miércoles, 21 de junio de 2017

Esperando un crimen

Era domingo y no había casi nadie en la comisaría. Leblanc llamó con urgencia a Bastián porque había recibido un aviso sobre un delito que se cometería en breve. Para matar el tiempo, mientras llegaba su ayudante, Theophile se puso a escudriñar su gaveta, no sin tener el oído agudo por si entraba el esperado chivatazo. Le surgió un problema con la cerradura y empezó a dar vueltas por la oficina buscando un objeto que le pudiera servir para forzar la chapa. Llegó Bastián y preguntó si ya había noticias. No obtuvo respuesta porque Leblanc estaba muy concentrado, pensaba en la forma más apropiada de abrir el cajón sin romper el mueble.

—¿Qué hace inspector?
—Hola, Bastián, estoy tratando de forzar mi cajón. Tengo ahí información que me será útil cuando me llame el soplón. Lo malo es que se me ha atascado y no sé qué hacer.
—Y, ¿por qué no se busca una navaja y la hace saltar? Seguro que alguien debe tener una multiusos.
—Bueno, si no hay otra solución, ayúdame a buscar una.

Bastián se quitó el abrigo y lo colgó en el viejo perchero, luego se fue a ver si algún policía tenía un objeto punzante. Leblanc lo vio salir y quiso pedirle que no se fuera, pero su ayudante salió muy decidido. Se escucharon sus pasos firmes por el corredor. El inspector se sentó en su butaca y se quedó pensando en el caso que tendría que resolver cuando entrara la llamada. Los últimos días había resuelto casos difíciles y Fouché le hizo un pequeño reconocimiento de su trabajo dándole golpecitos en la espalda. Leblanc cambió la cara y trató de no encaminar sus pensamientos por la senda de la vida privada porque siempre que entraba en ese terreno le daban ataques de ansiedad. Era por causa de Josephine, una mujer que le rogó que se casara con ella, pero él se negó. Ahora, mirando con tranquilidad el pasado, se daba cuenta de que había cometido el peor error de su vida. Era por eso que agitaba la cabeza para despojarse de los recuerdos. En ese incómodo estado se encontraba cuando volvió Bastián con la navaja.

—Lo ve inspector, quien busca encuentra.
—Sí, gracias, Bastián. Eso que dices sobre lo de que buscando se encuentra, lo sé muy bien por experiencia, pero no siempre se encuentra lo que uno quiere.
—Le entiendo, inspector. Tómela.

El inspector cogió el arma y dedujo que habría pertenecido a algún ladronzuelo.

—¿A quién se la has pedido, Bastián?
—Pues, a los polis que están hoy de guardia.
—Sabías que es muy rudimentaria y que seguramente se usó en muchos crímenes.
—Quizás, inspector, pero ¿va a abrir su gaveta o no?

El inspector se puso de rodillas, metió la cabeza debajo de la mesa, hizo un ruido muy raro y consiguió abrir la cerradura.

—Ya está, Bastián, ¿ves qué sencillo era?
—Sí, inspector. Démela para llevársela a su dueño—dijo Bastián extendiendo la mano, pero el inspector fingió no entender.
—¿No te parece raro que no hayan llamado de nuevo?
—¿Cuánto tiempo lleva esperando, inspector?
—Pues, unas cuantas horas, pero deduje por la voz de la persona que me llamó que algo pasaría pronto, pero como ves, no sucede nada.
—Y ¿si alguien lo mató? O ¿si es una simple broma?
—No, no lo creo Bastián. Tampoco me digas que tal vez se le haya olvidado porque eso es imposible, además por su voz adiviné su determinación. Estoy seguro de que el asesinato nos merodea.
—Bueno, inspector, entonces esperemos a que aparezca y tras él. ¿Quiere un café?
—No. Es malísimo el de aquí. Esperemos un poco y si no llama nadie nos vamos con Monsieur Loran, él sabrá cómo agasajarnos.

Hubo un instante de silencio. El inspector se quedó con la mirada fija en el techo y Bastián creyó que estaba haciendo conjeturas, por lo que se hizo el distraído y no lo molestó. Pasaron cinco minutos y Leblanc comenzó a hablar.

—¡Caray! Bastián, qué horrible es la espera. Creo que no hay nada peor que estar al pendiente de algo que se supone que debe suceder y no acontece.
—Esa vida nos ha tocado a nosotros. Yo, en lo personal, creo que debí dedicarme a otra cosa. Esto de los crímenes no me va, siempre lamento mucho no haber renunciado cuando pude.
—Pero, ¿cómo es posible que digas eso, Bastián? Siempre he pensado que tienes un instinto natural para la investigación. He de reconocer que me has ayudado mucho en los casos difíciles. Tu lucidez siempre me ha guiado para resolver los acertijos más complicados.
—Sí, inspector, gracias por su compasión y apoyo, pero de todas formas esto no me gusta nada. Tanta violencia, sangre y pasiones bajas. No es para mí.
—Y ¿qué te gustaría hacer?
—No sé exactamente, pero algo que estuviera relacionado con el espíritu.
—Ah, ¿te refieres a la música, la pintura o la literatura?
—Sí, tal vez. Lo que no sé es si realmente tengo aptitudes.
—¿Sabes lo que pienso? No creo en esas cosas del talento. Me parece que hay quien tiene ciertas destrezas para algo, pero el trabajo, mi querido, Bastián, es lo que convierte a una persona en talentosa. Es cuestión de práctica y persistencia.
—Ah, ya sé por dónde va inspector. Me quiere contar otra vez lo del japonés tonto, ¿no?
—Sí, ya sabes que, si deja de practicar, regresa al punto de inicio y vuelve a ser el mismo tonto de siempre.
—Y, ¿en nuestro caso, inspector?

Leblanc se quedó un poco sorprendido porque no pudo entender por completo la pregunta de su ayudante. En un principio creyó que era sólo una forma de motivar la conversación, pero después de analizar unos segundos el cuestionamiento llegó a la conclusión de que era algo bastante serio. Trató de ganar tiempo haciendo una pregunta extraña.

—¿Has oído algo, Bastián?
—No inspector. En absoluto.
—Bueno, mira, he pensado que nunca nos faltan casos para investigar, el único problema es que la gente sólo delinque por tres motivos. El dinero, el amor y la locura. Por desgracia, los grandes casos están destinados a tratarse en la literatura. En la vida real, nada de eso sucede. ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que llevamos un caso difícil?
—No, inspector, al parecer, lo único que hacemos es presenciar el espectáculo de las perversidades y estupidez del hombre. La gente mata por descuido, odio y locura, como usted dice, pero habrá quien realmente considere un arte el crimen.
—¿Te das cuenta de lo que dices?
—Sí, inspector, fue usted quien comentó algo sobre un tal Thomas de Quincey, ¿lo recuerda?
—Por supuesto, Bastián, en su tiempo cometió el pecado de calificar el asesinato como una obra de arte y escribió un libro con ese título. Dicen que estaba mal de la cabeza por causa del opio, pero con sus brillantes ensayos trató de encausar a los escritores de detectives por el buen camino y orientar a los lectores de noticias delictivas para que dejaran el morbo y se hicieran más conscientes de lo que leían en los periódicos. Por desgracia, sólo los primeros lo entendieron. La gente lo criticó y no entendió el significado de sus palabras. Como ejemplo de autores de detectives que sí le hicieron caso, te podría citar a Edgar Allan Poe, Baudelaire, Ágata Christie, Conan Doyle, muchos otros más, y el mismo Chesterton a quien respeto mucho, ¿has leído el almirante flotante?
—No, inspector, no lo he leído. Oiga, ¿no tiene hambre?
—Sí, Bastián, ¿qué podríamos pedir de comer?
—No me apetece nada, inspector, pero si lo desea podríamos salir a visitar a Monsieur Loran.
—No podemos, Bastián. ¿Ya se te olvidó que estamos esperando el pitazo?
—Perdón, inspector, es que se me había ocurrido dejar a alguien encargado para atender la llamada e irnos un rato. Ya llevamos unas horas aquí hablando de cosas intrascendentes.
—¿Te parece de poca importancia esto del crimen? Pues, déjame decirte que Quincey tenía razón al analizar con filosofía la crudeza de los homicidios porque lo que perseguía era conocer hasta el fondo la naturaleza humana. No en balde escribió la biografía de Kant, eso no es cualquier cosa, mi querido Bastián.
—Lo entiendo, inspector, pero el aburrimiento me está matando.
—Estás aburrido como una ostra, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece si pedimos unas pizzas?
—Como usted lo desee, inspector, a mí no me apetece ahora.
—Ya te llegará el apetito a la hora de comer, ¿no lo dice así el dicho?
—Está bien, voy a buscar a alguien que ande por allí que nos las traiga. ¿Quiere la de siempre, inspector?
—Sí, claro, ya sabes que no me gustan los experimentos…Más vale malo…
—Sí, inspector, ya voy, y no me esté hablando con refranes.

