miércoles, 24 de junio de 2015

Mitocidio apócrifo

Esta es una colección de cuentos con personajes biblicos de menor importancia que a través de sus historias nos muestran una versión diefernte de los escritos sagrados.


lunes, 22 de junio de 2015

Rut- El amor, la fe y la bondad en la Tierra (cuento apócrifo)

La tierra había perdido su fertilidad y los hombres se esforzaban por mantener sus campos bien abonados para recoger las cosechas de trigo, pero el terreno era cada vez más estéril. El calor era insoportable y, por si eso fuera poco, la situación política era intolerable, había mucha explotación y se compraba el cereal a precio muy bajo. Los animales tenían poca pastura y estaban más flacos que sus dueños. Entre Belén de Judá y Tecón había un poblado donde Elimelec vivía con Noemí, su mujer, y sus hijos Mahlón y Quelión que eran jóvenes pero apático el primero y enfermizo el segundo.

A pesar de que trabajaban de sol a sol no tenían alimentos suficientes para sobrevivir. Un día en que Elimelec le contó a Noemí la forma tan inútil con la que había estado tratando de alimentar la tierra, ésta le dijo  que sería mejor emigrar a un lugar donde pudieran vivir mejor, tal vez cerca del Mar de la sal en Moab donde la tierra era más pródiga y había menos presión por parte de los recaudadores de impuestos danitas y benjaminitas.

El clima es menos severo por esas tierras,- le decía Noemí a su esposo-, seguro que encontraremos algo mejor de qué vivir, anímate, además el aire del mar le sentará mejor a Quelión que se pasa enfermo todo el inverno y parte del otoño. Así, la familia decidió salir con las pocas pertenencias que tenían hacia la tierra de Moab. Dejaron su parcela al cuidado de sus parientes, pero éstos prometieron solo cuidarla y quedarse con lo poco que produjera.
Las escasas provisiones que llevaba Elimelec se acabaron al tercer día de trayecto y tuvieron que ir mendigando por el camino hasta que lograron llegar a la región de Ar. Allí descubrieron una planicie al pie de las montañas que tenía suelo fecundo, había unos pastores y les preguntaron a quién le pertenecía ese terreno, los hombres dijeron que esa parte estaba libre y si querían ocuparla no había ningún problema. Noemí les indicó un lugar donde se podría construir una pequeña casa de adobe y los tres varones se pusieron a mezclar el barro con paja seca para edificar los muros. Noemí se conoció con algunas vecinas y con su ayuda fue tejiendo la paja que usarían para el tejado. Los habitantes de esa provincia eran bastante condescendientes y muy confiados, tenían un levita que oficiaba las misas y pregonaba la palabra del Señor.

Al cabo de unos meses Mahlón que por su naturaleza era bastante impasible comenzó a perder un poco el tiempo ocultándose cerca de un lago donde las jovencitas acostumbraban asearse. Las chicas cuando lo veían indiferente y abstraído pensaban que no le interesaban las chicas y se bañaban con todo descaro tratando de provocarlo, pero no obtenían respuesta alguna. Solo una moza que era igual de carácter al flacucho y aburrido Mahlón atrajo su atención. Se encontraron frente a frente un día que Mahlón se quedó dormido y se le olvidó que tenía que ir a ayudar a su padre para limpiar el trigo. Se despertó y salió corriendo al notar que el sol estaba a punto de ponerse, en su carrera se estrelló con Orfá que cayó de espaldas oprimida por la humanidad del cuerpo del joven distraído. Se miraron sin decir palabra alguna y comenzaron a besarse, de esa manera, formalizaron su relación que terminaría en matrimonio unos meses después. Noemí recibió la noticia con mucho agrado porque, en el interior de su alma, deseaba que pronto fueran echando raíces en esta nueva comarca.

Quelión se había fortalecido y el otoño en lugar de mermarlo lo envaneció. Un día que se encontraba trabajando en el campo, su padre se retiró a descansar y comenzó a soplar una brisa muy fresca, era como el aliento divino que embellecía el campo con un tono dorado muy brillante. Había un susurro que agitaba las espigas, los tallos del cereal se estremecían al sentir las caricias inquietantes del viento placentero, de pronto se oyó un sonido parecido a un nombre: ¡Ruuthh! ¡Ruuthh!

Quelión cerró los ojos y vio a una joven morena y esbelta con cara ingenua y mirada apacible, su pelo semejaba las velas de un barco en alta mar, tenía el olor de la miel mezclado con el aroma de los jazmines, su sonrisa inspiraba optimismo. Una voz en el interior le dijo que conocería la felicidad y llegaría tranquilo al encuentro con el creador del universo. Un ruido lo hizo volver de su abstracción y al fijar con atención la vista notó que ante él estaba una muchacha, se restregó los ojos pensando que era una ilusión provocada por el efecto del sol, pero ella le habló:

-¿Eres tú, Quelión?- Sin poder creer lo que oía, el joven asintió con la cabeza.- Tu madre me ha pedido que te traiga esta comida.
No sabía cómo actuar, la tranquilidad y la belleza de la joven lo habían intimidado tanto que sólo mantenía las manos extendidas sosteniendo un envoltorio.

-Te he visto varias veces por aquí, mi madre dice que tu familia trabaja mucho y que con el tiempo tendréis tantas reservas de alimentos que será posible alimentarnos a todos.-Se rio emitiendo un sonido muy agradable, el regocijo era contagioso y Quelión comenzó a reírse también.

-Nunca te había visto por aquí,-dijo con cierto pesar,- ¿Y tú a mi?

-Sí, algunas veces, pero nunca me había acercado a ti, sin embargo ahora ya ves.

Conversaron bastante tiempo y cuando Quelión se despidió de la chica, le preguntó su nombre.-Rut,- contestó ella y, sin pensarlo, él dijo: Eres una enviada de Dios. –Ella fingiendo que no comprendía, se despidió de prisa y se marchó.

Unos meses después se celebraron dos bodas. Elimelec y Noemí con los ojos enrojecidos por las lágrimas de la dicha miraban a sus hijos felices con sus mujeres. Noemí sentía bastante afecto por Rut, ya que a diferencia de Orfá, no era caprichosa, trabajaba sin parar e irradiaba optimismo donde se encontrara y bajo las circunstancias que fueran, siempre tenía un consejo a mano o una frase de aliento para animar a las personas. Rut era muy querida y respetada por todos los pobladores y no había quien pudiera desearle nada malo, con excepción de su cuñada que sentía celos y envidia de ella.
Orfá era poco solidaria y hacía las tareas domésticas con desagrado, lo único que la motivaba era la intimidad con su marido, pues había descubierto ciertas formas de satisfacer lo que le exigía su cuerpo y la vida le negaba. Era más o menos feliz, pero al año de casada, cuando los rumores de que era ineficaz para tener hijos comenzó a preocuparle, consultó a muchas mujeres. Aplicó todo tipo de argucias en el arte del amor sin obtener ningún resultado, después llegó a la conclusión de que no era ella, sino su marido que no tenía la fuerza suficiente para preñarla. Nunca pudo acostumbrarse a su condición de esposa infecunda. Sabía perfectamente que su vientre era pródigo y de haber tenido un hombre menos desanimado en la cópula, habría parido una docena de niños. Trató de averiguar si no sería una herencia que traía su suegra en la sangre. Esperó a que se embarazara Rut, pero tampoco hubo resultado a pesar de que Quelión parecía emplearse con más entrega en la intimidad.  La vida comenzó a transformarse en un instrumento de tortura y Orfá comenzó a vengarse de su cónyuge. Se hizo desaseada, vaga, poco complaciente y se refugió en la comida.

 Un día Rut sorprendió a Quelión sollozando con amargura.

-¿Qué te pasa señor mío? ¿Qué es lo que acongoja tu alma?

-Estoy triste porque ni mi hermano ni yo hemos podido darle herederos a nuestros padres. Me aflige esa situación y me quita el sueño. Estoy desesperado y no sé qué hacer, además a veces te culpo, sin razón, de mi desgracia.

Rut con una voz tranquila le explicó a su marido que no tenía motivo de preocupación, pues no era un problema y en ningún lugar se había dicho que un hombre que no tuviera descendencia era un mal hijo.
Un día,-continuó-, un león llegó ante Dios y le preguntó por qué no le había permitido tener un primogénito. Le recriminó que tenía a su lado varias concubinas pero ninguna le había dado un cachorro, así que le exigió que le diera una leona a la que pudiera fecundar para hacer crecer su manada. Dios le concedió lo que le pedía y el león tuvo un primogénito que creció fuerte, sano y astuto. En una ocasión, cuando las leonas estaban casando, llegó ante el  león, que se encontraba con su hijo, un felino enorme de melena muy negra.

-¿Qué quieres desconocido?- le preguntó el león.

- He venido a quedarme con tus leonas, pues no eres fuerte y has de desterrarte ahora mismo.

 El león con resignación, notando que era mucho más débil que su sucesor, le dijo a su cachorro:

Vámonos, hijo, no hay nada que hacer aquí.

 De pronto, el otro león hinchó el pecho y les obstruyó el paso.

