viernes, 26 de mayo de 2017

Conflicto familiar

Cuando apareció la noticia de que el famoso doctor Bernardo Carbajal se había suicidado en la cárcel, José Villalba, el abogado que lo había llevado a juicio por petición de sus clientes, estaba con su cliente Fernando Alba. Se miraron con curiosidad y Fernando con una actitud quijotesca dijo que era previsible que sucediera. Sí, estimado amigo, contestó José, pero lamento mucho que ese hombre no haya sido condenado antes. Permanecieron unos minutos sin hablar, eligiendo las palabras más propias para el caso. A pesar del ruido de la vajilla y algunos saludos de los clientes la cafetería parecía estar vacía. En la mente del abogado Villalba resurgieron las imágenes del juicio. Recordaba la cara burlona y arrogante del doctor que había violado las normas morales y su juramento hipocrático implantando sus reglas en la clínica de inseminación artificial que dirigía.
Villalba interrumpió sus pensamientos cuando la camarera le preguntó si deseaba tomar más café. Levantó la vista e hizo un gesto afirmativo. Ese instante fue aprovechado por el señor Alba para continuar con el tema.
—Tengo entendido, dijo, que el tal Carbajal es muy parecido a usted, ¿no?
—Sí, estimado amigo, cabe la posibilidad de que yo sea de sus primeros hijos. Se podría demostrar muy fácilmente porque tenemos los mismos rasgos físicos y si se hiciera un análisis de nuestros genes se encontraría una coincidencia del noventa y nueve por ciento.
—Y, ¿no lamenta haber condenado a su propio padre?
—No, querido amigo, no lo lamento en absoluto. Primero, porque no vivió conmigo ni me educó, segundo, porque tenemos el mismo carácter, nos aferramos a nuestros ideales: él se denominó benefactor de la humanidad y yo defensor de la justicia, así que cada uno en lo suyo ha llegado hasta las últimas consecuencias.
—Debió ser duro el juicio con todas esas personas humilladas frente a ese impostor, ¿no?
—Sí, claro. Imagínese que el muy cabrón describió con lujo de detalles lo que hacía con las pacientes…—Alba trató de salirse de la senda por la que se iba metiendo con su abogado aclarándose la garganta, pero sus intentos fueron nulos—. Mire, querido amigo, ese monstruo declaró que las pacientes guapas que llegaban para el tratamiento sentían atracción por él y por eso inventó una forma de engatusarlas para hacerles el amor.
—Eso es una depravación, ¿no le parece?
—Claro que sí, amigo mío. ¿Sabe qué les decía? Decía que el orgasmo femenino era una forma de estimular la eyaculación masculina y servía de recurso para tener un mejor embarazo, así que les daba un medicamento para excitarlas un poco y las penetraba hasta que sentían ese momento explosivo. Él por supuesto no se ponía protección y segregaba su semen, luego iba, si se daba el caso por más esperma recolectado en su banco y lo mezclaba con el suyo dentro de la vagina, de esa forma fue que cientos de mujeres se quedaron con sus vástagos, incluida mi madre.
—Y ese doctor ¿tuvo la osadía de declararlo ante el juez?
—Claro, amigo, además su actitud era la de un ser supremo que nos hacía un favor confesándonos que había recibido la orden de Dios, que se lo había revelado como a los profetas a través de la voz de un arcángel.
—¿Cómo es posible que haya gente tan loca?
—Esa es una pregunta difícil, pero mi opinión es la de que Bernardo Carbajal se dejó llevar por su vanidad, la perversión y el poder del que gozaba. Al final, creo que su muerte refleja su arrepentimiento. Es una lástima que se haya abolido la pena de muerte porque se la merecía el cabrón.
—Bueno, todo está claro. Ahora, quisiera confesarle el motivo de mi cita.
—Bien. Hable.
—Mire, quisiera que me ayudara a resolver mi problema. Resulta que tengo una agencia publicitaria en la que rodamos cortometrajes y anuncios para la televisión. Con frecuencia llegan jóvenes muy guapas y en ocasiones se sienten atraídas hacia mí. En varias ocasiones me he sentido acosado por ellas y, siendo imposible controlarme, accedo a lo que me dicta el instinto, así que ya se imaginará…
—Un momento. ¿Está afirmando que se ha acostado con sus clientas?
—A decir verdad, no sólo con mis clientas, sino con mis empleados y algunos hombres.
—¡Ah!!¡No, señor! ¿Sabe lo que me está pidiendo?
—Claro que sí, pero debe entender que me han demandado y, por si no lo sabe, mi madre me concibió por inseminación artificial en la clínica Carbajal.

—Ni hablar. Váyase, váyase.

jueves, 25 de mayo de 2017

El misterioso caso de Paul Bleu

El inspector Theophile Leblanc estaba tomándose su segunda taza de café cuando recibió la llamada de su ayudante Bastián. Puso con desgana el diario del día anterior sobre la mesa y se levantó. Se sentía un poco acartonado, se ajustó los pantalones, se retorció un poco el bigote viéndose de reojo en un espejo y salió en dirección de la calle Rue de Geese. Llegó tres cuartos de hora después, aparcó su coche cerca del número 12 y subió a la tercera planta donde le esperaban.

 La mañana era fría y el viento soplaba con fuerza. Leblanc apagó su cigarrillo y entró a la habitación donde se encontraba el cadáver de una joven. Hay huellas de violencia, inspector—le dijo Bastián estrechándole la mano— y, como siempre, los vecinos no oyeron nada. Empezó a revisar la habitación con su instinto de zorro. Se imaginó la secuencia del homicidio reconstruyendo los detalles como si se tratara de un rompecabezas. La primera impresión—se dijo— siempre es la más importante porque es engañosa y astuta. Le pareció extraño que la chica estuviera vestida con elegancia. Mostraba signos de violencia, pero parecían artificiales, como si se los hubieran infligido después de muerta. El perfume que llevaba era muy intenso y se había puesto demasiado. El inspector esperó que el forense le dijera que no había sido violada y que la hora de la muerte por un impacto de bala había sido entre las diez u once de la noche. El móvil había sido el robo y el asesino era una persona conocida por la víctima, puesto que no había el menor desorden. Buscaron entre las pertenencias de la chica y no encontraron nada de valor. La mujer se llamaba Anaïs Signoret trabajaba de fotógrafa en una revista de arte poco conocida y vivía con modestia. Leía y coleccionaba revistas y periódicos. Tenía un piso muy pequeño, decorado con fotos y pancartas, el mobiliario era de buen gusto, pero muy austero. En su guardarropa tenía sólo unas cuantas prendas de noche y lo demás estaba atiborrado de jeans y zapatos de tacón bajo. Theophile salió en compañía de su ayudante, ya había repasado hasta el cansancio sus hipótesis y trató de alejarse de ahí para razonar con la cabeza más fría.

