justicia y ahora la sábana del populismo cubre las camas de los desamparados. Nos resistimos, nos negamos la verdad. Los tiempos perdidos están esparcidos por el mar y ahora que volvemos a la patria nos persiguen los fantasmas de Revueltas, esos que vio por primera vez aquí en el Alcatraz de mentiritas. Nos rodean ahora esas víctimas del otoño permanente que secó las articulaciones de las personas. La lluvia de escamas nos cae como brisa de pescado. El bello mar es triste, su movimiento es un arrullo de pena, las lágrimas lo han formado. Hay luto, el silencio lo respeta hasta el sol, escondiéndose detrás de las nubes. La llegada no es la imaginada, no hay más que unos cuantos policías impacientes y unas camionetas azules en el puerto. Se niegan a vedarle la existencia al océano y han raptado a las sirenas, pero no se parecen a las de verdad, sus chillidos no encantan a los argonautas, les causan malestar. 

Meche no lleva esposas, los demás sí. Poncho ánima las lleva imaginarias, son dos Susanas, la real que abortó al chamaco y no se lo dijo nunca y, la otra, la de las películas que él se imaginó, la mujer romántica, emprendedora, la que luchó para darle una buena educación a su hijo. Raúl será acomodado en su suite por asesinato premeditado. Mario, con sus gafas de Orozco, llenas de cataratas se irá conmigo con la condicional. Tendremos que portarnos bien para que no nos metan en jaulas, para no convertirnos en macacos de circo. La mirada de Meche es inquisidora, me hace pensar en la promesa que le hice cuando nos embarcamos un martes trece, fue hace tres décadas y fue rumbo a lo que llamamos Hawái. Si salimos de esta—le dije con la verdad desnuda apoyándome—nos casaremos, te lo juro. En realidad, sí llevamos una vida marital. El matrimonio es el compromiso, no el papel. Ella me fue infiel por circunstancia, lo hizo en contra de su voluntad. Pensé en ti—me dijo antes de salir del archipiélago—, te juro que dolió, pero mi alma estuvo a tu lado en esos duros momentos. Te lo creo—le dije—, te lo creo más que nadie porque el dolor no se mide y nos arroyó a los dos, a ti con las piernas apretadas y a mí con bilioso rencor de pegamento. Se esfuman los pestilentes humores. Se desvanecen los fantasmas de nuestros compañeros que ya no verán este nuevo país. Hay un atrevido caudillo que está liberando a los castigados sin crimen, con culpas de cristal. Los otros fueron verdugos ciegos y sordos, temerosos de un mal inexistente. Hay que ser optimista, el futuro es luminoso y no llevará pronto al regazo del Señor.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Travel


El telón de la sorpresa se abre para darme la bienvenida. Siento que todas mis palabras, convertidas en crisálidas grises, se estrellan contra el piso, enmudeciéndome, ahogándome en un mar de licor amargo. La imagen del hijo pródigo que repasé mil veces se ha desvanecido como una foto alejándose a pasos agigantados. Estupefacto, espero firme a que alguien quiebre el silencio, pero la esperanza está depositada en mí. Entonces reconstruyo mi viaje pasado. Me veo enano, chamaco, incomprendido, rodeado de reproches y prejuicios. “No llegarás nunca a ser nada—me dicen mis hermanos resucitando del vacío—, te convertirás en sal”.

Hace mucho emprendí la marcha por un camino lleno de espinas y, por más atentas que fueran mis pisadas caían siempre en el terreno de la desgracia. “Lo que no te mata, te fortalece— me repetía Nancy mi amiga más cercana animándome a luchar—, resiste hasta el final, cabrón”. Libré la batalla entre turísticos bloques de hormigón, entre rojo iluminados terrenos de asfalto y callejones culturales empedrados. No supe si Dios me lo reconoció, pero los parroquianos así lo afirmaron. No quise que atestiguaran hechos concretos. La vida se hizo de palo. Habría querido que fuera menos dolorosa la prueba. El hado fue castigo cruel.

Primero excursión de explotación infante, me molían el cuerpo a golpes por incumplimiento. Luego, el escape glorioso y enceguecedor. Convencido de que las alimañas que me adoptaron eran fieles hermanas, seguí sus pasos sin saber que me tenían de carnada. Por último, tuve que comerciar con lo que tenía a mano. Fatalidad total, carecía de aptitudes, me subasté y fui a parar a una celda, tres veces reincidí y de tanto comer cosas que no mataban me hice casi inmune.

Anestesiado del dolor propio y sensibilizado por el ajeno, decidí torcer por el buen rumbo y encontré la paz. Las empinadas colinas me guiaron en picada hacia la salvación. Las bellas franjas coloridas de las montañas de ensueño hicieron que olvidara mis innumerables pérdidas. Ya no lamentaba lo del ojo, ni las tres hernias, ni la pata coja, ni el alma rota. Me tomaron declaración cuajada de lamentaciones. “Cuéntamelo todo— dijo la reportera retirándose los caireles—, es para el país”.

Lo conté todo, señalé lugares, revelé nombres, describí uniformes, pistolas, fachas vandálicas, navajas, alzacuellos y sotanas. No medí mi desgracia en la escala del infortunio. Las cosas se habían acomodado así. Me echaron de mi casa, vagué sin rumbo fijo, fui un desgraciado principito de Exupery visitando mundos desbordantes de maldad. Ya ha pasado todo. Soy el soldado después de la guerra: sobreviviente admirado por su heroísmo, pero inútil para la sociedad. Escríbelo, me dijo el sentido común, y con ayuda de mis compañeros de desgracia lo sacamos todo a la luz.

