Escritura creativa

martes, 1 de julio de 2014

La buena pasada

Ayer, cuando terminé de leer la novela corta  “El Caso de la Media de Seda” de Conan Doyle, tuve un pequeño ataque de risa, y no porque la novela se prestara a la diversión y comicidad, sino más bien porque la información reveladora que le abrió los ojos al doctor Watson, me los abrió también a mí. Para que me puedan entender, queridos amigos, es necesario que me remonte a tiempos pasados.
Todo comenzó hace más de un año cuando me pidieron que fuera a dar los martes y jueves un pequeño seminario sobre la enseñanza de lenguas extrajeras. Las sesiones serían veinte con duración de una hora y media cada una. Los participantes eran estudiantes de la universidad que estaban por concluir su carrera y necesitaban asesoramiento para escribir su tesis. El lugar que nos habían asignado para dicho cursillo era un auditorio no muy espacioso, con unas sillas incomodas sin paleta, la calefacción era un hornillo candente que nos hizo sudar desde la primera sesión. Había una pizarra muy blanca y pequeña, la iluminación era mala pero como nuestras clases eran por la mañana descorríamos las persianas para que entrara la luz del poco sol que salía esporádico.
Mis alumnos eran unos jóvenes muy alegres y tenían bastante interés en aprender lo poco que yo les podía enseñar. Entre los asistentes me llamó mucho la atención una jovencita muy guapa. Era menudita, llevaba siempre el pelo suelto, lo tenía castaño con unos ligeros tonos de caoba, su piel era blanquísima, lo que hacía que el carmín de su lápiz labial realzara de sobremanera sus estrechos labios. Se llamaba Zhana y, aunque no se parecía en nada, yo la asociaba con una intérprete y compositora de canciones folclóricas  rusas que me encantaba por el sentimiento con que interpretaba sus canciones y se le conocía como Yana o Zhana Bichevskaya.  Zhana, la de mi clase, se sentaba con Serguei y María, el primero tenía una memoria extraordinaria y un aspecto de chico travieso y muy pícaro, por el contario, María era una pesada que padecía de un alter ego insoportable, pero luego, después de culminar el curso, descubrí que era solo su actitud fingida para que la  percibiéramos así.
El curso fue avanzando y los temas fueron cada vez  más interesantes, al menos eso creía yo. Durante las sesiones se fue creando una serie de hábitos que nos hacían reír o sentir la pesadez del tiempo viciado y el bochorno del aula. De las cosas que no nos gustaban estaba la conducta de Masha que siempre quería tener la razón en todo, y aunque sus compañeros trataran de convencerla de lo contrario, ella no se bajaba de su burro y no daba su brazo a torcer. Había también, un chico muy introvertido que por más esfuerzos conjuntos que hiciéramos para ayudarle, no hilaba una frase completa. Hay que tomar en cuenta que el curso se daba en lengua extranjera y los conocimientos de unos y otros eran desiguales. El jovenzuelo se llamaba Pavel o Pasha, como le decíamos cariñosamente, y se trababa un poco al hablar. Nadie le faltaba al respeto pero había ocasiones en que se quedaba a media frase parloteando una silaba que alguien asociaba con algo obsceno o vulgar. Era por eso que estallaban las risas y la atmosfera del aula se volvía a refrescar. Los demás estudiantes eran bastante habituales y por su simpleza no los recuerdo tan bien como a estos que he mencionado. Los encuentros en la clase eran muy agradables porque la colaboración de todos hacia más dinámico el trabajo. Después de la tercera o cuarta clase noté algunas particularidades de Yana, una era que siempre iba con la misma ropa, el mismo calzado, el mismo peinado y el mismo bolso, a decir verdad no cambio su forma de vestir ni una sola ocasión durante todo el ciclo de sesiones. A parte de la ropa que nunca se mudaba, estaban los cambios tan notorios de personalidad, ese era el segundo aspecto y el más desconcertante de ella. Había ocasiones que llegaba de muy buen humor, sonreía, se relacionaba muy bien con todos, y sobre todo, trabajaba y hablaba muchísimo. Otras veces, era muy diferente, el cambio era tan radical que pensé que se debía a fuertes depresiones o problemas graves de índole psicológico tales como desdoblamiento de la personalidad, esquizofrenia u otro problema de ese tipo. Era sorprendente como se la podía ver un martes tan enérgica y vital, y un jueves apática e irrespetuosa. Yo me empecé a interesar por el asunto, traté de acercarme más a ella sentimentalmente, aparentando ser un consejero o un guía espiritual. Eso, por supuesto, no dio ningún resultado ya que la Yana comunicativa me hacía sentir que mi preocupación era infundada, y la Yana introvertida, burda y explosiva me rechazaba inmediatamente. La situación llegó a preocuparme tanto que me puse a leer artículos de psicología clínica que trataban sobre la doble personalidad, el desdoblamiento del alma y cosas semejantes. No obtuve ningún resultado, por el contrario fui yo el que se desconcertó más y si no hubiera sido por la brevedad del curso, tal vez hubiera sido yo el que se habría descompuesto de la cabeza y habría ido a parar al manicomio. Fui tratando de no poner atención en las transformaciones de mi alumna, empleé el artilugio de no mirarla más a los ojos, sin embargo los martes después de clase, ella misma venía hasta mi mesa a pedirme que le explicara algunos términos o que le recomendara algún artículo interesante sobre el tema que habíamos tratado en clase. Los jueves, ya se imaginaran, cuando llegaba con la lista de autores o fuentes de donde se podía obtener la información de los temas que me había pedido, Yana me los rechazaba y decía que ya no le interesaban, me miraba con rencor como si la estuviera acosando sexualmente y con una sola mirada me hacia enmudecer o palidecer y sonrojarme al mismo tiempo.
Un día se decidió hacer un pequeño festejo en el comedor del instituto, fuimos todos a celebrar el cumpleaños de dos compañeros quienes ya  habían conquistado y condicionado una mesa de la concurrida sala para nuestra celebración. Trajeron la tarta, cantamos el Cumpleaños Feliz, desentonado como es propio en estos casos, les deseamos las mejores cosas a los cumpleañeros, y cuando el ambiente se relajó un poco me vi rodeado de la compañía de Masha, Pavel y Yana, estaban los tres discutiendo sobre la influencia del inglés en otras lenguas, y sobre todo en los idiomas ruso y español. Pues aunque no lo crean, les decía yo, el ruso está de moda en todo el mundo y debería influir más en las otras lenguas, ya saben que las palabras Perestroika, Glasnost, Matrioshka, Sputnik, Chaika, Lada, Kalashnikov (aunque sea el nombre de un arma) se conocen en todos lados y no estaría mal que se conocieran otras palabras relacionadas con las aportaciones tecnológicas o de otro ámbito de la sociedad rusa. Trataba de hacerles entender que de alguna forma se debe intentar enriquecer el idioma natal con unos equivalentes de todos esos barbarismos que nos llegan de fuera. Les daba ejemplos de los que se hace en el español cuando te hieren el orgullo y te dicen que en tu lengua es imposible crear un término para chip, marketing, manager, etc. Mi argumento era que aunque resultara muy larga la palabra o la expresión que sustituía el extranjerismo, era mejor éste que dejar que se implantara la palabrota importada. Todos me echaron la bronca y por estar discutiendo en eso perdí la oportunidad de conversar más estrechamente con Yana, la cual ese día, estaba de muy buen humor y radiaba de alegría. Un poco antes de terminar la fiesta,  se habló de las bromas que le habían hecho a los profesores del instituto y, por lo que todos contaban, me di cuenta de que eran bastante traviesos y que se debía andar con los pies de plomo con ellos porque se podía caer en una situación bastante incómoda y ridícula. A parte de las jugarretas clásicas para burlarse del profe, este grupo de vándalos, incluía la tecnología o el refinamiento intelectual. Con la facilidad que se tiene ahora de obtener información sobre cualquier cosa, resulta peligroso tener una vida doble y no mantenerla completamente en el anonimato, porque si los alumnos te descubren en in fraganti,  una de estas jugarretas de mal gusto te puede costar el empleo o llevarse al traste tu buena reputación por más limpio que estés. Eso lo supe cuando se refirieron a una profesora que estaba saliendo con un alumno en plan de amigos y el muy tarado se había dejado olvidada una fotografía muy comprometedora en la que la profesora estaba en bañador y el dándole un beso en la mejilla. Alguien la escaneo y la arregló con un programa de fotografía digital de tal modo que se veían los dos desnudos, luego comenzó a enviársela por correo electrónico a todos los estudiantes de su grupo y cuando alguien decidió hacer una pancarta y pegarla en la puerta de entrada del comedor explotó la bomba, es decir, la bomba. Se destituyó a la profesora acusándola de acoso sexual de menores y se le imputaron al estudiante todo tipo de violaciones al reglamento interno de la institución, así los dos tuvieron que dejar el instituto para siempre.
Los siguientes días, y conforme me iba acercando a la culminación de mi trabajo, empecé a tener mis precauciones. Por fortuna, no pasaba nada y las cosas seguían igual que siempre.
Para terminar de una vez por todas con el misterio de Yana fui escribiendo mis observaciones y deducciones en un pequeño cuadernillo, creo que revisé y desarme la personalidad de Yana tantas veces que un psicoanalista se habría admirado de mis avances en materia de psicoanálisis, lo único era que todo eso no me decía nada a mí, y lo más lamentable era que ella lo sabía y jugaba conmigo desorientándome cada vez más. Llegó a tener verdaderos ataques de histeria y angustia que me desorientaban más de lo que ya estaba. Yo me sentía como un ratón que no sabe como escaparse de las garras del gato. Ella me ponía trampas, me envolvía con su encanto y luego me paraba de forma brutal con su rechazo, histeria y mal humor.
Cuando terminamos el penúltimo tema de nuestras prácticas, Yana me dijo que faltaría la siguiente clase y que vendría solo al final del curso para despedirse y saber la nota que le pondría. Al marcharse hizo un movimiento con la mano para acomodarse el pelo y dejó entre ver un poco su frente, como llevaba siempre un flequillo muy bien recortado era imposible verle esa parte de la cara porque tenía, además, el pelo muy espeso, por alguna razón no pude evitar mirar rápidamente esa parte de su cráneo. Ella me sonrió con mucha cordialidad y me dijo que le había gustado el tema de ese día y que iba a leer más al respecto, salió agitando la mano como los niños pequeños cuando se despiden.
Dos días después, llegué a la clase, abrí mi portafolios y dispuse el material para comenzar la proyección de unas láminas que mostraban muy bien unas estadísticas que me interesaba mucho que mis discípulos conocieran. Por pura curiosidad volteé hacia el pupitre o silla de Yana y confirmé lo que me había dicho, que no vendría- Pavel y Masha estaban muy serios y por la ausencia de su intermediaria Yana, ellos se mantenían un poco reservados simulando que todo seguía como siempre. A la hora de la pausa fui a comprar un café y me encontré por el camino a un buen amigo que hacía tiempo no veía. Comentamos los acontecimientos más importantes que nos habían acontecido en los últimos tres años y después, como ocurre regularmente en esos encuentros ocasionales, ya no sabíamos que preguntar y nos despedimos con la promesa de llamarnos o escribirnos pronto. Regresé al aula y entre, al principio no advertí que el lugar de Yana estaba ocupado, miré rápidamente y la saludé un poco sorprendido. Ahí estaba, con su pantalón a cuadros, sus botines de gamuza, su jersey de cuello alto y su bolso de cuero color rojo. Creía que no ibas a venir, Yana- le dije con una sonrisa maliciosa. Su reacción fue insólita, se acerco a mí, me miro con furia y me dijo que no había venido a clase sino que solo deseaba  dejarle un recado a María. Salió enfurecida, echando serpientes y culebras por la boca. Con mucha dificultad pude terminar la sesión de ese día, pues por un lado tenía la duda de no saber que le pasaba a Yana, y por otro, estaba de mala leche y con el deseo frustrado de no haberle gritado. Me estaba hartando de esa conducta infantil e inexplicable. Por suerte, el tiempo transcurrió más rápido de lo que yo esperaba y llegó el último día de nuestro curso. En realidad estaba cansado y un poco nervioso porque no sabía cómo reaccionaría en caso de que mi “querida” estudiante volviera a hacer alguna de sus demostraciones violentas.
En la última clase todo fue viento en popa, los alumnos participaron mucho y al final decidieron celebrar con un poco de bombones, fruta, tarta y vino tinto la culminación del “martirio” que les había implantado. Conversamos de todo, recordamos los mejores momentos de nuestro trabajo, brindamos y nos despedimos con el deseo ferviente de volver a encontrarnos en otra ocasión, aunque no fuera por causa de los estudios. Yo por mi parte prometí hacer todo lo posible para mantenerme en contacto con ellos a través del correo electrónico o alguna pagina de las redes sociales. Cuando ya tenía mis cosas preparadas para marcharme se acercó Yana sonriendo. Al verla así de animada y radiante  pensé que al menos me quedaría un buen recuerdo de ella, ya que la noche anterior había estado pensando en echarle en cara todo lo que me había desagradado de su conducta durante nuestros estudios. Me preguntó que si me gustaban las novelas policiacas. Yo le dije que sí, que era mi genero favorito. Ella sacó un pequeño objeto rectangular envuelto en papel para regalo y un listón ancho de color rojo muy intenso. Me lo entregó y me dijo que era una forma modesta de agradecer mi buen empeño durante el tiempo que habíamos compartido. Yo me sonrojé un poco y le di las gracias. Después me entregó una tarjeta firmada por todos los participantes y me aconsejó que pusiera mucha atención en el regalo. Yo le pregunté que si era un libro, ella afirmo con la cabeza, luego le insinué que si debía poner atención en algo especifico. Ella me miró con cariño y dijo que tenía que leer con atención el cuento número cuatro. Me despedí y salí muy contento por haber llevado a buen fin el trabajo que se me había encomendado.
Un día saqué el pequeño envoltorio que me había dado Yana, no lo había abierto, no sé por qué. De pronto recordé ese video de Internet que se llama “el sueño del caracol”, en el que aparece una chica que se enamora de un dependiente de una tienda  de libros viejos y usados. Me sentí un poco ridículo al pensar que me podría pasar lo mismo que a la chica del cortometraje, a la que el dependiente-enamorado le escribía recados en el libro y ella no los abría; y el día que se decidía a invitarlo a salir le decían que había muerto el día anterior en un accidente de tráfico, entonces ella descubría en su habitación todos los mensajes que le había escrito el pobre chico en las primeras páginas de los libros que ella había comprado. Por esa razón arranqué el listón y luego el papel. Abrí el libro, había una pequeña dedicatoria que no decía nada especial. Hojeé el libro y me alegré mucho de no encontrar ninguna nota o recado escritos en ninguna página. Había pasado tanto tiempo que ya no recordaba que Yana me había recomendado leer el cuento número cuatro que es precisamente el de “El caso de la media de seda”, empecé a leer y cuando llegué a la cuarta narración me detuve porque  todas las imágenes olvidadas se despertaron en mi cabeza como monigotes danzarines, primero surgieron los rostros de mis ex alumnos y luego la cara de Yana y su voz diciéndome “ponga mucha atención en el cuarto”. Me dejé llevar por los recuerdos, pospuse la lectura y me fui a tomar un café para gozar de la sensación tan agradable que en ese momento alimentaba mi imaginación. Esa noche dormí muy bien.

