sábado, 25 de julio de 2020

Terezinha

I

Hacía unos días que me habían dado de alta en el hospital. Era uno de los sobrevivientes que no fueron arrestados por los ingleses el 5 de octubre de 1804. Éramos en total cincuenta náufragos incluido el teniente de navío Pedro afán de Rivera. Quedé enganchado a unos maderas de la proa. La corriente me llevó en dirección Este y permanecí a la deriva varios días. Luego perdí el sentido, pero como me contaron después. Una embarcación portuguesa me rescató. Cuando me recuperé supe que habían mandado a unos soldados para que me llevaran de nuevo Castilla. En esos días había pospuesto las salidas porque el temporal era muy malo. Pasé los días bebiendo en una taberna que estaba cerca del mesón en el que, gracias a la intercesión del alcalde, me habían dejado pasar las noches con una pensión completa. Gané unos cuantos escudos de plata que obtuve por mis labores de escribiente. Aprovechando la tranquilidad de una ciudad pequeña me dejé llevar por los placeres nocturnos. Había un sitio en el que se servía buen vino por las noches y las mujeres alegraban las veladas con bailes y caricias.

Tenía una conocida que me había hecho reducir mis ganancias a la mitad, pero estaba muy agradecido de poder gozar de su compañía. Me hablaba en su portugués costeño haciendo caso omiso de mi desconocimiento de algunas palabras y expresiones. Un día, antes de partir, fui a buscarla, pero no apareció en toda la noche. No quise amansar mis necesidades con otra mujer y bebí gozando de los cánticos y las danzas. Entrada la madrugada cuando la gente se comenzó a dispersar por las habitaciones y la música se hizo más lenta, vi a un hombre que me miraba con persistencia. Llevaba una camisa de olanes con un cordón desatado. Tenía un aspecto raro y en un principio estuve arisco a sus palabras, pero al preguntarle sobre su empleo me contestó que era comerciante y amanuense. Habló sobre sus viajes y las ciudades que frecuentaba. Me quedó la impresión de que el país era muy rico en vegetación. Hablamos un poco de las mujeres que ahí trabajaban, le comenté que me encantaba la Terezinha. El dijo conocerla, que era buena hembra. Apasionada y con mezcla de esclava y reina. Sabía obedecer y subordinar según lo requiriera la ocasión. La imaginamos juntos con sus grandes escotes y su pelo rizado, con esa sonrisa de zorra que armonizaba con su perfil fino y aojado. Su mirada era la desgracia de los hombres que veían como sus glaucos ojos herían el corazón tirándose a matar. “Prendado está usted, amigo—dijo acariciándose el bigote—. Esa mujer es la condena del alma”. Era verdad porque estaba dispuesto a no volver al servicio a mi patria por aquellas piernas prietas de la aromática Terezinha que me había enseñado a pronunciar correctamente su nombre en su idioma y yo lo repetía en mis sueños.

Al final resultó mejor no verla esa noche o, al menos eso creía en aquel momento, porque después tuve un mal presentimiento y, es por eso, que muchos años después vuelvo a esta ciudad para saber su paradero. No me gustaría recibir una mala noticia y su imagen de señora envejecida, tal vez sin algunos dientes, canosa y descompuesta, es mucho mejor que la confirmación de mis miedos. He traído conmigo los cuadernillos que me dio Vitor Agostinho aquel que me diera atareada conversación. Ni siquiera llegué a sospechar lo que tramaba aquel desdichado ser. “Soy escritor de cosas de la vida, ¿sabe? —me dijo ya muy ahogado en alcohol—. Lo malo es que publicar un libro en nuestro tiempo es muy caro. Quizás usted podría ayudarme. Mis historias son para la posteridad. Es usted un hombre de bien, influyente y podrá con toda seguridad hacer que se cumpla mi ultimo deseo”. Traté de darle consuelo a sus penas y hasta lo encaminé a su casa. Nos despedimos con un abrazo sincero y me quedó grabada su mirada de crueldad que no sé si fue porque quería vomitar y se contenía o porque se imaginaba el final de la historia con mucho trecho de anterioridad. Cogí los cuadernos y me los metí en el jubón pensando seriamente en que los llevaría a la imprenta. Vi su capa alejarse. Llevaba en la mano su sombrero y su sombra parecía una serpiente avanzando dudosa. Ya compuesto de salud y espíritu volví a mis labores. Primero fui llamado a dar informe y luego asignado para viajar junto con Carlos María de Alvear, único sobreviviente de la familia de Diego de Alvear, a la Argentina. Toda la familia había naufragado conmigo y muchas veces me pregunté como había sido posible su desaparición. Mis labores y compromisos me alejaron de los cuadernos que permanecieron muchos años en un baúl, pero era mi destino leerlos finalmente y lamento mucho haberlo hecho. Esto fue lo que encontré:

