viernes, 2 de abril de 2021

Farol roto rojo


Estaban desapareciendo las cosas de mi tocador. Era un mal presagio porque a quienes les había sucedido lo mismo, habían sido víctimas de la más horrible violencia. Estuve a punto de orinarme en la silla cuando busqué mi peine de marfil y no lo encontré. Por más que intenté tranquilizarme, fue imposible. No había un ladrón, pues en las otras ocasiones los objetos habían sido devueltos, lo malo era que habían regresado en calidad de adornos alrededor de un cadáver. Eso le pasó a Lana, una rubia ucraniana que se arriesgaba con los clientes para ganar más. Se confió, le dijeron que tuviera mucho cuidado, pero ella solo decía que estaba urgida y tenía que mandarle dinero a su hijo en Kiev. No es la única. Casi todas nosotras estamos en la misma condición. Nos alquilamos por dinero. Aquí, al menos, tenemos ciertos derechos porque en nuestros países de origen somos explotadas, desechables como un objeto o consumidas como fast food.

“Cuídense y alerten a los Proxis—nos había dicho el Gitano—. No se confíen. La policía no es infalible, ya ha dejado pasar dos asesinatos. Además, ya conocen el modus operandi del hijoeputa”. Sí, era verdad. Lo sabíamos muy bien y teníamos manías. Todas nosotras nos poníamos a contar y recontar nuestras pertenencias. Que aparecieran objetos no era un motivo de alarma, se les preguntaba a las otras y si les pertenecían, la cosa quedaba solucionada. Si lo hallado no era de nadie. Se tiraba, así de simple. El problema era que se desapareciera algo como un perfume, un lápiz labial o ropa interior. Esa mañana no estaba mi amuleto, una piedra de color verde oscuro empotrada en un peine de cuerno de elefante que me había dado Amara, una chica de marruecos que se casó con uno de sus clientes. Fue como un cuento de Hadas, hasta fuimos a la boda. Sabemos que ha formado su familia y que es feliz.

Ya le he dicho a los tíos que nos cuidan que no lo encuentro por ningún lado. Le hemos preguntado a las chicas y hemos repasado la lista de clientes que vinieron ayer. Todos son conocidos y, creo, de confianza. Vienen a menudo los fines de semana, el sábado es su día preferido. No me parece que entre ellos esté el psicópata. ¿Y los nuevos u ocasionales? No son muchos y la policía ya ha investigado si tienen antecedentes. Todos están limpios, ¿entonces? ¿quién demonios se ha llevado mis cosas? Necesito que aparezcan en el transcurso de dos días porque al tercero… sí, creo que ya lo han leído en las noticias y no es recomendable contarlo de nuevo. Eso no ayuda en nada. Bueno el caso es que no me puedo imaginar a mí misma tumbada boca arriba en mi cama con el cuerpo abierto por la mitad y ese maldito peine incrustado en la entrepierna. ¿Qué tipo de bestia podría hacer esas cosas? Eso, se supone, pasa en las novelas policíacas, pero ¿en la vida real? Acaso, ¿no dicen por allí que la realidad rebasa a la ficción? De quién demonios es esa maldita frase, por favor ¿Para qué la inventó?

Nunca había sido supersticiosa hasta que comenzaron estos malditos crímenes. Antes ni siquiera creía en Dios y ahora mírenme. Rezando día y noche, orando con las piernas abiertas, esperando que los ángeles me protejan y que el bruto que me monta no sea el asesino. Creo que me estoy volviendo loca.

Han pasado los tres días de plazo. Me he despertado oyendo una voz extraña. Sí, no es una alucinación. La voz era mía, pero las palabras no me pertenecían, luego al abrir los ojos me he encontrado con el rostro de piedra de un policía. “Ha aparecido su peine, señora Diana, pero le tenemos malas noticias”. Dígame quién fue, por favor. ¿Dice que yo? Pero si estoy viva, ¿me está tomando el pelo? ¿Que fue Dolores? ¿Qué le han metido ese peine hasta la médula? Pero ¿por qué a ella? ¡Explíquemelo!

Es horrible. El inspector me ha mostrado las fotografías de mis huellas. Están por toda la habitación. Dice que no se trataba de un cliente, que era alguien de dentro y si se demuestra que no tengo problemas mentales, me mandarán a cadena perpetua, pero si algo falla, hasta la pena de muerte me caerá encima. Podría ser juzgada y extraditada por petición de los familiares de las víctimas. Será fatídico. Solo tengo una puerta de escape, tendré que usarla…


viernes, 26 de marzo de 2021

Misiva de la duda

No hay nada más satisfactorio que recibir una carta de la persona que más admiras. La tenía en mis manos, la había obtenido gracias a un amigo mío que la guardó unos años por considerarla demasiado reveladora para mi prematura carrera. No sé qué habría pasado si me la hubieran entregado antes de la desaparición del maestro. No era muy sustancial, tenía un preámbulo muy largo y esta frase me tenía intrigado: “Estimado amigo, escribe usted bien. Me gustaría que nos encontráramos para analizar algunos aspectos de su obra y estilo”. Era imposible volver atrás en el tiempo y lo único que tenía para aclarar el asunto era una interminable cadena de interrogantes que me atosigaban. ¿Qué me habría aconsejado aquel genio? ¿Qué cosas le habrían atraído? ¿Qué pensaba de mis escritos? ¿le parecía bueno mi estilo o lo consideraba pésimo? Sé que jamás podré responder a estas interrogantes y que lo mejor sería dar vuelta de página y seguir. Por las noches me despierto imaginando que estoy frente a él, que lee mis cuentos y hace comentarios satíricos o crueles y, luego, me hace grandes revelaciones. He decidido acercarme a él a través de su obra porque su vida es un misterio, una aleación de genialidad y furia; holgazanería y talento.

Sus obras están llenas de ingenio. Las voces que usa en su narrativa son polifónicas, las estructuras son asombrosas, su lenguaje es exacto y sus temas apasionantes. La pregunta que le hicieron siempre fue si sus historias eran verídicas y él, para burlarse de los incautos, decía que eran al cien por cien autobiográficas. Eso daba pauta al asombro, el escándalo y la náusea. “No se lo creemos—le espetaba la gente que hacía esas preguntas absurdas—. Eso no es posible”. Compruébelo, haga lo mismo que yo y lo sabrá, era su contundente respuesta. Claro que nadie se atrevía a hacerlo. Ningún hombre en su sano juicio estaría dispuesto a relacionarse con asesinos, invocar espíritus del más allá y, mucho menos, descender a los sótanos de la maldad humana solo para satisfacer la curiosidad. El pago sería muy grande y nadie se arriesgaría. Por otro lado, al verlo tan atractivo, tan arreglado y feliz, podían comprender que se trataba de una broma, pero él insistía. “¿Sabe? Para escribir La zorra de Ámsterdam viajé a esa ciudad y me contacté con las prostitutas de la calle de los faroles rojos. Allí me encontré con extorsionadores, bandidos y gente muy mala y me codeé con ellos. Bebimos juntos, compartí su cena y me desvelaron sus secretos, pero me asesinaron y tuve que hacer un terrible pacto”. Cuando le pedían aclarar lo del asesinato, alargaba una pausa incómoda y luego sonriendo decía que lo habían matado moralmente, sin embargo, sus palabras tenían tan poca convicción que todos se quedaban con la duda.

En su obra era muy común encontrar esos pasajes sobre su muerte y la resurrección, pero no se asociaba con algo parecido a lo de Lázaro o Jesús. La idea primera que surgía en la cabeza era que el tipo era un espiritista, ocultista o esotérico, pero al ver sus fotografías surgían la desorientación y la duda. Con sus trajes caros, su peinado impecable, su bigote bien afeitado y la seducción en sus ojos, era más un Dandi que otra cosa. Quien lo acusara de practicar ritos o pertenecer a una secta se veía obligado a aceptar, en contra de su voluntad, que era un Casanova o don Juan y que le interesaba más estar en la compañía de bellas mujeres que perder el tiempo en cosas absurdas como la magia, la brujería u otra cosa. Había tenido cientos de mujeres en encuentros ocasionales y no se le conocía una amante o concubina fijas. Sin vástagos, con fama y dinero podía hacer lo que quisiera.

Un día simplemente desapareció y nadie volvió a saber de él. Se especuló con su muerte y al final dos versiones cobraron más fuerza. La primera decía que había sido atropellado y, al quedar desfigurado por completo, lo habían enterrado en una fosa común como a cualquier hijo de vecino. La segunda era más idealista, pero menos creíble que la primera, pues algunos aseguraban que se había transformado en un mago o demonio y andaba por allí haciendo sus fechorías en las noches de luna llena. Eran las mujeres entradas en años y sus ex amantes quienes aseguraban haberlo visto con el rostro pintado y una capa negra.

Traté de acercarme más al hombre para adivinar lo que me quería decir. Visité su piso en una gran avenida de la ciudad. Hablé con el portero, con la chica que le ayudaba con la limpieza, con su sastre, su agente literario y algunas de las mujeres que estuvieron con él. El resultado de esas pesquisas fue todo un fracaso. Resultó que la gente apenas sabía algo de aquel famoso escritor. Todos decían que lo que más recordaban era su aspecto seductor y su agradable voz, pero nadie recordaba sus palabras, incluso sus gestos y facciones. Nadie fue capaz de citar alguna de sus frases. Era increíble porque precisamente por sus citas era conocido en el mundo literario. Quedé muy decepcionado y la búsqueda solo me dejó intensos dolores de cabeza. Hacía miles de hipótesis imaginando ese encuentro que habría podido ocurrir en el pasado. ¿Por qué Hermilo no me lo dijo a tiempo cuando esa celebridad estaba viva? ¿Sabía algo? ¿Trató de evitarme una decepción? Se lo pregunté mil veces, pero no me quiso decir nada.

