jueves, 20 de julio de 2017

El yonki escritor

El tema del adicto psicodélico siempre había sido como una leyenda urbana. Decían que en un barrio del centro de la ciudad se encontraba, perdido entre los escombros de una casona del siglo XVIII, un toxicómano que escribía fantásticas historias. Nadie había visto jamás sus escritos y lo describían de diferentes formas. Unos decían que era muy flaco y alto, que llevaba una coleta y que casi no veía y por eso usaba unas gafas de fondo de botellón, otros desmentían esa versión y lo presentaban como un hombre corpulento, muy moreno, con la cabeza pelona y manos de piedra, otros decían que iba bien arreglado, que lucía un copioso bigote y se peinaba con brillantina. Eran muchas las formas en que lo presentaban, pero lo cierto era que, de haber existido, lo habrían visto sólo los que en aquella época se drogaban con él. Por desgracia, habían pasado más de treinta años y lo más seguro es que los testigos ya no vivieran o estuviesen manteniendo su lucha contra la vejez y la necesidad de inyectarse o fumar algún estupefaciente.

Pedro Garcés, el más petulante de la oficina, nos obligó a apostar a que lo encontraba. Se había valido de una estrategia infalible: herir el amor propio. Cuando dijo que éramos unos inútiles fracasados y que nos enorgullecíamos de nuestra mediocridad, estuvimos a punto de partirle la cara, pero el cínico nos retó a que lo hiciéramos para demostrar que decía la verdad. Fue tanta la verborrea barata con que nos atosigó que Mario y yo fuimos los únicos que sacamos la cara, pues los demás compañeros lo habían tomado como la estupidez más grande del mundo. Mario me lo dijo y estuve de acuerdo, nos íbamos a meter en una aventura absurda, vacía y fracasada de antemano; pero alguien tenía que cerrarle la boca al estúpido de Garcés.

A partir de ese día, en la hora de la comida, nos íbamos al barrio de Tepito a buscar las pistas del famoso drogadicto fantasma. Le preguntábamos a la gente, pero se reían al oírnos y su respuesta era la misma: “No sabe que eso es una vil mentira inventada por los drogos, mi cuate”. La gente estaba dispuesta a contarnos algunas de las supuestas historias a cambio de algunos pesos, pero referencias del autor, ninguna. Buscamos por todas partes y descubrimos casas antiguas abandonadas, sin techo y casi derrumbándose. En los sitios más insólitos se conservaban algunas paredes y vestigios que indicaban que en antaño habían existido patios, habitaciones, cocinas, baños y culturas antiguas. No sacamos nada en claro y después de un mes, de estar divirtiendo a la gente con nuestra absurda búsqueda, apareció la señora Josefa. Estaba al final de la calle, debajo de un toldo de una tienda de maletas. Permanecía quieta como una estatua de piedra caliza. Tenía la espalda encorvada, llevaba un vestido de percal blanco y sus trenzas canosas parecían las crines de un poni. Al pasar a su lado oímos una voz que parecía el silbido pausado de una flauta de barro. Tenía los ojos ocultos por las cataratas y su boca era pequeña y reseca. Le quedaban unos cuantos dientes. “Tengo algo que les podría servir—dijo tratando de intrigarnos con la mirada blanca y se giró. Caminó unos metros y se metió en un hueco que había en una pared de cantera diamantina—. Entramos a un patio húmedo. La sensación fría nos puso la piel de gallina. A pesar de que entraba un buen chorro de sol por el pedazo de tejado que faltaba, la temperatura era baja. Nos invitó a sentarnos en unas sillas de madera muy maciza y pesadas. Trajo unas vasijas con champurrado y orientó su rostro hacia nosotros. Esperó con paciencia y cuando nos terminamos la bebida espesa, cogió de la mano a Mario y lo condujo al hueco, le pidió que volviera más tarde. Le pregunté por qué lo había hecho y con una voz más clara me contestó que mi amigo no estaba preparado porque era muy incrédulo y me había acompañado hasta ahí sólo por la oportunidad de salir de la rutina. Me dijo unas palabras tiernas y con el pulgar y el índice me pidió que la esperara un momento.

 Me encontraba sentado entre la sombra de un techo de vigas de madera negra y paja y la cascada de luz natural que tenía miles de motas de polvo. Volteé a la derecha y vi unas estanterías llenas de juguetes de latón y madera. Había un caballito de palo arrumbado en un rincón. Los muebles eran muy parecidos a los de los mercados de comida y había una mesa con una sola silla. El espacio era pequeño y estaba alumbrado por un quinqué antiguo. La anciana volvió con una bolsa negra de plástico, como esas que se usan para la basura, y me enseñó unas hojas amarillentas. Ordénelas si puedes. Lee lo que te interese. Volveré más al rato. No me dio la oportunidad de preguntarle nada. Se fue alejando despacio y salió por una puerta que colgaba de una bisagra.

Abrí la bolsa y un olor rancio salió como si hubiera abierto un cofre podrido. Tomé varios papeles y fui leyendo las primeras líneas de cada una. Me di cuenta de que algunas eran pensamientos aislados y otras parecían cuentos cortos o algo así. Decidí ir separando los trozos de papel en los que había unas cuantas frases y las hojas completas donde había textos más largos. Cuando ya tenía varios montones de tamaños diferentes y un gran tocho de folios comencé a leer para ver si podía ordenar las historias. Pensé que a pesar de todo lo extraño de la situación, la señora Josefa, se había enterado de que estábamos buscando información sobre el yonki escritor y nos había traído hasta aquí. Como no era muy comunicativa había decidido pasar a la acción saltándose todas las explicaciones. Me reí con un aire de triunfo porque ya podía imaginar la cara que pondría el imbécil de Pedro Garcés cuando le mostrara la bolsa de hojas que tenía a mi lado. Empecé a leer:

Veo un horizonte de arena, no distingo el mar, pero sé que está ahí, me lo dice su voz complaciente, su arrullo colosal. El firmamento está separado por un hilo de color turquesa y la potente luz sideral empalidece el azul del cielo. Se han terminado los escalofríos y la resaca de los agrios días se ha esfumado. Me siento renacer, soy arroyado por la sensualidad del optimismo, mis dientes manchados por fin ven la luz y mis pulmones se llenan otra vez de la brisa de la vida. Salgo de ese laberinto líquido que, como argamasa viscosa, me mantenía apresado en la duda. Se libera mi mente y la fiebre calienta mi cuerpo, es la necesidad de descubrir, llevo la aureola de la lucidez sobre mi cabeza, miro con escrutinio y descubro la fuerza de la razón. Mi felicidad está en el plexo, es visceral, siento sus besos como la miel y el placer como un piquete de avispa mortífero, pero delicioso. Oigo cantar al cenzontle, pero lo hace en silencio porque sus ojos son su instrumento musical y la melodía sus bellas miradas de ámbar. Sus alas se agitan abrazando al astro rey y una corona se posa en el hermoso valle donde el montículo es para la fe. La madre tierra que está pálida porque la han cubierto los granos de maíz que como perlas la engalanan. Mi compañera es la curiosidad, me abraza con ternura y siento su carne tibia, sus ojos ingenuos me conducen por la estela que deja la melodía del caracol. El murmullo áspero de los cascabeles es de vetas doradas y mi amada me reclama, me perturba con su ingenio, es espontánea, actúa de forma natural y me llena el pecho de seguridad. Improvisa un nicho de paja, las llamas de su fuego son como el dorado de los campos de trigo. Nos elevamos como dos aves y le damos libertad a la fantasía. Ella es la faraona del viento, su frescura me sana las heridas del corazón y caemos como cascada sobre las piedras de ojo de tigre. Se tiende como leona complacida y sonríe. Ya es mi reina, la más bella emperatriz engalanada con dos cúpulas divinas. Me recibe en su pecho y me abraza hasta que el sueño me aleja de la avaricia de su cuerpo, de la vanidad de poseerla y de la solemnidad con las que hablo de ella.

Era asombrosa la forma en que ese loco describía sus visiones. Estaba seguro de su existencia. Busqué a Josefa exaltado de alegría. Quería irme a ver a mis compañeros para demostrarles que el mito no lo era, que si existía y no era una vil leyenda urbana como decían todos. No estaba Josefa. Una mujer más joven se acercó.

—Ya sé cómo es la broma—dije loco de emoción—. Lo ha contado Fuentes en una de sus obras, pero eso conmigo no va a resultar. Me tengo que ir, ¿dónde está la salida?
—No soy Aura—contestó con gesto duro—, ni sé quién sea. Sólo he venido para que conversemos un poco.
—No tengo ganas de quedarme aquí. Necesito irme, hay algo muy importante que debo hacer.
—No te preocupes, en unos minutos te podrás marchar.

Conforme hablaba me iba poniendo de buen humor. Parecía que tenía un dominio completo de las cosas y su actitud seductora me envolvía suavemente. También, podía adivinar mis sensaciones porque cada vez que alguna parte de mi cuerpo se sobresaltaba por su alegría contagiosa, me sonreía con picardía. Si con la lectura del texto del yonki me había despejado la cabeza, ahora sentía estimulada mi capacidad erótica. Veía correr por mi cabeza imágenes que luego se convertían en pensamientos incitantes. Me pareció que la mujer era más joven de lo que aparentaba. Tenía la piel de melocotón y despedía un olor cítrico. Pensé en los perfumes de Kenzo, muy populares entre las chicas de nuestro trabajo, pero este aroma era como el azahar. Desconfié por un momento, pero una de sus gotas de sudor calló sobre los folios que sostenía y me hizo cambiar de parecer. Ya no me levanté de la silla y dejé que Diana se acercara. Miré sus ojos dulces y sus dientes redondeados. Sentí el frescor de sus labios que eran como pulpa de albaricoque. Me parecía que sus palabras eran símbolos borrosos. Adivinaba sus sentimientos materializados como gajos de mandarina. Empecé a marearme un poco, pero su voz cromada era jugosa en sus labios de caléndula. Me distrajo con una pregunta.

—¿Has entendido lo que leíste?
—En verdad, no mucho. Estaba mal de la cabeza el tipo ese, ¿no crees?
—Sí, puede ser. Debió alucinar con tanta cosa que se metía, pero plasmó bien sus sentimientos en el papel, los escribió con sinceridad y nadie lo conoció. Ahora sus historias distorsionadas vagan por ahí y nadie las aprecia.
—Sí, es verdad, además se duda mucho de su existencia.
—¿Y tú, también dudas?
—No, ahora estoy completamente seguro de su existencia y tengo las pruebas.

Levanté la bolsa negra y se la mostré, pero al fijar la vista en ella noté que la realidad estaba distorsionada. Ya no llevaba su vestido de azafrán, o si lo tenía puesto, era transparente porque sus redondas formas relucían como en un jardín frutal. La miré como si fuera algo exótico, como si viera su piel aterciopelada por primera vez.

—Algo me está pasando…
—No te preocupes, estás entrando al espacio de la fertilidad emocional.

