Escritura creativa

viernes, 23 de diciembre de 2016

El báculo de Hermes (+18 )

Cuando me comunicaron que Mauricio se encontraba muy grave en el hospital se abrió ante mí una fosa insalvable. Se creó un vacío del tamaño de un agujero negro y mis sentimientos entraron en conflicto. Me habían dicho que era imposible salvarlo y que le quedaba muy poco tiempo. Sabía que debía ir y perdonarlo, pero algo me detenía. Me vi obligado a hacer de tripas corazón y presentarme en su cámara. Lo vi deshecho, ya no era aquel hombre fuerte lleno de tatuajes y autoritario. Se veía como un muñeco pintarrajeado al que habían destripado para sacarle el relleno y se disponían tirarlo a la basura. Me acerqué y traté de hablarle, él hizo un gesto de desagrado, es probable que la retahíla de palabras absurdas que le dije, le produjeran irritación. Movió la mano con mucho esfuerzo para indicarme que me fuera y le dije muy cerca, mirándolo sin compasión, que lo perdonaba. Cerró los ojos, me di media vuelta y no supe si ya había fallecido en ese momento o murió después. Creí que con su desaparición se terminaría mi condena, pero más bien era el principio de una venganza que me perseguiría mucho tiempo.

Nos habíamos conocido cinco años antes en un club deportivo. Él se estaba cambiando y cuando se puso el agua de colonia me lanzó el recipiente y me recomendó que me lo pusiera. Hice lo que me pidió y noté que era un aroma bastante agradable. Como era de esperarse relacioné ese olor con Mauricio quien me cogió del brazo y me llevó a una cafetería. Tenía un carácter impulsivo, no toleraba que la gente le negara las cosas y llevaba las conversaciones de una forma que el interlocutor siempre se sentía en una situación agradable, pero con muchos halagos e insultos que intercambiaban su sentido por la entonación o el momento de ser manifestados, Mauricio lograba engañar a cualquiera porque era muy inteligente y astuto. Nuestra amistad se fue estrechando con rapidez, me invitaba a lugares interesantes, me hablaba de pintura, escultura y, cuando me contaba algo sobre los libros que le gustaban, me sentía seducido por su capacidad de análisis. Se podría decir que era un psicólogo nato. Conocía el carácter de la gente y fingía su empatía de forma impecable.

No tenía hermanos, pero siempre hablaba de su primo Eduardo quien vivía en los Ángeles. Lo conocí un día y me pareció muy raro. Tenía una forma de hablar como si fuera un hippie, fumaba marihuana y tenía el pelo como Bob Marley y también le encantaba el reggae. No tenía nada en común con Mauricio, descubrí que Eduardo sólo era una excusa para hablar de su familia, pues nunca mencionaba a sus padres, ni abuelos. Para todo decía: “Mi familia del gabacho”. Por toda purrela se refería a su primo Lalo y a otros supuestos primos de los cuales nunca dijo nada en especial.

Un día me invitó a su casa y me propuso que me quedara a vivir con él. Yo rentaba un piso pequeño y pasaba dificultades para llegar a fin de mes. Acepté su propuesta con gusto. Me asignó una habitación vacía y me propuso que la amuebláramos. Fuimos a comprar una cama, una mesa y unos cuadros. En una semana tenía una habitación muy acogedora. Mauricio trabajaba en su casa. Compraba y revendía todo lo que encontraba en Internet. Tenía un olfato increíble para hallar cosas baratas y venderlas caras. Su lengua era de oro. Fue esa forma de persuasión la que me fue acorralando poco a poco. Al principio noté que por vivir en su casa juntos representaba un compromiso que Mauricio me hacía sentir a menudo. Tenía la obligación de colaborar con dinero, ayudarle a vender cosas entre mis compañeros de la oficina y agradecerle lo que hacía por mí. Mi falta de atención o, la dependencia que sentía de Mauricio, me obligaron a hacer ciertas cosas que no tenía claro si me gustaban o no. Muchas veces estuve a punto de tirarlo todo e irme a vivir otra vez solo y alejado de mi compañero.

Un día que volvimos del gimnasio me miró de una forma muy rara, me habló de unos tatuajes que deseaba hacerse y me dijo que estaba decidido a pintarse todo el cuerpo. Vimos algunas páginas con tatoos y con determinación exclamó. “Me los voy a hacer al estilo polinesio”. A partir de ese día comenzamos a ir a un salón donde le dibujaban con una tinta especial negra sus dibujos gariboleadas. En seis meses estaba irreconocible. En el gimnasio causó furor, le decían el Semental, pero algunos de los que me veían con él decían que tuviera cuidado con el Toallón y cuando les preguntaba por qué le decían así, respondían que era porque envolvía, secaba y dejaba en bolas a la gente.

Me di cuenta de que cada vez mi dependencia hacia Mauricio era más y más grande. Incluso había dejado de interesarme por Julieta de quien, según palabras de Mau, no podía estar enamorado. “Es una mujer tonta y terrenal, Valentín— me decía con una enorme risa irónica—tú deberías buscar algo más filosófico, más placentero y romántico”. Yo no estaba convencido y todas las noches soñaba que podía seducir a Julieta, era la única mujer que me interesaba en el mundo. Me precipité un poco y sin pensarlo fui a verla, le descubrí mis sentimientos y se negó a todas mis propuestas. Su argumento fue muy simple. “Me gusta otro tipo de hombres —respondió—, tú eres demasiado suave y te vendría mejor una chica menos pretenciosa que yo”. Fue todo lo que me dijo, pero lo suficiente para provocarme una fuerte depresión. Mauricio me echó un rollo muy raro cuando me vio de capa caída tirado en mi cama.

—Oye, Vale, ¿has pensado alguna vez que los hombres tenemos una parte femenina?
—No.
—Pues, tal vez no lo hayas notado, pero lo que te atrajo de mí fue eso. Es esa característica la que nos seduce en otras personas. Cuando vemos una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre sentimos atracción. ¿No te había pasado nunca?
—No. No lo había pensado nunca.
—Creo que ya es hora de que lo entiendas. No te he buscado por tu linda cara, sino porque tú diste el primer paso. Me mostraste ese aspecto femenino tuyo para engatusarme y hacerme sentir excitado. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir jugando?

No tuve tiempo de decir nada. Se abalanzó sobre mí y me sometió con mucha fuerza. A la mañana siguiente amanecimos juntos. Me encontraba medio dormido cuando sentí de nuevo el peso de su cuerpo. Me tapó los ojos con la mano y me susurró obscenidades. Al levantarnos me llevó a la ducha me dijo cosas agradables, estaba sonriendo todo el tiempo y me dijo que iríamos a desayunar. Llamé a la oficina y me disculpé diciendo que tenía una urgencia.

Así comencé a ausentarme cada vez más de mi empleo hasta que lo perdí. Después de mi desagradable experiencia traté de librarme de Mauricio, pero él se dio cuenta y me trató con mucho tacto. Primero, simuló que lo sucedido había sido un arranque de pasión. Después, no volvió a tocarme en una semana, se puso muy amable y me distrajo pidiéndome opiniones sobre unas prendas nuevas de vestir americanas que se podían colocar bien en el mercado. Pasamos haciendo trámites burocráticos mucho tiempo y al final logramos importar lo que queríamos. Empezamos a vender mucho. Las ganancias eran buenas y Mauricio conoció a un chico de nombre Gabriel que se vino a nuestro piso. Era delgado, tenía el pelo rizado y los ojos muy grandes y verdes. Su carácter era agradable y desde la primera noche no salió de la habitación de Mauricio. Me sentí aliviado porque así dejaría de tener que soportar los asaltos nocturnos que me desagradaban tanto. La felicidad no me duró mucho porque al cabo de una semana Candy, como se empezó a llamar Gabriel, venía a consolarse conmigo todas las noches. Decía que Mauricio era cruel con él porque no lograba complacerlo, que no le era sincero y que sólo lo estaba usando para beneficio propio. Pasé varias noches con Gaby en mi cama. No lo toqué y no quise que se me acercara mucho porque era demasiado tierno y sentimental. Me daba un poco de lástima y lo abrazaba para que se durmiera.

Un sábado por la tarde, mientras Candy se pintaba las uñas de los pies y yo estaba viendo un programa sobre la guerra de Siria, llegó Mauricio con sus nuevos persings. Estaba muy contento, nos mostró las cejas, la nariz y se quitó la camisa para que viéramos su ombligo. Le colgaba un pequeño revólver que más parecía un llavero. “Es—dijo con cara de niño regañado—para matarlos a ustedes…pero de risa”. Candy cerró su frasquito de pinta uñas, agitó las manos para hacer aire y secar el esmalte y se lanzó con los brazos abiertos hacia él, éste lo recibió con un beso y lo empezó a desnudar. Le quitó la bata de seda, se liberó de sus pantalones y empezaron a acariciarse. De pronto me rodearon y me quitaron la ropa. Me besaron entre los dos y me invadió la náusea, Mauricio sacó una botella de ginebra y me dio un vaso lleno. Me lo tomé a la fuerza, luego me sirvió otro y ya borracho no supe bien lo que pasó entre nosotros tres.

“Te portaste a la altura, Valentín—me dijeron los dos, que desnudos a mi lado me acariciaban el pecho a la mañana siguiente—, seremos inseparables”.

No hablé mucho en todo el día. Gaby estaba muy apurado con un encargo que le había hecho el dueño de una tienda y Mauricio estaba buscando una empresa de trasportes que pudiera hacer la entrega de una carga grande de ropa. Todo se solucionó y los días venideros fueron de gozo y celebración. Mauricio estaba amabilísimo. Nos hizo regalos y fuimos a un restaurante a celebrar los avances del equipo comercial que supuestamente formábamos.