II

Capitulo primero

Nací en el año 1774 en un pequeño pueblo cerca de Braganꞔa. Viajé desde pequeño a Meixedo y conocí la gran vegetación de los bosques del norte. Supe de los animales salvajes que habitaban allí. Tenía siempre miedo de los lobos que merodeaban por nuestro coche. Oía sus narices olisqueando, los mordiscos en la madera. A veces aullaban sin fuerza como amenazándonos con sarcasmo. Un día tuve la desgracia de salir por la noche a orinar. Tendría once años y al darme la vuelta, ya para volver a mi cama vi un lobo. Estaba frente a mí. Me miró sin furia, sin parpadeos. Sus brillantes ojos me comunicaron sus palabras: “Eres mi hermano gemelo. No somos dos contrarios y nos separaron para siempre, sin embargo, debes reunirte conmigo a través de un ritual. Tendrás que hacer un sacrificio en las noches sin luna. Ningún alma humana debe mirarte para que puedas retornar al bosque y yo esté en ti y tú en mí”. Me dio las instrucciones exactas de la ceremonia y me fui a dormir. A la mañana siguiente no recordaba nada. Estaba de buen humor y mi apetito fue el de un hombre mayor. Estás creciendo Víctor, me dijo mi padre limpiando los platos. Era cierto, me había salido un bigotillo de terciopelo bajo la nariz. Me sentía vigoroso y dispuesto a conquistar las tierras que veía en el horizonte.

Capitulo segundo

Habían pasado ya varios años. Me había hecho un experto en plantas medicinales. Ponía en bolsos de tela de lino mis hojas secas. Tenía clasificados los tipos de té, los ungüentos y las grasas de reptiles. Mezclaba algunas sustancias con aguardiente y se las vendía a los hombres para sanar los dolores de riñón o hígado. Tenía infusiones para los cólicos y jarabes para que las mujeres dejaran de ser lascivas. Mi padre estaba orgulloso. Recorríamos toda la costa del Atlántico, nos internábamos por los bosques. Teníamos una ruta de norte a sur que duraba un año. Hacíamos paradas en todas las poblaciones y nos relacionábamos con la gente. Nos pagaban bien y podíamos disfrutar de los espectáculos que nos ofrecían los cirqueros y magos. Mi padre siempre tenía monedas para cerveza o vino y como se desentendía del negocio sabiendo que yo podía con toda la carga, se llevaba al coche mujeres con las que reía y mugía como un buey feliz.

Capitulo tercero.

Una noche en que estábamos cerca de Vila Nova de Serveira cerca del río Minio. Mi padre llegó con una mujer gorda de unos cuarenta años. Me llamó y al acercarme vi a una joven que venía con ella. Tenía un vestido limpio y olía a aceite rancio y flores. Llevaba una diadema de metal un poco oxidada y su piel era muy pálida, sin embargo, tenía unos pechos redondos como naranjas y su rostro era el de una hembra canina en espera del ataque. Me miró con la cabeza baja. Mi padre abrió la puerta del carro y me ordenó subir. Entré y sentí que detrás venía la chica. Se cerraron las puertas y el espacio desfalleció de luz. Se me echó encima como quien quiere pelea, pero al tenerla sobre mí, me pidió que la desnudara despacio. Me ofreció su espalda y desaté los cordones que sujetaban su vestido azul. Quedó semidesnuda y se despojó del camisón amarillento. Me quité la ropa sin saber lo que hacían mis manos y, cuando estábamos en cueros, ella se echó boca arriba. Me miró retadora y me llamó. Sentí su cuerpo tibio y salado. Tenía poco bello en los sobacos y su vientre mostraba una barbita rala con unos labios rosados y regordetes. La monté con fuerza y sentí sus uñas traspasarme la piel, el placer por la unión me puso salvaje y la aferré con fuerza. Ella se retorcía debajo de mí. Reía de su ocupación pervertida, me empujaba para que tomara vuelo y después descendiera para traspasarla. No sé cuánto duramos así, pero de pronto noté los dientes más chirriantes, la piel más peluda. Me estaban poseyendo el deseo y la locura. Se me nubló la vista y sé que la mordí y me llené los pulmones con el olor de su carne fresca. Vi de nuevo al lobo que años atrás me había dicho que era mi hermano. Temblé de horror, pero ya no era yo, sino él, que aullaba con la potencia de un fuelle.

