Escritura creativa

viernes, 29 de marzo de 2019

El misterio de Tom


La habitación era muy amplia y no tenía más que un armario, una mesa, una silla y  la cama. Eran las ocho de la mañana y algunos pájaros trinaban de vez en cuando. Tom se levantó con dificultad, no sabía dónde se encontraba y al abrir la puerta de la casa estuvo a punto de toparse con el cuerpo estático de una mujer. Ella volteó y lo miró con asombro y nerviosismo. No sabían qué decirse. Tom miró el horizonte blanco y notó que estaba en pijama. “Te vas a enfriar—dijo reaccionando de su sorpresa Anne—, será mejor que te pongas algo caliente si quieres salir a pasear”. Tom movió la cabeza y regresó a buscar un abrigo y unas botas. Dudó mucho en salir, pero al final se decidió. La mujer  estaba más lejos. Tom vio los abedules, los pinos, los robles y las montañas más allá.
—Es muy bonito este sitio, ¿verdad?
—Sí, siempre vengo aquí para quitarme el estrés del trabajo
— ¿Siempre?—preguntó Tom y quiso saber en dónde se encontraba esa cabaña campirana, pero no sabía cómo preguntarlo. Su cabeza estaba mal y se sentía como si hubiera nacido esa mañana.
—Sí, siempre, porque la ciudad me agota. Mi trabajo me agobia un poco y la única solución es venir aquí y desconectarme.
Tom se acercó y miró el rostro de Anne. Ella era pecosa, con el pelo rojo y los ojos verdes. Se le veía la piel blanquísima. Ella se detuvo y le dijo a Tom que escuchara el canto de los pájaros. El viento soplaba sin fuerza y se notaba que la primavera con su calor apasionado derretía poco a poco el recubrimiento blanco de la tierra. En algunos sitios se veían la hierba y la tierra húmeda.
—Vamos a dar un paseo, Tom.
Él escuchó su nombre por primera vez y trató de recordar aspectos de su vida, sin embargo, no acudía a su cabeza ninguna imagen del pasado. Se detuvo con indecisión.
—Tal vez esto te parezca absurdo, pero he de confesarte que no sé quién eres y me ha sorprendido mucho saber que soy Tom.
—No te preocupes, Tom—dijo ella con voz suave—, después de todo lo que ha pasado es un milagro que estés despierto, vivo y que andes.
En ese instante, Tom notó que cojeaba y le dolía un poco la espalda, además respiraba con agitación.
—Tuviste un accidente, Tom, caíste con mucha fuerza, te golpeaste la cabeza y estuviste una semana delirando. Es una suerte que te hayas levantado. ¿En verdad no recuerdas nada?
—No, en verdad. Te lo juro. Y…no sé ni siquiera cómo te llamas.
—Soy Anne, te traje aquí con ayuda de un hombre para tratar de salvarte la vida.
—Eres una persona muy buena, Anne. Te lo agradezco mucho. No sé cómo recompensártelo, pero conforme vaya recuperando la memoria iré buscando la forma de compensarte todas las molestias que seguramente te he dado.
—No, te preocupes, Tom. Lo hago sin ningún interés. Pienso qué me habría pasado si me hubiera encontrado en tu situación.
—Pero, ¿cómo sucedió?
—No lo sé, Tom. Lo único que sé es que ibas bajando por aquellas colinas, luego alguien te disparó y empezaste a correr, resbalaste y te golpeaste muy fuerte. Quien te seguía pensó que habías muerto y se largó.
—Entonces tuve mucha suerte, pero ¿por qué alguien habría de perseguirme para matarme, Anne?
Anne se encogió de hombros y para no presionar a Tom porque no sabía en qué condición se encontraba, le indicó que fueran rumbo al lago. Estaba cerca y había partes en las que ya se veía el agua. Algunas plantas en su prisa por compartir el buen tiempo con algunos animales, se habían puesto erectas y esperaban la visita de los insectos para reproducirse. Vieron algunas ardillas y un alce que se quedó inmóvil mirándolos mientras masticaba algo.
— ¿Tienes hambre, Tom?
—Sí, Anne, ¿Cuánto tiempo hace que no pruebo bocado?
—Te he mantenido con sopas y un poco de pan remojado. Tengo más cosas por allí guardadas que nos podrían servir. ¿Te apetece una tortilla?
Tom movió la cabeza y decidió no hablar mucho para no ocasionarle problemas ni a Anne ni a su cabeza que estaba ocupada en desatar un ovillo enredado que no le ofrecía ninguna referencia de sí mismo y su pasado. Se miró las manos con cuidado como si fuera la primera vez que las veía. Anne le seguía los movimientos de reojo y mantenía un paso lento para que su compañero pudiera seguirla. Llegaron a la casa y se metieron frotándose para calentarse. El viento húmedo era muy frío y desagradable cuando soplaba en ráfagas. Durante la subida de una pequeña pendiente habían soportado en la cara y las manos el fuerte halo que el invierno todavía emitía como tratando de quedarse en las montañas. Anne preparó una tortilla y dijo que el pan se había terminado. Tom se sentó y cogió un tenedor, pinchó con prisa el huevo y se lo llevó a la boca. Su estómago reaccionó de inmediato. Era un hombre corpulento. No muy alto, pero el buen comer lo había hecho un hombre muy resistente. Seguramente había perdido peso esos días en los que había estado luchando con la inconsciencia. Anne le dijo que más tarde iría a conseguir más víveres, que el pueblo más cercano estaba a unos veinte kilómetros y que no tardaría mucho en volver. Le recomendó a Tom reposar o pasear si lo deseaba, pero que no se alejara demasiado de la cabaña. “Sería una lástima que te extraviaras Tom—le dijo tomándolo de las manos con un gesto amistoso—. No soportaría que te perdieras por allí”. Él le prometió no salir y en caso de hacerlo no se alejaría más de veinte metros. Ella se subió al coche y se fue. Tom la vio alejarse y se metió de nuevo a la cama. Estaba cansado por el esfuerzo. Se quedó acurrucado bajo la manta esperando la vuelta de Anne. Ella le gustó. Hizo un esfuerzo enorme por encontrarla en su memoria. Deseaba sinceramente que fuera su mujer o su novia. Tenía la esperanza de ser un buen profesionista con una mujer atractiva y con un matrimonio feliz, sin embargo no acudió a él ningún recuerdo o sensación que se lo pudiera confirmar. Se quedó dormido. Era tarde cuando Anne volvió. Tom se había despertado a las siete. Comió algunas cosas que encontró en la alacena y esperó la vuelta de la mujer a quien comenzaba a desear con intensidad. Decidió que sería lo primero que le preguntaría, pero cuando tuvo a Anne enfrente no pronunció ni una sola palabra. Anne le explicó que se había tardado porque había visitado al doctor para saber qué hacer en caso de que las cosas dieran un vuelco inesperado. Ella no quería que se repitiera de nuevo la inconsciencia. También había visitado la comisaría para saber si alguien sabía algo sobre el agresor. Tom no podía articular las palabras, se le atascaban las ideas y estaba preparando la pregunta crucial. Al final,  la oyó y comprendió todo lo que contó. Levantó la mirada que había tenido clavada en el piso y después le preguntó si ellos tenían una relación. “No—contestó ella—, claro que no la tenemos porque tú eres mi hermano”. Hubo un silencio gélido. Tom miró desconcertado el rostro de Anne y lamentó que eso fuera así. Las horas siguientes trató de recordar a sus padres, su infancia, las cosas que habían vivido él y su hermana, pero todo era estéril. No había la más mínima esperanza porque, aparte de no recordar, sentía fuertes dolores de cabeza. Se acostó agotado. Cuando se despertó Anne estaba preparando el desayuno. Se sentaron juntos y conversaron un poco.
—He dormido muy bien, Anne, me siento cada vez mejor, ¿cuándo podremos volver a la ciudad? Creo que si logro ver mi piso y fotos de nuestra familia, podré recordar con más rapidez.
—No sé cuándo será eso, Tom. El doctor me ha recomendado que pasemos unas semanas aquí y después intentemos volver. Ten paciencia.
—La tengo Anne, en verdad, solo que me gustaría saber más de mí. Me siento como un estúpido.
—No seas tan severo contigo mismo, Tom. Recuerda que podrías haber muerto. Es un milagro que estés recuperándote. Ya habrá tiempo para verlo todo. Lo importante es que ahora te recobres las furzas. Vamos a dar un paseo.
Siguieron caminando en dirección del lago y Tom fue guardando las imágenes en su memoria. Al ver una cabaña abandonada sintió un fuerte piquete en la espalda. Gritó con sorpresa y cuando Anne le preguntó por la razón de su grito dijo que la vieja casa se le hacía conocida. No es posible—le dijo Anne temblando de miedo—. Lleva abandonada muchos años. Tom insistió y la convenció para que le echaran un vistazo. No fue muy difícil forzar la puerta y al entrar los dos tuvieron la sensación de que alguien había estado unos días en ese lugar. Había restos de comida y unas latas de cerveza. Tom dijo que tenía la sensación de conocer muy bien ese sitio. Anne no quiso saber más y se llevó a Tom de nuevo a la casa. Tom estaba nervioso, sacó la escopeta que había encontrado debajo de la cama de Anne y dijo que iba a cazar liebres. Cuando salió, Anne se echó a llorar y decidió llamar al jefe de policía.
—Sí, inspector, se lo juro. Está recuperando la memoria de forma asombrosa. Puede ser peligroso. Necesito que esté al pendiente. Hoy ha visto la choza y…—Ya no pudo decir más porque se lo impidió el llanto.
— ¡Cálmese! ¡Cálmese, Anne! No se deje llevar por esos sentimientos. Sé lo duro que es para usted, pero tiene que seguir con el plan. Todo depende de usted ahora.
—Lo sé, lo sé inspector—dijo con voz ahogada—, pero es muy difícil, no creo que logre aguantar. No duermo. Sus ronquidos me alteran y sus movimientos bruscos me aterran, no sé si está fingiendo.
—Ya se lo dije Anne, estaremos cerca, solo tiene que llamarnos. Descanse ahora y esté alerta.
Tom volvió con dos liebres y las comenzó a limpiar. Había algo en su mirada que había cambiado. Anne descubrió con su intuición que el usar el cuchillo le despertaba sensaciones y recuerdos agradables. Comieron y se acostaron pronto. Por la noche, Tom se levantó sudando varias veces. Anne estaba tensa y cada vez que lo veía salir de la casa cambiaba de postura para defenderse en caso de que fuera necesario. A las tres de la madrugada se quedaron dormidos.
El sol ya había empezado a derretir la nieve. La naturaleza se veía activada por la energía y los animales salían de sus madrigueras para conseguirle alimento a sus retoños. El lago comenzaba a habitarse y el paisaje cobraba un aspecto muy vivo. Anne miró con atención a Tom. Estaba destapado con un brazo colgando y respirando con fuerza. Un poco más tarde se levantó y fue a ver a Anne, ella notó que tenía ojeras.
— ¿Qué tal has dormido, Tom?
—La verdad no muy bien. He tenido un montón de pesadillas—dijo frotándose los ojos como si le molestara algo.
— ¿Qué tipo de pesadillas?
—Vi algo que me puso muy nervioso. Había una pendiente muy prolongada. Empecé a correr hacia abajo. Alguien me disparaba con una escopeta. No sentía miedo, pero de pronto empezaba a rodar y recibía un golpe muy fuerte.
— ¡Ah! ¡Qué sorpresa! ¿Sabes que eso sucedió de verdad?
— ¿En serio? Y ¿por qué alguien querría matarme, Anne?
—Es que hubo un problema, Tom. Tú tenías un socio. Ese hombre desapareció. Se llama James Carter. Tú trataste de encontrarlo y alguien que no quería que lo hicieras trató de eliminarte.
—No, no entiendo nada, Anne. ¿A qué socio te refieres? ¿Qué tipo de trabajo hago? ¿Por qué desapareció ese tal Carter?
—Mira, tú y James Carter tenían un negocio de compra y venta de coches. Un día James Carter tuvo un problema y alguien lo quiso matar. Tú investigaste, me lo contaste todo. Luego supiste que el asesino estaba buscando a Carter. Él se vino a esconder aquí, pero el criminal lo encontró y lo asesinó. Tú viste el lugar donde lo enterró y luego saliste corriendo. Fue por eso que recibiste el golpe y los disparos.
—No es posible. No recuerdo nada de eso, Anne. No sé quién es Carter, no recuerdo haber vendido coches en ningún sitio y menos al hombre que me disparó y me hizo caer por el barranco. ¿Por qué no me mató?
—Estabas en un sitio de difícil acceso. Te encontraron unos cazadores por casualidad. Me tenías preocupada Tom. Pensé que jamás volvería a verte. Creo que tus sueños o, pesadillas, nos ayudarán a encontrar la clave del asunto, Tom. Tienes que contármelo todo, por favor. ¿Qué más viste en tus pesadillas?
—No, mucho, Anne. Todo era muy rápido y no lograba reconocer nada. ¡Espera! Sí, eso es… ¿Recuerdas la cabaña del lago? Pues la vi, pero no como cuando entramos tú y yo allí, sino mucho antes. Estaba yo comiendo cosas, bebiendo cerveza, esperaba algo. Luego…No sé, hay un fragmento muy vago y después la persecución.
—Tendrás que concéntrate para irlo recordando todo. Tom.
Tom se levantó y se puso el abrigo y salió hacia el lago. Anne lo siguió. Hicieron el recorrido muy rápido. Tom caminaba como siguiendo un rastro que no quería perder. Llegaron a la cabaña vieja, abrieron la puerta. Tom empezó a buscar algo y no lo encontró. Mira—dijo preocupado mientras le mostraba a Anne un armario viejo—, aquí había una pala. No está. Anne se encogió de hombros, pero su respiración se agitó. Salieron y Tom levantó la cabeza, parecía que estaba buscando algo. Anne empezó a temblar un poco.
—No. Imposible. No lo puedo recordar. ¿Sabes, Anne? Tengo la sensación de que cerca de aquí hay algo que debo encontrar, pero no sé exactamente qué es. La sensación es muy rara. Es como si antes de las pesadillas, eso ya lo supiera. ¡Qué raro!
—No te preocupes, Tom, todo irá aclarándose según lo vayas recordando. Vamos a la casa. Hace un poco de frío. No sería bueno que tuvieras una recaída.
Tom se echó a andar en silencio. Iba muy ensimismado. Caminaba con la vista pegada al piso. Anne lo vigilaba y con toda su intuición trataba de sacarle algo que le permitiera orientarse mejor en el asunto. No hablaron en todo el trayecto. Comieron en silencio y por la tarde Tom se fue solo a la cabaña vieja. En su ausencia, Anne, estuvo tratando de armar el rompecabezas que tenía. El acertijo era muy difícil y, a pesar de que conocía todas las piezas, no lograba ordenar todo para que la estampa del crimen se definiera. Decidió llamar al jefe de policía.
—Sí, inspector, le digo que lo está recordando con rapidez. Es posible que de pronto se le venga todo a la cabeza y entonces será demasiado tarde. Necesito protección.
—Sí, Anne, lo entiendo. Dígame, ¿hay algún sitio en el que podrían acomodarse mis guardias?
—Pues, lo más cercano es la casa de la señora Emma Wells, que ya falleció, necesitaríamos una orden para entrar en ella y eso podría llevarse mucho tiempo.
—No se preocupe. Yo sé cómo resolver eso. Hoy mismo por la noche. Estarán dos guardias allí. Y dígame, ¿qué tan lejos está de usted?
—Pues, bastante…
—Pero ¿es posible vigilar con unos binóculos?
—Me temo que no, inspector, Necesitarán un catalejo muy potente para poder vernos.
—De acuerdo, Anne, ya nos encargaremos nosotros de todo. No dude en llamar si sucede algo que esté fuera del plan, ¿está claro?
Anne colgó y al darse la vuelta vio a Tom. Estaba inmóvil, parecía tranquilo, pero en su cara se reflejaba un aire de sospecha.
— ¿Con quién hablabas?
—Con el inspector de policía. Dice que está muy bien que empieces a recordarlo todo. Eso nos ayudará a resolver el caso y él atrapara a la persona que quiere eliminarte.
—Tengo que decirte algo importante.
— ¿De qué se trata, Tom?
—Es que tengo la sensación de que sé en donde se encuentra enterrado Carter.
Anne se dio la vuelta y se fue caminando. Tom quiso seguirla, pero decidió no hacerlo. Ella regresó minutos después. Tenía los ojos enrojecidos.
—Te noto rara, Anne, ¿has llorado?
—Sí, Tom, es que apreciábamos mucho a Carter y su muerte nos ha impactado a todos.
—Pues, creo que estoy cerca de descubrir cuál es su paradero, incluso es posible que vea al asesino en mis sueños. Es cuestión de esperar, Anne. Estoy seguro de que resolveremos esto y volveremos a nuestra vida normal.
—Espero que así sea, Tom.
Tom quiso abrazarla para consolarla, pero ella lo rechazó y se fue a descansar. Se metió en la cama y se cubrió con la manta. Tom decidió ir por liebres. Notó que ya quedaban sólo tres cartuchos en una cajita de cartón. Pensó que la próxima vez que Anne fuera al poblado cercano le pediría que trajera más parque. Volvió con un pequeño ciervo. Se puso a limpiarle la piel, se deshizo de las vísceras y encendió una hoguera para preparar la carne asada. Se imaginó que volvía al pasado y que era un cazador que vivía en un enorme bosque y no tenía más preocupaciones que la de comer y cazar. Estuvo girando al pequeño ciervo para dorarle la carne y el proceso de espera lo sumió en un túnel de meditación. Empezó a ver cosas inexplicables. Unos padres agresivos que todo el tiempo estaban briagos, unos amigos crueles que se burlaban de él, luego el abandono de la casa materna y unas cuantas aventuras. Estaba contento de haber recordado los primeros años de su vida, pero no encontró a Anne. Esperó a que ella saliera para comentárselo. Cuando llegó Anne se sorprendió de ver la hoguera y la carne ya hecha.
— ¡Oh, Anne! Creí que nunca te ibas a despertar. Mira, he cocinado un ciervo pequeño.
—No me apetece la carne, Tom. Come tú solo.
—Pero, Anne, lo he traído para ti, además he recordado mi infancia, necesito contártelo.
Anne se sentó a su lado y aceptó un trozo de pierna. La carne estaba muy blanda y sabía muy bien. Anne comió con apetito. Tom sin reparos comenzó a describirle lo que había recordado, estaba contento de saber que se había fugado de su casa, pero le comentó que no la recordaba. “Es que me mandaron a casa de la tía Helen, Tom—le dijo chasqueando la boca mientras comía—, por eso no me recuerdas en esa etapa, pero después nos encontramos”. Tom sonrió con sinceridad y le prometió a Anne que haría todo lo posible por recordarlo todo. Dijo que se sentía muy agradecido y hermanado con ella. Cuando terminaron de comer fueron a dar un paseo. Rodearon el lago y se fueron en sentido contrario de la cabaña vieja. Inconscientemente Tom fue siguiendo una vereda, se dirigió hacia el bosque y continuó en dirección a las montañas. De pronto, se paró en seco y dijo que era por allí donde se encontraba lo que debía buscar. Tardó mucho tiempo dando vueltas, pero no logró conseguir el recuerdo que necesitaba, tampoco encontró pistas que lo condujeran a él y, al final, desistió.
—Estoy seguro de que era allí, Anne. Mañana regresaremos a buscar, Te juro que por allí debe estar Carter.
—Gracias a Dios, Tom. Es muy probable que pronto descubramos el sitio. Ojalá y logres recordarlo todo. Así la policía podrá ayudarnos a resolver esto.
Anne no dijo nada más cogió el teléfono y llamó al inspector. El policía le pidió referencias del lugar y dijo que mandaría un equipo especial con perros para localizar el cadáver de Carter. Por desgracia, no pudo organizar la búsqueda para ese mismo día y prometió hacerlo al día siguiente.
La noche pasó tranquila. Tom empezaba a recordar cosas de forma vertiginosa. Le comentó a Anne que había estado preso por robar con unos amigos dinero en una gasolinera. Ella le dijo que era inocente y que los impertinentes de sus amiguitos lo habían dejado solo. Según la versión de Tom todo era de otra forma, pero previendo que le había mentido a su hermana sobre la realidad de los hechos, decidió no protestar. Tom descubrió que le gustaba tocar la guitarra. Cantó la canción “Labios como azúcar” imitando la voz de Echo and the Bunnyman, luego empezó a aullar y se le despertó el deseo de ingerir alcohol.
—No. Lo siento mucho, Tom. No tengo nada de alcohol, ni siquiera una miserable lata de cerveza. Ya te traeré la próxima vez que vaya al pueblo.
—Está bien, hermanita, y será mejor que vayamos juntos. Creo que ya va siendo hora de que salga de aquí. Me siento mucho mejor.
—Como tú digas Tom. Si quieres mañana, después de buscar la tumba de Carter, nos vamos en el coche para que conozcas ese poblado. No tiene nada de interés, pero una distracción te vendrá bien. Ahora será mejor que nos acostemos.
Anne no sabía a qué hora llegaría el equipo de policías al lugar que le había indicado al inspector. No pudo conciliar el sueño pensando en lo que pasaría al día siguiente. Pensó en un arma que no se notara y que fuera efectiva en el momento preciso. También reconstruyó todos los caminos que la llevarían a la escapatoria si tenía que huir. A las siete de la mañana estaba a punto de dormirse cuando un salto brusco de Tom le cortó el sueño.
— ¡Ya sé dónde está!— gritó Tom—. Levántate, tenemos que ir hasta allí. Además sé dónde está la pala y la pica. 
Anne perdió el habla, sus ojos estaban a punto de saltársele. Se negó a salir, pero Tom le rogó que lo acompañara. Anne hizo unos preparativos para ganar tiempo y salió detrás de Tom que la remolcaba como a una niña que no quiere ir a la escuela. “Es por allí—decía Tom sin parar—, lo he visto todo. Recuerdo la cara de Carter, la ropa que llevaba puesta y el sitio dónde el criminal hizo la fosa. Ayer estuvimos muy cerca de allí”. Siguieron en dirección contraria a la cabaña vieja. Anne miró en dirección de la casa de la señora Emma con la esperanza de que los policías, que se suponía debían tenerla bajo vigilancia la vieran. Incluso se cayó dos o tres veces para que los que la miraban sospecharan algo. Siguieron adelante por la pendiente y se introdujeron en el bosque. Subieron con dificultad y llegaron a una pequeña planicie, luego giraron a la derecha y se fueron metiendo poco a poco en la espesura de vegetación.
“Allí es—dijo Tom con cara de esperanza—Te lo dije. Es allí, mira, donde está ese montículo. La pala y la pica están ocultas detrás de esos arbustos de bayas. Voy por ellos. No te vayas y llama a la policía, seguro llegarán cuando desenterremos a Carter. Lo tienen que ver ellos”.
Anne iba muda, con un dolor fuerte en el estómago se tiró al suelo y se puso a llorar. Tom empezó a trabajar con determinación, usó la pica para aflojar la capa de tierra de la superficie y luego empezó a sacar todo con fuertes paladas. Escarbaba con energía. Echaba con fuerza las porciones de tierra y se fue hundiendo en la zanja. Cuando calculó la profundidad se dijo que tenía que sacar la tierra con cuidado para no dañar el cuerpo de su amigo Carter. Llegó hasta el cuerpo y le gritó a Anne para que se acercara. Ella estaba paralizada por el terror. De haber estado en otra situación Toma lo hubiera comprendido todo, pero estaba ocupado limpiando el cuerpo de Carter. De pronto se oyeron unos pasos. Eran unos policías acompañados de unos perros. Se acercaron a Anne, le preguntaron si se encontraba bien. Tom se asomó para ver a los guardias e indicarles que ya había encontrado el cuerpo, pero una sensación horrible lo anegó. Era como si hubieran sumergido su cuerpo en ácido sulfúrico. Dio un salto y echó a correr, en su precipitada carrera recordó que quien le había disparado había sido su supuesta hermana Anne, que Carter era en realidad  un empresario al que había chantajeado. La carrera de su memoria era más rápida que la de sus piernas y empezó a maldecir. Su voz se reflejaba en el eco del pequeño valle. Los perros llegaron hasta él y le impidieron seguir su fuga.
“Por fin recibirás tu merecido, maldito asesino—le gritó Anne, escupiéndole con desprecio”. Tom trató de liberarse, estuvo a punto de arrebatarle una pistola a uno de los policías y maldijo su mala suerte al recibir una patada en las costillas. Lo inmovilizaron y le pusieron las esposas. Unos minutos más tarde llego el inspector. Se disculpó por la tardanza y consoló a la pobre mujer que lloraba sin parar.

martes, 12 de marzo de 2019

La huida frustrada

Llovía a mares, Susy trataba de ocultarse bajo su paraguas, pero los riachuelos que le impedían avanzar con rapidez la dejaban ante una cortina gris que le penetraba el jersey humedeciéndolo. Sabía que el hotel no estaba muy lejos, sin embargo el llegar le parecía una hazaña. Vio el anuncio luminoso de un cine, se acercó y leyó. Echaban una película de Bogart, la famosa Sabrina. El film iba a empezar, se compró una entrada y se sentó en la última fila, se quitó los zapatos que estaban empapados, colgó su paraguas de una butaca de enfrente y apoyó las rodillas en el respaldo del asiento vacío que tenía delante. Sus medias brillaron con la luz que salía de la pantalla. Notó que a la derecha, no muy lejos había un hombre dormido. No habían pasado ni diez minutos desde que habían apagado las luces y el tipo ya roncaba. A ella le hubiera gustado conciliar el sueño con esa facilidad, pero le era imposible. Las circunstancias la habían obligado a fugarse, su mundo se estaba desmoronando y no quería quedar enterrada bajo los escombros. Dejó de ponerle atención a las palabras de la hija del chófer de la familia Larrabee, aunque le encantaba la actitud de la Hepburn con su carita infantil y su gran encanto aristocrático.
¿Cómo había podido llegar a esa situación?—se preguntó con la mirada extraviada en el vacío—. Por qué no tuvo la suficiente fuerza de voluntad para negarse a la propuesta de su jefe. Antes de acostarse con él las cosas habían pasado desapercibidas. Había sido testigo involuntario de las maquinaciones de la empresa, de los fraudes de los accionistas, del lavado de dinero, de los sobornos y no lo había comprendido hasta que abrió las piernas desnuda en una cama de hotel de lujo. Ahora tenía una última puerta, pequeña y parecida a la entrada de una madriguera. Era a donde se dirigía esa noche de domingo muerto, pero el chubasco y el miedo la habían dejado sin recursos para llegar a su salvavidas. Sabía que dormir fuera de su casa era la única forma de esconderse. Le seguían los pasos, tenía información muy comprometedora, sería el testigo más importante en las declaraciones. Gracias a ella se destruiría el imperio de las bebidas energéticas, pero el precio era altísimo. ¿Qué ganaría ella? Nada, ni siquiera el perdón de sus compañeros que la consideraron la peor traidora desde aquella fiesta en la oficina. “No se vaya Susy—le había ordenado Rodrigo Villa con aire soberbio—, tengo que hablar con usted”. La conciencia fue quien puso el grito en el cielo y el sentido común dio de patadas abriéndole paso para que huyera, pero la estupidez le puso una copa de vino espumoso en la mano y sus hermanas: la necedad, la idiotez y la ignorancia se la llevaron con bailes carnavalescos hasta el lecho del rey. Quedó despatarrada, ebria, soportando el peso del semental Villa oprimiéndola contra el colchón.
La relación habría ido bien de no estrecharse demasiado los lazos de amistad. El culpable fue Rodrigo que le empezó a llevar regalos caros. Joyas, inmuebles, coches. Susy era una ramera, según la opinión de sus colegas. Ella trataba de disimular, se vestía de forma muy modesta, usaba efectivo y sus billetes eran de baja denominación, algunos parecían procedentes del mercado o del bolsillo de un pordiosero, pero no lograban ocultar la esplendorosa vida que le obligaba Rodrigo a aceptar. Lo malo fue que el idiota se encariñó con ella. Al principio la usó de muñeca de goma, pero luego fue descubriendo algunos sentimientos que le hicieron brotar en su corazón pétalos aterciopelados. Ya no le decía palabras de prostíbulo, al contrario, la engalanaba con diminutivos y sílabas dulces. La cosa empeoró cuando el frío y calculador señor Villa, respetado y temido hasta por la mafia, dobló las manos ante su concubina, amante o lo que fuera, y comenzó a revelarle los negocios sucios de donde salían los pequeños pisos, las esmeraldas y los coches de año que ella recibía. En la oficina las palabras eran peligrosas avispas. Le zumbaba la cabeza al cotejar el florecimiento del negocio con la actitud dócil y servicial de algunos diputados, senadores y empresarios.
La pestilencia empezó a llamar la atención de los inspectores de hacienda. Susy sabía que de sus archivos era de donde emanaba el fétido olor y le preguntó a Rodrigo si había forma de deshacerse del tufillo. Él se reía de su miedo, pero Susana Donoso se había quemado las pestañas en su instituto técnico y sabía que una contabilidad sucia es siempre un peligro. Debió escaparse mientras tenía la posibilidad. No lo hizo y ahora su única tabla en el mar la ayudaría a pasar unas cuantas horas que la llevarían a la costa del lunes y podría presentarse ante las autoridades con todas las pruebas. La acusarían de complicidad, sin embargo no era lo peor y con una fianza saldría libre para desaparecer muy lejos con el poco dinero que le quedara. La película seguía su rumbo, ya la había visto. Sabía que Linus, o sea el guapo Bogart, se enamoraría de Sabrina y se iría con ella en un barco a París. Ella también necesitada una embarcación, pero se dirigiría al Caribe. Un temblor que no venía por la lluvia, sino por el terror la poseyó. Miró de reojo a la derecha y notó que el hombre seguía dormido y roncando. A su izquierda había un tipo de chaqueta negra y vaqueros, estaba "despiertísimo". Era amenazador, terrorífico. Susana se quedó inmóvil y sintió algo metálico en la sien. Decidió gritar pero no lo logró. Se encendieron las luces de la sala, la gente comenzó a salir, el hombre de la última fila seguía durmiendo, una joven guapa de jersey beige y falda roja parecía haberse dormido también. El acomodador subió con parsimonia estaba harto de hacer de despertador. Zangoloteó al tipo y le dijo que la sala no era un hotel.

sábado, 2 de marzo de 2019

Traicionada


El hombre se transformó en asesino. Todo fue circunstancial, el éxito y la vida pública lo arrastraron al homicidio. Alicia lo vio acompañado de una joven muy atractiva. Carlos iba con su traje de oficina, pero su acompañante parecía salida de una pasarela. Tenía porte y el viento le acariciaba el pelo. No se le veía muy bien el rostro, pero se adivinaban una nariz afilada, unos pómulos grandes y unos ojos seductores. Alicia los siguió guardando una distancia razonable. Los vio elegir unas joyas. Salieron y se besaron como dos tórtolos. Cuando lo constató todo, se dio la vuelta y se fue a su casa. No podía controlarse, quería compartir su desgracia con alguien, pero las piernas se le habían hecho de hierro, en el estómago la náusea le daba vueltas y las arcadas eran como golpes secos. Llamó a su esposo, no tuvo suficiente empuje para hablar. Él le devolvió la llamada. Hizo un esfuerzo enorme por controlarse y lo único que consiguió fueron unas cariñosas recomendaciones de su cónyuge.

Tenía que actuar. Ella había creado al ejecutivo, le había abierto las puertas en la alta sociedad y, él, lo había aprovechado todo hasta la última migaja. La gente importante sintió su atracción. Lo respetaban porque su argumento más convincente era decir que su mujer llevaba las finanzas y él solo se limitaba a convencer a la gente de invertir y hacer donaciones benéficas. En realidad, era así, pero el veinte por ciento de esas jugosas sumas le pertenecían. Con sofisticados trucos conseguía que un pequeño flujo se desviara hacia su cuenta personal. Nadie lo había visto engañar a su mujer y, según la opinión general, era el hombre más fiel del mundo. Eso era lo que derrumbaba las sospechas de Alicia, había una voz pegajosa en su interior que le repetía: “No seas tonta, él jamás lo haría, seguro que era otro hombre o el beso solo sucedió en tu imaginación”. Ella terminó aceptándolo todo, pero en la calle un suceso le despertó de nuevo la duda.

Al salir del supermercado una mujer que estaba hablando por teléfono chocó con ella y le estropeó la compra. Las mermeladas mancharon toda la comida y la nerviosa mujer se ofreció a compensarle la pérdida. Alicia se negó y aceptó, sin quererlo, la tarjeta de la descuidada dama. Resultó que era detective privada. Alicia no podía creerlo, le parecía que las cosas se las había puesto Dios en las manos. Primero la tarjeta, luego una página de Internet en la que había una serie de recomendaciones de la talentosa Marga Perón que le había devuelto la felicidad a muchas mujeres engañadas. Alicia mandó unos mensajes, luego llamó y tuvo una entrevista. “No lo he comentado con nadie—dijo Alicia con recelo—es que no lo he confirmado y no me gustaría acabar ni con la reputación de mi marido ni con la mía. Daría lo que me pidieran por que desapareciera esa zorra”. Marga le planteó el problema desde otra perspectiva y le dijo a su nueva clienta que entre sus conocidos había hombres mil veces más guapos que Carlos y que la desagradable mujerzuela doblaría las manos o, abriría las piernas, según se quiera entender, al ver a un hombre joven, guapo, amable y con dinero. El plan quedó así: le pondría en su camino a un ejemplar de ese tipo a la amante de su esposo. Le tendería una emboscada y la ridiculizaría frente a Carlos, éste, al saber de las aventuras de su querida, la dejaría y las cosas volverían a la normalidad.

Pasaron dos semanas y un inspector se presentó ante Alicia para investigar un asesinato. Alicia no pudo responder a las preguntas y al no tener una coartada, fue detenida. Se llevó a cabo el juicio y resultó culpable. Sus huellas digitales estaban en el arma, las pistas llevaban directamente hacía ella y el móvil era evidente: celos y venganza. Su abogado no pudo hacer nada porque la defensa era un laberinto de callejones sin salida. “Solo alguien que estuviera dentro de su casa podría haberlo organizado de una forma tan perfecta, querida Alicia, entiéndalo— dijo el abogado antes de dejarla en su celda—, teníamos todo en contra. Si le sirve de consuelo le diré que es posible que algún día encuentre a esa mujer que me describió. Lo malo es que no hay rastros, parece algo inventado por usted. Perdóneme”. Alicia se sentó en la cama y se quedó callada para siempre.

sábado, 23 de febrero de 2019

La batalla de Asencio


La embarcación llevaba media hora de trayecto, el viento comenzó a soplar con fuerza. Las nubes opacas descendieron atraídas por la inquietud del mar. La tripulación estaba muy ocupada con las velas, el capitán ordenó que se retiraran los objetos de cubierta que pudieran caer al mar. El casco había sido reparado y relucía chocando con las agitadas olas. La proa comenzó a picotear la superficie del océano sumergiéndose hasta las amuras, la agitación y balanceo producían vértigo hasta en el más intrépido de los marineros. Resistían con valor porque sabían que su misión era trascendental para el nuevo rumbo que tomaría la humanidad. Solo el abogado Fuentes parecía indiferente a los fuertes silbidos y estrepitosos empujones de la inclemencia del tiempo. Estaba analizando uno de los artículos del código penal que podría ofrecerle una salida a su contrincante en el juicio. Ya había encontrado todas las salidas y con astucia había pegado en cada agujero una adherente consigna o acusación. Asencio no podía resistir las embestidas del barco, ya desde el puerto las arcadas lo torturaban, ahora con el estómago vaciado se aferraba a lo que podía. Su camarote estaba cerca de la batería de toldilla, por eso sufría como en un parque de atracciones los prolongados vaivenes de un carro de la montaña rusa.  

“Esto durará bastante, muchacho—le dijo el capitán asombrado de verlo tan blanco, casi sin tonalidad humana—, tendrás que ser fuerte. Las pruebas duras te esperan en tierra firme”. Asencio ni siquiera lo miró, temía que lo viera un riguroso hombre acostumbrado a los peores ataques de las bestias marinas. Lo había abandonado la determinación, esa señora rica y astuta que lo engatusó y animó, con su aspecto soberano, a que declarara en contra del Cardenal obispo. Lo conoció en el catecismo cuando el supuesto Isidoro Santo le echó el ojo. “¡Serás iluminado, hijo mío!”—le dijo abrazándolo como si fuera un enviado del cielo. Asencio se lo creyó, se imaginó vestido de héroe salvando la casa del señor. Uno era el portador de la fe y la esperanza en la salvación del espíritu y el otro, un niño entrando en la adolescencia que tenía ganas de creer. Fue engañado y desviado por muchos años del camino correcto. Le fue mostrada la autoridad de Dios y sus grandes amenazas a la desobediencia, la voz de Jesús era débil en aquel entonces porque el estudio era del génesis, de los profetas, los reyes y la migración del pueblo elegido. Con ellos, Asencio salió hecho un esclavo, sufrió el hambre, la sed y el abuso de los poderosos que cada vez se encontraban con él vestían atuendos muy lujosos y extravagantes. Isidoro subió como la espuma de simple religioso a diácono, luego sacerdote, después obispo y si no se lo hubieran impedido sería un cardenal pretendiendo el lugar del Papa.

El letrado Fuentes llamó a Asencio, le dijo que lo protegería de los truenos que en ese momento comenzaron a estallar en el cielo. Eran las vociferaciones del mismo Señor, que, dada la imposibilidad de demostrar la inocencia de sus emisarios, rezumbaba en el firmamento. La amenaza era una condena al infierno en el reino de Poseidón. Sonaron los cánticos del coro formado por las voces de Nietzsche, Tolstoi, Schopenhauer y Hegel en defensa del pobre joven que quería enfrentar al ejército de la fortaleza del Todopoderoso. “El reino del verdadero Dios está dentro de nosotros, no es más que la filosofía de la bondad y el amor que nos dejó Jesucristo. No le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti, no generes la violencia, ama sin intereses personales y libera tu cuerpo de los malos deseos, mata esos demonios con la paz del espíritu”. Esa era la novena sinfonía de los rezos de los hombres de la embarcación, fuera, la lluvia torrencial era la fuerza del Clero secular cuidando sus intereses. La voz del Papa canonizaba para inmunizar a sus demonios. Isidoro Santo había ocultado su cuerpo lobuno debajo de las sotanas y casullas. El lobo del hombre, la bestia pervertida tendría que organizar a sus soldados de infantería para recibir a estos argonautas improvisados que iban al laberinto de Dédalo a matar al minotauro. No tenía las armas de Ariadna, no tenía la fuerza y determinación de Teseo, pero ya había visto su muerte y la de sus compañeros en sueños mitológicos. Era para salvarse y salvarlos a ellos, para tomar una venganza que no era la guillotina, ni la horca, ni el fusil, solo destaparle la cara al Anticristo que se había ocultado junto con miles de sus cómplices en la casa de Yahvé. El Mesías usó el látigo dijo el licenciado Fuentes, tú usarás la voz como arma, tu lengua será afilada, desgarrará la hipocresía, desnudará a los traidores y mutilará discursos episcopales y, tal vez, derribe la guarnición de arcángeles; pero debes ir hasta el final.

Oscureció el cielo diurno y la nave avanzó como una pequeña hoja otoñal en un río brumoso. Se evitó la luz de los quinqués y se dejó el faro de la esperanza. El corazón guió el camino de los pasajeros. Nadie cayó al mar. Las fauces de los tiburones se confundían con las crestas de las olas. Salieron las grandes serpientes del fondo del mar, endemoniadas mantarrayas, cíclopes de tentáculos se dejaban arrastrar por la embarcación en su intento de hundirla. No lograron aplacar la fuerza de la justicia, que con una bandera pulcra se mantenía firme ante los ataques del viento. “¿Recuerdas lo que vas a declarar?—preguntó Fuentes con los oídos fijos en el oscuro silencio y los ojos abiertos a la respuesta—. Es importante que lo declares todo, en caso contrario fallaremos y esta oportunidad se perderá para siempre, nos mandarán al infierno por calumnia. Sabes que no tenemos testigos y es tu palabra contra la de él. Nadie más se atrevió a enfrentar la ira de los sermones, los pasajes del Antiguo Testamento, pero la voz del hijo del hombre saldrá por tu boca y dirás la verdad. Será como El Espíritu Santo con alas blancas que destellarán en esa sala de ignorancia. No será un juicio eclesiástico, habrá civiles y militares, se presentará el emperador y habrá crucificados. Atestiguarán contra ti los filisteos, te querrán cambiar por un criminal en las Pascuas, pero tendrás nuestro apoyo, nadie te venderá por treinta monedas. No habrá ilusos colgándose de las ramas de los robles.

Tres semanas duró el viaje y al final vieron la costa. ¡Tierra! ¡Tierra!—gritaba el vigía que se había dejado las fuerzas enredadas con los rayos de luz de las estrellas—. La brisa llegaba con las voces de las sirenas. Todas estaban fuera del agua con vestidos blancos y pancartas. Pedían justicia. Asencio recobró el color, se le calentó la piel y se puso moreno, le brillaron los ojos con pupilas de zafiro. Quiso hablar, hacer promesas y recoger denuncias, pero Fuentes le pidió modestia. Se bajó con prudencia del barco, sus altas botas se mojaron y se tuvo que enredar la capa para no empaparla. Su sombrero con pluma y enfundada espada le valieron las palmas. Lo subieron en un corcel y lo escoltaron con una peregrinación, parecía un paso de trono en Semana Santa, los ojos lo miraban por las celosías de la curiosidad. La gente lo tocaba esperando un milagro. No duró mucho la magnificencia de la acogida porque aparecieron los verdaderos encapuchados. Estaban ordenados en filas con sus túnicas blancas, sus capirotes y crucifijos. Sus ojos echaban fuego y algunos se desenmascararon los capuchones para mostrar su gesto amargo.

Había reservada para el valiente comandante una casa de adobe con techo de paja. No era un pesebre, pero lo parecía el mobiliario. Había puertas marcadas con estrellas de David. Se culpaba la ineficiencia de Moisés y sus tablillas petrificadas. El día era hermoso, la gente comía pan ácimo y vino joven. Algunos no se retractaron de hacer los sacrificios y quemaron corderos para satisfacer el hambre de El Creador. Por recomendación de Fuentes, Asencio no salió a la calle, guardó ayuno y se dedicó a meditar. En realidad, estaba repasando sus declaraciones. Dejó que los recuerdos surgieran como pequeños tallos de legumbres. “Ve cómo aparecen, Asencio—le dijo al oído el experimentado abogado—, guárdate en la mente esos gérmenes y describe tus sensaciones para que puedas describirlos ante un juez”. Asencio con los ojos cerrados lloraba porque los recuerdos le nacían del vientre y se estremecía. Al final reconstruyó todo el pasado y se quedó dormido. Llegó el día esperado.

El día decisivo. Asencio salió con el pelo ungido de aromáticos aceites, tenía puesta unas sandalias viejas, su atuendo era humilde y las sortijas de su pelo habían creado una corona espinosa en su cabeza. Decidió hacer el camino a pie. Era como un viacrucis, sufría amenazas, era acusado de blasfemo, las lenguas le lamían la espalda como latigazos. Los ojos furibundos lo hacían sudar sangre. No se hincó, ni pidió ayuda. Alguien se compadeció de él y le dio de beber. Caminó por una pendiente hacia la cima de la montaña donde estaba el capitolio. Ya lo esperaban las togas y un martillo. El murmullo llegaba hasta él, se le metía en el tuétano y le impedía avanzar, sin embargo, los rostros conocidos de sus seguidores le dieron fuerza. No habrá gallo que cante al amanecer, todos estarán fuera de la suprema corte, nadie te negará tres veces y saldrás resucitado sin morir en la cruz.

En la entrada. Había monjas y sacerdotes vendiendo trozos de La Sábana Santa, crucifijos de leña y biblias traducidas y corregidas por Dios. Los limosneros miraron al osado joven y se curaron de la lepra. “Existe—dijo un hombre que había comprado, con ruegos y clemencia, cientos de botellas de alcohol—Es de verdad”. Claro que existe, idiota—le dijo un hombre más joven que reconoció la bondad de Asencio y se arrodilló—. Asencio, cuando estés en el reino del Señor, acuérdate de mí, confiésalo todo. Él lo cogió de las manos y le dijo que esa misma tarde estarían los dos sentados declarando en nombre de la verdad. Se abrieron unas enormes puertas y brilló el piso de mármol. Avanzó Asencio sigiloso como un gato en una casa nueva. Le señalaron su sitio, quedaba frente al juez. La sala estaba llena y las personas enmudecieron. Solo sus ojos parecían tener vida. El aire se quedó inmóvil. Esperando que alguien lo exhalara. Fueron unos niños que no sabían lo que pasaba quienes lo inhalaron, pero su intuición les decía que ese hombre con rostro amargado les salvaría. “Dejad que los niños se acerquen a mí—exclamó una voz que descendió de la cúpula más alta— y quien se atreva a manchar su pulcra alma con manos sucias se retorcerá en el infierno”. La voz inundó con un eco ferroso la atmósfera y Fuentes se presentó ante el juez.

Empezó la sesión y el cardenal Isidoro Santo fue interrogado. Respondió con los ojos aposentados en la nada, esperaba que las fuerzas del mal, con las que había pactado la venta de su alma, lo salvaran dándole los recursos para engañar, pero no había nada. No acudían las fuerzas demoníacas, solo tenía ante si a la depravación con cara lujuriosa tirada, abierta de piernas; el deseo estaba de cuclillas entumecido, temblando con escalofríos; el valor que lo había ayudado a dormir con la conciencia tranquila salió de forma imperceptible. Entonces le comenzaron a vibrar las piernas, gritó pidiendo la intervención de Dios, pero rápido comprendió que estaba solo. Nadie lo secundó cuando justificó sus actos. El dolor se le escurrió por las piernas cuando oyó que sería condenado a la cárcel de por vida. Escuchó sin levantar la cara una lista de nombres que le llenó la cabeza con hoyos de alfiler. Minutos después se le detuvo la respiración y quedó tan tieso que lo sepultaron sentado y de cabeza.    

miércoles, 20 de febrero de 2019

Libertad


El infierno es líquido— se dijo Francisco, mientras esperaba que lo liberaran del cuarto oscuro en el que había pasado una semana—. No diluye las penas y la sal te carcome, ¿a quién se le ocurrió ponerle a este archipiélago el nombre múltiple de Vírgenes y pecadoras arrepentidas? Para los reclusos es el abandono y para los custodios el exilio. Ya habían recorrido la isla los rumores de que nos iban a liberar, pero nadie se lo tomó en serio. Ese murmullo se paseaba por todas partes en forma de cangrejo, al final, creció y ahora aplasta los arbustos, deja su rastro en la arena en forma de zanjas y crea desconsuelo en los condenados. Nos recorre un escalofrío ácido por la espalda. El tatuaje imaginado de criminales peligrosos lo llevamos en la frente, mancha las páginas de los periódicos y la legislación nos aparta como leprosos. Nos condenan y critican sin mirarnos a la cara. En estos años nos convertimos en animales de cautiverio, sufriendo a conciencia las transformaciones que indica la teoría de Darwin. Las piernas se nos hicieron zambas, la piel se nos engrosó con capas oscuras, nos cambió el pelaje y algunos hasta lo perdieron. Nuestro cerebro se redujo y se adaptó a las condiciones de animal preso. ¿Qué tan fiables son los resultados del experimento? ¿Cuál es el grado de veracidad en los datos que arrojan las pruebas, hechas con ratones de laboratorio? ¿Qué tan reales son esos roedores que ya no gozan de sus capacidades naturales?

