Escritura creativa

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La buena elección

Salió del templo muy enfadado. Un niño lo alcanzó y le preguntó la causa de su mal humor. Sin voltear a verlo, el viejo, le dijo que estaba harto de las farsas de las instituciones eclesiásticas. El pequeño no comprendió y le pidió que fuera más claro, entonces el anciano se volvió y descubrió al repartidor de periódicos. Cambió su tono y redujo el paso. Dime—le preguntó con voz suave y comprensiva —¿Tú crees en Dios? La respuesta afirmativa fue inmediata, pero surgió otra interrogante. ¿Quién es Dios o dónde está? —Pasaron algunos segundos antes de que el muchacho pudiera responder—. Pues, él es el creador del mundo y vive ahí—señaló el cielo levantando mucho el brazo—. Y ¿qué nos dice? ¿cuáles son sus mandamientos? —El chico hizo un gesto de duda y se quedó con la boca medio abierta—. En la iglesia nos dicen que hay que ser buenos, que tenemos que compartir, que no debemos desear el mal y, en general, hacer el bien al prójimo. Excelente, muchacho, me da gusto que lo sepas. Siguieron andando unos minutos en silencio. El hombre comenzó a hablar de nuevo.

¿Tú haces lo que recomiendan en la iglesia? —preguntó poniendo cara de interés y modulando la voz como si fuera un lobo—. Por supuesto. No quiero ser un niño malo y parar en el infierno— Se oyó una risita dulce, pero cascada— Y ¿por qué habrías de parar en el infierno si no tienes pecados? Pues, porque debo ser obediente y no pensar malas cosas. ¿Sabías que a mí me han condenado a vivir en las tinieblas? Fue precisamente el sacerdote con quien he hablado hoy. Ah, por eso está de mal humor, ¿verdad? No, no es por eso, hijo mío. Es porque todos mis esfuerzos en la vida han sido inútiles. Pero ¿qué ha hecho para merecer ese duro castigo? Nada, sólo he dicho y escrito la verdad. ¿La verdad? Y ¿Cuál es la verdadera verdad? —al octogenario se le iluminó el rostro y miró al frente—. Te voy a preguntar algunas cosas y debes responderme con el corazón, ¿de acuerdo? Sí, de acuerdo. ¿Qué es más útil? ¿Ayunar o compartir el pan con el hermano y el pobre? Compartir—dijo el chico saltando de alegría—. Y qué es más importante ¿desarrollar el espíritu o satisfacer los caprichos del cuerpo? Desarrollar el espíritu. Y qué es mejor. ¿No cometer pecados o ir a confesarse con el sacerdote? No cometer pecados.

El niño se sintió muy a gusto con ese individuo harapiento, pero con sabiduría. Era tanta su alegría que su paso se hizo más garboso y, quien los hubiera visto, habría dicho que eran un abuelo y un nieto felices. Dime una cosa más, pequeño. ¿Qué le pide la gente a Dios? No sé. Fama, dinero, casas, comida, esclavos, fiestas. Y ¿para qué es todo eso? Para ser felices. Entonces, la felicidad está en todas esas cosas, ¿verdad? Sí, pues si todos lo hacen, quiere decir que sí. Pero ¿ellos le ofrecen algo a Dios? —durante unos minutos el chico se vio en una encrucijada y no supo cómo responder, por eso permaneció mudo—. En realidad, él que implora y promete no sabe que pide cosas para satisfacer su ego y no hace nada para desarrollar el espíritu porque el que tiene dinero, se hace avaro y cada vez necesita más; el que pide curación para su cuerpo es para seguir abusando de los malos hábitos; y el que quiere fama, desea usurpar el lugar de su creador. Todo eso lo hacen porque no pueden distinguir quién es Dios en realidad. 

Y ¿quién es él? Es el espíritu mayor que nos orienta para germinar las cosas que no puede desarrollar el cuerpo. Nuestra carne sólo nos ata al mundo. Es un templo donde debe vivir el espíritu, pero si el cuerpo es malo, el espíritu no puede vivir en él. Y ¿qué se debe hacer para tener un cuerpo bueno? Pues, hijo, está muy claro, darle las cosas que necesita sin abusar para que se mantenga bien. Por ejemplo, comer, dormir, descansar o ejercitarse. Eso es suficiente, pero ¿qué debemos hacer para desarrollar el espíritu? ¿No lo sabes? Primero, entender que somos parte de Dios, que su fuerza va dentro de nosotros y que, si actuamos de buena fe, él estará siempre en nuestro interior. Si bebemos agua para el cuerpo, vuelve la sed, ¿no es verdad? Sí—afirmó el chico moviendo la cabeza y frunciendo el ceño—. Pero, si bebemos agua para el alma, la sed no vuelve y nos reconforta porque nos da dicha. Sí, pero ¿cómo darle de beber a nuestro espíritu? Es muy fácil. Lo único que hay que hacer es escuchar al corazón. Mira, si ves a un amigo tuyo con hambre y tú tienes un pan, ¿qué haces? Le doy la mitad. Y ¿si alguien llora porque tiene sufrimientos? Pues, le pregunto la razón y le ayudo con un consejo. Y ¿si alguien lleva una carga muy pesada en la espalda y no puede seguir adelante? Le ayudo a cargar. ¿Lo ves? Todo es muy sencillo, pero la gente lo hace difícil porque no piensa en los placeres del alma, sólo le interesa el goce del cuerpo. Así lo hace el que presume de ser bondadoso, el que dice que sigue las normas, el que grita que ha ido a la iglesia, el que jura que es buen trabajador o padre. Todo eso lo hacen para que les reconozcan, pero no lo hacen para el espíritu. Hay que callar y actuar. La gente agradecida te compensará siempre...—el pequeño ya no quiso separarse del anciano, pero este le dijo que tenían diferentes caminos. Se despidieron y, como recuerdo, el hombre le dio lo que llamaba su libro de cabecera. Era un ejemplar nuevo del “Evangelio abreviado” que llevaba su nombre—. Adiós señor Lev, le dijo con un fuerte abrazo. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

El comelibros

No sabía cuándo había comenzado su problema. Estaba solo y no había quien pudiera soportarlo. Vivía en una buhardilla con un gran ventanal que le permitía mirar un paisaje urbano muy atractivo, sin embargo, hacía años que no se asomaba por la ventana y si no hubiera sido por su compadecida madre habría muerto de inanición. Recordaba el día que empezó a leer algunos ejemplares en diagonal—se decía que era un método que le ahorraba mucho tiempo y le permitía enterarse de la trama de los cuentos y novelas que leía.

En una ocasión se encontró en una estantería un libro muy gordo y aplicó su técnica. Lo terminó y fue a revisar las críticas y reseñas sobre dicha obra. Con alegría confirmó que estaba en lo cierto. No se le había pasado ningún detalle importante e incluso había encontrado elementos que los críticos no habían notado. Empezó a sonar su voz analítica en la radio, lo invitaron a varios eventos importantes y la cantidad de trabajo y su curiosidad natural lo fueron obligando a hacer más rápido sus labores. Fue así como se encontró un día leyendo dos libros al mismo tiempo; El Quijote y Ulises. Aunque las obras no tenían nada en común, descubrió que en su mente se había formado una amalgama muy interesante. Esa tarde participó en un seminario y la gente le preguntó por el autor de la historia que había contado. Como la sensación que había dejado la experiencia en su sentido gustativo intelectual era el mismo que hubiera producido un buen plato fuerte en un restaurante de varios tenedores, se arriesgó con otras obras. Así se le fue formando una afición que le gustaba no sólo a él, sino también a sus admiradores. Como si fuera un jefe de cocineros, preparaba las entradas, el plato fuerte y el postre con bastante ingenio; pero si antes, ya tenía demanda, ahora ya no le quedaba ni un minuto libre. Leía al mismo tiempo tres libros, primero, luego cuatro y llegó a sobrecargarse tanto de trabajo que sin darse cuenta leía, al mismo tiempo, párrafos de diferentes libros, de tal manera que su extraordinaria imaginación le dio la posibilidad de inventar historias jamás contadas. La mayoría eran poco atractivas, pero algunas lograron un éxito internacional. Le otorgaron infinidad de premios, pero estaba tan enajenado con sus faenas intelectuales que no acudió a las entregas.

 Un día, mientras daba una conferencia, un hombre saltó indignado y le arrojó su zapato. Uno de los guardias lo salvó de lo que habría sido un golpe mortal de suela de caucho. “Ese comelibros se ha vuelto loco—gritó indignado el individuo—, deberían llevárselo a un manicomio”. El error que había cometido el ponente era la pérdida de concentración y seguir con su buen o mal hábito—depende desde qué perspectiva se vea—de leer al mismo tiempo su ensalada de textos. Ese día se le habían mezclado La biblia, Justine del Marqués de Sade, La divina comedia de Dante, Memoria de mis putas tristes de Márquez y El archipiélago de Gulag de Solzhenitsin. No se dio cuenta de que la gente había abandonado el recinto. Con los ojos hinchados seguía con gran rapidez las bandejas de una comilona al estilo romano antiguo en el que los huéspedes probaban los deliciosos platillos y luego se iban a vomitar para volver a comer más. Estaba tan inspirado que lo tuvieron que sacar de allí.