En la comisaría encontró a su jefe, Clement Fouché, y tuvo que soportar los regaños porque estaba atrasado con algunos casos. Prometió ponerse a trabajar sin descanso y salió en busca de una cafetería. Se fue andando por la Rue de Vaugirard, se metió al Lounge Café y su amigo Pierre le puso un expreso cargado junto con el periódico. No encontró nada interesante en las noticias ni los suplementos y se quedó pensando en Anais. Tenía muchos años investigando asesinatos y sabía que su experiencia estaba constituida por el crimen al estilo francés, si hubiera tenido que resolver un caso japonés o chino, se habría visto en serios apuros. Su memoria era buena, como una gran biblioteca de tratados del crimen y las perversiones humanas, pero sólo le servía para la investigación porque en las cosas cotidianas y las relaciones humanas se sentía como un náufrago en medio de una tormenta. A sus cincuenta y cuatro años, Leblanc, era un hombre inmerso en su trabajo, ajeno a toda vida social y se sentía como un fantasma en una sociedad que cada vez era más chovinista a pesar de mostrar una apertura hacia todo lo extranjero. Se encontraba muy desconcertado porque tenía sobre la mesa una infinidad de piezas y no sabía cómo empezar a armar su puzle. Tenía sólo a una fotógrafa con su círculo de amigos y enemigos, ajusticiada con violencia, tal vez por culpa propia, con una vida sentimental, sin duda alguna, frustrada. Sentía pavor porque todos sus razonamientos lo llevaban a un escenario de emociones que no entendía. Sabía que poco a poco irían surgiendo los lazos de una relación complicada, que tendría que meterse en el corazón de la joven para entender la situación y que le pesaría muchísimo asimilarlo. Apareció en su memoria el cuerpo delgado, las piernas finas, el rostro angelical níveo de Anais, el tiro en la cabeza y sus labios pálidos en esa habitación de color crema con una cama demasiado grande y sin cabecera. Se tomó el café, le hizo una señal a Pierre y se fue.

Tenía un amante o novio—le dijo Bastián, dos días después en la oficina—. La vieron con él en algunas exposiciones de arte. No hablaba mucho de su relación, pero su amiga Rose dice que desde que lo había conocido, Anais, era otra. Ya lo hemos encontrado. Se llama Dominique Conte y trabaja en una academia como maestro de pintura. Es un artista raro. ¿Ya lo has entrevistado? —preguntó sorprendido Theophile—. No, no, sólo tengo su localización, estaba esperando comentárselo, inspector. ¿Cuántas veces te he dicho que no me llames inspector, Bastián? Muchas, señor, pero es un hábito que no me puedo quitar. Bueno—le espetó Leblanc—,vayamos a ver a ese tal maestrillo.
Llegaron a un taller anexo a l´ École des beaux-arts lleno de lienzos, esculturas y pinturas. Había trabajos de pintores clásicos e impresionistas en los muros y caballetes. En un rincón se encontraba Conte sentado en un banquillo, muy concentrado haciendo una copia de Degas. Con los cilindritos de pastel recorría el papel como si estuviera pintando los labios de una mujer. Sus trazos eran muy suaves y delicados. Las líneas que dejaba eran convincentes y Theophile se quedó observando con la respiración contenida. Dominique les preguntó si había semejanza entre el original de la pancarta y el del caballete. Bastián respondió que estaba mejor la copia. Lo que no sabe usted, amigo— dijo con voz elocuente Conte—, es que Degas le puso mucha alma a esta pintura y eso es imposible plasmarlo aquí si uno no es Edgar. Se puede imitar la sensación y copiar la técnica, pero cuando se encuentre frente al original sabrá qué sintió y como lo expresó Degas. ¿Me cree?

—No estamos aquí para eso, ¿sabe? —dijo con una sonrisa irónica Leblanc—. Queremos hacerle unas preguntas relacionadas con la señorita Anais Signoret. ¿Le suena? — Conte se puso serio y miró a sus visitantes con curiosidad.
—¿Quiere saber por qué no fui al entierro?
—No, señor Dominique, nada de eso. Queremos saber por qué la mató.
—Es usted muy ingenuo como cliente, pues ya veo que no sabe nada de arte y muy astuto como… ¿Policía?
—Sí, en efecto, estamos investigando el caso de la señorita Signoret.
—Pues, yo también lo siento. Era una buena joven y no sabe cuánto lamento su pérdida.

En ese momento Dominique se derrumbó y estuvo a punto de llorar. Leblanc se dio cuenta del dolor que experimentaba el pintor y se puso a dar una vuelta por el estudio. Detuvo su atención en una reproducción de los cuadros de Lempika y se preguntó sí la sangre italiana de Dominique no le había transmitido las cualidades estéticas del gran Botticelli, pero decidió que no, porque al ver un cuadro de la rusa Zinaida Serevrikova y su copia le cruzó por la cabeza la idea de que tal vez Anaïs hubiera posado para Conte imitando éste a la exiliada rusa. Buscó algún cuadro que contuviera un desnudo parecido a la señorita Signoret, pero no lo halló. El maestro ya se había repuesto y lo miraba con curiosidad.

—Perdone que me haya dejado llevar por la emoción, es que yo amaba a Anais, pero las cosas no resultaron como deseábamos.
—¿A qué se refiere, exactamente?
—Pues, a que ella quería que estuviera sólo con ella, pero no estaba listo para dar ese paso.
—Y, ¿por eso la mató?
—¡Qué inocente es usted, amigo! ¿Cuál es su nombre?
—Soy Bastián el ayudante del inspector Leblanc—Theophile lo miró e hizo un gesto para indicar que no hablara, pero era muy tarde.
—Miren, señores, supe lo de Anais y lo lamento, pero no tuve nada que ver con el asesinato. A esa hora estaba aquí en mi estudio pintando ese cuadro—señaló un lienzo en el que se veía a una mujer desnuda en la posición de La Maja, sólo que no era morena, sino rubia—. Si quieren les puedo contar todo lo que deseen, incluso si me lo piden me confesaré culpable ante un tribunal, lo haré con todo gusto.
—¿Sabe en qué condiciones murió?
—Leo la prensa, señor Leblanc, me sorprendió que la nota dijera que fue golpeada y que murió de un balazo. Cuando vi la foto no podía dar crédito a lo que veía. Ella era muy romántica. Trataba de aparentar ser una chica liberal y moderna, pero su corazón era tan dulce que ella misma se empalagaba. Yo le advertí desde el principio que no me tomara en serio, que sería como su confesor o amigo, sin embargo, ella se dejó llevar por los sentimientos y ya ve.
—Entonces, tuvo una relación con ella, ¿no?
—Sí. No lo puedo negar. Nos conocimos hace dos años en una galería. Ella estaba tomando fotos y se tropezó conmigo. Se disculpó porque me había echado el vino en mi camisa blanca. Estaba muy apenada, insistió demasiado en que había sido un accidente. La perdoné y ella comenzó a decirme cosas sobre el arte. Por mi parte, le hablé de la estética y mi opinión sobre el arte moderno y ya no se separó de mí. Decía que con mi ayuda podría escribir artículos y mejorar su situación laboral. Acepté ayudarle y al poco tiempo sucedió lo que tenía que haber evitado. Le confieso que soy una persona tranquila, pero con el vino me descontrolo y busco a las mujeres para desahogarme en sus brazos. Algunas de mis conocidas dicen que tengo ciertas facultades para entender el mundo interior femenino y me tratan con familiaridad.
—Sí, creo comprenderlo, pero ¿podría ser más explícito con respecto a su relación sentimental con ella?
—Señor inspector, usted sabe que cuando uno se identifica con una persona se cruzan ciertas fronteras. Yo me había prometido no tocar a Anais y salir corriendo con la primera alerta de riesgo. Un día se me olvidó. Estaba muy tomado, me sentía solo y había entrado en un estado depresivo muy fuerte y la única persona que podía ayudarme en ese momento era precisamente ella. Estuvimos juntos y se enamoró de mí, pero la borrachera me borró los detalles y al despertar me sentí diferente, su amor me había dado algo que no podía entender. Me enfermé de promiscuidad. No paraba de seducir mujeres hasta que ella se vino a humillar a mis pies. No tenía nada que ofrecerle. Conmigo habría perdido la razón como Juana la Loca. Después me alejé lo más posible de ella.
Leblanc se quedó mirando a Bastián y comprendió que las palabras del artista eran ciertas y que hubiera sido imposible que matara a Anais para liberarse de ella. Tenía un poder de convencimiento increíble, sufría de verdad por la fotógrafa, así que decidieron intentar otro método para descubrir la verdad.
—Está bien, señor Dominique, continuaremos las indagaciones, sólo le pedimos que no se desaparezca para que no le metamos en la cárcel.

