jueves, 2 de marzo de 2017

El embustero

Era delgado, bien parecido y estaba en el mejor momento de su vida. No tenía compromisos familiares y vivía para su propia satisfacción. Era amante de los libros y le habían confiado la cátedra de literatura universal. Todos los días, por la mañana, daba sus magistrales clases y luego se dedicaba a la investigación, crítica y asesoría para las tesis. Esto último le producía una gran satisfacción porque era muy estricto en la selección de sus alumnas. Por lo regular, no aceptaba hombres y no había hecho jamás una excepción.

En cuanto a las mujeres, tenía un sofisticado método en el que las rubias guapas, las morenas seductoras, las ardientes mulatas y todo tipo de pupilas superfluas quedaban excluidas. Siempre comenzaba con un interrogatorio, luego les dejaba una tarea y si ésta era cumplida, la alumna se ganaba la atención completa del brillante profesor, por un año. A lo largo del curso iba localizando a sus futuras especialistas en literatura, por no decir víctimas. Era muy importante que las elegidas tuvieran una cualidad interior para analizar los textos y hallar la esencia impregnada en las obras de cada escritor. Por lo regular, las chicas que tenían una amalgama de intuición y análisis crítico se ganaban el puesto.

Silvino González se dedicaba en cuerpo y alma a la siembra, cuidado, desarrollo y madurez del objeto crítico literario. Llevaba trajes de buena calidad, cargaba un portafolios de cuero muy caro y sus gafas tenían las molduras de oro. Siempre sacaba un cuaderno con empastado celeste, al que llamaba “Diccionario de latín”, pero que sólo contenía las frases que los estudiantes debían aprenderse al final del curso para obtener una nota. Los desafortunados que no ponían atención o que no podían recordar todas las citas, se veían obligados a repetir curso. Había unos parámetros que podrían ser determinantes en la elección de las candidatas. Primero, la estudiante debía asistir a clase ocultando su verdadera naturaleza bajo un antifaz de modestia, determinación o cualquier otro tipo de estratagema. En segundo lugar, debían aceptar la entrada de cine que les entregaba para ver una película en la que ellas se veían reflejadas en la pantalla. Por último, debían quedarse con él después de la celebración de la fiesta de fin de curso.

Silvino tenía mucho éxito en las conquistas porque contaba con muchos recursos, gracias a los libros, sin embargo, por iniciativa propia había hecho de la seducción un arma infalible que nunca lo traicionaba. Sabía penetrar tan hondo en la naturaleza femenina que lograba que ellas recibieran satisfacción, aunque ni siquiera las tocara. Había una cosa que no lograba entender hasta el final, era que sus presas llevaban el mismo nombre. Podían ser de diferentes razas y nacionalidad, pero se llamaban siempre igual. Otra cosa que no encajaba era que ellas siempre se querían casar con él y padecían de una enfermedad mortal. Además, por más años que corrieran, él seguía igual.

Su calvicie prematura no avanzaba, sus arrugas eran siempre las mismas y por más que se descuidara o abusara de la comida, ni engordaba ni perdía peso. Para colmo, las fiestas de fin de curso no variaban mucho en sus características, pues siempre se elegía la misma música, se terminaba en el mismo momento y la mujer que lo acompañaba decía siempre las mismas palabras. Trató, sin lograrlo, de hallar la respuesta. Tuvo crisis emocionales, padeció la agudeza de sus hipótesis y no aceptó su realidad empeñándose en demostrar que todo lo que sucedía no era producto de un intelectual loco que lo había creado con esas características para que llenara el espacio de una historia interesante, pero banal en su esencia. Trató de cambiar las cosas, pero siempre llegó al mismo sitio. Evitó relacionarse con las estudiantes y no escoger a ninguna, pero eso sólo provocó que su técnica de seducción fuera más persuasiva. En una ocasión dejó de asistir a las clases, pero llegado el momento se vio acompañado de una joven desnuda que le pedía matrimonio.

Lo que ignoraba Silvino González era que estaba encerrado en los cuadros de una cinta de cine y su historia se repetía cada vez que alguien echaba a andar el proyector. Podían cambiar las sensaciones, gracias al ambiente de cada sala, los estímulos del público que lo veía le podían dar ánimo; pero le impedían terminar con el ciclo interminable de seducciones del mismo tipo de hembras. Ni siquiera los que se dormían en las butacas le abrían un paso hacía la imaginación.

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