martes, 1 de agosto de 2017

El carguero de plátano

Nunca se imaginó que un postre latinoamericano tan simple como una calabaza escarchada sirviera de estación de trasbordo para viajar al pasado. Ignoraba que con ese sabor dulce se habían puesto en marcha los carros llenos de sensaciones amargas y recuerdos agrios, todos ellos arrastrados por la locomotora de las experiencias de sus primeros años de vida. Lo primero que vino en sus sueños fue a un perro, lo escuchó ladrar con claridad. En su idioma natal se dirigió a él diciéndole algo que no entendió muy bien. Llevaba muchos años comunicándose en francés, por eso los chorros lingüísticos que le dio de mamar su verdadera madre se había secado, pero quedaba una pasta de nata plana en forma de queso disecado que lo comenzó a inquietar. Pablito, Pablito, despierta—oyó que le decían en sus sueños—. Soy Claude Fournier, no me llamo Pablo, ¿quién me dice así? Siguió con sus actividades habituales.

Tenía un trabajo bien remunerado y su novia Clare Bouchet estaba haciendo los preparativos para su boda. Claude el fin de semana les comentó su sueño a sus padres. Hubo un minuto de silencio y después la señora Marie se decidió a hacer la confesión. Eres adoptado, hijo. Ya lo sé—respondió reprochando—, me lo han dicho mil veces, pero es que hace unos días tuve un sueño y vi a un perro, pero lo llamé y le dije “Roñoso”, ¿sabéis que significa? Eso es galeux en francés. Puede ser que yo no sepa toda la verdad de mi pasado, pero ¿me lo dirán ustedes? El señor Antoine y la señora Marie enmudecieron porque, en realidad, desconocían la verdad sobre el origen de su hijo adoptivo. Se estremecieron al pensar que tendrían que escarbar una gran fosa en el pasado para descubrir cosas que nunca supieron. Lo peor es que tuvieron que suspender la boda y anunciar que se daría el aviso oportuno cuando todo estuviera listo para celebrar el matrimonio de su hijo.

Siguieron los sueños. Junto con todas las imágenes de una tierra desconocida sonaban palabras, se despertaban ardores, angustias, dolencias y también placeres infantiles, cosquillas inocentes. Claude estaba confundido. Ese levántate, Pablito fue cobrando forma. Era una mujer joven de ojos negrísimos y pelo largo, pobre y muy morena, pero con una sonrisa más dulce que la miel. Vinieron más pistas. Un camión transportando plátanos a otra ciudad, su amigo Lucio saliendo por los aires en una curva de la estrecha carretera en los Andes, experimentó el miedo que le impidió saltar para rescatarlo. Habló con el hombre negro que se lo llevó a Lima y lo dejó en un monasterio de monjas. Luego, un vacío entre los desayunos, rezos y fiestas del convento hasta llegar la partida a Europa. El punto de salida de su historia habían sido siempre los asientos del avión y el emocionante aterrizaje en París, pero ahora había páginas atrás, muy amarillentas y adheridas por la humedad, que no se habían leído en mucho tiempo y poco a poco las letritas negras del pasado obtenían significado. Ya no eran algo abstracto, los paseos oníricos habían ido acomodando su historia como un rompecabezas. Había salido con su amigo Lucio a robarse unos plátanos, se había dormido en el camión, su amigo se había caído en una curva, él había llorado hasta secar las lágrimas; se había resignado a la vida del claustro de las hermanas de la caridad; y se lo habían llevado a París. Sentía la necesidad de encontrar su pueblo, supo que estaba ubicado cerca del río Chutano, a un lado de Yurac Yacu

Buscó en los mapas, preguntó en la embajada peruana y le dieron referencias del lugar. Se compró un billete de avión y fue descontándole los kilómetros a su vida. Llegó muy esperanzado al convento de Lima, pero no le dieron mucha información. Supo a qué lugar debería dirigirse. Era una población muy pequeña, su pueblo estaba cerca. Se asombró mucho cuando frente a una pequeña iglesia recordó el camión de color pardo en el que se había montado con su compañerito de travesuras. Fue gracias al ladrido de un cachorro de color marrón que lo miró como reprochándole su descuido de antaño. Era la misma expresión de roñoso, pero dónde estaba el pueblo. Se fue caminando en dirección de la población más cercana, estaba a unos veinte minutos a pie, pero al llegar confirmó lo que le habían dicho antes. Ese pueblo hace mucho que está abandonado, joven—le habían dicho con la mirada baja—, ni se esfuerce en ir. Efectivamente, lo encontró desértico, sin pistas arqueológicas que se pudieran enlazar con su familia. Ni los derrumbados muros de adobe ni las vigas enclenques forradas de paja le pudieron contestar. Interrogó a quien pudo, sin embargo, ni siquiera los más viejos le dieron una referencia verídica. Oyó puras leyendas e historias fantásticas. 

Volvió a París y se casó, fue feliz y tuvo una familia ejemplar. Lo malo fue que sus viajes nocturnos en el ferrocarril de los recuerdos lo martirizaron mucho tiempo. Un día le llegó, como el mensaje que le mandaban a los profetas, el nombre de la señora Alicia Salgado Oliveira y lo comprendió todo. Se subió de nuevo al camión de plátanos, pero está ocasión iba acompañado de otros niños pequeños como él. Había palestinos, chinos, turcos y latinos, entre otros. Tenían la cara sucia, los ojos muy abiertos, el pelo enmarañado y una expresión mezclada de esperanza y desconsuelo. Le resultó muy difícil sostener su mirada sin llorar.

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