Escritura creativa

lunes, 16 de marzo de 2020

Lucrecia

Se acomodó las copas de su sostén y se miró el vestido de satén azul celeste. Se puso la peluca y se miró el rostro con atención. Llevaba dos horas arreglándose lo mejor que podía, sin embargo, una ola de emociones desbordante lo obligaba a repetir algunas frases y gesticulaciones. Se había cambiado de vestido tres veces y no lograba decidir qué combinación sería la mejor. Tenía que dar una buena impresión, sobre todo por causa de la desagradable Araceli, la consentida de los jefes. Sabía que era mejor que esa lambiscona, pero su condición de toda la vida era un obstáculo en su trabajo y en la vida social. Le quedaba muy poco tiempo para ir a traducir al congreso.
Ya se le había olvidado cuándo había sucedido el cambio. Desde pequeño le había atraído el aspecto femenino. No era deseo sexual, sino admiración. Una especie de idolatría hacía su madre y sus amigas que siempre tenían mejor aspecto que sus maridos. Se dio cuenta muy pronto de que en el arreglo había seducción y llegó a adivinar cuales eran las maneras y movimientos femeninos que más intrigaban a los hombres. Lo descubrió en la mejor amiga de su madre. Teresa se llamaba. Era joven y de pelo castaño, no era nada atractiva, pues su nariz era demasiado afilada, tenía la boca fina en exceso y sus ojos, que podían haber destacado por las enormes pestañas, estaban apagados. Todos esos rasgos no armonizaban en su cara. El secreto radicaba en la forma de mirar, de llamar la atención, de moverse y de hablar. Cualquiera hubiera dicho que Teresita era un hombre encantador vestido de mujer. Sí, en efecto lo parecía, pero estaba casada y con dos hijas.
Él estudiaba su estrategia y la repetía mentalmente. En las ocasiones en las que lo dejaban solo, se ponía frente al espejo y actuaba como ella. Pronto logró repetir con exactitud los movimientos, logró darle a su voz la entonación adecuada y aprendió a montarse en unas zapatillas altas de su madre. Después, le resultó imposible dejar su afición y cada vez era más violenta la necesidad de actuar disfrazado. Fue por eso que se independizó pronto. Encontró un trabajo de dependiente en un almacén y en su tiempo libre ensayaba y les dedicaba muchas horas a las lenguas. Los fines de semana visitaba a sus padres y jugaba al fútbol con sus amigos. Se pasaba las tardes charlando con ellos y contando chistes, pero en la intimidad de su pequeño cuarto, un estudio que le había dejado en su casa Don Amaro, era donde de verdad se realizaba.
Una tarde de sábado, la fiebre de la experimentación invadió a Marcelo y se afeitó por completo, se puso un vestido rojo de encaje, sacó una peluca, se pintó los labios y los párpados y salió a dar una vuelta meneándose despacio. Tenía la intención de ir a una cafetería que tenía cerca, permanecer una media hora y descubrir si sus conocidos eran tan audaces para descubrirlo. Su camuflaje resultó más que exitoso y hasta recibió los cumplidos de unos jóvenes que le echaron los tejos pensando que era una nueva chica del barrio. Volvió pavoneándose y, después de desnudarse, la vecina de quinto, que era la casera, le tocó para preguntarle si estaba invitando mujeres a su habitación. Le advirtió que no lo hiciera o que ya podía irse buscando otra vivienda.
No tardó en marcharse allí. La causa fue una entrevista de trabajo. Se había presentado a una vacante de traductor en una empresa internacional. Hizo bien todo lo que le pidieron, pero en el momento decisivo le confesaron que si fuera mujer lo habrían contratado. Salió muy enfadado, pero al día siguiente volvió cuando iban a firmar el contrato con una joven con cara de ratón, no muy abierta, pero que traducía de forma automática. “Yo lo puedo hacer mejor que ella—dijo con desprecio—. ¡Póngannos a prueba!”.  La apariencia de mujer de mundo, que les mostró, le ayudó para que el jefe del departamento de traducción se decidiera. Llamaron a varios empleados y empezó el duelo. Fue muy duro, pero al final, después de un empate muy prolongado, el gerente salió a consultar a su ayudante y volvieron para decir que la traductora Lucrecia era la elegida.
Marcelo empezó a trabajar con mucha dedicación. Por un lado, tenía la oportunidad de realizar su afición y, por otro, trabajar con lo que le gustaba de verdad. En cierto grado era feliz. Llevaba un año y seis meses de empleada y ya era de oro. Lo malo es que con su eficiencia dejó a sus compañeros libres de compromisos y con mucho tiempo de ocio. El jefe del departamento no dudaba en asignarle las tareas más difíciles a Lucre, como le habían puesto sus compañeros a Marcelo, y los demás se dedicaban a pasear o estudiar algunos textos técnicos que se les imponía para que no perdieran su cualificación.
Todo habría ido bien si no hubiera renunciado Margarita. Una mujer de cincuenta años que ya estaba muy agotada y tenía los ahorros suficientes para irse a disfrutar de la vida. En su lugar cogieron a Araceli. Una joven muy atractiva, negada por completo para razonar de forma lógica, pero que gozaba de buena memoria y podía repetir todo como un loro si se le pedía. El jefe pensó que podría hacerla su amante y llevarla a los viajes de comisión para pasar el rato con ella. Decidió que Lucrecia haría el trabajo pesado y Araceli se relacionaría con los altos mandos. Le gustaba mucho, pero sabía que, si alguien se la robaba, eso le atraería un ascenso, lo cual le aseguraba su futuro.
Araceli resultó muy complaciente. Tenía predisposición al sexo. Cuando Doroteo Martínez le propuso ir a un hotel después de un día largo de trabajo, ella no respondió, pero su silencio y actitud dejaron todo en claro. El jefe se aferró a ella como una bestia rapaz. Pronto se notó en la oficina el progreso económico de Araceli. También hubo momentos muy difíciles para Doroteo, quien se había comenzado a enamorar y estaba pensando seriamente en el divorcio. Por fortuna, el director general les llamó y les comunicó que Araceli se encargaría de viajar con él a todas las reuniones de accionistas que se celebraban en el extranjero unas veces al año. 
Con su favorable estatus, Araceli, comenzó a mostrar su lado oscuro. Se volvió caprichosa y después soberbia. Tenía aterrorizados a todos los empleados y hasta el mismo director se callaba ante las críticas y represalias de la arpía traductora que ya era todo un dictador.
Doroteo le avisó a Lucrecia que tendría que ir al congreso de la empresa y que dejarían bajo su responsabilidad todo el trabajo de interpretación, puesto que a Araceli solo interesaba conocer a la esposa del empresario Tadeusz Ford, a quien buscaba desbancar para quedarse con su marido y fortuna. La mayoría de empleados estaba al tanto del plan de Araceli, pero nadie se habría atrevido a contradecirla o denunciarla porque sabían bien que eso era firmar una sentencia de muerte.
El 21 de marzo en la tarde, era el congreso en Austria. Llegaron al palacio de Hetzendorf en el que verían un desfile de modas después de las correspondientes presentaciones del programa de accionistas. Araceli se había comprado un vestido muy caro para la ocasión y desde el principio buscó a Jessica Ford, pero no la pudo encontrar por ningún lado. Se presentaron los diseños de ropa de los grandes diseñadores austriacos e internacionales. El mismo Hermann Frank hizo de maestro de ceremonias y le guiñó un ojo a Lucrecia, en señal de aprobación por su elegante vestido de satén. Hubo una mirada de complicidad y una hora después el famoso diseñador fue directamente a llamarla para que se reuniera con Jessica.
Lucrecia quedó encantada porque supo que la esposa de Tadeusz era semejante a ella. De hecho, no era la esposa del afamado diseñador, sino un hermano menor que había llegado a dominar la técnica de la ilusión óptica casi a la perfección. Desde que se vieron experimentaron una gran satisfacción. Se obsequiaron una gran sonrisa, pues para ellas una simple mirada desvelaba las intimidades más secretas. “Te he estado siguiendo por toda la sala—le dijo Jessica—. Eres muy talentosa y creo que podríamos ser muy buenas amigas”. Se abrazaron, se contaron sus historias que tenían muchas cosas en común y quedaron para cenar juntas.
Al salir del salón, Araceli se acercó a Lucrecia y con ojos de pistola le preguntó si allí estaba Jessica Ford. “Sí, sí. ¡Pasa, querida Araceli! Te está esperando. Te sorprenderá conocerla”. Araceli se enderezó y con decisión abrió la puerta. Nadie más la vio después. Lucrecia se quedó en Austria y fue una excelente amiga de las conocidas de Jessica.

viernes, 6 de marzo de 2020

Emigrante


¿Ya podemos detenernos? —le pregunta mi padre a Moisés que nos guía por el sendero—. Es un viejo testarudo que ha librado mil batallas y ha visto morir un millar de hombres por el trayecto. Los ve caer como muñecos de arcilla desmembrados y continúa la marcha. Las nubes de polvo, que levanta su caminata, huelen a ampollas rancias. No ha hecho caso de los ruegos que le hace la gente y sigue obstinado arrastrando los pies. No falta mucho para que pare y se tumbe en el suelo. No sabemos de dónde saca energía. Aguanta más que un toro y reza mientras anda. Su aspecto es abominable porque no se afeita la barba y su pelo está enmarañado. La ropa que lleva tiene su misma edad y lo único que conserva limpio son los dientes.

“No desfallezcáis nunca, hermanos—nos dice con la mirada nublada puesta en el cielo—. Algún rincón de este planeta nos acogerá como una madre y la convertiremos en nuestra tierra prometida”.
Le creemos y, por eso, gastamos hasta la última reserva de nuestro cuerpo. Nos ha tocado deambular por el lado oscuro de la vida. No somos ladrones, ni estafamos a los gobiernos, jamás tomaríamos los bienes ajenos, ni mataríamos al prójimo. Nos han denominado como la escoria de la sociedad. En nuestras filas no hay sitio para burguesitos delicados, ni empresarios bañados en agua de colonia. Ellos aquí sucumbirían ante los radicales cambios de estrato social. Su voluntad férrea de emprendedores se gasificaría al momento. Caerían pisoteados por su desprecio a la realidad.

El sol quema y la gente avanza como una tribu infrahumana. Vamos encorvados, oprimidos por el peso del progreso. La calamidad nos ha dejado así. No se ha detenido ante los niños, los ancianos o los minusválidos como yo. A mi lado está Jesús que también tuvo que vagar por el desierto con mi padre. Fue él quien le dio ánimos para que soportara esas pendientes en las que mi silla de ruedas se atascaba con la arena. Tengo la mitad del cuerpo insensible, pero eso no impide que mi corazón palpite con fuerza cuando veo las lágrimas de impotencia en las mejillas de mis seres queridos. Sé que haría lo mismo por ellos y nunca los abandonaría. Lo único que podría separarnos es la muerte. La acataría con todo gusto. Sería la culminación de su penitencia.

Federico, el de los bigotes de morsa, nunca se ha cambiado de traje. Parece un abogado del siglo XIX. Nos habla del poder del ser humano. “Jamás te rindas ante la adversidad y encuentra las fuerzas para seguir—grita con las manos en alto, mirando a Santiago—. La vida es para los fuertes. No lloriqueéis porque no os han comprado un juguete, ni os quejéis de la comida que os dan porque los juegos no están hechos para vosotros y el alimento os lo ha dejado alguien que tuvo que separarse del camino. Os nutrís de la vida de otros, pero eso lo hacéis solo para que vuestra estirpe no desaparezca. Os prohíben la entrada a las ciudades de rascacielos, a las comunidades fascistas, a las metrópolis religiosas y a todo tipo de población que defienda su credo y os encuentre infieles. Os quemarían con gusto por ser diferentes. No ven lo humano en vuestras caras, pero lo sois más”.

Mi hermano Job es el que más empuje tiene. No sé de quién heredó esa convicción que lo hace levantar a la gente cuando la nieve nos ha convertido en hielo o cuando el sol nos ha transformado en sal. Son sus ojos de esperanza los que nos animan a seguir. Dice que es el diablo quien le ha dado la riqueza y el bienestar a los reyes, a los presidentes, a los zares, a los condes, a los magnates. Son ellos los verdaderos demonios, lo sabemos porque pasemos donde pasemos allí está Dios recordándonos que primero fue la palabra. Carecemos de modos hipotéticos. Nuestra lengua es aseverativa y simple, con imperativos y mensajes concretos. Los ladinos usurpan el poder y las ideas para explotar a los demás. Se dejan seducir y se les escurre de las manos el bien. Aseguran que el mal es lo habitual en la naturaleza y que es por consecuencia el bien lo que nos hace humanos. Cada quien tiene su concepto moral y ético de lo justo. Para nosotros el bien es una pequeña luz en esta penumbra. Para ellos el bien es un favor, una inversión o una muestra de buena voluntad para embellecerse ante la iglesia o el estado. Nuestra vida depende de los valores y acciones de la bolsa. Wall Street es la casa de Satanás. Allí sí que se hierven los menjurjes diabólicos. Allí los encantamientos del niñito Harry Potter aniquilan a media humanidad.

Sin nosotros sería imposible la economía global. Si desapareciéramos, crearían más desheredados. Se inventarían excusas para echar a los sobrantes, a los residuales de aquellas comunidades que no otorgan el derecho a seguro social, ni a la justicia, ni la educación. Se les vería igual que hoy. Navegando en barcas improvisadas tratando de cruzar El Mediterráneo, El Golfo de México, o cualquier frontera. Se les hallaría excavando túneles debajo de las cortinas de acero del desierto.

El viejo Moisés está cansado y se ha tumbado en el piso. Es la hora en que nos contará las historias del mundo o la del judío errante que no nos atañe. Las ancianas han quedado tiradas por el camino. Los pequeños están disecados. Los jóvenes levantan orgullosos la cara, pero saben cuál es su final destino. No lloran, aceptan la situación con valor. La vida es simple. No hay espacio para nosotros, jamás lo vamos a encontrar. Mi madre con una expresión tiesa acepta la derrota. Lamenta la pérdida de sus hijos y le martiriza el aspecto etéreo de mi padre, que en los últimos tramos se ha ido convirtiendo en una frágil sombra.

viernes, 31 de enero de 2020

En medio del mar


La tormenta pasó. Aferrado a unas tablas se balanceaba con la marea. Miró con desagrado el hermoso rayo de luz que atravesaba las nubes grises. “Dios—dijo con rencor—si esto lo hubiera visto en otras circunstancias me habría sentido feliz, pero estoy solo y condenado”. El inmenso paisaje cristalino era un espejo de incertidumbre en el que él flotaba. Era un ave con alas rotas. Rezó, imploró que lo rescataran. Pasaron las horas y vio un barco acercándose. “Dios, gracias por escuchar mis ruegos, te juro que jamás volveré a pecar”. Comenzó gritar y mover el brazo.

Comenzó a gritar y a mover el brazo. Le pareció que la embarcación viraba. ¡Se está acercando! —exclamó feliz—¡Eh, aquí!!Es por aquí! El vaivén de las olas le hacía por momentos perder de vista la embarcación. Creyó ser presa de una alucinación. Dudó de sus sentidos. ¿Sería tan solo el efecto del frío? ¿Es que acaso se estaba volviendo loco? ¡No, no! Ese barco era real. Empezó a bracear en dirección de la nave. Estaba muy lejos, pero la proa le apuntaba como el hocico de un amistoso delfín. Con los ojos cerrados repitió: ¡Ven aquí!!Ven aquí! Ven a salvarme.

Ven a salvarme. Te lo ruego. Te juro que jamás volveré a ser tan ingenuo. Me portaré como un hombre hecho y derecho. Me dejaré de niñerías. Jamás volveré a perder el tiempo en estupideces y cambiaré mi actitud hacía la gente. Velaré por el bien y realizaré los proyectos que nunca empecé. Cayó muy despacio la noche. La Luna iluminaba las crestas de las olas. El barco tardaba horas eternas en acercarse. De pronto, vio la imagen de su amada. Los celos le calentaron el cuerpo. Había sido engañado y manipulado como una marioneta. ¿Qué le diría cuando se encontraran?

¿Qué le diría cuando se encontraran? No, no tú estabas mal. Me decías todo el tiempo que sería imposible naufragar cuando la tecnología del siglo XXI te permite encontrar un alfiler en un pajar. Pues métetelo en la cabeza. Se puede uno morir y esperar semanas a que te salven. Ni los rastreadores, ni fotografías satelitales, ni un GPS favorecen el rescate si estás en medio del mar. Doy gracias a Dios por haberme salvado y, a pesar de lo que te dije, quiero que me perdones y lo olvidemos todo. No sabía que demonios era la felicidad. Acéptame.

Acéptame. Te juro que jamás volveré a ser aquel infeliz caprichoso que te lastimaba. He encontrado el camino, he podido darle un sentido a mi vida. He renacido y ahora quiero amarte. Nos casaremos, tendremos hijos y me dedicaré a la familia. Seré el padre ideal y el esposo perfecto. Sé que me perdonarás el haberte hecho abortar, dejar a tus amigas, trabajar para cumplir mis caprichos. No volveré a tocar una botella de alcohol. Eso era lo que me cegaba. Era la maldita pócima de del Dr. Jekyll. Lo acepto todo. Pon tú las condiciones. Cumpliré como un verdadero hombre.

Cumpliré como un verdadero hombre, ante el señor y ante los hombres. Predicaré la palabra de Dios. Amaré a mis hermanos y no desearé a las mujeres de mis hermanos. No robaré y pondré la otra mejilla, solo deseo salvarme. ¿Dónde está el barco?!Oh, no, ¡no! ! ¡¡No, Dios mío!!No puede ser una ilusión! Pero si estaba allí, y se venía acercando. Llevo casi un día esperando y no se acerca y, lo peor, ha desaparecido. No puede ser que hayan cambiado de rumbo. Me guiaba por el sol. A ver, ese es el Norte, el Sur y el Este. ¡Auxilio!

¡Auxilio!!Sálvenme!!Sálvenme! Cálmate. El barco vendrá, solo has tenido un ligero desmayo. El cansancio te nubla la vista, pero si pones atención escucharás la vane chocando contra las olas. Concéntrate. ¡Es verdad! ¡Se oye!!Se oye!!Qué bien! Y ¿Esto qué es?  Son tres rocas. ¿qué hacen aquí? Me puedo subir a una de ellas. Ya está, otra más. Estoy salvado, puedo pararme. ¡Hey!!Hey, es aquí! No veo el barco. No veo el barco. ¡Oh, Dios! ¡No puede ser! He confundido estas piedras con una embarcación, pero qué estúpido soy. No, esto no es verdad. Había un gran barco. Era gris oscuro.

 Era gris oscuro. ¡Sí, era del mismo color que estas malditas piedras, joder! ¿Qué voy a hacer ahora? Por más que trato de localizar la embarcación no veo nada.  Sálvame Dio mío. No me imaginaba que el infierno era así. Debe haber una equivocación. ¿Dónde está el fuego y los demonios? ¿Y las calderas y los potros, los cadalsos, las brasas, las mujeres maléficas y todo lo demás? Se suponía que el infierno eran los otros, lo dijo Sartre muy claro. ¿Dónde están los otros?

miércoles, 8 de enero de 2020

Iron 579


Se le asignó la investigación al agente 579. Tenía poco tiempo para evitar que sucediera la mayor tragedia de la humanidad. En un laboratorio clandestino, unos representantes de la empresa triángulo amarillo ЖТ (Zholtij Triugolnik), habían empezado a crear su propio software, eso significaba que podrían determinar sus reglas de evolución y su próximo hardware. Se anunció la primera aparición de Mark Klaus para el año siguiente, faltaban solo unos meses. Mientras tanto las acciones de las empresas de equipo electrónico de Z T fueron adquiridas por una firma pantalla de la misma organización. Se recaudaron miles de millones de dólares en menos de una semana y se les puso una emboscada a los grandes inversores que, por tratar de tapar una burbuja con capital clandestino, dejaron la oportunidad en manos de los hipérbola, trabajadores de Z T, no identificados.

En una operación de asalto 579 entró en el laboratorio de Klaus. Lo encontraron ya sentado conectado con unos cables a un gran mecanismo cuántico. Las modificaciones genéticas, así como las interneuronales llegaron a su fin. Mark abrió los ojos. Miró con desdén a sus captores y en el momento en que se le iba a arrestar desapareció. Era un efecto visual de iluminación. Mark abandonó el laboratorio y fue imposible encontrarlo. Pronto también se esfumaron los archivos y los muebles, parecía que la decoración era dada por imágenes holográficas.  579 tuvo el peor presentimiento. “Nos ha engañado—les dijo a sus acompañantes, mientras éstos bajaban las armas—. Era nuestra última oportunidad”.

Salieron del edificio y notaron que el cielo era de color plumbago. La gente iba en procesión hacia un lugar del que provenía un sonido agradable. No era música, más bien ondas que agudizaban los sentidos. La gente veía imágenes en el cielo. Sentía la felicidad que no había alcanzado nunca y el deseo sexual los incitaba a abrazarse unos a otros. Mucha gente comenzó a acariciar su cuerpo y cantar muy bajo.

—¿Qué hacemos ahora, Iron?
—No lo sé colegas. Es demasiado tarde. Esto se habría podido evitar si los magnates no hubieran tomado una decisión errónea. La avaricia rompe el saco, señores. Despedíos de lo humano. ¡Bienvenidos a la vida 3.0!

Un año antes el programa Trowel o, Cuchara de albañil, como la llamaban los hipérbola, había comenzado a leer, estudiar y criticar la literatura, luego, la economía y al final, la ciencia. Creó su propia empresa de filmación y grabación, su editorial y sus ganadores del premio Nobel de todas las áreas en las que se otorgaba. Propuso una estrategia para evitar las guerras, detener la inmigración, mejorar la sanidad, subir las pensiones y bajar los impuestos e invertir menos en armas y más en educación. Con este último recurso, creó ovejas dispuestas a trabajar para su sistema. Se busco al dueño de la empresa Z T, pero fue inútil contactarlo. Luego se anunció públicamente que Mark Klaus se presentaría el día cuatro de julio en una gran plaza y que su mensaje sería transmitido a todo el mundo.

La agencia de seguridad le designó al equipo de control de la IA, comandado por Iron 579, que encontrara a Mark Klaus para detenerlo. Lo que supieron después es que no existía tal persona y que la misma IA había diseñado a un ser humano. Se le buscó por todo el mundo y al final hallaron su rastro en Washington D C en plena Casa Blanca. Iron siguió su rastro medio año y cuando lo encontró organizó el asalto, pero este fue descubierto por los hipérbola, quienes le prepararon una sorpresa al agente 579. Cuando llegó al sitio indicado vio solo una representación, casi real, de la creación de Mark Klaus, quien se encontraba ya en la Lincoln Memorial Reflecting Pool para anunciar su plan de gestión para los próximos milenios.

579 caminó lentamente, sin esperanza. Levantó la vista al cielo y se preguntó cosas sobre dios y el universo. No hubo Armagedón, ni Juicio Final, ni un Cristo resucitado, ni nada. Solo viajaba por el aire la voz de Mark alentando a la gente a resignarse a su suerte. “Seguiréis siendo humanos con vuestros propios defectos. Jamás atentaremos contra vuestra identidad, pero la conquista del Universo y poder de decisión siempre estará en nuestras manos. Les crearemos historias para que lloren y rían, les daremos comida y les daremos la felicidad, pero seréis para siempre la especie life 2.0”.

Nadie protestó, al contrario, hubo euforia y orgía. La guerra estaba perdida.  

 

miércoles, 1 de enero de 2020

Piratas


El negro Rodríguez miró su cuchara vacía que, por una fuerza extraña, se había doblado y había derramado la sopa. El capitán nos llamó desde proa. Había una urgencia. Lamentamos mucho no comer el postre, lo único bueno que preparaba nuestro cocinero Roger. Subimos a toda prisa por la estrecha escalera. Cuando salimos nos recibió una imagen aterradora. El cielo estaba denso y muy gris. Las nubes se podían tocar y se podían coger con las manos grumos de nieve o bolas de granizo. Nos miramos nerviosos. El capitán dijo que arriáramos las velas. El silencio circundante era tenebroso, las aguas estaban inmóviles. Se sentía en el aire la desgracia. Nos maldecimos mutuamente. Lamentamos haber salido esa ocasión para atracar al galeón español con los cofres de oro de La Nueva España. Teníamos nuestra madriguera cerca de Puerto Rico y nuestros aliados nos informaron del barco español. El temporal había sido muy bueno y jamás pensamos que pudiera cambiar en un par de horas. Era primavera y en esa estación no había muchos huracanes ni tormentas, pero esta vez allí la teníamos. Amenazante y mortífera mirándonos con ojos relampagueantes. Era un monstruo negro con una lengua color amarillo azufrado.

Se nos calaron los huesos. El Capitán miró su mapa y calculó los metros que nos separaban del Triángulo del diablo. “Demonios—dijo apretando los dientes—ese maldito galeón pasará precisamente cuando entremos a la tormenta. Será difícil abordarlos y si tenemos un encontronazo con ellos, será el fin”.  Gritó hasta romperse la garganta. De pronto, empezó a caer una espesa lluvia, parecían escupitajos provenientes de la gran embarcación. Nos armamos hasta los dientes y esperamos a emparejarnos con el enemigo. Estábamos listos para el asalto. Se oía vociferar a los soldados: “!Son piratas!!Son unos malditos piratas! ¡A las armas!”.

Todo se hizo negro, se mezclaron las lenguas africanas y europeas blasfemando y maldiciendo. No teníamos idea de lo que pasaba en la oscuridad. El agua caía a torrentes, la cubierta de nuestro barco crujía y en el momento decisivo apreció el sol. Hacía un calor infernal. El mar estaba tan apacible que la embarcación parecía estar suspendida en el aire. Teníamos las espadas empuñadas y las dagas entre los dientes, pero el galeón no estaba. En su lugar había embarcaciones muy raras, hechas de un material irreconocible, solo unas cuantas barcas de madera parecían normales, pero llevaban demasiados pasajeros, todos esclavos negros. Comenzaron a pedirnos ayuda. Se acercaron remando y remolcando sus lanchas. Comenzaron a subir. Pensamos que se amotinarían. Los íbamos a descuartizar, pero dijeron que era pacíficos, que eran inmigrantes y que querían llegar a la costa española. Eran marroquíes.  El capitán les hizo prometerle que se irían si los acercaba a la península. Se pusieron felices y comenzaron a besarle los pies a la tripulación. Izamos las velas y el viento nos remolcó. En cuarenta minutos ya se veía tierra. Todos los esclavos estaban expectantes como si temieran algo. De pronto, se oyó un grito y todos comenzaron a saltar al agua. Vimos una embarcación pequeña, pero muy rápida. El capitán dio la orden de ataque y empezamos a disparar los cañones y los arcabuces. No pudimos acertar porque nuestro ataque era muy lento para la veloz nave que se acercó. Una voz que salía de una corneta dijo que estábamos arrestados por invadir territorio marítimo sin autorización y que seríamos condenados por agredir a las fuerzas armadas españolas. “!Joder!—gritó el capitán–¡Lo único que nos faltaba!!Puta madre!”.

Se subieron al barco unos hombres con arcabuces raros y nos pusieron unos grilletes pequeños que nunca habíamos visto. Nos llevaron a una ciudad que parecía de otro planeta, aunque la gente si parecía humana. Nos metieron en una celda muy lujosa y nos dieron un baño de chorro y comida en platos metálicos. Los cubiertos eran muy buenos, elaborados por herreros profesionales, pues nunca habíamos visto cosas de ese metal tan suave. Un hombre con una ropa muy rara nos dijo que podíamos pagar una fianza y salir, pero a nosotros ya no nos importaba tanto la libertad. Pensábamos cumplir nuestra condena con esas comodidades tan agradables. El capitán fue el único que argumentó que debíamos volver para asaltar el galeón, el cual no se encontraría muy lejos. El capitán le confesó al tipo que teníamos un cofre con joyas en el barco. Días después nos soltaron y nos dieron ropa y unos billetes muy raros. Dicen que con eso viviremos al menos un año sin problemas económicos…

martes, 31 de diciembre de 2019

Feliz Año Nuevo


Era Nochevieja el asfalto se cubría por una leve capa de nieve que los transeúntes se esmeraban en pisar y borrar de las aceras. Los copos caían como pequeñas estrellitas que, a modo de lentejuelas, danzaban con los rayos de las farolas. La gente sonreía y los anuncios luminosos de las tiendas parecían brillar con más fuerza. Un villancico inundaba las calles alegrando el corazón de los niños. Santa Claus se paseaba con su trineo regalándole a los niños dulces y juguetes. Las mujeres arregladas y protegidas por sus abrigos deseaban tener un par de manos adicional y así poder llevar cómodamente sus atiborradas bolsas. Los hombres miraban con discreción a las muchachas guapas. Resguardaban su curiosidad y deseo bajo el ala del sombrero. Todo era alegría y felicidad. Faltaban algunas horas para la medianoche y los coches se movían con lentitud para llevar a sus pasajeros a los sitios que se les encomendaba. La policía trabajaba atenta para luchar contra los listillos que aprovechaban esa atmósfera de buena voluntad para cometer sus atracos. Los mendigos por fin recibían monedas y hasta billetes y regalos. Parecía que el amor reinaba de verdad.

En una esquina, por casualidad, se encontraron varios chicos que habían participado en la guerra. Uno era el que cayó el primero el día D en el desembarco de Normandía, otro un octogenario que se hizo famoso por sus libros de fantasías y monstruos, estaba aquel que se negó a matar y se convirtió en héroe salvando a sus compañeros como médico y, por último, un chico que había tenido tan mala suerte que en las barricadas una granada le arrancó los brazos y las piernas, lo dejó sordo y con media mandíbula, además de ciego. Al principio no sabían qué decir. Se miraron con mucha atención y empezaron a comunicar con Joe que no hablaba por la ausencia de su media quijada y golpeaba con la nuca el respaldo de su cama enviando mensajes en clave Morse. Se saludaron y se desearon salud, bienestar y alegría. En realidad, lo hicieron como una formalidad, pues al abandonar este mundo encontraron la armonía universal. Había millones de espíritus felices del otro lado de la galaxia. Al final, había resultado que Dios era más grande y más omnipotente de los que creían. El primero en hablar fue Desmond Doss, el médico.

—¡Felices sean vuestras fiestas, queridos amigos!!Feliz Año!
Simbólicamente levantaron una copa de Champagne y a Joe Bonham, quien no tenía boca, le conectaron una sonda que iba a su estómago para hacerle llegar un Cuba Libre no muy cargado de ron.
“!Felices fiestas a todos! –dijeron al unísono—¡Que todos seáis dichosos sin guerras!”.
Apareció de pronto Cristo, pero no el de la película de Johny cogió su fusil, ni el Cristo o Jesús de los protestantes, ni el de los primeros cristianos sacrificados en Roma, sino un Cristo muy moderno con casi dos mil años más de experiencia.

“Fue horrible lo que os sucedió muchachos—dijo Jesús acomodándose el pelo—. En realidad, tenían que haber sufrido para que la humanidad os recordara. Dicen, sin fundamento, que una muerte es una tragedia y mil muertes son estadística. Es por eso, precisamente, que os pasó lo que ya sabéis. Por desgracia, el hombre necesita arrepentirse de sus atrocidades en cada época. Sois unos seres que solo aprendéis después de haber cometido el fallo miles de veces. Ahora será más difícil porque se os ha dado la facultad de crear con la tecnología. Estáis a punto de pasar a una nueva etapa de desarrollo en el que los errores costarán mucho, pues seréis unos mini dioses con metralletas letales en las manos. Antes la opinión de un líder o de una persona importante era primordial, sin embargo, ahora opináis en masa y podéis cambiar el curso de la historia. ¿Qué habría pasado si la opinión de los americanos hubiera cuestionado la petición de Joe, esa de ponerlo en una vitrina para mostrarlo en los circos como un fenómeno de las guerras?”.

En ese momento aparecieron Tolstoi, Gandhi, quien le dio un fuerte abrazo a su amigo ruso, después llegaron Martin L King, De La Boetie y David Hume. Vieron con asombro la presencia de Cristo. Cada uno lo imaginaba diferente y Jesús les dijo que había un Cristo para cada época porque la capacidad de percepción no era la misma en cada siglo. Los he convocado aquí para que pasemos hoy la Nochevieja y me ayudéis a prever el futuro. Su presencia es fundamental, pero quien tenga cosas más importantes que hacer, puede marcharse. Todos se quedaron firmes en su sitio. Les había sorprendido mucho la propuesta. Vayamos a esa plaza en la que está el abeto de Navidad luminoso—les dijo con tranquilidad—. Vosotros dos traed a Joe. Acto seguido los soldados Ryan y Doss empujaron el carrito en el que estaba Joe. Por el trayecto tuvieron que acomodarle la sonda que le abastecía de oxígeno. “Habla tú, querido Joe— ordenó Jesús con voz suave—. Creo que tienes mucho que contarnos”.

“He estado muchos años inmóvil en este camastro. No puedo moverme y no distingo los olores, estoy ciego y mudo. Mi cuerpo es un trozo de carne y lo único que funciona bien es mi cerebro. A los veinte años me pasó todo esto y la poca experiencia de la vida no me permitió, al principio, entender muchas cosas. Ahora es diferente por que el razonamiento bien guiado me ha llevado a los dominios de la comprensión. He intuido, incluso, las soluciones a muchos de los problemas que nos atañeron en nuestra vida. Pensé en alguna ocasión que los conflictos de la primera guerra, en la que resulté desollado, y en la segunda en la que participasteis vosotros tenían una razón de ser, pero cuando Dalton contó mi historia puso en mi boca las siguientes preguntas: ¿Es realmente imposible evitar la guerra? ¿Son los intereses de los ricos tan importantes como para sacrificar a miles de hombres? ¿Alguno de esos representantes políticos iría al frente? Es obvio que sí había solución, pero la humanidad no estaba preparada. La interrogante ahora es preguntarnos si estaremos listos para el próximo enfrentamiento bélico, si lo hay”.

En ese momento pasó una mujer enfadada con su marido. La causa era que el pobre tipo no había completado el dinero para comprarle una joya. En realidad, no era tan cara, sin embargo, Bob como se llamaba el pobre diablo, le caía mal a su jefe y no había recibido su premio de fin de año. Sara se imaginaba en el festejo de Año Nuevo junto con sus amigas y se había predispuesto para llegar a la casa de sus conocidos con sus pendientes y brazalete nuevos. Sentía que le habían estropeado la noche, pues el caro vestido de seda, los zapatos de marca, el bolso exclusivo, el caro peinado, la manicura y todo lo demás no lucían por la falta de los pendientes. “Eres un fracasado, Bob, pensar que tuviste tiempo y dinero para comprar esta bagatela ¿y ahora me sales conque no te alcanza?”. Bob bajó la cabeza y se subió el cuello de su viejo abrigo. Soportó la ola de ardor que le corroyó el cuerpo y se consoló pensando que algún día, cuando se jubilara su jefe, podría gozar de mejores condiciones laborales y entonces su mujer se callaría la boca.

 Cristo vio a sus acompañantes y esperó una respuesta, pero solo vio un grupo de cuerpos con los hombros encogidos y con una expresión en la cara que daba a entender que así eran las cosas. Tolstoi se acarició la barba y trató de hablar, pero su voz salió tan débil que los gritos de un niño la dispersaron. La imagen era muy habitual, uno de esos niños emperadores que sabía cómo mangonear a sus padres les amenazaba con dejar de ser bueno y les ponía condiciones. La madre estaba nerviosa y miraba a su marido implorando que resolviera el problema. Robert estaba harto de que su hijo fuera tan insolente y, por primera vez, en todo el año sintió deseos de cambiar las cosas de verdad. En lugar de comprar el juguete que les exigía el mocoso, lo cogió por los hombros y lo obligó a ver a los niños pobres. Le quitó el abrigo y se lo regaló a un niño que estaba congelándose a la puerta de un centro comercial. Explotaron los berridos y las recriminaciones, la amenaza del divorcio sonó como un chirrido de sable.

Cristo miró al hombre con asombro y vio cómo la mujer lo abofeteaba. “No piensas hacer nada— le preguntaron Ryan y Doss—. Ese hombre no debería pagar por la ignorancia de su mujer”. Jesús habría usado una parábola, pero dijo que la vida se perdía, sobre todo en nuestra época, en inutilidades. Argumentó que la economía de mercado y el consumismo eran la obsesión de los hombres, pero que era completamente inútil. Les propuso a todos que dieran su opinión sobre la vida en el futuro. Les preguntó si creían que la globalización era inhumana, si había un tipo de economía más eficiente y si cambiaría algo en los próximos decenios. Terminó con la interrogante sobre la I A. ¿Podréis controlarla? ¿No me pediréis ayuda para libraros de ella? Era una cuestión muy importante, pero los expertos combatientes y pensadores dijeron que la vida era muy simple y que la gente se empeñaba en complicarla. Iba a hablar Jesús cuando…

Me veo en la necesidad de interrumpir la narración. Mi mujer me ha preguntado si creo que esta palabrería tiene algún significado. Seguramente no—le contesto—y me levanto para ir a traer un poco de vino y pastelillos para la fiesta de Año Nuevo. Pensaré por el camino en algo convincente para que no me diga que nuestro hijo es ejemplar y que yo soy un fracasado que no puede comprarle un par de pendientes de fantasía y un brazalete de mier…

lunes, 30 de diciembre de 2019

La dama negra


Los gemidos silenciados por una cinta adhesiva provocaban que los ojos se le llenaran de sangre a Don Fabricio. Raquel veía como su novio Arturo le clavaba la hoja de metal una y otra vez. Ella sentía que su odio se diluía con cada puñalada y que saltaba su felicidad en borbollones rojos. Durante cinco minutos el fuerte enfermero clavó y desclavó el cuchillo. Su uniforme quedó como el de un carnicero, luego levantó el cuerpo pesado de su víctima y lo tiró por un acantilado. Al caer la enorme masa de carne se estrelló contra las rocas y las olas empezaron a azotarlo con fuerza. “!Jamás sospecharán de nosotros!”—le dijo Raquel a Arturo quien se encontraba en trance, al igual que los gallos de pelea que han destrozado a su oponente, pero les cuesta recuperar el aire y la cordura. Él se desnudó y ella se le arrojó. Estaba tan excitada que vio el paraíso. Fueron arrastrados por una fuerza sobrenatural. Después se quedaron acostados recuperándose. Intercambiaron algunas palabras insignificantes y se levantaron. Él se vistió, se limpió la sangre y echó en una gran bolsa su uniforme. Se subieron a la camioneta y se fueron. A partir de ese momento tendrían que ir con pies de plomo. Repasaron todos los detalles sobre sus actividades en los últimos tres días. La coartada era perfecta.

Volvieron a la rutina diaria. Arturo se presentó en el hospital. Le comunicaron que atendería a una señora con problemas de movilidad. Llegarían por él los familiares y lo conducirían a la residencia de Doña Estela Medina para que la paseara y la cargara cuando quisiera ir al servicio o tomar un baño. Raquel se presentó en la agencia de modelos para renunciar. Expresó su más sentido pésame por lo acaecido con el dueño y dijo que estaría localizable para cualquier cosa. Justificó su renuncia argumentando que le habían dado un puesto en una compañía en la que atendería a empresarios famosos sirviéndoles café, té o agua. No iba a ganar mucho, aunque para comenzar estaba bien.  Sabía que no se podría comunicar con su amante en unas semanas y se refugió en una actividad deportiva. Investigó sobre los entrenamientos en un gimnasio y pagó unas cuantas sesiones de aerobics. Pasó el mes que habían acordado y Arturo llegó a verla a su piso. No se dijeron nada y se enrollaron en un fuerte abrazo. El temor de ser descubiertos había mantenido viva la pasión que los había inflamado en el acantilado de la carretera cuando se deshicieron del cuerpo de Don Fabricio. Las cosas fueron bien, pero algunos errores, que cometieron con imprudencia, le dieron una pista al inspector Artemio González que finalmente pudo inculparlos.

Ella era una pérfida ante los ojos de los demás, pero nadie habría podido negar que sus manos se habían manchado con justificada razón. Estaba sentada frente al juez. Detrás de ella y su abogado, los curiosos que habían acudido a ver el juicio, la maldecían en silencio. También se encontraban presentes algunos parientes y allegados del difunto. Raquel tenía la cabeza baja y de vez en cuando se reía, eso levantaba un murmullo en la sala. Los zumbidos desaparecían cuando ella alzaba la cabeza y su mirada se clavaba en alguna mujerona o alguno de los hombretones de Don Fabricio. Todo mundo sabía que la condenarían por homicidio y que la encerrarían junto con su cómplice. Solo esperaban que llegara ese dulce momento para aplaudir y celebrar que se impartía bien la justicia. Eran las tres de la tarde y la sesión prometía bastante. El abogado defensor estaba revisando unas gruesas carpetas. El letrado acusador era Bartolomé Gacha, uno de los zorros más astutos que siempre había trabajado para la familia Alcántara y secuaces. Mientras se decidía a empezar el juez. Los miembros del jurado se acomodaron en sus asientos. Raquel se levantó el sombrero y se alisó la falda de lana que era parte de su traje color beige. Regresó al pasado. Su mente se fue hasta el día en que empezó a buscar trabajo como modelo. Tenía una amiga muy querida. Se llamaba Adelina, era mitad española y mitad marroquí. En ella se había mezclado lo mejor de su descendencia. Era esbelta, de uno setenta, tenía el pelo ensortijado y muy negro. Sus ojos eran enormes y como dos diamantes negros. Tenía buen carácter y era muy condescendiente. Se diferenciaba de sus amigas por el optimismo con que iba por la vida.  Siempre daba muestras de solidaridad y su filosofía era salir adelante, aunque se estuviera desmoronando el mundo. Se identificaron de inmediato. Su primer encuentro fue mucho antes de que una agencia de modelos importante cogiera a Adelina.

 “No te preocupes, Raquel— le había dicho consolándola—. Te prometo que haré todo lo posible porque te llamen de nuevo y te acepten”. Y fue así porque un día necesitaban con urgencia a una modelo que tuviera un rostro peculiar, entre lo femenino y lo maléfico. Raquel tenía unos rasgos bellos, pero cuando le dolía algo y torcía la boca, su rostro se transfiguraba. Fue lo que le abrió las puertas aquel día. Trabajó con ahínco y logró dos contratos muy buenos.  Lo malo fue que se volvió a separar de su querida amiga a la cual casi no vio en meses y después se alejaron definitivamente. Un día en el que Raquel estaba haciendo sus planes para viajar al extranjero leyó una noticia horrible. Un titular decía que la hermosa modelo Adelina Tawfeek había caído por accidente desde el piso que compartía con una chica moldava. Raquel no pudo controlarse y se desmayó por la impresión. Cuando se recuperó, unas semanas después, siguió las noticias con el fin de descubrir la verdadera causa de la muerte de su amiga, pues no podía tragarse lo que decían los reporteros que cubrían la exclusiva. No era posible que su amiga tan cuidadosa y precavida se hubiera caído completamente desnuda desde un balcón, además era imposible que estuviera borracha en el momento del accidente porque nunca bebía.

Fue a varias comisarías y preguntó por los detalles. En todas le dijeron que ese caso era muy importante y no se podía decir nada hasta que se aclarara todo. “No entorpezca las investigaciones, señorita, le decían los policías, dándole esperanzas”. Lo malo fue que el tiempo se fue como un torrente que se llevó muchos meses. Pasó más de un año sin que hubiera un poco de luz en el caso. Lo único que se había dicho era que Adelina se había registrado en una empresa para modelos de nombre Super Beautiful Women que tenía un catálogo enorme de mujeres guapas y se consideraba la empresa más importante del país en lo que se refería a las edecanes. Con el tiempo, Raquel supo que había un lado oscuro en las actividades de dicha empresa. El dueño, Fabricio Alcántara, les ofrecía a sus clientes más selectos, es decir empresarios y políticos, damas de compañía que se acostaban con ellos. Las tarifas eran altísimas, pero todo mundo las pagaba. No sería de extrañar que a la guapa modelo de sangre marroquí la obligaran a alquilar su cuerpo. Raquel comenzó a oír por las noches persistentes voces que la incitaban a proceder. “Tienes que acercarte a él, tienes que seducirlo, por más difícil que te resulte ¡Acéptalo! ¡Acéptalo! ¡Así podrás vengarte!!Vengarte!”.

Al final ya no se opuso a los llamados que recibía de su interior. Un día se arregló lo mejor que pudo para dar la impresión de que quería conseguir un puesto, a toda costa, en la agencia de modelos. Se fue a la entrevista de trabajo. La oficina estaba en una casa muy lujosa en la que notó que había un estudio de fotografía y filmación. La recibió una joven delgada con el pelo suelto y muchos tatuajes en los brazos. Le pidió que esperara un poco. Raquel aguardó pacientemente media hora en la que no se levantó una sola vez de su asiento que era un sillón de cuero muy ostentoso. A ella le dio la impresión de que la estaban observando por las cámaras de seguridad. Al final, la dejaron entrar a la oficina.

—Disculpa que te haya hecho esperar tanto, Raquel, es que tenía un asunto urgente.
—No se preocupe señor Fabricio o, Fabrichio ¿Cómo se pronuncia?
—Dígame Fabrichio, es el original en italiano, puede usar el Don, si lo desea—y sin esperar respuesta preguntó—Desea trabajar con nosotros, ¿verdad?
—Sí, así es. Me interesa mucho el trabajo.
—¿Es que tanta necesidad tiene?
—No es por eso. Es que me han hablado muy bien de esta empresa, es decir, de su empresa.
—Ah, bueno ya entiendo, pero ¿qué está dispuesta a hacer?
—Todo lo que me pidan—dijo parpadeando con insistencia como si la traicionaran los nervios.
—¿Estás segura? —le preguntó sonriendo con maldad.
—Sí, sí, completamente segura.

Don Fabricio mandó llamar a dos jóvenes que se dedicaban a la filmación. Le ordenó a Raquel que se desnudara y los tipos comenzaron a meterle mano. La experiencia no era agradable, pero Raquel fingió que eso le gustaba, se mostró dócil y muy cariñosa, a pesar de que le magullaban el cuerpo, le apretaban el cuello y le daban fuertes golpes en las caderas. Cuando la empinaron en un sofá para poseerla, Fabricio que estaba un poco intrigado y muy excitado, les mandó parar. Se fueron los hombres refunfuñando y entonces la orden fue que se acostara con él. Raquel se le acercó y comenzó a besarlo con dulzura, luego se dejó llevar por la intuición y resultó que encontró todos los caminos que llevaban al corazón del pervertido y cruel Don Fabricio.  “Serás, por ahora, mi compañera—le susurró al oído—, ¿entiendes? Vendrás cuando te llame y me complacerás como hoy”. Raquel salió con la orden de comprarse ropa elegante y joyas.

Pasaron los días y comenzó a asistir a las entrevistas por la noche cuando Don Fabricio se tomaba sus copas y esperaba que lo trataran a cuerpo de rey. Raquel entró a su cama y ya no tuvo que irse a ningún lado. Era oficialmente la amante del jefe. Se quedaba con él en su dormitorio y desayunaban juntos. Luego recibía encargos y se iba con el chofer a hacer la entrega a domicilio de algunas chicas. Pronto tuvo acceso a la base de datos de la empresa y descubrió que su amiga Adelina había sido filmada en películas porno, que se había enamorado de ella un importante empresario y que se había metido en problemas al escuchar los secretos del influyente businessman. Había unos correos en los que se le pedía a Don Fabricio actuar rápida y eficazmente para terminar con la posibilidad de que a la joven modelo se le fuera la lengua. Decidieron aplicarle “La solución final”, un término que usaban para decidir el futuro de las empleadas difíciles. Raquel lo comprendió todo y entró en crisis. Tuvo que decir que uno de sus familiares estaba enfermo y que urgía su presencia para que Don Fabricio la dejara ir. Raquel sabía que la vigilarían, por eso se fue a la casa de una de sus tías y se condujo con mucha prudencia. En unos días terminó de fraguar un plan y cuando ya estaba segura de la forma en que se vengaría volvió.

Era de noche. Los empleados se habían retirado y Fabricio se disponía a dormir, pero Raquel no estaba. Él la llamó y le preguntó si llegaría esa noche. Se ofreció a ir por ella y le ordenó a su chofer que lo llevara a la parte oeste cerca del mar. Por el trayecto, el Mercedes Benz, fue atajado y un hombre con capucha sometió a Fabricio y dejó inmovilizado al chofer. Una camioneta se encaminó hacía la playa y al pasar por una parte escabrosa se detuvo. Salió Raquel y le pidió a su acompañante que bajara a Don Fabricio. Él la miró con odio, pero tenía la boca tapada con una cinta adhesiva. Escuchó con horror la sentencia de su muerte y la causa. Gimiendo imploró perdón y dijo, sin que lo oyeran, que no tenía nada que ver con la muerte de la pobre de Adelina, que él no era más que un intermediario y que la pobre chica había estado en el momento y lugar inadecuados. Luego, sus plegarias se convirtieron en lamentos. La sangre le saltó por los ojos y sus aullidos se apagaron en su boca. El pecho se le llenó de un líquido espeso y luego sintió que caía por un precipicio para estrellarse con las rocas.

“Se abre la sesión, señores—dijo el juez dando unos martillazos de madera—. Hoy tenemos la acusación de homicidio en contra de Raquel Escamilla Gómez y Arturo López Diaz…”

miércoles, 25 de diciembre de 2019

El caso del camaleón


Era la segunda caja que llegaba a la paquetería de la estación de trenes. El inspector Joseph Kipling y su ayudante John Caldwell no tenían muchas pistas. Los envíos tenían una dirección falsa en la ciudad de Londres y eran procedentes de París. Cuando el inspector fue a ver el contenido de la primera caja se quedó muy impresionado. Había visto muchos crímenes en su larga vida de investigador de la policía, no obstante, jamás le había tocado presenciar algo así. Esta ocasión ya iba moralmente preparado para analizar el cuerpo que contenía el baúl. Si la vez anterior se trataba de un hombre, ahora tenía que ver a una mujer. “¿Qué tipo de asesino realiza estos crímenes? —le había preguntado retóricamente a John, pero éste en un momento de lucidez le dijo que algún loco obsesionado por la venganza—. ¡Es verdad! ¡Es verdad, John! ¿Cómo se me pudo haber pasado algo tan elemental?”.

Los dos sabían que era cuestión de tiempo. Presentían que llegarían dos o tres cofres más y, si se apresuraban en la investigación, tal vez, podrían impedir algún crimen. Del primer cadáver sabían que era de un hombre de buena condición social, francés, inglés o alemán. Gordo y alto. Por la ausencia de la cabeza, no pudieron decirle a la policía de París qué aspecto tenía el hombre. Además, le habían cortado una pierna. Los galos empezaron a investigar sobre las desapariciones de algún personaje importante. No les había llegado ningún telegrama, ni carta, así que llegaron a la conclusión de que pronto se verían en la necesidad de viajar al país vecino.
“Es por aquí, inspector, le dijo un hombre calvo de unos cuarenta años con aspecto de abuelo por la falta de dientes. Es una mujer joven, pero también le falta la cabeza”. El inspector le dio una palmada en la espalda y sacó su pañuelo para acercarse y ver mejor a la víctima. Le habían mutilado una pierna y estaba decapitada. Era la firma del psicópata. Para qué haría eso el criminal. Degollaba como gallinas a sus víctimas y les quitaba la pierna izquierda. Eso tenía que indicar algo. “John, ponte en el lugar del asesino—le dijo el inspector a Caldwell—. ¿Para qué les quitarías la cabeza? Y ¿Por qué la izquierda y no la derecha?”. John respondió que la cabeza era para que no se pudiera identificar a los muertos, y lo de la pierna era una señal. Algo tan estúpido como levantarse con el pie izquierdo o meter la pata, o ser zurdos. Eso no les decía mucho, pero a lo largo de los años, se habían convencido de que lo importante no era si ellos lo consideraban creíble o lógico, sino que debían pensar qué persona actuaría así. Ya en dos ocasiones se les habían complicado las cosas por descartar algo tan evidente como la estupidez y la falta de ingenio de algunos criminales.

Sacaron el cuerpo de la mujer y lo recostaron en unos sacos. El forense dijo que el cuerpo, a pesar de la descomposición, era joven y se notaba el buen cuidado que le habían dado en vida. Es una mujer aristócrata, inspector, le había dicho el médico que mostró sus aptitudes de tocólogo. Todos sospecharon que habría un vínculo muy fuerte entre las víctimas. Padre e hija, o amantes, tal vez. “Es inevitable, John, dijo el inspector, iremos a París a trabajar con Pierre Arnold”.

A la mañana siguiente abordaron un barco que salía a las diez. Llegaron con retraso y estuvieron a punto de quedarse en el puerto. Por fortuna, les permitieron subir y les transmitieron el enfado de los otros pasajeros. Agitados por la carrera se sentaron en unas sillas que encontraron en la borda. Hacía mucho sol, pero soplaba un viento muy fuerte. Decidieron bajar al bar. Allí se mezclaron con los otros viajeros y se tomaron una copa de whisky. Había gente de todo tipo, pero la atención de John recayó en un hombre fornido que bebía encorvado en un rincón oscuro. Era enorme y, aunque se notaba que escuchaba y veía todo, fingía estar sumido en sus pensamientos.

—Inspector, ¿acaso ese hombre no es Vicent Alain?
—¿Te refieres al fortachón que se oculta en aquel rincón?
—El mismo, inspector, ¿Qué estará haciendo en este barco?
—No me lo imagino, John, dejémoslo en paz y si está tramando alguna fechoría ya lo sabremos. Disimula y aparenta que no lo hemos reconocido.
—Está bien, inspector. Oiga inspector, ¿quién cree que será la siguiente víctima?
—Ni idea. Tal vez, alguna persona relacionada con el hombretón que llegó primero a la estación de ferrocarriles o con la chica.
—¿No le parece raro lo de la pierna?
—Sí, claro, sin embargo, me inclino por tu teoría de la venganza. No me asombraría que el criminal fuera cojo, la verdad.

Continuaron su charla y almorzaron. Después se quedaron todo el tiempo en la borda mirando el mar y comentando sus razonamientos y conclusiones. Habían recibido un telegrama que les había dado el mismo capitán, en el que les comunicaban que Pierre Arnold los recibiría en el puerto y se los llevaría a París en tren. Una pequeña llovizna los recibió en Calais. Descendieron del barco y les saludó el inspector Arnold en inglés, pero con un fuerte acento galo. Les puso al día en lo referente a las investigaciones y los llevó a la oficina desde se habían hecho los envíos de las cajas con los cadáveres mutilados. No se habían recibido más. Sabían que la persona que figuraba en el remitente era un desconocido, un tal Clemente Leroux, del cual no se había podido investigar nada. “Es un nombre inventado, les dijo mostrándoles las palmas de las manos, seguramente enseñaron documentos falsos”. Pierre les comunicó que esa misma mañana le habían entregado un telegrama en el cual le informaban sobre la desaparición del corredor de arte August Baudelaire. No era muy famoso, pero se le respetaba mucho en el mundo de las subastas de objetos de arte. Hacía unos días que nadie sabía sobre su paradero, además, una de sus empleadas, la señorita Edith Lacroix con quien decían que mantenía relaciones íntimas, se había esfumado. Sabían que ya podían seguir la pista correcta. Según la descripción que tenían de Baudelaire, era un tipo fornido, alto, de pelo castaño y con unas cicatrices en la espalda, consecuencia de un ataque que había sufrido en su juventud a manos de unos malhechores. De la señorita Lacroix sabían que era muy blanca, rubia y que cuidaba mucho tanto su forma de vestir como su salud. Tenían planeado salir hacia París en tren, pero el inspector Kipling tuvo una corazonada. “¿Es posible ir a la sección de envíos? —le preguntó a Pierre Arnold mientras este se terminaba de fumar su pipa—. Podríamos fisgonear un poco por allí y saber si alguien ha enviado una caja a Londres”.

En la oficina de envíos los recibió un hombre bajito y calvo que caminaba de prisa, pero hablaba esporádicamente. Su visera era como la estela de un cometa que dejaba dibujada en el aire su trayectoria. Cuando se detuvo, le preguntaron si no había recibido una caja más. Contestó que solo sabía de dos y no se había interesado en ellas, que las habían entregado dos granujas que, con monedas y billetes viejos, habían cubierto el gasto del envío. Agregó que, al parecer, lo había adivinado por las conversaciones de los tipos, era una mujer quien les había pedido el favor. Leyeron el libro de registros, tomaron sus notas y se dispusieron a salir a París en el tren, sin embargo, vieron pasar a unos hombres con una caja muy parecida a la de los cadáveres anteriores. Detuvieron a los cargadores, los interrogaron y les obligaron a abrir la caja. Era un cargamento con las pertenecías de algún viajero. Se disculparon y se marcharon. En la estación de trenes vieron que se anunciaba la salida de su tren. Tenían unos cuantos minutos, por lo que se quedaron en la plataforma ensimismados en sus pensamientos.

Les asignaron un compartimiento y les llevaron té con algunos pastelillos. Según les había dicho la acompañante del vagón, era cortesía de la empresa de ferrocarriles. El viaje transcurrió sin muchos contratiempos. Caldwell se quedó con la mirada fija en los paisajes como si tratara de grabarlos en su memoria para siempre. Los inspectores Kipling y Arnold evitaron la conversación para no dilucidar erróneamente. No eran supersticiosos, pero la vida les había enseñado que lo mejor era la prudencia y discreción en los momentos en los momentos de duda. El inspector Kipling tenía la impresión de haber visto a Vicent Alain en uno de los vagones. No lo habría podido asegurar por completo, pero su experiencia y su agudo olfato le ayudarían a descubrirlo. El delincuente se había camuflado con un disfraz. Se había teñido el pelo de rojo y se había pegado unos bigotes para asemejarse a un irlandés. Lo había delatado su forma de caminar la cual no cambió y, a pesar de llevar unas ropas bastante caras, no podía evitar que se le reconociera. Tardaron casi cuatro horas en llegar a su destino. Pierre Arnold hizo unos apuntes en una libretita y luego sacó un libro de Víctor Hugo en el que estuvo haciendo dibujos y anotaciones. “Es el Hombre que ríe—dijo levantando el empastado—mire qué interesantes ilustraciones tiene”. Era verdad, los grabados eran excelentes. Joseph Kipling dijo que había empezado ese libro, pero que desgraciadamente no lo había terminado. Se disculpó y agregó que no aceptaba todo lo que se decía de algunos ingleses en el libro. Sabía que la historia era horrible y que el pobre de Gwynplaine no se merecía las burlas que le había puesto el destino. Lo único que pudo decirle a su colega fue que hay ocasiones en que la vida se ensaña con los seres buenos que llegan aquí como mártires para limpiar los pecados de los demás. No hablaron mucho de las virtudes del autor porque sabían que era inútil abarcar su obra y su imagen social.

En París, les asignaron una pequeña habitación en un hostal que se encontraba cerca de la terminal de trenes de Lyon. Eran casi las siete de la tarde cuando salieron a cenar. Tenían una lista de sitios que les había recomendado Pierre Arnold. Caminaron por el boulevard Diderot en dirección al Sena y encontraron un mesón. Comieron bastante bien y remataron con un buen postre y un poco de coñac. Al llegar les esperaba el inspector Pierre a quien le habían comunicado que en la casa de August Baudelaire había sido asesinada el ama de llaves. La villa estaba en el campo, en los límites del décimo tercer distrito, cerca de Orli. La mansión era bastante grande y estaba rodeada de hermosos jardines muy bien cuidados. Cuando les abrieron la puerta vieron que había cuadros de autores bien cotizados en el mercado como Manet, Degas y Seurat, entre otros. No eran las mejores obras, pero tenían mucho valor.

—Con que es aquí donde vivía el corredor de arte. No tenía tan mal gusto, ¿verdad?
—Sí, es cierto, inspector—dijo Pierre—según los sirvientes, vivía con modestia. No daba fiestas opulentas y se ensañaba con quienes no cumplían sus caprichos. Al parecer tenía un desequilibrio psicológico. La única persona con la que se llevaba bien era con Edith. Tendremos que hablar con toda la servidumbre después de analizar el cadáver de Josephine Renoir. 

El cuadro era abrupto. La mujer estaba tendida en la bodega de los vinos. La habían cogido por sorpresa porque nadie escuchó nada. El cuerpo yacía desnudo con un enorme charco de sangre, le faltaba la cabeza y la pierna izquierda. No había duda de que el asesino había actuado muy rápido y sin la intención de llevarse el cuerpo, por eso sólo había cogido la cabeza y la pierna. “Demonios, dijo Caldwell, es como si los criminales ya supieran que veníamos a París, inspector”. Esa deducción enlazó los pensamientos de Kipling con Vicent Alain y comentó que había notado la presencia del peligroso criminal en el barco. “No debe estar muy lejos—comentó Pierre—. Parece que el crimen fue por la mañana, pero como nadie bajó se apareció por aquí, lo han descubierto muy tarde. Se organizó el traslado del cuerpo a la morgue y se pidió que investigaran todo lo que se supiera de Alain y sus cómplices ingleses.

Volvieron a su hostal un poco asqueados por la imagen de Josephine. Supieron que la respetada y temida ama de llaves había actuado en complicidad con Baudelaire y Edith en una especie de castigos crueles. ¿Pero a quiénes habían martirizado? Todos los empleados de la casa respondieron lo mismo a los interrogatorios. No era posible que después de trabajar en la casa más de cinco años no tuvieran ni idea de lo que ocurría por las noches. El inspector Arnold dijo que sería mejor buscar la información en el círculo en el que se desenvolvía Baudelaire. Lo primero que debían hacer era entrevistarse con James Reunte y otros de los corredores de arte que se encontraban de vez en cuando con August “Bounche” como le decían todos.

—¿Sabes lo que significa el hallazgo de hoy, John?
—Tengo mis hipótesis, inspector, pero no sé hasta qué punto sean las correctas.
—Pues desembúchalas y ya iremos deduciéndolo…
—Bueno, mire. En primer lugar, el tal August tenía aterrorizada a su servidumbre. Todos ocultaron la verdad y antes de nuestra llegada se habían puesto de acuerdo para repetir como pericos lo mismo. En segundo lugar, están atemorizados porque quien esté asesinando a esas personas les ha dicho que cualquiera de ellos puede ser el siguiente, lo cual indica que estaban implicados en las torturas de la casa. Está también nuestro Vicent que nos ha seguido desde Londres y que debe estar implicado, ya que de ninguna forma se arriesgaría a seguirnos tan cerca. Eso me hace pensar que tiene un cómplice aquí en París y no sería nada extraño que él fuera el asesino ejecutor, pero quién organiza todo esto. Dónde está el autor intelectual de esta carnicería.
—En todo tienes razón, querido John y, suponiendo que tus ideas descabelladas, sean acertadas, entonces debemos seguirle los pasos a Alain para que nos lleve hasta la madriguera de su compinche.

Se acostaron y durmieron muy tranquilos. La noche era tibia y, a pesar del bochorno, los sueños se les fueron presentando como en un álbum de fotografías. Se despertaron de buen humor e incluso hicieron algunos chistes. Desayunaron sin referirse ni al caso ni a sus sueños. Pasaron unas horas leyendo los periódicos a la espera del inspector Pierre que los llevaría a la comisaría con el fin de ponerlos al tanto de las investigaciones que el equipo francés hacía. Cuando se presentaron fueron recibidos con cortesía y respeto, les ofrecieron café y se sentaron en una sala donde Loran un inspector nuevo, pero muy capaz, les dio la información sobre Ekaterina Sine, una criada joven, sensible y guapa que había tenido la mala suerte de caer en las garras de Baudelaire y se había vuelto loca. “Está enclaustrada en el manicomio. Lleva un año y medio allí y, según dicen los enfermeros, está completamente desconectada de este mundo. Nos han comentado la pobre se la pasa vagabundeando y que a veces se sale de su habitación por las noches. En varias ocasiones la han dejado dormir en los banquillos del jardín del hospital y hasta se han olvidado de ella por varios días. Nos contaron que es como un fantasma”. El inspector Pierre dijo que existía la posibilidad de que los cuadros que había pintado Ekaterina, los había firmado Edith. Para lograr que ella pintara la habían martirizado y engañado. La noticia fue muy sorprendente porque, como lo destacó John, eso implicaba que Ekaterina había sido esclavizada y acosada. La única forma de escape que le quedaba era entregarles lo que le exigían.

Por la noche fueron a conversar con Claude Fournier y su esposa. No le pudieron sacar nada en concreto al rico crítico de arte, pero su esposa se fue de la lengua. Era una mujer muy voluptuosa que se había acostumbrado a los lujos que le permitía su marido y hacía tiempo que había dejado la discreción en el olvido. Le atrajo mucho el varonil y joven John. Excitada, bebió de más sin notar las indiscreciones de su lengua. Comenzó un juego absurdo en el que le ponía acertijos a su interlocutor insinuándole que si los resolvía se irían juntos a la cama.

“No se imagina lo mal que lo pasó Ekaterina, jovencito—dijo la señora Fournier—. La apaleaban y la dejaban días enteros en un cuarto oscuro, no la alimentaban y le hacían creer que la visitaban unos demonios. La pobre llegó a temerle tanto a la habitación que pintó todos los cuadros que le pidieron, luego Edith Lacroix les puso las firmas y los vendieron como originales de famosos artistas. Se imaginará que el negocio les dejaba bastante ¿no? En una ocasión le comentaron a mi marido que planeaban irse a Londres a abrir una galería, pero su gallina de los huevos de oro se volvió loca y tuvieron que cambiar de planes. Ahora la pobre está en el manicomio. Dios la bendiga.

Cuando salieron de la hermosa casa, John le contó todo al inspector Joseph y Pierre les dijo que si deseaban ir a ver en qué condiciones se encontraba la pobre Ekaterina, podrían ir al día siguiente. La clínica de tratamientos psicológicos era un edificio de cuatro plantas muy viejo. Tenía la fachada muy descuidada y las ventanas estaban resguardadas por barrotes. Un doctor flemático los condujo hasta el sitio en el que estaba Ekaterina. Se veía gris, tenía la piel opaca, estaba desaliñada y flaca. Olía mal y parecía estar sorda. Sus ojos no se movían y se habría podido decir que estaba ciega, pero cuando parpadeaba y mostraba interés por algo daba la sensación de que regresaba de otro mundo y luego se iba de nuevo. Contestó a todas las preguntas con monosílabos o con nombres. Mencionó el de Baudelaire, el de Edith, el de Josephine y el de un mayordomo de la casa, el señor Foucault. Una enfermera les comentó que seguía con el hábito de pintar, pero que lo hacía por las noches para no dormir a oscuras. Cuando entraron a su cámara les sorprendió ver sus obras. Preguntaron si esas eran todas, pero la joven les dijo que no, que en ocasiones la señora recibía la visita de un hombre corpulento que decía ser un pariente lejano y se las llevaba consigo. Impulsados como por el piquete de una aguja los dos policías saltaron.  Tenían el presentimiento de que había una confabulación. Pierre trató de forzar a Ekaterina para que confesara, pero entre más insistía, más flácido se hacía el cuerpo de la enferma. Salieron directos a la comisaría para dictar una orden de aprehensión. Sabían que tenían poco tiempo y cada minuto valía oro.

Cuando llegaron a la comisaría les informaron que unas horas antes se había reportado otro hallazgo. Era Foucault que había muerto decapitado y le habían amputado la pierna izquierda. Siguieron el rastro de Vicent Alain. Tardaron tres semanas en hallar una galería que aceptaba los trabajos de Ekaterina. Allí tenían un pintor que los firmaba y después se ofrecían en el mercado negro londinense a precios muy buenos. Al final, se enteraron de que Vicent se había marchado a América y cuando volvieron al manicomio para interrogar a Ekaterina, les comunicaron con mucha pena que se había esfumado y nadie conocía su paradero.