Escritura creativa

sábado, 7 de septiembre de 2019

Salto cuántico


En la naturaleza ocurren de vez en cuando fenómenos que el hombre sólo puede explicar después de mucho tiempo. Este era el caso de una simple alineación de campos magnéticos cósmicos en los que se abrió una trayectoria recta entre tres mundos paralelos. La probabilidad de adivinar que esto sucedería alguna vez era de una entre un millón de posibilidades.
Stanislav salió de la oficina y se fue un rato al bar. Había tenido un día difícil y quería relajarse un poco. Por lo común, conversaba con Jessie, una chica interesada en el arte y literatura, pero con aspecto de mujer fatal con un maquillaje exagerado. En alguna ocasión le propuso a Stas que se acostara con ella, pero sin mucho éxito. Stanislav la apreciaba como una mujer inteligente, sin embargo no se sentía muy atraído sexualmente por ella, aunque en otras circunstancias, tal vez, le habría pedido matrimonio. Esa tarde ella llevaba un vestido entallado de color rojo con un gran escote y zapatos de plataforma. Se le notaban los bordes de las medias a la altura de los muslos y algunos curiosos que pasaban a su lado para ir al baño, la miraban con lascivia. Se saludaron y Stas se sentó a un lado pensando que su cambio era muy radical, pues estaba lejos de ser la chica prudente que amaba a los clásicos rusos. Le invitó como siempre una piña colada y le chuleó su vestido. Ella no agradeció el piropo y le dijo que no le gustaba nada esa bebida. La cambiaron por una cuba libre muy cargada y entablaron una conversación. El tema no fue muy interesante y Jessie adoptó una actitud muy parca y reacia. Cansado de la mala predisposición de la chica, Stas se fue a su casa. El portero lo saludó sin mirarlo. Cuando llegó a su apartamento se quitó la ropa y se metió en la cama.

A la mañana siguiente llegó a la oficina con media hora de retraso. Tenía una reunión con los representantes de una empresa que le habían encargado un anuncio publicitario. Lo llamó Therence que iba demasiado maquillada para la ocasión, nunca la había visto en el trabajo con ropa tan entallada, apreció sus formas y lamentó que siempre hubiera un impedimento ético o moral que le quitara la posibilidad de acostarse con ella. Le sonrió guiñándole con picardía, parecía una clave porque hizo un movimiento con las manos que Stas no entendió. Ella cubrió su cara con un gesto recio. Entraron a la sala y recibieron los buenos días de los hombres que ya estaban allí.
“Queridos amigos, dijo Stas con voz cordial, les agradezco mucho su presencia. He elaborado este pequeño anuncio con recursos de persuasión que van directamente al inconsciente del espectador. El secreto está en las palabras clave y las ideas asociadas con el concepto de seguridad femenina. Saben, como todo el mundo, que una mujer cuando necesita apoyo y lo encuentra en un producto, persona o concepto, es capaz de mover mar y tierra para conseguirlo. Esa es, básicamente, la función de este trabajo, pero para que no les aburran mis palabras se lo presentaré ahora mismo. Therence, por favor proyéctalo, ya”.
En una gran pantalla apareció una mujer muy atractiva en bañador, iba caminando por la orilla de una playa de arena muy blanca, el mar estaba muy tranquilo y no se veía persona alguna. De pronto aparecía una embarcación con inmigrantes, todos se bajaban con rapidez de la patera en la que con dificultad habían llegado hasta la costa y comenzaban a correr hacia ella. Un negro muy fuerte se le abalanzaba y la comenzaba a someter. En ese momento se oía una sirena y un grupo de policías armados con macanas comenzaban a golpear a los agresores. Después la imagen se alejaba y aparecía la vista aérea de un país europeo. Una voz segura y seca decía que la mejor forma de evitar el abuso sexual era eliminando a los inmigrantes. Stas estaba muy sorprendido porque el anuncio no se parecía en nada al que él había elaborado. Miró a Therence con nerviosismo, pero ella fingió indiferencia. Hubo un minuto gris, la atmósfera le pareció fúnebre. Stas sospechó que perdería su empleo, no sabía qué decir, pero uno de los clientes, un hombre gordo de traje de marca, con el rostro y las manos demasiado cuidados, elogió el comercial. “Está perfecto, querido Stanislav, es precisamente lo que necesitamos para controlar la entrada de esos bichos. Mándenos la cuenta de sus honorarios y con gusto le haremos el pago. Bueno, nos retiramos porque no tenemos mucho tiempo. !Ah! Y si se le ocurre alguna idea más para la próxima campaña social de protección de la ciudadanía, llámenos. Que pase una buena tarde”. Se levantaron del sillón de cuero y con un fuerte apretón de mano salieron alegres haciendo comentarios picantes.

Stas no sabía qué pensar había algunas cosas que no encajaban con su vida habitual. Se retiró a su despacho sin cruzar palabra alguna con los empleados. Cerró la puerta y pidió que no lo molestaran el resto del día. Se sentó en su butaca y miró los objetos que había en la mesa. Todo parecía normal, pero la lámpara que a menudo tenía del lado derecho, estaba a la izquierda y era roja, en el librero casi no había libros, habían desaparecido sus colecciones de literatura clásica. “¿Será un ictus amnésico?” ̶ se preguntó Stas sin entender nada. Abrió la gaveta y sacó todo lo que encontró y lo puso sobre la mesa. Había un pequeño cuaderno de pastas de cuero negro. Lo abrió y vio unas notas. No era exactamente un diario y contenía información extraña. Había muchas frases escritas en clave y no había una línea lógica para entender el contenido. Al parecer, se habían apuntado allí algunas ideas, planes o acciones que solo conocía el autor, pero Stas no recordaba haber apuntado nada por el estilo. Nunca se había preocupado en redactar cosas de su vida personal y mucho menos en llevar un diario. Pensó que lo más lógico para descubrir el sentido de lo escrito sería guiarse con las pistas que tenía y así podría descubrir de qué se trataba todo ese acertijo. Decidió comenzar por la frase que estaba relacionada con la cafetería Starbucks y una mujer de nombre Amelie. Tenía la fecha del mismo día en que estaba, pero del año anterior y estaba subrayada la dirección. Había también nombres de desconocidos y planes macabros que incluían dibujos de torturas y asesinatos. Se preocupó mucho por el destino de aquella gente. Acudió a la cafetería al día siguiente.
Era pequeña, estaba en una calle poco transitada. Por la noche había mala iluminación y se reunían allí unos seudo intelectuales que hablaban con actitud de sabelotodo. Sus temas principales eran la literatura de misterio, los cómics japoneses y una música que denominaban progresiva. Iban vestidos con vaqueros viejos y jerseys de lana de mangas muy largas. Tomaban café durante varias horas y luego se iban despidiendo hasta que no quedaba ninguno. Stas se sintió atraído por una mujer pelirroja que, sin duda, era la más inteligente. Como líder, Dévora, que era como le decían, llevaba la voz cantante y hacía de mediadora en las discusiones. Era una buena anfitriona y su voz era potente. Sabía muchas cosas y acompañaba sus opiniones con citas y nombres de todo tipo: artistas, escritores, conceptos de arte y mucho más.
Stas tardó mucho en decidirse, pero al final se acercó a la mujer antes de que se marcharan sus dos últimos acompañantes.

̶ Disculpe, señora ̶ dijo Stas sonrojándose un poco ̶ . No es mi intención meter las narices en lo que no me importa, pero ¿podría hacerle una pregunta?
̶ No le conozco, pero si me dice su nombre podré tutearle ̶ contestó ella tratando de descubrir cuáles eran las intenciones del desconocido.
̶ Sí, perdone mi mala educación. Me llamo Stanislav.
̶ Gusto en conocerte, Stanislav. Ahora sí, dime ¿qué es lo que deseas?
̶ Es algo relacionado con una chica que venía por aquí. Se llamaba Amelie, ¿Dónde la podría encontrar?
Dévora enmudeció y su cara se transformó en una mascara de hueso. Se le notaba el dolor en el rostro y su respiración era agitada. Habló con mucha dificultad.
̶ Es una lástima lo que le pasó. Sufrió mucho la pobre. La perdimos para siempre y estará en nuestros corazones toda la vida.
Stas sospechaba que algo horrible había sucedido y no deseaba que la curiosidad se apoderara de él, sin embargo se le salió una pregunta absurda.
̶ ¿Murió?
̶ Sí. Fue horrible. La policía no ha encontrado al asesino hasta la fecha. Parece que fue un ser de ultratumba o un maníaco quien la martirizó y... ̶ Dévora no pudo continuar y rompió en llanto.

Stas no supo qué hacer y se marchó. Por el trayecto pensó en todas las incoherencias que estaba viviendo. Nada encajaba con la rutina de su vida y se preguntó seriamente qué era la realidad. No era posible que de un día para otro su existencia se viera tan alterada. Las notas que había encontrado en el diario indicaban que él, era el asesino de la pobre Amelie. Ese pensamiento absurdo, pero ya constatado por Dévora lo incomodó. Sentía que no podía respirar con libertad, algo se le atascaba en la garganta como una bola de pelo. Decidió ordenar y analizar todo el contenido del cuaderno. Apuntó primero las diferencias entre los objetos que conocía a la perfección y los que veía diferentes. La lámpara acomodada del lado contrario, el color del armario, las camisas con cuello de botones, las corbatas de telas baratas, el calzado demasiado lustrado, su estuche de objetos de aseo personal y hasta las cremas, medicamentos y los perfumes.
En su casa no quiso navegar por Internet y leyó un diario en papel. Se durmió a medianoche y soñó que encontraba al día siguiente la clave que descifraba los acertijos del diario. Se veía atentamente en un espejo y descubría que sus ojos eran más claros y que estaban rodeados por una circunferencia o aura celeste. No podía sentir ni recordar nada y estaba desnudo. Abría el grifo y se metía a bañar bajo el chorro de agua fría, pero tampoco sentía su cuerpo, solo la cara se le congelaba. Salía en bata y al mirar hacia su cama descubría a una mujer ensangrentada. Se despertó conmocionado. Eran las tres y media de la mañana. Le faltaban cuatro horas para irse al trabajo. No podía dormir, su cabeza era un panal de ideas locas. Pasada la tensión, dormitó un poco, pero se levantó a las seis. Desayunó, leyó las noticias en el ordenador y se arregló para ir a la oficina.
Cuando llegó le dijeron que Therence le había llamado para decirle que se retrasaría un poco. Él hizo un gesto de aprobación y entró en su despacho. Se le hizo raro que no estuviera la lámpara de mesa y que hubiera una de pie. Quiso preguntar la causa, pero recordó que las cosas se estaban alterando y que debía ir con pies de plomo. Seguía bajo la impresión del cadáver de la mujer en su cama. Pensó que bien podría ser la representación inconsciente que su mente había creado por la impresión. También era posible que se tratara de la Amelie del extraño diario. Abrió el cajón de su escritorio y buscó el cuaderno para comprobar si el dibujo de la cara de Amelie coincidía con el de la chica que había visto en su sueño. No lo encontró. Trató de recordar si el día anterior lo había cambiado de lugar, pero estaba segur de que lo había metido debajo de unas carpetas. Sacó todo lo que había dentro de la gaveta y solo descubrió papeles bien ordenados. Luego se quedó pensando y cayó en la cuenta de que en la pared estaba un pizarra y unos imanes acomodados con los dibujos de piezas de piezas de ajedrez. No había tablero, pero se podía adivinar la partida. Observó que las negras estaban en mejor posición gracias a la buena defensa del rey y que las blancas habían sido las últimas en mover. Un ruido lo distrajo. Era Therence que entró apresurada.

̶ ¿Qué te haz hecho en el pelo? ̶ preguntó sin pensarlo, Stas.
̶ ¿A qué te refieres?
̶ Pues, a que siempre has llevado el pelo largo y ondulado.
̶ ¿Estás loco? !Hace tres años que me casé y desde entonces lo llevo así porque es más práctico! ̶ Stas se asombró por la noticia. Sabía a la perfección que Therence era soltera y que se mortificaba por no encontrar marido.
̶ Bueno, no pasa nada. Hay días así. Por cierto, ¿te avisaron de mi retraso?
̶ Sí, me lo han dicho hace media hora, espero que no hayas tenido muchos contratiempos...
̶ No, era solo lo del niño. Ya sabes cómo es mi suegra que nunca quiere ayudarnos.
Stas no quiso seguir escuchando porque todo era muy extraño. Su secretaria no estaba casada, llevaba el pelo largo, no tenía hijos y era un poco provocadora y vulgar. Esta otra Therence era muy seria, responsable e inteligente.
̶ Por cierto, tenemos en diez minutos la reunión con tus clientes ̶ dijo Therence con seriedad y miró hacía la pizarra ̶ . !Ey! ¿Qué pasa con el alfil? ¿No lo has movido? ¿Eso quiere decir que has cambiado de planes?
Stas no supo qué responder y le pidió que ella misma tirara. Entonces le asombró que cogiera el alfil negro y cantara un jaque mate. “Lo hemos logrado, ¿no? ̶ y miró con ojos retadores a Stas que no sabía qué hacer ̶ . Bueno, vayámonos a la reunión.
Entraron en la sala y los clientes ya estaban allí. Vio al señor Stevens y le estrechó con fuerza la mano. No iba como la vez anterior y su ropa estaba mal cuidada, a pesar de ser muy cara. No iba afeitado y olía a mortadela. Se sentó y comenzó a hurgarse algo entre los dientes. Después miró a Stas y le habló.
̶ Respetable Stanislav, qué gusto me da verle de nuevo. Hemos venido a hacerle una petición
̶ Sí, Mr. Stevens, dígame ¿en qué puedo servirle?
̶ Pues, mire, a raíz del éxito publicitario con la mujer de la playa y las palabras tan bien empleadas. Queremos que nos diga si es posible hacer un comercial del mismo tipo, pero más intelectual.
̶ Por supuesto, seguro que algo se me ocurrirá. ¿Qué es lo que persiguen con la campaña publicitaria?
̶ !Pensé que no vendría tan preparado para este encuentro! Veo que nos está haciendo concesiones. Bueno, al grano. Mire, lo hemos pensado bien Crowford y yo y estamos de acuerdo con su propuesta. Un anuncio debe ser algo contundente, algo que impresione y deje huella en el espectador. Así se podrá recordar, incluso muchos años después. Es verdad que sus métodos son muy excepcionales e intelectuales en demasía, pero la gente lo entenderá. Vamos a hacer el comercial Killer. A Stas casi se le saltan los ojos por la sorpresa. Primero, no recordaba a qué anuncio se referían, después, Therence lo veía con expresión implorante, como si temiera que la fueran a castigar. Consiguió mantenerse firme y asintió.
̶ Bueno, a mi me parece una buena decisión. Le pediré a Therence que se encargue de los detalles y ahora, si me perdonan tengo cosas que hacer.

