Entré al despacho del director y cogí el paquete que me
habían indicado. No fue difícil encontrarlo porque estaba sobre una silla. Era
un sobre sin etiquetas o indicaciones del destinatario, pero correspondía a la
descripción que me habían dado. Lo escondí en mi bolso, aproveché que la
secretaría todavía estaba en el comedor. Puse las llaves en su mesa y salí a
discreción. Me perdí en esa multitud de estudiantes que iban de un aula a otra.
Salí de la facultad y me dirigí a la parada de autobús. Le hice conversación a
unas jóvenes. Me tomaron en broma y se burlaron un poco de mí por las preguntas
tan absurdas que les hacía. Me despedí de ellas, pero antes les hice una proposición
un poco indecorosa. Enrojecieron y se les cortó la risa muy rápido. Me alejé
sin prisa, disfrutando del malestar que les habían causado mis palabras.
Llegué a mi casa, guardé el sobre en un lugar seguro y me
fui a duchar. Salí a cenar y cerca de medianoche me acosté. Dormí plácidamente
y cuando estaba regresando a la realidad de la vigilia, pude ver un sueño corto
en el que se revolvieron las imágenes y la sensación fue muy extraña porque al
mismo tiempo sentía alegría y náuseas.
Bajé a tomarme un café y una camarera nueva me dio una nota
en la que se me pedía que le entregara el paquete. Siguiendo con lo acordado
fui a mi piso lo cogí y lo metí en una bolsa del supermercado, se lo entregué a
la camarera y me tomé otro café. Cuando pedí la cuenta solo me dijo que me
fuera y esperara mientras llegaba la respuesta.
Subí las escaleras, entre al piso y me puse a leer un libro
que llevaba semanas tratando de terminar, pero por lo denso que era no
avanzaba. Me hice a la idea de que ese día acabaría con esa penosa tarea. No me
gusta dejar las cosas a medias, por eso hice de tripas corazón y me profundicé
en las que me parecían retorcidas y enmarañadas ideas del tal David Foster Wallace.
Solo para toparme con el enlistado enorme de notas que había estado omitiendo y
que eran la parte más importante del libro. Decidí no releerlo. Lo cogí, le
saqué los guarda-páginas y lo puse de nuevo en su sitio para no volver a pensar
en él.
A las nueve de la noche salí a dar una vuelta. La gente
paseaba tranquila disfrutando del buen tiempo y del aroma de las flores de los
jardines de las casas. Me quedé un momento mirando el bello color del cielo
rosa naranja con pinceladas de violeta y las nubes algodonadas como cuerpos tumbados
o sentados.
Al volver abrí el buzón como se me había indicado y me
sorprendió el grosor de los billetes. Era verdad que me habían pagado diez mil.
Era una locura. No podía creer que por un trabajillo tan sencillo me
compensaran tanto. No sabía quién era ese mecenas, pero tampoco me importaba.
Conté lentamente los billetes de quinientos. Pocas veces había tenido uno y ahora
frente a mi tenía un fajo de veinte. No quise dejarme llevar por la seductora
tentación de correr a las tiendas y me tomé unos cuantos tragos de ron con cola
y me acosté.
Decidí que esperaría unos días para gastar, comí
modestamente, no llamé a mi amiga Dora para revolcarme con ella el fin de
semana, ni quise encontrarme con mis amigos. Tenía que pensar la mejor manera
de usar el dinero. Traté de distraerme visitando los museos en los días
gratuitos, vi películas en la tele y pasadas tres semanas decidí que cambiaría
mi guardarropa, estaba harto de andar fachoso.
El miércoles por la mañana me puse a leer las noticias del Messenger,
había una que me hizo sentir un vacío extraño. Era sobre un catedrático
asesinado en su oficina. No es común ese tipo de crímenes y lo peor es que me
sentí de inmediato implicado.
“Un hombre descompuesto por la furia entró a la cátedra de
ornitología y saltó sobre el reconocido académico Gregorio Domínguez asestándole
fuertes golpes para, dispararle después, tres tiros a bocajarro. El criminal
fue arrestado y conducido a la comisaría donde declaró que el motivo de su
enfado lo había ocasionado la pérdida del único ejemplar del inédito libro de
la famosa escritora Dorotea Puebla titulado La mujer que aprendió a hablar
con los pájaros”.
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