Escritura creativa

miércoles, 2 de julio de 2014

El no héroe.






I.                                     Tomando conciencia  


En definitiva es imposible que yo llegue a existir. He llegado a esa conclusión esta semana, puesto que nada de lo que era habitual se ha transformado, movido o desaparecido. Antes habían pasado cosas como esta, pero no se habían prolongado por mucho tiempo, sin embargo, esta vez me parece que es el final y que la historia a la que estaba destinado no llegará a su fin.

Fui creado como un hombre con carácter seductor y especialista en robarles el corazón a las mujeres, en cierto grado tenía que ser como don Juan Tenorio o Casanova, pero todo debía transcurrir en nuestra época, en dos ciudades modernas separadas por el océano. No eran, por supuesto, París y Buenos Aires para que no se asociaran con los trabajos de Cortázar, más bien eran dos megapolis muy diferentes como la ciudad de México y Moscú. 

Desde mi temprana juventud tenía la cualidad de agradarle a las mujeres. Podía permanecer entre ellas siendo testigo de sus confidencias sin que mi presencia las inmutara en lo más mínimo, era como si me vieran como a un hermano o a un amigo con el cual no tenían el más mínimo recato.

Esa confianza y aceptación en los círculos femeninos de la cual yo era el afortunado poseedor tendría que dejar una serie de experiencias primordiales para ser un buen seductor y yo lograba serlo en realidad. La primera prueba de lo dicho anteriormente quedó constatada cuando me hice amigo de dos compañeras de mi hermana menor, las cuales habían ido a nuestra casa para hacer un trabajo que tenían pendiente, y en el breve tiempo que tuve para relacionarme quedé ante ellas como el joven más sincero, comprensivo y atento que jamás habían conocido.

Como, al crearme, se había puesto en mis labios todo tipo de adulaciones, era muy difícil que alguien se pudiera negar a oír las cosas bellas con las que acostumbraba obnubilar a las representantes del sexo opuesto. Podía con un poco de empeño y dedicación convencer, incluso, a la chica más reacia, decente, mojigata o guapa para que se me entregara sin ninguna dificultad. Con el paso de los años mi experiencia y mi estrategia de seducción se hicieron infalibles. Podía desatar en el espíritu femenino pasiones que iban más allá de la simple necesidad de ser poseídas y satisfechas. Lo malo de todo esto, es que ese periodo duró apenas unos años porque después por algún motivo desconocido empecé a cambiar de una forma radical yendo en contra de los principios que, se suponía, debía tener muy bien arraigados. Fue cuando comencé a sospechar de la existencia de un ser exterior que me mangoneaba a su gusto sin tomar en consideración mi opinión.

II.                                  La inconformidad y crítica

Un día se tergiversó todo cuando estaba por seducir a una joven muy guapa de nombre Marina, una rusa extraordinaria, con una belleza producto de la mezcla de la sangre eslava, o en términos más exactos caucásica, con hemoglobina escita, del Oriente medio.

En el carácter de esa bella mujer estaban mezclados el gélido escepticismo siberiano con el apasionamiento de la raza árabe, era todo un reto conquistarla porque mi esencia de macho latino tenía al frente una gran prueba. 

A lo largo de mis aventuras se me había dotado del convencimiento y seguridad, cualidades que me hacían superar las deficiencias físicas, pues me habían engendrado como un hombre de estatura media, cabeza pelada a rape muy redonda, ojos saltones, moreno y fornido, lo que estaba muy lejos de semejarme a un Adonis, sin embargo, con mis dotes y mi gran inteligencia no encontraba ningún problema para obtener lo que deseara y a quién deseara.

Cuando la vi entrar a la exposición de pintura en la sala principal de la Casa del Artista en Moscú, sentí una atracción tan fuerte que no podía despegar mis ojos de su bella figura, la tela azul satinada de su vestido largo y su pelo negro de caireles recogidos le daba el toque de una diosa de la antigüedad. Alta, con gran porte y una mirada tiernamente salvaje dejaba petrificado al más atrevido de los hombres.

Vi por casualidad, un cuadro moderno en el que estaban representados Pigmalión y su estatua de Galatea y pensé que por alguna razón se había puesto en ese momento dicha obra, me vinieron a la mente esas famosas palabras de Antón Chejov que decía que si había un fusil en el escenario, entonces  tendrían que dispararlo. Lo mismo pasaba con este lienzo porque si había aparecido Galatea, yo tendría que ser como Pigmalión enamorándome de ella y deseándola hasta la muerte. Traté de recordar de qué forma le había implorado el rey de Chipre a Venus que le ayudara a convertir su sueño en realidad y cuando lo recordé los objetos habían cambiado de posición y de color.

Al acercarme a la nueva mujer azul noté que su belleza era banal y austera. Noté que mi traje, elegante hacía un momento, ahora era un poco viejo y que estaba arrugado y muy ajado. Me irritó que mi voz sonara diferente y que la tierna y maléfica mirada de mi primera desaparecida interlocutora Marina, fuera, ahora, la de un halcón hambriento mirando a su presa. No supe cómo reaccionar y me quedé parado junto a esta insípida y sosa dama con la mente en blanco. Pasó un instante demasiado largo, que sospecho sería de algunos días no de los normales sino literarios, hasta que pude articular una frase estúpida: ¿Ha notado el cambio de la luz?

No hubo respuesta, claro, y en ese instante comenzaron a desaparecer y aparecer, como por arte de magia, escenas, diálogos y personas desconocidas. Me sentía como en una presentación de diapositivas, las cuales se cambiaban a voluntad por alguien que estaba estropeando toda la secuencia de la historia. Pregunté en voz baja temiendo hacer el ridículo frente a los sujetos que me miraban en ese momento, pero no solo no hubo respuesta sino que mi voz ni siquiera se oyó.

Traté de conservar la calma y analizar la situación con más sangre fría.

Las siguientes ocasiones en que sucedían cosas incoherentes me tomé la molestia de apuntar en mi memoria todo lo que sucedía para poderlo analizar en los largos momentos en que me encontraba solo y no tenía que viajar o mantener conversaciones tontas con mujeres que carecían de atractivo tanto físico como intelectual.


III.                               El conflicto

Intenté de nuevo regresar a la sala de exposiciones y ponerle punto final a la escena con Marina y no con la mujer azulada, como la había llamado en el momento en que la vi con sus trapos baratos de tono turquesa, pero todo fue inútil porque no estaba ni Marina ni la mujer rapaz.  Luego, sucedieron infinidad de acontecimientos en los que me veía envuelto en relaciones pasionales y desengaños amorosos.

Muchas veces se repetían las escenas y las opiniones sobre una misma situación se expresaban desde diferentes puntos de vista. Por ejemplo, el encuentro que tuve en Madrid con una mujer sensual, misteriosa y desconocida en el salón de la rotonda del hotel Palace, fue criticado en principio desde la perspectiva, en primera persona, de un gran seductor en el que la experiencia con una espía de origen holandés le llevaba a descubrir los misterios eróticos de una sociedad secreta de cortesanas. Unas páginas después, el mismo suceso se apreciaba desde la perspectiva de un futuro muy lejano en el que el narrador desglosaba los sentimientos de cada uno de los partícipes de aquella ardiente noche de amor y yo, que había sido siempre un seductor de muy alta clase, comenzaba a quejarme  de mi desgracia en el amor y era presa de la depresión senil.

Hubo varios intentos más de ver ese encuentro como un designio divino, después desde el punto de vista de la mujer, luego la interpretación de un observador que había seguido con mucha atención a la pareja y había hecho sus propias deducciones  siguiendo un sistema complicado de deshilado del alma humana, otro aspecto que no dejó de admirarme fue la opinión del mismo Dalí que lucubraba con la posibilidad de pintar un cuadro que me representara de forma surrealista mostrando las partes más sensibles de mi integridad psíquica en el lecho de amor.

