Escritura creativa

martes, 1 de abril de 2025

La apuesta

La gente ya había oído la tercera llamada, se apagaron las luces y se levantó el telón. El escenario dejó al desnudo un barco cortado por la mitad, el costado de estribor se encontraba al descubierto y se podía ver que era un galeón del siglo XVI, pero de proporciones adaptadas al teatro y por eso semejaba un enorme bote partido en dos. En el mástil las velas estaban echadas, pero todas tenían grandes agujeros. El viento soplaba fuerte y el silbido que se oía era ya, el de una tormenta menguante. Un reflector dirigió la luz a un hombre que caminaba despacio. Llevaba un jubón sucio, una camisa blanca que estaba gris amarillenta por el paso del tiempo y sus botas eran muy altas. Se giró hacía el publico y mostró sus armas. Llevaba un puñal, una espada, una pistola y un mosquete.

“Soy Enrique Morgan, un reconocido filibustero. Gracias a mí, el reino se adjudicó…, o como se dice ahora, se hizo, se hizo con islas y grandes extensiones de tierra. He pasado a la historia más como un reconocidísimo caballero del rey, que por mis grandes conquistas. Me gustaría…”.

¡Eso es una gran farsa! —gritó desde una de las primeras filas una actriz caribeña famosa por sus grandes polémicas y escándalos. El público la hizo callar con dificultad y solo después de haberla persuadido con un soborno, se tranquilizó—. Aparecieron unos delfines en el escenario que eran representados por unas mujeres y hombres disfrazados que corrían y saltaban alrededor de la embarcación. Se oyó un lejano canto de sirenas.

“A pesar de mi mala fama, me gustaría decirles que fui un hombre de buen corazón. Señoras y señores, señoritas y señoritos. Fui víctima de una injusticia y las circunstancias me llevaron a usar la violencia, la intriga y la crueldad como único poder de convencimiento. Nunca fui vendido como dicen en algunos libros de la época. Eso son pamplinas y…—de pronto se volvió a la mujer que había iniciado el escándalo y le preguntó:

—¿Es acaso usted historiadora, querida señora?

—No, no lo soy—respondió la mujer poniéndose de pie, amenazando con volver a alterar el orden.

—Pues, debería…debería y… ¿de parte de quién viene hoy? ¿de su padre? ¿de su novio?

La mujer perdió la paciencia y corrió hacía él, trepando con agilidad.

—¡Vengo de parte de la justicia!!Se va a enterar de lo que soy capaz!

En seguida, ya en el escenario, comenzó a corretear al hombre, quien se despojó inmediatamente de su pata de palo y se dirigió a las escaleras para irse a mezclar con el público. No lo logró.

—¡Recibe tu merecido, maldito mentiroso! —gritó la mujer disparando con el mosquete que le había logrado arrebatar al pirata.

El hombre cayó con estrépito. La gente vio su espalda humedecida por la sangre. Se oyó un grito de sorpresa y miedo. Uno de los espectadores anunció que estaba muerto, que le habían dado a Enrique Morgan exactamente en el corazón. Alguien pidió que llamaran una ambulancia, pero en ese momento se encendieron las luces, Morgan se puso de pie y fue a abrazar a la mujer que todavía apuntaba con el arma.

Desde los altavoces se le agradeció al público su comprensión y preferencia. Se le explicó que la obra era una innovación y que, gracias al reconocimiento de los amantes del arte escénico, esa obra se representaría miles de veces.

Al salir del teatro, una joven le dijo a su novio: “Ves, no querías venir y ahora no paras de hablar del espectáculo. Ya sé, ya sé que te encantó todo lo que discutieron. Al principio si me lo creí. Tenía la impresión de que, para callar a la señora, le habían dado un fajo de billetes, te juro que vi un montón de dólares. Ah, y eso también, lo que dijo del tal Tristam Shandy, el personaje de Laurence Sterne, eso del reloj me hizo carcajearme. ¿Te acuerdas de cómo se lo dijo? !Venga, señora, venga aquí para que le demos cuerda al reloj! ¡No tenga miedo ni reparo! Si se me para, no dude en seguirle dando cuerda. ¡Caray!!Que ingenio! Bueno ¿entonces qué?, ¿ha fallado tu profecía? Tendrás que invitarme a cenar. Ya sabes cuál fue el acuerdo”.

La noche era tibia, la luna estaba en creciente y por las calles volaban como pequeños dragoncillos los comentarios del éxito de la obra de teatro absurdo que pocos habían tenido la oportunidad de ver.

viernes, 21 de febrero de 2025

El pintor del alma

Aparicio Mastache fue rescatado del olvido cuando uno de sus cuadros se vendió por una jugosa suma en una famosa galería. El cuadro era interesante, pero despertaba muchas dudas entre los amantes de lo renombrado y selecto. Muchos volteaban con arrojo cuando alguien subía la puja. Al final, uno de los más empecinados compradores desistió y oyó resignadamente los tres martillazos que le dieron el derecho sobre la pintura a su oponente, un hombre trajeado de aspecto medieval.

Aparicio siempre fue Epifanio. El apodo le llegó por un tío que, al verlo un día alumbrado por el sol, se imaginó que su sobrino era como los rayos solares y tendría un futuro revelador, significativo no solo para él, sino para la humanidad completa. Era un niño fuerte, pero de cuerpo esbelto. Su piel morena era la de un mulato y sus ojos verdes cambiaban a los caprichos de la luz. Sus padres tenían muchos problemas para sobrevivir y le dedicaban poco tiempo. No era posible darle educación, por eso desde los seis años ayudaba con recados y tareas que se le confiaban en la casa. A los doce años conoció a don Pascual un pintor retirado que lo llevó a su casa para revelarle los secretos del arte. Sucedió que Epifanio estaba con sus amigos en la calle y uno de ellos, le arrebató una hoja donde estaba dibujado un perro al que Aparicio quería mucho. Don Pascual recogió los trozos desperdigados de papel y los miró con curiosidad. Se dio cuenta de que el chico dibujaba mal por la falta de técnica, pero ya mostraba su capacidad para ver las cosas de forma muy personal.

—¿Cómo te llamas, muchacho? — le preguntó don Pascual.

—Aparicio, pero todos me dicen Epifanio— Contestó sin asombro ni curiosidad.

—Mira, hijo. He visto tu dibujo y he pensado que podrías ayudarme en mi taller artístico.

—¿Ayudarle? Pero yo no sé nada de arte ni pintura.

—Eso es lo de menos. Comenzarás con tareas simples y luego…Bueno, luego ya veremos. Te pagaré para que puedas comprarte comida y ropa.

Cuando se lo contó a sus padres, ellos se miraron con alivio pensando que podrían llevar mejor los gastos y enderezar un poco la vida que los estaba enterrando en la desgracia. Fingieron un desacuerdo flácido y hablaron de lo inadecuado de su explotación, pero en realidad, era una muy buena noticia porque estaban anémicos y al borde del colapso.

Aparicio pasaba mucho tiempo con don Pascual al que pronto empezó a llamar maestro, a pesar de las tentativas de este último para que hubiera un tuteo de amigos. Las cualidades del muchacho empezaron a surgir poco a poco como pequeños retoños de un árbol. Eran situaciones esporádicas en las que, al preguntarle, qué sería mejor para complementar un paisaje o corregir un rostro, Epifanio daba un consejo original. “Si se contrastara un poco más esa parte de la cara, el efecto sería más real y profundo”. En efecto, don Pascual con su formación académica se había vuelto ciego ante lo natural y evidente. Fue por eso que se preocupó mucho de no usar términos para formar al joven artista. De esa forma se desarrolló una especie de conversación analítica, e incluso filosófica sobre los efectos del color, el volumen, la forma, ciertas perspectivas y contrastes. Un día, inspirado por las palabras de su instructor, Epifanio, que ya tenía quince años, cogió un lienzo que don Pascual había olvidado hacía tiempo por considerarlo malogrado y comenzó a corregir las formas, destacar las sombras y realzar la luz, también quitó los detalles que le rompían el equilibrio a la composición y lo dejó en el caballete antes de salir a hacer unos encargos. Cuando volvió se encontró con don Pascual que no dejaba de analizar la pintura.

—¿Cómo lo has hecho, muchacho? Este cuadro era imposible de rescatar, había nacido defectuoso y no había manera, la verdad, no había manera…

—No lo sé, no lo sé—dijo con una pequeña muestra de orgullo y una sonrisa que dejó ver su colmillo torcido.

—Bien, muy bien, hijo. Mira—le dijo con rostro de padre ilusionado don Pascual—, podrías incursionar poco a poco en el mundillo del arte. Pinta algo estos días, por favor, y deja todo lo que estás haciendo o te quede por hacer.

Unos días Epifanio se dedicó a bañarse en el río, ver las nubes del cielo, comer y dormir la siesta al aire libre. Una tarde después de haber caminado unas horas cogió una naturaleza muerta que estaba en la habitación de don Pascual. Comenzó a hacer un esbozo al carbón y corrigió lo que le pareció pertinente, luego preparó un lienzo mediano y comenzó a trabajar. Hizo un dibujo con trazos rápidos, roció un poco de barniz para fijar el grafito y se puso a mezclar algunas pinturas de aceite. Decidió que solo usaría tres colores: negro, rojo y verde. Trazó ágilmente las partes oscuras que representarían las sombras, luego comenzó con escalas de tonos más suaves y después de dos horas ya tenía el cuadro casi listo para dejarlo secar. Cuando oyó los pasos de don Pascual escondió el lienzo.

Pasó un mes y las cosas en el taller siguieron su rumbo habitual. Don Pascual restauraba algunas pinturas luchando contra la carcoma del tiempo que con sus fragmentos de segundos apolillados derruía las pinturas, pasándose luego a los bastidores y los marcos de madera. La lucha era diaria y desigual, pero gracias a la dedicación de don Pascual y su ayudante las obras volvían a cobrar vida. Las acuarelas se realzaban, los olios resplandecían y las aguatintas perdían su aspecto gris rancio para atrapar de nuevo la luz.