El domingo por la mañana después de salir a dar un paseo y comprar el diario con el suplemento que me encanta, preparé el desayuno y me dispuse a leer la historia de Conan Doyle. Al comenzar estaba un poco inquieto, seguramente saben por qué, pero lo apasionante de la historia y la forma en que lo cuenta Watson me fueron atrapando y al ser prisionero de esa prosa tan sencilla pero tan interesante, me fui dejando conducir página por página. Estaba cautivado por la aventura. Si recuerdan, hay un momento en que Watson le pregunta a Sherlock Holmes por qué cada vez que atrapa al sospechoso de los crímenes de las jóvenes adolescentes estranguladas con una media de seda, le pide al gendarme de la comisaría que se le tomen las huellas digitales al hombre. Sherlock con su paciencia habitual e inteligencia, le explica al doctor Watson que lo hace porque tiene la sospecha de que son dos los asesinos, o al menos hay un asesino y un cómplice que es su gemelo. Para mi esta información fue suficiente, lo comprendí de inmediato. Se me apareció la imagen de Yana acomodándose el pelo y su frente limpia y blanca, luego la imagen de la otra Yana el penúltimo día con su agresividad, pero al volverse rápidamente vi su frente y noté una gran verruga color marrón, era un abultamiento que semejaba a una pasa clara. Ese día no le había puesto la atención que requería porque la actitud de  ella había hecho que yo me enfureciera, también. Ahora, con la ventaja de la lejanía en el tiempo y la impresión tan marcada que había dejado esa excrecencia en mi subconsciente podía decir con seguridad total que las dos Yanas se había burlado de mi, y no solo ellas, sino toda la clase. Es que era imposible que las risas que provocaban mis malos chistes estuvieran relacionadas con lo que yo decía, creo que más bien se reían de mí. Seguramente, les hacía mucha gracia que una Yana me tratara con mucho cariño y la otra, que ahora está claro que era su copia, me rechazara e insultara. Me imagino las carcajadas que habrán soltado el día que festejamos el fin del curso. Y me imagino las veces que le habrán contado a otros profesores lo que me hicieron a mí. Y, lo peor, me recuerdo yo mismo burlándome de los profesores que antes que yo habían sido víctimas de otras burlas. Que iluso fui. Así que queridos amigos, si algún día les toca dar clases, tengan mucho cuidado y pongan atención en lo que hacen y dicen los estudiantes, no sea que ya anden rondando en boca de todo mundo por las cafeterías sus imágenes ridiculizadas, aderezadas con humor y servidas con mucha burla y sarcasmo. 

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler






jueves, 26 de junio de 2014

Mis pensamientos "Greguerianos"


"El escritor es un Quijote romántico que no sabe cómo escribir en las aspas de los molinos."




"En el parto, un bebé asoma la cabeza para ver si alguien le espera y, después de que lo sacan, busca toda su vida la puerta de su primera casa."




"La tableta (y el Ipad) son la muestra de la gran evolución de un pequeño comprimido para el dolor de cabeza."




"Un lápiz es como una mujer, que cuando se pone un gorro rojo se preocupa mucho por la linea."




"Las lágrimas son el sudor amargo y triste de los ojos."



"El metro es una oruga gigante de acero que come gente, la apretuja y, luego, la desecha por toda la ciudad."




"El humor es al hombre lo que la demencia al mono, el primero se muere de risa y el segundo de loco se muere."




"La filosofía es esa tediosa y ociosa tarea de engalanar a los dioses y desnudar a los hombres."



"Un físico es un curioso que le va poniendo letreros, en alfabeto matemático, a todas las cosas."




"El amor es la prueba más contundente de que el hombre no es perfecto."




jueves, 12 de junio de 2014

El guardián de los recuerdos

Tenía la mente desgastada por los recuerdos. A diferencia de Borges, quien era capaz de recordarlo todo, este modesto hombre necesitaba rescatar constantemente sus remembranzas para que no desaparecieran por completo. A su avanzada edad el hábito de reconstruir los sucesos del pasado le había mermado las fuerzas.                                                                                                            
 Era un especialista en la clasificación y distribución de los acontecimientos más trascendentales e insignificantes de su vida. Todo empezó el día en el que lo llevaron a la clínica de natalidad para ver a su hermano menor y su madre lo llamó desde alta litera para que viera el rostro de su nuevo análogo en la familia. A Leonel  le pareció un amasijo de carne rosada con dos pequeños cristales de un verde brillante y un hoyo con una lengua y chimuelo cerca del pecho, no se cayó de la escalerilla por la que había subido, por puro milagro. Su madre le preguntó si estaba bien que le pusieran el nombre de Ricardo a la bola de carne y Leo asintió con un movimiento de la cabeza. Luego dejó las flores, que su padre le había encomendado, sobre el colchón y bajó con rapidez. Cuando Ricardo cumplió un año le preguntaron a Leo si se acordaba del día en que vio por primera vez a su hermanito y éste en lugar de responder salió corriendo al jardín para esconderse. 

¡Qué niño tan tímido!- dijo la tía Lola cuando vio lo ocurrido.-Él es así, muy impredecible, nunca sabes cómo va a reaccionar.                                                                                                                                              
Lo que no sabía la familia era que Leonel se había dado cuenta de que los recuerdos se podían revivir y eran tan agradables que valía la pena disfrutarlos en la intimidad dejándose llevar por esa tibia ola de la memoria que lo arrastraba a uno por el espacio y el tiempo para dejarlo en el momento en que había nacido la semilla del acontecimiento evocado. A partir de ese día se dio a la tarea de inventar un sistema que le permitiera conservar los recuerdos, así que cada vez que había algo que él consideraba digno de conservar en su memoria, cerraba los ojos y se decía en voz baja: 

“Esto es muy importante, ponlo en la balda de los recuerdos agradables”. 

