viernes, 28 de junio de 2019

Tercero (Borrador)




Tercero, último testamento

I

Le faltaba muy poco para jubilarse. Durante las largas tardes en la comisaría lo atosigaba el sopor. La única cosa que lo alegraba un poco era separarse de los viejos expedientes cuando llegaba la hora del almuerzo. Salía cabizbajo y si alguien lo saludaba, respondía con un movimiento de la mano. Hacía tiempo que su ayudante James Clavijero había muerto. Todavía le irritaban los resquicios que había provocado la fractura de la muñeca en su vida. A pesar de haber sanado por completo, en ocasiones tronaba y ese insignificante crujido del tendón le recordaba el momento en el que no pudo dispararle al delincuente para salvar a su compañero. A veces las pesadillas, motivadas por el remordimiento, lo mantenían dando vueltas por las noches. En cierto grado, estaba decepcionado de la vida. Desde joven había querido que desapareciera la delincuencia, lo sabía imposible, pero albergaba el deseo de ver un mundo más justo y ordenado. Los años lo resquebrajaron porque el peso de la verdad lo debilitó. La injusticia creada por la misma sociedad demandaba la separación de privilegiados y desposeídos. No parecía un país moderno, pues las reglas de la esclavitud seguían rigiendo. Claro que eran diferentes, pero el orden de las cosas llevaba a la gente a ser plebeya del dinero.
¿Qué tal está hoy? Le preguntó el camarero que le había servido su bistec con patatas durante años. Ellery respondió con una sonrisa condescendiente y Orlando se fue por la comida. Cuando terminó de masticar el último trozo de carne una imagen lo distrajo. Era una pintura nueva que habían colgado cerca de la puerta de la cocina. El restaurante era de estilo moderno, por eso un bodegón, desencajaba mucho. Estaba pintado con elementos surrealistas, pero desde donde se encontraba el inspector parecía de estilo clásico. Pidió la cuenta y salió. Se fue caminando despacio a la comisaría, se sirvió un café y siguió ordenando los casos abiertos que tenía sobre el escritorio. No siempre había pasado las horas leyendo expedientes todo el día. La mayor parte de su servicio fue muy activa y por sus facultades atléticas siempre había perseguido a los malhechores. Tenía muchas medallas de las que podía presumir porque había atrapado a estafadores, asesinos en serie, chantajistas, proxenetas y hasta mujeres violentas; sin embargo, todo le parecía como algo irreal, como si de verdad no hubiera sucedido nada de eso y los años de servicio se hubieran reducido a los fracasos y esas carpetas con información incompleta que se resistían a revelar los nombres de los asesinos. Los últimos meses en la oficina serían la imagen del último recuerdo de una carrera brillante. No se quería despedir así, tenía la esperanza de que le dieran un caso sencillo para que cerrara su trayectoria con un arresto. Así, sí que podría soportar la jubilación y después la muerte en soledad, pero con las actividades de chupatintas que le daban estaba pensando seriamente en el suicidio. McAllan, el jefe de la comisaría, nunca lo había apreciado desde que sustituyó a Thomas Moore con quien Ellery siempre había tenido buenas relaciones. “Es un viejo decrépito e inútil ̶ dijo con desprecio ̶ , denle una oficina y que se dedique a ordenar los casos pendientes, a ver si ayuda en algo ese patán”. Por alguna razón, esas palabras le crearon un cerco del que no podía salir, la rutina le producía somnolencia por el día e insomnio por las noches. Dormía un promedio de dos horas y su cara estaba muy descompuesta.
Cenaba alguna cosa rápida y se ponía a leer las noticias, luego se echaba un regaderazo y sorbía un poco de whisky, a las dos se metía a la cama y se dormía profundamente, pero a las cuatro y media despertaba como si fuera ya la hora de salir al servicio. Cuando trabajaba con Clavijero no tenían horario, les faltaban las horas para espiar a los sospechosos, indagar sobre el paradero de gente desaparecida y podían salir a cualquier hora de la madrugada a revisar el escenario del crimen del homicidio en turno. Ellery echaba mucho de menos a James que se había convertido en un hijo brillante que aprendió todo muy rápido, hubo ocasiones en que reconoció que su ayudante tenía más cualidades de investigador que él mismo y pidió su ascenso, casi lo logró, pero el destino no lo quiso. Lamentaba que Sandra se hubiera quedado sola, con un hijo huérfano y un trabajo miserable. Los policías tampoco ganaban mucho y la pensión era muy mala. ¿Cuánto valía James? La suma apenas alcanzaba para alimentar al niño, fue por eso que Ellery pidió que le recortaran una parte de su sueldo para ayudar a la pobre viuda. Tenía planificado dejarle también parte de su pensión, sabía que no sería por muchos años, pero ayudaría un poco en su manutención.
Se fue acercando la fecha de su salida. El trabajo era cada vez más tedioso y en ocasiones Ellery se atormentaba tratando de recordar detalles de los homicidios ocurridos hacía muchos años. En algunos descubría la incapacidad de los órganos judiciales para aceptar declaraciones y pruebas, en otros notaba la presencia de la corrupción. Muchas veces se había dejado en libertad a personas altamente peligrosas, pero no era como en las películas. En la vida real eso traía consecuencias políticas o desgracias. Lo más lamentable era que James había sido presa de esas bestias voraces que vendían todo tipo de estupefacientes. Un insignificante vendedor de drogas callejero lo mató con un bate. Le había dado un fuerte golpe a Ellery en la mano derecha, la pistola cayó al piso, luego se oyó un golpe seco producido por la madera y el cráneo de James. Ellery levantó el arma con la mano izquierda y disparó sin mucha suerte. El hombre escapó y ni siquiera le pudo ver bien la cara. Sabía que era un vago de mala muerte y sintió un gran pesar al narrárselo a sus compañeros. Sandra escuchó otra versión, pero no mejoró en nada la situación, ni moral ni económica.

II

Se acercó la fecha de su salida. Un compañero le preguntó por sus planes y Ellery dijo que se iría a vivir a una casa de campo que estaba lejos de la ciudad. “Quiero dedicarme a la caza, la jardinería y la pesca ̶ dijo resignado ̶ . Soy un viejo inútil que ya no le importa nadie”. Trataron de convencerlo de lo contrario y le recordaron sus grandes hazañas, pero todo se vio ensombrecido por la presencia de McAllan que les ordenó callarse. Ellery comenzó a desocupar su despacho. Metió en unas cajas las pocas pertenencias que tenía y salió a comer por última vez. No encontró a Orlando y le atendió una joven nueva, le comentaron que su amigo estaba enfermo y que faltaría unos cuantos días. Comió sin apetito y volvió con pasos lentos a la comisaría. En el trayecto solo vio sombras, edificios grises, vitrinas opacas y un asfalto gélido de tono mortuorio. Escupió maldiciendo su vida. Le parecía que había sobre valorado cosas insignificantes para no aceptar su fracaso. Era un hombre decrépito, solo, sin nadie que lo estimara de verdad, solo algunas personas agradecidas podrían decir que les había ayudado a impartir la justicia, pero nadie lo recordaba, era simplemente un servidor, el inspector Ellery que pronto saldría del escenario sin aplausos, ni abucheos, como un personaje secundario en una interesante obra en la que lo único que hizo fue poner esposas como un simple policía. Lloró en silencio, con ira y sin lágrimas. En la puerta de la comisaría ya lo esperaba un hombre de overol con una camioneta. “¿A donde quiere que lo lleve, Sr.? ̶ le preguntó un joven fortachón que mascaba su chicle y hacía pompas con él. Ellery le señaló el ascensor y subieron a su oficina. En quince minutos estaba todo vacío. Salió entre modestos aplausos y una secretaria le dio un paquete con un regalo. No lo abrió y dio las gracias con la voz entrecortada. Al bajar el hombre ya tenía el motor encendido. Ellery se subió a la camioneta. Hicieron el trayecto en silencio.

