martes, 26 de mayo de 2015

Tolá y Yair- El olvido de Dios (cuento apócrifo)

Poco a poco, el viento se fue llevando los granos de sal, una ventisca fue arrastrando, en torbellinos pequeños, los gránulos blancos cristalizados hasta que se  limpió la ciudad de Siquén y, como pequeños retoños de la historia, surgieron monumentos en memoria de los hombres asesinados por Abimelech. Cuando desaparecieron los vestigios de la destrucción que había ocasionado el primogénito de Gedeón,  los judíos volvieron a gozar de paz, en algunos lugares muchas familias vieron mejorar su condición económica, sus negocios florecieron y los frutos de su esfuerzo generon ganancias que les permitían gozar de ocio y bienestar. Tolá guió al pueblo durante veinte largos años, en los que el sosiego y la prosperidad hicieron desarrollar de forma considerable la sociedad. El ingenio del pueblo se volcó en el diseño de nuevos hilados, en nuevos métodos de fabricación de objetos ornamentales, las herramientas se perfeccionaron y las jornadas laborales se redujeron.

Reinaba la armonía en las casas y la esperanza de una vida mejor motivaba a la gente para cuidar con celo sus labores. En las mesas abundaba la leche, el queso de cabra, la miel y los dátiles, hasta en el hogar más pobre se servía pan con levadura para acompañar la comida. Por arte de magia, se había controlado, a base de un estricto sistema de limpieza, la cantidad de moscas y cucarachas. La gente se preocupaba más por el aspecto personal y no perdía la oportunidad de lucir sus mejores prendas en las fiestas y días de asueto.
Un día, en alguna casa o en algún rincón de la ruta de comercio que iba de Asquelón, en el Mar Grande, a Guibea, cerca de Ramá, un comerciante se vio tentado por la envidia y quiso tener más propiedades que sus competidores. Durante muchos días, estuvo urdiendo un sistema de préstamos y un aumento del precio de sus mercancías para obtener una pequeña cantidad adicional, que al parecer sería insignificante al aplicarse a un producto, pero que al acumularse representaría un diez por ciento de ganancia. Decidió comenzar de inmediato con su nuevo plan y cuando puso un pie en la ciudad de Jebus, entró al mercado, sacó su mercancía y empezó a vender sus productos con el valor adicional. Cuando los curiosos le preguntaban por qué sus mercancías costaban un poco más, el astuto mercader, inventaba historias sobre los elementos empleados en la elaboración de las telas, o la limpieza con que eran producidas todas las especias, o el origen sano de sus frutos, los cuales eran, decía el avaro mercader, el resultado de un cultivo esmerado y cuidadoso. Para que sus palabras no se vieran afectadas por algún producto estropeado o con mal aspecto, el negociante limpiaba con aceite los dátiles, quitaba las arrugas de las telas y filtraba el aceite para que no mostrara impurezas.

 Al principio tuvo algunas dificultades con otros comerciantes que estaban acostumbrados a vender al mismo precio que sus competidores, respetando un pacto moral de acuerdo voluntario y mutuo. Husai, que era astuto y tenía mucho sentido común, decidió que debía vender más caro y hacer más rutas para que la gente notara más su presencia y lo juzgara más por su calidad que por su alto precio en las mercancías. Tuvo mucho éxito y, al año de empezar su estrategia de ventas, ya era conocido como un vendedor que no solo garantizaba lo que vendía, sino que la ofrecía con mejor aspecto. Guardaba con recelo sus secretos comerciales. Se obligó a cambiar su áspero carácter y se hizo más comunicativo, cubrió con hipocresía su desprecio por los pobres, se buscó una sonrisa limpia y reluciente para relacionarse con los demás, y fue adoptando un léxico cordial y muy persuasivo.

Una noche pensó que sus hermanos le podrían ayudar a amasar una fortuna mayor y constituir un clan comercial que eliminaría a la competencia. Así que los llamó y les describió con lujo de detalles lo que tendrían que hacer, un poco después, les mandó hacer las más elegantes prendas de lana, los mejores turbantes y les recomendó que lucieran joyas para mostrarle a los demás el estatus privilegiado al que pertenecían. La fusión fue exitosa y en el plazo de un año lograron la prosperidad deseada.
El mismo día que se anunció la muerte de Tolá, Husai estaba repartiendo sus beneficios con sus hermanos Farés, Lamec y Simei, este último muy pronto había revelado su aptitud para el comercio y era el más exitoso de los cuatro hermanos. Husai les propuso a sus consanguíneos  reunir una gran suma de dinero y llevársela a la familia del difunto Tolá.