Una tarde que don Pascual buscaba uno de los cuadros que le habían encargado hacía tiempo, se dio cuenta de que su mirada había chocado con algo, pero no podía definir con qué exactamente se había cruzado, así que volvió al sitio donde había sentido su efecto y dejó que sus sentidos se encargaran de ubicar a aquel intruso que le llenaba de hormigas la mente sin dejarlo en paz. Se puso en el centro de la habitación y miró al frente. Fue girando de cinco en cinco grados poniendo atención en lo que abarcaba su campo visual y de pronto lo encontró. Era la naturaleza muerta de la pared. Se dio un golpe en la frente y se echó a reír— “!Por Dios! ¡¿Cómo es posible que, teniéndolo ante los ojos, no lo había notado?! ¡Pero si resalta a leguas!”. Se acercó con curiosidad y descolgó la pintura. Era la misma que había estado allí por años. Sin embargo, destellaba más y tenía algo que la hacía más interesante, incluso excepcional. Fue por una lupa para ver mejor los detalles y descubrió que en la parte de las uvas había pintada una bella mujer desnuda. Estaba disimulada de forma magistral. ¡Hay que ver de lo que es capaz mi muchacho! —gritó dando saltos de gusto.

Cuando llegó Epifanio, ya hecho todo un hombre, don Pascual estaba comiendo pan con queso y saboreaba un vino sin quitarle la vista al cuadro apoyado en el caballete.

—Ven aquí, hijo. Dime, ¿cómo se te ocurrió la idea? ¿qué estabas pensando cuando lo hiciste?

—Fue solo una corazonada y me dejé llevar por las sensaciones y la suavidad de la pintura—contestó Epifanio comprendiendo a lo que se refería su maestro.

—¡Es asombroso! ¿Sabes? ¡Tendrás que dedicarte a pintar! ¡Ese talento no se puede desperdiciar en un cuchitril como este! ¡Descubre y conquista el mundo! ¡No te costará trabajo, muchacho!!Tienes todo lo que se necesita!

En realidad, fue prematura su aparición en el mundo del arte. No porque no tuviera la capacidad necesaria, sino porque era el mundo y sus habitantes cavernarios los que no estaban listos para un fenómeno de tal magnitud. Tenía una fertilidad artística desbordante, impetuosa y excelsa. Pintaba dejando en cada trabajo un trozo de sí mismo. Era como si de sus sentimientos hiciera una mezcla aceitosa con la que cubría las telas y, al mirar los trabajos, el observador volviera a revivir aquellas sensaciones placenteras en el interior.

Años después, ya muy pasada su adolescencia, se encontró en el campo a una joven atractiva que estaba sentada al lado del río lavándose los pies. Tenía un aspecto fresco, primaveral, llevaba el pelo suelto y las ocasionales ráfagas de viento creaban un efecto especial, que le revolvían las tripas al pobre Epifanio. Él estaba del otro lado contemplando con curiosidad y dolor la imagen que le retorcía el vientre. Tuvo fuerzas para acercarse despacio a la muchacha. Ella alzo la vista y dejó ver su rostro. No era una gran belleza, pero se rodeaba de un magnetismo al que un hombre joven no se podía resistir.

—Hola— le dijo Epifanio con voz alegre, pero apagada, mientras ella lo miraba con curiosidad.

—Hola—dijo ella sin dedicarle mucha atención y bajando la vista para ver los pececitos que merodeaban por la orilla.

—Son chanquetes, aquí hay un montón.

Ella se sonrío y le dijo que ya lo sabía, que nunca faltaban en su casa porque su padre los pescaba y luego los freía. Se quedaron en silencio durante un buen rato y Aparicio le dijo que así se llamaba, pero que todos le decían Epifanio. Ella lo miró con indulgencia y dijo que le gustaba Epifanio, que era un nombre más adecuado para un joven moreno con los ojos brillantes. Él le agradeció sus palabras y sacó un cuadernillo que siempre llevaba en el bolsillo. A ella le gustó el improvisado retrato que tenía algo de especial.

—Me has mejorado mucho en el papel.

—No, la verdad es así cómo te veo.

—Pues, no sé si verás bien, pero yo tengo la nariz más ancha y los ojos más pequeños.

—A mí, no me lo parece, además el arte sirve para crear o plasmar la belleza—. La chica enrojeció un poco y se volteó a mirar unos pájaros que volaban en bandada—. ¿Cómo te llamas? —le imputó de pronto.

—Luz—. Dijo alargando un poco el nombre.

—Es bonito. No conozco a nadie con ese nombre.

—En realidad me llamo Fény, es luz en húngaro, pero aquí es más apropiado. Muchos piensan que Fény es de hombre.

Aparicio se rio mucho con las palabras inocentes de la joven y le parecieron destellos de buen humor, pero en realidad eran resultado de su inocencia. Era muy difícil que aquel interesante rostro no se le quedara grabado. Luego, ya en su habitación, se fue destilando aquella voz sedosa y una figura armoniosa, semejante a las musas de Ingres, se le plantó en frente, tiernamente desnuda y, a la vez, descaradamente retadora.

El encuentro le dejó algo inquietante y difuso en el interior. Sacársela de la cabeza era imposible y pronto comenzó a sufrirla con gran intensidad. Pintaba día y noche imaginándola en diferentes épocas, formas y colores. En los largos paseos ficticios que surgían en su imaginación, él conversaba con ella y le hablaba de la belleza y la armonía de la naturaleza. Esas largas tertulias con Fény se convirtieron en algo tan real, que él era capaz de oír las respuestas desde la lejanía, pues le llegaban en forma de pequeños colibrís.

Una tarde, cuando ya se había separado de don Pascual, se presentó en la casa donde vivía la chica. Tocó la puerta esperando que ella saliera y, al ver a una mujer entrada en carnes de gesto noble, se quedó mudo, pero se repuso con determinación. Le recibieron con cordialidad. Fue así como conoció a la familia y, sin pensarlo, pidió la mano de la mujer amada. Todos se desconcertaron. La madre se quedó mirando a su hija pensando que podría estar embarazada, el padre, un hombre acostumbrado a las cargas fuertes de trabajo, apretó sus manazas y se puso serio. Fény miró implorante a sus padres que con una sola mirada comprendieron que el destino ya se les había adelantado en la organización del futuro de su hija. Resignados a la separación, pero con un buen presentimiento, aceptaron.

Los años fueron pródigos en amor y, a pesar de que Epifanio no conseguía mucho con las pinturas que lograba vender o restaurar, aparecieron sus hijos y las responsabilidades. Fény tenía una fortaleza espiritual y física asombrosa. Era capaz de lavar ropa ajena sin descanso o estar en la cocina preparando comida para venderla, sin que se le notara el agotamiento. Era tan fuerte el caudal de sus sentimientos que no había adversidad que borrara la sonrisa de su rostro. En esas aguas de comprensión, solidaridad y pasión, lograron salir siempre a flote, por más adversas que fueran las circunstancias. La familia creció y con unos cimientos bien apoyados logró salir de todas las tormentas y tempestades. Por desgracia, el genio de Epifanio no era comprendido en su época y lo que se consideraría selecto y original muchos años después, en aquellos años era solo una forma caricaturesca e incomprensible.

Ningún crítico de arte o galerista lo tomaba en serio. Parecía que aquellas palabras de don Pascual, dichas sin maldad alguna, se habían convertido en una enorme roca que lo aplastaba día a día. Recordaba con cierto odio aquel momento en el que su maestro lo miró con bondad y le dijo:

“Epifanio, hijo mío, por más dura que sea la vida, por más necesidad que tengas, por más hambre y decepción que te mitiguen, nunca dejes de pintar. Tu gloria no es de este tiempo y solo Dios sabe hasta cuándo llegará tu reconocimiento. Resiste, aunque te sientas desfallecer”.

  Tiempo después, cuando sus hijos adolescentes le reprochaban su exceso de amor por el arte y la incapacidad para ganar dinero, Epifanio se acordó de aquel día en el que entró soltero a la casa de su novia y salió casado y con un compromiso para toda la vida. Nunca lo lamentó porque siempre había sabido que la vida sería adversa hasta el último día de su vida. Su familia no lo aceptaba, Fény ya cansada se volvió exigente, pero se contenía para no quebrar la voluntad de su marido.

El sufrimiento, las hambrunas y los repetidos reproches, jamás lograron matar el amor que él sentía por su mujer. Le había jurado amor eterno y estaba dispuesto a llegar hasta el final. La vida no quiso darle una oportunidad, considerando que aquel sometimiento permanente era justo y ya era la hora de dejarlo descansar. Partió sin sufrimiento y dolor. Se fue apagando como una vela. Perdió pronto su salud de hierro y su determinación. Perdió pronto el pelo, luego la vista, el juicio y semi demente se quedó dormido a la orilla del río mientras pintaba un paisaje raro, lleno de figuras inexistentes, pero de un colorido y ejecución poco habituales.