-¿Sabes querido amigo que cuando un nuevo líder se queda con las leonas tiene que garantizar su descendencia?

- Ah, ¿sí? -refutó agobiado el león,- ¿Y cómo lo hace?

-Pues, es necesario que los hijos del que se marcha mueran para que las leonas sientan la necesidad de aparearse, así que en cuanto vuelvan las hembras y vean a tu hijo muerto, sentirán la necesidad de preñarse conmigo.
El pobre león tuvo que partir con el peso de la desdicha, el remordimiento de conciencia y se fue a ver de nuevo a Dios.

- ¿Por qué me has quitado lo que me diste, Señor? ¿Qué he hecho de malo para recibir este castigo?

-Tú no has hecho nada malo, querido león, lo único es que no has entendido que hay un designio divino que tenías que escuchar. Cuando viniste a mí a exigirme un primogénito, una de tus leonas ya estaba embarazada, pero cuando llegó la hembra que me pediste se tuvo que marchar. Si no hubieras insistido tanto y te hubieras dedicado a cuidar de lo que te pertenecía, no habrías perdido nada. Ahora tu primera hembra está en otro lugar y tu primogénito irá a destituir al que te ha echado hoy de tu manada.

-¿Qué me quieres decir con eso Rut? No lo entiendo.

-Es muy fácil. El león ya tenía un designio divino pero fue a exigirle a Dios que lo cambiara, entonces para darle una lección, el Creador le cumplió su deseo. Por otro lado, si no se hubiera adelantado a los acontecimientos habría podido ver a su sucesor. Así que no trates de ir en contra de la voluntad divina y preocúpate por lo que tienes ahora. Vive el presente y no pienses en lo que vendrá, aun no sabes qué te espera en la vida, forja tu porvenir con lo poco que hagas día a día.

 La convivencia familiar a veces se veía afectada por la mala conducta de Mahlón y Orfá que acusaban a sus padres de la desgracia e infelicidad que los oprimía. Se habían vuelto muy envidiosos, criticaban lo que no les parecía adecuado y mostraban con frecuencia su insatisfacción por la vida que llevaban.

--¿Qué les falta en esta casa?-Les preguntó Elimelech.

-No tenemos tantos animales como los vecinos, nuestra casa es más pequeña, nos vestimos con ropa miserable  y os compran el grano a un precio más barato porque sois inmigrantes aquí. Además, nos desprecian por no tener hijos. Llevamos cinco años de casados con vuestros hijos y ni Rut ni yo hemos podido alumbrar un moabita que os remplace en el futuro, ¿Qué clase de lacra sois que ni siquiera podéis  prolongar vuestra estirpe?
Elimelec bajó la cabeza soportando las palabras de su nuera y su hijo, se recriminaba así mismo por haber mal educado a Mahlón y haberle permitido descansar y liberarlo del trabajo que le correspondía. Noemí enrojeció de furia y se disponía a reprender la insolencia de su nuera cuando Rut, con voz tranquila y apacible preguntó:

-¿Qué es para ti la felicidad, Orfá?

-¿Cómo? ¿Qué acaso no sabes que la felicidad es tener dinero, prestigio, buena apariencia e hijos?

-¿Y para qué te servirían esas cosas?

Muy irritada Orfá miró a su alrededor y con los ojos clavados en Noemí agregó:

-Sí tuviera dinero mi familia estaría orgullosa de mi, se me respetaría y nadie diría que estoy unida a una familia de vagabundos, la riqueza me daría prestigio y la gente valoraría mis cualidades, sería la envidia de muchas mujeres y atraería la atención de los hombres, mis hijos se encargarían de hacer los trabajos que yo no puedo hacer y me liberarían de la carga que tengo que soportar.

- Me parece muy bien que aspires a cosas mejores, querida Orfá, pero la felicidad es un estado interior de armonía espiritual y respeto a Dios, quién vive deseando la fama y el dinero se entrega a un dios traicionero e intolerante. Mira, había una vez una mujer que tenía un marido muy rico, vivía en un palacio y tenía muchos esclavos.  Cada noche se adornaba con oro y se ponía los mejores vestidos.

Los viernes por la noche invitaba a la gente de su círculo social para comentar los últimos bulos de la comarca donde ella reinaba. Sus amigas más intimas le pedían que intercediera frente a su marido a favor de sus cónyuges que eran ambiciosos y astutos. Ella se dejaba seducir por los elogios de sus conocidas y convencía a su marido de actuar de acuerdo a las peticiones que se le hacían. Sus hermanos también se acercaban a ella con peticiones y ruegos que ella siempre complacía.
 La gente la respetaba y nunca dejaba pasar la oportunidad de elogiarla, puesto que era bien sabido que la mujer al sentirse aludida y ensalzada agradecía con generosidad las buenas palabras de sus admiradores. Un día su marido se enamoró de una joven muy astuta y experta en el arte de la seducción, la amante no solo era joven sino también ambiciosa e inteligente. La situación de la mujer cambió en su casa y el marido comenzó a recriminarle sus despilfarros, sus ruegos a favor de hombres embaucadores y traicioneros, sus sacrificios en beneficio ajeno, pero sobre todo, su falta de cuidado personal. Fue la primera vez que escuchó que estaba arrugada, fea, gorda y apestosa. Muy enfadada fue a otra ciudad y le preguntó a un pastor que llevaba unas cabras a pastar al monte.

Dime, estimado pastor ¿tengo mala apariencia?- el joven que no la conocía en absoluto y era muy sincero contestó.

- No señora, tu apariencia es de una mujer rica que está acostumbrada al lujo pero tu cara refleja la inconformidad del alma.

-¿A qué te refieres?

-Lo que quiero decirte es que tienes todo lo que una mujer puede desear menos dos cosas, y eso te impide ser feliz.

 -¿Y cuáles son esas dos cosas? Dímelo y te pagaré lo que me pidas.

-No necesito tu dinero, tú misma las descubrirás cuando vuelvas a tu casa, pero primero compra un asno, cambia tus ropas por unas viejas y regresa a tu palacio vestida de criada para que sepas lo que tus esclavos piensan de ti.
La mujer volvió a su palacio y se mezcló con la servidumbre diciendo que era una nueva esclava que había comprado la señora de la casa. Vio primero a las doncellas que estaban a cargo de vestirla, en ese momento imitaban con sarcasmo la voz chillona con que pedía que la engalanaran, después vio a sus masajistas que hablaban de su piel grasosa y flácido cuerpo, luego vio a las maquillistas que se reían de los ridículo de sus cejas, labios y mofletes. Al final llegó  a una sala donde los consejeros de su marido criticaban su conducta, los préstamos inútiles que hacía a su familia y, lo peor, la forma en que la amante de su esposo había despertado el interés sexual y la ambición en su cónyuge. Sollozando se fue al jardín y vio una esclava joven que tenía una apariencia feliz.

–Dime, jovencita, ¿Eres feliz?- la joven, que no era bella, ni inteligente y que además tenía un pequeño defecto en un ojo, contestó que sí.

-¿Cómo es posible? Si no tienes nada, ni belleza, ni dinero, ni libertad,- la joven la miró con compasión y le dijo que antes había sido víctima de las humillaciones de una mujer soberbia y que había soportado las depravaciones de su amo, pero que se le había mandado a cuidar el jardín y ahora tenía dos cosas que no cambiaría por nada.

-¿Cuáles son? Dímelo y te daré el oro que quieras.

-No necesito nada, mujer, tu condición es mucho peor que la mía porque no amas, ni siquiera a ti misma te respetas, y no crees en Dios.

- ¿Y tú sí?

-Sí, tengo la belleza de este jardín que me muestra la bondad de Dios, y tengo un hombre que me quiere y me respeta por lo que soy.
La mujer volvió a su habitación, se puso ropa lujosa y le fue a preguntar a su marido si la dejaba irse. El esposo le dijo que ya no la necesitaba y que se fuera lo más lejos posible. Ella dejó toda la riqueza, salió con el burro que había comprado y se fue a buscar al pastor. Lo encontró en una colina y le dijo:

-He aprendido la lección, querido pastor ya sé que es lo que quiero. Deseo quedarme contigo y buscar la palabra del señor. La mujer vivió con el pastor, pero no tuvo hijos, al final de su vida quedó satisfecha de haber podido encontrar su propia voz interior y la del Todopoderoso.

-Me parece fantástico, lo que has dicho, querida Rut, pero eso no vale para mí. Tus palabras me dicen que solo siendo pobre se es feliz y no creo que sea verdad.

