jueves, 22 de septiembre de 2016

Encuentro florido

De pronto su herida dejó de sangrar, el viento fresco le acarició el cuerpo y disipó el calor que lo había abrumado durante su trayecto, las piernas se le fortalecieron un poco y logró ponerse de pie, sus brazos cobraron forma, se desentumieron, ya no eran de trapo y su espalda se desenrolló para permitirle levantar la vista. El sol quedó desnudo de nubes y brilló, reflejado con gran esplendor en el agua mansa de un pequeño río. Al fondo, en la lejanía, se oía un eco de los tambores llamando a la batalla y el sonido del caracol hacía que las ondulantes nubes de humo perdieran su forma.
 Quedó muy lejos el campo de batalla en el que los filosos pedernales cortaron la carne, donde la sangre brotó a chorros por los contundentes impactos de la madera, la obsidiana y la piedra bruta, se habían secado los riachuelos rojos y la tierra había formado pequeños charquitos de cáliz para los dioses.

Ya no lo molestaba el dolor en los pies, sus articulaciones eran inmunes a las fuertes contusiones que había recibido por las armas enemigas. Vio con asombro cómo el sendero, que había estado rodeado de cactus, rocas y plantas silvestres espinosas; por arte de magia comenzaba a florearse, revoloteaban los pétalos lilas de las flores de unos árboles frondosos. En la tierra se había formado un camino de mariposas blancas aterciopeladas, frescas y delicadas. Había unas huellas de pies pequeños y una brisa le bañó el cuerpo. Se le hinchó el pecho de aire perfumado y su corazón comenzó a latir de felicidad. La inercia lo conducía hacía el frente, sus pasos eran inconscientes, fue cobrando el control de sus pies y dejó de cojear. Oyó una voz dulce como néctar que lo llamaba:
 “!¡Ven aquí, ven aquí! ¡Ven a gozar de la felicidad de la tranquilidad y la paz!”.

No sabía de dónde procedía el llamado, pero tenía un presentimiento y su imaginación se encargó de formarle la imagen de una joven bella. La siento—se decía en voz baja—. ¡Dios mío!!Es tan hermosa!

No pudo seguir hablándose a sí mismo porque descubrió a pocos metros, oculta entre unos arbustos, a una mujer joven que se disponía a bañarse. Chipahuac se acercó y vio que ella se erguía y le mostraba su espalda. Tenía un cuerpo esbelto y la luz le daba a su piel un tono cobrizo, se recogió el largo pelo para enroscarlo y sujetarlo con una púa de maguey. Se metió sin prisa en el agua, como si se estuviera diluyendo al entrar, luego empezó a nadar y se giró para llamarlo con una señal de la mano. Sin querer, él se tocó la cara y descubrió una deformidad, no era un rostro normal el suyo, sino una más amorfa de carne con sangre coagulada. Dejó su penacho, su escudo y sus armas en la orilla lamentando no poder llevárselos consigo, pues la joven se lo había indicado con un movimiento de la mano. Le pareció increíble que él pudiera interpretar sus movimientos como si fueran palabras. Una fuerza desconocida que le brotó del interior lo obligó a zambullirse en el agua, comenzó a nadar despacio, el líquido lo reconfortó. Ella ya estaba del otro lado, parada en la orilla. Cuando llegó al otro lado intentó acercarse a la mujer, pero ésta comenzó a alejarse y resultaba inútil el intento porque con cada paso que el daba, ella se alejaba un metro. Miró unas huellas húmedas, se podía apreciar cómo se levantaba de la tierra un aroma dulce de miel y fruta que el percibía al ir avanzando. Las ramas de unos pirules comenzaron a agitarse con fuerza y un soplido muy fuerte del viento levantó una nube de polvo y, cuando se disipó la espesa neblina dorada, apareció una hoguera. Había una olla de barro negro que despedía vapor. Llegó hasta sentir el calor del fuego y vio lo que había dentro del recipiente. Era carne de conejo preparada con una salsa aromática. “Come—le dijo la mujer joven que ahora estaba vestida de blanco—, necesitas fortalecerte”.

