sábado, 13 de octubre de 2018

El secreto de Xian Lu


El secreto de Lu 

I

Xian Lu estaba sentado en la colina mirando los lejanos sembradíos de arroz. Las tripas le estaban rugiendo por el hambre y esa sensación le molestaba. Trató de olvidar su necesidad vital distrayendo su mente y no se le ocurrió otra cosa más que contar las ovejas, estaban todas. Luego, sacó una pequeña olla que llevaba en su bolso y recogió ramas y hierba seca, reunió lo suficiente para hacer fuego. Atrapó con dificultad dos lagartijas y las abrió para sacarles las vísceras, luego las echó al agua caliente y esperó. Mientras un débil vaporcillo salía de la olla, Xian contó de nuevo las ovejas y notó que faltaba una. Repitió la operación dos veces más, pero había una que faltaba, se levantó rápido temiendo que lo castigaran por su distracción. La pérdida era sancionada con mucha violencia. El dueño de las tierras, un cacique amargado, era cruel y soberbio con todos sus campesinos y esclavos. No les perdonaba que perdieran animales o que lo engañaran con la siembra y la cosecha. Xian buscó a la oveja por todos lados, imitaba los balidos para llamar su atención, pero no le daba ningún resultado. De pronto, oyó un sonido que venía del risco. Ahí estaba la oveja pastando, corría el riesgo de desbarrancarse, así que Xian se acercó muy despacio y la jaló de la cabeza. El cordero se espantó y empezó a correr en dirección del rebaño. El chico iba maldiciéndolo y le arrojaba piedras pequeñas que lo asustaban. Lu tenía una mezcla de bilis y saliva en la boca que le retorcía las tripas. Se acercó a su pequeña olla de arcilla y encontró una mezcla de carne de reptil gratinada. Vio una capa de gelatina muy fina con la carne deshebrada. Deseó comérsela al instante, pero la porción le pareció ridícula y decidió buscar unos insectos para aumentar el almuerzo. Vertió un poco más de agua y volvió a hervir sus lagartijas que ahora tenían unos escarabajos y orugas. Coció su sopa y cuando todo estuvo listo empezó a sorber despacio el caldo. Con dos palitos se llevó la carne a la boca y le sorprendió que el húmedo y terroso gusto de los insectos se hubiera transformado en sabor de pollo. Aunque su aspecto era el del agua de pantano, el sabor del cocido le recordaba las deliciosas sopas de pollo caseras. Xian notó que los tiesos gusanos y los escarabajos eran como los cartílagos de las pechugas de gallina. Se terminó la sopa y regresó a su casa muy satisfecho. Bajó de la colina con sus animales y vio la luz de su casa encendida. Encerró a las ovejas y entró a su casa para saber cuál era la razón de los gritos que salían por las ventanas. Se enteró de que el cacique se había llevado a su hermana mayor. Durante la cena nadie habló, pero antes de acostarse Xian le contó a su madre lo que había descubierto. Ella sólo se sonrió con desgana y suspirando le dijo que si el hambre lo mortificaba allí, arriba de la montaña, volviera a reunir sus escarabajos y lagartijas y se las comiera de nuevo. Xian quería revelarle más cosas y hacerle preguntas, pero ella estaba preocupada por el destino de su hija, pues sabía que sufriría maltratos y abusos y si no lograba soportarlos el cacique tomaría sus medidas lo cual auguraba una serie de grandes problemas para la familia.

Esa noche Xian tuvo sueños muy agradables en los que, en lugar de sus coleópteros, masticaba aves de verdad: patos a la naranja, pollos con fideos, gansos con naranjas agrias y hasta pescado. Cuando le tocó de nuevo llevar a las ovejas a pastar reunió todas las cosas que podría utilizar para su sopa. Vio un hueso con un poco de carne seca, unas hierbas aromáticas y un poco de arroz. Lo ocultó todo y se lo llevó. En esta ocasión ató a la oveja traviesa a una piedra y comenzó a hacer sus experimentos de inmediato. Continuamente revisaba el ganado y se cercioraba de que el hueso se cocía bien. Esperó hasta que el caldo se concentró. Buscó de nuevo insectos y lagartijas y los cocinó como la vez pasada. Su paladar quedó muy complacido porque en el estómago tenía la sensación de haber comido bastante carne. Una idea se despertó en su cabeza mientras miraba satisfecho el paisaje de los campos de arroz. Decidió que, si seguía experimentando, podría comer todo lo que quisiera; aunque el plato fuera de gusanos, lagartijas y otros reptiles o insectos. Al atardecer bajó de nuevo al pueblo. Se estaba poniendo el sol y las pocas casas del poblado tenían muy poca iluminación, hacía frío. Se sorprendió mucho de ver a su hermana mayor que había vuelto y eso significaba que había sido rechazada para las labores para las que había sido elegida. Xian se acercó a ella y notó que estaba muy golpeada. Temblaba mucho y mantenía los ojos clavados en el piso. Xian se le acercó.

«No te preocupes Yi Jie, todo se compondrá—le dijo tratando de animarla, pero ella no le contestó—. Te mostraré algo que he descubierto, eso te ayudará a ser una buena cocinera en la villa del cacique».
Yi rompió a llorar porque sentía un gran dolor por la humillación que había recibido, además no podía confesarle a su pequeño hermano las cosas que le habían hecho. Lu sólo vio sus lágrimas, pues su hermana no emitía el menor gemido para no provocar la ira de sus padres que estaban como estatuas de piedra sentados a un lado. Más tarde todos se fueron a dormir y Xian volvió a soñar, pero esta ocasión las visiones fueron más reveladoras. Estaba en la cocina del palacio del emperador. Llevaba el uniforme de los cocineros y Ying, el ya fallecido, pero legendario responsable de la cocina del emperador, le daba instrucciones que él seguía al pie de la letra y ejecutaba con destreza. Podía ver claramente los ingredientes y métodos de preparación anotados en unas tablas de color oscuro.
A la mañana siguiente decidió guardar sus recetas escribiéndolas en unas pieles viejas que estaban arrumbadas y que nadie quería. Cortó rectángulos medianos y con una aguja caliente de cobre fue dibujando sus jeroglíficos. La siguiente vez que subió al monte con sus cabras se llevó una pequeña bolsita con dos hebras de carne seca y especias, un espinazo de pescado seco, arroz y judías. No hizo falta buscar insectos, pues tuvo la fortuna de encontrar una pequeña serpiente con la cabeza aplastada. Se preparó la comida y mezcló los ingredientes de diferentes formas. Con gran sorpresa confirmó lo que le había dicho Ying durante la noche en su sueño.

 “Serás, querido Xian Lu, el cocinero oficial del emperador. Practica con tus métodos para cambiarle el sabor a las cosas. Esa será tu gran virtud”.

Xian adoptó una conducta nueva. Era muy obediente, pero aprovechaba cualquier momento de ocio para experimentar sus mezclas, escribir sus procedimientos en los cueros viejos o pensar en las combinaciones de sabores. Clasificó por intensidad de olor, textura, tiempo de cocción, sabor y aspecto, todo lo que encontraba. Seguía siendo ese muchacho delgado y frágil, pero su cara, antes gris y agobiada, relucía y sus dientes blancos y alineados eran más habituales. Poco a poco la experiencia le fue indicando cuáles eran las mejores formas de elaborar los platillos. En ocasiones permanecía con su madre y ponía atención en sus movimientos, en su forma de condimentar, en los tiempos de cocido, en la elección de productos. Empezó a darle consejos y se ofreció a hacer mandados en el pueblo a cambio de algunos víveres que necesitaba. Un día pensó que las hojas azules de unas florecillas que aparecen solo en la nieve durante el deshielo podrían aromatizar la comida a tierra húmeda. Era otoño y la primavera estaba lejos, preguntó en todo el vecindario si alguien tenía hojas de esas flores guardadas en algún lugar. Un anciano le enseñó una vasija pequeña con gránulos diminutos de algo que parecía té y se lo ofreció diciéndole que eran campanillas de la nieve. Xian se ilusionó mucho porque después de poner unas hojas en agua tibia confirmó que eran, en verdad, esas flores y le dijo al viejo que se las diera. El astuto anciano aprovechó la oportunidad para pedirle que terminara de arreglar el tejado de su casa. Xian sabía que era exagerada la petición, pero tenía tantas ganas de confirmar sus hipótesis que ante un testigo se comprometió a hacer el tejado. Cogió la vasija y se fue. Reunió unos caracoles de tierra y los puso a freír, luego los metió en un recipiente y los dejó reposar. Las hojas de las campanillas, por el efecto del agua se ensancharon, entonces Xian las sacó y las dejó secar un poco en una tablilla tibia que tenía preparada. Cuando las hojas formaron un montoncito, Xian se acercó y contuvo la respiración más de un minuto y cuando ya no podía más acercó la nariz a las hojas y, como si quisiera inhalarlas completas, respiró. No sintió ningún aroma, repitió la acción y confirmó que esas flores no olían a nada, así que sacó los caracoles y los raspó por la superficie, luego untó uno por uno los pétalos de las flores nieve y se las llevó a su hermana Yi Jie. Ella estaba sentada en el huerto, tenía la mirada perdida y su cara expresaba una gran tristeza. Se acercó y le mostró un plato con los pétalos y unos trocitos de pato cocido. Le pidió que los probara. Ella ya se había acostumbrado a ser su degustadora oficial, pues de toda la familia, era la que tenía el paladar más sensible. Xian le pidió que probara primero las flores y le dijera cuál era su sabor. Yi Jie las olió y se le iluminó la cara. Recordó los hermosos ramitos de flores azuladas que le regalaban sus admiradores al principio del deshielo. Las olió un par de veces y dijo que en efecto eran las famosas y muy deseadas campanillas de la nieve. Xian le pidió que se las comiera con el pato y observó las bellas expresiones que ella hacía al imaginar que estaba comiendo flores frescas y aromáticas. Al terminar Yi abrazó a su hermano y le prometió que ya no estaría triste. Xian se fue rápido a escribir sus conclusiones en sus cueros de oveja.

Al día siguiente se la pasó toda la mañana ahuyentando sus ideas sobre la preparación de la comida porque sabía que tenía que cumplir su promesa. El viejo lo recibió muy alegre y le empezó a dar instrucciones. Le indicó los sitios que debía reparar y además le confesó que no tenía tejas, mezcla de arcilla y herramientas. Xian estuvo todo el día pidiendo lo que le hacía falta para trabajar, pero la gente, ya acostumbrada a darle tareas, lo ponía a hacer todo tipo de cosas. No pudo empezar hasta pasados dos días. El viejo comenzó a gritarle y la semana que tardó para reparar el techo de la casa vieja lo dejó exhausto. Se acercaba el cumpleaños de su madre Kumiko y pensó que no estaría mal agasajarla con un cordero cocido a fuego lento, pero aderezado con unas salsas agrias muy tradicionales en su región. Dos meses estuvo alimentando al carnero con plantas aromáticas y semillas. Consiguió las más preciadas especias y aplicó todos sus conocimientos para transmitirle a la carne el sabor del campo. Llegó el esperado día y en su casa se reunieron los familiares más cercanos. La gente del pueblo entraba a felicitar a la cumpleañera con la esperanza de quedarse a probar la comida de Xian, que ya se había ganado la fama de ser buen cocinero. Por desgracia, era imposible, pues la gente comprendía que los manjares eran apenas suficientes para los invitados.

Kumiko ocupó un extremo de la larga mesa. Las criadas contratadas para ese día les entregaron a los comensales paños calentados al vapor para que se refrescaran la cara y las manos. Luego se repartieron los palillos y se fue llenando la mesa de platitos pequeños con nueces, cangrejos secos y pequeñas rodas y lonchas muy finas de pescado ahumado. Los invitados empezaron a saborear los manjares que había preparado el sobrino Xian, como le llamaban todos los parientes, y se sorprendieron de la variedad de sensaciones que experimentaban al llevarse a la boca esas pequeñas porciones de semillas, carne y verduras. La mayoría pertenecía a la clase baja y nunca habían visitado una cocina de la capital, por eso cuando querían elogiar algo decían: “¡Increíble! ¡Saben exactamente a los que preparan en los lugares caros!”. Después, sonreían y se miraban unos a otros. Cuando se empezó a servir el cordero, éste iba en una sopa de empanadillas, que tradicionalmente llevaba gambas y fideos, pero al llevarse las primeras cucharadas y masticar los hatillos descubrieron la gran diferencia, pues en lugar de sentir la suavidad de la carne de cerdo y la de gamba descubrieron la carne del cordero que era muy suave. Nadie paró hasta que en los cuencos de madera no quedó nada. Hubo un lapso en el que la atención se concentró en la festejada. Con reverencias, saludos y gesticulaciones le expresaron su agradecimiento por el agasajo. Kimiko se levantó y con una reverencia agradeció la presencia de sus seres queridos. Antes de que se sirviera el postre, Shaoran, el tío travieso y alegre, que tenía una cara triste por los párpados eternamente caídos y su labio inferior prominente, sacó su laúd redondo y pronunció las palabras mágicas: “Es la hora de yuen chin”. No fue necesario que dijera más. Los comensales sonrieron y salieron a la calle. Lobillo triste, que era el apodo del tío, con su laúd empezó a interpretar la música para que su esposa Ji la bella y sus hijas representaran la historia de Kumiko. Con grandes pasos, gesticulaciones y risitas alegres los invitados gozaron por enésima vez de los bellos pasajes de la niña que en medio de los arrozales había visto al hombre más noble de la aldea y se había enamorado con locura de él. Shen abrazó a su hijo Xian y le dijo al oído que estaba orgulloso porque sabía que cubriría de gloria a la familia. Xian se lo agradeció y le dijo que siempre recordaría sus palabras y no le fallaría jamás. La fiesta siguió y los vecinos se animaron a tomar parte de la representación teatral y fueron recompensados con los ricos postres que ya nadie podía comer por causa de la felicidad que les producía la realización del amor. Allí parados uno delgado con dientes de conejo y su modesta ropa, la otra con su pequeño cuerpo y vestido rojo con bordados dorados y belleza nívea demostrando que no había nada más grande que el cariño y la comprensión.

