miércoles, 18 de noviembre de 2020

El castigo de un crimen

Jack se quedó viendo las olas del mar. Levantó la cabeza para mirar la lejanía del horizonte y no puso atención en las gaviotas que revoloteaban disputándose unos peces o comida abandonada por los turistas. Estaba muy concentrado. Repasó detenidamente todo lo que había hecho hasta ese momento. Su plan había sido todo un éxito y ahora ya podía respirar más tranquilo. No, no, de ninguna manera eso significaba que se relajaría y se entregaría a la vida que siempre había deseado, más bien empezaría a surcar la nueva ruta de su existencia con pies de plomo, pero sin la enorme carga de Helen. Respiró profundamente y formó su rompecabezas colocando las piezas de su coartada. Lo había hecho muchas veces y todo se había amoldado a su deseo. Ni siquiera los pocos imprevistos le habían obligado a disminuir o aumentar las piezas, el mecanismo era perfecto. Todo encajaba en su sitio. Hinchó el pecho y exhaló con fuerza, como si quisiera que su soplido alejara su pasado para siempre. En unas cuantas semanas, se dijo a sí mismo, podré vivir mi día a día con toda libertad y haré lo que se me pegue la gana. Una cosa sí que recordaré siempre. Jamás volveré a encandilarme con ninguna mujer. Las conquistaré, pasaré el rato con ellas y las despacharé antes de que se me monten del cuello. Para Helen habría sido mejor entenderlo, pero se aferró a sus principios. ¿Y de qué le sirvió? Ahora está allí lejos, muy lejos de mí y de mi vida. ¡Gracias a dios! ¡Qué en paz descanse!

Se fue tranquilo caminando como un adolescente que ha encontrado alguna motivación en la vida, con ese andar saltarín característico de la juventud. Se subió a su coche y se fue bordeando la costa. Llegó a su casa en quince minutos. La vistosa construcción por la que había pagado bastante dinero era muy moderna. Se había elevado el precio en esa zona y no pudo renunciar al contrato que había firmado. Merecía la pena estar en esa parte de la ciudad. Era tranquila. Los vecinos eran muy cordiales y estaban tan ocupados que se veían pocas veces. Entró y se dirigió al baño. El calor le había dejado el cuerpo con una capa salada. Se sirvió un poco de vino y puso música clásica. No le gustaban las óperas completas, pero le fascinaban las arias. Escuchaba sin parar La Casta Diva, La reina de la noche, Nessun Dorma, Brindisi y Nabuco, entre otras. Les decía a sus empleados que se le ponía la carne de gallina al escuchar esas voces que llegaban hasta lo más profundo de su corazón. Sus conocidos lo tenían por un vanidoso impertinente que trataba de ocultar sus defectos e incapacidad para comunicarse con la gente mostrando una máscara de falsa elegancia. No tenía muchos enemigos, pero sus más allegados conocidos le hablaban por alguna necesidad. Tenía talento para los negocios, pero le faltaba mucha inteligencia emocional. Había quien pensaba que era un reptil porque no se inmutaba ante el sufrimiento humano. Podía despedir a sus empleados sin ni siquiera escuchar sus ruegos y disculpas. En esos momentos permanecía como una estatua, pero su apariencia era la de un ser inmensamente despreciable. Trabajaba bastante y se encerraba en su estudio por muchas horas. Salía poseído por una idea exitosa para manejar las finanzas y hasta que no lograba su objetivo no se detenía. Al término de su explosión de adrenalina quedaba flácido, sin fuerzas y con la impetuosa necesidad de aislarse.

Pasaron los días y Jack se fue acostumbrando a su nueva situación. Trabajaba más y se sentía liberado del grillete que lo había mantenido preso e imposibilitado por algunos años. Disfrutaba más las comidas y se permitía los platillos más predilectos. Comía caviar y tomaba champagne caro. Los fines de semana se iba a sitios de prestigio en los que se respetaba la privacidad de los clientes y se desbordaba en los cuerpos de preciosas mujeres que solo se podían permitir tipos con bastante dinero. Le gustaba en especial una mujer joven de origen ucraniano. Era todo lo contrario de su esposa Helen y con ella podía conversar a sus anchas. Era asombroso como esa joven conjuntaba cualidades tan opuestas. La belleza y una muy envidiable inteligencia. Podía hablar de literatura, arte y política sin problema. Usaba un léxico especializado y Jack la oía una hora entera sin contradecirla después de que hacían el amor. Quizás había cometido su pecado para unirse a ella. La idea le llegó exactamente ese día que volvió de la playa. Libre del yugo podía adquirir a una modelo para que le hiciera compañía. Podría cubrir todos los gastos y cuando se hartara de ella, la podría devolver sin compromiso alguno. Habló con la matrona que se lo comunicó a los representantes de la organización delictiva que dominaba en la ciudad la trata de blancas. Costó bastante, pero era el primer capricho que se daba en su nueva condición de viudo. Le puso un departamento y comenzó a visitarla dos veces por semana.

Las cosas iban bien y en su calendario de registros había un retraso. Había calculado que después de un mes debería empezar activamente la búsqueda de su esposa. El terremoto había sido muy fuerte y no había réplicas. Por lo regular, su mujer se desaparecía unas semanas cuando tenían desavenencias en la casa. Jack al principio le rogaba que no se fuera y que recapacitara, pero como los enfados se repetían con regularidad, Jack decidió dejarla ir y esperar su regreso sin molestarla ni apresurarla para que volviera. Era precisamente esa situación la que le había permitido llevar a cabo su plan. Siguió con su rutina habitual, pero no bajó en ningún momento la guardia. Hizo bien porque de haber estado desprevenido el día de la aparición del inspector Ernest King en su oficina, no habría podido responder a las preguntas.

—¿Es usted el señor Jack Silveti? —le preguntó el detective.

—Sí ¿dígame en qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes. Soy el investigador privado Ernest King y me gustaría hacerle unas preguntas.

—Sí, inspector. Dígame ¿qué se le ofrece?

—Es sobre su esposa Helen. ¿Hace cuánto que no la ve?

—Pues, casi un mes o algo así.

—Y ¿no le preocupa?

—No. Claro que no. ¿Por qué tendría que preocuparme?

—Pues, es que ha desaparecido misteriosamente y nadie sabe qué le sucedió.

—Eso es extraño señor inspector porque yo la hacía en casa de mi suegra.

—Lamento informarle que fue precisamente la señora Margaret quien me ha enviado a buscarla.

—Eso es muy raro porque Helen tenía la costumbre de irse a ver a su madre cuando nos enfadábamos y como yo rompí relaciones con esa familia hace tiempo, lo único que hacía era esperar a que se le pasara el berrinche a mi mujer y volviera a la casa como si nada hubiera pasado. He de confesarle que vivíamos como extraños.

—Y ¿por qué no se divorciaron?

—Por ella, señor inspector. Se lo propuse muchas veces, pero Helen me reprochaba haberle estropeado la vida y se empeñaba en permanecer en la casa para recordármelo. Sé que eso suena muy infantil y que las personas adultas no hacen eso, pero ya ve, nadie se salva de cometer estupideces.

—En eso tiene razón. Bueno, perdone la molestia. Le dejo mi número de teléfono por si ella vuelve. Que tenga un buen día, señor Silveti.

—Lo mismo le deseo, inspector.

El inspector salió del edificio. Pensó que se enfrentaría a un tipo calculador y frío. “Ese cabrón sabe que, si no encontramos el cuerpo de Helen, no tendremos manera de atraparlo”. Siguió detrás de sus ideas como si fueran el hilo de Ariadna que lo sacaría del laberinto en el que se encontraba. Sabía que, en efecto, Jack había dicho la verdad, sin embargo, había todo un mes en el que nadie había visto a la mujer. Era muy posible que hubiera muerto el día que se disponía a ir a casa de su madre. Antes de entablar conversación con Jack, King le había preguntado al personal sobre los hábitos de su jefe. Supo que las riñas con su mujer eran frecuentes, que él no les daba importancia y se dedicaba a su trabajo. Había ocasiones en las que, incluso, dormía en la oficina. También hacía viajes o se desconectaba del mundo los fines de semana. Ernest comenzó a hacerse preguntas sobre el carácter de un tipo así. ¿Qué lo había llevado a casarse con Helen? ¿Por qué habían empezado sus riñas? ¿Qué hacía para desahogar su odio contra la mujer que tenía en su casa y no le servía ni de amante ni concubina ni prostituta ni nada? Era evidente que había planeado su desaparición. Empezó a rondar la casa y la oficina. Pronto encontró el departamento en el que se reunía con su amante.

Ella le contó toda la verdad. Se habían conocido en un burdel de lujo. Lilia se había liberado del yugo de sus extorsionadores gracias a un pago en efectivo que había realizado el ejecutivo. Le había puesto el departamento y se encontraban dos veces por semana. Él le depositaba dinero en su tarjeta y ella vivía sin llamar mucho la atención. No podía decir que Jack era el hombre con el que a ella le habría gustado pasar el resto de su vida, pero estaba en deuda con él y las cosas iban bien. Ella lo complacía y él le brindaba seguridad. Tenían poco tiempo de estar juntos, pero su relación había empezado hacía un año y medio. En ese período ella solo se había enterado de la existencia de Helen, pero ni siquiera sabía cuál era su aspecto. “Él nunca habla de ella señor inspector. No se queja de ella ni me dice si la quiere o no. Además, a mí su vida personal no me interesa. Lo que sé de él es suficiente para mí”. Estaba claro que el maldito Jack era un cofre cerrado con llave. Un ejecutivo talentoso, excelente en los negocios, repelente a cualquier contacto fraternal y audaz. La partida iba a ser muy dura. Jack había empezado con una tirada inocente, pero detrás de ella estaba todo bien organizado. Tendría que ser muy paciente y analizar con calma cada una de las posibilidades de sus hipótesis. Había por el momento un posible móvil. Jack detestaba a su mujer y la engañaba visitando un burdel. Se había enamorado de Lilia y la había apartado para su propio gusto. Helen era un obstáculo, a pesar de que Jack aseguraba que entre ella y él ya no había nada. Tenía que investigar todo sobre su relación.

