Escritura creativa

lunes, 21 de septiembre de 2020

El soldado Michael

 

Una densa neblina se había recostado por el terreno. Era vasta y gris, prominente y amenazadora. El sol no se había despertado y en las trincheras había movimiento. Michael estaba recostado, vigilando que no hubiera ningún movimiento por parte del enemigo, su compañero James se encontraba a unos metros. Se había terminado la tregua y los comandantes de ambos bandos tenían ya trazado su plan. De pronto, el joven sintió que no podía luchar contra su cuerpo de plomo. Se esforzaba por mantener los ojos abiertos, pero cada vez se le adherían más los párpados y, al final, se quedó dormido. Se alejó muy pronto del campo de batalla elevándose como un gran globo. La trinchera se veía como una larga y angosta canaleta que desaparecía como una línea de la arena borrada por la espuma de las nubes. Comenzó a oír notas suaves de piano. Beethoven con un claro de luna. Se vio de nuevo en el conservatorio. Estaba sentado oyendo a su amiga Juliette interpretando un área de Norma de Bellini. La Casta Diva resonaba en la sala como un canto mágico de aves doradas. Se iluminaron sus labios. Ese arrullo no logró alejarlo de toda la especie humana con su injustificado salvajismo.

Recordó a los representantes de su partido incitándolo a la lucha. “Si eres joven y amas a tu patria, enrólate”. Dígame, ¿qué es lo que nos han hecho? “Casi nada—le contestó la voz metálica del secretario—. Nos han invadido, nos han quitado los derechos que teníamos, nos han acusado de explotadores y han destrozado nuestra economía; y, por si fuera poco, nos han traído a su dios y sus costumbres absurdas. No es posible que esos hombres de paja, esperanzados a que su dios les dé el reino del cielo, nos vengan a criticar y dictar las normas de nuestra conducta. Desde siempre hemos sido de acero. Nuestro carácter férreo nos ha llevado por su vía hasta la cumbre del progreso. Merecemos ocupar la cúspide, formaremos el imperio más grande y seremos soberanos en el mundo”. Los hombres se veían muy semejantes unos a otros, decía el secretario, pero unos estaban rellenos de paja y esperaban que al morir un ser poderoso los protegiera en su regazo. Los sensatos, que eran ellos, no podían concebir tal estupidez. El hombre era un producto de la evolución natural. No había más dios que las leyes naturales. Sois de carne y hueso, pero hacéis deporte, os mantenéis en forma y estáis dispuestos a ganar en cualquier situación. Los enemigos son endebles y encuentran valor en esa falsa esperanza de unirse con su todopoderoso. Nosotros sabemos que eso imposible porque de tener un dios que exige sacrificio, debilidad, esperanza y perdón, desapareceríamos. 

Creyó haber sentido una fuerte sacudida en el hombro. En una penumbra gris veía a James que lo trataba de proteger de los disparos del enemigo. “¿Qué te pasa Michael? ¿Quieres que te maten?”.  Se oyó la orden de ataque y salieron los soldados de las trincheras con las bayonetas caladas. Quien pudo disparar en la estrepitosa carrera logró abrirse paso, sin embargo, comenzaron a caer perforados. La sangre manaba a chorros y pronto se formaron charcos. Combatieron con furia y lograron hacer retroceder al enemigo. El capitán vio alejarse a sus contrincantes y gritó eufórico. Pensó que era un gran triunfo, pero pronto vio que avanzaban los refuerzos y sus subordinados estaban en desventaja. Entonces no tuvo más remedio que hacer volver a sus hombres a los refugios. Corrieron aterrorizados. Jadeantes se tiraron dentro de sus zanjas y comenzaron a lanzar granadas y disparar para apaciguar a los envalentonados soldados que no parecían de paja en absoluto. Michael buscó a su compañero James y lo vio tendido, pisoteado y lleno de sangre mezclada con lodo. Su corazón latió con tanta fuerza que le hizo perder la visión. La sangre le recorría el cuerpo como un mar de fuego. No podía ir por a rescatarlo. Estaban recibiendo metralla. Lloró desamparado en su espera y cuando las fuerzas se nivelaron y cesó el fuego, salió muy despacio arrastrándose hasta el lugar donde se encontraba la mole de picadillo de su amigo. Lo arrastró y lo veló toda la noche. Le exigieron que se separara de su amigo para que le pudieran dar sepultura.

Michael buscó las pertenencias de su amigo y decidió que debían sepultarlo con sus objetos de valor. Las cartas pendientes se enviarían a sus familiares junto con un diario que James escribía en secreto. Michael leyó un fragmento de la biblia para despedirse de su estimado compañero de armas. Empezó a hacer un paquete para los familiares de su compañero, pero al momento de sostener el diario, la curiosidad le obligó a leer.

“20 de enero de 1915. El frío es insoportable y solo la fe y la esperanza en un futuro mejor me han dado las fuerzas para seguir. Nunca había escrito nada, pero ahora que siento la presencia de la muerte a nuestro alrededor he decidido hacerlo. Tengo miedo y sé que nuestro ejército puede combatir con fiereza, sin embargo, nadie tiene la vida asegurada cuando llueven las balas, caen las bombas y nos tiran desde la nada los francotiradores. No sé porque está injusta guerra me ha traído recuerdos como el de ayer. Estaba recostado muerto de frío, tomando un poco de café, mordisqueando un trozo de pan que había guardado, cuando un recuerdo comenzó a posicionarse en mi cabeza. Era sobre un evangelio de María Magdalena. En ese escrito apócrifo, que no sé si exista de verdad. Uno de los apóstoles hablaba de María Magdalena como de un apóstol mujer. Al principio la idea me pareció ridícula, ya que la imagen que tenemos de esa mujer es la de una prostituta arrepentida que buscó a Cristo no para redimir sus pecados, sino para tenerlo como amante. Por un momento sentí que se aclaraba mi mente y comencé a cuestionarme la verdad de ese prototipo. Lo primero que me inquietó fue la voz que nos hizo llegar esa información. ¿Quién habló de Cristo? Los hombres. ¿Quiénes escribieron los evangelios? Los hombres. ¿Y las mujeres? Ninguna, con excepción de María, quien no pudo escribir nada y sus palabras fueron transcritas por Mateo, Marcos, Lucas y Juan, todos hombres. ¿Qué lugar tenían las mujeres en aquella época? —me preguntó una voz insistente dentro de mí—¿Cuánto hay de verdad en las palabras de aquellos hombres? Era cierto. Toda la información era tendenciosa y decidí pensar mejor en las características femeninas de la doctrina de Cristo.

Había muchas cosas impropias del hombre. La primera era el amor incondicional que no es característico de nuestra naturaleza y solo una madre puede ofrecerlo. La segunda era la compasión. Ningún político había mostrado jamás compasión por nadie, incluso los hombres más nobles tenían en su interior una coraza que les impedía sentir compasión por su prójimo. Tal vez experimentaran una sensación parecida que iría guiada por algún interés, pero que les naciera de verdad era muy poco probable. La explicación estaba en la misma naturaleza masculina que desde antaño tenía que buscar el beneficio propio para mandar a un grupo y después gobernar una población. Otro aspecto incongruente era la resistencia al dolor prolongado. El mesías nos pidió soportar las injusticias y perdonar, dos cosas muy difíciles para un individuo. Todo eso me hizo sospechar que en la filosofía del cristianismo había una esencia de mujer. Empecé a ver la imagen de María Magdalena transfigurada, es decir, la verdadera. La veía sin esa óptica de sacerdote, más bien como una mujer de carne y hueso, con cualidades especiales. Le oí hablando con Jesús, abriéndole su corazón, mostrándole el alma femenina en su estado más vivo. Resultó que terminé asociando todas las hipérbolas del Mesías con el espíritu prodigo y noble de las jóvenes enamoradas. Más que sabiduría eran cualidades humanas en elixir que permitían la buena convivencia en la sociedad. Por desgracia nadie tenía olfato para percibirlas. Nos hacemos los ciegos ante la evidencia, sordos ante la verdad y mudos ante la injusticia. Tenía que haber una solución. Un renacimiento, una resurrección de verdad para poder cantar el himno de la hermandad”.

Era todo lo que había escrito James y tres días después una bala le había atravesado el pecho. Michael cogió el diario y lo envolvió con todos los demás objetos y se lo entregó al encargado de la correspondencia. Se quedó pensativo y esa noche no durmió. Los días siguientes comenzaron a suceder cosas extrañas. Vio a un chico que había corrido despavorido tratando de salvar el pellejo cuando su pelotón sufrió un fuerte ataque. Michael estuvo presente en el rápido juicio militar que le hicieron. Lo miró caer como un muñeco de trapo en el momento en que sonaron los rifles que le agujerearon el cuerpo. Más tarde cuando entró a la enfermería descubrió bajo una sábana un trozo de cuerpo con vida. El pobre soldado no tenía las extremidades, y una bomba le había desfigurado todo el rostro. Respiraba a través de una sonda y lo alimentaban con suero. “!Dios mío!”—gritó cuando una enfermera se dispuso a limpiarle las sangre que brotaba de sus heridas—. No, no es posible que esto pueda suceder. ¿Qué castigo es ese para un soldado?”.

Por la noche dio vueltas en su cama y se despertó en la madrugada. Miró el cielo y recordó las palabras escritas de James. Los razonamientos de su amigo le estaban carcomiendo los sesos. Decidió fumar un poco y detrás de una nube de humo vio una imagen. Era la aparición de Magdalena. No era posible. Las palabras de su amigo lo habían vuelto loco. ¿Qué pasaría después? No podía estar escuchando la voz de una mujer muerta hacía casi dos mil años. No lo podía creer, pero era inútil resistirse.