Tenemos siempre miedo ante lo desconocido, la liberación es un gran logro. Algunos de nosotros no podremos regresar a la vida normal, incluso si se nos deja ir con una preventiva, Raúl, por ejemplo, que en un arrojo de demencia ultimó a un policía en los guateques que organizamos. Se te pasó la mano, cabrón—le dijo Meche con la cara blanca por el reflejo de la muerte—, por eso si nos van a refundir. No solo nos refundieron, nos mandaron al infierno de las enceguecedoras tinieblas. Nos han maldecido o nos han maldito, no lo sé, el caso es que hemos reprimido la esperanza, nadie quiere ver destruida su ilusión. Cómo estará mi mujer, me dice Alfonso que dejó a Susana hace veinte años con una barriga de seis meses. Cabrón, hubieras pensado en tu hijo, antes de hacer tus pendejadas. Esta frase lo volvió loco, le vedó la facultad de ver las letras y se imaginaba las palabras en la arena de la costa. Mira, nos decía alegre, la Susi le puso mi nombre al chamaco. Ya tiene cinco años, luego diez, quince y ahora lo veré hecho un hombre. Seguro que no es como yo, es una persona de bien. Lo veo como arquitecto, doctor o abogado, eso sí, feo hasta la cachas, como yo cuando era más joven. Se pone a llorar en silencio y hace penitencia, le dura tres o cuatro días el ayuno. No habla con nadie y después de la crisis nos empieza a saludar. Nos ha atiborrado de preguntas estas últimas semanas. Por su intransigencia estoy aquí. Espero que cuando me saquen pueda resistir el peso de las nuevas buenas.

Mi futuro seguirá siendo gris y dudo que a mis amigos les cambie en algo. Estamos mutilados de la vida, nos castraron el deseo, nos hicieron una ablación forzada. Ya nadie es quien era y no queda tiempo para cambiar. La que se merece un pedestal es la pobre Meche. Llegó bien chamaca. La prostituyeron, la usaron de paño de perversiones y ya no le queda nada. Volverá para trabajar de criada, en una casa de ricos. Tendrá que negar su identidad. No será esa mujer inteligente que se sabía las obras de Mar y Lenin. Pasará como una provinciana ávida de empleo. Ella fue quien nos lo adelantó. He oído las noticias, dijo mostrando los canales de sus dientes, esas reformas van en serio. Ese cabrón va a liberarnos. ¡Qué Dios lo bendiga! Y en efecto, vinieron de la capital los ingenieros, hicieron un reconocimiento del campo, los topógrafos comentaron que se construiría un albergue, sitios de esparcimiento y que será un sitio cultural. Creímos que era para nosotros y se iluminaron nuestras caras, pero resultó que no. Se abrirán los casos, se revisarán los procedimientos, las condenas, el Poncho se trasladará a otra cárcel en tierra firme, eso lo acabó de chingar. Le dijimos que se esperara hasta que empezaran las inspecciones, pero se alarmó, prefirió volverse loco. Traté de detenerlo, pero llegué tarde, ya había usado las armas. Repetí mil veces que no era su cómplice, me costó este castigo y cuando salga sabré que pasó con los demás.

No aguantó, el pendejo, es lo primero que me dice Meche al salir. Tantos años con una voluntad de hierro y se nos vino a quebrar cuando ni hacía falta. Estaba poroso por dentro, le sacaron la esperanza muy rápido, quedó allí, de alimento para las pescadas, insípido les va a saber. Tú, mejor come bien, Paco, no sea que te pase lo mismo y ya no llegas al final. Según nos anunciaron se llevará menos de seis meses. Ya están dispuestas las comisiones y han mandado barcos. ¿Te imaginas? Hay algunos idiotas que no se quieren ir. Les digo que es mejor estar en tierra, aquí somos náufragos a la deriva, acompañados de puros changos maliciosos y desgracias hambrientas. Que no van a soportarlo, dicen angustiados. Mejor aquí abandonados que rodeados de ratas. Ya no somos metropolitanos. Ha pasado un cuarto de siglo, quién nos va a necesitar. Mejor ser enterrados aquí, ya nos falta el último tirón. Pero los van a obligar, les dice Meche, si no lo hace la justicia, será la chota. Se ponen tristes y se van a llorar por los castigados rincones. Meche se acongoja porque siente el mismo dolor. Cálmate, mi Meche, algo podremos hacer para sobrevivir. Me mira con lástima, con esa mirada que reconstruye nuestro pasado. Con esas ilusiones en añicos que dejan mirar nuestro amor perdido, nuestras riñas, nuestra resignación y el amor desinteresado. La vuelvo a ver joven cantando a Roberto Carlos, recitando los versos de amado Nervo, caminando bajo las estrellas para que nos miraran con envidia.

La vida se ha puesto más colorada, menos fría y la esperanza se pasea ataviada. Hay gente que no lleva más de cinco años, son los últimos que llegaron y nos dan una imagen contradictoria con lo que arguyen los políticos de hoy. Ya nos dejan leer las noticias. Ponen la radio, parece otro país, otro mundo. Se acabaron los partidos institucionales, sus representantes sí que deberían estar aquí, pero les ha tocado venir a jugar al baloncesto, a pintar marinas y hacer teatro. Bonito destino, las acciones nacionales son otras. Las dirige, según dicen, la democracia. El pueblo es la voz. Le pregunto a Meche con los ojos si nosotros también somos el pueblo. Me dice que sí, pero el reprimido, el pueblo cansado de las inútiles consignas, el pueblo de los olvidados. Se nos escurrió el tiempo entre el aburrimiento y los estúpidos trabajos forzados. No lo vamos a recuperar nunca. Mañana ya no toca irnos. Seremos libres Meche y yo, pero qué nos espera. Una ausencia de seres queridos que de encontrarlos serán tan ajenos como un pato corriendo con los avestruces. A los que siempre odié por exceso de amor ya no están y los que me comprendieron por compasión me recibirán con remordimientos. La vida es absurda y los hombres no la instruimos con nuestra experiencia, la solventamos con nuestro silencio, con esas caritas de risa mustia y ojos de rana.

No llevamos equipaje. Rescatamos lo más elemental. Un reloj de la época de la Revolución, heredado del abuelo. Unas cartas y fotografías polaroid amarillentas, unos libros rojos que se han percudido por el desarrollo de la humanidad, han caducado. El frío nos recorre la espalda. ¿Comunista? No me chingues—nos dirán todos—eso ya desapareció de la historia, hasta los miembros del politburó ruso lo renegaron, eso se acabó. Es por eso la mala sensación. Meche y yo nos hemos dado cuenta de que fue una lucha inútil. Se devaluó la protesta en la bolsa de valores de la existencia. Hubo reformas y las doradas acciones se convirtieron en papeletas sucias. Se postergaron los grandes tratados de igualdad y justicia y ahora la sábana del populismo cubre las camas de los desamparados. Nos resistimos, nos negamos la verdad. Los tiempos perdidos están esparcidos por el mar y ahora que volvemos a la patria nos persiguen los fantasmas de Revueltas, esos que vio por primera vez aquí en el Alcatraz de mentiritas. Nos rodean ahora esas víctimas del otoño permanente que secó las articulaciones de las personas. La lluvia de escamas nos cae como brisa de pescado. El bello mar es triste, su movimiento es un arrullo de pena, las lágrimas lo han formado. Hay luto, el silencio lo respeta hasta el sol, escondiéndose detrás de las nubes. La llegada no es la imaginada, no hay más que unos cuantos policías impacientes y unas camionetas azules en el puerto. Se niegan a vedarle la existencia al océano y han raptado a las sirenas, pero no se parecen a las de verdad, sus chillidos no encantan a los argonautas, les causan malestar. 

Meche no lleva esposas, los demás sí. Poncho ánima las lleva imaginarias, son dos Susanas, la real que abortó al chamaco y no se lo dijo nunca y, la otra, la de las películas que él se imaginó, la mujer romántica, emprendedora, la que luchó para darle una buena educación a su hijo. Raúl será acomodado en su suite por asesinato premeditado. Mario, con sus gafas de Orozco, llenas de cataratas se irá conmigo con la condicional. Tendremos que portarnos bien para que no nos metan en jaulas, para no convertirnos en macacos de circo. La mirada de Meche es inquisidora, me hace pensar en la promesa que le hice cuando nos embarcamos un martes trece, fue hace tres décadas y fue rumbo a lo que llamamos Hawái. Si salimos de esta—le dije con la verdad desnuda apoyándome—nos casaremos, te lo juro. En realidad, sí llevamos una vida marital. El matrimonio es el compromiso, no el papel. Ella me fue infiel por circunstancia, lo hizo en contra de su voluntad. Pensé en ti—me dijo antes de salir del archipiélago—, te juro que dolió, pero mi alma estuvo a tu lado en esos duros momentos. Te lo creo—le dije—, te lo creo más que nadie porque el dolor no se mide y nos arroyó a los dos, a ti con las piernas apretadas y a mí con bilioso rencor de pegamento. Se esfuman los pestilentes humores. Se desvanecen los fantasmas de nuestros compañeros que ya no verán este nuevo país. Hay un atrevido caudillo que está liberando a los castigados sin crimen, con culpas de cristal. Los otros fueron verdugos ciegos y sordos, temerosos de un mal inexistente. Hay que ser optimista, el futuro es luminoso y no llevará pronto al regazo del Señor.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Travel


El telón de la sorpresa se abre para darme la bienvenida. Siento que todas mis palabras, convertidas en crisálidas grises, se estrellan contra el piso, enmudeciéndome, ahogándome en un mar de licor amargo. La imagen del hijo pródigo que repasé mil veces se ha desvanecido como una foto alejándose a pasos agigantados. Estupefacto, espero firme a que alguien quiebre el silencio, pero la esperanza está depositada en mí. Entonces reconstruyo mi viaje pasado. Me veo enano, chamaco, incomprendido, rodeado de reproches y prejuicios. “No llegarás nunca a ser nada—me dicen mis hermanos resucitando del vacío—, te convertirás en sal”.

Hace mucho emprendí la marcha por un camino lleno de espinas y, por más atentas que fueran mis pisadas caían siempre en el terreno de la desgracia. “Lo que no te mata, te fortalece— me repetía Nancy mi amiga más cercana animándome a luchar—, resiste hasta el final, cabrón”. Libré la batalla entre turísticos bloques de hormigón, entre rojo iluminados terrenos de asfalto y callejones culturales empedrados. No supe si Dios me lo reconoció, pero los parroquianos así lo afirmaron. No quise que atestiguaran hechos concretos. La vida se hizo de palo. Habría querido que fuera menos dolorosa la prueba. El hado fue castigo cruel.

Primero excursión de explotación infante, me molían el cuerpo a golpes por incumplimiento. Luego, el escape glorioso y enceguecedor. Convencido de que las alimañas que me adoptaron eran fieles hermanas, seguí sus pasos sin saber que me tenían de carnada. Por último, tuve que comerciar con lo que tenía a mano. Fatalidad total, carecía de aptitudes, me subasté y fui a parar a una celda, tres veces reincidí y de tanto comer cosas que no mataban me hice casi inmune.

Anestesiado del dolor propio y sensibilizado por el ajeno, decidí torcer por el buen rumbo y encontré la paz. Las empinadas colinas me guiaron en picada hacia la salvación. Las bellas franjas coloridas de las montañas de ensueño hicieron que olvidara mis innumerables pérdidas. Ya no lamentaba lo del ojo, ni las tres hernias, ni la pata coja, ni el alma rota. Me tomaron declaración cuajada de lamentaciones. “Cuéntamelo todo— dijo la reportera retirándose los caireles—, es para el país”.

Lo conté todo, señalé lugares, revelé nombres, describí uniformes, pistolas, fachas vandálicas, navajas, alzacuellos y sotanas. No medí mi desgracia en la escala del infortunio. Las cosas se habían acomodado así. Me echaron de mi casa, vagué sin rumbo fijo, fui un desgraciado principito de Exupery visitando mundos desbordantes de maldad. Ya ha pasado todo. Soy el soldado después de la guerra: sobreviviente admirado por su heroísmo, pero inútil para la sociedad. Escríbelo, me dijo el sentido común, y con ayuda de mis compañeros de desgracia lo sacamos todo a la luz.

Estoy rodeado de cámaras, los espectadores esperan mi mensaje. No sé si el viaje termina aquí o esto es una escala. ¿A dónde me guiará la vida después? No me lo imagino. Por el momento, debo recuperar el habla.

jueves, 7 de febrero de 2019

La ofensa


Fue un golpe duro que dejó desnudos a todos los empleados ante su remordimiento. Fue tanta la vergüenza que el aire se llenó de olor a muerte. Fue así como Dorotea enfrentó la más desagradable prueba de toda su vida. Lo paradójico era que ella misma le había puesto a su jefe, en bandeja de plata, las armas para destruirla. La pobre sabía que la guillotina decapitaría todas las cabezas muy pronto. Seguía nadando a contracorriente, se mantenía a flote con todas sus fuerzas, pero se sentía desfallecer. 

Las olas de intrigas y abusos la habían dejado a la deriva en el ancho mar de la soledad y, ahora, que ya estaba tocando la orilla de la salvación, el silencio le anunciaba un estruendoso castigo mortal. Cuál era la afrenta—se preguntarán todos ustedes—qué cosa tan terrible había dicho o hecho esa pobre mujer para que una avalancha de rocas la sepultara en su empleo. Nada del otro mundo, solo le había dicho al Gorila, el encargado del almacén, que deseaba más trabajo, ni siquiera le pidió un aumento de sueldo solo mas labores para enderezar el curso del negocio que se estaba hundiendo como una enorme barcaza en medio de dos galeotas que se disparan una a otra. La niebla de la ignorancia impedía el buen curso de las ventas y Tea vio sus ilusiones desparramarse por los bordes de la cruda realidad.

«Pero si yo solo quería que me dejaran tranquila—se repetía Dorotea sin saber si era su propia voz o la de la falsa Tea—, no quería que siguieran abusando de mí, ¿qué pasó? Nada, míralos. Ahora sí, esos cabrones se sienten ofendidos porque le he dicho la verdad al inspector, pero qué querían. Que siguiera soportando sus vejaciones. Todo tiene un límite en la vida y el mío lo sobrepasaron hace mucho. Recuerdo la primera vez que se me acercó el animal. Era mi primera semana de trabajo. Estaba en el período de prueba y me faltaban tres meses para firmar el contrato. Me metió la mano bajo la falda, me bajó las pantaletas, abusó de mí lo que quiso y le dijo a sus pinches compañeros: “Mírenla nomás, cómo le gusta que se la chinguen”. Me prometí que me vengaría y el día ha llegado y ¿ahora qué? Nos vamos todos a la chingada”.

Dorotea estaba sola en el escritorio del imbécil Anguiano. Allí había pasado los peores momentos de su existencia. Las torpes y rasposas manos del depravado le seguían recorriendo la cadera y las piernas. Esta vez en silencio porque su imaginación estaba aturdida y sorda. En su cabeza las imágenes eran borrosas como si las viera a través de un plástico semitransparente. Tembló de ira como lo había hecho mil veces. Vio acercarse a los secuaces, les escupió con desprecio y los insultó. Ningún insulto la alivió de todas sus penas y comenzó a derramar sus angustias con lágrimas de salmuera. Sus muslos también se mojaron y se sacudieron temblando. Se tuvo que poner de rodillas para enfrentar el recuerdo. De pronto, se oyó una voz.

—Me imagino que fue muy duro soportar tantos años, ¿no?
—Sí, licenciada, fue un verdadero infierno.
—Bueno, ahora ya podrá descansar de eso. Le proporcionarán asesoría. Tendrá un psicólogo a su disposición para que pueda superarlo pronto.
—No lo dudo, licenciada, pero ¿quién me va a borrar las cicatrices del alma?
—No lo sé, Dorotea, debe tener fe y olvidar. Recuerde el mensaje del Padre Nuestro…
—No sé si tenga la fuerza suficiente. No he actuado por venganza, he perdonado, pero no me siento en paz. Ahora me arde peor. Me imaginaba que descansaría si delataba los abusos, pero lo único que siento es asco de mí misma.
—He visto personas en situaciones peores y lo han superado. Usted es fuerte. Saldrá de esta y se olvidará sin duda. Tenga fe.
—Lo intentaré, pero no le aseguro nada.

Se vieron rodeadas por el silencio y no les quedó ningún deseo de continuar la conversación. La licenciada cogió a Dorotea de las manos y mirándola fijamente a los ojos sonrío con resignación. Se desprendieron y Dorotea se quedó mirando los zapatos de tacón que se alejaban produciendo sonidos sordos. No pensó nada, se quedó inmóvil esperando que pasara el tiempo y su cuerpo recobrara fuerzas para levantarse y caminar. Contuvo la respiración y cerró los ojos. 

“Es hora de comenzar de nuevo, Dorotea—le dijo una voz familiar—. Sé valiente.