martes, 18 de abril de 2017

El síndrome de Mikolaj K

Repitió la frase que había concebido en una de esas noches turbias en las que había construido, adobe por adobe, su enorme teoría del Universo. Esa impresionante muralla que evidenciaba el error de la Santa Iglesia lo iba a comprometer con la historia del hombre. Se vio de nuevo en su habitación, no había cambiado nada en esas nueve mil noches de conversaciones con las mentes brillantes de la historia. Creía que era consecuencia de sus infinitas lecturas, la materialización onírica de sus deducciones. El seguía reposando en su incómodo colchón y sentía el calor que le proporcionaba su abrigo de visón, ya desgastado en la parte de la espalda por sufrir las constantes maromas y saltos que daba Mikolaj azuzado por las pulgas. A su lado estaba, sentado en una gran silla, envuelto en su kimation y sus kirbantine de correas ajadas y sucias, Aristarco. Había cambiado un poco y ya no se veía tan severo, aunque seguía manteniendo ese gesto de filosofo empedernido que le daban su ceja derecha arqueada y las grietas de la frente.

 Querido amigo—le dijo con tono tranquilo—, ha triunfado por fin ese principio heliocéntrico al que me refería hace tanto tiempo. Has encontrado la demostración matemática, pero ¿qué harás ahora? 

No lo sé—respondió K acomodándose en su cama—, me imagino que lo ideal sería publicar el Revolutionibus, pero nadie lo entenderá, creerán que mi objetivo es desorientar al hombre y alejarlo del buen camino. 

Pero—le imputó su estimado amigo—, ya sabes que luego vendrá Galilei y pondrá a todos en su lugar, aunque antes pasará por la hoguera, claro. 

Sí—dijo K afirmando sus palabras con una sonrisa triste—, ya nos lo ha contado en estas cautivadoras tertulias que hemos mantenido por veinticinco años. 

Sí querido amigo, se dice rápido aquí, pero no lo ha sido tanto porque en la vida real todo va más lento, en esta dimensión se puede viajar rápido, en cualquier dirección y no hay fronteras entre lo onírico y lo consciente. He de decirte que últimamente he recibido la visita de algunos personajes que me estiman. Me han confesado cosas y es por esa razón que he venido a verte.

 Y ¿de qué se trata está vez? —preguntó K, acariciándose la barba con ese gesto habitual que tenía cuando le contaban algo interesante—. ¿Es sobre Steven o Carl? 

No, mi apreciado camarada—agregó Aristarco con una sonrisa pícara—, no, amigo mío, está vez vamos a ir mucho más lejos. Escucha con atención porque la información que voy a darte tendrá que quedar escrita en una especie de diario que se extraviará y será hallado en una biblioteca francesa muy famosa y llevará el título de “Cognitionis anti fobia”. Será confundida como un anejo de las memorias de Sexto Empírico, las cuales a nadie le habrán interesado hasta el 2025, año que será clave en el desarrollo de la vida humana. 

No lo entiendo muy bien, querido Aristarco —dijo extrañado K por el inesperado giro de su sueño—, explícamelo con calma.

 Mira, K—respondió el anciano—, el Universo no se creó de un Big Bang, es lo que es, lo que ha sido y lo que será; como lo dijo Dios en el Antiguo Testamento. Además, el Universo tiene su forma de desarrollo y no lo entenderemos del todo porque es una cadena infinita de transformaciones que llevan internas sus fórmulas y lo que hoy se niega o se afirma, mañana se transforma con una ley surgida de ese choque de contrarios. Es por eso que, si quemaron a Galileo, fue sólo para demostrar que Ptolomeo estaba equivocado.

 Lo entiendo—afirmó K suspirando por el recuerdo de su amigo que no lo había visitado en muchos sueños—, pero me empieza a preocupar el escrito al que te refieres.

 Bueno—respondió Aristarco—, vayamos al grano y dejémonos de tonterías como eso que dices antes de dormirte: “Saber que sabemos lo que sabemos y saber…bla, bla, bla”. Pues, bien querido K, la cosa es la siguiente. En el futuro la tecnología y la ciencia irán de la mano y caminarán tan rápido que la vida se alargará, la investigación del nano Universo nos llevará a crear ordenadores cuánticos y controlaremos los genomas humanos, incluso llegará el día en que podamos crear vida, pero tu misión será la de escribir que, tres mil años más tarde, se creará una molécula con toda la información necesaria para el surgimiento de la vida en un planeta llamado MRT y se verá cómo se desarrolló el mundo animal y así, esos seres super inteligentes, que son todo poderosos e hijos de la creación humana, descubrirán en dónde estuvo el gran error que nos llevó a la desintegración y puedan desarrollar una estructura genética perfeccionada que resuelva los enigmas y paradojas del primer experimento.

Mikolaj se despertó a causa del shock que le produjeron las palabras de su amigo y le sorprendió mucho no estar en su cama, sino rígidamente sentado en su silla. Su criada le había puesto unas nuevas velas y se salió cuando notó que su amo se comunicaba con su amigo imaginario Aristarco. K vio que tenía a su lado un tocho de hojas amarillentas, su tintero estaba lleno y la pluma lista para poner el punto final del Revolutionibus.  Después, esperó a que se secara la tinta de las últimas líneas y guardó el escrito en un armario. Volvió a sentarse y, después de echar el aire con mucha fuerza por la nariz, tomó un poco del té que tenía en una taza de porcelana vieja y comenzó a escribir:

Scimus quoniam cognovimus quod scimus cognovimus scientia...

domingo, 16 de abril de 2017

La huida de Bill

Levantó la cabeza para ver el río que se encontraba cerca y una ola de viento candente le empapó la cara partiéndole más los agrietados labios. Frente a él estaba la senda hacia la liberación, el final del sufrimiento se encontraba detrás de la frontera y se abría un horizonte de tierra ancestral, ajena y disecada, con aspecto de olla de arcilla oscura cubierta de arbustos y cactos. A pesar de que la vegetación era parda y las espinas como los rayos de un sol ardiente, él las veía como la piel de una mujer morena: aterciopelada, aromática y maternal. De pronto, se vio liberado del peso que había llevado tanto tiempo en sus hombros. Se imaginó la caída del pesado cuerpo de Joe Wolf rodando para quedar de cara al cielo en espera de que se lo devoraran los buitres. No era tal, ese hombre había caído por un certero golpe de bala a cientos de kilómetros. Se lo debía a su colt vieja de cañón oxidado, la cual lo acostumbró a tirar con determinación del gatillo. Se sintió con fuerzas, como una gran ave que está a punto de emprender los más altos vuelos y alcanzar los más grandes triunfos. La conciencia todavía lo seguía atosigando con leves pinchazos, pero su corazón estaba tranquilo y de su lado tenía a la imparcial justicia.

Su caballo siguió avanzando despacio, dirigido por la inercia, ya no tenía muchas fuerzas y necesitaba refrescarse. Bill recordó las palabras del pastor de la iglesia que le exigían poner la otra mejilla, pero las circunstancias lo dejaron frente a una banda de maleantes que le había arrebatado todo. Se habían llevado los caballos de su padre, habían incendiado el rancho, lo habían dejado sin familia y después habían humillado al viejo James, el caporal, provocándole un paro al corazón cuando explotó por dentro. Con él había ido, por la mañana de ese fatídico día, a comprar los víveres y recoger la tela para el vestido de su hermana. Para Bill ya se había terminado todo. Estaba listo para una nueva vida. Llegó hasta la orilla de la glauca serpiente de agua, el caballo comenzó a beber. Él hizo un cuenco con las manos para refrescarse la cara y la cabeza, pero le pareció absurdo hacerlo y decidió echarse un chapuzón. Minutos después, buscó un lugar donde la corriente fuera más suave y empezó a cruzar la frontera. Cuando llegó al otro lado, miró hacia atrás en dirección de las montañas, trató de retener la imagen y las sensaciones que experimentaba, luego giró y siguió su marcha por la que sería su nueva patria.

Habían pasado tres años desde el día en que su madre lo había mandado al pueblo con el fiel capataz. Se fue en la carreta lleno de ilusión porque notaba que su familia lo empezaba a considerar un hombre. Ya no era Billy el muchacho adolescente de trece años, debilucho y sin carácter; se había convertido en Bill el futuro sucesor de su padre en las faenas del campo. Billy tienes que ir con James —le dijo su madre—, tu padre espera a unos hombres para venderles veinte caballos y, por favor, no te olvides de recoger la tela para el vestido de cumpleaños de tu hermana. Él contestó a todo que sí, su voz reflejaba su impaciencia, cogió la lista de mercancías, corrió al carro, se sentó junto al negro James y emprendió la marcha. Iba feliz disfrutando del paisaje. Se sentía igual que un muchacho enamorado, pero quien motivaba su amor no era una mozuela de vestido floreado, pecosa y de largas trenzas; más bien era la primaveral naturaleza. Respiraba la fertilidad de las plantas, se le hinchaba el pecho de aire tibio y sonreía feliz de oreja a oreja. El sol chocaba contra su sombrero de paja que lo protegía, pero era tan intenso el calor que iba chorreando de sudor. Los cascos de los caballos hacían un ruido acompasado que servía de fondo al canto de los pájaros, las mariposas volaban como afelpados pétalos buscando el néctar de las flores. Uno que otro roedor se arriesgaba a cruzar el camino terroso retando el ataque de las patas del bayo moteado y el alazán que arrastraban su carga sin prisa. James comenzó a contarle las historias de siempre. Tenía la cabeza como una gorra blanca de lana de borrego y se sabía al dedillo las historias del lugar. También, narraba lo que se le ocurría durante las noches de insomnio o en las largas tardes que trabajaba haciendo encargos de carpintería o herrería. En su repertorio había también leyendas de los indios que se sabía de oídas y se las había contado a Bill desde que era un mocoso. La que más le gustaba al muchacho era la de “Rayo de luna”, que se trataba de una chica apache que había nacido en una noche de cuarto creciente y era la hija del jefe de una tribu apache. A Bill le atraía la historia, más que por su fantástico contenido, por su significado, pues la primera vez que la había escuchado fue cuando tenía sólo siete años y no sabía mucho de la tierra en la que había nacido. Así que cuando James le describió a los aborígenes tocando sus tambores alrededor de una hoguera e invocando a sus dioses, no se olvidó jamás de ese momento mágico y se volvía loco de contento cuando James, en los ratos de ocio, se le acercaba y le decía con voz ceremonial: “Había una vez por estas tierras, una muchacha que nació una noche de Luna creciente y…”. Al chico se le aceleraba la sangre y volvía a aquella noche en la que disfrutó tanto la transformación de los dos enamorados y bailó bajo las estrellas con su hermana Mary y sus padres. Las palabras servían para que él reviviera los sabores de la infancia que iban surgiéndole como una saliva espesa, los hoyos de la nariz se le dilataban buscando olores dulces de antaño y, sobre todo, abría mucho los ojos porque ante él aparecía la imagen de sus familiares convertidos en seres bañados con luz de plata. Mary lo arrastraba jalándolo del brazo y lo hacía aullar como si fuera un gran guerrero comanche.