Luego, aprendió a ordenar los recuerdos por su calidad: los agradables en la parte izquierda del cajón de la memoria, los desagradables en la derecha y los neutros en el centro. Sin embrago, surgieron sub clasificaciones y hubo que acrecentar el espacio de la memoria para los recuerdos individuales y colectivos, los de la infancia y la adolescencia, la juventud, la madurez y la vejez; los propios y los ajenos, los robados, los amorosos y de desengaño, hasta había una parte dedicada a los recuerdos ocultos o prohibidos. También, había una parte dedicada a los objetos que se relacionaban con alguna remembranza. 
Leo tenía una estantería muy grande llena de postales, juguetes, fotos y una gran cantidad de objetos variopintos que le permitían hacer sus viajes cotidianos al país de sus reminiscencias.                        
Leonel terminó la escuela, el bachillerato, la universidad y obtuvo varias especializaciones de posgrado. Tenía un buen empleo y ganaba lo suficiente para llevar una vida holgada. Cuando le preguntaban por qué un hombre con tan buena posición social y tan atractivo como él no se casaba, respondía que no quería que las obligaciones maritales le quitaran el placer de vivir para sus recuerdos. Se le ponía la piel de gallina al pensar que tendría que pasar horas enteras conversando con su mujer o cumpliendo sus caprichos, además no soportaba la idea de tener que dedicarles infinidad de tiempo a los niños cambiándoles los pañales, llevándolos a la escuela, leyéndoles libros antes de dormir, discutiendo con ellos en cuanto llegaran a la adolescencia y, sobre todo, que le quitaran el preciado tiempo que le dedicaba a sus archivos de la rememorización.   

Un día que estaba limpiando su habitación cogió un pequeño elefante de color naranja comprado por él en Delhi y trató de encontrar en su almacén mental de carpetas de los viajes memorables, el sitio, la persona y el lugar exacto donde había adquirido dicho souvenir. El resultado lo dejó frío porque no solo no recordó lo que deseaba, sino que tuvo un problema con el espacio del pasado y la concepción del tiempo de su memoria, fue un patinazo que se conoce como deja viu. Tenía la impresión de que ese acontecimiento lo había vivido ya, pero qué instante era real, el de limpiar el elefante o el de no poder recordar con exactitud el sitio, el día y la persona a quién le había comprado el pequeño paquidermo naranja. 
Se fue a la cocina y se preparó un café. Dejo de pensar dándole oportunidad a su mente de recuperar el camino correcto. Se tomó su bebida a pequeños sorbos y miró por la ventana sin pensar ni concentrarse en las imágenes que había detrás del cristal.
 Volvió a su repisa, cogió el elefante y lo miró como si tratara de hipnotizarlo, de nuevo el resultado fue erróneo. Se sentó en su butaca y sacó de la gaveta de su escritorio una caja con algunos diarios. Hojeó un cuaderno muy viejo y encontró la fecha del viaje a la India que había hecho en 1952, hacia más de medio siglo que había ido a visitar a un amigo de su universidad. En cuanto tuvo el hilillo para seguir la guía del viaje comenzaron a aparecer algunas escenas agradables, una de ellas era la conversación sobre la divinidad de las vacas y el momento en que su amigo le había dado una estatuilla, una reproducción de la diosa Kamadhenu o Lakshmi, que según decía, le traería buena suerte en el futuro, pero Leo la olvidó en el hotel y lo único que había conservado era ese elefante naranja. 
Leonel llegó a la conclusión de que era por esa confusión por la que había olvidado ese detalle. La duda lo sobrecogió y se fue a comprobar si no habría pasado lo mismo con otros recuerdos. Empezó a comparar las escenas grabadas en su cerebro con las notas que tenía acumuladas en su gran biblioteca de memorias. Notó rápidamente que algunas cosas habían sido alteradas y que de tanto recordarlas se habían convertido en otras cosas o se habían magnificado demasiado. ¿Cómo solucionar el problema? - se preguntaba.
Pasó varios meses poniendo orden los recuerdos en su cabeza pero el trabajo fue inútil. Cuando hubo terminado de revisar el uno por ciento de todo el contenido de su bagaje memorial, tiró todos los objetos al piso. Los nervios le ahuyentaron el sueño y la desesperación arrebatadora que lo había obligado a trabajar al principio, lo sumió en una profunda apatía. Trató de liberarse poco a poco de los recuerdos. Se fue quedando sin nada qué recordar, incluso los momentos más importantes de su vida se borraron con rapidez, su cuerpo fue olvidando sus funciones y cada vez le fue más difícil realizar las tareas más elementales. Cuando se quedó completamente inmóvil, unos doctores se acercaron a él y dijeron a modo de comentario: 

“Pobre hombre cómo ha quedado, primero el Alzheimer y luego la esclerosis múltiple”. -Qué le vamos a hacer, querido colega, ¿le parecen pocos noventa años?- Y se fueron al patio a fumar un cigarrillo y comentar los chismes y bulos más importantes de los últimos días.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler   





martes, 10 de junio de 2014

Relaciones peligrosas

Había una vez un lápiz que decidió ser un lápiz perfecto. Para lograr su objetivo se miraba en un espejo para cerciorarse de que estaba bien afeitado y cada vez que escribía algo le preguntaba a su dueña si lo había hecho bien. Cuando veía que las letras, dibujos o garabatos estaban borrosos o muy gruesos, se sacaba mucha punta para que su trabajo fuera fino en los dos sentidos: de calidad y menudo. En su esmero cotidiano encontraba satisfacción pero un día le asaltó la duda y creyó que el progreso que él veía era producto de su ego. Decidió relacionarse con la goma que era un poco vaga y distraída. Ésta, al descubrir los ideales de su amigo decidió esmerarse más en su trabajo y convertirse en su más fiel colaboradora, sin embargo, un día el destino los alcanzó y se quedaron uno sin punta y la otra sin amigo. ¿Cuál sería la moraleja? - se preguntaba la goma, pensando que habría pasado lo mismo si se hubieran hecho amigos el lapicero y el sacapuntas.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler



miércoles, 28 de mayo de 2014

La boda


Trampero



En esta nueva era del con, entre, junto a y después de la literatura; intento escribir un cuento. Sin embargo, cuando lo empiezo estoy junto a Kafka, Poe, Maupassant o Chejov que me atosigan con consejos, mientras, la voz de Monterroso me apremia limitándome el espacio. Surgen divergencias y peleamos a grito abierto. Sartre dicta consignas que rechaza Camus, hasta Freud nos mira y toma notas. ¿Jung? Se ríe. De pronto, el importante personaje de mi historia comienza la narración, sin miramientos, de principio a fin, guarda el papel y nos deja tiesos, atorados y presos en la discusión.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


lunes, 26 de mayo de 2014

El artista retirado

Fue plasmando las palabras como lo hacía con las pinceladas: definiendo los detalles, dándole tonalidades a  las partes expuestas a la luz y ensombreciendo las zonas ofuscadas, su mano, que ya había escrito millones de garabatos cambió la perspectiva, el contraste, la composición por la abstracción de los signos. Logró hacer lo que no había logrado nunca: materializar sus ideas. Sin embargo, se decepcionó porque sus manuscritos expresaban más de lo que se podía mirar y sus cuadros menos de lo que quería imaginar. Fue por eso que dejo de soñar y, frustrado,  tiró su paleta con pincel y pluma.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler


miércoles, 14 de mayo de 2014

Vindicar a Lada


Se sentía incomoda en la estrecha butaca en la que estaba sentada. Por causas adversas a su voluntad se encontraba ahí, sola y a la espera de que algo cambiara su destino. No tenía dinero para pagar el pasaje a ningún lado, por eso los anuncios de las salidas de los próximos autobuses la tenían sin cuidado y los viajeros que corrían o los que estaban sumidos en la eterna espera eran imágenes vagas a su derredor.

Tenía una sensación de ira frustrada y el sentimiento de odio se le mezclaba con el de la incertidumbre, lo que provocaba que estuviera sumida en su interior tratando de discernir la calidad de sus  emociones. No era la primera vez que tenía problemas, es más, había superado cosas peores en la vida, sin embargo esta vez era diferente. Era como si algo se hubiera germinado dentro de su vientre. Pensó que eso solo le habría podido pasar allí porque la tierra de la que provenía era estéril en este tipo de cosas. El frío brutal de los inviernos congela hasta el espíritu, sin embargo de este lado de la Tierra el calor daba pie al surgimiento de cosas desconocidas y fue así como surgió ese insoportable deseo de venganza.

Pasó toda la noche encajonada en su pequeño sitio, desconocía el idioma y no tenía ganas de hacer mimos para que le regalaran un café o le mendigaran un gesto de aliento y comprensión. Trató en vano de conciliar el sueño y solo logró sumirse en un sopor que la aisló del ruido y de la gente por algunos minutos.
En sus ratos de inconsciencia resurgió una imagen que estaba oculta por el velo del olvido y sintió el dolor moral de entonces. Otra vez, las ásperas manos de un obrero rudo la aprisionaron y la zarandearon, de nuevo sus piernas se llenaron de moretones y manchas rojas, y su bajo vientre quedó empapado de los fluidos irracionales del agresor animal. Habían pasado unos veinte años desde ese día, pero recordó que se había sentido más que humillada, desolada; abandonada  en las peripecias de la vida; indefensa e impotente, a pesar de la justicia celestial.
Al hacer un resumen de su existencia se dio cuenta de que la vida la había tratado igual que ese desconocido que al salir de la fábrica la vio y la ultrajó. Todas las cosas buenas o malas que había hecho le habían traído solo reproches, ya fueran ajenos o propios. Quiso llorar pero no encontró la fuerza suficiente.

Por la mañana, llegó Adolfo, todavía borracho y con una botella de cerveza en la mano. El guardia no lo dejó entrar a la estación de autobuses con la bebida y lo obligó a tirarla en un contenedor. Una vez que se deshizo del guardia se fue a buscar por las salas de espera  con la firme convicción de que Lada lo esperaba. No la encontró, pero en un descuido pisó una maleta a medio hacer y la reconoció. Era la misma que él había aventado al maletero de su coche la noche anterior. Levantó la vista y a lo lejos descubrió la figura de una mujer  clara y delgada muy conocida. Cogió la mochila y se fue hacía ella.

Cuando se encontraron se miraron con rencor, él le pidió disculpas por la escena de la noche anterior y la subió en vilo a su camioneta. Ella quería hablar pero estaba muda. Había perdido temporalmente el deseo de comunicarse, él en cambio, comenzó a justificarse y disculparse por las ofensas con las que la había atosigado.  
Lada pasó todo el día tirada en la cama, durmió profundamente y por la tarde despertó con una resaca moral y un sabor desagradable en la boca. Adolfo, que por alguna razón se sentía muy excitado,  le propuso que fueran a cenar y que tratara de olvidar la discusión. Le explicó que todo era producto del alcohol y que sentía realmente amor por ella, pero que él mismo no sabía cuál era la causa de sus estallidos de furia en los momentos de embriagues, le pidió apoyo y consejo.

