jueves, 29 de diciembre de 2016

Infidelidad demostrada

Teresa se levantó de la cama desnuda, seguía hablando como de costumbre y se dirigió al baño mientras Daniel observaba con agrado como sus carnes firmes se balanceaban al andar sobre las puntas de los pies.  Aún no sabían que era la última vez, en su larga relación de varios meses de pasión incontenible, que estarían juntos en un cuarto de hotel porque Fernando ya los había encontrado y pronto mataría a Daniel. Teresa estuvo unos minutos bajo la ducha sin dejar de comentar cosas superfluas, no cerró la puerta, era su costumbre. Sabía que su amante era un hombre de pocas palabras, decidido y apasionado. Ella sabía muy poco de su amante y las cosas que sabía las había confirmado a través de hipótesis. Lo cierto era que Daniel trabajaba en la construcción, estaba soltero, era muy introvertido, pero se expresaba bien a través del cuerpo. No era necesario llevar largas conversaciones con él, para Teresa era suficiente recibir toda la fuerza animal de su macho y los tiernos besos al final del coito. Se volvía loca porque Fernando, su marido, en toda su vida conyugal nunca le había proporcionado el placer que necesitaba. En realidad, el matrimonio se había dado por interés y eran felices a su manera. Cuando Teresa salió con el pelo enrollado en una toalla se vistió y se despidió. Tenían la costumbre de separarse de esa forma, sin palabras, con una mirada cómplice y un gesto que indicaba que se verían pronto.

Era suficiente que se encontraran por casualidad en cualquier parte para que Daniel le cogiera la mano y la condujera al hotel. Ella no podía resistirse y su mente se nublaba tanto por la imagen del deseo que no le importaba si la veía algún conocido. Por suerte nunca había pasado nada, pero el destino quiso que Fernando se diera cuenta. Empezó a seguir al amante de su mujer, descubrió todo: su lugar de trabajo, su casa, sus lugares preferidos y las personas allegadas que se contaban con los dedos de una mano.

El día que se unió la pareja de tórtolos en el hotel, Fernando esperó a que Daniel saliera del hotel, lo siguió hasta una calle poco concurrida y aprovechó el momento para dispararle a quemarropa por la espalda, luego tiró la pistola en un contenedor. Fernando era muy cobarde y en el momento de los impactos cerró los ojos, sólo comprobó que nadie lo hubiera visto y salió corriendo. Llegó muy agitado a su casa y le pidió a su mujer que le preparara un café mientras él ponía la lavadora y se bañaba para quitarse el olor a pólvora. Al día siguiente se fue a trabajar, realizó sus tareas con un poco de nerviosismo y cuando le preguntaron la causa sus compañeros se excusó diciendo que había dormido mal. Pasaron los días y notó que Teresa se ponía nerviosa. Dormía mal y estaba demasiado inquieta. Se salía muchas horas a la calle y no contestaba a las llamadas que él le hacía. Fernando adivinó que ella estaba buscando al albañil. Por desgracia, Daniel había desaparecido y nadie lo había buscado porque era muy introvertido, nadie sabía si tenía familiares y como había cobrado tres meses de trabajo, pensaron que se había ido a otro lugar.

Teresa buscó en la policía, en la morgue, en los periódicos e interrogó a todos los compañeros de la construcción que tenía Daniel, pero nadie sabía nada. Unos días después apareció un policía en la casa de Teresa. Le mostró la foto de Daniel y le preguntó si lo conocía. Ella notó que Fernando estaba cerca y miraba la imagen también, por eso negó con la cabeza, el investigador aprovechó para preguntárselo a Fernando y obtuvo la misma respuesta. Era sábado y el matrimonio no tenía planes. Teresa dijo que se sentía muy mal y que dormiría un rato. Fernando le estuvo dando vueltas al caso y no entendía la razón de que se buscara al obrero, pues lo había matado o, ¿no? En ese momento, le brotó el sudor a chorros y por primera vez pensó que tal vez su víctima estaría viva y, si se recuperaba de los disparos, podría encontrarse de nuevo con Teresa y le diría que le habían disparado, lo demás sería consecuencia de sus razonamientos, los cuales los llevarían a sacar conclusiones y sabrían que el único que tenía un móvil para hacerlo era él.

Conformó su plan que consistía en pedirle a su jefe un cambio de actividades en su trabajo. Primero pediría que lo ascendieran, luego se propondría para que le asignaran comisiones a otras provincias del país y finalmente plantearía que lo transfirieran a otra sucursal de la empresa. Al principio, su jefe no deseaba hacerlo, pero se abrió una plaza para el puesto que Fernando deseaba y se la asignaron. En el período en el que eso ocurrió, Teresa supo que Daniel había estado en un hospital y que por los efectos de los disparos había perdido ciertas capacidades mentales por lo que se creía que había desaparecido por causa de la desorientación. La noticia le produjo un sentimiento retorcido de satisfacción y pena a la vez. Sintió mucha nostalgia por las tardes en las que permanecía abrazada a su amante y tristeza por no saber exactamente en qué condición se encontraba. Pronto tuvo que arreglar las cosas de su traslado. Visitó con su marido una casa que comprarían a crédito, se orientó en la nueva ciudad y respiró tranquila pensando que el cambio le vendría bien para olvidar su relación con Dani.
La vida regresó a su cauce habitual. Fernando se hizo más gentil y amable, tenía más tiempo para relacionarse con su esposa e incluso fue más condescendiente en el lecho conyugal. La relación no mejoró mucho, pero la idea de adoptar a un niño llenó el vacío que los separaba. Visitaron un orfanato y comenzaron a buscar algún chiquillo que les inspirara un sentimiento maternal. “Se tendrán que armar de tiempo y paciencia”—les dijo con amabilidad la directora—. No se preocupe—respondieron cogiéndose de las manos e intercambiando una mirada cómplice—, tenemos las dos cosas de sobra.
Una tarde llegó Fernando con la cara pálida. “¿Te sientes mal, mi amor? —le preguntó Teresa. Fernando no contestó y se encerró en su habitación sin contestar a las preguntas de su mujer. Pasó varias horas dando vueltas desesperado y cuando salió parecía más viejo. “Tenemos que hablar Teresa—le dijo en cuanto la vio—. Ha pasado algo grave”. Teresa se dejó llevar por sus presentimientos y se dispuso a recibir una noticia mala relacionada con el empleo de su esposo, sin embargo, las palabras de Fernando la dejaron fría.
—Lo he visto.
—¿A quién?
—No te hagas la tonta, ¿a quién va a ser? Al albañil.
—¿Cómo? —Teresa sintió que la sangre se le acumulaba en la cabeza y perdió la visión por un instante, luego muy sofocada preguntó sin pensar—¿Dónde lo has visto?
—Me he cruzado con él hoy, al salir del trabajo casi nos estampamos, me llevé el susto de mi vida.
Teresa se puso a llorar, gemía por el dolor que le oprimía el alma. Fernando estaba enfurecido digiriendo su bilis en silencio.
—¿Lo sabías?
—No todo. Sólo los vi una vez juntos, pero supe que él era el causante de tus cambios de humor, así que fui por él.
—Eres una mierda.
—Si tú no hubieras sido infiel, las cosas irían bien, pero ahora…—No tuvo tiempo de terminar porque Teresa se levantó y se fue al dormitorio.

A la mañana siguiente Fernando se disculpó para no ir a trabajar y mantuvo una conversación complicada con Teresa.

—Me tienes que ayudar a aclarar la situación.
—Ni aclarar ni nada. Quiero el divorcio, eres una bestia.
—Espera, Teresa, todo esto es por mi culpa. Lo acepto, pero me tienes que ayudar.
—¿Ayudarte? ¿Después del crimen que has cometido?
—Pero está vivo.
—Sí, pero lo dejaste tarado al pobre. Dios te va a castigar.
—Oye, no sé a qué te refieres. Se veía normal. Un poco más gordo, menos fornido, pero completamente normal.

Al escuchar lo anterior, teresa, sintió que surgía dentro de ella una luz de esperanza y se alegró, pero lo disimuló muy bien.

—No te lo voy a perdonar nunca, ¿lo oyes?
—Teresa, escúchame, necesito que me ayudes.
—¿En qué?
—Pues, a confirmar en qué estado se encuentra y si se acuerda de lo que le hice. Si se le despierta la memoria, irá a la policía y me meterán a la cárcel.
—¡Eso lo hubieras pensado antes de hacer lo que hiciste cabrón, te odio!
—Bueno, ya está bien. Sé que tienes curiosidad por verlo. Mira, vas a encontrarte con él y vas a preguntarle de qué se acuerda, luego si quieres te dejaré que salgan juntos. Te prometo que no me interpondré entre ustedes.
—Eres un cobarde, Fernando, estás dispuesto a entregar a tu mujer por no ir a la cárcel, ¿verdad? Me das asco.

A pesar de todo, Teresa se dejó vencer por la curiosidad y los sentimientos que la obligaron a aceptar la propuesta. Fernando le propuso que fuera a verlo al trabajo a la hora de la salida y luego esperaran cerca del lugar donde se había aparecido Daniel. Los intentos fueron inútiles los primeros días, el hombre no se aparecía a ninguna hora. Una semana después Teresa lo vio.
Había salido a hacer unas compras y en el momento en que se dirigía a la oficina de su marido le llamó la atención un hombre con uniforme azul. Por el bailoteo del corazón sintió un sonido agudo en los oídos, tuvo que apoyarse en un muro para no caer. Le temblaban las piernas. Se fue acercando despacio, no porque tuviera miedo del encuentro, sino porque sus piernas a penas la sostenían. El hombre entró en un comercio compró un refresco y se lo tomó de un trago, luego se limpió con el dorso de la mano el sudor de la frente y se disponía a marcharse cuando vio que Teresa le cortaba el paso. Ella le pidió que no dijera nada. Lo tomó de una mano y se dirigió a un hotel que estaba cerca. Cada vez que surgía una pregunta ella le ordenaba callar con un fuerte ¡Chisst! 
Llegaron a la recepción, Teresa pidió una habitación y en cuanto se encontró a solas con Daniel lo desnudó y lo besó con desenfreno. La pasión contenida, el temor, el odio y muchas más sensaciones se le mezclaron. Perdió el control y sólo la liberación de sus angustias en un chorro de líquido la liberó con un grito de agonía. Se tiró sobre él y le pidió que le mostrara las heridas.

