miércoles, 28 de mayo de 2014

La boda


Trampero



En esta nueva era del con, entre, junto a y después de la literatura; intento escribir un cuento. Sin embargo, cuando lo empiezo estoy junto a Kafka, Poe, Maupassant o Chejov que me atosigan con consejos, mientras, la voz de Monterroso me apremia limitándome el espacio. Surgen divergencias y peleamos a grito abierto. Sartre dicta consignas que rechaza Camus, hasta Freud nos mira y toma notas. ¿Jung? Se ríe. De pronto, el importante personaje de mi historia comienza la narración, sin miramientos, de principio a fin, guarda el papel y nos deja tiesos, atorados y presos en la discusión.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


domingo, 25 de mayo de 2014

El artista retirado

Fue plasmando las palabras como lo hacía con las pinceladas: definiendo los detalles, dándole tonalidades a  las partes expuestas a la luz y ensombreciendo las zonas ofuscadas, su mano, que ya había escrito millones de garabatos cambió la perspectiva, el contraste, la composición por la abstracción de los signos. Logró hacer lo que no había logrado nunca: materializar sus ideas. Sin embargo, se decepcionó porque sus manuscritos expresaban más de lo que se podía mirar y sus cuadros menos de lo que quería imaginar. Fue por eso que dejo de soñar y, frustrado,  tiró su paleta con pincel y pluma.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


miércoles, 14 de mayo de 2014

Vindicar a Lada


Se sentía incomoda en la estrecha butaca en la que estaba sentada. Por causas adversas a su voluntad se encontraba ahí, sola y a la espera de que algo cambiara su destino. No tenía dinero para pagar el pasaje a ningún lado, por eso los anuncios de las salidas de los próximos autobuses la tenían sin cuidado y los viajeros que corrían o los que estaban sumidos en la eterna espera eran imágenes vagas a su derredor.

Tenía una sensación de ira frustrada y el sentimiento de odio se le mezclaba con el de la incertidumbre, lo que provocaba que estuviera sumida en su interior tratando de discernir la calidad de sus  emociones. No era la primera vez que tenía problemas, es más, había superado cosas peores en la vida, sin embargo esta vez era diferente. Era como si algo se hubiera germinado dentro de su vientre. Pensó que eso solo le habría podido pasar allí porque la tierra de la que provenía era estéril en este tipo de cosas. El frío brutal de los inviernos congela hasta el espíritu, sin embargo de este lado de la Tierra el calor daba pie al surgimiento de cosas desconocidas y fue así como surgió ese insoportable deseo de venganza.

Pasó toda la noche encajonada en su pequeño sitio, desconocía el idioma y no tenía ganas de hacer mimos para que le regalaran un café o le mendigaran un gesto de aliento y comprensión. Trató en vano de conciliar el sueño y solo logró sumirse en un sopor que la aisló del ruido y de la gente por algunos minutos.
En sus ratos de inconsciencia resurgió una imagen que estaba oculta por el velo del olvido y sintió el dolor moral de entonces. Otra vez, las ásperas manos de un obrero rudo la aprisionaron y la zarandearon, de nuevo sus piernas se llenaron de moretones y manchas rojas, y su bajo vientre quedó empapado de los fluidos irracionales del agresor animal. Habían pasado unos veinte años desde ese día, pero recordó que se había sentido más que humillada, desolada; abandonada  en las peripecias de la vida; indefensa e impotente, a pesar de la justicia celestial.
Al hacer un resumen de su existencia se dio cuenta de que la vida la había tratado igual que ese desconocido que al salir de la fábrica la vio y la ultrajó. Todas las cosas buenas o malas que había hecho le habían traído solo reproches, ya fueran ajenos o propios. Quiso llorar pero no encontró la fuerza suficiente.