Renuncié a mi empleo y al despedirme de mis compañeros, Magdalena, con quien salí en alguna ocasión en plan de amigos, me dijo que siempre estaría libre para cualquier cosa que se me ofreciera. Era una chica muy delgada con cara de diablillo, pecosa y muy apasionada. No tenía mucha suerte con los hombres porque según decían, desnuda no tenía un gramo de carne, y a nadie le gustaba comer huesos. No sabíamos todavía que el destino nos uniría después.

La relación comercial con Gaby iba bien. Los ingresos habían aumentado y Mauricio se fue apoderando del capital. Una noche se emborrachó y sacó unos vestidos. Le dio a Candy uno rojo y le dijo que se maquillara y se lo pusiera. Luego, le dijo que no se olvidara de la ropa interior. Gaby se fue a cambiar y Mauricio me cogió por los hombros y me arrancó la camisa. Tú también—gritó—. Ponte este vestido azul. Yo no estaba de humor para sus ocurrencias y le dije que no quería, pero él se enfureció y me golpeó. El impacto que recibí en la cara me dejó viendo estrellas. Luego me pateó el estómago y los riñones, la cabeza y las costillas. Perdí el conocimiento. Me recobré luego, pero fue sólo para sentir como se me montaba el animal. Exhausto permanecí tirado en el piso. Tenía las costillas rotas. Jadeando, Candy, obligado por Mauricio, me pedía que los mirara. El espectáculo fue muy desagradable.

 Decidí irme para siempre y le pedí a Magdalena que me recibiera en su casa. Ella me ofreció cobijo y estuve con ella una semana, pero una tarde se presentó Gaby que estaba muy alterado y lloraba entrecortado. “Tienes que ayudarme, Valentín, Mauricio dijo que, si no te convencía de volver, nos mataría a los dos”. Fuimos a la policía y pusimos una demanda por maltrato, sin embargo, nos trataron mal y se burlaron de nosotros. Logramos poner la reclamación, pero nos acompañaron los chiflidos y las risas burlonas todo el tiempo que estuvimos en la comisaría.

Me vi obligado a volver. Mi regreso sirvió para acrecentar la confianza de Mauricio en sí mismo y las ofensas hacia mí y Candy. Mauricio sacó una cámara de vídeo y nos dijo que teníamos que hacer un cortometraje de nuestra reconciliación. Estuvo violento, usó un fuete y objetos punzantes. Nos causó bastante dolor y se empezó a dirigir hacia nosotros como si fuéramos dos mujeres quejumbrosas. Nos amenazó de muerte. Pensamos que la filmación podría servirnos de prueba para denunciarlo, pero no encontramos la tarjeta de memoria de la cámara digital por ningún lado. Comenzamos a ser víctimas del chantaje y el terror. Nos quebró nuestra integridad y nos convirtió en dos ratones cobardes.

En una ocasión nos habló de Hermes el mensajero de la mitología. “¿Sabían que Hermes tenía un báculo? —nos preguntó como si fuéramos unos imbéciles retardados—No, seguro que no lo saben. Y desconocen también que ese objeto es un símbolo sexual. Hay, par de ignorantes, un hueso en los mamíferos que sirve para prolongar el apareamiento, es el recurso que la naturaleza emplea para que los machos mamíferos retengan a sus hembras por más tiempo y eyaculen mejor, es decir, que garanticen la prolongación de las especies eligiendo a los más fuertes. Es por eso que tendré como Hermes y las morsas, mi hermoso báculo de un material duro y resistente que se emplea para curar las fracturas de los huesos. Les va a gustar. Fue todo lo que dijo en ese momento y al día siguiente mandó cambiar la cerradura de la puerta. Vinieron dos tipos con ropa de cuero y barbudos que nos impidieron salir de la casa durante dos semanas y media. Comían pizzas y nos dejaban sólo las migajas. Teníamos pocas cosas en el frigorífico y no nos morimos de hambre por pura suerte.

Llegó Mauricio. Estaba como siempre. Lo único que había cambiado era su forma de vestir. Ya no llevaba sus eternos vaqueros y su camiseta negra. Venía envuelto en una bata de seda con dragones bordados. Hablaba con majestuosidad como si estuviera imitando a un rey. Pensamos que se había vuelto loco. Sacó de un maletín que traía cargando unos fajos de billetes y se los dio a los bikers. Se alegró de vernos y nos pidió que le diéramos nuestra opinión de su nueva apariencia. Se desató el cinturón de la bata y quedó desnudo. Tenía una erección enorme, movió la cadera y con los ojos nos señaló su miembro. “¿Qué tal nenas, les gusta?”. A continuación, nos llevó a la ducha, nos lavó con cuidado y nos condujo al dormitorio.

“Bueno mis pequeñas—farfulló aclarando cada vez más la voz—, hoy les voy a mostrar un nuevo mundo. Un paraíso de placer que ni siquiera se habían imaginado. ¿Saben por qué los leones copulan tantas veces? ¿Saben cuántos orgasmos tienen las leonas? Bien, mis pequeñitas. Hay una cosa que se llama intromisión prolongada, eso es simplemente el tiempo que puede penetrar un macho a una hembra sin tener erección y retenerla para que no se vaya con otros machos. El báculo es un hueso, amiguitas, a mí me lo han puesto. ¡Miren qué preciosidad! —vimos un enorme trozo de carne con unos contornos marcados por la pintura. Se había tatuado el pene—. !Tóquenlo! ¡Tóquenlo!
Cogimos el miembro de Mauricio y notamos que estaba muy duro, como un hueso. “Es un hueso artificial—dijo al ver nuestra cara de asombro—. Soy Hermes el multiforme con cetro de hierro. Dominaré a mis allegados. Seré el señor Maorí tatuado dueño y señor del placer”.

Nos encerró en la habitación y estuvo probando su verga hasta que se cansó. Al principio se enfureció porque si bien podía penetrarnos a sus anchas y en seco, no podía obtener satisfacción. Pasaron varios días hasta que descubrió la forma de eyacular y sentir lo que buscaba.  Candy se sintió muy mal porque fue él quien tuvo que resistir la mayor parte de las embestidas. Como yo gritaba mucho por el dolor Mauricio desistió de mí. Tuvimos que ir de urgencia a ver a un médico. En la consulta nos dijo el doctor que teníamos desflorado el recto y que hacíamos muy mal jugando tanto con el consolador. Le explicamos que no era un juguete lo que nos había ocasionado las hemorragias internas, sino Mauricio. “Es imposible, amigos—dijo con una sonrisa sarcástica—, ni un súper negro sería capaz de ocasionarles tanto daño. Cuando finalmente le confesamos todo, se encogió de hombros y nos dijo que lo mejor era ir a la policía a poner una acusación, pero que, por desgracia, los movimientos masivos a favor de la elección libre del matrimonio habían llegado a tal punto que cualquier opinión en contra de la unión entre dos hombres o dos mujeres era ya un tabú y se prefería no hablar de eso para no ocasionar marchas y conflictos con la policía antimotines.

Salimos decepcionados. Candy me convenció para que lleváramos los certificados médicos a la policía. No quisieron tomar nuestras declaraciones en serio y nos trataron de pervertidos y nos echaron a la calle. Decidimos huir, pero Mauricio nos encontró con rapidez. Nos llevó de nuevo a la casa y siguió con sus pruebas, o lo que él llamaba así. Si no hubiera sido por uno de sus amigos que le propuso debutar en el porno, Gaby y yo habríamos tenido un grave problema de salud. “Está claro que con esa cosa sólo puedes proporcionar placer, Mauricio—le decía un hombre gordo y pelirrojo que lo acompañó para ver unos productos de cuidado de la piel que se estaban vendiendo como pan caliente—. Deberías plantearte hacer películas tres equis, pruébalo. Ya verás que te haces milloneta”.
Mauricio lo hizo y pronto cobró mucha popularidad, decidió adaptar el piso para que quedara como un estudio de cine. Tiró una pared falsa, compró una cama enorme, decoró las paredes con unos tapices muy caros, puso lámparas por todos lados, compró equipo de filmación, contrató a un chico camarógrafo muy talentoso que sabía programación, trajo hombres y mujeres del gimnasio y empezó a rodar. Se ganó muy pronto un sitio en el negocio del cine para adultos, para entonces Gaby y yo habíamos podido liberarnos del yugo de Mauricio y nos fuimos lo más lejos posible.

Todo había ido bien hasta ayer por la noche cuando Candy me llamó para decirme que Mauricio estaba en el quirófano, que los doctores estaban tratando de salvarlo porque el famoso báculo se le había enterrado en los intestinos y le había destrozado las tripas como si fuera una catana. Me explicó que Mauricio estaba haciendo una película en su casa y que unas mujeres se enfadaron con él y que lo habían tirado por las escaleras. Lo único malo es que su pene era tan duro que al caer sobre él se le hundió casi por completo. Luego, llamaron a urgencias, lo metieron a operación y no se sabía si se salvaría o no.


Hoy he confirmado su muerte. No sé si pueda perdonarlo alguna vez. Me queda la carga de esos interminables sufrimientos y la amarga compasión que sentí al verlo destrozado echado en su cama de hospital. Es como si todo el tiempo hubiera deseado que se muriera y en el momento en que eso pasó, comprendí que todo era absurdo porque su muerte no me causó la más mínima satisfacción. Lástima.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La explosión de los celos

Había leído, en mis tiempos de estudiante, una novela policíaca en la que un hombre se disfrazaba de Santa Claus, cogía una pistola y se iba a matar a un abogado que lo había estafado. Se trataba de una venganza. La historia era muy larga y presentaba muy bien el cuadro psicológico del criminal

En mi caso la historia es corta y muy ridícula, pues usé la misma estratagema para ir a matar a mi vecino porque descubrí que se estaba agenciando a mi mujer durante mis ausencias. Mi trabajo es agobiante, pues tengo que repartir tanques de gas, o bombonas como les dice el gachupín, en las casas y me la paso todo el día cargando, conectando y desconectando a las estufas los dichosos tanques. Antes trabajaba medio día los fines de semana, pero con la devaluación comenzó a faltarme el dinero y pedí que me dieran los turnos completos el sábado y el domingo. Gracias a dios me aumentaron el trabajo, pero comencé a ausentarme todos los días. Volvía por las noches, cenaba en compañía de mis hijos, hablaba un poco con mi mujer y caía muerto de sueño en la cama.

