jueves, 22 de septiembre de 2016
viernes, 16 de septiembre de 2016
martes, 13 de septiembre de 2016
lunes, 12 de septiembre de 2016
sábado, 10 de septiembre de 2016
jueves, 8 de septiembre de 2016
El extraño caso de Tepoztécatl, el héroe
miércoles, 24 de agosto de 2016
Enfermedad progresiva y mortal
El verano pasado me quedé sin vacaciones y apareció mi enfermedad. Tal vez,
el virus había estado gestándose durante mucho tiempo y surgió, precisamente,
cuando menos me lo esperaba. En realidad, los síntomas no se sienten, son las
personas las que te lo hacen saber, no es algo como lo que le pasó a Gregorio
Samsa ni a Fukaeri, la chica de la novela de Harukami Murakami, ni mucho menos
al hombre lobo o Wild de Whitley Strieber; sujetos en los que claramente se presentó
una gran transformación.
En mi caso, fue Patricia quien me lo dijo primero con
unas palabras sencillas que me calaron el corazón. “Algo te pasa José, ya no
eres el mismo de antes”. Le pedí explicaciones y no me dijo nada concreto, sólo
rompió conmigo y se fue porque, como lo resaltó con voz grave, ya la tenía
hasta la madre con mi nueva enfermedad. Le pregunté a mis amigos y nadie supo
definir mis transformaciones, incluso se quedaron medio mudos, al no poderme
explicar exactamente los cambios que veían. La situación llegó a ser tan
alarmante para ellos que me dejaron de hablar. Es posible que lo vieran como
algo contagioso.
Mi mejor amigo, Ricardo, sólo dijo las siguientes palabras que ya no pude
entender por la gravedad de mi malestar:
“Oye,
cabrón, lo que pasa es que tú te pasas de lanza, güey. Cuesta un chingo de
trabajo entenderte, y no mames, uno no es como tú, eso es lo que todos te
reprochan, por eso nadie te pela”.
Creí que un doctor me daría la solución, aunque yo no sentía ninguna
aflicción. Fui a consulta y con gran
sorpresa descubrí que el doctor me entendía a la perfección y, a diferencia de
mis amigos, me veía más sano que un toro y así lo dijo:
“!Hombre!
Usted está más sano que un buey. No se preocupe de las depresiones, salga un
poco y pasee por un parque o por un lugar tranquilo. Aliméntese bien y haga un
poco de deporte”.
El caso es que muchas de las personas que me conocían se fueron alejando, me
evitaban a toda costa. Los miembros de mi familia ya no me invitaban a pasar
los domingos con ellos. La afección me convirtió en un leproso al que nadie
quería ver ni tocar. Mi aspecto exterior no había cambiado mucho, un poco
pálido y delgado sí que estaba, pero fuera de eso, sólo mi pelo enmarañado era
lo más desagradable que tenía. Decidí que mi problema no era físico sino
psicológico. Eso me espantó de verdad porque había leído mucho sobre la
esquizofrenia y, si la padecía, era muy probable que me empezaran a dar
pastillas para meterme después al manicomio. Llegué tarde a la cita con el
psiquiatra y cuando entré al consultorio me senté y dije, en voz baja, que era
mi fin. La conversación, lejos de ser comprometedora, resultó de lo más
satisfactoria posible. El amable loquero me habló de cosas muy interesantes que
despertaron en mí la curiosidad, me regaló un libro de un escritor portugués que
tenía por duplicado y me habló de El pasajero
de Jean Christophe Grange, también de El
miedo a la libertad de Erich Fromm, La
náusea de Paul Sartre y El extranjero
de Camus. Mi enfermedad era desconocida por los especialistas de la medicina,
así que recurrí a otros medios. Me hice análisis de todo, sangre, orina,
excremento y hormonas. No hubo resultados negativos. Al final, pensé en
reconciliarme con mi destino. Moriría de la enfermedad y no la curaría, al contrario,
me puse como objetivo hacer lo que acostumbran los homeópatas, o sea agudizar
la enfermedad y atacarla.
Empecé a llevar un régimen estricto de alimentación, descanso y sueño. Aprovechaba
hasta el último minuto de tiempo libre para contribuir a mi padecimiento.
Comenzaron los malos hábitos y el mal se hizo crónico. Ya tenía listas enormes
de citas escritas en rollos de papel para pizarra, tenía cientos de páginas
arrancadas de algunos libros con marcas de lápiz rojo, columnas enteras de
novelas leídas y releídas, había descargado algunas aplicaciones para el
ordenador y el móvil, ya era capaz de llevar una lectura habitual sincronizada
con una de audiolibros, así que mientras iba siguiendo la trama de una novela
con la vista, con el oído, seguía la línea de otra historia. Después, comenzó
un problema patológico, pues yo mismo comencé a escribir y mientras oía mis
cuentos, seguía el texto en la pantalla del ordenador y mi voz autocrítica me
sugería las correcciones más pertinentes y, todo esto, sin dejar de ponerle
atención a los audiolibros y las novelas en papel.