Por la mañana, llegó Adolfo, todavía borracho y con una botella de cerveza en la mano. El guardia no lo dejó entrar a la estación de autobuses con la bebida y lo obligó a tirarla en un contenedor. Una vez que se deshizo del guardia se fue a buscar por las salas de espera  con la firme convicción de que Lada lo esperaba. No la encontró, pero en un descuido pisó una maleta a medio hacer y la reconoció. Era la misma que él había aventado al maletero de su coche la noche anterior. Levantó la vista y a lo lejos descubrió la figura de una mujer  clara y delgada muy conocida. Cogió la mochila y se fue hacía ella.

Cuando se encontraron se miraron con rencor, él le pidió disculpas por la escena de la noche anterior y la subió en vilo a su camioneta. Ella quería hablar pero estaba muda. Había perdido temporalmente el deseo de comunicarse, él en cambio, comenzó a justificarse y disculparse por las ofensas con las que la había atosigado.  
Lada pasó todo el día tirada en la cama, durmió profundamente y por la tarde despertó con una resaca moral y un sabor desagradable en la boca. Adolfo, que por alguna razón se sentía muy excitado,  le propuso que fueran a cenar y que tratara de olvidar la discusión. Le explicó que todo era producto del alcohol y que sentía realmente amor por ella, pero que él mismo no sabía cuál era la causa de sus estallidos de furia en los momentos de embriagues, le pidió apoyo y consejo.

Cenaron  en un lugar muy popular y concurrido. La alegría de las personas y la música romántica del trío que les dedicaba canciones a los comensales  lograron neutralizar la tensión que los mantenía separados. En un momento vieron enlazadas sus manos y el contacto de sus labios les devolvió la pasión. Decidieron ir a la playa al día siguiente. Pasaron la mañana tomando el sol, ella leyendo alguna novelita de la colección de libros de bolsillo y él razonando sobre su destino.

Adolfo tenía un carácter recio, sus conceptos estaban muy arraigados por la tradición. En su familia siempre había contado con el apoyo de su padre y, en algunos aspectos, había servido como ejemplo a sus hermanos. Tuvo la suerte de nacer con un sentido común para las ciencias, fue por eso que se dedicó al estudio de la física, obtuvo una beca para cursar una carrera en el extranjero y gozó del apoyo de personas influyentes en el campo de la investigación. El mismo se vanagloriaba de ser un erudito de las ciencias exactas y usaba ese recurso para intimidar a las personas que osaban contradecirle en algo. Para él era fundamental tener un papel que avalara la formación académica de la persona, en caso contrario, ésta perdía mérito  e importancia porque la falta de estudios, era sinónimo de fracaso, vagancia y mediocridad.

 Era insensible a los principios morales y espirituales de algunas personas. Su razonamiento práctico y experimental lo cegaba en el momento en que tenía que definir alguna cualidad emocional de sus amigos o las personas  que estimaba. Tal vez, lo desorientaba  no poder encontrar un teorema que descifrara con exactitud las razones por las cuales una mujer se entregara con abnegación en el  sexo para luego exigir con demasiada persistencia valores o compensaciones materiales. Otro aspecto que lo hacía dudar era el hecho de que sus amigos compartieran con él algunas ideas superfluas y lo contrariaran en las que él concebía como primordiales.  Creía que el amor era una serie de sentimientos que se debían expresar siempre, de forma incondicional y con sinceridad; que una persona que lo amara podía solventar los insultos durante una borrachera porque solo eran parte de un momento de demencia provocada por la bebida; y que la critica tan demoledora y ofensiva a la que sometía a sus interlocutores era solo una invitación al razonamiento. Que no se le entendiera lo sacaba de quicio y, luego, pasaba horas y horas dándole vueltas a las mismas ideas rancias.

Llegó el día de la partida de Lada a Europa, la acompañó a coger el avión y se despidieron con la esperanza de volver a encontrarse en la primera oportunidad que surgiera. En el momento del beso de despedida a ella le molestó un pequeño dolor en el  pecho, en cambio él sintió la misma satisfacción  del choque de su cuerpo contra la espalda desnuda  y sudorosa  de Lada en los momentos más trémulos de su enroscamiento corporal.