—¿A qué te refieres?
—Mira, mi amor, ya sé que has perdido la memoria y pensarás que esto es muy raro. Déjame verte la espalda. ¡Mmm! ¡No tienes cicatrices!
—¿Por qué habría de tenerlas?
—¡Daniel! Tú…—No tuvo tiempo de seguir porque el hombre la corrigió.
—Me llamo Arturo.
—No, no, tú eres mi Daniel, ¿no te acuerdas de mí? ¿de todas las veces que nos acostamos juntos?
—Usted se equivoca, señora, no soy Daniel. Tengo…
—¡Escúchame, Daniel! Mi marido te trató de matar y estuviste en el hospital, perdiste la memoria y te viniste a vivir aquí.
—No. Yo siempre he vivido aquí. Tengo un hermano que vive en la capital.
—¿Un hermano?
—Sí. Mi hermano gemelo, Daniel. Trabaja en la construcción.
Teresa se desmayó. Había comprendido que la vida le había puesto una horrible trampa. Tirada en la cama como una muñeca de trapo permaneció unos minutos hasta que Arturo la pudo despertar.
—Oye. ¿Cómo te llamabas?
—Arturo, ya te lo he dicho.
—¿Sabías que tu hermano y yo somos amantes? Lo malo es que ha desaparecido.
—Pues, hace muchísimo que no me comunico con él.
—Y ¿no se ha puesto en contacto contigo?
—No.

Teresa empezó a padecer a causa de las vertiginosas ideas que le iban apareciendo en la cabeza. Sabía que había cometido un error al confundir a Daniel, trataba de excusarse consigo misma por ser tan impulsiva, pero ya era demasiado tarde para componer las cosas. Lo que hizo después terminó de estropear la situación.

—Oye, Arturo, qué te parece si olvidamos lo que ha pasado hoy y no volvemos a hablarnos, ¿estás de acuerdo? —Arturo afirmó con la cabeza y empezó a vestirse, ya estaba por salir cuando Teresa lo detuvo e hizo lo peor que podría haber hecho en su vida.
—Bueno, pero si lo deseas podríamos seguir haciendo el amor. ¿Te ha gustado?
—Lo siento, pero tengo una mujer y es mejor que tú.

Enfadada por la serie de tonterías que había hecho, se fue a refugiar en su cocina. Por más que trató de preparar algo antes de que llegara Fernando enfadado, por no haberla encontrado en el lugar acordado, no lo consiguió. Se abrió con fuerza la puerta e irrumpió con fuerza Fernando con cara de pocos amigos.

—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué no llegaste a la cita? Ni siquiera me avisaste y te esperé una hora y media. No me cogiste el teléfono y pensé que algo te había pasado.
—Pues sí, si me pasó algo y estamos metidos en un problema gordo.
—¿Por qué?
—Pues porque hoy he estado con Daniel, es decir…
—¿Cómo?
—Bueno, no precisamente con él, sino con su hermano Arturo.
—No te entiendo.
—Pues, hoy cuando ya iba a verte me lo encontré cerca de una tienda y luego hablé con él.
—¿Y qué te dijo ese tal Arturo? ¿sabe lo de su hermano?
—No, es decir, no lo sabía, pero yo se lo he dicho.
—¿Para qué? ¿Estás tonta o qué? ¿Para qué abriste el pico, eh?
—No lo sé. Me dejé llevar por la impresión y mis impulsos. Perdí el sentido de las cosas.
—Bueno, cuéntamelo con detalles.
—Pues, me fui a acostar con él para ver sus heridas y comprobar que estaba bien.
—Pero, ¿no has dicho que es su hermano?
—Eso lo supe después.
—¿Cómo que después?
—Sí, después, cuando pudimos hablar con tranquilidad.
—Ah, o sea que primero te metiste en la cama con él, te lo follaste y luego, con tranquilidad le preguntaste ¿quién era?
—No, no exactamente. Es que…
—¡Eres una puta de mierda!

En ese momento Teresa le soltó un bofetón que casi lo tira noqueado. Con trabajos Fernando se recuperó, pero ya tenía las ideas bien acomodadas en la cabeza. Cuando dejó de ver estrellas y oyó a su mujer que le reprochaba sus deficiencias en el lecho, cambió su actitud.

—Nada de esto hubiera pasado si no fueras un inútil en la cama.
—Bueno, dejemos eso y pensemos en lo que tenemos que hacer ahora porque ese Arturo irá a buscar a su hermano y luego me vendrán a buscar para meterme en la prisión.
—Me parece que la única solución es que nos vayamos de aquí.
—Oye, pero si acabamos de llegar. No llevamos ni tres meses aquí. Si pido un cambio de nuevo, van a sospechar algo y entonces sí que tendremos problemas.
—Pues, busca otro empleo.
—¿Tú estás loca? Llevo años en esto y lo que he logrado es gracias a mi esfuerzo.
—Piensa lo que quieras. Yo no veo otra salida. Si quieres correr el riesgo, allá tú.

De pronto dejaron de hablar y se sumieron en sus pensamientos. Estuvieron todo el tiempo comunicándose con frase cortas y monosílabos.
Fernando no podía concentrarse en el trabajo. Su nuevo jefe le llamó la atención y le pidió que fuera más cuidadoso con las cosas y no cometiera errores que le provocaran pérdidas a la empresa. Los fallos que tenía eran causados por las ideas que se iban germinando en su mente. Había decidido acabar con todo el problema de raíz. De forma inconsciente, ya había matado a Arturo, pero no quería reconocerlo.

“Si desaparece Arturo —se decía con tono convincente como lo es siempre en la cabeza, mas no en la realidad—, su hermano jamás lo sabrá porque está tarado y de esa forma se resolvería todo. La única cuestión es cómo hacerlo porque a mí no se me levantará la mano para matarlo por segunda vez, o sea, atentar contra su hermano por quien no siento odio ni nada. Si contrato a un asesino a sueldo, siempre tendré el riesgo de ser delatado y viviré con el alma en un hilo”.
El empujón que lo obligó a decidir más rápido fue la noticia que le dio Teresa.

—Hoy ha venido a preguntarme por su hermano.
—Y ¿qué le has dicho?
—Nada, sólo que después de recuperarse de las heridas se había ido y nadie sabe cuál es su paradero.
—Y ¿qué te dijo?
—Nada, se quedó pensando un poco y se despidió sin más.
—¿Qué crees que eso significa?
—La intuición me dice que irá a casa de un familiar o de sus padres para saber si se ha aparecido por allí.
—¿Sabes lo que pasaría si lo encuentra?
—Sí.
—¡Me lleva la madre que los parió! Tendré que actuar de nuevo.
—Sí, pero esta vez asegúrate de apuntarle bien porque si no lo matas…
—Y ¡Todo por ti! Dime, ¿acaso no te lo di todo? Nunca has trabajado en tu perra vida. Te toleré todo.
—Mejor cállate porque…—En ese momento hizo un movimiento para recogerse el pelo y, al levantar la mano, Fernando se le adelantó y le dio un golpe con el puño cerrado. Teresa se levantó con la nariz sangrando, le escupió en la cara y se fue a encerrar. Fernando estaba como león enjaulado y para apaciguarse sacó una botella de whisky y comenzó a beber directamente de la botella. El alcohol sólo sirvió para acentuarle el rencor así que prefirió salirse a dar una vuelta. Anduvo una hora y media dando vueltas y decidió volver para dormirse y olvidarlo todo, aunque fuera por una noche. “Mañana será otro día”—se dijo mientras se echaba vestido en la cama.

A la mañana siguiente se fue con la resaca al trabajo. No habló con Teresa en todo el día. Siguió así hasta que la idea de acabar con Arturo lo convenció por completo. Consiguió una pistola vieja muy cara y comenzó a buscar a Arturo. Supo que era el encargado del departamento de mantenimiento de motores eléctricos en una fábrica. Estaba soltero, no era muy comunicativo y se la pasaba los fines de semana en su casa o descansando en la plaza cerca del Palacio municipal. Decidió ponerse en acción. Esperó que Arturo saliera un día de su trabajo y lo siguió. Anduvo tras él un tiempo, pero se desconcertó cuando lo vio entrar a un hotel de mala muerte. Se le revolvió la cabeza y se quedó parado como si estuviera jugando al ajedrez y le hubieran movido una pieza por descuido y no recordara exactamente qué era lo que había planeado para su siguiente ataque. En esa laguna mental se encontraba cuando un hombre salió corriendo del hotel. Reaccionó y entró. La chica de la administración estaba desconcertada, una chica de la limpieza gritaba algo, pero los berridos le impedían pronunciar con claridad, luego apareció una mujer envuelta en una toalla y con el pelo alborotado que pedía una ambulancia con urgencia. Fernando pensó que era Teresa y estuvo a punto de apretar el gatillo de su pistola, pero al verla mejor descubrió que la mujer era más delgada, más alta y mucho más guapa que su esposa. Rápido guardó el arma y se ofreció a tranquilizar a la chica de uniforme que seguía gritando histérica. Fernando la sujetó por los hombros y la agitó tan fuerte que la chica se calló. Unos minutos después entraron unos enfermeros y al saber el lugar donde estaba el herido siguieron a la mujer de la toalla.

“Lo siento—dijo uno de los enfermeros al salir—, no pudimos hacer nada. Llamen a la policía”. La mujer de la toalla seguía impactada, tenía los ojos rojos y murmuraba algo contra su marido. Le cubría los labios una espuma blanca y le temblaban las manos.

