domingo, 18 de junio de 2017

Cadáver en el contenedor

En un contenedor de basura, los trabajadores de la limpieza urbana se encontraron un cuerpo. Pertenecía a un hombre joven. Estaba en malas condiciones porque era casi un esqueleto. Tenía puestos unos harapos y zapatos viejos. Su cara era muy alargada, la nariz estrecha y larga, llevaba una barbita rala, el pelo largo y lo más característico era que sus orejas estaban muy salidas. Theophile Leblanc llegó en compañía de su ayudante Bastián Rouge a la calle Passage Canal en el barrio de Saint Denis. No era un lugar muy concurrido por los pordioseros, por lo que empezaron a preguntarle a los vecinos si conocían al hombre que estaba en la basura. Nadie lo había visto nunca por allí, tampoco los vendedores de los estancos cercanos pudieron dar razón del muerto, ni siquiera las abuelas que descansaban la mayor parte del día en una plaza de la Rue Raspail. Todos decían que no parecía ser de ahí. El inspector les dio sus datos a todas las personas que entrevistó por si recordaban algo. Se fue a la comisaría. Por el trayecto le preguntó a Bastián si había notado alguna cosa extraña en el cuerpo del pobre desgraciado, pero lo único que logró decir Bastián, después de mucho pensarlo, fue que la causa de la muerte había sido la inanición. De ser así, querido Bastián, no tendremos que investigar ningún caso de homicidio. Esperemos las noticias que nos dé el patólogo después de la autopsia.

Hacía demasiado calor en la ciudad y sólo la llegada del atardecer le hizo más soportable la chaqueta que llevaba puesta Leblanc, se había acostumbrado tanto a ese tipo de prenda que el quitársela en la calle o la comisaría hubiera sido como arrancarle la piel. Tenía sólo tres trajes que usaba alternándolos durante la semana. Estaban limpios porque el dueño de una tintorería, en agradecimiento a que le había ayudado a eludir un robo, le mandaba a un muchacho a recoger los trajes, las camisas y la ropa interior y se los devolvía muy limpios. Todo el departamento de policía lo envidiaba porque en realidad siempre andaba impecable, sólo los días calientes y llenos de polvo le daban al cuello de su camisa un aspecto de trapo sucio.
El jefe Clement Fouché estaba acompañado del alcalde de la ciudad y le pidió a Leblanc que hiciera bien su trabajo cuando lo vio. Luego lo despidió con una seña y Leblanc no tuvo más remedio que quedarse con la mano estirada y el saludo que había preparado para el funcionario. Se fue a su oficina y encontró a Bastián hojeando unos papeles. Le comentó el suceso con el alcalde, pero Bastián lo interrumpió.

—Es asombroso, inspector, esto no lo va a creer.
—¿Qué cosa, Bastián?
—Pues que el hombre que encontramos en el contenedor murió de hambre, pero eso no es una novedad, ya lo habíamos notado. Sin embargo, hay algo más extraño. ¿Se imagina que este informe dice que tenía una herida producida por una manzana en la espalda?
—Pues, sería de metal la mentada fruta, ¿no?
—No, inspector, aquí dice que una manzana le provocó una hendidura y luego una infección.
—A ver, ¡qué raro es todo esto! Mira, también dice que su cuerpo no era completamente de carne y hueso, sino que parecía un enorme escarabajo o algo así.

Leblanc iba a hacer un comentario cuando entró de repente el jefe Fouché, los miró con ojos de proyectil y les ordenó que se pusieran a trabajar, que la ciudad se estaba llenando de bichos y que había que limpiar las calles de los enormes insectos que se estaban propagado en los contenedores de basura. Bastián le preguntó a Fouché por el número de casos registrados y no supo qué decir, por eso les gritó que ellos eran los encargados de investigarlo y ocultárselo a la prensa. Si llega a correr la noticia de que hay insectos enormes en los basureros—les dijo con voz amenazante—, tendremos problemas de salud pública y si crece la alarma los echo de aquí sin tentarme el corazón. En cuanto se fue el jefe, Leblanc le pidió a Bastián que buscaran a un entomólogo para consultarle el caso.