En varias ocasiones Adolfo la llamó para proponerle matrimonio y llevar una vida tranquila rodeados de hijos, cumpliendo con los deberes de la familia, gozando de un  hogar en una vida colmada de amor. Lada se negó y provocó que su pareja se viera acosada por una telaraña de dudas, resentimiento y remordimientos de conciencia.  No podía entender cómo una mujer con tanta necesidad y problemas económicos se negara a cambiar su precaria vida por una más lúcida y feliz. Lo tomó como algo en su contra, trató de aclararlo por teléfono pero al final comprendió que solo discutiéndolo cara a cara, sabría la verdad.

El error más grande que cometió fue coger un avión a Moscú en  vísperas de la Navidad porque esa decisión marcó el paso definitivo de la ruptura. Al llegar al aeropuerto le llamó a su móvil y le informó que se encontraba alojado en un hotel céntrico, que en la primera oportunidad que ella encontrara podía ir a visitarlo.
En esa época del año hay mucho regocijo en las casas y poco en las calles, a pesar de la alegría con que se engalanan los árboles, los centros comerciales  y las fachadas de los grandes edificios.  Los aposentos del arte, la música y la actuación permanecen cerrados. Además, conforme se acerca el Año Nuevo, la gente va perdiendo el deseo de salir de casa y encontrarse con los amigos. Los únicos indicios de vida son los centros comerciales o los restaurantes dónde se celebran las fiestas corporativas de algunas empresas, pero son los únicos sitios donde se notan los latidos de vida de la ciudad.

Adolfo era muy aficionado a la vida nocturna y la pasividad en la que se veía envuelto le aturdía. Había hecho un viaje de más de 15 horas en avión solo para estar metido en su habitación del hotel esperando que alguno de sus conocidos dejara sus compromisos familiares o laborales para reunirse con él. Llamó con insistencia a Lada, hasta que ésta cedió y llegó al hotel. El reencuentro fue más pasional y salvaje de lo que esperaban los dos. Estuvieron dos días seguidos sin darse tregua ni oportunidad de descanso. Cuando se liberó todo el deseo contenido que habían soportado algunos meses ya no tuvieron de que hablar y decidieron emprender una avanzada sobre la ciudad. 
Lo único que encontraron abierto fue un club en el que bellas modelos fracasadas bailaban striptease. Al entrar Adolfo se vio asaltado por una sensación de nostalgia, pero se apresuró a la barra del bar para pedir una botella de champán y mitigar los recuerdos. Con rostro impasible miró el espectáculo y se dedicó a colmar de atenciones a Lada que miraba con curiosidad las acrobacias de los cuerpos desnudos en el escenario.

A ella también le gustaba el baile y de hecho, trabajaba ejecutando danzas orientales en un restaurante de mediana calidad. Fue por eso que le llamó la atención una rubia que realizó su número con la gracia de una negra. A causa del estrecho espacio con que contaban los clientes en la barra, era necesario pedir disculpas o permiso de forma paulatina, de tal modo que la rubia de los velos al acercarse y pedirle una bebida al barman le plantó en plena cara los pechos a Adolfo, quien perdió el control, la abrazó y le sacó conversación. Lada aprovechó la situación para comentar algo sobre la capacidad que se debía tener no solo para bailar, sino sentir y expresar la sensualidad que despierta la música árabe tanto en el que oye como en el que baila.

Adolfo estaba muy a gusto con la charla y al notar que otras bailarinas reparaban su atención en él, dejó de tener reparos y volvió a ser como siempre. Sacó toda su hombría de macho conquistador, les metió mano a todas las mujeres que tuvo al alcance y se lució engalanandolas con los piropos más ingeniosos que conocía.

