viernes, 11 de agosto de 2017

Pasión por el arte

Víctor Darmanián era un fotógrafo reconocido, había ganado varios premios internacionales y las revistas de moda lo consideraban un elemento primordial para promover las últimas tendencias. Estaba soltero, aunque proposiciones no le faltaban. Algunas foto modelos y actrices se habían enamorado de él y le habían insinuado, en las sesiones de fotografía o en conocidos festivales, que estaban dispuestas de forma incondicional a complacerle sus caprichos y fantasías. A él no le importaban mucho las mujeres porque tenía un ideal de belleza muy específico y hasta ese momento no había encontrado a la mujer que encajara en esos parámetros. Esa mañana quería descansar, no tenía ningún compromiso y los rayos del sol, que se filtraban por el gran vitral para iluminar la escalera de caracol, le entibiaron los pies cuando bajó a la cocina para prepararse un café. Tomó una taza de exprés muy cargado y se fue a duchar. Tardó media hora en secarse el pelo y vestirse.  Salió a caminar por la calle más cosmopolita de la ciudad. Se metió en el lujoso hotel donde siempre desayunaba. El personal lo admiraba y siempre era atendido con amabilidad. El sitio había sido decorado con algunas de sus fotografías y era un recurso comercial que había usado el dueño para atraer a la clientela. 

Cuando los visitantes se enteraban de que el famoso artista desayunaba allí, asistían como si se tratara del teatro. Las mujeres se arreglaban y trataban de robarle una mirada, pero Víctor era indiferente a las provocaciones y se sumergía en la lectura de las noticias o algún libro que estuviera de moda. En algunas ocasiones se entrevistaba con los representantes de las editoriales que le pedían su colaboración para ilustrar libros. También, estaban los de las empresas publicitarias que lo atiborraban de ideas fatuas y palabrería. Su talento era natural, necesitaba sólo enfocar la lente y medir la luz para imaginar de inmediato el cuadro que resultaría. Le encantaba el color, pero el blanco y negro era su fuerte. Para él, la belleza estaba más allá de una bonita cara, una sonrisa seductora o un cuerpo bien formado. Lo que hacía con éxito era sacar la esencia de las personas para mostrar un aspecto desconocido por el público observador. No toda la gente tenía la capacidad para verla y, era por eso, que sus fotos impactaban a pesar de tener un aspecto habitual. La gente decía, por lo regular, que no podía despegar la mirada de algún retrato porque era como un acertijo que requería mucha concentración. Era verdad, Víctor sabía que la sonrisa de la Mona Lisa era un recurso que da Vinci había usado para intrigar a la gente y él mismo se había puesto a la tarea de encontrar su propia estrategia. La descubrió un día que estaba con sus compañeros de la escuela de arte y unos chicos habían empezado a tontear quitándose la ropa mientras una chica modelaba para él. De pronto la chica tuvo una agitación que hizo temblar su cuerpo. Víctor le pidió que tratara de controlarse. A la joven le cambió la mirada cuando hizo el esfuerzo por contener esa oleada de pasión que la estaba anegando. El resultado fue impresionante y las pancartas que llevó a un concurso lo impulsaron hasta el primer sitio. Después, mucha gente se interesó por su trabajo y llegar a la fama no fue muy difícil. Víctor les advertía a sus clientes que debían guardar el secreto a toda costa, pero ellos mismos comprendían que sería inútil revelarlo, pues el único que sabía cómo capturar el momento ideal era él y de unas ciento cincuenta o doscientas fotografías, sólo una era que valía.

Cuando terminó de comerse sus huevos, fruta y café con bollos, salió para caminar y llenarse de la magia de la avenida en la que se mezclaban ejecutivos, mujeres muy arregladas, pordioseros, estudiantes y vendedores ambulantes. Para Víctor el espectáculo era un alimento primordial porque se guardaban en su memoria las sensaciones y en su cámara quedaban las pruebas de que ese sentimiento había satisfecho su curiosidad o deseo. Vio a un ingenioso hombre que había unido con unas varillas a tres muñecos con la forma de Michel Jackson e interpretaban con una coordinación perfecta los famosos bailes del rey del Pop. Pasó cerca de un niño que estaba lustrando los zapatos de un hombre trajeado. Mientras el cliente se enteraba de las injusticias del mundo, el chico con destreza y rapidez embadurnaba los mocasines de gruesa piel de vaca. Aprovechó para disparar el botón y capturar las expresiones del muchacho que parecía realizar un deporte parecido a las regatas. Cuando el chico terminó y recibió su pago, se acercó Víctor y respondió que no quería que le limpiaran el calzado, sólo quería agradecerle el momento de inspiración. Carlitos dijo que sólo hacía su trabajo, que las cosas no le iban tan bien y que su padre era portero en un edificio que estaba cerca de allí. Víctor le estrechó la mano y le dio un billete, pero el niño desconfió porque era demasiado. Eso —dijo con una mirada triste—ni en una semana de trabajo me lo gano, señor. Al final lo cogió y salió volado a buscar a su padre para que le guardara el dinero. Víctor siguió su trayecto y saludó con un guiño a las personas que lo reconocieron, estuvo curioseando por todos lados y cuando quedó satisfecho emprendió la marcha de regreso. Se acercó a su casa y sonrió cuando vio resaltar el vitral que su padre había mandado hacer para decorar la fachada de la construcción que databa del siglo XIX. El contraste de la dura cantera bien moldeada con la fragilidad de la imagen de la virgen embellecida por las rosas y peonias era escalofriante y siempre le provocaba la misma sensación cuando la veía desde la esquina. No se dio cuenta de que lo estaba esperando la señora Silvia Cardinale, la reconoció sólo cuando ya estaba metiendo la llave en la cerradura de la reja. Se saludaron y él la invitó a entrar. En realidad, el encuentro no era casual, Silvia tenía algo muy importante que decirle. Había debutado con mucho éxito una modelo de origen sueco. Muy pronto los monstruos de la moda empezarían a seducirla con jugosas ofertas, así que estaba obligado a invitarla a una sesión de fotografía antes de que callera en manos de algún artista menos talentoso. Silvia le dijo que, al día siguiente, Skönhet Berg lo visitaría sin falta. Se lo agradeció mucho y aprovecharon para conversar sobre los bulos que circulaban en los estudios cinematográficos donde la exquisita Cardinale estaba interpretando a una heroína de la Segunda Guerra Mundial. Víctor también le tomó unas fotografías y cuando la actriz se retiró, le prometió enviárselas, ya con los arreglos necesarios, por correo electrónico. Un beso rugoso y unas caricias ásperas sirvieron de despedida.  Víctor se puso a trabajar en los proyectos que tenía pendientes porque no quería que la presencia de la señorita Berg se interpusiera en su trabajo. Era muy responsable, por eso no paró hasta terminar. Ya eran las nueve de la noche y no había comido nada. El tiempo se le había ido como el vapor que sale de la ducha caliente, pero estaba satisfecho. Miró por última vez los trabajos que enviaría a la revista más popular entre las mujeres, archivó en una carpeta comprimida las fotos secretas que presentaría en un concurso internacional y se fue a preparar algo. Encontró queso, lechuga, jamón, tomates y pepinos. Preparó una ensalada y se abrió una botella de vino francés. Puso música y cenó al compás de Haendel que lo transportó al viejo Brandemburgo del siglo XVII con sus notas acuosas de la composición marina. En su mente vio los cuadros de la época: paisajes de Ludwig Agrícola, enanos españoles de John Closterman, los pasajes mitológicos y bíblicos de Adam Elsheimer y trabajos de Johan König, Jacob Marrel con las bellas flores, parecidas a las de Ernst Stuven. Saboreó su fantasía con los mordiscos que le dio a la lechuga y los pepinos. El vino hizo correr las notas de los ceremoniosos violines y cornos handelianos por su sangre y se le desbocó el ánimo. Se fue a dormir cerca de la madrugada. Concilió, como siempre, el sueño y se quedó en posición fetal hasta el amanecer.

Eran las diez de la mañana y el sol entraba con franjas luminosas en la habitación. Se levantó con el pelo muy revuelto, lo tenía largo y ondulado. Se fue a afeitar la rala barba. Estuvo bastante tiempo bajo el chorro caliente de la regadera. La nube de vapor lo hizo desaparecer y luego para empezar el día con energía abrió el agua fría y cerró la caliente. Empezó a dar brincos y gritar, pronto se habituó a la nueva temperatura de su cuerpo y hasta encontró placer. Se secó y comenzó a arreglarse. Esperó la llamada de Skönhet, pero fue inútil. El móvil sólo vibró para anunciar los mensajes que le enviaban de todos lados. De pronto, sonó el timbre. Bajó las escaleras y vio a través del vitral que una mujer bien arreglada y esbelta estaba con el brazo levantado. Era ella. La invitó a pasar. Durante el trayecto la miró con sorpresa. Le llamó mucho la atención su estatura, pues se la había imaginado muy alta, sin embargo, con tacones estaba casi de su estatura, el medía uno setenta y tres. La invitó a pasar, ella habló sobre Silvia Cardinale, sobre la forma en que se habían conocido y, de lo agradecida que estaba por haberla relacionado con uno de los fotógrafos más talentosos. La vio subir por la escalera retorcida y su mirada se clavó en el compás de sus caderas. Era muy delgada pero sus prominentes balanceos le despertaron un deseo que jamás había experimentado. Ella, al ver el estudio, empezó a comentar la decoración. Le parecía muy apropiada la distribución de los muebles, se acercó a las estanterías para ver los libros, vio con curiosidad el viejo tocadiscos y dijo que era muy parecido a un fonógrafo, luego preguntó por qué no había colgado sus trabajos. Víctor, que seguía tratando de adivinar qué sucedía en su interior, dijo que tenía demasiadas y que no se decidiría nunca a elegir unas para colgarlas. Skönhet se rió con picardía y luego se sentó en el gran sofá que estaba cerca de una gran ventana. Pasadas las formalidades del vaso de agua, te o café, Víctor le planteó un proyecto improvisado para promocionarla. Ya tengo suficientes propuestas, pero Silvia dijo que el único fotógrafo que podría captar mi mejor cualidad sería usted y no quiero arriesgarme, necesito saltar a la fama lo más pronto posible. Víctor le contestó que era inevitable que lo lograra y que debían planear una estrategia muy depurada para que se convirtiera en la modelo mejor pagada. A pesar de que sus proporciones no eran las que exigían las grandes casas de moda, su belleza exótica se encargaba de que cualquier trapo que le pusieran encima se convirtiera en una prenda de lujo. Víctor le dijo que no sacaría ninguna fotografía hasta que definieran exactamente lo que deseaban. Skönhet mostró con rapidez una de sus cualidades. No hablaba mucho en las situaciones comprometedoras y dejaba que sus interlocutores interpretaran sus miradas o sus breves intervenciones. Hicieron una agenda y la señorita Berg se marchó en un mercedes negro que la había estado esperando.

Bella, como llamaba su madre a Skönhet Berg, había llevado una educación muy estricta y sólo había ido conquistando un poco de su libertad después de terminar la carrera de administración de empresas, en realidad, no era muy buena estudiante y su encanto, además de la influencia de su familia, habían logrado que las notas de sus exámenes fueran buenas. Durante el último año de sus estudios, Bella se había relacionado con un tipo muy audaz que se especializaba en la seducción. Se llamaba Mauricio Gallardo, no tenía recato al abordar a las mujeres, las miraba con lupa y sabía dónde tenían sus puntos débiles. Era atractivo, su madre, de origen francés, le había heredado las facciones europeas, los ojos verde oliva, la esencia don Juan o de Casanova. Su padre le había donado los erizados pelos negros, la fortaleza física y el buen sentido común para entrar en confianza con el sexo débil. Tenía mucha popularidad entre las mujeres y vivía con mucha comodidad a costillas de sus amantes. El día que conoció a Bella se enamoró un poco, pero su gran experiencia le ayudó a encaminarla, de tal forma, que se sintió enganchada a él desde el primer intercambio de miradas. Llevaban saliendo más de medio año. En el momento en que Bella se subió al mercedes, Mauricio le preguntó si el futuro pintaba bien y si habría dinero. Ella le dijo que no se preocupara, que pronto lograrían el éxito y que tendrían una fortuna para vivir a cuerpo de rey. Mauricio tenía sus planes ocultos y por eso iba moviendo sus piezas con mucho cuidado. Aún no sabía que otro hombre también había puesto los ojos en Skönhet, pero con otro objetivo.

