miércoles, 29 de marzo de 2017

Cita a ciegas

Estaba esperando que algún empleado le atendiera, había bastantes clientes y el trabajo se había retrasado por una pequeña avería en la cocina. Hacía unos minutos el maître le había comunicado que se tardarían en tomarle su orden, pero que tenía a su servicio el bar y la bebida que pidiera sería por cortesía de la casa. Se decidió por un vino tinto y miró sin interés la carta. Por lo regular, elegía la carne, pero esta vez se le despertó la curiosidad por los mariscos y el pescado. Vio que los ingredientes y elaboración del filete al ajillo no estaban nada mal. La espera se había alargado mucho, ya no había nada más que ver en el menú y le habían servido ya, dos copas. Cogió el libro que tenía sobre la mesa y le echó una ojeada. Se lo había comprado, al pasar por la librería que le quedaba de paso, porque había visto un remate anunciado en el escaparate. Se acercó a curiosear entre el bulto de libros y se encontró una novela breve que le habían recomendado hacía mucho tiempo, pero que, por razones tontas o infundadas, no la había leído. Esta vez el ejemplar saltó de inmediato delante de él, como si lo hubiera estado buscando durante mucho tiempo. Al abrirlo escuchó las casi desvanecidas palabras de Mauricio:

 “Lee ese libro, Raúl, te va a encantar. Cambiará sin duda tu forma de ver la vida y el amor. Está muy lejos de ser un recetario, pero le ayuda a uno a orientarse en ese laberinto de emociones que surge cuando salimos con una mujer”.

Por haber relacionado el título con un libro erótico, no lo buscó nunca y postergó su compra. Nadie tuvo el atino de regalárselo en un cumpleaños y él lo evitó por completo. El escrito no contenía más de ciento cincuenta páginas, la letra era más grande de lo habitual, por lo que la lectura se hacía rápida y amena. Estaba presentado como un cuento infantil, pero sin dibujos.  El autor había puesto su seudónimo, pero Raúl sabía por Mauricio que se llamaba Charles Chrome y no Charlomé como estaba escrito en el empastado con letras góticas doradas. Leyó algunos pasajes al azar, sacó el dinero de su bolsillo y se fue a la caja, miró el reloj y el rugido de sus tripas le indicó que era la hora de almorzar. Era sábado, por eso se lo tomó con calma y caminó hasta el restaurante donde acostumbraba ir para matar un poco el tiempo. No tenía compromisos, estaba solo, tenía un buen empleo y disfrutaba de la vida complementándola con actividades interesantes de ocio.
Miró el empastado blanco, abrió la quinta página y comenzó a leer.

“Una mujer llega a su cita, lleva retraso y está un poco agitada. Entra buscando a alguien. Se le acerca un camarero para conducirla a una mesa, pero ella señala un sitio y es conducida hasta ahí. Recibe el menú, le ofrecen una bebida por cortesía de la casa, se niega al vino y pide un mojito, pero sin alcohol. El camarero trata de ocultar su sonrisa bajo el espeso bigote, pero sus dientes lo delatan. Trae la bebida bastante rápido. Ella respira con más calma y su rostro atractivo empieza a recobrar el color, sólo sus mejillas siguen coloradas. Su maquillaje es muy discreto. Va bien arreglada, su vestido olivo es entallado, con un escote triangular y mangas cortas, lleva un medallón, es una piedra glauca que hace juego con sus ojos. Sus movimientos son delicados, aunque sus manos se ven fuertes, es muy esbelta del tronco y sus caderas abundantes. Éstas, por cierto, han llamado la atención de los hombres que la han visto entrar. Ella finge concentrarse en lo que ofrece el menú, lleva el pelo recogido y le cuelgan dos caireles.  Su cara es redonda y su nariz respingona, tiene…

Raúl se da cuenta de que su copa está llena otra vez. Ve la cara poco familiar del camarero, se da cuenta de que es nuevo y le pide una ensalada de verduras para empezar. El sonido de los cubiertos y el tañer de los platos anuncian que se ha reparado el desperfecto en la cocina.  Cae una pequeña lluvia metálica, es la loza que recibe los golpes de los cubiertos. La música ambiental pasa a segundo plano y su puesto lo ocupan los chasquidos y el balbuceo. Coge de nuevo el libro.

…la mirada felina.  Se viste sin lujo y extravagancias, se le nota en los movimientos poco refinamiento, pero nadie la recriminaría por eso. Ha pasado un cuarto de hora y la persona a la que espera no llega. Tal vez ésta ya se encuentre entre los presentes—se dice bajando los ojos—. Pone en la mesa una hoja que ha sacado de su pequeño bolso y lee con atención como si estuviera recordando un poema que deberá recitar después. Lo guarda y respira con fuerza…

Raúl se distrae porque aparece ante él un gran plato con un filete al ajillo que huele muy bien. Corta un trozo pequeño y lo mastica con calma. Le gusta el picor de la pimienta mezclado con el ajo. Ve la superficie del trozo de la merluza y sonríe. Piensa que hacía tiempo tenía que haber probado ese plato. ¿Cuántas cosas había pospuesto en su vida?

…Tiene la mirada baja. Frunce el ceño al mirar el reloj y da un pequeño brinco, levanta la cabeza y mira alrededor, algunos curiosos se quedan inmóviles. Ella se fija en un hombre que está sentado cerca. Su rostro alterna las expresiones de duda y enfado. Se ríe de nervios, sus pensamientos la incomodan. El hombre pone atención en ella, se levanta y va hacia su mesa…

Raúl deja la lectura, busca una servilleta para limpiarse el aceite de los labios, pero no la encuentra—sería un despiste del camarero —se dice mirando hacia la cocina—. Le hace una señal con la mano al joven, que ya se ha dado cuenta del problema, y se acerca a corregir su despiste. Raúl le muestra el chorrito de aceite en su barbilla y recibe una servilleta con el bordado del establecimiento.

…—¿Es usted Elena?
—Sí—contesta un poco enfadada—. Y ¿usted Daniel?
—Sí. Encantado—extiende la mano y espera a que ella le ofrezca la suya, pero no lo hace—. Perdone mi distracción, estaba seguro de que usted me había dicho que vendría con un vestido azul.
—Sí, así se lo había dicho, pero no me fío de los desconocidos.
—Entonces… ¿por qué está aquí?
—Ya lo sabe. Usted ha despertado mi curiosidad, sin embargo, no quería bajar la guardia por lo que me dijo por teléfono. Además, usted no lleva gafas.
—Es que, por desgracia, se me han roto— Daniel saca unas gafas de su bolsillo y las agita en el aire con actitud de niño, ella se ríe.
—¿Lo ve? Usted es un mentiroso.
—No tanto como usted, por lo menos yo me he vestido como le dije.

Raúl cierra el libro y llama al camarero. Pide un flan y un café. Mentalmente se imagina la escena que acaba de leer y le parece absurda, irreal y nada original. Por qué le habría recomendado Mauricio un libro tan tonto. Por quién lo había tomado. Sabía perfectamente que odiaba las novelitas románticas y que tenía un sentido común muy práctico. Miró el flan y sintió un cosquilleo que le llenó la boca de saliva. Le empezaron a surgir ideas, se encaminó por la senda de su experiencia en literatura y su hábito de componer y criticar todo lo que le parecía inadecuado lo llevó a imaginar la escena de Daniel y Elena de otra forma.

—Pero a fin de cuentas sus engaños han comenzado desde que se confundió de número de teléfono, como dice que le sucedió. ¿No son acaso patrañas?
—He de confesarle, querida Elena, que me tomé el atrevimiento de pedirle a su amiga Cristina su número. Luego he tenido que inventar una infinidad de trucos para traerla hasta aquí.
—Como eso de mis documentos extraviados, ¿no?
—Sí, es verdad, pero tome en cuenta que estoy enamorado de usted.
—¡Qué impertinencia la suya! ¿Está loco?
—No, no estoy loco, estoy perdidamente enamorado.
—¿Se da cuenta de lo que dice? Mire, estoy comprometida y no me interesa usted en absoluto.
—Ve, ¿lo ve usted? Es una mentirosa. Estoy al tanto de su vida y su estado sentimental.
—Le pido, por favor, que me dé mis documentos y se vaya por donde vino.
—Elena, me obliga usted a abrirle mi corazón. ¡Quiero casarme con usted! !¿Lo oye?!
En ese momento Elena se levanta y se dispone a marcharse, pero Daniel la coge por el brazo y le pide que se siente. Ella está refunfuñando, obedece, pareciera que echa humo por la nariz, aunque se nota a leguas que todo es pura actuación.
—¿Qué tipo de bicho es usted?
—No soy un bicho raro, sólo estoy enamorado. Ya no puedo vivir sin usted. Desde que la vi no puedo pensar en otra cosa.
—Pues, búsquese otra en quien pensar. A mí no me interesa lo que le pase a usted.