 Un día, por casualidad, volví más pronto que de costumbre y oí que mis vecinas estaban comentando los chismes de la vecindad. “Se imagina, señora Dolores, que la Marta se va todos los días al puesto de don Pepe y se quedan los dos allí, encerrados horas enteras, ¿qué piensa usted que harán durante tanto tiempo?”. No sea tonta, Vicenta—le contestó la otra—. Está claro que nomás hacen sus cochinadas. Si lo supiera el pobre Paco, seguro que los mataba por cochinos.
Para mí todo quedó clarísimo y me escondí para que no me vieran. Luego, fragüé mi plan, pues como ya estaba cerca la Navidad, decidí que me conseguiría un traje de Papá Noel, luego me iría al mercadillo al puesto de petardos de Pepe y les echaría gasolina mientras estuvieran fornicando allí adentro, luego tiraría descuidadamente un cigarrillo y adiós.


Llegó el día esperado, pedí permiso en el trabajo para faltar. Me conseguí un pequeño bidón con gasolina y lo metí en un saco, luego me disfracé, me puse una ridícula barba de algodón apelmazado e hilos de poliéster y me fui a buscar el local de Pepe. Cuando llegué me sorprendió que la gente estuviera corriendo de un lado a otro y hubiera una nube enorme de humo. Vi el anuncio del local donde estaba mi mujer, tenía la cortina metálica bajada, corrí y empecé a golpear con el puño, pero no hubo respuesta. Vi un tubo tirado y comencé a levantar la pesada persiana, pronto cedió y pude abrir. Mi mujer estaba desnuda, dormida al lado de Pepe en una colchoneta, traté de despertarlos, pero José estaba inerte como desmayado y Marta apenas respiraba. Le puse mi chaquetón rojo, me la eché al hombro y me la llevé a la casa. Durante el trayecto noté que iba delirando. “Pinche Pepe, no jodas, ¿a dónde me llevas, cabrón?”. Le di un bofetón y perdió el conocimiento. En ese momento se oyeron explosiones muy fuertes y salí rapidísimo sin volverme a mirar lo que estaba sucediendo.

 Cuando llegué a mi casa todo mundo estaba espantado. Se oían a todo volumen los televisores. Transmitían la noticia de un incendio en el mercadillo de petardos. 

jueves, 15 de diciembre de 2016

Declaración

Era domingo, hacía frío y no tenía ganas de ir a trabajar. En mi empleo los horarios están al revés: descanso cuando la gente trabaja y laboro cuando todos descansan. Esa mañana me habían echado en cara mis hijos y mi esposa que llevaba más de diez años estropeando sistemáticamente los fines de semana. Por más que traté de argumentar mis razones, las caras de reproche no cambiaron y salí odiando a medio mundo. Caminé arrastrando mi consciencia con mucho trabajo. Maldije no haberme dedicado a otra cosa y haberme casado, traté de imaginarme vestido de traje dirigiendo una empresa, pero ya era muy tarde para cambiar de empleo y no tenía título de ingeniero ni mi especialidad era la gestión de empresas.

Traté de resignarme, aceptar mi paupérrima condición y levantar el ánimo, sin embargo, la escarcha del viento me hizo pensar que mi vida era un eterno invierno y las estaciones del año no existían para mí, sólo para los demás salía el sol. Subí al metro y vi la enorme escalera eléctrica que me pareció que en lugar de ir al andén me llevaba al mismísimo infierno. Vi durmiendo a la poca gente que en un día como aquel acudía a algún lado sin un objetivo determinado. Llegué a mi estación y salí del vagón, seguía oprimido por el remordimiento y el odio hacia mi condición de emigrante con un contrato de servicio por horas. 

A decir verdad, no estaba mal económicamente, ni mi trabajo era agotador, tampoco tenía que sufrir las humillaciones de un jefe ensañado con el personal. Lo único que me agobiaba eran esas palabras pegajosas e incomodas de mi familia que se repetían los sábados y domingos y que me estropeaban el desayuno. Caminé por una calle para cruzar hacia mi centro de trabajo. Intenté cambiar las imágenes de mi cabeza por las cosas agradables que había vivido, pero sólo acudieron los recuerdos de los edificios y avenidas que tenía cerca y que veía todos los días. Se aparecieron unos tanques imaginarios del día de la victoria del nueve de mayo, luego el desfile de coches apoyando al partido democrático con sus escandalosos sonidos de claxon. Esas calles eran así, demasiado importantes para olvidar su nombre y los acontecimientos de los que eran testigos. Cuando iba acercándome a mi destino me hice un lavado de coco para cambiar la cara de palo que llevaba. “Sonríe—me dije con voz suave—, no te puedes presentar así ante quienes te están esperando”.

No pude cambiar la expresión de mi rostro con esas palabras huecas, pero un suceso ridículo me devolvió la alegría, la esperanza y el amor. Ahora me parece algo nimio y cómico, pero en aquel momento me impresionó por lo imprevisible que fue. Seguía diciéndome cosas motivadoras para cambiar mi expresión, pero todo era inútil. De pronto, vi que a mi encuentro venía una pareja. Nos fuimos acercando y en un instante el hombre se dio cuenta de que uno de los cordones de la zapatilla deportiva de la chica con la que iba estaba desatado. Sin pensarlo flexionó una pierna y quedó ante ella en una posición como si fuera un valiente caballero que va a recibir una orden ante un rey, puso la zapatilla sobre su muslo y con cuidado fue ajustando los cordones, yo me encontraba muy cerca y pude mirar a la chica que tenía una cara de ensueño y una risa de alegría contenida. El hombre hizo un nudo y le preguntó muy serio si quería casarse con ella, sin dudarlo ella sonrió y dijo que sí, él le besó la mano y ella la retiró con sorpresa, fue cuando comprendí que la chica no había escuchado bien lo que se le había preguntado. Sin levantarse, él repitió la pregunta, pero esta vez de forma muy clara y en voz más alta. La chica me vio y se sonrojó, luego volvió su mirada y respondió que sí. Después se fueron abrazados y me empecé a reír.


Por fin, había recobrado el buen humor y sentía satisfacción por haber presenciado una cosa ridícula que jamás nadie vería un domingo a las ocho y media de la mañana. Se me hinchó el pecho y aceleré el paso. Trabajé mi jornada completa con una sonrisa que no se me disolvió durante diez horas. Pensé que el amor es un sentimiento compuesto de muchas cosas, pero es en exceso simple y un detalle insignificante lo puede hacer surgir de forma natural e inesperada. Sé que todo mundo me dirá que estoy mal de la cabeza, pero cada vez que encuentro una dificultad en mis relaciones pienso en aquel tonto enamorado que no encontró una mejor ocasión para darle rienda suelta a sus sentimientos contenidos. Quizás esa pareja se haya divorciado, tal vez no hayan sido felices o, por el contrario, puede ser que sigan juntos ahora mismo recordando esa escena en la que un hombre enamorado se hincó por caballerosidad y luego descubrió, con enorme sorpresa, lo que había estado deseando hasta ese momento. Nunca lo he tratado de imitar y cada vez que tengo complicaciones en mi matrimonio recuerdo esa imagen poco habitual de un domingo por la mañana, sonrío y resignado acepto cualquier cosa que se me exija, cualquier reproche que se me haga porque sé que el amor siempre estará allí, donde menos te lo esperas. 

martes, 13 de diciembre de 2016

El investigador psico-fisonogmista

El inspector de homicidios Mauricio Díaz se ha levantado muy alterado por las visiones que le han surgido durante el sueño. No es nada raro que le suceda, pues él mismo programa su mente desde la noche anterior para que se produzca este fenómeno. Antes de acostarse, piensa en los pormenores de los casos que tiene que resolver y le dicta una lista de preguntas y cuestiones sin resolver a su cerebro, después se desconecta del mundo real y se pierde en la oscuridad de la noche para que el inconsciente se ocupe de lo demás. Por lo regular, tiene un sueño profundo y no se despierta por las noches, incluso cuando lo hacen sudar sus pesadillas. A lo largo de su carrera como investigador ha templado sus nervios lo suficiente como para mantenerse dormido sin importar lo terrorífico de sus visiones nocturnas. Se ha preparado su desayuno y ha escrito las conclusiones a las que ha llegado en su estado onírico. Para él es muy importante llevar un registro ordenado y conciso de las ideas que obtiene a las horas más tempranas, ya que son las claves que le ayudan a resolver los acertijos que le dejan los asesinos.

Desde hace mucho tiempo le ha delegado a Eduardo Gómez, su ayudante, los pormenores de los casos, es decir, todo lo relacionado con las pistas, huellas, objetos, interrogatorios y demás rastros. Gómez es también muy escrupuloso con el trabajo y sabe que atando los cabos de la forma correcta llega a las mismas conclusiones que su jefe. Al principio Lalito, como le dice Mauricio Díaz, no entendía por qué su jefe se dedicaba a husmear sobre la conducta y personalidad de las víctimas en lugar de reunir datos y pruebas para coger al asesino o encontrar un móvil en el escenario del crimen; pero después comprendió que era su estilo y que, a pesar de ser tan inusual, traía buenos resultados.

Hacía poco Mauricio había recibido un caso bastante extraño, por eso había pedido que le hicieran un busto de la víctima. Abelardo Contreras, el jefe de la comisaría, accedió a tal petición con mucho trabajo, pues no le pareció correcto que Mauricio Díaz empleara a un estudiante de la Academia de Bellas Artes para elaborar en yeso una estatua de la cabeza del famoso actor muerto a puñaladas.