“Ven aquí pequeño soldado—le decía la mujer con túnica de lana—. No debes tener miedo. Tú serás un héroe. James está en el reino de dios. No debes preocuparte por él, sin embargo, su legado te corresponde a ti como herencia. Tendrás que terminar su labor. Será ardua y sufrirás humillaciones. Todos te rechazarán, pero cuando te oigan de verdad quedarán convencidos de que dices la verdad”.

Michael estaba conmocionado. Después de la visión su cuerpo se había llenado de luz y valentía. Comenzó a predicar día y noche. Hizo cientos de volantes con la leyenda: “Tira las armas. Morirás por una estupidez”. Los soldados sufrieron un shock. Era estúpido salirse a la tierra de nadie para poner esos trozos de papel arriesgándose a los tiros del enemigo. Michael no oía de razones y seguía caminando en cuclillas, desarmado y con una cruz roja en el pecho y la espalda. Un domingo en el que se esperaba el abasto de municiones. Michael salió a repartir sus hojas. Llegó hasta la línea enemiga y les habló en su idioma. Les repitió las palabras de James. Pronto surgió una bandera blanca y detrás de ella los soldados listos a entregarse como prisioneros de guerra. El comandante se quedó estupefacto porque sus hombres también se deshacían de las armas y abrazaban a sus enemigos. Todos envueltos en una danza de hermandad y alegría cantaban al cielo sus plegarias. Pronto todos volverían a sus casas y se encontrarían con sus madres, les darían las gracias por darle a la humanidad lo que Magdalena le había dado a Jesús. Michael se fue repitiendo: “Amor, compasión y fe”. 

Michael oyó la fuerte voz de James. Éste le sacudía el hombro con fuerza. “Levántate, levántate, Michael. No te puedes quedar aquí. Te estás desangrando”. El pobre joven ya no pudo oír con claridad lo que le decía su amigo y vio solo una imagen borrosa que iba desapareciendo conforme se apagaba la luz del sol.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Encuentros

 


Raúl Martínez se había quedado dormido frente al televisor. Al despertar la voz de su mujer le impidió darse cuenta de que en unos minutos entraría a una dimensión desconocida. “Te dije hace dos horas que fueras por la carne—le dijo desde la cocina María—. ¿Te quedaste dormido otra vez?”. Raúl se limpió la saliva que se le había escurrido, se puso de pie, se estiró un poco, se ajustó los pantalones y revisó si tenía el dinero en el bolsillo. Salió a la calle.  

El día estaba soleado y caminó sin prisa. No puso mucha atención en el trayecto porque había hecho esos mandados miles de veces y sus pies ya caminaban solos, sin embargo, hubo algo que lo hizo tropezar. Era un hombre delgado, de pelo rizado y andar suave que tenía un perfil demasiado conocido. “Es mi nariz— se dijo Raúl— y lleva un candado en la oreja”. Con pasos sigilosos siguió al individuo una media hora y llegó a una casa muy parecida a la suya. Estuvo cinco minutos tratando de distinguir a las personas que allí habitaban, pero no lo logró. Se fue por la carne.

Durmió mal esa noche porque había una idea o, más bien una imagen de sí mismo, vestido como hippy entrando tanto en su casa como en la otra. Se levantó en la madrugada a fumar y al día siguiente, en lugar de ir a trabajar, se fue a montar guardia a la casa del otro. Lo vio salir y en lugar de seguirlo, su curiosidad lo arrastró hasta la puerta para ver a la mujer de su doble. Instintivamente tocó el timbre. No se abrió la puerta y estuvo a punto de irse, pero cuando se dio la vuelta oyó una voz muy familiar. “¿Ahora qué se te ha olvidado, Ricardo?”. Se giró y no pudo creer lo que le mostraban sus ojos. Era su mujer con algunos cambios en el pelo, más delgada, pero con la misma voz. “¿Cuándo te has cambiado de ropa? —le preguntó ella sin entender qué maldita razón tenía Ricardo para ponerse esas prendas—. Bueno, al menos ahora tienes un aspecto decente y te darán algún trabajo. Ya era hora”. Con timidez Raúl entró a la casa. Era como la suya, pero gracias a la mujer todo estaba ordenado y limpio. El mobiliario era más pobre, pero de buen gusto. Se notaba que era ella quien mandaba allí.

Revisó todo y se encerró en la habitación que era casi como la suya. Cuando pensó que ya estaban satisfechas sus dudas, decidió marcharse, pero vio salir a su mujer de la ducha. Olía a melocotones y el aroma lo atrajo. Ella llevaba una toalla que apenas la cubría. Instintivamente, Raúl quiso comprobar que María era igual. Le miró los brazos y no encontró la mancha del hombro izquierdo. Ella mal interpretó la mirada y le dijo que ya se marchara. Raúl salió de prisa, iba muy espantado pensando en las consecuencias de sus actos. En cuanto se entere el otro, pensó, comenzará a buscarme y un buen día aparecerá en el umbral de mi puerta.

Salió a la ventana por la noche, vio la estrella más luminosa del cielo y pensó si sería la misma que veía Ricardo. A la mañana siguiente se dirigió a la casa de su doble, pero al cruzar la calle vio un candado. Esta vez en un estuche de guitarra. Ya no se sorprendió como la primera vez y pensó que Ricardo había cambiado de estilo. Lo siguió hasta su casa, pero esta se ubicaba en otro sitio. Volvió a montar guardia, esperó que el tipo saliera y tocó el timbre. Abrió una María rubia, más salvaje e instintiva. “Sandro, ¿qué te pasa?”—le preguntó y sin esperar la respuesta, luego se puso a fumar yerba con él y terminaron en la cama. Raúl salió con un sentimiento de culpabilidad. Decidió que ya no seguiría a nadie más y le dedicaría el tiempo completo a su trabajo y esposa.

Pronto sintió que había vuelto a la normalidad. Se esmeraba en la oficina y su jefe le subió el sueldo. “Hacía mucho que no trabajabas así, Raúl, hijo, te felicito”. Llegó a su casa. Las luces del comedor estaban apagadas. Tocó la puerta y salió un hombre delgado, llevaba un candado pequeño en la nariz. “!Hola, Raúl! ¿Qué haces aquí? Oye, te has equivocado. Vete a tu casa ya, que María te está esperando con la carne”.

domingo, 30 de agosto de 2020

Los principios de la seducción


Hasta hace muy poco yo era un gran seductor. Mi atractivo ponía nerviosas a muchas mujeres y siempre pude conseguir los favores de la mayoría de ellas. Era el más popular seductor de la ciudad. Bueno, no de toda la ciudad, sino de aquellas zonas en las que me desenvolvía. Bares de mala muerte, mercados, estaciones de trenes y lugares en los que la población buscaba un escape o estaba predispuesta a la aventura. Las mujeres atractivas siempre cayeron por la influencia de mis encantos, pero jamás pude estar con una de ellas. ¿La razón? Pues, es muy simple. Teníamos diferentes formas de ver las cosas. Para mi la seducción era llegar al objetivo que se reducía a meterlas en la cama y juguetear con sus cositas, pero a ellas esa idea no les atraía. Querían apreciar un cuerpo musculoso, un ser lleno de cualidades, un león con maneras de príncipe. Eso, queridos lectores, sabrán que no existe ni en los libros románticos. Además, querían ser el foco de atención, miles de caricias, besitos tiernos y cursis, nada de obscenidades ni verbales ni físicas. ¿Para qué deseaban tanto el sexo, entonces?

Desde tiempos ancestrales sabemos que ocupamos la cima del reino animal, pero no por lo supuestamente racionales, dejamos de ser bestias. Decidme, ¿hay diferencias entre la forma en que se aparea un conejo, un perro o un toro? ¿Sí? Si creéis que es así estáis muy equivocados. El objeto del amor carnal es reproducir y eso lo hace cualquier ser de nuestro mundo, la única condición es que sea sexuado. Argumentarán que se necesita el erotismo. ¡Ah!!Por fin! ¿Erotismo? Os apuesto a que ni en una hora podrías definirme lo que es eso. Leed las toneladas de novelitas “eróticas” publicadas por la masa de aficionados que no pudiendo escribir un libro normal se ponen a seleccionar qué genero sería el mejor para narrar: históricas, demasiada investigación; realistas, tedio análisis social y observación de científico; policíacas, no hay tiempo para analizar los detalles de un asesinato, complicadísimo, además hay un montón, ciencia ficción, esas son chorradas y solo los jóvenes son aficionados a eso. La opción es novela erótica y entre más duro o strong, mejor. ¡Fantástico! No necesitas más que sentarte e imaginar escenas sexuales de vaqueros y hombres fornidos montándose a mujeres bellas como las Miss Universo. ¡Listo!!Empezamos! Él le mete la cosa en su hoyo y ella se derrite…No necesitas ni esforzarte, todo sale sin esfuerzo. Los dedos van solos, ni siquiera pones diálogos.

Dejemos atrás esas tonterías. Como les decía hasta hace poco era un gran seductor porque descubrí en la pubertad, por casualidad, un documental de unos pájaros en el que el macho se pavoneaba frente a las hembras, luego venían otros machos, y había una competencia de chillidos y aletazos. Al final el más persistente ganaba y la hembra o las hembras se iban con él. Ese fue el principio que tomé como regla número uno de la seducción, pues mostraba el erotismo en su esencia. Así comencé a cortejar a las mujeres. Primero en mi barrio y el instituto, luego en sitios más concurridos y finalmente en cualquier lugar en donde localizara una mujer sola.

Fue un trabajo muy duro porque no siempre fui aceptado. Las más atractivas me disparan balas de desprecio y se alejaban maldiciendo mi presencia. Unas incluso me decían: ¡Imbécil, deja de hacer el idiota y lárgate de aquí! Esa era reacción era para mí un gran logro, pues de haberme acercado para intentar hablar con ellas, se habrían negado, pero esas palabras indicaban que estaban dispuestas a la comunicación. Seguía insistiendo hasta que su humor alcanzaba su punto. Las veía rojas, sedientas de una respuesta, de una propuesta para fornicar y me lo decían. ¡Que te den! ¡Estúpido! Era la prueba, ellas no podían darme, como ellas alardeaban por culo, pero yo estaba dispuesto a enmendar la falta de capacidad. Les demostraba que sí podía hacerles lo que ellas a mí, no. Se ofendían al ver mis fantásticas proporciones. Se quedaban mudas al ver mi torso y piernas desnudos. Se los mostraba retándolas a contenerse ante mi encanto. Algunas tuvieron tanto miedo de ceder que pidieron la ayuda de la policía.

Con los representantes del orden nunca tuve problemas. Primero, porque me daban la razón y me decían: “Ya cálmese, señor, ¿no ve cómo a puesto a esa mujer?”. Eso era que se notaba a leguas el efecto de mis bailes de conquista. En segundo lugar, siempre estuvieron dispuestos a darme asilo: “No se puede ir así porque sí, señor.  Si no puede pagar le damos alojamiento gratis tres días”. Y no solo era el alojamiento, en muchas ocasiones me daban comida. No era muy buena, pero no me podía quejar. Por último, cuando llegaba a su termino mi estancia, me dejaban ir y siempre me decían que no reincidiera, pero que si quería volver podría hacerlo cuando quisiera. Y lo hice muchas veces. Eso explica lo que les había dicho sobre las mujeres guapas con las que nunca me acosté. En realidad, la seducción no necesariamente debe culminar con una relación sexual. Lo digo porque ningún Casanova o Don Juan podría haber hecho lo que para mí era usual. Seducir hasta la locura a una mujer y dejarla a la buena de dios. ¿Por qué no? Si la seducción es el fin perseguido y se logra, ¿para qué continuar? Sabemos que la continuación es el sexo, pero eso lo hace cualquiera. Miles de millones de individuos practican el sexo a diario y eso no los hace seductores. Para mí la seducción lo era todo y podía, en casi todos los casos, prescindir de él.

Hubo unas mujeres que fueron más allá conmigo. No solo se dejaron seducir, sino que se me echaron encima. Recuerdo con orgullo esos gritos de euforia, sus bocas con aromas fuertes y penetrantes, las huellas de sus dientes marcadas en mi carne sangrante, sus uñas aferradas a mi espalda y rostro. “Las cicatrices hacen atractivos a los hombres”—me decía cuando me veía en el espejo. Me ponía crema en mi calva prematura y alisaba con aceite mis pelos gruesos. Nunca usé bigote ni barba porque darle matices de sadismo a la seducción, no me parecía justo. Para que tengan idea de lo que pueden hacer mis pelos, les diré que un día por descuido pisé uno y el dolor fue intenso, me tuve que sacar con unos alicates la espina salió un chorro de sangre que no pude parar en media hora. Causarles ese placer a las mujeres me pareció deshonesto. Como a todo buen cazador, a mí también se me fueron algunas liebres. La seducción siempre me sirvió para emocionar a las mujeres, pero las hubo incontenibles. Petra, por ejemplo.

Se adelantó a mi danza y resulté yo el seducido. No lo hizo tan mal. Se acercó sin darme tiempo a reaccionar, comenzó a morderme con pasión y su abrazo fue más una llave de lucha que una muestra de aprecio. Me recuerdas—decía jadeante—. ¿Te acuerdas de lo que me hiciste, desgraciado? No, no podía y al final no logré recordarla. Muy efusiva me aprisionó y trató de asfixiarme con tanto ardor que se puso roja. Escupía y echaba espuma. Restregaba su cuerpo con fuerza contra el mío y sudó, por dentro y fuera, su deseo era tan fuerte que casi le produjo un infarto. Tuvo que llegar una ambulancia para asistirla. “Señor—me dijeron los enfermeros—, tenemos que llevarnos a su esposa. Está en una situación grave, podría morir”. No les obstruí el camino y es que, al actuar Petra con tanto deseo, provocó que yo también me excitara y respondí a su amor. No sé cuánto tiempo estuve apretándola del cuello, pero estoy seguro de que experimentó los mismos temblores que yo. Me dio vergüenza que me vieran todos con la entrepierna del pantalón mojado. Petra—decía yo—, también está así, véanla, mírenle allí en las piernas. Nadie hizo casi y continuaron mirándome con admiración. La ambulancia se fue y hubo quien me gritó y ofendió por mi exhibicionismo. Petra me ganó como muchas otras. Seguí con la intención de ser un gigolo, pero ocurrió que una mujer de esas que actuaban como Petra no resistió y su cuerpo quedó flácido, sin fuerzas, inerte.

Vinieron los policías. Me dijeron que me hospedarían por tiempo indefinido y así acabé aquí. Este es un hotel comunitario, con muchas personas alojadas aquí. Hay gente de todo tipo, unos amables y otros menos. Pasamos las tardes contando nuestra vida y los méritos por los que nos han traído aquí. No hay mujeres. Eso es una gran desventaja porque ya no puedo seguir con mis hábitos de antes. Ahora me ha dado por ser un filántropo y me dedico a filosofar y meditar.

domingo, 23 de agosto de 2020

Libros inéditos

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Estábamos muy decepcionados. Los fiascos de los últimos meses nos estaban sacando de quicio. Todas las brillantes ideas que se nos habían ocurrido se habían desmoronado ante nuestros ojos llevándose el poco dinero que teníamos. Después de cada tropiezo había encontronazos. Ese día habíamos tenido la enésima riña y a Iván lo habían mandado al hospital Henry y Aníbal, Víctor y yo nos habíamos mantenido un poco al margen de la discusión, pero cuando empezaron los golpes tuvimos que intervenir, sin embargo, solo atizamos el fuego con nuestros gritos. El caso es que el silencio, provocado por el remordimiento, nos había formado un escudo de miradas de reproche que impedía cualquier intento de comunicación. Por nuestras mentes volaba un enjambre de pensamientos venenosos como el del día en que fracasó la radio porque nos salimos de presupuesto y nadie se enteró de nuestra existencia el cierre de la revista estudiantil que sirvió para exaltar el ego de Henry que era un amante incondicional de lo ajeno y nos había timado a todos, en lo material y en lo moral. También aquellas eternas discusiones en el local de libros usados que, en lugar de vender nos obligaba a recibir gente ofreciéndonos todo tipo de libros y, por último, el evento de poesía y narrativa que nos había ilusionado tanto y se estropeó por la lluvia y las impertinencias de Henry e Iván.

Fue así como nos enroscamos cada uno en nuestra madriguera. Tratábamos de convivir de la mejor forma posible. Habíamos vuelto de la visita al hospital. Nos dijeron que Iván se recuperaría muy pronto y que su conmoción cerebral por el golpe de una silla no le dejaría ningún resquicio en la cabeza. María Azalea estaba preparándose algo de cenar. Nina se había quedado dormida y Paola leía “El Obsceno pájaro de la noche”. Quería hacerle un comentario sobre el libro, pero al pensar que eso solo traería problemas seguí escuchando la sexual voz de Marilyn Monroe con su vocecita pidiendo I wanna be loved by you. Cerré los ojos e imaginé aquella fotografía en la que aparece la despampanante rubia con un vestido blanco. Los violines y la famosa película “Los hombres las prefieren rubias” me llenaron la cabeza con vientecillos de sordina y cuerdas vocales evocando la d con todas las vocales y los soplidos al micrófono de esos sex appeal labios. De pronto, me quité los audífonos para oír lo que me decía Nina.

—Oye, Carlos, se me ha ocurrido algo, pero no sé cómo explicarlo.

—Pues, dilo, pero no llames mucho la atención porque ya sabes cómo van a reaccionar estos dos—le dije señalando a Henry y a Víctor.

—Soñé que teníamos una tienda de libros…

—Vale, si fue una pesadilla, lo siento. Si quieres podemos salir a tomar un poco el aíre.

—No. No es eso. Es que la cosa marchaba bien desde el principio.

—Pues, en eso tienes razón. A nosotros solo en sueños nos puede ir bien. Formamos un grupo tan dispar que sería mejor separarnos de una vez.

—Pues, al fin creo que he encontrado algo de verdad. Mira, escúchame y si lo que te cuento no te convence, entonces lo dejamos para siempre y cada quien por su camino.