En las calles se habían organizado marchas de protesta, la gente lo calificaba de hereje, la iglesia lo excomulgó, las universidades lo despojaron de sus premios y la ciudadanía lo condenó al exilio permanente en alguna isla lejana en el pacífico. No fue necesario hacerlo, pues su actividad tarde o temprano se terminaría—decían—. La única que soportó fue su madre que con resignación veía cómo su hijo perdía peso y se iba convirtiendo en un hueso. Al final ni ella pudo resistir el vicio de su hijo y con profundo pesar se retiró a vivir a una casa de ancianos. De vez en cuando, le llegaban noticias de su hijo, el cuál había logrado sobrevivir alimentándose de las páginas de sus libros de papel y los imaginados. Cuando notó los primeros síntomas de esclerosis decidió escribir. Muchos años después fue rescatado su bagaje cultural. Se publicaron sus mejores obras y se las acompañó con una leyenda que decía:

 “La lectura de estas historias puede crear hábitos perjudiciales y conducir a la gula”. 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La mujer que viajó para convertirse en gata

I
Preparó con mucha anticipación sus maletas. Tenía la lista de cosas pegada en la cabecera de su cama y todas las noches revisaba mentalmente las cremas, las prendas interiores, el cepillo de dientes, los cosméticos y todo tipo de accesorios necesarios para soportar la inclemencia del clima del país al que se dirigía. En realidad, no había nada de qué preocuparse porque haría el viaje en verano y tendría unos meses para adaptarse a las nuevas condiciones climáticas. Le faltaban tres días y por las noches la despertaba algún olvido que se enmendaba cuando salía de su apacible mundo onírico y la vigilia le devolvía la tranquilidad necesaria para conciliar otra vez el sueño. Durante sus horas de ocio paseaba por su barrio y conversaba con las vecinas que con mucha curiosidad le preguntaban si no le daba miedo hacer un viaje tan largo. La respuesta, acompañada de una condescendiente sonrisa, era una negativa. Las señoras la veían con admiración y con unas bolas esféricas en la cara levantaban un enjambre de murmullos. Ágata tenía un novio con el que había cortado, se lo encontraba de vez en cuando, pero él fingía no verla. Cuando Felipe la distinguía desde lejos, suspiraba, hacía de tripas corazón y disimuladamente giraba los pies, impulsaba la cadera y se retiraba con paso lento. No había solución, la infidelidad en una noche de embriaguez había derribado las paredes de la fortaleza en la que Ágata se sentía segura. Los añicos de su corazón roto le dieron la fuerza para tomar la importante decisión.

En algo habían influido la suerte o, el erudito destino, para reservarle un sitio en otra nación, que tal vez le ofrecería todo lo que no le podía proporcionarle su madre patria. Se decía que así era mejor, que lejos de todos sus problemas y la incomprensión familiar encontraría el sendero que la llevaría a la cordura y, por qué no, a un feliz matrimonio. Comía poco y se sentaba paciente a que las manecillas de reloj le acercaran la hora de la partida. Llamó a sus amigas y les prometió mantenerse en contacto enviándoles cartas una vez por semana. Francisco, su padre, mostraba seguridad y se paseaba arisco por la casa, gruñía en ocasiones y ya no le deseaba las buenas noches a su hija con un beso y se limitaba a pronunciar un simple “que duermas bien”. Luego se quedaba en el salón, sacaba una botella de ron, se servía chorritos que se bebía de un trago y salía a la ventana para regar las plantas con sus lágrimas. Llegó el momento de la despedida y a todos se les cayó el disfraz de valentía que habían llevado confiados hasta el último momento pensando que no los delataría. En un mar de buenos deseos y lamentaciones la única hija de la familia León salió hacia Europa. La señora Gertrudis se quedó mirando el avión con sus hermosos ojos glaucos. Lloró en silencio y su estómago parecía emitir el gimoteo que ella ocultaba. Su marido la rodeó con el brazo y le ayudó a sacar las lágrimas con un berrido infantil. Se enlazaron en una actitud solidaria y se miraron como el día en que les habían informado que eran padres de una hermosa hija.


Ágata no pudo sobrellevar la severidad del vuelo, anduvo caminando por el corredor durante varias horas y se encerró en el baño para vomitar la sosa comida precalentada de las bandejitas de aluminio. A pesar de que el viaje parecía el de un tren que recorría una vía recta sin baches, ella se aferraba a la cabecera del asiento delantero enterrando con mucha fuerza las uñas. Casi no hubo turbulencias, pero las pocas sacudidas que experimentó la enorme aeronave le pusieron los pelos de punta. Dieciocho horas de vuelo fueron un vía crucis en el que se prometió hacer una gran penitencia para limpiar todos sus pecados. Estuvo a punto de besar el asfalto del aeropuerto en un gesto episcopal, pero no le alcanzó el valor para ponerse en la posición de los musulmanes en plena oración, por eso, arrastró como pudo sus maletas y salió del aeropuerto. Vio un letrero con su nombre y apellido, suspiró y caminó con determinación. 

viernes, 10 de noviembre de 2017

Premiado


I
Después de ganar un famoso concurso de televisión, Mauro, se hizo famoso. Lo habían conchabado para que se aprendiera las respuestas, ganara y se llevara un porcentaje del famoso premio. Iba caminando por la calle cuando un hombre de traje lo llamó para hacerle la propuesta. Quedaron de preparar el plan en tres sesiones. Les resultó muy bien y los televidentes quedaron convencidos de que Mauro Germán era un hombre bastante capaz. El cobro se hizo a través de una transferencia de banco y cuando llegó la suma acordada. El afortunado ganador se cambió de casa y se cortó el pelo, cambió su apariencia y la de su esposa para no ser reconocido. Adelina sí que sufrió una transformación, pues sus harapos viejos, su pelo descuidado, su rostro gris y, sobre todo, su delantal, desaparecieron. Había llevado una vida muy modesta, sostenida por el raquítico sueldo de repartidor que recibía su marido. Le había tocado soportar las mentiras de Mauro, ya que éste, se dedicaba a salir con los amigos y a encontrarse con mujeres de forma clandestina. Como ella era la última de la fila le habían tocado las migajas. 
De vez en cuando, hacía trabajillos que le dejaban unas monedas. Sabía coser, tejer y cocinar bien, por eso aprovechaba que algunos vecinos se vieran en penurias para ofrecerles su ayuda. La gente la quería bastante por su buen carácter. El optimismo era lo que la mantenía a flote en las aguas agitadas en las que mantenía su barca. A pesar del peso de su marido, ella sabía cómo dirigir los remos y las cosas iban bien gracias a su clara visión. Con un monto de dinero suficiente para vivir unos años sin trabajar, Mauro pensó poner una pequeña tienda de abarrotes, que sería atendida por su mujer, mientras él se encargaría de mantener el abastecimiento.

Se llevó a cabo el negocio. Compraron en un mercado un pequeño local. Lo resanaron, lo pintaron y lo decoraron para que llamara la atención. Trataron de ocultar su identidad por unos meses, pero una anciana que tenía una memoria fotográfica envidiable comenzó a llamar a Mauro “El afortunado”, la gente no se decidía a creerlo, pero la vieja no tenía reparo en afirmarlo durante sus largas tertulias vespertinas en la plaza donde se reunía la gente todos los días. Así fue como sin querer se le denominó para siempre. —Ahí viene “El afortunado”—decían los niños señalándolo con el dedo. Al final, hasta tuvo que ponerle a su negocio su apodo. Se acostumbró con el tiempo a su mote y ya no reaccionaba cuando lo llamaban por su nombre. Esto fue un hecho maléfico, pues en una ocasión lo vio una de sus ex amantes y lo llamó por su nombre, pero él no hizo caso de la mujer que se alejó en su destartalado coche pitándole con el claxon. Un día otra dama se presentó cuando Mauro estaba atendiendo porque Adelina se sentía un poco mala y lo había llamado para ocuparse de las ventas. Tenía ocho meses y medio de embarazo y la pesadez de la condición de madre primeriza y no muy joven le había causado estragos. Se había mareado mucho y estaba sentada tratando de recuperarse.

Mauro no pudo cerrar porque apareció la clienta. «Mira ¡Qué casualidad!!Dónde te vengo a encontrar! Hacía tanto que no te veía, cuéntame qué tal todo, ¿por qué dejaste de llamarme?» La voz era de Dolores, una de las más extravagantes conocidas de Mauro. La había conocido cuando estaba entregando unas mercancías en un supermercado. Intercambiaron algunas palabras y el interés que sintieron fue mutuo. Él presentía que tenía enfrente a una mujer sin prejuicios y ella pensaba que un tipo como Mauro era lo que necesitaba para extrovertirse en todos los sentidos. Lola era muy abierta, pero tenía un enorme defecto que la aislaba de los demás. Era su insensibilidad ante lo moral y ético. 