—Buenas tardes, señor Jean Boisduval, queremos hacerle una consulta.
—Sí, dígame inspector, ¿en qué puedo ayudarle?
—Mire, tenemos un problema con un cadáver. Según el patólogo que hizo la autopsia, el hombre sufrió una transformación y se convirtió en una especie de zángano o escarabajo. Aquí tiene el informe, léalo usted mismo.

El hombre macizo cogió el folder, se sentó en su escritorio, llamó a una enfermera y le pidió que llevara tres cafés muy cargados, luego empezó a leer con mucha calma. A lo largo de su lectura fue haciendo anotaciones y dibujos. En tres ocasiones se levantó para consultar unos voluminosos tomos de entomología y psicología y, una hora después, su rostro se iluminó con una sonrisa, escribió unas líneas en un cuaderno y como si se tratara de una receta se la dio a Leblanc.

—Aquí tiene mi querido amigo. Esto es todo lo que se me ocurre.
—¿Qué significa esto? Perdóneme, pero no lo entiendo. Disculpe mi ignorancia.
—Sí, es verdad. He olvidado por un momento que usted es sólo un inspector de homicidios—dijo Boisduval arreglándose el copete—. Le explicaré brevemente. En primer lugar, es muy importante interpretar las palabras escritas en el reporte de una forma metafórica y no directa como lo han hecho ustedes, en segundo lugar, el hombre al que se hace referencia es un ser sugestionado por alguna idea, tal vez se obsesionó con el orden de las cosas en la sociedad, se confundió con el significado de la existencia y cayó en una fuerte depresión, por último, las transformaciones que hay en su cuerpo no están relacionados con la entomología, más bien son resultado de un período muy largo de inactividad. Es como si hubiera soportado una presión exterior y su pasividad le hubiera creado una tensión que, al final, le afectó el cuerpo haciéndolo un poco frágil. No le puedo decirles más, tendrán que acudir a un psicólogo para indagar más a fondo.

—Y, ¿Usted conoce a alguno que sea bueno?
—Claro, inspector, le recomiendo que visite a Pierre Janet. Su consultorio, es decir, su clínica está a tres cuadras de aquí en Boulevard de l´Hospital. Dele un saludo muy cordial de mi parte.
Bastián salió un poco desconcertado porque no podía entender cómo un hombre acosado por sus obsesiones podía haberse convertido en una especie de lacra o gusano, sólo por darle vueltas constantemente a una idea. Theophile Leblanc no le pudo explicar nada, argumentó que ignoraba ese tipo de cosas, y sólo agregó que era muy peligroso ser obstinado. Llegaron a su destino.
—Si no me equivoco, Bastián, este sitio fue construido en el siglo XVII y fue destinado a los vagabundos y pobres de la época. También, albergó a mujeres perdidas en la prostitución, a las que engañaron a sus maridos y hasta la princesa Diana de Gales fue atendida aquí.
—¿Cómo sabe tanto de este sitio, inspector?
—Por el periódico, querido Bastián. Hace un mes leí un artículo muy interesante sobre este sitio.
—Ha hecho trampa, inspector, yo me estaba creyendo que era usted un erudito.
—No, Bastián, por desgracia los investigadores de homicidios tenemos un limitado conocimiento cultural, si no fuera porque las mismas víctimas y los delincuentes nos ponen acertijos, no sabríamos mayor cosa y le haríamos culto a un futbolista o a un payaso que anduviera vanagloriándose de sus éxitos en la política o en el mundo del espectáculo. Por fortuna, somos personas normales y estamos en la vida real, no en esa penumbra en la que se encuentran los demás y que llamaría “La civilización del espectáculo”.
—Esa definición me suena de algo, inspector, ¿no se la estará pirateando a alguien?
—Sí, Bastián, es de Mario Vargas Llosa. Te recomiendo que leas su libro. Es interesantísimo. Bien, ya estamos aquí. Preguntémosle a esa enfermera dónde está el doctor Pierre Janet.

El famoso neurólogo los recibió en un cubículo pequeño, pero amueblado con gusto. Les ofreció un té y le alegró mucho que unos detectives lo fueran a consultar. Al principio creyó que tenían algún problema mental por causa de su trabajo, pero en cuanto le mostraron la carpeta del caso del hombre del contenedor dejó de hacer bromas y se centró en el material. Leyó todo en voz alta e hizo preguntas retoricas imaginando que se encontraba frente a un grupo de especialistas. Al final, se le aclaró la vista, vio la cara de asombro de sus invitados y comenzó su explicación de forma sucinta.

—Queridos, amigos, deben saber que en nuestra época el hombre sufre mucho por una contradicción entre el ser o el tener, habrán leído a un tal Erich Fromm, ¿no? De acuerdo a ese sociólogo, en la sociedad de la economía global, el hombre tiene que decidir entre poseer bienes materiales o sufrir la pobreza y el desprecio por dedicarse a algo menos lucrativo pero espiritual. Eso serviría de fundamento para explicar lo que le pasó al hombre del contenedor. Según creo, el pobre sería un empleado público, un vendedor o un obrero sin futuro y con una condición económica deplorable. Su entorno, me imagino, le exigía su esfuerzo para solventar los gastos de su familia y la casa; pero él estaba en contra de perder la vida en un trabajo inútil, pesado y sin una compensación justa. Luego, un día por la mañana, se decidió a no ir trabajar y se quedó durmiendo. Tenía la necesidad impetuosa de cambiar su vida, pero las obligaciones no se lo permitían, entonces empezó su lucha. Él, decidido a no ir a su centro de trabajo para no desperdiciar su vida en vano, tuvo que sufrir la presión de quienes lo recriminaban por estar de zángano. Se quedó aislado, luego le fueron racionando la comida y al final lo mataron de hambre. Después, lo echaron en un contenedor de basura y asunto resuelto.
—Todo lo que dice, doctor, suena muy bien, sólo que, si excluimos el asesinato, es probable que el hombre se fuera por su propio pie y muriera lejos de su casa para no causar más molestias. ¡Es terrible!
—Es cierto, suena lógico, pero no olvide que en caso de ser cierta mi teoría, habría bastantes motivos para asesinarlo, ¿no? Por cierto, ¿cómo le llaman a ese motivo ustedes los investigadores?
—Es el móvil, doctor, así lo denominamos.
—Bueno, pues, entonces eso. El móvil sería quitárselo de encima y desaparecerlo. Tuvo suerte de que no lo destazaran. Ya sabe que la gente ahora está loca. Todos los criminales piensan que esa es la mejor forma de deshacerse de los cuerpos.
—Bueno, doctor, le agradecemos mucho su té y la excelente lección que nos ha dado con sus conocimientos del alma humana.

Salieron del cubículo un poco mareados por la palabrería científica del psicólogo y se quedaron meditabundos. Después, Bastián propuso que buscaran en los reportes de la policía sobre personas desaparecidas para ver si encontraban algo sobre su hombre. El inspector sugirió que buscaran en un entorno de tres kilómetros al sitio donde habían encontrado el cadáver y preguntaran en las oficinas si alguien había dejado de asistir al trabajo sin causa alguna. Se desconsolaron mucho al comprender que tenían una tarea colosal y sería muy difícil encontrar alguna pista que los llevara a determinar la identidad del tipo escarabajo.

En el transcurso de la semana investigaron en todas las comisarías, en las fábricas, en las empresas de servicios y en las instituciones del gobierno, pero no les dieron ninguna información de provecho. Estaban desalentados y comenzaron a obsesionarse con el caso. No podían comprender cómo un hombre podía convertirse en un insecto y morir por una manía. En su ayuda llegó un gerente de ventas de electrodomésticos que puso una acusación en contra de la familia Samoussa por no quererle devolver un préstamo. Según decía el Monsieur Gerard Bastille le había prestado al señor Lionel Samoussa una considerable cantidad de dinero y éste le había prometido que su hijo Florián le pagaría con su trabajo como representante comercial, pero no sólo habían roto su trato, sino que su deudor ni siquiera le abría la puerta cuando iba a cobrarle. Era por esa razón que exigía la intervención de la policía para solucionar el problema. Le prometieron enviar a unos agentes para aclarar el conflicto. Como Bastián y Leblanc no tenían muchas cosas que hacer en ese momento, cogieron la dirección del señor Samoussa y se fueron a visitarlo.

Llegaron cuando la familia Samoussa regresaba muy alegre de su paseo por el bosque de Fromainville. Sostenían una conversación muy alegre y comentaban sus planes para el futuro. Decían que Gisele, la hija menor, estaba en edad de casarse y que con sus aptitudes para la música podría trabajar en algún bar o unirse a un grupo musical.

—¿Es usted el señor Samoussa? —preguntó Leblanc mientras las dos mujeres rodeaban al hombre como protegiéndolo de un gran peligro. El hombre se puso rojo, pero al sentirse apoyado por sus dos acompañantes se armó de valor y contestó.
—Sí, yo soy, ¿en qué puedo servirles?
—Mire, señor Samoussa, venimos a tratar con usted un asunto delicado, pero no nos gustaría hablar del tema a media calle, ¿sería tan amable de invitarnos a su casa?
—Por supuesto—dijo la mujer con voz seca—, faltaría más.

Caminaron hasta una casa muy vieja con la fachada gris y la puerta de madera rancia que rechinaba mucho. Tuvieron que levantarla un poco para poder cerrarla. El interior, aunque estaba bien iluminado, parecía triste. Los muebles estaban igual que la puerta y se sentía mucho la humedad. Leblanc y Bastián se sentaron a la mesa junto con el señor Samoussa y las dos mujeres se pusieron a preparar un té. Llevaron unas tazas de porcelana descarapeladas, los platitos estaban un poco resquebrajados y cuando Leblanc levantó la vista, la señora Samoussa dijo que eran herencia de una bisabuela, por eso estaban tan viejas, pero eran una reliquia familiar de mucho valor. Se cruzaron todas las miradas y para suavizar la tensión el señor Samoussa preguntó por la causa de la visita.

—Ha ido a la comisaría Monsieur Gerard Bastille, ¿lo conoce? —El señor Samoussa que estaba masticando con mucha parsimonia un trocito de pan se puso rojo. Se tragó el bolo con dificultad y se desabrochó la corbata.
—Sí, disculpe, me he atragantado un poco con el pan. En efecto, sé quién es ese señor Bastille. Y ha de saber que es un estafador. Teníamos un trato, ¿sabe? Pero el muy zorro nos quiere cobrar más de lo acordado y no sólo eso, también pretende a mi hija Gisel, si yo le contara…—en la cocina se hizo un silencio absoluto.
—Pues, él dice que su hijo prometió trabajar para él hasta saldar la deuda, pero que no se ha aparecido por el trabajo. ¿Qué puede usted decir al respecto?
—Mire, ese es un cuento chino. Nosotros ya no le debemos nada. Lo nuestro fue un acuerdo verbal y no puede comprobar que le debemos lo que dice.
—Bueno, se lo creo, pero ¿podría hablar con su hijo Florián para constatarlo? —en ese momento se oyó un gemido en la cocina y el sonido de la vajilla estrellándose contra el piso. Encendieron la radio y la señora Samoussa gritó que no pasaba nada, que se había roto una taza, nada más—. !Qué maravilla! Esa, si no me equivoco, es Josephine Baker bailando, es decir, cantando su famosa banana dance, ¿no?
—Sí, inspector, a mi mujer le encanta esa estación de radio. Todos los días ponen música de charlestón a esta hora. Bueno, tendré que decepcionarlo porque mi hijo nos ha abandonado. Se fue hace unas semanas y no ha vuelto más. Dijo que quería irse muy lejos, quizás al extranjero.
—Y, ¿han tenido noticias suyas?
—No, inspector, en realidad no estaba muy contento con nosotros, a pesar de que lo adorábamos; pero como es tan inconformista…
—¡Qué lástima! Señor Samoussa porque tendrán que ir a declarar ante el juez y la querella, sin su hijo, puede tomar un curso impredecible. Será necesario que lo encuentren para que vaya a testificar.

El señor Samoussa comenzó a temblar y, disculpándose, se fue al baño. Salió en su ayuda la señora Samoussa que puso unos panecillos calientes en la mesa y empezó a conversar.

—Señor inspector, mi hijo tenía ilusiones, era, cómo decirlo…Ah, sí, era un poco revolucionario. Tenía ideas modernas muy raras. Nosotros somos una familia muy tradicional. Vivimos de acuerdo a las reglas de la sociedad y tratamos de resolver nuestros problemas lo mejor que podemos. En cambio, Florián, renegaba mucho de las cosas. No le gustaba el empleo que le dio el señor Bastille y decía que, si no fuera porque nos hacía falta la plata, habría dejado esa inútil actividad en la que se veía obligado a engañar a la gente para vender las mercancías de ese ladrón Bastille.
—Entonces, ¿renunció?                                
—Sí, inspector, pero lo hizo cuando terminamos de pagar lo que le debíamos a esa hiena. Mi hijo estuvo unos cuantos días encerrado en su habitación. Luego, como no teníamos la parte de su sueldo, nos vimos obligados a alquilar una habitación. A Florián no le gustó nada la idea y un día nuestro inquilino le pidió a Gisel que tocara el violín, todo habría ido bien, pero mi hijo salió de su habitación y tuvo una discusión muy fuerte con el señor Duma. Total, que se fue sin pagar y echando pestes de nosotros. Pasaron unos días, la cosa se enfrió y Florián salió de su cuarto y me dijo que se iba. Le pregunté si quería ir a conseguir empleo o a pasear, pero él respondió que se marchaba para siempre. No pude impedir que se fuera. Llevaba sólo la ropa del diario puesta, sin abrigo, ni cosas que le pudieran servir, eso me hizo pensar que se trataba de uno de sus habituales caprichos y que volvería después de dar una vuelta. Y ya ve, hasta la fecha no se ha aparecido.
—Que mal está eso, señora Samoussa, tenían que habérselo reportado a la policía. Por cierto, ¿podría ver su habitación? —La señora Samoussa hizo un gesto raro y abrió mucho los ojos, luego hizo una pregunta con la voz ahogada.
—¿Para qué quiere verla, inspector?
—Es sólo para darme una idea de cómo es su hijo. Tal vez podríamos ayudarle a encontrarlo—en ese momento, la mujer tuvo un vértigo y estuvo a punto de caer. Corrió a auxiliarla Gisel que había permanecido pendiente mirando escondida detrás del umbral de la puerta de la cocina. El señor Samoussa también acudió. La señora se recuperó, pero estaba muy pálida. Entonces, Gisel aclaró la voz.
—Inspector, si quiere ver la habitación de mi hermano venga por aquí.

Era un cuarto pequeño con un armario muy viejo, la cama era estrecha y tenía un colchón con bolas y un hueco en el centro, no parecía muy cómoda. El olor no era muy agradable y aunque se notaba que habían hecho limpieza profunda, la recámara parecía sucia. En las paredes había cosas escritas como: “El hombre es el lobo del hombre”. “No hay peor mal que la sociedad capitalista”. “Mueran los burgueses”. “El capitalismo envenena el cuerpo y mutila el alma”. “La burocracia es la peste del siglo XX”.

—Bueno, creo que su hermano estaba muy inconforme con la sociedad, ¿no es así?
—Sí, inspector, pero era sólo porque lo explotaban en el trabajo. Aquí en la casa también se sentía oprimido por el compromiso conmigo y mis padres. A veces, decía que se quería suicidar y que si no fuera por mi lo haría cualquier día.
—Dígame, ¿cómo es su hermano físicamente?
—Pues, alto, delgado, con la espalda un poco encorvada, con una nariz afilada muy larga y los ojos pequeños. ¿Ha visto alguna vez a Adrián Brody?
—Sí, me suena. Creo que lo vi en una película. Hacía el papel de un pianista en la guerra.
—Sí. Es él. Pues, mi hermano se le parece mucho, pero tiene la nariz aún más larga, las orejas muy salidas y los ojos más pequeños y negros. Cuando se fue de aquí, por desgracia, estaba muy mal. Se había descuidado mucho. Tenía el pelo largo y enmarañado, no comía nada. Espantaba por que parecía un esqueleto articulado.
—Bien, señorita, creo que es todo lo que necesito saber. Permítame un segundo.

El inspector Leblanc llamó a Bastián y le dijo en voz baja que la descripción de Gisele coincidía con la apariencia del hombre del contenedor, que deberían actuar con mucho tacto y conducir la conversación hasta obtener la confesión de la familia. Era muy importante descubrir si el Frolián había muerto por su propia voluntad o su familia lo había matado y se lo habían llevado muy lejos para dejarlo en un contenedor.

—Señor Lionel, ¿me puede decir cómo han sido sus relaciones con su hijo?
—¿Por qué lo pregunta, inspector?
—Sólo quiero saber si se llevan bien o no.
—Pues, mire, nuestras relaciones no son del todo buenas, pero grandes conflictos no hemos tenido nunca.
—¿Qué piensa usted de las ideas de su hijo?
—¿Se refiere a lo que tiene escrito en la pared de su cuarto?
—No, no sólo eso, sino todo lo que él piensa con respecto al trabajo, la sociedad y demás aspectos.
—Ahora que lo dice, nunca le he recriminado que sea comunista, pero usted sabe que una familia tiene necesidades. Yo no puedo trabajar y cuando él se negó a seguirnos ayudando, me vi en la necesidad de conseguir empleo. A mi edad eso es muy duro, ¿sabe? Me explotaban mucho, me pagaban muy poco y cada vez que le pedía ayuda, me respondía que no; que él prefería morir antes que volver a engañar a la gente con los aparatos del señor Bastille. Reñíamos, pero como en todas las familias.
—¿Nunca lo agredió por causa de esos roces?
—No, señor inspector, lo único que hice fue llamarle la atención y castigarlo un poco por su falta de solidaridad, pero de ahí a golpearlo o causarle daño, jamás.
—Y usted, señorita Gisele, ¿quiere a su hermano?
—Claro, inspector, para ser sincera le diré que yo lo quiero más que nadie.
—Bueno, creo que es suficiente. Me complacen sus respuestas, pero tengo que informarles algo muy lamentable. Resulta que hemos encontrado a Florián muerto en un contenedor de basura.

Los sollozos de la madre e hija estallaron al unísono, pero sonaron falsos, el padre bajó la vista y se mordió el labio inferior. El inspector guardó silencio y puso atención en la reacción de cada uno, lo que le ayudó a notar remordimiento real en el padre, arrepentimiento en la hija y un fuerte dolor en la madre. Los lamentos duraron mucho tiempo y Bastián sólo mantuvo la mirada atenta en Leblanc para saber cuándo continuar con interrogatorio.

—Reciban mi más sentido pésame. No es una ocasión muy apropiada, pero no tenemos elección. Necesito saber si ustedes tuvieron algo que ver con su muerte.
—¡Cómo se atreve a pensar eso, inspector! —dijo la madre con la voz entrecortada.
— Lo siento, señora Samoussa, pero es imprescindible aclarar todos los detalles.
—Señor Lionel, dice usted que nunca lo golpeó y que lo recriminó por su conducta. ¿Es posible que lo haya castigado dejándolo sin comer?
—No, señor inspector. Era él quien se negaba a consumir alimentos, estaba empecinado en demostrar que tenía derecho a hacer lo que había decidido. Además, yo volvía muy cansado del trabajo. Lo veía ocasionalmente los fines de semana y no hablábamos, nunca salía de su habitación. Era Gisele quien más se comunicaba con él. A ella era a la única que le permitía verlo.
—Señorita Gisele. Dígame, su hermano se comía lo que usted le daba.
—No, inspector, estaba muy preocupada por su salud. Incluso el día que decidió irse, pensé que podría encontrarlo por que caminaba con mucha dificultad. Pero lo busqué ese día y los tres siguientes y no lo hallé.
—¡Ah! Y ¿por qué no llamaron a la policía?
—Es que no creíamos que se fuera para siempre inspector. Mi esposa y yo decidimos que volvería en cualquier momento, estábamos dispuestos a perdonarle todo. Sólo que ahora es tarde.
—Por desgracia es así, señor Lionel. Hay otra cosa más. Resulta que en la autopsia se le encontraron restos de manzana en la espalda. Tenía insertado un endocarpio o corazón junto con las pepitas al lado del omóplato. ¿Cómo se podría explicar eso?
—Creo que eso se podría explicar tomando en cuenta que nunca se bañaba y un día en una discusión mi padre le dio una palmada en la espalda, pero como tenía restos de una manzana en la mano y Florián andaba sin camisa…, pero eso no podía haberle producido la muerte, ¿no es verdad, inspector?
— No señorita Gisele. Creemos que murió por falta de apetito, es decir se mató de hambre. Es una pena.
—Bueno, perdonen que les hayamos dado estas molestias y que les hayamos traído una noticia tan lamentable, pero era nuestra obligación.

La familia Samoussa guardó silencio. Gisele acompañó hasta la puerta al inspector y a Bastián y se despidió llorando.
En la calle el inspector miró la calle y se dio cuenta de que caminando en el estado de Florián tardaría horas en llegar a una calle más concurrida, además su cadáver se había encontrado a unos diez kilómetros de allí y era imposible que Florián hubiera llegado por su propio pie.

—¡Bastián!
—Sí, inspector, dígame.
—Oye, si fueras a paso de tortuga, ¿cuánto tardarías en llegar a la Route du Bout de Monde?
—Pues, muchas horas. Inspector, quizás todo un día.
—Y ¿crees que Florián haya hecho ese trayecto?
—Lo veo muy difícil inspector, sólo en coche podría llegar hasta allí.
—¡Exacto, Bastián! Volvamos con los Samoussa. Hay algo importante que debo preguntarles.
Volvieron a la casa. Para sorpresa del inspector, el rostro del señor Lionel estaba alegre. Leblanc lo miró sin persistencia para que pudiera cambiar el gesto y luego empezó a preguntar.
—Disculpe, señor Lionel, quería saber si usted tiene coche.
—Sí, inspector, ¿quiere que lo lleve a algún sitio, tiene algún problema?
—No, no es eso, ¿podría decirme cuál es su auto?
—Si, mire, es ese amarillo de allí. Está muy viejo, pero funciona.
—Entonces sígame.
—Sí inspector, como usted diga.

Llegaron al auto y el inspector le pidió que lo abriera. En el salón había un tufillo rancio muy raro. Leblanc pensó que procedía del maletero y le ordenó que lo abriera. Con la mano temblando, el señor Samoussa lo abrió y el olor salió como una nube de polvo que los hizo estornudar y sentir náuseas. Leblanc dedujo que el leve olor desagradable que había notado en la habitación de Florián, aquí era muy intenso e idéntico al del cadáver que habían encontrado. Dedujo que los Samoussa habían transportado muerto a su hijo en el maletero y lo habían dejado en un contenedor a varios kilómetros de ahí. Miró hacía el bosque y pensó que de haber abandonado a Florián debajo de un árbol, su muerte habría sido más verosímil, pero para asegurarse de que nadie sospecharía de ellos se lo habían llevado muy lejos y ese fue su peor error.

—Bueno, señor Lionel, ¿cómo podría explicarnos el origen de este olor?
El señor Samoussa no tenía nada de ingenio, era una persona muy directa y le costaba mucho mentir, así que se quedó callado. Sabía que entre más pasara el tiempo sus palabras sonarían más falsas, por eso lanzó sin chistar su confesión.
—Yo lo maté, inspector.
—¿Cómo?
—Le digo que yo lo mate.
—Le pregunto que cómo lo hizo.
—Mire, cuando se me terminó la paciencia, le ordené a Gisele que no le llevara comida durante tres días, después me tenté el corazón y le concedí una porción pequeña al día. El único problema fue que no abrió la puerta para cogerla. Después, notamos un olor raro que se aunó al ya acostumbrado tufo hepático y bilioso de siempre. Era de descomposición. Llevaba una semana muerto cuando logramos abrir la puerta. Perdimos la cabeza y Gisele propuso que nos lo lleváramos lejos. Cogimos una alfombra vieja y lo envolvimos, esperamos a que llegara la noche. Entonces lo metí al maletero y me fui buscando un lugar apropiado para deshacerme del cuerpo. Tomé una dirección equivocada, pero en Saint Denis entré por la calle Passage canal y vi un contenedor vacío. Sin pensarlo paré el coche y bajé a mi hijo sin la alfombra y lo metí sin dificultad. Emprendí la marcha de regreso. Teníamos la esperanza de que se lo llevaran a un basurero, pero alguien lo habrá descubierto y se complicó la cosa. Es toda la verdad, inspector.
—Bueno, señor, Samoussa, tendrá que hacer una declaración en la comisaría y, en caso de que se le encuentre culpable, irá a juicio. Pase mañana a esta dirección y pregunte por el inspector Theophile Leblanc o por Bastián Rouge.

El señor Samoussa regresó muy despacio a su casa. El inspector se subió a su coche y antes de poner en marcha el motor le preguntó a Bastián su opinión sobre el asunto. Bastián solo dijo que la vida de detectives era muy jodida. Se rieron con amargura y se marcharon.


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