Una vez celebrado el sepelio, la influyente familia de Husai propuso que fuera el israelita Yair, originario de Jabes Galaad, una región próspera y comercial de la región de Gad, el nuevo juez del pueblo de Israel, los argumentos que plantearon fueron tan contundentes que nadie se opuso a que Yair fuera el nuevo mediador en los asuntos del pueblo.

Gracias a sus influencias, los hermanos de Husai, se asociaron con los treinta hijos de Yair y crearon sociedades comerciales que imperaron económicamente desde Simeón y Moab, hasta Aser, Neftali y Manases Oriental. El sistema de cooperación de los grupos de comerciantes de las treinta mulas y la familia de los hermanos de Siquén, implantó una serie de condiciones de pago de impuestos que les procuró la riqueza en un período muy breve, así que la prosperidad y la buena gestión convirtió a la tierra prometida en un paraíso.

Pasados veinte años de gobierno, murió Yair y, de la misma forma en que se había honrado a Tolá, se hizo un acto de beneficencia para recordar la memoria de Yair. Poco después fueron muriendo los hermanos magnates. Primero Husai, luego, Farés y Lamec y, por último, Simei que se había preocupado de que sus hijos aprendieran a administrar el dinero, pero descuidó fomentarles el respeto al Señor, nuestro creador. En cuanto desapareció Simei, sus hijos se dedicaron a fomentar la degradación moral y física. Agabo, el más capaz y más atractivo de todos, era el más diestro en cuestiones administrativas dada su avaricia, de tal modo que implantaba impuestos y leyes de recaudación para su beneficio.

Con el dominio total de la economía y el poder, Agabo, comenzó a festejar sus éxitos empresariales y legislativos en reuniones con sus colegas. Organizaba orgías y bacanales donde abundaba el sexo y la comida. Sucedió un día que por beber demasiado sintió un afecto especial por el hijo de uno de sus socios y perdió el control relacionándose sexualmente con él. Para justificar su relación con el joven Asaf, que era débil físicamente, además de mojigato, publicó una ley que permitía la unión entre miembros del mismo sexo. Agabo y Asaf sentían mucha atracción por los menores de edad, así que siempre estaban rodeados de jóvenes y adolescentes. Una ocasión, llegó enfurecido Baruc, padre de Asaf, para reprocharle el abuso que hacía el influyente Agabo de su primogénito, como toda respuesta obtuvo una disculpa con la promesa de remediar el mal cortando todo tipo de relaciones con el débil muchacho. Sin embargo, dos días después unos mercenarios degollaron en un campo desolado a Baruc.

Agabo mandó construir una gran casa con amplios patios, doncellas y sirvientes y designó un gran salón para hacer ritos religiosos en memoria del dios Baal. Cada viernes se llevaban a cabo orgías en las que se consumían estupefacientes, vino y comida elaborada por los mejores cocineros. Dentro de los festejos había un rito llamado El Dámaris o, la novilla mansa, en la que los participantes del mismo sexo compartían sus emociones y sentimientos con jóvenes y niños. Las prácticas se extendieron por toda la región y se empezó a pregonar una nueva ideología para que los disidentes e inconformes se anexaran al nuevo tipo de vida. Para amedrentar a los inconformes se empezó por condenar a las personas que criticaran la conducta de los nuevos amantes iniciados de la hermandad de Dámaris, la cual se convirtió en la secta más poderosa de la región gracias al dominio comercial y el endeudamiento de los hombres de negocios que trabajaban  al menudeo. El control se estableció con la ayuda de una organización militar secreta y cárceles que se ocupaban de eliminar en poco tiempo a los insurrectos que se alzaban en contra del régimen de Agabo.

Las ciudades crecieron, el comercio prosperó y los habitantes se volvieron más pasivos y tolerantes, cuidaban mucho de su seguridad y no escatimaban en invertir recursos para comprar el bienestar y la tranquilidad. Por desgracia, la conducta irresponsable de muchas personas ocasionó que aparecieran enfermedades mortales para las cuales no había remedio. Los médicos más capaces se resignaban y lo único que hacían era recomendarle a la población que asistiera a los templos de los dioses de su predilección y llevaran ofrendas a los altares para implorar el perdón divino. La actitud de la gente era la de tratar de gozar al máximo la vida antes de que se viera afectada por algún mal que les privara del placer, de tal modo, que la gente ingería sustancias que los hacían olvidar su amargo destino en caso de contagiarse. El sexo se usaba como método de escape y había prostitución infantil, tráfico humano y venta ilegal de armas. 

Los filisteos, marineros rapaces, que habían esperado con mucha paciencia la caída del imperio de Agabo, comenzaron a introducir a bajo precio plantas alucinógenas de alta calidad y muy baratas, además armas resistentes para cuidarse de cualquier ataque imprevisto. En poco tiempo dominaron económicamente la región propagando una filosofía de la violencia y el asesinato secreto. Agabo les pidió ayuda a todos los dioses para que lo libraran del mal, pero no obtuvo el mínimo auxilio por su parte. No le quedó más remedio que recordar las palabras de su padre que antes de morir le dijo que si no quería terminar sus últimos días pobre, enfermo y sin esperanza, se dirigiera al Dios único y verdadero, que fue, ha sido y será por los siglos de los siglos.

 Con un grupo de soldados, Agabo se dirigió a la montaña de Efraín para pedirle ayuda al Señor. Llegó a mediodía, hacía un calor infernal, ni siquiera se levantaba el polvo al arrastrar lo pies, parecía que hasta el viento se había esfumado del lugar. Muy agobiado, Agabo, subió a buscar la palmera de Débora, pero no tenía la más mínima idea de dónde se encontraría, decidió subir hasta la cima y dirigirse directamente a Dios.
-Oh, Señor, tú que eres el creador de la vida, manda sosiego sobre nuestra tierra. Ayúdame a liberarme de los males que nos causan los filisteos y su conducta maléfica, asesina y pervertida.

Esperó, pero no hubo respuesta. El silencio era escalofriante, parecía que el ruido había desaparecido de la faz de la tierra. El temor se apoderó de Agabo y su cuerpo se quedó estático en el mismo lugar en el que estaba parado. Perdió la noción del tiempo. Pasaron muchas horas y mentalmente imploró la ayuda del señor, rezando. Cuando sus piernas ya no pudieron resistir su peso, se desplomó chocando contra la ardiente arena.

-Levántate, -dijo una voz poco cordial. Con mucho esfuerzo Agabo se puso en pie y vio a un hombre joven con rostro lúcido.

-¿Quién eres?

-Soy un enviado de Dios.

-Entonces, ¿Está dispuesto a ayudarme? ¿Cuándo lo hará?

-Lo siento mucho, pero el creador me ha dicho que como todo tu pueblo lo ha olvidado y se ha hecho culto a todos los dioses paganos, ordena que vayas a pedirle ayuda a ellos.

-¿Pero, no acaso, él me dio libre albedrio? ¿Para qué me dio esa facultad?

-El señor dice que te dio la oportunidad de conocer el bien y el mal, te dio libre albedrio para que pudieras decidir lo más conveniente para el hombre y lo más propio para dios, pero qué hiciste. Elevaste el dinero al nivel divino, pregonaste que la ciencia y el conocimiento son más efectivos que cualquier acto de tu creador, además malversaste el concepto de amor para desbordar tus bajas pasiones. Llevas una vida que viola los designios divinos y las órdenes de quien te dio la vida. ¿Qué has hecho en beneficio de tus hermanos y tu prójimo? Te has dejado arrastrar por la avaricia, la gula, la soberbia y la perversión. ¿Qué quieres ahora?

-¡Estoy dispuesto a cambiar! ¡Haré lo que me pida Dios! ¡Lo que me pida! Mi gente se muere de enfermedades incurables, no tenemos esperanza, vamos a desaparecer. No quedará ningún habitante de Israel con vida. Ya somos los esclavos de los filisteos y pronto sucumbiremos de hambre o enfermedad. Dile al Señor que sea misericordioso con nosotros, no puede dejarnos sin su apoyo. ¿Quiere acaso que volvamos a la condición de esclavos que teníamos en tiempos de Egipto?

- Lo siento mucho. Yo sólo soy portador del mensaje. Te lo repito otra vez. El señor ordena que les pidas a tus dioses la ayuda que necesitas, él no intervendrá por tu pueblo. Sálvalos tú, si es que puedes.

-Dile  al señor que está siendo injusto y que su compromiso es rescatarnos, ya que de no ampararnos, pereceremos a merced de nuestros enemigos que nos explotan y nos engañan.

-Ya te lo ha dicho nuestro creador, ve y pídele a tus dioses. A ver si el dinero, el comercio corrupto y las armas te dan la felicidad.

Agabo volvió a su tierra acompañado por sus soldados. Tenía la cabeza revuelta y lo consumían la ira y la desesperación. Al llegar a su casa citó a todos sus consejeros, ministros, pensadores y científicos.

-Queridos compañeros, los dioses nos han negado su ayuda, por lo tanto, os pido que a partir de hoy declaremos la guerra a los filisteos y emprendamos el camino a la liberación. No tenemos la fuerza que acompañó a nuestros antepasados, pero contamos con la astucia. Tengo un plan que creo será infalible. En primer lugar, es necesario que los médicos se dediquen día y noche a la investigación, el dinero que se necesite lo proporcionará mi gobierno. En segundo lugar, denle al pueblo todas las garantías democráticas para que puedan sentir que su sociedad es una familia unida. En tercer lugar, empiecen a fabricar armas para poder levantarnos en el momento preciso, los generales deben empezar a crear un plan militar de sabotaje que emplearemos pronto. En cuarto lugar, y último, los pensadores deberán analizar las costumbres de los filisteos y descubrir los puntos más débiles de su cultura para poderlos manipular. En cuanto tengamos los resultados requeridos haremos la rebelión y conquistaremos de nuevo nuestra tierra. Si Dios, también se ha negado a ayudarnos, vamos a demostrarle que el hombre es superior a él.

Un médico, que contaba con la máxima autoridad en materia de salubridad,  le preguntó a Agabo si podía obtener los recursos financieros para mantener un equipo de cincuenta médicos calificados. La respuesta que recibió fue la de un pequeño baúl con objetos valiosos.

-No escatimaré nada, lo oyen. Pidan lo que pidan siempre tendré el dinero para ustedes. Vayan directamente a ver a mis tesoreros y demándenles lo que consideren que haga falta. Quiero ver resultados lo antes posible. Suerte señores ¡No me fallen!

Las palabras de Agabo fueron tan convincentes que a los pocos meses de haber empezado con el plan, los médicos descubrieron muchas formas de curar las enfermedades más contagiosas, los dirigentes de cada barrio le dieron facilidades a sus ciudadanos para que ampliaran sus casas y los créditos no les fueran negados por ninguna razón, los filósofos le entregaban a Agabo informes de la sociedad filistea que se caracterizaba por invadir regiones más débiles y dominarlas, celebrar sus fiestas y atacar en días de asueto. Sólo dos filósofos avisaban a Agabo de que la gente, en especial los hombres, estaban perdiendo sus características de guerreros porque preferían la paz y se preocupaban de la seguridad tanto física como económica, negándose a las prácticas militares. Un ejército de hombres afeminados no podrá imponerse a los filisteos que son más decididos y valientes, no se diga en fortaleza. Agabo fue de nuevo a la montaña de Efraín.

-Señor, si me escuchas envíame un mensaje.

-¿Qué quieres esta vez?- Exclamo el mismo hombre que se había aparecido la vez anterior.

-Quiero que Dios sepa que le agradezco que me haya dado el sentido común, el libre albedrio y el bien y el mal para desarrollar mi razonamiento. Gracias a esos regalos he podido lograr adelantos en la medicina, he podido controlar la economía y he humanizado a la sociedad, pero hay una pequeña complicación. Necesito hombres valientes que puedan enfrentar a los filisteos. Lo que pasa, es que los varones han perdido fuerza, las mujeres se unen unas con otras, ya no se ve al género masculino como el fundamental procreador, el dirigente de una familia. Todos adoptan niños nacidos en otros sitios, en poblaciones muy alejadas a nuestra tierra. Se va a perder la pureza de la raza de los hijos de Abraham.
El hombre se sentó en una roca y a la sombra de un olivo comenzó, con voz estridente, a transmitir las palabras del señor.

-Dios dice que enarbolaste los valores económicos para evaluar a las personas, dejaste que la gente se depravara y se uniera en pecado y transmitiera falsos conceptos del amor, a parte de las infecciones provocadas por el pecado. No hiciste caso de los escritos de los sabios de Israel, habéis violado los mandamientos, os habéis dejado asaltar por los pecados capitales. Hagáis lo que hagáis, digáis lo que digáis, no podréis enderezar el curso de vuestro destino. Olvidadme para siempre y tú, prepárate a morir. En verdad te digo que cuando empieces a reclutar soldados para enfrentar a los filisteos nadie querrá ir a enfrentarlos. Toda tu gente estará más preocupada por su seguridad personal que por la del colectivo, no tenéis la más mínima idea de lo que es el amor al prójimo y el amor a mí. Te asesinarán porque te has convertido en la peor amenaza. Vete y prepara tu sepelio.

Agabo confiado en que no se cumplirían las profecías del señor empezó a emitir decretos que obligaban a los ciudadanos a tomar un curso de entrenamiento militar, cada vez se agredía con mayor violencia, a los individuos que se negaban a enrolarse en el ejército. Un día, varios hombres influyentes temiendo que sus hijos fueran incorporados a los batallones ya formados, cosa que no podrían evitar a pesar de sus influencias, decidieron contratar a unos asesinos a sueldo. Organizaron una reunión de su consejo, llamaron a Agabo para que sirviera de moderador y juez y, en cuanto el dirigente llegó, le asestaron una lluvia de puñales que lo convirtió en picadillo.



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