Dominique no respondió y se quedó sentado con la mirada baja haciendo una seña para que se fueran. En la calle Bastián dijo que no parecía un asesino y que era un tipo que atraía, por alguna razón, a las mujeres. Incluso él se había sentido atraído por su personalidad. Leblanc estaba enfadado porque lo que había presentido era cierto y no le quedaba otra más que ir a inmiscuirse en la vida sentimental de la chica. Citó a Bastián para el día siguiente.

Llegó muy pronto a la calle de la Rue de Geese. Vio aparecer a su ayudante que con prisa le hacía una señal para que lo esperara. Subieron al piso de Anais. El salón estaba muy frío y parecía que la corriente de aire venía de una nevera. Sintieron escalofríos. Empezaron a espulgar por todos lados. Había muchas revistas, periódicos y libros en pilas. Buscaron notas perdidas en la ropa del armario. Buscaron en los blocs de notas y las carpetas, pero todo se relacionaba con la historia del arte, ensayos sobre la fotografía y la literatura. Daba la impresión de que Anais era una chica muy culta. No había muchas fotos de ella en la casa. Sólo con ayuda de una caja de zapatos llena de fotos pudieron reconstruir algunos aspectos de la vida de la joven. Supieron que había estudiado en la universidad, que había tenido algunos novios y pretendientes, que guardaba los folletos de los espectáculos a los que asistía y que le encantaba la música de Door´s, Rolling Stones, George Michel y Madonna, entre otros. Banal—comentó Leblanc—, es un tipo de música muy viejo para una mujer tan joven. En gustos no hay nada escrito, inspector—respondió Bastián acomodando unas agendas en la mesa de trabajo—. De pronto, Leblanc cayó en la cuenta de que había tres diarios y comenzó a hojearlos. Es muy infantil, esa costumbre de llevar un diario, ¿no crees, Bastián? —preguntó sin mirarlo Leblanc—. Depende inspector, a decir verdad, hasta yo lo escribiría si tuviera tiempo para hacerlo. Tal vez a ella le sirviera de consuelo confesarse consigo misma en la tranquilidad de la noche. Mira, lee esto, Bastián.

“Lo conocí hace poco. Es un hombre muy guapo y tiene un aura que atrae—¿creía en esas tonterías—preguntó Bastián —de adolescente inmadura? —no interrumpas con tus comentarios y lee—. Me atrae su feminidad. Es como si dentro de ese hombre tan varonil se escondiera un alma de mujer. Me entiende a la primera y hay cosas que ni siquiera digo porque me hace sentir que las entiende. Nunca me había topado con un ser de ese tipo. Los artistas que conozco son unos inadaptados que encubren sus traumas con su actitud apabullante, pero él es suave, astuto y sentimental. Desde el principio me dio a entender que nunca sería mío por completo, pero que no estaba excluida la relación íntima. Acepté su propuesta.  Seríamos como una joven apasionada y una ardiente mujer encerrada en un cuerpo masculino: Un amante lesbiano”.

—¿No le parece tonta esa frase, inspector?
—Quizás, Bastián, lo que pasa es que nunca se me había cruzado por el seso que una interpretación de ese tipo existiera.
—Pues, ahí lo tiene, inspector. Y ¿ahora qué?
—No lo sé, Bastián. Vamos a tener que armar la relación a partir de este principio hasta llegar al motivo del asesinato, si es que lo fue, porque como veo las cosas nos va a doler mucho la cabeza con esta tontería.
Bastián no contestó y siguió fisgoneando. De pronto una hoja suelta cayó dando vueltas como un pequeño cometa.
—¿Qué es eso, Bastián?
—No lo sé, inspector, déjeme ver— Cogió el papel, leyó y le cambió el rostro, luego se lo extendió a Leblanc.
 “No se culpe de mi muerte a mi asesino sentimental, pues la decisión ha sido mía no de él, e indúltese a mi ejecutor. Anais”.
—¿Qué estupidez es esa, Bastián?
—No lo sé, inspector.
—¡Me lleva! ¿Sabes qué significa esto? ¿No? Pues, significa que Dominique nos ha dicho la verdad y el asesino real está paseándose muy campante por algún sitio. Tal vez ya se haya fugado al extranjero y nosotros aquí como tontos. Vayamos a interrogar a los vecinos y a todos los que vivan por aquí.

Bajaron a la calle una hora después. No habían aclarado nada y estaban decepcionados por encontrarse en una situación tan absurda. Al pasar por el quiosco de revistas decidieron preguntarle al encargado si sabía algo de la señorita Anais. Contestó con amabilidad el hombre bonachón que se encontraba ahí en ese momento y les informó que era una clienta muy asidua, que nunca dejaba pasar un ejemplar de las revistas de fotografía y que era una mujer muy agradable. Cuando le preguntaron si la había visto con algún hombre la respuesta fue satisfactoria. Supieron que había llegado varias veces en compañía de su amigo Dominique, quien se expresaba con ademanes un poco femeninos, pero era un varón con buenas maneras. Lo mejor de todo es que también afirmaba haberla visto conversar de un tema muy raro con un hombre con aspecto de mecánico. Se dirigió a él con el nombre de Paul—aclaró el vendedor de periódicos—, hablaron sobre no sé qué tipo de complicidad en un crimen falso. No pude entender, parecía que todo lo decían en clave. El tipo, por cierto, estaba muy preocupado y la tenía cogida de las manos, ella lloraba en silencio. Por último, oí que le decía que pasara lo que pasara, él estaría siempre a su lado para auxiliarla en lo que fuera. Leblanc le pidió una descripción detallada del tal Paul. Era un hombre de estatura media, robusto, con un copete liso y muy negro, de ojos verdes y de unos treinta y cinco años. Bastián hizo lo mejor que pudo un retrato hablado y se lo mostro al hombre. Sí, sí se parece—contestó—, sólo que su rostro era más redondo y los ojos más rasgados, pero sí se le asemeja.

Comenzaron las pesquisas y tres días después ya sabían que el individuo se llamaba Paul Bleu y que le había compuesto el coche a la fotógrafa Signoret el día de su muerte. Fueron a interrogarlo. El taller no estaba muy lejos del domicilio de Anais. Llegaron a la Rue de Vaugirard y entraron en el número 71 que tenía un anuncio de aparcamiento público. Vieron a un hombre que se encontraba arreglando un motor. Hacía mucho ruido y tuvieron que esperar unos minutos hasta que apagó el coche, se limpió las manos y chocó con sus miradas.