Stas se marchó a la calle y dio un pequeño paseo. Era indiscutible que algo iba mal. Pero se preguntó si él sería la única persona que había notado las diferencias o había más personas padeciendo los cambios igual que él. Entró en la tienda donde siempre encargaba algunas prendas de ropa. Salió un hombre bonachón.
̶ !Ah, es usted, Stanislav! ¿Qué le trae por aquí? Espero que no tenga otra queja.
̶ No, que va. Venía para preguntarle si me podría confeccionar una chaqueta ̶ El hombre lo miró asombrado y no respondió, al notarlo Stas rectificó. ̶ o quizás unos pantalones.
̶ Mire, señor Stanislav, la última vez que discutimos, aprendí bien la lección. No pienso volver a trabajar para usted. Ni aunque me pague en oro. No le diseñaré nada jamás. Así que váyase por donde vino. Lo siento, espero no volver a verlo por aquí.

Se tuvo que salir y recordó que siempre había tenido buenas relaciones con su sastre. Tuvo la intención de entrar de nuevo para preguntarle a Roland Massieu si a él no le había pasado algo raro los últimos días. Desistió porque le pareció absurdo después de lo que había escuchado. Siguió andando y se quedó estupefacto cuando vio el cielo. Eran las tres de la tarde y había una luna de color naranja en medio del firmamento. Jamás había visto algo similar. Tenía que empezar a ordenar los cambios de su vida. Tenía por el momento referencias de las personas a las que podía comparar: sus clientes, Therence y el sastre, ¿cuántas cosas más habían cambiado? Se metió a una cafetería y empezó a hacer una lista de personas y sus características. También se anotó a sí mismo- Ya había visto el trabajo de un Stas medio esquizofrénico y el de otro Stas de coeficiente intelectual muy alto. ¿Qué otras sorpresas le esperaban? Se terminó el café y volvió a la oficina. Therence se había ido. Ordenó sus cosas, leyó el reporte de su secretaria y buscó sin resultado el cuaderno extraviado. Hurgó en sus cosas y vio libros de lógica, manuales de ajedrez y muchos libros de marketing. Había ropa en un armario. Todo estaba limpio y planchado. No había sido tan pulcro jamás, ni había derrochado tanto dinero en ropa de marca. Dedujo que el Stas de esa oficina era un intelectual obsesionado con el orden y su aspecto. En comparación con el otro, el autor del diario, este era un hombre casi ideal. Y ¿él? Había estado en dos oficinas extrañas, ¿era posible que sus otros dos semejantes, clones o lo que fueran también hubieran estado en su oficina. ¿Cómo podría saberlo?

Eran las ocho de la mañana, sabía que esta vez si estaba en el espacio o mundo adecuado. No había duda. Las cosas habían vuelto a su sitio. Cuando entró en la oficina le reconfortó ver a la Therence de siempre con su aspecto sensual, su peinado con caireles y su actitud de come hombres. La llamó y le preguntó sobre la última decisión del señor Stevens.
̶ No ha quedado muy satisfecho con el comercial. Dice que le falta algo de persuasión. Por cierto, ¿le vas a agregar algo más picante?
̶ ¿Algo más picante? ¿En eso habíamos quedado?
̶ ¿No te acuerdas? Tú mismo dijiste que era muy parco y que, tratándose de un yogur, era obsceno relacionarlo con el sexo, pero cediste a la petición de tus clientes y ahora lo haremos como te lo propuse.
Stas sonrió porque ya no había duda de que las cosas estaban en su lugar. Esa tarde iría a ver a Jessie para insinuarle que había visto una de sus réplicas que era mucho peor. Therence, al ver que Stas estaba meditabundo, salió con las instrucciones que se le habían dado. Stas abrió el cajón de su escritorio. Buscó unos documentos y se topó con el cuaderno que no había encontrado el día anterior. Era un mal presagio. Eso indicaba que el Stas violento había estado allí y había dejado el cuaderno, pero ¿lo había hecho a propósito? Llamó a Therence.

̶ Te va a parecer una tontería, pero necesito preguntarte sobre lo que hice ayer.
̶ Tú si que estás mal de la cabeza, ¿eh?
̶ ¿Qué quieres decir con eso?
̶ Pues, que ayer te pusiste muy borde y me dijiste que en la primera ocasión que se pudiera te meterías conmigo en la cama. Luego, como si nada te ausentaste toda la tarde y solo volviste para encerrarte aquí hasta la noche.
Stas se disculpó, dijo que estaba pasando por una pequeña crisis y que no se volvería a repetir. Therence lo miró como a un demente y se retiró dando un portazo. Sus objetos personales estaban intactos, pero Stas pensó que si alguien había estado en su oficina habría algunas huellas. Sacó algunos archivos, buscó los contratos con la empresa de Stevens y vio correcciones y notas. La letra era muy parecida a la suya, pero algunas letras eran más garaboleadas, sobre todo las ges, las haches y las jotas. Tenía que prepararse para las consecuencias que vendrían. Se preguntó como estarían actuando sus dobles y si habría más tipos como él. Recordó que siempre había soñado ser un campeón de ajedrez, que le habría encantado poder estudiar como todo el mundo sin tener que mantener a su madre y hermanos. Estuvo una hora tonteando con su pasado y salió muy despacio de la proyección de sus recuerdos. Tenía un mal sabor de boca y pensó en sus aspectos negativos y positivos. ¿Qué significaban los fenómenos que estaba presenciando? ¿Era verdad que sí había podido ser un buen estudiante y un buen jugador de ajedrez? Y también, se había dejado llevar por las malas influencias de su adolescencia y se había convertido en asesino? Miró el diario y decidió mostrárselo a un experto en criminalística. Se guardó el diario en el bolsillo de la chaqueta y se dirigió a la comisaría. Tenía que saber de qué era capaz su clon malo.
Lo recibió un joven oficial que parecía estar de prácticas, le dijo que el mejor inspector del departamento de homicidios era James Müller, pero que estaba muy ocupado. Stas esperó medía hora a que lo recibiera el inspector. Lo invitaron a que pasara a su oficina en la segunda planta. Subió por la escalera y llamó a la puerta, al abrirla se encontró con un hombre de mediana edad, gafas de poco aumento y un rostro impenetrable.
̶ !Adelante! !Pase, pase!¿Qué le trae por aquí?
̶ Mire, inspector, es una cuestión personal, se trata de...De esto ̶ Stas puso el diario frente Müller y esperó a que este lo abriera.
̶ ¿Cómo ha llegado esto a sus manos?
̶ No lo sé. Es decir...Es...estaba abandonado cerca de mi buzón. Lo cogí por curiosidad y al verlo pensé que tal vez sería bueno traerlo aquí.
El inspector entrecerró los ojos y se quedó meditabundo como si tratara de recordar algo importante.
̶ Esto es muy grave, ¿entiende lo que le digo? ¿No? Se trata de unos mensajes en clave escritos tal vez por un criminal peligroso. El único problema es que hay sitios y nombres que no parecen de esta ciudad. Además hay planes de asesinatos y confesiones macabras con signos y jeroglíficos, pero no recuerdo que hayamos tenido víctimas con los nombres que allí se mencionan. Tal vez también están escritos en clave. Necesitaré tiempo para descifrar todo esto.
̶ Pero...No me gustaría dejárselo, creo que será mejor que le saque copias, ¿no cree?
̶ Oiga, señor...
̶ Ah, perdone. Me llamo Stanislav, soy mánager en publicidad y trabajo...
̶ Pues, sí, señor Stanislav, esto puede ser muy útil para descubrir a un asesino serial y si se lo lleva, podría entorpecer la investigación y quizás habría alguna víctima un día de estos.
̶ Pero...es que... ̶ Stas no pudo urdir nada convincente y se tuvo que resignar a que el inspector le confiscara el cuaderno. Tenía miedo de que se perdiera o que la próxima vez que volviera a la comisaría encontrara a otro inspector Müller que le diría que no sabía nada del diario.
Había cometido un grave error y lo primero que se le ocurrió fue dirigirse al Starbucks a ver si encontraba a Dévora.
Llegó al barrio pero no encontró la calle. Había una cafetería pequeña. La intuición le indicó que esa era, aunque en la entrada tuviera otro nombre. Había unas personas sentadas armando un gran barullo. Estaban bebiendo y contando chistes. Parecían un equipo de trabajo discutiendo algún proyecto. Se acercó y vio a Dévora que tenía aspecto de ejecutiva y hacía callar a sus subordinados. La escuchaban con atención, pero en cuanto terminaba de hablar o hacía una pausa, la gente comenzaba de nuevo su escándalo. Tuvo que esperar una hora y cuando ya solo quedaban dos personas, se levantó para preguntarle su nombre a Dévora. No lo pudo hacer porque en cuanto se puso de pie, una joven de pelo castaño rizado entró sonriente. Iban muy arreglada con un vestido blanco, llevaba tacones altos y se acercó a la mujer. Le dio un beso y se sentó a su lado. Stas se quedó inmóvil. Tenía ante sí a la mujer que había visto en su sueño. Reconoció su perfil, su pelo largo y sus ojos. Era Amelie.

Pasó una semana, Stas se dedicó a revisar una por una las cosas que le rodeaban, estaba seguro de que se encontraba en el sitio correcto. El martes por la mañana, se duchó, desayunó y salió a la oficina. Encontró a Therence escribiendo un reporte. Se saludaron como lo habían hecho los últimos tres años. En su oficina estaba todo como él lo había dejado el día anterior. Vio el comercial que le había propuesto a Stevens y repitió palabra por palabra el guion. Buscó los contratos que su otro yo había tachonado y no encontró alteración alguna. Pensó de inmediato en el diario y salió a mediodía a la comisaría para hablar con el inspector Müller. Le dijeron que estaba muy ocupado haciendo una investigación importante. Stas se resignó y salió muy inquieto. Había algo que le producía malestar. Fue comprobando que en su trayecto se encontraran las cosas de siempre. Las calles no habían cambiado, estaba en su ciudad. Pensó en Dévora y Amelie. ¿ellas también tenían sus dobles? ¿Se habían interesado por el destinos de sus gemelas? ¿Y los demás? ¿Stevens sabía que había otro gordo, vulgar y despreciable? ¿Y el sastre?
Llegó a su oficina. Le pidió un café a Therence y se puso a leer el diario. Repasó la situación internacional, leyó algunas noticias curiosas, se decepcionó cuando supo que su boxeador favorito había perdido su cinturón de la AMB, vio algunos vídeos de la situación en la India, un sunami en Japón y de pronto se vio mirando por encima algunas noticias relacionadas con la delincuencia. Amelie estaba allí, con el vestido blanco y las piernas torcidas. El titular era horrible. La habían matado. Sobre el asesino no se decía nada en absoluto. Ella estaba en una cama como la había visto en su sueño. Se horrorizó al pensar que lo que para él había sido un sueño, para su doble o para él mismo había sido real. Sin tardanza se fue a la comisaría a buscar a Müller. Lo encontró en su oficina.
̶ Ah, es usted. Le tengo muy malas noticias.
̶ ¿Qué ha pasado inspector? He leído una noticia horrible.
̶ Sí, sí. De eso quería hablarle ̶ el inspector hizo una pausa y sacó el cuaderno ̶ . Mire este dibujo, señor Stanislav.
Stas vio la cara de Amelie y los ojos se le llenaron de lágrimas.
̶ ¿Conocía usted a la señorita Mirel?
̶ ¿Mirel?
̶ Sí, señor Stas, es esta chica que ve aquí dibujada y que murió en un hotel a manos de un asesino del que se desconocía su aspecto y paradero. Tal vez usted podría darnos una pista, ¿no cree?