Capitulo cuarto

Los encuentros con mujeres se fueron repitiendo y mi padre fue perdiendo fuerzas. Parecía que cada vez que yo complacía mi cuerpo con un encuentro sexual, era él quien perdía el vigor que yo empleaba en el amor. Comencé a ver cada vez más cuajada la imagen de mi hermano. Una tarde de invierno muy fría tuve la revelación. Estaba con una campesina que se había ofrecido por unas cuantas medicinas para su madre. Era muy corpulenta y generosa en el amor. Se encendía como una hoguera y su calor duraba muchas horas. Parecía que tenía la fertilidad de la primavera. Habíamos quedado que primero curaría a su madre y después, para que pudiera entregarse sin recato. Haríamos el amor. No sabía entonces que se conjuntarían todos los elementos de la tragedia, pues como ya había contado antes. Mi progenitor perdía fuerzas con mis andadas y esa noche no tenía las suficientes para soportar el fuego de Fillipa que parecía una yegua en brama. La madre se recuperó a la mañana siguiente. La lusa floreció y tenía un encanto envidiable. Mi padre, por desgracia, amaneció tieso frente a las cenizas de la hoguera que había hecho. Lo sepultamos y me vi solo conduciendo el negocio familiar.

Capitulo quinto

Ya huérfano por doble partida, primero mi madre en la infancia y, ahora mi padre en la juventud, decidí seguir adelante sin mirar atrás. Los buenos consejos de mi procreador quedarían para siempre mientras él se iba integrando más a la tierra y transformándose en parte del universo. Lo eché de menos los primeros meses, incluso hablé muchas tardes con él. Así como lo solíamos hacer. Sentados frente a la hoguera hablando de nuestros planes futuros. Seguí elaborando los remedios con plantas, grasas de animales y algunas sustancias químicas. No se incrementaron mucho mis ganancias porque me faltaba el poder de convencimiento que mi padre sí tenía. Era un verdadero actor que entonaba, gesticulaba y lloraba como si de verdad estuviera convencido de lo que decía. Para mí era mucho más difícil, sin embargo, comencé a imitarlo y las cosas resultaron mejor. La gente me preguntaba por él y les contaba el triste final de su vida. Seguí haciendo mi ruta cada año, pero en uno de esos viajes pasó algo terrible.

III

Lo que Víctor Agostinho cuenta en adelante es fruto de una mente de sesos retorcidos o de la transformación, por causa de alguna pócima o un embrujo, de un hombre normal en algo bestial. Habían pasado diez años desde aquel infortunado día en que lo conocí. Era el año catorce y supongo que tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Volví a Garganta que estaba en una gran planicie árida. Busqué el Ana da Eira donde me había encontrado Terezinha. El lugar había cambiado un poco, era más pequeño de lo que lo recordaba. Por suerte estaba la encargada que ya era una anciana. Los años se le habían quedado encima y su carga era muy fastidiosa por las enfermedades que la comenzaron a afectar de forma demoledora. Andreia de Santos que sobresalía por carácter antes, ahora estaba relegada a su habitación mientras alguna de sus pupilas se encargaba de organizar las habitaciones, controlar a las mujeres y poner detrás de la línea a los hombres. No me reconoció. Le dije que había asistido a su burdel hacía diez años y que entonces era un joven marinero español muy atractivo. No podía comprobarlo y mi gruesa figura, mi calvicie prematura y mi perilla un poco canosa parecían contradecir mis palabras. La señora de Santos ya no veía muy bien y la artritis le producía un dolor tan intenso que no se podía concentrar en nada. Le pregunté por Víctor Agostinho y me contó que había sucedido una gran tragedia. No fue muy clara al contarlo y me quedaron muchas dudas. La historia que ella me había relatado era inverosímil y no pudo o, no quiso darme detalles. Lo que saque en conclusión es que había muerto mientras estaba con una de las chicas, pero su muerte había sido tan extraña y horrorosa que nadie deseaba comentarla.

Fue necesario dirigirme a la policía. No pudieron atenderme ese día y me alojé en el Flor de sal. Era muy pequeño y tenía un olor rancio. Deseé que mi estancia fuera corta y decidí que en cuanto aclarara lo de Agostinho volvería de inmediato a Argentina para no regresar jamás a Europa. Tomé una botella de vino y me venció el sueño. Era lo que necesitaba para poder estar tranquilo. La imagen de Terezinha se había ido haciendo más clara y creía verla en las mujeres morenas con vestido azul, que no faltaban. Desperté por la mañana con el estómago torcido. No pude desayunar y al mediodía fui otra vez a la comisaría. Hablé con Rui Antunes el encargado de homicidios que me atendió guiado más por la curiosidad que por la cortesía. Le manifesté mi temor de que Terezinha hubiera sido asesinada por Agostinho. Creí que Antunes me contaría todo de principio a fin sobre su muerte, pero no fue así. Me fue escrutando hasta sacarme la última referencia que tenía de Víctor. No reveló su interés de inmediato y me fue haciendo preguntas tan bien elegidas que no podía evitar hablar de Agostinho. Le conté lo de los cuadernillos, la forma en que nos conocimos y las sospechas que despertó en mi su conducta. Más tarde fui presentando la historia a partir del temor que tuve al volver a Castilla. Fue por su mirada—le dije al comisario—, por lo que sentí un escalofrío y un miedo jamás experimentado. Era como hablar con un ser de ultratumba. Me vi obligado a mostrar los cuadernos e incluso leer pasajes desagradables. Cuando hablé del segundo cuadernillo que era donde se encontraban las descripciones más aberrantes de las vejaciones de Agostinho, el comisario no se inmutó. Parecía que estaba buscando algún dato o información que le diera una respuesta a sus hipótesis. Por ratos se le iluminaban los ojos y cuando terminé de hablar salió. Volvió con una cubierta de cuero grueso y sacó unos papeles amarillentos. Eran unas actas.