Raúl sintió que le echaban un balde de agua fría en la cara, una ofensa como la que estaba soportando era lo último que le podía hacer Mauricio. Se levantó con el libro en la mano y se dirigió al servicio, tenía la intención de echarlo a la basura. Abrió la pesada puerta de madera, entró y se encontró con su propia imagen reflejada, buscó la papelera y cuando iba a tirar la novela oyó una voz. Buscó, girando la cabeza, pero no había nadie. La voz era un poco femenina. “No lo tires, te arrepentirás después”. Por qué habría de arrepentirme—dijo Raúl mirándose en el espejo—. “Porque tú jamás te habrías atrevido a hacer lo que hizo Daniel para conquistar a una mujer”. Tampoco es la gran cosa. Me vas a disculpar, pero es ridícula la conducta de ese tipo y, por otro lado, a mí qué. Yo no tengo la necesidad de seguir y engañar a las mujeres. Bien lo sabes. “Y ¿No crees que ahí está precisamente el problema? En tu lugar, yo seguiría leyendo. Tal vez descubras cosas de ti. Ya te lo dijo Mauricio…”. Salió con las manos un poco húmedas y el libro en el sobaco. Se sentó y miró a su alrededor. Reconoció a algunas personas que como él, iban a comer ahí los fines de semana. Quería salir y dejar su lectura para ocuparse de otra cosa, pero su conversación del cuarto de aseo lo obligó a seguir con la historia.

—¿No ha sentido amor alguna vez?
—¿Amor? ¿Existe, en realidad? Para que lo sepa, siempre que he sentido amor he sido traicionada.
—Tal vez, y discúlpeme por la sinceridad, usted no sepa qué es el amor.
—Ah, ¿no? Y ¿quién demonios lo sabe? ¿Me lo podría decir?
—Sí. Mire, el amor tiene diferentes fases y edades. Hay materno, paterno, fraternal, espiritual y carnal. Usted le da importancia sólo al último, por eso siente que la traicionan y lo único que ha pasado es que no ha encontrado al hombre adecuado.
—¿Se cree muy listo? Eso que usted dice no tiene fundamentos y los hombres ni siquiera se cuestionan cosas como las que me acaba de decir. Todos quieren sexo y podrían follarse hasta a una escoba con faldas.
—Tal vez tenga usted razón. No la voy a contradecir, pero si lo hacen es porque no se han detenido a pensar en el amor de forma más seria. ¿Me entiende?
—Claro que me doy cuenta de todo. Su estrategia es la peor de todas. Si cree que con eso me va a convencer, está muy equivocado.
—Yo no quiero convencerla. Quiero amarla.
—¡Qué estupideces dice usted!

Raúl esta vez ya no cerró el libro y sólo levantó la vista para ver qué era lo que sucedía a su alrededor, pues alguien estaba gritando y no lo dejaba concentrarse en sus pensamientos. Por alguna razón, las palabras de Daniel lo habían cuestionado, a través de la voz afeminada que había escuchado en el baño, porque él nunca había pensado que el amor se pudiera definir. Sabía que ese sentimiento tenía características, pero si se lo hubieran pedido, lo habría planteado de otra forma muy diferente. Resonó de nuevo la voz femenina, pero ahora con una pregunta. “Y ¿tú? ¿alguna vez has tratado de entender a las mujeres desde ese punto de vista?”. ¿Desde cuál? —preguntó Raúl en voz muy baja—. “Pues interpretando las actitudes, diferenciando los actos fraternales o maternales de una relación amorosa. ¿Lo ves? Eres demasiado práctico y tu razonamiento sirve nada más para resolver los problemas de la oficina, pero no los del matrimonio. Debes ir adelante en el pensamiento. Las cosas no son sólo lo que ves en el instante, encierran cosas y harías bien en prever las consecuencias de tus actos. ¿Te acuerdas de las causas de tu divorcio?”. Ya no quiso seguir oyendo la voz de su conciencia porque le traía malos recuerdos.

—Elena, si usted quisiera podríamos casarnos y vivir felices.
—¿Felices? ¿Cómo puede estar tan seguro?
—Pues, porque estoy capacitado para amar.
—¡¿Capacitado para amar?! Escuche, he oído estupideces grandísimas en mi vida, pero ninguna como esta. Seguro que usted es un anormal.
—Sí, tal vez, pero hablo con fundamento. Si le digo que estoy capacitado para amar, es porque realmente es así. Le voy a decir por qué. En primer lugar, usted sabe que si una persona no se ama a sí misma, sin llegar al egoísmo, claro; es incapaz de amar a los demás. Para lograrlo hay que tener mucha empatía, es decir, meterse en el pellejo del otro y entenderlo. Después, está el principio fundamental de no hacerle al otro lo que no se quiere que le hagan a uno. Eso es el respeto, parte fundamental del amor. Luego, viene algo importante que es conocer a la otra persona. Quién no conoce nada, no ama nada. ¿Sabe que sólo se puede sentir algo por una persona, si se le entiende y se le tolera?
—Bueno, ¡ya está bien! ¿Ha venido a darme mis papeles o a echarme un sermón?

De pronto, Raúl, recordó que jamás se había preocupado por resolver sus problemas internos y había buscado culpar a las mujeres con las que había vivido. También, le había importado muy poco lo que ellas lloraran por causa de su infidelidad e inestabilidad emocional. Era cierto que su atractivo le ayudaba a seducirlas, pero luego tenía una conducta infantil culpándolas de las contrariedades de la vida en pareja. Estuvo atento por si la voz afeminada le decía algo, pero esta vez el silencio no fue quebrantado ni siquiera por los ruidosos vecinos que habían armado una camorra. Estuvo repasando algunos pasajes de su vida y llegó a la conclusión de que, efectivamente, había cometido una gran cantidad de errores al centrarse sólo en sí mismo sin importarle los demás. Descubrió que no sólo no había sido frío con las mujeres, sino que, a sus padres, sobre todo a su madre, les había hecho la vida imposible con sus exigencias y críticas. Vio el rostro de Rosa, su ex mujer, implorándole que recapacitara, que pensara en los años que habían disfrutado juntos. A él no le importó y se fue. No sintió mucho remordimiento. El estómago se le contrajo un poco. Llamó al chico que lo atendía y le pidió un cigarro y una copa de coñac.

—No lo va a creer, pero es una declaración. Le asombrará que le diga todo esto, pero creo que es mejor que engañarla e ilusionarla para que haga castillos en el aire.
—No me importa lo que haga o diga. Entrégueme mis papeles y váyase.
—No lo haré hasta que no me dé el sí.
—¡¿Qué?! ¿Cree que una mujer se va a casar con el primer pelele que encuentre en un café? Está mal de la cabeza.
—Sí, eso lo sé a la perfección, pero si no se casa conmigo no la dejaré en paz.
—Pero, ¿qué no sabe que el matrimonio es una cosa seria y que hay que estar muy enamorado para cometer esa locura?
—Pues, yo lo estoy.
—Pues, yo no. Usted no me atrae lo más mínimo.
—Eso, tampoco es problema. Se supone que las mujeres no buscan la belleza en los hombres. Lo que necesitan es tener seguridad y eso, sí que se lo puedo proporcionar.
—¿Seguridad? ¿Qué tipo de seguridad?
—Pues, la que usted quiera o necesite. Sentimental, económica u otra.
—¿Se está burlando de mí? Yo no necesito nada de usted.
—Elena, ya sé que todo esto es muy raro para usted, pero si se pregunta por qué las mujeres engañan a los hombres se dará cuenta de que tengo la razón.
—No, Daniel, está equivocado. Una mujer engaña a su marido porque deja de amarlo. Nada más simple. No hay amor, no hay cama y se acabó.

Un recuerdo amargo entristeció la cara de Raúl. Llevaba tres copas de coñac y su cigarro seguía intacto echado en el cenicero. La causa del disgusto era Laura que le había puesto los cuernos con uno de los compañeros de la oficina. Le pareció recordar algunos avisos que le habían llegado a través de Mauricio, pero no los tomó en cuenta por su soberbia. Ahora, sabía por ese maldito libro que la razón era muy simple. Él había dejado de proporcionarle seguridad a Laura y ella lo dejó de amar. No fue un engaño, fue un rompimiento que se convirtió en rutina y, al final, no pudo mantener la consistencia por causa del agudo filo que cortó para siempre su relación. Pidió otra copa y se la bebió haciendo grandes pausas. Tenía la mirada perdida, estaba reviviendo su pasado para analizarlo. La voz femenina esperaba paciente para saltar después sobre él.

