miércoles, 1 de julio de 2020

Sarah y la tentación

El saxofón de Ben Webster sonaba romántico con destellos plateados que atravesaban la opaca nube formada por el humo de los cigarrillos. Fuera llovía con fuerza, pero allí hacía calor, la gente estaba encendida por las notas del excelente músico que había despertado ese instinto animal que llevamos todos dentro. Bajo una actitud mustia se escondían nuestras furtivas miradas de cazadores. Me fijé en Sarah que llevaba un vestido rosa. No era muy guapa, pero sus gestos eran obscenos e inocentes a la vez. De todas las que había allí era la única que se podía vanagloriar de ser erótica, seductora de verdad. Sus movimientos, ensayados en cientos de noches de juerga, se habían perfeccionado. Un guiño, un cruce de sus piernas haciendo una trayectoria curva en cámara lenta, su manera de sostener la boquilla en sus labios y las miradas de reojo que delataban su interés, pero disimulaban sus intenciones; la hacían única. Eso, además de un pelo negrísimo, unas pestañas muy embadurnadas de rímel y sus largos guantes blancos volvían locos a los clientes. A mí me gustaba y solo había tenido la oportunidad de hablar con ella una ocasión. No fue una conversación muy larga porque llegó uno de sus clientes habituales y se la llevó a una mesa. Pasé toda esa noche mirándola, pero ella se desentendió de mí. Desde aquella ocasión su interesante rostro me había quitado el sueño.

Hay una cierta fealdad bella en la gente que, en lugar de provocar rechazo, atrae como un fruto prohibido. Sarah era así. A primera vista su rostro no ofrecía nada, pero era cuestión de verla unos cuantos segundos para quedar bajo el efecto de su atracción. Caminaba siempre como una celebridad y sabía encontrar las palabras adecuadas para cualquier situación. No se juntaba con nadie y Francesca, la encargada de controlar a las chicas en ese tugurio, ya entrada en carnes y con un carácter muy fuerte, se dirigía a ella con mucho respeto. Se podría decir que cuidaba de la joya del establecimiento. Frecuenté el lugar varias veces y en ninguna ocasión acepté los servicios de ninguna chica. Hablé con algunas sin un interés especial y esa noche había decidido echar a suertes mi destino. Si Sarah me aceptaba la sacaría de esa pocilga costara lo que costara, en caso contrario me alejaría para siempre de ese lugar de perdición. La tenía frente a mí con su actitud de mujer que se sabe fértil y deseada. Era seguro que como todas las mujeres añoraba casarse algún día y tener unos críos. Su imagen para mí era bíblica, pero ni sagrada, ni maléfica, sino humana. Tan humana como la de María Magdalena. Era, más bien, un arquetipo de feminidad que invita al amor, parecía que se escondía detrás de una barda con alambre de púas y se entregaba a quien lograba pasarla. Esa noche no había llegado ningún ricachón y los tres gatos que estábamos allí no le despertábamos el más mínimo interés.

De pronto salió de la penumbra gris el sonido de una tormenta de teclados y la voz atractiva de las sordinas de trompeta. Cantaban por turnos los músicos: “It don´t mean a thing”. Sarah se levantó de su sitio y se vino a mi mesa para mirar mejor. Los primeros segundos fueron hipnóticos. No sabía que decirle, pero ni siquiera se había fijado en mí. Era como si para ella la mesa estuviera vacía. Le ofrecí encenderle el cigarrillo y solo inclinó un poco la cabeza. Su perfume seco, mezclado con su aroma natural, parecía vino afrutado, embriagante y mortífero. Miró con desgana a los músicos que cantaban sin mucha entrega. Se terminó la melodía y después de unas palmas muy flojas sentí su mirada.

—Estás muy guapa hoy—le dije sin mucha decisión.

—¿No tienes otra cosa que decir? ¿En verdad crees que eso es un cumplido?

—Bueno…—le dije sonrojándome—Te puedo invitar algo y quizás pueda contarte algo interesante.

No dijo nada y se volvió al escenario donde los músicos se ponían de acuerdo para ejecutar la siguiente melodía. Llamé al camarero y esperé a que ella pidiera, pero no habló. Pedí champagne y cuando nos sirvieron dos copas, Sarah se apoyó en el respaldo de su silla, dio un pequeño sorbo y le dio una bocanada a su cigarrillo.

—Vienes poco por aquí, ¿verdad?

—Sí, no frecuento mucho este tipo de sitios. No es mi ambiente…

—Y ¿qué buscas?

—Me gusta el jazz. Este grupo toca muy bien.

—¿A ti te lo parece? ¿Sabías que casi todos son unos borrachos y que ni siquiera ensayan?

—Bueno, pero el jazz es así. Lo más importante es la improvisación.

—Pues a mi me parece que cada noche hacen lo mismo y han desmejorado.

—Es posible, sin embargo, tocan con el corazón.

—No me hagas reír. Si estos tocaran con el corazón no estarían en un cuchitril como este.

—Y ¿Tú qué haces aquí entonces?

Me miró con odio, como si quisiera arrancarme los ojos, pero se contuvo. Fumó dos cigarrillos sin hablar. La música seguía y algunas parejas se habían levantado a bailar. No sabía qué hacer. Le había dicho algo inoportuno y la ofensa me iba a costar muy cara. Sabía que ella estaba preparando su venganza, era cuestión de tiempo. Siguió sin hablar y frustró todos mis intentos por conversar. Cuando decidí que no merecía la pena permanecer con ella me cogió de la mano.

—Creo que no tiene sentido seguir aquí esperando. ¿Nos vamos?

—Sí, de acuerdo. Como tú digas.

Fue por su abrigo y le dijo algo a Francesca. Salimos. La noche era fría. Había llovido mucho y los charcos brillaban con la luz de las farolas como si fueran espejos nocturnos. Caminamos unas cuadras y aproveché para disculparme por mi falta de sentido común. “No te preocupes—me dijo con una sonrisa infantil—. No pasa nada”. La vi, entonces de otra manera. Se había convertido en una persona real. Se veía un poco meditabunda y triste. Le pregunté si le gustaba pasear, si hacía como yo en las noches de luna llena. Respondió que no, que a ella no le gustaba caminar por las noches y que por las mañanas le era imposible porque siempre dormía hasta las cinco de la tarde. Entendí que llevaba más de diez años en aquella atmósfera banal y sentí lástima. El corazón me latió con fuerza y tuve que luchar contra la tentación de abrazarla. Llegamos a un hotel. No era muy lujoso, pero se diferenciaba de esos hoteles de mala muerte que servían de paso a los amantes ocasionales. Pedí alojamiento y una botella de vino espumoso italiano. Entramos a la espaciosa habitación que estaba decorada con buen gusto. Me quité el abrigo y me senté en un sillón. Sarah me dijo que quería ducharse. Se tardó media hora en salir y cuando la vi pensé que era otra persona. Estaba envuelta en la toalla y su pelo estaba mojado. Se sentó frente a mí y me pidió que le sirviera vino. Puse atención en su cuerpo. Tenía cerca de treinta años y toda ella estaba en el mejor momento de la maduración. Me pidió que le hablara de mi trabajo.

—Soy periodista de segunda.

—Y ¿qué escribes?

—Bueno, no sé cómo explicártelo. Son artículos de opinión.

—¿Qué tipo de opinión?

—No, no es la opinión de nadie. Más bien son ensayos no muy depurados.

—Ah ¿Y qué quieres decir con eso?

—Pues que mi jefe me da un tema y durante la semana investigo y hago un artículo. No es muy divertido.

—Y ¿qué temas te da?

—Nada importante. Cosas de política y otras chorradas. Oye, por qué no me hablas de ti un poco.

—Prefiero no hacerlo. No te gustaría y a mi, menos.

Guardamos silencio y nuestras miradas cohibidas se cruzaron. Ella sentía algo de incomodidad. No estaba a costumbrada a permanecer frente a un hombre tanto tiempo. Me levanté y me acerqué a ella para servirle más vino. Me disculpé y fui al aseo. Aproveché para ducharme. Ella estaba recostada en la cama. Se había quitado la toalla y permanecía como La maja desnuda. Hasta ese instante no la había visto como mujer, pero su piel blanca, sus bien formadas piernas y sus pechos me volvieron loco. Me acerqué despacio. Me despojé de la toalla y me recosté con ella. Quería hablar, pero ella me besó y mi cuerpo se incendió. La noche nos hizo descender por una espiral vertiginosa. La sensación de vértigo era tan placentera que la confundí con el amor. Me aferré a ella como una sanguijuela. Besé todo su cuerpo sin poder contenerme. Sentí que me clavaba los dientes y las uñas, su respiración agitada me destrozaba el corazón y los oídos y la embestía para librarme de mi pasión. No sé cuanto duró el goce, pero fue tan letal que me quedé dormido.