Llegaron al pueblo y Bill no se dio cuenta porque iba embelesado imaginando, como en un sueño, las aventuras de Halcón dorado llevándose a Rayo de luna para convertirse junto con ella en un lago esplendoroso de salientes rocas en forma de plumas de águila. Unas voces lo sacaron de su ensueño. Entraron a la tienda de Mr. Taylor y le entregaron la lista con el pedido. La señora Taylor se fue con Bill a ver a la costurera Mrs. Rose que ya tenía unos rollos de tela, hilos, encaje, adornos, los patrones del vestido y un forro de algodón acomodados en una caja de madera. Era un establecimiento muy popular y había varias mujeres comentando sus prendas, midiéndose vestidos y sombreros. Cuando entró el larguirucho Bill, se hizo un silencio lleno de rostros curiosos. Las damas lo saludaron y le preguntaron por la fiesta de cumpleaños de su hermana. Él cumplió al pie de la letra las instrucciones que había recibido en su casa y sonriendo con modestia dijo que sería en un mes y que su madre mandaría las invitaciones correspondientes. Después, entre él y James se llevaron la pesada caja de madera. No tardaron más de una hora en reunir la despensa y se pusieron en marcha. Mr. Taylor les regaló bebidas para el camino y les pidió volver pronto. Así sucedió, pero fue sólo Bill quien pudo volver.

El trayecto de regreso fue más rápido, pero tenían la impresión de haber tardado más, puesto que el cansado James se quedó dormido un par de horas y cuando notó que les faltaba bastante se desconcertó porque pensaba que ya deberían estar en el rancho. Ya más cerca de su destino, vieron una alta columna de humo y pensaron primero, que alguien estaría quemando la yerba en su terreno para preparar la siembra, después descartaron esa hipótesis y decidieron que era un incendio. Apresuraron a los caballos para ver el origen de la nube gris. Cuando se encontraban a medio kilómetro ya no les quedó duda de que iban a ser testigos de una tragedia. El cansado caporal no pudo soportar la impresión, había perdido a su mejor amigo, el señor Wood, que le había brindado su protección y amistad en los momentos más difíciles. Las cenizas del granero y la casa lo absorbieron mezclándolo con los restos chamuscados que quedaban de la familia. Billy lloró desconsolado, no pudieron calmarlo los vecinos, ni el padre de la iglesia que le ofreció su protección. Bill no se recuperó del golpe y cayó enfermo, se restableció muy despacio y cuando ya no pudo soportar más la imagen vacía y marcada por los restos del incendio, se fue a vivir lejos. Le proporcionó un techo y trabajo la amable señora Taylor, quien lo vio llegar desamparado en la misma carreta que lo había visto partir, pero Bill no quería permanecer cerca del lugar donde había tenido a su familia, amigos y casa, por lo que decidió emprender un viaje hasta Florida para buscar una nueva vida y olvidar sus penas. Por las noches, mantenía en sus sueños, largas discusiones con su madre y el padre Vincent quienes le pedían resignación y perdón, sin embargo, en el alma de Bill seguían ardiendo las brasas de la ira que sentía contra Joe Wolf y deseaba matarlo. Fue así como se decidió a sacar la vieja pistola que, escondida en un rincón, debajo del asiento, había hecho cientos de viajes en la carreta y se había oxidado un poco. La desarmó como le había enseñado alguna vez su padre, limpió el cañón, el tambor, el muelle y empezó a practicar con ella. Por la falta de uso y un defecto que le apareció al pestillo que liberaba el tambor, Bill, tenía que apretar con más fuerza el gatillo. Se acostumbró a jalarlo de esa manera y perfeccionó su puntería. En ese momento no sabía que cuando le dieran una pistola bastante usada y bien afinada haría el mejor disparo de su vida. En su trayecto hacia el Sur, fue oyendo las crueles historias que adornaban el orgullo criminal de Joe. Asaltos a bancos, bravuconadas en las cantinas, robos y todo tipo de riñas que terminaban a balazos. Una noche que iba en dirección a un pueblo, encendió una hoguera para calentarse y se sorprendió al verse dibujando una extraña ruta. Eran las marcas de los sitios donde Wolf había hecho sus fechorías. Su instinto natural de cazador le fue llenando el alma de ese ánimo de perseguir a su presa. Descubrió que Joe actuaba guiado por su innegable naturaleza de fiera voraz. Atacaba cuando las ovejas estaban durmiendo; o cuando se confundían por su disfraz de cordero manso; o cuando se extraviaban por el campo y no sabían hacia donde ir. Vio en el suelo que las líneas habían formado, al unir los puntos, un trébol de cuatro hojas encerrado en un círculo y que había un punto de convergencia por el cual se podía hacer una parada en un trayecto de Norte a Sur o, en uno de Este a Oeste. Bill decidió interrumpir su viaje para encontrar ese punto concéntrico que era, sin duda, la guarida donde se discutían las tácticas de ataque del bandolero Wolf y sus compinches. 

Tardó mucho en llegar a ese lugar porque según le indicaba su mapa, el pueblo estaba entre Texas y Alabama en la línea horizontal y entre Arkansas y Luisiana por la vertical. Llevaba mucho tiempo rastreando las huellas de su enemigo, cuando entró a la cantina de una pequeña población a pedir cerveza. La vida errante lo había convertido en un mozo curtido, la barba le había comenzado a salir y la voz se le había afinado en un tono modulador que le permitía alcanzar varias escalas de notas y era el recurso que empleaba para engañar a los animales cuando iba de cacería. Oyó a un hombre implorando perdón entre risotadas y burlas de un grupo de hombres apestosos y borrachos. Después, hubo unos golpes y un cuerpo rodó hasta sus pies. Por su hábito de ayudar a los desamparados, se condoleció del hombre y lo ayudó a levantarse, pero en cuando lo puso de pie se encontró con la boca de un revólver. ¿Para qué le ayudas, imbécil? —le dijo con voz ronca un hombre macizo y con peste de sudor rancio— ¿No sabes que es malo meter las narices donde no se debe? Bill, levantó la vista y se encontró con los diminutos ojos azules de Joe, que lo miraba con odio de ebrio. Sólo le he ayudado a levantarse—contestó el joven, conteniendo la furia que sentía hacia el cuatrero—. Joe tenía ganas de continuar la riña y al ver que tenía frente a él a un remedo de hombre sin determinación y lo retó a un duelo sólo para divertirse. Pronto los compinches del desagradable Joe rodearon a Bill y comenzaron a empujarlo, por instinto se llevó la mano a la pistola y un hombre escuálido, pero con los músculos tensos le dio un golpe en el codo y la oxidada pistola que llevaba en una gastada funda quedó en el suelo atrayendo la atención de Joe que la levantó y disparó sin que se detonara. Empezó a reírse porque el arma era vieja y no estaba cargada. Eres un imbécil, muchacho—dijo acercándose al rostro de Bill—, con esta porquería no matarías a cachazos ni a un mísero perro. Al menos ahora, morirás con dignidad. Johnny—gruñó Joe, dirigiéndose al hombre esquelético—, dale tu arma a este inútil vaquerito. En seguida sacó un revólver y se lo puso en la mano a Bill que en ese momento luchaba en su interior para contener la furia que le había provocado el pestilente aliento de Wolf. Sentía que una lluvia de granizo le golpeaba la cabeza desde dentro y cada impacto le despertaba el ardor de venganza. Vio de nuevo al viejo James morir abrasado por las llamas el día que volvieron con el vestido de su hermana, se imaginó de nuevo la angustia y la humillación que había sufrido su familia y, sobre todo, lo oprimió esa sensación de soledad apabullante que lo había acompañado desde aquel día. También, oía las palabras del predicador de la iglesia aconsejándole seguir los mandamientos del Señor y el “No matarás” salía como filo de navaja de los labios de su madre, a quien imaginaba con su vestido blanco en esas mañanas de domingo de misa.

Dos hombres lo cogieron de los hombros y lo sacaron a la calle. No había muchos paseantes y el sol caía con fuerza, había pasado el mediodía, pero el calor intenso quemaba el polvo y los perros acurrucados dormían a la sombra. Bill quedó parado en medio de la calle. El sol le caía de frente y tuvo que parpadear mucho para habituarse al chorro de luz. Con el entrecejo fruncido miró a Joe que le dijo que a la cuenta de tres dispararían y se alejó arrastrando las botas unos seis metros. Caminó despacio entre las risas y burlas de sus compañeros que insultaban Bill. Éste permanecía estático, pero en su interior la sangre hervía como si a su corazón le instigara un fuelle que, en lugar de aire, echaba llamas. Empezó Johnny la cuenta y al momento de pronunciar el tres, Bill, que ya tenía el brazo a media altura oprimió el gatillo de la pistola, pero notó que no estaba disparando con su arma y que la que le habían dado era mucho más suave. Por eso, al jalar con tanta fuerza el gatillo, la bala había salido como una yegua espantada al sentir el golpe del martillo en el fulminante y, como un grueso clavo envuelto en llamas, se fue a depositar en el pecho de Joe. Wolf que tenía la costumbre de disparar con el cuerpo bien apoyado, tenía la pierna derecha retrasada, por lo que ni siquiera se movió. Su brazo estaba flexionado y su arma se mantenía a la altura de la barriga, era su costumbre anticiparse a la cuenta de su cómplice, pero esta vez no le había resultado y quería disparar sin lograrlo. La causa era que había sufrido un derrame interno y se había convertido en un porrón de cuero grueso atiborrado de líquido tinto. Se le nublaron los ojos y se desplomó. Sus cien kilos provocaron que una nube dorada de gránulos pequeños constatara que era el fin del bandolero. Los curiosos asomaron la cabeza y el inesperado suceso dejó en una situación absurda a los malhechores que notaron que muchos de los que habían llamado cobardes toda la vida, se habían envalentonado gracias a la hazaña de Bill. No les quedó otro remedio que abandonar el pesado cuerpo de su jefe y salir en estampida. Acompañó su retirada un estruendo de cascos machacando la tierra y cientos de disparos. La gente se alegró y algunos niños se acercaron a abrazar a Bill, pero él estaba inmóvil, borrando las noches de insomnio que guardaba su memoria. Al final sonrió cuando una niña de trenzas se aferró a su cintura y les dijo a las personas que estaban alrededor que Bill era un héroe. Después ya no se pudo contener y lloró como un niño, pero la gente lo consoló y se lo llevaron para que descansara.