Una noche sentí que una voz me arrancaba de mis sueños. “Busca entre mis cosas—decía cuando ya me había despertado—. Encontrarás lo que buscas y más”. No daba crédito, esa claridad como el canto de un pájaro se quedó allí rebotando de pared en pared. El sudor me escurrió por las sienes y la frente y, cuando pregunté quién estaba allí, la voz desapareció. Me quedé con la duda. Hablé con Hermilo y le conté lo sucedido, pero no me hizo caso. “Estás buscando una excusa para no seguir con tu libro, ¿verdad?”—Le juré y perjuré que se trataba de algo muy extraño. No hubo forma de que me creyera y me tildó de loco. Salí a pasear al centro. Es una de mis estrategias cuando algo no va bien en la escritura. Esas largas caminatas por las calles del casco antiguo me devuelven la inspiración y siempre me sucede algo fuera de lo común. Esa vez no fue la excepción. Volví al piso del maestro y comencé a hurgar entre sus notas. Tenía muchos cuadernos y folios con anotaciones rápidas. Eso me indicó que escribía los pensamientos que le cruzaban la mente de forma atropellada. Era la prueba de que solo escribía cuando tenía un arranque de palabrería. Es verdad que eso no pasaba a menudo, pero cuando se llenaba su cubo de imágenes líquidas y las palabras comenzaban a derramarse, todo se vertía en el papel. Se notaba la desesperación del náufrago que teme atragantarse de mar y se aferra a su tabla para no hundirse y no ser presa de los tiburones. Ese extraño proceso estaba allí plasmado en unas hojas que iban del marrón rancio y poco consistentes hasta las más blancas y crujientes. Noté que había correcciones posteriores, se notaba el raciocinio, el análisis y el sentido común, además las palabras estaban bien escritas con una excelente caligrafía. Las flechitas que ponía en algunos apuntes me dieron una pista para leer de forma correcta sus cuentos.

Era como lo que decía el personaje de Fogwill. “Si lees de tal o cual forma, la historia cambia…”. Sí, era verdad. Cogí una antología de cuentos y busqué las notas donde claramente se veía la regla de lectura. No me pareció muy original porque ya lo habían hecho muchos otros antes que el maestro, pero sí aprecié el esfuerzo mental que había tenido que hacer el famoso autor de mi carta. Pensé que si se escribe una historia y luego las frases se separan por espacios de cinco renglones creando la estructura principal, lo demás se puede rellenar de cualquier forma. Lo que me sorprendió más fue que si se aplicaban más variantes de lectura, sí surgían más historias y era como diría, tal vez Borges, alephsiano. No era de extrañar por que el maestro era de origen argentino. Cierto es que había vivido mucho tiempo en España y México, pero por su sangre corría esa herencia cortaziana, borgiana y quién sabe qué más. Era seductor el método y pensé que eso era lo que quería confesarme el maestro. “!¡Eh, hombre! Deja de perder el tiempo y aprende este oficio de tejedor penelopesco. Inventa diez historias a la vez y enlázalas con esta tabla de guías de lectura. Te encantará”.

Estuve a punto de caer en la tentación, pero mi naturaleza desconfiada me echó desde algún sitio su grito de alarma. “No lo hagas, tonto. Eso es solo para despistar a los críticos. ¿Acaso crees que él lo dejaría todo allí reunido para que después sus incautos enemigos lo tildaran de ingenuo? ¿No? Pues, claro. Razona un poco y dime. ¿Habrá otro mensaje oculto si se lee de cabo a rabo uniendo las historias alternativas? ¿Sí? ¿Lo ves? Eso quiere decir que un cuento de este tío es una historia principal hecha de otras secundarias, pero al final son un conjunto y ahora a ti te toca descubrir cuál es el mensaje verdadero de sus cuentos. Coge, para empezar, ese que decías de La zorra de Ámsterdam.

Lo hice y quedé conmocionado. Había leído ese cuento varias veces y siempre había pensado que se trataba de un simple asesinato y extorción de una mujer que cayó en desgracia al emigrar de la ex URSS a un país que se la comió por completo. La zorra, inocente, por cierto, se llamaba Natasha y era una de esas innumerables mujeres desesperadas que se habían fugado del bloque socialista para buscar un futuro en la globalización. Por desgracia, le había ido mal y se le había escurrido la vida entre las fumadas constantes y la entrega lucrativa en la cama. Sí, era conmovedor y mucha gente pensaba que era un buen cuento, pero nada más. Resultó que la historia trágica era solo una hebra de un telar enorme. Con tan solo diez páginas, este coloso de la narrativa había plasmado una historia tan larga como La guerra y la paz. ¿Cómo era posible tanta genialidad? Era pura trigonometría. No se había limitado a simples lecturas de izquierda a derecha, salteadas, o en diagonal, o con reglas de números primos. Iba más allá de la trigonometría plana abarcando las tres dimensiones. Era imposible calcular las variantes que se podían obtener del asesino, que en una lectura lineal era el malo, pero que en otras era victimado por la mujer. Traté de escribir las tramas que iba descubriendo, pero tuve que parar en la centésima por comprender que era inútil abarcar ese universo. Pensé en la obra completa del gran maestro y conté tres novelas y cien cuentos. Lo peor es que encontré su diario y estuve a punto de perder el conocimiento porque lo había redactado sin trucos. Sus frases eran muy simples y su cuaderno era escuálido. No tenía más de treinta hojas. Se describía como una persona sin fuerza de voluntad, holgazana y esporádica. Un genio—decía—es un amasijo de horas ociosas y un minuto de brillantez. Confesaba que no hacía más que leer, beber, pasear, salir con mujeres y divertirse por las noches. Nada de secretos narrativos, ni vida epistolar, ni disertación filosófica. Un tremendo vago que solo le dedicaba tiempo a su arreglo personal. Ya entenderán, amigos, lo que me sucedió. Quise romper el cuaderno, pero resurgió la duda aquella de qué era lo que me quería decir. Pensé, o más bien, me imaginé nuestro encuentro. Él estaría perfumándose, acomodándose el pelo y revisando que su traje no tuviera ningún defecto mientras yo le hacía preguntas importantes. Le exponía los acertijos de las estructuras del cuento y las combinaciones del tiempo como bucles, saltos en los planos y teletransportaciones de los personajes, así como las voces de los narradores. En realidad, todo estaba en La zorra de Ámsterdam y, me temo, en todas sus obras. Él me veía con aire despreocupado y sus ojos de eterno seductor me producían náuseas. “Querido amigo, un escritor no se realiza mientras no se decida a arriesgar el pellejo”. Sí—le contestaba yo—, pero una cosa es dedicarle cada minuto de la existencia a la literatura y, otra completamente diferente, garabatear abusando del don que te ha dado dios. Me miró con lástima y comentó que era un iluso, que lo único que tenía que hacer era asomarme al más allá. Me reí y le espeté que ya lo sabía, que su pacto con algún demonio le había dado tal posición en la vida, pero él me cogió del brazo y me dijo unas frases en hindi.

“Rahasya kul dhyan mein hai jab tak tum brahmand se prem nahin karte, tab tak tumhen pata nahin chalega ki koi asur nahin hai, devta nahin hain way sirf aakar or sankhya kar rahe hai”.

No sé de qué manera se transformaron esas palabras en mi mente, pero entendí que decía que, si no me asomaba a ver el universo, jamás entendería nada y que no existían ni los demonios ni los dioses y que solo gobernaban las figuras geométricas y los números. Pensé en Ramanuyan, aquel genial matemático que escribía complicadas fórmulas como si fueran poemas. ¿Pero quién se creería que el maestro practicaba la meditación cuando era famoso por sus farras? No me lo podía imaginar sentado en posición de loto, con una bata naranja, el pelo a rape y las escuálidas manos unidas en rezo. No, eso son pamplinas. Este cabrón hizo un pacto como Fausto. No hay otra explicación. Me quedé a dormir en su piso y me recosté en su diván. Caí en un profundo sueño y volvió esa voz que ya había escuchado en mi habitación. Sonaba mas cordial, incluso paterna. “Eres demasiado desconfiado, estimado amigo, deberías superar todos esos prejuicios que arrastras y dejar todas tus supersticiones. Te voy a dar una tarea para que descubras mi secreto. Primero, enumera mis narraciones por su volumen, después busca la forma en el primer cuento, después en el segundo y así hasta llegar al último, seguidamente pásate a las novelas. Para entonces ya tendrás una visión completa de las fórmulas que he usado en mi obra. No te preocupes por el tiempo y el dinero. Si buscas en el cajón de mi gaveta, encontrarás la llave de una caja fuerte que está en la pared falsa de mi dormitorio, gasta lo que quieras. Te puedes quedar aquí el tiempo que desees. Si te llegan a asaltar las dudas no temas llamarme. Deposito en ti toda mi confianza, lo único que te pido es que de vez en cuando salgas con alguna chica guapa.

Me sentía abrumado, apachurrado como una cucaracha. Me tomé dos botellas de whisky que encontré en la cocina. Pedí durante una semana pizzas y no hice absolutamente nada. Me pasé durmiendo y bebiendo las mañanas y las tardes. Por las noches, cuando tenía un poco de lucidez, acomodaba las obras del maestro. Apilé los cuentos en un sitio y las novelas en otro y empecé a explorar en esa jungla de letras impresas. Al principio eran como ramitas de hierba en un campo árido y se podía identificar una suma o una resta, pero conforme fui avanzando tuve que echar mano del álgebra. Era verdad, no había dejado que mi mente se liberara de mis ataduras. Mi paupérrima vida de profesorcillo de taller de literatura me había desgastado tanto que ya no podía pensar por mi mismo. Al escribir seguía las inútiles reglas que le había enseñado a cientos de alumnos y comprendí por qué ninguno de ellos había llegado a escritor. Lo peor era reconocer que los pocos tíos brillantes que tuve, se fueron porque les eché con risas e insultos por haber propuesto cosas que no entendía y que ahora estaban más claras que el agua. Para no llorar de desilusión y coraje me tomé otras dos botellas, pero esta vez fueron de ron. No sé cuánto tiempo estuve asomándome al universo y cuántas botellas de alcohol me tomé, pero cuando todo terminó, incluso las salidas nocturnas y los encuentros sexuales con desconocidas, me hice a la tarea de escribir mi propia novela. No fue nada difícil porque la trama era lo que me estaba sucediendo. El libro se llamaba Vistazo al universo y trataba de un escritor mediocre que recibía una carta de un gran coloso de la literatura y trataba de descubrir en su obra y notas la respuesta a una pregunta que no lo dejaba dormir. Al final, el personaje descubría el gran secreto y comenzaba a escribir un gran libro. Terminé eufórico. Tenía, por fin, una obra que merecía la pena. No tardé en llamar a Hermilo que me riñó como nunca, pero cuando le comenté que tenía lista la novela se vino volando a mi casa. La leyó en ocho horas y no hizo ningún comentario. Por lo regular, me criticaba mucho y me hacía miles de recomendaciones, me citaba a los grandes clásicos y se ponía a tachar lo que no le gustaba, pero esta vez no hizo nada de eso. Cuando leyó la última página soltó el llanto. Era un pequeño mugido de vaca y el fuerte sonido de los mocos aspirados. Se levantó y me abrazó. Me dijo que al día siguiente lo llevaría a la editorial y que le pediría al maestro Oleh Co que me hiciera una reseña y el prólogo.