No tardó mucho en saber que el matrimonio había sido por interés. Helen era ambiciosa y sabía que su futuro marido le daría el estatus que deseaba. Su condición no era de pobre, ni siquiera clasemediera, pero Jack se desenvolvía en terrenos para ella inalcanzables, fue por eso que mostró interés y pasión al principio, pero después de la boda las cosas se fueron enfriando. Helen sabía que tenía asegurado su futuro y el divorcio sería muy bien compensado. Jack rompió muy pronto la relación con sus nuevos parientes. Le parecieron demasiado tontos e insensatos. Sobre todo, la madre, Margaret, que era demasiado caprichosa y mal educada. Paul le pareció un viejo sometido a la voluntad de su arpía mujer. Había otra cosa que despertaba el optimismo, pues se enteró de que Helen tenía un amante con quien tenía sus encuentros amorosos. Eso significaba que lo que había dicho Jack sobre las visitas de su mujer a la casa de su suegra eran una vil mentira y él lo sabía, pero había fingido ignorancia para mejorar su situación y no parecer sospechoso. El encuentro con Salvador, así se llamaba el latín lover de Helen fue poco productivo. El mulato de origen cubano le confesó que él solo le proporcionaba placer a la gélida Helen. No hablaba mucho de su vida personal y prefería que su amigo le contara cosas sobre su preciosa isla. El día que Helen había desaparecido tenían cita, pero ella no llegó. No era la primera vez. En ocasiones tenía la amabilidad de llamar y disculparse por el inconveniente, pero por lo regular no lo hacía y le compensaba con jugosas gratificaciones sus faltas. No se había preocupado en absoluto por su ausencia porque tenía otras clientas y no prescindía de la ricachona Helen. “Sabía que algún día se hartaría un poco de mí y se alejaría, inspector, por eso ni siquiera sospeché nada de su ausencia. Pensé que estaría dándose tiempo para echarme de menos un poco y volver”. Ernest comprendió la situación y supuso que Helen quería evitar problemas, por eso evitaba relacionarse con alguien que la pudiera comprometer en público.

Jack se acostumbró a su nueva vida. Tenía un aspecto más tranquilo y relajado. Ya no parecía un lobo en busca de su presa y pasaba más tiempo en la cancha de tenis, en la sauna y con su amante. Se había informado sobre el inspector. Le sorprendió mucho que se hubiera retirado tan pronto del departamento de policía para trabajar por su cuenta. Lo estudió con mucho cuidado y al reconstruir su personalidad comprendió que los unían muchas cosas. Tenían un carácter muy similar y eran buenos estrategas. “Un contrincante a la altura, ¿eh? —se dijo alegre mirándose al espejo —Enhorabuena señora Margaret”. El fin de semana fue muy tranquilo y dejó a Lilia con la promesa de llevarla a dar una vuelta por la playa.   

Ernest King descubrió que Jack era propietario de un hermoso yate. No era muy grande, pero era una buena embarcación. Ya tenía todo el cuadro del crimen ante sus ojos. Jack había sorprendido a su esposa cuando iba a visitar a Salvador. Le dijo que podrían llegar a un acuerdo. La convenció de subir a la embarcación y en medio del mar la mató y se la tiró a los tiburones. Sin cadáver no hay delito—genial señor Jack lo ha hecho como está escrito en los manuales—. No obstante, debería saber que si hay testigos y encontramos el arma o alguna circunstancia que nos lleve a desenredar este acertijo, usted irá a la cárcel. Deme tiempo y ya lo verá.

Ernest llegó al embarcadero cuando Jack estaba preparándose para zarpar. Con él estaba Lilia que lo saludó con amabilidad. Jack supo de inmediato que el inspector ya había fisgoneado en su vida amorosa y que sospechaba que él había tirado a su mujer en el mar.

—¿Qué lo trae por aquí inspector?

—Buenos días, Jack, No quisiera estropearle el día. Veo que está a punto de dar un agradable paseo con su amiga y no me gustaría robarle mucho tiempo. Le voy a pedir que me deje ver su yate. ¿Me permite?

—Oh, no se preocupe. Si quiere puede unirse a nosotros. Queríamos dar solo una vuelta.

—No, muchas gracias solo deseo echar un vistazo en el interior. ¿Sabe? Siempre soñé con tener uno, pero mi carrera de policía y mi sueldo jamás me lo permitieron.

—Bueno, pero ahora que lleva asuntos tan importantes, seguro que pronto estará en condiciones de adquirir uno.

—¡Que más quisiera! Lo malo es que no sé nada de navegación.

—Bueno, venga aquí y mire lo que quiera.

Ernest subió con cuidado y pidió permiso para entrar a la escotilla. Era amplia y estaba decorada con buen gusto. Tenía un diván, una estantería y una cocina muy práctica. Ernest se interesó por el mobiliario, las ventanas y las normas de seguridad. Comprobó que hubiera extintor y algunas herramientas. Cuando vio que había un hacha preguntó por su uso y si no había sido ese objeto con el que le habían dado muerte a Helen.

—Me ofende usted, inspector, puede llevársela y buscar mis huellas si lo desea. Faltaría más.

—Perdone si eso le ha ofendido, Jack. Uno como inspector se ve en situaciones muy desagradables. No, no hace falta que me la dé. Bueno, creo que le he importunado innecesariamente, así que lo mejor que puedo hacer es retirarme y desearle un buen día. Hasta pronto y que tenga un buen paseo. 

El inspector se alejó. Pronto se puso en marcha “La Sirena” y se fue alejando con un ruido suave. Ernest hizo un recuento de las cosas que había visto. Se imaginó el asesinato y decidió que no era nada plausible y que faltaban cabos por atar. No excluía la posibilidad de que Helen hubiera muerto en tierra y se encontrara en otro sitio. Tenía que reconstruir el caso por otra ruta.

Jack volvió de su paseo feliz. Sabía a ciencia cierta que estaba fuera de peligro. Estaba tan emocionado que se pasó dos días en la cama de Lilia. La sacó a pasear y le hizo regalos caros. Luego se dedicó a sus cosas y llevó un tren de vida muy activo. Había recibido un fuerte impulso para seguir con sus planes. La única molestia que tuvo que afrontar fue una acusación de su suegra. Fue citado a juicio, pero alcanzó fianza y lo dejaron en libertad con la condición de que no abandonara el país en un año. Estaba por terminarse el plazo. Jack ya tenía elegido su lugar de residencia. Se iría a una isla del caribe y pasaría allí unos años. Ya había elegido una casa y sabía qué tipo de negocios podría manejar desde su paradisiaco hogar. Lilia ya no estaba con él y sus jefes le habían permitido irse.

 Una mañana de domingo pareció una noticia en el diario. Habían hallado un cadáver en alto grado de descomposición. Se encontraba enterrado entre unas rocas en la costa a una distancia considerable del embarcadero. Lo había descubierto el perro de un pescador. No se sabía a quien pertenecía el cuerpo y se había comenzado la investigación. Jack y Ernest estaban en sitios muy distintos, pero leyeron la información al mismo tiempo. Comenzó una carrera a contra reloj. Jack calculó los días que se tardarían las pesquisas y decidió que podría con facilidad esconderse. Ernest hizo un calculó con la cabeza más fría y dejó que su presa emprendiera la marcha. La cacería había comenzado.

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

La hermosa villana

Mi caso es el de aquellas chicas que fueron descubiertas en una cafetería por casualidad. Suena a cliché, pero fue así en realidad. Estaba cubriendo el horario de mi compañera Annie que se había enfermado y llegó un hombre trajeado. Se notaba de inmediato que era influyente. Su forma de mirar, de pedir el menú y conversar lo delataban por más que se esforzara en ocultarlo. Además, sus manos estaban muy bien cuidadas, llevaba un anillo de oro con una gran piedra y un reloj de muy buena marca. Se quitó el sombrero y el abrigo al entrar, vio un sitio vacío y se sentó. Me acerqué y le di el menú. Me miró con curiosidad y mientras atendía a los demás clientes sentí su mirada pegada a mi espalda. Era como un cosquilleo muy persistente en la nuca. Le pregunté tres veces si ya había decidido lo que quería tomar, pero estaba poniendo a prueba mi paciencia. No podía reñirle o tratarlo como a los típicos hombres que aparecían por allí para invitarme a salir. Después de varios intentos y, cuando ya había empleado todo mi encanto, se decidió por un café y unos huevos con tocino. Me pidió varias veces servilletas, agua, sal, palillos y cualquier cosa que le pudiera ofrecer una excusa para llamarme. Terminó de comer y después me preguntó mi nombre, dijo que no le gustaba, que era demasiado alemán. “Ya hay una Dietrich, una Hagen y una Bergman, así que te tendrás que cambiarte el nombre, querida—lo dijo como si fuera un director de cine que va a elegir su reparto—. ¿Qué te parece Diana Lange? No está mal, ¿no?”. Le sonreí cortésmente y me encogí de hombros. Le entregué su cuenta y me retiré. Cuando volví a cobrarle ya estaba de pie. Era bastante alto y me preguntó por el dueño. Le dije que estaba en su oficina al lado de los baños. Se fue directamente a verlo y diez minutos más tarde me ordenó que me quitara el uniforme, que fuera por mis cosas y me despidiera de mis amigas. Me fui a cambiar y me choqué con el dueño.

Enhorabuena, dijo muy alegre, te has ganado la lotería, Catherine. No sabía en ese momento a qué se refería y tampoco tenía mucho deseo de investigarlo porque el tipo no me caía bien y si trabajaba en su establecimiento era por la gran necesidad que tenía de hacerlo. Cuando volví con mis cosas el hombre rico se presentó y me dijo que le indicara el camino a mi casa. Le contesté que alquilaba un piso con una compañera. Me llevó hasta mi dirección y saqué mis cosas. Me había dado su tarjeta y me mostró un periódico reciente en el que salía su nombre. Nunca lo había visto porque no me interesaban los directores de cine. Veía las películas y si me gustaban recordaba el reparto, pero nada más. Ese día cambió mi vida por completo y pensé que, por fin, la suerte iba a sonreírme. Lo que no sabía era que mi destino, ya torcido desde la adolescencia, llevaba al mismísimo infierno. Una especie de círculos dantescos e infernales.

Mi padre nos abandonó un poco después de que cumplí los trece años. Ya no pudo soportar la infidelidad de mi madre y su frivolidad. Era, en cierto grado una ninfómana, pero su mal, más que físico, era mental. Siempre he pensado que ella buscaba a los hombres para que la humillaran, era masoquista y deseaba que su cuerpo sufriera como si esa fuera la penitencia por haber nacido. Quizá estaba inconforme con su feminidad y ese era su modo de vengarse. Muchos hombres entraron en la casa. Le daban un poco de dinero y hacían con ella lo que se les antojaba. A mis quince años me sentía con la necesidad de huir, pero vi tan mal a mi madre que pensé: “Si la dejo ahora, se morirá y cargaré con ella el resto de mi vida”. Hice mal en no largarme porque se le ocurrió la idea de alquilar una habitación. La casa era pequeña y tenía dos pisos. Había un estudio en la planta baja que mi padre siempre había usado para descansar y leer. Mi madre lo puso en alquiler.  Muy pronto apareció tipo que trabajaba de obrero. Tenía un gesto raro que no se podía definir a primera vista y no estaba claro si era por una dolencia física o tenía dentro algo monstruoso. Era lo segundo, pero lo descubrí muy tarde.

Las primeras semanas se comportó bien, pero cuando llegó el cumpleaños de mi madre le entregó un regalo caro, la embriagó y le dijo que se quería juntar con ella. Le prometió bienestar, seguridad y diversión en la cama. Como mi madre no trabajaba, aceptó y comenzó a beber más de lo habitual. Se caía en el salón por la embriagues y se quedaba tumbada en el diván. Joseph la encontraba así, la levantaba en vilo y la metía en la cama. Jamás me atreví a asomarme y ver qué era lo que hacía cuando mi madre en su delirio le gritaba e insultaba. No podía soportarlo más y decidí marcharme. No tuve tiempo de hacerlo cuando debía porque el fin de semana que estaba preparando mi huida llegó Joseph muy de madrugada y se metió en mi habitación. No estaba tan borracho. Me desperté y lo vi horrible. La luz de la luna le daba en pleno rostro y su sonrisa de dientes torcidos era macabra. Me tapó la boca y me hizo infinidad de porquerías. Me tuvo atada dos días y descargó toda su escoria sobre mí. No deseo contar con detalles lo sucedido, pero cualquier mujer queda destrozada después de una experiencia así. Me escapé de milagro y fui a denunciarlo. La policía lo interrogó e incluso lo metieron en una celda, pero lo dejaron ir por falta de pruebas. Estaba tan herida y ultrajada que me prometí matarlo algún día.

Abandoné la ciudad y comencé a trabajar de camarera. Trataba de evitar el contacto con los hombres y cada vez que recordaba lo sucedido en mi casa o veía un sueño que se relacionara con eso, me asaltaba el pánico y me quedaba tiesa por mucho tiempo. Pensé que la única forma de acabar con mi mal, era vengarme, sacarme esos demonios del interior, y así lo hice. Reuní un poco de dinero y conseguí un arma. Era una pistola vieja y medio oxidada, pero disparaba bien. Me la consiguió un viejo solitario que tenía una tienda de antigüedades. No tiene valor como antigüedad, pero dispara, dijo mirándome con ojos de cómplice. Me la dejó por unos cuantos dólares. Incluso me llevó a un descampado y me enseñó a usarla. Me fui decidida a dispararle a quema ropa al maldito Joseph. Él ya no vivía en mi casa. Mi madre estaba muy demacrada y seguía encontrándose con los tíos, tenía muy mal aspecto y en mis tres años de ausencia se había convertido en un esqueleto. Una tarde fui a la fábrica y esperé a que saliera mi víctima. Lo seguí hasta su nueva casa. Vivía solo en un cuchitril. Esperé a que llegara el viernes y lo dejé que se emborrachara en un bar. Salió cerca de la madrugada, se fue por una calle mal iluminada y lo seguí. Me le enfrenté y cuando me vio se rió con sarcasmo. Se apoyó en una pared y comenzó a burlarse de mí. Le apunté a la cara y disparé. Fue horrible. Ver su sangre saltar por todos lados y mirar su rostro desfigurado no me liberó de mis problemas, al contrario, hizo que la zanja fuera más profunda en mi alma.

Pasó el tiempo y logré ocultar mis traumas, mas no superarlos. Jerome Adams apareció en un momento muy certero. Tenía la cabeza tranquila cuando me encontró y hasta pensé que con un hombre así, podría superar mis fobias. Lo malo es que a él no le interesaba como mujer, sino como actriz. Me dijo que tenía una combinación de niña inocente y demoniaca que me serviría para ser una estrella. “En las películas de suspenso serás La Diva del crimen, te lo juro”. Pagó el alquiler por seis meses y le dio dinero a mi compañera de cuarto, subió mis maletas al coche y nos marchamos. Hicimos tres horas hasta la ciudad. Jerome me condujo a los estudios. Ya tenía un lugar selecto en la comunidad cinematográfica. Toda la gente lo saludaba. Era agradable y muy comunicativo. Tenía una forma muy especial de inclinar la cabeza y quitarse el sombrero. Contaba chistes muy graciosos y bromeaba contagiando el buen humor. Solo que en cuanto cogía el altavoz y sonaba la claqueta, se transformaba y podía echar a quien fuera del escenario si no hacía las cosas como las pedía. A mi me dijo que la señora Sara Butler me daría clases de actuación y cuando estuviera preparada me lanzaría al estrellato. Comencé a llevar una vida muy agradable. Todo el tiempo había reuniones en las casas de los famosos. En la semana me dedicaba a interpretar los papeles que me daban para entrenarme y me sentía muy bien. Los viernes por la tarde comenzaba el ajetreo. Es de conocimiento público que no terminé la escuela y que nunca asistí a la universidad, pero para la actuación no lo necesitaba. “El peinado y esa misteriosa mirada son lo único que necesitas para triunfar, muchacha”. Era verdad, lo decían todos y la primera película que hice me lo dejó muy claro. Aunque mi participación era muy breve, el público se fijó en mí. En las fiestas me elogiaban y me animaban a ser la maléfica protagonista en los films de detectives. Con la primera cinta me llegó el éxito.

Creí que la fortuna se haría mi amiga y tendría el mundo a mis pies, pero surgió el adefesio que se había encargado de volver mi alma putrefacta. No podía relacionarme con ninguno de mis pretendientes. Por más que lo intentaba, no podía soportar sus besos y me ponía los pelos de punta que me trataran de desnudar, mi reacción era impredecible y se comenzó a propagar el rumor de que era una gata salvaje a quien no convenía tocar. Me gané el respeto de todos, pero eso me dejó aislada. Mientras estaba en el escenario era una persona como todas, pero una vez que se terminaban los rodajes y volvía a mi camerino sentía que mi cuerpo se llenaba de púas. Las personas se alejaban y nadie quedaba conmigo para salir. En las reuniones se me acercaban por compromiso, pero nadie entablaba amistad o simples conversaciones conmigo. Me fui quedando sola a merced de los monstruos que me acosaban por las noches. Lo más terrible es que pasé de moda muy pronto y me remplazaron por mujeres más altas y con mejor figura. Esa imagen de niñita traviesa dejó de ser un gancho para las malvadas asesinas o amantes fatales y me quedé aislada en mi vivienda. El dinero comenzó a escasear. No tenía muchas deudas, pero lo que poseía no me daba la oportunidad de seguir a flote en esa élite. Conseguí papeles secundarios y bajé de nivel, aunque interpretaba mejor los papeles. Comencé a refugiarme en la bebida para olvidar mi fracaso.

Al principio tomaba unas copas para conciliar el sueño, pero el ocio, el mal humor y la situación económica me hundieron. Me miraba en el espejo y ya no me veía a mí, sino a mi madre. Iba en picado por la misma cuesta. Sabía que no serían los hombres quienes me echarían a la fosa común. No, no eran ellos y jamás podrían hacerlo. Solo el maldito alcohol tenía ese poder fabuloso de engañarme y luego hacerme perder en un laberinto del que salía bañada de vómito, dolor de cabeza y arrugas. Cuando ya no pude soportar el vértigo del descenso me fui a una comisaría y escribí mi confesión. Se abrió el caso y se hizo pública la noticia. Había logrado llevar a la vida real a mis protagonistas. Los reporteros se dieron vuelo escribiendo sobre mi naturaleza oculta. Me calificaron de esquizofrénica, psicópata y asesina serial. Paré aquí en esta celda. Con una condena de reclusión perpetua. No sé si podré resistir mucho. Lo más probable es que una de estas noches no tenga la fuerza suficiente para seguir viviendo y me vaya para siempre.

 

domingo, 1 de noviembre de 2020

El barquero

El sol pegaba muy fuerte y el barquero estaba muy aburrido. Se secaba continuamente con su paliacate. Podía haberse ido a la sombra a descansar, pero un presentimiento se lo impedía. Había oído que unos alemanes se habían hospedado en el pueblo y que les gustaba mucho mirar los alrededores. Tienen que venir, le decía una voz persistente dentro de la cabeza. Los árboles estaban lejos de la orilla y Eleazar sabía que, a su edad, protegerse bajo la sombra de un pirul lo sumiría en un sueño largo, que se le olvidaría todo y ni un tornado lo despertaría. Siguió mirando algunos pájaros que picoteaban el suelo. Pensó en la vida tan tranquila que llevaban esas aves. Dieron las dos de la tarde y se enjuagó la cara y el pelo, miró su bote y comenzó a limpiarlo. No estaba tan sucio, pues casi no había llevado a nadie del otro lado. Las tripas le rugían y pensó que si hubiera sido más joven iría a pedirle a sus conocidos un poco de alimento, pero lo ataba el orgullo. Ya había pasado todas las calamidades de una larga vida y estaba acostumbrado a supervivir. Sintió un soplo de viento fresco y se alegró un poco. Era reconfortante. Se ajustó los pantalones y comenzó a dar vueltas en círculo, vio las aguas del río muy tranquilas, se parecían a unas lentes que hacían borrosas las nubes y el cielo. De pronto oyó un ruido. Dios, qué bondadoso eres, se dijo muy alegre. Se alisó la ropa se acomodó el sombrero y esperó a los turistas. 

Un hombre canoso que hablaba un poco de español le preguntó cuánto les cobraría por cruzarlos a la otra orilla. Con los dedos les mostró la cantidad y le dieron el dinero. Los ayudó a subir y se deshizo en todo tipo de amabilidades. Iban el hombre canoso, su esposa, otra mujer más de edad avanzada y una cincuentona que no terminaba de amoldarse al grupo. Era delgada y muy sería. Llevaba un sombrero de alas muy anchas y unas gafas muy oscuras. Entre las risas y el asombro ante las maravillas de la naturaleza reinaba un aíre de cordialidad, roto en parte por la mujer del enorme sombrero. De pronto, se hizo un poco de silencio. Eleazar remaba sin prisa con mucha naturalidad, pero retrasaba un poco el ritmo para dar la sensación de que el trayecto era muy largo. La esposa del alemán encendió su radio y comenzaron a salir unas notas. Al principio muy débiles, pero luego cobraron forma. Se esparcían como un enjambre de mosquitos y cuando entraban por las orejas no eran desagradables, al contrario, el cosquilleo que producían era de placer. Eleazar sintió su cuerpo menos pesado, sus pulmones más vigorosos y los brazos más fuertes. La composición clásica lo estaba alimentando. No había escuchado antes algo tan bello. Si, era cierto, había escuchado a muchos compositores clásicos en la casa de doña Aurelia, que a veces lo llamaba para que limpiara sus tierras de la hojarasca o recolectara algunas hortalizas, pero nunca algo tan conmovedor y, al mismo tiempo, tan celestial.

Los turistas iban inmersos en sus pensamientos y evitaban las miradas. Eleazar pensó en las palabras del poeta que había encontrado en la plaza del pueblo. Habían corrido muchos años y lo que el joven de cabello embadurnado de vaselina había dicho resurgió en su cabeza. “Hay música que suena a canto de sirenas”. Ahora su incredulidad se desvanecía y de qué forma. Esas vibraciones de la voz de los instrumentos, unida a las sopranos le estaban sacando lágrimas. La sensación se había convertido en imágenes de su pasado. Los compases rítmicos eran iguales a los pasitos que daba Estela en los bailes de los domingos. Recordó su sonrisa esplendida y juvenil. Sus carnes bañadas de un rocío de salubre rosa. El primer beso y esas trenzas haciendo un nudo para atarlo de por vida. Qué largo había sido el trayecto, cuántas desgracias los maniataron y estuvieron a punto de aplastarlos, pero la esperanza y, sobre todo el amor, los habían sacado a flote. Ahora esa música de sirenas no eran las del Ulises intrépido, eran las de su río. Nunca las había escuchado así, con tanto dolor y al mismo tiempo celestiales. Dejó de mover los remos y miró el cielo para imaginar mejor esos pasajes que tanto había disfrutado en su vida. El nacimiento de sus hijos, las riñas y reconciliaciones con Estela. Las fiestas familiares, los amigos y sus borracheras. Se quedó calculando el valor que todo eso tenía para él. Las notas le seguían destilando placer, tanto que se desplegó una enorme sonrisa en sus labios. Los turistas estaban desconcertados y no querían sacarlo de su trance. Pensaron que tal vez quería mostrarles algo y soportaron en silencio esos minutos estáticos. Luego, se reanudó el movimiento. Era más decidido, más rítmico y parecía generarse con los recuerdos de Eleazar.

Por fin llegaron a la orilla. Le dijeron a Eleazar que los esperara hasta su vuelta. La mujer del sombrero le dio la radio y le enseñó cómo funcionaba. Le mostró los botones para adelantar o retrasar la cinta. Le indicó cómo subir el volumen si lo deseaba y le previno de que las baterías podrían terminarse y en ese caso no se preocupara. Eleazar los vio alejarse hacia las ruinas de una ciudad muy antigua. Atracó el bote en la arena y se tumbó a escuchar de nuevo los mágicos cantos. La sensación se repitió y las gotas saladas volvieron a surgir de sus ojos. Esta vez dejó correr más sus recuerdos y, cuando estos volaron con plena libertad, comenzó a filosofar. Se preguntó si su vida había merecido la pena. Había sido buen trabajador, buen amigo y buen padre. Su mujer no tenía demasiadas quejas y él la había complacido en la medida de sus posibilidades. Eso sí. Rico jamás había sido, ni había gozado de la compañía de mujeres bien vestidas y perfumadas, no había comprado una hacienda, ni había sido revolucionario, ni siquiera había destacado en su comunidad. No se había caracterizado por ser valiente o líder, pero lo poco que había logrado era suficiente para ser feliz. Para él era muy simple y no se requería de tenerla como una sensación permanente. La felicidad real eran esos momentos que se despertaban como bellas mariposas agitadas por la música. ¿Cómo no lo había descubierto antes? Decidió que solo después de haber transcurrido el trayecto surgía esa capacidad porque jamás lo había experimentado de esa forma.

Llegaron los turistas y se pusieron en marcha. Vieron con satisfacción que el hombre estaba feliz. Pensaron que una cosa tan simple como una grabadora con un casete eran suficientes para que un hombre viejo fuera dichoso. Lo que desconocían era todo lo que había dentro de ese ser y de haberlo adivinado les habría corroído la envidia porque a final de cuentas aquel hombre pobre y sin preparación se había entregado más a la vida que cualquiera de ellos. Al llegar le dejaron la grabadora y le dieron las gracias. Eleazar se sentía como un niño con zapatos nuevos y se olvidó de las penas, el hambre y la desgracia. Ya tenía una medicina que le haría más ligero el peso del tiempo.

viernes, 30 de octubre de 2020

Charcutera

Su despertar fue peor que la pesadilla.  El sueño se le había cortado desde el primer día de su matrimonio. Un fantasma la había seguido, acosándola y humillándola en cualquier situación. En ocasiones era su esposo Mauricio, en otras sus suegros o los colegas del reconocido arquitecto Esparza. El monstruo surgió de la nada. Una sola palabra le dio la libertad a esa bestia que la derrotó desde el más allá. Había pensado en superar la imagen de la ex esposa de Mauricio, pero estaba en desventaja, tenía menos clase y belleza y, aunque lo hubiera intentado, jamás habría podido compararse con ella. No tenía sangre inglesa, ni era descendiente de aristócratas, no llevaba en la sangre ese sentido del lujo y buen gusto. Lamentó mucho ser humilde, haber nacido en una familia de obreros. Su padre le transmitió el olor de la grasa de cigüeñal y su madre el olor a pollo crudo. No le habían inculcado ese código de buenas maneras y la vanidad del poder. Creció con limitaciones, hambre y trabajos duros. Solo su capacidad para aprender idiomas la sacó de la pobreza, pero no llegó muy alto. Se tuvo que conformar con el trabajo de secretaria en una empresa multinacional, pero no muy importante.

Conoció a su marido cuando trabajaba de interina en las oficinas de la filial de su empresa. El gran edificio albergaba todo tipo de representaciones. El arquitecto Esparza solía comer en un pequeño restaurante de comida mexicana. Celia también comía en ese sitio y observaba con curiosidad al diseñador de casas y edificios. Lo veía disimulando, o llamando a la camarera, o repasando con ojo crítico la decoración, o mirando en el interior de su vaso de agua para comprobar que no hubiera alguna migaja o mancha. Entablaron conversación un día en el que entraron juntos. Él le cedió el paso y la siguió por inercia. Había solo una mesa libre y Mauricio se la ofreció y ella para corresponder la amabilidad le pidió que le hiciera compañía. Hablaron sobre los platillos tradicionales de la cocina del país. No hicieron ninguna confidencia y la charla se fue hilando con temas sin importancia. Cuando terminaron de comer Mauricio pagó y salió acompañado de su nueva amiga. Ella esperaba que con el tiempo el arquitecto le ofreciera trabajo en su gabinete, pero eso no sucedió. Se les hizo costumbre almorzar juntos. En un mes ya se habían convertido en verdaderos confidentes y pronto el encanto de Celia le fue despertando un deseo de vanidad a Mauricio. Él la miraba como a una mujer con quien podría conversar de todo sin tapujos y hacer el amor sin muchas ceremonias. Era una mujer simple que iba directamente al grano, no se mordía la lengua y sus reacciones eran tan instintivas como las de un gato o un perro.

A Mauricio le atrajo la sencillez con que se conducía y vivía su amiga. Le comenzó a decir cumplidos, luego le regaló algunas baratijas y, al final, la emborrachó un poco para poder liberarle sus deseos. Fue así como se la llevó a vivir a su casa. Pasaron seis meses conviviendo sin roces y decidieron casarse. Ninguno de los dos había descorrido el telón del escenario de su pasado y se dejaban llevar por la confianza. Mauricio pensó que una mujer de veintiocho años de esa condición no habría tenido demasiadas relaciones con los hombres, además estaba su eterno estatus de pobre que le habría obligado a trabajar y conservar su dignidad hasta el final. Él, por el contrario, se había dejado consentir por las ventajas que le daba la condición de su familia. Dinero, fama, mujeres guapas e influencia y reconocimiento en cualquier sitio. Se sentía realizado y solo el recuerdo de su divorcio le ensombrecía un poco el ego. Ya se había curado de espanto y había decidido vivir a su gusto y mostrar una imagen de hombre serio que ha sentado cabeza. Celia no era una gran belleza, pero bien arreglada podía ser aceptada en el circulo social que él frecuentaba. Era cuestión de cultivarla un poco y domesticarla para que pudiera controlar sus emociones.

No fue muy difícil transformarla. Era dócil y obediente, aprendía rápido y el amor, que le había prendido como una enfermedad después de una vacuna, le ayudó a superar las dificultades. Al principio todo fue bien, pero un día su suegra tuvo la impertinencia de llamarla con otro nombre. Fue una simple distracción. Una de esas situaciones en la que se dice algo por costumbre. “Céline, por favor, cuando termines con los postres, ve a hacerle compañía a tu marido que parece que es el único anfitrión de la fiesta”. La señora Elizabet siguió con toda naturalidad hablándole de nimiedades, pero Celia se alejó con una puñalada en el alma y, a partir de ese momento comenzó a notar la presencia de Céline. Las damas no la saludaban por su nombre y la trataban como si fuera una criada de la casa. Lo peor es que se comenzó a cruzar con los retratos de una mujer guapa con personalidad de estrella de cine. Eran dos polos muy opuestos. Céline era alta, de pelo rizado y rubio cenizo, de ojos azules y sonrisa encantadora. Celia descubrió sus cualidades gracias a los comentarios de las invitadas que no paraban de resaltar los cambios de la casa. “¿Te acuerdas cómo decoraba para estas paredes Céline? —se preguntaban unas a otras—. Era maravillosa y qué gusto tenía para elegir los menús…Es una lástima que ya no esté aquí”. Por más que trató de disimular su enfado, Celia, terminó escondiéndose en el dormitorio de Mauricio. Pasó mucho tiempo sentada en su cama sin atreverse a fisgonear en la gaveta del escritorio o el armario para no pincharse el alma con algún recuerdo de la ex. Soportó la impertinencia d ellos invitados hasta el final y decidió fraguar su venganza.

Lo primero que hizo fue conseguirse un empleo. Tenía algunos conocimientos de publicidad y fue aceptada en una empresa de diseño de carteles para vallas en exteriores. Su trabajo era muy simple y tenía unos compañeros bastante sociables. Hizo amistad con un chofer del departamento de logística. Era un tipo romántico y tímido que hablaba con una voz de adolescente. Celia sintió una fuerte agitación en su interior cuando habló con él por primera vez. Eduardo enrojeció como un tomate y tartamudeó su nombre. Celia comenzó a intimar con él. Le contaba cosas de su pasado. Los sufrimientos que había superado a fuerza de sacrificio, le parecían a Lalo los mismos que él había tenido que superar. Sintió que se encontraba con su alma gemela. Pronto empezó a recibir cartas con poemas y declaraciones de amor. Eduardo no lo podía creer. Era imposible que una mujer tan bella se fijara en él y, peor aún, que le manifestara su amor en pequeñas hojitas blancas de papel perfumado. Eduardo estaba embelesado, trabajaba con buen ánimo y no dejaba pasar ninguna oportunidad que lo acercara a Celia. Ella le prometió mucho y le dijo que lo amaba, pero que había un obstáculo. “Estoy casada, pero no amo a mi marido”. Para Edu la noticia fue como un bofetón y un tierno beso. Le prometió a su amada que haría hasta lo imposible porque ella se fuera a vivir con él. Le comentó que quería casarse con ella y tener hijos. Ser feliz de una vez por todas en esta injusta vida.

La segunda parte del plan fue fingir pasión en la intimidad con Mauricio. Se concentró en las cosas que más disfrutaba su marido en el lecho. Se convirtió en una experta cortesana y logró que su cónyuge la adorara y sintiera una especie de adicción. El plan se iba desarrollando muy bien, pero Celia decidió que ya había sufrido mucho con esas noches en las que su marido pronunciaba el nombre de la otra, así que se buscó una amiga y la convenció para que le buscara algunos amigos para pasar el rato. Ester no tardó en presentarle a los hombres atractivos que conocía en las discotecas. Celia se dejó llevar por el deseo y concertaba citas con ellos en habitaciones de hotel.

Pasaron los meses y la desesperación en Eduardo le hizo perder el control. “Dime, ¿cuándo quieres que lo mate? —le preguntaba susurrándoselo al oído—. ¡Te juro que lo haría ahora mismo!”. Celia ya no pudo darle más largas y le dijo que el domingo por la tarde, Mauricio, volvería de Paris de un viaje de comisión. Que por lo regular volvía a la oficina para entregar su reporte y luego se ausentaba el lunes. Era una costumbre que databa desde los tiempos en que se quedaba acurrucado con Céline y solo el martes se sentía en condiciones de volver a concentrarse en sus tareas. Decidieron esperarlo en la camioneta frente al edificio de la empresa. Cuando vieron llegar el mercedes, Celia se lo mostró y Lalo bajó de prisa. Mauricio no tuvo tiempo de nada porque al bajar de su coche le arremetieron con un cuchillo. Eduardo volvió agitado como un apache que acaba de cortarle a un hombre blanco su cabellera. Arrancó la camioneta. Dejó a Celia en su casa. Ya habían urdido con anticipación su coartada. Nadie estaba al tanto de su romance. Actuarían como siempre. Celia velaría tristemente a su esposo, dejaría de trabajar. Llevaría unos meses de luto y después se reunirían para unirse en matrimonio ante dios y el hombre. Todo fue bien hasta antes de la investigación del crimen. Los astutos investigadores engatusaron al pobre Eduardo y, al descubrir su respeto y devoción por Celia, le echaron el guante. No tardó mucho en confesar. Celia trató de escaparse de la red que les habían tendido los jefes de la policía y, al no tener la suficiente convicción para suicidarse, se escapó. Estuvo prófuga unos meses, pero al final la hallaron. No alcanzó fianza y fue condenada a prisión de por vida. Luego, por culpa de los titulares que la llamaban carnicera, perdió el control y no pudiendo acallar la voz pública decidió enmudecer la suya para siempre.

domingo, 18 de octubre de 2020

Trashumancia

Laura no se quiso ir del pueblo cuando se lo propuse. Fue una madrugada muy extraña. La luna estaba reluciente como una enorme bola de cristal. El frío me recorrió los tuétanos y me eché el sarape. Se oía un canto de cigarras agonizantes. Mis pies no hacían crujir la hierba porque la sequía se había terminado y una semana de aguaceros había encharcado todas las zanjas creando un pantano. Las milpas se empezaban a llenar de musgo y no sabíamos qué hacer con el maíz enmohecido. Caminé despacio hacía mis terrenos y vi algo que parecía escarcha sobre la superficie del agua lodosa. “Vámonos de aquí vieja, ¿que no ves que se está pudriendo el pueblo?”—le dije a Laura cogiéndola de la mano con violencia. Se negó y me sorprendió que ella, que siempre presentía las catástrofes, no viera con su sexto sentido el peligro que se avecinaba. Algo le había mermado la intuición, quizás la gran cantidad de agua diluviana que cayó por semanas le había obstruido los sentidos. La llevé esa misma noche para que viera los lodazales, pero su necedad era una gran muralla. Me dijo que ya le habíamos invertido muchos años a la tierra y que no nos podía fallar por unas semanas de tormenta.

Se refugió en sus rezos mudos cada mañana. Miraba todas las ciénagas y luego se ponía a cocinar sopas de grano como si no hubiera pasado nada. A mí me tocó el trabajo absurdo de rescatar los elotes. No había sitio para conservarlos, no hallaba la manera de protegerlos de la humedad. Nos fuimos acostumbrando a comer podrido. La poca carne y el pan, que a pesar de estar recién horneado ya tenía un tufo purulento, no nos llenaban. Lo peor sucedió cuando, eso que yo confundí una noche con escarcha, se convirtió en una plaga de ranas. Fue, como dicen los sabiondos, por emancipación espontanea. Sucedió al atardecer cuando empezaron a brincar como impulsadas por resortes. Lo más desagradable era su croar ininterrumpido. Nos entraba el ruido por las orejas como golpes de cincel. Al tercer día nos estábamos volviendo locos de remate. Nos reunimos en un monte para fraguar el combate contra esos malditos anfibios que no paraban sus chirriar. Intentamos quemarlos, pero esquivaban el fuego saltando en montones. Se nos terminó pronto el combustible. Las empezamos a cazar con redes, pero matábamos diez y aparecían veinte. Se reproducían con una velocidad desorbitada. Al final se nos acabaron las fuerzas y nos resignamos a tenerlas metidas en nuestra cama. Ya ni siquiera nos molestábamos por quitárnoslas de la cabeza o la cara.

Una mañana se murieron todas de sopetón. Entonces fue Laura quien me trató de convencer para que nos largáramos. No sé si lo que hice fue por rencor, por estupidez o por venganza, el caso es que le dije que no; que no solo le habíamos invertido tiempo a la tierra, sino que hasta le habíamos ganado la batalla a las ranas. Fue lo peor que pude haber hecho porque los cientos de miles de cuerpecitos verdes se comenzaron a pudrir. Despedían un vaho verde que se impregnaba como baba. Pronto nuestros brazos, cara y piernas se pusieron corrugados, fríos y verdes. Teníamos que salir a tomar el sol y hasta nuestra forma de hablar cambió, se nos hinchaba el cuello al conversar. Nos pareció que comenzábamos a groar igual que ellas. No pudimos ni enterrarlas, ni quemarlas, ni nada. Se quedaron allí amontonadas por todo el pueblo. Llegó en nuestra ayuda el astro sol. Se comenzaron a desecar y pronto su piel crujiente se hizo volátil. Parecían hojas de los árboles en otoño. Cubrieron todas las laderas, las mesetas y las faldas de las montañas. Era ya tiempo de trabajar el campo para la siembra, pero no queríamos ponerlas como abono. Ya bastante daño nos había hecho la plaga para que sus restos nutrieran las lentejas y frijoles. No teníamos animales y estábamos anémicos. Seguimos esperando un milagro, pero llegaron las moscas. Eso nadie estuvo dispuesto a soportarlo y decidimos abandonarlo todo. Esta vez en silencio y complicidad. No teníamos mucho que llevarnos, más que la pestilencia de sapo y los huesos propios. No pudimos asentarnos en ningún sitio. Se nos persiguió como a los herejes y huían de nosotros como si fuéramos la peste. Nos fuimos quedando encajados por el camino, clavados como cercas. Pasamos a ser ánimas vivientes buscando el más allá en el inmediato más acá. No supimos en qué momento nos quedamos completamente solos. Laura y yo decidimos olvidar los reproches, estábamos vaciados, carentes de sensaciones. Nos desencadenamos del pasado y nos sentamos debajo de un pero. Nos dimos un fuerte abrazo y nos dejamos llevar por el sonido del viento que era un canto de libertad, una melodía de reencuentro. Se nos fue erosionando el cuerpo hasta que de ellos no quedó nada.   

lunes, 21 de septiembre de 2020

El soldado Michael

 

Una densa neblina se había recostado por el terreno. Era vasta y gris, prominente y amenazadora. El sol no se había despertado y en las trincheras había movimiento. Michael estaba recostado, vigilando que no hubiera ningún movimiento por parte del enemigo, su compañero James se encontraba a unos metros. Se había terminado la tregua y los comandantes de ambos bandos tenían ya trazado su plan. De pronto, el joven sintió que no podía luchar contra su cuerpo de plomo. Se esforzaba por mantener los ojos abiertos, pero cada vez se le adherían más los párpados y, al final, se quedó dormido. Se alejó muy pronto del campo de batalla elevándose como un gran globo. La trinchera se veía como una larga y angosta canaleta que desaparecía como una línea de la arena borrada por la espuma de las nubes. Comenzó a oír notas suaves de piano. Beethoven con un claro de luna. Se vio de nuevo en el conservatorio. Estaba sentado oyendo a su amiga Juliette interpretando un área de Norma de Bellini. La Casta Diva resonaba en la sala como un canto mágico de aves doradas. Se iluminaron sus labios. Ese arrullo no logró alejarlo de toda la especie humana con su injustificado salvajismo.

Recordó a los representantes de su partido incitándolo a la lucha. “Si eres joven y amas a tu patria, enrólate”. Dígame, ¿qué es lo que nos han hecho? “Casi nada—le contestó la voz metálica del secretario—. Nos han invadido, nos han quitado los derechos que teníamos, nos han acusado de explotadores y han destrozado nuestra economía; y, por si fuera poco, nos han traído a su dios y sus costumbres absurdas. No es posible que esos hombres de paja, esperanzados a que su dios les dé el reino del cielo, nos vengan a criticar y dictar las normas de nuestra conducta. Desde siempre hemos sido de acero. Nuestro carácter férreo nos ha llevado por su vía hasta la cumbre del progreso. Merecemos ocupar la cúspide, formaremos el imperio más grande y seremos soberanos en el mundo”. Los hombres se veían muy semejantes unos a otros, decía el secretario, pero unos estaban rellenos de paja y esperaban que al morir un ser poderoso los protegiera en su regazo. Los sensatos, que eran ellos, no podían concebir tal estupidez. El hombre era un producto de la evolución natural. No había más dios que las leyes naturales. Sois de carne y hueso, pero hacéis deporte, os mantenéis en forma y estáis dispuestos a ganar en cualquier situación. Los enemigos son endebles y encuentran valor en esa falsa esperanza de unirse con su todopoderoso. Nosotros sabemos que eso imposible porque de tener un dios que exige sacrificio, debilidad, esperanza y perdón, desapareceríamos. 

Creyó haber sentido una fuerte sacudida en el hombro. En una penumbra gris veía a James que lo trataba de proteger de los disparos del enemigo. “¿Qué te pasa Michael? ¿Quieres que te maten?”.  Se oyó la orden de ataque y salieron los soldados de las trincheras con las bayonetas caladas. Quien pudo disparar en la estrepitosa carrera logró abrirse paso, sin embargo, comenzaron a caer perforados. La sangre manaba a chorros y pronto se formaron charcos. Combatieron con furia y lograron hacer retroceder al enemigo. El capitán vio alejarse a sus contrincantes y gritó eufórico. Pensó que era un gran triunfo, pero pronto vio que avanzaban los refuerzos y sus subordinados estaban en desventaja. Entonces no tuvo más remedio que hacer volver a sus hombres a los refugios. Corrieron aterrorizados. Jadeantes se tiraron dentro de sus zanjas y comenzaron a lanzar granadas y disparar para apaciguar a los envalentonados soldados que no parecían de paja en absoluto. Michael buscó a su compañero James y lo vio tendido, pisoteado y lleno de sangre mezclada con lodo. Su corazón latió con tanta fuerza que le hizo perder la visión. La sangre le recorría el cuerpo como un mar de fuego. No podía ir por a rescatarlo. Estaban recibiendo metralla. Lloró desamparado en su espera y cuando las fuerzas se nivelaron y cesó el fuego, salió muy despacio arrastrándose hasta el lugar donde se encontraba la mole de picadillo de su amigo. Lo arrastró y lo veló toda la noche. Le exigieron que se separara de su amigo para que le pudieran dar sepultura.

Michael buscó las pertenencias de su amigo y decidió que debían sepultarlo con sus objetos de valor. Las cartas pendientes se enviarían a sus familiares junto con un diario que James escribía en secreto. Michael leyó un fragmento de la biblia para despedirse de su estimado compañero de armas. Empezó a hacer un paquete para los familiares de su compañero, pero al momento de sostener el diario, la curiosidad le obligó a leer.

“20 de enero de 1915. El frío es insoportable y solo la fe y la esperanza en un futuro mejor me han dado las fuerzas para seguir. Nunca había escrito nada, pero ahora que siento la presencia de la muerte a nuestro alrededor he decidido hacerlo. Tengo miedo y sé que nuestro ejército puede combatir con fiereza, sin embargo, nadie tiene la vida asegurada cuando llueven las balas, caen las bombas y nos tiran desde la nada los francotiradores. No sé porque está injusta guerra me ha traído recuerdos como el de ayer. Estaba recostado muerto de frío, tomando un poco de café, mordisqueando un trozo de pan que había guardado, cuando un recuerdo comenzó a posicionarse en mi cabeza. Era sobre un evangelio de María Magdalena. En ese escrito apócrifo, que no sé si exista de verdad. Uno de los apóstoles hablaba de María Magdalena como de un apóstol mujer. Al principio la idea me pareció ridícula, ya que la imagen que tenemos de esa mujer es la de una prostituta arrepentida que buscó a Cristo no para redimir sus pecados, sino para tenerlo como amante. Por un momento sentí que se aclaraba mi mente y comencé a cuestionarme la verdad de ese prototipo. Lo primero que me inquietó fue la voz que nos hizo llegar esa información. ¿Quién habló de Cristo? Los hombres. ¿Quiénes escribieron los evangelios? Los hombres. ¿Y las mujeres? Ninguna, con excepción de María, quien no pudo escribir nada y sus palabras fueron transcritas por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, todos hombres. ¿Qué lugar tenían las mujeres en aquella época? —me preguntó una voz insistente dentro de mí—¿Cuánto hay de verdad en las palabras de aquellos hombres? Era cierto. Toda la información era tendenciosa y decidí pensar mejor en las características femeninas de la doctrina de Cristo.

Había muchas cosas impropias del hombre. La primera era el amor incondicional que no es característico de nuestra naturaleza y solo una madre puede ofrecerlo. La segunda era la compasión. Ningún político había mostrado jamás compasión por nadie, incluso los hombres más nobles tenían en su interior una coraza que les impedía sentir compasión por su prójimo. Tal vez experimentaran una sensación parecida que iría guiada por algún interés, pero que les naciera de verdad era muy poco probable. La explicación estaba en la misma naturaleza masculina que desde antaño tenía que buscar el beneficio propio para mandar a un grupo y después gobernar una población. Otro aspecto incongruente era la resistencia al dolor prolongado. El mesías nos pidió soportar las injusticias y perdonar, dos cosas muy difíciles para un individuo. Todo eso me hizo sospechar que en la filosofía del cristianismo había una esencia de mujer. Empecé a ver la imagen de María Magdalena transfigurada, es decir, la verdadera. La veía sin esa óptica de sacerdote, más bien como una mujer de carne y hueso, con cualidades especiales. Le oí hablando con Jesús, abriéndole su corazón, mostrándole el alma femenina en su estado más vivo. Resultó que terminé asociando todas las hipérbolas del Mesías con el espíritu prodigo y noble de las jóvenes enamoradas. Más que sabiduría eran cualidades humanas en elixir que permitían la buena convivencia en la sociedad. Por desgracia nadie tenía olfato para percibirlas. Nos hacemos los ciegos ante la evidencia, sordos ante la verdad y mudos ante la injusticia. Tenía que haber una solución. Un renacimiento, una resurrección de verdad para poder cantar el himno de la hermandad”.

Era todo lo que había escrito James y tres días después una bala le había atravesado el pecho. Michael cogió el diario y lo envolvió con todos los demás objetos y se lo entregó al encargado de la correspondencia. Se quedó pensativo y esa noche no durmió. Los días siguientes comenzaron a suceder cosas extrañas. Vio a un chico que había corrido despavorido tratando de salvar el pellejo cuando su pelotón sufrió un fuerte ataque. Michael estuvo presente en el rápido juicio militar que le hicieron. Lo miró caer como un muñeco de trapo en el momento en que sonaron los rifles que le agujerearon el cuerpo. Más tarde cuando entró a la enfermería descubrió bajo una sábana un trozo de cuerpo con vida. El pobre soldado no tenía las extremidades, y una bomba le había desfigurado todo el rostro. Respiraba a través de una sonda y lo alimentaban con suero. “!Dios mío!”—gritó cuando una enfermera se dispuso a limpiarle las sangre que brotaba de sus heridas—. No, no es posible que esto pueda suceder. ¿Qué castigo es ese para un soldado?”.

Por la noche dio vueltas en su cama y se despertó en la madrugada. Miró el cielo y recordó las palabras escritas de James. Los razonamientos de su amigo le estaban carcomiendo los sesos. Decidió fumar un poco y detrás de una nube de humo vio una imagen. Era la aparición de Magdalena. No era posible. Las palabras de su amigo lo habían vuelto loco. ¿Qué pasaría después? No podía estar escuchando la voz de una mujer muerta hacía casi dos mil años. No lo podía creer, pero era inútil resistirse.

“Ven aquí pequeño soldado—le decía la mujer con túnica de lana—. No debes tener miedo. Tú serás un héroe. James está en el reino de dios. No debes preocuparte por él, sin embargo, su legado te corresponde a ti como herencia. Tendrás que terminar su labor. Será ardua y sufrirás humillaciones. Todos te rechazarán, pero cuando te oigan de verdad quedarán convencidos de que dices la verdad”.

Michael estaba conmocionado. Después de la visión su cuerpo se había llenado de luz y valentía. Comenzó a predicar día y noche. Hizo cientos de volantes con la leyenda: “Tira las armas. Morirás por una estupidez”. Los soldados sufrieron un shock. Era estúpido salirse a la tierra de nadie para poner esos trozos de papel arriesgándose a los tiros del enemigo. Michael no oía de razones y seguía caminando en cuclillas, desarmado y con una cruz roja en el pecho y la espalda. Un domingo en el que se esperaba el abasto de municiones. Michael salió a repartir sus hojas. Llegó hasta la línea enemiga y les habló en su idioma. Les repitió las palabras de James. Pronto surgió una bandera blanca y detrás de ella los soldados listos a entregarse como prisioneros de guerra. El comandante se quedó estupefacto porque sus hombres también se deshacían de las armas y abrazaban a sus enemigos. Todos envueltos en una danza de hermandad y alegría cantaban al cielo sus plegarias. Pronto todos volverían a sus casas y se encontrarían con sus madres, les darían las gracias por darle a la humanidad lo que Magdalena le había dado a Jesús. Michael se fue repitiendo: “Amor, compasión y fe”. 

Michael oyó la fuerte voz de James. Éste le sacudía el hombro con fuerza. “Levántate, levántate, Michael. No te puedes quedar aquí. Te estás desangrando”. El pobre joven ya no pudo oír con claridad lo que le decía su amigo y vio solo una imagen borrosa que iba desapareciendo conforme se apagaba la luz del sol.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Encuentros

 


Raúl Martínez se había quedado dormido frente al televisor. Al despertar la voz de su mujer le impidió darse cuenta de que en unos minutos entraría a una dimensión desconocida. “Te dije hace dos horas que fueras por la carne—le dijo desde la cocina María—. ¿Te quedaste dormido otra vez?”. Raúl se limpió la saliva que se le había escurrido, se puso de pie, se estiró un poco, se ajustó los pantalones y revisó si tenía el dinero en el bolsillo. Salió a la calle.  