Tres horas después, ya en el hotel, Adolfo cometió de nuevo el error de dejarse llevar por su egoísmo y soberbia. Echó de nuevo a Lada de su habitación pero esta vez ella sabía que estaba en su terreno y salió con la fuerte convicción de volver para terminar la partida con una jugada magistral.

Liberada de la sensación de las falanges huesudas y frías de la vida, olvidó esa sensación de derrota y logró superar sus complejos. Llegó más allá de sus propios límites y comenzó a tejer la red en la que atraparía a su presa. No en balde había cogido ese embrión de tierra caliente y sabor picante. Ahora lo iba a usar para fulminar a su contrincante, sería la culminación de su tortura y marcaría el paso a la liberación total. Las manos ásperas y las contusiones del alma que la habían fustigado tanto desaparecerían pronto.

No tuvo que esperar mucho porque su presa fue directa al matadero con actitud inocente y franca.

Ya en México, Adolfo la llamó para disculparse por vez consecutiva y le pidió de favor que hiciera un pago por algunos miles de dólares a una empresa con la que él estaba haciendo unas transacciones comerciales. Lada, que terminó de elaborar su plan de venganza en ese momento, le ofreció su ayuda incondicional, le mintió diciéndole que también lo amaba y que estaba deseosa de verlo, que viajara a Moscú o que la invitara a México lo más pronto posible para unirse para siempre.

Surgió una nueva imagen de Lada. Aligerada de las penas que la habían opacado, con un rostro sonriente y la figura de su cuerpo mejor delineada se ganó las miradas de algunos transeúntes curiosos, incluso alguno le sacó conversación, pero Lada había cambiado, tenía los medios para embellecerse y darse el lujo de rechazar todas las proposiciones. Compró una cajetilla de cigarrilos y, aunque no fumaba, se dio el gusto de completar su aspecto de mujer fatal. Muy lejos de allí, en una ciudad del noroeste de los Estados Unidos Mexicanos había un hombre que seguía esperando noticias de su bailarina a quien estaba acostumbrado a sobajar y humillar, pero por desgracia la falta de pistas que pudieran ayudarle a encontrarla le había agriado el espíritu, su alma era un arbusto rebosante de espinas venenosas producto de la semilla de la vejación y los reproches de la conciencia.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler













miércoles, 7 de mayo de 2014

Dualidad Femenina


Cuando por fin se liberó de la opresión a la que había estado sometida durante algunos años, experimentó una extraña sensación de alivio provocada por la libertad. Pudo saborear de nuevo la vida, su ser sufría una transformación completa porque los pies se le aligeraban a cada paso, su cuerpo se sentía redimido, era como si la enorme coraza gris opaco que había llevado a cuestas día y noche, de pronto, se hubiera resquebrajado y estuviera cayéndose en pequeñas costras a su alrededor. Respiró profundamente y dejó que el aire tibio con olor a lluvia anegara sus pulmones, de su espalda se desplegaron dos enormes alas lepidópteras imaginarias y empezó a ascender.

Durante su vuelo recordó el primer día que se encontró con Nai Baf, quien apareció ante ella con una expresión abrupta de negociante Iraní y la miraba con asombro, deseo y mucha persistencia.
Por aquel entonces, ella era una simple estudiante de la universidad que tenía grandes planes en la vida pero avanzaba muy lentamente en el camino que se había trazado. Hasta ese momento se había dedicado sólo a cultivar su conocimiento y sentía, por intuición, que se estaba gestando la siguiente etapa de su existencia en la que un ser como Nai Baf, con su cara cuadrada, su pasividad y su andar lento y sigiloso, era fundamental para el cambio. Por esa razón,  se dejó seducir tan fácilmente y la poca resistencia que ofreció ante el inminente ataque sexual de su seductor fue solo un pequeño adorno en el juego erótico del amor.