-Te repito querida Orfá que la felicidad es un estado interior del alma y no depende del dinero o la pobreza de la persona. Llegará el día en que perderás lo que tienes y lamentarás no haberlo gozado cuando lo tenías.
Orfá no quiso discutir, se levantó de la mesa y se marchó. 
Su conducta disgustaba a Noemí y cada vez que trataba de convencer a su hijo Mahlón de que la reprimiera, él le decía que era una mujer terca y que no la haría cambiar nunca.
 Elimelec estaba muy decepcionado de su hijo y en la intimidad elogiaba a Rut que era un ángel mediador en las discusiones de la casa. Por desgracia, el tiempo fue mermando la salud del padre y un día, agobiado por la carga de trabajo que no le aligeraban sus hijos, se quedó tumbado en la cama, se quejó primero de un dolor intenso en el pecho, luego empezó a respirar con dificultad y, al final, ya no pudo moverse. 
Sus últimas palabras fueron de clemencia hacia sus hijos pidiéndoles que sacaran a tiempo el trabajo y que no delegaran las tareas en su madre Noemí y su nuera Rut. Orfá, no pudo despedirse de su suegro porque se encontraba en la ciudad haciendo unas compras para su arreglo personal. 
Cuando volvió y encontró a sus parientes les expresó precipitadamente el pésame y se retiró a mirarse con sus nuevas ropas. Noemí casi no se comunicaba con su nuera.

Unos meses después murieron los hijos de Noemí. La desgracia nunca viene sola, decía Orfá, primero se ha ido el padre y ahora los dos hijos han estirado la pata. Mahlón y Quelión habían trabajado muy duro en el campo resistiendo las lluvias y el frio, pero su salud finalmente se quebró y enfermaron de tal modo que en una semana fallecieron sin poder recuperarse un solo palmo en la terrible batalla que libraron sus cuerpos endebles contra la pulmonía. Noemí no podía permanecer en la casa y se maldecía por no haber regresado a Belén de Judá cuando se compuso la situación y había dinero para hacerlo. Ahora no tenía más que a dos nueras viudas y jóvenes que le estorbaban para morirse en paz, fue por eso que les propuso que se volvieran con sus padres y que la dejaran ir a su tierra natal para terminar sus días en compañía de sus hermanos y amigos.

-Hijas mías, no tengo nada que ofrecerles, estoy vieja y no tengo más hijos para entregárselos y aunque pudiera tenerlos pasaría mucho tiempo para que crecieran y pudieran casarse con vosotras, así que mejor rehagan su vida. Tenéis toda la vida por delante.

-Volveré a casa de mis padres y buscaré un hombre que me dé lo que tu hijo no me dio, Noemí, además le agradezco a los dioses que se haya terminado mi martirio. No me lo tomes a mal, pero será mejor que no volvamos a vernos nunca. Ve en paz, suegra.

- Yo te acompañaré a Belén de Judá, Noemí, eres mi suegra y el parentesco de sangre nos obliga a mantenernos juntas. Si no se consolida la familia se degrada la sangre. Iré contigo y viviré donde vivas. Comeré lo que comas y trabajaré para que no mueras abandonada.

Así, montada en un burro, Noemí emprendió la marcha hacia Belén de Judá. Tardaron tres semanas en llegar  gracias a la ayuda de unos comerciantes que se ofrecieron a acompañarlas. Noemí llegó a su antigua casa que estaba en muy malas condiciones, pues habían pasado diez años sin que nadie la limpiarla. Pasaron la primera noche tumbadas en el suelo abrazadas para compartir el poco calor que emanaba de su cuerpo. A la mañana siguiente Rut salió al campo y vio que los hombres y mujeres se empleaban en la tarea de recolectar la cebada, se acercó y le pidió permiso al capataz para recolectar junto con las mujeres. Rut pasó ocho horas recogiendo con paciencia el grano, lo único que la distinguía de las demás era un murmullo bajo parecido a un rezo, pero muy musical. No había hecho muchas pausas y los demás la veían con asombro.

Al terminar la jornada llegó Booz el dueño del sembradío y le pidió el informe a su empleado.

-Señor ha venido una emigrante de la tierra de Moab que ha trabajado mucho, mire,  es aquella mujer menudita que se encuentra limpiando  sus prendas. –Booz, la miró con curiosidad y ordenó que se le diera una paga correspondiente a su esfuerzo.

Rut volvió a su casa y encontró a Noemí bastante agotada porque había estado limpiando la vivienda para que tuviera un aspecto menos abandonado. Rut compartió la cebada con su suegra y le contó lo que había pasado en el campo.

Por la mañana, Rut fue de nuevo a recolectar el grano. Cuando llegó la recibieron como a una compañera habitual. Otra vez trabajó con esmero y se alegró la labor con su canción que ahora cobró más fuerza y llenó de gozo a las mujeres que laboraban junto a ella. Booz la vio y le obsequió seis medidas de cebada para que pudiera comer cuando lo necesitara.

-Quédate con mis trabajadores el tiempo que dure la cosecha. Te has convertido en tan poco tiempo en una persona indispensable para realizar el trabajo. Tu canto llena de optimismo los corazones y revive la fe en Dios.

Rut aceptó trabajar hasta el final de la pizca y esa ocasión, Booz, le dio más cereal que la vez anterior. En su casa, Noemí le preguntó de nuevo por el trigo y Rut le contó lo que había sucedido, entonces Noemí le preguntó más detalles sobre el hombre que con tanta benevolencia la trataba,-Se llama Booz,-contestó Rut,- Sorprendida Noemí, le dijo que era pariente del fallecido Elimelec y que en Belén de Judá era una tradición acercarse a uno de los familiares cercanos para unirse en matrimonio, en caso del fallecimiento del marido. Como Rut había perdido a Quelión, bien podía Booz suplantarlo.

-Te diré lo que tienes que hacer,-le dijo Noemí, con voz firme,- mañana te quedarás hasta el final de la jornada, acompañarás a Booz a su casa y te acostarás a sus pies cuando él se duerma.

Muy temprano se levantó Rut y salió para cumplir con la labor que le habían asignado en el campo. Toda la mañana laboró con energía y a la hora del almuerzo buscó un olivo y empezó a comerse un pan ácimo con dátiles y leche de cabra. Booz que había ido a darle instrucciones al capataz sobre el almacenamiento del grano, vio a Rut y se le acercó.

-Que Dios te acompañe en este día tan caluroso y que te de fuerzas para terminar tus obligaciones, querida Rut.

-Gracias, Booz, te estoy muy agradecida por lo bueno que has sido conmigo.
-No te preocupes, de cualquier forma eres tan trabajadora que si no estuvieras aquí, ya te habrían ofrecido trabajo en otro campo.- Rut levantó un poco la cabeza, los fuertes destellos del sol aclararon su melosa mirada que le arrancó una jocosa sonrisa a Booz que no pudo contenerse y le pidió que le contara alguna de las historias con las que complacía y enseñaba a sus compañeras cuando tenían alguna duda sobre algo.

-No sé, a veces sólo les cuento cosas para que razonen y dejen de discutir por tonterías.

-Sí, eso me ha dicho Isacar, y que además con tu llegada la armonía reina en el colectivo. Por cierto, me dijo que el otro día había escuchado una historia sobre unos hermanos, uno feo y otro guapo, ¿cómo era esa historia?-Rut se sonrió y luego mirando fijamente a Booz comenzó a hablar.

-Había una vez una madre que tenía dos hijos, el mayor era feo, tenía defectos en la cara y a nadie le gustaba,  el menor era muy guapo y atraía la mirada de la gente porque parecía ángel. Desde su infancia,  José, el mayor, tuvo que hacerse cargo de todas las tareas difíciles en el campo. Su hermano Yair obtenía todo sin esfuerzo alguno y cuando no se le complacía se quejaba con su madre quien movía cielo, tierra y mar para que su hijo consentido obtuviera lo que deseaba. Un día, Yair se enamoró de una mujer muy temperamental y astuta, decidió casarse con ella a pesar de que le habían aconsejado no hacerlo. La boda fue excelente y la celebración duró varios días. Al principio Yair le exigía a su familia que le proporcionara los alimentos y los recursos para llevar una vida holgada y lujosa. José trabajaba de sol a sol para obtener la cantidad de siembra necesaria para su hermano y su mujer. Con el tiempo la salud de José empeoró y enfermó, se sentía peor sabiendo que no podría trabajar más y cumplir con los encargos que le asignaba su madre, entonces, cuando estaba agonizando, se le apareció Dios y le dijo:

 “José, hijo mío, tu misión en el mundo ha terminado. Ahora te irás conmigo y estarás siempre a mi lado”.

Cuando ya no estaba José, Yair tuvo que coger la yunta y sembrar el trigo, pero como era inexperto su trabajo  no fructificaba. Todo el tiempo maldecía a su hermano por haberse muerto, reñía con su mujer porque desperdiciaba lo poco que tenían. Una tarde, no pudo soportar más y golpeó a su madre por no darle lo que le pedía. Yair decidió marcharse y dejarlo todo. Por el camino, se encontró a una mujer la cual lo invitó a vivir con ella en su casa. La dama era una matrona y necesitaba un hombre atractivo y fuerte que cuidara de sus pupilas y sacara a los hombres borrachos que se propasaran con las jóvenes de la casa. Los primeros meses, Yair realizó bien su trabajo, pero pronto se dio cuenta de que las mujeres lo buscaban para desahogarse de sus frustraciones, así que se hizo amante de varias de ellas.

La dueña, cuando descubrió a Yair infringiendo las reglas, lo envenenó, sin embargo Dios no quiso que muriera y lo salvó para que viviera pepenando por las calles. Cuando Yair se hizo viejo ya no tenía ningún defecto de su vida anterior y había aprendido a soportarlo todo. Un día, cuando Yair se lamentaba de no haber ayudado a su hermano cuando era joven, se le acercó en la plaza un hombre que, por el parecido, le recordó a su hermano.
Tenga buen hombre,-le dijo aquel,-coma de esta carne que he preparado y nadie quiso probar. Yair se llevó a la boca un trozo y recordó el cordero que preparaba su hermano, de inmediato levantó la vista y reconoció a José. Le brotaron unas lágrimas dolorosas y su corazón se conmovió.- Perdóname, José, he sido un desconsiderado toda la vida-le dijo ahogándose en llanto,-No tienes por qué pedirlo, Dios nos ha redimido, a ti con el sufrimiento y, a mí, con el trabajo.- De esa forma se volvieron a encontrar y nunca más se separaron.

Booz miró con inocencia a Rut y temiendo que ella descubriera sus dudas, le dijo:

-Sí, Rut, lo he entendido. Eso quiere decir que el trabajo dignifica y la pereza castiga, ¿no es así?

Rut sonrió y le dijo que había otro mensaje en la historia a parte de lo que había dicho él. Booz preocupado trató de recordar todo con detalles pero no sabía qué otra moraleja estaría encerrada en sus palabras. Se sonrojó.

-No lo sé, Rut, por más que le doy vueltas no sé que más haya en tu historia.

-Es la decisión de la madre.

-¿De la madre?

-Claro, de ella dependía que las cosas hubieran sido de forma diferente. Si hubiera repartido justamente el trabajo, no habría pasado lo que sucedió.

Entonces, Booz creyó ver una luz de genialidad en su mente y dijo:

-Ah, pero si la madre lo hubiera hecho, no habría parábola, ¿No es así?

-No, mi querido Booz, existiría de todas formas y no cambiaría.

-¿Cómo sería eso posible?

-Pues, porque todo mundo sabe que el trabajo dignifica a las personas y la pereza los pierde, lo que no saben, y ese es el verdadero significado de la historia, es que si tomas una decisión equivocada y no haces nada por corregirla, puedes complicarle o estropearle por completo la vida a los seres que más quieres.

Booz se quedó sorprendido con lo que ella le había dicho y la miró con ojos de cordero desfallecido.

-Rut, tus palabras acarician la mente y perforan el alma, eres muy buena y al mirarte lo único que percibo es amor, fe y bondad. Ayúdame a tomar la decisión correcta.

Booz desapareció y no volvió hasta terminada la jornada. Se le acercó a Rut y le dijo que le daría la porción de grano que le correspondía, pero Rut la rechazó y le pidió que la invitara a cenar en su casa. Caminaron en silencio y durante la cena casi no hablaron, pero su comunicación era espiritual y sentían los dos la congoja de no poder tomar una decisión. Por la noche, Rut se acostó a los pies de Booz que había bebido demasiado vino. La mañana siguiente al despertar él se sorprendió de ver a una mujer acostada a sus pies.

-¿Quién eres y por qué duermes a mis pies?

-Soy Rut, me he quedado aquí contigo para ser tu concubina.

-Eso me encantaría, adorada Rut, pero por desgracia hay un familiar más cercano a tu difunto esposo y mi obligación es ofrecerle los terrenos de tu suegro. Si Abraham acepta comprarlos, tendrás que irte a vivir con él y ser como su mujer, dejaremos de vernos. Pero en caso de que no acepte él, yo te tomaré por esposa y te haré feliz hasta el último día de mi vida. Oh, Rut, pídele a dios que nos ayude a todos a tomar la decisión más adecuada.

Así, Booz se fue a ver a su pariente Abraham y le propuso que adquiriera los terrenos del difunto Elimelec. La tierra era mucha y con un poco de esfuerzo sería muy pródiga. Abraham calculó mentalmente las ganancias que obtendría con la compra y aceptó el trato. Era costumbre por aquella época cerrar un acuerdo entregándole a la otra persona la sandalia como signo de confirmación. Abraham cogió su sandalia y se la entregó a Booz, este muy triste le aclaró a su pariente que el hijo de Elimelec, Quelión había dejado una esposa y que ahora él como nuevo dueño de la tierra tendría que hacerse cargo de la mujer. Abraham, que estaba casado y tenía hijos, se negó a cerrar el trato de esa forma porque le impedía seguir con su familia, de tal modo que le cedió los derechos de compra a su primo Booz, se abrazaron y se despidieron. Booz se encontró con Rut y le comunicó el resultado de la transacción con su familiar. Los dos no cabían de regocijo, se miraban como dos adolescentes enamorados y decidieron ir a casa de Noemí para darle el dinero por sus tierras e invitarla a la boda que se llevaría a cabo en breve.
En la primera noche de matrimonio, Rut, se levantó por la noche y en el atrio de su casa encontró a Gabriel que andaba distraído, estaba tan absorto en sus pensamientos que no notó cuando Rut se acercó.

-¿Eres tú, Gabriel?

El sorprendido arcángel se dio la vuelta y muy espantado contuvo un grito de sorpresa. Después con un susurro jadeante dijo.

-Hola, Rut, me ha enviado el Señor. Te tengo buenas nuevas, pero antes déjame felicitarte por tu boda. Booz es muy buena persona y el amor reinará en tu casa bajo la mirada de Dios. Bueno, pues he de decirte que tu vientre ya no será infecundo y que en él, está noche, se ha depositado el germen de la realeza. Tendrás un hijo que seguirá la estirpe de Peres, quien trajo a Jesrón, el cual tuvo a Ram, quien fue padre de Aminadab, progenitor de Najsón, éste tuvo a Salmá padre de Booz y tú tendrás a Obed que será abuelo de David y padre de Jesé. Llevarás a tu hijo a Noemí para que lo eduque y recupere el amor que sus dos hijos se llevaron.

Rut abrazó a Gabriel y le pidió que le transmitiera sus palabras de agradecimiento al Todopoderoso por haberle dado la oportunidad de guiar con su amor y fe a las personas descarriadas. Gabriel se fue con la promesa de transmitirle el mensaje a Dios y velar desde el cielo por el futuro del bebé que tendría su lugar en la historia.

El aleteo portentoso de alas enormes de Gabriel, dejó un remolino de polvo dorado que se elevó en forma de cuerno de la abundancia y los destellos se reflejaron en el iris de los ojos de Rut.


lunes, 15 de junio de 2015

Diálogo en el infierno entre Lenin y Keynes.


En un lugar desolado, frío y pedido, entre las montañas, ubicado al norte de China, se encuentran John Keynes y Vladimir Ilich Lenin. El primero va vestido de chaqueta blanca y pantalones azules y el segundo de overol rojo.

-¿Qué tal estás Vladimir Ilich?

-Hoy me siento un poco mejor, pero sigo enfermo.

-¿Y qué te parece el infierno?

-Pues, no sé. No parece un infierno de verdad porque hace mucho frío, no hay demonios ni esas cosas que escriben en la Biblia. Tal vez se trate de un error y nos mandaron a un campo de concentración para disidentes políticos. ¿Has visto a alguien más?

-Sí, ayer encontré a tus amigos Karl y Frederick sumidos en una acalorada conversación, no quise interrumpirlos. Ya sabes cómo son y de haberme entrometido en su charla habríamos salido a golpes.

-Hoy tienes mejor semblante Johny, ayer te vi demasiado pálido.

-Es por el trabajo, ya sabes que estoy en la sección de producción y me han puesto en la línea de selección de partes para misil. Es un trabajo muy duro y la comida es pésima. Tenemos un horario de doce horas y no nos permiten fumar en las pausas, dicen que es malo para la salud. En todo el taller hay señales prohibiendo el tabaco y si un guardia te encuentra in fraganti, ya puedes irte despidiendo de la buena vida. Te extorsionan, te encarcelan y te multan. ¿Y tú qué tal?

-Pues, yo también estoy en producción pero de carne a destajo. Tenemos que presentarnos muy temprano y cortamos carne de vaca todo el día. Ya no puedo ver la carne. Me dan náuseas sólo de olerla. Lo peor de todo es que la comida es poca y de productos prefabricados o hamburguesas. Nos permiten fumar, pero el precio de las cajetillas es enorme. Imagínate que para comprar los de peor calidad, es decir, sin filtro y de tabaco búlgaro, tenemos que pagar el equivalente a una semana de trabajo. Es una injusticia.

-Oye, Vladimir Ilich, ¿Quién es ese pordiosero?

-Creo que es uno de los Papas.

-¿A qué se dedica?

-A nada, aquí se la pasa mendigando un trozo de pan o un poco de vodka, los cigarrillos se los roba. Tiene mucha astucia para engañar a la gente.

-¿Pero no debería estar en otro sitio?

-No sé. Nunca he sido religioso.

-Pues, yo siempre he creído en Dios y no me explico cómo he venido a parar aquí.

-Oye, Johny, no habremos hecho algo mal cuando estábamos fuera de este reclusorio. Cuéntame, ¿Qué hiciste? ¿Dónde vivías?

-Mira, Vladimir, nací en los Estados Unidos y tuve que pasar periodos de crisis muy fuertes. Teníamos una gran depresión económica en todo el país y era necesario crear una teoría de repartición del capital. Me hice a la tarea y elaboré un sofisticado método para que la producción generara bienes económicos, o sea dinero, y éste se pudiera usar para comprar más productos. El resultado, muchos años después, fue la globalización que entró en un giro vertiginoso uniendo países tan alejados como El Salvador y Madagascar.

-¿Y hubo buenos resultados? Me refiero a si la gente logró obtener un bienestar económico suficiente para vivir de forma digna.

-Por desgracia no fue así, mi querido Ilich, había demasiados intereses, el hombre sea quien sea, siempre será ambicioso por naturaleza y tratará de acaparar bienes y riqueza aunque no los necesite. Lo peor de todo es que en mi teoría se puede tergiversar alterando algunos conceptos de producción y consumo. Es un poco difícil de explicar lo que ha pasado en la práctica porque hay muchos buitres, esos que nos han traído aquí para explotarnos.

-Entonces según tus ideas, deberíamos gozar de los beneficios de los sistemas microeconómicos, ¿No es así?

-Sí, así es exactamente, pero no te olvides de que mucha gente, los más ambiciosos, guardan el dinero que debería invertirse y se crea un capital líquido que se usa para desestabilizar la economía mundial para beneficio propio.

-Pues, es una lástima querido Johny, tus ideas no estaban tan mal. Lo único malo es que nunca se terminaran la hienas y cuando les da hambre hay que tener cuidado porque atacan en jauría.

-Y tú, ¿Qué hiciste, Vladimir?

-Pues, también estoy aquí por mi teoría. Traté de quitarle el dinero a los ricos y dárselo a los pobres. Lo malo fue que se lo di a unos obreros mal educados y ambiciosos. Con el tiempo los que estaban en el poder hacían sus reunioncitas del PCUS para censurar a los intelectuales. Había muchos principios muy buenos, como los tuyos, pero las hienas llegaron otra vez y se quedaron con todo.

-Es una pena que después de tanto esfuerzo que hicimos nos mandaran a este baldío. Te imaginas que los fines de semana tengo que ir a los basureros a buscar cartón, botellas de plástico y latas de aluminio para sacar un poco más de dinero y comprar tabaco. Lo más duro es llegar a mi casa porque mi esposa  se queja de todo, me echa el sermón de las tiendas, que no hay, de los niños que no van a ser profesionistas, del coche chatarra que falla todo el tiempo y no hay a dónde ir, etc. Ilich, ¿Estás casado?

-Sí, pero casi no hablo con mi mujer. Siempre aprovecho los domingos por la tarde, cuando termino de partir piedras en la galera, para darme una vuelta por la casa de Apollinariya. Se ha puesto más guapa, pero sigue rechazándome. Dice que cuando me divorcie y le ponga una casa se irá conmigo. Ya te imaginarás cuáles son las perspectivas. Una casa aquí no la compra uno ni trabajando cien años.

-Oye, ¿Y tus amigos Stalin, Derzhinski y Beria?

-Derzhinki, el “Polaco” , está en las minas de sal, lo está pasando muy mal, el otro día lo vi y andaba en muletas. Le pregunté cómo se sentía y en lugar de contestarme me insultó, estuvo intimidándome para que me fuera, creo que le van a amputar una pierna. A Stalin lo tienen en un calabozo incomunicado, está en la misma sección que Lavrenti Bériya, el violador proxeneta. Les ha tocado pasar lo peor en este lugar, tú y yo tenemos suerte de estar en producción, ¿No crees?

-Sí, Valodya, sí. Oye, en nuestra sección siempre se corren los chismes y ¿sabes que dicen de Benedicto?

-¿Quién?

-Uno de los pordioseros.

-Ah, ya. ¿Qué dicen de él?

-Pues que el otro día salió el jefe de la sección del almacén y le echó la bronca porque andaba acosando a uno de sus hijos pequeños y cuando le dijo al mendigo que era un pederasta, el muy cínico le dijo que en la iglesia, Dios mandaba amarse los unos a los otros y que a él siempre lo habían violado de pequeño. El jefe casi le pone una tunda por idiota, pero el otro puso pies en polvorosa.

-Debería darle vergüenza. ¿Ya viste que anda enseñándole el pájaro a quien se encuentra en el camino?

-Sí, no tiene perdón de Dios.

-Ah, esa sí que es una buena broma. Oye, ¿Y qué hay del sexo en tu país?

-Pues, pura depravación. Se autorizaron los matrimonios de todo tipo en aras de la democracia. Ahora tu cónyuge puede ser cualquier cosa como: un perro, una mujer, un hombre, un niño, un héroe de los tebeos. No hay límite a la imaginación y la prostitución está a la orden del día. Se prostituye todo.

-Pues, en mi país siempre se prohibieron esas cosas pero, como ya sabes, se le cambiaron los nombres y términos a las cosas y surgió la palabra Tobarish.

-¿Qué es un tobarish, querido Ilich?

-Pues, una persona con la que puedes tener relaciones de camarada, amistad, como le dicen en Cuba.

-Ah, mejor lo dejamos aquí porque en Cuba sí que la cagamos. Oye, ¿tienes tu radio?

-Sí, precisamente ayer le compré las pilas. ¿Quieres oír algo?

-Sí. Ponla, todavía nos queda media hora de descanso.

-A ver. ¿Está bien esta?

Imagine there's no Heaven 
It's easy if you try 
And no Hell below us 
Above us only sky 

Imagine all the people 
Living for today 
Imagine there's no country 
It isn't hard to do

-Oh, Vladimir, hacía tanto que no escuchaba a mi tocayo Lennon. Creo que ese sí habría sido un buen líder mundial. Lástima.

-Oye, Johny, ¿me dejas que te diga Lennon en lugar de Keynes?

-Sí de acuerdo, pero si me dejas llamarte Iván Visioly.

-¿Ivan el alegre? Claro que sí.










sábado, 13 de junio de 2015

Micá - El receso de Dios (Cuento apócrifo)


Muchos años después de la muerte de Sansón, cuando nadie gobernaba Israel y los malos espíritus andaban sueltos estropeando a los hombres hostigándolos para traicionar a sus hermanos, Micá bajó de la montaña de Efraín para ver a su madre y hacerle una confesión. Cuando llegó a la ciudad vio que su madre estaba en el porche de su casa, miraba unas flores y permanecía quieta como una estatua. El tiempo había cambiado su esbelta y larga figura por una especie de churro arrugado y retorcido, su aspecto estaba muy lejos de aquellos días en que hasta el mismo juez de los hijos de Abraham la había pretendido. De aquella unión quedó el dulce recuerdo de la inundación de la casa por el torrente pasional y un hijo que sacó la fortaleza del padre y la belleza de su madre.

-¿Estás bien, madre?

La mujer con dificultad se volvió y miró a través de sus nubosos ojos a su primogénito.

-Ah, eres tú, mi querido Micá, ¿Hace cuánto tiempo que no venías por aquí?

-Hace demasiado, madre, pero finalmente me he decidido a venir para hacerte una confesión.

-Dime, hijo mío, ¿Qué es lo que tanto te has callado durante todos estos años?

-Madre, ¿Te acuerdas de los doce kilos y medio de plata que desaparecieron de tu habitación?

-Sí, hijo, cómo no me voy a acordar, si lo pasé fatal por aquel tiempo.
-Madre, fui yo quien los cogió, quiero que me perdones, por favor. He venido a devolvértelos.

-No te preocupes, hijo mío, te adoro y como eres el fruto de mi amor por tu padre, sé, ahora que lo has confesado, que harás el bien. Te diré lo que vamos a hacer. Primero, llevaré dos kilos de plata al herrero y le pediré que me haga un efod en terafim para que el curso de nuestro destino cambie. Desde la muerte de tu padre nadie ha dirigido al pueblo y por la influencia del mal los hermanos de Israel pronto entrarán en guerra.

-¿Cómo lo sabes, madre?

-Hijo, nunca me lo preguntaste pero te lo confieso ahora, desde que se murió tu padre aplastado por las columnas del templo escucho su voz. Él me ha aconsejado hacer lo que te he dicho, así que traeré el efod y se lo darás a tus hijos para que se pongan la mitra con láminas de oro, las piedras de ónice, el pectoral del juicio y el manto azul, así como la túnica blanca. De esa forma volveremos a tener sacerdotes que dirijan a la gente.
Salieron a la calle y mientras recorrían las calles Micá le preguntó a su madre quiénes eran los seres extraños que merodeaban por todos lados.

-Son los ángeles de Dios y también andan por aquí las vírgenes y los arcángeles, según dicen, el creador está de vacaciones y en su ausencia sus emisarios están custodiándonos para que no vayan a pasar cosas malas. Cada vez que está a punto de surgir un conflicto se aparece cualquiera de ellos e intercede para que la discusión termine en paz. Si les ves el rostro notarás que están muy agobiados por el trabajo porque la maldad no para de provocar a las personas para actuar en contra de sus semejantes. Si quieres nos acercamos un poco para que escuches su conversación.
Se fueron caminando disimuladamente y llegaron a un puesto de especias donde un mercader dormitaba apoyando la cabeza en la pared.

-Oye, Gabriel, ¿Tú sabes cuándo volveremos al cielo?

-No, querido Uriel, no me han dado ninguna noticia y los informes que recibimos nos llegan con un poco de retraso, así que ni te ilusiones porque esto va para largo.

-Por cierto, Gabriel, que el otro día oí que los seres malos están fraguando un plan para separar a los hijos de Israel. Según me decían unos ángeles, el plan es confrontar a los pueblos con una ofensa a un levita.

-Pero si no hemos visto ningún sacerdote. ¿Cómo podrían ofender a un emisario del Señor?

-Pues, no lo sé pero es lo que se rumorea por todos lados. El Señor no tiene para cuando regresar y la responsabilidad del orden ha recaído sobre nosotros. ¿Qué vamos a hacer si fallamos?

-¡Ni lo mande Dios! Nos echarían del cielo y tendríamos que quedarnos aquí para siempre. La verdad aquí no se está tan mal, pero ya lo dice el refrán, “Cuando de casa estamos lejanos, más la recordamos”.

-Vamos a tener que andar con pies de plomo y vigilar a todos los demonios que nos encontremos.

-Sí, hay que estar con los cinco sentidos.

Micá se dirigió a su madre comentándole lo que había escuchado, la anciana no dijo nada hasta que estuvo alejada de los arcángeles.

-¿No te lo decía yo? ¿Ves como si es verdad todo eso de los rumores?

-Madre, pues no me imagino cómo irá a surgir el conflicto, pero me parece que esa decisión que has tomado es la más certera. Si hago que mis hijos sean los levitas de Israel, bien podremos controlar la situación hasta que esos ángeles reciban la noticia de que Dios ha vuelto.

-Sí, hijo mío. Mira, creo que ya vamos a llegar a la casa del herrero.

-¿Cómo lo has sabido madre?

-Es que me he venido todo el tiempo contando los pasos. A ver, ¿Ves alguna puerta de madera vieja semi rota y a punto de caerse?

-Sí madre, precisamente estamos enfrente de ella.

-Pues, vayamos a pedirle a Uziel que nos haga el mejor efod que pueda para que nos ayude Dios.

En cuanto el herrero Uziel terminó de hacer el encargo, Micá se despidió de su madre y se fue a su casa para hablar con su familia. Eran las ocho de la noche cuando entró Micá y solicitó la presencia de sus hijos. Les contó el encuentro que había tenido con la abuela y la situación tan delicada en la que se encontraba su pueblo. Cenaron juntos y Micá les ordenó a sus dos hijos mayores que al día siguiente se pusieran el atuendo de sacerdotes y que montaran un altar para venerar a Jehová. Les dio las instrucciones de cómo hacer la ceremonia y les hizo repetir tres veces los procedimientos especificados en el libro Levítico sobre la forma del sacrificio del cordero, los panes ácimos y otras particularidades.

A la mañana siguiente en un montículo se instaló un altar, se llevó el holocausto sacrificado, se pusieron las salsas y se prendió fuego a la hoguera para que saliera el olor a carne asada y llamara la atención del Señor. La familia permaneció a la espera de alguna respuesta, pero no sucedió nada. Entonces, Micá recordó las palabras de Uriel cuando le decía a Miguel que dios estaba de vacaciones. No quiso delatarse y cuando sus hijos le preguntaron la causa del silencio, él les dijo que tendrían que esperar a que llegara la señal. Como nadie sabía qué tipo de señal estaban esperando se pusieron a hacer sus labores diarias. Micá estaba muy nervioso y tenía el presentimiento de que el control de la situación se le estaba yendo de las manos. Sus hijas que lo veían tan abstraído le preguntaban si se sentía bien, a lo que él respondía que no había dormido lo suficiente y que se sentía un poco mal.

La hija menor llegó con una noticia que sacó por completo de su inercia a Micá. –He visto un levita que viene hacia aquí,-¿Cómo dices, Belén? !!Eso es imposible!!No hay un solo...-No terminó de decir su frase porque una voz del exterior lo interrumpió.

-Disculpe, podría alguien indicarme cómo ir hacia Dan, por favor.

-Eh, buen hombre, por supuesto que se lo diré pero antes, ¿no le gustaría refrescarse y beber un poco de leche recién ordeñada? Además, podríamos invitarle a comer con nosotros.

El hombre no se pudo negar a la hospitalidad de su anfitrión y aceptó con gusto. Al día siguiente, cuando el levita se disponía a ponerse en marcha, Micá le comentó que había mandado hacer un efod para oficiar la palabra de Dios y que sus hijos eran inexpertos y no sabían cómo hacerlo. Le propuso que se quedara y a cambio le daría cien gramos de plata anuales por su servicio, además se comprometía a darle techo y alimento, incluso mujer si alguna de sus hijas fuera de su agrado. El levita se negó y se marchó no sin antes agradecer las amabilidades con que había sido tratado.

Micá se quedó muy nervioso porque le parecía que el inocente y cándido levita caería presa de la maldad en algún lugar de Moab, Efraín o cualquier otra tierra. Apareció ante él el bello rosto del sacerdote con su semblante de sabiduría y armonía interior y lamentó mucho haberlo dejado partir. Sentía una gran opresión en el pecho y tenía una sensación hueca en el estómago.

A unos cuantos kilómetros de la casa de Micá, Filemón el levita se encontró a cinco hombres muy bien presentados con aspecto de mercaderes ricos pero con un olor muy extraño. Se le acercaron de pronto, el más respetado por el grupo iba muy elegante, sus sandalias eran nuevas y se le veían los pies limpios, lo que indicaba que no andaba mucho a pie, además era corpulento, llevaba el pelo pegado al cráneo gracias a una sustancia aromática muy penetrante que sólo causaba desagrado por un pequeño picor azufroso  que provocaba rechazo y aversión. Tenía muchos adornos de oro y su aspecto era el de un influyente comerciante, lo acompañaban cuatro hombres más.

-Amable, hombre, ¿tendría la gentileza de decirnos hacia donde va? ¿Sabe? 
podríamos acompañarlo si lo desea. Por este rumbo hay demasiados delincuentes y podrían hacerle pasar un mal rato. Si lo desea podemos proporcionarle nuestra compañía, así gozaría de una buena protección. -El levita los saludo con cordialidad.- ¿Cómo se llama usted y de dónde viene, amigo?-preguntó el jefe del grupo,- Me llamo Filemón y soy de Belén de Judá pero voy hacía la tierra de Dan. Le agradezco mucho que me ofrezca su ayuda, estimado señor, pero prefiero hacer la marcha solo, bien dice el refrán que más vale solo que...Luego, agregó, como ve, soy un misionero del creador por eso es imposible que me pueda pasar algo malo, tengo la protección del cielo. Te entendemos perfectamente,-contestó con voz áspera el hombre,-  pero por si las dudas te vamos a escoltar hasta el próximo poblado y de allí te dirigirás a Dan.

El levita no pudo negarse ya que las miradas y las insinuaciones que le hacía el grupo de vándalos no le dejó otra salida, más que la de aceptar lo que se le imponía a la fuerza. Así fue como se pusieron en marcha en dirección de Gitaín, una pequeña población que se encontraba en la frontera de Efraín y Dan. Por el camino Merarí, el jefe, trepidando al trote de su asno le dijo a Filemón que pronto caería la noche y que tendrían que pernoctar al resguardo de los montes. Zair y Mardoqueo dos hombrecillos pequeños con cara de pícaros y mirada de halcón afirmaron las palabras de su superior con movimientos de cabeza, Zila, un hombre corpulento que iba a pie y daba zancadas más largas que una jirafa dijo, con su voz ensombrecida, que a unos metros se encontraba un montecito a las faldas del cual podrían dormir sin riesgo de ser asaltados o sorprendidos por algún animal. 
Ozni, el más inteligente de todos, escogió un lugar y ordenó que se levantara una pequeña tienda para que Merarí pudiera descansar. Cuando el sol desapareció en el horizonte, la tienda de campaña ya estaba puesta, los seis hombres cenaron té con frutos secos y panes. Se enredaron en una conversación teológica y Merari, les impuso silencio para que se fueran a dormir. A la mañana siguiente recogieron la tienda y emprendieron la marcha.

 Filemón había dormido muy mal porque sus compañeros de viaje se habían levantado durante toda la noche, uno para orinar, otro para defecar, uno más después de los fuertes ronquidos de su compañero gemelo y, el último, el más grande de todos para conversar un poco porque no conciliaba el sueño. Al levita le costaba bastante trabajo mantenerse al ritmo del trote de los borricos, así que Merarí decidió alentar la marcha.

-Respetable Filemón, ¿no te encuentras bien?¿Quieres que conversemos para hacer el trayecto menos pesado?¿O quieres que Ozni te deje su asno?-preguntó sin mucho afán de complacer a levita el jefe de la caravana,- No, no te molestes, estoy bien, he tenido una mala noche pero ya se me va pasando, ya sabes que a dios rogando y con el mazo dando.- Mencionas mucho a tu dios, Filemón, eso está muy bien pero déjame contarte una historia,- seguidamente tosió para aclarar la voz y comenzó a hablar.

