Escritura creativa

viernes, 2 de enero de 2026

Eduardo Velasco- Crimen pasional

Lalo Velasco- Crimen pasional

Cogió el estropajo abundante de espuma y comenzó a fregar los platos. Al fondo se oían las conversaciones de los clientes del restaurante. De pronto se sintió asaltado por una pesadez abrumadora. No deberías estar aquí, Marcial—le dijo una voz profunda que le metió mucho temor—, no deberías estar aquí, y lo sabes. Terminaron la toma y con mirada interrogante Marcial volvió la cabeza hacia Paco Lombardo. Él le hizo una señal dándole a entender que se podía ir a descansar mientras montaban el decorado para la siguiente escena. Marcial se secó las manos, se quitó el delantal y la ridícula pañoleta que llevaba su personaje. Se fue a su caravana a descansar.

Se dirigió hacia las carpas donde había café y bocadillos para los ayudantes. Sus pasos eran torpes y le dolía la cadera por el espacio tan incómodo donde había repetido diez veces la escena de la discusión con Marat, su compañero de reparto. Saludó a Margarita, una chica muy bondadosa y gran admiradora del gran Marcial Pedroza. No sabes cómo te admiro Marcial—le había dicho esa mañana cuando se anunció que el papel principal lo tenía él—, eres el mejor. Él le sonrió fingiendo alegría, tomó un vaso de café y se fue a descansar.

Tumbado en el incómodo sofá y bañado por un aire de energía lacerante dejó de reprimir sus pensamientos.

 Joder, Marcial, ¿no te das cuenta de que vas a echar a perder tu carrera? ¿Cuánto te costó llegar hasta aquí? ¿Ya se te olvidó que juraste que jamás harías papeles estúpidos? ¿para qué necesitas hacer el ridículo? ¿Qué va a pasar cuando la gente vea al ganador del premio de la academia haciendo de lavaplatos? Pareces un sacamuertos, un racionista que trabaja por la sopa boba. Bueno, ya para, lo que yo haga es decisión mía y que la gente se vaya al carajo. Sí, de acuerdo, pero con este favorcito se va a terminar tu brillante trayectoria. Ya te veo otra vez luchando para que te den un buen papel en alguna película que merezca la pena. Bueno, y ¿eso qué? Le prometí a Luis que no le fallaría, sabes que le debo mucho. El Cabrera me salvó de la muerte. Bien, bien, Marcial, ya sabía que ibas a salir con eso de que la amistad es más importante que el dinero y la fama. Sin embargo, permíteme recordarte que Luis solo hizo lo que tenía que hacer, de haber estado otro de tus amigos en la misma situación, incluso tú, habría hecho lo mismo. Ya deja de molestarme y cállate, soy yo quien afrontará las consecuencias.

Se oyeron unos toquidos: “Marcial, te llama Paco, vamos a hacer la otra escena”.

Marcial estaba indeciso. Debía prepararse y entrar en el personaje, pero no lo lograba. Su voz interna salió de nuevo. Bueno, pues ya convéncete. No tienes opción. Piensa que eres un tipo convencional con necesidad de afecto y que has descubierto que no puedes tener relaciones con mujeres y que ese beso con Marat será solo una imagen, una serie de cuadros en un muermo y que a todo mundo se le olvidará. No sentirás nada y si de pronto surge la repulsión, quédate tieso y que sea Marat quien acapare pantalla. Déjate llevar. ¿Sabes? Ni de broma. Todo esto es una estupidez, no debí aceptar el rol. No tiene sentido. Sí, sé que le debo un favor a Luis, pero esto es demasiado. ¿Lo ves? Al final has recapacitado, coge tus cosas, discúlpate con Luis y mándale un cheque para que encuentre otro actor. Ya te había dicho desde el principio que solo querían aprovecharse de tu fama. Estuviste a punto de tirar tu carrera por la alcantarilla, mi buen.

Marcial se acercó a Lombardo y le explicó que no podía seguir, que renunciaba. Paco se puso fúrico, le comenzó a gritar y lo amenazó, pero de nada le sirvió. Los actores se quedaron de piedra al saber que Marcial se iba. Los rumores comenzaron a propagarse como un tufo desagradable que irritaba a todos. Marcial cogió sus pertenencias y se marchó.




Al día siguiente, el inspector Eduardo Velasco se presentó en la calle Roma. Lo recibió Nacho su ayudante.

—¿Qué tal, Nacho?

—Mal, inspector. Hemos encontrado a Marcial Pedroza asesinado. Según el forense murió ayer por la noche, a eso de las diez y media. Lo apuñalaron, fue una muerte rápida.

—Vaya, vaya. No será el actor de cine, ¿verdad? —miró con astucia a Nacho quien movió la cabeza afirmando y subiendo las cejas de forma exagerada—, ¿hay alguna pista, rastros, algo que nos pueda ayudar?

—No, inspector. Se han encontrado solo huellas de la casera y de Marcial. El asesino sabía lo que hacía.

—¿Tiene cuartada la casera?

—Sí inspector, estuvo con su hija y la vecina del tercero preparando una tarta de cumpleaños.

—Bien, tendremos que comenzar con las pesquisas. Déjame echarle un vistazo al escenario…

Velasco hizo una revisión minuciosa, puso atención en los libros y pertenencias del fallecido. Miró la posición del actor tumbado en el suelo, hizo sus anotaciones, le preguntó al forense lo que consideró importante, luego habló con los guardias que habían llegado primero al lugar y se fue.

—Nacho, tendremos que investigar todo lo relacionado con este desdichado. Dile a Marta que nos consiga toda la información.

—Sí, inspector.

—Bueno, me voy porque todavía estoy con lo del deceso de la viuda Montes…y creo que ya sé quién es el culpable.

—Lo llamaré en cuanto tenga algo, inspector.

—Gracias, Nacho. Hasta pronto.

El inspector Velasco se fue al restaurante donde trabajaba su amiga Rosa. Se sentó cerca de la barra y se concentró en su bistec con patatas. Hacía tiempo que no comía con tanta tranquilidad. La frecuencia con la que resolvía los crímenes le parecía un acto tan rutinario que ya ni siquiera se molestaba en aplicar sus métodos deductivos. Parecía que todo era tan banal que cualquier policía con un poco de experiencia resolvería los asuntos que le llegaban. Lo de la viuda estaba clarísimo, era un clásico, la ambición del amante lo había llevado a cometer el crimen y esa misma noche lo arrestaría en el aeropuerto. Velasco se empezó a reír con una alegría radiante. Como Rosa lo estaba mirando pensó que por fin el atractivo cincuentón se le declararía y juntos vivirían en un modesto piso con olor rancio de tabaco y comentarían las noches todas las fechorías de los delincuentes de la ciudad.


 

—¿Le traigo el postre, inspector?

—¡Hay Rosita de mi alma! Si yo pudiera y tú quisieras—le dijo todavía con ese aspecto alegre que lo hacía tan atractivo—, pero ¿quién se va a fijar en un tipo como yo?

—Pues debería decidirse ya, no lo voy a estar esperando toda la vida y por si no lo sabe, tengo una fila de pretendientes esperando el sí…—se dio la vuelta y caminó a la cocina con un cadereo que dejó a Velasco confrontándose con sus evasivas al matrimonio.

A Velasco le habrían dado la jubilación anticipada, incluso se lo habían propuesto ya, pero el hecho de verse ocioso, solo, y sin muchas metas que ponerse para sobrevivir, le causaba un estremecimiento que oprimía el bajo vientre. Esta Rosita se me va a marchitar si la dejo esperando, caray. Por qué me falta tanto la hombría a la hora de la verdad. Un día de estos algún patán se la lleva y me quedo mirando para la loma. Hay que ser muy bruto para no aprovechar la oportunidad. Y eso de los enemigos que me he echado encima, la falta de vocación de marido ejemplar y todas las excusas que me busco son pura inseguridad. No me siento a la altura de esa mujer, joder.

—Bueno, bueno, lo veo muy alegre inspector, ¿no será que se ha enamorado?

—¡Ay, Rosita de mi alma! Pues, la verdad es difícil de ocultar, sobre todo cuando es tan evidente…Lo que pasa es que…es que…yo…

—Otra vez le empezó el tartamudeo, ¿por qué no me lo pone por escrito y acabamos con la duda, ah? Escribir si sabrá, ¿no? ¿O me va a decir que también le tartamudea la mano?

Se echaron a reír con muchas ganas y salió el administrador a ver que se traía la camarera. Velasco se acercó a Rosa y le dijo al oído: “La invito mañana a cenar, pasó por usted, y ahora váyase porque ahí viene el energúmeno de su jefe”.

Pagó la cuenta le guiñó el ojo a Rosita y salió para saber algo sobre Marcial Pedroza- Al pasar por un estanco vio un periódico, lo compró y le echó una ojeada. Puso atención en una noticia. Era sobre la muerte de Marcial. Había información sobre la última película que lo había llevado al premio de la academia, sobre su tortuosa relación con su novia, sobre su trayectoria y salida del anonimato y unas cuantas líneas sobre la última película que estaba haciendo. Solo estaban los nombres de Luis Cabrera el productor y Paco Lombardo, un director emergente casi desconocido que solo había hecho tres cortometrajes. Velasco se fue a buscar una caseta telefónica y llamó a Marta.

—Hola, Martita, oye te tengo que pedir que me localices a un tal Paco Lombardo, director de cine emergente, y a Luis Cabrera, un promotor de cine de poca monta. ¿Me lo podrías tener mañana al mediodía? Te lo agradecería muchísimo.

—Buenas tardes, inspector, por supuesto. Cuente con eso. Oiga y quería decirle que Rico Casamayor estará hoy en el aeropuerto entre las nueve y once de la noche, se va a fugar con su novia, la vedete Sonia Palomero. Tienen billetes de la línea aérea Celeste fly. La policía ya está al tanto. No llegue tarde.

—Gracias, Martita. Te llamo después.

Velasco miró el reloj. Eran las cinco y media. Bueno, me da tiempo de echarme un duchazo y luego al aeropuerto. Cogió su coche, entró por la avenida Vallejo, cruzó la glorieta de Torquemada y aparcó su coche. Subió por la escalera y al llegar a su piso y comprobó que no hubiera nada fuera de lo habitual. Abrió la cerradura, encendió la luz, se tomó una copa de brandy y se fue a duchar. Salió vigoroso, de buen humor y se puso a leer unas páginas de una novela. Se quedó pensando en la trama y luego arqueó las cejas.

Se marchó a las siete y media de su casa, se subió al coche y se dirigió al aeropuerto. Llegó sin retraso, justo a tiempo para ver en el registro a Ricardo Casamayor y la hermosa Sonia Palomero. En persona la mujer era más impresionante que en las fotografías y las pantallas. Tenía una personalidad magnética que arrancaba los ojos a su paso. Era imposible no verla. Además, se vestía muy bien, con buen gusto, mezclando elegancia con excentricidad en su punto exacto. Velasco se imaginó a Rosita vestida de la misma forma. No, no había una gran diferencia, pero Sonia se movía como la diva que era, mientras Rosita mostraba más su simpleza, su naturalidad y eso la hacía una mujer común, una mujer guapa, pero nada más. Pues, aunque no sea como la Palomero, esa Rosita se tendrá que casar conmigo. Ya está decidido y nada de peros. Y al diablo con todo lo demás. Mañana se lo propongo, por mi madre que se lo propongo.

Velasco sacó la pistola y se acercó a Rico. El hombre estaba nervioso, pero controlaba bien la situación. Sonia, por el contrario, acostumbrada a viajar y ver mundo veía a la gente como enanos, sirvientes y empleados a su servicio. Daba órdenes y no toleraba las negativas. Cuando se acercó al mostrador Velasco, Sonia le decía a la encargada que tenían prioridad, que iban en primera clase y que no haría falta llamar a nadie para que la acompañaran a abordar. Rico puso los pasaportes en el mostrador y miró con gesto rudo a la encargada. En ese momento Velasco le puso la pistola en la espalda. Está bien, amigo, quedas arrestado por asesinato con alevosía. Tienes derecho acallar y etc., etc., etc. Rico trató de escabullirse, pero estaba rodeado de policías. Sonia armó un escándalo. Velasco le pidió que se tranquilizara y la apartó. Unos agentes la resguardaron hasta una patrulla y se la llevaron.

A la mañana siguiente Velasco despertó tarde. Se había quedado leyendo su libro, hizo sus habituales anotaciones, comentó en voz alta sus observaciones y en todo el proceso se tomó media botella de Johny Walker. Tenía resaca y un hueco en el estómago. Bajó a la cafetería de Don Lucio, pidió unos huevos con jamón, una cerveza y se fue a la comisaría.

—Buenos días inspector, le tenemos bastante información de Marcial Pedroza.

—Oh, gracias Marta, dame la carpeta, le echo un vistazo ahora mismo.

—Aquí tiene, inspector. Falta todavía el resultado de la autopsia, pero creo que no arrojará nada nuevo, ¿no cree?

Velasco se fue a leer el informe, hizo su croquis de implicados, antecedentes, circunstancias y posibles causas del crimen. Llamó a Nacho y se fueron a interrogar a Francisco Lombardo.

Lo encontraron discutiendo con su mujer en la calle. Su hijo de seis años miraba con indiferencia a la pareja de energúmenos que se deshacían por encontrar las palabras más hirientes. “Maldito, estúpido, fracasado de mierda, no vales una bicoca, en mala hora me fui a meter con un imbécil como tú”.