Me fui a duchar y me puse un traje del maestro que me quedó que ni pintado. Salí y cogí un taxi. Llegué a un sitio donde había mujeres espectaculares y se me acercaron algunas con actitud seductora. Me llamaban “Maestrito” y me metían en habitaciones con iluminación tenue, bebían champagne y me pedían que les contara historias. El alcohol me soltaba la lengua y ellas comenzaban a bailar, iban perdiendo las prendas de vestir hasta quedar como Nereidas en un mar donde las sábanas eran la espuma de las olas y en ellas nos revolcábamos alegres. Ellas me salvaban de ahogarme con las burbujas y la lluvia dorada de sus cuerpos que me inspiraba más y más. “Ya hemos oído esas cosas, Maestrito, pero las cuentas tan bien que podríamos escucharte cuanto nos pidieras”. Así, entre cuentos de ficción, humor y erotismo nos fuimos sumergiendo juntos en un sueño placentero y agridulce hasta quedar completamente rendidos.

Me levanté a las siete de la mañana, me abrió la puerta una mujer con mala cara y solo refunfuñó cuando le deseé los buenos días. Llegué a la casa del maestro y me tiré en su sofá con el fin de convocar una visita, pero no llegó ni ese día ni los demás. También dejó de sonar su voz en mi interior y pensé que ya había desaparecido, en definitiva, solo faltaba que sus obras también fueran algo falso, pero al comprobar si seguían en las estanterías las cogí y hojeé. Llevé durante un mes una vida agitada y no volví a percibir al maestro. Pronto apareció Hermilo. Se había comprado un traje nuevo de marca, olía bien y venía de la peluquería. Me enseñó un libro. En la portada estaba un hombre en una barca mirando el cielo, se notaba en la transparencia de las aguas marinas la presencia de unas mujeres desnudas que no eran sirenas. El título era Un vistazo al universo. Me gustó y le di las gracias por la publicación. Lo único que me dijo antes de marcharse fue que estaba muy contento de que hubiera regresado, que lo mejor que nos habría podido suceder en ese momento es que se vendieran muchos ejemplares y que tenía que presentarme el sábado en el salón de actos del Instituto San Carlos para la presentación. “Prepárate un buen discurso y ya verás qué bien irán las ventas”.

Llegó el sábado. Llevaba uno de los mejores trajes del maestro y estaba muy presentable. Aclaré la voz y comencé a leer un pasaje del libro. La escena era un poco extraña y fui preparando las fórmulas trigonométricas para explicar cuántos significados podría tener ese pasaje si se calculaban las diferenciales y las diversas formas geométricas. El público esperó con paciencia el final de mi lectura y empezó la ronda de preguntas. Las mujeres, en su mayoría, se interesaban por saber si lo que contaba en mis libros era verídico. Me reí, hice una larga pausa y contesté que sí, que todo lo que había contado era autobiográfico. La gente se calentó y me dijo que no era posible, que nadie estaría tan loco como para bajar a la ultratumba del inconsciente, pero les reté a que lo hicieran. Alguien con una risita nerviosa me pidió que le dedicara el libro y después me quedé firmando los ejemplares mientras pensaba en lo que me habría dicho el maestro en ese momento.

viernes, 5 de febrero de 2021

Los quintillizos

Eran las doce del día y los niños no paraban de dar guerra. Eran tres diablillos incansables que mareaban a su niñera. Los padres se desentendían de ellos y le dejaban el arduo trabajo a la pobre señora. Era un poco baja y gorda, se ponía oscuros vestidos amplios y zapatos bajos. Llevaba un peinado muy alto, su pelo era rizado y al acomodárselo de prisa por las mañanas le quedaba como un enorme estropajo castaño. Destacaban sus orejas. Que a pesar de ser pequeñas sobresalían por ser como las de un ratón. Tenía una cara simple y sus ojos eran de insecto. Hablaba con una voz agradable, pero dadas las prisas y el desorden gritaba todo el tiempo. Cuando me senté en la mesa del vagón restaurante, la señora Clotilde estaba tratando de atraer la atención de los niños con una historia realmente pésima. Decía que tres niños como ellos vivían en unas montañas y que había unas cuevas misteriosas. Los energúmenos no hacían caso y se preocupaban más de arrebatarse los panes y tirar la mermelada en el piso que escuchar las improvisadas historias de la mujer. La miré con pena y le dije que si quería realmente atraer la atención de los ogros debía crear un ambiente de interés en el que su conducta fuera inaceptable. “Y, dígame sabelotodo, ¿cómo hago callar a estos monstruos?”.

¡Silencio! —grité con bastante fuerza. Los enanos se detuvieron y se miraron desconcertados, entonces me dirigí a las personas que iban sentadas en las mesas de a lado. No eran más que tres parejas, pero el valioso silencio que logré poner dejó centrada la atención en mí. Aproveché el instante para contarles esta historia.

Hace mucho tiempo—comencé mirando a los niños con ojos amenazadores—, nacieron en una pequeña ciudad cinco hermanos. Eso no tiene nada de particular porque como todos saben en nuestra época hay familias de cinco, seis y hasta doce hijos. Lo singular de estos hermanos fue que nacieron el mismo día y de la misma madre. ¡Imagínense la alegría del padre! ¡Se había ganado unos tantos en el parto primerizo de su mujer! Pero, todos eran varones y, además, como se vio después cuando crecieron, estaban iguales. No había nada que los diferenciara y era facilísimo confundirlos. Si con dos gemelos o trillizos es un lío, piensen en estos quintillizos. La primera calamidad vino cuando sus padres, mejor dicho, el padre que estaba en un bar cuando recibió la noticia, decidió ponerles los nombres. “Serán James, José, Jorge, Juan y Julio”. Los buenos bebedores del establecimiento aplaudieron la puntada como un acertado chiste, pero no sabían que los niños también llevarían apellidos empezados por la jota. Jiménez Jaramillo. Esto debió ser un presagio del fenómeno que se aproximaba. La segunda calamidad se presentó cuando se buscó a la niñera que cuidaría a los niños. Tenía las mejores recomendaciones y no le preguntaron su nombre hasta que ya tenía su contrato firmado. Soy Jimena Justo, les dijo con una gran sonrisa. Nadie dijo nada, pero en el fondo el señor Javier Jiménez y la señora Julia Jaramillo se quedaron tiesos al sentir un escalofrío en la espalda. Los primeros tres años, mal que bien, las cosas se sucedieron de forma habitual, pero cuando los mandaron al jardín de infancia las educadoras se volvieron locas con ese quinteto de niños que en comparación de estos tres mocosos eran una horda de salvajes. No había manera de controlarlos y si se les decía el nombre equivocado se reían y se señalaban uno a otro culpándose de las travesuras. Fue obligatorio coser sus nombres en todas las prendas, utensilios y zapatos. Ellos sabiendo que la mente humana es muy limitada, se intercambiaban la ropa y se disculpaban diciendo que era las mismas encargadas quienes les daban sus pertenencias. Los expulsaron a todos porque no era costeable pagar los psiquiatras que le daban consulta a todo el personal.

En la escuela surgió el mismo problema, los hermanos seguían haciendo de las suyas y cada vez con más crueldad. Un día encerraron a una profesora todo el fin de semana en un aula. La ataron de pies y manos y la amordazaron. Fue necesario castigarlos a todos, aunque culpaban solo a Jorge. Desde ese día se torció la vida de nuestra sociedad porque el equipo de carnales se unió para luchar contra los demás. Su primer plan fue organizar la venta ilegal de electrodomésticos. Se robaban de las tiendas las radios, los discos de vinil, los tocadiscos y los vendían en el barrio a precios bajos. La gente se los compraba con gusto, pero sabían que si pedían algo fiado no tendrían más que huir lo más lejos posible si no pagaban a tiempo. Trabajaban cinco veces más que el común de la gente.

Se había hecho el silencio y al mirar que los niños se habían tranquilizado un poco, pero no del todo. Los miré con dulzura y continué.

Ahora, queridos amigos tápense las orejas para no oír lo que me dispongo a contar. Resultó que crecieron y se comenzaron a devorar a los niños traviesos y cada vez que subían a los trenes se ocultaban hasta que caía la noche y aprovechando el sueño de los inocentes infantes los raptaban y los preparaban para venderlos en forma de filetes asados. Así que la próxima vez que viajéis por tren estad preparados para este tipo de contratiempos. He de deciros que soy descendiente directo de Julio Jiménez el menor de esos cinco hermanos y tengo, también cuatro hermanos idénticos a mí. Es que mis tíos y mi padre crecieron y a la edad de veinte años decidieron casarse. No era tan fácil hacerlo porque resultaba imposible encontrar unas quintillizas idénticas y, aunque os parezca completamente imposible, sucedió el milagro. Un día viajando por estas tierras, en el poblado que pasaremos pronto, los Jiménez encontraron a la familia de los Torres que tenía cinco hijas. Teresa, Teodora, Talía, Trinidad y mi madre Tecla. De los matrimonios que se formaron, nacieron veinticinco niños y veinticinco preciosas nenas. Yo, como todos mis primos tengo cuatro hermanos y cinco hermanas. Todos con la misma maldad heredada. Hemos tenido que inventar nombres y, como pueden imaginarse, se ha tenido que seguir en esa búsqueda de quintillizos y quintillizas para prolongar nuestra especie. La suerte ha estado de nuestro lado. Ahora mismo vuelvo de formalizar el matrimonio de mis hermanos y el mío, podéis felicitarme si lo deseáis, con las cinco hermanas Ríos.

Volteé para ver a los niños y noté que no solo ellos estaban blancos de espanto, sino que los mayores estaban preparándose para fugarse y los calmé diciéndoles que bajaba en la siguiente estación. Les advertí que tuvieran precaución porque todos mis parientes eran infieles y el mundo, o al menos esta región estaba llena de quintillizos bastardos que tendrían la maldad de todos los Jiménez. Salí del tren, pero antes de descender le susurré a la niñera que todo lo contado era una patraña, pero que había servido para calmar a los niños. Ella estuvo a punto de soltarme un bofetón porque según ella había logrado traumarlos. En respuesta le dije que en el futuro inventara mejor sus historias si no quería verse en ese tipo de situaciones.

