Escritura creativa

martes, 17 de diciembre de 2019

La extraña desaparición de Marta


I

Alfonso Dorantes abrió la puerta. No sabía que en ese momento terminaba de cuajarse la historia absurda en la que nunca debió participar. Se había lanzado como un principiante al escenario. Su decepción lo había aislado del mundo y la vida le había metido una fuerte zancadilla para que él mismo se desbarrancara por el precipicio. “Buenos días—dijo el hombre de sombrero y gabardina—, ¿puedo entrar? Necesito hacerle unas preguntas. Soy el inspector René Gómez y este es Santiago mi ayudante”. Alfonso no se podía negar. Dio un paso hacia atrás y permitió que entraran sus visitantes. Los invitó a sentarse en su pequeño diván, cogió una silla y se puso frente a ellos para saber lo que deseaban.

—Mire, señor Alfonso. El jefe de su mujer, el abogado Rentería, nos ha dicho que ella ha desaparecido. ¿Usted sabe algo?
—La verdad no, inspector. No me imagino dónde pueda estar.
—Pero, ¿no ha estado con usted estos días?
—No, inspector, tuvimos una de esas riñas…Ya sabe, cuando hay un momento en que es muy difícil seguir juntos.
—¿A qué se refiere exactamente?
—Pues, no es tan sencillo de explicar. Mire, primero me enteré de que estaba planeando dejarme por otro. Eso no me sorprendió mucho porque llevamos diez años con muchos altibajos y le he sido infiel dos veces. Después, las últimas semanas casi no nos hablábamos y el jueves pasado ya no vino a la casa. Pensé que se había ido con su madre. Lo hace siempre que reñimos y, por lo regular, no nos comunicamos a lo largo de una o, incluso, dos semanas hasta que se nos pasa el rencor. Por último, me he resignado a esperar como las veces anteriores a que vuelva. He estado aquí encerrado sin comunicarme con nadie…
—Lo entiendo, señor Alfonso, pero resulta que su mujer dejó muchas cosas pendientes y se esfumó. Sus compañeros del trabajo la vieron por última vez el jueves. Dicen que estaba muy cambiada…
—No sé, inspector, ya no le pongo mucha atención y me importa poco lo que haga o deje de hacer, ¿sabe?
–Es una situación muy rara, señor Alfonso. Ha desparecido sin dejar rastro alguno y todas las pesquisas que hemos hecho hasta el momento nos han traído aquí. No tiene enemigos al parecer.
—No me imagino qué le ha pasado. Es una mujer muy sensata cuando quiere. No hace las cosas sin estar segura de las consecuencias, nunca actúa a la ligera.
—Oiga y ¿no sabe algo de su amante?
—No sé, inspector. Es una mujer muy difícil y por su permanente histeria no creo que haya tenido a alguien en la cama, sin embargo, me habló de un tal Fernando Godínez. A veces es muy explosiva, tal vez ese nombre fuera producto de sus trastornos. Los cuales es probable que la hayan motivado a cometer una locura. A decir verdad, no tengo ni idea de lo que ha pasado por su cabeza.
—Bueno, señor Alfonso, gracias por la información. Le avisaremos de cualquier resultado que tengamos. Esta es mi tarjeta por si desea localizarme. Gracias.

El inspector y su ayudante salieron y Alfonso se quedó parado mirando por la ventana. Le era difícil permanecer de pie. Se sentía como un niño extraviado.  Sudó por el miedo y se fue a la cocina a prepararse un agua mineral con limón. Llevaba varios días ingiriendo alcohol en grandes cantidades. La casa estaba llena de botellas vacías. Se había alimentado de pizzas y comida rápida. No había salido mucho a la calle y empezaba a sentirse víctima de la misantropía. Necesitaba razonar de nuevo sobre la desaparición de su esposa. Tenía que cubrirse las espaldas y para eso necesitaba poner en orden todas las ideas y los acontecimientos. La mejor forma de hacerlo era sentándose a escribirlo, pero no tenía fuerzas. Se quedó dormido.

Eran las ocho de la noche cuando despertó. Los sueños lo habían ayudado un poco transportándolo a un mundo en el que podía ser dueño de sus decisiones. Tenía hambre. Salió a la calle. Llegó al comedor donde acostumbraba cenar. El sitio era barato y lo frecuentaban los paseantes que en su mayoría eran desempleados. Se sentó y comió con los ojos clavados en la pared. La comida le sentó bien y regresó a su casa. Tomó una cerveza y se dispuso a trazar su diagrama mental. Era la única forma de ordenar sus pensamientos. Su memoria espacial era buena, pero lo abstracto lo inquietaba. Necesitaba ver las cosas para acomodarlas en su mente. Fue escribiendo con cuidado todo lo que recordaba, las hipótesis sobre las pesquisas de los sabuesos, los conflictos con su mujer, los reproches que habían escuchado los vecinos y toda la demás información que pudieran proporcionarle sus recuerdos.

“Marta dijo que se iría con el tal Godínez, su amante.  Que me dejaría el piso y que ya me cobraría su parte después. A mí me convenía más aceptarlo, además ya no había solución para lo nuestro. Oí que quería cambiar su aspecto y que se disponía a sacar mucho dinero de no sé dónde. Luego, sospeché que se iría con una falsa identidad. No recuerdo a qué ciudad o provincia viajaría. Lo más probable era que se fuera en coche, pero solo dios sabe cómo pensaba hacerlo”.

Con su ingenio fue inventando una historia convincente, casi real. Era buena y lógica y mientras no encontraran a Marta su coartada era perfecta. Se sintió un poco mejor. Ya sabía qué contestar en el siguiente encuentro con René Gómez y su ayudante. Ellos ya tenían sus piezas puestas en el tablero y jugaban con las blancas. “Lo malo—se dijo Alfonso riendo un poco—es que sus tiradas son muy previsibles”. Decidió que lo mejor sería aportar información para que las sospechas fueran en dirección de la fuga. Era muy sencillo y cada vez que se le ocurriera algo ingenioso al inspector para culparlo le daría una pista que lo estrellaría contra un muro desolador. Alfonso acostumbraba salir con una amiga a ver películas. Se llamaba Diana y se reunían de vez en cuando para ver algún estreno o films viejos. Sus relaciones eran las de unos buenos colegas y si habían intimado, había sido solo por su amor al séptimo arte. En el terreno sexual solo se habían dado besos esporádicos y abrazos fraternales. Diana no perdía la esperanza de acostarse por fin con su amigo porque le parecía varonil e inteligente. No comprendía cómo un hombre atractivo y noble se había casado con una arpía que solo le controlaba el dinero y los horarios.

Se encontraron cerca del cine. Diana se puso un vestido entallado que sorprendió mucho a Alfonso. Fue la primera vez que puso atención en sus curvas. Vieron la película “Muerte en Roma” con gusto, a pesar de que no era la primera vez. Comentaban siempre el heroísmo de los italianos rebeldes y el extraordinario papel de Mastroíanni. Se fueron a tomar un café y cuando estaban terminando las pastas, Alfonso le comentó a Diana que lo había visitado un inspector de policía para aclarar la desaparición de Marta.  

—No te preocupes, cariño. Seguro que no tendrán noticias de ella y su amante.
—Sí, eso espero. Lo malo es que, si las cosas salen mal y la hayan, ¿en qué situación quedaría yo?
—Sí la encuentran, les dirá que te ha dejado y que no desea verte más.
—No, no me has entendido. Me refiero a que ella decida volver a casa y se meta con su amante en el piso.
—Eso jamás sucederá, ¿no me has dicho que se ha endeudado? Seguro que le conviene cambiar de identidad y desaparecer para siempre.

