Escritura creativa

viernes, 4 de noviembre de 2016

El vengador de la carretera

Al salir de la prolongada curva preparé mi pañoleta, abrí la mochila y saqué mi pistola. Revisé que tuviera el seguro puesto, no llevaba cómplices y estaba en el asiento que daba al pasillo, no muy lejos de la puerta de apear. Ya había observado con atención a los pasajeros y sabía que ninguno de ellos opondría resistencia. El plan ya estaba listo y las posibles complicaciones que pudieran surgir estaban resueltas porque las había evaluado y solucionado como en un juego de ajedrez. Si salía un listillo que quisiera hablarme de moral, lo aplacaría con un cachazo; si me echaba una bronca alguna señora de las que no saben cerrar la boca, le pondría el cañón de la fusca en la cara; y si un niño se ponía a chillar amenazaría a sus padres para que lo callasen.

Eran las nueve de la noche, las luces del salón iban apagadas y muchos dormitaban para evadirse de la cruda realidad. Todos tenían motivos para fugarse de la paupérrima existencia en sus sueños. Siempre actuaba solo porque ya lo dice bien el dicho: “Más vale solo que…”.

 Me levanté y, como estaba cerca de conductor le pedí que encendiera las luces. En cuanto se iluminó el interior di la orden de que nadie se moviera y sacaran las cosas de valor. Mis palabras ni siquiera se oyeron porque las apagó un grito de sorpresa. “¡Es el justiciero! ¡Gracias a Dios que venimos protegidos!”. La gente empezó a aplaudir y recibí las felicitaciones de todos los pasajeros por mis supuestos actos heroicos. Me recordaron que había aplacado a cuatreros y bandidos que tenían aterrorizada la zona. “¿Se acuerda de cómo acribilló a los rateros de la cascada?” —le preguntaba un hombre a una señora que estaba a su lado mientras ella hacía referencia a los encapuchados que habían salido despavoridos nada más verme. Tuve que improvisar y agradeciendo los cumplidos y buenos deseos de la gente bajé del autobús y terminé mi trayecto a pie. Decidí que la próxima vez sería más cauteloso y me taparía la cara cuando comenzara mi asalto.

 Así lo hice. Primero, repasé lo del listillo que pudiera hablarme de la moral para aplacarlo con un cachazo, luego, lo de alguna señora de las que no saben cerrar el pico para ponerle el cañón de la fusca en la boca, después, lo del niño chillón para amenazar a sus padres para que lo callaran y, por último, las ovaciones y alientos de los pasajeros diciéndome que soy “El Justiciero” para callarles la boca a punta de pistoletazos. Entré en el salón del autobús y me senté en el lugar de siempre, esperé a que el camionero llegara hasta el tramo de la curva, saqué la pistola, esta vez sin el seguro, me puse el paliacate alrededor de la boca, esperé a que saliéramos de la curva y me levante, le pedí al conductor que encendiera las luces y gritándole a todos que me dieran sus cosas de valor le apunté a un señor, pero en lugar de espantarse empezó a aplaudir y a gritar que mi voz era inconfundible. “¡Es la voz del justiciero! ¡Gracias al cielo que venimos protegidos!”. La gente empezó a aplaudir de nuevo y recibí muchas felicitaciones. Hablaron de que mi misión era aplacar a los cuatreros y bandidos. Algún despistado preguntó si se acordaban de cómo había acribillado a los rateros de la cascada y un estudiante le preguntó a una señora, que estaba a su lado, si se acordaba de cómo habían salido despavoridos, nada más verme, unos ladrones muy temidos. Tuve que darles las gracias a todos de nuevo por los amables cumplidos. Bajé del autobús y me fui desconsolado. Decidí que la próxima vez, como era la vencida, sería más cauteloso, negaría cuanto me dijeran y les robaría todo lo que llevaran encima.

 La tercera vez, repasé lo del listillo, luego lo de la señora y el cañón de la fusca en su boca, después lo del niño chillón, por último, lo de las ovaciones y reconocimientos de los pasajeros diciéndome que soy “El Justiciero” para callarles la boca a punta de cachazos. Entré en el salón del autobús y me senté en mi sitio, esperé a que el conductor llegara hasta la dichosa curva, saqué la pistola, me puse el paliacate para cubrirme la boca, esperé a que se terminara la prolongada vuelta y, cuando me iba a levantar, un hombre encapuchado sacó una pistola y le pidió al conductor que encendiera las luces. Nos gritó a todos para que le diéramos nuestras pertenencias, le apuntó a una joven, pero ésta en lugar de espantarse empezó a aplaudirle y gritarle que su estilo era inconfundible. “¡Es el justiciero protector! ¡Gracias a todos los ángeles del cielo por protegernos!”. El falso vengador se fue cabizbajo y tuve que seguir el trayecto hasta la central de camiones.

 La última vez que intenté asaltar en un autobús foráneo repasé lo del listillo, lo de la señora, lo de las gentiles palabras y porras, lo de los asaltantes inesperados y me fui a la central camionera. Preparé todo como las veces anteriores, pero cuando ya íbamos saliendo de la curva un hombre con una pañoleta se levantó y pidió que le dieran el dinero. Miré a mi lado y estaba el asaltante de la vez pasada que me miró con curiosidad porque éramos muy parecidos. Yo también me asombré mucho, pero nuestra sorpresa fue mayor cuando comenzaron los gritos de alegría y el asaltante de la pañoleta se descubrió el rostro y se despidió de la gente que le aplaudía.

 Me decepcioné mucho porque descubrí que los pasajeros habían encontrado un método para evitar los robos diciéndole a los ladrones que eran el famoso justiciero vengador, pero lo peor no fue eso, sino que también pude ver que todos los falsos justicieros éramos iguales. Teníamos ropa muy ajada, cara de hambre y un aspecto que daba más lástima que pena.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Buscando a Natalia

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Si esa frase fuera verdad—pensé—, entonces el doble de Natalia Vodiánova debía andar por alguno de los rincones de Rusia. Decir que estaba enamorado de la modelo sería quedarse muy corto, pues en realidad ella era el objeto idolatrado que me motivaba a vivir, aunque estaba representando ya una muerte lenta y segura. Me levantaba todos los días con la idea de encontrar a una mujer con esa cara angelical y habría dado cualquier cosa por poseerla.

 En mi país no hallé ni siquiera su variante oscura, es decir, morena con ojos castaños, por eso empecé a buscar en las páginas de contactos y modelos en Rusia. Aprendí un poco del idioma, compré un billete de avión y me fui a buscarla. Sabía que Natalia se había ido de su casa de Nizhny Novgorod a los diecinueve años. Viajé a esa provincia y anduve buscando en las universidades, en el centro, en cualquier lugar donde hubiera jóvenes modelos, bailarinas o actrices. No resultó. Era lógico porque siempre que se busca algo que se necesita con urgencia, la vida se empeña en hacerlo todo más difícil. He de confesar que recorrí el territorio ex soviético por más de un año y medio y no encontré ninguna mujer que se pareciera a la famosa modelo. Vi muchísimas mujeres, incluso más bellas, pero como mi deseo era encontrar una doble de Vodiánova, no intenté entablar amistad con copias exactas de Kúrnikova, Sharapova y muchas más. Un día se me ocurrió la idea de seguir paso a paso la posible ruta de mezclas raciales que dio origen a una mujer como Natalia.

Por la posición de su ciudad natal debían haber participado en su creación algún eslavo, un tártaro, un nórdico, un mongol y un kazajo. Descarté al último y me centré en los primeros. Busqué mujeres con apellidos característicos de dichas razas, me contacté con todos los Vodiánov del mundo, pero todo fue inútil. Cuando me di por vencido, hice la maleta y me fui a tomar una copa a un club famoso de la ciudad de Moscú. Después de pasar el control de seguridad me dieron una mesa cerca del bar. No me sorprendió ver las copias exactas de Cindy Crawford, Madonna, Jennifer López y Ornella Muti. No podía creer que fuera tan sencillo ver duplicados de muchas famosas y no encontrar la que yo quería. Se debía a los rasgos tan específicos de Natalia—me decía para tranquilizarme—, pero si hubiera deseado en aquel momento la copia de Cameron Díaz, seguro habría aparecido sin chistar. Ya estaba pagando la cuenta, cuando una mujer delgada bajó por una escalera, logre ver su perfil y la curiosidad me impulsó como un resorte hacía ella. Me dio un infarto cuando la vi de frente. Era ella, más bajita, más gordita, pero con la misma cara. Temblando me le acerqué y entablé conversación. No me salían muy bien las palabras y con señas le propuse que se sentara conmigo. Pedí una botella de champagne y ella me ofreció ejecutar un baile erótico en privado. Acepté y después comenzamos a hablar.

Me decepcioné al saber que estaba casada, que tenía hijos y que llevaba una vida de perros, con desvelos, maltratos y abstinencias. Le propuse que se fuera conmigo que dejara todo y que pasara el resto de su vida a mi lado. Dijo que el único impedimento era su marido. Me lo mostró. Estaba allí parado. Era alto, muy gordo y trabajaba como guardia de seguridad. Maldije mi suerte y perdí el control. Estaba obligado a tomar una decisión. Le dije que estaba dispuesto a todo, incluso a morir si era necesario. Aceptó y echamos al esposo, nos casamos. Encontré un trabajo modesto para permanecer con ella.

Al principio nos entendíamos bien, yo no cabía en mi regocijo. Trataba de ser amable y comprensivo, sin embargo, ella mostró su carácter muy pronto. Era muy caprichosa, bastante holgazana e infiel. Al mes de casados, comenzó a salir con otros hombres. Llegaba borracha con flores y regalos y me gritaba cosas que no entendía. Supe entonces que mi decisión no había sido la mejor y toda la ilusión que había tenido se esfumó.

 Hasta el día de hoy sigo tratando de sobrevivir y mantener la relación cediendo a sus deseos y apoyándome en mi sueño perdido, pero creo que pronto claudicaré.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Nuevas posibilidades

“Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Eso no es verdad, tenemos un original y varias copias en diversos lugares”. Ese fue el eslogan con el que cambió el concepto de la vida y el ocio hace más de cincuenta años.

Ya no había que dejarle al azar la búsqueda del otro yo, era tan sencillo desdoblarse que la gente le restó importancia a cosas que en el pasado producían curiosidad y temor. Nadie se preguntaba qué tipo de individuo era su doble, ni qué sensaciones podían sentir en común, ni tampoco las cosas relacionadas con la dualidad.