—Con eso me da la razón, querida Elena. ¿Sabe que una mujer deja de amar a su pareja cuando ya no hay seguridad? Eso, eso que dice usted de forma tan clara, es por causa de la pérdida de seguridad en la pareja.
—Pues, como sea. A mí me tiene sin cuidado su rollo patatero.
—Creo que es el momento adecuado para abrirle mi corazón.
—Ah, y ¿antes era solo bla bla bla?
—No, Elena, le quiero confesar cosas. Primero, le confieso que he tenido varias relaciones. Todas han terminado mal y las causas han sido mi ignorancia y mi falta de paciencia. En segundo lugar, he aprendido a través de mi experiencia y el estudio de la naturaleza del ser humano y, por último, sé que a una mujer como usted le podría dar toda la seguridad del mundo.
—Mire, Daniel, creo que ya hemos perdido demasiado tiempo y sería mejor que lo dejáramos aquí.
Daniel se acercó un poco a ella, la miró con atención y le cogió la mano. La primera reacción fue separarla de inmediato, pero él se la apretó.
—Sé que ha tenido algunas decepciones y que ahora mismo prefiere no relacionarse con ningún hombre, pero si me diera una sola oportunidad se daría cuenta de que podemos vivir juntos.
—No necesito nada. Me voy.
—Sí lo hace no lo solucionará. Sé que en cuanto recapacite comenzará a darle vueltas a lo que le he dicho y después volveremos a comenzar desde cero. Ya se lo he dicho. Estoy dispuesto a todo por unirme a usted y déjeme tutearla, de una vez por todas, ¡caray!
Elena bajó la mirada. Estaba tratando de decidir su futuro. Daniel no era el hombre con quien había soñado, pero era bastante inteligente y le había dicho lo que nadie le había planteado nunca.
—Está bien, Daniel, le doy… es decir, te doy una oportunidad, pero has de saber que soy demasiado exigente y si fallas en algo, se acabó.

Raúl no podía creer que una historieta tan barata como la que tenía en las manos le tocara los sitios más delicados de su corazón. El libraco tenía la virtud de despertarle sus peores decepciones amorosas, las cuales ya creía olvidadas. No se había imaginado mucho a los personajes porque había pocas descripciones físicas de ellos, pero tenía claro que Elena era guapa y sencilla, con un código moral estricto. Daniel sólo inteligente y feo. Sintió una pequeña derrota porque él siempre se había apoyado en su atractivo para conquistar a las mujeres, en cambio este hombre entraba al corazón de las mujeres directamente con su conversación. Se imaginó las escenas siguientes y fue leyendo rápido los diálogos, le interesaba mucho la actitud de Elena. La empezó a comparar con Rosa. Cuando adivinaba sus reacciones o sus preguntas y respuestas, se reía satisfecho y, cuando fallaba, la vocecita femenina le hacía zumbar los oídos. Se dio cuenta de que la cuenta llevaba bastante tiempo en la mesa y que muchas personas se habían ido. Era una hora muerta en la que las mesas se vaciaban antes de recibir el torrente de visitantes que se daban cita por la noche en ese sitio. Sacó el dinero y lo dejó dentro del porta cuentas, luego fue leyendo en diagonal las páginas y se preparó para irse a su casa. Por curiosidad, vio la última página y descubrió que su predicción era errónea, hizo un gesto de decepción al ver la sonrisa de su conciencia y salió cabizbajo. 

En la calle fue dando pasos muy cortos y decidió vagar un rato. Tenía la cabeza embotada, ya iba un poco borracho. Le pareció haber encontrado una solución a sus problemas y la vocecita femenina que le había desagradado durante su estancia en el restaurante, ya no le gritaba y lo miraba con compasión. Vio que una mujer se acercaba. Llevaba un vestido azul y el pelo recogido. Agitaba mucho su brazo izquierdo al caminar y el bolso pequeño que llevaba en la mano parecía un balón para jugar al hand ball, iba montada en unos tacones altos y por eso balanceaba mucho las caderas. Al verla más de cerca, le sorprendió que fuera Rosa. Tembló un poco y trató de improvisar algunas palabras para el momento en que se cruzaran. Ella iba distraída, pero lo vio y su expresión cambió por completo. Se le juntaron las cejas y sus labios se pegaron torciéndose.

“Hola, Rosa—dijo Raúl con sorpresa, moviendo mucho las manos—, ¿qué tal estás?”. Ella solo le echó una mirada amenazante y emitió una especie de rugido. Raúl le abrió paso y se quedó mirando cómo se alejaba, clavando los tacones en la acera, en dirección del restaurante.

lunes, 27 de marzo de 2017

El guionista Di la Rose

Di la Rose era un hombre bajo y un poco afeminado que se dedicaba a escribir guiones para unos famosos estudios de cine. Era feliz realizando su trabajo. No usaba su nombre real y nadie revelaba su identidad, por eso era un desconocido en el mundo del espectáculo, pero los directores no podían vivir sin él. Ese anonimato le ayudaba a meter las narices en todos lados y pasar inadvertido. Su tarea era seguir la vida artística de los grandes actores y pensar en los papeles que se les podrían proponer al terminar tal o cual película.  La última vez había seguido a una famosa actriz, no muy joven, que había tenido que ir con el cirujano y hacer una dieta especial para interpretar a una adolescente. Su trabajo fue todo un éxito y cuando la famosa estrella se preguntó que más podría hacer con su nueva apariencia se acercó un director con un guión de “Algo que se llevó el viento” y se lo ofreció. Firmaron el contrato de inmediato y Di la Rose quedó muy satisfecho porque había escrito el guión para que le quedara como un vestido hecho a la medida. Su olfato no lo había traicionado.

En esta ocasión le seguía los pasos a un artista que tenía pocas películas, pero todos hablaban de su potencial. Se trataba de Donald Peck quien acababa de rodar “Hambre”—basada en la famosa novela de Knut Hamsun— y estaba en los huesos. Donald se había sometido a un crudo ayuno y estaba al borde de la anemia, deseaba comer y hacer cualquier cosa menos seguir sufriendo el martirio de la inanición. Di la Rose tenía ya casi terminado un guión sobre Auschwitz en el que el protagonista sería un filósofo judío disidente. Sabía que Peck leía libros profundos y que en su familia había destacado un pariente lejano en el campo de la filosofía. Conocía todas sus aficiones y su actitud hacia la injusticia. Había planeado toda la trama con vernier hasta el último milímetro y pensaba que no fallaría su plan, sin embargo, Donald declaró que estaba harto de pasar penurias y deseaba hartarse de perros calientes. Fue la primera vez que sus planes se vieron frustrados. El director Luciano Bettoni, que ya tenía reservada una jugosa tajada para Donald por el papel en el campo de concentración, habló seriamente con el guionista y lo amenazó con echarlo de los estudios si no resolvía el problema de inmediato.

Peck descansó una semana completa y comió con voracidad, pero una mañana salió directamente al gimnasio y Di la Rose tuvo que improvisar. Se compró unas zapatillas deportivas y un chándal y se fue a ver qué estaba pasando. Se enteró de que Donald iba a interpretar a un peleador callejero en una película de acción. No pudo contener la risa porque no sabía de qué forma ese raquítico joven iba a sacar los músculos que nunca había tenido. Asistió cada día a la sala de entrenamiento tras el joven que hacía más de quinientas sentadillas al día y levantaba pesos sin descansó. Lo veía comiendo barritas de cereal con miel y chocolate, lo espiaba en los comedores y contaba las porciones de espaguetis que comía, lo seguía a su casa por las noches y se levantaba todas las mañanas para ver los cambios que iba sufriendo el muchacho. Al mes dejó de reírse y su incredulidad le dejó un gesto muy amargo en la cara. Ya estaba claro que Donald en unos meses más sería un luchador fortachón listo para medirse con los perros callejeros de Brooklyn. Peck practicaba con sus instructores y empezaba a dominar los movimientos del boxeo, la lucha y las artes marciales. Di la Rose tuvo la corazonada de que, al momento de terminar su preparación, Donald quedaría ideal para hacer el papel de Bruce Lee en una nueva versión de “Operación dragón”, así que se puso a adaptar la historia y fue a tratar los detalles con el director que lo tenía amenazado por el fracaso anterior. Llegó a un acuerdo con el furibundo promotor y salió de la oficina muy contento. 