Lo peor fue sorprenderme
llorando al lado de un niño, convencido por completo, de que él era el
Principito, o hablando con una mujer en un centro comercial diciéndole que era
idéntica a Bovary o Karenina. Hubo casos peores porque llegué a decirle a
alguien que era el mismo Raskolnikov u Oblomov. Un día, un hombre me golpeó por
preguntarle por qué se había salido de La
fiesta del chivo de Vargas Llosa, vi, incluso a Ixca Cienfuegos y al
General Aureliano Buendía paseándose por las calles. Ahora, sé que no tengo
remedio. El haber pasado aquel verano leyendo a Dostoievski, Tolstoi, Poe,
Fuentes, Suskind, Vila Matas, William Golding y muchos enfermos más, me afectó
demasiado. Creo que al estar hojeando las páginas de sus libros algo se me
metió en el cuerpo, tal y como les sucedió a los monjes de la novela de Umberto
Eco. Ahora solo espero que mi cabeza se atiborre de las historias que leo y mi
sistema nervioso se inunde con todas esas letritas negras que, como hormigas,
comenzarán a invadir mis venas y las arterías. Llegará la etapa terminal de la
literaturatosis múltiple, me evaporaré convertido en un personaje de mi propia creación
e iré a contagiar a la gente hasta que una gran epidemia acabe con la humanidad…
viernes, 19 de agosto de 2016
La invención del gato Marisa
Se asomó horrorizada por la ventana y vio a cientos de gatos rodeando su casa. No paraban de maullar por el hambre. Marisa recordó con pesar aquel día en el que encontró a un gato Ashera de color blanco desangrándose por las mordidas de unos perros Bull terrier y trató, sin éxito, de salvarle la vida. Fueron sus dueños los que, al comentarle que el valor del gato era de casi veinte mil euros, le dieron la genial idea de crear un gato similar. Como era veterinaria, observó a la enorme mascota con características de ocelote y decidió que no se detendría hasta que sus conocimientos de su especialidad la llevaran a la creación de un animal del mismo tipo.
Al investigar las características de los gatos americanos creados por selección genética, supo que un Ashera es el resultado de una cruza entre un gato común, un serval africano y un leopardo asiático y que no es peligroso, además no caza ratones y es muy tranquilo.
Usó sus influencias para sacar esperma de diversos gatos salvajes del zoológico donde trabajaba su mejor amiga y fue realizando las fecundaciones in vitro en diferentes gatas. Cuando obtenía crías con pelaje de lince, gato pescador, ocelote, margay o serval los conservaba para cruzarlos con gatos domésticos tranquilos como los huraños abisinios, por ejemplo. Apareó al birmano con el Maine coon para obtener un gato tranquilo y sin mucho pelaje, para luego, usar una de las combinaciones que tenía de los salvajes. Tardó tres años en realizar su sueño y obtener un gato semejante al Savannah americano. Comparó el suyo con el otro y notó que la única diferencia que había entre los dos era que el americano no podía reproducirse por la esterilidad que le provocaban los científicos en la cadena genética, en cambio, el suyo era igual de tamaño, color y carácter, pero tenía la ventaja de reproducirse. Vio de inmediato las posibilidades del negocio, pues podía vender sus ejemplares a precio más bajo y con la garantía de que podrían reproducirse como un gato común y corriente. Para no tener problemas con la ley, se fue al registro de patentes y registro su invento.
En cuanto tuvo todo listo colgó sus anuncios en internet y convirtió su consultorio en una tienda de animales, contrató los servicios de unas carnicerías para vender el alimento de los gatos, se puso de acuerdo con las empresas encargadas de crear todo tipo de juguetes para los mininos y se puso a vender. A los tres meses ya se había enriquecido y tenía una gran clínica para atender a las personas que llegaban a vacunar o curar a sus animales. Se sentía feliz y tenía muchos planes para casarse, viajar, conocer África y realizar todos sus sueños. Por desgracia, la gente no estaba de acuerdo en capar a los gatos machos, la razón estaba clarísima, pues no sólo Marisa sabía que cada bicho se podía colocar en cinco mil euros, sino que por ser un animal tan bello y seductor el mercado esperaba una cantidad bastante grande que pudiera satisfacer las demandas de los amantes de los morroños, aún en el caso de que los precios bajaran mucho. Llegó la canícula y los gatos machos comenzaron a preñar a las gatas. En condiciones de cautiverio eran más promiscues que sus ancestros de la selva, así que había camadas de diez y hasta quince cachorros cada tres meses. El gato Marisa se hizo muy popular y toda la gente comenzó a adquirirlo, tanto para hacerse de una mascota como para emprender un negocio con grandes garantías.
Un día el número de gatos sobrepasó el de los perros, luego el de los habitantes de la ciudad y se convirtieron en una plaga. Muchas personas se deshacían de ellos echándolos a la calle y el gobierno no sabía qué hacer porque cada vez que se ofrecía sacrificarlos, las organizaciones, de defensa de los animales, protestaban y era imposible llegar a un acuerdo.
Los gatos empezaron a meterse a las tiendas a robar comida, cuando no fue suficiente el alimento de los comercios, recurrieron a los ratones y los perros, luego a los basureros y, por último, a las personas. Hubo un momento en el que el gobierno desplegó al ejército para exterminar la plaga, sin embargo, murieron muchas abuelas que le impedían a los soldados liquidar animales. El aumento de gatos continuó sin control y fue imposible luchar contra ellos.
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