Estaba inmunizada contra la conciencia de la cual desconocía su existencia. Esa tarde no pudo contener sus recuerdos y empezó a comentar los magníficos encuentros que habían tenido, las pasiones desbordantes que los habían consumido y, al entrar en detalles, las palabras le causaron tal dolor a Adelina que empezó a parir en la silla en la que se encontraba. Un mar de gritos desesperados llamó a Dios y a la ambulancia para que se llevaran a la parturienta a la clínica de maternidad. En un arrebato de sorpresa, Lola se subió junto con los demás en los coches para ver el final de la historia. Siguió, como era su costumbre, hablando de todo al mismo tiempo. Había personas que no la podían soportar por su agnosia topográfica en el terreno sentimental. Podía decir sin ningún recato cosas que herían la dignidad de las personas. Lastimaba o elogiaba de la misma forma. Por esa condición tan extraña, la gente la rehuía y pensaban, en cierto grado, que era un virus. En efecto, se convirtió en un veneno para la Familia de Mauro, quien lamentó con gran pesar haberse relacionado con ella. La primera manifestación de inmoralidad fue la comparación del bebé con un nativo de Asia. Resaltó con lujo de detalle los defectos del niño que, en realidad era normal, y sólo tenía una cara hinchada y las piernas un poco más cortas de lo habitual. Adelina sentía que las palabras de la mujer eran como piquetes de clavos. Cada vez que Lola abría la boca una contracción en la bilis le ponía la saliva de color de sapo a la pobre madre que ya tenía suficiente con los dolores del parto.

Ya no pudieron quitársela de encima y, empeñada como estaba, a reanudar sus relaciones con Mauro, aprovechó la primera noche de ausencia de Adelina para meterse en la cama con el ex repartidor a quien había complacido, sin sopesarlo, en todas sus perversiones durante algunos meses. Los vecinos se enteraron, gracias a la impaciente lengua de la nueva vecina, que había declarado que se quedaría para ayudar al matrimonio con el niño. Se vestía de forma muy vulgar y no paraba de moverse en todo el día. Las personas más recatadas de la cuadra comenzaron a evitarla, sin embargo, ella siempre encontraba un motivo para hacer comentarios o entablar conversaciones que más parecían monólogos. El problema surgió cuando se convirtió en la vocera de las intrigas e infidelidades de los vecinos. Ella misma era partícipe de las traiciones, pues no encontraba ninguna dificultad para revolcarse con los incautos que se sentían atraídos por sus redondas caderas. Era como una trampa para conejos. Muy simple pero mortal. Las señoras vigilaban con asedio a sus maridos. Los niños se habían convertido en espías efectivos que cada cinco minutos delataban la posición del enemigo.

Por su inmunidad a las críticas, su resistencia a los castigos de Dios y los juicios morales, Lola era una especie de enfermedad que le causaba dolencia a todas las personas. Una sinceridad cruda e hiriente salía de su boca con una forma tan natural que el efecto era fulminante. Quienes habían pensado que la verdad no pecaba, pero incomodaba, se arrepentían de haber inventado tal frase, pues en la vida real, esa verdad era como puñaladas asestadas a bocajarro. Pronto se terminó la paciencia y, aunque todos comprendían que era malo atentar contra la salud de una persona, todos estuvieron de acuerdo en desmejorar la condición física de Lola. Así fue como le empezaron a dar quesos rancios, pan con moho, leche en mal estado y, hasta porciones pequeñas de veneno para ratas. No hubo ningún efecto. La Lola seguía sin mostrar mejoras, a pesar de los esfuerzos de la comunidad que ya trabajaba como un equipo unido en una competencia olímpica.

 Los oídos sordos de la intrusa, las críticas y las arremetidas imprevistas de sinceridad tumbaban a todos de las sillas. Como no se podía encontrar una solución adecuada para retirar de la competición a Lola, alguien tuvo la genial idea de asesinarla. Al principio, la idea fue como un sordo estruendo provocado por la caída de un enorme muro, pero al sopesar las cualidades de la víctima aceptaron la resolución. Primero, pusieron cera en el tramo por donde salía Lola para comprar los víveres. No sucedió nada, pero todos escucharon el “¿No podían haber limpiado este sitio? —que a los cuatro vientos gritaba Lola— Alguien podría matarse”, después pusieron un falso escalón, pero por desgracia no se obtuvo ningún resultado. Le tiraron cosas al pasar fingiendo descuidos, pero la providencia se negó a ayudarles. En las discusiones que tenían por las tardes se decían que era imposible rebajarse a la condición de Lola, que la religión no les permitía cometer un pecado capital, los moralistas decían que era anti social lo que se proponían hacer, sin embargo, estaba la urgente necesidad de todos. La tranquilidad y la convivencia dependían de la desaparición de la desagradable intrusa.

Para justificar el acto se hizo una lista de defectos que ameritaban el castigo. “Es pervertida, inmoral, viperina, desconsiderada, imprudente, soez y mal educada”, cada persona aportó una palabra y la hoja en la que se apuntó la prueba contundente era un pliego de cartulina. No hubo más remedio que contratar a un profesional. Se reunió el dinero y se buscó a uno de los más fiables. Volvieron todos felices con la promesa de la ejecución. Sabían que el sábado por la tarde cuando Lola saliera a hacer la compra se encontraría con un individuo que le impediría ir hasta el mercado. Llegó el momento. Apareció un hombre macizo con un bate y la siguió, detrás de él iban los encargados de confirmar que el acuerdo se cumpliría. Vieron con asombro cómo Lola se detenía para acomodarse la falda y después el seco sonido de un hueso roto, luego otro y varios más. Con terror y alegría corrieron en dirección contraria para avisar de los hechos. Se formó el grupo de mujeres vestidas de negro que salieron en auxilio de la pobre mujer que había sido ultimada en un asalto.

Nadie sabía nada. Nadie había visto al asesino y las cosas habían sucedido tan rápido que las descripciones de los testigos eran confusas. Pronto volvió todo a la normalidad, lo único que hacía el aire pesado e insufrible era la presencia del eco de las palabras crudas de Lola que le producían escalofrío a los habitantes del vecindario.

II

La ves tirada, temblando todavía por el dolor de los golpes recibidos. Su cabeza está partida en dos, parece un coco envuelto en mechones dorados y la sangre forma un charco en la acera gris pálida. La has venido siguiendo junto con los otros cómplices, incluso has visto con parsimonia al asesino huyendo y has tenido ganas de detenerlo, empujarlo para que lo atropelle uno de esos autobuses que pasan como demonios por esta calle, pero te has quedado inmóvil, congelado. ¿Se merecía Lola esta muerte? No, no. Es imbécil la pregunta, lo malo es que los demás desconocen los detalles de tu relación. Su falda blanca y su blusa con estampados de leopardo ahora te recuerdan el día que la conociste. Llevaba la misma ropa, claro, ya sabes que es su estilo, las otras prendas eran más vulgares, pero da lo mismo, su imagen jamás se borrará de tu mente.

 Estaba ahí parada, inmutable, como retándote a que le hablaras. Se te hizo un nudo en la garganta y decidiste acercarte. Conforme se reducía la distancia tu vista aguda se iba cerciorando de que tus cálculos habían sido correctos. Sus rechonchas piernas estaban cubiertas del vello de melocotón que percibiste al notar sus excitantes movimientos, luego su mirada sincera, sin complejos, y la pregunta que te puso en jaque “¿Te gusto?”. Sí—le respondiste acercándote a ella para sentir su olor—, claro que me gustas, mira cómo me tienes—, y le mostraste el tamaño de tu deseo. Te cogió, de la mano, ¿lo recuerdas? y te llevó a su casa. Entraste a un cuarto pequeño que recibía la fuerza del sol con una manta amarilla muy bronceada. Miraste su cuerpo como si fuera Galatea y tú la acariciaste como un experto Pigmalión para dejarla sin defectos. Le preguntaste si tenía fantasías y te dijo que la única era la complacencia. Sus palabras sonaban ásperas, sin embargo, eran puras, limpias de segundos sentidos y decían las cosas como eran. Te dejó realizarte en su cuerpo. Jamás habías experimentado nada parecido. Su actitud dócil, a pesar de sus palabras, te volvió loco. Ya no pudiste prescindir en unos meses de su compañía. Sentías lástima por Adelina y te maldecías por ser un cabrón, pero llegó el día que cambió tu suerte. Fue el momento más inesperado de tu vida. La existencia se te estaba viniendo encima como una capa de plomo imposible de sostener, tenías una fuerte depresión y querías suicidarte, según decías, la inflación el poco empleo y las deudas te estaban arrinconando y Luis Ballesteros venía a tu encuentro. No te gustó nada. Con su sonrisa falsa y su peinado ridículo, pero te sorprendió que no se inmutara ante tu uniforme sucio. Habló con mucha confianza y no tardó ni un minuto en despertar tu curiosidad. ¡Qué forma de hablar tenía el muy hijo de…! Caíste redondito, ese mismo día te fuiste a los estudios y, aunque temías no poder dar el ancho por las malas experiencias en la secundaria, todo salió bien. Tres días con sus noches te tardaste en recordar todas las respuestas del concurso. Te maquillaron, te dieron ropa decente, ¿te acuerdas de que descompusiste la tele para que Adelina no te viera salir en el concurso? Sabías que esos días tenía un trabajal y que no hablaría con nadie.