En su casa, Ellery acomodó todo en un rincón y se tiró en el sofá. Se había imaginado ese día de forma muy diferente. Había conservado mucho tiempo la imagen en la que James y Sandra llegaban bien arreglados para cenar con él. La pareja le contaba los progresos en el departamento de homicidios. James como nuevo inspector le hacía consultas y le hablaba de sus planes para acabar con algunos policías corruptos, le satisfacía colaborar en el mejoramiento de la comisaría, además sentía que su compromiso con la sociedad se materializaba a través de su querido amigo. Veía a la gente salir de sus casas seguros, confiados en que no tendrían ninguna penuria y que podrían divertirse y ser libres en un país resguardado por agentes responsables. Cenó poco y se durmió. Pasó bien la noche, pero la visión de Ekaterina Tomashenko lo obligó a despertarse en la madrugada. La conoció en la única misión que había hecho fuera del país. Viajó por orden de Thomas Moore a la Unión Soviética o, más bien, a lo que quedaba de ella en últimos años ochenta del siglo XX. Tenía que encontrar a unos estafadores que se habían ocultado en una de las repúblicas socialistas del sur de Rusia. La mujer lo impresionó no solo por su belleza, sino por la gran inteligencia y astucia que mostró durante la investigación. Katya le confesó que nunca había salido de la URSS y que en los cursos de espionaje le habían enseñado a pronunciar con acento inglés. Era una mujer severa en su trabajo, pero con un corazón noble. Viajaron juntos en un tren y tuvieron la oportunidad de estrechar su relación en un compartimiento que reservaron para ellos dos. El era bastante atractivo, su pelo castaño ondulado y su rostro lampiño de nariz afilada lo hacían parecerse al Harry el sucio de la famosa película de Eastwood, pero estaba muy lejos de la rudeza del gran policía de la pantalla. A Ellery le sorprendía todo lo que veía en el país anfitrión. Tomaba con gusto el té negro sosteniendo un porta vasos de níquel. Veía como Katya apoyaba su dedo pulgar en la cucharilla de aluminio y sorbía el líquido marrón con gusto. “Por qué no sacas la cuchara ̶ le preguntó en broma y mirándola con sarcasmo. Sería mucho más cómodo”. Ella siguió bebiendo sin responder y cuando terminó lo miró fijamente y le dijo que esa era la tradición rusa. Luego Ellery puso atención en todas las personas que tomaban té y lo confirmó. No fue la única conducta sorprendente. Había muchas cosas que lo incomodaban o lo intimidaban. Una de ellas era la franqueza con que se decían las cosas.
El imperativo era la forma cordial de ofrecer la comida y no había ocasión para los agradecimientos. Si le ofrecían algo buscaba excusas para rechazarlo, pero su compañera le decía que lo expresara claramente. Sí o no, no había una tercera variante. Llegaron a la ciudad de Gorki. Salieron de la estación, los estaba esperando un volga del Partido Comunista. Katya iba vestida igual que el chófer, con un abrigo de cuero negro, botas militares y una boina. A pesar de estar vestida con atuendo de hombre, Katya impresionaba por su belleza. Tenía el pelo castaño, la voz un poco áspera, un perfil chato y los ojos de tigre. Subieron al coche y cruzaron el puente Kanavinski, Ellery vio con asombro el paisaje, que a pesar de ser verano, se veía gris. La gente llevaba ropa de colores opacos, algunos viejos iban con gabardinas y calzado desgastado y poco lustroso. El río Volga parecía inmóvil, se dirigieron al puerto y pasaron frente a la escalera de Chkálov, siguieron hasta la calle Radionova y en un edificio armado con bloques de hormigón se detuvieron. “Es aquí, le dijo Katya cogiéndolo del brazo, nuestro piso está en la quinta planta”. Ellery cogió su maleta y entró al edificio. No podía creer que una de las ciudades industriales más importantes de la nación soviética padeciera tanta pobreza. Se imaginó que había hecho un viaje a la época de la depresión en EE UU y sonrió con ironía. Cuando llegaron al apartamento número 36, Katya sacó una llaves y abrió varios cerrojos. Entraron, el aire estaba húmedo y un poco rancio. Abrieron las ventanas para ventilarlo y Ekaterina comenzó a preparar un poco de té. Unos minutos más tarde Ellery probó la mermelada de frambuesas, el requesón, el pan y el té. Comió con calma bajo la mirada atenta de su colega. Ella comía y miraba fijamente sin parpadear, parecía que estaba acostumbrada a no perder la atención de su objetivo, incluso en los momentos más tensos de su trabajo. Ellery pensó que tal vez las francotiradoras de la II Guerra Mundial habían sido como ella y sintió aprecio. Eso le ayudó a acostumbrarse a la comida que le parecía mala y hasta despreciable. No le gustaba mucho el salchichón, ni el alforfón, tampoco podía comprender que no hubiera sándwiches, perros calientes o pizzas y que la mostaza fuera tan astringente como un arma para martirizar. “Te acostumbrarás pronto ̶ le dijo ella como si hubiera leído sus pensamientos ̶ , esta comida es más sana que la que ustedes ingieren en su país del sueño americano”. Ellery quiso explicarle mil cosas, pero sabía que sería inútil. Le había recomendado ser muy prudente y no abrir la boca en vano.
Pasaron varios días en la ciudad y localizaron a los sospechosos que buscaban. Con gran paciencia fueron estableciendo de forma muy rutinaria las actividades y los contactos que tenían los malhechores. La ciudad estaba cerrada para los extranjeros, pero por el desorden de la Perestroika y la Glasnost ya a nadie le importaba. Mucha gente desesperada por no saber cómo obtener un trozo de riqueza del país se comprometía con el mismo demonio a conceder su alma por una fortuna ilusoria. Unos de esos hombres eran los que habían contactado a los americanos para organizar una banda delictuosa.
Ellery se había camuflado, vestía igual que Ekaterina y sus botas de cuero mal curtido le molestaban. La gabardina negra y la boina le iban muy bien y parecía la pareja ideal para la agente del Consejo Estatal de Seguridad Soviética. Así fue como lo conocieron Tim Johnson y Ariel Montani cuando fueron detenidos. Después del interrogatorio Ellery preguntó si los iban a extraditar , pero le dijeron que esos bandidos no saldrían jamás de la URSS. En efecto, llegó una orden oficial para desaparecer a los delincuentes y ni siquiera le permitieron a Ellery enviar un reporte. “Ya lo tenemos todo bajo control, señor Ellery ̶ le dijo un hombre muy corpulento en un inglés muy malo ̶ , su misión ha terminado. Puede quedarse unos días en nuestro país, pero le recomendamos que se vaya lo más pronto posible. Pregúntele a sus superiores cuáles son las órdenes y comuníqueselo a Ekaterina”. No hubo más relación con la policía ni los agentes. Katya se transformó en una ciudadana normal sin uniforme. El tiempo se había compuesto y Ellery paseaba las tardes con su amiga. En una conversación ella le confesó que le encantaría irse del país con él, pero que era imposible porque el sistema comunista era demasiado estricto. La única opción era que él se quedara. Que renunciara a su trabajo de inspector de policía y se capacitara en el servicio secreto. “Aprenderás rápido el ruso ̶ le dijo Katya sin soltarle la mano ̶ , eres inteligente y podrás realizar las funciones que se te asignen, piénsalo, Es por los dos”. Esas palabras siempre fueron como una espina en el corazón porque pudo hacerlo y nadie se lo habría reprochado. Su vida habría sido completamente diferente con esa mujer y habría incluso alcanzado la categoría de diplomático, pero decidió ser fiel a su patria y esta le fallo y no solo no cumplió con sus pocas expectativas, sino que lo dejó abandonado e inservible.

III

Los fantasmas del pasado se apropiaron de su espacio vital. No había un solo instante en el que no viera la figura ágil y graciosa de Ekaterina. Habían pasado solo una noche juntos. Antes de salir de la URSS. Ellery probó el fruto del pecado. Se había acostado en la incómoda cama, Katya salió de la ducha con una bata azul celeste y dibujos de flores. Se peinó frente a él y lo miró de reojo, como si no existiera y fuera solo parte del mobiliario, luego se desnudó, fingió haber olvidado algo, volvió pronto del baño y se metió bajo el cobertor. Ellery sintió el calor de su cuerpo. Tenía la carne muy firme. Ella lo cogió por la quijada sin mucha fuerza y lo miró diciéndole “Ya tengo la solución. Quédate a trabajar para el servicio secreto soviético. Hablaré con Mijail Fedorchuk, él te enrolará y trabajaremos juntos”. No hubo más. Ellery sintió un abrazo hirviente, deseó renunciar a todo con tal de que Katya estuviera a su lado por toda la vida. No sabía que la seducción de los extranjeros era parte de la preparación de las militantes de la organización. Ignoraba que esas mujeres tenían una frialdad racional que se aislaba de las sensaciones del cuerpo. En otra situación Katya le habría confesado su amor y le habría implorado que se quedara, sin duda alguna Ellery lo hubiera hecho, pero después de esa apasionada noche de amor. Llevaron al aeropuerto Sheremetievo al policía americano y Katya se le acercó fría, con sus ojos impenetrables y le pidió que se quedara. Él lo pensó e, incluso, dejó caer sus cosas al suelo. Estaba decidido, pero al preguntarle a ella si habría hecho lo mismo por él no obtuvo respuesta, aún así quería dejarlo todo por ella, pero su aspecto seco lo hizo dudar y cuando anunciaron que iban a cerrar la sala de abordo la inercia lo arrastró. Vio los ojos cristalinos de Katya y su corazón le dijo que volviera, que sería feliz con ella, que nunca más tendría una oportunidad así, lo malo fue que sus pies se alejaron solos. Ese recuerdo atosigó al inspector Cárter hasta el día de su jubilación y si lo había podido controlar más de treinta años, ahora la aparición era más frecuente. “No me respondiste ̶ le decía frente al espejo del baño, en la cocina o frente a su armario ̶ , era simple, ¿por qué callaste, Katya? Era necesario solo un movimiento de cabeza. Habría sido suficiente, !Caray! !Qué raros eran esos soviéticos locos!”. Luego el silencio lo seguía por todos los rincones y para espantarlo silbaba alguna melodía de Frank Sinatra.
Decidió trasladarse a su casa de campo. Pensó en lo que necesitaría para sobrevivir en un sitio aislado y cuando estaba sacando cosas del armario recordó que toda su vida había querido leer su colección de novelas de detectives. Había comprado a lo largo de los años colecciones de novelas negras clásicas y modernas. Tenía diez volúmenes de Conan Doyle, las obras completas de Agatha Christie y Allan Poe, entre muchos otros autores. Algunas le habían ayudado a descubrir a los delincuentes en la vida real. Hizo su plan de salida. Le pagaría a la casera su última mensualidad y se llevaría solo los objetos que fueran imprescindibles. Llamó de nuevo a la agencia de fletes y pidió que le mandaran al mismo hombre corpulento amante de la goma de mascar.
Era mediodía, estaba nublado. Ellery tenía el humor gris ni siquiera sus alucinaciones lo molestaban. La vida era tan realista que sus mejores intenciones y deseos parecían abnegados sueños infantiles. La boca se le torció por el efecto del hígado. Recibió al hombre de mono con poca cordialidad. Entre los dos bajaron las cosas que estaban destinadas al basurero y luego acomodaron lo demás. Era un viaje largo, ciento cincuenta kilómetros para ir al cementerio. Se sentía como uno de esos elefantes viejos que abandona su manda para ir a unas cavernas lejanas. Se sentó junto al conductor después de comprender que ir sentado en la parte trasera de la camioneta le dejaría las asentaderas deshechas. Iba callado y le pidió al hombre de la goma de mascar que pusiera música. “¿Cuál le gusta, anciano? ̶ le preguntó con acento vulgar de rapero ̶ le puedo poner a Elvis”. Ellery le dijo que prefería el jazz y sacó una memoria portátil con sus canciones preferidas. Viajaron con los compases de Dave Brubeck tomando cinco notas, la voz maleable de Al Jarreau que le arrancó una sonrisa de resignación con la canción After all, luego Grover Washington Jr. y Jeroge Benson con sus composiciones románticas y cuando la naturaleza fue llenando los ojos de Ellery de verdura de robles, abedules y arces empezó la música de verdad: Louis Armstrong, Ray Charles, Ella Fitzgerald, B B King, Ray Charles y muchos más. La camioneta parecía avanzar al ritmo de Hit the road Jack mientras con sus preguntas Ellery interrogaba a Ekaterina mentalmente. “Soy pobre ̶ se decía ̶ , pero tú fuiste de piedra, no te supe entender, fuiste de hierro y no sabías que lo único que teníamos en ese momento de la separación era un quedate, era solo eso...”. No pudo continuar porque su acompañante el preguntó si de verdad le gustaba toda esa basura para dinosaurios.