Así como con la aparición de la cámara fotográfica algunas personas habían temido que se les robara el espíritu, con la aparición del Escáner Estructural de Enlaces Moleculares el EEEM, mucha gente, al principio, pensó que perdería su estructura ósea y neuronal para siempre, sin embargo, se demostró muy pronto que no era así. Cuando el EEEM se presentó por primera vez en la ciudad de Monterrey en México, asistieron las más grandes personalidades de la ciencia y muchos inversionistas interesados en la compra del nuevo aparato que permitía la tele transportación.
Se llamó a un hombre y se le acostó en una cama, se le pasó por encima un escáner y se le pidió que permaneciera echado. En una plataforma redonda apareció la imagen heliográfica del hombre del diván, el cual se encontraba en un centro comercial ubicado en Australia. Se le hicieron unas preguntas sencillas y le pidieron que mostrara algo de lo que tenía enfrente. James, como le llamaba el encargado de la presentación, habló con la gente, se acercó a algunos aparadores y se sentó a tomar un café en un establecimiento muy concurrido. En cuanto pagó su consumición desapareció la imagen proyectada y el presentador se fue directamente al sitio donde se encontraba el hombre recostado.

 —Hola, James, díganos, por favor, ¿qué ha sentido?

 —Pues, ha sido impresionante, he hablado con algunas personas, australianas, me parece, he visto artículos deportivos y he tomado un café en un sitio muy agradable. Todavía tengo el sabor del capuchino en la boca.

 Bien, queridos amigos, han sido testigos de la primera teeele-transportación. Este hombre ha sido escaneado, su estructura molecular ha sido copiada y almacenada en un disco muy potente y los datos se han enviado para reconstruirlo a más de 25 mil kilómetros de aquí. Es decir, que su copia ha paseado por un centro comercial en Sídney, ha recibido algunas sensaciones y se le ha devuelto la estructura de sus células con los cambios experimentados allá, por lo que James nos puede decir qué temperatura, qué sensaciones y qué ideas tuvo en un lugar tan lejano.

—¿Es verdad lo que digo, James?

—Sí, sí. Recuerdo que estaba un poco nervioso al verme en otro sitio, pero luego me interesó mucho lo que había…, creo que si hubiera tenido contacto con algún animal sentiría su pelaje y recordaría sus ladridos o ronroneos.

 —Bien, James. Con esto queda demostrado que es posible encontrarse en dos lugares al mismo tiempo. Imagínense todo lo que se podrá hacer en el futuro. La gente irá a comer a China y volverá para terminar la jornada de trabajo. Ya no esperaremos varias horas para llegar a la playa y podremos dedicarnos a las actividades que nos gusten tales como esquiar, saltar en paracaídas, etc. Se nos abre la posibilidad de vivir cosas jamás imaginadas. Piensen nada más en las personas que han deseado toda su vida ir a un safari y por temor a ser devorados por un león, jamás lo han hecho. Ahora, el riesgo de la muerte está excluido porque en caso de fallecer, muere una masa molecular ajena al individuo. Creo que todos podremos realizar los sueños más increíbles. Muchas gracias por su atención.

 Las empresas más importantes comercializaron el aparato y sólo hubo dificultades cuando aparecieron los primeros hackers, pero se logró crear programas de seguridad muy fiables. Las cosas fueron muy bien y la gente comenzó a llevar vidas paralelas sobre las cuales había soñado. En pocas palabras se podría decir que todos eran felices. Un día surgió un aparato que no sólo escaneaba, sino que desmenuzaba el cuerpo en moléculas, después en átomos y los enviaba en forma de corriente eléctrica a otro sitio para, después, reconstruir el cuerpo descodificado.

Así comenzó la nueva era del desplazamiento humano. Ahora estamos lejos de aquella época y espacio y sabemos que nos espera todo un universo por descubrir.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cántico de paz

Le habría gustado librar esa batalla en otras circunstancias, por un momento se imaginó que tenía enfrente un campo menos escabroso. Habría aceptado con gusto una planicie o un llano. Serían ideales para que el enfrentamiento fuera honesto: hombre a hombre. Pensó en el trayecto que había recorrido hasta ese momento y en lugar de salírsele las lágrimas, vomitó un grito de coraje. Había empezado temprano con el sueño interrumpido y pocas facultades. 
Primero, le tocó correr detrás del carrito de tamales junto a su padre, quien gritaba con voz potente su “Hay tamales” por todo el vecindario mientras pedaleaba enérgico. 

Aprendió a envolver en hojas de periódico los calientes tamalitos que su madre había estado preparando toda la noche. Cuando pudo sumar y restar empezó a cobrar, mientras, el pelo de su progenitor se volvía plateado. Más tarde comprendió el poder del dinero. Es la peor arma que tiene el enemigo. Es un maldito instrumento que divide a la sociedad sin importar la calidad humana. Divide a la gente, compra cualquier cosa e impone su poder sobre los demás. Muchas veces había soñado con ser un niño bien, un pijo, un privilegiado, vestido con sus trajecitos de marinero y su pelo bien recortadito; sin embargo, le había tocado una familia austera, con dignidad sí, pero muy modesta.

 Después vinieron los estudios superiores que terminó como si hubiera corrido la maratón: más muerto que vivo. A este respecto siempre había tenido la sensación de ser un impuntual porque se graduó cuando los sitios ya estaban ocupados y el número de candidatos a los puestos de trabajo era de cien a uno. Por orden de importancia iban los palanqueados, luego los capaces, después los astutos y al final los fracasados, con buenas notas, pero con un origen social bajo. Él, aparte de ser pobre, era también feo y para los buenos puestos se requería gente de ojo verde, con apellidos extranjeros, los nacos eran para barrer. Y ¿de científico? Sí, sí, de científico habría servido, pero qué podía hacer con la ciencia jurídica en un país que no respetaba sus propias leyes. 

La cruda realidad lo volvía a sentar en su banquillo del rincón, con sus orejas de burro, castigado hasta nuevo aviso y ni se le ocurra protestar—le mandaba un dedo índice extranjero— porque nos lo chingamos, ya sabe lo que dijo Francisco de Quevedo: “Poderoso caballero es don dinero”. Es el único que manda—le decían todos en la cara—, como te ven te tratan, pero tú ni vistiéndote de alquiler das el gatazo. Era verdad, pero con orgullo llevaba esa cara morena de guerrero azteca: “Es mi raza, cabrones, ellos ya estaban aquí antes de que llegaran los españoles, franceses e ingleses. Esta es nuestra tierra”. 

 Trató de calcular las posibilidades de triunfo. La mejor estrategia no era ni el ataque ni la defensa. Hacerse el tonto tampoco valía. La única salida era la resignación. Tenemos un batallón de frustrados—pensó— formado por varias compañías de desahuciados, todos somos de infantería y no hay caballería, ni artillería, ni aviación, en una palabra, soldaditos de madera con fusil de palo. ¿El enemigo? ¡Ah! Ese si cuenta con estrategia militar. Los mejores generales están a su servicio, los soldados más capacitados, además los abastecen de información sociólogos, politólogos, economistas, filósofos y científicos. Todos a su servicio por el bienestar de la humanidad. Nos han confrontado dirigiendo desde arriba su plan infalible.

 —América para los americanos — dijo Monroe con la boca de Quincey—. ¿Pero cómo hacerlo?

 —Oh, ser muy fácil—comentó George —. Hay que chingar a ellos, como decir allí. 

—But, ¿cómo hacer eso, George? 

—Yo explicar plan. Ellos vender a nosotros drugs y nosotros comprar mucho, eso es malo. Entonces. Nosotros hacer tratado de comercio. Ellos no tener tecnología, no tener gran producción, no tener equipo industrial. Después, surgir crisis y nosotros prestar dinero con alto interés, ellos aceptar. Luego nosotros abrir mercado en Oriente y chingarlos. Ellos tener pobreza great poverty . Ellos empezar a matar y nosotros ofrecer armas a Gobierno, a mafia vender Underground con businessman. 

—¡Oh! Tú ser muy inteligente, George. Nosotros pedir control sobre los drug salesmen y pedir war on drugs. Así, ellos matar all people. Al darse cuenta de la triste situación se persigna como si fuera a enfrentarse a su contrincante en el round decisivo. 

Ve gente obsesionada con la muerte, poniéndole altares, pero no con cempasúchil, ni frutas y dulces. Fuego, agua, viento y tierra. Nos han cambiado los elementos. El fuego sale de los cañones de pistola, el agua es faraónica como la de Egipto en épocas bíblicas, el viento es gris, pues está contaminado de plomo y la tierra sirve solo para tapar la evidencia de los raptos fallidos, del asalto improvisado, de la traición o la represión. 

Ya no hay personas, sino ánimas del libro de Rulfo o el Popol Vuh, moriremos aquí y no lejos, como tú nos lo dijiste, Pacheco. Pachecos o drogados todos con la ilusión de no tener las batallas en el desierto, sino en urbes monstruosas por lo sangriento, donde los cactus son de metal, las tunas explosivas, los piquetes de abeja con aguijones de plomo y los nahuales errando por el mundo sin encontrarle sentido a la serie de los muertos vivientes.

 Llega al final de la senda y levanta la mirada para saber si hay esperanza, distingue a lo lejos un águila parada en un nopal, está devorando con su fuerte pico a una serpiente ya desescamada. Emprende el vuelo con alas fuertes y se enciende el sol. Le empieza a latir el corazón, sabe que todo terminará pronto. El rescate está a la vuelta de la esquina porque ahora su voz es un cántico que desvela la realidad, el semáforo aún está en rojo, pero las vendas caen de los ojos la gente recobra la vista, alguien recuerda el ensayo sobre la ceguera de Saramago, todos comprenden que un miserable puñado de billetes no vale una vida. “Si es que allá los dibujan y los traen aquí para hacer negocio porque hacen lo que quieren con nosotros, pero se ha despertado un dragón rojo que viene volando acompañado de un águila bicéfala. 

El cambio llegará”. La gente se sale a la calle vestida de blanco en protesta contra la violencia, una viejita da la orden de no comprar nada gabacho. “Que se chinguen los cabrones, compren refresco Pascual, chicharrones, merengues y alegrías ambulantes, frutas y dulces nacionales, sopes, quesadillas y tacos; que chinguen a su madre las hamburguesas y los hot dogs, denme mejor una torta de milanesa con queso”. 