 “Es que es la única manera de trabajar por las noches desde mi casa”—le espetó Mauricio a su superior—. Contreras tuvo que acceder y permitir que el estudiante, flacucho, remedo de Auguste Rodin, entrara en la morgue con sus espátulas, plastilina, gazas y trebejos de todo tipo para elaborar un molde en el que se vertería un material más consistente. Cuando los cargadores llegaron con la reproducción del difunto, Mauricio les pidió que lo colocaran en el salón cerca de la ventana y de perfil para que la luz del día pudiera caerle sobre la cabeza, la miró unos segundos y con un movimiento extraño de la mano les dio una propina y los echó de la casa. Una vez que se encontró solo, el inspector comenzó a tomar las medidas de la cara. Apuntó la distancia entre los ojos, las características dimensionales de la mandíbula, el ancho de la frente y comenzó a escribir un reporte psicológico del hombre de cal. Por el aspecto físico de la víctima supo que era un hombre sano, inteligente y muy sociable, gozaba de una potencia sexual bastante envidiable y lo más probable era que su promiscuidad lo había llevado a relacionarse con personas poco compatibles con él. 

Lo primero que indagó fueron las relaciones con sus amigas, conocidas, amantes y mujeres que se hubieran relacionado de forma ocasional con el talentoso actor. El grupo de mujeres era bastante grande. Mauricio fue seleccionando por categorías a las mujeres que pudieran experimentar cierta dependencia por el susodicho, fuera motivadas por el aprecio, amor y cariño o por la sed de venganza, envidia o el interés. También fueron investigados los miembros de sexo masculino con los que el protagonista de una serie de televisión mantenía contacto. No se encontró ninguna hipótesis que indicara el gusto por los hombres, así que Reinaldo Mazo sólo se había rodeaba de hombres muy varoniles e inteligentes que pudieran ser coprotagonistas en las reuniones orgiásticas que se celebraban en su lujosa casa cada fin de semana.

Eduardo, Lalito Gómez, le había informado que el asesino había entrado sin forzar la puerta de la casa, había permanecido una media hora y se había ido. Por desgracia, las cámaras que habían registrado en vídeo lo ocurrido habían sido limpiadas por un aficionado a la tecnología multimedia, lo que quería decir que cualquier persona con conocimientos medios de programación lo habría hecho sin dificultad. Ese dato no le sirvió de mucho a Mauricio y decidió determinar, por el tipo de cara, quiénes serían los conocidos y allegados al muerto que podrían haber sentido odio, envidia o celos. 

Aparecieron algunas mujeres y tres hombres con razones suficientes para matarlo. Una de las mujeres era Soraya Benavidez, una cubana radicada en España que había viajado a Guadalajara para participar en un comercial de bañadores y se había enamorado de Reinaldo, pero la relación no cuajó. La causa según los conocimientos fisionómicos de Mauricio era que la mandíbula ancha y los ojos zarcos la atraían como a una abeja a la miel. En cambio, ella tenía un rostro poco atractivo, sin embargo, las proporciones de su cuerpo volvían locos a todos los hombres con instintos menos refinados que los de Reinaldo. El móvil de Soraya podía haber sido el orgullo herido por el desprecio o la sed de venganza por la humillación pública, que sufrió cuando su compañero de rol publicitario dijo que ella era como una mujer griega pero no mitológica, sino habitual con el cuerpo peludo y bigotes.

Otra sospechosa que bien podría haber sido la causante de su muerte, era Sara James una americana que se había encaprichado con el actor porque una noche se habían emborrachado durante la presentación de una película y se habían encerrado durante tres días en una habitación hasta que el hastío de besos y caricias los obligó a salir. Aunque ella decía que tenía una mente abierta y era muy liberal, en el fondo no desistía de su plan inicial que era atrapar al moreno seductor de telenovelas, lo único malo es que tenía una cuartada sólida: se había acostado en casa de su prima en el estado de California a más de tres mil kilómetros del lugar del asesinato.

 La última sospechosa era Eva Duarte, hija de un general del ejército que tenía relación con algunos sicarios y había obligado a su ídolo a rosarse con la gente más importante del gobierno en una fiesta de fin de año en la zona más prestigiosa de la ciudad. Desde el primer momento Eva se había excitado con la idea de posar para las revistas al lado del codiciado actor. Él, por el contrario, encontró a Eva insípida, un poco inculta y con una conducta sexual enferma que no le gustó nada. Alguna vez recordó entre sus amigos la forma en que se había ido a la cama con la señorita Duarte. “Olía a sudor agrio, sus piernas estaban un poco celulíticas y su voz con acento de niña rica era tan monótono que la gente podía dormirse de aburrimiento dijera lo que dijera. En el momento de la relación, Eva, tenía la mala costumbre de decir palabras con diminutivos y su cara cobraba el aspecto de una ardilla masticando bellotas, pues chasqueaba mucho la lengua y cerraba los ojos mientras decía:

 “!Hazme tuya, papito! ¡Papito, dame tu cosita, amorcito!”.

 Eva quedó como sospechosa principal, también uno de sus conocidos apodado El Castor a quien muchos hombres importantes solicitaban para aclarar cuentas y desaparecer sujetos indeseados. Seguramente, Eva se había acostado con él y en una conversación de sobrecama y no de sobremesa le había revelado sus secretas intenciones, luego habría llorado y convencido a Edmundo Vale a que actuara de forma eficaz.

Mauricio recurrió a la intuición y se vio de pronto envuelto en una conversación amena en la que escuchaba con atención los pormenores de la elegante señora que tenía enfrente.

—¿Crees que haya sido Edmundo el ejecutor?
—¿Por qué no? —dijo la mujer de peinado alto con guantes largos y cigarrillo de alargada boquilla—. Ya sabes cómo se las gasta ese cabrón.
—Las veces anteriores que hemos hablado sobre él no lo hemos podido atrapar. Tiene demasiado protectores.
—Sí, ya lo sé, pero está vez se cargó a un tipo que bien podría haber estado en el lecho de alguien muy importante.
—¿Te refieres al matalascallando?
—Sí—dijo ella mirando con calma a través de la ventana.

Mauricio la miró y pensó que a pesar de que se aparecía de improviso, siempre iba muy bien arreglada y tenía un aspecto interesante que lo incitaba a llamarla cuando se veía en encrucijadas en las que su razón no le permitía abrir puertas. Con ella era muy fácil. Ella se paraba, comenzaba a contonearse y hacer ruido con sus agudos tacones, fumaba un cigarrillo completo y cuando veía que se le acababa la nube de humo gris se ponía seria y decía de principio a fin todo lo que sentía. Luego, con una actitud repetida cientos de veces, desprendía la colilla del tubito de marfil, la tiraba y se iba moviendo las manos como si ejecutara un baile al ritmo de rumba. “Es bueno que te mantenga alejada—se dijo— porque de fiarte todas las tareas me llevarías al acabose, mujer”.

—¿Quieres decir que se acostaba con él? —señaló una foto de periódico que se había quedado encima de un bulto de libros.
—No sé. Piénsalo. Yo sólo me dejo llevar por lo que siento, pero tú eres quien tiene el poder de determinar las cosas con la razón.

Mauricio vio las medias color carne de su interlocutora aprisionando sus rechonchas piernas y pensó, sin querer, que le hubiera gustado saber qué tipo de ropa interior usaba. Ella se volvió, lo miró con una sonrisa y le pidió otro cigarrillo.

—Pues, creo que tienes razón. Recordando sus caras, me parece que son muy compatibles. Uno es seductor y amanerado, bueno, un poco. El otro es dominante serio, incontrolable e instintivo. Sería la unión de un carnero y una oveja macho en la que los dos participantes no tienen facilidad para sintetizar sus pensamientos o una sustancia llamada estrógeno.
—Siempre me sorprendes con tu afán de demostrarme que sabes muchas cosas, sin embargo, al final, siempre vienes a mí.
—¡Cierto! No lo puedo negar. Sólo dime, ¿es verdad lo que presiento?
—Investígalo. Yo ya he hecho lo que me correspondía.

Mauricio comenzó a atar cabos y después de tejer sus hipótesis y terminar su teoría se fue a acostar.
Una vez que se ha terminado el café, Mauricio llama a Eduardo para cotejar los datos que tienen. Lalo dice que el asesino es un experto que ha dejado las huellas y rastros de un aficionado.
“Como ya sabe le dio diez puñaladas con un cuchillo de alpinista para simular un robo, se llevó objetos de valor y dejó marcadas las huellas de unas botas todo terreno que encontramos después en un basurero cercano al domicilio de Reinaldo, además no dejó huellas dactilares y encontramos unos guantes ensangrentados de piel de ternera y forro de oveja tirados a la entrada, en el porche de la casa”.

