Escritura creativa

lunes, 20 de abril de 2026

Los colores del amor

 


No hacía mucho calor, por la madrugada la niebla había cubierto la ciudad con una nebulosa azul grisácea. El ruido fue aumentando conforme las manecillas del reloj urgían a las personas a trabajar el último día de la semana. Los afortunados que gozaban de un empleo iban acelerados, temiendo perder algún premio o, peor, sufrir una multa por tres minutos de atraso.

Fiodor era ajeno a toda esa ilusión—, enajenación fatua de una vida fracasada—decía. Consideraba que la vida era absurda, que el individuo no podía ser feliz mientras existiera la explotación capitalista. Caminó mirando de frente sin notar a las personas que se escondían tras las figuras borrosas. El río Moscú despedía un pequeño vapor y alguna que otra barca pasaba echando humo silenciosamente. Algunos charranes se desplomaban en picado buscando algún pez pequeño. De algunas fábricas ya comenzaba a salir una estela serpentina que anunciaba el inicio de las actividades.

Fiodor siguió taciturno, arrastrando su cuerpo, sintiendo un vacío existencial. ¿Qué era el amor? —se preguntó con desgana—. ¿Un instinto necesario para la reproducción animal? ¿una invención de la sociedad para contener la orgía humana? ¿y dios? ¿acaso sus enseñanzas habían sido adecuadas? Al final, solo Cristo era creíble, pero contra natura.

En el malecón se encontraba una joven con un vestido sedoso y un abrigo de terciopelo. Era delgada y parecía sufrir de desamparo. Al pasar junto a ella, Fiodor, oyó sus sollozos y se detuvo.

—Permítame, preciosa dama, preguntarle ¿qué es lo que le causa pesar? 

Ella no se volvió a mirarlo y se quedó orientada hacia la otra orilla del río. Fiodor volvió a insistir.

—Sé que no me incumbe su dolor, pero me veo obligado a ofrecerle mi ayuda. No sería humano ignorar su pena.

—Nadie puede ayudarme…Estoy maldita—dijo ella con voz áspera.

—No sé a qué se refiere, pero ¿no dicen que todos somos hijos de dios y que al arrepentirnos de nuestros pecados y amar al prójimo nos redimimos? Nadie en este mundo está libre de pacado ni de las pruebas a nuestra fe que nos pone El Señor.

—No creo en esas mentiras. Nunca he sentido la fe y las pruebas que se me han puesto en la vida solo han servido para humillarme más. Soy y seré siempre una basura…

Fiodor no podía entender a qué se refería la mujer. La vio con atención y descubrió una belleza salvaje, era un ser adaptado a las malas condiciones. Despedía un olor a sudor y perfume rancio, pero su perfil era rebelde. Su nariz, rota alguna vez, se había ido acomodando en su rostro para contrastar con unos labios finos y unos pequeños ojos grises.

—Me gustaría ayudarle, pero no sé cómo. Dígame que puedo hacer, ¿tiene hambre? Podríamos comer algo y ya al cobijo de un café…Conozco un buen lugar cerca de aquí.

Ella bajó la cabeza y se apoyó en él. Lo cogió del brazo y con un movimiento de cabeza le indicó que anduviera.

—Comercio con mi cuerpo, si desea me puede poseer, ¡no valgo nada desde hoy! —gritó enloquecida—. ¡Tómeme gratis! —Seguidamente se desplomó.

Fiodor la alcanzó a atrapar al vuelo. La depositó con cuidado en el piso. Se percató de que solo se hubiera desmayado. Apoyó su oído en el pecho de la joven y sintió una tibieza extraña. Fue presa de una excitación lasciva. Se sorprendió de la reacción de su cuerpo. No podía controlarse. Sudó y abrazó a la mujer para que se recuperara. Lentamente abrió los ojos y puso atención en la respiración de Fiodor.

—No debería dejarse llevar por esa pasión arrolladora. Podría ser malo para su corazón.

—La deseo—dijo Fiodor con mucha dificultad.

—Lo sé. Lo siento aquí— y señaló su estómago.

—¿Podría usted acaso, fijarse en un monstruo como yo?

—Usted no es un monstruo, lo que lo hace malo ante sus ojos es la represión de sus deseos. Debería ser más voluptuoso y dejar de refugiarse en la religión. ¡Déjese de estupideces y lléveme a algún sitio donde podamos fornicar…

Fiodor la abrazó con fuerza y la encaminó a un edificio de color beige adornado con columnas romanas y una puerta enorme y pesada.

—Iremos allí—señaló con un dedo tembloroso—. Es el hotel Oriol. No es el más lujosos, pero al menos, no nos picarán las pulgas.

Entraron en la habitación y ella comenzó a hablar en voz baja.

—Desnúdame…Conviérteme en tu mujer…

Fiodor la despojó de la ropa.

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