—Bien, ¿qué te ha parecido? Es ingenioso, ¿no?

—Sí, pero eso del hombre que les cuenta una historia a los niños en un tren ya lo había leído, pero no recuerdo quién es el autor.

—Sí es verdad. Yo tampoco recuerdo al autor y el cuento no es tan bueno, la verdad. Habla de puras tonterías y no tiene originalidad como el mío.

—¿Entonces este cuento es el que quieres presentar en el taller?

—Claro, pero no sé qué va a decir el profe. ¿Crees que le guste?

—No sé, ya ves cómo es. Le encuentra peros a todo. Siempre nos suelta un rollo y, al final, se roba la idea. ¿Sabes que está terminando su último libro?

—No, no lo sabía. ¿Cómo te enteraste?

—Pues por Natasha la polaca.

—No, no es polaca. ¡Que afán tienes de tergiversar las cosas! Natasha es rusa.

—Bueno, pues como sea. La encontré en la biblioteca y me lo dijo en secreto. Dice que la historia va de un emigrante chino.

—Oye, pero no es el tema del cuento de Marisa. ¿Recuerdas que bien lo contó?

—Sí, a mí me encantó. La idea es genial.

—¿Y qué dijo el gafotas? ¿Lo recuerdas?

—Claro, le dijo: “Marisa, es espectacular. De esa historia saldría una novela genial”.

—Y ella tan inocente…Sí Mario, me gustaría hacer una novela, pero no sé cómo.

—¿Y él? En lugar de darle ideas o echarle una mano se limitó a encogerse de hombros y ahora ve. ¡Que cabrón es!

—Sí la verdad. No me gusta nada. Oye, pues hoy en clase le digo que este cuento es solo la idea para escribir mi novela y le insinúo lo del plagio de Marisa. Ella lo va a captar y se nos va armar la grande.

—Sí, ya es hora de ponerle un freno a ese tío.

—Bueno, vámonos que se hace tarde.

—Sí, déjame recoger mis cosas y nos vamos.

 

domingo, 3 de enero de 2021

Fotografa a juicio

 


¿Cómo dice?!Ah! Ya lo pillo. Le voy a confesar cuál es la clave del éxito. Al menos en este círculo tan cerrado. Usted sabe que lo más importante es la originalidad. No lo fui tanto, pero en su momento fue la clave para cambiar la visión sobre la fotografía. No todos los que nos dedicamos a este arte podemos destacar. Es muy difícil innovar y hacer cosas realmente buenas.

Como bien sabe, no soy el único que ha usado estratagemas para meterse en la intimidad de las estrellas. No soy una paparazzi ni mucho menos. Lo que pasa es que era una desconocida y necesitaba dinero, me estaba muriendo de hambre y como dicen por allí, es la necesidad que despierta el ingenio. Me pasaba muchas horas soñando con llegar a la fama, pero delante estaban Annie Leibovitz, Diane Arbús, Dorothea Lange y muchas más. Cuando ya estaba al borde de la inanición soñé algo excepcional. Lo vi tan real que ni siquiera me cuestioné si era ético o no.  Lo primero que hice fue visitar a unas conocidas. Me hicieron el favor de orientarme con sus consejos. Me dejaron su ropa, me adiestraron en el arte de la convivencia femenina.

En unas semanas cambié por completo y empecé a frecuentar lugares donde estaban las estrellas. Mi encanto me permitía colarme en sitios que le estaban prohibidos a los hombres. “Es usted fascinante, Melanie—me decían las actrices y modelos—. ¡Tienes la paciencia de un santo y no te enfadas con nuestra crítica!”. Sí, era verdad. Me armé de paciencia y me despojé de los prejuicios. Me gané la confianza de todas. Incluso, le confieso, que hasta me metí en la alcoba y lecho de algunas. También descubrí que en ese mundo había otras como yo. No le voy a decir lo que vi porque hice un juramento de discreción y si lo revelara me llevaría a muchas actrices por delante.

No, no me arrepiento, si eso es lo que quiere saber. Estoy muy satisfecho. Primero, porque logré mi objetivo, segundo porque destaqué, a pesar de no ser el único que lo ha hecho. Lo que pasa es que fui mejor que otros. Lo malo es que me enamoré y eso me llevó a la ruina. Bien dicen que no se debe mezclar el amor con los negocios y yo lo hice. Ya, ya sé que sabe todo sobre el escándalo, pero si me lo permite, le diré que Andy McCurry si perdió la cabeza por mí. Es horrible descubrir que llevas más feminidad dentro de ti de lo que crees. A él le sucedió. No pudo soportar que la amiga de su mujer fuera un hombre y no estoy en condiciones de confesarle más, pero ya se imaginará lo que pasó en ese trío amoroso. ¿Cómo dice? No, la verdad, no. Le voy a ser sincero. La fama tiene un precio y sabemos que la caída es muy dolorosa. Lo he aceptado y estoy dispuesto a pagar por mis culpas. A final de cuentas están justificados los medios.

Bueno, ya tiene su exclusiva. Le aconsejo, aunque siempre he estado en contra de hacerlo, que tenga cuidado y vaya con pies de plomo. La gloria y el dinero ciegan a las personas. No vaya a palos de ciego. Investigue siempre sobre qué terreno está pisando y sea cauto. No se deje llevar por la vanidad y guarde todas las confesiones que le hagan. Es una cualidad humana que se ha perdido, pero si la tiene tendrá las puertas abiertas en cualquier lugar.

Si me perdona tengo que entrar a la sala para recibir mi sentencia. Será una gran multa y un arresto domiciliario. Al menos eso me ha dicho mi abogado. ¿Cómo dice? Sí, sí, por supuesto faltaría más. ¿A quién quiere que se la dedique? ¿Cuántos años tiene su hija? Bueno, qué le parece así…Para Aleona con mucho cariño… de la fotógrafa Mary Evans. ¿Qué dice? ¿Qué se la firme con mi nombre real? Bueno. Para Aleona con mucho cariño de su amigo Robert Jordán. ¿Está bien así? Claro, gracias a usted y que tenga un buen día.

sábado, 19 de diciembre de 2020

El gran timo

Estaba haciendo un recuento del último robo que había hecho. Era su seguro de vida por si algo fallaba después. Revisó su cuartada y cuando quedó satisfecho, se dispuso a darse un relajante baño. El teléfono vibró un poco. Era un mensaje de voz. “Descárgate esta aplicación, Te puedes ganar mucho dinero”. ¿Quién demonios me ha enviado ese spam? No le puso atención y lo borró. Se fue a duchar y volvió muy tranquilo. Se sirvió una copa del mejor vino que tenía en su bodega y se sentó a leer. Lo sacó de su concentración el móvil. Otra vez estaba el mensaje. Lo trató de borrar, pero esta vez fue imposible. Por alguna razón oprimió el enlace y se descargó un programa muy raro. Apareció un video en el que un hombre le proponía un trabajo. “!Hola, querido Vincent, soy John Royers!!Espero que estés bien y te haya salido a pedir de boca tu último trabajo—se extrañó de que alguien supiera lo de su atraco—. No te preocupes. Este programa no existe más que para nosotros dos. Para que no estés con la duda, voy a ir al grano. Mira, Vincent, necesito que me consigas el cuadro de Johannes Vermeer. ¿Sabes a cuál me refiero? Sí, sí que lo sabes. Te ha llegado de inmediato el nombre a la cabeza. En efecto, necesito que me consigas “Mujer con una jarra de agua. Qué me dices, ¿eh?”. El vídeo se terminó.

Vincent se quedó pensando en lo extraño de la situación. Solo una persona sabía que él deseaba quedarse con aquel hermoso cuadro y no era posible que alguien más estuviera al tanto. En realidad, ya tenía casi terminado el plan para hurtarlo, lo único que lo detenía era el nuevo sistema de seguridad que le habían puesto a la pintura para que nadie la pudiera sacar del museo. Él tenía una capacidad impresionante para ingeniárselas con el control de seguridad, todo lo humano lo podía resolver, pero el micro chip antirrobo era cosa de otro mundo, pues ni siendo hacker profesional lograría deshabilitarlo. No, no te dejes engatusar. Terminarás en la cárcel lamentándolo toda tu vida. Mira lo que tienes. Ya puedes retirarte y vivir a cuerpo de rey. ¿Para qué quieres ese cuadro? ¡Ah, ya lo pillo! ¡Es por vanidad! ¿Y hasta qué límites llegarás para satisfacer tu ego?¿En verdad lo harías solo para poderte enorgullecer frente a tus competidores? ¡No me hagas reír! Hace mucho que te han dado tu lugar y si te critican y te calientan la cabeza con eso de que no sacarías la Gioconda o La Madonna Litta u otra de esas grandes joyas, es solo para que des un paso en falso y se puedan deshacer de ti.

En efecto no tenía necesidad de demostrarle nada a nadie y bien podía vivir sin el cuadro de Vermeer y los de Da Vinci, pero sabía que si le ponían un reto nunca se echaba para atrás. Pensó en investigar quién era ese tal John Royers. No le sonaba de nada y eso que se había encontrado con los más influyentes coleccionistas. Si ese tipo fuera famoso, lo conocerían todos. Hizo varias llamadas y supo que, en efecto, Royers era un coleccionista caprichoso, muy inteligente, con buen gusto y pagaba sumas desorbitadas por cada tarea. Billy le había conseguido el revólver del general Custer que había llevado el día de su muerte en la Batalla de Little Bighorn y se lo había compensado con una suma muy difícil de rechazar. También estaba otro de sus conocidos. Alain Tissandier quien le había conseguido los resultados de unas pruebas de vacunas contra la gripe.

Después de enterarse de lo que le habían comentado sus amigos ya no pudo dormir. No era el dinero lo que lo tentaba, sino el reto en sí mismo. Con una hazaña de ese tipo no solo pasaría a la historia, sino que encabezaría, quién sabe por cuántos años, la lista de los más talentosos y escurridizos. La lucha interior fue brutal. Su otro yo, era como un demonio en una subasta, no paraba de herirle el orgullo. En vigilia podía dominarse gastando toda la energía haciendo todo tipo de cosas. Aireaba la cabeza echando fuera sus pensamientos intoxicados, pero en el estado onírico era víctima de sus monstruos. Un sábado por la mañana se actualizó la aplicación de su móvil. Vincent no pudo evitar escuchar el mensaje de voz que sonó automáticamente, “Bien, Vincent, sé que te da miedo fracasar, pero te prometo que no habrá ningún problema con el plan. Te echaré una mano con lo del chip. No tienes que contestar ahora, En cuanto estés listo me pondré en contacto contigo”.