Leblanc se quedó con la mirada pegada al teléfono, se rascó la cabeza y se pasó la lengua por los dientes como si tratara de desprender alguna sobra de comida, pero le quedó un sabor agrio, hizo un gesto y se levantó a mirar por la ventana. Había poca gente en la calle, su viejo Peugeot le pareció antiquísimo. Miró el cielo gris y se volvió a sentar.

—Inspector, en una media hora vendrán con el pedido, ¿ha sonado el teléfono?
—No, Bastián. Me temo que alguien nos ha tomado el pelo y quiere tenernos aquí padeciendo la espera. Me siento ridículo como Estragón o Vladimiro.
—¿Quiénes?
—Ah, no me hagas caso, son personajes de una obra absurda de teatro. La escribió Samuel Becket.
—¿Sabe? Con esos conocimientos que tiene usted de literatura, debería escribir sus propias novelas.
—No, Bastián, no tengo ni talento ni tiempo para eso.
—Pero, cuenta con la experiencia suficiente y podría usarla para sus historias.
—Ya quisiera que eso fuera cierto. ¿Sabes que cuando busco novelas negras para leer, me asombra la cantidad que hay? Existen muchísimas novelas, sobre todo ahora que parece que todo mundo quiere escribir. Lo malo es que me he llevado muchos chascos leyendo novelas en las que supuestamente se analiza la psicología del asesino y le dan muchas vueltas, hacen tantas descripciones, que al final termino agotado y sin ver un caso trascendental.
—Pues, precisamente por eso debería escribir. Creo que usted no lo haría mal.
—Leí hace poco un libro de crítica de Chesterton y ¿sabes qué lamento?
—No, inspector.
—Pues, eso que dice de las novelas clásicas.
—Y ¿qué dice?
—Dice que si los grandes escritores como Flaubert, Tolstoi, Dostoievski y otros, hubieran escrito sus novelas como detectives, habrían tenido el mismo éxito.
—Claro, pero esas ya son grandes.
—Sí, Bastián, es indudable, pero ¿lo habías pensado tú, alguna vez?
—Jamás, inspector.
—Bueno, imagínate Madame Bovary como novela policíaca. ¿Quién sería el asesino?
—Nadie, inspector, está claro que se suicidó por sus desengaños y las deudas.
—No, Bastián, hay un personaje que tiene una coartada perfecta y las coartadas perfectas sólo existen en la literatura.
—¿Se refiere al marido?
—¡Eureka! ¡Eres genial! ¿Cómo lo has adivinado?
—Pues, por sus antecedentes. Tendría, en realidad, un excelente móvil para asesinar y era doctor.
—Y, ¿en Anna Karénina?
—También, inspector.
—Bueno, es que son demasiado parecidas. Pero…Y, ¿la metamorfosis?
—En esa, me arriesgo a decir que fue la hermana, inspector.
—¿Por qué?
—Por el amor que sentía hacia él.
—Pero, ¿cómo podría matarlo si lo quería mucho?
—Pues, con ayuda del padre. Lo usaría como ejecutor.
—No está mal. Nada mal. Al final, creo que tú serás quien termine escribiendo esas novelas.

Hubo una interrupción por parte del policía que había recibido las pizzas. Le agradecieron su amabilidad, le preguntaron si le había dado al mensajero alguna propina, la respuesta fue una mirada vaga. Pusieron las cajas cuadradas en la mesa, Bastián fue por dos cafés y volvió diez minutos después. Bastián cogió un trozo y se dispuso a morderlo, pero lo interrumpió Leblanc.

—Oye, Bastián, ¿te has puesto a analizar nuestra situación, hoy?
—No, no mucho, inspector, porque la verdad, este suspenso me ha aturdido un poco y me ha dejado sumido en la inercia. Ahora, creo que si sonara el teléfono y me dijeran que hay un cadáver aquí mismo, no me asombraría nada.
—Ahí, está, ¿lo ves?
—¿El qué, inspector?
—Pues, eso, lo que dices del fiambre. ¿Qué haría falta para que tuviéramos un asesinato aquí mismo?
—No lo sé, inspector, ¿por qué no deja de hacerme preguntas y come?
—No lo voy a hacer.
—Bueno, allá usted. Yo sí le voy a entrar a esta margarita. ¡Qué aproveche!
—¡Está envenenada!
—¡Qué idioteces dice, inspector! —Bastián escupió el trozo que tenía en la boca y miró con fuego al inspector—. ¿Por qué me ha estropeado la comida, inspector?
—Es que no estás actuando como detective, Bastián. Mira, un tipo nos ha citado aquí. Nos ha tenido hasta las tantas con su llamada. ¿No sería una buena forma de jugar con nosotros? Imagínate que nos comemos la pizza y minutos después suena el timbrazo y el tío ese nos dice que se ha cumplido lo que nos había predicho.
—Me va a disculpar, inspector, pero eso suena a tontería.
—De acuerdo. Come y sigamos esperando.
—Ah, primero me echa la comida a perder y luego ¿me ordena que coma? No, vamos a hacer lo siguiente, coma usted y si tiene algún efecto del veneno, le traigo una lavativa con mucho gusto.

El inspector empezó a comer, Bastián sintió un retortijón en la panza y desvió la mirada para no ver la avidez con la que comía su jefe. Maldijo su trabajo y se juró que renunciaría en la primera oportunidad. Durante quince minutos se oyeron sólo los chasquidos de Leblanc que comía muy a gusto entrecerrando los ojos con cada bocado. Se terminó media pizza, se limpió la boca, se retorció el bigote y se sobó la barriga y sonrió.

—Bien, Bastián, esperemos a ver qué efecto me hace esto.
— De acuerdo. Espero que esa pizza haya estado envenenada y que pronto tengamos que llevarlo al hospital.
—No te enfades, Bastián. Te he propuesto comer primero, pero te has negado.
—Bueno, y ¿hasta qué hora estaremos aquí como tontos?
—Mira, ya es de noche. Creo que será mejor que te vayas a tu casa. Si surgiera algo te llamaré sin falta. ¡Anda, vete ya!


Bastián salió muy enfadado y con mucha hambre. Se fue sin despedirse y cuando llegó a su casa vio que su esposa Cyliane le había preparado una sabrosa cena. Comió con avidez y elogió cada platillo. Hacía tiempo que no saboreaba de esa manera la comida de su mujer. Bebió de más y abrazó a su esposa para bailar con ella, que, no opuso resistencia y respondió de buena gana. A la tercera pieza experimentó una sensación nueva en su marido. Tuvieron un encuentro muy intenso y al terminar se quedaron abrazados conversando un rato. Bastián le narró lo sucedido en la comisaría y cuando recordó lo que Leblanc había contado de las obras escritas en forma de novelas policíacas, Cyliane, le dijo a Bastián que él tenía mucho talento y que, si se pusiera a escribir todo lo que sacaba en sus conversaciones con ella, se haría un gran escritor. Él se rió con sarcasmo y se durmió pensando que Leblanc no lo había citado para prevenir un asesinato, sino para otra cosa.

domingo, 18 de junio de 2017

Cadáver en el contenedor

En un contenedor de basura, los trabajadores de la limpieza urbana se encontraron un cuerpo. Pertenecía a un hombre joven. Estaba en malas condiciones porque era casi un esqueleto. Tenía puestos unos harapos y zapatos viejos. Su cara era muy alargada, la nariz estrecha y larga, llevaba una barbita rala, el pelo largo y lo más característico era que sus orejas estaban muy salidas. Theophile Leblanc llegó en compañía de su ayudante Bastián Rouge a la calle Passage Canal en el barrio de Saint Denis. No era un lugar muy concurrido por los pordioseros, por lo que empezaron a preguntarle a los vecinos si conocían al hombre que estaba en la basura. Nadie lo había visto nunca por allí, tampoco los vendedores de los estancos cercanos pudieron dar razón del muerto, ni siquiera las abuelas que descansaban la mayor parte del día en una plaza de la Rue Raspail. Todos decían que no parecía ser de ahí. El inspector les dio sus datos a todas las personas que entrevistó por si recordaban algo. Se fue a la comisaría. Por el trayecto le preguntó a Bastián si había notado alguna cosa extraña en el cuerpo del pobre desgraciado, pero lo único que logró decir Bastián, después de mucho pensarlo, fue que la causa de la muerte había sido la inanición. De ser así, querido Bastián, no tendremos que investigar ningún caso de homicidio. Esperemos las noticias que nos dé el patólogo después de la autopsia.

