martes, 28 de abril de 2015

Débora y Barac (Cuento apócrifo)

 Hizo una pausa para beber un poco de agua y se sentó sobre una roca. La ardiente arena quemaba sus pies y su túnica de lino a penas lo protegía de los punzantes rayos del sol que comenzaban a caer como lluvia de incandescentes flechas. Cogió su corambre de carnero, que por el uso estaba zurcido y ajado, y comenzó a beber lentamente dándole oportunidad al agua de hidratar sus  resecos y partidos labios, luego fue sorbiendo pequeños traguitos que pasaba lentamente para prolongar la agradable sensación del tibio líquido. Miró a través de la persianilla de ondas calientes que brotaban del suelo y vio el terreno desfigurado, como si fuera una alucinación, entonces levantó más la cabeza y dirigió la vista hacia la montaña buscando la palmera de Débora y no vio a la mujer, esperaba distinguir su silueta y que ella lo llamara  agitando los brazos como lo hacen las personas que claman auxilio, pero la palmera permanecía sola e impasible, alta y frondosa, mirando muy serena el horizonte.

 ¿Hasta cuándo soportaremos este yugo?-Pensó- ¿Cuánto tiempo más tendrá que soportar nuestro pueblo la opresión de Hazor y su bellaco Sisara? Hemos sido condenados a sufrir una pena injusta, ¿hasta cuándo soportaremos los maltratos del pueblo extranjero?  Acaso hay pecado más grave que el olvido de tus hijos, oh, señor. ¿Dónde está tu bondad?  Este interminable intento por conquistar nuestra tierra y reinar con calma no llegará nunca mientras no nos perdones y ayudes. Hemos errado, sí, pero cuenta las generaciones, los hombres que han perecido en el intento,  ¿qué más hay que hacer para fortalecer nuestra fe y ganarnos tu perdón?  Incluso ahora, has preferido comunicarte con nosotros a través de una mujer, ¿será posible que los hombres hayamos perdido tu preferencia? -Con esos pensamientos y dudas, Barac, siguió andando su camino.

Todos los días caminaba por el mismo sendero, llevaba sus herramientas cargadas en bandolera en un enorme bolso de lana que de tan pesada parecía más una yunta. Por lo común iba a Jasor o a Cadés para emplearse como albañil en la construcción de murallas, casas y fortificaciones. En esas ciudades  sufría las ofensas y humillaciones por parte de los emigrantes paganos y los nativos que lo hostigaban dándole más trabajo o encomendándole tareas absurdas e inútiles.  Él no se quejaba nunca de su destino, sabía perfectamente que era un designio divino y era consciente de que tenía que esperar, por eso cada mañana, al pasar por la montaña de Efraín buscaba con ansiedad un presagio en la figura de la profetisa.  Su intuición, más no su voz interior, le decía que pronto llegaría un mensaje y ,aunque bien era cierto que nunca había escuchado ninguna orden celestial, tenía la esperanza de que fuera Débora quien se la transmitiera.

¿No estaba para eso Débora? Por su parte, él podría esperar eternamente porque de todas formas cada día pasaba al lado de la montaña.

 A veces, se imaginaba que subía, que se plantaba frente a la portentosa mujer visionaria y ésta con su mirada tierna de olivo le daba la orden, esa pequeña frase que encerraba tanto, que contenía la liberación de un pueblo, para la cual se había guardado tantos sufrimientos y dolor.
¡Es la hora! - Le parecía oír,- qué frase tan corta y, sin embargo, tan llena de esperanza y satisfacción. Le parecía que eran solo ideas suyas, resultado de una mente afectada por la locura. Le causaba pavor pensar que la voz de Dios no tendría ni emisario ni destinatario y que los ángeles del cielo, los mensajeros divinos, se habían olvidado para siempre de los hijos fieles del pueblo elegido.

A menudo soñaba despierto mientras construía los muros de adobe y barro. En esas largas horas en las que iba forjando esas enormes murallas, se veía a sí mismo al frente de un ejército, veía morir en sus propias manos al injusto y cruel Sisara, el cual lo veía con sus ojos negros y desorbitados saliéndosele de las cuencas, oía su voz ahogada pidiendo clemencia como un vil cobarde, sentía el olor de su asquerosa boca de dientes putrefactos y su despreciable corpulencia gorrina ya inerte.  Con sus fuertes manos mezclaba el barro con la hierba seca y luego iba colocando con una precisión milimétrica los adobes para formar muros, cuando ponía los tejados los ataba a las trabas con tanta fuerza que parecía imposible derribarlos, y era que en su trabajo, Barac, acumulaba esa energía, ese odio que necesitaría para el momento culminante de la verdad.  Había ocasiones en que, sin  darse cuenta, trabajaba él solo, mientras sus compañeros hacían el tonto fingiendo ocuparse de algunas tareas a su lado, culminaba las obras y recibía una humilde paga, muchas veces inferior a la de sus astutos compañeros. A él no le importaba, estaba embelesado con su sueño y más que agotarlo, el trabajo lo dignificaba, lo fortalecía, pues había empezado a emplearse como albañil cuando era un adolescente flacucho. A pesar de que fue duro al principio, él iba motivado por la ilusión y el sueño de la liberación de su pueblo y ahora que parecía un toro joven, musculoso y digno, esperaba con abnegación a que llegara su momento.

Cuando volvió por la noche a su casa encontró a los niños durmiendo, sus padres estaban ocultos bajo unos mantos, sumergidos en una conversación en voz baja que más parecía un canto de plegarias. Al verlo lo saludaron y él se fue a cenar leche de cabra con pan ácimo y dátiles, era lo poco de comida que había sobrado en un plato llano de arcilla que estaba al lado del fogón. Comió con mucha calma, sin hambre y con los ojos fijos en el vacío, sorbiendo maquinalmente la bebida tibia y aguada. Se durmió al sentir el contacto de la tela áspera de su rudimentaria almohada. Se derrumbó en un sueño profundo y su cuerpo se hizo de trapo. El frío de la noche lo despertó, respiraba con dificultad y tenía el cuerpo titiritando y mojado de sudor. Cogió su fino y viejo manto, salió sin hacer ruido y miró el cielo sin luna, solo las estrellas con minúsculos destellos ofrecían un poco de luz. Entonces recordó su sueño, la causa de su desvelo, primero aparecían unos ojos glaucos, luego unos labios silvestres le anunciaban las dignificantes palabras, pero lo más emblemático de su visión era el dedo índice de Débora señalando el firmamento, evocando el poder del creador.  Se preguntó en voz baja si no estaría su pueblo entrando en una nueva era. Por qué hasta antes de Débora los profetas habían sido hombres, ¿Acaso dios había perdonado a la mujer de su pecado original? ¿Por qué su mandato tenía una voz femenina, fuerte y decidido, pero femenino?

 A parte de escuchar la frase: ¡Es la hora!, esta vez había escuchado la voz de Débora diciéndole, ¡esta será la señal!,-luego, desaparecía. A qué se refería, qué tipo de signo tendría que esperar para empezar a actuar. No encontró respuesta a sus interrogantes y se metió de nuevo en el lecho para descansar, concilió el sueño con dificultad y a la mañana siguiente buscó de nuevo la figura de la palmera y la encontró, esperaba nervioso recibir la señal de Débora, pero fue en vano, ella no estaba. Permaneció parado frente al árbol una media hora con la esperanza de ver a la mujer zahorí o distinguir un signo, todo fue inútil.  Se fue lentamente por un estrecho camino cubierto de harina de polvo opaco y se preguntó cuántos años habían pasado, cuántos meses y días eternos vendrían. Cuando llegó a la ciudad de Cadés miró con atención los enormes muros que había edificado con sus propias manos y sintió que la fuerza que había empleado, durante años, ahora tensaba sus fuertes músculos. -Esta debe ser la señal,-Pensó Barac y volvió rápidamente sobre sus pasos hasta el monte de Efraín. Desde muy lejos distinguió la figura de una mujer envuelta en un manto rojo oscuro, era la mujer de Lapidot. Llegó hasta la palma y la mujer levantó la mano hacía el cielo señalando con el dedo y le dijo:

“El Señor te ha llamado! !Es la hora!  Deberás reunir un ejército de diez mil hombres y avanzar contra  las fuerzas de Sisara. Hazlo como lo ordena tu señor y triunfarás”.

Por un momento, Barac, dudó de lo que oía, se vio sobrecogido por la angustia y el temor, su voz quedó atrapada por un momento en el vacío. Creyó conveniente buscar el apoyo en la profetisa.
-Vendrás conmigo, señora, y nos darás las ordenes que indique Dios a través de tus palabras.
Débora lo miró incrédula y sus ojos se fueron entornando, después se pusieron blancos. La vidente comenzó a temblar, luego respondió:
-Iré a tu lado y derrotarás al ejército de los mil coches de hierro, vencerás en la batalla, sin embargo, la gloria no será tuya porque te has negado a emprender el ataque bajo la señal de la nube del señor. Iré contigo y cuando busques a tu enemigo te dejaré ir solo siguiendo un rastro que te llevará a una casa donde descubrirás una gran revelación.

Barac reunió de Neftalí y Zabulón diez mil hombres dispuestos a tomar por sorpresa a Sisara, pero Jéber, quién se había enfrentado en su día al suegro de Moisés, dio aviso a los hombres del comandante de Sisara y estos tuvieron tiempo de enfilar sus novecientos herrados y fortificados carros. Así comenzó el avance hacía la pendiente del monte Tabor.  Sisara divisó el ejercito judío y arreció la marcha haciendo levantar una enorme nube de polvo semejante a un torbellino, en ese momento, Débora habló con la voz del creador e indicó que se prepararan los hombres para atacar bajo una fuerte tormenta. En ese mismo instante el cielo se puso gris y el viento escarchado tomó la dirección de la nube de polvo aplacándola, el torrente era tan fuerte que los caballos del enemigo parecían pequeñas estatuas de juguete que arrastraban sus cargas con mucha dificultad, los soldados apenas podían sostener la espada y sus cascos se les desprendían de la cabeza por efecto del vendaval. Empezaron a chocar las armas al ritmo de un cantico de metal y los soldados de Barac, más habilidosos y diestros con la espada, derramaron la sangre del enemigo.

El grupo de soldados de las fuerzas armadas de Sisara se mantenía en una masa compacta pero sin la suficiente fuerza para detener la ola humana que los rodeaba y sometía con golpes mortales. En la pequeña maqueta del mundo creado por Dios, los guerreros judíos, guiados por la portentosa mano del Señor, aplastaban a sus contrincantes. Asustados por la inminente derrota, algunos soldados  se desperdigaron, entre ellos el comandante en jefe se dio a la fuga, pero fue visto por Barac. Atravesando  los cuerpos inertes de los guerreros, Barac se abrió paso para darle alcance a Sisara y, a pesar de que no estaba muy lejos, lo perdió de vista y solo pudo continuar la búsqueda caminando tras las huellas que el otro había dejado en su precipitada carrera. Cuando el suelo se hizo más firme y las huellas ya no se marcaban por la dureza de la superficie del campo, Barac vio la casa de Yael y supuso que Sisara estaría al asecho dentro de la tienda. Se acercó sigilosamente pero sus pasos fueron oídos por la esposa de Jéber, Barac levantó la espada y se preparó para el ataque, sin embargo, al dar el primer paso vio que salía Yael con un martillo en la mano derecha y el puño izquierdo ensangrentado.

-No temas,-le dijo ella- el hombre que buscas está muerto.

Barac entró con prisa en la tienda y descubrió el cuerpo de Sisara tumbado sobre el costado derecho y la cabeza clavada al piso. Un enorme charco rojo que se empezaba a coagular rodeaba el cráneo destrozado del general. Barac oyó a sus espaldas las palabras de Yael que le decía:

-Ha venido pidiendo agua y cobijo, pero al entrar la voz de Dios me indicó que era un traidor y venía a buscar su propia muerte. Entonces, oí la orden del ángel que me alentó a que le diera a Sisara de la leche del odre y en cuanto se durmió cogí el martillo y un enorme clavo y le atravesé la sien. El enviado de Dios me dijo que venías tú, que te me adelantara y te avisara la buena nueva mostrándote el cadáver.

Barac desconcertado se alejó en busca de Débora para hallar una explicación. En el campo de batalla todo era alegría y festejo porque no había quedado enemigo vivo. El cielo estaba despejado y los hombres de Barac creían ver el mundo más pequeño, como si estuvieran observando desde una gran altura los pequeños cuerpecitos de los caballos atrapados entre las ruedas de los férreos y plateados carros.
Esa misma noche se compuso un himno de victoria, tal vez uno de los más importantes de la antigüedad porque en él se cantaba el triunfo del pueblo elegido sobre sus enemigos en el reino cananeo de Hazor y el devenimiento de una nueva era donde la mujer sería también vocera y mensajera de las palabras de Dios. Barac tuvo un sueño profundo, oscuro y tranquilo, sin imágenes, solo con el murmullo de una dulce voz celestial que le decía que había llegado una nueva era, pero él, ya no vería su final.








martes, 21 de abril de 2015

Doble

Tuve el gusto de conocerlo hace poco. Su nombre es Saturnino y no hace honor al dios hermano de Titán porque es un hombre bonachón y tranquilo con aspecto de maestro de la antigüedad. Entablamos una conversación, por casualidad, muy amena, ya que a los dos nos gusta la literatura, sin embargo noté desde el principio que el percibe la literatura desde otro punto de vista. Es como si estuviera del otro lado de la realidad, es decir desde dentro de las historias.

Mira,-me dijo,- hace poco tomé la decisión de escribir, pero me costó mucho trabajo. No es porque no tenga aptitudes, más bien es porque he tenido la impresión toda mi vida de que soy una persona diferente, es como si yo viviera las historias que lee la gente.

-No te entiendo, Saturnino, explícate mejor

- ¿Has leído la verdad de las mentiras?

-Sí, claro, es uno de mis libros preferidos y, a pesar de que no todos los libros de Vargas Llosa me gustan, este es estupendo.

- Pues, si recuerdas algo de lo que comenta sobre el Tambor de hojalata de Gunter Grass, entenderás lo que quiero decirte.

-¿Y qué es exactamente?

-Hay una parte en la novela donde el autor alemán deja entrever la idea de que Oscar es el hijo de Polonia, porque has de suponerlo, ¿no? Es solo una forma de interpretar el papel de la madre de Oscar. Pues, te confieso que yo me sentía como Oscar, así de pequeño con esa voz aguda que rompía cristales, tocando el tamborcito de hojalata como si fuera un himno bastardo que nadie reconocía, pero no era solamente eso.

-¿Qué más había? Saturnino.

–Había algo muy raro que no podrías imaginarlo y mucho menos comprenderlo. Era una sensación de ver desde dentro el exterior. Personas leyendo, viviendo en mundos raros y diferentes sociedades. Podía ver las caras de algunos lectores y escuchar su voz interior.

-¿Eso quiere decir que te sientes un personaje imaginario de los que abundan en la obras?

-Efectivamente, y puedo, si lo deseas, decirte cosas sobre los personajes de Chejov o Maupassant, Poe, Rulfo, Borges o cualquier otro.

-Es asombroso, querido amigo y, ¿Cómo escribes entonces?

 –Contando lo que veo, lo que logro discernir del pensamiento de los que cuentan historias. Trato de comprender a los personajes que están a mi mismo nivel dimensional, incluso hablo con ellos en ocasiones. Lo que si me cuesta trabajo es redactar lo que no conozco. Por ejemplo, un día normal, sin metáforas o una cara real sin desvirtuarla por las ideas de un narrador real. Hay ocasiones en que tardo horas enteras para poder decir que una mujer era convencional que tenía el pelo castaño y los ojos verdes.

-Bueno, Saturnino se me acaba el tiempo. ¿Volveré a conversar contigo?

-Búscame dentro de los cuentos, siempre hay un personaje en el que estoy reflejado, mirando desde ahí con paciencia, tanto la actitud del lector como la del autor. Hasta pronto.


 

domingo, 19 de abril de 2015

Rompimos por un Ipad

Me pregunto cómo he podido llegar a esta situación tan ridícula. Es verdad que en varias ocasiones me he conducido como un patán, pero es que no hay derecho a que todo el mundo trate de controlar mi vida y, lo peor, que de la opinión de los demás dependa mi estado de ánimo, al final, creo que todos estos cacharros electrónicos son los culpables de mi malestar.

No sé con exactitud qué es peor, si seguir en este círculo vicioso donde mi humor depende de la respuesta a mis selfies, los “me gusta” cuando cuelgo una foto, los comentarios cuando hago una publicación, las críticas en contra de mis opiniones en un foro; o la indiferencia total.

Antes, no tenía esa angustia de no saber si mis colegas, admiradores y enemigos aprobaban o desaprobaban mi conducta en mis participaciones en las redes sociales, pero últimamente, ya no puedo vivir sin las visitas a todas mis aplicaciones multimedia. Al día haré más de cien o unas doscientas revisiones.

Me asombra que a veces estoy deshecho, me da una depresión horrible, porque nadie me visita en mi blog, cuando nadie le pone una manita con pulgar a mis fotos me enfado, cuando alguien dice algo de mí y, al hacer el comentario de respuesta, me ignoran, hasta quiero romper la computadora. ¿Qué me pasa?

Ahora mismo estoy fatal. He tirado mi compu portátil por la ventana, es que iba muy lenta y no podía mantener una discusión en el chat, decidí enviarle una cadena de sms a mi desagradable interlocutor, pero mi teléfono tiene una función de corrección de textos, me los cambia al inglés, que no puedo cambiar porque el programa del aparato no me lo permite, tendría que actualizar el androide y buscar aplicaciones en play store, pero cuándo te vas a poner a hacer eso en una discusión, además mi fono es pirata.

Me he preparado una taza de nescafé y estoy tratando de razonar un poco sobre las causas de este estado de angustia. Conciencia está ofendida, sentada frente a mí con su cara de indignación, ni siquiera me mira, tiene la cabeza levantada y hace como que no me ve, he tratado de comunicarme con ella por medio de Sentido Común pero él tampoco quiere dirigirme la palabra, dice que eso de tirar el regalo que me hizo mi hermana por la ventana, solo porque se había colgado un rato, fue una burrada. Los entiendo a los dos pero tengo mis objeciones.

Para la primera, la dama criticona y confianzuda, sería necesario que supiera que estoy tranquilo y satisfecho por haberle dicho a mi novia Lola que hiciera lo que quisiera cuando tenía la peor depresión de su vida, no podía entender que yo tenía que contestar un montón de mensajes y subir un artículo en mi blog, con qué cara me exigía que saliera de inmediato a consolarla por no sé qué niñería, y luego se quiso hasta suicidar, ¿será tan inútil?

Para el segundo, ¿qué podía hacer yo? Es cierto que Sentido Común me dijo que lo mejor era dejarlo todo y salir de inmediato en su ayuda, que de ser verdad lo de mi novia Lola, tendría que afrontar las consecuencias después, y así pasó, pero no fui yo el culpable. Al principio sí le hice caso a mi compañero inseparable y hasta me vestí para salir en ese momento, pero cuando ya estaba a punto de irme, entró en línea un contrincante que tengo en el juego de los tanques de guerra y, como ya me había ganado la vez pasada, tenía que desquitarme, me regresé y empecé a jugar, Sentido Común me comenzó a echar la bronca y a jalarme del brazo, pero yo le dije que ni lo intentara, que no iba a salir mientras no ganara. Estuve lidiando con mi rival y con el otro, el que no me soltaba el brazo, y perdí de nuevo. Me puse mal, rompí la consola del nintendo.

Conciencia, que está con mala cara frente a mí, en aquel trágico momento me dijo que si no iba a ver a Lola, los dolores los padecería yo, luego. Eso fue el peor augurio porque después me llamó mi cuñada muy alarmada diciéndome que la Lola se había tomado no sé cuantas pastillas.

-Ha sido por tu culpa.-Me dijo con rencor Alicia.- En ese momento saltaron estos dos mudos que ahora no quieren hablar, pero esa vez sí que me gritaban, la una me decía: ¿ya lo ves?; el otro: “¿Pero serás animal? Cualquier persona, hasta la más cruel habría dejado los malditos cacharros y se habría ido a ver a la novia”

Cuando al final salí para ir al hospital pasé por una tienda donde se venden teléfonos móviles  y los Ipads, por pura curiosidad me metí a preguntar por el precio del último Ipad mini, cuesta un ojo de la cara, pero cuando le pregunté por las aplicaciones al chico que atendía, me sorprendió que con ese aparato resolvería todos mis problemas.

-Este no se te cuelga nunca,- me dijo el chaval, que parecía un experto a su corta edad, así somos ahora, pensé, lo sabemos todo,- y puedes configurar lo que quieras, además mira qué diseño, incluso te lo puedes llevar con un plan de crédito fantástico, podrás conectarte al wifi cuando quieras y la tarifa da risa.

-Bueno, lo pienso y vengo en la semana, ahora no puedo decidir porque mi novia está en el hospital.

-No te preocupes, la promoción está hasta fin de mes. Ah, y que se recupere tu novia.

-Gracias, hasta pronto.

Llegué finalmente al hospital acompañado de estos dos inconformes que me decían lo que tenía que hacer, decir y cómo debía conducirme en una situación tan complicada, pero la cagué.

Lola estaba muy mal, se veía como zombi.

Dile algo agradable,-me dijo Sentido Común,-pero piensa bien las palabras. Por desgracia, no se me ocurrió nada y lo único que hice fue acercarme a mi novia y darle un beso, no me gustó porque tenía los labios secos, ásperos, como con escamas. ¿Te gustan estás flores?- era la primera vez que le regalaba un ramo. Con un movimiento de la cabeza dijo que sí, pensé que no podía hablar y me sentí incomodo porque sabía que quien tendría que llevar la conversación sería yo.

Empecé disculpándome y prometiéndole que en el futuro sería mejor y que no le causaría ningún disgusto. En realidad, el disgusto era mío porque en ese momento me estaban mandando un montón de mensajes en sms y quería saber quién era. Durante unos minutos, Lola y yo nos miramos y hasta nos reímos un poco, luego le comenté lo del Ipad y ahí se terminó todo.

-¿Es que no te acuerdas que me habías prometido comprármelo para mi cumpleaños?- Era verdad, se lo había prometido cuando estaba haciendo algo del blog y luego se me olvidó. En su cumpleaños le di un modesto reproductor de música, que me habían dado como regalo junto con la tele que mi hermano y yo compramos para mi mamá, y seguro que eso fue lo que la hizo perder el control. Traté de disculparme, mientras Conciencia me veía con rencor, y le dije que en cuanto hiciera algún trabajito por ahí, le compraría el mejor Ipad, pero no pude cumplir con lo prometido por falta de encargos porque, como por arte de magia, nadie me llamó ni para saludarme.

Ayer Lola salió del hospital y, al llegar a su casa, me miró de forma interrogativa, yo no entendí, pero la parejita de inconformes que no me deja en paz me empezó a recriminar y dar consejos al mismo tiempo: ¿te acuerdas de lo que le prometiste?-decía ella; él, por otro lado, en tu lugar yo iría a pedirle dinero a mi hermano y compraría el Ipad. No pude decidir nada porque frente a mí estaba el otro, el peor de todos: vanidoso, egoísta, soberbio, arrogante, presumido a morir. –No se lo compres, de nada le va a servir y de todos modos la vas a dejar,- Mi inseparable parejita de torturadores puso el grito en el cielo. Conciencia me dijo que eso estaba mal, que sería lo último que me permitiría hacer. Sentido Común masculló cosas que no entendí y se salió disgustado. Total que me fui y decidí comprarle a Lola lo que quería, sin embargo, creo que me lo voy a quedar porque después de la caída, desde la cuarta planta, mi ordenador ya no funcionará.