En el trayecto a su casa tuvo un presentimiento que lo puso ante el dilema de la inconstancia de Donald. Si éste se negaba a participar en la versión nueva de Bruce Lee y pedía otro rol, ¿qué pediría? ¿en qué tipo de personajes se querría convertir? Dado que había pasado de un hambriento profesor a un luchador callejero, era posible que de buscapleitos se pasara a un papel romántico. Lo que si estaba claro era que el magnífico Peck no continuaba la línea de personajes en los que se convertía, al menos de forma inmediata. Decidió que tendría sus guiones de reserva preparados para cualquier imprevisto y escribiría una historia romántica por si se daba el caso. Bettoni fue a buscar al joven Peck, se llevó la carpeta con el guión de “Operación dragón milenium”. Luciano era un gran experto de la persuasión y descubría pronto los puntos débiles de los actores con los que se encontraba. La mayoría de las veces hacía un ofrecimiento, contaba varios chistes y, al final, hablaba de cantidades de dinero muy seductoras. Aplicó su estrategia con Peck y descubrió que el joven era un hombre muy inquieto y ambicioso y todo lo que hacía era para crear un halo de misterio y temeridad en sus decisiones. Por esa razón se había propuesto hacer diez películas tan diferentes entre sí, para entrar al salón de la fama de la actuación. Era impresionante su determinación. Bettoni descubrió que sus estrategias eran inadecuadas y cambió de método. “Mire, querido Donald—le dijo con una actitud de pontífice dando consejos—, le ruego que me diga qué es lo que desea y le proporcionaré lo que busca. Sólo tiene que decirme qué historia quiere y qué tipo de personaje necesita y se lo haré de inmediato”. 

—Está bien. Ya sabe que he hecho nueve películas, me han pedido interpretar a un futbolista, a un filósofo, a un soldado, a una mujer, a Ulises, a un profesor de escuela, a un torero, a un hambriento y un peleador callejero, pero me gustaría culminar con un héroe fuera de lo común. Deseo interpretar a un guionista de cine.
—Pero, ¿qué no sabe que acaba de salir precisamente una muy buena sobre Dalton…, es decir, Dalton Trombo?
—Sí lo sé. Es por eso que representa un gran reto y podría inmortalizarme si lo hago bien.
—Y ¿a quién interpretaría a Kubrick, Scorsese, Ford, Allen?
—No. No me gustaría interpretarlos. Preferiría que hallara a uno menos conocido en la actualidad.
—Ah, entonces ¿qué tal Ben Hecht?
—No, no, ese es muy grande. Le dicen el Shakespeare de Hollywood, ¿no?
—Sí, así le decían. ¿Entonces?
—Mire, no me interesan ni Antonioni, ni Bergman, ni Mankiewicz. Quiero a uno grande, pero que sea desconocido.
—¿Sabe lo que me está pidiendo? Podría decirme mejor que me fuera a freír espárragos.
—Pues, es usted quien ha venido a verme. Si tiene alguna propuesta, hágala, si no, ya puede irse. Gracias.
—No. Espere, espere —hizo una pausa y continuó— creo que tengo algo.

Betonni estaba tratando de terminar con la enorme lista de guionistas que le pasaba por la cabeza. Iba descartando uno por uno a todos los escritores de cine que conocía y se acercaba al final de la gran hilera cuando le pareció escuchar la vocecita de Di la Rose y sonrió—. ¿Si fuera uno con un sobrenombre, talentoso, con maneras de mujer, pero con un gran ingenio, lo aceptaría?

—Sí, pero ¿existe o es sólo una invención suya?
—Claro que existe, incluso es posible que usted lo haya visto.
—No lo creo. Recuerdo muy bien a la gente que me rodea y a todos los que de alguna forma se relacionan conmigo. No soy un patán como las demás estrellas, ¿sabe?
—Sí. Eso es también una de sus grandes virtudes y espero que no la pierda.
—Bueno, dígame, tiene a alguien o me está haciendo perder el tiempo.
—Sí. Se llama Di la Rose—En ese momento, Bettoni se recriminó por ser imprudente, pues conocía muy bien el carácter de Di la Rose y sabía que tenía que consultarlo primero con él, pues si bien era cierto que lo tenía cogido por el cuello, el talentoso guionista podría ponerle trabas y romper todo tipo de relaciones con él. “No tengo otra salida—se dijo a sí mismo—, querido amiguito. Me vas a tener que perdonar”.
—¿Qué dice?
—Nada, nada. Estaba pensando en voz alta.
—Y, bueno, ¿lo tiene o no?
—Claro que sí. El hombre le va a encantar. Se pondrá en contacto con usted en unos días. Deme hasta el viernes para arreglarlo y comeremos juntos este fin de semana con él.
—De acuerdo.

Bettoni salió aturdido, no sabía de qué forma tendría que abordar a Di la Rose y tenía miedo de perderlo. Había pensado que podría matar dos pájaros de un tiro, pero ahora le había salido el disparo por la culata. Reprochándose su conducta con una serie de refranes llegó hasta su oficina, cogió el teléfono y llamó a Di la Rose. Se vieron unas horas después y, como era de esperar, Di la Rose puso el grito en el cielo. Se negó por completo a revelar su personalidad, salir en la pantalla grande y, sobretodo, ser analizado, criticado e interpretado por Peck. “Lo siento, pero tendrás que hacerlo—le dijo con tono amenazante Bettoni—. Bien sabes que tengo el poder para destruirte. Si te niegas ahora, tendrás que devolverme mi dinero y me encargaré de que nadie te contrate jamás. Además, escribiré miles de correos a todas las empresas que tengan alguna relación con el cine y la publicidad y no podrás trabajar ni de montador o de camarógrafo. Te desterraré y en el exilio terminarás haciendo pequeños trabajitos para una empresa de El Tercer Mundo, así que piénsalo bien. Se vio obligado a aceptar y quedó de reunirse con Donald el fin de semana. Asistirían los dos a la casa del actor y después de las formalidades, Bettoni se retiraría para que trabajaran a gusto.
El sábado por la mañana Peck salió de la piscina y al quitarse las gafas de natación sintió que se le salían los ojos. Era porque le había sorprendido la presencia del acompañante de Bettoni. Emitió un chasquido y torció la boca. Se saludaron y se sentaron en una mesa. Una mujer llevó un plato con panecillos y café, puso tres enormes vasos de zumo de naranja y se retiró. Di la Rose bajó la vista y fingió mirar las flores del jardín.

—Está claro que esta vez no tendré que esforzarme por adoptar la forma física del personaje, ¿verdad, señor Bettoni?
—No se preocupe por eso, Donald, lo más importante es que logre encontrar la esencia del señor Di la Rose.
—Pero, ese es un seudónimo, ¿no? ¿cuál es su verdadero nombre?
—Gerard Adams—dijo Di la Rose apretando los dientes.
—Bueno, no está mal para una persona como usted. Espero que su mundo interior sea mejor que su aspecto exterior, querido amigo porque si no encuentro nada que me motive, no firmaré el contrato.

Hubo un instante de silencio en el que los tres hombres se dedicaron a ordenar sus ideas y el número de jugadas que harían mientras desayunaban. El primero en poner las cartas sobre la mesa fue Betonni, quien dejó claro el pago de honorarios, las perspectivas del film, el número de sesiones y el plazo de realización. El segundo fue Peck que se limitó a criticar a Di la Rose y exigir que su vida fuera interesante y pensara en algo que pudiera despertar la curiosidad del público porque, en caso contrario, se negaría a hacer el ridículo. Por último, Di la Rose se llenó de vanidad y con voz cortante enumeró sus guiones diciendo los premios que había obtenido y los artistas que habían participado en los rodajes. Al final, Donald siguió con su mala cara, Di la Rose se retiró muy humillado y Betonni tuvo que amenazar a Gerard que había perdido ante Peck la máscara de su disfraz.