Cenaron  en un lugar muy popular y concurrido. La alegría de las personas y la música romántica del trío que les dedicaba canciones a los comensales  lograron neutralizar la tensión que los mantenía separados. En un momento vieron enlazadas sus manos y el contacto de sus labios les devolvió la pasión. Decidieron ir a la playa al día siguiente. Pasaron la mañana tomando el sol, ella leyendo alguna novelita de la colección de libros de bolsillo y él razonando sobre su destino.

Adolfo tenía un carácter recio, sus conceptos estaban muy arraigados por la tradición. En su familia siempre había contado con el apoyo de su padre y, en algunos aspectos, había servido como ejemplo a sus hermanos. Tuvo la suerte de nacer con un sentido común para las ciencias, fue por eso que se dedicó al estudio de la física, obtuvo una beca para cursar una carrera en el extranjero y gozó del apoyo de personas influyentes en el campo de la investigación. El mismo se vanagloriaba de ser un erudito de las ciencias exactas y usaba ese recurso para intimidar a las personas que osaban contradecirle en algo. Para él era fundamental tener un papel que avalara la formación académica de la persona, en caso contrario, ésta perdía mérito  e importancia porque la falta de estudios, era sinónimo de fracaso, vagancia y mediocridad.

 Era insensible a los principios morales y espirituales de algunas personas. Su razonamiento práctico y experimental lo cegaba en el momento en que tenía que definir alguna cualidad emocional de sus amigos o las personas  que estimaba. Tal vez, lo desorientaba  no poder encontrar un teorema que descifrara con exactitud las razones por las cuales una mujer se entregara con abnegación en el  sexo para luego exigir con demasiada persistencia valores o compensaciones materiales. Otro aspecto que lo hacía dudar era el hecho de que sus amigos compartieran con él algunas ideas superfluas y lo contrariaran en las que él concebía como primordiales.  Creía que el amor era una serie de sentimientos que se debían expresar siempre, de forma incondicional y con sinceridad; que una persona que lo amara podía solventar los insultos durante una borrachera porque solo eran parte de un momento de demencia provocada por la bebida; y que la critica tan demoledora y ofensiva a la que sometía a sus interlocutores era solo una invitación al razonamiento. Que no se le entendiera lo sacaba de quicio y, luego, pasaba horas y horas dándole vueltas a las mismas ideas rancias.

Llegó el día de la partida de Lada a Europa, la acompañó a coger el avión y se despidieron con la esperanza de volver a encontrarse en la primera oportunidad que surgiera. En el momento del beso de despedida a ella le molestó un pequeño dolor en el  pecho, en cambio él sintió la misma satisfacción  del choque de su cuerpo contra la espalda desnuda  y sudorosa  de Lada en los momentos más trémulos de su enroscamiento corporal.

En varias ocasiones Adolfo la llamó para proponerle matrimonio y llevar una vida tranquila rodeados de hijos, cumpliendo con los deberes de la familia, gozando de un  hogar en una vida colmada de amor. Lada se negó y provocó que su pareja se viera acosada por una telaraña de dudas, resentimiento y remordimientos de conciencia.  No podía entender cómo una mujer con tanta necesidad y problemas económicos se negara a cambiar su precaria vida por una más lúcida y feliz. Lo tomó como algo en su contra, trató de aclararlo por teléfono pero al final comprendió que solo discutiéndolo cara a cara, sabría la verdad.

El error más grande que cometió fue coger un avión a Moscú en  vísperas de la Navidad porque esa decisión marcó el paso definitivo de la ruptura. Al llegar al aeropuerto le llamó a su móvil y le informó que se encontraba alojado en un hotel céntrico, que en la primera oportunidad que ella encontrara podía ir a visitarlo.
En esa época del año hay mucho regocijo en las casas y poco en las calles, a pesar de la alegría con que se engalanan los árboles, los centros comerciales  y las fachadas de los grandes edificios.  Los aposentos del arte, la música y la actuación permanecen cerrados. Además, conforme se acerca el Año Nuevo, la gente va perdiendo el deseo de salir de casa y encontrarse con los amigos. Los únicos indicios de vida son los centros comerciales o los restaurantes dónde se celebran las fiestas corporativas de algunas empresas, pero son los únicos sitios donde se notan los latidos de vida de la ciudad.

Adolfo era muy aficionado a la vida nocturna y la pasividad en la que se veía envuelto le aturdía. Había hecho un viaje de más de 15 horas en avión solo para estar metido en su habitación del hotel esperando que alguno de sus conocidos dejara sus compromisos familiares o laborales para reunirse con él. Llamó con insistencia a Lada, hasta que ésta cedió y llegó al hotel. El reencuentro fue más pasional y salvaje de lo que esperaban los dos. Estuvieron dos días seguidos sin darse tregua ni oportunidad de descanso. Cuando se liberó todo el deseo contenido que habían soportado algunos meses ya no tuvieron de que hablar y decidieron emprender una avanzada sobre la ciudad. 
Lo único que encontraron abierto fue un club en el que bellas modelos fracasadas bailaban striptease. Al entrar Adolfo se vio asaltado por una sensación de nostalgia, pero se apresuró a la barra del bar para pedir una botella de champán y mitigar los recuerdos. Con rostro impasible miró el espectáculo y se dedicó a colmar de atenciones a Lada que miraba con curiosidad las acrobacias de los cuerpos desnudos en el escenario.

A ella también le gustaba el baile y de hecho, trabajaba ejecutando danzas orientales en un restaurante de mediana calidad. Fue por eso que le llamó la atención una rubia que realizó su número con la gracia de una negra. A causa del estrecho espacio con que contaban los clientes en la barra, era necesario pedir disculpas o permiso de forma paulatina, de tal modo que la rubia de los velos al acercarse y pedirle una bebida al barman le plantó en plena cara los pechos a Adolfo, quien perdió el control, la abrazó y le sacó conversación. Lada aprovechó la situación para comentar algo sobre la capacidad que se debía tener no solo para bailar, sino sentir y expresar la sensualidad que despierta la música árabe tanto en el que oye como en el que baila.

Adolfo estaba muy a gusto con la charla y al notar que otras bailarinas reparaban su atención en él, dejó de tener reparos y volvió a ser como siempre. Sacó toda su hombría de macho conquistador, les metió mano a todas las mujeres que tuvo al alcance y se lució engalanandolas con los piropos más ingeniosos que conocía.

Tres horas después, ya en el hotel, Adolfo cometió de nuevo el error de dejarse llevar por su egoísmo y soberbia. Echó de nuevo a Lada de su habitación pero esta vez ella sabía que estaba en su terreno y salió con la fuerte convicción de volver para terminar la partida con una jugada magistral.

Liberada de la sensación de las falanges huesudas y frías de la vida, olvidó esa sensación de derrota y logró superar sus complejos. Llegó más allá de sus propios límites y comenzó a tejer la red en la que atraparía a su presa. No en balde había cogido ese embrión de tierra caliente y sabor picante. Ahora lo iba a usar para fulminar a su contrincante, sería la culminación de su tortura y marcaría el paso a la liberación total. Las manos ásperas y las contusiones del alma que la habían fustigado tanto desaparecerían pronto.

No tuvo que esperar mucho porque su presa fue directa al matadero con actitud inocente y franca.

Ya en México, Adolfo la llamó para disculparse por vez consecutiva y le pidió de favor que hiciera un pago por algunos miles de dólares a una empresa con la que él estaba haciendo unas transacciones comerciales. Lada, que terminó de elaborar su plan de venganza en ese momento, le ofreció su ayuda incondicional, le mintió diciéndole que también lo amaba y que estaba deseosa de verlo, que viajara a Moscú o que la invitara a México lo más pronto posible para unirse para siempre.

Surgió una nueva imagen de Lada. Aligerada de las penas que la habían opacado, con un rostro sonriente y la figura de su cuerpo mejor delineada se ganó las miradas de algunos transeúntes curiosos, incluso alguno le sacó conversación, pero Lada había cambiado, tenía los medios para embellecerse y darse el lujo de rechazar todas las proposiciones. Compró una cajetilla de cigarrilos y, aunque no fumaba, se dio el gusto de completar su aspecto de mujer fatal. Muy lejos de allí, en una ciudad del noroeste de los Estados Unidos Mexicanos había un hombre que seguía esperando noticias de su bailarina a quien estaba acostumbrado a sobajar y humillar, pero por desgracia la falta de pistas que pudieran ayudarle a encontrarla le había agriado el espíritu, su alma era un arbusto rebosante de espinas venenosas producto de la semilla de la vejación y los reproches de la conciencia.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler













miércoles, 7 de mayo de 2014

Dualidad Femenina


Cuando por fin se liberó de la opresión a la que había estado sometida durante algunos años, experimentó una extraña sensación de alivio provocada por la libertad. Pudo saborear de nuevo la vida, su ser sufría una transformación completa porque los pies se le aligeraban a cada paso, su cuerpo se sentía redimido, era como si la enorme coraza gris opaco que había llevado a cuestas día y noche, de pronto, se hubiera resquebrajado y estuviera cayéndose en pequeñas costras a su alrededor. Respiró profundamente y dejó que el aire tibio con olor a lluvia anegara sus pulmones, de su espalda se desplegaron dos enormes alas lepidópteras imaginarias y empezó a ascender.

Durante su vuelo recordó el primer día que se encontró con Nai Baf, quien apareció ante ella con una expresión abrupta de negociante Iraní y la miraba con asombro, deseo y mucha persistencia.
Por aquel entonces, ella era una simple estudiante de la universidad que tenía grandes planes en la vida pero avanzaba muy lentamente en el camino que se había trazado. Hasta ese momento se había dedicado sólo a cultivar su conocimiento y sentía, por intuición, que se estaba gestando la siguiente etapa de su existencia en la que un ser como Nai Baf, con su cara cuadrada, su pasividad y su andar lento y sigiloso, era fundamental para el cambio. Por esa razón,  se dejó seducir tan fácilmente y la poca resistencia que ofreció ante el inminente ataque sexual de su seductor fue solo un pequeño adorno en el juego erótico del amor.

