martes, 22 de noviembre de 2016

La vida es una carga












En un tiempo de cacería de brujas, en la que lo mismo se perseguía a un político que a un revolucionario, a un hombre de pie o a un delincuente, Matilde Núñez Camagüey subió a la cima del triunfo y se paró en el pedestal de la gloria. La vida la había obligado a cargar todo tipo de objetos, era su herencia familiar. Desde su primer antepasado, desembarcado de Europa, hasta el último, que era una mezcla de indio, chino y judío, todos habían tenido que llevar oprimidas las espaldas con costales de cemento, de maíz y harina, con animales, personas y tronos. 
De pronto se encontraba ahí, encasillada por las cámaras fotográficas, iluminada por el resplandor de luces plateadas. Otra mujer se habría desmoronado bajo los ciento sesenta kilos de fierro, pero ella lloró. No con ese berrinche de sufrimiento provocado por la injusticia, sino con lágrimas cristalinas, posó franca con gotitas lentas en los ojos como esas que surgen en un proceso de destilación. Seguramente era así, el sufrimiento de varios siglos brotó en forma de canalitos húmedos semejantes a pequeñas serpientes cristalinas. Le dieron la orden de bajar la barra con los pesados discos, ya había ganado, sin embargo, permaneció unos segundos más, pero no era para demostrar que no sólo podía levantar esa carga, sino que la podía mantener sobre su cabeza mientras pasaban sus recuerdos uno por uno hasta el final. No era un reproche, era una melodía de su infancia que cantaba cuando tenía mucho trabajo: “Campanita de oro, déjame pasar con todos mis hijos…”.

Un juez se le acercó y con la mano le hizo la señal de que ya estaba bien de presumir, tenía que dejar caer lo que sostenía con tanto esmero. Cedió y un estruendo sonó en el piso de goma. Entonces escuchó los aplausos y sintió las miradas de odio de sus contrincantes. A nadie le cabía en la cabeza que una desconocida se llevara las onzas de oro para su casa. ¿Quién se cree esa doña nadie? —se preguntaban entre sí las reconocidas competidoras seleccionadas en sus equipos nacionales. Sí, en efecto, Matilde no era nadie y no había sido nadie hasta ese momento. En el futuro también pasaría fugaz gracias a la actividad estrepitosa de las redes sociales, que mantenía por menos de un minuto las inútiles noticias de gente enajenada con sus fotos, chistes y chismes. Es porque se atiborra la red con todo tipo de tonterías cada segundo. Tocaron el himno nacional y se izaron las banderas. Matilde ni siquiera tenía un chándal presentable y estaba con las piernas desnudas y la gruesa faja de cuero todavía puesta. Se presentó, así como la habían fotografiado en el momento del triunfo, pero ahora sin los pesos. El único metal que tenía era su disco dorado. No tenía llanto que ofrecer, ni sonrisas, por eso su rostro moreno de facciones anchas se enfrentó a los ojos curiosos del público. Sus paisanas la veían de reojo y desde muy lejos porque no aceptaban la derrota, la humillación tenía color verde y era tan desagradable como una mancha enorme en la cara.

Matilde se quedó de nuevo sola, recordó las palabras de un viejo loco que la ayudó a llegar al estadio para que no tuviera que caminar diez kilómetros. “La felicidad, en gran parte—le dijo el despeinado abuelo—, aunque no lo creas, está en la sala de espera de la felicidad”. Ella no le creyó porque nunca había pensado en eso, pero los recuerdos la convencieron de que el anciano demente tenía toda la razón. Se vio a los seis años llevando todo el día cajas pesadas, luego aplastada por un armario cuando su padre tenía un fuerte dolor muscular, por último, sus amigas aplaudiéndole en el gimnasio con cara de asombro, mugiendo como vacas en brama por no conseguir enlazar la realidad con lo que habían visto. Decidió que sí, que había sido dichosa en todas las antesalas de la felicidad. Salió de su baúl de los recuerdos para recibir felicitaciones sinceras en idiomas que no entendió, los coterráneos le escupieron los buenos deseos con muchas ganas. No tengo la culpa de haber nacido con esta cruz—se decía para sus adentros—, ustedes han tenido que someterse a la ingestión de fármacos y entrenamientos dirigidos para poder vencer la gravedad, yo, en cambio, he tenido que levantar la frente y no por orgullo, sino para no desnucarme. He mirado con gesto duro para no ser confundida con un burro y he luchado contra mis ganas de descansar, ese ha sido el más grande oponente, para mí sólo ha existido el trabajo. Matilde pensó, al decirlo, que quizás en la historia de la humanidad habían existido otras mujeres como ella. Estaba en lo cierto, pero como no conocía los nombres de Virginia García Moreno y Kate Brumach “La Sandwina”, se las inventó. Su imaginación las hizo casi iguales al molde original y le parecieron más grandes que ella.