El día estaba soleado y caminó sin prisa. No puso mucha atención en el trayecto porque había hecho esos mandados miles de veces y sus pies ya caminaban solos, sin embargo, hubo algo que lo hizo tropezar. Era un hombre delgado, de pelo rizado y andar suave que tenía un perfil demasiado conocido. “Es mi nariz— se dijo Raúl— y lleva un candado en la oreja”. Con pasos sigilosos siguió al individuo una media hora y llegó a una casa muy parecida a la suya. Estuvo cinco minutos tratando de distinguir a las personas que allí habitaban, pero no lo logró. Se fue por la carne.

Durmió mal esa noche porque había una idea o, más bien una imagen de sí mismo, vestido como hippy entrando tanto en su casa como en la otra. Se levantó en la madrugada a fumar y al día siguiente, en lugar de ir a trabajar, se fue a montar guardia a la casa del otro. Lo vio salir y en lugar de seguirlo, su curiosidad lo arrastró hasta la puerta para ver a la mujer de su doble. Instintivamente tocó el timbre. No se abrió la puerta y estuvo a punto de irse, pero cuando se dio la vuelta oyó una voz muy familiar. “¿Ahora qué se te ha olvidado, Ricardo?”. Se giró y no pudo creer lo que le mostraban sus ojos. Era su mujer con algunos cambios en el pelo, más delgada, pero con la misma voz. “¿Cuándo te has cambiado de ropa? —le preguntó ella sin entender qué maldita razón tenía Ricardo para ponerse esas prendas—. Bueno, al menos ahora tienes un aspecto decente y te darán algún trabajo. Ya era hora”. Con timidez Raúl entró a la casa. Era como la suya, pero gracias a la mujer todo estaba ordenado y limpio. El mobiliario era más pobre, pero de buen gusto. Se notaba que era ella quien mandaba allí.

Revisó todo y se encerró en la habitación que era casi como la suya. Cuando pensó que ya estaban satisfechas sus dudas, decidió marcharse, pero vio salir a su mujer de la ducha. Olía a melocotones y el aroma lo atrajo. Ella llevaba una toalla que apenas la cubría. Instintivamente, Raúl quiso comprobar que María era igual. Le miró los brazos y no encontró la mancha del hombro izquierdo. Ella mal interpretó la mirada y le dijo que ya se marchara. Raúl salió de prisa, iba muy espantado pensando en las consecuencias de sus actos. En cuanto se entere el otro, pensó, comenzará a buscarme y un buen día aparecerá en el umbral de mi puerta.

Salió a la ventana por la noche, vio la estrella más luminosa del cielo y pensó si sería la misma que veía Ricardo. A la mañana siguiente se dirigió a la casa de su doble, pero al cruzar la calle vio un candado. Esta vez en un estuche de guitarra. Ya no se sorprendió como la primera vez y pensó que Ricardo había cambiado de estilo. Lo siguió hasta su casa, pero esta se ubicaba en otro sitio. Volvió a montar guardia, esperó que el tipo saliera y tocó el timbre. Abrió una María rubia, más salvaje e instintiva. “Sandro, ¿qué te pasa?”—le preguntó y sin esperar la respuesta, luego se puso a fumar yerba con él y terminaron en la cama. Raúl salió con un sentimiento de culpabilidad. Decidió que ya no seguiría a nadie más y le dedicaría el tiempo completo a su trabajo y esposa.

Pronto sintió que había vuelto a la normalidad. Se esmeraba en la oficina y su jefe le subió el sueldo. “Hacía mucho que no trabajabas así, Raúl, hijo, te felicito”. Llegó a su casa. Las luces del comedor estaban apagadas. Tocó la puerta y salió un hombre delgado, llevaba un candado pequeño en la nariz. “!Hola, Raúl! ¿Qué haces aquí? Oye, te has equivocado. Vete a tu casa ya, que María te está esperando con la carne”.

domingo, 30 de agosto de 2020

Los principios de la seducción


Hasta hace muy poco yo era un gran seductor. Mi atractivo ponía nerviosas a muchas mujeres y siempre pude conseguir los favores de la mayoría de ellas. Era el más popular seductor de la ciudad. Bueno, no de toda la ciudad, sino de aquellas zonas en las que me desenvolvía. Bares de mala muerte, mercados, estaciones de trenes y lugares en los que la población buscaba un escape o estaba predispuesta a la aventura. Las mujeres atractivas siempre cayeron por la influencia de mis encantos, pero jamás pude estar con una de ellas. ¿La razón? Pues, es muy simple. Teníamos diferentes formas de ver las cosas. Para mi la seducción era llegar al objetivo que se reducía a meterlas en la cama y juguetear con sus cositas, pero a ellas esa idea no les atraía. Querían apreciar un cuerpo musculoso, un ser lleno de cualidades, un león con maneras de príncipe. Eso, queridos lectores, sabrán que no existe ni en los libros románticos. Además, querían ser el foco de atención, miles de caricias, besitos tiernos y cursis, nada de obscenidades ni verbales ni físicas. ¿Para qué deseaban tanto el sexo, entonces?

Desde tiempos ancestrales sabemos que ocupamos la cima del reino animal, pero no por lo supuestamente racionales, dejamos de ser bestias. Decidme, ¿hay diferencias entre la forma en que se aparea un conejo, un perro o un toro? ¿Sí? Si creéis que es así estáis muy equivocados. El objeto del amor carnal es reproducir y eso lo hace cualquier ser de nuestro mundo, la única condición es que sea sexuado. Argumentarán que se necesita el erotismo. ¡Ah!!Por fin! ¿Erotismo? Os apuesto a que ni en una hora podrías definirme lo que es eso. Leed las toneladas de novelitas “eróticas” publicadas por la masa de aficionados que no pudiendo escribir un libro normal se ponen a seleccionar qué genero sería el mejor para narrar: históricas, demasiada investigación; realistas, tedio análisis social y observación de científico; policíacas, no hay tiempo para analizar los detalles de un asesinato, complicadísimo, además hay un montón, ciencia ficción, esas son chorradas y solo los jóvenes son aficionados a eso. La opción es novela erótica y entre más duro o strong, mejor. ¡Fantástico! No necesitas más que sentarte e imaginar escenas sexuales de vaqueros y hombres fornidos montándose a mujeres bellas como las Miss Universo. ¡Listo!!Empezamos! Él le mete la cosa en su hoyo y ella se derrite…No necesitas ni esforzarte, todo sale sin esfuerzo. Los dedos van solos, ni siquiera pones diálogos.

Dejemos atrás esas tonterías. Como les decía hasta hace poco era un gran seductor porque descubrí en la pubertad, por casualidad, un documental de unos pájaros en el que el macho se pavoneaba frente a las hembras, luego venían otros machos, y había una competencia de chillidos y aletazos. Al final el más persistente ganaba y la hembra o las hembras se iban con él. Ese fue el principio que tomé como regla número uno de la seducción, pues mostraba el erotismo en su esencia. Así comencé a cortejar a las mujeres. Primero en mi barrio y el instituto, luego en sitios más concurridos y finalmente en cualquier lugar en donde localizara una mujer sola.

Fue un trabajo muy duro porque no siempre fui aceptado. Las más atractivas me disparan balas de desprecio y se alejaban maldiciendo mi presencia. Unas incluso me decían: ¡Imbécil, deja de hacer el idiota y lárgate de aquí! Esa era reacción era para mí un gran logro, pues de haberme acercado para intentar hablar con ellas, se habrían negado, pero esas palabras indicaban que estaban dispuestas a la comunicación. Seguía insistiendo hasta que su humor alcanzaba su punto. Las veía rojas, sedientas de una respuesta, de una propuesta para fornicar y me lo decían. ¡Que te den! ¡Estúpido! Era la prueba, ellas no podían darme, como ellas alardeaban por culo, pero yo estaba dispuesto a enmendar la falta de capacidad. Les demostraba que sí podía hacerles lo que ellas a mí, no. Se ofendían al ver mis fantásticas proporciones. Se quedaban mudas al ver mi torso y piernas desnudos. Se los mostraba retándolas a contenerse ante mi encanto. Algunas tuvieron tanto miedo de ceder que pidieron la ayuda de la policía.

Con los representantes del orden nunca tuve problemas. Primero, porque me daban la razón y me decían: “Ya cálmese, señor, ¿no ve cómo a puesto a esa mujer?”. Eso era que se notaba a leguas el efecto de mis bailes de conquista. En segundo lugar, siempre estuvieron dispuestos a darme asilo: “No se puede ir así porque sí, señor.  Si no puede pagar le damos alojamiento gratis tres días”. Y no solo era el alojamiento, en muchas ocasiones me daban comida. No era muy buena, pero no me podía quejar. Por último, cuando llegaba a su termino mi estancia, me dejaban ir y siempre me decían que no reincidiera, pero que si quería volver podría hacerlo cuando quisiera. Y lo hice muchas veces. Eso explica lo que les había dicho sobre las mujeres guapas con las que nunca me acosté. En realidad, la seducción no necesariamente debe culminar con una relación sexual. Lo digo porque ningún Casanova o Don Juan podría haber hecho lo que para mí era usual. Seducir hasta la locura a una mujer y dejarla a la buena de dios. ¿Por qué no? Si la seducción es el fin perseguido y se logra, ¿para qué continuar? Sabemos que la continuación es el sexo, pero eso lo hace cualquiera. Miles de millones de individuos practican el sexo a diario y eso no los hace seductores. Para mí la seducción lo era todo y podía, en casi todos los casos, prescindir de él.

Hubo unas mujeres que fueron más allá conmigo. No solo se dejaron seducir, sino que se me echaron encima. Recuerdo con orgullo esos gritos de euforia, sus bocas con aromas fuertes y penetrantes, las huellas de sus dientes marcadas en mi carne sangrante, sus uñas aferradas a mi espalda y rostro. “Las cicatrices hacen atractivos a los hombres”—me decía cuando me veía en el espejo. Me ponía crema en mi calva prematura y alisaba con aceite mis pelos gruesos. Nunca usé bigote ni barba porque darle matices de sadismo a la seducción, no me parecía justo. Para que tengan idea de lo que pueden hacer mis pelos, les diré que un día por descuido pisé uno y el dolor fue intenso, me tuve que sacar con unos alicates la espina salió un chorro de sangre que no pude parar en media hora. Causarles ese placer a las mujeres me pareció deshonesto. Como a todo buen cazador, a mí también se me fueron algunas liebres. La seducción siempre me sirvió para emocionar a las mujeres, pero las hubo incontenibles. Petra, por ejemplo.

