Escritura creativa

viernes, 15 de agosto de 2014

Porqué no llegué a Berna

Cuando volví a mi casa tenía dos malos recuerdos, un pasaporte repuesto, una visa de entrada a la URSS y una postal de Leónidas Brezhnev besando a Erich Honecker, que se había olvidado en el bar de Berlín junto con algunas hojas arrugadas con dibujos a lápiz y carboncillo,  el demente hereje cubano.


Todo comenzó cuando  mis amigos suizos me invitaron  a pasar unas semanas con ellos en Berna, por eso cuando llegaron las vacaciones de verano me compré un billete de tren y me dispuse a hacer el recorrido de más de 2,500 km en un compartimiento para cuatro personas en un barato y no muy viejo tren soviético. Iba acompañado de una amiga rusa que había conocido en la fiesta del trigésimo aniversario de nuestra universidad y desde entonces manteníamos una relación cordial pero poco determinada porque cuando nos encontrábamos juntos hacíamos el amor como una pareja común y cuando nos acostábamos con otros pensábamos el uno en el otro y guardábamos cierta fidelidad sentimental, lo que nos mantenía como novios; pero sin atavíos o compromisos legales o morales que estorbaran los encuentros ocasionales con otras personas. A pesar de que yo conocía muchas jóvenes guapas, prefería mantenerme fiel a Vlada, quien por su parte no salía con nadie, o al menos trataba de no hacerlo, desde que me había conocido, así que se podría decir que teníamos la intención de unirnos en matrimonio si se daban las condiciones adecuadas en ese difícil sistema soviético que todo lo complicaba.

Salimos de Moscú de la estación de ferrocarriles del noroeste de la ciudad un viernes por la tarde. Al llegar al andén buscamos nuestro vagón y al encontrarlo nos dirigimos a nuestro cupé, nos instalamos en las literas inferiores y sentados en la incómoda cama tabla esperamos con alegría  pensando que viajaríamos solos. Sin embargo, quince minutos después tuve que cambiarle mi cama a una señora rubia mofletuda y rubicunda que nos pidió con una actitud bastante jacarandosa y labriega  que le permitiéramos dormir en la cama de abajo, puesto que le era muy incómodo estar subiendo y bajando de la litera superior para atender las exigencias de su marido, un hombre macizo, moreno y en exceso franco que no nos quitaba de encima su mirada moviendo sus dos canicas verdes atigradas y pícaras, retorciéndose sus largos bigotes y bufando como un toro por efecto del calor. No nos quedó otro remedio que cederles  la litera y marcharnos al vagón restaurante mientras nuestros compañeros de viaje se acomodaban a sus anchas en el estrecho compartimento.

En el bar pedimos unas cervezas y ensaladillas rusas auténticas con pan negro, después nos pusimos a revisar la ruta de nuestro viaje en un mapa que nos habían prestado unos compañeros de curso. Primero teníamos que llegar a Minsk, luego a Varsovia, después a Berlín, un poco más tarde a Baden y por último a Berna. Era la primera vez que viajábamos a Europa en tren y por eso no sabíamos que nos esperaban algunas sorpresas al traspasar  la cortina de hierro del socialismo rumbo al mundo “civilizado” occidental. La  primera eventualidad, fue un bofetón propinado por el  aroma mezclado de pollo asado, vodka, pepinos marinados y olores segregados por los cuerpos de nuestros compañeros de viaje que ya roncaban al unísono cuando entramos en la cabina dormitorio. Fue una mala noche y la mayor parte del tiempo la pasamos dando vueltas en la estrecha litera y saliendo a conversar en el angosto y concurrido pasillo del vagón.  La segunda calamidad, fue una larga espera que tuvimos que hacer en el taller de trenes en Varsovia porque, como nos enteramos allí, las carretillas de los vagones tenían otra medida y había que esperar varias horas hasta que se adaptaran todos los coches cambiándoles las carretillas para seguir el trayecto hacia Berlín. Por suerte, la pareja de campesinos nos había dejado en Minsk y ahora gozábamos Vlada y yo del espacio, comodidad, aíre limpio y discreción que necesitábamos para descansar a nuestras anchas. El silencio y la tranquilidad que nos rodeaban nos sumieron en un diálogo silencioso de miradas glaucas, luego, el roce de unos rizos castaños, la provocación de una sonrisa pícara y un tibio muslo al descubierto, después, el calor de su pecho y la impaciencia de mis labios. Pasamos de los abrazos y caricias a los gemidos y palabras cariñosas que parecían cada vez más ardientes, de pronto, una sacudida violenta del vagón nos indicó que nos poníamos en marcha. La peor sorpresa nos esperaba en Berlín.

Llegamos el domingo por la tarde a la capital democrática germana y teníamos que buscar un lugar para dormir porque a la mañana siguiente saldríamos a Baden. Unos jóvenes me habían recomendado una residencia estudiantil donde se podía alquilar, por unos cuantos marcos, una habitación sencilla. Subimos al metro con nuestras enormes maletas y nos dirigimos hacia la estación que me habían indicado. Vlada, que nunca había viajado al extranjero pero que iba muy ilusionada y sorprendida por ver un país socialista pero europeo, me seguía con rapidez y no perdía la ocasión para analizar y comparar con curiosidad las diferencias entre los alemanes democráticos que entraban al vagón y sus paisanos rusos. No fue muy difícil encontrar el albergue estudiantil porque no se encontraba muy lejos de la estación del metro. Solicité una habitación y saqué cien dólares para pagar por nuestra estancia que sería solo una noche. Me llevé un chasco enorme cuando la encargada me dijo que no se aceptaba ningún tipo de divisa que no fuera el marco democrático alemán. Me puse de muy mal humor y empecé a rabiar y decir una retahíla de sandeces y ofensas contra todos los que me rodeaban.

Que me pidieran en Moscú rublos y nadie cogiera otras divisas me parecía natural porque Rusia estaba lejísimos de la cultura económica occidental, pero se suponía que la RDA estaba en Europa junto a la Alemania Federal y debía, me parecía evidente, aceptar otro tipo de transacciones monetarias, o al menos debían ser más condescendientes con los turistas despistados. Fue inútil tratar de convencer a la administradora, solo llevaba unos cinco marcos en monedas y dos billetes del metro en el bolsillo y por más que le expliqué a la encargada en ruso, inglés y español mi situación, la mujer no cedió. También traté de encontrar a algún estudiante que me cambiara de forma clandestina los malditos billetes verdes, pero me dijeron que estaba penado ese tipo de operaciones, así que tuve que ir a buscar una casa de cambio. Le dejé mis documentos y el equipaje a Vlada y me salí corriendo en busca de los marcos.

Tomé el metro y bajé en la estación de Alexandrplatz  donde pasé casi dos horas dando vueltas sin encontrar un lugar donde pudiera cambiar el dinero porque todo estaba cerrado. Tenía un humor de los mil demonios y maldecía en voz alta a la odiosa burocracia de los países socialistas que tenían reglas tan claras de conducta para ellos mismos, pero por desgracia, resultaban crueles y absurdas para los extranjeros. Recordé lo que siempre me decían los policías en Moscú cuando me multaban por alguna infracción: “Que no conozca las leyes no le exime de culpabilidad”

Muy decepcionado me disponía a volver al albergue para darle a Vlada la penosa noticia de que no había logrado resolver nada y que tendríamos que pasar la noche en blanco sentados a un lado de la portería del albergue o en una banquilla en algún parque cercano, pero oí unas palabras en español que me obligaron a detenerme en seco frente a un famoso mural callejero en el que dos presidentes se besaban.

Volteé para saber quien había hablado y vi a un hombre de aspecto ajado, su barba estaba descuidada, era muy moreno y canoso. Llevaba el pelo muy largo y desordenado. Tendría unos cuarenta años pero se veía muy cansado y maltratado, tenía aspecto de demente y me imaginé que la causa sería su forma de vida o algún desequilibrio mental. Me dijo que era de Santiago de Cuba y que había estudiado pintura y escultura en una academia de arte de Berlín. Le conté mi problema explicándole las peripecias que había hecho hasta aquel momento sin éxito alguno. Me miró con calma y me dijo que no me preocupara, que él me los cambiaba. Sorprendido y loco de alegría le extendí el billete de cien dólares. El santiaguero cogió el billete y acarició la calva y los labios firmes de Benjamín Franklin. Parecía que el presidente americano con su mirada firme reprobaba la actitud del desconfiado isleño quien por último, satisfecho de haber comprobado la autenticidad del billete, me dio unas monedas de aluminio y latón, dos billetes con el rostro de Clara Zetkin y tres con la cara de Goethe. Me guardé el dinero en el bolsillo y tratando de ser un poco generoso con mi salvador le sugerí que tomáramos algo en un bar.