Llegaste como si fueras un conquistador que ha librado duras batallas sabiendo que tenías en el banco un dineral. Se lo confesaste y no te lo creyó ni siquiera cuando la sacaste de la vecindad para llevarla a vivir a un barrio más seguro. ¿Recuerdas los ojos que puso cuando la llevaste a comprar? Te detenía la mano para que no gastaras. ¡Qué inocente, la pobre! Después empezó tu proyecto. Conseguiste cobrar una nueva apariencia y por eso te rebajaron el local del mercado, pagaste mucho menos de lo que costaba haciéndote el chillón. ¡Cómo sufrió Don Paco! ¡Cómo lamentó haberte hecho esa oferta! Lo bueno es que supiste compensarlo después. Cuando todo mundo se enteró por doña Jesusa que tú eras el premiado. “Ese es el afortunado del concurso”—menuda vieja, pensaste, que se la trague la tierra—. Pero no fue así, incluso tuviste que cambiarle el nombre a tu charcutería. Bueno, pero eso te trajo fama. ¿He dicho fama? No, no es verdad. Ese cambio de nombre tal vez fue la razón de que te encontrara Lola. Si se hubiera conservado el nombre “Carnes frías El ardiente”, tal vez no habría pasado nada. Jamás se habría detenido ante un nombre tan estúpido, pero con el que tenía era casi como un imán. Llegó en mal momento. Su sexto sentido le despertó el recuerdo de tus perversiones. Lo sintió en la entrepierna y habló con la voz del pasado. Por desgracia, Adelina estaba retorciéndose por el dolor de estómago y esas palabras la hicieron parir. Viste un río de líquido pegajoso en el piso y saliste despavorido en busca de ayuda. Luego la caravana hacia la clínica. Dolores haciendo comentarios impropios, hablando sin cesar, haciendo predicciones, parecía como si le estuviera rascando las costras a un leproso.

No dejó a nadie en paz. Luego su grito de alegría al oír el chillido del chamaco. “Llora como una niñita preciosa”—dijo enseñando sus torcidos dientes—, pero la desmintió la enfermera y se armó la trifulca en el espíritu de los presentes. Tenías una cara de limón. Albergaste la esperanza de que se fuera, pero se adhirió a ti como una sanguijuela. Te engatusó en la soledad de tu casa. Se quitó la ropa y fue tan convincente que no pudiste resistir la tentación. Lo malo es que no fuiste el único que cayó en sus redes. Empezó a salir con los maridos de todas tus vecinas. Decía cosas que le ardían a unos y otros. Hizo de conocimiento público la impotencia de Don Jorge, la porquería de Doña Pepa y muchas otras cosas más. Le decía cosas indecorosas a los niños y los adolescentes le temían como si fuera una bruja o una hechicera maldita. Causó tanto daño con su falta de discreción que empezaron a fraguar su muerte. Ahora, está aquí, con los ojos perdidos, tratando de decir algo para despedirse del mundo, pero no le salen las palabras. Se le esfumaron por el cráneo partido. En cierto grado es una lástima porque decía las cosas como son. A nadie le gusta eso y, como todos tenemos algo que ocultar, saber que ella lo dirá tarde o temprano produce pánico. Por ejemplo, lo del accidente de la vecina del tercero. En realidad, había tirado a su hermana por la escalera. Lola lo intuyó o lo escuchó por confesión propia de doña Petra y lo dijo sin tapujos cuando las señoras estaban discutiendo en el patio. Hasta las paredes se resquebrajaron al sentir la fuerza del odio que sintió la asesina anciana. Por cierto, que doña Petra fue quien dio la idea de contratar a un matón para deshacernos de Dolores. Eso demuestra sin duda alguna que es culpable de dos asesinatos y, tal vez, haya más. En fin.

La vida vuelve a la normalidad, pero seremos capaces de vivir con la conciencia tranquila. Tu por el momento sabes que no. Que te despertarás las noches sudando, recordando las caricias de Lola y su imagen actual, Se te combinarán en los sueños y tendrás terrores nocturnos. ¡Qué desdicha! Bueno, aparenta que no ha pasado nada y vuelve a tu casa. No es propio que te vean aquí. Deja que sean los demás los que enmugren su alma. 

III

Desde pequeña mostré cualidades poco comunes. Podía distinguir entre las cosas buenas y malas. Si alguien por algún motivo injustificado golpeaba a alguien, yo criticaba esa conducta. Era tal mi visión de las cosas que siempre incomodé a mis padres, hermanos, familiares, amigos y, toda la gente que me rodeaba. Crecí en un círculo de gente pobre, honesta y trabajadora. Siempre valoré la cualidad en mí, de expresar las osas tal y como son. A muchos no les gusta que les digan cuáles son sus defectos. Mi abuela, por ejemplo, siempre ocultó sus piernas zambas desde la adolescencia y nunca se quitó sus faldas, incluso para dormir. No sé cómo pudo mi abuelo vivir sin nunca verle las piernas. Cuando le preguntaban por qué llevaba falda siempre, decía que tenía unas manchas y que no le gustaba mostrarlas. En realidad, yo sabía que sus huesos arqueados estaban más limpios que el agua filtrada, pero estaban muy arqueadas. Un día casi se nos muere de un infarto porque mostré una foto que le había tomado cuando ella se estaba cambiando en su habitación. Siempre consideré que las cosas, por más que se oculten, siempre salen a relucir. Además, el esfuerzo de mantenerlas ocultas es inútil y no merece la pena. Así lo he entendido siempre y por eso no pierdo el tiempo en tonterías. Es mejor la crudeza dicha a tiempo que muchos años después. Mucha gente tendría una vida más tranquila si reconociera que no tiene voluntad o capacidad para ciertas cosas. Eso ayudaría a encontrar otros métodos de ayuda. Recuerdo el caso de mi tío que se fue al ejército y para no entrar en batalla en infantería, dijo que era ingeniero aviador. Lo mandaron a una fábrica a ayudar con los diseños de aviones de guerra, pero no pudo ni con los primeros cálculos. Terminó en un regimiento de ataque del cual no quedó un soldado vivo. Si hubiera reconocido sus deficiencias y hubiera dicho cuales eran sus verdaderas capacidades, le habrían reservado un buen puesto en la artillería o en la marina. Pero no quiso el destino que sus mentiras quedaran sin castigo. Podría citar muchos casos y describirles a cientos de personas que no quisieron reconocer sus defectos. Uno de ellos fue el que ha provocado mi muerte. 

Se llama Mauro Germán. Un buen hombre, en principio, pero estropeado por su enorme cantidad de mentiras que se le acumularon hasta ponerlo en una situación peligrosa. Nos conocimos cuando repartía artículos de oficina. Me gustó por su físico y su energía, se le notaba que gozaba de un sentido común excelente y era práctico. Se me acercó y me hizo proposiciones, le comenté que estaba sola, no tenía urgencias económicas y deseaba complacer algunas necesidades físicas. A él le encantó la libertad que se pudo tomar conmigo. Me contó infinidad de cosas reales de su vida y me propuso cosas indecorosas en la cama. Mi respuesta fue la apropiada, él dijo que no sentiría remordimientos y que su conciencia lo podría dejar dormir. De inmediato adiviné que mentía y se lo dije, le previne de las consecuencias del futuro, pero se sentía demasiado confiado. Gracias al alcohol me confesó infinidad de cosas. Me enteré de sus malos actos, de sus traumas, me convertí casi en su confesora, pero un día desapareció sin decir ni pio. Viví tranquila por un tiempo, pero vi en la televisión el programa de concursos y el premiado era Mauro Germán, me dio gusto verlo y pensé que no sería mala idea buscarlo. No fue fácil porque conseguí la dirección en la que había vivido veinte años y la nueva nadie la sabía allí. En una ocasión pasé en mi cafetera cerca de una calle y lo reconocí, lo llamé por su nombre, pero ni se inmuto, siguió su camino muy tranquilo. Volví unos días después y estuve andando por la zona. 