No entendí lo que me decía, pero su cuerpo con frutos maduros y su rostro con flores tiernas me volvieron loco. Sus labios se movían diciéndome en silencio que en antaño había sido la manzana del paraíso representada en los cuadros de la Edad Media, que venía, en realidad, de Oriente y que era símbolo de la fertilidad, que tenía la virtud de limpiar asperezas, y que contagiaba la sed de diversión. Me abrazó y apoyó su cabeza en mi pecho. Tienes que incendiarte conmigo, debes seguir hacia la pasión. Le contesté que temía hundirme en las brasas y que ya no podría volver a la reflexión y la calma; que perdería el camino hacia la espiritualidad. Dijo que el camino en el hombre es vertical, pero que en el espacio el desplazamiento era circular, que no debía temer. Descendí, entonces confiado, sin reparo y gocé la entrega. Ardimos entre pétalos de rosa, probé el licor de su cuerpo y caí rendido de amor.

Desperté en la misma silla, desnudo, bronceado por el sol y con el corazón hinchado. Vino Diana con una pluma de faisán muy larga. Traía también un tintero antiguo. Me los dio y dijo que los escritos se estaban borrando. Cogí la bolsa y saqué unas hojas, estaban muy borrosas en efecto y se leían con mucha dificultad. Me ordenó que las reescribiera. Me levanté y ella me condujo a la mesa. Acercó el quinqué y me besó en la mejilla. Empecé a trabajar. Puse el primer papel en la tabla lisa y suave y comencé a escribir:

Veo un horizonte de arena, no distingo el mar, pero sé que está allí, me lo dice su voz complaciente, su arrullo colosal. El firmamento está…

Me detuve asombrado y le dije a Diana que esto ya lo había leído. Tienes que reescribirlo, ordenó con palabras dulces. Levanté la cabeza para deleitarme con su belleza, pero descubrí que delante de mi había una fila larguísima de hombres que, como yo, estaban sentados y la miraban. Luego me sentí como en una noria. Ella estaba desnuda en mis piernas, sonriente, luminosa y cándida dijo que siguiera con el trabajo. Mojé de nuevo la pluma y seguí escribiendo:

…separado por un fino hilo de color turquesa y la potente luz sideral empalidece el azul celeste...

martes, 18 de julio de 2017

La orquídea negra

Cuando se habla de porno, la gente piensa en cosas como la perversión, mentes torcidas, suciedad e, incluso, fetichismo o masoquismo; pero para mí esa palabra se relaciona sólo con el asesinato. No sé cuándo comenzó mi problema con la sexualidad. Era un adolescente habitual, tenía deseos, ilusiones y fantasías como cualquiera. Después de dos relaciones frustradas, una con Mary quien me enseñó lo duro que pueden ser los celos y lo castrante de un engaño constatado; la otra fue Susan, con quien tuve un cortejo muy largo y cuando se cuajó la relación se nos agotó tan pronto que ni siquiera nos importó darnos la vuelta el día que teníamos que decirnos la última palabra. No soy muy partidario de tener amigas íntimas y siempre me he llevado bien con el sexo opuesto, claro, mientras no haya compromisos sentimentales o un beso de por medio. Para no pensar en las chicas, me propuse ser un profesional en mi especialidad. No lo he logrado del todo porque tengo una carrera que no se adecua a mi vocación. A decir verdad, tendría que haberme dedicado a las artes. La pintura, la escultura o la música habrían sido ideales, pero como nací en una familia con normas establecidas por la tradición, no pude ni imaginar que mi padre estaría de acuerdo en permitírmelo. Fue por esa razón, por lo que, desde que terminé la escuela asistí a la oficina de contables de mi padre. Allí recibí todas las herramientas para destacar un poco en el mundo de las cuentas, ajustes, presupuestos, gastos, números rojos y demás cosas relacionadas con los bienes de las empresas. A pesar de llevar tanto tiempo en este mundo del control del dinero, leyes fiscales y reglas económicas, no he podido ser un crac o lo que hubiera deseado mi padre. Me limito a cumplir con mis obligaciones y mi tiempo libre lo empleo para ver películas, viajar o encontrarme con algunos amigos, tengo muy pocos en realidad. El más cercano es Johny, terminamos juntos la universidad y trabajamos un tiempo en una famosa empresa de electrodomésticos. Él sigue ahí y ha subido como la espuma. Me invita una o dos veces al mes a su casa. Voy con gusto, pero trato de retirarme pronto porque sus conocidos no me son muy agradables. En primer lugar, está Andreu, quien parece estar en brama permanente, no hace otra cosa más que hablar de mujeres, de prostitutas y de las chicas que se ha llevado al huerto. Fue precisamente por culpa de este sátiro que conocí a Red Rose.

Ya era casi de madrugada y estábamos un poco tomados, se había prolongado un momento de absurdo silencio y Andreu, con su deplorable barba de chivo, nos miró con picardía y puso la televisión, buscó un canal para adultos y empezó a hacer unos desagradables comentarios en voz alta. Estuve a punto de retirarme igual que James y Thomas que decidieron no seguirle el juego, pero la protagonista de la película me obligó a desistir. No sé si fue el comentario que hizo Andreu sobre la forma de hacer el amor de la tal Red Rose o su actitud melosa. Les parecerá ridículo que hable sobre la actuación de una estrella porno, pero es que realmente había algo en ella que inspiraba un sentimiento de ternura. Estaba con dos mastodontes que intentaban destrozarla, pero su rostro no era libidinoso, ni vulgar, era como si estuviera ausente del escenario y mirara con ojos dulces la cámara. Decidí que tenía que buscarla. Era una locura, es verdad, pero me pasó por la cabeza que, de relacionarme con ella, podría disfrutar de su mirada mimosa y de sus caricias, incluso casarme, por qué no. 

Al principio lo tomé todo como simple curiosidad y no le comenté nada a Johny. Busqué información sobre la actriz Red Rose. Supe que era de Hungría, que se llamaba Gyöngyi Kóbor y que no era rubia porque se teñía; también, que había cumplido veintitrés años y que llevaba en el mundo del cine tres equis, más o menos, dos años. Como no había muchas referencias en las páginas que busqué, me decidí a contactar con los estudios con los que había trabajado. Llamé durante una semana y tuve la suerte de encontrar información sobre el último filme que rodaría las próximas semanas. Era en “La Orquídea Negra”, una empresa cinematográfica no muy conocida que se encontraba en Miami. Me tomé unas vacaciones y me fui en su busca. Me alojé en un buen hotel que estaba lejos de los estudios. La oficina se encontraba en una construcción de dos plantas que pertenecía a una empresa de seguros. Tenían una oficina en la que había una recepción amplia con grandes sillones de piel, biombos, carteles, separadores de ambiente y un escritorio pequeño en el que atendía una vulgar secretaria, había también un baño y varios cuartos. Me enteré de que al día siguiente Red Rose estaría trabajando en su nueva película. Mientras conversaba con la mujer, oí gritos y quejas de los actores que estaban en ese momento, sentí la mirada cómplice de la encargada, me despedí y salí. Por el trayecto me asaltaron los nervios de nuevo. Tenía un torbellino en la cabeza, era de tal fuerza que se me mezclaron todas las emociones, ideas, sueños y frustraciones. Con la espalda llena de sudor frío y las manos temblando me fui a mi hotel para cambiarme e ir a la playa. Quería mirar a la gente, beber un poco y liberarme de mis ideas rancias fisgoneando en las conversaciones ajenas, pero en lugar de eso, sólo puse atención en las guapas mujeres en bikini y los musculosos atletas que se paseaban conquistándolas con su piel perfectamente bronceada. Me quedé pensando en la posibilidad del rechazo por parte de Gion, como empecé a llamar a Gyöngyi, tenía que inventarme una estrategia adecuada para poder convencerla de salir conmigo. Sabía bien que a su alrededor había una cantidad enorme de compañeros, admiradores y hombres de la calle que se volverían locos por pasar una noche con ella. Decidí reservar una mesa en el Bazi de comida asiática para el día siguiente, había oído a algunas personas hablar de su exclusiva variedad de mariscos y decidí que si Gion aceptaba mi invitación ese sería un lugar perfecto. Pasé una noche horrible, pues la amenaza del rechazo se erigió frente a mí en cuanto cerré los ojos y su presencia me estuvo revolcando en la cama. Amaneció pronto y salí a pasear por la playa. Estaba lleno, todo mundo corría en bañador o pantaloncillos diminutos. La gente parecía ajena a los demás, pero en realidad había un lenguaje oculto, no tras de las gafas de sol, sino por lo que comunicaba el cuerpo. Descubrí que había un coqueteo muy sofisticado y la actividad deportiva era el último motivo por el que se reunía aquí una cantidad enorme de atletas, entre comillas, y mujeres despampanantes. Me entró otra vez la angustia, pero pensé que, si ya había hecho el esfuerzo de venir, tenía la obligación de continuar hasta el final. Me dije a mi mismo que le prometería todo lo habido y por haber a mi amada para que me aceptara. Me imaginé paso a paso la estrategia, lo repasé todo como si se tratara del armado de un complicado mecanismo; aunque en realidad todo fue muy diferente.

Llegué a las dos de la tarde y ella ya estaba arreglándose para la filmación. Se encontraba desnuda detrás de un separador de ambientes, con acrílicos y dibujos circulares, pero se podía ver todo lo que sucedía. Junto con ella estaba una peluquera que le rizaba el pelo y una maquillista muy gorda que le pedía que abriera y cerrara los ojos, que le dejara pegarle las pestañas postizas, que no se moviera mientras le pintaba las cejas o le pasaba una brochita con polvos traslucidos compactos. Lo más interesante era que se imaginaba que era una maestra y decía lo que se debía hacer para delinear los parpados, los labios o las cejas. En realidad, lo supe más tarde, era porque la famosa maquilladora Lilian faltaba mucho al trabajo o se retrasaba y las mismas chicas tenían que pintarrajearse como podían. Llegaron dos muchachos altos. Uno era mulato y tenía un chándal dorado, llevaba unas cadenas de imitación oro con piedras preciosas de bisutería y unas zapatillas blancas impertinentemente limpias. El otro tenía ropa casual muy bien combinada y era rubio. Saludaron con presunción y se fueron a preparar para la filmación. Del cuarto donde rodaban salió un hombre de aspecto sucio, no iba afeitado y su acento era muy vulgar. El cámara y el foco eran dos chicos flacos que, de no haber ido vestidos con andrajos igual que el director, habrían pasado por modelos. Gion se levantó de su silla, se puso una bata de seda con dibujos chinos y caminó hacia el escenario, pasó cerca de mí y me miró con disimulo. Me sonrojé cuando me obsequió su sonrisa. El día anterior le había hecho muchas preguntas a la secretaria, pero no había sacado nada que no supiera ya o me sirviera para tener una idea más concreta de la hermosa y tierna Gion.

