lunes, 26 de junio de 2017

Estratagema para la fuga

Se sentía fascinado por el tipo de vida de la gente de esa nación. Había imaginado muchas veces su llegada, pero no sabía que sería como dar una voltereta en el tiempo. Miraba con los ojos de su infancia las tiendas, los coches y la ropa, todo parecía pertenecer a otra época. Le renació su espíritu infantil, tenía más de veinte años, cierto, pero esa sensación de ver las cosas que ya consideraba desaparecidas lo animó. Se dejó llevar por la locura de los chicos que se sienten capaces de desafiar cualquier reto y realizar proezas que desconciertan por lo inimaginable. Pensó en algo que pudiera mostrar como prueba de su heroísmo y no puso atención en las condiciones que lo rodeaban. No midió las consecuencias porque había encontrado un método muy simple de engaño. Era como un truco sencillo de magia, nadie lo notaría hasta que se encontrara a miles de kilómetros de allí. Efectuó su plan con destreza. Descolgó el cuadro, desmontó el lienzo y puso un dibujo que había elaborado durante la noche, tenía mucho talento y la copia, a primera vista, se confundía con el original, pero estaba hecha con crayolas y había un rostro de alguien importante que, en lugar de tener una expresión seria, se mofaba de los que lo veían sacándoles la lengua.

 Llegó a la estación de trenes. Le faltaba una hora para salir. Se sentó en un banquillo y estiró las piernas. No hacía mucho calor y el aire estaba gris, parecía ser su calidad innata, también la ropa de la gente tenía esa tonalidad, a pesar de ser azul marino, rojo granate y verde olivo oscuro. Los rostros manifestaban esa alegría, opacada por la nebulosa gris, transformada en un gesto de respeto a las tradiciones y normas de un país absolutista que dictaba incluso las reglas para los sentimientos. Había oído hablar de otras naciones con la misma filosofía, la única diferencia era que la modernidad había hecho de ellas países prósperos y productivos, pero él estaba en un suelo pulcro. Una tierra en la que la sumisión a los grandes principios impedía la penetración de ideologías falsas o contaminantes. Recordó lo que había visto en su estancia de tres días. Le había gustado la parsimonia de la gente, la ausencia de prisa que era la prueba contundente de que el cine, la literatura y los medios masivos de comunicación mal dirigidos estropeaban la vida de la gente. Vio autopistas sin coches, bicicletas de motor, se le llenó la cabeza de esas imágenes que había visto en los libros de los años sesenta. Le pareció que sí existía la máquina del tiempo. La única diferencia que saltaba a relucir era que mientras todo el mundo era gris, él tenía colores firmes y reales. Su rostro blanco, el cabello castaño y sus ojos verdes estaban exentos de la nebulosa de esa nación. Reía con sinceridad y pensaba que los que lo veían bajaban la vista para ocultar su alegría. Pensó que eso era imposible en los seres humanos, pero vino en su ayuda el profesor de historia que le repitió la lección del cumplimiento de las leyes. Apareció Solzhenitsin con su barba de listón con su uniforme de presidiario, guardando en la memoria su “Un día en la vida de Iván Denísovich”, se preguntó, con un susurro, cuál sería el significado exacto del artículo cincuenta y ocho del código penal de la desaparecida URSS y qué relación tendría con los archipiélagos.