Todo ese proceso de alargamiento de la misma situación y las partes tan pesadas que seguían a cada capítulo me obligaron a pensar que mi creador tenía un problema físico que se reflejaba tanto en su carácter como en su forma de escribir.

Tuve la ligera sospecha de que se trataba del estreñimiento. ¿De qué tipo?- me pregunté.- No será solo físico, es probable que ese problema de atrición fuera también mental.

Comencé mis indagaciones repasando palabra por palabra las escenas que ya habían quedado escritas, entonces se encendió la luz y lo comprendí todo.

Comencé a cambiar los diálogos, los lugares de encuentro, mi aspecto exterior y mi forma de pensar. Cambié esas ideas huecas del erotismo como necesidad de reproducción y muerte para preservar la especie por algo realmente diabólico como lo que hacía el marqués de Sade o el inocente Gregorio de la Venus de las pieles, convertí a las inocentes ninfas de belleza angelical en prostitutas, mujeres de prominentes carnes apretujadas en vestidos estrechos y medias vulgares. Me esforcé por no repetir ni una sola de las palabras ya mencionadas con anterioridad, como resultado se produjo el colapso y comencé a oír su voz, su llanto y sus expresiones de desesperación.

IV.                               El final

 Con tanto escribir, reescribir, borrar y corregir el texto, mi inventor empezó a comunicarse conmigo. Fue entonces cuando le manifesté mi desacuerdo. El escuchaba con claridad mi voz y yo sentía a través de la tinta las condiciones en las que él se encontraba. Supe primero su nombre, era Cesar Martín Salomé. Tenía el hábito de fumar, tomaba mucho café, supuse que mantenía malas relaciones con la gente o simplemente era indiferente a los encuentros con las personas que lo rodeaban, comía mucha carne y nunca se negaba a ser seducido por los placeres del alcohol. Era un lector automatizado que no dejaba pasar ninguna novedad editorial. Tenía una amante que se preocupaba más por el dinero que por el placer que él le pudiera proporcionar y, bingo, padecía de estreñimiento desde hacía mucho tiempo.

Le propuse que cambiara su dieta, que se preocupara por comer más fruta, que evitara la carne y el pan en grandes cantidades, que hiciera un poco de ejercicio y que se comunicara con la gente. Todo fue inútil.

En una ocasión discutimos, un día literario entero, sobre el encuentro debajo de la vistosa rotonda del hotel madrileño con la misteriosa morena de ojos de zafiro. Le dije a Cesar que no estaba bien especular tanto con una situación tan elemental, que todo mundo tenía clarísimo que era una relación mortal por el calibre de los implicados, sin embargo a él no le interesó y por el contrario dijo que entre más se estirara el tema y se mirara como una situación imposible en el pasado, como una situación vista desde el futuro, como una situación paralela a otras relaciones que se sucedían en el mismo lugar, como la opinión del autor sobre las relaciones sentimentales de una pareja, incluso desde el punto de vista de un perro de porcelana que estaba envuelto y medio oculto entre los regalos de uno de los huéspedes que acababa de abandonar su habitación en el momento del encuentro.

No pude soportar más su negligencia y su verborrea sobre la para-literatura, la meta-literatura, la supra-literatura e infinidad de supuestos conceptos filosóficos que me terminaron por hartar.

De esa forma dejé de ser el personaje de la obra que quedó incompleta y paró en el fondo de la papelera.

No lamento lo sucedido, quizás sea mejor así. Por un lado, he tenido la fortuna de experimentar algunos sentimientos humanos y he gozado de la atención, cariño y odio de otros personajes. No saldré a la luz y me quedaré como el intento frustrado del señor Cesar Martín Salomé.

El mundo es muy pequeño y todos los caminos llevan a Roma, según dice un refrán de no sé quién, y si llego a tener suerte algún día, tal vez alguien me saque de aquí y me dé la oportunidad de convertirme en el héroe de una gran novela.


 