Alfonso se dio cuenta de que era inútil contraponer sus ideas a los razonamientos simples de su amiga. Se fueron juntos a casa de Diana y bebieron mucho. Terminaron muy briagos y a la mañana siguiente no sabían si habían hecho el amor. Alfonso se vistió y se fue. Quedó de llamar en unos días. Su casa no estaba muy lejos. Podía ir a pie o tomar el autobús. Prefirió lo segundo. Cuando se apeó casi choca con el inspector. “!Hombre!—le dijo con admiración—, lo he venido a buscar. Es solo una cosita”. Gómez le preguntó si había visto alguna vez a Rafael Godínez, ya que todos los tipos con ese nombre estaban casados y localizables. Alfonso se encogió de hombros y le propuso al inspector que hiciera bien su trabajo, que seguramente también había cambiado de identidad y que era posible que desde el principio no se llamara Rafael ni se apellidara Godínez. Malhumorado el inspector le insinuó a Alfonso que bien ese Godínez podría ser uno de sus amigos, a lo cual Alfonso contestó que no le importaba. En realidad, sí que le importaba y se había puesto de malas. Era porque desde la escuela todos sus amigos y conocidos le habían levantado a las novias y no sería la excepción esta vez, pero ¿de los pocos hombres cercanos a él quién no lo habría hecho? No quiso mortificarse mucho aceptando su mala suerte, escupió en la acera y se fue a su casa.

II

Trató de no romperse la cabeza con tonterías, pero cuando estaba tomando un café, quitado de la pena, le vino a la mente la imagen de un rostro. Era Danilo uno de sus amigos del bar de Don Ramón que le dijo una vez que le gustaban las mujeres morenas, no muy llenitas, con potentes muslos, pequeños pechos y difíciles de tratar. Él no se dio cuenta en ese momento, pero se estaba refiriendo a Marta. Ella era así. Un metro setenta, caderas amplias y piernas fuertes. Impredecible en el amor. A veces fría e indiferente o ardiente y activa. “Ese debe ser le cabrón—se dijo apretando los puños—. Solo eso me faltaba. Que el inútil de Danilo se llevara a Marta”. Estuvo tratando de atar cabos. En aquel momento no sabía que sus conclusiones lo llevarían por una senda peligrosa. Recordó las ocasiones en que se había cruzado cerca de su casa con Danilo, quien siempre lo saludaba con una sonrisa burlona y le decía que estaba haciendo algunos trabajillos. En ese momento supo qué tipo de chapuzas hacía el tal Danilo y se trató de desengañar observando con atención a Marta.
Cuando abrió la puerta la encontró sentada en el pequeño diván rojo. Estaba arreglándose las uñas. Se las estaba pintando con barniz de color rojo. Se veía muy concentrada. Su pelo estaba revuelto y cuando Alfonso se sentó frente a ella notó que no llevaba ropa interior. Eran las tres y media de la tarde. Él había salido a comer y no esperaba encontrarse con ella. Notó un aroma agrio en el ambiente. Le pareció que uno de los olores se parecía al pachulí de Danilo. También sintió la frescura del aroma de rosas de Marta. Era muy extraño.

—¡Ah, eres tú! ¿Por qué has venido tan pronto?
—Hay poco trabajo hoy y Don Mauricio me dijo que me podía tomar el día. Pensaba darte una sorpresa.
—Y sí que me la has dado. Un poco más pronto y…No nada, olvídalo.
—No, no, dime por favor. Un poco más pronto y ¿qué?

Ella se quedó callada. Alfonso sabía que no podría sacarle nada y se resignó. Ya le había pasado miles de veces.  Ella era así. Si no quería decir algo, era imposible sacárselo. Alfonso se fue al baño y cuando se estaba lavando las manos vio en la cesta las bragas amarillas que Marta se había puesto esa mañana. Las reconoció porque tenían una mariposa roja. Las cogió y se dio cuenta de que estaban húmedas. Las olió y se le descompuso la cara. Una tormenta le empezó a azotar la cabeza los fuertes vientos le despertaron todos los monstruos de su mente. Se dirigió a su dormitorio y vio la cama desordenada. Seguía el olor que no lo dejaba tranquilo. Concluyó que era verdad. Su intuición había dado en el blanco, le descubierto el velo que le ocultaba la cruel realidad. Se dirigió a Marta y le hizo preguntas relacionadas con su empleo, los compañeros del trabajo y las personas con las que se había relacionado. Ella guardó silencio como si estuviera sola. Alfonso se enfadó y salió a dar una vuelta. Tomó la dirección hacia la plaza y poco a poco fue comprendiendo que las veces se había cruzado con el tal Danilo no eran casualidades. Se enfadó mucho, aceleró el paso y sudó copiosamente. No le dolía la infidelidad de su mujer. En cierto grado era de esperarse. No era muy compatibles y habían dejado crecer la relación con deformaciones. Se preguntó si tendría el valor de proponérselo esa misma noche a Marta. “Es imposible seguir, le diría, te propongo que lo dejemos para siempre. Así viviremos mejor”.

No pudo decírselo porque ella salió y volvió cerca de las diez. Se acostaron y ella se metió desnuda a dormir. La cercanía del cuerpo tibio lo excitó. Trató de portarse cariñoso, pero no le estorbaba el rencor aunado a la pasividad de Marta. Parecía un cadáver. Él se agitó con furia y ella se dio la vuelta. Pronto se quedó dormida. Alfonso ya no concilió el sueño y estuvo dando vueltas en el colchón, luego parecía una mosca enajenada en la cocina. Salió al balcón y miró la tranquila ciudad sumida en una ligera penumbra. “No me queda otra solución, dijo mientras echaba el humo del cigarrillo por la nariz, tengo que vengarme”. Le habría sido mucho más fácil irse a vivir a su pueblo. Allí olvidaría pronto a su mujer y trabajaría tranquilo en el huerto de su madre. Lo malo fue que al imaginar a Danilo en su habitación se le retorció el estómago. Pasaron algunos días y Alfonso fue notando algunos cambios en Marta. Se compró ropa más provocativa, se tiñó el pelo de rubio y se depiló las cejas. El maquillaje se hizo más delicado y ella se transformó en otra mujer. Lo más grave fueron los encuentros con Danilo. Lo comenzó a ver con más frecuencia y, a pesar de que Alfonso se tranquilizaba diciéndose que eran coincidencias, la vida le mostró que estaba equivocado.

III

Un mal presentimiento sacó a Alfonso de su trabajo. Sentía que los nervios se le llenaban de electricidad. Le temblaban las manos y una voz en su interior le repetía sin cesar: “Eres un cornudo inútil, ve de una vez a tu casa y sorprenderlos. A ver si dejas escapar a ese miserable que se acuesta con tu mujer”. Él sabía que estaba en lo cierto. Las miradas bufonas de Danilo, así como la indiferencia de Marta y todos los cambios que había sufrido indicaban que era verdad y que solo tenía que presentarse en su casa en una hora desacostumbrada y los cogería con las manos en la masa. Eso lo electrificaba y le ponía los pelos de punta. Además, no sabía cómo reaccionaría si los encontrara juntos. Al final, la tensión lo obligó a comprobar su hipótesis. Cogió un destornillador muy grande, se lo puso en el cinturón como si se tratara de una espada y se fue del trabajo. Caminó impulsado por la ira. Sus zancadas eran grandes. Vio el portal de su edificio y se apresuró. Subió de dos en dos los escalones y llegó hasta su puerta. De pronto se vio rezando para no encontrar a nadie, sin embargo, le pareció escuchar jadeos. Se controló y abrió con sigilo la puerta. La escena que encontró lo fulminó y estuvo a punto de arrojarse sobre Danilo que tenía cogida a Marta por las caderas y la empujaba con fuerza. Ella se resistía y apretaba la manta que cubría el diván. Los gritos, palabrotas y jadeos eran de placer. Estaban en pleno éxtasis. Alfonso no pudo coger el destornillador y sintió que iba a vomitar, por eso salió y cerró la puerta sin azotarla. Nadie lo notó. Estaba hirviendo y se cayó de rodillas en la calle. Un hombre lo ayudó a levantarse y le ofreció unos pañuelos desechables para que se sonara la nariz. Alfonso se quedó recargado en un muro y cuando le regresaron las fuerzas se fue despacio a un bar a ocultarse.

Pidió ron sin refresco. Se tomó casi media botella y al sentir mitigado su odio se fue a su casa. Eran las once de la noche. Marta estaba duchándose y él se metió en la cama. Se durmió pronto. A la mañana siguiente se levantó con una resaca muy fuerte. Hacía tiempo que no bebía tanto, además la mezcla de hiel y alcohol lo había desfigurado. Tenía los párpados hinchados y le dolía la cabeza. Marta le dio los buenos días sin mirarlo y se marchó a trabajar. Alfonso quiso decirle que se quedara, que estaba dispuesto a cambiar si dejaba al estúpido de Danilo. Las palabras se le quedaron como granitos de arena entre los dientes. Hizo un gesto obsceno y se tumbó en la cama de nuevo. Soñó que era él quien tenía a Marta desnuda y apuntalada, que era él quien gritaba esas palabras vulgares y quien al final le proporcionaba a su mujer el deseado placer. Cuando salió de su embeleso y se vio en los terrenos de la realidad lloró de furia. “Tienes que urdir algo, Alfonso, se dijo rechinando los dientes, esto no se puede quedar así. ¿Por qué lo dejaste ir? Lo tenías a bocajarro. Él no habría tenido excusa y se habría marchado con el rabo entre las patas desangrándose como un mal bicho. Es que… ¿Acaso tuviste miedo, marica?”.