Estoy rodeado de cámaras, los espectadores esperan mi mensaje. No sé si el viaje termina aquí o esto es una escala. ¿A dónde me guiará la vida después? No me lo imagino. Por el momento, debo recuperar el habla.

jueves, 7 de febrero de 2019

La ofensa


Fue un golpe duro que dejó desnudos a todos los empleados ante su remordimiento. Fue tanta la vergüenza que el aire se llenó de olor a muerte. Fue así como Dorotea enfrentó la más desagradable prueba de toda su vida. Lo paradójico era que ella misma le había puesto a su jefe, en bandeja de plata, las armas para destruirla. La pobre sabía que la guillotina decapitaría todas las cabezas muy pronto. Seguía nadando a contracorriente, se mantenía a flote con todas sus fuerzas, pero se sentía desfallecer. 

Las olas de intrigas y abusos la habían dejado a la deriva en el ancho mar de la soledad y, ahora, que ya estaba tocando la orilla de la salvación, el silencio le anunciaba un estruendoso castigo mortal. Cuál era la afrenta—se preguntarán todos ustedes—qué cosa tan terrible había dicho o hecho esa pobre mujer para que una avalancha de rocas la sepultara en su empleo. Nada del otro mundo, solo le había dicho al Gorila, el encargado del almacén, que deseaba más trabajo, ni siquiera le pidió un aumento de sueldo solo mas labores para enderezar el curso del negocio que se estaba hundiendo como una enorme barcaza en medio de dos galeotas que se disparan una a otra. La niebla de la ignorancia impedía el buen curso de las ventas y Tea vio sus ilusiones desparramarse por los bordes de la cruda realidad.

«Pero si yo solo quería que me dejaran tranquila—se repetía Dorotea sin saber si era su propia voz o la de la falsa Tea—, no quería que siguieran abusando de mí, ¿qué pasó? Nada, míralos. Ahora sí, esos cabrones se sienten ofendidos porque le he dicho la verdad al inspector, pero qué querían. Que siguiera soportando sus vejaciones. Todo tiene un límite en la vida y el mío lo sobrepasaron hace mucho. Recuerdo la primera vez que se me acercó el animal. Era mi primera semana de trabajo. Estaba en el período de prueba y me faltaban tres meses para firmar el contrato. Me metió la mano bajo la falda, me bajó las pantaletas, abusó de mí lo que quiso y le dijo a sus pinches compañeros: “Mírenla nomás, cómo le gusta que se la chinguen”. Me prometí que me vengaría y el día ha llegado y ¿ahora qué? Nos vamos todos a la chingada”.

Dorotea estaba sola en el escritorio del imbécil Anguiano. Allí había pasado los peores momentos de su existencia. Las torpes y rasposas manos del depravado le seguían recorriendo la cadera y las piernas. Esta vez en silencio porque su imaginación estaba aturdida y sorda. En su cabeza las imágenes eran borrosas como si las viera a través de un plástico semitransparente. Tembló de ira como lo había hecho mil veces. Vio acercarse a los secuaces, les escupió con desprecio y los insultó. Ningún insulto la alivió de todas sus penas y comenzó a derramar sus angustias con lágrimas de salmuera. Sus muslos también se mojaron y se sacudieron temblando. Se tuvo que poner de rodillas para enfrentar el recuerdo. De pronto, se oyó una voz.

—Me imagino que fue muy duro soportar tantos años, ¿no?
—Sí, licenciada, fue un verdadero infierno.
—Bueno, ahora ya podrá descansar de eso. Le proporcionarán asesoría. Tendrá un psicólogo a su disposición para que pueda superarlo pronto.
—No lo dudo, licenciada, pero ¿quién me va a borrar las cicatrices del alma?
—No lo sé, Dorotea, debe tener fe y olvidar. Recuerde el mensaje del Padre Nuestro…
—No sé si tenga la fuerza suficiente. No he actuado por venganza, he perdonado, pero no me siento en paz. Ahora me arde peor. Me imaginaba que descansaría si delataba los abusos, pero lo único que siento es asco de mí misma.
—He visto personas en situaciones peores y lo han superado. Usted es fuerte. Saldrá de esta y se olvidará sin duda. Tenga fe.
—Lo intentaré, pero no le aseguro nada.

Se vieron rodeadas por el silencio y no les quedó ningún deseo de continuar la conversación. La licenciada cogió a Dorotea de las manos y mirándola fijamente a los ojos sonrío con resignación. Se desprendieron y Dorotea se quedó mirando los zapatos de tacón que se alejaban produciendo sonidos sordos. No pensó nada, se quedó inmóvil esperando que pasara el tiempo y su cuerpo recobrara fuerzas para levantarse y caminar. Contuvo la respiración y cerró los ojos. 

“Es hora de comenzar de nuevo, Dorotea—le dijo una voz familiar—. Sé valiente.

jueves, 31 de enero de 2019

Misterios de una vida-finalista en el V concurso de historias de familia FTJA


La foto que ven es la única prueba contundente de mi existencia. Nadie conoce mi historia porque llevé una vida licenciosa e inmoral.  No por gusto, sino por decisión de mis padres y una broma de la naturaleza. Sabemos bien que en todas las familias siempre hay un hijo pródigo, una oveja negra, un loco, un genio o un patito feo. En la mía siempre se evitó hablar del tema de la locura porque iba directamente relacionado con algo así como una posesión diabólica. Yo era una mujer de buena estirpe, pero antes de llegar a la mayoría de edad me rebelé contra todos los principios y empecé a conducirme de una forma muy inadecuada, es decir, vulgar y pecadora. Tenía la costumbre de acostarme a las once de la noche y gritar desesperadamente. La razón no era el dolor del alma o los sufrimientos físicos, lo que me pasaba era que me autocomplacía sin recato y, al sentir que se acercaba el placer celestial, gritaba como si me estuvieran torturando en el potro.