Hacía demasiado calor en la ciudad y sólo la llegada del atardecer le hizo más soportable la chaqueta que llevaba puesta Leblanc, se había acostumbrado tanto a ese tipo de prenda que el quitársela en la calle o la comisaría hubiera sido como arrancarle la piel. Tenía sólo tres trajes que usaba alternándolos durante la semana. Estaban limpios porque el dueño de una tintorería, en agradecimiento a que le había ayudado a eludir un robo, le mandaba a un muchacho a recoger los trajes, las camisas y la ropa interior y se los devolvía muy limpios. Todo el departamento de policía lo envidiaba porque en realidad siempre andaba impecable, sólo los días calientes y llenos de polvo le daban al cuello de su camisa un aspecto de trapo sucio.
El jefe Clement Fouché estaba acompañado del alcalde de la ciudad y le pidió a Leblanc que hiciera bien su trabajo cuando lo vio. Luego lo despidió con una seña y Leblanc no tuvo más remedio que quedarse con la mano estirada y el saludo que había preparado para el funcionario. Se fue a su oficina y encontró a Bastián hojeando unos papeles. Le comentó el suceso con el alcalde, pero Bastián lo interrumpió.

—Es asombroso, inspector, esto no lo va a creer.
—¿Qué cosa, Bastián?
—Pues que el hombre que encontramos en el contenedor murió de hambre, pero eso no es una novedad, ya lo habíamos notado. Sin embargo, hay algo más extraño. ¿Se imagina que este informe dice que tenía una herida producida por una manzana en la espalda?
—Pues, sería de metal la mentada fruta, ¿no?
—No, inspector, aquí dice que una manzana le provocó una hendidura y luego una infección.
—A ver, ¡qué raro es todo esto! Mira, también dice que su cuerpo no era completamente de carne y hueso, sino que parecía un enorme escarabajo o algo así.

Leblanc iba a hacer un comentario cuando entró de repente el jefe Fouché, los miró con ojos de proyectil y les ordenó que se pusieran a trabajar, que la ciudad se estaba llenando de bichos y que había que limpiar las calles de los enormes insectos que se estaban propagado en los contenedores de basura. Bastián le preguntó a Fouché por el número de casos registrados y no supo qué decir, por eso les gritó que ellos eran los encargados de investigarlo y ocultárselo a la prensa. Si llega a correr la noticia de que hay insectos enormes en los basureros—les dijo con voz amenazante—, tendremos problemas de salud pública y si crece la alarma los echo de aquí sin tentarme el corazón. En cuanto se fue el jefe, Leblanc le pidió a Bastián que buscaran a un entomólogo para consultarle el caso.

—Buenas tardes, señor Jean Boisduval, queremos hacerle una consulta.
—Sí, dígame inspector, ¿en qué puedo ayudarle?
—Mire, tenemos un problema con un cadáver. Según el patólogo que hizo la autopsia, el hombre sufrió una transformación y se convirtió en una especie de zángano o escarabajo. Aquí tiene el informe, léalo usted mismo.

El hombre macizo cogió el folder, se sentó en su escritorio, llamó a una enfermera y le pidió que llevara tres cafés muy cargados, luego empezó a leer con mucha calma. A lo largo de su lectura fue haciendo anotaciones y dibujos. En tres ocasiones se levantó para consultar unos voluminosos tomos de entomología y psicología y, una hora después, su rostro se iluminó con una sonrisa, escribió unas líneas en un cuaderno y como si se tratara de una receta se la dio a Leblanc.

—Aquí tiene mi querido amigo. Esto es todo lo que se me ocurre.
—¿Qué significa esto? Perdóneme, pero no lo entiendo. Disculpe mi ignorancia.
—Sí, es verdad. He olvidado por un momento que usted es sólo un inspector de homicidios—dijo Boisduval arreglándose el copete—. Le explicaré brevemente. En primer lugar, es muy importante interpretar las palabras escritas en el reporte de una forma metafórica y no directa como lo han hecho ustedes, en segundo lugar, el hombre al que se hace referencia es un ser sugestionado por alguna idea, tal vez se obsesionó con el orden de las cosas en la sociedad, se confundió con el significado de la existencia y cayó en una fuerte depresión, por último, las transformaciones que hay en su cuerpo no están relacionados con la entomología, más bien son resultado de un período muy largo de inactividad. Es como si hubiera soportado una presión exterior y su pasividad le hubiera creado una tensión que, al final, le afectó el cuerpo haciéndolo un poco frágil. No le puedo decirles más, tendrán que acudir a un psicólogo para indagar más a fondo.

—Y, ¿Usted conoce a alguno que sea bueno?
—Claro, inspector, le recomiendo que visite a Pierre Janet. Su consultorio, es decir, su clínica está a tres cuadras de aquí en Boulevard de l´Hospital. Dele un saludo muy cordial de mi parte.
Bastián salió un poco desconcertado porque no podía entender cómo un hombre acosado por sus obsesiones podía haberse convertido en una especie de lacra o gusano, sólo por darle vueltas constantemente a una idea. Theophile Leblanc no le pudo explicar nada, argumentó que ignoraba ese tipo de cosas, y sólo agregó que era muy peligroso ser obstinado. Llegaron a su destino.
—Si no me equivoco, Bastián, este sitio fue construido en el siglo XVII y fue destinado a los vagabundos y pobres de la época. También, albergó a mujeres perdidas en la prostitución, a las que engañaron a sus maridos y hasta la princesa Diana de Gales fue atendida aquí.
—¿Cómo sabe tanto de este sitio, inspector?
—Por el periódico, querido Bastián. Hace un mes leí un artículo muy interesante sobre este sitio.
—Ha hecho trampa, inspector, yo me estaba creyendo que era usted un erudito.
—No, Bastián, por desgracia los investigadores de homicidios tenemos un limitado conocimiento cultural, si no fuera porque las mismas víctimas y los delincuentes nos ponen acertijos, no sabríamos mayor cosa y le haríamos culto a un futbolista o a un payaso que anduviera vanagloriándose de sus éxitos en la política o en el mundo del espectáculo. Por fortuna, somos personas normales y estamos en la vida real, no en esa penumbra en la que se encuentran los demás y que llamaría “La civilización del espectáculo”.
—Esa definición me suena de algo, inspector, ¿no se la estará pirateando a alguien?
—Sí, Bastián, es de Mario Vargas Llosa. Te recomiendo que leas su libro. Es interesantísimo. Bien, ya estamos aquí. Preguntémosle a esa enfermera dónde está el doctor Pierre Janet.

El famoso neurólogo los recibió en un cubículo pequeño, pero amueblado con gusto. Les ofreció un té y le alegró mucho que unos detectives lo fueran a consultar. Al principio creyó que tenían algún problema mental por causa de su trabajo, pero en cuanto le mostraron la carpeta del caso del hombre del contenedor dejó de hacer bromas y se centró en el material. Leyó todo en voz alta e hizo preguntas retoricas imaginando que se encontraba frente a un grupo de especialistas. Al final, se le aclaró la vista, vio la cara de asombro de sus invitados y comenzó su explicación de forma sucinta.

—Queridos, amigos, deben saber que en nuestra época el hombre sufre mucho por una contradicción entre el ser o el tener, habrán leído a un tal Erich Fromm, ¿no? De acuerdo a ese sociólogo, en la sociedad de la economía global, el hombre tiene que decidir entre poseer bienes materiales o sufrir la pobreza y el desprecio por dedicarse a algo menos lucrativo pero espiritual. Eso serviría de fundamento para explicar lo que le pasó al hombre del contenedor. Según creo, el pobre sería un empleado público, un vendedor o un obrero sin futuro y con una condición económica deplorable. Su entorno, me imagino, le exigía su esfuerzo para solventar los gastos de su familia y la casa; pero él estaba en contra de perder la vida en un trabajo inútil, pesado y sin una compensación justa. Luego, un día por la mañana, se decidió a no ir trabajar y se quedó durmiendo. Tenía la necesidad impetuosa de cambiar su vida, pero las obligaciones no se lo permitían, entonces empezó su lucha. Él, decidido a no ir a su centro de trabajo para no desperdiciar su vida en vano, tuvo que sufrir la presión de quienes lo recriminaban por estar de zángano. Se quedó aislado, luego le fueron racionando la comida y al final lo mataron de hambre. Después, lo echaron en un contenedor de basura y asunto resuelto.
—Todo lo que dice, doctor, suena muy bien, sólo que, si excluimos el asesinato, es probable que el hombre se fuera por su propio pie y muriera lejos de su casa para no causar más molestias. ¡Es terrible!
—Es cierto, suena lógico, pero no olvide que en caso de ser cierta mi teoría, habría bastantes motivos para asesinarlo, ¿no? Por cierto, ¿cómo le llaman a ese motivo ustedes los investigadores?
—Es el móvil, doctor, así lo denominamos.
—Bueno, pues, entonces eso. El móvil sería quitárselo de encima y desaparecerlo. Tuvo suerte de que no lo destazaran. Ya sabe que la gente ahora está loca. Todos los criminales piensan que esa es la mejor forma de deshacerse de los cuerpos.
—Bueno, doctor, le agradecemos mucho su té y la excelente lección que nos ha dado con sus conocimientos del alma humana.

Salieron del cubículo un poco mareados por la palabrería científica del psicólogo y se quedaron meditabundos. Después, Bastián propuso que buscaran en los reportes de la policía sobre personas desaparecidas para ver si encontraban algo sobre su hombre. El inspector sugirió que buscaran en un entorno de tres kilómetros al sitio donde habían encontrado el cadáver y preguntaran en las oficinas si alguien había dejado de asistir al trabajo sin causa alguna. Se desconsolaron mucho al comprender que tenían una tarea colosal y sería muy difícil encontrar alguna pista que los llevara a determinar la identidad del tipo escarabajo.

En el transcurso de la semana investigaron en todas las comisarías, en las fábricas, en las empresas de servicios y en las instituciones del gobierno, pero no les dieron ninguna información de provecho. Estaban desalentados y comenzaron a obsesionarse con el caso. No podían comprender cómo un hombre podía convertirse en un insecto y morir por una manía. En su ayuda llegó un gerente de ventas de electrodomésticos que puso una acusación en contra de la familia Samoussa por no quererle devolver un préstamo. Según decía el Monsieur Gerard Bastille le había prestado al señor Lionel Samoussa una considerable cantidad de dinero y éste le había prometido que su hijo Florián le pagaría con su trabajo como representante comercial, pero no sólo habían roto su trato, sino que su deudor ni siquiera le abría la puerta cuando iba a cobrarle. Era por esa razón que exigía la intervención de la policía para solucionar el problema. Le prometieron enviar a unos agentes para aclarar el conflicto. Como Bastián y Leblanc no tenían muchas cosas que hacer en ese momento, cogieron la dirección del señor Samoussa y se fueron a visitarlo.

Llegaron cuando la familia Samoussa regresaba muy alegre de su paseo por el bosque de Fromainville. Sostenían una conversación muy alegre y comentaban sus planes para el futuro. Decían que Gisele, la hija menor, estaba en edad de casarse y que con sus aptitudes para la música podría trabajar en algún bar o unirse a un grupo musical.

—¿Es usted el señor Samoussa? —preguntó Leblanc mientras las dos mujeres rodeaban al hombre como protegiéndolo de un gran peligro. El hombre se puso rojo, pero al sentirse apoyado por sus dos acompañantes se armó de valor y contestó.
—Sí, yo soy, ¿en qué puedo servirles?
—Mire, señor Samoussa, venimos a tratar con usted un asunto delicado, pero no nos gustaría hablar del tema a media calle, ¿sería tan amable de invitarnos a su casa?
—Por supuesto—dijo la mujer con voz seca—, faltaría más.

Caminaron hasta una casa muy vieja con la fachada gris y la puerta de madera rancia que rechinaba mucho. Tuvieron que levantarla un poco para poder cerrarla. El interior, aunque estaba bien iluminado, parecía triste. Los muebles estaban igual que la puerta y se sentía mucho la humedad. Leblanc y Bastián se sentaron a la mesa junto con el señor Samoussa y las dos mujeres se pusieron a preparar un té. Llevaron unas tazas de porcelana descarapeladas, los platitos estaban un poco resquebrajados y cuando Leblanc levantó la vista, la señora Samoussa dijo que eran herencia de una bisabuela, por eso estaban tan viejas, pero eran una reliquia familiar de mucho valor. Se cruzaron todas las miradas y para suavizar la tensión el señor Samoussa preguntó por la causa de la visita.

—Ha ido a la comisaría Monsieur Gerard Bastille, ¿lo conoce? —El señor Samoussa que estaba masticando con mucha parsimonia un trocito de pan se puso rojo. Se tragó el bolo con dificultad y se desabrochó la corbata.
—Sí, disculpe, me he atragantado un poco con el pan. En efecto, sé quién es ese señor Bastille. Y ha de saber que es un estafador. Teníamos un trato, ¿sabe? Pero el muy zorro nos quiere cobrar más de lo acordado y no sólo eso, también pretende a mi hija Gisel, si yo le contara…—en la cocina se hizo un silencio absoluto.
—Pues, él dice que su hijo prometió trabajar para él hasta saldar la deuda, pero que no se ha aparecido por el trabajo. ¿Qué puede usted decir al respecto?
—Mire, ese es un cuento chino. Nosotros ya no le debemos nada. Lo nuestro fue un acuerdo verbal y no puede comprobar que le debemos lo que dice.
—Bueno, se lo creo, pero ¿podría hablar con su hijo Florián para constatarlo? —en ese momento se oyó un gemido en la cocina y el sonido de la vajilla estrellándose contra el piso. Encendieron la radio y la señora Samoussa gritó que no pasaba nada, que se había roto una taza, nada más—. !Qué maravilla! Esa, si no me equivoco, es Josephine Baker bailando, es decir, cantando su famosa banana dance, ¿no?
—Sí, inspector, a mi mujer le encanta esa estación de radio. Todos los días ponen música de charlestón a esta hora. Bueno, tendré que decepcionarlo porque mi hijo nos ha abandonado. Se fue hace unas semanas y no ha vuelto más. Dijo que quería irse muy lejos, quizás al extranjero.
—Y, ¿han tenido noticias suyas?
—No, inspector, en realidad no estaba muy contento con nosotros, a pesar de que lo adorábamos; pero como es tan inconformista…
—¡Qué lástima! Señor Samoussa porque tendrán que ir a declarar ante el juez y la querella, sin su hijo, puede tomar un curso impredecible. Será necesario que lo encuentren para que vaya a testificar.

El señor Samoussa comenzó a temblar y, disculpándose, se fue al baño. Salió en su ayuda la señora Samoussa que puso unos panecillos calientes en la mesa y empezó a conversar.

—Señor inspector, mi hijo tenía ilusiones, era, cómo decirlo…Ah, sí, era un poco revolucionario. Tenía ideas modernas muy raras. Nosotros somos una familia muy tradicional. Vivimos de acuerdo a las reglas de la sociedad y tratamos de resolver nuestros problemas lo mejor que podemos. En cambio, Florián, renegaba mucho de las cosas. No le gustaba el empleo que le dio el señor Bastille y decía que, si no fuera porque nos hacía falta la plata, habría dejado esa inútil actividad en la que se veía obligado a engañar a la gente para vender las mercancías de ese ladrón Bastille.
—Entonces, ¿renunció?                                
—Sí, inspector, pero lo hizo cuando terminamos de pagar lo que le debíamos a esa hiena. Mi hijo estuvo unos cuantos días encerrado en su habitación. Luego, como no teníamos la parte de su sueldo, nos vimos obligados a alquilar una habitación. A Florián no le gustó nada la idea y un día nuestro inquilino le pidió a Gisel que tocara el violín, todo habría ido bien, pero mi hijo salió de su habitación y tuvo una discusión muy fuerte con el señor Duma. Total, que se fue sin pagar y echando pestes de nosotros. Pasaron unos días, la cosa se enfrió y Florián salió de su cuarto y me dijo que se iba. Le pregunté si quería ir a conseguir empleo o a pasear, pero él respondió que se marchaba para siempre. No pude impedir que se fuera. Llevaba sólo la ropa del diario puesta, sin abrigo, ni cosas que le pudieran servir, eso me hizo pensar que se trataba de uno de sus habituales caprichos y que volvería después de dar una vuelta. Y ya ve, hasta la fecha no se ha aparecido.
—Que mal está eso, señora Samoussa, tenían que habérselo reportado a la policía. Por cierto, ¿podría ver su habitación? —La señora Samoussa hizo un gesto raro y abrió mucho los ojos, luego hizo una pregunta con la voz ahogada.
—¿Para qué quiere verla, inspector?
—Es sólo para darme una idea de cómo es su hijo. Tal vez podríamos ayudarle a encontrarlo—en ese momento, la mujer tuvo un vértigo y estuvo a punto de caer. Corrió a auxiliarla Gisel que había permanecido pendiente mirando escondida detrás del umbral de la puerta de la cocina. El señor Samoussa también acudió. La señora se recuperó, pero estaba muy pálida. Entonces, Gisel aclaró la voz.
—Inspector, si quiere ver la habitación de mi hermano venga por aquí.

Era un cuarto pequeño con un armario muy viejo, la cama era estrecha y tenía un colchón con bolas y un hueco en el centro, no parecía muy cómoda. El olor no era muy agradable y aunque se notaba que habían hecho limpieza profunda, la recámara parecía sucia. En las paredes había cosas escritas como: “El hombre es el lobo del hombre”. “No hay peor mal que la sociedad capitalista”. “Mueran los burgueses”. “El capitalismo envenena el cuerpo y mutila el alma”. “La burocracia es la peste del siglo XX”.

—Bueno, creo que su hermano estaba muy inconforme con la sociedad, ¿no es así?
—Sí, inspector, pero era sólo porque lo explotaban en el trabajo. Aquí en la casa también se sentía oprimido por el compromiso conmigo y mis padres. A veces, decía que se quería suicidar y que si no fuera por mi lo haría cualquier día.
—Dígame, ¿cómo es su hermano físicamente?
—Pues, alto, delgado, con la espalda un poco encorvada, con una nariz afilada muy larga y los ojos pequeños. ¿Ha visto alguna vez a Adrián Brody?
—Sí, me suena. Creo que lo vi en una película. Hacía el papel de un pianista en la guerra.
—Sí. Es él. Pues, mi hermano se le parece mucho, pero tiene la nariz aún más larga, las orejas muy salidas y los ojos más pequeños y negros. Cuando se fue de aquí, por desgracia, estaba muy mal. Se había descuidado mucho. Tenía el pelo largo y enmarañado, no comía nada. Espantaba por que parecía un esqueleto articulado.
—Bien, señorita, creo que es todo lo que necesito saber. Permítame un segundo.

El inspector Leblanc llamó a Bastián y le dijo en voz baja que la descripción de Gisele coincidía con la apariencia del hombre del contenedor, que deberían actuar con mucho tacto y conducir la conversación hasta obtener la confesión de la familia. Era muy importante descubrir si el Frolián había muerto por su propia voluntad o su familia lo había matado y se lo habían llevado muy lejos para dejarlo en un contenedor.

—Señor Lionel, ¿me puede decir cómo han sido sus relaciones con su hijo?
—¿Por qué lo pregunta, inspector?
—Sólo quiero saber si se llevan bien o no.
—Pues, mire, nuestras relaciones no son del todo buenas, pero grandes conflictos no hemos tenido nunca.
—¿Qué piensa usted de las ideas de su hijo?
—¿Se refiere a lo que tiene escrito en la pared de su cuarto?
—No, no sólo eso, sino todo lo que él piensa con respecto al trabajo, la sociedad y demás aspectos.
—Ahora que lo dice, nunca le he recriminado que sea comunista, pero usted sabe que una familia tiene necesidades. Yo no puedo trabajar y cuando él se negó a seguirnos ayudando, me vi en la necesidad de conseguir empleo. A mi edad eso es muy duro, ¿sabe? Me explotaban mucho, me pagaban muy poco y cada vez que le pedía ayuda, me respondía que no; que él prefería morir antes que volver a engañar a la gente con los aparatos del señor Bastille. Reñíamos, pero como en todas las familias.
—¿Nunca lo agredió por causa de esos roces?
—No, señor inspector, lo único que hice fue llamarle la atención y castigarlo un poco por su falta de solidaridad, pero de ahí a golpearlo o causarle daño, jamás.
—Y usted, señorita Gisele, ¿quiere a su hermano?
—Claro, inspector, para ser sincera le diré que yo lo quiero más que nadie.
—Bueno, creo que es suficiente. Me complacen sus respuestas, pero tengo que informarles algo muy lamentable. Resulta que hemos encontrado a Florián muerto en un contenedor de basura.

Los sollozos de la madre e hija estallaron al unísono, pero sonaron falsos, el padre bajó la vista y se mordió el labio inferior. El inspector guardó silencio y puso atención en la reacción de cada uno, lo que le ayudó a notar remordimiento real en el padre, arrepentimiento en la hija y un fuerte dolor en la madre. Los lamentos duraron mucho tiempo y Bastián sólo mantuvo la mirada atenta en Leblanc para saber cuándo continuar con interrogatorio.

—Reciban mi más sentido pésame. No es una ocasión muy apropiada, pero no tenemos elección. Necesito saber si ustedes tuvieron algo que ver con su muerte.
—¡Cómo se atreve a pensar eso, inspector! —dijo la madre con la voz entrecortada.
— Lo siento, señora Samoussa, pero es imprescindible aclarar todos los detalles.
—Señor Lionel, dice usted que nunca lo golpeó y que lo recriminó por su conducta. ¿Es posible que lo haya castigado dejándolo sin comer?
—No, señor inspector. Era él quien se negaba a consumir alimentos, estaba empecinado en demostrar que tenía derecho a hacer lo que había decidido. Además, yo volvía muy cansado del trabajo. Lo veía ocasionalmente los fines de semana y no hablábamos, nunca salía de su habitación. Era Gisele quien más se comunicaba con él. A ella era a la única que le permitía verlo.
—Señorita Gisele. Dígame, su hermano se comía lo que usted le daba.
—No, inspector, estaba muy preocupada por su salud. Incluso el día que decidió irse, pensé que podría encontrarlo por que caminaba con mucha dificultad. Pero lo busqué ese día y los tres siguientes y no lo hallé.
—¡Ah! Y ¿por qué no llamaron a la policía?
—Es que no creíamos que se fuera para siempre inspector. Mi esposa y yo decidimos que volvería en cualquier momento, estábamos dispuestos a perdonarle todo. Sólo que ahora es tarde.
—Por desgracia es así, señor Lionel. Hay otra cosa más. Resulta que en la autopsia se le encontraron restos de manzana en la espalda. Tenía insertado un endocarpio o corazón junto con las pepitas al lado del omóplato. ¿Cómo se podría explicar eso?
—Creo que eso se podría explicar tomando en cuenta que nunca se bañaba y un día en una discusión mi padre le dio una palmada en la espalda, pero como tenía restos de una manzana en la mano y Florián andaba sin camisa…, pero eso no podía haberle producido la muerte, ¿no es verdad, inspector?
— No señorita Gisele. Creemos que murió por falta de apetito, es decir se mató de hambre. Es una pena.
—Bueno, perdonen que les hayamos dado estas molestias y que les hayamos traído una noticia tan lamentable, pero era nuestra obligación.

La familia Samoussa guardó silencio. Gisele acompañó hasta la puerta al inspector y a Bastián y se despidió llorando.
En la calle el inspector miró la calle y se dio cuenta de que caminando en el estado de Florián tardaría horas en llegar a una calle más concurrida, además su cadáver se había encontrado a unos diez kilómetros de allí y era imposible que Florián hubiera llegado por su propio pie.

—¡Bastián!
—Sí, inspector, dígame.
—Oye, si fueras a paso de tortuga, ¿cuánto tardarías en llegar a la Route du Bout de Monde?
—Pues, muchas horas. Inspector, quizás todo un día.
—Y ¿crees que Florián haya hecho ese trayecto?
—Lo veo muy difícil inspector, sólo en coche podría llegar hasta allí.
—¡Exacto, Bastián! Volvamos con los Samoussa. Hay algo importante que debo preguntarles.
Volvieron a la casa. Para sorpresa del inspector, el rostro del señor Lionel estaba alegre. Leblanc lo miró sin persistencia para que pudiera cambiar el gesto y luego empezó a preguntar.
—Disculpe, señor Lionel, quería saber si usted tiene coche.
—Sí, inspector, ¿quiere que lo lleve a algún sitio, tiene algún problema?
—No, no es eso, ¿podría decirme cuál es su auto?
—Si, mire, es ese amarillo de allí. Está muy viejo, pero funciona.
—Entonces sígame.
—Sí inspector, como usted diga.

Llegaron al auto y el inspector le pidió que lo abriera. En el salón había un tufillo rancio muy raro. Leblanc pensó que procedía del maletero y le ordenó que lo abriera. Con la mano temblando, el señor Samoussa lo abrió y el olor salió como una nube de polvo que los hizo estornudar y sentir náuseas. Leblanc dedujo que el leve olor desagradable que había notado en la habitación de Florián, aquí era muy intenso e idéntico al del cadáver que habían encontrado. Dedujo que los Samoussa habían transportado muerto a su hijo en el maletero y lo habían dejado en un contenedor a varios kilómetros de ahí. Miró hacía el bosque y pensó que de haber abandonado a Florián debajo de un árbol, su muerte habría sido más verosímil, pero para asegurarse de que nadie sospecharía de ellos se lo habían llevado muy lejos y ese fue su peor error.

—Bueno, señor Lionel, ¿cómo podría explicarnos el origen de este olor?
El señor Samoussa no tenía nada de ingenio, era una persona muy directa y le costaba mucho mentir, así que se quedó callado. Sabía que entre más pasara el tiempo sus palabras sonarían más falsas, por eso lanzó sin chistar su confesión.
—Yo lo maté, inspector.
—¿Cómo?
—Le digo que yo lo mate.
—Le pregunto que cómo lo hizo.
—Mire, cuando se me terminó la paciencia, le ordené a Gisele que no le llevara comida durante tres días, después me tenté el corazón y le concedí una porción pequeña al día. El único problema fue que no abrió la puerta para cogerla. Después, notamos un olor raro que se aunó al ya acostumbrado tufo hepático y bilioso de siempre. Era de descomposición. Llevaba una semana muerto cuando logramos abrir la puerta. Perdimos la cabeza y Gisele propuso que nos lo lleváramos lejos. Cogimos una alfombra vieja y lo envolvimos, esperamos a que llegara la noche. Entonces lo metí al maletero y me fui buscando un lugar apropiado para deshacerme del cuerpo. Tomé una dirección equivocada, pero en Saint Denis entré por la calle Passage canal y vi un contenedor vacío. Sin pensarlo paré el coche y bajé a mi hijo sin la alfombra y lo metí sin dificultad. Emprendí la marcha de regreso. Teníamos la esperanza de que se lo llevaran a un basurero, pero alguien lo habrá descubierto y se complicó la cosa. Es toda la verdad, inspector.
—Bueno, señor, Samoussa, tendrá que hacer una declaración en la comisaría y, en caso de que se le encuentre culpable, irá a juicio. Pase mañana a esta dirección y pregunte por el inspector Theophile Leblanc o por Bastián Rouge.

El señor Samoussa regresó muy despacio a su casa. El inspector se subió a su coche y antes de poner en marcha el motor le preguntó a Bastián su opinión sobre el asunto. Bastián solo dijo que la vida de detectives era muy jodida. Se rieron con amargura y se marcharon.


lunes, 12 de junio de 2017

Homicidio existencial

El inspector Leblanc llegó a un antiguo hotel en la Rue du Meudon. Subió a la cuarta planta, corrió como el viento por un corredor y saludó a Bastián que lo estaba esperando. Leblanc entró en la habitación. Había un hombre de unos treinta y cinco años sentado en un sofá, tenía una camisa blanca arremangada y pantalones de pana. Su cabeza estaba apoyada en el antepecho. Le habían disparado en la frente a una distancia muy corta con una Ruby siete milímetros. Lo más extraño es que nadie había oído nada. El hotel estaba casi vacío y, aparte de la recepcionista, sólo un camarero estaba trabajando. Eran las tres de la madrugada. En el libro de registros sólo estaban los nombres de tres personas alojadas. Uno de ellos era el que se encontraba en el sofá, se llamaba Charles Fayett, según sus documentos, trabajaba en una institución pública, era miembro de un sindicato y estaba casado. Cerca de la cama estaba boca abajo una mujer desnuda sobre un charco de sangre porque le habían atravesado el cuello con un abrecartas de plata. Sus pertenencias estaban en su caro bolso de color negro. Su ropa era de marca y tenía cuarenta años.

—Todo parece indicar, Bastián, que hay un tercer actor en esta tragedia, ¿no lo crees?
—Sí, inspector, habría sido imposible que el hombre la matara y luego se metiera un tiro.
—¿Has encontrado el arma?
—En el bolso, es una Ruby, ¿se lo puede imaginar?
—Son de la primera guerra esas matracas, ¿no?
—Sí, inspector, pero duraron por su eficacia hasta la segunda.
—¿Cómo te imaginas el asesinato de estos dos?
—Le he hecho preguntas al camarero que les trajo la botella de Champagne. Al mostrarle el fiambre me ha dicho que no había visto a esta mujer y la administradora tampoco. A la que vieron los dos, fue a la otra.
—Y ¿te la han descrito?
—Sí, inspector, era delgada, se llama Sofie, tiene las caderas muy prominentes y cuida mucho su peinado. No ha mirado a la de administración y parece que trataba de ocultar su rostro. Sin embargo, se ha confirmado que tiene los labios inyectados y parece una mujer acostumbrada al trato con los hombres.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada, inspector, son las palabras del camarero. Eso haría suponer que comerciaba con su cuerpo, ¿no cree?
—Tal vez. Tendremos que investigarlo a fondo. ¿Qué más?
—Mi hipótesis es que llegaron Charles y Sofie, pidieron bebida y se disponían a conversar o a acostarse cuando apareció Alice Fondant y los interrumpió. Luego, hubo un conflicto entre los tres y se fueron a los puños. Lo malo es que la señora Alice ya venía preparada.
—A ver si lo puedo imaginar. Están los dos tórtolos a punto de entrar en acción, alguien toca la puerta y entra, comienzan a discutir, ¿alguien oyó el escándalo, Bastián? ¿No? ¡Qué raro! Bueno, empiezan a conversar, se calientan los ánimos, Charles está sentado mostrando seguridad, ella se acerca para decirle algo, saca la pistola y ¡bang! Luego, Sofie sale del baño o se acerca, por alguna razón no grita, ni pide ayuda y después…¿cómo logró desnudarla y asestarle el golpe mortal, Bastián?
—Mire la cama, inspector, está revuelta y hay sangre. Cabe la posibilidad de que se hayan acostado, hayan jugado un rato hasta satisfacerse y cuando la señora Alice se descuidó, Sofie cogió el abrecartas y se lo enterró en la yugular. Mientras agonizaba hubo lucha, pero duró muy poco, luego su cuerpo se desplomó y quedo al lado de la cama tal y como lo encontramos.
—Me parece bueno y convincente tu planteamiento, pienso y pienso, pero no logro imaginar otro escenario.
—Gracias, inspector.
—Lo has hecho muy bien, Bastián, un día de estos te ascenderán. Hablaré mañana con ese Clement Fouché para que de una vez te conceda el nuevo puesto.
—Bueno, inspector, ¿nos queda algo más por hacer?
—Sí, Bastián, hay que ir a investigar los detalles de la vida de estos dos y buscar a la prófuga.

Dos días después Leblanc asistió a una obra de teatro con el título “A puerta cerrada” basada en el libro de Jean Paul Sartre, vio la pieza con la boca abierta porque la fue adaptando a la vida real y las características de los personajes se amoldaban a las personas de la habitación del hotel. Había obtenido información de sus fuentes y todo se acomodaba a la perfección. El que se amoldaba a Charles había sido un sádico con su mujer y había traicionado a sus compañeros del sindicato; la correspondiente a Alice Fondant era lesbiana y había obligado a su primo y su esposa a suicidarse; por último, la de Sofie engañaba a su marido y había asesinado a su hija. Leblanc salió del teatro con el rostro rojo, se iba repitiendo algo en voz baja y llamó a Bastián cuando llegó a su casa.

—Oye, Bastián, he visto una obra de teatro y…
—¿Para eso me ha llamado inspector? Estoy en la ducha.
—No te preocupes, te quitaré un minuto nada más. Mira, los personajes de la obra tienen exactamente las mismas características de nuestros clientes. Tienes que ir sin falta, allí verás cuáles fueron las razones que llevaron a los tres a reunirse y a matarse. Bueno, en la obra eso no sucede, pero si la hubiera escrito Sartre como una historia policíaca, seguro que se habrían ultimado de la forma en que lo hemos visto. Por cierto, ¿qué más has investigado de la señorita Sofie?
—Pues, lo que nos temíamos, inspector, Sofie tiene un seudónimo: “La Monroe”. Sus clientes son gente de dinero y a todos les pide mucha discreción, no trabaja para las agencias y su marido es un importante hombre de negocios.
—Bueno, nos queda investigar por qué se reunió con un pelagatos como Charles.
—Está bien, inspector, hasta pronto.

Leblanc se quedó con unas palabras en la boca, después dijo en voz alta:

 “Los demás son nuestro infierno en vida”.
 

  

sábado, 10 de junio de 2017

Dos cucharadas de arsénico


Clement Fouché estaba de vacaciones, por eso en la comisaría reinaba la tranquilidad. Las secretarias aprovechaban para comentar todas sus dudas e inquietudes sobre la vida familiar. Los policías sonreían y callaban para no entorpecer el agradable ambiente que los rodeaba. La vida caminaba por una senda demasiado tranquila. Se había terminado la agitación de las elecciones, se había olvidado el último atentado terrorista y estaba por celebrarse el día de la Fiesta Nacional.  Todo mundo se preguntaba de qué manera podría festejar mejor el catorce de julio. Leblanc estaba muy aburrido porque, aunque quisiera trabajar, los empleados le ponían tantos problemas y trabas que prefirió desistir de todos sus planes. Se quedó pensando en cómo darle sentido a las horas que le faltaban por cumplir en el servicio, Fouché había sido claro. Nadie debía abandonar la comisaría antes de la hora establecida por él. A Leblanc no se le ocurrió nada original, estaba harto de los crucigramas, pero cuando vio que Bastián Rouge se le acercaba despacio con dos vasitos de café de máquina se le iluminó el rostro. Su ayudante los puso sobre la mesa y quedó bajo la mirada analítica y persistente del inspector. Él ya estaba acostumbrado, pero nunca sabía qué cosa le diría su jefe, por eso esperó con paciencia hasta que Leblanc dejó de mirarlo como un zorro que analiza la capacidad de su presa y empezó a hablar.

—Bastián, gracias por el café.
—No hay de que darlas, inspector.
—Oye, acabo de recordar un caso muy interesante que no se resolvió en su época y quedó abierto.
—Ah, y ¿quiere comentármelo y resolverlo ahora?
—En cierto modo sí porque me ha dado muchas vueltas en la cabeza y requiero de tu ayuda.
—Bueno, pues usted dirá.
—Mira, esto sucedió más o menos a mediados del siglo XIX. Una mujer fue envenenada con arsénico. Murió dejando a su hija en compañía de su padre. Según el investigador, quien se dedicó más a la exploración de los sentimientos de la mujer que a la averiguación su asesinato, se podía culpar a un amante infiel, a un joven romántico, a un boticario, a algunas mujeres envidiosas y a un usurero. Para que te des una idea te diré que se parece al caso de la esposa infiel. ¿Lo recuerdas?
—Sí, inspector. Es sobre aquella mujer que se dejó seducir y pasó la noche con su amante, pero éste le negó el dinero para que le pagara al barquero que debía cruzarla al otro lado del río. Estaba también un amante platónico que, al saber que ella se había acostado con otro, la rechazó de inmediato sin darle un quinto. Estaba el marido que, por sus ocupaciones, no le prestaba atención y por eso ella le había puesto los cuernos. Por último, el borracho que la atajó en el puente y la acuchilló.
—Sí, Bastián, lo has recordado todo, pero desde tu punto de vista ¿quién es el culpable?
—Creo que todos, inspector.
—¿Todos?
—Claro, inspector, está clarísimo, sólo que el borracho cometió un delito penado por la ley y todos los demás un delito castigado por la moral, la religión y el sentido común.
—Y ¿ella?
—Bueno, ella, también, pero su situación es muy discutible. En primer lugar, el marido la tenía en el abandono, por eso sentía la necesidad de amor y atención. En segundo, el seductor se aprovechó de la situación y la usó para sus propósitos. El barquero podría haberle cobrado después. El enamorado podría haberse compadecido sin ser tan egoísta. Por último, el borracho es ajeno a todo eso y cometió el crimen.
—Lo que me dices me ha dejado pensando porque este caso que te quiero comentar es muy parecido, pero hacer un juicio justo, es complicado. Te cuento. Mira, una mujer llega a la farmacia compra arsénico, vuelve a su casa y lo ingiere. Muere unas horas después. Con ella está el marido que es médico y no logra salvarla. Es todo.
—Eso fue un suicidio, inspector.
—Sí, eso es exactamente lo que yo creía, pero vamos a ver las circunstancias y tratar de descubrir el móvil del asesinato. El doctor ya había tenido una esposa que murió unos meses después de la boda. Al parecer su madre lo obligó a contraer nupcias con una viuda bien acomodada, pero a él no le gustó la idea. Luego, se queda con las propiedades de la difunta y continúa trabajando como si nada. Un día conoce a un granjero que tiene una hija y, él o ella, se enamora con locura y se casan. Según palabras del investigador, él adora a su nueva esposa. Ella es muy guapa. La joven ha sido pobre siempre y su educación y conducta son las de una pueblerina. Sin embargo, al llegar a su nueva casa y ocupar su nueva posición se da cuenta de que puede tener lo que quiera, tal vez todo lo que ha soñado: lujos, diversiones y, por qué no, un amante guapo. Es posible, lo digo como una hipótesis, que el doctor no encontrara una lengua común con su cónyuge porque tenía estudios, era muy responsable, trabajador y estudioso, en cambio ella sólo leía novelitas de amor. Era normal en aquella época hacerlo, no la estoy juzgando, sólo quiero decir que tenían una zanja enorme que los separaba y por eso, la pasión del principio se esfumó y dejó a la pareja frente a frente mediando unas relaciones que irían a peor. Dime, Bastián, ¿qué harías si estuvieras en esa situación?
—Entiendo lo que me quiere decir, inspector, pero déjeme decirle que, si él estaba enamorado en realidad, haría todo lo posible por conquistarla, tal vez por eso, le concedió todo lo que le pidió la mujer.
—Bien, pongamos que fue así y que el doctor le concedió todo lo que quiso para que ella tratara de entenderlo y, al no lograrlo, se resignó a su destino. Se refugió en su trabajo y siguió su vida habitual. Luego, nota que ella se siente sola y tiene recaídas. Se la lleva a otro sitio más tranquilo para que no sufra tanto la presión, pero en ese nuevo sitio ella encuentra un amante y él interpreta su bienestar como una mejora de salud que será benéfica para comenzar una nueva etapa en su matrimonio. Es posible que ella se sacrificara tolerándolo a él y desahogándose con su amante.
—Bueno, también podría ser que sucediera lo contrario. inspector.
—¿Quieres decir que encontrara más atractivo a su marido que al amante? Sí, cabía esa posibilidad, pero el investigador que hizo el reporte dijo que no fue así, que el amante se fue a la ciudad y la dejó desamparada. Se estropearon de nuevo las relaciones con el doctor y, como ya lo puedes suponer, ella cayó de nuevo enferma.
—Ah, y entonces el médico trató de reconquistarla llevándola a los teatros y conciertos de música, ¿no?
—Sí, Bastián, algo así, pero, aunque ella quedó embarazada, eso no le dio ningún resultado. Sabes por qué.
—No, inspector.
—Pues, había dos cosas muy interesantes. Por un lado, estaba un usurero que comenzó a ofrecerle mercancías caras a la inexperta mujer. Le lavó el cerebro y echando mano de lo que divulgaban las novelitas de amor, la fue convenciendo para que adquiriera todo tipo de objetos a crédito pero con precios altos. Cabe decir que el doctor no estaba del todo de acuerdo, pero ella echando mano de sus recursos. No me arriesgo a decir si era a través del sexo, el chantaje o los desmayos, logró que se le toleraran los gastos.
—¿Con eso me quiere decir que entró en juego el dinero y ese fue el móvil, al final?
—Algo así, pero déjame aclarar otro asunto. Es el otro aspecto que quería comentarte. Un experto donjuán la ve y se da cuenta de que es una presa fácil, pues está predispuesta a que le laven el coco. La seduce y la mantiene asombrándola con su estatus. Ya sabes, eso de mira, esto me lo regaló tal, esto le perteneció a tal o cual, esto me lo dejó mi abuelo millonario, etcétera.  
—Ah, y ella empieza a perder la cabeza y a agitar las alas, ¿no?
—Sí, Bastián. Ella se ilusiona y le pide a su galán que se la lleve lejos. Él acepta para quitársela de encima y le promete pasar por ella a la mañana siguiente. Ella arregla sus cosas y escribe una carta de despedida. Al amanecer se queda esperándolo, pero el donjuanete no la recoge y ella cae en una horrible depresión. El marido trata de ayudarla proporcionándole seguridad y diversión. Entonces…
—No me diga, inspector, déjeme adivinarlo. Ella se recupera con dificultad, pero se reencuentra con su ex amante. El que se había conseguido primero.
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—No lo sé. Será la intuición, inspector.
—Bueno, te la paso porque si te digo todo ahora, ya no tendrá emoción lo que sigue. Sin embargo, me gustaría darte un pequeño consejo que te servirá para nuestras investigaciones. Nunca, nunca jamás, dejes que la intuición domine sobre tu razonamiento. En último de los casos, comprueba siempre lo que te digan tus clarividencias o presentimientos cotejándolos con la vida real. No vivimos en una novela. Esto es la realidad de verdad, valga la redundancia, aquí no se hacen bromas ni se arriesga a lo tonto, ¿entiendes?
—Sí, inspector.

Hicieron una pausa para ir a comer con su viejo conocido. No conversaron mucho sobre el asunto de la mujer envenenada. Intercambiaron unas cuantas frases de la vida cotidiana y después de terminarse el postre especial que les había preparado personalmente el Monsieur Loran, se regresaron caminando muy despacio a la comisaría. El día era muy tibio. La gente parecía disfrutarlo porque los anteriores habían sido muy fríos. Los niños estaban alegres y corrían y gritaban por todos lados. Los policías se alegraron de que reinara la paz en la ciudad.

—Nos queda un par de horas y podremos irnos de aquí, mi querido Bastián. Si no fuera por Fouché, ya estaríamos todos libres. En fin. Me puedes recordar en qué iba con el asunto de la mujer asesinada.
—Estaba con el reencuentro de la mujer con su primer amante, inspector.
—Ah, ah, de acuerdo. Pues, resultó que en una visita al teatro se encuentran los tórtolos y su amor se desborda. Ahora tienen muchas cosas que compartir y se incendian sus corazones. Ella…
—Ya lo sé, inspector.
—¿Qué cosa?
—Pues, que ella se siente plena de nuevo y decide irse con su amante.
—Eso… ¿Lo has sacado por intuición?
—No, inspector, es lo que me parece más lógico.
—Sí, pues, sí. En efecto, ella le propone a su amante irse lejos y vivir juntos su candente amor, pero él se niega. Empieza a poner todo tipo de excusas y le dice algo inapropiado. La ofende con su conducta y su cinismo.
—Entonces, ella pierde la cabeza y cae otra vez enferma, ¿no?
—Sí, Bastián, pero no sólo eso. Resulta que el usurero va a pedirle al esposo que salde la cuenta enorme que tiene su mujer, que como él dice, le ha exigido la dama. Cuando la señora llega a su casa se encuentra con ese infierno. El marido sólo le pregunta los porqués de su endeudamiento, ella no sabe qué hacer y lo único que se le ocurre es ir a ver a su donjuán.
—Eso, huele muy mal, inspector.
—¿Mal, dices? Eso apesta horrible, Bastián, porque el riquillo se niega rotundamente a auxiliarla y, lo peor, la echa como si fuera una perra. Ella está desesperada y va con el usurero y se le entrega, pero el hombre, haciendo cálculos de las jugosas ganancias que podría perder si cede ante ella, le dice que no le interesa, que es una pérfida y que ni piense que le perdonará su deuda.
—Y al volver a su casa está desesperada, va a comprar arsénico, se lo toma y muere.
—Sí, Bastián, esa es la declaración que hizo el inspector de entonces, pero hay cosas que no cuadran.
—Pero no puede negar que suena muy lógico. La mujer está desesperada, ya no tiene ganas de vivir porque la han traicionado los hombres. Su marido ya no representa nada para ella y su vida está deshecha. Es lógico que se quitara la vida.
—Desde el punto de vista moral y emocional, es verdad. La única salida posible era el suicidio, lo mismo que pasó con la heroína de León Tolstoi, pero nosotros somos detectives y deberíamos analizarlo de otra forma.
—Ah, entonces, ¿quiere usted que fue el marido quien la mató?
—¿Por qué no? Mira, tiene el antecedente de haber perdido a su primera esposa, supongamos que él la asesinó porque no le gustaba, luego, trató de guardar las apariencias consiguiéndose otra mujer. La nueva esposa es sólo para mantener su imagen social, pero no le importa porque sabe que existen sus amantes y deja que ella se entretenga con ellos mientras hace lo que le gusta de verdad. El inspector que se ocupó del caso dijo que era un hombre completamente entregado a la investigación y la medicina. Tal vez, tenía un proyecto importante o una perversión y sólo los gastos descontrolados de su mujer lo inquietaban, pero llegado el momento crucial, que seguramente ya preveía, le trató de ayudar a su mujer calmándola, pero la mandó a la farmacia a comprar veneno en lugar de los calmantes y luego ella se los tomó pensando que se metía algo que la tranquilizaría. El médico, por su parte, tenía una coartada perfecta. ¡Imagínate! Una mujer desesperada, con deudas, con una carta que comprobaba su infidelidad y con un marido que la perdonaba, a pesar de todas sus fechorías. Era la situación ideal.
—No sé, inspector, creo que es posible esa situación.
—Sí, de acuerdo, pero ella podría haberse ido sin más. Era verdad que el romanticismo la había confundido, pero el investigador, dijo, o más bien dio a entender, que ella era una mujer que estaba en contra de su sociedad que perseguía un ideal que los hombres no le pudieron proporcionar. No me parece que siendo una mujer así, se hubiera quebrado tan rápido teniendo una salida ideal. ¡Piénsalo!
—Así como lo dice, inspector, suena real, pero transpórtese a esa época. Póngase en el papel de la pobre mujer.
—Lo siento, querido, Bastián, pero en el único lugar en el que puedo ponerme es en el del doctor y estando en su situación, creo que habría hecho lo mismo. Es decir, si fuera el asesino. Además, después del suceso, muere la madre del doctor y su suegro. ¿Crees que hayan fallecido por la tragedia de la mujer envenenada?
—Creo que el suegro, sí, pero la madre del doctor habría sufrido por la situación de su hijo y su nieta, ¿no? ¿Eso, sería suficiente para tener un infarto?
—Sí, te lo paso. Pero si el médico considerara que la culpable de esa tragedia era su madre, quien seguramente lo obligó a casarse la primera vez y lo presionó para que se casara de nuevo, ¿no piensas que lo habría hecho?
—Pues, es muy posible, pero ¿cómo comprobarlo?        
—De ninguna manera. Sí, querido Bastián, por desgracia el asesinato no se resolvió porque se trata de una novela, no de un caso de investigación. ¿Sabes de qué obra se trata?
—Sí, inspector, lo he entendido, ahora mismo. Lástima que no la hayan escrito como novela negra. Habría sido muy interesante.
—De cualquier forma, es un baluarte de nuestra cultura, ¿no crees?
—Sí, inspector, por supuesto.
—Bien, ya es hora de irnos a descansar. Vámonos.

Se levantaron con prisa, acomodaron algunos papeles y salieron. En la calle el inspector se fue caminando muy sonriente. Pensó que tal vez habría otras obras que podría analizar como novelas de detectives para no decepcionarse con los casos absurdos que tenía que resolver todos los días bajo las órdenes de Clement Fouché.