—¿Crees que El Castor podría actuar así? —le pregunta Mauricio a Eduardo.
—Sí, inspector. Con toda seguridad se podría tratar de él. Se imagina que durante el seguimiento del caso hasta me llegué a imaginar a Edmundo Vale con su pelo erizado y sus dientes de conejo acomodando las cosas para despistarnos con el cuadro falso de su obra.
—Pues. Alégrate porque esta vez lo vamos a coger. ¿Sabes quién me visitó ayer?
—¿Eva?
—No, no seas tonto. Vino la intuición y me dijo que era él, Reinaldo Mazo, quien se estaba acostando con ya sabes quién.
—¿En serio?
—Sí. Asombroso, ¿verdad? Lo interesante es que todos los caminos nos llevan a él.
—Bueno, y ¿cuáles son los pasos a seguir?
—Pues, hoy por la tarde vamos a visitar a ya sabes quién, le pediremos que cite al General Vega con su hija y ahí les damos el resultado de la investigación y que se las arreglen como puedan.
—Uy, jefe. Presiento que El Castor se nos va a ir de nuevo.
—Ya lo veremos, mi querido Lalo. Haz de saber que el idilio era muy fuerte y creo que al general y a su hija no les van a perdonar que se les haya pasado la mano.


martes, 6 de diciembre de 2016

Cómo un ingeniero en electricidad logró cambiar el curso del mundo

Francisco Peláez Mata había cumplido treinta y dos años y estaba frustrado porque tenía la mala costumbre de pasarse el tiempo comparándose con los ingenieros americanos e ingleses. “A mi edad —se repetía con severidad—, los profesionales de otros países ya tienen empleo, son supervisores en una importante fábrica, pagan hipotecas, tienen una familia y viajan en una gran camioneta, en cambio yo, soy el Paquito desdichado en paro, a quien todo mundo le habla con una sonrisa de lástima. A quien mantienen en la fila de empleos temporales a la espera de que se enferme algún repartidor de pizza o un fontanero. Las ayudas del estado no me sirven de nada y a mis padres no les sobra ni un duro para ahorrar. ¿Por qué en la época de mis estudios podía trabajar y darme una vida de soltero envidiable y ahora ando mendigando un trozo de pan? Es por la maldita crisis que se nos vino encima. Esta última década me ha ido convirtiendo en un hombre fracasado, sin ilusiones ni futuro. Me siento como si fuera un bulto que le estorba a media humanidad”.

Un día lo citaron en la bolsa de trabajo temporal para que se empleara tres meses en un taller de reparación de electrodomésticos e instalaciones eléctricas caseras. Aceptó con una cara alegre y una sonrisa que pareció sincera, pero por dentro retumbaba una voz enfurecida que le reprochaba que con su grado de maestría en ingeniería fuera a trabajar de aprendiz de reparador de planchas y televisores a un changarro desconocido. Cogió la hoja en la que le indicaban la dirección y el horario y se fue a avisar que desde el lunes él sería el nuevo ayudante en la reparadora de aparatos eléctricos.
Aunque la noticia no era buena, los padres de Paco se pusieron felices, incluso fueron a comprar una botella de vino espumoso para celebrar la suerte de su primogénito. Cenaron a la luz de las velas para economizar un poco de electricidad.

“Ay, hijo—le comentó su madre— no sabes cuánto gusto nos da saber que te han aceptado en el taller”.

Sus padres le hablaron con el mismo tono que habían usado el día en el que lo aceptaron en la universidad. Eso lo deprimió, pero no mostró su pesar, al contrario, se auto convenció diciéndose que tenía una gran oportunidad para echarse algunos billetes al bolsillo.
Llegó muy temprano y encontró a don Chucho, el encargado, levantando la cortina de acero del negocio. “Ah, tú debes ser el nuevo aprendiz, ¿verdad?”.

Sí—contestó Francisco con un apretón de manos—. “Bueno, ayúdame a ordenar estas cosas. Mira, ese sitio es tu lugar. Allí tendrás a la mano los restos de los aparatos inservibles para que vayas conociendo las partes de cada trasto. Te ayudará con todo esto Enriquito. Paco le dijo a don Chucho que quería ponerse sus vaqueros viejos y su camisa para comenzar a trabajar, pero en lugar de una respuesta afirmativa recibió un mono de color azul que tenía a la altura de la cintura un resorte muy ceñido que lo incomodaba y lo oprimía como un corsé. “Lo siento—le dijo don Jesús—, pero todos lo llevamos aquí, así que vete acostumbrando. Son las normas, ¿qué le vamos a hacer?”. Paco no entendía cómo el ayuntamiento había aprobado que unas costureras inexpertas se pusieran a confeccionar ropa de trabajo para hombres con los patrones que tenían de ropa para mujer. Es la maldita crisis, es como si por esa dichosa fractura económica hubiéramos regresado todos a la Edad Media.

Cuando llegó Enrique con su mirada bizca saludó con cordialidad a Paco y comenzó a hablar de todo lo que le pasaba por la cabeza. “No me lo distraigas mucho, Quique, que tiene que aprender—le decía en broma don Chucho—. En realidad, no había mucho que aprender allí porque la gente sólo iba para que les pusieran cables nuevos a las lámparas viejas, cambiaran clavijas o compusieran planchas. De vez en cuando alguien llevaba un televisor o un motor para cambiarle los carbones o el hilo de cobre a las bobinas. Por eso, cuando Paco puso en la pizarra de la calle que anunciaba los servicios que ofrecían, que se reparaban también móviles la gente empezó a llegar con más frecuencia. Don Chucho y Enrique fingiendo distracción y como que no quiere la cosa echaban un vistazo a lo que hacía Francisco con los aparatejos. Se habían convertido sin querer en los pupilos del principiante.

Pasaron los días y Paco fue perdiendo clientes, no por su mal trabajo, más bien por lo contrario, pues componía muy bien los teléfonos y no cobraba mucho, ya que le parecía que obteniendo el dinero justo de su servicio hacía una labor social. Pensaba muy en el fondo que esa maldita teoría económica moderna había ideado todo para que la gente sólo gastara, así que componiéndole bien sus móviles a la gente lograba que se compraran menos teléfonos y los monopolistas perdían, poco, muy poco en realidad, pero perdían y eso era lo importante. A los dos meses Paco ya era primordial en su casa. Les había devuelto la dignidad a sus padres y se quitaron la careta de vergüenza para ir a liquidar sus deudas. Volvieron las sonrisas a sus rostros y comenzaron a hablar con libertad sin el enorme peso que les había oprimido en los tiempos duros. Ahora Paquito les garantizaba los garbanzos y las lonchas de jamón, el vino y el pan. Se sentían bien y deseaban que su hijo siguiera contando con esa suerte que los había salvado. En el taller, Paco, para evitar las eternas peroratas de Quique se había conseguido unos tapones para las orejas y cuando no había reparaciones que hacer, se ponía a leer sus revistas de “Muy interesante” y “Mecánica nacional”.  Un día vio un artículo sobre la telepatía. Él nunca había creído en eso porque era muy escéptico, pero una diminuta chispa le desencadenó en la cabeza, sin que lo supiera, una serie de ideas que surgirían por casualidad un poco después.

 En una ocasión estaba componiendo un radio cuando un zumbido en los oídos lo obligó a levantar la vista. Descubrió a una mujer que lo miraba con curiosidad y no se había decidido a hablarle. Lo observó un instante más sin abrir la boca. Con el entrecejo un poco ceñido respiró y, por fin, preguntó si su plancha ya estaba lista. Francisco no recordaba haberla visto antes y cuando recibió el pequeño trozo de papel en el que se indicaba la fecha de recepción y el día de entrega del electrodoméstico torció la boca y buscó en el estante de los cacharros reparados. Ahí estaba en efecto una plancha grande y pesada con un cable nuevo y una etiqueta colgando. Aquí está—le dijo sin mirarla con atención—. 
De pronto, le pareció oír que ella le preguntaba si componía teléfonos móviles extremadamente viejos. ¿Cómo dice? ¿A qué modelos se refiere? Ella lo miró desconcertada, pero luego se rió y le confesó que precisamente estaba pensando en componer su teléfono viejo que le gustaba y quería repararlo. Tráigamelo—dijo con sorpresa Paco— y se lo arreglo en un santiamén. Cuando la chica se fue, Francisco se quedó pensando en el suceso y no pudo aclarar si la joven le había preguntado en voz alta o sólo él lo había pensado. Le leíste los pensamientos—se dijo para calmarse—, es normal cuando se activa la intuición, pero estoy seguro de que no dijo nada, ¿cómo fue posible saberlo? Fue en ese momento cuando la cadena de pensamientos que se habían estado forjando en su cabeza salieron a relucir. Se retiró a su sitio, se puso los tapones en las orejas para no distraerse y comenzó a leer de nuevo el artículo de la telepatía. Veinte minutos después descartó todas sus ideas y se puso a componer una radio. Sus dedos estaban muy entumecidos y no lograba soldar los transistores. Para no estropearlos se detuvo y se quedó como una estatua por un minuto. 

En su cabeza había un huracán que no lo dejaba emplearse a fondo con el simple mecanismo del receptor de ondas. Sí, sí, es así—murmuró como si fuera ajeno a sí mismo y hablara con otra persona—. ¿Qué pasaría si el cerebro tuviera una capacidad millones de veces más fuerte y pudiera transmitir ondas con una determinada frecuencia? Sería necesario que hubiera otro cerebro receptor que pudiera regularse para coger las ondas y entender los mensajes. Esa idea le comenzó a recorrer todas las áreas de la creatividad y de pronto se encontró desocupando una mesa para comenzar un experimento. Había decidido ir por el camino de la disminución, si los tiempos era difíciles y había que reducir todo. Él también se iría al nano campo para emplearse a tiempo completo. Sacó las tripas de un radio y un teléfono móvil y empezó a clasificar las ondas por su frecuencia y amplitud. Usó luz láser, de lámpara de neón, inventó todo tipo de láminas metálicas, recurrió a todos los sistemas de transmisión sin pasar el lenguaje morse por alto. La tarde que llegó la muchacha con su móvil, Paco notó que en su aparato se comenzaron a registrar variaciones muy notorias. Tomó nota de los campos en los que se movían las ondas y trató de inventar un lenguaje que pudiera determinar el significado de esas rayitas. Oyó a la chica que lo llamaba. “Aquí está mi móvil, ¿podría revisarlo y decirme qué tiene y si es posible repararlo?”. Claro que sí, espéreme un momento, por favor.
 Paco volvió a su sitio y en lugar de abrir el móvil para ver en qué estado se encontraba esperó las señales que emitía la clienta. No tardaron en llegar algunos registros. Unos minutos después salió Paco y le dijo a la muchacha que sí lo podría arreglar y que volviese en dos o tres días. Cuando se cumplió el plazo, Francisco se disculpó diciendo que había una pieza que estaba esperando y que en cuanto se la dieran repararía sin falta el teléfono. “Me llamo Alicia Barragán, este es mi número de casa, llámeme cuando lo tenga listo, gracias”. Toda la tarde Paco se la pasó ordenando sus informes y llegó a una conclusión. Abrió un cuaderno y escribió todo lo que había descubierto. Llenó de fórmulas las hojas, puso notas al pie de página. Dibujó una columna separada para las observaciones y guardó todo en un lugar seguro. Salió a pasear. Estaba seguro de que se encontraba en un momento importante de su vida. Sabía que haría algo milagroso, estaba claro, se lo decía su maraña de ideas que tenía en alguna parte de la cabeza. Disfrutó los rayos del sol, puso atención en cosas que antes le parecían habituales.  