̶ ¿Cómo puedes decir eso, muchacho? ̶ contestó Ellery realmente enfadado porque le había cortado su cadena de pensamientos masoquistas.
̶ Oiga, anciano, no se ofenda, pero la gente de hoy no oye eso. Ni siquiera nos importa quién fue Mike Jager, Lenon, Quenn, Michael Jakson o, el otro George Michael, o el de las trenzas Boy Geoge, ¿sabe? Ni Madonna, ni Britney, ni ninguno de esos del pasado. La buena música es del Rap para acá.
̶ No tienes ni idea de lo que es una buena composición, mocoso ̶ respondió sin mirarlo ̶ . Lo que creen ustedes es que cualquier idiota puede dar lecciones de la vida con una perorata de media hora con una rima barata. Parecen monos amaestrados, con sus colgajos de oro y su actitud de perdonavidas. Otra opinión tendrías si hubieras ido al ejercito o hubieras hecho unas practicas en la policía, pero mira en qué paraste. ¿Acaso tu música de barrio bajo te va a sacar de tu situación? Serás un hombre fracasado toda tu vida porque ahora mismo ya eres un donadie, no tienes opción.
El joven dijo unas palabrotas y al mirar que la situación estaba perdida se quedó mirando al frente, sacó la pendrive y la tiró por la ventana. Ellery se controló porque no quería entrar en una disputa poco ventajosa e inútil. Los siguientes kilómetros se alargaron y Ellery no pudo concentrarse en nada. La cabeza le dolía y sus pensamientos era como un alambre de púas que le molestaba mucho.
Llegaron por fin a una desviación y Ellery le indico al hombre que girara a la derecha. Entraron a una carretera muy estrecha que al principio tenía asfalto, pero después era solo de grava. La camioneta se desplazó dejando una nube de polvo, llegaron a una pendiente desde la que se veía una pequeña casa de madera. Es allí, dijo Ellery señalando con el indice. Llegaron pronto, Ellery se disculpó por lo de la música y le dio un billete grande al tipo, pero éste se limito a guardarlo en el bolsillo y dejó las cosas enfrente de la casa. Estaba oscureciendo, cogió las llaves y abrió la puerta, recogió unas ramas secas y las amontonó en la chimenea. Luego echó un poco de gasolina y un fósforo. Se puso a limpiar y metió las cajas. La cabaña no era muy grande tenía una habitación grande que podría ser un comedor, pero estaba vacío y un dormitorio con una sencilla de madera de roble. No tenía electricidad y el generador llevaba años sin usarse.

IV

Los días en la naturaleza lo vivificaron. Se sentía más activo y saludable. Al principio echó en falta las comodidades de la ciudad, se enfadaba por no poder hacer el café en una máquina, tampoco se duchaba como lo hacía siempre y una sensación de incómoda suciedad se apoderaba de él, pero pronto comprendió que no había mucha diferencia entre su vida allí y la que había desperdiciado en su piso alquilado pensando en las emboscadas que le pondría a los ladrones. Descubrió un poblado que se encontraba a dos kilómetros de su casa y comenzó a abastecerse de productos allí. Le dijeron que si lo deseaba podían descontarle de su pensión las compras y un encargado se las llevaría cada semana. Aceptó sin reparos y se resignó a llevar una vida de asceta o ermitaño. Por las tardes leía con ahínco. Empezó a llenar unos cuadernillos con el análisis de cada historia que le atraía. Hacía un pequeño croquis de los casos más difíciles y en ocasiones se golpeaba la frente pensando que si hubiera leído esas novelas antes, habría podido solucionar algunos crímenes con más rapidez, lo cual habría evitado que murieran algunas personas. Se fue amoldando a su nueva existencia y pronto le encontró el gusto. Aprendió a cazar con trampas ingeniosas, tenía un rifle de bajo calibre que era ideal para los roedores y ciervos. Se fue convirtiendo en una especie de Daniel Boone que por las mañanas se iba a la montaña y volvía con algún trofeo. Curtió varias pieles y se hizo unas alfombras, ropa y un gorro de mapache. Silbaba de alegría cuando salía el sol y se entretenía contándole a un interlocutor ficticio las cosas que leía. Quería conseguir un perro para que las presas no se le escaparan y fue a conseguir un perro de aguas al pueblo. Le asombró que las cosas estuvieran cambiando vertiginosamente. La gente parecía alarmada y un viejo le regaló un pequeño cachorro. “Lléveselo y aliméntelo como pueda”.
Un día se dio cuenta de que la gente comenzaba a acumularse cerca de su casa. Le robaban las presas de caza en cuanto se descuidaba. Llegó un momento en que le resultaba muy difícil salir sin el temor de encontrar su vivienda destruida u ocupada por gente con aspecto de pordiosera. Se preguntaba constantemente de dónde podrían proceder esos muertos de hambre. Tuvo que hacer por las noches una excavación para mantener sus provisiones fuera de peligro. Los meses siguientes fueron peores. No había comida y la gente se encontraba como en los campos de concentración. Ellery se miró al espejo y vio el fracaso total. Su barba era muy larga. No se había duchado en mucho tiempo, su mirada era salvaje y tenía la manía de quedarse inmóvil para tratar de oír si alguien quería hurtarle algo. Las fuerzas lo habían abandonado y estaba dispuesto a morir. Se recostó y se quedó mirando la pila de cuadernos que tenía en un rincón. Repasó mentalmente las historias de detectives y saboreó el gusto del triunfo de la deducción y el razonamiento sobre la idiotez humana. Una historia comenzó a iluminar su mente. Era sobre unos asesinatos en los que siempre atrapaban al asesino, pero cuando le tomaban las huellas digitales éstas no coincidían con las que se hallaban en el arma, tampoco con las que había en los muebles, la vajilla y otros objetos. “El caso de la media de seda” era desde el punto de vista de Ellery la historia mas entretenida que había en toda la narrativa de novela negra. El cuarto amarillo era otra de esas obras impresionantes, luego estaban las demás. Siguió paso a paso las andanzas de Sherlock y Watson, se imaginó a los dos hermanos gemelos burlándose del ingenuo inspector haciéndose un embrollo con los asesinatos. Al fina recibían su merecido y Ellery reía al imaginar su rostro perplejo por no haber contado con la gran astucia del personaje de Conan Doyle.
De pronto se le vino un torrente de sucesos de la vida, una eterna soledad y los fracasos amorosos frustrados por el mismo al no asistir a una cita o al decirle algo indeseable a las mujeres que lo habían amado. Había tenido una amiga emigrante de Cuba con la que pasó muchas horas conversando. Ella estaba dispuesta a soportar cualquier cosa con tal de que la aceptara como compañera, pero cuando llegó el momento decisivo, Ellery se quedó mudo y se dio la media vuelta. Amalia estuvo a punto de suicidarse, dejó de hablarle para siempre y Ellery siempre sintió el peso de sus ojos de resentimiento. Alimentó la esperanza con frecuentes visitas, conversaciones interesantes y un aprieta y afloja que resultó una especie de juego de seducción. Ella resentida se casó con un ladrón de su barrio, sufrió golpizas y humillaciones y culpó de todo al maldito agente investigador que solo la había hecho perder el tiempo. Para Ellery ese recuerdo era como una pelusa en la garganta. Le causaba desagrado y no lo dejaba respirar con libertad. Pensó que la situación en la que se encontraba era pésima y se decidió dejar morir. Unos cuantos días de ayuno y listo. Ya no tenía muchas fuerzas, su piel se le pegaba a los huesos y no había deseo o esperanza que lo detuviera en el mundo. Una tarde en la que de verdad sentía que le faltaba poco para palmar oyó un toquido en la puerta. No puso atención porque sabía que sería algún malparido que estaría dispuesto a comérselo por pura ociosidad. Los golpes se hicieron más fuertes y de pronto sonó una voz. Ellery tuvo que abrir porque pensaba que pronto tirarían la puerta. Cuando abrió encontró a un hombre joven, bien parecido y con mucha vitalidad. Lo dejó pasar.

̶ Ellery, no sabes cuanto trabajo me ha costado encontrarte, !Dios mío, te ves fatal!
̶ ¿A caso le conozco?¿Quién eres , mocoso?
̶ Soy Thomas Moore ̶ contestó el hombre y el efecto de esas palabras desconcertó a Ellery que pensó que le estaban haciendo una broma.
̶ No me vengas con cuentos chinos, muchacho, Thomas Moore debe haber muerto hace varios años y tu eres un payaso. Por qué no te largas y me dejas en paz.
̶ Ellery, ahora no lo crees porque no entiendes lo que ha pasado, pero en cuanto te lo explique pensarás de forma diferente. Lo más importante es salir de aquí lo más pronto posible.
̶ No quiero, el mundo y la vida ya no me importan, me has venido a estropear mi encuentro con la muerte.
̶ !Dios santo!No me digas que tenías la intención de suicidarte...
̶ Pues, sí, lo iba a hacer precisamente ahora, pero con tu teatrito me lo has echado a perder todo.
̶ No, Ellery, espera. Mira, pregúntame algo que solo supiera Moore tu ex jefe de la policía. Anda, prueba sin miedo.
Ellery dudando de las palabras del entrometido interlocutor pensó un poco, se esforzó por recordar algún detalle del pasado y con tono de ironía preguntó.
̶ ¿Por qué ocultaste las pruebas del caso Simpson, falso Tom Moore?
̶ Oh, Ellery eso fue trágico. Solo te lo confesé a ti, en verdad. Te juro que nadie más lo oyó jamás. La verdad es que mi hermano estaba implicado, ¿Recuerdas cómo me dolieron tus palabras? Son cosas que jamás se olvidan, Ellery. Necesitas irte conmigo ahora. Tenemos muy poco tiempo.
Ellery estaba impresionado porque era verdad. Moore solo le había contado a él que no había presentado las pruebas suficientes en contra de Larry Simpson en el asesinato de su esposa porque una persona muy allegada saldría culpable. Trató de descubrir los rasgos del Thomas que recordaba en el hombre y le pareció que, en efecto, había una ligera similitud, sin embargo, para esas fechas el ex jefe de la policía debía de tener unos noventa o cien años.
Mira ̶ le dijo Moore ̶ entiendo que desconfíes de mí, pero si no te vienes conmigo ahora, el futuro de la humanidad peligrará. Tu eres el único que puede recordar algo importante. Por desgracia todo es muy complicado y en unas horas no lo entenderías, necesitas verlo todo con tus propios ojos.
Ellery se acostó y trató de borrar sus pensamientos diciendo en voz alta “Esto es una alucinación, es una simple alucinación...”. Moore se desesperó y llamó a dos hombres que estaban fuera de la casa. Cogieron en vilo a Ellery, le echaron una manta encima y lo condujeron a un vehículo que había a unos metros de allí. Se alejaron a gran velocidad.