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martes, 1 de julio de 2014

La buena pasada

Ayer, cuando terminé de leer la novela corta  “El Caso de la Media de Seda” de Conan Doyle, tuve un pequeño ataque de risa, y no porque la novela se prestara a la diversión y comicidad, sino más bien porque la información reveladora que le abrió los ojos al doctor Watson, me los abrió también a mí. Para que me puedan entender, queridos amigos, es necesario que me remonte a tiempos pasados.
Todo comenzó hace más de un año cuando me pidieron que fuera a dar los martes y jueves un pequeño seminario sobre la enseñanza de lenguas extrajeras. Las sesiones serían veinte con duración de una hora y media cada una. Los participantes eran estudiantes de la universidad que estaban por concluir su carrera y necesitaban asesoramiento para escribir su tesis. El lugar que nos habían asignado para dicho cursillo era un auditorio no muy espacioso, con unas sillas incomodas sin paleta, la calefacción era un hornillo candente que nos hizo sudar desde la primera sesión. Había una pizarra muy blanca y pequeña, la iluminación era mala pero como nuestras clases eran por la mañana descorríamos las persianas para que entrara la luz del poco sol que salía esporádico.
Mis alumnos eran unos jóvenes muy alegres y tenían bastante interés en aprender lo poco que yo les podía enseñar. Entre los asistentes me llamó mucho la atención una jovencita muy guapa. Era menudita, llevaba siempre el pelo suelto, lo tenía castaño con unos ligeros tonos de caoba, su piel era blanquísima, lo que hacía que el carmín de su lápiz labial realzara de sobremanera sus estrechos labios. Se llamaba Zhana y, aunque no se parecía en nada, yo la asociaba con una intérprete y compositora de canciones folclóricas  rusas que me encantaba por el sentimiento con que interpretaba sus canciones y se le conocía como Yana o Zhana Bichevskaya.  Zhana, la de mi clase, se sentaba con Serguei y María, el primero tenía una memoria extraordinaria y un aspecto de chico travieso y muy pícaro, por el contario, María era una pesada que padecía de un alter ego insoportable, pero luego, después de culminar el curso, descubrí que era solo su actitud fingida para que la  percibiéramos así.
El curso fue avanzando y los temas fueron cada vez  más interesantes, al menos eso creía yo. Durante las sesiones se fue creando una serie de hábitos que nos hacían reír o sentir la pesadez del tiempo viciado y el bochorno del aula. De las cosas que no nos gustaban estaba la conducta de Masha que siempre quería tener la razón en todo, y aunque sus compañeros trataran de convencerla de lo contrario, ella no se bajaba de su burro y no daba su brazo a torcer. Había también, un chico muy introvertido que por más esfuerzos conjuntos que hiciéramos para ayudarle, no hilaba una frase completa. Hay que tomar en cuenta que el curso se daba en lengua extranjera y los conocimientos de unos y otros eran desiguales. El jovenzuelo se llamaba Pavel o Pasha, como le decíamos cariñosamente, y se trababa un poco al hablar. Nadie le faltaba al respeto pero había ocasiones en que se quedaba a media frase parloteando una silaba que alguien asociaba con algo obsceno o vulgar. Era por eso que estallaban las risas y la atmosfera del aula se volvía a refrescar. Los demás estudiantes eran bastante habituales y por su simpleza no los recuerdo tan bien como a estos que he mencionado. Los encuentros en la clase eran muy agradables porque la colaboración de todos hacia más dinámico el trabajo. Después de la tercera o cuarta clase noté algunas particularidades de Yana, una era que siempre iba con la misma ropa, el mismo calzado, el mismo peinado y el mismo bolso, a decir verdad no cambio su forma de vestir ni una sola ocasión durante todo el ciclo de sesiones. A parte de la ropa que nunca se mudaba, estaban los cambios tan notorios de personalidad, ese era el segundo aspecto y el más desconcertante de ella. Había ocasiones que llegaba de muy buen humor, sonreía, se relacionaba muy bien con todos, y sobre todo, trabajaba y hablaba muchísimo. Otras veces, era muy diferente, el cambio era tan radical que pensé que se debía a fuertes depresiones o problemas graves de índole psicológico tales como desdoblamiento de la personalidad, esquizofrenia u otro problema de ese tipo. Era sorprendente como se la podía ver un martes tan enérgica y vital, y un jueves apática e irrespetuosa. Yo me empecé a interesar por el asunto, traté de acercarme más a ella sentimentalmente, aparentando ser un consejero o un guía espiritual. Eso, por supuesto, no dio ningún resultado ya que la Yana comunicativa me hacía sentir que mi preocupación era infundada, y la Yana introvertida, burda y explosiva me rechazaba inmediatamente. La situación llegó a preocuparme tanto que me puse a leer artículos de psicología clínica que trataban sobre la doble personalidad, el desdoblamiento del alma y cosas semejantes. No obtuve ningún resultado, por el contrario fui yo el que se desconcertó más y si no hubiera sido por la brevedad del curso, tal vez hubiera sido yo el que se habría descompuesto de la cabeza y habría ido a parar al manicomio. Fui tratando de no poner atención en las transformaciones de mi alumna, empleé el artilugio de no mirarla más a los ojos, sin embargo los martes después de clase, ella misma venía hasta mi mesa a pedirme que le explicara algunos términos o que le recomendara algún artículo interesante sobre el tema que habíamos tratado en clase. Los jueves, ya se imaginaran, cuando llegaba con la lista de autores o fuentes de donde se podía obtener la información de los temas que me había pedido, Yana me los rechazaba y decía que ya no le interesaban, me miraba con rencor como si la estuviera acosando sexualmente y con una sola mirada me hacia enmudecer o palidecer y sonrojarme al mismo tiempo.
Un día se decidió hacer un pequeño festejo en el comedor del instituto, fuimos todos a celebrar el cumpleaños de dos compañeros quienes ya  habían conquistado y condicionado una mesa de la concurrida sala para nuestra celebración. Trajeron la tarta, cantamos el Cumpleaños Feliz, desentonado como es propio en estos casos, les deseamos las mejores cosas a los cumpleañeros, y cuando el ambiente se relajó un poco me vi rodeado de la compañía de Masha, Pavel y Yana, estaban los tres discutiendo sobre la influencia del inglés en otras lenguas, y sobre todo en los idiomas ruso y español. Pues aunque no lo crean, les decía yo, el ruso está de moda en todo el mundo y debería influir más en las otras lenguas, ya saben que las palabras Perestroika, Glasnost, Matrioshka, Sputnik, Chaika, Lada, Kalashnikov (aunque sea el nombre de un arma) se conocen en todos lados y no estaría mal que se conocieran otras palabras relacionadas con las aportaciones tecnológicas o de otro ámbito de la sociedad rusa. Trataba de hacerles entender que de alguna forma se debe intentar enriquecer el idioma natal con unos equivalentes de todos esos barbarismos que nos llegan de fuera. Les daba ejemplos de los que se hace en el español cuando te hieren el orgullo y te dicen que en tu lengua es imposible crear un término para chip, marketing, manager, etc. Mi argumento era que aunque resultara muy larga la palabra o la expresión que sustituía el extranjerismo, era mejor éste que dejar que se implantara la palabrota importada. Todos me echaron la bronca y por estar discutiendo en eso perdí la oportunidad de conversar más estrechamente con Yana, la cual ese día, estaba de muy buen humor y radiaba de alegría. Un poco antes de terminar la fiesta,  se habló de las bromas que le habían hecho a los profesores del instituto y, por lo que todos contaban, me di cuenta de que eran bastante traviesos y que se debía andar con los pies de plomo con ellos porque se podía caer en una situación bastante incómoda y ridícula. A parte de las jugarretas clásicas para burlarse del profe, este grupo de vándalos, incluía la tecnología o el refinamiento intelectual. Con la facilidad que se tiene ahora de obtener información sobre cualquier cosa, resulta peligroso tener una vida doble y no mantenerla completamente en el anonimato, porque si los alumnos te descubren en in fraganti,  una de estas jugarretas de mal gusto te puede costar el empleo o llevarse al traste tu buena reputación por más limpio que estés. Eso lo supe cuando se refirieron a una profesora que estaba saliendo con un alumno en plan de amigos y el muy tarado se había dejado olvidada una fotografía muy comprometedora en la que la profesora estaba en bañador y el dándole un beso en la mejilla. Alguien la escaneo y la arregló con un programa de fotografía digital de tal modo que se veían los dos desnudos, luego comenzó a enviársela por correo electrónico a todos los estudiantes de su grupo y cuando alguien decidió hacer una pancarta y pegarla en la puerta de entrada del comedor explotó la bomba, es decir, la bomba. Se destituyó a la profesora acusándola de acoso sexual de menores y se le imputaron al estudiante todo tipo de violaciones al reglamento interno de la institución, así los dos tuvieron que dejar el instituto para siempre.
Los siguientes días, y conforme me iba acercando a la culminación de mi trabajo, empecé a tener mis precauciones. Por fortuna, no pasaba nada y las cosas seguían igual que siempre.
Para terminar de una vez por todas con el misterio de Yana fui escribiendo mis observaciones y deducciones en un pequeño cuadernillo, creo que revisé y desarme la personalidad de Yana tantas veces que un psicoanalista se habría admirado de mis avances en materia de psicoanálisis, lo único era que todo eso no me decía nada a mí, y lo más lamentable era que ella lo sabía y jugaba conmigo desorientándome cada vez más. Llegó a tener verdaderos ataques de histeria y angustia que me desorientaban más de lo que ya estaba. Yo me sentía como un ratón que no sabe como escaparse de las garras del gato. Ella me ponía trampas, me envolvía con su encanto y luego me paraba de forma brutal con su rechazo, histeria y mal humor.
Cuando terminamos el penúltimo tema de nuestras prácticas, Yana me dijo que faltaría la siguiente clase y que vendría solo al final del curso para despedirse y saber la nota que le pondría. Al marcharse hizo un movimiento con la mano para acomodarse el pelo y dejó entre ver un poco su frente, como llevaba siempre un flequillo muy bien recortado era imposible verle esa parte de la cara porque tenía, además, el pelo muy espeso, por alguna razón no pude evitar mirar rápidamente esa parte de su cráneo. Ella me sonrió con mucha cordialidad y me dijo que le había gustado el tema de ese día y que iba a leer más al respecto, salió agitando la mano como los niños pequeños cuando se despiden.
Dos días después, llegué a la clase, abrí mi portafolios y dispuse el material para comenzar la proyección de unas láminas que mostraban muy bien unas estadísticas que me interesaba mucho que mis discípulos conocieran. Por pura curiosidad volteé hacia el pupitre o silla de Yana y confirmé lo que me había dicho, que no vendría- Pavel y Masha estaban muy serios y por la ausencia de su intermediaria Yana, ellos se mantenían un poco reservados simulando que todo seguía como siempre. A la hora de la pausa fui a comprar un café y me encontré por el camino a un buen amigo que hacía tiempo no veía. Comentamos los acontecimientos más importantes que nos habían acontecido en los últimos tres años y después, como ocurre regularmente en esos encuentros ocasionales, ya no sabíamos que preguntar y nos despedimos con la promesa de llamarnos o escribirnos pronto. Regresé al aula y entre, al principio no advertí que el lugar de Yana estaba ocupado, miré rápidamente y la saludé un poco sorprendido. Ahí estaba, con su pantalón a cuadros, sus botines de gamuza, su jersey de cuello alto y su bolso de cuero color rojo. Creía que no ibas a venir, Yana- le dije con una sonrisa maliciosa. Su reacción fue insólita, se acerco a mí, me miro con furia y me dijo que no había venido a clase sino que solo deseaba  dejarle un recado a María. Salió enfurecida, echando serpientes y culebras por la boca. Con mucha dificultad pude terminar la sesión de ese día, pues por un lado tenía la duda de no saber que le pasaba a Yana, y por otro, estaba de mala leche y con el deseo frustrado de no haberle gritado. Me estaba hartando de esa conducta infantil e inexplicable. Por suerte, el tiempo transcurrió más rápido de lo que yo esperaba y llegó el último día de nuestro curso. En realidad estaba cansado y un poco nervioso porque no sabía cómo reaccionaría en caso de que mi “querida” estudiante volviera a hacer alguna de sus demostraciones violentas.
En la última clase todo fue viento en popa, los alumnos participaron mucho y al final decidieron celebrar con un poco de bombones, fruta, tarta y vino tinto la culminación del “martirio” que les había implantado. Conversamos de todo, recordamos los mejores momentos de nuestro trabajo, brindamos y nos despedimos con el deseo ferviente de volver a encontrarnos en otra ocasión, aunque no fuera por causa de los estudios. Yo por mi parte prometí hacer todo lo posible para mantenerme en contacto con ellos a través del correo electrónico o alguna pagina de las redes sociales. Cuando ya tenía mis cosas preparadas para marcharme se acercó Yana sonriendo. Al verla así de animada y radiante  pensé que al menos me quedaría un buen recuerdo de ella, ya que la noche anterior había estado pensando en echarle en cara todo lo que me había desagradado de su conducta durante nuestros estudios. Me preguntó que si me gustaban las novelas policiacas. Yo le dije que sí, que era mi genero favorito. Ella sacó un pequeño objeto rectangular envuelto en papel para regalo y un listón ancho de color rojo muy intenso. Me lo entregó y me dijo que era una forma modesta de agradecer mi buen empeño durante el tiempo que habíamos compartido. Yo me sonrojé un poco y le di las gracias. Después me entregó una tarjeta firmada por todos los participantes y me aconsejó que pusiera mucha atención en el regalo. Yo le pregunté que si era un libro, ella afirmo con la cabeza, luego le insinué que si debía poner atención en algo especifico. Ella me miró con cariño y dijo que tenía que leer con atención el cuento número cuatro. Me despedí y salí muy contento por haber llevado a buen fin el trabajo que se me había encomendado.
Un día saqué el pequeño envoltorio que me había dado Yana, no lo había abierto, no sé por qué. De pronto recordé ese video de Internet que se llama “el sueño del caracol”, en el que aparece una chica que se enamora de un dependiente de una tienda  de libros viejos y usados. Me sentí un poco ridículo al pensar que me podría pasar lo mismo que a la chica del cortometraje, a la que el dependiente-enamorado le escribía recados en el libro y ella no los abría; y el día que se decidía a invitarlo a salir le decían que había muerto el día anterior en un accidente de tráfico, entonces ella descubría en su habitación todos los mensajes que le había escrito el pobre chico en las primeras páginas de los libros que ella había comprado. Por esa razón arranqué el listón y luego el papel. Abrí el libro, había una pequeña dedicatoria que no decía nada especial. Hojeé el libro y me alegré mucho de no encontrar ninguna nota o recado escritos en ninguna página. Había pasado tanto tiempo que ya no recordaba que Yana me había recomendado leer el cuento número cuatro que es precisamente el de “El caso de la media de seda”, empecé a leer y cuando llegué a la cuarta narración me detuve porque  todas las imágenes olvidadas se despertaron en mi cabeza como monigotes danzarines, primero surgieron los rostros de mis ex alumnos y luego la cara de Yana y su voz diciéndome “ponga mucha atención en el cuarto”. Me dejé llevar por los recuerdos, pospuse la lectura y me fui a tomar un café para gozar de la sensación tan agradable que en ese momento alimentaba mi imaginación. Esa noche dormí muy bien.

