Escritura creativa

domingo, 13 de marzo de 2016

Micro-fábulas.

Fábulas


Gato confiado.


Al volver de su campaña, el gato rey se encontró con la noticia de que la reina lo engañaba. De inmediato ordenó que ejecutaran al insolente amante de su esposa y para que ella escarmentara, metió la cabeza en formol y la puso en una repisa enfrente de la cama nupcial. Todas las noches, antes de dormirse, el soberano le recordaba a su cónyuge las consecuencias funestas de la infidelidad. Sucedió que un buen día el gato volvió de una importante visita a sus homólogos, se dirigió a su alcoba y al abrir la puerta vio que había una cantidad enorme de cabezas de gatos dentro de tarros de alcohol. Muy indignado mandó llamar a su mujer para exigirle una explicación. Ella le dijo que había aprendido la lección, que la infidelidad traía graves consecuencias y que sus amantes tenían que sufrirlas.


Moraleja: Cerciórate de que se te ha entendido correctamente, pues una mala interpretación de tus palabras puede acarrearte problemas desagradables.




El lince traductor.

Un día el águila fue a hablar con los conejos para someterlos. Como se podían comunicar sólo a través de un traductor, llamaron al lince que dominaba las dos lenguas. En el encuentro el ave rapaz, que era un pájaro inmisericorde y se disponía, en breve, a invadir y esclavizar a sus vecinos, resumió su discurso en diez puntos que fueron los siguientes:

1.Las montañas están tan sólo a unos kilómetros de aquí, pero para llegar a este sitio hemos tenido que evitar todos los árboles que habéis puesto para que no podamos encontraros. Os pedimos que los derribéis.

El lince tradujo: Las montañas están a unos kilómetros de aquí, por eso no representan ningún peligro, os pedimos que tiréis los árboles y gocéis de la luz del sol.

2.He venido aquí para informaros de que debéis someteros o comenzará la guerra.

El lince tradujo: He venido aquí con el fin de deciros que no os someteré con la guerra.

3.En muchos sentidos hemos compartido la misma sangre, por eso tenéis que sacrificaros.

El lince tradujo: Compartiremos la misma sangre porque en muchos sentidos somos como hermanos.

4.Nuestros pueblos son adversarios, pero si os reproducís con más frecuencia y nos abastecéis de alimento, podréis andar por cualquier sitio con plena libertad.

El lince tradujo: Tendréis mucha libertad y podréis andar donde queráis, reproduciros y creced.

5.Lo que estábamos haciendo era erróneo, así nos condenábamos a la muerte, por eso queremos advertirles de nuestra implacable estrategia.

El lince tradujo: Lo que estábamos haciendo era erróneo, así nos condenábamos todos, por eso queremos compartirles nuestra nueva estrategia.

 6.Siempre he creído en la urgencia feroz, debéis entenderlo.

El lince tradujo: Nunca he creído en la urgencia feroz, debéis entenderlo.

7.Tengo esperanza porque sois innovadores y encontraréis la forma de satisfacernos.

El lince tradujo: Sois innovadores y encontraréis la forma de satisfaceros.

8.Desde las montañas hemos visto cómo, en momentos de crisis os habéis fortificado, pero ya no es necesario. Os someteréis, eso está claro.

El lince tradujo: Desde las montañas hemos visto cómo, en momentos de crisis os habéis fortificado, pero ya no es necesario. No os someteréis, eso está claro.

9.Desde hace mucho nos hemos enfrentado a enemigos invisibles, conozco la historia, pero me niego a verme atrapado en ella.
El lince tradujo: Desde hace mucho nos hemos enfrentado juntos a enemigos invisibles, conozco la historia, pero la niego para no vernos atrapados en ella.

10.He dejado claro que las águilas tenemos la capacidad y la intención de imponer los cambios, lo que no cambie se atañerá a vuestro pueblo.

El lince tradujo: He dejado claro que las águilas no tenemos la capacidad ni la intención de imponer los cambios. Lo que cambie dependerá de vuestro pueblo.