Comenzó a describirme imágenes fatuas de personas convencionales que llevaban libros de pequeñas tiradas a un lugar extraño y no solo libros, sino todo tipo de publicaciones independientes que se vendían allí. Le expliqué que había una película en la que contaban lo de los libros no publicados y que todo eso era basura publicitaria. Nina guardó silencio unos segundos, pero luego me clavó la mirada y me dijo que a pesar de que se publicaba un montón de basura y estaba de moda ser escritor emergente, se podía usar el ingenio para crear un nuevo mercado. Ella insistió en que podíamos escribir con nuestro talento muchas novelas y colecciones de poemas que llevaran el nombre de una persona desconocida. Le pregunte qué objetivo tendría perder tanto tiempo en esas banalidades. Le estuve refutando todos sus argumentos, pero ella tenía una especie de síndrome de creatividad y todo el tiempo repetía su “y si esto o y si lo otro”. Al final logró que los demás pusieran atención en lo que decía. Sus ideas se fueron metiendo como gusanos en nuestros oídos y terminaron carcomiéndonos todo el cerebro. Después de tres horas de un interrogatorio cruel, Nina nos convenció de que podíamos hacerlo. No sé cómo resistió tanto escepticismo y frialdad. El caso es que su idea sí que era brillante y nosotros unos negados para imaginarla. Su propuesta consistía en escribir en grupo obras parecidas a las grandes obras de la literatura y buscarle un autor al azar o inventarlo. Si eran personas desconocidas y de otros países, mejor. Tendríamos que combinar estilos y estructurar historias, redactarlas, corregirlas y someterlas a un severo análisis crítico. El rechazo de Henry y Aníbal nos proporcionó las herramientas que necesitábamos. Alguien dijo que se podría empezar con una historia parecida a la de Franz Kafka. “Tendrá un gran éxito, solo necesitamos cambiar algunas cosas tales como el nombre, el insecto y la relación con la familia”. Esas fueron las palabras que encendieron la mecha de la bomba que nos haría volar por los aires.

Nos pusimos a trabajar sin pausas. Las tandas eran de doce horas y si las paredes, antes de empezar ese proyecto, ya estaban manchadas de nicotina, en ese momento ya lucían de color marrón. Corrían ríos de café y las cajetillas de cigarros llenaban en un día el cubo de basura. Cuando terminamos la “Transmutación” la llevamos a una imprenta y solicitamos que imprimieran diez ejemplares. Pedimos que se usara papel viejo amarillento de poca calidad y un empastado ajado y apestoso. El autor era un tal Martín de la Fuente, estudiante universitario de la ciudad del Rosario, que había fallecido y dejado su único libro. Sabíamos que en caso de buscar al autor sería imposible identificarlo y los hilos de la relación entre nuestra novela y ese ser inexistente eran invisibles. Nos dirigimos a un periódico y hablamos con un periodista joven e inexperto y le dijimos que su artículo causaría revuelo. Fue así porque le dedicó el suplemento dominical a nuestro autor y después una editorial nos compró los derechos y la publicó. Los críticos trataron de destruirla, pero logramos que con todos los defectos que tenía pasara a la historia. Después hubo un buen tiraje y los nueve ejemplares que teníamos ocultos se los vendimos a coleccionistas.

Por primera vez estábamos todos ocupados en algo y nuestro objetivo era muy claro. Iván volvió con nuevos bríos, hizo las paces con Henry y Aníbal y sedujo a Paola un día que se pusieron a leer “Las memorias de una pulga”. Comenzamos a crear novelas y antologías de poemas que se vendían muy bien. Fuimos depurando la búsqueda de personas no localizables y les atribuimos los libros. Hicimos supuestas traducciones inéditas y en nuestra estantería contábamos con autores sudafricanos, chinos, malasios, etíopes, moldavos y húngaros entre otros. El primero en publicar un libro fue Aníbal. Le gustó tanto el tema de Fabiola de Nicholas Wiseman, publicada en el año 1854, que la leyó diez veces, se empapó del estilo narrativo y arrancó con un trabajo llamado Siria que en lugar de ocurrir en el siglo tres de nuestra era, acontece en el siglo veinte. Mientras la elaboraba nos atiborraba de preguntas y le corregíamos lo que considerábamos falto de buen gusto o con poca fuerza narrativa. Una tarde llegó con tartas y botellas de vino espumoso. Puso sobre la mesa una pila de libros, cogió una Parker y comenzó a dedicárnoslos. “Con enorme aprecio para mi mejor amigo y compañero Iván, esperando que la lectura sea de su agrado”. Al oírlo se nos hizo un nudo en el estómago, la sorpresa diluyó la furia que nos incitaba a matarlo. Nos abrazó y pronto comprendimos que teníamos un gran potencial. Vimos con claridad que podíamos seguir con los libros desconocidos y olvidados y lanzar nuestras propias obras. El sueño de convertirnos en escritores se hizo realidad y ahora somos una editorial famosa. 

domingo, 9 de agosto de 2020

Antinomias de una conspiración

Cuando Martín entró a la tienda iba eufórico. Las cosas le estaban saliendo a pedir de boca. Sus negocios se habían ampliado, lo reconocía la gente en la calle y lo apodaban el “ministro del taco”. Era porque había logrado conjuntar los sabores más envidiados por los amantes de dicho manjar, también había encontrado una fórmula que le permitía servir porciones bastante grandes a precios aceptables. La mayoría de sus clientes había dejado el hábito de comer pizzas, hamburguesas, pollo rebozado y todo lo que ofrecía la competencia. Sus locales estaban muy bien decorados y comer en cualquiera de esos establecimientos era muy agradable. Sus bolsillos comenzaron a llenarse y pronto se compró una casa nueva, un coche deportivo y formalizó su deseo de casarse con Patricia Delgado a quien con mucha dificultad había conquistado. Siendo un empresario exitoso, los principales rivales no podían competir con su carisma. Martín era moreno, alto y fornido. Hacía deporte para mantenerse saludable y su carácter le había abierto las puertas del mercado de la alimentación.

Aquel día Jaime Rosales lo llevó para que firmara los documentos pendientes antes de la inauguración de su boutique de vinos. Encontró a varias personas a quienes saludó cordialmente. Hizo unas cuantas bromas y revisó que todo estuviera según lo planeado. Mientras daba órdenes y consejos sintió la presencia de una fuerza magnética que lo excitó. Era el perfume de Amelia, una chica mulata a la que habían contratado unos días antes. Llevaba unos vaqueros muy entallados y unas zapatillas deportivas, caminaba a prisa y llevaba cosas de un lugar a otro. Martín no pudo evitar mirarla como hombre. Sintió un tirón dentro del cuerpo que lo puso en alerta. Comenzó a seguirla centrando su mirada en sus redondas caderas. Ella lo notó y sonrió fingiendo que no se había dado cuenta, pero cada vez eran más marcados los compases de sus glúteos. Hubo un momento en que Rosales la llamó y se la presentó a Martín como la cajera. Se miraron con disimulo, pero ella encontró algo que la hizo sentirse segura y miró a su jefe con la mirada fija y la barbilla saliente, era un reto que Martín aceptó con parpadeos.

Al día siguiente se abrió el establecimiento. La gente llegó para aprovechar la degustación, las ofertas y la oportunidad de conocer al famoso hombre que había llevado un platillo típico al estómago de los más exigentes y caprichosos. Martín llegó con Patricia, hacían una buena pareja, pero había algo que no terminaba de gustarle a la gente. Por lo bajo se rumoreaba que Patricia era de alcurnia por nacimiento, mientras que él era solo un afortunado plebeyo que se había forrado con una idea original. Patricia se conducía con naturalidad, pero la gente sentía una enorme necesidad de complacerla y obedecer sus órdenes fueran las que fueran. Amelia veía con envidia a la respetada novia de su jefe. Tenía fuego en los ojos y de tiempo en tiempo apretaba los dientes. Se llevaron a cabo las presentaciones. Hubo en efusivo discurso y aplausos, vino y una enorme tarta de nata con fresas que la gente devoró al instante. 

Salió la pareja ovacionada. Se les deseó lo mejor para su futuro matrimonio y se alejaron dichosos. Martín llamó a su chófer y subió al coche. Ya dentro le hizo una petición a Patricia con un diamante empotrado en oro blanco. Ella sonrió y le ofreció el delicado anular, luego se besaron. Cada uno imaginó el futuro próximo a su manera. Martín se veía a sí mismo como un empresario influyente y muy reconocido en el país. Patricia destacaba esplendorosa junto a un hombre influyente, pero de poca clase. En lo más profundo de su alma, eso le producía una satisfacción un poco amarga, puesto que los hombres a los que había querido conquistar tenían otras parejas y los que dejaron pasar la oportunidad por ciegos le producían náuseas. Sería feliz, tendría hijos y sería buena esposa, pero siempre miraría hacía el horizonte buscando la oportunidad de recobrar lo perdido en el pasado.

Llegó el día de la boda y la Luna de miel. Derrocharon dinero a más no poder. Los suegros estaban encantados. Martín presentó a su madre y habló maravillas de su difunto padre. Los periodistas sacaron miles de fotos y la página de sociales del domingo quedó para la historia como el día en que la preciosa Patricia Delgado se había dejado conquistar. No era matrimonio por interés, era por amor, decían las mujeres en sus tertulias. En la gente se quedó la imagen de los personajes de un cuento de hadas. Patricia evitó unos meses el embarazo para gozar de la comodidad de un vientre plano y el deseo efervescente de su esposo. Los dos estaban satisfechos porque él había descubierto la llave para liberar los influjos perniciosos de su esposa. Pasaron varias noches inolvidables. Se intercambiaron de piel y se entreveraron sus sentimientos. Atravesaron caminos tortuosos de ternura y violencia; caricias y mordiscos; y deseo carnal e identificación espiritual.

Martín era feliz y su gozo influía de tal forma sus negocios que los empleados lo adoraban, los clientes lo buscaban para conversar y recibir consejos de provecho. En esa enorme turbulencia que iba dejando a su paso hubo una mujer que sintió pánico. Fue un temor intenso en el vientre que le ensombreció la vida y la obligó a buscar una oportunidad para apaciguarlo. Amelia decidió que tenía que conquistarlo. Fraguó su plan, pero lo tuvo que ir moldeando de acuerdo a las circunstancias y solo medio año más tarde logró dar el primer paso. Ella estaba subida en una escalera acomodando unas botellas de licores selectos. Con un trapo y un plumero les limpiaba el polvo, les sacaba brillo y los acomodaba para que se vieran llamativos. Por la forma tan extraña en que se movía, Martín le pegó los ojos en las piernas. Lamentó haber puesto tanta atención porque un instinto salvaje le produjo ansias. Las rechonchas piernas de piel oscura eran como un llamado de los antepasados, además se oía una melodía con ritmo caribeño. Era eso, que Amelia bailaba en los escalones y dejaba al descubierto sus bragas. Notó que era observada, pero fingió estar entregada por completo a su danza aérea. Bajó despacio y se acercó a Martín para saludarlo. Se cogieron la mano. Ella con subordinación y el con deseo. Estaba tibia y transmitía esa vibración de las réplicas de su baile. Por iniciativa de Martín salieron a comer a un restaurante que no se encontraba muy lejos.

Sentados uno frente al otro, fueron descubriendo sus pequeños secretos. Ella había nacido en el Caribe, descendiente de negros tenía rasgos europeos y sangre africana. Era todo lo contrario de Patricia, pero si en esta él encontraba un cuerpo suave, envidiado por su cuidado de cremas y lociones, Amelia era un fruto natural maduro con aroma de selva con aroma de guanábana y guayaba pedía a gritos un mordisco. Martín se imaginó que se lo daba y que su jugo dulce se le escurría de la boca, masticó con fuerza la suave pulpa de mamey imaginado. Amelía se dejó llevar por la intuición y comenzó otra danza. Esta vez muy diferente, acompañada de sus palabras y dibujos raros que hacía en el aire con sus dedos. Hablaba con esa prisa de los habitantes de la costa, haciendo más explosivas las emes, tragándose las eses y alargando algunas vocales. Martín sintió el efecto con rapidez. Una sofocación ardorosa le inquietaba en el vientre. Perdió el dominio de sus palabras. La cogió de la mano, luego del brazo y acarició su piel. Sus ojos se atragantaban de sus imaginados senos. El olfato le indicó que estaba pasando por un período favorable para el apareamiento. Sintió a una hembra que requería amor. 

Martín habló menos. Pagó la cuenta y cogió por el talle a su dócil acompañante. Caminaron intercambiando frases simples. Entraron a un hotel y pidieron una habitación. Se lavaron las carnes y se entregaron a un festín en el lecho. La lluvia de sudor los empapó y los fusionó durante varias horas. No hablaron mucho porque en esas situaciones las palabras están por demás. Los quejidos de placer y las largas caricias dejaron todo en claro. Repetirían siempre que encontraran la posibilidad de hacerlo y no importaba dónde fuera. Para Amelia fue un gran triunfo, tal vez el más importante de su vida; para Martín fue el fracaso total. La violación de las normas maritales, el reconocimiento de su clase de plebeyo, pero estaba feliz. Se decía a sí mismo que no se puede ser feliz comiendo todos los días caviar por más selecto que fuera. Patricia le informó de su indisposición cuando entró en su casa. El mostró benevolencia y dijo que su día también había sido muy duro y que apenas tenía fuerzas para llegar a la cama. Durmió tranquilo, soñando como un niño en vísperas de Navidad imaginando los regalos que recibiría al día siguiente y los demás años. El alimento que le daba Amelia lo hizo resistente a la sal marina, el sol y la intemperie. Se sentía vigorizado y hasta Patricia dejó de soñar con hombres más atractivos y fuertes porque Martín tenía un brote de energía que le despertaba una pasión bestial.

Amelia fue complaciente medio año. Eso la engalanó con buenos vestidos, joyas y un piso propio. Estaba satisfecha y no quería perder su oportunidad. Se sentía con el suficiente arsenal para ganarle la guerra a su contrincante y si no hubiera cometido un error garrafal, lo habría logrado sin duda, pero una tarde que estaba muy aburrida salió con una amiga y perdió el objetivo que la guiaba. Susana, una de sus viejas amigas, le pidió que la acompañara a un salón de baile muy popular. Se arregló lo mejor que pudo, se adornó con joyas de fantasía y salió con su compañera en busca de las más emocionantes aventuras. Llegaron cuando el grupo musical estaba ejecutando su mejor repertorio. Pidieron unos cócteles y se sentaron con la pierna cruzada sin intercambiar palabra. Rápido se acercó un hombre alto y moreno a sacar a bailar a Amelia. Ella fingió modestia y un poco de indisposición, pero la mano fuerte del hombre la arrastró hasta la pista.  

Amelia había frecuentado varios sitios y siempre había ido en condición de casamentera y por eso no había logrado éxito alguno. Esta vez era diferente. Tenía una posición, no la que deseaba realmente, pero ya era independiente, tenía dinero y un lugar para vivir. No tenía por qué implorar limosnas de los hombres, que por lo regular la deseaban, pero no ocultaban su tacañería reduciéndola a la condición de mujer de una noche. Ernesto la cogió con firmeza, la guió por la pista, la hizo lucir sus mejores movimientos y despertó su esencia dormida. Él le despertó esas olas de tormenta, ese sol candente de mediodía, la salazón del cuerpo en los largos recorridos por la costa. No podía luchar contra su instinto. Identificación caribeña, piel curtida, rizos y sudor. La abrazó y le clavó los ojos en las pestañas que fueron una defensa parpadeante inútil. Amelia no se dejaba vencer, pero su instinto era arrollador. Terminaron besándose.

Bailaron hasta el agotamiento. Para él la cerveza era un líquido eficaz, pero no contra la sed. Ella podía tomarse los combinados que quisiera, pero su cuerpo jugoso le pedía ser cortado por alguien en tajadas. Quería ser exprimida, estrujada y elevada hasta la copa más alta del árbol de mango para caer y explotar bañada de pulpa. Ernesto hablaba poco, dejaba que sus manos y sus labios fueran los que llevaran el tema. Cogieron un taxi y se fueron al lugar que sería su nido de amor. Se complacieron los dos hasta sus últimas fuerzas. Amelia sintió que toda la flora de su tierra geminaba en ella y el responsable de ese milagro era Ernesto. Ya no podría vivir sin él. Martín lo notó de inmediato, pero lo interpretó de forma contraria. Creyó que la furia con que su amante se le entregaba era fruto de un amor que surgía de sus encuentros, pero Amelia fue perdiendo la fuerza con él y al final, se dejaba amar, pero era reacia a las amabilidades y galanteo de Martín. Él sintió algo muy desagradable en sus tripas. Una sensación de vacío y a la vez odio contra algo que le quitaba a su amante. Estaba muy lejos de acertar la razón porque descartaba totalmente que ella tuviera a alguien.

Las cosas se torcieron por la ironía de la vida. Ernesto se dio cuenta del dominio tan enorme que tenía sobre Amelia. Ella le solventaba caprichos y esperaba, condicionándose a la recompensa, que él la satisficiera. Empezó un juego muy complicado de intereses. Ernesto quería una parte de la fortuna de Martin, pero lo quería en metálico y no en joyas, ropa o concesiones de cualquier tipo. Ernesto ideó su plan y empezó su campaña. Lo más importante sería obligar a Amelia a que le diera dinero, una vez conseguida la suma deseada, probaría suerte seduciendo mujeres de más categoría. Quería pasar de un seductor de segunda a titular del Jet Set. Asistiría a las reuniones de las grandes personalidades del espectáculo. Buscaría aves heridas o débiles y poco a poco se convertiría en el halcón de caza que se llevaría entre sus garras a las más tiernas y dulces presas. En varias ocasiones se soñó haciendo su campaña política. Sabía a la perfección que existían las mujeres influyentes y bien acomodadas que le abrirían el paso cuando se lo pidiera. Amelia no sospechaba nada y mientras era reacia y huraña con Martín, se desbordaba con Ernesto en los entronques de su inmenso mar de ilusión y los ríos de aguas turbulentas de las sábanas en las que Martín tenía que aparearla como un buey en celo. La rutina se convirtió en un escape de malos humores y estados nerviosos. Ernesto le apaciguaba a medias el placer a Amelia para que se quedara con un poco de hambre. Martín culminaba con ese apetito y se quedaba satisfecho, ya sin sospechar o tener la duda sobre un posible amante de su querida. Ernesto galanteaba con otras mujeres más guapas que su bienhechora y se dejaba arrastrar por las rápidas aguas de aquellas harpías.

—¿Qué te pasa? — le preguntó Martín

—Nada, es que estoy preocupada por mi familia,

—Y ¿qué le pasa a tu familia?

—Es que mi hermana ha tenido muchos contratiempos y necesita una suma considerable de dinero para salir del atolladero. Está sola y tiene tres hijos…

—Bueno, mujer. No te preocupes. El negocio está marchando muy bien y las ganancias son buenas. ¿Cuánto necesitas?

—Diez mil—contestó Amelia ruborizándose un poco

—Está bien. ¿quieres que se los mande yo?

—No, no hace falta, yo se los puedo enviar con una persona de confianza.

Martín no sospechó nada y se ilusionó pensando que al concederle la suma de dinero que le pedía podría aprovecharse de su situación de benefactor. Probó cosas nuevas en la relación. Amelia se disgustó porque si a Ernesto le permitía cualquier cosa, Martín debía seguir las normas de una relación semi romántica y las cosas del sexo bruto no eran bienvenidas. Se separaron y cada uno se llevó un trozo de insatisfacción. Martín pensó que podría librarse de ella, pues había comprado su libertad y la pasión se había marchitado como una planta mal cuidada. Ernesto notó la entrega incondicional servil y las lágrimas en Amelia y comprendió que era hora de pasar a la segunda etapa de su plan. Le dio placer al máximo. Ella quedó inconsciente sin comprender lo que le había sucedido. Estaba acostada escuchando la voz de su corazón que la arrullaba con una melodía de brisa tibia. No oyó salir a su amante y se quedó repitiendo una frase sin descanso.

Martín asistió a una reunión de sus amigos empresarios y descubrió la presencia de Brigitte, una joven sueca de mezcla escandinava muy extraña. Tenía aspecto de actriz de cine y Martín no se pudo resistir. Se empleó a fondo y logró muy poco, pero la mínima esperanza que ella le dio fue suficiente para emprender el camino de la conquista. Todas las noches la veía en el rostro de Patricia y cuando se iba con su amante no dudaba en susurrar el nombre de la rubia con ojos de lince. Amelia se desentendía porque no lograba adivinar qué palabra era la que tanto repetía Martín. Se desquitaba con los encuentros con Ernesto. Una noche, en la que Martín se la encontró por casualidad, sucedió la tragedia.

Martín estaba organizando un banquete para una persona importante del gobierno cuando apareció el inspector Fuentes. No podía haber aparecido el jefe de homicidios en peor momento porque esa noche tenía cita con Brigitte y sospechaba que por fin se la llevaría a la cama. Cuando lo vio le pareció un tipo desaliñado y poco inteligente. Tardó unos minutos en comprender que le estaba haciendo un interrogatorio.

—¿Hace cuánto que conoce a Amelia Bustamante? —le preguntó el inspector Fuentes poniéndose unas gafas ridículas

—Mire, la señorita Amelia es mi empleada desde hace dos años. Es una chica responsable y no tengo ninguna queja de ella, además su situación migratoria está en regla. La considero una persona inofensiva y no pienso que pudiera causarle daño a nadie. Si tiene alguna acusación en su contra, me hago responsable desde este momento.

—Le doy crédito a todas sus palabras y no dudo de lo que me ha dicho, pero debería usted saber que ha sido asesinada. Esta mañana la han encontrado muerta en su piso…

—Pero, ¡qué dice! !Eso es absurdo! ¡¿Quién podría cometer tal sacrilegio?!

—Pues, es eso precisamente lo que queremos aclarar y como usted era su amante…

—Pero, ¿cómo se atreve? ¿con qué fundamento dice eso?

—¡Cálmese por favor! Si le digo todo esto es porque ya lo hemos investigado. La gente habla mucho, ¿sabe? Las personas se sienten muy excitadas cuando se trata de bulos y cotilleos y la portera del edificio dónde vivía Amelia nos dijo que usted la frecuentaba por las tardes y que siempre se quedaba unas horas con ella. Ayer, precisamente le vieron llegar cerca de las seis. ¿Es verdad?

—Sí, es verdad— afirmó Martín buscando alguna explicación a lo sucedido. Sospechaba ya que lo tenían en la lista de sospechosos y no tenía preparada su coartada.

—Bueno, pues debería saber que, a las nueve y media de la noche, precisamente cuando usted abandonó el piso de la señorita Amelia, ella fue ahorcada con un cable de teléfono y no hay más huellas digitales de visitantes que las suyas. Cómo podría haber sucedido eso, ¿eh? ¿tiene alguna idea?

—Necesitaré la asesoría de mi abogado. Le ruego se retire y me cite cuando las cosas se aclaren. No soy un asesino y puedo demostrar mi inocencia. ¡Qué tenga buenas tardes, señor Fuentes! —Martín se retiró pálido. No podía mantenerse en pie y cuando el inspector se fue, se tiró en una silla, pidió un whisky doble y se lo bebió de un trago.

Se comenzaron a ver con claridad las grietas que destruirían su vida. Esa fortificación tan segura que había construido, mostraba defectos terribles, pronto se desmoronaría como los castillos de arena que había fabricado en el aire. Patricia pondría el grito en el cielo y se iría de cualquier forma. Sería inaceptable la revelación de una amante para ella y su prestigiosa familia. Los clientes jamás creerían su total inocencia, sus socios tratarían de quedarse con su parte y desentenderse de él. Lo único que podría salvarlo de vivir en el fondo del olvido era capturar al culpable. Al principio pensó en un robo, incluso llamó a la comisaría y para hablar detalladamente de las pertenencias de Amelia. Tuvo que ir a reconocerla a la morgue y al verla se decepcionó porque en vida le había servido como un instrumento de placer y lujuria, pero ya muerta, fría, inmóvil y con un gesto desagradable, le produjo vómito. ¿Cómo había podido poner en juego su riqueza y bienestar en esa mujer? La vio descompuesta, con celulitis, maloliente y despeinada con una mirada de loca. Lloró por la noche sin que Patricia lo viera. No le apeteció dormir con ella. Era mejor empezar a olvidarse de su vida marital que no había sido tan mala, pues Patricia tenía muchas cualidades que mujeres como Amelia solo podían envidiar. Martín se mordió los labios y golpeó las paredes hasta sangrar. Había sido un estúpido.

Asistió al interrogatorio con su abogado. Reconoció que Amelia era su amante, que se encontraban dos o tres veces al mes, que él le había comprado el piso, que le había hecho regalos caros y que lo último que recordaba haber hecho por ella era darle diez mil dólares para ayudar a su hermana. El inspector anotó toda la información e hizo preguntas, al parecer tontas y fuera de contexto, a las que Martín contestó de forma reacia. Terminado el interrogatorio le dieron la recomendación de no abandonar la ciudad y mantenerse disponible para lo que se pudiera requerir en la investigación. Lo que tanto temía se fue cumpliendo. El escándalo de patricia fue terrible. Él le propuso que se quedara con las propiedades y el negocio. Lo único que le interesaba era salvar el pellejo. No se resistía a su destino y procuraba acomodarse en la orilla del río más segura para que la corriente de sucesos no lo arrastrara y lo echara por una cascada insalvable. Pronto perdió su imagen y el día del juicio vio como se ensombrecía para siempre su vida.

—¿Reconoce usted, señor Martín Lugo, que su amante era la señorita Amelia Bustamante?

—Sí, señor juez. Fue mi amante durante más de un año.

—¿Estuvo usted con ella el día de su asesinato?

—Sí, señor juez estuve con ella unas tres horas y salí de su departamento pasadas las nueve, pero estaba viva.

—¿Reconoce usted que ella le chantajeaba con revelarle a su esposa su relación y, por eso, usted le daba dinero para conseguir su silencio?

—Lo niego señor juez, yo solo le ayudé en dos ocasiones para que pudiera enviarle dinero a su hermana en Centroamérica.

—¿Acepta usted que, a falta de pruebas de lo contrario, usted es el principal sospechoso y que el supuesto hombre con quien Amelia se encontraba en un bar popular era solo un amigo que compartía su afición a la música y el baile con ella?

—Según tengo entendido, ese hombre no era su amigo, sino un querido con quien ella se veía en secreto y él fue quien la asesinó.

—Su abogado no nos ha proporcionado pruebas y está claro que el individuo a quien se refiere usted, señor Martín Lugo, es un simple aficionado a la salsa y si se encontraba con Amelia era solo para bailar.

—Pero señor juez. Su cuartada es una patraña y además se descubrió que antes de la muerte de Amelia era un pelagatos y después le apreció una jugosa cuenta en el banco y…

—Lo siento señor Martín Lugo, pero eso ya ha sido aclarado durante las sesiones que hemos tenido aquí. Bueno, si no quiere reconocer su culpa ante las pruebas irrefutables que tenemos, es su problema. ¡De pie todos! Se levanta la sesión para que el jurado delibere. Nos vemos aquí dentro de hora y media.

Los minutos se fueron destilando desde el reloj hasta que, perdida la paciencia y los nervios, se reanudó la sesión. Andrés Longoria, el abogado de Martín, estaba seguro de que el jurado deliberaría a favor de su cliente y en el peor de los casos le condenarían a una pena de tres años de cárcel por falta de pruebas y tendrían que pagar una fianza muy grande, pero era el precio de la libertad.

Martín entró muy agotado y su aspecto ya no era el de aquel empresario que se comía los negocios como caramelos. Estaba canoso y las arrugas le agrietaban los pómulos. Se veía flaco y pálido. Su traje le quedaba una talla más grande y su andar era torpe. Se tumbó en la silla. Salió el juez, llamó al jurado y pidió silencio. Al oír la sentencia, Martín estuvo a punto de sufrir un infartó. Se desmayó y no oyó los gritos de euforia de los espectadores y contraparte acusadora. Cuando volvió en sí le ayudaron a levantarse. Le pusieron unas esposas y lo condujeron a una sala de espera para ser conducido a un reclusorio. Longoria hizo todo lo posible por darle ánimo y le prometió abrir el juicio de nuevo, encontrar al verdadero criminal y sacarlo de prisión. Martín ya no era dueño de sí mismo. Caminó sin oír nada y se fue como si lo hubieran condenado a la silla eléctrica y no hubiera vuelta atrás.

Una semana después del juicio, Patricia recibió en su nueva residencia a un hombre. Se había arreglado especialmente para ese encuentro. Llevaba puesto un vestido de seda con un gran escote y la mesa en la terraza estaba lista par una cena romántica. En el aire se movían las ondas serpenteantes de una cumbia colombiana ejecutada con acordeón y percusiones. El hombre entró conducido por la ama de llaves. Miro a Patricia y sonrió.

—Hola, ¿qué tal estás?

—Bien, te he echado de menos estos meses, pero era parte del plan, ya sabes.