No. No, muchas gracias—fue la respuesta— que recibieron el Sheriff, cuando le propuso ocupar un sitio en la comisaría; los ganaderos, cuando le ofrecieron ganado y vivienda; la señora Jefferson, cuando le propuso que se casara con su hija mayor: y el dueño del hotel que le ofreció una habitación y pensión completa. Todos lo vieron alejarse en su caballo y conforme se fue desvaneciendo su figura, la gente comentó la hazaña del joven diestro con la pistola, después dijeron que era un experimentado pistolero, luego que era un valiente que andaba en busca de los roba vacas, más tarde que era un justiciero y al final, se convirtió en un héroe nacional. Bill jamás se enteró de las historias que le adjudicaban y trató de alejarse lo más posible de quienes creían reconocerlo. Se casó, tuvo varios hijos y vivió narrándoles por las noches, alrededor de una hoguera, la leyenda de Rayo de luna y el guerrero Halcón.


miércoles, 12 de abril de 2017

El sueño de Mijaíl

Cuando se habla de sueños, la mente de inmediato asocia dos imágenes sin que lo deseemos. Son: la suave almohada en una comodísima cama y alguna ilusión que tenga en ese momento el individuo y que podría ser aprobar un examen, conseguir a una chica o un chico, ser aceptado en un trabajo y demás cosas de la vida cotidiana. En nuestro caso, Mijaíl tenía un embrollo en la cabeza porque estaba soñando que se encontraba dentro del sueño de alguien que soñaba que padecía de insomnio. Para que no nos pase lo mismo que a Mijaíl llamaremos al hombre que sueña que padece de insomnio Misha. Bien, pues este Misha está profundamente dormido, lleva casi seis horas como un muñeco de trapo. Durante la noche casi no se ha movido y una vez a estirado el brazo derecho. Su novia Masha o María, como deseen llamarla, una mujer joven y muy llenita a interpretado este movimiento como una señal de cariño y se ha girado para recibir el abrazo aplastando la extremidad de su prometido. Los dos respiran despacio y, de vez en cuando ella suspira y sonríe imaginándose a su atractivo Misha regalándole muchas flores el día de su cumpleaños. Si el hombre fuera capaz de sintonizarse con otra persona durante el sueño o pudiera traslaparse en las dimensiones oníricas, Misha le diría a su amada que se eche a un lado y así poder liberarse del cuerpo que le está obstruyendo la circulación.  El cerebro ya le ha enviado tres avisos a través del sistema nervioso porque ha interpretado esta sensación de hormigueo como una urgencia. Por desgracia, Misha no puede moverse por el peso de Masha y su cabeza está tan ocupada con el sueño del insomnio que no ha reaccionado a las alertas. Misha ha relacionado su desvelo con un tal Mijaíl que se ha venido a sentar a su lado en la mesa de la cocina. Misha tiene una lata de cerveza, se ha servido un poco en un vaso y le ha ofrecido con una señal al entrometido, pero éste, cruzando las manos le indica que no le apetece. Le pregunta la razón de su visita, pero no hay una respuesta convincente. Pasan unos segundos y Mijaíl comienza a hacerle preguntas.

—Oiga, usted se me hace muy conocido, ¿nos hemos encontrado antes?
—Lo siento, amigo, pero creo que jamás nos habíamos visto. Tu cara no me suena.
—¡Qué raro! me late que ya nos habíamos cruzado en algún lugar.
—Te digo que no, hombre. ¿No lo entiendes?
—Pues, eso está muy raro porque tengo la impresión de que ya nos habíamos echado una platicadita.
—Te repito que no. ¿Para qué estás aquí?
—No lo sé. Ahora mismo estoy como un tronco, pero creo que me equivoqué de sueño porque al cerrar los ojos me imaginé que iba a ver a una chava bien buena y…Bueno, usted no es lo que quería ver.
—Conque una Chava, es decir, una mujer, ¿no?
—Sí, así es mi jefe.

En ese momento Masha se despierta porque siente ganas de orinar, además le cosquillea la oreja izquierda porque Misha está murmurando algo muy cerca de ella. Lo mira amodorrada, le levanta el brazo que parece de goma y se lo flexiona, Misha gira un poco y hace un ruido muy raro. Ella se acomoda su camisón que se la ha subido hasta el ombligo, se levanta y camina a oscuras, llega al baño. No enciende la luz y, a tientas, se apoya en las paredes y se acomoda en el inodoro. Recuerda que se ha quedado dormida, alrededor de las nueve de la noche, después de estar recibiendo las caricias de Misha, que al terminar de escudriñarle todos los rincones sensibles de su cuerpo, se ha quedado dormido. Se oye el chorro dorado chocar contra la porcelana de la taza del baño. Se levanta y camina en dirección del dormitorio. Ve a Misha en la misma posición en que lo dejó, se sube a la cama, se cubre con la manta, encoge las piernas, suspira y se va quedando dormida de nuevo. En la calle uno que otro trasnochado vuelve a su casa y los pocos vehículos que circulan no hacen el suficiente ruido como para cortarle el sueño a esta pareja de enamorados.

—Y ¿por qué estás aquí? No estarías mejor en un bar o en un club nocturno.
—Pues qué más quisiera yo, pero esos lugares son caros y no me gusta que las mujeres me cobren, ¿sabe?
—Pero que idioteces dices. ¡¿Hablas de burdeles?!
—No, no amigo, no me mal interprete. Me refiero a los bares donde las mujeres bailan y le piden a uno dinero por una pieza.
—No frecuento ese tipo de lugares. No se bailar muy bien y prefiero hacer el tonto con Masha en las fiestas de mis amigos.
—A mí también me gustan las pachangas y no bailo tan mal. Sólo que ahora no tengo con quién ir. Antes me iba con mi vieja, pero ahora ya le da pena. Dice que nomás hacemos el ridículo. Por cierto, ¿usted tiene novia?

En ese instante se oye el ruido de un claxon y Misha se despierta, Masha se mueve y le pregunta, entre sueños, si se va a levantar. Sí—contesta respirando con fuerza—. ¿Quieres un café? No hay respuesta. La luz de la lámpara de la cocina da de lleno la formica de la mesa. Misha Tiene la impresión de que ha salido del sueño en la cama para regresar al sueño en la cocina, pues el lugar está igual, sólo que no está el tal Mijaíl. Son las cuatro de la madrugada, Misha ve el reloj y desiste de preparar el café. Se acuesta de nuevo y tarda unos minutos en volverse a dormir.

—Sí, sí tengo. Se llama María, pero le gusta que le digan Masha.
—Y ¿qué tal está?
—Que cómo está. Supongo que bien.
—Tal vez no me entendió usted, le pregunté si está mamacita o no.
—Pues, sí está guapa. Ha engordado un poco últimamente, pero eso la hace más excitante.
—A mí también me gustan las gorditas. ¡Descríbamela!
—Pues, es morena, tiene el pelo un poco ondulado, las caderas anchas y las piernas fuertes…
—Y ¿en la cama qué tal es?
—¡Oye, esa es una impertinencia!
—No le dije antes que vine para que me contara una fantasía erótica.
—Estás como una cabra, amigo. Por qué no me dejas en paz.
—Pues, porque tengo que cumplir con la misión de todas las noches.
—¿La misión?
—Sí, usted es como esas personas que padecen de amnesia y se les tiene que estar recordando todo lo que se les ha olvidado. ¡Pero no se me preocupe! En su caso, el daño, es sólo en la existencia onírica.
—No te entiendo nada.
—Mire, Misha, llevamos varios meses repitiendo este sueño y hasta que usted no lo recuerde en estado consciente, nos la pasaremos repitiendo este teatrito toda la vida.
—Pero, ¿cómo es posible? Por si no lo sabes me he levantado hace unos minutos y te he visto en mi cocina sentado ahí mismo. Es decir, en la cocina real, no aquí.
—¿Lo ve? Ya vamos por buen camino. Pronto se acabará esto.
—Y ¿se puede saber quien ideó esta tontería?
—No es ninguna tontería. ¿Se acuerda usted de cómo empezamos?
—No, no recuerdo nada y no quiero.
—Pues, hace muy mal, mi estimado, porque si hiciera caso, ya habríamos terminado de mortificarnos desde hace mucho.
—¿Terminar? ¿Terminar qué?
—Pues esa historia tonta que inventó un tal Mijaíl Mijáilovich. No sé de dónde es, qué hace en la vida real y si tiene planes para seguirnos martirizando.
—Todo eso suena a patraña, ya me estás sacando de mis casillas.
—Pues hagamos lo que el tal Mijáilovich ha ideado. Le explico, ahora. Primero, nos conocemos, luego, conversamos sobre su novia Masha, me la describe desnuda. Me cuenta de nuevo su primera noche en la que se emborracharon y terminaron tirados y encuerados en la alfombra de la casa de la tía de Masha. Después, el descubrimiento de la ninfómana que María lleva dentro y, por último, la separación.
—¿La separación?
—¡Claro! El tal Mijáilovich así lo ha dispuesto. Usted tiene que dejar el día de hoy a Masha porque se ha acostado o, enrollado como usted dice, con otro hombre más varonil e inteligente.
—¡Eso no es posible!
—Pues le digo que sí y de eso ya hace bastante tiempo. Sólo que usted, lo recuerda en este sueño y cuando se despierta se le olvida y luego, me viene cada noche con la misma historia. Así que, si desea acabar de una vez por todas, deje ya a su Masha y no olvide lo que ha estado pasando aquí.

Misha se concentra y trata de abrir los ojos. Repite con insistencia que está soñando. Logra ver a Masha acostada de lado, se sigue repitiendo que es primordial recordar el sueño. Abre los ojos, repite y repite la frase. Coge un block de notas y un lápiz. Escribe que está en un sueño en el que padece de insomnio y Mijaíl le dice que debe dejar a Masha porque le pone los cuernos. Ve el despertador. Son las seis menos cuarto y Masha comienza a dar vueltas. Por distraerse un poco Misha olvida lo que deseaba agregar a la nota. Para saberlo debe dormirse de nuevo, pero le quedan unos cuantos minutos antes de que suene el despertador. Se acuesta boca abajo y se tapa los oídos, logra dormirse y aparece otra vez sentado en la cocina. Mijaíl está de pie.

—¿Le ha dado tiempo de escribir que esto es un sueño; que debe dejar a Masha; y que el tal Mijáilovich se está burlando de nosotros?
—Eso último se me ha olvidado, pero si lo empiezo a repetir ahora, seguro que lograré recordarlo y, lo más importante, anotarlo.
—Está bien. Son casi las seis y el despertador va a sonar, levántese y escriba. Espero que mañana ya no nos veamos y pueda dedicarme a mis verdaderos sueños.
—Bueno, pues hasta nunca.

