Lalo
Velasco- Crimen pasional
Cogió
el estropajo abundante de espuma y comenzó a fregar los platos. Al fondo se
oían las conversaciones de los clientes del restaurante. De pronto se sintió
asaltado por una pesadez abrumadora. No deberías estar aquí, Marcial—le dijo
una voz profunda que le metió mucho temor—, no deberías estar aquí, y lo sabes.
Terminaron la toma y con mirada interrogante Marcial volvió la cabeza hacia Paco
Lombardo. Él le hizo una señal dándole a entender que se podía ir a descansar
mientras montaban el decorado para la siguiente escena. Marcial se secó las
manos, se quitó el delantal y la ridícula pañoleta que llevaba su personaje. Se
fue a su caravana a descansar.
Se
dirigió hacia las carpas donde había café y bocadillos para los ayudantes. Sus
pasos eran torpes y le dolía la cadera por el espacio tan incómodo donde había
repetido diez veces la escena de la discusión con Marat, su compañero de
reparto. Saludó a Margarita, una chica muy bondadosa y gran admiradora del gran
Marcial Pedroza. No sabes cómo te admiro Marcial—le había dicho esa mañana cuando
se anunció que el papel principal lo tenía él—, eres el mejor. Él le sonrió
fingiendo alegría, tomó un vaso de café y se fue a descansar.
Tumbado
en el incómodo sofá y bañado por un aire de energía lacerante dejó de reprimir
sus pensamientos.
Joder, Marcial, ¿no te das cuenta de que
vas a echar a perder tu carrera? ¿Cuánto te costó llegar hasta aquí? ¿Ya se te
olvidó que juraste que jamás harías papeles estúpidos? ¿para qué necesitas
hacer el ridículo? ¿Qué va a pasar cuando la gente vea al ganador del premio de
la academia haciendo de lavaplatos? Pareces un sacamuertos, un racionista que
trabaja por la sopa boba. Bueno, ya para, lo que yo haga es decisión mía y
que la gente se vaya al carajo. Sí, de acuerdo, pero con este favorcito se
va a terminar tu brillante trayectoria. Ya te veo otra vez luchando para que te
den un buen papel en alguna película que merezca la pena. Bueno, y ¿eso qué?
Le prometí a Luis que no le fallaría, sabes que le debo mucho. El Cabrera me
salvó de la muerte. Bien, bien, Marcial, ya sabía que ibas a salir con eso
de que la amistad es más importante que el dinero y la fama. Sin embargo, permíteme
recordarte que Luis solo hizo lo que tenía que hacer, de haber estado otro de
tus amigos en la misma situación, incluso tú, habría hecho lo mismo. Ya
deja de molestarme y cállate, soy yo quien afrontará las consecuencias.
Se
oyeron unos toquidos: “Marcial, te llama Paco, vamos a hacer la otra escena”.
Marcial
estaba indeciso. Debía prepararse y entrar en el personaje, pero no lo lograba.
Su voz interna salió de nuevo. Bueno, pues ya convéncete. No tienes opción.
Piensa que eres un tipo convencional con necesidad de afecto y que has
descubierto que no puedes tener relaciones con mujeres y que ese beso con Marat
será solo una imagen, una serie de cuadros en un muermo y que a todo mundo se
le olvidará. No sentirás nada y si de pronto surge la repulsión, quédate tieso
y que sea Marat quien acapare pantalla. Déjate llevar. ¿Sabes? Ni de broma.
Todo esto es una estupidez, no debí aceptar el rol. No tiene sentido. Sí, sé
que le debo un favor a Luis, pero esto es demasiado. ¿Lo ves? Al final has
recapacitado, coge tus cosas, discúlpate con Luis y mándale un cheque para que
encuentre otro actor. Ya te había dicho desde el principio que solo querían aprovecharse
de tu fama. Estuviste a punto de tirar tu carrera por la alcantarilla, mi buen.
Marcial
se acercó a Lombardo y le explicó que no podía seguir, que renunciaba. Paco se
puso fúrico, le comenzó a gritar y lo amenazó, pero de nada le sirvió. Los
actores se quedaron de piedra al saber que Marcial se iba. Los rumores comenzaron
a propagarse como un tufo desagradable que irritaba a todos. Marcial cogió sus
pertenencias y se marchó.
Al
día siguiente, el inspector Eduardo Velasco se presentó en la calle Roma. Lo
recibió Nacho su ayudante.
—¿Qué
tal, Nacho?
