Escritura creativa

jueves, 5 de enero de 2017

El plan para dejar el tabaco

Desde que Martín tenía uso de razón, su abuelo había estado recitando cada cena de Nochevieja su promesa de dejar, en definitiva, el tabaco. Cada uno de enero se despertaba muy pronto, reunía sus cajetillas de cigarrillos, los metía en una bolsa del supermercado y salía a tirarlos al contenedor. Entonces comenzaba la tortura porque, fuera al lugar que fuera, siempre le preguntaban cómo iba su proyecto de librarse de su vicio. “Bien —decía con una sonrisa falsa, que parecía franca, y se alejaba para no sufrir la presión a la que lo sometían con los interrogatorios y, sobre todo, los comentarios desagradables con respecto a las personas que sí lo dejaban de verdad.

Don Jacinto había empezado a fumar a los doce años. Le había tocado vivir rodeado de chiquillos muy traviesos que lo obligaron a chupar cualquier pitillo que se encontraran, así como las colillas. Después, no se pudo desprender del mal hábito. Ahora ya tenía sesenta y siete años y en el fondo pensaba como Mark Twain cuando hizo su famosa broma sobre no fumar al dormir, no dejar de fumar durante el día y no fumar más de un cigarrillo a la vez. La única diferencia era que Twain lo había dicho al cumplir los setenta y ese era el límite de edad que don Jacinto se había puesto para vivir, no pedía más, sólo llegar a los setenta—le pedía por las noches a Dios.

 No sufría de achaques y su salud era envidiable. No abusaba del alcohol, trabajaba cuando tenía la oportunidad, ayudaba en todo tipo de tareas y comía siempre de forma austera, lo que le ayudaba a no padecer de pesadez estomacal y agruras, eso sí, después de cada actividad se fumaba de tres a cuatro cigarrillos consecutivos. Martín veía con gran pesar que su abuelo, al pasar la fiesta de Reyes, volvía a comprar las cajetillas. Primero en secreto y, luego, sin inmutarse durante todo el año, pero llegado el mes de diciembre comenzaba otra vez a prometer que lo dejaría para siempre. Todos sus amigos y familiares se reían y apostaban diciendo que eso no se cumpliría nunca. Un día le dieron la mala noticia de que Blanca, su nuera, quien vivía en la misma casa, había contraído el cáncer de mama.

Todos los ojos se centraron en él como si fuera el causante de la enfermedad o, peor aún, como si él fuera la misma afección destructora de las células sanas. Nadie se lo dijo a la cara, pero las indirectas fueron tantas y tan claras que se vio obligado a fumar a escondidas y fuera de la casa. Por fortuna, Blanca se recuperó pronto con un tratamiento milagroso y aplicado a tiempo y no volvió a padecer de tumores malignos. Don Jacinto se sintió muy mal porque si bien no era el causante del daño estaba bajo la vigilancia constante de sus familiares que le exigían fumar fuera del piso y bañarse después de cada cigarrillo. La vida se hizo imposible, pero en diciembre tuvo que volver a su eterna promesa. No fumó casi todo el mes y no fue necesario que se quitara el mal olor tres veces al día bajo la ducha.

Llegó la Nochevieja y cuando iba a empezar con su conocido brindis, Blanca, sacó un estuche envuelto con papel navideño rojo y le dijo: “Con esto ya no tendrá que dejar de fumar, querido suegro”. Era una pipa electrónica con esos atomizadores modernos y boquilla de color marfil, un cargador de batería, tres frasquitos con líquidos para rellenar, de diferentes sabores y porcentajes diferentes de nicotina, el claromizador. La sacó del estuche, entre todos le leyeron las instrucciones, y le pidieron que fumara su primer pitillo electrónico. El salón se llenó del humo que salía de la boca de don Jacinto, pero a diferencia del horrible humo quemado del cigarro, el aroma era de vainilla. Don Jacinto se resignó a su nueva condición de anafe, para que no se le culpara de ser el causante de una de las más temidas enfermedades del siglo XX. Los visitantes y amigos de la familia alababan el olor de la casa y María, la esposa de Jacinto, decía que todo se lo debían a su marido que desde que había cogido la pipa, la casa olía muy bien.

 Él no estaba contento con el nuevo hábito y sólo fumaba para complacer a Blanquita, quien no dejaba de llevarle frasquitos de todos los olores y sabores posibles. “Ya no gastes tanto, Blanquita” —le decía don Jacinto, pero ella le contestaba que los conseguía baratísimos en una tienda cerca del metro. No había un momento en que no le preguntaran si le gustaba el nuevo sabor de las esencias de la pipa y se reían de satisfacción al saber que el abuelo estaba en el camino de la vida sana y que el tabaco ya no representaba un peligro para su salud.

Dos años después de haber dejado el tabaco, Jacinto fue internado con una complicación renal que se le complicó mucho y fue operado. No se recuperó del todo y falleció pronto. En una de las últimas visitas, antes del fatal suceso, el doctor le preguntó a Blanca cuáles eran los hábitos de don Jacinto y ella le dijo que fumaba, pero que era una pipa electrónica inofensiva. Le contó lo bien que olía su casa y el esmero con el que había motivado a don Jacinto para usar su pipa desde la fiesta de Nochevieja en la que recibió el regalo. El doctor le preguntó por el origen de los líquidos para repostar el aparato electrónico. Ella le contestó que los compraba de oferta en una tienda. Más tarde, al revisar algunos frasquitos de aromatizador, el doctor le dijo a Blanca que los re-cargadores estaban adulterados y que contenían sustancias químicas peligrosas.

martes, 3 de enero de 2017

La prueba

Se giró al escuchar el grito de alegría de su mujer y su hija. Subió la pequeña rampa que lo separaba de la meta, se detuvo en mitad de la línea y levantó con dificultad los brazos, permaneció unos cuantos segundos así y cruzó, por último, el límite final de la agotadora competición. Le parecía increíble que sólo unos minutos antes estuviera a punto de desertar y no porque ya no tuviera la esperanza de llegar al final, sino porque las fuerzas lo habían abandonado por completo. Su voluntad era de hierro, se había sobrepuesto a todos los sufrimientos y los había vencido con valor, pero estaba sentado en la acera llorando su derrota, se encontraba sólo a medio kilómetro del final, pero no se podía mantener en pie, le temblaban las piernas y los brazos y mientras más permanecía sentado, más tieso se le ponía el tronco.

 El viento frío era el enemigo que lo iba a aplastar y lo dejaría fuera de juego y de la vida. Hasta entonces sus relaciones familiares se habían estropeado por su carácter. Él tenía sus razones, era un atleta olvidado que se ganaba la vida haciendo trabajos de salvamento o soldando fierros en teleféricos o máquinas pesadas. De él dependía la seguridad económica de la familia. Se sentía mediocre, traicionado por el destino y la economía capitalista, pero un día su hijo le demostró que había un camino alternativo. Una forma de reconciliación que podía convertirlo no sólo en ídolo, sino en el padre más maravilloso del mundo. Aceptó el llamado, se enfrentó a las penalidades con la ayuda de todos sus conocidos que se asombraron por la decisión. Le ayudaron con el equipo, le dieron un asiento especial para su hijo de un material moderno, resistente y ligero, le ayudaron a diseñar una bicicleta doble y le financiaron una silla de ruedas especial para carreras. Los meses empleados en su entrenamiento y, sobre todo, la promesa a su hijo se estaba filtrando por una alcantarilla. De nada había servido nadar tres kilómetros con un bote hinchable atado a la cintura, los ciento ochenta del recorrido en bicicleta y los incompletos cuarenta y dos de carrera. Miró al cielo e imploró, pero una voz lo distrajo.

 “Vamos, Papá, no podemos dejarlo aquí, levántate. ¡Estamos a unos metros de la meta!—le dijo Paul con voz firme—.”No tengo fuerzas, hijo, no me puedo mover y me tiemblan las manos y las piernas. Tengo un shock”.

 No dijo más y se echó a llorar con un berrido doloroso, entonces sucedió un milagro. Paul, que nunca había logrado coordinar los movimientos de sus manos, impulsó las ruedas de la silla, primero muy despacio, y después con más determinación. Jean no lo vio y siguió con su lamentación. Luego levantó la vista y notó que su hijo se alejaba. Su cuerpo se desentumió y se levantó muy despacio como si fuera una momia. Comenzó a andar y seguir la silla que se movía muy despacio, pero a él le parecía que se desplazaba rápido. Anduvo unos treinta metros detrás y al final logró asirse a los manubrios. Empujó muy despacio y resonó una voz de alegría. “Lo vamos a lograr, papá, lo vamos a lograr”.

 Con pasos lentos y con la consigna “Lo vamos a lograr” que no dejaba de sonar en boca de Paul, Jean siguió venciendo el dolor. Sus fuerzas volvieron para que lograra cubrir la última distancia. Jean sentía que era un martirio, sin embargo, veía las manos de su hijo impulsar las ruedas cuando él desfallecía. Terminó. Vio a la multitud aplaudiéndole. No le quedaban lágrimas porque las había gastado antes sentado al lado de una farola. Sabía que su mujer estaba orgullosa de él. Paul no cabía en sí de alegría porque había logrado sus sueños. Ahora su padre era un ironman, pero lo más importante es que había construido con su esfuerzo de dieciséis horas de trabajo una familia que sería inseparable. La gente los rodeó, les entregaron sus medallas y su diploma de participación.

Unas personas se tomaron fotos con ellos, les desearon lo mejor y se asombraron del esfuerzo sobrehumano que habían realizado para terminar esa larga distancia. Se quedaron a un lado. Marie abrazó a su marido y él le entregó con un suspiro y una mirada tierna el amor sincero que le había negado los últimos años. Ella le peinó los cabellos y lo besó como en la época en la que eran novios.

El último adiós

Se giró al escuchar el grito, pero me miró de reojo y siguió su marcha. Era imposible detenerla porque ya no había nada que hacer, ella había tomado una decisión irrevocable. Me dejó en medio del parque. De pronto, desapareció la luz y mi alma quedó ensombrecida, me brotó un llanto de lágrimas amargas. Me había costado mucho esfuerzo dejarla ir, pero hasta el último segundo conservé la falsa esperanza de que se quedara, de que recapacitara y volviera conmigo. Vi su cuerpo joven y esbelto avanzar sin prisa, su pelo castaño ondulado, un poco revuelto por el aire tibio de la tarde, se contoneaba, la falda roja se ajustaba a sus caderas marcándole los bordes de las bragas, su blusa amplia con estampados de leopardo me recordó el día que nos conocimos. Llevaba, entonces, la misma ropa y otros zapatos más altos. 

Estábamos en el mismo sitio, pero ella, en lugar de alejarse, venía hacía mí. Se detuvo y me imploró que la ayudara, que la escondiera en algún lugar. Vi la sangre que manchaba su rostro y la inflamación de su nariz rota, sin pensarlo la llevé a mi piso y le ofrecí que se quedara el tiempo que quisiera. Por el acento con el que hablaba supe que era extranjera.

 “De Kiev—dijo cuando se lo pregunté mientras tomaba un poco de té enrollada en una toalla—. Me vendieron, después de haberme engañado con la historia de la agencia de modelos”. 

Me lo contó todo. La habían convencido de salir en revistas modelando prendas de marca, pero luego la prostituyeron. Me dijo que la habían drogado y violado durante varios días hasta que se resignó y empezó a trabajar vendiendo su cuerpo. La tenían como esclava. Al oír su historia las tripas se me revolvieron, le prometí que haría lo posible por protegerla, pero se negó a que fuéramos a la policía a declarar. “Si se enteran —dijo resignada—los primeros en sufrir las consecuencias serán mi hermano y mi madre. Los matarán sin dudarlo”.

 Vivió conmigo unos meses y en ese tiempo me enamoré de ella. Me acostumbré a su cuerpo y sus graciosas palabras, no podía explicarme cómo podía ser, en algunas ocasiones, tan superficial estando su vida en peligro. Le propuse que nos casáramos, que rehiciera su vida y que nos fuéramos a esconder a algún lugar lejano donde no nos conociera nadie. Estuve a punto de convencerla, pero el destino nos impidió realizar nuestro plan. La encontraron, por casualidad, en un centro comercial la vio uno de los proxenetas que la andaba buscando, le siguió los pasos y llegó hasta mi casa. En poco tiempo descubrimos que nos seguían por todos lados. Fue por esa razón que compré una pistola, Nadia me dijo que era inútil oponerse, que de cualquier forma nos matarían si nos negábamos a cumplir sus exigencias. No estaba en posibilidades de pagar la suma que me pedían por ella, así que ella hizo su maleta, no tenía gran cosa que llevarse, y se fue. Salí tras de ella sin que se diera cuenta. Llevaba escondida la pistola, una treinta y ocho automática, sin el seguro, estaba dispuesto a todo, incluso a morir por salvarla.


Cuando llegó al lugar de la cita la llamé para que volviera, pero me miró sin inmutarse, se dio la vuelta y siguió su marcha. El hombre ya la esperaba, era alto y muy fornido, entonces el dolor de perder para siempre a la mujer que amaba me sacó un llanto de ira, aceleré el paso, saqué la pistola y le apunté. Cayó fulminada, la bala le atravesó el corazón. El hombre reaccionó rápido, pero no tuvo tiempo de defenderse, los tiros le hicieron sangrar el estómago y el pecho, me apuntó, pero falló en los dos intentos, le temblaban las manos, me acerqué y lo miré, dijo algo en otro idioma con mucha rabia, le apunté a la cara y tiré del gatillo dos veces más, luego arrojé el arma. Me puse de rodillas y levanté a Nadia. Su cara estaba manchada de polvo, pero su expresión no era de terror, más bien estaba triste y tenía las mejillas húmedas. Oí que alguien llamaba a la policía, me quedé con ella en los brazos y sentí que el tiempo se congelaba, perdí la noción de la realidad hasta que llegaron unos guardias. Me cogieron de los hombros, me separaron de Nadia y me metieron con fuerza a una patrulla. 

domingo, 1 de enero de 2017

Complot

Eugenia Ramírez está sentada frente al inspector, le ha respondido a todas las preguntas que él le ha hecho por tercera vez. Su aspecto es normal, incluso se podría decir que está inmutable, pero por dentro mantiene una lucha con sus emociones. Se le han mezclado el odio por saberse engañada, el deseo por su amante y el temor de que se le culpe como asesina de su marido. Señor inspector, ya le he dicho que mi esposo se iba siempre sin decir nada. 

Eso lo hace, es decir, lo hacía desde hace cinco años, que es el período en el que nuestras relaciones han ido decayendo, a mí los últimos meses me ha dado lo mismo a qué se dedicaba y qué hacía ¿Cómo dice? ¿Que si sabía que él tenía una amante? La verdad sospechaba, pero ya le he dicho que me daba lo mismo con quien se encontrara, lo que más quería en la vida era asegurar el futuro de mi hija. Qué cuándo conocí a José María. Pues, le repito que fue en una fiesta de la empresa de mi marido, él se acercó a saludar a Dionisio y cuando me saludó supe que entre nosotros sería inevitable enamorarnos.

Chema se portó muy amable, iba sólo y le pidió a mi esposo que nos dejara bailar algunas piezas, a solas se me declaró, no lo pude evitar sentí un flechazo. Después comenzamos a concertar citas en sitios solitarios y, luego, fue inevitable que nos acostáramos. Cómo que eso es un móvil, ¿usted cree que yo sería tan idiota como para tener un amante ideal y fraguar la muerte de mi marido para unirme a él? Puede que usted piense así, pero ya le he dicho que mi marido ni se ocupaba de mí y de los quince años de casados, sólo diez se pueden considerar normales. Luego está el asunto de Celia la amante de Dionisio, como dice usted, pero yo lo he sabido sólo hasta ahora. Además, ¿por qué no le han ido a hacer los mismos interrogatorios a ella? ¿Qué? ¿que ya lo han hecho? Entonces dígame qué méritos tiene la muy zorra para no ser ni siquiera sospechosa en el supuesto asesinato. Mire, inspector, tengo mis dudas sobre esto. Dice que se encontró el cadáver calcinado en una calle poco concurrida en un barrio muy peligroso; que lo único identificable es el Rolex de Dionisio; y que no se puede saber de las cenizas cuál es el ADN del cadáver.

Yo creo, inspector, que mi marido fue víctima de un chantaje, un engaño o un complot, pero no estoy implicada. ¡Ah! Eso quiere decir que, según usted, todo lo planeó José María para desalojar el camino hacia mí. Pues, dígame, ¿para qué lo haría? ¿Sabe? A nosotros nos convenía seguir así, como amantes. De habernos juntado habríamos tenido infinidad de problemas. Primero, mi hija, que adora a su padre y no concibe el mundo sin él, en segundo lugar, me habría aburrido de Chema porque si bien es cierto que es buen amante, como pareja es aburrido y desatento, por último, está lo absurdo de las propiedades y el seguro de vida porque la mayoría de inmuebles están a mi nombre. Eso de los seguros de vida pasa sólo en las películas, señor inspector, porque en la vida real es diferente.
¿Qué? Eso no es verdad, inspector, ¿cree que Chema sería capaz de contratar a un asesino a sueldo para matar a mi esposo? Está tonto. Eso tampoco es verdad, es imposible, ¿tiene alguna prueba de lo que está diciendo? No, no, señor, yo sé que José María me quiere de verdad y nunca estaría de acuerdo en conquistarme por dinero, y mucho menos por orden de mi marido. ¿Qué dice? Ah, sí, eso sí es verdad. Mi marido es muy, pero muy astuto. Toda su vida a negociado con buitres y siempre, siempre, ha ido tres pasos adelante. ¡Ay del pobre que se vea atacado o embaucado por él! Mi esposo era capaz de idear planes maquiavélicos. Que si no creo que me tendió una trampa. No lo sé, pero de haberlo hecho no habría terminado achicharrado dentro del coche.  A ver, vamos por partes. ¿Me está diciendo que mi marido no está muerto y que ha escapado con un falso nombre junto con su amante, que contrató a José María para seducirme y que eso se lo ha confesado Chema?

Creo que mi marido es capaz de cualquier cosa y les corresponde a ustedes encontrarlo, pero lo que me dice es una patraña. Chema me quiere de verdad. ¿Y qué? Que sea más joven no implica nada, él ha sido sincero conmigo desde el principio. ¿Dice que Chema mantiene una relación con una mujer joven y que vive con ella? De donde sacó esa información. ¡Ah! Y ¿cómo se llama la zorra esa? ¿Sandra? Esa foto es un montaje. No se lo creo. Será su secretaria o un familiar. A mí no me va a engañar con esos trucos. Soy una mujer con dignidad y me merezco su respeto. No se burle de mí. ¿Cuándo me dejarán salir de aquí? Tengo cosas más importantes que hacer, ¿sabe?

Con gusto le contestaré su última pregunta. Hágala—Eugenia presintió que lo que vendría a continuación no era la última pregunta, sino la siguiente etapa del interrogatorio para la cual no se había preparado mucho—. Mire, inspector, sabía de la existencia del primo de Chema, pero su relación es muy distante. ¡¿Cómo?! ¡¿Qué diablos está diciendo?! No, lo niego en absoluto. No fuimos a ver a Rubén. Nunca lo haríamos, le he repetido mil veces que estábamos bien y que no le deseábamos ningún mal a mi marido, para mí ya estaba muerto desde antes, es decir, en mi corazón. Ya no sentía el más mínimo aprecio por él, pero de eso a contratar al primo de José María para que lo asesinara hay una probabilidad mínima, es una estupidez rotunda.

¡Cómo que hay testigos! No, señor, ese día fui por mi hija a la escuela, volví pronto, dejé a Lety en casa con la niñera y me fui a cortar el pelo. Cómo que fue mucho tiempo. ¿No sabe acaso que el arreglo y cuidado de una mujer requieren tiempo? Sí, tardé más de tres horas, pero eso es normal. Me hice el corte, me tiñeron el pelo y me hicieron la manicura, ¿Cuánto tiempo cree que se tardan en hacerlos? ¡Aja! No tiene testigos, ¿verdad? No, eso no. Es imposible. ¿Las cámaras? Seguro que tienen una resolución malísima y la imagen de la mujer que aparece allí, donde dice que me vieron, pertenece a otra persona. Bueno, reconozco que esa tía, esa mujer, es muy parecida a mí, pero si observa bien se dará cuenta de que tiene la nariz muy chata y el rostro más ovalado que el mío. Oiga, cualquiera puede pintarrajearse para parecerse a alguien eso lo saben a la perfección los maquillistas. ¿cree que soy una estúpida? Esa es una trampa que alguien me ha puesto y usted haría bien en investigar más a los allegados y conocidos de mi marido. Bueno, inspector como usted comienza a hacerme cargos, ya no hablaré sin ayuda de mi abogado. ¿Qué quiere que le diga ahora? ¿Sabe? Después de lo que me ha dicho, me parece que haría mejor en investigar si no fue mi maridito quien le mostró ese camino para inculparme, ya le he dicho que es demasiado astuto.

 ¿Por qué no lo ve desde otro punto de vista? ¿Cómo? Pues, imagine que mi marido contrata a un hombre para simular su asesinato, consiguen un cadáver y lo ponen en el coche, le dejan el Rolex en la muñeca, lo visten con su ropa y queman el auto. ¿Qué pasaría, entonces? Señor inspector, ya le he dicho muchas cosas, así que me voy y si quiere seguir con su juego, vaya a mi casa a preguntarme lo que quiera, ya sabe dónde vivo. No pienso huir a ningún lado, sería muy tonta si lo hiciera. Es más, me pasaré aquí las vacaciones del colegio de mi hija hasta que me aclaren este crimen. Adiós, señor inspector.

Al salir de la comisaría Eugenia se encuentra con Chema.
—¿Qué tal ha ido todo?
—Mal. Imagínate que el inspector me acusa, es decir, nos acusa a mí, a ti y a tu pariente de haber planeado la muerte de Dionisio.
—Y tú, ¿qué le has dicho?
—Le he dicho que no sé nada, ni quiero saberlo. Ese es asunto de él. Si quiere culparnos que encuentre las pruebas suficientes y lo demuestre un abogado en un juicio. Además, dijo que Dionisio te contrató para enamorarme, ¿cómo lo ves?
—Eso no es cierto. ¡Qué cabrón!
—Sí, eso mismo le dije.
—¿Y en qué terminó todo?
—Pues, van a ir a interrogar a tu primo, así que ponlo al día por si las dudas porque mi marido es capaz de todo. Tú no lo conoces.
—Él no tiene vela en el entierro.
—Pues, ponlo en alerta para que luego no tengamos más dolores de cabeza con el inspector.

Al llegar a su casa Eugenia se despidió de José María y se fue a su habitación. Se recostó en la cama y trató de dormirse, pero le fue imposible porque comenzó una hilera de ideas a distraer su atención, se quedó con los ojos clavados en el techo y reconstruyó los acontecimientos de las últimas semanas.

Que hijo de puta eres, maldito Dionisio. Pensaste que caería en la trampa, ¿no? Ya sabía que ibas a fingir tu muerte y te ibas a ir con tu zorra. Lo que más me ha dolido es que el inspector me haya abierto los ojos con respecto a Chema. Conque Susana, ¿no? Se van a ir todos a la mierda ¡Qué imbécil fui! Debí sospecharlo desde el principio. Un hombre tan atractivo como José María no se enamoraría de mí, así como dice que lo está. Me cegó la vanidad, ese orgullo femenino que nos oculta las cosas y ni la intuición es capaz de descubrirla, pero ahora todo está claro. Tengo todas las cartas sobre la mesa y los voy a entregar, o, mejor dicho, solitos se van a entregar y se llevarán a sus malditas putas consigo a la cárcel por homicidio calificado, ¡bola de cabrones! ¿A quién mataron? ¿A quién quemaron en el coche? Pídanle a Dios que no los haya visto alguien que pueda atestiguar sus maquinaciones porque me los van a meter a la prisión, mínimo quince años, papitos. Se te van a acabar tus días de Luna de miel con la perra con la que estás, Dionisio. Ya lo verás. Y tú, Chemita, despídete de tu Susanita. Has de saber que de Eugenia Ramírez  no se burla nadie.




jueves, 29 de diciembre de 2016

Infidelidad demostrada

Teresa se levantó de la cama desnuda, seguía hablando como de costumbre y se dirigió al baño mientras Daniel observaba con agrado como sus carnes firmes se balanceaban al andar sobre las puntas de los pies.  Aún no sabían que era la última vez, en su larga relación de varios meses de pasión incontenible, que estarían juntos en un cuarto de hotel porque Fernando ya los había encontrado y pronto mataría a Daniel. Teresa estuvo unos minutos bajo la ducha sin dejar de comentar cosas superfluas, no cerró la puerta, era su costumbre. Sabía que su amante era un hombre de pocas palabras, decidido y apasionado. Ella sabía muy poco de su amante y las cosas que sabía las había confirmado a través de hipótesis. Lo cierto era que Daniel trabajaba en la construcción, estaba soltero, era muy introvertido, pero se expresaba bien a través del cuerpo. No era necesario llevar largas conversaciones con él, para Teresa era suficiente recibir toda la fuerza animal de su macho y los tiernos besos al final del coito. Se volvía loca porque Fernando, su marido, en toda su vida conyugal nunca le había proporcionado el placer que necesitaba. En realidad, el matrimonio se había dado por interés y eran felices a su manera. Cuando Teresa salió con el pelo enrollado en una toalla se vistió y se despidió. Tenían la costumbre de separarse de esa forma, sin palabras, con una mirada cómplice y un gesto que indicaba que se verían pronto.

Era suficiente que se encontraran por casualidad en cualquier parte para que Daniel le cogiera la mano y la condujera al hotel. Ella no podía resistirse y su mente se nublaba tanto por la imagen del deseo que no le importaba si la veía algún conocido. Por suerte nunca había pasado nada, pero el destino quiso que Fernando se diera cuenta. Empezó a seguir al amante de su mujer, descubrió todo: su lugar de trabajo, su casa, sus lugares preferidos y las personas allegadas que se contaban con los dedos de una mano.

El día que se unió la pareja de tórtolos en el hotel, Fernando esperó a que Daniel saliera del hotel, lo siguió hasta una calle poco concurrida y aprovechó el momento para dispararle a quemarropa por la espalda, luego tiró la pistola en un contenedor. Fernando era muy cobarde y en el momento de los impactos cerró los ojos, sólo comprobó que nadie lo hubiera visto y salió corriendo. Llegó muy agitado a su casa y le pidió a su mujer que le preparara un café mientras él ponía la lavadora y se bañaba para quitarse el olor a pólvora. Al día siguiente se fue a trabajar, realizó sus tareas con un poco de nerviosismo y cuando le preguntaron la causa sus compañeros se excusó diciendo que había dormido mal. Pasaron los días y notó que Teresa se ponía nerviosa. Dormía mal y estaba demasiado inquieta. Se salía muchas horas a la calle y no contestaba a las llamadas que él le hacía. Fernando adivinó que ella estaba buscando al albañil. Por desgracia, Daniel había desaparecido y nadie lo había buscado porque era muy introvertido, nadie sabía si tenía familiares y como había cobrado tres meses de trabajo, pensaron que se había ido a otro lugar.

Teresa buscó en la policía, en la morgue, en los periódicos e interrogó a todos los compañeros de la construcción que tenía Daniel, pero nadie sabía nada. Unos días después apareció un policía en la casa de Teresa. Le mostró la foto de Daniel y le preguntó si lo conocía. Ella notó que Fernando estaba cerca y miraba la imagen también, por eso negó con la cabeza, el investigador aprovechó para preguntárselo a Fernando y obtuvo la misma respuesta. Era sábado y el matrimonio no tenía planes. Teresa dijo que se sentía muy mal y que dormiría un rato. Fernando le estuvo dando vueltas al caso y no entendía la razón de que se buscara al obrero, pues lo había matado o, ¿no? En ese momento, le brotó el sudor a chorros y por primera vez pensó que tal vez su víctima estaría viva y, si se recuperaba de los disparos, podría encontrarse de nuevo con Teresa y le diría que le habían disparado, lo demás sería consecuencia de sus razonamientos, los cuales los llevarían a sacar conclusiones y sabrían que el único que tenía un móvil para hacerlo era él.

Conformó su plan que consistía en pedirle a su jefe un cambio de actividades en su trabajo. Primero pediría que lo ascendieran, luego se propondría para que le asignaran comisiones a otras provincias del país y finalmente plantearía que lo transfirieran a otra sucursal de la empresa. Al principio, su jefe no deseaba hacerlo, pero se abrió una plaza para el puesto que Fernando deseaba y se la asignaron. En el período en el que eso ocurrió, Teresa supo que Daniel había estado en un hospital y que por los efectos de los disparos había perdido ciertas capacidades mentales por lo que se creía que había desaparecido por causa de la desorientación. La noticia le produjo un sentimiento retorcido de satisfacción y pena a la vez. Sintió mucha nostalgia por las tardes en las que permanecía abrazada a su amante y tristeza por no saber exactamente en qué condición se encontraba. Pronto tuvo que arreglar las cosas de su traslado. Visitó con su marido una casa que comprarían a crédito, se orientó en la nueva ciudad y respiró tranquila pensando que el cambio le vendría bien para olvidar su relación con Dani.
La vida regresó a su cauce habitual. Fernando se hizo más gentil y amable, tenía más tiempo para relacionarse con su esposa e incluso fue más condescendiente en el lecho conyugal. La relación no mejoró mucho, pero la idea de adoptar a un niño llenó el vacío que los separaba. Visitaron un orfanato y comenzaron a buscar algún chiquillo que les inspirara un sentimiento maternal. “Se tendrán que armar de tiempo y paciencia”—les dijo con amabilidad la directora—. No se preocupe—respondieron cogiéndose de las manos e intercambiando una mirada cómplice—, tenemos las dos cosas de sobra.
Una tarde llegó Fernando con la cara pálida. “¿Te sientes mal, mi amor? —le preguntó Teresa. Fernando no contestó y se encerró en su habitación sin contestar a las preguntas de su mujer. Pasó varias horas dando vueltas desesperado y cuando salió parecía más viejo. “Tenemos que hablar Teresa—le dijo en cuanto la vio—. Ha pasado algo grave”. Teresa se dejó llevar por sus presentimientos y se dispuso a recibir una noticia mala relacionada con el empleo de su esposo, sin embargo, las palabras de Fernando la dejaron fría.
—Lo he visto.
—¿A quién?
—No te hagas la tonta, ¿a quién va a ser? Al albañil.
—¿Cómo? —Teresa sintió que la sangre se le acumulaba en la cabeza y perdió la visión por un instante, luego muy sofocada preguntó sin pensar—¿Dónde lo has visto?
—Me he cruzado con él hoy, al salir del trabajo casi nos estampamos, me llevé el susto de mi vida.
Teresa se puso a llorar, gemía por el dolor que le oprimía el alma. Fernando estaba enfurecido digiriendo su bilis en silencio.
—¿Lo sabías?
—No todo. Sólo los vi una vez juntos, pero supe que él era el causante de tus cambios de humor, así que fui por él.
—Eres una mierda.
—Si tú no hubieras sido infiel, las cosas irían bien, pero ahora…—No tuvo tiempo de terminar porque Teresa se levantó y se fue al dormitorio.

A la mañana siguiente Fernando se disculpó para no ir a trabajar y mantuvo una conversación complicada con Teresa.

—Me tienes que ayudar a aclarar la situación.
—Ni aclarar ni nada. Quiero el divorcio, eres una bestia.
—Espera, Teresa, todo esto es por mi culpa. Lo acepto, pero me tienes que ayudar.
—¿Ayudarte? ¿Después del crimen que has cometido?
—Pero está vivo.
—Sí, pero lo dejaste tarado al pobre. Dios te va a castigar.
—Oye, no sé a qué te refieres. Se veía normal. Un poco más gordo, menos fornido, pero completamente normal.

Al escuchar lo anterior, teresa, sintió que surgía dentro de ella una luz de esperanza y se alegró, pero lo disimuló muy bien.

—No te lo voy a perdonar nunca, ¿lo oyes?
—Teresa, escúchame, necesito que me ayudes.
—¿En qué?
—Pues, a confirmar en qué estado se encuentra y si se acuerda de lo que le hice. Si se le despierta la memoria, irá a la policía y me meterán a la cárcel.
—¡Eso lo hubieras pensado antes de hacer lo que hiciste cabrón, te odio!
—Bueno, ya está bien. Sé que tienes curiosidad por verlo. Mira, vas a encontrarte con él y vas a preguntarle de qué se acuerda, luego si quieres te dejaré que salgan juntos. Te prometo que no me interpondré entre ustedes.
—Eres un cobarde, Fernando, estás dispuesto a entregar a tu mujer por no ir a la cárcel, ¿verdad? Me das asco.

A pesar de todo, Teresa se dejó vencer por la curiosidad y los sentimientos que la obligaron a aceptar la propuesta. Fernando le propuso que fuera a verlo al trabajo a la hora de la salida y luego esperaran cerca del lugar donde se había aparecido Daniel. Los intentos fueron inútiles los primeros días, el hombre no se aparecía a ninguna hora. Una semana después Teresa lo vio.
Había salido a hacer unas compras y en el momento en que se dirigía a la oficina de su marido le llamó la atención un hombre con uniforme azul. Por el bailoteo del corazón sintió un sonido agudo en los oídos, tuvo que apoyarse en un muro para no caer. Le temblaban las piernas. Se fue acercando despacio, no porque tuviera miedo del encuentro, sino porque sus piernas a penas la sostenían. El hombre entró en un comercio compró un refresco y se lo tomó de un trago, luego se limpió con el dorso de la mano el sudor de la frente y se disponía a marcharse cuando vio que Teresa le cortaba el paso. Ella le pidió que no dijera nada. Lo tomó de una mano y se dirigió a un hotel que estaba cerca. Cada vez que surgía una pregunta ella le ordenaba callar con un fuerte ¡Chisst! 
Llegaron a la recepción, Teresa pidió una habitación y en cuanto se encontró a solas con Daniel lo desnudó y lo besó con desenfreno. La pasión contenida, el temor, el odio y muchas más sensaciones se le mezclaron. Perdió el control y sólo la liberación de sus angustias en un chorro de líquido la liberó con un grito de agonía. Se tiró sobre él y le pidió que le mostrara las heridas.

—¿A qué te refieres?
—Mira, mi amor, ya sé que has perdido la memoria y pensarás que esto es muy raro. Déjame verte la espalda. ¡Mmm! ¡No tienes cicatrices!
—¿Por qué habría de tenerlas?
—¡Daniel! Tú…—No tuvo tiempo de seguir porque el hombre la corrigió.
—Me llamo Arturo.
—No, no, tú eres mi Daniel, ¿no te acuerdas de mí? ¿de todas las veces que nos acostamos juntos?
—Usted se equivoca, señora, no soy Daniel. Tengo…
—¡Escúchame, Daniel! Mi marido te trató de matar y estuviste en el hospital, perdiste la memoria y te viniste a vivir aquí.
—No. Yo siempre he vivido aquí. Tengo un hermano que vive en la capital.
—¿Un hermano?
—Sí. Mi hermano gemelo, Daniel. Trabaja en la construcción.
Teresa se desmayó. Había comprendido que la vida le había puesto una horrible trampa. Tirada en la cama como una muñeca de trapo permaneció unos minutos hasta que Arturo la pudo despertar.
—Oye. ¿Cómo te llamabas?
—Arturo, ya te lo he dicho.
—¿Sabías que tu hermano y yo somos amantes? Lo malo es que ha desaparecido.
—Pues, hace muchísimo que no me comunico con él.
—Y ¿no se ha puesto en contacto contigo?
—No.

Teresa empezó a padecer a causa de las vertiginosas ideas que le iban apareciendo en la cabeza. Sabía que había cometido un error al confundir a Daniel, trataba de excusarse consigo misma por ser tan impulsiva, pero ya era demasiado tarde para componer las cosas. Lo que hizo después terminó de estropear la situación.

—Oye, Arturo, qué te parece si olvidamos lo que ha pasado hoy y no volvemos a hablarnos, ¿estás de acuerdo? —Arturo afirmó con la cabeza y empezó a vestirse, ya estaba por salir cuando Teresa lo detuvo e hizo lo peor que podría haber hecho en su vida.
—Bueno, pero si lo deseas podríamos seguir haciendo el amor. ¿Te ha gustado?
—Lo siento, pero tengo una mujer y es mejor que tú.

Enfadada por la serie de tonterías que había hecho, se fue a refugiar en su cocina. Por más que trató de preparar algo antes de que llegara Fernando enfadado, por no haberla encontrado en el lugar acordado, no lo consiguió. Se abrió con fuerza la puerta e irrumpió con fuerza Fernando con cara de pocos amigos.

—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué no llegaste a la cita? Ni siquiera me avisaste y te esperé una hora y media. No me cogiste el teléfono y pensé que algo te había pasado.
—Pues sí, si me pasó algo y estamos metidos en un problema gordo.
—¿Por qué?
—Pues porque hoy he estado con Daniel, es decir…
—¿Cómo?
—Bueno, no precisamente con él, sino con su hermano Arturo.
—No te entiendo.
—Pues, hoy cuando ya iba a verte me lo encontré cerca de una tienda y luego hablé con él.
—¿Y qué te dijo ese tal Arturo? ¿sabe lo de su hermano?
—No, es decir, no lo sabía, pero yo se lo he dicho.
—¿Para qué? ¿Estás tonta o qué? ¿Para qué abriste el pico, eh?
—No lo sé. Me dejé llevar por la impresión y mis impulsos. Perdí el sentido de las cosas.
—Bueno, cuéntamelo con detalles.
—Pues, me fui a acostar con él para ver sus heridas y comprobar que estaba bien.
—Pero, ¿no has dicho que es su hermano?
—Eso lo supe después.
—¿Cómo que después?
—Sí, después, cuando pudimos hablar con tranquilidad.
—Ah, o sea que primero te metiste en la cama con él, te lo follaste y luego, con tranquilidad le preguntaste ¿quién era?
—No, no exactamente. Es que…
—¡Eres una puta de mierda!

En ese momento Teresa le soltó un bofetón que casi lo tira noqueado. Con trabajos Fernando se recuperó, pero ya tenía las ideas bien acomodadas en la cabeza. Cuando dejó de ver estrellas y oyó a su mujer que le reprochaba sus deficiencias en el lecho, cambió su actitud.

—Nada de esto hubiera pasado si no fueras un inútil en la cama.
—Bueno, dejemos eso y pensemos en lo que tenemos que hacer ahora porque ese Arturo irá a buscar a su hermano y luego me vendrán a buscar para meterme en la prisión.
—Me parece que la única solución es que nos vayamos de aquí.
—Oye, pero si acabamos de llegar. No llevamos ni tres meses aquí. Si pido un cambio de nuevo, van a sospechar algo y entonces sí que tendremos problemas.
—Pues, busca otro empleo.
—¿Tú estás loca? Llevo años en esto y lo que he logrado es gracias a mi esfuerzo.
—Piensa lo que quieras. Yo no veo otra salida. Si quieres correr el riesgo, allá tú.

De pronto dejaron de hablar y se sumieron en sus pensamientos. Estuvieron todo el tiempo comunicándose con frase cortas y monosílabos.
Fernando no podía concentrarse en el trabajo. Su nuevo jefe le llamó la atención y le pidió que fuera más cuidadoso con las cosas y no cometiera errores que le provocaran pérdidas a la empresa. Los fallos que tenía eran causados por las ideas que se iban germinando en su mente. Había decidido acabar con todo el problema de raíz. De forma inconsciente, ya había matado a Arturo, pero no quería reconocerlo.

“Si desaparece Arturo —se decía con tono convincente como lo es siempre en la cabeza, mas no en la realidad—, su hermano jamás lo sabrá porque está tarado y de esa forma se resolvería todo. La única cuestión es cómo hacerlo porque a mí no se me levantará la mano para matarlo por segunda vez, o sea, atentar contra su hermano por quien no siento odio ni nada. Si contrato a un asesino a sueldo, siempre tendré el riesgo de ser delatado y viviré con el alma en un hilo”.
El empujón que lo obligó a decidir más rápido fue la noticia que le dio Teresa.

—Hoy ha venido a preguntarme por su hermano.
—Y ¿qué le has dicho?
—Nada, sólo que después de recuperarse de las heridas se había ido y nadie sabe cuál es su paradero.
—Y ¿qué te dijo?
—Nada, se quedó pensando un poco y se despidió sin más.
—¿Qué crees que eso significa?
—La intuición me dice que irá a casa de un familiar o de sus padres para saber si se ha aparecido por allí.
—¿Sabes lo que pasaría si lo encuentra?
—Sí.
—¡Me lleva la madre que los parió! Tendré que actuar de nuevo.
—Sí, pero esta vez asegúrate de apuntarle bien porque si no lo matas…
—Y ¡Todo por ti! Dime, ¿acaso no te lo di todo? Nunca has trabajado en tu perra vida. Te toleré todo.
—Mejor cállate porque…—En ese momento hizo un movimiento para recogerse el pelo y, al levantar la mano, Fernando se le adelantó y le dio un golpe con el puño cerrado. Teresa se levantó con la nariz sangrando, le escupió en la cara y se fue a encerrar. Fernando estaba como león enjaulado y para apaciguarse sacó una botella de whisky y comenzó a beber directamente de la botella. El alcohol sólo sirvió para acentuarle el rencor así que prefirió salirse a dar una vuelta. Anduvo una hora y media dando vueltas y decidió volver para dormirse y olvidarlo todo, aunque fuera por una noche. “Mañana será otro día”—se dijo mientras se echaba vestido en la cama.

A la mañana siguiente se fue con la resaca al trabajo. No habló con Teresa en todo el día. Siguió así hasta que la idea de acabar con Arturo lo convenció por completo. Consiguió una pistola vieja muy cara y comenzó a buscar a Arturo. Supo que era el encargado del departamento de mantenimiento de motores eléctricos en una fábrica. Estaba soltero, no era muy comunicativo y se la pasaba los fines de semana en su casa o descansando en la plaza cerca del Palacio municipal. Decidió ponerse en acción. Esperó que Arturo saliera un día de su trabajo y lo siguió. Anduvo tras él un tiempo, pero se desconcertó cuando lo vio entrar a un hotel de mala muerte. Se le revolvió la cabeza y se quedó parado como si estuviera jugando al ajedrez y le hubieran movido una pieza por descuido y no recordara exactamente qué era lo que había planeado para su siguiente ataque. En esa laguna mental se encontraba cuando un hombre salió corriendo del hotel. Reaccionó y entró. La chica de la administración estaba desconcertada, una chica de la limpieza gritaba algo, pero los berridos le impedían pronunciar con claridad, luego apareció una mujer envuelta en una toalla y con el pelo alborotado que pedía una ambulancia con urgencia. Fernando pensó que era Teresa y estuvo a punto de apretar el gatillo de su pistola, pero al verla mejor descubrió que la mujer era más delgada, más alta y mucho más guapa que su esposa. Rápido guardó el arma y se ofreció a tranquilizar a la chica de uniforme que seguía gritando histérica. Fernando la sujetó por los hombros y la agitó tan fuerte que la chica se calló. Unos minutos después entraron unos enfermeros y al saber el lugar donde estaba el herido siguieron a la mujer de la toalla.

“Lo siento—dijo uno de los enfermeros al salir—, no pudimos hacer nada. Llamen a la policía”. La mujer de la toalla seguía impactada, tenía los ojos rojos y murmuraba algo contra su marido. Le cubría los labios una espuma blanca y le temblaban las manos.

 Fernando subió con uno de los policías al lugar del crimen y para no levantar sospechas dijo que había visto al criminal. Cuando vio tendido sobre la cama el cadáver de Arturo, respiró profundo y le dio las gracias a Dios por haberlo sacado del atolladero. Habló con el inspector y le describió al hombre que había salido con un retrato hablado. “La descripción coincide con la de la esposa y la encargada de limpieza —le dijo el ayudante del encargado de homicidios—, muchas gracias. Firme aquí su declaración y si quiere, se puede retirar”.
Fernando salió del hotel, se fue por unas callecitas y cuando se aseguró de que no había moros en la costa, tiró a la basura la pistola que llevaba oculta en el calcetín y se fue a su casa.
Fernando entró en el salón y vio a Teresa. Le dio la noticia, pero ella ni siquiera despegó la mirada de la revista que tenía en las manos.

martes, 27 de diciembre de 2016

El premio a destiempo

"Es imposible sacarse la lotería—les decía a sus conocidos, Rogelio Campos—deberían mejor ayudar al prójimo en lugar de perder el tiempo con sus discusiones estúpidas". 

Nadie le hacía caso. Se le tenía como a un hombre inadaptado que refunfuñaba por todo. En realidad, Rogelio, era un tipo inteligente que había hecho su carrera de sociología, pero la falta de empleo y las circunstancias de la vida, aunados a su poca capacidad para escribir ensayos y su poca paciencia lo habían orillado a llevar una vida de pordiosero con un cartel de dignidad. No era del todo pobre y hacía trabajillos de vez en cuando para ganarse la vida. Lo malo era que la mayor parte del tiempo se la pasaba en la calle, incluso en las horas más calientes del día, y renegaba del sistema capitalista, criticaba con saña a los políticos y a uno que otro burgués famoso.

Sus padres le habían dejado un pequeño piso muy viejo cerca del centro de la ciudad. El mobiliario no había sido cambiado en mucho tiempo y en invierno Rogelio pasaba un frío de los mil demonios. Tenía su rutina desde hacía diez años. Ya no esperaba respuestas favorables en las instituciones públicas donde había metido su currículo, pero de todas formas preguntaba. Al oír que no había nada para él, se daba tranquilamente la vuelta y se iba recordando el año en el que lo habían aceptado como profesor de historia en un colegio. En su tiempo libre leía a Marx, Lenin, Engels, Keynes, Gorz y a otros filósofos y economistas de talla mundial. Tenía la idea de que la economía, a pesar de ser una ciencia, se regía por los caprichos de la gente adinerada y las grandes potencias. No podía explicarse por qué cada vez que pasaba algo en la política se devaluaba la moneda. Eso lo comentaba siempre frente a la gente y era el aspecto principal por el que se le evitaba. Las personas sentían lástima por él, pero el sentimiento de rechazo era más fuerte, por eso le daban para comer las sobras de la cocina, la última moneda y la última palabra de aliento para que superara su situación y se alejara lo más pronto posible. Rogelio se había resignado a vivir solo, no podía establecer relaciones firmes y prolongadas con ninguna mujer porque su aspecto descuidado y su carácter fastidioso alejaban de inmediato al sexo débil.

En una ocasión, faltaban unos días para el sorteo de Navidad, Rogelio vio a una mujer que con dificultad cargaba sus bolsas de comida del supermercado y se ofreció a ayudarle. La mujer agitada y sudando por el calor aceptó y se alejaron caminando por una estrecha calle en la que había comercios de todo tipo. Al pasar por un estanco de la lotería, la señora Carmen Romano, que era como se llamaba la dama, se detuvo un momento, sacó un rollo de billetes que llevaba ocultos en el pecho y comenzó a elegir números. Rogelio de inmediato quiso persuadirla de tirar su dinero a la basura, pero se quedó con sus letanías amasadas en la boca sin poderlas escupir. Una vez que la señora había elegido sus tiras de papel le dijo a Rogelio que siguieran su trayecto, pues faltaba poco para llegar. De pronto, Rogelio sintió que Carmen enrollaba un papel de los que había comprado y se lo puso en el bolsillo de la camisa. Él quería devolvérselo, pero con las enormes bolsas en las manos no pudo reaccionar y pensó que la mujer estaba haciendo algo absurdo. “Ten esto para ver si te lo llevas tú”—le dijo con una sonrisa sarcástica. Llegaron al edifico, subieron tres plantas y frente a una puerta blanca con mil capas de pintura blanca, Carmen le agradeció a Rogelio su amabilidad y lo despidió. Rogelio tenía ganas de tirar el billete a la basura, pero no se atrevió, tampoco hubo a quien regalárselo porque las personas que le atraían al principio resultaban presumidas y muy mal educadas, así que llegó a su casa y metió el rollito en la gaveta de su viejo escritorio y se olvidó de él.

Pasaron los días y siguió con su vida habitual de intelectual con cara de hombre desilusionado de la vida. En el fondo se comparaba con un engendro de los libros de Kafka. Sentía el rechazo de la gente y cargaba resignado con todas las miradas de reproche que le echaban encima. 
Su cara que antes mostraba una risa franca había cambiado su aspecto por una expresión semejante a la de una persona que padece de estreñimiento. Sabía que era un revolucionario inconforme y, de habérselo permitido el destino, habría luchado por los pobres como Robin Hood, habría castigado a los ricos ambiciosos y habría condenado a todos los corruptos. Pensaba en los demás con lástima, sabía a la perfección que se le aceptaba como se acepta al perro callejero que siempre mira con ojos de nostalgia y mueve el rabo cuando alguien descubre algo incomestible en la mesa que se le puede dar al animal. No era rencoroso, había aceptado las cosas como eran. Lo único que lo atormentaba eran las situaciones en las que había tenido que limpiarse los pies sucios en el felpudo de su orgullo. 

Recordaba con pesar el entierro de sus padres, las limosnas para su operación del brazo izquierdo y las palabras de la mujer del tendero. “Dale—le dijo a su marido Mauricio —unas monedas al pobre Roge, no sea que se nos quede manco el pobre y habrá que ayudarlo hasta para ir al baño”. Le pasaban también por la cabeza las interminables ocasiones en las que le habían reprochado que no hubiera trabajado nunca, cosa que resultaba falsa, porque había ido muchas veces a componer tuberías y ayudar en la construcción, pero con tan mala surte que siempre le tocaba la menor parte por ser tan desinteresado. No es que no quisiera ser rico, lo que pasaba en realidad, era que la vida siempre lo había mantenido en los rincones, proporcionándole disgustos, malas experiencias y tristezas que para el caso eran lo mismo.

Se acercó la noche del sorteo y en la calle las personas no dejaban de comentar cosas. Rogelio vio a unos hombres que tenían sus billetes en las manos y rezaban para que dios les diera suerte se persignaban. ¡Eh, ustedes—les gritó Rogelio—no saben acaso que Dios está muy ocupado con la construcción del universo, ¿a dónde creen que nos va a llevar cuando nos caiga un meteorito y se lleve todo esto al carajo? Los hombres lo vieron con desprecio por echarles el momento a perder y se fueron deseándole las peores cosas en Navidad. Cerca de otro estanco encontró a dos hombres similares mirando los números. Cuando lo vieron le preguntaron qué número se compraría él si pudiera. “No le hago al tonto, soñando como ustedes dos, que le piden al Señor sacarse la lotería sin comprar nada. A ver un día de estos baja y les viene a recordar que primero tienen que comprarse el número y luego ver si es posible ganar o no. Par de tarados. Se fue y trató de evitar los lugares muy concurridos para no tener que soportar a los ilusos que le causaban tanto desagrado.

Rogelio había soñado siempre con darle alguna satisfacción a sus padres, pero el destino se empeñó en que sólo les produjera mal sabor de boca y fuera una carga insoportable. Era por su carácter rebelde. No quería aceptar el mundo tal y como era, eso, no le había impedido algunas veces fantasear con verse rico junto con sus padres, haciendo viajes por infinitos países gracias a su buena salud que proporcionada por un seguro médico de primera calidad y una jugosa cuenta en el banco. También, llegó a verse en su imaginación rodeado de mujeres hermosas, en coches caros, codeándose con gente importante, pero todo eso se había quedado en los años de su adolescencia, la realidad le mostró que las cosas se podían obtener de diferentes formas. La más fácil era la deshonesta y no le gustaba, para las demás tenía sólo algunas puertas abiertas pero el esfuerzo para moverlas era inmenso y no le alcanzaba el empuje. Se reía con un gesto amargo y seguía recorriendo las calles con sus zapatillas deportivas agujeradas, su camisa de siempre y sus brazos dorados por el sol y su llamativo pelo retorcido por la intemperie. Aunque se bañaba y lavaba su ropa, su aspecto era muy pobre y la gente lo tomaba más como pordiosero que por un simple infeliz desempleado.

Después del sorteo, al salir a mediodía de su casa, notó que había mucho ajetreo en la calle. Muchas personas maldecían su mala suerte y sólo los tenderos estaban a la espera de que les compraran más billetes con los reintegros o los felices ganadores de premios poco importantes les invitaran una copa en el bar como regalo de compensación. Los que conocían a Rogelio lo evitaban a propósito para no estropearse el día con palabras realistas de contenido pesimista. Era mejor soñar y dejarse llevar por la ilusión que poner los pies en el suelo y afrontar la crudeza de las cosas. Pasó la tarde alejado de los murmullos y la muchedumbre. Volvió a su casa pronto y vio un cartel enorme con el número 19878 que era el ganador. Escupió con desprecio, bajó la cabeza y se fue a leer para olvidar los reproches de sus tripas. Sabía que podía pedirle a Don Paco un bocadillo de lo que le quisiera regalar, pero no estaba de humor para soportar las absurdas charlas de bar. No quería permanecer allí hasta el cierre del local para ofrecerse a ayudar con las sillas y la vajilla., prefería dejarse arrastrar por su eterna depresión. Estuvo mirando unos artículos de una revista de ciencia que se había quedado por allí. No entendió mucho de los descubrimientos en materia de mecánica cuántica y se fue acostar.

A la mañana siguiente se fue a preparar un té de hierbas a la cocina, sacó de la alacena una lata de galletas y vio que quedaba muy poca hierba seca en el interior, puso a hervir un vaso de agua y buscó azúcar. No había, se tomó el té caliente y desabrido. De pronto, se dio cuenta de que llevaba bastante tiempo tratando de aclarar el significado de su sueño. Le daba vueltas una cifra, era como una mosca zumbona que lleva días dándose golpetazos frente a los cristales. Cuando salió de la ducha comprendió el significado: era la fecha de su nacimiento. “Es una coincidencia inventada por mi mente enferma—se dijo—¿qué se puede esperar de un mediocre fracasado como yo?”. Estuvo soportando el hambre hasta que el orgullo se volvió a tender en el piso para que él le pasara por encima. “¿Cuántas veces más tendré que repetir esto, Dios mío? —se preguntó acomodándose los pelos enmarañados—. Seguro que seguiré con mi cara de payaso triste hasta el último de mis días, ¿no es así, Señor? Se resignó por enésima vez y bajó a buscar algunas sobras para dejar de sufrir el efecto de los jugos gástricos revueltos. Notó en el aire preocupación, por todos lados volaba esa sensación de que algo horrible está a punto de suceder, lo entendió por las palabras de una señora con sombrero que hablaba con su amiga. “Fíjese nada más, doña Evita, que el número se vendió aquí muy cerca, en el estanco de Manolo. Él dice que se lo vendió a alguien de por aquí, pero no recuerda a quién exactamente. —¿Se imagina si se pierde esa millonada por falta de reclamación?” Sí —le dijo Evita—. Uno esperando toda la vida que le toque, aunque sea un premiecito para llegar a fin de mes y esta persona le deja los millones al Estado. Menudo imbécil lo haría.

Las dos viejas siguieron en su alegato y Rogelio vio de nuevo la cifra maléfica de su sueño. Por alguna razón decidió volver a su casa y sacar el maldito rollo que le había dado la señora Carmen. Al desenrollar el papel vio que era cierto. El día, el mes y el año coincidían con el número premiado. “Sólo esto me faltaba—se oyó decir dentro de sí—que estuviera toda la maldita vida protestando y criticando a la sociedad y ahora me dieran una entrada para ocupar un puesto privilegiado en los más altos escaños. Tomó una decisión. Buscó por toda su casa monedas y billetes viejos, reunió muy poco, pero aun así pudo comprarse unos zapatos, una camisa y unos pantalones, todo de muy baja calidad, pero nuevo. Cogió el numerito y no pudo salir para ir a cobrarlo. Estuvo encerrado en su laberinto de sus razonamientos. No podía soportar la idea de que la gente cambiara de inmediato al saber que era rico. Ya veía a todos sus conocidos ofreciéndole la mejor comida y bebida, socios improvisados para realizar negocios juntos, mujeres que de pronto lo encontraban atractivo y una interminable fila de personas con necesidades pidiéndole prestada una suma de dinero.

Se encomendó a Dios para encontrar la solución, pero éste le dijo que se leyera la Biblia y que buscara la respuesta. No lo hizo porque muchas veces había abierto el libro sagrado al azar y siempre habían sucedido cosas malas. “Es para forjarte, para hacerte un fiel incondicional como Job”—oía que le decía Jehová, sin embargo, no quiso hacerle caso. Le costó varios días encontrar el ánimo para salir a la luz pública y cuando ya habían festejado los ganadores de los otros premios y la preocupación y el suspenso comenzaban a transformarse en un arbusto seco, de esos de los pueblos abandonados del desierto como los que vemos en las películas del Oeste, salió la foto de Rogelio Campos con un enorme cheque de ocho cifras en las manos. Ya no había forma de dar marcha atrás. Tuvo que llegar de madrugada a su casa porque sabía que la gente lo iba a esperar para supuestamente felicitarlo y cobrarse a lo chino todos los favores que le había hecho hasta ese día. No pudo evitar que le fueran a tocar la puerta día y noche. Después de las felicitaciones venía la lista de calamidades que todos tenían. Aparecieron de pronto familiares que ya creía desparecidos y que nunca habían pensado en él, estaban aquellos a quienes no había visto desde el fallecimiento de sus progenitores. En fin, toda la marabunta de hormigas incansables se dirigía a él con un saludo, una felicitación y muchas demandas de ayuda económica. Fue por eso que decidió cambiar de residencia y dejó su piso para ir a radicar a otro lugar. Compró un apartamento modesto, dejó en el banco una cuenta no muy gorda y el resto lo destinó a un orfanato, una clínica y un asilo de ancianos.

Al desaparecer Rogelio surgió un torbellino de gritos que reprochaba la conducta mísera del ganador del premio mayor. “Es un maldito desagradecido—decían—, toda la vida manteniéndole para que ni siquiera nos dejara un milloncito. Si hiciéramos las cuentas—comentaban otros— de lo que nos debe el muy desgraciado no le alcanzaría su fortuna para pagarnos el buen trato que le dimos siempre. ¡Que se pudra con sus millones —gritaban los más despechados—, tenemos la fortuna de habérnoslo quitado de encima, el muy lacra!

Cabe mencionar que Rogelio buscó personalmente a Carmen Romano y tuvo que sufrir el acoso de todas las vecinas que lo reconocieron y aprovecharon la ocasión para ofrecerle la mano de sus sobrinas, hijas y hasta nietas. No la encontró y tuvo que resignarse a buscarla, sin éxito alguno, mucho después.

El día que fue en compañía de un abogado y un notario a hacer efectivas las donaciones, creyó que tendría una vida apacible y habitual. Pudo ser así, pero, por desgracia, el mundo es tan pequeño que sus antiguos conocidos descubrieron su nuevo domicilio y no dejaron de visitarlo. Al enterarse de su decisión en favor de los desprotegidos, sus supuestos amigos, le pedían la devolución de los regalos que le entregaban, le echaban en cara su desfachatez y con un azote de puerta se iban a toda prisa escupiendo como si hubieran ingerido algún veneno.

Rogelio vivía relativamente tranquilo y de forma muy modesta. Soportaba a conciencia las críticas de sus conocidos y familiares y se aisló mucho. Lo peor es que comenzó a tener pesadillas. Se despertaba agitado y padecía de la tensión arterial. Había ocasiones en que deseaba desfallecer y morirse de verdad. Era porque su inconsciente se divertía alimentando sueños con los deseos ocultos de Rogelio, en los que había hoteles de lujo y una actriz muy guapa que le había gustado siempre y había sido partícipe de sus sueños más románticos. Tuvo la desgracia de encontrar a una mujer muy parecida, pues a pesar de que la actriz era muy rica y talentosa su tipo era muy habitual. Rogelio le propuso matrimonio en la primera cita, pero Lola, como se llamaba la hermosa joven, era muy materialista y lo mandó a freír lo que se le pegara la gana. Rogelio lamentó no tener sus millones para callarle la boca, llevársela a la cama y meterla en una iglesia para hacerla su mujer. No pudo soportar que ella lo tomara por un pelele y se prometió no volver a ver las películas de su actriz favorita.

Fue sobrellevando las cosas y se alejó de todos. Corría a las seis de la mañana por la playa, se tomaba un aperitivo a mediodía y soportaba los brutos comentarios de siempre, pocas veces entraba en las conversaciones de los demás, no tenía amigos y se dedicaba a ver películas en su casa, leer libros y revistas. Iba al teatro una vez al mes y cuando sintió la proximidad de la vejez recordó la casa de ancianos y decidió irse a vivir allí porque su salud ya no era tan buena y prefería cualquier cosa a ser encontrado como aquella momia de un hombre que estuvo cinco años descomponiéndose en su cama hasta que lo hallaron por casualidad.


Lo recibieron muy bien en la casa de ancianos, nadie recordaba que él había hecho una donación, pero le creyeron. Las enfermeras sintieron un poco de rechazo hacia él, las ancianas lo evitaban y mantenían las normas de etiqueta durante las comidas. En las salas de juegos no le invitaban a participar y sólo tomaba parte en el dominó o el ajedrez. En una ocasión estaba jugando con unos compañeros cuando salió a la conversación su nombre. “¿Se imaginan? —dijo un tipo al que le parecía que había visto antes— Uno de los hombres más ricos de este país hizo una gran donación para este asilo y no tenemos ni servilletas para limpiarnos en las comidas, y del baño, ni hablar. Malparidos. Se aprovechan de la gente, el dinero es como los dulces: todos los quieren y jamás se hartan de ellos, ¿verdad? “¿Quién es ese hombre de quien habla?” —preguntó un curioso—. Se llamaba Rogelio, como usted—y señaló en dirección de su compañero de juego—, Rogelio Campos, para ser exactos. De joven y después de terminar la universidad, el muy holgazán se dedicó a hacer trabajillos ocasionales y mendigar el pan. No era un pordiosero, por supuesto, pero esa era la impresión que teníamos todos. Nadie lo quería de verdad y le brindábamos nuestra amistad por pura compasión. Un día se sacó el gordo, ¿se imaginan? La gente se esperanzó y creímos que Rogelio sería generoso con todos nosotros, pero el muy cabrón se desapareció. 

Ni siquiera fue al entierro de su hada madrina, Carmen Romano, llamada “La Usurera”, que fue quien le regalo el billete. ¡El muy cabrón ni siquiera lo compró él mismo! Todo el tiempo se quejaba del capitalismo y con su aspecto de hippie marihuano hablaba del comunismo y no sé qué tantas tonterías. ¡Ah, pero en cuanto tuvo la plata, se fue! No le quiso ayudar a mi comadre, que debía su casa, ni a Don Pancho que estaba a punto de perder su negocio. Fueron tantas cosas que nunca acabaría de contárselas. ¿Y qué hizo al final? Pues donarle el dinero a este asilo, en el que el director es un ladrón, y a no sé cuál orfanato. No digo que eso sea malo, pero debió velar por sus amigos, primero. A mí, por ejemplo, me habría ayudado a salvar a mi mujer, que en paz descanse, de un cáncer terrible.

 Ahora ya es demasiado tarde para lamentarse. Me imagino que ese hijo de su madre debe estar en una isla con todos los servicios a la puerta y su avión privado. ¡Cuántas cosas no se habrá comprado el falso comunista ese! En fin. Terminemos la partida…voy a cerrarlo, queridos amigos…!Mula de tres: la luna de miel!

viernes, 23 de diciembre de 2016

El báculo de Hermes (+18 )

Cuando me comunicaron que Mauricio se encontraba muy grave en el hospital se abrió ante mí una fosa insalvable. Se creó un vacío del tamaño de un agujero negro y mis sentimientos entraron en conflicto. Me habían dicho que era imposible salvarlo y que le quedaba muy poco tiempo. Sabía que debía ir y perdonarlo, pero algo me detenía. Me vi obligado a hacer de tripas corazón y presentarme en su cámara. Lo vi deshecho, ya no era aquel hombre fuerte lleno de tatuajes y autoritario. Se veía como un muñeco pintarrajeado al que habían destripado para sacarle el relleno y se disponían tirarlo a la basura. Me acerqué y traté de hablarle, él hizo un gesto de desagrado, es probable que la retahíla de palabras absurdas que le dije, le produjeran irritación. Movió la mano con mucho esfuerzo para indicarme que me fuera y le dije muy cerca, mirándolo sin compasión, que lo perdonaba. Cerró los ojos, me di media vuelta y no supe si ya había fallecido en ese momento o murió después. Creí que con su desaparición se terminaría mi condena, pero más bien era el principio de una venganza que me perseguiría mucho tiempo.

Nos habíamos conocido cinco años antes en un club deportivo. Él se estaba cambiando y cuando se puso el agua de colonia me lanzó el recipiente y me recomendó que me lo pusiera. Hice lo que me pidió y noté que era un aroma bastante agradable. Como era de esperarse relacioné ese olor con Mauricio quien me cogió del brazo y me llevó a una cafetería. Tenía un carácter impulsivo, no toleraba que la gente le negara las cosas y llevaba las conversaciones de una forma que el interlocutor siempre se sentía en una situación agradable, pero con muchos halagos e insultos que intercambiaban su sentido por la entonación o el momento de ser manifestados, Mauricio lograba engañar a cualquiera porque era muy inteligente y astuto. Nuestra amistad se fue estrechando con rapidez, me invitaba a lugares interesantes, me hablaba de pintura, escultura y, cuando me contaba algo sobre los libros que le gustaban, me sentía seducido por su capacidad de análisis. Se podría decir que era un psicólogo nato. Conocía el carácter de la gente y fingía su empatía de forma impecable.

No tenía hermanos, pero siempre hablaba de su primo Eduardo quien vivía en los Ángeles. Lo conocí un día y me pareció muy raro. Tenía una forma de hablar como si fuera un hippie, fumaba marihuana y tenía el pelo como Bob Marley y también le encantaba el reggae. No tenía nada en común con Mauricio, descubrí que Eduardo sólo era una excusa para hablar de su familia, pues nunca mencionaba a sus padres, ni abuelos. Para todo decía: “Mi familia del gabacho”. Por toda purrela se refería a su primo Lalo y a otros supuestos primos de los cuales nunca dijo nada en especial.

Un día me invitó a su casa y me propuso que me quedara a vivir con él. Yo rentaba un piso pequeño y pasaba dificultades para llegar a fin de mes. Acepté su propuesta con gusto. Me asignó una habitación vacía y me propuso que la amuebláramos. Fuimos a comprar una cama, una mesa y unos cuadros. En una semana tenía una habitación muy acogedora. Mauricio trabajaba en su casa. Compraba y revendía todo lo que encontraba en Internet. Tenía un olfato increíble para hallar cosas baratas y venderlas caras. Su lengua era de oro. Fue esa forma de persuasión la que me fue acorralando poco a poco. Al principio noté que por vivir en su casa juntos representaba un compromiso que Mauricio me hacía sentir a menudo. Tenía la obligación de colaborar con dinero, ayudarle a vender cosas entre mis compañeros de la oficina y agradecerle lo que hacía por mí. Mi falta de atención o, la dependencia que sentía de Mauricio, me obligaron a hacer ciertas cosas que no tenía claro si me gustaban o no. Muchas veces estuve a punto de tirarlo todo e irme a vivir otra vez solo y alejado de mi compañero.

Un día que volvimos del gimnasio me miró de una forma muy rara, me habló de unos tatuajes que deseaba hacerse y me dijo que estaba decidido a pintarse todo el cuerpo. Vimos algunas páginas con tatoos y con determinación exclamó. “Me los voy a hacer al estilo polinesio”. A partir de ese día comenzamos a ir a un salón donde le dibujaban con una tinta especial negra sus dibujos gariboleadas. En seis meses estaba irreconocible. En el gimnasio causó furor, le decían el Semental, pero algunos de los que me veían con él decían que tuviera cuidado con el Toallón y cuando les preguntaba por qué le decían así, respondían que era porque envolvía, secaba y dejaba en bolas a la gente.

Me di cuenta de que cada vez mi dependencia hacia Mauricio era más y más grande. Incluso había dejado de interesarme por Julieta de quien, según palabras de Mau, no podía estar enamorado. “Es una mujer tonta y terrenal, Valentín— me decía con una enorme risa irónica—tú deberías buscar algo más filosófico, más placentero y romántico”. Yo no estaba convencido y todas las noches soñaba que podía seducir a Julieta, era la única mujer que me interesaba en el mundo. Me precipité un poco y sin pensarlo fui a verla, le descubrí mis sentimientos y se negó a todas mis propuestas. Su argumento fue muy simple. “Me gusta otro tipo de hombres —respondió—, tú eres demasiado suave y te vendría mejor una chica menos pretenciosa que yo”. Fue todo lo que me dijo, pero lo suficiente para provocarme una fuerte depresión. Mauricio me echó un rollo muy raro cuando me vio de capa caída tirado en mi cama.

—Oye, Vale, ¿has pensado alguna vez que los hombres tenemos una parte femenina?
—No.
—Pues, tal vez no lo hayas notado, pero lo que te atrajo de mí fue eso. Es esa característica la que nos seduce en otras personas. Cuando vemos una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre sentimos atracción. ¿No te había pasado nunca?
—No. No lo había pensado nunca.
—Creo que ya es hora de que lo entiendas. No te he buscado por tu linda cara, sino porque tú diste el primer paso. Me mostraste ese aspecto femenino tuyo para engatusarme y hacerme sentir excitado. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir jugando?

No tuve tiempo de decir nada. Se abalanzó sobre mí y me sometió con mucha fuerza. A la mañana siguiente amanecimos juntos. Me encontraba medio dormido cuando sentí de nuevo el peso de su cuerpo. Me tapó los ojos con la mano y me susurró obscenidades. Al levantarnos me llevó a la ducha me dijo cosas agradables, estaba sonriendo todo el tiempo y me dijo que iríamos a desayunar. Llamé a la oficina y me disculpé diciendo que tenía una urgencia.

Así comencé a ausentarme cada vez más de mi empleo hasta que lo perdí. Después de mi desagradable experiencia traté de librarme de Mauricio, pero él se dio cuenta y me trató con mucho tacto. Primero, simuló que lo sucedido había sido un arranque de pasión. Después, no volvió a tocarme en una semana, se puso muy amable y me distrajo pidiéndome opiniones sobre unas prendas nuevas de vestir americanas que se podían colocar bien en el mercado. Pasamos haciendo trámites burocráticos mucho tiempo y al final logramos importar lo que queríamos. Empezamos a vender mucho. Las ganancias eran buenas y Mauricio conoció a un chico de nombre Gabriel que se vino a nuestro piso. Era delgado, tenía el pelo rizado y los ojos muy grandes y verdes. Su carácter era agradable y desde la primera noche no salió de la habitación de Mauricio. Me sentí aliviado porque así dejaría de tener que soportar los asaltos nocturnos que me desagradaban tanto. La felicidad no me duró mucho porque al cabo de una semana Candy, como se empezó a llamar Gabriel, venía a consolarse conmigo todas las noches. Decía que Mauricio era cruel con él porque no lograba complacerlo, que no le era sincero y que sólo lo estaba usando para beneficio propio. Pasé varias noches con Gaby en mi cama. No lo toqué y no quise que se me acercara mucho porque era demasiado tierno y sentimental. Me daba un poco de lástima y lo abrazaba para que se durmiera.

Un sábado por la tarde, mientras Candy se pintaba las uñas de los pies y yo estaba viendo un programa sobre la guerra de Siria, llegó Mauricio con sus nuevos persings. Estaba muy contento, nos mostró las cejas, la nariz y se quitó la camisa para que viéramos su ombligo. Le colgaba un pequeño revólver que más parecía un llavero. “Es—dijo con cara de niño regañado—para matarlos a ustedes…pero de risa”. Candy cerró su frasquito de pinta uñas, agitó las manos para hacer aire y secar el esmalte y se lanzó con los brazos abiertos hacia él, éste lo recibió con un beso y lo empezó a desnudar. Le quitó la bata de seda, se liberó de sus pantalones y empezaron a acariciarse. De pronto me rodearon y me quitaron la ropa. Me besaron entre los dos y me invadió la náusea, Mauricio sacó una botella de ginebra y me dio un vaso lleno. Me lo tomé a la fuerza, luego me sirvió otro y ya borracho no supe bien lo que pasó entre nosotros tres.

“Te portaste a la altura, Valentín—me dijeron los dos, que desnudos a mi lado me acariciaban el pecho a la mañana siguiente—, seremos inseparables”.

No hablé mucho en todo el día. Gaby estaba muy apurado con un encargo que le había hecho el dueño de una tienda y Mauricio estaba buscando una empresa de trasportes que pudiera hacer la entrega de una carga grande de ropa. Todo se solucionó y los días venideros fueron de gozo y celebración. Mauricio estaba amabilísimo. Nos hizo regalos y fuimos a un restaurante a celebrar los avances del equipo comercial que supuestamente formábamos.

Renuncié a mi empleo y al despedirme de mis compañeros, Magdalena, con quien salí en alguna ocasión en plan de amigos, me dijo que siempre estaría libre para cualquier cosa que se me ofreciera. Era una chica muy delgada con cara de diablillo, pecosa y muy apasionada. No tenía mucha suerte con los hombres porque según decían, desnuda no tenía un gramo de carne, y a nadie le gustaba comer huesos. No sabíamos todavía que el destino nos uniría después.

La relación comercial con Gaby iba bien. Los ingresos habían aumentado y Mauricio se fue apoderando del capital. Una noche se emborrachó y sacó unos vestidos. Le dio a Candy uno rojo y le dijo que se maquillara y se lo pusiera. Luego, le dijo que no se olvidara de la ropa interior. Gaby se fue a cambiar y Mauricio me cogió por los hombros y me arrancó la camisa. Tú también—gritó—. Ponte este vestido azul. Yo no estaba de humor para sus ocurrencias y le dije que no quería, pero él se enfureció y me golpeó. El impacto que recibí en la cara me dejó viendo estrellas. Luego me pateó el estómago y los riñones, la cabeza y las costillas. Perdí el conocimiento. Me recobré luego, pero fue sólo para sentir como se me montaba el animal. Exhausto permanecí tirado en el piso. Tenía las costillas rotas. Jadeando, Candy, obligado por Mauricio, me pedía que los mirara. El espectáculo fue muy desagradable.

 Decidí irme para siempre y le pedí a Magdalena que me recibiera en su casa. Ella me ofreció cobijo y estuve con ella una semana, pero una tarde se presentó Gaby que estaba muy alterado y lloraba entrecortado. “Tienes que ayudarme, Valentín, Mauricio dijo que, si no te convencía de volver, nos mataría a los dos”. Fuimos a la policía y pusimos una demanda por maltrato, sin embargo, nos trataron mal y se burlaron de nosotros. Logramos poner la reclamación, pero nos acompañaron los chiflidos y las risas burlonas todo el tiempo que estuvimos en la comisaría.

Me vi obligado a volver. Mi regreso sirvió para acrecentar la confianza de Mauricio en sí mismo y las ofensas hacia mí y Candy. Mauricio sacó una cámara de vídeo y nos dijo que teníamos que hacer un cortometraje de nuestra reconciliación. Estuvo violento, usó un fuete y objetos punzantes. Nos causó bastante dolor y se empezó a dirigir hacia nosotros como si fuéramos dos mujeres quejumbrosas. Nos amenazó de muerte. Pensamos que la filmación podría servirnos de prueba para denunciarlo, pero no encontramos la tarjeta de memoria de la cámara digital por ningún lado. Comenzamos a ser víctimas del chantaje y el terror. Nos quebró nuestra integridad y nos convirtió en dos ratones cobardes.

En una ocasión nos habló de Hermes el mensajero de la mitología. “¿Sabían que Hermes tenía un báculo? —nos preguntó como si fuéramos unos imbéciles retardados—No, seguro que no lo saben. Y desconocen también que ese objeto es un símbolo sexual. Hay, par de ignorantes, un hueso en los mamíferos que sirve para prolongar el apareamiento, es el recurso que la naturaleza emplea para que los machos mamíferos retengan a sus hembras por más tiempo y eyaculen mejor, es decir, que garanticen la prolongación de las especies eligiendo a los más fuertes. Es por eso que tendré como Hermes y las morsas, mi hermoso báculo de un material duro y resistente que se emplea para curar las fracturas de los huesos. Les va a gustar. Fue todo lo que dijo en ese momento y al día siguiente mandó cambiar la cerradura de la puerta. Vinieron dos tipos con ropa de cuero y barbudos que nos impidieron salir de la casa durante dos semanas y media. Comían pizzas y nos dejaban sólo las migajas. Teníamos pocas cosas en el frigorífico y no nos morimos de hambre por pura suerte.

Llegó Mauricio. Estaba como siempre. Lo único que había cambiado era su forma de vestir. Ya no llevaba sus eternos vaqueros y su camiseta negra. Venía envuelto en una bata de seda con dragones bordados. Hablaba con majestuosidad como si estuviera imitando a un rey. Pensamos que se había vuelto loco. Sacó de un maletín que traía cargando unos fajos de billetes y se los dio a los bikers. Se alegró de vernos y nos pidió que le diéramos nuestra opinión de su nueva apariencia. Se desató el cinturón de la bata y quedó desnudo. Tenía una erección enorme, movió la cadera y con los ojos nos señaló su miembro. “¿Qué tal nenas, les gusta?”. A continuación, nos llevó a la ducha, nos lavó con cuidado y nos condujo al dormitorio.

“Bueno mis pequeñas—farfulló aclarando cada vez más la voz—, hoy les voy a mostrar un nuevo mundo. Un paraíso de placer que ni siquiera se habían imaginado. ¿Saben por qué los leones copulan tantas veces? ¿Saben cuántos orgasmos tienen las leonas? Bien, mis pequeñitas. Hay una cosa que se llama intromisión prolongada, eso es simplemente el tiempo que puede penetrar un macho a una hembra sin tener erección y retenerla para que no se vaya con otros machos. El báculo es un hueso, amiguitas, a mí me lo han puesto. ¡Miren qué preciosidad! —vimos un enorme trozo de carne con unos contornos marcados por la pintura. Se había tatuado el pene—. !Tóquenlo! ¡Tóquenlo!
Cogimos el miembro de Mauricio y notamos que estaba muy duro, como un hueso. “Es un hueso artificial—dijo al ver nuestra cara de asombro—. Soy Hermes el multiforme con cetro de hierro. Dominaré a mis allegados. Seré el señor Maorí tatuado dueño y señor del placer”.

Nos encerró en la habitación y estuvo probando su verga hasta que se cansó. Al principio se enfureció porque si bien podía penetrarnos a sus anchas y en seco, no podía obtener satisfacción. Pasaron varios días hasta que descubrió la forma de eyacular y sentir lo que buscaba.  Candy se sintió muy mal porque fue él quien tuvo que resistir la mayor parte de las embestidas. Como yo gritaba mucho por el dolor Mauricio desistió de mí. Tuvimos que ir de urgencia a ver a un médico. En la consulta nos dijo el doctor que teníamos desflorado el recto y que hacíamos muy mal jugando tanto con el consolador. Le explicamos que no era un juguete lo que nos había ocasionado las hemorragias internas, sino Mauricio. “Es imposible, amigos—dijo con una sonrisa sarcástica—, ni un súper negro sería capaz de ocasionarles tanto daño. Cuando finalmente le confesamos todo, se encogió de hombros y nos dijo que lo mejor era ir a la policía a poner una acusación, pero que, por desgracia, los movimientos masivos a favor de la elección libre del matrimonio habían llegado a tal punto que cualquier opinión en contra de la unión entre dos hombres o dos mujeres era ya un tabú y se prefería no hablar de eso para no ocasionar marchas y conflictos con la policía antimotines.

Salimos decepcionados. Candy me convenció para que lleváramos los certificados médicos a la policía. No quisieron tomar nuestras declaraciones en serio y nos trataron de pervertidos y nos echaron a la calle. Decidimos huir, pero Mauricio nos encontró con rapidez. Nos llevó de nuevo a la casa y siguió con sus pruebas, o lo que él llamaba así. Si no hubiera sido por uno de sus amigos que le propuso debutar en el porno, Gaby y yo habríamos tenido un grave problema de salud. “Está claro que con esa cosa sólo puedes proporcionar placer, Mauricio—le decía un hombre gordo y pelirrojo que lo acompañó para ver unos productos de cuidado de la piel que se estaban vendiendo como pan caliente—. Deberías plantearte hacer películas tres equis, pruébalo. Ya verás que te haces milloneta”.
Mauricio lo hizo y pronto cobró mucha popularidad, decidió adaptar el piso para que quedara como un estudio de cine. Tiró una pared falsa, compró una cama enorme, decoró las paredes con unos tapices muy caros, puso lámparas por todos lados, compró equipo de filmación, contrató a un chico camarógrafo muy talentoso que sabía programación, trajo hombres y mujeres del gimnasio y empezó a rodar. Se ganó muy pronto un sitio en el negocio del cine para adultos, para entonces Gaby y yo habíamos podido liberarnos del yugo de Mauricio y nos fuimos lo más lejos posible.

Todo había ido bien hasta ayer por la noche cuando Candy me llamó para decirme que Mauricio estaba en el quirófano, que los doctores estaban tratando de salvarlo porque el famoso báculo se le había enterrado en los intestinos y le había destrozado las tripas como si fuera una catana. Me explicó que Mauricio estaba haciendo una película en su casa y que unas mujeres se enfadaron con él y que lo habían tirado por las escaleras. Lo único malo es que su pene era tan duro que al caer sobre él se le hundió casi por completo. Luego, llamaron a urgencias, lo metieron a operación y no se sabía si se salvaría o no.


Hoy he confirmado su muerte. No sé si pueda perdonarlo alguna vez. Me queda la carga de esos interminables sufrimientos y la amarga compasión que sentí al verlo destrozado echado en su cama de hospital. Es como si todo el tiempo hubiera deseado que se muriera y en el momento en que eso pasó, comprendí que todo era absurdo porque su muerte no me causó la más mínima satisfacción. Lástima.