La aparición del inspector le ahogó las palabras a la mujer que gesticulaba, vociferaba y bailaba como en una riña del famoso boxeador Mohamed Alí.

—Perdone, ¿es usted Francisco Lombardo? —le preguntó Nacho obstruyendo a la mujer que estaba a punto de abofetearlo.

—¡Sí, soy yo! Y qué pasa, ¿eh? —contestó Paco muy alterado por la discusión

—Mire, Francisco, venimos por lo de la muerte de Marcial Pedroza, ¿lo recuerda?

—¡Yo no tengo que ver nada con eso!!Déjeme en paz! —contestó paco dándose la vuelta para irse.

—¡Eh, un momento, amigo! ¿A dónde cree que va? —le espetó Velasco cogiéndolo del brazo—Lo siento, pero tendrá que responder a algunas preguntas, soy el inspector de policía, Eduardo Velasco.

Paco Lombardo se tranquilizó un poco, le explicó su situación y contestó a todas las preguntas sin poder recobrar la calma. Al final tenía coartada y era necesario preguntarle a su ayudante Margarita si en verdad habían estado juntos en un hotel. Agregó que sería muy estúpido para matar a su gallina de los huevos de oro. Les dio una de sus tarjetas y se fue sin despedirse.

Nacho y el inspector se fueron a buscar a Luis Cabrera.

Llegaron a una casa de dos plantas en una zona al norte de la ciudad. Tocaron el timbre. Les abrió un hombre mayor encorvado y medio sordo.

—Buenas tardes, señor, queremos hablar con Luis Cabrera—le gritó Nacho muy cerca del oído.

—¡Ah!!Un momento!¡Luis, te buscan!











El anciano invitó a pasar al inspector y a Nacho, les sirvió un zumo de naranja y se fue a su habitación. En ese momento sonó el timbre. Salió el anciano de nuevo y se fue a abrir la puerta. Con mucha sorpresa Nacho miró al inspector diciéndole que el viejo estaba más sordo que una tapia, pero bien que oía el timbre de la puerta. Nacho se levantó y miró el cuarto del viejo. Volvió con una gran sonrisa. El muy cabrón tiene una lámpara que se enciende cada vez que tocan el timbre.

Apareció Luis Cabrera. Era alto y delgado, llevaba una barba tupida y unas gafas de botellón. Estaba despeinado y parecía alterado.

—Buenas, señores, ¿en qué puedo ayudarlos?

—Venimos por lo de Marcial, usted era su amigo, ¿no? —le respondió Nacho con una sonrisa astuta.

—Sí, es muy lamentable su muerte. Me ha jodido por completo. Era mi última esperanza para salir del atolladero y estiró la pata, el muy cabrón.

—¿Qué relación tenía con él? —le dijo Velasco mirándolo con mucha atención.

Luis se tumbó en un sillón. Estaba a punto de llorar y con voz entrecortada les contó todo sobre su amistad con lujo de detalle.

Una hora y media después Nacho y Velasco salieron sin hebra de donde coger.

—Estamos jodidos, Nacho. No tenemos más sospechosos por ahora. Al final, será un banal robo a mano armada, bien planeado, pero un simple atraco o una venganza ordinaria.

—No, inspector. Nos falta el otro actor, el que hacía de Marat. Se llama Rufino Andrade y vive a media hora de aquí.

—Bien, entonces busquémoslo. ¿Dónde lo podemos encontrar?

—Calle libertadores 35, depto 304.

—Pues, pa luego es tarde, mi querido Nacho.

Llegaron a un edificio de doce plantas. Llamaron por el portero automático, pero nadie les abrió. Esperaron a que alguien saliera y al abrirse la puerta apareció una mujer de unos cuarenta años.

—Perdone, la molestia señora, ¿vive aquí Rufino Andrade? El actor, ya sabe…—le dijo nacho muy amable.

—¿Actor, dice? Ese patán es una escoria. Sí, vive debajo de mi y no es precisamente un ser deseable, se lo juro.

—¿Por qué dice eso, señora?

—Pues, porque hace mucho ruido, mete a la primera zorra que se encuentra y luego se la pasa fornicando media noche. Eso de acostarse con quien sea no es pecado, pero este cabrón grita como si lo estuvieran castrando sabe. ¿Son de la policía?

—Sí, en efecto. Este es el inspector Velasco— Eduardo hizo un saludo galante inclinando la cabeza.

—Mira ¡Que bien!!Hasta han mandado un inspector!!Ya era hora! A ver si esta vez lo echan para siempre de aquí.

—No se preocupe, señora, haremos lo que sea necesario.

La mujer se fue con paso alegre. Nacho y el inspector subieron por la escalera. Llegaron al piso 304. La puerta tenía un forro de color marrón oscuro, tenía dos cerraduras y el ojo un poco bajo. Tocaron durante diez minutos y no abrió nadie. Bajaron y desde el coche esperaron hasta que el hambre los obligó a retirarse. Comieron en un restaurantillo que quedaba enfrente del edificio. No notaron la presencia del hombre que habían descrito los vecinos. Fortachón, con tipo de jugador de fútbol americano, muy moreno, vestido con ropa deportiva y andar zalamero muy fingido. Es adulador, el muy cabrón, pero detrás de su sonrisita siempre se nota el interés. Ese cabrón no da salto sin huarache. Tuvieron que montarle guardia.

Al final Velasco no pudo ir a cenar con Rosa. Le surgió un asunto urgente a la camarera. Con mucha fuerza de voluntad, rompiendo sus principios y echando por la borda sus prejuicios, Eduardo escribió una carta breve declarándose, pidiéndole a Rosita que se casara con él. Se sentía ridículo y, a pesar de que todo apuntaba en contra de su relación, se convenció de que su vida sería mejor al lado de esa mujer.

La investigación se detuvo. Velasco estaba en punto muerto. Los sospechosos tenían coartadas, no tenían móvil y jamás habrían tocado al hombre que los sacaría de pobres. Rufino seguía invisible. Ni los polis de guardia ni los agentes que se habían incorporado a la investigación sabían algo. Al Marat se lo había tragado la tierra. Habían pasado tres días sin que hubiera noticias del actor de segunda.

Velasco se despertó el viernes con una indigestión moral. La existencia le parecía absurda y el único deseo que lo motivó a seguir adelante fue la ilusión de Rosita. Esa noche recibiría la respuesta y se terminaría esa lucha de contradicciones que le quitaba más el sueño que las peores pesadillas. Lo llamaron con urgencia de la morgue. Había un hombre parecido a Rufino.