 Él iba ataviado con elegancia, movía las grosas manos como si fueran monolitos, hablaba con mucha seguridad y ritmo firme, acompasado, rico en expresiones de alabanza y sumisión. La invitó a salir, le mostró cosas nuevas que excitaron su curiosidad. Al poco tiempo de salir juntos, ella se le entregó sin reticencia y Nai Baf le reveló los principios básicos que consideraba fundamentales para la vida de una pareja: “La mujer se entrega recibiendo”,-Le decía.

 En ocasiones, cuando él se quedaba eréctil pero estático, le preguntaba si sabía que el erotismo era la violencia generada por la necesidad de reproducirse;  que entre más durara el juego de la seducción, el deseo de posesión por parte del otro era más fuerte. Ella entendía las palabras, mas no así,  el significado. Lo que la convencía en su discernimiento era que las ideas de Nai se le enterraban en lo más profundo del corazón y germinaban confianza, sin embargo entre más certeza tenía de las cosas, más lentas se volvían  sus acciones.

Un día se sorprendió al descubrir que estaba tan impasible como Nai Baf, a pesar de que su cuerpo estaba desbordante de sudor y su corazón se agitaba como una hoja sacudida por el viento de una tormenta. Esto la desconcertó,  pero de nuevo vinieron las palabras de Nai en su ayuda para recordarle que la reproducción es el principio del final, que el procreador al originar a otro ser semejante, empieza su camino hacía otra vida, hacía otro mundo de dimensiones abstractas y superiores. Era feliz pero notaba que con el paso del tiempo se hacía cada vez más pasiva, lo que había ocasionado que su cuerpo se transformara, pero en lugar de ganar peso y ensancharse, había perdido lastre y se había moldeado con bellas  formas y envidiables proporciones, sin embargo esto no la había hecho más ágil, por el contrario se sentía más lenta e inactiva que nunca.

Avelith se esmeraba en el arreglo personal, pero a pesar de eso pasaba desapercibida ante los hombres y esto le causaba desagrado porque algo dentro de ella se removía y la cuestionaban su vanidad y amor propio. Aunque tenía una buena posición social, se relacionaba con personas importantes y su pareja era un hombre bastante influyente, algo no la terminaba de satisfacer.  Lo descubrió de forma inesperada y, por extraño que parezca, solo ella lo notó. Estaba en una fiesta, llevaba un hermoso vestido blanco con holanes y adornos de esmeralda para resaltar lo divino de sus ojos y su perfil afilado, de pronto se acercaron unas persona a conversar con ella y Nai Baf que se sentía un poco incomodo en un espacio tan extenso, se plantó junto a ella y sostuvo una conversación de alta conceptualización filosófica que aburrió muy pronto a los interlocutores.

El fenómeno que le causó tanto nerviosismo fue que en su vestido no se reflejaba la luz del sol y la única luminosidad provenía de las personas vestidas de color negro que la rodeaban. Era muy raro que la parte nívea de su elegante prenda fuera ensombrecida con un círculo de tizne oscuro cuando Nai, quien llevaba un traje de color muy claro, hacía contacto con ella. Se fijó en una mujer morena que estaba a su lado para saber si podía descubrir en sus ojos la desaprobación por la enorme mancha oscura, pero no había en ella más expresión que la del aburrimiento, entonces se le acercó y le susurró al oído la pregunta de si se le notaba mucho el oval gris, pero para su sorpresa, la mujer respondió que no había visto nunca un vestido tan blanco como el suyo. Intrigada por la duda probó cambiarse de posición y mirar el efecto que producía Nai en las otras personas y descubrió que a todos les opacaba los tonos de su vestimenta, pero que eso les pasaba desapercibido a los interlocutores y ella era la única que lo notaba. A partir de ese día era víctima de interminables controversias. 

Comenzó a sumergirse en la mentalidad de Nai Baf y descubrió que su prometido se encerraba en sus conceptos y era muy difícil motivarlo al cambio, además era imposible verlo improvisar algo, no daba ningún paso en falso y, lo más alarmante, tuvo conciencia de que era arrastrada hacía una vida encajonada en un reducido espacio de conceptos y conductas autómatas. En todos los aspectos Nai era un hombre ejemplar, puesto que había logrado amasar una pequeña fortuna, era sociable, metódico, amable y su aspecto firme influía en las personas tranquilizándolas, incluso se podría decir que las anestesiaba para que no sufrieran de preocupación, turbaciones  o estrés.
En ocasiones Avelith sentía un aroma terroso y húmedo que venía acompañado de una extraña palabra que oía en sus sueños.

 A veces veía la confusa figura de un hombre que le decía muy suavemente que se tenía que liberar del bombyx mori  buscando anís. Ella no comprendía nada en absoluto pero de forma inconsciente la inquietaba el licor matalahúva que era la única bebida alcoholica que podía ingerir y al final de cada comida se tomaba una copita o, a veces dos, para asentar los alimentos y favorecer la digestión.

Un día en un restaurante cuando se encontraba leyendo sintió la vibración fuerte de unas hélices invisibles, el aire la estremecía y le parecía que algún depredador de hembras la amenazaba. Buscó entre los clientes al que le producía semejante trastorno. Con una mirada amenazadora, protegida por unas gafas rojas, se fijó en un hombre larguirucho que la veía con demasiada insistencia. Él tenía una nariz ganchuda enorme y unos ojos hipnotizantes que ejercían sobre ella un efecto estresante, sin embargo tenía ganas de que él se le acercara y la envolviera en una conversación que ella presentía alegre, seductora  e interesante. No supo como se vio inmiscuida en una charla interesantísima llena de consejos, piropos y opiniones que jamás se había imaginado que pudieran despertarle tanto interés.

El hombre se llamaba Erías y era el modelo opuesto de Nai Baf porque mientras éste último era con ella cerrado, conservador, pasivo, terrenal y previsor; el otro se caracterizaba por ser antagónico a esas características. Pasaron una hora hablando de todo y al final quedaron de encontrarse una semana después.

 En los días siguientes fue muy duro soportar los ratos de intimidad con Nai porque estaba sedienta del placer que le prometía la vertiginosa y desconcertante vitalidad del otro. Mientras el pesado y pasivo Nai permanecía sobre ella durante una interminable cantidad de horas silenciosas, ella se imaginaba un galope violento, sudoroso y agitado con Erías, sin embargo al contener su excitación ocasionaba que su parte más sensible se contrajera formando un yugo que apresaba a Nai, quien por su parte experimentaba un placer creciente y delirante que lo estimulaba a inmovilizarse más. A pesar de la larga quietud de los  encuentros con Nai Baf, quedaba satisfecha porque se imaginaba con su futuro amante y ocultaba las sacudidas amancebadas de su bajo vientre en el estiramiento de su pareja.

El encuentro fue en un pequeño hotel de lujo. Ella llegó engalanada con un vestido amarillo con manchas naranja y un sombrero que hacía juego con los zapatos y el bolso. Él llevaba un traje verde olivo con tonos plateados. Se fueron a tomar un aperitivo y sin demorar el momento de la fusión se acostaron en el enorme aposento de la habitación. Las sábanas testificaron los giros vertiginosos de Erías, las volteretas y caricias que produjeron en Avelith un mareo sensual y ardor. Ella descubrió que había recobrado el movimiento, que la zanja en la que había permanecido con Nai, se abría y la luz del sol volvía a brillar. Brotaron dos enormes alas arrugadas en su espalda, luego se desplegaron grandiosas y al sentir la tibieza de la luz comenzaron a moverse, entonces ella desnuda de su coraza gris emprendió su primer vuelo en busca del polen de las flores, su probóscide se extendía y sus antenas le avisaron de la peligrosidad de Erías, por eso se precipitó hacia el cielo encontrando el aire fresco muy reconfortante, miraba el paisaje con tanta curiosidad que sus ojos se agrandaron y se hicieron compuestos.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler



viernes, 25 de abril de 2014

El asesino suicida

Recibió una llamada telefónica mientras cotejaba las fotos de un asesinato. El timbre del aparato le impidió seguir deduciendo los hechos que ya lo habían atrapado en una telaraña de ideas e hipótesis. Decidió coger el teléfono.
-Sí, dígame.
- ¿Señor Narváez, investigador privado?
-Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarle?
-Mire, se va a cometer un asesinato muy pronto y usted podría evitarlo.
-Bien, dígame todo lo que sepa y trataré de hacerlo, si no hay tiempo que perder, le urgiría que me dé algunas pistas.
-Pues. Primero, investigue de donde ha recibido esta llamada.
Recurriendo a su experiencia, Narváez, se dio cuenta de que estaba tratando con un psicópata y probó suerte sugiriéndole que le revelara el nombre del asesino.
-¿Es usted el asesino?
-Sí, -declaró su interlocutor-.
-Eso quiere decir que tendré que ir atando cabos hasta encontrarle a Ud.  e impedir que comenta el "genocidio", ¿no es así?
-Sí, efectivamente. Ya puede empezar y esperar la segunda pista. Adiós.
-Adiós.
Corría el año 1975 y no había ningún adelanto tecnológico que le pudiera proporcionar con rapidez la información que requería, por eso, Narváez, se fue a la empresa telefónica a solicitar la ayuda de una operadora para que le dijera de dónde se le había hecho la misteriosa llamada. Llegó a la telefónica habló con el encargado del departamento de llamadas locales y le explicó el motivo de su visita. El encargado lo condujo hasta la mesa de una hermosa joven  que en ese momento comunicaba a una anciana con su nieto y con atención escuchaba el dialogo.
-Disculpe que la interrumpa, señorita López, -dijo el empleado barrigón que jadeante miraba con ojos de rana a la operadora.
-Sí, ingeniero Manaca, ¿qué pasa?
-Mire, este hombre, -hizo una pausa para que se presentara Narváez-, y luego los dejó.
Señorita, López,-dijo Narváez- recibí una llamada a mi oficina a las dos de la tarde. Me llamó un psicópata que se propone realizar un asesinato y me gustaría saber  si usted atendió esa llamada.
-No, lamento decirlo, pero no fui yo. Sin embargo, mi compañera, la señora Ana me comentó precisamente eso, que había escuchado a un asesino y se espantó un poco.
-¿No sabe dónde puedo encontrarla?
Si se apura un poco la encontrará en los casilleros, debe estarse cambiando para salir, es que hemos hecho el cambio de turno.
-Muchas gracias, señorita, es muy amable, adiós.
Carlos Narváez salió corriendo en dirección de la puerta que le había señalado la señorita López. Encontró a la señora Ana lista para marcharse. La alcanzó y le pidió que le permitiera hablar un momento.
-Señora, Ana, espere un segundo.
La señora al sentir en el tono de voz algo conocido, se detuvo en seco y volviéndose dijo:
-Es usted el asesino,-lo miró con terror y trató de irse, pero Carlos la alcanzó a coger tranquilizándola-
-No, está usted equivocada, yo soy detective privado y solo usted me puede ayudar, ¿podría decirme de dónde fue hecha esa llamada?
Ella sollozando y tratando de reponerse de la impresión, le dijo que los registros de las llamadas los ponían en un cuadernillo. Él se dirigió al archivo para buscar las notas de ese día. Le dijeron que el número estaba a nombre de Don Marcio Trejo, le dieron en un papelito la dirección de una calle cercana y se marchó para investigar. En cuanto llegó al lugar indicado se puso a buscar el número 25, que no existía, y tuvo que entrar a un bar que estaba en el  23 porque en el 27 había una oficina de correos y allí no le podían informar sobre ninguna llamada hecha desde ahí por la sencilla razón de que el teléfono era otro y en las últimas horas solo había usado la línea la jefa tratando de aclarar la pérdida de unos envíos del extranjero. Carlos Narváez se acercó a la barra y vio a una mujer joven atendiendo a dos borrachos que se esmeraban en seducirla haciendo alarde de sus conocimientos de fútbol. La mujer tenía una expresión  interesada pero sus manos y sus piernas decían otra cosa. Se volteo por un instante y vio a Carlos,  de inmediato se acercó haciendo una mueca de alivio y soplando por la boca como si quisiera espantar un abejorro.
-Dígame, ¿qué le sirvo?
-Nada, solo quiero hacerle unas preguntas. –Ella lo miró fijamente y le contestó:
-Si es del fisco, yo no sé nada, hable con el dueño.
-No, no se ponga así, soy detective privado y…-No tuvo tiempo de seguir porque la mujer le soltó una retahíla de insultos y le avisó que fuera lo que fuera no diría nada.-
La mujer se fue y al momento salió un hombre gordo con cara de alce y voz de barítono.
-¿Qué quiere?
-Solo quería saber si alguien hizo una llamada desde su teléfono  está mañana y, ¿podría confirmarme si es el  5 94 54 39?
-Sí, es el número. Hoy por la mañana se apareció un hombre flacucho con nariz de buitre, un poco pelón y con aspecto meditabundo que pidió el teléfono para llamar, luego se tomó un Whisky doble y salió sin decir nada. Nos dejó  en la barra quinientos  pesos en un fajo de retratos de Morelos, Carranza y Juárez, ¿cómo la ve?  ¡y ni siquiera esperó que le diéramos las gracias!
- ¿Y la ropa? ¿Cómo iba vestido?
-Pues, llevaba una chaqueta beige una camisa, tal vez, blanca y pantalón negro.
-y ¿no recuerda nada más?
-En absoluto. Sólo que estaba loco, para dejar tanto dinero se necesita estar demente.
-Bueno, gracias por la información.
Narváez salió  y vio a un hombre que lustraba zapatos. Se le acercó y le preguntó si había visto a un hombre delgaducho, pelón y feo.
-Sí, señor. Por la mañana vino un hombre con aliento alcohólico que me pidió grasa. Yo le lustré los zapatos y le di un periódico para que leyera. Tenía la cara muy triste y parecía muy abstraído.
-No, por más que quise sacarle conversación fue imposible. Sólo miró las fotos del diario y cuando terminé le darle grasa me dio un montón de monedas que sacó de su saco.
-¿No notó si temblaba o hablaba solo?
-Tenía los labios muy delgados y apretados como si no quisiera hablar. Lo más raro es que al irse sacó un papel y una tarjeta y me los dio sin ni siquiera mirarlos.
-¡Qué raro! ¿Podría verlos?
-Sí, mire. Aquí tiene.
Carlos cogió un papel amarillento y una tarjeta con la dirección de una tienda de golosinas. La nota decía: “Si ha llegado hasta aquí, es posible que pueda llegar al final”- Siguiente mensaje en la  tienda. Compre la bolsita de papas fritas que está en la última estantería  del fondo  de la tienda  “La gomita” .No le será fácil encontrarla porque se encuentra escondida  en el final de la balda y, además, está abierta. Carlos fue a la tienda, saludó a la encargada, se dirigió al final del pasillo y empezó a buscar la bolsita de papas. La encontró, miró en su interior y encontró otra nota escrita en el papel rancio igual a la anterior que le había dado el bolero. Fue a la caja y pagó por las frituras.
-Disculpe,-dijo con aire tranquilo-, ¿no sabe si vino por aquí un hombre flacucho y con aspecto meditabundo?
-Pues, creo que sí vi a alguien así, pero como los niños vienen mucho a robar y hacer travesuras tuve que estar atenta a lo que hacían los chamacos ,pero noté que entró un hombre y luego salió sin comprar nada, incluso pensé que sería otra de las artimañas de los escuincles cabrones.
-Bueno, gracias.
Salió y leyó de inmediato la nota de las patatas que decía: “Si tiene en sus manos esta nota, hay esperanza”- Por el día de hoy es todo. Espere noticias.
Carlos se reprochó estar siguiendo este juego absurdo y decidió que el hombre era un  chiflado que solo quería divertirse. Tiró el papel y se fue a comer porque tenía hambre. Por un momento  el olor de las frituras lo sedujo y estuvo a punto de comérselas, pero como era enemigo empedernido  de la comida basura, decidió comerse unas tortas o tacos. Tiró la bolsita amarilla a la basura y se fue.
Al día siguiente recibió una llamada. Una voz  rasposa y pausada, tal vez por la hora tan temprana, le dijo:
-¿Es usted el señor Carlos Narváez?
-Sí, ¿dígame qué pasa?
-Nada, no pasa nada. Permítame preguntarle, ¿probó las papas ayer?- Carlos se puso blanco, sabía de quién era la llamada.
-¿Quién le dio mi numero de casa?- Narváez era muy meticuloso y sabía a quién le podía confiar sus datos personales, por eso se sorprendió de que el demente, como empezó a llamarlo, supiera su teléfono.
-No se preocupe por eso, dígame, ¿probó las papas o no?
-No, no las probé. ¿Qué?¿Tenía que hacerlo?
-Si lo hubiera hecho, ya no podría hablar con usted, tenían veneno.
A Carlos le recorrió una serpiente gélida por la espalda y sintió odio contra el hombre que le llamaba tan temprano para burlarse de él.
-¿Sabía que a Pablito, un niño muy introvertido, le encanta abrir las bolsitas de Sabritas y comérselas, luego las deja escondidas en el fondo de estante donde usted encontró las suyas ayer.
Hubo un momento de silencio en el que Carlos hizo una rápida deducción y comprendió que el niño estaba vivo.
-¿Se da cuenta de lo serio que es esto? A mí no me habría costado nada cambiar la bolsita que ese día cogió Pablito por la suya, ¿se imagina las consecuencias?
-Sí, me las imagino. Eso quiere decir que usted me propone jugar, ¿no es así?
-Digamos que sí, pero las reglas son las siguientes, es muy sencillo.-Hubo una pausa y a Carlos le pareció que el hombre reía y sintió desprecio por él.
-Mire, le dejaré mensajes si usted llega a tiempo salva a una persona, si llega tarde una víctima es un punto para mí. Si alguno de nosotros llega a tres puntos la partida se termina, no soy un criminal y no quiero que por su culpa se muera media población de la ciudad, así que no me pida prorrogas  y que se muera quien tenga que morir.
-Perdone, pero no está claro, de esa forma si yo no llego a tres y me mantengo en cero o llegó a dos ¿entiende lo que quiero decirle?
-Es un hombre inteligente, así que voy a ser claro. No hay límite de personas, hay ´límite de tiempo, no quiero que este caso le quite el sueño y no pueda dedicarle unas horas a su familia, si la tiene, o a su vida personal. Hagamos este trato.  Juguemos hasta el viernes a medianoche, si para las doce de la noche del día trece usted  ha dejado morir tres personas, entonces usted mismo se suicida o yo lo mato, encaso contrario muero yo, y le doy la oportunidad de ejecutarme. No hay condiciones, acepta o deja morir niños envenenados. ¡Adiós!
Carlos se quedó con el auricular en la mano, su mente era un huracán de ideas que trataban de ordenarse para que Carlos encontrara una solución. Colgó  y de inmediato sonó el timbre del teléfono.
-Sí, ¿diga?
-Espero que lo haya entendido. La próxima víctima estará hoy entre las dos o tres de la tarde en  el restaurante delicias. La persona que debe salvar adora el platillo de la cas pero lo pide siempre sin pimienta, encuéntrelo y sálvelo. Mucha suerte.
Narváez se fue al restaurante indicado e indagó todo lo posible sobre los clientes que frecuentaban el sitio y, sobre todo, aquellos que pedían la especialidad de la casa sin pimienta. Le parecía una locura porque en un plato no se agrega más de una pisca de pimienta y esta por lo regular no produce más que estornudos. Pidió una lista de las mesas reservadas, preguntó el nombre de los clientes, interrogó a los cocineros sobre el origen de los alimentos, el estado y si alguien había recibido algún soborno por agregar alguna sustancia en  el cocido o si alguien debía servir de forma especial el plato. No obtuvo respuestas claras y se quedó a esperar a los clientes. Primero, entró una pareja que solicitó el plato del día. Carlos les pidió a los camareros que le  preguntaran  a cada cliente si deseaba que le pusieran pimienta en el plato. La pareja fue indiferente, dijeron que daba lo mismo pero que fuera rápido porque tenían que volver a la oficina. Por desgracia todos los clientes tenían la misma actitud y eran tantos que Carlos no alcanzaba a recibir la información exacta de la cantidad de porciones servidas, sin embargo nadie, hasta las tres menos cuarto, había pedido el plato sin pimienta.  De pronto entró un hombre macizo, moreno y pelado a rape. Iba con un saco azul y una corbata roja, era gordo y tenía en su cara reflejado un cáncer del alma, pero no era muy difícil adivinar a qué se dedicaba. Su aspecto no era hospitalario y  sus guaruras estaban a un lado de la puerta del negocio resguardándolo.
-Mesero, venga rápido. Tráigame el plato de la casa. Sin pimienta por favor.
Esas palabras sonaron como un campanazo en las orejas de Narváez. No sabía cuál era el objetivo pero tenía que salvar a ese hombre si no quería llegar con la cuenta de la casa llena el viernes por la noche.
-Mire, señor, no le conozco y no me importa quién sea  usted, pero tengo ordenes de avisarle que su plato está envenenado. Haga lo que quiera, cómaselo o no pero es su riesgo. Yo he cumplido con mi misión.
El hombre lanzo la servilleta al piso, miro con los ojos desorbitados y llenos de sangre a Carlos. Le asestó un manotazo que lo hizo rodar por el suelo y subiéndose los pantalones para ajustárselos a la cintura dio la orden de poner en marcha el coche y se fue con sus guardaespaldas. Cuando  Narváez dejo de ver estrellas se levantó y salió enfurecido. Pensó que si quería adelantársele al desequilibrado psicópata debía adelantarse una jugada en el juego.  Así que se fue a su despacho a razonar sobre la situación. Nada más llegar, su secretaría le dijo que habían llamado dos personas que le querían consultar un servicio de investigación sobre un robo y una desaparición. Pidió un café y se sentó en su butaca para ordenar sus ideas apuntándolas en un cuadernillo. Sonó el teléfono en el momento en que su secretaria le ponía el café sobre el escritorio
-¿Sí?
-¡Qué bien que ya ha llegado! Lamento comunicarle que va perdiendo. El marcador es uno cero pero la confirmación llegará por la noche. No deje de comprar el periódico con las noticias de última horade la tarde. No será la primera plana pero si lo busca en la sección de la Nota Roja.
Luego, solo quedó el sonido del tono del teléfono.
 Bajó el mismo por el último diario de la tarde que se comenzaba a vender a las seis. Leyó la primera plana y no encontró nada que llamara su atención pero en la siguiente página había una noticia en la que decían que un famoso traficante de órganos humanos, narcotraficante y proxeneta, se había muerto en un lujoso departamento en una colonia céntrica.  Dos cuerpos más permanecían a su lado y las investigaciones habían comenzado. Un médico forense, decía el autor de la nota, confirmó la muerte por envenenamiento. El comunicado se refería a la entrega de unas pizzas que se habían pedido por teléfono y que era probable que llevaran veneno y provocaran la muerte de los tres hombres. Al mirar con atención Narváez vio la cara del hombre prepotente del restaurante. Por un lado  se alegró de que muriera porque se lo había deseado, después de haber recibido el fuerte tortazo, pero lamentaba que fuera el primer cadáver y que se contara como un punto en su contra, ya solo lo separaban de su propia muerte dos fiambres.
-¿Diga? – contestó, mal humorado, Carlos,
-¿Qué tal?- le comentó una voz sarcástica y seca.
-Mal, usted juega sucio, a esa persona sea quien sea, yo la salve y usted faltó al trato.
-No se ponga así. ¿Sabe quién era ese hombre?
Sí, lo dicen en la noticia.
-Entonces comprenderá que él debía morir, pues aparte de lo que escriben allí. El señor Larriaga era pederasta, ¿lo podría creer? ¡Qué ironía, ¿no? Salva usted a un niño y mata a un pederasta. Eso está muy bien. Debería estar feliz. Por cierto, ¿tiene usted algún vicio oculto?
-Sí se refiere a mi afición al tabaco o al alcohol, si los tengo pero es todo de lo que me puedo avergonzar.
-Muy bien, cuídese y espere las próximas pistas, mañana será un día duro.
Carlos se quedó con el mal sabor de la bilis en la boca, estaba claro que había caído en las redes de un anormal y que mientras no se le adelantara tendría que sufrir sus burlas. Se la pasó hasta la madrugada atando cabos, recordando casos parecidos, revisó sus archivos para ver si era un cliente inconforme que había decidido vengarse, o un ex convicto que había parado en la cárcel por su culpa.
Se despertó para coger el teléfono que sonaba con insistencia.
-Le escucho, diga, ¿qué pasa?
-No deja de asombrarme su gran capacidad. Ha sido una buena elección el invitarle a jugar. Mire, le aviso que a mediodía una mujer joven comprará su perfume favorito en un centro comercial del centro de la ciudad, se llama Liverpool , y en la sección de perfumería dicha  mujer caerá fulminada por un gas muy tóxico, salvo que usted lo impida, morirá sin remedio y tendrá usted, en miércoles, dos cadáveres que arrastrar sobre su conciencia.
-¿Podría darme más pistas?- Carlos, hizo un intento por provocar al asesino y le iba a hacer otra pregunta, cuando el otro agregó:
-Ah, se me olvidaba. ¿Conoce el centro comercial El Palacio de Hierro?- y sin esperar respuesta, añadió- está exactamente enfrente del Liverpool, pues, ¿sabe? allí estará una mujer con una niña de cinco años y en la cafetería pedirán hamburguesas o perros calientes, si piden lo primero morirán sin duda las dos pero si sólo lo pide una de ellas la otra se salvará. ¡Que tenga mucha suerte!
Carlos le dio una patada a la mesa y casi la rompe, luego llamó a su secretaria y le pidió que fuera a la central telefónica a investigar de donde provenían las llamadas que le había hecho los últimos tres días, le ordenó que apuntara los teléfonos de las operadoras y el jefe del departamento de llamadas locales, le describió el bar de donde había recibido la primera llamada y le escribió la lista de preguntas que tendría que hacerle a las personas  y se fue a indagar sobre la pizzería en la que se había solicitado la que mató al mafioso.
Narváez supo que el repartidor de la pizza se había cruzado en su camino con un hombre que le dio quinientos pesos por dejarle entregar el pedido. El chico se asombró por lo poco habitual de la situación, pero la jugosa ganancia le hizo perder sus principios morales y acepto con la condición de que el hombre le devolviera la factura de entrega firmada por el cliente.
-Me trajo la factura firmada y me dio los quinientos pesos, luego se fue.
-¿El hombre era delgado, llevaba chaqueta beige y pantalones negros?
-Sí, además su boca parecía estar pegada con goma, su gesto era muy desagradable y olía mal.
-Gracias, chico, te lo agradezco.
Carlos se fue a la avenida conmemorativa de la revolución donde se encontraban los dos centros comerciales, había decidido que lo más importante era salvar a la niña, ya que era de más prioridad una vida en retoño que una vida ya medio hecha y quién sabe con qué defectos y virtudes. Entró a la grandísima tienda y se fue a la cafetería a esperar a la mujer con la niña, había poco personal y los clientes que tomaban algo eran matrimonios, mujeres solas o empleados de la misma tienda. Alrededor de  las doce del día de un día miércoles era normal que todo mundo estuviera en la escuela y el trabajo. Pasó casi una hora desde que se acurrucara en su punto estratégico para observar a todos los visitantes y, al menos cuarto, apareció una mujer rechoncha que llevaba de la mano a una niña pequeña. Se sentaron un poco para descansar y luego se pusieron a decidir que iban a tomar. La señora se decidió por una hamburguesa y la pequeña quería un perro caliente, Narváez que se había pedido una torta de pollo y la había mordisqueado con desconfianza se levantó y fue directamente hasta donde estaba la señora-
-No coma esa cosa señora, aquí las hamburguesas saben mal, pídase algo más rico y más sano.-La señora con cara de hambrienta y al mismo tiempo desconcertada no sabía qué decir y mirando a la niña le preguntó qué quería.
-Yo mejor una torta de jamón.
-Pues, me va a perdonar señor, pero yo me como dos hot dogs.
-Bueno, como quiera, que conste que se lo advertí, eh.-Y sonriendo hipócritamente se alejó para ver si podía alcanzar a salvarle la vida a la joven en la sección de perfumería de complejo comercial de enfrente.
Eran ya las doce y diez y Narváez tenía el presentimiento de que lo habían engañado o algo malo estaba por ocurrir. A las doce y media se le acercó una joven morena con el uniforme de las vendedoras de la sección de perfumería.
-Oiga, ¿Es usted el señor Narváez?
-Sí, soy yo, ¿En qué puedo servirla?
-No sé cómo explicárselo. Es que ha venido un hombre muy raro y me ha dicho que le entregara a usted este papel si lo veía por aquí. Como el raro ese me comentó que vendría un hombre con aspecto preocupado y traje gris y estaría rondando por el departamento de perfumería, me he dicho a mi misma que sería usted. Tome, esto es para usted.-Y le extendió un papel como los anteriores que ya le eran familiares. Le agradeció su atención y se fue sabiendo que el loco había estado allí y sabía por anticipado a quién trataría de salvar. Se reprochó un poco el no haber ido a la cocina del otro centro comercial y decirles a los cocineros que la carne estaba mala y que no hicieran hamburguesas, sin embargo al leer la nota se quedó frío.
“Estimado Narváez, sigue siendo un profesional, ¿sabía que el veneno estaba en los perros calientes?, ja, ja,ja,ja,… En este momento debe haber una ambulancia recogiendo un cadáver, ¿por qué no se asoma un poco y echa un vistazo?  Enhorabuena, lleva ya dos cuerpos, se acerca el final”
Narváez salió corriendo y encontró en la acera de enfrente una ambulancia. Se dirigió hacia ella deseando, en forma de rezo, que no fuera la niña la víctima. Le dijeron que la mujer había tenido un colapso después de terminarse lo que se estaba comiendo y que después no había podido reaccionar. Preguntó por la niña y le dijeron que estaría bajo la custodia de la policía mientras se encontrara a los familiares.
Carlos volvió a su oficina sabiendo que al llegar le llamaría el demente que ya le estaba hartando.
Sonó el teléfono y sin ni siquiera contestar, Narváez se dispuso a escuchar.
-Lo felicito señor Narváez, es usted muy bueno, aunque siempre predecible. ¿Sabe quién era esa mujer a la que no pudo salvar? ¿No? Pues, una de las mejores colaboradoras del señor Larriaga , la Mona, así le decían a la mujer, era en realidad Chole Soriana, una mujer muy cruel e inmisericorde que trataba mal a los niños y era completamente insensible al dolor humano. Ahora, gracias a usted se encuentra gozando de una mejor vida. Lo malo es que se le han acumulado dos presas y estamos apenas a media semana, ¿Qué hacer? ¿Quiere una oportunidad?
-Si fuera tan amable de dármela, es que me parece que usted solo se divierte invirtiendo las reglas y divirtiéndose solo.- Carlos trataba de desvelar el objetivo del psicópata.
-Ah, ¿quiere que juguemos limpio? Lo siento, pero las reglas las pongo yo, y usted tendrá su oportunidad de oro al final. Por ahora investigue sobre mí, trate de revelar mi personalidad de hacer un perfil psicológico, averigüe mi profesión. Busque en los archivos de la UNAM, en la Suprema Corte de Justicia, en el Registro Civil. Mis apellidos son Arévalo Madrid. Bueno, ya tiene suficiente, le queda un día antes de la siguiente tarea.
 Carlos empezó a buscar primero en el registro civil, donde le atendieron con poca prontitud y le obstaculizaron las indagaciones, perdió más de tres horas en encontrar algunas personas con los dos apellidos de ciudades españolas y comenzó a buscarlos en los enormes libros de las páginas amarillas, realizó varias llamadas sin éxito alguno. Trató de ir descartando  a los hombres casados, a los de mediana edad y se centró en los que pasaban de cuarenta años que eran militares, restauranteros y abogados. Había un tal José Arévalo Madrid que había nacido el año 1923 hijo de un arquitecto de apellido Arévalo y de Madre de apellido Madrid con profesión de educadora. Se dirigió al archivo de la universidad para saber si había algún egresado con los apellidos de las personas que tenía en su lista y encontró dos posibles candidatos, el primero era un historiador con los apellidos invertidos y de nombre Ricardo, el segundo era un tal Arévalo Madrid José Carlos, Narváez se enteró de que esa persona era un abogado, volvió a su lista de la sección amarilla y no lo encontró. Era posible que fuera una persona tan aislada o pobre que ni siquiera tuviera dinero para ponerse una línea de teléfono, sin embargo un licenciado bien podría tener un buen puesto y si el psicópata había mencionado la suprema corte, entonces es posible que su número fuera privado y por dicha razón no figuraba en el libro amarillo. Se irritó mucho al saber que en la Suprema Corte de Justicia no figuraba ninguna persona con el nombre señalado y que no había existido persona alguna que ejerciera algún cargo por más insignificante que fuera, en resumen, era completamente desconocido.
Volvió muy tarde a su casa y se acostó.
A la mañana siguiente lo distrajo una noticia que anunciaban por la radio que en una convención internacional se había aceptado la promulgación de un decreto contra la discriminación racial en todas sus formas. Pensó que tal vez un día se promulgarían decretos contra el abuso de menores o el tráfico de personas o el esclavismo encubierto, pero un ruido lo sacó de su intentona de crear un mundo más humano en su imaginación.
-Me imagino que está un poco encabritado conmigo, ¿No es así? ¿Le desagradó mucho no  encontrar la información que esperaba sobre mí?
-A decir verdad, ya me he habituado a sus engaños y, si me permite manifestárselo, le diré que hasta le he cogido un poco de aprecio, aunque se proponga usted matarme, por supuesto.
-No sea caprichoso y compórtese como un verdadero investigador. Tiene ahora la última oportunidad, le daré un acertijo muy sencillo y no piense que es ridículo, por favor. Escuche con atención:
“Yendo a la Zona Rosa encontré tres mujeres, cada una con tres bolsas, en cada bolsa triple estuche, en cada estuche tres bilets, si no lo adivinas a la de tres, gema, carmesí o rubí, ¿qué es?”
Bueno, recuerde que mañana es el último día que jugamos así que si encuentra antes de las tres de la tarde de mañana lo que le he dejado nos veremos por la noche para despedirnos. Mucha suerte, amigo.
Carlos no pudo responder nada, ni preguntar. Colgó el teléfono y se fue a desayunar a una pequeña cafetería donde le servían su café preferido. Se sentó y se quedó meditabundo, pasó un rato y sin terminarse lo que había pedido se fue sin pagar la cuenta, se dirigió al parque que estaba a unos metros de allí, se buscó un lugar y se sentó. Su aspecto abstraído era la consecuencia de un hábito profesional que lo obligaba a deambular o permanecer sentado como una estatua. El sol calentó su rostro moreno y le produjo una satisfacción imperceptible. Miraba con los ojos desenfocados y no distinguía nada de los que había o pasaba a su alrededor.
La fecha se había escogido, con toda seguridad con precisión, era día trece, viernes y el mes de junio era el sexto, un múltiplo de tres, ahora solo tenía que encontrar a las tres mujeres con bolsas y buscar los lápices labiales envenenados. Cogió la avenida Reforma y giró por la calle Amberes y dio vuelta en la calle Hamburgo, luego fue a la calle de Génova, después fue por la calle Londres y estuvo realizando giros por la misma ruta durante una hora con algunas variaciones para no enajenarse. De pronto vio a una señora que llevaba tres bolsas de color naranja con un anuncio blanco de la marca Carmina, se sobresaltó y sin pensarlo se acerco a la portadora de la singular carga.
-Buenas, tardes señora, disculpe que le pregunte pero, ¿lleva cosméticos en esas bolsas?
-Sí, ¿por qué?
-Mire, es que trabajo para la empresa Carmina y me han comunicado que uno de los lápices labiales está en mal estado y podría causarle una alergia. ¿Me permite ver el estuche?
-Ya decía yo que era demasiada suerte que a uno le regalaran cosas buenas en la calle.-Dijo la mujer con cara de desagrado y masticando con más fuerza un chicle ya muy machacado.
-¿Se los ha dado un hombre flaco con aspecto áspero?
-No, que va. Me los dio una joven muy sonriente que me mostró todo con mucha gentileza y me dijo que estaban haciendo una campaña publicitaria para promover sus nuevos productos.
-Pues, algo nos ha fallado. Lamento comunicárselo, no es muy bueno para la compañía, ¿verdad?
-Pero todo lo demás está bien, ¿verdad?
- Por supuesto, es que solo se les pasó un ingrediente en la formula de los bilets, nada más eso.
Después Carlos le pidió permiso a la mujer para tirar a la basura los tres lápices labiales que contenía el estuche, a lo que la mujer consintió con una cara de decepción. Narváez le agradeció su amabilidad y siguió su búsqueda no sin antes disculparse por la supuesta molestia.
Eran las cuatro y cuarto cuando encontró a la segunda mujer con tres bolsitas idénticas a las primeras que había encontrado. Las llevaba una mujer de aspecto pobre y Carlos se preguntó si no le pediría una compensación la mujer por tirar los cosméticos al contenedor de basura. Preparó un billete de cien por si las dudas y se encaminó hacia ella.
-Perdones, señora, soy representante de la empresa Carmina y me han mandado con urgencia a retirar de los estuches todos los bilets, por favor, permítame ver sus bolsas y le compensaré con cien pesos la molestia que le hemos ocasionado.
La mujer que muy reacia observaba a Narváez, en cuanto vio el billete con el retrato de Carranza se alegró y la carita de Chac Mool en el reverso del billete le hizo lagrimear el corazón.
-Muchas gracias, señor. En verdad es una lástima que haya salido mal lo de los bilets.
La mujer se guardó los cien pesos y se fue apresuradamente a calmar las demandas de sus tripas que se despertaron al contacto con el dinero.
Eran las cinco y Narváez estaba fuera de sí porque ya casi daba por perdida la esperanza de encontrar a la tercera mujer, pero ésta vino a su encuentro. Al llegar a la calle de Génova se dirigió a una fuente que le llamó la atención por la mujer de piedra con dos delfines y cuando ya casi llegaba al ornamento arquitectónico le salió al encuentro una joven que le pareció muy conocida. Carlos era muy buen fisonomista y reconoció a la chica de la sección de perfumería que le había dado un papelito rancio el miércoles. Se paró y le entregó un pequeño papel.
-Bueno, ya se habrá dado cuenta de que tengo un encargo para usted, no hace falta que interprete su papel de vendedor de cosméticos. Aquí la tiene.- Y con una sonrisa  dientitorcida le dio un sobre.
“Lo espero en la Calle Dinamarca Nº 69, interior 2,  en la segunda planta, toque el timbre dos veces cortas y una larga para que sepa que es usted, a las 11,45 de la noche, si llega antes no encontrará a nadie. Hasta pronto.”
Narváez se fue a su oficina, le dio instrucciones a su secretaria encaso de que las cosas le salieran mal y cogió un revolver calibre 25 que le habían regalado hacía mucho tiempo y nunca, por fortuna, había usado. Salió a las diez y media y se fue caminando por las estrechas calles de la colonia Cuauhtémoc. Llegó a la cita en punto y tocó como se le había indicado, por el contestador el hombre con una voz  de barítono reseca y gastada por el tiempo le contestó.
-Ah, es usted, suba, suba, por favor.
La luz de la escalera era muy tenue y los escalones muy estrechos por esa razón Narváez subió con cuidado y agarrándose del barandal hasta llegar a la segunda planta donde había una puerta blanca entreabierta. Entró con precaución y escuchó que lo llamaban.
-Señor Narváez, pase por favor. ¡Qué bien que ha llegado! ¡Siéntese, siéntese ¿Quiere por favor coger esa botella de  Chivas y servirme un poco? Es, sin duda, la última botella que beberé en mi vida. Narváez estaba tranquilo y dispuesto a todo, pero la actitud del hombre era un poco desconcertante.
-Hasta, este momento se ha comportado muy bien y se merece un premio que sin duda recibirá, lo único que tiene que hacer es escucharme y después verá que no soy la persona que aparento. Mi aspecto nunca ha sido del agrado de las personas, no me ha sido necesario cambiarlo no soy José Arévalo Madrid, eso fue un artilugio para tenerlo ocupado el día de ayer. En realidad soy José Mancera Arroyo y toda mi vida traté de actuar conforme a las leyes cívicas y morales. Hace tres años caí en las redes de personas deshonestas que me obligaron a cometer delitos y si hubiera tenido más valor los habría  matado antes, pero las personas no son criminales hasta que las condiciones se prestan para matar. Yo estaba harto de ver como se abusaba de los menores de edad y cómo las dos personas que usted vio morir los torturaban física y mentalmente, por eso tomé la decisión. Hay una niña, la que usted vio con la Mona es Lorena Sánchez Villa, es por ella que lo he metido en todo esto. Necesito que usted se encargue de ella. Ya he tramitado todos los documentos y es necesario que usted firme  apoderado o tutor de esa niña. A mí me habría encantado educarla y ser como un padre para ella pero considero que no tengo ni la fuerza ni el criterio suficiente para enseñarle el camino en esta vida. En cambio usted con ese amor por el prójimo y con ese sentido de la rectitud  será un buen padre para esta pequeña que perdió a los suyos después de que Larriaga los mandara asesinar. Lo único que le pido es que sea consciente de la responsabilidad que tiene. Hizo una pausa y se bebió la copa hasta el fondo, extendió la mano para que le sirviera más. Narváez, vertió más whisky y se puso el mismo un poco más y brindó con José que ya empezaba a arrastrar la lengua por el efecto del alcohol.
-¿Sabe que he tomado un poco de acónito?  ¿Sabía que en ruso se llama Raíz de Lobo? ¡Qué ironía! ¿No? Ahí tiene un motivo para razonar, amigo mío.  
En realidad estoy contento de que todo esto llegue a su fin. En esta carpeta tiene todos los papeles que le dan los derechos de adopción de Lorena, cuídela mucho y use el dinero que le he puesto en un sobre para comprarle lo necesario y pagarle sus estudios.
Días después, Carlos Narváez salió a pasear al parque acompañado de una pequeña niña a quien educó y quiso como a su propia hija hasta el último día de su vida.

 Juan Cristóbal Espinosa Hudtler