Cuando ya me había dado por vencida entré en un mercado para buscar algún refrigerio. La casualidad quiso que pasara cerca de un establecimiento de fiambres en el que estaba Mauro acomodando unos quesos y unos chorizos. No pude evitar hablar de nuestra relación, de los gratos recuerdos que tenía de él. Noté que se ponía rojo, pero seguí hablando, luego resultó que su mujer estaba sentada en una silla y yo no la podía ver desde donde me encontraba. Ya no podía ocultar nada y me sorprendí de que la mujer empezara a echar agua, era porque se le había reventado la fuente. Me ofrecí a ayudar de inmediato, vino una ambulancia y llegamos a la clínica varias personas, entre las cuales, iban muchos incultos e inútiles que sólo molestaban. Me quedé unos días para apoyar a Mauro que se encontraba en una situación difícil. El parto había sido duro y había estado a punto de perder a su mujer. En el piso, Mauro se desplomó, me confesó que había cambiado, que trataba de llevar una vida familiar, pero que las tentaciones lo obligaban a mentir. Eran como los resortes de un viejo colchón que le interrumpían el sueño por la madrugada. Me ofrecí a ayudarle y él me pidió compasión, era sincero y accedí. Lo echaba, también de menos, por eso empezamos a copular. Luego fuimos a recoger a Adelina con el niño, pero los rumores ya se habían propagado como una plaga. Andábamos en boca de todos. No lo negué y muchos hombres me comenzaron a cortejar como si fuera una mujer de la calle. Les dije sinceramente lo que pensaba de ellos y lo único que logré fue hacerme de enemigos. Las mujeres empezaron a verme con malos ojos. 

Oí cosas en la iglesia, en las calles, en la plaza, centro de reunión de las chismosas del barrio, y no pude callarme. Respondí a sus intrigas con la evidencia de sus defectos y se enfadaron tanto que no me pudieron perdonar. Al final, supe antes de ser asesinada, que el hombre que me perseguía a discreción había sido contratado para eliminarme. Le iba a decir hasta de lo que se iba a morir, pero un golpe seco en la cabeza me lo impidió.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Maleantes

Su destino viajaba a ciento diez millas por hora en el lado opuesto. Si le hubieran dado el problema de aritmética, habría sabido que era suficiente reducir la velocidad un poco y eso le evitaría una gran pérdida, pues no convergería con el psicópata que le cambiaría la vida. Había discutido con su novia y la furia lo incitaba a pisar con más fuerza el pedal. Marisa estaba enfadada, no podía entender la obstinación de su novio. Había empleado una semana entera para organizar un viaje a Europa, se había ilusionado con la idea de conocer París y Venecia, pero sus planes se derrumbaron cuando recibió la negativa de Alberto. Tenían pocos conflictos y la relación, a pesar de tener sus altibajos, era buena. Sólo había una cosa que no encajaba. Era la terquedad con la que Alberto defendía sus ideas. Tal vez no fueran malas las resoluciones de su pareja, quizá fuera mejor ahorrar y pensar en el futuro, pero y ¿el presente? Había que vivir el momento porque el futuro es muy incierto e impredecible. La prueba estaba en que, desde que habían comenzado la relación, todos los augurios habían fallado. La bilis le agriaba la cara. Puso música y la mirada reprobatoria de Alberto la alegró. ¡Jódete, cabrón! —pensó ella, mirándolo de reojo.

En otro coche azul, se lo habían robado para asaltar un banco, iban tres locos. Las cosas habían salido bien. No habían dejado heridos. Nadie les había visto la cara y estaban en la carretera con poca gasolina y medio millón de dólares en el maletero. James se había metido mucha coca y estaba eufórico. Sus compañeros John y Garry le pedían que bajara la velocidad, pero era inútil. Necesito que cojamos impulso, tarados—gritaba James como si fuera montado en un caballo—. ¿No ven que ahí está la gasolinera? Si tomamos vuelo, el coche llegará por inercia. Era verdad, apenas pudieron acercarse hasta el surtidor y meter el dispensador en la boca del depósito. Empujaron el auto unos metros. Estaba un chico atendiendo, su padre se había ido a comer y lo había dejado de encargado pensando en que no pasaría nadie por allí a esa hora. Garry, al darse cuenta de que el sitio estaba sin resguardo abrió el refrigerador y les repartió cervezas a sus compañeros. Exhalaron satisfechos los tres y se miraron con alegría. ¿Están pensando lo mismo que yo? —preguntó John dibujando unas curvas en el aire. Los tres gritaron eufóricos. En ese momento llegó otro coche y sus miradas se dirigieron hacia él. Vieron salir a una chica rubia bajita, pero con buen aspecto. Tengo una idea—susurró James— ¡Tráiganla para acá!

El chico había terminado de repostar el coche de los maleantes y se dirigió a Alberto para pedirle que le diera las llaves de su coche. En ese momento se acercaron a Marisa Garry y James mientras que John le asestó un fuerte puñetazo a Alberto, quien casi perdió el sentido por el impacto, después las patadas se encargaron de desconectarlo. Arrastrándolo lo metieron en un armario con herramientas y cerraron el viejo candado que colgaba de la cadena. Le habían puesto cinta adhesiva en la boca y le ataron las manos. Estaba adormilado y el dolor lo atosigaba. La posición en la que se encontraba era muy incómoda por la estreches del mueble. Le era imposible tratar de ponerse en pie. Escuchó las voces de los compinches. Oyó claramente las malas intenciones que tenían, cerró los puños y apretó los dientes. Hizo un esfuerzo sobrehumano para separar las paredes del armatoste metálico, pero fue inútil. Llegaron los gritos de Marisa, imploraba misericordia. Se oyó un chillido del gasolinero a quien hicieron callar con un golpe.

Pasaron unos minutos horrendos de impotencia, lujuria, perversión y crueldad. Después risas y aullidos de la horda de delincuentes que salió alegremente para montarse en su vehículo. Se oyó el rugido de un motor, luego una orden y la música de una radio que se fue alejando con rapidez. No había mucho ruido y Alberto alcanzó a escuchar los sollozos de Marisa que estaba tirada en el piso. Pidió ayuda y después de unos minutos se dio cuenta de que alguien estaba metiendo la llave en el candado. Vio al chico. Tenía un cardenal en el ojo y su rostro inocente estaba blanco. Le ayudó a incorporarse y librarse de las ataduras y el scotch. Alberto clavó su mirada en el cuerpo que yacía desnudo y se acercó.

Gafe

Hacía un calor infernal. El sol era abrumador, sobre todo, a mediodía. Pasaban pocos coches por la carretera y José estaba leyendo los apuntes que le había prestado Francisco en la universidad. Tendría pronto su examen de filosofía y pensaba que sería mejor morirse de una vez por todas. Será sencillo—se repetía—, sólo me dejaré desecar por el sol y me convertiré en un cuero seco.
No podía hacerlo porque llevaba la carga de su familia. Había decidido trabajar todo el verano para sacar algunas monedas y curar a su madre que padecía una enfermedad peligrosa. No todo es tan malo—pensó mirando el horizonte, tratando de distinguir si la nubecilla que se levantaba a unos kilómetros era por causa de un automóvil y no por un pequeño torbellino de los que lo distraían siempre con la esperanza de ver gente. Tenía un deseo enorme de conversar con alguien que no fuera Mario, el dueño de la gasolinera, quien nunca estaba allí, pero había decidido pasar dos meses vigilando a su nuevo empleado.

José sabía que se iría pronto y cuando las tardes eran más frescas, se imaginaba que era el gasolinero de la película “El cartero siempre llama dos veces”. Se imaginaba a una mujer que era un híbrido de Lana Turner, elegante y sensual a la vez, con la imagen de su adorada Jessica Lange de sonrisa excitante y enormes piernas blancas. Él no era Nicholson ni John Garfield. Prefería ser él mismo en su pantalla imaginaria. No tenía mala pinta y hacía deporte. Su único problema era la timidez. Cuántas chicas en la universidad le habían insinuado cosas, cuántas, aunque no las más bellas, lo habían besado en las fiestas de su amigo Paco, cuántas no estarían dispuestas a todo por conquistarlo; sin embargo, él se avergonzaba y, hasta la mujer más fea, le hacía temblequear las piernas. Deseó ser un caradura para poder escudriñar en la intimidad de las mujeres y poseerlas, pero le era imposible. 
Notó que la estela de polvo era de un coche. De buena marca, descapotable, rojo y, para colmo de males, de línea deportiva excepcional. Se detuvo ante las bombas de gasolina y una chica con el pelo escondido bajo un sombrero y gafas le ordenó llenar el depósito. José la miró con cordialidad y le indicó que el baño estaba a la derecha de la gasolinera. La chica se fue meneando las caderas y balanceando su bolso. Volvió cuando José estaba limpiando el coche. Se encontraba de cuclillas y al levantar la vista se estrelló con una falda ajustada y unas piernas regordetas.