—¿Quién eres?
—Eso ahora no importa mucho, primero aliméntate y medita un poco sobre tu situación. Después te diré mi nombre.
Vio como ella le ofrecía una gran cuchara de madera. La cogió y comenzó a masticar la comida, que le supo muy rica, pero cada vez que trituraba la carne su quijada tronaba como si se le saliera de lugar, por eso decidió masticar muy despacio. Tardó mucho en pasarse los bocados porque sentía un fuerte ardor en el estómago cada vez que entraba el alimento. Las fuerzas lo comenzaron a abandonar y no pudo sostener más la cabeza. Se acomodó cerca de un árbol y se durmió unas horas.
—¿Qué me ha pasado? Tengo la cara destrozada por un golpe.
—Te han herido en batalla y has venido hasta aquí. Este es un lugar seguro.
—¿Quién eres tú?
—Soy alguien a quién has deseado ver toda tu vida, pero el miedo de verme de frente te ha hecho cometer barbaridades. ¿Recuerdas por qué estás aquí?
—Creo saberlo. Me encontraba en la batalla, mis compañeros iban perdiendo, muchos ya habían sido apresados, y cuando recibí el golpe en la cara me quedé sin sentido, luego abrí los ojos y noté que a mi lado había un acantilado, cerca de mí había unos cuantos cadáveres, empecé a dar giros sobre mí mismo y poco a poco empecé a rodar, luego las vueltas se hicieron vertiginosas y terminé oculto entre unas plantas, me pude levantar un poco después y empecé a huir. Me dolía todo el cuerpo, la sangre me corría hasta el pecho y la luz del sol me escocía el rostro. Empecé a alejarme y cuando ya estaba lejos vi un camino estrecho con pétalos de flores lilas y seguí adelante, luego te encontré escondida cerca del río.
—No estaba escondida, la prueba es que tú me encontraste. ¿Por qué no te entregaste en la batalla? Sabes que está penado huir, ¿verdad? ¿tuviste miedo?
—Sí, tenía miedo del dolor que me infringirían al llevarme a la gran pirámide para arrancarme el corazón. No era la muerte a lo que le temía, sino el ridiculizar a mi familia llorando como un mocoso tendido en la piedra, soportando la mirada del brujo dura y llena de reproche. Desde que nací me presagiaron pocas facultades para la lucha y, aunque ahora tengo grado de caballero águila, sigo siendo un simple aprendiz.
—Pero, era tu obligación entregarte. Los dioses nunca te lo perdonarán. No puede tener descendencia un traidor.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡No sigas, por favor! Me entregaría ahora mismo, pero no puedo alejarme de ti. Te necesito.
—No es la hora todavía. Sigue andando y escóndete donde no te vea nadie, vendré después.

Chipahuac, el hermoso, se quedó muy desconcertado y fijó su mirada en la mujer que se iba alejando con pasos firmes y largos. No podía entender cómo un ser tan hermoso y de aspecto tan franco y dulce le podía provocar una sensación tan agria en el alma con sólo unas cuantas palabras. Trató de recordar algún suceso inapropiado en su vida. Se remontó a su nacimiento, llegó al momento en que una partera le dijo a su madre que había tenido un niño cándido y muy bonito, pero que su real calidad humana sería determinada por el guerrero más valiente del clan. El sacerdote se lo había predicho con exactitud: “Tendrás un hijo hermoso, pero será un mal guerrero, cobarde, traidor y con perversiones”. El combatiente más célebre llegó con un pequeño escudo y un hacha de obsidiana. Se los dio al recién nacido. No hubo ninguna reacción. A diferencia de todos los grandes luchadores al nacer—dijo enfadado el famoso soldado—, este niño nunca sostendrá un arma con determinación y entregará a su pueblo a los invasores y enemigos sin pensar en el futuro de sus descendientes y compatriotas. Luego siguió repasando su vida y se vio hecho un hombre participando en las reuniones del gobierno en las cuales sus allegados oían sus palabras, pero desconfiaban de lo que decía y, por eso, a sus espaldas rumoreaban. Supo ganarse la amistad de algunos personajes influyentes y obtuvo una posición privilegiada. Era poderoso, tenía mucha influencia en los gobernantes y la usaba para protegerse, nunca daba pruebas de cobardía ante nadie y les ordenaba a sus subordinados que acabaran con los rumores y con las críticas que la gente le hacía. Empleó los métodos más radicales que encontró para someter a sus enemigos, sin embargo, la vida quiso ponerlo en una situación desfavorable. En una discusión fue retado por un importante jefe del gobierno vecino y se vio obligado a participar en la guerra, había organizado todo para capturar a muchos de sus enemigos y saboreó con anticipación su victoria viéndolos morir en combate de honor y sacrificados chillando como ratas el día de los sacrificios al dios Tláloc.