Se cerró la puerta y pregunté cuánto se tardarían en rodar. “Es el primer capítulo de una trilogía—dijo con una enorme sonrisa la desagradable secretaria—, así que máximo dos horas, pero depende del humor del señor Kanevski, ¿sabe?”. Decidí esperar y la mujer me ofreció un café, un catálogo de modelos porno y unas revistas. Me tomé la taza sin azúcar y sentí una sensación de asco en el estómago. Miré la hora, calculé el tiempo y me fui a dar una vuelta. Cuando regresé había mucho alboroto, me pareció que todos gritaban, pero las quejas no provenían de los artistas, sino del director que con todo tipo de ofensas les enseñaba a los dos jóvenes lo que debían hacer. Media hora después salieron los dos muchachos de la cámara y el foco enfadados. Mascullaron algo relacionado con Kanevski. Luego salió Gion. Estaba enfadada y llevaba la bata muy apretada, además se le había corrido el rímel y embadurnado el maquillaje, por lo que su aspecto era más adecuado para una cinta de horror. El pelo se le había enmarañado y sus mejillas estaban como tomates maduros. Pensé que sería por el esfuerzo de su trabajo, pero al mirar bien deduje que eran las marcas de las bofetadas que le habían propinado. Me enfadé también, pero cuando iba a hablar con el señor Kanevski, me detuvo la duda y decidí esperar, pues no había entrado en contacto con Gion y ya quería entrometerme en su vida. Lo consideré poco correcto. Salí de los estudios y me senté en el capó del coche. Cuando vi salir a Gion le pregunté si quería que la llevara a algún sitio, ella afirmó con un movimiento de la cabeza. Se subió al coche y antes de ponerlo en marcha, traté de decir con naturalidad que la invitaba a comer, que si tenía hambre para mí sería un gusto enorme invitarla, aceptó. Emprendí la marcha hacia el centro, conduje despacio y empecé a hablar de tonterías, hice algunas bromas y ella se sonrió un poco.  Ya en el restaurante tuve la oportunidad de apreciarla con más atención. Me pareció encantadora. Supe que era de Budapest, que su familia era muy humilde, que llevaba poco tiempo en América y que tenía muchos planes para el futuro. Su conocimiento del lenguaje era muy simple, a nivel elemental, complementaba sus frases con una retahíla de sonidos que me resultaron raros, pero eran palabras en húngaro. Me encantaron sus ojos verdes y su piel almendrada. Le pregunté si era porque había tomado el sol en la playa, pero me dijo que no había tenido tiempo para eso, que tenía algunos problemas migratorios, que la habían engañado varios productores de películas y que su situación no era la mejor. Me confesó que no conocía mucha gente y que su única amiga, a quien le debía el traslado al Nuevo Mundo, era Katja, pero que ingería drogas y cada vez estaba peor.

Me ofrecí a protegerla, después de estar escuchando todo lo que decía en su idioma natal. Tardó veinte minutos en volver al cristiano. Aceptó mi ayuda y me puse feliz. Descubrí que estaba enamorado realmente de ella. Me sentía desbordar de alegría. Su aspecto mejoró al doscientos por ciento con su simple “yes” que arrastraba como si la palabra consistiera, de una larga, muy larga sílaba; y otra reducida, tan reducida que sonaba como un silbidito cuando enseñaba los dientes. Cenamos muy bien y quedó impresionada por la cuenta. Cuando saqué los trescientos dólares para pagar la langosta, el vino y lo demás, se quedó mirándome y dijo que por su primer papel había ganado lo mismo. Bromeé diciendo que yo había trabajado todo un mes para poder sacar esa suma. Nos fuimos alegres y nos comunicamos como dos enamorados con abrazos, golpes en el hombro, chistes, que no sé si entendió, burlas y mimos. Llegamos a mi habitación del hotel y le prometí que al día siguiente iríamos a recoger sus pertenencias, ella hizo un gesto negativo y dijo que lo más valioso que tenía estaba en San Diego. Que en Miami sólo iba a estar una semana para lo de la película y luego regresaría. Aproveché para preguntarle si no le gustaría que le comprara el billete de avión, pero ella contestó que estaba muy cansada y que quería dormir. Antes de meterse desnuda a la cama, se duchó y me pareció que mientras lo hacía cantaba, pero al acercarme un poco noté que no era una canción sino una especie de monólogo o diálogo en el que los cambios de tono de voz indicaban que una de las interlocutoras estaba rabiosa. Traté de no embrollarme más, ya había dado el primer paso y las cosas habían resultado mejor de lo que esperaba. Cuando la vi iluminada por la lámpara del hotel suspiré y me grabé su figura para soñar con ella. Pronto se durmió y luego se sumió en un profundo relajamiento porque casi ni respiraba. Soñé que me casaba con ella y que teníamos hijos, que dejaba su horrible trabajo y me complacía en la cama. Me imaginé que era un hombre con sex appeal de esos que había visto en la playa y que ella me recibía todos los días como la mujer del cartel de la cocina de mi madre. La hermosa rubia seguía con sus zapatos negros de tacón, sus medias excitantes, sus bragas rosas, su delantal verde en forma de baby doll, seguía sosteniendo una cazuela humeante y llevaba el gorro de cocinera, pero su cara era la de Gion.

Me desperté de buen humor y la invité a hacer compras, quería que experimentara la seguridad total y que ese sentimiento me abriera la puerta a su corazón. Una vez, John me había dicho que la sicología de las mujeres era muy extraña y que había que tratar a las damas como prostitutas y a las putas como damas. Gion, que ya había aceptado que la llamara así, me inspiraba. Quería que se sintiera bien y que se olvidara de su vida pasada. La llevé a las tiendas y le compré un guardarropa exclusivo, la dejé escoger su la lencería ocultándole mi deseo de que se comprara un liguero como el que había usado en la película en la que la había visto por primera vez. Pasamos un día fantástico y decidimos irnos de Florida, sin embargo, el señor Kanevski llamó de nuevo para decir que se filmaría otra parte de la trilogía que habían planeado y que esta ocasión tendría que compartir escenario con otra chica. Le advirtió que habría cosas muy fuertes. Gion cambió de estado de ánimo, se le había compuesto el humor y se había conducido como una adolescente durante el shopping y, después de la conversación con Kanevski, se le humedecieron un poco los ojos. Le pregunté si podía ayudarla, incluso me ofrecí a retirarla de ese mundo inmoral y sucio en que vivía. Ella volvió a hablar en su idioma y no me explicó nada. Dijo que tendría que ir en una hora. El tiempo pasó como gotas de plomo. La tensión me quitó el deseo de hablarle y me refugié en mi empleo. Me excusé y le dije que tenía cosas urgentes que hacer. No hice nada más que pensar en la posibilidad de liberarla de su atadura con Kanevski, pues deduje que le había prometido algún favor, tal vez dinero o fama. Mientras no supiera la causa real, debía soportar que las grandes avanzadas que tenía en el territorio sentimental de Gion, se convirtieran en fracasos con una sola llamada del maldito Kanevski para que fuera a los estudios.

Una semana después de mi llegada a Miami, Gion salió del estudio con un tocho de billetes. Era mil quinientos dólares en billetes de veinte. Ella se puso a escupir. Repetía todo el tiempo tolvaj rohadék, tolvai rohadék. Le pregunté qué significaba, pero ella estalló en llanto y nos fuimos al hotel. Tardó mucho en calmarse, pero luego tuve la oportunidad de confesarle mis intenciones. Dijo que estaba loco, pero le comenté que en algunos estados del país la gente se podía casar con libertad. Le dije que en Las Vegas era gratuito y ni siquiera pedían documentos. Se le iluminaron los ojos y aceptó con escepticismo.  Al final, la convencí para que me acompañara a Colorado, allí podríamos organizar nuestra boda. No me creyó que fuera en serio, pero estaba decidido. En cuanto llegamos a mi piso en el condado de La Plata decidimos comprar unas argollas, el vestido y reservamos mesas en un restaurante. Le comuniqué a mis familiares mi plan y me percaté de que ninguno de mis amigos o conocidos irrumpiera en la fiesta. Pasamos la Luna de miel en una playa mexicana y volví feliz. Tenía energía, sueños y una mujer complaciente que merecía llevar una vida normal. Nos establecimos en una casa que mis padres nos habían destinado. No era muy grande, pero las tres habitaciones y el salón eran muy espaciosos. Empecé a trabajar con ahínco y me hice una idea de lo que significaba ser esposo y luego padre. Tenía el deseo de que Gion se embarazara lo más pronto posible. Se lo propuse en contadas ocasiones, pero me dijo que no era tiempo todavía. Decidí que madurara la cosa y ella misma me lo pidiera. Teníamos tres meses de casados, le propuse que tomara cursos de idiomas, que sería necesario para la educación de nuestros hijos, pero a ella le interesaba más mantenerse en forma e iba al gimnasio casi todos los días. Me comentó que quería ampliarse los pechos, pero me opuse diciéndole que esperara hasta que tuviéramos, al menos, un hijo. Se enfadó mucho y dejó de hablarme unos días. Me dediqué a mis cosas y traté de no pensar mucho en ella. La situación en la que me encontraba era delicada y debía llevarla con mucho tacto. Había algo que me hacía torcer la boca por lo agrio de la realidad. Mis relaciones sexuales eran habituales, pero no duraban más de diez o quince minutos contando el tiempo desde el primer beso hasta la eyaculación. No sabía si Gion estaba contenta porque ella sólo esperaba a que yo hiciera lo mío y después se dormía. La comparaba con una de esas muñecas hinchables de las tiendas eróticas porque no emitía ni un solo ruido. Evitaba recordarle su pasado y exigirle que actuara como en las películas por miedo a que reaccionara de forma inadecuada. Traté de hacer un poco de deporte y bajar los muchos kilos que me sobraban. Empecé a visitar tiendas de ropa de marca, adquirí buenos perfumes, la llevaba a lugares concurridos, creí que se aburría y que tenía que ganarme su amor para que saliera a flote su deseo sexual y pudiéramos avivar la llama de la pasión.