—¿Es usted Paul Bleu?
—Sí, señor, ¿tiene algún problema con su coche?
—No, no es por eso que hemos venido. Soy el inspector Theophile Leblanc y este es mi ayudante Bastián Rouge. Queremos saber por qué mató a la fotógrafa Anais Signoret.
—Oiga, no soy culpable de nada. No sé a qué se refiere.
—Ah, ¿no? ¿Y si le digo que lo vieron a usted el mismo día en que fue asesinada?
—Mire, a mí no me meta en sus problemas. Le aseguro que no tengo nada que ver en ese asunto. Ella tenía problemas con su coche y se lo arreglé, nada más.
—Mire—dijo con astucia Leblanc— lo vieron a usted con ella por la tarde y unas horas después fue asesinada. ¿Cómo explica eso?
—Le repito que no sé a qué se refiere.
—Vamos a ver, Paul, ¿quieres que te llevemos a la comisaría para refrescarte la memoria? ¿Sabes que tenemos un animal llamado Jean Claude que hace hablar hasta a las piedras?

Paul pensó por un momento y decidió que era inútil oponer resistencia y se ofreció a colaborar. Se cambió de ropa y le pidió al inspector acompañarlo a Le trat d´union, una cervecería que estaba al lado. Entraron y pidieron un tarro cada uno y se sentaron en un rincón.

—Mire, señor Leblanc. Ese día le entregué su coche a Anais. La conocía de tiempo y la había pretendido. Era muy guapa y me gustaba. A veces conversábamos como amigos, nada más. Un día me confesó que estaba enamorada de un artista. Estaba loca por él. No dejaba de comentarme lo bien que se sentía a su lado, lo agradable que era. Sentí celos, es verdad, pero me resigné pronto y traté de verla como a un cliente más. Pasaron los meses y noté que estaba un poco decaída, me le acerqué para saber de qué se trataba, entonces me confesó que su amigo, el tal Dominique, la tenía loca y ya no quería estar sin él. Pero la cosa era que el artista era un mujeriego inconstante que desaparecía sin decirle nada. Ella se fue hundiendo en un estado depresivo muy fuerte. Comenzó a tomar cosas. Ya sabe, esos calmantes que recetan los loqueros. Total, que llegó un momento en que ya no se pudo controlar—el inspector y su ayudante lo miraron con curiosidad y Paul les soltó de sopetón la confesión—. Sabe qué significa eso, ¿verdad?
—No, no lo sabemos, explíquese.
—Pues, resultó que me citó en su casa. Fui a verla esperanzado en que por fin podría ser mía.
—Y la mató, ¿verdad?
—No, no sea tonto. Lo que pasó fue lo siguiente. Llegué a eso de las diez de la noche y me la encontré muy arreglada. Pensé que querría salir a pasear. Estaba eufórico, pero ella comenzó a hablar y sus palabras me desconcertaron primero y, luego, me enfurecí. Fue por eso que la golpeé, pero ya estaba muerta en ese momento y, para colmo, ella me lo había pedido.
—No está claro. Vaya por partes. ¡Expliquese!
—Mire, llegué y me dijo que se iba a suicidar, pero que no quería que nadie supiera su cobardía. Me propuso que simuláramos un asesinato. Me pidió que la golpeara después de muerta, que la acomodara en su cama para que pareciera un asalto, que limpiara cualquier rastro mío y que me olvidara de lo sucedido. Ya se imaginará que para mí fue un shock, pero no pude hacer nada por que ya se había decidido. Me pidió un vaso de agua y cuando regresé la vi apuntarse con una pistola en la cabeza. Salté sobre ella, pero no pude impedir que disparara. Me puse muy nervioso. Estaba desesperado, irritado por su estupidez, le pegué, luego se me saltaron las lágrimas y me quedé conmocionado. Cuando reaccioné estaba completamente desorientado. Las circunstancias me habían superado. Jamás he sido un criminal y encontrarme en esa situación me hizo cometer tonterías. Primero, la puse en la cama, limpié las cosas donde creí que se encontraban mis huellas, cogí la pistola, gran error, y le quité el silenciador. No sé por qué me guardé el arma. Esperé a que hubiera un momento adecuado para salir sin ser visto y me fui.
—Bien, Paul, todo concuerda con lo que nos ha reportado el forense. Espero que conserves la pistola y nos la entregues. Además, no estaría mal que nos dijeras de dónde la sacaste.
—Oiga, un momento. ¿Me está culpando? Le he dicho toda la verdad confiando en que es usted un profesional y no uno de esos animales que trabajan en la comandancia de la policía. Le juro que no la maté y que lo que he dicho es la pura verdad. Si me lo pide le enseñaré todo lo que sea necesario para demostrar mi inocencia.
—Mira, Paul, los celos serían el móvil perfecto para cometer el crimen. Tú amabas a Anais y, al saber que ella estaba loca por otro, decidiste emplear la frase “Ni conmigo ni sin mí” y te la cargaste, ¿no es así?
—No, inspector, está usted equivocado. Jamás habría tocado a esa mujer para hacerle daño. La quería de verdad y lo que más deseaba era que fuera feliz. Por desgracia, el inmisericorde artista de pacotilla la obligó a hacer lo que hizo. Si quiere martiríceme, confesaré lo que quiera, pero sépase que lo haré sólo para limpiar la imagen de Anais y pagar por mi estupidez. Sí hubiera podido detenerla a tiempo, le habría dado la felicidad que le faltó, pero llegué tarde, ¿lo puede entender?
—Está bien Paul. Voy a confiar en ti. Necesito que me entregues el arma y me firmes una declaración que me harás ahora mismo por escrito.
Cuando les fue entregada la declaración y el arma. Bastián y Leblanc se fueron a la comisaría. El señor Clement Fouché estaba de muy mal humor porque su amigo, el candidato Charles Darnand, le había pedido que declarara sobre el buen funcionamiento del departamento de policía y era necesario presentar un reporte de los homicidios resueltos en la ciudad y la lucha contra la delincuencia.
—Oiga, inspector Leblanc, necesito que me entregue un reporte de los casos que tenemos resueltos. Además, voy a necesitar que resuelva con urgencia los casos que están pendientes. Busque la manera de encontrar culpables para llevarlos a juicio a todos. Asegúrese de que serán condenados malvivientes y gente sin futuro. Ya sabe, busque de preferencia entre los emigrantes y personas que se dediquen a negocios ilícitos.
—Sí, señor—contestó Leblanc conteniendo su ira.
—Pues, empiece ahora mismo. Lo espero en mi despacho. Traiga unos cuantos archivos y yo le diré a quién inculpar en los casos más recientes, en lo que se refiere a los rancios no resueltos sacaremos información de gente desaparecida para llenar los huecos.
Leblanc se fue a su oficina y le pidió a Bastián que investigara con urgencia la procedencia del arma que tenían. El ayudante salió sin chistar y volvió dos horas después.
—Ya tengo la información, inspector.
—Pues, desembúchala.
—Mire, inspector, hace unos días Anais fue a ver a unos conocidos suyos y les pidió un contacto para conseguir el arma. Se la vendieron unos argelinos que tienen contacto con los militares y venden cosas caducadas o sobrantes de los inventarios en algunos cuarteles. Se trata de armamento en mal estado o defectuoso. Por cierto, la chica tuvo la mala suerte de que esta matraca funcionara cuando la accionó. Había muchas posibilidades de que se salvara, pero ya ve. El destino es como es.
—Bien, Bastián, lo malo es que el jefe no va a estar de acuerdo en que se trata de un suicidio y vamos a tener que meter a ese infeliz de Paul a la cárcel por homicidio.
—Le van a caer veinte años, inspector, pero, ¿realmente cree que es inocente?
—Por supuesto, Bastián, llevo en esto más de treinta años y la experiencia me ha dado la posibilidad de identificar a los criminales con tan sólo echarles un vistazo. Te aseguro que Paul es inocente.
—Y ¿cómo lo supo? Dígamelo, si no es indiscreción, inspector.
—Muy fácil. Bastián, nadie habría declarado tan rápido en caso de ser culpable. Además, ya me lo había imaginado desde el principio. Todo guiaba a un crimen, es decir, a un suicidio por decepción amorosa. Si te diste cuenta Dominique también se quebró al instante. Esos no tienen madera de criminales. Los de verdad o lo planean todo bien o buscan todo tipo de huecos para escabullirse dando largas para tener tiempo de escaparse. Lo que me preocupa ahora es cómo vamos a sacar del hoyo a Paul, pues en cuanto le ponga el caso en la mesa a Fouché me lo va a cerrar como homicidio. ¿Se te ocurre algo?
—No, inspector. No se me ocurre nada verosímil.
—Pues, piensa en cualquier cosa por descabellada que te parezca.
—No sé inspector—Bastián permaneció unos minutos en silencio y, de pronto, se le iluminó el rostro. Oiga, inspector y ¿si declaramos a Paul muerto?
—¡Perfecto! Bastián. Ya entiendo. Mira, vete corriendo a buscar un cadáver en la morgue que no haya sido identificado. Habla con August, el forense, e infórmale de lo que traemos entre manos. No será la primera vez que nos ayude. Luego, vete volado a ver a Paul Bleu y dile que tiene que desaparecer, que nos proporcione todos sus datos y documentos para cambiarle la identidad. Explícale que no sabemos en quién se convertirá, pero que puede estar tranquilo. Si no acepta dile que su caso ya está resuelto y que parará en la cárcel si no acepta.
Bastián salió hacia el taller mecánico y Leblanc cogió algunos expedientes les echó un vistazo. Separó los que consideró que podían tener una solución justa y, los que de plano no tenían ni pies ni cabeza, fueron a parar al escritorio de Fouché.

