miércoles, 21 de junio de 2017

Esperando un crimen

Era domingo y no había casi nadie en la comisaría. Leblanc llamó con urgencia a Bastián porque había recibido un aviso sobre un delito que se cometería en breve. Para matar el tiempo, mientras llegaba su ayudante, Theophile se puso a escudriñar su gaveta, no sin tener el oído agudo por si entraba el esperado chivatazo. Le surgió un problema con la cerradura y empezó a dar vueltas por la oficina buscando un objeto que le pudiera servir para forzar la chapa. Llegó Bastián y preguntó si ya había noticias. No obtuvo respuesta porque Leblanc estaba muy concentrado, pensaba en la forma más apropiada de abrir el cajón sin romper el mueble.

—¿Qué hace inspector?
—Hola, Bastián, estoy tratando de forzar mi cajón. Tengo ahí información que me será útil cuando me llame el soplón. Lo malo es que se me ha atascado y no sé qué hacer.
—Y, ¿por qué no se busca una navaja y la hace saltar? Seguro que alguien debe tener una multiusos.
—Bueno, si no hay otra solución, ayúdame a buscar una.

Bastián se quitó el abrigo y lo colgó en el viejo perchero, luego se fue a ver si algún policía tenía un objeto punzante. Leblanc lo vio salir y quiso pedirle que no se fuera, pero su ayudante salió muy decidido. Se escucharon sus pasos firmes por el corredor. El inspector se sentó en su butaca y se quedó pensando en el caso que tendría que resolver cuando entrara la llamada. Los últimos días había resuelto casos difíciles y Fouché le hizo un pequeño reconocimiento de su trabajo dándole golpecitos en la espalda. Leblanc cambió la cara y trató de no encaminar sus pensamientos por la senda de la vida privada porque siempre que entraba en ese terreno le daban ataques de ansiedad. Era por causa de Josephine, una mujer que le rogó que se casara con ella, pero él se negó. Ahora, mirando con tranquilidad el pasado, se daba cuenta de que había cometido el peor error de su vida. Era por eso que agitaba la cabeza para despojarse de los recuerdos. En ese incómodo estado se encontraba cuando volvió Bastián con la navaja.

—Lo ve inspector, quien busca encuentra.
—Sí, gracias, Bastián. Eso que dices sobre lo de que buscando se encuentra, lo sé muy bien por experiencia, pero no siempre se encuentra lo que uno quiere.
—Le entiendo, inspector. Tómela.

El inspector cogió el arma y dedujo que habría pertenecido a algún ladronzuelo.

—¿A quién se la has pedido, Bastián?
—Pues, a los polis que están hoy de guardia.
—Sabías que es muy rudimentaria y que seguramente se usó en muchos crímenes.
—Quizás, inspector, pero ¿va a abrir su gaveta o no?

El inspector se puso de rodillas, metió la cabeza debajo de la mesa, hizo un ruido muy raro y consiguió abrir la cerradura.

—Ya está, Bastián, ¿ves qué sencillo era?
—Sí, inspector. Démela para llevársela a su dueño—dijo Bastián extendiendo la mano, pero el inspector fingió no entender.
—¿No te parece raro que no hayan llamado de nuevo?
—¿Cuánto tiempo lleva esperando, inspector?
—Pues, unas cuantas horas, pero deduje por la voz de la persona que me llamó que algo pasaría pronto, pero como ves, no sucede nada.
—Y ¿si alguien lo mató? O ¿si es una simple broma?
—No, no lo creo Bastián. Tampoco me digas que tal vez se le haya olvidado porque eso es imposible, además por su voz adiviné su determinación. Estoy seguro de que el asesinato nos merodea.
—Bueno, inspector, entonces esperemos a que aparezca y tras él. ¿Quiere un café?
—No. Es malísimo el de aquí. Esperemos un poco y si no llama nadie nos vamos con Monsieur Loran, él sabrá cómo agasajarnos.

Hubo un instante de silencio. El inspector se quedó con la mirada fija en el techo y Bastián creyó que estaba haciendo conjeturas, por lo que se hizo el distraído y no lo molestó. Pasaron cinco minutos y Leblanc comenzó a hablar.