En una ocasión llegué a cenar y Gion me recibió muy cariñosa. Era una actitud que adoptaba cuando quería pedirme algo. Lo adiviné pronto y me puse a tono. Sonreí, le adulé los platos que había preparado y le ofrecí vino. Ella tomó la iniciativa y comenzó a morderme la oreja y llamarme, como siempre, mi gordito salvador o serté-shús en su idioma, le enseñé la panza que se me había reducido gracias al deporte y una buena dieta sin helados y chocolates. Fue más activa en esta ocasión, se paseó desnuda con la lámpara a media luz y me volvió loco con sus eróticas preguntas que me hacía. Me encantó su actitud, pensé que por fin mis esfuerzos habían dado resultado. Me levanté por una copa más de vino y me recosté. La abracé y miré el techo como si fuera el cielo lleno de estrellas. No me di cuenta de que la nube gris que había estado formándose con las llamadas telefónicas, las salidas inesperadas, las compras urgentes y los enfados, se había condensado para que la tormenta empezara. Gion me dijo que necesitaba volver a filmar, que tenía muchas proposiciones y que Yoan Pablo, el mulato al que recordaba por sus zapatillas blancas, le había conseguido contactos, que su trilogía había sido adquirida por una empresa llamada Marcell, una de las más famosas en Francia y que la estaban buscando para trabajar con las más famosas estrellas del prestigioso mundo del porno. No sabía qué hacer porque sentí que todo el terreno que había labrado para separarla de ese mundo había sido tragado por un pantano mohoso. Se recomienda, según lo que he leído en los libros de auto ayuda, no actuar de inmediato cuando una situación requiere de una respuesta rápida, a mí me la exigía Gion con persistencia, pero tenía que pensar. Durante diez segundos respiré muy profundo bajo la afilada y peligrosa mirada de mi esposa. Soporté su presión unos minutos y traté de ordenar las piezas que tenía en mi tablero de ajedrez mental. Cualquier combinación me dejaba indefenso ante el ataque de las circunstancias. Al final, mi respuesta fue afirmativa. Lo lamenté muy pronto porque en esa semana llegó Yoan Pablo con dos tipos trajeados que se daban aires de gente muy importante, hicieron mentalmente un avalúo de mi casa y sonrieron con mucha alegría cuando fui presentado como el marido de Gion. El hombre más pequeño, que tenía cara de bulldog, me preguntó en broma si yo también participaba en las películas tres equis de mi esposa. Gion se disculpó y me pidió que me quedara en el jardín mientras discutía las condiciones de su viaje al festival de Cannes. Una hora después los hombres se marcharon muy alegres. Me estrecharon la mano y me dieron unas palmadas en el hombro mientras decían que era un esposo envidiable. Gion me abrazó y agitando la mano dijo que los encontraría unos días después.

Me encontraba muy mal. No podía concentrarme y la imagen de Gion paseándose por las playas de Cannes desnuda, haciendo no sé que cosas con sus admiradores, firmando autógrafos y durmiendo con Yoan, me producían latidos tan fuertes que tuve que empezar a tomar pastillas para regular mi tensión. Fui presa de varios desfallecimientos y no asistí al trabajo unos días. Corrí en la pista del gimnasio hasta quedar embarrado en el suelo llorando de furia. Luego me convertí en un gruñón dando vueltas por toda la casa. Rompí algunos jarrones y una estatua de yeso que había comprado en un museo. No podía controlar mi ira. Creí que el único alivio sería el regreso de Gion, pero no volvió sola. Venía acompañada de Yoan Pablo, unas mujeres rubias de aspecto depravado y los dos chicos de ropa ajada que ahora se veían mucho mejor por sus trapos franceses. Estaban muy alegres todos y Gion me dio la maléfica noticia.

“Vamos a empezar a filmar nosotros—dijo sonriéndome y agradeciéndomelo como si le hubiera concedido su sueño más deseado—. Ha sido idea de Yoan. Él hará de director y rodaremos con un montón de estrellas. Te va a encantar. Comenzaremos mañana”. No me dejó decirle nada porque se fue a conversar con Yoan y las rubias. Hicieron miles de planes, dibujaron en un papel la nueva distribución de los muebles. Hicieron unas cuantas llamadas y en la noche se fueron a cenar. Me sentí muy herido, pero el trágico espectáculo no había comenzado. Muy pronto mi casa se llenó de gente que no me dejaba espacio. Las rubias y Gion no paraban de filmar. Yoan dirigía desnudo y les enseñaba a los actores invitados lo que debían hacer. Estaba Liliana la maquillista, la peluquera y, en lugar de Kanevski los dos hombres trajeados que se habían llevado a Francia a mi esposa repartían la droga y el dinero.

Algunos vecinos me preguntaban por las mujeres que entraban y salían de mi casa. Un joven me vio salir hacia el trabajo y me estrechó la mano para luego decirme que me envidiaba, que de estar en mi lugar gozaría de todas las tías que se paseaban desnudas por mi salón. Fue el momento que me hizo recapacitar, pues entendí al final que eso era lo que precisamente no quería. Toda mi vida me había guiado por los buenos principios, era creyente y si había tratado de redimir a Gion era por mi vocación de predicador, quizás de profeta, pero ahora me había convertido en una voz solitaria en mi propia tierra. Tenía que tomar una resolución muy pronto. No fue necesario esperar mucho tiempo. La ocasión llegó como la oportunidad, calva y sin tapujos. Después del trabajo entré en la casa que ni siquiera tenía cerrada la puerta. En el salón estaban dos negros follándose a Gion. Gritaba muy fuerte, agitaba la cabeza y uno de los negros le tenía apresado el cuello, su rostro enrojecido me pareció casi morado, así que cogí lo primero que encontré y arremetí contra el salvaje animal que estaba estrangulando a mi mujer. Se oyó un griterío terrible. Me empujaron y arrinconaron cerca de la cocina, pero lo peor fue que Gion me empezó a patear y propinó una paliza, gritó como leona, dijo que le había estropeado la escena, que por mi culpa tendrían que volver a empezar. Me echó de mi casa y me ordenó que la dejara en paz.

No pude controlarme, dentro de mí había una voz, quizás la de la moral que me decía que los corriera a todos de allí. Era mi casa y tenía todo el derecho. Otra voz, más cruel y despiadada, me incitaba a usar el arma que tenía en mi cajón. Perdí la cabeza. Vi como toda la gente se volvía hacia el sofá donde los dos negros volvieron a montarse a Gion. Cogí un vaso y empecé a beber whisky a pelo, me lo tomé como refresco. La cabeza me iba a estallar por los gritos de la venganza que clamaba el uso del revólver. Ya no pude resistirlo más y subí hasta mi cuarto. Revisé que estuviera todas las balas en el tambor. Retiré el martillo, quité el seguro y bajé furioso al salón. Le apunté al negro y su cabeza estalló como una fuente roja emanada de una sandía, le soltó el cuello a Gion. El dedo siguió tirando del gatillo. Cayeron cinco personas más. Oí por última vez los gritos de mi esposa moribunda. Le ordené a los restantes que se marcharan, que no tenían derecho a sodomizar mi casa. Recité un pasaje del viejo testamento. Luego arrojé el arma y me senté con la mirada fija en el cuerpo magullado y ensangrentado de las rubias. Sabía que vendrían por mí para arrestarme. No tenía motivos ni para escapar ni para suicidarme. Llegó la policía y me entregué dócilmente. Poco después declaré ante el tribunal y recibí condena por asesinato premeditado. No me resistí ni busqué justificación alguna porque de esa forma encontré el descanso y el alivio para siempre.



domingo, 9 de julio de 2017

Perversión

Cuando el vecino del tercero aparcó su coche y salió acompañado de su nueva novia, el vecindario puso el grito en el cielo. Ya le habían tolerado que anduviera con mujeres más jóvenes que él, pero esto era el colmo. La atención se centró en la muchacha y un murmullo anegó el edificio como si hubiera sido atacado por un enjambre de avispas. Jimeno Fuentes Moore, a quien llamaban Jifumore, subió las escaleras abrazado de su pareja, ascendió con lentitud y demostrativos pavoneos. 
La señora Dolores, quien era la más cotilla, pero, a la vez, la mujer con la moral más severa en cuestiones conyugales no pudo resistir el intenso deseo de hacer justicia y llamó a la policía. Dos horas después, llegaron dos gendarmes y tocaron en el piso del indeseado cohabitante. La conversación duró más de media hora y las personas que por casualidad vieron a doña Dolores interrogando a los policías, dedujeron que no había ninguna violación a la ley y que la conducta del Jifumore era la misma que la de todos. De inmediato cundió el pánico entre las madres, que muy aterradas, pensaban en la posibilidad de ver que sus hijos adoptarían la misma postura que la adolescente que vivía con el desagradable y perdido vecino. El señor Vargas, que era el encargado de atender los asuntos administrativos y mediar los conflictos que surgían en el edificio, convocó a una reunión urgente. Asistieron casi todos, el ingeniero García se comprometió a comunicarle a Jifumore que estaba citado para que explicara las razones de su inapropiada conducta, el padre Rosales prometió repasar los principios éticos y morales de la biblia y de la esencia de la teología y, por último, doña Dolores, quien daría el golpe final para exigir que el señor Jimeno Fuentes abandonara su piso y se trasladara a otro sitio donde no afectara la integridad de la gente decente.

La reunión se llevó a cabo en la entrada del edificio, había unas treinta personas haciendo un corro alrededor de Jifumore, los adolescentes se habían ido integrando de forma discreta y cuando la señora Dolores los quiso echar, ya era imposible hacerlo. Quien tomó la palabra primero fue el padre Rosales que aderezó su sermón dándole gracias a Dios por todas las bendiciones que les había dado el día de la fiesta de San Juan, luego arremetió con los siete pecados capitales, hizo tres citas del Antiguo Testamento sobre Sodoma y Gomorra y se centró en el tema del abuso sexual de menores. Las mujeres escuchaban con atención, mientras los hombres bajaban la mirada para evitar que alguien, por una mala interpretación de las cosas, los implicara en pecados semejantes. El padre Rosales logró, con sus cualidades de orador, desatar los más fuertes aplausos. Se necesitaron diez minutos para que los concurrentes dejaran participar al enjuiciado Jifumore, que no perdió la calma y empezó a hablar como un experto en lo que respecta a las relaciones humanas.

“Queridos vecinos—dijo con una voz suave, pero segura—, les agradezco de sobremanera que se preocupen por mi vida privada y que se hayan decidido a llamarme para aclarar mi noviazgo. Comenzaré remarcando que actúo respetando todas las normas de la sociedad, considero que mi pareja y yo no violamos ningún principio religioso, ético o jurídico y, si me lo permiten, podría recomendarle de todo corazón al padre Rosales que haga lo mismo que yo. He oído que la iglesia ha anunciado una tregua para aquellos de sus miembros que sienten debilidad por los niños o los adolescentes. Seguir mi ejemplo liberaría del abuso a muchos inocentes y la iglesia podría redimirse limpiando todos los escándalos que han surgido los últimos años”.

La señora Lola se tambaleó y tuvieron que sostenerla para que se mantuviera en pie. Las mujeres se santiguaron al oír los argumentos del desagradable Jifumore que estaba llegando al límite de la paciencia de los reunidos. El padre Rosales se irguió y dijo que Jimeno estaba cometiendo un pecado al blasfemar de esa forma, pero el señor Vargas le pidió que fuera más condescendiente y mientras no se manifestaran los demás, no se daría ningún veredicto. Incitó a la gente para que continuara de forma pacífica la discusión. El siguiente en hablar fue el ingeniero García que expuso su preocupación por la mala influencia que ejercería la conducta indeseable en los jóvenes del vecindario. Comentó que los chicos estaban pasando por una reforma educativa muy delicada y, para evitar que muchos jóvenes eligieran el camino incorrecto, era primordial predicar con el buen ejemplo. Les pidió a las parejas que se encontraban en proceso de divorcio que recapacitaran, que pensaran en el futuro de sus hijos. También intentó persuadir a aquellos hombres que, por falta de control, agredían a sus esposas para que desistieran de hacerlo. Cuando dejó de hablar, Jifumore levantó la mano y comentó que, de conducirse igual que él, podrían desahogar sus frustraciones con sus respectivas chicas; que evitarían las escenas de celos en sus casas; que hasta sus esposas podrían unirse a la relación; y que si alguna mujer tenía tendencias lésbicas encontraría en ese trío amoroso el alivio físico requerido. Los ánimos empezaron a calentarse y se redujo el círculo que rodeaba a Jifumore, alguien ya tenía levantada la guardia y avanzaba en dirección del acusado cuando se oyó la voz del señor Díaz. Había terminado pronto de trabajar ese día y al ver la reunión se acercó a fisgonear para cerciorarse de que eran verdad todos los bulos que había oído.