Terminada la participación del mandatario, se firmaron todos los acuerdos y un mes después entre linces y águilas se repartieron el botín. Los conejos tuvieron que reproducirse sin descanso para satisfacer la avaricia de los astutos felinos y las rapaces aves.


Moraleja: Si vas a realizar acuerdos, cerciórate de que quién te los comunique sea la persona adecuada y esté capacitada para hacerlo porque los errores serían fatales y los malos entendidos también.


El cánido indiscreto.

A su regreso del país vecino le preguntaron al chacal qué pensaba del oso, a lo que respondió que le parecía asombroso que en el encuentro que habían tenido, el importante plantígrado fuera precedido de los asesinos de su abuelo, seguido por los asesinos de su padre y rodeado por sus enemigos que pronto lo traicionarían. Por fortuna, estas palabras llegaron a los oídos del oso e impidieron que lo mataran, sin embargo, el chacal murió asesinado un mes después de su retorno porque si bien conocía la historia del país vecino, desconocía la propia e ignoraba que junto con él estaban los zorros y lobos que habían matado a su abuelo y padre, y que, además, al oír sus declaraciones optaron por liquidarlo, antes de que comprendiera quiénes eran sus allegados.


Moraleja: Cuando abras la boca fíjate bien ante quien hablas y cuida tus palabras, no sea que le despiertes malos pensamientos a tus interlocutores.



El rinoceronte presumido.

Había una vez un rinoceronte que estaba descontento con los búfagos que tenía que llevar a cuestas, aunque no eran pesados, le molestaban porque las hembras a las que quería conquistar en lugar de ponerle atención a él, le elogiaban todo el tiempo a sus pájaros. En una ocasión el paquidermo se hartó del insaciable apetito de las aves que, además, lo hostigaban chupándole la sangre de sus heridas cuando las tenía. Dispuesto a librarse de ellas las echó a todas y les dijo que ya no las necesitaba. Pasó el tiempo y el pobre animal se llenó de garrapatas, escarabajos y demás bichos que se daban la gran vida con la piel desprotegida del pobre cuadrúpedo. Recapacitó y fue en busca de sus colaboradoras, pero éstas ya no quisieron volver y se tuvo que resignar a llevar una existencia paupérrima y degradante. Murió pronto porque contrajo infecciones muy fuertes y ni siquiera los chacales o los buitres tuvieron el valor de acercarse a su cadáver.


Moraleja: No desprecies el cuidado que te brindan tus allegados y perdona las faltas que puedan tener, pues tal vez tu condición no sería la misma si ellos te faltaran.


La rémora asceta.

Un día un tiburón cazó un gran pez y se lo regaló a su sirviente, éste sorprendido por el regalo le dijo a su amo que no podía aceptarlo porque era demasiado para él y no se lo podría comer. Entonces el escualo le preguntó a su lastre que si no tenía amigos. ¡Por supuesto que los tengo! —respondió la pequeña y fiel rémora. Entonces, ¿por qué no compartes con ellos lo que te he dado? Yo comparto con mis amigos lo que tengo, por eso me quieren y respetan en cambio tú sólo vives a mis costillas. Apenada se fue la rémora a repartir lo que le habían regalado.

Moraleja: Por más modesto, servil y fiel que seas, no olvides que tienes relaciones con seres más ambicioso y emprendedores que podrían recriminar tu conducta, aunque esta sea buena.


León desconfiado.

Se encontraba el león en su campaña contra los lobos cuando cayó enfermo. Su médico de cabecera había probado por todos los medios curarlo lo más pronto posible, sin embargo, su consejo era que el rey de la selva permaneciera en reposo unos días mientras pasaba lo más grave de la enfermedad. Como el gran felino quería ponerse en pie y comenzar su ataque, mandó pedir otro doctor. Llegó un zorro que había presentado sus credenciales como el mejor especialista de la región y le dio de tomar un jarabe que según decía la astuta alimaña, era milagroso. Una vez que el león probó el mejunje se durmió y no volvió a despertar. Sin su mando el ejército perdió las batallas y al final de la guerra, se tuvo que pagar una enorme compensación a los enemigos. El doctor personal del león se lamentaba porque sabía que si se le hubiera hecho caso, las cosas habrían ido en otra dirección.


