viernes, 27 de enero de 2017

La reivindicación

No había pasado la prueba de su iniciación. Le dolía mucho el cuerpo, pero el ardor en el alma era más fuerte que el mismo fuego. No quería volver a su comunidad para tener que soportar las burlas de sus compañeros, que sí habían logrado convertirse en cazadores y guerreros, y lo miraron con desprecio por ser el único fracasado en la ceremonia. ¿Por qué los dioses no habían forjado su espíritu? ¿por qué su cuerpo era tan endeble y su carácter tan frágil? No merecía pertenecer a su clan. Era la hora de abandonar a su familia y aislarse en algún lugar dónde nadie supiera que era un mal heredero. Un fracasado. 

Desde muy pequeño había mostrado una gran inteligencia y astucia, pero su cuerpo no se desarrolló lo suficiente, sus piernas eran fuertes y podía correr a gran velocidad durante mucho tiempo, sin embargo, sus brazos eran enclenques y por más que los hubiera ejercitado seguían siendo como dos varas flexibles de goma. Las imágenes del día anterior se repetían con persistencia sádica en su mente y el momento en que se le doblaron las piernas y lloró, por el dolor de los golpes que le infringían los expertos cazadores, le recordó la derrota en su intento por ser miembro del ejército de su tribu. Sus lágrimas habían llamado la atención del gran jefe, su padre, que con un gesto cruel ordenó que se le desterrara, el brujo con sonrisa sarcástica hizo una reverencia y le indicó con el dedo índice que se fuera, sufrió la humillación de ser echado de la población acompañado de las ancianas desahuciadas, quienes le ordenaron que se separara de ellas en cuanto se encontraron a unos kilómetros del poblado. Estaba solo y no tenía a dónde ir.

Era un animal sin madriguera expuesto a la furia voraz de sus enemigos. No quería moverse y prefirió permanecer sentado a la orilla del lago esperando su muerte por inanición. Comenzaron a derramársele unas lágrimas opacas que contenían los recuerdos de su dulce infancia, caían en la oscura tierra salpicando al estrellarse con la negra superficie. Después lamentó su decisión. Le había dicho a su padre que quería iniciarse para obtener, después, en matrimonio a Hermosa, la hija del guía Cazador. El amor y el deseo lo cegaron, no oyó los consejos de su padre que le dijo que era pronto, que esperara un año más y, llegado el momento, elegiría a la esposa que quisiera. Él estaba enamorado de los ojos negros, la piel pálida y el atractivo cuerpo de Hermosa, no existía nada más en este mundo para él. Su decisión había surgido como la necesidad de salvarla de su peor enemigo, quien le había dicho retándolo que el que ganara esposaría a Hermosa. Ella por su parte lo quería a él, se lo había confesado en la fiesta dedicada a los astros del firmamento. “No me quiero casar con ese salvaje —le dijo cuando estaban sentados al lado de una hoguera—, si no eres tú, prefiero morir”. Esas palabras lo habían impulsado y motivado para adelantarse en el tiempo, a retar con seguridad a los cazadores y demostrar su valor. Comprendía que había sido una locura, pero no había encontrado otra salida en ese burdo juego del destino. Ya no había marcha atrás, merecía morir desterrado.

El sabor amargo de la boca le desagradaba, por eso escupía su rencor con fuerza. De pronto, una voz de alarma le ordenó que se levantara y se fuera muy lejos. “Tienes que irte. Sigues en el territorio del pueblo al que ya no perteneces. Si te encuentran te matarán y serás la vergüenza de tu familia. Hermosa jamás te lo perdonará”. Se puso de pie y se encaminó hacia una planicie. Vio unas montañas y decidió ir hasta ellas para desaparecer en alguna gruta. No llevaba ninguna pertenencia, ni bolso, ni arma, sólo un largo palo con el que iba haciendo pequeños hoyos en la tierra al apoyarse en él. Al atardecer sintió un poco de hambre y buscó algo de comida. Encontró algunas frutas verdes y bayas. Bebió de un manantial y siguió su marcha. Cuando llegó la noche ya había salido de los dominios de su clan, había entrado en una tierra abandonada por el hombre y para encontrar una población tendría que caminar muchos días, quizás semanas. Pasó la noche entre unos arbustos y cuando sintió los primeros rayos de sol en su cara se levantó. A pesar de lo hermoso del paisaje sus ojos veían un montón de plantas grises y un firmamento opaco. Caminó mucho y por fin pudo mantener alejados sus recuerdos. Miraba sólo lo que tenía enfrente y repetía el nombre de las cosas para que su mente no viajara más al fondo de su cabeza y encontrara sendas que lo hicieran retroceder en su vida pasada. Se resignó a su nueva condición autosugestionándose, hipnotizándose con vocablos muy sencillos. Si veía una hoja, se repetía como si fuera un niño aprendiendo a conocer el mundo: “Es una hoja”. Escuchó un sonido entre los arbustos y volteó, era un ciervo joven. “Ciervo—dijo, remarcando el sonido de cada letra— C-i-e-r-v-o”. El animal lo miró fijamente y se quedó inmóvil, parecía que había dejado de respirar, entonces se oyó una voz suave y tersa: “No es culpa tuya, muchacho, tenían que pasar esas cosas para que aprendieras. Pronto tendrás una misión que cumplir y deberás emplear todo tu ingenio, sígueme”.

Él no quería ir a ninguna parte, ni creía que tuviera algún futuro. Se había decidido a convertirse en ermitaño y ningún ser del planeta lo convencería para que cambiara de idea. “Vete de aquí—gritó agitando las manos para espantar a la criatura, pero éste sólo se dio la vuelta, levantó las orejas y movió el rabo—. Lárgate, ¡fuera de aquí! Se dio la vuelta y cogió otra dirección para apartarse del necio venado, pero pronto se dio cuenta de que era imposible porque fuera a donde fuera siempre llegaba al mismo lugar. “Es inútil que te resistas, muchacho—dijo de nuevo la voz juvenil—, hace varios kilómetros que no caminas por la tierra. Has atravesado una frontera peligrosa y debes rectificar tu camino. Te llevaré con el gran soldado, él te dirá lo que tienes que hacer. Intentó escabullirse, pero el intento falló, incluso corrió por una cuesta prolongada y vio una población, pero al llegar no encontró moradas, ni gente, sólo estaba el persistente corzo con su cola blanca y los cuernos chatos. “Está bien, iré contigo”—exclamó resignado y comenzó la marcha.
Pasaron dos días en los que el joven subió por las colinas, atravesó un río y llegó a una explanada pelona en la que se veía una pequeña choza. “Tienes que ir allí, muchacho, a mí no me permiten acercarme, pero estaré aquí pendiente de tu regreso”. No dijo nada más el venado y se alejó un poco. El joven con pasos largos avanzó hasta la vieja casa que se fue haciendo más ajada conforme se aproximaba. Cuando llegó hasta la puerta salió un hombre. Era muy moreno, alto, delgado pero los músculos de sus piernas se marcaban mostrando la fortaleza de un guerrero experto. Estaba envuelto en una piel, olía a yerbas y su mirada era muy profunda. 

—Siéntate, muchacho.
—¿Quién eres? ¿Para qué me ha traído el ciervo hasta ti?
—Siéntate y medita un poco. Ahora no puedo atenderte. Escucha los sonidos que te rodean y razona sobre las cosas. Cuando termine mi trabajo volveré para que me digas qué has descubierto.

Obedeció y se sentó en el momento en que el guerrero desapareció tras de la puerta. Hacía mucho calor y no había sitio para ocultarse a la sombra. Se quedó mirando el horizonte y pronto el sudor comenzó a escurrirle por la frente. Quiso levantarse y partir, pero sus miembros no le respondieron. Se le cerraron los ojos, pasó bastante tiempo, el viento comenzó a soplar con más fuerza, pero en lugar de refrescarlo lo incomodaba más. Oyó un sonido de cascabel de un cuerpo alargado arrastrándose cerca de él, no abrió los ojos porque recibió la orden de no hacerlo. Soy la serpiente, ¿cómo te sientes? Mal, no resisto más el calor y quiero levantarme, pero no puedo. Entonces —dijo la víbora— imagina que eres un reptil y que para conservarte con vida necesitas estar inmóvil porque tu enemigo está enfrente de ti y en el momento en que te muevas te devorará—no agregó nada más y se fue—. La respiración del joven se detuvo y el aire le entró en los pulmones por rachas lentas. La cabeza le comenzó a dar vueltas y tuvo la sensación de que se desmayaría, pero oyó la voz de la serpiente: “Debes conservar el dominio sobre ti mismo, si sientes que tu cuerpo se va a quemar por el sol, piensa que eres una roca y te convertirás en sol, después entenderás la naturaleza del fuego”. Lo hizo y logró dominarse, pero le comenzó a estallar la cabeza, sentía que una masa muy dura se le estrellaba en la nuca, luego en las sienes y, al final, en la frente. Sintió ganas de vomitar, pero su estómago se contrajo en vano porque lo tenía vacío. Llegó el atardecer y abrió los ojos al oír que El Guerrero salía a su encuentro.

—Bien chico, dime, ¿has aprendido algo?
—No lo sé. Me duele todo el cuerpo y se me a achicharrado la piel —lo dijo con mucha dificultad porque tenía la lengua pegada al paladar y sus labios estaban escamados y sangrando.
—Necesitas beber. Ten este ungüento, ve con el ciervo al río y luego póntelo. Ven mañana.
El joven se levantó con mucha lentitud y caminó muy despacio para no caerse. Encontró al ciervo y se apoyó en él para poder seguir su camino. Se tiró en el agua y se quedó flotando boca arriba. El cielo comenzaba a cambiar de tonalidad, se hacía naranja.
—¿Qué has visto? —le preguntó el venado.
—Una serpiente—contestó dejando la boca abierta para llenársela de agua.
— ¿Nada más?
—Sí.
—Y ¿te enseñó algo?
—No lo sé. Lo único que recuerdo es que me pidió que me quedara quieto y soportara todo el dolor, el calor, los mareos y la desesperación.
—Y ¿eso podría significar algo?

El joven, por primera vez en mucho tiempo, descubrió que se le había transmitido algo muy importante. Entonces se salió del agua y dejó que su cuerpo se secara y empezó a embadurnarse muy despacio el ungüento que le había dado El Guerrero y sintió que se transformaba. Era una prueba a la paciencia—murmuró—. Recordó que los últimos meses no podía controlarse y su rebeldía lo obligaba a enfrentarse contra sus padres y los hombres de la aldea. Si hubiera tenido paciencia—se dijo—habría podido urdir un plan para que Hermosa no se casara con el hijo del gran cazador. Era sencillo, pero me empeñé en hacer lo incorrecto y el resultado ha sido dejarlo todo, sin embargo, estoy seguro de que podré recuperarlo todo. Miró al venado y le preguntó si era necesario volver a la choza. La respuesta fue negativa, debían dormir ahí y emprender la marcha a la mañana siguiente.

Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a colorear el día, el muchacho se despertó. Tenía mucho ánimo y vio que las quemaduras del sol habían desaparecido, su piel estaba como nueva, un poco más morena, pero muy suave. Quería comer y se lo comunicó a su acompañante, pero tuvo que desistir porque a lo lejos oyó el sonido de unos tambores que anunciaban una batalla. Su mirada se cruzó con unos enormes ojos negros y comenzó a andar. Dos horas más tarde se encontraba de nuevo frente a El Guerrero que le preguntó si había comido algo. No—contestó el joven y para confirmarlo sus tripas emitieron un sonido hueco—. El alto hombre lo miró sin expresión alguna y le entregó un trozo de carne seca, unas rodajas quebradizas y una vasija con un líquido color ámbar. Empezaron a comer despacio. El hombre habló sobre el significado de las cosas y el objetivo de la vida.

 “Todo está relacionado—decía con calma, haciendo largas pausas como si quisiera que cada frase ocupara un lugar en la mente del muchacho y, sólo cuando confirmaba que su interlocutor las había acomodado bien en la cabeza, proseguía—. Las cosas tienen un orden y el hombre debe comprenderlo, también es necesario que cada quien encuentre su sino y se abra un sitio en la humanidad. Tú estás joven, eres rebelde y quieres transformar las cosas por eso has venido aquí, pero el camino que has elegido será muy duro. Eres capaz, ahora, de controlarte, pero te falta superar el miedo y hacer una prueba que te permita ser un hombre de verdad. No te preocupes por no haber pasado tu iniciación, lo que te espera más adelante será mucho más importante que eso porque será un reto a tu mente. Vas a correr tres días seguidos detrás del ciervo, él te irá dosificando la comida, el ritmo y el sueño durante el trayecto. Verás cosas que jamás imaginaste, muchas de ellas son terribles. Llora si es necesario, grita o haz lo que te venga en gana, la única condición es que no pares de moverte. Si lo haces jamás podrás ser tú. ¿Entendido?”. El chico afirmó con la cabeza y miró el rostro curtido de ser a quien empezó a considerar un maestro. “Otra cosa más—agregó casi sin abrir la boca—. Cuando termines de correr estarás en una población donde se trabaja el metal para las armas, el ciervo ya no te acompañara porque allí termina su misión. Pedirás que te lleven a conocer a El Fogonero. Él te guiará por el camino correcto y después vendrás a mí, pero será para una prueba final. Ten, esto es para ti. Comerás sólo estás rodajas secas y las ingerirás según te indique tu guía. Descansa y, en una hora, márchate”. Otra vez vio cómo desaparecía en su escondite y cerraba la puerta. Una nube de polvo se levantó cuando la enorme tabla de madera chocó con el umbral de la endeble vivienda que parecía que se derrumbaría en cualquier momento.

Llegado el plazo, se levantó y se fue a buscar a su compañero de carrera. Sintió que un viento vigoroso llenaba sus pulmones y que sus piernas se endurecían como el hierro. Su calzado era viejo pero muy confortable. Se colgó del cuello la bolsa de cuero con las rodajas de setas secas y se dirigió hacia el venado que en ese momento estaba distraído husmeando entre la escasa hierba. El animal empezó a trotar y el chico lo siguió. Iban dejando una nube parda de polvo y el sonido de sus pisadas se perdía con el zumbido de los insectos y algunos maullidos o rugidos ocasionales. “No corras sobre las puntas—le dijo el venado—, recuerda que tenemos mucho tramo por delante y necesitas apoyar todo el pie y no tocar el piso con los talones”. Lo hizo y notó la mejoría, al principio le había costado un poco, pero luego se dio cuenta de la efectividad de la técnica. Se concentró en el paisaje y comenzó a sentir la energía de las plantas que se le cruzaban en el camino, por el olor trataba de descubrir su proceso vital. Había unas que vivían casi sin agua, otras tenían una reserva interior o eran de raíces muy profundas, unas cuantas tenían una vida corta, pero eran curativas. Fue acumulando sensaciones, por los senderos que pasaba veía frutos raros, hierba que producía comezón en las piernas, pero servía para controlar el dolor. En ocho horas de carrera lenta no había comido nada y el ciervo le indicó que era la hora de ingerir los trocitos secos de su estuche de cuero, sacó unas cuantas rodajas, y se las metió a la boca, le costó trabajo respirar porque masticó los pequeños hongos y no tenía saliva, pasó por una pequeña cascada y se mojó el cuerpo dando saltitos para no detenerse y faltar al juramento que había hecho. Prosiguió su camino y pronto empezó a anochecer. “Viene una prueba dura—le comentó el ciervo—, para correr en la oscuridad tendrás que mirar con los sentidos, los ojos no te servirán por más que los abras. No habrá ni un solo destello de luz. El cielo está nublado y la luna no iluminará. Comienza a concéntrate”.

Dentro de su mente algo se despertó gracias al efecto de los hongos. Una voz parecida a la de El Guerrero le iba dando las instrucciones de lo que tenía que hacer. Era como si fuera corriendo al lado de sí mismo con una nueva fuerza y ajeno al dolor. Deja que tu cuerpo siga el movimiento y trata de elevar tu mente, haz que salga y mire desde arriba el trayecto que sigues. Ordénale a tus oídos que persigan las pezuñas del venado, siente en tu cuerpo el vientecillo de la brecha que él va abriendo en el camino y síguelo. No veía nada, el aire era muy fresco y comenzó a sentir la pequeña de la estela que buscaba, era el olor lo que le indicaba la dirección correcta. De pronto cerró los ojos y se vio encima del camino, abajo estaba él y adelante, a un metro de distancia, el ciervo. Comenzó a hablarle desde donde se encontraba y el animal le dijo que mirara más adelante. Entonces vio una franja de colores como el arco iris y se dejó llevar por ella. Su mente imaginativa comenzó a inventar cosas: objetos de cacería, maniobras para montar a caballo. Pasó mucho tiempo entretenido en su trabajo mental hasta que abrió los ojos y se dio cuenta que ya amanecía. Se espantó porque realmente se había dormido y no sabía sí se había detenido en su trayecto. “No, no te has detenido—le contestó el ciervo con aprecio—. Lo has hecho muy bien, has viajado por otra dimensión y has guiado a tu cuerpo de forma adecuada. Enhorabuena. Te aviso que hoy no podrás dormir por la noche y tendrás que hacerlo durante el día. Lo harás mientras ascendemos por esa montaña, la atravesaremos y llegaremos a un lugar peligroso”. Entraron en una zona con mucha vegetación, pero no había insectos, ni pájaros ni ningún tipo de animales que irrumpiera con un sonido para romper el cristal del silencio. Incluso no oía su propia voz cuando hablaba dentro de sí mismo. “Es la zona del silencio, aquí los ruidos son como el humo, solo flotan y se elevan por el aire, pero no se ven ni se sienten. Es la hora de dormir”. Su respiración se fue reduciendo y dejó de mirar las cosas. Mantuvo los ojos fijos en el horizonte y pronto cobró altura. Otra vez estaba en un plano más alto y veía lo que estaba enfrente. El silencio era tan denso que no podía ni siquiera oír la voz en su cabeza. Se dejó llevar por la imagen de la montaña que crecía muy despacio.

Cuando despertó estaba al pie de un cerro y tenía enfrente un pequeño camino que se veía con dificultad. “Ya era hora de que despertarás. Vamos a subir, pero debes saber que por ninguna razón debes dormirte, si lo haces caeremos por un abismo, ahora yo correré detrás de ti. Tú serás mi guía. Si logramos pasar, mañana a mediodía llegaremos a la ciudad de los herreros y nos despediremos para siempre”. El muchacho afirmó con la cabeza y lamentó que tuviera que separarse del animal. Siguió con zancadas no muy grandes y empezó a subir una pendiente, la noche cayó muy rápido, era otra noche sin luna ni estrellas. Los últimos destellos de luz le dejaron ver la trayectoria que tendría que seguir y guardó la imagen en su mente como si se tratara de un mapa importante. Cuando el espacio perdió por completo el color notó que su compañero no lo seguía de cerca y caminaba a prisa detrás a unos cinco o diez metros. No lo sabía con exactitud y de haber volteado a buscar sus ojos que, de alguna manera se iluminarían en la oscuridad, no los habría visto porque los llevaba cerrados, así se lo había dicho. Se concentró lo más que pudo porque no quería que por una distracción o error muriera él o su compañero.

Abrió un poco los brazos y los adelantó por si chocaba con algún árbol o era atacado por un animal. Seguía el dibujo mentalmente y sus pasos eran cortos. De pronto sintió que una piel peluda le rozaba las piernas. Parecía un lobo, oía los jadeos, pero al tratar de cogerlo sus manos quedaban agitando el aire. Pensó que se podría comer al ciervo y trató de preguntarle a éste si estaba bien. No hubo respuesta, pero oyó el crujido de las piedras aplastadas por unas pezuñas. Sacó un puñado de hongos secos y se los metió a la boca, los masticó rápido y fue acumulando saliva para llenarse el estómago con un líquido baboso. La pendiente estaba muy empinada y subía con dificultad, subió mucho tiempo y en el trayecto una serpiente lo mordió. Comenzó a calentarse y sus piernas se movían con dificultad. Aceleró el paso para que la sangre le circulara más rápido. Estaba hirviendo y se quería tirar al piso. Las fuerzas lo abandonaban, le costaba mucho mantener la atención y deseaba dormir. Anhelaba esa altura desde la que podía dirigir su cuerpo a voluntad, pero sabía que en ese momento si lo hacía perdería a su acompañante y él mismo desaparecería.

Empezó a jadear y un olor amargo le llegó hasta la garganta. Era el antídoto, una planta que diluía la sangre coagulada, que hacía el mismo efecto que el ungüento que le había dado El Guerrero para la piel, pero este era para la sangre. Buscó con desesperación las hojas y comenzó a masticarlas sin tragárselas, iba escupiendo bolas verdes machacadas. De pronto sintió que unos seres extraños le tocaban las partes más sensibles de su ser. Eran viejos, feos, muy deformados y tenían una voz mohosa que le hacía daño y le causaba terror. Se sintió desfallecer, las cosas que le decían eran invenciones que despertaban la duda en su cerebro y sudaba de pánico. Las interrogantes eran tan contundentes como el golpe de una piedra. Le latía el corazón con una fuerza descomunal y se le aturdían los oídos, no podía mantener una trayectoria recta y comenzó a flaquear. Se movía muy despacio y casi no avanzaba, le temblaban las manos y le cascabeleaban los dientes. Llegó al punto máximo de su resistencia y se rindió. Cerró los ojos y se dejó vencer, estaba a punto de ponerse de rodillas cuando un ave enorme lo cogió por los hombros, sintió unas garras filosas que lo hirieron, tuvo que dar un giro muy grande y en lugar de caer de rodillas comenzó a descender. Las fuerzas empezaron a brotarle como pequeños tallos y sintió una respiración tibia. Estaba salvado, pronto amanecería y la empinada le hacía caminar, aunque se resintiera. Logró ver el camino y siguió con determinación, sin embargo, su cuerpo parecía de trapo y sus pasos eran muy lentos. Anduvo así hasta el amanecer. Ya estaba en terreno plano. La montaña había quedado atrás. No oyó al ciervo y lo buscó. Había desaparecido. No podía volver. Se preguntó qué habría pasado, pero la intuición le dijo que el animal se había ido porque ya había cumplido su papel.

Unas horas más tarde llegó a un poblado muy grande. Se acercó y sus pies dejaron de correr, caminó un poco y vio a un grupo de hombres. Les preguntó por El Fogonero y le dijeron que vivía en el centro, a unos cuantos minutos de la puerta principal. Se detuvo en una fuente y se lavó los pies, los tenía como una enorme masa de carne machacada y le dolían. El agua lo reconfortó un poco y después de descansar quiso ponerse en pie, pero no lo logró. Estaba muy agotado y se durmió. Cuando una mujer lo despertó con sus gritos, el muchacho se levantó y comenzó a andar muy despacio. Preguntó por la casa de El Fogonero y le mostraron una enorme puerta de madera que se encontraba entornada y despedía humo.  Entró y preguntó si había alguien. Un hombre fornido y muy bajo le preguntó qué quería. Vengo de parte de El Guerrero, él me ha enviado a ti.  Bien, muchacho—contestó con voz profunda—, serás mi ayudante. Trae esos maderos que están ahí. El joven puso atención en todos los objetos metálicos que tenía alrededor. En su clan se trabajaba el metal, pero sólo para hacer las puntas de las lanzas y uno que otro cuchillo, pero nadie había pensado en hacer otro tipo de cosas, en cambio el taller había por todos lados infinidad de objetos que ni siquiera sabía para qué servían. Acercó los maderos y los quiso meter en la lumbre. No, chico, no hagas eso—gritó sin mirarlo a los ojos—. Esos maderos no son para el fuego. El joven después vio cómo el robusto hombre unía los maderos con unos metales alargados y los apoyaba en la pared. Tendrás que poner mucha atención en todo lo que te muestre. Nunca serás un buen herrero si no comprendes la naturaleza del metal. Hoy pensarás en el hierro y por la noche me dirás qué has concluido. El muchacho estuvo escuchando con atención las instrucciones para mantener el horno caliente, vio cómo se templaban algunos metales que salían al rojo vivo y soportó los sonidos estridentes que le retumbaban en los oídos. El Fogonero hablaba poco y enseñaba con el ejemplo. Tenía un ojo que de lejos parecía ciego, pero era por causa de una herida que casi lo había dejado tuerto.  No pararon de trabajar hasta que, cerca de la noche, una mujer joven los llamó a comer. “Es mi hija—dijo el macizo herrero—, siempre viene a esta hora para alimentarme. Ahora tendrá que venir dos veces, pues necesitas fortalecerte y aquí el trabajo es muy duro”. El chico descubrió una belleza extraña en la joven. Le gustó mucho su perfil fino y sus ojos claros. Nunca había visto a una mujer con los ojos así y al respirar pudo sentir, entre las nubes de humo, el pequeño sabor agridulce que despedía el cuerpo de la atractiva muchacha.

—Y bien, ¿qué has concluido? —dijo el herrero cuando terminaron de comer.
—¿Se refiere al sentido del hierro, es decir, su esencia?
—Sí. Dímelo.
—Sólo he pensado que en frío es muy duro, puede partir cualquier cosa si tiene filo, pero cuando la temperatura aumenta, se hace maleable como la arcilla.
—Y, ¿eso significa algo?
—No lo sé. Tal vez, lo que quiere saber está precisamente en esas dos condiciones del metal. Cuando está frio y cuando está caliente.
—Bien, creo que lo has comprendido. Ahora, dime, ¿qué pasa con el hombre si lo comparamos con el metal?
—Pues, cuando es frío piensa y controla sus emociones. En cambio, cuando se deja llevar por los sentimientos, es vulnerable a muchas cosas.
—No está mal para empezar. Seguirás aquí hasta que logres dominar tu oficio. No harás nada que no sean sables. ¿Entendido?
—Sí.

Al día siguiente El Fogonero calentó un metal estrecho y le ordenó al chico que lo forjara. Le ordenó que lo golpeara hasta que alcanzara la longitud de su brazo y luego lo doblara por la mitad y lo volviera a estirar hasta que llegara a la misma longitud de su extremidad y que lo metiera en una tina con agua para templarlo. El muchacho estuvo calentando y golpeando el trozo de metal hasta que este se alargó de nuevo y lo templó. La acción se repitió varios días y al final, cuando el chico consideró que ya había terminado, El Fogonero le pidió que golpeara una piedra y el metal se quebró por la mitad. Tenía una grieta en medio, muchacho, no servía esa arma. Tienes que comenzar de nuevo y ser más atento en tu trabajo”. Dos años tardó en dominar la técnica del forjado y El Fogonero decidió llamarlo así, antes de despedirse de él. “De ahora en adelante—le dijo mientras lo abrazaba como a un hijo—, serás El Forjador y usarás lo que has aprendido, sólo para defender a tu pueblo. 
En el tiempo en que había trabajado cargando metales y maderos el joven se fortaleció. Su cuerpo era más duro y su mirada muy penetrante. Había aprendido a trabajar el fierro, pero había absorbido a la vez, la filosofía del fogonero. Decidió volver a su pueblo para presentar sus disculpas y elegir esposa. El corazón se le encogía cuando pensaba en el posible encuentro con Hermosa, quien tendría ya un hijo del hombre que la había desposado. No recordaba con exactitud sus facciones y su imaginación transformaba algunos detalles de su antigua amada.

No encontró la población. Había desaparecido la aldea y todo estaba en ruinas. Se veían los estragos que había causado un incendio y había esqueletos medio incinerados esparcidos por todos lados. El Forjador pensó, cuando se encontraba todavía lejos, que la gente había abandonado el lugar, pero al llegar comprendió que su pueblo había sido atacado. Recordó entonces que había escuchado unos tambores de guerra cuando conoció al ciervo. Su primer impulso fue ir a buscar a su antiguo amigo al lago, pero pasó varias horas sin tener éxito alguno. Su búsqueda fue inútil. Decidió ir a la choza de El Guerrero. Caminó hasta el terreno árido donde recordaba que estaba la cabaña, pero en su lugar había sólo una gran mancha y unos trozos de adobe y unos palos. Al final, la pequeña construcción se había caído. ¿Dónde estará El Guerrero? —se preguntó—. Entonces oyó su voz. Has cambiado mucho, ahora te has convertido en un hombre y pronto formarás tu propio pueblo. Tu clan fue destruido aquel día que oíste el toque de batalla. Eres el único sobreviviente y tu tarea será la de crear una familia, luego un ejército para defenderte del ataque de los invasores. Ve al sur y busca a unos pescadores. Quédate con ellos y elije una esposa. Comienza a forjar metales e ingéniatelas para usar el hierro para la guerra. Habrá hombres astutos que te darán consejos. Escúchalos con atención y analiza sus propuestas. Será necesario que fortalezcas tu espíritu y tengas en buenas condiciones tu cuerpo. Ve y si tienes alguna duda durante tu empresa corre por la montaña y encontrarás la respuesta adecuada. Se dio la vuelta y se encaminó en la dirección indicada.

Durante el trayecto intentó rescatar sus recuerdos, pero se le habían borrado muchas cosas y sólo podía ver el rostro de su madre, el de Hermosa vagamente. Oía con claridad las discusiones con su padre. Comprendió entonces todas sus palabras y tuvo la sensación de que él lo acompañaba en el camino. Le agradeció su comprensión y le pidió perdón por haber abandonado a su pueblo. Como respuesta obtuvo una sensación de tranquilidad y perdón. Pasó dos días caminando hasta un enorme lago donde había unas embarcaciones.  Se subió a una colina y observó con atención la distribución de las casas y los caminos. Parecía un general estudiando un campo de batalla. Ubicó los lugares más peligrosos, las posibles salidas en caso de una invasión. Comprendió que El Fogonero lo había instruido, durante su estancia en su casa, en el arte de la guerra.

Comenzó a bajar por un sendero y en cuanto se encontró con los primeros habitantes se convirtió en el centro de atención. Lo saludaban con cordialidad y miraban su piel tostada por el fuego. Salió a su encuentro un hombre con barba, muy esbelto y calvo, y le ofreció su casa para alojarse. El Forjador aceptó. La vivienda era muy acogedora, estaba decorada con buen gusto, pero no tenía lujo alguno y olía a pescado. Cuando se sentaron a conversar, entró una joven que no se atrevió a levantar la vista y dejó un plato con dos filetes fritos y una jarra con bebida fermentada. El hombre dijo que se llamaba Pescador, era el encargado de organizar la pesca y la venta y repartición de los que obtenían del mar. Era modesto y sus palabras siempre estaban acompañadas de una risa que algunas veces era cómica y otras sarcástica. Después de comer, visitaron a algunas personas del puerto y fueron a ver las embarcaciones. El Forjador preguntó si tenían herreros y lo condujeron a un pequeño taller donde un viejo mantenía dos pequeños hornos ardiendo y hacía pequeñas piezas de plata y metal. “Me gustaría construir varios hornos para el forjado de metales—dijo con voz fuerte y segura para que lo escucharan todos—. Podríamos hacer vajilla, armas y todo tipo de herramientas para progresar”. La gente lo oyó con admiración, pero lo que más les asombraba era ver cómo un hombre tan joven hablara con una determinación de general. Pensaron que era algún personaje importante, heredero de un reino y que estaba al mando de algún ejército. Cuando se lo preguntaron les contó su historia y la desgracia que había caído sobre su gente. Toda la gente estuvo de acuerdo en que se abasteciera de armamento a los hombres, ya que no tenían una organización armada y era posible que algún día los destructores del clan de El Forjador atacaran su pueblo. En lo más alto de la costa había un caserío en el que le dieron una finca muy grande y le permitieron la construcción de un taller. Los jóvenes entusiasmados por la llegada del extranjero se unieron a él. En parte los jóvenes más rebeldes, inconformes con la vida de los marinos, veía en la herrería una forma nueva de descubrir el mundo. Hasta los niños curiosos querían colaborar, así que la construcción de los hornos fue lo primero que se emprendió. El anciano que había trabajado solo durante muchos años se vio dirigiendo la obra. En dos meses se comenzó la producción. Al principio se fueron haciendo cosas muy poco elaboradas, pero el entusiasmo de la juventud y la experimentación dio su fruto. Se consiguió un canal para obtener oro, plata, hierro y otros minerales de los cuales se hicieron diversos instrumentos.

Las mujeres se sorprendieron al ver los pequeños objetos de color blanco o amarillo que se empezaron a ofrecer como obsequios a las mujeres. En agradecimiento El Pescador invitó al nuevo herrero a dar un viaje en la más grande embarcación. Decidió atravesar el enorme lago para mostrarle el pueblo que se encontraba del otro lado.

El viaje fue asombroso y le dejó muchas impresiones a El Forjador, lo más importante fue que adquirió unos caballos muy bonitos. Al descender de la embarcación saltó sobre uno de los corceles y se dirigió a su casa. En la población no había caballos por eso la gente salió a mirarlo con el aliento atascado en la garganta. Hubo más visitas al país vecino y en poco tiempo se estableció una relación comercial. Se compraron sementales y yeguas con la vajilla, las espadas y las herramientas que producían. Pronto El Forjador tuvo un grupo de jóvenes expertos armados listos para defender a la población en caso de ataque. Las intervenciones militares estaban excluidas, pero empezó a llegar el rumor de que había una nación que atacaba a las pequeñas aldeas para anexar los terrenos a su imperio. Por el momento, se habían extendido hacia el norte, pero ya estaba entre sus planes buscar una salida al mar, por eso se dio la voz de alerta.

El Forjador se había dedicado todo el tiempo al trabajo y cuando celebró su cumpleaños descubrió que había olvidado el amor. Se había borrado por completo la imagen de Hermosa y por más esfuerzos que hizo para reconstruir su rostro no pudo hacerlo. Pensó que ya llegaría la ocasión para dar rienda suelta a sus sentimientos. Lo que ignoraba era que el amor ya lo seguía de cerca y que había estado completamente cegado por sus actividades innovadoras. En realidad, estaba muy satisfecho, pues había logrado formar un equipo de hombres bien capacitados que se dedicaban a tiempo completo a la creación de ingeniosos instrumentos para el trabajo, la guerra y la vida cotidiana. Apareció ante él la imagen de unos chiquillos que le dieron la pauta para crear unas armas muy efectivas. Alguien había dejado una placa de metal abandonada y los niños comenzaron a usarla de trampolín, se encarreraban, daban un salto y salían propulsados por una gran fuerza obtenida por el metal que en realidad era un muelle muy grande. Cuando llamó a los sabios a ver dicho juego vio cómo surgían ante él miles de ideas para su aplicación. El primer invento fueron unas catapultas, luego unas armas que disparaban flechas y cientos de chucherías más. No pudo continuar en su ensueño porque una voz suave lo distrajo.

—Debes sentirte orgulloso de todo lo que has logrado, ¿no? — era la voz de aquella muchacha que lo había recibido el primer día en la casa de El Pescador y que no se había atrevido a levantar la vista.
—Sí, es verdad—contestó mirando con asombro a la atractiva joven morena que tenía frente a él—. Sin embargo, lo que realmente me falta es una familia.
—Pero aquí todos te quieren como hermano, amigo y padre, eres como un salvador que nos ha dado nueva vida— Ella bajó la vista un poco enrojecida como en el primer encuentro.
El Forjador no se había dado cuenta de los cambios que había sufrido esta muchacha a lo largo de sus dos años de estancia en el pueblo de marineros. Tenía, ahora, como interlocutora a otra persona. Una mujer fértil, atractiva, lista para el matrimonio. Sabía a la perfección que se sentía atraída hacia él y, a pesar de que trataba de controlar sus nervios, la voz le temblaba. Tomó la decisión de casarse con ella. Le preguntó por sus padres y se asombró al saber que su protector era el Pescador. No se había interesado en todo ese tiempo en ninguna mujer y, ahora, le parecía que oía, por primera vez, ese nombre de Perla. Se lo dijo.

—En realidad sí eres como una perla. Lo más valioso que tenemos aquí— Ella ya no pudo resistir la presión y se dio la vuelta para marcharse, pero El Forjador la cogió y la besó. No sabía hacerlo, pero ella fue como una flor que expande sus pétalos al llegarle la hora de manifestar toda su belleza—. Tenemos que anunciar nuestra boda—dijo con determinación y cogiéndola de la mano se fue en busca de El Pescador.

Una semana después, la población llenó de regalos la casa de la nueva pareja. Se celebró con música, bailes y tres días de banquete, durante los cuales se consumieron los mejores caviares, las carnes marinas más suaves y miles de moluscos. Los invitados entraban a la casa alegres para embriagarse de felicidad. El ambiente estaba lleno de olor a asado y hierbas. Por el efecto del vino no faltaban las risas y los buenos deseos eran tantos que hasta los más envidiosos pudieron filtrar los resquicios del resentimiento y la rabia. Perla parecía una bondadosa diva que sembraba el amor en las almas. La gente después de la celebración seguía obnubilada por esa sensación placentera de armonía y felicidad. Parecía que el bienestar y la fertilidad se filtraban hasta el último rincón. Las parejas se amaban en secreto y los solteros se despertaron con una búsqueda urgente de alguna joven lista para el matrimonio. Se anunciaron nuevas bodas y se empezó la construcción de las nuevas casas para cobijar a los nuevos cónyuges. El florecimiento del pueblo era evidente y se veía reflejado en la construcción de barcas, carreteras y huertos.

El matrimonio le dio un impulso muy fuerte a El Forjador, quien, alarmado por la aproximación de un fuerte ejército, comenzó a producir armamento, adiestrar caballos para la batalla, instruir a los soldados y, lo más importante, sellar una alianza con el pueblo de El Fogonero que ya había visto el peligro y no dudó en unirse en un frente común. Las cosas sucedieron de prisa. El Forjador mandó a sus emisarios y llevaron instructores para que los soldados del Fogonero aprendieran a mantener batallas con caballería, mandaron además planos de las armas que habían inventado y recibieron a cambio grandes cargamentos de materia prima para tener reservas de alimentos en grano. Una noche se oyó un grito desgarrador de madre y, en seguida, otro de una cría recién nacida. Había nacido el primer niño de la estirpe que gobernaría en paz muchas tierras.

 El niño del Forjador, a quien habían llamado El Iluminado, todavía no tenía una semana cuando se tuvieron que alistar las fuerzas armadas porque el enemigo estaba cerca. El plan era mantener la resistencia contra los atacantes, en un enfrentamiento franco, y esperar el ataque del ejército de El Fogonero que arremetería por la retaguardia. Ya encerrado en dos frentes, el enemigo perecería o se rendiría sin duda. El plan surtió efecto, pero muy despacio.

A mediodía, llegó muy apresurado un mensajero con la mala noticia: “Se aproximan, señor—le dijo a El Fogonero—, son demasiados. Traen un ejército de unos cinco mil hombres. Vienen armados con lanzas y escudos”. El Fogonero y el general encargado de confrontar primero al ejército enemigo decidieron que primero atacarían con las catapultas, después lanzarían flechas con fuego y rodearían a los invasores en un semicírculo con llamas. Luego los dejarían avanzar y los enfrentarían hasta que entrara en acción la armada de El Fogonero. El plan era sencillo y El Forjador ocupó su sitio en la colina desde la cual veía todo el campo de batalla. Aparecieron los enemigos en el horizonte y dejaron de avanzar. Alguien preguntó que debían hacer si el ataque era por la noche. Sí nos atacan por la noche y nos sorprenden será necesario que las mujeres y los niños estén en las embarcaciones listos para partir. Se elaboró el plan alternativo y se eligió a los soldados que dormirían por turnos para estar listos en el momento del ataque.

No hubo necesidad de aplicar el plan alternativo. El general de los invasores sabía que tenía superioridad en número y que podía aplastar a los marineros. Era cierto, los hombres del Fogonero eran mil incluyendo a los de la caballería, por eso el campo estaba lleno de trampas. El fogonero llegaría con unos dos mil soldados así que estaban cinco a tres. Lo importante era actuar con inteligencia y a tiempo.

Se levantó por la tarde una enorme nube de polvo y se oyeron los pasos de un monstruo de diez mil pies. La tierra temblaba y muchos sintieron temor. Se dio la señal para esperar a los enemigos y cuando estuvieron en el sitio adecuado les comenzaron a caer enormes piedras que al rebotar molían la carne de los sorprendidos guerreros enemigos. Avanzaban con prisa, sentían una sed enorme de sangre y gritaban como locos. El eco resonaba en las dos montañas aledañas. Los niños comenzaron a llorar y las mujeres escondían el rostro implorando que el enemigo no las alcanzara. A la orden de El Pescador se prendió fuego al aceite que se había vertido en el campo y los contrincantes se quemaron, luego cayó la lluvia de lanzas en llamas. Las bajas fueron muchas, pero, aun así, los que lograron pasar eran demasiados así que entró en combate la infantería que durante dos horas soportó la arremetida y en el instante en que los soldados de El Fogonero aparecieron en la retaguardia, entró la caballería. Hubo un derrame horrible de sangre y El Forjador se vio obligado a entrar en combate. Antes de bajar de la colina les ordenó a los adolescentes que se armaran y resistieran todo lo posible para que las mujeres y los viejos escaparan. La prueba fue muy dura y El Forjador recibió unas heridas muy profundas. Se había guiado todo el tiempo por la voz de su amigo El Guerrero que le anunciaba los ataques y la forma de defenderse. La mala suerte quiso que uno de los enemigos lo matara. Se ganó la batalla y se obligó al enemigo a rendirse. La rendición fue firmada El Pescador y el general enemigo. El acuerdo de paz se cumplió, pero todos los soldados en retirada recordaban con amargura las emboscadas que les habían puesto y sabían que la próxima vez que hubiera un enfrentamiento se prepararían mejor. 

Hubo un período de diez años de una paz muy tensa y luego estalló la guerra. El hijo del Forjador era todavía muy pequeño pero un día fue uno de los hombres más importantes por su astucia y valor. El Iluminado no sólo lograría mantener la paz, sino que crearía un gran país con sus tradiciones, religión y eficiente economía.

Fin.

lunes, 23 de enero de 2017

Muerte por desengaño

Tarde o temprano todos libramos una importante batalla en nuestra vida. Algunas veces se pierde todo en el combate y otras, puede ocurrir, que se pierda ganando. Como fue mi caso. Luché lo más que pude contra las contrariedades de mi relación. Entiendo que hay héroes, generales, líderes, mártires y todo tipo de gente que se puede tomar como modelo por haber salido triunfantes del mayor reto de su vida. Mi lucha es grande para mí, pero para quien la escuche será banal como todas las historias que hemos oído sobre las difíciles relaciones de pareja. ¿Por qué he dicho que perdí al ganar? Pues por la simple razón de que cometí un asesinato, lo que significó el triunfo y fui, también, condenada a vivir sin mi objeto de odio o martirio detrás de las rejas que, como comprenderán ha sido mi derrota. Estoy resignada a dejar que las cosas sigan su curso sin ponerles atención. Deseo con toda el alma quitarme ese peso de encima. Mientras se odia y se sufre, el tiempo pasa volando y uno no se da cuenta de las dimensiones reales de las horas y los años. Si alguien me pregunta qué hay del dolor, les responderé que sí, se padece mucho y los minutos parecen interminables, pero lo que los hace diferentes es el deseo de venganza, esa sed que adormece los sentidos y crea una fijación a la que le damos vueltas en la cabeza con una manía sádica.

Lo conocí en una cafetería. Recuerdo el primer día que lo vi. Yo Iba con mi amiga Marisela quien me había insistido mucho que la acompañara a una cita que tenía en ese lugar. Lalo estaba en el escenario con su pantalón verde, con una zapatilla deportiva de canto y la otra encima, enrollado en su guitarra rasgaba los acordes mientras las expresiones de su cara iban cambiando con cada movimiento de los dedos de la mano izquierda. Tocaba bien y tenía una voz varonil y dulce, era por eso que la mayor parte de su repertorio era de boleros. Tenía mucho talento y por eso sabía cómo acoplarse a otros ritmos cuando algún cliente caprichoso le pedía una cumbia o una pieza de rock para bailar. Nos sentamos y pedimos unos postres banana Split y un capuchino. Estábamos en buena forma y la dieta no nos amenazaba en absoluto. Estuvimos escuchando las canciones románticas que nos encantaron como a todas las parejas que se encontraban en el opaco salón. De vez en cuando Lalo se secaba un poco el sudor y se tomaba una copa que le traía una camarera. Cuando se empezaba a emborrachar hacía chistes y se metía con los espectadores que, al sentirse aludidos, preferían fingir que no se daban cuenta, pero las ocurrencias eran tan agradables que al final se lo agradecían dándole una propina, pidiéndole una canción o invitándole una bebida. Esto último era lo que más le gustaba a Eduardo y fue por esta razón que se vino a nuestra mesa y nos obsequió su compañía bastante tiempo. Raúl, el novio de Marisela era su amigo y por eso le hizo una seña para que viniera a sentarse con nosotros.

Al verlo de cerca me gustó mucho y, seguro que yo también le resulté atractiva, me lo confesó con una insinuación más tarde, pero luego no lo reconoció y con el tiempo hasta me maldijo por ese encuentro. En aquel instante, en el que vi sus penetrantes ojos de niño travieso, se me estremeció el vientre debajo del vestido y él lo adivinó, tenía la suficiente experiencia para olerlo. Lo saludé con voz débil y nerviosa y él se aprovechó de mi debilidad para abordarme con más valor y esa misma noche me hizo dar el primer paso hacia la dura relación que mantendríamos por unos años. Nadie me ha considerado nunca una mujer bella, pero sabemos que en la juventud la carne firme y el buen control que tengamos sobre el cortejo nos ayuda a volver locos a los chicos y obligarlos a cumplir lo que queramos. Lo difícil viene después, cuando ya nos han poseído y nos obligan a complacerlos como si fuéramos de su propiedad. En compañía de Raúl, Eduardo era un hombre muy gentil y amable, se deshacía en cumplidos y reía con gusto. Me habló de la música, de los grandes cantantes y de las composiciones que más le atraían.

Era un buen interlocutor. Encontraba los momentos más apropiados para interrumpir y su conversación era como su trabajo. Después de medianoche se ofreció a acompañarme a mi casa y en la puerta se despidió con un beso. Fue un beso rápido, calculado, sin la intención de transmitirme su pasión, pero surtió efecto. Comenzamos a salir y al cabo de un mes iba todas las noches a verlo actuar. Tenía una mesa reservada en la que pasaba mucho tiempo conversando con Lalo. Descubrí que era astuto y tenía un sentido del humor agudo y en ocasiones irónico hasta las lágrimas. Nuestra relación se estrechó tanto que terminé viviendo con él en un pequeño piso que le había heredado alguien. Al principio no sabía que estaba metiéndome en una trampa fatal. Cegada por la venda del amor no logré ver cosas a tiempo. Me fue imposible apartar mi instinto maternal cuando Eduardo se lamentaba como un bebé de sus desgracias, luego no pude librar la barrera de los conceptos éticos y morales cuando mostró sus garras, pues sentía el compromiso de ayudarlo y orientarlo por el buen camino. Mucho tiempo después descubrí como se había ido tendiendo la red a mi alrededor. La atención que me prestaba no era porque me quisiera, sino porque tenía miedo de perderme, de que me alejara y lo privara del gusto de martirizarme. Las reconciliaciones no eran más que la estrategia para irme mermando la seguridad en mi misma y, por último, el sentimiento de culpa que se edificó frente a mí como una muralla.

Un mes duró la relación ideal, ya estaba completamente entregada a Eduardo y esperaba sus caricias por las mañanas, sus atenciones, los cafés que preparaba con esmero y las rosas que se traía de su trabajo. Pasábamos una hora abrazados haciendo planes para el futuro y llegué a pensar que el hombre ideal existía, sin embargo, el chapuzón helado que me dio el catorce de febrero corrió el telón de la nueva obra que estaba a punto de representarse. Me hizo una pregunta sobre San Valentín y al no contestársela se puso furioso, me estrelló contra la pared y me explicó gritando la respuesta que tenía que haberle dado. Luego, se disculpó y dijo que había tenido un problema en el trabajo y que se había exaltado contra su jefe y no contra mí. Me llevó a la cafetería y me dedicó varias de las canciones más conmovedoras. El público le aplaudió y me hicieron subir a la escena para agradecer los aplausos. Estaban Marisela y Raúl. Me felicitaron y dijeron que era la mujer más afortunada del mundo. Lo creí y borré el suceso desagradable de mi mente, pero esa noche no hicimos el amor, a pesar de que estábamos muy encaramelados, Lalo dijo que estaba cansado y no me tocó. Se durmió rápido y me dejó hirviendo toda la noche a fuego lento. Al día siguiente llegué tarde al trabajo y mi jefe me reprendió. Maricela empezó a hacerme infinidad de preguntas, por un lado, se interesaba en mi relación, pero por el otro yo sabía que me envidiaba, pues Raúl era muy parco y no se comparaba con el apuesto Eduardo. Me sentí llena de vanidad y gocé en silencio el sufrimiento que vi en mi amiga. A veces, las mujeres no sabemos por qué actuamos de una forma determinada, será que los sentimientos se nos revuelven como un amasijo en el vientre y dejamos de pensar para dejarnos arrastrar por el torrente de emociones que nos ahoga en algunas circunstancias.

Ahora sé que si me hubiera quitado el velo de los ojos y hubiera puesto los pies en la tierra habría evitado encaminarme por el escabroso sendero de la violencia y el odio. Una semana después del suceso del día de los enamorados, Lalo se levantó en la madrugada y me dijo que me quería mostrar algo. Era la película de “El último tango en París”. Puso una escena muy rara en la que la protagonista acostada boca abajo siente cómo Brando le hace una porquería usando un poco de mantequilla. Me inmuté y le dije mi opinión al respecto, pero él comenzó a hablarme con suavidad y argumentando que nuestra vida íntima era tan monótona le gustaría experimentar. No quiero que piensen que soy morbosa o que trato de meterles cosas cochambrosas en la mente. Si no me hubiera relacionado con aquella bestia, ahora no hablaría sobre estas cosas. El caso es que accedí a que hiciera lo mismo que en la película. Lalo me abrazó después, me agradeció mi colaboración y dijo que el amor se sostenía en las fuertes columnas de la confianza y el compromiso. Yo estaba desconcertada y un poco herida, pero con su trato tierno lo superé.

Lo malo vino una semana después en la que me estuvo provocando todas las noches sin llegar a culminar la unión. Era como un largo cortejo que terminaba con un “buenas noches” y yo tenía que idear algo para apagar el incendio que tenía por dentro. Un sábado, se metió en la cama después de tomarse unas cervezas y comenzó a hurgar entre mis piernas, lo rechacé, pero fue más una actitud provocadora que una negación. Entonces dijo que quería otra vez lo de la película, yo no pensé en nada y me aferré a él. No estoy segura de que haya intentado repetir lo del sucio actor porque sentí fuertes golpes en la cara. Primero un bofetón y después varios puñetazos, de los cuales el último me destrozó la nariz. Después me pateó cuanto quiso. Se vistió y con un azote de puerta se fue. Al día siguiente tuve que llamar a mi empleo para pedir una baja por incapacidad. Tuve que inventarme un accidente para no quedar en ridículo frente a todo el personal, al parecer me lo creyeron, pero después no pude volver a la oficina. Volví a mi casa y le expliqué a mi madre lo del accidente inventado. No sé por qué lo hice. Tenía que haber sido sincera, pero un temor muy profundo me obligó a no decir la verdad y lo lamenté después.

Me recuperé, pero las huellas del golpe en la nariz me quedaron para siempre. El doctor que me había atendido me dijo que no podía garantizarme una cirugía profesional y que estaba a tiempo de acudir a un cirujano plástico para que me hiciera bien la operación. No lo hice y cuando se me bajó la inflamación noté que el tabique no estaba del todo bien y se me veía la nariz torcida hacia la derecha. Pensé que tendría que ir de forma urgente a rectificarla en cuanto tuviera un poco de dinero para la operación. Me encontraba muy nerviosa, la inquietud me obligaba a llamar a Maricela y gritarle a mi madre para que no me molestara. Por desgracia, las cosas empeoraron mucho, pues se apareció Eduardo. Iba muy arreglado, con un traje azul nuevo, bien peinado y con mucho perfume. Traía un ramo de rosas y un regalo para mi madre. Se presentó y alabó el buen gusto de nuestra familia, hizo comentarios de la foto matrimonial de mis padres y le regaló a mi madre una cadena de oro con un medallón de la Virgen María. Cuando ella se negó a coger el obsequio dijo que era la forma de consolidar su relación con su futura suegra, pues el objetivo de la visita era el de pedir mi mano. Sacó un estuche con un anillo de compromiso, era de una muy buena marca y le dijo que era para mí. Yo no quería verlo, estaba dispuesta a rechazarlo, pero mi madre insistió tanto que salí a hablar con él. No fue una buena idea porque Lalo se deshizo en halagos hacia mi madre, habló con tanta sinceridad que a ella se le humedecieron los ojos y me dijo que nunca jamás encontraría un hombre mejor que él. Luego vino el lavado de cerebro y los planes del futuro. Yo lo podía haber desmentido todo y confesar lo de la golpiza, pero no lo hice y me reproché mucho tiempo no haberlo hecho, quizás el ridículo de verme como una mentirosa frente a mi madre me impidió desvelar la personalidad real de Eduardo. Acepté el anillo con la idea de que Lalo se fuera y me dejara tranquila, pensé que podría deshacerme de él pronto.

No fue así. Al día siguiente llegó en un taxi y me pidió que recogiera todas mis cosas porque nos casaríamos en dos semanas. No tenía mucho que llevarme y con la ayuda de mi mamá llené dos maletas y unas cajas y me subía al coche. Cuando llegamos al peque departamento de Lalo, me dijo que había pasado por un problema que lo había vuelto loco. Su jefe—según me explicó—lo había despedido sin causa y no le había pagado el mes que había trabajado. Había llegado al piso fuera de sí y no fue dueño de la situación. Yo sabía que era una patraña y que sólo era un descanso que se daba para volver a maltratarme, sin embargo, cedí de nuevo. Fueron sus caricias, su persistencia y delicadeza en la cama lo que me tiró al abismo. Me dijo que tenía un nuevo empleo muy bueno donde le pagaban más y ya era hora de sentar cabeza, que yo era la única persona con quien se sentía identificado y que si estaba dispuesta a ayudarle seríamos una familia feliz. Me encontré de nuevo con la miopía causada por las vísceras. No pensé en nada y me dejé obnubilar por sus palabras. Me prometió que iríamos a buscar el vestido, que haríamos las invitaciones, que arreglaríamos el piso para recibir a nuestro bebé. Me pidió que dejara mi empleo y le jurara que me dedicaría al cuidado y educación de los niños. Acepté y me condené en ese mismo instante. Dejé de relacionarme con mis compañeros, me perdí en el anonimato y se esfumó la confianza en mi madre, pero todo fue apareciendo como las losas de un camino que se va construyendo con cierta rapidez.

Una mañana, Eduardo se levantó, me trajo el desayuno y salió a hacer compras. Trajo algunas herramientas, detergente, papel tapiz y comenzó a trabajar sin parar. Limpió todo, hizo con unas tablas una cuna muy bonita, la pintó de color azul y blanco, puso nueva ropa de cama y cuando el nido de amor quedó preparado se entregó como nunca lo había hecho antes. Estaba convencida de que sería el mejor marido del mundo. Trabajó unos días y el fin de semana me pidió que fuéramos a buscar un vestido de novia digno de mí. En una tienda prestigiosa me tomaron las medidas y Lalo dejó un adelanto, luego fuimos a la iglesia a hablar con el padre para pedir una fecha. Todo parecía ir viento en popa. Eduardo trabajaba mucho, su trato era mejor que nunca y su entrega era total. Cantaba y me hacía regalos. Llegué a olvidar lo de la nariz y me imaginaba que todo lo malo que había sucedido era parte de una pesadilla que jamás había existido en este lado de la realidad.

Me encontraba hipnotizada, le creía todo lo que me decía y, más aún, lo que le decía a la gente. Era un mentiroso profesional, frío y calculador. Se confesó con el padre y dudo que le haya dicho la verdad. Invitó a mi madre y mis tíos a la boda. Contrató un salón modesto y elegimos juntos el menú. Faltaban sólo dos días para el gran acontecimiento de nuestra vida. Me parecía que estaba viviendo el mejor período de mi existencia y que en adelante viviría feliz al lado de mi querido esposo, pero Lalo tenía su plan.

Se abrió la puerta y, muy nervioso, Eduardo, me dijo que tenía una urgencia, que tenía que acompañarlo. Me vestí rápido pensando que sucedía algo muy grave y salí, al bajar por las escaleras sentí que Lalo se tropezaba conmigo y me golpeé muy fuerte la cabeza, luego perdí el conocimiento. Cuando me recobré estaba en una cama de hospital y tenía enyesado el brazo. Me dolía mucho la cabeza y sentía dolor en todo el cuerpo. La enfermera me dijo que había corrido con mucha suerte y que el atropello sólo me había dejado la clavícula rota y un descalabro no muy profundo. No tiene rotas las costillas—dijo consolándome—, pero los golpes fueron muy duros. No tiene, tampoco, derrames internos. El hígado y los riñones están un poco inflamados, pero se le quitará con unas pastillas. No entendía nada y fui tan ilusa de preguntarle si estaría presentable para mi boda. La joven se conmovió un poco y dijo que Eduardo, mi futuro marido, había estado una hora a mi lado y se había ido para resolver algunas cosas que tenía pendientes, que lamentaba mucho mi situación y que la llamara cuando necesitara algo.

No sabía por qué razón estaba internada y no tenía ni idea de lo que me había sucedido. De forma vaga recordaba lo de las escaleras, pero la imagen se iba borrando con tanta rapidez que después quedé convencida de que lo que me decía Eduardo era la verdad. Según él salimos de la casa y al estarlo escuchando seguí cruzando la calle sin poner atención a los coches y una camioneta me había arrollado. Por fortuna, el conductor había frenado a tiempo, pero que el golpe había sido muy duro. Me costaba mucho trabajo memorizar porque el constante dolor de cabeza me hacía perder la concentración y la paciencia. El doctor me recetó unas pastillas para la migraña. Cuando llegué al piso de Lalo no reconocí nada porque era otro lugar, no estaba la hermosa cuna, ni estaba limpio. Era otro sitio, pero Eduardo afirmaba que ahí vivíamos, que llevábamos unos meses allí y que si no lo recordaba era porque el accidente me había afectado la memoria. Comenzó a envolverme en caminos oscuros, empecé a dudar de mis convicciones y me volví muy insegura. Tenía una técnica bien elaborada. Primero, hacía una hipótesis de algo y comenzaba a repetirla cada día, luego, la convertía en una afirmación y, por último, me comenzaba a reprochar las cosas. Me hacía sentir culpable de todo, mi confianza se fue por los suelos y comenzó la etapa de mi aislamiento.

Lalo salía y cerraba con llave, me traía comida hecha y seguía metiéndome cosas en la cabeza, para recibir mis medicamentos tenía que pasar por lo que él llamaba las pruebas, que eran básicamente las cosas obscenas con las que el satisfacía su naturaleza sádica. Podía ser muy descriptiva en este sentido, pero se lo dejaré a su imaginación para no hablar de los sufrimientos que me llevaron a tomar una decisión precipitada en cuanto se me presentó la oportunidad. Comía con desgana y dormía lo que podía para evitar los dolores de cabeza y los que me provocaban los abusos de Lalo. Estaba gorda, no me peinaba, no planchaba ni lavaba la ropa. Un día Eduardo llegó con una mujer a la que le hizo el amor frente a mí. Todo el tiempo me estuvo reprochando que por mi culpa, había tenido que acudir a otras mujeres y que si seguía así me iba a matar. Sabía a la perfección que no lo haría porque me necesitaba como alimento vital. Mi sufrimiento significaba tanto para él, que, si algo hubiera puesto en riesgo mi vida, habría hecho lo imposible para salvarme, pues era como una araña que deseca a sus moscas poco a poco.

Cuando ya estaba completamente convertida en autómata, Eduardo invitó a una drogadicta a nuestra casa. Era una mujer muy alta de piel muy blanca, se reía de todo y era una bestia salvaje haciendo el amor. A Lalo le gustaba esa fiereza de loba. Tal vez, sentía un reto y se fortalecía con ella para castigarme más. Al tercer día, La Loba salió y trajo un paquete enorme de polvo. Se pusieron a calentar unas cucharillas, se ataron una liga en el brazo y se inyectaron un líquido que había surgido del polvo color hueso. Empezaron a alucinar y decir cosas muy incoherentes, paseaban como poseídos y no notaban mi presencia. Dormían mucho y tres días seguidos se inyectaron, luego la mujer salió y no volvió. En el piso seguía el paquete de polvo y tuve la intención de probarla, pero después descubrí que en esa situación podría escapar, se dice fácil, pero en aquel momento no pensaba ya en salir ni salvarme. Era como un perro enjaulado que no recuerda cómo es la calle. Estuve sentada mirando a Eduardo, se levantó y me miró como a una desconocida. Se volvió a dormir. Fue cuando lo imité. Puse polvo en la cucharilla, prendí la vela achatada, preparé la jeringa y cuando el líquido ya estaba listo cogí la inyección y me la puse sobre el brazo, pero una voz de alerta me hizo dirigirla a Lalo, se la puse y le metí tres más. No noté cuándo dejó de convulsionarse, ni cuándo se quedó tieso.

Lo único que oí fueron los golpes a la puerta de una vecina que se interesaba por un olor pútrido. En cuanto le abrí saltó la alarma en todo el vecindario, vino una ambulancia y unos policías me interrogaron. No supe nada hasta que empezaron a llegar rostros conocidos. La primera fue mi madre, quien me dijo que Lalo le había dicho que nos habíamos casado y vivíamos en otra provincia. Marisela me dijo que había visto a Eduardo y que lo había felicitado al saber que yo estaba embarazada. Así fui recuperando paulatinamente mi imagen perdida. Regresé a la vida y me pude integrar al mundo, pero fue por poco tiempo porque pronto recibí un citatorio para enfrentar un juicio. Se me acusó de asesinato premeditado y se negó que tuviera algún desequilibrio psicológico que me indujera al homicidio. Estoy satisfecha de lo que hice y cumpliré mi condena sin remordimientos, pues hace mucho que mi vida ya no es normal y ahora, ha llegado el momento de partir.

Adiós.


lunes, 16 de enero de 2017

Mojado con los pies secos

Hundido en un hueco del bote, Saúl, miraba el cielo. Su rostro estaba iluminado por un trozo de luna que lo alumbraba como la luz de una lámpara vieja que se filtra por una rendija. Sus pensamientos estaban anclados en la isla que había abandonado el día anterior. Se repetía con intermitencia la imagen de Joselyn en su mente y la sensación del beso de despedida no lo había abandonado ni un solo minuto.

 Había estado trabajando en secreto con Joan, un avispado en navegación, y otros tres hombres que habían decidido irse del país para adquirir la nacionalidad en la tierra prometida. Todos llevaban bien guardado su sueño americano y en ese momento lo veían con claridad arrullados por el tranquilo mar que los había ido arrastrando hacia Miami. Él quería ser músico, formar un grupo y vender miles de discos, ser famoso y aparecer en revistas, en Internet y la tele. Quería que todos se enteraran de quién era.

Todo—se decía a sí mismo—, menos traidor. He idolatrado al Che, he cantado con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, he escuchado los discursos de Fidel y he recitado las consignas, todas.
Hacía frío y el raído jersey que le habían prestado no lo calentaba en absoluto, por eso le cascabeleaban un poco los dientes. Por el día, el trapo de estambre lo cubría mal del sol y por la noche no le servía de mucho, pero ese insignificante sufrimiento no era nada comparado con el de ver sus ilusiones encerradas en una jaula, revoloteando sin parar, agitando la cabeza. Eso le producía dolor en el alma, la repetición de sus hipótesis y sus condicionales. Fue esa la razón que lo impulsó a salir a mar abierto en busca de la libertad. No lo detuvieron las lágrimas de su novia, quien lloraba de amargura y de ilusión. Ella sonreía de alegría al ver al muchacho valiente y lloraba por la separación. “Nollorej Joseling, tejulo que vendré polti, lo plometo”—le dijo soltándose de sus manos, mientras ella lo iba dejando marchar con cara de resignación.

Esa imagen de Joselyn agitando la mano y reduciéndose de tamaño, muy despacio, fue lo que le hirió el corazón. Sabía perfectamente que la llamaría en cuanto estuviera a salvo y con los primeros dólares que ganara le mandaría un pasaje para que se uniera a él. No sabía exactamente cómo lo haría, pero ella llegaría a los Estados Unidos lo más pronto posible. El arrullo del mar, los recuerdos y la humedad calándole los huesos eran su única realidad. No pensaba en otra cosa más que en su objetivo. Se dio cuenta de que Joan lo miraba de reojo.

“Vamoallegá prongto, muchacho, vete preparangdo. Duelmete, yotespertaré cuando sealaora”.

Saúl respondió con un movimiento de cabeza y cerró los ojos, pero no se pudo dormir. Siguió con su ilusión, saboreándola como si fuera un caramelo formado por su dulce novia, el embriagante éxito y la ostentosa prosperidad. Al notar que empezaba a amanecer, Joan, les golpeó los pies a sus compañeros. Un poco adormilados lo vieron como a un extraño, pero el dedo índice alargado hacia el frente les dijo todo. “Nojodachico, ¿nosva a decil que ya llegamo?”- La respuesta fue que sí, que faltaban unos kilómetros, pero que había que rezar para que nadie los detuviera y los hiciera dar la vuelta. No llevaban binóculos, ni ningún objeto que los pudiera ayudar a localizar a los guardacostas. Joan con determinación encendió el motor y dirigió el timón hacia el frente. Se veía tierra, se sentía como Pinzón anunciando el final de la larga travesía trasatlántica. Para ellos en cierto modo había sido igual el riesgo. Habían visto a la muerte rondando en forma de tiburón. Primero la aleta, luego la sonrisa sarcástica asomándose como un espectro que surge de debajo del agua. Los duros embistes de la bestia y las manos apretadas a los bordes del bote para no caer. 

Se levantaron y comenzaron a gritar de felicidad, ya no es nada, son unos dos kilómetros. Con los dientes pelones y el pelo en forma de vela, Saúl, miraba con atención la orilla. Un sonido horrible los enfrió. Una sirena. Era el colmo. Eso no les podía pasar en ese momento. ¿Por qué no los habían encontrado atrás? Ya era tarde para todos. Joan aumentó la velocidad y el bote empezó a dar trompicones, era muy difícil mantenerse aferrado a la embarcación, las fuerzas le fallaron a Saúl y cayó al agua. No hubo oportunidad de detenerse a rescatarlo, los guarda fronteras estaban pisándoles los talones. “Sálvate, Saú peldónanopol favó”. Fue lo único que oyó cuando las olas lo empezaron a balancear. Se echó a nadar, ya no vio el bote, ni la patrulla. No nadaba muy rápido y sentía que la distancia no se reducía. Braceó casi media hora hasta que las fuerzas lo abandonaron. Cerró los ojos ardorosos, se sintió derrotado, pero sintió la proximidad de unas voces caribeñas. Miró unas figuras borrosas. Eran como él y corrían a su encuentro. Pensó que podría tratarse de Joan y los otros tres navegantes, pero no. Era una mujer de unos cuarenta años y unos niños. La mujerona habló sin pensar y le recriminó por haberse salido a nado desde la isla.

 “Pelo, tú estámaela cabeza. Milaque salirte anao e la isla. Ejtá loco, ejtá loco”.

Saúl se quedó acostado en la arena con los ojos entrecerrados, recuperándose. Se levantó cuando le alcanzaron las fuerzas y miró hacia el mar. No vio la embarcación de sus compañeros, sólo notó el bote americano, meciéndose en el agua. Estaba empapado, pero por ironía de la ley de migración, ya era un pies secos. Estuvo mucho tiempo atento como un perro esperando a su dueño, pero nadie llegó.


martes, 10 de enero de 2017

Decisiones erróneas

Después de haber mantenido una relación sexual vacía de pasión y muy automatizada, Marcelo le dijo a Jessica que tenían que romper la rutina. Pensaron la forma de motivar su añeja relación de diez años de casados, pero el compromiso de padres los ataba a dos pequeños gemelos con multitud de necesidades. No podían escaparse a una playa, ni pedir un año sabático, sobre todo por la crisis que les ajustaba cada vez más el cinturón. Al no encontrar una solución se resignaron a seguir con su vida habitual. Marcelo se fue a trabajar y Jessica se quedó atendiendo a sus dos pequeños. Los llevó a la escuela y volvió a sus quehaceres del hogar. 

Estaba preparando la comida cuando recibió la llamada de su marido que le propuso que se encontraran el fin de semana con Andrés, un viejo conocido que en el bachillerato se había colado por Jessica y seguía soltero. Ella se negó de inmediato, pero Marcelo le insistió tanto que tuvo que ceder. El sábado por la mañana llevaron a los dos chicos con los abuelos y se fueron a su cita a un restaurante de comida china. Andrés estaba muy alegre y recibió a la pareja con un saludo estudiantil. Se rieron por la ocurrencia y se sentaron entre las bromas y chascarrillos evocadores de otra época.

Pasaron una tarde estupenda y al despedirse se intercambiaron todas sus direcciones de correo electrónico y sus móviles. Quedaron en volverse a reunir en la primera oportunidad. No fue muy pronto, a pesar de que lo estuvieron acordando mucho tiempo. El día en que se reencontraron Marcelo estaba un poco raro, según palabras de su esposa, quien no sabía que todo ya estaba planeado con anticipación. Jessica se vio obligada a recordar su breve relación con Andrés. Se habló mucho del día en que se escaparon al cine y de lo que habían hecho protegidos por la oscuridad de la sala. Durante la alegre conversación el camarero, por orden de Marcelo, no dejó de servirle vino tinto a Jessica y coñac a sus acompañantes. La nostalgia por el pasado y los tiempos de juventud lograron que se formara un sentimiento fraternal que los obligó, en la calle, durante un corto paseo, a tomar una resolución descabellada. ¿Sabes que Andrés es un hombre con ideas muy modernas? —le preguntó Marcelo a su mujer, pero ella no entendió el significado del mensaje. Sí—continuó— se ha encontrado con algunas parejas y ha compartido su amor con ellos, bueno, bajo ciertas condiciones, ¿no es verdad, Andrés?
Andrés secretamente se había enamorado de nuevo de Jessica y había estado observándola como un experto don Juan, tratando de adivinar su desnudez y su fuerza en el lecho marital. Marcelo lo supo y motivó que se hablara con libertad de eso. Su intención en realidad era que tuvieran un encuentro los tres en la intimidad. Marcelo sabía que Jessica necesitaba un chispazo para despertar de nuevo su instinto femenino y Andrés era el macho adecuado, pues no sólo era físicamente atractivo, sino que había mantenido una pequeña relación sentimental con su esposa y eso era suficiente para motivarla. “Hay que incitarla para que le gane el sentimiento y pueda superar la barrera moral” —le había dicho Marcelo a su compañero antes de encontrarse con su esposa.

El método resultó y terminaron los tres en una habitación de hotel disfrutando de su amistad. Al principio Jessica estaba un poco inhibida, pero las tiernas caricias de Andrés y la aprobación de Marcelo en todo momento lograron despertarla. Se apasionó, gritó y terminó tendida respirando con dificultad mientras sus dos hombres la acariciaban sin parar. Salieron de la habitación y acordaron la próxima cita. Se separaron con el deseo de volver muy pronto. Desde ese momento las cosas marcharon mejor. Marcelo trabajaba con ímpetu y era recibido por las noches con fiereza en su cama. Jessica disfrutaba recordando los mejores momentos de su vida sexual y se aferraba a su esposo como si fuera una sanguijuela. Terminaban fumando, riéndose de felicidad. 

Siguieron los encuentros con Andrés, que se hicieron habituales, pero gracias a su ingenio y experiencia era esperado con anhelo. Pasaron dos años y Andrés se convirtió en parte de la familia. Ya no tenían que ir a hoteles para estar los tres juntos. Todo había ido bien porque se había respetado la regla principal que era la de que Jessica y Andrés no se encontraran en ausencia de Marcelo. Lo único malo fue una falta de cálculo en los planes, pues Andrés vio que dentro se le despertaba un sentimiento raro, pero era causado por la conducta de sus amigos y en particular por Jessica que era más tierna y benevolente con él que con su cónyuge. Además, aparecieron hábitos que entorpecieron la relación marital de Jessica porque se la pasaba chateando con él. En las largas conversaciones que tenían, ella le decía que sentía un torbellino que le revolvía el vientre y que todo lo provocaba él. Andrés se arriesgó y le propuso que se encontraran a solas. Fijaron la hora y el lugar. La relación fue increíble y se sintieron renacidos y optimistas. Andrés comenzó a visitar con más frecuencia la casa de sus amigos. Le propuso a Marcelo organizar fiestas e invitar a conocidos comunes. Llegó un momento en el que parecía que en la vida todo era dicha, sin embargo, una noche en la que estaban los invitados bailando al ritmo de una canción romántica, Marcelo sintió un piquete en la espalda, fue un llamado de alerta que le llegó con la voz de una de sus invitadas. “Si no supiera que tú eres el marido de Jessica, me arriesgaría a decir que está recién casada con Andrés”. Era cierto, parecía que estaban en su luna de miel, no tanto por las caricias o los besos, sino por la mirada ilusionada que se dirigían sin parar. La llama de los celos quemó a Marcelo y se fue al baño por un fuerte dolor en el estómago.  Mientras estaba inclinado frente al inodoro se decía que todo era un mal entendido, que no existía ninguna preferencia y que Jessica lo seguía amando como siempre. Recordó que había urdido ese encuentro para reavivar su relación, pero también para ocultar la presencia de Lurdes, su esporádica amante.

Se irritó al ver de nuevo la posición de las fichas que él había colocado mal en el tablero. Había comenzado dedicándole toda su energía y atención a Lurdes quien no quedó satisfecha por ser demasiado ardiente en el aspecto físico y calculadora en lo que atañe a la razón, luego el laberinto de sus ideas le estorbaba en la cama cuando estaba con su mujer, después el error de traer a otro hombre para hacer el trabajo que le correspondía y, por último, la amenaza de perder emocionalmente a Jessica y quedarse como un marido cornudo sin poder protestar por ser él, quien motivara dicho engaño. La única solución que encontró fue la de poner las cosas como estaban al principio. Sabía que sería muy difícil, pero se sentía capaz de hacerlo porque la balanza se inclinaba a su favor. Tenía dos hijos, mantenía a su esposa, no tenía amante, le había ayudado a su mujer a recobrar la llama del amor y podía exigir sin miramientos que se alejara de Andrés.

Sí, así, sin más explicación —pensó que se lo diría—. Muchas gracias, Andrés, nos has servido de mucha ayuda, pero ya basta. Prescindiremos de ti. Seremos siempre amigos y te recibiremos en nuestra casa mientras seas un simple invitado. Adiós.  Parecía fácil hacerlo, por eso Marcelo se unió de nuevo a sus invitados con la determinación de comunicarle su resolución a su amigo y esposa, pero quiso la realidad que las cosas no salieran bien. En el salón no encontró a la pareja de tórtolos, salió al jardín y habló con las personas con las que se cruzó, volvió al salón, buscó en la cocina, en los baños y decidió subir a la segunda planta. La habitación de los niños estaba vacía y su dormitorio también, pero del cuarto de los cacharros salía un sonido raro, era como si dos personas no pudieran respirar bien y por la sofocación no se entendieran sus palabras. Marcelo pudo haber entrado para interrumpirlos, pero decidió bajar al salón.

Se entrometió en una conversación y con sonrisa comprensiva movía la cabeza aceptando las barbaridades que decían sus conocidos. Media hora más tarde, se comenzó a retirar la gente y aparecieron, como por arte de magia, Andrés y Jessica. Se llevó a cabo la ceremonia de las despedidas y los buenos deseos y al final se quedaron los tres compartiendo una botella de vino. Marcelo habría hecho la proposición de que fueran al dormitorio si se hubiera encontrado en otras condiciones, pero en ese momento resultaba inútil porque sabía que se negarían y en caso de insistir tendría que soportar la idea de haberlos encontrado in fraganti un poco antes, también cargar con las condolencias de Andrés por haberle ganado el mandado y para colmo tolerar la pasividad de Jessica esperando que terminara sus embistes para librarse de él.  Decidieron separarse y verse unos días después.

Jessica estaba muy nerviosa, se había enterado de que Andrés no asistiría al encuentro de ese día por razones familiares. Miraba con persistencia el móvil y revisaba su correo electrónico. Marcelo se puso de mal humor, pero no dejó salir su rencor y trató de convencer a Jessica para salir a dar una vuelta. Ella se negó excusándose de un dolor de cabeza y se encerró en su habitación. La casa se quedó en silencio y Marcelo encendió la televisión. No encontró nada que le llamara le interesara, entonces vio su cámara de video y comenzó a ver lo que tenía. Mejor no lo hubiera hecho porque encontró la ocasión en que se sintió rechazado por su mujer. En las escenas ella mostraba su desagrado cuando él la tocaba y veía con horror la satisfacción que ella mostraba cuando se unía a Andrés. Entendió que la había perdido sentimentalmente a Jessica y hacía mucho tiempo que estaba con él sólo por obligación. Recordó aquellas palabras que le había dicho uno de sus amigos de la universidad. “Para que una mujer sea infiel, necesita dejar de amar a su pareja. Nosotros, en cambio, somos distintos porque lo tomamos como deporte”. Se enfureció porque lo primero era verdad y lo segundo no valía mucho para él, pues había conocido pocas mujeres en su vida y era muy recatado.  Una idea le comenzó a estorbar por la insistencia con que iba y venía por sus pensamientos. Tomó una decisión y comenzó a fraguar un plan para deshacerse de su enemigo Andrés. 

La confabulación era sencilla. Invitaría a su compañero a ir de caza al bosque. Se llevaría el rifle que tenía arrumbado en el armario y que había sido utilizado la última vez por su padre. Llevaría a Andrés a un lago donde podrían dispararles a los patos, luego fingiría que se le escapaba un disparo y de esa forma terminaría con todo. Recogería el cadáver y lo enterraría lejos de ese sitio y por último tiraría el arma al profundo estanque donde nadie lo encontraría jamás. A espaldas de Jessica, Marcelo realizó el plan. Se inventó una coartada y mató a su amigo de tres disparos a quemarropa.

Jessica comenzó a inquietarse cuando sus mensajes se fueron acumulando y las respuestas no llegaban. Se lo comentó a Marcelo y decidieron acudir a la policía. “Lleva tres días sin reportarse y nos preocupa que haya desaparecido sin decirnos nada, pues somos muy íntimos amigos”—le dijo Jessica al inspector de la comisaría. Empezó la búsqueda, pero no hubo respuesta ni la primera semana, ni el primer mes. Interrogaron a los clientes de Andrés que sólo los atendía por internet y el día que había desaparecido les había comentado a todos que iba de cacería y que atendería sus pedidos al día siguiente. No lo cumplió, pero nadie se preocupó por ello. La mayoría decidió posponer las compras o dirigirse a otro distribuidor de partes de recambio para autos.

En lo referente a sus familiares nadie sabía nada del paradero de Andrés y Jessica y Marcelo tenían la misma versión desde el primer interrogatorio. Ella había despedido a su marido al trabajo, se había quedado en la cocina haciendo la comida, había recogido a los niños de la escuela y había esperado a que volviera Marcelo de la oficina. Él se había ido al trabajo, había ido a entregar unos documentos a una empresa, había vuelto a la hora de la comida a reportarse con el jefe y había salido a la hora de costumbre. No había motivo de sospechas, pero Jessica estaba desmejorada, no le ponía atención a su familia, se despertaba por las noches y terminó culpando a su marido de la desaparición de su amante. “Tú nos oíste cuando estábamos en el cuarto de los cacharros, ¿verdad? —le preguntó ella, pero Marcelo lo negó—. Por eso no nos propusiste estar juntos los tres después de la fiesta. Luego ideaste un plan para matarlo. ¡Eres un maldito asesino!”.

La intuición de Jessica era, por desgracia, más poderosa que las investigaciones de la policía y la prudencia y meticulosidad de Marcelo, por eso su instinto la guió hasta el armario donde recordaba haber visto un rifle viejo de cacería. Al no encontrarlo le dirigió una mirada aterradora a Marcelo, pero este fingió no saber nada al respecto y le dijo que no sabía a qué arma se refería. Las noches comenzaron a ser insoportables por el insomnio y las eternas preguntas que se habían repetido hasta el cansancio. Una mañana llegó el inspector a informarles de que se había encontrado el cadáver de Andrés en estado avanzado de descomposición y se le habían extraído unas balas de rifle calibre 25. Jessica le dijo al inspector, tal vez sin pensarlo, que a ellos se les había perdido un arma del mismo calibre. Marcelo se puso blanco y no le quedó otra salida que la de permitirle al inspector que viera el lugar de donde se había extraído el arma. Salió a flote la lista de invitados y personas que concurrían la casa, el inspector se llevó, en un paquetito, una caja pequeña y vieja que había contenido algunas balas y Marcelo tuvo que contar detalles de la vida de su padre con respecto a su afición a la caza y comentó que lo había acompañado dos o tres veces, pero que para él ese tipo de actividad era muy inhumano. Las cosas no eran tan alarmantes como pensaba Marcelo, porque la policía, aunque hubiera sospechado de él, nunca encontraría el arma, pero la sospecha de su mujer empezó a crecer como un enorme monstruo que lo fue aplastando hasta que la desesperación lo obligó a confesar. No lo hizo frente al investigador de la policía, ni se lo dijo a un amigo, ni a su mujer, sino a sí mismo en una pesadilla. Estaba hablando dormido cuando Jessica se levantó a orinar y al conocer los detalles se desmayó. Por la mañana, Jessica permaneció muy callada y no dijo más que lo necesario, luego estuvo todo el tiempo haciendo una evaluación de las cosas y logró, por un instante, volver a la realidad y sentir de nuevo las cosas tal y como eran. Lo primero que notó fue que llevaba dos meses sin reglar y que los síntomas del embarazo ya comenzaban a manifestarse, luego lloró por saber quién era el padre, por último, la paralizó un escalofrío por el presentimiento de quedarse abandonada con tres hijos, con un marido en la cárcel y el agrio recuerdo de su amante asesinado. 

No podía permitir que las cosas se acomodaran de esa forma. Así que tomó el bando familiar. Enfrentó los interrogatorios con valor, le confesó a Marcelo su embarazo, se mantuvo con firmeza admirable ante las adversidades y logró salvar a su familia. Quién no pudo mantenerse tan firme fue él porque en el último interrogatorio se quebró. Lo engañaron usando unas palabras que se le habían escapado, de forma inconsciente, a Jessica y que luego el astuto inspector fue hilando con los hechos hasta llegar a la conclusión de que Marcelo no había ido a entregar unos documentos como lo había afirmado todo el tiempo, sino que se había ido a un bosque con Andrés, lo había despachado nada más llegar a un lago, luego lo había dejado tirado en una fosa oculta bajo unos arbustos que había cerca de allí, se había deshecho del arma tirándola al lago y cambiándose de ropa se dirigió de nuevo al trabajo.
“Lo confesó en un sueño—dijo el inspector—, esas fueron las palabras de su mujer que nos llevaron a aclarar la verdad ¿se imagina? Ella ni siquiera se dio cuenta de lo que nos estaba contando. Se hallaba tan distraída lamentando la muerte de Andrés que pensaba en una cosa y decía otra. Lo siento mucho, señor Marcelo, pero ahora tendrá que cumplir una condena por homicidio calificado”.