 “Un momento, queridos amigos—gritó con voz seca—. Antes de que cometan un error atacando a este inofensivo hombre, me gustaría decirles que, en cierto modo, tiene razón. Pregúntense nada más, si los sacerdotes gozaran de una compañera como la suya, se reducirían las violaciones en los seminarios, los abusos en las clases de catecismo y, esto lo consideró muy importante, no sufrirían los clérigos por la tentación del cuerpo. Por otro lado, en mis años de experiencia en la comisaría, he visto que los delincuentes, violadores y golpeadores de mujeres, reinciden. Tienen problemas psicológicos que ni los abogados, ni los jueces, ni la cárcel y, por lo visto, ni los psiquiatras pueden resolver. Si esas personas con desequilibrios mentales tuvieran la posibilidad de convivir con una chica como la de Jimeno, todo iría mejor, piénsenlo.”.

Comenzaron los abucheos, los muchachos silbaban y gritaban como si se encontraran en un concierto y el hombre que se disponía a agredir a Jimeno avanzó con determinación. Lo detuvo el padre Rosales. En ese instante apareció Bertha, la nueva novia de Jifumore, y todos se quedaron helados. “No está bien que se hable de una persona a sus espaldas—dijo con una voz aguda que recordaba levemente un acento extranjero—. He oído lo que dicen de nosotros—miró con ojos amorosos a su pareja y continuó—. Pienso que todos están en un error. Quiero que sepan que no me causa daño y estoy aprendiendo a quererlo con una rapidez increíble. Me eligió entre un grupo. La decisión que tomó no fue sencilla. Me siento muy afortunada de estar con él”. Todos le echaban miradas de rana. Tenía la apariencia de una japonesa, pero hablaba como sevillana. Su voz transmitía placer y miraba con mucha ternura. Cogió a Jimeno de la mano y dijo que, si supieran realmente lo que es el amor, no estarían criticándola como lo hacían en ese momento. Nadie sintió pena ni remordimiento, pero Bertha rompió el silencio preguntándole al padre Rosales si pensaba que amar a Jimeno era un pecado. La respuesta fue que amar no era un pecado, pero que había ciertas normas para irse a acostar con alguien y que se necesitaba tener una edad determinada. Citó los consejos que Dios daba al respecto en el Antiguo Testamento. No fue muy convincente y se vio en un tremendo apuro cuando Bertha le dijo que los sacerdotes que abusaban de los niños perdían el control porque realmente experimentaban amor, pues era lo que predicaban a diario, y no podían evitar caer en la tentación por más que se resistieran y la única solución sería dejarlos unirse de la misma forma que lo habían hecho ella y Jimeno.

 Ante la evidencia de los abusos a menores por parte de los eclesiásticos y la determinación de la joven, el padre se quedó callado con el rostro muy rojo. “Y ¿qué va a ser de mis hijos? —preguntó el señor García—. Están muy jóvenes y no quiero que cojan malos hábitos”. No se preocupe por eso, señor García—respondió Bertha con voz sensual—, sus hijos podrían encontrarse unas chicas como yo para que pudieran experimentar las sensaciones de su cuerpo y descubrir el placer. He de decirle que contamos con una predilecta capacitación y dominamos la psicología. Nuestra educación es tan completa que podemos persuadir a una persona para que no se suicide por causa de sus traumas sexuales, podemos evitar la frustración porque tenemos paciencia y dotes que, sin lugar a duda, despiertan el deseo que estamos dispuestas a satisfacer siempre”. “Y ¿qué hay de nosotras? —preguntó una viuda que tenía fama de cascarrabias—. ¿De qué forma ver esas obscenidades nos va a ayudar?”. Bertha le preguntó su nombre y le dijo que hasta ese momento había hecho referencia a los hombres porque eran ellos los que más mostraban su incapacidad para amar y que era esa la razón por la que violaban, golpeaban y asesinaban a las mujeres. Luego, agregó que las representantes del sexo débil, a veces, ponían su granito de arena para fomentar dicha conducta y que si lo deseaban ella les ofrecía ayuda presentándoles a sus amigos que eran igual de jóvenes e inteligentes. Cuando se oyeron las protestas, Bertha, dijo que por desgracia la sociedad tenía sus cánceres y que no había quien no tuviera cola que le pisaran o vicios ocultos. Comenzó, por arte de magia, a revelar los traumas que atosigaban a cada uno de ellos. Del padre Rosales dijo que no deseaba ser sacerdote, que estaba enamorado de Raúl, un adolescente muy noble que acudía a las clases de catecismo y tocaba muy bien la guitarra. El padre Rosales desmintió que hubiera intentado en dos ocasiones seducir al muchacho, pero la actitud de Raúl dio a entender que Bertha decía la verdad. El escalofrío recorrió las espaldas de los presentes que guardaron silencio e intentaron esconderse para que Bertha no sacara sus trapos sucios al sol. No se salvó el ingeniero García y su mujer que enrojecieron cuando oyeron que él tenía tendencias al sadomasoquismo y Alicia, la esposa, contrataba los servicios de una mujer que le proporcionaba el placer que su marido le negaba. Con la pregunta: “¿A quién podemos juzgar cuando vivimos en una sociedad tan enferma?” Bertha invitó a todos los presentes para que acudieran a la fiesta que organizaría el siguiente viernes por la tarde. Recalcó que asistirían sus amigos y amigas y que si alguien estaba dispuesto a comprometerse con ellos no se arrepentiría porque encontraría la felicidad que había buscado tanto tiempo. Se marcharon cabizbajos, pero con la fecha de la velada bien guardada en la memoria.

Llegó el viernes, los vecinos se ducharon, se vistieron con la ropa más presentable que encontraron y fueron a comprar vinos, bombones, flores y pizzas para llegar puntuales a la casa de Jimeno. A las seis en punto sonó el timbre y Bertha recibió al padre Rosales, quien al notar que no habían llegado los demás, preguntó si existía la posibilidad de que le presentaran a una amiga. Jifumore le enseñó un catálogo con más de treinta modelos. Reconoció en una foto a Bertha, sólo que tenía otro nombre. Estaban escritas, al pie de cada fotografía, todas las características y atractivos de los ejemplares. El padre escogió a una chica rubia de ojos verdes que llevaba la ropa de una monja y le pidió la mayor discreción a Jifumore, pero éste le dijo que no tenía porqué ocultarlo, pues la gente entendería su elección e, incluso, lo felicitarían por su buen sentido común. El padre Rosales respiró con satisfacción y se atrevió con unas copas de tinto que estaban en unas bandejas. Entró una llamada y Bertha se alegró al saber que sus amigos llegarían en unos minutos. Salió y se encontró a la familia García, les pidió que citaran a todos en el sitio donde habían tenido la reunión la semana pasada. Bajaron sin tardanza todos los interesados y el único que permaneció un poco más de tiempo en su piso fue Jifumore.

Llegó un camión y bajaron unos hombres muy delgados. Su ropa era elegante y saludaron haciendo reverencias. La señora Dolores dijo que era injusto que le hubieran prometido la llegada de unos jóvenes atractivos y lo que tenían en frente era un par de orientales desnutridos de ojos rasgados. Los hombres dijeron que no se preocuparan, que en la parte trasera del vehículo estaban todos los invitados esperando que los eligieran. Se apaciguaron los ánimos y las miradas se dirigieron a la parte trasera de la enorme furgoneta. Después de un modesto discurso, los amables hombres trajeados comenzaron a mostrar a los invitados. Enumeraban las funciones que tenían, hablaban de las condiciones de pago y las ventajas que ofrecía cada uno de ellos. Se improvisó una pequeña puja para ganar más derechos sobre los muchachos o jovencitas que se iban mostrando, pero los elegantes hombres dijeron que había condiciones establecidas para la adquisición de cada ejemplar y que tenían que firmar un contrato antes de llevárselo, que la garantía era de cinco años y que los servicios de mantenimiento eran gratuitos, siempre y cuando, la descompostura no fuera ocasionada por el usuario. Hicieron una demostración de la resistencia de sus productos y todos quedaron satisfechos. Por último, Bertha les agradeció su confianza y comprensión. Subrayó que estaban adquiriendo la mejor tecnología del siglo y que por fin verían satisfechas sus demandas sexuales. Esa noche hubo un interminable griterío de satisfacción en todos los dormitorios. 

miércoles, 5 de julio de 2017

El hombre que llegó a ser Dios

Vivía oculto en el anonimato, tenía buena reputación entre los políticos y se le respetaba por su gran aportación al control y destrucción de movimientos comunistas en su país. El dictador lo tenía como uno de sus principales consejeros y, en cuanto se empezaba a tambalear la fortificación del gobierno por causa de los rebeldes, se le llamaba para que con su gran inteligencia resolviera el problema. Su primera aportación fue la de contratar nazis prófugos. Tenía, en aquella época, una lista de los oficiales del servicio secreto alemán más peligrosos que habían luchado contra la dictadura del proletariado y necesitaban ocultarse de los judíos que los buscaban para someterlos a juicio. Como era una persona muy previsora, planeaba sus estrategias con las etapas que aparecerían después. Sabía que algún día sus agradecidos fascistas serían atrapados y por eso tenía información que iba filtrando discretamente para que en caso de que llegaran los procesos, la atención se centrara sólo en los crímenes a la humanidad y no en las personas y organizaciones que les habían facilitado los túneles de escape.

Vivía solo, no tenía ningún compromiso sentimental, prescindía del sexo y los vicios y aprovechaba cada minuto de su vida para cubrirse las espaldas. Varias décadas se mantuvo firme, vio los cambios de su país y se adaptó a cada etapa. Parecía un vidente confirmando sus predicciones con una enorme risa de satisfacción. Un día llegó el momento crucial en el que debía decidir qué hacer con su existencia. No se ajustaba a los parámetros comunes del ser humano, había perdido algunas de sus capacidades, carecía de brío y el aburrimiento lo estaba matando. De pronto, un chispazo le abultó los ojos, fue por causa de una noticia en la que se hablaba de la moda de alquilar matrices para tener los hijos deseados que, por una u otra razón, las personas no podían tener. Hizo un plan. Sabía que tenía que acercarse con cautela y no asustar a su presa. Se conducía como un experto cazador que ha visto al ciervo y se va acercando sin hacer ruido ni dejarse ver. Tenía en su escritorio varios libros de biología, sociología y psicología. Hizo un resumen de los temas que le interesaban, acudió a la teoría de la elección por relatividad y sentido común y descubrió que había un sector de la población que estaba marginada, al mismo tiempo, fue viendo como sus soldaditos de plomo iban cayendo silenciosos en los juicios realizados por organizaciones dedicadas a la cacería de los monstruos del Holocausto. Se dijo a sí mismo que era un período de cazadores. Unos seguían a los ex militares esvásticos para desnudarles ante el mundo y ejecutarlos, no por venganza, sino por justicia; y él seguía a los sometidos, pero para redimirlos ante la sociedad y sacar una gran tajada de dinero. No le faltaban medios para vivir con lujo, de lo que carecía era de esa liberación interna que había deseado durante muchos años y sólo en ese momento sentía que el retoño de un gran árbol salía a la luz. Escribió algunos ensayos sobre la naturaleza del hombre, su seudónimo comenzó a circular por las bocas de las minorías cohibidas por las sociedades machistas. Las manifestaciones comenzaron a blandir su bandera de libertad en forma de arcoíris.

