viernes, 30 de junio de 2017

Ajuste de cuentas

El inspector Leblanc caminó por la estrecha calle de Saint Simon, le echó un vistazo rápido al escaparate de una vinatería y se cruzó a la acera opuesta donde había varias personas frente a un edificio de cinco plantas. Una ambulancia y dos patrullas acababan de llegar. Se abrió paso entre los curiosos, iba de mal humor porque le habían interrumpido su agradable encuentro con un primo lejano que radicaba en Nueva York y a quien no había visto por más de treinta años. La llamada le entró en el momento en que se disponía a revelarle a Jean Claude su aventura con Clarice, una adolescente que les encantaba a los dos y que, en secreto, había besado a Theophile convirtiéndolo en el joven más feliz del mundo. Lo malo fue que la chica emigró a Inglaterra y su romance duró sólo unos días. Lamentó tener que dejar la acogedora terraza del hotel d ´Angleterre en Saint Germain de Pres y la amena tertulia. Prometió llamar para un segundo encuentro, pero le fue imposible ver Jean en los siguientes días.

Lo recibió Bastián con un gesto que parecía sonrisa, pero expresaba la pena que sentía por haber interrumpido el encuentro de su jefe. Leblanc le extendió la mano y asintió con movimientos de cabeza a las explicaciones y disculpas de Rouge. Subieron por las escaleras hasta la última planta y entraron en un piso pequeño con olor rancio y mal iluminado. Ya había gente trabajando en el escenario del crimen. Se dirigieron al dormitorio donde había una mujer, de unos sesenta y cinco años, tendida en la cama. Estaba atada de pies y manos, daba muestras de haber sufrido bastante dolor porque tenía una expresión de pánico y el pelo muy enmarañado. Le habían puesto cinta adhesiva en la boca para que no se oyeran sus gritos. El colchón estaba manchado de orina, alguien había abierto un poco la ventana. El forense le informó al inspector que la víctima había fallecido por causa de una sustancia letal, al parecer un anti coagulante, pero que antes le habían propinado una buena paliza. No se encontraron huellas dactilares del asesino, pero había unas, casi imperceptibles, huellas de calzado que no pertenecían a la mujer. Leblanc hizo su informe con ayuda de una testigo que había visto a un hombre fornido de estatura media, no muy joven, tocando en la puerta de la señora Anna Cloutier, pero afirmó no lo había visto entrar al piso. Recalcó que tenía un rostro afilado, llevaba bigote y barba, unos vaqueros negros, una sudadera con capucha y un bolso deportivo con un dibujo de un pájaro rojo parado en una rama o algo así. Leblanc no obtuvo más información y se fue con su ayudante a la comisaría. Por el trayecto, sintió el deseo de volver a la Saint German des Pres para terminar su conversación, pero lo estaba esperando Clement Fouché.

Leblanc entró a la comisaría y se chocó con él. Le pidió una disculpa y le invitó a sentarse. Clement se negó y le informó que estaba organizando una reunión en su casa, que irían algunas personas importantes y que era imprescindible su asistiera. Al mirar los ojos asombrados de Leblanc, Fouché agregó que había sido idea de su mujer y que en el último momento decidieron que su presencia era necesaria, ya que iría un secretario de seguridad nacional que deseaba saber cómo iban los asuntos en la comisaría. Leblanc dijo que estaba de acuerdo en preparar un informe para la ocasión y se puso a trabajar. Minutos después entró Bastián y le preguntó por el motivo de la visita de Fouché y el esmero con el que revisaba los últimos expedientes. Leblanc le explicó la situación y Bastián se puso manos a la obra con él, pero Leblanc dijo que prefería hacerlo él solo. Intercambiaron algunas bromas relacionadas con los crímenes y se despidieron.

Leblanc llegó a su casa, no había avanzado casi nada en su informe, estaba agotado y se durmió pronto. Hacía mucho tiempo que no conciliaba el sueño tan rápido. Esta ocasión el recuerdo de los encuentros con la jovencita Clarice y, ese beso apasionado que se dieron, fueron como un somnífero que lo mantuvo entretenido en sus sueños hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Entró una llamada y notó que los rayos del sol le daban directamente en la cara. Levantó el auricular y oyó la voz de Bastián. Le informó que los resultados de la autopsia ya estaban listos, que podía decírselos por teléfono, pero Leblanc dijo que mejor no lo hiciera, que en una hora estaría en la comisaría. Theophile llegó sin prisa, saludó a algunos compañeros, vio a Fouché ocupado leyendo las noticias y pasó rápido para que no lo llamara. En la oficina estaba Rouge con un café en la mesa, estaba muy concentrado viendo un artículo sobre unas enfermeras que habían asesinado niños en una clínica austriaca. Se lo comentó a Leblanc y éste, asombrado, le preguntó cuál era su interés en una cosa tan macabra.

—No es por gusto, inspector, tampoco por morbosidad, es que está relacionado con nuestro caso, en cierto modo.
—Explícate, Bastián.
—Bueno, inspector, según lo que hemos podido investigar de la señora Cloutier es que emigró hace muchos años al extranjero, radicó mucho tiempo en Saint Louise y trabajó de enfermera.
—Pero, que haya sido enfermera no quiere decir que fuera una asesina.
—No, inspector, se equivoca. Precisamente, esta señora estuvo condenada por infanticidios y salió hace poco de la cárcel.
—¡Fantástico! Eso quiere decir que tendremos que ocuparnos de un asunto escabroso en el que seguramente hay un ajuste de cuentas.
—Tal vez, inspector, pero es necesario que nos demos prisa porque el asesino podría ser un extranjero, ¿no cree?
—Sí, Bastián, tienes razón, pero tendrás que atender el asunto tú solo porque mañana por la tarde es la reunión que ha organizado la señora Fouché y es imprescindible mi presencia.
—¡Ah, muy bien! O sea que necesita tiempo para arreglarse, ¿no? ¿Se tomará el día para ir a la peluquería y comprarse un traje nuevo?  
—No, Bastián, es que Clement me ha pedido el informe que me has ayudado a empezar, pero lo quiere completo y muy detallado. Me ha ordenado entregarle todos los asuntos de este año y tengo que elaborarlo sin tardanza. De cualquier forma, estaré aquí metido y, quizás, ni me dé tiempo de salir a comer. Así que encárgate del asunto y déjame trabajar.
—Le llamaré si encuentro alguna complicación, inspector. Y si quiere le puedo pedir una pizza para que no se muera de hambre.
—Está bien, Bastián, te lo agradezco.
—De nada inspector, para eso estamos los amigos.

Bastián salió de la comisaría. Leblanc miró el archivo enorme que tenía enfrente y suspiró. Abrió unos cajones puso dos pilas de carpetas en el escritorio, dos más en el sofá y tres en el piso. Cogió varios folios y empezó su trabajo. Se concentró en su tarea, disipó algunas dudas relacionadas con algunos casos que le habían dejado una espina en la conciencia y recordó sus éxitos y metidas de pata. Sonrió con amargura, levantó la vista y notó que sus compañeros no sólo no hacían ruido, sino que se habían salido con disimulo, quedaban dos eternos adictos al trabajo que nunca se dirigían a él y ni siquiera recordaba sus nombres. Es increíble—pensó—llevamos unos años juntos y sólo sé sus apodos. Tendré que preguntarle sus nombres a Bastián. Estaba pensando en la forma de no llamar su atención para no tener que hablarles y en ese instante llegó el chico de las pizzas. Decidió que lo mejor que podía hacer era invitarles un trozo, pero en cuanto lo hizo se negaron y reinó el silencio de nuevo. Leblanc comió agachado intentando no chasquear mucho la boca, luego se levantó por un café y cuando volvió ya no encontró a nadie. Se sentó de nuevo, estiró las piernas, se desabrochó el cinturón y siguió con su trabajo. Terminó cerca de las ocho y como no lo llamó Bastián, salió dejando en su gaveta el informe casi terminado. En su casa se acordó de su primo Jean Claude y lo llamó al hotel, pero le dijeron que no se encontraba. No terminó de ver un programa de televisión en el que alargaban, con cortes comerciales, el caso de una mujer que había planeado mal el asesinato de su amante y la habían descubierto. Se metió a la cama y leyó el desenlace del libro de James Ellroy que lo tenía enganchado.

Al día siguiente se presentó en la oficina y habló con Fouché para aclarar algunos detalles del trabajo y de la velada que tendrían por la tarde, luego salió a tomar un café y se fue a su casa para ponerse ropa presentable. Sacó un traje que había usado sólo en dos ocasiones y se asombró de que todavía le quedara bien. Le alegró saber que esa imagen, que tenía de si mismo de hombre mofletudo, era falsa y en realidad estaba en buena forma. Se recortó el bigote con esmero, se peinó y se fue a la casa de Fouché en la Rue Gutemberg. El matrimonio vivía en una primera planta y tenían la ventaja de que la parte trasera del edificio daba a una plaza bastante grande donde se podían organizar eventos al aire libre. Lo recibió la señora Marie, la ama de llaves, que lo trató como si fuera uno de los invitados y no como a uno de los empleados de Clement. Le ofrecieron champagne y trató de perderse entre la gente para conversar con alguien mientras lo encontraba Fouché. La espera se prolongó casi media hora. Clement lo llamó y le presentó Gerard Foucault. Mantuvieron una conversación corta y el ministro, después de hacer unas cuantas preguntas superficiales, dejó a Leblanc con el resumen completo de su trabajo sin iniciar. Se desanimó y cuando se disponía a probar los platillos que tenían para la ocasión, se le acercó Fouché para decirle que había cumplido bien su cometido, que lo esperaría al día siguiente en la oficina y que podía irse cuando le apeteciera. Theophile no se sentía muy a gusto, se bebió una copa más y probó unos canapés. Sin despedirse de nadie se salió. Cogió un taxi y por el camino se dio cuenta de que estaba cerca del hotel de su primo. Por el efecto del alcohol se decidió a darle una sorpresa. Llegó a la administración y preguntó si podía comunicarse con Jean Claude, pero le dijeron que se había ido de allí y que le había dejado una carta. Leblanc cogió el sobre y, al sentir la mirada curiosa de la chica que lo atendía, se lo metió en el bolsillo y se marchó. En su casa sacó una botella de coñac y se sirvió una copa, luego otra y después de media botella se quedó dormido. Despertó cerca de las dos de la madrugada, se desvistió y se metió en la cama. Llevaba una semana un poco desordenada y con retrasos en el trabajo. Se levantó otra vez tarde, se duchó y se fue a la comisaría. Iba entrando al baño cuando se encontró a Bastián.

