viernes, 21 de febrero de 2025

El pintor del alma

Aparicio Mastache fue rescatado del olvido cuando uno de sus cuadros se vendió por una jugosa suma en una famosa galería. El cuadro era interesante, pero despertaba muchas dudas entre los amantes de lo renombrado y selecto. Muchos volteaban con arrojo cuando alguien subía la puja. Al final, uno de los más empecinados compradores desistió y oyó resignadamente los tres martillazos que le dieron el derecho sobre la pintura a su oponente, un hombre trajeado de aspecto medieval.

Aparicio siempre fue Epifanio. El apodo le llegó por un tío que, al verlo un día alumbrado por el sol, se imaginó que su sobrino era como los rayos solares y tendría un futuro revelador, significativo no solo para él, sino para la humanidad completa. Era un niño fuerte, pero de cuerpo esbelto. Su piel morena era la de un mulato y sus ojos verdes cambiaban a los caprichos de la luz. Sus padres tenían muchos problemas para sobrevivir y le dedicaban poco tiempo. No era posible darle educación, por eso desde los seis años ayudaba con recados y tareas que se le confiaban en la casa. A los doce años conoció a don Pascual un pintor retirado que lo llevó a su casa para revelarle los secretos del arte. Sucedió que Epifanio estaba con sus amigos en la calle y uno de ellos, le arrebató una hoja donde estaba dibujado un perro al que Aparicio quería mucho. Don Pascual recogió los trozos desperdigados de papel y los miró con curiosidad. Se dio cuenta de que el chico dibujaba mal por la falta de técnica, pero ya mostraba su capacidad para ver las cosas de forma muy personal.

—¿Cómo te llamas, muchacho? — le preguntó don Pascual.

—Aparicio, pero todos me dicen Epifanio— Contestó sin asombro ni curiosidad.

—Mira, hijo. He visto tu dibujo y he pensado que podrías ayudarme en mi taller artístico.

—¿Ayudarle? Pero yo no sé nada de arte ni pintura.

—Eso es lo de menos. Comenzarás con tareas simples y luego…Bueno, luego ya veremos. Te pagaré para que puedas comprarte comida y ropa.

Cuando se lo contó a sus padres, ellos se miraron con alivio pensando que podrían llevar mejor los gastos y enderezar un poco la vida que los estaba enterrando en la desgracia. Fingieron un desacuerdo flácido y hablaron de lo inadecuado de su explotación, pero en realidad, era una muy buena noticia porque estaban anémicos y al borde del colapso.

Aparicio pasaba mucho tiempo con don Pascual al que pronto empezó a llamar maestro, a pesar de las tentativas de este último para que hubiera un tuteo de amigos. Las cualidades del muchacho empezaron a surgir poco a poco como pequeños retoños de un árbol. Eran situaciones esporádicas en las que, al preguntarle, qué sería mejor para complementar un paisaje o corregir un rostro, Epifanio daba un consejo original. “Si se contrastara un poco más esa parte de la cara, el efecto sería más real y profundo”. En efecto, don Pascual con su formación académica se había vuelto ciego ante lo natural y evidente. Fue por eso que se preocupó mucho de no usar términos para formar al joven artista. De esa forma se desarrolló una especie de conversación analítica, e incluso filosófica sobre los efectos del color, el volumen, la forma, ciertas perspectivas y contrastes. Un día, inspirado por las palabras de su instructor, Epifanio, que ya tenía quince años, cogió un lienzo que don Pascual había olvidado hacía tiempo por considerarlo malogrado y comenzó a corregir las formas, destacar las sombras y realzar la luz, también quitó los detalles que le rompían el equilibrio a la composición y lo dejó en el caballete antes de salir a hacer unos encargos. Cuando volvió se encontró con don Pascual que no dejaba de analizar la pintura.

—¿Cómo lo has hecho, muchacho? Este cuadro era imposible de rescatar, había nacido defectuoso y no había manera, la verdad, no había manera…

—No lo sé, no lo sé—dijo con una pequeña muestra de orgullo y una sonrisa que dejó ver su colmillo torcido.

—Bien, muy bien, hijo. Mira—le dijo con rostro de padre ilusionado don Pascual—, podrías incursionar poco a poco en el mundillo del arte. Pinta algo estos días, por favor, y deja todo lo que estás haciendo o te quede por hacer.

Unos días Epifanio se dedicó a bañarse en el río, ver las nubes del cielo, comer y dormir la siesta al aire libre. Una tarde después de haber caminado unas horas cogió una naturaleza muerta que estaba en la habitación de don Pascual. Comenzó a hacer un esbozo al carbón y corrigió lo que le pareció pertinente, luego preparó un lienzo mediano y comenzó a trabajar. Hizo un dibujo con trazos rápidos, roció un poco de barniz para fijar el grafito y se puso a mezclar algunas pinturas de aceite. Decidió que solo usaría tres colores: negro, rojo y verde. Trazó ágilmente las partes oscuras que representarían las sombras, luego comenzó con escalas de tonos más suaves y después de dos horas ya tenía el cuadro casi listo para dejarlo secar. Cuando oyó los pasos de don Pascual escondió el lienzo.

Pasó un mes y las cosas en el taller siguieron su rumbo habitual. Don Pascual restauraba algunas pinturas luchando contra la carcoma del tiempo que con sus fragmentos de segundos apolillados derruía las pinturas, pasándose luego a los bastidores y los marcos de madera. La lucha era diaria y desigual, pero gracias a la dedicación de don Pascual y su ayudante las obras volvían a cobrar vida. Las acuarelas se realzaban, los olios resplandecían y las aguatintas perdían su aspecto gris rancio para atrapar de nuevo la luz.

Una tarde que don Pascual buscaba uno de los cuadros que le habían encargado hacía tiempo, se dio cuenta de que su mirada había chocado con algo, pero no podía definir con qué exactamente se había cruzado, así que volvió al sitio donde había sentido su efecto y dejó que sus sentidos se encargaran de ubicar a aquel intruso que le llenaba de hormigas la mente sin dejarlo en paz. Se puso en el centro de la habitación y miró al frente. Fue girando de cinco en cinco grados poniendo atención en lo que abarcaba su campo visual y de pronto lo encontró. Era la naturaleza muerta de la pared. Se dio un golpe en la frente y se echó a reír— “!Por Dios! ¡¿Cómo es posible que, teniéndolo ante los ojos, no lo había notado?! ¡Pero si resalta a leguas!”. Se acercó con curiosidad y descolgó la pintura. Era la misma que había estado allí por años. Sin embargo, destellaba más y tenía algo que la hacía más interesante, incluso excepcional. Fue por una lupa para ver mejor los detalles y descubrió que en la parte de las uvas había pintada una bella mujer desnuda. Estaba disimulada de forma magistral. ¡Hay que ver de lo que es capaz mi muchacho! —gritó dando saltos de gusto.

Cuando llegó Epifanio, ya hecho todo un hombre, don Pascual estaba comiendo pan con queso y saboreaba un vino sin quitarle la vista al cuadro apoyado en el caballete.

—Ven aquí, hijo. Dime, ¿cómo se te ocurrió la idea? ¿qué estabas pensando cuando lo hiciste?

—Fue solo una corazonada y me dejé llevar por las sensaciones y la suavidad de la pintura—contestó Epifanio comprendiendo a lo que se refería su maestro.

—¡Es asombroso! ¿Sabes? ¡Tendrás que dedicarte a pintar! ¡Ese talento no se puede desperdiciar en un cuchitril como este! ¡Descubre y conquista el mundo! ¡No te costará trabajo, muchacho!!Tienes todo lo que se necesita!

En realidad, fue prematura su aparición en el mundo del arte. No porque no tuviera la capacidad necesaria, sino porque era el mundo y sus habitantes cavernarios los que no estaban listos para un fenómeno de tal magnitud. Tenía una fertilidad artística desbordante, impetuosa y excelsa. Pintaba dejando en cada trabajo un trozo de sí mismo. Era como si de sus sentimientos hiciera una mezcla aceitosa con la que cubría las telas y, al mirar los trabajos, el observador volviera a revivir aquellas sensaciones placenteras en el interior.

Años después, ya muy pasada su adolescencia, se encontró en el campo a una joven atractiva que estaba sentada al lado del río lavándose los pies. Tenía un aspecto fresco, primaveral, llevaba el pelo suelto y las ocasionales ráfagas de viento creaban un efecto especial, que le revolvían las tripas al pobre Epifanio. Él estaba del otro lado contemplando con curiosidad y dolor la imagen que le retorcía el vientre. Tuvo fuerzas para acercarse despacio a la muchacha. Ella alzo la vista y dejó ver su rostro. No era una gran belleza, pero se rodeaba de un magnetismo al que un hombre joven no se podía resistir.

—Hola— le dijo Epifanio con voz alegre, pero apagada, mientras ella lo miraba con curiosidad.

—Hola—dijo ella sin dedicarle mucha atención y bajando la vista para ver los pececitos que merodeaban por la orilla.

—Son chanquetes, aquí hay un montón.

Ella se sonrío y le dijo que ya lo sabía, que nunca faltaban en su casa porque su padre los pescaba y luego los freía. Se quedaron en silencio durante un buen rato y Aparicio le dijo que así se llamaba, pero que todos le decían Epifanio. Ella lo miró con indulgencia y dijo que le gustaba Epifanio, que era un nombre más adecuado para un joven moreno con los ojos brillantes. Él le agradeció sus palabras y sacó un cuadernillo que siempre llevaba en el bolsillo. A ella le gustó el improvisado retrato que tenía algo de especial.

—Me has mejorado mucho en el papel.

—No, la verdad es así cómo te veo.

—Pues, no sé si verás bien, pero yo tengo la nariz más ancha y los ojos más pequeños.

—A mí, no me lo parece, además el arte sirve para crear o plasmar la belleza—. La chica enrojeció un poco y se volteó a mirar unos pájaros que volaban en bandada—. ¿Cómo te llamas? —le imputó de pronto.

—Luz—. Dijo alargando un poco el nombre.

—Es bonito. No conozco a nadie con ese nombre.

