domingo, 6 de noviembre de 2016

El doble de Bruno (Ucronía)

En una gran ciudad oprimida por las batallas tribales de los clanes hambrientos; alterada por el desorden surgido debido a la falta de una legislación adecuada para la lucha contra la delincuencia; y desbastada por la guerra para ampliar el territorio de influencia en la venta de estupefacientes, vivía un hombre casado.
Se llamaba Bruno, era un oficinista, ganaba un sueldo que apenas le alcanzaba para sobrevivir y no veía películas ni leía libros por falta de tiempo, su esposa estaba embarazada y en los nueve meses de la gestación de su hijo se le comenzó a caer el pelo con una rapidez asombrosa. Tenía sólo cuarenta años y la hermosa cabellera que lo había acompañado en su juventud desapareció en el transcurso de unos meses. Consultó a varios especialistas y todos le dijeron que el mal era hereditario y no se podía hacer nada. Decidió afeitarse por completo la cabeza y quitarse el bigote. La decisión fue muy acertada porque sus compañeras del trabajo comenzaron a fijarse mucho en él. Hubo quien le propuso aventuras sin ningún compromiso y una desquiciada le dijo que lo amaba.

 Su cambio fue tan considerable que cuando se presentaba como Bruno Guadarrama la gente lo miraba con mucha atención y luego se oía un escéptico susurro. Se puso a trabajar su cuerpo a base de ejercicios y en poco tiempo el volumen de sus pectorales y bíceps no dejaron a nadie indiferente. Era muy bien atendido en las cafeterías a las que iba, las cajeras le hacían descuentos y le sonreían mucho. Decidió que el cambio de actitud de las personas se debía a sus fornidos brazos, pero estaba equivocado.
Lo comprobó un día que salió apresurado de su casa en dirección al hospital porque su hijo estaba a punto de nacer. Paró un taxi y el conductor, antes de oír la dirección de su destino, le dijo que era muy parecido a un artista muy famoso, incluso le mostró una foto porque era su actor preferido, pero a pesar de que había mucha similitud, Bruno con la revista en la mano dijo que eran solo coincidencias y que la gente imaginaba todo tipo de cosas, ya que el color de la piel, los ojos era otro.
El taxista no le creyó y comenzó a dirigirse a él usando el nombre de Bruce. Señor Bruce por aquí, señor Bruce por allá. El trayecto se comenzó a hacer más largo porque había bastante tráfico y el joven chófer se detenía más tiempo del debido para que los transeúntes o vendedores ambulantes que lograban ver a su pasajero pudieran apreciarlo mejor. En una ocasión tocó el claxon y llamó a un vendedor de periódicos para que le diera su opinión sobre él. Bruno le dijo que se apresurara porque en verdad llevaba prisa. En un semáforo en rojo un hombre se subió, sacó una pistola y amenazó con disparar si no le entregaban el dinero, las joyas y el código secreto de la tarjeta de crédito. Bruno no opuso resistencia y se quitó el reloj, sacó su cartera y se los dio al asaltante, pero éste lo miró con atención y le dijo que era igual al artista de la película Armagedón. Muy apenado el ladrón se disculpó haciéndose un selfi y salió apresurado del coche con reverencias al estilo chino.

 En el hospital una enfermera lo recibió y le dijo que su niño ya había nacido. Lo condujeron a una sala y vio a un pequeño envuelto en una sábana blanca. Se alegró mucho y pidió que lo dejaran ver a su mujer. No fue posible porque estaba sedada, así que tuvo que esperar más de tres horas. En ese periodo de tiempo algunos pacientes le sonrieron y le preguntaron por su esposa, pero no decía su nombre correctamente pues en lugar de Diana decían Demi y un señor de bigote le preguntó cómo le pondría a su hijo y al oír la respuesta dijo que sería mejor el nombre de Rome. Bruno trató de no hablar mucho porque la gente lo ponía nervioso con sus ocurrencias. Al final se reunió con su esposa, pero el encuentro fue muy diferente al que había imaginado en la sala de espera.
 Según el auto-proclamado presidente de la asociación mundial de la felicidad, la dicha empieza en la sala de espera de la felicidad, argumenta el señor con cara muy cordial. Comenzamos a experimentar —dice— ese sentimiento antes de lograr u obtener el objeto de nuestro deseo, por eso es tan importante disfrutar todo lo que sucede antes de la realización de un sueño. En el caso de Bruno, la espera le había dejado muchas impresiones poco memorables, así que para él ver a su esposa fue la felicidad. Ella no lo reconoció muy bien, tardó en hablar y después de dictarle una lista de cosas necesarias para el bebé se durmió de nuevo. Bruno le prometió volver al día siguiente para recogerla a ella y a su hijo.

Llegó acompañado de sus suegros. Diana estaba mejor y habló mucho, recibió con placer los cumplidos para el niño y volvió a su casa feliz porque para ella la espera sí que había representado un momento digno de recordar. Un día, cuando su hijo era adolescente, tuvo que interceder por su hijo y gracias a los sabios consejos que le dio, evitó que se juntara con malas compañías y se convirtiera en un delincuente. Vio a sus nietos y tuvo una vejez tranquila. Su esposa también participó en la educación de su hijo y siempre pensó que de haberle faltado la seguridad que le proporcionaba su marido. Ella habría terminado comerciando su cuerpo y su vástago habría sido un drogadicto empedernido. Por fortuna, todo salió bien.

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