domingo, 5 de marzo de 2017

Caso 34.0p-Saravia

Pasaron cinco minutos desde que el profesor Saravia se había puesto a demostrar su teorema de Bell y no se movía. Los alumnos que, por lo regular, no le prestaban mucha atención cuando el canoso miope se ponía a trabajar en cosas difíciles, se dieron cuenta de que Pedro Saravia estaba completamente paralizado. Permanecía con el rotulador electrónico pegado a la pizarra. Se acercaron para saber si se encontraba bien y se sorprendieron al notar que no parpadeaba y su mirada estaba perdida. No oía nada en absoluto y su cuerpo era una estatua muy dura de carne y hueso. Lo trataron de cambiar de posición, pero fue inútil, una estudiante le dio un poco de agua, pero en lugar de que el hombre se la tragara, tuvo que recibirla como una compresa para refrescarle el rostro. Llamaron al director y, después de que el jefe de la cátedra de psicología dijera que no se trataba de hipnosis, ni otro tipo de afectación mental; decidieron llevárselo a un hospital para hacerle estudios y descubrir la causa del extraño fenómeno.

Lo primero que hizo el equipo de doctores fue efectuar un encefalograma que mostró que el cerebro estaba parado, es decir, el hombre estaba vivo, pero su proceso mental estaba en punto muerto. No era un estado de coma porque el cerebro estaba en excelente forma, sin embargo, los torrentes de energía en los enlaces neuronales estaban ahí, pero no circulaban. Era como si todo el funcionamiento del cuerpo y el razonamiento se hubieran detenido por un tapón que impedía su realización. Pedro Saravia, decía el reporte médico goza de una salud envidiable, pero su cerebro, a pesar de no padecer ninguna afección, no trabaja.

Transcurrieron los días y fue necesario reunir a un grupo de especialistas de todas las áreas de la ciencia para analizar el caso. El primero en encontrar el camino hacia la solución fue un ingeniero en computación que, por hacer una broma, dijo que el famoso profesor Pedro Saravia estaba colgado como si fuera un ordenador y había que reiniciarlo. Los talentosos científicos que se encontraba allí se rieron por la ocurrencia, pero un filósofo, a quien nadie soportaba por ser detallista en extremo, hizo una pregunta que dejó a todos pensando. «¿Qué pasaría si el cerebro de un hombre fuera en realidad un ordenador sofisticado?». A pesar de que el cuestionamiento era una tontería, los científicos comenzaron a razonar sobre esa posibilidad.

«Imaginemos—dijo el filósofo— somos capaces de crear un ordenador con neuronas y lo programamos para que funcione de acuerdo a un programa introducido por un enlace genético que dirija los sistemas nerviosos periférico y central…»

—Lo que nos está diciendo son puras tonterías—comentó el especialista en computación.
—Me doy cuenta de eso, querido amigo, pero permítame decirle que no estoy pensando en nuestra época, sino desde el año tres mil de nuestra era. Mire, la tecnología avanza a pasos vertiginosos, cada vez que descubrimos nuevas formas para mejorar la inteligencia artificial damos un brinco de Jesús saltador o sea que avanzamos en la singularidad tecnológica. Dígame, ¿cree que dentro de cien años podamos integrar algún sistema electrónico que trabaje conjuntamente con el cerebro y le permita a la gente ver o recuperar el habla?
—Sí, eso ya es posible en la actualidad.
—Y si dentro de doscientos años fuera posible adaptar nuestro cerebro a un cuerpo semi-humano, qué pasaría.
—Bueno, en la actualidad ya se empieza a investigar.
—Ahora, imagine que la tecnología se desarrolla a lo máximo y hace posible sustituir algunas partes del cerebro para que algunos materiales sintéticos le permitan transportarse a otros planetas o viajar a grandes velocidades.
—Bueno, eso suena muy descabellado, ¿sabe? Hay otras soluciones.
—De acuerdo, pero escuche está hipótesis. Imagine que los hombres somos superados por la tecnología y ésta crea unas máquinas que nos sustituyen rápidamente y el hombre desaparece del universo, luego, dos mil, tres mil o, tal vez más años después, la tecnología trata de descubrir de dónde se ha formado y empieza a experimentar con los organismos para crear gente, es decir para recuperar al hombre y lo hace copiándose a sí misma y programando el cerebro del humano de acuerdo a sus teorías. Antes de que me diga que estoy completamente loco, razone y dígame si la tecnología podría hacerlo.
—Lo que ha dicho es absurdo y suena a herejía porque está poniendo al progreso tecnológico en el sitio que le correspondería a Dios. Suponiendo, de acuerdo a sus disparates, que el cerebro fuera un ordenador programado tendríamos que actualizar sus programas, darle mantenimiento y ampliarle su memoria y en caso de un ataque por parte de los hackers…
—Creo, querido amigo, y gracias por aceptar analizar mis locuras, que los doctores nos podrían dar la solución, pues estamos frente a un caso raro en la medicina.

En ese momento un cirujano muy bonachón dijo que lo único que se le ocurría era hacerle un electro shock al profesor Pedro Saravia para reiniciarlo. No todos los especialistas estuvieron de acuerdo, pero al llegar a las votaciones la mayoría estuvo a favor de que se le conectaran dos electrodos al pobre catedrático y se le aplicara la carga necesaria para ver si reaccionaba.
Se llevaron el equipo a la cámara en la que se encontraba Saravia. Lo desnudaron hasta la cintura, le quitaron sus gruesas gafas, le quitaron los objetos metálicos que llevaba en los bolsillos del pantalón y le aplicaron la corriente. A pesar de la gran cantidad de voltios, el cuerpo del profesor siguió sin moverse y muy tenso. Le volvieron a realizar un electroencefalograma y no notaron diferencia alguna con el primero.

Se reunió de nuevo el consejo de expertos y esta vez vino en ayuda del filósofo un neurólogo que propuso que no se usara la electricidad porque podría producir daños irreparables en las conexiones neuronales. Todos le preguntaron si tenía una propuesta y, después de unas horas de estar barajando varias posibilidades, sugirió que se le inyectara adrenalina para que al bombearse la sangre pudiera reaccionar el cerebro con el fuerte torrente. Por desgracia, ese intento y muchísimos más fueron en vano. El profesor Pedro siguió parado en un rincón de su cámara y el personal del hospital y algunos pacientes se habituaron tanto a él que ya no lo tomaban como a una persona, sino como parte del mobiliario. 

Los expertos siguieron reuniéndose, pero por cuestiones del trabajo algunos dejaron de asistir a las sesiones. Al cumplirse tres meses de la inesperada desconexión del profesor Saravia, ya nadie se interesaba por él y, aunque no lo habían quitado de su sitio, ya nadie lo notaba. Lo sorprendente fue que un día, sin razón alguna, el cuerpo se movió. Las enfermeras recordaron a Pedro y se fueron corriendo a avisarle al director del hotel. Todo mundo vio al docente en muy buena forma, a pesar de que no había comido en mucho tiempo. Lo más raro es que creía que estaba en la universidad, buscaba la pizarra y le hacía preguntas a todas las personas que encontraba en su camino, incluso el director tuvo que explicarle que no sabía nada de fluidos, ni hidráulica, mucho menos de mecánica cuántica. Saravia se fue dando cuenta poco a poco del sitio en el que se encontraba y cambió sus preguntas por otras más sencillas. Entonces le explicaron que había estado desconectado de la realidad y que se había convertido en una estatua de piedra, pero Pedro se rió con una carcajada que duró muchos minutos y se paseó por todos los pasillos del hospital burlándose de tal ocurrencia. Cuando Saravia se calmó, el director del hospital lo invitó a almorzar y luego ordenó que lo llevaran a su casa en una ambulancia.

Muchos periodistas se interesaron por el caso de Saravia y acudieron a su casa, a su gabinete y las aulas en las que impartía su disciplina, pero nadie pudo sacar nada en concreto porque no desconocía lo que le había pasado, sin embargo, no recordaba nada en absoluto. Se perdió pronto el interés por “El profesor bloqueado” como se le llamaba, cuando la noticia estaba fresca, y la vida volvió a su curso habitual.

Tres meses después se volvió a registrar un caso parecido al de Saravia. Esta vez era un matemático japonés al cual se le aplicaron los mismos remedios que a Saravia, pero el resultado fue el mismo, así que se decidió mantener al profesor Takeshi en observación hasta que se desbloqueara. En los periódicos aparecieron de nuevo las columnas sobre el extraño fenómeno que estaba dejando a los hombres especialistas en ciencias exactas y física, inmóviles. No faltó quien se atreviera a predecir que el siguiente bloqueado sería un químico, pero no fue así. En Colombia un niño que se encontraba en clase presentó todos los síntomas de Saravia. Hubo una alarma internacional porque se propagó la noticia de que se podría convertir en una epidemia. La gente se puso a contratar seguros de vida, muchos dueños de inmobiliarias aprovecharon para ofrecer lugares de retiro en los que podría permanecer la gente que padeciera de la desconexión y los políticos pidieron que se conservara su plan gubernamental en lugares fiables para que nadie actuara sin contar con su opinión. Los siguientes casos fueron de una mujer embarazada y una adolescente que se dedicaba a la gimnasia rítmica. 

Los gobiernos aprobaron un plan internacional para crear tecnologías preventivas que pudieran ayudar a las personas que se quedaran bloqueadas, en caso de que estuvieran conduciendo su coche, por ejemplo, u operando una maquinaria. De esa forma, se desarrolló con eficacia la tecnología y diez mil años después, cuando la humanidad convertida en robot se había dispersado por el Universo, se aplicó el plan “Recuperación del cuerpo de carne y hueso”. Se volvió al origen de la vida creando en laboratorios pequeños microorganismos que dieran como resultado seres sexuados capaces de reproducirse. Para evitar los lentos períodos de evolución de las condiciones reales que dieron origen a dichos organismos, se usaron fórmulas y teoremas cuánticos conceptuales y se desplazó un equipo desarrollado de especialistas que, saltando en las dimensiones del tiempo, pudieron rectificar y acelerar los procesos de desarrollo de los seres vivos. Al final, ya no les diré la cantidad de años porque tendría que presentarles un sumario de tiempos que sería muy largo y no viene al caso, logramos obtener un ser con cuatro extremidades, un cerebro muy primitivo con las funciones básicas y dejamos que poblara la Tierra de nuevo.


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