La estrategia era sencilla. Con argumentos férreos basados en su teoría, demolería los conceptos de familia tradicional para formar una nueva forma de convivencia marital. Transformó los conceptos relacionados con la sexualidad, de tal forma, que creó una confusión en la sociedad y, gracias a su simple teoría de la elección por eliminación, logró que se coligaran las mujeres para prescindir de los hombres generando la necesidad de procrear de forma asistida. Así fundó su empresa en la que las mujeres ofrecían sus matrices para gestar y los hombres donaban su esperma para el mismo fin. Los matrimonios eran específicos y se condenaba la unión de parejas de diferente sexo. Se reescribió la biblia, se le cambió el género a Dios, se crearon dos Adanes y dos Evas, se corrigieron las constituciones, se permitió en el Vaticano todo lo que se había prohibido hasta ese momento. La nueva ideología era tan ferviente que nadie la rechazó. Pasaron los años y el negocio prosperó. Las presidentas tenían a sus esposas, los sacerdotes a sus parejas o compañeros, los niños aprendían con gusto las reglas de moralidad y ética. Se creó una nueva crítica del arte, la historia y las ciencias. Reinó la felicidad y la armonía.

El hombre superó la violencia y las guerras. El ser humano se hizo más sensible y guió a la humanidad por el camino del amor, incluso se llevó a la naturaleza el cumplimiento de la ley sagrada. Se unía a los machos con sus similares y se separaba a las hembras, se inseminaban de forma artificial a los primates, los felinos y los paquidermos y se intervenía en la cadena genética de las fieras voraces para que tuvieran conducta mansa. Se creó una empresa que alimentaba a los animales con comida sintética creada en laboratorios. La tecnología creó plantas enormes en África, Medio Oriente y Asia. Había empleo en todos los rincones de la tierra. La ciencia prospero, se acabó la industria bélica y se prescindió de la droga. Se prolongó la vida y se terminaron las enfermedades venéreas, prosperó la economía y cambió la filosofía. La humanidad alcanzó la felicidad que le habían negado la monarquía, el esclavismo, el capitalismo y la economía global. Las divisas vivían separadas por sus categorías femeninas o masculinas, las lenguas también se adaptaron a las nuevas normas, incluso la relación entre las neuronas se dividió por géneros de pensamiento para seguir los mandamientos de la ley. Gracias a todos esos cambios la gente alcanzó la felicidad total, se erradicó el suicidio y se le arrancaron al ser humano todos los sentimientos negativos. En sus últimos días, este gran hombre, trató de escribir los mandatos para el futuro, pero su visión no alcanzó a prever lo que pasaría con la conquista de otros planetas ni el encuentro con otras formas de vida a las cuales les resultaría muy complicado entender la evolución de la existencia en la tierra.

lunes, 3 de julio de 2017

Oberkapo

Hacía mucho frío, le temblaban un poco los pies y se sentía agobiada. Se le habían mezclado varios sentimientos incompatibles como el amor y el odio, la vanidad y el desprecio y otras sensaciones que no se podía explicar. La noche anterior los soldados del servicio secreto se habían divertido con ella. A pesar de que la habían tratado como un trapo o, peor aún, como un urinario, no se sentía humillada. La costumbre y la repetición de sus encuentros en la cama la habían insensibilizado, tenía mutilado el amor propio desde hacía mucho tiempo. Ni siquiera el enorme peso y la pestilencia del cerdo Heberhard la irritaban, era más bien el suplicio de la comezón en la entrepierna. El constante roce de la carne viva de sus labios vaginales era lo que le endurecía la expresión de la boca y que su mirada destellara odio. Las mujeres que llegaron ese día por la mañana tuvieron mala suerte porque, aparte del malestar que Zytka experimentaba en el vientre y el ánimo, estaba la estricta orden de Fremont Schroeder de eliminarlas a todas sin excepción. Dio órdenes claras. Las viejas y las niñas primero. Las mujeres maduras, después. Por último, las jovencitas adolescentes. La temperatura bajó al mediodía los hornos estaban a tope, no cabían más cuerpos, pero las instrucciones eran claras y si no se cumplían habría represalias.

 “Maldita judía vendida y traidora—le decían las mujeres desnudas que la miraban pasar a su lado—, ojalá te pudras en el infierno”.

Ella lo sentía, interpretaba bien el mensaje de los ojos porque conocía la psicología. Desde los quince años había coleccionado en su memoria la circunspección de los ojos que la habían acosado siempre. Para unos era una mujerzuela, para otros una ladrona, para aquellos una basura y, sólo, su madre le brindó caricias con sus glaucos luceros de paz antes de marcharse para siempre. Caminando sobre la nieve, envuelta en su abrigo de fieltro, marcado con la estrella azul y la palabra oberkapo, gritaba para que la cola avanzara con más rapidez. La hilera de cuerpos desnudos despedía un pequeño halo de vapor que iba dejando los cuerpos sin alma. De pronto la vio. Estaba temblando y sus trenzas parecían dos cuernos marchitos de carnero con escarcha, se restregaba con una mujer que seguramente era su madre y, ésta a la vez, bañaba con lágrimas de hielo la cabeza de otra joven. Al pasar sintió un empujón en la espalda. Una voz desconocida le susurró al oído que las salvara. Se acercó y con el fuete que llevaba en la mano les gritó y las agredió. Las tres mujeres sin entender nada se echaron al suelo llorando, las otras seguían caminando esquivándolas como si fueran algo contagioso. Tenían la sangre a flor de piel, entonces les ordenó que se levantaran y se las llevó lejos de allí. Dio rápidas instrucciones para que nada alterara el orden.

 Al pasar unas enfermeras les pidió unas mantas y se las puso a sus presas. Luego, con una voz suave que no le pertenecía a ella dijo que las ocultaría y que si se portaban bien nadie sospecharía de ellas. Les buscó acomodo y uniformes, ella misma hizo el registro en uno de los bloques donde había sitio para las que podían realizar labores en la cocina y las enfermerías. Se le grabó el nombre Sylwia Stein, la miró como si descubriera en ella algo sagrado, bajó la vista y se fue. La cola seguía avanzando, se había acortado un poco y los últimos cuerpos estaban desfallecidos. Pensó que no llegarían con vida a la cámara de gas. Empezó a gritar como si estuviera arreando ovejas, se apresuró el trabajo y horas más tarde había una montaña de cenizas del centenar de cuerpos.
Unos meses después los militares comenzaron la evacuación. Se esmeraban por no dejar rastro de sus injusticias, pero el tiempo apremiaba. Quemaban los libros de registro, algunos soldados se tatuaban con urgencia números falsos para pasar por alemanes judíos. Las bombas del ejército rojo estaban abriendo una brecha que llegaba hasta el campo de concentración. Los coches cargados de las pertenencias de los generales emprendieron la retirada. Luego las nubes de humo se fueron disipando, para dejar tras de sí, la figura de personas esqueléticas, chimuelas con aspecto cadavérico que caminaban como zombis. Se oían lamentos y preguntas urgentes, pero ningún soldado los entendía porque su apariencia no era terrenal y sus voces parecían llegar del mas allá. Zytka tuvo que cambiar su nombre con urgencia, cogió un uniforme de rayas viejo y se puso unos zapatos apretados. Su corpulencia la delataba, pero el barro que embadurnó en la cabeza, la cara y las manos convenció a los soldados que, enfurecidos, perseguían a los nazis.

Se despertó y se levantó de la cama con dificultad. Caminó con lentitud a la cocina y puso agua a calentar para prepararse un café. Tenía pocas cosas en la alacena, pensó en lo que compraría en el supermercado cuando saliera más tarde. Fue hacia la ventana y empezó a regar sus plantas. Le dolía el cuerpo por el reúma. Miró la calle poco concurrida, las pocas personas que pasaban por allí la sacaron completamente de su sueño. Se dio cuenta de que hablaba consigo misma con su nombre. Repitió en voz alta las dos sílabas: Zyt-Ka. La desolaron, le dolió el estómago. Se le amargó el gesto y sintió que su vida tenía tres partes: la primera, su Varsovia amada, en la que la obligaron a prostituirse; la segunda, el campo de concentración; y la tercera, el anonimato.  Ninguna etapa había sido dulce, salvo la infancia que tuvo su encanto, pero que había perdido el colorido y los recuerdos cada vez eran menos. Llevaba cuarenta años con un nombre falso, recibía una pensión. Cada mañana una manta de acero le impedía levantarse con ánimo. Encendió la televisión y en las noticias de la mañana, se enteró del suceso. La muchacha a la que había salvado de los hornos había sufrido un paro cardíaco. Se enunció un luto nacional, pues Sylwia Stein era una personalidad en el mundo de la política. Estaba retirada, pero su nombre era conocido en todo el planeta.

 “Nunca la vi de nuevo—decía Stein en una entrevista que le habían hecho en una cadena pública—, nunca supe su paradero y siempre me quedé con la pregunta en la boca. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué de todas esas mujeres, sólo a mí me salvó? Nadie lo sabrá jamás”.
Vera Enoumisé habló con su voz vibrante y aguda: “Eras como yo hubiera querido ser. Tenías la misma luz que yo en los ojos cuando era inocente y no quise que terminaras calcinada. Oí una voz que me dijo, sálvala, es una elegida, es la Zytka que no pudiste ser tú. Con el tiempo lo sabrás. Si no lo haces te arrepentirás toda la vida. Y, por si no lo sabes, querida Sylwia, sí me volviste a ver. Te encontré en una librería y te pedí que me recomendaras alguna buena novela. Me miraste a los ojos y me preguntaste si nos conocíamos. Contesté que no, que yo había llegado de un pueblo y que tenía muy poco en París. Me regalaste un libro sobre el holocausto y lloraste al recordar las penas que sufriste en el tiempo de la guerra. Yo también lloré y te abracé porque recordé ese día, me dolieron las víctimas que mandé quemar. Cogí el libro y me prometí no verte ni en los periódicos ni en la tele, pero fue imposible, siempre aparecías cuando menos me lo esperaba, con tu sonrisa se avivaba mi dolor. Ahora que ya no estás, no sé cómo voy a vivir sola soportando el peso de esa enorme pila humana que se convirtió en humo y asfixia mis pulmones. Para ti fueron unos meses negros, luego el éxito; en cambio, para mí nunca hubo indulto ni perdón. Mi vejez es más castigo que goce. Ahora que te has ido, sé que aquella voz tenía razón. Me consuela saber que con todos mis pecados sufriré eternamente, sin embargo, tú me has dado el alivio que no me dio ni la religión. Tú fuiste la otra yo. A la que no violaron, ni martirizaron, ni sumieron en una vida de porquería. Gracias a ti, puedo continuar el poco tramo que me resta”.