-¿Por qué no nos tomamos una cerveza y me cuentas algo bueno de esta ciudad?- Le dije  rebosante de alegría.

-Conozco un bar cerca de aquí, no es muy caro y se come bien.- exclamó, dándose la vuelta para que lo siguiera.

El lugar era muy modesto, había carteles pegados por todos lados con leyendas y consignas comunistas escritas en ruso y una nube de humo le daba al lugar un aspecto de catacumba. Había una luz amarilla muy opaca y los camareros aparecían y desaparecían atravesando la espesa nube gris.

-Y ¿Cómo es que tú te llamas?- le pregunté, imitando el acento cubano, para ganarme su simpatía.

- Yeiskel, Yeisker- corrigió con acento más claro.-Luego, agregó,- Soy del boom de la Ye, o, i griega como la llaman oficialmente.

Sonreí y levanté mi cerveza para brindar. Él se tomó de un trago todo el tarro que le habían servido. Pidió una nueva ronda y empezó a hablar de pintura, música clásica, cine de autor, literatura prohibida, monumentos de la ciudad y finalmente de las mujeres y la teología. Entre tema y tema se bebía los tarros como si fueran de  agua. Comenzó a llamarme Yoan Carlos en lugar de Juan Carlos como le había dicho que me llamaba. Pensé que lo hacía como una forma de manifestarme su aprecio, por eso me reía cada vez que él pronunciaba muy alto y alargando mi nuevo nombre por el efecto del alcohol.

Después de una hora y media de mantener su monólogo acompañado de mis exclamaciones y gestos de aprobación dejó de hablar, bajó la mirada y permaneció un instante meditabundo. Luego, levantó la vista y al verme, o más bien dicho, al reconocerme  me dijo:

Yoan Carlo, hay una historia que te quiero contar. ¿Sabes quién era Lilith?-Inquirió, sonriendo de forma muy pícara.

-Sí, es la mujer de aquella historia judía sobre la primera esposa de Adán.- Contesté y él comenzó a reírse, se puso el índice sobre los labios, me dirigió una dura mirada con sus ojos desorbitados  y me prohibió interrumpirlo.

-Hace mucho tiempo, antes de la existencia del hombre, Dios creó a Eva para deleitarse con su belleza. Luego, tuvieron al que llamaron Adán, los tres vivieron felices hasta que el primogénito comenzó a reparar mucho la atención en las hermosas proporciones de su madre y Dios lo notó. Con su gran sabiduría, el todopoderoso se dirigió a Eva para comunicarle que crearía a otra mujer que sería diferente a ella y que tendría como objeto complacer las necesidades de su hijo. Eva se alegró mucho por la noticia. Entonces, Dios, creó a una mujer muy atractiva, pelirroja, de carnes firmes y carácter dócil y la llamó Lilith. Cuando Adán la vio se quedó mudo de alegría y empezó a embriagarse cada noche en los placeres que le brindaba su nueva compañera.

Yo no podía dar crédito a lo que estaba escuchando y me levanté para irme, no es que viera herida mi integridad cristiana, sino que aquello me parecía una blasfemia de locos, además mi sentido común me persuadía a retirarme antes de empezar a golpearle por sus blasfemias. Llamé al camarero y saqué unos marcos para liquidar la cuenta.

-¿Qué te pasa, chico? ¿Acaso estoy hiriendo tu sensibilidad? ¿Eres muy creyente?- Me inquirió cogiéndome del brazo, luego me balbuceo al oído,-Al menos quédate hasta el final de la historia, recuerda que te he hecho un favor.

No sabía qué hacer porque por un lado era cierto que estaba en deuda con él, pero por otro no tenía ninguna necesidad de soportar su impertinencia. Al final, me obligó a sentarme y, como no quería armar un borlote en tierra ajena, decidí escucharlo hasta el final y marcharme en cuanto terminara su ridícula historia.

-Bien, bien, así está mejor. ¿Puedo continuar?- dijo arrastrando las palabras por el efecto de los tarros bebidos como agua. Bajé la mirada y esperé pacientemente.

-¿En qué estaba? Ah, sí, en lo de Adán.- Se lamió los labios, se limpió con el dorso del brazo la espuma de sus bigotes, vi sus grasientas y largas uñas mal cuidadas y sentí repulsión. Pidió otro tarro de cerveza y continuó.

-Pues, a Adán le comenzó a gustar eso del sexo, pero por la práctica constante y su habitual postura del misionero las relaciones sexuales comenzaron a aburrirle. Como no tenía responsabilidades, más que las de honrar a su padre y, cómo no lo iba a honrar si le había dado tan hermosa mujer para satisfacción propia, no tenía falta alguna, era el hijo ideal. Sin embargo, un día se le metió una idea a Adán en la cabeza, (He de recordarte antes de seguir, que Adán era inocente y no sabía de la perversión y del mal que gobernaría muchos siglos después nuestro hermoso planeta)-Masculló y luego siguió- y quiso experimentarla. En el momento en que se durmió Lilith, Adán trató de penetrarla dormida para derramar las últimas ansias que se le habían quedado frustradas y experimentar una nueva posición, entonces ocurrió que se equivocó de entrada y se la metió a su pareja por donde no debía.

En ese momento ya estaba decidido a marcharme, pero el efecto del alcohol y el humo del tugurio me habían mermado el cuerpo y no me mantenía muy bien en equilibrio. Me volví a sentar sometido por la presión de sus dos manazas negras. Pensé que si el mulato era ateo y no tenía dios, entonces lo que decía tenía que resultar absurdo y sus palabras eran necedades, sin embargo me sentía muy enfadado con él y la conciencia, cada vez con más fuerza, me incitaba a los golpes.

-No te preocupes, que ya voy a terminar.-dijo con su cara desfigurada por el alcohol y, seguramente, por la maldad y enajenación que lo habían hecho perder la razón con tantas historias locas.

-Lilith no sospechaba nada de las prácticas secretas de Adán y seguía siendo buena esposa, no obstante, un día Adán, habituado a su costumbre de penetrar a su esposa cuando estaba profundamente dormida, no se cercioró de que Lilith se había despertado y cuando Adán la  arremetió dominado por el deseo, Lilith pegó un grito furioso, se levantó de un salto y se fue directamente a ver a Dios para quejarse de la mala conducta de su hijo. Se armó una trifulca en la que Eva defendió a su primogénito sobre todas las cosas, Adán reconoció su culpa y prometió no volver a lastimar la integridad de su mujer.  Dios se complació con el arrepentimiento de su hijo y le ordenó a Lilith que regresara a su casa con su marido. Lilith aceptó volver a su casa con su cónyuge  pero las embestidas nocturnas de Adán, que ya era víctima del pecado, se repitieron varias ocasiones, eso no le gustó nada a Lilith y abandonó a Adán, yéndose a vivir al océano con los demonios. Luego, Dios quiso convencerla de volver pero ella prefirió quedarse sola a la orilla del mar que seguir soportando los abusos de su marido. Dios volvió al lado de Eva para comunicarle los acontecimientos pero al llegar la vio fornicando con su propio hijo y los echó de su reino, los condenó al pecado perpetuo. Esa, amigo, es toda la verdad, no lo que nos cuentan en la iglesia.

 Iba a estrellarle el primer puñetazo en la cara cuando para mi sorpresa y la de todos los clientes que estaban en el bar Yeisker empezó a gritar: “!Bluschande, bluschande, incesto, mezcla de sangre, asesinato del alma, muerte, asesino, asesino!” -Estaba fuera de sí y temblaba como si efectuara una danza salvaje. De inmediato, unos alemanes fornidos salieron para apaciguar a punta de patadas y puñetazos al escandaloso briago que no paraba de maldecir.

Pagué la cuenta de la consumición y me fui en busca del ateo cubano que había quedado como santo Cristo después de la golpiza, pero no lo encontré, ni siquiera los rastros de su sangre habían quedado sobre el hormigón de la acera. Parecía que se lo había tragado la tierra.

Alcancé a subirme al último tren que iba en dirección a Friedrichsfelde donde se encontraba la residencia estudiantil. Cuando entré al edificio la encargada cogió los marcos que le di y me entregó una llave. Le pregunté por Vlada y me dijo que hacía dos horas que se había cambiado el turno y que cuando ella había llegado no vio a nadie que se pareciera a Vladislava. Me pareció normal que Vlada hubiera buscado la forma de convencer a la empleada anterior y hubiera encontrado, finalmente, un lugar para dormir, lo único malo era que yo no sabía en qué habitación estaba y no me iba a poner a gritar su nombre a lo largo de los corredores, ni mucho menos ir tocando de puerta en puerta hasta encontrarla. Por si las dudas, hice un recorrido por todas las plantas del edificio para cerciorarme de que no estuviera mi amiga esperándome sentada por algún rincón. No la encontré ni esa noche ni mucho después. Reporté su desaparición a la policía con ayuda de unos estudiantes latinos, llamé en varias ocasiones a mis amigos de Berna preguntándoles por el paradero de Vlada, pero nadie supo decirme nada. En la ciudad de San Petersburgo, dónde radicaba Vladislava, ninguna de sus amigas ni sus familiares pudieron darme razón de ella.



 
¡Dios! Ayúdame a sobrevivir en medio de este amor mortal.- Traducción del ruso.




lunes, 4 de agosto de 2014

Una llamada divina.

Si me preguntaran cuál es la característica que más me sorprende de los rusos de la era soviética, respondería a nombre del narrador y no del autor ni el personaje de esta historia, que es el fin idealista que les arrebata la decisión a los hombres y los obliga a hacer cosas que nadie haría jamás en su sano juicio.

 Para ser más claro pondré el ejemplo de Slava, nombre corto de Viacheslav, que un día oyó la llamada de Dios y se fue a restaurar iglesias derruidas en el norte de Rusia. Como soy yo  quien debe  llevar la batuta en este embrollo y el encargado de contarlo, empezaré diciendo que Slav estaba casado y llevaba quince años de feliz matrimonio, su mujer era una trabajadora ejemplar, no faltaba al empleo y dedicaba su tiempo libre a inculcarle, con excelentes resultados, los buenos principios a sus hijos Alexei y Guenady, los cuales sacaban buenas notas en el colegio, practicaban deportes , asistían a círculos literarios, de actuación y baile, eran unos chicos muy responsables y respetuosos, y pronto serían unos universitarios destacados. Slava era ingeniero en construcción y, a diferencia de lo que yo y el autor pensábamos, no era adicto al alcohol como podrían corroborarlo las palabras pronunciadas en una fiesta de cumpleaños por el mismo Slava:

 “No es necesario que me tome un litro de vodka para desearle a mi mejor amigo lo mejor del mundo”.-Sí, efectivamente eso dije ese día, en la fiesta de Boris, claro que era un sacrilegio no beber y fumar en compañía de los camaradas, pero es que a mí nunca me ha entrado el alcohol y odio el tabaco. A pesar de todo,  mis compañeros lo entendieron, aunque estoy seguro de que mi actitud estropeó la relación con ellos. En fin, no lo pude evitar.

El autor cree que dicha actitud si influyó en la vida de Slava y que precisamente a partir de ese momento la vida del personaje cambió.
Pues, como decía, Slava estaba casado con Nastia, una mujer, desde mi punto de vista muy personal, hermosa, apasionada y con un carácter férreo forjado en los trabajos encomendados por el partido comunista que imponía la recolección de patatas en la temporada de cosecha, la limpieza de los barrios en cuanto llegaba la primavera, la realización de todo tipo de obras de mantenimiento y la participación en las marchas del uno y nueve de mayo. Él estaba  enamorado de ella. Llevaba siempre el sueldo a casa y aprovechaba cualquier ocasión para salir al cine, al teatro u otro lugar con el fin de estrechar  la relación con su amada y sensual mujer.

 Según el autor el hombre soviético tenía una forma de vida muy sencilla y sin preocupaciones económicas porque el partido le proporcionaba todo al ciudadano, además nadie tenía que comprar viviendas ni coches porque el único requisito era apuntarse en la lista y esperar que el plan de construcción de pisos y la fabricación de automóviles siguieran hasta que la espera terminara cuando les llegaba su turno para obtener vivienda o transporte personal. Entonces se iban a vivir al nuevo sitio, se llevaban, según palabras de Slava, un gato para que espantara las malas vibraciones y encontrara el lugar más cómodo y adecuado para encontrar la armonía y la paz.

Sucedió que un día, Slav entró en una iglesia por encargo de su prima hermana para comprar unos pequeños iconos benditos que pondrían en el nuevo coche que había recibido la familia Stepanov. Al  entrar en el ortodoxo aposento sagrado, sintió un pequeño escalofrió provocado por el  presentimiento de que algo importante pasaría, fue como si ese lugar le hubiera estado esperando por mucho tiempo y él hubiera llegado finalmente para cumplir una gran  misión. Por palabras del autor, sabremos que el suceso es real, aunque un poco exagerado en la descripción, puesto que el  creador de esta historia es un hombre perteneciente a una secta religiosa americana y, Slav y yo, pensamos que se ha enaltecido ese momento de la concepción del objetivo religioso al que estaba destinado. Quizás un poco más tarde se vio que realmente era muy significativo para Vladislav, pero exactamente en el momento de la misa en la iglesia ortodoxa no sintió gran cosa.

“Recuerdo que realmente fue en el jardín de la iglesia donde sentí ese deseo de colaborar religiosamente, además ya he comentado que fue el sacerdote Iván quien  me convenció de integrarme a un grupo de restauradores para mejorar el estado de algunos templos desperdigados por nuestro gran país y que se encontraban abandonados o en condiciones paupérrimas."

Como muchos hombres rusos, Slava era un manitas muy capaz. Tenía facilidad para el bricolaje, por su origen, ya que su padre había sido obrero calificado, y podía entender el funcionamiento de muchos aparatos y componerlos o adaptarlos para hacer otras tareas con ellos.

La primera vez que se lo comentó a su esposa, Vlad lo dijo como si se dispusiera a hacer un pequeño viaje de esparcimiento a la casa de campo, fue por eso que Nastia no dijo nada al escucharlo y asintió  balanceando  la cabeza. Uno de nosotros tres, que no es el personaje de nuestra historia, dice que Nastia, sospechaba de lo que ocasionaría esa salida de su marido y que por eso fue el broncón que la mujer, poco afecta a los principios religiosos, armó esa noche durante la cena. Desconozco realmente las condiciones bajo las cuales vivía Slava con su esposa, pero estuve  unos años en la URSS y pude darme cuenta del tipo de relaciones que había en ese tiempo en las familias soviéticas y puedo asegurar que Nastia lo tomó como algo habitual y sin importancia.

El caso es que Slava se fue a Suzdal a asistir a un pequeño curso de restauración y hacer sus primeras prácticas. Al ver los especialistas que Slava tenía mucha capacidad para pintar le propusieron trabajar en la restauración en todas las áreas posibles. Su primer destino fue la ciudad de Tula donde estuvo restaurando por tres meses el interior de la iglesia los mártires Frol y Lavr, en donde cumplió con la tarea de resanador de la fachada y luego de las cúpulas de la bóveda central.

“El trabajo era en realidad muy arduo y comía poco pero sentí satisfacción de poder colaborar en el restablecimiento de edificios tan bonitos, era muy placentero compararlos, después de restaurados, con la imagen guardada inconscientemente en la memoria o una fotografía  del lugar derruido con el reparado”.

El autor, que debería dejar que la historia se desarrollara por sí misma, me obliga a comentar que este arduo trabajo iba santificando el alma de Slava, que al poder tener contacto con la casa de Dios, se fue ennobleciendo para realizar una gran tarea. A pesar de que no puedo negarme a cumplir con la misión que se me ha encomendado, tendré que comentar algunas cosas con las que no estoy de acuerdo con el autor,

El  mismo Slava lo dijo posteriormente y se rectificó a sí mismo el autor, después:

“Al principio era solamente el trabajo lo que me llamaba la atención, no gozaba de un sueldo pero el alojamiento y la comida estaban asegurados y esa era la causa de mi despreocupación, sin embargo un día sentí algo muy poco habitual. De pronto, el peso que había llevado sobre la espalda se desvaneció, en ese momento me di cuenta de que Iván me miraba con mucha curiosidad, se acercó a mí y me preguntó:

-¿Te pasa algo, Slav?

