miércoles, 18 de noviembre de 2020

El castigo de un crimen

Jack se quedó viendo las olas del mar. Levantó la cabeza para mirar la lejanía del horizonte y no puso atención en las gaviotas que revoloteaban disputándose unos peces o comida abandonada por los turistas. Estaba muy concentrado. Repasó detenidamente todo lo que había hecho hasta ese momento. Su plan había sido todo un éxito y ahora ya podía respirar más tranquilo. No, no, de ninguna manera eso significaba que se relajaría y se entregaría a la vida que siempre había deseado, más bien empezaría a surcar la nueva ruta de su existencia con pies de plomo, pero sin la enorme carga de Helen. Respiró profundamente y formó su rompecabezas colocando las piezas de su coartada. Lo había hecho muchas veces y todo se había amoldado a su deseo. Ni siquiera los pocos imprevistos le habían obligado a disminuir o aumentar las piezas, el mecanismo era perfecto. Todo encajaba en su sitio. Hinchó el pecho y exhaló con fuerza, como si quisiera que su soplido alejara su pasado para siempre. En unas cuantas semanas, se dijo a sí mismo, podré vivir mi día a día con toda libertad y haré lo que se me pegue la gana. Una cosa sí que recordaré siempre. Jamás volveré a encandilarme con ninguna mujer. Las conquistaré, pasaré el rato con ellas y las despacharé antes de que se me monten del cuello. Para Helen habría sido mejor entenderlo, pero se aferró a sus principios. ¿Y de qué le sirvió? Ahora está allí lejos, muy lejos de mí y de mi vida. ¡Gracias a dios! ¡Qué en paz descanse!

Se fue tranquilo caminando como un adolescente que ha encontrado alguna motivación en la vida, con ese andar saltarín característico de la juventud. Se subió a su coche y se fue bordeando la costa. Llegó a su casa en quince minutos. La vistosa construcción por la que había pagado bastante dinero era muy moderna. Se había elevado el precio en esa zona y no pudo renunciar al contrato que había firmado. Merecía la pena estar en esa parte de la ciudad. Era tranquila. Los vecinos eran muy cordiales y estaban tan ocupados que se veían pocas veces. Entró y se dirigió al baño. El calor le había dejado el cuerpo con una capa salada. Se sirvió un poco de vino y puso música clásica. No le gustaban las óperas completas, pero le fascinaban las arias. Escuchaba sin parar La Casta Diva, La reina de la noche, Nessun Dorma, Brindisi y Nabuco, entre otras. Les decía a sus empleados que se le ponía la carne de gallina al escuchar esas voces que llegaban hasta lo más profundo de su corazón. Sus conocidos lo tenían por un vanidoso impertinente que trataba de ocultar sus defectos e incapacidad para comunicarse con la gente mostrando una máscara de falsa elegancia. No tenía muchos enemigos, pero sus más allegados conocidos le hablaban por alguna necesidad. Tenía talento para los negocios, pero le faltaba mucha inteligencia emocional. Había quien pensaba que era un reptil porque no se inmutaba ante el sufrimiento humano. Podía despedir a sus empleados sin ni siquiera escuchar sus ruegos y disculpas. En esos momentos permanecía como una estatua, pero su apariencia era la de un ser inmensamente despreciable. Trabajaba bastante y se encerraba en su estudio por muchas horas. Salía poseído por una idea exitosa para manejar las finanzas y hasta que no lograba su objetivo no se detenía. Al término de su explosión de adrenalina quedaba flácido, sin fuerzas y con la impetuosa necesidad de aislarse.

Pasaron los días y Jack se fue acostumbrando a su nueva situación. Trabajaba más y se sentía liberado del grillete que lo había mantenido preso e imposibilitado por algunos años. Disfrutaba más las comidas y se permitía los platillos más predilectos. Comía caviar y tomaba champagne caro. Los fines de semana se iba a sitios de prestigio en los que se respetaba la privacidad de los clientes y se desbordaba en los cuerpos de preciosas mujeres que solo se podían permitir tipos con bastante dinero. Le gustaba en especial una mujer joven de origen ucraniano. Era todo lo contrario de su esposa Helen y con ella podía conversar a sus anchas. Era asombroso como esa joven conjuntaba cualidades tan opuestas. La belleza y una muy envidiable inteligencia. Podía hablar de literatura, arte y política sin problema. Usaba un léxico especializado y Jack la oía una hora entera sin contradecirla después de que hacían el amor. Quizás había cometido su pecado para unirse a ella. La idea le llegó exactamente ese día que volvió de la playa. Libre del yugo podía adquirir a una modelo para que le hiciera compañía. Podría cubrir todos los gastos y cuando se hartara de ella, la podría devolver sin compromiso alguno. Habló con la matrona que se lo comunicó a los representantes de la organización delictiva que dominaba en la ciudad la trata de blancas. Costó bastante, pero era el primer capricho que se daba en su nueva condición de viudo. Le puso un departamento y comenzó a visitarla dos veces por semana.

Las cosas iban bien y en su calendario de registros había un retraso. Había calculado que después de un mes debería empezar activamente la búsqueda de su esposa. El terremoto había sido muy fuerte y no había réplicas. Por lo regular, su mujer se desaparecía unas semanas cuando tenían desavenencias en la casa. Jack al principio le rogaba que no se fuera y que recapacitara, pero como los enfados se repetían con regularidad, Jack decidió dejarla ir y esperar su regreso sin molestarla ni apresurarla para que volviera. Era precisamente esa situación la que le había permitido llevar a cabo su plan. Siguió con su rutina habitual, pero no bajó en ningún momento la guardia. Hizo bien porque de haber estado desprevenido el día de la aparición del inspector Ernest King en su oficina, no habría podido responder a las preguntas.

—¿Es usted el señor Jack Silveti? —le preguntó el detective.

—Sí ¿dígame en qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes. Soy el investigador privado Ernest King y me gustaría hacerle unas preguntas.

—Sí, inspector. Dígame ¿qué se le ofrece?

—Es sobre su esposa Helen. ¿Hace cuánto que no la ve?

—Pues, casi un mes o algo así.

—Y ¿no le preocupa?

—No. Claro que no. ¿Por qué tendría que preocuparme?

—Pues, es que ha desaparecido misteriosamente y nadie sabe qué le sucedió.

—Eso es extraño señor inspector porque yo la hacía en casa de mi suegra.

—Lamento informarle que fue precisamente la señora Margaret quien me ha enviado a buscarla.

—Eso es muy raro porque Helen tenía la costumbre de irse a ver a su madre cuando nos enfadábamos y como yo rompí relaciones con esa familia hace tiempo, lo único que hacía era esperar a que se le pasara el berrinche a mi mujer y volviera a la casa como si nada hubiera pasado. He de confesarle que vivíamos como extraños.

—Y ¿por qué no se divorciaron?

—Por ella, señor inspector. Se lo propuse muchas veces, pero Helen me reprochaba haberle estropeado la vida y se empeñaba en permanecer en la casa para recordármelo. Sé que eso suena muy infantil y que las personas adultas no hacen eso, pero ya ve, nadie se salva de cometer estupideces.

—En eso tiene razón. Bueno, perdone la molestia. Le dejo mi número de teléfono por si ella vuelve. Que tenga un buen día, señor Silveti.

—Lo mismo le deseo, inspector.

El inspector salió del edificio. Pensó que se enfrentaría a un tipo calculador y frío. “Ese cabrón sabe que, si no encontramos el cuerpo de Helen, no tendremos manera de atraparlo”. Siguió detrás de sus ideas como si fueran el hilo de Ariadna que lo sacaría del laberinto en el que se encontraba. Sabía que, en efecto, Jack había dicho la verdad, sin embargo, había todo un mes en el que nadie había visto a la mujer. Era muy posible que hubiera muerto el día que se disponía a ir a casa de su madre. Antes de entablar conversación con Jack, King le había preguntado al personal sobre los hábitos de su jefe. Supo que las riñas con su mujer eran frecuentes, que él no les daba importancia y se dedicaba a su trabajo. Había ocasiones en las que, incluso, dormía en la oficina. También hacía viajes o se desconectaba del mundo los fines de semana. Ernest comenzó a hacerse preguntas sobre el carácter de un tipo así. ¿Qué lo había llevado a casarse con Helen? ¿Por qué habían empezado sus riñas? ¿Qué hacía para desahogar su odio contra la mujer que tenía en su casa y no le servía ni de amante ni concubina ni prostituta ni nada? Era evidente que había planeado su desaparición. Empezó a rondar la casa y la oficina. Pronto encontró el departamento en el que se reunía con su amante.

Ella le contó toda la verdad. Se habían conocido en un burdel de lujo. Lilia se había liberado del yugo de sus extorsionadores gracias a un pago en efectivo que había realizado el ejecutivo. Le había puesto el departamento y se encontraban dos veces por semana. Él le depositaba dinero en su tarjeta y ella vivía sin llamar mucho la atención. No podía decir que Jack era el hombre con el que a ella le habría gustado pasar el resto de su vida, pero estaba en deuda con él y las cosas iban bien. Ella lo complacía y él le brindaba seguridad. Tenían poco tiempo de estar juntos, pero su relación había empezado hacía un año y medio. En ese período ella solo se había enterado de la existencia de Helen, pero ni siquiera sabía cuál era su aspecto. “Él nunca habla de ella señor inspector. No se queja de ella ni me dice si la quiere o no. Además, a mí su vida personal no me interesa. Lo que sé de él es suficiente para mí”. Estaba claro que el maldito Jack era un cofre cerrado con llave. Un ejecutivo talentoso, excelente en los negocios, repelente a cualquier contacto fraternal y audaz. La partida iba a ser muy dura. Jack había empezado con una tirada inocente, pero detrás de ella estaba todo bien organizado. Tendría que ser muy paciente y analizar con calma cada una de las posibilidades de sus hipótesis. Había por el momento un posible móvil. Jack detestaba a su mujer y la engañaba visitando un burdel. Se había enamorado de Lilia y la había apartado para su propio gusto. Helen era un obstáculo, a pesar de que Jack aseguraba que entre ella y él ya no había nada. Tenía que investigar todo sobre su relación.

No tardó mucho en saber que el matrimonio había sido por interés. Helen era ambiciosa y sabía que su futuro marido le daría el estatus que deseaba. Su condición no era de pobre, ni siquiera clasemediera, pero Jack se desenvolvía en terrenos para ella inalcanzables, fue por eso que mostró interés y pasión al principio, pero después de la boda las cosas se fueron enfriando. Helen sabía que tenía asegurado su futuro y el divorcio sería muy bien compensado. Jack rompió muy pronto la relación con sus nuevos parientes. Le parecieron demasiado tontos e insensatos. Sobre todo, la madre, Margaret, que era demasiado caprichosa y mal educada. Paul le pareció un viejo sometido a la voluntad de su arpía mujer. Había otra cosa que despertaba el optimismo, pues se enteró de que Helen tenía un amante con quien tenía sus encuentros amorosos. Eso significaba que lo que había dicho Jack sobre las visitas de su mujer a la casa de su suegra eran una vil mentira y él lo sabía, pero había fingido ignorancia para mejorar su situación y no parecer sospechoso. El encuentro con Salvador, así se llamaba el latín lover de Helen fue poco productivo. El mulato de origen cubano le confesó que él solo le proporcionaba placer a la gélida Helen. No hablaba mucho de su vida personal y prefería que su amigo le contara cosas sobre su preciosa isla. El día que Helen había desaparecido tenían cita, pero ella no llegó. No era la primera vez. En ocasiones tenía la amabilidad de llamar y disculparse por el inconveniente, pero por lo regular no lo hacía y le compensaba con jugosas gratificaciones sus faltas. No se había preocupado en absoluto por su ausencia porque tenía otras clientas y no prescindía de la ricachona Helen. “Sabía que algún día se hartaría un poco de mí y se alejaría, inspector, por eso ni siquiera sospeché nada de su ausencia. Pensé que estaría dándose tiempo para echarme de menos un poco y volver”. Ernest comprendió la situación y supuso que Helen quería evitar problemas, por eso evitaba relacionarse con alguien que la pudiera comprometer en público.

Jack se acostumbró a su nueva vida. Tenía un aspecto más tranquilo y relajado. Ya no parecía un lobo en busca de su presa y pasaba más tiempo en la cancha de tenis, en la sauna y con su amante. Se había informado sobre el inspector. Le sorprendió mucho que se hubiera retirado tan pronto del departamento de policía para trabajar por su cuenta. Lo estudió con mucho cuidado y al reconstruir su personalidad comprendió que los unían muchas cosas. Tenían un carácter muy similar y eran buenos estrategas. “Un contrincante a la altura, ¿eh? —se dijo alegre mirándose al espejo —Enhorabuena señora Margaret”. El fin de semana fue muy tranquilo y dejó a Lilia con la promesa de llevarla a dar una vuelta por la playa.   

Ernest King descubrió que Jack era propietario de un hermoso yate. No era muy grande, pero era una buena embarcación. Ya tenía todo el cuadro del crimen ante sus ojos. Jack había sorprendido a su esposa cuando iba a visitar a Salvador. Le dijo que podrían llegar a un acuerdo. La convenció de subir a la embarcación y en medio del mar la mató y se la tiró a los tiburones. Sin cadáver no hay delito—genial señor Jack lo ha hecho como está escrito en los manuales—. No obstante, debería saber que si hay testigos y encontramos el arma o alguna circunstancia que nos lleve a desenredar este acertijo, usted irá a la cárcel. Deme tiempo y ya lo verá.

Ernest llegó al embarcadero cuando Jack estaba preparándose para zarpar. Con él estaba Lilia que lo saludó con amabilidad. Jack supo de inmediato que el inspector ya había fisgoneado en su vida amorosa y que sospechaba que él había tirado a su mujer en el mar.

—¿Qué lo trae por aquí inspector?

—Buenos días, Jack, No quisiera estropearle el día. Veo que está a punto de dar un agradable paseo con su amiga y no me gustaría robarle mucho tiempo. Le voy a pedir que me deje ver su yate. ¿Me permite?

—Oh, no se preocupe. Si quiere puede unirse a nosotros. Queríamos dar solo una vuelta.

—No, muchas gracias solo deseo echar un vistazo en el interior. ¿Sabe? Siempre soñé con tener uno, pero mi carrera de policía y mi sueldo jamás me lo permitieron.

—Bueno, pero ahora que lleva asuntos tan importantes, seguro que pronto estará en condiciones de adquirir uno.

—¡Que más quisiera! Lo malo es que no sé nada de navegación.

—Bueno, venga aquí y mire lo que quiera.

Ernest subió con cuidado y pidió permiso para entrar a la escotilla. Era amplia y estaba decorada con buen gusto. Tenía un diván, una estantería y una cocina muy práctica. Ernest se interesó por el mobiliario, las ventanas y las normas de seguridad. Comprobó que hubiera extintor y algunas herramientas. Cuando vio que había un hacha preguntó por su uso y si no había sido ese objeto con el que le habían dado muerte a Helen.

—Me ofende usted, inspector, puede llevársela y buscar mis huellas si lo desea. Faltaría más.

—Perdone si eso le ha ofendido, Jack. Uno como inspector se ve en situaciones muy desagradables. No, no hace falta que me la dé. Bueno, creo que le he importunado innecesariamente, así que lo mejor que puedo hacer es retirarme y desearle un buen día. Hasta pronto y que tenga un buen paseo. 

El inspector se alejó. Pronto se puso en marcha “La Sirena” y se fue alejando con un ruido suave. Ernest hizo un recuento de las cosas que había visto. Se imaginó el asesinato y decidió que no era nada plausible y que faltaban cabos por atar. No excluía la posibilidad de que Helen hubiera muerto en tierra y se encontrara en otro sitio. Tenía que reconstruir el caso por otra ruta.

Jack volvió de su paseo feliz. Sabía a ciencia cierta que estaba fuera de peligro. Estaba tan emocionado que se pasó dos días en la cama de Lilia. La sacó a pasear y le hizo regalos caros. Luego se dedicó a sus cosas y llevó un tren de vida muy activo. Había recibido un fuerte impulso para seguir con sus planes. La única molestia que tuvo que afrontar fue una acusación de su suegra. Fue citado a juicio, pero alcanzó fianza y lo dejaron en libertad con la condición de que no abandonara el país en un año. Estaba por terminarse el plazo. Jack ya tenía elegido su lugar de residencia. Se iría a una isla del caribe y pasaría allí unos años. Ya había elegido una casa y sabía qué tipo de negocios podría manejar desde su paradisiaco hogar. Lilia ya no estaba con él y sus jefes le habían permitido irse.

 Una mañana de domingo pareció una noticia en el diario. Habían hallado un cadáver en alto grado de descomposición. Se encontraba enterrado entre unas rocas en la costa a una distancia considerable del embarcadero. Lo había descubierto el perro de un pescador. No se sabía a quien pertenecía el cuerpo y se había comenzado la investigación. Jack y Ernest estaban en sitios muy distintos, pero leyeron la información al mismo tiempo. Comenzó una carrera a contra reloj. Jack calculó los días que se tardarían las pesquisas y decidió que podría con facilidad esconderse. Ernest hizo un calculó con la cabeza más fría y dejó que su presa emprendiera la marcha. La cacería había comenzado.

 

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