 


 

martes, 7 de abril de 2015

Desamor


Quiero liberarme de la lacra, de esa escoria mental que me ha llenado la cabeza con estos recuerdos. Deseo terminar con estas ideas viciadas  y añejas, rascarme las costras abultadas de evocaciones e imágenes pardas, sin embargo sé que me quedaría una cicatriz inevitable, contundente. Mi camino por la mente es tedioso: las mismas imágenes, la misma mujer, el mismo rechazo dicho de mil formas; transformado, adulterado y amargo. No hay forma de salir del laberinto, tenía una vaga esperanza pero de tan acostumbrado que estoy, siento temor de perder lo que ha sido mi vida durante tantos años. Este sufrimiento se ha transformado en una necesidad, es mi vida misma. Ya no encuentro otro motivo para vivir más que esos recuerdos. La duda y el temor me asaltan cuando pienso en la pérdida de mi adicción, es como el hombre que sabe que puede dejar la bebida o el tabaco pero que prefiere morir a enfrentarse a una existencia vacía, sin causa, porque qué es una existencia sin el objeto del placer sea cual sea, bueno o malo.

También están allí todas esas chucherías que he guardado desde la adolescencia. La foto del grupo del último año de la secundaría, donde yo estoy parado junto a ella mirándola con devoción. Amarillenta y mil veces leída, la única carta que ella me envió posponiendo la decisión a mi propuesta. En una caja de madera, una diadema que se le perdió a Julieta cuando fuimos de excursión al planetario y yo la escondí furtivo, temeroso, culpable. Los dibujos a mano alzada que hice durante los cortos recreos en los que a la distancia delineé con lápiz  su hermoso cuerpo juvenil.  Mis poemas improvisados, guiados por la pasión incontrolable y nunca recibidos, y sus papelitos, sus notas y sus hojas trozadas con su letra gariboleada y grande con esos “No” rotundos, hirientes, casi mortales. No tengo ningún objeto que se relacione con la esperanza, ni uno solo que me produzca un poco de alegría y, no obstante, sigo con la ilusión de ese “Sí”, que nunca llegó.

Acumulado, en capas enormes, endurecido e imposible de quitar, está el nombre de Luis, su voz, su aspecto majadero y altivo, su imagen de triunfador, todo un rompecorazones. Su donjuanismo y su persistencia con Julieta, esa horrible barbita de chivo que tanto detesto y que para ella era como un llamado de seducción, como un signo del sátiro, del pervertido y lujurioso;  y ella, ella como diosa de la fertilidad deseosa de llenar su vientre con todo el deseo y pasión del hombre chivo, del cabrón, que no era otra cosa más que eso.

Por qué ante él, ella, se desmoronaba, enrojecía y perdía el control, por qué se mostraba tan perceptiva tan húmeda y deseosa, ¿y conmigo? Como un claustro, como un monasterio de estricto régimen que no dejaba entrar ni a Dios. ¿Quién era yo?, nada más que un pobre desdichado, enamoradizo, ilusionado y tonto. Por qué, por qué no luché. Bien podía haberla tomado con violencia, obligarla como se obliga a una mula retozona e indomable. También, podría haber actuado contra él, como un loco desaforado, incontrolable y demente. No me hubiera costado nada ahuyentarlo, echarlo para siempre como se debe espantar a una hiena, pero no lo hice y me condené, yo mismo me puse el cerco y lo hice mi prisión. Vi todas las desgracias detrás de una trinchera improvisada, ocasional. En cada momento decisivo me oculté tras un comulgatorio.

Ahora es tan tarde y aunque sé que ella estaría dispuesta para mí, sin reticencias, me estorba la costra, ese bulto de residuos acumulados, disecados, enraizados hasta lo más profundo. Cómo pude ir edificando este insalvable muro, no lo sé. Ni la fuga ni el cambio, ni el pasado ni el futuro, ni la unión ni la separación pueden ayudarme. Condenado a seguir así, seguiré encerrado en mi propio infierno, por haber rechazado la ayuda, la misericordia de otras que con benevolencia trataron de levantarme mientras yo seguía esclavo, víctima de aquel desprecio que en ese momento era mi única vida, mi única savia y redención.  Lo único que me queda es una existencia desvalida, perdida por la obsesión, un hombre frustrado por la necedad, ilusionado por el deseo de conseguir un poco de compasión y cariño. No queda más que una viuda infeliz, torturada eternamente, por las mentiras de su macho caprino.