Alfonso reconoció que, en efecto, había tenido miedo. Un temor atroz de que su mujer le dijera que era un impotente y negado para el sexo lo paralizó. El temor al ridículo lo había sacado de su propia casa como a un cobarde en la batalla. ¿Qué habría importado si Danilo hubiera muerto como un toro de lidia con la espada atravesándole los pulmones y el corazón? Podía haber dicho que era un ladrón que se había metido a su casa y que lo había matado por violar a su esposa. Y ¿Marta? A ella no le habría quedado otra que confirmar la versión del atraco. Comenzaron a rondarlo seres imaginarios. Gente malvada sin escrúpulos. Escuchaba sus voces. Todos le animaban a vengarse. “!Mátala! ¡Mátala! ¡Es una pérfida! Esa arpía te ha estropeado la vida entera. Solo tienes que ahorcarla, echarla en el maletero de tu coche y enterrarla en el huerto de tu madre. Ya sabes que a tu madre no le gusta la jardinería. ¡Nadie lo descubrirá jamás! ¡Hazlo! ¡Hazlo!”. La idea se fue convirtiendo en un sapo desagradable que cada vez ocupaba más espacio en su cráneo. Llegó un momento en el que ya no lo pudo soportar.

IV

 Actuó rápido. Se quedó con la sensación de que Marta se había marchado de este mundo como un ángel. Luego la había bajado en la madrugada al coche y se la había llevado. Estaba seguro de que nadie lo había visto. Además, en caso de que lo vieran, la calle no estaba bien iluminada y solo con un gran reflector habrían visto que las maletas que llevaba estaban mojadas de sangre. Hizo el recorrido de madrugada. Su madre lo sorprendió por la mañana todavía tapando la fosa. Le preguntó qué hacía y él le dijo que estaba cortando la hierba que estaba muy crecida. Pasó la mañana con su madre y le dijo que pensaba irse a vivir con ella porque Marta lo había dejado. La señora Consuelo se alegró mucho, pues nunca le había gustado su pretenciosa nuera. Le parecía muy frívola y se lo dijo a Alfonso. “Se fue con otro hombre, ¿verdad?”. A Alfonso le costó mucho aceptarlo y se inventó un nombre. “Sí, madre, se fue con un tal Rafael Godínez”.  La señora torció los labios como si ese nombre le causara una sensación agridulce. Por la tarde se despidieron y por el trayecto Alfonso se deshizo de las maletas. Revisó el maletero y pidió que se lo lavaran en un car wash. En su casa se dedicó a la limpieza profunda y hasta que no quedó todo impecable no paró. Se aprendió de memoria la historia que contaría y se puso a beber para lavarse la pena por dentro. Pidió un permiso en el trabajo para faltar una semana. Durmió y bebió sin parar. Cuando sintió que su penitencia había llegado a su fin se tomó la última botella que tenía. “No volveré a tomar jamás— se dijo contento de poder rehacer su vida—, me iré a casa de la Diana y en unos años venderé este piso, luego pondré tierra de por medio y se olvidarán todos de que alguna vez vivieron aquí una ramera y su cornudo marido”.

Se cruzó también con Danilo que lo saludó como siempre. Alfonso le confesó que tenía que hablar con él. Un poco desconcertado, Danilo, le dijo que podían hablar en el bar, pero Alfonso insistió en que fuera en un lugar más discreto. Los dos vivían cerca, pero la casa de Danilo era más apropiada, así que se fueron allí. Por el trayecto intercambiaron palabras superfluas. Uno sospechaba que el asunto era la infidelidad y el otro solo se ocultaba de los paseantes. Llegaron al portal. Entraron y subieron hasta el cuarto piso. Cuando Entraron al apartamento, Alfonso dijo que había un bochorno intenso. Danilo le dijo que podía abrir la ventana, pero al no poder hacerlo, Alfonso, él mismo se acercó al ventanal y giró la manilla. De forma inesperada perdió el equilibrio. Se oyó un grito aterrador en la calle. Alfonso cerró con cuidado la puerta borrando sus huellas dactilares y bajó. Una señora había visto cómo en vuelo libre, un hombre le caía del cielo. Por lo inesperado de la escena y, el estruendo de un cuerpo al impactarse con el hormigón de la acera, la señora estuvo a punto de sufrir un infarto. Salieron los vecinos y el carnicero, aun sosteniendo su hacha comentó que se trataba de un accidente. “Se ha caído, el muy pobre, miren esa ventana abierta de par en par”. Todos voltearon a verla y movieron la cabeza. Alfonso se fue a su casa.

Se sentó en el diván y le pareció que escuchaba los gemidos de su mujer y las palabrotas de Danilo. “!Qué te jodan, hijo de puta!—farfulló Alfonso mientras masticaba un hielo—¡Bien merecido se lo tienen los dos, cabrones de mierda!”. Estaba seguro de que ya nadie haría declaraciones en su contra. Estaba limpio. Solo le restaba dejar que las cosas se fueran enfriando y se marcharía al campo para siempre.

Unos días después, Alfonso, oyó que tocaban a su puerta y abrió. “Buenos días—le dijo René Gómez—, necesito hacerle unas preguntas”. Alfonso no se podía negar. Dio un paso hacia atrás y permitió que entraran sus visitantes. Los invitó a sentarse en su pequeño diván, cogió una silla y se puso frente a ellos para saber lo que deseaban. Repasó la historia que se había aprendido de memoria y esperó a que le hicieran las preguntas.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

La otra versión


Detrás de la ventana había una plaza gris y pocos transeúntes. Era temprano, pero el invierno le daba muy pocas concesiones al sol y la mayor parte del tiempo reinaba una penumbra inocente y mansa en espera de la primavera y el verano para irse a descansar. Nicholas Lynch atendió al único cliente que había en la cafetería. Era tarde para el desayuno y pronto para el almuerzo. A nadie se le habría ocurrido a esa hora pedir un café con leche y croissants, pero ahí estaba el viejo Artur, de origen armenio, que parecía desconocer las normas y se sentaba cada tercer día en la mesa de la ventana a la misma hora. Se quedaba mirando a los paseantes y, de vez en vez, comentaba con un balbuceo la conducta de la gente a la que consideraba rara. Era muy paciente y se terminaba su desayuno cuando comenzaban a servir el menú del día. Tenía una nariz en forma de gancho, la boca torcida por causa de su mal humor, la mirada penetrante de ojos pequeños, la cabeza un poco alargada hacia atrás y pelo ralo y canoso en las sienes.

Nicholas caminó en dirección del viejo. Seguía la secuencia de una historia imaginada que se desarrollaba en su cabeza en las horas de trabajo. Cuando no atendía a los clientes los fines de semana trataba de olvidarlo todo bebiendo en una cantina y conversando con mujeres que allí esperaban acostarse con los clientes. Ese día sucedió algo inesperado. Esta vez el anciano se condujo de forma diferente. “¿Le traigo su café con leche y el croissants?”—Le preguntó sin ponerle mucha atención. “No se moleste”—le respondió el viejo mientras miraba por la ventana. Nicholas no podía creerlo, quiso preguntarle al raquítico Artur si le había oído y volvió a insistir en llevarle su habitual café, pero una mano gruesa y arrugada le indicó que se retirara.