 Fernando subió con uno de los policías al lugar del crimen y para no levantar sospechas dijo que había visto al criminal. Cuando vio tendido sobre la cama el cadáver de Arturo, respiró profundo y le dio las gracias a Dios por haberlo sacado del atolladero. Habló con el inspector y le describió al hombre que había salido con un retrato hablado. “La descripción coincide con la de la esposa y la encargada de limpieza —le dijo el ayudante del encargado de homicidios—, muchas gracias. Firme aquí su declaración y si quiere, se puede retirar”.
Fernando salió del hotel, se fue por unas callecitas y cuando se aseguró de que no había moros en la costa, tiró a la basura la pistola que llevaba oculta en el calcetín y se fue a su casa.
Fernando entró en el salón y vio a Teresa. Le dio la noticia, pero ella ni siquiera despegó la mirada de la revista que tenía en las manos.

martes, 27 de diciembre de 2016

El premio a destiempo

"Es imposible sacarse la lotería—les decía a sus conocidos, Rogelio Campos—deberían mejor ayudar al prójimo en lugar de perder el tiempo con sus discusiones estúpidas". 

Nadie le hacía caso. Se le tenía como a un hombre inadaptado que refunfuñaba por todo. En realidad, Rogelio, era un tipo inteligente que había hecho su carrera de sociología, pero la falta de empleo y las circunstancias de la vida, aunados a su poca capacidad para escribir ensayos y su poca paciencia lo habían orillado a llevar una vida de pordiosero con un cartel de dignidad. No era del todo pobre y hacía trabajillos de vez en cuando para ganarse la vida. Lo malo era que la mayor parte del tiempo se la pasaba en la calle, incluso en las horas más calientes del día, y renegaba del sistema capitalista, criticaba con saña a los políticos y a uno que otro burgués famoso.

Sus padres le habían dejado un pequeño piso muy viejo cerca del centro de la ciudad. El mobiliario no había sido cambiado en mucho tiempo y en invierno Rogelio pasaba un frío de los mil demonios. Tenía su rutina desde hacía diez años. Ya no esperaba respuestas favorables en las instituciones públicas donde había metido su currículo, pero de todas formas preguntaba. Al oír que no había nada para él, se daba tranquilamente la vuelta y se iba recordando el año en el que lo habían aceptado como profesor de historia en un colegio. En su tiempo libre leía a Marx, Lenin, Engels, Keynes, Gorz y a otros filósofos y economistas de talla mundial. Tenía la idea de que la economía, a pesar de ser una ciencia, se regía por los caprichos de la gente adinerada y las grandes potencias. No podía explicarse por qué cada vez que pasaba algo en la política se devaluaba la moneda. Eso lo comentaba siempre frente a la gente y era el aspecto principal por el que se le evitaba. Las personas sentían lástima por él, pero el sentimiento de rechazo era más fuerte, por eso le daban para comer las sobras de la cocina, la última moneda y la última palabra de aliento para que superara su situación y se alejara lo más pronto posible. Rogelio se había resignado a vivir solo, no podía establecer relaciones firmes y prolongadas con ninguna mujer porque su aspecto descuidado y su carácter fastidioso alejaban de inmediato al sexo débil.

En una ocasión, faltaban unos días para el sorteo de Navidad, Rogelio vio a una mujer que con dificultad cargaba sus bolsas de comida del supermercado y se ofreció a ayudarle. La mujer agitada y sudando por el calor aceptó y se alejaron caminando por una estrecha calle en la que había comercios de todo tipo. Al pasar por un estanco de la lotería, la señora Carmen Romano, que era como se llamaba la dama, se detuvo un momento, sacó un rollo de billetes que llevaba ocultos en el pecho y comenzó a elegir números. Rogelio de inmediato quiso persuadirla de tirar su dinero a la basura, pero se quedó con sus letanías amasadas en la boca sin poderlas escupir. Una vez que la señora había elegido sus tiras de papel le dijo a Rogelio que siguieran su trayecto, pues faltaba poco para llegar. De pronto, Rogelio sintió que Carmen enrollaba un papel de los que había comprado y se lo puso en el bolsillo de la camisa. Él quería devolvérselo, pero con las enormes bolsas en las manos no pudo reaccionar y pensó que la mujer estaba haciendo algo absurdo. “Ten esto para ver si te lo llevas tú”—le dijo con una sonrisa sarcástica. Llegaron al edifico, subieron tres plantas y frente a una puerta blanca con mil capas de pintura blanca, Carmen le agradeció a Rogelio su amabilidad y lo despidió. Rogelio tenía ganas de tirar el billete a la basura, pero no se atrevió, tampoco hubo a quien regalárselo porque las personas que le atraían al principio resultaban presumidas y muy mal educadas, así que llegó a su casa y metió el rollito en la gaveta de su viejo escritorio y se olvidó de él.

Pasaron los días y siguió con su vida habitual de intelectual con cara de hombre desilusionado de la vida. En el fondo se comparaba con un engendro de los libros de Kafka. Sentía el rechazo de la gente y cargaba resignado con todas las miradas de reproche que le echaban encima. 
Su cara que antes mostraba una risa franca había cambiado su aspecto por una expresión semejante a la de una persona que padece de estreñimiento. Sabía que era un revolucionario inconforme y, de habérselo permitido el destino, habría luchado por los pobres como Robin Hood, habría castigado a los ricos ambiciosos y habría condenado a todos los corruptos. Pensaba en los demás con lástima, sabía a la perfección que se le aceptaba como se acepta al perro callejero que siempre mira con ojos de nostalgia y mueve el rabo cuando alguien descubre algo incomestible en la mesa que se le puede dar al animal. No era rencoroso, había aceptado las cosas como eran. Lo único que lo atormentaba eran las situaciones en las que había tenido que limpiarse los pies sucios en el felpudo de su orgullo. 

Recordaba con pesar el entierro de sus padres, las limosnas para su operación del brazo izquierdo y las palabras de la mujer del tendero. “Dale—le dijo a su marido Mauricio —unas monedas al pobre Roge, no sea que se nos quede manco el pobre y habrá que ayudarlo hasta para ir al baño”. Le pasaban también por la cabeza las interminables ocasiones en las que le habían reprochado que no hubiera trabajado nunca, cosa que resultaba falsa, porque había ido muchas veces a componer tuberías y ayudar en la construcción, pero con tan mala surte que siempre le tocaba la menor parte por ser tan desinteresado. No es que no quisiera ser rico, lo que pasaba en realidad, era que la vida siempre lo había mantenido en los rincones, proporcionándole disgustos, malas experiencias y tristezas que para el caso eran lo mismo.

Se acercó la noche del sorteo y en la calle las personas no dejaban de comentar cosas. Rogelio vio a unos hombres que tenían sus billetes en las manos y rezaban para que dios les diera suerte se persignaban. ¡Eh, ustedes—les gritó Rogelio—no saben acaso que Dios está muy ocupado con la construcción del universo, ¿a dónde creen que nos va a llevar cuando nos caiga un meteorito y se lleve todo esto al carajo? Los hombres lo vieron con desprecio por echarles el momento a perder y se fueron deseándole las peores cosas en Navidad. Cerca de otro estanco encontró a dos hombres similares mirando los números. Cuando lo vieron le preguntaron qué número se compraría él si pudiera. “No le hago al tonto, soñando como ustedes dos, que le piden al Señor sacarse la lotería sin comprar nada. A ver un día de estos baja y les viene a recordar que primero tienen que comprarse el número y luego ver si es posible ganar o no. Par de tarados. Se fue y trató de evitar los lugares muy concurridos para no tener que soportar a los ilusos que le causaban tanto desagrado.

Rogelio había soñado siempre con darle alguna satisfacción a sus padres, pero el destino se empeñó en que sólo les produjera mal sabor de boca y fuera una carga insoportable. Era por su carácter rebelde. No quería aceptar el mundo tal y como era, eso, no le había impedido algunas veces fantasear con verse rico junto con sus padres, haciendo viajes por infinitos países gracias a su buena salud que proporcionada por un seguro médico de primera calidad y una jugosa cuenta en el banco. También, llegó a verse en su imaginación rodeado de mujeres hermosas, en coches caros, codeándose con gente importante, pero todo eso se había quedado en los años de su adolescencia, la realidad le mostró que las cosas se podían obtener de diferentes formas. La más fácil era la deshonesta y no le gustaba, para las demás tenía sólo algunas puertas abiertas pero el esfuerzo para moverlas era inmenso y no le alcanzaba el empuje. Se reía con un gesto amargo y seguía recorriendo las calles con sus zapatillas deportivas agujeradas, su camisa de siempre y sus brazos dorados por el sol y su llamativo pelo retorcido por la intemperie. Aunque se bañaba y lavaba su ropa, su aspecto era muy pobre y la gente lo tomaba más como pordiosero que por un simple infeliz desempleado.

Después del sorteo, al salir a mediodía de su casa, notó que había mucho ajetreo en la calle. Muchas personas maldecían su mala suerte y sólo los tenderos estaban a la espera de que les compraran más billetes con los reintegros o los felices ganadores de premios poco importantes les invitaran una copa en el bar como regalo de compensación. Los que conocían a Rogelio lo evitaban a propósito para no estropearse el día con palabras realistas de contenido pesimista. Era mejor soñar y dejarse llevar por la ilusión que poner los pies en el suelo y afrontar la crudeza de las cosas. Pasó la tarde alejado de los murmullos y la muchedumbre. Volvió a su casa pronto y vio un cartel enorme con el número 19878 que era el ganador. Escupió con desprecio, bajó la cabeza y se fue a leer para olvidar los reproches de sus tripas. Sabía que podía pedirle a Don Paco un bocadillo de lo que le quisiera regalar, pero no estaba de humor para soportar las absurdas charlas de bar. No quería permanecer allí hasta el cierre del local para ofrecerse a ayudar con las sillas y la vajilla., prefería dejarse arrastrar por su eterna depresión. Estuvo mirando unos artículos de una revista de ciencia que se había quedado por allí. No entendió mucho de los descubrimientos en materia de mecánica cuántica y se fue acostar.