Cuando el inspector llegó, Nacho lo recibió con cara de pocos amigos. Se encaminaron a lugar donde estaba el fiambre, hablaron con el forense y supieron que el actor había sufrido un paro cardiaco en un hotelillo barato. La muerte lo había sorprendido con una sobredosis de viagra, alcohol y dos mujeres de la mala vida. Se encontró solo un carné de la sociedad de actores falsa con el nombre de Rufino Andrade. Se confirmó su identidad y se consiguió una orden de registro para investigar las causas de su fallecimiento. Velasco encontró el arma del crimen. Un puñal con empuñadura de piedra. Con un grabado oriental. Un arma bastante letal en manos expertas. Se declaró a Rufino culpable del asesinato de Marcial. En las actas figuraba Rufino como el asesino. Se había presentado como repartidor de Pizza, había asestado un golpe mortal en el pecho de su víctima, luego se había escabullido sin dejar rastro. Durante un tiempo no se presentó en su domicilio y al final lo encontraron en un hotel de mala muerte.

Velasco se puso su mejor traje y se presentó puntual a la cita con Rosa. Ella salió de su turno dos horas antes y al encontrarse con Eduardo le entregó su carta. Velasco se desconcertó. Rosa le indicó que leyera la respuesta y que no lo tomara muy a pecho. Se despidieron y Velasco se fue a tomar unas copas.

En el bar, el cantinero le hizo la conversación. Velasco estaba triste. Cuando le preguntó Ramón, sirviéndole la copa de whisky, el porqué de su desgracia, Velasco le extendió una nota que decía:

Lo siento inspector, lo esperé por mucho tiempo. El destino ha querido que sea otro hombre el merecedor de mi amor. 

Rosita.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Pablo Lagunes

 










Lagunes llegó pronto al ensayo. Entró sin prisa, sintió el frío húmedo del teatro. Sabía que tenía un tiempo limitado para terminar la preparación. La prensa estaba expectante, querían que el dramaturgo revelación les contara algo sobre su segunda obra, sin embargo, no había recibido más que largas. Subió al escenario y miró la decoración. Las cosas seguían allí. La mesa con su mantel verde y sus sillas, unos paneles con unos cuadros y las linternas azules. Cogió una e hizo unos movimientos como si fuera un niño jugando a los caballeros galácticos.

—Buenos días, Pablo, perdón por el retraso—. Le dijo María Antonieta haciendo ruido con sus tacones.

Lagunes se volvió y notó que Antonieta se veía mejor, se le había pasado el catarro y radiaba alegría.

—¡Hola, Antonieta! Te veo mucho mejor, mira nada más qué guapa…

—No exageres, que todavía tengo estas ojeras horrorosas y…

No la dejó terminar el tropezón de Patricio que había pisado mal y se había salvado de caer.

!Pato!— gritaron al unísono.

—¡Perdón por el ruido!!es que me he tropezao con esto zapato nuevo que todavía no he hormao, pue.

Antonieta y Lagunes lo miraron con un hastío encubierto.

—Bueno, ya estamos aquí, solo falta que llegue Luis—dijo Antonieta con voz alegre.

—Sí, pero ¿qué les parece si continuamos con el segundo acto? —exclamó Lagunes tomando una actitud de disposición al trabajo.

—Bien, de acuerdo, ¿en qué noj quedamo la última ve? —preguntó Patricio

—Lo último que hicimos fue el diálogo entre Rubén, a quien le sigue faltando autenticidad, ¿verdad? Pato y, tú, Antonieta que ya te has convertido por completo en Marta, sobre la desaparición de nuestro amigo Mauricio, que como ven, brilla por su ausencia en la persona de Luis.

Hubo un espacio de silencio en el que director y actores evitaron las miradas. Al fondo estaba una puerta desde la que llegaba un chorro de luz fino como un alfiler, pero muy reluciente.

—Bueno, ya tienen sus partes, ahora, por favor, traten de ser auténticos, ¿está claro, Pato?

—Sí, Lagune, ya lo sé, lo que pasa e que la ve pasaa andaba un poco desanimao, pero ejta ve será mejo.

—Bueno, pues comenzamos.

Los dos actores se acomodaron en su posición, se quedaron un momento inmutables, concentrados y, una vez transformados en los personajes, se dispusieron a hablar. Por desgracia, en ese momento se apagaron las luces.

—¿Están allí?

—Sí, se ha ido la luz, ¡Qué maldita suerte tenemos! —exclamó Antonieta

—Con el poco tiempo que tenemo, ahora ejto…—dijo Patricio bufando

—¡Cálmense, cálmense!!Esto debe ser temporal! Esperemos un poco.

Pasaron diez largos minutos y la luz no volvía. Entonces Lagunes cogió una de las linternitas estiradas azules, hizo una señal con la mano y salieron en fila india entre tropezones y pisotones. La calle estaba oscura y no había un alma.

Los tres rostros azulados se miraron con desconcierto. Hablaron y discutieron las causas del fenómeno, que iba desde una teoría conspiranoica hasta el fin del mundo. Cuando ya estaban a punto de matarse entre ellos por causa del disgusto y el pánico de Patricio, Lagunes vio una leve luz al final de la calle.

—Miren, miren eso.

—¡Es una luz! —gritó Antonieta

¡Vamos a ve qué pasa!!Ejto no tiene ejplicación!— Gritó Patricio apretando los puños.

Caminaron con cuidado apoyando su mano en el hombro del compañero y muy alertas por si fuera necesario agruparse para contener un ataque desprevenido.

No se oía un solo ruido, el aire estaba tibio y entraba a los pulmones con sabor acre. Las estrellas brillaban en el firmamento como chispas de fuego.

Llegaron al sitio. Antonieta se quedó muda al ver que era un edificio igual al teatro donde se presentaría su pieza.

—Pero ¿qué es esto? ¿alguien me lo puede explicar?

Lagunes y Patricio estaban conmocionados y evitaron hablar para no decir una idiotez. Lo único que se les ocurrió fue entrar. Las puertas estaban abiertas. Pasaron por un corredor idéntico al que habían recorrido en sentido inverso para llegar hasta allí. Subieron unas escaleras y llegaron al escenario. Allí los esperaba una impresionante sorpresa.

—Pero ¿¡Qué malditas horas son estas de llegar!?— les espetó Luis que estaba sentado en una silla con la pierna cruzada y el pelo un poco revuelto—. ¡Los he esperado más de una hora, joder!

No hubo respuesta, la impresión les había caído como un cubo de agua fría y por más que intentaban emitir algún sonido, sus voces se apagaban.

—¡Vamos, hombre!!Parece que hubieran visto un fantasma! Vamos…, ¡digan algo! !Al menos, una excusa idiota para que se relaje la tensión, no sean estúpidos!

