Escritura creativa

domingo, 9 de agosto de 2020

Antinomias de una conspiración

Cuando Martín entró a la tienda iba eufórico. Las cosas le estaban saliendo a pedir de boca. Sus negocios se habían ampliado, lo reconocía la gente en la calle y lo apodaban el “ministro del taco”. Era porque había logrado conjuntar los sabores más envidiados por los amantes de dicho manjar, también había encontrado una fórmula que le permitía servir porciones bastante grandes a precios aceptables. La mayoría de sus clientes había dejado el hábito de comer pizzas, hamburguesas, pollo rebozado y todo lo que ofrecía la competencia. Sus locales estaban muy bien decorados y comer en cualquiera de esos establecimientos era muy agradable. Sus bolsillos comenzaron a llenarse y pronto se compró una casa nueva, un coche deportivo y formalizó su deseo de casarse con Patricia Delgado a quien con mucha dificultad había conquistado. Siendo un empresario exitoso, los principales rivales no podían competir con su carisma. Martín era moreno, alto y fornido. Hacía deporte para mantenerse saludable y su carácter le había abierto las puertas del mercado de la alimentación.

Aquel día Jaime Rosales lo llevó para que firmara los documentos pendientes antes de la inauguración de su boutique de vinos. Encontró a varias personas a quienes saludó cordialmente. Hizo unas cuantas bromas y revisó que todo estuviera según lo planeado. Mientras daba órdenes y consejos sintió la presencia de una fuerza magnética que lo excitó. Era el perfume de Amelia, una chica mulata a la que habían contratado unos días antes. Llevaba unos vaqueros muy entallados y unas zapatillas deportivas, caminaba a prisa y llevaba cosas de un lugar a otro. Martín no pudo evitar mirarla como hombre. Sintió un tirón dentro del cuerpo que lo puso en alerta. Comenzó a seguirla centrando su mirada en sus redondas caderas. Ella lo notó y sonrió fingiendo que no se había dado cuenta, pero cada vez eran más marcados los compases de sus glúteos. Hubo un momento en que Rosales la llamó y se la presentó a Martín como la cajera. Se miraron con disimulo, pero ella encontró algo que la hizo sentirse segura y miró a su jefe con la mirada fija y la barbilla saliente, era un reto que Martín aceptó con parpadeos.

Al día siguiente se abrió el establecimiento. La gente llegó para aprovechar la degustación, las ofertas y la oportunidad de conocer al famoso hombre que había llevado un platillo típico al estómago de los más exigentes y caprichosos. Martín llegó con Patricia, hacían una buena pareja, pero había algo que no terminaba de gustarle a la gente. Por lo bajo se rumoreaba que Patricia era de alcurnia por nacimiento, mientras que él era solo un afortunado plebeyo que se había forrado con una idea original. Patricia se conducía con naturalidad, pero la gente sentía una enorme necesidad de complacerla y obedecer sus órdenes fueran las que fueran. Amelia veía con envidia a la respetada novia de su jefe. Tenía fuego en los ojos y de tiempo en tiempo apretaba los dientes. Se llevaron a cabo las presentaciones. Hubo en efusivo discurso y aplausos, vino y una enorme tarta de nata con fresas que la gente devoró al instante. 

Salió la pareja ovacionada. Se les deseó lo mejor para su futuro matrimonio y se alejaron dichosos. Martín llamó a su chófer y subió al coche. Ya dentro le hizo una petición a Patricia con un diamante empotrado en oro blanco. Ella sonrió y le ofreció el delicado anular, luego se besaron. Cada uno imaginó el futuro próximo a su manera. Martín se veía a sí mismo como un empresario influyente y muy reconocido en el país. Patricia destacaba esplendorosa junto a un hombre influyente, pero de poca clase. En lo más profundo de su alma, eso le producía una satisfacción un poco amarga, puesto que los hombres a los que había querido conquistar tenían otras parejas y los que dejaron pasar la oportunidad por ciegos le producían náuseas. Sería feliz, tendría hijos y sería buena esposa, pero siempre miraría hacía el horizonte buscando la oportunidad de recobrar lo perdido en el pasado.

Llegó el día de la boda y la Luna de miel. Derrocharon dinero a más no poder. Los suegros estaban encantados. Martín presentó a su madre y habló maravillas de su difunto padre. Los periodistas sacaron miles de fotos y la página de sociales del domingo quedó para la historia como el día en que la preciosa Patricia Delgado se había dejado conquistar. No era matrimonio por interés, era por amor, decían las mujeres en sus tertulias. En la gente se quedó la imagen de los personajes de un cuento de hadas. Patricia evitó unos meses el embarazo para gozar de la comodidad de un vientre plano y el deseo efervescente de su esposo. Los dos estaban satisfechos porque él había descubierto la llave para liberar los influjos perniciosos de su esposa. Pasaron varias noches inolvidables. Se intercambiaron de piel y se entreveraron sus sentimientos. Atravesaron caminos tortuosos de ternura y violencia; caricias y mordiscos; y deseo carnal e identificación espiritual.

Martín era feliz y su gozo influía de tal forma sus negocios que los empleados lo adoraban, los clientes lo buscaban para conversar y recibir consejos de provecho. En esa enorme turbulencia que iba dejando a su paso hubo una mujer que sintió pánico. Fue un temor intenso en el vientre que le ensombreció la vida y la obligó a buscar una oportunidad para apaciguarlo. Amelia decidió que tenía que conquistarlo. Fraguó su plan, pero lo tuvo que ir moldeando de acuerdo a las circunstancias y solo medio año más tarde logró dar el primer paso. Ella estaba subida en una escalera acomodando unas botellas de licores selectos. Con un trapo y un plumero les limpiaba el polvo, les sacaba brillo y los acomodaba para que se vieran llamativos. Por la forma tan extraña en que se movía, Martín le pegó los ojos en las piernas. Lamentó haber puesto tanta atención porque un instinto salvaje le produjo ansias. Las rechonchas piernas de piel oscura eran como un llamado de los antepasados, además se oía una melodía con ritmo caribeño. Era eso, que Amelia bailaba en los escalones y dejaba al descubierto sus bragas. Notó que era observada, pero fingió estar entregada por completo a su danza aérea. Bajó despacio y se acercó a Martín para saludarlo. Se cogieron la mano. Ella con subordinación y el con deseo. Estaba tibia y transmitía esa vibración de las réplicas de su baile. Por iniciativa de Martín salieron a comer a un restaurante que no se encontraba muy lejos.

Sentados uno frente al otro, fueron descubriendo sus pequeños secretos. Ella había nacido en el Caribe, descendiente de negros tenía rasgos europeos y sangre africana. Era todo lo contrario de Patricia, pero si en esta él encontraba un cuerpo suave, envidiado por su cuidado de cremas y lociones, Amelia era un fruto natural maduro con aroma de selva con aroma de guanábana y guayaba pedía a gritos un mordisco. Martín se imaginó que se lo daba y que su jugo dulce se le escurría de la boca, masticó con fuerza la suave pulpa de mamey imaginado. Amelía se dejó llevar por la intuición y comenzó otra danza. Esta vez muy diferente, acompañada de sus palabras y dibujos raros que hacía en el aire con sus dedos. Hablaba con esa prisa de los habitantes de la costa, haciendo más explosivas las emes, tragándose las eses y alargando algunas vocales. Martín sintió el efecto con rapidez. Una sofocación ardorosa le inquietaba en el vientre. Perdió el dominio de sus palabras. La cogió de la mano, luego del brazo y acarició su piel. Sus ojos se atragantaban de sus imaginados senos. El olfato le indicó que estaba pasando por un período favorable para el apareamiento. Sintió a una hembra que requería amor. 

Martín habló menos. Pagó la cuenta y cogió por el talle a su dócil acompañante. Caminaron intercambiando frases simples. Entraron a un hotel y pidieron una habitación. Se lavaron las carnes y se entregaron a un festín en el lecho. La lluvia de sudor los empapó y los fusionó durante varias horas. No hablaron mucho porque en esas situaciones las palabras están por demás. Los quejidos de placer y las largas caricias dejaron todo en claro. Repetirían siempre que encontraran la posibilidad de hacerlo y no importaba dónde fuera. Para Amelia fue un gran triunfo, tal vez el más importante de su vida; para Martín fue el fracaso total. La violación de las normas maritales, el reconocimiento de su clase de plebeyo, pero estaba feliz. Se decía a sí mismo que no se puede ser feliz comiendo todos los días caviar por más selecto que fuera. Patricia le informó de su indisposición cuando entró en su casa. El mostró benevolencia y dijo que su día también había sido muy duro y que apenas tenía fuerzas para llegar a la cama. Durmió tranquilo, soñando como un niño en vísperas de Navidad imaginando los regalos que recibiría al día siguiente y los demás años. El alimento que le daba Amelia lo hizo resistente a la sal marina, el sol y la intemperie. Se sentía vigorizado y hasta Patricia dejó de soñar con hombres más atractivos y fuertes porque Martín tenía un brote de energía que le despertaba una pasión bestial.