Los vecinos se quejaban, los hombres se paseaban todas las noches bajo mi balcón con la esperanza de que en un momento de desesperación me arrojara en brazos de alguno de los mirones o le pidiera a un buen mozo que subiera para complacerme. Nunca sucedió, pero la situación se volvió tan incómoda para mi familia que mandaron llamar a un padre para ver si podía exorcizarme, pobres tontos, no sabían que los demonios que tenía dentro sólo se podían ahuyentar masajeándome la entrepierna, por eso el clérigo puso pies en polvorosa y me excomulgó cuando se lo dije. Las mujeres le daban todo tipo de consejos a mi madre, esas tonterías iban desde ponerme un cinturón de castidad hasta la ablación, ¡imagínense! Quien sí dio un consejo sensato fue el doctor, les aconsejó que me buscaran un esposo, así podrá—dijo el inteligente galeno— mitigar su pasión como lo manda la fe cristiana. No hubo pretendientes serios que se interesaran por el matrimonio y la mayoría llegó sólo con la esperanza de poder pasar una noche conmigo o con “La ninfómana”, como me llamaban todos.

Decepcionados mis padres decidieron dar un paso peligroso, pues dejaron en manos de Dios mi curación. Me hicieron las maletas y me enviaron con una mujer que era la dueña de un burdel. Los primeros meses no recibieron ninguna noticia mía, pero después les comenzaron a llegar sumas de dinero bastante jugosas. Los fajos de billetes llegaban por conducto de un mensajero que se los entregaba en mano. Al tenerme lejos y gozar de los beneficios que les dejaba mi trabajo, mis padres, les dedicaron más tiempo a mis hermanos menores. La plata alcanzó para pagarles buenos colegios, comprar una casa nueva y organizar fiestas los fines de semana. Diez largos años la fortuna les sonrió. Todo habría salido bien si no se me hubiera acabado la pasión un día. Fue como si de pronto se me hubiera adormecido el vientre. Estaba vacía y, de ser la mujer más ardiente de toda la ciudad, me transformé en una frígida detestable. A mi familia le dejó de llegar el dinero, luego empezaron a lloverle demandas y amenazas por escrito y, al final, dos hombres fornidos me abandonaron esquelética y seca frente a la puerta de la casa. Parecía una momia, me movía con lentitud y no hablaba. Llevaba un vestido negro y un gorro que ocultaba mi pelo sucio y descuidado. No hubo más remedio que llevarme a mi habitación. Me quitaron la ropa, me metieron a la tina y me enjugaron con todo tipo de paños suaves y aromatizados, me pusieron un camisón y me dejaron dormir.

Una mañana me encontraron más tiesa que nunca. No movía las articulaciones y tenía la mirada perdida en el infinito. Fue inútil tratar de darme alimentos porque mi boca no se abría. Respiraba con mucha dificultad y todos temían que en pocos días falleciera, sin embargo, duré más; incluso hubo unas semanas en las que todos creyeron oír aullidos, parecidos a los que echaba cuando era joven. Al final no me pudieron salvar y una mañana de primavera descubrieron mi cuerpo inerte. Estaba sonriendo, tenía los ojos alegres y brillantes como estrellas. Me llevaron a enterrar y mientras las mujeres lloraban, una extraña con cara larga y expresión dura se acercó a mi madre y le entregó unos cuadernos con pastas de cuero. Ella los guardó en un armario y no los abrió nunca.

Muchos años después los tiraron a la basura sin ni siquiera leerlos porque se consideraban escritos satánicos. De esa forma terminó en la basura un trabajo que elaboré con devoción durante varios años. Escribí muchos poemas, cuentos y una o dos novelas, la más importante era la que estaba escrita en aquellos cuadernos que tiraron a la basura. En cientos de folios quedaron las caricias que moldearon mi cuerpo, también iban los besos y los abrazos, igual que los chorros de sudor y lágrimas que mojaron mi pecho. Además de sangre de los abortos, de los golpes, de la pluma y las menstruaciones. Mi corazón quedó plasmado en esas historias, conmovido por las confesiones de hombres que sufrían por la conciencia, el desengaño y el pecado. Yo misma dejé mis gritos de placer y los enamoramientos en imágenes falsificadas para que quien leyera esas historias las pudiera digerir sin volverse loco.

No quedó nada. Me lo llevé todo en mi cofre de recuerdos. Nadie podrá jamás deleitarse con las narraciones que nacieron de la entrega, la pasión y el intenso deseo de morir de placer y renacer en un mundo soso, lleno de prejuicios, enemigo de la voluptuosidad y la liberación que da el amor carnal.
¿Y mi máquina de escribir? Sé que terminó en una tienda de antigüedades y fue adquirida por una mujer que luego se hizo famosa escribiendo novelas eróticas. ¡Qué ironía! ¡Tanto teclear! ¡Tanto narrar! ¡Para que la inspiración animara los dedos de otra mujer!