“¡Algo debe estar pasando! —se dijo Nicholas, que sintió la médula de hielo—. El viejo Artur jamás se había negado a su desayuno. Además, hoy es el día…”. Se refería a la fecha 10 del mes.  Era verdad, en esa fecha comenzaba la aventura. En unos minutos más un hombre de bigote espeso con traje de color marrón y sombrero de ala ancha entraría y se sentaría al lado de los servicios para que le quedara la entrada de frente. Nicholas se le acercaría y el hombre le daría una carta que llevaba las instrucciones para un diplomático francés. Luego, por la tarde, llegaría otro hombre—con traje azul marino, sin sombrero y, más pequeño que este— y le propondría hacer un trabajo de espionaje. Hacía se había llevado a cabo la acción, pero la indecisión de Artur estaba alterando las cosas. En primer lugar, la carta no venía en un sobre amarillento, sino en uno nuevo, y en lugar del hombre de traje azul, quien llegó fue una mujer. Con mucha personalidad que le preguntó si había leído lo que estaba en el sobre. Nicholas negó con la cabeza y la mujer sacó el papel, lo extendió con cuidado y le pidió que lo leyera. En realidad, ya lo había hecho y había esperado a Jacques Reno para preguntarle el motivo del absurdo. Ahora sintió que las preguntas que tan bien tenía elaboradas se convertían en bolitas de cristal y se deslizaban lentamente por su garganta causándole una obstrucción en el pecho. La señora Annette. Lo miraba con actitud severa. Cuando Nicholas le dijo que ya le había quedado claro, La señora le disparó las preguntas sobre la persona, la hora y el lugar. Cuando estuvo satisfecha cogió la carta, la metió en el sobre y se marchó.

“Me he pasado, quien sabe por qué maldita razón, al otro lado—dijo Nicholas apretando los puños—. Se supone que Jacques tenía que darme los datos del asesino a sueldo que se disponía a matar a Massieu Rolan y en este momento debía encaminarme a la embajada de Francia. ¿Qué demonios significa todo esto? Si no sé el nombre del asesino y tengo que entrevistarme con un chofer en la calle Marsella, ¿entonces cuál es mi maldito papel?”.

El acertijo era difícil de resolver porque las ocasiones en que había puesto atención en la conducta de los otros personajes había sido al principio. Luego, como se había repetido todo mecánicamente, lo hacía por inercia y ahora eso era un problema. Trató de reconstruirlo todo. Primero, el anciano Artur con su maldito café, luego Jean con su sombrero de alas, más tarde Jacques Reno, después la embajada y su entrevista con Massieu Rolan y la misión. Tal vez el maldito narrador se ha vuelto loco, se dijo rechinando los dientes, o el autor cambió de opinión, pero ¿no es demasiado tarde para esa estupidez?  Necesito calmarme y razonar. Voy a ir a ver a Massieu Rolan a la embajada, le comunicaré todo lo que sé y después me encontraré con el mentado chofer.
Para llegar a la embajada, Nicholas tenía que cruzar por una calle resguardada de cipreses. Eran altos y se reflejaba su sombra en la acera. Había buena iluminación, pero los árboles impedían que la calle luciera en plenitud. Hacía un poco de frío y Nicholas llevaba una gabardina beige. Se bajó el sombrero como lo hacía siempre que iba a la embajada. Tocó el timbre varias veces y esperó a que le abrieran.

—Tengo que hablar con Massieu Rolan, es urgente.
—¿Cuál es su nombre, por favor?
—Soy Nicholas Lynch, dígale que es urgente.

Unos minutos más tarde bajó el mayordomo en compañía de un hombre delgado. Iba envuelto en una bata de seda y tenía una redecilla en la cabeza. Sus manos eran largas y muy delicadas. Hablaba con voz potente, pero la suavizaba con un tono que le hacía parecer muy cursi.

—¿En qué puedo servirle señor Lynch?
—Mire, embajador. Habrá un atentado contra usted esta misma noche. En su reunión de Laplace.
—Pero, ¿quién es usted? ¿quién se ha creído? No sabe que mi equipo de seguridad es de los mejores.
—Lo sé, lo sé, señor embajador, pero esta información es muy fiable. Me la dio Jacques Reno.
—¿Cómo dice? ¿Jacques Reno? Eso es imposible porque…aunque estuviera vivo, él nunca me daría tal información.

El silencio dejó a los tres hombres confrontándolos con sus miradas. El mayordomo cogió a Nicholas por el brazo y lo condujo a la calle. El desconcierto le obligaba a caminar despacio. Sentía que arrastraba los pies y no podía fijar la mirada en ningún sitio. Las cosas iban muy mal y estaba viviendo una historia diferente, poco atractiva e incierta. Había una pequeña posibilidad de que su presentimiento fuera la verdad. En alguna ocasión Reno le había comentado que estaba retirado y que, si pasaba el chivatazo, era porque tenía interés en que no asesinaran a Massieu Rolan. Así había sido todas las veces, pero ¿por qué ahora el mismo embajador le decía que estaba bajo tierra? Siguió tratando de esclarecer el asunto cuando sintió que un coche avanzaba a su paso y el chofer le hacía una seña. Se acercó y el hombre le dijo que era un imbécil. Que llevaba cinco minutos llamándolo y que eso los podía comprometer. 
“No hay tiempo que perder—le dijo abriendo la puerta del acompañante-. ¡Suba rápido!”. El coche siguió despacio, pero al dar una vuelta el chofer apuró la marcha. Llegaron a unas bodegas. Los recibió un hombre bajo con una cicatriz en la cara. Nicholas no lo reconoció, pero su nombre le era conocido. Claude Boicher le dio las instrucciones. Tenía que ponerse de inmediato el uniforme de camarero. Lo subieron a una camioneta. Llegó a Laplace y se bajó de muy mal humor. Le molestaba la pistola de calibre 22 que tenía en el fajín. Eran las nueve de la noche y la gente esperaba con impaciencia la entrega de los premios a los intelectuales. Nicholas no podía dejar de lamentar su suerte. Tendría que llevar bebidas a los representantes del mundo intelectual y al encontrarse con Massieu tendría que dispararle. Era una estupidez porque él siempre había impedido ese crimen y se había convertido en héroe. El problema era que, si él tenía que dispararle a Rolan, ¿quién sería el que impediría el asesinato? Sudó copiosamente y se mantuvo en pie con mucha dificultad. Los invitados se esmeraban bebiendo y en cuanto lo veían le pedían más champagne.

Mientras una hermosa chica servía las copas, Nicholas se preguntó quién lo apuñalaría. En otras ocasiones él había logrado coger un cuchillo de cocina y había saltado sobre el camarero asesino. Está vez él sería el mono de pacotilla al que le enterrarían con saña el metal. Comenzó a temblar. Decidió no actuar, pero cambió de opinión porque cualquier cosa sería mejor que sufrir la tortura a manos de Boicher que lo destazaría en filetes sin compasión. Maldijo su suerte. La chica lo miró con curiosidad y le dijo que no podía trabajar así, que si no cambiaba la cara el encargado lo echaría. Eso habría sido lo mejor, pero no tenía escapatoria. ¿Por qué no podían ser las cosas como siempre? ¿Quién había sido el estúpido que había cambiado la historia? No le quedaba más remedio que seguir adelante. La débil esperanza de que todo fuera un mal entendido o un sueño se desvaneció cuando tuvo que sacar la pistola. Alguien lo había reconocido. “Es él, es él”—gritó uno de los invitados. Nicholas disparó tres veces. El embajador Massieu Rolan se desplomó y cayó frente a una mujer que gritaba como histérica. Nicholas se dio la vuelta para huir, pero a su encuentro venía un hombre de unos treinta años. Era fornido, tenía el pelo castaño y llevaba un cuchillo de cocina. Él lo reconoció, eran dos gotas de agua. Una mirada era de angustia y la otra felina. “!No lo hagas! ¡No lo hagas! —gritó Nicholas—. ¡Esto es un error! ¡Un grave error!