A la mañana siguiente no estaba. Habían quedado las huellas de su presencia. Su olor seguía suspendido en el aire. Lo respiré para despertar los recuerdos y cerré los ojos para escuchar de nuevo su voz áspera y sensual. Me sentí muy afortunado. Tenía que verla de nuevo. Ya no podría vivir sin ella. Los días siguientes fueron una tortura porque en el trabajo había mucho que hacer. El jefe quería publicaciones para el aniversario del periódico. Tuve que sentarme tres días completos sin salir a tomar el aire. Terminé hecho polvo. El fin de semana traté de relajarme con un poco de deporte. Medité mucho durante la carrera y llegué a la conclusión de que estaba siendo víctima de un deseo bestial. Era la lívido que había podido dominar durante mucho tiempo, pero con el encuentro de Sarah todo se había estropeado. Teníamos casi la misma edad. Ella era una Mesalina, una Aspasia experta en proporcionarle placer a los hombres, yo, en cambio, un asceta ingenuo que se había enamorado perdidamente. Las noches fueron insoportables y el insomnio se metió en mi cama para dar saltos cada vez que estaba por conciliar el sueño. Llegó el viernes y entregué mis artículos. El jefe de redacción no me puso muchas trabas, no hizo más que aconsejarme algunos cambios de estilo y se quedó con mi trabajo. Tenía tiempo libre. Salí a las cinco de la tarde, comí un poco y descansé. Pude dormir unas horas y cuando desperté eran las nueve de la noche. Me duché, me puse un buen traje y salí en busca de Sarah.

El manto oscuro del cielo era tibio, no había llovido y la primavera estaba en botón. Vi el anuncio luminoso del bar. Respiré con decisión y apreté el paso. Preparé mentalmente un discurso para Sarah. Tenía que convencerla de fugarse conmigo. Estaba dispuesto a todo. No solo me sentía capaz de olvidar su pasado, sino que estaba seguro de poder facilitarle un futuro luminoso y pródigo. Seguro que su liberación costaría un pastón, pero estaba listo para aceptar el compromiso. Llegué a la entrada y vi a los guardias de siempre. Los saludé, pero en lugar de obtener una respuesta cordial como las veces anteriores me comenzaron a golpear. Me molieron a palos y me amenazaron. Dijeron que yo era culpable de algo que no entendí y, al final, por el efecto de la paliza perdí el conocimiento.

 Amanecí en un hospital. Era mediodía y tenía dolor en la nariz y no podía moverme. Al notar que me quejaba, se acercó una enfermera. Era una mujer delgada de unos cincuenta años. Me preguntó si me sentía bien. Le pregunté sobre el lugar en el que estaba y el tiempo que llevaba allí. “Tres días—dijo como si eso no significara nada—. Lo trajeron el viernes de madrugada y hoy es lunes. Le han roto la nariz y tiene unas fracturas”. No me dijo nada más. Era muy seca, solo me daba instrucciones y no respondía a las preguntas que le hacía. Más tarde vino un compañero del trabajo. Me deseo que me recuperara y dijo que el jefe estaba muy satisfecho con mis artículos, que me dirigiera a él si necesitaba algo y que me daría unas semanas para que me recuperara. Tenía un vendaje en la nariz, una escayola en la pierna izquierda y la clavícula. Por la noche me dijo el doctor que en una semana podría volver a mi casa o, si lo prefería, podía quedarme allí hasta mi recuperación total. Decidí permanecer allí una semana y después irme a mi casa. Pasaron los días como gotas por un embudo de decantación. Faltaban dos días para que me marchara, pero tuve una visita muy extraña. Era un inspector de la policía. “Soy de homicidios, querido Alfred—dijo sentándose a mi lado en una silla metálica que estaba cerca—. Le quiero hacer unas cuantas preguntas”. Primero se interesó por mi estado, me hizo preguntas personales y después sacó una fotografía.

—¿Conoce a esta mujer, Alfred?

Era la foto de Sarah. Estaba junto a un hombre trajeado y gordo. No lo conocía. Ella llevaba un vestido rojo y el pelo suelto, se veía muy alegre y su cintura estaba rodeada por el brazo del hombre.

—Sí, por supuesto que sí. Se llama Sarah y trabaja en “El crepúsculo naranja”.

–¿Hace cuánto que la conoce?

—Pues, cerca de medio año. La he tratado muy poco y solo una vez…Bueno, ya sabe lo que hacen las personas en ese sitio, ¿no?

—¿Cuándo la vio por última vez?

—Hace unas dos semanas. Fue un viernes en el que no había clientes y el trabajo era muy flojo…

—¿Sabe que está muerta?

Salté de la cama y estuve a punto de estamparme contra el suelo. La sensación que tenía era horrible. Mis ilusiones se habían resquebrajado y la incredulidad me instigaba a comprobar que lo que me decía el inspector era verdad. No tuve que esperar mucho porque después sacó otra fotografía. Era un recorte de periódico en el que había una mujer desnuda con la cara un poco deformada. A pesar de eso sentí que era ella. El mismo pelo, el bello púbico, los senos y las hermosas piernas que me habían vuelto loco aquella noche, eran de un cadáver. No se si lloré, pero el inspector Crawford me dio un pañuelo.

—Sé que el último hombre con quien estuvo ella, fue usted Alfred. ¿Por qué no me cuenta lo que sabe?

Quise hablar, pero no me salía la voz. La noticia me había bloqueado la lengua y mis ideas se mezclaban como hilos de madeja. Tardé unos diez minutos para recuperar las fuerzas y le conté todo lo que sabía. Le confesé mis planes y la intención de liberarla de su yugo. Crawford me compadeció y me dijo que le sería muy útil en la investigación. Se fue y me quedé inmóvil en la cama. Permanecí abstraído varias horas. En la noche dormí gracias a los somníferos que me dieron. A la mañana siguiente volvió el recuerdo del cuerpo de Sarah. Podía escuchar sus jadeos y sentía su piel ardiente, sus labios adheridos a los míos y su olor. No podía cerrar los ojos porque las sensaciones se acentuaban y me oprimían con tanta fuerza que deseaba gritar. Me llevaron a dar un paseo y para distraerme hablé con la enfermera. Supe de ella toda su vida y traté de escucharla con atención para no caer otra vez en aquel pozo horrible del que no podía salir. El tiempo no fue un remedio para curarme y el mes que permanecí en el hospital me ayudó a no volverme loco. Pasé la rehabilitación y salí por mi propio pie. Me integré de nuevo al trabajo. Parecía un espécimen raro. Mis compañeros se burlaban diciéndome que por el accidente que había tenido se me había botado una tuerca. Me dediqué a los artículos que me pidieron y trabajé día y noche para librarme de mis recuerdos. Decidí visitar al inspector Crawford. Nos encontramos en una cafetería que estaba cerca del periódico. Nos sentamos cerca de la ventana, pedimos un café y comencé a preguntarle sobre las pesquisas.

“Hay algo que tiene que saber, Alfred. Su amiga Sarah, era en realidad una serbia que desde los quince años se había dedicado a complacer a los hombres y se llamaba Srebrenka. Un tal Marko, serbio también, la obligaba a hacer lo que le pedían los clientes. Como era una mujer con un atractivo especial pudo relacionarse con hombres influyentes. Un día Marko le pidió que buscara información sobre un empresario y ella encontró algo muy comprometedor. Empezó el chantaje y esas cosas. Ya sabe cómo es la gente cuando quiere ganar dinero fácil. Al principio creímos que él había sido el responsable de su muerte, pero no encontramos nada de donde tirar y al parecer Marko ya estaba saciado y no le molestaba más. Nos quedaron varios sospechosos, entre ellos usted y Marko, pero ese cabrón no sería tan imbécil como para matar a la gallina de los huevos de oro, así que, si usted tampoco fue, lo habrá hecho un borracho de la calle o cualquier asaltante de esos que pillan lo que la suerte les ofrezca”.

Terminamos nuestra conversación y Crawford me dijo que lamentaba que todo hubiera terminado así. Era una situación estúpida. Me resigné y afronté la verdad. Con el tiempo me fui desprendiendo de mis recuerdos y hasta encontré una chica con la que comencé a salir. Se llamaba Larisa y era muy divertida. No tomaba la relación muy enserio y lo pasábamos bien. Me ayudó mucho y le propuse formalizar nuestra relación, pero me rechazó diciendo que estaba enamorada de otro hombre. Un día su sueño se hizo realidad y se marchó. No me afectó mucho su partida y decidí emplearme a fondo en el trabajo. Pedí que me cambiaran de departamento y comencé a hacer entrevistas. Un día me pidieron hacerle una a un autor de novela negra. Estaba de paso y nos había concedido tres horas. Preparé mis preguntas y fui al lujoso hotel en el que se encontraba. Llegué a recepción y me dieron un recado. El escritor había reservado una mesa en el restaurante. Me indicaron el sitio y fui a sentarme. Desde mi sitio se veía todo el salón. Los candiles eran muy grandes y antiguos, las paredes eran de mármol y el mobiliario de estilo clásico, había unos grandes espejos enmarcados en las paredes y el lugar se veía muy amplio. Transmitía una sensación de bastedad. De pronto, el camarero se acercó y me puso una botella de champaña en una cuba con hielo, me preguntó si deseaba beber y al notar mi indecisión señaló a una mujer que estaba tres mesas más allá. Vi a Sarah. Estaba esplendorosa, llevaba un vestido muy elegante y joyas, su rostro se había rejuvenecido y cambiado un poco por la falta de maquillaje, pero la reconocí. Fingió distracción, pero yo sabía que me vigilaba. Quise levantarme para hablar con ella, pero llegó mi invitado. Lo saludé con mucha cordialidad y me correspondió con una retahíla de halagos, luego se disculpó por su retraso. Antes de empezar con las preguntas me dijo que su compañera se uniría en unos segundos. Entonces Sarah se levantó de su sitio y vino a nuestra mesa. Me ofreció la mano y me dijo su nombre. “Buenas tardes, señor Alfred, soy Ekaterina James.