—Este sitio está más solo que un huérfano en el día de la madre, ¿verdad?
—Sí—contestó José sin levantar mucho la cara—, así parece.
—No trabajaría aquí por nada del mundo.
—Bueno, por fortuna estoy yo para eso, ¿no crees? —Ella se quitó las gafas y lo miró con atención, quiso decir algo, pero movió la cabeza para sacudirse la pregunta.
—A decir verdad, preferiría esto a ir a ver a mi amiga.
—¿Por qué? Si es tu amiga, deberías estar contenta, ¿no?
—No te creas. Todo ha sido un pequeño error. Hace poco salí del closet, o el plascard, o como le digan aquí.
—Querrás decir del armario.
—Sí, así es. Embriagada y, al lado de Marisa Cardenale—al oír este nombre, José vio la imagen de una famosa millonaria del cine—, tuve la fantástica idea de declarar que me gustaban las mujeres y ya ves…
—¿Quieres decir que la Cardenale es tu amante?
—Sí, sí, pues qué otra cosa. Es famosa por eso, ¿no? Es de suponer que en este rincón del infierno no te enteres de nada.
—Pero, tendrás solvencia…—La chica dejó con las palabras en la boca a José interrumpiéndole con el índice en los labios.
—¡Para qué carajos me sirve!
—Bueno, no tienes que trabajar en lugares míseros como yo.
—No, claro, pero no soporto mi conciencia.
—¿Por qué? No tiene nada de malo.
—No es por eso. Lo que pasa es que he descubierto que me gustan más los hombres. Y ¿sabes…? —José movió las manos indicándole que no se lo imaginaba—. He recorrido estos cincuenta kilómetros pensando en mi venganza. Necesito acostarme con alguien me haga odiarla.

José se puso rojo y cuando ella le preguntó si había un cuarto, él afirmó. Se imaginó su cuerpo desnudo, pero al llegar a la caja la chica le hizo la proposición al asqueroso Mario.

martes, 31 de octubre de 2017

Desprevenido

Recostado en la cama, Ricaldo, comenzó a salir de su sueño. Había visto detrás de sus párpados, cómo una mujer morena con olor a canela y rosas lo complacía en sus caprichos. Jamás se había sentido tan satisfecho. Pensó, incluso, que ya no tendría necesidad en lo futuro de luchar contra sus problemas internos. De pronto las mujeres de las que se había tenido que despedir, para siempre, desaparecieron como una nube de vapor dejándole un paisaje hermoso.

Con esta última acompañante había sido fantástico. Por lo regular, él era quien les hablaba y las engatusaba con su preciosa labia. La experiencia le había permitido siempre convencerlas sin dificultad. Les hacía ver que todo era un problema social, que la pobreza y las malas condiciones en las que vivía la gente eran una zanja profunda de la que no se podía salir. Ellas alarmadas afirmaban con una sonrisa nerviosa. Luego empezaba un juego peligroso y tenso de intercambio de opiniones. No tenía la razón, pero a sus clientas no les quedaba otra más que aceptarlo todo hasta que terminara el trayecto. Después, en ese laberinto de calles y casas bajas y pobres, se veían descampados; luego se apagaban los faros del coche y él abandonaba a sus pasajeras a la buena de dios.

Le donaban recuerdos que el guardaba en una gran caja de cartón. Tenía blusas, brasieres, medias, peinetas y todo tipo de pertenencias femeninas. Elegía lo más característico. Si la mujer se pintaba mucho, se quedaba con el lápiz labial; y si se preocupaba mucho por su peinado, cogía su cepillo. Llevaba mucho tiempo en su oficio y, por la gran facilidad con la que le resultaban las cosas, comenzó a arriesgarse, dejó de frecuentar terrenos baldíos, permitió que ellas eligieran las reglas del juego con sus conversaciones superfluas. Fue creando más estrategias y se sentía orgulloso de poder hacer lo que se le pegara la gana fingiendo.

La noche anterior tenía hinchado el pecho y su corazón se ablandó un poco, por eso cuando vio a Rita con su vestido negro, su rostro cadavérico pintarrajeado y, sobre todo, sus rechonchas piernas aprisionadas en sus medias de cabaretera, no pudo resistirse a jugársela de verdad. Ganó, ella resultó ser una excelente contrincante. Tan curtida por la intemperie de la vida como él, parecía leerle los pensamientos. Le gustaron los acertijos que le fue presentando. Le puso las adivinanzas como si fueran cartas de menor a mayor nominación. La contienda fue dura y las apuestas subieron hasta que se quedaron sin ropa. Pagaron su deuda con carne. Metieron todo al asador. No fue mala la comilona y toda la noche gozaron del banquete.

Era el momento de separarse. Ricaldo oyó la regadera y la voz polvorosa de su compañera. No había tregua. Sufriría, él lo sabía bien, pero era mejor así; quizás toda su vida había estado buscando esa solución. Se juró cambiar, ser respetuoso y no enloquecerse por la desesperación, ni la obsesión, ni la maldad, ni el rencor, ni nada. Iluminaría sus días con la esperanza de volver a encontrar a Rita. Al final, se decidió y comenzó a ver las paredes sucias de color naranja, el olor era una mezcla renal sudorosa que provenía del incienso, las frutas estaban podridas. Su compañera seguía pintarrajeada como la noche anterior. Notó que ningún maquillaje podría darle tanta naturalidad.

Lo miró con sus enormes ojos negros y sonrió. Tembló la tierra por efecto de los gritos que provenían del subsuelo, el aire comenzó a arrastrar escarcha y la espalda se le encorvó, su cuerpo se comenzó a llenar de agua espesa, como si le circulara en las venas fécula de maíz con leche, por último, el fuego en forma de serpiente se le comenzó a meter por las piernas, se le subió hasta el abdomen y formó una bola de brasas. Apretaba los dientes con fuerza, como aquellos héroes revolucionarios que resistían el dolor de las balas. Quiso imaginarse un sombrero de paja sobre su cabeza, una carabina en sus manos, una canana en su cintura, vestido con barato percal blanco —¡Ser por fin un hombre, qué carajos! — No le resultó. Tenía enfrente un espectro con trenzas como látigos, vestida de negro con encaje, sosteniendo una hoja amarillenta muy parecida a la hoz de su sonrisa. Leyó:

 “Serán vengadas las pobres inocentes que ultimastes, no les dijistes nada más que mentiras, pero han vuelto para desquitarse y sufrirás por ellas en el más allá”.

No pudo oír más. 

lunes, 23 de octubre de 2017

Memoria de la insensibilidad

Había vivido muchos años como un ser del subsuelo, sabía que mi condición era otra, pero las circunstancias me habían orillado a vivir como un roedor. Tenía mi amor propio, característica que me diferenciaba de los demás, pero tan sólo un poco. Estaba rodeado de gente despreciable, criminales, borrachos, esquizofrénicos y dementes. A pesar de vivir en un mundo tan vil, me parecía a la gente respetable por mi intelecto, sin embargo, eso me hacía más despreciable a los ojos de los que me rodeaban. Cuando salía a la calle y se alejaban de mí las personas, las miraba escudriñando en ellas la causa de su actitud. Descubrí sus verdaderos sentimientos y aprendía a conocerlos. Ninguna persona jamás experimentó compasión por mí, al contrario, escupían al pasar a mi lado y volteaban la cabeza para no verme ni percibir el tufo que desprendía mi ropa. Sé que, si me hubiera encontrado en una sociedad en la que apreciaran el valor de los verdaderos poetas, escritores y filósofos, me habría ido muy bien, pero lo único que quería la gente era dinero, ganarlo era lo importante y los medios se justificaban si alguien llegaba a acumular una buena suma. Tenía demasiada educación para rebajarme, por eso había preferido el fango a la limpieza pulcra de los ricos. Mi conciencia me había indicado siempre el camino adecuado y tuve que soportar desprecios, golpes y humillaciones. De algún modo me acostumbré, aunque no me insensibilicé.

Llegué a discutir con muchos editores. Me dijeron que estaba loco, que a nadie le interesarían mis trabajos y si quería que me leyeran debía escribir lo que escribían todos. «Pero señores—les decía con desesperación—, no es posible escribir novelas de todo y nada a la vez. ¿No se dan cuenta de que Flaubert revisaba cada frase de su Madame Bovary, que Joyce en su Ulises construyó un edificio en el que no se podía excluir ni un solo ladrillo? Eran obreros que no olvidaban ni un solo detalle y llegaron a la perfección. Miren lo que hace la gente ahora. Hablan y hablan y hablan sin ton ni son, se sienten muy originales creando sus mundos de fantasía, sus sectas de vampiros y sus zombis intergalácticos, pero sus trabajos no dicen nada, incluso hay quienes recurren a trucos descabellados para terminar de escribir sus adobes de arena». Lo sentimos mucho—contestaban con resignación fingida y me echaban con prepotencia—, su obra nadie la leerá porque no engancha, es demasiado seria y complicada.

Fue así como decidí aislarme en las cavernas, vivir como ermitaño trabajando en el anonimato. Sobrevivía como un insecto, deseando la luz del día rodeado por la penumbra, me convertí en una larva, en una crisálida dispuesta a vegetar años hasta que cambiaran las cosas y pudiera extender mis alas y probar el polen de todas las flores. Era muy duro soportar la degradación o, más bien la transformación de mi ser, me sumergía en mis trabajos y no paraba nunca, era una hormiga obrera construyendo mi refugio. Tenía enemigos depredadores que me hubieran comido al final, pero sucedió algo asombroso. Un día recibí una noticia. Era la suerte burlona que me llamaba para encontrarme con un hermano lejano de mi padrastro que en sus últimos días pensó que yo era su sobrino biológico. Me había dejado una buena suma de dinero y propiedades. Tuve que viajar al otro extremo de la ciudad. Era una odisea dada la condición en la que me encontraba. Libré muchísimos obstáculos y recibí unas cuantas palizas de los policías y mendigos.

Pude llegar a una gran residencia en la que un mayordomo vestido como un conde me recibió incrédulo y revisó la carta y mis pestilentes papeles diez veces. No me hizo pasar a la casa. Mandó que se quemara mi ropa y puso a dos criados a lavarme con esmero. Al final me condujeron a una sala donde había un candil enorme y los muebles parecían del siglo XVIII. Alguien tocaba en la lejanía un violín, un clavicordio y un fagot. La servidumbre pasó disimuladamente para echarme un vistazo. Me habían puesto ropa de los criados, luego un hombre me tomó mis medidas y media hora más tarde volvió con un traje de lana muy elegante de color azul marino. También me dieron ropa interior, unos zapatos muy cómodos y una corbata. «Tiene usted la misma constitución de su tío —me comentó una criada muy arrugada y encorvada que caminaba muy despacio y su voz era como placas de metal—. Además, se parece a él en la nariz, mire ese cuadro». Efectivamente, éramos muy parecidos. Me interesé por su vida y pedí que me contaran quién había sido mi famoso tío. Me prometieron una biografía completa después de que me despidiera del pobre anciano que se encontraba en las últimas. Entré a una habitación muy grande. Era de día, pero tenían las cortinas cerradas. Oí una voz débil que me pidió que me acercara. Caminé con determinación si notar el moho del aire y los humores putrefactos humanos. Estaba acostumbrado a todo y si alguien me hubiera preguntado si sentía náuseas habría dicho que encontraba el aire bastante fresco. Vi un ser esquelético con un copete blanco de gallo. «Abrázame, hijo mío—dijo casi sin fuerzas y lo sostuve en mis brazos. Sentí su respiración de fuelle y su cuerpo de huesos—. Eres la única persona que se ha atrevido a tocarme. Ni siquiera mis más queridos amigos se han decidido a hacerlo. Eres uno de los nuestros. Lo siento aquí en el corazón». No tuvo oportunidad de seguir hablando y se transformó en un costal tintineante. Me mostró un enorme libro con empastado de cuero y movió los labios diciéndome, sin voz, que lo leyera. Fue toda la conversación que tuve con él.

Se llevó a cabo la ceremonia del entierro. Me presentaron a sus consejeros, servidumbre, amigos, ex amantes y ex esposas. No había tenido hijos y sus familiares lo habían odiado por su actitud irónica. Se dirigían a él como Monsieur Paul. Evitaban hablar mal de él en mi presencia, pero era suficiente alejarme unos pasos para que les cambiara la cara a todos y surgieran sonidos como si se masticara farfulla. Me presentaron el pésame y me atosigaron con mujerzuelas de todas las edades, abogados de todas las calañas y empresarios oportunistas con cara de hienas. Pasaron algunos días y me convertí en el señor de la casa. No tenía un solo minuto de reposo porque se me preguntaba hasta el más mínimo detalle. Las doncellas, los mayordomos, cocineros, criados y jardineros eran muy viejos. Le pregunté al principal consejero de mi fallecido tío si sería posible jubilarlos con una buena pensión. El hombre pequeñito que se había encargado siempre de las finanzas me miró con sus ojos de perro chihuahua y moviendo con rapidez su bigote hizo unas cuentas. Sumó el gasto de las pensiones y me comentó las cifras que aparecerían al contratar nuevo personal. «!Es una locura! Monsieur Paul jamás lo habría permitido—dijo moviendo la cabeza como si estuviéramos decidiendo un asunto de Estado—. Eso nos llevará a la ruina». Le pregunté sobre las privaciones que tendríamos que sufrir para cubrir esos gastos. La respuesta fue intrascendente y le ordené que lo hiciera. En una semana se arregló todo y tuve que esperar a que la fila de treinta personas agradecidas se retirara de mi casa. Era como si les hubiera otorgado algo maravilloso. Vi al abogadete Gerard con una carpeta bajo el brazo, mirando por encima de sus gafas a los pobres sirvientes que se alejaban muy despacio. Estaba bien vestido, sus zapatos ridículos eran puntiagudos y su chaqueta finísima. Me miró de reojo y me preguntó si estaba satisfecho. Lo miré condescendiente y me alejé. Oí su rabieta desde el jardín. Me senté en un banquillo y ordené que nadie me molestara. Tenía que ordenar mis ideas.

No pude hacerlo porque apareció ante mí un hombre gordo. Llevaba un traje a rayas de muy mal gusto. Tenía en la boca un enorme puro y el humo le hacía entrecerrar los ojos. Se reía de sus propias bromas como si su función fuera divertir con su conducta. Se presentó como el editor Jean Roseau y me dijo que Monsieur Paul había preparado unos escritos, que tenían un enorme cuaderno con pastas de cuero que tenía que publicarse después de la revisión del corrector de estilo. Me acordé de las últimas palabras de mi tío. Es decir, de su gesto indicándome que viera el enorme libro de pastas de cuero. Le prometí a Roseau echarle un vistazo y llamarlo en breve para que se lo llevara. Me mostró sus dientes manchados de nicotina, se retorció el bigote y con grandes reverencias se fue.

Me dirigí a la biblioteca y pedí que me llevaran un poco de vino, queso, pan y el pesado libro de cuero. Me lo llevó una joven de pelo negro. Su peinado se mantenía como un gorro gracias a la enorme cantidad de gel que se había puesto, tenía tatuados los brazos y las piernas. No se inmutó cuando le vi una manzana que tenía debajo del ombligo. Casi no llevaba ropa y se le veían piercings por todos lados. Llamé a Gerard y le pregunté por qué había contratado a la chica. Contestó que se había ofrecido a trabajar de forma gratuita si le permitíamos consultar las obras de Monsieur Paul que tenía el seudónimo de Rose Noire y sus adeptos lo amaban a morir. Le ordené que revisara toda la información de las personas que había contratado y si había alguien que tuviera las mismas intenciones de “La madame”, como se llamaba la chica de los tatuajes, o si tenían algún interés en el escritor, los echara sin falta. Empecé a buscar todos los libros del famoso Rose Noire. Había en un librero una lista de unas ciento cincuenta obras del autor. Eran libros muy gordos, algunos en dos o tres volúmenes, por eso ocupaban casi toda la pared cercana al enorme ventanal de la biblioteca. Los títulos eran ridículos, parecían de novelas baratas de tiraje mensual.

Abrí un enorme libro de cuero y empecé a leer. No tarde más de diez minutos en empezar a hojearlo y asquearme de su contenido. Me di cuenta de que toda la vida había estado luchando por no ser como mi tío. Me había puesto a conciencia a leer los libros más difíciles de la historia de la literatura y me había hundido tanto que la desgracia me había obligado a hurgar en la basura para llevarme algo a la boca, sin embargo, mi “Tío” con sus sombritas de negro, sus colmillitos plateados, sus resucitados amorosos, y sus violentos monstruos intergalácticos había llegado a la cúspide de la fama. Noté que hacía descripciones muy largas que enganchaban al lector al grado de que se les olvidaba la trama principal, como había muchas cosas relacionadas con la moda, las aficiones de la gente que se dedicaba a perder el tiempo en las redes sociales viendo o contando tonterías, la lectura resultaba como un foro donde se puede leer de todo, pero al final sólo quedaba la sensación de haber pasado bien el tiempo y desear seguir, por eso la gente compraba las continuaciones de sus sagas.

Decidí cambiarlo todo. Me había dado cuenta de que mis hábitos desaparecían con una rapidez increíble y traté de aprovechar mi situación para recuperar el terreno perdido. Vino el editor de mi tío a pedirme el manuscrito de cuero, pero le dije que necesitaba un poco de tiempo. Se exasperó y me amenazó con cambiar de escritor estrella. «Hay muchísimos autores que podrían ocupar el puesto de Rose Noire, ¿sabe? —exclamó mirándome con ojos de mosco—. Si tengo consideraciones es porque su pariente ayudó a mucha gente importante, se relacionó con gente del gobierno y creó un estilo digno de copiar». Le pedí una semana de plazo y nos despedimos con un fuerte abrazo fraternal. En cuanto el imbécil salió pedí que me trajeran un cuaderno con pastas de cuero, igual al que tenía sobre la mesa, un tintero y una pluma. Cerré con llave la puerta y ordené que se me sirviera una sola comida al día. Pasé al papel todas las historias que se había negado a publicarme, repasé a conciencia la vida sentimental de mis obras y las pulí para que deslumbraran al abrir las pastas del enorme libro. Cuando volvió Jean Roseau estaba poniendo el punto final a los escritos. Abrí la puerta y le dije al ridículo gordo, que ya no venía con su cómico traje de rayas, que lo estaba esperando para entregarle las últimas obras de mi tío. Sonrió más que de costumbre cogió el pesado cuaderno y me dijo que lo leería, pero le comenté que la última voluntad de Rose Noire había sido que se publicara tal y como estaba. El gordinflón apagó su sonrisa y le quedó una cara de idiota muy natural. Se dio la vuelta y balanceando la cabeza se fue.

Mi alma abrumada me pedía descanso, pero el cuerpo, acostumbrado a las marchas forzadas y el hambre, me ordenó moverme. Salí a dar una vuelta por mi enorme jardín. Una de las nuevas sirvientas me vio y corrió para preguntarme si deseaba algo. La vi muy atractiva y le pedí que paseara conmigo. Llevaba su uniforme y le pedí que se lo quitara. Al principio se negó, pero cuando vio que yo estaba en calzoncillos, se decidió. Así, protegidos por la ropa interior, comenzamos a dar vueltas. Le pedí a Ivanya que nos sentáramos a asolearnos. Mi cuerpo estaba como la leche, a pesar de que siempre—bien lo recordaba— había sido moreno. Ella era flaquita y muy tímida. No soportaba que le viera el pecho o las piernas y se sonrojaba. Le pregunté su edad. Veintiuno—dijo sonrojándose más—. Le pregunté si se sentía incómoda o le molestaba estar a mi lado. Me contestó que la había amenazado Gerard, le había advertido no acercarse a mí. Le dije que se relajara y que no pensara en nada.

Era muy inteligente, había leído cosas útiles y tenía una visión adecuada de la vida. Me sorprendió que trabajara en mi casa. En nuestros tiempos es muy difícil valorar a las personas que se preocupan de la belleza y la estética en la música, el arte y, sobre todo, en la literatura.  No me pude contener y comencé a revelarle el plan que tenía entre manos. Se sorprendió tanto que me preguntó diez veces si estaba seguro de lo que hacía. Entiendo tus temores—le comenté mirando unas flores extrañas—, pero nunca he tenido nada y si logro realizar mi proyecto, las cosas volverán a su sitio. Por personas como mi fallecido pariente las cosas están como están. No perdería nada, al contrario, ganaría por goleada. Empezamos a corretear mariposas y quedamos de pasear todos los días para ir comentando el derrumbe que se aproximaba. Los temblores no tardaron en sucederse. Llegó Mister Roseau con un humor de los mil demonios. No me saludó y empezó a hablar como silbato de locomotora. “No podemos publicar lo que nos ha dado—gritó insultando y pateando la arena—. La gente no lo entiende, incluso el corrector se ha llevado tres lecturas para entender el contenido y, si para él fue difícil, imagínese para los lectores. ¡Es una locura! Le comenté que era irrefutable y que mi tío había dejado una hoja en la que expresaba su deseo de que así se hicieran las cosas. No me creyó y tuve que ir a mi despacho a escribir una carta con su letra dando las instrucciones.

Roseau no lo podía creer. Se removió mil veces el pelo, se secó el sudor y tosió. En un arranque de ira cerró los puños, escupió y aceptó hacer la publicación. ¡Es el final! ¡Es su final! ¡No tendrá dónde caerse muerto y todos sus admiradores nos darán la espalda! Mi mirada era indiferente, tuvo que dar vueltas para encontrar mis ojos. ¡No diga después—gritó— que no se lo advertí! Se fue y una nube de humo se levantó en la vereda del jardín detrás de él. Llamé a Ivanya, llegó e instintivamente se desnudó sin que se lo pidiera, luego me vio sorprendida y me quité toda la ropa para que no se sintiera mal. Brincamos como dos niños traviesos, nos abrazamos y nos revolcamos en el césped. Comencé a dormir a su lado. No fue mucho tiempo y tengo recuerdos fantásticos de nuestra relación. En un mes de compartir el lecho su cuerpo perdió la dureza y se hizo maleable. Reímos mucho y la felicidad me iluminó.

Después de publicar el ejemplar enorme de mis historias, bajo el seudónimo de Rose Noire, me quedé sin lectores. La gente protestó, se publicaron miles de críticas desfavorables y la marejada devastó mi casa. La gente trató de salvarse. La última en marcharse fue Ivanya. No lo quería hacer, pero sabía cuál sería mi fin y no quería que ella lo viera. Nos dimos un beso de despedida y arremetí contra las adversidades. Desaparecieron los muebles y la casa se derrumbó. El jardín quedó cubierto por una hidra venenosa. Salí despavorido escapando de unos perros rabiosos. Mis ropas recobraron pronto su condición pasada, volví a alimentarme de los desperdicios de los contenedores. Presencié la quema de mis libros en grandes hogueras. Vi las vitrinas de las librerías marcadas con pintura de aerosol. Volví a mi cuchitril satisfecho. Me dormí y no desperté en tres días. 

martes, 10 de octubre de 2017

Defraudado

No he podido dormir bien porque he estado reorganizando mis ideas en la cabeza. Las condiciones en las que he vivido los últimos ocho meses me han obligado a repasar los conceptos que ya tenía claros. Me casé hace dos años y medio. La boda fue un éxito y disfruté muchísimo nuestra Luna de miel. Estaba enamoradísimo y pensé que podría superar cualquier dificultad. Me llevaba muy bien con mi pareja. Nos conocimos hace unos años en el gimnasio. Me pidió asesoría para unos entrenamientos y con los días nos fuimos compaginando tanto que decidimos dar el paso. Pusimos todos los puntos sobre las íes antes de hacerlo, pero pasado el tiempo nada resultó como lo habíamos acordado. El primer aspecto fue el de la maternidad. Por naturaleza, la mujer es quien ama de forma incondicional. El hombre, en general, debería tener esa cualidad y era precisamente lo que me correspondía lograr. Siempre había pensado que mi forma de ser y mi conducta eran innatas y que podría responder a mis obligaciones en cualquier momento, sin embargo, resultó que estaba usurpando una naturaleza que no me correspondía. Lo descubrí en cuanto adoptamos a nuestra hija. El período de los trámites nos agobió mucho y creímos que eso nos motivaría para soportar todo lo que vendría después.
A mí me tocó cuidar de Susan y muy pronto descubrí que su forma de ser no me gustaba nada. «Está muy pequeña—pensé—. No tardará en cambiar y debes orientarla». No pude hacerlo y se me estropeó el humor, tenía miles de preguntas y dudas sobre cómo alimentarla y qué responderle cuando me sorprendía con esas interrogantes que me hacían dudar de mis principios. Luego, las rabietas que hacía y sus quejas eternas. La presión de mi cónyuge fue demasiado para mí cuando comenzó a exigirme más tolerancia. Estaba esperanzado a que colaborara conmigo, pero se empecinó en no hacerlo. Sus obligaciones, me dijo, le pedían mucho esfuerzo, tenía que descansar. Yo había pedido un año sabático en el empleo, pero quería regresar, deseaba con toda el alma que él tomara las riendas en la casa y yo pudiera despejarme la cabeza. El segundo problema fue que me dio motivos para sentir celos. Los fines de semana, en lugar de salir a pasear conmigo y Susan, se iba por las mañanas a jugar al tenis con sus amigos, volvía por la tarde muy cansado y recibía miles de llamadas de sus supuestos socios. Le pregunté si estaba saliendo con alguien y lo negó, pero adiviné que su pasividad en la cama era por ese motivo. Traté de no pensar, hablé con Richard para hacerlo cambiar. Estaba dispuesto a aceptarlo todo, menos la infidelidad. Un día me lo dijo. «Tenemos derecho a amar libremente, podríamos compartir nuestras relaciones los tres». Me decepcionó mucho. Me fui hundiendo en un mar de reproches que me encaminaron a un callejón sin salida. Es por lo que me he levantado dispuesto a terminar con todo.
Si él quiere destruir nuestra familia, así será. Podría pedirle el divorcio y dejarle a Susan, pero eso sería traicionarme a mí mismo. Le va a doler mucho la noticia. Cuando sepa que ya no podrá acariciarle el pelo a su encantadora hija, cuando ya no pueda ir a presumir de lo bonita que es, se va a desplomar, pero más daño le hará saber que mi venganza es devastadora. No podrá hacerme nada porque cuando se entere ya me habrán arrestado. ¡Oh! Ahí viene. Finge estar de buen humor. Me da un beso como todas las mañanas y ni siquiera ha notado mi desprecio. Cree que mi sonrisa es sincera. Le gusta el desayuno. Claro que sí, si lo he preparado especialmente para esta ocasión. Abraza a Susan, la besa. Se desean éxito. Son idénticos. El mismo carácter, la misma forma de hablar y sonreír. Si la gente no supiera que es adoptada, apostaría que Richard es el padre biológico. Y, ¿si lo fuera? Pues, peor para él. Si algún día preñó a una mujerzuela y ella dejó a la niña en una casa de acogida y después él me convenció de la adopción, ni modo. ¡Que se joda por mentiroso!!Es un cabrón! Bueno, ya se va al trabajo. Va demasiado arreglado, no sabe que le voy a estropear el encuentro con sus clientes. Ya me imagino la cara que pondrá cuando le den la noticia. ¿A quién culpará? ¿Pensará en ese momento en sus inútiles teorías sobre el amor?