V
En el salón del coche Ellery perdió el habla. Nunca había visto algo tan moderno. Sentía que viajaban en el aire pero a una altura muy baja. No había ruido del motor y estaba completamente computarizado.
̶ Siento mucho haber tenido que hacer esto, querido Ellery, pero es que te están esperando en el centro de rehabilitación de Washington para poderte asignar una misión especial.
̶ ¿Estás loco, jovencito? ¿No te das cuenta de que hace unos quince años que me jubilé? ¿Cómo voy a realizar una misión si ni siquiera me puedo mover? A ver !Respóndeme, mocoso!
̶ !Todo ha cambiado, Ellery, no entiendes nada!
̶ ¿Que no entiendo nada? Sí ya estaba a punto de palmar y vienes tú, jovencito impertinente, a estropeármelo todo. ¿Qué voy a hacer ahora? Te he dicho que la vida ya no me importa un bledo.
̶ Pero, es que te necesitamos, Ellery, de ti dependen muchas cosas.
̶ !Qué va a depender de mí, inútil jovenzuelo! !Si ni siquiera puedo andar por mi propio pie!
̶ Ya lo entenderás, Ellery, los tiempos han cambiado. En tu aislamiento no viste lo rápido que nos adelantó la tecnología…
Ellery se sumió en su asiento y ocultó la cabeza dando a entender que no quería hablar más del asunto. Se durmió pronto y cuando despertó ya estaba cerca del centro médico de rehabilitación. Miró con curiosidad a los acompañantes del supuesto Moore, eran un poco raros porque podían permanecer inmóviles, sin parpadear y, casi sin respirar, había algo de artificial en ellos que lo atemorizó un poco. Moore notó que estaba despierto, pero fingió ir distraído leyendo. Sostenía una hoja plástica maleable y deslizaba el dedo por la superficie. Ellery supuso que sería un ordenador, pero demasiado sofisticado. No pudo ver por las ventanas porque mostraban unos paisajes semejantes a los de las televisiones de plasma. “Casi hemos llegado, querido Ellery ̶ le dijo Moore sin separar la vista de su pantalla ̶ . No tienes ni idea de lo que le está ocurriendo a la humanidad en este momento. Tienes suerte de que te hayamos encontrado”. Ellery se tapó los oídos como si fuera un niño que escucha algo muy desagradable y se volvió a ocultar en el rincón de su asiento. De pronto se abrieron las puertas y apareció un edificio de cristal.

̶ Ven, Ellery, te presentaré a los médicos que te tendrán bajo tratamiento. Mira, este es el doctor Karl Bauman y su ayudante Yukio Himura ̶ . Ellery extendió la mano para estrechar la que le ofrecían los médicos. Sintió las miradas de aprecio, que interpretó como lastimosas, y sonrió con ironía.
̶ Ya veo que aquí toda la gente es artificial, ¿verdad?
̶ No estimado Ellery, lo que pasa es que hemos adelantado mucho en la ingeniería genética y ahora la piel de las personas es más resistente y agradable. Usted mismo lo comprobará muy pronto.

Retiró su mano y bajó la cabeza sin ánimo de colaborar, pero oyó que le ordenaban andar. Siguió a Moore. Pasaron por una gran sala en la que había unas pantallas con imágenes tridimensionales. Ellery se detuvo a ver como unos esquiadores bajaban por una gran pendiente. Se acercó con cuidado pensando que el hospital estaría en la cima de una montaña nevada. Al llegar a lo que pensaba que era la orilla, se vio rodeado de árboles y vio su propia cabaña. Había gente vagando y en todas partes había cadáveres. Se espantó y volvió a prisa hacía Moore.

̶ ¿Qué pasa, Moore? ¿Qué significa todo esto?
̶ Es que una parte de la humanidad se va extinguir. Es la nueva ley, Ellery. Tú podrías haber fallecido estos días, pero la ANH* te rescató. Ya te he dicho que tienes una misión. Espera a que te rehabiliten y luego lo sabrás todo.

Hizo más preguntas, pero no le contestaron ninguna. Lo metieron a una habitación y le pidieron que esperara un poco. Sentado en un sofá se imaginaba que cosas como las que estaba viendo eran solo posibles en las novelas de ciencia ficción. “Necesita asearse un poco, señor Ellery, le dijo Yukio Himura, venga aquí hay una ducha”. Ellery cogió una toalla, se puso unas chanclas y entró al baño. Se quitó la ropa y abrió el grifo del agua. Salió un chorro moderado a una temperatura muy agradable. Cuando comenzó a enjabonarse, el agua dejó de salir y cuando levantó la mano buscando el grifo sintió de nuevo el chorro. Le gustó la experiencia porque tenía muchos años de no bañarse con calma. Salió un poco húmedo y lo recibió una enfermera. Le dijo que le afeitaría la cabeza y la barba y luego lo llevarían a comer.
Media hora más tarde entró a una sala en la que le esperaba una joven con una ensalada, un plato de carne con patatas, agua, vino, pan y pastelillos. Comió con gusto y notó que la carne era muy suave y que la podía masticar sin dificultad a pesar de que le faltaban algunos dientes. Se levantó satisfecho y lo condujeron a una gran habitación. Ellery no estaba acostumbrado a tanta amplitud. Siempre había vivido en interior muy bajos y estrechos. La cama le parecía para tres personas, el techo muy alto y la falta de mobiliario le producía agorafobia. “No se preocupe por esto, querido Ellery, le dijo el doctor, pronto se acostumbrará. Ahora me gustaría que se viera atentamente en aquel espejo”. Ellery no quiso moverse, pero la enfermera lo convenció. Con sorpresa se miró la cara, el cuello y la cabeza. No se imaginaba que el deterioro causado por la vejez fuera tan contundente. Se sintió realmente como una momia. Se pasó las manos por la cabeza medio calva, luego se intentó desarrugar el rostro y se desabrochó la camisa. Vio un esqueleto forrado de piel amarillenta. Se le veían las venas azules y verdes y el vello era como una pelusa blanca. Sintió desconsuelo y luego recordó que tenía una misión. “Oiga, doctor Himura, dijo sin voltear y señalando al espejo, ¿podría decirme cómo va a realizar su misión este esqueleto?”. El doctor Yukio se puso a reír a carcajadas.

̶ Mire, Ellery, no lo va a creer, pero la ciencia a logrado dominar la estructura genética del hombre. En este momento, ya podemos hacer cualquier cambio en su organismo, incluso hemos encontrado una forma de revertir la juventud.
̶ Sí, doctorcito de pacotilla, eso suena muy bien; pero no me dice nada.
̶ Usted no es biólogo, pero sus métodos de detective le podrían ayudar a deducir la forma en que lo vamos a rejuvenecer.
̶ Y ¿qué? ¿Me van a cortar los pellejos, me van a cambiar el cerebro y me van a poner nuevos músculos?
̶ Ni se imagina las transformaciones que le esperan. Mire, primero tenemos que ir a un laboratorio para hacer una evaluación del estado de su cuerpo.
̶ No se necesita mucho esfuerzo para ver que estoy hecho una momia.
̶ Mejor, así podrá constatar que le digo la verdad. !Venga aquí! Nos vamos al laboratorio, ya.
Pasaron por un largo corredor y llegaron a un espacio en el que las paredes eran grandes pantallas. Una voz se dirigía a ellos y les preguntaba cosas. Himura dijo que era necesario hacer una evaluación exacta del grado de envejecimiento de Ellery. Del techo se proyectó un haz de luz y en las paredes fueron apareciendo las imágenes escaneadas. Había datos impresionantes. Velocidad de la circulación, la cantidad de neuronas funcionales del cerebro, la temperatura, el desgaste oseo y mucho más. Ellery no entendía mucho y cuando la voz avisaba sobre el riesgo de contraer alguna enfermedad o el grado temprano o avanzado del cáncer, él temblaba. También oía la voz de Himura que le decía que todo era curable. Que se podían restituir los órganos sin extraerlos del cuerpo. El hígado de Ellery estaba dañado y funcionaba al cuarenta por ciento. Algunas de las malas costumbres en su alimentación habían provocado anemia y principios de diabetes. Se sentía como una cobaya a la que se disponen a torturar. Una vez terminada la examinación la voz dijo que el proceso se tardaría más o menos un año, que era mejor así para que el individuo se recuperara de forma natural. Yukio le dijo a Ellery que se vistiera y le acompañara. Salieron del edificio. Yukio le dijo que iba a vivir en el bloque aledaño donde había algunas personas como él. Ellery no se alegró mucho. Empezó a caminar en silencio, pero le extrañó que las lozas del piso fueran cambiando de colores y se escuchara una música clásica muy agradable. “Es Chaikovski, dijo Himura con una gran sonrisa, las luces se encienden al compás de los violines, es hermoso, ¿verdad? Pida una composición y verá”. No se le ocurrió otra más que el bolero de Ravel que conocía por una película que había visto en su juventud. Le gustó mucho que la música fuera tan expresiva y provocara tantos efectos en las piedras cuadradas. También se encendió una fuente y los chorros tenían un baile especial, solo que al final tuvieron que apresurarse un poco porque los truenos de los tambores hacían que los chorros se elevaran muchísimo.

̶ Aquí esta su habitación ̶ dijo Himura con alegría.
̶ ¿Dónde está el mobiliario y la cama?
̶ Ah,¿le sorprende, ¿no? Es gracioso. Lo único que tiene que hacer es pedir las cosas. Así, por ejemplo. Quiero la cama ̶ apareció del piso una cama bastante grande ̶ , ¿lo ve?
̶ Y ¿cómo voy a saber sí hay algo aquí?
̶ Pues, pídalo. Si lo hay se lo darán y si no, pregunte dónde se puede encontrar. Es fácil.
̶ Ah, ¿y si pido una piscina?
̶ Pues le dirán dónde encontrarla. !Hágalo y verá!
̶ Oye, tú, cosa de allí, ¿dónde está la piscina?
La voz dijo que necesitaba bajar a dos plantas y le señaló el ascensor. Ellery preguntó por las demás personas y Himura le dijo que había un horario de eventos recreativos, que podía consultarle los horarios a la voz. Himura se fue y le deseó una estancia agradable a su paciente.
Oye, tu cosa esa, como te llames...quiero una copa de coñac y un puro ̶ dijo Ellery y la voz le comentó que podía encontrarle un nombre, qué te parece Dea, por ejemplo ̶ . Sí, me perece bien. Dea, ¿podrías darme un coñac con un habano?”. Se presentó una joven con un vestido blanco, puso la bandeja en una mesa que apareció cerca de la ventana y le deseó una estancia placentera. Ellery quiso hacer conversación con ella, pero se negó argumentando que pronto llegaría una persona interesada en él.

jueves, 13 de junio de 2019

La anorexia de Rose

Llegó el doctor Charles muy tarde. Rose había muerto unas horas antes. Sus familiares, más que tener una expresión de tristeza, mantenían la mirada fija en el dietólogo que había agotado todas sus estrategias para animar a la pobre muchacha a comer. La cama se había adaptado varias veces al volumen y peso de la joven. Había unas barras de acero y poleas que se empleaban para mover el enorme cuerpo de la joven. “La báscula marca seiscientos cincuenta kilos, señores. Me imagino que les fue imposible obligarla a ingerir alimento este mes y eso resultó mortal para ella, ¿no es así?”. La señora Mary se acercó a pasos cortos, empezó a jadear por el esfuerzo y rompió en llanto. “Al final, nos odiaba, Charles, le irritaba cualquier cosa que hiciéramos. Llegó un momento en el que ni siquiera nos dejaba entrar a mi y a sus hermanas a su habitación. Solo James y Henry podían acompañarla un rato y asearla. Odiaba las supuestas malas costumbres que tenemos en casa. Desde pequeña fue especial y si no hubiera sido por los efectos de su rara anorexia, todavía estaría con nosotros”. El doctor estaba al tanto de la historia, por eso guardó silencio con resignación, solo Henry dijo algo que hirió la integridad de los presentes. “No fuimos lo suficientemente comprensivos y no nos solidarizamos con ella. Tal vez, si hubiéramos cambiado nuestra manía de ....”. Calla, dijo la señora Mary, no es el momento para recordar eso. Hubo un silencio prolongado y después James preguntó si Charles podía levantar el acta de defunción. “Por supuesto, James, conozco su historial clínico, pero no sé si pudiera servir de algo en el momento en que algún curioso pregunte por qué sufrió de este padecimiento tan raro. Me gustaría que llamáramos a un cardiólogo o gastroenterólogo para que constaten que la muerte fue consecuencia de un infarto o una complicación gastrointestinal.

El cardiólogo Albert Panin firmó el certificado médico y, tras haber quedado complacido por las respuestas de la familia, dio su más sentido pésame y salió. La casa estaba en silencio y, a pesar de que había motivo para abstenerse de las costumbres habituales, la falta de fuerza de voluntad dejaba a la familia caer en la tentación. Todos empezaron a comer a discreción. Mary se preparó un enorme tazón de hojuelas de maíz con leche vitaminada con sabor a fresa. Henry la vio de reojo y ella se sintió acosada por la conciencia. Rose le había dicho miles de veces que detestaba sus chasquidos mientras comía sus cereales, pero ella no le puso atención nunca. No era la única conducta que odiaba su hija, estaban también las tablillas de chocolate, los helados de un litro que Mary sorbía cuando el delicioso postre estaba medio derretido, además de eso, los perros calientes, las hamburguesas, las pizzas y la costumbre de atiborrase con pollo frito rebosado. Como madre responsable siempre quiso dar un buen ejemplo, pero nunca logró controlarse y hasta ese día que tenía que guardar un poco de respeto por el cadáver de Rose, seguía comiendo con la avidez de un día habitual. James hacía lo propio. Puso la televisión y se preparó un cubo de palomitas, seis cervezas y pidió dos kilos de alitas de pollo y emparedados del restaurante más cercano. El único que luchaba contra la gula era Henry que con todas sus fuerzas evitaba mirar la comida. Vio a sus hermanas en la terraza comiendo sándwiches y refrescos y se fue a su cuarto.

Por la tarde llegó un camión de la funeraria, bajaron seis hombres corpulentos y comenzaron a acercar el cuerpo de Rose a la ventana. Luego la sujetaron con unas cadenas y la grúa la comenzó a bajar. La familia se despidió de ella y se quedaron viendo cómo se alejaba en aquel negro vehículo. Se sentaron a cenar y mientras mordían la carne de vaca y las patatas fritas se miraban en silencio. Las hermanas pequeñas comían bombones con voraz apetito. Mary trataba de controlarlas, pero ellas eran muy listas y encontraban la forma de seguir consumiendo dulces. Al terminar la cena se fueron a sus habitaciones. Henry siempre iba a desearle buenas noches a Rose y aprovechaba para tratar de convencerla de comer algo, pero ella se negaba.

Al día siguiente, cuando fueron a la capilla ardiente, encontraron a algunos de sus familiares. Estaba el tío Thomas con su mujer Jéssica y las primas que, a diferencia de las pequeñas Jane y Ann, ellas si que estaban a rebosar de gordas. Se saludaron y se oyeron las condolencias. Luego entraron a una sala bastante grande, había butacas alrededor del féretro y unas mesas con canapés para picar. Un hombre macizo y muy bajo daba vueltas lentamente por la sala interrogando con los ojos si alguien deseaba tomar o comer algo. Jessica tenía la cara de tristeza, pero la expresión no era causada por la pena, sino por el gusanillo que no había podido matar desde la mañana. Se acercó al hombrecillo y le dijo en voz baja que en un momento iría al servicio y que le encantaría que le dieran un bocadillo de pollo. El encargado se retiró con la prisa que le permitió su obesidad, pues no era muy joven y caminaba con bastante esfuerzo.

“Es una lástima que Rose haya fallecido de esa forma tan extraña, le dijo Thomas a su hermano James, no logro entender cómo pudieron los doctores permitirlo”. James no quiso hablar del tema y le dijo a su hermano que quería darle un beso de despedida a su hija.Ella estaba con un vestido de satén elaborado con veinte metros de tela, llevaba el pelo recogido y se había empleado medio kilo de polvos para cubrir la superficie de su rostro con una capa de color carmesí para que no se le notara lo pálido. En general se veía muy guapa y fresca. Cualquiera habría jurado que tan solo estaba dormida. Después de James se acercaron todos los demás y le dieron la despedida a la pobre Rose. Pasaron varias horas tratando de matar el aburrimiento, guardar las apariencias y comer a discreción. Mary dijo que organizaría la cena en su casa, salieron todos despacio dando la impresión de que lamentaban dejar sola a Rose, pero el hambre no les daba tregua. Las primas decían que se sentían como si no hubieran comido en dos días.

Cuando llegaron a la casa, las mesas ya estaban distribuidas en la terraza. Mary había contratado personal para atender a los familiares de su marido. Había mucha comida y postres. Comenzaron a comer y entonces se encontraron frente a frente Jéssica y Mary.

̶ No sabes cuánto lo lamento, querida Mary, queríamos tanto a Rose...
̶ Sí, lo sé, querida Jéssica, mantuvimos informado a Thomas, incluso el nos recomendó a varios especialistas que aportaron mucho para el mejoramiento de Rose, se lo agradezco mucho.
̶ No te preocupes, ya sabes como es Thom de bueno.
̶ A decir verdad, todo esto es muy raro, querida Jéssica, resulta que Rose siempre fue una niña sana, pero muy inconforme con las costumbres. Siempre de pequeña era moderada con la comida y no consumía ni la tercera parte de lo que acostumbraban sus hermanos.
̶ Sí, ya lo sé. Nada más hay que ver a Henry con esa vitalidad, ¿cuánto pesa, por cierto?
̶ Pues andará por los doscientos ochenta, últimamente se mal pasa mucho.
̶ Seguro que por lo de su hermana, pero no lo dejes sufrir tanto, consuélalo con alguna cosa nutritiva.
̶ Sí, querida, ya sabes que en esta casa siempre se come bien.

Continuaron hablando de las novedades en los menús de los restaurantes de comida rápida, de los nuevos alimentos con complementos vitamínicos, de las diversiones más populares y de las mejores formas de combatir la depresión y el estrés. Henry estaba en el jardín sentado a un lado de la hermosa fuente con la estatua de la diosa Ops con su túnica, su cuerno de la abundancia y una corona de flores. Vio a sus primitas devorando los paquetes de galletas, las golosinas y las bebidas refrescantes como si se tratara de semillas de calabaza. Sintió una sacudida provocada por las palabras de su hermana y se quedó muy pensativo. Era verdad todo lo que decía Rose.

“Vivimos en una sociedad dedicada a mitigar los temores con la comida. Para cualquier manifestación de tristeza o angustia, para el estrés o la depresión, para la euforia o la apatía, existen alimentos que lo mitigan o agudizan todo. Eso nos ha hecho vivir en una sociedad que no está adaptada para los flacos. Es imposible encontrar un asiento en el cine, en el teatro o en el metro que no tenga las enormes medidas estándar. Si los niños pesan ya cien kilos, los mayores llegan a sobrepasar los cuatrocientos. No hay ropa para los delgados y si padeces de falta de peso no tienes más remedio que irte a ver a un sastre que te mirará con desprecio por tu tacañearía porque hasta los vagabundos y pordioseros son obesos. La falta de apetito es un pecado capital y hay tanta comida que a nadie se le ocurriría ayunar. Es imposible prescindir de los saborizantes, azúcares y grasas que constituyen la base de nuestra alimentación. Los comerciales nos lavan el cerebro para que ingiramos sin parar. La comida se produce en cantidades industriales y es imposible parar esa máquina con una linea tan eficaz de producción. Primero muertos que dejar de comer, dicen los comerciales. Yo les demostraré que la esbeltez no es un defecto ni motivo de burla”.

Henry comprendió que su hermana quería ser una revolucionaria y que deseaba crear un cambio en la conducta de la sociedad, ella sabía que era muy difícil y peligroso. Le costó la vida y no había dejado ningún legado. Tal vez, esa era la misión y el encargado de seguir con esa lucha era él. Se apoyó en el respaldo del banquillo y cerró los ojos. Se imaginó bajando de peso, despreciado por la gente, por pregonar su doctrina del no a la gula, llegó a verse en una cruz martirizado y sediento. Luego apareció ante él la marcha fúnebre que habría al día siguiente. Vio la enorme grúa bajando el ataúd de su hermana, miró a los familiares y amigos con sándwiches y hamburguesas en las manos. Incluso el padre que oficiaba la misa hacía pausas para sacar galletas de su sotana para recuperar fuerzas. 
Él estaba parado frente a sus padres al lado de sus hermanas y entonces lo rodeaba un silencio plomizo y se dijo a sí mismo “Te prometo, querida Rose, que seguiré con tu lucha. Alguien me escuchará como yo te he escuchado a ti. La gente comprenderá que todos los excesos son malos y nos pueden llevar a cometer estupideces. A ti por las noches papá y mamá te inyectaban sustancias caloríficas y energéticas para que no perdieras peso, tenían miedo de que la gente hablara mal de nuestra familia. No querían tener una persona inadaptada en la casa. Prefirieron tu muerte y se conchabaron con el dietólogo Charles cuando vieron su causa perdida. Tenías una voluntad de hierro y pudiste mantenerte con agua y verduras durante unos meses, pero en cuanto se notaba una pérdida de peso nuestros padres aumentaban las dosis, eso fue lo que te mató, pero no es que fuera inútil tu lucha, lo único que pasó fue que hubo un complot en tu contra.

Henry se levantó despacio del banquillo y se fue a reunir con la familia que en ese momento estaba en la mesa esperando que la chacha les sirviera la comida. Apareció un carro con doce porciones de carne de cerdo, pesaban más de tres kilos cada una, luego llegaron las ensaladas de embutidos, los quesos, las carnes ahumadas y la bollería, luego los pasteles y las malteadas con el helado. La conversación giraba en torno a las próximas olimpiadas de consumo rápido de comida y cuando le preguntaron a Henry si pensaba asistir a alguna competencia dijo que no iría jamás. A James se le descompuso la cara.

sábado, 8 de junio de 2019

Infancia


Raúl me preguntó cuál era el mejor viaje de mi vida y no pude responderle de inmediato. Pasó una semana y nos volvimos a reunir con unos amigos y entonces le dije que el mejor viaje había sido mi infancia. Cómo es posible, protestó, no te he pedido que me digas cual ha sido el mejor período de tu vida, sino el mejor viaje. Está claro, contesté, pero es que podría resumirlos en uno hermoso y sorprendente, ya que sucedieron en esa etapa de mi vida. Mira, los preparativos eran iguales. Mamá hacía las maletas y mis hermanos y yo escogíamos los juguetes que queríamos llevarnos. Luego, ya sabes, la discusión cuando se oía la frase “No me acuerdo si desconecté la plancha”, que hacía explotar a mi padre. Nunca volvíamos a verificarlo y durante una hora nos manteníamos en tensión hasta que mi madre, después de un esfuerzo prodigioso de memoria, afirmaba que sí la había desconectado. Entonces la carretera y los paisajes se desempañaban. Sentíamos de nuevo el ronroneo del escarabajo de mi padre y buscábamos alguna diversión para alegrar el trayecto.
Mi madre, ya la has oído cantar, interpretaba sus cuplés cuando las curvas comenzaban a marear a mi hermana, imitaba a Sarita Montiel como su doble, ¿recuerdas esta? “Un día de San Isidro yendo a la plaza, lo vi pasar, iba en caleta...”. Mamá cantaba y actuaba como esa guapa actriz en la película “El último cuplé”. Mi padre se alegraba, mi hermana dejaba de sufrir las arcadas y los mareos. Lo malo era que en cuanto se terminaban las canciones, deteníamos el coche, y Claudia salía volando a vomitar. Luego regresaba y se dormía.
¿Te imaginas que mi padre ya sabía donde se podía comer bien en cada ruta? Café caliente y quesadillas en la Marquesa, rico pan en Puebla, pellizcadas en el café El Águila en Veracruz. Desayuno americano en el Centro deportivo de Acapulco. Mole de olla en Cuernavaca, carne y pan de pulque en Los ajolotes. Sí, Juancho, se podría decir que las rutas gastronómicas de tu jefe eran increíbles. ¿Te acuerdas cuando me invitaron a ir a Cuautla? Te podría decir que fue la más desconcertante experiencia culinaria que viví de chico. Sí, Raúl, pero creo que nuestro viaje a Cozumel fue el más impresionante. En esa época no había carretera a Cancún que era un pueblo mediocre. Pasamos por largos caminos de terrecería para llegar y papá escogió una ruta a través de la selva lacandona que era hermosísima, pero casi no había gente y los poblados en los que de milagro pudimos comer eran pequeñísimos. Y lo que nos tuvimos que comer, Raúl. En ese viaje probamos la carne de iguana, la de serpiente, la de jaguar y hasta la de mono. No me digas, Juan, y ¿a que te supo ser antropófago? No te pases Raúl, lo supimos por pura casualidad.
Todavía recuerdo la reacción de mi hermano cuando terminamos de comer en una choza que estaba en la cima de una montaña de la sierra. Habíamos comido muy bien. Pensábamos que los bisteces eran de cerdo porque sabían igual, pero mi madre nos dijo fuéramos al baño. Le preguntamos a la señora que nos cocinó dónde estaba la letrina y dijo que detrás de su casa. Al salir al patio trasero vimos colgados cuerpos de monos despellejados. Adivinamos que de ellos se habían hecho lo ricos filetes. !Uf! !Qué asco, Juan!¿No vomitaste? No, pero la digestión se nos cortó por la tristeza y nos pusimos a llorar. No le revelamos nada a mi hermana porque no nos lo habríamos perdonado. Y ¿creerás que hubo otras ocasiones parecidas?
También recuerdo una tortuga en La isla de los sacrificios, a lo mejor la pobre llegó allí para su inmolación. Resulta que una ola enorme arrojó a mi hermano con sus flotadores y la tortuga montada en su espalda. Luego, ya sabes, nos pusimos a jugar con ella y hasta le hicimos una zanja en la arena, luego mi padre nos dijo que la podíamos llevar al hotel y estábamos felices. No sé cómo perdimos a la tortuga y solo unos días después, cuando nos íbamos del hotel, el cocinero le dijo a mi padre que si deseaba llevarse el caparazón. Otra vez rompimos en llanto. !Qué inhumanos! !¿Cómo pudieron comerse a ese pobre animal?! Ya no te pases, Raúl.
Me acuerdo de algo horrible, la verdad, resulta que un día , en un viaje a Oaxaca, mi tío Nicolás derrapó con aceite y el volcho empezó a dar vueltas. Pensamos que nos iba cargar ya sabes quien porque de un lado se veía el precipicio y del otro lado las rocas de la montaña. Mi madre se desmayó, mi padre abrazó a mi hermana y Beto y yo empezamos a gritar como si estuviéramos en la montaña rusa. Cuando se detuvo el coche el tío Nicolás nos explicó que había soltado el volante y que nos habíamos salvado de puro milagro por que unos segundos después se detuvo frente a nosotros un camión. Seguimos el trayecto sin hablar. Bueno, pero el caso es que se salvaron, ¿no? Sí, Raúl, claro, pero mi padre le dejó de hablar al tío Nicolas después de esa mala experiencia. No sé por qué lo culpó de algo que no había hecho. Además en ese viaje a mi madre la picó un alacrán y nos llevamos un sustazo. Y ¿cómo fue eso? Pues, se metió a bañar y en la toalla iba el bicho y cuando se restregó...Llegó mi papá y lo mató con una chancla. Luego, estuvo mi madre con la temperatura y la lengua adormecida. Estuvimos rezando porque pensábamos que era mortal el piquete, pero el encargado del hotel nos dijo que se le pasaría pronto y así fue. Podría contarte mucho más, pero en resumen ese fue mi viaje de la infancia. Hubo enamoramientos y pasión, pero eso me llevó al exilio. He vuelto ahora, pero treinta años de lejanía me hacen sentir ajeno.

jueves, 9 de mayo de 2019

Fue una broma

A ti se te ocurrió la idea, le dijo Marcel a Román, reprochándo a su amigo por la mala situación que tenían en la sala del juicio. Hubo un momento de silencio y después surgió un murmullo áspero.
A callar, gritó el juez haciendo alarde de poder, estamos aquí para condenar a los raptores de Román Díaz Moreno, quien salió de su trabajo el viernes dos de febrero y, después de haber sido privado de su libertad el fin de semana, volvió a su domicilio el lunes a mediodía. Por favor, que atestigüen las hermanas y la mujer de la víctima.
Se levantó una de las tres mujeres. Era Lucía la mujer de Román.
―Su señoría, comenzó diciendo con voz segura, el viernes que mi marido se retrasó en el trabajo, le llamé para preguntarle a qué hora iba a llegar. No me cogió el teléfono, a pesar de que fui muy insistente. Una media hora más tarde, después del último timbrazo, sonó el móvil, contesté y me sorprendió tanto la noticia que me desmayé. Un hombre me dijo que tenía raptado a mi marido, que no se lo comunicara a la policía y que ya me llamarían para acordar lo del rescate. Luego colgó y ya no supe nada más. María y Ester, mis cuñadas, me ayudaron a recuperarme, me presionaron tanto con sus preguntas que tuve que confesarles lo que había sucedido. Las tres pasamos unos días horribles.
―La entiendo, comentó el juez, eso lo tengo registrado en el reporte que me hizo llegar su abogado, pero, dígame ¿se pusieron de nuevo en contacto con usted los raptores? ¿le pidieron alguna cantidad de dinero o le hicieron amenazas?
―No, contestó Lucía, nada en absoluto, señor juez. Ni una llamada, ni un mensaje secreto, ni amenaza alguna.
―Bueno, la entiendo, pero ¡había algún móvil para cometer ese crimen? ¿tiene enemigos su marido o posee información que pueda afectar a alguien, o tiene una amante, o se dedica a lago delictivo?
Por supuesto que no, señor juez, mi marido es un empleado de la empresa de ropa La Moderna y su trabajo no está muy bien remunerado, es por eso que no hemos querido tener hijos y…
―Está bien, entonces no hay ningún móvil, ¿verdad?
―Así es, señor juez.
―Que hable el primer acusado.
―Buenas tardes, señor juez, mi nombre es Marcel. Primero, quiero explicar por qué surgió este malentendido. Resulta que el viernes por la tarde, encontramos Julián y yo a nuestro amigo Román, lo invitamos a una juerga, pero se negó, así que Julián me pidió que inventara algo para que su esposa lo dejara en paz y pudiera ir con nosotros. Pensamos en muchas excusas, por ejemplo, que teníamos problemas con la camioneta, que íbamos a hacer las reparaciones de mi tejado que está en malas condiciones, por desgracia, todas las cosas que se nos ocurrían eran poco veraces y Julián me dijo:”Inventa algo gordo, Marcel, algo que si detenga a la mujer de este zopenco”. Fue cuando se me ocurrió lo del rapto y no tuve tiempo de discutirlo porque Julián cogió el móvil de Román, marcó el teléfono de su esposa y me pasó la llamada. No lo pensé mucho, estábamos bromeando, y cuando oí la voz de Lucía le dije: “Señora, su esposo ha sido raptado...”, bueno el resto ya lo sabe usted, señor juez.
―Y ¿no pensaron en las consecuencias?
―Para nada señor juez, era una buena broma y lo olvidamos rápido. Nos pasamos el sábado bebiendo y jugando al billar, el domingo estábamos completamente muertos. El lunes por la mañana, cuando ya volvíamos a nuestras casas, recordamos lo de la mentira, así que compramos una soga y le atamos los pies y las manos a Román, le pusimos cinta adhesiva en la boca y lo golpeamos un poco para que fuera creíble lo del rapto. No sabíamos que la policía ya nos estaba siguiendo.
―Pero, ¿por qué le mintieron a la policía?
―Estábamos un poco borrachos, señor juez, habíamos bebido un poco esa mañana.
―Pues, le agradezco su versión y permítame decirle a que se enfrentan en este juicio. Primero, una multa de diez mil dólares por la farsa, luego una indemnización de cincuenta mil por el perjuicio a la señora Lucía Robles, tercero dos años de cárcel por rapto y complicidad con sus secuaces. Se levanta la sesión. El culpable era Julián, pero él no tenía coartada.

jueves, 2 de mayo de 2019

La condesa Vorontsova

Sofía Mélnikova tenía muy poco tiempo para decidir sobre su vida. Quiso aislarse y regresar a ese momento en el que pudo cambiar su destino. Habría sido muy fácil, pero ella no lo quiso hacer. Estaba ciega, la habían deslumbrado la lujosa vida, la fama y el poder. Recordó el día en que salió de su casa con la convicción de apoderarse del mundo. Abandonó su ciudad y comenzó a nadar contra corriente. Trabajó primero como dependienta en un almacén, luego se metió de camarera, por último, se hizo doncella y se dedicó a limpiar las habitaciones de un hotel de lujo. Allí la empezó a atosigar un mafioso que la hizo su amante y luego la comenzó a extorsionar. Cansada de los malos tratos se fugó con el dinero que le robó al proxeneta. Llegó a París pasando las de Caín y cuando estaba por desfallecer y rendirse ante el fracaso permanente, se acomodó como peluquera en una casa de modas poco conocida.
Sofía chocó con el fotógrafo Luigi y él pensó que era una de las modelos a las que tenía que fotografiar ese día. Sin darle tiempo a que protestara, le empezó a dar órdenes, le dijo cómo tenía que posar, qué ropa ponerse y durante la sesión le hizo una broma que trajo consecuencias muy graves. “Tienes cara de aristócrata—le dijo el feo Luigi— y un cuerpo atractivo, seguro que eres parienta de esos oligarcas de tu tierra”. Sofía sonrió y, sin pensarlo, le dijo, en broma, que era descendiente del conde y príncipe ruso Mijaíl Vorontsov, del cual había escuchado algo en la escuela, pero no recordaba quién era exactamente. A partir de ese momento, Luigi, la comenzó a llamar “condesa Vorontsova” y, tal vez al hacerlo, activó un mecanismo desconocido que llevó a la pobre Sofía a tejer una red de mentiras que atraparía hasta los peces más gordos. Pensaba que el factor más importante había sido la ignorancia de la gente, pues ella en muchas ocasiones negó lo que le decían, pero las personas, cegadas por la ambición y el interés, estaban seguras de que ella mostraba su modestia y esa cualidad le daba más valor aun.
Luigi se llevó las fotos a una agencia más prestigiosa y no presentó a la modesta Melnikova, sino a la condesa Vorontsova. Le aceptaron sus retratos y reproducciones y le ofrecieron un contrato para modelar. Sofía no cabía en sí, la puerta del éxito se le abría y se figuró un futuro próspero. Era imposible que adivinara las consecuencias que traería su usurpación. Lo pensó, en realidad, sin embargo le pareció una mentirijilla inocente. Comenzó a alimentarse de forma más controlada, cambió sus rudimentarios francés e inglés por unos más sofisticados. Pasaba horas preguntándole al parlanchín Luigi sobre las expresiones más cultas, las maneras más apropiadas para conducirse en sociedad y las aplicó con maestría. Caminaba ya por las pasarelas de las grandes casas de moda, pero si al principio la habían catalogado como una modelo de segunda, ahora le prohibían mostrarse mucho porque quienes se enteraban de que esa mujer delgada con rostro estético y actitud desbordante de realeza era la condesa Vorontsova, perdían el interés en los vestidos que ella portaba pensando que jamás podrían pagarlos. De esa forma, pasó de modelo a representante de los diseñadores. Le pedían que promocionara las prendas de temporada y, a cambio, le ofrecían favores a los que no podía negarse. Grandes fiestas, veladas en restaurantes lujosos. Lo paradójico era que Sofía ni siquiera hablaba de su origen, eran los demás quienes, tratando de parecer cultos, hacían comentarios de la alcurnia de su invitada. “Son grandes terratenientes en la Europa del Este—decían algunas mujeres que, tratando de quedar bien con Sofía, hacían gala de sus conocimientos genealógicos—, además hay entre sus familiares, intelectuales, poetas y científicos”. Sofía respondía que no era verdad, que todo se debía a una equivocación, pero los hombres le adulaban su humildad y le invitaban a cenar y le hacían regalos muy caros.
Sofía se acostumbró a recibir jugosas sumas de dinero y acumuló deudas propias y ajenas con gran rapidez. Daba dinero a mansalva y la servidumbre se moría por atenderla sabiendo que un café y unas galletas consumidos a medias les dejaban una propina del doble o triple de su valor. Al paso de Sofía había un ejército de pajes que le habrían todas las puertas. Se negó con todas sus fuerzas a seguir nadando en ese caudal de locura, pero le fue imposible y, aunque hubiera gritado a todo pulmón que era una simple mujer de clase media baja, nadie se lo habría tomado en serio. Aceptó su destino y siguió por el rumbo de la fatalidad. Se persignó y dio el primer paso. Le llovían atenciones, halagos e invitaciones de las personas más famosas. Sus palabras empezaban a recordarse como frases célebres de la realeza. Se formó un eco en el que ella era el elemento que producía el movimiento de la alta sociedad. Lo dice la condesa Vorontsova, rezaba la gente con gesto sabio y los demás sonreían en actitud de aprobación.
Llegó un momento en que la mentira, aceptada como irrefutable verdad, se convirtió en algo obvio y nadie se preocupó jamás de negar nada. Sofía empezó a salir con hombres ricos que le costeaban banquetes, reuniones, le ponían a su disposición sus casas y ella era feliz en una atmósfera de respeto y cortesía. En una ocasión, una mujer tuvo el atrevimiento de enfrentarse a la condesa exigiéndole pruebas de su linaje, pero los acompañantes, los guardaespaldas y la servidumbre se encargaron de que se la llevaran al manicomio. Sofía supo entonces que su imagen era tan deslumbrante y sólida que no habría jamás enemigo que la pudiera desenmascarar. La ambición le provocó impaciencia. Deseó tener lo que realmente heredan las condesas y se puso a reunir inmuebles, coches de lujo, obras de arte y joyas. Entre más crecía su fortuna más se empeñaba en mimar a la servidumbre. Era como una benefactora de la clase más explotada, por eso en los hoteles le conseguían la mejor comida, le reservaban los mejores sitios y siempre había alguien a corta distancia que satisficiera sus deseos. Todo se acabó un día en el que un hombrecillo impertinente se esmeró en desmentir a Sofía, la cual no presentó los suficientes argumentos, ni mostró las pruebas que le exigía el sabelotodo. La sospecha despertó al gusano de la desconfianza y algunas personas que le habían entregado préstamos a la condesa empezaron a exigirle una garantía. Los empleados del banco fueron los que buscaron con más eficiencia y, para su sorpresa, no encontraron ninguna cuenta a nombre de los Vorontsov, salvo los créditos enormes de la condesa Sofía. No se le enviaron citatorios y se la denunció como estafadora peligrosa. La ciudad completa tembló de pánico al calcular las pérdidas que tendrían muchos magnates y empresarios en la bolsa de valores por el escándalo.
Sofía estaba allí, en su habitación de hotel mirando una reproducción de un cuadro de Corot. Pensó que ella no era la culpable de la obra de teatro que habían interpretado las personas que se le acercaron. No culpaba a Luigi porque él solo había bromeado un poco y las demás personas se habían encargado de escenificar el drama. Pensó que su futuro estaba en la cárcel y que allí estaría hasta el fin de sus días. Recordó que alguna vez se había interesado por Marie Baker, Anna Anderson, Catalina de Erauso, entre otras mujeres famosas, pero jamás había tenido la intención de engañar a nadie, sin embargo, sí que lo había hecho y sentía un fuerte remordimiento, lo cual era provocado más por rencor que por una presión moral. Pensó en quitarse la vida saltando desde la octava planta de su hotel. Sería muy simple, abrir la ventana, cerrar los ojos y brincar. Lo único malo era que para suicidarse tenía que haberle perdido interés y amor a la vida, era primordial que la existencia no le ofreciera nada para que, al devaluarse crudamente, ella no la necesitara. Pero, ¿Era así? Por supuesto que no. Tenía partidarios, fama y riqueza y eso la ataba a la vida porque si encontraba alguna forma de rescatarlo todo, se podría ir a vivir a una pequeña isla y gozar de una vida tranquila. Se puso de pie y miró los grandes rascacielos de la ciudad. El cielo estaba despejado y el azul del firmamento se engalanaba con una Luna llena que parecía una enorme perla de cristal. “No, no debo rendirme jamás—se dijo apretando los puños—, salí de atolladeros tremendos, viví una adolescencia muy dura, sobresalí y alcancé la cima, eso debería ser suficiente para guiarme hacía una salida. Voy a lograrlo. Pediré un buen abogado y él me sacará de esta lodosa zanja. Puede ser que sea el fin de la condesa Vorontsova, pero no el final de Sofía Mélnikova. Ya veremos quién es quién. Iré a juicio.
No tuvo que esperar mucho tiempo porque, media hora después de que tomara su resolución, llegó una patrulla y dos agentes de policía la arrestaron. No habló, lo único que dijo fue que conocía sus derechos y que le consiguieran un buen abogado. Descansó cuando le dejaron de disparar los flashazos en la cara. No llevaba gafas de sol por eso tuvo que entrecerrar los ojos cuando los periodistas curiosos se las ingeniaron para tomarle fotos desde todos los ángulos. Sacudió la cabeza como si quisiera sacar lo espantoso de la escena de su memoria. Tenía ganas de hablar con los policías, pero sabía que sería inútil, que no los podría sobornar y que en vez de mejorar su situación la empeoraría. Llegó a la cárcel y le asignaron una celda provisional. No comió nada por la falta de apetito y al día siguiente por la mañana llegó su abogado. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años con la cara de Samuel Becket.
—Buenos días, condesa, ¿qué tal ha pasado la noche?
—Sabe que no estoy acostumbrada a este tipo de camas—Miró con curiosidad a su interlocutor y le preguntó su nombre.
—Soy Alex Johnson, supongo que adivinará que la voy a defender, ¿no?
—Sí, por supuesto, pero no sé nada de usted.
—Con que le diga que soy el abogado más odiado de la ciudad, ¿será suficiente?
—Pues si es porque ha metido en la cárcel a personas peligrosas, entonces debería irse.
—No se preocupe solo le pediré que me diga toda la verdad y que me cubra los honorarios.
—Pero, ¿qué no sabe que me lo han confiscado todo?
—No se apure, si le llevo su defensa es probable que le devuelvan todo lo que tiene y le perdonen las deudas.
—No me haga reír ¡Eso es una estupidez!
—Tenga confianza en mí.
Pasaron más de tres horas discutiendo y acordando la forma en que se llevaría a cabo la defensa, qué cosas debía decir y qué cosas tenía que callar. Se reunieron tres veces más y en vísperas del juicio Alex llegó con una maleta para que Sofía se vistiera de forma presentable. Junto con las prendas iban unos folios en los que había mucha de la información que necesitaba para el día siguiente. Léalo todo de cabo a rabo y memorícelo, por favor—dijo Johnson con una voz suave, pero convincente. A las ocho de la mañana se desertó Sofía, le sirvieron su desayuno y se comenzó a arreglar para estar presentable a mediodía. Salió de su celda con unos zapatos muy caros y un traje de lana que le había diseñado uno de los más famosos modistas de la ciudad. Se maquillo con modestia y salió resguardada por los gendarmes. Cuando llegó al juzgado ya la estaban esperando. Había agitación y curiosidad, las personas la veían como a un ser extraordinario. Ella sonreía sin burla, más bien imitaba, como se lo había dicho Alex, la sonrisa de la Gioconda. Llegó a la sala, se sentó junto a su abogado y apareció el juez. El murmullo tardó unos minutos en apaciguarse y tuvo que sonar el martillo diez veces para que reinara la calma.
“Se abre la sesión”—Indicó el juez diciendo el número de clasificación del caso y sus particularidades. Explicó la forma en que se llevaría el juicio, invitó a los abogados, presentó a los miembros del jurado y pidió orden en la sala, amenazó, además, con echar del aposento a cualquier persona que interfiriera en los procedimientos legales.
—Estimado juez—comenzó diciendo el acusador—, esa mujer que usted ve allí, es la señorita Sofía Mélnikova, mejor conocida como la condesa Vorontsova, a quien se acusa de usurpación de personalidad y fraude. En representación de mis clientes exijo que se le encarcele y se le obligue a indemnizar a sus víctimas, es decir a estas personas que se encuentran aquí detrás—señaló con el dedo a unas veinte personas que lo miraban con nerviosismo.
—Está bien abogado Brown, solo le pido que me presente las pruebas necesarias.
—Por supuesto, señor juez. Mire, aquí están todos los documentos en estas dos cajas. Le iré mostrando todo conforme vaya interrogando a la acusada.
—Bueno, de mutuo acuerdo hemos llegado a la conclusión de que se desestimen algunas formalidades como la presentación del abogado defensor, a quien todos conocen bastante bien, y otras formalidades. Comience Jerry Brown.
—Bien, estimada señorita Sofía Mélnikova, ¿es verdad que se llama usted así?
—Sí, señor Jerry Brown, me llamó así.
—Bueno, entonces puede usted decirme, ¿cómo es posible que toda la gente la llamara a usted la condesa Vorontsova?
—Seguramente fue un despiste que les provocó Luigi, el fotógrafo que me apodó de esa manera.
—En primer lugar, díganos por qué no lo desmintió y después, por qué siguió con la farsa durante diez años.
—No soy yo la culpable, señor Brown, es que la gente se me acercaba dirigiéndose a mí con ese título, nunca lo usé para firmar nada, nunca lo escribí, pero todo lo que me regalaban, los créditos que me daban, las cosas que me entregaban no exigían que pusiera mi nombre, sino mi firma. Toda la gente hacía una reverencia y decía: “No es necesario que escriba nada, condesa Vorontsova, con firmar es suficiente”. Así fue todo el tiempo, se lo juro.
—Pero, usted tenía la obligación de aclarar el mal entendido, ¿no?
—Sí, es verdad, pero cuantas veces lo hacía, me refutaban que no pecara de modestia, que todos me conocían por las fotos en las revistas, en las playas, en los yates, en los mejores hoteles y por las propinas en los restaurantes y cualquier sitio del que requiriera sus servicios. Fue por eso que terminé aceptando esa realidad.
—Por fortuna, el señor Ilya Romanov, descendiente de verdaderos oligarcas rusos, demostró que usted no era quién decía ser.
—Déjeme aclararle que no negué nada frente al señor Ilya, tampoco ha sonado bien eso de: “Quien decía usted ser” porque sí dije, claramente lo hice, deletreé mi nombre So-fía Mél-ni-ko-va.
Durante tres horas, Sofía escuchó las acusaciones de los testigos, su abogado le pidió que no se extendiera en las respuestas y conforme avanzaba el juicio las participaciones de la acusada fueron cada vez más breves. Al final, solo movía la cabeza afirmando lo que se le decía y no reaccionaba a ninguna provocación. Cerca de las seis de la tarde se retiraron los miembros del jurado y se levantó la sesión. Continuaron tres días más las acusaciones y Alex Johnson apenas se esforzaba en contradecirlas. Llegaron al momento del veredicto. Alex Johnson dijo que estaban a punto de cometer un gran error porque no había el menor indicio de que fueran a perdonar a la condesa.
—Antes de que se dicte el veredicto, nos gustaría saber, señorita Mélnikova, si se considera inocente o culpable.
—Culpable, señor juez. Por supuesto que soy culpable, pero he de aclarar que se me dio una tarea de gran responsabilidad a la que no se han enfrentado todos ustedes y, como era de esperarse, he fallado. Lo que no me gusta es que me hayan cogido de chivo expiatorio para pagar sus pecados.
—No le entiendo, explíquese, por favor.
—Después de lo que voy a decir, me gustaría que se me devolviera lo que me pertenece y se me pida una disculpa pública por haber puesto en tela de juicio mi honor.
—Eso será imposible, señorita Mélnikova porque tiene todo en su contra y ni Dios podría salvarla de ser encarcelada. Dele gracias al Señor de que no estamos en la época de la Santa inquisición…
—De cualquier forma, dígame. ¿Está de acuerdo en que si demuestro que soy inocente cumplirá mis condiciones?
—Está bien.
La gente se quedó expectante. Sofía aprovechó ese silencio para mirar con atención a las personas que la retaban con una mirada llena soberbia y desprecio.
“Querido señor juez, comenzó diciendo Sofía, sabe usted a la perfección que hay conceptos imaginados que aceptamos todos los seres humanos. Uno de esos conceptos es el dinero, no quisiera extenderme demasiado en su análisis porque no me corresponde a mí, sino a un economista hacerlo, lo único que puedo decir es que es un concepto que todos hemos aceptado y de esa forma confiamos en el pago establecido por la divisa en cuestión a la hora de negociar. Otro concepto imaginado es la religión, le sigue la moral y muchas oras cosas más. En mi caso se llegó a un acuerdo de este tipo al llamarme la condesa Vorontsova, pero nunca se me dio la oportunidad de cambiar ese pacto imaginario. La gente se negaba a eliminarlo, así como se ha negado a deshacer otros que le atañen a los presentes. Mire, empecemos por mi defensor, el abogado Alex Johnson. Todo mundo le llama “El Traidor” porque en una ocasión defendió a alguien que no debía y ganó el juicio. Desde entonces se le llama así, pero es un abogado profesional. Está un miembro del jurado, el retirado ingeniero Thompson, quién obtuvo su grado sin presentarse a las oposiciones y por la coincidencia del apellido y un error burocrático se le dio ese puesto en la empresa en la que laboró más de treinta años, también podemos analizar la situación de su secretaria quien obtuvo su puesto gracias a una información que a usted, señor juez, no le conviene que sepa la gente. Puedo hablar de los hermanos Gray que se apoderaron de un capital enorme, usando un banco que se había ido a la bancarrota. Ellos metieron a la bolsa las acciones por equivocación y luego no corrigieron el fallo, pero los beneficios fueron enormes. Seguro que ya sabe a lo que voy, señor juez, no me gustaría seguir hablando de todos los aquí presentes, ni de los gobernadores o el mismo…Bueno, usted ya sabe a quién me refiero y de hacerlo, tendríamos que celebrar nuevas elecciones presidenciales”.
El juez rojo de ira se puso de pie y le pidió al jurado que emitiera su veredicto. Había un silencio sepulcral porque la mayoría de las personas habían abandonado la sala y los miembros del jurado evitaban cruzar sus miradas. Sofía era la única que mantenía la cara levantada mirando a Alex Johnson, quien sonreía de satisfacción. De pronto, se oyó una frase al unísono: “Este jurado ha deliberado y declara a la acusada Sofía Vorontsova, inocente”.