Sumido en sus recuerdos caminó despacio y al llegar a un terreno desigual se sentó cerca de unos magueyes y buscó una zanja para ocultarse y esperar a que cayera la noche, sabía que no podía descartar la posibilidad de que algún combatiente, en busca de prófugos, pasara por ahí y lo viera, lo cual pondría en peligro su reputación, así que se sentó en la hierba y se quedó mirando el cielo por mucho tiempo como si quisiera escaparse al universo. No había nubes, poco a poco el color fue cambiando de celeste a azul marino y cuando salió la luna apareció frente a él una mujer idéntica a la que había visto durante el día, pero ésta llevaba un atuendo vulgar, los pelos muy bien arreglados y ungidos con aceite, despedía un fuerte olor a esencias y tenía los párpados llenos de hollín y los labios negros. Se desnudó y Chipahuac notó en la piel cobriza de la mujer unos tatuajes fosforescentes de serpientes, flores y calaveras.

—Soy Tlazoltéotl, he venido a complacerte—dijo la mujer que estaba desnuda y húmeda, Chipahuac trató de ocultar su rostro y torcer la vista para que ella no notara su mole desfigurada, sin embargo, el atractivo de la hembra que tenía enfrente lo obligaba a mirarla aun con los ojos cerrados.
—Eres la diosa del enamoramiento, la pasión, fertilidad y la lujuria, ¿qué quieres de mí?
—He venido a proporcionarte lo que me pediste antes de salir en campaña. ¿No lo recuerdas? —Chipahuac bajó la vista y sintió que el vientre se le encogía tragándose a sí mismo.
—Pero no he muerto todavía. Te pedí que vinieras en caso de que me viera en peligro de muerte, pero estoy vivo—En seguida comenzó a tocarse el pecho y las piernas para comprobar que no era un ánima.
—Sí, es verdad, pero a partir de hoy no tendrás descanso. Vagarás sin destino, sin rumbo. Nadie te reconocerá y correrás el peligro de caer como esclavo. Eso será una muerte en vida, por eso he decidido regalarte una noche de amor porque ya no me volverás a ver y en adelante no conocerás mujer alguna.