Amelia fue complaciente medio año. Eso la engalanó con buenos vestidos, joyas y un piso propio. Estaba satisfecha y no quería perder su oportunidad. Se sentía con el suficiente arsenal para ganarle la guerra a su contrincante y si no hubiera cometido un error garrafal, lo habría logrado sin duda, pero una tarde que estaba muy aburrida salió con una amiga y perdió el objetivo que la guiaba. Susana, una de sus viejas amigas, le pidió que la acompañara a un salón de baile muy popular. Se arregló lo mejor que pudo, se adornó con joyas de fantasía y salió con su compañera en busca de las más emocionantes aventuras. Llegaron cuando el grupo musical estaba ejecutando su mejor repertorio. Pidieron unos cócteles y se sentaron con la pierna cruzada sin intercambiar palabra. Rápido se acercó un hombre alto y moreno a sacar a bailar a Amelia. Ella fingió modestia y un poco de indisposición, pero la mano fuerte del hombre la arrastró hasta la pista.  

Amelia había frecuentado varios sitios y siempre había ido en condición de casamentera y por eso no había logrado éxito alguno. Esta vez era diferente. Tenía una posición, no la que deseaba realmente, pero ya era independiente, tenía dinero y un lugar para vivir. No tenía por qué implorar limosnas de los hombres, que por lo regular la deseaban, pero no ocultaban su tacañería reduciéndola a la condición de mujer de una noche. Ernesto la cogió con firmeza, la guió por la pista, la hizo lucir sus mejores movimientos y despertó su esencia dormida. Él le despertó esas olas de tormenta, ese sol candente de mediodía, la salazón del cuerpo en los largos recorridos por la costa. No podía luchar contra su instinto. Identificación caribeña, piel curtida, rizos y sudor. La abrazó y le clavó los ojos en las pestañas que fueron una defensa parpadeante inútil. Amelia no se dejaba vencer, pero su instinto era arrollador. Terminaron besándose.

Bailaron hasta el agotamiento. Para él la cerveza era un líquido eficaz, pero no contra la sed. Ella podía tomarse los combinados que quisiera, pero su cuerpo jugoso le pedía ser cortado por alguien en tajadas. Quería ser exprimida, estrujada y elevada hasta la copa más alta del árbol de mango para caer y explotar bañada de pulpa. Ernesto hablaba poco, dejaba que sus manos y sus labios fueran los que llevaran el tema. Cogieron un taxi y se fueron al lugar que sería su nido de amor. Se complacieron los dos hasta sus últimas fuerzas. Amelia sintió que toda la flora de su tierra geminaba en ella y el responsable de ese milagro era Ernesto. Ya no podría vivir sin él. Martín lo notó de inmediato, pero lo interpretó de forma contraria. Creyó que la furia con que su amante se le entregaba era fruto de un amor que surgía de sus encuentros, pero Amelia fue perdiendo la fuerza con él y al final, se dejaba amar, pero era reacia a las amabilidades y galanteo de Martín. Él sintió algo muy desagradable en sus tripas. Una sensación de vacío y a la vez odio contra algo que le quitaba a su amante. Estaba muy lejos de acertar la razón porque descartaba totalmente que ella tuviera a alguien.

Las cosas se torcieron por la ironía de la vida. Ernesto se dio cuenta del dominio tan enorme que tenía sobre Amelia. Ella le solventaba caprichos y esperaba, condicionándose a la recompensa, que él la satisficiera. Empezó un juego muy complicado de intereses. Ernesto quería una parte de la fortuna de Martin, pero lo quería en metálico y no en joyas, ropa o concesiones de cualquier tipo. Ernesto ideó su plan y empezó su campaña. Lo más importante sería obligar a Amelia a que le diera dinero, una vez conseguida la suma deseada, probaría suerte seduciendo mujeres de más categoría. Quería pasar de un seductor de segunda a titular del Jet Set. Asistiría a las reuniones de las grandes personalidades del espectáculo. Buscaría aves heridas o débiles y poco a poco se convertiría en el halcón de caza que se llevaría entre sus garras a las más tiernas y dulces presas. En varias ocasiones se soñó haciendo su campaña política. Sabía a la perfección que existían las mujeres influyentes y bien acomodadas que le abrirían el paso cuando se lo pidiera. Amelia no sospechaba nada y mientras era reacia y huraña con Martín, se desbordaba con Ernesto en los entronques de su inmenso mar de ilusión y los ríos de aguas turbulentas de las sábanas en las que Martín tenía que aparearla como un buey en celo. La rutina se convirtió en un escape de malos humores y estados nerviosos. Ernesto le apaciguaba a medias el placer a Amelia para que se quedara con un poco de hambre. Martín culminaba con ese apetito y se quedaba satisfecho, ya sin sospechar o tener la duda sobre un posible amante de su querida. Ernesto galanteaba con otras mujeres más guapas que su bienhechora y se dejaba arrastrar por las rápidas aguas de aquellas harpías.

—¿Qué te pasa? — le preguntó Martín

—Nada, es que estoy preocupada por mi familia,

—Y ¿qué le pasa a tu familia?

—Es que mi hermana ha tenido muchos contratiempos y necesita una suma considerable de dinero para salir del atolladero. Está sola y tiene tres hijos…

—Bueno, mujer. No te preocupes. El negocio está marchando muy bien y las ganancias son buenas. ¿Cuánto necesitas?

—Diez mil—contestó Amelia ruborizándose un poco

—Está bien. ¿quieres que se los mande yo?

—No, no hace falta, yo se los puedo enviar con una persona de confianza.

Martín no sospechó nada y se ilusionó pensando que al concederle la suma de dinero que le pedía podría aprovecharse de su situación de benefactor. Probó cosas nuevas en la relación. Amelia se disgustó porque si a Ernesto le permitía cualquier cosa, Martín debía seguir las normas de una relación semi romántica y las cosas del sexo bruto no eran bienvenidas. Se separaron y cada uno se llevó un trozo de insatisfacción. Martín pensó que podría librarse de ella, pues había comprado su libertad y la pasión se había marchitado como una planta mal cuidada. Ernesto notó la entrega incondicional servil y las lágrimas en Amelia y comprendió que era hora de pasar a la segunda etapa de su plan. Le dio placer al máximo. Ella quedó inconsciente sin comprender lo que le había sucedido. Estaba acostada escuchando la voz de su corazón que la arrullaba con una melodía de brisa tibia. No oyó salir a su amante y se quedó repitiendo una frase sin descanso.

Martín asistió a una reunión de sus amigos empresarios y descubrió la presencia de Brigitte, una joven sueca de mezcla escandinava muy extraña. Tenía aspecto de actriz de cine y Martín no se pudo resistir. Se empleó a fondo y logró muy poco, pero la mínima esperanza que ella le dio fue suficiente para emprender el camino de la conquista. Todas las noches la veía en el rostro de Patricia y cuando se iba con su amante no dudaba en susurrar el nombre de la rubia con ojos de lince. Amelia se desentendía porque no lograba adivinar qué palabra era la que tanto repetía Martín. Se desquitaba con los encuentros con Ernesto. Una noche, en la que Martín se la encontró por casualidad, sucedió la tragedia.

Martín estaba organizando un banquete para una persona importante del gobierno cuando apareció el inspector Fuentes. No podía haber aparecido el jefe de homicidios en peor momento porque esa noche tenía cita con Brigitte y sospechaba que por fin se la llevaría a la cama. Cuando lo vio le pareció un tipo desaliñado y poco inteligente. Tardó unos minutos en comprender que le estaba haciendo un interrogatorio.