Al final, ya no se pudo contener y aceptó, sin embargo, un cosquilleó raro que fue capaz de helar a su ego le susurró que tuviera cuidado, que quizás fuera una trampa y lo estaban calando o usando para un fin desconocido. No le dio importancia a ese temor y se dirigió al salón donde estaba el teléfono. Cuando lo desbloqueó apareció John Rogers.

—Te agradezco mucho que hayas aceptado, querido Vincent. No te arrepentirás. Saldrá todo que ni pintado.

—¿Cómo sabes tanto de mí, John?

—Bueno, hago mis deberes y estoy bien informado, señor.

—¿Cómo me encontraste?

—Ah, deja esa falsa modestia, por favor. Para la gente normal eres un desconocido. Pero en este inframundo eres casi un dios. Así que mejor pasemos a lo que nos incumbe.

—Creo que no tienes ni idea de lo difícil que es librarse del chip líquido y peor aún, inventar uno del mismo tipo, para ponérselo a la copia si fuera necesario.

—No te ocuparás de eso, Vincent, déjamelo a mí. Tú, prepárate a hacerlo este mes y cuando tengas dudas estaré aquí.

Vincent comenzó a sospechar de Rogers, ¿Cómo es posible que esté al tanto de tus planes, incluso, de tus ideas? Tendrás que investigar sobre él. Sí, pero, eso lo haré durante la ejecución del plan. Mañana nos vamos a Nueva York. ¿En serio lo vas a hacer? Y por qué no. Seguro que la retribución es muy buena y la fama no tiene precio. Mira, si John soluciona lo del chip, podré llevarme el cuadro y toda la humanidad hablará de mí. Me idolatrarán en todos lados, seré casi un dios. ¿Eso está clarísimo, pero si te pillan? Eso no va a pasar, tenemos todas las ventajas. Pues, haz lo que quieras, pero si nos meten a la cárcel, te reprocharé toda la vida tu falta de sentido común. ¿De acuerdo? Sí, sí, de acuerdo, pero ya déjame en paz.

El vuelo duró una hora. Salió del aeropuerto y se fue a un hotel. Se registró con su pasaporte alemán. En su habitación dispuso todo lo necesario para visitar el museo y verificar que todo seguía como lo había hecho hacía un mes. Después de la visita fue a dejar una solicitud de empleo. Quería trabajar en el archivo. Le dijeron que habría podido meter su solicitud por Internet, pero él les contestó que le urgía el trabajo. Le dieron cita para otro día. Volvió a su habitación para descansar y sonó su móvil. En la aplicación había documentos, instrucciones, planos y consejos para infiltrarse al museo. No había vídeos ni mensajes de voz. Vincent revisó la información y descubrió que se habían hecho cambios en la zona de almacenamiento y la puerta que había considerado para escapar, se encontraba clausurada. Tengo que revisar todo esto porque si no se puede salir por allí, la única salida será la principal y el camino está lleno de detectores que se dispararán en cuanto trate de cruzarlos. Miró con atención los planos y leyó la lista de consejos e instrucciones que le daba Mr. Rogers. ¡Joder! ¡¿Este tío tiene espías o qué?! ¿Ves? Te lo he advertido. Y ¿si fuera una trampa, querido Vincent? ¿No lo habías sospechado ya? Pues no, porque me fie de Billy y Tissandier y ya sabes que ellos son mis incondicionales. Pues a mí, me huele mal este asunto.

De pronto, sonó el teléfono. Se oyó la voz de Rogers. “Oye, Vincent, te comento que en esta semana habrá una exposición temporal en el museo. Con ellos podrás meter la copia de la pintura. Ya lleva integrado el chip de repuesto. Lo único que tienes que hacer es desactivar el del original. Mañana por la mañana te llegará un paquete que contiene una tableta. Lo único que debes hacer es tomarle una foto y la aplicación hackeará el programa de seguridad. Luego lo único que tendrás que hacer es tomarle otra foto a la copia y se activará el programa contra robos. Suerte. ¡Ah! Por cierto, si deseas saber cuánto vas a ganar eleva el diez a la sexta potencia. Te los puedo depositar hoy mismo. ¡Éxito, muchacho!

¿Has oído eso? Es un dineral. Sí, sí, pero ¿cómo te dice que te lo puede pagar antes de que lo saques y se lo entregues? O ese Rogers es un tonto, o se pasa de listo, ¿no crees? Pues, será lo segundo porque ya ves que nos va siguiendo los pasos e, incluso, se nos ha adelantado. Ahora resulta que lo único que tengo que hacer es entrar al museo este viernes, desactivar el chip, cambiar el cuadro y activar el programa de seguridad. ¡Menudo atraco que va a ser este! ¿Sabes? Esto es ridículo. Ese estafador nos quiere ver la cara de tontos. Sí, es verdad, vamos a darle una pequeña sorpresita, ¿qué te parece? Completamente de acuerdo. Se oyó el vibrador del teléfono. Vincent lo cogió y vio el saldo de su tarjeta American Express negra. ¡Demasiado tarde, maldita sea! ¿Podrás creer que se nos adelantó el muy hijo de…? Esto ya es demasiado. Bueno, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no nos queda otra salida más que la de seguir adelante. Bien, ya mañana veremos que sorpresa nos entregan en el paquete.

Vincent no era supersticioso, pero su conciencia nunca estaba tranquila y lo acosaba a todo momento. Era por eso que debía afinar hasta el último detalle para que su, así llamada orquestación, sonora de forma impecable. Los ritmos, los silencios, los vientos y acordes debían coordinarse como si fueran a tocar en el mismo cielo. Se dedicó toda la mañana a revisar la ruta, las entradas y salidas del museo, el personal, los trabajadores de limpieza y todo lo que fuera necesario. Volvió cerca de las tres de la tarde y cuando entró al hotel se dio cuenta de que un mensajero caminaba al mismo paso que él. Cuando llegaron con el recepcionista uno preguntó por la llave y el otro por el señor Vincent Roosevelt, le fue entregado el paquete y se fue a su habitación a mirar el contenido.

Bien, muy bien, ¿de dónde habrá sacado el señor Rogers todo esto? Mira, estos bastidores son mejores que los nuestros. Y esa pintura parece que en realidad es del siglo XVIII. Pues, si que nos va a convenir trabajar con este tipo. Ahora solo tenemos que llevar todo esto en una maleta de mano mezclarnos con los trabajadores que harán los fletes y cambiaremos el cuadro en un santiamén. Y ese trabajillo nos va a dejar ese “diez a la sexta”. ¡Ja, ja, ja! Todo será cuestión de niños. Sí, pero ¿dónde está la adrenalina que necesitamos para esto? ¿Recuerdas por qué te apasionan este tipo de tareas? Sí, tienes razón. Sin emociones fuertes, esto resulta muy indigesto. ¿Qué hacer? No sé. Tal vez dispararle a alguien o abusar de alguna de las cuidadoras de las salas o de alguna estudiante despistada a la que le puedas decir que eres un coleccionista. Piensa, piensa. No. Lo siento. Es completamente inútil, el señor Rogers nos ha frustrado toda emoción. ¿Y por qué no improvisas? ¿Estás loco? Bien sabes que ese, precisamente es el ultimísimo recurso que empleo. No, no estoy dispuesto a saltarme mis propias normas. ¿A dónde llegaría así? Sería una humillación, un golpe muy duro a mi amor propio. Está bien, está bien. Hazlo como quieras. Una cosa si que quede bien clara. Es nuestro último trabajo. Creo que sí deberíamos tomar eso en serio, Después de esto quedaré inhabilitado para siempre. ¿Qué quieres decir con eso? Pues que psicológicamente quedaré hecho un embrollo y eso solo me obstaculizara los trabajos que quiera hacer en el futuro. ¿Entonces pactamos? ¡Trato hecho!

Llegó el viernes y Vincent fue al museo, Presentó su identificación se las ingenió para que lo dejaran pasar sin revisar su maleta y se fue al almacén. Los trabajadores ya estaban descolgando las pinturas. Él aprovechó el momento para montar el cuadro. No es muy grande, ¿verdad? Claro, se monta en tres minutos, lo que necesitamos es el marco, mira allí lo traen. Vamos a por él.

Las cosas salieron a pedir de boca. Vincent salió del museo a las seis de la tarde, después de haber activado el chip de Mr. Rogers. Iba a subirse a su camioneta cuando sonó su teléfono. Contestó.

—¡Felicidades, Vincent! ¡Lo has hecho muy bien! ¿Ves el coche negro con matrícula MNS 080? Sube. El chófer te está esperando.

—Es usted muy previsor, Mr. Rogers.

—No, Vincent, no lo malinterpretes. No es desconfianza. Es que lo que llevas en tu bolsa es muy valioso y nadie se arriesgaría a perderlo. Hoy tendremos el gusto de conocernos. En unos minutos nos veremos.

Rogers colgó y el chofer le abrió la puerta para que se subiera. ¿Qué te parece, querido Vincent? ¡Joder!!No nos deja ni un segundo fuera de su control! Bueno, ya veremos de qué madera está hecho ese tipo. Llegó en veinte minutos a una casa muy lujosa de estilo moderno. Salió un hombre joven de aspecto muy extraño. No parecía del todo real. Vincent pensó que sería por lo extravagante de su vestido. La camisa y los pantalones eran como un camaleón que se adaptaban a medias a las tonalidades. Se saludaron, Vincent, lo tomó por Mr. Rogers, pero el dijo que era solo un ayudante. Entraron a la casa y la decoración y el lujo lo dejaron pasmado. Había esculturas que reconoció de inmediato. Él mismo se había querido llevar unas piezas de Rodin, pero no era su especialidad. De los cuadros si sintió envidia y orgullo a la vez. ¿No es ese La Caridad de Van Dyck? Sí, exactamente. Pero ¿qué demonios hace aquí ese cuadro? Ni idea. Tal vez Rogers lo compró después de que se lo consiguiéramos a Williams. ¿O no sería que Williams te lo pidió por encargo de Rogers? Esto es un misterio. Mira, hay más de nuestros encargos y cosas que sabemos quién se las robó. Esto ya pasa de castaño oscuro. Tendremos que aclarar algunas cosas, ¿verdad? Sí, sí, lo primero que haré será darle un puñetazo que se acordará toda su vida por prepotente. ¿Quién se cree ese estúpido? Ya, cálmate. Allí viene su ayudante.