—Mal,
inspector. Hemos encontrado a Marcial Pedroza asesinado. Según el forense murió
ayer por la noche, a eso de las diez y media. Lo apuñalaron, fue una muerte
rápida.
—Vaya,
vaya. No será el actor de cine, ¿verdad? —miró con astucia a Nacho quien movió
la cabeza afirmando y subiendo las cejas de forma exagerada—, ¿hay alguna
pista, rastros, algo que nos pueda ayudar?
—No,
inspector. Se han encontrado solo huellas de la casera y de Marcial. El asesino
sabía lo que hacía.
—¿Tiene
cuartada la casera?
—Sí
inspector, estuvo con su hija y la vecina del tercero preparando una tarta de
cumpleaños.
—Bien,
tendremos que comenzar con las pesquisas. Déjame echarle un vistazo al escenario…
Velasco
hizo una revisión minuciosa, puso atención en los libros y pertenencias del
fallecido. Miró la posición del actor tumbado en el suelo, hizo sus
anotaciones, le preguntó al forense lo que consideró importante, luego habló
con los guardias que habían llegado primero al lugar y se fue.
—Nacho,
tendremos que investigar todo lo relacionado con este desdichado. Dile a Marta
que nos consiga toda la información.
—Sí,
inspector.
—Bueno,
me voy porque todavía estoy con lo del deceso de la viuda Montes…y creo que ya
sé quién es el culpable.
—Lo
llamaré en cuanto tenga algo, inspector.
—Gracias,
Nacho. Hasta pronto.
El inspector Velasco se fue al restaurante donde trabajaba su amiga Rosa. Se sentó cerca de la barra y se concentró en su bistec con patatas. Hacía tiempo que no comía con tanta tranquilidad. La frecuencia con la que resolvía los crímenes le parecía un acto tan rutinario que ya ni siquiera se molestaba en aplicar sus métodos deductivos. Parecía que todo era tan banal que cualquier policía con un poco de experiencia resolvería los asuntos que le llegaban. Lo de la viuda estaba clarísimo, era un clásico, la ambición del amante lo había llevado a cometer el crimen y esa misma noche lo arrestaría en el aeropuerto. Velasco se empezó a reír con una alegría radiante. Como Rosa lo estaba mirando pensó que por fin el atractivo cincuentón se le declararía y juntos vivirían en un modesto piso con olor rancio de tabaco y comentarían las noches todas las fechorías de los delincuentes de la ciudad.

—¿Le
traigo el postre, inspector?
—¡Hay
Rosita de mi alma! Si yo pudiera y tú quisieras—le dijo todavía con ese aspecto
alegre que lo hacía tan atractivo—, pero ¿quién se va a fijar en un tipo como
yo?
—Pues
debería decidirse ya, no lo voy a estar esperando toda la vida y por si no lo
sabe, tengo una fila de pretendientes esperando el sí…—se dio la vuelta y
caminó a la cocina con un cadereo que dejó a Velasco confrontándose con sus evasivas
al matrimonio.
A
Velasco le habrían dado la jubilación anticipada, incluso se lo habían
propuesto ya, pero el hecho de verse ocioso, solo, y sin muchas metas que
ponerse para sobrevivir, le causaba un estremecimiento que oprimía el bajo
vientre. Esta Rosita se me va a marchitar si la dejo esperando, caray. Por qué
me falta tanto la hombría a la hora de la verdad. Un día de estos algún patán
se la lleva y me quedo mirando para la loma. Hay que ser muy bruto para no
aprovechar la oportunidad. Y eso de los enemigos que me he echado encima, la
falta de vocación de marido ejemplar y todas las excusas que me busco son pura
inseguridad. No me siento a la altura de esa mujer, joder.
—Bueno,
bueno, lo veo muy alegre inspector, ¿no será que se ha enamorado?
—¡Ay,
Rosita de mi alma! Pues, la verdad es difícil de ocultar, sobre todo cuando es
tan evidente…Lo que pasa es que…es que…yo…
—Otra
vez le empezó el tartamudeo, ¿por qué no me lo pone por escrito y acabamos con
la duda, ah? Escribir si sabrá, ¿no? ¿O me va a decir que también le tartamudea
la mano?
Se
echaron a reír con muchas ganas y salió el administrador a ver que se traía la
camarera. Velasco se acercó a Rosa y le dijo al oído: “La invito mañana a
cenar, pasó por usted, y ahora váyase porque ahí viene el energúmeno de su jefe”.