Se adelantó a mi danza y resulté yo el seducido. No lo hizo tan mal. Se acercó sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a morderme con pasión y su abrazo fue más una llave de lucha que una muestra de aprecio. Me recuerdas—decía jadeante—. ¿Te acuerdas de lo que me hiciste, desgraciado? No, no podía y al final no logré recordarla. Muy efusiva me aprisionó y trató de asfixiarme con tanto ardor que se puso roja. Escupía y echaba espuma. Restregaba su cuerpo con fuerza contra el mío y sudó, por dentro y fuera, su deseo era tan fuerte que casi le produjo un infarto. Tuvo que llegar una ambulancia para asistirla. “Señor—me dijeron los enfermeros—, tenemos que llevarnos a su esposa. Está en una situación grave, podría morir”. No les obstruí el camino y es que, al actuar Petra con tanto deseo, provocó que yo también me excitara y respondí a su amor. No sé cuánto tiempo estuve apretándola del cuello, pero estoy seguro de que experimentó los mismos temblores que yo. Me dio vergüenza que me vieran todos con la entrepierna del pantalón mojado. Petra—decía yo—, también está así, véanla, mírenle allí en las piernas. Nadie hizo casi y continuaron mirándome con admiración. La ambulancia se fue y hubo quien me gritó y ofendió por mi exhibicionismo. Petra me ganó como muchas otras. Seguí con la intención de ser un gigolo, pero ocurrió que una mujer de esas que actuaban como Petra no resistió y su cuerpo quedó flácido, sin fuerzas, inerte.

Vinieron los policías. Me dijeron que me hospedarían por tiempo indefinido y así acabé aquí. Este es un hotel comunitario, con muchas personas alojadas aquí. Hay gente de todo tipo, unos amables y otros menos. Pasamos las tardes contando nuestra vida y los méritos por los que nos han traído aquí. No hay mujeres. Eso es una gran desventaja porque ya no puedo seguir con mis hábitos de antes. Ahora me ha dado por ser un filántropo y me dedico a filosofar y meditar.

domingo, 23 de agosto de 2020

Libros inéditos

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Estábamos muy decepcionados. Los fiascos de los últimos meses nos estaban sacando de quicio. Todas las brillantes ideas que se nos habían ocurrido se habían desmoronado ante nuestros ojos llevándose el poco dinero que teníamos. Después de cada tropiezo había encontronazos. Ese día habíamos tenido la enésima riña y a Iván lo habían mandado al hospital Henry y Aníbal, Víctor y yo nos habíamos mantenido un poco al margen de la discusión, pero cuando empezaron los golpes tuvimos que intervenir, sin embargo, solo atizamos el fuego con nuestros gritos. El caso es que el silencio, provocado por el remordimiento, nos había formado un escudo de miradas de reproche que impedía cualquier intento de comunicación. Por nuestras mentes volaba un enjambre de pensamientos venenosos como el del día en que fracasó la radio porque nos salimos de presupuesto y nadie se enteró de nuestra existencia el cierre de la revista estudiantil que sirvió para exaltar el ego de Henry que era un amante incondicional de lo ajeno y nos había timado a todos, en lo material y en lo moral. También aquellas eternas discusiones en el local de libros usados que, en lugar de vender nos obligaba a recibir gente ofreciéndonos todo tipo de libros y, por último, el evento de poesía y narrativa que nos había ilusionado tanto y se estropeó por la lluvia y las impertinencias de Henry e Iván.

Fue así como nos enroscamos cada uno en nuestra madriguera. Tratábamos de convivir de la mejor forma posible. Habíamos vuelto de la visita al hospital. Nos dijeron que Iván se recuperaría muy pronto y que su conmoción cerebral por el golpe de una silla no le dejaría ningún resquicio en la cabeza. María Azalea estaba preparándose algo de cenar. Nina se había quedado dormida y Paola leía “El Obsceno pájaro de la noche”. Quería hacerle un comentario sobre el libro, pero al pensar que eso solo traería problemas seguí escuchando la sexual voz de Marilyn Monroe con su vocecita pidiendo I wanna be loved by you. Cerré los ojos e imaginé aquella fotografía en la que aparece la despampanante rubia con un vestido blanco. Los violines y la famosa película “Los hombres las prefieren rubias” me llenaron la cabeza con vientecillos de sordina y cuerdas vocales evocando la d con todas las vocales y los soplidos al micrófono de esos sex appeal labios. De pronto, me quité los audífonos para oír lo que me decía Nina.

—Oye, Carlos, se me ha ocurrido algo, pero no sé cómo explicarlo.

—Pues, dilo, pero no llames mucho la atención porque ya sabes cómo van a reaccionar estos dos—le dije señalando a Henry y a Víctor.

—Soñé que teníamos una tienda de libros…

—Vale, si fue una pesadilla, lo siento. Si quieres podemos salir a tomar un poco el aíre.

—No. No es eso. Es que la cosa marchaba bien desde el principio.

—Pues, en eso tienes razón. A nosotros solo en sueños nos puede ir bien. Formamos un grupo tan dispar que sería mejor separarnos de una vez.

—Pues, al fin creo que he encontrado algo de verdad. Mira, escúchame y si lo que te cuento no te convence, entonces lo dejamos para siempre y cada quien por su camino.

Comenzó a describirme imágenes fatuas de personas convencionales que llevaban libros de pequeñas tiradas a un lugar extraño y no solo libros, sino todo tipo de publicaciones independientes que se vendían allí. Le expliqué que había una película en la que contaban lo de los libros no publicados y que todo eso era basura publicitaria. Nina guardó silencio unos segundos, pero luego me clavó la mirada y me dijo que a pesar de que se publicaba un montón de basura y estaba de moda ser escritor emergente, se podía usar el ingenio para crear un nuevo mercado. Ella insistió en que podíamos escribir con nuestro talento muchas novelas y colecciones de poemas que llevaran el nombre de una persona desconocida. Le pregunte qué objetivo tendría perder tanto tiempo en esas banalidades. Le estuve refutando todos sus argumentos, pero ella tenía una especie de síndrome de creatividad y todo el tiempo repetía su “y si esto o y si lo otro”. Al final logró que los demás pusieran atención en lo que decía. Sus ideas se fueron metiendo como gusanos en nuestros oídos y terminaron carcomiéndonos todo el cerebro. Después de tres horas de un interrogatorio cruel, Nina nos convenció de que podíamos hacerlo. No sé cómo resistió tanto escepticismo y frialdad. El caso es que su idea sí que era brillante y nosotros unos negados para imaginarla. Su propuesta consistía en escribir en grupo obras parecidas a las grandes obras de la literatura y buscarle un autor al azar o inventarlo. Si eran personas desconocidas y de otros países, mejor. Tendríamos que combinar estilos y estructurar historias, redactarlas, corregirlas y someterlas a un severo análisis crítico. El rechazo de Henry y Aníbal nos proporcionó las herramientas que necesitábamos. Alguien dijo que se podría empezar con una historia parecida a la de Franz Kafka. “Tendrá un gran éxito, solo necesitamos cambiar algunas cosas tales como el nombre, el insecto y la relación con la familia”. Esas fueron las palabras que encendieron la mecha de la bomba que nos haría volar por los aires.

Nos pusimos a trabajar sin pausas. Las tandas eran de doce horas y si las paredes, antes de empezar ese proyecto, ya estaban manchadas de nicotina, en ese momento ya lucían de color marrón. Corrían ríos de café y las cajetillas de cigarros llenaban en un día el cubo de basura. Cuando terminamos la “Transmutación” la llevamos a una imprenta y solicitamos que imprimieran diez ejemplares. Pedimos que se usara papel viejo amarillento de poca calidad y un empastado ajado y apestoso. El autor era un tal Martín de la Fuente, estudiante universitario de la ciudad del Rosario, que había fallecido y dejado su único libro. Sabíamos que en caso de buscar al autor sería imposible identificarlo y los hilos de la relación entre nuestra novela y ese ser inexistente eran invisibles. Nos dirigimos a un periódico y hablamos con un periodista joven e inexperto y le dijimos que su artículo causaría revuelo. Fue así porque le dedicó el suplemento dominical a nuestro autor y después una editorial nos compró los derechos y la publicó. Los críticos trataron de destruirla, pero logramos que con todos los defectos que tenía pasara a la historia. Después hubo un buen tiraje y los nueve ejemplares que teníamos ocultos se los vendimos a coleccionistas.

Por primera vez estábamos todos ocupados en algo y nuestro objetivo era muy claro. Iván volvió con nuevos bríos, hizo las paces con Henry y Aníbal y sedujo a Paola un día que se pusieron a leer “Las memorias de una pulga”. Comenzamos a crear novelas y antologías de poemas que se vendían muy bien. Fuimos depurando la búsqueda de personas no localizables y les atribuimos los libros. Hicimos supuestas traducciones inéditas y en nuestra estantería contábamos con autores sudafricanos, chinos, malasios, etíopes, moldavos y húngaros entre otros. El primero en publicar un libro fue Aníbal. Le gustó tanto el tema de Fabiola de Nicholas Wiseman, publicada en el año 1854, que la leyó diez veces, se empapó del estilo narrativo y arrancó con un trabajo llamado Siria que en lugar de ocurrir en el siglo tres de nuestra era, acontece en el siglo veinte. Mientras la elaboraba nos atiborraba de preguntas y le corregíamos lo que considerábamos falto de buen gusto o con poca fuerza narrativa. Una tarde llegó con tartas y botellas de vino espumoso. Puso sobre la mesa una pila de libros, cogió una Parker y comenzó a dedicárnoslos. “Con enorme aprecio para mi mejor amigo y compañero Iván, esperando que la lectura sea de su agrado”. Al oírlo se nos hizo un nudo en el estómago, la sorpresa diluyó la furia que nos incitaba a matarlo. Nos abrazó y pronto comprendimos que teníamos un gran potencial. Vimos con claridad que podíamos seguir con los libros desconocidos y olvidados y lanzar nuestras propias obras. El sueño de convertirnos en escritores se hizo realidad y ahora somos una editorial famosa.