jueves, 14 de diciembre de 2017

El dogma de María Espe

Le dijeron que se fuera, que ya era libre y que tuviera cuidado para no volver a cometer su gravísimo error. No sabían nada de su vida, pero era inútil argumentar nada porque se sobre entendía, según su criterio, que ella era la que había provocado la situación. Comenzó a vestirse y sacó de un escondite el poco dinero que le había podido ocultar al “Costras”, el proxeneta que controlaba el tugurio. Se vistió y se fue. Bajó por las escaleras y salió del edificio. La luz del día la dejó tan deslumbrada como su nueva condición, se comparaba con una de esas criminales que después de cumplir su condena salen en libertad y no saben a dónde dirigirse. Ella había pagado una condena impuesta y su delito había sido encontrarse en un lugar inadecuado y ser guapa. En su claustro se había imaginado mil veces ese momento de fuga, la escapatoria sería como en las películas de acción, lo había saboreado en sueños, sin embargo, no esperaba que fuera tan absurdo, simple y reconfortante.

Se le fue cayendo la escoria que tenía adherida al cuerpo, la mugre que le habían embarrado las manos de los hombres se diluía como si fuera espuma de jabón. Su espíritu inquebrantable se fue limpiando con el aire hasta lograr un brillo angelical. Una revelación, en esos instantes de angustia que no le habían faltado en su cautiverio, le había augurado un nuevo camino y estaba haciéndolo como en la canción: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”  Y ¿los golpes? —preguntó a un interlocutor inexistente—. Vaya que si se los habían dado. La separaron de la familia, luego le cubrieron el rostro de fango para que sus parientes no la reconocieran, mancharon su honor, su dignidad humana y recibió el desprecio de la gente, hasta el más vil se sentía con más derechos que ella, por último, le quitaron las escrituras de su cuerpo y quedó despojada de todo lo que tenía, le quedaron sólo la voluntad y la esperanza.

Vino en su auxilio la resignación que se le presentó como una mujer imaginaria, etérea con una aureola rodeándola, con el aspecto de una madre comprensiva que le cantaba canciones y le contaba historias por la noche. Era una dama que más parecía monje por su pelo recogido y su túnica blanca de percal. Se imaginó por un momento a sí misma con esa apariencia y decidió que tendría que enseñarle algo a las mujeres para que no tuvieran que recorrer el espinoso camino que le había tocado a ella en suerte. Sintió el intenso deseo de ganar dinero con un trabajo honesto, pero la mala experiencia que había tenido durante siete años de explotación sexual la obligaron a desistir. Iba con la cabeza baja, oprimida por la vergüenza que la doblegaba y le impedía ver a la gente, sin embargo, su cuerpo era como el de una planta que ha pasado con enormes esfuerzos la sequía y recobra la forma gracias a la brisa de una lluvia frustrada. Esa agua bendita salada que le bajaba por la frente y le mojaba los sobacos era como un chapuzón en el río frente al Bautista que la recibía en un nuevo mundo.

Llegó a la casa de su tía. En ese momento no estaba y una de las vecinas le preguntó qué quería. Al enterarse de que era María Esperanza, le ofreció un café y le dijo que no tardaría su parienta, que todos los días a las dos y media de la tarde salía a comer con su amiga Nacha en el mercado. Por lo regular, volvía alrededor de las cinco de la tarde. Así fue, después de escuchar todas las historias de la vecindad, sonaron unos pasos apresurados. Es ella—le dijo la amable y curiosa Petra—, ahí la tiene en carne y hueso. Salió y saludó a su tía que no la reconoció en absoluto, pues la había visto de pequeña y después de veinte años le era imposible relacionarla con aquella escuálida niña de piernas largas y pelo azabache rizado. Le miró los ojos tratando de descubrir en su mirada la honestidad, tardó mucho tiempo haciendo deducciones. La aceptó sólo después de que le refiriera detalles sobre su madre, o sea Josefina su hermana. Al final la invitó a pasar a su casa y se disculpó por lo pequeño y oscuro de la habitación. Era su única pertenencia porque había decidido quedarse con la habitación más pequeño para rentar los otros cuartos mejor condicionados y más amplios. “No necesito mucho en esta vida para sobrevivir”—decía con alegría cuando les cobraba la módica renta a sus tres inquilinas que se habían ido quedando solas como ella.

“Prefiero cobrarles poco—le dijo a María pasándose la lengua por las encías—, pobres mujeres, apenas tienen en qué caerse muertas, hija”. Le cedió el diván para que durmiera y le dijo que no tenía refrigerador, así que las cosas que comía en la casa eran los que podían durar más como las galletas, las tortillas de harina, café y uno que otro bolillo con algo dentro. María sonrió y dijo que pronto le ayudaría a mejorar su condición, que no tenía pensado regresar al norte del país con sus hermanos y que quería hacer algo importante por la comunidad. A las preguntas de qué era eso de “algo importante”, María no daba respuestas y provocó que la señora Teresa frunciera el ceño sin saber qué hacer porque, por un lado, la asaltaba la desconfianza, pero por el otro veía la seguridad en su sobrina. “Esta tiene un espíritu muy fuerte—se dijo oyendo su voz interior que no le temblaba como la real y era más clara y potente—, seguro que no hará nada malo. María no le decía más que unas cuantas palabras sin sentido y la vieja se aburría.

A la mañana siguiente salió envuelta en uno de los vestidos sencillos de su tía. Era como el de las inditas que venden sus tortillas en canastas y se esconden debajo de sus trenzas cuando sienten la mirada de un hombre en celo. Ella tenía porte, por eso la comenzaron a comparar con una artista famosa y le pusieron de apodo el apellido de la actriz. “Mira, ahí va la Félix—decían algunas señoras chismorrientas. Pasó por un lugar del que salían voces de furia, se asomó y la curiosidad la llevó a pararse en medio de una trifulca verbal entre una señora de unos cincuenta años y una joven. Se estaba organizando una marcha de protesta por la gran cantidad de feminicidios de las últimas semanas. Había fotos de las víctimas pegadas por todas partes. María escuchó sin inmutarse y en un momento de silencio dijo que la estrategia que iban a tomar no iba a dar resultado. Una curiosa que la alcanzó a oír se le acercó para preguntarle por qué decía eso, y si tenía otra solución. María se dio la vuelta y se salió, pero en el trayecto la mujer le preguntó con más determinación. La cogió de una de las mangas de su vestido y le pidió, amenazándola, que desembuchara. María sólo dijo que, si esa solución diera resultado, toda la gente que protesta obtendría lo que pide. No dijo más y se fue. Quedó la intriga en la cabeza de la mujer que volvió a su sitio y continuó escuchando la discusión hasta el final.

Todos los días, la señora Aurora le regalaba una azálea cada vez que la veía. “No crea que se la regalo para que me haga publicidad—decía con una sonrisa sarcástica—, María, se la doy pa´que les diga a todos en donde la consiguió. Llévesela y póngasela en el pelo y, así, le luzca más el peinado”. María se la ponía en el lado izquierdo y se iba sonriendo bajo la mirada protectora de la vendedora de flores que pensaba que esa indefensa flor era un amuleto que la protegería de los ataques de alguna bestia lujuriosa.

Una tarde María volvió a pasar por el patio donde se habían reunido las mujeres para organizar su marcha de protesta. Al reconocerla la mujer que había hablado con ella, corrió a su encuentro. “Usted tenía razón señorita, no nos sirvió de nada salir a pegar de gritos. Lo único que conseguimos fue que nos echaran a los granaderos y hasta nos violaran. ¿Por qué no viene y nos dice qué hacer? María quería seguir su camino, pero pronto se vio subida en un entarimado mal puesto con todos los ojos clavados en ella. “Esta mujer fue la que me dijo que íbamos a fracasar, que así no se hacían las cosas. ¡Pidámosle que nos oriente! ¡Algo ha de saber! María no tenía la mínima idea de lo que se esperaba de ella, pero no le quedaba más alternativa que abrir la boca.

“Miren, con gritar no sacan nada y sólo provocan la furia de los hombres. Deben cambiar de actitud—Tuvo la intención de alejarse, pero la detuvieron las preguntas—. Sé por experiencia que si quieres sacar algo de un hombre debes urdir artilugios más sofisticados y no unas simples mentadas de madre. Hay que usar la intuición y la cabeza. Con el corazón lleno de rencor no se llega a ninguna parte”. Sí—le dijo una de las representantes—, Pero, tú ¿qué harías? María se quedó pensando un poco y luego habló.

Creo que las cosas están mal en general. ¿Alguien se ha preguntado por qué los hombres abusan de las mujeres? —se oyó todo tipo de opiniones, pero ninguna era convincente—. Me parece que nadie ha pensado en que los hombres no son criminales por vocación. ¿No será que la sociedad los hace así? ¿No será que tienen tantos problemas que su desesperación los lleva a convertirse en violadores y asesinos? La escuchaban con atención y no podían dar crédito a sus palabras. Empezó de nuevo la agitación y las peleas. Hubo quien sin poder controlar su enfado comenzó a golpear a sus compañeras. María salió y se prometió no volver a pasar por allí. Cuando se calmaron los ánimos y se notó la ausencia de la mujer que había provocado el alboroto, unas jóvenes se pusieron de acuerdo para buscar la dirección de la señora de la flor en la cabeza y preguntarle más cosas. Habían sentido algo especial en su forma de hablar. “Era—decían—como si hubiera tenido que librar cientos de batallas y las hubiera vencido. Tiene equilibrio emocional y es muy segura”. Comenzaron a preguntar por ella y rápidamente les dieron referencias.

Esa noche María habló con su tía de cosas tan superfluas como las comedias de la televisión o los chismes que circulaban por el barrio. Acostada y a punto de dormirse vio algo que la sorprendió. Era un monedero viejo que se había llevado de la casa de citas en la que la tenían de esclava. Pertenecía a una chica que había tratado de fugarse y la habían asesinado. Era como si se hubieran deshecho de una basura—pensó con tristeza—. Recordó los momentos que compartió con ella y sus palabras volvieron a entonarse en esas noches en vela que les tocaba hacer guardia a la espera de que algún cliente borracho llamara y solicitara sus servicios. “La mujer—decía Dolores—tiene una función en la naturaleza. Debe preocuparse por mantener vivas dos cosas: la especie humana y el amor maternal”. A pesar de lo simple de los conceptos, habían tratado muchas veces el tema dejando volar su imaginación, razonamiento y sentimientos. Era verdad, pensó, siendo un animal racional, el hombre necesita el sexo para reproducirse, las madres necesitan amar a sus vástagos para que sobrevivan y continúen creciendo. Es fácil, ¿cómo pueden cosas tan elementales olvidarse en aras del dinero e intereses religiosos o políticos?

Se durmió con esa pregunta dentro de la cabeza y al despertar al mediodía se dio cuenta de que algo en ella había cambiado. Se sentó con su tía a tomar café y sintió que su cuerpo sufría una transformación. Se lo dijo su tía Teresa. “Te ves muy cambiada, el descanso te ha hecho bien. Venías hecha una gata callejera y ahora te ves como una gran Velázquez. Eres la misma foto de tu madre. ¿Sabías que tu padre me pretendía a mí? No me lo podía quitar con nada. Andaba de aquí pa´llá tratando de convencerme, pero yo tenía miedo de que después de que me poseyera, se marchara el muy desgraciado. Ya ves lo que pasó. Un día vio a tu mamá, cuando llegó a la ciudad para quedarse con nosotras, tu tía Gertrudis y Ana. Fue todo rapidísimo. Nada más verla, se enamoró como loco daba vueltas por la casa día y noche como un perro en brama. Le prometió matrimonio y le cumplió, el muy maldito, perdón que me refiera así de él, pero es que ya me tenía acostumbrada a sus piropos y bromas tontas y, ya ves cómo somos las mujeres, que decimos a todo que no, pero llegada la hora…Bueno, luego nació Paco, José Imelda, Gertrudis, Ana, Luisa y tú, la más pequeña. Llegaste en buen tiempo, porque tus hermanos ya eran más o menos independientes. Si hubieras visto las cosas que sufrieron Paco y José para ayudar en la casa. En fin, todo eso ya lo sabes y no hago más que despertarte recuerdos que, a lo mejor no quieres tener.

María se sonrió y Teresa le dijo que se veía muy bonita, que se cuidara y que se viera en el espejo para arreglarse el peinado. María salió a comprar algo para comer, pero se le olvidó que no tenía que pasar por el patio donde discutía la comunidad de mujeres. Sintió un poco de nerviosismo porque no sabía qué podría decir si la seguían hostigando con sus preguntas. No encontró a nadie, pero más adelante le salieron al encuentro las jóvenes que se habían quedado con la duda. La saludaron y le pidieron que hablara con ellas. Les contó un poco de su vida, no entró en los temas comprometedores por precaución, y de pronto, una joven con la voz de su amiga Lola le preguntó qué quería decir con sus críticas que hacía en las reuniones. Quiso responder que no iba a las reuniones, que no le interesaba y que le daba gracias a dios de que la escoria con la que había salido del prostíbulo, se le había ido cayendo en sus paseos por las calientes aceras del barrio. Sin poder contenerse repitió las palabras de su fallecida amiga: “El principio básico de una mujer es conservar la procreación y el amor incondicional”. La respuesta fue un grito de asombro e inconformidad. ¿Cómo puedes pensar eso? —le espetaron gritándole con mucha fuerza—. No hay otra solución. Es difícil de entender, pero esa es la verdad. Ya no quisieron seguir oyéndola y se sumieron en una discusión muy acalorada. Cuando se calmaron un poco, María ya no estaba. Se fueron discutiendo con menos énfasis y Silvia, una chica con mucho carácter, pero muy racional, tuvo una revelación muy simple. Se fue pensativa a su casa y en la siguiente reunión propuso que se llamara a la Félix para enarbolar la lucha. “Ella puede hacerlo, dijo con determinación Silvia. No podemos perder este momento. Ella nos guiará. Estoy segura de que sabe por donde ir”. Se pusieron de acuerdo para convocarla y proponerle que fuera la representante del Movimiento en Favor de las Madres Traicionadas. 

Por su parte, la germinación de la semilla de lucha se había depositado en el vientre de María y crecería a unas dimensiones inesperadas. Caminaba con tranquilidad, pero muy meditabunda. Ya no llevaba su flor y su sonrisa no era natural porque, aunque descarnaba los dientes, sus ojos echaban unos rayos parecidos a los previos a una tormenta. Llegó por su propio pie y se sentó en la fila de atrás. La llamaron de inmediato para que se votara por ella como representante de la organización. Con excepción de algunas damas, las demás levantaron la mano. Su primer discurso fue muy modesto y sólo se comprometió a expresar sus ideas sin tratar de imponerlas. Ya serían las demás quienes decidieran.

Hablaba usando parábolas y cuando se refería a Lola, decía: “Mi maestra me enseñó que…”. Poco a poco su voz comenzó a ser importante. Después de las discusiones de la segunda reunión, María dijo que para entender al enemigo había que conocerlo, por eso se invitó a una socióloga, una filósofa, una economista, y a un padre de la iglesia para que respondieran a los cuestionarios que cada semana elaboraban. Primero, descubrieron cuales era las condiciones sociales y económicas que provocaban en los hombres resentimientos contra la mujer. Después repasaron los preceptos indicados en la Biblia y, por último, recurrieron a la psicología para saber cuál era el cuadro de los asesinos en serie.  Todas se sorprendieron cuando la socióloga dijo que, si todos los asesinos de mujeres fueran seriales, ya no habría una sola mujer, lo cual indicaba que los homicidas eran circunstanciales y nunca planeaban sus crímenes hasta que se les presentaba la ocasión. Empezaron a determinar cuáles eran los factores psicológicos que destacaban en esos individuos. Se vio que la condición social influía, pero que no era determinante. Por último, se analizó la conducta de la mujer y sus preceptos. Se reunió toda la información y se llamó a la famosa abogada que encabezaba la organización más grande de lucha contra el feminicidio.

“¿Entiende, señora Adelaida, que nuestra organización se basa en dos principios fundamentales? Son la conservación del derecho a la procreación y el desarrollo de condiciones para que el amor maternal sea un sentimiento que evite el odio del hombre hacia la mujer. Eso traerá como consecuencia una reestructuración de la sociedad y un cambio en la interpretación de la religión”.

Adelaida Martínez dijo que estaban locas y que la lucha jamás tendría éxito en caso de llevar ese plan tan descabellado a la práctica. Así apareció la primera enemiga del movimiento “Ámame de verdad, no te pido dinero, ni matrimonio, sólo amor sincero”. El fundamento de la causa—decía María— era que no hay nada más fuerte que el amor. Los hombres podrán abusar de las mujeres, pero no las matarán porque recibirán comprensión, cariño y amor; un amor sincero, sin resentimiento, sin condiciones, sin reproches. Lo único que se les pedía era que las amaran a ella también. Se explicó mil veces que el amor sólo puede crear amor y el odio sólo odio, por lo que era mejor no oponer resistencia y amar de verdad para que el abusador sintiera remordimientos al maltratar a alguien que lo amaba. Era difícil comprenderlo al principio, pero las mujeres del grupo que estaban casadas cambiaron su actitud hacia los maridos y estos se apaciguaron. “Ya no me pega—decían unas—, antes era violento y cascarrabias y ahora hasta se pone a lavar la vajilla y hace la comida”. En la práctica resultaba más sencillo que en la teoría porque al no encontrar resistencia, los hombres se amansaban y perdían empuje, rencor y furia, al grado de que empezaron a manifestar su amor con flores y todo tipo de regalos. Las mujeres aceptaban por compromiso, pero decían que las cosas materiales no importaban en absoluto, que la mujer y el hombre, desde los tiempos de Adán y Eva, había vivido el uno para el otro y que esa era la voluntad celestial. En las duras y las maduras; en las buenas y en las malas, lo importante era sentir el don más grande que tenía el ser humano.

 De inmediato reaccionó el gobierno argumentando que las mujeres llevaban a la sociedad hacia la legalización de la prostitución, la iglesia dijo que Dios estaba enfadado y que caería la lepra, la sífilis y la gonorrea en todas las personas que se dejaran llevar por la perversión que pregonaban las brujas del siglo XXI. Las empresas encargadas de motivar el sentimiento machista de la población tuvieron que acudir a los mejores especialistas para saber si podrían enfrentar los cambios del mercado con nuevos productos. Las organizaciones de personas con orientación sexual alternativa no entendían cuál era el objetivo de esas mujeres locas y se manifestaron para que se les aplacara. Hubo varias represiones, pero la idea ya había cuajado.

Las marchas organizadas por la madre María Espe, como la llamaban ya, eran enormes y las mujeres comenzaron a portar un aplaca con la leyenda del ámame de verdad. Las mujeres seguían muy temerosas porque no se podía garantizar al cien por ciento la seguridad y los asesinatos seguían, no obstante, pronto se hizo un conteo que vomitó una cifra sorprendente. En seis meses, el nivel de crímenes había bajado en un diez por ciento y los matrimonios se habían incrementado. También aumentaron, las uniones libres y las reconciliaciones de parejas divorciadas. El fenómeno comenzó a preocupar a las organizaciones delictivas que vieron que su negocio de prostitución, la venta ilegal de armas y las drogas eran inútiles. Nadie quería amar sin pasión real, nadie quería ocultar sus verdaderos sentimientos. Los hombres se acercaban a las mujeres que les gustaban y estas les pedían sólo amor y nada más que amor. Si después de la relación el hombre decidía irse con otra, tenía todo el derecho de hacerlo, pero si no lo deseaba, podía quedarse sin ningún problema, lo que daba como resultado que hubiera un matrimonio sano y para mucho tiempo. En la práctica muchos hombres vieron una posibilidad de libertinaje y creían que podían abusar de quien se les antojara, pero cuando las mujeres que elegían les robaban el corazón, ya no podían seguir denigrando a otras mujeres porque encontraban a alguien de quien no podían prescindir.

Se tramó un complot. Matarían a María Espe por insurrecta, por fomentar el desorden de la sociedad y la desobediencia de las normas milenarias. Adelaida Martínez habló con el representante de una organización delictiva y le pidió permiso al primer mandatario para que no se impidiera ejercer la justicia por la propia mano. Del atentado se supo rápido y se le previno a María, sin embargo, ésta dijo que no tenía miedo, que su maestra había fallecido así, a manos de los traidores, y que su destino era el de seguir a su iniciadora para unirse con ella en el paraíso.  Ella me mostró la luz—decía públicamente—sé que pueden acabar con mi cuerpo, robarme mis pertenencias, quitarme la ropa, mancharme de porquería, ultrajarme, someterme, herir mi amor propio y ultimarme, pero mi luz interior jamás será apagada porque se ha propagado el amor que nos acompaña, la esencia inherente de la maternidad y la bondad santificada en nosotras. Mis sucesoras ya están aquí, muy cerca y continuarán con la tarea que mi iniciadora nos mostró.

Ven aquí asesino, me entrego a ti indefensa, sin prejuicios, sin rencor, libera mi espíritu para que pueda reunirme con mi maestra. Ella sufrió esperando ver este día y a través de mis ojos lo puede ver y disfrutar ahora. Después de ella las cosas no serán jamás iguales. La humanidad comprenderá que lo esencial en la vida es manifestar el sentimiento más puro. La mujer en cuerpo es sólo un instrumento, se le debe conservar y respetar porque su tarea es importante, sin embargo, vale por su interior y esencia, por su significado religioso, natural, social y sagrado. Ese respeto generará el amor puro para el amante, el marido, el hermano y el hijo. No existe nada semejante al amor maternal. No traten de imitarlo, hombres extraviados y ciegos, cumplan su función natural que es proporcionar la seguridad emocional, física, intelectual, económica y religiosa, si lo desean así, pero no traten de ser madres, jamás lo lograrán hasta el final, pues su parte biológica, tarde o temprano saltará como un resorte en un colchón viejo.

Sólo la mujer lo posee. Amen como hombres de verdad, como seres que se preocupan del bienestar de su especie, de su alma y no destruyan lo que por decisión divina se puso a su lado. Suden y gánense el pan, la mujer estará siempre junto a ustedes y les consolará en el dolor y el sufrimiento, los amara en la bonanza, les creará a sus hijos y les dará de comer, aunque tenga que quedarse con hambre. De ella aprenderán el cariño y el deseo de formar una familia unida. Olviden los prejuicios sociales, religiosos y políticos. Somos pareja desde tiempos ancestrales. Nadie podrá separarnos, por más argumentos hermosos que inventen. Seamos parte de la naturaleza, del universo que Dios creo para nosotros. Que no les engañen con cuentos de hadas y las innovaciones tecnológicas. Opérense, cambien de aspecto físico si quieren, engendren si la ciencia lo permite y si logran meter en un microcircuito el sentimiento maternal, háganlo y pónganselo a quien deseen, lo importante no es la forma sino el objetivo. El amor puede con todo. Si nace, crece y germina, no habrá fuerza en el universo que lo pueda contener.

Esas fueron las últimas palabras que pudo pronunciar porque un hombre disfrazado de mujer la atiborró de plomo disparándole a quemarropa con una metralleta. Se efectuó un sepelio, se erigió un monumento en su memoria y el gobierno expresó su más sentido pésame. Unos meses después todo volvió a la normalidad. La señora Adelaida Martínez obtuvo la aprobación de su partido femenino para provocar la repulsión hacía los hombres, el gobierno siguió eligiendo mandatarios misóginos, la iglesia impuso la confesión y algunos sacerdotes siguieron con sus abusos sexuales a menores de edad, el país vecino anunció el indulto a las sanciones que había establecido por la rebeldía y amenaza contra la humanidad, las organizaciones en pro de los matrimonios libres prosperó y se dividieron los grupos de matrimonios masculinos con niños adoptados y las uniones de mujeres con la adopción de las niñas. La gente seguía su vida normal y el país cada mes anunciaba un nuevo logró social y económico. Bajó el PIB, empezó una incontenible inflación y aumentó el desempleo, los crímenes seguían anunciándose en la prensa; pero en un patio cerca de la casa de María Espe, Silvia convocó una reunión urgente para reunir a todas las activistas del grupo “Sólo te pido amor”.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La buena elección

Salió del templo muy enfadado. Un niño lo alcanzó y le preguntó la causa de su mal humor. Sin voltear a verlo, el viejo, le dijo que estaba harto de las farsas de las instituciones eclesiásticas. El pequeño no comprendió y le pidió que fuera más claro, entonces el anciano se volvió y descubrió al repartidor de periódicos. Cambió su tono y redujo el paso. Dime—le preguntó con voz suave y comprensiva —¿Tú crees en Dios? La respuesta afirmativa fue inmediata, pero surgió otra interrogante. ¿Quién es Dios o dónde está? —Pasaron algunos segundos antes de que el muchacho pudiera responder—. Pues, él es el creador del mundo y vive ahí—señaló el cielo levantando mucho el brazo—. Y ¿qué nos dice? ¿cuáles son sus mandamientos? —El chico hizo un gesto de duda y se quedó con la boca medio abierta—. En la iglesia nos dicen que hay que ser buenos, que tenemos que compartir, que no debemos desear el mal y, en general, hacer el bien al prójimo. Excelente, muchacho, me da gusto que lo sepas. Siguieron andando unos minutos en silencio. El hombre comenzó a hablar de nuevo.

¿Tú haces lo que recomiendan en la iglesia? —preguntó poniendo cara de interés y modulando la voz como si fuera un lobo—. Por supuesto. No quiero ser un niño malo y parar en el infierno— Se oyó una risita dulce, pero cascada— Y ¿por qué habrías de parar en el infierno si no tienes pecados? Pues, porque debo ser obediente y no pensar malas cosas. ¿Sabías que a mí me han condenado a vivir en las tinieblas? Fue precisamente el sacerdote con quien he hablado hoy. Ah, por eso está de mal humor, ¿verdad? No, no es por eso, hijo mío. Es porque todos mis esfuerzos en la vida han sido inútiles. Pero ¿qué ha hecho para merecer ese duro castigo? Nada, sólo he dicho y escrito la verdad. ¿La verdad? Y ¿Cuál es la verdadera verdad? —al octogenario se le iluminó el rostro y miró al frente—. Te voy a preguntar algunas cosas y debes responderme con el corazón, ¿de acuerdo? Sí, de acuerdo. ¿Qué es más útil? ¿Ayunar o compartir el pan con el hermano y el pobre? Compartir—dijo el chico saltando de alegría—. Y qué es más importante ¿desarrollar el espíritu o satisfacer los caprichos del cuerpo? Desarrollar el espíritu. Y qué es mejor. ¿No cometer pecados o ir a confesarse con el sacerdote? No cometer pecados.

El niño se sintió muy a gusto con ese individuo harapiento, pero con sabiduría. Era tanta su alegría que su paso se hizo más garboso y, quien los hubiera visto, habría dicho que eran un abuelo y un nieto felices. Dime una cosa más, pequeño. ¿Qué le pide la gente a Dios? No sé. Fama, dinero, casas, comida, esclavos, fiestas. Y ¿para qué es todo eso? Para ser felices. Entonces, la felicidad está en todas esas cosas, ¿verdad? Sí, pues si todos lo hacen, quiere decir que sí. Pero ¿ellos le ofrecen algo a Dios? —durante unos minutos el chico se vio en una encrucijada y no supo cómo responder, por eso permaneció mudo—. En realidad, él que implora y promete no sabe que pide cosas para satisfacer su ego y no hace nada para desarrollar el espíritu porque el que tiene dinero, se hace avaro y cada vez necesita más; el que pide curación para su cuerpo es para seguir abusando de los malos hábitos; y el que quiere fama, desea usurpar el lugar de su creador. Todo eso lo hacen porque no pueden distinguir quién es Dios en realidad. 

Y ¿quién es él? Es el espíritu mayor que nos orienta para germinar las cosas que no puede desarrollar el cuerpo. Nuestra carne sólo nos ata al mundo. Es un templo donde debe vivir el espíritu, pero si el cuerpo es malo, el espíritu no puede vivir en él. Y ¿qué se debe hacer para tener un cuerpo bueno? Pues, hijo, está muy claro, darle las cosas que necesita sin abusar para que se mantenga bien. Por ejemplo, comer, dormir, descansar o ejercitarse. Eso es suficiente, pero ¿qué debemos hacer para desarrollar el espíritu? ¿No lo sabes? Primero, entender que somos parte de Dios, que su fuerza va dentro de nosotros y que, si actuamos de buena fe, él estará siempre en nuestro interior. Si bebemos agua para el cuerpo, vuelve la sed, ¿no es verdad? Sí—afirmó el chico moviendo la cabeza y frunciendo el ceño—. Pero, si bebemos agua para el alma, la sed no vuelve y nos reconforta porque nos da dicha. Sí, pero ¿cómo darle de beber a nuestro espíritu? Es muy fácil. Lo único que hay que hacer es escuchar al corazón. Mira, si ves a un amigo tuyo con hambre y tú tienes un pan, ¿qué haces? Le doy la mitad. Y ¿si alguien llora porque tiene sufrimientos? Pues, le pregunto la razón y le ayudo con un consejo. Y ¿si alguien lleva una carga muy pesada en la espalda y no puede seguir adelante? Le ayudo a cargar. ¿Lo ves? Todo es muy sencillo, pero la gente lo hace difícil porque no piensa en los placeres del alma, sólo le interesa el goce del cuerpo. Así lo hace el que presume de ser bondadoso, el que dice que sigue las normas, el que grita que ha ido a la iglesia, el que jura que es buen trabajador o padre. Todo eso lo hacen para que les reconozcan, pero no lo hacen para el espíritu. Hay que callar y actuar. La gente agradecida te compensará siempre...—el pequeño ya no quiso separarse del anciano, pero este le dijo que tenían diferentes caminos. Se despidieron y, como recuerdo, el hombre le dio lo que llamaba su libro de cabecera. Era un ejemplar nuevo del “Evangelio abreviado” que llevaba su nombre—. Adiós señor Lev, le dijo con un fuerte abrazo. 

jueves, 30 de noviembre de 2017

El comelibros

No sabía cuándo había comenzado su problema. Estaba solo y no había quien pudiera soportarlo. Vivía en una buhardilla con un gran ventanal que le permitía mirar un paisaje urbano muy atractivo, sin embargo, hacía años que no se asomaba por la ventana y si no hubiera sido por su compadecida madre habría muerto de inanición. Recordaba el día que empezó a leer algunos ejemplares en diagonal—se decía que era un método que le ahorraba mucho tiempo y le permitía enterarse de la trama de los cuentos y novelas que leía.

En una ocasión se encontró en una estantería un libro muy gordo y aplicó su técnica. Lo terminó y fue a revisar las críticas y reseñas sobre dicha obra. Con alegría confirmó que estaba en lo cierto. No se le había pasado ningún detalle importante e incluso había encontrado elementos que los críticos no habían notado. Empezó a sonar su voz analítica en la radio, lo invitaron a varios eventos importantes y la cantidad de trabajo y su curiosidad natural lo fueron obligando a hacer más rápido sus labores. Fue así como se encontró un día leyendo dos libros al mismo tiempo; El Quijote y Ulises. Aunque las obras no tenían nada en común, descubrió que en su mente se había formado una amalgama muy interesante. Esa tarde participó en un seminario y la gente le preguntó por el autor de la historia que había contado. Como la sensación que había dejado la experiencia en su sentido gustativo intelectual era el mismo que hubiera producido un buen plato fuerte en un restaurante de varios tenedores, se arriesgó con otras obras. Así se le fue formando una afición que le gustaba no sólo a él, sino también a sus admiradores. Como si fuera un jefe de cocineros, preparaba las entradas, el plato fuerte y el postre con bastante ingenio; pero si antes, ya tenía demanda, ahora ya no le quedaba ni un minuto libre. Leía al mismo tiempo tres libros, primero, luego cuatro y llegó a sobrecargarse tanto de trabajo que sin darse cuenta leía, al mismo tiempo, párrafos de diferentes libros, de tal manera que su extraordinaria imaginación le dio la posibilidad de inventar historias jamás contadas. La mayoría eran poco atractivas, pero algunas lograron un éxito internacional. Le otorgaron infinidad de premios, pero estaba tan enajenado con sus faenas intelectuales que no acudió a las entregas.

 Un día, mientras daba una conferencia, un hombre saltó indignado y le arrojó su zapato. Uno de los guardias lo salvó de lo que habría sido un golpe mortal de suela de caucho. “Ese comelibros se ha vuelto loco—gritó indignado el individuo—, deberían llevárselo a un manicomio”. El error que había cometido el ponente era la pérdida de concentración y seguir con su buen o mal hábito—depende desde qué perspectiva se vea—de leer al mismo tiempo su ensalada de textos. Ese día se le habían mezclado La biblia, Justine del Marqués de Sade, La divina comedia de Dante, Memoria de mis putas tristes de Márquez y El archipiélago de Gulag de Solzhenitsin. No se dio cuenta de que la gente había abandonado el recinto. Con los ojos hinchados seguía con gran rapidez las bandejas de una comilona al estilo romano antiguo en el que los huéspedes probaban los deliciosos platillos y luego se iban a vomitar para volver a comer más. Estaba tan inspirado que lo tuvieron que sacar de allí.

En las calles se habían organizado marchas de protesta, la gente lo calificaba de hereje, la iglesia lo excomulgó, las universidades lo despojaron de sus premios y la ciudadanía lo condenó al exilio permanente en alguna isla lejana en el pacífico. No fue necesario hacerlo, pues su actividad tarde o temprano se terminaría—decían—. La única que soportó fue su madre que con resignación veía cómo su hijo perdía peso y se iba convirtiendo en un hueso. Al final ni ella pudo resistir el vicio de su hijo y con profundo pesar se retiró a vivir a una casa de ancianos. De vez en cuando, le llegaban noticias de su hijo, el cuál había logrado sobrevivir alimentándose de las páginas de sus libros de papel y los imaginados. Cuando notó los primeros síntomas de esclerosis decidió escribir. Muchos años después fue rescatado su bagaje cultural. Se publicaron sus mejores obras y se las acompañó con una leyenda que decía:

 “La lectura de estas historias puede crear hábitos perjudiciales y conducir a la gula”. 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La mujer que viajó para convertirse en gata

I
Preparó con mucha anticipación sus maletas. Tenía la lista de cosas pegada en la cabecera de su cama y todas las noches revisaba mentalmente las cremas, las prendas interiores, el cepillo de dientes, los cosméticos y todo tipo de accesorios necesarios para soportar la inclemencia del clima del país al que se dirigía. En realidad, no había nada de qué preocuparse porque haría el viaje en verano y tendría unos meses para adaptarse a las nuevas condiciones climáticas. Le faltaban tres días y por las noches la despertaba algún olvido que se enmendaba cuando salía de su apacible mundo onírico y la vigilia le devolvía la tranquilidad necesaria para conciliar otra vez el sueño. Durante sus horas de ocio paseaba por su barrio y conversaba con las vecinas que con mucha curiosidad le preguntaban si no le daba miedo hacer un viaje tan largo. La respuesta, acompañada de una condescendiente sonrisa, era una negativa. Las señoras la veían con admiración y con unas bolas esféricas en la cara levantaban un enjambre de murmullos. Ágata tenía un novio con el que había cortado, se lo encontraba de vez en cuando, pero él fingía no verla. Cuando Felipe la distinguía desde lejos, suspiraba, hacía de tripas corazón y disimuladamente giraba los pies, impulsaba la cadera y se retiraba con paso lento. No había solución, la infidelidad en una noche de embriaguez había derribado las paredes de la fortaleza en la que Ágata se sentía segura. Los añicos de su corazón roto le dieron la fuerza para tomar la importante decisión.

En algo habían influido la suerte o, el erudito destino, para reservarle un sitio en otra nación, que tal vez le ofrecería todo lo que no le podía proporcionarle su madre patria. Se decía que así era mejor, que lejos de todos sus problemas y la incomprensión familiar encontraría el sendero que la llevaría a la cordura y, por qué no, a un feliz matrimonio. Comía poco y se sentaba paciente a que las manecillas de reloj le acercaran la hora de la partida. Llamó a sus amigas y les prometió mantenerse en contacto enviándoles cartas una vez por semana. Francisco, su padre, mostraba seguridad y se paseaba arisco por la casa, gruñía en ocasiones y ya no le deseaba las buenas noches a su hija con un beso y se limitaba a pronunciar un simple “que duermas bien”. Luego se quedaba en el salón, sacaba una botella de ron, se servía chorritos que se bebía de un trago y salía a la ventana para regar las plantas con sus lágrimas. Llegó el momento de la despedida y a todos se les cayó el disfraz de valentía que habían llevado confiados hasta el último momento pensando que no los delataría. En un mar de buenos deseos y lamentaciones la única hija de la familia León salió hacia Europa. La señora Gertrudis se quedó mirando el avión con sus hermosos ojos glaucos. Lloró en silencio y su estómago parecía emitir el gimoteo que ella ocultaba. Su marido la rodeó con el brazo y le ayudó a sacar las lágrimas con un berrido infantil. Se enlazaron en una actitud solidaria y se miraron como el día en que les habían informado que eran padres de una hermosa hija.


Ágata no pudo sobrellevar la severidad del vuelo, anduvo caminando por el corredor durante varias horas y se encerró en el baño para vomitar la sosa comida precalentada de las bandejitas de aluminio. A pesar de que el viaje parecía el de un tren que recorría una vía recta sin baches, ella se aferraba a la cabecera del asiento delantero enterrando con mucha fuerza las uñas. Casi no hubo turbulencias, pero las pocas sacudidas que experimentó la enorme aeronave le pusieron los pelos de punta. Dieciocho horas de vuelo fueron un vía crucis en el que se prometió hacer una gran penitencia para limpiar todos sus pecados. Estuvo a punto de besar el asfalto del aeropuerto en un gesto episcopal, pero no le alcanzó el valor para ponerse en la posición de los musulmanes en plena oración, por eso, arrastró como pudo sus maletas y salió del aeropuerto. Vio un letrero con su nombre y apellido, suspiró y caminó con determinación. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

Premiado


I
Después de ganar un famoso concurso de televisión, Mauro, se hizo famoso. Lo habían conchabado para que se aprendiera las respuestas, ganara y se llevara un porcentaje del famoso premio. Iba caminando por la calle cuando un hombre de traje lo llamó para hacerle la propuesta. Quedaron de preparar el plan en tres sesiones. Les resultó muy bien y los televidentes quedaron convencidos de que Mauro Germán era un hombre bastante capaz. El cobro se hizo a través de una transferencia de banco y cuando llegó la suma acordada. El afortunado ganador se cambió de casa y se cortó el pelo, cambió su apariencia y la de su esposa para no ser reconocido. Adelina sí que sufrió una transformación, pues sus harapos viejos, su pelo descuidado, su rostro gris y, sobre todo, su delantal, desaparecieron. Había llevado una vida muy modesta, sostenida por el raquítico sueldo de repartidor que recibía su marido. Le había tocado soportar las mentiras de Mauro, ya que éste, se dedicaba a salir con los amigos y a encontrarse con mujeres de forma clandestina. Como ella era la última de la fila le habían tocado las migajas. 
De vez en cuando, hacía trabajillos que le dejaban unas monedas. Sabía coser, tejer y cocinar bien, por eso aprovechaba que algunos vecinos se vieran en penurias para ofrecerles su ayuda. La gente la quería bastante por su buen carácter. El optimismo era lo que la mantenía a flote en las aguas agitadas en las que mantenía su barca. A pesar del peso de su marido, ella sabía cómo dirigir los remos y las cosas iban bien gracias a su clara visión. Con un monto de dinero suficiente para vivir unos años sin trabajar, Mauro pensó poner una pequeña tienda de abarrotes, que sería atendida por su mujer, mientras él se encargaría de mantener el abastecimiento.

Se llevó a cabo el negocio. Compraron en un mercado un pequeño local. Lo resanaron, lo pintaron y lo decoraron para que llamara la atención. Trataron de ocultar su identidad por unos meses, pero una anciana que tenía una memoria fotográfica envidiable comenzó a llamar a Mauro “El afortunado”, la gente no se decidía a creerlo, pero la vieja no tenía reparo en afirmarlo durante sus largas tertulias vespertinas en la plaza donde se reunía la gente todos los días. Así fue como sin querer se le denominó para siempre. —Ahí viene “El afortunado”—decían los niños señalándolo con el dedo. Al final, hasta tuvo que ponerle a su negocio su apodo. Se acostumbró con el tiempo a su mote y ya no reaccionaba cuando lo llamaban por su nombre. Esto fue un hecho maléfico, pues en una ocasión lo vio una de sus ex amantes y lo llamó por su nombre, pero él no hizo caso de la mujer que se alejó en su destartalado coche pitándole con el claxon. Un día otra dama se presentó cuando Mauro estaba atendiendo porque Adelina se sentía un poco mala y lo había llamado para ocuparse de las ventas. Tenía ocho meses y medio de embarazo y la pesadez de la condición de madre primeriza y no muy joven le había causado estragos. Se había mareado mucho y estaba sentada tratando de recuperarse.

Mauro no pudo cerrar porque apareció la clienta. «Mira ¡Qué casualidad!!Dónde te vengo a encontrar! Hacía tanto que no te veía, cuéntame qué tal todo, ¿por qué dejaste de llamarme?» La voz era de Dolores, una de las más extravagantes conocidas de Mauro. La había conocido cuando estaba entregando unas mercancías en un supermercado. Intercambiaron algunas palabras y el interés que sintieron fue mutuo. Él presentía que tenía enfrente a una mujer sin prejuicios y ella pensaba que un tipo como Mauro era lo que necesitaba para extrovertirse en todos los sentidos. Lola era muy abierta, pero tenía un enorme defecto que la aislaba de los demás. Era su insensibilidad ante lo moral y ético. 

Estaba inmunizada contra la conciencia de la cual desconocía su existencia. Esa tarde no pudo contener sus recuerdos y empezó a comentar los magníficos encuentros que habían tenido, las pasiones desbordantes que los habían consumido y, al entrar en detalles, las palabras le causaron tal dolor a Adelina que empezó a parir en la silla en la que se encontraba. Un mar de gritos desesperados llamó a Dios y a la ambulancia para que se llevaran a la parturienta a la clínica de maternidad. En un arrebato de sorpresa, Lola se subió junto con los demás en los coches para ver el final de la historia. Siguió, como era su costumbre, hablando de todo al mismo tiempo. Había personas que no la podían soportar por su agnosia topográfica en el terreno sentimental. Podía decir sin ningún recato cosas que herían la dignidad de las personas. Lastimaba o elogiaba de la misma forma. Por esa condición tan extraña, la gente la rehuía y pensaban, en cierto grado, que era un virus. En efecto, se convirtió en un veneno para la Familia de Mauro, quien lamentó con gran pesar haberse relacionado con ella. La primera manifestación de inmoralidad fue la comparación del bebé con un nativo de Asia. Resaltó con lujo de detalle los defectos del niño que, en realidad era normal, y sólo tenía una cara hinchada y las piernas un poco más cortas de lo habitual. Adelina sentía que las palabras de la mujer eran como piquetes de clavos. Cada vez que Lola abría la boca una contracción en la bilis le ponía la saliva de color de sapo a la pobre madre que ya tenía suficiente con los dolores del parto.

Ya no pudieron quitársela de encima y, empeñada como estaba, a reanudar sus relaciones con Mauro, aprovechó la primera noche de ausencia de Adelina para meterse en la cama con el ex repartidor a quien había complacido, sin sopesarlo, en todas sus perversiones durante algunos meses. Los vecinos se enteraron, gracias a la impaciente lengua de la nueva vecina, que había declarado que se quedaría para ayudar al matrimonio con el niño. Se vestía de forma muy vulgar y no paraba de moverse en todo el día. Las personas más recatadas de la cuadra comenzaron a evitarla, sin embargo, ella siempre encontraba un motivo para hacer comentarios o entablar conversaciones que más parecían monólogos. El problema surgió cuando se convirtió en la vocera de las intrigas e infidelidades de los vecinos. Ella misma era partícipe de las traiciones, pues no encontraba ninguna dificultad para revolcarse con los incautos que se sentían atraídos por sus redondas caderas. Era como una trampa para conejos. Muy simple pero mortal. Las señoras vigilaban con asedio a sus maridos. Los niños se habían convertido en espías efectivos que cada cinco minutos delataban la posición del enemigo.

Por su inmunidad a las críticas, su resistencia a los castigos de Dios y los juicios morales, Lola era una especie de enfermedad que le causaba dolencia a todas las personas. Una sinceridad cruda e hiriente salía de su boca con una forma tan natural que el efecto era fulminante. Quienes habían pensado que la verdad no pecaba, pero incomodaba, se arrepentían de haber inventado tal frase, pues en la vida real, esa verdad era como puñaladas asestadas a bocajarro. Pronto se terminó la paciencia y, aunque todos comprendían que era malo atentar contra la salud de una persona, todos estuvieron de acuerdo en desmejorar la condición física de Lola. Así fue como le empezaron a dar quesos rancios, pan con moho, leche en mal estado y, hasta porciones pequeñas de veneno para ratas. No hubo ningún efecto. La Lola seguía sin mostrar mejoras, a pesar de los esfuerzos de la comunidad que ya trabajaba como un equipo unido en una competencia olímpica.

 Los oídos sordos de la intrusa, las críticas y las arremetidas imprevistas de sinceridad tumbaban a todos de las sillas. Como no se podía encontrar una solución adecuada para retirar de la competición a Lola, alguien tuvo la genial idea de asesinarla. Al principio, la idea fue como un sordo estruendo provocado por la caída de un enorme muro, pero al sopesar las cualidades de la víctima aceptaron la resolución. Primero, pusieron cera en el tramo por donde salía Lola para comprar los víveres. No sucedió nada, pero todos escucharon el “¿No podían haber limpiado este sitio? —que a los cuatro vientos gritaba Lola— Alguien podría matarse”, después pusieron un falso escalón, pero por desgracia no se obtuvo ningún resultado. Le tiraron cosas al pasar fingiendo descuidos, pero la providencia se negó a ayudarles. En las discusiones que tenían por las tardes se decían que era imposible rebajarse a la condición de Lola, que la religión no les permitía cometer un pecado capital, los moralistas decían que era anti social lo que se proponían hacer, sin embargo, estaba la urgente necesidad de todos. La tranquilidad y la convivencia dependían de la desaparición de la desagradable intrusa.

Para justificar el acto se hizo una lista de defectos que ameritaban el castigo. “Es pervertida, inmoral, viperina, desconsiderada, imprudente, soez y mal educada”, cada persona aportó una palabra y la hoja en la que se apuntó la prueba contundente era un pliego de cartulina. No hubo más remedio que contratar a un profesional. Se reunió el dinero y se buscó a uno de los más fiables. Volvieron todos felices con la promesa de la ejecución. Sabían que el sábado por la tarde cuando Lola saliera a hacer la compra se encontraría con un individuo que le impediría ir hasta el mercado. Llegó el momento. Apareció un hombre macizo con un bate y la siguió, detrás de él iban los encargados de confirmar que el acuerdo se cumpliría. Vieron con asombro cómo Lola se detenía para acomodarse la falda y después el seco sonido de un hueso roto, luego otro y varios más. Con terror y alegría corrieron en dirección contraria para avisar de los hechos. Se formó el grupo de mujeres vestidas de negro que salieron en auxilio de la pobre mujer que había sido ultimada en un asalto.

Nadie sabía nada. Nadie había visto al asesino y las cosas habían sucedido tan rápido que las descripciones de los testigos eran confusas. Pronto volvió todo a la normalidad, lo único que hacía el aire pesado e insufrible era la presencia del eco de las palabras crudas de Lola que le producían escalofrío a los habitantes del vecindario.

II

La ves tirada, temblando todavía por el dolor de los golpes recibidos. Su cabeza está partida en dos, parece un coco envuelto en mechones dorados y la sangre forma un charco en la acera gris pálida. La has venido siguiendo junto con los otros cómplices, incluso has visto con parsimonia al asesino huyendo y has tenido ganas de detenerlo, empujarlo para que lo atropelle uno de esos autobuses que pasan como demonios por esta calle, pero te has quedado inmóvil, congelado. ¿Se merecía Lola esta muerte? No, no. Es imbécil la pregunta, lo malo es que los demás desconocen los detalles de tu relación. Su falda blanca y su blusa con estampados de leopardo ahora te recuerdan el día que la conociste. Llevaba la misma ropa, claro, ya sabes que es su estilo, las otras prendas eran más vulgares, pero da lo mismo, su imagen jamás se borrará de tu mente.

 Estaba ahí parada, inmutable, como retándote a que le hablaras. Se te hizo un nudo en la garganta y decidiste acercarte. Conforme se reducía la distancia tu vista aguda se iba cerciorando de que tus cálculos habían sido correctos. Sus rechonchas piernas estaban cubiertas del vello de melocotón que percibiste al notar sus excitantes movimientos, luego su mirada sincera, sin complejos, y la pregunta que te puso en jaque “¿Te gusto?”. Sí—le respondiste acercándote a ella para sentir su olor—, claro que me gustas, mira cómo me tienes—, y le mostraste el tamaño de tu deseo. Te cogió, de la mano, ¿lo recuerdas? y te llevó a su casa. Entraste a un cuarto pequeño que recibía la fuerza del sol con una manta amarilla muy bronceada. Miraste su cuerpo como si fuera Galatea y tú la acariciaste como un experto Pigmalión para dejarla sin defectos. Le preguntaste si tenía fantasías y te dijo que la única era la complacencia. Sus palabras sonaban ásperas, sin embargo, eran puras, limpias de segundos sentidos y decían las cosas como eran. Te dejó realizarte en su cuerpo. Jamás habías experimentado nada parecido. Su actitud dócil, a pesar de sus palabras, te volvió loco. Ya no pudiste prescindir en unos meses de su compañía. Sentías lástima por Adelina y te maldecías por ser un cabrón, pero llegó el día que cambió tu suerte. Fue el momento más inesperado de tu vida. La existencia se te estaba viniendo encima como una capa de plomo imposible de sostener, tenías una fuerte depresión y querías suicidarte, según decías, la inflación el poco empleo y las deudas te estaban arrinconando y Luis Ballesteros venía a tu encuentro. No te gustó nada. Con su sonrisa falsa y su peinado ridículo, pero te sorprendió que no se inmutara ante tu uniforme sucio. Habló con mucha confianza y no tardó ni un minuto en despertar tu curiosidad. ¡Qué forma de hablar tenía el muy hijo de…! Caíste redondito, ese mismo día te fuiste a los estudios y, aunque temías no poder dar el ancho por las malas experiencias en la secundaria, todo salió bien. Tres días con sus noches te tardaste en recordar todas las respuestas del concurso. Te maquillaron, te dieron ropa decente, ¿te acuerdas de que descompusiste la tele para que Adelina no te viera salir en el concurso? Sabías que esos días tenía un trabajal y que no hablaría con nadie.

Llegaste como si fueras un conquistador que ha librado duras batallas sabiendo que tenías en el banco un dineral. Se lo confesaste y no te lo creyó ni siquiera cuando la sacaste de la vecindad para llevarla a vivir a un barrio más seguro. ¿Recuerdas los ojos que puso cuando la llevaste a comprar? Te detenía la mano para que no gastaras. ¡Qué inocente, la pobre! Después empezó tu proyecto. Conseguiste cobrar una nueva apariencia y por eso te rebajaron el local del mercado, pagaste mucho menos de lo que costaba haciéndote el chillón. ¡Cómo sufrió Don Paco! ¡Cómo lamentó haberte hecho esa oferta! Lo bueno es que supiste compensarlo después. Cuando todo mundo se enteró por doña Jesusa que tú eras el premiado. “Ese es el afortunado del concurso”—menuda vieja, pensaste, que se la trague la tierra—. Pero no fue así, incluso tuviste que cambiarle el nombre a tu charcutería. Bueno, pero eso te trajo fama. ¿He dicho fama? No, no es verdad. Ese cambio de nombre tal vez fue la razón de que te encontrara Lola. Si se hubiera conservado el nombre “Carnes frías El ardiente”, tal vez no habría pasado nada. Jamás se habría detenido ante un nombre tan estúpido, pero con el que tenía era casi como un imán. Llegó en mal momento. Su sexto sentido le despertó el recuerdo de tus perversiones. Lo sintió en la entrepierna y habló con la voz del pasado. Por desgracia, Adelina estaba retorciéndose por el dolor de estómago y esas palabras la hicieron parir. Viste un río de líquido pegajoso en el piso y saliste despavorido en busca de ayuda. Luego la caravana hacia la clínica. Dolores haciendo comentarios impropios, hablando sin cesar, haciendo predicciones, parecía como si le estuviera rascando las costras a un leproso.

No dejó a nadie en paz. Luego su grito de alegría al oír el chillido del chamaco. “Llora como una niñita preciosa”—dijo enseñando sus torcidos dientes—, pero la desmintió la enfermera y se armó la trifulca en el espíritu de los presentes. Tenías una cara de limón. Albergaste la esperanza de que se fuera, pero se adhirió a ti como una sanguijuela. Te engatusó en la soledad de tu casa. Se quitó la ropa y fue tan convincente que no pudiste resistir la tentación. Lo malo es que no fuiste el único que cayó en sus redes. Empezó a salir con los maridos de todas tus vecinas. Decía cosas que le ardían a unos y otros. Hizo de conocimiento público la impotencia de Don Jorge, la porquería de Doña Pepa y muchas otras cosas más. Le decía cosas indecorosas a los niños y los adolescentes le temían como si fuera una bruja o una hechicera maldita. Causó tanto daño con su falta de discreción que empezaron a fraguar su muerte. Ahora, está aquí, con los ojos perdidos, tratando de decir algo para despedirse del mundo, pero no le salen las palabras. Se le esfumaron por el cráneo partido. En cierto grado es una lástima porque decía las cosas como son. A nadie le gusta eso y, como todos tenemos algo que ocultar, saber que ella lo dirá tarde o temprano produce pánico. Por ejemplo, lo del accidente de la vecina del tercero. En realidad, había tirado a su hermana por la escalera. Lola lo intuyó o lo escuchó por confesión propia de doña Petra y lo dijo sin tapujos cuando las señoras estaban discutiendo en el patio. Hasta las paredes se resquebrajaron al sentir la fuerza del odio que sintió la asesina anciana. Por cierto, que doña Petra fue quien dio la idea de contratar a un matón para deshacernos de Dolores. Eso demuestra sin duda alguna que es culpable de dos asesinatos y, tal vez, haya más. En fin.

La vida vuelve a la normalidad, pero seremos capaces de vivir con la conciencia tranquila. Tu por el momento sabes que no. Que te despertarás las noches sudando, recordando las caricias de Lola y su imagen actual, Se te combinarán en los sueños y tendrás terrores nocturnos. ¡Qué desdicha! Bueno, aparenta que no ha pasado nada y vuelve a tu casa. No es propio que te vean aquí. Deja que sean los demás los que enmugren su alma. 

III

Desde pequeña mostré cualidades poco comunes. Podía distinguir entre las cosas buenas y malas. Si alguien por algún motivo injustificado golpeaba a alguien, yo criticaba esa conducta. Era tal mi visión de las cosas que siempre incomodé a mis padres, hermanos, familiares, amigos y, toda la gente que me rodeaba. Crecí en un círculo de gente pobre, honesta y trabajadora. Siempre valoré la cualidad en mí, de expresar las osas tal y como son. A muchos no les gusta que les digan cuáles son sus defectos. Mi abuela, por ejemplo, siempre ocultó sus piernas zambas desde la adolescencia y nunca se quitó sus faldas, incluso para dormir. No sé cómo pudo mi abuelo vivir sin nunca verle las piernas. Cuando le preguntaban por qué llevaba falda siempre, decía que tenía unas manchas y que no le gustaba mostrarlas. En realidad, yo sabía que sus huesos arqueados estaban más limpios que el agua filtrada, pero estaban muy arqueadas. Un día casi se nos muere de un infarto porque mostré una foto que le había tomado cuando ella se estaba cambiando en su habitación. Siempre consideré que las cosas, por más que se oculten, siempre salen a relucir. Además, el esfuerzo de mantenerlas ocultas es inútil y no merece la pena. Así lo he entendido siempre y por eso no pierdo el tiempo en tonterías. Es mejor la crudeza dicha a tiempo que muchos años después. Mucha gente tendría una vida más tranquila si reconociera que no tiene voluntad o capacidad para ciertas cosas. Eso ayudaría a encontrar otros métodos de ayuda. Recuerdo el caso de mi tío que se fue al ejército y para no entrar en batalla en infantería, dijo que era ingeniero aviador. Lo mandaron a una fábrica a ayudar con los diseños de aviones de guerra, pero no pudo ni con los primeros cálculos. Terminó en un regimiento de ataque del cual no quedó un soldado vivo. Si hubiera reconocido sus deficiencias y hubiera dicho cuales eran sus verdaderas capacidades, le habrían reservado un buen puesto en la artillería o en la marina. Pero no quiso el destino que sus mentiras quedaran sin castigo. Podría citar muchos casos y describirles a cientos de personas que no quisieron reconocer sus defectos. Uno de ellos fue el que ha provocado mi muerte. 

Se llama Mauro Germán. Un buen hombre, en principio, pero estropeado por su enorme cantidad de mentiras que se le acumularon hasta ponerlo en una situación peligrosa. Nos conocimos cuando repartía artículos de oficina. Me gustó por su físico y su energía, se le notaba que gozaba de un sentido común excelente y era práctico. Se me acercó y me hizo proposiciones, le comenté que estaba sola, no tenía urgencias económicas y deseaba complacer algunas necesidades físicas. A él le encantó la libertad que se pudo tomar conmigo. Me contó infinidad de cosas reales de su vida y me propuso cosas indecorosas en la cama. Mi respuesta fue la apropiada, él dijo que no sentiría remordimientos y que su conciencia lo podría dejar dormir. De inmediato adiviné que mentía y se lo dije, le previne de las consecuencias del futuro, pero se sentía demasiado confiado. Gracias al alcohol me confesó infinidad de cosas. Me enteré de sus malos actos, de sus traumas, me convertí casi en su confesora, pero un día desapareció sin decir ni pio. Viví tranquila por un tiempo, pero vi en la televisión el programa de concursos y el premiado era Mauro Germán, me dio gusto verlo y pensé que no sería mala idea buscarlo. No fue fácil porque conseguí la dirección en la que había vivido veinte años y la nueva nadie la sabía allí. En una ocasión pasé en mi cafetera cerca de una calle y lo reconocí, lo llamé por su nombre, pero ni se inmuto, siguió su camino muy tranquilo. Volví unos días después y estuve andando por la zona. 

Cuando ya me había dado por vencida entré en un mercado para buscar algún refrigerio. La casualidad quiso que pasara cerca de un establecimiento de fiambres en el que estaba Mauro acomodando unos quesos y unos chorizos. No pude evitar hablar de nuestra relación, de los gratos recuerdos que tenía de él. Noté que se ponía rojo, pero seguí hablando, luego resultó que su mujer estaba sentada en una silla y yo no la podía ver desde donde me encontraba. Ya no podía ocultar nada y me sorprendí de que la mujer empezara a echar agua, era porque se le había reventado la fuente. Me ofrecí a ayudar de inmediato, vino una ambulancia y llegamos a la clínica varias personas, entre las cuales, iban muchos incultos e inútiles que sólo molestaban. Me quedé unos días para apoyar a Mauro que se encontraba en una situación difícil. El parto había sido duro y había estado a punto de perder a su mujer. En el piso, Mauro se desplomó, me confesó que había cambiado, que trataba de llevar una vida familiar, pero que las tentaciones lo obligaban a mentir. Eran como los resortes de un viejo colchón que le interrumpían el sueño por la madrugada. Me ofrecí a ayudarle y él me pidió compasión, era sincero y accedí. Lo echaba, también de menos, por eso empezamos a copular. Luego fuimos a recoger a Adelina con el niño, pero los rumores ya se habían propagado como una plaga. Andábamos en boca de todos. No lo negué y muchos hombres me comenzaron a cortejar como si fuera una mujer de la calle. Les dije sinceramente lo que pensaba de ellos y lo único que logré fue hacerme de enemigos. Las mujeres empezaron a verme con malos ojos. 

Oí cosas en la iglesia, en las calles, en la plaza, centro de reunión de las chismosas del barrio, y no pude callarme. Respondí a sus intrigas con la evidencia de sus defectos y se enfadaron tanto que no me pudieron perdonar. Al final, supe antes de ser asesinada, que el hombre que me perseguía a discreción había sido contratado para eliminarme. Le iba a decir hasta de lo que se iba a morir, pero un golpe seco en la cabeza me lo impidió.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Maleantes

Su destino viajaba a ciento diez millas por hora en el lado opuesto. Si le hubieran dado el problema de aritmética, habría sabido que era suficiente reducir la velocidad un poco y eso le evitaría una gran pérdida, pues no convergería con el psicópata que le cambiaría la vida. Había discutido con su novia y la furia lo incitaba a pisar con más fuerza el pedal. Marisa estaba enfadada, no podía entender la obstinación de su novio. Había empleado una semana entera para organizar un viaje a Europa, se había ilusionado con la idea de conocer París y Venecia, pero sus planes se derrumbaron cuando recibió la negativa de Alberto. Tenían pocos conflictos y la relación, a pesar de tener sus altibajos, era buena. Sólo había una cosa que no encajaba. Era la terquedad con la que Alberto defendía sus ideas. Tal vez no fueran malas las resoluciones de su pareja, quizá fuera mejor ahorrar y pensar en el futuro, pero y ¿el presente? Había que vivir el momento porque el futuro es muy incierto e impredecible. La prueba estaba en que, desde que habían comenzado la relación, todos los augurios habían fallado. La bilis le agriaba la cara. Puso música y la mirada reprobatoria de Alberto la alegró. ¡Jódete, cabrón! —pensó ella, mirándolo de reojo.

En otro coche azul, se lo habían robado para asaltar un banco, iban tres locos. Las cosas habían salido bien. No habían dejado heridos. Nadie les había visto la cara y estaban en la carretera con poca gasolina y medio millón de dólares en el maletero. James se había metido mucha coca y estaba eufórico. Sus compañeros John y Garry le pedían que bajara la velocidad, pero era inútil. Necesito que cojamos impulso, tarados—gritaba James como si fuera montado en un caballo—. ¿No ven que ahí está la gasolinera? Si tomamos vuelo, el coche llegará por inercia. Era verdad, apenas pudieron acercarse hasta el surtidor y meter el dispensador en la boca del depósito. Empujaron el auto unos metros. Estaba un chico atendiendo, su padre se había ido a comer y lo había dejado de encargado pensando en que no pasaría nadie por allí a esa hora. Garry, al darse cuenta de que el sitio estaba sin resguardo abrió el refrigerador y les repartió cervezas a sus compañeros. Exhalaron satisfechos los tres y se miraron con alegría. ¿Están pensando lo mismo que yo? —preguntó John dibujando unas curvas en el aire. Los tres gritaron eufóricos. En ese momento llegó otro coche y sus miradas se dirigieron hacia él. Vieron salir a una chica rubia bajita, pero con buen aspecto. Tengo una idea—susurró James— ¡Tráiganla para acá!

El chico había terminado de repostar el coche de los maleantes y se dirigió a Alberto para pedirle que le diera las llaves de su coche. En ese momento se acercaron a Marisa Garry y James mientras que John le asestó un fuerte puñetazo a Alberto, quien casi perdió el sentido por el impacto, después las patadas se encargaron de desconectarlo. Arrastrándolo lo metieron en un armario con herramientas y cerraron el viejo candado que colgaba de la cadena. Le habían puesto cinta adhesiva en la boca y le ataron las manos. Estaba adormilado y el dolor lo atosigaba. La posición en la que se encontraba era muy incómoda por la estreches del mueble. Le era imposible tratar de ponerse en pie. Escuchó las voces de los compinches. Oyó claramente las malas intenciones que tenían, cerró los puños y apretó los dientes. Hizo un esfuerzo sobrehumano para separar las paredes del armatoste metálico, pero fue inútil. Llegaron los gritos de Marisa, imploraba misericordia. Se oyó un chillido del gasolinero a quien hicieron callar con un golpe.

Pasaron unos minutos horrendos de impotencia, lujuria, perversión y crueldad. Después risas y aullidos de la horda de delincuentes que salió alegremente para montarse en su vehículo. Se oyó el rugido de un motor, luego una orden y la música de una radio que se fue alejando con rapidez. No había mucho ruido y Alberto alcanzó a escuchar los sollozos de Marisa que estaba tirada en el piso. Pidió ayuda y después de unos minutos se dio cuenta de que alguien estaba metiendo la llave en el candado. Vio al chico. Tenía un cardenal en el ojo y su rostro inocente estaba blanco. Le ayudó a incorporarse y librarse de las ataduras y el scotch. Alberto clavó su mirada en el cuerpo que yacía desnudo y se acercó.

Gafe

Hacía un calor infernal. El sol era abrumador, sobre todo, a mediodía. Pasaban pocos coches por la carretera y José estaba leyendo los apuntes que le había prestado Francisco en la universidad. Tendría pronto su examen de filosofía y pensaba que sería mejor morirse de una vez por todas. Será sencillo—se repetía—, sólo me dejaré desecar por el sol y me convertiré en un cuero seco.
No podía hacerlo porque llevaba la carga de su familia. Había decidido trabajar todo el verano para sacar algunas monedas y curar a su madre que padecía una enfermedad peligrosa. No todo es tan malo—pensó mirando el horizonte, tratando de distinguir si la nubecilla que se levantaba a unos kilómetros era por causa de un automóvil y no por un pequeño torbellino de los que lo distraían siempre con la esperanza de ver gente. Tenía un deseo enorme de conversar con alguien que no fuera Mario, el dueño de la gasolinera, quien nunca estaba allí, pero había decidido pasar dos meses vigilando a su nuevo empleado.

José sabía que se iría pronto y cuando las tardes eran más frescas, se imaginaba que era el gasolinero de la película “El cartero siempre llama dos veces”. Se imaginaba a una mujer que era un híbrido de Lana Turner, elegante y sensual a la vez, con la imagen de su adorada Jessica Lange de sonrisa excitante y enormes piernas blancas. Él no era Nicholson ni John Garfield. Prefería ser él mismo en su pantalla imaginaria. No tenía mala pinta y hacía deporte. Su único problema era la timidez. Cuántas chicas en la universidad le habían insinuado cosas, cuántas, aunque no las más bellas, lo habían besado en las fiestas de su amigo Paco, cuántas no estarían dispuestas a todo por conquistarlo; sin embargo, él se avergonzaba y, hasta la mujer más fea, le hacía temblequear las piernas. Deseó ser un caradura para poder escudriñar en la intimidad de las mujeres y poseerlas, pero le era imposible. 
Notó que la estela de polvo era de un coche. De buena marca, descapotable, rojo y, para colmo de males, de línea deportiva excepcional. Se detuvo ante las bombas de gasolina y una chica con el pelo escondido bajo un sombrero y gafas le ordenó llenar el depósito. José la miró con cordialidad y le indicó que el baño estaba a la derecha de la gasolinera. La chica se fue meneando las caderas y balanceando su bolso. Volvió cuando José estaba limpiando el coche. Se encontraba de cuclillas y al levantar la vista se estrelló con una falda ajustada y unas piernas regordetas.

—Este sitio está más solo que un huérfano en el día de la madre, ¿verdad?
—Sí—contestó José sin levantar mucho la cara—, así parece.
—No trabajaría aquí por nada del mundo.
—Bueno, por fortuna estoy yo para eso, ¿no crees? —Ella se quitó las gafas y lo miró con atención, quiso decir algo, pero movió la cabeza para sacudirse la pregunta.
—A decir verdad, preferiría esto a ir a ver a mi amiga.
—¿Por qué? Si es tu amiga, deberías estar contenta, ¿no?
—No te creas. Todo ha sido un pequeño error. Hace poco salí del closet, o el plascard, o como le digan aquí.
—Querrás decir del armario.
—Sí, así es. Embriagada y, al lado de Marisa Cardenale—al oír este nombre, José vio la imagen de una famosa millonaria del cine—, tuve la fantástica idea de declarar que me gustaban las mujeres y ya ves…
—¿Quieres decir que la Cardenale es tu amante?
—Sí, sí, pues qué otra cosa. Es famosa por eso, ¿no? Es de suponer que en este rincón del infierno no te enteres de nada.
—Pero, tendrás solvencia…—La chica dejó con las palabras en la boca a José interrumpiéndole con el índice en los labios.
—¡Para qué carajos me sirve!
—Bueno, no tienes que trabajar en lugares míseros como yo.
—No, claro, pero no soporto mi conciencia.
—¿Por qué? No tiene nada de malo.
—No es por eso. Lo que pasa es que he descubierto que me gustan más los hombres. Y ¿sabes…? —José movió las manos indicándole que no se lo imaginaba—. He recorrido estos cincuenta kilómetros pensando en mi venganza. Necesito acostarme con alguien me haga odiarla.

José se puso rojo y cuando ella le preguntó si había un cuarto, él afirmó. Se imaginó su cuerpo desnudo, pero al llegar a la caja la chica le hizo la proposición al asqueroso Mario.

lunes, 30 de octubre de 2017

Desprevenido

Recostado en la cama, Ricaldo, comenzó a salir de su sueño. Había visto detrás de sus párpados, cómo una mujer morena con olor a canela y rosas lo complacía en sus caprichos. Jamás se había sentido tan satisfecho. Pensó, incluso, que ya no tendría necesidad en lo futuro de luchar contra sus problemas internos. De pronto las mujeres de las que se había tenido que despedir, para siempre, desaparecieron como una nube de vapor dejándole un paisaje hermoso.

Con esta última acompañante había sido fantástico. Por lo regular, él era quien les hablaba y las engatusaba con su preciosa labia. La experiencia le había permitido siempre convencerlas sin dificultad. Les hacía ver que todo era un problema social, que la pobreza y las malas condiciones en las que vivía la gente eran una zanja profunda de la que no se podía salir. Ellas alarmadas afirmaban con una sonrisa nerviosa. Luego empezaba un juego peligroso y tenso de intercambio de opiniones. No tenía la razón, pero a sus clientas no les quedaba otra más que aceptarlo todo hasta que terminara el trayecto. Después, en ese laberinto de calles y casas bajas y pobres, se veían descampados; luego se apagaban los faros del coche y él abandonaba a sus pasajeras a la buena de dios.

Le donaban recuerdos que el guardaba en una gran caja de cartón. Tenía blusas, brasieres, medias, peinetas y todo tipo de pertenencias femeninas. Elegía lo más característico. Si la mujer se pintaba mucho, se quedaba con el lápiz labial; y si se preocupaba mucho por su peinado, cogía su cepillo. Llevaba mucho tiempo en su oficio y, por la gran facilidad con la que le resultaban las cosas, comenzó a arriesgarse, dejó de frecuentar terrenos baldíos, permitió que ellas eligieran las reglas del juego con sus conversaciones superfluas. Fue creando más estrategias y se sentía orgulloso de poder hacer lo que se le pegara la gana fingiendo.

La noche anterior tenía hinchado el pecho y su corazón se ablandó un poco, por eso cuando vio a Rita con su vestido negro, su rostro cadavérico pintarrajeado y, sobre todo, sus rechonchas piernas aprisionadas en sus medias de cabaretera, no pudo resistirse a jugársela de verdad. Ganó, ella resultó ser una excelente contrincante. Tan curtida por la intemperie de la vida como él, parecía leerle los pensamientos. Le gustaron los acertijos que le fue presentando. Le puso las adivinanzas como si fueran cartas de menor a mayor nominación. La contienda fue dura y las apuestas subieron hasta que se quedaron sin ropa. Pagaron su deuda con carne. Metieron todo al asador. No fue mala la comilona y toda la noche gozaron del banquete.

Era el momento de separarse. Ricaldo oyó la regadera y la voz polvorosa de su compañera. No había tregua. Sufriría, él lo sabía bien, pero era mejor así; quizás toda su vida había estado buscando esa solución. Se juró cambiar, ser respetuoso y no enloquecerse por la desesperación, ni la obsesión, ni la maldad, ni el rencor, ni nada. Iluminaría sus días con la esperanza de volver a encontrar a Rita. Al final, se decidió y comenzó a ver las paredes sucias de color naranja, el olor era una mezcla renal sudorosa que provenía del incienso, las frutas estaban podridas. Su compañera seguía pintarrajeada como la noche anterior. Notó que ningún maquillaje podría darle tanta naturalidad.

Lo miró con sus enormes ojos negros y sonrió. Tembló la tierra por efecto de los gritos que provenían del subsuelo, el aire comenzó a arrastrar escarcha y la espalda se le encorvó, su cuerpo se comenzó a llenar de agua espesa, como si le circulara en las venas fécula de maíz con leche, por último, el fuego en forma de serpiente se le comenzó a meter por las piernas, se le subió hasta el abdomen y formó una bola de brasas. Apretaba los dientes con fuerza, como aquellos héroes revolucionarios que resistían el dolor de las balas. Quiso imaginarse un sombrero de paja sobre su cabeza, una carabina en sus manos, una canana en su cintura, vestido con barato percal blanco —¡Ser por fin un hombre, qué carajos! — No le resultó. Tenía enfrente un espectro con trenzas como látigos, vestida de negro con encaje, sosteniendo una hoja amarillenta muy parecida a la hoz de su sonrisa. Leyó:

 “Serán vengadas las pobres inocentes que ultimastes, no les dijistes nada más que mentiras, pero han vuelto para desquitarse y sufrirás por ellas en el más allá”.

No pudo oír más.