- Había una vez un gran señor que tenía un jardín muy grande y hermoso. Contaba con una cantidad de plantas enorme y, el mismo dueño, cuidaba personalmente y con celo sus árboles más queridos, éstos eran el de la vida eterna, el del conocimiento y el del bien y el mal. Si algún ser de los que habitaban en el jardín se atrevía a acercarse a esos frondosos árboles, era expulsado fuera del territorio para vagar en las inmensidades desiertas del universo. Un día del que hubo una tormenta muy fuerte, un fruto del árbol del conocimiento cayó y rodó hasta los pies de un ser que se encontraba podando unas flores. Al ver el hermoso fruto de color amarillo y rojo con unas grandes hojas aterciopeladas, quiso probarlo pero en el momento en que se lo llevaba a la boca escuchó la voz de su jefe que le preguntaba de dónde había sacado ese fruto. El jardinero le contestó que solo había llegado a sus pies después de la tormenta. El dueño se lo arrebató de las manos y se lo llevó. Después mandó construir unos cercos para que no volviera a ocurrir ningún incidente del mismo tipo. 
Por desgracia, durante otra fuerte tempestad un fruto salió volando y volvió a llegar a los pies del floricultor, sin embargo, al caer se hizo añicos y la tierra lo absorbió. El dueño del jardín apareció y el cultivador temiendo que se repitiera el sermón de la vez anterior  guardó una hoja del fruto en un pequeño bolso, más tarde lo sacó y se lo metió a la boca. Tuvo una extraña sensación porque el sabor era muy agradable y conforme lo iba sintiendo las cosas cambiaban de aspecto en el jardín. Agobiado por los cambios que sufría, se dirigió al dueño para preguntarle qué le sucedía. –Has probado el fruto,- preguntó enfadado el dueño,-No, no-, le contestó el jardinero.- El dueño no le creyó y le preguntó si había mascado las hojas, -Sí,- contestó el hombre,- lo he hecho.- Pues ahora tendrás que abandonar este jardín y marcharte al mar. El pobre trabajador que había estado miles de años al servicio de su amo se vio desamparado y solo.En ese momento Ozni se acercó a Merari y le dijo que pararían para comer un poco. Zair subió al monte más cercano y volvió con un pequeño cordero que preparó después bañado con una salsa demasiado picante. Cuando hubieron terminado de comer, Merari prosiguió con su historia.

-Cuando el desempleado florista llegó al mar encontró muchísimos seres que procedían del jardín divino y habían cometido alguna infracción. Se alimentaban de caracoles, cangrejos, peces y algas marinas, tenían la piel muy curtida por vivir a la intemperie y la mayoría eran muy malos o crueles. Con el tiempo el jardinero no solo se les asemejó y se convirtió en el jefe, sino que llevó a esos seres a levantarse contra el dueño del jardín exigiendo que se les otorgara un pequeño terreno en el huerto divino, pero no obtuvieron más que la ira del poseedor.

Un día llegó una hermosa mujer pelirroja que decía que había sido echada de los terrenos del dueño por protestar contra su marido, primogénito del gran señor. La mujer era tan encantadora y fértil que todos los hombres quisieron acostarse con ella. A la divina mujer, le encantó el trato de los hombres del mar y tuvo cientos de hijos pero el gran terrateniente de los jardines dijo que no quería tener herederos bastardos y mandó matar a todos los hijos de su nuera. Desde entonces los habitantes del mar han tenido rencor contra el dueño del oasis perdido y están en guerra por conseguir un pequeño trozo de lo que les fue quitado.

-¿Para qué me has contado esta extraña historia, señor Merarí? ¿Es que acaso quieres ponerme sobre aviso previniéndome de que tenga cuidado con los hombres de Dan, los cuales podrían tener algún resentimiento al Dios nuestro creador a quien represento, y podrían hacerme daño por pregonar su palabra?

-Debo reconocer que eres muy sagaz, querido levita, pero aparte de lo que has dicho, te he dado una pista para que pienses en las consecuencias de tocar a una mujer que no te corresponde y vivir en la tierra que no es la tuya. Te propongo que te quedes con nosotros en el territorio de Dan.

El levita llegó hasta el poblado de Gitaim y se despidió de sus acompañantes prometiéndoles visitarlos en cuanto llegara a la ciudad de Dan. Por desgracia, los acontecimientos obligaron al levita a volver sobre sus pasos porque lo que encontró en Gitaim lo alarmó de sobremanera. En las calles se paseaban unos seres sucios, crueles y mal hablados que repartían panes, frutas y dulces para que los ciudadanos se unieran en protesta contra Dios, que se encontraba ausente, y no volvería en mucho tiempo, según lo decían las brujas, chamanes, hechiceros y conjuradores de todo tipo.
Un hombre sucio y con olor a excremento y ajo se acercó a Filemón.

-¿Tú eres sacerdote de Dios, no?

-Sí, ¿Cómo lo has adivinado?

-Por tu cara, eres demasiado inocente y tus movimientos te delatan.

-Bueno, dime, ¿en qué te puedo servir?

-Únete a nosotros. Dentro de poco organizaremos la guerra. Vamos a conquistar las tierras de Benjamín, las de Efraín, las de Judá, después seguiremos al Norte para apoderarnos de Manasés, Izacar, Zabulón y, por último Neftali y Aser. Contamos con un gran ejército, armamento nuevo y el comando de guerra que hemos contratado en Sorá y Estaol, a esta hora los cinco guerreros deben estarse reuniendo con el alto mando y empezará la campaña bélica.

-Pero ¿es que estáis locos? No podéis hacer esto, Dios vendrá y os hará papilla. No veis que estáis rodeados de ángeles por todos lados.

Era cierto, unos hombres vestidos de blanco pregonaban la palabra del creador y persuadían a la gente de atacar a las otras tribus de Israel. Les explicaban el significado de los designios divinos. Pocos hacían caso y el esfuerzo que hacían los túnicas blancas era exorbitado.

-No, amigo levita, no servirá de nada. La gente quiere poder de adquisición, seguridad económica, placeres tales como follar con quien quieran y darse lujos, hartarse de comida, descansar y vivir a su gusto. Basta de sumisión. El momento ha llegado. Es la hora de tomarnos la justicia por nuestra propia mano.

Filemón pasó la noche en un pesebre que le ofrecieron por unas monedas de plata y a la mañana siguiente emprendió el regreso a la montaña de Efraín. Por el camino, le dio gracias a Dios de haberlo hecho recapacitar y agradeció que se le hubiera dado la oportunidad de vivir con Micá en la montaña de Efraín, oficiando las misas durante cinco años. Para ese entonces las protestas de los danitas habían llegado hasta la tierra de Benjamín y los cinco guerreros de Sorá y Estaol habían envenado la mente de los pobladores de esa tierra.

Un día Merari subió a la montaña de Efraín, junto con sus cuatro subordinados, y descubrió la presencia de Filemón cuando oficiaba una misa en el templo levantado a un lado de la casa de Micá.

-¿Qué haces aquí, Filemón? Te hemos buscado durante muchos años. Nos habías prometido unirte con nosotros en la tierra de Dan y luego te esfumaste. ¡Qué bien que te hemos encontrado de nuevo!
Los hombres ataron al levita y se lo llevaron consigo. Micá comenzó a gritarles pero el grandulón Zila y Merari se volvieron para amenazar al viejo Micá. No hubo más remedio que morderse la lengua y mirar cómo se quedaba la población sin sacerdote. ¿Qué será de nosotros Dios mío?- Se preguntaba Micá al ver alejarse al grupo de bandidos.  El quinteto de criminales condujo a Filemón a un palacio que había en Jopé en la costa del mar. Cuando ya nadie ponía mucha atención en los paseos de Filemón, éste se dio a la fuga y logró llegar después de muchos esfuerzos a Belén de Judá. Se ocultó en la casa de un viejo que tenía una hija muy hermosa.

-Quédate a vivir con nosotros,- le dijo el viejo,- soy muy débil para seguir soportando las hordas de salvajes que vienen de Dan, contigo mi hija tendría protección, además por ser levita y tener un aspecto tan puro Dios será pródigo con vosotros enviándoos muchos hijos. Filemón vio a la hermosa hija del hombre y se enamoró perdidamente de ella.

-Eres tan hermosa como una diosa, tus carnes son tan pródigas que harían renacer a cualquier muerto. En ti está unida la fuerza de la seducción fatal y la ternura. Cásate conmigo y nos iremos a la montaña de Efraín. Viviremos felices. Por lo que más quieras, Noemí, no me desprecies.
La joven aceptó y en presencia del viejo Obied, Filemón dio juramento de amor eterno a su hija. El anciano les dio la bendición y se retiraron a consumar el rito marital. Tardaron tres días sin salir de la habitación en que estaban, el viejo por su discapacidad auditiva no oía los gritos jadeantes que surgían del cuarto. Los vecinos comenzaron a protestar, pero Obied, que tenía bastante dinero y tierras, los hizo callar argumentando que los nuevos esposos no molestaban a nadie. Al cuarto día hubo un silencio total y Filemón salió solo para conseguir comida y llevársela a su mujer. Noemí estaba preciosa, el amor le había dado el último toque de fecundidad y su aura era como una fuerza magnética que elevaba el órgano más sensible de Filemón.
-tenemos que irnos, amada mía. Esta tierra está llena de salvajes y un día me matarán para poseerte.

Noemi que era muy sensata y ya había sufrido el constante acoso de los hombres estuvo de acuerdo en irse con su marido. Planearon salir por la noche, Noemí se puso ropa de hombre y se recortó las pestañas para que la belleza de su mirada no excitara a los hombres, además se recortó el pelo quedando casi a rodilla, se untó de hollín la cara para darle un aspecto sucio, sin embargo su belleza se transformó y Noemí terminó con el aspecto de una tigresa.

Para que nadie los viera, se fueron caminando por las brechas menos concurridas, dormían a la sombra de los árboles durante el día y andaban más de nueve horas por la noche. Así llegaron hasta la ciudad de Betel y trataron de permanecer allí unos días. Estuvieron en la fuente a la espera de cobijo por parte de algún alma noble que se compadeciera de ellos, entonces apareció un viejo que reconoció a Filemón porque lo había tenido en su casa como sacerdote. El hombre no quiso revelar su verdadero nombre y dijo que era Eleazar y que componía yuntas. La pareja se fue a vivir con él y estuvieron una semana. La casa se llenó de gritos de pasión y la pareja se paseaba completamente desnuda por la pequeña vivienda, era tanto el amor y pasión que los embriagaba que no pensaron en continuar su camino.

Un día Merari llegó a recoger unos productos a Betel. Al pasar por una pequeña calle descubrió la figura de Micá y lo siguió, sus inseparables compañeros le preguntaron hacia dónde se dirigía, él les impuso silencio y siguió al viejo. Cuando llegaron a la casucha escucharon gemidos de placer tan contagiosos y excitantes que sintieron curiosidad por lo que ahí sucedía.
-Eh, viejo, ¿A quiénes tienes ahí escondidos?-Preguntó Merari que ya había desmontado su borrico y avanzaba puñal en mano.

-Es un levita que no le hace daño a nadie, señor.

Merari entró junto con sus compañeros y descubrió la pulpa carnosa y suculenta del cuerpo de Noemí.

-¡Qué barbaridad!-gritó Merari que ya estaba sudando y no podía contener la erección de su cuerpo.- ¿Quiénes son?

-Son el levita y su esposa- dijo Micá suplicante temiendo que la furia del malvado Merari se desbordara,-no son gente mala.
Merari sin pensarlo le indicó a Zila y Ozni que cubrieran a la mujer y la sacaran de la casa.

-Nos la llevaremos con nosotros, esa mujer es de nuestra tierra. La han robado de Dan.
Acto seguido la cogieron en vilo y la sacaron. El viejo Micá se quedó sin aliento y Filemón trató de impedir, sin éxito alguno, el rapto de su mujer. El pobre levita estuvo llorando y rogándole a Dios que protegiera a su esposa, pero quiso una fuerza superior que las cosas salieran de otra forma. Por la mañana, Filemón salió a indagar el paradero de su mujer. No tuvo que ir muy lejos porque la encontró tirada cerca de un pesebre a unos quinientos metros- La violaron toda la noche, señor,- le dijo al levita una mujer que estaba allí cuidando que los perros no se acercaran al cadáver. Noemí yacía inerte y su cuerpo estaba lleno de moretes, tenía el rostro con una expresión de indignación. Era tan guapa que a pesar de ese gesto, seguía siendo bonita. Filemón la levantó y la llevó al cementerio. La enterró y rezó por su alma durante varias horas, después recogió la túnica desgarrada y ensangrentada con la que los maleantes había cubierto a su esposa, Filemón cogió la túnica y la cortó en trozos, luego la guardó en un bolso y se marchó.
Iba entrando en la ciudad de Betel cuando escuchó que alguien le seguía el paso, Se detuvo y volteó a ver quien emitía semejantes jadeos.

-Oye, para, para que ya no puedo correr más. ¿A dónde vas con tanta prisa? Pareces alma que lleva el diablo.

-Quiero reunirme con los ancianos de cada una de las familias de Israel. He sido víctima de una gran ofensa.
En seguida comenzó a contarle a su interlocutor la humillación que había recibido.
Mira, -le dijo él hombre,- Yo conozco a Miguel el arcángel del ejército de Israel, si quieres podríamos hablar con él. No está muy lejos, ahora mismo debe estar en Silo a unos cuantos kilómetros de aquí. También, sé que Uriel está al tanto de la conspiración de los malos espíritus que han estado provocando el odio y rencor en los adonitas y sus vecinos de la tierra de Benjamín hacia todos sus hermanos. Dicen que fueron despojados de su tierra y que se la tomarán ellos mismos. En Benjamín está concentrada una cantidad de soldados capacitados y con el apoyo estratégico de los mismísimos demonios. Dicen que es el ejército más astuto y temido que haya surgido hasta el día de hoy. Filemón estuvo de acuerdo en ir al encuentro del general Miguel.

-¿Qué es lo que te ha pasado, buen hombre? Según me dice Sariel, tú eres un levita que ha sufrido una humillación imperdonable, ¿no es así?

-Sí, sí mi general. Mataron a mi mujer después de violarla. La abusaron cinco demonios libidinosos que no estuvieron satisfechos con poseerla y la mataron pidiéndole más placer aun fallecida. Es horrible, lo que han hecho. No ha ocurrido ni se ha visto cosa semejante, desde la subida de los hijos de Israel de Egipto hasta el día de hoy.

-Lo siento mucho, mi querido Filemón, de habernos organizado bien, nada de esto habría pasado. Ahora esos demonios quieren empezar a dominar a todas las familias descendientes de Abraham. Han metido su comercio, engañan a la gente haciéndole invertir en cosas innecesarias, han establecido nuevas reglas de conducta moral y religiosa. Es el momento de organizarnos y entrar en batalla, antes de que logren su objetivo o nos sorprenda el Señor en estado de guerra. Remiel, manda que escriban la frase que ha dicho Filemón en los trozos de las ropas de su mujer y que le agreguen estás tres palabras: Consideradlo, deliberad y pronunciaros. Quiero que las repartan a los jefes de Efraín, Manasés, Rubén, Gad, Simeón, Judá, Zabulón, Isacar y Naftalí. En cuanto estén las deliberaciones, decidiremos quien atacará primero a los benjaminitas.

-Se lo agradezco mucho, Miguel, ahora quisiera ir a descansar, llevo dos días sin dormir.

-Sí, hombre, retírate, ya has cumplido tu misión. Ahora nos toca a nosotros.
Gabriel se presentó unos días después del encuentro entre Miguel y Filemón.

-Hola, Miguel, te tengo malas noticias.

-¿Qué pasa?

-Ha vuelto el Señor y se ha enterado del borlote que se ha armado con esos demonios sueltos. Dice que han influido en mucha gente y que habrá que eliminar unos cuantos miles de hombres. Ha dado la orden de que suban los soldados a la ciudad de Guibea para avanzar hacía Betel para combatir, pero no quiere que vayan todos. Primero, se hará un sorteo y la primera tribu en atacar será la de Judá, que es la que mayor influencia del mal ha recibido por estar al este de Benjamín, mandarán veinte mil soldados que perecerán en una emboscada en la ciudad de Guibea y no llegarán a Betél. Después consultarán al señor y les diremos que ataquen de nuevo en Guibea, allí perecerán otros dieciocho mil israelitas de la familia de Rubén que está al sur de Benjamín. 
Al final, cuando aparezca Pinjás el hijo de Eleazar, hijo de Aarón le daremos la orden de atacar pero como llevará solo hombres fieles a las leyes de Dios, le acompañaremos para matar a los demonios y dejar vivos a los inocentes que por la influencia demoniaca han perdido los estribos. La estrategia que planearemos será una emboscada fingiendo una retirada, pero cuando los benjaminitas se sientan triunfantes, un grupo saldrá de Baal Tamar y atacará por los flancos y se encenderá fuego dentro de la ciudad de Guibea y las ánimas pensarán que ha caído la ciudad. Perecerán dieciocho mil benjaminitas. Al terminar la guerra se perdonará a los niños, y las mujeres que no hayan conocido hombre, todas las demás serán sacrificadas porque han probado la maldad de los depravados demonios. Se levantará un holocausto y las familias de Israel volverán a ser hermanas.
 Todo salió como lo había dicho Miguel. 
Por último, para que no se extinguiera la gente de Benjamín, se buscó un pueblo que no hubiera participado en la confrontación bélica. Raguel y Sariel dijeron que no habían participado los hombres Yabés de Galaad porque los ciudadanos se habían dedicado a la vagancia y no les importaba el destino de su pueblo. Miguel, por orden de Dios, mandó ejecutar a los varones, sin embargo la cantidad de mujeres era mínima y para compensar la falta de hembras, se les entregó a los benjaminitas a todas mujer residente de la ciudad de Siló.

Aprendida la lección, los arcángeles crearon un curso de instrucción de orden cerrado para los ángeles con el fin de adiestrarlos para las posibles batallas futuras que pudieran surgir.