II

En el palacio real se organizó también una comida, pero era para festejar el exitoso fin de la campaña de unificación de los territorios del norte. El emperador recibió a sus consejeros y generales, así como a los importantes comerciantes para asombrarlos con su tradicional cocina. El encargado de los banquetes era Tai, un hombre ambicioso que no toleraba ningún impedimento en su camino al éxito. Ya había eliminado a Ying Fo con una serie de intrigas que provocaron su destierro. Se supo después que Ying Fo había muerto por una enfermedad pulmonar, pero en realidad había sido envenenado por órdenes del usurpador cocinero Tai. En la cocina del palacio era un ogro y mantenía muy vigilados a los talentosos muchachos que aprendían rápido el arte culinario. Tai se limitaba a seguir las tradiciones y sus platillos eran elaborados de acuerdo con las recetas que le había robado a Ying Fo. Cuando notaba que algún chico despierto e ingenioso hacía cosas útiles en la elaboración de la comida, le ordenaba escribir los métodos que estaba usando. De esa forma se apoderaba del conocimiento de los demás. Tenía una memoria un poco deficiente y para no confundirse nunca repasaba sus discursos y explicaciones todos los días. Repetía sus órdenes sin cesar y sus subordinados podían, incluso, no escucharlo a sabiendas de que si les preguntaba sobre lo dicho le dirían lo que ya se sabían de memoria. En el salón real se dispusieron muchas mesas y se colocó a los generales a una distancia muy corta del emperador para que pudieran narrarle las proezas de los ejércitos, los botines que habían traído y los impuestos que se había establecido en cada región. Un grupo de cocineros comenzó a servir las ensaladas de entrada, se vertió bastante alcohol y se animó la atmósfera. Cada vez que aparecía un platillo, Tai, acompañado del grupo de música que tocaba muy bajo para no interrumpir las conversaciones, lo anunciaba y describía un poco el proceso de elaboración y los ingredientes. Después de probarlo a todos se les transformaba la cara en un gesto cómico de admiración. El emperador satisfecho otorgó los nuevos grados, los ascensos y ordenó las pagas a sus excelentes generales. Cuando comenzó a oscurecer se terminó el banquete y poco a poco el gran salón dorado se fue quedando vacío. Muy satisfecho el séptimo descendiente de la dinastía Quong se fue a sus aposentos. Entró en su gran habitación donde lo esperaban sus concubinas y se recostó en la cama. Le quitaron su corona, el mianfu con todos sus elementos y el emperador Shen Lo se fue sintiendo despojado de las prendas que representaban el oro, la madera, el agua, el fuego y la tierra. Quedó desnudo como si fuera el centro del universo y las mujeres comenzaron a sobar su cuerpo aun fuerte a pesar de su medio siglo de vida. Quiso pedir la pócima mágica que le daba siempre Ying su fiel cocinero que había terminado desterrado y muerto. Añoró las eternas noches de amor, estimulado por los mejunjes de su fiel amigo y lloró por su impotencia, por su debilidad. No le gustaba Tai, pero en un momento de locura le había concedido el resguardo de la cocina y ahora tenía que soportarlo. Había algo en sus métodos de elaboración que nunca alcanzaba a darle a los alimentos aquel florecimiento que para Ying era habitual. Se quedó dormido y en sus sueños vio de nuevo a su delgado y atento súbdito que, con una sola mirada, podía adivinar qué comida necesitaba consumir su interlocutor para sentirse satisfecho. Se vio de nuevo rodeado de bellas jóvenes alabándolo y él pleno y seguro en medio de ese paraíso celestial. Durmió bien y al día siguiente siguió con sus aburridas labores diarias.

III

Xian Lu siguió progresando en su arte culinario. Ya tenía dieciocho años y el amor lo había entorpecido un poco. Le había robado el corazón la linda Akame. A Xian Lu siempre le había gustado ella desde la infancia por su carisma, su viveza y sus enormes ojos que destellaban felicidad. Era la hija de un hombre pobre que trabajaba más que el resto de los pobladores para mantener a su familia. Fu Lin, el padre, había caído en desgracia el día que el hijo del cacique lo acusó de robo. Sufrió varias golpizas que lo dejaron cojo y perdió la mitad de sus propiedades. Por si fuera poco, se le asignó una pequeña casa lejos del pueblo así que para trabajar en la comunidad debía andar diez kilómetros diarios. Hacía el recorrido con su hija y la dejaba con unas personas compadecidas. Como siempre era el último en terminar sus labores, recogía a la pequeña Akame y se la llevaba dormida en la espalda. A veces algunas mujeres bondadosas se ofrecían a darle alojamiento a la pequeña para que él no tuviera que ir por los campos y la montaña con la pequeña a espaldas. Fue así como Xian la veía cuando llevaba a las ovejas a pastar. La saludaba, pero ella no le ponía atención. Hubo un tiempo en que estudiaron juntos con el abuelo de la aldea, pero Fu Lin le había dado órdenes estrictas a su hija de no hacer amistad con nadie y por eso no intercambiaban una sola palabra. Años más tarde en un día en que el sol de primavera calentó el agua de un pequeño lago alejado del pueblo Akame se dio un baño. No vio que la seguía el muchacho flaco de las ovejas, el remedo de cocinero Xian, como ella le llamaba. Se metió al agua y empezó a cantar. Su voz despertó un sentimiento muy dulce en el corazón de Lu que se dijo a sí mismo que ella sería su esposa. La imagen del cuerpo pequeño y bien proporcionado de la chica le quitó al pobre el sueño durante muchas noches. Empezó a llevarle dulces que preparaba con mucho cariño, pero ninguno llegó a la boca de la muchacha que ya tenía quince años. Cuando Xian ya no pudo resistir le pidió a su padre que intercediera por él, sin embargo, ya había planes para casarlo con la hija de Yong Yan que era el mejor amigo de la familia y su hija ya estaba en edad de casarse. A Xian no le gustaba la muchacha porque era muy gorda y demasiado morena, era un poco sosa y le gustaba dar órdenes. Lu no lo habría resistido y usó el único recurso del que disponía. Le advirtió a su padre Shen que se casaría, pero que jamás volvería a complacer a la familia ni a los habitantes del pueblo con sus guisos. En realidad, era una amenaza seria porque todos los habitantes preferirían morir a prescindir de él para la elaboración de las comidas para los festejos. Al final, Shen cogió los dos mejores cerdos que halló en su haber y se fue a disculpar con su amigo. La sorpresa vino después, cuando Xian dijo que su determinación era la de casarse con Akame. Shen dijo que sobre ella y su padre recaía una maldición que impedía que se desposaran, pues en cuanto el cacique se enterara les quitaría todas sus propiedades. Xian no cedió un solo paso y retando al destino anunció que se casaría con la chica y que nadie lo podría impedir. No fue tan fácil como él lo había imaginado porque se topó con un imprevisto. Akame le dijo que no le gustaba y, que, aunque le gustara no podrían casarse porque la venganza del cacique caería sobre ellos y serían infelices. Xian insistió mucho, tardó tres meses cortejando a su amada. Le llevaba platillos deliciosos, le hablaba a unos metros de distancia para no intimidarla y fue endulzando su corazón hasta que ella le dijo que si aceptaba y eran echados del pueblo, ella se iría sola para no volver jamás. Lu estaba poseído por la ternura y belleza de la muchacha y estuvo de acuerdo en todo sin medir los riesgos. Fu Lin no aceptó y estuvo a punto de arriesgar su vida huyendo de la población. Todos sabían que eso era echarse la soga al cuello, ya que el cacique mandaría a buscarlo y lo destazaría, luego les echaría sus cecinas a los perros. Xian mandó un mensajero para que corriera el rumor de que el cocinero del pueblo quería unirse en matrimonio con la hija del desgraciado cojo Fu Lin.

El cacique tardó un poco en enterarse de las noticias porque andaba como siempre arreglando unos asuntos. En cuanto uno de sus sirvientes le hizo el comentario de que estaban tramando una boda ilegal, se puso furioso y se fue al pueblo acompañado de dos guardias. Llegó cansado y lo recibió Xian. Lo invitó a su casa y le ofreció un poco de agua de flor de azar fría y una sopa de pollo con huevo. El Cacique se la comió con mucho apetito y cuando se acordó del motivo por el que había ido ya no pudo pensar en represalias, ya que su estómago se ocupaba de digerir la sabrosa comida y la boca le pedía algo dulce. Por eso, en lugar de empezar con su venganza, preguntó si había algo de postre. Xian le ofreció un platón con wonton de frutos secos y almendras y trocitos de mango con té. El cacique se relajó y con el hambre mitigado dijo que no era posible que se casara con la hija del cojo, que ese hombre lo había traicionado y engañado; y que estaba maldito por los siglos de los siglos. Xian argumentó en favor de Fu Lin todo lo que pudo, pero el cacique no cedió. Así que en un momento de silencio Xian dijo que le aumentaría el tributo al doble y que estaría dispuesto a trabajar para él día y noche si lo exigía su acuerdo. El cacique pensó en las ventajas de la oferta, pero al tocarse el estómago decidió otra cosa. Por esos días, una de sus concubinas más apreciadas estaba muy caprichosa por causa de un embarazo tardío y se ponía a gritar o llorar sin razón. La situación se estaba poniendo crítica y, tal vez, si hubiera algo sabroso que le pudiera alegrar la vida, la mujer cambiaría de actitud o dejaría de refunfuñar y berrear. Xian le prometió hacerle una visita y preguntarle a su esposa qué problemas la acogían. El cacique dio su autorización del matrimonio, pero puso como condición que el tributo fuera doblado. Además, amenazó al muchacho diciéndole que, si no lograba alegrar a su esposa, él con su propia espada le cortaría la cabeza.

La gente escondida en sus casas se sorprendió al ver la cara de satisfacción del cacique y pensaron que Xian estaba condenado al destierro. Algunos no pudieron contener las lágrimas y se dirigieron a la casa de Shen para saber qué había pasado. En la casa de Xian todo era alegría, no se imaginaban que el cacique iría cambiando un poco su opinión durante el trayecto de vuelta. Kumiko no pudo resistir la emoción, abrazó a su hijo y lloró con gran pena y felicidad al mismo tiempo. Un niño salió a darle la noticia a Akame y la jaló de la mano para llevarla con su prometido. En cuanto la muchacha entró todos gritaron de alegría y obligaron a los novios a sellar su compromiso frente a los presentes. Con una reverencia y tomados de la mano prometieron que se casarían en un mes. No hubo desde ese día otro tema de conversación que no fuera la deliciosa boda de Xian Lu. La gente los quería y adoraban a la familia de Shen, pero sólo de saber que se haría un gran banquete para todo el pueblo y que podrían comer platillos deliciosos se les hacía agua la boca. La gente todos los días preguntaba por el menú y se ofrecía a ayudar tanto en la cocina como con alimentos indispensables para la preparación. Hubo un período de votaciones para elegir a los muchachos que se encargarían de ayudar en la elaboración del banquete. Había quien enviaba a sus hijos con la misión de robar las recetas de Xian. Esto a fin de cuentas fue imposible porque Xian se encargó de las cosas más importantes como la transformación de los sabores, la elaboración de los jugos concentrados, el secado de los pétalos de flores y pescados.

IV

El día estaba claro. En las calles no había gente, pero en todos lados se oían voces. Algunas mujeres se dedicaban a arreglarse o vestir a sus hijas. Les hacían peinados, les ponían polvos en la cara, se roseaban perfumes y elegían la ropa con los colores más apropiados. No había un solo detalle que pasaran por alto y si al terminar de engalanarse no quedaban contentas, volvían a empezar. En la casa de Shen y las aledañas todas las cocinas estaban ocupadas. El aroma se esparcía con el viento que, aunque era suave, era suficiente para arrastrar la nube de los vapores que salían de las casas. La gente esperaba con impaciencia. Kumiko estaba con la madre de Xian recibiendo los consejos para la vida familiar, para la primera noche de la luna de miel y otras cosas fundamentales de la vida conyugal. Nadie se dio cuenta de que el único hombre que iba a travesando la calle era Fu Lin. Nadie lo habría reconocido porque tenía una túnica digna de un emperador. Dorada con bordados, los adornos, desde el sombrero y los zapatos hasta la ropa interior estaba elegida con gusto. Era la herencia que le había dejado uno de sus parientes que se había dedicado al comercio. Ese traje lujoso era la única pertenencia de valor, a parte de su hija, que poseía. Por eso iba caminando sin cojear. Se había adaptado el pie izquierdo para caminar sin balanceos. Cualquiera habría dicho que era un emisario del consejero de comercio o un funcionario muy importante. Nadie lo vio hasta que llegó a casa de Shen quien lo abrazó como si se tratara de un hermano. Le dijo que su hija no estaba allí y que tenía que ir por ella a otra casa. Salieron juntos, Shen se sentía orgulloso de Fu Lin porque recordó la importancia que tenía este hombre varonil en la comunidad. Antes de que fuera castigado al destierro se conducía con seguridad, su mente era ágil y organizaba con éxito todos los trabajos de contabilidad. Era muy ducho para las matemáticas y calculaba más rápido que los ábacos. Shen se lo recordó y se rieron juntos. Era la primera vez en muchos años que Lin sentía alegría de verdad. Le faltaba todavía llorar de felicidad al ver a su hermosa hija.

Entraron en una casa pequeña y poco iluminada. A pesar de que era mediodía en el interior faltaba luz, pero salían rayos incandescentes. Eran el hermoso vestido y la sonrisa de Akame que al ver a su padre cayó de rodillas, él se hincó también y la abrazó. Permanecieron así hasta que una de las damas que ayudaba a maquillar a la novia se dio cuenta de que se estaba estropeando la capa blanca que cubría el bello rostro de la chica y sin miramientos los separó y con prisa se puso a corregir su trabajo. Media hora más tarde Akame quedó lista y junto con su padre salió a la calle para dirigirse a la casa de Xian Lu. Sucedió un milagro en cuanto pusieron los pies fuera de la modestia vivienda. Resultó que la gente empezó a recordar los tiempos en que el amable comerciante Fu Lin se casó. Iba vestido de la misma forma, su familia era próspera y su riqueza los distinguía en toda la región. Recordaron cómo el vendedor de arroz e importador de especias del lejano Oeste organizaba fiestas para los necesitados y decía palabras consoladoras a la gente. Los curiosos empezaron a hacer reverencias a su paso. Hubo quien extendió la mano para recibir, como antaño, una moneda. Nadie se acordó del cojo y felicitaban a Fu Lin como si fuera un gran señor. Cuando llegó a la puerta donde estaba Kumiko, entregó un paquete con telas y entró con su hija. Los estaba esperando Yi Jie, no la hermana de Xian, sino una de las tías que había venido de otra población y se habían encargado de investigar con ayuda del zodiaco las compatibilidades y diferencias de los jóvenes novios. Según se decía, había grandes sorpresas entre esos dos seres que habían decidido casarse de forma tan circunstancial. En el centro del patio se pararon Xian Lu y Akame, a su lado estaban Fu Lin y Shen del lado izquierdo y Kumiko con su hija Yi Jie a la derecha. Entonces se oyeron los consejos de la gran adivina que trataba de disimular su pícara sonrisa.