—¡Caray! Bastián, qué horrible es la espera. Creo que no hay nada peor que estar al pendiente de algo que se supone que debe suceder y no acontece.
—Esa vida nos ha tocado a nosotros. Yo, en lo personal, creo que debí dedicarme a otra cosa. Esto de los crímenes no me va, siempre lamento mucho no haber renunciado cuando pude.
—Pero, ¿cómo es posible que digas eso, Bastián? Siempre he pensado que tienes un instinto natural para la investigación. He de reconocer que me has ayudado mucho en los casos difíciles. Tu lucidez siempre me ha guiado para resolver los acertijos más complicados.
—Sí, inspector, gracias por su compasión y apoyo, pero de todas formas esto no me gusta nada. Tanta violencia, sangre y pasiones bajas. No es para mí.
—Y ¿qué te gustaría hacer?
—No sé exactamente, pero algo que estuviera relacionado con el espíritu.
—Ah, ¿te refieres a la música, la pintura o la literatura?
—Sí, tal vez. Lo que no sé es si realmente tengo aptitudes.
—¿Sabes lo que pienso? No creo en esas cosas del talento. Me parece que hay quien tiene ciertas destrezas para algo, pero el trabajo, mi querido, Bastián, es lo que convierte a una persona en talentosa. Es cuestión de práctica y persistencia.
—Ah, ya sé por dónde va inspector. Me quiere contar otra vez lo del japonés tonto, ¿no?
—Sí, ya sabes que, si deja de practicar, regresa al punto de inicio y vuelve a ser el mismo tonto de siempre.
—Y, ¿en nuestro caso, inspector?

Leblanc se quedó un poco sorprendido porque no pudo entender por completo la pregunta de su ayudante. En un principio creyó que era sólo una forma de motivar la conversación, pero después de analizar unos segundos el cuestionamiento llegó a la conclusión de que era algo bastante serio. Trató de ganar tiempo haciendo una pregunta extraña.

—¿Has oído algo, Bastián?
—No inspector. En absoluto.
—Bueno, mira, he pensado que nunca nos faltan casos para investigar, el único problema es que la gente sólo delinque por tres motivos. El dinero, el amor y la locura. Por desgracia, los grandes casos están destinados a tratarse en la literatura. En la vida real, nada de eso sucede. ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que llevamos un caso difícil?
—No, inspector, al parecer, lo único que hacemos es presenciar el espectáculo de las perversidades y estupidez del hombre. La gente mata por descuido, odio y locura, como usted dice, pero habrá quien realmente considere un arte el crimen.
—¿Te das cuenta de lo que dices?
—Sí, inspector, fue usted quien comentó algo sobre un tal Thomas de Quincey, ¿lo recuerda?
—Por supuesto, Bastián, en su tiempo cometió el pecado de calificar el asesinato como una obra de arte y escribió un libro con ese título. Dicen que estaba mal de la cabeza por causa del opio, pero con sus brillantes ensayos trató de encausar a los escritores de detectives por el buen camino y orientar a los lectores de noticias delictivas para que dejaran el morbo y se hicieran más conscientes de lo que leían en los periódicos. Por desgracia, sólo los primeros lo entendieron. La gente lo criticó y no entendió el significado de sus palabras. Como ejemplo de autores de detectives que sí le hicieron caso, te podría citar a Edgar Allan Poe, Baudelaire, Ágata Christie, Conan Doyle, muchos otros más, y el mismo Chesterton a quien respeto mucho, ¿has leído el almirante flotante?
—No, inspector, no lo he leído. Oiga, ¿no tiene hambre?
—Sí, Bastián, ¿qué podríamos pedir de comer?
—No me apetece nada, inspector, pero si lo desea podríamos salir a visitar a Monsieur Loran.
—No podemos, Bastián. ¿Ya se te olvidó que estamos esperando el pitazo?
—Perdón, inspector, es que se me había ocurrido dejar a alguien encargado para atender la llamada e irnos un rato. Ya llevamos unas horas aquí hablando de cosas intrascendentes.
—¿Te parece de poca importancia esto del crimen? Pues, déjame decirte que Quincey tenía razón al analizar con filosofía la crudeza de los homicidios porque lo que perseguía era conocer hasta el fondo la naturaleza humana. No en balde escribió la biografía de Kant, eso no es cualquier cosa, mi querido Bastián.
—Lo entiendo, inspector, pero el aburrimiento me está matando.
—Estás aburrido como una ostra, ¿eh? Bueno, ¿qué te parece si pedimos unas pizzas?
—Como usted lo desee, inspector, a mí no me apetece ahora.
—Ya te llegará el apetito a la hora de comer, ¿no lo dice así el dicho?
—Está bien, voy a buscar a alguien que ande por allí que nos las traiga. ¿Quiere la de siempre, inspector?
—Sí, claro, ya sabes que no me gustan los experimentos…Más vale malo…
—Sí, inspector, ya voy, y no me esté hablando con refranes.

Leblanc se quedó con la mirada pegada al teléfono, se rascó la cabeza y se pasó la lengua por los dientes como si tratara de desprender alguna sobra de comida, pero le quedó un sabor agrio, hizo un gesto y se levantó a mirar por la ventana. Había poca gente en la calle, su viejo Peugeot le pareció antiquísimo. Miró el cielo gris y se volvió a sentar.

—Inspector, en una media hora vendrán con el pedido, ¿ha sonado el teléfono?
—No, Bastián. Me temo que alguien nos ha tomado el pelo y quiere tenernos aquí padeciendo la espera. Me siento ridículo como Estragón o Vladimiro.
—¿Quiénes?
—Ah, no me hagas caso, son personajes de una obra absurda de teatro. La escribió Samuel Becket.
—¿Sabe? Con esos conocimientos que tiene usted de literatura, debería escribir sus propias novelas.
—No, Bastián, no tengo ni talento ni tiempo para eso.
—Pero, cuenta con la experiencia suficiente y podría usarla para sus historias.
—Ya quisiera que eso fuera cierto. ¿Sabes que cuando busco novelas negras para leer, me asombra la cantidad que hay? Existen muchísimas novelas, sobre todo ahora que parece que todo mundo quiere escribir. Lo malo es que me he llevado muchos chascos leyendo novelas en las que supuestamente se analiza la psicología del asesino y le dan muchas vueltas, hacen tantas descripciones, que al final termino agotado y sin ver un caso trascendental.
—Pues, precisamente por eso debería escribir. Creo que usted no lo haría mal.
—Leí hace poco un libro de crítica de Chesterton y ¿sabes qué lamento?
—No, inspector.
—Pues, eso que dice de las novelas clásicas.
—Y ¿qué dice?
—Dice que si los grandes escritores como Flaubert, Tolstoi, Dostoievski y otros, hubieran escrito sus novelas como detectives, habrían tenido el mismo éxito.
—Claro, pero esas ya son grandes.
—Sí, Bastián, es indudable, pero ¿lo habías pensado tú, alguna vez?
—Jamás, inspector.
—Bueno, imagínate Madame Bovary como novela policíaca. ¿Quién sería el asesino?
—Nadie, inspector, está claro que se suicidó por sus desengaños y las deudas.
—No, Bastián, hay un personaje que tiene una coartada perfecta y las coartadas perfectas sólo existen en la literatura.
—¿Se refiere al marido?
—¡Eureka! ¡Eres genial! ¿Cómo lo has adivinado?
—Pues, por sus antecedentes. Tendría, en realidad, un excelente móvil para asesinar y era doctor.
—Y, ¿en Anna Karénina?
—También, inspector.
—Bueno, es que son demasiado parecidas. Pero…Y, ¿la metamorfosis?
—En esa, me arriesgo a decir que fue la hermana, inspector.
—¿Por qué?
—Por el amor que sentía hacia él.
—Pero, ¿cómo podría matarlo si lo quería mucho?
—Pues, con ayuda del padre. Lo usaría como ejecutor.
—No está mal. Nada mal. Al final, creo que tú serás quien termine escribiendo esas novelas.

Hubo una interrupción por parte del policía que había recibido las pizzas. Le agradecieron su amabilidad, le preguntaron si le había dado al mensajero alguna propina, la respuesta fue una mirada vaga. Pusieron las cajas cuadradas en la mesa, Bastián fue por dos cafés y volvió diez minutos después. Bastián cogió un trozo y se dispuso a morderlo, pero lo interrumpió Leblanc.

—Oye, Bastián, ¿te has puesto a analizar nuestra situación, hoy?
—No, no mucho, inspector, porque la verdad, este suspenso me ha aturdido un poco y me ha dejado sumido en la inercia. Ahora, creo que si sonara el teléfono y me dijeran que hay un cadáver aquí mismo, no me asombraría nada.
—Ahí, está, ¿lo ves?
—¿El qué, inspector?
—Pues, eso, lo que dices del fiambre. ¿Qué haría falta para que tuviéramos un asesinato aquí mismo?
—No lo sé, inspector, ¿por qué no deja de hacerme preguntas y come?
—No lo voy a hacer.
—Bueno, allá usted. Yo sí le voy a entrar a esta margarita. ¡Qué aproveche!
—¡Está envenenada!
—¡Qué idioteces dice, inspector! —Bastián escupió el trozo que tenía en la boca y miró con fuego al inspector—. ¿Por qué me ha estropeado la comida, inspector?
—Es que no estás actuando como detective, Bastián. Mira, un tipo nos ha citado aquí. Nos ha tenido hasta las tantas con su llamada. ¿No sería una buena forma de jugar con nosotros? Imagínate que nos comemos la pizza y minutos después suena el timbrazo y el tío ese nos dice que se ha cumplido lo que nos había predicho.
—Me va a disculpar, inspector, pero eso suena a tontería.
—De acuerdo. Come y sigamos esperando.
—Ah, primero me echa la comida a perder y luego ¿me ordena que coma? No, vamos a hacer lo siguiente, coma usted y si tiene algún efecto del veneno, le traigo una lavativa con mucho gusto.

El inspector empezó a comer, Bastián sintió un retortijón en la panza y desvió la mirada para no ver la avidez con la que comía su jefe. Maldijo su trabajo y se juró que renunciaría en la primera oportunidad. Durante quince minutos se oyeron sólo los chasquidos de Leblanc que comía muy a gusto entrecerrando los ojos con cada bocado. Se terminó media pizza, se limpió la boca, se retorció el bigote y se sobó la barriga y sonrió.

—Bien, Bastián, esperemos a ver qué efecto me hace esto.
— De acuerdo. Espero que esa pizza haya estado envenenada y que pronto tengamos que llevarlo al hospital.
—No te enfades, Bastián. Te he propuesto comer primero, pero te has negado.
—Bueno, y ¿hasta qué hora estaremos aquí como tontos?
—Mira, ya es de noche. Creo que será mejor que te vayas a tu casa. Si surgiera algo te llamaré sin falta. ¡Anda, vete ya!


Bastián salió muy enfadado y con mucha hambre. Se fue sin despedirse y cuando llegó a su casa vio que su esposa Cyliane le había preparado una sabrosa cena. Comió con avidez y elogió cada platillo. Hacía tiempo que no saboreaba de esa manera la comida de su mujer. Bebió de más y abrazó a su esposa para bailar con ella, que, no opuso resistencia y respondió de buena gana. A la tercera pieza experimentó una sensación nueva en su marido. Tuvieron un encuentro muy intenso y al terminar se quedaron abrazados conversando un rato. Bastián le narró lo sucedido en la comisaría y cuando recordó lo que Leblanc había contado de las obras escritas en forma de novelas policíacas, Cyliane, le dijo a Bastián que él tenía mucho talento y que, si se pusiera a escribir todo lo que sacaba en sus conversaciones con ella, se haría un gran escritor. Él se rió con sarcasmo y se durmió pensando que Leblanc no lo había citado para prevenir un asesinato, sino para otra cosa.

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