Misha se empieza a despertar, Masha ya está de pie, otra vez se ha acomodado el camisón, se va hacía el baño a orinar, pero ve el cuadernillo y lee la nota absurda que ha escrito Misha. La arranca, la arruga y se la lleva al cuarto de aseo. Misha abre los ojos y repite: “Mijáilovich se está burlando de nosotros”. Coge el lápiz y escribe la frase en el pequeño block. Después se va a la cocina y al pasar oye la voz de Masha que le pide que le prepare un café. Misha se queda viendo la mesa de formica blanca y tiene la impresión de que ha olvidado algo y no sabe qué es, vuelve a su habitación y ve la nota. Piensa que es una tontería porque él es Mijaíl Mijáilovich Mijailkov, desprende la hoja, la arruga y la echa a la basura; después se pone a preparar el café.


viernes, 7 de abril de 2017

Rescatista

Hace poco me dejó mi novia y me siento fatal, además nos enteramos de que mi padre se encontró una güera en el gabacho y ya no nos va a mandar dinero. Es por eso que le he pedido al señor Jesús, el tío de Andrés mi compañero de la secundaria, que me deje ayudarle en su taller mecánico. Llevo dos meses con él y ya he aprendido muchas cosas, lo malo es que por los pocos pesos que me da he comenzado a descuidar las clases. Hoy, por ejemplo, me he tenido que levantar a las cinco de la mañana para llegar a las seis a chambearle. Es que hay un trabajo urgente y si no lo termina el señor Jesús esta semana no le pagan. Lo bueno es que hoy es jueves y dentro de dos días tendré el fin de semana libre, bueno casi libre porque tengo que ponerme al día con las clases y creo que al final no voy a poder. Mi madre hace hasta lo imposible para darnos de comer, mis hermanos están en la secundaria. Laurita está en segundo y a duras penas va sacándose sus seises, pero Antonio es un crack, aprende rápido y cuando crezca quiere ser ingeniero. Sabe más física, química y matemáticas que yo, y eso que yo estoy en el primero de bachillerato. Mala suerte, Joaquín—me dicen todos con lástima—, como si al nacer me hubiera faltado algo de cerebro. A parte de eso, me sigue la mala pata. No tengo mucha suerte con las chicas y cuando veo a una que me gusta me pongo colorado y se me borran las palabras. Nunca he sido muy parlanchín ni guapo, lo único que tengo dice mamá es que soy un poco acomedido y me meto en el pellejo de los demás, ¿Pero de qué me sirve? Si siempre salgo perdiendo, regañado, castigado o pagando el pato. Bueno, ahí está el señor Jesús, dice que está desde las cuatro de la mañana montando el motor del Mustang y que le tengo que ayudar con el radiador, la parrilla y los cables que faltan.
Son casi las siete de la mañana, don Jesús está contento porque en la radio ponen su música favorita y el trabajo va viento en popa. Así sí vamos a terminar—me dice— con su enorme sonrisa de dientes de elote y su pelo erizado. Su bigote parece una oruga espinosa. Es muy moreno, bajo y fuerte. Tiene manos de piedra. Cuando me quemo sacando los tornillos de los motores calientes, llega él y me dice que no aguanto nada que tengo manos de niña. A mí me da coraje, pero me lo aguanto, por eso meto las manos en gasolina para que se me endurezcan.
Bueno, es hora de tomarse un vaso de atole con una telera y un tamal. El señor Alberto ya está en el zaguán mirándonos y preguntando si vamos a querer lo de siempre. A mí uno de mole y para el chamaco uno de dulce—dice el señor Jesús—, pero yo también pido de mole y oigo que los dos dicen que ya estoy creciendo. El señor Alberto con su eterno sombrero de ala ancha nos cuenta chistes y nos morimos de la risa, nos empieza a servir el atole, pero se le derrama todo y se le caen las tortas con los tamales. ¡Ah, caray! ¿Qué chingaos está pasando, Dios mío? Sentimos que el piso se empieza a mover, primero despacio hacia arriba y luego en círculo. Nos miramos unos a otros y no sabemos cómo reaccionar, la bici del señor Alberto se mueve de un lado para otro, lejos se oyen unos gritos, pero se mitigan rápido. Yo he sentido temblores fuertes, pero este, está cabrón. Todo cruje y se siente el aire frío. De pronto todos se detiene, sale la gente amodorrada, son las siete y media, algunos apenas se estaban arreglando para salir, miramos alrededor y no vemos desperfectos, sólo alguno que otro poste se ha doblado por el peso de los generadores. Al mirar un poco más lejos, notamos que en el habitual paisaje faltan unos edificios. Nos invade el temor de que se hayan caído y preferimos decir que nuestra memoria nos engaña, que es por el susto, sin embargo, el señor Alberto lo confirma. Ahí estaba el edificio de las costureras—murmura quitándose el sombrero—, se los juro, siempre les llevo a las ocho de la mañana su desayuno. Ya no hay duda, el señor Jesús coge rápido unas herramientas, guantes de carnaza que saca quién sabe de dónde y un mazo. ¡Vénganse—nos grita—, vamos a ver si salvamos a alguien!
El señor Alberto mira con recelo su armatoste con el bote de atole y los tamales, se resigna y empezamos a seguir a Jesús. Llegamos al edificio, está hecho ruinas, algunas personas están retirando los escombros. Trabajan rápido y sólo dan órdenes, la mayoría se esmera en silencio. Alguien descubre un hueco y me llama. “Ey, tú, ven aquí, seguro que tú sí cabes por aquí”. El señor Jesús me empuja y subo por los trozos de hormigón hasta llegar a donde está un señor gordo todo empolvado. “Métete por allí y ve sacando los escombros—me dice indicando con el dedo un hoyo—. A ver si encuentras a alguien”. Me meto con dificultad, pero dentro hay más espacio, me enrosco y me giro, saco una piedra grande, luego otras más pequeñas, mientras trabajo, siento las respiraciones de las personas que con voces llenas de esperanza rompen el tétrico silencio de la ciudad. Mis pensamientos, sin quererlo, se dirigen a mi madre. Por primera vez en dos horas me estremezco al pensar que debe estar preocupada por mí. Podría correr a buscar un teléfono para hablarle, pero estoy cerca de un sitio de donde sale un quejido. Sigo escarbando, el señor Jesús desde afuera me dice lo que hay que hacer para seguir avanzando. Veo unos pelos negros llenos de polvo, tengo la impresión de que es una anciana quien no para de lamentarse, pero su voz es muy joven. ¡Dios mío es una muchacha! Trato de tranquilizarla y me salen fuerzas de dentro. Intento jalarla, pero ella me dice que está atorada. Trato de liberarla, hay un bloque de piedra muy grande encima de ella. Pienso que con una perforadora se la podría sacar, ¿cómo encontrarla? Ella me mira conteniendo el dolor, sus ojos reflejan un hálito de esperanza. Llora en silencio y respira con fuerza. Una hora he estado con el cincel y el martillo rompiendo el cemento que la tiene atrapada. Pasa una hora más, tengo el brazo acalambrado de tanto golpear. No hay para cuando sacarla, me empieza agobiar la desesperación, pero el bloque se quiebra y me deja ver con dificultad sus piernas. Las veo deformadas y trato de atraerla hacia mí. Llora y no sé si es porque se siente salvada o por el dolor. A mí me impulsa el deseo de subirla para que le proporcionen ayuda. Salgo por fin y me ayudan a tirar de la chica que grita con desesperación, nadie es capaz de tranquilizarla. Veo que hay mucha gente. Recuerdo que sólo tres días atrás había visto por la televisión las maravillas que hacían los soldados en las emergencias con su plan de salvación y me pregunto por qué no han llegado. Si no lo han hecho es porque la tragedia debe ser enorme y no se dan abasto. La gente sigue buscando huecos por los escombros y varias personas ya han logrado entrar a la montaña de varillas y hormigón que son la herrumbre de lo que fue el edificio de las costureras por muchos años.
Descansa, hijo, te ves fatal—me dice el señor Jesús que está como un polvorón—, ya han llegado más personas y una ambulancia con socorristas está ordenando a la gente para que el trabajo sea más efectivo. No señor Jesús—le contesto con rencor—, seguro que allí adentro hay más personas, voy a entrar de nuevo. Bueno, mijo, pero llévate esta linterna. Entro de nuevo y el tiempo se queda atrapado, se ralentiza dentro de esa madriguera, afuera ya es de noche, pero sigo sacando piezas de los muebles aplastados y rotos, artículos de oficina e infinidad de cosas. Cuando salgo, sin haber podido hacer nada, veo que hay una grúa, me indican que van a mover los cascotes y que me meta a buscar orificios por donde se pueda meter una cadena. Levantan un techo y veo a varias mujeres, las alumbro con la linterna, les hablo, pero no me responden. Oigo una voz, pero viene de más abajo, no entiendo lo que dice. Sigo sacando cuerpos y no sé cuánto llevo aquí. He salido dos veces a pedir ayuda, me han dado agua y un plato de sopa, sigo tratando de llegar hasta el sitio de dónde sale la voz cansada y quejumbrosa. Ya descansa—me pide el señor Jesús, pero ya no lo veo, sólo noto una figura que se le parece. Vuelvo a entrar y bajo, me retuerzo para irme metiendo hasta donde está la mujer que me llama con lamentos. Ya la veo, para llegar hasta ella tengo que mover una tabla que quedó atravesada y me obstruye el paso. Salgo por algo para romperla, pero al bajar empieza una réplica, me empiezan a caer trozos de hormigón, siento que algo aplasta mis piernas y todo hace un ruido horrible, me invade el miedo y comienzo a llorar, de mi boca sale El Padre Nuestro, la mujer también chilla y se encomienda a todos los santos. Al recobrarme me doy cuenta de que me he desmayado, no sé cuánto tiempo ha pasado, el peso en las piernas me impide moverme y me doy cuenta de que estoy atrapado. Entonces, pienso que es el final, que debí avisarle a mi madre que estaba metiéndome por estos hoyos y que debía estar tranquila. Ya es demasiado tarde, lo único que me queda es esperar a que alguien me ayude. Siento que me hablan, respondo que estoy bien. Se libera el peso de mis pantorrillas, muevo las piernas, están bien. Me preguntan que si puedo encontrar un lugar para jalar las vigas con la cadena. Esta es más larga. A tientas busco hoyos, rodeo una gran piedra y empiezo a retroceder. Jalan muy despacio, alcanzo a escuchar el grito de la mujer y presiento lo peor, le grito al de la grúa que pare y me meto de nuevo. Hace un frío horrible, sopla el viento por las rendijas, es de madrugada. Afuera hay muchas voces, pero no alcanzo a entender qué dicen, al final veo que la grúa ha abierto una gruta y hay cuerpos. Comienzo a sacarlos. La señora que se lamentaba me ve con agradecimiento, se mueve con dificultad, debe tener muchos huesos rotos, la voy subiendo despacio, cada vez que la jalo de los sobacos grita, pero sigo hasta que salimos. La llevan a una ambulancia. Estoy deshecho, le digo a unos rescatistas que hay más personas dentro, que ya está abierto el paso. Se meten. Alguien se acerca y me pregunta que si soy "El Lombriz". ¿Cuál lombriz? Joaquín el muchacho del taller—me dice una joven— con un micrófono y un camarógrafo alumbrándome la cara. Me hace preguntas y me ve con su cara asombrada, me dice que la ciudad está destruida, que esta es la parte más afectada y que me van a transmitir cuando salgan las noticias. Se me traban las palabras y berreando con el rostro cubierto, le pido que le dé un mensaje a mi madre. Estoy bien mamá, no he llegado a la casa ni he hablado por teléfono porque tenía que salvar a estas mujeres. Te quiero.
Dedicado a mi amigo Vicente, "El muelas", quien nos contó un día cómo participó en los rescates en México en el año 1985.

domingo, 2 de abril de 2017

La Polaca

Susana esperaba. Llevaba muchos años en ese estado inerte. Se había obligado a no alterarse, sin embargo, en algunas ocasiones las noticias de la radio o del periódico la hacían temblar y sentir el sudor gélido del pasado. Le habían arrebatado a sus padres, a sus hijos y a su marido. Se había salvado por puro milagro de la represión Nazi. En una redada, a principios de 1944, alguien pronunció mal su apellido y, al ver que dos viejos soldados la acosaban, un joven teniente de la Gestapo afirmó que ella era de raza aria y la liberó. Joachim, su esposo, le hizo llegar una nota escrita con lápiz en la que le decía:

“Zuzanna, sálvate. Vete a Buenos Aires, ahí te buscaré”.

Ella lo logró y se estableció en un barrio muy concurrido de la ciudad porteña, se ganaba la vida enseñando música. Le decían “La Polaca” y le enviaban a los niños para que les enseñara a leer las notas, a escribirlas en los pentágramas, también para que las niñas aprendieran piano y, uno que otro negado para el fútbol, se midiera con el bandoneón.

Los hombres se sentían muy atraídos por su belleza y la agredían con sus piropos en lunfardo, pero daban un paso atrás cuando sentían el peso de la cruz que ella arrastraba. Era esa eterna espera que la tenía con los pensamientos puestos en el destruido suelo de Europa. Al caminar tarareaba una canción que se llamaba “Me dicen zorzal”, pero ella le había adaptado su propia letra y la repetía en su cabeza para darse fuerzas. La brisa del mar le acariciaba el pelo y le refrescaba su piel de azucena y, a pesar del tiempo, su cuerpo seguía fértil. No podía salir de la jaula que la apresaba con sus gruesos barrotes de expectación y su única esperanza era la fe.

Recordaba a Joachim, no como a ese hombre ensangrentado y hambriento, con su raído uniforme de franjas y la estrella de David, con el rostro demacrado; sino como a uno de aquellos grandes profetas que habían salido de Egipto para instalarse en las tierras de Moab o de Benjamín. Lo veía bajando del Sinaí, guiando a su pueblo a través del desierto. Él era así, optimista, le dedicaba mucho tiempo al estudio, se comunicaba con Dios y éste le revelaba las razones de la conducta de la naturaleza, le decía los secretos de los fenómenos físicos con fórmulas matemáticas. 

Zuzanna evitaba irse por la senda de los recuerdos. No viajaba por su pasado a Varsovia y le dedicaba horas al visionado de su álbum de fotografías imaginarias, en las que estaba ella de pequeña jugando en los parques, su padre elegante con su traje dirigiendo su negocio, su madre en la cocina preparando dulces de leche y tartas. Sus mellizos también la visitaban con su llanto, no habían podido superar la crudeza de la invasión alemana y se habían marchado pronto, como arrepentidos de haber llegado en un momento inoportuno. Se le aparecía el rostro moreno y triste del narigudo Joachim, silencioso, sin reproches, con los labios clausurados y el corazón expectante de las respuestas de Jehová, quien seguramente, le decía que eso era lo mejor para sus hijos.  Ella también quedó clausurada, enclaustrada en su eterna espera.

Siempre salía por las tardes a pasear y se imaginaba que por el otro extremo de la calle aparecería su marido, apoyándose en una vara, con el pelo y la barba lanosos, como pelusa, arropado por una túnica de lino, con su bolso en bandolera pregonando las buenas nuevas. Luego, volvía a la realidad y trataba de tejer un manto que la calentara durante el frío camino de la espera. Lloraba en silencio, imploraba la ayuda divina, pero se le imponía la resignación. En su interior oía que mujeres santas la consolaban y la aconsejaban para continuar y, por eso, seguía allí, atada a su epicentro de temores, sufriendo el ardor de la cólera, reprimiendo su odio para no atraer la ira del Señor.

La ayudaban las cuerdas de su piano viejo lanzando las melodías callejeras al aire, los niños maravillados la veían manejar con gracia y rapidez sus dedos sobre el teclado. En ocasiones interrumpía sus interpretaciones o detenía las palabras que quería decirle a sus alumnos y salía por la ventana para mirar el otro extremo de la calle. Volvía a su sitio, se sentaba cruzando la pierna, miraba al frente y esperaba, esperaba y ... esperaba.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Cita a ciegas

Estaba esperando que algún empleado le atendiera, había bastantes clientes y el trabajo se había retrasado por una pequeña avería en la cocina. Hacía unos minutos el maître le había comunicado que se tardarían en tomarle su orden, pero que tenía a su servicio el bar y la bebida que pidiera sería por cortesía de la casa. Se decidió por un vino tinto y miró sin interés la carta. Por lo regular, elegía la carne, pero esta vez se le despertó la curiosidad por los mariscos y el pescado. Vio que los ingredientes y elaboración del filete al ajillo no estaban nada mal. La espera se había alargado mucho, ya no había nada más que ver en el menú y le habían servido ya, dos copas. Cogió el libro que tenía sobre la mesa y le echó una ojeada. Se lo había comprado, al pasar por la librería que le quedaba de paso, porque había visto un remate anunciado en el escaparate. Se acercó a curiosear entre el bulto de libros y se encontró una novela breve que le habían recomendado hacía mucho tiempo, pero que, por razones tontas o infundadas, no la había leído. Esta vez el ejemplar saltó de inmediato delante de él, como si lo hubiera estado buscando durante mucho tiempo. Al abrirlo escuchó las casi desvanecidas palabras de Mauricio:

 “Lee ese libro, Raúl, te va a encantar. Cambiará sin duda tu forma de ver la vida y el amor. Está muy lejos de ser un recetario, pero le ayuda a uno a orientarse en ese laberinto de emociones que surge cuando salimos con una mujer”.

Por haber relacionado el título con un libro erótico, no lo buscó nunca y postergó su compra. Nadie tuvo el atino de regalárselo en un cumpleaños y él lo evitó por completo. El escrito no contenía más de ciento cincuenta páginas, la letra era más grande de lo habitual, por lo que la lectura se hacía rápida y amena. Estaba presentado como un cuento infantil, pero sin dibujos.  El autor había puesto su seudónimo, pero Raúl sabía por Mauricio que se llamaba Charles Chrome y no Charlomé como estaba escrito en el empastado con letras góticas doradas. Leyó algunos pasajes al azar, sacó el dinero de su bolsillo y se fue a la caja, miró el reloj y el rugido de sus tripas le indicó que era la hora de almorzar. Era sábado, por eso se lo tomó con calma y caminó hasta el restaurante donde acostumbraba ir para matar un poco el tiempo. No tenía compromisos, estaba solo, tenía un buen empleo y disfrutaba de la vida complementándola con actividades interesantes de ocio.
Miró el empastado blanco, abrió la quinta página y comenzó a leer.

“Una mujer llega a su cita, lleva retraso y está un poco agitada. Entra buscando a alguien. Se le acerca un camarero para conducirla a una mesa, pero ella señala un sitio y es conducida hasta ahí. Recibe el menú, le ofrecen una bebida por cortesía de la casa, se niega al vino y pide un mojito, pero sin alcohol. El camarero trata de ocultar su sonrisa bajo el espeso bigote, pero sus dientes lo delatan. Trae la bebida bastante rápido. Ella respira con más calma y su rostro atractivo empieza a recobrar el color, sólo sus mejillas siguen coloradas. Su maquillaje es muy discreto. Va bien arreglada, su vestido olivo es entallado, con un escote triangular y mangas cortas, lleva un medallón, es una piedra glauca que hace juego con sus ojos. Sus movimientos son delicados, aunque sus manos se ven fuertes, es muy esbelta del tronco y sus caderas abundantes. Éstas, por cierto, han llamado la atención de los hombres que la han visto entrar. Ella finge concentrarse en lo que ofrece el menú, lleva el pelo recogido y le cuelgan dos caireles.  Su cara es redonda y su nariz respingona, tiene…

Raúl se da cuenta de que su copa está llena otra vez. Ve la cara poco familiar del camarero, se da cuenta de que es nuevo y le pide una ensalada de verduras para empezar. El sonido de los cubiertos y el tañer de los platos anuncian que se ha reparado el desperfecto en la cocina.  Cae una pequeña lluvia metálica, es la loza que recibe los golpes de los cubiertos. La música ambiental pasa a segundo plano y su puesto lo ocupan los chasquidos y el balbuceo. Coge de nuevo el libro.

…la mirada felina.  Se viste sin lujo y extravagancias, se le nota en los movimientos poco refinamiento, pero nadie la recriminaría por eso. Ha pasado un cuarto de hora y la persona a la que espera no llega. Tal vez ésta ya se encuentre entre los presentes—se dice bajando los ojos—. Pone en la mesa una hoja que ha sacado de su pequeño bolso y lee con atención como si estuviera recordando un poema que deberá recitar después. Lo guarda y respira con fuerza…

Raúl se distrae porque aparece ante él un gran plato con un filete al ajillo que huele muy bien. Corta un trozo pequeño y lo mastica con calma. Le gusta el picor de la pimienta mezclado con el ajo. Ve la superficie del trozo de la merluza y sonríe. Piensa que hacía tiempo tenía que haber probado ese plato. ¿Cuántas cosas había pospuesto en su vida?

…Tiene la mirada baja. Frunce el ceño al mirar el reloj y da un pequeño brinco, levanta la cabeza y mira alrededor, algunos curiosos se quedan inmóviles. Ella se fija en un hombre que está sentado cerca. Su rostro alterna las expresiones de duda y enfado. Se ríe de nervios, sus pensamientos la incomodan. El hombre pone atención en ella, se levanta y va hacia su mesa…

Raúl deja la lectura, busca una servilleta para limpiarse el aceite de los labios, pero no la encuentra—sería un despiste del camarero —se dice mirando hacia la cocina—. Le hace una señal con la mano al joven, que ya se ha dado cuenta del problema, y se acerca a corregir su despiste. Raúl le muestra el chorrito de aceite en su barbilla y recibe una servilleta con el bordado del establecimiento.

…—¿Es usted Elena?
—Sí—contesta un poco enfadada—. Y ¿usted Daniel?
—Sí. Encantado—extiende la mano y espera a que ella le ofrezca la suya, pero no lo hace—. Perdone mi distracción, estaba seguro de que usted me había dicho que vendría con un vestido azul.
—Sí, así se lo había dicho, pero no me fío de los desconocidos.
—Entonces… ¿por qué está aquí?
—Ya lo sabe. Usted ha despertado mi curiosidad, sin embargo, no quería bajar la guardia por lo que me dijo por teléfono. Además, usted no lleva gafas.
—Es que, por desgracia, se me han roto— Daniel saca unas gafas de su bolsillo y las agita en el aire con actitud de niño, ella se ríe.
—¿Lo ve? Usted es un mentiroso.
—No tanto como usted, por lo menos yo me he vestido como le dije.

Raúl cierra el libro y llama al camarero. Pide un flan y un café. Mentalmente se imagina la escena que acaba de leer y le parece absurda, irreal y nada original. Por qué le habría recomendado Mauricio un libro tan tonto. Por quién lo había tomado. Sabía perfectamente que odiaba las novelitas románticas y que tenía un sentido común muy práctico. Miró el flan y sintió un cosquilleo que le llenó la boca de saliva. Le empezaron a surgir ideas, se encaminó por la senda de su experiencia en literatura y su hábito de componer y criticar todo lo que le parecía inadecuado lo llevó a imaginar la escena de Daniel y Elena de otra forma.

—Pero a fin de cuentas sus engaños han comenzado desde que se confundió de número de teléfono, como dice que le sucedió. ¿No son acaso patrañas?
—He de confesarle, querida Elena, que me tomé el atrevimiento de pedirle a su amiga Cristina su número. Luego he tenido que inventar una infinidad de trucos para traerla hasta aquí.
—Como eso de mis documentos extraviados, ¿no?
—Sí, es verdad, pero tome en cuenta que estoy enamorado de usted.
—¡Qué impertinencia la suya! ¿Está loco?
—No, no estoy loco, estoy perdidamente enamorado.
—¿Se da cuenta de lo que dice? Mire, estoy comprometida y no me interesa usted en absoluto.
—Ve, ¿lo ve usted? Es una mentirosa. Estoy al tanto de su vida y su estado sentimental.
—Le pido, por favor, que me dé mis documentos y se vaya por donde vino.
—Elena, me obliga usted a abrirle mi corazón. ¡Quiero casarme con usted! !¿Lo oye?!
En ese momento Elena se levanta y se dispone a marcharse, pero Daniel la coge por el brazo y le pide que se siente. Ella está refunfuñando, obedece, pareciera que echa humo por la nariz, aunque se nota a leguas que todo es pura actuación.
—¿Qué tipo de bicho es usted?
—No soy un bicho raro, sólo estoy enamorado. Ya no puedo vivir sin usted. Desde que la vi no puedo pensar en otra cosa.
—Pues, búsquese otra en quien pensar. A mí no me interesa lo que le pase a usted.

Raúl sintió que le echaban un balde de agua fría en la cara, una ofensa como la que estaba soportando era lo último que le podía hacer Mauricio. Se levantó con el libro en la mano y se dirigió al servicio, tenía la intención de echarlo a la basura. Abrió la pesada puerta de madera, entró y se encontró con su propia imagen reflejada, buscó la papelera y cuando iba a tirar la novela oyó una voz. Buscó, girando la cabeza, pero no había nadie. La voz era un poco femenina. “No lo tires, te arrepentirás después”. Por qué habría de arrepentirme—dijo Raúl mirándose en el espejo—. “Porque tú jamás te habrías atrevido a hacer lo que hizo Daniel para conquistar a una mujer”. Tampoco es la gran cosa. Me vas a disculpar, pero es ridícula la conducta de ese tipo y, por otro lado, a mí qué. Yo no tengo la necesidad de seguir y engañar a las mujeres. Bien lo sabes. “Y ¿No crees que ahí está precisamente el problema? En tu lugar, yo seguiría leyendo. Tal vez descubras cosas de ti. Ya te lo dijo Mauricio…”. Salió con las manos un poco húmedas y el libro en el sobaco. Se sentó y miró a su alrededor. Reconoció a algunas personas que como él, iban a comer ahí los fines de semana. Quería salir y dejar su lectura para ocuparse de otra cosa, pero su conversación del cuarto de aseo lo obligó a seguir con la historia.

—¿No ha sentido amor alguna vez?
—¿Amor? ¿Existe, en realidad? Para que lo sepa, siempre que he sentido amor he sido traicionada.
—Tal vez, y discúlpeme por la sinceridad, usted no sepa qué es el amor.
—Ah, ¿no? Y ¿quién demonios lo sabe? ¿Me lo podría decir?
—Sí. Mire, el amor tiene diferentes fases y edades. Hay materno, paterno, fraternal, espiritual y carnal. Usted le da importancia sólo al último, por eso siente que la traicionan y lo único que ha pasado es que no ha encontrado al hombre adecuado.
—¿Se cree muy listo? Eso que usted dice no tiene fundamentos y los hombres ni siquiera se cuestionan cosas como las que me acaba de decir. Todos quieren sexo y podrían follarse hasta a una escoba con faldas.
—Tal vez tenga usted razón. No la voy a contradecir, pero si lo hacen es porque no se han detenido a pensar en el amor de forma más seria. ¿Me entiende?
—Claro que me doy cuenta de todo. Su estrategia es la peor de todas. Si cree que con eso me va a convencer, está muy equivocado.
—Yo no quiero convencerla. Quiero amarla.
—¡Qué estupideces dice usted!

Raúl esta vez ya no cerró el libro y sólo levantó la vista para ver qué era lo que sucedía a su alrededor, pues alguien estaba gritando y no lo dejaba concentrarse en sus pensamientos. Por alguna razón, las palabras de Daniel lo habían cuestionado, a través de la voz afeminada que había escuchado en el baño, porque él nunca había pensado que el amor se pudiera definir. Sabía que ese sentimiento tenía características, pero si se lo hubieran pedido, lo habría planteado de otra forma muy diferente. Resonó de nuevo la voz femenina, pero ahora con una pregunta. “Y ¿tú? ¿alguna vez has tratado de entender a las mujeres desde ese punto de vista?”. ¿Desde cuál? —preguntó Raúl en voz muy baja—. “Pues interpretando las actitudes, diferenciando los actos fraternales o maternales de una relación amorosa. ¿Lo ves? Eres demasiado práctico y tu razonamiento sirve nada más para resolver los problemas de la oficina, pero no los del matrimonio. Debes ir adelante en el pensamiento. Las cosas no son sólo lo que ves en el instante, encierran cosas y harías bien en prever las consecuencias de tus actos. ¿Te acuerdas de las causas de tu divorcio?”. Ya no quiso seguir oyendo la voz de su conciencia porque le traía malos recuerdos.

—Elena, si usted quisiera podríamos casarnos y vivir felices.
—¿Felices? ¿Cómo puede estar tan seguro?
—Pues, porque estoy capacitado para amar.
—¡¿Capacitado para amar?! Escuche, he oído estupideces grandísimas en mi vida, pero ninguna como esta. Seguro que usted es un anormal.
—Sí, tal vez, pero hablo con fundamento. Si le digo que estoy capacitado para amar, es porque realmente es así. Le voy a decir por qué. En primer lugar, usted sabe que si una persona no se ama a sí misma, sin llegar al egoísmo, claro; es incapaz de amar a los demás. Para lograrlo hay que tener mucha empatía, es decir, meterse en el pellejo del otro y entenderlo. Después, está el principio fundamental de no hacerle al otro lo que no se quiere que le hagan a uno. Eso es el respeto, parte fundamental del amor. Luego, viene algo importante que es conocer a la otra persona. Quién no conoce nada, no ama nada. ¿Sabe que sólo se puede sentir algo por una persona, si se le entiende y se le tolera?
—Bueno, ¡ya está bien! ¿Ha venido a darme mis papeles o a echarme un sermón?

De pronto, Raúl, recordó que jamás se había preocupado por resolver sus problemas internos y había buscado culpar a las mujeres con las que había vivido. También, le había importado muy poco lo que ellas lloraran por causa de su infidelidad e inestabilidad emocional. Era cierto que su atractivo le ayudaba a seducirlas, pero luego tenía una conducta infantil culpándolas de las contrariedades de la vida en pareja. Estuvo atento por si la voz afeminada le decía algo, pero esta vez el silencio no fue quebrantado ni siquiera por los ruidosos vecinos que habían armado una camorra. Estuvo repasando algunos pasajes de su vida y llegó a la conclusión de que, efectivamente, había cometido una gran cantidad de errores al centrarse sólo en sí mismo sin importarle los demás. Descubrió que no sólo no había sido frío con las mujeres, sino que, a sus padres, sobre todo a su madre, les había hecho la vida imposible con sus exigencias y críticas. Vio el rostro de Rosa, su ex mujer, implorándole que recapacitara, que pensara en los años que habían disfrutado juntos. A él no le importó y se fue. No sintió mucho remordimiento. El estómago se le contrajo un poco. Llamó al chico que lo atendía y le pidió un cigarro y una copa de coñac.

—No lo va a creer, pero es una declaración. Le asombrará que le diga todo esto, pero creo que es mejor que engañarla e ilusionarla para que haga castillos en el aire.
—No me importa lo que haga o diga. Entrégueme mis papeles y váyase.
—No lo haré hasta que no me dé el sí.
—¡¿Qué?! ¿Cree que una mujer se va a casar con el primer pelele que encuentre en un café? Está mal de la cabeza.
—Sí, eso lo sé a la perfección, pero si no se casa conmigo no la dejaré en paz.
—Pero, ¿qué no sabe que el matrimonio es una cosa seria y que hay que estar muy enamorado para cometer esa locura?
—Pues, yo lo estoy.
—Pues, yo no. Usted no me atrae lo más mínimo.
—Eso, tampoco es problema. Se supone que las mujeres no buscan la belleza en los hombres. Lo que necesitan es tener seguridad y eso, sí que se lo puedo proporcionar.
—¿Seguridad? ¿Qué tipo de seguridad?
—Pues, la que usted quiera o necesite. Sentimental, económica u otra.
—¿Se está burlando de mí? Yo no necesito nada de usted.
—Elena, ya sé que todo esto es muy raro para usted, pero si se pregunta por qué las mujeres engañan a los hombres se dará cuenta de que tengo la razón.
—No, Daniel, está equivocado. Una mujer engaña a su marido porque deja de amarlo. Nada más simple. No hay amor, no hay cama y se acabó.

Un recuerdo amargo entristeció la cara de Raúl. Llevaba tres copas de coñac y su cigarro seguía intacto echado en el cenicero. La causa del disgusto era Laura que le había puesto los cuernos con uno de los compañeros de la oficina. Le pareció recordar algunos avisos que le habían llegado a través de Mauricio, pero no los tomó en cuenta por su soberbia. Ahora, sabía por ese maldito libro que la razón era muy simple. Él había dejado de proporcionarle seguridad a Laura y ella lo dejó de amar. No fue un engaño, fue un rompimiento que se convirtió en rutina y, al final, no pudo mantener la consistencia por causa del agudo filo que cortó para siempre su relación. Pidió otra copa y se la bebió haciendo grandes pausas. Tenía la mirada perdida, estaba reviviendo su pasado para analizarlo. La voz femenina esperaba paciente para saltar después sobre él.

—Con eso me da la razón, querida Elena. ¿Sabe que una mujer deja de amar a su pareja cuando ya no hay seguridad? Eso, eso que dice usted de forma tan clara, es por causa de la pérdida de seguridad en la pareja.
—Pues, como sea. A mí me tiene sin cuidado su rollo patatero.
—Creo que es el momento adecuado para abrirle mi corazón.
—Ah, y ¿antes era solo bla bla bla?
—No, Elena, le quiero confesar cosas. Primero, le confieso que he tenido varias relaciones. Todas han terminado mal y las causas han sido mi ignorancia y mi falta de paciencia. En segundo lugar, he aprendido a través de mi experiencia y el estudio de la naturaleza del ser humano y, por último, sé que a una mujer como usted le podría dar toda la seguridad del mundo.
—Mire, Daniel, creo que ya hemos perdido demasiado tiempo y sería mejor que lo dejáramos aquí.
Daniel se acercó un poco a ella, la miró con atención y le cogió la mano. La primera reacción fue separarla de inmediato, pero él se la apretó.
—Sé que ha tenido algunas decepciones y que ahora mismo prefiere no relacionarse con ningún hombre, pero si me diera una sola oportunidad se daría cuenta de que podemos vivir juntos.
—No necesito nada. Me voy.
—Sí lo hace no lo solucionará. Sé que en cuanto recapacite comenzará a darle vueltas a lo que le he dicho y después volveremos a comenzar desde cero. Ya se lo he dicho. Estoy dispuesto a todo por unirme a usted y déjeme tutearla, de una vez por todas, ¡caray!
Elena bajó la mirada. Estaba tratando de decidir su futuro. Daniel no era el hombre con quien había soñado, pero era bastante inteligente y le había dicho lo que nadie le había planteado nunca.
—Está bien, Daniel, le doy… es decir, te doy una oportunidad, pero has de saber que soy demasiado exigente y si fallas en algo, se acabó.

Raúl no podía creer que una historieta tan barata como la que tenía en las manos le tocara los sitios más delicados de su corazón. El libraco tenía la virtud de despertarle sus peores decepciones amorosas, las cuales ya creía olvidadas. No se había imaginado mucho a los personajes porque había pocas descripciones físicas de ellos, pero tenía claro que Elena era guapa y sencilla, con un código moral estricto. Daniel sólo inteligente y feo. Sintió una pequeña derrota porque él siempre se había apoyado en su atractivo para conquistar a las mujeres, en cambio este hombre entraba al corazón de las mujeres directamente con su conversación. Se imaginó las escenas siguientes y fue leyendo rápido los diálogos, le interesaba mucho la actitud de Elena. La empezó a comparar con Rosa. Cuando adivinaba sus reacciones o sus preguntas y respuestas, se reía satisfecho y, cuando fallaba, la vocecita femenina le hacía zumbar los oídos. Se dio cuenta de que la cuenta llevaba bastante tiempo en la mesa y que muchas personas se habían ido. Era una hora muerta en la que las mesas se vaciaban antes de recibir el torrente de visitantes que se daban cita por la noche en ese sitio. Sacó el dinero y lo dejó dentro del porta cuentas, luego fue leyendo en diagonal las páginas y se preparó para irse a su casa. Por curiosidad, vio la última página y descubrió que su predicción era errónea, hizo un gesto de decepción al ver la sonrisa de su conciencia y salió cabizbajo. 

En la calle fue dando pasos muy cortos y decidió vagar un rato. Tenía la cabeza embotada, ya iba un poco borracho. Le pareció haber encontrado una solución a sus problemas y la vocecita femenina que le había desagradado durante su estancia en el restaurante, ya no le gritaba y lo miraba con compasión. Vio que una mujer se acercaba. Llevaba un vestido azul y el pelo recogido. Agitaba mucho su brazo izquierdo al caminar y el bolso pequeño que llevaba en la mano parecía un balón para jugar al hand ball, iba montada en unos tacones altos y por eso balanceaba mucho las caderas. Al verla más de cerca, le sorprendió que fuera Rosa. Tembló un poco y trató de improvisar algunas palabras para el momento en que se cruzaran. Ella iba distraída, pero lo vio y su expresión cambió por completo. Se le juntaron las cejas y sus labios se pegaron torciéndose.

“Hola, Rosa—dijo Raúl con sorpresa, moviendo mucho las manos—, ¿qué tal estás?”. Ella solo le echó una mirada amenazante y emitió una especie de rugido. Raúl le abrió paso y se quedó mirando cómo se alejaba, clavando los tacones en la acera, en dirección del restaurante.

lunes, 27 de marzo de 2017

El guionista Di la Rose

Di la Rose era un hombre bajo y un poco afeminado que se dedicaba a escribir guiones para unos famosos estudios de cine. Era feliz realizando su trabajo. No usaba su nombre real y nadie revelaba su identidad, por eso era un desconocido en el mundo del espectáculo, pero los directores no podían vivir sin él. Ese anonimato le ayudaba a meter las narices en todos lados y pasar inadvertido. Su tarea era seguir la vida artística de los grandes actores y pensar en los papeles que se les podrían proponer al terminar tal o cual película.  La última vez había seguido a una famosa actriz, no muy joven, que había tenido que ir con el cirujano y hacer una dieta especial para interpretar a una adolescente. Su trabajo fue todo un éxito y cuando la famosa estrella se preguntó que más podría hacer con su nueva apariencia se acercó un director con un guión de “Algo que se llevó el viento” y se lo ofreció. Firmaron el contrato de inmediato y Di la Rose quedó muy satisfecho porque había escrito el guión para que le quedara como un vestido hecho a la medida. Su olfato no lo había traicionado.

En esta ocasión le seguía los pasos a un artista que tenía pocas películas, pero todos hablaban de su potencial. Se trataba de Donald Peck quien acababa de rodar “Hambre”—basada en la famosa novela de Knut Hamsun— y estaba en los huesos. Donald se había sometido a un crudo ayuno y estaba al borde de la anemia, deseaba comer y hacer cualquier cosa menos seguir sufriendo el martirio de la inanición. Di la Rose tenía ya casi terminado un guión sobre Auschwitz en el que el protagonista sería un filósofo judío disidente. Sabía que Peck leía libros profundos y que en su familia había destacado un pariente lejano en el campo de la filosofía. Conocía todas sus aficiones y su actitud hacia la injusticia. Había planeado toda la trama con vernier hasta el último milímetro y pensaba que no fallaría su plan, sin embargo, Donald declaró que estaba harto de pasar penurias y deseaba hartarse de perros calientes. Fue la primera vez que sus planes se vieron frustrados. El director Luciano Bettoni, que ya tenía reservada una jugosa tajada para Donald por el papel en el campo de concentración, habló seriamente con el guionista y lo amenazó con echarlo de los estudios si no resolvía el problema de inmediato.

Peck descansó una semana completa y comió con voracidad, pero una mañana salió directamente al gimnasio y Di la Rose tuvo que improvisar. Se compró unas zapatillas deportivas y un chándal y se fue a ver qué estaba pasando. Se enteró de que Donald iba a interpretar a un peleador callejero en una película de acción. No pudo contener la risa porque no sabía de qué forma ese raquítico joven iba a sacar los músculos que nunca había tenido. Asistió cada día a la sala de entrenamiento tras el joven que hacía más de quinientas sentadillas al día y levantaba pesos sin descansó. Lo veía comiendo barritas de cereal con miel y chocolate, lo espiaba en los comedores y contaba las porciones de espaguetis que comía, lo seguía a su casa por las noches y se levantaba todas las mañanas para ver los cambios que iba sufriendo el muchacho. Al mes dejó de reírse y su incredulidad le dejó un gesto muy amargo en la cara. Ya estaba claro que Donald en unos meses más sería un luchador fortachón listo para medirse con los perros callejeros de Brooklyn. Peck practicaba con sus instructores y empezaba a dominar los movimientos del boxeo, la lucha y las artes marciales. Di la Rose tuvo la corazonada de que, al momento de terminar su preparación, Donald quedaría ideal para hacer el papel de Bruce Lee en una nueva versión de “Operación dragón”, así que se puso a adaptar la historia y fue a tratar los detalles con el director que lo tenía amenazado por el fracaso anterior. Llegó a un acuerdo con el furibundo promotor y salió de la oficina muy contento. 

En el trayecto a su casa tuvo un presentimiento que lo puso ante el dilema de la inconstancia de Donald. Si éste se negaba a participar en la versión nueva de Bruce Lee y pedía otro rol, ¿qué pediría? ¿en qué tipo de personajes se querría convertir? Dado que había pasado de un hambriento profesor a un luchador callejero, era posible que de buscapleitos se pasara a un papel romántico. Lo que si estaba claro era que el magnífico Peck no continuaba la línea de personajes en los que se convertía, al menos de forma inmediata. Decidió que tendría sus guiones de reserva preparados para cualquier imprevisto y escribiría una historia romántica por si se daba el caso. Bettoni fue a buscar al joven Peck, se llevó la carpeta con el guión de “Operación dragón milenium”. Luciano era un gran experto de la persuasión y descubría pronto los puntos débiles de los actores con los que se encontraba. La mayoría de las veces hacía un ofrecimiento, contaba varios chistes y, al final, hablaba de cantidades de dinero muy seductoras. Aplicó su estrategia con Peck y descubrió que el joven era un hombre muy inquieto y ambicioso y todo lo que hacía era para crear un halo de misterio y temeridad en sus decisiones. Por esa razón se había propuesto hacer diez películas tan diferentes entre sí, para entrar al salón de la fama de la actuación. Era impresionante su determinación. Bettoni descubrió que sus estrategias eran inadecuadas y cambió de método. “Mire, querido Donald—le dijo con una actitud de pontífice dando consejos—, le ruego que me diga qué es lo que desea y le proporcionaré lo que busca. Sólo tiene que decirme qué historia quiere y qué tipo de personaje necesita y se lo haré de inmediato”. 

—Está bien. Ya sabe que he hecho nueve películas, me han pedido interpretar a un futbolista, a un filósofo, a un soldado, a una mujer, a Ulises, a un profesor de escuela, a un torero, a un hambriento y un peleador callejero, pero me gustaría culminar con un héroe fuera de lo común. Deseo interpretar a un guionista de cine.
—Pero, ¿qué no sabe que acaba de salir precisamente una muy buena sobre Dalton…, es decir, Dalton Trombo?
—Sí lo sé. Es por eso que representa un gran reto y podría inmortalizarme si lo hago bien.
—Y ¿a quién interpretaría a Kubrick, Scorsese, Ford, Allen?
—No. No me gustaría interpretarlos. Preferiría que hallara a uno menos conocido en la actualidad.
—Ah, entonces ¿qué tal Ben Hecht?
—No, no, ese es muy grande. Le dicen el Shakespeare de Hollywood, ¿no?
—Sí, así le decían. ¿Entonces?
—Mire, no me interesan ni Antonioni, ni Bergman, ni Mankiewicz. Quiero a uno grande, pero que sea desconocido.
—¿Sabe lo que me está pidiendo? Podría decirme mejor que me fuera a freír espárragos.
—Pues, es usted quien ha venido a verme. Si tiene alguna propuesta, hágala, si no, ya puede irse. Gracias.
—No. Espere, espere —hizo una pausa y continuó— creo que tengo algo.

Betonni estaba tratando de terminar con la enorme lista de guionistas que le pasaba por la cabeza. Iba descartando uno por uno a todos los escritores de cine que conocía y se acercaba al final de la gran hilera cuando le pareció escuchar la vocecita de Di la Rose y sonrió—. ¿Si fuera uno con un sobrenombre, talentoso, con maneras de mujer, pero con un gran ingenio, lo aceptaría?

—Sí, pero ¿existe o es sólo una invención suya?
—Claro que existe, incluso es posible que usted lo haya visto.
—No lo creo. Recuerdo muy bien a la gente que me rodea y a todos los que de alguna forma se relacionan conmigo. No soy un patán como las demás estrellas, ¿sabe?
—Sí. Eso es también una de sus grandes virtudes y espero que no la pierda.
—Bueno, dígame, tiene a alguien o me está haciendo perder el tiempo.
—Sí. Se llama Di la Rose—En ese momento, Bettoni se recriminó por ser imprudente, pues conocía muy bien el carácter de Di la Rose y sabía que tenía que consultarlo primero con él, pues si bien era cierto que lo tenía cogido por el cuello, el talentoso guionista podría ponerle trabas y romper todo tipo de relaciones con él. “No tengo otra salida—se dijo a sí mismo—, querido amiguito. Me vas a tener que perdonar”.
—¿Qué dice?
—Nada, nada. Estaba pensando en voz alta.
—Y, bueno, ¿lo tiene o no?
—Claro que sí. El hombre le va a encantar. Se pondrá en contacto con usted en unos días. Deme hasta el viernes para arreglarlo y comeremos juntos este fin de semana con él.
—De acuerdo.

Bettoni salió aturdido, no sabía de qué forma tendría que abordar a Di la Rose y tenía miedo de perderlo. Había pensado que podría matar dos pájaros de un tiro, pero ahora le había salido el disparo por la culata. Reprochándose su conducta con una serie de refranes llegó hasta su oficina, cogió el teléfono y llamó a Di la Rose. Se vieron unas horas después y, como era de esperar, Di la Rose puso el grito en el cielo. Se negó por completo a revelar su personalidad, salir en la pantalla grande y, sobretodo, ser analizado, criticado e interpretado por Peck. “Lo siento, pero tendrás que hacerlo—le dijo con tono amenazante Bettoni—. Bien sabes que tengo el poder para destruirte. Si te niegas ahora, tendrás que devolverme mi dinero y me encargaré de que nadie te contrate jamás. Además, escribiré miles de correos a todas las empresas que tengan alguna relación con el cine y la publicidad y no podrás trabajar ni de montador o de camarógrafo. Te desterraré y en el exilio terminarás haciendo pequeños trabajitos para una empresa de El Tercer Mundo, así que piénsalo bien. Se vio obligado a aceptar y quedó de reunirse con Donald el fin de semana. Asistirían los dos a la casa del actor y después de las formalidades, Bettoni se retiraría para que trabajaran a gusto.
El sábado por la mañana Peck salió de la piscina y al quitarse las gafas de natación sintió que se le salían los ojos. Era porque le había sorprendido la presencia del acompañante de Bettoni. Emitió un chasquido y torció la boca. Se saludaron y se sentaron en una mesa. Una mujer llevó un plato con panecillos y café, puso tres enormes vasos de zumo de naranja y se retiró. Di la Rose bajó la vista y fingió mirar las flores del jardín.

—Está claro que esta vez no tendré que esforzarme por adoptar la forma física del personaje, ¿verdad, señor Bettoni?
—No se preocupe por eso, Donald, lo más importante es que logre encontrar la esencia del señor Di la Rose.
—Pero, ese es un seudónimo, ¿no? ¿cuál es su verdadero nombre?
—Gerard Adams—dijo Di la Rose apretando los dientes.
—Bueno, no está mal para una persona como usted. Espero que su mundo interior sea mejor que su aspecto exterior, querido amigo porque si no encuentro nada que me motive, no firmaré el contrato.

Hubo un instante de silencio en el que los tres hombres se dedicaron a ordenar sus ideas y el número de jugadas que harían mientras desayunaban. El primero en poner las cartas sobre la mesa fue Betonni, quien dejó claro el pago de honorarios, las perspectivas del film, el número de sesiones y el plazo de realización. El segundo fue Peck que se limitó a criticar a Di la Rose y exigir que su vida fuera interesante y pensara en algo que pudiera despertar la curiosidad del público porque, en caso contrario, se negaría a hacer el ridículo. Por último, Di la Rose se llenó de vanidad y con voz cortante enumeró sus guiones diciendo los premios que había obtenido y los artistas que habían participado en los rodajes. Al final, Donald siguió con su mala cara, Di la Rose se retiró muy humillado y Betonni tuvo que amenazar a Gerard que había perdido ante Peck la máscara de su disfraz.

Comenzó el trabajo. Peck tenía una gran sala en la que ensayaba sus papeles. La acústica era muy buena y había muchas cámaras de vídeo y pantallas en las que el actor se veía desde todos los ángulos para poder perfeccionar sus movimientos. Esta vez había pedido que le pusieran un sofá y una mesa para analizar al guionista en sus ratos de creatividad. A Di la Rosa le pareció un mal sitio para trabajar porque él se inspiraba con ayuda de un sistema muy específico. Tenía que hacerse tratamientos de belleza por la mañana, desayunar, meditar tumbado en una cama y esperar a que las ideas se fueran transformando en imágenes y estas en palabras para después plasmarlas en el papel.
“Tenemos que ir a mi casa, señor Peck—le dijo a Donald—, aquí me sería imposible trabajar”. Peck no quería aceptar, pero después quedó convencido de que entre más rápido se integrara a la personalidad de Di la Rose, alcanzaría los resultados pronto. Llegaron a una pequeña casa de dos plantas en la que había un pequeño desorden. Peck miró con mucha curiosidad los baños y el jardín, revisó los libros de la biblioteca, se hizo una idea de la forma de vida de su colaborador y empezó a imitar su voz y movimientos. Di la Rose estaba muy disgustado porque su invitado ya había logrado copiarle la voz y le hablaba con el mismo tono. Tuvo que contestar a muchas preguntas impertinentes. Donald le propuso que vivieran unos días juntos para que él pudiera repetir todos sus movimientos. Donald comenzó a moverse, comer, beber y pensar como Gerard Adams. Su talento le ayudó a penetrar con rapidez en ese hombre acomplejado y solo. Di la Rose tenía la impresión de que tenía un espejo en el que evitaba mirarse para no sufrir los dolores del hígado. Después de dos meses de convivencia el actor ya podía repetir cualquier gesto, manifestar cualquier idea y expresarse como el mismo Di la Rose.

—Ya estoy listo para filmar—le dijo a Bettoni.
—De acuerdo, Peck, en unos días Di la Rose tendrá el guión listo.
—No. No se preocupe. Me imagino lo que va a escribir, por eso sería mejor que yo actuara en el estudio y que Gerard me corrija si es que me equivoco.

El día de la filmación Di la Rosa llegó oculto tras unas enormes gafas de sol, se sentó y esperó a que Donald lo imitara. En la primera sesión, se vio repitiendo sus actividades matutinas: haciéndose sus mascarillas, paseándose por su habitación con movimientos cadenciosos, tomando unos aperitivos, repitiendo algunos pasajes de sus guiones, imitando los diálogos como lo hacía cuando escribía. Terminó muy sorprendido porque Donald le había mostrado cosas en las que nunca había puesto atención y, lo peor, que el impertinente se había puesto a corregirlo. “Sí—se dijo—. Ese cabrón está tratando de perfeccionarme. ¡Maldita la hora en que acepté este contrato de mierda!”.

Era consciente de que no había marcha atrás y que su vida quedaría destrozada, su persona pisoteada y el injurioso Donald ganaría un Oscar a costa suya. Sintió deseos de matarlo, pero sabía que eso no ayudaría en nada y sólo lograría aumentar la fama de Donald Peck. Tuvo que resignarse a ver la forma tan ridícula con la que su otro yo comía pastelitos estirando demasiado los labios, la forma de recitar desnudo frente a un espejo y gritar como una cotorra repitiendo las palabras de las heroínas de sus guiones. Asistió a todas las sesiones, descubrió infinidad de cualidades que no se había visto, también muchos defectos. En varias ocasiones riñó con Peck y consigo mismo. Por las noches no pudo dormir después de los disgustos en la sala de filmación. Cogió el hábito de llevar siempre las gafas de sol y se las quitaba para nada más para ducharse. 

Tenía unas ojeras muy marcadas y cuando la cinta estuvo lista, descansó. No fue por mucho tiempo porque Donald fue nominado al Oscar por el mejor actor y el mejor guión. Esto último fue como un rayo que fulminó a Di la Rose junto con Gerard Adams, sin embargo, eso no era lo peor. Le faltaba todavía ver cómo varios directores de cine se acercaban al joven Peck para proponerle que se dedicara a escribir historia que se pudieran llevar a la pantalla. Donald aceptó y empezó a combinar su trabajo de interpretación con la escritura. Muy pronto dejó los escenarios para dedicarse exclusivamente a la escritura. Bettoni sustituyó a Di la Rose. Pasaron los años y Peck se fue haciendo imprescindible, los grandes creadores de Hollywood le pedían guiones como si se tratara de pan caliente. Donald decidió esconderse detrás de un pseudónimo, adoptó el de “Hard nut to crack” y no se volvió a parar en los estudios para actuar. Ganó mucho dinero persiguiendo a los artistas famosos que potencialmente podían interpretar a sus personajes. Fue adquiriendo costumbres raras como la de saborear demasiado los postres, repetir sus diálogos en la situación que fuera, incluso desnudo frente al espejo, se hacía mascarillas y tenía su casa desordenada. 

Un día lo llamó Bettoni para que persiguiera a un joven que estaba causando furor con su forma de actuar. El mentado actor novel había terminado una película sobre los campos de concentración alemanes y estaba en condiciones de interpretar algún papel sobre las personas que sufren hambre. A Donald se le se le ocurrió el título de “El precio del azúcar” y se fue a ver a Bettoni para que se lo ofreciera, pero el vanidoso joven lo rechazó y le dijo que quería un personaje especial para cerrar su ciclo de diez películas premiadas.