Después de la competición Matilde tuvo que volver como había venido. Primero le habían negado la ayuda por ser una desconocida y no haber participado en las eliminatorias. Después, ella los rechazó porque el orgullo le enredó las tripas y mientras las ponía en su lugar a todos les decía que no. El orgullo—le había dicho su madre—es una cosa frágil de aspecto severo, es por eso que los que lo llevan en los bolsillos se preocupan de no romperlo.  Matilde cogió su frágil cristal, lo puso junto a su medalla de oro, se ató los zapatos viejos y emprendió la vuelta a pie. Esta vez la suerte le sonrió franca, ya no se hizo la quisquillosa y le ayudó a regresar pronto. A pesar de todo tuvo que andar muchos kilómetros con su mochila a cuestas. Por los sitios por donde pasaba, algunas personas la reconocieron y le pidieron un autógrafo, ella les pintó en las fotografías que le ofrecían sus mejores garabatos. La mayoría de la gente ni siquiera se imaginaba que era la campeona de los juegos intercontinentales y que había roto el récord mundial. Los que lo sabían la consideraban una impostora y todo un peligro para el deporte, pues se había saltado todas las reglas y, como una Sansona o Herculesa, había llegado para aguarles la fiesta. 

Ya todos se habían resignado a la realidad. No había deportistas libres de pecado, todos ingerían algo, hacían todo tipo de trampas y el comité sabía que los grandes logros de la medicina deportiva ya no eran humanos. Los que vieron los análisis de sangre de Matilde solo encontraron un poco de falta de hierro. Paradójico, la mujer más fuerte en su categoría podía cargar treinta kilos más, del elemento que a ella misma le faltaba, que las contrincantes más próximas. No tuvo espacio en la prensa quedó tan apretujada por los rumores y los esfuerzos por ocultarla que el presidente no la recibió, el comité olímpico la evadió y tuvo que volver a su trabajo habitual donde ninguno de los arrendadores de fletes le vio la lustrosa medalla que llevaba al cuello colgando. Eso sí, hubo quien puso atención en sus músculos cuando se tensaban bajo el holgado peso de una nevera o una lavadora. “Esa mujer es un coloso—decían los mirones que tenían un segundo para mirarla y hacerse una auto fotografía—, podría sin duda alguna levantas pesos en las olimpiadas”.


La historia no la registró. Quedó olvidada al igual que el soldado que se tiró sobre una bomba cuando sus compañeros estaban de espaldas, igual que el náufrago que no encontró una isla, igual que el que tuvo menos hambre y se sacrificó para que sus compañeros se lo comieran. Pero ella sí recordó la historia, aquella de los pasillos y antesalas de su dicha, incluso el largo camino de sus penas y alegrías que culminó en el mostrador de un empleado del Monte de Piedad que le dijo que su medalla tenía sólo el diez por ciento de oro y que valía muy poco. Ella se la cambió por unos cuantos billetes y se fue a comer las últimas tortas de lomo de su vida. Con cada bocado saboreó los pujidos, la tensión de sus piernas, los cachetes inflados racionando el aire como si fuera trompetista en lugar de cargadora. Mostró su sonrisa chimuela y sus cataratas se convirtieron en nubes de verdad, se acarició el pelo plateado, se alisó la falda de percal y salió a caminar por la hermosa ciudad.

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