—En realidad me llamo Fény, es luz en húngaro, pero aquí es más apropiado. Muchos piensan que Fény es de hombre.

Aparicio se rio mucho con las palabras inocentes de la joven y le parecieron destellos de buen humor, pero en realidad eran resultado de su inocencia. Era muy difícil que aquel interesante rostro no se le quedara grabado. Luego, ya en su habitación, se fue destilando aquella voz sedosa y una figura armoniosa, semejante a las musas de Ingres, se le plantó en frente, tiernamente desnuda y, a la vez, descaradamente retadora.

El encuentro le dejó algo inquietante y difuso en el interior. Sacársela de la cabeza era imposible y pronto comenzó a sufrirla con gran intensidad. Pintaba día y noche imaginándola en diferentes épocas, formas y colores. En los largos paseos ficticios que surgían en su imaginación, él conversaba con ella y le hablaba de la belleza y la armonía de la naturaleza. Esas largas tertulias con Fény se convirtieron en algo tan real, que él era capaz de oír las respuestas desde la lejanía, pues le llegaban en forma de pequeños colibrís.

Una tarde, cuando ya se había separado de don Pascual, se presentó en la casa donde vivía la chica. Tocó la puerta esperando que ella saliera y, al ver a una mujer entrada en carnes de gesto noble, se quedó mudo, pero se repuso con determinación. Le recibieron con cordialidad. Fue así como conoció a la familia y, sin pensarlo, pidió la mano de la mujer amada. Todos se desconcertaron. La madre se quedó mirando a su hija pensando que podría estar embarazada, el padre, un hombre acostumbrado a las cargas fuertes de trabajo, apretó sus manazas y se puso serio. Fény miró implorante a sus padres que con una sola mirada comprendieron que el destino ya se les había adelantado en la organización del futuro de su hija. Resignados a la separación, pero con un buen presentimiento, aceptaron.

Los años fueron pródigos en amor y, a pesar de que Epifanio no conseguía mucho con las pinturas que lograba vender o restaurar, aparecieron sus hijos y las responsabilidades. Fény tenía una fortaleza espiritual y física asombrosa. Era capaz de lavar ropa ajena sin descanso o estar en la cocina preparando comida para venderla, sin que se le notara el agotamiento. Era tan fuerte el caudal de sus sentimientos que no había adversidad que borrara la sonrisa de su rostro. En esas aguas de comprensión, solidaridad y pasión, lograron salir siempre a flote, por más adversas que fueran las circunstancias. La familia creció y con unos cimientos bien apoyados logró salir de todas las tormentas y tempestades. Por desgracia, el genio de Epifanio no era comprendido en su época y lo que se consideraría selecto y original muchos años después, en aquellos años era solo una forma caricaturesca e incomprensible.

Ningún crítico de arte o galerista lo tomaba en serio. Parecía que aquellas palabras de don Pascual, dichas sin maldad alguna, se habían convertido en una enorme roca que lo aplastaba día a día. Recordaba con cierto odio aquel momento en el que su maestro lo miró con bondad y le dijo:

“Epifanio, hijo mío, por más dura que sea la vida, por más necesidad que tengas, por más hambre y decepción que te mitiguen, nunca dejes de pintar. Tu gloria no es de este tiempo y solo Dios sabe hasta cuándo llegará tu reconocimiento. Resiste, aunque te sientas desfallecer”.

  Tiempo después, cuando sus hijos adolescentes le reprochaban su exceso de amor por el arte y la incapacidad para ganar dinero, Epifanio se acordó de aquel día en el que entró soltero a la casa de su novia y salió casado y con un compromiso para toda la vida. Nunca lo lamentó porque siempre había sabido que la vida sería adversa hasta el último día de su vida. Su familia no lo aceptaba, Fény ya cansada se volvió exigente, pero se contenía para no quebrar la voluntad de su marido.

El sufrimiento, las hambrunas y los repetidos reproches, jamás lograron matar el amor que él sentía por su mujer. Le había jurado amor eterno y estaba dispuesto a llegar hasta el final. La vida no quiso darle una oportunidad, considerando que aquel sometimiento permanente era justo y ya era la hora de dejarlo descansar. Partió sin sufrimiento y dolor. Se fue apagando como una vela. Perdió pronto su salud de hierro y su determinación. Perdió pronto el pelo, luego la vista, el juicio y semi demente se quedó dormido a la orilla del río mientras pintaba un paisaje raro, lleno de figuras inexistentes, pero de un colorido y ejecución poco habituales.

Muchos años después cuando el último de sus descendientes decidió venderlo, el precio se disparó. Se decidió que los más de tres mil cuadros que se habían almacenado en una modesta vivienda a las afueras de la ciudad, serían parte del patrimonio nacional. Hubo muchos intentos, por parte de los corredores de arte y los coleccionistas particulares, de adquirir la colección, pero gracias al resguardo del gobierno permanecen bajo la vigilancia de uno de los museos más prestigiosos del mundo. Se organiza una bienal para conmemorar al artista, pero nadie habla de su tortuoso paso por este mundo, solo de su talento.

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