jueves, 10 de septiembre de 2020

Encuentros

 


Raúl Martínez se había quedado dormido frente al televisor. Al despertar la voz de su mujer le impidió darse cuenta de que en unos minutos entraría a una dimensión desconocida. “Te dije hace dos horas que fueras por la carne—le dijo desde la cocina María—. ¿Te quedaste dormido otra vez?”. Raúl se limpió la saliva que se le había escurrido, se puso de pie, se estiró un poco, se ajustó los pantalones y revisó si tenía el dinero en el bolsillo. Salió a la calle.  

El día estaba soleado y caminó sin prisa. No puso mucha atención en el trayecto porque había hecho esos mandados miles de veces y sus pies ya caminaban solos, sin embargo, hubo algo que lo hizo tropezar. Era un hombre delgado, de pelo rizado y andar suave que tenía un perfil demasiado conocido. “Es mi nariz— se dijo Raúl— y lleva un candado en la oreja”. Con pasos sigilosos siguió al individuo una media hora y llegó a una casa muy parecida a la suya. Estuvo cinco minutos tratando de distinguir a las personas que allí habitaban, pero no lo logró. Se fue por la carne.

Durmió mal esa noche porque había una idea o, más bien una imagen de sí mismo, vestido como hippy entrando tanto en su casa como en la otra. Se levantó en la madrugada a fumar y al día siguiente, en lugar de ir a trabajar, se fue a montar guardia a la casa del otro. Lo vio salir y en lugar de seguirlo, su curiosidad lo arrastró hasta la puerta para ver a la mujer de su doble. Instintivamente tocó el timbre. No se abrió la puerta y estuvo a punto de irse, pero cuando se dio la vuelta oyó una voz muy familiar. “¿Ahora qué se te ha olvidado, Ricardo?”. Se giró y no pudo creer lo que le mostraban sus ojos. Era su mujer con algunos cambios en el pelo, más delgada, pero con la misma voz. “¿Cuándo te has cambiado de ropa? —le preguntó ella sin entender qué maldita razón tenía Ricardo para ponerse esas prendas—. Bueno, al menos ahora tienes un aspecto decente y te darán algún trabajo. Ya era hora”. Con timidez Raúl entró a la casa. Era como la suya, pero gracias a la mujer todo estaba ordenado y limpio. El mobiliario era más pobre, pero de buen gusto. Se notaba que era ella quien mandaba allí.

Revisó todo y se encerró en la habitación que era casi como la suya. Cuando pensó que ya estaban satisfechas sus dudas, decidió marcharse, pero vio salir a su mujer de la ducha. Olía a melocotones y el aroma lo atrajo. Ella llevaba una toalla que apenas la cubría. Instintivamente, Raúl quiso comprobar que María era igual. Le miró los brazos y no encontró la mancha del hombro izquierdo. Ella mal interpretó la mirada y le dijo que ya se marchara. Raúl salió de prisa, iba muy espantado pensando en las consecuencias de sus actos. En cuanto se entere el otro, pensó, comenzará a buscarme y un buen día aparecerá en el umbral de mi puerta.

Salió a la ventana por la noche, vio la estrella más luminosa del cielo y pensó si sería la misma que veía Ricardo. A la mañana siguiente se dirigió a la casa de su doble, pero al cruzar la calle vio un candado. Esta vez en un estuche de guitarra. Ya no se sorprendió como la primera vez y pensó que Ricardo había cambiado de estilo. Lo siguió hasta su casa, pero esta se ubicaba en otro sitio. Volvió a montar guardia, esperó que el tipo saliera y tocó el timbre. Abrió una María rubia, más salvaje e instintiva. “Sandro, ¿qué te pasa?”—le preguntó y sin esperar la respuesta, luego se puso a fumar yerba con él y terminaron en la cama. Raúl salió con un sentimiento de culpabilidad. Decidió que ya no seguiría a nadie más y le dedicaría el tiempo completo a su trabajo y esposa.

Pronto sintió que había vuelto a la normalidad. Se esmeraba en la oficina y su jefe le subió el sueldo. “Hacía mucho que no trabajabas así, Raúl, hijo, te felicito”. Llegó a su casa. Las luces del comedor estaban apagadas. Tocó la puerta y salió un hombre delgado, llevaba un candado pequeño en la nariz. “!Hola, Raúl! ¿Qué haces aquí? Oye, te has equivocado. Vete a tu casa ya, que María te está esperando con la carne”.

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