La gente aplaudió con entusiasmo la atajada del hombre que había detenido al asesino. El embajador que había recibido los disparos en la clavícula, en la rodilla y en la cadera, agradeció que lo salvaran. La gente abandonó el aposento y al día siguiente la noticia apareció en los periódicos de la mañana.
En la cafetería entró Artur. Se acomodó en la mesa de la ventana. Era mediodía. No hacía sol. La gente paseaba por la plaza gris y afligida. El anciano criticaba en voz baja a las parejas, a los niños y sus padres. Estaba de mal humor. Siempre había llegado con mejor ánimo, pero ese día sabía que las cosas habían cambiado. La historia a la que tantas veces le había dado vueltas y le había parecido fabulosa ya no le interesaba. No la iba a terminar. Jamás la verían publicada. Empezó a farfullar algo. Parecía que maldecía. Su rostro se descompuso y cuando se le acercó el camarero le contestó que no quería nada. Hizo una seña con la mano para que se retirara. Siguió sentado hasta la hora del menú. Luego salió.

lunes, 9 de diciembre de 2019

La tragedia de Don Ingannare


“Tienes más vueltas que un caracol—le dijo Don Sborniache a su pupilo—, te doy consejos, pero mis palabras se las lleva el viento”. Bebé, le decían al mozalbete, porque tenía una cara redonda muy sosa y un labio inferior muy prominente que le daba un aspecto de idiota o de niño caprichoso, según se le apreciara. La habitación estaba iluminada por dos velas. Era medianoche y la familia Fardello Crudele se disponía a recibir a sus enemigos. Había un ejército completo de guardias armados hasta los dientes, pero los contrincantes sabían que el verdadero rival era Testardo el gigante con cara de imbécil. Era enorme, pesaba unos doscientos kilos y medía un metro noventa y cinco, a pesar de sus escasos diecisiete años. Sus pies eran como dos planchas metálicas que soportaban no solo su propio peso, sino el doble y, tal vez, el triple. Se oyó el ruido de los enfrenones de los coches y los primeros disparos. Los asesinos de la familia Garofano lograron entrar a la casa, pero ya los esperaba el temido monstruo. Por la línea de su madre, Testardo, era descendiente indirecto de los Medici y lo único que había heredado bien, era la crueldad de sus antepasados. Cuando se acercaba a sus víctimas se detenía frente a ellos y los miraba con ojos penetrantes. Se tardaba mucho en decidir cómo atacar. Ese lapso de tiempo era brutal y desesperante para sus rivales porque les hacía sentir como unos ratones frente a una serpiente hambrienta que piensa a quien comerse primero. La espera hacía que las piernas les temblaran o, de plano, se orinaran.

Un intrépido y fortachón atacante logró abrazársele del cuello. Los demás salían rodando por los lados cuando recibían terribles patadas o sordos manotazos. La escena era como la de las hormigas y el elefante, en la que las pequeñas obreras le gritaban a su compañera que ahorcara al paquidermo; en este caso, le pedían a su compañero que degollara al gordinflón. Estuvo a punto de herirle la yugular, pero el fallo lo hizo caer y terminó hecho papilla bajo los pies de Testardo. La arremetida no dejó más que un montón de atacantes aplastados como cucarachas y al “Padrino” Don Sborniache muerto. Se reunieron las familias e hicieron las paces. Se tomó la decisión de elegir a un nuevo padrino. Lo malo era que todas las propuestas llegaban al mismo callejón sin salida. “Le toca a Testardo— decían los cabezas de familia al repasar la genealogía de los Fardello Crudele—, por derecho Legge sul patrocinio, pero hay que evitarlo”. No fue posible hacerlo y el 31 de diciembre se proclamó que el año siguiente empezaría bajo la gestión y protección de Don Ingannare. Tenían que buscarle una esposa, pero ninguna de las familias estuvo dispuesta a ceder ninguna de sus hijas, incluso las más feas. El temor era que Don Ingannare se convirtiera en un rullo de mujeres inocentes. Cuando se le preguntó si le gustaba alguna chica dijo que le encantaba la dependienta de la Focaccine classiche, una pastelería artesanal muy pequeña en la que trabajaba Marianella. Ella era pequeña y no muy agraciada, lo más hermoso que tenía eran los ojos. Su cuerpo era delgado, pero sus manos y brazos eran muy fuertes, ya que desde niña había amasado la harina de los panes y tartas.

La boda se celebró a bombo y platillo, todos se presentaron de pipa y guante. A los pocos meses se comenzó la construcción de una casa detrás de la pastelería. Era un palacio de mármol de dimensiones extraordinarias y mucho lujo. Pronto Marianella quedó en cinta y su estómago comenzó a crecer de forma desorbitada. El embarazo se complicó y la futura madre se puso de tan mal humor que no soportaba a nadie, se le agrió el carácter.  La relación con su marido era fantástica y hasta ese momento no habían tenido riñas, dado que Doña Marianella dominaba por completo a su cónyuge, y era la única persona ante la cual Testardo bajaba la cabeza. Por desgracia, ella tenía una mano muy ruda y, en un momento de enfado incontrolable, levantó el brazo mientras él enorme troglodita gimoteaba de rodillas frente a ella y le soltó un tremendo bofetón. El impacto le dislocó la mandíbula y lo mandó al otro mundo. Marianella sin comprender lo que había sucedido comenzó a darle taconazos con su zapatilla, pero todo era de sobra porque  Don Ingannare ya era un cadáver.

lunes, 2 de diciembre de 2019

La casa Tolaveck


El viento llevó unos chillidos hasta La Casa Tolaveck donde los dueños, dos ancianos, se habían acostado después de una jornada muy dura. Estaban en vísperas de Navidad y les habían encargado muchas tartas. La pastelería no era grande y los clientes les exigían mucho. No tenían ayudantes. El local era lo único que quedaba de la casa fundada en 1880 por Iván Tolaveck. Conservaban los métodos de elaboración artesanales. El fundador había llegado como inmigrante y se había convertido en el pastelero más famoso del estado de Oregón. A pesar de la época gloriosa, la gente olvidó el negocio por la venta al mayoreo de unos pastelillos que se preparaban con una receta robada por uno de los empleados del señor Iván. Había sido una absurda venganza. Durante la gran depresión se conservó la pequeña tienda que elaboraba solo pan de harina de segunda clase con levadura y almidón. Los nietos de Iván Tolaveck no tenían hijos y estaban resignados a morir sin heredarle a nadie su local.

“Nadia—le dijo Artëm—¿No oyes los chillidos?”. Ella escuchó sin respirar y percibió algo. Se levantó y se asomó. Había un pequeño trineo con unas mantas. Una estela de vapor se elevaba. ¡Es un bebé! —gritó alarmada. Artëm se puso el abrigo y las botas. Hacía mucho frío. Los berridos eran muy fuertes. Jaló el trineo y entró con unos trapos llenos de nieve. Desenvolvieron al pobre niño que se había calmado al sentir el calor humano y el aroma de la vainilla y las fresas. Tomó leche tibia con apetito y se durmió como un ángel.

No lloró en mucho tiempo y a los tres años su mundo eran los pasteles. Conocía todas las recetas de cabo a rabo. Para su educación contrataron tutores que hacían con gusto su trabajo a cambio de un buen pastel. Vanya, como le llamaron los ancianos, salía poco a la calle porque le dedicaba todo su tiempo al trabajo. Era muy eficiente y les había dado a sus padres la posibilidad de descansar. Un día encontró un caracol enorme. Lo hizo su amigo más preciado y recibió de él muchas cosas. Aunque el molusco no hablaba y se movía con lentitud, le dejó una gran enseñanza. Iván descubrió que la meditación y el análisis llevaban a un terreno en el que reinaba la sensatez. No impacientarse por las emociones, ni estresarse por la brevedad de un plazo, ni por la urgencia de una demanda, le daban a la persona grandes ventajas sobre los demás. En los diálogos que mantenía con su mascota llegaba a conclusiones cargadas de filosofía.

Los viejos no le duraron mucho y fueron enterrados el mismo día con Harry, quien le donó a Iván su valiosa concha. Vanya creció elaborando postres. Refinó la confitería y la llevó a un nivel artístico que pronto llamó la atención de muchas personas acomodadas. No se daba abasto. Trabajaba de sol a sol, pero prefería hacerlo solo. Mandó poner un anuncio luminoso, pintó las paredes de colores vivos y puso unos altavoces con música que despertaba el apetito gracias a la mezcla de aromas selectos con las notas deliciosas de Mozart.