Moraleja: No desconfíes de los consejos de los que te son fieles y desean lo mejor para ti. Cuando desees hacer algo importante cuídate de quien te ofrezca una mejor solución que la de tus amigos de confianza.


La elección errónea.

 Un día, se presentaron al puesto de dirigentes el lobo y la hiena. El primero, fue crudo y realista, desde el principio dijo que era probable que se tuvieran que sacrificar las ovejas y llevar una vida austera para poder sobrevivir bajo las difíciles condiciones que les acaecían. Ante el temor de que fueran más agredidos de lo que se esperaba, los ovinos apoyaron a la hiena, quien durante la campaña había hecho bromas y muchas promesas, además su conducta había sido más la de un payaso que la de un futuro líder; así la amarillenta carroñera obtuvo el triunfo. En cuanto tomó el cargo, empezó a sacrificar carneros y realizó negocios clandestinos vendiéndoles carne y lana a los enemigos de sus opositores. Con el paso del tiempo se implantó una dictadura y jamás hubo nuevas elecciones.

 Moraleja: Más vale un lobo sincero, que una hiena hipócrita.



Infidelidad arriesgada.

Un día, el loro cansado de sus relaciones rutinarias con su pareja, decidió seducir a la cacatúa. Ésta aceptó y unos días después, por la falta de discreción de la emplumada gárrula, la cotorra se enteró de la infidelidad de su marido. ¡Eres un imbécil! —le gritó enfadada. No sólo has manchado mi prestigio, sino que has puesto en boca de todos, el problema de tu impotencia sexual. Ahora, ¿podrías decirme cómo me voy a quitar de encima a los vecinos que están en brama y no dejan de perseguirme?

Moraleja: Si vas a engañar a tu pareja, fíjate con quién lo haces y prevé las consecuencias, no sea que pierdas a tu pareja y tu reputación.


La amante poco comprensiva.


Un mono asaltado por la ira, decidió separarse de su esposa. En cuanto obtuvo la libertad se fue a ver a su amante para proponerle que se casara con él. A lo que la mona le contestó:

“Si piensas que soy tan estúpida para irme a vivir con un mono imbécil que habla mal de su mujer, que no respeta a sus compañeros del trabajo, que roba, engaña y, que además, es un fracaso en la cama, estás muy equivocado. Ya puedes irte a buscar otra tonta que te aguante. !Una vez a la semana está bien, pero casados sería una tortura!”.


Moraleja: Antes de dejar lo que tienes por algo más prometedor, comprueba que tu decisión es la correcta, no sea que te quedes sin nada.







Monos swinger.

Era costumbre en ese grupo de primates intercambiar a las esposas para mediar los conflictos. Cada vez que había una discusión que generaba violencia, los monos, en lugar de partirse la cara a golpes iban por su mujer y se la entregaban al contrincante. Había un macaco muy astuto que había tenido la mala suerte de casarse con una mona fea, así que buscó a un chango que tuviera una esposa muy guapa para hacer un intercambio. Lo encontró y empezó a discutir con él hasta que los humos se calentaron, entonces el audaz macaco se fue por su esposa, pero cuando llegó, el otro, que ya había visto a la fea mona que le traían, decidió hacer las paces para no darle a su guapa mujer. Pasaron los días y el mono desesperado porque no encontraba con quien discutir para acostarse con otra hembra, chocó con un cocodrilo y empezó a discutir. Cuando la discusión iba a pasar a mayores el mono le contó la tradición del intercambio de esposas en esa región. El cocodrilo estuvo de acuerdo, pero al hacer el cambalache, la hembra de cocodrilo se lo comió y a su mona se la devoró el cocodrilo.