—Buenos tardes—le saludó Clement Fouché con voz preocupada.
—Buenas tardes, señor.
—Mire, Leblanc, iré al grano. Tenemos un problema grave. Sabe que los últimos años se ha encrudecido el terrorismo y los delincuentes han aprovechado las sombras para expandir sus actividades, ¿verdad?
—Sí, señor, la prueba está aquí—señaló la pila de expedientes que sostenía en los brazos.
—Está bien, póngalos sobre el escritorio y pida que nos traigan la comida. Pasaremos un buen rato decidiendo el destino de estos crímenes. Empecemos. Coja uno y léamelo.
—Este es el del robo de la joyería en Boulevard Raspail. ¿Se acuerda que hubo un tiroteo y que cogimos a los ladrones, menos al cabecilla Jean Beuer?
—Sí, sí lo recuerdo. Mire, lo vamos a cerrar. La mayor parte de las joyas fueron recuperadas. Lo demás lo pagó el seguro y ahora no hay nadie que persiga al prófugo. Es más, nadie se acuerda del caso, así que diremos que Jean Beuer fue hallado muerto en Le Canal du Saint Martin, se consigue una foto de alguien que haya fallecido ahí y la pone.
—Pero señor y ¿si alguien reabre el caso?
—No se preocupe por eso. Tenemos la autorización del futuro alcalde de la ciudad. Nuestras espaldas están protegidas y si logramos presentarlo todo antes de las votaciones, alcanzaremos un estatus jamás imaginado. Ya sabe cuánto tiempo llevamos tratando de mejorar nuestra condición tanto social como económica. Con esto podría pensar en su jubilación. Yo se la firmo, pero apresúrese y no ponga peros.

Toda la tarde de ese día y las tres siguientes, Leblanc, estuvo ideando la forma más verosímil de concluir los asuntos pendientes. Terminó harto de inventarse cosas y salió odiando a muerte a su jefe, quien, sin inmutarse, violó las reglas éticas más elementales e hizo añicos los argumentos morales que le presentó Theophile. Se fue a su casa a descansar. Tuvo un sueño intranquilo y cuando se presentó de nuevo en la comisaría le dio gracias a dios de que Clement Fouché no estuviera. Salió a su encuentro Bastián para mostrarle los resultados del caso de la fotógrafa Signoret. Quedó claro que había sido un homicidio, que el mecánico Paul Bleu la había seguido hasta su casa y le había metido un tiro para asaltarla y, al escapar, unos maleantes lo habían agredido mandándolo al otro mundo. Por último, se había hecho el reporte policial cumpliendo con todas las normas y el caso se cerraba para siempre.

—Muchas gracias, Bastián. Has hecho un gran trabajo al cambiar la identidad de Paul Bleu. Por cierto, ¿sabes cómo se llamará ahora?
—Sí, señor, nuestros contactos le están creando un perfil. Seguirá siendo mecánico y se llamará Martín Cloutier.
—Está bien. Necesito que me ayudes a terminar con el trabajo que me ha dado Fouché.

Comenzaron a clasificar los casos, pero Bastián se alarmó al ver lo insensato que era todo, por eso protestó y le dijo a Leblanc que renunciaría, que si alguien se ponía a escarbar en esas carpetas se armaría un gran escándalo a nivel nacional. No te preocupes, Bastián—le dijo dándole ánimos Leblanc— tú quedarás inmune de toda culpa porque las resoluciones las firmaremos Fouché y yo, y en caso de que salga el peine, espero encontrarme muy cómodamente establecido en Panamá o en Buenos Aires. Tú sólo tendrás que echarnos toda la culpa a nosotros. Ese Clement Fouché piensa que su amigo lo salvará, pero en la política y en la guerra todo se vale. Ya me imagino cómo se desmoronará si no le sacan las castañas del fuego llegado el momento, pero es la ambición lo que lo guía. ¡Allá él! ¡Si se quiere quemar, que se achicharre!  

Pasaron tres meses y el candidato a regente de la ciudad resultó ser el amigo de Fouché. Se implantó una política secreta para investigar a todos los inmigrantes, se movilizó un gran número de policías que patrullaban como espías las zonas en donde se congregaban personas procedentes de África, China, Latinoamérica y Oriente Medio. La política del jefe de la policía era la de buscar a los extranjeros indocumentados más conflictivos e inculparlos en crímenes. Se les torturaba para que confesaran delitos que no habían cometido y se les encarcelaba. La vida en la ciudad parecía muy tranquila, pero era por ese sistema maquiavélico que había implantado Fouché.

En una ocasión Leblanc tuvo que enfrentarse contra ese enorme muro de patrañas que había ido construyendo Fouché con sus declaraciones públicas y campañas en pro de la France sin violencia y con un mecanismo brutal de control underground. Clement Fouché tenía una bomba de tiempo en las manos, pero simulaba desconocer la situación real. Era consciente de que tarde o temprano se detonaría la dinamita y muchos políticos saldrían volando. Guardaba la calma como un pato frente al filo del hacha y se dedicaba a acumular dinero para huir al menor aviso de peligro.

—Tenemos un problema inspector—dijo con rostro demacrado Bastián.
—¿Uno, nada más? ¿Sabes que llevamos unos meses sentados en el detonador de una gran bomba? Y cuando explote…
—Pues, quizás sea muy pronto. Mire, han reclamado el cadáver de Paul Bleu.
—¿Cómo? ¿Que han reclamado el cadáver de Paul Bleu? Pero ¿no lo habíamos enterrado ya?
—Sí, inspector, pero ha sucedido algo rarísimo. Ha venido una mujer desde Canadá a exigir su cadáver.
—Bastián, si estuviéramos dentro de una novelucha barata de detectives o una nivola, como lo denominaba Miguelito de Unamuno, te creo que pudiera pasar algo así, incluso podríamos echarle la bronca al autor desde aquí, pero esta es la vida real, la vida real ¿entiendes? En la vida real no pasan esas tonterías.
—Pues, será el destino que nos está jugando una mala pasada porque habiendo un ciento de hombres que podrían llevar el mismo nombre, éste ha sido identificado por una parienta, pero su nombre real es Claude Blainville. Llevaba unos años en Francia y sólo su prima sabía sobre su paradero. Al no recibir noticias de él, se preocupó y vino a investigar qué había pasado con él. Por desgracia se trajo fotos y copias de documentos donde figuraban sus huellas digitales. Luego, ya se imaginará, buscó por todos lados y en la morgue le dieron referencias de su primo bajo el nombre de Bleu.
—Bueno, ya Fouché nos ha metido hasta el fondo de esta mierda, peor no pueden estar las cosas y si lo pensamos un poco, podemos sustituir las fotos de Blainville por otras y cerrar otra vez el caso de la señorita Signoret. El único problema sería que el expediente cayera en manos de las personas inadecuadas o la mujer canadiense haya encontrado a nuestro Paul Bleu, es decir, al nuevo, ¿cómo decías que le habían puesto? ¡Ah! Sí, lo recuerdo, Martín Cloutier. Todo esto es el colmo de lo absurdo, querido Bastián, siempre me imaginé que las cosas se pueden entorpecer, incluso ser las más raras del mundo, pero esto ya es demasiado.
—Bueno, y ¿qué hacemos ahora, inspector?
—Creo que lo primero será aclarar qué sucedió con el tal Paul Bleu, o sea, Claude Blainville. En caso de que lo hayan metido en una fosa común, le daremos el pésame a su prima y adiós. Problema resuelto.
—Está bien, inspector. Aquí tengo la dirección donde la podemos localizar.
—Pues, vámonos en seguida.
La señora Lisange Vacquette estaba hospedada en el hotel Jardin Le Bréa. Cuando la encontró Leblanc, ella iba llegando de hacer unas compras, la encargada de la administración se la señaló. Bastián la miró y no pudo resistirse a hacer un comentario sobre su belleza. Era una mujer madura, pelirroja con los ojos verdes muy vivos, llevaba un traje olivo, su aspecto era elegante y tenía un rostro suspicaz. Si esa mujer fuera un animal, sería una liebre, ¿no cree inspector? No, no lo creo, Bastián, me parece que está más cerca de la familia de los zorros, mírala bien.
—Buenas tardes, ¿es usted la señorita Vacquette?
—Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarles?
—Mire somos de la policía y sabemos que ha viajado para indagar sobre el fallecimiento de su primo.
—Sí, en efecto señor…
—Soy el inspector Leblanc y este es mi ayudante Bastián Rouge.
—Sí, he venido a buscar a mi primo Claude Blainville, pero me han dicho que tenía otro nombre.
—Precisamente de eso queremos hablarle. Permítanos ayudarle con sus cosas y, si lo desea, podemos conversar en el restaurante del hotel.
—Está bien.       
Unos minutos más tarde estaban los tres sentados en una mesita redonda tomando un café con pastas. Leblanc no aceptó el coñac que le ofreció la señorita Lisange. Había poca clientela y el camarero había desaparecido sin dejar rastro. Sonaba una música suave que llenó por completo el instante de tensión que había entre el inspector y su ayudante.
—Dígame, señorita Vacquette, ¿ha podido resolver su asunto?
—No, señor inspector. Las cosas no han salido como yo esperaba.
—Ah, ¿sí? ¿por qué?
—Mire, necesitaba encontrar a mi primo porque tenemos una tía que lo estimaba mucho y le dejó su fábrica de cerveza. La anciana hizo testamento y pidió que él, Claude, recibiera el dinero y la cervecería y la dirigiera como el dueño. Sin embargo, ahora es imposible. Siendo que no hay indicado otro heredero, el asuntó se nos complica porque somos varios los posibles beneficiarios y el proceso se llevará una cantidad indefinida de tiempo. Pensaba que al volver con él a Canadá podríamos solucionar el asunto rápido, pero ya ve. Lo que no entiendo es cómo pudo cambiarse de nombre y cometer un crimen. Eso fue lo que me informaron cuándo pregunté en la policía. Ahora tendré que volver con las manos vacías y pedirle ayuda a nuestra embajada para que se investiguen los detalles de su muerte.

Durante el tiempo que había hablado la señorita Vacquette, Leblanc había maldecido en silencio lo absurdo de la situación mordiéndose el labio inferior, incluso hizo una pausa, salió al servicio y golpeó los muros con el puño. Estaba desesperado. No podía creer que sucedieran cosas tan estúpidas. Se miró en el espejo y se dijo que estaba dentro de un sueño o algo así, porque en la vida real no sucedían esas cosas tan descabelladas y torpes.

—No será, necesario, señorita, Nosotros estamos a su servicio para cualquier cosa. Nos ha enviado el mismo inspector Clement Fouché. Sabe quién es, ¿verdad?
—Sí, lo he visto en los periódicos.
—Bueno, pues deje todo en nuestras manos y le ayudaremos a resolver su problema. Mire, de cualquier cosa llámenos a este número.

Los detectives se despidieron y se fueron a la comisaría. Bastián iba desconcertado haciendo miles de preguntas, pero Leblanc le dijo que ya se le había ocurrido el plan. Dirían que Claude Blainville se había metido en problemas con la mafia, que había contraído deudas y que, al no pagarlas, lo habían comenzado a seguir. Luego, se había cambiado el nombre, había falsificado sus documentos y no había tenido tiempo de escapar a su país. La treta era muy buena, pero si por alguna cosa, la señorita Vacquette dudaba y pedía la ayuda de su gobierno, los problemas serían enormes y terminarían todos en la cárcel. Podríamos ir más allá, querido Bastián—dijo Leblanc, abrazándolo—, podríamos proponerle que se lleve a Martin Cloutier en lugar de su primo. Pero, ¿está loco, inspector? No, no querido Bastián, así como están las cosas sería la única solución. Lo único que tendríamos que hacer sería adecuar a Martín para que sea como Blainville y nos olvidamos de todo. ¡Analízalo, Bastián! ¿Qué no has visto películas de impostores?!Tenemos la situación ideal! Decidieron reunirse con la señorita Lesange. Bastián iría a preparar a Martín y Leblanc prepararía el terreno antes.

—Gracias por aceptar mi cita, señorita Vacquette, se lo agradezco mucho.
—No tiene por qué hacerlo, señor inspector, ya sabe que a mí también me gustaría encontrar una solución a mi problema.
—Pues, ya verá que es fácil. Siéntese y ahora le explicaré el plan.
La señorita Vacquette estaba un poco nerviosa y tenía cara de no haber dormido bien. Se había cubierto con el maquillaje las ojeras y trataba de aparentarse lozana. Leblanc lo adivinó de inmediato y pensó que tendría que actuar con precisión para no confundir a la dama. Ella sacó un cigarrillo y se lo llevó a los labios. Theophile sacó su encendedor y le ayudó acercándole con cuidado una pequeña flama.
—Es muy amable, gracias.
—Mire, señorita, quería preguntarle cuándo fue la última vez que sus familiares vieron a Paul Bleu.
—Pues, hace mucho tiempo, inspector. A decir verdad, la única que más o menos lo recordaba era yo. Me envió varias fotografías por correo, pero es muy diferente al que conocí en la juventud. Mire, aquí tengo una—sacó de su bolso una cartera, extendió una instantánea y se la entregó al inspector.
—Bien, mire, aquí se ve un hombre robusto de pelo castaño con ojos verdes. ¿Era muy alto?
—No, inspector, mediría un poco más de la media y estaba fornido.
—De acuerdo. Oiga, mire, ahí viene Bastián con un hombre, lo reconoce — Lesange se sorprendió porque en el inconsciente se había imaginado a su primo así—. No señor inspector, pero tengo el presentimiento de que ya había visto a ese hombre en algún lado.
—Buenas tardes, Bastián, ¿quieres presentarle por favor a Martín a la señorita Vacquette?
—Sí, inspector, con todo gusto. Mire, señorita este es nuestro amigo Martin Cloutier.
—Encantado de conocerla—Martin se dio cuenta de que la señorita Lisange era muy atractiva y sintió curiosidad y un cosquilleo en el estómago. Ella por su parte se imaginó, sin ser dueña por completo de la idea, que el hombre que tenía enfrente podía pasar por Paul Bleu y, además, podía convertirse en un buen compañero de aventuras amorosas.
—Mucho gusto.
—Bien, Este es el plan que hemos concebido, señorita Vacquette. Martin se hará pasar por su primo Paul, lo hará de forma incondicional porque nos debe algunos favores. ¿Verdad, Martín? Confiamos completamente en él y respondemos por cualquier perjuicio que le pudiera ocasionar, pero la pongo sobre aviso de que es un hombre de total confianza. En segundo lugar, cuando se cobre la herencia puede darle una parte del dinero y despacharlo de vuelta a Francia. Por último, estaremos encantados de asesorarla en cualquier problema que pudiera surgir después de terminado el asunto de la cervecería o durante su desarrollo. Usted sabe que hay cosas que no se pueden prever, sin embargo, estaremos listos para solucionarlas.
—Me parece muy buena la idea, inspector. Eso nos ahorraría mucho tiempo y esfuerzo.
—Bueno, querida señora Lisange usted díganos cuando quiere abandonar el país y volver a su patria.
—Lo antes posible, inspector. No me gustaría que las cosas se fueran rezagando y al final todo se estropeara.

Esa noche Martín volvió al hotel para encontrarse con la señorita Lesange. Ella no se sorprendió y lo recibió con gusto. Estuvieron en el bar y se fueron a la habitación un poco después de la media noche. Tres días después abandonaron el país y se casaron en secreto después de haber cobrado el dinero de la rica tía. Martín recobró su nombre y llevó una vida de empresario medio. Se dedicó en cuerpo y alma a Lesange y a sus hijos y nunca volvió a París.

Se le perdió la pista al inspector Leblanc y el único que conocía su paradero era Bastián, quien sabía que su ex jefe llevaba una vida tranquila alejado de todo tipo de investigación privada, que había aprendido a tocar el bandoneón y se había juntado con una mujer que lo quiso y cuidó hasta su vejez. Por su parte, Bastián, siguió trabajando en la comisaria, superó los turbulentos sucesos políticos que sacudieron al departamento de homicidios y al gobierno de Charles Darnand, después de que se descubriera lo que había hecho en complicidad con Fouché. Rouge fue ascendido a jefe del departamento y trabajó hasta jubilarse. Juró nunca alterar el curso de las investigaciones por desesperanzadoras que fueran y lo cumplió hasta el último día de sus funciones.

Fin

domingo, 21 de mayo de 2017

Amor extremo


La primera vez que se habían arriesgado a hacer el amor se encontraban en un museo de arte moderno. Tuvieron que idear la forma más adecuada de confundirse con unas mujeres desnudas recostadas sobre una gran piedra. El cuerpo de julio sobresalía por su color de piel, pero de no ser por esa particularidad se habría confundido con el de las jóvenes. Se recostó sobre Elvira y tuvo una reacción inmediata. Las mujeres sintieron la presión y soportaron los gemidos leves que emitían los dos intrusos, sin embargo, no se quejaron porque sabían que la autora, una joven australiana muy liberal, improvisaba en todas sus exposiciones y no sería raro que les hubiera agregado a una pareja. No tuvieron que soportar mucho la opresión. Pronto se levantaron los dos modelos adicionales y se fueron. Las mujeres ni siquiera los pudieron mirar porque tenían la orden estricta de no moverse durante media hora. A partir de ese momento, Elvira y Julio se vieron inmersos en una relación de instintos liberados. Se habían olvidado de cuidar las normas y sus exigencias iban cada vez más lejos. Ya habían probado tirarse de un puente. Se lanzaron desnudos, enlazados por las piernas y unidos en cópula; se arrojado al vacío en paracaídas en el momento álgido de la coyunda; incluso, se habían encontrado debajo de una camioneta de la policía mientras una lluvia de balas amenazaba con privarles de la vida. Su adicción a la adrenalina los obligaba a pasar horas enteras planeando su encuentro sexual en situaciones de alto riesgo. Se habían vuelto muy fríos de sangre y no se interesaban por las cuestiones del alma. Hay que vivir el momento a lo máximo—era su consigna—, y lo hacían bien, pues aprovechaban, empleando el más sofisticado ingenio para obtener el placer deseado. Se encontraban en la cima de su capacidad. Tenían un plan para ese día y estaban a punto de ejecutarlo. Habían aclarado todos los detalles y previsto las situaciones inesperadas que pudieran surgir.
Elvira salió temprano para su trabajo y Julio se quedó esperando los sucesos del mediodía. No tuvo que esperar mucho. Estaba tomándose un refresco cuando entró la llamada. Cogió el móvil y escuchó con placer la noticia que le dieron. Se tomó dos pastillas para estimularse y salió inmediatamente al lugar que le indicaron. Era una casa grande y medio vacía. Entró y vio a un hombre alto y fuerte que tenía presa a Elvira. Le indicó que hiciera la transferencia de dinero y que llamara a la policía. Calculó que el grupo de asalto llegaría en unos quince minutos. El individuo comenzó su trabajo, fueron atormentados física y mentalmente, alcanzaron un nivel jamás imaginado de palpitación, sentían que de un momento a otro les estallaría el corazón. Elvira se abrió por completo para entregarse, pero en el momento culminante se frustró. Era porque Julio había sufrido una especie de sangría y en esa secreción se le había ido toda la energía bestial. Tenía los ojos desbocados. No conseguía culminar el acto y las sirenas ya herían los muros de la casona. El corpulento agresor se quitó la máscara, le escupió a Julio y le arrojó su desprecio, luego le hizo algo a Elvira que la hizo aullar como loba en celo, después bramó decenas de maldiciones y salió por la puerta trasera. Hubo un instante de desconcierto, Julio vio dentro de una neblina espesa como su amada salía precipitadamente detrás del hombre poniéndose con dificultad su estrecho vestido rojo. Llegó la policía. Le pusieron una manta y lo subieron a la patrulla. Tuvo que declarar más o menos una hora. Describió mal al raptor de su amada y, después de restablecerse, se fue a su casa.
Había sufrido una transformación terrible. No pensaba en el placer ni en el fracaso de ese día y se inclinaba sólo por los juicios morales. Su cuerpo fue sintiendo la ausencia de la depravación y su espíritu se fue incorporando con lentitud. No durmió en toda la noche y cuando se encontró mirando por la ventana las hermosas nubes rosadas del amanecer, suspiró. No podía recordar con exactitud las facciones de la mujer que lo había satisfecho hasta lo inimaginable en sus arriesgados encuentros. Podría haber dicho en ese momento que era una mujer diabólica, pero sabía que eso era mentira. Simplemente se había dejado llevar por los instintos más bajos del ser humano. No sabía con exactitud cuál había sido la causa de su descarrilamiento. No se atrevía a imputarle la culpa a las drogas, ni al alcohol, ni a los medicamentos que había usado para estimularse. Trató de encerrase en el pasado para recapacitar, pero el encajonamiento de su presente era tan estrecho que se lo impidió, tampoco logró vislumbrar el futuro porque el momento era demasiado solido e indigesto. Pasó todo el día ensimismado. Desapareció todo y una luz lo iluminó clavándole los pies en la tierra. No recibió ninguna llamada.
Con el paso de los días fue percibiendo cómo su vida se transformaba. Por el cambio de su mirada las personas se dirigieron a él con amabilidad. Su secretaria dejó de sentir las obscenas miradas de siempre y se acopló a la nueva voz de su jefe que ya no le inquietaba ni la hacía rabiar de coraje. Julio comenzó a aficionarse a la cocina vegetariana, asistió unas cuantas veces a la iglesia y un sacerdote le indicó el camino a un templo budista. Subió su rendimiento laboral y fue ascendido a jefe de departamento. Sus empleados lo estimaban por lo acertado de sus opiniones y se ofrecieron a colaborar de forma incondicional. Su departamento recibió el premio del año por su rendimiento y eficacia. Julio estaba hablando con sus compañeros cuando el director de la empresa se acercó con una elegante propuesta, sin embargo, fue rechazado y recibió como respuesta una carta de renuncia por parte de su valorado empleado. Nadie lo pudo creer y los rumores propagaron la noticia de que el jefe del departamento de logística se había vuelto loco. Fue así como Julio se puso una bata blanca y huaraches y salió con un tambor a unirse a los jóvenes rapados que le cantaban con oraciones alegres a un ser llamado Krishna. Su cuerpo se fue purificando debajo de su túnica gracias a la abstinencia. Sus compañeros lo fueron decorando con polvos de colores y su cara cogió la mejor expresión de pulcritud, tanto que se ganó el mote de Siddhartha. Era muy respetado y sus oyentes disfrutaban con su predicación. Buscaba la blancura en el alma y trabajaba con persistencia para borrar las manchas que deslucían los espíritus pecadores. Un día le pareció reconocer un rostro entre el grupo de oyentes callejeros. Era una dama bien vestida, entrada en carnes y con cara de satisfacción que bailaba con buen ritmo disfrutando a lo máximo los repiqueteantes tañidos de los platillos y los profundos ecos de los tambores. Su sentido común no lo engañó. Era su amada Elvira. Iba acompañada de dos niños pequeños y parecía feliz. Se concentró en su aura para apreciar el verdadero color de su antigua compañera de placeres y lujuria. Era azul. No pudo contener las lágrimas cuando ella se fijó en él y le manifestó su aprobación con una sonrisa. Le echó un beso con la mano, abrazó a un hombre de mostacho y muy moreno, les ordenó a sus hijos emprender la marcha y se alejó meneando de forma muy pícara sus caderas.


martes, 16 de mayo de 2017

El pintor exiliado

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Se abrió la puerta del autobús, Ivan Petrovich miró la estación de trenes. Sabía que su trayecto a la capital sería muy largo. Lo había deseado muchos años y habría querido que lo recibiera Anastasia.  Se le había pegado la lengua y las tripas lo atosigaban. Si ella lo hubiera visto no lo habría reconocido o, quizás, lo habría identificado por su voz. Era un esqueleto arropado con la telogreika de algodón y sus gastadas botas. Casi no podía andar, pero al sentir en los pulmones la frescura de la libertad sacó fuerzas para llegar a la estación de trenes. Mostró su documento, el indulto de Khrushov a los disidentes que habían violado el artículo 58 del código penal de la URSS, pasó y le asignaron un rincón en un vagón de segunda clase. Se acomodó en un asiento incómodo y esperó, mirando por la ventana, cómo la gente se apresuraba a subir al tren. Vio a algunos conocidos del campo de rehabilitación, pero prefirió esconderse para que nadie lo reconociera. La locomotora se puso en marcha y Petrovich respiró con fuerza, hacía mucho que deseaba sentirse así, como un ser de verdad. Enfrente tenía a una mujer gorda con su hija, ésta era bella y tenía unos enormes ojos verdes, llevaba un pañuelo de seda de Uzbekistán y un vestido modesto. Era verano y el paisaje se iluminaba de verdura, los abedules agitaban sus despeinadas cabelleras dejando una sombra de bailarina y los robles estaban en firmes mirando los carros, como si supieran que en ellos iban hombres que habían sufrido la represión de Padre Iósif. De pronto, recordó el primer síntoma que le produjo el retrato de la señora Kardazian, luego el del vecino Aleksievich, después el de Vuikov y todos los demás. Él siempre había pintado murales y cuadros de los pasajes de la vida cotidiana para engrandecer la ideología proletaria en la sociedad comunista, sin embargo, al hacer retratos descubrió que sus clientes le dejaban sus enfermedades y se curaban. Iban a verlo más como doctor que como artista. Todo habría salido bien si no hubiera ido a reclamar al Comité Central, pues allí fue acusado de antipatriótico y pudiendo mandarlo a un psicólogo para saber si estaba en su sano juicio, decidieron enviarlo a los trabajos forzados a Siberia.

Miró a la niña que tenía enfrente y sus dedos comenzaron a cosquillearle. Le pidió un papel y algo para dibujar y ejecutó trazos con mirada de lince. El parecido era impresionante, la madre no podía creer que un hombre tan desgarbado, cadavérico y sucio pudiera hacer maravillas con un simple lápiz. Él esperó la reacción como quien se ofrece en sacrificio. Sintió en su corazón la inocencia y la vergüenza ante un mundo áspero y dictatorial, trató de descubrir si la joven mostraba algún cambio, pero no lo logró. Su voz interna le propuso que hiciera el retrato de la madre y así sabría si lo que hacía muchos años lo había llevado al laguer, ya había perdido su efecto. Lo hizo, no notó cambios, sólo la satisfacción de la mujerona que envanecida blandía la hoja de papel en el aire, enseñando su cara agraciada por las cualidades de Petrov. Le dieron una pierna de pollo asado y comieron en silencio, entonces reapareció con detalles la fila de sucesos que lo habían conducido hasta el norte del país. La merma por las enfermedades de sus clientes en su cuerpo: las piedras en el riñón que le dejó Kardazian, la diabetes de Aleksievich, la réuma de Vuikov y la flema del teniente Tarrakanov, quien no aceptó la declaración del tovarish Petrovich sobre el contagio o, más bien de la transmisión total de las enfermedades de sus clientes, a su cuerpo. Fue acusado de anticomunista por la señora Kazlova que, por no obtener su cura contra la esclerosis, llamó a los de la checa. Llegaron en un coche negro, le leyeron en voz alta la acusación y lo arrestaron. Se había ido con muchos achaques, pero se le habían ido pasando, quizás las personas que se las habían transmitido, murieron o se encontraban en cárceles o manicomios. Levantó la vista y se alegró de que el devastador invierno y las pesadas jornadas de trabajo le dejaran un poco de cuerpo para repararlo. Ahora, sería de nuevo un ciudadano, trabajaría y, tal vez, si el destino lo permitía, se casaría con Nastya o una mujer que lo pudiera querer en ese mundo de vida estandarizada.