—Sí querido Ernesto, ahora no tenemos ningún obstáculo. Nadie podrá impedir que consigamos nuestro sueño dorado.

Se abrazaron y se perdieron en el calor de un fogón que incendiaba sus corazones.

     

  

sábado, 25 de julio de 2020

Terezinha

I

Hacía unos días que me habían dado de alta en el hospital. Era uno de los sobrevivientes que no fueron arrestados por los ingleses el 5 de octubre de 1804. Éramos en total cincuenta náufragos incluido el teniente de navío Pedro afán de Rivera. Quedé enganchado a unos maderas de la proa. La corriente me llevó en dirección Este y permanecí a la deriva varios días. Luego perdí el sentido, pero como me contaron después. Una embarcación portuguesa me rescató. Cuando me recuperé supe que habían mandado a unos soldados para que me llevaran de nuevo Castilla. En esos días había pospuesto las salidas porque el temporal era muy malo. Pasé los días bebiendo en una taberna que estaba cerca del mesón en el que, gracias a la intercesión del alcalde, me habían dejado pasar las noches con una pensión completa. Gané unos cuantos escudos de plata que obtuve por mis labores de escribiente. Aprovechando la tranquilidad de una ciudad pequeña me dejé llevar por los placeres nocturnos. Había un sitio en el que se servía buen vino por las noches y las mujeres alegraban las veladas con bailes y caricias.

Tenía una conocida que me había hecho reducir mis ganancias a la mitad, pero estaba muy agradecido de poder gozar de su compañía. Me hablaba en su portugués costeño haciendo caso omiso de mi desconocimiento de algunas palabras y expresiones. Un día, antes de partir, fui a buscarla, pero no apareció en toda la noche. No quise amansar mis necesidades con otra mujer y bebí gozando de los cánticos y las danzas. Entrada la madrugada cuando la gente se comenzó a dispersar por las habitaciones y la música se hizo más lenta, vi a un hombre que me miraba con persistencia. Llevaba una camisa de olanes con un cordón desatado. Tenía un aspecto raro y en un principio estuve arisco a sus palabras, pero al preguntarle sobre su empleo me contestó que era comerciante y amanuense. Habló sobre sus viajes y las ciudades que frecuentaba. Me quedó la impresión de que el país era muy rico en vegetación. Hablamos un poco de las mujeres que ahí trabajaban, le comenté que me encantaba la Terezinha. El dijo conocerla, que era buena hembra. Apasionada y con mezcla de esclava y reina. Sabía obedecer y subordinar según lo requiriera la ocasión. La imaginamos juntos con sus grandes escotes y su pelo rizado, con esa sonrisa de zorra que armonizaba con su perfil fino y aojado. Su mirada era la desgracia de los hombres que veían como sus glaucos ojos herían el corazón tirándose a matar. “Prendado está usted, amigo—dijo acariciándose el bigote—. Esa mujer es la condena del alma”. Era verdad porque estaba dispuesto a no volver al servicio a mi patria por aquellas piernas prietas de la aromática Terezinha que me había enseñado a pronunciar correctamente su nombre en su idioma y yo lo repetía en mis sueños.

Al final resultó mejor no verla esa noche o, al menos eso creía en aquel momento, porque después tuve un mal presentimiento y, es por eso, que muchos años después vuelvo a esta ciudad para saber su paradero. No me gustaría recibir una mala noticia y su imagen de señora envejecida, tal vez sin algunos dientes, canosa y descompuesta, es mucho mejor que la confirmación de mis miedos. He traído conmigo los cuadernillos que me dio Vitor Agostinho aquel que me diera atareada conversación. Ni siquiera llegué a sospechar lo que tramaba aquel desdichado ser. “Soy escritor de cosas de la vida, ¿sabe? —me dijo ya muy ahogado en alcohol—. Lo malo es que publicar un libro en nuestro tiempo es muy caro. Quizás usted podría ayudarme. Mis historias son para la posteridad. Es usted un hombre de bien, influyente y podrá con toda seguridad hacer que se cumpla mi ultimo deseo”. Traté de darle consuelo a sus penas y hasta lo encaminé a su casa. Nos despedimos con un abrazo sincero y me quedó grabada su mirada de crueldad que no sé si fue porque quería vomitar y se contenía o porque se imaginaba el final de la historia con mucho trecho de anterioridad. Cogí los cuadernos y me los metí en el jubón pensando seriamente en que los llevaría a la imprenta. Vi su capa alejarse. Llevaba en la mano su sombrero y su sombra parecía una serpiente avanzando dudosa. Ya compuesto de salud y espíritu volví a mis labores. Primero fui llamado a dar informe y luego asignado para viajar junto con Carlos María de Alvear, único sobreviviente de la familia de Diego de Alvear, a la Argentina. Toda la familia había naufragado conmigo y muchas veces me pregunté como había sido posible su desaparición. Mis labores y compromisos me alejaron de los cuadernos que permanecieron muchos años en un baúl, pero era mi destino leerlos finalmente y lamento mucho haberlo hecho. Esto fue lo que encontré:

II

Capitulo primero

Nací en el año 1774 en un pequeño pueblo cerca de Braganꞔa. Viajé desde pequeño a Meixedo y conocí la gran vegetación de los bosques del norte. Supe de los animales salvajes que habitaban allí. Tenía siempre miedo de los lobos que merodeaban por nuestro coche. Oía sus narices olisqueando, los mordiscos en la madera. A veces aullaban sin fuerza como amenazándonos con sarcasmo. Un día tuve la desgracia de salir por la noche a orinar. Tendría once años y al darme la vuelta, ya para volver a mi cama vi un lobo. Estaba frente a mí. Me miró sin furia, sin parpadeos. Sus brillantes ojos me comunicaron sus palabras: “Eres mi hermano gemelo. No somos dos contrarios y nos separaron para siempre, sin embargo, debes reunirte conmigo a través de un ritual. Tendrás que hacer un sacrificio en las noches sin luna. Ningún alma humana debe mirarte para que puedas retornar al bosque y yo esté en ti y tú en mí”. Me dio las instrucciones exactas de la ceremonia y me fui a dormir. A la mañana siguiente no recordaba nada. Estaba de buen humor y mi apetito fue el de un hombre mayor. Estás creciendo Víctor, me dijo mi padre limpiando los platos. Era cierto, me había salido un bigotillo de terciopelo bajo la nariz. Me sentía vigoroso y dispuesto a conquistar las tierras que veía en el horizonte.

Capitulo segundo

Habían pasado ya varios años. Me había hecho un experto en plantas medicinales. Ponía en bolsos de tela de lino mis hojas secas. Tenía clasificados los tipos de té, los ungüentos y las grasas de reptiles. Mezclaba algunas sustancias con aguardiente y se las vendía a los hombres para sanar los dolores de riñón o hígado. Tenía infusiones para los cólicos y jarabes para que las mujeres dejaran de ser lascivas. Mi padre estaba orgulloso. Recorríamos toda la costa del Atlántico, nos internábamos por los bosques. Teníamos una ruta de norte a sur que duraba un año. Hacíamos paradas en todas las poblaciones y nos relacionábamos con la gente. Nos pagaban bien y podíamos disfrutar de los espectáculos que nos ofrecían los cirqueros y magos. Mi padre siempre tenía monedas para cerveza o vino y como se desentendía del negocio sabiendo que yo podía con toda la carga, se llevaba al coche mujeres con las que reía y mugía como un buey feliz.

Capitulo tercero.

Una noche en que estábamos cerca de Vila Nova de Serveira cerca del río Minio. Mi padre llegó con una mujer gorda de unos cuarenta años. Me llamó y al acercarme vi a una joven que venía con ella. Tenía un vestido limpio y olía a aceite rancio y flores. Llevaba una diadema de metal un poco oxidada y su piel era muy pálida, sin embargo, tenía unos pechos redondos como naranjas y su rostro era el de una hembra canina en espera del ataque. Me miró con la cabeza baja. Mi padre abrió la puerta del carro y me ordenó subir. Entré y sentí que detrás venía la chica. Se cerraron las puertas y el espacio desfalleció de luz. Se me echó encima como quien quiere pelea, pero al tenerla sobre mí, me pidió que la desnudara despacio. Me ofreció su espalda y desaté los cordones que sujetaban su vestido azul. Quedó semidesnuda y se despojó del camisón amarillento. Me quité la ropa sin saber lo que hacían mis manos y, cuando estábamos en cueros, ella se echó boca arriba. Me miró retadora y me llamó. Sentí su cuerpo tibio y salado. Tenía poco bello en los sobacos y su vientre mostraba una barbita rala con unos labios rosados y regordetes. La monté con fuerza y sentí sus uñas traspasarme la piel, el placer por la unión me puso salvaje y la aferré con fuerza. Ella se retorcía debajo de mí. Reía de su ocupación pervertida, me empujaba para que tomara vuelo y después descendiera para traspasarla. No sé cuánto duramos así, pero de pronto noté los dientes más chirriantes, la piel más peluda. Me estaban poseyendo el deseo y la locura. Se me nubló la vista y sé que la mordí y me llené los pulmones con el olor de su carne fresca. Vi de nuevo al lobo que años atrás me había dicho que era mi hermano. Temblé de horror, pero ya no era yo, sino él, que aullaba con la potencia de un fuelle.

Capitulo cuarto

Los encuentros con mujeres se fueron repitiendo y mi padre fue perdiendo fuerzas. Parecía que cada vez que yo complacía mi cuerpo con un encuentro sexual, era él quien perdía el vigor que yo empleaba en el amor. Comencé a ver cada vez más cuajada la imagen de mi hermano. Una tarde de invierno muy fría tuve la revelación. Estaba con una campesina que se había ofrecido por unas cuantas medicinas para su madre. Era muy corpulenta y generosa en el amor. Se encendía como una hoguera y su calor duraba muchas horas. Parecía que tenía la fertilidad de la primavera. Habíamos quedado que primero curaría a su madre y después, para que pudiera entregarse sin recato. Haríamos el amor. No sabía entonces que se conjuntarían todos los elementos de la tragedia, pues como ya había contado antes. Mi progenitor perdía fuerzas con mis andadas y esa noche no tenía las suficientes para soportar el fuego de Fillipa que parecía una yegua en brama. La madre se recuperó a la mañana siguiente. La lusa floreció y tenía un encanto envidiable. Mi padre, por desgracia, amaneció tieso frente a las cenizas de la hoguera que había hecho. Lo sepultamos y me vi solo conduciendo el negocio familiar.

Capitulo quinto

Ya huérfano por doble partida, primero mi madre en la infancia y, ahora mi padre en la juventud, decidí seguir adelante sin mirar atrás. Los buenos consejos de mi procreador quedarían para siempre mientras él se iba integrando más a la tierra y transformándose en parte del universo. Lo eché de menos los primeros meses, incluso hablé muchas tardes con él. Así como lo solíamos hacer. Sentados frente a la hoguera hablando de nuestros planes futuros. Seguí elaborando los remedios con plantas, grasas de animales y algunas sustancias químicas. No se incrementaron mucho mis ganancias porque me faltaba el poder de convencimiento que mi padre sí tenía. Era un verdadero actor que entonaba, gesticulaba y lloraba como si de verdad estuviera convencido de lo que decía. Para mí era mucho más difícil, sin embargo, comencé a imitarlo y las cosas resultaron mejor. La gente me preguntaba por él y les contaba el triste final de su vida. Seguí haciendo mi ruta cada año, pero en uno de esos viajes pasó algo terrible.

III

Lo que Víctor Agostinho cuenta en adelante es fruto de una mente de sesos retorcidos o de la transformación, por causa de alguna pócima o un embrujo, de un hombre normal en algo bestial. Habían pasado diez años desde aquel infortunado día en que lo conocí. Era el año catorce y supongo que tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Volví a Garganta que estaba en una gran planicie árida. Busqué el Ana da Eira donde me había encontrado Terezinha. El lugar había cambiado un poco, era más pequeño de lo que lo recordaba. Por suerte estaba la encargada que ya era una anciana. Los años se le habían quedado encima y su carga era muy fastidiosa por las enfermedades que la comenzaron a afectar de forma demoledora. Andreia de Santos que sobresalía por carácter antes, ahora estaba relegada a su habitación mientras alguna de sus pupilas se encargaba de organizar las habitaciones, controlar a las mujeres y poner detrás de la línea a los hombres. No me reconoció. Le dije que había asistido a su burdel hacía diez años y que entonces era un joven marinero español muy atractivo. No podía comprobarlo y mi gruesa figura, mi calvicie prematura y mi perilla un poco canosa parecían contradecir mis palabras. La señora de Santos ya no veía muy bien y la artritis le producía un dolor tan intenso que no se podía concentrar en nada. Le pregunté por Víctor Agostinho y me contó que había sucedido una gran tragedia. No fue muy clara al contarlo y me quedaron muchas dudas. La historia que ella me había relatado era inverosímil y no pudo o, no quiso darme detalles. Lo que saque en conclusión es que había muerto mientras estaba con una de las chicas, pero su muerte había sido tan extraña y horrorosa que nadie deseaba comentarla.

Fue necesario dirigirme a la policía. No pudieron atenderme ese día y me alojé en el Flor de sal. Era muy pequeño y tenía un olor rancio. Deseé que mi estancia fuera corta y decidí que en cuanto aclarara lo de Agostinho volvería de inmediato a Argentina para no regresar jamás a Europa. Tomé una botella de vino y me venció el sueño. Era lo que necesitaba para poder estar tranquilo. La imagen de Terezinha se había ido haciendo más clara y creía verla en las mujeres morenas con vestido azul, que no faltaban. Desperté por la mañana con el estómago torcido. No pude desayunar y al mediodía fui otra vez a la comisaría. Hablé con Rui Antunes el encargado de homicidios que me atendió guiado más por la curiosidad que por la cortesía. Le manifesté mi temor de que Terezinha hubiera sido asesinada por Agostinho. Creí que Antunes me contaría todo de principio a fin sobre su muerte, pero no fue así. Me fue escrutando hasta sacarme la última referencia que tenía de Víctor. No reveló su interés de inmediato y me fue haciendo preguntas tan bien elegidas que no podía evitar hablar de Agostinho. Le conté lo de los cuadernillos, la forma en que nos conocimos y las sospechas que despertó en mi su conducta. Más tarde fui presentando la historia a partir del temor que tuve al volver a Castilla. Fue por su mirada—le dije al comisario—, por lo que sentí un escalofrío y un miedo jamás experimentado. Era como hablar con un ser de ultratumba. Me vi obligado a mostrar los cuadernos e incluso leer pasajes desagradables. Cuando hablé del segundo cuadernillo que era donde se encontraban las descripciones más aberrantes de las vejaciones de Agostinho, el comisario no se inmutó. Parecía que estaba buscando algún dato o información que le diera una respuesta a sus hipótesis. Por ratos se le iluminaban los ojos y cuando terminé de hablar salió. Volvió con una cubierta de cuero grueso y sacó unos papeles amarillentos. Eran unas actas.

“20 de noviembre de 1804. Se ha presentado el cadáver de una mujer de unos veinticinco años. Mulata con el pelo negro largo y rizado. Su cuerpo presenta fuertes mordidas en las piernas, los brazos y las nalgas. Al parecer las marcas de los dientes son humanas. Le fueron mutilados los pezones y los labios tanto de la boca como vaginales…”

No pude escuchar hasta el final lo que leía Rui Antunes. Le pregunté si había encontrado más víctimas torturadas de la misma forma. Me dijo que sí, que tenía conocimiento de unos quince casos más. Fue entonces cuando cogí el segundo cuaderno de Víctor y busqué los capítulos diez, once y doce. El comisario perdió el habla. Repasó letra por letra lo escrito y después con el rostro descompuesto me dijo:

—Tendrá que dejarme esos manuscritos, señor Samuel Castro

—Sin duda alguna, comisario. Creo que están malditos. Cójalos, por favor.

—Muchas gracias. Mire, el caso de Agostinho, es algo fuera de la lógica. ¿Sabe? Murió en el Ana de Eira. Donde conoció usted a Terezinha. Él la pudo haber matado el mismo día que usted lo conoció. Esos escritos que me ha dado son como una confesión póstuma y ahora se le podría inculpar por esos homicidios.

—Espero que así sea, comisario. Por cierto, le pregunté a la señora Andreia de Santos los detalles de la muerte de Víctor, pero como está en malas condiciones no me dijo nada. Las demás mujeres me comentaron que era tan desagradable el suceso que lo único que les producía era vómito y nadie quiso contármelo. Así que, si fuera tan amable de no dejarme ir con la duda, se lo agradecería muchísimo.

—Pues, es en verdad horrible y de ser otra persona usted, jamás se lo contaría, pero supongo que algo debe estar plasmado en estos cuadernos y lo que le narraré no le sorprenderá mucho. Vea, dicen que sucedió así:

“Víctor llegó cerca de la medianoche al burdel y pidió bebida. Se tomó media botella de aguardiente de un trago y comenzó a buscar una muchacha para acostarse con ella. Olía a perro según dice el informe, por eso nadie se le quería acercar. Eligió a una chica y ella le puso como condición que se bañara y una cuota muy alta. Agostinho dijo que el dinero no era problema y sacó un saquito con monedas de plata. A todos se les despertó la curiosidad porque era bastante y si se lo iba a gastar en una noche, bien merecía la pena prepararle un baño y una buena cama. Se limpió y quedó listo para el amor. Le dieron su habitación y empezó a revolcarse con la mujer, pero en unos minutos se oyeron unos gritos de dolor. Por el barullo y la música los clientes no oyeron nada y confundieron los alaridos con gritos de placer. Por casualidad, el guardia de la casa lo notó y entró precipitado tumbando la puerta. El espectáculo era tétrico. Había sangre esparcida por todos lados. El cuerpo de la mujer yacía inmóvil. No tenía pezones y sobre ella estaba una bestia peluda. Al notar al negro guardián se le abalanzó y comenzó a morderlo con una fuerza sobrehumana. Por suerte, pasó alguien de la cocina con utensilios. El negro pidió ayuda y le proporcionaron un cuchillo. Agostinho se enfureció y las cuchilladas parecían darle fuerza. Mordía el aire y aullaba. Fue muy difícil aplacarlo. Al final perdió tanta sangre que ya no pudo seguir moviéndose. Y aquí viene lo inverosímil, estimado don Samuel. Dicen que el cuerpo peludo de Víctor se dividió en dos partes. De un lado, quedó un cuerpo humano y, del otro, la piel de un lobo. Nadie pudo decir si eran dos cuerpos o un hombre y una piel. El caso es que desde entonces dicen que Agostinho era el hombre lobo”.

Me quedé mudo. No pude más que levantarme y salir despacio de la comisaría. Rui Antunes no reaccionó. Noté al verlo de reojo que tenía mucho interés en los cuadernillos. Sé que encontró lo que buscaba. La confesión estaba escrita de forma indirecta con letra burda y mal hilada.