A la mañana siguiente se fue a preparar un té de hierbas a la cocina, sacó de la alacena una lata de galletas y vio que quedaba muy poca hierba seca en el interior, puso a hervir un vaso de agua y buscó azúcar. No había, se tomó el té caliente y desabrido. De pronto, se dio cuenta de que llevaba bastante tiempo tratando de aclarar el significado de su sueño. Le daba vueltas una cifra, era como una mosca zumbona que lleva días dándose golpetazos frente a los cristales. Cuando salió de la ducha comprendió el significado: era la fecha de su nacimiento. “Es una coincidencia inventada por mi mente enferma—se dijo—¿qué se puede esperar de un mediocre fracasado como yo?”. Estuvo soportando el hambre hasta que el orgullo se volvió a tender en el piso para que él le pasara por encima. “¿Cuántas veces más tendré que repetir esto, Dios mío? —se preguntó acomodándose los pelos enmarañados—. Seguro que seguiré con mi cara de payaso triste hasta el último de mis días, ¿no es así, Señor? Se resignó por enésima vez y bajó a buscar algunas sobras para dejar de sufrir el efecto de los jugos gástricos revueltos. Notó en el aire preocupación, por todos lados volaba esa sensación de que algo horrible está a punto de suceder, lo entendió por las palabras de una señora con sombrero que hablaba con su amiga. “Fíjese nada más, doña Evita, que el número se vendió aquí muy cerca, en el estanco de Manolo. Él dice que se lo vendió a alguien de por aquí, pero no recuerda a quién exactamente. —¿Se imagina si se pierde esa millonada por falta de reclamación?” Sí —le dijo Evita—. Uno esperando toda la vida que le toque, aunque sea un premiecito para llegar a fin de mes y esta persona le deja los millones al Estado. Menudo imbécil lo haría.

Las dos viejas siguieron en su alegato y Rogelio vio de nuevo la cifra maléfica de su sueño. Por alguna razón decidió volver a su casa y sacar el maldito rollo que le había dado la señora Carmen. Al desenrollar el papel vio que era cierto. El día, el mes y el año coincidían con el número premiado. “Sólo esto me faltaba—se oyó decir dentro de sí—que estuviera toda la maldita vida protestando y criticando a la sociedad y ahora me dieran una entrada para ocupar un puesto privilegiado en los más altos escaños. Tomó una decisión. Buscó por toda su casa monedas y billetes viejos, reunió muy poco, pero aun así pudo comprarse unos zapatos, una camisa y unos pantalones, todo de muy baja calidad, pero nuevo. Cogió el numerito y no pudo salir para ir a cobrarlo. Estuvo encerrado en su laberinto de sus razonamientos. No podía soportar la idea de que la gente cambiara de inmediato al saber que era rico. Ya veía a todos sus conocidos ofreciéndole la mejor comida y bebida, socios improvisados para realizar negocios juntos, mujeres que de pronto lo encontraban atractivo y una interminable fila de personas con necesidades pidiéndole prestada una suma de dinero.

Se encomendó a Dios para encontrar la solución, pero éste le dijo que se leyera la Biblia y que buscara la respuesta. No lo hizo porque muchas veces había abierto el libro sagrado al azar y siempre habían sucedido cosas malas. “Es para forjarte, para hacerte un fiel incondicional como Job”—oía que le decía Jehová, sin embargo, no quiso hacerle caso. Le costó varios días encontrar el ánimo para salir a la luz pública y cuando ya habían festejado los ganadores de los otros premios y la preocupación y el suspenso comenzaban a transformarse en un arbusto seco, de esos de los pueblos abandonados del desierto como los que vemos en las películas del Oeste, salió la foto de Rogelio Campos con un enorme cheque de ocho cifras en las manos. Ya no había forma de dar marcha atrás. Tuvo que llegar de madrugada a su casa porque sabía que la gente lo iba a esperar para supuestamente felicitarlo y cobrarse a lo chino todos los favores que le había hecho hasta ese día. No pudo evitar que le fueran a tocar la puerta día y noche. Después de las felicitaciones venía la lista de calamidades que todos tenían. Aparecieron de pronto familiares que ya creía desparecidos y que nunca habían pensado en él, estaban aquellos a quienes no había visto desde el fallecimiento de sus progenitores. En fin, toda la marabunta de hormigas incansables se dirigía a él con un saludo, una felicitación y muchas demandas de ayuda económica. Fue por eso que decidió cambiar de residencia y dejó su piso para ir a radicar a otro lugar. Compró un apartamento modesto, dejó en el banco una cuenta no muy gorda y el resto lo destinó a un orfanato, una clínica y un asilo de ancianos.

Al desaparecer Rogelio surgió un torbellino de gritos que reprochaba la conducta mísera del ganador del premio mayor. “Es un maldito desagradecido—decían—, toda la vida manteniéndole para que ni siquiera nos dejara un milloncito. Si hiciéramos las cuentas—comentaban otros— de lo que nos debe el muy desgraciado no le alcanzaría su fortuna para pagarnos el buen trato que le dimos siempre. ¡Que se pudra con sus millones —gritaban los más despechados—, tenemos la fortuna de habérnoslo quitado de encima, el muy lacra!

Cabe mencionar que Rogelio buscó personalmente a Carmen Romano y tuvo que sufrir el acoso de todas las vecinas que lo reconocieron y aprovecharon la ocasión para ofrecerle la mano de sus sobrinas, hijas y hasta nietas. No la encontró y tuvo que resignarse a buscarla, sin éxito alguno, mucho después.

El día que fue en compañía de un abogado y un notario a hacer efectivas las donaciones, creyó que tendría una vida apacible y habitual. Pudo ser así, pero, por desgracia, el mundo es tan pequeño que sus antiguos conocidos descubrieron su nuevo domicilio y no dejaron de visitarlo. Al enterarse de su decisión en favor de los desprotegidos, sus supuestos amigos, le pedían la devolución de los regalos que le entregaban, le echaban en cara su desfachatez y con un azote de puerta se iban a toda prisa escupiendo como si hubieran ingerido algún veneno.

Rogelio vivía relativamente tranquilo y de forma muy modesta. Soportaba a conciencia las críticas de sus conocidos y familiares y se aisló mucho. Lo peor es que comenzó a tener pesadillas. Se despertaba agitado y padecía de la tensión arterial. Había ocasiones en que deseaba desfallecer y morirse de verdad. Era porque su inconsciente se divertía alimentando sueños con los deseos ocultos de Rogelio, en los que había hoteles de lujo y una actriz muy guapa que le había gustado siempre y había sido partícipe de sus sueños más románticos. Tuvo la desgracia de encontrar a una mujer muy parecida, pues a pesar de que la actriz era muy rica y talentosa su tipo era muy habitual. Rogelio le propuso matrimonio en la primera cita, pero Lola, como se llamaba la hermosa joven, era muy materialista y lo mandó a freír lo que se le pegara la gana. Rogelio lamentó no tener sus millones para callarle la boca, llevársela a la cama y meterla en una iglesia para hacerla su mujer. No pudo soportar que ella lo tomara por un pelele y se prometió no volver a ver las películas de su actriz favorita.

Fue sobrellevando las cosas y se alejó de todos. Corría a las seis de la mañana por la playa, se tomaba un aperitivo a mediodía y soportaba los brutos comentarios de siempre, pocas veces entraba en las conversaciones de los demás, no tenía amigos y se dedicaba a ver películas en su casa, leer libros y revistas. Iba al teatro una vez al mes y cuando sintió la proximidad de la vejez recordó la casa de ancianos y decidió irse a vivir allí porque su salud ya no era tan buena y prefería cualquier cosa a ser encontrado como aquella momia de un hombre que estuvo cinco años descomponiéndose en su cama hasta que lo hallaron por casualidad.


Lo recibieron muy bien en la casa de ancianos, nadie recordaba que él había hecho una donación, pero le creyeron. Las enfermeras sintieron un poco de rechazo hacia él, las ancianas lo evitaban y mantenían las normas de etiqueta durante las comidas. En las salas de juegos no le invitaban a participar y sólo tomaba parte en el dominó o el ajedrez. En una ocasión estaba jugando con unos compañeros cuando salió a la conversación su nombre. “¿Se imaginan? —dijo un tipo al que le parecía que había visto antes— Uno de los hombres más ricos de este país hizo una gran donación para este asilo y no tenemos ni servilletas para limpiarnos en las comidas, y del baño, ni hablar. Malparidos. Se aprovechan de la gente, el dinero es como los dulces: todos los quieren y jamás se hartan de ellos, ¿verdad? “¿Quién es ese hombre de quien habla?” —preguntó un curioso—. Se llamaba Rogelio, como usted—y señaló en dirección de su compañero de juego—, Rogelio Campos, para ser exactos. De joven y después de terminar la universidad, el muy holgazán se dedicó a hacer trabajillos ocasionales y mendigar el pan. No era un pordiosero, por supuesto, pero esa era la impresión que teníamos todos. Nadie lo quería de verdad y le brindábamos nuestra amistad por pura compasión. Un día se sacó el gordo, ¿se imaginan? La gente se esperanzó y creímos que Rogelio sería generoso con todos nosotros, pero el muy cabrón se desapareció. 

Ni siquiera fue al entierro de su hada madrina, Carmen Romano, llamada “La Usurera”, que fue quien le regalo el billete. ¡El muy cabrón ni siquiera lo compró él mismo! Todo el tiempo se quejaba del capitalismo y con su aspecto de hippie marihuano hablaba del comunismo y no sé qué tantas tonterías. ¡Ah, pero en cuanto tuvo la plata, se fue! No le quiso ayudar a mi comadre, que debía su casa, ni a Don Pancho que estaba a punto de perder su negocio. Fueron tantas cosas que nunca acabaría de contárselas. ¿Y qué hizo al final? Pues donarle el dinero a este asilo, en el que el director es un ladrón, y a no sé cuál orfanato. No digo que eso sea malo, pero debió velar por sus amigos, primero. A mí, por ejemplo, me habría ayudado a salvar a mi mujer, que en paz descanse, de un cáncer terrible.