Comenzó el trabajo. Peck tenía una gran sala en la que ensayaba sus papeles. La acústica era muy buena y había muchas cámaras de vídeo y pantallas en las que el actor se veía desde todos los ángulos para poder perfeccionar sus movimientos. Esta vez había pedido que le pusieran un sofá y una mesa para analizar al guionista en sus ratos de creatividad. A Di la Rosa le pareció un mal sitio para trabajar porque él se inspiraba con ayuda de un sistema muy específico. Tenía que hacerse tratamientos de belleza por la mañana, desayunar, meditar tumbado en una cama y esperar a que las ideas se fueran transformando en imágenes y estas en palabras para después plasmarlas en el papel.
“Tenemos que ir a mi casa, señor Peck—le dijo a Donald—, aquí me sería imposible trabajar”. Peck no quería aceptar, pero después quedó convencido de que entre más rápido se integrara a la personalidad de Di la Rose, alcanzaría los resultados pronto. Llegaron a una pequeña casa de dos plantas en la que había un pequeño desorden. Peck miró con mucha curiosidad los baños y el jardín, revisó los libros de la biblioteca, se hizo una idea de la forma de vida de su colaborador y empezó a imitar su voz y movimientos. Di la Rose estaba muy disgustado porque su invitado ya había logrado copiarle la voz y le hablaba con el mismo tono. Tuvo que contestar a muchas preguntas impertinentes. Donald le propuso que vivieran unos días juntos para que él pudiera repetir todos sus movimientos. Donald comenzó a moverse, comer, beber y pensar como Gerard Adams. Su talento le ayudó a penetrar con rapidez en ese hombre acomplejado y solo. Di la Rose tenía la impresión de que tenía un espejo en el que evitaba mirarse para no sufrir los dolores del hígado. Después de dos meses de convivencia el actor ya podía repetir cualquier gesto, manifestar cualquier idea y expresarse como el mismo Di la Rose.

—Ya estoy listo para filmar—le dijo a Bettoni.
—De acuerdo, Peck, en unos días Di la Rose tendrá el guión listo.
—No. No se preocupe. Me imagino lo que va a escribir, por eso sería mejor que yo actuara en el estudio y que Gerard me corrija si es que me equivoco.

El día de la filmación Di la Rosa llegó oculto tras unas enormes gafas de sol, se sentó y esperó a que Donald lo imitara. En la primera sesión, se vio repitiendo sus actividades matutinas: haciéndose sus mascarillas, paseándose por su habitación con movimientos cadenciosos, tomando unos aperitivos, repitiendo algunos pasajes de sus guiones, imitando los diálogos como lo hacía cuando escribía. Terminó muy sorprendido porque Donald le había mostrado cosas en las que nunca había puesto atención y, lo peor, que el impertinente se había puesto a corregirlo. “Sí—se dijo—. Ese cabrón está tratando de perfeccionarme. ¡Maldita la hora en que acepté este contrato de mierda!”.

Era consciente de que no había marcha atrás y que su vida quedaría destrozada, su persona pisoteada y el injurioso Donald ganaría un Oscar a costa suya. Sintió deseos de matarlo, pero sabía que eso no ayudaría en nada y sólo lograría aumentar la fama de Donald Peck. Tuvo que resignarse a ver la forma tan ridícula con la que su otro yo comía pastelitos estirando demasiado los labios, la forma de recitar desnudo frente a un espejo y gritar como una cotorra repitiendo las palabras de las heroínas de sus guiones. Asistió a todas las sesiones, descubrió infinidad de cualidades que no se había visto, también muchos defectos. En varias ocasiones riñó con Peck y consigo mismo. Por las noches no pudo dormir después de los disgustos en la sala de filmación. Cogió el hábito de llevar siempre las gafas de sol y se las quitaba para nada más para ducharse. 

Tenía unas ojeras muy marcadas y cuando la cinta estuvo lista, descansó. No fue por mucho tiempo porque Donald fue nominado al Oscar por el mejor actor y el mejor guión. Esto último fue como un rayo que fulminó a Di la Rose junto con Gerard Adams, sin embargo, eso no era lo peor. Le faltaba todavía ver cómo varios directores de cine se acercaban al joven Peck para proponerle que se dedicara a escribir historia que se pudieran llevar a la pantalla. Donald aceptó y empezó a combinar su trabajo de interpretación con la escritura. Muy pronto dejó los escenarios para dedicarse exclusivamente a la escritura. Bettoni sustituyó a Di la Rose. Pasaron los años y Peck se fue haciendo imprescindible, los grandes creadores de Hollywood le pedían guiones como si se tratara de pan caliente. Donald decidió esconderse detrás de un pseudónimo, adoptó el de “Hard nut to crack” y no se volvió a parar en los estudios para actuar. Ganó mucho dinero persiguiendo a los artistas famosos que potencialmente podían interpretar a sus personajes. Fue adquiriendo costumbres raras como la de saborear demasiado los postres, repetir sus diálogos en la situación que fuera, incluso desnudo frente al espejo, se hacía mascarillas y tenía su casa desordenada. 

Un día lo llamó Bettoni para que persiguiera a un joven que estaba causando furor con su forma de actuar. El mentado actor novel había terminado una película sobre los campos de concentración alemanes y estaba en condiciones de interpretar algún papel sobre las personas que sufren hambre. A Donald se le se le ocurrió el título de “El precio del azúcar” y se fue a ver a Bettoni para que se lo ofreciera, pero el vanidoso joven lo rechazó y le dijo que quería un personaje especial para cerrar su ciclo de diez películas premiadas.

lunes, 20 de marzo de 2017

Anorexia con gula

Cuando Rodrigo dejó escapar un ahogado grito de placer, se giró, suspiró y quedó mudo al lado de Malena. Quería abrazarla y manifestarle su agradecimiento por la eléctrica sacudida de placer que había sentido en todo el cuerpo, pero ella estaba mirando su móvil y, como no le gustaba que la interrumpieran cuando se comunicaba con su amiga Lorena o con alguno de sus admiradores, prefirió cerrar los ojos y fingir que dormitaba. No era muy tarde y la luz anaranjada del atardecer entraba por la ventana para colorear los pálidos muros. Malena se levantó y Rodrigo pudo ver la espalda desnuda de su apetitosa amante. Disfrutó el espectáculo de los glúteos grandes y firmes que se estrellaron dejando escapar un chasquido de carne joven. Suspiró y deseó con toda el alma que esa imagen se le quedara grabada para siempre. Oyó el chorro de la regadera y creyó ver el vapor que salía por la rendija de la puerta. A Malena le gustaba bañarse con agua caliente y luego entumecerse bajo la gélida cascada de la regadera abierta a toda presión. Era emocionante sentir su cuerpo de hielo cuando volvía a la cama. Estaba mirándola en el techo como si viera una película para adultos y no notó que ella estaba parada frente a él esperando que volteara. Cuando dejó de tener sus fantasías en el fondo blanco de cal, se le apareció el cuerpo de Malena erguido y enrollado en una toalla rosa. Estaba inmóvil como una estatua, hasta sus ojos carecían de movimiento. Rodrigo se espantó un poco porque esa actitud presagiaba algo malo.

Sucedió lo que temía. Malena le dijo que tenían que hacer una dieta y se tendrían que abstener del sexo como si estuvieran en celibato. Rodrigo no podía entender a qué venía esa tendencia de prescindir de la fornicación, que entre otras cosas, era lo único que le había dado fuerzas para mantenerse al lado de Malena. No pudo discutir mucho y sus férreos argumentos fueron derrocados en cuestión de segundos porque Malena le dijo que había cobrado consciencia de su naturaleza femenina y que los hombres habían construido la sociedad durante miles de años y era el momento del sexo débil, que era el nombre de un libro de Simone de Beauvoir y no la denominación que se le había dado por siglos a las mujeres.

Se levantó de la cama, se duchó meditabundo y se vistió. Quiso darle un beso prolongado de despedida a Malena, pero ella sólo le ofreció la mejilla y su brazo estirado en dirección a la puerta. Bajó las escaleras con inercia y le pareció que conforme pisaba los escalones se iba alejando a años luz de su amada. Lloró de amargura y cuando la puerta de entrada al edificio se abrió, una empapada de rayos solares lo cegó, sus lágrimas se le quedaron colgando como dos gotas de baba. Se alejó despacio por la calle. Miró por última vez la ventana del piso donde había sufrido, maldecido, chillado y bramado de placer. Los recuerdos empezaron su marcha atrás. Se apareció ante él la imagen de Malena ajustada dentro de su vestido blanco, montada en sus altos tacones, con su boca al rojo vivo por el efecto del pintalabios, su eterno pelo rizado desprendiendo destellos por el gel y la laca y, por último, sus ojos semi cerrados, marca de una somnolencia eterna que tenía desde la adolescencia. Llevaban dos semanas sin encontrarse y ella tenía el aspecto de un atleta que ha estado sometido a un fuerte entrenamiento. Lo malo era que la actividad física que practicaba Malena era el sexo.

Rodrigo había aceptado, hacía mucho tiempo, que ella se acostara con otros, a él no le importaba porque había encontrado una solución para ofuscar su enamoramiento. “Si Malena no quiere ser mía para siempre—se dijo—viviré con amor fornicándola, como un hedonista, hasta que ella no pueda prescindir de mí”. Lo malo es que ella lo había aceptado por lástima. Había visto en él a un ser débil, simple, comprensivo y fiel. Se lo llevó a la cama por compasión como se lleva un muñeco de peluche abandonado en una caja de juguetes, pero se acoplaron bien y la rutina se encargó de mantenerlos juntos, hasta esa tarde en la que Malena había decidido que llevaría una vida libertina revolcándose con la mayor cantidad de hombres que pudiera sólo para humillarlos. No era una ninfómana ni mucho menos, pero su popularidad entre los hombres le había vedado el derecho al matrimonio, ya que nunca se encontraba sola y siempre aparecía algún pretendiente que la cortejara. Rodrigo había sido una especie de fuga de esa atmósfera opresora. Fue lamentable que el pobre no se diera cuenta a tiempo porque para su amante él sólo representaba una forma de distracción que le daba descanso mientras se reponía de las decepciones que le acarreaban los otros.

El rebobinado de la película de su vida siguió su marcha atrás y se vio con Malena en la fiesta de un compañero de trabajo en la que se ofreció a enseñarle los mejores pasos de salsa. A Malena le encantó esa cualidad que era lo único excepcional de Rodrigo, pues en todo lo demás era parco. Leía poco, su carácter era muy simple, le gustaba pasearse solo mucho tiempo y cuando tenía algún problema se le acentuaba su intraversión.  Malena lo llevaba a su casa y le manifestaba su entusiasmo, pero Rodrigo se encargaba de que una hora después ella lo viera como parte del mobiliario de su habitación.

Andando por la acera, Rodrigo sabía que estaba cruzando por una etapa nueva en su vida. Tendría que dejar de pensar para siempre en Malena y buscar una sustituta. Sería muy difícil y no tenía ninguna esperanza de lograrlo. Le dio un fuerte escalofrío cuando comprendió que tendría que andar por un largo pasillo de recuerdos que, al final, lo llevaría a una habitación en la que la depresión sería su peor enemiga. Se preguntó si quería a Malena y la respuesta fue contundente: “¡Claro que sí! ¡Estaría dispuesto a todo por permanecer a su lado!”. Era verdad, pero Malena no lo permitiría jamás, incluso si no lo hacía ella, sería alguno de los tantos hombres que ahora ocuparían a tiempo completo su vida. Apretó los puños y se fue directamente a un bar a tomarse una copa. Se emborrachó y llegó al trabajo con los ojos de cotorra a la mañana siguiente. No tuvo muchas cosas que hacer ese día y se fue a su casa a buscar un remedio para la resaca. Por la noche tuvo un sueño.

—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¡Mira qué cara tienes!
—Pues, la de siempre, ¿no?
—No, Rodrigo, te digo que no estás bien. ¡Dímelo ya!
—Es que será ridículo que tome esta actitud.
—¡Ya no le des vueltas! !Di lo que tengas que decir!
—Es que cuando te dan tus ataques de ansiedad y me comienzas a preguntar sobre nuestra relación tengo que estar al cien por ciento atento, en cambio tú, llevas no sé cuánto tiempo atada a tu cacharro chateando con tu “Lorena” y ya ni siquiera sientes que estamos haciendo el amor.
—Oye, no lo tomes así. Era una información urgente la que me comunicó. No volverá a suceder.
—¡Claro! Pero, ¿cuántas veces me lo has dicho ya?
—No seas pesado. Ya me quitaste la inspiración. Será mejor que lo dejemos aquí.
—¿Que lo dejemos? Mira, siempre he sido un hombre consciente de mis necesidades. Sé que soy un ser sexuado y por lo tanto requiero de la actividad reproductora para encontrarle sentido a mi vida, no es que el deseo de follar me lleve a desear a cada mujer y la fuerza de la lívido me obligue a correr detrás de cada falda, pero como hombre normal requiero del sexo, al menos, una vez por semana. Eso lo entiende cualquiera, pero tú...

No pudo continuar con lo que quería decir en su sueño porque un ruido muy fuerte lo despertó. Abrió los ojos y se concentró en lo que sucedía a su alrededor. Era la vecina que estaba discutiendo con su marido. Vio el despertador y notó que faltaban veinte minutos para que sonara la alarma, su inconsciente quería que durmiera un poco más, pero la voz de la realidad lo obligó a levantarse. Se fue directamente a la ducha y cuando salió se preparó un café. Tenía presente la sensación de su sueño, pero bien comprendía que tenía que librarse de los recuerdos de Malena. Se hizo a la idea de salir con alguna compañera de la oficina, alguna de sus viejas amigas, que eran muy pocas y la mayoría se había casado, o una chica nueva que conociera en un bar. “Lo voy a lograr—se dijo como si estuviera participando en un concurso de la televisión—, sobreviviré”.  Se arregló y fue a su oficina. La jornada pasó sin novedades. Se empezó a germinar en Rodrigo una rutina que lo llevaría a refugiarse en la comida. Los recuerdos de Malena iban esfumándose gracias al gran esfuerzo que hacía viendo películas de acción por las noches, almorzando bastantes cosas que le sirvieran de placebo y concentrándose en olvidar. 

Al mes ya había borrado una gran parte del volumen de historias relacionadas con Malena, además su imagen se comenzó a diluir. Ya no era tan material como antes, ahora parecía una fotografía plana sin las virtudes que le había dado la naturaleza y su voz se oía como un lejano eco. Era cierto que en sus sueños volvía a presentarse hermosa, deseada y cariñosa, sin embargo, cada vez iba siendo más fuerte esa melancolía que despertaba la abstinencia sexual y lo hacía ver sólo una parte del cuerpo de Malena.  Eran sus caderas cuando se ponía de espaldas para recibirlo. Al final, fue lo único que apareció en los largos viajes por su mundo onírico, pero se hizo confusa y cambió tanto que Rodrigo se desprendió completamente de ella. Muy pronto su vida cambió de tono y cobró un poco de brillo, las preocupaciones desaparecieron por completo y la tranquilidad motivo más el aumento de peso. No había encontrado a una mujer que sustituyera a su ex amante, pero no tenía necesidad porque el estímulo de la barriga lo satisfacía por completo. Había ganado muchos kilos y seguía enterrando su pasado con grandes copas de helado, tartas, dulces, carne de cerdo, patatas fritas y hamburguesas en abundancia. Hacía su trabajo con más paciencia, no se estresaba y llevaba siempre una lonchera para comer en los momentos en que algún detalle de su vida anterior lo amenazaba con despertar los sentimientos ya dormidos. Dejaron de importarle las mujeres, siguió viendo películas, paseando solo y leyendo cada vez menos.
Malena, al igual que Rodrigo, también tuvo un sueño al día siguiente de la separación.

—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Cómo que nada? ¡Mira qué cara tienes!
—Pues, la de siempre, ¿no?
—No, Malena, te digo que no estás bien. ¡Dímelo ya!
—Es que será ridículo que tome esta actitud de nuevo.
—¡Ya no le des vueltas! !Di lo que tengas que decir!
—Es que cuando te dan tus ataques de lujuria y me comienzas a preguntar sobre nuestra relación tengo el ardiente deseo de dejarte, en cambio tú, llevas no sé cuánto tiempo atado a mí como un perrito faldero y ya ni siquiera tienes atenciones que me hagan sentir mujer.
—Oye, no lo tomes así. Es porque tú me menosprecias. No volverá a suceder.
—¡Claro! Pero, ¿cuántas veces me lo has prometido ya?
—No seas pesada. Vamos a olvidarlo, por favor. Sabes perfectamente que soy tu esclavo y que haría cualquier cosa por quedarme a tu lado.
—¿Cualquier cosa, dices? Mira, siempre he sido una mujer consciente de mis atractivos. Sé lo que represento y lo que puedo lograr, para mí el sexo no es el mejor recurso para encontrarle sentido a la vida. Siento mi cuerpo y mi feminidad, deseo tener hijos, pero también siento la necesidad de luchar por los derechos de todas las mujeres. Hemos sido sometidas durante siglos y ha llegado la hora de darle la voltereta. Desde este momento seré yo quien abuse de los hombres, o del así llamado por ustedes: “El sexo fuerte”, que no lo es porque todos son unos maricones.