El domingo por la mañana después de salir a dar un paseo y comprar el diario con el suplemento que me encanta, preparé el desayuno y me dispuse a leer la historia de Conan Doyle. Al comenzar estaba un poco inquieto, seguramente saben por qué, pero lo apasionante de la historia y la forma en que lo cuenta Watson me fueron atrapando y al ser prisionero de esa prosa tan sencilla pero tan interesante, me fui dejando conducir página por página. Estaba cautivado por la aventura. Si recuerdan, hay un momento en que Watson le pregunta a Sherlock Holmes por qué cada vez que atrapa al sospechoso de los crímenes de las jóvenes adolescentes estranguladas con una media de seda, le pide al gendarme de la comisaría que se le tomen las huellas digitales al hombre. Sherlock con su paciencia habitual e inteligencia, le explica al doctor Watson que lo hace porque tiene la sospecha de que son dos los asesinos, o al menos hay un asesino y un cómplice que es su gemelo. Para mi esta información fue suficiente, lo comprendí de inmediato. Se me apareció la imagen de Yana acomodándose el pelo y su frente limpia y blanca, luego la imagen de la otra Yana el penúltimo día con su agresividad, pero al volverse rápidamente vi su frente y noté una gran verruga color marrón, era un abultamiento que semejaba a una pasa clara. Ese día no le había puesto la atención que requería porque la actitud de  ella había hecho que yo me enfureciera, también. Ahora, con la ventaja de la lejanía en el tiempo y la impresión tan marcada que había dejado esa excrecencia en mi subconsciente podía decir con seguridad total que las dos Yanas se había burlado de mi, y no solo ellas, sino toda la clase. Es que era imposible que las risas que provocaban mis malos chistes estuvieran relacionadas con lo que yo decía, creo que más bien se reían de mí. Seguramente, les hacía mucha gracia que una Yana me tratara con mucho cariño y la otra, que ahora está claro que era su copia, me rechazara e insultara. Me imagino las carcajadas que habrán soltado el día que festejamos el fin del curso. Y me imagino las veces que le habrán contado a otros profesores lo que me hicieron a mí. Y, lo peor, me recuerdo yo mismo burlándome de los profesores que antes que yo habían sido víctimas de otras burlas. Que iluso fui. Así que queridos amigos, si algún día les toca dar clases, tengan mucho cuidado y pongan atención en lo que hacen y dicen los estudiantes, no sea que ya anden rondando en boca de todo mundo por las cafeterías sus imágenes ridiculizadas, aderezadas con humor y servidas con mucha burla y sarcasmo. 

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler






jueves, 26 de junio de 2014

Mis pensamientos "Greguerianos"


"El escritor es un Quijote romántico que no sabe cómo escribir en las aspas de los molinos."




"En el parto, un bebé asoma la cabeza para ver si alguien le espera y, después de que lo sacan, busca toda su vida la puerta de su primera casa."




"La tableta (y el Ipad) son la muestra de la gran evolución de un pequeño comprimido para el dolor de cabeza."




"Un lápiz es como una mujer, que cuando se pone un gorro rojo se preocupa mucho por la linea."




"Las lágrimas son el sudor amargo y triste de los ojos."



"El metro es una oruga gigante de acero que come gente, la apretuja y, luego, la desecha por toda la ciudad."




"El humor es al hombre lo que la demencia al mono, el primero se muere de risa y el segundo de loco se muere."




"La filosofía es esa tediosa y ociosa tarea de engalanar a los dioses y desnudar a los hombres."



"Un físico es un curioso que le va poniendo letreros, en alfabeto matemático, a todas las cosas."