 Él iba ataviado con elegancia, movía las grosas manos como si fueran monolitos, hablaba con mucha seguridad y ritmo firme, acompasado, rico en expresiones de alabanza y sumisión. La invitó a salir, le mostró cosas nuevas que excitaron su curiosidad. Al poco tiempo de salir juntos, ella se le entregó sin reticencia y Nai Baf le reveló los principios básicos que consideraba fundamentales para la vida de una pareja: “La mujer se entrega recibiendo”,-Le decía.

 En ocasiones, cuando él se quedaba eréctil pero estático, le preguntaba si sabía que el erotismo era la violencia generada por la necesidad de reproducirse;  que entre más durara el juego de la seducción, el deseo de posesión por parte del otro era más fuerte. Ella entendía las palabras, mas no así,  el significado. Lo que la convencía en su discernimiento era que las ideas de Nai se le enterraban en lo más profundo del corazón y germinaban confianza, sin embargo entre más certeza tenía de las cosas, más lentas se volvían  sus acciones.

Un día se sorprendió al descubrir que estaba tan impasible como Nai Baf, a pesar de que su cuerpo estaba desbordante de sudor y su corazón se agitaba como una hoja sacudida por el viento de una tormenta. Esto la desconcertó,  pero de nuevo vinieron las palabras de Nai en su ayuda para recordarle que la reproducción es el principio del final, que el procreador al originar a otro ser semejante, empieza su camino hacía otra vida, hacía otro mundo de dimensiones abstractas y superiores. Era feliz pero notaba que con el paso del tiempo se hacía cada vez más pasiva, lo que había ocasionado que su cuerpo se transformara, pero en lugar de ganar peso y ensancharse, había perdido lastre y se había moldeado con bellas  formas y envidiables proporciones, sin embargo esto no la había hecho más ágil, por el contrario se sentía más lenta e inactiva que nunca.

Avelith se esmeraba en el arreglo personal, pero a pesar de eso pasaba desapercibida ante los hombres y esto le causaba desagrado porque algo dentro de ella se removía y la cuestionaban su vanidad y amor propio. Aunque tenía una buena posición social, se relacionaba con personas importantes y su pareja era un hombre bastante influyente, algo no la terminaba de satisfacer.  Lo descubrió de forma inesperada y, por extraño que parezca, solo ella lo notó. Estaba en una fiesta, llevaba un hermoso vestido blanco con holanes y adornos de esmeralda para resaltar lo divino de sus ojos y su perfil afilado, de pronto se acercaron unas persona a conversar con ella y Nai Baf que se sentía un poco incomodo en un espacio tan extenso, se plantó junto a ella y sostuvo una conversación de alta conceptualización filosófica que aburrió muy pronto a los interlocutores.

El fenómeno que le causó tanto nerviosismo fue que en su vestido no se reflejaba la luz del sol y la única luminosidad provenía de las personas vestidas de color negro que la rodeaban. Era muy raro que la parte nívea de su elegante prenda fuera ensombrecida con un círculo de tizne oscuro cuando Nai, quien llevaba un traje de color muy claro, hacía contacto con ella. Se fijó en una mujer morena que estaba a su lado para saber si podía descubrir en sus ojos la desaprobación por la enorme mancha oscura, pero no había en ella más expresión que la del aburrimiento, entonces se le acercó y le susurró al oído la pregunta de si se le notaba mucho el oval gris, pero para su sorpresa, la mujer respondió que no había visto nunca un vestido tan blanco como el suyo. Intrigada por la duda probó cambiarse de posición y mirar el efecto que producía Nai en las otras personas y descubrió que a todos les opacaba los tonos de su vestimenta, pero que eso les pasaba desapercibido a los interlocutores y ella era la única que lo notaba. A partir de ese día era víctima de interminables controversias. 

Comenzó a sumergirse en la mentalidad de Nai Baf y descubrió que su prometido se encerraba en sus conceptos y era muy difícil motivarlo al cambio, además era imposible verlo improvisar algo, no daba ningún paso en falso y, lo más alarmante, tuvo conciencia de que era arrastrada hacía una vida encajonada en un reducido espacio de conceptos y conductas autómatas. En todos los aspectos Nai era un hombre ejemplar, puesto que había logrado amasar una pequeña fortuna, era sociable, metódico, amable y su aspecto firme influía en las personas tranquilizándolas, incluso se podría decir que las anestesiaba para que no sufrieran de preocupación, turbaciones  o estrés.
En ocasiones Avelith sentía un aroma terroso y húmedo que venía acompañado de una extraña palabra que oía en sus sueños.

 A veces veía la confusa figura de un hombre que le decía muy suavemente que se tenía que liberar del bombyx mori  buscando anís. Ella no comprendía nada en absoluto pero de forma inconsciente la inquietaba el licor matalahúva que era la única bebida alcoholica que podía ingerir y al final de cada comida se tomaba una copita o, a veces dos, para asentar los alimentos y favorecer la digestión.

Un día en un restaurante cuando se encontraba leyendo sintió la vibración fuerte de unas hélices invisibles, el aire la estremecía y le parecía que algún depredador de hembras la amenazaba. Buscó entre los clientes al que le producía semejante trastorno. Con una mirada amenazadora, protegida por unas gafas rojas, se fijó en un hombre larguirucho que la veía con demasiada insistencia. Él tenía una nariz ganchuda enorme y unos ojos hipnotizantes que ejercían sobre ella un efecto estresante, sin embargo tenía ganas de que él se le acercara y la envolviera en una conversación que ella presentía alegre, seductora  e interesante. No supo como se vio inmiscuida en una charla interesantísima llena de consejos, piropos y opiniones que jamás se había imaginado que pudieran despertarle tanto interés.

El hombre se llamaba Erías y era el modelo opuesto de Nai Baf porque mientras éste último era con ella cerrado, conservador, pasivo, terrenal y previsor; el otro se caracterizaba por ser antagónico a esas características. Pasaron una hora hablando de todo y al final quedaron de encontrarse una semana después.

 En los días siguientes fue muy duro soportar los ratos de intimidad con Nai porque estaba sedienta del placer que le prometía la vertiginosa y desconcertante vitalidad del otro. Mientras el pesado y pasivo Nai permanecía sobre ella durante una interminable cantidad de horas silenciosas, ella se imaginaba un galope violento, sudoroso y agitado con Erías, sin embargo al contener su excitación ocasionaba que su parte más sensible se contrajera formando un yugo que apresaba a Nai, quien por su parte experimentaba un placer creciente y delirante que lo estimulaba a inmovilizarse más. A pesar de la larga quietud de los  encuentros con Nai Baf, quedaba satisfecha porque se imaginaba con su futuro amante y ocultaba las sacudidas amancebadas de su bajo vientre en el estiramiento de su pareja.

El encuentro fue en un pequeño hotel de lujo. Ella llegó engalanada con un vestido amarillo con manchas naranja y un sombrero que hacía juego con los zapatos y el bolso. Él llevaba un traje verde olivo con tonos plateados. Se fueron a tomar un aperitivo y sin demorar el momento de la fusión se acostaron en el enorme aposento de la habitación. Las sábanas testificaron los giros vertiginosos de Erías, las volteretas y caricias que produjeron en Avelith un mareo sensual y ardor. Ella descubrió que había recobrado el movimiento, que la zanja en la que había permanecido con Nai, se abría y la luz del sol volvía a brillar. Brotaron dos enormes alas arrugadas en su espalda, luego se desplegaron grandiosas y al sentir la tibieza de la luz comenzaron a moverse, entonces ella desnuda de su coraza gris emprendió su primer vuelo en busca del polen de las flores, su probóscide se extendía y sus antenas le avisaron de la peligrosidad de Erías, por eso se precipitó hacia el cielo encontrando el aire fresco muy reconfortante, miraba el paisaje con tanta curiosidad que sus ojos se agrandaron y se hicieron compuestos.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler