Subo y bajo por una escalera de caracol. Me guio tocando las paredes. Todo está oscuro y húmedo. Es una pesadilla que no veo en sueños, sino en la realidad. Comenzó hace tanto que ya no sé cómo llegó a convertirse en esto. Una noche mi madre llegó con él. Se veía un mal tipo. Agresivo, muy mandón y con un acervo cultural deprimente. Me miró con unos ojos amenazantes, fieros. Esa noche emborrachó a mi madre. Se quedó a vivir con ella. Todas las tardes la golpeaba y la mandaba a buscar dinero. A mí me aterraba su presencia, por eso pasaba mucho tiempo con mis amigas y me encerraba en mi habitación. Una noche que mi madre estaba perdida de alcohol, oí que forzaban la puerta. Entró la luz y sentí una mano fuerte en mi boca. Me tiró del pelo, me gritó, me dio de bofetadas y me arrancó el camisón. “Nada más intenta decírselo a tu madre y ya verás, miserable”. Salí y llamé a la policía. Llegó una patrulla y los agentes llamaron a Ernesto. Al verlo los polis le dieron la mano. Se conocían todas sus bromas y chistes. Se rieron un rato y le dijeron que me controlara para que no les volviera a llamar en vano.
Comenzó un acoso
sistemático. Dejó la puerta sin cerradura, entraba cuando se le pegaba la gana
y me asfixiaba, me decía que mi madre tenía la culpa de todo. Un día me escapé
y me fui a vivir con una amiga, pero me encontró. Hacia sus viajes en un camión
y me subió, me dijo que lo tenía que acompañar a dejar una carga. Varias veces
me dejó en descampados donde sabía que no pasaba un alma. Me aterré y cuando le
imploraba que no me dejara, se ponía cariñoso. Con su estrategia me quebró
totalmente. Se me formó una amalgama de dolor y necesidad. Todo era terror y
poco a poco me convencí de que yo era la culpable de las desgracias de mi
madre. Tomé una actitud muy negativa. Sufrí depresiones y llegué a desear que
me mataran. Las cosas fueron de mal a peor. Cuando le faltaba dinero, se venía
hacia mí y me comenzaba ahorcar. “Nadie te creerá nada—decía con su aliento de
cerveza barata y pestilente—. Tengo de mi parte a la autoridad y lo único que
lograrás será que te metan a la cárcel por levantar juicios falsos”. No le creí
al principio porque todavía existía en mí el amor propio, sin embargo, la
autoridad y las instituciones públicas me lo hicieron saber. “Una denuncia es
solo una queja, señorita, debe presentar pruebas y traer testigos”. Lo hice,
puse una cámara oculta en mi habitación, se la mostré a los policías, pero lo
único que oí fueron expresiones vulgares que dijeron con tanta asquerosidad que
me salí de allí. No logré nada y cuando estuve a punto de contratar a un
abogado para empezar un juicio, se vinieron las cosas abajo.
Ernesto se ausentó un
tiempo. Llegué a pensar que se había cansado de mí y se había conseguido a otra
víctima. Lamenté que otra persona cargara con eso, pero no tenía ni siquiera
fuerzas para rehacerme. Temblaba de miedo todas las noches. El abogado me llamó
y le dije que no necesitaba sus servicios. Traté de adaptarme de nuevo a la
vida. No había ni siquiera terminado la secundaria, me dijeron que me veía ya
muy demacrada y que aparentaba los veintitantos. “No, si solo tengo dieciséis”.
Pues, tendrás que cuidarte más, hija mía—decían las personas—porque si sigues
así a los veinte te verás como una anciana. Después de tres meses me sentía
convaleciente, pero con energía suficiente para seguir con las clases de la
secundaria. Llegué a sacar buenas notas y los profesores me animaban a mejorar
para pasarme al bachillerato. Me ilusioné y pensé que sería alguien en la vida.
Me empecé a interesar por el Derecho. Una tarde que estaba haciendo mis
deberes, alguien toco a la puerta. Pensé que sería una de mis compañeras que
venía a pedirme los apuntes, pero cuál fue mi sorpresa cuando vi frente a mí a
la bestia. Estaba sucio y borracho. Me dio asco verlo, pero me cogió del cuello
y me levantó en vilo. Me sentí desnuda, desprotegida, con un animal jadeante
encima de mí. Cerré los ojos y traté de imaginar que era una pesadilla.
“¿Creíste que te habías librado de mí?¡Perra maldita!”.
La poca vida nueva que
había logrado edificar se derrumbó. Los maestros me olvidaron pronto, mis
compañeras de grupo se alejaron. Nadie estaba dispuesto a enfrentarse con él.
Volvieron los abusos, esa presión psicológica que me hundía en un pozo negro. A
mi madre la trataba peor y ella solo se refugiaba en el alcohol. Se la veía
medio desnuda, cayéndose de borracha, pedía un poco de dinero para llevárselo a
Ernesto. Todos lo sabían y nadie movía un dedo para ayudarnos. “Son unas
perdidas, esas dos”. Era lo único que pensaban. Nos veían como un virus. Una
escoria a la que se evita para no mancharse. Me volví un autómata, vacía, no
quería tomar conciencia de mi ser para no sufrir por la realidad. Me reprochaba
continuamente para sentirme despreciable y un día noté algo extraño. Estaba
embarazada. Una voz muy alarmante surgió de mi vientre. “No puedes tener a ese
bebé, estará maldito y será víctima de este energúmeno. Peor si es niña”. No
podía permitir que sucediera una tragedia. El bebé no tenía por qué sufrir los
errores de su madre, así que me escapé.
Me oculté donde pude, no
fue por mucho tiempo. Me halló muy rápido el maldito cabrón. Se burló de mi y
me dijo que me había llegado la hora de proporcionarle dinero. Me obligó a
acostarme con los borrachos por unos cuantos billetes. El odio se fue
destilando poco a poco dentro de mí. No podía resistir más y un día robé una
pistola del bar. La oculté debajo de mi colchón. Una noche decidí usarla y
cuando se me abalanzó Ernesto, la saqué y disparé. Sentí solo el fuerte estruendo.
La sangre me comenzó a bañar. Me Sali con esfuerzo de la cama. El enorme cuerpo
estaba inmóvil, la sábana se ponía roja y el silencio me dejó percibir el olor
de la pólvora. Me había liberado, pero no sentía regocijo, al contrario, me
recriminé por haberlo ultimado. Lloré de decepción. Después de muerto, me
seguiría estropeando la vida. Ya había tenido mi cárcel y ahora me trasladarían
a otra, tal vez menos cruel, pero seguiría en prisión. No había ganado nada, al
contrario.
Llegó la policía. Me
arrestaron y me condenaron por homicidio. Me dieron veinte años sin derecho a
fianza. Vino de nuevo el abogado. Me riñó por no haber hecho denuncias, ni
pedir ayuda. Le conté mi vía crucis, le dije que este mundo está hecho por los
hombres y que los actos de las mujeres, sean cuales sean, siempre se ven con
prejuicios. Me prometió que buscaría la manera de sacarme, pero no le creí.
Empezó un período horrible de mi vida. En la soledad mis ideas me atormentaban
más. Me suministraban calmantes para que no gritara como una demente por las
noches. Nadie se acercaba a mí, me veían como a un bicho raro que no les
despertaba el mínimo interés. Nadie quiso entablar amistad conmigo. Pasé meses
enteros sin hablar. Los guardas, me metían palizas cuando se les acababa la
paciencia.
Un día recibí una visita.
Era una mujer de unos cincuenta años, llevaba el pelo teñido y su cara mostraba
un gesto amable, pero las arrugas que tenía le daban un aspecto triste. “He
sufrido igual que tú—dijo con voz clara—y conozco mas casos como el tuyo, te
voy a sacar de aquí”. Con esa determinación me convenció. Ya no creía en nadie,
pero ella me dio fuerzas, me habló de los procedimientos que emplearía para
zanjarlo todo. Dejé que me fuera conduciendo de la mano. Hice todo lo que me
pidió. Hice las testificaciones tal y como me lo ordenó. El día de mi
liberación vi lágrimas en los ojos del jurado. Había hombres con el rostro bajo
y las mujeres se sonaban constantemente la nariz. Supe que lo habíamos
conseguido. Me compraron ropa nueva y salí de la mano de Carolina Huesca. Nos
entrevistaron los periodistas. Ella no dijo mucho y yo menos.
Pronto me propusieron
publicar mis memorias. Lo hice con una gran dificultad. No podía recordar tanto
maltrato. Consumí muchos calmantes y en la editorial, cuando se presentó mi libro,
apareció una mujer. Era gorda y baja. Estaba muy descompuesta. La reconocí. Era
la madre de Ernesto. Me miró con odio y sacó un arma de su bolso, me apuntó y
disparó. Nunca más la volví a ver y quedé con una marca en la cara. La cirugía
no me ayudó mucho. Ahora voy por allí en las campañas de protesta contra la
violencia de género. Me admiran, pero nadie sabe que nunca he salido, ni podré
salir de mi infierno. Eso es algo con lo que se carga toda la vida.