Muchos años después cuando el último de sus descendientes decidió venderlo, el precio se disparó. Se decidió que los más de tres mil cuadros que se habían almacenado en una modesta vivienda a las afueras de la ciudad, serían parte del patrimonio nacional. Hubo muchos intentos, por parte de los corredores de arte y los coleccionistas particulares, de adquirir la colección, pero gracias al resguardo del gobierno permanecen bajo la vigilancia de uno de los museos más prestigiosos del mundo. Se organiza una bienal para conmemorar al artista, pero nadie habla de su tortuoso paso por este mundo, solo de su talento.

sábado, 1 de febrero de 2025

Desolado por la pena se recostó sobre el viejo diván. Los sonidos del exterior se filtraban por la rendija de la ventana entornada. Las vibraciones provenientes del ferrocarril llegaban en ráfaga y dejaban una temblorina. Marcos que parecía haber nacido con un maleficio, que se le materializó al recibir su nombre, estaba harto de las desgracias, había sido rechazado de nuevo en su intentona por conseguir empleo.  No era mala persona, por el contrario, era muy solidario y empático, pero también, lo caracterizaba un halo de acritud. No era su aspecto, sino algún humor que despedía su cuerpo. No se podría definir como tufillo, sino algo amenazante apenas perceptible; pero aterrador, quizás en sus antepasados algún cazador cavernícola derramaba tanta bilis en las cacerías de mamuts que se lo había transmitido en los genes.

Se oyeron unas voces detrás de la pared:

—Aquí estarás cómoda, Nora, y podrás dedicarte a tus cosas sin que te molesten.

—Bueno, gracias, no es lo que me habían prometido, pero me vale.

—Trae tus cosas, hija, y ponte a tus anchas, y si necesitas algo, llámame.

—¿Y eso?

—¿Eso? ¿A qué te refieres?

—A esa hendidura en la pared.

—¡Ah! ¡Eso! Pues es lo que quedó después del último temblor, pero no es de riesgo, ¿sabes? Don Nicanor vino a verla y dijo que esa pared no es de apoyo, así que no temas.

Detrás del sonido del choque de la puerta, surgió un pequeño tarareo aterciopelado que traspasó el espacio y se le metió por los oídos a Marcos. Al pobre se le cortó la respiración y sintió que se desmayaba por el efecto de aquella suave caricia que le recorría todo el cuerpo despertándole la vida. Unos minutos después, cuando Nora no estaba, Marcos comenzó a palpar el tapiz. Parecía un pintor revisando la superficie de un lienzo. De pronto descubrió algo. Había una grieta en la pared. Cortó el papel y logró ver un muro con un espejo y un armario.

Se quedó inmóvil cuando apareció la figura de una mujer joven iluminada por la tenue luz tibia. Comenzó a desnudarse y Marcos tuvo que morderse la mano para no gritar. Por sus ojos entraban las proporciones de una figura radiante. Sintió terror de ser descubierto porque su corazón golpeaba tan fuerte que le pareció que Nora lo escuchaba. Se quedó petrificado cuando ella se acercó a la grieta y dijo:

“Habrá que pegar allí algún poster”.

Marcos ya no pudo dormir tranquilo. Salía a vagar por las tardes y llegaba en la noche esperando la hora, en que, del otro lado, apareciera el encantador cuerpo. Una noche a Marco se le cayó una figura de porcelana que estaba en la estantería cercana a la ranura. Nora gritó del susto, pero después volvió al espejo para seguir mirándose. En el transcurso de un mes, Marco hizo anotaciones, estableció un horario de salidas y llegadas, fue al peluquero y empeñó cosas para comprarse un traje. Hubo unos días en que los ruidos solo llegaban del otro lado porque Marco se había ausentado.

Yo seguía suspendido en el mismo sitio, acumulando motitas de polvo que nadie jamás me quitaría. Oyendo las canciones de Nora. Tratando de adivinar qué encantos de aquella joven habían vuelto loco al pobre Marco. Nunca lo supe porque jamás la vi. Lo que si puedo confirmar es que en una ocasión. Marcos llegó con un maletín lleno de dinero. Era otro hombre, le había cambiado el semblante y su olor se mezclaba con un fuerte perfume de sándalo. Empezó a venir menos, ya no lo veía sufrir a conciencia como antes. Dejaba un objeto muy pesado sobre la mesa. Dormitaba unas horas, se asomaba de nuevo por la fisura y se deleitaba con los susurros de Nora.

Un día me sorprendió escuchar sus dos voces juntas. Eran voces alteradas, recriminatorias y solidarias. Eran las siete de la tarde, los tacones de Nora repiqueteaban en un baile desesperado, sacaba cosas, las ponía en una maleta. Marcos la apuraba, ella le gritaba y en todo ese revuelo se notaba la urgencia. Estaban listos para irse cuando un golpetazo los detuvo en seco.

—¡¿Creías que te ibas a salir con la tuya, bribón?!

—¡Espera, Roco!!Espera!!No dispares! ¡Te devolveré el dinero, te lo juro!

—¡Te vas a morir!!Eres un traidor y lo pagarás caro! ¡Devuélveme mi dinero, desgraciado!

Se oyeron disparos y gritos, los dos cuerpos cayeron como toneles al piso. Se oyeron pasos alejándose. Más tarde, llegó la policía.

jueves, 9 de enero de 2025

Despertar temprano

Estaba enfurecida, él solo le pedía clemencia con lamentos y súplicas. “No quiero verte más por aquí. Te me vas de la casa”. Largos minutos corrieron en la vecindad. Nadie se atrevía a salir para ver lo que pasaba. Ya era suficiente con lo que se oía y los vecinos se imaginaban las caras de José y Teresa. Fue inútil repetirle que se moriría sin ella. Lo sabían los dos. Su historia era única, pero la presencia de otro hombre la estaba destrozando.

Las tres hijas no tenían opción, se habían solidarizado con la madre, pero ¿y Memín? Él los amaba a los dos por igual. Lo más doloroso era verlo suplicar igual que el padre. “No entiendo por qué quieres que se vaya mi padre. Siempre ha sido bueno y ahora que se ha recuperado de la tortura que le hicieron podríamos seguir con más esperanza y valor”. Teresa le dijo que ya estaba todo decidido y que si quería se podía ir también.

Empezó a llover y el patio se llenó de charcos. José salió con sus maletas seguido de su hijo. Sentados en el coche Cadillac del año de la pera se oyó una pregunta. ¿A dónde vamos a ir papá? La respuesta no llegó, José se encogió de hombros y encendió el motor. En silencio se dirigieron hacía una explanada que se encontraba cerca. Dos rostros llenos de lágrimas miraban por el cristal. Rondaban por el salón los recuerdos y el dolor de la desesperanza.

El coche se detuvo. “Dormiremos aquí y mañana nos iremos a Morelos, a Cuautla, allí donde tenemos un amigo”. Memin afirmó con la cabeza y se pasó a la parte trasera para dormirse. Fue una noche de derrota, desprecio y dolor. Sin ánimo, se despertaron y miraron alrededor. No había más que tierra y una carretera muy angosta. Se fueron por allí.

A las cuatro de la tarde ya estaban entrando en la pequeña ciudad, leyeron las palabras del gran héroe de la independencia: “Más vale una muerte de pie, que una vida de rodillas”. Para José era solo una frase, pero a Memin le entró hasta el tuétano. Se quedó poseído por unas imágenes y unas ideas poco claras que le mitigaron el dolor.

Llegaron a la casa de un hombre muy moreno y macizo. Se abrazaron los amigos y al ver al chaval el anfitrión dijo: ¡Qué cambiado está Memin!


sábado, 4 de enero de 2025

Un as en la manga

—Su novela es impactante—le dijo el editor—, sin embargo, tengo que confesarle que no la podremos editar mientras no le haga los cambios necesarios.

—¿Qué cambios? —preguntó con sorpresa el escritor.

—Mire, amigo. Entiendo que ha trabajado mucho en este libro. Las referencias históricas son exactas, incluso reveladoras, además ha logrado presentar al personaje tan real que nos hemos quedado con la boca abierta. Nos pusimos en contacto con algunos historiadores y todos han llegado a la conclusión de que, lo propuesto por usted, es asombrosamente factible. Con respecto a los acontecimientos, todo está en orden. Los aspectos sociales, por el contrario, son el talón de Aquiles de la obra. Ya sabe que han cambiado los criterios y si quiere publicar tendrá que incluir, de la forma en que considere más apropiada, la participación de una lesbiana, un gay, un bisexual, un transexual, un intersexual, un queer y un sex-androide.

Con la cara descompuesta el escritor miró las enormes gafas de su interlocutor y sintió ganas de rompérselas, pero se contuvo apretándose las rodillas. Respiró profundamente y bajó la mirada unos segundos.

—Mire, señor editor—dijo con voz contenida—, no puedo hacer eso. Sería una aberración incluir a esos personajes porque no pintarían nada dentro de la trama. Sabe bien que la orientación sexual que tuvieran los personajes es irrelevante. Me ha costado mucho reconstruir las imágenes de la época y lo que me propone estropearía todo el trabajo.

—Pues lo toma o lo deja—le contestó el editor poniéndole una cara de indiferencia—. En último de los casos siempre tendrá la oportunidad de trabajar con nosotros, piénseselo bien.

Diego se fue desilusionado. Salió del edificio y decidió dar un paseo para ordenar sus pensamientos. No podía entender por qué la gente se empecinaba en ver incluidos ideas y conceptos de la conducta social en todos lados. Ya no se podía hablar sin lenguaje inclusivo, no se podía expresar el rechazo a ninguna de las minorías y, lo peor, se satanizaba a las personas que tuvieran una orientación tradicional. Lo veía en todos lados. Recordó la serie del famoso asesino francotirador que había matado personajes famosos y que, a pesar de ser un macho declarado, en el último capítulo se revelaba que era homosexual. Fiasco total—pensó—. Una cosa es la realidad de la historia y otra la tendencia social.

Estuvo debatiendo a favor de no publicar, pero al final, decidió que podría hacerlo con un seudónimo y luego usar sus ganancias para sacar sus propios libros, es decir, bajo su nombre real y, si no se vendían, el mismo los compraría y los regalaría en los cumpleaños, los donaría a las bibliotecas, ya encontraría la forma de acomodarlos. Regresó a la editorial. Por fortuna el editor estaba desocupado. Se encontraba tomando un coñac y fumando un puro cuando entró en su despacho la secretaria para anunciarle la visita.

—Hola, estimado amigo—le dijo con una gran sonrisa y pensando que el escritor se había quebrado y la necesidad lo había vencido—. ¿Ha cambiado de opinión mi intelectual?

—Sí, en efecto—respondió Diego con una sonrisa agria—. He pensado que, si Kennedy fuera un fetichista, Marilyn Monroe una lesbiana, Harvey Oswald un gay, Marina Oswald una feminista empedernida, Bernard Parker agalmatofilio y Jim Carrico un vegano ecologista; entonces la historia sería más atractiva para los lectores.

—Y no solo eso—le interrumpió el editor mirándolo y tratando de recordar su apellido—, querido Diego… ¿perdone cuál era su apellido?

—Perdomo—exclamó Diego.

—Sí, pues así es, querido Diego Perdomo, incluso le haríamos la propuesta a la cadena de televisión OHB para que la llevaran a la pantalla. Y dígame, ¿cuál sería su seudónimo?

—Jack Al—dijo Diego sin pensarlo y asombrándose de que su lengua fuera tan rápida.

Cerraron ese mismo día el contrato, establecieron la fecha de entrega y las condiciones de pago, los derechos de autor, las regalías y todo lo referente a la impresión y el tiraje. En efecto el libro tuvo mucha demanda y Diego salió con una máscara de luchador en las entrevistas de televisión. Con las ganancias que tenía, escribía libros de novelas históricas que a la gente le parecían insípidas. Solo las personas mayores de sesenta años le adulaban sus trabajos:

“Perdomo, es usted un gran escritor, lástima que haya nacido en otra época, ya nadie escribe como usted”.

Diego les agradecía los piropos, sonreía y se iba a su casa a trabajar.


martes, 17 de diciembre de 2024

Yan K

Ha surgido de lo más profundo del caos un ser extraño que se autodenomina Yan K. Es difícil determinar su origen porque, a pesar de que tiene un aspecto semihumano, su conducta es verdaderamente salvaje y autoritaria. Lo descubrieron en una de las calles de la más grande metrópoli del continente. Vagabundeaba por las calles imponiendo reglas, amenazando a transeúntes y automovilistas. Lo detuvo la policía y lo mantuvo unos días en una celda, hasta que se le citó a declarar en un juicio. No quiso que le asignaran abogado.

Yo me valgo por mi mismo y van a lamentar su osadía—dijo con voz hueca y potente Yan K cuando le hicieron la propuesta.

El juez lo miró sin comprender cómo aquel ser extraño de pelos erizados, ojos exorbitados y dientes afilados argumentaba. Era como si dentro llevara un código antiguo que mezclaba las leyes de Dios con sus aberrantes principios éticos.

Soy yo quien debe imponer la conducta de los demás, he sido elegido para gobernar el mundo y nadie se atreverá a impedírmelo—decía echando espuma por la boca—. Soy el elegido y mi palabra es la ley.

Permítame que le recuerde señor Yan K—le dijo enfadado el juez—. Que debe primero jurar ante Dios posando su mano en la Biblia, luego podrá comenzar sus declaraciones.

Como respuesta Yan K empezó a morderse las mangas del traje gris que llevaba, se desató la corbata y se la arrojó al jurado. Escupió violentamente en el piso y se negó a hacer juramento. Dos policías lo sometieron a punta de macanazos y un tercero lo obligó a posar su mano en las Sagradas Escrituras. El juez le dijo que se sentara, cosa que se realizó gracias a que lo ataron con una soga, y se dio por abierta la sesión.

Se le acusa, señor Yan K—dijo solemnemente el juez—, de amenazar a la población, de imponer impuestos y sanciones y de declarar la guerra a las organizaciones responsables del orden. También se le adjudican las agresiones a personas de la tercera edad, corrupción de menores, tráfico de armas y estupefacientes, especulación bursátil y degradación moral de la nación. ¿Se considera culpable o inocente?

Es una pregunta absurda—contestó Yan K—, puesto que el concepto de culpabilidad sería cierto solo en caso de que yo hubiera violado alguna norma, sin embargo, mis actos han sido guiados por los más altruistas principios, por lo tanto, es obvio que soy inocente.

Se trató sin éxito llevar un juicio según las normas y, notando que Yan K representaba un peligro sin precedente, se decidió encerrarlo en una celda de alta seguridad con un régimen alimenticio de pan modificado y agua. Se procuró que la luz permaneciera encendida las 24 horas y se estableció un horario para poner música de Heavy Metal tres veces al día.

Pasó el tiempo y de aquel calabozo solo salían las siguientes palabras:

¡Debo gobernar! ¡Debo mentir, ultrajar!  !Debo saquear y amenazar!...

 

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Atin an ab

Pepito Peralta Pérez no era cualquier persona. El destino le había jugado una inocente broma al obligarlo a nacer en Senegal, no hablar francés, sino fula o fulani, de manera muy inadecuada, además a los cinco años había llegado en una patera a España. Fue adoptado por unos pescadores que lo vieron desamparado en una playa. La pareja de ancianos que lo encontró se compadeció de él y le brindó protección para que el pobre niño lograra sobrevivir en una tierra tan inhóspita. José y Pablo que estaban viudos, eran hermanos y vivían en una pequeña casa del pueblo de Tres piedras en Cádiz, lo enseñaron a pescar y le inculcaron los valores de la moral y la ética. En el pequeñito y oscuro ser proveniente de África pronto germinó esa esencia latina católica, dándole unas características muy especiales, dado que era alegre, comunicativo y muy, pero muy fantasioso. Hasta los dieciocho años se dedicó a los estudios y la pesca, pero un día vio un hermoso barco de la marina y decidió que su camino se encontraba en aquellas aguas. Hizo sus maletas y se despidió de sus padres, luego se ofreció de ayudante de cocinero en el Ministerio de defensa y, al aprobar todos los exámenes, se le concedió el grado de Marinero Primera y la obligación de asistir con premura todos los encargos que le dieran en la cocina de El Audaz, un barco de operaciones para la prevención de tráfico de personas y mercancías.

El buen gusto para preparar la comida le atrajo el aprecio, respeto y cariño de los 48 tripulantes de la nave. En poco tiempo, PPP desarrolló unas cualidades que le sorprendieron muchísimo. He de decir que por cuestiones de tiempo y el mismo objetivo de esta narración que no es el de convertirse más que en un cuento corto, no contaré los sueños extraños que tuvo triple pe cuando era pequeño, tampoco hablaré de sus largos diálogos con su Ángel de la guarda o Ángel custodio, quien le reveló que sería un pitoniso o adivinador o visionario o clarividente o yiyoowo labbdo como le fue dicho originalmente. Tampoco hablaré de sus cualidades físicas, su resistencia a la adversidad, su espontaneidad a la hora de reírse de sí mismo, ni mucho menos de la mujer que se le apareció desnuda en un sueño inquieto de verano gaditano o kadiis, en fulani o fulano de tal idioma, y evitaré hablar de las eternas noches estrelladas en las que triple p soñaba con el amor puro, al rojo vivo, pero puro.

Por cuestiones que, solo el mismo sino o destino o azar o como se le diga en cualquier idioma del mundo incluyendo el fulani, en el que, por cierto, esa palabra se asocia más con un plátano que con la caótica incertidumbre fatum, hado o suerte, pues se dice “bana ni tan”; llegó PPP a un pueblo mexicano llamado Catemaco. Este sitio es famoso por sus curaciones poco tradicionales, cada año miles de enfermos decepcionados de la medicina tradicional acuden a sus especialistas que llamaremos sellinoowo jaambaaro, ya que es la única forma que triple p conocía hasta ese momento.

Al desembarcar para buscar un sitio en el que los marineros pudieran hacer ejercicio, Pepito vio detrás de una palmera una aparición. Lo que notó de reojo fue una hermosa cabellera negra de pelos rizados, pero debajo se vislumbraba una piel morena de formas sensuales. Empezó a seguirla, se guiaba por las huellas de aquellos pequeños pies que dejaban unos huequitos simpáticos en la arena. Levantó la vista para tratar de adivinar el camino, lamentó que su Ángel custodio no le hubiera dado poderes para ver entre la maleza. Usa la nariz—le ordenó el sentido común—, trata de buscar su olor. ¡Era verdad! Fue necesario abrir bien las aletas de la nariz para que entrara por ellas ese aroma fresco que lo arrastró hacía una pequeña población salvaje. En el rostro de Pepito se reflejaba esa felicidad que lo había colmado su actividad cerebral erótica de la adolescencia. Me gustaría contar más, pero como ya se termina el tiempo y tenemos que decir por qué “la vidente abrió la puerta”, recortaremos un poco. Entonces resultó que la estela de aceite de coco con esencia de piña, tersura de papaya y picor de ramas secas llevó a nuestro amigo hasta la puerta de una choza en la que lo esperaba una mujer desnuda que dijo: Naat, giɗo am, miɗo fadi ma...

domingo, 3 de noviembre de 2024

De cómo finalmente el hombre logró crear los cimientos de la buena voluntad y convivencia pacífica

Llegó agotado a la cima de la montaña. No quería llevar a sus espaldas las pesadas lápidas como la vez anterior. Miró ansioso al cielo, pero no oyó el llamado. Reinaba el silencio. No se sentía el soplo del viento, no revoloteaban las moscas y era difícil respirar. Sintió el calor en sus pies porque las gastadas suelas de sus zapatos tenían agujeros, aguantó. Había una higuera cerca, quería ocultarse, pero sabía que se lo recriminarían después si se quedaba dormido. Llevaba sus herramientas en un bolso viejo. No había nubes y el sol de mediodía lo estaba doblegando.

Sus pensamientos lo irritaban, pensaba que había cosas menos estúpidas que someter a la gente a inútiles pruebas. ¿Por qué no era posible advertir y castigar como se había hecho siempre? ¿Por qué se debían inventar acertijos insolubles? ¿No estaba claro ya que la gente no entendía? Le dio la razón a las deidades por sus represiones crueles del pasado. Si el mismo, un simple grabador de piedra lo sabía, entonces los sabios y los dioses con más razón. ¿Por qué, entonces, habían decidido empezar este juego absurdo?

Pasó media hora y para dejar de experimentar el sufrimiento, se dejó llevar por sus fantasías. Se vio llegando a una de esas plazas en las que Sara, su actriz favorita, hacía las parodias del buen Pablo Mármol subiendo a la montaña para traer las piedras con las inscripciones dictadas por la sabiduría divina. Imaginó a esa rechoncha mujer encorvada por el peso de las grandes tablas de granito. Se rio y logró olvidarse de su mal humor. De pronto oyó la voz.

—Perdona por el retraso—le dijo el hombre viejo a Pablo.

—Has tardado más que de costumbre, señor—le respondió Pablo con cierto alivio.

—Sí, querido hijo, es que me he quedado meditando más de la cuenta. ¿Sabes? Creo que esta vez será mejor que ellos mismos establezcan las reglas del buen vivir…

—Pero, señor…!No serán capaces de urdir nada bueno!!Propondrán dejarse llevar por sus instintos!!fracasaremos!

—No, hijo mío. Con las condiciones que pondré, será muy difícil que se arriesguen a sugerir cosas inmorales.

—Pero, ¿qué condiciones? Además ¿qué pasará, si todo falla?

—No te preocupes. Escúchame bien. Coge esas piedras planas de allí.

Pedro miró a su alrededor y no pudo verlas, le preguntó al anciano y este le indicó que se encontraban bajo unos matorrales. Pablo separó la hierba, las ramas y las halló. Comenzó a limpiarlas con las manos y sacó su cincel y el martillo dispuesto a empezar el trabajo.

—No será necesario hacer las inscripciones, Pablo—le dijo el viejo—. Solo tendrás que llevarlas y pedirle a la gente que diga qué buen hábito o acto de la vida es benéfico para el hombre, y la inscripción aparecerá grabada por arte de magia, y si dicen cosas malas e inmorales, serán fulminados por un rayo. Así que se lo pensarán dos veces antes de dejarse llevar por sus bajas pasiones.

—Pero, señor, es posible que después del primer fulminado, la gente se lo piense mejor y dejen de hacer propuestas.

—En ese caso, les dirás que, si nadie dice nada, perecerán lentamente por causa de una dolorosa enfermedad.

Pablo se echó a las espaldas las piedras y emprendió la marcha. Comenzó a sudar a chorros, le salieron ampollas, se le secó la boca. Le había ordenado el viejo, no parar hasta llegar al pie de la montaña.

Se derrumbó exhausto y se desmayó. Lo estaban esperando con impaciencia. Le dieron agua y comida. Pablo tardó una hora en recuperar el aliento. Nadie se había atrevido a tocar las tablillas por causa de las malas experiencias pasadas.

—¿Qué traes esta ves? —Le preguntó Santiago.

—Tendréis que proponer los hábitos que ayuden a la comunidad y en general al hombre —dijo con dificultad—para que vivamos en armonía. Pero ¡Cuidado! ¡Porque en caso de que propongáis algo malo, caeréis fulminados por un rayo!

—¿¡Pero que estupidez has ideado, imbécil!? ¡Yo propongo que forniquemos hasta el hastío! — gritó un hombre gordo que cayó rostizado por la fuerza de una luz cegadora.

Poco a poco se fueron reponiendo de la impresión y, cautelosamente, alguien dijo: “No matarás…”.


martes, 13 de diciembre de 2022

El arte de hablar

No sé cómo lo hacen. Lo he visto cientos de veces en el cine americano y miles en mi mujer. Quizá sea la prohibición que me hicieron mis padres durante la infancia. Me trataron de educar a su manera, con sus conceptos férreos de lo que es la buena educación, pero en la edad adulta me doy cuenta de que son realmente pocas las personas que observan esas, entre comillas, buenas maneras. “Mastica y habla como si nada—me dicen las personas a quienes les pregunto cómo lo hacen—, solo mastica y sigue hablando”. Lo he intentado para hacerle coro a mi esposa, pero termino atragantándome o, peor aún, escupiendo. Para  es sencillísimo, he notado que sus padres dominan ese arte y pueden superar los límites humanos metiéndose un trozo de pan con embutidos, queso, pepinos marinados y patatas, y seguir conversando sin ninguna dificultad. Me miran y me hacen preguntas, se desesperan porque si estoy masticando algo, tengo que engullirlo para responder, pero cuando lo hago la conversación se ha ido muy lejos y mi respuesta solo puede interferir la tertulia, así que solo abro los ojos, me encojo de hombros y sigo con mi lento proceso de masticar las recomendadas treinta y ocho veces para ayudar a mi estómago a hacer bien la digestión. No estoy realmente seguro de que eso me sirva de algo. Me pregunto, ¿si tuviera esa aptitud de manejar la lengua, la garganta y la quijada al mismo tiempo, me querría más la gente? De lo que, si estoy seguro, es de que me escucharían más y me invitarían a las comidas de negocios. Desconozco si fueron ellos, los que dominan la técnica, los que inventaron esas comidas para cerrar negocios bufando, farfullando, murmurando, susurrando, eructando o estornudando y escupiendo.

lunes, 31 de octubre de 2022

La dueña

¿Por qué no puedo ser una mujer como todas? —le preguntaba Mariana a su novio, mientras él me miraba desconcertado y ella me apretaba muy fuerte. Nunca me habían gustado sus discusiones porque siempre terminaban mal. Comencé a sofocarme, era la presión de los brazos de mi ama que, ya casi fuera de sí, escuchaba con escepticismo a Rubén. Sé que él quería soltarle la verdad, pero el recuerdo de la última vez lo contenía. No crean que todo ha sido así siempre, no, de ninguna manera. Hace un año, cuando me trajo de la tienda, estaba encantada. Me llevó de compras por todo el centro comercial. Me llenó todo un cajón de su armario y se pavoneaba conmigo en brazos por doquier.


Entrábamos a las tiendas y ella, de inmediato, se dirigía a las empleadas con un tono amistoso, pero lleno de hipocresía. “A ver, mis reinas…sí, ustedes dos, ¡No se hagan las occisas!!Tienen que ayudarme a vestir a este querubín!”. De inmediato me pusieron unos trajes de marca. Tenían para toda ocasión.

Muchas semanas me paseé en brazos envuelto en los Dolce Gabbana y Versace de verano. Un día se acercó un tío cachas. Con el pelo rizado y engomado, la piel muy bronceada y comenzó a mirarle los senos a mi dueña. En unos minutos ya se estaban besando y me relegaron a un rincón del restaurante en el que decidieron dónde ocultarse de los mirones. “Te vienes a mi casa”—le dijo Mariana. Él no se resistió. La cogió por el talle y nos condujo a su coche. Tenía un porche rojo. Mariana estaba muy excitada, sudaba y me transmitía su calor. Llegué con un hedor de perfume de Ricci salado y nauseabundo. No hubo preámbulos de ningún tipo. El regaderazo habitual de mi ama brilló por su ausencia. Se fueron directamente al colchón.

Estuvieron casi una hora con el dale que te pego y después oí la conversación. No fue como las otras. Mariana tenía sus amantes, pero a este le dijo que lo tendría de planta. “Serás el oficial. Adiós a todos esos ineptos”. Un tiempo la cosa fue bien. Al parecer, Rubén, tenía algo que lo ponía en un lugar privilegiado dentro del corazón de su amante, pero un día se cansaron.

“Oye, todo eso que tú tienes está muy bien, chica, pero ya sabes que no soy adicto a la silicona y allí abajo… ¿Cómo te lo explico, mujer? Pues, que deberías decirle al cirujano que te lo estreche un poco…Tú me entiendes…para que se sienta más…Bueno, no te enfades, ya nos veremos”.

Desde que Rubén dijo aquello, las cosas empezaron a ir mal. Él llegaba borracho, se metía con ella al cuarto y pasaba media hora de gritos y brama pura. Después volvía la calma, los besos cariñosos y, poco a poco, esa conversación áspera que ya era un vicio, los obligaba a beber la pócima los convertía en monstruos. A mí me tocó pagar el pato en tres ocasiones. Una vez salí ileso, la segunda con hemorragia, la tercera había recibido una fractura y esa vez, esa vez tenía pavor. Había notado con gran pesar, que Mariana reaccionaba de forma más violenta cada vez. Me estaba triturando los huesos. Rubén me veía impotente, como diciéndome:

“Mira, chico, yo no tengo nada que ver con esto. Es esta vieja que no acepta su realidad. Debería ir al loquero. Cómo está eso de que tiene crisis existencial. Pero si ella misma fue quien lo decidió. Si tenía doce años, pues tenía que haber esperado a madurar un poco, pero que necesidad tenían sus padres y los locos esos de la organización de defensa a las minorías. No sé, chico. Es demasiado filosófico para mí. Lo único que te puedo decir, hermano, es que ya estoy hasta las narices de tu ama”.

Quizás he puesto bastante de mi cosecha y una mirada no es lo suficientemente expresiva para transmitir todo eso, pero sé que él lo pensaba así porque se lo había oído gritar a todo pulmón, le había explicado que había sido una decisión propia, que si no estaba en sus facultades mentales para hacerlo, lo hubiera pospuesto para más tarde. Mariana no pudo resistir que la dejaran. Sabía que era por hastío y por la existencia de una rival. No se podía resignar a perderlo y, sin pensarlo, me arrojó por la ventana. Fui a chocar contra una señora que iba con su carrito de la compra. La tiré porque el golpe la sacó de equilibrio y fue a estamparse con un muro. Por fortuna, solo le salió un chichón. Cuando me vio, me cogió en sus brazos, oyó mis aullidos y me llevó con el veterinario.

domingo, 4 de septiembre de 2022

El escribidor


 Bajo los portales de la plaza de Santo Domingo había un local muy concurrido. La atracción principal era la música que producía una máquina de escribir. La gente hacía filas enormes para poder obtener los servicios de Pachequito. No había fenómeno meteorológico que le impidiera a la gente esperar pacientemente su turno.  “¿Ya se la ha dado, querida Chonita? —le preguntaba la señora de la fonda a su amiga que le mandaba cartas a su hijo al otro lado del río. La amiga asentía con la cabeza, sonreía y se marchaba a paso rápido impulsada por la felicidad. Como ella, cientos de personas se levantaban a las cinco de la mañana para coger el autobús y llegar hasta ese sitio. La espera no era muy larga para los primeros, pues el escribiente era madrugador. Los que percibían el fuerte olor a café, tabaco y vaselina, sabían que se acercaba ya el hombrecito de las cartas. Era bajo, delgado y su cara se definía solo por sus grandes anteojos, sus rasgos se diseminaban según el observador. A muchos les parecía que tenía un bigote menudito, con una boca carnosa y nariz afilada; a otros, por el contrario, su cara les producía una sensación de miopía en la que se borraba todo rostro.

Pachequito era de esas personas comunes a las que les fue otorgada una cualidad. No tenía estudios ni había trabajado en ningún sitio para ganar experiencia. Sus padres lo habían mantenido hasta los veinte años y luego, al ver que ya se podía mantener solo, le dejaron crecer las alas y echó a volar. No llegó muy lejos, pues asentó su nido a unos doscientos metros de la casa paterna.

 Él era poco inquieto, muy cerrado y su única afición había sido meditar. En su análisis del mundo descubrió que la vida era complicada para unos y simple para otros. No dependía de la filosofía que tuvieran las personas, sino simplemente de las palabras. Esos sonidos que entraban por las orejas se iban a diferentes partes de la cabeza y actuaban en grupo o aisladas y luego producían cosas raras como euforia, nostalgia, amor u odio.  Chequito había descubierto un día que las palabras nocivas se podían sacar de la mente con una pequeña trampa. Era necesario pensar en ellas, decírselas a él, luego escribirlas en una hoja de papel y luego quemarlas, por el contrario, las palabras benéficas se apuntaban en un folio y se ponían en un lugar visible. Era sencillo, pero había que seguir algunos pasos con exactitud para que llegara la solución. En primer lugar, tenían que ser dictadas en secreto, luego envueltas en un sobre que se sellaba a conciencia para que la palabra no se escapara en el trayecto y, por último, se quemaban las malas en un cenicero y si eran benignas se recibían con un gran saludo y sonrisas.

Escribía hasta el anochecer. La gente le pagaba con lo que podía. Llevaban gallos de pelea, dinero de cobre, costales de maíz, sombreros de paja, huevos u hortalizas. Él aceptaba de todo y luego se lo repartía a sus familiares y amigos. Había ocasiones en que por risibles coincidencias les llegaban las cosas a las personas que habían pagado con ellas. La gente lo tomaba como algo natural, era la confirmación de que el acuerdo había funcionado bien. Las tardes más duras eran en vísperas de fiesta porque la gente acudía en grupos o parejas y casi nadie sola. La máquina de escribir se ponía al rojo vivo al darle tantos golpes al teclado, luego, la palanca de retorno que parecía un bastón, sonaba tan a menudo que salía una canción de notas sordas. Era como una balada de amor en la que se hablaba de cariño, rencor, amor y traiciones. Se componía con las palabras que le susurraban al oído, le solían cantar las más bellas como pasión, delirio, ternura y otras.

Trabajó toda su vida y ningún adelanto técnico pudo hacerle perder clientes, pues más que escribir las palabras, las materializaba o las esfumaba y eso la gente no lo podía encontrar en ningún sitio. Lo visitaron actores de cine, bellas mujeres engalanadas, secretarios de estado y un día que se tuvo que acordonar la plaza, llegó a verlo el presidente. Se bajó de su coche y caminó con seguridad hasta el portal de Pachequito. Le estrechó la mano, le dedicó un gran discurso y luego se sentó en el banquillo, se inclinó, le dijo su palabra. El país mejoró.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Prófugo

En realidad, ya no tiene importancia que te detengan, al final has ganado, ¿no? Sí, es verdad, logré mis objetivos y no tengo nada de que arrepentirme. Y ¿qué hacemos ahora? Pues, para empezar, mete los guantes y el pasamontaña debajo del asiento. Mira, están saliendo de la patrulla. El gordo tiene cara de pocos amigos, y ¿el otro poli? Tiene cara de latino. No lo vamos a pasar bien con ellos, ¿qué les decimos? La verdad. ¿La verdad? ¿Estás en tu juicio? Quiero decir la que ya habíamos urdido. Ah, ¿te refieres a lo del amigo en urgencias? Sí, cuando te pida los papeles se lo das todo. Se va a dar cuenta de que no es mi coche. Ya, pero le sueltas el rollo de lo del amigo que acaba de sufrir un accidente y…Bueno, pero ¿si no cae y me hace bajar y me revisa? Pues, no seas tonto, mete la pistola debajo del asiento o, mejor, en el entreforro del respaldo. No hay tiempo, ya casi está aquí.

Se ha detenido. Mira, está hablando con alguien con su walkie talkie. Le habrán avisado del robo de un coche y está verificando nuestra matricula. No lo creo. De ser así, estaría dictando los números, ¿no? Y ¿qué crees que está haciendo? Pues, está apuntando algo. Será un altercado cerca de aquí. Ojalá. Oye, ¿y si nos comienza a preguntar por lo que hicimos? ¿Lo que hicimos? Querrás decir lo que hiciste tú. ¡Ah! ¿me vas a dejar todo el paquete a mí? Pero, acaso, ¿no fuiste tú quién dijo que me tomara la venganza por mi propia mano? ¿De quién fue la idea de comprar la pistola en el mercado negro? ¿Quién me estuvo jodiendo toda la noche para que eliminara a esos cerdos? ¿No fuiste tú? Sí, sí, pero al final, en tus manos estaba no hacerlo. ¡No! ¡No! ¡No me vas a salir con eso de nuevo! ¡Ya lo hemos hablado! ¡Te empapas conmigo hasta el final! Si me decidí, fue porque no dejabas de joderme cada noche con lo mismo. De acuerdo, de acuerdo, pero ¿Te remuerde la conciencia? Pues, eso lo deberías saber mejor tú. Di lo que piensas. ¿La verdad? Sí, sí, la verdad. Mmm…

¿Qué le pasa a ese tío? ¿no va a venir nunca? No lo sé, debe tener un sexto sentido y quiere que nos pongamos nerviosos. ¡Ja! ¿Nerviosos? Pero si no nos tembló la mano cuando le disparamos a esos idiotas del colegio, ni cuando le reventamos la cara al conserje, ni cuando atamos a aquel hombre a su asiento para que lo detuviera la policía. Oye, eso si que fue ingenioso, ¿no? ¿El qué? Pues, lo de disparar en la calle a los negros y luego dejar al pobre tío atado al coche para que lo encontraran rápido. ¿Qué piensas? ¿nos habrá denunciado? Sí, sí, por supuesto, pero qué iba a decir. “!Oiga, señor oficial! ¡No he disparado yo! ¡Ha sido un tío con la cara cubierta y luego me ha dejado aquí! ¡Se lo juro!!Yo no tengo nada qué ver en esto!”. ¡Aja! Y el idiota se lo ha creído, ¿no? Pues claro. Es que el tipo no tenía ni arma, ni había testigos y además llevaba la cara con el pasamontaña. ¿Sabes? Se me ha ocurrido que tú también podrías hacer lo mismo. ¿Lo mismo? Sí, taparte la cara y decir que un tío loco te ha dejado atado en el coche, que no le has disparado a nadie y que ya deberían detener a ese psicópata que anda por allí matando gente.

Oye, pero no es que andemos por allí matando gente. Estamos ayudando a la policía a hacer el trabajo que no es capaz de hacer. Sí, la verdad es que son unos inútiles. ¿Qué habría pasado si Lloyd se nos hubiera adelantado y hubiera matado a sus compañeros de clase? Lo habría lamentado medio mundo, ¿no? Sí, sí, y ¿lo de la banda de los Indios? Sí, esos cabrones iban a eliminar al bueno de Sam. Además, ¿qué vela tenía en el entierro aquel pobre chaval del barrio de los negros? Creo que hicimos bien en salvarlo y en eliminar a toda esa gentuza. Bueno, pues tú chitón. Ya está aquí el gorila este. Baja el cristal.

—¡Buenas noches, oficial!

—¿Viene solo?

—Sí.

—Mire, necesito ver sus documentos, por favor.

—Aquí los tiene

—No es suyo el coche, ¿verdad?

viernes, 3 de diciembre de 2021

Imposturas

Miré de nuevo la portada del libro y la imagen me pareció de una pancarta publicitaria. Recordé por qué me había comprado ese libro. Me intrigó, es la verdad, fue tan persuasiva que dejé tres obras clásicas muy buenas en la estantería. Cuando lo adquirí no sabía que estaba pagando por un proyecto muy comercial. Ya había oído que las editoriales se decantan por las historias contadas por un gran equipo. Las novelas ya no son una obra individual, ahora se reúne un grupo de personas que analizan todos los aspectos socioculturales, además del comercial y nos venden lo que quieren. Sofía Piace era la autora de tres novelas que estaban causando revuelo. “No, joven, llévese esta de la Piace, se está vendiendo como pan caliente, además acaba de ganar un premio literario muy importante”. No debí hacerle caso a aquel hombre que actuaba de buena fe, pero que no había leído lo que me recomendaba. Como me estaban mirando con curiosidad una mujer con su hija, me preocupé por guardar las apariencias y acepté. Pagué el equivalente a tres menús del día y pensé que no solo de pan vive el hombre y que si me recomendaban el libro era por algo. Cogí mi vuelta y me marché. Leí el prólogo de nuevo y un remordimiento me hizo pensar con nostalgia en mis tres comidas perdidas. Siempre tratamos de convencernos de que invertir en libros es muy bueno, aunque después nos decepcione el autor.

No volví a abrir el libro hasta el sábado. Mariana llegó a visitarme. Le preparé su comida preferida y puse la mesa. Le gustó todo, pero más el postre. Por lo regular, es constante en sus gustos y opiniones y es muy predecible, por eso la entiendo bien y nos acoplamos en muchos aspectos. La miré con su vestido de flores tan bonito y le dije que era una lástima que no saliéramos a algún sitio. Le insistí bastante, pero cuando noté que era inútil, desistí. En la sobremesa me habló de unas novelas que la habían intrigado. “Sabés, flaco, me han dicho que La novia napolitana es una obra de lujo, che”. No me pude contener y le dije que la había comprado. Me la arrebató de las manos y comenzó a leerla en voz alta.

…El cadáver de la mujer estaba en descomposición, la pobre había muerto torturada y había sufrido mucho. La inspectora Mónica Di Mora sintió vértigo al ver el rostro de la muerta…

Conforme iba leyendo, Mariana, se iba desfigurando su rostro. Se enfadó muy pronto y, sin poder contenerse, arrojó el libro al suelo. “¿Pero qué tipo de escritor se atreve a describir este sadismo? ¿No podía haber pensado en otra forma de asesinato? Si para descubrir a un asesino psicópata, no se necesita empezar una obra así. ¡Que le den, a esa Sofía Piace!”. Mariana es de aquellas personas que si le gusta una opinión la hace propia. Le había comentado alguna vez que Chandler en sus consejos para la escritura de novelas policiacas había recomendado no recurrir a las sectas, ni la mafia, ni mucho menos, a los seres del más allá porque eso era un recurso muy barato y cómodo que cualquier escritorzuelo podía emplear. Las grandes obras, decía el famoso autor, deben contener el mínimo de sospechosos, regirse por la lógica, mantener la intriga y la trama debe ser original. Habíamos descubierto en el primer capítulo que la Piace solo se aprovechaba del morbo que sentía el lector para seguir con su historia. No comentamos más esa noche, pero pronto habría un escándalo provocado por la tal Piace.

Salimos a pasear un rato para tomar un poco de aire y al volver nos echamos en la cama, hablamos de nuestros planes para las fiestas de fin de año y nos dormimos. A la mañana siguiente desayunamos y nos despedimos. Mariana estaba preparándose para una entrevista de trabajo y la consumían los nervios. A mí me iba como siempre en la oficina, lo único desagradable era que, por falta de presupuesto, la empresa no nos daría aguinaldo. “No habrá dinero suficiente para fin de año. Estamos en números rojos”. Se vinieron abajo mis planes y salí un poco enfadado esa tarde. Me fui a dar una vuelta por el centro. Le compré a Mariana unos dulces tradicionales que elaboran artesanos y que son muy ricos. Llegué a su casa. Me abrió su madre que no era muy cordial conmigo y la llamó. No me invitó a pasar, dijo que su madre estaba haciendo unos patrones de ropa y estaba de muy mal humor, así que lo mejor sería no provocarla con nuestras charlas de siempre. Tampoco quiso darse una vuelta conmigo. Me fui a ver una película y cuando terminé de verla me fui a mi casa, en lugar de encontrarme con Francisco y preparé la cena. Puse la radio y escuché a mis anchas la música que no soporta Mariana. Estuve tarareando canciones de Police, George Michael, Depeche Mode y otros. De pronto, vi tirado el libro y lo puse en la mesa, pero sentí la necesidad de continuar con la lectura. A veces hay cosas que despreciamos, pero por pura desidia, aburrimiento o una actitud absurda, seguimos haciendo lo inútil e improductivo. Eso me pasó en ese momento, me senté en el sofá y empecé a leer.

Descubrí que la popular escritora italiana tenía el estilo de un guionista, que usaba los elementos de las series de televisión y sabía qué cosas repulsivas despertaban el morbo. La novela me pareció muy floja y no era lo que decían los famosos que la recomendaban. Pensé en la cantidad de publicaciones basura que aparecen cada día en la red y me dije que la escritora solo quería ganarse la vida como todos los demás. Lo malo es que busqué información sobre ella y no había mucho. Era un ama de casa, divorciada con dos hijos que mantener y no tan joven. No había ni fotos ni una breve biografía. Pensé que todos tenemos derecho a ganarnos la vida de forma honesta. Una cosa era que no me gustara su novela y otra que no tuviera derecho esa mujer a vender sus libros como quisiera. Recordé que me habían dicho algo sobre su premio. Si, en efecto la habían nominado para uno de los premios más prestigiosos, pero el jurado apenas lo iba a desvelar. Precisamente ese día lo anunciaron. “¿Ya has oído lo que dicen de la Piace?”—me preguntó Mariana. Le dije que no sabía nada y me colgó dejándome la tarea de leer la noticia. Ésta no era muy buena porque había desatado una polémica en la opinión pública. Resultó que la famosa escritora no era tal. Primero, no era mujer, luego, no era una persona, sino dos y, al final, se había presentado un par de tipos para recibir el mentado premio. Impostores, mal nacidos, farsantes, decía la gente indignada.

 Le pregunté a Mariana su opinión y me dijo que era normal, que estábamos rodeados de farsa en el país y que eso se estaba convirtiendo en un hábito de la sociedad. “De qué te sorprendés, si todos llevamos una careta, un antifaz que no deja ver nuestro verdadero rostro”. Era cierto, vivíamos en la farsa. Los políticos, los periodistas, los presentadores de la tele, los locutores, muchos escritores y casi toda la gente fingía. Eran muy pocos los que se preocupaban por decir la cruda verdad y por lo regular se les aislaba y sancionaba por no ir al ritmo de la modernidad. A mí me daba lo mismo lo que hicieran esos dos tipos con sus libros, lo malo fue que corrieron mares de tinta sobre el suceso y era imposible evitar hablar de ello. En realidad, la idea no era mala y las condiciones sociales habían dado la pauta para que se diera un fenómeno tal. Las mujeres que estaban haciendo un esfuerzo enorme por ganarse sus derechos se sintieron ofendidas cuando supieron la verdadera identidad de la Piace. Muchas librerías tiraron cientos de ejemplares de La novia napolitana a la calle. Todos hablaban de lo políticamente incorrecto.

Mariana llegó desolada, no le habían dado el puesto por el que tanto había sufrido. “Me faltaron dos puntos, che, ¿te imaginás? Dos miserables puntos y un año de mi vida echados a la basura”. Traté de consolarla, pero era imposible. En esas situaciones lo mejor es desahogarse, sacar toda la furia de dentro y evitar los pensamientos optimistas. Terminamos en la cama y cuando ella se calmó me dijo que necesitaba desconectar del mundo. Nos pasamos tres días como autómatas, dejando que sus frustraciones se fueran desvaneciendo. Falté dos días a la oficina y me pusieron una multa. No me importaba porque era imprescindible el bienestar psicológico de mi novia. Se calmó y quedamos de inventarnos algo para seguir adelante. Un fracaso puede ser el principio de algo nuevo.

—Oye, ¿recordás lo que dijo aquel escritor inglés sobre los fracasos en la narrativa?

—¿Cuál?

—Ese que dijo que cuando un escritor novato fracasaba en todos los géneros, se aferraba al erotismo como último recurso para salvarse…

—Ah, sí, pero no era inglés, era americano.

—Bueno, pues ¿lo recuerdas o no?  

—Por supuesto, pero a qué viene eso ahora. ¿No estábamos hablando de tu próxima intentona?

—Si, pero creo que podríamos probar otra cosa.

—¿Cómo qué?

—Pues, escribir.

Mariana y yo habíamos asistido los domingos a talleres de narrativa y siempre nos habían devuelto los textos, jamás logramos en tres años escribir algo bueno, ni siquiera aceptable. No sabíamos si éramos malos alumnos o simplemente estábamos en la época y lugar equivocados. Mariana dijo que debíamos intentarlo, que cualquier cosa era aceptable si se trataba de mejorar nuestra alarmante situación. Le dije que ya había demasiados fracasados que habían atiborrado de basura la red. “Pero nosotros seremos diferentes, Che, ¿no te das cuenta?”. No sabía cómo hacerlo. Le dije que ya estaban allí Anaís Nin, Margarita Duras, las Lauren con su Bello Bastardo, Sylvia Day y, hasta Xaviera Hollander. Esa no, dijo Mariana enfadada, esa solo hace confesiones de su vida privada e inmoral. Empecemos con algo, me ordenó dándome un cuaderno y un bolígrafo. A mí me había tocado ser el escribidor o escribiente y tenía que hacer los diagramas, listas de vocabulario y todo lo necesario para los cuentos que escribíamos. Repasamos los cientos de libros que habíamos leído y llegamos a la conclusión de que Fanny Hill, Las confesiones de una abuela rusa, La historia de O, Grushenka y muchas más obras pertenecían a un pasado muerto. Lo moderno es impactar, ser lo más directo posible, no obstruirle la imaginación al lector con palabras difíciles o metáforas que lo alejen de sus instintos y deje la lectura.

Acepté todas las propuestas de Mariana con la seria convicción de que fracasaríamos. Nuestro seudónimo era Tafari, sonaba bien y su significado era “La que inspira pavor”. Nos reímos pensando que, en efecto, así sería, que nadie querría leer nuestras historias. Poco a poco fuimos inventándonos la trama. Cosas como una habitación en Roma o las sombras de Gray y, a pesar de que ésta última ya era una historia muy estúpida decidimos bajar aún mucho más nuestro nivel. Creo que lo único bueno que nos dejó ese libro que escribimos fue la agradable experiencia de redescubrirnos, pues para cada capítulo era necesario meternos en la cama y describir de una forma muy guarra lo que hacíamos. Experimentamos hasta el dolor. A veces terminábamos satisfechos, pero la mayoría de las veces sentíamos un fuerte rencor. Nos dirigimos a una editorial de tirajes pequeños y a la semana ya teníamos nuestro cien ejemplares listos. Tramitamos todo lo que era necesario para los derechos de autor y nos gastamos hasta el último céntimo.

Pasó el tiempo y no vendíamos nada. Nuestro libro permanecía en una librería muy concurrida entre las novedades y solo nos acarreaba molestias. Teníamos que pagar una cuota porque lo mantuvieran allí. Nadie quería hacernos una reseña o una crítica. Decidimos mantenerlo una semana más, pues como decía Mariana, ya le habíamos invertido bastante tiempo dinero y esfuerzo como para darnos por vencidos. Al final, se vendió solo un ejemplar y lo dejamos por la paz. Era casi imposible que se vendiera otro, pensamos.

Cuando nos habíamos olvidado por completo de aquel gran error, un hombre nos contactó. La llamada la cogió Mariana que era quien había tenido más tiempo y había dejado sus datos en todos los registros. “Oiga, queremos acordar con usted la venta de su libro—le había dicho aquel editor tan amable—. Solo queremos proponerle unos pequeños cambios”. Lo llevaron a la redacción y un corrector lo pulió, le cambió algunas expresiones demasiado coloquiales, nos propuso nombres más adecuados para los personajes y una portada realmente buena.

No tardó en venderse la primera tanda de mil ejemplares. Un periodista, amigo de la casa editorial nos hizo una gran reseña y las ventas aumentaron. “Lo más importante es que hagamos de su Afari una dama misteriosa”. Nos pusimos muy contentos cuando empezamos a recibir los dividendos. “Ahora sí, flaco—me dijo ella—, no tendremos que estar buscando empleo ni pidiendo limosnas, ¿por qué no renuciás, che? Esto nos va a dejar una buena plata”. Traté de decirle que al principio sacaríamos dinero, pero en unos meses la gente dejaría de comprar el libro y tendríamos que seguir con la siguiente novela. Ella pensaba que lo haríamos muy fácilmente, pero le expliqué que para ser originales con la segunda parte de la saga habría que ser muy intrépidos. Me propuso buscar algún club de gente aficionada al sexo grupal. “Buscáte un club de suingers o lo que sea, tenemos que ir a ver qué hace esa gente”. Hizo oídos sordos a mis explicaciones y advertencias. Le dije que si íbamos tendríamos que participar y yo no deseaba en absoluto vivir esa experiencia. “Hacelo por el libro, che. No va a pasar nada”. Acepté a regañadientes y contacté con un hombre que organizaba por las noches en una cancha de baloncesto sus encuentros. Llegamos a la hora y encontramos gente de todo tipo. Había quien ya se conocía y las conversaciones eran amenas. Se nos acercó un hombre flaco que no le quitaba la mirada a Mariana, iba con su amiga, compañera o mujer, no nos lo dijo. Se requería de mucha prudencia y estaba prohibido decir los nombres reales, pedir teléfonos y llevar una conducta inadecuada. Sonó una campana y la gente empezó a reunirse en grupos. Nos llamó el flaco ese, pero me llevé a Mariana lejos de ese pervertido. Nos encontramos de pronto con una pareja y nos indicaron que podíamos desnudarnos. Me costó mucho trabajo despojarme de la ropa y lo primero que hice fue abrazarme a Mariana, pero el hombre dijo que tenía que hacer el amor con su mujer. Prefiero no contar lo desagradable que resultó todo. Al menos para mí esa experiencia fue traumática, sin embargo, Mariana se puso a analizar todo. No sé cómo logró ser tan insensible a lo que sucedió, pues mientras yo me excusé diciendo que no había llevado ningún estimulante, ella sí que aceptó todo lo que le propusieron. Lo peor vino después.

“Ya está, che. Estoy lista. Escribamos, ya”. Fue horrible describir lo que ella contaba con tanto gusto y detalle. Me puse celoso y me negué a continuar, pero ella dijo que era por el dinero y que si queríamos seguir vendiendo historias tenía que aceptarlo. Terminamos en una semana la historia de Afari en la jauría. Nos felicitó el editor. “!Pero qué historia tan convincente! Si no me aseguraran ustedes que esto es producto de su imaginación, pensaría que participaron realmente en una cosa así”. Es exactamente lo que la gente estaba esperando. Sigan así y tendrán garantizado el éxito este año. A mí no me hizo la mínima gracia aquella opinión, por el contrario, me imaginé que tarde o temprano tendríamos que revelar quién era esa famosa Afari y nos reconocerían. Tal vez hasta nos echarían la bronca. Le supliqué a Mariana que parara, pero ella estaba enajenada. Descubrimos lugares extravagantes y cuando se publicó la cuarta novela decidí alejarme de ella para siempre. Cogí mis cosas, pagué el último alquiler y me fui a otra ciudad sin decir nada. Encontré un empleo y me dediqué a llevar la modesta vida rutinaria a la que estaba acostumbrado.

Un día al salir de un centro comercial me encontré a Francisco. “Pero, mira a quién me he venido a encontrar…¿Qué tal estás Federico? ¿Has venido con Afari, es decir, con Mariana?”. No entendí lo que me quería decir y entonces me puso al día. Era que Mariana había salido del armario y la gran comunidad femenina la había apoyado muchísimo, la ponían como ejemplo para criticar la usurpación de la Piace. “Ésta sí que es escritora y no anda escondiéndose por allí como esos maricones de mierda”.

Quedé desecho. La noticia no me gustó nada. Me dio gusto que Mariana por fin hubiera encontrado una forma de ganar dinero, pero el precio era muy alto, sobre todo si se tomaba en cuenta que siempre había compartido conmigo sus principios morales. Ahora la cegaba la fama y el dinero y no tenía ningún reparo en confesar sus aventuras sexuales. “El fin justifica los medios, che, tenés que aceptarlo”. Tanto como aceptarlo, no pude. Más bien me resigné y traté de no pensar en ella, sin embargo, era imposible no ver su nombre en la prensa, en los anuncios publicitarios, en la televisión o en las redes sociales o los canales de vídeo. Me hice de nuevo la pregunta que siempre me había quitado el sueño. ¿Y si todos estamos destinados a ser impostores en nuestra sociedad? Al final cada uno de nosotros era un impostor, un embustero que mostraba una máscara ante la sociedad y en la intimidad destapaba su rostro desfigurado. Miles de retratos de Dorian Grey descomponiéndose en el lienzo mientras nos veían presentables en nuestro trabajo, en el círculo de amigos, en la familia, en la iglesia, en cualquier lado menos en la intimidad de nuestro dormitorio. Hay quien tiene fuerza de voluntad para oponerse a la farsa y trata de mantenerse en su actitud seria y responsable, pero el ataque ideológico hace ceder a la mayoría. ¿A quien no le gusta el dinero fácil? Todos quieren mucho con poco esfuerzo y si existe esa posibilidad por que matarse con la filosofía o la ciencia.

Me llamó Mariana, estaba en la ciudad y me dijo que Francisco le había dado mi dirección y teléfono. “Pero, che, ¿cómo vas a negarte? Eres parte de todo esto y me has dejado tumbada y sola. Tienes el compromiso de cargar con esto. Iré a verte, ¿sabés? Y no aceptaré excusas…”. No sabía qué hacer. Me remordía la conciencia y me enfurecía mi situación. Habría querido ser como esos asesinos en serie que no experimentan emociones y decir que no, pero Mariana había dicho la verdad y si eso no me gustaba era mi problema. Traté de imaginarme qué sucedería si me negara y decidí que mi vida siempre había sido austera y con grandes urgencias de dinero. Llegó a las tres de la tarde. No la reconocí. Llevaba ropa de marca, un nuevo peinado, se había hecho una cirugía plástica, llevaba tatuajes y hablaba con mucha seguridad. Lo primero que hizo fue besarme como antaño. Enrojecí y se despertaron en mí los recuerdos. Luego, me dijo que no podía soportar mi ausencia, que gracias a la decisión que habíamos tomado lo tenía todo. “Debés estar a mi lado, che, no podés dejarme todo a mí, no seas boludo”. Era verdad, no la podía traicionar. Una cosa era que me aferrara a mis principios y otra que la dejara sola acarreando todo ese cochambre de la gente. Estuvimos conversando muchas horas. Se quedó a dormir y al día siguiente recibió una llamada. Tenía una presentación en una casa editorial. “No voy a ir sola está vez. ¿Lo oís? Anda, vení, que tenemos que ir a comprarte un buen traje. Hoy será tu presentación, ya verás que giro dará nuestra historia. Le diré a todo mundo que juntos inventamos a Afari y que vamos por la quinta novela”.

La noticia fue en verdad sensacional. Todo mundo nos aceptó y las criticas en las revistas y periódicos solo despertaron la curiosidad de la gente. Las ventas de la novela se dispararon y comencé a llevar la vida lujosa que siempre había deseado. Me sigue remordiendo la conciencia y muchas noches no duermo, pero cuando nos traen fotomodelos a casa para que Mariana y yo nos inspiremos, se me olvida todo.