Al conjuntar mundos tan incompatibles con el suyo, su mente se dedicó a olvidar sus lecciones de historia y economía de la universidad y se concentró en su futuro. Las chicas al verlo con tanta experiencia se volverían locas. Les diría que tenía un recuerdo de la sociedad guarecida e impenetrable, que lo habían llevado unos expertos en viajes a lo inhóspito y tenía una prueba irrefutable. Apareció James, uno de sus compañeros de viaje, tenía un rostro tranquilo. Su actitud mostraba su indiferencia ante lo que veían sus ojos y estaba desesperado por volver a su casa. Las causas de ese intenso deseo eras su rechazo a la comida de allí, la aburrida existencia, la falta de comunicación con los lugareños porque, aunque algunos conocían su idioma, no se comunicaban y, lo peor, era que lo evitaban a toda costa. Se sentó junto a Carl, sonrió un poco y dejó de empeñarse en sus convicciones para librarse del aburrimiento. Faltaban unos quince minutos para que el tren soltara un fuerte pitido y se fueran borrando las imágenes reales para almacenarse en su cabeza en forma de cromos de un álbum de viajes al oriente. Carl empezó a mofarse un poco de las cosas chuscas que le habían sucedido. Lo ridículo del militar que le prohibió que se hiciera una foto con la estatua del líder nacional, la joven que salió ahuyentada cuando le dijo que quería saber si había burdeles para disfrutar de la gentileza de las mujeres, el rostro serio de los niños observados por sus padres quienes les hacían señas para que se callaran y se alejaran lo más pronto posible de él. Empezaron las comparaciones de lo que se puede hacer en un país libre y las horrendas prohibiciones de allí. La conversación se empezó a animar con gritos y fuertes críticas. Se despertó la curiosidad de los soldados que estaban cerca. Comenzó un pequeño desfile de militares curiosos que lo miraban y husmeaban como pequeños canes. Se acercó un oficial con los ojos muy pequeños e hizo una pregunta. No hubo respuesta. Segundos después lo registraron y unas miradas cómplices le indicaron que estaba en un atolladero. Lo cogieron de la mano y se lo llevaron. Carl pensó que habría algún trámite o formalidad que no había cumplido y que era la causa de que se lo llevaran. No sospechó de su dibujo porque sería completamente ridículo retrasarlo por esa nimiedad. Se despidió de James y le hizo una broma. Prometió volver para subirse con él en el tren. Por desgracia, James no tuvo la oportunidad de esperarlo porque el guía le pidió que por ninguna razón dejara pasar la oportunidad de salir. Dijo que había una gran posibilidad de que los detuvieran a ellos también. Los diez minutos que los separaban de sus asientos pasaron como una corriente de aire polar. Estaban muy nerviosos, no querían levantar la vista y se refugiaron en su silencio. Un empujón de sus respaldos los obligó a mirar por la ventana para comprobar que el ferrocarril andaba. Nadie los quería interrogar y les devolvieron sus billetes trozados por la mitad. El señor Lee asintió cuando James le preguntó con los ojos si todo iba bien.

Diez horas más tarde James acudió a la embajada para informar que un paisano suyo no había podido salir por causa de un mal entendido. Le preguntaron por la causa y no supo qué responder. La incertidumbre no dejó que la familia Moore durmiera tranquila. Los periódicos publicaron noticias sobre la nación cerrada con puertas de hierro y única en su género. La madre dijo que ese no era su destino, que Carl iba a hacer estudios en una prestigiosa universidad y era impensable que fuera a parar precisamente a ese país. “Lo sentimos mucho, señora —le dice el ministro del Interior—, pero la información nos ha sido proporcionada por una fuente de confianza”. Se inició el rastreo, la familia, reconstruyó la ruta que había seguido su querido hijo, pero las pistas sólo llegaban hasta el hotel desde donde les llamó por última vez. Pasó una semana completa sin noticias. El gobierno se esforzó por localizarlo, pero la cortina metálica que protegía a los militares de la ciudad de O no permitió que se filtrara ninguna información. De pronto, cuando la esperanza se iba perdiendo, en la televisión mostraron a Carl haciendo declaraciones. Nadie lo podía creer. La señora Moore se desplomó al escuchar que su preciado hijo estaba acusado de un delito que se castigaba con casi dos décadas en la cárcel. Se comunicaron entre sollozos, nadie quiso aceptar la realidad, por eso cubrieron de anhelo sus opiniones. Entró una llamada. Era otra vez el ministro del Interior, habló con fuerza, transmitiendo seguridad. Les pidió paciencia y les explicó que la situación era muy complicada, pero que prometía una satisfactoria resolución.

Mientras los extensos brazos de la actividad diplomática se movían para encontrar una salida fiable, Carl sufrió el aislamiento. Tenía poco espacio, casi nada de luz, las condiciones eran paupérrimas, pero eso no lo inquietó, lo que no pudo resistir fue la mentira que había dicho ante un tribunal militar como si hubiera cometido una deserción. El primer día lo interrogaron ocho horas pidiéndole, en la lengua local, que explicara la razón de su delito. Él suponía que las preguntas eran por qué, para qué, quién te lo pidió, etc. Contestaba con las únicas palabras que había aprendido en sus días de estancia y repetía los no sé, gracias, sí, por favor, buenos días y hasta pronto; sin cesar, pero cuando explicaba cosas en su lengua, los torturadores le gritaban y lo golpeaban. En su desesperada situación Carl fue tratando de memorizar lo que sus verdugos decían y comenzó a repetírselo, pero enfadados salieron del calabozo.

Volvieron con un traductor. Era un joven muy flaco y pálido. Tenía un uniforme diferente. Habló con un acento muy marcado, pero se le entendía todo. “Mire, señor Carl—dijo con amabilidad, pero sin mirarlo—, estos hombres quieren saber por qué realizó ese acto hostil hacía nuestra nación. ¿No sabía que está prohibido realizar actividades de espionaje? Usted ha violado la ley”. No he hecho nada malo—contestó desesperado, pero no le hicieron casi y siguieron por la misma línea—, les juro que no he realizado ninguna actividad de espionaje. Soy estudiante de economía, nada más.

Le prometieron que si colaboraba con ellos lo ayudarían a resolver el caso lo más pronto posible. Le indicaron lo que tenía que declarar ante las cámaras, le avisaron que no intentara mandar mensajes en clave y que se limitara a decir lo que le ordenaran los comandos de alto rango. Hizo la exposición ante un tribunal, había periodistas, abogados, jueces y público; pero no encontró un sólo extranjero entre los presentes. Habló claro cómo se lo indicaron. Se declaró culpable y manifestó su arrepentimiento, luego volvió a su celda. El segundo y tercer día fueron muy duros porque el joven de las traducciones cambió el tema y empezó a hacerle preguntas concretas. Quería saber quiénes eran sus contactos y qué programas había usado para hackear información secreta. Al no obtener respuestas concretas, lo comenzaron a martirizar. Le propinaron golpes con trapos mojados, le dieron descargas y lo dejaron sin comer unos días. Carl no pudo ser convincente porque sólo decía lo que sabía. Los martirizadores tenían órdenes específicas, y necesitaban respuestas exactas.

Dejaron que Carl descansara y se recuperara un poco para arremeter con más fuerza los próximos días. En el período que tuvo para restablecerse, Carl, logró comunicarse con el vecino de la celda contigua. Era Francis, un europeo a quien le contó su situación y, éste, le dijo que alguna vez había leído una historia en la que un joven de nombre Billy Hayes había tratado de sacar de Turquía sustancias prohibidas y que había cumplido, casi hasta el final su condena, pero que un golpe de suerte lo había ayudado a escapar. Él también tenía un plan para fugarse y se lo reveló después de analizar con lujo de detalle los problemas que un individuo puede contraer por no informarse. En el caso de Billy, si hubiera abierto el periódico el día anterior a su partida, habría entendido que lo más sensato era desistir de su plan y tirar lo que llevaba pegado al cuerpo con cinta adhesiva. Carl, habría podido librarse del problema si no hubiera pensado más en el cuadro, pero era tarde para arrepentirse y sólo quedaba la esperanza de salvarse a toda costa. Francis le contó su situación y el plan para fugarse.

“Hay una forma bastante arriesgada—le dijo con voz ronca—, pero infalible. Se trata de salir de aquí contagiado de una enfermedad difícil de curar en las condiciones en que estamos, por eso, tendrán que sacarnos para internarnos en un hospital. Me refiero a una intoxicación, necesitamos una lata de conservas estropeada, de las que aquí hay muchísimas. Nos la comemos, esperamos a que haga efecto y listo”.

 A Carl le fue imposible realizar el plan porque en el siguiente interrogatorio los soldados se pasaron con el agua y tuvieron que asistirlo para que sobreviviera a un infarto. La asistencia fue muy deficiente y de puro milagro pudieron mantenerlo con vida. Francis, por su lado, logró conseguir unos pescados en lata y se enfermó como deseaba, lo llevaron a un hospital para hacerle un tratamiento inmediato, pues valía para el gobierno como rehén y se podía intercambiar por algún favor por parte de su influyente nación. Por desgracia, una enfermera no cumplió con los requerimientos del tratamiento y France empeoró, había peligro de que muriera, por lo que se tomó la decisión de extraditarlo. Fue un acto sin precedente y tuvo resonancia internacional. La familia Moore tuvo un aliciente para seguir adelante, avivaron la llama de fe casi extinguida, dedujeron que recuperarían a su hijo prodigo redimido. Pasaron los meses y no hubo respuestas. El silencio era mortífero, pero el ministro volvió a comunicarse para decirles que los trámites para hacer una visita a esa tierra inhóspita estaban ya en marcha.

En el cuarto de torturas Carl murió ahogado por el exceso de agua que le metieron con una manguera, un doctor sin equipo adecuado le sacó el líquido y con golpes en el pecho logró que resucitara la víctima, sin embargo, lo que volvió a la vida fue un cuerpo sin mente. Era un monigote articulado por sus ayudantes. Parecía un maniquí en mal estado. Lo dejaron en su cama con la esperanza de que se recuperara, pero cuando lo vio un especialista acabó con todas las esperanzas. El tener a un enfermo en una celda se convirtió en un tremendo problema. No había forma de curarlo porque los daños eran irreversibles. Se accedió a recibir a un representante de la familia Moore para que se llevara a Carl a su tierra. El trámite se alargó algunos meses, se mantuvo el cuerpo de Carl con nutrición parenteral completa. Al final, llegó una comisión de diplomáticos y un equipo de doctores para constatar su estado de inconsciencia total. Cogieron el cuerpo y se lo llevaron. Llegó como un vegetal. No reconoció a nadie y tuvo sólo las fuerzas suficientes para entrar en su habitación y despedirse del mundo con una mirada silenciosa y vacía. 

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