—Hola, Bastián, supongo que todo va muy bien y por eso no me has molestado, ¿verdad?
—Bueno, inspector, tanto como bien, no puedo afirmarlo, pero he podido investigar todo lo que necesitamos. ¿Quiere que le cuente…? —Leblanc le indicó que no se podría concentrar mientras orinaba y que sería más apropiado hablar en la oficina.
Llegaron a su escritorio y se sentaron. Leblanc vio a sus dos compañeros de al lado y quiso preguntarle a Bastián por sus nombres, pero su ayudante no se lo permitió.
—Inspector, según el informe del forense, la mujer murió por los golpes que le propinaron y una sobre dosis de anti coagulante, pero eso ya lo debe saber. Lo que ignora es que dentro del vientre le encontraron una jeringa con una nota. Mire—le extendió una fotografía y Leblanc la cogió.
—Este mensaje lo aclara todo, Bastián.
—Sí, inspector, se trata de una venganza.
—¿Sospechas de alguien?
—Ese es el problema, inspector. Para que entienda la situación le voy a explicar los detalles. Primero, la señorita Anna Cloutier estuvo presa en América por el asesinato de unos niños en una casa de maternidad del estado de Saint Louise, después, cuando cumplió su condena y salió por su buena conducta decidió desaparecer, por eso vino a Francia a rehacer su vida, encontró trabajo de dependienta a media jornada y se estableció en la Rue Henri Moisson donde le rentaban una habitación, pero vivía sola en el pequeño piso, tenía allí unos seis meses y por lo regular pasaba bastante tiempo en la Iglesia Protestante Americana de París que está a dos pasos de su casa. No tenía amigos, era muy introvertida y en su trabajo era puntual y amable. Para terminar, la última vez que la vieron estaba un poco nerviosa, una de las vecinas dice que se lo comentó, no de forma muy clara porque sus palabras fueron las siguientes: “Algún día me lo cobrará´”. La vecina dijo que pensó que se refería a algo relacionado con la religión y, como asistía mucho al templo, se imaginó que se trataría de un pecado o algo así.
—Y vaya que tenía un pecado, Bastián, pero sospechamos que esa frase tiene otro significado, ¿verdad?
—Por supuesto, inspector, ella tenía un temor más terrenal.
—¿Te refieres al hombre que vio otra de las vecinas de la Rue Henri Moisson?
—Sí, exactamente, lo único que no sé es dónde podremos encontrarlo.
—Eso no será tan difícil porque si pensamos en las personas que tendrían un móvil para asesinarla, ya tenemos el que dejó esta nota. “Quedamos en paz, enfermera Cloutier. Ojo por ojo…s”.
—Bastián, ¿tú sabes de caligrafía o grafo-patología? ¿podrías decir qué persona escribiría así?
—¿Se está burlando, inspector? Bien sabe que ese era uno de los requisitos que me pidió para trabajar con usted.
—Bueno, entonces, antes de que me digas qué tipo de persona escribió la nota que le encontraron a la señora Cloutier, dime las características morfo-psico-lógicas del asesino.
—Mire, inspector, según dice la señora Amelie, con quien habló usted, el hombre tiene un mentón muy amplio, la nariz gruesa y los pómulos muy pronunciados, el contorno de la cara abollado, por eso sería un hombre afectivo, pero con malos instintos e irritable, además sería una persona con dificultades para empatizar con su entorno. No sé si eso podría coincidir, pero de ser cierto, el asesino tendrá una profesión que no requiera mucho la comunicación con la gente. Lo que si sabemos es que es calculador e inteligente.
—Bien, descartemos las de abogado, profesor, doctor…
—Espere, podría ser un cirujano, ¿no?
—Sí, Bastián, pero de serlo, habría dejado algún rastro y no lo hizo.
—Pues, el que dejara una jeringa dentro del vientre indica que lo era o ¿no?
—No, Bastián, eso fue sólo para explicar la razón de…!Espera! ¿Cómo ejecutaba esa mujer a sus víctimas?
—Lo que sabemos del informe que nos han dado es que inyectaba niños con sustancias toxicas y a los pocos días fallecían. Nadie sospechó nada, hasta que alguien declaró que había muerto su bebé en condiciones anormales, se buscó la causa y salió a relucir el peine. Lo único malo fue que en el momento en que se descubrió el pastel, ya habían sufrido unas veinte parejas de padres.
—Bueno, Bastián, pues ya tenemos claro lo que hay que buscar. Primero, los nombres de todos esos padres, luego, investigar quién de ellos pudo hacer un viaje hasta aquí para buscarla y, por último, apresurarnos para que no se nos escape. Quizás ya sea bastante tarde.

Leblanc propuso que Bastián se ocupara de los detalles y se fue al piso de la señora Cloutier para fisgonear entre sus pertenencias. Cuando llegó, sintió el olor de la madera rancia de las ventanas y ventiló la habitación. Se puso a buscar en los cajones. La ex presidiaria tenía muy poca ropa, conservaba un uniforme de enfermera muy amarillento. Tenía un maletín de los que usaban los doctores en los años setenta. Había algunas fotografías, gracias a las cuales, se deducía que era una mujer soltera y que no había tenido muchos encuentros con hombres. No era una mujer muy femenina, incluso de joven parecía un muchacho duro con gesto amenazador, aunque algo suavizaba esa expresión. Tal vez fuera una sentimental mirada que, en lugar de provocar temor, despertaba la compasión en las personas que la trataban. Leblanc escarbó en el armario y la cómoda y encontró ropa interior, zapatos de tacón bajo, faldas, blusas y otras prendas de mujer, todos muy pasados de moda. No había nada especial. Leblanc quedó decepcionado y se fue a hablar con Bastián.

—¿Qué tal le ha ido, inspector?
—Mal, Bastián, esa mujer parece que no tenía pertenecías y viajó con lo indispensable. ¿Cuánto tiempo estuvo en la cárcel?
—Mucho, inspector, veinticinco años.
—Sí, tienes razón, es mucho tiempo. Sin embargo, le rebajaron mucho la condena, ¿no? ¿Estaba enferma?
—No, inspector, gozaba de buena salud y no era una anciana.
—¿Has investigado algo sobre el sospechoso?
—Según nos han informado de la embajada, estos últimos meses el turismo americano ha subido. Lo que tendríamos que hacer sería investigar, si entre todos los viajeros hay alguno que haya perdido a su hijo hace veinticinco años. He pensado que podríamos pedir los nombres de los padres de las víctimas al gobierno americano y encontrar al culpable.
—Pero ¿no sería mejor optar por lo sano y dejar de caminar como cangrejos?
—¿Qué quiere decir con eso, inspector?
—Mira, Bastián, tenemos un sospechoso, es americano, sin duda, debió hacer el trabajito y largarse. Por lo tanto, hay que investigar qué hombre de unos cincuenta o sesenta años ha salido de París hacia EEUU en estos días. Pregunta en el ministerio por los visados y seguro que lo encuentras. Hazlo ya para que podamos avisarle al gobierno americano u otros, si es que ha decidido exiliarse a otro territorio, cosa que dudo mucho.

Bastián se despidió y Leblanc se fue a dar un paseo para despejar la cabeza. Pensó sobre las razones que tendría Anna Cloutier para asesinar bebes en una clínica. La juzgó como criminalista y lo primero que le llegó a la cabeza fue que era una insensible, como todos los asesinos en serie, más parecida a un reptil que a un humano. Se acordó del caso de Chicatilo y sintió una fuerte náusea. Luego, pensó que tal vez la mujer tendría un trauma de la infancia y la imagen de los recién nacidos le producía odio, quizás había abortado alguna vez o, había sufrido de abusos sexuales o, tenía complejos raciales. Se le fueron amontonando las ideas en la cabeza y no sacó nada en claro. Tuvo el impulso de ir a consultar en los periódicos todos los casos de enfermeras asesinas, pero desistió de inmediato y al ver a una joven de pelo castaño, piernas delgadas y ojos verdes, su imaginación voló y retrocedió en el tiempo. Se imaginó su único, pero inolvidable paseo por El Sena de la mano de Clarice. Sintió otra vez el sol tibio, una mano delicada y sudorosa, recordó su copete alborotado por el viento y su bigote floreciente. Unos tiernos labios lo volvieron a besar y se quedó parado mirando el horizonte como si fuera la pantalla de un cine al aire libre. De pronto, una paloma le trajo otro recuerdo más fresco. Se dio un golpe en la frente y se fue a su casa a leer la carta de Jean Claude.
No pudo dormir en toda la noche. Había leído la breve carta de su primo. La información era clara, cada frase servía de fundamento para hacer razonamientos alternos que explicaban más cosas de las que decía el texto. Leblanc maldijo otra vez su trabajo y decidió que renunciaría en la primera oportunidad. No le importaba su futuro, ni la pensión, lo único que le importaba era que la vida dejara de burlarse de él. Theophile supo que Jean había radicado en Saint Louise en el estado de Misuri y que se había casado allí, antes de que le sucediera una tragedia, después se había conseguido un nuevo empleo en Nueva York, había tenido dos hijos, los había educado y se había retirado con una buena suma de dinero que amasó gracias a una importante empresa de construcción. El descanso y el ocio le permitieron relajarse un poco, pero no tuvo la tranquilidad deseada porque se le despertó un deseo corrosivo de desquite contra el que no pudo luchar.

—Buenos, días, inspector.
—¿Qué tal Bastián?
—Bien, inspector, he avanzado mucho en el caso, pero las noticias son muy malas.
—Sí, Bastián, me lo imagino. No he podido dormir por estar pensando en eso. Seguro que ya lo sabes, ¿no?
—Sí, inspector y lo asombroso es que teníamos todas las pistas enfrente de nosotros. ¿Recuerda lo del pájaro rojo en una rama?
—Sí, resulta que un día que estábamos en un bar, en la tele había un partido de béisbol y los jugadores traían ese logotipo en el pecho. Lo recordé ayer.
—Y, ¿lo demás, inspector?
—Ayer comparé la caligrafía y no hay duda, es él.
—Lo siento mucho, inspector, ¿qué vamos a hacer?
—No sé, Bastián, la vida es jodida, pero esas cosas sólo pasan en las novelas. Nosotros estamos en la vida real y me parte que sucedan cosas así. ¿Tú que harías?
—Yo usaría su estilo, inspector.
—¿Mi estilo?
—Sí, sí, lo resolvería con este dicho: “Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”.
—¿Lo dices en serio?
—¡Claro que sí!
—Eres la perdición, Bastián.
—No se enfade y mejor invíteme a comer ese pescado a la Marsellesa que le gusta tanto.
—Bueno. Allons enfants de la patrie...



lunes, 26 de junio de 2017

Estratagema para la fuga

Se sentía fascinado por el tipo de vida de la gente de esa nación. Había imaginado muchas veces su llegada, pero no sabía que sería como dar una voltereta en el tiempo. Miraba con los ojos de su infancia las tiendas, los coches y la ropa, todo parecía pertenecer a otra época. Le renació su espíritu infantil, tenía más de veinte años, cierto, pero esa sensación de ver las cosas que ya consideraba desaparecidas lo animó. Se dejó llevar por la locura de los chicos que se sienten capaces de desafiar cualquier reto y realizar proezas que desconciertan por lo inimaginable. Pensó en algo que pudiera mostrar como prueba de su heroísmo y no puso atención en las condiciones que lo rodeaban. No midió las consecuencias porque había encontrado un método muy simple de engaño. Era como un truco sencillo de magia, nadie lo notaría hasta que se encontrara a miles de kilómetros de allí. Efectuó su plan con destreza. Descolgó el cuadro, desmontó el lienzo y puso un dibujo que había elaborado durante la noche, tenía mucho talento y la copia, a primera vista, se confundía con el original, pero estaba hecha con crayolas y había un rostro de alguien importante que, en lugar de tener una expresión seria, se mofaba de los que lo veían sacándoles la lengua.

 Llegó a la estación de trenes. Le faltaba una hora para salir. Se sentó en un banquillo y estiró las piernas. No hacía mucho calor y el aire estaba gris, parecía ser su calidad innata, también la ropa de la gente tenía esa tonalidad, a pesar de ser azul marino, rojo granate y verde olivo oscuro. Los rostros manifestaban esa alegría, opacada por la nebulosa gris, transformada en un gesto de respeto a las tradiciones y normas de un país absolutista que dictaba incluso las reglas para los sentimientos. Había oído hablar de otras naciones con la misma filosofía, la única diferencia era que la modernidad había hecho de ellas países prósperos y productivos, pero él estaba en un suelo pulcro. Una tierra en la que la sumisión a los grandes principios impedía la penetración de ideologías falsas o contaminantes. Recordó lo que había visto en su estancia de tres días. Le había gustado la parsimonia de la gente, la ausencia de prisa que era la prueba contundente de que el cine, la literatura y los medios masivos de comunicación mal dirigidos estropeaban la vida de la gente. Vio autopistas sin coches, bicicletas de motor, se le llenó la cabeza de esas imágenes que había visto en los libros de los años sesenta. Le pareció que sí existía la máquina del tiempo. La única diferencia que saltaba a relucir era que mientras todo el mundo era gris, él tenía colores firmes y reales. Su rostro blanco, el cabello castaño y sus ojos verdes estaban exentos de la nebulosa de esa nación. Reía con sinceridad y pensaba que los que lo veían bajaban la vista para ocultar su alegría. Pensó que eso era imposible en los seres humanos, pero vino en su ayuda el profesor de historia que le repitió la lección del cumplimiento de las leyes. Apareció Solzhenitsin con su barba de listón con su uniforme de presidiario, guardando en la memoria su “Un día en la vida de Iván Denísovich”, se preguntó, con un susurro, cuál sería el significado exacto del artículo cincuenta y ocho del código penal de la desaparecida URSS y qué relación tendría con los archipiélagos.

Al conjuntar mundos tan incompatibles con el suyo, su mente se dedicó a olvidar sus lecciones de historia y economía de la universidad y se concentró en su futuro. Las chicas al verlo con tanta experiencia se volverían locas. Les diría que tenía un recuerdo de la sociedad guarecida e impenetrable, que lo habían llevado unos expertos en viajes a lo inhóspito y tenía una prueba irrefutable. Apareció James, uno de sus compañeros de viaje, tenía un rostro tranquilo. Su actitud mostraba su indiferencia ante lo que veían sus ojos y estaba desesperado por volver a su casa. Las causas de ese intenso deseo eras su rechazo a la comida de allí, la aburrida existencia, la falta de comunicación con los lugareños porque, aunque algunos conocían su idioma, no se comunicaban y, lo peor, era que lo evitaban a toda costa. Se sentó junto a Carl, sonrió un poco y dejó de empeñarse en sus convicciones para librarse del aburrimiento. Faltaban unos quince minutos para que el tren soltara un fuerte pitido y se fueran borrando las imágenes reales para almacenarse en su cabeza en forma de cromos de un álbum de viajes al oriente. Carl empezó a mofarse un poco de las cosas chuscas que le habían sucedido. Lo ridículo del militar que le prohibió que se hiciera una foto con la estatua del líder nacional, la joven que salió ahuyentada cuando le dijo que quería saber si había burdeles para disfrutar de la gentileza de las mujeres, el rostro serio de los niños observados por sus padres quienes les hacían señas para que se callaran y se alejaran lo más pronto posible de él. Empezaron las comparaciones de lo que se puede hacer en un país libre y las horrendas prohibiciones de allí. La conversación se empezó a animar con gritos y fuertes críticas. Se despertó la curiosidad de los soldados que estaban cerca. Comenzó un pequeño desfile de militares curiosos que lo miraban y husmeaban como pequeños canes. Se acercó un oficial con los ojos muy pequeños e hizo una pregunta. No hubo respuesta. Segundos después lo registraron y unas miradas cómplices le indicaron que estaba en un atolladero. Lo cogieron de la mano y se lo llevaron. Carl pensó que habría algún trámite o formalidad que no había cumplido y que era la causa de que se lo llevaran. No sospechó de su dibujo porque sería completamente ridículo retrasarlo por esa nimiedad. Se despidió de James y le hizo una broma. Prometió volver para subirse con él en el tren. Por desgracia, James no tuvo la oportunidad de esperarlo porque el guía le pidió que por ninguna razón dejara pasar la oportunidad de salir. Dijo que había una gran posibilidad de que los detuvieran a ellos también. Los diez minutos que los separaban de sus asientos pasaron como una corriente de aire polar. Estaban muy nerviosos, no querían levantar la vista y se refugiaron en su silencio. Un empujón de sus respaldos los obligó a mirar por la ventana para comprobar que el ferrocarril andaba. Nadie los quería interrogar y les devolvieron sus billetes trozados por la mitad. El señor Lee asintió cuando James le preguntó con los ojos si todo iba bien.

Diez horas más tarde James acudió a la embajada para informar que un paisano suyo no había podido salir por causa de un mal entendido. Le preguntaron por la causa y no supo qué responder. La incertidumbre no dejó que la familia Moore durmiera tranquila. Los periódicos publicaron noticias sobre la nación cerrada con puertas de hierro y única en su género. La madre dijo que ese no era su destino, que Carl iba a hacer estudios en una prestigiosa universidad y era impensable que fuera a parar precisamente a ese país. “Lo sentimos mucho, señora —le dice el ministro del Interior—, pero la información nos ha sido proporcionada por una fuente de confianza”. Se inició el rastreo, la familia, reconstruyó la ruta que había seguido su querido hijo, pero las pistas sólo llegaban hasta el hotel desde donde les llamó por última vez. Pasó una semana completa sin noticias. El gobierno se esforzó por localizarlo, pero la cortina metálica que protegía a los militares de la ciudad de O no permitió que se filtrara ninguna información. De pronto, cuando la esperanza se iba perdiendo, en la televisión mostraron a Carl haciendo declaraciones. Nadie lo podía creer. La señora Moore se desplomó al escuchar que su preciado hijo estaba acusado de un delito que se castigaba con casi dos décadas en la cárcel. Se comunicaron entre sollozos, nadie quiso aceptar la realidad, por eso cubrieron de anhelo sus opiniones. Entró una llamada. Era otra vez el ministro del Interior, habló con fuerza, transmitiendo seguridad. Les pidió paciencia y les explicó que la situación era muy complicada, pero que prometía una satisfactoria resolución.

Mientras los extensos brazos de la actividad diplomática se movían para encontrar una salida fiable, Carl sufrió el aislamiento. Tenía poco espacio, casi nada de luz, las condiciones eran paupérrimas, pero eso no lo inquietó, lo que no pudo resistir fue la mentira que había dicho ante un tribunal militar como si hubiera cometido una deserción. El primer día lo interrogaron ocho horas pidiéndole, en la lengua local, que explicara la razón de su delito. Él suponía que las preguntas eran por qué, para qué, quién te lo pidió, etc. Contestaba con las únicas palabras que había aprendido en sus días de estancia y repetía los no sé, gracias, sí, por favor, buenos días y hasta pronto; sin cesar, pero cuando explicaba cosas en su lengua, los torturadores le gritaban y lo golpeaban. En su desesperada situación Carl fue tratando de memorizar lo que sus verdugos decían y comenzó a repetírselo, pero enfadados salieron del calabozo.

Volvieron con un traductor. Era un joven muy flaco y pálido. Tenía un uniforme diferente. Habló con un acento muy marcado, pero se le entendía todo. “Mire, señor Carl—dijo con amabilidad, pero sin mirarlo—, estos hombres quieren saber por qué realizó ese acto hostil hacía nuestra nación. ¿No sabía que está prohibido realizar actividades de espionaje? Usted ha violado la ley”. No he hecho nada malo—contestó desesperado, pero no le hicieron casi y siguieron por la misma línea—, les juro que no he realizado ninguna actividad de espionaje. Soy estudiante de economía, nada más.

Le prometieron que si colaboraba con ellos lo ayudarían a resolver el caso lo más pronto posible. Le indicaron lo que tenía que declarar ante las cámaras, le avisaron que no intentara mandar mensajes en clave y que se limitara a decir lo que le ordenaran los comandos de alto rango. Hizo la exposición ante un tribunal, había periodistas, abogados, jueces y público; pero no encontró un sólo extranjero entre los presentes. Habló claro cómo se lo indicaron. Se declaró culpable y manifestó su arrepentimiento, luego volvió a su celda. El segundo y tercer día fueron muy duros porque el joven de las traducciones cambió el tema y empezó a hacerle preguntas concretas. Quería saber quiénes eran sus contactos y qué programas había usado para hackear información secreta. Al no obtener respuestas concretas, lo comenzaron a martirizar. Le propinaron golpes con trapos mojados, le dieron descargas y lo dejaron sin comer unos días. Carl no pudo ser convincente porque sólo decía lo que sabía. Los martirizadores tenían órdenes específicas, y necesitaban respuestas exactas.

Dejaron que Carl descansara y se recuperara un poco para arremeter con más fuerza los próximos días. En el período que tuvo para restablecerse, Carl, logró comunicarse con el vecino de la celda contigua. Era Francis, un europeo a quien le contó su situación y, éste, le dijo que alguna vez había leído una historia en la que un joven de nombre Billy Hayes había tratado de sacar de Turquía sustancias prohibidas y que había cumplido, casi hasta el final su condena, pero que un golpe de suerte lo había ayudado a escapar. Él también tenía un plan para fugarse y se lo reveló después de analizar con lujo de detalle los problemas que un individuo puede contraer por no informarse. En el caso de Billy, si hubiera abierto el periódico el día anterior a su partida, habría entendido que lo más sensato era desistir de su plan y tirar lo que llevaba pegado al cuerpo con cinta adhesiva. Carl, habría podido librarse del problema si no hubiera pensado más en el cuadro, pero era tarde para arrepentirse y sólo quedaba la esperanza de salvarse a toda costa. Francis le contó su situación y el plan para fugarse.

“Hay una forma bastante arriesgada—le dijo con voz ronca—, pero infalible. Se trata de salir de aquí contagiado de una enfermedad difícil de curar en las condiciones en que estamos, por eso, tendrán que sacarnos para internarnos en un hospital. Me refiero a una intoxicación, necesitamos una lata de conservas estropeada, de las que aquí hay muchísimas. Nos la comemos, esperamos a que haga efecto y listo”.

 A Carl le fue imposible realizar el plan porque en el siguiente interrogatorio los soldados se pasaron con el agua y tuvieron que asistirlo para que sobreviviera a un infarto. La asistencia fue muy deficiente y de puro milagro pudieron mantenerlo con vida. Francis, por su lado, logró conseguir unos pescados en lata y se enfermó como deseaba, lo llevaron a un hospital para hacerle un tratamiento inmediato, pues valía para el gobierno como rehén y se podía intercambiar por algún favor por parte de su influyente nación. Por desgracia, una enfermera no cumplió con los requerimientos del tratamiento y France empeoró, había peligro de que muriera, por lo que se tomó la decisión de extraditarlo. Fue un acto sin precedente y tuvo resonancia internacional. La familia Moore tuvo un aliciente para seguir adelante, avivaron la llama de fe casi extinguida, dedujeron que recuperarían a su hijo prodigo redimido. Pasaron los meses y no hubo respuestas. El silencio era mortífero, pero el ministro volvió a comunicarse para decirles que los trámites para hacer una visita a esa tierra inhóspita estaban ya en marcha.

En el cuarto de torturas Carl murió ahogado por el exceso de agua que le metieron con una manguera, un doctor sin equipo adecuado le sacó el líquido y con golpes en el pecho logró que resucitara la víctima, sin embargo, lo que volvió a la vida fue un cuerpo sin mente. Era un monigote articulado por sus ayudantes. Parecía un maniquí en mal estado. Lo dejaron en su cama con la esperanza de que se recuperara, pero cuando lo vio un especialista acabó con todas las esperanzas. El tener a un enfermo en una celda se convirtió en un tremendo problema. No había forma de curarlo porque los daños eran irreversibles. Se accedió a recibir a un representante de la familia Moore para que se llevara a Carl a su tierra. El trámite se alargó algunos meses, se mantuvo el cuerpo de Carl con nutrición parenteral completa. Al final, llegó una comisión de diplomáticos y un equipo de doctores para constatar su estado de inconsciencia total. Cogieron el cuerpo y se lo llevaron. Llegó como un vegetal. No reconoció a nadie y tuvo sólo las fuerzas suficientes para entrar en su habitación y despedirse del mundo con una mirada silenciosa y vacía. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Esperando un crimen

Era domingo y no había casi nadie en la comisaría. Leblanc llamó con urgencia a Bastián porque había recibido un aviso sobre un delito que se cometería en breve. Para matar el tiempo, mientras llegaba su ayudante, Theophile se puso a escudriñar su gaveta, no sin tener el oído agudo por si entraba el esperado chivatazo. Le surgió un problema con la cerradura y empezó a dar vueltas por la oficina buscando un objeto que le pudiera servir para forzar la chapa. Llegó Bastián y preguntó si ya había noticias. No obtuvo respuesta porque Leblanc estaba muy concentrado, pensaba en la forma más apropiada de abrir el cajón sin romper el mueble.

—¿Qué hace inspector?
—Hola, Bastián, estoy tratando de forzar mi cajón. Tengo ahí información que me será útil cuando me llame el soplón. Lo malo es que se me ha atascado y no sé qué hacer.
—Y, ¿por qué no se busca una navaja y la hace saltar? Seguro que alguien debe tener una multiusos.
—Bueno, si no hay otra solución, ayúdame a buscar una.

Bastián se quitó el abrigo y lo colgó en el viejo perchero, luego se fue a ver si algún policía tenía un objeto punzante. Leblanc lo vio salir y quiso pedirle que no se fuera, pero su ayudante salió muy decidido. Se escucharon sus pasos firmes por el corredor. El inspector se sentó en su butaca y se quedó pensando en el caso que tendría que resolver cuando entrara la llamada. Los últimos días había resuelto casos difíciles y Fouché le hizo un pequeño reconocimiento de su trabajo dándole golpecitos en la espalda. Leblanc cambió la cara y trató de no encaminar sus pensamientos por la senda de la vida privada porque siempre que entraba en ese terreno le daban ataques de ansiedad. Era por causa de Josephine, una mujer que le rogó que se casara con ella, pero él se negó. Ahora, mirando con tranquilidad el pasado, se daba cuenta de que había cometido el peor error de su vida. Era por eso que agitaba la cabeza para despojarse de los recuerdos. En ese incómodo estado se encontraba cuando volvió Bastián con la navaja.

—Lo ve inspector, quien busca encuentra.
—Sí, gracias, Bastián. Eso que dices sobre lo de que buscando se encuentra, lo sé muy bien por experiencia, pero no siempre se encuentra lo que uno quiere.
—Le entiendo, inspector. Tómela.

El inspector cogió el arma y dedujo que habría pertenecido a algún ladronzuelo.

—¿A quién se la has pedido, Bastián?
—Pues, a los polis que están hoy de guardia.
—Sabías que es muy rudimentaria y que seguramente se usó en muchos crímenes.
—Quizás, inspector, pero ¿va a abrir su gaveta o no?

El inspector se puso de rodillas, metió la cabeza debajo de la mesa, hizo un ruido muy raro y consiguió abrir la cerradura.

—Ya está, Bastián, ¿ves qué sencillo era?
—Sí, inspector. Démela para llevársela a su dueño—dijo Bastián extendiendo la mano, pero el inspector fingió no entender.
—¿No te parece raro que no hayan llamado de nuevo?
—¿Cuánto tiempo lleva esperando, inspector?
—Pues, unas cuantas horas, pero deduje por la voz de la persona que me llamó que algo pasaría pronto, pero como ves, no sucede nada.
—Y ¿si alguien lo mató? O ¿si es una simple broma?
—No, no lo creo Bastián. Tampoco me digas que tal vez se le haya olvidado porque eso es imposible, además por su voz adiviné su determinación. Estoy seguro de que el asesinato nos merodea.
—Bueno, inspector, entonces esperemos a que aparezca y tras él. ¿Quiere un café?
—No. Es malísimo el de aquí. Esperemos un poco y si no llama nadie nos vamos con Monsieur Loran, él sabrá cómo agasajarnos.

Hubo un instante de silencio. El inspector se quedó con la mirada fija en el techo y Bastián creyó que estaba haciendo conjeturas, por lo que se hizo el distraído y no lo molestó. Pasaron cinco minutos y Leblanc comenzó a hablar.

—¡Caray! Bastián, qué horrible es la espera. Creo que no hay nada peor que estar al pendiente de algo que se supone que debe suceder y no acontece.
—Esa vida nos ha tocado a nosotros. Yo, en lo personal, creo que debí dedicarme a otra cosa. Esto de los crímenes no me va, siempre lamento mucho no haber renunciado cuando pude.
—Pero, ¿cómo es posible que digas eso, Bastián? Siempre he pensado que tienes un instinto natural para la investigación. He de reconocer que me has ayudado mucho en los casos difíciles. Tu lucidez siempre me ha guiado para resolver los acertijos más complicados.
—Sí, inspector, gracias por su compasión y apoyo, pero de todas formas esto no me gusta nada. Tanta violencia, sangre y pasiones bajas. No es para mí.
—Y ¿qué te gustaría hacer?
—No sé exactamente, pero algo que estuviera relacionado con el espíritu.
—Ah, ¿te refieres a la música, la pintura o la literatura?
—Sí, tal vez. Lo que no sé es si realmente tengo aptitudes.
—¿Sabes lo que pienso? No creo en esas cosas del talento. Me parece que hay quien tiene ciertas destrezas para algo, pero el trabajo, mi querido, Bastián, es lo que convierte a una persona en talentosa. Es cuestión de práctica y persistencia.
—Ah, ya sé por dónde va inspector. Me quiere contar otra vez lo del japonés tonto, ¿no?
—Sí, ya sabes que, si deja de practicar, regresa al punto de inicio y vuelve a ser el mismo tonto de siempre.
—Y, ¿en nuestro caso, inspector?

Leblanc se quedó un poco sorprendido porque no pudo entender por completo la pregunta de su ayudante. En un principio creyó que era sólo una forma de motivar la conversación, pero después de analizar unos segundos el cuestionamiento llegó a la conclusión de que era algo bastante serio. Trató de ganar tiempo haciendo una pregunta extraña.

—¿Has oído algo, Bastián?
—No inspector. En absoluto.
—Bueno, mira, he pensado que nunca nos faltan casos para investigar, el único problema es que la gente sólo delinque por tres motivos. El dinero, el amor y la locura. Por desgracia, los grandes casos están destinados a tratarse en la literatura. En la vida real, nada de eso sucede. ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que llevamos un caso difícil?
—No, inspector, al parecer, lo único que hacemos es presenciar el espectáculo de las perversidades y estupidez del hombre. La gente mata por descuido, odio y locura, como usted dice, pero habrá quien realmente considere un arte el crimen.
—¿Te das cuenta de lo que dices?
—Sí, inspector, fue usted quien comentó algo sobre un tal Thomas de Quincey, ¿lo recuerda?
—Por supuesto, Bastián, en su tiempo cometió el pecado de calificar el asesinato como una obra de arte y escribió un libro con ese título. Dicen que estaba mal de la cabeza por causa del opio, pero con sus brillantes ensayos trató de encausar a los escritores de detectives por el buen camino y orientar a los lectores de noticias delictivas para que dejaran el morbo y se hicieran más conscientes de lo que leían en los periódicos. Por desgracia, sólo los primeros lo entendieron. La gente lo criticó y no entendió el significado de sus palabras. Como ejemplo de autores de detectives que sí le hicieron caso, te podría citar a Edgar Allan Poe, Baudelaire, Ágata Christie, Conan Doyle, muchos otros más, y el mismo Chesterton a quien respeto mucho, ¿has leído el almirante flotante?
—No, inspector, no lo he leído. Oiga, ¿no tiene hambre?
—Sí, Bastián, ¿qué podríamos pedir de comer?
—No me apetece nada, inspector, pero si lo desea podríamos salir a visitar a Monsieur Loran.
—No podemos, Bastián. ¿Ya se te olvidó que estamos esperando el pitazo?
—Perdón, inspector, es que se me había ocurrido dejar a alguien encargado para atender la llamada e irnos un rato. Ya llevamos unas horas aquí hablando de cosas intrascendentes.
—¿Te parece de poca importancia esto del crimen? Pues, déjame decirte que Quincey tenía razón al analizar con filosofía la crudeza de los homicidios porque lo que perseguía era conocer hasta el fondo la naturaleza humana. No en balde escribió la biografía de Kant, eso no es cualquier cosa, mi querido Bastián.
—Lo entiendo, inspector, pero el aburrimiento me está matando.
—Estás aburrido como una ostra, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece si pedimos unas pizzas?
—Como usted lo desee, inspector, a mí no me apetece ahora.
—Ya te llegará el apetito a la hora de comer, ¿no lo dice así el dicho?
—Está bien, voy a buscar a alguien que ande por allí que nos las traiga. ¿Quiere la de siempre, inspector?
—Sí, claro, ya sabes que no me gustan los experimentos…Más vale malo…
—Sí, inspector, ya voy, y no me esté hablando con refranes.

Leblanc se quedó con la mirada pegada al teléfono, se rascó la cabeza y se pasó la lengua por los dientes como si tratara de desprender alguna sobra de comida, pero le quedó un sabor agrio, hizo un gesto y se levantó a mirar por la ventana. Había poca gente en la calle, su viejo Peugeot le pareció antiquísimo. Miró el cielo gris y se volvió a sentar.

—Inspector, en una media hora vendrán con el pedido, ¿ha sonado el teléfono?
—No, Bastián. Me temo que alguien nos ha tomado el pelo y quiere tenernos aquí padeciendo la espera. Me siento ridículo como Estragón o Vladimiro.
—¿Quiénes?
—Ah, no me hagas caso, son personajes de una obra absurda de teatro. La escribió Samuel Becket.
—¿Sabe? Con esos conocimientos que tiene usted de literatura, debería escribir sus propias novelas.
—No, Bastián, no tengo ni talento ni tiempo para eso.
—Pero, cuenta con la experiencia suficiente y podría usarla para sus historias.
—Ya quisiera que eso fuera cierto. ¿Sabes que cuando busco novelas negras para leer, me asombra la cantidad que hay? Existen muchísimas novelas, sobre todo ahora que parece que todo mundo quiere escribir. Lo malo es que me he llevado muchos chascos leyendo novelas en las que supuestamente se analiza la psicología del asesino y le dan muchas vueltas, hacen tantas descripciones, que al final termino agotado y sin ver un caso trascendental.
—Pues, precisamente por eso debería escribir. Creo que usted no lo haría mal.
—Leí hace poco un libro de crítica de Chesterton y ¿sabes qué lamento?
—No, inspector.
—Pues, eso que dice de las novelas clásicas.
—Y ¿qué dice?
—Dice que si los grandes escritores como Flaubert, Tolstoi, Dostoievski y otros, hubieran escrito sus novelas como detectives, habrían tenido el mismo éxito.
—Claro, pero esas ya son grandes.
—Sí, Bastián, es indudable, pero ¿lo habías pensado tú, alguna vez?
—Jamás, inspector.
—Bueno, imagínate Madame Bovary como novela policíaca. ¿Quién sería el asesino?
—Nadie, inspector, está claro que se suicidó por sus desengaños y las deudas.
—No, Bastián, hay un personaje que tiene una coartada perfecta y las coartadas perfectas sólo existen en la literatura.
—¿Se refiere al marido?
—¡Eureka! ¡Eres genial! ¿Cómo lo has adivinado?
—Pues, por sus antecedentes. Tendría, en realidad, un excelente móvil para asesinar y era doctor.
—Y, ¿en Anna Karénina?
—También, inspector.
—Bueno, es que son demasiado parecidas. Pero…Y, ¿la metamorfosis?
—En esa, me arriesgo a decir que fue la hermana, inspector.
—¿Por qué?
—Por el amor que sentía hacia él.
—Pero, ¿cómo podría matarlo si lo quería mucho?
—Pues, con ayuda del padre. Lo usaría como ejecutor.
—No está mal. Nada mal. Al final, creo que tú serás quien termine escribiendo esas novelas.

Hubo una interrupción por parte del policía que había recibido las pizzas. Le agradecieron su amabilidad, le preguntaron si le había dado al mensajero alguna propina, la respuesta fue una mirada vaga. Pusieron las cajas cuadradas en la mesa, Bastián fue por dos cafés y volvió diez minutos después. Bastián cogió un trozo y se dispuso a morderlo, pero lo interrumpió Leblanc.

—Oye, Bastián, ¿te has puesto a analizar nuestra situación, hoy?
—No, no mucho, inspector, porque la verdad, este suspenso me ha aturdido un poco y me ha dejado sumido en la inercia. Ahora, creo que si sonara el teléfono y me dijeran que hay un cadáver aquí mismo, no me asombraría nada.
—Ahí, está, ¿lo ves?
—¿El qué, inspector?
—Pues, eso, lo que dices del fiambre. ¿Qué haría falta para que tuviéramos un asesinato aquí mismo?
—No lo sé, inspector, ¿por qué no deja de hacerme preguntas y come?
—No lo voy a hacer.
—Bueno, allá usted. Yo sí le voy a entrar a esta margarita. ¡Qué aproveche!
—¡Está envenenada!
—¡Qué idioteces dice, inspector! —Bastián escupió el trozo que tenía en la boca y miró con fuego al inspector—. ¿Por qué me ha estropeado la comida, inspector?
—Es que no estás actuando como detective, Bastián. Mira, un tipo nos ha citado aquí. Nos ha tenido hasta las tantas con su llamada. ¿No sería una buena forma de jugar con nosotros? Imagínate que nos comemos la pizza y minutos después suena el timbrazo y el tío ese nos dice que se ha cumplido lo que nos había predicho.
—Me va a disculpar, inspector, pero eso suena a tontería.
—De acuerdo. Come y sigamos esperando.
—Ah, primero me echa la comida a perder y luego ¿me ordena que coma? No, vamos a hacer lo siguiente, coma usted y si tiene algún efecto del veneno, le traigo una lavativa con mucho gusto.

El inspector empezó a comer, Bastián sintió un retortijón en la panza y desvió la mirada para no ver la avidez con la que comía su jefe. Maldijo su trabajo y se juró que renunciaría en la primera oportunidad. Durante quince minutos se oyeron sólo los chasquidos de Leblanc que comía muy a gusto entrecerrando los ojos con cada bocado. Se terminó media pizza, se limpió la boca, se retorció el bigote y se sobó la barriga y sonrió.

—Bien, Bastián, esperemos a ver qué efecto me hace esto.
— De acuerdo. Espero que esa pizza haya estado envenenada y que pronto tengamos que llevarlo al hospital.
—No te enfades, Bastián. Te he propuesto comer primero, pero te has negado.
—Bueno, y ¿hasta qué hora estaremos aquí como tontos?
—Mira, ya es de noche. Creo que será mejor que te vayas a tu casa. Si surgiera algo te llamaré sin falta. ¡Anda, vete ya!


Bastián salió muy enfadado y con mucha hambre. Se fue sin despedirse y cuando llegó a su casa vio que su esposa Cyliane le había preparado una sabrosa cena. Comió con avidez y elogió cada platillo. Hacía tiempo que no saboreaba de esa manera la comida de su mujer. Bebió de más y abrazó a su esposa para bailar con ella, que, no opuso resistencia y respondió de buena gana. A la tercera pieza experimentó una sensación nueva en su marido. Tuvieron un encuentro muy intenso y al terminar se quedaron abrazados conversando un rato. Bastián le narró lo sucedido en la comisaría y cuando recordó lo que Leblanc había contado de las obras escritas en forma de novelas policíacas, Cyliane, le dijo a Bastián que él tenía mucho talento y que, si se pusiera a escribir todo lo que sacaba en sus conversaciones con ella, se haría un gran escritor. Él se rió con sarcasmo y se durmió pensando que Leblanc no lo había citado para prevenir un asesinato, sino para otra cosa.

domingo, 18 de junio de 2017

Cadáver en el contenedor

En un contenedor de basura, los trabajadores de la limpieza urbana se encontraron un cuerpo. Pertenecía a un hombre joven. Estaba en malas condiciones porque era casi un esqueleto. Tenía puestos unos harapos y zapatos viejos. Su cara era muy alargada, la nariz estrecha y larga, llevaba una barbita rala, el pelo largo y lo más característico era que sus orejas estaban muy salidas. Theophile Leblanc llegó en compañía de su ayudante Bastián Rouge a la calle Passage Canal en el barrio de Saint Denis. No era un lugar muy concurrido por los pordioseros, por lo que empezaron a preguntarle a los vecinos si conocían al hombre que estaba en la basura. Nadie lo había visto nunca por allí, tampoco los vendedores de los estancos cercanos pudieron dar razón del muerto, ni siquiera las abuelas que descansaban la mayor parte del día en una plaza de la Rue Raspail. Todos decían que no parecía ser de ahí. El inspector les dio sus datos a todas las personas que entrevistó por si recordaban algo. Se fue a la comisaría. Por el trayecto le preguntó a Bastián si había notado alguna cosa extraña en el cuerpo del pobre desgraciado, pero lo único que logró decir Bastián, después de mucho pensarlo, fue que la causa de la muerte había sido la inanición. De ser así, querido Bastián, no tendremos que investigar ningún caso de homicidio. Esperemos las noticias que nos dé el patólogo después de la autopsia.

Hacía demasiado calor en la ciudad y sólo la llegada del atardecer le hizo más soportable la chaqueta que llevaba puesta Leblanc, se había acostumbrado tanto a ese tipo de prenda que el quitársela en la calle o la comisaría hubiera sido como arrancarle la piel. Tenía sólo tres trajes que usaba alternándolos durante la semana. Estaban limpios porque el dueño de una tintorería, en agradecimiento a que le había ayudado a eludir un robo, le mandaba a un muchacho a recoger los trajes, las camisas y la ropa interior y se los devolvía muy limpios. Todo el departamento de policía lo envidiaba porque en realidad siempre andaba impecable, sólo los días calientes y llenos de polvo le daban al cuello de su camisa un aspecto de trapo sucio.
El jefe Clement Fouché estaba acompañado del alcalde de la ciudad y le pidió a Leblanc que hiciera bien su trabajo cuando lo vio. Luego lo despidió con una seña y Leblanc no tuvo más remedio que quedarse con la mano estirada y el saludo que había preparado para el funcionario. Se fue a su oficina y encontró a Bastián hojeando unos papeles. Le comentó el suceso con el alcalde, pero Bastián lo interrumpió.

—Es asombroso, inspector, esto no lo va a creer.
—¿Qué cosa, Bastián?
—Pues que el hombre que encontramos en el contenedor murió de hambre, pero eso no es una novedad, ya lo habíamos notado. Sin embargo, hay algo más extraño. ¿Se imagina que este informe dice que tenía una herida producida por una manzana en la espalda?
—Pues, sería de metal la mentada fruta, ¿no?
—No, inspector, aquí dice que una manzana le provocó una hendidura y luego una infección.
—A ver, ¡qué raro es todo esto! Mira, también dice que su cuerpo no era completamente de carne y hueso, sino que parecía un enorme escarabajo o algo así.

Leblanc iba a hacer un comentario cuando entró de repente el jefe Fouché, los miró con ojos de proyectil y les ordenó que se pusieran a trabajar, que la ciudad se estaba llenando de bichos y que había que limpiar las calles de los enormes insectos que se estaban propagado en los contenedores de basura. Bastián le preguntó a Fouché por el número de casos registrados y no supo qué decir, por eso les gritó que ellos eran los encargados de investigarlo y ocultárselo a la prensa. Si llega a correr la noticia de que hay insectos enormes en los basureros—les dijo con voz amenazante—, tendremos problemas de salud pública y si crece la alarma los echo de aquí sin tentarme el corazón. En cuanto se fue el jefe, Leblanc le pidió a Bastián que buscaran a un entomólogo para consultarle el caso.

—Buenas tardes, señor Jean Boisduval, queremos hacerle una consulta.
—Sí, dígame inspector, ¿en qué puedo ayudarle?
—Mire, tenemos un problema con un cadáver. Según el patólogo que hizo la autopsia, el hombre sufrió una transformación y se convirtió en una especie de zángano o escarabajo. Aquí tiene el informe, léalo usted mismo.

El hombre macizo cogió el folder, se sentó en su escritorio, llamó a una enfermera y le pidió que llevara tres cafés muy cargados, luego empezó a leer con mucha calma. A lo largo de su lectura fue haciendo anotaciones y dibujos. En tres ocasiones se levantó para consultar unos voluminosos tomos de entomología y psicología y, una hora después, su rostro se iluminó con una sonrisa, escribió unas líneas en un cuaderno y como si se tratara de una receta se la dio a Leblanc.

—Aquí tiene mi querido amigo. Esto es todo lo que se me ocurre.
—¿Qué significa esto? Perdóneme, pero no lo entiendo. Disculpe mi ignorancia.
—Sí, es verdad. He olvidado por un momento que usted es sólo un inspector de homicidios—dijo Boisduval arreglándose el copete—. Le explicaré brevemente. En primer lugar, es muy importante interpretar las palabras escritas en el reporte de una forma metafórica y no directa como lo han hecho ustedes, en segundo lugar, el hombre al que se hace referencia es un ser sugestionado por alguna idea, tal vez se obsesionó con el orden de las cosas en la sociedad, se confundió con el significado de la existencia y cayó en una fuerte depresión, por último, las transformaciones que hay en su cuerpo no están relacionados con la entomología, más bien son resultado de un período muy largo de inactividad. Es como si hubiera soportado una presión exterior y su pasividad le hubiera creado una tensión que, al final, le afectó el cuerpo haciéndolo un poco frágil. No le puedo decirles más, tendrán que acudir a un psicólogo para indagar más a fondo.

—Y, ¿Usted conoce a alguno que sea bueno?
—Claro, inspector, le recomiendo que visite a Pierre Janet. Su consultorio, es decir, su clínica está a tres cuadras de aquí en Boulevard de l´Hospital. Dele un saludo muy cordial de mi parte.
Bastián salió un poco desconcertado porque no podía entender cómo un hombre acosado por sus obsesiones podía haberse convertido en una especie de lacra o gusano, sólo por darle vueltas constantemente a una idea. Theophile Leblanc no le pudo explicar nada, argumentó que ignoraba ese tipo de cosas, y sólo agregó que era muy peligroso ser obstinado. Llegaron a su destino.
—Si no me equivoco, Bastián, este sitio fue construido en el siglo XVII y fue destinado a los vagabundos y pobres de la época. También, albergó a mujeres perdidas en la prostitución, a las que engañaron a sus maridos y hasta la princesa Diana de Gales fue atendida aquí.
—¿Cómo sabe tanto de este sitio, inspector?
—Por el periódico, querido Bastián. Hace un mes leí un artículo muy interesante sobre este sitio.
—Ha hecho trampa, inspector, yo me estaba creyendo que era usted un erudito.
—No, Bastián, por desgracia los investigadores de homicidios tenemos un limitado conocimiento cultural, si no fuera porque las mismas víctimas y los delincuentes nos ponen acertijos, no sabríamos mayor cosa y le haríamos culto a un futbolista o a un payaso que anduviera vanagloriándose de sus éxitos en la política o en el mundo del espectáculo. Por fortuna, somos personas normales y estamos en la vida real, no en esa penumbra en la que se encuentran los demás y que llamaría “La civilización del espectáculo”.
—Esa definición me suena de algo, inspector, ¿no se la estará pirateando a alguien?
—Sí, Bastián, es de Mario Vargas Llosa. Te recomiendo que leas su libro. Es interesantísimo. Bien, ya estamos aquí. Preguntémosle a esa enfermera dónde está el doctor Pierre Janet.

El famoso neurólogo los recibió en un cubículo pequeño, pero amueblado con gusto. Les ofreció un té y le alegró mucho que unos detectives lo fueran a consultar. Al principio creyó que tenían algún problema mental por causa de su trabajo, pero en cuanto le mostraron la carpeta del caso del hombre del contenedor dejó de hacer bromas y se centró en el material. Leyó todo en voz alta e hizo preguntas retoricas imaginando que se encontraba frente a un grupo de especialistas. Al final, se le aclaró la vista, vio la cara de asombro de sus invitados y comenzó su explicación de forma sucinta.

—Queridos, amigos, deben saber que en nuestra época el hombre sufre mucho por una contradicción entre el ser o el tener, habrán leído a un tal Erich Fromm, ¿no? De acuerdo a ese sociólogo, en la sociedad de la economía global, el hombre tiene que decidir entre poseer bienes materiales o sufrir la pobreza y el desprecio por dedicarse a algo menos lucrativo pero espiritual. Eso serviría de fundamento para explicar lo que le pasó al hombre del contenedor. Según creo, el pobre sería un empleado público, un vendedor o un obrero sin futuro y con una condición económica deplorable. Su entorno, me imagino, le exigía su esfuerzo para solventar los gastos de su familia y la casa; pero él estaba en contra de perder la vida en un trabajo inútil, pesado y sin una compensación justa. Luego, un día por la mañana, se decidió a no ir trabajar y se quedó durmiendo. Tenía la necesidad impetuosa de cambiar su vida, pero las obligaciones no se lo permitían, entonces empezó su lucha. Él, decidido a no ir a su centro de trabajo para no desperdiciar su vida en vano, tuvo que sufrir la presión de quienes lo recriminaban por estar de zángano. Se quedó aislado, luego le fueron racionando la comida y al final lo mataron de hambre. Después, lo echaron en un contenedor de basura y asunto resuelto.
—Todo lo que dice, doctor, suena muy bien, sólo que, si excluimos el asesinato, es probable que el hombre se fuera por su propio pie y muriera lejos de su casa para no causar más molestias. ¡Es terrible!
—Es cierto, suena lógico, pero no olvide que en caso de ser cierta mi teoría, habría bastantes motivos para asesinarlo, ¿no? Por cierto, ¿cómo le llaman a ese motivo ustedes los investigadores?
—Es el móvil, doctor, así lo denominamos.
—Bueno, pues, entonces eso. El móvil sería quitárselo de encima y desaparecerlo. Tuvo suerte de que no lo destazaran. Ya sabe que la gente ahora está loca. Todos los criminales piensan que esa es la mejor forma de deshacerse de los cuerpos.
—Bueno, doctor, le agradecemos mucho su té y la excelente lección que nos ha dado con sus conocimientos del alma humana.

Salieron del cubículo un poco mareados por la palabrería científica del psicólogo y se quedaron meditabundos. Después, Bastián propuso que buscaran en los reportes de la policía sobre personas desaparecidas para ver si encontraban algo sobre su hombre. El inspector sugirió que buscaran en un entorno de tres kilómetros al sitio donde habían encontrado el cadáver y preguntaran en las oficinas si alguien había dejado de asistir al trabajo sin causa alguna. Se desconsolaron mucho al comprender que tenían una tarea colosal y sería muy difícil encontrar alguna pista que los llevara a determinar la identidad del tipo escarabajo.

En el transcurso de la semana investigaron en todas las comisarías, en las fábricas, en las empresas de servicios y en las instituciones del gobierno, pero no les dieron ninguna información de provecho. Estaban desalentados y comenzaron a obsesionarse con el caso. No podían comprender cómo un hombre podía convertirse en un insecto y morir por una manía. En su ayuda llegó un gerente de ventas de electrodomésticos que puso una acusación en contra de la familia Samoussa por no quererle devolver un préstamo. Según decía el Monsieur Gerard Bastille le había prestado al señor Lionel Samoussa una considerable cantidad de dinero y éste le había prometido que su hijo Florián le pagaría con su trabajo como representante comercial, pero no sólo habían roto su trato, sino que su deudor ni siquiera le abría la puerta cuando iba a cobrarle. Era por esa razón que exigía la intervención de la policía para solucionar el problema. Le prometieron enviar a unos agentes para aclarar el conflicto. Como Bastián y Leblanc no tenían muchas cosas que hacer en ese momento, cogieron la dirección del señor Samoussa y se fueron a visitarlo.

Llegaron cuando la familia Samoussa regresaba muy alegre de su paseo por el bosque de Fromainville. Sostenían una conversación muy alegre y comentaban sus planes para el futuro. Decían que Gisele, la hija menor, estaba en edad de casarse y que con sus aptitudes para la música podría trabajar en algún bar o unirse a un grupo musical.

—¿Es usted el señor Samoussa? —preguntó Leblanc mientras las dos mujeres rodeaban al hombre como protegiéndolo de un gran peligro. El hombre se puso rojo, pero al sentirse apoyado por sus dos acompañantes se armó de valor y contestó.
—Sí, yo soy, ¿en qué puedo servirles?
—Mire, señor Samoussa, venimos a tratar con usted un asunto delicado, pero no nos gustaría hablar del tema a media calle, ¿sería tan amable de invitarnos a su casa?
—Por supuesto—dijo la mujer con voz seca—, faltaría más.

Caminaron hasta una casa muy vieja con la fachada gris y la puerta de madera rancia que rechinaba mucho. Tuvieron que levantarla un poco para poder cerrarla. El interior, aunque estaba bien iluminado, parecía triste. Los muebles estaban igual que la puerta y se sentía mucho la humedad. Leblanc y Bastián se sentaron a la mesa junto con el señor Samoussa y las dos mujeres se pusieron a preparar un té. Llevaron unas tazas de porcelana descarapeladas, los platitos estaban un poco resquebrajados y cuando Leblanc levantó la vista, la señora Samoussa dijo que eran herencia de una bisabuela, por eso estaban tan viejas, pero eran una reliquia familiar de mucho valor. Se cruzaron todas las miradas y para suavizar la tensión el señor Samoussa preguntó por la causa de la visita.

—Ha ido a la comisaría Monsieur Gerard Bastille, ¿lo conoce? —El señor Samoussa que estaba masticando con mucha parsimonia un trocito de pan se puso rojo. Se tragó el bolo con dificultad y se desabrochó la corbata.
—Sí, disculpe, me he atragantado un poco con el pan. En efecto, sé quién es ese señor Bastille. Y ha de saber que es un estafador. Teníamos un trato, ¿sabe? Pero el muy zorro nos quiere cobrar más de lo acordado y no sólo eso, también pretende a mi hija Gisel, si yo le contara…—en la cocina se hizo un silencio absoluto.
—Pues, él dice que su hijo prometió trabajar para él hasta saldar la deuda, pero que no se ha aparecido por el trabajo. ¿Qué puede usted decir al respecto?
—Mire, ese es un cuento chino. Nosotros ya no le debemos nada. Lo nuestro fue un acuerdo verbal y no puede comprobar que le debemos lo que dice.
—Bueno, se lo creo, pero ¿podría hablar con su hijo Florián para constatarlo? —en ese momento se oyó un gemido en la cocina y el sonido de la vajilla estrellándose contra el piso. Encendieron la radio y la señora Samoussa gritó que no pasaba nada, que se había roto una taza, nada más—. !Qué maravilla! Esa, si no me equivoco, es Josephine Baker bailando, es decir, cantando su famosa banana dance, ¿no?
—Sí, inspector, a mi mujer le encanta esa estación de radio. Todos los días ponen música de charlestón a esta hora. Bueno, tendré que decepcionarlo porque mi hijo nos ha abandonado. Se fue hace unas semanas y no ha vuelto más. Dijo que quería irse muy lejos, quizás al extranjero.
—Y, ¿han tenido noticias suyas?
—No, inspector, en realidad no estaba muy contento con nosotros, a pesar de que lo adorábamos; pero como es tan inconformista…
—¡Qué lástima! Señor Samoussa porque tendrán que ir a declarar ante el juez y la querella, sin su hijo, puede tomar un curso impredecible. Será necesario que lo encuentren para que vaya a testificar.

El señor Samoussa comenzó a temblar y, disculpándose, se fue al baño. Salió en su ayuda la señora Samoussa que puso unos panecillos calientes en la mesa y empezó a conversar.

—Señor inspector, mi hijo tenía ilusiones, era, cómo decirlo…Ah, sí, era un poco revolucionario. Tenía ideas modernas muy raras. Nosotros somos una familia muy tradicional. Vivimos de acuerdo a las reglas de la sociedad y tratamos de resolver nuestros problemas lo mejor que podemos. En cambio, Florián, renegaba mucho de las cosas. No le gustaba el empleo que le dio el señor Bastille y decía que, si no fuera porque nos hacía falta la plata, habría dejado esa inútil actividad en la que se veía obligado a engañar a la gente para vender las mercancías de ese ladrón Bastille.
—Entonces, ¿renunció?                                
—Sí, inspector, pero lo hizo cuando terminamos de pagar lo que le debíamos a esa hiena. Mi hijo estuvo unos cuantos días encerrado en su habitación. Luego, como no teníamos la parte de su sueldo, nos vimos obligados a alquilar una habitación. A Florián no le gustó nada la idea y un día nuestro inquilino le pidió a Gisel que tocara el violín, todo habría ido bien, pero mi hijo salió de su habitación y tuvo una discusión muy fuerte con el señor Duma. Total, que se fue sin pagar y echando pestes de nosotros. Pasaron unos días, la cosa se enfrió y Florián salió de su cuarto y me dijo que se iba. Le pregunté si quería ir a conseguir empleo o a pasear, pero él respondió que se marchaba para siempre. No pude impedir que se fuera. Llevaba sólo la ropa del diario puesta, sin abrigo, ni cosas que le pudieran servir, eso me hizo pensar que se trataba de uno de sus habituales caprichos y que volvería después de dar una vuelta. Y ya ve, hasta la fecha no se ha aparecido.
—Que mal está eso, señora Samoussa, tenían que habérselo reportado a la policía. Por cierto, ¿podría ver su habitación? —La señora Samoussa hizo un gesto raro y abrió mucho los ojos, luego hizo una pregunta con la voz ahogada.
—¿Para qué quiere verla, inspector?
—Es sólo para darme una idea de cómo es su hijo. Tal vez podríamos ayudarle a encontrarlo—en ese momento, la mujer tuvo un vértigo y estuvo a punto de caer. Corrió a auxiliarla Gisel que había permanecido pendiente mirando escondida detrás del umbral de la puerta de la cocina. El señor Samoussa también acudió. La señora se recuperó, pero estaba muy pálida. Entonces, Gisel aclaró la voz.
—Inspector, si quiere ver la habitación de mi hermano venga por aquí.

Era un cuarto pequeño con un armario muy viejo, la cama era estrecha y tenía un colchón con bolas y un hueco en el centro, no parecía muy cómoda. El olor no era muy agradable y aunque se notaba que habían hecho limpieza profunda, la recámara parecía sucia. En las paredes había cosas escritas como: “El hombre es el lobo del hombre”. “No hay peor mal que la sociedad capitalista”. “Mueran los burgueses”. “El capitalismo envenena el cuerpo y mutila el alma”. “La burocracia es la peste del siglo XX”.

—Bueno, creo que su hermano estaba muy inconforme con la sociedad, ¿no es así?
—Sí, inspector, pero era sólo porque lo explotaban en el trabajo. Aquí en la casa también se sentía oprimido por el compromiso conmigo y mis padres. A veces, decía que se quería suicidar y que si no fuera por mi lo haría cualquier día.
—Dígame, ¿cómo es su hermano físicamente?
—Pues, alto, delgado, con la espalda un poco encorvada, con una nariz afilada muy larga y los ojos pequeños. ¿Ha visto alguna vez a Adrián Brody?
—Sí, me suena. Creo que lo vi en una película. Hacía el papel de un pianista en la guerra.
—Sí. Es él. Pues, mi hermano se le parece mucho, pero tiene la nariz aún más larga, las orejas muy salidas y los ojos más pequeños y negros. Cuando se fue de aquí, por desgracia, estaba muy mal. Se había descuidado mucho. Tenía el pelo largo y enmarañado, no comía nada. Espantaba por que parecía un esqueleto articulado.
—Bien, señorita, creo que es todo lo que necesito saber. Permítame un segundo.

El inspector Leblanc llamó a Bastián y le dijo en voz baja que la descripción de Gisele coincidía con la apariencia del hombre del contenedor, que deberían actuar con mucho tacto y conducir la conversación hasta obtener la confesión de la familia. Era muy importante descubrir si el Frolián había muerto por su propia voluntad o su familia lo había matado y se lo habían llevado muy lejos para dejarlo en un contenedor.

—Señor Lionel, ¿me puede decir cómo han sido sus relaciones con su hijo?
—¿Por qué lo pregunta, inspector?
—Sólo quiero saber si se llevan bien o no.
—Pues, mire, nuestras relaciones no son del todo buenas, pero grandes conflictos no hemos tenido nunca.
—¿Qué piensa usted de las ideas de su hijo?
—¿Se refiere a lo que tiene escrito en la pared de su cuarto?
—No, no sólo eso, sino todo lo que él piensa con respecto al trabajo, la sociedad y demás aspectos.
—Ahora que lo dice, nunca le he recriminado que sea comunista, pero usted sabe que una familia tiene necesidades. Yo no puedo trabajar y cuando él se negó a seguirnos ayudando, me vi en la necesidad de conseguir empleo. A mi edad eso es muy duro, ¿sabe? Me explotaban mucho, me pagaban muy poco y cada vez que le pedía ayuda, me respondía que no; que él prefería morir antes que volver a engañar a la gente con los aparatos del señor Bastille. Reñíamos, pero como en todas las familias.
—¿Nunca lo agredió por causa de esos roces?
—No, señor inspector, lo único que hice fue llamarle la atención y castigarlo un poco por su falta de solidaridad, pero de ahí a golpearlo o causarle daño, jamás.
—Y usted, señorita Gisele, ¿quiere a su hermano?
—Claro, inspector, para ser sincera le diré que yo lo quiero más que nadie.
—Bueno, creo que es suficiente. Me complacen sus respuestas, pero tengo que informarles algo muy lamentable. Resulta que hemos encontrado a Florián muerto en un contenedor de basura.

Los sollozos de la madre e hija estallaron al unísono, pero sonaron falsos, el padre bajó la vista y se mordió el labio inferior. El inspector guardó silencio y puso atención en la reacción de cada uno, lo que le ayudó a notar remordimiento real en el padre, arrepentimiento en la hija y un fuerte dolor en la madre. Los lamentos duraron mucho tiempo y Bastián sólo mantuvo la mirada atenta en Leblanc para saber cuándo continuar con interrogatorio.

—Reciban mi más sentido pésame. No es una ocasión muy apropiada, pero no tenemos elección. Necesito saber si ustedes tuvieron algo que ver con su muerte.
—¡Cómo se atreve a pensar eso, inspector! —dijo la madre con la voz entrecortada.
— Lo siento, señora Samoussa, pero es imprescindible aclarar todos los detalles.
—Señor Lionel, dice usted que nunca lo golpeó y que lo recriminó por su conducta. ¿Es posible que lo haya castigado dejándolo sin comer?
—No, señor inspector. Era él quien se negaba a consumir alimentos, estaba empecinado en demostrar que tenía derecho a hacer lo que había decidido. Además, yo volvía muy cansado del trabajo. Lo veía ocasionalmente los fines de semana y no hablábamos, nunca salía de su habitación. Era Gisele quien más se comunicaba con él. A ella era a la única que le permitía verlo.
—Señorita Gisele. Dígame, su hermano se comía lo que usted le daba.
—No, inspector, estaba muy preocupada por su salud. Incluso el día que decidió irse, pensé que podría encontrarlo por que caminaba con mucha dificultad. Pero lo busqué ese día y los tres siguientes y no lo hallé.
—¡Ah! Y ¿por qué no llamaron a la policía?
—Es que no creíamos que se fuera para siempre inspector. Mi esposa y yo decidimos que volvería en cualquier momento, estábamos dispuestos a perdonarle todo. Sólo que ahora es tarde.
—Por desgracia es así, señor Lionel. Hay otra cosa más. Resulta que en la autopsia se le encontraron restos de manzana en la espalda. Tenía insertado un endocarpio o corazón junto con las pepitas al lado del omóplato. ¿Cómo se podría explicar eso?
—Creo que eso se podría explicar tomando en cuenta que nunca se bañaba y un día en una discusión mi padre le dio una palmada en la espalda, pero como tenía restos de una manzana en la mano y Florián andaba sin camisa…, pero eso no podía haberle producido la muerte, ¿no es verdad, inspector?
— No señorita Gisele. Creemos que murió por falta de apetito, es decir se mató de hambre. Es una pena.
—Bueno, perdonen que les hayamos dado estas molestias y que les hayamos traído una noticia tan lamentable, pero era nuestra obligación.

La familia Samoussa guardó silencio. Gisele acompañó hasta la puerta al inspector y a Bastián y se despidió llorando.
En la calle el inspector miró la calle y se dio cuenta de que caminando en el estado de Florián tardaría horas en llegar a una calle más concurrida, además su cadáver se había encontrado a unos diez kilómetros de allí y era imposible que Florián hubiera llegado por su propio pie.

—¡Bastián!
—Sí, inspector, dígame.
—Oye, si fueras a paso de tortuga, ¿cuánto tardarías en llegar a la Route du Bout de Monde?
—Pues, muchas horas. Inspector, quizás todo un día.
—Y ¿crees que Florián haya hecho ese trayecto?
—Lo veo muy difícil inspector, sólo en coche podría llegar hasta allí.
—¡Exacto, Bastián! Volvamos con los Samoussa. Hay algo importante que debo preguntarles.
Volvieron a la casa. Para sorpresa del inspector, el rostro del señor Lionel estaba alegre. Leblanc lo miró sin persistencia para que pudiera cambiar el gesto y luego empezó a preguntar.
—Disculpe, señor Lionel, quería saber si usted tiene coche.
—Sí, inspector, ¿quiere que lo lleve a algún sitio, tiene algún problema?
—No, no es eso, ¿podría decirme cuál es su auto?
—Si, mire, es ese amarillo de allí. Está muy viejo, pero funciona.
—Entonces sígame.
—Sí inspector, como usted diga.

Llegaron al auto y el inspector le pidió que lo abriera. En el salón había un tufillo rancio muy raro. Leblanc pensó que procedía del maletero y le ordenó que lo abriera. Con la mano temblando, el señor Samoussa lo abrió y el olor salió como una nube de polvo que los hizo estornudar y sentir náuseas. Leblanc dedujo que el leve olor desagradable que había notado en la habitación de Florián, aquí era muy intenso e idéntico al del cadáver que habían encontrado. Dedujo que los Samoussa habían transportado muerto a su hijo en el maletero y lo habían dejado en un contenedor a varios kilómetros de ahí. Miró hacía el bosque y pensó que de haber abandonado a Florián debajo de un árbol, su muerte habría sido más verosímil, pero para asegurarse de que nadie sospecharía de ellos se lo habían llevado muy lejos y ese fue su peor error.

—Bueno, señor Lionel, ¿cómo podría explicarnos el origen de este olor?
El señor Samoussa no tenía nada de ingenio, era una persona muy directa y le costaba mucho mentir, así que se quedó callado. Sabía que entre más pasara el tiempo sus palabras sonarían más falsas, por eso lanzó sin chistar su confesión.
—Yo lo maté, inspector.
—¿Cómo?
—Le digo que yo lo mate.
—Le pregunto que cómo lo hizo.
—Mire, cuando se me terminó la paciencia, le ordené a Gisele que no le llevara comida durante tres días, después me tenté el corazón y le concedí una porción pequeña al día. El único problema fue que no abrió la puerta para cogerla. Después, notamos un olor raro que se aunó al ya acostumbrado tufo hepático y bilioso de siempre. Era de descomposición. Llevaba una semana muerto cuando logramos abrir la puerta. Perdimos la cabeza y Gisele propuso que nos lo lleváramos lejos. Cogimos una alfombra vieja y lo envolvimos, esperamos a que llegara la noche. Entonces lo metí al maletero y me fui buscando un lugar apropiado para deshacerme del cuerpo. Tomé una dirección equivocada, pero en Saint Denis entré por la calle Passage canal y vi un contenedor vacío. Sin pensarlo paré el coche y bajé a mi hijo sin la alfombra y lo metí sin dificultad. Emprendí la marcha de regreso. Teníamos la esperanza de que se lo llevaran a un basurero, pero alguien lo habrá descubierto y se complicó la cosa. Es toda la verdad, inspector.
—Bueno, señor, Samoussa, tendrá que hacer una declaración en la comisaría y, en caso de que se le encuentre culpable, irá a juicio. Pase mañana a esta dirección y pregunte por el inspector Theophile Leblanc o por Bastián Rouge.

El señor Samoussa regresó muy despacio a su casa. El inspector se subió a su coche y antes de poner en marcha el motor le preguntó a Bastián su opinión sobre el asunto. Bastián solo dijo que la vida de detectives era muy jodida. Se rieron con amargura y se marcharon.