Sin poder evitarlo la abrazó cuando ella estuvo a su lado. La acarició y ella como un animal dócil obedeció sus movimientos. Le quitó una cinta de cuero que llevaba puesta en la entrepierna y vio resplandecer sus labios prietos, en sus hombros se dibujó la luna, tocó sus pechos y sus palmas se quemaron, la atrajo con fuerza y se aferró a ella. Se deshizo del taparrabos con rapidez y se le subió montándola con desesperación. Se escuchó una canción. Oyó los silbidos de unas flautas de arcilla, el golpeteo de unos troncos huecos, los suaves susurros de los cascabeles que se arrastraban por el suelo. Sintió la tibieza de los brazos y piernas musculosas que lo apresaban. Por su nariz entró una serpiente perfumada que lo llenó de energía, sus caderas se movieron dando embistes eternos. Un chasqueo rítmico, provocado por los choques de su vientre, espantó a las ranas y las cigarras se despertaron con un estrepitoso gorjeo de alas. Su pelo se humedeció y empezó a sudar aceite, su pecho se hinchó y soltó atronadores bufidos. Se tensó su cuerpo y experimentó un vuelo suave al principio y una fuerte caída libre después. Quedó exhausto, flácido y con la cara sumida en la hierba.
A la mañana siguiente se despertó porque sintió que unas hormigas caminaban por su rostro, entonces se tocó la piel desprendida, pero sólo estaba la carne viva. Calculó el tamaño de la herida. Le habían dado un rozón con algo punzante durante la batalla, tal vez un cuchillo o un hacha. Tenía una abertura que iba desde la sien hasta la barbilla. Le habían volado una parte de la ceja y la mitad de la mejilla no estaba, tampoco la punta de la nariz. Siempre había sido muy bien parecido y al imaginar su nueva condición concluyó que nadie lo volvería a reconocer. Recordó que su madre le había contado, en la infancia, que una nube del incensario se le acercó y la cubrió en el momento del parto. Era Mixcoatl—le había jurado su madre abrazándolo con cariño— quien me había cubierto como el dios Quetzalcóatl. Me habló y me dijo que tú serías un gran cazador, fuerte y astuto. Ahora, que se veía tan débil y con un cuerpo tan poco capacitado para la guerra y la caza, quiso llorar, pero no le salieron las lágrimas. Sólo sintió que le recorría el cuerpo un líquido verde y amargo que le obligaba a escupir sin cesar. Le era imposible librarse de su saliva agria y espesa.

Te han destrozado la cara Chipahuac—se dijo a sí mismo—, ya no volverás a ser el amante de antaño, ninguna mujer querrá acostarse contigo y tu última noche de placer te la ha dado la mujer tatuada de los labios negros. Será tu recuerdo eterno y sentirás frustración por la entrega que te hizo por lástima, ni siquiera los recuerdos de tus bellas amantes te salvarán porque tu mente quedará ensombrecida por la lujuria de ayer. La única consagración que podrías tener sería poseer a la mujer del río, pero de hoy en adelante tendrás que vagar evitando los poblados y quién sabe si la encontrarás al final de tu penitencia. Sí, lo sé perfectamente, no necesitas repetírmelo. Además, he perdido el honor y los dioses me perseguirán para castigarme. Podría disculparme diciendo que no estaba listo para morir, que me dio miedo y por eso me fugué. Estaba aterrado, tú lo sabes. Entonces, ¿es verdad lo del presagio? Claro que es verdad, ¿no viste cómo me tembló la mano a la hora de enfrentar al enemigo? Si no hubiera sido por los guerreros que me iban abriendo paso, hubiera caído con el primer golpe. Sí, te portaste como el peor de los cobardes.
No tuvo tiempo de seguir el hilo de sus razonamientos porque de nuevo apareció ante él la mujer del río.

—Ya estás a salvo Chipahuac. Creo que no hay una sola alma en diez kilómetros a la redonda.
—¿Hoy me dirás quién eres?
—Depende de ti. Primero, cuéntame lo que sucedió ayer.
—Tuve un encuentro con Tlazoltéotl.
—¿Qué te dijo?
—Me dijo que vagaré en el anonimato, tendré que huir de la gente para que nadie me reconozca.
—Pero, ¿cumplió alguno de tus deseos?
—Sí, pero cuando estuve en su regazo pensé en ti. Me imaginé que estaba contigo y te deseé a morir. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué he de hacer para que me lleves contigo?
—Tendrás que hacer un largo trayecto para encontrarme. Pasarán algunos días poco claros, tendrás visiones y estarás solo. Cuando termine el plazo te reunirás conmigo y te desvelaré mi identidad. Tal vez lo descubras antes y cuando me encuentres tú mismo me lo dirás y vendrás a mí. Ahora vete, sigue el camino que te indique tu intuición.

No sabía si había visto en realidad a la mujer y se repetía sus palabras para asegurarse de lo que tenía que hacer. Miró hacía el norte y comenzó a caminar. Le dio hambre y buscó algún objeto que le sirviera para cazar. El piso estaba muy caliente y los cactus y las plantas parecían afilar sus espinas para evitar la pérdida del agua. Vio los enormes saguaros frente él como si fueran hombres de muchos brazos y al bajar la mirada descubrió unas biznagas con frutos. Empezó a buscar alguna piedra filosa con la que pudiera cortar la piel espinosa de los frutos de los cactus, halló una y empezó a recolectar tunas dulces de los nopales. Se comió los frutos dulces atiborrados de semillas y al tirar las cáscaras oyó a sus espaldas el ruido de los chasquidos de unos cerdos pécari que se las comían con gusto. Se le despertó el deseo de comer carne y pensó en hacer una trampa para coger algún marrano salvaje. Al final pudo matar uno con un certero golpe de piedra. Casi le arrancó la piel con los dientes y comenzó a golpear dos piedras para hacer fuego, media hora más tarde ya saboreaba las partes magras del animal. Decidió continuar su marcha y al cruzar por un pequeño terreno cubierto por pequeños orificios en la tierra se vio rodeado por un enjambre de pequeñas agujas zumbonas. El dolor lo arroyó como una enorme flama y empezó a correr, desesperado sopló con mucha fuerza sobre las brasas de su hoguera y de milagro el humo espantó a las abejas que siguieron atizándolo con sus aguijones. Tenía el cuerpo lleno de ronchas y quedó paralizado, se desplomó y quedó inmóvil. Tenía bolas rojas por todos lados y estaba mareado. Vio como algunas abejas iban desmoronándose en la tierra caliente. Surgieron del suelo lamentaciones y quejidos de mujeres torturadas. Levantó la cabeza con mucho esfuerzo y descubrió que a su alrededor había cadáveres de muchachas a las cuales habían violado, torturado y arrancado el pelo. Iban todas vestidas de rojo y tenían los ojos desorbitados mirando como peces muertos. Gritaban y sus lamentos le ensordecían, le entraban como clavos. Una de las muertas se levantó y se paró junto a él. “Somos nosotras, estamos todas las que mandaste matar para satisfacer tu hambre de macho estéril, de frustrado pervertido y necrófilo”. Fueron pasando una por una diciendo su nombre hasta que el sol se metió y la oscuridad cubrió de silencio el desierto.

¿Pero qué me ha pasado? —se preguntó en cuanto abrió los ojos—. Tenía las ronchas menos inflamadas y ya no sentía el ardor. Se incorporó con lentitud y sintió la frescura del amanecer. El sol había comenzado a iluminar el horizonte. Debo continuar. Sí debes continuar hasta encontrar el sitio que te ha reservado Xochiquétzal, ella limpiará tu pecado, saldará tu deuda y te ofrecerá su amor, sólo tienes que encontrarla. Emprendió la marcha, cruzó por un terreno cubierto por piedras volcánicas. Avanzar era muy difícil y no había ningún lugar para ocultarse del sol. Su espalda parecía un brasero y sintió que de un momento a otro su pelo se incendiaría. Veía doble y se mantenía de pie con mucha dificultad. Tambaleándose prosiguió su camino hasta llegar a un lugar más bajo y con un poco de sombra. Se sentó jadeando y comenzó a rascar un cactus para chupar la pulpa y succionar el poco líquido que la planta le podía ofrecer. Terminó de masticar y escupió la última bola de tejido del tallo. De pronto, los bolos que había esparcido a su alrededor se transformaron en pieles de serpiente deshidratadas y crujientes. Comenzó a rascarse y su piel también se fue desprendiendo en forma de escamas. Su cuerpo tenía un recubrimiento más pálido. Movió los hombros y surgió, entrecortado, el sonido trepidante de una enorme sonaja. Se habló a sí mismo en voz alta para romper el tedio de la soledad. ¿Qué te está sucediendo, Chipahuac? ¿A qué se deben estos cambios y qué significado tienen? ¡Mira—gritó señalando con el índice—, mira lo que hay ahí delante! Levantó la vista, movió la cabeza y encogió los hombros para expresar que no veía nada. Sólo hay piedras grises—respondió—. No, no. Mira con atención, está allá detrás de las ondas calientes, ¿lo ves? Sí, es un anciano encorvado. Ve, habla con él.

—¿Quién eres, anciano?
—Soy Yacatecuhtli.
—¿El dios sabio y viejo?
—Sí.
—¿Para qué has venido?
—Sólo he venido para indicarte el camino que te llevará a la salvación y no tengas que vivir eternamente en el desierto.
—Pues indícamelo, ¿en qué dirección debo ir?

El viejo dio media vuelta y caminó hacía una planicie pelona de hierba en la que había dibujado un circulo con cinco soles. El anciano estaba muy arrugado y tenía una barba rala muy larga. Sus pasos eran cortos pero muy seguros, parecía que en lugar de pisar el suelo apoyaba sus pies en el sendero del tiempo. Al llegar a la explanada, Yacatecuhtli se detuvo y le indicó a Chipahuac que cogiera dos alacranes que sacó de su bolso de piel de conejo y le dijera cual pensaba que iba a ganar.

—Escoge uno, el que te parezca que puede ganar en la contienda.
—¡Este! —indicó cogiendo el bicho más pardo de cola y aguijón largo.
—¿Estás seguro?
—Sí, sí, seguro.
—Ponlo dentro del círculo.

El anciano se inclinó lentamente y puso a los dos animales detrás de la línea. Al principio empezaron a caminar sin rumbo fijo. Están marcando su territorio—comentó el viejo—, pronto aparecerá una hembra y ellos lucharán por ella. Así fue, en cuanto dejaron claro cuál era su propiedad se acercaron el uno al otro y se ensartaron en una lucha feroz. Sus cuerpos giraban por el polvo y sus tenazas se aferraban al contrincante con una fuerza brutal. La lucha duró unos minutos hasta que uno de los insectos se quedó inmóvil, vuelto de espaldas con las patas estiradas. Chipahuac sonrió de alegría y oyó la voz de la mujer del río.

“Felicidades, Chipahuac, ahora podrás tenerme para siempre”.

El viejo, sin decir nada, se fue y dejó que la bella mujer se acercara. Chipahuac sintió cómo, con un algodón húmedo, ella le limpiaba la cara, remojaba en una vasija un estropajo y le limpiaba el cuerpo, lo peinó y le puso un collar de caracoles. Lo abrazó y le dio un beso muy largo.

—Xolotl, Xolotl, ven aquí, mira esto.
—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto escándalo?
—Lo he encontrado, es Chipahuac, míralo tú mismo.
—Sí, es verdad. Está muerto.
—Sí, seguro que uno de esos tlaxcaltecas lo reconoció y decidió machacarle el cráneo. Bueno, ¿Qué hacemos?
—Nada. Hay que dejarlo allí hasta que se lo coman los zopilotes.
—Pero nos preguntarán por él. Recibiremos un castigo por dejarlo aquí.
—No te preocupes. Era un mal gobernante, nadie le tenía aprecio sincero y sus allegados sólo lo toleraban por conveniencia. Ahora ya está fuera de juego. Diremos que huyó y que nadie sabe dónde quedó su cadáver.
—¡Qué ironía! Después de causar tanto daño y ser tan vanidoso, vino a servir para alimentar hormigas.
—¡Vámonos ya! Da la orden de que se ate a los vencidos y que caminen en fila india hacia la ciudad. ¡Que no se nos escape nadie! Oye, este año los dioses se pondrán felices y habrá buenas cosechas, ¿no crees?







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