martes, 1 de abril de 2025

La apuesta

La gente ya había oído la tercera llamada, se apagaron las luces y se levantó el telón. El escenario dejó al desnudo un barco cortado por la mitad, el costado de estribor se encontraba al descubierto y se podía ver que era un galeón del siglo XVI, pero de proporciones adaptadas al teatro y por eso semejaba un enorme bote partido en dos. En el mástil las velas estaban echadas, pero todas tenían grandes agujeros. El viento soplaba fuerte y el silbido que se oía era ya, el de una tormenta menguante. Un reflector dirigió la luz a un hombre que caminaba despacio. Llevaba un jubón sucio, una camisa blanca que estaba gris amarillenta por el paso del tiempo y sus botas eran muy altas. Se giró hacía el publico y mostró sus armas. Llevaba un puñal, una espada, una pistola y un mosquete.

“Soy Enrique Morgan, un reconocido filibustero. Gracias a mí, el reino se adjudicó…, o como se dice ahora, se hizo, se hizo con islas y grandes extensiones de tierra. He pasado a la historia más como un reconocidísimo caballero del rey, que por mis grandes conquistas. Me gustaría…”.

¡Eso es una gran farsa! —gritó desde una de las primeras filas una actriz caribeña famosa por sus grandes polémicas y escándalos. El público la hizo callar con dificultad y solo después de haberla persuadido con un soborno, se tranquilizó—. Aparecieron unos delfines en el escenario que eran representados por unas mujeres y hombres disfrazados que corrían y saltaban alrededor de la embarcación. Se oyó un lejano canto de sirenas.

“A pesar de mi mala fama, me gustaría decirles que fui un hombre de buen corazón. Señoras y señores, señoritas y señoritos. Fui víctima de una injusticia y las circunstancias me llevaron a usar la violencia, la intriga y la crueldad como único poder de convencimiento. Nunca fui vendido como dicen en algunos libros de la época. Eso son pamplinas y…—de pronto se volvió a la mujer que había iniciado el escándalo y le preguntó:

—¿Es acaso usted historiadora, querida señora?

—No, no lo soy—respondió la mujer poniéndose de pie, amenazando con volver a alterar el orden.

—Pues, debería…debería y… ¿de parte de quién viene hoy? ¿de su padre? ¿de su novio?

La mujer perdió la paciencia y corrió hacía él, trepando con agilidad.

—¡Vengo de parte de la justicia!!Se va a enterar de lo que soy capaz!

En seguida, ya en el escenario, comenzó a corretear al hombre, quien se despojó inmediatamente de su pata de palo y se dirigió a las escaleras para irse a mezclar con el público. No lo logró.

—¡Recibe tu merecido, maldito mentiroso! —gritó la mujer disparando con el mosquete que le había logrado arrebatar al pirata.

El hombre cayó con estrépito. La gente vio su espalda humedecida por la sangre. Se oyó un grito de sorpresa y miedo. Uno de los espectadores anunció que estaba muerto, que le habían dado a Enrique Morgan exactamente en el corazón. Alguien pidió que llamaran una ambulancia, pero en ese momento se encendieron las luces, Morgan se puso de pie y fue a abrazar a la mujer que todavía apuntaba con el arma.

Desde los altavoces se le agradeció al público su comprensión y preferencia. Se le explicó que la obra era una innovación y que, gracias al reconocimiento de los amantes del arte escénico, esa obra se representaría miles de veces.

Al salir del teatro, una joven le dijo a su novio: “Ves, no querías venir y ahora no paras de hablar del espectáculo. Ya sé, ya sé que te encantó todo lo que discutieron. Al principio si me lo creí. Tenía la impresión de que, para callar a la señora, le habían dado un fajo de billetes, te juro que vi un montón de dólares. Ah, y eso también, lo que dijo del tal Tristam Shandy, el personaje de Laurence Sterne, eso del reloj me hizo carcajearme. ¿Te acuerdas de cómo se lo dijo? !Venga, señora, venga aquí para que le demos cuerda al reloj! ¡No tenga miedo ni reparo! Si se me para, no dude en seguirle dando cuerda. ¡Caray!!Que ingenio! Bueno ¿entonces qué?, ¿ha fallado tu profecía? Tendrás que invitarme a cenar. Ya sabes cuál fue el acuerdo”.

La noche era tibia, la luna estaba en creciente y por las calles volaban como pequeños dragoncillos los comentarios del éxito de la obra de teatro absurdo que pocos habían tenido la oportunidad de ver.

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