Malena tampoco pudo continuar con lo que quería decir en su sueño porque un ronquido muy fuerte la despertó. Estaba junto a ella un hombre que le había ofrecido un puesto en una institución pública. No era muy joven, pero sí atractivo. Le había hecho el amor de forma precipitada y se había quedado dormido. Por la mañana, Malena comenzó su camino hacia adelante, quiso olvidar lo que había vivido con Rodrigo, pero los recuerdos en lugar de desaparecer se iban haciendo más consistentes. Recordaba mejor el olor de su piel, la suavidad de sus manos, su cuerpo esbelto pero fuerte y su actitud mansa de siempre. Le parecía oír su voz por las noches y hasta llegó a hablar con él de forma inconsciente. Un día se sorprendió hablándole desde la ducha y se extrañó mucho de que él no estuviera recostado en la cama escuchándola. Decidió enterrar las memorias de Rodrigo con la ayuda de otros hombres. Se esforzó muchísimo y al final lo único que logró fue convertir la imagen de su ex amante en un monumento al que le hacía culto comparándolo con todos los abusadores y peleles que se la llevaban a la cama. Salía victoriosa de todos los encuentros, pero eso implicaba que recordara más a Rodrigo. Humillaba a cuanto hombre la tocaba y sus víctimas llegaban a los límites de la impotencia después de haber sufrido la experiencia traumática con ella.

Dos años después se encontraron por casualidad. No se reconocieron. Pasaron uno junto al otro como dos desconocidos. Rodrigo pesaba más de cien kilos y sus mofletes eran tan grandes que sus ojos parecían los de un chino enfadado o miope, caminaba muy despacio y no ponía atención en las personas que se cruzaban en su trayecto. Malena estaba demacrada, el abuso del cuerpo le había dejado holgada la piel. No tenía la consistencia de antes, su carácter se había estropeado, se había vuelto rencorosa. Estaba muy flaca y ya no era tan pretenciosa al arreglarse, le faltaba, por asombroso que pareciera, confianza en sí misma, pero ella se negaba a aceptarlo. Buscaba con ímpetu los brazos de su ex amante, sin embargo, su orgullo la volvía necia y no quería ir a rogarle que volviera con ella. Por las noches, se revolvía entre las sábanas recordando los encuentros con Rodrigo, recriminándose por la forma en que se compadecía de él dejándolo hacer sin recompensarlo con amor. Ahora sentía remordimientos y sabía que era tarde para dar marcha atrás. Era imposible regresar las páginas de su historia y, más aún, iniciar una nueva relación con el único hombre que le había agradecido sus favores y estaba dispuesto a quedarse a su lado. Siguieron cada uno por su brecha. Rodrigo cada vez más pesado y ella cada vez más decepcionada de los hombres y seca del cuerpo.


martes, 14 de marzo de 2017

Destino de una triadora

No sé si de tanto estarle dando vueltas a las palabras de Paco, se han hecho realidad al final. Cuando se me emborracha se pone necio con sus filosofías baratas. Que si el infierno lo busca uno mismo en vida, que si la mentada teoría del ser y la nada, que si el puto existencialismo y su maldito Sart o Sarté, ni siquiera sé cómo se pronuncia ese apellido francés. El caso es que me he llevado una sorpresa horrible, hoy cuando me he vuelto de la planta de separación de basura.
Dicen que echarle la culpa a los demás es una forma de librarse de la responsabilidad propia, pero a mí no me queda otra salida más que esa. Necesito echarle a otro esto que me ha pasado a mí porque está fuera de toda lógica. Esa vez, cuando estaba en la línea, ya harta de soportar el dolor de la espalda (es que se me había enfriado el espinazo y, como es mi punto débil), quería irme de una vez por todas. Que se vayan todos a la mierda —me dije —sin poder enderezarme y, precisamente en ese instante apareció la famosa bolsita de la compra con un nudo ciego.

No sé por qué se le pasó a mi compañera de al lado, estaría papando moscas como siempre. No es la primera vez que sucede porque cuando llegó una caja aplastada con unos gatos aplanados dentro, la Lola se puso que dizque a toser. ¿Casualidad? ¡No! Seguro que la muy zorra tiene un sexto sentido que le indica que los desechos desagradables son para mí —¡Toda la mierda para mí! —. No es que en la banda todo sea muy chulo y agradable, al final es basura que hay que reciclar, pero que no me joda. Me deja pasar los mininos aplastados, las malditas ratas quemadas y ese pobre bebé. ¿Impresionante? Sí, claro, pero ya nos habían llegado antes articulaciones, manos y pies. No sé por qué la gente piensa que echando su basura al contenedor hace un truco de magia con el que desaparecen las cosas, pero que vengan a dejarse aquí el pellejo, a oler toda esta porquería y separar los cartones manchados de mierda. Estoy muy enfadada, por eso me salen reproches como vómito, pero es que la verdad no es justo. Para que me comprendan empezaré por el principio.

Cuando mi vecina Alicia me vio llorando por que el dinero no me alcanzaba para nada me dijo que, lavando, cosiendo y planchando ajeno lo único que conseguiría sería echar mi vida por el caño, lo dijo muy convencida y al día siguiente me levantó pronto para que la acompañara a la planta. Nos tardamos casi hora y media en llegar, pero cuando vi el edificio enorme me dije que tenía que quedarme allí para sacar el dinero que me hacía falta para convencer a mi hija Diana de que volviera a la casa. Dolores me recomendó con don Pepe y me asignaron un lugar en la línea de separado de cartón, papel, metal y vidrio porque se había dado de baja una empleada y yo les venía como anillo al dedo. Me dieron un delantal, un gorro, unos guantes y una máscara para no oler la podredumbre que es horrible, siempre he sido muy sensible a los olores desagradables, pero ¿qué podía hacer? Por un lado, la crisis no me permitía encontrar nada mejor y, por el otro, el sueldo no era tan malo, bajo, sí es verdad, para qué voy a mentirles, sin embargo, hice cuentas rápido y pensé que las montañas de ropa que tendría que planchar y coser para ganar lo que me ofrecían, llegaban al cielo.

Así fue como me quedé. Lola se alegró mucho y todos los días hacíamos el trayecto juntas. Paco se relajó un poco y se hizo más cariñoso, sólo le aumentó un poco al licor, pero estaba muy manso. Me decidí a ahorrar en una lata de galletas muy vieja, pero con unos dibujos muy chulos. El dinero era para convencer a Dianita de que volviera a la casa. La cruda o, mejor dicho, tensa situación en la que siempre nos habíamos encontrado desde la llegada de Paco provocó que se buscara un tipo que al final se la llevó. Intenté detenerla con todas las estratagemas de una madre, pero todo falló. Fue más fuerte la maldita necesidad de estar con su inútil amante que el compromiso familiar. En fin.

Conforme iban pasando los días el ahorro se hizo más y más grande. Empecé a indagar por el paradero de mi hija, sin mucha suerte claro. Lo malo es que después de encontrar la bolsa que dejó pasar Alicia, vino la policía a investigar. En boca de todos estaba la madre deshumanizada que había tirado a su hijo a la basura. Nada más de pensarlo se nos revolvían las tripas. Nos habituamos a que se comentara como un “buenos días” la noticia del bebé. No hubo durante bastante tiempo otro extravagante suceso que lo sustituyera, ni siquiera la bolsa llena de dinero que encontró Concha era lo bastante atractiva para ensombrecer al niño muerto empaquetado en una bolsita del centro comercial. Sabíamos que la deshumanizada madre vivía cerca de aquí porque el paquete se había colado en uno de los contenedores de la ruta de los camiones de esta parte de la ciudad. Daniel, el camionero, que hacía ese trayecto nos dijo que era probable que se hubiera recogido el contenedor en la colonia aledaña. La vida continuó de forma habitual y seguimos con nuestra ardua labor de triadoras.

Bueno, había prometido ordenar las cosas para que se me entendiera bien lo que les quiero contar, pero creo que les he revuelto tanto todo esto que ya ni se acordarán que todo empezó porque Diana, mi hija se fue con un fulano que la maltrataba, pero luego regresó. Eso fue cuando ya había juntado bastante dinero para buscarla y ayudarla para que saliera a delante en los estudios. Diana quería ser dentista, pero la nota del bachillerato, que terminó de milagro, no le daba para ingresar a la facultad. Se dedicó a la vagancia y un buen día se marchó. Ahora estaba de vuelta. La encontré cuando iba subiendo las escaleras. La reconocí de espaldas y me dio gusto que estuviera allí. La impresión que tuve cuando se volteó fue horrible, pues se hallaba muy demacrada, con unas ojeras enormes, el rostro muy pálido y algunos moretones en el cuerpo. Había perdido mucho peso. Entramos al piso reventó en llanto, dejé que sacara todo lo amargo que llevaba dentro. Me empapó la blusa con sus lágrimas y la abracé con ternura como cuando era pequeña.