“El señor Rogers le espera, Vincent, sígame por favor”. Bajaron por un ascensor unas tres o cuatro plantas. Cuando salieron Vincent pensó que se encontraba en una ciudad subterránea. Lo condujo el ayudante hasta un corredor muy amplio y le indicó que siguiera hasta el final. Vincent avanzó despacio, mirando todo lo que podía inquietarle. Al final, llegó a un sitio donde se abrió una puerta metálica. Entró, pero no vio a nadie. Se oyó la voz de Mr. Rogers. Pase, Vincent, siéntase como en su casa. Quiero mostrarle algo. Camine recto y gire a la derecha. Encontrará un corredor con curiosidades. Vincent se quedó tieso de miedo. Allí estaban sus conocidos. No se movían y lo miraban sin parpadear. “Están congelados, Vincent. No debes tener miedo”.  Pero ¿qué clase de loco es usted? ¿Qué ha hecho con estos hombres? No se ponga así. Yo no tengo sentimientos. Soy producto de ustedes los hombres. Me creó la IA y me dieron la tarea de capturar a todos los ladrones de arte. No podrá escapar de aquí. En pocos minutos estará inconsciente y después igual que sus amigos. Debe saber antes de que lo enfriemos, que usted sí fue de verdad un gran ladrón. Hemos archivado todo el conocimiento de su cerebro para la posteridad. ¡Hasta nunca, señor Vincent!

 

 

 

 

 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Una gran cualidad

 

El día de su boda constató lo que había sospechado. No le dio gran importancia porque moralmente ya estaba preparado para aceptarlo. Con esta ausencia se completaba ese rompecabezas que él había ido armando poco a poco. Ese vacío de información en el que siempre se encontró incómodo, por fin desaparecería. Sería muy difícil para todos. La situación había sido muy incómoda mientras él lo había ignorado, pero ahora sus amigos le habían hecho la confesión sin hablar. Se alegró de que León, Juanjo y Alfredo no hubieran llegado. Pilar estaba radiante. Desde que la conoció se llevaron bien. Eduardo pensó que los había juntado una celestina, sin embargo, fue la coincidencia la que arregló todo.

Tenían pocos invitados y el pequeño restaurante no tenía más clientes ese día. Los padres de Pilar se emocionaron. Su hija les había dado muchos dolores de cabeza. “No sabes lo agradecidos que te quedamos, estimado Lalo”. Sí, en efecto, quien más lo festejaba era la señora Alicia que sabía a la perfección que su hija había buscado a su hombre ideal y no lo había encontrado hasta que él apareció. ¿A cuántos patanes tuvo que soportar? ¿Cuántas discusiones tuvo con su hija tratando de demostrarle que esos tipos con los que llegaba por las noches solo la querían usar? Pilar no era nada tonta, pero su corazón idealista le hacía creer que al final excavaría tan dentro de los corazones masculinos que hallaría la joya que buscaba.

Los músicos comenzaron un vals. Los suegros se levantaron y felices recordaron aquellos tiempos en que asistían a los concursos. Tenían buena forma física y los aplausos no se hicieron esperar. Las invitadas que eran el contingente más grande esperaban que el novio o el apuesto señor Boris las sacara a mostrar sus encantos. Se divirtieron unas tres horas. Brindaron por el éxito del matrimonio y se fueron retirando poco a poco hasta que quedó solo Eduardo con su familia política. “Es una lástima que no hayan podido venir tus padres, querido Lalo—le dijeron al unísono los suegros”. No, no se preocupen. Ya habrá una oportunidad para que nos reunamos todos. Gracias por venir. Liquidaron la cuenta y Pilar y Eduardo se fueron en una limosina al hotel donde pasarían la noche antes de viajar a su Luna de Miel.

Durmieron bien y se levantaron con el pie derecho. El primer día de matrimonio era muy diferente de los habituales. Estaba lleno de palabras dulces y comprensión. Cuando se prepararon para salir al aeropuerto a Pilar la arroyó la felicidad. Fue tan arremetedor el torrente que se tuvo que sentar en la cama y llorar media hora. Al final si había encontrado a su media naranja que le venía exactamente a la medida. ¿Por qué le había costado tanto trabajo encontrarlo? No era buen momento para dejarse llevar por esa idea, pues sabía a la perfección que miles de mujeres jamás lo logran y, por el contrario, les tocan tipos que las engañan y golpean.

—Será mejor que comencemos a arreglar el equipaje, cariño. No llores—. Lalo la abrazó le dio un beso.

—Es que realmente soy feliz, ¿sabes? Desde que te vi por primera vez presentí que eras lo que yo buscaba.

—Yo también me sentí muy atraído por ti, Pilar. Ahora ya sabes, hasta que la muerte…

No le dio tiempo de terminar la frase porque Pilar lo estrechó y le preguntó si estarían juntos para siempre.

—Por supuesto, eso ni lo dudes. Tú eres todo lo que deseo en la vida.

Se pusieron a ordenar sus cosas y llegó el taxi. Bajaron el equipaje y se fueron a tomar su vuelo.

Durante su corto noviazgo habían hablado muchísimo. Se habían contado muchos detalles de la juventud y descubrieron cosas similares. El primer amor y la desilusión más grande. La búsqueda interminable de un amor de verdad, las riñas con la familia, las cosas maravillosas de la vida de estudiante y cosas por el estilo. También habían coincidido en sus planes. Tendrían un año para ellos, luego ella se embarazaría. Él seguiría con sus ascensos en la empresa y vivirían en armonía.

El viaje fue muy bueno, No tuvieron más que alegrías y ningún percance estropeó su romance. Lalo volvió al trabajo y sus compañeros lo recibieron muy bien. Sus amigos le llamaron para disculparse por no haber asistido a la boda. Se sentían fatal y deseaban enmendar su falta. ¿Qué te parece si te vienes con Pilar a la casa y organizamos una barbacoa? Le proponían sus amigos. Al final aceptó la invitación y un fin de semana llegaron a Casa de León quien los recibió con mucha cordialidad. Estaban Juanjo y Alfredo. Todos estaban acompañados de sus mujeres. Salieron al jardín y se repartieron las tareas. En la cocina Pilar le contó a Lucía, Cristina y Zara que estaba muy contenta por haber encontrado lo que tanto buscaba. Zara y Cristina la felicitaron, pero sabían que antes de casarse con sus respectivos maridos, ella había salido con ellos. Eso ya lo habían superado porque en realidad no pasó de ser una aventurilla. Lo que les estaba poniendo nerviosas es que Pilar no hubiera encontrado ni en León, ni en Juanjo, ni en Alfredo, eso que sí tenía Eduardo. Pensaron que físicamente estaría super dotado, pero al poner su función su intuición y despertar todos sus sentidos decidieron que debía ser otra cosa. Algo en el trato, pensaron todas, quizá sea más que un caballero, atento y con una comprensión de la naturaleza femenina increíble. Tampoco, fue eso porque se veía como cualquier tío, incluso, torpe o con maneras poco educadas. La duda se despertó en ellas y se quedaron muy nerviosas. ¡Qué maldita cualidad hace a Eduardo mejor que a mi esposo, joder! La vida seguía para todos, lo malo era que las tres mujeres les pasaron su inquietud a sus cónyuges.

—Oye, Alfredo, ¿te acuerdas de que te acostaste alguna vez con Pilar?

—¡Hombre, Cristina! ¿No habíamos quedado en que eso ya era agua pasada? ¡No empieces de nuevo con esos celos, por favor!

—No, no se trata de eso. Es que, ¿sabes lo que nos dijo Pilar?

—No, Cristina, no tengo ni idea.

—Pues, dijo que había encontrado en Eduardo lo que no había podido hallar en ningún otro hombre y ya sabes que no son pocos los que se ha llevado a la cama.

—No, lo sé, Cristina, y tampoco me interesa. No le des vueltas a eso, te vas a volver loca y al final va a resultar que es una cursilería.

—No, Alfredo, me perdonas, pero no es una cursilería. Conociendo bien a Pilar una se queda pensándolo porque de los que le hemos conocido hay algunos que están fuera del común denominador y ni siquiera esos lograron quedarse con ella, así que debe ser algo muy especial.

—Mira, Cristina, no tengo tiempo para tonterías. Me voy a trabajar y no me molestes más con esas preguntas tontas.

Alfredo salió enfurecido y humillado. Cómo era posible que Lalo, con ese aspecto tan soso, tuviera algo que le faltaba a todos los demás. Llegó a la oficina y se lo comentó a León y Juanjo cuando habló con ellos por teléfono. Se rieron a sus costillas y especularon con todo tipo de fantasías. Alfredo no podía sacarse de la cabeza las palabras de su mujer. “Si Mauro, Joséelo y Paco no lo tienen, menos tú y tus amiguetes”. Levantó la vista para despojarse de la frase que le hacía rascarse la cabeza como si tuviera sarna. Vio a su secretaría Guadalupe y sin pensarlo le preguntó.

—Guadalupe, ¿qué cualidad más preciada busca usted en un hombre?

— ¡Ay! ¡Qué preguntas me hace! No lo sé.

—No, no, te hablo en serio ¿Es algún sentimiento o una cualidad física?

—¡No qué va! Lo físico no importa tanto y lo sentimental, es imposible.

—¿Cómo que imposible?

—Si, todos los hombres son unos patanes que buscan solo el sexo.

—Y eso quiere decir que, si un hombre no busca el sexo, es un fuera de lo normal. Digo, en el sentido que les gusta a las mujeres…

—No sé, Alfredo, no estoy de humor para bromas y la verdad no me imagino a qué viene todo esto.

Alfredo comprendió que estaba actuando de forma inapropiada y se disculpó. Luego se quedó pensando mucho tiempo en la cuestión. ¿Qué pasaría si de pronto Eduardo, quien a todo mundo le daba lástima, fuera un súper dotado? ¿Cuál era esa maldita cualidad que lo hacía único? Recordó las burlas en el bar. “¡Cómo que se casa con Pilar! ¿Es que no le ha pasado un ejército por encima a esa baja braguetas? ¿En qué piensa ese tío? Va a ser el hazmerreír en todos lados. ¿Qué va a contestar cuando le pregunten si sabe que su mujer se ha metido a la cama con media humanidad?”. Y ahora va a resultar que Lalito es el mejor de todos. El único que ha podido meter en trancas a esa mujer de cascos ligeros.