Víctor comió en un lujoso restaurante, lo atendió el dueño y notó que su actitud era otra, nunca se había enamorado y no sabía qué se experimentaba, tenía su gran pasión, que era su cámara y algunos leves cosquilleos que le habían dejado unas cuantas mujeres hermosas, pero ahora le fallaban un poco las piernas y la sofocación en el pecho era como la que se experimenta por la falta de aire debajo del agua. Volvió a su casa y se tiró en el diván. Estuvo tratando de recordar el nombre de una actriz que le había llamado la atención en una película del imperio romano. Se llamaba Dimitri el gladiador y una de las protagonistas se parecía a Bella.

Puso su composición preferida de Händel y los chirridos de guitarra de la música de los vecinos que sonaban como la voz de Polifemo rasguñándolo con su histeria, dejaron de torturarlo y ya no sacudió la cabeza para librarse de la jaqueca. Se abrió paso Kathleen Batlle devolviéndole la felicidad con su canto celestial invocando a Galatea. Cerró los ojos y vio cómo las nubes se estremecían con los trinos de la atractiva mulata, después una gota enorme, como lágrima de Cíclope, estallaba al chocar con una escultura de Afrodita abrazando a un joven Píndaro. Ella era arrastrada hasta el fondo del mar y tragada por las aguas. En cambio, el atleta salía ileso de su lucha con las enormes olas y desnudo, con el cuerpo empolvado de sal, cantaba el mismo himno que la soprano, pero con voz de tenor.

Pasaron los días y en los sueños de Víctor apareció Lucía, la novia de Dimitri el gladiador, que se había convertido en una bella estatua de mármol rosa tan real como la carne de Galatea en el cuadro de Jean León Gérome. Amaneció con una incomodidad en el cuerpo que no se le quitó con la ducha fría. Sentía la necesidad de ver a Skönhet, le temblaba la voz al pronunciar su nombre y le sudaban las manos. La llamó y le pidió que fuera a verlo. Llegó por la tarde acompañada de un criado que puso en el sofá una docena de trajes y vestidos. Víctor ya había distribuido los escenarios donde tomaría las fotos. Empezaron con los vestidos de noche, luego atuendos antiguos, Liza Malkova, una alumna y amiga de Samantha Chapman, llegó para ayudarle con el maquillaje, cuando era la hora de modelar en bañador, la chica eslava, se esmeró con los iluminadores, la sombra blanca nacarada y los pinceles. El resultado fue muy bueno, pero faltaba realizar la foto excepcional que era la especialidad del artista. Dejó que se retirara Liza y le ordenó a Bella se tomara un descanso. Le dio instrucciones para relajarse, luego le pidió que se posara desnuda frente a él y siguiera con atención sus indicaciones mientras la seguía con la lente. El cuadro quedó capturado y Skönhet pudo echar un grito indómito que hizo temblar el candil del salón. Víctor se le acercó y sintió su piel hirviendo, la miró con deseo, pero ella sólo cogió su ropa, se vistió y le dijo que mandaría al criado por sus pertenencias al día siguiente. Salió a toda prisa. Esa tarde Mauricio gozó en plenitud la dulzura de Bella y le ayudó a liberar las frustraciones que había tenido en su vida. Skönhet se convirtió ese día en una flor plena vigorizante y seductora.

Se organizó una muestra con las fotografías que había hecho el famoso Darmanián. Se celebró en un salón muy lujoso y se dieron cita los personajes más influyentes del cine y la moda. Había también otro tipo de personas. Uno de ellos era Marcelo Pizarro, un empresario de origen italiano, que tenía contactos con las mafias y andaba en busca de una nueva amante. El público se quedó impresionado con la foto que ocupaba por completo la pared central de la sala. Hubo una fuerte ovación cuando Skönhet Berg vestida de negro, con relucientes joyas y el pelo recogido con unos caireles cayéndole a los lados de la cara, llegó acompañada de un joven muy atractivo. Estaba radiante y los invitados le aplaudieron cuando firmó su foto. El más conmovido fue Víctor porque le presentó a Mauricio Gallardo. Al principio sintió un sabor agrio en la boca y se le endureció el gesto, tomó bastante Champagne y no pudo relajarse, ni siquiera cuando Silvia le dijo que Bella estaba muy interesada en hacerlo su fotógrafo oficial. La presentación fue todo un éxito. Los tiburones de la moda hicieron un rápido cálculo de lo que podría generar la nueva estrella del modelaje y firmaron con ella acuerdos por tres años. Víctor no se quedó mucho tiempo y se fue a su casa decepcionado.

Hacía tiempo que el famoso genio de la lente no se emborrachaba, nunca había tenido un motivo tan fuerte como aquel día. Se había aislado en un mundo imaginario en el que se deleitaba con sus creaciones, soñando con el amor ideal. Se había inmunizado de la realidad buscando en un paraíso inexistente al objeto de su amor. Ahora lo sabía con precisión. Tenía deseos sexuales, estaba enamorado de Skönhet porque era la personificación de la mujer que había idealizado. Había decidido que era imposible encontrar y, más aún, conquistar a una mujer de ese tipo. La única que se le semejaba un poco era Debra Paget a quien tenía inmortalizada en una pancarta al lado del romántico gladiador Vittore Maturi o Dimitri. Recordó las palabras de Bella cuando, posando desnuda para la foto que la haría famosa, le dijo que si tuviera el pelo más corto y se afeitara el bigote sería como el guerrero romano. Se lo habían comentado otras personas, pero sólo la dulce voz de Bella le había dado credibilidad a las cosas. Decidió en convertirse en luchador de circo romano para ganarse su corazón y el primer contrincante era Gallardo. Se quedó pensando en su actitud y llegó a la conclusión de que el galán pretencioso no estaba enamorado y que sólo buscaba un beneficio económico y fama para poder seguirse relacionando con mujeres de la alta sociedad. Un vividor aprovechado y nada más. Le ofrecería dinero y lo separaría de su amada con trampas simples. Lo que no sabía Víctor era que, Pizarro, ya había tomado una decisión y pronto quitaría del camino al presumido Casanova.

Pasó una semana de tortura en la que el amor y el odio hicieron de Víctor un pelele. Bebió mucho, desconectó el teléfono y olvidó por completo sus compromisos. Tuvieron que ir hasta su propia casa a exigirle cordura, le reprocharon su ausencia y lo castigaron con entregas urgentes. Se tuvo que curar la resaca, ducharse y asistir a los eventos que demandaban su presencia y talento. Trabajó con desgana. Fue a un salón de belleza y pidió que le dejaran el pelo corto. Vio caer sus largos mechones y se sintió como un Sansón destrozado por Dalila, luego se afeitó el bigote. Quedó convertido en otro hombre y los que lo reconocieron le adularon el cambió. Había pasado de ser un artista bohemio con cabellera deslucida y bigote ralo, a verdadera estrella de cine. Silvia, que se había comprometido a cuidar los intereses de Bella, fue a exigir una explicación al silencio, pero cuando vio el rostro del nuevo Darmanián presagió el éxito total. Llamó de inmediato a su protegida, quien llegó con una colección enorme de vestidos y accesorios. El estudio se llenó de gente, la sesión de modelaje fue muy larga y terminaron tarde. No hubo ocasión de dedicarse a las fotos trascendentales por falta de tiempo, pero lo que tenían era suficiente para llenar las portadas de muchas revistas. Cerca de las tres de la madrugada, Víctor tuvo una conversación muy desagradable porque Skönhet le confesó su pasión por Mauricio, le reveló muchas intimidades y le habló de sus planes para el futuro. Él había estado tratando de borrar de su mente la imagen del vividor, pero el alcohol en lugar de diluirlo hacía que fuera más persistente su nombre. Lo veía   cubierto de una gruesa capa protectora. Se puso de mal humor, sin embargo, Bella se encargó de que desapareciera el rencor. Le preguntó si podía quedarse a dormir y Víctor le cedió su cama y se fue al diván, pero ella le pidió una copa de vino y cuando llegó con una bandeja y unos trozos de queso fresco se le acercó, se paró de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos, lo miró suspirando y se tiró con él en la cama.

Mauricio tenía la costumbre de relacionarse con los hombres de negocios para acercarse a sus esposas. Cuando descubría que las mujeres eran engañadas y estaban abandonadas por los importantes empresarios, aplicaba sus estrategias y se ofrecía enmendar los daños de los infieles maridos. Gallardo no sabía que le seguía los pasos el astuto Tuerto, como llamaban a Pizarro sus enemigos, los cuales no eran pocos. Marcelo Pizarro tenía el control de los productos clandestinos que le demandaba la alta sociedad. Las joyas robadas o exclusivas, las drogas y servicios delictivos o cualquier otro deseo que le exigieran los hombres ricos del país, eran el trabajo peculiar del mafioso. Tenía gusto por las modelos y era dueño de una agencia de mujeres escort que cobraban carísimo y llevaba el ridículo nombre de Pretty Woman. Su esposa estaba miles de kilómetros en una región de Italia, se encargaba de la educación de los niños y había recibido una solicitud de divorcio que era irrevocable, a pesar de tener el respaldo de las influyentes familias de su parte, pues El Tuerto que en su país era respetado por violento les había comunicado su deseo de casarse con una modelo. Por sus trajes negros, su olor a puro, sus comilonas, sus deseadas propinas y su enorme cara, rematada con unas gafas oscuras que nunca se quitaba para ocultar la cicatriz que uno de sus enemigos le había dejado en el ojo derecho, Pizarro era el cliente más deseado en los restaurantes lujosos de la ciudad. Había anunciado que pronto celebraría su boda. Invitó a los políticos y empresarios que no pudieron negarse, les impuso una tregua a sus enemigos y guardó en secreto el nombre de su futura cónyuge, pero las pistas que dio dejaron con la boca abierta a todos los curiosos porque era muy fácil adivinar que se trataba de la modelo Skönhet Berg.

Cuando se despertó, Víctor sintió el cuerpo de una hermosa mujer. No era como en sus sueños. Esta ocasión había estado en realidad en el aposento de Afrodita, pero no en esa fiesta en la que los extranjeros llegaban al santuario de la diosa del amor a pagar con una moneda los favores de las adeptas destinadas a la recolección de donativos para la manutención, sino con la misma deidad, que había vuelto locos a Zeus, Anquises, Pan, Adonis, Dionisio y Ares. Comenzó a besarle el pelo, ella despertó y buscó con destreza su excitación para conducirlo al laberinto de la pasión. Se perdieron en la ternura de la tibia oscuridad de sus párpados, descargaron su cariño empalagoso uniendo sus labios. Se dieron besos prohibidos y gozaron con el meloso aroma de sus cuerpos. Skönhet parecía la Galatea transformada. Víctor no podía creerlo y pensó que sus rezos interminables por fin habían sido escuchados. Unos ojos fingiendo timidez le revelaron la verdad y fue feliz. La dicha, que se le había escondido siempre, se le entregaba ahora franca y dócil. No pudo contener el deseo de sus labios y satisfizo el hambre de toda la vida. Una hora después Bella se levantó y se fue a la ducha, le hizo una llamada a Mauricio para que la recogiera y se sentó a desayunar lo que Víctor le había preparado con cariño. Notó su mueca de púgil vencido. Le dijo que no dejaría nunca a Mauricio, que podía acostarse con ella cuando lo deseara, pero que su corazón pertenecía a otro. Víctor lloró en silencio y la acompañó hasta la puerta. Tuvo una tarde gris.