—Mira, Luis, — dijo Antonieta—nos hemos encontrado en el teatro, se ha ido la luz cuando íbamos a empezar a ensayar y…

—Bien—contestó Luis—, en primer lugar, yo soy Lagunes y Luis está parado junto a ti. Entiendo que, por el retraso, espero que no hayan estado bebiendo como de costumbre, se les han cruzado los cables, pero necesito que esta vez sí hagan bien las cosas.

Patricio muy enfadado empezó a protestar porque no toleraba las bromas de su compañero y en varias ocasiones había estado a punto de renunciar a su papel.

—Oye tú, imbéci e mierda, si quiere seguí con tu bromita, ya ejta bien, o le para o no vamo y te dejamo aquí pa que hable solo con el público, ¿ejtá claro?

Sorprendido el falso Lagunes los miró y empezó a murmurar. No se oían bien sus palabras, luego comenzó a dar vueltas y les ordenó olvidarlo todo y empezar el ensayo.

—Bueno, ya está bien de tonterías, Será mejor que nos demos prisa con esto porque, por si no lo recuerdan, la próxima semana es el estreno y todavía estamos en el segundo acto.

—Pero ¡¿tendrás cara?! ¿Cómo te atreves a suplantar mi identidad? —le gritó el verdadero Lagunes—. En verdad que ya estamos hartos de tus bromas estúpidas. A ver si te pones a repetir tu papel y te dejas ya de cuentos.

Muy alterado el falso Lagunes se acercó a Lagunes verdadero rechinando los dientes. Tenía la cara roja y parecía a punto de explotar.

—Mira, Luis, si no te necesitara para la obra, aquí mismo te rompía la maldita cara. ¡Ya basta de hacerse los idiotas!!Empiecen a trabajar ya!

En ese momento se le lanzaron al falso Lagunes los tres y comenzaron a golpearlo. “!Despiértate ya de tu delirio! ¡Embustero fanfarrón! ¡Idiota de los cojones! ¡Ya nos tienes hasta los huevos!”.

En ese momento entró un hombre de gabardina que se sorprendió mucho al ver la riña. Empezó a hacer fotos y reírse. Los tres actores se levantaron del piso y se quitaron a discreción el polvo, fingían que ayudaban al falso Lagunes a levantarse y con palabras de consuelo lo animaban a incorporarse.

El periodista se acercó un poco, los miró con cierta desconfianza y encendió su grabadora.

—Bueno, estimado Pablo Lagunes, no estará en contra de que le haga unas cuantas preguntas, ¿verdad? —Le dijo al falso Lagunes.

Antonieta y Patricio estuvieron a punto de gritar, pero no pudieron decir nada y su acusación hacia el falso Lagunes se les quedó en la boca.

—Por supuesto que no— contestó el falso Lagunes—, pregúnteme lo que quiera.

—Dígame, Pablo, ¿puedo llamarlo por su nombre?

—Por supuesto, por supuesto.

—Mire, Pablo, la gente está expectante y quiere saber sobre qué va su segunda pieza. No hay noticias por ningún lado y se ha anunciado solo el nombre de la obra. ¿Me podría adelantar la trama, aunque fuera solo un poquito?

—Escuche, querido amigo, no es por desilusionarlo, pero no le puedo revelar mucho porque no estoy seguro de que lleguemos al estreno. Nos queda muy poco tiempo y con estos inútiles que he contratado voy perdiendo la esperanza…

Hubo un pequeño silencio y cuando el periodista iba a formular la siguiente pregunta se fue la luz.

Hubo un grito de espanto, unos minutos después salieron todos del teatro y se fueron por una calle mal iluminada. Antonieta y Patricio se fueron a un bar a relajarse por la tensión que les habían provocado los contratiempos extraños. El falso Lagunes se dejó llevar por sus pasos. No pensaba en nada. Seguía solo por la acera. Chocó dos o tres veces con algunos transeúntes, pidió disculpas y prosiguió su marcha. Llegó a la entrada del teatro, caminó por un corredor estrecho y subió unas escaleras. En cuanto entró al escenario sintió un viento frío. Miró al frente y escuchó que un hombre le decía:

“!Por dios, Luis!!¿Dónde demonios estabas?!Te hemos estado esperando una hora!!Qué falta de conciencia tienes, joder!”.

martes, 15 de julio de 2025

¿Y si dios fuera mujer?- Benedetti

 

La habitación estaba estrujada, atiborrada de libros y una nube rancia con olor a papel de periódico enfermaba el aíre y éste a Juan. La ventana estaba entreabierta, un sonido apacible y fresco traía las noticias de la calle desierta. Todo sereno—parecía decir refrescando el pequeño refugio —. Eran las tres de la mañana, no podía dormir y miraba al techo bufando nubes de humo para tratar de disipar las ideas tormentosas que bien podían ser fantasías eróticas o pensamientos distorsionados por el efecto de la hierba que fumaba.

¡Juan! —se dijo así mismo— ¿Y si dios fuera mujer? Pero, ¿qué tonterías dices? Sí, sí, te lo digo en serio. Me imagino que el hombre la amaría no con la cabeza, sino con el corazón. Se vertería por completo en el concepto de la divinidad y la apretujaría con tal fuerza que por fin encontraríamos la paz. No lo sé, no pienso como tú. Creo que la cosa iría mucho más allá…

Se quedó dormido y cuando el sol entraba de lleno por la ventana, se despertó. Se bañó y se dispuso a salir a comprar algo para el desayuno. Por la calle se cruzó con algunos vecinos que se apresuraban al trabajo. Saludó con la mano a quienes le daban los buenos días. Entró en la tienda de Don Jesús. Esperó y le pidió unos bollos, leche y un tarro de café soluble y se disponía a salir cuando lo asaltó la pregunta, entonces se volvió, miró al corpulento y mal aseado tendero y le dijo:

—Oiga, don Jesús, hay una cosa que me quita el sueño, ¿sabe?

—Pues, no eres el único, muchacho. Con las cosas como están, no hay modo, no hay modo.

—Pero es que no es eso…Es más bien que un pensamiento no me deja dormir.

—Y ¿qué es?

—Oiga, don Jesús, ¿alguna vez ha pensado que pasaría si dios fuera mujer?

—¡Ah!!Con que es eso! Mira, pues si que lo pensé alguna vez, y me gustaría que dios fuera como la Sasha Montenegro, ¿sabes?!Utssss! A esa diosa sí que la amaría eternamente y me portaría tan bien que sería su hijo, o mejor dicho, su amante predilecto. ¡Jajaja!

—No se pase, don Jesús, le hablo en serio.

—Pues, yo también, diosito quiera que tu deseo se haga realidad, mano, y entonces sí que seré feliz. No como ahora, que ya no soporto a la arpía de mi esposa y a su madre.

De repente se oyó un ruido, don Jesús se puso pálido cuando vio a su esposa y fingió que ordenaba algunas frutas. Juan salió de la tienda pensando en que sería mejor razonar en qué tipo de mujer se podría transformar dios, ya que la señora Lola como todopoderosa sería una amenaza para la humanidad.

¿Y el infierno y el mal? —se dijo de pronto—. Era cierto, ¿qué pasaría con el demonio? Porque de ser hombre perdería todo su poder y sería un mamarracho poco convincente, pero ¿si fuera también mujer? ¿qué pasaría con una diabla?!Oh, Dios!!No sabríamos qué sería mejor! Si vivir en el infierno con un sinnúmero de perversiones, o el paraíso con toda su pureza y amor romántico y dada la naturaleza masculina ¿habría alguien que se negara a vivir eternamente en el inframundo?

Juan comenzó a sudar, pensó que la naturaleza femenina era especial y que la procreación es una de sus más destacadas características, así que Dios sería pródigo y el mundo se llenaría de gente en poco tiempo porque amaríamos tanto, y ese amor se vería recompensado con sus frutos, y habría quien en su fanatismo predicara amar sin fin, sin tener miedo a las consecuencias que esto acarreara, y nos diría que lo mejor, lo más bello y satisfactorio es el amor, y le creeríamos ciegamente, y seríamos una plaga creada por la buena voluntad y tendríamos que hacer penitencias y pecar por nuestra falta de amor y fe, pues al apartarnos de dios estaríamos condenados al infierno, pero volvería la cuestión de si hubiera allí una diabla y nos veríamos acorralados por todos lados y el resultado sería el mismo, ¡qué horror!

Juan estaba nervioso porque entre más pensaba su imaginación creaba situaciones paradójicas que lo hacían temblar y vibrar de pasión al mismo tiempo. Decidió acabar de una buena vez con esa idea absurda y se fue a caminar por las calles del centro para ver los escaparates y distraerse.

Ya casi se había librado de su pesar, pero como caída del cielo o salida del infierno se le apareció Julieta.

—¡Pero que sorpresa, Juan! ¿Qué haces por aquí? —le dijo acercando su escote provocativo

Sin saber qué responder, dijo:

—Es que necesito unos zapatos y ando buscando…

—¡Que bien que te veo! ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

—Tendrá como seis meses, fue antes de que rompiera con Irma…—Juan agachó la cabeza y se mordió el labio para contener un grito de furia.

—Sí, creo que sí. ¡Qué pena me da! ¿Sabes que ya está saliendo con otro? —Exclamó con ironía y ánimo de herirlo.

—No, no lo sabía, pero tampoco me interesa. Creo que es mejor así.

—¿Y no la echas de menos? —dijo Julieta haciendo un movimiento extraño.

—La verdad no sé, es algo complicado ¿Sabes? Nuestra relación siempre fue muy extraña.

—Sí, te entiendo. Oye, me tengo que ir a trabajar. Estoy chambeando en este edificio, en un bufete jurídico. Bueno, me dio gusto verte.

Juan se la quedó mirando, oyendo el taconeo arrítmico de su andar, le llamó mucho la atención su vestido amarillo tan ajustado y la cadencia con la que avanzaba. Vio cómo se mezclaba con algunas personas y desaparecía en el edificio.

Vio a Julieta como dios y demonio. Sintió un dolor intenso. Percibió un sabor amargo en la boca. Buscó una pared para apoyarse y pensó que debería conocer más la naturaleza femenina porque, por más perfecta que fuera el creador o, esa dichosa diosa, siempre habría algo que la haría impredecible y eso podría significar la extinción de la especie, aunque fuera paradójico.

miércoles, 9 de julio de 2025

Emboscada

Cuando el camarada Peskov abrió el expediente del Ministerio de Seguridad para investigar el caso Von Manstein, se sorprendió al encontrar una moneda de oro de diez ducados del año 1611. Se quedó viendo un buen rato la imagen de Christian II con su armadura y su orgulloso rostro barbado. Era la cara de aquel sangriento rey que asesinó mujeres y niños sin compasión, pero se le conocía como el gran héroe de la batalla del hielo en Bogesund. ¿Qué hacía esa moneda en el bolsillo de Paulus? ¿Por qué rehusó cualquier tipo de salvación en aras de esa moneda? ¿Por qué había corrido el rumor de que tenía poderes? Pasó varias horas aclarando el acertijo.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Svetlana a su marido Serguei.

—Estoy muy preocupado—le respondió Peskov.

—¡Cuéntamelo!

—Es que no le encuentro sentido a la misión que me han asignado y…!Creo que es una trampa!!Me quieren eliminar!

—No entiendo nada. ¡Explícamelo por favor! ¿Estamos en peligro?

Peskov se quedó mirando a su mujer con la mirada vacía y agregó:

—Al arrestar a Paulus en Estalingrado, nuestros militares lo interrogaron y escucharon una historia inverosímil, además de invenciones sin sentido. Solo después de someterlo a un acoso psicológico lograron que desembuchara y el único que sabe, o más bien, sabía toda la verdad era el general Kusnetzov, pero murió de forma inexplicable.

—Sí, eso lo recuerdo bien. Yo también estaba allí.

—Sí, lo sé, pero como yo me encontraba en el cuartel en el momento del registro a Paulus, el Comité Central ha decidido que se me teletransporte para que cambie una moneda de diez ducados de Christian II, la que tiene esos supuestos poderes mágicos, ya sabes…

—Pero, ¿para qué? ¿cuál moneda?

—Es que solo existen dos que se habían conservado hasta ese momento en perfectas condiciones: la que tenía los poderes para vencer a la URSS o cualquier otra nación, dados los conjuros de aquel maldito rey, y una falsa. Mis superiores creen que en el expediente que tenemos está la moneda falsa y que la meléfica fue cambiada justo después del interrogatorio del mariscal y cayó en manos de un traidor.

—¡Dios mío!

—Sí, es una burrada. Porque de ser así, corremos el riesgo de que comience una guerra con Europa y el ladrón, que se llevó la moneda que Von Manstein le entregó a Paulus, caiga en manos de nuestros y nos venzan. El caso es que entre los sospechosos están Ivanov, Beliaev, Makarov y hasta yo.

—Pero tú no tienes nada que ver con eso, ¿no? —preguntó muy alarmada Svetlana.

—¡Claro que no! ¡Jamás me habría prestado a traicionar a la patria!

—Entonces, ¿quién pudo ser?

—Creo que fue Makarov, pero tendré que comprobarlo y será muy difícil hacerlo. Recuerdo que aquella noche no me sentía muy bien. Algo me había afectado, tal vez estaba enfermo o conmocionado. Si vuelvo al pasado y no logro superar ese malestar y hacer lo correcto, estaremos perdidos y se me condenará por incumplimiento del deber. Ya sabes cuales son las represalias.

—¡Dios santo! Y… ¿qué podemos hacer?

—Pues ahora mismo no se me ocurre nada, lo único que quiero pedirte es que desaparezcas sin importar el resultado de la misión. Mañana te propondré un plan.

Se fueron a dormir. Svetlana no pudo conciliar el sueño y se levantó tres veces a fumar. Sentada en la cocina recordó aquel día del interrogatorio. Ella estaba en la enfermería tratando a los soldados heridos. Recordó que había atendido a un alemán de rango, pero no sabía quién era. Trató de recordar con detalles aquella noche, pero habían pasado más de diez años y todo se confundía en su memoria. No sabía si la había ayudado Ivanov o Beliaev, estaba demasiado concentrada en su labor y se le habían escapado los detalles. Trató de no pensar en aquel desafortunado día, pero le zumbaban lo oídos y la atormentaba la conciencia.

Cuando Svetlana se levantó al mediodía encontró una nota en la mesa:

“Amada mía, estamos en peligro. Las cosas se me pueden ir de las manos. No quiero que corras ningún riesgo, por eso te propongo el siguiente plan. La teletransportación es hoy por la tarde. Apenas tienes tiempo de huir porque si fallo las consecuencias serán graves. Te propongo que te escapes por la frontera con Bielorrusia, es la más cercana y segura. Ponte una peluca, usa uno de los pasaportes falsos que tengo en mi gaveta y llévate un volga rojo que estará en la calle Poveda Nº 10 frente a una farmacia, las llaves están aquí. Cuídate mucho y recuerda que siempre te he amado.”

Svetlana siguió las instrucciones y llegó al sitio indicado, vio el volga, caminó con disimulo, abrió la puerta y al echar a andar el coche se oyó una fuerte explosión.

 

lunes, 23 de junio de 2025

900












Carl Smith—Encontramos una parte del barco casi intacta, fue un milagro que el cuerpo no saliera volando en pedazos. Me avisó John. Cuando lo vi, estaba encogido abrazando un disco. Sin rastros de sangre y vestido de marinero. El forense dijo que seguramente la muerte había sido producida por un paro…, ya sabe el corazón no resistió la onda expansiva de la explosión. Pobre tipo.

John Brown—Acudí por petición de un vendedor de anticuarios. Llamó a la comisaría y dijo que había un hombre en peligro de muerte. Acudí al lugar un poco antes de la explosión y vi al trompetista tocando muy tristemente una melodía suave. Cuando tocó la última nota explotó el barco. Caímos con fuerza y Max se puso a llorar. Creí que se había lastimado, pero su llanto no era de dolor físico. Luego me contó toda la historia y nos acercamos a lo que quedó de la embarcación, se había pulverizado, sin embargo, vimos un camarote que había sido catapultado por arte de magia. Corrimos hacia allí y vimos que había alguien.

Capitán del trasatlántico—¡Claro que lo conocí! Me habían asignado el Viginian después de la jubilación del capitán Sanders. Me sorprendió mucho su historia, que me pareció una patraña, pero Danny Buckman, su padre adoptivo, me lo contó todo. Le di a Novechento el grado de Alférez de fragata como reconocimiento al prestigio que le había dado al Virginian, ¿sabe? Era como la marca personal de nuestro barco. Le habría dado un premio por su música, pero no tenía los poderes de la Academia…bueno, usted me entiende. Ojalá y se hubiera quedado en tierra cuando tuvo el encuentro con aquella chica. Bueno, si me perdona…Tengo mucho que hacer. Buenos días.

Danny Buckman— Yo era carbonero, salía poco de la caldera y deseaba siempre llegar a América para disfrutar de lo que teníamos en Europa. Cerca del puerto de Nueva York lo teníamos todo. Nos encantaban los bares y los “Lugares de esparcimiento”—era así como le decíamos a los burdeles. Tomábamos baños, comprábamos ropa nueva y nos íbamos a divertir. ¡Buaah, buaah! Todavía recuerdo cómo disfrutábamos con el glug-glug de las botellas y los besos de aquellas chicas. ¡Esos eran buenos tiempos! ¡Sí, señor! Bueno, el caso es que una vez estaba un poco enfermo y no bajé del barco, fui a revisar unas válvulas y cuál sería mi sorpresa cuando vi a un bebé en el suelo. Corrí a buscar a sus padres, pero nadie lo reconoció como suyo. Se lo comuniqué al capitán Sanders y lo reportamos a la policía, pero ¡Nanay, nadie nos lo reclamó!!Yo no sabía qué hacer! Le pedía ayuda a todo mundo, pero cuanto más imploraba, más solo me quedaba…Pasó el tiempo y me encariñé con él. Era un niño enclenque, débil, pero en sus ojos se notaba la curiosidad. Le gustaba dormirse en el gran salón y fue allí donde empezó a tocar. Primero imitaba a Charles el pianista del barco. Pero, no me lo va a creer. A los seis años ya tocaba todos los villancicos y cuando se enfermó una noche Charles, el muy diablo se sentó a tocar para los pasajeros y dejó a todos con la boca abierta. Pronto Charles se negó a competir con el niño Mozart y Novechento tocó desde esa edad hasta que al Virginian le llegó el desguace. Lo demás ya lo sabe.

Max Tooney— Soy trompetista, conocí a Novechento en 1920. Toqué con él y nos hicimos muy buenos amigos. A decir verdad, es el mejor amigo que he tenido y con quien más me he identificado. Era para mí, más que un hermano. Lo pasé todo con él. La pasión por la música, la creación, la decepción, la sorpresa…ya sabe, todo lo que experimenta un músico… Pero hay dos cosas que marcaron nuestra vida y, podría decir que lo transformaron por completo. La primera es la gran victoria en el duelo de pianistas. En el salón del Virginian se llevó a cabo el duelo más grande del mundo. Se enfrentaron el desconocido mundialmente, pero no menos talentoso Novechento y el mismísimo Roll Morton pianista brillante y supuesto creador del jazz. Eso daría para un libro, una película y un monumento a la música en el mismísimo centro de Nueva York. Todos los asistentes a esa confrontación recordarán con emoción y euforia ese día. Novechento empezó como acojonado por el presumido gorila que lo despreció desde el principio, pero cuando ya no teníamos esperanza en que ganara…!Joder, solo recordar la cara del mono, me hace disfrutar de nuevo ese triunfo! ¿Sabe? Novechento había repetido una melodía de Roll y éste decidió darle una lección, se puso a tocar sus mejores notas de la forma más rápida que podía y al terminar le dio una colilla de cigarrillo que el arrogante gorila había puesto en el piano al empezar su improvisación…Fue entonces cuando sucedió el milagro. Novechento escupió, cogió un cigarrillo apagado, lo puso en la tapa frontal y empezó a tocar la famosísima “Enduring Movement”. No lo va a creer, pero cuando terminó lleno de sudor, recobró la consciencia, porque estaba poseído, y abrió el piano, se acercó a las cuerdas agudas que estaban al rojo vivo y encendió el cigarrillo, la gente volvió de su letargo hipnótico y Novechento le puso al mono el cigarrillo en la boca: “Fúmate esto—le dijo—. Yo no fumo”.

—Muchas gracias por toda la información, Max. Había pensado en entrevistar a Morton, pero creo que no le gustaría recordar aquella mala experiencia. Por cierto, no me ha dicho nada del disco que tenía abrazado Novechento.

—Ah, pues es que le propusieron grabar su música. Él lo hizo, pero luego me dijo que no quería que se comercializara su música. Cogió el disco y corrió detrás de una chica que le había gustado, pero no la logró alcanzar. Ella desapareció y Novechento se marchitó con su recuerdo…


miércoles, 4 de junio de 2025

La Pili, esa


 Un inspector con una gran lupa, entró apresuradamente. A unos pasos estaba un hombre de aspecto muy gracioso que se sorprendió mucho de ver a un detective irrumpir de forma tan abrupta. Lo siguió imitando sus movimientos hasta que el inspector se detuvo frente a una mujer tumbada en el piso.

—Es un cadáver— dijo, mirando hacia el frente como si se dirigiera al público.

—Sí, en efecto, es una mujer muerta— exclamó muy alto el hombre gracioso.

El inspector se giró muy espantado, tratando de disimular su espanto.

—Y ¿quién demonios es usted? —preguntó mirando a través de la lupa la nariz del tipo.

—Soy José Grimaldo, el marido de esta mujer que ve aquí.

La mujer yacía, pero tenía de vez en cuando convulsiones que llamaban mucho la atención del inspector.

—¡Usted la mató! ¿Verdad? Se le nota a usted que es un asesino. ¡Queda arrestado!

—Pero, ¿quién es usted para arrestar a nadie? —le esputó con un gesto vulgar, mostrando la lengua y golpeando la lupa.

—Soy Arsénico Lupillo, el investigador privado más caro de esta ciudad, y a mucha honra.

El inspector comenzó a pavonearse, dirigiendo de nuevo su mirada al horizonte. De pronto, la mujer se comenzó a agitar en el piso.

—¡¿Pero qué demonios le pasa a esta mujer cadáver?!—gritó tratando de apaciguar inútilmente los fuertes movimientos de la mujer que no paraba de agitar las manos y los pies.

—¡Ah! ¡¿Le da miedo, inspector?!— dijo carcajeándose José Grimaldo—. ¡Ha de saberrrr…que mi mujer era epiléptica! Era tan epiléptica, tan epiléptica que dejaron de llamarla Pilar y la apodaron Ehpilesia. Así le decían todos. Ehpilesia pacá, Ehpilesia pallá. Hasta yo que la quería mucho le decía de cariño Mi Ehpi.

—¡Eso es irrelevante!!Confiese! ¿Por qué la mató?

—Pero, ¡qué dice usted, inspector! Mire, un día me tuve que ir a una isla para ocultarme de mis perseguidores porque…bueno, usted ya sabe…cosas de hombres, por dios, ¿me entiende verdad? Pues, eso dejó una profunda huella y Mi Ehpi, que recibió una carta mía en la que le decía que yo había muerto y desde aquel instante guardó luto por mi memoria, sin embargo, como ya sabe, las cosas cambian en la vida. Fui rescatado y homenajeado por sobrevivir más de tres años en una isla completamente deshabitada, rodeada de tiburones, más terrible que Alcatraz, en fin, no le haré una descripción con detalles. El caso es que me erigieron un monumento en plena Plaza Mayó, me dieron un montón de dinero y me ofrecieron un trabajo en el gobierno. Y ¿qué fue lo malo de todo esto? ¿No lo sabe? ¡Ah!!No ponga esa cara de zoquete! Pues, muy fácil, me vine a ver a mi querida Ehpi, pero nada más entrar ella sufrió un infarto, o mejor dicho, un ataque epiléptico tan fuerte, pero tan fuerte que terminó en infarto y ahora mírela…—con ojos asombrados José Grimaldo vio cómo su esposa se ponía de pie.

La mujer se abalanzó sobre el inspector.

—¡Por favor!!Por favor! Haga que este desgraciado vuelva allá de donde ha venido. Es un ingrato mentiroso. Casi me muero por su culpa. Además, ya no lo puedo aceptar en mi casa porque estoy comprometida.

En ese momento se volvió José Grimaldo que miraba con disimulo el piso para desentenderse de las palabras de su esposa, pero al oír la palabra “comprometida” no se pudo contener y saltó sobre ella.

—¡Ah!!Desgraciada!!Si ya lo sabía yo!!Qué golfa eres!!Esperabas que me ausentara para ponerme los cuernos!!Te voy a matar!

Seguidamente la cogió del cuello y comenzó a zangolotearla y ahorcarla. El inspector con mucho esfuerzo pudo contener al hombre que, fuera de sí, vociferaba y echaba espuma por la boca. Le dio un golpe en el rostro y la nariz de plástico que llevaba puesta salió volando.

—Pero, ¿qué me ha hecho? ¡Inspector del demonio! ¡¿Sabe cuántos litros de vodka me ha costado esta nariz?! ¡No tiene ni idea de lo difícil que es beber sin control, solo para tener un instrumento de trabajo que le permita a uno ganarse la vida de forma digna!

El inspector trató de recuperar la nariz, pero la mujer la cogió y echó a correr, Ehpi corría sin parar hasta que, de pronto se puso la nariz, se despojó de su peluca, se quitó el vestido y se acercó a José Grimaldo que temblaba de terror.

—¡Bien! ¡Ahora te toca a ti ser Ehpi, desgraciado!!Ahora sabrás quien lleva la nariz en casa!

José Grimaldo, obligado por la mujer que ahora tenía el aspecto de un hombre fornido, se puso el vestido, la peluca y comenzó a hablar con voz aguda.

—¡Perdóname, querido! Te juro que yo no quería serte infiel. Pero, me abandonaste y dejaste este cuerpecito a merced de los lujuriosos hombres que me rodean. Mira, si quieres castigar a alguien por mis debilidades debes castigar a este hombre que es el culpable de todo y, señalando al inspector con el dedo índice gritó:

“Él, él es mi amante. Me dijo que tú jamás regresarías y desconsolada me acurruqué en sus brazos y el abusó…Y no solo una vez, ¿sabes? Cada tercer día venía a consolarme, a decirme que tu recuerdo debía desaparecer y entonces me besaba y..y..y…”

Empezó una gran trifulca y los tres personajes salieron por una gran puerta, detrás de ellos se oyó una ovación y una bandada de aplausos llenó la carpa.