-No, ¿por qué me lo preguntas?

-Es que tienes una mirada diferente, cómo decirte, más tranquila, noble; casi infantil.

-Será que he terminado de cubrir con yeso toda la fachada y, como no veía el final, ahora me siento como si hubiera cumplido una gran misión.

Está última frase le fue expresada al autor de la presente  historia, pero siendo Iván religioso y el autor de este cuento también, la frase tomó otro matiz y cambió su significado.

Ahora mismo, como narrador me es imposible saber la verdad, puesto que el padre Iván, después de la conversación con Slava, desapareció y se le encontró un año después en Grecia pero ya había olvidado las palabras precisas que le transmitió al autor y por eso resulto que había que contraponer lo que decía Slava con lo que decía el autor.

 Como el autor es imparcial desde este momento tendré que darle un aspecto  religioso y fantástico a la historia y, en lugar de decir que Slav encontró  su vocación a una edad apropiada pero en un tiempo poco factible para el desarrollo espiritual; que dejó a su familia en vísperas de la perestroika y la glasnost;  que se negó a participar en las revueltas organizadas por los oponentes al partido comunista; que dejó morir de hambre a su familia y no movió un solo dedo para procurarles sustento, aun teniendo la posibilidad de hacerlo y ; que, finalmente, le importó un pimiento que su mujer tuviera que enfrentarse a la ola de violencia, corrupción y engaño del período de transición hacía la era de la globalización e incluso que tuvo un amante vividor y chantajista. Además, no seré muy especifico en la descripción de los sentimientos de los hijos que llegaron a odiar a su padre y no lo perdonaron el día que volvió, cuando ellos habían formado su familia y gozaban de riqueza y una posición social envidiable, para decirles que se quería quedar con ellos para cuidar a sus nietos y mostrarles el camino del bien. Por último, no tocaré en absoluto la forma real en que murió Vladislav y, por el contrario, describiré con un punto de vista muy tendencioso el momento en que, llegada su muerte, vio un arcángel que bajaba del cielo que lo aliviaba de todos sus sufrimientos y lo conducía suavemente por los aires para reunirse con los ángeles de la bóveda celeste, mientras veía, al alejarse de la tierra, los templos reconstruidos y las miradas de los santos de los íconos por él retocados que con un coro de voces divinas le acompañaban en su trayecto.

Entonces, he de empezar como lo hacen en las grandes historias:


Erase una vez un hombre que…

JCEH


miércoles, 2 de julio de 2014

El no héroe.






I.                                     Tomando conciencia  


En definitiva es imposible que yo llegue a existir. He llegado a esa conclusión esta semana, puesto que nada de lo que era habitual se ha transformado, movido o desaparecido. Antes habían pasado cosas como esta, pero no se habían prolongado por mucho tiempo, sin embargo, esta vez me parece que es el final y que la historia a la que estaba destinado no llegará a su fin.

Fui creado como un hombre con carácter seductor y especialista en robarles el corazón a las mujeres, en cierto grado tenía que ser como don Juan Tenorio o Casanova, pero todo debía transcurrir en nuestra época, en dos ciudades modernas separadas por el océano. No eran, por supuesto, París y Buenos Aires para que no se asociaran con los trabajos de Cortázar, más bien eran dos megapolis muy diferentes como la ciudad de México y Moscú. 

Desde mi temprana juventud tenía la cualidad de agradarle a las mujeres. Podía permanecer entre ellas siendo testigo de sus confidencias sin que mi presencia las inmutara en lo más mínimo, era como si me vieran como a un hermano o a un amigo con el cual no tenían el más mínimo recato.

Esa confianza y aceptación en los círculos femeninos de la cual yo era el afortunado poseedor tendría que dejar una serie de experiencias primordiales para ser un buen seductor y yo lograba serlo en realidad. La primera prueba de lo dicho anteriormente quedó constatada cuando me hice amigo de dos compañeras de mi hermana menor, las cuales habían ido a nuestra casa para hacer un trabajo que tenían pendiente, y en el breve tiempo que tuve para relacionarme quedé ante ellas como el joven más sincero, comprensivo y atento que jamás habían conocido.

Como, al crearme, se había puesto en mis labios todo tipo de adulaciones, era muy difícil que alguien se pudiera negar a oír las cosas bellas con las que acostumbraba obnubilar a las representantes del sexo opuesto. Podía con un poco de empeño y dedicación convencer, incluso, a la chica más reacia, decente, mojigata o guapa para que se me entregara sin ninguna dificultad. Con el paso de los años mi experiencia y mi estrategia de seducción se hicieron infalibles. Podía desatar en el espíritu femenino pasiones que iban más allá de la simple necesidad de ser poseídas y satisfechas. Lo malo de todo esto, es que ese periodo duró apenas unos años porque después por algún motivo desconocido empecé a cambiar de una forma radical yendo en contra de los principios que, se suponía, debía tener muy bien arraigados. Fue cuando comencé a sospechar de la existencia de un ser exterior que me mangoneaba a su gusto sin tomar en consideración mi opinión.

II.                                  La inconformidad y crítica

Un día se tergiversó todo cuando estaba por seducir a una joven muy guapa de nombre Marina, una rusa extraordinaria, con una belleza producto de la mezcla de la sangre eslava, o en términos más exactos caucásica, con hemoglobina escita, del Oriente medio.

En el carácter de esa bella mujer estaban mezclados el gélido escepticismo siberiano con el apasionamiento de la raza árabe, era todo un reto conquistarla porque mi esencia de macho latino tenía al frente una gran prueba. 

A lo largo de mis aventuras se me había dotado del convencimiento y seguridad, cualidades que me hacían superar las deficiencias físicas, pues me habían engendrado como un hombre de estatura media, cabeza pelada a rape muy redonda, ojos saltones, moreno y fornido, lo que estaba muy lejos de semejarme a un Adonis, sin embargo, con mis dotes y mi gran inteligencia no encontraba ningún problema para obtener lo que deseara y a quién deseara.

Cuando la vi entrar a la exposición de pintura en la sala principal de la Casa del Artista en Moscú, sentí una atracción tan fuerte que no podía despegar mis ojos de su bella figura, la tela azul satinada de su vestido largo y su pelo negro de caireles recogidos le daba el toque de una diosa de la antigüedad. Alta, con gran porte y una mirada tiernamente salvaje dejaba petrificado al más atrevido de los hombres.

Vi por casualidad, un cuadro moderno en el que estaban representados Pigmalión y su estatua de Galatea y pensé que por alguna razón se había puesto en ese momento dicha obra, me vinieron a la mente esas famosas palabras de Antón Chejov que decía que si había un fusil en el escenario, entonces  tendrían que dispararlo. Lo mismo pasaba con este lienzo porque si había aparecido Galatea, yo tendría que ser como Pigmalión enamorándome de ella y deseándola hasta la muerte. Traté de recordar de qué forma le había implorado el rey de Chipre a Venus que le ayudara a convertir su sueño en realidad y cuando lo recordé los objetos habían cambiado de posición y de color.

Al acercarme a la nueva mujer azul noté que su belleza era banal y austera. Noté que mi traje, elegante hacía un momento, ahora era un poco viejo y que estaba arrugado y muy ajado. Me irritó que mi voz sonara diferente y que la tierna y maléfica mirada de mi primera desaparecida interlocutora Marina, fuera, ahora, la de un halcón hambriento mirando a su presa. No supe cómo reaccionar y me quedé parado junto a esta insípida y sosa dama con la mente en blanco. Pasó un instante demasiado largo, que sospecho sería de algunos días no de los normales sino literarios, hasta que pude articular una frase estúpida: ¿Ha notado el cambio de la luz?

No hubo respuesta, claro, y en ese instante comenzaron a desaparecer y aparecer, como por arte de magia, escenas, diálogos y personas desconocidas. Me sentía como en una presentación de diapositivas, las cuales se cambiaban a voluntad por alguien que estaba estropeando toda la secuencia de la historia. Pregunté en voz baja temiendo hacer el ridículo frente a los sujetos que me miraban en ese momento, pero no solo no hubo respuesta sino que mi voz ni siquiera se oyó.