El tener una idea genial o pensamientos profundos es más satisfactorio que tener dinero para gastar— se dijo dándose una palmada en la barriga—. Pronto podré descubrir cómo ponerme en contacto con la gente a través del pensamiento. Haré posible el sueño de la humanidad.
En el taller con gusto recibieron la noticia de que Paco tendría que quedarse seis meses más porque su sustituto estaba en trámites de contratación en una fábrica. Don Chucho sacó una moneda que le sobraba y fue por una botella de vino. Brindaron con mucho ánimo y mantuvieron una conversación bastante amena. El alcohol se le subió a Paco y se agitó la telaraña de pensamientos que lo seguían persiguiendo por todas partes, así que se puso a leer sus manuscritos y cuando se le prendió el foco se dio cuenta de que podía probar recibir las señales de los cerebros de don Chuy y Quique. Esa ocasión sólo pudo experimentar y hacer anotaciones, sin embargo, un mes después al repasar lo que había garabateado en, su cada vez más gordo cuaderno, notó que las emisiones del cerebro dependían del funcionamiento del cuerpo. Es decir, que si la persona estaba alegre y agitada las ondas tenían un tipo, si la persona usaba su fuerza por dentro, como en los casos de envidia u odio, la señal era diferente a la anterior y, por último, cuando una persona estaba enamorada las ondas se esparcían con una frecuencia más amplia. Le satisfizo mucho constatar que las ondas que irradiaba Alicia Barragán eran así. Quiso pensar que él era la inspiración de dicho funcionamiento de la cabeza o corazón de la chica, pero su hábito científico le percató de comprobarlo primero.

 “Invítala a salir un día, no seas tonto—oyó que le decía una voz desde dentro—. Me gusta. Sí, de verdad. Es guapa y su sonrisa es muy sincera”—. En ese momento sintió algo en el pecho y al mirar su aparatito de registro de ondas vio que se había marcado algo, luego esas líneas pintadas por una cosa parecida a un sismómetro fueron cotejadas con las primeras que había en los rollos donde estaban los mensajes de Alicia. Paco descubrió que en el momento que había pensado que Alicia era una chica atractiva y que valía la pena salir con ella se había quedado dibujado un garabato de líneas largas que eran iguales a las de su clienta. De pronto se oyó una voz, era Alicia. Con rapidez, Paco grabó sus pensamientos de cosas tiernas, incluso eróticas, dejó el receptor encendido y fue a ver a la joven.

—Buenas tardes, ¿qué tal?
—Vengo a ver si ya está listo mi teléfono.
—Mire, me da mucha vergüenza reconocerlo, pero no me han traído la pieza y no he podido hacer nada. Lo que le puedo garantizar es que se lo tendré pronto.
—Bueno, en realidad no me urge. Ya vendré después.
—¡Espere! —dijo precipitado Paco, luego la miró con curiosidad tratando de despertar un sentimiento que pudieran compartir y se dijo por lo bajo: Ojalá y aceptara salir conmigo.
—¿Por qué me mira así?
—¿Cómo?
—Me mira como si quisiera decirme algo y no se atreviera.
—Es verdad. No sé lo que va a pensar de mí, pero me gustaría invitarla a un café uno de estos días. Perdone, no era mi intención…
—Sí, de acuerdo, ¿cuándo puede?
—Ja, mejor dígamelo usted, yo aquí puedo salir cuando quiera.
—El sábado en la tarde ¿le va bien?
—Sí. Me dará muchísimo gusto.

Paco quiso de pronto cogerle la mano, pero Alicia ya estaba muy lejos. Se le quedó mirando con ternura y cuando el topetazo de las ideas lo sacó de su embeleso se dio la vuelta y fue a ver los rollos de papel. Encontró las partes idénticas y comprendió que era el momento de perfeccionar su aparato. Le quedaban todavía tres días para llegar a su cita del sábado, por lo que experimentó con algunos clientes y sus compañeros de taller, creó unos códigos y perfeccionó su cacharro. Ahora en lugar de la aguja, tenía una pantalla táctil que indicaba con líneas las emociones de la gente. Era necesario crear un sistema que tradujera a palabras los dibujitos. Francisco puso toda su capacidad para hacerlo y sólo en una conversación que mantuvo con Alicia, cuando su relación ya se había formalizado, fue capaz de interpretar con palabras lo que la gente pensaba. Primero tuvo la intención de ir a una empresa de ordenadores y teléfonos inteligentes para vender su descubrimiento, pero luego recapacitó y pensó que le comprarían su idea y él, a pesar de tener dinero, sería otra vez uno del montón. Con dinero, pero a fin de cuentas del montón. Mucha gente es muy desagradecida, abusa de los demás y piensa en su propio beneficio. Engaña y usa las ideas de otros para hacerse famoso. Eso no le pasaría a él, estaba decidido a no entregar su secreto.

Cuando se arregló el sábado, para ir con Alicia a tomar un café en un lugar muy conocido por las veladas musicales que organizaban unos guitarristas que habían sido muy famosos, ya había diseñado un aparato del tamaño de una carpeta. Se lo acomodó en un bolsillo especial que había cosido en su chaqueta. Alicia llegó bellísima con un vestido rojo nuevo y unos caireles que le daban aspecto de una diosa griega. Llevaba una cinta en la cabeza y su perfume era dulce y muy agradable. Paco le entregó las flores, le dio un beso con mucha indecisión, pero no se notó su nerviosismo porque dijo algo con voz firme y lo colorado de sus cachetes pareció un efecto de su esfuerzo por modular bien las palabras. Una sonrisa pícara le indicó que todo estaba bien. Se fueron caminando y llegaron hasta el restaurante que todavía mantenía bajado el toldo a rayas verdes y rojas. Entraron y se sentaron cerca de la puerta. Había poca gente y el chico del bar no le quitaba la mirada de encima a Alicia, incluso le mandó una bebida caliente como cortesía de la casa. Francisco se lo agradeció y sacó un peque auricular en el oído, se disculpó y fue al servicio a encender su aparto y al volver sonrió y llamó al camarero. Pidieron unas bebidas de ron con zumo y entre sorbo y sorbo intercambiaron sonrisas.

—¿Te gusta este sitio?
—Sí, es muy acogedor.
—Pronto vendrán a tocar The Heavenly ¿los recuerdas?
—Sí, a mi padre le encantaban. En mi infancia los oía todo el día.
—¿En serio? Pues, ahora que los oigas ya me dirás si traemos a tu padre un día de estos.

Paco no notó el efecto que esperaba en el rostro de Alicia y cambió de conversación. Accionó un botón de su aparato y empezó a elogiar los movimientos, acciones, opiniones y cualquier cosa que hiciera Alicia. Ella se sintió encantada, pero se le hizo muy raro que un hombre pudiera entenderla también. Se lo comentó a Francisco y le dijo que se parecía a Mel Gibson en la película “En qué piensan las mujeres”. Paco, por descuido o vanidad, le confesó que tenía poderes para saber lo que la gente pensaba, sin embargo, Alicia se rió con burla porque le pareció una ocurrencia bastante buena, pero Paco sacó su aparato lo puso en la mesa y le dijo que pensara en la felicidad o en algo agradable, ella se imaginó una playa con palmeras, sol y un paisaje maravilloso. Luego, le empezó a preguntar algunas cosas, después hizo una comparación de los gráficos que había visto con su intérprete de ideas y le dijo que se había imaginado el mar, el sol y un paisaje. Alicia se sorprendió porque Paco había adivinado su sueño.

—Es verdad—dijo con malicia—, me encantaría irme a la playa, tomar el sol y pasar la tarde viendo el mar.
—¿Lo ves? Incluso, podría decirte lo que está pensando el imbécil del barman que no te quita los ojos de encima.
—Bueno, eso está muy claro, pero ¿qué piensa exactamente?
Francisco oprimió un botón y buscó en la pantalla de su artefacto una cifra, luego empezó a pronunciar algunas palabras: cama, desnuda, follar y perra.
—¿Sabes qué está pensando ese inútil?
—Sí, seguro que por las palabras que has mencionado es un frustrado que sólo quiere follar.
—¿Lo ves? ¿qué piensas ahora?

Paco le contó sus proyectos, le dijo que quería que ella se casara con él para que juntos dominaran el mundo leyendo los pensamientos de los demás. Alicia era por naturaleza una mujer hogareña, cariñosa y muy romántica, por eso la expectativa de tener a su lado a un hombre inteligente y atento le oprimía el vientre.  Escucharon canciones pasadas de moda, bebieron más de la cuenta y al salir a la calle se abrazaron y se fueron caminando. Al llegar a la casa de Alicia, Paco se puso serio, se le quedó mirando a con mirada inquisitiva y tierna y cerró los ojos para besarla. Estuvieron probándose, acariciándose y resoplaron por el calor que incendiaba sus cuerpos. Ella se fue y Francisco se quedó embelesado imaginando su futuro al lado de Alicia.