Mauricio había pasado unos días cortejando a una importante dama y cuando llegó por Skönhet lo único que tenía en la cabeza era la lista de pasos que tendría que dar por la noche para meterse en el lecho de la mujer que lo haría famoso y rico. No lamentaba en absoluto la pérdida de su amante porque siempre tendría la posibilidad de reconquistarla. Se portó amable y fue condescendiente con las exigencias de Bella. Comieron juntos y calmaron el apetito, pero la tensión comenzó ejercer una presión insoportable dentro de Gallardo que reveló sus planes de abrir un receso en la relación. Bella no aceptó las explicaciones de su amante y le exigió que respetara el juramento que le había hecho. La urgencia impidió que Mauricio se quedara y salió con la promesa de volver pronto. Para bella el golpe fue duro, pero como tenía el recuerdo de las caricias de Víctor, pensó que tal vez las cosas se estaban acomodando para liberarse de las mentiras de Mauricio. Lo malo es que se sentía atada a él y estaba dispuesta a darlo todo con tal de tenerlo, aunque fuera como amante. Decidió no pensar en nada y se fue a descansar a su cama. Durmió bien y despertó con bríos. Empezó a llamar a algunas personas para comunicarles sus planes. Notó que la gente aceptaba con gusto sus promesas, pero un temblorcillo en las voces le despertó un mal presentimiento. No sabía de qué se trataba exactamente y el enceguecedor brillo del próspero futuro le dejó ardor en los ojos.
Víctor recibió la noticia cuando estaba luchando con sus sentimientos y no encontraba la forma de conjuntar y retocar algunas fotografías que se habían acumulado en su mesa de trabajo y le exigían prisa y determinación. Cogió el teléfono. Era Silvia que con voz nerviosa le dijo que leyera las noticias. La actitud de cualquier persona habría sido lamentar la muerte, pero para él fue una solución favorable que le traería a su amada para resguardarla primero y apoderarse de ella, después. Le golpeteó el corazón y se anegó de dicha. Leyó el reportaje como si quisiera comprobar que no había sido un error o una broma de algún periodista para ilusionarlo. Era verdad, habían encontrado el cuerpo de Mauricio Gallardo atiborrado de plomo. Lo habían atacado con metralletas frente a la casa de una influyente mujer de la cual se ocultaba el nombre para no entorpecer las investigaciones. Víctor llamó a Silvia para pedirle consejo, ella ya tenía un plan porque estaba al tanto de la relación de Mauricio con Bella y de ésta con Víctor, así que le pidió que se reunieran en el piso de la modelo, le comunicaran las malas nuevas y que aprovechara el desconsuelo para refugiarla en sus con suavidad, ternura y comprensión. El saber que obtendría el corazón de Bella le produjo retortijones. Para él, esa era la oportunidad que había esperado toda la vida, era como un milagro. Sabía que si todo salía bien pronto podría casarse con Skönhet y ser el hombre más dichoso del mundo, pero primero tenía que pasar por el infierno. Les abrió la puerta con una sonrisa sincera, les contó un poco los planes que tenía, pero cuando la cara de palo que tenían sus visitantes  le cortó la inspiración, preguntó si pasaba algo malo. Lamentó mucho no haber contenido su curiosidad porque la respuesta la fulminó, se convirtió en un mar de llanto que fue borrando los proyectos que se había planteado para olvidar la traición de Mauricio, quien era una coladera congelada en la morgue. Tuvieron que ir a reconocer el cadáver. Hubo gritos, represalias inútiles, súplicas para conseguir la venganza y un desfallecimiento que dejó a Bella en una cama de hospital. Se recuperó al tercer día como si su caso se hubiera escrito en la sagrada Biblia. Salió muy débil y Silvia decidió que lo mejor sería que permaneciera bajo los cuidados de Víctor. Dormían juntos, pero evitaban hablar y tocarse. Pasó una semana y Skönhet decidió que no debía ser un obstáculo en el trabajo del talentoso artista, pero él dijo que estaría hasta el final con ella. Hubo una propuesta para presentar las fotos de Bella en el museo de Nueva York, la noticia llegó gracias a las buenas relaciones de Silvia Cardinale. El viaje fue muy agradable y comenzaron a desaparecer algunos recuerdos de Mauricio para dejarle sitio a las ingeniosas ocurrencias de Víctor, que había cambiado mucho y era cada vez más simpático. En el Museo de Arte Moderno, en pleno Manhattan, una fotografía de cuatro metros cuadrados, firmada con un rotulador negro, fue vista por las grandes estrellas del cine, amantes de la fotografía y turistas que se llevaron un autógrafo en sus álbumes. Skönhet recibió propuestas para trabajar en el cine. Se quedó con varias tarjetas de empresarios del séptimo arte. Prometió ponerse en contacto con ellos y puso la condición de que siempre la acompañara su amigo Darmanián. 

Había otra fotografía del mismo tipo en la casa de Pizarro. Ocupaba la pared de su oficina y era lo único que veía el temido jefe de los grupos criminales más crueles. Marcelo se quitaba las gafas negras, se servía una copa de coñac, prendía su habano, se acomodaba en su enorme butaca y comenzaba a decir después de cada sorbo de alcohol sus obscenidades. Era la forma en que podía disfrutar del sexo. Si no había suciedad verbal no obtenía placer, por eso, soltaba frente a la mujer que permanecía desnuda, con los ojos colgados en el horizonte y con una mano entre la entrepierna insinuando que uno de sus dedos la complacía; una retahíla de maldiciones. Cuando el licor le calentaba la cabeza empezaba a jadear. Sabía que la demanda de divorcio ya había sido firmada, que su ex mujer no había puesto trabas y que consideraba la separación como una oportunidad para acostarse libremente con el guardaespaldas que la había protegido durante los cinco años que había durado la ausencia de su marido. Todos salían beneficiados con el nuevo estado civil de El Tuerto. Marcelo llamó a su agencia y preguntó por las chicas que estaban disponibles en ese momento. La respuesta lo desilusionó porque buscaba una mujer de belleza exótica con rasgos tártaros y caucásicos, con el pelo castaño y cara de muñeca, de cuerpo firme, muy blanco y bien formado, y, sobre todo, de estatura mediana tirando a bajita. Descubrió que su agencia no la tenía, que estaba fuera del país y que tendría que esperar unos meses más para ejecutar su plan. Se decidió por una brasileña muy alegre, de labios voluptuosos y energía infinita. Quería explotar por dentro con un orgasmo que lo hiciera temblar tanto que su cuerpo se cuarteara y se resquebrajara mientras Bella volvía de NY. La única mujer, en ese momento, que podría lograrlo era D-O Diana Oliver, copia de una de las campeonas del Bumbum brasileño. La recibió en su estudio y la poseyó frente a su enorme poster, gritó como demente durante dos horas, luego se quedó tendido en la alfombra hasta que por la noche el hambre lo despertó. Vio la imagen de Bella y aceptó con todo el dolor de su corazón que la pasión animal, la perversión y el placer loco eran una ilusión que no podían sustituir la vanidad de poseer algo sagrado, algo que se encontraba muy dentro del inconsciente colectivo y que era como hacerse el dueño de una parte de los deseos de la humanidad. No sabía que esa necesidad la habían sufrido todos los pintores que se habían imaginado a Afrodita y habían muerto por el efecto de su inalcanzable sueño. Él tenía poder, dinero y deseo, por esa razón lo lograría, no iba a escatimar ni un quinto, ni lágrimas si fuera necesario para lograrlo. Comenzó a obsesionarse.

Cuando volvió la pareja de su presentación en NY. Silvia organizó una reunión en su casa. Entre los invitados estaba un famoso intelectual que tenía como objetivo resaltar las dotes de la pareja que con tanto éxito había representado el arte en un museo de fama internacional. También, se encontraba un periodista muy respetado por sus artículos en el diario más popular del país. La intención de Silvia era ocultar sus temores causados por las nubes amenazantes que ensombrecían la vida de Bella. Era bien sabido, entre los empresarios y funcionarios, que la alfombra roja que recibía cada año a las estrellas del cine nacional soportaría pronto el paso de un enorme extorsionador acompañado de la modelo más popular para celebrar la boda de la década. La casa de La Cardinale era conocida porque cada mes se aparcaban alrededor una cantidad de coches caros y esta vez un grupo de fotógrafos había tenido la oportunidad de hacer fotos de la modelo más prometedora al lado de su retratista personal. Era un buen material para la prensa y nadie quería perdérselo.

Con cada impulso del cuerpo de Víctor iba saliendo en riachuelos la escoria que había dejado Mauricio. Llegó el momento en que no quedaron resquicios del niño insolente con cara de conquistador. Darmanián, el artista y el hombre, ocupó el sitio más alto en la estima de Bella. Se había plantado la semilla que daría lugar a un frondoso árbol de hermosos y tiernos frutos. Skönhet comenzó a olvidar poco a poco las caricias y bromas pesadas de Gallardo y comenzó a apreciar el trato que recibía de Víctor. Cuando el artista no sabía cómo mejorar un trabajo le pedía su opinión a Bella y está, con un increíble sentido común, le marcaba el camino correcto con sólo decir una palabra o hacer un gesto. Pronto el trabajo en colaboración desató una cadena de llamadas demandando más materiales. Se organizó otra exposición y se anunció que la pareja se presentaría en el Palacio de las Bellas Artes para encabezar la pasarela de una marca parisina muy famosa. La música moderna se deslizó por las paredes de mármol, las zapatillas y chasquidos de los besos falsos de las mujeres le puso chispa al evento. Se anunció la nueva colección para el verano y se firmaron muchos cheques por debajo del agua para conseguir tal o cual prenda. Incluso La Cardinale se animó a comprar uno de los vestidos que había lucido Skönher esa tarde. Bella estaba increíble sin la presencia de Gallardo el cual se iba hundiendo cada vez más en su fosa. Silvia lo había hecho para sentirse otra vez joven. Recordó mientras Bella caminaba con gracia sobre el estrado, sus años de juventud cuando el mismo Burt Lancaster se le había acercado para invitarla a salir, pero la llegada de June les había echado abajo el teatrito y La Cardinale rompecorazones había tenido que conformarse con la ilusión de lo que habría podido disfrutar si se hubiera concertado la cita. El nuevo Víctor se lo recordaba, era como una variante armenia del sacerdote impostor Elmer Granty, pero convertido en un gladiador fotógrafo. A la hora de los canapés y las copas, los periodistas aprovecharon para elogiar en su papel de oráculos, el esfuerzo de los diseñadores y la belleza de las modelos, sobre todo la de la señorita Berg, que estaba convirtiéndose en un ícono de la moda gracias a su atractivo exótico propio de los años cincuenta del siglo veinte. Esa noche Bella le pidió a Víctor que le hiciera unas fotos a media luz. Se despojó de la ropa y se acomodó el pelo para repetir el cuadro que la había hecho famosa. Tenía hambre de fama y la carne le pedía la ternura y perseverancia de Darmanián a quien en los momentos más ardientes llamaba Dartañán. La cámara emitía un sonido de serpiente de cascabel apresando las imágenes de la excitada mujer que se frotaba el cuerpo con desesperación. Después gritó y se lanzó sobre Víctor que enfrentó la lucha con suavidad, como si de antemano se hubiera predispuesto a soportar los mordiscos salvajes de su diosa. Con esa sesión firmaron para siempre su unión y la respiración de los dos se coordinó para convertirlos en un amalgamado ser mitológico.

Tres semanas duró el idilio que desbordaba por las ranuras de la casa. Los abrazos, los momentos estancados en la línea del tiempo, en los que se miraban sin parpadear, y las interminables caricias los transformaron. Ya no se borraba la sonrisa de sus labios y los ojos destellaban como si vieran a través de la ilusión. Por desgracia, El Tuerto ya estaba listo para dar el paso definitivo. Dio la orden de tender la alfombra roja y preparar la sala para el gran evento de su vida. Lo primero que hizo fue entrevistarse con Skönhet y amenazarla con matar a su amado Víctor y sus conocidos si no accedía a casarse con él. La resistencia fue heroica, tuvieron que domarla a golpes y adormecerla con drogas para que entrara en razón. Cuando Víctor la encontró, porque la policía estaba avisada de los planes del mafioso y no había movido un solo dedo para aclarar la desaparición, Bella le dijo que la estaban obligando, que la única forma de demostrarle su amor era accediendo a los deseos del monstruo. Fue imposible cambiar el curso de las cosas.

Se celebró la boda y no desapareció la sonrisa del rostro de Skönhet porque sabía que en cuanto se pusiera triste o llorara lamentando su destino, su Dartañán recibiría un balazo en la cabeza. Comió el pastel, besó a su marido, lanzó el ramo de novia y se levantó el vestido para quitarse la liga y arrojársela a los amigos de su marido. El lujo era excesivo, le habían pagado el doble de sus honorarios a un artista americano que interpretaba el hit del momento. Todos los periódicos atiborraron sus secciones de sociedad con los mejores momentos de la fiesta, lo único que desencajaba un poco era lo que estaba escrito en las columnas, pues ponían que la hermosa modelo había pagado la fiesta para agradecerle a su mecenas que la hubiera llevado tan rápido a la cúspide de la gloria. La gente sabía que no era así y los rumores comenzaron a extenderse como marabunta, llegaron hasta los oídos de Víctor y lo obligaron a tomar una decisión. Pensó en suicidarse para liberar del yugo a su amada, pero La Cardinale llegó a tiempo para salvarlo. Estuvo internado unos días y luego lo dieron de alta.

La tristeza opacó la casa del enorme vitral. El trabajo comenzó a ser más esporádico y luego ya no fueron necesarios los servicios del fotógrafo que afirmaba haberse retirado para siempre del escenario. Bella quedó embarazada y desapareció por completo. Su única satisfacción era la de haber salvado a su amigo. Llevaba con dificultad la soledad y aislamiento en los que la tenía Marcelo, pues éste había descubierto que eso de conquistar un mito y poseer lo que añora la humanidad eran puras patrañas y en lugar de saciarse con Bella empezó a buscar a las modelos de su agencia. Parecía que el nuevo matrimonio lo había condenado a la abstinencia en su casa y a la depravación en la calle. Se aparecía por las instalaciones de Pretty Woman a todas horas. Tenía una habitación reservada para las entrevistas, pero la usaba sólo para desnudar a las modelos. Hubo una colombiana, Camelia Urbina, que soportó las humillaciones y amenazas, pero no dejó de buscar la oportunidad para escaparse o librarse del despreciable cerdo que la tenía como una de sus favoritas. Llegó un momento en la vida de la escort en que su vida pendía de un hilo y debía tomar una decisión. La carga que la hacía tambalearse, la arrinconaba en un hueco de su habitación y le impedía ver la luz de la vida real. Era por causa de las inyecciones con las que controlaban su actitud rebelde. Había una orden concreta de administrarle heroína después de sus encuentros, pues en alguna ocasión había tratado de estrangular a alguno de sus clientes y para que escarmentara la adormecían. Ella había aprendido rápido, por eso, cada vez que el pelirrojo Diego Fuente se le aproximaba con la jeringa, ella preparaba su mente para razonar, para urdir el plan que finalmente la sacaría de esa casa de muñecas y la orientaría a su Cali natal. Una vez un cliente, que estaba perdidamente enamorado de ella, le propuso fugarse con él. Ella le habló del enorme riesgo que correrían en caso de intentarlo, pero se encontró una solución y el joven abogado le consiguió una pistola muy pequeña para que la usara en caso de urgencia. Camelia tenía los senos muy pequeños, por eso había comprado unas copas de esponja para su vestido y había aprovechado la situación para zurcir un compartimiento secreto en sus bolsos. Portaba el arma oculta en el forro como si se tratara de un encendedor. La ocasión en que la llamó Pizarro. Ella había regresado de un encuentro con dos clientes que la habían mortificado con su complejo de hombría. Había tenido que someterse a los caprichos de los amigos selectos del Tuerto. Cuando volvió ya estaba lista para que la drogaran, pero le salió al paso Marcelo y Diego tuvo que esperar con la dosis en la mano. Luego, se resignó y escondió la jeringa para que las chicas adictas no se aprovecharan de la situación. Pizarro comenzó a abrazarla y apretarle las carnes. Ella estaba sucia pero no se lo dijo a su jefe. Empezaron a oírse las sandeces del enorme Tuerto, aplastó con todo su peso a Camelia y esta le pidió que cambiaran de posición. Ella se le montó y le dio una bofetada. La reacción hubiera sido apalearla, pero sintió que ella contraía el vientre con una fuerza descomunal y él se rió. Le dijo que entendía su juego, cerró los ojos, entonces ella se inclinó y lo besó con pasión. Con la mano derecha la joven empezó a hurgar en el bolso. Movía con rapidez las caderas y Marcelo gemía y vociferaba. Despacio, Camelia, se enderezó, acomodó el martillo de la pistolita y apuntó al corazón y jaló el gatillo, pero en ese mismo instante, el gordo enorme sufrió un calambre que lo hizo retorcerse y como resultado la colombiana fue lanzada al piso. Marcelo vio la pistola y la cara de la sorprendida de Camelia. La cargo en vilo y la lanzó con mucha fuerza por el balcón. Estaban en un quinto piso y la pobre chica se hizo papilla. Los pocos vecinos que vieron el suceso no se atrevieron a salir porque sabían quién era el causante del desastre. Llegó la policía y Marcelo bajó a darles instrucciones concretas, ellos entendieron y se llevaron una buena suma de dinero. Por casualidad un reportero que volvía de una marcha en el centro vio el cadáver y tomó fotos. Luego sacó sus propias conclusiones, se garbó las declaraciones que habían hecho los policías y cuando se puso en marcha la ambulancia, Doroteo Fernández, ya se había colado en el interior argumentando que era un familiar. El periodista tenía poco tiempo trabajando en el diario y quería destacar con algún artículo escandaloso que le pusiera el dedo en la llaga a una sociedad habituada a la tragedia. Fue por esa razón que tomó fotos de la colombiana suicida, investigó las actividades de la agencia de modelos Pretty Woman y contrató los servicios de la chica más barata para hacerle una entrevista. El resultado fue muy bueno y desveló algunas de las artimañas que usaban los grupos criminales para lavar dinero y explotar a sus esclavas sexuales.

 La prensa publicó durante dos semanas las columnas en las que se hablaba de las actividades delictivas de Marcelo Pizarro. Éste oyó lo que se rumoraba de él y para poner cerco al periodista le ordenó a uno de sus matones que se encargara del indisciplinado corresponsal. Una semana más tarde apareció en un departamento pequeño de una colonia popular el cuerpo de Doroteo. Según la prensa, los resultados de la autopsia revelaban que la causa de su fallecimiento era una sobredosis de heroína. El comunicado decía que Doroteo había invitado a dos prostitutas a su casa, se había metido varias inyecciones y había sufrido un paro cardiaco en el momento del coito. Había una sola fotografía en la que aparecía el periodista Fernández con un traje azul marino al lado de unos empresarios famosos. Los lectores se asombraron por unos segundos al leer las noticias, pero cuando vieron satisfecho su morbo y sintieron despierta su imaginación se dedicaron a especular. Gracias a la desinformación aparecieron los bulos y chistes relacionados con Doroteo. Quien no lo tomó tan a la ligera fue un colombiano de la ciudad de Cali que se había relacionado con uno de los grupos delictivos que había tenido siempre conflictos con El Tuerto. Se llamaba Froilán Campos Urbina y era pariente de la difunta. Era un matón a sueldo que por seguridad y ética no leía los periódicos ni veía la televisión, no indagaba sobre la vida de sus víctimas y se había acostumbrado a ejecutar las órdenes de su jefe que lo tenía en alta estima dada la eficacia de su trabajo. Armando García, el oponente principal de El Tuerto, se lo había llevado como guardaespaldas a una reunión con unos socios para aclarar los aspectos relacionados con el tráfico de armas, pues había oído que unos mafiosos procedentes de Europa del Este habían empezado a comerciar con armamento de producción eslava y se estaban abriendo un hueco entre los territorios de Pizarro, que tenía el control total de armas gringas, y el suyo. Armando vendía toda la producción china y los nuevos, que con sus metralletas estaban ganando terreno de forma asombrosa, le comenzaban a estorbar. Entre otras cosas Froilán oyó la pésima situación en la que se había encontrado su prima. Era una joven de veintidós años que había sido transportada con engaños a la agencia Pretty Woman, se había revelado contra los extorsionadores y recibía palizas a menudo. Era una mujer de carácter muy fuerte y no habían conseguido domarla hasta el final. Era muy atractiva y los clientes la solicitaban mucho. Sus servicios le habían dejado un jugoso beneficio a Marcelo Pizarro. Las risas y burlas que hicieron de la pobre chica hicieron que le temblaran las manos a Froilán. Estaba acostumbrado a ser inmisericorde y rudo, jamás sintió lástima por nadie y la dura vida que había llevado lo inmunizó del sentimentalismo. Recordó como había pasado varios años de su infancia jugando con su atrevida prima que le había enseñado a ser despiadado y valiente en los juegos de piratas, indios y vaqueros. Contuvo las lágrimas, pero un chorro de bilis le provocó que le doliera el hígado y sabía que no podría quitarse el agudo piquete hasta que no vengara la muerte de su adorada Texanita como le decía de cariño.
La existencia de Víctor se vio cubierta por un manto gris. Empezó una caída en picada que le fue llenando el alma de apatía y vació con cierta rapidez sus cuentas bancarias. No tenía muchos ahorros y la venta de sus fotografías y servicios se empezaron a devaluar. La razón era su descuido. No cumplía con los compromisos que había adquirido, vagaba por su colonia durante muchas horas, no se duchaba ni se ocupaba del cuidado de su ropa. Se fue convirtiendo en un pordiosero. La gente ya no lo saludaba porque no lo reconocía. Los aromas que tanto había evitado en su vida escupiendo para no tener dolor de estómago, ahora eran parte del sabor agrio que sentía por la vida. En realidad, quería morir porque toda su ilusión se la había robado Pizarro. No podía vivir pensando que su amada se había sacrificado por él. Sería mejor ponerle fin a su vida y liberarla de las cadenas del ogro. Muriendo él —se decía con los ojos clavados en el suelo—ella resucitaría. De vez en cuando recibía noticias de La Cardinale, quien tenía infiltrada a una sirvienta en la casa de Skönhet, y le mantenía al tanto de los acontecimientos. Víctor sabía que era madre de unos preciosos mellizos, que El Tuerto no la tocaba, y que estaba resignada a seguir enclaustrada para garantizar su vida. Silvia ya no le hablaba directamente y le mandaba chicos de la calle con notas o cartas en las que le explicaba todo. El ex fotógrafo se iba resbalando lentamente por la cuesta de la degradación y el oscuro gris y negro de su vida lo estaban conduciendo al final. No se había atrevido a suicidarse de nuevo y esperaba que pronto su caída fuera rápida para acabar con el tormento de una vez por todas. Un día se paró en el sitio donde había visto a Carlitos. Recordó la cara de alegría cuando le dio el billete de quinientos, el niño había crecido y se le había endurecido la cara. Cuando se acercó a saludarlo, recibió el rechazo inmediato. Le dijo que le iba a espantar a los clientes, que se fuera y no lo molestara. Víctor empezó a contarle lo del billete, pero el chico le dio una patada como si se tratara de un perro. Con el amor propio herido, pero sin mucho dolor físico, el artista se fue a su casa decidido a morir.

Pasó varias semanas alimentándose de lo que encontraba en su despensa. Un día tuvieron que forzar la puerta de su casa para saber si seguía vivo. Silvia había recibido de vuelta todas las misivas que le había enviado, por eso sospechó que las cosas no andaban bien. Lo llevaron a un hospital en el que su esquelético cuerpo quedó conectado a una pequeña bolsa de suero. Lo visitó su amiga, le llevó flores y le pidió que se enfrentara a la verdad con determinación, no podía doblar las manos tan fácilmente. Tenía que dejar de conducirse como un niño caprichoso y volver a su trabajo. Unos cuarenta minutos estuvo escuchando las palabras de Silvia y cuando ella no tuvo más que decir se fue advirtiéndole que si no cambiaba lo dejaría morir sin remedio. Gracias a los regaños decidió cambiar. Salió del hospital y el manto de plomo, que lo había tenido apresado en la depresión, desapareció. Volvieron algunos tonos a su vida, aunque seguían siendo pardos por lo fatídico de su pérdida, resultaron suficientes para motivarlo a seguir en el camino de la creatividad.  Encontró su casa hecha una pocilga, apestaba a excremento y orina, y el aire parecía tener un polvo rancio que producía arqueadas. Empezó a hacer una limpieza profunda. Tardó mucho en limpiar porque no tenía fuerzas. Decidió fortalecerse, se miró en el espejo y pensó que en el hospital habían sido muy benévolos con él, o alguien había pagado mucho para que se le atendiera como persona y no como en lo que se había convertido. Se limpió a consciencia, se cortó las largas uñas y se ató los pantalones que era como de cuatro tallas más grandes. Compró un poco de comida y en una peluquería barata se rapó. Al pasar por un escaparate se dijo que parecía haber salido de un campo de concentración. Sintió pena de si mismo. Así, jamás recuperarás a Bella —se dijo haciendo muecas frente a su reflejo —, ni podrás enfrentarte al Polifemo que se llevó a tu amada. Esas palabras le sirvieron de chispazo para generar ideas. Se dio de cachetadas por haber mostrado tanta cobardía. ¿Dónde había quedado ese apuesto gladiador con cara de Víctor Mature? ¿Por qué había entregado a su inocente amada sin luchar? ¿Para qué lloriqueaba por lo que no había sabido defender como hombre? Esas preguntas lo atosigaron varios días. Se encontró con La Cardinale y le expresó su deseo de volver a la lucha. Ella se alegró y le dijo que primero tenía que fortalecerse. Empezó a comer bien. Volvió a la calle donde trabajaba Carlitos y le pidió que le lustrara los zapatos. El muchacho empezó su trabajo de marinero de regata y lustró con esmero los puntiagudos zapatos de piel de cabra. Víctor lo miró y le recordó que él era su amigo el fotógrafo. Carlitos se acordó del estrechón de manos y la cara de satisfacción de su padre. No le voy a cobrar señor —dijo Carlos con voz entrecortada—, pero Víctor le volvió a estrechar la mano, le dio otra vez los quinientos y le agradeció, en broma, la patada que lo había devuelto a la vida. Se rieron como si se hubieran contado un ingenioso chiste.

A los dos meses de alimentarse bien y practicar deporte, Víctor tenía otra vez su buena apariencia. Se hizo miembro de un club de tiro y empezó a practicar. Volvió a tomar fotos y su nuevo ojo clínico forjado por los dolores que había pasado creó nuevas imágenes. Sus cuadros ya no eran románticos ni se apoyaban en los colores o bellos contrastes de blanco y negro. Ahora mostraban los sentimientos en bruto, enseñaban el interior real de las personas. Su primera exposición reveló las extracciones de la mina del espíritu humano. Las personas no lo reconocían y la crudeza de su cámara hacía llorar a los espectadores. Si antes el juego de mostrar la perversión oculta producía un placer retenido, sus nuevos cuadros eran un llamado a la consciencia, un reproche al buen juicio. Comenzaron a salir artículos sobre su obra. Se hablaba muy bien del nuevo Darmanián. Se le reservó una exposición permanente en un museo de arte moderno. Su habilidad en el tiro comenzó a dejarle algunas medallas y premios en categorías de aficionado. Parecía que el plan que había urdido pronto se vería realizado. Lo único que tenía que saber era el lugar y el sitio exacto para actuar. Esperó con mucha paciencia. Le pidió a la sirvienta infiltrada en casa de Bella que le diera informes sobre las actividades de Pizarro. Por desgracia, el monstruo sólo se dedicaba a satisfacer su hambre de animal en brama. Después del suceso con la colombiana y la muerte de Doroteo, se había convertido en un hombre menos impulsivo, por pura prevención, y se reunía con sus socios en su propio despacho. Cuando salía a los lugares que frecuentaba, le pedía a su equipo de seguridad que tomara medidas adicionales para garantizar su seguridad. La razón era que, los contrabandistas de armas eslavas lo habían amenazado por haberles quitado algunos clientes y por haberles matado a uno de los cabecillas que era de origen serbio y había combatido en los Balcanes. Por otro lado, la fotografía de Skönhet se había arrumbado en un cuarto de cacharros. Los encuentros conyugales eran nulos y cuando se cruzaban por casualidad, intercambiaban un saludo y se retiraban cada uno a la parte de la casa que le correspondía. Bella vaciaba su amor en los niños. No quería que fueran como su padre y les enseñaba a hablar con corrección. Los pequeños apenas balbuceaban alguna cosa, pero por la expresión de sus ojos estaba claro que aprendían las lecciones muy bien. Bella casi no salía por que tenía impuesto el enclaustro, sin embargo, cuando tenía alguna urgencia y se le permitía salir iba protegida por las gafas de sol y tres guaruras que no se le despegaban ni para ir a los probadores. En los grandes almacenes nadie la recordaba, la gente se había olvidado de ella y ni siquiera el escándalo que había provocado su decisión de pagar, por casarse con el hombre más despreciado en el país, perduraba. Las dependientas se quedaban con la boca abierta cuando oían su nombre de soltera. La miraban de arriba a abajo y fingían respeto. Skönhet sentía desprecio por su situación y para no mortificarse pensaba en su Dartañán del cual estaba orgullosa porque había podido recuperarse y salir de nuevo avante en el mundo del arte. Lo echaba mucho de menos y en ocasiones soñaba que se reunía con él. De la sombra de Mauricio no quedaba absolutamente nada.

Darmanián reservaba todos los días armas en el club y los afiliados decían que se estaba preparando para algún torneo importante de tiro porque había mejorado su técnica y sus resultados eran impresionantes. Pasaba dos horas al día perforando con las balas el corazón y la cabeza de los cartelones que ponía a seis metros de distancia en su cámara de tiro. Por las tardes comía con algunos conocidos y luego acudía a las exposiciones donde se le requería para firmar sus trabajos. En la noche se sentaba a escuchar sus fragmentos de la ópera de Händel, pero ya no veía sus libros de ilustraciones del siglo XVII, sino que repasaba su plan para eliminar a Pizarro. Sabía que en el mes de mayo había concertado un encuentro en un bar en el que se encontraría con Serguei el bielorruso que abastecía a las pequeñas bandas de armamento de primera. Ya tenía un contacto que lo dejaría entrar ese día sin registrarlo en el libro de visitas. Se había dedicado a cavar un agujero en uno de los baños y tenía un pequeño compartimiento disimulado debajo del lavabo con un arma ligera, segura y de calibre apropiado. Durmió tranquilo y al día siguiente fue a ver a Carlos para que le ayudara con un par de zapatos de color azul que necesitaba para el traje que llevaría el día de su plan. Su amigo lo saludó con alegría y le dijo que no se preocupara, que tenía tintas y grasas del color que necesitaba y que si le daba un minuto se los tendría listos en un santiamén. Víctor se sentó a esperar y Carlos le dio el período matutino. Con parsimonia empezó a ver las malas fotos que ilustraban el diario, pero su mirada se detuvo en una noticia muy pequeña al lado de la cual estaba la foto de un criminal.

Froilán Campos Urbina, sospechoso del asesinato del dueño de una famosa empresa de edecanes y modelos, se encuentra prófugo. El director de la policía ha organizado un operativo para atrapar al responsable de la muerte del empresario. El homicidio parece ser una venganza dadas las coincidencias. El criminal es pariente de Camelia Urbina que hace menos de un año fue encontrada en medio de la calle desnuda y con una sobredosis de heroína. La modelo de veintitrés años había salido de su país natal en busca del éxito en las pasarelas, sin embargo, había sido rechazada y su atractivo sexual la llevó a convertirse en una servidora intima de lujo. La agencia en la que trabajaba dice que sólo tenían su teléfono móvil. Por razones de seguridad no se revela el nombre de la agencia.
La noticia hizo que Víctor se pusiera de pie con rapidez. Carlos le pidió que se sentara para terminar con su trabajo. No fue posible, el artista se alejó con pasos rápidos y largos. Llegó a la casa de La Cardinale, entró muy precipitado y le mostró con el índice la noticia. Silvia leyó incrédula, estaba muy nerviosa y no podía hablar. Víctor le dijo que era Pizarro y que Froilán Campos se le había adelantado. Al enterarse de los planes de su amigo, Silvia casi se desmaya, pero sintió como la sujetaban unas manos fuertes. Darmanián le dijo que por fin podrían rescatar a Bella, que debían ir a sacarla de su casa lo más pronto posible.

Con la desaparición de Pizarro empezó una oleada de violencia en la ciudad y las réplicas del terremoto llegaron hasta Italia. Los familiares del enorme gordo se dispusieron a viajar para recuperar el cadáver y enterrarlo en su tierra natal. Tenían el objetivo de eliminar a la impostora Skönhet a quien consideraban una de las cómplices del crimen. Le querían quitar las propiedades y el dinero, que, como suponían, le había dejado Pizarro en un testamento. Había muchísimo dinero de por medio. Por fortuna, La Cardinale con su gran experiencia llamó a su infiltrada, le dijo que llegaría en compañía de un prestigioso abogado y que Skönhet preparara a los niños para llevárselos de allí. El encuentro fue conmovedor pero las premuras impidieron que hubiera abrazos y lágrimas. Bella firmó un documento en el que cedía todos sus derechos de las cuentas bancarias, propiedades, coches y cualquier cosa que tuviera un valor económico, a la familia Pizarro. En primer lugar, al hermano mayor, en segundo, a sus hermanas y, por último, al primo Vito de quien siempre decía que era primordial en la familia.

Víctor se puso feliz cuando abrió la puerta y se encontró con el tierno rostro maternal de Bella. Le ayudó con los niños e intercambió una mirada pícara con La Cardinale que sólo daba órdenes. Las instrucciones fueron muy precisas. Llamar a Madrid para que los recibieran en una de las propiedades de Silvia, mover todos los contactos para obtener la documentación necesaria para viajar a Europa y comprar los boletos de avión. Salieron al día siguiente. Parecían un joven matrimonio que se iba de vacaciones. Facturaron la única maleta pesada que llevaban, pasaron el control de pasaportes y recibieron los buenos deseos del personal de la línea aérea ibérica. Cuando llegaron a la capital española, se instalaron en un piso amplio y céntrico. Al tercer día de su estancia Darmanián recibió a los representantes de una revista y un famoso diseñador le dio cita a Skönhet para consultarle su opinión sobre una colección que deseaba lanzar. Las perspectivas eran muy buenas. Víctor anunció que se casaría pronto. Una noche el fotógrafo quiso poner su música de la ópera de Acis y Galatea de Händel, pero no podía despertar a los niños, por lo que tuvo que irse a dormir. Skönhet lo recibió desnuda, con el pelo suelto. La habitación estaba muy poco iluminada y le preguntó si podía repetir la sesión de la primera vez. Se rieron mucho, pusieron un trípode con la cámara en régimen automático y esperaron el momento más adecuado para quedar capturados en el momento más dulce de su vida.   

sábado, 5 de agosto de 2017

Amor a las alturas

El sermón de Leticia me estaba cascando la cabeza. Llevaba media hora reprochándome mi falta de atención, mi actitud pretenciosa y mis distracciones que se habían hecho más frecuentes las últimas semanas. Por lo regular, después de discutir una hora, nos reconciliábamos, pero presentí que en esa ocasión sería imposible hacerlo porque estaba resuelta a cortar conmigo para siempre. Lamenté mucho que los esfuerzos por conquistarla terminaran de esa forma, como un castillito de arena pisoteado por unos niños traviesos en la playa. Mi amigo José me había adiestrado en la técnica de la conquista. Era simple, teníamos que preguntarles a las chicas que nos gustaban su signo del zodiaco, luego consultar el horóscopo y aprendernos, en el libro de Linda Goodman, todas las características astrales de la víctima en turno. Lety era Piscis y yo Géminis por lo que la relación, según la astrología, estaba muy lejos de ser la ideal. Nunca me tomé tan en serio esas patrañas porque me pareció imposible que esas tonterías sirvieran como reglas para regir el carácter tan variopinto de todas las personas, sin embargo, mientras me había conducido con mi novia como si fuera un Cáncer todo había ido bien. Los problemas empezaron cuando ella se enamoró y a mí se me empezó a terminar la paciencia y saqué al verdadero Gerardo que no era ni romántico ni acomedido ni estable ni soñador. Ella quería tenerme encerrado en su paraíso acuático como si viviéramos en un estanque en el que ella se paseaba con toda comodidad mientras a mí me asfixiaba la falta de aire, los grilletes melosos de su dependencia y su poca versatilidad. Fue por eso, por lo que aprovechó una pequeña distracción de mi parte para echarme el capuchino, que ni siquiera había probado, en mi elegantísima camisa de satén rosa. Por fortuna ya estaba frio, pero lo inesperado de la agresión me hizo gritar como si la bebida estuviera hirviendo. Se levantó y se fue golpeando sus tacones contra el piso de mármol, sólo vi como su pequeño cuerpo aprisionado dentro de su entallado vestido blanco se alejó. Vi sus caireles negros agitarse como olas en el viento y sus grandes ojos negros engalanados con sus pestañas postizas se desvanecieron, luego sus protuberantes labios rojos se deshincharon y despareció por completo. La mesera me trajo una servilleta de tela y se me quedó mirando con lástima. Le agradecí con una sonrisa nerviosa su amabilidad, saqué dinero para pagarle la cuenta. Quería ir al baño a lavar mi camisa, que con tanto trabajo había conseguido, y estaba destinada a llevar una mancha de café con leche para siempre.

Apoyé las manos en los brazos de la silla para levantarme, pero a mi lado pasó una mujer muy alta. Desde la posición en que me encontraba sólo podía verle el vientre y los muslos, entonces se brotó en mi memoria un recuerdo de la infancia. Era mi tío Carmelo quien se había casado con una extranjera, mi tía Magda Welsh. Se habían conocido en un viaje que mi pariente hizo a Holanda y al pasar a divertirse en la calle de los faroles rojos vio, como él decía, a la muñeca más hermosa de todo Ámsterdam, en una vitrina y la compró. Bueno, mi tío Ramón le propuso matrimonio en cuanto entró en el pequeño cubículo donde ella trabajaba. Como ya estaba cansada de los amores falsos y no esperaba mucho de la vida dijo que sí. Para nuestra familia fue muy raro que llegara el tío con una extranjera.

Magda tenía padre inglés y madre española. Hablaba el castellano con acento anglosajón y no dominaba mucho la lengua porque siempre rectificaba sus palabras con comentarios en inglés y nadie la entendía. No era muy guapa. Su largo pelo era castaño, tenía los ojos adormilados (bordo eyes), o engañosos románticos (drowsy sleepy) de Bette Davis, según decía ella misma, pero su atractivo no era eso, sino su altura. Yo tenía siete años cuando la conocí y la veía enorme. Primero cuando se paraba al lado de mi tío Ramón, que sobrepasaba apenas el uno sesenta, y luego a mi lado, pero yo era como su mitad. Me abrazaba fuertemente a sus piernas y me refugiaba en el calor de su vientre. Mi madre siempre me obligaba a soltarla, pero ella decía que estaba bien, que me quería como si fuera su propio hijo. Magda era muy buena conmigo, lo malo es que me pude deleitar muy poco con su ternura y sólo hasta que cumplí los ocho años. Mi tío consiguió empleo en otra ciudad y se marcharon. Jamás los volví a ver. 

Estaba saliendo ya de la pubertad y tenía que prepararme para entrar al bachillerato y este recuerdo me había abierto los ojos. Lo entendí todo de sopetón. José no se había equivocado con lo de la astrología, sólo había herrado con la elección de las mujeres. Había perdido el tiempo con las chaparritas y el trabajo había sido inútil por la falta de entrega y deseo, pero ahora estaba clarísimo, necesitaba una mujer alta. Tenía que encontrar la forma de unir esos abrazos de mi infancia con unas caderas como las que acababa de ver. Me fui al baño, me quité la camisa, la lavé con el shampoo para las manos y estuve secándola durante media hora en el ruidoso secador. Fue tanto el ruido que la encargada de limpiar los baños me amonestó dos veces diciéndome que lo iba a estropear. Tuve que ponerme la camisa un poco húmeda. Volví a mi asiento y pedí otro café. Tenía a unos cuantos metros a la mujer que rodeada de sus amigas contaba todo tipo de historias. Inútil sería decirles que sobrepasaba en belleza a mi tía Magda y que tenía mucho encanto. Llevaba un vestido entallado de color naranja, su pelo era negro y liso, sus ojos azules, nunca había visto a una mujer con esas características. Tenía la piel blanquísima como si toda ella fuera un queso fresco, pero con una piel muy cuidada, sin manchas ni rugosidades. Tendría unos treinta y cinco años y parecía sacada de una revista de modas con su cara un poco infantil.

Supe su nombre por la mesera que se dirigía a ella como la señora Sienkiewicz, ese apellido lo conocía por un escritor que había ganado el premio Nobel con su novela Quo Vadis y sabía que era polaco, por lo que decidí que esa hermosa mujer también sería de allí. Me quedé anonadado, no le podía quitar la mirada de encima y cada vez más me sentía como el hombre menguante que se iba reduciendo poco a poco. Eso me trajo una fantasía mientras veía como ella movía las manos, contaba cosas ridículas con su voz de soprano y se reía como una flauta. Me descubrí como el personaje de la película de Almodóvar en la que un hombre muy pequeño está entre las piernas de una gigantesca mujer. Decidí que lograría acércame la señora Renata Sienkiewicz costara lo que costara. En la cafetería, la muchacha que me atendió me dijo que estaba casada con un famoso empresario y que vivía en una de las zonas más prestigiosas de la ciudad. Comencé a buscar información sobre el señor Sienkiewicz que le había dado su apellido a la atractiva mujer. Encontré la dirección de su casa y fui a ver dónde vivía. Era una zona muy bien vigilada y su casa era de dos plantas, tenían un hermoso jardín con muchas flores y plantas y había una piscina. Me fui en la moto que me prestó José y cuando estaba a punto de volver se me ocurrió fisgonear en el buzón. Noté que algunas cartas sobre salían como alas de paloma, cogí un sobre al azar y me fui. Encerrado en mi habitación leí la carta de una empresa que le comunicaba a la señora Sienkiewicz que el jardinero que se ocupaba de cuidar las flores estaba enfermo y no asistiría en una semana. Esa noche soñé con ella, la vi desnuda en la playa, al día siguiente estuve pensando todo el tiempo en ella y me la imaginé en la calle, en un bosque, en la cafetería, en una cama. Me estaba volviendo loco llevaba tres días de insomnio y la excitación me agitaba, perdí muchas fuerzas y el apetito. De pronto se me ocurrió una idea genial. Llamaría para decir que se me había asignado en lugar del otro jardinero y así tendría la oportunidad de verla. Llamé y me contestó con su voz aguda. Las palabras no fueron muy agradables porque me echó la bronca, pero para mí fue como un bálsamo curativo. Le prometí ir al día siguiente a regar y podar las plantas.

Me levanté temprano y me fui en la moto de José, le prometí devolvérsela el fin de semana, le conté que estaba consiguiendo un trabajillo y me dijo que lo pensara mejor porque los exámenes de ingreso estaban a la vuelta de la esquina y si no entraba al bachillerato empezaría a encaminarme al fracaso de la vida. No le hice caso, pero por si las dudas cogí algunos libros para estudiar. Me recibió una criada que me recordó un poco a Leticia, era más gordita y tenía la misma estatura, hablaba muy rápido y se reía sin motivo. Me mostró el sitio donde guardaban las herramientas, las mangueras y todo lo que se usaba para tener el jardín en buen estado. Vi un overol gris y me lo puse, tuve que doblarle las piernas y arremangarme para que me sentara bien. Fui a saludar a la señora Renata y ella se extrañó de verme tan pequeño, pues con los tacones que llevaba mediría un metro noventa y cinco. La tuve que mirar hacia arriba y hablar más fuerte para que me pusiera atención porque estaba desconcentrada pensando en algo. Me dio la orden de empezar y desapareció por el comedor. Trabajé lo mejor que pude, el sol se había colocado en el centro del cielo y hacía bastante calor. Llegó Marianita y me dijo que la señora me había mandado un bocadillo y una limonada fría. Me senté en una banca que estaba cerca de las tumbonas de la piscina y empecé a comer. Estaba feliz porque había encontrado la forma de colarme y tendría la oportunidad de deleitar mis fantasías muy pronto. 

Estuve repasando con la mirada el dormitorio, pero ella, no apareció, no se oía ningún ruido, el único personal de la casa éramos Marianita, que estaba en la cocina preparando algo, y yo. Había regado el césped y el agua refrescaba el ambiente, el arma de yerba me hinchaba los pulmones. Terminé de comer y decidí descansar un poco antes de continuar con las labores. Saqué uno de los libros que llevaba y lo comencé a hojear. De pronto oí unos pasos. Era la señora que venía con una especie de turbante en la cabeza y un bikini azul. Se recostó en una tumbona y comenzó a leer una revista. Estaba a mi derecha y la miré de reojo y noté que sus ojos estaban ocultos por unas gafas de moldura amarilla. Pasaba las páginas con desgana y sorbía una bebida de color rosa. No sabía qué hacer porque si permanecía más tiempo sentado, ella decidiría que ya había terminado con las tareas y me echaría sin duda y; si hacía el resto que me faltaba, al día siguiente ya no tendría mucho que hacer allí. Me levanté y comencé a recoger las tijeras, las mangueras, la basura y luego me escondí en la sombra. 

Vi que Renata se quitaba el bikini y se echaba un chapuzón en el agua. La impresión fue demasiado fuerte porque sentí un golpe que me sacó el aire del estómago y un ardor me recorrió todo el vientre. Se me doblaron las piernas. Era muy guapa, no tenía nada de grasa y su cuerpo era lampiño, el color lechoso de su piel me hizo recordar el queso fresco de la primera vez que la vi. Caí de rodillas. La vi nadando de un lado a otro de la pequeña piscina, hizo unas inmersiones que me deslumbraron los ojos como flashazos. No sé cuánto tiempo permanecí embelesado mirándola como si fuera una sirena. Salió del agua y se tumbó para tomar el sol, pero sabía que no se quemaría, que estaba hecha de carne blanca. Pasó una media hora y se levantó, caminó hacia donde me encontraba y cuando estaba a un metro de distancia me dijo que, si podía limpiar el tejado, se volvió para mostrarme el lugar y vi su espalda. El dolor del recuerdo de mi tía me hizo caer desmayado. Desperté en el mismo sitio, pero a mi lado estaba Marianita con unas toallas húmedas que me había puesto en la frente. Tenía sangre en el pecho y supe que me había dado una insolación. Me cambié de ropa y fui a pedirle disculpas a la señora Renata. Ella me disculpó y me dijo que podía irme, pero que volviera al día siguiente para lo del tejado. Llegué a mi casa y me encontré a Leticia. Dijo que estaba arrepentida, que lo del café había sido un accidente provocado por sus impulsos, pero que estaba dispuesta a cambiar y ser más tolerante. Le prometí verla después y me excusé diciéndole que tenía que estudiar.

Volví a dormir mal. Esta vez se me había aparecido la señora Sienkiewicz en el mismo lugar donde me había desmayado, pero en lugar de caer en un estado inconsciente, caía sobre ella. Su cuerpo era tibio, abundante y aromático. Me deslizaba por su piel como si jugara en un tobogán, me sentía un niño, escuchando la historia de mi tío sobre Magda, la muñeca de la vitrina de Ámsterdam. Me abracé con todas mis fuerzas a Renata y comencé a gemir, maullar y temblar. Me desperté y vi el reloj. Eran las nueve de la mañana, me duché y salí volado en la moto.

Cuando Marianita me abrió con una sonrisa me saludó y me ofreció un café. Luego vi al señor Sienkiewicz, tenía una bata de seda y se paseaba con el teléfono discutiendo sobre unas inversiones. Pasó cerca de mí, pero no me puso atención. Me fui a cambiar y subí al tejado para limpiar. Me hizo una señal Renata, me indicó las escaleras que daban al techo y me dijo que había una horquilla en la que podía sujetar mi cuerda de seguridad. Había muchas hojas en el tejado y basura. No me pude explicar cómo habían llegado hasta allí. Cogí una bolsa y comencé a meter todo lo que encontraba. Terminé pronto. Cuando bajé. El señor Sienkiewicz ya se había puesto un traje elegante, se había puesto gel en el pelo y se estaba despidiendo de su mujer. Me fui al almacén y saqué las cosas para terminar el trabajo del jardín. Estuve podando las plantas, eché un poco de insecticida donde descubrí algunas hormigas y fui a esconderme otra vez para esperar a que saliera Renata en su traje de baño. Esta vez llevaba uno de color rojo. Su piel contrastaba mucho con las prendas, se tumbó otra vez y estuvo leyendo. Luego desapareció. Me acerqué a ver qué revista estaba leyendo. Tenía abierta la sección de los horóscopos, leí un poco y cuando levanté la vista ella estaba mirándome con benevolencia. Me preguntó por mi signo, le dije que era geminiano, ella sonrió y dijo que era Aries. Agregó que éramos compatibles, la miré para indicarle mi estatura, ella llevaba unas alpargatas altas, y se veía enorme a mi lado. No dijo nada más, me retiré a terminar lo que tenía pendiente.

Me llamó Marianita y me dijo que era viernes y que tenía la tarde libre. Me dio instrucciones y me recomendó que me fuera cerca de las seis de la tarde. La casa se quedó sola. No sabía qué hacer porque Renata no había bajado a nadar desnuda, no quería espiarla porque si me descubría me echaría de su casa sin dudarlo y no la volvería a ver. Me resigné a hojear mis libros al resguardo de unos arbustos. Estaba viendo una tabla de fechas importantes de la historia cuando oí su voz. Quería que moviera unas cosas en su habitación. Subimos y me preguntó por qué me había desmayado al verla desnuda. Me puse rojo, pero sin querer respondí contándole la historia de mi tío en Ámsterdam. La historia la asombró y comenzó a hacerme preguntas. Parecía que su intuición le decía que yo estaba loco por ella. Siguió guiándome con sus preguntas como si me aplicara el método de Sócrates. La conclusión fue que me derretía de pasión por ella y me moría de ganas por tocarla. Ella estuvo de acuerdo, pero me puso una condición que era muy difícil de cumplir por causa de mi estatura. Probé todas las formas imaginables, pero hiciera lo que hiciera siempre quedaba veinte centímetros debajo de ella. Vi que en el balcón había unos maderos sobre los que descansaban unas macetas. Quité las plantas, acomodé los maderos, ella se apoyó sobre el filo del parapeto. Sentí la tibieza y humedad de su entrepierna, luego comencé a moverme. Primero despacio y luego más rápido, Renata se fue haciendo hacia adelante y se paró de puntas, precisamente en el momento álgido. De alguna forma salí volando por los aíres, la sensación fue asombrosa y mis gritos no fueron de angustia, sino de placer, el método griego para llegar a la verdad me había desvelado la esencia de la vida y me había ayudado no sólo a poseer a Renata, sino a encontrar mi afición por las alturas. Por suerte el impulso que me dio la señora Sienkewicz fue suficiente para caer en la alberca. No era la parte más profunda, por eso recibí un fuerte golpe en el pecho. Ella bajó corriendo para ver si no me había descalabrado, pero cuando me vio salir del agua sobándome el pecho respiró más tranquila. Cogió la bata que su marido había dejado tirada y me dijo que sería mejor que me fuera.

No volví a usurpar el puesto del jardinero, pero seguí soñando con mi tía, la señora Renata y muchas otras mujeres más. Aprendí con los años a seducir mujeres altas dispuestas a experimentar sensaciones en las grandes alturas. Me tiré de un puente entrelazado al cuerpo de una basquetbolista, tuve una relación en las montañas mientras escalaba una roca de cincuenta metros de altura, engatusé a una turista en el mirador de un rascacielos y pude gozar de la compañía de muchas otras muchachas adictas a la altura, por último, formé un club de amantes de la acrofilia.


miércoles, 2 de agosto de 2017

La molécula de Dios

Era un verano caliente en todos los sentidos. La prensa había publicado las escandalosas noticias relacionadas con el abuso a menores por parte de los miembros de la iglesia. El tema siempre se había rehuido por ser un tabú, pero el mismo Papa rompió el silencio y exhortó a las víctimas a hacer sus declaraciones y señalar a los implicados. Hubo una reacción de rechazo por parte de todo el cuerpo eclesiástico argumentando que, descubrir a los culpables, provocaría una cacería de brujas, y eso mancharía la blanca imagen de la iglesia. No se equivocaron porque, primero, surgió la confesión de un grupo de niños que habían participado en un coro alemán, luego, cientos de casos en Latinoamérica, después, un hombre que había dejado los hábitos escribió sus acusaciones en un libro y, por último, una serie de asesinatos de miembros de la iglesia, los cuales, se presumía, sufrían la venganza por el abusado sexual al que habían sometido.

El inspector Leblanc ya había registrado cinco asesinatos en una semana y no podía dormir. Lo atormentaban las características de los homicidios porque le habían ordenado atrapar lo antes posible al criminal. La exigencia no llegó del despacho de Clement Fouché, sino directamente de la prefectura de Ile de France y firmada por el cardenal arzobispo. Huelga decir que Fouché al enterarse puso al departamento de homicidios patas arriba al pedir que se le entregaran todos los informes al respecto. Leblanc tenía sobre la mesa un artículo con la foto de Narciso efebo del Louvre y las declaraciones de un arzobispo del Vaticano que había manifestado ante la comisión de derechos humanos que los sacerdotes acusados no eran pedófilos, sino efebófilos y que eso era muy diferente. Leblanc había visto también una película sobre los casos registrados en Boston y leído varios libros que sólo tocaban el aspecto preventivo, pero no el correctivo del problema. Se preguntó si era posible curar las parafilias y su cabeza comenzó a latir con fuerza por las instigantes ideas que rebotaban dentro y lo persuadían de aplicar la justicia por su propia mano, era un deseo inconsciente como esos que surgen cuando se es impotente ante algo y la única solución para liberar la ira es imaginar cosas maléficas. En cuanto salió Fouché a comer, Theophile se fue por unos cafés y comenzó a dilucidar con su ayudante Bastián.

—¿Qué piensas de todo esto, Bastián?
—Nos encontramos en una situación muy difícil, inspector, porque si atrapamos al asesino y lo condenamos, ¿haremos lo correcto?
—Eres muy astuto, Bastián, pero ¿sabes qué he pensado?
—No, inspector.
—He pensado que podríamos dejar que lo juzgue la iglesia. Ya sabes que a los militares se les hace un juicio dentro de su institución, entonces ¿por qué no dejar que sean los cardenales, los obispos y el mismo Papa quienes decidan?
—Ah, y ¿serían capaces de excomulgarlo?
—Seguro que no. En la situación en la que se encuentra la iglesia, a lo más que pueden llegar, es a ponerle una penitencia para que ruegue por la salvación del alma de sus abusadores, ¿no crees?
—Bueno, ya en serio, me había dicho que este no sería un caso difícil y lleva más de dos semanas sin poder localizar al asesino.
—Tienes razón, pero si pones atención, no sería difícil encontrarlo. Además, te voy a leer otra vez la nota para que me digas a qué conclusiones has llegado.

El inspector cogió una hoja en la que estaba escrito lo siguiente:

“Sopla el viento gélido, tu rezo opaco de corno imita la plegaria marina, le sigue tu clarín que es más auténtico; la parvada de notas salinas sube por la cola del cometa y se oyen tus chillidos, son el llanto del pecado y las ofensas a lo divino. Tu tintineo esporádico dibuja en pocos trazos a un chino epiléptico, se convierte en mandarín con bata de seda negra y clériman. El silencio abre una página nueva, está en el horizonte de las aguas, es limpia e inmaculada. La quietud es amenazante porque la bestia enorme ya viene a perturbarme con su composición heroica llamada sonata de las turbias aguas negras. Música bella que has hecho pecaminosa, la has corrompido atiborrándola de espuma contagiosa y la condenas a morir con las algas con esa viscosidad negra y pegajosa tuya. Llegará el día de la venganza del Señor. “No hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser contado y divulgado”—decía Lucas en su 8,17—, pero ahora me toca ser sacudido, zarandeado y sodomizado porque te sientes bajo la sotana como un Dios vengador y te lavas las manos diciendo que es él quien peca o redime y tú eres solo un instrumento de su voluntad. No te das cuenta de que estás loco y tus traumas te convierten en un cerdo que no merece el perdón. Tu mojigatería, de llevar la negra sotana como un recuerdo de la nada y el falso viaje al paraíso y la muerte, es tu opresora. Se convierte en tu temor más grande, se desvanece tu hombría, tu supuesta bondad te deja desnudo frente al mal, ante tu vil naturaleza de animal sin raciocinio. Tus sermones se convierten en segregación venenosa para manchar la imagen de los santos que sí le entregaron su alma al bien. Es el llamado divino—decías, aprovechándote de mi inocencia, de mi nobleza estúpida y de mi temprana edad—. ¿Pensabas, acaso, que al vestirte de sacerdote se borraban los pecados o que era tu capa protectora de villano de cómic la que te permitía destrozarme? Lo que sí mostraste fue tu pobreza de espíritu, tu debilidad como ser. Mereces la compasión de Dios por haberte hecho tan deforme e inmisericorde, pero mi perdón jamás lo tendrás, estés donde estés. Por último, oigo los tambores del alejamiento, la marcha triunfal que cae en gotas de engrudo mientras dices el mea máxima culpa, como si eso te librara de la escoria que te cubre. Nunca llegaste a oír las trompetas de los arcángeles, jamás fuiste capaz de llegar al segundo acto porque le temías al hueco latón que, con una marcha militar romana, pasaba a un lado de la puerta de tu dormitorio recordándote a los leones. Por fin, escucho el toque de la séptima trompeta que te cubre como sábana y te aprisiona para inmolarte, se acabaron los redobles de tu orquesta, tus risitas sádicas y tu mirada obscena. Descansa en paz, si puedes. Me es imposible indultarte, mal bicho”.

Al término de la lectura, el inspector Leblanc miró los ojos lacrimosos de Bastián y guardó silencio. Dejó que su ayudante recobrara la respiración y cogió un papel en el que escribió:

 “La molécula de Dios”.

Se lo ofreció con cuidado, pero Bastián lo leyó sin cogerlo y le preguntó qué relación tenía la Ayahuasca y el testimonio que acababa de leer.

—A primera vista, querido Bastián, no hay nada que las relacione, pero los resultados de todas las autopsias indican que las víctimas, es decir, todos esos religiosos, la ingirieron antes de morir. Por lo tanto, el causante de sus muertes ponía una dosis de la droga en un té o café y luego los asesinaba con una puñalada en el corazón. Fallecieron en sus domicilios o en sus habitaciones de hotel y eran pedófilos, efebófilos o padecían alguna parafilia.
—¿Qué significa eso de efebófilos y parafilia, inspector?
—¿No has leído las noticias en el Vox Populi? —preguntó el inspector con su actitud bonachona y retorciéndose el bigote como si fuera Poirot tratando de enchinarse las puntas del mostacho.
—¿Se refiere al Le Fígaro? —respondió Bastián con actitud manceba.
—Toma, lee esto y deja de hacer ademanes, por favor.
Bastián leyó el artículo tratando de memorizar los términos y el nombre del arzobispo que había declarado ante la ONU las resoluciones del Vaticano con respecto a los sacerdotes que habían abusado de menores. Repitió en voz baja las palabras y miró de reojo al inspector para que no lo presionara con su impaciencia.
—Está claro, inspector. Hay una diferencia entre pedofilia, efebofilia y las otras filias que han sustituido los psicólogos por las perversiones, ¿no?
—Exacto, Bastián, de acuerdo con lo que has leído podrías decirme cuál es el carácter de nuestro asesino, los motivos los sabemos, pero su modus operandi, no.
—Bueno, inspector, primero es un hombre joven que sufrió abusos por parte de algún padre, seminarista u otro tipo de representante de la iglesia que ponía música cuando actuaba. Por cierto, ¿ha investigado si esa nota tiene relación con alguna melodía?
—Sí, Bastián, precisamente por las descripciones que hace de los instrumentos de viento y las percusiones, los cantos de los pájaros y demás, he encontrado una sinfonía de un compositor español muy joven, tendrá unos veinte años, pero es muy talentoso. Se llama Marea oscura.
—Perfecto, entonces, sigamos adelante. Es posible que el sospechoso fuera víctima del canónigo privilegiado Silvio Tamezzi, que sirvió algunos años en la iglesia Saint Thomas des invalides y fue encontrado en su dormitorio con un puñal en el pecho.
—Y lo que no sabías, querido Bastián, por estar de vacaciones, es que en todas las escenas del crimen se encontraron bebidas de todo tipo.
—Ah, ¿por eso me ha mostrado lo de la molécula de Dios? Muy ingenioso, ¿no le parece?
—Sí, Bastián, esa venganza es cruel porque los droga para exaltar sus sentidos, ya sabes cómo actúa la Ayahuasca, luego les lee su capitulación, es decir, esta poética nota, y al final, se los carga condenándolos al infierno con unos puñales de producción española.
—Se llaman, verduguillos, inspector, y son para ultimar a los toros que no mueren con las fallidas estocadas del matador. ¿De dónde eran las otras víctimas?
—De diferentes sitios, Bastián, pero tenían algo en particular que revela el sistema tan elemental que tienen los prelados para ocultar a sus depravados sacerdotes. ¿Sabes cómo lo hacen?
—No, inspector.
—Es fácil. Cogen un librito de registros, que se publica cada año, para llevar un seguimiento de los sacerdotes, cuando alguien cae en pecado lo mandan a otro sitio para evitar que se descubran sus fechorías, por lo regular, se pone que están de baja por enfermedad, en tratamiento médico o transferidos con una comisión en otra ciudad.
—¿Cómo lo sabe, inspector?
—Fue por una película que se llama “Primera plana”, la vi hace poco y trata sobre el escándalo de violaciones en las iglesias de EE UU.
—Es usted muy astuto, inspector, bueno, siguiendo con lo del operandi, me imagino que el asesino sigue a las víctimas, entra en contacto con ellas haciéndoles preguntas sobre religión, se gana su confianza, les pide o investiga su dirección y los espía antes de asesinarlos.
—Sí, seguramente es así como lo hace.
—Oiga, inspector, ¿qué le parece si vamos a investigar sobre los sacerdotes que dice usted que se trasladan, se van de comisión o se enferman?
—No te preocupes, Bastián, Clare la chica que lleva la información en los ordenadores, ya está en eso. Precisamente, me ha llamado hace una hora para decirme que ya tiene casi completo el material. Mejor, dime, ¿qué tal te fue de vacaciones? ¿qué tal Therese?
—Muy bien, inspector, descansamos muy bien y conocimos muchas cosas de la cultura Maya, aunque no logré desprenderme de mis hábitos e incluso me vi en la necesidad de aclarar un robo en el hotel en el que estuvimos alojados.
—¿Qué sucedió?
—Nada de importancia, inspector, fueron unos empleados del hotel que se hicieron pasar por promotores de cadenas de hoteles de lujo y aprovecharon para hacerle un fraude a unos turistas franceses que estaban allí. Cuando se enteraron de que éramos de París y que, además, yo era detective, nos rogaron que les echáramos una mano. Fue cosa de niños.
—Muy bien, hecho. Mira, ahí viene Clare con un montón de información.

Los dos saludaron a la secretaria que con movimientos muy sensuales caminaba para atraer la atención de los investigadores. Era de Europa del este, su madre era polaca y su padre bielorruso, había heredado lo mejor de cada uno de ellos. Tenía una belleza infantil gracias a su voz que parecía la de una joven quinceañera. Hacía muchas bromas y su acento eslavo era muy agradable y un poco cómico. Puso todas las carpetas que traía sobre el escritorio del inspector, dijo algo sobre Fouché y su mujer que discutían en la entrada de la comisaría y se marchó. Un joven criminólogo de origen argelino se le quedó mirando y fue descubierto por todos sus compañeros. Se oyeron abucheos, chiflidos y frases para que el joven se atreviera a invitarla a algún lugar. Fue necesario que Leblanc se levantara de su escritorio y pusiera el orden. La cosa se calmó y cuando Clare, que en realidad era Svetlana Koshenko, disimuló una sonrisa que captó el joven investigador. Leblanc le dijo susurrando que, si no la invitaba a algún sitio, perdería una gran oportunidad.

Durante dos horas, Leblanc y Bastián ordenaron la información que tenían. Supieron, por los reportes de los libros canónicos, que las cinco víctimas habían llegado a la ciudad en un período de un año y que habían hecho su servicio en varias iglesias del país, sin embargo, los habían asesinado después de pedir su cambio a otra iglesia. Los sacerdotes tenían diferentes grados y edad, no tenían una única nacionalidad y todos habían pasado por un tratamiento especial. Para disipar todas las dudas que tenían, decidieron ir a ver al cardenal arzobispo, el señor Françoise Prentie quien los recibió esa misma tarde en su despacho.

—Buenas tardes, cardenal.
—Buenas tardes, inspector, gracias por venir. Tome asiento.
—Mire, mi ayudante y yo hemos venido para hacerle unas preguntas. Es necesario que aclaremos algunas particularidades del caso para poder investigar mejor.
—Bien, inspector, pregúnteme lo que desee aclarar.
—Bueno, sabemos que cuando los miembros de la iglesia son sorprendidos o denunciados por el abuso sexual los envían a otras ciudades, los dan de baja temporal por enfermedad o los envían de comisión a otras localidades, ¿verdad?
—Sí, inspector, por desgracia nunca ha habido tantas denuncias como en la actualidad y dentro de nuestra santa casa, aunque no lo crea, es muy difícil descubrirlo porque la mayor parte del tiempo estamos ocupados con las celebraciones, las misas, el estudio de la teología y a propagar la palabra de Dios. Siento reconocerlo, pero entre nuestros miembros hay hombres que carecen de madurez y por la imposibilidad de controlar sus deseos y su fe se hunden en un laberinto, en la confusión total y por eso actúan de esa forma.
—¿Me está diciendo que al abuso le llaman confusión?
—No precisamente, lo que sucede es que un creyente sabe que Dios nos exhorta a amar a nuestro prójimo, pero el amor no sólo es espiritual. También hay un amor carnal que es muy difícil de controlar dada nuestra naturaleza. La mayoría de los que han sido acusados públicamente son personas con carácter de adolescentes, soñadores y, si, por un lado, su apariencia es de un hombre maduro, por dentro son como muchachos enamorados de quince años.
—Pero ¿qué se hace para controlarlos?
—Tenemos un equipo de sacerdotes y especialistas en psicología que los atienden, una vez terminado el tratamiento los cambiamos de lugar para que pierdan su relación emocional con las personas con las que han pecado.
—Y ¿se puede comprobar que después del tratamiento no reinciden?
—Mire, en caso de que eso suceda, se les envía de nuevo a tratamiento o se les suspende de sus funciones por un tiempo determinado y…
—Disculpe que le interrumpa, pero ¿me podría decir en qué consiste eso de retirarlos de sus funciones?
—Ah, eso quiere decir que se les asigna una labor social en lugares donde puedan ayudar trabajando de forma gratuita.
—Oiga, Monsieur Françoise Prentie, ¿esos lugares podrían ser escuelas o instituciones donde hay jóvenes?
—Sí, eso es posible, pero pedimos informes completos sobre su conducta y si alguien nota algo raro nos los comunica de inmediato.
—Y aparte de eso ¿no se trata de denunciar ante la ley a esas personas? digo, en caso de que sean un caso irreversible.
—Lo lamento mucho, inspector, pero ese no es el único asunto en el que la iglesia emplea su tiempo, además ese tipo de servidores de Dios es la minoría.
—Pero, se supone que no deberían existir, ¿no? Además, la iglesia debería tomar medidas más radicales. Me parece que con lo que me ha contado, lo único que hacen es darle vueltas al problema sin cortarlo de tajo.
—¿De tajo? ¿Cómo es eso?
—Cardenal, con todo respeto, le voy a decir que la violación o el abuso son delitos penados por la ley y la iglesia haría bien si en lugar de analizar los casos como problemas de conducta o de fe, contratara abogados para llevar a juicio a los culpables.
—No se da cuenta, inspector, de que eso necesitaría muchos recursos económicos y la iglesia no cuenta con ellos. Lo que atañe a lo del contacto físico y lo demás son nimiedades, ¿sabe? Lo que si es delito grave ante Dios es el asesinato, por esa razón le pedí que aclarara este asunto lo más rápido posible.

A esa altura de la conversación, Bastián, que había permanecido callado todo el tiempo, estaba rojo de irritación y notó el temblor en las manos de Leblanc que miraba con ojos de pistola al cardenal arzobispo y estaba a punto de golpearlo, por eso intervino.

—Monsieur arzobispo, usted no tiene hijos, pero si los tuviera, se daría cuenta de que un fenómeno como este destroza la personalidad de un niño. Ellos son endebles, su carácter no está formado y son nobles por naturaleza, de todo eso se valen ustedes para propasarse sin temor a las represalias. Creo que sólo ocultan los delitos para conservar su imagen, pero hay más corrupción y perversión que en las instituciones del estado.
—No diga eso, hijo mío, ya les he dicho que es una minoría, los tenemos bajo control y por muy malos que sean, no se merecen que un tipo loco o resentido ande por allí enterrándoles puñales en el pecho para aplicar la justicia y eso nos corresponde a nosotros.
—En primer lugar, señor cardenal, se llaman verduguillos y, ahora que reparo en ello, creo que hacen honor a su nombre, en segundo lugar, ocultar delitos es complicidad y, por último, espero que tenga usted un expediente limpio porque me gustaría verlo en el banquillo de los acusados.
—¡Ya está bien! ¿Han venido a rendirme informes sobre la investigación de los asesinatos o a amenazarme? ¡Váyanse de aquí! ¡Ya le llamo yo mismo a Clement Fouché para decirle qué tipo de policías tiene! ¡Adiós, señores!

Salieron de la catedral, no sin antes darse una vuelta por la tumba del gran emperador que tiene su capitolio en la parte más amplia del templo. Por el trayecto hablaron sobre la inconsciente actitud del cardenal. No estaban muy contentos con el resultado de la entrevista, pues habían llegado a la conclusión de que se quería atrapar al asesino de los religiosos para darle un escarmiento y mostrarlo ante la sociedad como un hereje maldito capaz de violar los mandatos de Dios. Leblanc le preguntó a Bastián si era religioso y éste contestó que sí, pero que no sabía qué podría hacer si por alguna razón sus inexistentes hijos fueran víctimas del abuso sexual por parte de su lector de catecismo o su instructor para hacer la primera comunión.

En la comisaría, Leblanc, sacó la lista de todos los religiosos que habían estado bajo tratamiento, habían sido transferidos o suspendidos de sus funciones. Le pidió información sobre todos los practicantes y retirados a Clare que, al presentarse otra vez con su falda entallada, volvió a causar el revuelo en el departamento de homicidios por su forma de menearse, pero esta vez los ojos se centraron en Brahim, quién apachurrado por la presión de sus compañeros, se levantó y se dirigió a ella con una actitud muy amable, le explicó su difícil situación y la invitó a tomar un café. En cuanto se supo que ella había aceptado, todos gritaron de alegría y hasta felicitaron al muchacho que enrojeció y se escondió en la pantalla de su ordenador.
Leblanc empezó a seleccionar, por sus antecedentes, a los religiosos que se encontraban en Francia, separó los que permanecían todavía en París y le mostró a Bastián una lista de quince apellidos.

—¿Qué significa esto, inspector?
—Son, me supongo, las siguientes víctimas. Creo adivinar los nombres de quiénes serán los próximos objetivos del vengador de los humillados, pero me gustaría apostar contigo cien euros, así que elige los nombres y si aparecen en el orden en el que los has puesto te pagaré cien por cada uno.
—¿Cómo se le ocurre jugar con eso, inspector? Son vidas humanas. ¿No le remuerde la conciencia?
—En realidad sí, Bastián, pero lo único que intento es ganar tiempo para confirmar mi sospecha.
—Mira, el arzobispo defendió con tanta pasión a sus allegados que me temo que él mismo es uno de los abusadores. Si te fijas él es el último que he apuntado. Tenemos que investigar todo lo que esté relacionado con su trayectoria eclesiástica antes de que lo ultimen. El asesino se irá acercando a él y le irá dando pistas. ¿Te parece bien que comencemos?
—Creo que nos encontramos en un dilema, inspector. Por un lado, nuestra obligación nos exige que encontremos al asesino, pero la conciencia, aunque suene cruel, pide que dejemos que las cosas sigan su curso sin entrometernos.
—Te entiendo, Bastián, si pudiera hacerlo lo haría, pero es mi obligación detener al criminal antes de que se enfrente a Monsieur Françoise Prentie y lo mate. ¿Te imaginas si tiene antecedentes y, a pesar de eso, lo canonizan?
—No siga, inspector, eso sería horrible y muy injusto.
—Sí, Bastián, vamos mejor a la arquidiócesis a pedir información sobre nuestro cliente, ¿te apuntas?
—Con mucho gusto, inspector.

Se fueron a la Notre Dame para indagar todo lo posible para desvelar los secretos de Monsieur Prentie, pero no lograron avanzar mucho el primer día, ni el siguiente tampoco. Era por los requerimientos administrativos que tenían que ir librando. Sólo el tercer día recibieron algunos documentos y les permitieron acceder a la biblioteca. Trabajaron a marchas forzadas durante tres días más y, al final, sí encontraron información comprometedora. Aparte de desvelar los secretos del arzobispo, habían encontrado una lista de sospechosos. Se emplearon a fondo y su intuición les indicó que el causante del terror dentro de la iglesia era un hombre de veintitrés años que había sufrido humillaciones por parte del arzobispo, hacía ya diez años, había sucedido el primero era un adolescente y el otro un simple prelado de Honor de Su Santidad. Leblanc reunió pruebas suficientes para llevar al cardenal a juicio, pero también había gastado el tiempo y el victimario ya había ejecutado a cuatro clérigos más y se aproximaba con peligrosidad a Prentie.

—Bastián, tenemos que entrometernos en el camino del asesino y proponerle que desista de su plan para que se dirija a un juzgado y presente una acusación formal.
—Sí, inspector, pero ¿dónde encontrarlo?
—Es sencillo, llamemos de nuevo a Clare para que nos dé los números de teléfono, la dirección y todas las referencias del tal Alexandre Noire que comulgó gracias a nuestro amigo el arzobispo.

Esta vez tuvieron que ir a la planta baja a la pequeña oficina de Clare para recoger los datos que requerían. Le preguntaron a la chica la razón de su negativa de subir al departamento de homicidios y les explicó que había salido con Brahim y se habían comprometido, por eso, para que no se pusiera nervioso, prefería no subir por ningún motivo. Leblanc se alegró mucho, le dio toda la documentación a Bastián y volvieron a su puesto. Llamaron a Alexandre y lo citaron para hacerle una propuesta a la que no se pudo negar porque era tan comprometedora la información con la que contaban que se preveía que el arzobispo pararía junto con muchos otros clérigos en la cárcel por corrupción de menores.

El juicio fue largo, Alexandre asistió a todas las audiencias y festejó creando una organización no gubernamental para la defensa de los niños y adolescentes que sufrían abusos. Clare se casó con Brahim. Bastián vio llegar a su primer hijo y Leblanc frecuentó al cardenal en la cárcel para hacerle compañía y obtener datos que le pudieran ayudar a evitar que se destrozara la inocente personalidad de los niños. Desaparecieron misteriosamente unos sacerdotes, padres violentos, maestros con mala reputación, hubo ingresos bastante considerables en la ONG de Alexandre y las donaciones no paraban. La iglesia católica, alarmada por los cambios tan radicales de la sociedad se vio en la necesidad de contratar los servicios de psiquiatras muy profesionales que ayudaron a salvar la vida de muchos clérigos. En las instituciones públicas se aplicó un examen psicométrico a los docentes y la población estudiantil presentó una mejora considerable en su nivel académico.