sábado, 30 de diciembre de 2017

Prosaico

Vi llegar a Iván a la reunión. Por lo regular era un poeta pasivo y se conformaba con el papel de crítico haciéndole segunda a Mario, nuestro maestro que se encontraba en el exilio por sus ideas contra el régimen de Pinochet. Está vez entró con prisa, tenía unas hojas garabateadas con su trabajo y quería leerlo con urgencia para que le diéramos nuestra opinión, bueno eso era lo que decía; sin embargo, sospechábamos que lo que deseaba realmente era hacerle culto a su personalidad, ya que era un hombre con bastante éxito entre las mujeres. Alto, delgado, guapo, con una voz muy varonil y con un aspecto dócil, resultaba todo un reto para las mujeres que se sentían tentadas a descubrir si podrían domesticarlo para su uso personal. Siempre nos contaba de sus aventuras y hazañas en el campo de batalla femenino. Tenía honrosas victorias, puesto que ninguna de las mujeres más atractivas de la universidad se había podido resistir a su seducción. Si hubiera sido militar del ejército del amor y éste condecorara a sus héroes por los servicios prestados a la guerra, Iván, llevaría un uniforme con el pecho lleno de medallas. Se sentó y persiguió con la mirada a los presentes para que se acomodaran y le oyeran. Cuando estábamos todos a su alrededor me miró frunciendo el entrecejo y preguntó si mi novia Nina ya había llegado. Le dije que no sabía si llegaría. No respondió y extendió sus folios para leerlos. Mario le interrumpió aclarando que ese día se estudiaría la metáfora y las figuras poéticas. Llegó el olor de la carne y Mario pidió que abriéramos unas botellas de vino para degustarlo al compás de los bellos versos que nos tenía preparados el gran muchacho de la coleta y nariz afilada.

Sorbiendo el vino dulce escuchamos las adjetivaciones, las sustantivaciones y las piezas de porcelana retóricas de las palabras cortazianas de nuestro buen amigo. Mario comentó que había un desparramiento de erotismo tan precipitado que parecía que Iván había salido apenas de la cama de una mujer insaciable, la cuestión es que no estaba presente la musa. Lo dijo en los dos sentidos, directo y metafórico, pero nosotros sólo interpretamos el segundo. Fue cuando sentí un piquete que me incomodó en mi silla. El efecto de las palabras de Iván dejó un gesto de desconcierto en mi sentido común. Algo no encajaba en la escena de ese pequeño estudio de poetas aficionados con su gran iniciador. Iván se había burlado con descaro de las rimas y la métrica con el único afán de expresar, casi en prosa, uno de sus últimos pecados. De él no era raro esperarlo, pero quedaba flotando como un enorme globo esa preguntita sobre Nina. Ella era guapa, siempre se hacía rizos con un gel improvisado de laca y azúcar. Estudiaba periodismo y ya iba a terminar la carrera. Tenía una forma sensual al andar y hablaba muy bien el español. Cuando la conocí me gustó que se comunicara conmigo en mi idioma. En realidad, le había hablado para mejorar mi ruso, pero resultó lo contrario. Empezamos a cruzarnos con más frecuencia en la cafetería. En la biblioteca y en las paradas de autobús. Tal vez así había sido antes de nuestro encuentro y ahora sólo le ponía un poco más de atención. En realidad, eso no tenía importancia. Comimos varias veces juntos y la invité a salir para conocer mejor la ciudad y disfrutar de los eventos que nos ofrecía la gran urbe. Estuvimos en el conservatorio, en los teatros, los museos, los lagos y en las calles más importantes.

Un día fue inevitable hablar de nuestra atracción e improvisamos una especie de confesión que serviría para darnos mutua penitencia. Supe que tenía un amigo con el que había mantenido una relación, reconocí su nombre y me acordé del viaje que había hecho al Mar Negro en tren. Me vi de nuevo en un compartimiento conversando con Alicia, una chica muy modesta de origen boliviano, sobre su novio Alfredo. No fue muy agradable entonces saber que era un poco agresivo con la pobre estudiante de historia y que ella sospechaba que la engañaba. Resultó ser el mismo hombre, la misma descripción de su carácter y la misma intriga. Sentí la necesidad de intervenir e impedir que el tipo se siguiera burlando de las dos incautas. Se lo confesé con unas palabras que parecían más declaración que auxilio. Nina me dijo que primero tendría que hablar con él y luego me confirmaría. Me retiré enfadado pensando que no estaría mal darle una buena lección al hipócrita ecuatoriano. Pasaron los días y seguí mi vida habitual que no tenía nada de particular. Hacía mis deberes, almorzaba en el comedor y cenaba con mis coterráneos en cualquier bloque de la residencia estudiantil. Me encantaba conversar con Román y Azalea que me entretenían con sus conocimientos de literatura e historia. Quería ser escritor, pero no encontraba la senda que me llevara hacia la constante tarea narrativa, además siempre había cosas que me impedían sentarme a hacerlo. La carga de trabajo era muy grande en la universidad y como nos lo daban todo en ruso, se duplicaba la carga, ya que no sólo necesitaba interpretar lo que nos daban, sino traducirlo primero, entenderlo después y, por último, criticarlo. Por eso, me pasaba días enteros en la biblioteca, en muchas ocasiones, sin grandes logros. En una ocasión un compañero que obtenía buenas notas me dio su secreto. «No seas tonto, Armando—me dijo con una sonrisa torcida—. Léete primero las críticas y reseñas, después ve a las obras y saca los fragmentos a los que se refieren los críticos y cítalos en el aula» Fue una gran solución. Se redujo mi trabajo en un cincuenta por ciento y empecé a sacar mejores notas. Había pasado un año y ya vivía en el piso de Nina, conocía a sus padres y llevábamos una vida bastante tranquila, casi marital.

Un domingo me encontré a Román cerca de la Tretyakovskaya galería y me dijo que había un escritor chileno que tenía un piso cerca de la universidad, que se estaban reuniendo para escribir poesía y me ofreció unirme al grupo. Me disculpé diciéndole que a mi me gustaba más la prosa y que no encajaría en el grupo porque mis conocimientos de métrica y poesía eran tan pobres como mi dominio del chino. Me dijo que no estaría de más aprender cosas nuevas. Me convenció y quedé de ir el siguiente jueves. Me dio las coordenadas y la hora a la que tendría que presentarme. Se lo comenté a Nina y estuvo de acuerdo en asistir. Dijo que si se lo permitían se arriesgaría con algún poemita.

Llegamos a la dirección indicada con unas botellas de vino que habíamos conseguido a muy buen precio. Era una época de oro para los extranjeros que teníamos algunos dólares. El cambio de la moneda local, en el mercado negro, era muy bueno y podíamos vivir con el lujo del que carecía la población. Un dólar se cambiaba por seis rublos y las botellas de vino moldavo costaban cerca de rublo y medio, así que cuatro botellas no eran un gran gasto. Después de mi primera visita, Mario acogió la tradición de hornear un trozo de carne y acompañarlo con el vino que le llevaba. Los encuentros eran muy agradables y me animaron a soltar un poco la pluma. Me dieron de tarea a Cortázar a quien ya había leído miles de veces, siguieron Carlos Fuentes, Maupassant, Poe, Dorian Grey, José de Espronceda, Chejov y muchos más. Un día leí un cuentito sobre un hombre que comparaba una botella de vodka en una tienda y al tomársela le sucedía algo semejante a lo que experimenta el personaje de Robert Louise Stevenson en “El diablillo de la botella” sólo que en mi historia la botella no tenía que venderse por un precio más bajo, sino que el dueño en turno de la botella de la juventud eterna, debía inventar un método para envejecer y así deshacerse del envase. El juego estaba en que, si el método ya se había usado o mencionado por alguno de los antiguos dueños, entonces el poseedor rejuvenecía cinco años. Lo peligroso de ese reto era que podía terminar como el Benjamín Button de Fitzgerald sin poder deshacerse del maldito recipiente de cristal. Mario dijo que era muy ingenioso y que si estaba de acuerdo podría leerlo en un programa de radio. Esa noticia nos sorprendió porque no nos imaginábamos que alguna vez pudiéramos leer nuestros trabajos fuera del piso del exiliado allendista. Sólo nos comentó que sería en la Casa de la Amistad y que lo transmitirían por una cadena de radio soviética. Nos pusimos eufóricos pensando que tal vez saltaríamos a la fama después de participar en la cadena más popular de la URSS. Se hicieron los preparativos correspondientes, se eligieron los poemas que se leerían y mi único cuento. Me sentía como un patito feo entre tantos poetas talentosos, pero Mario me llevó a su habitación y en voz baja me dijo que no desconfiara, que realmente mi cuento era aceptable y que de los poemas que presentarían mis compañeros le gustaban unos cuantos y los demás eran algo así como basura reluciente.

Llegó el día del evento y salimos en hombros. Nos prometieron publicar los trabajos en una revista de tiraje semanal y nos animaron a seguir con la creación literaria. Los encuentros en la casa de Mario continuaron, pero me encontré en un bache del que no podía salir. La insignificante fama que había logrado en el evento me había aplastado y se me había cortado la inspiración por completo. Tal vez era que me había tomado las cosas demasiado en serio y cada vez que empezaba un nuevo escrito le hacía tantas críticas que terminaba desistiendo de contar la historia. Mario dijo que era normal y que ya llegaría el momento de la inspiración a la que él llamaba rehabilitación.

Esperé mi rehabilitación leyendo muchos cuentos y se compadeció de mí. El chispazo se produjo la noche anterior a la reunión. Terminé de escribir en la madrugada y como resultado discutí con Nina por puras tonterías. Pasé en limpio mi escrito y me acosté. A las nueve salí rumbo a la universidad y por la tarde esperé en la parada de autobús a Nina. No llegó y decidí irme sólo a la reunión literaria. Pasé por las botellas de vino y me presenté a las seis con mi tinto moldavo. Le mostré mi cuento a Mario. Me miró con gusto y dándome golpecitos en la espalda me animó a seguir adelante. «No le pongas mucha atención a las críticas hoy—me dijo con tranquilidad—. Habrá quién quiera hundirte por lo que cuentas, escucha sólo las opiniones sobre la estructura, si nadie aporta nada, trabaja el léxico en casa». Nadie comentó nada de la forma del cuento y decidí que repasaría y mejoraría el lenguaje después. Fue el momento en que se abrió la puerta y entró Iván haciendo su pregunta estúpida. Después de la lectura del prosaico poema cortaziano y las críticas llegó Nina. Se había cambiado el peinado. Nunca se lo había recogido y me había dicho alguna vez que odiaba las coletas, no obstante, está vez parecía que había cambiado de opinión reconciliándose con su odio hacia Steven Seagal. No llevaba su habitual vestido de lana y su rostro estaba embadurnado de lápiz labial y sombra en los párpados. Tenía un aspecto un poco vulgar. Sus pantalones parecían demasiado entallados y eran blancos. Nunca los había visto. Tenía una blusa con escote y se había puesto un collar de bolas y unos pendientes verdes, tampoco llevaba sostén. Alguien comentó que Iván y Nina habían elegido por telepatía el mismo tipo de ropa y peinado. Era imposible pasarlo por alto. La camisa roja y los pantalones blancos de Iván eran una estampa ya clásica. Además, Nina entonaba las palabras como Iván. Para no seguirlos comparando y recaer en más detalles comunes, Azalea dio su opinión sobre la carne y el vino. Se orientó la conversación a la culinaria y Mario sacó uno de sus viejísimos poemas publicados antes del golpe de Pinochet. Dijo que se lo habían aceptado en una editorial famosa, pero que la tirada de su libro había sido muy pequeña y sólo los coleccionistas lo tenían. Reímos por el sarcasmo y comenzó una lectura clara, apetitosa por el contenido y, espiritual por el sentimiento. Les sacó las lágrimas a las mujeres, menos a Nina que estaba enlazada en una amena conversación con Iván. Se puede decir que la velada poética resultó todo un éxito.