"El amor es la prueba más contundente de que el hombre no es perfecto."




jueves, 12 de junio de 2014

El guardián de los recuerdos

Tenía la mente desgastada por los recuerdos. A diferencia de Borges, quien era capaz de recordarlo todo, este modesto hombre necesitaba rescatar constantemente sus remembranzas para que no desaparecieran por completo. A su avanzada edad el hábito de reconstruir los sucesos del pasado le había mermado las fuerzas.                                                                                                            
 Era un especialista en la clasificación y distribución de los acontecimientos más trascendentales e insignificantes de su vida. Todo empezó el día en el que lo llevaron a la clínica de natalidad para ver a su hermano menor y su madre lo llamó desde alta litera para que viera el rostro de su nuevo análogo en la familia. A Leonel  le pareció un amasijo de carne rosada con dos pequeños cristales de un verde brillante y un hoyo con una lengua y chimuelo cerca del pecho, no se cayó de la escalerilla por la que había subido, por puro milagro. Su madre le preguntó si estaba bien que le pusieran el nombre de Ricardo a la bola de carne y Leo asintió con un movimiento de la cabeza. Luego dejó las flores, que su padre le había encomendado, sobre el colchón y bajó con rapidez. Cuando Ricardo cumplió un año le preguntaron a Leo si se acordaba del día en que vio por primera vez a su hermanito y éste en lugar de responder salió corriendo al jardín para esconderse. 

¡Qué niño tan tímido!- dijo la tía Lola cuando vio lo ocurrido.-Él es así, muy impredecible, nunca sabes cómo va a reaccionar.                                                                                                                                              
Lo que no sabía la familia era que Leonel se había dado cuenta de que los recuerdos se podían revivir y eran tan agradables que valía la pena disfrutarlos en la intimidad dejándose llevar por esa tibia ola de la memoria que lo arrastraba a uno por el espacio y el tiempo para dejarlo en el momento en que había nacido la semilla del acontecimiento evocado. A partir de ese día se dio a la tarea de inventar un sistema que le permitiera conservar los recuerdos, así que cada vez que había algo que él consideraba digno de conservar en su memoria, cerraba los ojos y se decía en voz baja: 

“Esto es muy importante, ponlo en la balda de los recuerdos agradables”. 

Luego, aprendió a ordenar los recuerdos por su calidad: los agradables en la parte izquierda del cajón de la memoria, los desagradables en la derecha y los neutros en el centro. Sin embrago, surgieron sub clasificaciones y hubo que acrecentar el espacio de la memoria para los recuerdos individuales y colectivos, los de la infancia y la adolescencia, la juventud, la madurez y la vejez; los propios y los ajenos, los robados, los amorosos y de desengaño, hasta había una parte dedicada a los recuerdos ocultos o prohibidos. También, había una parte dedicada a los objetos que se relacionaban con alguna remembranza. 
Leo tenía una estantería muy grande llena de postales, juguetes, fotos y una gran cantidad de objetos variopintos que le permitían hacer sus viajes cotidianos al país de sus reminiscencias.                        
Leonel terminó la escuela, el bachillerato, la universidad y obtuvo varias especializaciones de posgrado. Tenía un buen empleo y ganaba lo suficiente para llevar una vida holgada. Cuando le preguntaban por qué un hombre con tan buena posición social y tan atractivo como él no se casaba, respondía que no quería que las obligaciones maritales le quitaran el placer de vivir para sus recuerdos. Se le ponía la piel de gallina al pensar que tendría que pasar horas enteras conversando con su mujer o cumpliendo sus caprichos, además no soportaba la idea de tener que dedicarles infinidad de tiempo a los niños cambiándoles los pañales, llevándolos a la escuela, leyéndoles libros antes de dormir, discutiendo con ellos en cuanto llegaran a la adolescencia y, sobre todo, que le quitaran el preciado tiempo que le dedicaba a sus archivos de la rememorización.   

Un día que estaba limpiando su habitación cogió un pequeño elefante de color naranja comprado por él en Delhi y trató de encontrar en su almacén mental de carpetas de los viajes memorables, el sitio, la persona y el lugar exacto donde había adquirido dicho souvenir. El resultado lo dejó frío porque no solo no recordó lo que deseaba, sino que tuvo un problema con el espacio del pasado y la concepción del tiempo de su memoria, fue un patinazo que se conoce como deja viu. Tenía la impresión de que ese acontecimiento lo había vivido ya, pero qué instante era real, el de limpiar el elefante o el de no poder recordar con exactitud el sitio, el día y la persona a quién le había comprado el pequeño paquidermo naranja. 
Se fue a la cocina y se preparó un café. Dejo de pensar dándole oportunidad a su mente de recuperar el camino correcto. Se tomó su bebida a pequeños sorbos y miró por la ventana sin pensar ni concentrarse en las imágenes que había detrás del cristal.
 Volvió a su repisa, cogió el elefante y lo miró como si tratara de hipnotizarlo, de nuevo el resultado fue erróneo. Se sentó en su butaca y sacó de la gaveta de su escritorio una caja con algunos diarios. Hojeó un cuaderno muy viejo y encontró la fecha del viaje a la India que había hecho en 1952, hacia más de medio siglo que había ido a visitar a un amigo de su universidad. En cuanto tuvo el hilillo para seguir la guía del viaje comenzaron a aparecer algunas escenas agradables, una de ellas era la conversación sobre la divinidad de las vacas y el momento en que su amigo le había dado una estatuilla, una reproducción de la diosa Kamadhenu o Lakshmi, que según decía, le traería buena suerte en el futuro, pero Leo la olvidó en el hotel y lo único que había conservado era ese elefante naranja. 
Leonel llegó a la conclusión de que era por esa confusión por la que había olvidado ese detalle. La duda lo sobrecogió y se fue a comprobar si no habría pasado lo mismo con otros recuerdos. Empezó a comparar las escenas grabadas en su cerebro con las notas que tenía acumuladas en su gran biblioteca de memorias. Notó rápidamente que algunas cosas habían sido alteradas y que de tanto recordarlas se habían convertido en otras cosas o se habían magnificado demasiado. ¿Cómo solucionar el problema? - se preguntaba.
Pasó varios meses poniendo orden los recuerdos en su cabeza pero el trabajo fue inútil. Cuando hubo terminado de revisar el uno por ciento de todo el contenido de su bagaje memorial, tiró todos los objetos al piso. Los nervios le ahuyentaron el sueño y la desesperación arrebatadora que lo había obligado a trabajar al principio, lo sumió en una profunda apatía. Trató de liberarse poco a poco de los recuerdos. Se fue quedando sin nada qué recordar, incluso los momentos más importantes de su vida se borraron con rapidez, su cuerpo fue olvidando sus funciones y cada vez le fue más difícil realizar las tareas más elementales. Cuando se quedó completamente inmóvil, unos doctores se acercaron a él y dijeron a modo de comentario: 