“20 de noviembre de 1804. Se ha presentado el cadáver de una mujer de unos veinticinco años. Mulata con el pelo negro largo y rizado. Su cuerpo presenta fuertes mordidas en las piernas, los brazos y las nalgas. Al parecer las marcas de los dientes son humanas. Le fueron mutilados los pezones y los labios tanto de la boca como vaginales…”

No pude escuchar hasta el final lo que leía Rui Antunes. Le pregunté si había encontrado más víctimas torturadas de la misma forma. Me dijo que sí, que tenía conocimiento de unos quince casos más. Fue entonces cuando cogí el segundo cuaderno de Víctor y busqué los capítulos diez, once y doce. El comisario perdió el habla. Repasó letra por letra lo escrito y después con el rostro descompuesto me dijo:

—Tendrá que dejarme esos manuscritos, señor Samuel Castro

—Sin duda alguna, comisario. Creo que están malditos. Cójalos, por favor.

—Muchas gracias. Mire, el caso de Agostinho, es algo fuera de la lógica. ¿Sabe? Murió en el Ana de Eira. Donde conoció usted a Terezinha. Él la pudo haber matado el mismo día que usted lo conoció. Esos escritos que me ha dado son como una confesión póstuma y ahora se le podría inculpar por esos homicidios.

—Espero que así sea, comisario. Por cierto, le pregunté a la señora Andreia de Santos los detalles de la muerte de Víctor, pero como está en malas condiciones no me dijo nada. Las demás mujeres me comentaron que era tan desagradable el suceso que lo único que les producía era vómito y nadie quiso contármelo. Así que, si fuera tan amable de no dejarme ir con la duda, se lo agradecería muchísimo.

—Pues, es en verdad horrible y de ser otra persona usted, jamás se lo contaría, pero supongo que algo debe estar plasmado en estos cuadernos y lo que le narraré no le sorprenderá mucho. Vea, dicen que sucedió así:

“Víctor llegó cerca de la medianoche al burdel y pidió bebida. Se tomó media botella de aguardiente de un trago y comenzó a buscar una muchacha para acostarse con ella. Olía a perro según dice el informe, por eso nadie se le quería acercar. Eligió a una chica y ella le puso como condición que se bañara y una cuota muy alta. Agostinho dijo que el dinero no era problema y sacó un saquito con monedas de plata. A todos se les despertó la curiosidad porque era bastante y si se lo iba a gastar en una noche, bien merecía la pena prepararle un baño y una buena cama. Se limpió y quedó listo para el amor. Le dieron su habitación y empezó a revolcarse con la mujer, pero en unos minutos se oyeron unos gritos de dolor. Por el barullo y la música los clientes no oyeron nada y confundieron los alaridos con gritos de placer. Por casualidad, el guardia de la casa lo notó y entró precipitado tumbando la puerta. El espectáculo era tétrico. Había sangre esparcida por todos lados. El cuerpo de la mujer yacía inmóvil. No tenía pezones y sobre ella estaba una bestia peluda. Al notar al negro guardián se le abalanzó y comenzó a morderlo con una fuerza sobrehumana. Por suerte, pasó alguien de la cocina con utensilios. El negro pidió ayuda y le proporcionaron un cuchillo. Agostinho se enfureció y las cuchilladas parecían darle fuerza. Mordía el aire y aullaba. Fue muy difícil aplacarlo. Al final perdió tanta sangre que ya no pudo seguir moviéndose. Y aquí viene lo inverosímil, estimado don Samuel. Dicen que el cuerpo peludo de Víctor se dividió en dos partes. De un lado, quedó un cuerpo humano y, del otro, la piel de un lobo. Nadie pudo decir si eran dos cuerpos o un hombre y una piel. El caso es que desde entonces dicen que Agostinho era el hombre lobo”.