Pagó
la cuenta le guiñó el ojo a Rosita y salió para saber algo sobre Marcial Pedroza-
Al pasar por un estanco vio un periódico, lo compró y le echó una ojeada. Puso
atención en una noticia. Era sobre la muerte de Marcial. Había información
sobre la última película que lo había llevado al premio de la academia, sobre
su tortuosa relación con su novia, sobre su trayectoria y salida del anonimato
y unas cuantas líneas sobre la última película que estaba haciendo. Solo
estaban los nombres de Luis Cabrera el productor y Paco Lombardo,
un director emergente casi desconocido que solo había hecho tres cortometrajes.
Velasco se fue a buscar una caseta telefónica y llamó a Marta.
—Hola,
Martita, oye te tengo que pedir que me localices a un tal Paco Lombardo,
director de cine emergente, y a Luis Cabrera, un promotor de cine de poca monta.
¿Me lo podrías tener mañana al mediodía? Te lo agradecería muchísimo.
—Buenas
tardes, inspector, por supuesto. Cuente con eso. Oiga y quería decirle que Rico
Casamayor estará hoy en el aeropuerto entre las nueve y once de la noche,
se va a fugar con su novia, la vedete Sonia Palomero. Tienen billetes de
la línea aérea Celeste fly. La policía ya está al tanto. No llegue tarde.
—Gracias,
Martita. Te llamo después.
Velasco
miró el reloj. Eran las cinco y media. Bueno, me da tiempo de echarme un
duchazo y luego al aeropuerto. Cogió su coche, entró por la avenida Vallejo,
cruzó la glorieta de Torquemada y aparcó su coche. Subió por la escalera y al
llegar a su piso y comprobó que no hubiera nada fuera de lo habitual. Abrió la
cerradura, encendió la luz, se tomó una copa de brandy y se fue a duchar. Salió
vigoroso, de buen humor y se puso a leer unas páginas de una novela. Se quedó
pensando en la trama y luego arqueó las cejas.
Se
marchó a las siete y media de su casa, se subió al coche y se dirigió al
aeropuerto. Llegó sin retraso, justo a tiempo para ver en el registro a Ricardo
Casamayor y la hermosa Sonia Palomero. En persona la mujer era más
impresionante que en las fotografías y las pantallas. Tenía una personalidad
magnética que arrancaba los ojos a su paso. Era imposible no verla. Además, se
vestía muy bien, con buen gusto, mezclando elegancia con excentricidad en su
punto exacto. Velasco se imaginó a Rosita vestida de la misma forma. No, no
había una gran diferencia, pero Sonia se movía como la diva que era, mientras
Rosita mostraba más su simpleza, su naturalidad y eso la hacía una mujer común,
una mujer guapa, pero nada más. Pues, aunque no sea como la Palomero, esa
Rosita se tendrá que casar conmigo. Ya está decidido y nada de peros. Y al diablo
con todo lo demás. Mañana se lo propongo, por mi madre que se lo propongo.
Velasco
sacó la pistola y se acercó a Rico. El hombre estaba nervioso, pero controlaba
bien la situación. Sonia, por el contrario, acostumbrada a viajar y ver mundo
veía a la gente como enanos, sirvientes y empleados a su servicio. Daba órdenes
y no toleraba las negativas. Cuando se acercó al mostrador Velasco, Sonia le
decía a la encargada que tenían prioridad, que iban en primera clase y que no
haría falta llamar a nadie para que la acompañaran a abordar. Rico puso los
pasaportes en el mostrador y miró con gesto rudo a la encargada. En ese momento
Velasco le puso la pistola en la espalda. Está bien, amigo, quedas arrestado
por asesinato con alevosía. Tienes derecho acallar y etc., etc., etc. Rico
trató de escabullirse, pero estaba rodeado de policías. Sonia armó un escándalo.
Velasco le pidió que se tranquilizara y la apartó. Unos agentes la resguardaron
hasta una patrulla y se la llevaron.
A
la mañana siguiente Velasco despertó tarde. Se había quedado leyendo su libro, hizo
sus habituales anotaciones, comentó en voz alta sus observaciones y en todo el
proceso se tomó media botella de Johny Walker. Tenía resaca y un hueco en el
estómago. Bajó a la cafetería de Don Lucio, pidió unos huevos con jamón,
una cerveza y se fue a la comisaría.
—Buenos
días inspector, le tenemos bastante información de Marcial Pedroza.
—Oh,
gracias Marta, dame la carpeta, le echo un vistazo ahora mismo.
—Aquí
tiene, inspector. Falta todavía el resultado de la autopsia, pero creo que no
arrojará nada nuevo, ¿no cree?
Velasco
se fue a leer el informe, hizo su croquis de implicados, antecedentes, circunstancias
y posibles causas del crimen. Llamó a Nacho y se fueron a interrogar a
Francisco Lombardo.
Lo
encontraron discutiendo con su mujer en la calle. Su hijo de seis años miraba
con indiferencia a la pareja de energúmenos que se deshacían por encontrar las
palabras más hirientes. “Maldito, estúpido, fracasado de mierda, no vales una
bicoca, en mala hora me fui a meter con un imbécil como tú”.
La
aparición del inspector le ahogó las palabras a la mujer que gesticulaba, vociferaba
y bailaba como en una riña del famoso boxeador Mohamed Alí.
—Perdone,
¿es usted Francisco Lombardo? —le preguntó Nacho obstruyendo a la mujer que
estaba a punto de abofetearlo.
—¡Sí,
soy yo! Y qué pasa, ¿eh? —contestó Paco muy alterado por la discusión
—Mire,
Francisco, venimos por lo de la muerte de Marcial Pedroza, ¿lo recuerda?
—¡Yo
no tengo que ver nada con eso!!Déjeme en paz! —contestó paco dándose la vuelta
para irse.
—¡Eh,
un momento, amigo! ¿A dónde cree que va? —le espetó Velasco cogiéndolo del
brazo—Lo siento, pero tendrá que responder a algunas preguntas, soy el
inspector de policía, Eduardo Velasco.
Paco
Lombardo se tranquilizó un poco, le explicó su situación y contestó a todas las
preguntas sin poder recobrar la calma. Al final tenía coartada y era necesario
preguntarle a su ayudante Margarita si en verdad habían estado juntos en un
hotel. Agregó que sería muy estúpido para matar a su gallina de los huevos de
oro. Les dio una de sus tarjetas y se fue sin despedirse.
Nacho
y el inspector se fueron a buscar a Luis Cabrera.
Llegaron
a una casa de dos plantas en una zona al norte de la ciudad. Tocaron el timbre.
Les abrió un hombre mayor encorvado y medio sordo.
—Buenas
tardes, señor, queremos hablar con Luis Cabrera—le gritó Nacho muy cerca del
oído.
—¡Ah!!Un
momento!¡Luis, te buscan!
El
anciano invitó a pasar al inspector y a Nacho, les sirvió un zumo de naranja y
se fue a su habitación. En ese momento sonó el timbre. Salió el anciano de
nuevo y se fue a abrir la puerta. Con mucha sorpresa Nacho miró al inspector
diciéndole que el viejo estaba más sordo que una tapia, pero bien que oía el
timbre de la puerta. Nacho se levantó y miró el cuarto del viejo. Volvió con
una gran sonrisa. El muy cabrón tiene una lámpara que se enciende cada vez que
tocan el timbre.
Apareció
Luis Cabrera. Era alto y delgado, llevaba una barba tupida y unas gafas de
botellón. Estaba despeinado y parecía alterado.
—Buenas,
señores, ¿en qué puedo ayudarlos?
—Venimos
por lo de Marcial, usted era su amigo, ¿no? —le respondió Nacho con una sonrisa
astuta.
—Sí,
es muy lamentable su muerte. Me ha jodido por completo. Era mi última esperanza
para salir del atolladero y estiró la pata, el muy cabrón.
—¿Qué
relación tenía con él? —le dijo Velasco mirándolo con mucha atención.
Luis
se tumbó en un sillón. Estaba a punto de llorar y con voz entrecortada les
contó todo sobre su amistad con lujo de detalle.
Una
hora y media después Nacho y Velasco salieron sin hebra de donde coger.
—Estamos
jodidos, Nacho. No tenemos más sospechosos por ahora. Al final, será un banal
robo a mano armada, bien planeado, pero un simple atraco o una venganza
ordinaria.
—No,
inspector. Nos falta el otro actor, el que hacía de Marat. Se llama Rufino
Andrade y vive a media hora de aquí.
—Bien,
entonces busquémoslo. ¿Dónde lo podemos encontrar?
—Calle
libertadores 35, depto 304.
—Pues,
pa luego es tarde, mi querido Nacho.
Llegaron
a un edificio de doce plantas. Llamaron por el portero automático, pero nadie
les abrió. Esperaron a que alguien saliera y al abrirse la puerta apareció una
mujer de unos cuarenta años.
—Perdone,
la molestia señora, ¿vive aquí Rufino Andrade? El actor, ya sabe…—le dijo nacho
muy amable.
—¿Actor,
dice? Ese patán es una escoria. Sí, vive debajo de mi y no es precisamente un
ser deseable, se lo juro.
—¿Por
qué dice eso, señora?
—Pues,
porque hace mucho ruido, mete a la primera zorra que se encuentra y luego se la
pasa fornicando media noche. Eso de acostarse con quien sea no es pecado, pero
este cabrón grita como si lo estuvieran castrando sabe. ¿Son de la policía?
—Sí,
en efecto. Este es el inspector Velasco— Eduardo hizo un saludo galante
inclinando la cabeza.
—Mira
¡Que bien!!Hasta han mandado un inspector!!Ya era hora! A ver si esta vez lo
echan para siempre de aquí.
—No
se preocupe, señora, haremos lo que sea necesario.
La
mujer se fue con paso alegre. Nacho y el inspector subieron por la escalera.
Llegaron al piso 304. La puerta tenía un forro de color marrón oscuro, tenía
dos cerraduras y el ojo un poco bajo. Tocaron durante diez minutos y no abrió
nadie. Bajaron y desde el coche esperaron hasta que el hambre los obligó a
retirarse. Comieron en un restaurantillo que quedaba enfrente del edificio. No
notaron la presencia del hombre que habían descrito los vecinos. Fortachón, con
tipo de jugador de fútbol americano, muy moreno, vestido con ropa deportiva y
andar zalamero muy fingido. Es adulador, el muy cabrón, pero detrás de su sonrisita
siempre se nota el interés. Ese cabrón no da salto sin huarache. Tuvieron que
montarle guardia.
Al
final Velasco no pudo ir a cenar con Rosa. Le surgió un asunto urgente a la
camarera. Con mucha fuerza de voluntad, rompiendo sus principios y echando por
la borda sus prejuicios, Eduardo escribió una carta breve declarándose, pidiéndole
a Rosita que se casara con él. Se sentía ridículo y, a pesar de que todo
apuntaba en contra de su relación, se convenció de que su vida sería mejor al
lado de esa mujer.
La
investigación se detuvo. Velasco estaba en punto muerto. Los sospechosos tenían
coartadas, no tenían móvil y jamás habrían tocado al hombre que los sacaría de
pobres. Rufino seguía invisible. Ni los polis de guardia ni los agentes que se
habían incorporado a la investigación sabían algo. Al Marat se lo había tragado
la tierra. Habían pasado tres días sin que hubiera noticias del actor de
segunda.
Velasco
se despertó el viernes con una indigestión moral. La existencia le parecía
absurda y el único deseo que lo motivó a seguir adelante fue la ilusión de
Rosita. Esa noche recibiría la respuesta y se terminaría esa lucha de
contradicciones que le quitaba más el sueño que las peores pesadillas. Lo
llamaron con urgencia de la morgue. Había un hombre parecido a Rufino.
Cuando
el inspector llegó, Nacho lo recibió con cara de pocos amigos. Se encaminaron a
lugar donde estaba el fiambre, hablaron con el forense y supieron que el actor
había sufrido un paro cardiaco en un hotelillo barato. La muerte lo había
sorprendido con una sobredosis de viagra, alcohol y dos mujeres de la mala
vida. Se encontró solo un carné de la sociedad de actores falsa con el nombre
de Rufino Andrade. Se confirmó su identidad y se consiguió una orden de
registro para investigar las causas de su fallecimiento. Velasco encontró el
arma del crimen. Un puñal con empuñadura de piedra. Con un grabado oriental. Un
arma bastante letal en manos expertas. Se declaró a Rufino culpable del
asesinato de Marcial. En las actas figuraba Rufino como el asesino. Se había
presentado como repartidor de Pizza, había asestado un golpe mortal en el pecho
de su víctima, luego se había escabullido sin dejar rastro. Durante un tiempo
no se presentó en su domicilio y al final lo encontraron en un hotel de mala
muerte.
Velasco
se puso su mejor traje y se presentó puntual a la cita con Rosa. Ella salió de
su turno dos horas antes y al encontrarse con Eduardo le entregó su carta.
Velasco se desconcertó. Rosa le indicó que leyera la respuesta y que no lo
tomara muy a pecho. Se despidieron y Velasco se fue a tomar unas copas.
En
el bar, el cantinero le hizo la conversación. Velasco estaba triste. Cuando le
preguntó Ramón, sirviéndole la copa de whisky, el porqué de su desgracia,
Velasco le extendió una nota que decía:
Lo siento inspector, lo esperé por mucho tiempo. El destino ha querido que sea otro hombre el merecedor de mi amor.
Rosita.