Un viernes por la mañana Cristina se encontró a Lalo. Ya tenía una semana completa de incertidumbre porque había visitado a Pilar y la había visto irreconocible. Ya no hablaba de hombres, se arreglaba con gusto y parecía una mujer muy culta. Un cambio de esa magnitud era imposible según la opinión de todos los que la conocían, pero la evidencia estaba allí y ella estaba obligada a descubrir el secreto. Saludó a Lalo y le preguntó qué hacía.

—¡Que gusto me da verte, Lalo! ¿Qué tal estás?

—Bien, Cristina, he venido a buscar unas cosas que necesitamos en la casa para los cortineros y el dormitorio. Y ¿tú qué tal?

—Bien, muy bien. También estoy buscando cosas para la casa, pero son para la cocina. ¿Podrías ayudare a elegirlos?

—Por supuesto. Mira, precisamente allí hay una tienda para el hogar.

Se fueron comentando los últimos acontecimientos de la vida familiar. Se fueron directamente a la sección de baños y cocinas, pero Cristina no tenía nada que comprar allí y pensó en alguna estratagema que la sacara del apuro, pues no podía llegar a su casa con más vajilla o algo tan innecesario como un colador u otra cosa de las que había allí. Lo único que se le ocurrió fue tropezarse y caer en los brazos de Lalo. El acercamiento fue tal, que sus labios se unieron. Cristina se sonrojó y dijo que había sido algo inconsciente.

—No te preocupes, Cristina, esto no lo sabrá jamás nadie.

—Es que eso me ha pasado algunas veces con Alfredo y siempre nos besamos, así que…

—Vamos, hombre. No pasa nada. Es una cuestión instintiva. No creas que me lo tomaré en serio. Lo olvidamos y ya está.

—Pero, ¿de verdad lo guardarás en secreto?

—Te digo que sí. Olvídalo y vamos por lo que necesitas.

—Oye, y si nos hubiéramos besado y luego…Tú ya sabes…Que si nos hubiéramos acostado… ¿Guardarías el secreto, también?

—Claro, ¿por quién me tomas? No se lo diría a nadie, aunque me torturaran. Te lo juro.

Ante esa sinceridad, Cristina, se sintió desarmada y, peor aún, se llenó de valor. Un atrevimiento que iba más allá de toda cordura.

—Oye, Lalo, ¿y si te propusiera que fuéramos a un hotel, irías?

—Pues, si fuera para ayudarte sentimentalmente, sí lo haría.

—¿Y guardarías el secreto hasta irte a la tumba?

—Ya te he dicho que tengo palabra de honor y nadie se enteraría.

Ella se lo tomó muy en serio y decidió que tenía la gran oportunidad de descubrir esa dichosa cualidad de la que se enorgullecía tanto su amiga. Se lo confesó todo a Lalo. No había nada que comprar para su cocina y quería tener una aventura con él. No deseaba más que un poco de comprensión, cariño y discreción. De esa forma terminaron los dos en un hotel.

La experiencia no fue tan maravillosa como se había imaginado Cristina. No le sorprendió nada de las capacidades sexuales de Eduardo, incluso pensó que era tan común como cualquier otro hombre. Sí, era cierto que le había mostrado mucho cariño, pero eso no era, con toda seguridad lo que satisfacía a Pilar. Pensó que se había tirado a la piscina y no había hecho nada más que comprometer su reputación. Pensó que tal vez Lalo, en una fiesta con sus amigos, se fuera de la lengua y entonces ya tendría motivos para sufrir. El divorcio, la patria potestad de sus hijos y las humillaciones por parte de la familia de Alfredo. Sudó frío, pero algo muy dentro de ella, le dijo que Eduardo le había dicho la verdad y lo descubrió en las siguientes semanas cuando se volvieron a reunir todos en la casa de Juanjo. La noticia le llegó por conducto de Zara.

—Oye, Cristi, tengo algo que confesarte. Ven conmigo a donde no nos vea ni nos escuche nadie.

—¿De qué se trata Zara? ¿No me lo puedes decir aquí?

—No, ni lo mande dios. No estoy loca para hacer eso. Mira, vamos a comprar unos pastelitos y en el camino te lo cuento.

Salieron con la excusa de comprar una tarta para los niños. En el coche Zara ya no se pudo contener y lo soltó todo. Cristina la escuchó con paciencia sopesando la situación y después hizo su confesión. No era posible. Las dos se habían acostado con Lalo y no habían sido capaces de encontrar su famosa cualidad. Volvieron con un mal sabor de boca. Lo único que estaba claro era que Lalo decía la verdad. Nadie habría sospechado jamás que había estado con las dos mujeres. Lo pero Lucia las reunió en el baño y en voz muy baja les dijo que ella también. Era el colmo. Las tres se habían tomado muy en serio la búsqueda y se encontraban desnudas confesando que no habían hallado nada. La discreción fue el pacto y si Lalo se iba de la lengua lo matarían.

León, Alfredo y Juanjo ni se las olían. Seguían reuniéndose en el bar. Comentaban los bulos que les llegaban a través de sus esposas, e incluso llegaron a pensar que no estaría nada mal acercarse a Pilar para preguntarle cuál era esa cualidad tan preciada. Nadie les habría perdonado la intromisión y habrían terminado con la amistad. Decidieron dejar las cosas como estaban y seguir la vida sin ponerle atención a nada de lo que le atañía a ese matrimonio.

Los cambios en Pilar fueron enormes. Se embarazó, se enclaustró en su casa. Vivía tranquila educando a sus hijos y en las reuniones seguía alabando las cualidades de su marido. Sus amigas sentían vergüenza al encontrarse con ella y algo muy dentro de su conciencia les decía que esa cualidad, de la que ellas y sus maridos carecían, era simplemente la discreción.

 

 

lunes, 30 de noviembre de 2020

Ucronía de Paco

El sueño es milagroso. Bendita sea aquella frase que dice todo el mundo: “Consúltalo con la almohada”. Vaya que me ha dado resultado. Apenas ayer estaba rompiéndome la cabeza con todos mis problemas y hoy estoy con un ánimo increíble. Eso de que tu cerebro trabaja mientras tu descansas, es verdad. Por fin lo he comprobado. En todos esos libros de autoayuda que encuentras en Internet te describen el funcionamiento de la máquina más evolucionada del universo. ¿Cuántos millones de años fueron necesarios para crear un sistema tan complejo? Pues desde que dios tiene uso de razón. No, ya en serio. Te quiero contar lo que he pensado para solucionar todos los problemas. ¡Que loco estás, Paco! Espera y no me juzgues. Bueno, pero dime ¿a qué te refieres? ¡Explícamelo! Pues a que voy a darle la vuelta a la tortilla. Pero, ¿no habías dicho que no ibas a ceder? Pues, no tiene nada de malo recapacitar, ¿no? ¿No les pasa a todas las personas? Escucha, es un plan perfecto.

Al principio, lo más importante, Carmela. No le voy a decir que deje a su novio. Me he pasado todo el año tratando de demostrarle que su Pedrito es un gañán, pero el resultado ha sido nulo, sin embargo, he ideado una súper estrategia. Le voy a decir que está bien. Me rindo que salga con él el tiempo que quiera. Es más, le voy a proponer que se lo traiga a vivir a la casa. ¿Estás loco? No, claro que no. Eso ya lo hablamos toda la noche y no me interrumpas porque se me va la olla y luego empiezo a decir tonterías.  Bueno, el caso es que, si nos traemos al Pedro, mi mujer no va a saber qué hacer. ¡Se va a quedar tan sorprendida que dejará de moler con sus reclamos y sus peroratas de…”!No entiendes a tu hija! ¡Recapacita, por dios! ¿No sabes que ya está en edad de merecer?”. Pues, sí. ¡Venga! ¡Merece eso y más! Lo que no sabe Marga es que a los tres días ya estará deseando que se largue de aquí. Y ¿eso por qué? No me salgas con eso, ¿acaso no lo entiendes? ¿No te das cuenta de que son incompatibles? Además, Armando se va a poner como un toro de lidia. Ya sabes que no lo traga y se va a encargar de que la vida en la casa sea un infierno para él. ¿Te acuerdas cuando leímos a Sartre? ¡Ah! ¡Pillín! ¿Te refieres al libraco “A puerta cerrada”? Claro ¿Recuerdas que nos encantó eso de que el infierno son los otros? Por supuesto que sí, pero y ¿cómo vas a soportarlo tú? Pues con dos remedios, hago de tripas corazón y me lavo las manos. Pero tu casa será el caos. Vas a confrontar a tu familia. ¿Y eso qué? Llevo mucho tiempo tratando de mantener la paz y la buena voluntad y ¿cuál ha sido el resultado? Sí, sí, ahora caigo. Oye, ¿Y Luciano? Bien que lo mencionas. Mira, voy a decirle que estoy de acuerdo en que deje los estudios y que haga lo que quiera. Eso no me gusta nada, vas a perder toda la autoridad y te van a mangonear todos. No, no lo has entendido. Ya sabes que, si les impones cosas a mis hijos, lo primero que hacen es llevar la contraria. Lo que quiero es que se meta a trabajar y se mantenga solo. Ya estás grandecito, le diré. Búscate la vida solo. De mi bolsillo no saldrá ni un solo quinto para ti. Creo, sinceramente, que eso va a ser el acabose, la verdad. Te lo digo porque se va a ir con sus amigotes y se echará a perder. Pues me importa un comino. Ya estoy cansado de echarles sermones inútiles. ¡Que prueben la vida! ¡Ya es hora de que se rasquen con sus propias uñas!

—Hola, buenos días, papá. ¿Qué tal has dormido? —Oye, Paco. ¿Qué le habrá pasado a la Carmen? Si nunca te da los buenos días. No lo sé. Está rarísima. Bueno, contéstale. No te quedes como tonto.

—Hola, hija. Bien, he descansado muy bien y ¿tú?

—También. ¿Quieres que te prepare el desayuno? —Me lleva la reverenda…Oye, ¿no les habrá pasado en la noche lo mismo que a ti? Pues, seguro que sí. A lo mejor, ayer hubo un fenómeno galáctico o algo así. Tendremos que buscar en el Internet al rato.

—Bueno, Carmelita. ¿Serías tan amable?

—Por supuesto que sí. ¿Quieres unos huevos con jamón y frijolitos?

—Sí, hija. Eres un amor.

—Los hago en seguida. Oye, papá ¿y el café con leche?