 Hasta la raza delicada tira en las calles sus Ray Ban y ponen cara cordial, las señoras devuelven sus alhajas y se ponen vestidos de percal, la mayoría tira por las alcantarillas su labia altanera y devuelven las sonrisas que deben. Los pétalos de las flores adornan la ciudad y la campana anuncia la misa de la religión de la paz. Quien quiera envenenarnos con violencia y le apetezca matar paisanos como si fueran gatos o perros callejeros que se vaya a los cines y centros comerciales de los artistas del terror del otro lado de la cortina de trampas.

sábado, 29 de octubre de 2016

Falso escape

Se salió de la realidad como si lo hubieran invitado a entrar a un salón donde se cometería un delito en forma de espectáculo histriónico. Al principio no sentía su cuerpo, flotaba en algún lugar dentro de su cabeza y una habitación muy iluminada era el escenario. Las rendijas de una persiana servían de colador para el chorro de luz que venía del exterior. El suelo ardía como una plancha y del horno de la cocina salía una serpentina aromática que le provocaba un cosquilleo en el estómago. La espuma de la cerveza lo refrescó, sintió la espalda sudada.

Recordó las playas de arena fina y los balones de fútbol, girando descarapelados a manera de coles desprendiéndose de sus hojas al rodar. Reparó en la mujer que tenía enfrente, la miró por la espalda. Estaba desnuda y sólo la fina seda de la corta bata lograba ocultar la piel morena de su bien formado cuerpo. El pelo teñido le colgaba como crines de yegua palomina. Sintió apetito por la carne, le acarició el pelo con mano dócil, como si quisiera entrar en confianza antes de domar a un animal que no ha conocido montura. No hubo rechazo, pero el filo de ojo le dio un aviso de alerta. No le puso atención y entró en acción. Acortó la distancia mientras unas voces que llegaban del fondo revotaban por el iluminado espacio que se había hecho esférico. Luego, ya estaba con ella en posición fetal simulando ser una oruga que se mueve con persistencia para romper el capullo que lo apresa y convertirse en un ser alado, ligero y bello. ¡Somos unos magos! —le decían dos niños a su madre que se encontraba muy atareada desenrollándose, liberándose de otro cuerpo que la oprimía y abrazaba como un pulpo a su presa.

El silencio hizo que se bifurcara el tiempo y el espacio. La escena era rara y desconcertante. Un infante sintió arcadas y se zafó de ellas con gritos de incredulidad. Una magnífica idea lo ayudó a salir del paso. “Juguemos al ilusionismo —gritó poniendo a la madre sobre la mesa y mirando a los niños con emoción—, este serrucho lo usaremos para dividirla en dos partes”. ¡¿Ven qué fácil?!” —les dijo con alegría mientras les mostraba el instrumento que no chorreaba ni una gota de sangre—. ¿Quieren probarlo? —preguntó mientras ellos indecisos sonreían aterrados tratando de huir. “!No tengan miedo! ¡Esto es un juego, nada más!!Es magia!”. La niña fue la primera en interesarse por la argucia. Se recostó sobre una tabla y se descubrió la barriga para que el gran ilusionista prosiguiera con el espectáculo. Al niño no le quedó otra salida, enfrentó con inocencia algo que no entendió y cerró los ojos sin pensar. Terminó la sesión. Un giro estrepitoso hizo que las cosas cambiaran de color.

 El sol ya no brillaba, no hacía calor y había desaparecido lo blanco. Era como si una bomba hubiera explotado dentro de la habitación. Había cuerpos desmembrados. Eran reales. Se trataba sólo de un truco—pensó—. No iba en serio. ¿Cómo fue posible hacer tal salvajada? Por la falta de una respuesta convincente escondió la evidencia del fallido truco, pero un hombre abrió la puerta y descubrió lo sucedido. No quedaba más solución que luchar por la conservación del pellejo. Cogió la afilada hoja de carnicero con mango de madera, que ya no era de mentiras, y tocó los redobles de los tambores con la boca tarareando. Repitió la estratagema y ocultó con cautela todas las pruebas que evidenciaban su acción.

 Salió oculto bajo una gorra y la capucha de su sudadera. Corrió, se hizo pasar por un deportista mañanero y desapareció en el horizonte. Cuando llegó a su casa lo esperaba un inspector. Le hicieron preguntas y no supo qué contestar. No podía creer lo que le decían esos hombres. Lo llevaron de nuevo a la carpa. Recordó el juego y lo confesó todo. Lo arrestaron y le sorprendió que no lo entendieran. No tenía el poder de convencimiento para que sus aprehensores comprendieran lo que era el otro lado, ese mundo mágico donde las cosas eran diferentes y se podía lograr lo que en ese extremo de la existencia era imposible. Nadie aceptó sus excusas y explicaciones, lo metieron en una celda y lo condenaron. Ya no quiso saber nada de la realidad, prefirió vivir del otro lado, allí donde jugaba con el domador de leones, alimentaba a las fieras y veía con satisfacción los trucos de Houdini y Copperfield.

martes, 25 de octubre de 2016

Desfile del Día de Muertos

 Macario se vistió y se salió armado hasta los dientes, llevaba su blog de notas nuevo, un par de bolígrafos y su cámara fotográfica colgada al cuello. No quería usar el móvil porque era de esos reporteros callejeros románticos que trabajaba a la antigüita. Había esperado este evento todo el año porque en la celebración anterior le habían robado su cámara de vídeo y había tenido que reconstruir su artículo para su blog, recobrando con mucha dificultad los detalles de la marcha. Aquella vez tuvo que “pedir prestadas” las fotos de la red. Ahora será diferente pensó y sacudió la cabeza para deshacerse de las imágenes de la película del agente cero cero siete, que había visto la noche anterior al desfile. Se puso en marcha con pasos muy seguros y el mentón levantado, fue avanzando por la calle de Reforma que estaba vacía de automovilistas.

 En los gruesos cristales de sus gafas se reflejó el Ángel de la Independencia. La imagen tenía las alas más doradas de lo habitual, pues los fuertes rayos del sol caían como crestas de olas salpicando el aire al estrellarse en el cuerpo de la mujer pájaro. La gente curiosa se le unió haciendo comentarios muy atinados sobre los personajes carnavalescos que se encontraban al pie del importante monumento. “Mira, papá, ¿cómo se llaman esas estatuas enormes de papel?”—preguntó una niña con voz muy alegre—. No, hija, no son estatuas de papel. Se llaman mojigangas y las otras son unas marionetas. “Pues me gustan mucho esas mojigatas”—respondió la pequeña enseñando los dientes como una calaca—. No, hija, no son mojigatas, son mojigangas. Antes con esa palabra se denominaban las fiestas carnavalescas en las que la gente se vestía con trajes de animales y máscaras, pero también lo usamos para diferenciar esas estatuas gigantes de papel, como les dices tú.

 En los delgados y un poco agrietados labios de Macario se dibujó una sonrisa condescendiente. Sacó su pequeño cuadernillo y empezó a garrapatear con rapidez. Tenía, también, aptitudes para el dibujo, por eso trazó con soltura los contornos de La Catrina, La Adelita y El Catrín. Sacó fotos de los carros alegóricos y al ver el que tenía la forma de pan de muerto se le hizo agua la boca. Recordó de inmediato los ventanales pintados de las panaderías. Se vio pequeño, era del mismo tamaño que la niña que había preguntado por las mojigangas, interrogando a su padre para que le explicara el significado de las frases que los panaderos escribían para hacer la publicidad de sus sabrosos panes. Saltaron en su memoria, como los pequeños esqueletos, accionados por un hilo en sus ataúdes de azúcar, las expresiones que siempre relacionaba con El Día de Muertos: “Vámonos muriendo todos, que hoy entierran gratis”; “Primero muerto, que difunto”; y “Quien por su gusto muere, hasta la muerte le sabe”. Ésta última expresión le sonó un poco diferente, como las palabras de su escritor favorito, a quien le habían elegido la forma de morir y no le había hecho caso cuando dijo que cada uno tiene la muerte que se merece. Se vio flotando en ese océano de máximas dedicadas a La Catrina.

Por doquier sonaban y revoloteaban frasecitas con alitas de colores como mariposas de papel picado. “Ya se lo llevó la flaca.” “Ya chupó faros.” “Quien a hierro mata, a hierro muere.”—decían, el cura, el fumador y el ciudadano de a pie—. La gente ya formaba una gran masa y Macario vio con gusto cómo pasaba un altar de muertos sobre ruedas, con sus difuntitos de verdad, es decir, disfrazados, con sus trajes de charro y las caras esqueléticas por el efecto de la pintura. Hasta la virgencita de Guadalupe estaba representada por una chamaca muy guapa. Muy moderna, la morenaza Virgen con su manto y sus tatuajes de rosas en los muslos, juntaba las manos en ademán de rezo y lloraba mirando al cielo, clamando perdón para los caídos y castigo a los asesinos de las tradiciones novembrinas. El acalorado ambiente, causado por los cánticos, empezó a chamuscar el aire con la letra de las canciones. Los de la Pulquería saltaron con su “No hay razones y…Morirse de pena por una cualquiera...”, en el café Tacuba tarareaban “La muerte chiquita”, que había crecido alimentándose de la bondad de los policías y ladrones que a punta de tamborazos habían borrado los machetazos y balazos al corazón. Los Caifanes vocalizaron con Germán Valdés y le dedicaron su cántico a la Mariquita, mientras la Llorona tocaba un violín cerca de un templo, venía acompañada de Frida y Chavela Vargas. Las dos con sendos sombreros floreados y su sonrisa descarnada por los largos años de penar.

Un palomo murió de amor en pleno vuelo y cayó en las manos de Rocío: “Tú eres la tristeza de mis ojos… El amor es eterno…”. En el cielo se formaron flores de algodón y la luz iluminó las calacas. Se dibujó la alegría en la cara de Moncayo, quien venía cortejado por una escolta de niños músicos que llevaban a cuestas los instrumentos de trabajo. El alma patriótica agobiada por el vuelo en solitario decidió plantarse y sacar la cara: “Hoy los muertos están más vivos que nunca y los vivos se me mueren de pasión, hambre, dolor y sed de justicia”. De pronto, Macario recordó de topetazo que había sido protagonista de un libro de Bruno Traven y vio delante a una mujer con vestido blanco que le entregó, dentro de un morral, un pollo asado, entonces con la cara de Ignacio López Tarso se asombró y le dijo a Pina Pellicer que no podía hacerlo, que sería pecar de egoísta, pero se le pusieron los pelos de punta al descubrir que estaba en los puros huesos. Es verdad, las últimas semanas ya no desayunaba, sus comidas eran poco memorables y las cenas habían sido para el enemigo. El dinero no le alcanzaba y se había cansado de comer fiado y a costillas de sus amigos. Ya no le daban la sopa boba, nadie le negaba el pan, pero el gesto torcido de la cara de sus vecinos y camaradas le recordó que ya no era grata su presencia en las fondas y mercados. Se saboreó las frutas, las enchiladas, los dulces y las bebidas del altar y recordó que su abuela lo castigaba cuando se robaba lo que con tanto esmero la familia preparaba para recordar a los difuntos. “Del altar no se come niño, no sea malcriado”.

Hubiera querido que le arrancaran la vida para morirse ya, pero ésta, la muy empecinada, se aferraba a él como un náufrago a una tabla. “Nada más para hacerme sufrir me quiere—se decía Macario con enfado—, me tiene martirizado, en los puros huesos y  no me suelta, nada más me roe la poca carne que me queda. ¡Ay, canija!!Ya déjame marchar!!La vida de rodillas es más indigna que una muerte de pie!”. Terminada la procesión de la muerte, la gente regresó a sus casas a recluirse en su soledad. Todo mundo sufrió de nuevo la crisis, las amenazas de la cortina de acero, la devaluación, las fugas de los ladrones y la intolerancia de los mandones y matones.

Había quien lloraba de coraje por haber asistido al desfile sin ropa de artificio y haber sido felicitada por su gran originalidad. “Aquí no se comen perdices—le dijo Macario a la muerte—, por eso nadie es feliz y nadie se traga un pollo solo para no zacearse y poder chupar, al final, los enclenques huesos”. Se sentó para hacer su tan esperado reportaje. Abrió su blog y empezó a escribir sobre los espectros. Mientras la Catrina vestida de novia con su velo, un ramo de flores marchitas y zapatillas de tacón alto, se acurrucó a su lado para poder mirar lo que de ella se escribía y poner el grito en el cielo cuando por falta de atención, alguna errata, se tuviera que enmendar.

jueves, 20 de octubre de 2016

La primer experiencia

Se despertó en medio de las palabras que la rodeaban, eran como imágenes plasmadas en enormes cartelones. Las miró. Una enorme pancarta tenía la historia de su primera experiencia sexual. Recordó las sensaciones, pero no había forma de expresar lo que realmente vivió su cuerpo y su corazón. Así que se concentró, puso los ojos muy saltones enfrente del enorme papel y se estiró las orejas para sacar algo de aquel acontecimiento que le había manchado de gris toda su vida. No hubo resultado alguno, su cabeza estaba mal, en blanco. En lugar de la descripción de aquella dolorosa penetración, estaba un duro trozo de carne, unas manos desesperadas y la cara demente de un hombre surgido de la oscuridad.

Al no recordar del todo el nombre de aquel individuo, trató de romper el cartelón. Tomó el póster por la parte superior y cuando se disponía a destrozarlo saltaron las palabras como añicos de un cristal, estaban en el piso, desordenadas. Se hicieron líquidas y se mezclaron con las ranuras del parqué, empezaron a filtrarse por las rendijas que había entre los trozos de madera y desaparecieron. Fue imposible recuperarlas. Volvió al rótulo y preguntó la causa de tal vacío, pero ninguna hilera de hormiguitas, de las habituales en la escritura o el habla, salió para darle la respuesta. Descubrió que los pensamientos se transmitían en burbujas. Pensó y meditó mucho hasta que su habitación empezó a llenarse de pompas de jabón. Cada vez que pinchaba una de ellas, salía una sensación, una idea o un concepto.

Cogió los otros murales que cubrían como tapices las paredes y los sacudió para que la capa frágil de los hormigueros contenidos en ellas se resquebrajase y se filtraran los hilos verbales por los canalitos del suelo. Creó con rapidez una nueva forma de comunicación que era más telepática que verbal. “Es mi nueva forma de comunicación”—exclamó con alegría dejando nacer una gran pelota de aíre—. De inmediato lo puso en práctica. Cogió las miles de burbujas esparcidas por la cama y se las puso a su novio en la cabeza, le masajeó el pelo con los dedos y salió mucha espuma. Él se despertó con una sonrisa mansa. Abrió la boca y en lugar de echar globos como ella, vómito palabras. Con gran pericia ella las atrapó al vuelo y las tiró por todos lados, matándolas como si fueran cucarachas. Se esfumaron al instante. Con el cejo arrugado, Carlos, movió las manos pidiendo una explicación. Adela le echó una bola de aire y le pidió que se la comiera. El rostro le cambió al instante y sonrió feliz. “¿Sientes el efecto de las burbujas?”—preguntó Adela con una sandía hueca—. Sí, sí que lo siento—respondió Carlos con un kilo de naranjitas chinas llenas de aíre—. Estuvieron conversando con sus bolitas cristalinas de lejía hasta que el edificio quedó cubierto por la blanca efervescencia de su imparable actividad. Pronto los vecinos se sintieron en una enorme bañera y sintieron el efecto de la transmisión de sensaciones e ideas.

Hubo quién alarmado bajó a protestar, pero ya no pudo hacerlo porque quedó desinfectado por la erupción de espuma caliente. El mundo dejó de padecer la presencia de las palabras y la gente se pasó las ideas y sensaciones con el nuevo método de interacción. Reinó la armonía mucho tiempo. Por desgracia, surgió un grupo de represión que prohibió la espuma, las frutas jabonosas y las bolsas de aire. Se implantaron de nuevo los libros, folletos y cuadernos. Se atiborraron las casas de libros. La gente volvió a usar su repertorio verbal y la industria literaria resucitó. Los rebeldes, amantes de la comunicación telepática emocional, tuvieron que ocultarse en sótanos y cuevas para practicar sus actividades ilícitas.

miércoles, 19 de octubre de 2016

El juego de los anillos

Nunca había sentido tanto el peso del sacrificio. La masa de una piedra colosal lo oprimía, pero tenía que resistirlo, era su obligación, había sido elegido junto con su compañera para atravesar el círculo mágico y milagroso de la conservación del todo, el universo pendía de un hilo en ese momento. Sonó la voz de un quetzal, la agitación de sus plumas le llevó el agradable aroma del incienso, mientras los golpes de los tambores le recordaban una danza de figuras abstractas que solo dejaban una polvareda a su alrededor. Unas mujeres ataviadas con túnicas blancas y el pelo embalsamado pusieron una ofrenda en el centro del campo y las nubes de humo del ocote se unieron retorciéndose en el aire como serpientes en guerra. La envidiable ligereza del vapor lo hizo sentir más la presión de su compromiso.

 En la precisión de sus manos, brazos y muslos estaba la conservación de la tierra. De pronto todas las miradas de los dioses se habían depositado en él, expectantes, sentados en sus tronos de piedra y con gesto severo le pedían que no fallara. Él habría preferido darse la vuelta y retirarse con su pareja para que dejara de llorar con el corazón. La miró de reojo y sintió sus lágrimas, a él también le corroían por dentro, pero le salían en forma de sudor. Se encontraron sus pensamientos, los dominó la imagen de dos cuerpos desnudos cubiertos por la luz plateada de la luna. Experimentaron la suavidad de la piel y los hizo temblar el contacto de sus carnosos labios. Ya no había tiempo para el recuerdo. Un hombre se le paró enfrente y con su presencia el cuero de las rodilleras, las coderas y el taparrabos se le endureció tanto que más bien parecía madera. Sintió el reflejo de la luz del fuego en su cara pintada con líneas de yeso y carbón. Las líneas marcadas en el suelo lo apartaron en el tiempo y retrocedió más de mil quinientos años.

Ya no era el modesto José Sarmiento llevando en su cartera los documentos para las sentencias, apelaciones, instancias y amparos ante el juez de lo civil y penal, era simplemente Ixbalanque, el sol jaguar. Recordó a su hermano gemelo luchando contra un gran murciélago, desangrándose y pidiéndole ayuda. Perecieron los dos para yacer en el fondo de la tierra como todos sus antepasados hasta que su madre Ixquic se acercó al árbol Hun Hunaphú en el reino de los Xibalbá y quedó embarazada al tocar la savia en la corteza del rugoso palo. Su pelo con brillantina estaba atado con una cinta de cuero de venado, sus orejas estaban decoradas con huesos de jabalí y su cuerpo se había tensado marcándole los músculos. La pintura de arcilla en su cuerpo se agrietó y sintió que la aplastante responsabilidad que había estado soportando en los hombros se aligeraba. A su lado estaban con penachos y máscaras de jade: Quetzalcóatl, Tláloc, Mictlantecuhtli, Chihuacóatl— esta última extendió su pie para que Ixbalanque se lo besara. Él levantó la mirada y su campo visual quedó encerrado en dos paredes inclinadas por las que descendían las serpientes de luz y sombra.

Este y Oeste confrontados con el nacimiento y muerte del sol. “Eres la luz y pronto serás dios”—pensó cuando la pelota de caucho voló en el aire para sumergirse en el vientre carnoso de la diosa—. La savia divina empezó a hervirle. Entró rápido en trance, ya no pisaba la tierra, iba flotando por las galaxias, tenía el poder de manejar al astro divino, el contacto con su cuerpo era placentero, con cada impacto las carnes emitían un alarido meloso, grito lácteo dulce que anegaba el cielo. Al igual que Tláloc, Teresa, transformada en divinidad, tiene una vasija entre las piernas, está recostada y lo invita a recorrer todo su cuerpo. Él, empleando toda su fuerza la maneja con destreza, apoya las rodillas y tensa el vientre, jala aire y lo contiene mientras sube por los empinados pechos de la vasta cancha y embiste, endurece los brazos, atraviesa el estrecho círculo con su masa de fuego que llega hasta la vasija para llenarla, entonces se desborda de lava el hondo recipiente. Hay gritos, los instrumentos musicales vernáculos claman victoria. Se salva el mundo.

La victoria está tendida frente a él con las piernas cansadas, el pecho agitado y una sonrisa en los labios. Le hubiera gustado que el encuentro hubiera sido en algún gran coloso moderno, de los que tienen cavidad para miles de espectadores, sin embargo, aquí sólo están los personajes más importantes. Sacerdotes, reyes y dioses unidos en un grito eufórico festejan su triunfo. Una gran hoja cubierta de escamas relucientes se levanta silbando en el aíre. Su corazón se estremece y el flujo carmesí de su sangre lo baña. Ya no está nadie, sólo Teresita, su amor, lo sostiene en los brazos. Le acerca sus labios carnosos embadurnados de cera de panal y se despide con voz fugas y el aliento tibio.

 Ixbalanque deja de ser parte de la mitología, se sale de las páginas del Popol Vuh y se despierta en una cama, convertido en un abogadillo a medio sueldo. Las sábanas están enrolladas y dentro está un cuerpo moreno de pies pequeños, parece el Iztaccihuatl. En la almohada hay un sol de rayos negros y un anafe despide vapor. José abraza a Teresa y le da los buenos días. Encamorrada, ella farfulla algo ininteligible. José se levanta y recibe al sol con el cuerpo pleno. En la calle se eleva el humo pardo de los escapes de los coches, la música es el ruido de los motores y el griterío. La tierra recuerda que ha sido rescatada del desastre y soporta el caos de todos los días con resignación, soñando con el nuevo ciclo de cincuenta y dos años para ver renacer de nuevo el sol. Se sienta tranquila y tira dos dados de hueso sobre una piedra plana donde giran el jaguar, el viento, las nubes y el agua de los ríos.

jueves, 13 de octubre de 2016

El fiasco

El día había estado opacado por un tenue hálito gris. Las cosas no habían salido del todo mal y el inspector había logrado atrapar al delincuente. Lo tenían frente a ellos, estaba sentado con las manos atadas y con su cara pintarrajeada.

 —Es por él, señor inspector—dijo Casimiro, el ayudante, señalando al preso—por quien hemos tenido que darle tantas vueltas a las cosas, lo bueno es que ya lo hemos atrapado.

 El inspector miró al hombre con su disfraz de payaso y recordó la infinidad de novelas en las que aparecía un asesino con dicha indumentaria. —Tienen muchas cosas en común los bufones asesinos — se dijo a sí mismo el inspector farfullando.

 —¿Cómo dice inspector?

 — Nada, Casimiro, estaba pensando en que estos dementes son iguales, todos usan el terror como denominador común de sus crímenes y han sido agredidos sexualmente en su infancia. Me parece que los guía un deseo insaciable de venganza, ¿no crees?

 — Sí, inspector, además, ¿ha notado que estos imbéciles no tienen sentido del humor? Se ofenden por cualquier cosa, no entienden los chistes y, lo peor, tienen muy mal gusto al escoger los colores con los que se maquillan la cara. Mire cómo se ha pintado este imbécil. Se ha delineado una boca triste cuando sus dientes son enormes y quedarían mejor con una sonrisa.

 —Sí, Casimiro, y qué me dices de los ojos.

— Pues, son tan pequeños y agresivos que lo mejor sería haberles puesto unas pestañas rizadas, pero vea, este inútil se puso los párpados de color verde oscuro, ¿qué idiota haría eso en su sano juicio? ¿Y la peluca? Ese estropajo de color lila es de tan mal gusto que nadie estaría dispuesto a pagarle por su actuación. Si será estúpido este hombre. Mire que vestirse de amarillo con rojo para parecerse al monigote del Mc Donalds, es la peor tontería.
 En ese momento notaron que el criminal lloraba en silencio y unos enormes lagrimones le salían de los ojos como baba de vaca. Se compadecieron de él y le preguntaron cuál era su último deseo antes de morir. El ridículo bufón sacó de su bolsillo un delgado cuadernillo y lo abrió, buscó unas notas y se lo entregó al inspector. “Esto es una receta de hamburguesas, ¿es que acaso quieres que te compremos una para que te despidas de este mundo disfrutando de tu comida basura? — El payaso afirmó con la cabeza—. Bueno, te daremos el gusto y nos pediremos unas también para compartir contigo tu última comida.

 Casimiro se fue por las hamburguesas y cuando volvió colocó en un banco la comida rápida. Bien, señor payaso, aquí está su comida —le dijo el inspector. Como respuesta obtuvo la expresión triste del asesino que le mostraba las manos atadas. —Bueno, te desataremos y comerás, pero luego te mandaremos fusilar—. Le quitaron las esposas y le permitieron coger la hamburguesa, pero en cuanto le dio el primer bocado el payaso dijo que le faltaba un poco de salsa cátsup y pidió que le pusieran más. Casimiro no había tenido la precaución de pedir más sobrecitos de cátsup en el restaurante y, como a él mismo no le gustaba, había pedido que le pusieran muy poca. La solución la ofreció el preso, dijo que en su bolsillo siempre llevaba unos sobres de salsa por si acaso. Le permitieron usarlos y procedieron a comer. Cuando terminaron de engullir su comida se levantaron y ordenaron que se ejecutara al homicida.

El payaso no llegó al paredón porque perdió el conocimiento a causa del veneno que contenía la salsa cátsup, la cual usaba para atolondrar a sus víctimas. Llamaron a un doctor para que evitara la muerte del infeliz. Lo pudieron salvar y se pidió que permaneciera una semana en cama para que su recuperación fuera satisfactoria. Se le concedieron unos días para ejecutarlo más tarde, pero cuando iban en dirección a unos dormitorios el criminal se resbaló y se estrelló contra una reja, con tan mala suerte, que el ojillo por el que se mete el candado le atravesó la nuca y murió desangrado.

 —Ya lo decía yo, señor inspector, hoy no es nuestro día de suerte.

— Ni la de él, Casimiro, ni la de él.

martes, 11 de octubre de 2016

Herencia familiar

Un gato aristócrata mandó a su criado a comprar un espejo que le había pertenecido a su familia y en la Segunda Guerra entre perros y gatos se había perdido. Cuando se llevó a cabo la subasta recibió una llamada de su mensajero que le previno de las consecuencias de adquirir la reliquia familiar. Haciendo oídos sordos, exigió que la pieza fuera pagada y enviada lo más pronto posible a su casa. Al día siguiente unos gatos fornidos se le dejaron en su cuarto de antigüedades. Ordenó que se desenvolviera y colgara en el salón junto a los cuadros de sus famosos parientes.

 No se pudo mirar en él porque el espejo reflejaba sólo los malos sentimientos de las personas que se posaban ante él y al ver los suyos huyó aterrado. Ningún felino, fuera de la clase que fuera, era lo bastante limpio, desde el punto de vista espiritual, como para poderse mirar sin sentir algún remordimiento. La situación se hizo intolerable. Los invitados se veían desnudos al pasar frente al enorme marco dorado con el cristal de plata que, en lugar de entregarles la imagen de sus atuendos y joyas, les mostraba monstruos desnudos dedicándose a sus perversiones. El tesorero se encontró tirado en una cama rodeado de gatas de burlesque, el general del ejército se tapó los ojos al no poder ver cómo torturaba ratones y gatos jóvenes echándolos vivos a las hogueras, el primer ministro se ofendió cuando parado frente al espejo se peinó sin poner atención en lo que había en el reflejo, pero las gatas de la alta sociedad le gritaron que el onanismo, las felaciones y el orgasmo rectal realizado en compañía de miembros del mismo sexo era un pecado capital. Enfadados todos invitados por la forma en la que se les había ridiculizado mandaron desmontar la horripilante reliquia.

Una gata blanca de la cocina que siempre se miraba allí antes de entrar en la biblioteca, por costumbre se arregló las orejas, la cola y los bigotes, y provocó el silencio sepulcral de los presentes, puesto que seguía siendo la misma dentro del marco. ¿Cómo haces eso? —le preguntó la esposa del ministro de economía—. ¿Qué cosa? —inquirió ella sin entender a lo que se refería la importante dama—. Pues mantenerte tú misma dentro del espejo— dijo la importante gata agitando su abanico y alisando su vestido de seda—. No lo sé, simplemente me veo y pienso en cómo me gustaría verme para no desagradar a los demás. No tuvo tiempo de pronunciar otra palabra más porque la empujaron y todos comenzaron a mirarse en la refracción tal y como querían que los vieran los demás felinos. No hubo buenos resultados y alguien gritó que la gata blanca era una bruja. Así fue convocada la comisión de expertos y se decidió que la prueba para determinar que era una bruja era la de verse en el espejo sin sufrir cambios.

 El resultado fue evidente. La quemaron en la hoguera y le pidieron al aristócrata que rompiera su herencia familiar porque la gata la había embrujado. Se llevó al pie de la letra la petición y se colocó un nuevo espejo en el sitio que había dejado el otro espejo. Se volvieron a organizar las fiestas y los mininos quedaron encantados al notar que se veían, tal y como eran, en el reflejo del cristal detrás del cual se encontraba un mayordomo poniendo las fotografías que se les tomaban a todos los invitados en cuanto llegaban a las fiestas y reuniones de la mansión.

lunes, 26 de septiembre de 2016

La aparición de Tlakatl

Había dejado de perseguirlo la nube de granos de arena fina. El aire era muy frío a pesar de que el sol estaba en su punto más alto y el silencio anegó todo el espacio, no oía ni siquiera el roce de sus pies en el suelo y dejó de dolerle el cuerpo. Unas mariposas monarca volaron a su alrededor y unas serpientes elevaron muy alta su cabeza para mirarlo con atención. Caminaba recto, con garbo, iba pensando en las palabras que habría de decirle al dios Mictlantecuhtli para que éste le diera los huesos de los muertos. Apareció, frente a él un jaguar y le indicó con la cola que lo siguiera. Caminaron por una vereda inclinada hasta que llegaron a una gruta. El felino le abrió paso para que entrara. 

Pasa—le dijo una voz hueca—, te está esperando. Dio unos pasitos y extendió los brazos porque el sitio era muy oscuro. Sintió lo áspero de las rocas volcánicas y siguió avanzando en la oscuridad. Pronto vio una pequeña hoguera, cerca de la cual estaba un hombre viejo con una dentadura muy grande, tenía el pelo muy negro y llevaba un cinturón hecho de huesos humanos. “¿Qué es lo que quieres?” —preguntó con una voz de ultratumba mientras unos ciempiés y cientos de tarántulas se acercaban para rodear al visitante—. Respetable Mictlantecuhtli—dijo con voz segura—he venido a pedirte comprensión y ayuda. Debes saber que la tierra está muy triste y faltan los hombres que podrían alegrarla con sus cantos y celebraciones. Tú saldrías beneficiado si me dieras los huesos que conservas bajo tu custodia, ya que con el fallecimiento de la gente en la vejez aumentaría tu reino, ya que terminarían viniendo aquí al final de su existencia. Dime si hay alguna forma de convencerte. Haré lo que me pidas.

 Hubo un instante de absoluto silencio y después surgió de nuevo la voz tétrica del dios del inframundo. “Está bien, te concederé lo que me pides si eres capaz de hacer sonar mi trompeta cuatro veces”—Acto seguido— le extendió un caracol muy grande. Quetzalcóatl cogió el instrumento y le pasó los dedos por la superficie para encontrar el orificio por donde debía soplar. Al notar que la concha no tenía huecos se disculpó diciendo que necesitaba salir para tomar aire y en cuanto se encontró en la entrada de la cueva llamó a sus amigos los gusanos y abejas y les pidió que hicieran un canal por el que pudiera pasar el aire. Volvió ante Mictlantecuhtli y tocó en el caracol una melodía alegre cuatro veces y después esperó la respuesta. “Lo has hecho muy bien. Te entregaré los huesos de los hombres”. En seguida sacó de un enorme bolso los huesos prometidos y se los dio enrollados a Quetzalcóatl. Muy alegre, por haber logrado su objetivo, salió de la caverna llevando a sus espaldas el peso de su recompensa, sin embargo, cuando terminó el eco de la música que había ejecutado el dios del viento, Mictlantecuhtli se enfadó y mando que una gran ave nocturna atacara a la serpiente emplumada. Así Quetzalcóatl cayó en un hoyo y perdió el conocimiento.

Al despertarse se vio arrastrando los pies por un sendero polvoso en el que una nube dorada lo rodeaba y pronto le dejaba al descubierto ante sus ojos un sendero. Se irguió y avanzó. Sintió frío y se le erizó la piel y apresuró el paso. Notó a los reptiles que lo miraban con atención y una lluvia de alas de mariposa lo rodeó por un instante. Pensó unas palabras que le parecieron adecuadas para la conversación que tendría en breve. Le salió al paso un felino y él lo siguió, después entró en una cueva y descubrió al dios de las penumbras al lado de una hoguera. Sintió unos ojos penetrantes como estrellas diminutas. He venido a pedirte que me entregues los huesos de los hombres. El dios Mictlantecuhtli le dijo que se los daría con la condición de que hiciera sonar su enorme caracol. Quetzalcóatl tocó por todas partes el instrumento, pero no encontró orificios por donde pudiera circular el aire, así que se disculpó y salió para observar mejor la caracola. En cuanto se encontró fuera, llamó a sus amigos para que le ayudaran y recordó que era la quinta vez que se repetía el mismo suceso. Cada vez que empezaba de nuevo la misma escena, se decía a sí mismo que tenía que reparar en los detalles que recordaba. Hizo memoria y una voz le dijo que tenía que pedirles a las abejas que ellas ejecutaran la melodía dentro del caracol para que el tuviera tiempo de escapar con los huesos y no caer en la zanja durante el ataque del enorme pájaro nocturno. Llegó hasta la presencia de Mictlantecuhtli y le entregó la trompeta. La música fue tan agradable que le entregó de inmediato los huesos. Quetzalcóatl salió con la carga a sus espaldas y empezó a correr mirando con atención el camino. De pronto unas enormes garras lo hicieron caer en un precipicio y quedó atrapado en un hoyo. Desató los huesos y los separó. Puso a la izquierda los de las mujeres y a la derecha los de los hombres, luego repitió en voz alta unas palabras que consideró que debía recordar y trató de salir, pero cuando estaba a punto de llegar a la superficie un duro golpe lo hizo caer y perdió la conciencia.

Atravesó de nuevo la gran nube de polvo, se apresuró al encuentro del jaguar, éste lo miró impasible y le indicó que lo siguiera. Llegó a la caverna y entró con los brazos hacía el frente dirigiéndose hasta la fogata que estaba al lado de Tzontémoc. Esta vez se dio cuenta de que estaba acompañado de su esposa, así que al recibir la trompeta salió de nuevo y les pidió a las avispas que entonaran una canción romántica para distraer la atención de Mictecacihuatl. Al volver con el caracol lleno de insectos, les ordenó que ejecutaran la melodía. Unos segundos después recibió el amasijo de huesos y salió apresurado. Cuando le chocó la luz en la cara se cubrió con la mano y corrió poniendo mucha atención en el piso, vio una sombra muy grande y cayó en un foso. Con presteza desató los huesos, los ordenó: a la izquierda los femeninos, a la derecha los masculinos y en el centro los de los niños. Dijo en voz alta: “Cuando llegues arriba no asomes la cabeza y escucha la voz del viento”. Subió con cuidado y se mantuvo oculto tratando de interpretar las palabras del aire. Oyó una orden y se elevó para salir, pero unas patas enormes lo empujaron y se precipitó al fondo.

Tosió con fuerza por que el polvo le entraba por la nariz y la boca, resopló y vio las cabezas de las víboras y unas mariposas se llevaron los granos pardos que se agitaban en el aire. Un ocelote lo miró y le indicó que lo siguiera. Llegaron a una gruta y entró tocando, en la oscuridad, las paredes para no tropezar. Llegó hasta un lugar de donde salía lumbre y vio a los dioses de ultratumba, les dijo que el mundo estaba muy triste y que era necesario poblar la tierra para que reinara la felicidad y ellos vivieran en armonía en el subsuelo. Le entregaron un caparazón retorcido que no tenía huecos y le pidieron que por favor lo convirtiera en un instrumento musical, lo cogió y pidió permiso para salir a la luz, pues necesitaba ver con cuidado la concha para perforarla y afinarla. Una vez fuera, llegaron unas orugas que hicieron un canal en la trompeta y se quedaron dentro para convertirse en mariposas en el momento en que Quetzalcóatl les ordenara cantar. Frente a Mictecacihuatl las pequeñas mariposas comenzaron a ejecutar una melodía encantadora, tan impresionada quedó que le ordenó a su marido que entregara las mortajas. Con la carga a cuestas, Quetzalcóatl les pidió a las serpientes que le mostraran un camino seguro y apresuró el paso. Vio la enorme mancha negra de un enorme murciélago que lo perseguía y trató de avanzar lo más lejos posible, pero un certero aletazo lo lanzó a un hueco. Con gran agilidad recogió los huesos desperdigados ordenándolos por tamaños y género. Antes de asomarse para ver si se había ido el enorme ratón alado, permaneció escuchando el sonido de la tierra. Unas vibraciones le indicaron que tenía que moler los huesos para que su protectora Quilaztli se los pudiera llevar. En una vasija que encontró junto a los huesos metió el polvo que había resultado de la trituración de los esqueletos. Salió sin antes recordarse que la próxima vez tendría que esperar a que llegara su benefactora Ciuhuacóatl y al recibir el impacto en la cabeza cayó inconsciente.

La nube dorada y las alas de las mariposas desaparecieron. Una capa de escarcha le cubrió el cuerpo y vio como las culebras se iban a esconder buscando resguardo. Recogió una piel de felino y se cubrió con ella. Llegó hasta la entrada de una gruta y distinguió una llama de luz. Se acercó para calentarse. Cuando ya se sentía mejor, percibió la presencia de dos luminosos luceros que se le acercaron. Era la esposa de Mictlantecuhtli que le dijo que su marido estaba triste y que necesitaba oír música para contentarse. Quetzalcóatl recogió un objeto de arcilla que se encontraba muy cerca y al ver que se podía hacer una flauta, salió a pedirle ayuda a los cenzontles. En cuanto supo que las orugas podían hacerle un hueco a la masa informe que le había mostrado a los pájaros, se acercó a un árbol y fue poniendo hojas a lo largo de la superficie para que los enormes gusanos hicieran un canal. En cuanto tuvo listo el instrumento volvió a la cueva y empezó a tocar. El espacio se llenó de una música agradable y se presentó adormilado Mictlantecuhtli preguntando de dónde salía la hermosa melodía. Vio el instrumento y se lo pidió a su esposa. Empezó a tocarlo y quedó muy satisfecho. Le ofreció a Quetzalcóatl un pago por el objeto, él pidió los huesos de los humanos y cuando se los entregaron los ató y se los cargo a la espalda. Salió y se fue muy tranquilo por un camino de piedras, de pronto notó que un águila volaba sobre él y trató de esconderse, pero el ave lo empujó en un intento fallido de comérselo y cayó en un precipicio. Los huesos quedaron desperdigados y los juntó sobre una piedra con una gran hendidura. Los hizo polvo y esperó un momento a que llegara una gran boa. La saludó con una reverencia y esperó a que el reptil se tragara todo el polvo blanco. Para que la enorme águila no se comiera a su protectora Quilaztli. Se subió por el acantilado y llamó la atención del enorme monstruo rapaz. Cuando dejó de ver la figura de Cihuacóatl asomó la cabeza y recibió un fuerte golpe.


Abrió los ojos y esperó que la cortina gris de polvo se disipara con la agitación del revuelo de las mariposas. Caminó con calma y esperó encontrar a un felino, pero no lo halló. Siguió en dirección a la montaña para entrar en una gruta, sin embargo, su camino se vio interrumpido por la presencia de un grupo de mujeres y niños que lo esperaban con unas vasijas llenas de chocolate y bolas de masa de maíz cocido. Se sentó a tomar la bebida y las tortas. Cuando se sintió reconfortado se levantó y se despidió de todos. La gente, que no parecía de verdad, lo abrazó y le deseó éxito en su empresa. Se dejó arrastrar por una tibia corriente de aire que lo fue elevando como las notas de una melodía. Vio un gran valle con muchas construcciones y una gran pirámide. Sonrió con alegría y se dirigió hacia el poniente. El roce de las piedras le produjo cosquillas. Volteó un poco y descubrió su sombra reflejada en una escalinata. Iba a terminar la tarde. De pronto, vio a un hombre con máscara de hueso y con una hoguera a su lado. “¿A qué has venido?”—le preguntó con un gesto desagradable. Muy desconcertado, Quetzalcóatl le dijo que la tierra estaba triste porque no había gente que la alegrara y el horroroso ser le ofreció un rulo marino muy torcido.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Encuentro florido

De pronto su herida dejó de sangrar, el viento fresco le acarició el cuerpo y disipó el calor que lo había abrumado durante su trayecto, las piernas se le fortalecieron un poco y logró ponerse de pie, sus brazos cobraron forma, se desentumieron, ya no eran de trapo y su espalda se desenrolló para permitirle levantar la vista. El sol quedó desnudo de nubes y brilló, reflejado con gran esplendor en el agua mansa de un pequeño río. Al fondo, en la lejanía, se oía un eco de los tambores llamando a la batalla y el sonido del caracol hacía que las ondulantes nubes de humo perdieran su forma.
 Quedó muy lejos el campo de batalla en el que los filosos pedernales cortaron la carne, donde la sangre brotó a chorros por los contundentes impactos de la madera, la obsidiana y la piedra bruta, se habían secado los riachuelos rojos y la tierra había formado pequeños charquitos de cáliz para los dioses.

Ya no lo molestaba el dolor en los pies, sus articulaciones eran inmunes a las fuertes contusiones que había recibido por las armas enemigas. Vio con asombro cómo el sendero, que había estado rodeado de cactus, rocas y plantas silvestres espinosas; por arte de magia comenzaba a florearse, revoloteaban los pétalos lilas de las flores de unos árboles frondosos. En la tierra se había formado un camino de mariposas blancas aterciopeladas, frescas y delicadas. Había unas huellas de pies pequeños y una brisa le bañó el cuerpo. Se le hinchó el pecho de aire perfumado y su corazón comenzó a latir de felicidad. La inercia lo conducía hacía el frente, sus pasos eran inconscientes, fue cobrando el control de sus pies y dejó de cojear. Oyó una voz dulce como néctar que lo llamaba:
 “!¡Ven aquí, ven aquí! ¡Ven a gozar de la felicidad de la tranquilidad y la paz!”.

No sabía de dónde procedía el llamado, pero tenía un presentimiento y su imaginación se encargó de formarle la imagen de una joven bella. La siento—se decía en voz baja—. ¡Dios mío!!Es tan hermosa!

No pudo seguir hablándose a sí mismo porque descubrió a pocos metros, oculta entre unos arbustos, a una mujer joven que se disponía a bañarse. Chipahuac se acercó y vio que ella se erguía y le mostraba su espalda. Tenía un cuerpo esbelto y la luz le daba a su piel un tono cobrizo, se recogió el largo pelo para enroscarlo y sujetarlo con una púa de maguey. Se metió sin prisa en el agua, como si se estuviera diluyendo al entrar, luego empezó a nadar y se giró para llamarlo con una señal de la mano. Sin querer, él se tocó la cara y descubrió una deformidad, no era un rostro normal el suyo, sino una más amorfa de carne con sangre coagulada. Dejó su penacho, su escudo y sus armas en la orilla lamentando no poder llevárselos consigo, pues la joven se lo había indicado con un movimiento de la mano. Le pareció increíble que él pudiera interpretar sus movimientos como si fueran palabras. Una fuerza desconocida que le brotó del interior lo obligó a zambullirse en el agua, comenzó a nadar despacio, el líquido lo reconfortó. Ella ya estaba del otro lado, parada en la orilla. Cuando llegó al otro lado intentó acercarse a la mujer, pero ésta comenzó a alejarse y resultaba inútil el intento porque con cada paso que el daba, ella se alejaba un metro. Miró unas huellas húmedas, se podía apreciar cómo se levantaba de la tierra un aroma dulce de miel y fruta que el percibía al ir avanzando. Las ramas de unos pirules comenzaron a agitarse con fuerza y un soplido muy fuerte del viento levantó una nube de polvo y, cuando se disipó la espesa neblina dorada, apareció una hoguera. Había una olla de barro negro que despedía vapor. Llegó hasta sentir el calor del fuego y vio lo que había dentro del recipiente. Era carne de conejo preparada con una salsa aromática. “Come—le dijo la mujer joven que ahora estaba vestida de blanco—, necesitas fortalecerte”.

—¿Quién eres?
—Eso ahora no importa mucho, primero aliméntate y medita un poco sobre tu situación. Después te diré mi nombre.
Vio como ella le ofrecía una gran cuchara de madera. La cogió y comenzó a masticar la comida, que le supo muy rica, pero cada vez que trituraba la carne su quijada tronaba como si se le saliera de lugar, por eso decidió masticar muy despacio. Tardó mucho en pasarse los bocados porque sentía un fuerte ardor en el estómago cada vez que entraba el alimento. Las fuerzas lo comenzaron a abandonar y no pudo sostener más la cabeza. Se acomodó cerca de un árbol y se durmió unas horas.
—¿Qué me ha pasado? Tengo la cara destrozada por un golpe.
—Te han herido en batalla y has venido hasta aquí. Este es un lugar seguro.
—¿Quién eres tú?
—Soy alguien a quién has deseado ver toda tu vida, pero el miedo de verme de frente te ha hecho cometer barbaridades. ¿Recuerdas por qué estás aquí?
—Creo saberlo. Me encontraba en la batalla, mis compañeros iban perdiendo, muchos ya habían sido apresados, y cuando recibí el golpe en la cara me quedé sin sentido, luego abrí los ojos y noté que a mi lado había un acantilado, cerca de mí había unos cuantos cadáveres, empecé a dar giros sobre mí mismo y poco a poco empecé a rodar, luego las vueltas se hicieron vertiginosas y terminé oculto entre unas plantas, me pude levantar un poco después y empecé a huir. Me dolía todo el cuerpo, la sangre me corría hasta el pecho y la luz del sol me escocía el rostro. Empecé a alejarme y cuando ya estaba lejos vi un camino estrecho con pétalos de flores lilas y seguí adelante, luego te encontré escondida cerca del río.
—No estaba escondida, la prueba es que tú me encontraste. ¿Por qué no te entregaste en la batalla? Sabes que está penado huir, ¿verdad? ¿tuviste miedo?
—Sí, tenía miedo del dolor que me infringirían al llevarme a la gran pirámide para arrancarme el corazón. No era la muerte a lo que le temía, sino el ridiculizar a mi familia llorando como un mocoso tendido en la piedra, soportando la mirada del brujo dura y llena de reproche. Desde que nací me presagiaron pocas facultades para la lucha y, aunque ahora tengo grado de caballero águila, sigo siendo un simple aprendiz.
—Pero, era tu obligación entregarte. Los dioses nunca te lo perdonarán. No puede tener descendencia un traidor.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡No sigas, por favor! Me entregaría ahora mismo, pero no puedo alejarme de ti. Te necesito.
—No es la hora todavía. Sigue andando y escóndete donde no te vea nadie, vendré después.

Chipahuac, el hermoso, se quedó muy desconcertado y fijó su mirada en la mujer que se iba alejando con pasos firmes y largos. No podía entender cómo un ser tan hermoso y de aspecto tan franco y dulce le podía provocar una sensación tan agria en el alma con sólo unas cuantas palabras. Trató de recordar algún suceso inapropiado en su vida. Se remontó a su nacimiento, llegó al momento en que una partera le dijo a su madre que había tenido un niño cándido y muy bonito, pero que su real calidad humana sería determinada por el guerrero más valiente del clan. El sacerdote se lo había predicho con exactitud: “Tendrás un hijo hermoso, pero será un mal guerrero, cobarde, traidor y con perversiones”. El combatiente más célebre llegó con un pequeño escudo y un hacha de obsidiana. Se los dio al recién nacido. No hubo ninguna reacción. A diferencia de todos los grandes luchadores al nacer—dijo enfadado el famoso soldado—, este niño nunca sostendrá un arma con determinación y entregará a su pueblo a los invasores y enemigos sin pensar en el futuro de sus descendientes y compatriotas. Luego siguió repasando su vida y se vio hecho un hombre participando en las reuniones del gobierno en las cuales sus allegados oían sus palabras, pero desconfiaban de lo que decía y, por eso, a sus espaldas rumoreaban. Supo ganarse la amistad de algunos personajes influyentes y obtuvo una posición privilegiada. Era poderoso, tenía mucha influencia en los gobernantes y la usaba para protegerse, nunca daba pruebas de cobardía ante nadie y les ordenaba a sus subordinados que acabaran con los rumores y con las críticas que la gente le hacía. Empleó los métodos más radicales que encontró para someter a sus enemigos, sin embargo, la vida quiso ponerlo en una situación desfavorable. En una discusión fue retado por un importante jefe del gobierno vecino y se vio obligado a participar en la guerra, había organizado todo para capturar a muchos de sus enemigos y saboreó con anticipación su victoria viéndolos morir en combate de honor y sacrificados chillando como ratas el día de los sacrificios al dios Tláloc.

Sumido en sus recuerdos caminó despacio y al llegar a un terreno desigual se sentó cerca de unos magueyes y buscó una zanja para ocultarse y esperar a que cayera la noche, sabía que no podía descartar la posibilidad de que algún combatiente, en busca de prófugos, pasara por ahí y lo viera, lo cual pondría en peligro su reputación, así que se sentó en la hierba y se quedó mirando el cielo por mucho tiempo como si quisiera escaparse al universo. No había nubes, poco a poco el color fue cambiando de celeste a azul marino y cuando salió la luna apareció frente a él una mujer idéntica a la que había visto durante el día, pero ésta llevaba un atuendo vulgar, los pelos muy bien arreglados y ungidos con aceite, despedía un fuerte olor a esencias y tenía los párpados llenos de hollín y los labios negros. Se desnudó y Chipahuac notó en la piel cobriza de la mujer unos tatuajes fosforescentes de serpientes, flores y calaveras.

—Soy Tlazoltéotl, he venido a complacerte—dijo la mujer que estaba desnuda y húmeda, Chipahuac trató de ocultar su rostro y torcer la vista para que ella no notara su mole desfigurada, sin embargo, el atractivo de la hembra que tenía enfrente lo obligaba a mirarla aun con los ojos cerrados.
—Eres la diosa del enamoramiento, la pasión, fertilidad y la lujuria, ¿qué quieres de mí?
—He venido a proporcionarte lo que me pediste antes de salir en campaña. ¿No lo recuerdas? —Chipahuac bajó la vista y sintió que el vientre se le encogía tragándose a sí mismo.
—Pero no he muerto todavía. Te pedí que vinieras en caso de que me viera en peligro de muerte, pero estoy vivo—En seguida comenzó a tocarse el pecho y las piernas para comprobar que no era un ánima.
—Sí, es verdad, pero a partir de hoy no tendrás descanso. Vagarás sin destino, sin rumbo. Nadie te reconocerá y correrás el peligro de caer como esclavo. Eso será una muerte en vida, por eso he decidido regalarte una noche de amor porque ya no me volverás a ver y en adelante no conocerás mujer alguna.

Sin poder evitarlo la abrazó cuando ella estuvo a su lado. La acarició y ella como un animal dócil obedeció sus movimientos. Le quitó una cinta de cuero que llevaba puesta en la entrepierna y vio resplandecer sus labios prietos, en sus hombros se dibujó la luna, tocó sus pechos y sus palmas se quemaron, la atrajo con fuerza y se aferró a ella. Se deshizo del taparrabos con rapidez y se le subió montándola con desesperación. Se escuchó una canción. Oyó los silbidos de unas flautas de arcilla, el golpeteo de unos troncos huecos, los suaves susurros de los cascabeles que se arrastraban por el suelo. Sintió la tibieza de los brazos y piernas musculosas que lo apresaban. Por su nariz entró una serpiente perfumada que lo llenó de energía, sus caderas se movieron dando embistes eternos. Un chasqueo rítmico, provocado por los choques de su vientre, espantó a las ranas y las cigarras se despertaron con un estrepitoso gorjeo de alas. Su pelo se humedeció y empezó a sudar aceite, su pecho se hinchó y soltó atronadores bufidos. Se tensó su cuerpo y experimentó un vuelo suave al principio y una fuerte caída libre después. Quedó exhausto, flácido y con la cara sumida en la hierba.
A la mañana siguiente se despertó porque sintió que unas hormigas caminaban por su rostro, entonces se tocó la piel desprendida, pero sólo estaba la carne viva. Calculó el tamaño de la herida. Le habían dado un rozón con algo punzante durante la batalla, tal vez un cuchillo o un hacha. Tenía una abertura que iba desde la sien hasta la barbilla. Le habían volado una parte de la ceja y la mitad de la mejilla no estaba, tampoco la punta de la nariz. Siempre había sido muy bien parecido y al imaginar su nueva condición concluyó que nadie lo volvería a reconocer. Recordó que su madre le había contado, en la infancia, que una nube del incensario se le acercó y la cubrió en el momento del parto. Era Mixcoatl—le había jurado su madre abrazándolo con cariño— quien me había cubierto como el dios Quetzalcóatl. Me habló y me dijo que tú serías un gran cazador, fuerte y astuto. Ahora, que se veía tan débil y con un cuerpo tan poco capacitado para la guerra y la caza, quiso llorar, pero no le salieron las lágrimas. Sólo sintió que le recorría el cuerpo un líquido verde y amargo que le obligaba a escupir sin cesar. Le era imposible librarse de su saliva agria y espesa.

Te han destrozado la cara Chipahuac—se dijo a sí mismo—, ya no volverás a ser el amante de antaño, ninguna mujer querrá acostarse contigo y tu última noche de placer te la ha dado la mujer tatuada de los labios negros. Será tu recuerdo eterno y sentirás frustración por la entrega que te hizo por lástima, ni siquiera los recuerdos de tus bellas amantes te salvarán porque tu mente quedará ensombrecida por la lujuria de ayer. La única consagración que podrías tener sería poseer a la mujer del río, pero de hoy en adelante tendrás que vagar evitando los poblados y quién sabe si la encontrarás al final de tu penitencia. Sí, lo sé perfectamente, no necesitas repetírmelo. Además, he perdido el honor y los dioses me perseguirán para castigarme. Podría disculparme diciendo que no estaba listo para morir, que me dio miedo y por eso me fugué. Estaba aterrado, tú lo sabes. Entonces, ¿es verdad lo del presagio? Claro que es verdad, ¿no viste cómo me tembló la mano a la hora de enfrentar al enemigo? Si no hubiera sido por los guerreros que me iban abriendo paso, hubiera caído con el primer golpe. Sí, te portaste como el peor de los cobardes.
No tuvo tiempo de seguir el hilo de sus razonamientos porque de nuevo apareció ante él la mujer del río.

—Ya estás a salvo Chipahuac. Creo que no hay una sola alma en diez kilómetros a la redonda.
—¿Hoy me dirás quién eres?
—Depende de ti. Primero, cuéntame lo que sucedió ayer.
—Tuve un encuentro con Tlazoltéotl.
—¿Qué te dijo?
—Me dijo que vagaré en el anonimato, tendré que huir de la gente para que nadie me reconozca.
—Pero, ¿cumplió alguno de tus deseos?
—Sí, pero cuando estuve en su regazo pensé en ti. Me imaginé que estaba contigo y te deseé a morir. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué he de hacer para que me lleves contigo?
—Tendrás que hacer un largo trayecto para encontrarme. Pasarán algunos días poco claros, tendrás visiones y estarás solo. Cuando termine el plazo te reunirás conmigo y te desvelaré mi identidad. Tal vez lo descubras antes y cuando me encuentres tú mismo me lo dirás y vendrás a mí. Ahora vete, sigue el camino que te indique tu intuición.

No sabía si había visto en realidad a la mujer y se repetía sus palabras para asegurarse de lo que tenía que hacer. Miró hacía el norte y comenzó a caminar. Le dio hambre y buscó algún objeto que le sirviera para cazar. El piso estaba muy caliente y los cactus y las plantas parecían afilar sus espinas para evitar la pérdida del agua. Vio los enormes saguaros frente él como si fueran hombres de muchos brazos y al bajar la mirada descubrió unas biznagas con frutos. Empezó a buscar alguna piedra filosa con la que pudiera cortar la piel espinosa de los frutos de los cactus, halló una y empezó a recolectar tunas dulces de los nopales. Se comió los frutos dulces atiborrados de semillas y al tirar las cáscaras oyó a sus espaldas el ruido de los chasquidos de unos cerdos pécari que se las comían con gusto. Se le despertó el deseo de comer carne y pensó en hacer una trampa para coger algún marrano salvaje. Al final pudo matar uno con un certero golpe de piedra. Casi le arrancó la piel con los dientes y comenzó a golpear dos piedras para hacer fuego, media hora más tarde ya saboreaba las partes magras del animal. Decidió continuar su marcha y al cruzar por un pequeño terreno cubierto por pequeños orificios en la tierra se vio rodeado por un enjambre de pequeñas agujas zumbonas. El dolor lo arroyó como una enorme flama y empezó a correr, desesperado sopló con mucha fuerza sobre las brasas de su hoguera y de milagro el humo espantó a las abejas que siguieron atizándolo con sus aguijones. Tenía el cuerpo lleno de ronchas y quedó paralizado, se desplomó y quedó inmóvil. Tenía bolas rojas por todos lados y estaba mareado. Vio como algunas abejas iban desmoronándose en la tierra caliente. Surgieron del suelo lamentaciones y quejidos de mujeres torturadas. Levantó la cabeza con mucho esfuerzo y descubrió que a su alrededor había cadáveres de muchachas a las cuales habían violado, torturado y arrancado el pelo. Iban todas vestidas de rojo y tenían los ojos desorbitados mirando como peces muertos. Gritaban y sus lamentos le ensordecían, le entraban como clavos. Una de las muertas se levantó y se paró junto a él. “Somos nosotras, estamos todas las que mandaste matar para satisfacer tu hambre de macho estéril, de frustrado pervertido y necrófilo”. Fueron pasando una por una diciendo su nombre hasta que el sol se metió y la oscuridad cubrió de silencio el desierto.

¿Pero qué me ha pasado? —se preguntó en cuanto abrió los ojos—. Tenía las ronchas menos inflamadas y ya no sentía el ardor. Se incorporó con lentitud y sintió la frescura del amanecer. El sol había comenzado a iluminar el horizonte. Debo continuar. Sí debes continuar hasta encontrar el sitio que te ha reservado Xochiquétzal, ella limpiará tu pecado, saldará tu deuda y te ofrecerá su amor, sólo tienes que encontrarla. Emprendió la marcha, cruzó por un terreno cubierto por piedras volcánicas. Avanzar era muy difícil y no había ningún lugar para ocultarse del sol. Su espalda parecía un brasero y sintió que de un momento a otro su pelo se incendiaría. Veía doble y se mantenía de pie con mucha dificultad. Tambaleándose prosiguió su camino hasta llegar a un lugar más bajo y con un poco de sombra. Se sentó jadeando y comenzó a rascar un cactus para chupar la pulpa y succionar el poco líquido que la planta le podía ofrecer. Terminó de masticar y escupió la última bola de tejido del tallo. De pronto, los bolos que había esparcido a su alrededor se transformaron en pieles de serpiente deshidratadas y crujientes. Comenzó a rascarse y su piel también se fue desprendiendo en forma de escamas. Su cuerpo tenía un recubrimiento más pálido. Movió los hombros y surgió, entrecortado, el sonido trepidante de una enorme sonaja. Se habló a sí mismo en voz alta para romper el tedio de la soledad. ¿Qué te está sucediendo, Chipahuac? ¿A qué se deben estos cambios y qué significado tienen? ¡Mira—gritó señalando con el índice—, mira lo que hay ahí delante! Levantó la vista, movió la cabeza y encogió los hombros para expresar que no veía nada. Sólo hay piedras grises—respondió—. No, no. Mira con atención, está allá detrás de las ondas calientes, ¿lo ves? Sí, es un anciano encorvado. Ve, habla con él.

—¿Quién eres, anciano?
—Soy Yacatecuhtli.
—¿El dios sabio y viejo?
—Sí.
—¿Para qué has venido?
—Sólo he venido para indicarte el camino que te llevará a la salvación y no tengas que vivir eternamente en el desierto.
—Pues indícamelo, ¿en qué dirección debo ir?

El viejo dio media vuelta y caminó hacía una planicie pelona de hierba en la que había dibujado un circulo con cinco soles. El anciano estaba muy arrugado y tenía una barba rala muy larga. Sus pasos eran cortos pero muy seguros, parecía que en lugar de pisar el suelo apoyaba sus pies en el sendero del tiempo. Al llegar a la explanada, Yacatecuhtli se detuvo y le indicó a Chipahuac que cogiera dos alacranes que sacó de su bolso de piel de conejo y le dijera cual pensaba que iba a ganar.

—Escoge uno, el que te parezca que puede ganar en la contienda.
—¡Este! —indicó cogiendo el bicho más pardo de cola y aguijón largo.
—¿Estás seguro?
—Sí, sí, seguro.
—Ponlo dentro del círculo.

El anciano se inclinó lentamente y puso a los dos animales detrás de la línea. Al principio empezaron a caminar sin rumbo fijo. Están marcando su territorio—comentó el viejo—, pronto aparecerá una hembra y ellos lucharán por ella. Así fue, en cuanto dejaron claro cuál era su propiedad se acercaron el uno al otro y se ensartaron en una lucha feroz. Sus cuerpos giraban por el polvo y sus tenazas se aferraban al contrincante con una fuerza brutal. La lucha duró unos minutos hasta que uno de los insectos se quedó inmóvil, vuelto de espaldas con las patas estiradas. Chipahuac sonrió de alegría y oyó la voz de la mujer del río.

“Felicidades, Chipahuac, ahora podrás tenerme para siempre”.

El viejo, sin decir nada, se fue y dejó que la bella mujer se acercara. Chipahuac sintió cómo, con un algodón húmedo, ella le limpiaba la cara, remojaba en una vasija un estropajo y le limpiaba el cuerpo, lo peinó y le puso un collar de caracoles. Lo abrazó y le dio un beso muy largo.

—Xolotl, Xolotl, ven aquí, mira esto.
—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto escándalo?
—Lo he encontrado, es Chipahuac, míralo tú mismo.
—Sí, es verdad. Está muerto.
—Sí, seguro que uno de esos tlaxcaltecas lo reconoció y decidió machacarle el cráneo. Bueno, ¿Qué hacemos?
—Nada. Hay que dejarlo allí hasta que se lo coman los zopilotes.
—Pero nos preguntarán por él. Recibiremos un castigo por dejarlo aquí.
—No te preocupes. Era un mal gobernante, nadie le tenía aprecio sincero y sus allegados sólo lo toleraban por conveniencia. Ahora ya está fuera de juego. Diremos que huyó y que nadie sabe dónde quedó su cadáver.
—¡Qué ironía! Después de causar tanto daño y ser tan vanidoso, vino a servir para alimentar hormigas.
—¡Vámonos ya! Da la orden de que se ate a los vencidos y que caminen en fila india hacia la ciudad. ¡Que no se nos escape nadie! Oye, este año los dioses se pondrán felices y habrá buenas cosechas, ¿no crees?