Nos despedimos y en la parada del autobús. Nina le dio un beso a Iván en la mejilla, este agachó la cabeza con su actitud modosa de siempre y se alejó. Durante el trayecto las palabras de Nina, que hacían referencia a Iván, provocaban que el incómodo pinchazo que me había mortificado tanto en casa de Mario me obligara a poner la cara de limón. Nina seguía hablando de él, de forma inconsciente, de las cualidades del fracasado poeta. Según recordaba, ella no había escuchado el poema, pero recordaba con exactitud los pasajes que no me habían gustado nada. Pensé que sería por la animada conversación que sostuvieron en secreto mientras oíamos el sabroso verso de Mario. No quise mortificarme y decidí escuchar sin los oídos. Nina se durmió rápido cuando llegamos, ni siquiera me dio las buenas noches.

Iván no se apreció en todo el día por la universidad y cuando encontré a Román no quiso hablar conmigo, dijo que estaba atareado y que le apremiaba el tiempo. Me fui a la biblioteca y encontré a una chica a la que le decían “La historiadora” porque tenía el registro de todos los hombres que habían estado en su facultad. Me preguntó por Nina. Le dije que estaba bien, que seguía en la casa esperando encontrar trabajo. Se sonrió y me pidió que le diera un fraternal saludo. No sabía que fueran amigas y le pregunté desde cuando la conocía. Contestó que, desde siempre, habían sido uña y carne durante cinco años. Otra vez el maldito pinchazo me incomodó en la silla. Dejé de estudiar y me fui a ver si Claudio estaba con Iván. «No está, guevón—me dijo con ese acento tan característico de los andinos de la tierra del vino—. No lo he visto en todo el día, ¿quieres que le diga algo de tu parte?».

Llegué a las ocho de la noche. Nina estaba preparando la cena, me comentó algo que había oído en las noticias y después me informó que tendría que ir a su casa de campo al día siguiente y que tal vez se quedaría con sus padres unos tres días. Me desconcerté porque no aceptó que fuera con ella, además había cambiado bastante su actitud hacia mí. Le dije que nunca me había quedado solo en su departamento y que para mí sería mejor irme a la residencia mientras ella volvía. No me disuadió de mi propuesta y tuve que irme a la mañana siguiente a la facultad con una maleta. Otra vez no se supo nada de Iván. Le pregunté a sus compañeros si asistía a sus clases, pero todos se encogieron de hombros. Román evitó encontrarse conmigo, Azalea no me saludó fingiendo distracción y Raúl que siempre me invitaba a tomarme una cerveza a su cuarto me dijo que tenía muchas cosas que hacer. Me fui en la tarde a mi habitación de la residencia. Estaba mi vecino con su novia y no quería que los molestara. Había llegado en un momento inoportuno. Decidí ir a buscar a Mario.

Abrió la puerta y se extrañó mucho al verme. «Hoy es apenas lunes, Armando, ¿te has equivocado de día?». Le dije que tenía que consultarle mi problema. Me invitó a entrar y nos sentamos a conversar un rato. Después de haber oído sus consejos para la escritura, le comenté lo de Nina. Con su actitud habitual me dijo que todo estaba claro. Que medio mundo sabía que me estaban poniendo los cuernos y el único que no se enteraba era yo. Me comentó que me parecía a Santiago Nasar, un personaje de la “Crónica de una muerte anunciada” de Márquez, que tenía más de cinco años de haberse publicado. Todo mundo lo sabe—repitió por tercera vez—, pero tú, parece que no te inmutas ante la evidencia. Le pregunté qué debería hacer en ese caso y me llevé una gran sorpresa porque no me dio la respuesta que yo esperaba.

Había imaginado que su consejo sería que dejara de inmediato a Nina y que me buscara otra para poder olvidarla. Esa era, en cierta medida, la solución que me había implantado yo mismo y quería que Mario me la constatara, sin embargo, su sermón fue otro. Mira. Armando—comenzó diciendo—. Hay dos aspectos de la vida humana que necesitas evaluar antes de tomar una decisión. El primero es que los humanos estamos formados por dos partes: la animal y la espiritual. La parte salvaje o instintiva te pide que seas esclavo de las pasiones y sentimientos que genera tu cuerpo. Los celos, la venganza, el deseo y otras cosas por el estilo son producto de la esencia carnal. El segundo, es algo más sofisticado que se relaciona con el espíritu, el alma o el intelecto si los quieres llamar así. Llamémosle espíritu para que haya más claridad. Tu parte espiritual debe ir más allá de lo terrenal. Ahora sientes traición por parte de tu novia, pero si lo ves desde otro punto de vista Iván no ha superado su etapa de macho cabrío que desea a toda costa aparearse con las mujeres para reafirmarse como hombre. Lo dijo claramente en su poema ese de “La noche eyaculando”, repitió hasta el cansancio que necesita sentir liberada su pasión y deseo animal para sentirse realizado. Su estrategia se basa en convencer a las mujeres de que eso es lo que ellas desean. Como tiene buen aspecto, se fían de él, pero pronto se decepcionará tu amiguita porque se va a cansar de ella, a él le interesa sólo el sexo y las mujeres desean seguridad sentimental, pronto volverá contigo tu querida Nina. Estará arrepentida y con ganas de mantenerte a su lado para siempre. Has demostrado ser fuerte y si vuelves con ella, jamás te dejará. Otra cosa es la comprensión y el sacrificio porque no sabes que tan capaz eres de controlarte. En el futuro las cosas cambiarán y si llegas a tener alguna ventaja, sea la que sea, cómo actuarás, serás el hombre tranquilo de siempre o te tentará la maldad, el instinto, el deseo de venganza o la locura. Necesitas evaluar y decidir qué tanto quieres a tu novia y cuánto estás dispuesto a sacrificar por ella. Lo difícil viene ahora.

Al oír estás palabras estuve a punto de explotar porque me sentía como expuesto a una parrilla y las brasas ardientes me consumían, los celos me atosigaban, el deseo de venganza me retorcía los dedos como si fueran ramas de un roble viejo. Lo miré incrédulo, pero me tranquilizó con sus confesiones personales. No era muy atractivo y se veía que en su juventud no había logrado muchos triunfos en el amor. Me contó la forma en que se enamoró de una de sus vecinas, los desprecios que sufrió, las noches eternas de espera y las pocas aventuras amorosas que nunca le dejaron ninguna satisfacción. Me comparé con él y encontré muchas similitudes, no éramos atractivos, éramos bajos de estatura, él blanco y yo moreno, sin nada que nos distinguiera del vulgo, pero en espíritu teníamos el potencial del común denominador y la mecha con la cerilla adecuada para encenderla y alumbrar nuestras opacas vidas. Su condición de siempre era la soltería y no aspiraba al matrimonio ni a los encuentros ocasionales. Además, decía, era muy tarde para pensar en esas cosas. A pesar de que mi situación era otra, lo comprendí. Tenía la oportunidad de recuperar a Nina y su arrepentimiento la haría permanecer junto a mí en las condiciones que fuera.  Mi entereza, real o fingida, había demostrado que tenía lo que les faltaba a muchos: sentido común y valor. Mario me fue enumerando uno por uno los sucesos que vendrían. Más tarde los constaté.

La encontrarás cambiada y harta de Iván, te pedirá perdón y estará dispuesta a no volverte a traicionar por nada del mundo, en cuanto correspondas con tu cariño, será tuya para siempre; pero tú sufrirás una metamorfosis o tendrás que ser muy consciente de tus actos, para seguir adelante, en caso de que surja el resentimiento. No deberás enamorarte de nadie ni tener aventuras con otras porque para ella será un golpe terrible que unirá la humillación con el remordimiento. Debes ir con pies de plomo. Le agradecí sus consejos y me regresé a ver si mi vecino de cuarto ya se había ido. Entré y estaban algunas cosas desordenadas, pero nada que resultara desagradable a la vista o de estorbo al movimiento. En la mesa vi una nota en la que me comunicaba Igor que no volvería a la residencia en esos días. Estuve las tres noches durmiendo sólo, soportando las fiestas nocturnas de los africanos, los rezos de los árabes, las broncas de los latinos borrachos y las protestas de los rusos. El jueves por la tarde me presenté sin ningún escrito en la casa de Mario. Todos me recibieron ocultando su compasión. Bebimos y comimos como siempre. Aníbal estaba leyendo un hermoso poema cuando se oyó el timbre. Era ella. Sin coleta, con el rostro pálido y la cara sin maquillar se acercó a mí y me saludó como si nada. Seguimos escuchando los trabajos de los románticos universitarios. Mario acaparó la conversación hablándonos de los poemas de Ajmatova, Mayakovski y Gumiliev. Luego, pasó a los cuadros de Kandinsky y Shemiakin. Nina me dijo que me mandaban saludar sus padres. Me abrazó y salimos bajo los efectos del vino. Había abusado un poco y llevaba más de una botella y media encima. No quise entrar en conflicto y seguí una línea neutra para no provocar malos sentimientos. Al llegar al piso me quedé dormido.


Apareció de nuevo Iván, me saludó con cinismo y me presentó a su nueva acompañante. Una pelirroja con un busto muy prominente y algo descarada. Era alta y tenía las piernas muy rectas. Terminé las clases, pasé a la biblioteca por un libro de préstamo sobre la polifonía en la obra de Dostoievski y me fui. Encontré a Nina muy romántica. Tenía unas velas en la mesa, un pollo asado y manzanas. La botella de moldavo también esperaba. Pensé un momento en las palabras de Mario cuando descubrí el temor en la mirada de Nina. Eran unos segundos de oro, la solución decidiría el futuro: irme o quedarme, he ahí la cuestión—me decía mentalmente—. La miré con su vestido de flores y sus sandalias de cuero, el pelo ensortijado y los labios brillantes. Pensé en la siguiente vez que se cambiaría el peinado y decidí que era el momento más adecuado para aplicar la filosofía de Mario. Sería más espiritual y no me dejaría llevar por las pasiones carnales. Elevé mis pensamientos y consideré que había valores más allá de una simple relación de pareja. 

viernes, 22 de diciembre de 2017

Trasplante de hombre

1
Me dijo el doctor que la operación había sido todo un éxito y que tratara de aprovechar cada minuto de mi vida para disfrutarla, ya que no había ninguna garantía de que me durara la salud muchos años. Tampoco me preocupaba demasiado por eso, pues había vivido cincuenta y ocho años felizmente hasta antes de mi infarto. Ya había hecho casi todo lo que puede hacer un hombre en la vida. Tenía posición social, respeto entre las personas, hijos, varios libros publicados y, en el aspecto sentimental, un equilibrio logrado gracias a las caricias y comprensión de dos amantes que, se fueron en paz y a tiempo, como amigas. Además, ya tenía mi jubilación y mucho tiempo para empezar una nueva existencia. La ventana de mi habitación era muy grande y tenía buenas vistas. Pensé que lo mejor sería ir poco a poco con mis proyectos pendientes y lo mejor era dejarlos a un lado mientras recuperaba las fuerzas. No sentía muchos cambios, me parecía que seguía teniendo mi mismo corazón hasta antes del colapso. Lo que sí me asombró fue que era como Lázaro. Había visto el portal del más allá y ahora estaba de vuelta. Me habían sacado de una tumba en la que permanecí unos tres minutos con pocas esperanzas de sobrevivir, pero gracias a la osadía de este modesto doctor he podido adquirir un nuevo órgano que me permitirá ver la vida con nuevos ojos.

A
Estaba ahí parado, hecho nebulosa, aferrado a su deseo antes de marchar. Ya no tenía el corazón en un puño, lo tenía en la sala de operaciones, congelado y a punto de aterrizar en el pecho de un blanco. Le surgieron las preguntas. ¿Funcionará? ¿Será compatible? —En caso afirmativo—¿Lo ayudaría a acercarse a Grace? ¿Podría unirse a ella y amarla como hasta antes de la conmoción cerebral? ¿Podría quererlo con esa apariencia de viejo queso añejo? Dejó de pensar y esperó, sudando su alma, durante tres horas. Según esperaba, su cuerpo astral debía elevarse al cielo, pero no sucedía nada y permanecía allí mirando lo que sucedía. Las enfermeras traían hilo, instrumental y trapos para secarle el sudor a Bernard y su ayudante Yogo, el negro cirujano de caballos, que había salvado a Flash, el corcel pura sangre más famoso y más caro de la nación. El veterinario autodidacta le había dejado un potente corazón que lo llevó a los pedestales del hipódromo. No había tiempo para recordar insignificancias. Puso toda su atención en los gestos de los cirujanos que, para colmo, estaban tan concentrados que parecían de piedra. A las doce en punto de la noche, como si el destino quisiera jugar a la Cenicienta, el doctor autodidacta Yogo dio el último punto y cortó el hilo. “!Échenlo a andar!—dijo con la voz filtrada por su máscara bucal—Si este tipo va a vivir, que viva”. Era la orden para desactivar la bomba y dejar al corazón funcionar solo. Bolumba sintió un jalón muy fuerte y calló de bruces, se levantó y fue a comprobar que el hombre blanco respiraba. “!Ha sido un éxito!—gritaron todos—¡Vivirá!

2
Me dieron de alta y llegué a mi casa. Estaba todo igual, pero mi perro Harry no vino a lamerme como lo hacía siempre que volvía de mis reuniones del club o de algún sitio diferente. Se me quedó mirando de una forma extraña, pero nadie lo notó, más que yo. Mary dijo luego que el chucho estaba un poco desconcertado porque me había visto partir como un fiambre y volver como el de siempre. Pensé que tal vez sería así, pero no podía concebir que el ser con quien tenía una relación más estrecha que con cualquiera, no viniera ni siquiera a verme. Dejé de romperme la cabeza con esa idea tonta y entré a saludar a mis hijos y mis pequeños nietos. Fui el centro de atención por unos minutos y después todos volvieron a sus labores. Después se vació la casa y nos quedamos el perro, Mary y yo a seguir con nuestra vida habitual. Mi mujer dijo que había cancelado su reunión con sus amigas y que sería bueno ir a pasear a un parque cercano. Nos subimos en el coche y cinco minutos después bajamos a soltar las piernas. Había mucha gente. Los niños eran mayoría y corrían por todos lados, se tiraban por los toboganes y gritaban mucho. Nos alejamos un poco del bullicio y nos sentamos en un banco. Mi esposa me confesó que estaba muy contenta de que nos reuniéramos de nuevo, me propuso olvidar las rencillas del pasado y llevar una vida sin peleas. Estuve de acuerdo y chasqué los dedos, usé una frase coloquial y ella se quedó con cara de palo. Cuando comprendió mis palabras, que nunca habría esperado de mí en otras circunstancias, se echó a reír contagiada de mis carcajadas. Nos abrazamos y volvimos a la casa para preparar la cena.

B
Se levantó con rapidez, tenía la esperanza de que, al funcionar su corazón en un cuerpo ajeno, se elevara como impulsado por una catapulta, sin embargo, no pasó nada, incluso miró hacia arriba y trató de ganar impulso para volar, no tuvo éxito. Entonces se acercó al hombre y lo miró sonreír. Lo tocó, pero no sintió nada. Lo que si percibió fueron los latidos de su corazón. Se llevó la mano al pecho y sonrió. Su mente comenzó a fantasear y recordó muchos sucesos de su vida. No sabía en ese instante que, por haber sido un hombre tan apasionado y alegre, su corazón se había transformado. Probó salir del hospital por su propio pie, pero se dio cuenta de que estaba unido al cuerpo del hombre que dormía. Tuvo que esperar dos semanas. Iba haciendo logros poco a poco, primero caminó unos cuantos pasos al lado de la enfermera, luego se aventuró más lejos sin ayuda del bastón y, por último, empezó a caminar por los pasillos hasta que de tantas vueltas que dio, lo mandaron a su casa, es decir, a la casa de Joseph. En un principio le costó coordinarse con los sentidos de Joseph en espacios abiertos porque experimentaba una pérdida de contacto por falta de energía, no obstante, cuando su corazón comenzó a latir con más fuerza la atracción fue tanta que ya le resultaba muy fácil seguirlo.

3
Empecé a comerme la ensalada y cogí de un gran platón casi todos los ravioles, Mary dijo que el doctor me había recomendado que no comiera mucho por la noche para evitar cargas a los pulmones y el estómago. Como siempre había roncado en la madrugada y algunas veces mi esposa me había echado unas broncas mañaneras mostrándome sus ojeras, decidí no comérmelos todos, pero tenía mucha hambre. Necesitaba distraerme y no me podía llenar la vejiga de té o café porque la próstata me funcionaba mal y en caso de beber muchos líquidos le provocaría otras ojeras a Mary. Decidí poner un poco de música para relajarme. Busqué entre mis discos y estaciones de radio y nada me satisfizo. Le pregunté a Mary si le apetecía alguna canción y me dijo que nunca escuchaba música por las noches para no espantarse el sueño. Ya tengo bastante con tus ronquidos y tus visitas al baño como para arruinarme la noche pensando en Elvis, Cocker o Jagger. Eran sus gustos musicales, esos cantantes le fascinaban y por eso se había enganchado a su música, estaba enamorada de los tres y, por eso, no quería oír sus canciones, para no irse a acostar con ese simpático trío y compararlos conmigo. Busqué una radiodifusora con música alegre y de pronto, un ritmo extraño y poco habitual en mi casa, me afectó tanto las caderas que comenzaron a moverse solas. Giraba los pies sin despegarlos del piso, aplaudía y enseñaba los dientes, moviendo la cabeza de lado a lado y haciendo giros sobre un pie. “Estás loco—gritó Mary con el rostro nevoso—, te dijo el doctor que no te esforzaras mucho. ¿Quieres parar otra vez en el hospital?”. Apagué la música y fue cuando noté mis extraños movimientos, sin embargo, eso no era lo que me sorprendía, sino el buen humor que se me había filtrado por el pecho. Seguí bailando y me fui a la habitación a ponerme ropa para dormir. 

C
Se quedó impresionado cuando vio la casa en la que vivía su nuevo cuerpo. Tenía un jardín enorme y dos plantas, era de estilo clásico y parecía de esas construcciones francesas con columnas y adornos de yeso en todas partes. Le gustó mucho, caminó con infantil curiosidad, pero la presencia de un perro lo paró en seco. No les tenía mucho aprecio a las mascotas de los blancos porque siempre lo habían correteado para morderlo. El pastor alemán estaba desconcertado, por un lado, quería atacarlo y, por otro, seguramente veía a su dueño y estaba extrañado. Entró a la casa y unas personas desconocidas lo comenzaron a abrazar y felicitar, Se dio cuenta de que cada vez estaba más cerca de Joseph, ahora era casi uno sólo. Media hora después estaba a la mesa comiendo ensalada y ravioles, se le despertó el apetito y comenzó a servirse más. Oyó que le prohibían a Joseph atiborrase de comida. Se levantó y fue a poner música, había sólo música para blancos, pero vio la radio y sintonizó su programa preferido. Estaba la música de BB King con los acordes de su hermosa The thrill as gone y comenzó a mover las caderas y mirar al techo. Recordó las ocasiones en que había estado horas enteras abrazando a su novia, pero la desgracia quiso que en la fiesta nupcial sucediera un accidente y se quedaran los dos sin Luna de Miel. De cualquier forma, las cosas no se podían cambiar y prefirió dejarse llevar por los acordes, la fuerte voz de las cuerdas bucales de King y los dulces labios de su amada. En ese estado fue arrastrado hasta la cama.

4
Noté su inquietud, pero no sabía si era Elvis, Joe, Mike o yo el causante de sus giros interminables. Daba vueltas y gemía, golpeaba con las rodillas, manoteaba o soltaba bufidos. Nunca se lo había dicho, había preferido sufrir sus reproches por mis barriturios de elefante antes que decirle que me despertaba con sus codazos o patadas. Salí a la ventana y vi el cielo, hacía frío, pero sentía el cuerpo tibio. Me dieron ganas de caminar por la hierba descalzo. Anduve unos quince minutos saltando y oliendo el frescor de la noche. Me sentía muy bien. Por la mañana mi mujer me empujó para que no la aplastara. La tenía abrazada y cuando me volteé sentí algo que había olvidado. Tenía el miembro rígido y mi respiración era la de un toro. Me fui al baño a darme una ducha. Miré con asombro el fenómeno milagroso. Era el nuevo corazón—me dije—es el motor nuevo que le han puesto para que funcione, pero de qué me sirve ahora, esto sólo traerá problemas. Era verdad. Mi vida sexual se había acabado cuando Mary todavía no quería enclaustrarse. Le propuse que se consiguiera un amante o…se masturbara, pero me lo tomó como algo sumamente inmoral. Se resignó y, ahora, cinco años después venía esta broma. Pensé un rato sobre la forma de ocultárselo. Ella no me había visto y por eso no podía reprocharme nada. El problema era que un día se despertara y viera mi estado obsceno y burlón. Entonces sí que me daría sus fuertes codazos y patadas, pero a posta.

D
En una noche tan negra con las olas lejanas del mar bajo el claro de luna, sintió la suavidad de las sábanas y el satín de un cobertor. Le vino el recuerdo de la piel aceitunada de Grace, sus labios finos y sus pómulos saltones, con esa expresión de perdida enamorada, que ponía cuando él le contaba historias de la mitología de sus antepasados. Hablando de diosas negras surgidas de la sabana, de las bellas canciones de la temporada de cacería y los ritos a la luna y el sol. Apareció, invocada por los inmensos recuerdos, desnuda y brillante, reflejando la luz astral, hablando con calma como siempre, suave y dócil. No pudo evitar abrazarla y oprimirla contra su pecho, el esfuerzo y la proximidad eran tan intensos que se le erectó la pasión, no era un buen sitio para gemir de goce, pero no lo podía evitar. Se agitó y respiró con mucha fuerza, sus pulmones se inflaban cada vez más y cuando estaban a punto de estallar, despertó.

5
Tuve problemas con la comunidad de mis amigos. Siempre había manifestado de forma directa y clara mi forma de pensar, pero esta vez, después de todos los saludos y felicitaciones, no pude decir ni una mala palabra en contra de nuestros vecinos. “No te preocupes, Joseph, es por la operación. Te falta ímpetu, pero cuando te recobres, ya verás con que fuerza arremetes contra ellos”. Tuve que retirarme con el rabo entre las patas. No sentía nada en contra de mis vecinos y, lo peor, ni siquiera recordaba que había maldecido y condenado de forma contundente a los pobres cohabitantes de nuestro país. Me dirigí un poco decepcionado hacia mi casa. No sentía pesar por el fracaso, sino porque no encontraba razones para volver a esas reuniones. Sabía que durante años había colaborado motivando el odio contra la otra raza y ahora me era indiferente, es decir, desde el punto de vista de esa comunidad porque en realidad comenzaba a simpatizar mucho con ellos. Sin darme cuenta entré en una zona reservada para los ciudadanos de segunda clase. Entré por una calle estrecha en la que había una fábrica de herramientas y me dirigí a la entrada. No había mucha gente. Era la hora del almuerzo y seguramente todos los trabajadores estaban en el comedor. De pronto pasó un hombre viejo con cara arrugada. Iba silbando una melodía popular entre los negros. Volteó y se me quedó mirando muy extrañado. Corrió a ocultarse pensando que tomaría represalias contra él. Lo seguí sin poder controlar mis pasos. Cuando lo tuve a un metro de distancia me arrolló el deseo de abrazarlo. Lo apreté muy fuerte y le dije su nombre. Gary se sorprendió y puso ojos de demente. Se disculpó y se fue muy apresurado. Lo quise seguir, pero era un lugar exclusivo para los de piel oscura. Me resigné y volví a mi coche.

E
Amaneció de buen humor. Había respirado tanto durante la noche que el vigor lo hinchaba por completo, ya no se sentía fuera del cuerpo ajeno. Ya era parte integral de esa amalgama de corazón oscuro y cuerpo blanco. Sus pasos lo encaminaron a un sitio donde había una reunión. Vio un grupo de hombres gordos y barbados con aspecto voraz un poco disimulado. Comenzaron a hablar de su odio y de la necesidad de crear más derechos sobre la población oscura. “Que no viajen a nuestras ciudades—decía uno—; que tengan sus reservas, como los animales salvajes—decía otro y, un tercero—; sí, y que los exterminen como a los infieles en la Segunda Guerra Mundial.
Nunca se había podido explicar por qué había tantas decisiones en contra de sus paisanos y esta vez lo comprendió todo. Resultaba que en cada barrio existía un punto de reunión donde los principales agitadores urdían sus planes de represión, pero qué más querían. El país les pertenecía por completo, los oscuros no tenían concesiones y se les podía matar culpándolos de insurrección en cualquier momento. Quizás ahora él tuviera la oportunidad de influir en el futuro de su país. Llevaría su cuerpo blanco guiado por un corazón negro hacia el compromiso, la bondad y el respeto. No le gustó mucho oír las cosas tan denigrantes que sonaban allí y esperó tratando de no poner atención en los crueles hombres que se sentían muy superiores. Por fin, salió y se subió al coche. Iba un poco enfadado, de pronto vio la carretera que iba hasta la fábrica dónde había trabajado tantos años. Allí estaría su suegro, trabajando como siempre, sin faltar un solo día. Hizo un inmenso esfuerzo para que sus manos hicieran girar la camioneta. Lo logró y con una sonrisa y una gran esperanza aceleró. Llegó a su destino. No había nadie en el patio, pero detrás de una puerta logró ver a su suegro que caminaba despacio en dirección a la reja. ¡Eh, Gary, mira quién está aquí! —le gritó como lo había hecho cientos de veces, pero el anciano se asombró y luego huyó con rapidez. Lo alcanzó y lo sostuvo un momento—, pero ¿en verdad no me reconoces? —. El anciano le gritó que lo dejara en paz y salió corriendo.

6
Toda la tarde estuve reflexionando sobre lo sucedido. La única explicación la tenía el doctor Bertrand y decidí ir a consultarlo. No hablé del tema con mi mujer y traté de hacerle pasar una tarde agradable. Me reía por cualquier tontería y hacía bromas y chistes muy ingeniosos. Mary estaba como una gata a la defensiva y no podía entender mi conducta, por un momento se quedó silenciosa y comprendí cuál era su intención. En su mente se estaba cuajando un temor que requería de la ayuda del doctor Bertrand y un psicólogo. No sé por qué tenemos la costumbre de buscar a un especialista en cuestiones mentales cuando con un poco de esfuerzo podemos encontrar nosotros mismos las soluciones. Se lo dije sin tapujos. “Mañana iré a ver al doctor Bertrand para aclarar todo esto—le dije con tono suave—. No contestó como de costumbre y supe que contaba con su aceptación. Ella callaba siempre esperando que la gente se diera cuenta de su propio error o de su aceptación. Se descubría en su mirada. Si parpadeaba era para indicar que la persona había cometido una gran falta y era el momento de retirarse, pero si mantenía los ojos fijos, entonces se sobreentendía su aceptación, luego hablaba de cualquier cosa sin importancia y se refugiaba en sus pensamientos de nuevo.  

F
La esposa del blanco se puso nerviosa porque la conducta del marido le pareció muy extraña y comenzó a darle consejos. Le dijo que era necesario ir con un psicólogo para saber cuáles eran las alteraciones de la personalidad que su marido había tenido después de la operación. Según creía ella, era un trauma como esos que suceden durante el sufrimiento en el parto por causa de una mala posición, unos fórceps, manipulaciones desagradables aun dentro del vientre, etc. Joseph, le prometió que iría con el psicoanalista y con el cirujano para aclarar todas las dudas y así lo hizo, es decir, en parte. Porque se fue directo a ver al cirujano.

7
Me lo confesó todo y me pidió que guardara el secreto bajo llave, me habían operado de urgencia. Las posibilidades de sobrevivencia eran nulas, una en un millón, como se dice en las películas, y se hizo el milagro, pero esos sucesos divinos no respetan las leyes humanas porque de hacerlo serían otra cosa. El caso es que un joven había tenido un accidente y falleció clínicamente. La esposa donó su corazón y dijo que si alguna parte de su cuerpo seguía viva, él seguiría en este mundo amando como era su precepto. “Veinticinco años tenía—dijo Bertrand—, estaba celebrando su boda y un camión lo arroyó cuando se disponía a viajar de luna de miel. Se quedó con el deseo de amar”. La situación me desconcertó muchísimo, pero había más. En la operación se habían violado las leyes constitucionales y si yo abría la boca mandaría a diez personas al cadalso. Entre ellos un cirujano negro que no tenía formación profesional y había aprendido a trasplantar corazones en la práctica, operando caballos para las competiciones en el hipódromo. “Es un prodigio—decía Bertrand—, sin él, usted hubiera muerto, así que le pido la mayor discreción”. Cuando ya estaba conforme con las explicaciones y deseaba forjarme alguna razón para vivir y seguir adelante, Bertrand, me dijo que tenía incrustado en el pecho un corazón de negro. En caso de ser yo, el verdadero Joseph, habría sufrido un colapso y adiós, pero salió mi nuevo corazón en mi defensa, es decir, mis nuevos sentimientos. Le di las gracias al doctor y le pregunté con la naturalidad del mundo dónde estaba Grace. “¿Cómo lo sabe? —preguntó con los ojos exorbitados el cirujano—, no se le ocurra pronunciar ese nombre, por favor”. Decidí que, si mi corazón era de un joven negro, él me guiaría hasta mi destino real. Me despedí del doctor y le prometí que me llevaría a la tumba sus secretos.

G
En el momento en que Joseph supo que tenía un corazón joven de hombre negro su última energía espiritual que se mantenía dentro del cuerpo se esfumó y su espacio fue ocupado por Bolumba y Joseph sintió una sacudida como si le hubieran tirado de un hilo imaginario que lo unía con el universo. Habló de inmediato con el doctor y le preguntó si sabía cómo estaba su esposa Grace, pero el doctor Bernard le tapó la boca y le pidió que por nada del mundo hablara de ella. No quedó otro remedio más que el de retirarse del consultorio. Bolumba estaba rebosante de satisfacción. Salió con paso firme y se dirigió a su coche. Atravesó la calle con paso seguro. Se iba burlando de los paseantes diciéndoles que era un negro, un negro de verdad. Los curiosos volteaban a mirarlo y cuando descubrían al payaso que estaba alborotando se reían con gusto y hacían gestos para espantarlo.

8-H
Salí del hospital y me subí al coche. Tardé unos minutos en ponerlo en marcha, luego decidí irme a mi casa y descansar, aunque tenía mucha energía, había algo que me hacía ver las cosas borrosas, creí que sería una jaqueca, pero más tarde me di cuenta de que era algo más grave. La almohada me diría sin lugar a duda lo que debía hacer—me dije tratando de tranquilizarme—. Iba por el camino repasando lo que le diría a Mary, preví, entre sueños, todos sus parpadeos y sus miradas fulminantes e ideé las respuestas irrevocables para que se quedara muda de sorpresa. Puse atención en las calles por las que iba, pero no podía entender por qué en lugar de ir en dirección norte iba hacia el sur. Pronto vi la calle de la fábrica de herramientas y recordé al viejo Gary. Comencé con él un diálogo imaginado muy divertido. Me preguntaba y contestaba solo cambiando la voz y gritando en cada ocurrencia. Noté que imitaba tres voces al mismo tiempo. Era muy extraño, pero me causó bastante gracia. Llegué a un barrio pobre y me detuve frente a una casa vieja. Salí del coche y fui a tocar la puerta. Estaba entreabierta y se oía una voz.

I-9
Cada vez me sentía más material. Comencé a percibir los olores. Me dio gusto saber que Grace estaba preparando una carne con col muy sabrosa. Aspiré el olor con mucha fuerza y emití un gritillo que siempre se me salía cuando sentía placer. En la casa estaba también mi madre, en ese momento dormía profundamente. Se había quedado incrustada como siempre en su incómodo sillón de resortes salidos. Me prometí comprarle uno nuevo. Había tantas cosas que había dejado incompletas. Quería abrazarla y decirle lo mucho que la quería, pero era consciente de mi nueva situación y debía ser muy prudente. No lo pude lograr porque al volverme hacía la cocina vi las redondeadas caderas de Grace y perdí la cabeza. La abracé y la besé en la mejilla. “¡Ya estoy aquí! —le dije tirando mi chaqueta en una silla— Dame de comer, no te quedes allí como boba. Ella me miró con asombro y le ordené que se dejara de tonterías y no gritara como loca. Después me echó un vaso de agua en la cara y me dijo que me fuera. Fue cuando reaccioné. Le pedí perdón por haberla espantado. Quería explicárselo todo, pero me salían otras palabras. “¿Qué te pasa? ¿No me reconoces?” —le decía tratando de estrecharla y besarla—. Soy yo, soy yo. Ella corría, corría, mi madre no se despertaba, a pesar del que los gritos eran muy agudos. Cogió un cuchillo y estuvo a punto de atacarme. Para evitarlo le dije una cosa que sólo nosotros sabíamos.  Comenzó a hacerme más preguntas, se había quedado como si hubiera escuchado mi verdadera voz. “¿Qué día nos conocimos?”—preguntó con ojos de bala— El veinte de abril en una fiesta, le dije sin titubear— sus ojos se agrandaron y dejaron de amenazarme—. “¿Quién es nuestro padrino de bodas?”— Ya calla, es James el gordo, por dios, estás tonta o qué. ¿no recuerdas que te dije que cuando firmó en el libro del registro civil se echó un pedo. ¿Te sientes bien? —le pregunté porque estuvo a punto de desplomarse.

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Estuvo preguntándole cosas y las respuestas le hacían saltar los ojos accionados como por resortes. Al final, la detuvo y le cogió la mano. ¡Siente! —le ordenó mientras le ponía su mano en el corazón. Es verdad—dijo asombrada—. Eres tú, es el mismo compás. Los doctores decían que tu corazón cantaba y tu me decías así: “Escucha mi corazón…” ¡Que te habla con la voz de un negro que te quiere y jamás te abandonará! —Cantó con voz aguda y empezó a bailar. “Es verdad, es verdad—dijo llorando y desarmada por completo—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible?”— No la dejó hablar más y, como si fuera otro, la llevó a la habitación y la recostó en la cama, le dijo cosas que ella relacionaba con su primera noche de amor y se aferró a él. Media hora después lo abrazó, se quedó oyendo su corazón y preguntó: “¿Qué vamos a hacer ahora?”—, pero Joseph ya se había esfumado con el primer coito e iba en dirección al cielo, mientras Bolumba empezó a Bailar y gritar de felicidad. En una melodía improvisada, le dijo a Grace que se irían a América, que vivirían en Florida y que el trabajaría como obrero o ingeniero constructor. Tenía dos cerebros y un hermoso corazón de jade. 

martes, 19 de diciembre de 2017

Las dudas son moscas

El doctor Hank se dio cuenta de que algo le estaba sucediendo a sus pensamientos, se le estaban escapando como moscas asustadas, pero luego volvían y arremetían con insoportables zumbidos. La causa había sido la pregunta de su nieta sobre si los perritos tenían alma. Dijo de inmediato que no porque eran sólo animales. La niña quedó satisfecha con la respuesta, pero él no. ¿Acaso no somos nosotros también animales? —le preguntó su conciencia parada frente a él con los brazos en jarras—. Sí, claro, pero hemos evolucionado y somos superiores. 

Después de tan convincente respuesta se acordó de las palabras de un ruso, no recordaba si era un escritor o un científico, el caso es que el eminente hombre decía que el ser humano había pasado por tres etapas de desarrollo: el animal, el social, el espiritual, que nunca se había logrado establecer completamente por falta de cordura, y estaba en vísperas el siguiente estadio que era el tecnológico. Por desgracia, se corría el riesgo de que la masa humana se saltara la etapa espiritual y llegara a la tecnológica con sus antecedentes sociales, animales e incompleto desarrollo espiritual. Los primeros— murmuró— con un poco de disertaciones sobre el poder, la economía y la bondad lograrían adaptarse a las nuevas condiciones, pero los segundos eran un riesgo enorme, ya que sólo pensaban en su beneficio y su forma de supervivencia de forma instintiva. Y los espirituales se convertirían en un riesgo porque irían contra las normas aceptadas por siglos. Era necesario intervenir para prever la situación. No quiso seguir embrollándose más y se fue al laboratorio donde estaba realizando pruebas sobre unos ratones. Comenzó a escribir sus ideas en unas hojas de papel. Apuntaba lo que se le iba ocurriendo, desde las grandes teorías de la física, hasta la más grandes aberraciones religiosas o políticas. Ya tenía un montón enorme de folio garabateados cuando un chispazo lo hizo detenerse y quedarse como estatua.

Sí un ratón—se dijo con la boca abierta— pudiera ir más allá de las normas de su grupo y les dijera a sus compañeros que dentro llevan una luz espiritual y que deben superarse para no ser tan salvajes, ni egoístas y les propusiera alcanzar el paraíso, ¿qué sucedería? Pues, le dirían que son ratones, que así está dicho en sus santas escrituras y que su labor es la de reproducirse para alimentar a las serpientes y halcones. Sacudió su pelona cabeza como si quisiera deshacerse de una caspa imaginaria y dejó de pensar en tonterías. Guardó sus apuntes en su cajón, luego hizo el registro de sus observaciones experimentales y se fue a su casa a cenar.

Durmió bien y siguió con sus actividades habituales. El sábado se levantó a correr, desayunó con su esposa, salió a pasear con Larisa, su nieta, y aprovechó para repasar algunos conceptos de la religión. Era ateo, pero se había dado cuenta de que su conducta de investigador, a veces, era tan testaruda como la de los grandes representantes de las instituciones eclesiásticas. Es una pena, le dijo al perrito de su nieta, que vayamos tan rápido hacia el desarrollo de la nueva era y tengamos tantos prejuicios arraigados. Mira, perrito, nosotros los humanos decimos que tenemos alma, pero en realidad es nuestra capacidad de analizar y pensar. Como todo en la vida, hay un principio, un desarrollo, una reproducción y un final porque somos organismos sexuados y necesitamos dejar nuestro legado para conservación de la especie. Desde la antigüedad, igual que ustedes, seguramente, nos hemos preguntado qué hay más allá de está realidad, por eso “descubrimos” que hay un ser superior que ha creado todo esto. Antes decíamos que en el cielo estaba Dios y que ahí íbamos a parar todas las buenas personas y…

Sí, sí, y los perritos también, pero vino hace casi dos mil años un hombre diferente que dijo que debía haber un cambio, que la verdad estaba dentro de nosotros, que la podíamos llamar dios si se nos pegaba la gana, pero es que él ya se había dado cuenta de que el hombre podía subir al siguiente nivel de desarrollo y dejar de pensar en cosas materiales y superfluas. ¿Cómo? ¿No entiendes lo que son las cosas materiales superfluas? Mira, es todo eso insignificante por lo que se muere la gente, cosas ridículas como…como…Ya sé, como un bolso de Chanel o un traje de Dolce Gabbana u otra cosa que haga que la persona se sienta superior o más importante, luego está el dinero y demás lujos. Entonces, sucede algo muy curioso, la persona que no tiene el bolso ni el traje se siente infeliz y sueña con lo que tiene la otra, pero la otra persona que posee un armario lleno de cosas y también se siente triste porque quiere más. La cuestión es que no se fijan en la superioridad espiritual y ¿sabes quién lo dijo primero? ¡Perfecto! Fue es señor que nos enseñó que había llegado el momento de subir de nivel. Nos dijo que hacer el bien era lo importante, que sólo existe una vida aquí y que el futuro es incierto, por eso hay que sembrar el bien y no responder al mal con el mal. ¿Te parece difícil eso?

Oye, perrito, te lo estoy diciendo para que se lo comuniques después a Larisa tu dueña y no pones atención. Si te doy de comer, te lavo, te llevo a pasear y hablo contigo, ¿sientes la necesidad de corresponder? ¡Claro! Es por eso, por lo que siempre jugamos mucho tú y yo, pero si te dejara sin comer, te diera patadas y te dejara encerrado en una jaula, ¿qué harías? ¿jugarías conmigo? Seguro que me morderías en la primera oportunidad. Pues ya está, es así de simple. El caso es que seguimos siendo iguales, no hemos cambiado en dos mil años y las instituciones, tanto las eclesiásticas como gubernamentales y privadas, tampoco, pues nos motivan a los mismo, es decir, responder con violencia para garantizar seguridad, pero eso es absurdo. Se comunican con nosotros como si fuéramos, y disculpa que te compare, unos perros. Y es que nuestra sociedad se desmoronaría si hiciéramos el bien.


Lee estas noticias, ¿lo ves? Ataques armados aquí, corrupción allá, devaluación, hambre acá... Bueno, creo que me estoy pasando de la raya y no le vas a poder decir todo esto a mi nieta o ¿sí? A ver, espera, creo que sí. Un perrito como tú no piensa en el mal porque no hay sociedades de perros que indiquen qué es lo correcto, qué perros deben tener privilegios y cuáles no, o sea, que todo lo que haces es manifestar tus “sentimientos” tal y como son. Bien, tendré que decirle a mi nietecita que mi respuesta estaba mal. Los perritos si que tenéis alma. Luego se dio la vuelta y sorprendió a Larisa que permanecía quieta escuchando cómo el loco del abuelo se ponía a conversar con su mascota.

domingo, 17 de diciembre de 2017

El mundo infeliz (distopía)



Un mundo infeliz (distopía)

Hacía treinta años que los grupos clandestinos actuaban para provocar una seria reacción de la sociedad. Los grupos anarquistas y las grandes organizaciones en pro del viejo orden político no habían logrado mucho. La situación era alarmante y se auguraba un futuro muy gris y poco benigno para la humanidad, por eso James Alter, el representante de la insurrección, comenzó a enrolar voluntarios que quisieran actuar con nuevos métodos. Tenía varios planes de desestabilización porque, por más intentos que habían hecho los otros grupos organizados, los resultados habían sido nulos. Su mayor enemigo era Vrat-lov, de origen eslavo. Su seudónimo significaba hermano del amor.
El primer ataque masivo de insurrección fue llevado a cabo en vísperas del año nuevo por Goldman, un austriaco que había perdido su fortuna con la implantación del nuevo sistema altruista. Se decidió vender y especular con todo tipo de mercancías para que la gente sintiera la necesidad de crear una moneda y poder acumular capital, sin embargo, las personas rechazaban la idea diciendo que ya había sufrido la humanidad las consecuencias de la acumulación de grandes fortunas y que, al final, era más fácil encontrar motivación en beneficio de la sociedad cambiando fuerza de trabajo y tiempo de vida por servicios, alimento o ropa que por billetes, oro u otro tipo de símbolo de convencionalismo lucrativo.

Se había dejado de producir armamento y era imposible comenzar movimientos bélicos que lograran desencadenar una verdadera guerra. El problema consistía en generar el odio, pues no había muchos voluntarios que pudieran matar a gente que se oponía a la violencia y estaba dispuesta a morir por sus principios sin mover un solo dedo en su defensa.  Se había implantado la doctrina basada en generar sólo amor y no responder al mal con mal, sino con actitudes positivas, comprensión y amor. El resultado había sido un desastre porque no había conflictos internacionales, ninguna nación se había impuesto la responsabilidad de preservar la seguridad mundial decidiendo si una actitud era una amenaza o no para la humanidad.  Los terroristas habían comprendido que su lucha ya no era lógica, pues tenían sus tierras, conservaban sus tradiciones, no los explotaba nadie y producían las cosas suficientes para comer y vivir en armonía. La gente, fuera de la nacionalidad que fuera, tenía la obligación de comportarse bien en otras tierras, así, cuando un viajero llegaba al extranjero manifestaba sus buenos propósitos y recibía la cordialidad de la nación, no se le exigían pagos y, por el contrario, se le proporcionaba lo necesario para comer, dormir, pasear, visitar lugares de interés y se le despedía, cuando se marchaba por su propia voluntad, con regalos de elaboración rudimentaria que le alegraban el humor. Todo mundo sabía que el progreso guiado por los buenos sentimientos se encaminaba a la fabricación de transporte seguro y práctico. No había consorcios que buscaran un beneficio económico. Hasta el más zángano recibía la ayuda de la sociedad y, sin obligarlo a nada, se le motivaba a participar en las actividades que se le ocurrieran o las que mejor fueran con su personalidad.

Por esas razones, la gente inconforme de los grupos clandestinos sentía la obligación de restablecer los sistemas antiguos. Echaban de menos las instituciones como la iglesia dividida en verdadera y única y las demás, una organización mundial que permitiera el desarrollo de unas naciones e impidiera el de otras esclavizándolas o aislándolas del resto del mercado mundial con embargos, también era imposible vivir sin ninguna diferencia social. El hecho de que no hubiera pobres era una amenaza para la humanidad, pues por siglos se habían centrado el dinero en manos de muy pocas personas y lo normal era que existieran pobres, clase medieros, ricos y millonarios, sólo de esa manera el mundo podía seguir adelante. Además, no estaba bien que la ciencia fuera un bien común y no necesitara presupuestos enormes para desarrollarse, ya que los científicos trabajaban en aras del conocimiento y no tenían que esperar las decisiones de los gobiernos. En el sentido de la ética y la moral, sólo se anteponía el bienestar. Hacer el bien era la consigna.

Una noche en la que James Alter estaba estudiando sus estrategias de desestabilización se dio cuenta de que el mal podía ser encubierto con aspecto de bien, por lo que empezó a urdir su plan de ataque. Primero quiso usar una droga que hiciera depender a la gente de su consumo, eso generaría un desorden social, algunos se dedicarían a vender clandestinamente y otros a producirla. ¡Así había sido antes de la maldita reforma de la humanidad! —se decía a sí mismo—. El problema era que la dependencia a las drogas no se combatía, por el contrario, una ocasión se anunció que si alguien deseaba obtenerlas lo podía hacer de forma gratuita o con la ayuda de las organizaciones formadas con ese fin. Las consecuencias fueron fatales para el negocio por que se vio morir a mucha gente y el entonces joven Vratislav Liubov dijo que se estaba matando, de forma muy cruel a las personas. Voz encontró eco en la sociedad y se decidió suspender las ayudas. Otros aspectos que influyeron en ese fenómeno fue que la gente se había drogado siempre para huir de sus desgracias y la sociedad ya podía proporcionarle a cualquier individuo condiciones de vida óptimas para trabajar, amar, viajar, vestir y comer, y resultaba un poco ilógico buscar en los viajes, bajo en efecto de los estupefacientes, una escapatoria a las frustraciones. Los objetivos en la vida ya no eran el dinero, la fama, la promiscuidad, la religión, la política, sino tener relaciones en armonía con las demás personas. 

James Alter también pensó en la guerra, que era el motor del progreso desde la antigüedad, incluso estaba escrito en el Antiguo testamento en el enfrentamiento entre los verdaderos hijos de Dios y los otros pecadores y disidentes. Repasó los principios que llevaron a la intervención bélica en el siglo XX y descubrió que el chivo expiatorio de aquel tiempo eran los judíos. Lo habían empleado los dos bandos en conflicto. El secreto estaba en etiquetar a un grupo social o una raza como infieles o herejes y era razón suficiente para torturarlos, matarlos e incinerarlos o emplearlos como esclavos en las condiciones más crudas. Adolf H los acusó de querer gobernar el mundo a través de su control cultural, religioso y, sobre todo, económico y empezó su exterminación. Si la gente siempre había hecho lo mismo en aras de una vida más próspera, ¿por qué no hacer lo mismo?

El cáncer de la sociedad era Vrat-lov y le acusaría de posesionarse de la gente. Le daría características de demonio y, lo tildaría de conspirador. Reclutó personas ambiciosas que quisieran la violencia, que desearan hacerle culto a la personalidad a un verdadero líder y, sobre todo, que pensaran que eran elegidos y privilegiados por alguna característica física, de su forma de pensar o, simplemente, por ser ellos mismos. Se relacionó con ingenieros, sociólogos, religiosos, políticos y todo tipo de personalidades extintas en la sociedad moderna. Le costó mucho encontrarlos, pero buscando en los lugares más recónditos de la tierra encontró ex políticos que habían sido acusados en su tiempo de corrupción, militares dictadores que habían usado la tortura como medio de control, millonarios resentidos que seguían soñando con el control de las empresas de ropa, servicios, transporte, medicamentos y demás. James sabía que lo más difícil sería empezar, luego tendría partidarios que se encargarían de ir convenciendo a sus allegados para comenzar un movimiento nunca visto en la historia y las cosas volverían a ser como antes.

Salió de su casa y se dirigió al centro, no podía soportar que la gente realizara labores sin percibir una compensación económica. En las tiendas la gente cogía estrictamente lo necesario, sin abusar del consumo ni dejarse llevar por la adicción de la compra. Todo mundo tenía sus horarios establecidos, si alguien a última hora no podía cumplir con sus compromisos laborales, siempre había voluntarios que con gusto ocupaban su puesto. Los jefes eran orientadores sociales que hablaban de la optimización de las cosas. Se prescindía de los robots porque la gente quería seguir conviviendo entre ella y las máquinas inteligentes se usaban sólo para trabajos duros o altamente intelectuales. Se había establecido por decreto que la tecnología se empleara sólo en beneficio del hombre sin crearle dependencia o perjuicios.

Después de su largo paseo, James Alter decidió tomar medidas más drásticas y reunió a un grupo de especialistas en genética para modificar algunas características del humano. Les pidió que inventaran un mecanismo por medio del cual, las personas sintieran odio, egoísmo, crueldad, avaricia y se opusieran al razonamiento. No tardaron en obtenerse los resultados positivos y se diseñó un ser con fuerza física, belleza exterior, alto nivel de razonamiento, pero inmune a los sentimientos nobles como el amor, el cariño, la solidaridad y la comprensión. Esas nuevas personas comenzaron a apoderarse de las fábricas y las empresas que abastecían la energía eléctrica y la información. Llegado el día del complot se prohibió que se repartiera la comida de forma gratuita y exigieron que se aceptara una nueva moneda para adquirir alimentos y servicios. La prensa comenzó a emitir artículos de opinión en los que incitaba a la gente a que pensaran en los beneficios de la propiedad privada.

Todo ser humano—decían con insistencia cada minuto—tiene derecho a poseer riqueza, acumularla, controlar la fuerza de trabajo y decidir quién debe laboral para él. Por lo tanto, se decomisa la producción ganadera y agrícola, a partir de hoy, se decidirá qué personal debe laborar en la industria de bovinos, porcinos y aves. Habrá varias empresas encargadas de la elaboración de carnes para su venta y se privatizarán los centros comerciales, se dará concesiones a las empresas de comida rápida y nadie podrá consumir en otros sitios que no sean a pago. Se anulan las óptimas condiciones de trabajo y a partir de la medianoche de hoy será necesario firmar contratos para arrendar la fuerza de trabajo, se implantarán condiciones de horario y el impuesto del seguro médico será descontado de los sueldos. Está muy mal que se mantenga un óptimo cuidado de la salud y no se cobre por dichos servicios. Todas las farmacéuticas tendrán que invertir dinero en la investigación y deben dedicar una parte de su presupuesto a la generación de virus para las pandemias de las regiones donde se divida la influencia de las diversas compañías elaboradoras de medicamentos. Habrá una encargada para África, otra para Asia y el Pacífico, una más para Europa, Arabia y Sur América. Cada consorcio tendrá de uno a diez dueños y estarán obligados a registrar sus acciones en la bolsa porque es imposible crear crisis económicas que permitan el enriquecimiento de los privilegiados. Los hombres se degradan si no tienen un objetivo económico primordial en su vida.

En la actualidad—continuaban— nadie se preocupa por nada y todos pasan demasiado tiempo en compañía de sus familiares o amigos. No está bien que la gente conviva en armonía, es necesario marcar las fronteras entre las personas. Si alguien puede tener más, debe manifestárselo a los demás y someterlos a su voluntad, debe causarles envidia y deseo de superación. La competencia es lo único que ayuda al desarrollo. La economía es el único motor del progreso. Si en la actualidad un científico obtiene sin esfuerzo una casa, transporte, descanso, asesoría y condiciones óptimas de trabajo, porque no hay un elemento que pueda evaluar esos gastos, debemos, exigirnos impedírselo y crearle condiciones desfavorables para que sienta la necesidad de trabajar por algo. Se deben establecer academias que reconozcan y premien a los científicos destacados, se debe crear un ambiente de competición para que los incapaces sean excluidos de las carreras de investigación. Además, los más destacados estudiosos de la ciencia deben estar del lado de los dirigentes y no del pueblo. El conocimiento no debe ser gratuito de ningún modo. Debe costar dinero y estar protegido de la plebe.  Es necesario que las instituciones religiosas vuelvan a tener prioridad y sean representantes de dios en la tierra. Se les debe garantizar una economía solvente para que tengan poder y lujos y, además puedan decidir cuáles son las sendas por las cuales deben seguir las políticas bélicas o económicas.
Por desgracia, los esfuerzos de James Alter no dieron muchos frutos y sus seguidores eran muy pocos, sin embargo, encontró algunos partidarios que le propusieron tácticas de rápido avance para alcanzar sus objetivos. Un ejército especial comenzó, con técnicas de asalto, a ocupar los puntos estratégicos de producción y comunicación. Se apoderaron de las sedes de la educación, los puntos principales de distribución de alimentos, los hospitales, los medios de transporte y las instituciones encargadas de los medios de comunicación. Pronto se establecieron las fronteras de las nuevas naciones. Se creó una organización universal para la solución de conflictos y una comisión que debía decidir qué zonas del planeta serían más fructíferas y privilegiadas. Se eligieron los nuevos mandatarios y para atacar a la no resistencia se declaró una gran guerra contra los herejes, que en este caso eran las personas que se negaban a reconocer la violencia como único medio de resolución de los conflictos.

Se declaró ante el mundo que había muchos enemigos de los estados recién formados y se comenzó un gran genocidio. Murieron millones de personas pacíficas en las reservas destinadas al exterminio. No fue posible provocar una respuesta armada por parte de las víctimas porque seguían empeñados en predicar su cancerígena teoría de la no violencia, a pesar de que se les abasteció de armas. El éxito de esa estrategia fue que, al proponerles lo que iba en contra de sus principios según ellos, daban motivo para que se les acusara de renegados. Sabían que ningún insurrecto tomaría las armas y que preferirían morir antes que atentar contra las vidas ajenas, incluso si esos seres eran tan violentos como los nuevos hombres creados por los científicos de James Alter.

La población se redujo en un treinta por ciento después de la gran matanza y se anunció una moratoria porque hubo un problema en la producción de armamento y equipo de exterminación. Se prohibió el desplazamiento libre por los países y se implantaron cuotas para todo: uso de aeropuertos, pasajes, alojamientos, etc.  La exportación de productos, la enseñanza, la adquisición de vivienda y la vida comenzaron a ser reguladas por los gobiernos y volvió todo a la normalidad.

Vrat-Lov estaba recluido en una zona de seguridad. Había más presos con él y estaba incomunicado del mundo. Nadie sabía de su paradero, pero gracias a la buena voluntad de muchos de sus partidarios fue posible recibir sus mensajes exhortando a la gente a resistir hasta el final. Tarde o temprano—decía en sus comunicados secretos—se descubrirá la forma de volver a esos hombres a la razón. Dios está dentro de todos nosotros y si nos guiamos por la ética, el amor y la buena voluntad del buen espíritu humano, lograremos superar este duro período de nuestra historia. Según las personas más allegadas a Vlad-Lov su salud era muy mala y sus carcelarios hacían todo lo posible por empeorarla. No le daban bien de comer y lo sometían a duras pruebas físicas que le habían provocado una fuerte anemia. El líder de la humanidad seguía resistiéndose hasta el final. Su apariencia era la de un perro desnutrido y ya se estaba organizando una fiesta mundial para festejar su caída.

Murió sin pronunciar palabra. Con un gesto tranquilo y una mirada de esperanza. Lo enterraron en un lugar alejado de la ciudad y se tomaron todas las medidas necesarias para que nadie supiera donde descansaban sus restos. En su último mensaje a la población Vlad-Lov había dicho que estaba cerca la solución. Que los partidarios de James Alter habían modificado el ADN de las personas para que surgiera el odio sin motivo alguno. Eso representaba un gran peligro, pero los especialistas ya tenían un antídoto y lo emplearían pronto. Se distribuyó con rapidez y los planes de Alter no lograron cumplirse hasta el final.

Se aisló a los inconformes y se trató de curarlos. A James Alter le hicieron varias propuestas para que aceptara la paz como única mediación y al negarse se le proporcionó una isla completa con el personal que se encargaría de mantenerlo en buenas condiciones físicas y mentales, se puso a su disposición un cuerpo completo de expertos en filosofía, se le dio todo lo que requería, sin embargo, no estaba contento con el resultado de su lucha y entre más se le ayudaba, menos quería colaborar. Escribió sus memorias y un día amaneció ahorcado en una palmera a la orilla de la playa. Había una nota en la que declaraba abiertamente su rechazo a la sociedad. Argumentaba que la única y verdadera forma de desarrollo es el control de la economía, el alquiler y renta de la fuerza de trabajo, la limitación política y religiosa de las naciones. La producción de armamento para enfrentar a las naciones, la producción de estupefacientes para mantener el movimiento de los capitales y clasificar a la gente no por sus sentimientos y capacidad de amar, sino por el tamaño de su ego.

jueves, 14 de diciembre de 2017

El dogma de María Espe

Le dijeron que se fuera, que ya era libre y que tuviera cuidado para no volver a cometer su gravísimo error. No sabían nada de su vida, pero era inútil argumentar nada porque se sobre entendía, según su criterio, que ella era la que había provocado la situación. Comenzó a vestirse y sacó de un escondite el poco dinero que le había podido ocultar al “Costras”, el proxeneta que controlaba el tugurio. Se vistió y se fue. Bajó por las escaleras y salió del edificio. La luz del día la dejó tan deslumbrada como su nueva condición, se comparaba con una de esas criminales que después de cumplir su condena salen en libertad y no saben a dónde dirigirse. Ella había pagado una condena impuesta y su delito había sido encontrarse en un lugar inadecuado y ser guapa. En su claustro se había imaginado mil veces ese momento de fuga, la escapatoria sería como en las películas de acción, lo había saboreado en sueños, sin embargo, no esperaba que fuera tan absurdo, simple y reconfortante.

Se le fue cayendo la escoria que tenía adherida al cuerpo, la mugre que le habían embarrado las manos de los hombres se diluía como si fuera espuma de jabón. Su espíritu inquebrantable se fue limpiando con el aire hasta lograr un brillo angelical. Una revelación, en esos instantes de angustia que no le habían faltado en su cautiverio, le había augurado un nuevo camino y estaba haciéndolo como en la canción: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”  Y ¿los golpes? —preguntó a un interlocutor inexistente—. Vaya que si se los habían dado. La separaron de la familia, luego le cubrieron el rostro de fango para que sus parientes no la reconocieran, mancharon su honor, su dignidad humana y recibió el desprecio de la gente, hasta el más vil se sentía con más derechos que ella, por último, le quitaron las escrituras de su cuerpo y quedó despojada de todo lo que tenía, le quedaron sólo la voluntad y la esperanza.

Vino en su auxilio la resignación que se le presentó como una mujer imaginaria, etérea con una aureola rodeándola, con el aspecto de una madre comprensiva que le cantaba canciones y le contaba historias por la noche. Era una dama que más parecía monje por su pelo recogido y su túnica blanca de percal. Se imaginó por un momento a sí misma con esa apariencia y decidió que tendría que enseñarle algo a las mujeres para que no tuvieran que recorrer el espinoso camino que le había tocado a ella en suerte. Sintió el intenso deseo de ganar dinero con un trabajo honesto, pero la mala experiencia que había tenido durante siete años de explotación sexual la obligaron a desistir. Iba con la cabeza baja, oprimida por la vergüenza que la doblegaba y le impedía ver a la gente, sin embargo, su cuerpo era como el de una planta que ha pasado con enormes esfuerzos la sequía y recobra la forma gracias a la brisa de una lluvia frustrada. Esa agua bendita salada que le bajaba por la frente y le mojaba los sobacos era como un chapuzón en el río frente al Bautista que la recibía en un nuevo mundo.

Llegó a la casa de su tía. En ese momento no estaba y una de las vecinas le preguntó qué quería. Al enterarse de que era María Esperanza, le ofreció un café y le dijo que no tardaría su parienta, que todos los días a las dos y media de la tarde salía a comer con su amiga Nacha en el mercado. Por lo regular, volvía alrededor de las cinco de la tarde. Así fue, después de escuchar todas las historias de la vecindad, sonaron unos pasos apresurados. Es ella—le dijo la amable y curiosa Petra—, ahí la tiene en carne y hueso. Salió y saludó a su tía que no la reconoció en absoluto, pues la había visto de pequeña y después de veinte años le era imposible relacionarla con aquella escuálida niña de piernas largas y pelo azabache rizado. Le miró los ojos tratando de descubrir en su mirada la honestidad, tardó mucho tiempo haciendo deducciones. La aceptó sólo después de que le refiriera detalles sobre su madre, o sea Josefina su hermana. Al final la invitó a pasar a su casa y se disculpó por lo pequeño y oscuro de la habitación. Era su única pertenencia porque había decidido quedarse con la habitación más pequeño para rentar los otros cuartos mejor condicionados y más amplios. “No necesito mucho en esta vida para sobrevivir”—decía con alegría cuando les cobraba la módica renta a sus tres inquilinas que se habían ido quedando solas como ella.

“Prefiero cobrarles poco—le dijo a María pasándose la lengua por las encías—, pobres mujeres, apenas tienen en qué caerse muertas, hija”. Le cedió el diván para que durmiera y le dijo que no tenía refrigerador, así que las cosas que comía en la casa eran los que podían durar más como las galletas, las tortillas de harina, café y uno que otro bolillo con algo dentro. María sonrió y dijo que pronto le ayudaría a mejorar su condición, que no tenía pensado regresar al norte del país con sus hermanos y que quería hacer algo importante por la comunidad. A las preguntas de qué era eso de “algo importante”, María no daba respuestas y provocó que la señora Teresa frunciera el ceño sin saber qué hacer porque, por un lado, la asaltaba la desconfianza, pero por el otro veía la seguridad en su sobrina. “Esta tiene un espíritu muy fuerte—se dijo oyendo su voz interior que no le temblaba como la real y era más clara y potente—, seguro que no hará nada malo. María no le decía más que unas cuantas palabras sin sentido y la vieja se aburría.

A la mañana siguiente salió envuelta en uno de los vestidos sencillos de su tía. Era como el de las inditas que venden sus tortillas en canastas y se esconden debajo de sus trenzas cuando sienten la mirada de un hombre en celo. Ella tenía porte, por eso la comenzaron a comparar con una artista famosa y le pusieron de apodo el apellido de la actriz. “Mira, ahí va la Félix—decían algunas señoras chismorrientas. Pasó por un lugar del que salían voces de furia, se asomó y la curiosidad la llevó a pararse en medio de una trifulca verbal entre una señora de unos cincuenta años y una joven. Se estaba organizando una marcha de protesta por la gran cantidad de feminicidios de las últimas semanas. Había fotos de las víctimas pegadas por todas partes. María escuchó sin inmutarse y en un momento de silencio dijo que la estrategia que iban a tomar no iba a dar resultado. Una curiosa que la alcanzó a oír se le acercó para preguntarle por qué decía eso, y si tenía otra solución. María se dio la vuelta y se salió, pero en el trayecto la mujer le preguntó con más determinación. La cogió de una de las mangas de su vestido y le pidió, amenazándola, que desembuchara. María sólo dijo que, si esa solución diera resultado, toda la gente que protesta obtendría lo que pide. No dijo más y se fue. Quedó la intriga en la cabeza de la mujer que volvió a su sitio y continuó escuchando la discusión hasta el final.

Todos los días, la señora Aurora le regalaba una azálea cada vez que la veía. “No crea que se la regalo para que me haga publicidad—decía con una sonrisa sarcástica—, María, se la doy pa´que les diga a todos en donde la consiguió. Llévesela y póngasela en el pelo y, así, le luzca más el peinado”. María se la ponía en el lado izquierdo y se iba sonriendo bajo la mirada protectora de la vendedora de flores que pensaba que esa indefensa flor era un amuleto que la protegería de los ataques de alguna bestia lujuriosa.

Una tarde María volvió a pasar por el patio donde se habían reunido las mujeres para organizar su marcha de protesta. Al reconocerla la mujer que había hablado con ella, corrió a su encuentro. “Usted tenía razón señorita, no nos sirvió de nada salir a pegar de gritos. Lo único que conseguimos fue que nos echaran a los granaderos y hasta nos violaran. ¿Por qué no viene y nos dice qué hacer? María quería seguir su camino, pero pronto se vio subida en un entarimado mal puesto con todos los ojos clavados en ella. “Esta mujer fue la que me dijo que íbamos a fracasar, que así no se hacían las cosas. ¡Pidámosle que nos oriente! ¡Algo ha de saber! María no tenía la mínima idea de lo que se esperaba de ella, pero no le quedaba más alternativa que abrir la boca.

“Miren, con gritar no sacan nada y sólo provocan la furia de los hombres. Deben cambiar de actitud—Tuvo la intención de alejarse, pero la detuvieron las preguntas—. Sé por experiencia que si quieres sacar algo de un hombre debes urdir artilugios más sofisticados y no unas simples mentadas de madre. Hay que usar la intuición y la cabeza. Con el corazón lleno de rencor no se llega a ninguna parte”. Sí—le dijo una de las representantes—, Pero, tú ¿qué harías? María se quedó pensando un poco y luego habló.

Creo que las cosas están mal en general. ¿Alguien se ha preguntado por qué los hombres abusan de las mujeres? —se oyó todo tipo de opiniones, pero ninguna era convincente—. Me parece que nadie ha pensado en que los hombres no son criminales por vocación. ¿No será que la sociedad los hace así? ¿No será que tienen tantos problemas que su desesperación los lleva a convertirse en violadores y asesinos? La escuchaban con atención y no podían dar crédito a sus palabras. Empezó de nuevo la agitación y las peleas. Hubo quien sin poder controlar su enfado comenzó a golpear a sus compañeras. María salió y se prometió no volver a pasar por allí. Cuando se calmaron los ánimos y se notó la ausencia de la mujer que había provocado el alboroto, unas jóvenes se pusieron de acuerdo para buscar la dirección de la señora de la flor en la cabeza y preguntarle más cosas. Habían sentido algo especial en su forma de hablar. “Era—decían—como si hubiera tenido que librar cientos de batallas y las hubiera vencido. Tiene equilibrio emocional y es muy segura”. Comenzaron a preguntar por ella y rápidamente les dieron referencias.

Esa noche María habló con su tía de cosas tan superfluas como las comedias de la televisión o los chismes que circulaban por el barrio. Acostada y a punto de dormirse vio algo que la sorprendió. Era un monedero viejo que se había llevado de la casa de citas en la que la tenían de esclava. Pertenecía a una chica que había tratado de fugarse y la habían asesinado. Era como si se hubieran deshecho de una basura—pensó con tristeza—. Recordó los momentos que compartió con ella y sus palabras volvieron a entonarse en esas noches en vela que les tocaba hacer guardia a la espera de que algún cliente borracho llamara y solicitara sus servicios. “La mujer—decía Dolores—tiene una función en la naturaleza. Debe preocuparse por mantener vivas dos cosas: la especie humana y el amor maternal”. A pesar de lo simple de los conceptos, habían tratado muchas veces el tema dejando volar su imaginación, razonamiento y sentimientos. Era verdad, pensó, siendo un animal racional, el hombre necesita el sexo para reproducirse, las madres necesitan amar a sus vástagos para que sobrevivan y continúen creciendo. Es fácil, ¿cómo pueden cosas tan elementales olvidarse en aras del dinero e intereses religiosos o políticos?

Se durmió con esa pregunta dentro de la cabeza y al despertar al mediodía se dio cuenta de que algo en ella había cambiado. Se sentó con su tía a tomar café y sintió que su cuerpo sufría una transformación. Se lo dijo su tía Teresa. “Te ves muy cambiada, el descanso te ha hecho bien. Venías hecha una gata callejera y ahora te ves como una gran Velázquez. Eres la misma foto de tu madre. ¿Sabías que tu padre me pretendía a mí? No me lo podía quitar con nada. Andaba de aquí pa´llá tratando de convencerme, pero yo tenía miedo de que después de que me poseyera, se marchara el muy desgraciado. Ya ves lo que pasó. Un día vio a tu mamá, cuando llegó a la ciudad para quedarse con nosotras, tu tía Gertrudis y Ana. Fue todo rapidísimo. Nada más verla, se enamoró como loco daba vueltas por la casa día y noche como un perro en brama. Le prometió matrimonio y le cumplió, el muy maldito, perdón que me refiera así de él, pero es que ya me tenía acostumbrada a sus piropos y bromas tontas y, ya ves cómo somos las mujeres, que decimos a todo que no, pero llegada la hora…Bueno, luego nació Paco, José Imelda, Gertrudis, Ana, Luisa y tú, la más pequeña. Llegaste en buen tiempo, porque tus hermanos ya eran más o menos independientes. Si hubieras visto las cosas que sufrieron Paco y José para ayudar en la casa. En fin, todo eso ya lo sabes y no hago más que despertarte recuerdos que, a lo mejor no quieres tener.

María se sonrió y Teresa le dijo que se veía muy bonita, que se cuidara y que se viera en el espejo para arreglarse el peinado. María salió a comprar algo para comer, pero se le olvidó que no tenía que pasar por el patio donde discutía la comunidad de mujeres. Sintió un poco de nerviosismo porque no sabía qué podría decir si la seguían hostigando con sus preguntas. No encontró a nadie, pero más adelante le salieron al encuentro las jóvenes que se habían quedado con la duda. La saludaron y le pidieron que hablara con ellas. Les contó un poco de su vida, no entró en los temas comprometedores por precaución, y de pronto, una joven con la voz de su amiga Lola le preguntó qué quería decir con sus críticas que hacía en las reuniones. Quiso responder que no iba a las reuniones, que no le interesaba y que le daba gracias a dios de que la escoria con la que había salido del prostíbulo, se le había ido cayendo en sus paseos por las calientes aceras del barrio. Sin poder contenerse repitió las palabras de su fallecida amiga: “El principio básico de una mujer es conservar la procreación y el amor incondicional”. La respuesta fue un grito de asombro e inconformidad. ¿Cómo puedes pensar eso? —le espetaron gritándole con mucha fuerza—. No hay otra solución. Es difícil de entender, pero esa es la verdad. Ya no quisieron seguir oyéndola y se sumieron en una discusión muy acalorada. Cuando se calmaron un poco, María ya no estaba. Se fueron discutiendo con menos énfasis y Silvia, una chica con mucho carácter, pero muy racional, tuvo una revelación muy simple. Se fue pensativa a su casa y en la siguiente reunión propuso que se llamara a la Félix para enarbolar la lucha. “Ella puede hacerlo, dijo con determinación Silvia. No podemos perder este momento. Ella nos guiará. Estoy segura de que sabe por donde ir”. Se pusieron de acuerdo para convocarla y proponerle que fuera la representante del Movimiento en Favor de las Madres Traicionadas. 

Por su parte, la germinación de la semilla de lucha se había depositado en el vientre de María y crecería a unas dimensiones inesperadas. Caminaba con tranquilidad, pero muy meditabunda. Ya no llevaba su flor y su sonrisa no era natural porque, aunque descarnaba los dientes, sus ojos echaban unos rayos parecidos a los previos a una tormenta. Llegó por su propio pie y se sentó en la fila de atrás. La llamaron de inmediato para que se votara por ella como representante de la organización. Con excepción de algunas damas, las demás levantaron la mano. Su primer discurso fue muy modesto y sólo se comprometió a expresar sus ideas sin tratar de imponerlas. Ya serían las demás quienes decidieran.

Hablaba usando parábolas y cuando se refería a Lola, decía: “Mi maestra me enseñó que…”. Poco a poco su voz comenzó a ser importante. Después de las discusiones de la segunda reunión, María dijo que para entender al enemigo había que conocerlo, por eso se invitó a una socióloga, una filósofa, una economista, y a un padre de la iglesia para que respondieran a los cuestionarios que cada semana elaboraban. Primero, descubrieron cuales era las condiciones sociales y económicas que provocaban en los hombres resentimientos contra la mujer. Después repasaron los preceptos indicados en la Biblia y, por último, recurrieron a la psicología para saber cuál era el cuadro de los asesinos en serie.  Todas se sorprendieron cuando la socióloga dijo que, si todos los asesinos de mujeres fueran seriales, ya no habría una sola mujer, lo cual indicaba que los homicidas eran circunstanciales y nunca planeaban sus crímenes hasta que se les presentaba la ocasión. Empezaron a determinar cuáles eran los factores psicológicos que destacaban en esos individuos. Se vio que la condición social influía, pero que no era determinante. Por último, se analizó la conducta de la mujer y sus preceptos. Se reunió toda la información y se llamó a la famosa abogada que encabezaba la organización más grande de lucha contra el feminicidio.

“¿Entiende, señora Adelaida, que nuestra organización se basa en dos principios fundamentales? Son la conservación del derecho a la procreación y el desarrollo de condiciones para que el amor maternal sea un sentimiento que evite el odio del hombre hacia la mujer. Eso traerá como consecuencia una reestructuración de la sociedad y un cambio en la interpretación de la religión”.

Adelaida Martínez dijo que estaban locas y que la lucha jamás tendría éxito en caso de llevar ese plan tan descabellado a la práctica. Así apareció la primera enemiga del movimiento “Ámame de verdad, no te pido dinero, ni matrimonio, sólo amor sincero”. El fundamento de la causa—decía María— era que no hay nada más fuerte que el amor. Los hombres podrán abusar de las mujeres, pero no las matarán porque recibirán comprensión, cariño y amor; un amor sincero, sin resentimiento, sin condiciones, sin reproches. Lo único que se les pedía era que las amaran a ella también. Se explicó mil veces que el amor sólo puede crear amor y el odio sólo odio, por lo que era mejor no oponer resistencia y amar de verdad para que el abusador sintiera remordimientos al maltratar a alguien que lo amaba. Era difícil comprenderlo al principio, pero las mujeres del grupo que estaban casadas cambiaron su actitud hacia los maridos y estos se apaciguaron. “Ya no me pega—decían unas—, antes era violento y cascarrabias y ahora hasta se pone a lavar la vajilla y hace la comida”. En la práctica resultaba más sencillo que en la teoría porque al no encontrar resistencia, los hombres se amansaban y perdían empuje, rencor y furia, al grado de que empezaron a manifestar su amor con flores y todo tipo de regalos. Las mujeres aceptaban por compromiso, pero decían que las cosas materiales no importaban en absoluto, que la mujer y el hombre, desde los tiempos de Adán y Eva, había vivido el uno para el otro y que esa era la voluntad celestial. En las duras y las maduras; en las buenas y en las malas, lo importante era sentir el don más grande que tenía el ser humano.

 De inmediato reaccionó el gobierno argumentando que las mujeres llevaban a la sociedad hacia la legalización de la prostitución, la iglesia dijo que Dios estaba enfadado y que caería la lepra, la sífilis y la gonorrea en todas las personas que se dejaran llevar por la perversión que pregonaban las brujas del siglo XXI. Las empresas encargadas de motivar el sentimiento machista de la población tuvieron que acudir a los mejores especialistas para saber si podrían enfrentar los cambios del mercado con nuevos productos. Las organizaciones de personas con orientación sexual alternativa no entendían cuál era el objetivo de esas mujeres locas y se manifestaron para que se les aplacara. Hubo varias represiones, pero la idea ya había cuajado.

Las marchas organizadas por la madre María Espe, como la llamaban ya, eran enormes y las mujeres comenzaron a portar un aplaca con la leyenda del ámame de verdad. Las mujeres seguían muy temerosas porque no se podía garantizar al cien por ciento la seguridad y los asesinatos seguían, no obstante, pronto se hizo un conteo que vomitó una cifra sorprendente. En seis meses, el nivel de crímenes había bajado en un diez por ciento y los matrimonios se habían incrementado. También aumentaron, las uniones libres y las reconciliaciones de parejas divorciadas. El fenómeno comenzó a preocupar a las organizaciones delictivas que vieron que su negocio de prostitución, la venta ilegal de armas y las drogas eran inútiles. Nadie quería amar sin pasión real, nadie quería ocultar sus verdaderos sentimientos. Los hombres se acercaban a las mujeres que les gustaban y estas les pedían sólo amor y nada más que amor. Si después de la relación el hombre decidía irse con otra, tenía todo el derecho de hacerlo, pero si no lo deseaba, podía quedarse sin ningún problema, lo que daba como resultado que hubiera un matrimonio sano y para mucho tiempo. En la práctica muchos hombres vieron una posibilidad de libertinaje y creían que podían abusar de quien se les antojara, pero cuando las mujeres que elegían les robaban el corazón, ya no podían seguir denigrando a otras mujeres porque encontraban a alguien de quien no podían prescindir.

Se tramó un complot. Matarían a María Espe por insurrecta, por fomentar el desorden de la sociedad y la desobediencia de las normas milenarias. Adelaida Martínez habló con el representante de una organización delictiva y le pidió permiso al primer mandatario para que no se impidiera ejercer la justicia por la propia mano. Del atentado se supo rápido y se le previno a María, sin embargo, ésta dijo que no tenía miedo, que su maestra había fallecido así, a manos de los traidores, y que su destino era el de seguir a su iniciadora para unirse con ella en el paraíso.  Ella me mostró la luz—decía públicamente—sé que pueden acabar con mi cuerpo, robarme mis pertenencias, quitarme la ropa, mancharme de porquería, ultrajarme, someterme, herir mi amor propio y ultimarme, pero mi luz interior jamás será apagada porque se ha propagado el amor que nos acompaña, la esencia inherente de la maternidad y la bondad santificada en nosotras. Mis sucesoras ya están aquí, muy cerca y continuarán con la tarea que mi iniciadora nos mostró.

Ven aquí asesino, me entrego a ti indefensa, sin prejuicios, sin rencor, libera mi espíritu para que pueda reunirme con mi maestra. Ella sufrió esperando ver este día y a través de mis ojos lo puede ver y disfrutar ahora. Después de ella las cosas no serán jamás iguales. La humanidad comprenderá que lo esencial en la vida es manifestar el sentimiento más puro. La mujer en cuerpo es sólo un instrumento, se le debe conservar y respetar porque su tarea es importante, sin embargo, vale por su interior y esencia, por su significado religioso, natural, social y sagrado. Ese respeto generará el amor puro para el amante, el marido, el hermano y el hijo. No existe nada semejante al amor maternal. No traten de imitarlo, hombres extraviados y ciegos, cumplan su función natural que es proporcionar la seguridad emocional, física, intelectual, económica y religiosa, si lo desean así, pero no traten de ser madres, jamás lo lograrán hasta el final, pues su parte biológica, tarde o temprano saltará como un resorte en un colchón viejo.

Sólo la mujer lo posee. Amen como hombres de verdad, como seres que se preocupan del bienestar de su especie, de su alma y no destruyan lo que por decisión divina se puso a su lado. Suden y gánense el pan, la mujer estará siempre junto a ustedes y les consolará en el dolor y el sufrimiento, los amara en la bonanza, les creará a sus hijos y les dará de comer, aunque tenga que quedarse con hambre. De ella aprenderán el cariño y el deseo de formar una familia unida. Olviden los prejuicios sociales, religiosos y políticos. Somos pareja desde tiempos ancestrales. Nadie podrá separarnos, por más argumentos hermosos que inventen. Seamos parte de la naturaleza, del universo que Dios creo para nosotros. Que no les engañen con cuentos de hadas y las innovaciones tecnológicas. Opérense, cambien de aspecto físico si quieren, engendren si la ciencia lo permite y si logran meter en un microcircuito el sentimiento maternal, háganlo y pónganselo a quien deseen, lo importante no es la forma sino el objetivo. El amor puede con todo. Si nace, crece y germina, no habrá fuerza en el universo que lo pueda contener.

Esas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar porque un hombre disfrazado de mujer la atiborró de plomo disparándole a quemarropa con una metralleta. Se efectuó un sepelio, se erigió un monumento en su memoria y el gobierno expresó su más sentido pésame. Unos meses después todo volvió a la normalidad. La señora Adelaida Martínez obtuvo la aprobación de su partido femenino para provocar la repulsión hacía los hombres, el gobierno siguió eligiendo mandatarios misóginos, la iglesia impuso la confesión y algunos sacerdotes siguieron con sus abusos sexuales a menores de edad, el país vecino anunció el indulto a las sanciones que había establecido por la rebeldía y amenaza contra la humanidad, las organizaciones en pro de los matrimonios libres prosperó y se dividieron los grupos de matrimonios masculinos con niños adoptados y las uniones de mujeres con la adopción de las niñas. La gente seguía su vida normal y el país cada mes anunciaba un nuevo logró social y económico. Bajó el PIB, empezó una incontenible inflación y aumentó el desempleo, los crímenes seguían anunciándose en la prensa; pero en un patio cerca de la casa de María Espe, Silvia convocó una reunión urgente para reunir a todas las activistas del grupo “Sólo te pido amor”.