 Ahora ya es demasiado tarde para lamentarse. Me imagino que ese hijo de su madre debe estar en una isla con todos los servicios a la puerta y su avión privado. ¡Cuántas cosas no se habrá comprado el falso comunista ese! En fin. Terminemos la partida…voy a cerrarlo, queridos amigos…!Mula de tres: la luna de miel!

viernes, 23 de diciembre de 2016

El báculo de Hermes (+18 )

Cuando me comunicaron que Mauricio se encontraba muy grave en el hospital se abrió ante mí una fosa insalvable. Se creó un vacío del tamaño de un agujero negro y mis sentimientos entraron en conflicto. Me habían dicho que era imposible salvarlo y que le quedaba muy poco tiempo. Sabía que debía ir y perdonarlo, pero algo me detenía. Me vi obligado a hacer de tripas corazón y presentarme en su cámara. Lo vi deshecho, ya no era aquel hombre fuerte lleno de tatuajes y autoritario. Se veía como un muñeco pintarrajeado al que habían destripado para sacarle el relleno y se disponían tirarlo a la basura. Me acerqué y traté de hablarle, él hizo un gesto de desagrado, es probable que la retahíla de palabras absurdas que le dije, le produjeran irritación. Movió la mano con mucho esfuerzo para indicarme que me fuera y le dije muy cerca, mirándolo sin compasión, que lo perdonaba. Cerró los ojos, me di media vuelta y no supe si ya había fallecido en ese momento o murió después. Creí que con su desaparición se terminaría mi condena, pero más bien era el principio de una venganza que me perseguiría mucho tiempo.

Nos habíamos conocido cinco años antes en un club deportivo. Él se estaba cambiando y cuando se puso el agua de colonia me lanzó el recipiente y me recomendó que me lo pusiera. Hice lo que me pidió y noté que era un aroma bastante agradable. Como era de esperarse relacioné ese olor con Mauricio quien me cogió del brazo y me llevó a una cafetería. Tenía un carácter impulsivo, no toleraba que la gente le negara las cosas y llevaba las conversaciones de una forma que el interlocutor siempre se sentía en una situación agradable, pero con muchos halagos e insultos que intercambiaban su sentido por la entonación o el momento de ser manifestados, Mauricio lograba engañar a cualquiera porque era muy inteligente y astuto. Nuestra amistad se fue estrechando con rapidez, me invitaba a lugares interesantes, me hablaba de pintura, escultura y, cuando me contaba algo sobre los libros que le gustaban, me sentía seducido por su capacidad de análisis. Se podría decir que era un psicólogo nato. Conocía el carácter de la gente y fingía su empatía de forma impecable.

No tenía hermanos, pero siempre hablaba de su primo Eduardo quien vivía en los Ángeles. Lo conocí un día y me pareció muy raro. Tenía una forma de hablar como si fuera un hippie, fumaba marihuana y tenía el pelo como Bob Marley y también le encantaba el reggae. No tenía nada en común con Mauricio, descubrí que Eduardo sólo era una excusa para hablar de su familia, pues nunca mencionaba a sus padres, ni abuelos. Para todo decía: “Mi familia del gabacho”. Por toda purrela se refería a su primo Lalo y a otros supuestos primos de los cuales nunca dijo nada en especial.

Un día me invitó a su casa y me propuso que me quedara a vivir con él. Yo rentaba un piso pequeño y pasaba dificultades para llegar a fin de mes. Acepté su propuesta con gusto. Me asignó una habitación vacía y me propuso que la amuebláramos. Fuimos a comprar una cama, una mesa y unos cuadros. En una semana tenía una habitación muy acogedora. Mauricio trabajaba en su casa. Compraba y revendía todo lo que encontraba en Internet. Tenía un olfato increíble para hallar cosas baratas y venderlas caras. Su lengua era de oro. Fue esa forma de persuasión la que me fue acorralando poco a poco. Al principio noté que por vivir en su casa juntos representaba un compromiso que Mauricio me hacía sentir a menudo. Tenía la obligación de colaborar con dinero, ayudarle a vender cosas entre mis compañeros de la oficina y agradecerle lo que hacía por mí. Mi falta de atención o, la dependencia que sentía de Mauricio, me obligaron a hacer ciertas cosas que no tenía claro si me gustaban o no. Muchas veces estuve a punto de tirarlo todo e irme a vivir otra vez solo y alejado de mi compañero.

Un día que volvimos del gimnasio me miró de una forma muy rara, me habló de unos tatuajes que deseaba hacerse y me dijo que estaba decidido a pintarse todo el cuerpo. Vimos algunas páginas con tatoos y con determinación exclamó. “Me los voy a hacer al estilo polinesio”. A partir de ese día comenzamos a ir a un salón donde le dibujaban con una tinta especial negra sus dibujos gariboleadas. En seis meses estaba irreconocible. En el gimnasio causó furor, le decían el Semental, pero algunos de los que me veían con él decían que tuviera cuidado con el Toallón y cuando les preguntaba por qué le decían así, respondían que era porque envolvía, secaba y dejaba en bolas a la gente.

Me di cuenta de que cada vez mi dependencia hacia Mauricio era más y más grande. Incluso había dejado de interesarme por Julieta de quien, según palabras de Mau, no podía estar enamorado. “Es una mujer tonta y terrenal, Valentín— me decía con una enorme risa irónica—tú deberías buscar algo más filosófico, más placentero y romántico”. Yo no estaba convencido y todas las noches soñaba que podía seducir a Julieta, era la única mujer que me interesaba en el mundo. Me precipité un poco y sin pensarlo fui a verla, le descubrí mis sentimientos y se negó a todas mis propuestas. Su argumento fue muy simple. “Me gusta otro tipo de hombres —respondió—, tú eres demasiado suave y te vendría mejor una chica menos pretenciosa que yo”. Fue todo lo que me dijo, pero lo suficiente para provocarme una fuerte depresión. Mauricio me echó un rollo muy raro cuando me vio de capa caída tirado en mi cama.

—Oye, Vale, ¿has pensado alguna vez que los hombres tenemos una parte femenina?
—No.
—Pues, tal vez no lo hayas notado, pero lo que te atrajo de mí fue eso. Es esa característica la que nos seduce en otras personas. Cuando vemos una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre sentimos atracción. ¿No te había pasado nunca?
—No. No lo había pensado nunca.
—Creo que ya es hora de que lo entiendas. No te he buscado por tu linda cara, sino porque tú diste el primer paso. Me mostraste ese aspecto femenino tuyo para engatusarme y hacerme sentir excitado. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir jugando?

No tuve tiempo de decir nada. Se abalanzó sobre mí y me sometió con mucha fuerza. A la mañana siguiente amanecimos juntos. Me encontraba medio dormido cuando sentí de nuevo el peso de su cuerpo. Me tapó los ojos con la mano y me susurró obscenidades. Al levantarnos me llevó a la ducha me dijo cosas agradables, estaba sonriendo todo el tiempo y me dijo que iríamos a desayunar. Llamé a la oficina y me disculpé diciendo que tenía una urgencia.

Así comencé a ausentarme cada vez más de mi empleo hasta que lo perdí. Después de mi desagradable experiencia traté de librarme de Mauricio, pero él se dio cuenta y me trató con mucho tacto. Primero, simuló que lo sucedido había sido un arranque de pasión. Después, no volvió a tocarme en una semana, se puso muy amable y me distrajo pidiéndome opiniones sobre unas prendas nuevas de vestir americanas que se podían colocar bien en el mercado. Pasamos haciendo trámites burocráticos mucho tiempo y al final logramos importar lo que queríamos. Empezamos a vender mucho. Las ganancias eran buenas y Mauricio conoció a un chico de nombre Gabriel que se vino a nuestro piso. Era delgado, tenía el pelo rizado y los ojos muy grandes y verdes. Su carácter era agradable y desde la primera noche no salió de la habitación de Mauricio. Me sentí aliviado porque así dejaría de tener que soportar los asaltos nocturnos que me desagradaban tanto. La felicidad no me duró mucho porque al cabo de una semana Candy, como se empezó a llamar Gabriel, venía a consolarse conmigo todas las noches. Decía que Mauricio era cruel con él porque no lograba complacerlo, que no le era sincero y que sólo lo estaba usando para beneficio propio. Pasé varias noches con Gaby en mi cama. No lo toqué y no quise que se me acercara mucho porque era demasiado tierno y sentimental. Me daba un poco de lástima y lo abrazaba para que se durmiera.

Un sábado por la tarde, mientras Candy se pintaba las uñas de los pies y yo estaba viendo un programa sobre la guerra de Siria, llegó Mauricio con sus nuevos persings. Estaba muy contento, nos mostró las cejas, la nariz y se quitó la camisa para que viéramos su ombligo. Le colgaba un pequeño revólver que más parecía un llavero. “Es—dijo con cara de niño regañado—para matarlos a ustedes…pero de risa”. Candy cerró su frasquito de pinta uñas, agitó las manos para hacer aire y secar el esmalte y se lanzó con los brazos abiertos hacia él, éste lo recibió con un beso y lo empezó a desnudar. Le quitó la bata de seda, se liberó de sus pantalones y empezaron a acariciarse. De pronto me rodearon y me quitaron la ropa. Me besaron entre los dos y me invadió la náusea, Mauricio sacó una botella de ginebra y me dio un vaso lleno. Me lo tomé a la fuerza, luego me sirvió otro y ya borracho no supe bien lo que pasó entre nosotros tres.

“Te portaste a la altura, Valentín—me dijeron los dos, que desnudos a mi lado me acariciaban el pecho a la mañana siguiente—, seremos inseparables”.

No hablé mucho en todo el día. Gaby estaba muy apurado con un encargo que le había hecho el dueño de una tienda y Mauricio estaba buscando una empresa de trasportes que pudiera hacer la entrega de una carga grande de ropa. Todo se solucionó y los días venideros fueron de gozo y celebración. Mauricio estaba amabilísimo. Nos hizo regalos y fuimos a un restaurante a celebrar los avances del equipo comercial que supuestamente formábamos.

Renuncié a mi empleo y al despedirme de mis compañeros, Magdalena, con quien salí en alguna ocasión en plan de amigos, me dijo que siempre estaría libre para cualquier cosa que se me ofreciera. Era una chica muy delgada con cara de diablillo, pecosa y muy apasionada. No tenía mucha suerte con los hombres porque según decían, desnuda no tenía un gramo de carne, y a nadie le gustaba comer huesos. No sabíamos todavía que el destino nos uniría después.

La relación comercial con Gaby iba bien. Los ingresos habían aumentado y Mauricio se fue apoderando del capital. Una noche se emborrachó y sacó unos vestidos. Le dio a Candy uno rojo y le dijo que se maquillara y se lo pusiera. Luego, le dijo que no se olvidara de la ropa interior. Gaby se fue a cambiar y Mauricio me cogió por los hombros y me arrancó la camisa. Tú también—gritó—. Ponte este vestido azul. Yo no estaba de humor para sus ocurrencias y le dije que no quería, pero él se enfureció y me golpeó. El impacto que recibí en la cara me dejó viendo estrellas. Luego me pateó el estómago y los riñones, la cabeza y las costillas. Perdí el conocimiento. Me recobré luego, pero fue sólo para sentir como se me montaba el animal. Exhausto permanecí tirado en el piso. Tenía las costillas rotas. Jadeando, Candy, obligado por Mauricio, me pedía que los mirara. El espectáculo fue muy desagradable.

 Decidí irme para siempre y le pedí a Magdalena que me recibiera en su casa. Ella me ofreció cobijo y estuve con ella una semana, pero una tarde se presentó Gaby que estaba muy alterado y lloraba entrecortado. “Tienes que ayudarme, Valentín, Mauricio dijo que, si no te convencía de volver, nos mataría a los dos”. Fuimos a la policía y pusimos una demanda por maltrato, sin embargo, nos trataron mal y se burlaron de nosotros. Logramos poner la reclamación, pero nos acompañaron los chiflidos y las risas burlonas todo el tiempo que estuvimos en la comisaría.

Me vi obligado a volver. Mi regreso sirvió para acrecentar la confianza de Mauricio en sí mismo y las ofensas hacia mí y Candy. Mauricio sacó una cámara de vídeo y nos dijo que teníamos que hacer un cortometraje de nuestra reconciliación. Estuvo violento, usó un fuete y objetos punzantes. Nos causó bastante dolor y se empezó a dirigir hacia nosotros como si fuéramos dos mujeres quejumbrosas. Nos amenazó de muerte. Pensamos que la filmación podría servirnos de prueba para denunciarlo, pero no encontramos la tarjeta de memoria de la cámara digital por ningún lado. Comenzamos a ser víctimas del chantaje y el terror. Nos quebró nuestra integridad y nos convirtió en dos ratones cobardes.

En una ocasión nos habló de Hermes el mensajero de la mitología. “¿Sabían que Hermes tenía un báculo? —nos preguntó como si fuéramos unos imbéciles retardados—No, seguro que no lo saben. Y desconocen también que ese objeto es un símbolo sexual. Hay, par de ignorantes, un hueso en los mamíferos que sirve para prolongar el apareamiento, es el recurso que la naturaleza emplea para que los machos mamíferos retengan a sus hembras por más tiempo y eyaculen mejor, es decir, que garanticen la prolongación de las especies eligiendo a los más fuertes. Es por eso que tendré como Hermes y las morsas, mi hermoso báculo de un material duro y resistente que se emplea para curar las fracturas de los huesos. Les va a gustar. Fue todo lo que dijo en ese momento y al día siguiente mandó cambiar la cerradura de la puerta. Vinieron dos tipos con ropa de cuero y barbudos que nos impidieron salir de la casa durante dos semanas y media. Comían pizzas y nos dejaban sólo las migajas. Teníamos pocas cosas en el frigorífico y no nos morimos de hambre por pura suerte.

Llegó Mauricio. Estaba como siempre. Lo único que había cambiado era su forma de vestir. Ya no llevaba sus eternos vaqueros y su camiseta negra. Venía envuelto en una bata de seda con dragones bordados. Hablaba con majestuosidad como si estuviera imitando a un rey. Pensamos que se había vuelto loco. Sacó de un maletín que traía cargando unos fajos de billetes y se los dio a los bikers. Se alegró de vernos y nos pidió que le diéramos nuestra opinión de su nueva apariencia. Se desató el cinturón de la bata y quedó desnudo. Tenía una erección enorme, movió la cadera y con los ojos nos señaló su miembro. “¿Qué tal nenas, les gusta?”. A continuación, nos llevó a la ducha, nos lavó con cuidado y nos condujo al dormitorio.

“Bueno mis pequeñas—farfulló aclarando cada vez más la voz—, hoy les voy a mostrar un nuevo mundo. Un paraíso de placer que ni siquiera se habían imaginado. ¿Saben por qué los leones copulan tantas veces? ¿Saben cuántos orgasmos tienen las leonas? Bien, mis pequeñitas. Hay una cosa que se llama intromisión prolongada, eso es simplemente el tiempo que puede penetrar un macho a una hembra sin tener erección y retenerla para que no se vaya con otros machos. El báculo es un hueso, amiguitas, a mí me lo han puesto. ¡Miren qué preciosidad! —vimos un enorme trozo de carne con unos contornos marcados por la pintura. Se había tatuado el pene—. !Tóquenlo! ¡Tóquenlo!
Cogimos el miembro de Mauricio y notamos que estaba muy duro, como un hueso. “Es un hueso artificial—dijo al ver nuestra cara de asombro—. Soy Hermes el multiforme con cetro de hierro. Dominaré a mis allegados. Seré el señor Maorí tatuado dueño y señor del placer”.

Nos encerró en la habitación y estuvo probando su verga hasta que se cansó. Al principio se enfureció porque si bien podía penetrarnos a sus anchas y en seco, no podía obtener satisfacción. Pasaron varios días hasta que descubrió la forma de eyacular y sentir lo que buscaba.  Candy se sintió muy mal porque fue él quien tuvo que resistir la mayor parte de las embestidas. Como yo gritaba mucho por el dolor Mauricio desistió de mí. Tuvimos que ir de urgencia a ver a un médico. En la consulta nos dijo el doctor que teníamos desflorado el recto y que hacíamos muy mal jugando tanto con el consolador. Le explicamos que no era un juguete lo que nos había ocasionado las hemorragias internas, sino Mauricio. “Es imposible, amigos—dijo con una sonrisa sarcástica—, ni un súper negro sería capaz de ocasionarles tanto daño. Cuando finalmente le confesamos todo, se encogió de hombros y nos dijo que lo mejor era ir a la policía a poner una acusación, pero que, por desgracia, los movimientos masivos a favor de la elección libre del matrimonio habían llegado a tal punto que cualquier opinión en contra de la unión entre dos hombres o dos mujeres era ya un tabú y se prefería no hablar de eso para no ocasionar marchas y conflictos con la policía antimotines.

Salimos decepcionados. Candy me convenció para que lleváramos los certificados médicos a la policía. No quisieron tomar nuestras declaraciones en serio y nos trataron de pervertidos y nos echaron a la calle. Decidimos huir, pero Mauricio nos encontró con rapidez. Nos llevó de nuevo a la casa y siguió con sus pruebas, o lo que él llamaba así. Si no hubiera sido por uno de sus amigos que le propuso debutar en el porno, Gaby y yo habríamos tenido un grave problema de salud. “Está claro que con esa cosa sólo puedes proporcionar placer, Mauricio—le decía un hombre gordo y pelirrojo que lo acompañó para ver unos productos de cuidado de la piel que se estaban vendiendo como pan caliente—. Deberías plantearte hacer películas tres equis, pruébalo. Ya verás que te haces milloneta”.
Mauricio lo hizo y pronto cobró mucha popularidad, decidió adaptar el piso para que quedara como un estudio de cine. Tiró una pared falsa, compró una cama enorme, decoró las paredes con unos tapices muy caros, puso lámparas por todos lados, compró equipo de filmación, contrató a un chico camarógrafo muy talentoso que sabía programación, trajo hombres y mujeres del gimnasio y empezó a rodar. Se ganó muy pronto un sitio en el negocio del cine para adultos, para entonces Gaby y yo habíamos podido liberarnos del yugo de Mauricio y nos fuimos lo más lejos posible.

Todo había ido bien hasta ayer por la noche cuando Candy me llamó para decirme que Mauricio estaba en el quirófano, que los doctores estaban tratando de salvarlo porque el famoso báculo se le había enterrado en los intestinos y le había destrozado las tripas como si fuera una catana. Me explicó que Mauricio estaba haciendo una película en su casa y que unas mujeres se enfadaron con él y que lo habían tirado por las escaleras. Lo único malo es que su pene era tan duro que al caer sobre él se le hundió casi por completo. Luego, llamaron a urgencias, lo metieron a operación y no se sabía si se salvaría o no.


Hoy he confirmado su muerte. No sé si pueda perdonarlo alguna vez. Me queda la carga de esos interminables sufrimientos y la amarga compasión que sentí al verlo destrozado echado en su cama de hospital. Es como si todo el tiempo hubiera deseado que se muriera y en el momento en que eso pasó, comprendí que todo era absurdo porque su muerte no me causó la más mínima satisfacción. Lástima.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

La explosión de los celos

Había leído, en mis tiempos de estudiante, una novela policíaca en la que un hombre se disfrazaba de Santa Claus, cogía una pistola y se iba a matar a un abogado que lo había estafado. Se trataba de una venganza. La historia era muy larga y presentaba muy bien el cuadro psicológico del criminal

En mi caso la historia es corta y muy ridícula, pues usé la misma estratagema para ir a matar a mi vecino porque descubrí que se estaba agenciando a mi mujer durante mis ausencias. Mi trabajo es agobiante, pues tengo que repartir tanques de gas, o bombonas como les dice el gachupín, en las casas y me la paso todo el día cargando, conectando y desconectando a las estufas los dichosos tanques. Antes trabajaba medio día los fines de semana, pero con la devaluación comenzó a faltarme el dinero y pedí que me dieran los turnos completos el sábado y el domingo. Gracias a dios me aumentaron el trabajo, pero comencé a ausentarme todos los días. Volvía por las noches, cenaba en compañía de mis hijos, hablaba un poco con mi mujer y caía muerto de sueño en la cama.

 Un día, por casualidad, volví más pronto que de costumbre y oí que mis vecinas estaban comentando los chismes de la vecindad. “Se imagina, señora Dolores, que la Marta se va todos los días al puesto de don Pepe y se quedan los dos allí, encerrados horas enteras, ¿qué piensa usted que harán durante tanto tiempo?”. No sea tonta, Vicenta—le contestó la otra—. Está claro que nomás hacen sus cochinadas. Si lo supiera el pobre Paco, seguro que los mataba por cochinos.
Para mí todo quedó clarísimo y me escondí para que no me vieran. Luego, fragüé mi plan, pues como ya estaba cerca la Navidad, decidí que me conseguiría un traje de Papá Noel, luego me iría al mercadillo al puesto de petardos de Pepe y les echaría gasolina mientras estuvieran fornicando allí adentro, luego tiraría descuidadamente un cigarrillo y adiós.


Llegó el día esperado, pedí permiso en el trabajo para faltar. Me conseguí un pequeño bidón con gasolina y lo metí en un saco, luego me disfracé, me puse una ridícula barba de algodón apelmazado e hilos de poliéster y me fui a buscar el local de Pepe. Cuando llegué me sorprendió que la gente estuviera corriendo de un lado a otro y hubiera una nube enorme de humo. Vi el anuncio del local donde estaba mi mujer, tenía la cortina metálica bajada, corrí y empecé a golpear con el puño, pero no hubo respuesta. Vi un tubo tirado y comencé a levantar la pesada persiana, pronto cedió y pude abrir. Mi mujer estaba desnuda, dormida al lado de Pepe en una colchoneta, traté de despertarlos, pero José estaba inerte como desmayado y Marta apenas respiraba. Le puse mi chaquetón rojo, me la eché al hombro y me la llevé a la casa. Durante el trayecto noté que iba delirando. “Pinche Pepe, no jodas, ¿a dónde me llevas, cabrón?”. Le di un bofetón y perdió el conocimiento. En ese momento se oyeron explosiones muy fuertes y salí rapidísimo sin volverme a mirar lo que estaba sucediendo.

 Cuando llegué a mi casa todo mundo estaba espantado. Se oían a todo volumen los televisores. Transmitían la noticia de un incendio en el mercadillo de petardos. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Declaración

Era domingo, hacía frío y no tenía ganas de ir a trabajar. En mi empleo los horarios están al revés: descanso cuando la gente trabaja y laboro cuando todos descansan. Esa mañana me habían echado en cara mis hijos y mi esposa que llevaba más de diez años estropeando sistemáticamente los fines de semana. Por más que traté de argumentar mis razones, las caras de reproche no cambiaron y salí odiando a medio mundo. Caminé arrastrando mi consciencia con mucho trabajo. Maldije no haberme dedicado a otra cosa y haberme casado, traté de imaginarme vestido de traje dirigiendo una empresa, pero ya era muy tarde para cambiar de empleo y no tenía título de ingeniero ni mi especialidad era la gestión de empresas.

Traté de resignarme, aceptar mi paupérrima condición y levantar el ánimo, sin embargo, la escarcha del viento me hizo pensar que mi vida era un eterno invierno y las estaciones del año no existían para mí, sólo para los demás salía el sol. Subí al metro y vi la enorme escalera eléctrica que me pareció que en lugar de ir al andén me llevaba al mismísimo infierno. Vi durmiendo a la poca gente que en un día como aquel acudía a algún lado sin un objetivo determinado. Llegué a mi estación y salí del vagón, seguía oprimido por el remordimiento y el odio hacia mi condición de emigrante con un contrato de servicio por horas. 

A decir verdad, no estaba mal económicamente, ni mi trabajo era agotador, tampoco tenía que sufrir las humillaciones de un jefe ensañado con el personal. Lo único que me agobiaba eran esas palabras pegajosas e incomodas de mi familia que se repetían los sábados y domingos y que me estropeaban el desayuno. Caminé por una calle para cruzar hacia mi centro de trabajo. Intenté cambiar las imágenes de mi cabeza por las cosas agradables que había vivido, pero sólo acudieron los recuerdos de los edificios y avenidas que tenía cerca y que veía todos los días. Se aparecieron unos tanques imaginarios del día de la victoria del nueve de mayo, luego el desfile de coches apoyando al partido democrático con sus escandalosos sonidos de claxon. Esas calles eran así, demasiado importantes para olvidar su nombre y los acontecimientos de los que eran testigos. Cuando iba acercándome a mi destino me hice un lavado de coco para cambiar la cara de palo que llevaba. “Sonríe—me dije con voz suave—, no te puedes presentar así ante quienes te están esperando”.

No pude cambiar la expresión de mi rostro con esas palabras huecas, pero un suceso ridículo me devolvió la alegría, la esperanza y el amor. Ahora me parece algo nimio y cómico, pero en aquel momento me impresionó por lo imprevisible que fue. Seguía diciéndome cosas motivadoras para cambiar mi expresión, pero todo era inútil. De pronto, vi que a mi encuentro venía una pareja. Nos fuimos acercando y en un instante el hombre se dio cuenta de que uno de los cordones de la zapatilla deportiva de la chica con la que iba estaba desatado. Sin pensarlo flexionó una pierna y quedó ante ella en una posición como si fuera un valiente caballero que va a recibir una orden ante un rey, puso la zapatilla sobre su muslo y con cuidado fue ajustando los cordones, yo me encontraba muy cerca y pude mirar a la chica que tenía una cara de ensueño y una risa de alegría contenida. El hombre hizo un nudo y le preguntó muy serio si quería casarse con ella, sin dudarlo ella sonrió y dijo que sí, él le besó la mano y ella la retiró con sorpresa, fue cuando comprendí que la chica no había escuchado bien lo que se le había preguntado. Sin levantarse, él repitió la pregunta, pero esta vez de forma muy clara y en voz más alta. La chica me vio y se sonrojó, luego volvió su mirada y respondió que sí. Después se fueron abrazados y me empecé a reír.


Por fin, había recobrado el buen humor y sentía satisfacción por haber presenciado una cosa ridícula que jamás nadie vería un domingo a las ocho y media de la mañana. Se me hinchó el pecho y aceleré el paso. Trabajé mi jornada completa con una sonrisa que no se me disolvió durante diez horas. Pensé que el amor es un sentimiento compuesto de muchas cosas, pero es en exceso simple y un detalle insignificante lo puede hacer surgir de forma natural e inesperada. Sé que todo mundo me dirá que estoy mal de la cabeza, pero cada vez que encuentro una dificultad en mis relaciones pienso en aquel tonto enamorado que no encontró una mejor ocasión para darle rienda suelta a sus sentimientos contenidos. Quizás esa pareja se haya divorciado, tal vez no hayan sido felices o, por el contrario, puede ser que sigan juntos ahora mismo recordando esa escena en la que un hombre enamorado se hincó por caballerosidad y luego descubrió, con enorme sorpresa, lo que había estado deseando hasta ese momento. Nunca lo he tratado de imitar y cada vez que tengo complicaciones en mi matrimonio recuerdo esa imagen poco habitual de un domingo por la mañana, sonrío y resignado acepto cualquier cosa que se me exija, cualquier reproche que se me haga porque sé que el amor siempre estará allí, donde menos te lo esperas. 

martes, 13 de diciembre de 2016

El investigador psico-fisonogmista

El inspector de homicidios Mauricio Díaz se ha levantado muy alterado por las visiones que le han surgido durante el sueño. No es nada raro que le suceda, pues él mismo programa su mente desde la noche anterior para que se produzca este fenómeno. Antes de acostarse, piensa en los pormenores de los casos que tiene que resolver y le dicta una lista de preguntas y cuestiones sin resolver a su cerebro, después se desconecta del mundo real y se pierde en la oscuridad de la noche para que el inconsciente se ocupe de lo demás. Por lo regular, tiene un sueño profundo y no se despierta por las noches, incluso cuando lo hacen sudar sus pesadillas. A lo largo de su carrera como investigador ha templado sus nervios lo suficiente como para mantenerse dormido sin importar lo terrorífico de sus visiones nocturnas. Se ha preparado su desayuno y ha escrito las conclusiones a las que ha llegado en su estado onírico. Para él es muy importante llevar un registro ordenado y conciso de las ideas que obtiene a las horas más tempranas, ya que son las claves que le ayudan a resolver los acertijos que le dejan los asesinos.

Desde hace mucho tiempo le ha delegado a Eduardo Gómez, su ayudante, los pormenores de los casos, es decir, todo lo relacionado con las pistas, huellas, objetos, interrogatorios y demás rastros. Gómez es también muy escrupuloso con el trabajo y sabe que atando los cabos de la forma correcta llega a las mismas conclusiones que su jefe. Al principio Lalito, como le dice Mauricio Díaz, no entendía por qué su jefe se dedicaba a husmear sobre la conducta y personalidad de las víctimas en lugar de reunir datos y pruebas para coger al asesino o encontrar un móvil en el escenario del crimen; pero después comprendió que era su estilo y que, a pesar de ser tan inusual, traía buenos resultados.

Hacía poco Mauricio había recibido un caso bastante extraño, por eso había pedido que le hicieran un busto de la víctima. Abelardo Contreras, el jefe de la comisaría, accedió a tal petición con mucho trabajo, pues no le pareció correcto que Mauricio Díaz empleara a un estudiante de la Academia de Bellas Artes para elaborar en yeso una estatua de la cabeza del famoso actor muerto a puñaladas.