Stanislav estaba desconcertado. No era posible que una de las Dévoras le hubiera dicho algo premonitorio. Había escuchado claramente que Amelie había sido asesinada hacía dos años. Se suponía que si había vidas paralelas, debían ir en el mismo año, por lo menos, y las únicas diferencias serían las decisiones de las personas o su aspecto. ¿Y si Amelie hubiera tomado una mala decisión en su mundo, mientras que Mirel había muerto por culpa de algún fenómeno raro? Tenía que haber alguna forma de descubrir esas leyes absurdas de ese demente paralelismo que no se sabía si era real o no.
̶ No me imagino en qué podría ayudarle, inspector. Le he dicho que encontré este cuaderno en el atrio de mi edificio, cerca del buzón. ¿Qué más quiere que haga?
̶ Por el momento será necesario que le tomemos las huellas dactilares y que comprobemos su ADN. No estará en contra, ¿verdad?
Stas pensó que se encontrarían sus huellas en el lugar del crimen y que su ADN coincidiría con el del criminal. Pensó en la forma de escapar, pero tenía dos policías en la puerta que habían llegado unos segundos antes.
̶ Es una simple formalidad, señor Stanislav. Si es usted inocente, no tiene nada que temer.

Se lo llevaron a una oficina y le pidieron que dejara impresas todas sus huellas dactilares en el registro. Le cogieron una prueba de saliva para hacer el reconocimiento del ADN. El inspector le pidió que no saliera de la ciudad y que estuviera siempre localizable. Stas se fue muy pensativo. Analizó su situación. Si coincidían sus huellas, estaba perdido. ¿Cómo explicaría que su otro yo había ocupado su sitio y había cometido un asesinato o que era el mismo asesinato que ya había cometido en otro mundo, pero con dos años de retraso? Todo era absurdo. No podía seguir esperando que el destino dirigiera su vida. Calculó las posibilidades de aparecer en el mundo de su yo asesino. En caso de aparecer de nuevo allí, dejaría un mensaje en la comisaría para que en cuanto el otro apareciera lo cogieran y lo encarcelaran. Solo había un problema. Y si el que apareciera fuera el intelectual, el ajedrecista o, simplemente, ¿si ya no había ningún cambio? Bueno, seguro que su yo asesino podría librarse sin ningún problema. Pero, ¿y si había más copias? Sabía que estaba al borde del caos y su libertad estaba en peligro. Era muy probable que en los siguientes días fuera arrestado y luego fuera a juicio. ¿Cómo evitarlo? ¿Sería bueno fugarse? Si lo hacía tal vez otro de sus yos caería en la trampa y el podría hacer otra vida, sin embargo, ¿adónde lo llevaría esa decisión? No sabía mucho de matemáticas, pero comprendió que la probabilidad de encauzar su vida era poca. Se convertiría en un prófugo y ya no pararía hasta que su suerte se acabara. Era mejor enfrentar el problema que tenía.
Sucedió lo que había temido. Llegó a su oficina el inspector. Los empleados se sorprendieron al saber que el tranquilo Stanislav era una mosquita muerta que siempre había dado la impresión de ser un hombre ideal. Le pusieron las esposas y se lo llevaron en una patrulla.
“Lo siento mucho, Stanislav ̶ le dijo en inspector ̶ , por desgracia todas las pruebas están en su contra. Tendrá que contratar un buen abogado”.
Fue ingresado a una cárcel preventiva. Lo llevaron a una sección de ladrones y estafadores. Le tocó compartir su celda con un falsificador. Era un hombre joven y debilucho, con nariz de garfio y un poco calvo. Entablaron una conversación muy superficial. El falsificador, Artur, era muy desconfiado y tenía la impresión de que le habían puesto a un topo para saber en qué andaba metido. No hablaron durante una hora, pero después Stas le preguntó si sabía cuánto tiempo estarían allí.

̶ No tengo ni idea. No sé cómo estén los planos de la realidad.
̶ Lo mismo me pasa a mí ̶ dijo Stas lamentando su suerte ̶ . De pronto, algo cambió y las cosas se entorpecieron. Llevaba una vida tranquila y muy rutinaria, jamás me imaginé que todo se fuera a complicar de esta forma.
̶ De cualquier manera, ya nada será igual. Hace una hora pensaba que eras un espía que me habían mandado, pero ya veo que estás peor que yo.
̶ ¿Peor que tú? ¿Cómo puedes decir eso, sí acabo de llegar y no sabes nada de mí?
̶ Es que tú eres de los pocos que ha sufrido el traslapamiento espacial y temporal.
̶ ¿Ah, sí? ¿Y de dónde sacas eso?
̶ Lo sé simplemente. Tú has visto a los otros, ¿verdad?
̶ ¿Los otros? ¿Qué quieres decir?
̶ Pues, los de los mundos paralelos. Antes de verte creía que eras un pobre ladrón, pero ahora me doy cuenta de que no es así. Todo lo que te ha pasado lo he vivido yo. Bueno, de una forma diferente...
̶ Y ¿qué te ha pasado a ti?
̶ Lo mismo que a ti, tonto. Me han puesto una trampa.
̶ ¿Una trampa?
̶ Claro, no se puede tratar de otra cosa. Seguro que ya sabes que se han alineado tres planetas y en ese reducido espacio y tiempo, te duermes y amaneces en otro sitio al día siguiente o unos días después, pero hay unas personas más astutas que saben o, han descubierto, la forma de pasarse de un espacio a otro y hacer de las suyas. En mi caso...
̶ Oye, Artur, ¿estás hablando en serio?
̶ !Claro que estoy hablando en serio! Si no hubiera sentido en ti la energía de otras galaxias no te lo habría comentado. Mira. Aquí uno de mis otros yo es un tendero. De pequeño soñó con ser un estafador. Quería falsificar documentos, billetes y todo lo que representara valor. Su padre un día lo descubrió falsificando un rublo y lo castigó de tal forma que perdió la afición por las estafas, pero en otro mundo, su padre era un estafador y motivó a su hijo a dominar técnicas sofisticadas de copiado, es decir, que aparecí yo. Luego, empezamos a realizar grandes fraudes. Dólares, Libras, acciones, documentos de propiedades, documentos secretos y del estado, en una palabra, todo lo que podía dejarnos jugosos beneficios. Mi padre se convirtió en una especie de padrino de la mafia. Se apoderó de grandes fortunas y empezó a dominar en su mundo. Un día descubrió que había un complot contra él y decidió emplear todo su capital para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Por fortuna, los hombres más talentosos se unieron a él y descubrieron una fórmula cuántica para avanzar en el espacio y el tiempo. Lo que no se ha podido hacer aquí, por las cuestiones políticas y económicas, en mi mundo se han perfeccionado gracias a las decisiones de gente astuta. No tienes idea de la cantidad de posibilidades que hay para desplazarse por el universo. El problema es que somos todos parecidos y conservamos los mismos defectos del género humano. No nos hemos podido librar de la envidia, la ira y el temor a lo desconocido. Yo mismo había dudado en venir aquí. Pensé que moriría y que no tendría posibilidades de continuar traslapándome por el universo, sin embargo, ahora sé que es fantástico y que uno se multiplica en cientos de seres. No sé cuántas galaxias como la nuestra existan en todo el espacio, pero sé que se desarrollan paralelamente y que hay muchísimas. Cada decisión desencadena unas consecuencias y se bifurcan los caminos de la vida de cada persona ̶ Stas estaba mudo. Le dolía la cabeza y un escalofrío le provocaba mareos. Tenía las manos tensas y no sabía qué decir. Sintió los ojos penetrantes de su interlocutor y giró la cabeza para no mirarlo ̶ . Sé cómo te sientes, pero hay solución para todas las cosas. En mi caso, te lo confieso, recibiré una pequeña condena por evadir impuestos y maltratar a mi esposa. Sin embargo, el otro Artur, el que es tendero aquí, morirá en mi mundo, no me preguntes las razones; y luego, mis amigos me trasladarán de nuevo. Cambiaré mi identidad y seré un hombre libre.
̶ Y ¿cómo es posible manipular el espacio y el tiempo?
̶ Eso lo saben solo los científicos. Guardan muy bien el secreto, pero con dinero baila el perro, dicen por allí. Por cierto, ¿quienes son tus dobles y tus promotores? ¿qué cosas raras has notado en tu vida?
Stas le contó todo lo que le había pasado hasta ese momento y cuando terminó, Artur dijo que era posible que la trampa se la hubiera puesto el asesino de Amelie. Al final, Artur le propuso una solución.

Pasaron dos días y por fin apareció Therence. Le había contratado un abogado. La empresa no estaba dispuesta a ayudarlo y solo su secretaria, con una recolección, había podido conseguir a un tipo que le prometió sacar a Stas del hoyo. Se saludaron sin mucho afecto. Stas sintió el rechazo de su amiga y no quisieron hablar mucho. Ella le dio falsas esperanzas y lo dejó a solas con su abogado. Era un hombre de estatura media, con un peinado sujeto con gel, las cejas depiladas, la piel bien cuidada y una voz de pájaro. Le dijo que la situación era muy difícil y que, a pesar de que todo estaba en su contra, había alguna posibilidad de conseguir una condena menor si confesaba el crimen. Stas no quiso discutir con él sobre las posibilidades de demostrar su inocencia y se despidió del letrado Lawrence sin mucha cordialidad.
Después de la visita estaba claro que las cosas no iban a salir muy bien. Stas se alegró un poco cuando Artur le dijo que lo ayudaría a escapar. “Falta una semana para que se deshaga la alineación magnética ̶ le dijo Artur con una gran sonrisa ̶ En ese tiempo será mejor que amanezcas en otro sitio y que el verdadero asesino de la chica Mirel o Amelie, como le dices tú, se quede atrapado en esta celda. Haré todo lo posible para que nos transporten. Tendrás que decidir en que universo paralelo deseas vivir. Al parecer en este ya te será imposible”. Artur se tendió sobre la cama y dijo que se dormiría un rato. Necesitaba relajarse y meditar. Stas también se vio asaltado por algunos pensamientos. Sabía que el mejor lugar sería el mundo del ajedrecista, pero le causaba angustia imaginar que su otro yo genial podría morir por una inyección letal. Lo mejor era que fuera el esquizofrénico, pero qué posibilidades había de que fuera él. Hasta ese momento, sólo del treinta por ciento. Era muy poco y las cosas podían salir mal. Quiso dormir igual que Artur. La intuición le decía que ese estado onírico favorecía la comunicación con los otros mundos. Le recorrió la espalda un escalofrío cuando pensó que si se dormía se trasladaría y que en su lugar quedaría alguno de sus compañeros y llegado el momento decisivo, el volvería a parar en la celda y no tendría remedio.

Al día siguiente Artur le hizo preguntas sobre lo que había notado en la vida de sus paralelos. Stas le contó todos los detalles y decidieron que era necesario hacer una confesión en clave para el ajedrecista en caso de que le tocara a él el juicio y pudiera escabullirse de la cárcel. No había tiempo para falsificar documentos como pasaportes u otras identificaciones, pero Artur hizo una orden emitida por el jefe de homicidios Müller para que dejaran a Stas en libertad. Stas reconoció la letra de Müller. Pensaron en la forma en que le harían llegar el papel al doble correcto. El abogado llegó en dos ocasiones y le explicó lo que tenía que declarar. Tenían el juicio para el jueves y Stas comenzaba a dudar del plan de Artur, pero éste permanecía muy apacible a la espera de su fuga.

̶ ¿Qué haremos si falla el plan, Artur?
̶ No deberías preocuparte por eso, querido Stas porque hay otro pequeño problema. Antes de que te trajeran aquí, éramos unos desconocidos y ahora partiremos juntos hacia otra dimensión el problema es que deberías saber quién soy yo allá a donde vas a ir a parar. Te recomiendo que por nada del mundo te cruces en mi camino. Podría resultar muy peligroso para ti.
̶ ¿Por qué?¿Qué cosa podría pasarme?
Mira, hay muy poca gente que sabe lo que está sucediendo. Si se te ocurre anunciar públicamente lo que has vivido te podrían tomar por loco y, el destino podría burlarse de ti, poniéndome en tu camino para eliminarte. No sería el mismo y algunos de mis dobles son demasiado peligrosos. Alejate de todo lo que te parezca raro y que presientas que se relaciona con la estafa, el crimen, la demencia, los manicomios, los barrios pobres y los vagabundos. Podría ser malo para ti.
̶ Pero, ¿cómo lo sabré?
̶ No lo sé. No tengo ni idea. Sé muy cuidadoso y trata de pasar desapercibido.
̶ Esta bien. Espero no parar en la oficina del esquizofrénico. Sería una vida horrorosa.
̶ Lo único que te puedo desear es suerte, querido amigo.

Llegó el día del juicio. Stas fue llevado ante el juez y Lawrence hizo una defensa muy mala. Lo único que logró fue que se suspendiera la sesión por la indisposición de su cliente. Stas realmente había padecido un desmayo. Le sucedió en el momento de declarar. No pudo presentar su coartada y un médico confirmó que no estaba en condiciones de continuar. Se pospuso el juicio hasta la semana siguiente. En la celda, Artur le proporcionó un vomitivo y Stas echó las hierbas venenosas que había ingerido antes de salir con su abogado. Las recomendaciones de Artur fueron que tomara mucha agua y durmiera bien, pues a la mañana siguiente aparecerían en otro lugar. Stas abrazó con cordialidad y cariño a su salvador. El malestar del estómago le impedía explayarse de la forma en que lo deseaba. Artur le deseó lo mejor y le pidió que se durmiera. Ya se encargaría él de dejar las cosas preparadas para el ajedrecista o el esquizofrénico.

Stas apareció en su cama. El plan había funcionado. Artur le había advertido que en muchos años no se repetiría el fenómeno y que tendría que resignarse a su situación pasara lo que pasara. No había camino atrás. Le dolía mucho la cabeza. Se levantó y fue al frigorífico a buscar agua. Examinó su piso y comprendió que había tenido suerte. Miró los libros de las estanterías. Vio en un armario un tablero de ajedrez. Se imaginó que Therence se disculparía por su mala actitud y que finalmente se acostaría con él. Lo malo es que tendría que convertirse en un intelectual demasiado astuto y serio, tal vez, rechazado por la gente. Salió a la calle y comenzó a memorizar las diferencias. Tenía demasiado trabajo por delante. Pasó el fin de semana hurgando en sus cosas. Leyó textos muy difíciles y pensó que tendría que buscar un tutor para que le enseñara matemáticas, otro para el ajedrez. Tendría que ponerse en forma mental y físicamente. Pensó que había tenido mucha suerte.
Llegó muy animado a la oficina. Preguntó por Therence y le dijeron que iba con retraso por causa de sus hijos. Se sentó y abrió la gaveta de su escritorio. Encontró el informe de su secretaria y las peticiones de Stevens. Miró la pizarra y vio que las piezas estaban listas para una nueva partida. Era hora de comenzar una nueva existencia. Buscó las noticias sobre los asesinatos de mujeres. No encontró ninguna Amelie o Mirel ni nadie que se les pareciera. Pidió que no lo molestaran y se puso a revisar los trabajos del último mes. Sin duda alguna, se había realizado su sueño de adolescente. Había podido convertirse en un intelectual y era feliz. Recordó a Jessie y decidió ir al bar por la tarde para ver cómo era allí. Recibió con cordialidad a Therence, le dijo que desde ese día podía llegar una hora más tarde si lo deseaba. Organizó una reunión con sus subordinados y les dejó de manifiesto que las cosas ya no serían tan rígidas y que sería más tolerante. Por la tarde se fue de copas, llegó a un bar donde pensaba que encontraría a Jessie. Halló a una mujer parecida que llevaba el pelo teñido de azul, su ropa estaba ajada y olía mal. Tenía muchos persings y bebía vodka. Estaba muy demacrada y hablaba de forma muy burda. Stas se decepcionó. Dejó su cerveza intacta, la pagó y se fue. El martes se levantó de buen humor, se puso un traje de color azul marino y se fue a la oficina. Al llegar a su empresa, saludó a las chicas de la recepción que lo miraron con asombro. Él les preguntó por Therence y le dijeron que había tenido un contratiempo y que no llegaría a trabajar. Se fue a su despacho y cuando abrió la puerta se quedó muy impresionado. En su butaca estaba sentado un hombre al que reconoció de inmediato.


sábado, 17 de agosto de 2019

La nación de vientres A


Fiodor Honcharenko gritó mientras su cuerpo se sacudía con fuerza. Respirando agitadamente, lleno de sudor y satisfecho, se echó al lado de la mujer. Se quedó viendo el techo amarillento y trató de recuperar la respiración. Jéssica, la nigeriana, le miró el rostro. Era su cliente habitual y le había cogido aprecio. Le gustaba su forma de comunicarse y los piropos que le decía. Aunque ella hablaba mejor en español, él era más parlanchín. Ese día hacía calor. Eran las once de la noche y para Jéssica la jornada apenas había empezado. Fiodor había cobrado su sueldo y por esa razón había bebido un poco en la obra con sus compañeros, luego, ya medio borracho se dirigió a su casa, pero al ver el anuncio del bar que le gustaba, no tuvo más remedio que entrar. Era un sitio popular, había bastantes mujeres y el dueño era un turco con mala reputación que explotaba inmigrantes.

̶ Has estado muy apasionado hoy.
̶ Será por el alcohol y el tiempo que no he venido por aquí.
̶ ¿Me echabas de menos?
̶ Claro, no he pensado en otra cosa que no seas tú, preciosa.

Era verdad. Para Fiodor la vida era un calabozo en el que cumplía una condena impuesta por un Dios injusto que nunca le había dado nada. Abogado de profesión, había terminado en la universidad estatal de Kiev, jamás había ejercido. Su especialidad era el derecho penal soviético y, al empezar los cambios de la Perestroika, perdió toda su capacidad y no se pudo adaptar a los cambios. Fue por eso que a los veintiún años se fue de su país para probar suerte en el extranjero. Con su título no pudo ni siquiera acomodarse de barrendero en un bufete jurídico español, así que se fue a la obra más cercana y se puso a trabajar de albañil. Pasó muchos años y consiguió comunicarse muy bien en el idioma local. Sabía todas las palabrotas habidas y por haber. En cierto grado había tratado de cultivarse leyendo algunos libros de filosofía y podía mantener conversaciones cultas sin profundizar mucho en los temas. Siempre que iba al bar donde estaba Jéssica se sentaba en la barra un rato y conversaba con los otros clientes o el barman. Hacía todo tipo de bromas y con la risa trataba de compensar el fracaso de su vida.

Fiodor iba a cumplir los cincuenta años y se le había venido encima el peso de su infeliz existencia. Estaba concentrado en sus pensamientos sin despegar la mirada de una mancha en forma de flor. De pronto, oyó un toquido en la puerta anunciando que se le había terminado el tiempo. Se enderezó, se fue al baño y se lavó un poco, se vistió y se despidió de su amiga con la promesa de volver pronto. Antes de irse a su casa, aprovechó para tomarse la última copa. Encontró a unos conocidos con los que solo intercambiaba unas palabras o algún chiste. Vio a varias chicas guapas semi desnudas y se lamentó de llevar una vida tan miserable. A veces soñaba que tenía dinero, que se compraba ropa de marca, un buen coche y sacaba de ese sitio a las mujeres más bellas. Oyó que sus vecinos estaban comentando algo sobre un negocio disparatado.

“Oye, Ricardo ̶ dijo el que era más bromista ̶ ¿Te imaginas si eso de los vientres de alquiler se hiciera con chicas como estas?”. El otro se comenzó a carcajear y, cuando se tranquilizó un poco, comentó que sería un súper negocio porque los clientes pondrían la excusa de que los embarazos no resultaban para acostarse cuantas veces quisieran con ellas. La broma no era tan mala y otros clientes que la oyeron se burlaron de ellos. Fiodor también se rió mucho, pero miró el reloj y se dio cuenta de que no podía retrasarse más. Salió y se fue rápido hacía su parada de autobús. Cogió el último vehículo. Esa noche durmió bien y al día siguiente se levantó tarde. Esperó a Mohamed un marroquí con el que hacía chapuzas, pero no llegó. Tenían que ir a poner azulejo a una casa. Ya era mediodía y Fiodor comprendió que le habían cancelado el trabajo a su amigo. Se metió otra vez a la cama y durmió hasta la tarde. A las cinco salió a comer. Cerca de su casa había un comedor en el que se podía almorzar bien. Alcanzó las sobras de una sopa de lentejas y carne con patatas. Comió con apetito y se fue por una botella de vino. Volvió a su casa y en lugar de poner la televisión para distraerse se quedó pensando en lo que había oído el día anterior. ¿Cómo funcionaba eso de los vientres de alquiler? ¿Quiénes lo solicitaban? ¿Cómo se hacían los contratos? ¿Qué dictaba la ley? Las dudas le fueron despertando la curiosidad. Lo que si sabía bien era que si localizaba mujeres guapas para contratar sus servicios, los clientes estarían encantados de relacionarse con ellas. “En mi ciudad hay cientos de mujeres que estarían dispuestas a prestar su vientre por unos cientos de dólares”. La idea le siguió inquietando varios días y, por eso, se puso a investigar. Leyó en los periódicos que muchas mujeres europeas decidían alquilar el vientre de una mujer para tener hijos. Las sumas que la gente pagaba por ese servicio era alto y se estaba poniendo de moda. Era necesario donar un poco de esperma del marido para depositarlo en la matriz de la mujer con la que se firmaba el acuerdo. Era necesario contratar los servicios de un laboratorio y tener la asesoría de un buen abogado.

Fiodor contó el dinero que le quedaba y decidió viajar a Kiev para ponerse en contacto con algunas personas con las que pudiera empezar su negocio. Primero fue a un laboratorio de análisis clínicos, preguntó por los servicios de embarazos in vitro y le comentaron que solo había un laboratorio con la tecnología necesaria, que podía ir a la calle Pushkinska a un lado del metro Teatralna. Llegó rápido, pues no se encontraba muy lejos. Preguntó por el señor Arkadi Lomashenko y le dijeron que esperara unos minutos. Pasó más de media hora. En ese espacio de tiempo leyó dos revistas y se tomó dos cafés que la secretaria le ofreció amablemente. Lo hicieron pasar a una sala bastante lujosa. El señor Loma, como le pidió que lo llamara Fiodor, tenía un aspecto poco saludable, hablaba con calma y parecía que sufría de una resaca permanente. Era bastante grueso y respiraba con frecuencia emitiendo un leve ronquido.

̶ Es por el tabaco ̶ le dijo al notar que le ponía mucha atención al ronquido cuando le salía de la garganta ̶ . He fumado toda la vida, por eso me he conseguido esta angina de pecho. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle, señor Honcharenko?
̶ Mire ̶ exclamó Fiodor tratando de ordenar sus ideas ̶ , se me ha ocurrido una idea que tal vez podría dejar muy buenas ganancias.
̶ ¿Ah, sí? Y ¿de qué modo piensa que se puede hacer?
̶ No sé cómo explicárselo con términos económicos o médicos. Soy un ignorante en todo eso.
̶ Pues, intente explicármelo con las palabras que pueda y ya le iré entendiendo y, si hace falta, le corregiré.
̶ De acuerdo, pero de antemano le pido disculpas por las molestias. Bien, ¿sabe que he vivido mucho tiempo en Europa?
̶ !Por supuesto que no!!Es la primera vez que lo veo en mi vida!
̶ Sí, sí, perdone mi estupidez. Es que lo que quiero contarle es que... La semana pasada frecuenté un sitio de esos...
̶ ¿De esos? ¿A qué se refiere?
̶ Pues a un sitio para hombres, para relacionarse con mujeres...
̶ ¿Se refiere a un prostíbulo?
̶ No, no, es decir, sí, creo que se podría denominar así, aunque...
̶ Bueno, entiendo que ha estado con una mujer y que se ha contagiado y quiere que lo curen, ¿no?
̶ No, ni lo mande Dios. Es que mientras estaba tomando una copa, oí una conversación que me dejó muy desconcertado y luego se me empezaron a ocurrir ideas y es por eso que...
̶ Bueno, amigo, vaya al grano, ¿de qué se trata?
̶ Le voy a contar mi idea y después quiero saber si estaría dispuesto a que colaboráramos juntos.
̶ Usted dirá. Le escucho con atención.
̶ Bien. Pues, esos hombres del bar, comentaron que había un negocio de alquiler de vientres...
̶ Sí, en efecto. Existe tal negocio, pero hay países en los que la legislación es muy estricta y se necesita un gran equipo de personas para solucionar los problemas que genera. A mi no me interesa en absoluto.
̶ Es que... ¿Acaso, es imposible llevarlo a cabo aquí en nuestro país?
̶ No, no es imposible, ni está prohibido tampoco. Es que, como le digo, se necesitan muchas personas para hacer un negocio así.
̶ Bueno, dígame cuáles son esos famosos problemas y qué tipo de gente se necesita.
̶ Oiga, primero tiene que encontrar clientes, eso no es tan fácil. Después debe garantizar física y jurídicamente que no habrá problemas con la salud de la mujer que alquila su vientre y que ésta no pedirá después la patria potestad del niño que ha dado a luz, además son nueve meses de revisiones y tratamiento, ¿sabe cuánto cuesta eso?
̶ Sí, doctor, Loma, lo entiendo a la perfección.
̶ No se olvide , amigo, de que debe tener en cuenta las complicaciones que pudieran surgir como cesáreas o abortos, necesita una clínica especializada.
̶ De acuerdo, lo entiendo bien, pero supongamos que se solucionan esos problemas, ¿qué otros habría?
̶ No lo sé, tal vez resultaría difícil que unos extranjeros se llevaran un bebé nacido en nuestro país, luego, los padres adoptivos tendrían que estar de acuerdo en pagar la manutención de las mujeres que alquilan, exigirán que sean saludables que tengan muy buena salud y que sean guapas, además, pedirán antecedentes familiares y no sé... Muchas cosas tales como el anonimato...no sé que más...¿Y el dinero? No creo que alguien esté dispuesto a pagar unos veinte mil dólares o más por un alquiler de matriz y luego, los gastos de los viajes. Se necesita una planificación muy fiable porque si hay algún problema gordo... el teatrito se le puede venir abajo, ¿sabe?
̶ Pues, estoy dispuesto a jugármela. Llevo demasiado tiempo viviendo de albañil y no quiero terminar mi vida colocando ladrillos y recibiendo bicocas por mi trabajo.
̶ !Oiga! Creo que se ha equivocado. Según veo es usted un don nadie y quiere verme la cara de tonto. Ande, vaya a otro sitio a buscar quien le crea.
̶ No, no. Espere. No se precipite. Sé que la idea que tengo resultará. Usted solo tiene que garantizarme que los análisis serán profesionales, además, le ruego que me recomiende una buena clínica para los partos y que me diga si podría asesorarme en cuestiones genéticas y médicas.
̶ No le prometo nada porque no veo nada claro.

Fiodor salió con una promesa por parte del doctor Loma, pero sabía que mientras no tuviera nada que ofrecerle, él no movería un dedo para ayudarle. Los siguientes días investigó sobre las cuestiones legales. Cogió la constitución, el código civil y el penal y se puso a estudiar como en la juventud. Se decepcionó mucho por no haberse dedicado a la abogacía. Todo lo que le había hartado en la juventud ahora le parecía muy lógico y tentador. Descubrió que sí tenía vocación de jurista y, si lo hubiera comprendido antes, no habría desperdiciado su existencia viajando inútilmente para levantar muros y cargar costales de cemento. Fue acomodando las piezas de su rompecabezas. Analizó con detenimiento el papel de cada persona, las ventajas e inconvenientes de una determinada decisión en la gran estructura que le había resultado. En cierto grado, se dijo, era como construir un buen edificio. Lo importante era tener un buen cimiento, material de calidad y una buena planificación para las instalaciones hidráulicas y eléctricas. Hacía falta un diseño atractivo para los clientes. Con el negocio bien organizado en el papel se fue a ver de nuevo al doctor Loma, quien se sorprendió al ver muy claro el éxito de la empresa. No dudó en ofrecer su ayuda y se comprometió a buscar las clínicas de maternidad más apropiadas, le dio dinero a Fiodor para que hiciera su viaje de inmediato a la península en la que ya tenía localizados a dos clientes. Dejaron en claro todos los pormenores y Fiodor se marchó al extranjero.

El encuentro tuvo lugar en un hotel céntrico de lujo. La pareja era de una condición económica media alta. Mariana no era muy guapa, bajita y gorda. Tenía el mentón salido y llevaba una gruesas gafas que se acomodaba todo el tiempo haciendo un gesto muy raro. Tenía el pelo castaño y era muy blanca. Ramiro, en cambio, tenía atractivo y cierta personalidad. Era fortachón y simpático, pero al descubrir sus dientes perdía mucho encanto. Hablaron durante más de dos horas. Ramiro era tendero y su mujer ocupaba un alto puesto en el ministerio de transporte. Habían tomado la decisión de alquilar un vientre porque a ella le asustaba el parto, ya había tenido dos abortos y no quería arriesgarse más. En su familia había diabéticos y algunos esquizofrénicos. En la familia de Ramiro lo más grave había sido un caso de deformación, pero la causa había sido que la hermana de su bisabuela no deseaba tener a su hijo porque la habían violado y, al tratar de abortar el fruto de su vientre, había tomado hasta veneno. No logró su fin y el niño nació ciego, pero con salud de toro. Lo más difícil fue acordar el precio. En el mercado se barajaba una suma de cincuenta mil euros por un servicio llevado a feliz entrega. Fiodor no podía exigir esa suma porque no contaba con los medios para garantizarlo, además su país estaba en la lista de los más pobres del ex bloque soviético. La única ventaja que le proporcionó la clave del éxito fue el aspecto saludable de la dueña de la matriz. “Es realmente guapa ̶ dijo Mariana con un poco de envidia ̶ . Ya quisiera yo tener un poquito de ella”. No te preocupes, mujer, le dijo Ramiro, tú no eres fea y además. Si nos da un niño imagínate al chaval, va a volver locas a las mujeres. Bueno, y si es una niña, pues tendremos que andar detrás de ella para que no se la roben.
Lo tomaron con humor y el acuerdo se cerró en veinticinco mil euros. Fiodor les propuso que viajaran con él para que les pudiera mostrar las instalaciones en la clínica, se entrevistaran con Evdokia la futura madre y firmaran juntos el contrato. Estuvieron de acuerdo y se fueron ilusionados. Quedaron que saldrían la siguiente semana. Ella se tomaría los días de asueto que se le habían acumulado a lo largo del año y él dejaría a su empleado José para que atendiera la tienda mientras se iban a lo que llamaron una segunda luna de miel. La pareja nunca había viajado al extranjero. Oyeron hablar a Fiodor por primera vez en ucraniano y se sorprendieron mucho porque lo habían tomado por madrileño. Confiaban en él. Perdieron los tapujos y las apariencias y decidieron hacerse sus amigos. Él se había esmerado mucho para ganarse su confianza y al darse cuenta de que el vino los sensibilizaba no dudó en procurarles las dosis adecuadas. En la noche Mariana se fue a acostar y Ramiro se emborrachó.
̶ Espero que esto no afecte a mi futuro vástago ̶ dijo muy alegre Ramiro.
̶ No lo creo, querido Ramiro. Te ves bien de salud y tendrías que ver a Evdokia. Es una mujer fuerte sin enfermos en la familia y además muy simpática.
̶ Sí que tiene personalidad la mujer. ¿Sabes? Cuando la vi, pensé que sería una condesa o algo así.
̶ Oh, mi querido Ramiro, por fortuna en mi tierra hay muchas mujeres así. Ahora que lo pienso me arrepiento de no haberme casado nunca con una de ellas.
̶ Ah, pillín, lo lamentas, ¿a que sí? Ya te imagino metido en la cama con una mujer como esa.
̶ Pues, sí que sería muy agradable. Ya lo creo.

De pronto Ramiro se quedó pensativo. Una idea que no había considerado le dio una palmada en la frente. Fue tan asombrosa que hasta gritó y Fiodor decidió que ya era hora de irse a dormir. No pudo evadirse para ir a su cupé.
̶ Oye, Fiodor. Quiero preguntarte algo, pero tienes que contestarme con toda sinceridad.
̶ Sí, amigo, mío. Pregúntame lo que quieras.
̶ Pues es sobre eso de la inmisenización artificial.
̶ No, Ramiro, no es inmisenización, sino inseminación artificial.
̶ Bueno, pues como sea. Oye...escúchame y respóndeme como amigo ̶ Fiodor sospechó que algo le iba a pedir y comenzó a mover la cabeza en actitud negativa ̶ . Oye, Fiodor, tú me dijiste que eso de inmisenización se hace en un laboratorio, ¿no?
̶ Sí, Ramiro, en efecto.
̶ Y que me sacan el jugo y luego se lo ponen a ella con una jeringa, como a las vacas en un establo, ¿verdad?
̶ Oye, Ramiro, no es como en un establo, somos una empresa muy seria. Ya lo verás ahora que llegues. ¿Por quién nos tomas?
̶ !Cálmate, Fiodor, cálmate!!No me refería a eso!!Escúchame con atención lo que te voy a decir!!Ah! Pero, antes tienes que prometerme que no le dirás nada a la Mariana porque se nos estropeará todo si se lo dices. ¿Está claro? ̶ Fiodor estaba pensando sobre el posible curso de las cosas y decidió aceptarlo todo con tal de mandar a Ramiro a la cama.
̶ Está bien, dime qué es lo que quieres. Te prometo que Mariana no sabrá ni una palabra.
̶ Bueno, Lo has prometido y no te puedes echar para atrás. Si revelas algo de esto no cerramos el negocio y adiós a todos.
̶ Está bien. Dímelo ya.
̶ Mira, Fiodor, es que la verdad no quiero hacerme una paja y regresarme sin más. ¿Me entiendes? Me gustaría...Dime sinceramente, ¿no hay forma de que la Evdokia y yo...De que ella...Es decir...!Carajo!!¿Me puedo acostar con ella o no?!
Fiodor se quedó muy extrañado porque desde el principio había previsto que esa era la idea del negocio. Engatusar a los hombres para que pagaran lo que fuera por estar con una mujer bella. Lo del vientre de alquiler era secundario. Así lo habían dicho los hombres del bar y así lo había entendido él. Sin embargo, había hecho todo para crear su negocio legal. No quería prostitución de ningún tipo. Sabía que de la decisión que tomara dependería el futuro de su business, la elección que hiciera en ese momento determinaría su futuro. Trató de calcular las consecuencias de un error y miro a Ramiro.
̶ Lo siento, Ramiro, Evdokia es una mujer decente. Jamás me atrevería a hacerle una propuesta como la que me pides. Lo siento de verdad. Oye, ya estás borracho, ¿por que no te vas a dormir?
̶ !Escúchame, Fiodor! !Sé lo importante que es para ti este negocio!!Sé que te puedo arruinar!!O me concedes lo que pido o se acabó!
̶ Pues, se acabó. Ya puedes irte de vuelta a tu casa.

Ramiro se quedó tan frío que parecía un muerto, en silencio se retiró. Iba temblando, temiendo que al día siguiente Mariana lo matara por su estupidez.
Al amanecer, Ramiro estaba roncando. Mariana le dio, como lo hacía a menudo, un golpe en la nuca. No se calló, así que ella lo despertó. Se miraron sin experimentar ningún sentimiento. Ella le dijo que fueran a desayunar. Cuando llegaron al vagón restaurante Fiodor ya los esperaba. Los saludó y miró amenazante a Ramiro. No hablaron mucho. Fiodor les informó que muy pronto llegarían a Kiev.
En la estación de trenes había un hombre esperándolos. Los condujo a un coche y les comentó que los llevaría a un piso que les había cedido el doctor Loma. Había dos habitaciones y el mobiliario era muy rudimentario. Mariana dijo que si solo iban a estar un par de días ese sitio estaba bien. Por la tarde probaron los platillos de la cocina vernácula y se sorprendieron de la riqueza y variedad de sabores. Miraron algunos sitios de interés en la ciudad y quedaron de entrevistarse con Evdokia al día siguiente.
La cita se llevó a cabo en el laboratorio de Loma, era necesario empezar a revisar a Ramiro para estar seguros de que no habría contratiempos. Le tomaron las pruebas de sangre y excremento, le hicieron radiografías, electrocardiogramas y un electroencefalograma. Oyeron las explicaciones del doctor Loma sobre la forma en que se germinaría el óvulo de Evdokia y luego, se depositaría de nuevo en su interior. En secreto Loma le comentó a Fiodor que el doctor Evtushenko, un especialista en genética, estaba dispuesto a modificar algunos genes en caso de que fuera necesario, por eso le pidió que le preguntara a Mariana de qué color le gustaría que su hijo tuviera los ojos. Ella sin pensarlo dijo que grises. Fiodor le siguió haciendo preguntas los tres días que permanecieron en la ciudad. Fue necesario inventar un malestar o un imprevisto para que Ramiro pudiera hacerse un tratamiento profundo. “Estoy dispuesto a gastarme todos mis ahorros ̶ le dijo a Fiodor, Ramiro ̶ con tal de que me permitas pasar una hora con Evdokia”. Se lo propusieron a la futura madre y no se negó. La única condición que puso fue que le dieran el dinero por adelantado.
Ramiro se sintió en el paraíso. Tuvo dos días de tratamiento en los que pasó los mejores momentos de su vida. Le remordía un poco la conciencia por haberle sido infiel a Mariana, pero ¿acaso no le había dedicado toda su vida? La toleraba, a pesar de que ella era muy inconstante y explosiva. Además estaban colaborando por el bien común. Necesitaban una familia y él la iba a formar.
El doctor Loma le pidió unas pruebas de esperma a Ramiro por si las relaciones que había tenido con Evdokia no dejaban ningún fruto. Se marcharon felices. Mariana con la confianza en el futuro y la esperanza de tener un hijo. Ramiro con la satisfacción de haber conocido por primera vez los néctares del verdadero placer.
Pasaron tres meses y Ramiro recibió la información de que el embarazo iba según el plan. Ramiro soñaba todas las noches con Evdokia y pensó que si lograba reunir una buena suma de dinero le propondría a Mariana tener otro hijo. Como la gente lo veía feliz en la tienda, todos le preguntaban la razón. Él decía que iba a tener un hijo. Le comentaba a sus mejores clientes lo que le había sucedido en Europa del Este. Algunos al ver la foto de la ucraniana en bañador se ponían nerviosos. Don Alberto Calderón, un solterón empedernido, le preguntó el precio del vientre de alquiler. No le pareció muy caro y le pidió la dirección de la página de Internet a su conocido.
Fiodor recibió a Don Alberto y le mostró, al igual que lo había hecho con Ramiro, las instalaciones, le presentó al doctor Loma y le hicieron el tratamiento sobre el que tanto les había hablado Ramiro a sus amigos.
Cuando Ramiro recibió a su hijo, la empresa Loma-Honcharenko ya había progresado muchísimo. Tenían muchos clientes de todo el mundo y varias clínicas. Las dueñas de los vientres de alquiler eran casi foto modelos y los precios se habían elevado considerablemente. No obstante, la demanda era mucha. Fiodor se fue haciendo muy popular. Lo reconocían en los restaurantes. Muchas personas le agradecían que les hubiera dado un capital que jamás se habían imaginado que tendrían.
Alguna de esas personas agradecidas le propuso a Fiodor postularse como candidato a la presidencia. Tenía muchas cualidades que lo hacían ideal. Emprendedor, serio, con un rostro que inspiraba confianza y sobre todo era rico. No se pudo negar cuando el Partido Popular Ucraniano lo postuló para presidente. Loma se convirtió en su brazo derecho y se acoplaron a los consejos que les daba un gran filósofo que era miembro del partido. “Fiodor ̶ le dijo Arcadi Soloviev ̶ necesitas hacer una campaña que exalte a las mujeres, piensa en algo”. En realidad, Fiodor solo necesitaba hacer publicidad de su negocio. Se lo dijo Loma. “No seas tonto, Fiodor. Haz del alquiler de matrices una política nacional. Las mujeres te lo agradecerán y tendremos no solo dinero para la campaña, sino también para reformar nuestro demacrado país.
Así lo hizo. Elaboró a conciencia sus discursos y recorrió el país con la consigna de convertir al país en la primera nación de los vientres de alquiler. Propuso reformas a la constitución y llevó sus plan de desarrollo económico y social al parlamento para su análisis. Consiguió el apoyo del sesenta por ciento de la población. Los partidos de la oposición se rindieron al ver la derrota inminente.
El uno de septiembre, cuando en las escuelas se abrió el ciclo escolar, las gente supo que el país tenía un nuevo mandatario. Por la televisión mostraron a Fiodor que aseguró que cumpliría sus promesas. Lo entrevistaron y contó su triste historia. Habló de los días en que se sentía desfallecer después de las duras jornadas de trabajo en la construcción, luego prometió que cada mujer tendría garantizado su futuro si cumplía con los requisitos mínimos y estaba dispuesta a alquilar su vientre. Animó a los hombres a ser condescendientes con el desarrollo de la nación y les pidió a los solteros que se casaran y a los casados que tuvieran más hijos e hijas.