“Dejé a ese cabrón de Marcelino, mami. Te prometo que ya no haré más estupideces”—dijo ahogándose por el llanto. Le cogí las manos para que se calmara, le aseguré que en mi tenía a su mejor amiga y que podía vivir conmigo cuanto quisiera. Tomamos un café y la noté muy meditabunda, era como si con las lágrimas se le hubieran acabado las palabras. Le pregunté por qué estaba tan seria si ya no había motivo de preocupación—. “Es por causa de Paco—dijo con la voz entrecortada”. Ya, hija—le contesté sin ni siquiera imaginar que las siguientes palabras me caerían como granizo—. Paco tiene mal carácter, pero con mi nueva situación se ha calmado y ya no es tan agresivo como antes. Podemos estar tranquilas. “No mamá, tu no entiendes nada—me espetó mirándome con fiereza a los ojos—. Paco me violó, me obligó a complacerlo y me chantajeó con matarte si abría la boca”. ¿Cómo dices? —le pregunté todavía pensando que había oído mal, pero ella repitió lo mismo. ¿Cómo era posible que se lo hubiera callado, Diana? Ella sabía a la perfección que yo tenía a Paco sólo como un compañero para no estar sola y no aburrirme, es decir, por costumbre, si se puede explicar de esa forma, pero de eso a que abusara de mi hija…Lo malo es que no sólo esa fue la única noticia mala, también me dijo que cuando Marcelino, el cabrón con el que se había ido a vivir, se había dado de que iba embarazada la echó de su casa y ella tuvo que quedarse con una anciana que le ofreció un cuarto a cambio de su ayuda.


Le pregunté por el bebé. No debí hacerlo nunca porque la respuesta me llevó de nuevo a la línea de separación de basura. Sentí de nuevo ese golpetazo del corazón al ver la bola de carne arrugada como si fuera un lechón crudo. Una tormenta de imágenes comenzó a atiborrar mi cabeza de ideas. Todo comenzó a ordenarse en mi mente. Las discusiones con Paco, los escándalos de Diana callando la verdad, mis reproches absurdos y todo lo demás. Cuando supe que la casa de la vieja estaba cerca de la planta y que mi hija había echado al niño al contenedor y que el crío era de Paco, ya no pude contenerme y salí a buscar al patán para darle su merecido. Se me arruinó la vida en cuestión de minutos y ya no valía la pena vivir bajo la burla y el engaño. Se había formado un infierno a mi alrededor y la única manera de acabar era exterminarlo todo. Por eso, precisamente por esa razón, fue que cogí lo primero que encontré a mano. Bajé al bar de don Pedro y encontré a Paco tomándose una cerveza, estaba alegre, contando chistes, me miró y soltó un “!Mírala, nada más! ¿Qué puta mosca le habrá picado ahora?”. Ya no pudo decir más porque arremetí contra él, le propiné un golpe en la nariz, luego mi furia se encargó de demolerlo por completo hasta que el rodillo se me rajó. Fue imposible que me detuvieran sus amigotes no sé de donde me salió tanta fuerza. Bueno, eso es todo lo que pasó y perdónenme por haberles contado todo tan desordenadamente, pero es que nunca he sido muy buena para contar las cosas.

domingo, 12 de marzo de 2017

Flor que embelesa

Cuando la policía se abrió paso en la oficina para llegar al escritorio del ingeniero Reggio, nadie sospechaba que sería arrestado por el consumo de estupefacientes. Lo retiraron de su silla, le espulgaron la gaveta y una mano ágil y experta mostró ante los curiosos un sobrecito de polvo blanco. Quedó claro que se arrestaba con motivo justificado al empleado que durante dos años había estado ocultándole a sus jefes su adicción. Los empleados siguieron en silencio la marcha de los agentes, luego se despertó un murmullo que los llenó de asombro. Hasta ese momento se tenía a Iván Reggio como un hombre enfermo que hacía con dificultad su trabajo, pero jamás se habría arriesgado nadie a suponer que su aspecto marchito y su eterna somnolencia se debían a la resaca causada por las drogas. Pronto se desocupó su escritorio. Lo primero que se llevaron fue su eterna taza en la que todos los días bebía su té después de comer, luego sus archivos y cosas personales, por último, se retiraron los muebles y se decidió que nadie más volvería a sentarse en ese lugar. En las siguientes semanas hubo una fuerte reestructuración de los departamentos y se interrogó a todos los allegados del toxicómano para saber si alguien más era adicto.

En la empresa se reconstruyó la biografía del ingeniero gracias a la ayuda de todas las personas que llegaron a conocer algunos detalles de su vida privada. En realidad, no había mucho que decir porque el recato y la falta de extraversión de Iván habían dejado siempre un hueco muy grande en el que cada uno de los empleados había ido metiendo una opinión subjetiva como si se tratara de echar bolas de tenis en un gran cubo. Se propagaron muchos bulos, pero nada se podía comprobar. Había una novia con la que nadie lo había visto salir, pero de la cual Iván decía que lo único que deseaba era su dinero, por eso en la oficina la llamaban La Reggia o La princesa. También, estaba el raro caso de su padrastro, quien en realidad era su pupilo y eso nadie lo podía entender del todo porque lo lógico hubiera sido lo contrario, sin embargo, Iván era su tutor, a pesar de que tenía a sus padres y les ayudaba con su jugoso sueldo.

Después de indagar hasta lo imposible se llegó a una conclusión: Iván se drogaba, la culpable era su novia quien lo había obligado a adoptar un pupilo, el cual con toda seguridad sería su padre o un pariente cercano de la arpía y, al final, Reggio no había podido superar la dependencia a los estupefacientes, los guardias de seguridad de la empresa lo habían descubierto y habían dado el chivatazo. Se dejó de hablar sobre el extraño caso de Reggio y todos se olvidaron de sus trajes elegantes, de su pequeñez extrema, de sus párpados lilas, su cabeza de cacatúa y su habitual postura en su escritorio con la cabeza apoyada en los brazos cruzados.

Dos años después, la señorita Natalia Carter, evitada por su difícil carácter y actitud esquizofrénica, recordó al desafortunado Iván. Estaba rodeada de algunos de sus empleados y les preguntó si sabían algo del ingeniero Reggio, la respuesta fue una dolorosa negativa y, por extraño que parezca, el olvido en el que se había echado al pobre ingeniero había servido para que muchas cosas crecieran como pequeños tallos y aprovecharan precisamente ese instante para florecer. Una secretaría aseguró que Iván le había comentado alguna vez que después de un mes de estar trabajando su salud había empeorado y no sabía cuál era la razón. Quizás fuera una estratagema para ocultar lo que vendría después—dijo un traductor masticando con fuerza un trozo de carne—, ya saben cómo lo acabó su vicio. Sí, quizás tengas razón—respondió una abogada—, sin embargo, yo vi su curriculum, era muy bueno, y lo acompañé a sacar su carné en el gimnasio. Era muy activo y hacía bastante deporte. Pues eso sería el primer año—comentó alguien más—, pero al final terminó consumido por la droga. No estaría mal que le mandáramos algo a la cárcel—dijo la secretaria—porque ya saben cómo es la vida de presidiario en nuestro país. Y ¿quién irá a dejárselo? — farfulló Natalia Carter—yo no iría ni loca. Para que me acusen de cómplice, prefiero que se muera allí.

Se terminó la conversación y una neblina de remordimiento se quedó atrapada en la conciencia de todos. Las dudas empezaron a surgir de los rincones. Eran como pequeños insectos molestos que no dejaban a nadie escribir sus informes, hacer los reportes y estaban presentes en todas las tertulias de sobremesa.

Fue Víctor Borrego quién terminó de liberar la plaga de dudas cuando se quedó mirando el techo del comedor con su taza de café sostenida en el aire y les preguntó a sus contertulios si alguien había notado algo raro en los hábitos alimenticios de Reggio en la oficina. Recordaron que lo único característico era su habitual manera de tomar té después de lo cual caía en un profundo sueño. Era precisamente Natalia quién siempre se había preocupado de que a Iván nunca le faltara la reconfortante bebida. Se habló de ello y se bromeó al respecto, pero nadie lo tomó tan en serio como Víctor que impulsado por la curiosidad comenzó a fisgonear entre las cosas de la empleada Carter y descubrió libros de superación personal, manuales de derecho, novelas románticas y de detectives, unas latas con té de hierbas y un libro que llevaba el título de La Reina de la noche, que no era precisamente sobre la vida del amante de un famoso narcotraficante, sino de una planta que se había usado desde la antigüedad  para atolondrar a las personas. De pronto, apareció ante él la imagen de Natalia ofreciéndole té a los empleados con menos rendimiento y somnolencia. Se dio la vuelta y caminó en dirección de la oficina del director.