 “Es que es la única manera de trabajar por las noches desde mi casa”—le espetó Mauricio a su superior—. Contreras tuvo que acceder y permitir que el estudiante, flacucho, remedo de Auguste Rodin, entrara en la morgue con sus espátulas, plastilina, gazas y trebejos de todo tipo para elaborar un molde en el que se vertería un material más consistente. Cuando los cargadores llegaron con la reproducción del difunto, Mauricio les pidió que lo colocaran en el salón cerca de la ventana y de perfil para que la luz del día pudiera caerle sobre la cabeza, la miró unos segundos y con un movimiento extraño de la mano les dio una propina y los echó de la casa. Una vez que se encontró solo, el inspector comenzó a tomar las medidas de la cara. Apuntó la distancia entre los ojos, las características dimensionales de la mandíbula, el ancho de la frente y comenzó a escribir un reporte psicológico del hombre de cal. Por el aspecto físico de la víctima supo que era un hombre sano, inteligente y muy sociable, gozaba de una potencia sexual bastante envidiable y lo más probable era que su promiscuidad lo había llevado a relacionarse con personas poco compatibles con él. 

Lo primero que indagó fueron las relaciones con sus amigas, conocidas, amantes y mujeres que se hubieran relacionado de forma ocasional con el talentoso actor. El grupo de mujeres era bastante grande. Mauricio fue seleccionando por categorías a las mujeres que pudieran experimentar cierta dependencia por el susodicho, fuera motivadas por el aprecio, amor y cariño o por la sed de venganza, envidia o el interés. También fueron investigados los miembros de sexo masculino con los que el protagonista de una serie de televisión mantenía contacto. No se encontró ninguna hipótesis que indicara el gusto por los hombres, así que Reinaldo Mazo sólo se había rodeaba de hombres muy varoniles e inteligentes que pudieran ser coprotagonistas en las reuniones orgiásticas que se celebraban en su lujosa casa cada fin de semana.

Eduardo, Lalito Gómez, le había informado que el asesino había entrado sin forzar la puerta de la casa, había permanecido una media hora y se había ido. Por desgracia, las cámaras que habían registrado en vídeo lo ocurrido habían sido limpiadas por un aficionado a la tecnología multimedia, lo que quería decir que cualquier persona con conocimientos medios de programación lo habría hecho sin dificultad. Ese dato no le sirvió de mucho a Mauricio y decidió determinar, por el tipo de cara, quiénes serían los conocidos y allegados al muerto que podrían haber sentido odio, envidia o celos. 

Aparecieron algunas mujeres y tres hombres con razones suficientes para matarlo. Una de las mujeres era Soraya Benavidez, una cubana radicada en España que había viajado a Guadalajara para participar en un comercial de bañadores y se había enamorado de Reinaldo, pero la relación no cuajó. La causa según los conocimientos fisionómicos de Mauricio era que la mandíbula ancha y los ojos zarcos la atraían como a una abeja a la miel. En cambio, ella tenía un rostro poco atractivo, sin embargo, las proporciones de su cuerpo volvían locos a todos los hombres con instintos menos refinados que los de Reinaldo. El móvil de Soraya podía haber sido el orgullo herido por el desprecio o la sed de venganza por la humillación pública, que sufrió cuando su compañero de rol publicitario dijo que ella era como una mujer griega pero no mitológica, sino habitual con el cuerpo peludo y bigotes.

Otra sospechosa que bien podría haber sido la causante de su muerte, era Sara James una americana que se había encaprichado con el actor porque una noche se habían emborrachado durante la presentación de una película y se habían encerrado durante tres días en una habitación hasta que el hastío de besos y caricias los obligó a salir. Aunque ella decía que tenía una mente abierta y era muy liberal, en el fondo no desistía de su plan inicial que era atrapar al moreno seductor de telenovelas, lo único malo es que tenía una cuartada sólida: se había acostado en casa de su prima en el estado de California a más de tres mil kilómetros del lugar del asesinato.

 La última sospechosa era Eva Duarte, hija de un general del ejército que tenía relación con algunos sicarios y había obligado a su ídolo a rosarse con la gente más importante del gobierno en una fiesta de fin de año en la zona más prestigiosa de la ciudad. Desde el primer momento Eva se había excitado con la idea de posar para las revistas al lado del codiciado actor. Él, por el contrario, encontró a Eva insípida, un poco inculta y con una conducta sexual enferma que no le gustó nada. Alguna vez recordó entre sus amigos la forma en que se había ido a la cama con la señorita Duarte. “Olía a sudor agrio, sus piernas estaban un poco celulíticas y su voz con acento de niña rica era tan monótono que la gente podía dormirse de aburrimiento dijera lo que dijera. En el momento de la relación, Eva, tenía la mala costumbre de decir palabras con diminutivos y su cara cobraba el aspecto de una ardilla masticando bellotas, pues chasqueaba mucho la lengua y cerraba los ojos mientras decía:

 “!Hazme tuya, papito! ¡Papito, dame tu cosita, amorcito!”.

 Eva quedó como sospechosa principal, también uno de sus conocidos apodado El Castor a quien muchos hombres importantes solicitaban para aclarar cuentas y desaparecer sujetos indeseados. Seguramente, Eva se había acostado con él y en una conversación de sobrecama y no de sobremesa le había revelado sus secretas intenciones, luego habría llorado y convencido a Edmundo Vale a que actuara de forma eficaz.

Mauricio recurrió a la intuición y se vio de pronto envuelto en una conversación amena en la que escuchaba con atención los pormenores de la elegante señora que tenía enfrente.

—¿Crees que haya sido Edmundo el ejecutor?
—¿Por qué no? —dijo la mujer de peinado alto con guantes largos y cigarrillo de alargada boquilla—. Ya sabes cómo se las gasta ese cabrón.
—Las veces anteriores que hemos hablado sobre él no lo hemos podido atrapar. Tiene demasiado protectores.
—Sí, ya lo sé, pero está vez se cargó a un tipo que bien podría haber estado en el lecho de alguien muy importante.
—¿Te refieres al matalascallando?
—Sí—dijo ella mirando con calma a través de la ventana.

Mauricio la miró y pensó que a pesar de que se aparecía de improviso, siempre iba muy bien arreglada y tenía un aspecto interesante que lo incitaba a llamarla cuando se veía en encrucijadas en las que su razón no le permitía abrir puertas. Con ella era muy fácil. Ella se paraba, comenzaba a contonearse y hacer ruido con sus agudos tacones, fumaba un cigarrillo completo y cuando veía que se le acababa la nube de humo gris se ponía seria y decía de principio a fin todo lo que sentía. Luego, con una actitud repetida cientos de veces, desprendía la colilla del tubito de marfil, la tiraba y se iba moviendo las manos como si ejecutara un baile al ritmo de rumba. “Es bueno que te mantenga alejada—se dijo— porque de fiarte todas las tareas me llevarías al acabose, mujer”.

—¿Quieres decir que se acostaba con él? —señaló una foto de periódico que se había quedado encima de un bulto de libros.
—No sé. Piénsalo. Yo sólo me dejo llevar por lo que siento, pero tú eres quien tiene el poder de determinar las cosas con la razón.

Mauricio vio las medias color carne de su interlocutora aprisionando sus rechonchas piernas y pensó, sin querer, que le hubiera gustado saber qué tipo de ropa interior usaba. Ella se volvió, lo miró con una sonrisa y le pidió otro cigarrillo.

—Pues, creo que tienes razón. Recordando sus caras, me parece que son muy compatibles. Uno es seductor y amanerado, bueno, un poco. El otro es dominante serio, incontrolable e instintivo. Sería la unión de un carnero y una oveja macho en la que los dos participantes no tienen facilidad para sintetizar sus pensamientos o una sustancia llamada estrógeno.
—Siempre me sorprendes con tu afán de demostrarme que sabes muchas cosas, sin embargo, al final, siempre vienes a mí.
—¡Cierto! No lo puedo negar. Sólo dime, ¿es verdad lo que presiento?
—Investígalo. Yo ya he hecho lo que me correspondía.

Mauricio comenzó a atar cabos y después de tejer sus hipótesis y terminar su teoría se fue a acostar.
Una vez que se ha terminado el café, Mauricio llama a Eduardo para cotejar los datos que tienen. Lalo dice que el asesino es un experto que ha dejado las huellas y rastros de un aficionado.
“Como ya sabe le dio diez puñaladas con un cuchillo de alpinista para simular un robo, se llevó objetos de valor y dejó marcadas las huellas de unas botas todo terreno que encontramos después en un basurero cercano al domicilio de Reinaldo, además no dejó huellas dactilares y encontramos unos guantes ensangrentados de piel de ternera y forro de oveja tirados a la entrada, en el porche de la casa”.

—¿Crees que El Castor podría actuar así? —le pregunta Mauricio a Eduardo.
—Sí, inspector. Con toda seguridad se podría tratar de él. Se imagina que durante el seguimiento del caso hasta me llegué a imaginar a Edmundo Vale con su pelo erizado y sus dientes de conejo acomodando las cosas para despistarnos con el cuadro falso de su obra.
—Pues. Alégrate porque esta vez lo vamos a coger. ¿Sabes quién me visitó ayer?
—¿Eva?
—No, no seas tonto. Vino la intuición y me dijo que era él, Reinaldo Mazo, quien se estaba acostando con ya sabes quién.
—¿En serio?
—Sí. Asombroso, ¿verdad? Lo interesante es que todos los caminos nos llevan a él.
—Bueno, y ¿cuáles son los pasos a seguir?
—Pues, hoy por la tarde vamos a visitar a ya sabes quién, le pediremos que cite al General Vega con su hija y ahí les damos el resultado de la investigación y que se las arreglen como puedan.
—Uy, jefe. Presiento que El Castor se nos va a ir de nuevo.
—Ya lo veremos, mi querido Lalo. Haz de saber que el idilio era muy fuerte y creo que al general y a su hija no les van a perdonar que se les haya pasado la mano.