martes, 16 de junio de 2020

Romero del arrepentimiento


Se apagaron las luces y se abrió el telón. El público vio el decorado que consistía en una casa pequeña de pueblo y al fondo unas montañas y el cielo grisáceo. Apareció, anegado por un chorro luminoso, un hombre delgado con túnica de lino y un bastón. Algunos espectadores volvieron a echarle un vistazo al programa para confirmar que era Alejo Karpov quien interpretaba al palmero. Se oyó el famoso verso recitado por el gran actor:

“Ser en la vida romero,
romero solo que cruza siempre por caminos nuevos
ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo
ser en la vida romero…solo romero…”

La gente escuchó conmovida el filosófico verso, después, testigos de las vicisitudes del pobre errante, aplaudieron sin parar. Se sucedieron las escenas acompañadas de lágrimas, sonrisas agrías y alivio. Al final de la pieza llovieron ramos que formaron un hermoso arcoíris. Alejo no paró de agradecer las felicitaciones y, cuando la gente siguió el manoteo, los chiflidos y el griterío, el anunciador pidió que se retiraran. Nadie quiso salir y Alejo descendió del escenario para conversar con el público. Le hicieron infinidad de preguntas y él contestó con honestidad. Poco a poco los admiradores se fueron retirando con sus programas firmados y un recuerdo inolvidable.

Alejo entró en su camerino. Estaba cansado, había sido un mal día en su vida. Le habían dado malas noticias, pero su trabajo le exigía el esfuerzo. Salió del teatro y se fue a su casa. Le abrió su hermana solterona. Le preguntó cómo se sentía y le sirvió la cena. Se miraron con lástima y decidieron no hablar. Todo estaba perdido. La falta de recursos y la ausencia de verdaderos amigos les obligaba a esperar el final como condenados al cadalso. El día siguiente sería igual. Éxito en el teatro y fracaso en la vida. ¿Debía seguir actuando en la realidad? ¿Por qué no le cambiaban las cosas? Habría preferido ser un don nadie, un actor secundario y vivir de otros oficios, pero su entrega desde la adolescencia lo había llevado a la cúspide de una montaña en que todo era arte y amor, pero un sitio solitario, lleno de austeridad.

Nada lo había doblegado hasta ese momento, sabía que cambiando su vida podría alargarla un poco más. Cuando la existencia pierde sentido y eres parte de un colectivo en el que se te aprecia por mostrar el dolor humano que llevas en carne propia, no queda nada más que el abandono. La nada con su oscuridad eterna. El reconocimiento es porque eres el mártir. No habría más sacrificio, la vida no jugaría sucio a sus espaldas ya no escucharía esa terna pregunta: “¿Me estás espiando?”.  Ya no tendría temor del fracaso y no sentiría la frustración de ser un hombre sin éxito con las mujeres y en los negocios. ¿Eurípides y Esquilo se lo perdonarían y lo recibirían? No, jamás, lo enviarían al exilio por traición y sería un argonauta perdido en los mares del olvido y la sucia crítica, se enfrentaría a los monstruos de sus recuerdos y los periodistas.

Se levantó en la madrugada decidido a terminar y salió en dirección de la carretera. Se fumó con calma el último cigarrillo y se dirigió al puente. Lo miró con miedo, pero ya no deseaba retroceder. Se dejó llevar por la inercia de sus pasos, espantó las imágenes de su caída con el humo que salía a resoplidos de su nariz y boca. Llegó al sitio desde dónde se lanzaría. Se paró en el borde y tiró la colilla humeante. Por último, recito:

”Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo
Pasar por todo, una vez, una vez solo y ligero
ligero, siempre ligero
sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos
Poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto
que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros”.

En el horizonte vio la imagen de un león barbado y gafas, con un sombrero anticuado interrogándolo. Alejo derramó su ira y se ennobleció su corazón. “Más vale seguir con valor en la lucha tenaz, mejor que huir como un cobarde fracasado—susurró para sí—, aguantaré hasta el final; venceré la pobreza y la enfermedad, el dolor y el olvido, el desamor y la frustración. Sacó otro cigarrillo, lo cogió con cuidado y lo fumó despacio. Salieron los primeros rayos pálidos del sol en su alma.


sábado, 30 de mayo de 2020

El club de los literatos


Era una época en la que los recuerdos eran en blanco y negro, aunque la vida nos diera la alegría del color, las películas, las fotos y hasta las transmisiones de radio eran en blanco y negro. Era por eso que me desconcertaban algunas cosas que mantenía en la memoria de una forma y las evidencias de la vida real empañaban mis recuerdos. Solo una remembranza tenía aspecto carmesí. Un rojo muy subido y líquido, diría. En aquellos años estaba relacionado con un grupo de escritorzuelos que llegaron a ser famosos muchos años después, pero de los treinta que empezaron solo dos alcanzaron el éxito. A mí me invitó Joe Jackson un joven de descendencia irlandesa que creía que yo podría convertirme en escritor algún día. Para mi suerte en aquella época no se me daba nada la poesía y mi prosa era muy desagradable. Me faltaba imaginación y no podía hilar una historia completa.

Nos reuníamos casi cada noche para competir con nuestros escritos y el perdedor de siempre era yo. Por eso, cuando a Charles se le ocurrió la idea de hacer un concurso, quedé excluido el primer día. En realidad, tuve mucha suerte porque de no haberme resignado a esa suerte ya no estaría aquí para contarlo. Se decidió que los cuentos se les enviarían a unos profesores de talleres de literatura, catedráticos o escritores reales. Quien ganara saldría premiado. No fue tan sencillo contactarlos porque siempre estaban ocupados o se negaban a dar su opinión sabiendo que éramos unos donnadies. Estuvimos a punto de olvidarnos de ese plan y seguimos muchas semanas escribiendo y analizando todo lo que creábamos, es un decir porque a mí solo se me permitía escuchar. James, un chico con carácter bohemio tenía una facilidad como la de Thomas Wolf para escribir kilómetros de papel, pero sus descripciones eran tan largas que habrían faltado diez rollos de diez metros para escribirlas completas. Había muchos chicos muy ilusionados, pero a los que más recuerdo son Joe, Charles, James, Roger y Mike, los demás se fueron desvaneciendo en mi memoria y, por fortuna, no los recuerdo en absoluto.

Casi nadie tenía novia. James era guapo y podría haber conquistado a cualquier mujer con su natural encanto narrativo, pero fue el primero en desaparecer. Para mí, él, era como uno de esos poetas de la antigüedad que podía armar en su mente una costura de versos como si se tratara de tejer una bufanda con palabras bien alternadas y colocadas en el lugar preciso. Charles era otra cosa, a él le gustaba la brevedad. Tenía una capacidad de razonamiento increíble, lo malo es que su talento solo servía para hacer historias muy cortas y entre más se extendiera, más difícil le resultaba escribir. Se encontraba a gusto con los cuentos de una cuartilla, pero en cuanto pasaba cierta línea, el cuello de su botella narrativa se hacía tan estrecho que lloraba para que le salieran las palabras. Roger era un fotógrafo, hacía unas descripciones como Virginia Wolf o Turgueniev. Daba mucho gusto escucharlo, pero sus historias eran como un álbum de imágenes preciosas yuxtapuestas que dejaban un encantador sonido en la cabeza, pero nada más. Mike era la fuerza destructora, cogía los temas para sus distopías, adoptaba cualquier tema para darle la vuelta y mostrarnos un mundo horrible de degradación total. Fumaba marihuana y se inspiraba de verdad con un solo porro. Tenía una prosa que todos llamábamos “física”, pues usaba los tres estados de la materia para describir. Lo sólido lo hacía gaseoso o líquido y sus historias hipnotizaban de verdad. No por nada ha llegado a ser uno de los autores más reconocido de nuestro tiempo. Tal vez su maldad se alimentó de las víctimas de nuestro club.

Había dos amigos inseparables: Martin y Ricky. Escribían juntos y eran tan banales que daba pena escucharlos. Eran vanidosos y en su afán de impresionar estaban dispuestos a copiar textos de Dostoievski, Kafka o Poe y adaptarlos a la época. En una ocasión contactaron a unos profesores de un taller literario y les comentaron sobre la idea de Charles. Estuvieron de acuerdo en aceptar los escritos en los concursos. Al principio todo mundo se puso feliz. A la primera convocatoria se enviaron los mejores textos de cada uno, pero la desilusión llegó muy pronto. Cada vez que en nuestras discusiones se debatía sobre la historia que debía ganar, los encargados la omitían o la incluían, por equivocación o casualidad, en las finalistas. Martin y Ricky dijeron que no merecía la pena hacer esfuerzos inútiles. Se habló mucho, pero Charles hizo una de sus bromas y al ser tan parco en explicaciones dio lugar a que se malinterpretara lo que deseaba y entonces comenzó la bulla, los insultos y las agresiones directas. Se hizo un pacto y en una hoja todos firmaron con sangre del pulgar.

En la fecha establecida, el 27 de febrero, de cada año se presentaban los escritos y se enviaban a un grupo de especialistas. Todos estaban convencidos de que ganarían los mejores, pero sería por las demandas del público, las ideas viciosas de los miembros del jurado u otra razón, por lo que ganaban los escritos que se habían considerado entre nosotros como los más pésimos. En un arranque de ira Mike dijo que tal parecía que el premio se lo daban a los peores y que se merecían una bala por estúpidos. Alguien secundó sus palabras y después sin saber por qué se dejaron arrastrar por la demencia. Se acordó algo que sonó a broma, pero se cumplió después de cada premiación. Se presentaron los textos y ganó James. La noche que le esperábamos para felicitarlo y llevar a cabo el ritual del club, no llegó. Supe años después que había sido asesinado en extrañas circunstancias. Al siguiente año no asistí porque me dieron un trabajo en un periódico y me alejé de aquellos locos. Llegué a encontrar a Mike algunas veces, pero nunca me contó nada. Hablaba de forma muy general de los chicos. Nuestra vida cambió por completo, me enteré de los éxitos de Mike y Charles por casualidad y siempre quise encontrarme con ellos para que me firmaran sus libros, pero nunca tuve tiempo para asistir a sus presentaciones. Después se abrió un hueco insuperable en nuestras vidas y lleno de olvido.

Hace unos días me pidieron hacerle una entrevista a Mickey Malcolm, que es nada menos que Mike con una lista considerable de novelas y ensayos sobre literatura. Tiene varios premios importantes y me ha sorprendido que lo haya olvidado por completo. Soy un asiduo lector, pero siempre investigo sobre lo que me piden en el periódico y nunca tengo oportunidad de publicar en la sección cultural. Cuando me sobran algunas horas busco los libros de Tolstoi, Dostoievski, Dickens, Kafka, J Roth, Faulkner entre otros. La literatura actual me parece muy decadente y cada vez aumenta la cantidad de autores que después de sus cursillos de literatura comienzan una prolífica carrera llenando las estanterías de historias en gordos volúmenes que se venden como Best Sellers y no me atraen nada. Malcolm no es de esos. Él sí que cuenta historias de verdad. Tiene algo de Roberto Louis Stevenson y Andrei Platonov. Es una combinación extraordinaria porque el primero es un maestro de la aventura y el suspenso se mantiene en cada capítulo, del segundo tiene esa prosa mágica que usaba también James. Leí con interés la novela “Los suicidas intelectuales” y me quedé de piedra porque mis empolvados recuerdos se despertaron causándome una sensación nauseabunda. 
Cada página me enroscaba el estómago y me revivía imágenes de aquella época en la que murieron James, Martin y Ricky. No sé por qué razón mi curiosidad me llevó a investigar el paradero de aquellos pobres muchachos y al dirigirme al departamento de policía supe que habían muerto asesinados y que nunca se había podido encontrar a los criminales. El investigador Carlson, quien me explicó sobre esos casos me dijo que entre esos expedientes abiertos había otros más, que eran unos veintisiete. Esas cifras no me dijeron nada, pero al leer el libro fui reconociendo a los personajes, luego aquel juego absurdo de enviar textos a una comisión formada por escritores de talla media y profesores de talleres literarios. El club de los suicidas condenaba a los miembros que fueran elegidos el 27 de febrero. Me dirigí a al inspector y le pedí que me diera una lista de los crímenes que se habían cometido en la noche de cada 27 de febrero hasta la fecha. Lo que encontré fue una serie de nombres conocidos. En el libro no se mencionaba la fecha, pero se seguían las mismas reglas. Según el narrador del libro a los concursantes que recibieran premios por parte de los que consideraba escritores de poca talla, los mataban. Eso creaba un ambiente tenso en el club, pues cada año escribían un libro y quien escribiera el peor, que era el que por lo regular ganaba, recibía un premio que lo condenaba irremediablemente. Eso era la motivación para convertirse en un escritor de mucha talla, pues cualquier desliz o error podía hacerlo terminar en el fondo de un río. La coincidencia era enorme y no sabía qué preguntas hacerle a Malcolm. Soñé que le cogía la entrevista y me revelaba, o más bien confesaba, que él y Charles, que tampoco se llamaba así, sino Chaterley Yan, se habían ocupado de aquellos ingenuos soñadores.

El día de la entrevista me levanté sin ánimo, fui a la oficina de Thomas Walk y le dije que no podía hacer lo que me pedía. Discutimos más de media hora y, al final, me sustituyó por Andreu, un chico listo que estaba en el mejor momento de su carrera. Había sido finalista varias veces en el Pulitzer y sabíamos que pronto lo ganaría. Conversé con él, le dije el tipo de preguntas que debía hacer. Con mucho ingenio y certeza garrapateó lo más importante y salió a hacer mi trabajo. Me encerré en mi pequeño gabinete y saqué una botella de whisky. El agitado ritmo de trabajo del periódico ese día brillaba por su ausencia y el silencio era tétrico. Salí a las seis de la tarde y me crucé con Andreu que iba muy contento. No le quise preguntar nada y me fui a un bar a ahogar mis recuerdos. No lo logré. Ni ese día ni los que vinieron después.

jueves, 21 de mayo de 2020

El caso Greg


Era viernes y la mayoría de los empleados de la oficina se habían marchado. Mi horario era flexible, pero pasaba casi toda la vida resolviendo casos. Me había acostumbrado a la vida de servicio permanente. No tenía pareja y me había transformado en un elemento disponible las 24 horas del día. Por lo regular trabajaba solo y cuando era necesario me ayudaba Stevenson, un joven con bastante capacidad deductiva y con aires de gran señor. No me gustaba trabajar con él, pero me lo había asignado el mismo Joe Brown, así que lo soportaba con sus grandes razonamientos que superaban mi experiencia. En realidad, le tenía un poco de envidia porque yo me formé en el trabajo y no tuve la oportunidad de asistir a los cursos de criminalística y psicología. Tenía muchos años de servicio y a mis cuarenta años ya era un lobo de mar en este oficio. “Hay un asesinato, George—dijo Brown gritándome desde su despacho—. Tienes que ir inmediatamente”. Me levanté, cogí la dirección y me fui.

Llegué a una casa en el barrio de Queens en Jackson Heights era un edificio de cuatro plantas de ladrillo rojo. En la puerta estaba una patrulla. Charles me saludó y me deseó suerte. Me hizo una seña con la mano en la visera de su gorra y se marchó. Subí al cuarto piso y me encontré con el forense y unos policías que resguardaban la entrada de los curiosos vecinos. Al entrar sentí un aroma de gardenias, fresias y jacintos. Miré hacía la ventana de la cocina que se encontraba a unos metros y noté unas macetas. Seguramente de allí provenía el aroma. Avancé hasta la habitación donde se encontraba el cadáver. Una mujer muy atractiva se puso de pie y me saludó con amabilidad. Estaba poco afectada por el fallecimiento del hombre que era su amante. Noté que la piel del pobre tipo estaba cubierta por una tonalidad verde oscuro y en algunas partes muy pardo. No le habían cerrado los ojos y su mirada se dirigía hacia la ventana, pero no parecía haber mirado hacía los cristales o el edificio de enfrente, sino a alguien que se encontraba precisamente en el lugar donde yo estaba parado. Le pregunté al forense por qué no le había cerrado los ojos. “Perdone, inspector—dijo con voz muy amable Andy Graw—, me imaginé que no era del todo habitual esa mirada y decidí que usted podría adivinar qué es lo que quería o deseaba ese desgraciado en su último instante de vida”. Le agradecí que se hubiera preocupado de eso y me recitó el informe.

Envenenamiento, la sustancia saldría al hacer la autopsia. La mujer, Katherine era rubia, pero sus facciones parecían las de una mujer árabe. Llevaba un vestido casero de algodón con estampado de flores, unas sandalias y el pelo recogido, su rosto era fragante y el único adorno que llevaba eran unos pequeños pendientes de color amatista. Miraba con franqueza, pero no mantenía mucho tiempo los ojos en su interlocutor. Hablaba con pausas y era muy concreta. Le pregunté sobre su relación con el hombre, sus hábitos y sus posibles enemigos. Ella no fue muy clara con los detalles y parecía que la conversación no le importaba demasiado. Al final, me preguntó si sospechaba de ella. Le pedí que fuera más paciente y que esperara a que atara cabos para descubrir al asesino si es que lo había. Katherine tenía seis meses de conocer a Greg. Se dedicaba a la venta de ropa femenina. Distribuía sus prendas entre sus amigas y uno que otro comercio. No ganaba mucho y vivía con bastante modestia. Le pedí que me dejara husmear un poco entre las pertenencias de Greg. “Tenía pocas cosas aquí—dijo con un tono un poco nostálgico—. Vivía cerca de aquí, pero en la parte de Bronx”. Le pregunté sobre lo que había hecho ese día y los anteriores. Me enteré de su relación apasionada con Greg. De sus noches de amor y los agradables fines de semana que pasaron juntos.

Comencé a hacer mis hipótesis sobre el caso. El pobre Greg era un abogado de media clase. No tenía muchos enemigos y la mayor parte de juicios que había llevado los había tenido que negociar fuera de las salas de los juzgados. Según me dijo la portera de su edificio, no tenía visitas, llegaba siempre por las tardes después de laborar en su despacho y los fines de semana estaba todo el tiempo preparándose para los asuntos pendientes. Tenía poca correspondencia y lo que más le llegaba eran revistas relacionadas con las actualizaciones de la ley en materia civil y penal. No era muy atractivo y cuando lo describió me puso como modelo para señalar las diferencias, aunque yo también era un tipo común. Uno ochenta de estatura, pelo castaño, ojos marrones, nariz afilada y complexión media. Habrá muchísimos hombres que entran en ese parámetro. Incluso Stevenson que era muy inteligente no se libraba del patrón. Me fui sin revisar el piso de Greg. Lo tenía clarísimo. Se había envenenado con algo que le había producido la muerte de forma muy lenta. Lo único que debía hacer era descubrir qué ponzoña se lo había cargado. Necesitaba la ayuda de Katherine, ella lo conocía bien y podía señalarme la dirección correcta. Graw me recibió con el cuerpo de Greg ya remachado como un espantapájaros. “Es una sustancia muy rara, George—comentó dando vueltas por la sala—. Su efecto es lento y va penetrando en el organismo como un moho que se asemeja a un virus mortal. Es como esos encantamientos o sustancias de la antigüedad que se metían como una serpiente en el cuerpo y se lo iban comiendo lentamente. Fue lo que me causó sorpresa, George, por eso le dejé los ojos abiertos. ¿Usted notó algo?”. No, no había visto nada. Al menos en aquel instante, pero un poco después había tenido una especie de superstición. Un temor raro y escalofriante. Algo del más allá.

Me despedí de Graw con el resumen del informe en la cabeza. Tenía un acertijo muy difícil y Brown me asignaría de nuevo al estúpido de Stevenson para que resolviera el caso por mí. Según Graw la respuesta la sabía muy bien Katherine. “Pregúntele a ella, George, interróguela a consciencia, sólo ella podrá decirle si ese desdichado Greg conocía algún maleficio de las culturas antiguas o, si era miembro de alguna secta o algo así”. Un caso tan simple se empezaba a complicar solo por la presencia de una sustancia desconocida. No había móvil del asesinato, al menos así me lo parecía, ni sospechosos. La única era Katherine y si ella lo había matado, de dónde había sacado su pócima. No parecía una mujer fatal. Ni malévola. Pensé que lo mejor sería intimar un poco con ella e irle sacando el hilo que me permitiría llegar al fondo del asunto.

Brown como lo temía me dijo que Stevenson sería mi asesor, que debía entregarle todos los informes para que el los analizara y sacara sus conclusiones. La noticia no me agradó en absoluto y decidí irme al bar a tomar una copa. Allí tenía a Jason el barman que sabía conversar y poseía un talento natural para adivinar las cosas. He de confesar que en algunas ocasiones lo consulté y obtuve unas salidas muy poco habituales que dieron resultado. En su sano juicio era muy torpe, pero con una copa se le soltaba la lengua y se le estimulaba la imaginación.

—Hola, George, ¿qué tal va todo por el departamento de homicidios?
—Lo de siempre, Jason, ya sabes. Psicópatas, violadores, ladronzuelos reincidentes, prostitutas y proxenetas— Puso cara de comprenderlo todo y me sirvió un Whisky—. Uno para ti también, Jason.
—¿Eso quiere decir que buscas conversación, George?
—Sí, Jasón, ¿Te acuerdas de la ocasión en que me resolviste el caso de el vengador de Job?
—Era, elemental, estimado George. Tenías que haber leído con más atención la Biblia.
—Sí, eso lo sé, pero ¿Cómo supiste lo de el gran bebedor de Joseph Roth?
—¡Ah! Ese es un secreto profesional…—Se rio con sus blanquísimos dientes, le sirvió otra copa a George y continuó—. ¡Te lo has creido, George! ¡Ja, ja, ja! Es que un chico de la facultad de letras venía por aquí y me contaba esas historias.
—Pues, mira y yo que pensaba que eras en verdad un hombre leído.
—En este oficio lo más importante es saber escuchar, recordar las caras y no ser un patán. ¿Es por lo que he durado tanto aquí, mi querido George, pero dime qué es lo que me querías preguntar?
—Nada, nada, Jason. Es una tontería.
—Bueno, pues, aunque lo sea, dime de qué se trata.
—Es sobre el último caso. Un envenenamiento raro, ¿sabes? Mira, un abogado murió a causa de un veneno muy extraño. Graw me dijo que es algo relacionado con la antigüedad, pero no sabemos exactamente qué es. Una fórmula secreta o compuestos químicos. El caso es que se mete en el cuerpo como un virus y va degradando el organismo milímetro a milímetro. Al parecer se desarrolla en unos meses y al medio años ya ha dominado todo el cuerpo. Miré al muerto, y… ¿Sabes? Tenía una mirada aterradora, como si hubiera esperado hasta el último momento de su existencia para ver a alguien que no llego o, tal vez sí, pero ya no lo vio.
—Vaya con el virus ese. ¡Oye! ¿Hay una mujer de por medio?
—¡Claro, Jason! Me sorprende tu ignorancia. Es ella la única sospechosa. No hay más explicación. Greg, el muerto, no tenía enemigos, no lo fumaba nadie, era un mediocre. Tan habitual como tú o yo.
—Pues, tendrás que relacionarte con esa mujer para sacarle la sopa, ¿no crees?
—Es la única salida que me queda, pero antes debo hacer una inspección del piso de Greg para darme una idea de lo que representaba como persona y abogado.
—Y ¿por qué no lo has hecho ya?
—No sé, Jason, tengo miedo de encontrar algo tan sorprendente que hará que se rían de mí en todo el departamento de homicidios. He cometido errores y he hecho grandes tonterías, pero creo que esto me hundiría para siempre, además traeré de cola a Stevenson, Ya sabes cómo es.
—La verdad, no sé de que te preocupas. Deberías hacerlo ya. Oye, en una ocasión el tal Leonid, el estudiante de letras nos habló aquí de una tal Lilith, la primera esposa de Adán que fue condenada a vivir en la profundidad del mar. ¿No será eso lo que buscas?

Me despedí de Jason y fui a ver el piso de Greg. No encontré nada en particular. Un hombre modesto, con un sueldo bajo, sin vicios ni amigos. Un solitario fracasado que iba existiendo por allí sin encontrar algo que lo motivara a ser grande y una mujer rara. Decidí que no había más solución que encontrarme con ella.

II

Llevaba varias noches durmiendo mal. Soñaba con Katherine. La había encontrado dos veces y no había podido sacarle mucha información. Era muy amable y podría decir que estaba tratando de ganarse mi confianza. Me puse en alerta y le avisé de todo a Stevenson para que pudiera darme consejos racionales, ya que por mi carácter inestable y condescendiente corría el riesgo de perderme en sus redes. Ella no hacía nada en especial, pero presentía que quería seducirme. Lo hacía de forma imperceptible. Con una palabra de agradecimiento, con susurros cerca del oído y con un pavoneo natural de su cuerpo que era muy hermoso. En su casa ya no llevaba ese vestido modesto de algodón de siempre. Se ponía ropa más presentable y siempre me decía que se arreglaba para ir algún sitio. Le hacía los interrogatorios, pero ella era muy astuta dejando siempre un hueco de duda para despertar mi curiosidad. Llegó un momento en el que empecé a depender un poco de ella.

No podía concentrarme en los asuntos que me asignaba Brown. Empecé a tener complicaciones. Las investigaciones más comunes se me complicaban y la mayor parte las atendía Stevenson. Me convertí en su ayudante. En las guardias me preguntaba sobre los progresos del caso Greg. Le decía que no había nada que hacer allí, que no teníamos nada para inculpar a Katherine. “Debes ir más lejos, George—me dijo poniéndome una mano en el hombro—, con el método que estás aplicando no llegarás a mucho. Lo único que vas a lograr es enamorarte de ella y convertirla en una diosa a la cual te le rendirás para ser su esclavo. Sedúcela y sácale todo lo que sabe”. Stevenson tenía razón. Me portaba como un mojigato. Me comprometí a acelerar las cosas. No podíamos estar esperando tanto. Claro que lamentaba mucho que una mujer de esa clase pudiera terminar en un reclusorio.

Una noche le pregunté sobre sus relaciones sexuales con Greg. Me sirvió un té, yo nunca le había aceptado nada por precaución, sin embargo, esa noche había algo raro en el aire. Había dejado de notar ese aroma agridulce de flores y el sándalo con almizcle se me metieron hasta el tuétano. “Prueba este té de azahar, George—me dijo mirándome con sensualidad”. No pude resistirme más. Adivinaba su cuerpo bajo la bata de seda que llevaba puesta. Se había maquillado y su pelo estaba ensortijado. Bebí con calma, con sorbos muy pequeños. Sentí su mirada extraña. Se descubrió y quedó ante mí con su cuerpo al natural. La tibieza de su respiración me arrastró hacia ella. Me besó y sentí el fuego surgir dentro de mí. La abracé y me llevó al lecho. Decía cosas raras que sonaban como algo relacionado con el erotismo.

Descubrí que tenía en mi interior otro ser. Un engendro hambriento de placer. “En el juego del erotismo—decía Katherine con pasión—empieza el placer. La espera no es una tortura es excitación. Te provoco para que puedas realizarte más en el último momento”. Era cierto porque cada vez que empezaba sus bailes, mi cuerpo se iba inflando de una energía que se volvía en un huracán. Cuando nos besábamos nos introducíamos hasta lo más hondo del otro. No en el sentido físico, sino en el espiritual. Llegué a ver, gracias al té y sus caricias, lugares inhóspitos del universo. “No hay fin, ni principio, querido—decía acostada a mi lado dejándose acariciar palmo a palmo todo el cuerpo—. No hay ni nacer ni morir. Tu mente es la puerta a lo divino, puedes crear lo que se te pegue la gana y existir por siempre”.

Sus palabras tenían una fuerza violenta, convincente y me llené de intrepidez. Stevenson me decía que estaba sufriendo transformaciones, que ya estaba bien de investigar el caso Greg. Ella fue y punto, George, no lo podemos demostrar. Su fuerza no es de este mundo. “Anda y explícale eso a Brown—le dije con reproche—. Ya verás cómo nos echa a los dos a la calle. Además, ¿dónde está tu fría y calculadora razón?”. No me respondió, solo pudo decir que ya no éramos los mismos. Cogió un ramo de rosas que le habían llevado a una secretaria y me pidió que les soplara. Se pusieron verdes con el mismo color del cadáver de Greg. ¿Lo ves? —dijo con cara de sabio—. Sí, era verdad. Algo me estaba afectando, pero me sentía mejor que nunca. Decidí ir a ver a Graw para preguntarle cómo se sentía si había notado que al soplar las cosas se le ponían verdes como a mí. Me recibió cuando estaba abriendo el cadáver de una mujer que habían arrojado a un lago y estaba toda descompuesta. Me miró y dejó su trabajo. Me habló a través de su mascarilla y al oír lo del aliento que ponía las cosas verdes sonrió un poco y dijo que eso solo pasaba en las historias de ficción. “¿En qué mundo crees que vives, George? Me asombra que a tu edad y con lo que has visto en tu vida, vengas con cosas de niños. Y no, no hay ningún virus o enfermedad que produzca esos fenómenos”. Lo miré con un poco de odio y para demostrarle que era verdad lo que le decía cogí unas flores que estaban en la recepción del hospital y me puse a soplarles enfrente de Graw. Lo malo es que no cambiaron de color y con las diminutas gotas de mi saliva parecían más frescas. No pude resistir el rostro burlón de Graw y me fui.

Comencé a hacerme análisis de todo. Fui con todos los especialistas y al entrar a sus consultas me recibían con un “Está usted en muy buena forma y para su edad está hecho un chaval”. Les expliqué lo del fenómeno de las flores, pero me dijeron lo mismo que Graw. Me resigné a medias y pensé que, si frente a Stevensons se habían puesto verdes las flores, lo harían también frente a mi casera o, incluso, frente a Katerina. Lo intenté muchas veces, pero no funcionó. El único que podía verlo era yo. Cuando me calmé un poco fui a ver de nuevo a Katherine. Ya no me importaba el destino de Greg, ni el móvil, ni el veneno, ni nada. Ella me recibió de una forma especial. “Veras hoy las estrellas y jamás querrás volver a tu vida carente de interés”. No sé qué pasó esa noche, pero la llama que sentí en mi interior fue tan deslumbrante que su luz apagó los tonos de la vida. Veía todo con nuevos ojos. Estaba transformado por el amor. Ekaterina me comentó que había pasado a otra dimensión, que la gente ya no podría reconocerme y mi deber era alejarme de ellos.

Por la oficina se me veía cada vez menos. En ocasiones tenía la impresión de que era una especie de fantasma que deambulaba entre los escritorios, pero Brown me reprendía mucho y me cantaba las cuarenta. Stevenson me agredía y no dejaba pasar ninguna oportunidad para mostrarme todo lo que enmohecía con mi aliento. Por último, me previno de seguir encontrándome con Katherine. “Ella nos va a hundir—gritaba desesperado—. ¿No entiendes que somos parte de su juego? Es una mujer letal. ¡Aléjate lo más pronto posible de ella, por favor! Si no te detienes me arrastrarás a mí y a muchos otros contigo. ¿Sabes a quién esperaba ver Greg? ¿No? ¿Y lo podrías adivinar? ¿Piénsalo? ¿Por qué precisamente te paraste en aquel sitio? ¿Lo sabes? Y lo peor de todo es que me esperarás a mi de la misma forma.

Le grité y le asesté unos cuantos golpes, salí enfurecido. Llegué a la casa de Katherine. Me recibió con los brazos abiertos. Me tranquilizó y me condujo al salón. Le conté lo que había pasado y se sonrió. Se puso a mi lado y su voz sonó como nunca. “No vuelvas más a ese sitio. Olvídate de ellos. Quédate conmigo y disfruta de las noches que pasamos juntos. Te abriré el universo para ti solo. Podrás absorber el conocimiento divino. Viajarás por el tiempo, serás Faraón, Rey, Caudillo y todo lo que desees. Conocerás a las mujeres más bellas de la historia y ellas te sabrán a mí. Estuve con ella de forma atemporal disfrutando del viaje más largo y maravilloso que jamás hubiera hecho mortal alguno. Katherine se transformaba, olía a melocotones, higos y vino, luego me acompañaba por las grandes salas de baile de los castillos medievales. Entrabamos a los coliseos, dormíamos en enormes camas doradas y ponían a nuestros pies miles de joyas, marfiles y oro. Por la mañana de no sé que día exactamente empecé a sentir fatiga. Había disfrutado tanto mi viaje que me resultaba imposible mover un solo dedo. Lo único que podía hacer era mirar hacia la ventana. De pronto, recordé el nombre de Stevenson. Lo llamé sin que salieran palabras de mi boca. Escuché unos pasos y esperé que llegara mi compañero. Sabía que me iba a reprochar mi desobediencia y comencé a disculparme. Conté sin que me oyera esa fantástica historia de mi viaje, pero se me nubló la vista y ya no pude distinguirlo.   

jueves, 7 de mayo de 2020

El juicio final


No vayas con el farero, me dijeron en el bar, pero ya no había salida. La paga era buena y si aguantaba quince días en ese islote en medio del océano, podría comprarme una cabaña y vivir a mis anchas, además estaba harto de vivir como un topo. No era muy bueno para la navegación, pero eso no importaba. Lo que valía eran mi capacidad de trabajo e ingenio. Había pasado en las minas más de tres años y odiaba las entrañas de La Tierra, cualquier labor era preferible a pasarse la existencia a oscuras temiendo que un derrumbe acabara conmigo.

El acuerdo fue rápido. Encontré en la calle al ex capitán Gregory y al verme, me dijo: “Eh, tú muchacho, ¿eres el que busca trabajo?”. Era cierto, la voz se había corrido por el puerto y todos sabían que me había ofrecido para cualquier empleo. Nadie me había hecho ninguna propuesta y decidí que se me presentaba una buena oportunidad. Acordamos el sueldo con un estrechón de manos y cerramos el trato. El capitán me dio unas monedas para que me emborrachara y consiguiera una chica antes de marchar. Bebí, sí, y con ánimo, pero las mujeres me desagradaron. Estaba contento porque mi vida al fin se enderezaba.

Zarpamos por la mañana y dos días después vi el faro. Estaba en un islote. No habría más de tres hectáreas. Había una casucha y roca pelona. La torre se elevaba como un cíclope gris. Gregory Thiers me dijo que tendríamos que pintar con cal el faro, que debíamos limpiar el pozo y sanear la cisterna, enumeró unos diez trabajos más, pero no le puse atención. Estaba ocupado haciendo las cuentas de salario bruto y lo que me quedaría después de los gastos. Llegamos en un bote y subimos por una escalera que estaba entre los riscos. Unos marineros nos ayudaron con las provisiones y se marcharon. Apunté en el calendario la fecha en que nos recogerían de nuevo.
“Empieza por el tejado Wilson, luego limpia la cisterna y deja bien lustrado el piso del dormitorio, y no te olvides de que la guardia de noche es mía”. Thiers no paraba de dar órdenes. Traté de no hacerle caso y dedicarme a mis labores. Contaba el beneficio económico de mi empleo e imaginaba la fortaleza espiritual que adquiriría. Al tercer día comencé a recordar lo que me habían comentado del Farero Gregory. Decían que nadie había podido aguantar al viejo barbón y que estaba obsesionado con exprimir a sus subordinados. Al final, todo era verdad. Al cuarto día me abofeteó por no tomar Whisky con él. Me atiborró de trabajo y comenzó a dirigirse a mi como si fuera un criado. Le recordé que mi obligación era limpiar y reparar cosas, pero los quehaceres aumentaron tanto que en las noches caía hecho polvo.

Una ocasión desperté en la madrugada y fui a ver qué hacía el gordo y manco Thiers. No lo pude creer. Estaba desnudo bañándose con los fuertes rayos que salían del enorme ojo de cristal. Recitaba versos en latín y estaba poseído por espíritus maléficos.  Me vio, pero no dijo nada. Cuando estábamos juntos, él terminaba de almorzar y se ponía a escribir. A mi me inquietaba su actitud y tuve el presentimiento de que en el cuaderno escribía algo horripilante.

Tuve la oportunidad de leerlo, pero fue lo peor que pude hacer. Dudé de que lo escrito fuera cierto, pero de no haberlo leído, ¿las cosas habrían sido diferentes? He aquí lo que decía:

“Wilson Arrow es un impostor. Mató a uno de sus capataces en las minas. Se cambió el nombre para evitar ser juzgado, pero la ley divina alcanza a todos los culpables. El minero se verá acosado por el terror de las alucinaciones nocturnas. Empezará a buscar a las sirenas. Las almas de los marineros lo atacaran en forma de gaviotas y las matará. Le diré que es de mal agüero, pero no me obedecerá. Una noche vendrá la reina de las profundidades marinas y lo seducirá con su voz. Perderá la razón y se sentirá desesperado. Saldrá por las noches a recitar e implorar los espíritus marinos. Sobrevivirá a las tormentas y será el dueño del faro. Pasará las semanas invocando a su amada y ese será su infierno”.
Terminé de leer sin darle crédito al viejo Thiers. Salí a buscarlo, pero no estaba en ningún sitio. Me bebí una botella esperándolo, pasaron los días y jamás llegó, el barco tampoco.

sábado, 2 de mayo de 2020

Problemas de interfaz


Me causó una sensación muy rara el que mi taza de café no estuviera en su sitio. Dirán que es una menudencia, que no le importa a nadie lo que pase con las tazas de café. Estoy de acuerdo, pero es que en verdad había dejado la taza en la mesa de la cocina y después apareció en el comedor. Me excuso si a alguien estas cosas le provocan rechazo, pero no lo puedo evitar y, es que a mí tampoco me interesan esas tonterías, sin embargo, esa teletransportación de la taza, haya sido por un desorden de mi cabeza o en realidad, fue el primer acontecimiento de lo que les contaré ahora, si es que me da tiempo.

Todo empezó aquel día cuando me levanté de la mesa y fui a contestar el teléfono. Era mi jefe para darme un poco más de trabajo. Hacía un mes que la gente había superado una pandemia y se había reintegrado a su puesto de trabajo. “Tienes que atender al Señor Godínez y al matrimonio Velázquez—me ordenó con un tono que indicaba que debía tener tacto y llevar a buen fin esos asuntos que ya se estaban alargando demasiado—. Intenta ser práctico, ¿vale?”. Ya sabía qué significaba eso de “ser práctico”, en otras palabras, debía apurarme y entregar un reporte en los próximos días.

Cuando volví a la cocina la taza había desaparecido. Comencé a buscarla por toda la casa y cuando la hallé la vi dentro del lavavajillas. La saqué de nuevo, la lavé y me preparé café, luego la dejé un rato así: llena hasta el borde. Me fui al salón y encendí mi ordenador. Puse atención en las cosas que estaban en la mesa y volví a cerciorarme de que la taza seguía en su sitio y, en efecto, no había cambiado de lugar. Respiré satisfecho y me puse a trabajar con intensidad. Terminé pronto y convencí a mis clientes de llegar a un acuerdo. Godínez aceptó la indemnización de la empresa que le había estropeado su casa y los Velázquez decidieron no divorciarse. Peor para ellos porque se iban a torturar unos años más viviendo juntos, en fin, cada quien escoge su propio infierno. ¿Infierno? pero, qué digo, eso de que cada quien se busca unas condiciones para sufrir es algo del tal Sartre.

A mi aparte de los códigos penales y civiles no me interesa nada más. Claro que desearía dedicarle más atención al teatro, al cine o la literatura, pero me es imposible. Podría dedicar unas horas a enriquecer mi acervo cultural, lo malo es que no tengo tiempo y cuando gozo de posibilidades, estoy tan cansado que prefiero dormir. Ustedes me entenderán, ya saben que un abogado siempre piensa de forma negativa y eso afecta los nervios, aparece el estrés y después de un tiempo la horrible depresión. En ese sentido he aprendido a superarla. Bueno, a lo que iba. Lo de la famosa taza. Pues cuando apareció en el lavavajillas decidí tomar nota de las cosas que iba haciendo. Bueno, lo acepto, ustedes pensarán que estoy loco y, sí, en efecto, pero no es por convicción o algún desorden de la cabeza, es por la geometría. “!¿Qué coño tiene que ver la geometría?! Se preguntarán, pero es verdad. He notado que vivo en una dimensión inversa a otra realidad. Entiendo a la perfección que esto le puede a usted parecer muy estúpido, pero he notado que a veces entro por una puerta de la realidad y veo las cosas con determinadas dimensiones y orden y, en otras, la realidad falsa me muestra otras características en los objetos y la vida.

Bien, pues comencé…¡Ah! Perdone que salte así de rápido en lo que le estoy contando, es que mi memoria, que ha sido siempre regular, comenzó a fallar un poco, o mejor dicho me puso en duda al no poder identificar cosas que conocía muy bien. Primero cambió la taza de sitio, luego desaparecieron algunas como unas estaciones de radio o canales de televisión. Y no es que desaparecieran por completo, sino que cambiaban de nombre o tenían un defecto. Fue por eso que tomé la decisión de escribirlo todo. Compré unos cuadernos y fui apuntando los cambios que notaba, pero fue cuestión de empezar para que se complicaran más las cosas.

Creo que no hará falta describirle los fenómenos de transformación de la taza, la nevera, la lavadora y demás aparatos, pero lo que sí me pareció extrañísimo fueron los cambios de las ideas o conceptos abstractos y la comunicación verbal y escrita. No leo mucho y los libros que me gustan los releo una o dos veces. Cuando un libro no me gusta escribo una nota explicando por qué no me ha parecido interesante, la pego en una de las primeras páginas y lo apilo en un rincón de mi estudio. Los ejemplares que sí considero dignos de leer y repetir están muy bien acomodados en mis estanterías. También incluyen notas a los lados de cada página y los acompaña un cuadernito con críticas, mapas mentales y dibujos. Este sistema siempre me había salvado de los problemas con los recuerdos, pues si se me olvidaba algo, lo único que tenía que hacer era ir a la estantería y buscar lo que necesitaba.

Un día se me ocurrió revisar mi libro favorito para comprobar que lo de los objetos era un simple despiste, pero cual fue mi sorpresa cuando no encontré ninguna nota y no solo eso, sino que el autor era otro, un tal Kafka. En la historia, como bien lo saben ustedes. Francisco Zapa cuenta la transformación de Gerardo, quien un día aparece en la cama convertido en pájaro y se siente muy mal porque su familia quiere que permanezca encerrado y no salga para evitar algún contagio en la calle, pero él tiene alas y pico. Bien, creo ya la han leído y que no es necesario que siga. El caso es que en mi libro no había notas, el formato de papel era diferente y estaba colocado en otro lugar. A menudo, pongo mis libros por orden alfabético y la referencia es el apellido del autor, como es lo más lógico, pero en ocasiones, cuando deseaba encontrar Crimen y Pecado, por ejemplo, no estaba ni en Federico, ni en Doss Troyanski.

Las cosas no pararon allí. Lo malo fue cruzarme una vez con una persona en mi casa. Vivo solo y siempre lo haré porque no puedo soportar los hábitos de la gente. Me molesta que chasquen, que se hurguen partes íntimas del cuerpo, que hablen con la boca llena, que se rasquen, que estornuden y que se suenen la nariz en mi cara. Y más aún, que se metan en cosas que no les importa y me critiquen. En la soledad tengo tiempo para trabajar a mi aíre. Duermo cuanto quiero y no tengo que guardar las normas en la mesa o en el salón. El caso es que primero me pareció un espejismo, una imagen producida por el cansancio el estrés o simplemente un error de la visión. Veo muy bien y no llevo gafas, por eso descarté que mis ojos estuvieran fallando.  

Sucedió una mañana. Estaba tomando mi café y leyendo las noticias cuando se abrió la puerta del baño y un tipo, más o menos de mi altura y complexión, se dirigió a mi habitación. Oí cómo se preparaba para ir al trabajo y cerraba la puerta. Lo tomé como una alucinación. Traté de comprobarlo. Me levanté y revisé mis cosas.  Esta vez, a pesar del astuto juego de los planos de la realidad, todo estaba en orden. Entonces sí que me asaltó una sensación de terror. Primero, porque lo raro es un absurdo, algo que no coincide con la realidad, pero si eso que consideramos raro llega a relacionarse con una regla lógica que se ha violado, pues hay que prepararse porque es espeluznante. Y me extrañó porque lo lógico era, que después de haber notado al otro individuo en mi casa, las cosas, como lo habían hecho hasta ese momento, hubieran cambiado, pero no. La secadora de pelo era la misma. Mi perfume estaba en el mismo sitio, la ropa estaba colgada como la había dejado. Traté de olvidarme de todo. Miré el reloj, era tardísimo, no había tiempo para tonterías. Me vestí, salí de la casa, cogí el metro y fui a la oficina.

En el vagón me tocó un sitio frente a una mujer que olía muy bien. No era tan mayor y conversaba con su amiga sobre unas prendas de vestir de las que se quería deshacer. La miré con curiosidad y me pareció guapa. Le sonreí, pero ella ni siquiera lo notó. Salí en mi estación y corrí a la oficina. Entré de prisa a mi despacho, pero al levantar la cara me encontré con la de mi jefe.
—¡Hombre, Lozano! ¿No se había ido ya a los juzgados hace diez minutos? ¿Ha olvidado algo? Recuerde que hoy es el juicio de la señora Antonieta Betancourt.
—Sí, si se me ha olvidado una nota, pero ya me voy.

Entenderán que salí desconcertado. Primero porque no era el día de ese juicio, era otra fecha. Después, nuestra clienta no se apellidaba Betancourt, como había dicho el señor Gutiérrez, sino Timberland, que era de origen inglés y no francés, por último, tenía el expediente en mis manos, pero si iba a los juzgados nadie me tomaría en serio. Decidí arriesgarme. Llegué y pregunté cuándo sería el juicio de la señora Timberland y me dijeron que era pronto, que estaba citado para el próximo mes. Consulté el calendario y vi que, en efecto, faltaba un mes. Por si las dudas le pregunté a la chica de la cual me acordaba bien y nunca le había preguntado su nombre, cuándo sería el juicio de la señora Antonieta Betancourt. Buscó con insistencia en su libro de registros, pero no halló nada. Me miró con decepción y me recomendó que revisara mi información. “Debe haber un error, Señor Lozano—me dijo parpadeando por los nervios—. No puedo ayudarle en nada”. Me despedí tranquilizándola y salí de nuevo para la oficina. La primera duda que me surgió era sobre lo que me diría Gutiérrez al volver. “¿Por qué no ha resuelto el asunto de la señora Antonieta Betancourt? —diría con cara de tonto—! ¡Tendremos que solicitar una apelación!”. Odiaba que me tirara de las orejas. Lo hacía pocas veces porque siempre había hecho mi trabajo bien, sin embargo, cuando las cosas se me iban de las manos, él aprovechaba para demostrar que en nuestro bufete todos éramos vulnerables y que mi supuesta “perfección lozana”, como la describía él, era frágil. Me resigné al regaño, pero cuando llegué me miró con sorpresa.
—¡Vaya, Lozano! ¿Usted por aquí? ¿No se supone que hoy tenía el día libre? Es usted digno de ejemplo—miró a los empleados y me señaló diciendo que todos deberían actuar como yo.

Me dirigí a mi despacho. Revisé el trabajo pendiente y cuando llegó la hora de la comida me fui a mi casa. Había cometido un error fatal. Ese día tenía que estar en la clínica para hacerme examinar los riñones que no me estaban funcionando muy bien. Ya era tarde para el análisis de sangre y no me interesaba que me viera el gastroenterólogo. Decidí ir al restaurante vegetariano en el que siempre comía los fines de semana. Cristina, la camarera que siempre me atendía me recibió alegre. Era joven y no estaba nada mal. Don Rosendo me había dicho claramente que ella era mi pareja ideal. Nunca había tomado en cuenta sus palabras, pero esa tarde pasó algo muy raro. Cuando se acercó para dejarme la ensalada y las tortitas de soja, se inclinó un poco y me susurró al oído. “Anteayer estuviste sensacional, ¿Cuándo repetimos?”. Le contesté con una sonrisa, pero como se me puso la cara roja ella me miró con picardía y me dio un beso veloz, casi imperceptible. Hubo un choque entre mis sentimientos y la razón. El cuerpo estaba inflamándose, me quemaba el ardor interno y quería más, pero la razón me atacaba con preguntas gélidas. Comí poco y pagué la cuenta. Cuando iba saliendo Cristina me dijo que teníamos cita para el viernes y que iría a mi casa.

Se imaginarán la sorpresa. Nunca me había atrevido a decirle nada amoroso a Cristina ni a ninguna otra mujer y ahora resultaba que me había acostado con ella. Corrí a ver mis libros, saqué las notas, revisé que la taza estuviera en su sitio, ya no la usaba para nada, miré si alguien había usado el baño o la ducha, pero todo estaba en orden. ¿Qué conclusión debía sacar? ¿Cuál era la verdad? ¿Estaba volviéndome loco? ¿Era verdad lo de las dos puertas? Estaba desesperado. Saqué el trabajo que tenía pendiente para distraerme con algo, pero no logré concentrarme. Traté de leer, pero fue imposible. Por último, decidí salir a correr y gastar la energía que me impedía estar quieto.

Volví tranquilo. Había echado fuera toda la vibra negativa que me estaba degradando y ya relajado decidí ducharme y preparar una buena cena. No pasó nada raro ni esa tarde ni al día siguiente, pero cuando llegó el viernes pedí permiso para ausentarme de la oficina. El señor Gutiérrez me dijo que dispusiera del tiempo que quisiera y que me esperaba el lunes por la mañana. Estaba eufórico. Me pasé todo el día arreglándome, pensando en la mejor forma de satisfacer a Cristina, me la imaginé desnuda, acostada en mi cama exigiéndome que correspondiera a su pasión, que la ayudara a liberar toda esa fuerza prolífica que nos desbordaría de placer. A las seis de la tarde me fui al restaurante.

Cuando llegué ella me miró sorprendida. A don Rosendo se le iluminó el rostro al ver el ramo de rosas y con una reverencia me invitó a pasar. ¡Ya era hora de que se decidiera, mi querido Lozano! —dijo extendiendo los brazos—. Fui directamente hacía donde estaba Cristina, le di el ramo y la besé de la forma en que lo había hecho ella la vez anterior. Se sonrojó y miró a don Rosendo que ya le hacía señas para que se cambiara y se fuera conmigo. Salimos alegres, pero tardamos un poco en intercambiar palabras. Ella no quería pedirme explicaciones y yo daba por hecho que ella estaba dispuesta a darse un revolcón conmigo ese día. No traté de retrasar el placer, le invité una copa y la comencé a abrazar y besar. Ella se resistió un poco y cuando intenté acariciarle las piernas se quedó inmóvil. “!Quién te crees tú! —me dijo con la voz más fría que he escuchado nunca—¿Te sientes con todos los derechos, solo por haberme regalado unas flores?”. Me disculpé y ya no pude continuar seduciéndola porque estaba frustrado. Puse atención en las cosas y en mi ropa, en su rostro y descubrí que había algo que no concordaba. Su peinado era diferente ese día, pero me parecía más habitual que el ensortijado de la Cristina que me besó. Fue cuando lo comprendí todo y la espalda se me entumeció. Cambié mi actitud por completo, traté de ser amable, pero Cristina ya había tomado la decisión de no salir nunca más conmigo.

Ese día noté algunos cambios en el mobiliario de mi piso y, por desgracia, comenzaron los problemas de verdad porque en la madrugada oí unos ronquidos que me despertaron, luego se encendió la luz del baño y encontré un vaso de leche en la cocina a medio beber. Dormí mal ese fin de semana y mi trabajo se complicó. Primero, porque toda la semana llegué con retraso, segundo, porque me vi obligado a llevar el caso de la señora Betancourt y lo perdí, tercero, porque una mañana llegó Cristina a mi casa y tuvimos un encierro fuera de serie y, por último, que las cosas se han ido mezclando de tal forma que siento vivir en dos mundos o en dos realidades.

Como decía al principio puede ser que esto sea un problema de la memoria o de la percepción, sin embargo, les confieso ahora, me he visto salir del baño, tomando leche por las noches y haciéndole el amor a Cristina. Estoy completamente desorientado y no se qué hacer. Es por eso que me dirijo a ustedes para que me den algún remedio. Tal vez no les he contado lo suficiente para que se hagan una idea completa de mi situación y entiendo que a todas las personas les ha pasado algo similar, no obstante, podría demostrarles que ya no soy dueño de mi realidad y quizás de mis pensamientos y sea el otro Lozano quien esté metiéndose en esta narración para jorobarme más.