“Pobre hombre cómo ha quedado, primero el Alzheimer y luego la esclerosis múltiple”. -Qué le vamos a hacer, querido colega, ¿le parecen pocos noventa años?- Y se fueron al patio a fumar un cigarrillo y comentar los chismes y bulos más importantes de los últimos días.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler   





martes, 10 de junio de 2014

Relaciones peligrosas

Había una vez un lápiz que decidió ser un lápiz perfecto. Para lograr su objetivo se miraba en un espejo para cerciorarse de que estaba bien afeitado y cada vez que escribía algo le preguntaba a su dueña si lo había hecho bien. Cuando veía que las letras, dibujos o garabatos estaban borrosos o muy gruesos, se sacaba mucha punta para que su trabajo fuera fino en los dos sentidos: de calidad y menudo. En su esmero cotidiano encontraba satisfacción pero un día le asaltó la duda y creyó que el progreso que él veía era producto de su ego. Decidió relacionarse con la goma que era un poco vaga y distraída. Ésta, al descubrir los ideales de su amigo decidió esmerarse más en su trabajo y convertirse en su más fiel colaboradora, sin embargo, un día el destino los alcanzó y se quedaron uno sin punta y la otra sin amigo. ¿Cuál sería la moraleja? - se preguntaba la goma, pensando que habría pasado lo mismo si se hubieran hecho amigos el lapicero y el sacapuntas.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler



miércoles, 28 de mayo de 2014

La boda


Trampero



En esta nueva era del con, entre, junto a y después de la literatura; intento escribir un cuento. Sin embargo, cuando lo empiezo estoy junto a Kafka, Poe, Maupassant o Chejov que me atosigan con consejos, mientras, la voz de Monterroso me apremia limitándome el espacio. Surgen divergencias y peleamos a grito abierto. Sartre dicta consignas que rechaza Camus, hasta Freud nos mira y toma notas. ¿Jung? Se ríe. De pronto, el importante personaje de mi historia comienza la narración, sin miramientos, de principio a fin, guarda el papel y nos deja tiesos, atorados y presos en la discusión.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


lunes, 26 de mayo de 2014

El artista retirado

Fue plasmando las palabras como lo hacía con las pinceladas: definiendo los detalles, dándole tonalidades a  las partes expuestas a la luz y ensombreciendo las zonas ofuscadas, su mano, que ya había escrito millones de garabatos cambió la perspectiva, el contraste, la composición por la abstracción de los signos. Logró hacer lo que no había logrado nunca: materializar sus ideas. Sin embargo, se decepcionó porque sus manuscritos expresaban más de lo que se podía mirar y sus cuadros menos de lo que quería imaginar. Fue por eso que dejo de soñar y, frustrado,  tiró su paleta con pincel y pluma.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


miércoles, 14 de mayo de 2014

Vindicar a Lada


Se sentía incomoda en la estrecha butaca en la que estaba sentada. Por causas adversas a su voluntad se encontraba ahí, sola y a la espera de que algo cambiara su destino. No tenía dinero para pagar el pasaje a ningún lado, por eso los anuncios de las salidas de los próximos autobuses la tenían sin cuidado y los viajeros que corrían o los que estaban sumidos en la eterna espera eran imágenes vagas a su derredor.

Tenía una sensación de ira frustrada y el sentimiento de odio se le mezclaba con el de la incertidumbre, lo que provocaba que estuviera sumida en su interior tratando de discernir la calidad de sus  emociones. No era la primera vez que tenía problemas, es más, había superado cosas peores en la vida, sin embargo esta vez era diferente. Era como si algo se hubiera germinado dentro de su vientre. Pensó que eso solo le habría podido pasar allí porque la tierra de la que provenía era estéril en este tipo de cosas. El frío brutal de los inviernos congela hasta el espíritu, sin embargo de este lado de la Tierra el calor daba pie al surgimiento de cosas desconocidas y fue así como surgió ese insoportable deseo de venganza.

Pasó toda la noche encajonada en su pequeño sitio, desconocía el idioma y no tenía ganas de hacer mimos para que le regalaran un café o le mendigaran un gesto de aliento y comprensión. Trató en vano de conciliar el sueño y solo logró sumirse en un sopor que la aisló del ruido y de la gente por algunos minutos.
En sus ratos de inconsciencia resurgió una imagen que estaba oculta por el velo del olvido y sintió el dolor moral de entonces. Otra vez, las ásperas manos de un obrero rudo la aprisionaron y la zarandearon, de nuevo sus piernas se llenaron de moretones y manchas rojas, y su bajo vientre quedó empapado de los fluidos irracionales del agresor animal. Habían pasado unos veinte años desde ese día, pero recordó que se había sentido más que humillada, desolada; abandonada  en las peripecias de la vida; indefensa e impotente, a pesar de la justicia celestial.
Al hacer un resumen de su existencia se dio cuenta de que la vida la había tratado igual que ese desconocido que al salir de la fábrica la vio y la ultrajó. Todas las cosas buenas o malas que había hecho le habían traído solo reproches, ya fueran ajenos o propios. Quiso llorar pero no encontró la fuerza suficiente.

Por la mañana, llegó Adolfo, todavía borracho y con una botella de cerveza en la mano. El guardia no lo dejó entrar a la estación de autobuses con la bebida y lo obligó a tirarla en un contenedor. Una vez que se deshizo del guardia se fue a buscar por las salas de espera  con la firme convicción de que Lada lo esperaba. No la encontró, pero en un descuido pisó una maleta a medio hacer y la reconoció. Era la misma que él había aventado al maletero de su coche la noche anterior. Levantó la vista y a lo lejos descubrió la figura de una mujer  clara y delgada muy conocida. Cogió la mochila y se fue hacía ella.

Cuando se encontraron se miraron con rencor, él le pidió disculpas por la escena de la noche anterior y la subió en vilo a su camioneta. Ella quería hablar pero estaba muda. Había perdido temporalmente el deseo de comunicarse, él en cambio, comenzó a justificarse y disculparse por las ofensas con las que la había atosigado.  
Lada pasó todo el día tirada en la cama, durmió profundamente y por la tarde despertó con una resaca moral y un sabor desagradable en la boca. Adolfo, que por alguna razón se sentía muy excitado,  le propuso que fueran a cenar y que tratara de olvidar la discusión. Le explicó que todo era producto del alcohol y que sentía realmente amor por ella, pero que él mismo no sabía cuál era la causa de sus estallidos de furia en los momentos de embriagues, le pidió apoyo y consejo.

Cenaron  en un lugar muy popular y concurrido. La alegría de las personas y la música romántica del trío que les dedicaba canciones a los comensales  lograron neutralizar la tensión que los mantenía separados. En un momento vieron enlazadas sus manos y el contacto de sus labios les devolvió la pasión. Decidieron ir a la playa al día siguiente. Pasaron la mañana tomando el sol, ella leyendo alguna novelita de la colección de libros de bolsillo y él razonando sobre su destino.

Adolfo tenía un carácter recio, sus conceptos estaban muy arraigados por la tradición. En su familia siempre había contado con el apoyo de su padre y, en algunos aspectos, había servido como ejemplo a sus hermanos. Tuvo la suerte de nacer con un sentido común para las ciencias, fue por eso que se dedicó al estudio de la física, obtuvo una beca para cursar una carrera en el extranjero y gozó del apoyo de personas influyentes en el campo de la investigación. El mismo se vanagloriaba de ser un erudito de las ciencias exactas y usaba ese recurso para intimidar a las personas que osaban contradecirle en algo. Para él era fundamental tener un papel que avalara la formación académica de la persona, en caso contrario, ésta perdía mérito  e importancia porque la falta de estudios, era sinónimo de fracaso, vagancia y mediocridad.

 Era insensible a los principios morales y espirituales de algunas personas. Su razonamiento práctico y experimental lo cegaba en el momento en que tenía que definir alguna cualidad emocional de sus amigos o las personas  que estimaba. Tal vez, lo desorientaba  no poder encontrar un teorema que descifrara con exactitud las razones por las cuales una mujer se entregara con abnegación en el  sexo para luego exigir con demasiada persistencia valores o compensaciones materiales. Otro aspecto que lo hacía dudar era el hecho de que sus amigos compartieran con él algunas ideas superfluas y lo contrariaran en las que él concebía como primordiales.  Creía que el amor era una serie de sentimientos que se debían expresar siempre, de forma incondicional y con sinceridad; que una persona que lo amara podía solventar los insultos durante una borrachera porque solo eran parte de un momento de demencia provocada por la bebida; y que la critica tan demoledora y ofensiva a la que sometía a sus interlocutores era solo una invitación al razonamiento. Que no se le entendiera lo sacaba de quicio y, luego, pasaba horas y horas dándole vueltas a las mismas ideas rancias.