El enamoramiento distrae a los jóvenes, los engaña y los lleva por senderos que no van a ninguna parte y solo alimentan ese placer de dar vueltas alrededor del ser amado idolatrando su imagen como si de una deidad se tratara. En el caso de Paco, el amor prendió una llama de creatividad. Sabía que Alicia volvería pronto y para entonces tenía que haber diseñado un aparato que no sólo interpretara palabras, sino que pudiera penetrar en el pensamiento, así que no paró hasta encontrar lo que necesitaba. Una semana completa sin dormir le dejó dos cosas: un aparato sofisticado que podía traducir las sensaciones e ideas en palabras y dos ojeras tremendas que casi no le permitían ver. Cayó rendido de sueño y no fue a trabajar durante tres días. No lograba restablecerse del esfuerzo y sólo con la ayuda de los cafés con leche de su madre pudo ponerse en pie al cuarto día. Salió volando en busca de Licha. 

Ya no había tiempo que perder. Sería su esposa costara lo que costara. La encontró preguntando por él. Cuando don Chucho le dijo que Paco llevaba varios días sin aparecerse por el taller, Alicia puso cara de decepción y se dio la vuelta para irse, sin embargo, no pudo dar el firme y definitivo paso hacia el olvido porque se estrelló con Francisco. Él la abrazó y le dio un beso. Sus labios transmitieron más de lo que se pueden imaginar, pues eran el conducto por el que pasó la emoción, la esperanza y el deseo. Les anunció a sus compañeros con gran felicidad que se casaría pronto y entre felicitaciones y buenos deseos acompañó a Alicia hasta su casa. Un mes después empezaron a organizar su boda. Compraron un hermoso vestido, unas alianzas de oro blanco con un diamante de pocos quilates, contrataron un salón para organizar el banquete y fueron a hablar con el padre de la iglesia de Santa María para que les diera una fecha. Asistieron al catecismo, se confesaron, comulgaron y celebraron con mucha pompa su unión. Regresaron felices de su luna de miel y lo primero que hicieron fue comenzar a realizar sus sueños. Lo más importante fue independizarse de sus padres, por eso alquilaron un piso pequeño que estaba cerca del taller de reparaciones. Paco mandó su curriculum a una empresa de aparatos electrónicos sofisticados y el día de la cita se llevó su cacharro para interpretar de forma adecuada las palabras de su entrevistador. Fue tan exitoso el encuentro que el mismo día conversó con el jefe de departamento y firmó su contrato por tres años. Alicia lo recibió contentísima y pasaron dos días esperando que se condicionara la nueva oficina del ingeniero electrónico Francisco Peláez Mata. En cuanto se vio rodeado de colegas ingeniosos, aparatos modernos y partes electrónicas de alta calidad, Paco siguió con el desarrollo de su aparato. Ya podía oír con facilidad los pensamientos de la gente, pues tenía una aplicación que le decía todo en cuestión de segundos. “El jefe piensa que deberías dedicarle más tiempo a tu familia”—le decía la voz de Alicia que había adaptado a su programa y él respondía con mansedumbre: Sí mi amor, sí—. Sabía qué compañeros lo apreciaban y quienes lo envidiaban y le deseaban cosas malas o sólo lo criticaban.

Una noche Alicia le dijo que estaba embarazada y Paco se quedó pensando qué pasaría si tratara de oír a su hijo desde el vientre materno. ¿En qué lengua se comunicará? ¿Tendrá los mismos sentimientos que nosotros? ¿Sabrá algo del más allá? Francisco no quiso hacer hipótesis y de inmediato puso una frecuencia que pudiera recibir las ondas cerebrales de su hijo en formación. No hubo respuesta ese día ni en muchos otros y Paco se preocupó mucho, pero Licha lo salvó diciéndole que en primer lugar el niño estaba muy pequeño y que su cerebro todavía no razonaba, luego le dijo que se había dedicado a recibir emisiones de onda, pero que nunca había probado inducir una idea. “Es como en la película de Leonardo DiCaprio, The inception en inglés y El origen en español”—le comentó Alicia. Ese fue el principio del acabose porque en lugar de intentar oír al pequeño feto en formación. Paco empleó toda su inteligencia en lo que llamó el inductor de ideas. Día y noche se empleó en el trabajo. Ni los gritos de su jefe ni los de Alicia ni los de los amigos ni los del mismo Dios lograron que volviera a la oficina. Pasó dos o tres veces para sacar microchips y alguno que otro aditamento electrónico y se puso a diseñar su máquina. De haber vivido en tiempos de Julio Verne o Mary Shelley se le habría visto subiendo y bajando por grandes escaleras en su laboratorio, jalando enormes cables, paseándose con sus ojos desorbitados y su pelo enmarañado, pero en el siglo veintiuno su laboratorio era pequeño en exceso, no podía hacer ruido por las noches porque Alicia conciliaba el sueño con dificultad por causa de las loqueras de su marido, así que el silencio era muy importante para mantener las buenas relaciones de la pareja. 

Se cumplieron los siete meses de embarazo, echaron al genial y prometedor ingeniero Francisco Peláez Mata del trabajo, pero él seguía inmerso en su red de ideas, desenredando y atando hilos para construir la red que finalmente le permitiría realizar su proyecto. Llegó el día y concedió con las contracciones del vientre de Alicia. Tuvieron que ir los padres de Paco a la casa de maternidad porque el desconsiderado, cruel y despreciable ex empleado de una empresa famosa de telecomunicaciones se negó a mover un solo dedo para asistir a su mujer. Cuando Paquito dio el primer grito en este mundo, su padre logró inducirle una idea al vecino de abajo que no dejaba de oír su música de rock pesado con sus potentes altavoces. Aprovechando que Alicia estaba pariendo, el amante de la música estridente se lo pasaba de lo lindo. Fue muy interesante el fenómeno. Paco programó la idea de la armonía, la tranquilidad y el erotismo clásico con notas de una composición de Khachaturián usando los sables como aparatos sexuales y la testosterona de Ramiro para anegar su habitación de la miel de la felicidad. Fue tal el efecto que logró la inmersión de la idea que el pequeño Francisco tuvo toda una semana de silencio porque el roquero Ramiro se había torturado sacándose todo el líquido del cuerpo y se recuperó muy despacio. Paco siguió con atención el proceso y se lo comentó a Alicia. Ella ni lo escuchó porque no podía perdonar la ofensa que le había hecho el día que rompió aguas. Paco no tuvo otra solución, más que la de insertarle a su mujer la idea del perdón y la bondad, esos sentimientos se mezclaron con el maternal y se portó como una madre comprensiva diez días. Luego le echó una bronca fatal a su marido por haberla manipulado de esa forma, pero el lenguaje convincente de Francisco, reforzado por la tierna carita de su hijo, logró hacerla entrar en razón.

—Mira, mi amor. Este es un gran invento, pero debemos tener cuidado al usarlo. Yo no quiero que caiga en malas manos y se eche todo a perder.
—Y ¿qué quieres entonces? ¿Manipular a toda la gente para usarla como lo has hecho conmigo?
—No, amor, cálmate. Cálmate.
—Pues, no. No me puedo calmar. Te das cuenta de que te estás transformando en un monstruo.
—¿Cómo?
—Sí. Sí, mírate cómo estás. No te bañas, te la pasas todo el maldito día con tus teorías y tu porquería de aparato que no sirve para nada.
—¡¿Que no sirve para nada?! ¿Ya se te olvidó lo del roquero de abajo?
—Ya cállate. No me interesa lo que digas.

Alicia se puso a llorar y Paco que ya se disponía a abrazarla y consolarla recibió un nuevo topetazo por causa de su ingenio. Se le ocurrió que podía empezar a cambiar las cosas en la sociedad. Su esposa se conducía por unas ideas que se habían transmitido por generaciones en su familia, así que decidió hacer un cambio en la gente que lo rodeaba. Para complacer a su mujer dejó el aparato apagado debajo del sofá y fingió no pensar más en él. Se cortó el pelo, se compró un traje nuevo y salió a buscar trabajo. Consiguió uno con rapidez, pero como era poco el sueldo y malas las prestaciones no lo aceptó. Siguió una semana haciendo el papel de padre ejemplar hasta que la necesidad lo obligó a usar su cacharro.

 En la tarde, cuando todos se encontraban durmiendo la siesta, Paco oyó que alguien forzaba la puerta de su casa. En lugar de correr a impedir que el ladrón entrara, se abalanzó sobre su aparato y lo programó para que en cuanto apareciera el delincuente recibiera una señal y cambiaran sus ideas. El asaltante era un hombre pelón, fornido y bajo de estatura, señaló con el puñal y le dio la orden a Francisco de entregarle las cosas de valor. Ni siquiera se dio cuenta de que el aparato ya le estaba metiendo en la cabeza una onda de frecuencia especial que lo hizo cambiar por completo. Cambió su tono de voz y se puso muy amable, explicó que su mujer tenía un tumor y necesitaba una operación, que él no tenía dinero y estaba desesperado. Paco le prometió ayudarle, le pidió su dirección y teléfono y a los tres días le llevó el dinero que recolectó en su barrio. La operación, supo después, salió bien y la mujer se curó. Alicia lo felicitó por su acto noble y le permitió seguir usando el milagroso cacharro que convertía a las personas en mecenas y a los ladrones en gente agradecida. Paco no quiso parar ahí y se fue a buscar a gente importante que tuviera el poder para cambiar las cosas. Fue con el carnicero que golpeaba a su mujer, con el abogado corrupto que había dejado a varias abuelas en la calle, con el jefe de policía que les exigía una cuota a sus subordinados. En un mes ya había transformado la vida de muchas mujeres golpeadas. Los niños ya no sufrían de abuso sexual, los adolescentes dejaron de drogarse y se dedicaron de lleno al estudio. Un día, Francisco se fue al ayuntamiento y pidió cita con el alcalde, éste lo recibió muy arisco, pero en unos minutos cambió y se comprometió a mejorar los servicios comunales, reforzar la seguridad, buscar fondos para construir más lugares de esparcimiento.

 El encuentro fue muy fructífero y la gente se puso feliz cuando por fin retiraron los coches abandonados, limpiaron los basureros y comenzaron la construcción de una clínica. Alicia veía con muy buenos ojos los actos de su marido y ya no le llamaba la atención. Vivían en armonía y veían cómo iba cambiando su retoño.

En una ocasión, Paco fue a ver a unas personas importantes para hacerles una propuesta mercantil que resultaría muy beneficiosa para él y sus vecinos. Llegó a un acuerdo y logró que se creara un fondo de ayuda para los ancianos y trabajos para gente muy cualificada como él que no tenían dónde aplicar sus conocimientos. Gracias a su invento, Francisco conseguía todas las cosas que deseaba y mejoraba las cosas. Estaba muy contento y pensó que el próximo paso sería intentar comunicarse con entes superiores. Ya tenía un plan para captar ondas resonantes y hasta soñó por un momento que podría comunicarse con Dios algún día. Estaba tan embelesado con su idea que dejó olvidado en un banquillo su aparato y cuando lo notó y regresó por él ya no lo encontró.  Lo había cogido un pequeño empresario chino que vendía gafas en todas las tiendas de la ciudad.








domingo, 4 de diciembre de 2016

El gorrino maligno

Salgo del campamento del terror, olvido al poeta pervertido y los recuerdos diabólicos. Abandono mi madriguera, refugio de muchos años. Voy a enfrentar las miradas curiosas y los rostros compasivos que llorarán al verme. Después de contar lo que he sufrido y visto me dirán que tengo visiones, sin embargo, cualquiera en mi lugar habría claudicado. Para mí, para mis hermanas y para mucha gente hubo sólo horror. El temor causado por dos seres maléficos, bestias crueles, no se borra tan fácil. Primero mi padre, cerdo pestilente que se masturbaba a todas horas y, luego, mi madre, que desde que alcanzó la pubertad abrió las piernas para que se la fornicaran a su antojo todos los hombres. Pido disculpas por la sinceridad, pero es imposible referirme a ellos con cariño. ¿Se puede sentir respeto por quienes te han usado toda la vida como objeto sexual? No. Tal vez, tuve mucha suerte de que conmigo no rebasaran los límites de tortura y no me enterraran en el jardín de nuestra tétrica casa.

Por todas partes había objetos que mi padre traía en su vieja camioneta, no le importaba lo que fuera, ruedas viejas, toldos, mantas, bolsas de plástico, costales de harina podridos, le daba igual. Vivíamos en un chiquero.  Además, la gente que no tenía dónde pasar la noche hacía parada en las habitaciones de nuestra casa. Pronto sentían interrumpida su intimidad por la presencia de mi madre, quien entraba casi desnuda a provocar a los inquilinos. Si el huésped era una chica mi padre la violaba y la castigaba por ser una vagabunda, prostituta o estudiante prófuga. La penetraba hasta el hartazgo y la golpeaba. Cuando sangrando de sus partes por el hostigamiento de objetos demasiado grandes para las cavidades de su cuerpo se desmayaba o empezaba a agonizar, con una cuerda, le apretaban el cuello y la asesinaban. Paraba en el jardín en una fosa.

Nadie reclamaba los cadáveres, las pocas jóvenes que lograron salvarse denunciaron todo en la comisaría, pero nadie les creyó. La indiferencia de los agentes y la deficiencia de la prevención de crímenes era tan obsoleta en esa época, que mi padre se sintió un dios al quedar inmune, al convertirse en un monstruo perverso con licencia para violar y matar. A mis padres les encantaba la cámara fotográfica, hacían fotos de todas sus maldades. Podría decir que actuaban como dos niños traviesos jugando a ser malos, pero en realidad dejaban salir sus instintos más bajos y no existía regla moral, ética o religiosa que los pudiera detener, sólo existía la lujuria animal guiada por mentes diabólicas. Cuando nos bautizaban, es decir, cuando nos mutilaban el alma con una violación brutal, decían:

 “Tenéis suerte de haber nacido en esta casa, de otra forma hubierais sido abortadas y quemadas junto con la basura”.

Uno nunca se acostumbra al sufrimiento. Sientes todos los días que te penetran, sean tus familiares u otros hombres o tu propia madre que por aburrimiento te martiriza con palos u objetos de plástico o botellas. Odié mucho tiempo, quise escapar, pero me sentía enjaulada. Me habían dicho desde la cuna que lo que me pasaba ahí no era nada en comparación con lo que me esperaba afuera.

 Fue estúpido no fugarme y comprobarlo por mí misma. Me quedé hasta que cumplí los veinte años, sufrí el abuso cada noche. Me espanta la cifra de intromisiones en mi cuerpo que es más grande que cualquier dolor. Al final, las cosas cambiaron. El descubrimiento de tres víctimas que no pertenecían al bajo mundo llevó la ley hasta nuestra casa. Se descubrió el cementerio de nuestro jardín porque un día se desbordó el río que pasa cerca y al removerse la tierra surgieron los huesos, cuerpos descompuestos y algunas momias. La gente los vio, no podían creerlo. De pronto, en las cabezas del colectivo, las bromas crueles de mi padre en los bares, todas esas historias de violencia que habían escuchado cual visiones de un loco ebrio, se hicieron reales. Ahí estaban los cuerpos de la evidencia de la locura, de la perversión y la descomposición del género humano. Luego, revisaron las denuncias y las desapariciones de personas en los archivos policíacos. 

Todo cobró sentido, el monstruo fue hallado, estaba en compañía de su compinche. Los cogieron antes de que fueran linchados por el vecindario. Caminaron hasta la jefatura de policía con el rostro alto por el orgullo que les daba su fama. Sonreían recordando una a una todas las fechorías cometidas hasta ese día.

Basado en un caso de la vida real.


viernes, 2 de diciembre de 2016

La mujer de Kishiniov

Cuando mis amigos me preguntan por la experiencia más extraña de mi vida, pienso un poco y les relato lo que me sucedió en Moldavia cuando viajé para trabajar en un campo donde crecían los melocotones y las ciruelas. En Kishiniov estaba el sitio en el que me dediqué a la recolección de frutas. Laboré un mes completo y conocí a mis mejores amigos de la universidad, nos lo pasamos muy bien, pero en la última semana de nuestra permanencia sucedieron cosas que le pondrían a cualquiera los pelos de punta.

Resulta que en el campamento apareció una mujer poeta, muy morena con el pelo rizado y muy negro, que se quedó grabada en mis recuerdos por su hermosa voz y su vestido blanco. Se paseaba por las noches recitando versos de Baudelaire y pasajes de los libros de Gautier. Mi compañero Rodrigo reconoció los poemas de inmediato porque había escrito un ensayo que hacía referencia a esos dos grandes escritores a los que unía una fuerte amistad.

 “Ellos—me susurraba mi compañero antes de dormirnos—habían decidido acabar con su existencia bebiendo, enamorándose de todas las mujeres e inhalando el humo de un narguile con una mezcla de vainilla y opio”.

 En cuanto se hacía de noche el viento tibio de la tarde se enfriaba y el susurro de la brisa escarchada nos obligaba a protegernos debajo de las mantas, luego al apagarse las luces de los dormitorios una farola apuntaba hacia nuestra ventana y se comenzaba a formar una figura en los cristales. No tenía una apariencia tétrica ni mucho menos, yo diría que se parecía a la mujer que veíamos de lejos y que declamaba mientras vagaba por los campos durante el día con su gran melena, su falda almidonada y sus brazos morenos que delicadamente se movían al ritmo de sus caderas. En ninguna ocasión logramos verla de cerca en la noche, pero como hombres mis compañeros y yo sabíamos a la perfección que podría convertirse en una loba y se transformaría en una fiera si pudiera recostarse con alguien en una cama. Esa agradable imagen que nos dejaba por el día, nos instigaba en las noches, nos molía el vientre y nos entraba por los oídos con su cántico.

 ¿Un canto de sirena? —me preguntan ustedes—. Sí, creo que podríamos compararlo con eso, pues quien lo oyó de cerca y miró los profundos ojos verdes y la sonrisa blanca de la poetisa y no pudo resistirse, porque salió de noche a buscarla, el profesor Vladimir Shustikov, desapareció para siempre. Así como lo oyen. A nosotros nos dijeron que había tenido que quedarse a cumplir con algunos requisitos burocráticos, pero tres meses después en la facultad no apareció. Se había borrado del mapa. Preguntamos en la cátedra de lenguas extranjeras y nos dijeron que lo habían contratado en otra universidad. Con el tiempo hasta sus fotografías, que colgaban en el tablón de los académicos honorables, se convirtieron en polilla. Todos mis compañeros volvieron a su país y el único que siguió residiendo en Moscú no puede dar fe, ni seña, ni santo de aquel ilustre catedrático con peinado gallináceo y traje gris pescado que nos hablaba de la mitología antigua con tanto énfasis y que nos hacía sentir transportados a Atenas, Creta y Troya.

 No habría pensado nunca más en aquel profesor porque de hecho ya lo había olvidado, sin embargo, hace unos años, cuando me invitaron al trigésimo aniversario de nuestra Alma mater, oí que alguien había vuelto de Moldavia y había contado la siguiente historia:

 “Aparecen como fantasmas por las noches a la luz de la luna, caminan abrazados y recitan en francés, se oye su declamación como un canto. Ella siempre va de blanco y descalza, él con aspecto gallardo la abraza, se elevan en el aire y desaparecen. Eso pasa cada vez que hay luna nueva. La gente los evita porque dicen que quienes los han encontrado en su trayecto han desaparecido para siempre. Nadie sabe si creerlo o no, pero por si las dudas todos se alejan de ellos. Durante el día no se les ve”.

 ¿Ustedes qué piensan, queridos amigos? ¿Les parece que todo lo he inventado? ¿Cierto? Vayan a ese campo de ciruelos y melocotoneros y busquen un refugio donde hay dos pequeñas construcciones de tres plantas, una cancha de voleibol y un comedor. Pregunten por el profesor Vladimir Shustikov y la poetisa y entonces oirán lo mismo que yo les he contado aquí.