No tuvo más fuerzas para seguir recordando, cogió una rala  bolsa de malla, se puso un jersey, tomó unas monedas y un billete de baja denominación y se fue a la tienda.


viernes, 30 de junio de 2017

Ajuste de cuentas

El inspector Leblanc caminó por la estrecha calle de Saint Simon, le echó un vistazo rápido al escaparate de una vinatería y se cruzó a la acera opuesta donde había varias personas frente a un edificio de cinco plantas. Una ambulancia y dos patrullas acababan de llegar. Se abrió paso entre los curiosos, iba de mal humor porque le habían interrumpido su agradable encuentro con un primo lejano que radicaba en Nueva York y a quien no había visto por más de treinta años. La llamada le entró en el momento en que se disponía a revelarle a Jean Claude su aventura con Clarice, una adolescente que les encantaba a los dos y que, en secreto, había besado a Theophile convirtiéndolo en el joven más feliz del mundo. Lo malo fue que la chica emigró a Inglaterra y su romance duró sólo unos días. Lamentó tener que dejar la acogedora terraza del hotel d ´Angleterre en Saint Germain de Pres y la amena tertulia. Prometió llamar para un segundo encuentro, pero le fue imposible ver Jean en los siguientes días.

Lo recibió Bastián con un gesto que parecía sonrisa, pero expresaba la pena que sentía por haber interrumpido el encuentro de su jefe. Leblanc le extendió la mano y asintió con movimientos de cabeza a las explicaciones y disculpas de Rouge. Subieron por las escaleras hasta la última planta y entraron en un piso pequeño con olor rancio y mal iluminado. Ya había gente trabajando en el escenario del crimen. Se dirigieron al dormitorio donde había una mujer, de unos sesenta y cinco años, tendida en la cama. Estaba atada de pies y manos, daba muestras de haber sufrido bastante dolor porque tenía una expresión de pánico y el pelo muy enmarañado. Le habían puesto cinta adhesiva en la boca para que no se oyeran sus gritos. El colchón estaba manchado de orina, alguien había abierto un poco la ventana. El forense le informó al inspector que la víctima había fallecido por causa de una sustancia letal, al parecer un anti coagulante, pero que antes le habían propinado una buena paliza. No se encontraron huellas dactilares del asesino, pero había unas, casi imperceptibles, huellas de calzado que no pertenecían a la mujer. Leblanc hizo su informe con ayuda de una testigo que había visto a un hombre fornido de estatura media, no muy joven, tocando en la puerta de la señora Anna Cloutier, pero afirmó no lo había visto entrar al piso. Recalcó que tenía un rostro afilado, llevaba bigote y barba, unos vaqueros negros, una sudadera con capucha y un bolso deportivo con un dibujo de un pájaro rojo parado en una rama o algo así. Leblanc no obtuvo más información y se fue con su ayudante a la comisaría. Por el trayecto, sintió el deseo de volver a la Saint German des Pres para terminar su conversación, pero lo estaba esperando Clement Fouché.

Leblanc entró a la comisaría y se chocó con él. Le pidió una disculpa y le invitó a sentarse. Clement se negó y le informó que estaba organizando una reunión en su casa, que irían algunas personas importantes y que era imprescindible su asistiera. Al mirar los ojos asombrados de Leblanc, Fouché agregó que había sido idea de su mujer y que en el último momento decidieron que su presencia era necesaria, ya que iría un secretario de seguridad nacional que deseaba saber cómo iban los asuntos en la comisaría. Leblanc dijo que estaba de acuerdo en preparar un informe para la ocasión y se puso a trabajar. Minutos después entró Bastián y le preguntó por el motivo de la visita de Fouché y el esmero con el que revisaba los últimos expedientes. Leblanc le explicó la situación y Bastián se puso manos a la obra con él, pero Leblanc dijo que prefería hacerlo él solo. Intercambiaron algunas bromas relacionadas con los crímenes y se despidieron.

Leblanc llegó a su casa, no había avanzado casi nada en su informe, estaba agotado y se durmió pronto. Hacía mucho tiempo que no conciliaba el sueño tan rápido. Esta ocasión el recuerdo de los encuentros con la jovencita Clarice y, ese beso apasionado que se dieron, fueron como un somnífero que lo mantuvo entretenido en sus sueños hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Entró una llamada y notó que los rayos del sol le daban directamente en la cara. Levantó el auricular y oyó la voz de Bastián. Le informó que los resultados de la autopsia ya estaban listos, que podía decírselos por teléfono, pero Leblanc dijo que mejor no lo hiciera, que en una hora estaría en la comisaría. Theophile llegó sin prisa, saludó a algunos compañeros, vio a Fouché ocupado leyendo las noticias y pasó rápido para que no lo llamara. En la oficina estaba Rouge con un café en la mesa, estaba muy concentrado viendo un artículo sobre unas enfermeras que habían asesinado niños en una clínica austriaca. Se lo comentó a Leblanc y éste, asombrado, le preguntó cuál era su interés en una cosa tan macabra.

—No es por gusto, inspector, tampoco por morbosidad, es que está relacionado con nuestro caso, en cierto modo.
—Explícate, Bastián.
—Bueno, inspector, según lo que hemos podido investigar de la señora Cloutier es que emigró hace muchos años al extranjero, radicó mucho tiempo en Saint Louise y trabajó de enfermera.
—Pero, que haya sido enfermera no quiere decir que fuera una asesina.
—No, inspector, se equivoca. Precisamente, esta señora estuvo condenada por infanticidios y salió hace poco de la cárcel.
—¡Fantástico! Eso quiere decir que tendremos que ocuparnos de un asunto escabroso en el que seguramente hay un ajuste de cuentas.
—Tal vez, inspector, pero es necesario que nos demos prisa porque el asesino podría ser un extranjero, ¿no cree?
—Sí, Bastián, tienes razón, pero tendrás que atender el asunto tú solo porque mañana por la tarde es la reunión que ha organizado la señora Fouché y es imprescindible mi presencia.
—¡Ah, muy bien! O sea que necesita tiempo para arreglarse, ¿no? ¿Se tomará el día para ir a la peluquería y comprarse un traje nuevo?  
—No, Bastián, es que Clement me ha pedido el informe que me has ayudado a empezar, pero lo quiere completo y muy detallado. Me ha ordenado entregarle todos los asuntos de este año y tengo que elaborarlo sin tardanza. De cualquier forma, estaré aquí metido y, quizás, ni me dé tiempo de salir a comer. Así que encárgate del asunto y déjame trabajar.
—Le llamaré si encuentro alguna complicación, inspector. Y si quiere le puedo pedir una pizza para que no se muera de hambre.
—Está bien, Bastián, te lo agradezco.
—De nada inspector, para eso estamos los amigos.

Bastián salió de la comisaría. Leblanc miró el archivo enorme que tenía enfrente y suspiró. Abrió unos cajones puso dos pilas de carpetas en el escritorio, dos más en el sofá y tres en el piso. Cogió varios folios y empezó su trabajo. Se concentró en su tarea, disipó algunas dudas relacionadas con algunos casos que le habían dejado una espina en la conciencia y recordó sus éxitos y metidas de pata. Sonrió con amargura, levantó la vista y notó que sus compañeros no sólo no hacían ruido, sino que se habían salido con disimulo, quedaban dos eternos adictos al trabajo que nunca se dirigían a él y ni siquiera recordaba sus nombres. Es increíble—pensó—llevamos unos años juntos y sólo sé sus apodos. Tendré que preguntarle sus nombres a Bastián. Estaba pensando en la forma de no llamar su atención para no tener que hablarles y en ese instante llegó el chico de las pizzas. Decidió que lo mejor que podía hacer era invitarles un trozo, pero en cuanto lo hizo se negaron y reinó el silencio de nuevo. Leblanc comió agachado intentando no chasquear mucho la boca, luego se levantó por un café y cuando volvió ya no encontró a nadie. Se sentó de nuevo, estiró las piernas, se desabrochó el cinturón y siguió con su trabajo. Terminó cerca de las ocho y como no lo llamó Bastián, salió dejando en su gaveta el informe casi terminado. En su casa se acordó de su primo Jean Claude y lo llamó al hotel, pero le dijeron que no se encontraba. No terminó de ver un programa de televisión en el que alargaban, con cortes comerciales, el caso de una mujer que había planeado mal el asesinato de su amante y la habían descubierto. Se metió a la cama y leyó el desenlace del libro de James Ellroy que lo tenía enganchado.

Al día siguiente se presentó en la oficina y habló con Fouché para aclarar algunos detalles del trabajo y de la velada que tendrían por la tarde, luego salió a tomar un café y se fue a su casa para ponerse ropa presentable. Sacó un traje que había usado sólo en dos ocasiones y se asombró de que todavía le quedara bien. Le alegró saber que esa imagen, que tenía de si mismo de hombre mofletudo, era falsa y en realidad estaba en buena forma. Se recortó el bigote con esmero, se peinó y se fue a la casa de Fouché en la Rue Gutemberg. El matrimonio vivía en una primera planta y tenían la ventaja de que la parte trasera del edificio daba a una plaza bastante grande donde se podían organizar eventos al aire libre. Lo recibió la señora Marie, la ama de llaves, que lo trató como si fuera uno de los invitados y no como a uno de los empleados de Clement. Le ofrecieron champagne y trató de perderse entre la gente para conversar con alguien mientras lo encontraba Fouché. La espera se prolongó casi media hora. Clement lo llamó y le presentó Gerard Foucault. Mantuvieron una conversación corta y el ministro, después de hacer unas cuantas preguntas superficiales, dejó a Leblanc con el resumen completo de su trabajo sin iniciar. Se desanimó y cuando se disponía a probar los platillos que tenían para la ocasión, se le acercó Fouché para decirle que había cumplido bien su cometido, que lo esperaría al día siguiente en la oficina y que podía irse cuando le apeteciera. Theophile no se sentía muy a gusto, se bebió una copa más y probó unos canapés. Sin despedirse de nadie se salió. Cogió un taxi y por el camino se dio cuenta de que estaba cerca del hotel de su primo. Por el efecto del alcohol se decidió a darle una sorpresa. Llegó a la administración y preguntó si podía comunicarse con Jean Claude, pero le dijeron que se había ido de allí y que le había dejado una carta. Leblanc cogió el sobre y, al sentir la mirada curiosa de la chica que lo atendía, se lo metió en el bolsillo y se marchó. En su casa sacó una botella de coñac y se sirvió una copa, luego otra y después de media botella se quedó dormido. Despertó cerca de las dos de la madrugada, se desvistió y se metió en la cama. Llevaba una semana un poco desordenada y con retrasos en el trabajo. Se levantó otra vez tarde, se duchó y se fue a la comisaría. Iba entrando al baño cuando se encontró a Bastián.