Llegó el día de la partida de Lada a Europa, la acompañó a coger el avión y se despidieron con la esperanza de volver a encontrarse en la primera oportunidad que surgiera. En el momento del beso de despedida a ella le molestó un pequeño dolor en el  pecho, en cambio él sintió la misma satisfacción  del choque de su cuerpo contra la espalda desnuda  y sudorosa  de Lada en los momentos más trémulos de su enroscamiento corporal.

En varias ocasiones Adolfo la llamó para proponerle matrimonio y llevar una vida tranquila rodeados de hijos, cumpliendo con los deberes de la familia, gozando de un  hogar en una vida colmada de amor. Lada se negó y provocó que su pareja se viera acosada por una telaraña de dudas, resentimiento y remordimientos de conciencia.  No podía entender cómo una mujer con tanta necesidad y problemas económicos se negara a cambiar su precaria vida por una más lúcida y feliz. Lo tomó como algo en su contra, trató de aclararlo por teléfono pero al final comprendió que solo discutiéndolo cara a cara, sabría la verdad.

El error más grande que cometió fue coger un avión a Moscú en  vísperas de la Navidad porque esa decisión marcó el paso definitivo de la ruptura. Al llegar al aeropuerto le llamó a su móvil y le informó que se encontraba alojado en un hotel céntrico, que en la primera oportunidad que ella encontrara podía ir a visitarlo.
En esa época del año hay mucho regocijo en las casas y poco en las calles, a pesar de la alegría con que se engalanan los árboles, los centros comerciales  y las fachadas de los grandes edificios.  Los aposentos del arte, la música y la actuación permanecen cerrados. Además, conforme se acerca el Año Nuevo, la gente va perdiendo el deseo de salir de casa y encontrarse con los amigos. Los únicos indicios de vida son los centros comerciales o los restaurantes dónde se celebran las fiestas corporativas de algunas empresas, pero son los únicos sitios donde se notan los latidos de vida de la ciudad.

Adolfo era muy aficionado a la vida nocturna y la pasividad en la que se veía envuelto le aturdía. Había hecho un viaje de más de 15 horas en avión solo para estar metido en su habitación del hotel esperando que alguno de sus conocidos dejara sus compromisos familiares o laborales para reunirse con él. Llamó con insistencia a Lada, hasta que ésta cedió y llegó al hotel. El reencuentro fue más pasional y salvaje de lo que esperaban los dos. Estuvieron dos días seguidos sin darse tregua ni oportunidad de descanso. Cuando se liberó todo el deseo contenido que habían soportado algunos meses ya no tuvieron de que hablar y decidieron emprender una avanzada sobre la ciudad. 
Lo único que encontraron abierto fue un club en el que bellas modelos fracasadas bailaban striptease. Al entrar Adolfo se vio asaltado por una sensación de nostalgia, pero se apresuró a la barra del bar para pedir una botella de champán y mitigar los recuerdos. Con rostro impasible miró el espectáculo y se dedicó a colmar de atenciones a Lada que miraba con curiosidad las acrobacias de los cuerpos desnudos en el escenario.

A ella también le gustaba el baile y de hecho, trabajaba ejecutando danzas orientales en un restaurante de mediana calidad. Fue por eso que le llamó la atención una rubia que realizó su número con la gracia de una negra. A causa del estrecho espacio con que contaban los clientes en la barra, era necesario pedir disculpas o permiso de forma paulatina, de tal modo que la rubia de los velos al acercarse y pedirle una bebida al barman le plantó en plena cara los pechos a Adolfo, quien perdió el control, la abrazó y le sacó conversación. Lada aprovechó la situación para comentar algo sobre la capacidad que se debía tener no solo para bailar, sino sentir y expresar la sensualidad que despierta la música árabe tanto en el que oye como en el que baila.

Adolfo estaba muy a gusto con la charla y al notar que otras bailarinas reparaban su atención en él, dejó de tener reparos y volvió a ser como siempre. Sacó toda su hombría de macho conquistador, les metió mano a todas las mujeres que tuvo al alcance y se lució engalanandolas con los piropos más ingeniosos que conocía.

Tres horas después, ya en el hotel, Adolfo cometió de nuevo el error de dejarse llevar por su egoísmo y soberbia. Echó de nuevo a Lada de su habitación pero esta vez ella sabía que estaba en su terreno y salió con la fuerte convicción de volver para terminar la partida con una jugada magistral.

Liberada de la sensación de las falanges huesudas y frías de la vida, olvidó esa sensación de derrota y logró superar sus complejos. Llegó más allá de sus propios límites y comenzó a tejer la red en la que atraparía a su presa. No en balde había cogido ese embrión de tierra caliente y sabor picante. Ahora lo iba a usar para fulminar a su contrincante, sería la culminación de su tortura y marcaría el paso a la liberación total. Las manos ásperas y las contusiones del alma que la habían fustigado tanto desaparecerían pronto.

No tuvo que esperar mucho porque su presa fue directa al matadero con actitud inocente y franca.

Ya en México, Adolfo la llamó para disculparse por vez consecutiva y le pidió de favor que hiciera un pago por algunos miles de dólares a una empresa con la que él estaba haciendo unas transacciones comerciales. Lada, que terminó de elaborar su plan de venganza en ese momento, le ofreció su ayuda incondicional, le mintió diciéndole que también lo amaba y que estaba deseosa de verlo, que viajara a Moscú o que la invitara a México lo más pronto posible para unirse para siempre.

Surgió una nueva imagen de Lada. Aligerada de las penas que la habían opacado, con un rostro sonriente y la figura de su cuerpo mejor delineada se ganó las miradas de algunos transeúntes curiosos, incluso alguno le sacó conversación, pero Lada había cambiado, tenía los medios para embellecerse y darse el lujo de rechazar todas las proposiciones. Compró una cajetilla de cigarrilos y, aunque no fumaba, se dio el gusto de completar su aspecto de mujer fatal. Muy lejos de allí, en una ciudad del noroeste de los Estados Unidos Mexicanos había un hombre que seguía esperando noticias de su bailarina a quien estaba acostumbrado a sobajar y humillar, pero por desgracia la falta de pistas que pudieran ayudarle a encontrarla le había agriado el espíritu, su alma era un arbusto rebosante de espinas venenosas producto de la semilla de la vejación y los reproches de la conciencia.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler













miércoles, 7 de mayo de 2014

Dualidad Femenina


Cuando por fin se liberó de la opresión a la que había estado sometida durante algunos años, experimentó una extraña sensación de alivio provocada por la libertad. Pudo saborear de nuevo la vida, su ser sufría una transformación completa porque los pies se le aligeraban a cada paso, su cuerpo se sentía redimido, era como si la enorme coraza gris opaco que había llevado a cuestas día y noche, de pronto, se hubiera resquebrajado y estuviera cayéndose en pequeñas costras a su alrededor. Respiró profundamente y dejó que el aire tibio con olor a lluvia anegara sus pulmones, de su espalda se desplegaron dos enormes alas lepidópteras imaginarias y empezó a ascender.

Durante su vuelo recordó el primer día que se encontró con Nai Baf, quien apareció ante ella con una expresión abrupta de negociante Iraní y la miraba con asombro, deseo y mucha persistencia.
Por aquel entonces, ella era una simple estudiante de la universidad que tenía grandes planes en la vida pero avanzaba muy lentamente en el camino que se había trazado. Hasta ese momento se había dedicado sólo a cultivar su conocimiento y sentía, por intuición, que se estaba gestando la siguiente etapa de su existencia en la que un ser como Nai Baf, con su cara cuadrada, su pasividad y su andar lento y sigiloso, era fundamental para el cambio. Por esa razón,  se dejó seducir tan fácilmente y la poca resistencia que ofreció ante el inminente ataque sexual de su seductor fue solo un pequeño adorno en el juego erótico del amor.