“Hijos míos, deseo con toda el alma que viváis felices por mucho tiempo. Hago votos para que los malos espíritus, espantados por vuestra buena fe, cariño y ternura, se alejen y nunca cubran de desgracia vuestro hogar. He sabido que la preciosa Akame—en ese momento comenzó a dirigirse también a los invitados— nació cinco años antes que el cocinero Xian, sus signos son compatibles y tienen una carta astral parecida. El destino les tiene preparadas grandes pruebas que sólo podrán superar con ayuda de la comprensión, el amor y el apoyo. Como ven Xian no es muy guapo, pero en su interior guarda un tesoro que hará brillar a su familia y no solo eso, también se recordará este lugar y este momento, quizás todos los presentes anden en boca de mucha gente cuando llegue la hora dorada. Antes, habrá sufrimiento, pero tendremos un ejemplo de superación que nos muestra que nada puede someter a un hombre cuando tiene un espíritu noble y fuerza de voluntad—en ese momento señaló al irreconocible Fu Lin que tenía una cara de adolescente avejentado y parecía gobernador con su fina ropa—. Es así como debemos enfrentarnos a todas las contrariedades. Y vosotros, Xian y Akame tendréis hijos y velarán por su bienestar. Llegará un día en que correrán el riesgo de perderlos porque la muerte querrá llevárselos, pero seréis sensatos y triunfaréis. Y ahora, que se alimenten nuestros cuerpos de la exquisita comida que ha preparado en honor de la novia, mi querido sobrino Lu”.

Se dirigieron todos a las mesas, entre sonrisas y gestos de buena voluntad. Huelga decir que la gente comió con un gusto enorme y la impresión de progreso y cambio que había dejado la aparición de Fun Li con su traje dorado siguió desarrollándose en la cabeza de la gente y durante unas horas la banda de música fue la mejor de todo el país, los platillos y postres los más envidiados del imperio y la alegría como la que nunca había existido en ningún lugar de la tierra. Toda la población pudo degustar las artes culinarias de Xian y se quedaron con los sabores en el paladar hasta terminada la semana.

V

 La felicidad de los recién casados parecía eterna. Xian preparaba los mejores desayunos y se iba con unos compañeros a construir su casa. Varios hombres atraídos por la idea de que comerían unos meses los más ricos manjares se prestaron a construir una vivienda para la nueva pareja. Xian deseaba participar, pero el colectivo se lo impedía, le decían que su sitio estaba en la cocina y que si no preparaba bien le harían una casa endeble para que se le cayera encima. Él se retiraba entre las bromas y burlas y se lamentaba un poco de no poder colaborar con la construcción. Decidió hacer platos que estimularan el cuerpo y lo llenaran de energía. Los obreros trabajaban con gusto, pero en cuanto presentían que el período de satisfacción que recibían con el alimento se acercaba a su fin,  se inventaban una tarea más. Fue así como construyeron un hermoso jardín y un pequeño estanque para peces. No lograron permanecer activos seis meses y al culminar le pidieron a Xian que organizara una fiesta para todos. Se reunieron los alimentos de todo el pueblo, se designó a los ayudantes de cocineros y se celebró una fiesta tan grande como la boda que había dado motivo a la construcción de la casa. Akame por fin pudo entrar y ver lo que le iba a regalar su marido. Le encantaron los muebles, los tapices y adornos, distribución y lo que le robó por completo el corazón fue que estuviera orientada hacia la casa de su padre. Si hubiera tenido una vista de águila o un catalejo lo habría podido ver cada mañana.

El primer año estuvo lleno de dicha. Akame se embarazó y trajo al mundo un niño hermoso y fuerte que era, como todos decían, la reencarnación del talentoso Fu Lin. Éste a escondidas llegaba por las noches a ver a su nieto. Decía que se miraba en el pequeño, que cuando empezara a caminar le enseñaría los secretos para convertirse en un gran hombre. El pequeño era muy tranquilo por el día, pero en las noches era insoportable. Parecía que le habían puesto mal el horario biológico de las actividades habituales. No se le pudo quitar la costumbre al niño de despertarse y dar lata por las madrugadas. Por esa razón le apodaron Bian Fu, murciélago.

El Cacique Huo que había estado dedicándole su atención a los problemas familiares y sus obligaciones con el emperador se sentó a comer, no tenía mucho apetito porque las cosas iban a tomar un mal curso y no sabía cómo solucionar su problema. Le sirvieron la comida que había llegado junto con el tributo y al llevarse el primer trozo de carne de cerdo a la boca notó algo especial, era la tercera vez que comía ese platillo, pero la primera en la que reparaba en el aroma y la textura de la carne. Al no saber si era lo que estaba preparando su cocinero Mo era un plato preparado por Xian mandó llamar a un criado. Le hizo la pregunta y supo que la comida había llegado hacía unas horas y que iba acompañada de los sacos de arroz que recibía de la población del Sur. Huo se quedó pensando en que podría ofrecerle al emperador al cocinero del pueblo y así mejorar sus relaciones que ya se encontraban en un estado crítico. Se alegró y pidió que le sirvieran alcohol de arroz de la mejor calidad. Mo que había estado espiando se preguntó por la razón de la alegría de su amo. Llamó al criado que le había llevado la comida al cacique y al adivinar que le había gustado y que se había alegrado por esa causa, decidió que tendría que hacer algo con Xian para que no lo sustituyera en la cocina del terrateniente. Lo que desconocía en ese momento era que los planes eran completamente diferentes. Ese día el cocinero de Huo perdió el sueño y empezó a tramar su plan. Hacía tiempo que había pensado en robarle sus secretos a Lu, pero había ido posponiéndolo hasta el último momento y ya urgía poner manos en el asunto antes de que fuera demasiado tarde. Huo estuvo ocupado una semana con su administración y ese tiempo fue muy bien aprovechado por Mo. Mientras el cacique se encontraba fuera de sus dominios por causa de un viaje urgente al Norte del país, Mo se fue en compañía de dos marmitones disfrazados de guardias a ver a Xian.

Lo encontró cuando este se dirigía a los campos de arroz en las terrazas de la colina. Por culpa del aumento del tributo, la gente tenía que trabajar mucho y buscar suelos fértiles para aumentar la cantidad de grano. En su caso, Xian se veía obligado a duplicar sus esfuerzos y motivar a la gente al trabajo. En la comunidad habrían preferido que Lu se dedicara a cocinar, pero no quedaba mucho tiempo y los únicos días en que se preparaba comida en forma de agradecimiento eran los fines de semana. Xian reunía a las mujeres y les daba indicaciones para la preparación de la carne, el cerdo el pollo y el pescado. Les indicaba cómo elaborar las salsas y los caldos y cuando los manjares estaban listos la gente salía a la calle y disfrutaba de los deliciosos alimentos.

Desde que se había casado Xian trabajaba tanto que había embarnecido se le notaban todos los músculos del cuerpo y no tenía grasa. Su humor se había mejorado y contaba bromas, dejaba desbordar su optimismo. En el fondo sabía que del esmero de la comunidad dependía su futuro. No quería que por incumplimiento le pasara lo mismo que a Fu Lin. A veces, por las noches se despertaba sudando por causa de las horribles pesadillas y, por eso, al día siguiente, trabajaba con más ahínco. Ese día estaba de muy buen humor, había comido con su familia y el viejo Fu Lin, que ya se iba menos a su casa y permanecía más tiempo al lado de su nieto. Lu vio a Mo que iba a su encuentro. Su rostro bobo y regordete se le hizo conocido, pero no sabía dónde lo había visto. Sin pensarlo se acercó a él y le preguntó si podía ayudarlo. Mo le dijo que estaba buscando a Xian y éste le dijo de inmediato que era él. Conversaron un poco y el cocinero del cacique le dijo que había oído que cocinaba muy bien y que quería probar su comida. La forma tan astuta de esconder sus verdaderas intenciones le procuró un éxito rotundo, pues Lu le enseñó unos cuantos procedimientos muy simples, en apariencia; pero muy difíciles de adivinar con el paladar o inventar con una imagen reducida de las posibilidades del sabor de las cosas. Xian le dijo que si el cacique lo deseaba le mandaría platos especiales para que se satisficiera con sus concubinas. Mo entendió que se trataba de estimulantes y se imaginó presentándole a su amo dichas recetas argumentando que eran un invento propio. Mo vio por casualidad las pieles con las recetas y se llevó una a escondidas. Prometió volver con obsequios y las órdenes de Huo. Partió casi entrada la noche, salió muy despacio del pueblo y su actitud era la de un mariscal de campo que está evaluando las condiciones del terreno para empezar un ataque. 

VI

Antes de que volviera Huo de su viaje, Mo intentó muchas veces hacer el plato de la receta y cuando finalmente obtuvo un resultado satisfactorio se lo llevó al cacique para que lo probara. Huo se quedó viendo a Mo y le dijo que se parecía a lo que preparaba Xian Lu, pero que no era tan sabroso. Entonces se dio un golpe en la frente con la palma de la mano y le dio unas instrucciones a Mo. Al oír los planes de Huo, Mo se decepcionó por un lado y se alegro mucho por otro, pues escuchó el plan de su amo. Se trataba de ofrecerle al emperador a ese cocinero provinciano, estaba seguro de que el gran sobreaño se lo agradecería. Repasaron el plan varias veces y quedaron de ir al palacio en unos días. Mo entusiasmado por el aprendizaje y la seguridad de conservar su puesto mejoró mucho su sazón. Le dijo a su cocinero que si no tuviera que quedar bien con Shen Lo Quiang se quedaría con Lu y Mo y sería un hombre famoso por sus comilonas. Se resignó y mandó a hacer los preparativos para el viaje. Reunieron los obsequios y se pusieron en marcha. Dos días completos tardaron en llegar y por el camino estuvieron a punto de perderlo todo. Una cuadrilla de maleantes los sorprendió por la noche y los ladrones comenzaron a llevarse cosas de valor, pero la agilidad y astucia de los soldados que acompañaban a Lo hizo posible recuperarlo todo. Asustados por el suceso hicieron parte del trayecto por la madrugada, fue por eso por lo que llegaron muy temprano al palacio y tuvieron que esperar más de seis horas para que se les recibiera. Esperaron con paciencia y el sol los comenzó a agobiar. Estaban sudando y a punto de desplomarse cuando las enormes puertas de la fortaleza se abrieron. Salió Shen Lo vestido de amarillo y azul. Se dirigió con amabilidad a Huo y todos hicieron una gran reverencia. Fueron invitados a entrar a una de las salas pequeñas en la que había cavidad para seis personas, estaba Mo, Huo el emperador y Tai, bebieron un poco de té y frutos secos. Shen Lo preguntó por el motivo de su visita. Al principio, Huo habló de su difícil situación, de los problemas con sus concubinas, la siembra, sus propiedades en el Norte y los regalos que llevaba. Cuando intrigado Shen Lo miró a su invitado después de que se mencionaran las maravillas del cocinero Xian, Mo dejó sobre la mesa un trozo de piel de oveja y leyó el nombre del platillo. Mo aseguró que el cocinero Lu podía hacer maravillas y que esa receta era sólo una insignificante prueba de todo lo que podía hacer. Shen Lo le pidió a Huo que se tomara un descanso y que se reunieran con él en la mesa a la hora de la cena. Las órdenes para Tai fueron precisas: tenía que elaborar el guiso de la receta tal y como estaba indicado en el cuero.

En la cocina, Tai, leyó con atención la receta y siguió con mucho cuidado los métodos de elaboración. Fue analizando etapa por etapa el guiso y al final quedó muy sorprendido. Era un excelente plato y al comerlo los efectos eran muy raros, pero muy agradables. Se suponía que era un simple solomillo de cerdo con salsa agridulce, pero el sabor de la carne y la salsa era distinto con cada bocado. El secreto estaba en los cubitos de carne rebozados rellenos de ciruela, piña, mango y bambú. También la salsa que, estaba repartida en tres platos, tenía el mismo color, pero los sabores eran diferentes, de tal forma, que al coger un trozo de carne y remojarlo con una salsa tenía un sabor y al coger un trozo diferente y mojarlo con la misma u otra salsa cambiaba de sabor. El número de combinaciones era bastante amplio por lo que un comensal podía percibir unos veintisiete sabores con una sola porción. Tai se enfureció y descompuso la comida, agregó mucho vinagre a las salsas y añadió una gran cantidad de guindillas para destrozar el fino sabor del cerdo.

Sentados en el salón real, se encontraban expectantes Mo, Huo y el emperador. Tai ordenó que se sirviera la comida con todas las ceremonias acostumbradas en las ocasiones célebres. Comenzaron a masticar y remojar en las salsas el cerdo. El emperador de inmediato dijo que lo habían engañado, que el castigo por la burla sería muy fuerte. Mo con la cabeza muy baja y llorando por el terror, pues él había sido el iniciador de la entrevista, pedía perdón e imploraba que lo dejaran entrar a la cocina para revisar que las cosas se habían hecho como lo indicaba la receta. Era imposible que el emperador cambiara sus decisiones y ya había resuelto cómo castigaría a los impostores; pero si por un milagro hubiera recapacitado, Tai lo habría cuestionado y el final habría sido peor. Se mandó azotar al pobre Mo que no pudo soportar la pena y murió con el nombre de su amo en la boca. Huo fue duramente castigado, pero no con azotes, sino de forma económica, se le impusieron multas que le sería imposible pagar y se le quitaron algunas de las tierras que más valoraba.  Más tarde un derrame cerebral lo habría de dejar imposibilitado y matarlo.

Huo llegó desecho. Habló con sus consejeros y se dio cuenta de la situación tan mala en que se encontraba. No tuvo fuerzas para confesarle nada a su esposa, perdió el deseo por sus concubinas y las mandó matar a todas. La gente de su casa dijo que se había vuelto loco, pero en realidad estaba ajustando los gastos para su nueva situación económica. Era inútil, sabía que no podría sobrevivir. Mandó llamar a sus allegados, socios y compañeros para darles las instrucciones correspondientes. Cuando por fin se reunieron todos. Huo ya estaba agonizando, pidió que uno de sus más fieles socios se llevara a su familia. Todos le prometieron ayudar a sus desamparados familiares, pero nadie tuvo la bondad suficiente para hacerlo. La villa quedó abandonada.

VII

Xian Lu no sabía que el destino iba a cobrar un curso torcido. Estaba con su familia paseando a su pequeño Bian Fu. Le iba despertando el apetito en la imaginación a Akame, pues le describía cómo preparar unos lichis con sorbete de mandarina. Lu podía estar todo el día hablando de platillos, de métodos de preparación de proporciones en cada plato, de combinaciones de sabores, de sus transformaciones. Tenía un sentido común increíble y parecía que había estudiado los procedimientos de la cocina clásica y los mejoraba con una visión moderna. Akame iba encantado con la saliva que le escurría de la boca. A pesar de que Xian le contaba algo todos los días ella no había desarrollado un mecanismo de defensa que le impidiera babear mientras se saboreaba los apetitosos postres de su marido. Lu vio a lo lejos a tres hombres y pensó que era Mo que venía de nuevo con alguna nueva orden del cacique. Conforme se fueron acercando Xian se dio cuenta de que no los conocía. El de aspecto más importante caminaba con las piernas un poco zambas y de vez en cuando empujaba a los dos hombres que iban con él, que, aunque eran corpulentos no podían evitar perder un poco el equilibrio al ser golpeados en la espalda. Cuando se cruzaron el hombre arrogante preguntó si conocían a Xian Lu el cocinero del pueblo. Lu que tenía en brazos a su hijo contestó que era él. Entonces Tai cambió un poco su actitud y le dijo que iba por orden del emperador. La pareja hizo una reverencia y al saber que Tai quería ver una demostración de cocina lo invitaron a su casa. Le ofrecieron que se pusiera cómodo, pero Tai dijo que no tenía mucho tiempo y que entre más pronto le hiciera la demostración sería mejor. Así que se fueron directamente a la cocina y Tai le pidió a Lu que preparara el cerdo con piña, ciruelas y mango y bambú. Xian que había preparado muchas veces ese platillo le describió con lujo de detalles todos los procedimientos. Durante la elaboración Tai puso mucha atención y comparó la forma en que él había preparado el mismo plato. Notó desde el principio que los dedos de Lu eran muy flexibles, que tenía un sentido natural para la elección de los ingredientes y que era muy cuidadoso con la elaboración. Al notar sus errores Tai fue memorizando los movimientos, las porciones de fruta y los cortes de la carne. La envidia le empezó a corroer porque sabía que no podría alcanzar nunca una agilidad semejante a la del humilde Lu que se estaba esmerando mucho. Cuando finalmente se sirvió la comida. Tai pasó cada bocado con disgusto, sin embargo, no lo manifestó, más bien hizo unas muecas para aparentar que se estaba concentrando en la degustación. Dijo que el mismo emperador le había pedido que comprobara si Lu era tan bueno como le habían contado. Xian acompañado de su mujer esperaba el veredicto. Tai lo sabía y para darle más emoción a la situación dijo que sería necesario mostrarle más platillos, pero que no tenía mucho tiempo. Akame le propuso que viniera en otra ocasión y así estarían preparados para mostrarle la gran variedad de cosas que podía hacer Lu. Tai se quedó pensando un poco y dedujo que, si Mo se había llevado un cuero con la receta escrita, entonces deberían existir más e hizo la pregunta. Xian le respondió que el sabía de memoria las recetas y que lo único que tenía escrito eran las de los platos de sus primeros años de práctica y se las mostró. Tai le preguntó si podía llevárselas para explicarle al emperador en qué consistía la sazón de Xian. Lu aceptó y su invitado le prometió volver pronto con una respuesta. Se despidieron con mucha cordialidad y Tai desapareció.

Akame estaba muy contenta. La primera idea que le había cruzado por la cabeza no era su propia condición ni la del marido ni la de su hijo quien podría gozar de un gran futuro si Xian lograba trabajar para el soberano. No, la idea que la ilusionó fue la de ver a su padre reivindicado. Se lo imaginó de nuevo sonriente, carismático y bondadoso. Sería el mejor regalo que se le podría hacer antes de que falleciera. Con los ojos iluminados Akame besó a Lu y éste dio un aullido de alegría. Se puso a bailar y cogió al pequeño Bian Fu que interpretó la actitud de su padre como una de sus ocurrencias de siempre.

VIII

Tai llegó al palacio y se entrevistó con el emperador que le dio la orden de preparar comida para unos invitados, se fue a la cocina y revisó los cueros que le había pedido a Lu. Encontró una receta que lo intrigó y se puso a cocinarla. Les dijo a sus ayudantes que fueran siguiendo sus instrucciones y que debían preparar comida para treinta personas, por lo que debían mantenerse atentos y no perder ningún detalle. Cuando Tai comenzó a elaborar el Chow mein de carne se puso a comparar la receta de Lu con la tradicional. Descubrió que, en lugar de carne de vaca, el provinciano usaba ternera y no empleaba la carne de solomillo; sino la pierna y ponía atención en la finura de las lonchas, luego los fideos llevaban una proporción diferente de huevo y no eran de gallina, sino de ganso. Lo más asombroso era que en lugar de ajo y jengibre se ponía una raíz de uso afrodisiaco. Luego el azúcar era sustituido por la miel y el vinagre por una buena cantidad de alcohol de arroz. Cuando todo quedó listo, Tai se puso como objetivo reformar la elaboración de la comida, pero antes debía eliminar a Lu.  Se dijo a sí mismo que tenía que fraguar un plan para hundir a Xian en el más horrible de los infiernos. No quería matarlo, sino hacerlo sufrir por su osadía. Se creía un dios al igual que el fallecido Ying. Si había podido con aquel astuto e ingenioso cocinero, el pisotear a Lu sería cosa de niños.

En la reunión del emperador hubo un gran espectáculo, Tai acompañó cada plato con un discurso y les pidió a los comensales que pusieran atención en las comidas. Parecía que el emperador había invitado a sus conocidos a un festival de comida en la que tanto la selección de los platos como de los invitados era fundamental. La comida surtió efecto, la gente se puso muy contenta y los arroyó el deseo. Al notarlo, el emperador les pidió a sus criadas que complacieran a sus invitados. Él mismo quiso ser partícipe y con la imagen de su fallecido amigo Ying se fue a sus aposentos. Tai se encerró en su habitación y pidió que no lo molestaran. Pidió que le llevaran un poco de comida preparada con las técnicas habituales en el palacio. Probó sus guisos y los comparó con los de Lu y los de Ying y lloró de rabia. Apretando los dientes juró que se vengaría de los dioses y que no quedaría recuerdo alguno de los dos sollastres. Durante toda la noche fue ideando los pasos que habría de dar para realizar su plan. Dos días más estuvo complaciendo las necesidades del emperador. Elaboró muchas comidas guiado por las instrucciones de Lu y llegó un momento en que la ira le corroyó tanto que empezó a clavar un cuchillo en la mesa de madera de donde trabajaba. Fue tanto el coraje que la destruyó y tuvo que ser sustituida por una nueva.
Los invitados salieron en caravana, el emperador pidió que no lo molestaran durante todo el día. Había llegado el momento esperado. Tai llamó a tres soldados y les dio las instrucciones para realizar su venganza.

IX

El tranquilo Lu, a pesar de la vida dura que llevaba recolectando el tributo que le demandaba el cacique, se desconcertó cuando supo la noticia trágica. La gente comenzó a especular con la información que tenía y el futuro que, en un principio parecía haber relucido como el cielo de verano, ahora empezaría a tomar un cariz gris. Lo primero que sorprendió a la gente fue la visita del emisario del emperador. No iba con el fin de anunciar alguna nueva ley ni el aumento de nuevos impuestos, llevaba la orden de revisar los sitios donde se había ocultado el arroz que no se le había entregado al cacique y que por lo tanto no había llegado al emperador. Si al principio la gente se había alegrado por la muerte de Huo, ahora deseaban que no hubiera muerto poseído por la demencia. Las personas, en compañía de los soldados fueron dejando en la calle las reservas de grano con las que contaba. No quedó un solo rincón en el que no se sacara hasta el saco más pequeño. Después llegaron unos guardias corriendo para informar de que, en la última casa del pueblo, que les pertenecía a unos viejos moribundos, se había encontrado un enorme almacén de grano. El representante del emperador se dirigió hacia el lugar indicado y vio que, en verdad, había varias toneladas de judías, lentejas y arroz. Se puso todo en unos carros y se dio la orden de llevárselos al palacio. Comenzaron los interrogatorios que consistían sólo en dos preguntas. Quién había colaborado con los maléficos planes de Xian Lu y quién había transportado el grano a la casa de los ancianos para esconderla del cacique Huo. La gente no sabía qué responder porque no podía entender cómo se podía acusar a una persona tan buena como Lu, después no podían afirmar algo que, aunque hubieran tenido deseo de efectuar, jamás habrían hecho. Comenzaron a doblegarse los cobardes cuando los fieles a Lu fueron asesinados. Cuando un hombre endeble ante el temor de morir dijo que sí, que él sabía que Lu le mandaba comida con alucinógenos a Huo y que en las noches había llevado sacos de arroz a la casa de los ancianos Yong, ya no hubo vuelta atrás. Golpeado, con la nariz rota y el cuerpo ardiéndole por los golpes de sable, Lu, oyó la condena de trabajos forzados para toda su familia. Fueron a traer al viejo Fu Lin y mientras volvían los guardias, tres soldados metieron en un carro a Shin, Yi Jie, Kumiko y Akame. El carro partió con ellos y cuando llegó Fu Lin casi moribundo fue obligado a caminar los treinta kilómetros que separaban la aldea del palacio real. Fu Lin murió en el trayecto y Xian con todo el pesar de su corazón lo tuvo que dejar para que se lo comieran los cuervos y animales de rapiña. Fu Lin pudo hablar casi una hora con su yerno y en ese período le habló del gran Ying a quien conoció cuando Shen Lo no era todavía el emperador y gobernaba su padre.

“Era un hombre inteligente y seguro de sí mismo—dijo Fu Lin sangrando por la boca—. Había descubierto grandes verdades y tenía el hábito de alucinar en determinados períodos del año en los que se comunicaba con seres extraordinarios. De ellos obtenía su sabiduría. Bueno, esa era la creencia de la gente, pero en realidad sus viajes no eran hacia el exterior ni al cielo ni las estrellas ni el más allá. Lo que hacía Ying era profundizar en el espíritu humano, filosofaba mucho y tenía el don de la observación. Un día me dijo que moriría de forma trágica y cuando le pregunté cómo lo sabía me respondió que se estaba tramando un complot contra algunas personalidades y entre ellas estaba yo, además me comentó que el emperador viviría bajo la influencia del mal, que sería continuamente engañado y que solo un ser de mi familia lo podría salvar. Creo que esa persona eres tú—le dijo a Lu sosteniéndose de su hombro—, lo entiendo ahora. Me voy a morir tranquilo y te ayudaré desde donde me encuentre para que tengas éxito, adiós querido hijo”.

Lu estaba débil, pero las palabras de Fun Li lo habían intrigado tanto que recobró fuerzas. La duda lo instigaba, pero en la condición en la que se encontraba esa sensación era más estímulo que pesar. Caminó el resto del trayecto apresurado por los soldados. Vislumbró el palacio. Vio el enorme tejado curvo de color rojo y respiró con fuerza. Tenía que resistir hasta el final y debía ser muy perspicaz e inteligente para lograr la liberación de sus seres queridos. Estaba dispuesto a sacrificar su vida a cambio de la libertad de su esposa, su hermana y sus padres. Fue llevado de inmediato ante Shen Lo que estaba muy enfadado. Cuando apareció Lu le preguntó si era verdad todo lo que le había contado Tai. Oyó con dolor las calumnias y negó todo, pero pronto entendió que entre más resistencia pusiera y más tratara de demostrar su inocencia complicaría más las cosas, fue por eso por lo que confesó con la esperanza de que liberaran o, al menos, no mataran a sus seres queridos. En realidad, lo logró en parte, pero fue a cambio de su propia destrucción. Por la terrible influencia de Tai y la tergiversación de las decisiones que tomaba Shen Lo, se condenó a la familia a trabajos forzados en calidad de esclavos y para Lu el calabozo. Fue llevado a una celda que se encontraba en la parte trasera del palacio a unos doscientos metros. Xian se dio cuenta de que permanecería a la intemperie protegido por un techo de tres por tres metros. Sería un animal puesto en exposición y padecería frío y burlas. No le importó porque de cualquier forma todo era mejor que la muerte de sus parientes.

A la mañana siguiente vio pasar frente a él a su madre y su padre que iban atados a su hija y su nuera. Parecían unos monos que amarrados iban andando encorvados. Le dirigieron una mirada de lástima, lo vieron desnudo y manchado de sangre, trataron de preguntarle por Fin Lu, pero por la expresión que tenía comprendieron que estaba muerto. Akame se fue llorando en silencio. Lu estuvo tumbado todo el día, su organismo luchaba contra los derrames internos que tenía y no le apeteció comer. Por la noche pudo empezar a andar un poco en círculo y vio de nuevo a su madre. Venía destrozada con los mechones de pelo sobre la cara. No lo miraron y pasaron de largo respirando con dificultad. Xian pensó que no lograrían mantenerse mucho tiempo vivos y se lamentó de su destino. Estuvo pensando en una solución, pero estaba en una posición que no le permitía defender nada, además no sabía qué le esperaba más adelante. Se quedó dormido y su cerebro trató de aliviarle las penas. Vio a su querido Ying, pero se sorprendió mucho cuando su amigo no le habló de comida y lo invitó a sentarse para conversar. Nunca lo habían hecho así. Por lo regular, Ying le hablaba de las formas de cocinar y en los tiempos muertos decía cosas que sonaban a filosofía. Esta vez se dispuso a conversar.

“Querido, Lu, sé que sufres mucho. Tu vida se ha desmoronado de un día para otro. Antes de que te des por vencido, piensa que aún no ha empezado el verdadero sufrimiento. Irás perdiendo lo más preciado que te queda en la vida. Se ha muerto Fu Lin y tus padres se irán dentro de poco. Tu hermana tampoco resistirá mucho y tu mujer será objeto de abusos. No, no te pongas así. Lo que está pasando es necesario por que solo con grandes pérdidas en la vida, se logran las grandes cosas. Tu tienes que pasar por ese sufrimiento y debes dar el ejemplo. No te doblegarás ante nadie y seguirás tu objetivo hasta el final. Cuando seas recibido con paños hervidos y se te venere por tu gran aportación a la humanidad lo entenderás. Ahora todo te parece injusto y sufres, pero los hombres que te están causando daño lo hace para que te eleves más. Recuerda que entre más crueles y violentos sean contigo tú te encontrarás más arriba. Generarás un cambio, una nueva etapa de la historia y tu gente no podrá vivir sin mencionarte. Formarás parte de la esencia de tu raza. Así que fortalécete y aguanta hasta el final”.

Lu pasó los días tratando de interpretar las palabras de Ying y de ayudar a su familia. Un guardia que había sido enviado por Tai para espiarlo, se hizo amigo de Lu, le llevaba comida fresca, agua y le prometía velar por su esposa, hermana y padres. Lu creía a ciegas en ese guardia por que había visto pasar a su familia con un aspecto más limpio y más sano. Se lo agradeció y empezó a confiarle cosas. El Guardia Jo le hacía preguntas sobre la comida y su elaboración, decía que era un aficionado que no podía estar en la cocina del emperador y por esa razón practicaba en su casa. Xian le fue revelando cosas impresionantes, algunos secretos relevantes para la cocina. Le contó las técnicas que aplicó para ocultar sabores bajo algunos aromas y le describió una estrategia para lograr que un sabor desapareciera y luego se transformara engañando el olfato y el paladar. Jo estaba maravillado y sentía mucho que tener traicionar a Xian. Tai apuntaba todo lo que le contaba su espía y cuando su soberbia lo engañó haciéndolo creer que ya podía continuar su plan, fue por Xian y lo metió en una mazmorra.
Era de noche y el verdugo estaba listo. Tenía unas tablas y unas sogas con las que lo ató y empezó el mismo interrogatorio que había empleado Tai en el pueblo. El objetivo era martirizar la mente del pobre Xian que soportó con valor los golpes en las manos, pero las contusiones habían de dejárselas inútiles. Gritó y mordió un trozo de madera que le había puesto su verdugo. Cuando se le exigía la respuesta contestaba lo mismo. No sabía nada del complot, no había fraguado ningún plan en contra del cacique y el emperador, jamás había usado sustancias alucinógenas o drogas para desorientar a Huo. No se paró el castigo hasta que Lu perdió el conocimiento.

Despertó un día después. No podía mover las manos y jamás recuperó el movimiento de los dedos. Tai le mandó a su espía para darle la noticia de que sus familiares habían fallecido en un accidente con unas rocas. Xian quería morirse, no tenía ninguna esperanza y dejó de comer. Le ataron los pies y lo dejaron deambular fuera del palacio. Con su gran pena Lu caminaba muy despacio y trataba de mover los dedos, pero era inútil. Volvía a su jaula y dormía sin sueño, después el cuerpo no le respondía. El cansancio comenzó a volverlo loco. Tenía visiones y hablaba solo en sus caminatas. Tai le mandó a Jo para que fingiera ayudarle. Le llevaba unos ungüentos para las manos y le decía que usándolos con frecuencia recobraría el movimiento. A Lu no le importaba nada porque no veía un objetivo para vivir. Entonces Jo le hizo una confesión, le contó sus problemas maritales, le dijo que tenía miedo de ser impotente, que su mujer lo dejaría pronto y él no podía hacer nada. Lu le hizo unas recomendaciones, pero dada la insistencia de Jo comenzó a desvelarle un gran secreto. “No debes pensar en lo que te ayuda a recuperar tu potencia—dijo con voz muy apagada y Jo tuvo que acercársele para oír mejor—, sino en lo que la perjudica. Evita las comidas que requieren de un tiempo largo para la digestión. Come cosas que estimules la circulación y dilaten los vasos sanguíneos. ¿Cuáles?—preguntó Jo—. Pues, el ajo crudo, el apio, jengibre y las frutas, pero no las ácidas ni las dulces”. Jo memorizó los consejos y le pidió recetas. Lu le describió varios procedimientos para la aplicación de las plantas, raíces, frutas y hierbas afrodisiacas.

X

Con la nueva visión que Tai había descubierto, gracias a su espía, tenía el dominio total de Shen Lo que, por el favorable resultado de las teorías de Lu, sufría de una impaciencia sexual constante que le robaba el sueño. Pasaba varios días encerrado con las mujeres más guapas del palacio y después dormía dos días seguidos. Las cosas en el gobierno iban bien, los consejeros se habían acostumbrado a la sabrosa comida que les preparaba Tai, pero no sabían que llevaba sustancias que los adormilaban un poco. Las cosas le estaban saliendo a la perfección a Tai y decidió deshacerse de Xian, pero antes se encargaría de que no pudiera confiarle a nadie sus secretos. Fijó una fecha para desterrar a las tierras salvajes al pobre manco Lu. Mandó llamar a sus guardias y les pidió que encerraran por unos días a Kumiko, a Shen y a Yi Jie que estaban en muy malas condiciones, comían poco y trabajaban demasiado. A Akame le había preparado unas condiciones diferentes, le hablaba a solas y le decía que el emperador había escuchado por boca de Huo todas las acusaciones contra Lu, que deseaba interceder por su marido, pero que necesitaba tiempo. No podía permitir que se vieran, pero si ella colaboraba, haría todo lo posible para que se pudieran encontrar. Akame no tenía otra salida. Quería ver a su marido y deseaba volver al pueblo para ver en qué condiciones se encontraba el pequeño Bian Fu.

Se mejoró su aspecto, su piel se suavizó gracias a los tratamientos de las criadas que tenían la tarea de cuidarla y, cuando ya tenía una salud buena y un aspecto seductor, Tai le dijo que había conseguido que enviaran a un lugar tranquilo a Lu con su familia, que estarían todos a salvo y que él personalmente se encargaría de abastecerlos de lo que requirieran. En realidad, lo único que hizo fue dar la orden de ejecución de los tres presos y dejar sin la capacidad del habla a Lu. No quiso matarlo para hacerlo sufrir más. Tai se sentía agraciado por los dioses. Tenía las técnicas secretas para la comida, había conseguido una mujer a la que gozaría en el lecho hasta cansarse y ella sería dócil pensando que así ayudaría a su esposo. El emperador sentía más aprecio por él y Tai se había convertido en una pieza fundamental en el poder. Los consejeros no sospechaban de las maquinaciones del maléfico cocinero y seguían haciendo su trabajo con entusiasmo. La primera noche que Tai pasó con Akame ingirió las plantas que le había recomendado Xian a Jo y se sintió en la gloria. Andaba de muy buen humor y cuando le mostraron a Lu que estaba amordazado mandó que se lo llevaran lo más lejos posible. Estaba seguro de que manco y mudo jamás sobreviviría. Tai celebró su victoria con un gran banquete. Shen Lo cumplió años y se hizo una gran fiesta. Los invitados fueron doscientos y se preparó una cantidad inmensa de comida. Los elegidos que eran amigos, familiares y gobernadores de diferentes provincias apreciaron la comida y prometieron que si se les seguía agasajando de la misma forma en cada evento estarían dispuestos a lo que les pidiera su soberano. La carrera de Tai tomó un curso muy favorable. Empezó a adquirir propiedades y el dinero se fue amontonando en sus baúles. Decidió que se iría algún día a otro país para llevar la vida de un gran señor.

XI  
 
Lu llegó al país vecino que era muy pobre. Tenía una gran extensión desértica y escaseaban los alimentos. Lo abandonaron cerca de una montaña y caminó varios días sin ver a nadie. Llevaba un bolso colgado en bandolera, pudo sacar algo de comida, pero sus tiesas manos eran tan útiles como dos muñones, por eso comió como un animal. Tardó un día en encontrar seres vivos. Era un viejo que iba en un caballo. Se le acercó y vio que era extranjero. Lu le explicó con señas que no podía hablar y que no podía mover las manos. El anciano vio el bolso y esculcó, halló comida y agua. Sacó el contenido y le dijo a Lu que compartirían sus alimentos. Xian no entendió del todo porque el hombre hablaba en un dialecto raro y muy pocas palabras coincidían en la forma con las suyas, pero no en significado. Con ayuda de señas y dibujos el viejo se dio a entender.  Le dio agua y arroz a Xian. Comieron despacio y Lu supo que el poblado más cercano estaba a unos cinco kilómetros, que la gente vivía del ganado y que lo más alimenticio que tenían era la leche. Lu no pudo entender que el hombre era el dueño de una Yurta que servía de resguardo a los viajeros. “Es un Guanz—dijo en su idioma el viejo y dibujó en el piso una carretera, la tienda de cuero y los viajeros—, allí alimentamos a los que se dirigen hacia la ciudad”. Lu entendió a medias, pero indicó con la cabeza que le quedaba claro. Cuando terminaron de comer Lu le señaló con gestos el lugar de donde provenía. Lo único que recibió por respuesta fue una sonrisa chimuela. Caminaron varias horas. Lu habría podido hacer el trayecto a caballo, aunque por el riesgo de caerse se negó y siguió a su acompañante. Lloró lágrimas de hiel, deseaba morir. Caminó mirando el suelo, se aisló del mundo, sin cuestionarse su destino ni reprochar su suerte. Quería borrar de su cuerpo las sensaciones, trató de transformarse en una piedra para no afligirse. Era el fin, ya no había un buen motivo para existir. Su hijo crecería y llevaría su propia vida. Tal vez tendría recuerdos vagos de los pocos días felices que habían tenido juntos. Sin su familia y, sobre todo, sin Akame no merecía la pena seguir adelante. Se fue retrasando y el viejo no lo notó. Xian estaba a punto de tumbarse para no ponerse de pie jamás, pero apareció Fu Lin.

“¿Por qué has perdido la esperanza, querido Xian Lu?—le preguntó la aparición—. No sabes que las decisiones que tomes de ahora en adelante influirán en el futuro. Debes saber que mientras quede la semilla de la esperanza todo puede suceder. En la vida no hay nunca una situación eterna. Las cosas cambian, tu has llegado al fondo, más bajo no puedes caer, por ese motivo comenzarás a volar y subir. Tu mismo no creerás lo que te espera. Te has fiado inútilmente de personas que solo buscaron el beneficio en ti. Ahora te toca ser más razonable. Primero lee el corazón de las personas, buenas o malas te dejarán lecciones y podrás descubrir la esencia, el principio de las cosas. Ya aprendiste mucho por tu curiosidad en la cocina, ahora te toca dirigir esa inquietud hacia el alma humana. Todo tiene un motivo y debes descubrirlo, cuando aprendas eso comprenderás que tu desgracia es mísera en comparación con lo que han sufrido otros”.

Xian sintió que una fuerza ajena lo empujaba hacia adelante. Mientras aceleraba el paso fue recordando las palabras que le habían dicho las personas que lo habían traicionado. Las palabras falsas de Jo sonaron de nuevo en su cabeza. Había una entonación rara, un temblor de la voz casi imperceptible y momentos de duda en el planteamiento de los problemas que supuestamente tenía. Las palabras de Tai, todas iban infestadas de mentira, el rostro y las expresiones bobas del cocinero impostor eran una máscara para insertar el veneno en la vida de los demás. Tarde o temprano los dioses lo castigaría. Era imposible cambiar las cosas y lo había dicho su suegro, Lu no podía caer más bajo. El tiempo se ocuparía de que cada uno cosechara lo que había sembrado.

XII

Tai había sistematizado el trabajo en la cocina. No celaba a nadie, en apariencia, y estaba seguro de que los secretos de su nueva forma de elaborar y tratar los alimentos no podrían salir de los dominios del palacio. Los invitados jamás habrían podido adivinarlo y hubo quienes disfrazaron a sus cocineros de califas o señores de oriente para mezclarlos con los comensales y desvelar los secretos con su basta experiencia. Ningún impostor lo logró y muchos recibieron la muerte como pago. Tai tenía todo un cuerpo de espías y empleados de confianza que mantenían una red de topos encargados de cuidar la seguridad de las recetas de Tai. Por las noches se reunía con Akame, le hacía beber unas plantas tranquilizantes para que no pensara ni en su hijo ni en su esposo ni en sus familiares muertos a quienes creía vivos. Se había puesto muy guapa, pero la expresión de sus ojos era como el mismo cristal. No derramaba lágrimas y se quedaba mirando un sitio por muchos minutos hasta que un sonido o la voz de uno de los criados la devolvía a su aposento en el palacio. A Tai le gustaba poseerla, pero no sabía cómo motivar en ella el deseo. Había probado todas las plantas del amor que conocía, consultó a unos magos y unos hechiceros, pero no pudo despertar en Akame ni una sola muestra de cariño hacia él. En realidad, le dolía mucho su amor propio y llegó a atormentarse con el deseo de matarla. No fue posible porque nunca había tenido mujeres bellas y la esposa de Lu era lo mejor que le había sucedido en el mundo. Se armó de paciencia y cuando no podía satisfacer sus deseos con la mujer que tenía apresada en su aposento, se desquitaba con las criadas. Mandaba llamar a las más atractivas y las obligaba a que le dijeran palabras tiernas. Se tumbaba en una enorme cama y se vendaba los ojos para imaginar mejor sus fantasías. Las mujeres que no lograban hacerle sentir lo que deseaba eran castigadas con gran crueldad. Toda la servidumbre estaba al corriente de las torturas, por eso se escondían lo mejor que podían, sin embargo, cuando les tocaba su turno, se encomendaban a los dioses y eran lo más dóciles que podían.

El emperador recibía unas gotas de poción de una planta que lo atolondraba y se iba temprano a la cama. Tai vigilaba con gran celo su vida. Estaba siempre al tanto de los asuntos de su amo y le daba cosas vigorizantes y afrodisiacas cuando había asuntos de estado importantes y, cuando la vida transcurría con calma, lo mejor era mantener al león tranquilo y no darle oportunidad de gozar del ocio que le daba su poder. En ocasiones había lamentado no haber actuado antes, pues de haberlo hecho a tiempo, sería un miembro del consejo y no un simple jefe de cocineros. Tenía grandes proyectos en mente y hasta llegó a soñar con procrear herederos al trono. La cocina le quitaba bastante tiempo porque no solo el emperador le exigía manjares, la familia real completa se dedicaba a mantenerlo ocupado. La esposa de Shen Lo le pedía cosas dulces cada vez más sofisticadas. La madre que permanecía en una sección apartada del palacio desconfiaba de todo lo que se le daba de comer. Pedía que varios criados probaran los alimentos antes que ella y cuando se convencía de que todo estaba en buen estado, se comía un poco de cada plato y se metía a la cama. También las preferidas de Shen Lo tenían sus exigencias. Por fortuna, todo estaba bien controlado y en algunas ocasiones se arriesgó a experimentar con los métodos de Lu obteniendo muy buenos resultados.

XIII

Lu llegó hasta una casa redonda que era una enorme tienda de campaña. Estaba cubierta de pieles de pony y en lo alto se veía un tubo por el que salía humo. El viejo que conservaba algo de su corpulencia de la juventud se bajó del caballo dando un brinco, desató las cosas que llevaba en la montura y entró a la casa. Salió unos minutos después acompañado de una mujer también entrada en años. Caminaba un poco encorvada y llevaba un vestido oscuro. Sus enormes pómulos impedían ver sus ojos y se acercó mucho para ver al desconocido. Lu la saludó y se quedó inclinado mostrando su respeto. La vieja lo cogió del brazo y lo metió a la casa. Había un anafe en el centro y un tubo que llegaba hasta el techo, allí había una abertura por la que entraba la luz y salía el humo. La mujer se ocupaba de preparar una carne de cordero y salsas. Hablaba de prisa y sus movimientos eran lentos. El viejo la llamó Bolorma y ella a él,  Narambaktar.  Media hora después, cuando Lu dormitaba en el extremo opuesto de la entrada, llegaron unos hombres, iban bien vestidos y deseaban comer. Parecían clientes habituales porque conversaban bastante y gesticulaban con familiaridad. Señalaron a Lu y emitieron aullidos dando a entender que se le tomaba por un perro. Xian no podía entender las causas de su desgracia, es decir, por qué se le había puesto en una situación tan absurda. Los dioses le estaban jugando una mala pasada. Lloró en silencio para lavar todas sus penas. El dolor físico y la pérdida del habla y el movimiento de las manos no eran tan dolorosos como la ausencia de su esposa. Por un momento se calmó dándose fuerzas. Se dijo que tenía que luchar por su hijo, que algún día volvería para contarle sus desgracias y él pudiera entender lo que les había pasado a sus desgraciados padres. Ni siquiera la imagen sonriente de Akame cantando en el lago lo pudo aliviar. Invocó a Fun Li y a Ying para preguntarles sobre el porvenir, pero no acudieron.

Durmió mucho y cuando despertó ya no estaban los invitados y los viejos dormían. Se levantó y trató de salir. No pudo hacerlo y se volvió a recostar, pensó sobre lo que podría hacer en adelante y la visión fue tan desconsoladora que empezó a resignarse a su nueva vida inútil. La caída habría de empezar ese mismo día cuando la vieja se levantó y le ató una cesta muy grande en la espalda. Lo sacó de la casa y se lo llevó a recolectar leña y estiércol para calentar el horno. Caminaron mucho. Bolorma que andaba lento hablaba y cantaba sin importarle que Lu no entendía nada. Xian se libró de todas sus ideas y penas y decidió ser como un animal doméstico. Puso atención en las señas que le hacía su dueña y memorizó de forma eficaz, tanto que la vieja empezó a comprobar repitiendo tres veces sus órdenes y sonriendo cuando notaba que Lu había entendido. Cuando volvieron Naranbaktar no estaba, se había llevado el caballo y Bolorma le indicó representando con los dedos que su marido había ido a hacer las compras muy lejos y que ese día no esperaba visitantes. Lu comió la carne seca y tomó el cuenco de leche cortada que le dio su ama. Después se lo llevó hasta un estanque que se encontraba cerca de allí, le quitó la ropa y lo metió para que se enjuagara un poco. Cuando salió Lu del agua lo secó y le puso nueva ropa. Volvieron y Xian se echó en su rincón. La vieja comenzó a preparar comida.

Los días transcurrían sin muchas novedades y Lu se acostumbró a su nueva condición. Trataba de no pensar en su vida y caminaba con calma. Llevaba o traía cosas de otras yurtas y los habitantes le llamaban itgeltei nokhoi, al principio, y después solo nokhoi. Lu no sonreía y hacía sus viajes en silencio como si fuera un animal de verdad. Cuando los viajeros que se cruzaban en su camino le preguntaban por algún sitio él solo levantaba el brazo e indicaba la dirección a la que tenían que dirigirse. Un día un comerciante de su país le preguntó por una yurta y Lu trató de indicarle a su interlocutor la dirección. El hombre no entendió y comenzó a hacer preguntas, pero Lu abrió la boca y mugió. El tipo comprendió su desgracia, pero se quedó parado pensando en cómo llegar a su destino. Xian le pidió al hombre que le quitara el zapato y con una ramita empezó a escribir en el suelo. El hombre leyó todo y quedó asombrado de que su paisano tuviera tan mal aspecto y fuera un hombre educado, entonces, le dijo que se llamaba Da Fong y que pasaba por allí cada tres o cuatro meses. El buen hombre cogió algunos víveres muy apreciados en esa región que llevaba en unos cestos y un poco de dinero. Lo depositó en el bolso de cuero que llevaba Lu, le preguntó dónde vivía y le puso su zapato para que emprendiera el trayecto.

La vieja que había descuidado mucho el aspecto de su mascota, ya no lo lavaba ni le cortaba el pelo. Por eso Lu tenía un aspecto de hombre de las cavernas. Cuando llegó Lu, la vieja le quitó la cesta de la espalda y sacó las cosas que necesitaba. Xian se puso delante de ella y le señaló su bolso de cuero. Bolorma se lo abrió y sacó unos frutos secos, especias y una masa dulce envuelta en un papel pergamino. La mujer se vio asaltada por el temor de que su mensajero hubiera robado, así que cogió una vara y comenzó a golpearlo, pero Lu se enroscó en el piso y la vieja no pudo castigarlo mucho. Duró unos minutos el interrogatorio hasta que se calmó y se sentó agotada. Lu se dirigió a ella y le pidió que le quitara el zapato. La anciana lo hizo y Xian buscó un sitio donde había tierra floja, cogió un palo pequeño y dibujó un hombre, un caballo, unas monedas, un regalo, un perro y a la anciana. Bolorma no entendió y se vio interrumpida por la entrada de su marido. Cuando lo tuvo cerca le contó lo que había hecho Lu y Naranbaktar se puso de mal humor y se dispuso a golpear a Xian, pero este le señaló los dibujos y el viejo al mirarlos se extrañó.

 “¿Qué es esto, miserable?— le preguntó el viejo y Lu empezó a hacer movimientos indicando que cuando iba por el camino había encontrado a un hombre—. ¡Ah! Encontraste a un hombre que iba en un caballo, era rico—Lu movía la cabeza afirmando cada vez que su amo adivinaba—, después te dio un regalo y se lo has dado a mi mujer”.

Xian se puso alegre porque lo habían entendido y sus dueños habían comprendido que sabía algunas palabras de su lengua y podía comunicarse. La curiosidad y la duda tentaron a Naranbaktar y se alegró de ver cosas que hacía muchísimo no comía, trató de arrebatarle a su mujer las delicias para comérselas, pero ella le mostró la vara con la que le había dado castigo a Lu. Se jalonearon poco y después hablaron sobre el destino que tendrían los productos que reposaban sobre la mesa. Sin pensarlo Xian borró del piso sus dibujos y comenzó a hacer otros. Naranbaktar se acercó y comenzó a preguntar.

 “¿Es un cordero?—de nuevo Xian empezó a negar o afirmar con la cabeza—. ¿Un caldero? ¿Tú? ¿Los productos de la mesa?¿Comida?”.

El anciano se rompió la cabeza pensando, pero Bolorma aplicando su sentido común dijo que Lu se creía cocinero y que les aconsejaba preparar la comida con lo que habían recibido de regalo.  Naranbaktar dijo que estaba loca, pero con sus dibujos Lu le indicó que se equivocaba. Bolorma le dijo que sabía cocinar y Lu le dijo que sí, después se pusieron a acordar la forma de preparar la carne. Xian con dificultades enormes logró que la vieja preparara una pierna seca de cordero con frutos secos y salsas. La mujer se había decepcionado un poco cuando vio que una parte del dulce se había mezclado con las especias. Estaba acostumbrada a comer una cantidad muy limitada de platos y se negaba a desperdiciar los manjares que la vida les había dado por casualidad. Lu la obligó con sus propias lágrimas a ceder y cuando probaron el experimento de su mascota quedaron conmovidos.
Tenían una carne suave que aderezada por la salsa rebasaba las expectativas del empalagoso postre que querían comerse solo. Sus rostros estaban iluminados, remojaban la carne en la salsa y se sentían muy satisfechos. Si la vida les hubiera sido arrebatada en ese momento se habrían ido felices. Xian también recobró el ánimo, Naranbaktar lo abrazó y le sirvió un poco de alcohol que tenía escondido. Fue una velada magnifica para los ancianos que de inmediato comprendieron que las propinas de los viajeros crecerían si se utilizaban los conocimientos del bueno Lu. Xian siguió haciendo los mandados y aconsejando a su dueña en la elaboración diaria de los alimentos. Bolorma estaba feliz y pronto le cortó el pelo a Lu y lo afeitó, le puso mejor ropa y calzado y le dio trabajos importantes. Se comunicaban con los dibujos y ya tenían frases que podían intercambiar con una sola imagen.

XIV

Akame se recuperó y el amor por su hijo la orilló a complacer a Tai en sus juegos íntimos. Una de las criadas, que era nieta de una de las conocidas de Kumiko, se ofreció a velar, a través de sus familiares, por el bienestar de Bian Fu. En el pueblo las cosas habían ido de mal en peor y la culpa, que no había tenido Lu en el recrudecimiento de la política de explotación por parte del emperador y su familia, se le fue adjudicando. Primero se dijo que nunca debió haberse casado con Akame porque la maldición que pesaba sobre Fu Lin caería irremediablemente sobre todos los habitantes y había sucedido así, luego  que no se debía haber aceptado el pago del tributo porque nunca se cansaría el emperador de exigir aumentos de producción, también, algunas malas personas decían que Lu los había hechizado y que su comida no era realmente sana, sino encantamiento diabólico que les había cerrado los ojos a todos, por último, se consideró que los descendientes de Xian y Akame no deberían gozar nunca de una posición favorable en la sociedad, así que el inocente Bian, que se había corregido de sus hábitos nocturnos, fue sometido a la esclavitud. En el palacio Akame lloraba de felicidad cuando le decían que el niño estaba bien y que se alimentaba como si fuera de la clase alta. La verdad era que el pobre chico pasaba hambre y comía lo que caía en sus manos, fuera comestible o no. Ignorante de lo que sucedía fuera del palacio, Akame, se preocupaba por no decepcionar a Tai y ser lo más dócil posible. Tenía un grupo de mujeres que se ocupaban de ella para mantenerla en las mejores condiciones y cuando el jefe de la cocina hacía una critica por algún perfume, ropa, peinado o maquillaje, se castiga con mucha crueldad el error de la criada. Akame pensaba mucho en Lu y tenía la esperanza de que él volviera convertido en el antiguo cocinero de gran talento y le quitara su puesto al cerdo que la torturaba cada noche con sus encuentros libidinosos. Si se hubiera enterado de la condición real que tenía su marido, se habría muerto de decepción y tristeza. En sus ratos libres Akame aprendía algunas manualidades que le enseñaban sus compañeras de desgracia, pues todas las mujeres que estaban bajo la subordinación de Tai deseaban su propia muerte y la de su amo. Había aprendido a coser y bordar, hacer cestas de mimbre y figuritas de arcilla.

Akame trataba de no llorar para no tener los párpados hinchados, pues eso le causaba ira a Tai. Se le había endurecido el alma a fuerza de grandes sacrificios. Dejó a un lado su amor propio, dejó de sentir nostalgia por Fu Lin con quien llevaba largas conversaciones en sus sueños. Le ordenó a su cuerpo que fuera insensible al goce y que la imagen de Lu desapareciera de su cabeza en los momentos más sentimentales. Lo único que no aceptaba era el olvido de su hijo y se encomendaba a los dioses para que un día les enderezaran la vida. Había prometido no tomar venganza en caso de que eso sucediera y gratificar a las personas como el tuerto Da O el sabio que le daba buenos consejos.

Un día, cuando Da O, iba por un corredor del palacio se topó con Akame y la confundió con una criada. Le dijo que le ayudara a llevar unos pergaminos importantes a su biblioteca. Por el trayecto O la riñó muy fuerte y la ofendió, pero cuando llegaron a su destino el sabio la miró con atención y se dio cuenta de que estaba muy lejos de ser una criada. Le pidió disculpas y entabló una conversación con ella. Le contó que había sido consejero del padre de Shen Lo y que había salvado al emperador de ser asesinado por sus enemigos. Le habló de los antepasados de la estirpe Dong y le describió las batallas y la gloria que había alcanzado el país bajo el gobierno del gran emperador escarlata. Desde entonces, de forma clandestina, llamaba a Akame para contarle lo que consideraba importante.

XV

Bian Fu tenía cerca de diez años y llevaba su vida con dificultad. Soportaba las humillaciones y agresiones de la gente. No recordaba su pasado y sabía que la vida era muy dura. Se adaptaba como podía a la vida y sacaba sus importantes conclusiones. La gente le decía que estaba maldito, que su sangre estaba envenenada. Las personas que supuestamente tenían su custodia, es decir los parientes de la confesora de Akame, lo dejaban dormir en la calle y no lo procuraban. El niño aprendió a sobrevivir entre los viejos y vagabundos que como él no tenían mucho que comer. Se endureció su carácter porque tenía que sobrevivir, pero algún espíritu mágico lo guiaba correctamente. Sabía que no debía robar por más hambre que tuviera, además no le hacía tanta falta porque de vez en cuando el mismo elaboraba su propia comida. Era muy observador y recordaba la conducta de las personas, tanto buenas como malas. Entre sus mejores amigos no había personas. Tenía un perro. Era un pequinés que se había salvado de que la gente, en sus horas ebrias de sadismo o de locura momentánea, se lo comiera. El perro recibía a su huésped con bastante cariño. Bian Fu hacía trampas para liebres o ardillas y comían los dos con alegría. A veces pasaba varios días en compañía de su amigo y dormía en una madriguera que se había hecho escarbando con una pala vieja. En las noches miraba el cielo y le contaba a su perro cosas fantásticas. Imaginaba un reino de paz en donde la gente se quería y los niños se divertían. En varias ocasiones lloró abrazándose al animalito y éste al sentir sus costillas reventar por la opresión aullaba y parecía que los dos se lamentaban de su existencia. Bian Fu también había recibido palizas, pero su entereza lo había ayudado a superar los sufrimientos. En algunas ocasiones soñaba a una mujer de rostro muy blanco con facciones tiernas a quien llamaba mamá y a un hombre alegre que cantaba canciones mientras trabajaba. Había decidido que esos dos seres tan agradables eran sus padres a quienes vería alguna vez.

XVI

El haber descubierto que Lu o Gölög, su nuevo mote, que hacía alusión a un cachorro, era apreciado y mimado por los ancianos que habían podido ampliar su negocio. Ahora tenían dos yurtas. En una el viejo y Lu atendían a la gente y en la otra vivían. La variedad de comidas que elaboraban ya era bastante conocida por los viajeros que se despedían con la tarea de conseguir determinadas especias o utensilios para la preparación de los manjares de Xian y hacer una pequeña ofrenda a sus dioses para que la paz reinara entre ellos. 

En una ocasión volvió Da Fong y entró a la yurta de Naranbaktar. No reconoció a Lu que estaba bien vestido y tenía unas pulseras de cuero con unas paletas que le ayudaban a hacer algunas cosas como si fuera sus manos. Su mirada ya no era triste y se entendía bien con los ancianos. Cuando quería explicar algún método de la elaboración de lo que comían los huéspedes venía Bolorma y traducía los gestos y movimientos de Xian. Los clientes quedaban encantados con las explicaciones.  Da Fong quedó muy satisfecho con lo que comió y se quedó dos días para recapacitar y planificar sus negocios de la mejor forma. Tenía un encuentro con un comerciante muy rico y astuto. El negocio consistía en comprarle seda fina y ofrecerle algunas mercancías de su interés u objetos de valor que le pudieran despertar la curiosidad. Elaboró una lista de los mejores productos que tenía y fue descartando los de menor interés. Luego se acostó, pero no pudo conciliar el sueño. Permaneció mucho rato calibrando sus posibilidades y hasta se imaginó la escena del encuentro y las palabras necesarias para atraer la atención de su socio. Al final se resignó a ofrecerle perfumes, joyas y opio de excelsa calidad a cambio de los objetos laqueados que deseaba.

Cuando se estaba preparando para salir, Da Fong, tuvo un chispazo de lucidez. Al pensar que el pez y el hombre mueren por la boca, cruzó por su mente la idea de llevarse a Gölög con la excusa de que le cocinaría durante su trayecto a la ciudad y a su regreso se lo devolvería a sus amos tal y como se lo habían dado. Naranbaktar se negó de inmediato. Movió la cabeza y trató de irse, sin embargo, Bolorma, le dijo a su marido que ya tenían lo que deseaban, que Gölög ya les había regalado sus secretos culinarios y que lo podrían sustituir con cualquier muchacha joven a quien no sería difícil de encontrar. También dijo que se merecía su libertad y que a ellos ya no les quedaba mucho por vivir. Resignado Naranbaktar dio su autorización. Lu no sabía nada del plan y estaba lejos de imaginar que su vida cambiaría. Volvió de dar su paseo por la estepa. Se había entretenido recordando sus años de pastor. Llegó con la cara cubierta por un halo de nostalgia. No entendió la actitud de sus dueños y menos la de Da Fong que se encontraba muy alegre. Los ancianos ya habían guardado sus monedas de plata y algunos objetos de joyería que nunca habían visto. Con ojos interrogativos Lu se paró frente a ellos. Habló Da Fong para que Xian entendiera todo.

“Querido Gölög, he conversado con Naranbaktar sobre un asunto importante. No tengo quien me cocine, es decir, me gustaría que tu dirigieras la elaboración de la comida durante nuestro viaje. Tengo muchas cosas de valor y he escogido una ruta que está libre de maleantes, pero también de sitios para comer. Por eso, mis ayudantes recibirán tus órdenes y podremos comer, incluso mejor de lo que comeríamos en cualquiera de esas yurtas de la ruta habitual”. 

Bolorma se acercó a él y lo abrazó, Narambaktar se limitó a hacer una reverencia y después la caravana de Da Fong partió. Nadie notó que Lu lloraba intensamente. Sus lágrimas se derramaban a chorros como si en lugar del agua salada saliera sangre. Era por los recuerdos que habían empezado a surgir para recordarle que se dirigía al sitio dónde estaba su enemigo Tai, se reprochó no haber penado más en sus padres y hermana, en haberse convertido en una piedra insensible sin saber qué destino había tenido su esposa e hijo. Se recriminó el haber dejado en el olvido las cosas importantes de la vida. La excusa de ser un hombre desdichado, rebajado a la condición de un perro no era válida. Tenía un deseo intenso de vengarse, pero oyó una voz conocida.

“Querido Lu, cuando llegaste a casa de los ancianos te habló Fu Lin te dijo que no perdieras la esperanza, que las decisiones que tomaras en ese momento influirían en el futuro. Te recordó que mientras quedara la semilla de la esperanza todo podría suceder. En la vida no hay nunca una situación eterna—te dijo—. Te prometió que las cosas cambiarían. Tú ya habías tocado fondo, más bajo no podías caer, por ese motivo comenzarías a volar. Te mostraste incrédulo porque te habías fiado inútilmente de las personas que solo buscaban su propio beneficio. Ahora debes ser muy razonable. Lee el corazón de las personas, ya tienes la capacidad para ver quiénes son buenas y quiénes malas. Puedes descubrir su esencia, el principio de sus razones y temores. Ya aprendiste en tu propia oscuridad, ahora te toca dirigir ese conocimiento hacia el alma humana. Todo tiene un motivo y lo descubrirás. Comprenderás que tu desgracia es mísera en comparación con lo que han sufrido otros. Sé honesto y perdona. Te esperan sorpresas y malas noticias, pero antes de juzgar escucha tu corazón”.

Recapacitó y asimiló las palabras de Ying, aceptó los consejos de Fu Lin y se preparó para enfrentar lo que se le venía encima. Se sentó y miró el paisaje que solo le ofrecía montañas, yerba, un suelo pardo y un cielo azul muy despejado. Se dejó llevar por algunos pensamientos dulces y sonrío. Se concentró en los sonidos que lo rodeaban y le pareció que las cosas eran nuevas, a pesar de haber permanecido allí por miles de años. Dejó que el viento le secara el rostro. Miró a los hombres impasibles que iban con él, Si hubiera podido hablar les habría contado algo divertido para infundirles buen ánimo. Se alegró de poder sentir de nuevo su vida. Se esmeró en retrasar los recuerdos bellos de su mujer y su hijo. De pronto se detuvo el coche y apareció Da Fong. Era el sitio adecuado para pasar la noche. Se dio la orden de descargar y Fong le pidió a Lu preparar la cena. Los encargados de ayudarle eran dos mujeres y un hombre no muy inteligente. Lu escribía en el suelo las cosas que deseaba que hicieran sus ayudantes, pero no le entendían. Al notarlo Da Fong se acercó con un pincel, un pergamino y tinta.

“Escríbeselo todo aquí”—dijo con una sonrisa burlona Da Fong—. Xian sabía que eran artículos muy caros y con ojos sorprendidos trató de explicar que no podía usarlos, sin embargo, Fong le puso un pincel en su pulsera de cuero y le indicó a Lu que escribiera en el papel. Xian se alegró mucho y con cuidado empezó su redacción. Las mujeres le pidieron a Fong que les explicara y así entre los cinco elaboraron una cena magnífica.

La intención de Fong era que las recetas quedarán explicadas en los pergaminos y al encontrarse con el comerciante, le ofrecería el opio de buena calidad y las recetas que tendrían un precio incalculable. El plan era que los cocineros del intermediario llegaran a manos del cocinero del palacio, así convencería al emperador de adquirir a Xian por un precio muy razonable.

El trayecto duró casi dos semanas y cuando sólo faltaban dos días para llegar a su destino, Fong se enfermó. Lu no sabía mucho de medicina, pero elaboró cosas que reconfortaron a Fong, en cierta medida los mejunjes que hizo resultaron muy parecidos a los remedios caseros. Fong se recuperó y se dirigió a la casa del mercader. Fue recibido con pompa y el plan salió a pedir de boca, pues el hombre les pidió a sus cocineros que elaboraran una de las recetas y quedó encantado. Como era muy astuto, pensó en pedirle todos los preceptos culinarios y fórmulas a su camarada para copiarlos y quedarse con los secretos de Lu, pero Da Fong ya lo había previsto y le proporcionó sólo una de las recetas. El acuerdo fue que el comerciante se pondría en contacto con uno de los consejeros del emperador Shen Lo y arreglarían un encuentro para hacer una demostración. Se estableció una fecha y Lu y Fong pasearon por la ciudad un poco. Se dieron cuenta de la dura situación por la que estaba pasando la gente. Se rumoreaba que un mal hombre, a quien se referían como “Él”, por temor a las represalias, había estado adormilando al emperador con el opio y que éste se encontraba en las nubes. Se había descuidado a la población y se habían implantado las reglas de Él para la recaudación de impuestos y tributos. Los habitantes sufrían por los abusos de autoridad de los soldados.

XVII

En el palacio se respiraba un aíre tenso, cargado de energía negativa, parecía más un serpentario que un aposento real. Tai mantenía adormilado al emperador con pequeñas dosis de opio, pero cuando había encuentros importantes disminuía las dosis para que llegado el día Shen Lo se presentara en buen estado. A Tai le preocupaba mucho que Shen Lo pudiera perder el control de sí mismo o muriera, ya que si sucedía tal desgracia el heredero sería un impertinente muchacho que lo odiaba más que a nadie. En muchas ocasiones había tenido dificultades por sus acusaciones. Parecía que estaba al corriente de las pócimas que Tai le daba a su madre para que se entregara en brazos de su amante, un soldado muy atractivo. Tai tenía un teatro de muñecos controlados y nadie era tan difícil de domar el flacucho Yon Guang Lo que siempre le pedía a uno de sus allegados espiar al cocinero. Trataban de no encontrarse nunca y Tai tenía un vigilante que se encargaba de notificarle paso por paso las actividades del heredero Guang, lo malo es que también el joven tenía sus mañas y engañaba a los espías enemigos y muchas veces le llegaba información falsa a Tai que rabiaba como un perro de caza. Akame seguía sirviéndole de amante, pero él tenía tantas cosas que mantener en equilibrio que ya no le dedicaba tanto tiempo. Ella seguía engañada con las noticias que le daban sus ayudantes, pues se les había prohibido decir una sola palabra de la mala situación fuera del palacio. A fe ciega ella creía todo y se imaginaba a su hijo Bian Fu limpio, educado y sano. Las cosas estaban lejos de ser así y el pobre Bian se las veía muy duras trabajando doce horas al día o vagando por los montes. El niño tenía pocos descansos y su cuerpo se había hecho el de un hombre a fuerza de cargar cosas. No era feliz en absoluto y sufría mucho castigo por parte de sus tutores o patrones temporales que seguían gozando de los beneficios proporcionados por Akame.

Tai preparó a Shen Lo para su encuentro con el comerciante y el extranjero Da Fong que tenía fama de ser un hombre muy espléndido. Tai no entendió muy bien de quien irían acompañados y cuando escuchó la palabra Gölög se rio pensando que el tal Fong sería muy extravagante al llevar consigo un cachorro canino a su reunión. Comenzaron los preparativos. Quería darle una sorpresa al emperador y sus invitados, por eso mandó preparar el famoso cerdo en salsa agria que había servido para condenar a Huo y su cocinero Mo. Tai recordó el suceso y se puso alegre porque realmente era divertida la coincidencia. Le causaba agrado recordar los escarmientos que había padecido el caique y los martirios a los que fue sometido Mo. Tai se los imaginó como dos cerdos condenados a ser comidos con salsa agria. Decidió colaborar é mismo en la preparación, hacía mucho tiempo que no se metía a la cocina con ropa de trabajo. Se había acostumbrado a llevar togas y batas muy finas. Le dedicaba bastante tiempo a su arreglo personal y castigaba con saña a los que no le satisfacían en sus cuidados. Sacó el cuero que tenía escondido en su alcoba, se puso su bata de cocinero y su pañuelo en la cabeza y bajó con sus ayudantes. Eligió con esmero la carne he indico la forma más apropiada para hacer los cortes. Seleccionó una por una las frutas que utilizaría para el relleno y cuando llegó a la preparación de la masa o pasta para el rebozado le entró una sensación desconocida, era como si una fuerte ola de inspiración lo arrastrara y disfrutara con cada detalle en la elaboración. Era el espíritu de Xian que lo había impregnado de creatividad. Fue cuidando cada detalle, cada trozo de mango, ciruela y piña, suavizó el bambú con las yemas de los dedos, olió con fuerza y apetito las cosas que preparaba y sin poder contenerse se sirvió una porción que disfrutó a lo máximo.

XVIII

Xian Lu y Da Fong llegaron al palacio sin el comerciante, quien al enterarse del destino de Mo y el cacique Huo, recapacitó y aceptó un acuerdo con su nuevo socio esperando no quedar implicado si el emperador decidía castigarlos por alguna razón. Les comunicaron que pronto los recibiría el emperador y que debían seguir el protocolo. Escucharon con paciencia al hombre que les indicó punto por punto las formalidades. Xian estaba muy nervioso, había podido mantener el control antes de llegar a las puertas de la fortaleza y durante los días que había esperado con Fong que los recibieran se había podido olvidar de ese día, pero ya estaba a punto de entrar al encuentro con el soberano y no sabía si se podría controlar en caso de que apareciera Tai. Empezó a sudar y sus finas prendas se humedecieron, comenzó a respirar con dificultad y estuvo a punto de desmayarse. En su corazón había una tormenta que le hacía explotar el pecho. Apretó los dientes y contuvo el llanto. Sintió el dolor del martirio, la pérdida de sus seres queridos y el intenso deseo de vengarse, pero escuchó de nuevo la voz de Ying a quien le parecía que había escuchado hacía mucho.

“Debes controlarte y ser fuerte, querido Xian, el día del juicio final para los malhechores ha llegado. Sé prudente y no reacciones a ninguna provocación. Tendrás que soportar la prueba más difícil de toda tu vida. Lo importante es que te mantengas sereno y tengas la capacidad mental suficiente para defenderte de las agresiones y urdir una estratagema que te de la victoria”.

Da Fong le preguntó si estaba bien, pero la aparición del hombre del protocolo los interrumpió. Les dijo que el emperador estaba listo para la reunión. Se había decidido, por acuerdo mutuo, que se encontrarían a la hora de la comida para que las cosas fueran más sencillas. Fueron acompañados por unos guardias hasta un salón en el que les hicieron repetir las formalidades del protocolo y luego pasaron. Entraron asombrados por el lujo de la sala imperial. Estaba Shen Lo en un alto trono muy engalanado y con una señal de la mano dio su autorización para que sus invitados se acercaran. Ellos esperaron a que Shen Lo les dijera las reglas que debían seguir para conversar con él y al terminar Xian y Da Fong se inclinaron quedándose así largo tiempo. Después se les concedió la palabra. Fong se presentó y dijo que estaba al tanto de las reglas que prohibían el comercio con los europeos y que en realidad no se había presentado para ofrecerle ninguna mercancía de ese continente ni de otro. Los ojos muy abiertos de Shen Lo dejaron claro que no entendía el propósito de su visita, pues tenía preparado un discurso con respecto a las condiciones del mercado en sus dominios. Sin pensarlo comenzó la enumeración de reglas y castigos a las violaciones por la venta ilegal de productos extranjeros. Cuando terminó, Fong levantó un poco la cabeza y dijo que le quería ofrecer un cocinero y que como muestra traía un platillo preparado por él para su evaluación. Shen Lo inconscientemente recordó el encuentro fatídico con Huo y dijo que si se trataba de un embuste lo pagarían con creces. Llamaron a un criado y este probó la comida. Esperaron un tiempo para ver si no se trataba de un envenenamiento. No había razón para temerla porque nadie en el mundo se habría atrevido a conspirar contra uno de los descendientes de las familias imperiales más poderosas del mundo.

Por fin, Shen probó el platillo y quedó muy satisfecho, dijo que Tai podía hacer cosas semejantes, pero que este cerdo era espacial y digno de los paladares de sus comensales en las ceremonias importantes. Dijo que pensaría la propuesta y que era el momento de comer. Pasaron a una sala más pequeña en la que había asignado un lugar especial para Shen Lo y sus invitados. Entraron los criados y sirvieron los entremeses. Xian, con ayuda de una criada que le ponía la comida en la boca, probó con extrañeza cada manjar de la mesa. Le pareció que eran sus propias recetas, elaboradas por unas manos burdas que desconocían la exactitud de las proporciones, las especias y las texturas, además de las combinaciones adecuadas de cada plato. Llegó el plato estelar y un criado anunció que era cerdo en salsa agria. Hubo un poco de expectación y temor, pero para Shen Lo sólo era una buena oportunidad para comparar el cerdo que había probado Xian y el que se le traía de su propia cocina. Sin tardanza lo probó y, a pesar de que era casi igual, dijo que el de Tai era un poco más sabroso. Fung pidió disculpas y aseguró que el suyo era mejor, que se llamara a alguien con buen paladar que desconociera el guiso para determinar de quién era el mejor plato. El emperador mandó a una de sus amantes que siempre le decía el sabor de las cosas y Shen Lo estaba convencido de que ella era la única persona capaz de dar un veredicto certero.

Llegó la mujer un poco encamorrada por la interrupción de su descanso. Le pidieron que hiciera la degustación. Hizo gárgaras con agua tibia y le pusieron dos platos iguales. El de la derecha era de Xian y el de la izquierda de Tai. La mujer se vio en serias dificultades porque, a pesar de que, sí tenía un buen paladar, pero no podía determinar cuál era mejor. Hizo bastantes degustaciones lentas y al final dijo que la única diferencia era que el de la derecha tenía carne más suave y el sabor perduraba un poco más en la boca. Para comprobarlo, el emperador quiso que cada cocinero describiera su método y así se podría descubrir en qué consistía la diferencia. Mandaron llamar a Tai. Entró con pasos lentos y actitud suprema. No les puso mucha atención a los invitados del emperador al principio y se preocupó más en hacer una genuflexión y expresar sus respetos al monarca. De pronto, vio a Da Fong y se detuvo en la cara de Lu. Sus ojos se encendieron con un fuego demoniaco. Quería abalanzarse sobre él y matarlo. Hizo un esfuerzo sobrehumano para contenerse y cuando ya no pudo más avanzó, pero oyó la pregunta que le hacía Shen Lo sobre la elaboración del plato de cerdo. Tai respiró con fuerza y se concentró. Enumeró los ingredientes y describió los métodos de elaboración. A Xian le temblaban las piernas y si hubiera podido gritar lo habría hecho con todas sus fuerzas. Da Fung estaba también desconcertado, pero era por que se sabía la receta de memoria y no daba crédito a lo que oía. Algo no encajaba y dudó de Lu, pensó que era un vagabundo embustero que se había robado las recetas del palacio y que por eso le habían cortado la lengua y lisiado las manos. Iba a realizar la acusación y al ver el rostro de su acompañante lo comprendió todo. Tenía espuma en la boca y los ojos desorbitados. Su expresión era de odio e impotencia. Fung tuvo una corazonada y trató de idear algún plan para salvar el pellejo porque Shen Lo llegaría a la conclusión de que se le quería timar.

“Respetable soberano—dijo poniéndose de rodillas—. Es muy probable que el plato sepa igual y que haya sido elaborado de la misma forma porque está hecho con la técnica de preparación de las tradiciones del Noreste de nuestro país. Le propongo que ponga a prueba las capacidades de los cocineros elaborando un plato del cual solo ellos dos y usted conocerán el nombre y mañana aquí a esta hora veremos quién es mejor”.

Tai estaba muy enfadado y trató de emplear la estrategia que había funcionado con Huo y Mo. El emperador estuvo a punto de ser poseído por esa desconfianza que tan bien manifestaba Tai, pero recapacitó y dio la orden de que Tai y Lu se acercaran. El primero en oír el nombre del platillo fue Tai y salió rápido para no sufrir más el enorme deseo de matar a Xian. En su cabeza se comenzaron a acomodar las piezas de un plan para eliminar a los visitantes. Se fue a ver a los guardias. Lu escuchó el nombre del plato que tendría que preparar para el día siguiente, no había despegado los ojos de Tai y supuso que desde ese momento su vida y la de Fung estaban en peligro. Salió en compañía de Fung y le explicó con gestos lo que pasaba. Por desgracia, su compañero no le entendió y dijo que tendrían que ser muy cuidadosos porque la actitud de Tai era muy extraña. Salieron del palacio y Fung respiró con alivio. Sabía que había salvado la cabeza. De pronto se sintió muy agotado y cuando llegó al sitio donde pasarían la noche hizo un recuento de todas las personas que había visto en el trayecto. Sabía que lo habían seguido y que debía velar por su seguridad. Les dijo a sus criados que no perdieran de vista a las personas que les parecieran sospechosas y que se turnaran para hacer guardia. Cuando se encontraron solos Xian comenzó a escribir. Así Fung se enteró de la gran desgracia de su cocinero. No podía creer la historia, pero al ver a Lu inválido y mudo tuvo que aceptar la realidad. El comerciante le prometió a Lu que se vengarían del traicionero Tai, pero que antes debía decirle cuál era el plato que debían preparar para el día siguiente.

Como estaban vigilados todo el tiempo y les era muy difícil mantenerse libres del acoso de los espías y soldados que había mandado Tai, Lu tramó un brillante plan. Vistió a uno de los hombres de Da Fung de mujer y lo envío a un sitio en el que elaboraría el plato con los secretos de Lu, mientras tanto en la cocina de la casa en la que estaban anunciaron que prepararían “buey picante”. Seguro de que Tai le robaría la receta, Xian dictaba a sus ayudantes los procedimientos de la elaboración. Lu lo repitió dos veces el guiso y los enviados de Tai le enviaron la receta muy bien descrita. Se hacía hincapié en la forma de agregar el anís, la soja y el ajo. También el tratamiento para suavizar la carne y quitarles las flemas a las cebollas.

XIX

En una casa muy pobre el enviado de Lu comenzó con el guiso secreto. Recolectó plantas silvestres, buscó caracoles de tierra y sacó el aceite y especias que le había dado Xian. La receta iba escrita en un pergamino del que el cocinero de Da Fong no se desprendía ni un minuto. Las personas pobres, muy interesadas en la preparación del estofado, dejaron de curiosear cuando se les agasajó con unos fideos y carne de pollo enviado por Da Fong. Deng el encargado de elaborar los caracoles tenía bastante experiencia en la preparación de los alimentos, pero le costaba mucho trabajo imaginar que los húmedos y terrosos moluscos fueran a convertirse en pedazos de carne de buey. Puso los caracoles en aceite y los dejó reposar varias horas. Luego los frio en grasa de vaca y los dejó en leche, después agregó un grano de anís, un trocito de ajo y alcohol. La leche comenzó a cortarse y cuando ya se había separado la grasa se dejó los caracoles en el suero. Después los puso a cocer a fuego muy lento y comenzó con la preparación de la salsa. Pasaron trece horas y Deng se encargó de que nadie se inmiscuyera en la elaboración. El tiempo apremiaba, así que pusieron todo en cuencos, los cubrieron con telas y los llevaron directamente al palacio donde ya se encontraban Da Fong y Lu.
Xian reviso los cuencos y olió la comida. Su cara se alegró y le dio las gracias a Dong que se puso muy rojo por el cumplido. No lograba aun sobreponerse a la sorpresa. Había esperado mucho, pero ya era testigo de uno de los acontecimientos más importantes en el proceso culinario mundial. Se oyeron unas voces que procedían del palacio y se abrieron las puertas. Fueron conducidos Lu y Fong ante Shen Lo. Estaba acompañado de Tai a quien se le notaba una sonrisa astuta. El emperador anunció que se aclararía la duda sobre quién era mejor cocinero. Quien resultara perdedor tendría que pagar un tributo jugoso de por vida. Al oír esto Da Fong empezó a sudar, pero Lu le acercó su pie y le indicó que no tenía motivos para temer. Tai ni siquiera había dudado en su triunfo, pues sabía que los platillos sabrían igual y argumentaría que Lu y Fung tenían espías en el palacio. Incluso, ya había elegido a los criados que sacrificaría para la ocasión y experimentaba un poco de impaciencia.

Llegaron de la cocina del palacio unas mujeres que le entregaron un cuenco al emperador. Cubrieron sus ropas con unas telas blancas para evitar que se manchara. Probó la carne y la saboreó porque realmente estaba rica. Por consejo de Lu, Fong le preguntó a Shen Lo que dijera cuáles eran las peculiaridades de la carne. Shen Lo dijo que la carne era muy suave, que tenía un asombroso sabor picante y que el aroma de anís despertaba la imaginación, que había sentido al masticar que el jugo de la carne producía un cosquilleo parecido al del alcohol. Le toco su turno a Dong, es decir a Gölög, como se dirigía el emperador a Lu. Este le llevó los cuencos y le entregó dos palillos. Antes de comer, hizo la observación de que el había dado la orden de preparar buey en salsa picante y no caracoles. Los tres visitantes le dijeron, cada uno, a su modo, que no se fijara en la apariencia y que se concentrara en el sabor. Shen Lo cerró los ojos, como lo había hecho con la carne de Tai y comenzó a masticar. Su cara era de asombro, pues en su boca sentía el mismo sabor de la carne de res. Pidió que le mostraran la receta de tal maravilla y le prohibió a Tai que se moviera de su sitio. Dong cogió un pergamino y se lo entregó al emperador. Éste leyó no solo la receta, sino un mensaje. Era una denuncia. Estaban escritas todas las argucias de Tai, pues uno de los hombres de Fong se había filtrado a la cocina del palacio y había preguntado sobre las costumbres del encargado de la cocina. Como era poco apreciado por sus subordinados, sacaron lo malo de su jefe y lo denunciaron todo, sin saber que sus cotilleos, serían plasmados en el pergamino.

Shen Lo se encolerizó porque se dio cuenta de que su pesadez habitual en los días aciagos era causada por las pócimas de Tai. Mandó llamar a unos soldados y arrestaron al impostor. Se dio la orden de que lo ejecutaran,  a pesar de que era corpulento y tenía cara feroz, resultó ser un cobarde desmayándose, antes alcanzó a chillar y maldecir, pero su escándalo terminó pronto. Shen Lo fue implacable con él.

XX

Cuando se corrió la noticia de lo sucedido, la gente se puso alegre. La atmósfera del palacio perdió ese magnetismo tenso que había dejado tiesos a los sirvientes por mucho tiempo. Akame se enteró de todo y sintió curiosidad. Pidió que la condujeran a donde se encontraban Da Fong y sus acompañantes. Le fue imposible verlos porque el emperador les asignó tareas. Da Fung sería un miembro del consejo de comercio y Lu el nuevo jefe en la cocina. Como si fuera un hormiguero invadido por el enemigo, el palacio cobró vida. La curiosidad abrió puertas e hizo correr un murmullo por todos los pasillos. Akame por fin supo que un hombre manco, pero de buen aspecto sería el nuevo jefe de la cocina. Sin poder comprender lo que significaba su libertad, Akame decidió hacer lo que había pospuesto tanto tiempo, salió en secreto de palacio y se fue a buscar a su hijo.
Llegó al atardecer de día siguiente al pueblo y le dijeron que nadie conocía a un niño de nombre Bian Fu. Akame pasó la noche en su vieja casa que estaba abandonada y se levantó por la mañana para emprender la búsqueda de nuevo. No se alejó mucho de la casa porque vio a un niño acompañado de un perro. Estaban comiendo algunos desperdicios y al levantar la cara Bian reconoció el rostro de la mujer que había visto en sueños. Se le acercó y la miró sin entender nada. Ella le preguntó su nombre y él no respondió, estaba impresionado por la aparición, entonces el instinto maternal hizo que Akame pronunciara un nombre. El niño movió la cabeza y Akame corrió hacía él. Le empapó el pelo con sus lagrimas y lo besó.

En el palacio Lu se enteró de la tragedia de su familia. Sabía que Jo lo había engañado, pero había guardado la esperanza de encontrarlos vivos. Lo único que lo salvó de morir o volverse loco fue saber que Akame estaba bien. La buscó, pero le informaron que había escapado el día anterior. Sin tardanza fue a hablar con el emperador y le explicó que tenía que salir. Se le proporcionó un carro y tres guardias. Fue hasta el pueblo y se dirigió a su casa. Lo ayudaron a bajar del carro y entró de prisa. Encontró a Bian Fu y Akame haciendo limpieza. No lo reconocieron. Lu se acercó a Akame y cayó de rodillas. Estaba deshecho por el efecto de las emociones. Ella le hizo muchas preguntas, lloraba sin saber cuál era la condición de Xian. Él abrió la boca y emitió un sonido Akame presintió que era obra de Tai y se quedó tiesa. De pronto se acercó Bian Fu y los abrazó. Estaba feliz de recuperar a sus padres. Unas horas más tarde los tres volvieron al palacio. Xian iba feliz pero sus ojos estaban muy hinchados. Akame y Bian Fu iban abrazados cantando una canción. El viento comenzó a soplar y miraron el cielo. “Va a llover”—dijeron Akame y su hijo—. Entonces le cayeron tres grandes gotas en la cabeza a Lu y Akame y Bian lo abrazaron para protegerlo del agua.


FIN