Me quedé mudo. No pude más que levantarme y salir despacio de la comisaría. Rui Antunes no reaccionó. Noté al verlo de reojo que tenía mucho interés en los cuadernillos. Sé que encontró lo que buscaba. La confesión estaba escrita de forma indirecta con letra burda y mal hilada.

miércoles, 1 de julio de 2020

Sarah y la tentación

El saxofón de Ben Webster sonaba romántico con destellos plateados que atravesaban la opaca nube formada por el humo de los cigarrillos. Fuera llovía con fuerza, pero allí hacía calor, la gente estaba encendida por las notas del excelente músico que había despertado ese instinto animal que llevamos todos dentro. Bajo una actitud mustia se escondían nuestras furtivas miradas de cazadores. Me fijé en Sarah que llevaba un vestido rosa. No era muy guapa, pero sus gestos eran obscenos e inocentes a la vez. De todas las que había allí era la única que se podía vanagloriar de ser erótica, seductora de verdad. Sus movimientos, ensayados en cientos de noches de juerga, se habían perfeccionado. Un guiño, un cruce de sus piernas haciendo una trayectoria curva en cámara lenta, su manera de sostener la boquilla en sus labios y las miradas de reojo que delataban su interés, pero disimulaban sus intenciones; la hacían única. Eso, además de un pelo negrísimo, unas pestañas muy embadurnadas de rímel y sus largos guantes blancos volvían locos a los clientes. A mí me gustaba y solo había tenido la oportunidad de hablar con ella una ocasión. No fue una conversación muy larga porque llegó uno de sus clientes habituales y se la llevó a una mesa. Pasé toda esa noche mirándola, pero ella se desentendió de mí. Desde aquella ocasión su interesante rostro me había quitado el sueño.

Hay una cierta fealdad bella en la gente que, en lugar de provocar rechazo, atrae como un fruto prohibido. Sarah era así. A primera vista su rostro no ofrecía nada, pero era cuestión de verla unos cuantos segundos para quedar bajo el efecto de su atracción. Caminaba siempre como una celebridad y sabía encontrar las palabras adecuadas para cualquier situación. No se juntaba con nadie y Francesca, la encargada de controlar a las chicas en ese tugurio, ya entrada en carnes y con un carácter muy fuerte, se dirigía a ella con mucho respeto. Se podría decir que cuidaba de la joya del establecimiento. Frecuenté el lugar varias veces y en ninguna ocasión acepté los servicios de ninguna chica. Hablé con algunas sin un interés especial y esa noche había decidido echar a suertes mi destino. Si Sarah me aceptaba la sacaría de esa pocilga costara lo que costara, en caso contrario me alejaría para siempre de ese lugar de perdición. La tenía frente a mí con su actitud de mujer que se sabe fértil y deseada. Era seguro que como todas las mujeres añoraba casarse algún día y tener unos críos. Su imagen para mí era bíblica, pero ni sagrada, ni maléfica, sino humana. Tan humana como la de María Magdalena. Era, más bien, un arquetipo de feminidad que invita al amor, parecía que se escondía detrás de una barda con alambre de púas y se entregaba a quien lograba pasarla. Esa noche no había llegado ningún ricachón y los tres gatos que estábamos allí no le despertábamos el más mínimo interés.

De pronto salió de la penumbra gris el sonido de una tormenta de teclados y la voz atractiva de las sordinas de trompeta. Cantaban por turnos los músicos: “It don´t mean a thing”. Sarah se levantó de su sitio y se vino a mi mesa para mirar mejor. Los primeros segundos fueron hipnóticos. No sabía que decirle, pero ni siquiera se había fijado en mí. Era como si para ella la mesa estuviera vacía. Le ofrecí encenderle el cigarrillo y solo inclinó un poco la cabeza. Su perfume seco, mezclado con su aroma natural, parecía vino afrutado, embriagante y mortífero. Miró con desgana a los músicos que cantaban sin mucha entrega. Se terminó la melodía y después de unas palmas muy flojas sentí su mirada.

—Estás muy guapa hoy—le dije sin mucha decisión.

—¿No tienes otra cosa que decir? ¿En verdad crees que eso es un cumplido?

—Bueno…—le dije sonrojándome—Te puedo invitar algo y quizás pueda contarte algo interesante.

No dijo nada y se volvió al escenario donde los músicos se ponían de acuerdo para ejecutar la siguiente melodía. Llamé al camarero y esperé a que ella pidiera, pero no habló. Pedí champagne y cuando nos sirvieron dos copas, Sarah se apoyó en el respaldo de su silla, dio un pequeño sorbo y le dio una bocanada a su cigarrillo.

—Vienes poco por aquí, ¿verdad?

—Sí, no frecuento mucho este tipo de sitios. No es mi ambiente…

—Y ¿qué buscas?

—Me gusta el jazz. Este grupo toca muy bien.

—¿A ti te lo parece? ¿Sabías que casi todos son unos borrachos y que ni siquiera ensayan?

—Bueno, pero el jazz es así. Lo más importante es la improvisación.

—Pues a mi me parece que cada noche hacen lo mismo y han desmejorado.

—Es posible, sin embargo, tocan con el corazón.

—No me hagas reír. Si estos tocaran con el corazón no estarían en un cuchitril como este.

—Y ¿Tú qué haces aquí entonces?

Me miró con odio, como si quisiera arrancarme los ojos, pero se contuvo. Fumó dos cigarrillos sin hablar. La música seguía y algunas parejas se habían levantado a bailar. No sabía qué hacer. Le había dicho algo inoportuno y la ofensa me iba a costar muy cara. Sabía que ella estaba preparando su venganza, era cuestión de tiempo. Siguió sin hablar y frustró todos mis intentos por conversar. Cuando decidí que no merecía la pena permanecer con ella me cogió de la mano.

—Creo que no tiene sentido seguir aquí esperando. ¿Nos vamos?

—Sí, de acuerdo. Como tú digas.

Fue por su abrigo y le dijo algo a Francesca. Salimos. La noche era fría. Había llovido mucho y los charcos brillaban con la luz de las farolas como si fueran espejos nocturnos. Caminamos unas cuadras y aproveché para disculparme por mi falta de sentido común. “No te preocupes—me dijo con una sonrisa infantil—. No pasa nada”. La vi, entonces de otra manera. Se había convertido en una persona real. Se veía un poco meditabunda y triste. Le pregunté si le gustaba pasear, si hacía como yo en las noches de luna llena. Respondió que no, que a ella no le gustaba caminar por las noches y que por las mañanas le era imposible porque siempre dormía hasta las cinco de la tarde. Entendí que llevaba más de diez años en aquella atmósfera banal y sentí lástima. El corazón me latió con fuerza y tuve que luchar contra la tentación de abrazarla. Llegamos a un hotel. No era muy lujoso, pero se diferenciaba de esos hoteles de mala muerte que servían de paso a los amantes ocasionales. Pedí alojamiento y una botella de vino espumoso italiano. Entramos a la espaciosa habitación que estaba decorada con buen gusto. Me quité el abrigo y me senté en un sillón. Sarah me dijo que quería ducharse. Se tardó media hora en salir y cuando la vi pensé que era otra persona. Estaba envuelta en la toalla y su pelo estaba mojado. Se sentó frente a mí y me pidió que le sirviera vino. Puse atención en su cuerpo. Tenía cerca de treinta años y toda ella estaba en el mejor momento de la maduración. Me pidió que le hablara de mi trabajo.

—Soy periodista de segunda.

—Y ¿qué escribes?

—Bueno, no sé cómo explicártelo. Son artículos de opinión.

—¿Qué tipo de opinión?

—No, no es la opinión de nadie. Más bien son ensayos no muy depurados.

—Ah ¿Y qué quieres decir con eso?

—Pues que mi jefe me da un tema y durante la semana investigo y hago un artículo. No es muy divertido.

—Y ¿qué temas te da?

—Nada importante. Cosas de política y otras chorradas. Oye, por qué no me hablas de ti un poco.

—Prefiero no hacerlo. No te gustaría y a mi, menos.

Guardamos silencio y nuestras miradas cohibidas se cruzaron. Ella sentía algo de incomodidad. No estaba a costumbrada a permanecer frente a un hombre tanto tiempo. Me levanté y me acerqué a ella para servirle más vino. Me disculpé y fui al aseo. Aproveché para ducharme. Ella estaba recostada en la cama. Se había quitado la toalla y permanecía como La maja desnuda. Hasta ese instante no la había visto como mujer, pero su piel blanca, sus bien formadas piernas y sus pechos me volvieron loco. Me acerqué despacio. Me despojé de la toalla y me recosté con ella. Quería hablar, pero ella me besó y mi cuerpo se incendió. La noche nos hizo descender por una espiral vertiginosa. La sensación de vértigo era tan placentera que la confundí con el amor. Me aferré a ella como una sanguijuela. Besé todo su cuerpo sin poder contenerme. Sentí que me clavaba los dientes y las uñas, su respiración agitada me destrozaba el corazón y los oídos y la embestía para librarme de mi pasión. No sé cuanto duró el goce, pero fue tan letal que me quedé dormido.

A la mañana siguiente no estaba. Habían quedado las huellas de su presencia. Su olor seguía suspendido en el aire. Lo respiré para despertar los recuerdos y cerré los ojos para escuchar de nuevo su voz áspera y sensual. Me sentí muy afortunado. Tenía que verla de nuevo. Ya no podría vivir sin ella. Los días siguientes fueron una tortura porque en el trabajo había mucho que hacer. El jefe quería publicaciones para el aniversario del periódico. Tuve que sentarme tres días completos sin salir a tomar el aire. Terminé hecho polvo. El fin de semana traté de relajarme con un poco de deporte. Medité mucho durante la carrera y llegué a la conclusión de que estaba siendo víctima de un deseo bestial. Era la lívido que había podido dominar durante mucho tiempo, pero con el encuentro de Sarah todo se había estropeado. Teníamos casi la misma edad. Ella era una Mesalina, una Aspasia experta en proporcionarle placer a los hombres, yo, en cambio, un asceta ingenuo que se había enamorado perdidamente. Las noches fueron insoportables y el insomnio se metió en mi cama para dar saltos cada vez que estaba por conciliar el sueño. Llegó el viernes y entregué mis artículos. El jefe de redacción no me puso muchas trabas, no hizo más que aconsejarme algunos cambios de estilo y se quedó con mi trabajo. Tenía tiempo libre. Salí a las cinco de la tarde, comí un poco y descansé. Pude dormir unas horas y cuando desperté eran las nueve de la noche. Me duché, me puse un buen traje y salí en busca de Sarah.

El manto oscuro del cielo era tibio, no había llovido y la primavera estaba en botón. Vi el anuncio luminoso del bar. Respiré con decisión y apreté el paso. Preparé mentalmente un discurso para Sarah. Tenía que convencerla de fugarse conmigo. Estaba dispuesto a todo. No solo me sentía capaz de olvidar su pasado, sino que estaba seguro de poder facilitarle un futuro luminoso y pródigo. Seguro que su liberación costaría un pastón, pero estaba listo para aceptar el compromiso. Llegué a la entrada y vi a los guardias de siempre. Los saludé, pero en lugar de obtener una respuesta cordial como las veces anteriores me comenzaron a golpear. Me molieron a palos y me amenazaron. Dijeron que yo era culpable de algo que no entendí y, al final, por el efecto de la paliza perdí el conocimiento.

 Amanecí en un hospital. Era mediodía y tenía dolor en la nariz y no podía moverme. Al notar que me quejaba, se acercó una enfermera. Era una mujer delgada de unos cincuenta años. Me preguntó si me sentía bien. Le pregunté sobre el lugar en el que estaba y el tiempo que llevaba allí. “Tres días—dijo como si eso no significara nada—. Lo trajeron el viernes de madrugada y hoy es lunes. Le han roto la nariz y tiene unas fracturas”. No me dijo nada más. Era muy seca, solo me daba instrucciones y no respondía a las preguntas que le hacía. Más tarde vino un compañero del trabajo. Me deseo que me recuperara y dijo que el jefe estaba muy satisfecho con mis artículos, que me dirigiera a él si necesitaba algo y que me daría unas semanas para que me recuperara. Tenía un vendaje en la nariz, una escayola en la pierna izquierda y la clavícula. Por la noche me dijo el doctor que en una semana podría volver a mi casa o, si lo prefería, podía quedarme allí hasta mi recuperación total. Decidí permanecer allí una semana y después irme a mi casa. Pasaron los días como gotas por un embudo de decantación. Faltaban dos días para que me marchara, pero tuve una visita muy extraña. Era un inspector de la policía. “Soy de homicidios, querido Alfred—dijo sentándose a mi lado en una silla metálica que estaba cerca—. Le quiero hacer unas cuantas preguntas”. Primero se interesó por mi estado, me hizo preguntas personales y después sacó una fotografía.

—¿Conoce a esta mujer, Alfred?

Era la foto de Sarah. Estaba junto a un hombre trajeado y gordo. No lo conocía. Ella llevaba un vestido rojo y el pelo suelto, se veía muy alegre y su cintura estaba rodeada por el brazo del hombre.

—Sí, por supuesto que sí. Se llama Sarah y trabaja en “El crepúsculo naranja”.

–¿Hace cuánto que la conoce?

—Pues, cerca de medio año. La he tratado muy poco y solo una vez…Bueno, ya sabe lo que hacen las personas en ese sitio, ¿no?

—¿Cuándo la vio por última vez?

—Hace unas dos semanas. Fue un viernes en el que no había clientes y el trabajo era muy flojo…

—¿Sabe que está muerta?

Salté de la cama y estuve a punto de estamparme contra el suelo. La sensación que tenía era horrible. Mis ilusiones se habían resquebrajado y la incredulidad me instigaba a comprobar que lo que me decía el inspector era verdad. No tuve que esperar mucho porque después sacó otra fotografía. Era un recorte de periódico en el que había una mujer desnuda con la cara un poco deformada. A pesar de eso sentí que era ella. El mismo pelo, el bello púbico, los senos y las hermosas piernas que me habían vuelto loco aquella noche, eran de un cadáver. No se si lloré, pero el inspector Crawford me dio un pañuelo.

—Sé que el último hombre con quien estuvo ella, fue usted Alfred. ¿Por qué no me cuenta lo que sabe?

Quise hablar, pero no me salía la voz. La noticia me había bloqueado la lengua y mis ideas se mezclaban como hilos de madeja. Tardé unos diez minutos para recuperar las fuerzas y le conté todo lo que sabía. Le confesé mis planes y la intención de liberarla de su yugo. Crawford me compadeció y me dijo que le sería muy útil en la investigación. Se fue y me quedé inmóvil en la cama. Permanecí abstraído varias horas. En la noche dormí gracias a los somníferos que me dieron. A la mañana siguiente volvió el recuerdo del cuerpo de Sarah. Podía escuchar sus jadeos y sentía su piel ardiente, sus labios adheridos a los míos y su olor. No podía cerrar los ojos porque las sensaciones se acentuaban y me oprimían con tanta fuerza que deseaba gritar. Me llevaron a dar un paseo y para distraerme hablé con la enfermera. Supe de ella toda su vida y traté de escucharla con atención para no caer otra vez en aquel pozo horrible del que no podía salir. El tiempo no fue un remedio para curarme y el mes que permanecí en el hospital me ayudó a no volverme loco. Pasé la rehabilitación y salí por mi propio pie. Me integré de nuevo al trabajo. Parecía un espécimen raro. Mis compañeros se burlaban diciéndome que por el accidente que había tenido se me había botado una tuerca. Me dediqué a los artículos que me pidieron y trabajé día y noche para librarme de mis recuerdos. Decidí visitar al inspector Crawford. Nos encontramos en una cafetería que estaba cerca del periódico. Nos sentamos cerca de la ventana, pedimos un café y comencé a preguntarle sobre las pesquisas.

“Hay algo que tiene que saber, Alfred. Su amiga Sarah, era en realidad una serbia que desde los quince años se había dedicado a complacer a los hombres y se llamaba Srebrenka. Un tal Marko, serbio también, la obligaba a hacer lo que le pedían los clientes. Como era una mujer con un atractivo especial pudo relacionarse con hombres influyentes. Un día Marko le pidió que buscara información sobre un empresario y ella encontró algo muy comprometedor. Empezó el chantaje y esas cosas. Ya sabe cómo es la gente cuando quiere ganar dinero fácil. Al principio creímos que él había sido el responsable de su muerte, pero no encontramos nada de donde tirar y al parecer Marko ya estaba saciado y no le molestaba más. Nos quedaron varios sospechosos, entre ellos usted y Marko, pero ese cabrón no sería tan imbécil como para matar a la gallina de los huevos de oro, así que, si usted tampoco fue, lo habrá hecho un borracho de la calle o cualquier asaltante de esos que pillan lo que la suerte les ofrezca”.

Terminamos nuestra conversación y Crawford me dijo que lamentaba que todo hubiera terminado así. Era una situación estúpida. Me resigné y afronté la verdad. Con el tiempo me fui desprendiendo de mis recuerdos y hasta encontré una chica con la que comencé a salir. Se llamaba Larisa y era muy divertida. No tomaba la relación muy enserio y lo pasábamos bien. Me ayudó mucho y le propuse formalizar nuestra relación, pero me rechazó diciendo que estaba enamorada de otro hombre. Un día su sueño se hizo realidad y se marchó. No me afectó mucho su partida y decidí emplearme a fondo en el trabajo. Pedí que me cambiaran de departamento y comencé a hacer entrevistas. Un día me pidieron hacerle una a un autor de novela negra. Estaba de paso y nos había concedido tres horas. Preparé mis preguntas y fui al lujoso hotel en el que se encontraba. Llegué a recepción y me dieron un recado. El escritor había reservado una mesa en el restaurante. Me indicaron el sitio y fui a sentarme. Desde mi sitio se veía todo el salón. Los candiles eran muy grandes y antiguos, las paredes eran de mármol y el mobiliario de estilo clásico, había unos grandes espejos enmarcados en las paredes y el lugar se veía muy amplio. Transmitía una sensación de bastedad. De pronto, el camarero se acercó y me puso una botella de champaña en una cuba con hielo, me preguntó si deseaba beber y al notar mi indecisión señaló a una mujer que estaba tres mesas más allá. Vi a Sarah. Estaba esplendorosa, llevaba un vestido muy elegante y joyas, su rostro se había rejuvenecido y cambiado un poco por la falta de maquillaje, pero la reconocí. Fingió distracción, pero yo sabía que me vigilaba. Quise levantarme para hablar con ella, pero llegó mi invitado. Lo saludé con mucha cordialidad y me correspondió con una retahíla de halagos, luego se disculpó por su retraso. Antes de empezar con las preguntas me dijo que su compañera se uniría en unos segundos. Entonces Sarah se levantó de su sitio y vino a nuestra mesa. Me ofreció la mano y me dijo su nombre. “Buenas tardes, señor Alfred, soy Ekaterina James.