—Hola, Bastián, supongo que todo va muy bien y por eso no me has molestado, ¿verdad?
—Bueno, inspector, tanto como bien, no puedo afirmarlo, pero he podido investigar todo lo que necesitamos. ¿Quiere que le cuente…? —Leblanc le indicó que no se podría concentrar mientras orinaba y que sería más apropiado hablar en la oficina.
Llegaron a su escritorio y se sentaron. Leblanc vio a sus dos compañeros de al lado y quiso preguntarle a Bastián por sus nombres, pero su ayudante no se lo permitió.
—Inspector, según el informe del forense, la mujer murió por los golpes que le propinaron y una sobre dosis de anti coagulante, pero eso ya lo debe saber. Lo que ignora es que dentro del vientre le encontraron una jeringa con una nota. Mire—le extendió una fotografía y Leblanc la cogió.
—Este mensaje lo aclara todo, Bastián.
—Sí, inspector, se trata de una venganza.
—¿Sospechas de alguien?
—Ese es el problema, inspector. Para que entienda la situación le voy a explicar los detalles. Primero, la señorita Anna Cloutier estuvo presa en América por el asesinato de unos niños en una casa de maternidad del estado de Saint Louise, después, cuando cumplió su condena y salió por su buena conducta decidió desaparecer, por eso vino a Francia a rehacer su vida, encontró trabajo de dependienta a media jornada y se estableció en la Rue Henri Moisson donde le rentaban una habitación, pero vivía sola en el pequeño piso, tenía allí unos seis meses y por lo regular pasaba bastante tiempo en la Iglesia Protestante Americana de París que está a dos pasos de su casa. No tenía amigos, era muy introvertida y en su trabajo era puntual y amable. Para terminar, la última vez que la vieron estaba un poco nerviosa, una de las vecinas dice que se lo comentó, no de forma muy clara porque sus palabras fueron las siguientes: “Algún día me lo cobrará´”. La vecina dijo que pensó que se refería a algo relacionado con la religión y, como asistía mucho al templo, se imaginó que se trataría de un pecado o algo así.
—Y vaya que tenía un pecado, Bastián, pero sospechamos que esa frase tiene otro significado, ¿verdad?
—Por supuesto, inspector, ella tenía un temor más terrenal.
—¿Te refieres al hombre que vio otra de las vecinas de la Rue Henri Moisson?
—Sí, exactamente, lo único que no sé es dónde podremos encontrarlo.
—Eso no será tan difícil porque si pensamos en las personas que tendrían un móvil para asesinarla, ya tenemos el que dejó esta nota. “Quedamos en paz, enfermera Cloutier. Ojo por ojo…s”.
—Bastián, ¿tú sabes de caligrafía o grafo-patología? ¿podrías decir qué persona escribiría así?
—¿Se está burlando, inspector? Bien sabe que ese era uno de los requisitos que me pidió para trabajar con usted.
—Bueno, entonces, antes de que me digas qué tipo de persona escribió la nota que le encontraron a la señora Cloutier, dime las características morfo-psico-lógicas del asesino.
—Mire, inspector, según dice la señora Amelie, con quien habló usted, el hombre tiene un mentón muy amplio, la nariz gruesa y los pómulos muy pronunciados, el contorno de la cara abollado, por eso sería un hombre afectivo, pero con malos instintos e irritable, además sería una persona con dificultades para empatizar con su entorno. No sé si eso podría coincidir, pero de ser cierto, el asesino tendrá una profesión que no requiera mucho la comunicación con la gente. Lo que si sabemos es que es calculador e inteligente.
—Bien, descartemos las de abogado, profesor, doctor…
—Espere, podría ser un cirujano, ¿no?
—Sí, Bastián, pero de serlo, habría dejado algún rastro y no lo hizo.
—Pues, el que dejara una jeringa dentro del vientre indica que lo era o ¿no?
—No, Bastián, eso fue sólo para explicar la razón de…!Espera! ¿Cómo ejecutaba esa mujer a sus víctimas?
—Lo que sabemos del informe que nos han dado es que inyectaba niños con sustancias toxicas y a los pocos días fallecían. Nadie sospechó nada, hasta que alguien declaró que había muerto su bebé en condiciones anormales, se buscó la causa y salió a relucir el peine. Lo único malo fue que en el momento en que se descubrió el pastel, ya habían sufrido unas veinte parejas de padres.
—Bueno, Bastián, pues ya tenemos claro lo que hay que buscar. Primero, los nombres de todos esos padres, luego, investigar quién de ellos pudo hacer un viaje hasta aquí para buscarla y, por último, apresurarnos para que no se nos escape. Quizás ya sea bastante tarde.

Leblanc propuso que Bastián se ocupara de los detalles y se fue al piso de la señora Cloutier para fisgonear entre sus pertenencias. Cuando llegó, sintió el olor de la madera rancia de las ventanas y ventiló la habitación. Se puso a buscar en los cajones. La ex presidiaria tenía muy poca ropa, conservaba un uniforme de enfermera muy amarillento. Tenía un maletín de los que usaban los doctores en los años setenta. Había algunas fotografías, gracias a las cuales, se deducía que era una mujer soltera y que no había tenido muchos encuentros con hombres. No era una mujer muy femenina, incluso de joven parecía un muchacho duro con gesto amenazador, aunque algo suavizaba esa expresión. Tal vez fuera una sentimental mirada que, en lugar de provocar temor, despertaba la compasión en las personas que la trataban. Leblanc escarbó en el armario y la cómoda y encontró ropa interior, zapatos de tacón bajo, faldas, blusas y otras prendas de mujer, todos muy pasados de moda. No había nada especial. Leblanc quedó decepcionado y se fue a hablar con Bastián.

—¿Qué tal le ha ido, inspector?
—Mal, Bastián, esa mujer parece que no tenía pertenecías y viajó con lo indispensable. ¿Cuánto tiempo estuvo en la cárcel?
—Mucho, inspector, veinticinco años.
—Sí, tienes razón, es mucho tiempo. Sin embargo, le rebajaron mucho la condena, ¿no? ¿Estaba enferma?
—No, inspector, gozaba de buena salud y no era una anciana.
—¿Has investigado algo sobre el sospechoso?
—Según nos han informado de la embajada, estos últimos meses el turismo americano ha subido. Lo que tendríamos que hacer sería investigar, si entre todos los viajeros hay alguno que haya perdido a su hijo hace veinticinco años. He pensado que podríamos pedir los nombres de los padres de las víctimas al gobierno americano y encontrar al culpable.
—Pero ¿no sería mejor optar por lo sano y dejar de caminar como cangrejos?
—¿Qué quiere decir con eso, inspector?
—Mira, Bastián, tenemos un sospechoso, es americano, sin duda, debió hacer el trabajito y largarse. Por lo tanto, hay que investigar qué hombre de unos cincuenta o sesenta años ha salido de París hacia EEUU en estos días. Pregunta en el ministerio por los visados y seguro que lo encuentras. Hazlo ya para que podamos avisarle al gobierno americano u otros, si es que ha decidido exiliarse a otro territorio, cosa que dudo mucho.

Bastián se despidió y Leblanc se fue a dar un paseo para despejar la cabeza. Pensó sobre las razones que tendría Anna Cloutier para asesinar bebes en una clínica. La juzgó como criminalista y lo primero que le llegó a la cabeza fue que era una insensible, como todos los asesinos en serie, más parecida a un reptil que a un humano. Se acordó del caso de Chicatilo y sintió una fuerte náusea. Luego, pensó que tal vez la mujer tendría un trauma de la infancia y la imagen de los recién nacidos le producía odio, quizás había abortado alguna vez o, había sufrido de abusos sexuales o, tenía complejos raciales. Se le fueron amontonando las ideas en la cabeza y no sacó nada en claro. Tuvo el impulso de ir a consultar en los periódicos todos los casos de enfermeras asesinas, pero desistió de inmediato y al ver a una joven de pelo castaño, piernas delgadas y ojos verdes, su imaginación voló y retrocedió en el tiempo. Se imaginó su único, pero inolvidable paseo por El Sena de la mano de Clarice. Sintió otra vez el sol tibio, una mano delicada y sudorosa, recordó su copete alborotado por el viento y su bigote floreciente. Unos tiernos labios lo volvieron a besar y se quedó parado mirando el horizonte como si fuera la pantalla de un cine al aire libre. De pronto, una paloma le trajo otro recuerdo más fresco. Se dio un golpe en la frente y se fue a su casa a leer la carta de Jean Claude.
No pudo dormir en toda la noche. Había leído la breve carta de su primo. La información era clara, cada frase servía de fundamento para hacer razonamientos alternos que explicaban más cosas de las que decía el texto. Leblanc maldijo otra vez su trabajo y decidió que renunciaría en la primera oportunidad. No le importaba su futuro, ni la pensión, lo único que le importaba era que la vida dejara de burlarse de él. Theophile supo que Jean había radicado en Saint Louise en el estado de Misuri y que se había casado allí, antes de que le sucediera una tragedia, después se había conseguido un nuevo empleo en Nueva York, había tenido dos hijos, los había educado y se había retirado con una buena suma de dinero que amasó gracias a una importante empresa de construcción. El descanso y el ocio le permitieron relajarse un poco, pero no tuvo la tranquilidad deseada porque se le despertó un deseo corrosivo de desquite contra el que no pudo luchar.

—Buenos, días, inspector.
—¿Qué tal Bastián?
—Bien, inspector, he avanzado mucho en el caso, pero las noticias son muy malas.
—Sí, Bastián, me lo imagino. No he podido dormir por estar pensando en eso. Seguro que ya lo sabes, ¿no?
—Sí, inspector y lo asombroso es que teníamos todas las pistas enfrente de nosotros. ¿Recuerda lo del pájaro rojo en una rama?
—Sí, resulta que un día que estábamos en un bar, en la tele había un partido de béisbol y los jugadores traían ese logotipo en el pecho. Lo recordé ayer.
—Y, ¿lo demás, inspector?
—Ayer comparé la caligrafía y no hay duda, es él.
—Lo siento mucho, inspector, ¿qué vamos a hacer?
—No sé, Bastián, la vida es jodida, pero esas cosas sólo pasan en las novelas. Nosotros estamos en la vida real y me parte que sucedan cosas así. ¿Tú que harías?
—Yo usaría su estilo, inspector.
—¿Mi estilo?
—Sí, sí, lo resolvería con este dicho: “Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”.
—¿Lo dices en serio?
—¡Claro que sí!
—Eres la perdición, Bastián.
—No se enfade y mejor invíteme a comer ese pescado a la Marsellesa que le gusta tanto.
—Bueno. Allons enfants de la patrie...