jueves, 24 de enero de 2019

Aplicación del móvil para aprender historia


Se llamaba Eric, pero cuando le preguntaban decía que en su familia siempre le habían dicho Heródoto, su padre le había inculcado el amor por la lectura y la historia. Cuando llegó a la mayoría de edad le pidió que estudiara algo lucrativo como gestión de empresas, contabilidad o ingeniería. Eric lo habría podido hacer sin muchas dificultades, sin embargo, los conflictos y las disparidades que lo alejaron de su padre después de la niñez lo llevaron a adoptar su férrea posición. “Seré historiador—le dijo a su padre con cara muy seria— y si protestas, sábete que tú tienes la culpa por meterme la historia en la cabeza y decirme Heródoto, siempre”. La discusión terminó con la huida de Eric, se fue a vivir con sus primos a otra ciudad. El primer año de su vida independiente le puso algunos obstáculos que logró superar gracias a la capacidad de adaptación que tuvo frente a las recriminaciones de sus tíos, la envidia de sus primos y el hambre diaria. Se puso a dar clases y se hizo tutor de varios niñitos ricos que le pedían que les escribiera sus trabajos de la secundaria y algunos del bachillerato. Eric se puso a ordenar sus materiales y pensó que tal vez podría inventarse un pequeño programa con algoritmos sencillos que ayudaran a los estudiantes a recordar las fechas y sucesos de la humanidad. Buscó jóvenes ingenieros en computación que lo aconsejaran. Encontró a un programador Jean La Page que estudiaba en la facultad de informática y tenía fama de ser genial, pero solitario. En realidad, Jean, era muy comunicativo, pero sus tareas, ideas y proyectos no le permitían derrochar su tiempo en conversaciones poco útiles para su ámbito, por eso, cuando Eric le comentó que quería un pequeño programa para los móviles, Jean se puso feliz. En unas cuantas frases con términos técnicos le dejó claro a Heródoto que sería juego de niños. “¿Cómo sabes mi apodo?”—le preguntó sorprendido Eric. No obtuvo más que un ceño fruncido y una sonrisa pícara. Le explicó al técnico en informática las cosas que deseaba: “Tendrá que definir el período de la historia en el que existió el personaje, deberá explicar cosas como su origen, formación y papel en dicha época, además, de ser posible, alguna característica que deje claro qué tipo de héroe o villano fue”. Jean afirmó con la cabeza, habló de lo poco que sabía de historia y le preguntó a Eric sobre el renacimiento y la Edad Media. Conversaron con mucha sencillez y descubrieron que podrían trabajar juntos por mucho tiempo. Se complementaban bastante porque Jane era muy inquieto y locuaz, en cambio Eric había tenido que aprender a ser sistemático y limitado en algunas cosas. Sabían que aprenderían mutuamente y se despidieron para verse dos días después.

Para Jean el descubrimiento de cosas nuevas era un reto que le atizaba la curiosidad, por eso, se puso de inmediato a husmear en la historia y definió con rapidez lo que nunca había estudiado en la secundaria y el bachillerato. Primero separó la historia moderna de la prehistoria, acotó el punto de inicio, unos dos millones y medio de años con un embrión del hombre actual con atributos de recolector; luego, doce mil años antes de Cristo, el agricultor y ganadero primitivo; le seguía el herrero dominando los metales, unos siete mil años antes de Cristo y el gran paso con el invento de la escritura para dividir la historia en antes y después; a continuación acomodó el imperio romano y su caída en el siglo V, seguidamente, otro parte aguas: El descubrimiento de América y la modernidad con la Revolución francesas. Finalizó con los tres siglos de la edad contemporánea: el diecinueve, el veinte y el veintiuno. Se sentó frente a su potente ordenador y comenzó a elaborar los algoritmos para la aplicación de los móviles. Por su gran experiencia en ese tipo de tareas, Jean, terminó su trabajo en tres días. Llamó a Eric y estuvieron probando las búsquedas sencillas de personajes, datos biográficos y período histórico. El programa tenía la característica de localizar la información en las páginas oficiales en las que se ofrecían los datos. Así, al poner el nombre de Julio Cesar, aparecía el resumen de Wikipedia y se complementaba con las páginas de las revistas más reconocidas de historia, también se señalaban las tesis, los artículos y libros conservados en las bibliotecas más importantes del mundo. Eric quedó maravillado porque con un servicio de búsqueda de ese tipo podría mejorar los resultados de sus alumnos y él mismo podría repasar con rapidez los temas de las lecciones. Decidió agradecerle a Jean su amabilidad y lo invitó a una cafetería, pero el brillante La Page le refutó que tendrían que hablar sobre las ganancias que generaría el servicio al hacerse público. Calcularon el monto de los beneficios aproximados que recibirían y quedaron en dividirlo todo al cincuenta por ciento. Eric argumentó que no merecía tal proporción y se negó a aceptarla pues todo el trabajo lo había hecho su amigo; sin embargo, Jean fue muy claro: “Sin tu idea esto no habría surgido, así que acéptalo”. Se estrecharon la mano y conversaron haciéndose confesiones de sus planes futuros, frustraciones pasadas, de los proyectos y otras cosas que podrían realizar juntos. Eric se fue contento con la intención de aprender más sobre la programación. Ya tenía un amigo brillante que no dudaría en revelarle los más grandes secretos de la informática y, por qué no, enseñarle a programar.

 Heródoto se sentía muy contento. Las primeras clases fueron iguales a las de siempre, pero en cuanto los chicos comenzaron a dominar la aplicación, se notó un cambio enorme tanto en la forma de aprender como la de enseñar. Eric ya no llenaba el aula con sus discursos y análisis de los sucesos, sino que se armaban grandes discusiones. Los estudiantes descubrían características de la época y cualidades y defectos de los personajes históricos, hacían sus propias conclusiones y discutían especulando con Eric sobre el cambio que habría generado la toma de una decisión diferente en algún momento de la vida de la humanidad. Eric estaba eufórico porque esos rostros de palo que lo miraban somnolientos por las mañanas, ahora lo tildaban de suave e indeciso y le trataban de demostrar cosas que él ni siquiera había pensado en toda su trayectoria de profesor. Le gustaba el cambio y apuntaba las preguntas que le hacían los pupilos para mostrárselas a La Page. Jean se alegraba mucho al recibir esos cuestionarios porque aprovechaba para aprender un poco más. De inmediato se ponía a resolver las dudas metiendo datos y preguntas al programa. “Mañana mismo encontrarán tus nenes respuestas sorprendentes—decía con una cara de director de orquesta en su momento álgido—.No se lo van a creer, incluso tú te quedarás frío”. Eric no tenía más que dedicarse a sus lecturas y sus aficiones. La Page le mandaba unos mensajes al móvil, entonces con prontitud Eric abría la aplicación y hacía las búsquedas. La información lo dejaba atónito porque sentía que la respuesta era dada por un gran experto no solo en historia, sino en filosofía también.