Traté de conservar la calma y analizar la situación con más sangre fría.

Las siguientes ocasiones en que sucedían cosas incoherentes me tomé la molestia de apuntar en mi memoria todo lo que sucedía para poderlo analizar en los largos momentos en que me encontraba solo y no tenía que viajar o mantener conversaciones tontas con mujeres que carecían de atractivo tanto físico como intelectual.


III.                               El conflicto

Intenté de nuevo regresar a la sala de exposiciones y ponerle punto final a la escena con Marina y no con la mujer azulada, como la había llamado en el momento en que la vi con sus trapos baratos de tono turquesa, pero todo fue inútil porque no estaba ni Marina ni la mujer rapaz.  Luego, sucedieron infinidad de acontecimientos en los que me veía envuelto en relaciones pasionales y desengaños amorosos.

Muchas veces se repetían las escenas y las opiniones sobre una misma situación se expresaban desde diferentes puntos de vista. Por ejemplo, el encuentro que tuve en Madrid con una mujer sensual, misteriosa y desconocida en el salón de la rotonda del hotel Palace, fue criticado en principio desde la perspectiva, en primera persona, de un gran seductor en el que la experiencia con una espía de origen holandés le llevaba a descubrir los misterios eróticos de una sociedad secreta de cortesanas. Unas páginas después, el mismo suceso se apreciaba desde la perspectiva de un futuro muy lejano en el que el narrador desglosaba los sentimientos de cada uno de los partícipes de aquella ardiente noche de amor y yo, que había sido siempre un seductor de muy alta clase, comenzaba a quejarme  de mi desgracia en el amor y era presa de la depresión senil.

Hubo varios intentos más de ver ese encuentro como un designio divino, después desde el punto de vista de la mujer, luego la interpretación de un observador que había seguido con mucha atención a la pareja y había hecho sus propias deducciones  siguiendo un sistema complicado de deshilado del alma humana, otro aspecto que no dejó de admirarme fue la opinión del mismo Dalí que lucubraba con la posibilidad de pintar un cuadro que me representara de forma surrealista mostrando las partes más sensibles de mi integridad psíquica en el lecho de amor.

Todo ese proceso de alargamiento de la misma situación y las partes tan pesadas que seguían a cada capítulo me obligaron a pensar que mi creador tenía un problema físico que se reflejaba tanto en su carácter como en su forma de escribir.

Tuve la ligera sospecha de que se trataba del estreñimiento. ¿De qué tipo?- me pregunté.- No será solo físico, es probable que ese problema de atrición fuera también mental.

Comencé mis indagaciones repasando palabra por palabra las escenas que ya habían quedado escritas, entonces se encendió la luz y lo comprendí todo.

Comencé a cambiar los diálogos, los lugares de encuentro, mi aspecto exterior y mi forma de pensar. Cambié esas ideas huecas del erotismo como necesidad de reproducción y muerte para preservar la especie por algo realmente diabólico como lo que hacía el marqués de Sade o el inocente Gregorio de la Venus de las pieles, convertí a las inocentes ninfas de belleza angelical en prostitutas, mujeres de prominentes carnes apretujadas en vestidos estrechos y medias vulgares. Me esforcé por no repetir ni una sola de las palabras ya mencionadas con anterioridad, como resultado se produjo el colapso y comencé a oír su voz, su llanto y sus expresiones de desesperación.

IV.                               El final

 Con tanto escribir, reescribir, borrar y corregir el texto, mi inventor empezó a comunicarse conmigo. Fue entonces cuando le manifesté mi desacuerdo. El escuchaba con claridad mi voz y yo sentía a través de la tinta las condiciones en las que él se encontraba. Supe primero su nombre, era Cesar Martín Salomé. Tenía el hábito de fumar, tomaba mucho café, supuse que mantenía malas relaciones con la gente o simplemente era indiferente a los encuentros con las personas que lo rodeaban, comía mucha carne y nunca se negaba a ser seducido por los placeres del alcohol. Era un lector automatizado que no dejaba pasar ninguna novedad editorial. Tenía una amante que se preocupaba más por el dinero que por el placer que él le pudiera proporcionar y, bingo, padecía de estreñimiento desde hacía mucho tiempo.

Le propuse que cambiara su dieta, que se preocupara por comer más fruta, que evitara la carne y el pan en grandes cantidades, que hiciera un poco de ejercicio y que se comunicara con la gente. Todo fue inútil.

En una ocasión discutimos, un día literario entero, sobre el encuentro debajo de la vistosa rotonda del hotel madrileño con la misteriosa morena de ojos de zafiro. Le dije a Cesar que no estaba bien especular tanto con una situación tan elemental, que todo mundo tenía clarísimo que era una relación mortal por el calibre de los implicados, sin embargo a él no le interesó y por el contrario dijo que entre más se estirara el tema y se mirara como una situación imposible en el pasado, como una situación vista desde el futuro, como una situación paralela a otras relaciones que se sucedían en el mismo lugar, como la opinión del autor sobre las relaciones sentimentales de una pareja, incluso desde el punto de vista de un perro de porcelana que estaba envuelto y medio oculto entre los regalos de uno de los huéspedes que acababa de abandonar su habitación en el momento del encuentro.

No pude soportar más su negligencia y su verborrea sobre la para-literatura, la meta-literatura, la supra-literatura e infinidad de supuestos conceptos filosóficos que me terminaron por hartar.

De esa forma dejé de ser el personaje de la obra que quedó incompleta y paró en el fondo de la papelera.

No lamento lo sucedido, quizás sea mejor así. Por un lado, he tenido la fortuna de experimentar algunos sentimientos humanos y he gozado de la atención, cariño y odio de otros personajes. No saldré a la luz y me quedaré como el intento frustrado del señor Cesar Martín Salomé.

El mundo es muy pequeño y todos los caminos llevan a Roma, según dice un refrán de no sé quién, y si llego a tener suerte algún día, tal vez alguien me saque de aquí y me dé la oportunidad de convertirme en el héroe de una gran novela.


 


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<span>JuanCris63</span> 
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martes, 1 de julio de 2014