“Queridos compatriotas, siempre se ha considerado nuestra nación un país de segunda o tercera categoría, a pesar de que tenemos un enorme potencial. Lo hemos demostrado en la cultura, la comida, el deporte y la belleza. Tenemos un clima excelente, verduras, frutas, trigo y carne. Somos un pueblo privilegiado que siempre ha sido oprimido. Es el momento de destacar y mostrar nuestra valía. Nos convertiremos en el país con más embarazos asistidos. Les ruego que colaboren con nuestra política. En este momento las ganancias generadas por la rentabilidad de los vientres de alquiler son de varios miles de millones de dólares. Hemos desarrollado la industria ligera, estamos extrayendo más carbón que nunca. En un año, si el plan se cumple, reduciremos la deuda externa en un cincuenta por ciento”.

El discurso fue largo y convincente. La gente se contagió de la fiebre del progreso y se imaginó un futuro brillante. La adulación y las palmas no cesaron hasta que Fiodor obligó a la gente a callar. Tomó las riendas del país con determinación y el progreso se notó desde los primeros días de su mandato. Aumentó la población mundial el uno por ciento. Todo iba viento en popa. Las mujeres estaban encantadas. Los artículos de higiene y los medicamentos se vendían por toneladas. Miles de turistas viajaban con sus esposas para escoger a las más adecuadas procreadoras de sus futuros hijos. Los hombres extranjeros pagaban cantidades enormes porque sus tentativas de inseminación fueran lo más largas posible. Había mujeres exclusivas que por su alquiler pedían pequeñas fortunas, pero siempre había algún millonario que estaba dispuesto a desembolsarla.

Un día el presidente de EEUU se alarmó porque notó que en la bolsa de valores, algunas empresas estaban perdiendo puntos. Reunió a sus asesores y les pidió investigar la causa. Dos días después le entregaron un detallado informe en el que estaba subrayado el superávit de un pequeño país de Europa del Este. Sin tardanza, el mandatario se puso en contacto con su homologo ruso y le preguntó si las cosas iban bien en su continente. La respuesta fue muy dudosa y, al sospechar de un plan secreto para desestabilizar la economía americana, mandó a un equipo de especialistas al epicentro del sismo económico. Lo más preocupante fue que los expertos pidieron unos viáticos exagerados, se llevaron a sus mujeres y volvieron con contratos de alquiler de vientres. En una reunión lo contaron todo y dijeron que era necesario suspender el servicio de alquiler de matrices, puesto que en poco tiempo la riqueza de muchas potencias se fugaría por ese canal. Además, los métodos no eran legales. Los juristas comentaron que si se acusaba internacionalmente a Fiodor Honcharenko de tráfico de órganos, es decir, recién nacidos que se destinaban a padres extranjeros, entonces se podría implantar un embargo.
El caso llegó a la ONU y en una reunión cumbre se sometió a votación la prohibición de la renta de vientres y se decidió, por mayoría, embargar los bienes del país insubordinado. Muchos lamentaron la imposición del castigo, pero no podían evitarlo.
Loma tuvo un infarto y no pudo resistir el peso de la sanción. Fiodor lo acompaño en sus últimos momentos y se preparó para mantener una lucha desigual. Los economistas le dijeron que lo mejor que podía hacer era invertir en armamento y simular que se preparaba para la guerra. Los militares pusieron el grito en el cielo y recomendaron evitar la guerra a toda costa.”¿Qué podemos hacer? ̶ preguntaba Fiodor desesperado ̶ ¿Cómo evitar esta injusticia?”. No encontró la solución y para afrontar los malos tiempos que se avecinaban escondió todas las reservas de oro que había en el país. Las mujeres comenzaron a adelgazar con rapidez y nadie podía salir del país con menores de edad y mujeres.

La crisis en América se terminó y empezó a recuperarse con mucha fuerza. Habría sido posible levantarle las sanciones al país europeo, sin embargo, el parlamento yanqui decidió que era mejor apretar un poco más el cinturón. Las fachadas de las casas se descarapelaban, los niños estaban desnutridos, desaparecieron las clínicas y la pobreza se extendió como peste. No crecía nada en el campo y las personas arrancaban las raíces de los árboles para comérselas. Fiodor salió del país de forma clandestina. No se pudo adaptar a los cambios. En un quiosco de periódicos vio un titular en el que se decía que EEUU había tomado la decisión de legalizar el alquiler de vientres y que se esperaba un crecimiento económico del cinco por ciento ese mismo año. Fiodor apretó los dientes, la rabia lo anegó y se quedó inmóvil, luego se desplomó. Llegó una ambulancia a tratar de auxiliarlo, pero ya era demasiado tarde.

domingo, 11 de agosto de 2019

Voluntario


Jeremy había metido su solicitud para enrolarse en el ejército. Era marzo y lo requerían porque los aliados habían sufrido muchas bajas. Era un momento determinante porque habría pronto un contraataque sorpresa y si retrocedía el ejército alemán cambiaría el curso de la historia. Llegó por él un camión militar que transportaba a los voluntarios. Jeremy había oído muchas historias sobre la exterminación judía. “¿Por qué el Vaticano no hace nada? ̶ se preguntaban algunos de sus familiares que lamentaban la muerte de sus parientes judíos europeos ̶ . Si están al tanto de lo que pasa en Auschwitz”. Yo iré a liberarlos de los campos de concentración, pensaba Jeremy con rencor. Quería convertirse en un héroe y cuando se lo comentó a su madre ella rompió en llanto. Al principio Madelene lloró por el presentimiento de perder a su hijo y después por la impotencia de convencerlo para que no fuera. Alex, el padre, se quedó desconcertado porque siempre había creído que el más endeble de sus hijos jamás pensaría en un proyecto tan descabellado. Su hijo mayor James, que sí era arrebatado y fuerte, además de astuto, se lavó las manos diciendo que la guerra no era cosa de ellos, que estaría dispuesto a combatir si el enemigo llegaba a suelo americano, antes ni loco. Alex no pudo convencer a su hijo menor de que se olvidase de la guerra. Cada día era más difícil evitar los ruegos de la madre, las opiniones negativas del padre y las risas irónicas de James.

Llegó el momento de la separación y James enmudeció, de alguna manera sabía de antemano que su hermano moriría sin poderle disparar una sola vez al enemigo. Madelene trató de consolarse con una idea absurda. “Las leonas crían a sus cachorros ̶ se dijo ̶ y cuando están listos para cazar por ellos mismos los dejan ir. Eso mismo haré yo. !Que dios bendiga a mi pobre Jeremy!”. Él salió con un uniforme que le habían adaptado con unas costuras. Se veía como un soldado de verdad, su altura le ayudaba para tener presencia, pero la falta de peso quedaba oculta debajo de la cazadora militar. Se fue con la cara alegre, como si ya hubiera triunfado de antemano en la guerra y se enorgulleciera de haber salido intacto de las grandes batallas. Era un guerrero como el legendario Héctor que tenía valor y un alto sentido de la justicia. Se alejó el camión y entonces Madelene soltó las lágrimas acumuladas en los últimos días. Alex la abrazó y se contagió de la pena. No se libro del llanto James, quien finalmente reconoció que había querido a su hermano, pero nunca se lo había manifestado. Se quedaron estáticos como unas figuras de mármol. Estuvieron así hasta que el vehículo desapareció de su mirada. La tarde fue muy triste y si hablaron, fue solo para comentar los recuerdos chuscos de la adolescencia de Jeremy. Desde ese día un manto de remordimiento cubrió su casa. Las tardes comenzaron a enfriarse y el cuerpo de Madelene tuvo un marchitamiento prematuro.

En el cuartel al que fue asignado Jeremy había unos trescientos jóvenes voluntarios. Todos ellos irían a la operación secreta. Tendrían que pasar unas pruebas de resistencia, cursos de balística y primeros auxilios. Un capitán les contaba cosas horribles de los alemanes, les despertaba el odio contra todo lo que fuera nazi y los conmovía con tristes historias de las que era testigo. “Sí ganan los germanos ̶ decía con rostro de ogro ̶ , tendremos que resignarnos a ver morir en los hornos a nuestros abuelos, hermanos, primos y novias. En Polonia ya casi no quedan judíos, ni gitanos, han muerto unos cuatro millones y les seguirán los árabes, los asiáticos, los negros y los latinos. No habrá futuro para nadie. Solo gobernará la raza aria y tendrán al mismo demonio como líder. Si no acabamos con ellos, gobernarán el mundo”. Los jóvenes sentían correr ácido por sus venas. Su sangre estaba agria y corrosiva, les enfurecían las cruces gamadas, las dos eses del servicio secreto y el bigotito corto del Führer. Esa era la forma de animarlos a clavarle la bayoneta a los soldados de pacotilla con los que practicaban sus técnicas mortales de ataque. Cuando se terminó el último entrenamiento todos supieron que a la semana siguiente zarparían a Europa. Llegarían hasta Inglaterra y de allí se dirigirían hasta las costas francesas.

Jeremy conversaba mucho con su amigo Charles. Se entendían muy bien porque el primero era bastante ingenioso e inteligente y el segundo era una masa de músculos sin mucho cerebro, pero con mucho corazón. Era fiel y noble. Le había cogido mucho cariño a Jeremy porque gozaba oyendo sus historias. Se imaginaba que el chico endeble con ilusiones de caudillo era su hermano menor al que tenía que proteger para que no muriera a manos de un demente fascista. En el transbordador no se separaron ni un centímetro. Charles le pidió que le contara alguna historia de caballeros como “Los tres mosqueteros” o “Ivanhoe”. Jeremy lo hizo y, mientras sus compañeros se debatían con el miedo a la muerte o, en un profundo sueño, ellos se imaginaron que llegaban a la orilla y que unas armaduras especiales los protegían de las balas enemigas. Se vieron degollando soldados alemanes. Irían en caballos de acero y aplastarían al enemigo. Los últimos días el temporal había sido muy malo, por eso había esperado casi una semana para ponerse en marcha. Ahora, el buen tiempo estaba de su parte. Las aguas eran mansas y condescendientes. Le habían abierto un canal al transbordador y empezaron a alejarse del resto del grupo de naves. “Mira ̶ dijo Charles ̶ parece que fuéramos en un barco de vela impulsado por la fuerza de un gran dios mitológico de los que tú hablas. Vamos a la cabeza y seremos los primeros en desembarcar”. Jeremy lo notó y rezó en silencio para que la suerte estuviera de su lado y no los mataran nada más bajar. La brisa era tibia, la embarcación parecía no encontrar resistencia en el aire y en lugar de flotar volaba. Distinguieron la playa. Sabían que pronto combatirían. Sin pensarlo, Jeremy, pronunció el nombre de la chica de la universidad que le gustaba, Annette. Una joven muy inteligente y bella que siempre lo miraba con ojos retadores y un día le dio un beso en los labios mientras bebían en una fiesta de aniversario en la universidad. Él no pudo formalizar la relación porque ella lo intimidaba y sabía que al volver de la guerra como héroe le propondría matrimonio. Charles se asombró de que su amigo tuviera una novia tan guapa y lo envidió un poco. Se oyó la orden de prepararse para el ataque. El nerviosismo y la angustia comenzaron a deambular por la borda como dos fantasmas. Algunos soldados apenas pudieron contenerse para no vomitar, otros apretaban los dientes fingiendo que deseaban entrar en combate. Se abrió la parte delantera d ella embarcación, Jeremy y Charles oyeron los zumbidos de las balas. El agua comenzó a teñirse de rojo, corrieron con todas su fuerzas y alcanzaron la playa, siguieron decididos y al localizar una ametralladora enemiga corrieron hacia ella en zigzag, Charles cayó fulminado por una ráfaga de plomo y, aunque Jeremy recibió algunos impactos, pudo llegar hasta los enemigos. Liberada esa linea, muchos compañeros pudieron continuar el ataque. Al final del día los aliados se habían situado en una colina y obligaron al enemigo a retroceder. Los enfrentamientos duraron tres meses y a finales de agosto los alemanes ya iban en retirada. Faltaba menos de un año para que terminara definitivamente la guerra. Jeremy luchó hasta el final y volvió a su casa lleno de condecoraciones. Lo habían sacado en el periódico. Sus vecinos le hicieron una recepción inolvidable. Se presentó Annette con un vestido precioso y esperó que Jeremy la abrazara. Lo volvió a besar, pero esta vez fue para unir sus vidas en matrimonio. Lo dijo él sin pensarlo con otras palabras: “Lo único que me animó a seguir en la batalla fuiste tú, querida Annette”. No tuvo que decir más, estaba claro que serían pareja hasta el fin de sus vidas.

Cuando la calma volvió al mundo, Jeremy terminó su carrera y consiguió un trabajo en un bufete jurídico. La fama y la experiencia de la guerra lo hicieron progresar muy rápido, pues tenía muchas agallas para enfrentar cualquier adversidad en la vida civil. Se le apreciaba por sus nervios de acero. No se inmutaba, incluso en las situaciones más adversas, siempre animaba a sus clientes y les decía que si había podido sobrevivir en la guerra, sobreviviría a esos pequeños problemas. Por lo regular era así. Cuando sus clientes llenos de pánico lo miraban expectantes, Jeremy se concentraba y urdía las estrategias más asombrosas de la historia de la abogacía. Pronto abrió su propio bufete y comenzó a llevar casos gordos. Vivía feliz. Tenía dinero y su esposa lo adoraba. Pasaban las vacaciones en lugares afrodisíacos y su amor era como una llama inextinguible.
Un día llamaron a Jeremy para defender a un cliente muy importante. Tenía el juicio a mediodía. Llegó pronto, saludó a sus conocidos y esperó a que le permitieran entrar en la sala. Llevaba un traje muy caro, se veía muy bien y su optimismo le daba un aspecto de profeta moderno. Cuando dieron las doce le sorprendió que su cliente no llegara. Le pidió al juez que le permitiera esperar unos minutos más pero en lugar de darle una tregua anunció que se abría el juicio.
“Se abre la sesión ̶ dijo con la voz solemne de siempre ̶ . Se llevará a cabo el juicio por usurpación de personalidad y engaño contra el señor Jeremy Cárter”.
̶ Perdone, señor juez ̶ dijo Jeremy muy extrañado ̶ . Me parece que se ha equivocado en algo. Este juicio debería ser contra el señor Marcello Sabattini, un mafioso de la Cosa Nostra, ¿no?
̶ Se equivoca, señor Jeremy, creo que se la ha olvidado que usted mismo llevaría su defensa. Al menos, eso fue lo que dijo cuando se le citó.
Jeremy se rio para manifestar su conformidad, se sentía cómplice de una broma. Trató de recordar si era su cumpleaños o el del juez a quien conocía muy bien, pero no encontró nada que se lo pudiera recordar.
̶ Perdóneme, señor juez, pero no he entendido la broma...Si fuera tan amable de explicármela, se lo agradecería mucho.
̶ No, señor Jeremy, esto no es ninguna broma, tiene una acusación muy seria y el abogado James Carlson le meterá en el calabozo si no logra llevar bien su caso.
Jeremy siguió sin entender, las circunstancias lo obligaron a realizar su defensa, pero como desde el inicio había tomado las cosas con poca seriedad, después fue imposible enderezar la situación, había dejado que declararan los testigos en su contra y en lugar de protestar y requerir apelaciones dejó que las cosas siguieran su curso sin intervenir. El resultado no podía ser peor. Fue condenado al paredón por usurpación de personalidad, fue esposado en la misma sala y conducido a una cárcel de criminales peligrosos. Lo metieron en una celda de alta seguridad y le informaron que la ejecución sería en los próximos días. Luego, le avisaron que por una orden judicial se había adelantado su ejecución. La noche anterior al cumplimiento de su condena, Jeremy se preguntó si no estaría siendo víctima de un sueño. Por qué no lo había visitado su esposa, por qué el gobierno no había impedido esa injusticia, él era uno de los más valientes soldados que había tenido el país. Había muchos cabos sueltos en su situación y le pareció que su existencia era absurda. No podía olvidar la cara de los testigos, los cuales eran los soldados con quienes había combatido. Todos lo habían reconocido, pero no como Jeremy Cárter, sino como un tal Franz Swayze, espía alemán del SS, que se había apoderado de la placa de identificación del pobre soldado Cárter y luego había combatido con el bando de los aliados, sin matar a sus compañeros y pasando información secreta al ejército alemán. “Son estupideces ̶ se decía sin parar ̶ , ¿cómo es posible que yo no sea yo y que me acusen de ser alemán? Ni siquiera sé el idioma germano, no nací en Berlín, ni conozco a mi supuesta familia, ni la historia de ese país”. Su mente era un laberinto en el que se extraviaba sin encontrar pistas para desvelar la verdad o encontrar algún razonamiento lógico que pudieran explicarle lo que estaba pasando. No tuvo más tiempo. La puerta se abrió y entró un sacerdote para preguntarle si quería confesarse. Se negó y entonces dos hombres musculosos lo levantaron en vilo y se lo llevaron. Le dieron un cigarrillo y lo obligaron a fumar. Jeremy seguía tratando de despertar de esa absurda pesadilla. Repitió cien veces que él era un héroe, que estaban actuando conducidos por la locura. Pidió que lo dejaran ver a su mujer por última vez, pero cuando le informaron que no estaba casado estuvo a punto de morir de un infarto. Se negó a salir al patio donde lo fusilarían. Lo arrojaron al piso, se vio reflejado en un charco y le sorprendió que era otra persona. De ojos azules, pelo rubio ondulado, con un mentón rígido y la nariz afilada estaba muy lejos de ser el flacucho Jeremy de ojos castaños y pelo marrón. Le comenzaron a temblar las manos. Aplicó todo su peso para aferrarse al suelo, pero lo levantaron con facilidad. Lo apoyaron contra un pared fría y se oyó la orden. !Atención! !En línea! !Apunten! !Fuego!
Se oyeron las detonaciones. El pantalón de Jeremy estaba húmedo por la orina sus verdugos giraron sobre sus talones y abandonaron el lugar. Quedó enrollado el cuerpo de prisionero. Llegaron dos enfermeros con una camilla y se lo llevaron.

Despierte ̶ le dijo una voz masculina ̶ . Despiértese, agente VT1945 ̶. El hombre estaba tratando de abrir los ojos, pero le resultaba muy difícil. Empezó a gemir. Por fin vio el lugar en el que se encontraba y preguntó:
̶ ¿Qué ha pasado capitán?
̶ Nada, agente VT1945, es solo que hemos tenido un problema con el programa.
̶ ¿Qué fue lo que falló, capitán?
̶ Tuvimos un pequeño fallo con el cálculo de las coordenadas del espacio. En el tiempo todo estuvo bien, pero en el espacio fallamos por una diez millas. No tenía usted que haberse materializado en el cuerpo de Jeremy Carter, sino en el de Richard Dune, quién si fue un héroe en la II Guerra Mundial. Tuvimos que reprogramar la máquina con urgencia y, al hacerlo, estuvimos a punto de perderle. La única solución fue enviarlo al paredón. Tenían que matarlo para que pudiera regresar. Sentimos mucho que todo haya salido mal. No sabemos cuándo podremos enviarlo a la siguiente misión. Hemos borrado de su mente toda la información. Ahora vaya a que le revisen y le restablezcan las partes de tejido cerebral afectada. Lo sentimos mucho, agente. Esperamos que pronto quede bien la máquina y pueda seguir trabajando. Por ahora descanse. Hasta pronto.

jueves, 8 de agosto de 2019

Adversidad


Entró a la casa apuntándole al hombre con una pistola. “Me vas a dar el pagaré o te mato ̶ le dijo Rosendo López ̶ . Coge este dinero y quedamos en paz”. Él no tenía la intención de matarlo, creía que con la pura amenaza, Eduardo Reyes, le daría la carta que comprometía a Sarita Andrade. Era muy importante cuidar su reputación. Ella no se merecía un escándalo y él, que reconocía que era un mujeriego inmisericorde, tenía lástima de destruir su vida. El plan era muy sencillo. Primero, debía recuperar la carta, llevaba suficiente dinero para hacerlo, en segundo lugar, rompería sus relaciones con su amante, a quien le dolería la noticia; pero la salvaría del ridículo y del sufrimiento y, por último, dejaría de asistir a los centros nocturnos donde bebía e invitaba a todos los que se le acercaran sin pensar en quiénes eran. “No la tengo aquí, Rosendo ̶ le dijo temblando de miedo el usurero chantajista ̶ , te lo juro. Mi hermano Armando la guardó en la caja fuerte de nuestro local, ve y pídesela. Con este dinero que traes será suficiente para saldar la deuda”. Esas palabras lo único que logró fue provocar la ira de Rosendo que era muy fuerte y no estaba acostumbrado a que le escatimaran las cosas o le hicieran sentirse engañado. Cogió a Eduardo Reyes por el cuello y lo comenzó a asfixiar. Con el rostro rojo el hombre tendido en el piso imploraba perdón con ojos desorbitados. Rosendo aflojó las manos y le dio tiempo de respirar, pero siguió inmovilizándolo con sus cien kilos de peso. Le pidió que buscara con atención en la casa, que seguro podría bien tenerla en la caja fuerte. Lo obligó a abrirla, había muchos papeles importantes, joyas muy caras y títulos de propiedad, pero el pagaré no estaba. En una hora pusieron de cabeza el piso y no quedó lugar alguno en el que se pudiera buscar más. Enfurecido, Rosendo, cogió de nuevo la pistola y lo amenazó, por desgracia, el terror del que era víctima Eduardo lo hizo cometer un fatal error y en lugar de arrancar la pistola de las manos de su visitante, recibió un tiro en la frente. La sangre salió en un fuerte chorro y salpicó a Rosendo. Se quedó inmóvil y, aunque estaba en una situación muy peligrosa no pensó en cómo solucionarla, sino que recordó que lo habían condenado a prisión en su país antes de exiliarse y se le tensaron las piernas. En la otra ocasión, el crimen había sido perpetrado conscientemente, pero esta vez el destino le había jugado muy sucio. Trató de pensar en la forma más lógica de escapar. No lo había visto nadie entrar al apartamento del chantajista, por el trayecto no había encontrado a ningún conocido y el dinero no lo había sacado del banco, más bien se lo había proporcionado Sara dentro de un taxi. Así que lo único que necesitaba era borrar sus huellas de las cosas que había tocado, limpiarse la sangre y deshacerse del arma. Entró al baño se limpió y restregó su camisa con agua y jabón, se la puso húmeda y salió dispuesto a abandonar la escena del crimen. Cuando agarró el maletín y se guardó el arma se abrió la puerta de forma inesperada. Era la criada Francisca, una mujer de unos cincuenta años de edad. Llevaba una pesada bolsa con alimentos. Miró el desorden en que se encontraba todo y cuando quiso reaccionar tenía rodeado el cuello por un fuerte brazo.

“Ni se te ocurra gritar ̶ le dijo casi ahogándola ̶ por que te me mueres aquí mismo”. Paquita asintió, pero ya no tenía fuerzas y estaba a punto de desmayarse. Rosendo pensó en dejarla viva y salir del piso, pues la pobre mujer no había logrado verlo. Se oyó un ruido de una llave tratando de abrir la cerradura. Rosendo se puso muy nervioso, crujió el cuello de la pobre criada y su cuerpo se desplomó. Respiraba agitado, los pocos segundos que tardó la puerta en abrirse le sirvieron solo para sacar la pistola.

̶ No se mueva o la mato ̶ le dijo a la dueña del piso.
̶ No me haga daño, le daré todo lo que me pida
̶ !Escuche!!Todo esto ha sido una confusión! Las cosas han salido mal. No sé si esté al tanto de las cosas que hacen su marido y su cuñado, pero he sido víctima de un chantaje. Vine por una carta y su marido cometió una estupidez y por eso ha muerto, así que si me promete darme lo que busco no morirá ̶ . La mujer trató de gritar, pero recibió un golpe en el rostro y cayó al piso. Rosendo ya no tenía más tiempo que perder. Tomó un cojín de terciopelo del diván y se lo puso en la cara a la mujer, luego lo oprimió con todas sus fuerzas. Ella se zangoloteó como si le hubieran aplicado un electrocardiograma y luego se quedó inmóvil. Rosendo se levantó asió el maletín y abrió la puerta. No había nadie, salió y bajó despacio por las escaleras, llegó hasta la planta baja y chocó con él una anciana. Le riñó y le dio un golpe en la espalda. Salió con paso acelerado y con la cabeza baja, siguió recto por la calle, giró a la derecha, por último se dirigió a su casa.

Entró arrojando en el sillón su maletín. Se quitó la ropa y la metió en la lavadora. Se puso una bata y se sirvió un vaso de coñac. Se lo tomó de un trago. Su cabeza estaba llena de ideas y una sensación de angustia comenzaba a oprimirle el estómago. “!Maldito, Rosendo! ¿Qué has hecho?” ̶ se recriminó tratando de encontrar una solución. Había sopesado la idea de escapar, pero vio tres obstáculos, el primero era Sara a quien no quería traicionar, ya le había causado demasiado daño los últimos meses, el segundo era la esperanza de que no sospecharan de él. Armando y Eduardo Reyes eran dos bichos ponzoñosos a quien nadie quería y no faltaban personas que quisieran matarlos, con un poco de astucia y una buena coartada cuando llegaran los interrogatorios podría librarse, tal vez. La última traba era la peor y estaba relacionada con el pagaré. Necesitaba recuperar la carta poder que le había dado Sara para empeñar las joyas. Se recriminó por haber caído en una trampa tan simple. Las joyas tenían su valor y no era necesaria ninguna factura para saber que no eran robadas, además los prestamistas eran unos lobos capaces de vender hasta a su madre sin que les pidieran ningún comprobante de parentesco. Pasó una hora fraguando un plan. La única solución era recuperar la carta, sin embargo no era tan fácil, pues era probable que Armando Reyes ya estuviera al tanto del asesinato de Eduardo y no sería tan tonto como para devolverle el documento sin antes cerciorarse de que él no había sido el causante de la muerte de su hermano. Decidió arriesgarse. Le llevaría dinero por la noche, le daría el pésame y con el papel se fugaría. Meditó unos minutos y comprendió que eso era absurdo y que en lugar de estar bebiendo y gastar el valioso tiempo, tenía que actuar. Se lavó con prisa, se puso un traje, limpió el maletín y salió en dirección al comercio de los Reyes. Llegó en un buen momento. La tienda estaba sola y como era la pausa de la comida no había transeúntes. Armando se disponía a cerrar cuando se miraron.

̶ Buenas tardes ̶ le dijo Rosendo mostrándole el maletín ̶ . Te traigo dinero.
Armando se extrañó por la absurda actitud de Rosendo y se quedó mirándolo con la intención de descubrir la trampa.
̶ ¿Qué te trae por aquí, Rosendo?
̶ Pues, te tengo una propuesta. Necesito que me des la carta de Sara y, a cambio, te ofrezco el triple de lo que me has pedido. Mira, aquí están los billetes ̶ Armando se asomó al interior del maletín y le hizo una seña para que lo siguiera. Luego bajó la cortina metálica hasta la mitad y le pidió a Rosendo que le explicara su propuesta.
̶ Mira, Armando, tú sabes que no quiero poner en riesgo la reputación de Sara. Por eso, te propongo que me devuelvas la carta poder y te doy esté dinero.
̶ No, claro que no te la voy a dar, ¿sabes? Si has cedido tan pronto y has traído este dinero, será más fácil sacarte más. Así que olvídalo, dejame lo que traes y si no vienes la próxima vez con el doble, te juro que haré pública la noticia de las aventuritas que tienes con esa perra.

Rosendo se enfureció. No tenía tiempo que perder y el estúpido de Armando le iba a estropear todo. Sacó la pistola y lo amenazó. Armando se rio, pero cuando se dio cuenta de que las cosas iban en serio quiso aceptar el trato. Rosendo le pidió que abriera la caja fuerte y le devolviera el documento. A regañadientes abrió y sacó un sobre. Rosendo le echó un vistazo rápido y se lo metió en el bolsillo. Se dispuso a salir, sin embargo se disparó la alarma de su mente ágil. No podía dejar vivo a Armando porque de inmediato comprendería todo. Se armó de valor y se acercó fingiendo que le iba a entregar el dinero. Cuando Armando extendió la mano para agarrar el maletín sintió algo duro en el estómago, luego se derrumbó. Y sintió una suela de cuero en la cara. Quería gritar, pero no le salía más que un leve gemido de la garganta. Empezó a ver borroso y luego dejó de moverse.

Rosendo se fue sin prisa. En una esquina rompió el papel que tantos dolores de cabeza le había dado y se fue a su casa para ocultarse. Esperó que llegara la noche y metió toda su ropa sucia en una bolsa y la tiró lejos de su casa. Después sacó de su caja fuerte su pasaporte, metió un poco de ropa y el dinero que le había dado Sara en una maleta pequeña. Se puso un traje elegante y se fue al aeropuerto. Durante el trayecto escuchó con paciencia al taxista y fingió interés, incluso, rio por una tonta ocurrencia de su interlocutor. Compró un billete para viajara a Buenos Aires y esperó más de tres horas. No pensó en nada, trató de distraerse viendo a los demás viajeros. Luego compró un periódico y lo leyó por encima. Nada le llamó la atención. El mundo seguía con sus conflictos internacionales, la política nacional estaba convaleciente después de haber pasado por una fuerte crisis. En la sección de deportes ninguna información lo alegró. Llegó el momento de abordar el avión. Era de madrugada y tendría que viajar unas veinte horas con una escala en Brasil. Se acomodó en su asiento, metió su maleta debajo y se relajó. El sueño lo ayudó a desconectarse, se quedó torcido viendo sus fantasías. Siempre había sido un mujeriego. Conocía las debilidades de las mujeres. Tenía personalidad y dinero. La vida le había proporcionado el don de abrir las puertas que se encontraba. El carácter también le favorecía porque confiaba en sí mismo y, en cierta medida, controlaba sus emociones. Solo en el amor podía fallar de vez en cuando al no mantenerse detrás de la linea del compromiso. Con Sara le había pasado. Ella era una mujer diferente, muy parecida a él. Se sentía a su lado como con un ser de alma gemela. Los dos pasaban por donde querían, los respetaban y admiraban. Sabían soportar el dolor, el fuego y el frío sin quejarse. Era por todo eso, por lo que se habían hecho amantes. Rosendo no pensó en ella hasta que estuvo instalado en una casa. El ambiente porteño y los atractivos de la ciudad habrían llenado los oídos de cualquier visitante de un apasionado tango, pero él estaba sordo y ciego para eso. Sus pensamientos comenzaron a hilar el fondo de un panorama muy gris. Era la señal de que la conciencia empezaba a despertarse. Él se la había imaginado como una impertinente mujer de las que no le gustaban por ser demasiado directas y crudas, sin embargo su aspecto era fiero, de cuerpo macizo y fuerte, con ojos inmisericordes y de cara sosa. Rosendo se molestó, le empezó a llenar el cuerpo un gran malestar. Se tuvo que sentar en la banca de un parque y, aunque hacía calor, lo recorrió un escalofrío.

“No había necesidad de matar a esas mujeres ̶ se reprochó murmurando ̶ una era la criada explotada y, la otra, una mujer fracasada que tenía que soportar al pestilente de Eduardo y las órdenes de su cuñado. No habrían declarado en mi contra y habrían sido felices al saber que se habían librado de esos dos chantajistas”.
No pudo seguir pensando porque un policía se le acercó.

̶ ¿Es usted Rosendo López?
̶ Sí, soy yo ̶ contestó muy desconcertado.
̶ Tiene que acompañarme a la comisaría, señor Rosendo.
Caminó despacio evaluando la actitud del policía. Quería preguntarle la razón por la que lo llevaba ante la ley. Las preguntas e hipótesis que tenía en la cabeza eran como un pequeño remolino de arena en el que cada grano era una pregunta que le irritaba por dentro. Cuando llegaron a la comisaría se armó de valor y preguntó arriesgándose a todo.
̶ ¿Cómo me han encontrado?
̶ ¿Es usted el señor Rosendo López? ̶ le preguntó un oficial con una cara muy gorda y gesto duro.
̶ Sí, sí soy yo, pero no me ha respondido.
̶ Mire ̶ le contestó con voz autoritaria ̶ . La señora Consuelo Vargas, su casera, ha venido a pedir que le obliguemos a hacer una declaración en la que usted se comprometa a pagar hasta el último peso de su alquiler. Es que la pobre mujer sufrió un fraude, ¿sabe? Tuvo alojados a un español y un italiano y, éstos, al encontrar dificultades para liquidar su deuda, le pagaron con dólares falsos. Es por eso que quiere que le firme un pagaré por el período de su estancia, que como usted le ha dicho, será de seis meses.
̶ No tiene por qué preocuparse ̶ respondió Rosendo aligerado de la carga que le había supuesto el temor de que lo fueran a deportar.

Firmó con gusto y salió de la comisaría. El viento era tibio, había una suave energía en el ambiente que lo sedujo para que diera una larga caminata. Por su camino apareció un cabaret en el que había un gran anuncio luminoso. “La esmeralda” club nocturno, decía el enorme tablón. Rosendo sintió que se le despertaba el deseo. Toda su vida se había trasnochado. Vivía de la energía que le proporcionaban el alcohol, las mujeres y el dinero. Decidió que esa misma noche se ayudaría a escupirle al destino y se iría a bailar con la mujer más guapa del antro. Se fue al centro a comprar un traje caro. Se afeitó en un sitio muy popular. Por el camino de regreso se dio cuenta de que las mujeres que lo veían sentían su aura, su magnetismo natural que lo había ayudado a dormir con actrices y vedetts. Se perfumó y salió por la noche. Llegó al Esmeralda y vio la larga fila. Buscó a un guardia y se le acercó. Tengo reservada la barra, le dijo poniéndole un billete en la mano. Lo dejaron pasar y le asignaron una mesa cerca del escenario. Los músicos tocaban un tango de Gardel y una mujer lo interpretaba, estaba vestida de hombre, y miró a Rosendo con curiosidad. Él pidió una botella de cava y dijo que le dieran un mensaje a la cantante. Minutos más tarde ella estaba a su lado. Se presentó como Marga, tenía unos cuarenta años y llevaba mucho maquillaje. Rosendo intuyó que era una pieza clave, supo después que llevaba muy buena amistad con Eva la bailarina más guapa. Rosendo la vio actuar. La guapa bailarina interpretó un baile caribeño con un vestido rojo de lunares blancos. Tenía un cuerpo alargado de estrecha cintura y firmes caderas. Los clientes, en su mayoría, estaban fascinados con ella y pagaban bastante por poder verla actuar. Ella se mantenía alejada y los únicos afortunados eran los hombres influyentes y ricos. En realidad, Eva era muy dócil y enamoradiza, pero la vida y las circunstancias en las que se encontraba, la habían obligado a ser fría y calculadora. Marga la llamó y le presentó a su gentil amigo. Con un guiño le indicó que fuera con cuidado. Eva sintió un leve temblor, presintió una desgracia porque Rosendo la atraía como un fuerte imán.

̶ Nunca te había visto por aquí, Rosendo.
̶ Es verdad. Acabo de llegar a Buenos Aires y no conocía este sitio.
̶ Y ¿te gusta?
̶ Sí. Tiene su encanto, aunque conozco mucho mejores en Portugal, Francia, Italia y España.
̶ Y ¿qué te ha traído por aquí?
̶ Negocios. Me dedico al café. Vendo por toneladas.

Eva sonrió y mantuvo una conversación amena. Bebió y se rio mucho con las ingeniosas bromas de su anfitrión. Se disculpó y no volvió a sentarse con él. Era el consejo que le había dado Marga. “No te le acerques mucho, hija mía, y si te llegas a acostar con él, por nada del mundo te vayas a enamorar. Ese hombre te puede destruir”.

Eva trató de evitar a Rosendo, pero este era muy amable con ella y ejercía una presión soportable que le impedía respirar por el día y la hacía suspirar por la noche. Se fueron estrechando sus relaciones y, al final, terminaron en la cama. Al principio todo era como el paraíso, pero pronto Eva quiso salir a conocer mundo. Le pidió que la llevara a Europa. Él ya recibía sumas de dinero de parte de su familia en un banco local. Se permitía grandes lujos porque su madre le pedía las sumas de dinero a su contable y este le enviaba al hijo consentido todo lo que le pedía. No tenían problemas, la empresa acerera del difunto padre estaba en plena extensión.

Un día Rosendo se olvidó de todo. Eva le había entregado su corazón y le había dejado ver la cara de todos los placeres secretos. Estaban borrachos y, al recordar un sitio exclusivo de fama internacional, Eva le pidió que se fueran a París. Bebieron más de dos días y al encontrarse tumbados por la resaca en su habitación notaron que toda la gente les hablaba en francés. Eva estaba feliz. Se repusieron muy despacio de la arrolladora fiesta de placeres interminables y cuando ya estaban listos para continuar con sus juergas se fueron al Moulin Rouge. Así empezó un mes de diversión y excesos. Eva entraba a los cabaret ataviada con joyas y vestidos de muy buen gusto.
Una noche Rosendo perdió el habla. Estaba frente a él Sarita Andrade. Tenía una expresión rígida. La cubría un halo de sufrimiento que se adivinaba en las arrugas que le habían salido en los párpados. Quiso hacerle muchas preguntas, pero los interrumpió el marido. Se fueron disculpándose por la indisposición de Sarita que apenas se podía mantener en pie.

Eva notó el efecto que había provocado el encuentro. Rosendo se había marchitado un poco y tenía la cara gris. Siguieron tratando de divertirse, pero una nube de moho comenzó a incomodarlos. Eran los celos de Eva y el temor de Rosendo a su conciencia. El aire frío de una tormenta los amenazaba. Eva fingía ser la de siempre, pero las quemaduras que le dejaban los celos la ponían nerviosa e irritable. Comenzaron a evitarse. Pasaban horas en sus habitaciones sin hablar. Una noche apareció un inspector de policía ante la puerta de su habitación del hotel. Les anunció el arresto por robo y asesinato. Era el fin.