Las clases se fueron haciendo cada vez más analíticas, pero eso les daba una calidad de inexorables, pues si bien era cierto que los alumnos aprendían muchas cosas, las respuestas daban pauta a razonamientos más profundos. Era muy común que no se respetara el horario y en muchas ocasiones algunos estudiantes permanecían hasta la madrugada tomando apuntes, haciendo diagramas visuales y contrastando los hechos reales con su entorno social y el actual. Lo que no sabían es que por esa impetuosa curiosidad el programa se desarrollaba solo. Había ocasiones en las que aparecían respuestas a preguntas que no había introducido Jean y de las que Eric no tenía ni idea. Los dos amigos se quedaban sorprendidos sin saber hasta dónde llegaría el programa. Decidieron hacer un seguimiento con un análisis general y esperaron con paciencia alguna señal que lo guiara en su laberinto. Por otro lado, los estudiantes de bachillerato ya era unos expertos en historia y debatían públicamente los hechos descritos en los manuales y libros de texto. Surgieron problemas en los ministerios de educación y se prohibió el uso del programa para la enseñanza de la disciplina social. A Jean no le molestó que se cancelara su invención y al encontrarse con su amigo le dijo que eso era la menor parte del mal porque había algo peor.

—Ese programa se convertirá en un monstruo incontrolable— dijo Jean revolviéndose el pelo con desesperación—. Jamás podremos pararlo y quién sabe si llegue a destruirnos.
—Pero ¿por qué dices eso, La Page?
—Mira, para no dedicarle tanto tiempo al Valquiria, le hice modificaciones que lo convirtieron en un ser de intelecto medio, es decir, una inteligencia artificial que puede tomar decisiones simples; sin embargo, lo empezamos a llenar de información y fue tanta la insistencia que el mismo programa fue diseñando pasos más complicados cada vez y ahora…
—Y ahora…¿Ahora qué, La Page? ¡Dime de una vez por todas lo que sucede!
—Pues que está analizando a la humanidad como si se tratara de una rata de laboratorio y pronto comenzará a experimentar.
—¿Experimentar? ¡Pero que idioteces dices!!Eso es imposible!
—No, por desgracia, no, querido Eric. ¿Sabes que tiene toda la información de nuestro desarrollo? Podría aplicar sus conocimientos para cambiar el curso de la humanidad. Primero, empezará a publicar libros sorprendentes que nos darán una visión clara de lo que somos, luego influirá en nuestro punto de vista y, al final, nos guiará por donde crea que es más apropiado.
—Pero, eso tal vez no sea tan trágico.
—Eso dices porque no sabes que la tendencia es darle prioridad a la tecnología.
—¿Y eso qué?
—Pues, que…Valquiria es tecnología y sabiendo que tiene prioridad sobre nosotros se dejará llevar por su ego.
—¿Por su ego?
—Bueno, no lo tomes tan literal. Me refiero a que preferirá cualquier tipo de lenguaje de su tipo y nos doblegará sin duda.
—Y ¿cómo podríamos impedirlo?
—No lo sé, querido Eric, el programa ya está trabajando de forma independiente en la red, sigue acumulando información y está inmerso en su proyecto. En cuanto se publique un libro sobre el hombre, sus orígenes o naturaleza firmado por algún desconocido, estaremos perdidos.

No pudieron llegar a ninguna conclusión, les avisaron a los ministerios de educación, a los grupos clandestinos de hackers, a los especialistas más destacados en los institutos tecnológicos y a la población del gran peligro. Eric perdió el sueño y Jean no dejaba de trabajar. Pasaron los días y una mañana un estudiante de bachillerato abrazó con fuerza a Eric y le dijo que lo felicitaba por su gran obra. “Mire, maestro—le dijo empuñando un libro grueso con un empastado llamativo—. Ha salido su libro. Le quedó súper”. Eric cogió el ejemplar y leyó el título. Decía:

Teoría de la historia del hombre. El subtítulo hacía referencia a una recopilación de artículos preparados por Eric La Page, alias Heródoto.


sábado, 19 de enero de 2019

El palpador


Habían pasado varios años de duros sufrimientos. Lo peor era el aislamiento al que se le había condenado al brillante, pero ignorado artista. Dorín no tenía idea del tiempo que había pasado trabajando porque no se había fijado en los calendarios ni en los relojes, se había sumergido en un largo túnel elaborando su obra y los únicos bienes con que contaba eran un montón de hombres célebres y mujeres guapas y excitantes de mármol. Casi no le quedaban figuras de barro, ya las tenía todas inmortalizadas en piedra nívea, las había conducido con maestría, usando su cincel y su martillo, al cuerpo bruto de la piedra. Lo más asombroso era que los escritores, filósofos y músicos no se parecían a los que conocía la gente en los cuadros o en los libros. Gestau les había logrado quitar su galvanoplastia social o cultural y los había dejado en carne viva ante los ojos de los espectadores. Al tocarlos, la gente habría podido decir que a las personas a las que habían pertenecido los cuerpos de Dostoievski, Zola, Víctor Hugo, Maupassant o Tolstoi se les notaba su temperamento real. Fiodor, por ejemplo, irradiaba unas ondas que afectaban a las personas sensibles y les producía epilepsia, también el contacto con su rostro o sus manos transmitía sensaciones completamente inesperadas para los curiosos. Era necesario sólo rosar un poco a la estatua para que los sufrimientos de los pobres campesinos rusos del siglo XIX se les desplazaran como hielo por la espina dorsal. Dostoievski también podía hacerles sentir que eran avasallados por la locura, pero no de una demencia habitual, más bien se proyectaba como un rayo de luz tan placentero y luminoso que lo único que se podía hacer era implorara a dios. Con Tolstoi era muy diferente porque quienes iban con la intención de complacerse con la prosa melódica y sabia del maestro se encontraban con una sola frase dándoles vueltas dentro de la cabeza:

 “El reino de Dios está en ti y vosotros”.

Le preguntaban a Gestau cómo lograba capturar esas impresionantes características y él contestaba que sentía con las palmas y el tacto desarrollaba en su imaginación al personaje con todas sus virtudes y defectos. «Cuando estaba haciendo la escultura de Víctor Hugo, él no me permitía tocarlo, por eso debía limitarme a observarlo de cerca y para poder enganchar sus palabras con su cuerpo, tocaba el aire tibio que dejaba en sus recorridos y una muchacha joven me leía en voz baja los mejores fragmentos de sus obras, pero fue solo un pasaje de “El hombre que ríe” el que me dio la solución, es decir que me llenó la cabeza con una hermosa composición que producía con los dedos un chico que interpretaba música recorriendo con las yemas de los dedos los bordes de unas copas con agua. Fui capaz de trasladar al escritor gracias a las notas que me traían una parte del cuerpo y el espíritu del creador de “Los miserables”. Todo él era una fuerte sinfonía de rugidos y ronroneos de animal salvaje que, a ratos era dócil y después peligroso. Me iba con esas notas a mi taller y modelaba el barro, luego al hacer los moldes se venía toda la inspiración y mientras los pequeños trozos de piedra se iban desprendiendo con los golpes del metal, en la esencia de la materia bruta se filtraban los sufrimientos, congojas y deleites del maestro narrador. Llegó un momento en que el mármol parecía plastilina y terminé el trabajo con pericia. Con las mujeres era otra cosa porque a diferencia de los hombres vivos o muertos, ellas sí dejaban que las tocara y que les arrancara con ternura la más hermosa sensibilidad de su ser. Compartían conmigo su carne para que la probara y la guardara enjugada en nuestros sudores. Así pude representar a afrodita en diferentes posturas, incluso ella me decía cómo deseaba que fuera su Adonis y yo se lo creaba en agradecimiento. Todas mis modelos me decían que era un perfecto obrero con experiencia, que mi arte era el de desfigurar la piedra y vituperarla hasta convertirla en algo tibio, sensual y ligero».

Un día Gestau se quedó atrapado en su sueño, no murió, más bien se quedó como un extraño en una nación de imágenes irreales para su mundo. La primera vez que se dio cuenta de que estaba ahí fue cuando en un concurso de escultura le rechazaron su obra que representaba a un hombre con la nariz rota. Invitó a los críticos a recorrer no solo con los ojos la pieza, sino tocarla y sentir los bordes, les pidió que se imaginaran cada rasgo en la oscuridad o a la luz de una vela, pero nadie le hizo caso y lo echaron con el horroroso busto. Se encontró con personas que no lo entendían, les suplicaba que acariciaran sus obras, pero todos le dijeron que estaba loco, que la escultura es solo piedra bien trabajada y es hermosa cuando es estética, además era imposible que irradiara energía y mucho menos que estuviera tibia. Decepcionado se fue a buscar a sus modelos, las dibujó en hojas ardientes de papel grueso, sacó la arcilla y comenzó a crear su magia y decantó sus pasiones en la maleable arcilla. Las chicas se levantaron de su aposento y se pusieron sus batas, Dorín les pidió que pasaran la palma de la mano por encima de las figuras y que dijeran cuáles eran sus sensaciones. Respondieron que era solo barro frío y que se endurecía al perder humedad. Todos los intentos por convencerlas fueron inútiles y se quedó perplejo cuando las abrazó y quiso desnudarlas para extraerles la pasión y ellas se negaron amenazándolo con llamar a las autoridades. Enfadado se fue directamente a ver a su concubina. Ella estaba trabajando en una estatuilla. “Se llama los bailarines—dijo ella con una sonrisa de creador satisfecho— y será presentada en los mejores museos, junto a tus obras, por supuesto”. Gestau pasó las yemas de los dedos encima de los enamorados y no sintió la música, ni percibió los latidos del corazón de los amantes y se le formó un rostro de hiel, abrazó a Licama y trató de desvestirla como lo hacía en la vida real, pero ella sacó una hojita con unos garabatos dibujados a lápiz. “Lee—le ordenó acomodándose la ropa—y si cumples tus promesas seré tuya”. No hubo lectura en voz alta, se quedó Dorín apretando los dientes, farfullando su rencor. No recordaba cuándo había escrito tales estupideces. No tenía planeado casarse, ni ir a Italia y, mucho menos, presentar a su amante en sociedad. No tenía el valor de romper las estatuillas porque una vez había sentido la agonía, el dolor y la muerte de un pájaro que tiró al piso. El ave quebrada despertó en él la sensación del vértigo, luego una presión inmensa en la cabeza y al final el desprendimiento de los brazos o alas que, arrancados por una mano enorme, lo dejaron inconsciente. Desde esa ocasión era cuidadoso y evitaba cualquier distracción para que sus figuras, fueran de barro o piedra, nunca se resquebrajaran o se hicieran añicos. No quería desprender a la pareja ni suspenderles el baile, de ser otro hombre lo habría hecho arrojando todo por la ventana, pero le temblaban las manos. Decidió ir a tocar los árboles y cuando los tuvo a su alcance notó que su corteza era otra. No transmitía nada, era solo la curtida piel de tronco que no le inspiraba más que aspereza.

Empezó a buscar su capacidad perdida trabajando sin descanso. Se concentraba con todas sus fuerzas para destilar lo poco que le ofrecían ahora los objetos y las personas. Ni siquiera los niños con su ternura e inocencia le pudieron dar un poco de la milagrosa pócima que producían sus voces y sonrisas. No paró en muchos años. Logró el reconocimiento, cambió los conceptos del arte, ganó premios y dinero, siguió espulgando en los objetos y las personas para encontrar ese don perdido y logró obtener unas cuantas gotas del elixir. En esa tierra onírica las pequeñas menudencias cristalinas eran suficientes para mostrar la belleza, la pasión, el deseo y el sufrimiento, pero no eran suficientes para el artista que envejeció de forma prematura y una noche vio las estrellas y pensó que era el momento de despertar de elevarse al espacio sideral. Lo pudo hacer y volvió a su lugar de origen en el que todo era cálido y bello.       

domingo, 6 de enero de 2019

Tus novelas a la medida


Era uno de los afortunados que iban a viajar en el tren rápido de la ciudad de México a Monterrey. Estaba muy contento porque ya se imaginaba la cara de sus amigos cuando les contara su gran experiencia. El vagón no se diferenciaba mucho de los otros, en general Miguel Ángel ya había hecho ese viaje en los mismos trenes, pero ahora gozaría del servicio de inteligencia artificial (IA) que le haría más ameno el viaje. Se acomodó en su asiento, tenía sitio de ventana. Vio a las personas empujándose para entrar y ocupar sus respectivos sitios. Había gente de todo tipo, familias enteras, ejecutivos, matrimonios y jóvenes. Una encargada muy guapa le entregó una Tablet y le pidió que se hiciera una fotografía. Luego apareció un breve cuestionario referente a su estado de ánimo, sus preferencias de música, literatura, teatro, deportes y cocina, entre otros aspectos. La atractiva joven le sonrió y le dijo que si necesitaba algo sólo tendría que pedírselo al cacharro y ella lo atendería. Miguel Ángel le agradeció su amabilidad, se puso las pantuflas que tenía debajo del asiento, se abrochó el cinturón de seguridad y cerró los ojos. Se concentró en su bebida con hielo y al mirar la pantalla recibió la indicación de ponerse los audífonos. Obedeció y se quedó esperando que aparecieran las imágenes de una película. Se le iluminó la cara cuando oyó su composición favorita en la presentación del reparto. El director era él mismo. La historia se llamaba “Lo que no fui”. Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda porque esa pregunta o idea lo había perseguido toda su vida y no la había materializado en un libro, en un poema, en una obra de teatro o en cualquier otra forma artística.

Apareció una familia. El padre era un abogado respetable y su madre ama de casa. Tenía dos hermanos menores con los que hacía travesuras y el parecido de los supuestos actores con los reales era asombrosa. Entendió que todo lo que vería sería lo ideal para él. Vio a sus compañeros y amigos de la adolescencia, revivió los momentos más agradables de su juventud. Sintió el primer beso de su primera novia que era exactamente igual a la que había besado hacía cuarenta años, mentalmente se preguntó qué habría sido de ella y la pantalla se lo mostró todo. Se le salieron las lágrimas al enterarse de que ella también había sufrido por la separación y que lo seguía amando, que a pesar de estar casada y tener una vida feliz, seguía recordándolo como aquel tímido adolescente que le robó el corazón y lo invocaba en las noches solitarias que pasaba cuando su marido se ausentaba en sus viajes de negocios. Vio cómo era rechazado para realizar los estudios de bachillerato, lloró cuando miró de nuevo a su padre reprochándole su fracaso y se tuvo que sonar la nariz cuando no abrazó a su padre, quién le pidió perdón por no haber creído en él cuando estaba a punto de irse a estudiar al extranjero. Luego desfilaron ante él las vidas de las personas que fue amando y dejando en su camino, permaneció inmóvil al enterarse de lo desconocido. Supo que sus amigos comunistas habían tenido muchos problemas cuando él les negó su ayuda, también supo que todas sus hipótesis eran falsas y que la mayoría de las cosas que había interpretado como afortunadas, en realidad, habían sido fatídicas. Se quedó mudo al saber el daño que le había hecho a mucha gente, también perdió el aliento cuando se le reveló el final de las personas a las que había odiado. Conforme avanzaba la película y veía las cosas que desconocía, iba valorando sus actos con muecas desagradables. Notó que no era tan buena persona como pensaba. Hizo una pausa y se fue al baño. Se preguntó si a los demás pasajeros les estaba sucediendo lo mismo, pero no le pareció que alguien tuviera una experiencia como la suya.

 La inteligencia artificial había ido demasiado lejos. Cuando volvió del aseo se sentó y continuó con el visionado. Llegó al desenlace de la historia. Se preguntó si se le habría mostrado toda la verdad, pero oyó que la voz en off de la película le decía que se habían reservado el derecho de mostrarle los sucesos que podrían afectarle psicológicamente y que sólo con la asesoría de un especialista se los enseñarían. Supo que su matrimonio podía haber sido mejor si hubiera hecho algunas rectificaciones a tiempo, se enteró de las consecuencias reales de su infidelidad y de la infidelidad de su pareja. Le mostraron las malas decisiones que había tomado en su trabajo y la forma de mejorar su eficiencia. Precisamente, realizar ese viaje era uno de los errores que había cometido porque parte de la información que se había almacenado en la base de datos de la IA podría serle accesible, en parte, a las personas que iba a visitar. No les mostraremos lo que nos indique usted, señor Miguel Ángel, pero en caso de que el programa les dé alguna pista ellos lo adivinarán. Pensó que lo más sensato sería no encontrarse con sus familiares lejanos para exigirles los pagos de sus deudas y regresar excusándose con la invención de un imprevisto. Así lo hizo y sin bajar del tren emprendió la vuelta. Pensó mucho si pedir que le mostraran una película o novela de su pareja o no. Decidió no arriesgarse y se contentó con que le mostraran la segunda parte de su propia novela. 

Esta vez apareció el título “Un futuro eludible”. En la primera imagen apareció una leyenda que decía que la película estaba basada en hechos pasados y que un programa de probabilidades había calculado la consecución de algunos actos, pero que, si había algún cambio desde ese momento, entonces muchas de las cosas mostradas no se cumplirían.

En la pantalla apareció Miguel Ángel en un tren, estaba mirando una película. Llevaba un traje azul marino y una corbata roja. Iba con su peinado de siempre, acomodado con gel muy firme, su barriga prominente y su gesto malhumorado de hombre impaciente, algunas gotas de sudor caían por su cara morena y se las secaba con un pañuelo. Se tomaba otra coca cola y seguía atento a las imágenes de la pantalla, de pronto sonaba su móvil, conversaba con una enfermera que le daba los resultados de unos análisis y le hacía unas recomendaciones. Al llegar a la estación se despedía de la encargada que lo había atendido, pedía un taxi y se iba a su casa. En el trayecto le hacía una llamada a su mujer y le explicaba la razón de su precipitada vuelta. Ella con monosílabos le hacía saber que lo entendía y que lo esperaba para cenar. Luego, iniciaba una conversación con el taxista en la que le preguntaba qué pensaría si le hicieran una novela o película a su medida con ayuda de la inteligencia artificial. El hombre dijo que no tenía nada de que arrepentirse y que había llevado una vida tan rutinaria que ni la inteligencia artificial encontraría información adicional para sorprenderlo. “Cuénteme su vida—le dijo impaciente Miguel Ángel—, ya verá que sí es posible encontrar cosas de interés”. Por más esfuerzos que hizo, fue incapaz de sorprender a su interlocutor. Lo atiborró de preguntas y le planteó infinidad de hipótesis sobre lo que habría pasado de no haber ido las cosas como se las contaba, pero el tipo no cedía y se mostraba muy escéptico. Al final, llegaron a su destino y se despidieron de mala gana. Miguel Ángel entró a su casa y abrazó a su mujer, hacía mucho que no lo hacía con tanta añoranza. Ella recibió sus brazos con frialdad. María Dolores notó que su marido estaba muy cambiado, que su mal carácter de siempre se había amainado y descendido a un segundo plano. Él habló mucho de los cambios que tenía en mente y decidió tomar unas vacaciones para descansar con su familia. ¿Cuánto tiempo hacía que no les dedicaba una simple hora para hablar e intercambiar impresiones? Era un buen momento para salvar lo que había descuidado por tantos años. Cenó y esperó a que sus hijos volvieran de la universidad. Los abrazó con cariño y les dio la noticia. A ellos se les estropeó el ánimo porque se habían arruinado todos los planes que tenían. María Dolores con gran sentido común les explicaba que era necesario que aceptaran. Después de una gran discusión aceptaban la propuesta y fijaban la fecha de salida. Llegaba el día de la partida, se iban a la playa, recordaban los viejos tiempos cuando se metían al mar y nadaban juntos, cuando hacían los paseos nocturnos por el malecón y se deseaban las buenas noches antes de irse a dormir.

De pronto, se interrumpió la película y apareció un letrero que decía que estaban sucediendo cambios trascendentales en el país. Que iba a cambiar la política y la economía y que existía la posibilidad de que los funcionarios como él perderían su empleo. La película mostró, entonces a un hombre desesperado con grandes deudas y muy envejecido. Lo habían abandonado sus amigos y seres queridos. Su esposa le pedía el divorcio y sus hijos se afiliaban a los partidos de oposición. Empezaba en su vida un descenso como las enormes pendientes de la montaña rusa. Miguel Ángel no lo pudo resistir, se sintió mal y necesitó la ayuda de la empleada que le midió la tensión, le administró un calmante y se quedó dormido. Cuando despertó estaba entrando el tren a la estación. Vio el rostro agradable de la mujer joven que le sonreía. “¿Ya se siente mejor?—le preguntó con cara de real interés—. Hemos llegado. La empresa VALM le agradece su preferencia”. Miguel Ángel se puso de pie, cogió su equipaje y salió para buscar un diario, luego consultó las noticias por internet, pero no encontró nada de lo que le había mostrado la IA. Trató de calmarse pensando que todo había sido un error de programación. Hizo todo como lo había visto al inicio de la segunda parte de su novela. Cogió el taxi, conversó con el taxista escéptico, llegó a su casa, abrazó a su mujer, esperó a sus hijos y les propuso que se fueran de vacaciones y les preguntó por sus ideas políticas, se calmó al saber que eran sus partidarios, le preguntó a su mujer si lo quería, ella afirmó moviendo la cabeza. Miguel Ángel estableció la fecha de la salida al mar y se fue de viaje con su familia. Unas semanas después se cumplieron las predicciones de la IA.
Fin.