 Él iba ataviado con elegancia, movía las grosas manos como si fueran monolitos, hablaba con mucha seguridad y ritmo firme, acompasado, rico en expresiones de alabanza y sumisión. La invitó a salir, le mostró cosas nuevas que excitaron su curiosidad. Al poco tiempo de salir juntos, ella se le entregó sin reticencia y Nai Baf le reveló los principios básicos que consideraba fundamentales para la vida de una pareja: “La mujer se entrega recibiendo”,-Le decía.

 En ocasiones, cuando él se quedaba eréctil pero estático, le preguntaba si sabía que el erotismo era la violencia generada por la necesidad de reproducirse;  que entre más durara el juego de la seducción, el deseo de posesión por parte del otro era más fuerte. Ella entendía las palabras, mas no así,  el significado. Lo que la convencía en su discernimiento era que las ideas de Nai se le enterraban en lo más profundo del corazón y germinaban confianza, sin embargo entre más certeza tenía de las cosas, más lentas se volvían  sus acciones.

Un día se sorprendió al descubrir que estaba tan impasible como Nai Baf, a pesar de que su cuerpo estaba desbordante de sudor y su corazón se agitaba como una hoja sacudida por el viento de una tormenta. Esto la desconcertó,  pero de nuevo vinieron las palabras de Nai en su ayuda para recordarle que la reproducción es el principio del final, que el procreador al originar a otro ser semejante, empieza su camino hacía otra vida, hacía otro mundo de dimensiones abstractas y superiores. Era feliz pero notaba que con el paso del tiempo se hacía cada vez más pasiva, lo que había ocasionado que su cuerpo se transformara, pero en lugar de ganar peso y ensancharse, había perdido lastre y se había moldeado con bellas  formas y envidiables proporciones, sin embargo esto no la había hecho más ágil, por el contrario se sentía más lenta e inactiva que nunca.

Avelith se esmeraba en el arreglo personal, pero a pesar de eso pasaba desapercibida ante los hombres y esto le causaba desagrado porque algo dentro de ella se removía y la cuestionaban su vanidad y amor propio. Aunque tenía una buena posición social, se relacionaba con personas importantes y su pareja era un hombre bastante influyente, algo no la terminaba de satisfacer.  Lo descubrió de forma inesperada y, por extraño que parezca, solo ella lo notó. Estaba en una fiesta, llevaba un hermoso vestido blanco con holanes y adornos de esmeralda para resaltar lo divino de sus ojos y su perfil afilado, de pronto se acercaron unas persona a conversar con ella y Nai Baf que se sentía un poco incomodo en un espacio tan extenso, se plantó junto a ella y sostuvo una conversación de alta conceptualización filosófica que aburrió muy pronto a los interlocutores.

El fenómeno que le causó tanto nerviosismo fue que en su vestido no se reflejaba la luz del sol y la única luminosidad provenía de las personas vestidas de color negro que la rodeaban. Era muy raro que la parte nívea de su elegante prenda fuera ensombrecida con un círculo de tizne oscuro cuando Nai, quien llevaba un traje de color muy claro, hacía contacto con ella. Se fijó en una mujer morena que estaba a su lado para saber si podía descubrir en sus ojos la desaprobación por la enorme mancha oscura, pero no había en ella más expresión que la del aburrimiento, entonces se le acercó y le susurró al oído la pregunta de si se le notaba mucho el oval gris, pero para su sorpresa, la mujer respondió que no había visto nunca un vestido tan blanco como el suyo. Intrigada por la duda probó cambiarse de posición y mirar el efecto que producía Nai en las otras personas y descubrió que a todos les opacaba los tonos de su vestimenta, pero que eso les pasaba desapercibido a los interlocutores y ella era la única que lo notaba. A partir de ese día era víctima de interminables controversias. 

Comenzó a sumergirse en la mentalidad de Nai Baf y descubrió que su prometido se encerraba en sus conceptos y era muy difícil motivarlo al cambio, además era imposible verlo improvisar algo, no daba ningún paso en falso y, lo más alarmante, tuvo conciencia de que era arrastrada hacía una vida encajonada en un reducido espacio de conceptos y conductas autómatas. En todos los aspectos Nai era un hombre ejemplar, puesto que había logrado amasar una pequeña fortuna, era sociable, metódico, amable y su aspecto firme influía en las personas tranquilizándolas, incluso se podría decir que las anestesiaba para que no sufrieran de preocupación, turbaciones  o estrés.
En ocasiones Avelith sentía un aroma terroso y húmedo que venía acompañado de una extraña palabra que oía en sus sueños.

 A veces veía la confusa figura de un hombre que le decía muy suavemente que se tenía que liberar del bombyx mori  buscando anís. Ella no comprendía nada en absoluto pero de forma inconsciente la inquietaba el licor matalahúva que era la única bebida alcoholica que podía ingerir y al final de cada comida se tomaba una copita o, a veces dos, para asentar los alimentos y favorecer la digestión.

Un día en un restaurante cuando se encontraba leyendo sintió la vibración fuerte de unas hélices invisibles, el aire la estremecía y le parecía que algún depredador de hembras la amenazaba. Buscó entre los clientes al que le producía semejante trastorno. Con una mirada amenazadora, protegida por unas gafas rojas, se fijó en un hombre larguirucho que la veía con demasiada insistencia. Él tenía una nariz ganchuda enorme y unos ojos hipnotizantes que ejercían sobre ella un efecto estresante, sin embargo tenía ganas de que él se le acercara y la envolviera en una conversación que ella presentía alegre, seductora  e interesante. No supo como se vio inmiscuida en una charla interesantísima llena de consejos, piropos y opiniones que jamás se había imaginado que pudieran despertarle tanto interés.

El hombre se llamaba Erías y era el modelo opuesto de Nai Baf porque mientras éste último era con ella cerrado, conservador, pasivo, terrenal y previsor; el otro se caracterizaba por ser antagónico a esas características. Pasaron una hora hablando de todo y al final quedaron de encontrarse una semana después.

 En los días siguientes fue muy duro soportar los ratos de intimidad con Nai porque estaba sedienta del placer que le prometía la vertiginosa y desconcertante vitalidad del otro. Mientras el pesado y pasivo Nai permanecía sobre ella durante una interminable cantidad de horas silenciosas, ella se imaginaba un galope violento, sudoroso y agitado con Erías, sin embargo al contener su excitación ocasionaba que su parte más sensible se contrajera formando un yugo que apresaba a Nai, quien por su parte experimentaba un placer creciente y delirante que lo estimulaba a inmovilizarse más. A pesar de la larga quietud de los  encuentros con Nai Baf, quedaba satisfecha porque se imaginaba con su futuro amante y ocultaba las sacudidas amancebadas de su bajo vientre en el estiramiento de su pareja.

El encuentro fue en un pequeño hotel de lujo. Ella llegó engalanada con un vestido amarillo con manchas naranja y un sombrero que hacía juego con los zapatos y el bolso. Él llevaba un traje verde olivo con tonos plateados. Se fueron a tomar un aperitivo y sin demorar el momento de la fusión se acostaron en el enorme aposento de la habitación. Las sábanas testificaron los giros vertiginosos de Erías, las volteretas y caricias que produjeron en Avelith un mareo sensual y ardor. Ella descubrió que había recobrado el movimiento, que la zanja en la que había permanecido con Nai, se abría y la luz del sol volvía a brillar. Brotaron dos enormes alas arrugadas en su espalda, luego se desplegaron grandiosas y al sentir la tibieza de la luz comenzaron a moverse, entonces ella desnuda de su coraza gris emprendió su primer vuelo en busca del polen de las flores, su probóscide se extendía y sus antenas le avisaron de la peligrosidad de Erías, por eso se precipitó hacia el cielo encontrando el aire fresco muy reconfortante, miraba el paisaje con tanta curiosidad que sus ojos se agrandaron y se hicieron compuestos.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler