Escritura creativa

viernes, 24 de abril de 2020

La escultora de pétalos


La revelación de la naturaleza le llegó con el matrimonio. Fue una mañana soleada cuando al salir de su cabaña miró las montañas y la hierba primaveral. Sintió de nuevo ese rompimiento del pliegue de su tejido virginal y la fecundidad se derramó por todo el campo. Estaba feliz porque se identificaba en la naturaleza. Las flores, la hierba, la arena. Los montes protegidos por un manto azul y un fogón de rayos astrales cantaban un himno a la vida de su vientre. ¿Para eso era el matrimonio? —se preguntó sonriendo— ¿Entonces por qué toda la gente se queja? ¿No se dan cuenta que la creación y la divinidad están a una distancia nimia?

Pasó la tarde recorriendo con su marido el inmenso terreno. Él deseaba que llegara la noche para continuar con el responsable papel de procreador que le había designado Dios. No era por placer ni pecado, sino para corresponder a los divinos mandatos. No aceptaba que su corazón, duro en las faenas y justo en el revelado de las cintas e impresión de fotografías, se había emblandecido al tocar el cuerpo desnudo de Georgia. Eran como el pistilo maduro recibiendo el polen en el pelambre de las abejas o mariposas. El viento sacudía los rayos de polvo dorado y los pétalos se enternecían deshidratándose hasta que el rocío matutino los refrescaba.

Supo que esa era su vocación. Ir hacía la madre fecunda y plasmarla en las telas. Así, cada mañana, cuando su marido se montaba en su caballo para ir a capturar imágenes en su cámara, ella cogía su caja de pinturas, los pinceles, unos trapos y el aguarrás. Se echaba el caballete al hombro, que era muy rudimentario, pues lo había hecho con unas ramas de arce seco, y se iban despacio. Caminaba mirando los sitios más interesantes. Colocaba sus bártulos en los sitios más confortables y se quedaba mirando el paisaje. De vez en cuando su atención era atraída por arbustos o flores. Georgia era capaz de permanecer hasta una hora observando una flor. Era su método para extraerle la forma. Seguía con paciencia todas las líneas y memorizaba sus tonos. Le encantaba pintar a mediodía cuando la luz era plena y traspasaba los pétalos. Cuando ya no tenía nada más que memorizar, se levantaba y cogía los pinceles. Le gustaba el óleo aguado, por eso sus pinturas parecían acuarelas. Las telas que usaba no tenían demasiada base y la pintura penetraba rápidamente. Los trazos de Georgia eran prolongados y suaves. Al pintar acariciaba en sus pensamientos las flores. Era delicada y sus sentimientos se plasmaban en la tela dándole la transparencia de la luz solar a sus pinturas.

Volvía cuando las nubes empezaban a merodear curiosas las pulpas de los frutos del deseo. Los grises de las sombras turquesas servían para que la talentosa artista les diera volumen a las figuras. Satisfecha recogía sus cosas y regresaba a su casa. Colocaba el lienzo en un rincón y se ponía a preparar algo de comer. Su cocina era muy rudimentaria, lo que la obligaba a asar la carne directamente en el fuego. Preparaba una sopa de verduras y buscaba los restos del pan horneado de la noche anterior. En cuanto terminaba de cocinar, entraba Alfred, la miraba de forma inquisitiva y cuando veían el mutuo brillo de la satisfacción se les dibujaba una honesta sonrisa de triunfo en los labios. Comían haciendo los comentarios de las aventuras del día. La tertulia se llenaba de imágenes que los iban elevando como si fueran una enredadera.

Descansaban en un diván tomando café o té, saboreando dulces de yema de huevo. Veían el atardecer desde el porche y cuando el rosado cielo pasaba al violeta hablaban de arte, de la forma de cambiar el mundo a través de su humilde visión. Él quería reformar la apariencia de las cosas. Encerrar sus paisajes en una nueva geometría, en pequeños rectángulos de papel. Ella, por el contrario, intentaba que de sus pinturas saliera la vida, que se desbordara el color para invadir el planeta. Deseaba que ese mar de emociones inundara a las personas cuando se posaran frente a sus obras. En realidad, ya hacía tiempo que lo habían logrado, pero cuando se es artista la búsqueda es eterna, decía al terminar un trabajo.

Llegó el día de la mala noticia. Georgia se había gastado su fecundidad en las labores. Su cuerpo se rindió ante esa predisposición a rescatar la naturaleza. No lo resintió porque consideraba que sus hijos eran sus lienzos bien amamantados de frescura maternal y néctar de flores. Se dedicó a rastrear la embocadura de esa fertilidad y cómo la localizó. Estaba por todos lados. En las cascadas, en las llanuras, en las copas de los árboles y en su espíritu. Pasó el tiempo y la columna formada por los bastidores y telas llegó a abarrotar el estudio. Alfred ya no estaba y las grietas de la piel en el rostro de Georgia eran surcos profundos los cuales formaban con el rocío matutino unos riachuelos salinos.
Tuvo cientos de amigos. Muy famosos algunos. La visitaban varias veces al año solo para ver o confirmar que su esfuerzo no era inútil. “Claro que no—decían los expertos que de oídas— sabían de su creatividad—. Algún día sus obras costarán una fortuna”. Era verdad, las famosas salas se engalanaron con sus flores y paisajes después de su muerte. Los corredores de arte hablaban de millones y los grandes coleccionistas se peleaban por una pieza como si fueran bestias voraces.

Para ella—decían los directores de los museos—, no había cosa más valiosa que pintar. Su labor era pura satisfacción y se embelesaba con cada trazo. Nunca podremos ponerle un precio a las emociones que nos transmite. Sus cuadros tienen una fuerza descomunal que viene directamente de su alma, la cual sigue presente aquí, por eso es imposible asignarle una suma”. Se tomó la decisión de compartir la espiritualidad y sus trabajos se quedaron como invitados de honor en las más famosas galerías. Se prohibió su venta y se montaron exposiciones para curar la depresión, la esterilidad y la esquizofrenia.

miércoles, 22 de abril de 2020

Las hileras interminables


Nadie jamás me ha entendido y dudo que alguien logre hacerlo. La razón es muy sencilla. Vivo en un manicomio, a pesar de no estar del todo demente. El problema es básicamente la privacidad. ¿La privacidad? —me preguntará con esa cara de asombro que ha puesto—. Pues sí, en efecto es la privacidad. Hubo una época en la que conviví con unos artistas y me robaron mis ideas y luego se hicieron muy, pero muy famosos. Lo único es que jamás lograron superarme. No había ni crédito, ni fama, ni siquiera dinero de por medio. Era sólo dignidad. Entiendo perfectamente que en cuestiones de arte se va saturando lo pasado hasta llegar a un exceso que genera una nueva corriente, es entonces cuando llegan los demás, lo copian y se dedican a utilizarlo hasta el cansancio y luego llega otro que interpreta la realidad de otra forma y crea el nuevo modelo para reproducirlo.

Mi situación como decía antes no está relacionada con esa copia de lo nuevo. A mí, me lo robaron todo porque no era mi percepción de las cosas, era, más bien, la forma en que veo y veré el universo y su realidad. Se ha dicho mucho de mi estilo. Dicen que es una alucinación o un defecto del cerebro que me obliga a reproducir lunares, bolitas, esferas o formas diminutas de gusanos de manera obsesiva. “Es la droga—gritan a los cuatro vientos en las exposiciones donde me presentan—. Esta mujer está más loca que una cabra”. Creen todos que para pintar lo que veo es necesario ponerse hasta arriba de estupefacientes, pero para mí es algo que viene desde mi niñez. De pequeña me quedaba mirando los almacenes de grano de mis padres y podía ver la diferencia entre ellos. Unos eran más redondos, otros más largos, otros, más ovales.

Un día le dije a mi madre que el mundo estaba hecho de pequeñas bolitas. Ella me miró con picardía y me explicó que era verdad. “El Mundo está hecho de átomos”. Sí, mamá, eso toda la gente lo sabe, pero si supieras que los puedo ver, ¿qué pensarías? No contestó y siguió con sus labores. Más tarde me mandaron a una escuela de dibujo porque a mis padres les parecía que tenía facultades, lo único, y fue esa la razón de que me llevaran con el profesor Yokio, era que debía olvidarme de pintar bolitas y adaptarme al estilo nihonga. Si usted, que veo su sonrisa es muy expresiva, ¿ha trabajado alguna vez con los materiales de ese arte? No pensará que para mí fue una tortura, ¿verdad?

Imagínese que le ponen a realizar una alfombra con pequeños trocitos maleables de alambre y requiere que miles de ellos estén perfectamente alineados. Hasta allí todo está bien, pero pongamos que su necesidad incontrolable de ver el mundo hecho de canicas o círculos le dice que cada palito debe convertirse en un arillo. Ahora, imagine que un hombre disciplinado y riguroso en exceso es su maestro. Usted llorará de desesperación, deseará morir en cada momento. Pues, resistí y logré que me expulsaran de la escuela de dibujo, no tan pronto, pues ya le he dicho que Yokio era muy paciente y sádico. Me riñeron en casa porque realmente se habían puesto todas las esperanzas en mí. No duré mucho en mi hogar. A los diecisiete años me fui una noche. Busqué una actividad lucrativa, pero lo único que encontré fue el de dependienta en un establecimiento al que no iba mucha gente. En los ratos muertos, cogía telas, cartones, pinceles y hacía mis cuadros. Mis patrones no le vieron utilidad a mi trabajo y me echaron.

Seguí bastante tiempo ganándome la vida con el sudor de mi frente, como dicen todos por allí. Un día una amiga con la que compartía un rincón en una casa vieja, me invitó a una exposición de pintura moderna. Era horrible, la verdad, pero la organizadora tenía fe en los nuevos pintores y cuando me vio hacer un pequeño boceto de algo que yo copiaba y no imaginaba, como dijo ella al verlo, me propuso que hiciera algunos cuadros y se los llevara. “Jamás he visto algo así —me dijo dándole vueltas al lienzo—. Creo que tienes madera de artista”. En la siguiente presentación me incluyó y después ya era la representante de los artistas innovadores, luego me hice famosa y me llevaron a Nueva York.

Allí conocí a esos ladrones, en cuanto vieron mis cuadros comenzaron a imaginar sus propias obras con el mismo estilo. No les dio repelús cuando me presenté como la autora. Creo que ni siquiera me consideraron una persona y claro. ¡Cómo les iba a impresionar una japonesita insignificante como yo! Si hubieran podido me habrían pisoteado, pero no lo hicieron. La fama me llegó, es cierto y el dinero también. El ambiente americano me sacaba de quicio y prefería mil veces estar sentada frente a un profesor testarudo como Yokio, que soportar las veladas en las casas de los ricos donde todas las conversaciones giraban en torno al dinero. Me refugié en mi casa. No dejaba entrar la luz del sol y en mi estudio trabajaba como hormiga en una cámara iluminada por un centenar de lámparas. Decidí hacerme corredora de arte. Trabajaba desde mi casa y los clientes me visitaban, pero me fui a la bancarrota. Decidí volver a mi patria.

Las condiciones no fueron las óptimas. Ya tenía un pequeño desequilibrio psicológico. Me había convertido en una ermitaña y mi visión comenzó a degenerarse. Tuve que ponerme gafas de botellón. Por un lado, eso me ayudó a redescubrir el mundo. Los cristales solo les dieron un efecto cromático a las cosas y mi inquietud artística se desbocó. Cada día pintaba de quinientas a mil burbujas proyectadas hacía en horizonte y después las unía para delinear figuras. Los colores eran exuberantes. Era fantástico. El trabajo me excitaba tanto como el sexo, pero una mañana ocurrió algo terrible. Pensé que esos cuadros también me los copiarían y dejaría de ser individual. Me aterré y comencé a adquirir costumbres muy raras. Yo misma me sorprendía al cubrirme con una sábana para ocultar mi trabajo. Les echaba broncas a mis sirvientes y estuve a punto de apuñalarlos una tarde que a alguien se le ocurrió hacerles una foto.

Ahora estoy bajo los efectos de los sedantes. Eso me quita fuerzas, pero estimula mis ojos. Los colores se hacen tan intensos como el fuego. Veo ondas de colores, lluvia de arcoíris en pequeñas partículas que giran a mi alrededor. A veces, incluso, hablan conmigo y recitan los poemas de la fuerza universal. Siento su vibración y su tibieza. Son como los rayos de sol en una playa. Los disfruto al máximo. Cuando me permiten levantarme, voy al jardín allí la música jaspeada me eleva hasta el cielo y pasó horas disfrutando. He oído aquí unas palabras muy vagas que me han interrumpido el goce. Dicen que estoy en las últimas, pero sigo viendo, incluso, mejor que antes. Así que deben estar equivocados. Cada vez subiré más alto, estaré más lejos de los fracasados que nunca entendieron mis ideas ni mi mensaje. Les tengo que dejar para siempre. Me llama el arte celestial. Es algo indescriptible. Espero que alguna vez lo lleguen a ver. Adiós.

viernes, 3 de abril de 2020

El fin de la Historia


Cuando se terminaron las noticias apagué la radio de la cocina y me serví el agua que ya estaba hirviendo, revolví las dos grandes cucharadas de café soluble y al mezclarlas me quedé inmóvil. Una serie de recuerdos surgieron tan frescos como si hubieran sucedido unos minutos antes. Tal vez fuera la aterradora noticia de la pandemia la que me hizo cavar en ese pasado olvidado y sacar como si fueran el tesoro de un pirata aquellas escenas. Estaba trabajando en la embajada, en el departamento de política exterior y sonó por todos lados una palabra. “!Fukuyama!!Fukuyama!”. Al principio Nadia y yo no entendimos un pito de lo que se trataba, pero cuando el mismo embajador bajó por la escalera librando tres escalones en cada zancada, entonces quedó claro que estaba a punto de suceder una cosa gorda. Como Nadia y su servidor siempre metíamos la pata en todo, más yo que ella, pensamos que con ese vocablo japones iba a enviarnos a la calle o iba a someternos a un martirio chino o algo así. Resultó que no porque la mentada palabra japonesa era el apellido de un politólogo americano que había escrito un ensayo sobre el futuro del capitalismo. Se había agrietado la frágil cortina de acero de la URSS y estaba por comenzar una gran tragedia. 

Nosotros estábamos en el epicentro y fue la razón por la cual nos ordenaron buscar todas las noticias que estuvieran relacionadas con en programa exprés del gobierno ruso para entrar en el mercado internacional. Le habían llamado “Plan de los 500 días” y había dejado a bastante gente tres metros bajo tierra. El cálculo que habían hecho los expertos economistas del socialismo para llevar a cabo la transformación del mercado resultó tan inapropiado que hubo surgió una hambruna inmisericorde. Bueno, pues recordé ese día en el que empezaron mis jefes su carrera vertiginosa para escribir un libro sobre la situación. Íbamos contra reloj y, en el momento en el que se anunciara el primer título sobre eso del fin de la historia en plena Rusia, habría un ganador. Por un lado, estaba el embajador y nuestro equipo, por otro, el encargado de prensa de un diario muy influyente y, por último, un politólogo que frecuentaba nuestra institución para hacer traducciones del ruso al español.

Estuvimos dos meses a marchas forzadas combinando el trabajo de análisis con el espionaje. Era fundamental saber en qué fase iban nuestros adversarios. Por fortuna, teníamos topos por todos lados. Uno de ellos era la mismísima esposa del encargado de prensa y otro, la secretaria del traductor, que era súper amiga de la encargada de limpieza de nuestra embajada. Sabíamos que en cualquier momento podríamos correr el riesgo de ser engañados, pero la fe nos guiaba y seguíamos a puerta cerrada garabateando, leyendo y ordenando todo lo que podíamos. El autor del libro que se publicaría, sería, indiscutiblemente, el honorable señor embajador, pero la carga real de trabajo quedó en nuestros hombros, más en los míos y los de Nadia, que en los de nuestros jefes. El mismo día que mandamos a la imprenta nuestro escrito nos llamó el embajador muy enfurecido. “!Estúpidos! ¿Saben quién ha empezado a vender ya su libro? ¿No les dije que solo el primero que saliera a la luz sería el ganador? ¡Adiós a nuestro esfuerzo! —lo había dicho como si él realmente lo hubiera escrito solo—. Pero esto no se va a quedar así. ¿Quiénes fueron los causantes del retraso, joder?”. De pronto Nadia me miró con desconsuelo porque dos dedos índices nos apuntaban como frente al paredón. Sí, en efecto, así, metafóricamente, nos fusilaron. En menos de media hora ya estábamos de patitas en la calle con una indemnización de risa.

Traté de consolar a Nadia que era un mar de lágrimas, y cómo no, si había trabajado de forma impecable durante cinco años y nunca le habían llamado la atención por una falta grave. Lo bueno es que sus lágrimas no dejaron de brotar, pues al despedirnos se fue en dirección al centro y pasó por la embajada de Chile. Allí se encontró a su amiga que estaba buscando a una sustituta. “Me has caído del cielo Nadia, te lo juro. Mira, me casé con un español y nos vamos a Valencia, pero no tengo a nadie que se quede en mi lugar. Y…Mira, ahora tú con disposición inmediata y todo”. La contrataron el mismo día y seguro que siguió allí mucho tiempo. No lo sé con exactitud porque han pasado muchos años y, además, no he querido investigar sobre ella porque estaba un poco enamorado y no me gustaría avivar unas cenizas que ya se han esparcido con el tiempo. Al separarme de Nadia me fui a un bar en el que trabajaba mi amigo portorriqueño. Era muy alegre y me imaginaba que era la encarnación del optimismo. No se si sería así todo el tiempo, pero podría jurar que se habría reído hasta de la muerte de su madre. En fin, no soy nadie para juzgar. El caso es que se torció mi vida por completo. En ese bar bebí demasiado y me acabé el dinero que llevaba. Al día siguiente no podía levantarme y solo tres días después asimilé mi dura situación gracias al hambre. Era un año muy difícil en el que habrán muerto por sus deudas cientos, tal vez miles de inversionistas sin experiencia e improvisados, pobres ilusos. Tardé casi seis meses en encontrar un empleo decente. Tenía que matarme más de doce horas al día para poder mantenerme a pan y leche. Un año después se regularizaron las cosas gracias a unas medidas emergentes del gobierno, que le había vendido su alma a un organismo que es peor que el demonio, pues se habían endeudado con el FMI. Mucha gente comenzó a estudiar nuevas profesiones, todos se reinventaron y se acomodaron en los nuevos peldaños del sistema capitalista. Muchos se enriquecieron.

Para mí fue como estar en un naufragio. Primero se hundió el barco, luego tardé demasiado en encontrar una isla desierta y cuando ya estaba por fallecer, me rescató un barco. Lo personificaba un empresario de mi ciudad. “!Hombre, Fernando, que gusto verte!”. Fue inolvidable el encuentro, sobre todo porque arrastraba unas deudas terribles. Ya se me había deformado la cara de tanto pedir. Una mueca de pesar era lo único que veía la gente, pero Armando Corona me arrancó una sonrisa de felicidad. Por primera vez en mucho tiempo me sentí parte de la sociedad. El cable que me echó me sacó de apuros e, incluso, pude volver a ser una persona de bien. Compré ropa nueva, alquilé un piso pequeño y hasta empecé a salir con una chica. Me sentía en la gloria y listo para los nuevos proyectos que no paraban de surgir en mi cabeza. Me asocié con unos amigos y comencé a gestionar un pequeño restaurante. Lo hacíamos tan bien que en pocos meses ya éramos los más populares de la ciudad. Andrés y Pedro, mis socios, estaban felices y nos sentíamos como en las películas de empresarios famosos o mafiosos que se divertían en los bares donde había mujeres guapas y hombres de negocios. Nunca hicimos nada fuera de la ley y progresamos de forma honesta. El tiempo nos fue creando intereses diferentes y, al final, Pedro se quedó con el establecimiento.

En mala hora lo hizo porque después se anunció un “Martes Negro” uno de esos períodos en los que el estado toma medidas drásticas para regular la economía. Otra vez, la gente vio desparecer su dinero con la famosa reforma monetaria, que ya era más o menos la cuarta. En aquel entonces ni siquiera sospeché que se estaba librando una guerra más fría y más ladina que la de los años posteriores a la II Guerra Mundial. Me había desentendido de la política, pero si la hubiera seguido estudiando lo habría comprendido entonces y habría aprovechado el tiempo. Ahora es demasiado tarde y estoy aquí dándole vueltas al café mientras sufro las consecuencias de los acontecimientos que se nos vienen encima. Se nos aconsejó quedarnos en nuestras casas. El aislamiento—decía uno de mis amigos—es la mejor forma de disgregar a la gente. Me reí en aquel momento, pero no sabía qué alcance tenían sus palabras. A pesar de estar comunicados con toda la tecnología imaginable, nos evitamos más que cuando nos cruzamos en una oficina. Además, estaba el problema de no ser consecuentes. Cuando se acudía al edificio de la empresa, a veces discutíamos entre compañeros. Llegué a tener conflictos tan fuertes con algunos que evité cruzarme su camino. Me comunicaba en las reuniones con ellos tratando de evitar sus miradas, pero en la comunicación virtual fingían como ninguno. Se felicitaba a todo mundo por su mi cumpleaños, se alegraban y ponían sus emoticonos cuando se daban opiniones, aunque estas fueran las más estúpidas e inimaginables. A mucha gente la habría matado por su hipocresía, pero entendí que el mundo virtual tiene sus reglas y esa falsa Netiqueta que usaban muchos era como una trampa. Ya veremos si al volver a la oficina siguen comportándose de la misma manera, me decía yo, pero como ven es ridículo volver a las condiciones normales del pasado.

Hace tiempo que empecé a dudar de que se restablecerían las cosas. Era por lo que les había mencionado las palabras de mi amigo, pues no solo nos dividieron, sino que nos empezaron a destruir. Al principio todos pensamos que eran unas pequeñas vacaciones pagadas, sin embargo, se han ido convirtiendo en este encierro semejante a una cárcel. Un arresto domiciliario muy riguroso. Pobres ingenuos no sabíamos lo que se estaba fraguando. Maldita política internacional es más peligrosa que todos los ataques de la inteligencia artificial y todas las sectas secretas del mundo. Por qué desvarío tanto, se preguntarán, pues es por la dichosa pandemia que ya muchos dudamos de que exista. Para que lo comprendan iré por partes.

Primero tendré que volver al instante en el que se separaron las repúblicas socialistas. La pérdida humana fue terrible. Empezó la Guerra de los Balcanes, echaron de muchos países a los ciudadanos con nacionalidad indeseada. Nos taparon los ojos con esa ilusión llamada Globalización. Nos dijeron que el paraíso estaba en la distribución de la producción. Nos ponían anuncios mostrándonos selvas indómitas donde los aborígenes tomaban Coca Cola y se atragantaban de hamburguesas. Las camisas se producían con tela de Singapur, botones de la India e hilos de Guatemala. Era fantástico ver todas esas cosas. La gente entró en una carrera de fondo en la que no había obstáculos. El mismo señor Fukuyama daba los pistoletazos de salida. Se publicaron miles de libritos de asesoría comercial. “Hágase rico en dos semanas” “Como emprender un negocio en dos pasos” “Retírate joven y millonario”. Mientras leíamos toda esa basura, los meros buenos empezaron su partida de ajedrez. Los rojos emplearon la estrategia de Kutuzov. Dejaron entrar los capitales, abrieron las puertas para que los imperialistas caminaran bien orondos por las calles de sus ciudades. En todos lados se producía sin cesar.

Pasó el tiempo y cuando la parte central del tablero se encasquilló, se hizo un recuento de las piezas perdidas y saltó el peine. Allí estaban tres bandos: uno con dinero, otro con tecnología y el último con armas. Entonces sí que se puso candente la situación. Con las consignas de “Protegeremos la Naturaleza” unos abandonaron el Club de París amenazando a los imperialistas por no cooperar. La lucha encarnizada de los capitales y la abstracta división del mercado internacional llevó a un nivel superior el combate. Se le dio una patada al tablero de ajedrez y siguió la guerra a lo bruto y sin reglas muy claras. Era como un enfrentamiento entre dos bandas de mocosos que se ponen a jugar a la policía y los ladrones. “Si me sigues bloqueando mis inversiones te vas a arrepentir— decía el Mao oriental—. Ta va a costar muy caro”. Esa amenaza fue lo que llevó a la creación de las nuevas estrategias. Lo malo es que la mayoría desconocemos cómo llegó el acuerdo de paz. Sabemos por experiencia que toda tregua, acuerdo bilateral o claudicación llevan intrínseco un pago, que o es más que un sacrificio humano.

Esta vez han ido muy lejos, es por eso que no puedo parar de darle vueltas al café sabiendo que es el último que me tomo. Recuerdo cuando nos echamos unos chistes de verdad graciosos en la oficina. “Tenemos que parar—dijo el jefe—es una disposición del gobierno”. Seguidamente comenzamos a imaginarnos despertando tarde, conviviendo con nuestros seres queridos y comprando cervezas, viendo el fútbol o leyendo libritos de autoayuda, de dietas o superación personal. ¡Qué ingenuos! Los políticos dividiéndose el mundo y nosotros pensando en bajar unos kilitos de sobra. Bola de idiotas. Nos habían lavado el cerebro. Ya es muy tarde para lamentarlo. Mejor les diré que después de todo lo que he visto me quedo con Balzac y su comedia humana. Él la vivió en carne propia y sufrió las consecuencias de sus actos, pero se mantuvo en la línea. Jamás dejó de escribir sobre su realidad y nunca perdió la visión crítica para diseccionar la sociedad. Tenía que haberlo leído, también a los otros grandes. Tolstoi, Dostoievski, Andreyev, Platónov y muchos más y no sólo rusos, sino de todo el mundo chinos, americanos, indios, paquistaníes, húngaros, mexicanos y españoles, entre otros. Me pasé las noches disfrutando esas entregas semanales del Tío Sam que con su dedo me señalaba para enrolarme en su campaña, pero yo he sido siempre rojo. Me mantuve hasta en los más crudos días de hambre, desgracia y desolación. Fui muy imbécil, tenía que haber hecho lo que decía Punset. Dedícale tiempo a lo que realmente me gusta, mantener buenas relaciones sentimentales y superar todos mis temores. Esto último nunca lo podré hacer porque soy supersticioso, hipocondriaco y ahora padezco de agorafobia y antropofobia. No siempre fui así. Eso solo, después de este encierro, ha surgido y no creo, más bien dudo mucho, que logre curarme en los pocos días que me quedan por vivir.

Ya lo había leído en una novelita de Jean Christopher Schedler, Huschetler o Huttlerer no sé cómo se pronuncia. El caso es que el tipo cuenta sobre un programa para desintegrar a la humanidad. Primero los ricos van despareciendo del mapa. Los grandes magnates, ricos de verdad, van anunciando sus males. “Causa de la muerte: páncreas, sobredosis, sida, sarampión, viruelas, gripe aviar, fractura de fémur, etc.”. Luego, se forma una sociedad de nuevos humanos que gozan de todos los beneficios de la genética. Aumenta su esperanza de vida, se embellecen, rejuvenecen e incluso aparecen en la sociedad con nuevos nombres, más discretos de los que tenían antes de su supuesta muerte, después, esa nueva gente decide eliminar al populacho, es decir, limpiar el planeta de escoria, ya saben, gente como los negros, amarillos, piel rojas y demás cochambre. La última etapa está en crear nuevo dinero o, mejor dicho, acabar con la economía tradicional y establecer otro orden de intercambio monetario. Al final, creo que ni necesitan acuerdos económicos siendo ellos los dueños de todo. Lo más cruel es el método de extinción. Más desolador que los campos de concentración y con toda la crueldad del sadismo humano.

Nos hicieron recluirnos en nuestras casas, nos dijeron que era temporal, que se estaba buscando un remedio para un virus letal. Nos predijeron que habría abastecimiento, pero que la gente evitara el contacto con las personas desconocidas. Lo aceptamos mal que bien, pero había muchos incrédulos que se salían a conversar con el vecino, llegaron las multas. “Eh, usted, no salga si no es absolutamente necesario” “¡Vale, vale! No se enfade, ya me voy a mi casa.” Vino el des abasto. “Se acabó el arroz —me dijo mi madre por teléfono—, ya no podemos prepararlo a La jardinera”. Así poco a poco se fueron ausentando de las tiendas la leche, el queso, el pollo, el pan y no sé qué cosas más. De nada sirvió atiborrar la alacena de víveres. Los vecinos, sobre todo los más pequeños, con su persistencia y sus huesos de las costillas bien marcados nos obligaron a ceder.

Tuvimos que sufrir regaños y reproches al principio, pero después nosotros mismos acudimos a alguien en los momentos de hambre más aguda. A los que se cargó primero la crisis fueron los ancianos que no fallecieron por el virus, sino por la falta de pensión y alimento, luego las generaciones: Baby Boom X, Y, Z y los millennials y por último los bichos más resistentes. Me asomo por la ventana y veo a los últimos sobrevivientes. Su aspecto es lamentable. No se mantienen en pie y van cayendo como hojas secas de los árboles, ni siquiera dan el costalazo. Van planeando en la caída como si fueran parapentes. Bueno, pues como les decía. En la radio han transmitido por última vez para darnos la despedida. Ha sido conmovedor para las dos partes. Unos han realizado su sueño. Están seguros de que habrá una nueva humanidad. Más inteligente, más bella y con menos vicios y perversiones. Para nosotros, quienes le entregamos nuestro tiempo, esfuerzo y dedicación al trabajo, en lugar de dejarnos de servilismo, esperamos hasta en la hora más absurda que no llamen para laborar.

¿Qué haría si le dijeran que la humanidad se va a extinguir? Esa pregunta me la hacían en mis clases de idioma y era algo, que, según el profe, daba mucho juego, pero no sabía nadie que era algo muy probable y lo tomábamos como una bromita. Me gustaría decir lo que me habría gustado hacer, pero es inútil. El fin está a unas cuantas horas, ya no se requiere nada. Ese señor Fukuyama nos dijo que sí era de verdad el fin de la historia, al menos el fin de los esclavos del capitalismo, la carne de cañón de siempre. Bueno, si ustedes siguen allí, díganme lo que piensan, que no les he dejado hablar. Cuéntenme algo, por favor.


martes, 24 de marzo de 2020

La pandemia terminó


Teníamos una cuarentena impuesta por el gobierno debido a un virus que se había esparcido por todo el Mundo y no había un remedio efectivo contra él. Las estadísticas eran alarmantes hasta cierto grado, pues se habían muerto solo personas muy mayores, pero eran demasiadas. La preocupación llevó a las naciones a declarar un estado de alerta y cerraron todas las fronteras. Le recomendaron a toda la gente no salir de sus casas y usar una máscara al visitar cualquier lugar público. Por alguna razón inexplicable, no había pánico, al menos en nuestra ciudad. Las empresas decidieron mandar a sus empleados a trabajar desde su casa, les dieron acceso a las redes empresariales y les proporcionaron un ordenador. Las instrucciones fueron muy claras. Tenían que quedarse anclados a sus aparatos durante las horas de trabajo o administrar sus actividades de tal forma que las horas laboradas sumaran ocho. Los periódicos se encargaron de darle a la gente la fórmula perfecta para realizarlo en casa. “No se ponga a trabajar en pijama, imagine que se va al empleo, péinese, perfúmese y preséntese ante sus compañeros de la forma habitual. Además, haga las pausas de comida, del té o café, del bocadillo y para fumar. Llegada la hora de salida, despídase de sus compañeros y desconecte. Aproveche los momentos muertos para levantarse de la silla y hacer estiramientos o sentadillas, es muy útil”.

Yo hubiera seguido todos esos consejos, pero mi trabajo era diferente, lo hacía por lo regular de manera presencial. Ofrecía un servicio y mis aptitudes eran excelentes para persuadir a la gente cuando me encontraba con ella. Ahora, no sabía cómo organizarme y realizar mi trabajo de forma óptima. Necesitaba un equipo potente, una cámara muy buena y algún programa que me indicara si mi cliente me estaba poniendo atención o solo me escuchaba mientras preparaba la comida o hacía cualquier cosa que le gustara más que estarse comunicando conmigo. En mi casa todo fue bien los primeros días, incluso nos reunimos cada noche en la cena y conversamos hasta la madrugada, pero la situación cambió pronto. Como mis compromisos se fueron posponiendo poco a poco decidí volver a mis aficiones abandonadas. Hacía años que no pintaba un cuadro. Pensé que mi talento se había evaporado como el alcohol en una botella sin tapa, o que se había secado como una pintura vieja, pero no, la fortuna quiso que mi sentido artístico se sofisticara y desde el primer trazo noté que no solo había mejorado, sino que mi visión del mundo y de las cosas era completamente diferente.

Hice, según me pareció, tres cuadros dignos de un museo. Como las noticias de la pandemia eran las mismas todos los días y no se preveía ningún cambio en un mes, decidí ponerme a estudiar libros con las técnicas de los grandes maestros. Comencé con el renacimiento y me quedé con los métodos y conceptos estéticos de Botticelli. Cogí el carboncillo, luego lienzos, después elaboré mis propias pinturas y compré pinceles de cerdas naturales. Al principio todo me salía mal. Quien más me criticaba era la sirvienta que también estaba atrapada con nosotros en la casa. Como la necesitábamos en todas partes, la pobre Ausencia María, se sacrificó para que pudiéramos sobrevivir en nuestro encierro. “Esa mujer tiene las piernas muy flacas, Don Genaro—me decía a mansalva”. Encontraba miles de defectos en mis trazos, contrastes de color y efectos de fondo. Llegué a pensar que era una crítica de arte natural, pero en cuanto la detenía y le rogaba que me indicara algún defecto más, fruncía el ceño y se encogía de hombros, sin embargo, en cuanto se alejaba a hacer otra tarea, volvía y me soltaba una crítica por la espalda que parecía más una puñalada.

Me fui acostumbrando a las nuevas circunstancias. Me parecía que todos los días eran de reunión familiar, pero no estaba tomando en consideración que todo mundo estaba trabajando. Las consecuencias de mi error no se hicieron esperar. Nadie estaba dispuesto a salir al jardín un rato a tomar el sol, todo mundo comía a deshoras y siempre me interrumpían cuando empezaba a trabajar. Tuve que hacer una gráfica con los horarios más adecuados para estar con la familia en son de paz. Tuve que aprender un poco de probabilidades y estadística para marcar una franja horaria adecuada para todos. La que se puso de muy mal humos fue la señora Ausencia que aprovechó una de sus críticas sobre mis cuadros para decirme que ella no estaba incluida en el gráfico y, que como ser humano, se merecía algo de consideración. “Óigame, Don Genaro, si usted piensa que yo soy una máquina que no necesita ir al baño a hacer sus necesidades, está muy equivocado. A ver si me encuentra un hueco en su tablita para bañarme, desayunar, almorzar, cenar e ir al baño, ¿eh? Y no le pinte la cara a esa mujer con ese color, que parece que está anémica”.

Hice de tripas corazón y me volví resistente a todos los insultos de mis hijos, a los reproches de mi mujer que, por alguna complicación emocional, se había acordado de todos los momentos malos de nuestra vida y me acribillaba con preguntas del pasado. “Oye, Genaro, ese 24 de abril de 1998, cuando no llegaste por mí a casa de mi madre ¿con quién te fuiste?”. Ya le había respondido mil veces a esa pregunta y creía que se le había pasado su período de historiadora de nuestra relación matrimonial, pero otra vez comenzaba a sacar sus largos interrogatorios y me era muy difícil recordar todas las respuestas que, aunque se habían repetido mil veces, para mí habían perdido importancia y las había borrado de mis recuerdos y me daba pánico. Tres veces fallé en mis respuestas y mi esposa estuvo a punto de echarme a la calle, así que cogí un cuadernillo y empecé a escribir todo hasta el último detalle. Me dirán que pude haber aplicado la misma estrategia, pero no era posible porque mi encantadora mujer no solo tenía las respuestas, sino que incluso adivinaba lo que le iba a preguntar. Así que comencé a ser más prudente y le di gracias a dios el haberme puesto a hacer la dichosa gráfica, pues ya podía evitarla. Busqué todas las casillas donde era imposible cruzarme con Dolores y me dedicaba a hacer mis cosas.

Pasaron las primeras semanas y mis progresos en la pintura, ante mis ojos, eran evidentes, pero Ausencia había encrudecido la crítica y comenzaba a darme consejos. “Esas piernas están bien proporcionadas, Don Genaro, pero el color que les ha puesto las hace verse muy sosas. Ningún hombre en la calle le diría a esa mujer un piropo. Deles más volumen”. Pensé que mi sirvienta no sabía nada de arte y ni siquiera se imaginaba quién era el Greco. ¡Qué sabrá esta pobre inculta de lo que es el arte! Me decía yo después de cada uno de nuestros encuentros. Mis hijos eran indiferentes a mi obra. Pues, no está tan mal, papá, me decían los dos con prisa o mientras se robaban algo de la cocina para volverse a esconder en sus madrigueras. Me resigné a seguir como un invitado en mi propia casa. Todos se habían apropiado de un territorio y me había quedado sólo el salón donde mi caballete le estorbaba a todos. Quítalo de ahí, me decía mi mujer, no deja entrar la luz. Papá, aquí me tapa el paso, por qué no lo pones más a la izquierda. ¿Cómo quiere que pase por aquí con la fregona y el cubo? Decía Ausencia y además me volvía a criticar.

Al final me fui forjando una coraza para que no me cambiara el humor por las críticas, las llamadas de atención, las preguntas sistemáticas de mi mujer y la desatención de mis hijos. Creo que logré progresar bastante y ya estaba listo para elaborar una exposición. Había planeado en un mes pintar treinta cuadros y pedirles a unos amigos que me permitiera hacer una muestra en su galería. Pensé en el tema principal que sería el encierro y sus consecuencias. Pintaría con el estilo renacentista los dilemas de permanecer tanto tiempo enclaustrado en una pequeña casa. Hice los borradores y saqué hasta mi último lienzo para completar la cifra que me había propuesto. Había encontrado telas viejas de lino grueso y había hecho bastidores con los palos de las escobas viejas. La base con yeso y algo de pintura de acrílico.

Pasé la noche dibujando con carboncillo y ensombreciendo las telas con betún de zapatos y aceite de girasol. Estaban listas diez telas. Cogí las pinturas y comencé con el primero. Le daría el efecto de fondo con poca pintura, laca y varias capas de aceite. Al final del día logré terminar mis tareas. Me veía como un gran pintor, ganando mucha pasta y rodeado de admiradores. Sueña, sueña, me decía mi vanidad, mientras que el sentido común agregaba: “Sí, sí, que soñar no cuesta nada y cuando te despiertes tampoco encontrarás nada”. A la mañana siguiente me despertó el teléfono. Eran las siete y esa hora, que antes era la habitual para levantarme, me parecía más de madrugada. “Oye, Genaro, ¿ya oíste las noticias? —me preguntó Raúl, mi jefe—¿No? Pues, te las doy yo. Acaban de levantar el toque de queda, es decir, ya se puede salir a la calle. Comenzamos a trabajar hoy mismo. Preséntate en la oficina a las nueve. Hay mucha gente a la que necesitas atender. Llegué asombrado de ver tanta gente alegre. Parecía que el encierro los había hastiado y volvían a las calles, al metro y sus oficinas con mucha alegría. Muchos estaban más gordos, otros más pálidos y pocos se habían mantenido sin muchos cambios. Seguramente yo era un de esos porque en la oficina me lo dijeron casi todos. ¡Hombre, Genaro, pero si estás igual! Tal vez fuera verdad, tal vez fuera mi afición a la pintura la que me había ayudado a mantenerme entero en el duro período de la pandemia. Empecé a visitar de nuevo a los clientes. Todos me recibían con ánimo y me despedían con la esperanza de volver a verme pronto. A pesar de la alegría y buen humor de las personas, el primer día fue muy duro. Llegué a las diez de la noche sin fuerzas. Ausencia volvió a ser la misma. Lo noté cuando le mostré un cuadro y ni siquiera abrió la boca. Me fui a la cama con la esperanza de volver a la pintura, pero pasaron los días y la posibilidad era cada vez más remota.

Cada noche trataba de continuar con mi proyecto y, aunque ya podía ir a las tiendas a comprar lo necesario para pintar, no tenía ni fuerzas ni tiempo. La imagen de la exposición se fue alejando tan rápido como las preguntas del pasado de mi mujer que, por estar igual de ocupada que yo, ni siquiera me daba las buenas noches cuando nos acostábamos. Por un lado, esa tranquilidad era perfecta y mis nervios se relajaron. Lo malo es que el tiempo comenzó a coger velocidad y mis planes se desvanecieron como una leve neblina al salir el sol.

Ahora han pasado seis meses y espero con toda el alma que surja una nueva epidemia de lo que sea para que la gente se vuelva a enclaustrar en sus casas y se dedique a las cosas que realmente le gustan, pero si alguien me oye, seguro que me matará por blasfemar. ¿Qué se le va a hacer? Esta es la preciosa vida que nos toca vivir.


lunes, 16 de marzo de 2020

Lucrecia

Se acomodó las copas de su sostén y se miró el vestido de satén azul celeste. Se puso la peluca y se miró el rostro con atención. Llevaba dos horas arreglándose lo mejor que podía, sin embargo, una ola de emociones desbordante lo obligaba a repetir algunas frases y gesticulaciones. Se había cambiado de vestido tres veces y no lograba decidir qué combinación sería la mejor. Tenía que dar una buena impresión, sobre todo por causa de la desagradable Araceli, la consentida de los jefes. Sabía que era mejor que esa lambiscona, pero su condición de toda la vida era un obstáculo en su trabajo y en la vida social. Le quedaba muy poco tiempo para ir a traducir al congreso.
Ya se le había olvidado cuándo había sucedido el cambio. Desde pequeño le había atraído el aspecto femenino. No era deseo sexual, sino admiración. Una especie de idolatría hacía su madre y sus amigas que siempre tenían mejor aspecto que sus maridos. Se dio cuenta muy pronto de que en el arreglo había seducción y llegó a adivinar cuales eran las maneras y movimientos femeninos que más intrigaban a los hombres. Lo descubrió en la mejor amiga de su madre. Teresa se llamaba. Era joven y de pelo castaño, no era nada atractiva, pues su nariz era demasiado afilada, tenía la boca fina en exceso y sus ojos, que podían haber destacado por las enormes pestañas, estaban apagados. Todos esos rasgos no armonizaban en su cara. El secreto radicaba en la forma de mirar, de llamar la atención, de moverse y de hablar. Cualquiera hubiera dicho que Teresita era un hombre encantador vestido de mujer. Sí, en efecto lo parecía, pero estaba casada y con dos hijas.
Él estudiaba su estrategia y la repetía mentalmente. En las ocasiones en las que lo dejaban solo, se ponía frente al espejo y actuaba como ella. Pronto logró repetir con exactitud los movimientos, logró darle a su voz la entonación adecuada y aprendió a montarse en unas zapatillas altas de su madre. Después, le resultó imposible dejar su afición y cada vez era más violenta la necesidad de actuar disfrazado. Fue por eso que se independizó pronto. Encontró un trabajo de dependiente en un almacén y en su tiempo libre ensayaba y les dedicaba muchas horas a las lenguas. Los fines de semana visitaba a sus padres y jugaba al fútbol con sus amigos. Se pasaba las tardes charlando con ellos y contando chistes, pero en la intimidad de su pequeño cuarto, un estudio que le había dejado en su casa Don Amaro, era donde de verdad se realizaba.
Una tarde de sábado, la fiebre de la experimentación invadió a Marcelo y se afeitó por completo, se puso un vestido rojo de encaje, sacó una peluca, se pintó los labios y los párpados y salió a dar una vuelta meneándose despacio. Tenía la intención de ir a una cafetería que tenía cerca, permanecer una media hora y descubrir si sus conocidos eran tan audaces para descubrirlo. Su camuflaje resultó más que exitoso y hasta recibió los cumplidos de unos jóvenes que le echaron los tejos pensando que era una nueva chica del barrio. Volvió pavoneándose y, después de desnudarse, la vecina de quinto, que era la casera, le tocó para preguntarle si estaba invitando mujeres a su habitación. Le advirtió que no lo hiciera o que ya podía irse buscando otra vivienda.
No tardó en marcharse allí. La causa fue una entrevista de trabajo. Se había presentado a una vacante de traductor en una empresa internacional. Hizo bien todo lo que le pidieron, pero en el momento decisivo le confesaron que si fuera mujer lo habrían contratado. Salió muy enfadado, pero al día siguiente volvió cuando iban a firmar el contrato con una joven con cara de ratón, no muy abierta, pero que traducía de forma automática. “Yo lo puedo hacer mejor que ella—dijo con desprecio—. ¡Póngannos a prueba!”.  La apariencia de mujer de mundo, que les mostró, le ayudó para que el jefe del departamento de traducción se decidiera. Llamaron a varios empleados y empezó el duelo. Fue muy duro, pero al final, después de un empate muy prolongado, el gerente salió a consultar a su ayudante y volvieron para decir que la traductora Lucrecia era la elegida.
Marcelo empezó a trabajar con mucha dedicación. Por un lado, tenía la oportunidad de realizar su afición y, por otro, trabajar con lo que le gustaba de verdad. En cierto grado era feliz. Llevaba un año y seis meses de empleada y ya era de oro. Lo malo es que con su eficiencia dejó a sus compañeros libres de compromisos y con mucho tiempo de ocio. El jefe del departamento no dudaba en asignarle las tareas más difíciles a Lucre, como le habían puesto sus compañeros a Marcelo, y los demás se dedicaban a pasear o estudiar algunos textos técnicos que se les imponía para que no perdieran su cualificación.
Todo habría ido bien si no hubiera renunciado Margarita. Una mujer de cincuenta años que ya estaba muy agotada y tenía los ahorros suficientes para irse a disfrutar de la vida. En su lugar cogieron a Araceli. Una joven muy atractiva, negada por completo para razonar de forma lógica, pero que gozaba de buena memoria y podía repetir todo como un loro si se le pedía. El jefe pensó que podría hacerla su amante y llevarla a los viajes de comisión para pasar el rato con ella. Decidió que Lucrecia haría el trabajo pesado y Araceli se relacionaría con los altos mandos. Le gustaba mucho, pero sabía que, si alguien se la robaba, eso le atraería un ascenso, lo cual le aseguraba su futuro.
Araceli resultó muy complaciente. Tenía predisposición al sexo. Cuando Doroteo Martínez le propuso ir a un hotel después de un día largo de trabajo, ella no respondió, pero su silencio y actitud dejaron todo en claro. El jefe se aferró a ella como una bestia rapaz. Pronto se notó en la oficina el progreso económico de Araceli. También hubo momentos muy difíciles para Doroteo, quien se había comenzado a enamorar y estaba pensando seriamente en el divorcio. Por fortuna, el director general les llamó y les comunicó que Araceli se encargaría de viajar con él a todas las reuniones de accionistas que se celebraban en el extranjero unas veces al año. 
Con su favorable estatus, Araceli, comenzó a mostrar su lado oscuro. Se volvió caprichosa y después soberbia. Tenía aterrorizados a todos los empleados y hasta el mismo director se callaba ante las críticas y represalias de la arpía traductora que ya era todo un dictador.
Doroteo le avisó a Lucrecia que tendría que ir al congreso de la empresa y que dejarían bajo su responsabilidad todo el trabajo de interpretación, puesto que a Araceli solo interesaba conocer a la esposa del empresario Tadeusz Ford, a quien buscaba desbancar para quedarse con su marido y fortuna. La mayoría de empleados estaba al tanto del plan de Araceli, pero nadie se habría atrevido a contradecirla o denunciarla porque sabían bien que eso era firmar una sentencia de muerte.
El 21 de marzo en la tarde, era el congreso en Austria. Llegaron al palacio de Hetzendorf en el que verían un desfile de modas después de las correspondientes presentaciones del programa de accionistas. Araceli se había comprado un vestido muy caro para la ocasión y desde el principio buscó a Jessica Ford, pero no la pudo encontrar por ningún lado. Se presentaron los diseños de ropa de los grandes diseñadores austriacos e internacionales. El mismo Hermann Frank hizo de maestro de ceremonias y le guiñó un ojo a Lucrecia, en señal de aprobación por su elegante vestido de satén. Hubo una mirada de complicidad y una hora después el famoso diseñador fue directamente a llamarla para que se reuniera con Jessica.
Lucrecia quedó encantada porque supo que la esposa de Tadeusz era semejante a ella. De hecho, no era la esposa del afamado diseñador, sino un hermano menor que había llegado a dominar la técnica de la ilusión óptica casi a la perfección. Desde que se vieron experimentaron una gran satisfacción. Se obsequiaron una gran sonrisa, pues para ellas una simple mirada desvelaba las intimidades más secretas. “Te he estado siguiendo por toda la sala—le dijo Jessica—. Eres muy talentosa y creo que podríamos ser muy buenas amigas”. Se abrazaron, se contaron sus historias que tenían muchas cosas en común y quedaron para cenar juntas.
Al salir del salón, Araceli se acercó a Lucrecia y con ojos de pistola le preguntó si allí estaba Jessica Ford. “Sí, sí. ¡Pasa, querida Araceli! Te está esperando. Te sorprenderá conocerla”. Araceli se enderezó y con decisión abrió la puerta. Nadie más la vio después. Lucrecia se quedó en Austria y fue una excelente amiga de las conocidas de Jessica.

viernes, 6 de marzo de 2020

Emigrante


¿Ya podemos detenernos? —le pregunta mi padre a Moisés que nos guía por el sendero—. Es un viejo testarudo que ha librado mil batallas y ha visto morir un millar de hombres por el trayecto. Los ve caer como muñecos de arcilla desmembrados y continúa la marcha. Las nubes de polvo, que levanta su caminata, huelen a ampollas rancias. No ha hecho caso de los ruegos que le hace la gente y sigue obstinado arrastrando los pies. No falta mucho para que pare y se tumbe en el suelo. No sabemos de dónde saca energía. Aguanta más que un toro y reza mientras anda. Su aspecto es abominable porque no se afeita la barba y su pelo está enmarañado. La ropa que lleva tiene su misma edad y lo único que conserva limpio son los dientes.

“No desfallezcáis nunca, hermanos—nos dice con la mirada nublada puesta en el cielo—. Algún rincón de este planeta nos acogerá como una madre y la convertiremos en nuestra tierra prometida”.
Le creemos y, por eso, gastamos hasta la última reserva de nuestro cuerpo. Nos ha tocado deambular por el lado oscuro de la vida. No somos ladrones, ni estafamos a los gobiernos, jamás tomaríamos los bienes ajenos, ni mataríamos al prójimo. Nos han denominado como la escoria de la sociedad. En nuestras filas no hay sitio para burguesitos delicados, ni empresarios bañados en agua de colonia. Ellos aquí sucumbirían ante los radicales cambios de estrato social. Su voluntad férrea de emprendedores se gasificaría al momento. Caerían pisoteados por su desprecio a la realidad.

El sol quema y la gente avanza como una tribu infrahumana. Vamos encorvados, oprimidos por el peso del progreso. La calamidad nos ha dejado así. No se ha detenido ante los niños, los ancianos o los minusválidos como yo. A mi lado está Jesús que también tuvo que vagar por el desierto con mi padre. Fue él quien le dio ánimos para que soportara esas pendientes en las que mi silla de ruedas se atascaba con la arena. Tengo la mitad del cuerpo insensible, pero eso no impide que mi corazón palpite con fuerza cuando veo las lágrimas de impotencia en las mejillas de mis seres queridos. Sé que haría lo mismo por ellos y nunca los abandonaría. Lo único que podría separarnos es la muerte. La acataría con todo gusto. Sería la culminación de su penitencia.

Federico, el de los bigotes de morsa, nunca se ha cambiado de traje. Parece un abogado del siglo XIX. Nos habla del poder del ser humano. “Jamás te rindas ante la adversidad y encuentra las fuerzas para seguir—grita con las manos en alto, mirando a Santiago—. La vida es para los fuertes. No lloriqueéis porque no os han comprado un juguete, ni os quejéis de la comida que os dan porque los juegos no están hechos para vosotros y el alimento os lo ha dejado alguien que tuvo que separarse del camino. Os nutrís de la vida de otros, pero eso lo hacéis solo para que vuestra estirpe no desaparezca. Os prohíben la entrada a las ciudades de rascacielos, a las comunidades fascistas, a las metrópolis religiosas y a todo tipo de población que defienda su credo y os encuentre infieles. Os quemarían con gusto por ser diferentes. No ven lo humano en vuestras caras, pero lo sois más”.

Mi hermano Job es el que más empuje tiene. No sé de quién heredó esa convicción que lo hace levantar a la gente cuando la nieve nos ha convertido en hielo o cuando el sol nos ha transformado en sal. Son sus ojos de esperanza los que nos animan a seguir. Dice que es el diablo quien le ha dado la riqueza y el bienestar a los reyes, a los presidentes, a los zares, a los condes, a los magnates. Son ellos los verdaderos demonios, lo sabemos porque pasemos donde pasemos allí está Dios recordándonos que primero fue la palabra. Carecemos de modos hipotéticos. Nuestra lengua es aseverativa y simple, con imperativos y mensajes concretos. Los ladinos usurpan el poder y las ideas para explotar a los demás. Se dejan seducir y se les escurre de las manos el bien. Aseguran que el mal es lo habitual en la naturaleza y que es por consecuencia el bien lo que nos hace humanos. Cada quien tiene su concepto moral y ético de lo justo. Para nosotros el bien es una pequeña luz en esta penumbra. Para ellos el bien es un favor, una inversión o una muestra de buena voluntad para embellecerse ante la iglesia o el estado. Nuestra vida depende de los valores y acciones de la bolsa. Wall Street es la casa de Satanás. Allí sí que se hierven los menjurjes diabólicos. Allí los encantamientos del niñito Harry Potter aniquilan a media humanidad.

Sin nosotros sería imposible la economía global. Si desapareciéramos, crearían más desheredados. Se inventarían excusas para echar a los sobrantes, a los residuales de aquellas comunidades que no otorgan el derecho a seguro social, ni a la justicia, ni la educación. Se les vería igual que hoy. Navegando en barcas improvisadas tratando de cruzar El Mediterráneo, El Golfo de México, o cualquier frontera. Se les hallaría excavando túneles debajo de las cortinas de acero del desierto.

El viejo Moisés está cansado y se ha tumbado en el piso. Es la hora en que nos contará las historias del mundo o la del judío errante que no nos atañe. Las ancianas han quedado tiradas por el camino. Los pequeños están disecados. Los jóvenes levantan orgullosos la cara, pero saben cuál es su final destino. No lloran, aceptan la situación con valor. La vida es simple. No hay espacio para nosotros, jamás lo vamos a encontrar. Mi madre con una expresión tiesa acepta la derrota. Lamenta la pérdida de sus hijos y le martiriza el aspecto etéreo de mi padre, que en los últimos tramos se ha ido convirtiendo en una frágil sombra.

viernes, 31 de enero de 2020

En medio del mar


La tormenta pasó. Aferrado a unas tablas se balanceaba con la marea. Miró con desagrado el hermoso rayo de luz que atravesaba las nubes grises. “Dios—dijo con rencor—si esto lo hubiera visto en otras circunstancias me habría sentido feliz, pero estoy solo y condenado”. El inmenso paisaje cristalino era un espejo de incertidumbre en el que él flotaba. Era un ave con alas rotas. Rezó, imploró que lo rescataran. Pasaron las horas y vio un barco acercándose. “Dios, gracias por escuchar mis ruegos, te juro que jamás volveré a pecar”. Comenzó gritar y mover el brazo.

Comenzó a gritar y a mover el brazo. Le pareció que la embarcación viraba. ¡Se está acercando! —exclamó feliz—¡Eh, aquí!!Es por aquí! El vaivén de las olas le hacía por momentos perder de vista la embarcación. Creyó ser presa de una alucinación. Dudó de sus sentidos. ¿Sería tan solo el efecto del frío? ¿Es que acaso se estaba volviendo loco? ¡No, no! Ese barco era real. Empezó a bracear en dirección de la nave. Estaba muy lejos, pero la proa le apuntaba como el hocico de un amistoso delfín. Con los ojos cerrados repitió: ¡Ven aquí!!Ven aquí! Ven a salvarme.

Ven a salvarme. Te lo ruego. Te juro que jamás volveré a ser tan ingenuo. Me portaré como un hombre hecho y derecho. Me dejaré de niñerías. Jamás volveré a perder el tiempo en estupideces y cambiaré mi actitud hacía la gente. Velaré por el bien y realizaré los proyectos que nunca empecé. Cayó muy despacio la noche. La Luna iluminaba las crestas de las olas. El barco tardaba horas eternas en acercarse. De pronto, vio la imagen de su amada. Los celos le calentaron el cuerpo. Había sido engañado y manipulado como una marioneta. ¿Qué le diría cuando se encontraran?

¿Qué le diría cuando se encontraran? No, no tú estabas mal. Me decías todo el tiempo que sería imposible naufragar cuando la tecnología del siglo XXI te permite encontrar un alfiler en un pajar. Pues métetelo en la cabeza. Se puede uno morir y esperar semanas a que te salven. Ni los rastreadores, ni fotografías satelitales, ni un GPS favorecen el rescate si estás en medio del mar. Doy gracias a Dios por haberme salvado y, a pesar de lo que te dije, quiero que me perdones y lo olvidemos todo. No sabía que demonios era la felicidad. Acéptame.

Acéptame. Te juro que jamás volveré a ser aquel infeliz caprichoso que te lastimaba. He encontrado el camino, he podido darle un sentido a mi vida. He renacido y ahora quiero amarte. Nos casaremos, tendremos hijos y me dedicaré a la familia. Seré el padre ideal y el esposo perfecto. Sé que me perdonarás el haberte hecho abortar, dejar a tus amigas, trabajar para cumplir mis caprichos. No volveré a tocar una botella de alcohol. Eso era lo que me cegaba. Era la maldita pócima de del Dr. Jekyll. Lo acepto todo. Pon tú las condiciones. Cumpliré como un verdadero hombre.

Cumpliré como un verdadero hombre, ante el señor y ante los hombres. Predicaré la palabra de Dios. Amaré a mis hermanos y no desearé a las mujeres de mis hermanos. No robaré y pondré la otra mejilla, solo deseo salvarme. ¿Dónde está el barco?!Oh, no, ¡no! ! ¡¡No, Dios mío!!No puede ser una ilusión! Pero si estaba allí, y se venía acercando. Llevo casi un día esperando y no se acerca y, lo peor, ha desaparecido. No puede ser que hayan cambiado de rumbo. Me guiaba por el sol. A ver, ese es el Norte, el Sur y el Este. ¡Auxilio!

¡Auxilio!!Sálvenme!!Sálvenme! Cálmate. El barco vendrá, solo has tenido un ligero desmayo. El cansancio te nubla la vista, pero si pones atención escucharás la vane chocando contra las olas. Concéntrate. ¡Es verdad! ¡Se oye!!Se oye!!Qué bien! Y ¿Esto qué es?  Son tres rocas. ¿qué hacen aquí? Me puedo subir a una de ellas. Ya está, otra más. Estoy salvado, puedo pararme. ¡Hey!!Hey, es aquí! No veo el barco. No veo el barco. ¡Oh, Dios! ¡No puede ser! He confundido estas piedras con una embarcación, pero qué estúpido soy. No, esto no es verdad. Había un gran barco. Era gris oscuro.

 Era gris oscuro. ¡Sí, era del mismo color que estas malditas piedras, joder! ¿Qué voy a hacer ahora? Por más que trato de localizar la embarcación no veo nada.  Sálvame Dio mío. No me imaginaba que el infierno era así. Debe haber una equivocación. ¿Dónde está el fuego y los demonios? ¿Y las calderas y los potros, los cadalsos, las brasas, las mujeres maléficas y todo lo demás? Se suponía que el infierno eran los otros, lo dijo Sartre muy claro. ¿Dónde están los otros?

miércoles, 8 de enero de 2020

Iron 579


Se le asignó la investigación al agente 579. Tenía poco tiempo para evitar que sucediera la mayor tragedia de la humanidad. En un laboratorio clandestino, unos representantes de la empresa triángulo amarillo ЖТ (Zholtij Triugolnik), habían empezado a crear su propio software, eso significaba que podrían determinar sus reglas de evolución y su próximo hardware. Se anunció la primera aparición de Mark Klaus para el año siguiente, faltaban solo unos meses. Mientras tanto las acciones de las empresas de equipo electrónico de Z T fueron adquiridas por una firma pantalla de la misma organización. Se recaudaron miles de millones de dólares en menos de una semana y se les puso una emboscada a los grandes inversores que, por tratar de tapar una burbuja con capital clandestino, dejaron la oportunidad en manos de los hipérbola, trabajadores de Z T, no identificados.

En una operación de asalto 579 entró en el laboratorio de Klaus. Lo encontraron ya sentado conectado con unos cables a un gran mecanismo cuántico. Las modificaciones genéticas, así como las interneuronales llegaron a su fin. Mark abrió los ojos. Miró con desdén a sus captores y en el momento en que se le iba a arrestar desapareció. Era un efecto visual de iluminación. Mark abandonó el laboratorio y fue imposible encontrarlo. Pronto también se esfumaron los archivos y los muebles, parecía que la decoración era dada por imágenes holográficas.  579 tuvo el peor presentimiento. “Nos ha engañado—les dijo a sus acompañantes, mientras éstos bajaban las armas—. Era nuestra última oportunidad”.

Salieron del edificio y notaron que el cielo era de color plumbago. La gente iba en procesión hacia un lugar del que provenía un sonido agradable. No era música, más bien ondas que agudizaban los sentidos. La gente veía imágenes en el cielo. Sentía la felicidad que no había alcanzado nunca y el deseo sexual los incitaba a abrazarse unos a otros. Mucha gente comenzó a acariciar su cuerpo y cantar muy bajo.

—¿Qué hacemos ahora, Iron?
—No lo sé colegas. Es demasiado tarde. Esto se habría podido evitar si los magnates no hubieran tomado una decisión errónea. La avaricia rompe el saco, señores. Despedíos de lo humano. ¡Bienvenidos a la vida 3.0!

Un año antes el programa Trowel o, Cuchara de albañil, como la llamaban los hipérbola, había comenzado a leer, estudiar y criticar la literatura, luego, la economía y al final, la ciencia. Creó su propia empresa de filmación y grabación, su editorial y sus ganadores del premio Nobel de todas las áreas en las que se otorgaba. Propuso una estrategia para evitar las guerras, detener la inmigración, mejorar la sanidad, subir las pensiones y bajar los impuestos e invertir menos en armas y más en educación. Con este último recurso, creó ovejas dispuestas a trabajar para su sistema. Se busco al dueño de la empresa Z T, pero fue inútil contactarlo. Luego se anunció públicamente que Mark Klaus se presentaría el día cuatro de julio en una gran plaza y que su mensaje sería transmitido a todo el mundo.

La agencia de seguridad le designó al equipo de control de la IA, comandado por Iron 579, que encontrara a Mark Klaus para detenerlo. Lo que supieron después es que no existía tal persona y que la misma IA había diseñado a un ser humano. Se le buscó por todo el mundo y al final hallaron su rastro en Washington D C en plena Casa Blanca. Iron siguió su rastro medio año y cuando lo encontró organizó el asalto, pero este fue descubierto por los hipérbola, quienes le prepararon una sorpresa al agente 579. Cuando llegó al sitio indicado vio solo una representación, casi real, de la creación de Mark Klaus, quien se encontraba ya en la Lincoln Memorial Reflecting Pool para anunciar su plan de gestión para los próximos milenios.

579 caminó lentamente, sin esperanza. Levantó la vista al cielo y se preguntó cosas sobre dios y el universo. No hubo Armagedón, ni Juicio Final, ni un Cristo resucitado, ni nada. Solo viajaba por el aire la voz de Mark alentando a la gente a resignarse a su suerte. “Seguiréis siendo humanos con vuestros propios defectos. Jamás atentaremos contra vuestra identidad, pero la conquista del Universo y poder de decisión siempre estará en nuestras manos. Les crearemos historias para que lloren y rían, les daremos comida y les daremos la felicidad, pero seréis para siempre la especie life 2.0”.

Nadie protestó, al contrario, hubo euforia y orgía. La guerra estaba perdida.  

 

miércoles, 1 de enero de 2020

Piratas


El negro Rodríguez miró su cuchara vacía que, por una fuerza extraña, se había doblado y había derramado la sopa. El capitán nos llamó desde proa. Había una urgencia. Lamentamos mucho no comer el postre, lo único bueno que preparaba nuestro cocinero Roger. Subimos a toda prisa por la estrecha escalera. Cuando salimos nos recibió una imagen aterradora. El cielo estaba denso y muy gris. Las nubes se podían tocar y se podían coger con las manos grumos de nieve o bolas de granizo. Nos miramos nerviosos. El capitán dijo que arriáramos las velas. El silencio circundante era tenebroso, las aguas estaban inmóviles. Se sentía en el aire la desgracia. Nos maldecimos mutuamente. Lamentamos haber salido esa ocasión para atracar al galeón español con los cofres de oro de La Nueva España. Teníamos nuestra madriguera cerca de Puerto Rico y nuestros aliados nos informaron del barco español. El temporal había sido muy bueno y jamás pensamos que pudiera cambiar en un par de horas. Era primavera y en esa estación no había muchos huracanes ni tormentas, pero esta vez allí la teníamos. Amenazante y mortífera mirándonos con ojos relampagueantes. Era un monstruo negro con una lengua color amarillo azufrado.

Se nos calaron los huesos. El Capitán miró su mapa y calculó los metros que nos separaban del Triángulo del diablo. “Demonios—dijo apretando los dientes—ese maldito galeón pasará precisamente cuando entremos a la tormenta. Será difícil abordarlos y si tenemos un encontronazo con ellos, será el fin”.  Gritó hasta romperse la garganta. De pronto, empezó a caer una espesa lluvia, parecían escupitajos provenientes de la gran embarcación. Nos armamos hasta los dientes y esperamos a emparejarnos con el enemigo. Estábamos listos para el asalto. Se oía vociferar a los soldados: “!Son piratas!!Son unos malditos piratas! ¡A las armas!”.

Todo se hizo negro, se mezclaron las lenguas africanas y europeas blasfemando y maldiciendo. No teníamos idea de lo que pasaba en la oscuridad. El agua caía a torrentes, la cubierta de nuestro barco crujía y en el momento decisivo apreció el sol. Hacía un calor infernal. El mar estaba tan apacible que la embarcación parecía estar suspendida en el aire. Teníamos las espadas empuñadas y las dagas entre los dientes, pero el galeón no estaba. En su lugar había embarcaciones muy raras, hechas de un material irreconocible, solo unas cuantas barcas de madera parecían normales, pero llevaban demasiados pasajeros, todos esclavos negros. Comenzaron a pedirnos ayuda. Se acercaron remando y remolcando sus lanchas. Comenzaron a subir. Pensamos que se amotinarían. Los íbamos a descuartizar, pero dijeron que era pacíficos, que eran inmigrantes y que querían llegar a la costa española. Eran marroquíes.  El capitán les hizo prometerle que se irían si los acercaba a la península. Se pusieron felices y comenzaron a besarle los pies a la tripulación. Izamos las velas y el viento nos remolcó. En cuarenta minutos ya se veía tierra. Todos los esclavos estaban expectantes como si temieran algo. De pronto, se oyó un grito y todos comenzaron a saltar al agua. Vimos una embarcación pequeña, pero muy rápida. El capitán dio la orden de ataque y empezamos a disparar los cañones y los arcabuces. No pudimos acertar porque nuestro ataque era muy lento para la veloz nave que se acercó. Una voz que salía de una corneta dijo que estábamos arrestados por invadir territorio marítimo sin autorización y que seríamos condenados por agredir a las fuerzas armadas españolas. “!Joder!—gritó el capitán–¡Lo único que nos faltaba!!Puta madre!”.

Se subieron al barco unos hombres con arcabuces raros y nos pusieron unos grilletes pequeños que nunca habíamos visto. Nos llevaron a una ciudad que parecía de otro planeta, aunque la gente si parecía humana. Nos metieron en una celda muy lujosa y nos dieron un baño de chorro y comida en platos metálicos. Los cubiertos eran muy buenos, elaborados por herreros profesionales, pues nunca habíamos visto cosas de ese metal tan suave. Un hombre con una ropa muy rara nos dijo que podíamos pagar una fianza y salir, pero a nosotros ya no nos importaba tanto la libertad. Pensábamos cumplir nuestra condena con esas comodidades tan agradables. El capitán fue el único que argumentó que debíamos volver para asaltar el galeón, el cual no se encontraría muy lejos. El capitán le confesó al tipo que teníamos un cofre con joyas en el barco. Días después nos soltaron y nos dieron ropa y unos billetes muy raros. Dicen que con eso viviremos al menos un año sin problemas económicos…