—¿Hace cuánto que conoce a Amelia Bustamante? —le preguntó el inspector Fuentes poniéndose unas gafas ridículas

—Mire, la señorita Amelia es mi empleada desde hace dos años. Es una chica responsable y no tengo ninguna queja de ella, además su situación migratoria está en regla. La considero una persona inofensiva y no pienso que pudiera causarle daño a nadie. Si tiene alguna acusación en su contra, me hago responsable desde este momento.

—Le doy crédito a todas sus palabras y no dudo de lo que me ha dicho, pero debería usted saber que ha sido asesinada. Esta mañana la han encontrado muerta en su piso…

—Pero, ¡qué dice! !Eso es absurdo! ¡¿Quién podría cometer tal sacrilegio?!

—Pues, es eso precisamente lo que queremos aclarar y como usted era su amante…

—Pero, ¿cómo se atreve? ¿con qué fundamento dice eso?

—¡Cálmese por favor! Si le digo todo esto es porque ya lo hemos investigado. La gente habla mucho, ¿sabe? Las personas se sienten muy excitadas cuando se trata de bulos y cotilleos y la portera del edificio dónde vivía Amelia nos dijo que usted la frecuentaba por las tardes y que siempre se quedaba unas horas con ella. Ayer, precisamente le vieron llegar cerca de las seis. ¿Es verdad?

—Sí, es verdad— afirmó Martín buscando alguna explicación a lo sucedido. Sospechaba ya que lo tenían en la lista de sospechosos y no tenía preparada su coartada.

—Bueno, pues debería saber que, a las nueve y media de la noche, precisamente cuando usted abandonó el piso de la señorita Amelia, ella fue ahorcada con un cable de teléfono y no hay más huellas digitales de visitantes que las suyas. Cómo podría haber sucedido eso, ¿eh? ¿tiene alguna idea?

—Necesitaré la asesoría de mi abogado. Le ruego se retire y me cite cuando las cosas se aclaren. No soy un asesino y puedo demostrar mi inocencia. ¡Qué tenga buenas tardes, señor Fuentes! —Martín se retiró pálido. No podía mantenerse en pie y cuando el inspector se fue, se tiró en una silla, pidió un whisky doble y se lo bebió de un trago.

Se comenzaron a ver con claridad las grietas que destruirían su vida. Esa fortificación tan segura que había construido, mostraba defectos terribles, pronto se desmoronaría como los castillos de arena que había fabricado en el aire. Patricia pondría el grito en el cielo y se iría de cualquier forma. Sería inaceptable la revelación de una amante para ella y su prestigiosa familia. Los clientes jamás creerían su total inocencia, sus socios tratarían de quedarse con su parte y desentenderse de él. Lo único que podría salvarlo de vivir en el fondo del olvido era capturar al culpable. Al principio pensó en un robo, incluso llamó a la comisaría y para hablar detalladamente de las pertenencias de Amelia. Tuvo que ir a reconocerla a la morgue y al verla se decepcionó porque en vida le había servido como un instrumento de placer y lujuria, pero ya muerta, fría, inmóvil y con un gesto desagradable, le produjo vómito. ¿Cómo había podido poner en juego su riqueza y bienestar en esa mujer? La vio descompuesta, con celulitis, maloliente y despeinada con una mirada de loca. Lloró por la noche sin que Patricia lo viera. No le apeteció dormir con ella. Era mejor empezar a olvidarse de su vida marital que no había sido tan mala, pues Patricia tenía muchas cualidades que mujeres como Amelia solo podían envidiar. Martín se mordió los labios y golpeó las paredes hasta sangrar. Había sido un estúpido.

Asistió al interrogatorio con su abogado. Reconoció que Amelia era su amante, que se encontraban dos o tres veces al mes, que él le había comprado el piso, que le había hecho regalos caros y que lo último que recordaba haber hecho por ella era darle diez mil dólares para ayudar a su hermana. El inspector anotó toda la información e hizo preguntas, al parecer tontas y fuera de contexto, a las que Martín contestó de forma reacia. Terminado el interrogatorio le dieron la recomendación de no abandonar la ciudad y mantenerse disponible para lo que se pudiera requerir en la investigación. Lo que tanto temía se fue cumpliendo. El escándalo de patricia fue terrible. Él le propuso que se quedara con las propiedades y el negocio. Lo único que le interesaba era salvar el pellejo. No se resistía a su destino y procuraba acomodarse en la orilla del río más segura para que la corriente de sucesos no lo arrastrara y lo echara por una cascada insalvable. Pronto perdió su imagen y el día del juicio vio como se ensombrecía para siempre su vida.

—¿Reconoce usted, señor Martín Lugo, que su amante era la señorita Amelia Bustamante?

—Sí, señor juez. Fue mi amante durante más de un año.

—¿Estuvo usted con ella el día de su asesinato?

—Sí, señor juez estuve con ella unas tres horas y salí de su departamento pasadas las nueve, pero estaba viva.

—¿Reconoce usted que ella le chantajeaba con revelarle a su esposa su relación y, por eso, usted le daba dinero para conseguir su silencio?

—Lo niego señor juez, yo solo le ayudé en dos ocasiones para que pudiera enviarle dinero a su hermana en Centroamérica.

—¿Acepta usted que, a falta de pruebas de lo contrario, usted es el principal sospechoso y que el supuesto hombre con quien Amelia se encontraba en un bar popular era solo un amigo que compartía su afición a la música y el baile con ella?

—Según tengo entendido, ese hombre no era su amigo, sino un querido con quien ella se veía en secreto y él fue quien la asesinó.

—Su abogado no nos ha proporcionado pruebas y está claro que el individuo a quien se refiere usted, señor Martín Lugo, es un simple aficionado a la salsa y si se encontraba con Amelia era solo para bailar.

—Pero señor juez. Su cuartada es una patraña y además se descubrió que antes de la muerte de Amelia era un pelagatos y después le apreció una jugosa cuenta en el banco y…

—Lo siento señor Martín Lugo, pero eso ya ha sido aclarado durante las sesiones que hemos tenido aquí. Bueno, si no quiere reconocer su culpa ante las pruebas irrefutables que tenemos, es su problema. ¡De pie todos! Se levanta la sesión para que el jurado delibere. Nos vemos aquí dentro de hora y media.

Los minutos se fueron destilando desde el reloj hasta que, perdida la paciencia y los nervios, se reanudó la sesión. Andrés Longoria, el abogado de Martín, estaba seguro de que el jurado deliberaría a favor de su cliente y en el peor de los casos le condenarían a una pena de tres años de cárcel por falta de pruebas y tendrían que pagar una fianza muy grande, pero era el precio de la libertad.

Martín entró muy agotado y su aspecto ya no era el de aquel empresario que se comía los negocios como caramelos. Estaba canoso y las arrugas le agrietaban los pómulos. Se veía flaco y pálido. Su traje le quedaba una talla más grande y su andar era torpe. Se tumbó en la silla. Salió el juez, llamó al jurado y pidió silencio. Al oír la sentencia, Martín estuvo a punto de sufrir un infartó. Se desmayó y no oyó los gritos de euforia de los espectadores y contraparte acusadora. Cuando volvió en sí le ayudaron a levantarse. Le pusieron unas esposas y lo condujeron a una sala de espera para ser conducido a un reclusorio. Longoria hizo todo lo posible por darle ánimo y le prometió abrir el juicio de nuevo, encontrar al verdadero criminal y sacarlo de prisión. Martín ya no era dueño de sí mismo. Caminó sin oír nada y se fue como si lo hubieran condenado a la silla eléctrica y no hubiera vuelta atrás.

Una semana después del juicio, Patricia recibió en su nueva residencia a un hombre. Se había arreglado especialmente para ese encuentro. Llevaba puesto un vestido de seda con un gran escote y la mesa en la terraza estaba lista par una cena romántica. En el aire se movían las ondas serpenteantes de una cumbia colombiana ejecutada con acordeón y percusiones. El hombre entró conducido por la ama de llaves. Miro a Patricia y sonrió.

—Hola, ¿qué tal estás?

—Bien, te he echado de menos estos meses, pero era parte del plan, ya sabes.

—Sí querido Ernesto, ahora no tenemos ningún obstáculo. Nadie podrá impedir que consigamos nuestro sueño dorado.

Se abrazaron y se perdieron en el calor de un fogón que incendiaba sus corazones.

     

  

sábado, 25 de julio de 2020

Terezinha

I

Hacía unos días que me habían dado de alta en el hospital. Era uno de los sobrevivientes que no fueron arrestados por los ingleses el 5 de octubre de 1804. Éramos en total cincuenta náufragos incluido el teniente de navío Pedro afán de Rivera. Quedé enganchado a unos maderas de la proa. La corriente me llevó en dirección Este y permanecí a la deriva varios días. Luego perdí el sentido, pero como me contaron después. Una embarcación portuguesa me rescató. Cuando me recuperé supe que habían mandado a unos soldados para que me llevaran de nuevo Castilla. En esos días había pospuesto las salidas porque el temporal era muy malo. Pasé los días bebiendo en una taberna que estaba cerca del mesón en el que, gracias a la intercesión del alcalde, me habían dejado pasar las noches con una pensión completa. Gané unos cuantos escudos de plata que obtuve por mis labores de escribiente. Aprovechando la tranquilidad de una ciudad pequeña me dejé llevar por los placeres nocturnos. Había un sitio en el que se servía buen vino por las noches y las mujeres alegraban las veladas con bailes y caricias.

Tenía una conocida que me había hecho reducir mis ganancias a la mitad, pero estaba muy agradecido de poder gozar de su compañía. Me hablaba en su portugués costeño haciendo caso omiso de mi desconocimiento de algunas palabras y expresiones. Un día, antes de partir, fui a buscarla, pero no apareció en toda la noche. No quise amansar mis necesidades con otra mujer y bebí gozando de los cánticos y las danzas. Entrada la madrugada cuando la gente se comenzó a dispersar por las habitaciones y la música se hizo más lenta, vi a un hombre que me miraba con persistencia. Llevaba una camisa de olanes con un cordón desatado. Tenía un aspecto raro y en un principio estuve arisco a sus palabras, pero al preguntarle sobre su empleo me contestó que era comerciante y amanuense. Habló sobre sus viajes y las ciudades que frecuentaba. Me quedó la impresión de que el país era muy rico en vegetación. Hablamos un poco de las mujeres que ahí trabajaban, le comenté que me encantaba la Terezinha. El dijo conocerla, que era buena hembra. Apasionada y con mezcla de esclava y reina. Sabía obedecer y subordinar según lo requiriera la ocasión. La imaginamos juntos con sus grandes escotes y su pelo rizado, con esa sonrisa de zorra que armonizaba con su perfil fino y aojado. Su mirada era la desgracia de los hombres que veían como sus glaucos ojos herían el corazón tirándose a matar. “Prendado está usted, amigo—dijo acariciándose el bigote—. Esa mujer es la condena del alma”. Era verdad porque estaba dispuesto a no volver al servicio a mi patria por aquellas piernas prietas de la aromática Terezinha que me había enseñado a pronunciar correctamente su nombre en su idioma y yo lo repetía en mis sueños.

Al final resultó mejor no verla esa noche o, al menos eso creía en aquel momento, porque después tuve un mal presentimiento y, es por eso, que muchos años después vuelvo a esta ciudad para saber su paradero. No me gustaría recibir una mala noticia y su imagen de señora envejecida, tal vez sin algunos dientes, canosa y descompuesta, es mucho mejor que la confirmación de mis miedos. He traído conmigo los cuadernillos que me dio Vitor Agostinho aquel que me diera atareada conversación. Ni siquiera llegué a sospechar lo que tramaba aquel desdichado ser. “Soy escritor de cosas de la vida, ¿sabe? —me dijo ya muy ahogado en alcohol—. Lo malo es que publicar un libro en nuestro tiempo es muy caro. Quizás usted podría ayudarme. Mis historias son para la posteridad. Es usted un hombre de bien, influyente y podrá con toda seguridad hacer que se cumpla mi ultimo deseo”. Traté de darle consuelo a sus penas y hasta lo encaminé a su casa. Nos despedimos con un abrazo sincero y me quedó grabada su mirada de crueldad que no sé si fue porque quería vomitar y se contenía o porque se imaginaba el final de la historia con mucho trecho de anterioridad. Cogí los cuadernos y me los metí en el jubón pensando seriamente en que los llevaría a la imprenta. Vi su capa alejarse. Llevaba en la mano su sombrero y su sombra parecía una serpiente avanzando dudosa. Ya compuesto de salud y espíritu volví a mis labores. Primero fui llamado a dar informe y luego asignado para viajar junto con Carlos María de Alvear, único sobreviviente de la familia de Diego de Alvear, a la Argentina. Toda la familia había naufragado conmigo y muchas veces me pregunté como había sido posible su desaparición. Mis labores y compromisos me alejaron de los cuadernos que permanecieron muchos años en un baúl, pero era mi destino leerlos finalmente y lamento mucho haberlo hecho. Esto fue lo que encontré:

II

Capitulo primero

Nací en el año 1774 en un pequeño pueblo cerca de Braganꞔa. Viajé desde pequeño a Meixedo y conocí la gran vegetación de los bosques del norte. Supe de los animales salvajes que habitaban allí. Tenía siempre miedo de los lobos que merodeaban por nuestro coche. Oía sus narices olisqueando, los mordiscos en la madera. A veces aullaban sin fuerza como amenazándonos con sarcasmo. Un día tuve la desgracia de salir por la noche a orinar. Tendría once años y al darme la vuelta, ya para volver a mi cama vi un lobo. Estaba frente a mí. Me miró sin furia, sin parpadeos. Sus brillantes ojos me comunicaron sus palabras: “Eres mi hermano gemelo. No somos dos contrarios y nos separaron para siempre, sin embargo, debes reunirte conmigo a través de un ritual. Tendrás que hacer un sacrificio en las noches sin luna. Ningún alma humana debe mirarte para que puedas retornar al bosque y yo esté en ti y tú en mí”. Me dio las instrucciones exactas de la ceremonia y me fui a dormir. A la mañana siguiente no recordaba nada. Estaba de buen humor y mi apetito fue el de un hombre mayor. Estás creciendo Víctor, me dijo mi padre limpiando los platos. Era cierto, me había salido un bigotillo de terciopelo bajo la nariz. Me sentía vigoroso y dispuesto a conquistar las tierras que veía en el horizonte.

Capitulo segundo

Habían pasado ya varios años. Me había hecho un experto en plantas medicinales. Ponía en bolsos de tela de lino mis hojas secas. Tenía clasificados los tipos de té, los ungüentos y las grasas de reptiles. Mezclaba algunas sustancias con aguardiente y se las vendía a los hombres para sanar los dolores de riñón o hígado. Tenía infusiones para los cólicos y jarabes para que las mujeres dejaran de ser lascivas. Mi padre estaba orgulloso. Recorríamos toda la costa del Atlántico, nos internábamos por los bosques. Teníamos una ruta de norte a sur que duraba un año. Hacíamos paradas en todas las poblaciones y nos relacionábamos con la gente. Nos pagaban bien y podíamos disfrutar de los espectáculos que nos ofrecían los cirqueros y magos. Mi padre siempre tenía monedas para cerveza o vino y como se desentendía del negocio sabiendo que yo podía con toda la carga, se llevaba al coche mujeres con las que reía y mugía como un buey feliz.

Capitulo tercero.

Una noche en que estábamos cerca de Vila Nova de Serveira cerca del río Minio. Mi padre llegó con una mujer gorda de unos cuarenta años. Me llamó y al acercarme vi a una joven que venía con ella. Tenía un vestido limpio y olía a aceite rancio y flores. Llevaba una diadema de metal un poco oxidada y su piel era muy pálida, sin embargo, tenía unos pechos redondos como naranjas y su rostro era el de una hembra canina en espera del ataque. Me miró con la cabeza baja. Mi padre abrió la puerta del carro y me ordenó subir. Entré y sentí que detrás venía la chica. Se cerraron las puertas y el espacio desfalleció de luz. Se me echó encima como quien quiere pelea, pero al tenerla sobre mí, me pidió que la desnudara despacio. Me ofreció su espalda y desaté los cordones que sujetaban su vestido azul. Quedó semidesnuda y se despojó del camisón amarillento. Me quité la ropa sin saber lo que hacían mis manos y, cuando estábamos en cueros, ella se echó boca arriba. Me miró retadora y me llamó. Sentí su cuerpo tibio y salado. Tenía poco bello en los sobacos y su vientre mostraba una barbita rala con unos labios rosados y regordetes. La monté con fuerza y sentí sus uñas traspasarme la piel, el placer por la unión me puso salvaje y la aferré con fuerza. Ella se retorcía debajo de mí. Reía de su ocupación pervertida, me empujaba para que tomara vuelo y después descendiera para traspasarla. No sé cuánto duramos así, pero de pronto noté los dientes más chirriantes, la piel más peluda. Me estaban poseyendo el deseo y la locura. Se me nubló la vista y sé que la mordí y me llené los pulmones con el olor de su carne fresca. Vi de nuevo al lobo que años atrás me había dicho que era mi hermano. Temblé de horror, pero ya no era yo, sino él, que aullaba con la potencia de un fuelle.

Capitulo cuarto

Los encuentros con mujeres se fueron repitiendo y mi padre fue perdiendo fuerzas. Parecía que cada vez que yo complacía mi cuerpo con un encuentro sexual, era él quien perdía el vigor que yo empleaba en el amor. Comencé a ver cada vez más cuajada la imagen de mi hermano. Una tarde de invierno muy fría tuve la revelación. Estaba con una campesina que se había ofrecido por unas cuantas medicinas para su madre. Era muy corpulenta y generosa en el amor. Se encendía como una hoguera y su calor duraba muchas horas. Parecía que tenía la fertilidad de la primavera. Habíamos quedado que primero curaría a su madre y después, para que pudiera entregarse sin recato. Haríamos el amor. No sabía entonces que se conjuntarían todos los elementos de la tragedia, pues como ya había contado antes. Mi progenitor perdía fuerzas con mis andadas y esa noche no tenía las suficientes para soportar el fuego de Fillipa que parecía una yegua en brama. La madre se recuperó a la mañana siguiente. La lusa floreció y tenía un encanto envidiable. Mi padre, por desgracia, amaneció tieso frente a las cenizas de la hoguera que había hecho. Lo sepultamos y me vi solo conduciendo el negocio familiar.

Capitulo quinto

Ya huérfano por doble partida, primero mi madre en la infancia y, ahora mi padre en la juventud, decidí seguir adelante sin mirar atrás. Los buenos consejos de mi procreador quedarían para siempre mientras él se iba integrando más a la tierra y transformándose en parte del universo. Lo eché de menos los primeros meses, incluso hablé muchas tardes con él. Así como lo solíamos hacer. Sentados frente a la hoguera hablando de nuestros planes futuros. Seguí elaborando los remedios con plantas, grasas de animales y algunas sustancias químicas. No se incrementaron mucho mis ganancias porque me faltaba el poder de convencimiento que mi padre sí tenía. Era un verdadero actor que entonaba, gesticulaba y lloraba como si de verdad estuviera convencido de lo que decía. Para mí era mucho más difícil, sin embargo, comencé a imitarlo y las cosas resultaron mejor. La gente me preguntaba por él y les contaba el triste final de su vida. Seguí haciendo mi ruta cada año, pero en uno de esos viajes pasó algo terrible.

III

Lo que Víctor Agostinho cuenta en adelante es fruto de una mente de sesos retorcidos o de la transformación, por causa de alguna pócima o un embrujo, de un hombre normal en algo bestial. Habían pasado diez años desde aquel infortunado día en que lo conocí. Era el año catorce y supongo que tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Volví a Garganta que estaba en una gran planicie árida. Busqué el Ana da Eira donde me había encontrado Terezinha. El lugar había cambiado un poco, era más pequeño de lo que lo recordaba. Por suerte estaba la encargada que ya era una anciana. Los años se le habían quedado encima y su carga era muy fastidiosa por las enfermedades que la comenzaron a afectar de forma demoledora. Andreia de Santos que sobresalía por carácter antes, ahora estaba relegada a su habitación mientras alguna de sus pupilas se encargaba de organizar las habitaciones, controlar a las mujeres y poner detrás de la línea a los hombres. No me reconoció. Le dije que había asistido a su burdel hacía diez años y que entonces era un joven marinero español muy atractivo. No podía comprobarlo y mi gruesa figura, mi calvicie prematura y mi perilla un poco canosa parecían contradecir mis palabras. La señora de Santos ya no veía muy bien y la artritis le producía un dolor tan intenso que no se podía concentrar en nada. Le pregunté por Víctor Agostinho y me contó que había sucedido una gran tragedia. No fue muy clara al contarlo y me quedaron muchas dudas. La historia que ella me había relatado era inverosímil y no pudo o, no quiso darme detalles. Lo que saque en conclusión es que había muerto mientras estaba con una de las chicas, pero su muerte había sido tan extraña y horrorosa que nadie deseaba comentarla.

Fue necesario dirigirme a la policía. No pudieron atenderme ese día y me alojé en el Flor de sal. Era muy pequeño y tenía un olor rancio. Deseé que mi estancia fuera corta y decidí que en cuanto aclarara lo de Agostinho volvería de inmediato a Argentina para no regresar jamás a Europa. Tomé una botella de vino y me venció el sueño. Era lo que necesitaba para poder estar tranquilo. La imagen de Terezinha se había ido haciendo más clara y creía verla en las mujeres morenas con vestido azul, que no faltaban. Desperté por la mañana con el estómago torcido. No pude desayunar y al mediodía fui otra vez a la comisaría. Hablé con Rui Antunes el encargado de homicidios que me atendió guiado más por la curiosidad que por la cortesía. Le manifesté mi temor de que Terezinha hubiera sido asesinada por Agostinho. Creí que Antunes me contaría todo de principio a fin sobre su muerte, pero no fue así. Me fue escrutando hasta sacarme la última referencia que tenía de Víctor. No reveló su interés de inmediato y me fue haciendo preguntas tan bien elegidas que no podía evitar hablar de Agostinho. Le conté lo de los cuadernillos, la forma en que nos conocimos y las sospechas que despertó en mi su conducta. Más tarde fui presentando la historia a partir del temor que tuve al volver a Castilla. Fue por su mirada—le dije al comisario—, por lo que sentí un escalofrío y un miedo jamás experimentado. Era como hablar con un ser de ultratumba. Me vi obligado a mostrar los cuadernos e incluso leer pasajes desagradables. Cuando hablé del segundo cuadernillo que era donde se encontraban las descripciones más aberrantes de las vejaciones de Agostinho, el comisario no se inmutó. Parecía que estaba buscando algún dato o información que le diera una respuesta a sus hipótesis. Por ratos se le iluminaban los ojos y cuando terminé de hablar salió. Volvió con una cubierta de cuero grueso y sacó unos papeles amarillentos. Eran unas actas.

“20 de noviembre de 1804. Se ha presentado el cadáver de una mujer de unos veinticinco años. Mulata con el pelo negro largo y rizado. Su cuerpo presenta fuertes mordidas en las piernas, los brazos y las nalgas. Al parecer las marcas de los dientes son humanas. Le fueron mutilados los pezones y los labios tanto de la boca como vaginales…”

No pude escuchar hasta el final lo que leía Rui Antunes. Le pregunté si había encontrado más víctimas torturadas de la misma forma. Me dijo que sí, que tenía conocimiento de unos quince casos más. Fue entonces cuando cogí el segundo cuaderno de Víctor y busqué los capítulos diez, once y doce. El comisario perdió el habla. Repasó letra por letra lo escrito y después con el rostro descompuesto me dijo:

—Tendrá que dejarme esos manuscritos, señor Samuel Castro

—Sin duda alguna, comisario. Creo que están malditos. Cójalos, por favor.

—Muchas gracias. Mire, el caso de Agostinho, es algo fuera de la lógica. ¿Sabe? Murió en el Ana de Eira. Donde conoció usted a Terezinha. Él la pudo haber matado el mismo día que usted lo conoció. Esos escritos que me ha dado son como una confesión póstuma y ahora se le podría inculpar por esos homicidios.

—Espero que así sea, comisario. Por cierto, le pregunté a la señora Andreia de Santos los detalles de la muerte de Víctor, pero como está en malas condiciones no me dijo nada. Las demás mujeres me comentaron que era tan desagradable el suceso que lo único que les producía era vómito y nadie quiso contármelo. Así que, si fuera tan amable de no dejarme ir con la duda, se lo agradecería muchísimo.

—Pues, es en verdad horrible y de ser otra persona usted, jamás se lo contaría, pero supongo que algo debe estar plasmado en estos cuadernos y lo que le narraré no le sorprenderá mucho. Vea, dicen que sucedió así:

“Víctor llegó cerca de la medianoche al burdel y pidió bebida. Se tomó media botella de aguardiente de un trago y comenzó a buscar una muchacha para acostarse con ella. Olía a perro según dice el informe, por eso nadie se le quería acercar. Eligió a una chica y ella le puso como condición que se bañara y una cuota muy alta. Agostinho dijo que el dinero no era problema y sacó un saquito con monedas de plata. A todos se les despertó la curiosidad porque era bastante y si se lo iba a gastar en una noche, bien merecía la pena prepararle un baño y una buena cama. Se limpió y quedó listo para el amor. Le dieron su habitación y empezó a revolcarse con la mujer, pero en unos minutos se oyeron unos gritos de dolor. Por el barullo y la música los clientes no oyeron nada y confundieron los alaridos con gritos de placer. Por casualidad, el guardia de la casa lo notó y entró precipitado tumbando la puerta. El espectáculo era tétrico. Había sangre esparcida por todos lados. El cuerpo de la mujer yacía inmóvil. No tenía pezones y sobre ella estaba una bestia peluda. Al notar al negro guardián se le abalanzó y comenzó a morderlo con una fuerza sobrehumana. Por suerte, pasó alguien de la cocina con utensilios. El negro pidió ayuda y le proporcionaron un cuchillo. Agostinho se enfureció y las cuchilladas parecían darle fuerza. Mordía el aire y aullaba. Fue muy difícil aplacarlo. Al final perdió tanta sangre que ya no pudo seguir moviéndose. Y aquí viene lo inverosímil, estimado don Samuel. Dicen que el cuerpo peludo de Víctor se dividió en dos partes. De un lado, quedó un cuerpo humano y, del otro, la piel de un lobo. Nadie pudo decir si eran dos cuerpos o un hombre y una piel. El caso es que desde entonces dicen que Agostinho era el hombre lobo”.

Me quedé mudo. No pude más que levantarme y salir despacio de la comisaría. Rui Antunes no reaccionó. Noté al verlo de reojo que tenía mucho interés en los cuadernillos. Sé que encontró lo que buscaba. La confesión estaba escrita de forma indirecta con letra burda y mal hilada.

miércoles, 1 de julio de 2020

Sarah y la tentación

El saxofón de Ben Webster sonaba romántico con destellos plateados que atravesaban la opaca nube formada por el humo de los cigarrillos. Fuera llovía con fuerza, pero allí hacía calor, la gente estaba encendida por las notas del excelente músico que había despertado ese instinto animal que llevamos todos dentro. Bajo una actitud mustia se escondían nuestras furtivas miradas de cazadores. Me fijé en Sarah que llevaba un vestido rosa. No era muy guapa, pero sus gestos eran obscenos e inocentes a la vez. De todas las que había allí era la única que se podía vanagloriar de ser erótica, seductora de verdad. Sus movimientos, ensayados en cientos de noches de juerga, se habían perfeccionado. Un guiño, un cruce de sus piernas haciendo una trayectoria curva en cámara lenta, su manera de sostener la boquilla en sus labios y las miradas de reojo que delataban su interés, pero disimulaban sus intenciones; la hacían única. Eso, además de un pelo negrísimo, unas pestañas muy embadurnadas de rímel y sus largos guantes blancos volvían locos a los clientes. A mí me gustaba y solo había tenido la oportunidad de hablar con ella una ocasión. No fue una conversación muy larga porque llegó uno de sus clientes habituales y se la llevó a una mesa. Pasé toda esa noche mirándola, pero ella se desentendió de mí. Desde aquella ocasión su interesante rostro me había quitado el sueño.

Hay una cierta fealdad bella en la gente que, en lugar de provocar rechazo, atrae como un fruto prohibido. Sarah era así. A primera vista su rostro no ofrecía nada, pero era cuestión de verla unos cuantos segundos para quedar bajo el efecto de su atracción. Caminaba siempre como una celebridad y sabía encontrar las palabras adecuadas para cualquier situación. No se juntaba con nadie y Francesca, la encargada de controlar a las chicas en ese tugurio, ya entrada en carnes y con un carácter muy fuerte, se dirigía a ella con mucho respeto. Se podría decir que cuidaba de la joya del establecimiento. Frecuenté el lugar varias veces y en ninguna ocasión acepté los servicios de ninguna chica. Hablé con algunas sin un interés especial y esa noche había decidido echar a suertes mi destino. Si Sarah me aceptaba la sacaría de esa pocilga costara lo que costara, en caso contrario me alejaría para siempre de ese lugar de perdición. La tenía frente a mí con su actitud de mujer que se sabe fértil y deseada. Era seguro que como todas las mujeres añoraba casarse algún día y tener unos críos. Su imagen para mí era bíblica, pero ni sagrada, ni maléfica, sino humana. Tan humana como la de María Magdalena. Era, más bien, un arquetipo de feminidad que invita al amor, parecía que se escondía detrás de una barda con alambre de púas y se entregaba a quien lograba pasarla. Esa noche no había llegado ningún ricachón y los tres gatos que estábamos allí no le despertábamos el más mínimo interés.

De pronto salió de la penumbra gris el sonido de una tormenta de teclados y la voz atractiva de las sordinas de trompeta. Cantaban por turnos los músicos: “It don´t mean a thing”. Sarah se levantó de su sitio y se vino a mi mesa para mirar mejor. Los primeros segundos fueron hipnóticos. No sabía que decirle, pero ni siquiera se había fijado en mí. Era como si para ella la mesa estuviera vacía. Le ofrecí encenderle el cigarrillo y solo inclinó un poco la cabeza. Su perfume seco, mezclado con su aroma natural, parecía vino afrutado, embriagante y mortífero. Miró con desgana a los músicos que cantaban sin mucha entrega. Se terminó la melodía y después de unas palmas muy flojas sentí su mirada.

—Estás muy guapa hoy—le dije sin mucha decisión.

—¿No tienes otra cosa que decir? ¿En verdad crees que eso es un cumplido?

—Bueno…—le dije sonrojándome—Te puedo invitar algo y quizás pueda contarte algo interesante.

No dijo nada y se volvió al escenario donde los músicos se ponían de acuerdo para ejecutar la siguiente melodía. Llamé al camarero y esperé a que ella pidiera, pero no habló. Pedí champagne y cuando nos sirvieron dos copas, Sarah se apoyó en el respaldo de su silla, dio un pequeño sorbo y le dio una bocanada a su cigarrillo.

—Vienes poco por aquí, ¿verdad?

—Sí, no frecuento mucho este tipo de sitios. No es mi ambiente…

—Y ¿qué buscas?

—Me gusta el jazz. Este grupo toca muy bien.

—¿A ti te lo parece? ¿Sabías que casi todos son unos borrachos y que ni siquiera ensayan?

—Bueno, pero el jazz es así. Lo más importante es la improvisación.

—Pues a mi me parece que cada noche hacen lo mismo y han desmejorado.

—Es posible, sin embargo, tocan con el corazón.

—No me hagas reír. Si estos tocaran con el corazón no estarían en un cuchitril como este.

—Y ¿Tú qué haces aquí entonces?

Me miró con odio, como si quisiera arrancarme los ojos, pero se contuvo. Fumó dos cigarrillos sin hablar. La música seguía y algunas parejas se habían levantado a bailar. No sabía qué hacer. Le había dicho algo inoportuno y la ofensa me iba a costar muy cara. Sabía que ella estaba preparando su venganza, era cuestión de tiempo. Siguió sin hablar y frustró todos mis intentos por conversar. Cuando decidí que no merecía la pena permanecer con ella me cogió de la mano.

—Creo que no tiene sentido seguir aquí esperando. ¿Nos vamos?

—Sí, de acuerdo. Como tú digas.

Fue por su abrigo y le dijo algo a Francesca. Salimos. La noche era fría. Había llovido mucho y los charcos brillaban con la luz de las farolas como si fueran espejos nocturnos. Caminamos unas cuadras y aproveché para disculparme por mi falta de sentido común. “No te preocupes—me dijo con una sonrisa infantil—. No pasa nada”. La vi, entonces de otra manera. Se había convertido en una persona real. Se veía un poco meditabunda y triste. Le pregunté si le gustaba pasear, si hacía como yo en las noches de luna llena. Respondió que no, que a ella no le gustaba caminar por las noches y que por las mañanas le era imposible porque siempre dormía hasta las cinco de la tarde. Entendí que llevaba más de diez años en aquella atmósfera banal y sentí lástima. El corazón me latió con fuerza y tuve que luchar contra la tentación de abrazarla. Llegamos a un hotel. No era muy lujoso, pero se diferenciaba de esos hoteles de mala muerte que servían de paso a los amantes ocasionales. Pedí alojamiento y una botella de vino espumoso italiano. Entramos a la espaciosa habitación que estaba decorada con buen gusto. Me quité el abrigo y me senté en un sillón. Sarah me dijo que quería ducharse. Se tardó media hora en salir y cuando la vi pensé que era otra persona. Estaba envuelta en la toalla y su pelo estaba mojado. Se sentó frente a mí y me pidió que le sirviera vino. Puse atención en su cuerpo. Tenía cerca de treinta años y toda ella estaba en el mejor momento de la maduración. Me pidió que le hablara de mi trabajo.

—Soy periodista de segunda.

—Y ¿qué escribes?

—Bueno, no sé cómo explicártelo. Son artículos de opinión.

—¿Qué tipo de opinión?

—No, no es la opinión de nadie. Más bien son ensayos no muy depurados.

—Ah ¿Y qué quieres decir con eso?

—Pues que mi jefe me da un tema y durante la semana investigo y hago un artículo. No es muy divertido.

—Y ¿qué temas te da?

—Nada importante. Cosas de política y otras chorradas. Oye, por qué no me hablas de ti un poco.

—Prefiero no hacerlo. No te gustaría y a mi, menos.

Guardamos silencio y nuestras miradas cohibidas se cruzaron. Ella sentía algo de incomodidad. No estaba a costumbrada a permanecer frente a un hombre tanto tiempo. Me levanté y me acerqué a ella para servirle más vino. Me disculpé y fui al aseo. Aproveché para ducharme. Ella estaba recostada en la cama. Se había quitado la toalla y permanecía como La maja desnuda. Hasta ese instante no la había visto como mujer, pero su piel blanca, sus bien formadas piernas y sus pechos me volvieron loco. Me acerqué despacio. Me despojé de la toalla y me recosté con ella. Quería hablar, pero ella me besó y mi cuerpo se incendió. La noche nos hizo descender por una espiral vertiginosa. La sensación de vértigo era tan placentera que la confundí con el amor. Me aferré a ella como una sanguijuela. Besé todo su cuerpo sin poder contenerme. Sentí que me clavaba los dientes y las uñas, su respiración agitada me destrozaba el corazón y los oídos y la embestía para librarme de mi pasión. No sé cuanto duró el goce, pero fue tan letal que me quedé dormido.

A la mañana siguiente no estaba. Habían quedado las huellas de su presencia. Su olor seguía suspendido en el aire. Lo respiré para despertar los recuerdos y cerré los ojos para escuchar de nuevo su voz áspera y sensual. Me sentí muy afortunado. Tenía que verla de nuevo. Ya no podría vivir sin ella. Los días siguientes fueron una tortura porque en el trabajo había mucho que hacer. El jefe quería publicaciones para el aniversario del periódico. Tuve que sentarme tres días completos sin salir a tomar el aire. Terminé hecho polvo. El fin de semana traté de relajarme con un poco de deporte. Medité mucho durante la carrera y llegué a la conclusión de que estaba siendo víctima de un deseo bestial. Era la lívido que había podido dominar durante mucho tiempo, pero con el encuentro de Sarah todo se había estropeado. Teníamos casi la misma edad. Ella era una Mesalina, una Aspasia experta en proporcionarle placer a los hombres, yo, en cambio, un asceta ingenuo que se había enamorado perdidamente. Las noches fueron insoportables y el insomnio se metió en mi cama para dar saltos cada vez que estaba por conciliar el sueño. Llegó el viernes y entregué mis artículos. El jefe de redacción no me puso muchas trabas, no hizo más que aconsejarme algunos cambios de estilo y se quedó con mi trabajo. Tenía tiempo libre. Salí a las cinco de la tarde, comí un poco y descansé. Pude dormir unas horas y cuando desperté eran las nueve de la noche. Me duché, me puse un buen traje y salí en busca de Sarah.

El manto oscuro del cielo era tibio, no había llovido y la primavera estaba en botón. Vi el anuncio luminoso del bar. Respiré con decisión y apreté el paso. Preparé mentalmente un discurso para Sarah. Tenía que convencerla de fugarse conmigo. Estaba dispuesto a todo. No solo me sentía capaz de olvidar su pasado, sino que estaba seguro de poder facilitarle un futuro luminoso y pródigo. Seguro que su liberación costaría un pastón, pero estaba listo para aceptar el compromiso. Llegué a la entrada y vi a los guardias de siempre. Los saludé, pero en lugar de obtener una respuesta cordial como las veces anteriores me comenzaron a golpear. Me molieron a palos y me amenazaron. Dijeron que yo era culpable de algo que no entendí y, al final, por el efecto de la paliza perdí el conocimiento.

 Amanecí en un hospital. Era mediodía y tenía dolor en la nariz y no podía moverme. Al notar que me quejaba, se acercó una enfermera. Era una mujer delgada de unos cincuenta años. Me preguntó si me sentía bien. Le pregunté sobre el lugar en el que estaba y el tiempo que llevaba allí. “Tres días—dijo como si eso no significara nada—. Lo trajeron el viernes de madrugada y hoy es lunes. Le han roto la nariz y tiene unas fracturas”. No me dijo nada más. Era muy seca, solo me daba instrucciones y no respondía a las preguntas que le hacía. Más tarde vino un compañero del trabajo. Me deseo que me recuperara y dijo que el jefe estaba muy satisfecho con mis artículos, que me dirigiera a él si necesitaba algo y que me daría unas semanas para que me recuperara. Tenía un vendaje en la nariz, una escayola en la pierna izquierda y la clavícula. Por la noche me dijo el doctor que en una semana podría volver a mi casa o, si lo prefería, podía quedarme allí hasta mi recuperación total. Decidí permanecer allí una semana y después irme a mi casa. Pasaron los días como gotas por un embudo de decantación. Faltaban dos días para que me marchara, pero tuve una visita muy extraña. Era un inspector de la policía. “Soy de homicidios, querido Alfred—dijo sentándose a mi lado en una silla metálica que estaba cerca—. Le quiero hacer unas cuantas preguntas”. Primero se interesó por mi estado, me hizo preguntas personales y después sacó una fotografía.

—¿Conoce a esta mujer, Alfred?

Era la foto de Sarah. Estaba junto a un hombre trajeado y gordo. No lo conocía. Ella llevaba un vestido rojo y el pelo suelto, se veía muy alegre y su cintura estaba rodeada por el brazo del hombre.

—Sí, por supuesto que sí. Se llama Sarah y trabaja en “El crepúsculo naranja”.

–¿Hace cuánto que la conoce?

—Pues, cerca de medio año. La he tratado muy poco y solo una vez…Bueno, ya sabe lo que hacen las personas en ese sitio, ¿no?

—¿Cuándo la vio por última vez?

—Hace unas dos semanas. Fue un viernes en el que no había clientes y el trabajo era muy flojo…

—¿Sabe que está muerta?

Salté de la cama y estuve a punto de estamparme contra el suelo. La sensación que tenía era horrible. Mis ilusiones se habían resquebrajado y la incredulidad me instigaba a comprobar que lo que me decía el inspector era verdad. No tuve que esperar mucho porque después sacó otra fotografía. Era un recorte de periódico en el que había una mujer desnuda con la cara un poco deformada. A pesar de eso sentí que era ella. El mismo pelo, el bello púbico, los senos y las hermosas piernas que me habían vuelto loco aquella noche, eran de un cadáver. No se si lloré, pero el inspector Crawford me dio un pañuelo.

—Sé que el último hombre con quien estuvo ella, fue usted Alfred. ¿Por qué no me cuenta lo que sabe?

Quise hablar, pero no me salía la voz. La noticia me había bloqueado la lengua y mis ideas se mezclaban como hilos de madeja. Tardé unos diez minutos para recuperar las fuerzas y le conté todo lo que sabía. Le confesé mis planes y la intención de liberarla de su yugo. Crawford me compadeció y me dijo que le sería muy útil en la investigación. Se fue y me quedé inmóvil en la cama. Permanecí abstraído varias horas. En la noche dormí gracias a los somníferos que me dieron. A la mañana siguiente volvió el recuerdo del cuerpo de Sarah. Podía escuchar sus jadeos y sentía su piel ardiente, sus labios adheridos a los míos y su olor. No podía cerrar los ojos porque las sensaciones se acentuaban y me oprimían con tanta fuerza que deseaba gritar. Me llevaron a dar un paseo y para distraerme hablé con la enfermera. Supe de ella toda su vida y traté de escucharla con atención para no caer otra vez en aquel pozo horrible del que no podía salir. El tiempo no fue un remedio para curarme y el mes que permanecí en el hospital me ayudó a no volverme loco. Pasé la rehabilitación y salí por mi propio pie. Me integré de nuevo al trabajo. Parecía un espécimen raro. Mis compañeros se burlaban diciéndome que por el accidente que había tenido se me había botado una tuerca. Me dediqué a los artículos que me pidieron y trabajé día y noche para librarme de mis recuerdos. Decidí visitar al inspector Crawford. Nos encontramos en una cafetería que estaba cerca del periódico. Nos sentamos cerca de la ventana, pedimos un café y comencé a preguntarle sobre las pesquisas.

“Hay algo que tiene que saber, Alfred. Su amiga Sarah, era en realidad una serbia que desde los quince años se había dedicado a complacer a los hombres y se llamaba Srebrenka. Un tal Marko, serbio también, la obligaba a hacer lo que le pedían los clientes. Como era una mujer con un atractivo especial pudo relacionarse con hombres influyentes. Un día Marko le pidió que buscara información sobre un empresario y ella encontró algo muy comprometedor. Empezó el chantaje y esas cosas. Ya sabe cómo es la gente cuando quiere ganar dinero fácil. Al principio creímos que él había sido el responsable de su muerte, pero no encontramos nada de donde tirar y al parecer Marko ya estaba saciado y no le molestaba más. Nos quedaron varios sospechosos, entre ellos usted y Marko, pero ese cabrón no sería tan imbécil como para matar a la gallina de los huevos de oro, así que, si usted tampoco fue, lo habrá hecho un borracho de la calle o cualquier asaltante de esos que pillan lo que la suerte les ofrezca”.

Terminamos nuestra conversación y Crawford me dijo que lamentaba que todo hubiera terminado así. Era una situación estúpida. Me resigné y afronté la verdad. Con el tiempo me fui desprendiendo de mis recuerdos y hasta encontré una chica con la que comencé a salir. Se llamaba Larisa y era muy divertida. No tomaba la relación muy enserio y lo pasábamos bien. Me ayudó mucho y le propuse formalizar nuestra relación, pero me rechazó diciendo que estaba enamorada de otro hombre. Un día su sueño se hizo realidad y se marchó. No me afectó mucho su partida y decidí emplearme a fondo en el trabajo. Pedí que me cambiaran de departamento y comencé a hacer entrevistas. Un día me pidieron hacerle una a un autor de novela negra. Estaba de paso y nos había concedido tres horas. Preparé mis preguntas y fui al lujoso hotel en el que se encontraba. Llegué a recepción y me dieron un recado. El escritor había reservado una mesa en el restaurante. Me indicaron el sitio y fui a sentarme. Desde mi sitio se veía todo el salón. Los candiles eran muy grandes y antiguos, las paredes eran de mármol y el mobiliario de estilo clásico, había unos grandes espejos enmarcados en las paredes y el lugar se veía muy amplio. Transmitía una sensación de bastedad. De pronto, el camarero se acercó y me puso una botella de champaña en una cuba con hielo, me preguntó si deseaba beber y al notar mi indecisión señaló a una mujer que estaba tres mesas más allá. Vi a Sarah. Estaba esplendorosa, llevaba un vestido muy elegante y joyas, su rostro se había rejuvenecido y cambiado un poco por la falta de maquillaje, pero la reconocí. Fingió distracción, pero yo sabía que me vigilaba. Quise levantarme para hablar con ella, pero llegó mi invitado. Lo saludé con mucha cordialidad y me correspondió con una retahíla de halagos, luego se disculpó por su retraso. Antes de empezar con las preguntas me dijo que su compañera se uniría en unos segundos. Entonces Sarah se levantó de su sitio y vino a nuestra mesa. Me ofreció la mano y me dijo su nombre. “Buenas tardes, señor Alfred, soy Ekaterina James.


martes, 16 de junio de 2020

Romero del arrepentimiento


Se apagaron las luces y se abrió el telón. El público vio el decorado que consistía en una casa pequeña de pueblo y al fondo unas montañas y el cielo grisáceo. Apareció, anegado por un chorro luminoso, un hombre delgado con túnica de lino y un bastón. Algunos espectadores volvieron a echarle un vistazo al programa para confirmar que era Alejo Karpov quien interpretaba al palmero. Se oyó el famoso verso recitado por el gran actor:

“Ser en la vida romero,
romero solo que cruza siempre por caminos nuevos
ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo
ser en la vida romero…solo romero…”

La gente escuchó conmovida el filosófico verso, después, testigos de las vicisitudes del pobre errante, aplaudieron sin parar. Se sucedieron las escenas acompañadas de lágrimas, sonrisas agrías y alivio. Al final de la pieza llovieron ramos que formaron un hermoso arcoíris. Alejo no paró de agradecer las felicitaciones y, cuando la gente siguió el manoteo, los chiflidos y el griterío, el anunciador pidió que se retiraran. Nadie quiso salir y Alejo descendió del escenario para conversar con el público. Le hicieron infinidad de preguntas y él contestó con honestidad. Poco a poco los admiradores se fueron retirando con sus programas firmados y un recuerdo inolvidable.

Alejo entró en su camerino. Estaba cansado, había sido un mal día en su vida. Le habían dado malas noticias, pero su trabajo le exigía el esfuerzo. Salió del teatro y se fue a su casa. Le abrió su hermana solterona. Le preguntó cómo se sentía y le sirvió la cena. Se miraron con lástima y decidieron no hablar. Todo estaba perdido. La falta de recursos y la ausencia de verdaderos amigos les obligaba a esperar el final como condenados al cadalso. El día siguiente sería igual. Éxito en el teatro y fracaso en la vida. ¿Debía seguir actuando en la realidad? ¿Por qué no le cambiaban las cosas? Habría preferido ser un don nadie, un actor secundario y vivir de otros oficios, pero su entrega desde la adolescencia lo había llevado a la cúspide de una montaña en que todo era arte y amor, pero un sitio solitario, lleno de austeridad.

Nada lo había doblegado hasta ese momento, sabía que cambiando su vida podría alargarla un poco más. Cuando la existencia pierde sentido y eres parte de un colectivo en el que se te aprecia por mostrar el dolor humano que llevas en carne propia, no queda nada más que el abandono. La nada con su oscuridad eterna. El reconocimiento es porque eres el mártir. No habría más sacrificio, la vida no jugaría sucio a sus espaldas ya no escucharía esa terna pregunta: “¿Me estás espiando?”.  Ya no tendría temor del fracaso y no sentiría la frustración de ser un hombre sin éxito con las mujeres y en los negocios. ¿Eurípides y Esquilo se lo perdonarían y lo recibirían? No, jamás, lo enviarían al exilio por traición y sería un argonauta perdido en los mares del olvido y la sucia crítica, se enfrentaría a los monstruos de sus recuerdos y los periodistas.

Se levantó en la madrugada decidido a terminar y salió en dirección de la carretera. Se fumó con calma el último cigarrillo y se dirigió al puente. Lo miró con miedo, pero ya no deseaba retroceder. Se dejó llevar por la inercia de sus pasos, espantó las imágenes de su caída con el humo que salía a resoplidos de su nariz y boca. Llegó al sitio desde dónde se lanzaría. Se paró en el borde y tiró la colilla humeante. Por último, recito:

”Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo
Pasar por todo, una vez, una vez solo y ligero
ligero, siempre ligero
sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos
Poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto
que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros”.

En el horizonte vio la imagen de un león barbado y gafas, con un sombrero anticuado interrogándolo. Alejo derramó su ira y se ennobleció su corazón. “Más vale seguir con valor en la lucha tenaz, mejor que huir como un cobarde fracasado—susurró para sí—, aguantaré hasta el final; venceré la pobreza y la enfermedad, el dolor y el olvido, el desamor y la frustración. Sacó otro cigarrillo, lo cogió con cuidado y lo fumó despacio. Salieron los primeros rayos pálidos del sol en su alma.