—Sí, hija, gracias.

La verdad no lo entiendo. Ayer juró y perjuró que dejaría de hablarte toda la vida y…Mírala. Tan hacendosa y amable. Creo que no es la primera ni la última sorpresa del día. Mira, allí viene tu mujer. !Está irreconocible! Hasta parece que en la noche perdió diez kilos. Se ve como hace veinte años. ¡Qué barbaridad! Solo falta que me dé un beso y me planche la camisa para ir al trabajo. Sí, ya viene para acá. Mírala cómo se acerca y se ha peinado. Sí, ahora sí que tendremos que buscar lo de la alineación de los planetas.

—Hola amor, ¿qué tal dormiste?

—Bien, muy bien y ¿tú? —¿Cuándo fue la última vez que te dijo Amor? Ya ni me acuerdo. Por lo regular no me habla en las mañanas y los saludos se terminaron hace un montón de tiempo.

—Cielo, he estado pensando en Luciano. Al final, estaría bien costearle la carrera de Derecho. ¿Quieres que se lo comentemos en el desayuno? ¿Se lo digo yo? ¿Prefieres hacerlo tú? —Esto sí que es surrealismo. ¿Cómo va a estudiar Luciano en la universidad si ni siquiera terminó la secundaria? Pues, ya ve aceptando que este día será de locos. Mira, ahí viene Luciano. Pero ese no es Luciano. Mi hijo lleva barba y no usa pijama. ¡Ah caray! Y ¿ese peinado? Ya no entiendo nada, ¿y tú? Yo tampoco.

—Hola, papá. Dice mi madre que quieren hablar conmigo…

—Sí, Luciano, es sobre lo de los estudios —Oye ¿te vas a atrever a hacerlo? Mira que te vas a endeudar y las cosas con esta pandemia no están nada seguras. ¿Qué tal si mañana hacen recortes en la empresa? Ya ves que todo mundo ha puesto sus barbas a remojar, No es un momento para afrontar esos compromisos. Sí, sí, ya lo sé. Pero ¿no has oído que Marga ha dicho que sí? ¿Y de dónde piensa que sacarás el dinero? No lo sé. Se lo voy a insinuar en el desayuno.

—Gracias, papá. No sabes qué alegría me da.

—Sí, sí, ahora te lo explico con tu madre. Vamos a la mesa, que Carmelita ya nos tiene el desayuno preparado—. !Qué locura! Ya te veo con tu cara de ridículo, explicándoles a todos de dónde vas a sacar la lana para la cerrera de tu hijo. Pero ¿qué puedo hacer? Esto es realmente un milagro. Bueno, ya están todos sentados. Te miran con ojos interrogativos. No te puedes quedar callado. Habla, di algo. Comienza por Armando que apenas se está despabilando.

—Bueno, Armando, ¿qué tal has pasado la noche?

—No he dormido mucho, papá. He tenido que hacer el proyecto de la universidad y, para serte sincero, te diré que me eché un sueñito de cuatro a siete.

—Es muy poco, hijo. Te vas a acabar así—. ¿Qué te parece su aspecto? Está cambiadísimo. No es el de siempre. ¿Ya no hace físico-culturismo? No lo entiendo, la verdad. ¿No te parece que es un día muy extraño? Y que lo digas. Bien, piensa rápido y echa ya el sermón.

—Y ¿qué pasa con lo de Luciano, Amor?

—A sí, quería decirte, hijo, que empieces con los trámites para lo de tu carrera. Olvida todo lo que dije antes y adelante.

Oye, eso no era lo que tenías que decir. ¿Por qué te miran así? Calla y deja que sean ellos quienes te lo digan. Además, ya te tienes que ir a trabajar.

—Oye, papá. Parece que hoy te has confundido en todo. Ya nos preocupa un poco esto. Es que no es la primera vez. Suele pasarte, pero no te preocupes. Ya sabemos que es pasajero. Será mejor que llames al trabajo y pidas el día. Te hará muy bien.

—No, no, Carmelita. Es que tengo tantas cosas en la cabeza que me embrollo y luego salgo con estas cosas. Por cierto, ¿ya está lista mi ropa?

—¿Ves lo que te digo, Amor? Te preparé todo ayer por la noche. Sube al dormitorio y ahí lo verás doblado en la silla. Mira, en mi opinión deberías pedirte el día. Anímate y nos vamos a dar una vuelta por allí.

Joder, Paco, ¿qué quiere decir con eso? ¿No será que le está haciendo daño la menopausia? Ni idea. Será mejor que ponga pies en polvorosa.

—Gracias, Cielo, te lo agradezco mucho. Iría con todo gusto, pero hoy tenemos una reunión importante en la oficina. Mejor, me arreglo y el fin de semana salimos a donde quieras—. Oye, seguro que ahora te va a echar la bronca de siempre. Prepárate, Nunca vas a aprender, ¿querido Paquito?

—Está bien cariño. Entonces el sábado vamos al teatro.

—Sí, Corazón, por supuesto y ahora, si me perdonan…

¡Qué lío! Todo está patas arriba. Oye, ¿y si en el trabajo pasa lo mismo? ¿qué vas a hacer? Cómo que qué voy a hacer, pues encerrarme en mi despacho y no hablar con nadie. Sí, creo que será lo mejor. Bueno, pues vámonos, parece que tu chofer ya está allí abajo. ¿El chófer? Que, ¿me vas a decir que no te acuerdas? La verdad es que no. Ya estamos.

—Buenos días señor Francisco.

—Buenos días, ¿qué tal todo?

—Pues, como siempre. Con un poco más de frío, pero sin novedades.

—Bien, pues vámonos ya.

No recuerdo que este asiento fuera tan cómodo. Mira, ¿ese es el nuevo centro comercial? No ese ya lleva varios años. El nuevo está más adelante. ¡Qué memoria la mía!

—Hemos llegado señor. Su secretaria lo está esperando en el lobby.

—Gracias, Jaime, eres muy amable. Hasta la tarde.

Me parece que no se llama así el chófer, ¿no era Casimiro? Mejor ni me preguntes y mejor aconséjame para enfrentar a la secre. Ella sin duda es Laura, tú le dices Laurita, así que suave y con mano izquierda. Mira, allí está. Más guapa que la vez pasada. Sí, ahora entiendo todo eso de que las secretarias son las amantes de sus jefes. Ojalá en nuestro caso fuera así, ¿no crees? Sí ¡Mira nada más que mujer!

—Francisco, tienes que bajar a la sala de reuniones. Aquí está el informe. No necesitas decir nada. Solo clausuras el evento y les dices que la resolución ya fue aprobada por los accionistas de la empresa.

Preparémonos para lo que viene. Te pido que no te vayas de la lengua y no me obligues a decir alguna estupidez. Llegamos, nos sentamos, oímos las participaciones, les damos las instrucciones y cerramos la reunión. Sí, de acuerdo. ¡Aja! Ahí están todos sentados. No tienen buena cara. Saluda y siéntate. No ha sido nada cordial el recibimiento. Que suerte que no te toca hablar. ¿Quiénes son todos estos tipejos y ¿por qué nos exigen tantas cosas? No han parado de quejarse y ya me están llegando a los aparejos. Yo no tomé la decisión. Si hay recortes, pues no es culpa mía. Váyanse todos al diablo. Oye, no es justo. ¿Qué no has oído lo que dicen? Pobre gente, se han dejado la vida aquí y ahora de patitas a la calle. Oye, no es mi problema. Me dijo Laura que leyera solo el informe y que se las arreglen como puedan. ¡No tienes sangre en las venas! ¡Cobarde! Pero, ¿qué te pasa? Tranquilo, todo saldrá bien, este no es nuestro problema. ¡Qué poco sentido humano tienes, joder! Ya, cállate y espera. Esto ya se va a acabar. ¿Lo ves? Bueno, haz la lectura y vámonos. No sé cómo no se te cae la cara de vergüenza. Ni siquiera pusiste atención en el contenido del informe. Lo leíste como si estuvieras anunciando los puntos de una reunión. Nadie te lo va a perdonar. Ahora, vive con eso para siempre. ¿Viste la cara de Mauro, la de Luis, la de Carolina? Ni siquiera te dignaste verlos. ¡Qué poco hombre eres! Te ordeno que pares. Ya es suficiente. Todavía nos queda el día por delante y lo único que haces es estropearlo más. Ya, por favor, para y cállate.

Gracias por haberme dejado pasar el día sin tu compañía. He terminado el trabajo, ¡Qué alivio! Pues, vámonos a la casa. Cenamos, vemos un rato la tele y hasta mañana. La verdad no sé cómo te sientas tú, pero a mi me está remordiendo mucho la conciencia. ¿Qué le vas a decir a tu familia? Oye, eso no es asunto tuyo. ¡Ah! No me vengas con esas cosas ¿Y lo demás? ¿Ya no te acuerdas de todos los consejos que te he dado? Te he soportado toda una vida y ahora me sales con que eso no es de mi incumbencia. Ya, ya está bien, cálmate. Hacemos las paces y listo. Está bien.

¿Cuándo va a venir ese Jaime? ¿No quedamos en que es Casimiro? ¡Sí, es verdad! Bueno, ¿dónde estará ese Casimiro? No lo sé. Ya llevamos una hora esperándolo y no viene. Llámale por teléfono. Pero no sé su número. Pues mira en el móvil. ¡Que raro! ¡Aquí no hay nada! No está el de la casa, ni el de Marga, ni el de Carmelita, ni el de nadie. ¿Sabes qué presiento? No, no lo digas, por favor. ¿Por qué no? Esto ya es demasiado, es la quinta vez que nos pasa. Sí, tienes razón. Es la quinta vez que despertamos de nuestro sueño en el sitio incorrecto. ¿Y ahora qué? Nada. Tenemos que apechugarlo. Volvemos a nuestra realidad. Me lleva la que me trajo. ¿Qué es eso que tienes en el bolsillo? ¿Esto? Sí, sí, eso. No sé, a ver, a ver…!Ay! ¡Carajo! ¡Es la carta de dimisión que nos hicieron firmar en la empresa! O sea que…Sí, eso exactamente. ¡Qué pena, la verdad! ¿Y ahora qué? No lo sé. Supongo que tendremos que seguir perreando. Sí, maldita la hora en que nos recortaron. Ya lo decía yo, esto no podía ser real. Otra vez esta maldita confusión. Si las cosas siguen así y no se termina este confinamiento. Me voy a volver loco de verdad.