La vitrina mostraba cada día pasteles deliciosos y una ocasión, que estaba perfeccionando la receta de su tarta de frambuesas, se acercó una chica. Llevaba un vestido rosa con un escote pronunciado. Sus senos se adivinaban frescos y pródigos. Su andar era apacible y sensual. Se adivinaba su paz interior. Era guapa y su afilada nariz revelaba su origen aristocrático. Cuando estuvo a un paso de él se quedó contemplando unas tartas. Vanya quiso preguntarle cuál deseaba, pero se contuvo y descubrió que ella era como su caracol. Se tomaba su tiempo, comparaba, analizaba e imaginaba la elaboración paso por paso. Iván entrecerró los ojos y lo adivinó todo, entonces se metió en los pensamientos de la chica. Se marcharon tres clientes disgustados. Por los movimientos de los labios, de los ojos y, sobre todo, los de la cabeza Vanya supo que ella era la mujer de su vida. “Si adivino qué tarta desea comprar—se dijo cruzando los dedos—, me casaré con ella”. La espera fue larga, pero muy placentera. Iván se identificó tanto con la joven que habría podido decir en voz alta lo que ella pensaba. Pasó media hora y cuando ella levantó la vista, Iván esperó que sus labios se entreabrieran y después dijo repitiendo con ella: “Me da la tarta de arándanos rojos y nata, por favor”.

martes, 29 de octubre de 2019

Cuentiembre/ Segunda semana


Cuentiembre. Un proyecto para megustaescribir

Noviembre ocho

Se acostó muerto de sueño. El silencio de la noche lo llevó por una senda desconocida. Su mente había sido un mar con tormenta en los últimos días. Ahora ya había pasado todo y se sentía vacío. Claudia Prócula apareció frente a él. Era como en su juventud. Firme de carnes, bella y misteriosa, además de complaciente. Nunca quiso estar sin ella, pero en Jerusalén la perdió para siempre. Adoptó esa costumbre judía de lavarse las manos al entregar a Jesús. Prócula se lo había pedido, su amigo Mardoqueo o Marduk, como se hacía llamar, se lo revelo todo. Hasta el mismo Judas se presentó en su casa para avisarle que representaría su papel en el juicio de Jesús. De pronto la vida lo había puesto como impostor ante los judíos, como indisciplinado ante Tiberio, como marido necio ante su mujer, como traidor frente al Mesías judío. “¿Qué podía hacer? —preguntó levantando los brazos en medio de la oscuridad—. No tenía más remedio”.

Liberó a un criminal que después quemaría Roma y no habría dudado en cortarle la garganta. La vida no tenía sentido. Estaba exiliado dentro de su patria. El mismo hombre que se había presentado ante Caifás y Anás estaba sentado a su lado. No había cambiado. Llevaba su ropa vieja, sus sandalias desgastadas, el pelo desaliñado y la mirada severa. Estaba muy viejo, no se había convertido al cristianismo, a pesar de que lo habría podido hacer en muchas ocasiones. Recordó la tumba de la que había desparecido el cuerpo de Jesús. Recordó la noche en que se encontró con Menenio y habló del asesinato de un inocente. Decidió borrar los malos recuerdos y se vio con un uniforme romano, llegando a su casa después de su campaña. Lo recibía Claudia en un sillón con reposa pies hecho de hueso. Él se despojaba de su casco, la capa y su coraza, luego tiraba su túnica y se unía, como tantas veces lo había hecho, a su mujer que estaba tibia y húmeda después del baño. Se abrazaban, pero Claudia separaba sus labios y lo miraba con frialdad. “¿Por qué lo condenaste, Poncio? — le preguntaba con ira—. Te pedí que lo salvaras. Lo necesitaba como a la vida misma. ¡Jamás te lo perdonaré!”. Se levantó de un salto y salió a la terraza. No podía respirar, sentía que algo le aprisionaba la garganta. El hombre de pelos ensortijados le preguntó si se arrepentía de lo que había hecho. Llorando contestó que sí, que toda la vida había cargado con ese pecado. Agobiado por el pesar buscó una espada. Vio una jarra con vino y se la bebió completa. Esperó a que la cabeza le diera vueltas. Reconoció la bondad y el amor del Hijo del Hombre en quien no había encontrado culpa alguna. Le mostró su respeto y le hizo un juramento de lealtad. Después se hundió el metal en el cuello y se desplomó.

Los criados lo encontraron al día siguiente. Estaba tendido boca abajo. A su lado estaba un charco de sangre. Destacaba la hoja de la espada que le había atravesado el cuello. Se ordenó que se le ofreciera una ceremonia y luego fue sepultado.

Noviembre nueve

Jerusalén se fue quedando atrás El Monte de los Olivos se redujo hasta perderse de vista. Un grupo de personas iba en dirección a Jericó. El objetivo era comenzar una nueva vida para todos. Los planes habían salido a pedir de boca y ahora la nueva concepción del amor a Dios exigía que los apóstoles predicaran y fueran hasta el último rincón de la Tierra para llevar la nueva buena. La muerte había sido derrotada. El hijo del hombre se había levantado de la tumba para demostrar que su doctrina era la correcta. Era primordial cambiar de identidad. Jesús sería un hombre habitual, viviría para su familia entregándoles su amor, trabajaría en el campo y haría muebles para mantenerse. De vez en cuando irían sus discípulos a consultarlo para orientar a la gente. Quedaba pendiente la tarea de añadirle a la Torah, la redacción moderna, había que transformarla, dividirla en los acontecimientos pasados y la nueva era. Decidieron escribir un nuevo testamento. Las largas caminatas les ayudaban a decidir qué sucesos serían los más importantes en las escrituras.

—Jesús—dijo Judas acercándose al borriquillo que llevaba a cuestas al Mesías–, quiero que me bautices y me des un nuevo nombre cuando lleguemos a Betania.
—Y ¿Cómo deseas llamarte, Judas?
—No sé, Jesús, tendré que pensarlo, ¿Tal vez Saúl?  
—No lo sé Judas. Te cambiaré a ti el nombre y tu harás lo mismo conmigo. Seremos dos hombres que atestiguarán el milagro. Por mis huellas en las manos tendré que ser prudente. Diré que fui perdonado en la cruz y que mi dueño romano pagó mi liberación.
—Está bien. Y ¿los demás?
—Los demás tendrán que irse muy lejos. Llevaran la noticia a todas las tierras de las tribus de los hijos de Abraham, luego Roma y Egipto, de allí hasta donde puedan esparcirlo como si fuera trigo. Esta doctrina es la salvación del hombre.

Jesús bajó del borrico y cogió de la mano al pequeño José. María y Magdalena iban un poco más atrás. “Cuando estuve en el desierto—comentó Jesús—pude ver el interior de los hombres, fui tentado por el mal y estuve a punto de claudicar en mi tarea. Tenía un miedo enorme. Le tememos a lo desconocido y eso nos angustia, pero si logramos tomar el control sobre nuestras emociones más fuertes, se abre un nuevo mundo. El mal estuvo a punto de destruirme, pero razoné sobre mi situación y descubrí que la gente se martiriza con ideas infundadas. Los demonios a lo que tanto tememos son solo un reflejo de nuestro instinto de conservación. El mal no existe en la naturaleza, queridos míos. Es la ausencia del bien la que nos hace culpables. Siempre que lastimamos a alguien hacemos que esa ausencia del bien provoque algo negativo. Por eso la violencia, el hurto, el abuso y las cosas que producen dolor o perjuicios es lo demoniaco, lo malo. El más allá, la nada no tiene lugar porque Dios es infinito y nosotros somos parte de esa inmensidad. Él va con nosotros en el corazón y si logramos que los demás lo vean su bondad se contagia. No hay ni pasado ni futuro. Amemos a nuestros seres queridos ahora sembremos la bondad en los corazones y recogeremos cariño y comprensión. Hay personas que son incapaces de abrir su corazón, no las juzguemos, entendamos su problema y ayudémosles a descubrir su bondad. No nos cuesta nada. Un poco de control, atención para escuchar y buena voluntad para orientarlos. Es muy sencillo. La gente enferma porque se causa daño, pero si logramos que se libere de la envidia, el rencor, la venganza y le mostramos que perdonar es más beneficioso que nada, entonces todos lo harán”.

Judas abrazó a Jesús y le pidió que jamás lo volviera a poner a prueba traicionándolo, aunque eso fuera fundamental para su doctrina. Jesús le dijo que la historia lo condenaría, pero que con su nuevo bautizo renacería y podría ir alimentando a la gente de bondad. “Pon la otra mejilla cuando te ofendan, no hay peor cosa que la violencia. Es un monstruo que no se debe despertar por que destruye poblaciones enteras. La guerra es inútil, el soldado solo defiende los intereses de su amo y nunca recibe ni la recompensa ni el perdón. Un hombre que vive con la conciencia opacada por sus crímenes nunca será libre, ni siquiera de sí mismo”. Caminaron varias semanas, pasaron las noches en el desierto, se alojaron en pesebres y agradecieron la amabilidad de algunas personas buenas que les abrieron las puertas de su casa. Se alimentaron de lo que les brindó Dios y al final llegaron a Betania. En Jerusalén empezaron a cambiar las cosas. La muerte de Cristo y su resurrección provocaron la división de los monjes del templo. Los romanos comenzaron a dudar de sus dioses y sentían curiosidad por las historias de Jesús.

Noviembre diez

Magdalena comenzó a resentir los dolores en el vientre. Se le había reventado la bolsa y el dolor comenzaba a apoderarse de ella. María trató de calmarla. Jesús estaba haciendo un encargo. Le habían pedido que hiciera una gran mesa para una familia acomodada de Jericó. Se había marchado a la ciudad con su hijo José, con uno de sus ayudantes y cinco mulas que llevaban provisiones y sus herramientas. “Acuéstate y te sentirás mejor—le indicó María guiándola hacia el lecho—, ¿Recuerdas cómo nació Josecito?”. Magdalena sonrió y dejó que María fuera a preparar agua caliente y sabanas limpias. Había otras tres mujeres que al enterarse de la noticia se pusieron manos a la obra. Era mediodía y el sol calentaba con fuerza. Primero limpiaron a Magdalena y le dieron ánimos. Le recomendaron que se pusiera un palo entre los dientes para no destrozarse la lengua. Poco a poco fueron aumentando las contracciones. La parturienta se esforzaba pujando y entre los descansos que hacía, se consolaba con la imagen de su marido animándola a seguir en su esfuerzo. Oyó que Jesús la consolaba desde la lejanía y que su sonrisa la llenaba de paz. “Será una preciosa niña—le dijo a María apretándole la mano—. Me lo ha dicho Jesús. Es la única manera de que la sangre de los hijos de Abraham se propague”. Las dos sonrieron. Una mujer le limpiaba el sudor a Magdalena, le daba instrucciones y le tocaba el vientre para adivinar lo que hacía el pequeño ser que pronto vería la luz. Pasaron cuatro horas en la que Magdalena se desgañitó y por fin asomó la coronilla. “Tiene un pelo negrísimo—apuntó María sonriendo—. Seguro que será una mujer muy linda y bondadosa”. Le pondremos Eva, dijo entre dientes Magdalena que ya casi no podía pujar más y cuando se sintió desfallecer llegó el alivió. Parecía contradictorio que para sacar a su hija tuviera que pujar con todas sus fuerzas y en el momento más importante en lugar de hacerlo con todas sus fuerzas se hubiera relajado al máximo. Salió la niña, estaba viscosa, la depositaron en una sábana para poderla sostener mejor. La hicieron llorar y la envolvieron para dársela a su madre. Al sentir el calor del cuerpo materno se quedó tranquila y pronto se durmió. Magdalena se bebió dos vasijas de agua y también se durmió. 

A medianoche Magdalena despertó. Miró con dificultad el rostro de su hija porque la Luna era incapaz de iluminarla. La cogió y se acercó a la luz. Vio una carita arrugada y tranquila, después un leve llanto. Magdalena se descubrió el seno y le dio de comer. La pequeña estaba hambrienta y succionó a su madre como tratando de absorberla por completo. Luego se volvió a dormir. Magdalena la recostó en la cama y se quedó mirando el cielo. Estaba mandándole un mensaje de amor a su esposo.

Jesús estaba acostado al lado de Josecito, abrió los ojos y se dio cuenta de que su hijo lo miraba con mirada interrogante. “¿Ya habrá nacido mi hermano? —preguntó muy bajo para no asustar a las mulas—. ¿Cómo será? Jesús le sonrió y contestó que era una niña. Miró con alegría la cara de desconcierto de su hijo. “Tendrás que cuidarla y protegerla, hijo mío, solo a través del amor maternal es como el hombre conoce ese sentimiento. Es la mujer la que nos llena de ternura, pues su amor es incondicional. Lo sabrás cuando seas grande, ya que nunca encontrarás jamás un amor más sincero y fuerte que el de tu madre Magdalena. “Pero… —le cuestionó José—¿Tú no me amas?”. Claro que sí, respondió Jesús muy alegre, pero mi amor es diferente. Mi misión es educarte para que puedas brindarle seguridad a tu madre y hermana. Debes ser fuerte y razonable. Es muy difícil vivir en paz entre los hombres, por eso necesitas sabiduría. Escucha siempre mis palabras y haz lo que te indique tu corazón. Yo no puedo dominar los demonios que te acorralaran en tu vida, pero puedo ser la luz que te indique el camino.

José se quedó dormido y al día siguiente se despertó alegre. Sabía que ocupaba un lugar importante en el corazón de su padre y que su madre lo aceptaría siempre. Tuvo un contratiempo cuando entró a lavarse en una de las bifurcaciones hechas en el río Jordán para llevar agua a Galgala. Se estaba secando el pelo cuando por accidente pisó un escorpión y este le insertó su aguijón. Por fortuna el bicho había matado a una lagartija un poco antes y su veneno no era mortal, sin embargo, José empezó a calentarse y la fiebre lo hizo delirar. Pensó que estaba próxima su muerte. Tembló por la extraña mezcla del frío y el miedo. Lloró bajo un poco angustiado y cuando le preguntó a su padre si iba a morir, este le dijo que su hora no había llegado todavía porque no había cumplido con su misión. Tuvieron que hacer una parada hasta que José se recuperó de la fiebre. En esas horas había dormido mucho. Había perdido mucha agua y se levantó con mucha sed. Bebió mucho y comió un poco de frutas, dátiles y queso. Cuando se levantó no encontró a su padre y le dijeron que se había reunido cerca de allí. Llegó al sitio con dificultad y vio con asombro la forma en que su padre hablaba de un redentor, de un salvador de la humanidad que había padecido como él la crucifixión.

“Sí, hermanos—les decía con voz potente—. Lo vi junto con sus apóstoles. Era como cualquiera de nosotros, pero sus palabras llegaban pronto al corazón. Se decía hijo del hombre e hijo de dios porque el Señor, El verdadero y real creador, estaba dentro de todos los hombres. Por eso tenía fe. Decía que, si todos sacáramos a ese dios que teníamos en el corazón, entonces seríamos hermanos y comprenderíamos a nuestro prójimo”.

José escuchó las difíciles preguntas que le hacían los hombres, pero las respuestas eran irrevocables y hasta él, que era solo un niño, las podía entender. Se acercó y abrazó a Jesús que lo abrazó y lo presentó como su hijo. Luego explicó que había llegado la hora de partir porque lo esperaban en Jericó. La gente le dio la mano a Jesús, algunos lo abrazaron y le desearon un buen viaje. Hubo hasta quien tuvo tiempo de traer un poco de provisiones. José se alejó de la multitud. Se sentía orgullosos de su padre y un pequeño halo de vanidad le dio fuerzas para emprender la marcha.  

Noviembre once

La gente superó el remordimiento y la mañana se presentó clara e iluminada. La semilla que se había sembrado en sus corazones empezó a germinar. El pequeño tallo que asomaba hacía que los saludos fueran más cordiales y que la gente se deseara paz y amor. Los padres comenzaron a dar el ejemplo a sus hijos controlando sus propias emociones. La ira, el reproche y los castigos se cambiaron por el diálogo y el compromiso. Las personas preferían hablar de sus problemas con las personas y siempre recibían apoyo y consejos sensatos. Los convenios entre los comerciantes y los clientes eran justos y se realizaban con buena voluntad para que hubiera armonía.

“Lo dijo el Señor, hermanos —les repetía Pedro Simón Cefas—. ¡Amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos! Si vuestro corazón es tan mísero que no encuentra ni siquiera lugar para vosotros mismos, entonces seréis incapaces de amar. Muchos de ustedes me preguntan si se puede amar a los injustos y los soberbios y os digo que sí porque uno mismo debe ser el portador del cambio. Sed el cambio que queréis ver en los demás. Si trato a un soberbio con rencor él reaccionará igual, pero si soy humilde y digo la verdad, él se dará cuenta de su propio error. No se puede pagar con mal el amor, tarde o temprano triunfa el bien sobre el mal, pero hay que estar preparados para todo y mantenernos en la línea. Nos lo dijo Jesús, quien ahora está eternamente con nosotros”.

Las personas satisfechas oían los sermones de los alumnos de Cristo. Se ennoblecía su corazón. El viento tibio de las tardes llevaba a todos los hogares una canción de esperanza, la letra era sencilla y más que entenderla o interpretarla la gente la sentía. Era suficiente escuchar los primeros compases para llenarse de cariño. Las madres derramaban lágrimas de amor por sus hijos, los maridos crueles o infieles volvían a su hogar arrepentidos, el ladrón reparaba los daños causados y hasta los criminales se arrepentían y enmendaban las consecuencias de sus actos. Solo los avaros, vanidosos, ambiciosos, envidiosos y, en general quien temía perder dinero o poder, se resistían al cambio. Las mujeres embellecieron y los hombres se hicieron más responsables. Todo mundo fue comprendiendo que lo material no era para siempre y a algunos les traía más complicaciones que placer.

 “Razonad, hermanos—pregonaban los hombres de buena voluntad—el dinero satisface necesidades, pero cuando se intenta complacer con él todos los deseos, se convierte en una fiera indomable. A nadie se le prohíbe añorar riqueza, pero es más importante la del alma, que la material. Las monedas nos compran cosas temporales, en cambio los sentimientos duran más, a veces, para toda la vida. ¡Ayudemos a los pobres, a los lisiados y a los enfermos porque son incapaces de trabajar! Ellos lo agradecerán sin duda, pues no hay alma que no reconozca un buen acto. Pecadores serán aquellos que al recibir un favor no lo correspondan o abusen y engañen a quien se lo ha hecho. Abandonados en su egoísmo, los ricos morirán sin haber podido cumplir todos sus sueños y se irán del mundo con pesar aferrados a su oro”.

Las palabras de esperanza motivaron a quienes habían perdido sus sueños. Ahora lo sabían en todos los rincones del planeta, Jesús venció a la muerte, hay una vida en el más allá y aquí mismo. “Es ciego el que no quiere ver—decían los más sabios—, es sordo el que no quiere oír, es pobre el que no enriquece su alma y es desgraciado el que no quiere compartir su amor”.

De Jerusalén habían salido los hombres que llevarían el mensaje de la nueva buena. Dios mandaba a su hijo para festejar que la humanidad había madurado. Ya no habría ovejas descarriadas, los dioses paganos se habían retirado a formar parte de la mitología. Los fariseos y saduceos comprendieron que sus intereses eran jerárquicos, económicos y no religiosos. Pronto se erigiría sobre los restos de un apóstol la casa del Señor. Habría cobijo para los hombres de buen corazón. El agua del Jordán fue lavando las cabezas de los nuevos cristianos. Miles de Bautistas en nombre de Jesús convirtieron a la gente en seres nuevos. Las historias se transmitían de boca en boca. La gente buscaba a Magdalena, a María y a los discípulos para saciar su sed. La convicción de los nuevos creyentes era tan fuerte que doblegaba la necedad de algunos romanos. Los cuales, al no poder argumentar contra los milagros obrados por Jesús, inclinaban sus cabezas para ser recibidos en la nueva humanidad.

Noviembre doce

Nicodemo salió de su casa. Había donado todo a los pobres y llevaba puesta una túnica de carpintero, sus sandalias estaban desgastadas porque se las había comprado a un humilde hombre. Miró por última vez el templo y salió en busca de Jesús. Sus provisiones eran pocas, por eso las racionaba con mezquindad. En sus largas caminatas hacía el Noreste se reía recordando algunos acontecimientos importantes de su vida. Había crecido en una familia saducea. Nunca se había privado de nada y su agilidad mental y buena memoria lo habían ayudado a conseguir un lugar privilegiado en el templo. Le desagradaba recordar las caras de Caifás y Anás. Les culpaba de la tragedia de Jesús. Por suerte, se había ideado un genial plan en el que el aportó treinta kilos de aloe y mirra para embalsamar el cuerpo de Jesús. Entre él, los apóstoles y José de Arimatea habían confundido a los romanos y habían aprovechado del sábado para vaciar la tumba resguardada por los centuriones de Pilatos. Tuvo un sueño en el que vio a Tiberio condenando a Poncio. Fue testigo del juicio en el que el quinto prefecto de Judea fue perdonado por llevar la túnica de Jesús. Vio los tres intentos que hizo Tiberio por condenar a su subordinado y las reacciones que tuvo al mirar los ropajes del Mesías. No podía entender cómo un hombre tan arrogante se sobajaba a una situación como esa por su miedo a la muerte. Le faltaba dignidad, era un cobarde que se escondía bajo el atuendo del hombre que le había demostrado su inocencia. Se despertó en medio de la noche. Miró las estrellas y pensó en sus planes futuros. Se haría carpintero, dejaría las ataduras del bienestar y la riqueza para hacer con sus propias manos una cruz que se convertiría en el símbolo de la nueva religión. Vio la inmensidad del firmamento y le pareció ver a los arcángeles, el mismo Dios le mostraba una estrella, que como la de Belén, lo guiaría hacía donde estaba Jesús. Apareció de nuevo su imagen. Iba arreglado y se cruzó con el mesías, le sorprendió su aspecto sereno. Nunca había visto a alguien tan pobre con tan gran satisfacción en el alma.
 “¿Cómo puedes ser tan feliz tú, pobre galileo? —le había preguntado mirándolo con curiosidad—. No tienes ni una sola moneda y sonríes como si te perteneciera el mundo”. 

Es que mi alma ha renacido, dijo Jesús, cogiéndole las manos, cuando un espíritu se renueva y, nace otra vez, las cosas que antes no valorabas o no entendías, se aclaran. He estado en el desierto y he visto la maldad humana, he conocido todos los demonios de este mundo y he vuelto aquí. Ahora se ha hecho la luz. Las palabras de mi padre han cobrado forma. Todo lo que se había escrito hasta ahora no se había interpretado de la forma correcta. Mi misión es enseñar a la humanidad la verdad. Se cumplirán los presagios que surgieron hace cinco mil años. “¿Eso quiere decir que eres el mesías? —preguntó preocupado por negarse a aceptarlo—. ¿Cómo lo puedes saber?”. Jesús lo miró con tranquilidad y le dijo que era el hijo de los hombres y que redimiría los pecados, además que se encontrarían cuando él fuera juzgado y que él lo ayudaría a realizar un milagro.

Ahora reía con tristeza por no tener a Jesús a su lado. Pensó que lo que no había comprendido tanto tiempo antes, era obvio en ese momento. Oyó unos pasos de mulas. Se puso de pie y trató de distinguir a las personas que se le acercaban.

—¿A quién buscas en la oscuridad, buen hombre? —Nicodemo reconoció la voz y se puso a llorar en silencio.
—¿Eres tú?
—¿Quién me necesita y me llama siempre puede encontrarme?
—Pero ¿Cómo es posible que andes por aquí?
—Estamos de paso, querido Nicodemo. ¿Quieres venirte con nosotros?

Nicodemo se arrojó a los brazos de Jesús, saludó a José y vio a Magdalena que daría a luz pronto. Le dijeron que iban en dirección de Belén y que estarían allí hasta que naciera la niña. Conversaron durante una hora y se marcharon juntos. El retirado sacerdote le contó a Jesús que había regalado su casa y sus pertenencias y que había salido de Jerusalén para instalarse en alguna ciudad o pueblo en el que pudiera pregonar la palabra de dios y ejercer su oficio de carpintero. Continuaron juntos el viaje. Nicodemo buscó una carpintería y se puso a trabajar con varios hombres. Les propuso que hicieran una gran cruz con el cuerpo de tamaño real de un hombre. La elaboraron durante algunos meses. Escogieron las maderas más finas y las tallaron con devoción. Cuando llegó el momento de plasmar el rostro de Cristo, todos se sintieron incapaces de realizarlo. Cayó la noche y joven que sabía que no muy lejos estaba un experimentado maestro, lo llamó. Éste trabajó con agilidad y copió su rostro en la medra. 

“Diles que lo terminen—ordenó Jesús—. Uno de ellos me conoce muy bien y sabrá hacerlo”. 

Cuando se despertaron los carpinteros, el adolescente no se encontraba allí. Miraron con admiración y duda lo que estaba frente a ellos. Nicodemo dijo que no se explicaba cómo se había realizado tal milagro, pero aseguró conocer la cara del modelo.