La buena pasada

Ayer, cuando terminé de leer la novela corta  “El Caso de la Media de Seda” de Conan Doyle, tuve un pequeño ataque de risa, y no porque la novela se prestara a la diversión y comicidad, sino más bien porque la información reveladora que le abrió los ojos al doctor Watson, me los abrió también a mí. Para que me puedan entender, queridos amigos, es necesario que me remonte a tiempos pasados.
Todo comenzó hace más de un año cuando me pidieron que fuera a dar los martes y jueves un pequeño seminario sobre la enseñanza de lenguas extrajeras. Las sesiones serían veinte con duración de una hora y media cada una. Los participantes eran estudiantes de la universidad que estaban por concluir su carrera y necesitaban asesoramiento para escribir su tesis. El lugar que nos habían asignado para dicho cursillo era un auditorio no muy espacioso, con unas sillas incomodas sin paleta, la calefacción era un hornillo candente que nos hizo sudar desde la primera sesión. Había una pizarra muy blanca y pequeña, la iluminación era mala pero como nuestras clases eran por la mañana descorríamos las persianas para que entrara la luz del poco sol que salía esporádico.
Mis alumnos eran unos jóvenes muy alegres y tenían bastante interés en aprender lo poco que yo les podía enseñar. Entre los asistentes me llamó mucho la atención una jovencita muy guapa. Era menudita, llevaba siempre el pelo suelto, lo tenía castaño con unos ligeros tonos de caoba, su piel era blanquísima, lo que hacía que el carmín de su lápiz labial realzara de sobremanera sus estrechos labios. Se llamaba Zhana y, aunque no se parecía en nada, yo la asociaba con una intérprete y compositora de canciones folclóricas  rusas que me encantaba por el sentimiento con que interpretaba sus canciones y se le conocía como Yana o Zhana Bichevskaya.  Zhana, la de mi clase, se sentaba con Serguei y María, el primero tenía una memoria extraordinaria y un aspecto de chico travieso y muy pícaro, por el contario, María era una pesada que padecía de un alter ego insoportable, pero luego, después de culminar el curso, descubrí que era solo su actitud fingida para que la  percibiéramos así.
El curso fue avanzando y los temas fueron cada vez  más interesantes, al menos eso creía yo. Durante las sesiones se fue creando una serie de hábitos que nos hacían reír o sentir la pesadez del tiempo viciado y el bochorno del aula. De las cosas que no nos gustaban estaba la conducta de Masha que siempre quería tener la razón en todo, y aunque sus compañeros trataran de convencerla de lo contrario, ella no se bajaba de su burro y no daba su brazo a torcer. Había también, un chico muy introvertido que por más esfuerzos conjuntos que hiciéramos para ayudarle, no hilaba una frase completa. Hay que tomar en cuenta que el curso se daba en lengua extranjera y los conocimientos de unos y otros eran desiguales. El jovenzuelo se llamaba Pavel o Pasha, como le decíamos cariñosamente, y se trababa un poco al hablar. Nadie le faltaba al respeto pero había ocasiones en que se quedaba a media frase parloteando una silaba que alguien asociaba con algo obsceno o vulgar. Era por eso que estallaban las risas y la atmosfera del aula se volvía a refrescar. Los demás estudiantes eran bastante habituales y por su simpleza no los recuerdo tan bien como a estos que he mencionado. Los encuentros en la clase eran muy agradables porque la colaboración de todos hacia más dinámico el trabajo. Después de la tercera o cuarta clase noté algunas particularidades de Yana, una era que siempre iba con la misma ropa, el mismo calzado, el mismo peinado y el mismo bolso, a decir verdad no cambio su forma de vestir ni una sola ocasión durante todo el ciclo de sesiones. A parte de la ropa que nunca se mudaba, estaban los cambios tan notorios de personalidad, ese era el segundo aspecto y el más desconcertante de ella. Había ocasiones que llegaba de muy buen humor, sonreía, se relacionaba muy bien con todos, y sobre todo, trabajaba y hablaba muchísimo. Otras veces, era muy diferente, el cambio era tan radical que pensé que se debía a fuertes depresiones o problemas graves de índole psicológico tales como desdoblamiento de la personalidad, esquizofrenia u otro problema de ese tipo. Era sorprendente como se la podía ver un martes tan enérgica y vital, y un jueves apática e irrespetuosa. Yo me empecé a interesar por el asunto, traté de acercarme más a ella sentimentalmente, aparentando ser un consejero o un guía espiritual. Eso, por supuesto, no dio ningún resultado ya que la Yana comunicativa me hacía sentir que mi preocupación era infundada, y la Yana introvertida, burda y explosiva me rechazaba inmediatamente. La situación llegó a preocuparme tanto que me puse a leer artículos de psicología clínica que trataban sobre la doble personalidad, el desdoblamiento del alma y cosas semejantes. No obtuve ningún resultado, por el contrario fui yo el que se desconcertó más y si no hubiera sido por la brevedad del curso, tal vez hubiera sido yo el que se habría descompuesto de la cabeza y habría ido a parar al manicomio. Fui tratando de no poner atención en las transformaciones de mi alumna, empleé el artilugio de no mirarla más a los ojos, sin embargo los martes después de clase, ella misma venía hasta mi mesa a pedirme que le explicara algunos términos o que le recomendara algún artículo interesante sobre el tema que habíamos tratado en clase. Los jueves, ya se imaginaran, cuando llegaba con la lista de autores o fuentes de donde se podía obtener la información de los temas que me había pedido, Yana me los rechazaba y decía que ya no le interesaban, me miraba con rencor como si la estuviera acosando sexualmente y con una sola mirada me hacia enmudecer o palidecer y sonrojarme al mismo tiempo.
Un día se decidió hacer un pequeño festejo en el comedor del instituto, fuimos todos a celebrar el cumpleaños de dos compañeros quienes ya  habían conquistado y condicionado una mesa de la concurrida sala para nuestra celebración. Trajeron la tarta, cantamos el Cumpleaños Feliz, desentonado como es propio en estos casos, les deseamos las mejores cosas a los cumpleañeros, y cuando el ambiente se relajó un poco me vi rodeado de la compañía de Masha, Pavel y Yana, estaban los tres discutiendo sobre la influencia del inglés en otras lenguas, y sobre todo en los idiomas ruso y español. Pues aunque no lo crean, les decía yo, el ruso está de moda en todo el mundo y debería influir más en las otras lenguas, ya saben que las palabras Perestroika, Glasnost, Matrioshka, Sputnik, Chaika, Lada, Kalashnikov (aunque sea el nombre de un arma) se conocen en todos lados y no estaría mal que se conocieran otras palabras relacionadas con las aportaciones tecnológicas o de otro ámbito de la sociedad rusa. Trataba de hacerles entender que de alguna forma se debe intentar enriquecer el idioma natal con unos equivalentes de todos esos barbarismos que nos llegan de fuera. Les daba ejemplos de los que se hace en el español cuando te hieren el orgullo y te dicen que en tu lengua es imposible crear un término para chip, marketing, manager, etc. Mi argumento era que aunque resultara muy larga la palabra o la expresión que sustituía el extranjerismo, era mejor éste que dejar que se implantara la palabrota importada. Todos me echaron la bronca y por estar discutiendo en eso perdí la oportunidad de conversar más estrechamente con Yana, la cual ese día, estaba de muy buen humor y radiaba de alegría. Un poco antes de terminar la fiesta,  se habló de las bromas que le habían hecho a los profesores del instituto y, por lo que todos contaban, me di cuenta de que eran bastante traviesos y que se debía andar con los pies de plomo con ellos porque se podía caer en una situación bastante incómoda y ridícula. A parte de las jugarretas clásicas para burlarse del profe, este grupo de vándalos, incluía la tecnología o el refinamiento intelectual. Con la facilidad que se tiene ahora de obtener información sobre cualquier cosa, resulta peligroso tener una vida doble y no mantenerla completamente en el anonimato, porque si los alumnos te descubren en in fraganti,  una de estas jugarretas de mal gusto te puede costar el empleo o llevarse al traste tu buena reputación por más limpio que estés. Eso lo supe cuando se refirieron a una profesora que estaba saliendo con un alumno en plan de amigos y el muy tarado se había dejado olvidada una fotografía muy comprometedora en la que la profesora estaba en bañador y el dándole un beso en la mejilla. Alguien la escaneo y la arregló con un programa de fotografía digital de tal modo que se veían los dos desnudos, luego comenzó a enviársela por correo electrónico a todos los estudiantes de su grupo y cuando alguien decidió hacer una pancarta y pegarla en la puerta de entrada del comedor explotó la bomba, es decir, la bomba. Se destituyó a la profesora acusándola de acoso sexual de menores y se le imputaron al estudiante todo tipo de violaciones al reglamento interno de la institución, así los dos tuvieron que dejar el instituto para siempre.
Los siguientes días, y conforme me iba acercando a la culminación de mi trabajo, empecé a tener mis precauciones. Por fortuna, no pasaba nada y las cosas seguían igual que siempre.
Para terminar de una vez por todas con el misterio de Yana fui escribiendo mis observaciones y deducciones en un pequeño cuadernillo, creo que revisé y desarme la personalidad de Yana tantas veces que un psicoanalista se habría admirado de mis avances en materia de psicoanálisis, lo único era que todo eso no me decía nada a mí, y lo más lamentable era que ella lo sabía y jugaba conmigo desorientándome cada vez más. Llegó a tener verdaderos ataques de histeria y angustia que me desorientaban más de lo que ya estaba. Yo me sentía como un ratón que no sabe como escaparse de las garras del gato. Ella me ponía trampas, me envolvía con su encanto y luego me paraba de forma brutal con su rechazo, histeria y mal humor.
Cuando terminamos el penúltimo tema de nuestras prácticas, Yana me dijo que faltaría la siguiente clase y que vendría solo al final del curso para despedirse y saber la nota que le pondría. Al marcharse hizo un movimiento con la mano para acomodarse el pelo y dejó entre ver un poco su frente, como llevaba siempre un flequillo muy bien recortado era imposible verle esa parte de la cara porque tenía, además, el pelo muy espeso, por alguna razón no pude evitar mirar rápidamente esa parte de su cráneo. Ella me sonrió con mucha cordialidad y me dijo que le había gustado el tema de ese día y que iba a leer más al respecto, salió agitando la mano como los niños pequeños cuando se despiden.
Dos días después, llegué a la clase, abrí mi portafolios y dispuse el material para comenzar la proyección de unas láminas que mostraban muy bien unas estadísticas que me interesaba mucho que mis discípulos conocieran. Por pura curiosidad volteé hacia el pupitre o silla de Yana y confirmé lo que me había dicho, que no vendría- Pavel y Masha estaban muy serios y por la ausencia de su intermediaria Yana, ellos se mantenían un poco reservados simulando que todo seguía como siempre. A la hora de la pausa fui a comprar un café y me encontré por el camino a un buen amigo que hacía tiempo no veía. Comentamos los acontecimientos más importantes que nos habían acontecido en los últimos tres años y después, como ocurre regularmente en esos encuentros ocasionales, ya no sabíamos que preguntar y nos despedimos con la promesa de llamarnos o escribirnos pronto. Regresé al aula y entre, al principio no advertí que el lugar de Yana estaba ocupado, miré rápidamente y la saludé un poco sorprendido. Ahí estaba, con su pantalón a cuadros, sus botines de gamuza, su jersey de cuello alto y su bolso de cuero color rojo. Creía que no ibas a venir, Yana- le dije con una sonrisa maliciosa. Su reacción fue insólita, se acerco a mí, me miro con furia y me dijo que no había venido a clase sino que solo deseaba  dejarle un recado a María. Salió enfurecida, echando serpientes y culebras por la boca. Con mucha dificultad pude terminar la sesión de ese día, pues por un lado tenía la duda de no saber que le pasaba a Yana, y por otro, estaba de mala leche y con el deseo frustrado de no haberle gritado. Me estaba hartando de esa conducta infantil e inexplicable. Por suerte, el tiempo transcurrió más rápido de lo que yo esperaba y llegó el último día de nuestro curso. En realidad estaba cansado y un poco nervioso porque no sabía cómo reaccionaría en caso de que mi “querida” estudiante volviera a hacer alguna de sus demostraciones violentas.
En la última clase todo fue viento en popa, los alumnos participaron mucho y al final decidieron celebrar con un poco de bombones, fruta, tarta y vino tinto la culminación del “martirio” que les había implantado. Conversamos de todo, recordamos los mejores momentos de nuestro trabajo, brindamos y nos despedimos con el deseo ferviente de volver a encontrarnos en otra ocasión, aunque no fuera por causa de los estudios. Yo por mi parte prometí hacer todo lo posible para mantenerme en contacto con ellos a través del correo electrónico o alguna pagina de las redes sociales. Cuando ya tenía mis cosas preparadas para marcharme se acercó Yana sonriendo. Al verla así de animada y radiante  pensé que al menos me quedaría un buen recuerdo de ella, ya que la noche anterior había estado pensando en echarle en cara todo lo que me había desagradado de su conducta durante nuestros estudios. Me preguntó que si me gustaban las novelas policiacas. Yo le dije que sí, que era mi genero favorito. Ella sacó un pequeño objeto rectangular envuelto en papel para regalo y un listón ancho de color rojo muy intenso. Me lo entregó y me dijo que era una forma modesta de agradecer mi buen empeño durante el tiempo que habíamos compartido. Yo me sonrojé un poco y le di las gracias. Después me entregó una tarjeta firmada por todos los participantes y me aconsejó que pusiera mucha atención en el regalo. Yo le pregunté que si era un libro, ella afirmo con la cabeza, luego le insinué que si debía poner atención en algo especifico. Ella me miró con cariño y dijo que tenía que leer con atención el cuento número cuatro. Me despedí y salí muy contento por haber llevado a buen fin el trabajo que se me había encomendado.
Un día saqué el pequeño envoltorio que me había dado Yana, no lo había abierto, no sé por qué. De pronto recordé ese video de Internet que se llama “el sueño del caracol”, en el que aparece una chica que se enamora de un dependiente de una tienda  de libros viejos y usados. Me sentí un poco ridículo al pensar que me podría pasar lo mismo que a la chica del cortometraje, a la que el dependiente-enamorado le escribía recados en el libro y ella no los abría; y el día que se decidía a invitarlo a salir le decían que había muerto el día anterior en un accidente de tráfico, entonces ella descubría en su habitación todos los mensajes que le había escrito el pobre chico en las primeras páginas de los libros que ella había comprado. Por esa razón arranqué el listón y luego el papel. Abrí el libro, había una pequeña dedicatoria que no decía nada especial. Hojeé el libro y me alegré mucho de no encontrar ninguna nota o recado escritos en ninguna página. Había pasado tanto tiempo que ya no recordaba que Yana me había recomendado leer el cuento número cuatro que es precisamente el de “El caso de la media de seda”, empecé a leer y cuando llegué a la cuarta narración me detuve porque  todas las imágenes olvidadas se despertaron en mi cabeza como monigotes danzarines, primero surgieron los rostros de mis ex alumnos y luego la cara de Yana y su voz diciéndome “ponga mucha atención en el cuarto”. Me dejé llevar por los recuerdos, pospuse la lectura y me fui a tomar un café para gozar de la sensación tan agradable que en ese momento alimentaba mi imaginación. Esa noche dormí muy bien.

El domingo por la mañana después de salir a dar un paseo y comprar el diario con el suplemento que me encanta, preparé el desayuno y me dispuse a leer la historia de Conan Doyle. Al comenzar estaba un poco inquieto, seguramente saben por qué, pero lo apasionante de la historia y la forma en que lo cuenta Watson me fueron atrapando y al ser prisionero de esa prosa tan sencilla pero tan interesante, me fui dejando conducir página por página. Estaba cautivado por la aventura. Si recuerdan, hay un momento en que Watson le pregunta a Sherlock Holmes por qué cada vez que atrapa al sospechoso de los crímenes de las jóvenes adolescentes estranguladas con una media de seda, le pide al gendarme de la comisaría que se le tomen las huellas digitales al hombre. Sherlock con su paciencia habitual e inteligencia, le explica al doctor Watson que lo hace porque tiene la sospecha de que son dos los asesinos, o al menos hay un asesino y un cómplice que es su gemelo. Para mi esta información fue suficiente, lo comprendí de inmediato. Se me apareció la imagen de Yana acomodándose el pelo y su frente limpia y blanca, luego la imagen de la otra Yana el penúltimo día con su agresividad, pero al volverse rápidamente vi su frente y noté una gran verruga color marrón, era un abultamiento que semejaba a una pasa clara. Ese día no le había puesto la atención que requería porque la actitud de  ella había hecho que yo me enfureciera, también. Ahora, con la ventaja de la lejanía en el tiempo y la impresión tan marcada que había dejado esa excrecencia en mi subconsciente podía decir con seguridad total que las dos Yanas se había burlado de mi, y no solo ellas, sino toda la clase. Es que era imposible que las risas que provocaban mis malos chistes estuvieran relacionadas con lo que yo decía, creo que más bien se reían de mí. Seguramente, les hacía mucha gracia que una Yana me tratara con mucho cariño y la otra, que ahora está claro que era su copia, me rechazara e insultara. Me imagino las carcajadas que habrán soltado el día que festejamos el fin del curso. Y me imagino las veces que le habrán contado a otros profesores lo que me hicieron a mí. Y, lo peor, me recuerdo yo mismo burlándome de los profesores que antes que yo habían sido víctimas de otras burlas. Que iluso fui. Así que queridos amigos, si algún día les toca dar clases, tengan mucho cuidado y pongan atención en lo que hacen y dicen los estudiantes, no sea que ya anden rondando en boca de todo mundo por las cafeterías sus imágenes ridiculizadas, aderezadas con humor y servidas con mucha burla y sarcasmo. 

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler






jueves, 26 de junio de 2014

Mis pensamientos "Greguerianos"


"El escritor es un Quijote romántico que no sabe cómo escribir en las aspas de los molinos."




"En el parto, un bebé asoma la cabeza para ver si alguien le espera y, después de que lo sacan, busca toda su vida la puerta de su primera casa."




"La tableta (y el Ipad) son la muestra de la gran evolución de un pequeño comprimido para el dolor de cabeza."




"Un lápiz es como una mujer, que cuando se pone un gorro rojo se preocupa mucho por la linea."




"Las lágrimas son el sudor amargo y triste de los ojos."



"El metro es una oruga gigante de acero que come gente, la apretuja y, luego, la desecha por toda la ciudad."




"El humor es al hombre lo que la demencia al mono, el primero se muere de risa y el segundo de loco se muere."




"La filosofía es esa tediosa y ociosa tarea de engalanar a los dioses y desnudar a los hombres."



"Un físico es un curioso que le va poniendo letreros, en alfabeto matemático, a todas las cosas."




"El amor es la prueba más contundente de que el hombre no es perfecto."




jueves, 12 de junio de 2014

El guardián de los recuerdos

Tenía la mente desgastada por los recuerdos. A diferencia de Borges, quien era capaz de recordarlo todo, este modesto hombre necesitaba rescatar constantemente sus remembranzas para que no desaparecieran por completo. A su avanzada edad el hábito de reconstruir los sucesos del pasado le había mermado las fuerzas.                                                                                                            
 Era un especialista en la clasificación y distribución de los acontecimientos más trascendentales e insignificantes de su vida. Todo empezó el día en el que lo llevaron a la clínica de natalidad para ver a su hermano menor y su madre lo llamó desde alta litera para que viera el rostro de su nuevo análogo en la familia. A Leonel  le pareció un amasijo de carne rosada con dos pequeños cristales de un verde brillante y un hoyo con una lengua y chimuelo cerca del pecho, no se cayó de la escalerilla por la que había subido, por puro milagro. Su madre le preguntó si estaba bien que le pusieran el nombre de Ricardo a la bola de carne y Leo asintió con un movimiento de la cabeza. Luego dejó las flores, que su padre le había encomendado, sobre el colchón y bajó con rapidez. Cuando Ricardo cumplió un año le preguntaron a Leo si se acordaba del día en que vio por primera vez a su hermanito y éste en lugar de responder salió corriendo al jardín para esconderse. 

¡Qué niño tan tímido!- dijo la tía Lola cuando vio lo ocurrido.-Él es así, muy impredecible, nunca sabes cómo va a reaccionar.                                                                                                                                              
Lo que no sabía la familia era que Leonel se había dado cuenta de que los recuerdos se podían revivir y eran tan agradables que valía la pena disfrutarlos en la intimidad dejándose llevar por esa tibia ola de la memoria que lo arrastraba a uno por el espacio y el tiempo para dejarlo en el momento en que había nacido la semilla del acontecimiento evocado. A partir de ese día se dio a la tarea de inventar un sistema que le permitiera conservar los recuerdos, así que cada vez que había algo que él consideraba digno de conservar en su memoria, cerraba los ojos y se decía en voz baja: 

“Esto es muy importante, ponlo en la balda de los recuerdos agradables”. 

Luego, aprendió a ordenar los recuerdos por su calidad: los agradables en la parte izquierda del cajón de la memoria, los desagradables en la derecha y los neutros en el centro. Sin embrago, surgieron sub clasificaciones y hubo que acrecentar el espacio de la memoria para los recuerdos individuales y colectivos, los de la infancia y la adolescencia, la juventud, la madurez y la vejez; los propios y los ajenos, los robados, los amorosos y de desengaño, hasta había una parte dedicada a los recuerdos ocultos o prohibidos. También, había una parte dedicada a los objetos que se relacionaban con alguna remembranza. 
Leo tenía una estantería muy grande llena de postales, juguetes, fotos y una gran cantidad de objetos variopintos que le permitían hacer sus viajes cotidianos al país de sus reminiscencias.                        
Leonel terminó la escuela, el bachillerato, la universidad y obtuvo varias especializaciones de posgrado. Tenía un buen empleo y ganaba lo suficiente para llevar una vida holgada. Cuando le preguntaban por qué un hombre con tan buena posición social y tan atractivo como él no se casaba, respondía que no quería que las obligaciones maritales le quitaran el placer de vivir para sus recuerdos. Se le ponía la piel de gallina al pensar que tendría que pasar horas enteras conversando con su mujer o cumpliendo sus caprichos, además no soportaba la idea de tener que dedicarles infinidad de tiempo a los niños cambiándoles los pañales, llevándolos a la escuela, leyéndoles libros antes de dormir, discutiendo con ellos en cuanto llegaran a la adolescencia y, sobre todo, que le quitaran el preciado tiempo que le dedicaba a sus archivos de la rememorización.   

Un día que estaba limpiando su habitación cogió un pequeño elefante de color naranja comprado por él en Delhi y trató de encontrar en su almacén mental de carpetas de los viajes memorables, el sitio, la persona y el lugar exacto donde había adquirido dicho souvenir. El resultado lo dejó frío porque no solo no recordó lo que deseaba, sino que tuvo un problema con el espacio del pasado y la concepción del tiempo de su memoria, fue un patinazo que se conoce como deja viu. Tenía la impresión de que ese acontecimiento lo había vivido ya, pero qué instante era real, el de limpiar el elefante o el de no poder recordar con exactitud el sitio, el día y la persona a quién le había comprado el pequeño paquidermo naranja. 
Se fue a la cocina y se preparó un café. Dejo de pensar dándole oportunidad a su mente de recuperar el camino correcto. Se tomó su bebida a pequeños sorbos y miró por la ventana sin pensar ni concentrarse en las imágenes que había detrás del cristal.
 Volvió a su repisa, cogió el elefante y lo miró como si tratara de hipnotizarlo, de nuevo el resultado fue erróneo. Se sentó en su butaca y sacó de la gaveta de su escritorio una caja con algunos diarios. Hojeó un cuaderno muy viejo y encontró la fecha del viaje a la India que había hecho en 1952, hacia más de medio siglo que había ido a visitar a un amigo de su universidad. En cuanto tuvo el hilillo para seguir la guía del viaje comenzaron a aparecer algunas escenas agradables, una de ellas era la conversación sobre la divinidad de las vacas y el momento en que su amigo le había dado una estatuilla, una reproducción de la diosa Kamadhenu o Lakshmi, que según decía, le traería buena suerte en el futuro, pero Leo la olvidó en el hotel y lo único que había conservado era ese elefante naranja. 
Leonel llegó a la conclusión de que era por esa confusión por la que había olvidado ese detalle. La duda lo sobrecogió y se fue a comprobar si no habría pasado lo mismo con otros recuerdos. Empezó a comparar las escenas grabadas en su cerebro con las notas que tenía acumuladas en su gran biblioteca de memorias. Notó rápidamente que algunas cosas habían sido alteradas y que de tanto recordarlas se habían convertido en otras cosas o se habían magnificado demasiado. ¿Cómo solucionar el problema? - se preguntaba.
Pasó varios meses poniendo orden los recuerdos en su cabeza pero el trabajo fue inútil. Cuando hubo terminado de revisar el uno por ciento de todo el contenido de su bagaje memorial, tiró todos los objetos al piso. Los nervios le ahuyentaron el sueño y la desesperación arrebatadora que lo había obligado a trabajar al principio, lo sumió en una profunda apatía. Trató de liberarse poco a poco de los recuerdos. Se fue quedando sin nada qué recordar, incluso los momentos más importantes de su vida se borraron con rapidez, su cuerpo fue olvidando sus funciones y cada vez le fue más difícil realizar las tareas más elementales. Cuando se quedó completamente inmóvil, unos doctores se acercaron a él y dijeron a modo de comentario: 

“Pobre hombre cómo ha quedado, primero el Alzheimer y luego la esclerosis múltiple”. -Qué le vamos a hacer, querido colega, ¿le parecen pocos noventa años?- Y se fueron al patio a fumar un cigarrillo y comentar los chismes y bulos más importantes de los últimos días.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler   





martes, 10 de junio de 2014

Relaciones peligrosas

Había una vez un lápiz que decidió ser un lápiz perfecto. Para lograr su objetivo se miraba en un espejo para cerciorarse de que estaba bien afeitado y cada vez que escribía algo le preguntaba a su dueña si lo había hecho bien. Cuando veía que las letras, dibujos o garabatos estaban borrosos o muy gruesos, se sacaba mucha punta para que su trabajo fuera fino en los dos sentidos: de calidad y menudo. En su esmero cotidiano encontraba satisfacción pero un día le asaltó la duda y creyó que el progreso que él veía era producto de su ego. Decidió relacionarse con la goma que era un poco vaga y distraída. Ésta, al descubrir los ideales de su amigo decidió esmerarse más en su trabajo y convertirse en su más fiel colaboradora, sin embargo, un día el destino los alcanzó y se quedaron uno sin punta y la otra sin amigo. ¿Cuál sería la moraleja? - se preguntaba la goma, pensando que habría pasado lo mismo si se hubieran hecho amigos el lapicero y el sacapuntas.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler