miércoles, 21 de diciembre de 2016

La explosión de los celos

Había leído, en mis tiempos de estudiante, una novela policíaca en la que un hombre se disfrazaba de Santa Claus, cogía una pistola y se iba a matar a un abogado que lo había estafado. Se trataba de una venganza. La historia era muy larga y presentaba muy bien el cuadro psicológico del criminal

En mi caso la historia es corta y muy ridícula, pues usé la misma estratagema para ir a matar a mi vecino porque descubrí que se estaba agenciando a mi mujer durante mis ausencias. Mi trabajo es agobiante, pues tengo que repartir tanques de gas, o bombonas como les dice el gachupín, en las casas y me la paso todo el día cargando, conectando y desconectando a las estufas los dichosos tanques. Antes trabajaba medio día los fines de semana, pero con la devaluación comenzó a faltarme el dinero y pedí que me dieran los turnos completos el sábado y el domingo. Gracias a dios me aumentaron el trabajo, pero comencé a ausentarme todos los días. Volvía por las noches, cenaba en compañía de mis hijos, hablaba un poco con mi mujer y caía muerto de sueño en la cama.

 Un día, por casualidad, volví más pronto que de costumbre y oí que mis vecinas estaban comentando los chismes de la vecindad. “Se imagina, señora Dolores, que la Marta se va todos los días al puesto de don Pepe y se quedan los dos allí, encerrados horas enteras, ¿qué piensa usted que harán durante tanto tiempo?”. No sea tonta, Vicenta—le contestó la otra—. Está claro que nomás hacen sus cochinadas. Si lo supiera el pobre Paco, seguro que los mataba por cochinos.
Para mí todo quedó clarísimo y me escondí para que no me vieran. Luego, fragüé mi plan, pues como ya estaba cerca la Navidad, decidí que me conseguiría un traje de Papá Noel, luego me iría al mercadillo al puesto de petardos de Pepe y les echaría gasolina mientras estuvieran fornicando allí adentro, luego tiraría descuidadamente un cigarrillo y adiós.


Llegó el día esperado, pedí permiso en el trabajo para faltar. Me conseguí un pequeño bidón con gasolina y lo metí en un saco, luego me disfracé, me puse una ridícula barba de algodón apelmazado e hilos de poliéster y me fui a buscar el local de Pepe. Cuando llegué me sorprendió que la gente estuviera corriendo de un lado a otro y hubiera una nube enorme de humo. Vi el anuncio del local donde estaba mi mujer, tenía la cortina metálica bajada, corrí y empecé a golpear con el puño, pero no hubo respuesta. Vi un tubo tirado y comencé a levantar la pesada persiana, pronto cedió y pude abrir. Mi mujer estaba desnuda, dormida al lado de Pepe en una colchoneta, traté de despertarlos, pero José estaba inerte como desmayado y Marta apenas respiraba. Le puse mi chaquetón rojo, me la eché al hombro y me la llevé a la casa. Durante el trayecto noté que iba delirando. “Pinche Pepe, no jodas, ¿a dónde me llevas, cabrón?”. Le di un bofetón y perdió el conocimiento. En ese momento se oyeron explosiones muy fuertes y salí rapidísimo sin volverme a mirar lo que estaba sucediendo.

 Cuando llegué a mi casa todo mundo estaba espantado. Se oían a todo volumen los televisores. Transmitían la noticia de un incendio en el mercadillo de petardos. 

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