Moraleja: Fíjate bien con quién pactas y no te dejes llevar por tu deseo porque las conductas engañosas te pueden llevar a la perdición.



Contrincante traidor.

Dos gallos intercambiaban sus gallinas cada vez que tenían alguna rencilla, de esa manera solventaban las asperezas que surgían entre ellos. Con el tiempo, esa costumbre se hizo tan habitual que ya ni siquiera hacía falta enfadarse entre ellos para gozar de las compañeras del otro, pero un día uno de los gallos enfermó y se dio cuenta de que su compañero seguía acostándose con las gallinas propias y las ajenas. Enfurecido por el abuso, cuando sanó fue a ver a su vecino y le prohibió que volviera a tocar a sus gallinas. Desde entonces los dos gallos no se hablan.


Moraleja: Nunca te olvides de los principios de urbanidad, pues al olvidarlos cuando se tiene cierta comodidad podemos provocar la ira de otros.



La falsa cocinera que aprendió a preparar.

La gallina sabía que ninguno de los animales de la granja la ayudaría a preparar las crepas, por eso iba directamente a los corrales, estanques y chiqueros y pedía ayuda, al obtener la respuesta negativa sonreía satisfecha y volvía a su gallinero para ponerse a descansar. Cuando los curiosos, después de media hora, iban a preguntarle por las crepas, ella decía que ya se las había comido. Sucedió que un día la cerdita se ofreció a ayudarle, pero cuando estaban cocinando se dio cuenta de que la gallina desconocía por completo la receta, así que se marchó, pero la gallina, entretenida como estaba, no se percató de la llegada de los demás animales que ni faltos ni perezosos empezaron a comerse las crepas, no les gustaron para nada y se retiraron criticando a la cocinera. Desde ese día la gallina se prometió a sí misma preparar bien, lo logró pronto, pero ya nadie quiso probar su comida.


Moraleja: Es malo hacer juicios a priori porque las circunstancias podrían cambiar, sin embargo, los juicios anticipados pueden servir de obstáculo para apreciar las cosas.



Las ovejas acomedidas.

Unas ovejas bien organizadas, que vivían con prosperidad, se dieron cuenta de que en el país vecino había muchos conflictos entre los roedores por causa de un conejo inmisericorde que los maltrataba y humillaba. El gobierno ovino creó una política de apoyo, se construyeron refugios y se destinaron algunas parcelas de hortalizas para que los roedores pudieran emigrar, vivir y criar a sus gazapos en condiciones mejores. Poco a poco comenzaron a llegar los lagomorfos. Al principio su conducta era modesta, pero dos años después, reclamaban muchos derechos y no dejaban de reproducirse. El líder ovino decidió ir a hablar con el gobernador vecino y le planteó su problema. El conejo mayor dijo que él no se hacía cargo de los apátridas y exiliados y que ese era su problema, pues era el carnero quien había ofrecido los refugios a los disidentes. No hubo más remedio que reunir a los consejeros cuadrúpedos para tomar una decisión. El plan fue llamar a los zorros para que a discreción se comieran a los conejos. Todo salió a pedir de boca, pero los carneros tuvieron que aceptar que de vez en cuando las alimañas se llevaran algunos de sus corderos. “Bueno, no hay mal que por bien no venga” —se decían los carneros.

Moraleja: Ayudar es bueno ya lo dice el dicho: Haz un bien y no veas a quien. Cuando ayudes cerciórate de que la forma, en la medida de lo posible, sea la más correcta y menos perjudicial para ti.


Juicio al impostor.


Un guepardo fue llevado a juicio porque las hienas no estaban de acuerdo en que se hubiera asociado con el león para que ellas no le pudieran quitar sus presas. 

—Mire, señor juez, nosotros tenemos que correr a gran velocidad para atrapar a las gacelas. Cuando conseguimos coger a nuestra presa, llegan estas señoras apestosas y nos quitan el alimento porque se unen en jauría y nos atacan cuando estamos recuperándonos del esfuerzo que hemos tenido que hacer.

—Bien. Le entiendo perfectamente —dijo el mono que hacía de juez—, pero, ¿para qué se asoció con el león teniendo más allegados de su propia clase, es decir, sus compañeros guepardos?

—Es que los felinos tenemos el defecto de ser muy independientes, señor juez, y nos cuesta trabajo ponernos de acuerdo entre nosotros.

—Pues, lamento decirle que es usted culpable de su propia desgracia, puesto que lo normal sería que se asociara con sus compañeros al igual que lo hacen las hienas entre sí. 

—Pero, las hienas son traidoras, aprovechadas y nefastas, señor juez.

—Con todo y eso — dijo el primate sonriendo—, son solidarias entre ellas y por lo tanto no buscan tener ventaja asociándose con otros animales. Queda usted arrestado y si no quiere que lo condenen, rompa el acuerdo con el león y convenza a sus compañeros de unirse con usted.

El guepardo rompió el acuerdo con el rey de la selva, pero no pudo convencer a sus compañeros de cazar juntos, así que tuvo que seguir cogiendo presas en solitario y soportar que las hienas le quitaran su comida.

Moraleja: Cuando emprendas un plan, analiza bien todos los puntos porque si algo falla y te ves en una dificultad, es posible que hasta los más injustos aparenten ser más endebles que tú.



La astuta catarinita.

Un talentoso poeta pulgón se enamoró tanto de una catarina que empezó a escribirle versos. Cuando ya tenía un romancero preparado y corregido se lustró las alas, se limpió las patas y se arregló para impresionar a su amada. Se fue a verla y durante su trayecto le fue comunicando a sus compañeros ápteros que iba en pos de la más bella hembra de la naturaleza. Hubo quien trató de persuadirlo de su objetivo, pero tan enamorado estaba que el deseo y la pasión lo cegaban.

 “No entienden nada de amor, queridos amigos, cuando se tiene un corazón de poeta, éste lo dicta todo y ella es la dueña del mío”—decía el insecto levantando las alas y restregándose las patas. 

Llegó a una planta donde estaba la mariquita ocupada en su aseo. ¿Qué diantres haces aquí, pequeñín? —preguntó la mariquita feliz de encontrar, sin esfuerzo alguno, su delicioso alimento. Quiero leerte mis poemas, encantadora dueña de mi corazón. Está bien —le contestó—, pero te pongo una condición. Si el verso me gusta, te daré un beso, pero si me causa desagrado, te daré un mordisco, ¿de acuerdo? De acuerdo— respondió el apasionado áfido sin pensarlo—. Está bien, empieza ya —gritó la mariquita.

Al terminar el primer poema la catarina le dio un fuerte mordisco al pulgón, éste, muy sorprendido por el fracaso, sacó sus más selectos poemas y prosiguió leyendo lo mejor que pudo. Después de cuatro dentelladas ya no tuvo fuerzas para continuar y murió devorado.


Moraleja: la naturaleza tiene sus reglas. Cuídate de enamorarte de tus enemigos naturales, pues corres el riesgo de que te maten o destruyan.



El poder de un gobernador.

Dos panteras no se ponían de acuerdo sobre el territorio en el que podían cazar con libertad, así que se fueron a ver al tigre que era el poseedor de todas las tierras.
Querido soberano — dijo la pantera más astuta—. Venimos a que nos des permiso para cazar en tus tierras.
¿En dónde deseas hacerlo, querida pantera? —preguntó el soberano con curiosidad.
Pues, me encantaría poder cazar en todo el territorio del sur, sin que nadie me limitara en mis actividades.
Está bien —respondió el tigre—. Entonces los consejeros pusieron el grito en el cielo y le reprocharon a su gobernante que le hiciera esa concesión a la pantera. A lo que el gran felino aclaró.
Sabed que yo soy el que concede y ellas las que piden, mi facultad de otorgar no pude ser tan pequeña como su petición porque yo soy el rey y ellos sólo unos súbditos.

La segunda pantera, que había callado por modestia, miró al tigre y este le preguntó:
“¿Y tú qué es lo que deseas, pantera?”
Ésta contestó que quería gobernar en el territorio del sur y que todos los que estuvieran en su territorio tendrían que pedirle permiso para apresar animales.
Te lo concedo, querida pantera, porque has sido más prudente que tu compañera. Ahora ella tendrá que supeditarse a tus órdenes, pero te aconsejo que seas prudente porque no traes de cuna el don de gobernar.

Moraleja: Antes de adelantarte a los acontecimientos, piensa bien cómo actuarás para que no te veas en una situación comprometida que te sea imposible cambiar.



Cuentos de perros y gatos.


No es país para viejos, ni para sus perros.

Había una mujer que vivía sola. Estaba muy amargada y tenía un carácter de los mil demonios. Como no tenía con quien ensañarse y desahogar su bilioso humor, toda sus ofensas y gritos eran para su perro. Paseaba dos veces al día y los vecinos lamentaban la existencia del animal que, a pesar de no entender el idioma, sentía el peso de las palabras de la vieja. Era común oír todo tipo de reproches, agresiones y humillaciones por parte de la vieja, sin embargo, nadie se atrevía a concientizarla porque quienes lo habían intentado eran víctimas de la violencia verbal de la mujer y padecían de su acoso verbal y desprecio. Resultó que un día falleció la anciana y su perro quedó libre. Unos vecinos lo adoptaron lamentándose de que el pobre can moriría sin alguien que lo alimentara. Ya ha sufrido mucho —comentaban—. Por desgracia, el chucho había acumulado tanto rencor contra su dueña y la gente que empezó a atacar todo lo que se movía, era agresivo, ladraba sin razón y corría detrás de los ancianos y niños pequeños para atacarlos. Tuvieron que sacrificarlo por el bien del vecindario. Así la ofensiva mujer y su perro desaparecieron, pero quedaron como ejemplo para las personas que cambiaron su conducta frente a sus mascotas. Ya lo dice el dicho: No hay mal que por bien no venga, no obstante, el que las cargó todas fue el pobre perro.


El gato rey.


Volvió de su campaña y se encontró con la noticia de que la reina lo engañaba con un hermoso minino soldado. Mandó que le cortaran la cabeza al insolente amante de su esposa y ordenó que la metieran en un tarro con alcohol y la colocaran en una cómoda que quedaba enfrente de su cama nupcial. Así, todas las noches el monarca prevenía a su cónyuge de los peligros de la infidelidad. Un día, el soberano llegó al castillo y se fue a su alcoba, pero la encontró llena de tarros con cabezas de gatas en formol.








lunes, 18 de enero de 2016

El escribiente Quijano


Magdaleno Escapulario era un hombre que escribía cartas en la Plaza de Santo Domingo. Había terminado el bachillerato en 1985, pero no había podido realizar su sueño dorado, que era terminar la carrera de derecho, porque su situación familiar lo obligó a buscar un trabajo emergente que le proporcionara algunas tortillas y frijoles para su familia. Como era el hijo mayor, y su padre se había ausentado de forma permanente al más allá dejando a su esposa viuda con cinco chamacos hambrientos, tuvo que irse a buscar una chamba. Se ofreció de cargador, pero lo vieron muy flaco y quebradizo; le negaron el puesto de vendedor porque lo encontraron demasiado inteligente y desconfiaron de él; le ofrecieron conducir un taxi, pero no sabía cómo hacerlo y lo echaron; no le dieron contrato ni sueldo cuando trabajó de profesor de secundaria y se fue sin exigir nada, por puro orgullo; no le quedó otra más que la de errar por el centro de la ciudad con una tablita colgada en el pescuezo con el letrerito de “Plomero- albañil, mil usos”. Tampoco logró mucho así porque la gente que iba por trabajadores no lo veía por causa de su delgadez y su rostro intelectual.

Un día Magdaleno se sentó en la fuente de La Corregidora y quedó exactamente bajo la mano derecha de la heroína Josefa Ortiz de Domínguez, quien parecía otorgarle un grado apuntando con un pliego enrollado que sostenía con fuerza, aquella que había rechazado todos los honores que se le ofrecieron en vida parecía tener el poder de concederlos ya muerta. Por azares del destino uno de los escribanos que ofrecía sus servicios de emisario y celestino, debajo de los portales de los apóstoles, tenía que abandonar para siempre su empleo, así que al ver la cara inteligente de Magdaleno se le acercó y le preguntó si escribía bien. Media hora después, Quijano, como empezaron a llamarlo sus vecinos de escritura rápida e indigesta, no por encontrarle parentesco con el gran soñador de Cervantes, sino porque les llamó la atención la larga y fina quijada del nuevo compañero, quien estaba sentado cómodamente frente a una enorme máquina de escribir con un bonche de hojas blancas y su anuncio de escribiente. No tardó mucho la gente en ponerle atención, pues si a un lado de la Catedral metropolitana pasaba desapercibido, aquí, rodeado de tantos edificios coloniales y agraciado por la mano de doña Josefa, Magdaleno, era un personaje salido de alguna novela clásica, fue por esa razón que llegaron tantas mujeres a pedirle que les escribiera cartas románticas a sus maridos braseros.

“Dígale que lo extrañamos un montón, que sus chamacos ya están bien grandotes y que, gracias a él, la Pancha ha enderezado el camino y ahora ya estudia en la secundaria; pero escríbaselo con palabras bonitas, que sienta que se lo digo yo misma, pa´ que se acuerde de mí”.

Se hizo famoso por su sensibilidad, pero como esta historia no es sobre sus aptitudes de escribano, sino de escritor profesional de guiones, pasaremos a la verdadera historia, ya que de seguir sentados en la dichosa plaza de Santo Domingo entorpeceríamos nuestra historia dándole trompicones a Juan José Arreola, o al mismo Herman Melville, por eso nos transportaremos al día en que Magdaleno se compró un televisor y una vídeo-casetera. Adquirió su aparato en la tienda de Salinas y Rocha, le dijeron que no le fallaría nunca, que tenía garantía de cinco años y que era lo mejorcito que había en el mercado. Una vez instalada la reproductora de vídeos, Magdaleno alias el Quijano metió un casete de la película 1984 y comenzó el visionado. Terminó de ver la película y se dio cuenta de que estaba basada en una novela homónima de George Orwell.

Les pidió a sus amigos que le recomendaran buenos filmes, los miró todos y descubrió que en Hollywood la tendencia era crear largometrajes de novelas adaptadas para la pantalla, por esa razón se puso a investigar cuáles eran las características de cada género cinematográfico. Se puso a escribir novelas adecuadas para la ciencia ficción, la acción, las aventuras, los musicales, los melodramas, el terror e, incluso, de los dibujos animados. Viajó a Los Ángeles y se reunió con algunos directores del séptimo arte, no obtuvo nada de ellos, pero siguió escribiendo sentado en las aceras de las calles, hasta que un día se encontró con Quentin Tarantino y le mostró una de sus novelas, la cual llevaba integrado un guión literario para su inmediata filmación. El famoso realizador de películas de acción se quedó pensando un poco, luego llamó al estudio se puso en contacto con varios artistas y se llevó al desconocido escritor y guionista a Hollywood.

Durante el trayecto por la suntuosa calle de Beverly Hills, el abogado de Tarantino analizó junto con El Quijano, que ya sería el nombre oficial no solo del hombre, sino de la empresa que surgiría en cuanto los demás directores se dieran cuenta del éxito alcanzado por Quentin y le preguntaran de dónde había sacado el argumento, las condiciones de un contrato en el que se le ofrecía una suma de dinero y ganancias por las ventas en taquilla.
Efectivamente, la película fue un gran éxito y algunos directores como Woody Allen, Steven Spielberg y Martín Scorsese se acercaron con disimulo a Tarantino para saber cuáles eran las fuentes de su inspiración. Así fue como conocieron a El Quijano que para la noche del estreno se llevó una maleta llena con las novelas que había escrito durante tres años. Woody Allen le preguntó si tendría una comedia satírica y un poco paranoica entre su dechado de curiosidades y para asombro del famoso actor y director, el guionista sacó una comedia escrita precisamente para él. Woody la leyó con avidez y se le iluminaron los ojos, llamó a su doctor, en primera instancia, y en segunda, a su abogado, una hora más tarde firmaron un jugoso contrato, pero antes de todo eso, El Quijano abrió por completo su maleta para que los directores buscaran algo útil, así que cuando Allen firmó el acuerdo con El Quijano. Scorsese, James Cameron y George Lucas, miraban con curiosidad y hojeaban los escritos como si se encontraran en la liquidación de saldos en una librería. Todos cerraron acuerdos y firmaron gustosamente los contratos, así que de un día para otro el desconocido escribiente de la fuente de la Corregidora se convirtió en una de las articulaciones más importantes del monstruo de la industria cinematográfica americana.

Unos meses después, Quijano, la empresa, surtía pedidos para directores profesionales y amateurs que deseaban saltar al estrellato y sabían a la perfección que la única manera era haciendo una película basada en algún guión de El Quijano. De los primeros chavos que tenemos memoria están Iñarritu, Cuarón y Del Toro que encontraron entre los folletos más baratos sus grandes éxitos. La clave, según recuerdan, fue haber solicitado la ayuda del magnate quien, al saber que los noveles eran sus paisanos, les readaptó los guiones y les prometió el asesoramiento de sus clientes. Con los años, Quijano se convirtió en la empresa monopolista y única con todos los derechos para producir todo tipo de películas, desde los corto metrajes hasta las películas de tres horas, incluso las series de tres o cuatro temporadas las hacían allí. Como se puede deducir de lo anterior, El Quijano trabajaba como endemoniado, pues no había encontrado colaboradores que tuvieran el suficiente ingenio para mantener en alto la gran calidad de sus escritos y, por eso, tenía una oficina enorme llena de secretarias que escribían lo que el talentoso hombre les iba dictando. Quien hubiera presenciado la escena habría pensado que se trataba de un ajedrecista en un torneo promocional en el que se enfrentaba un gran maestro con veinte contrincantes a los cuales les iba dando jaque en pocas tiradas. El progreso y la riqueza fueron los únicos factores importantes de ese periodo de la vida de El Quijano, no le interesaban ni las mujeres, ni los viajes, ni el poder, lo único que deseaba era exprimir todas sus ideas para retirarse, sin embargo, su conciencia le presagiaba una retirada fatal, puesto que no había designado a su sucesor. Es que no lo hay, cabrona, ¿no lo entiendes? —le decía muy enfadado El Quijano a su conciencia, la cual con su apariencia de matrona de burdel se reía y lo provocaba para que se enfadara y perdiera la paciencia.
Por desgracia llegó muy pronto el día en que El Quijano no tuvo argumentos para contener a la matrona vulgar y lépera que le dijo:

 “Pero si ya te lo había dicho, guey, que no ibas a aguantar mucho así. Pero si quieres que te sea sincera, esos malditos vividores te han explotado, han usado tu obra para sacar lana hasta de los hoyos de las ratas. Me da gusto que te retires, la verdad”.

Magdaleno Escapulario, desprendido de todo título y fama, se presentó a la entrega de los premios Oscar con su apariencia de los primeros años. En lugar del tradicional frac llevaba su sudadera hecha de tela de jerga, unos vaqueros ralos de un olvidado color azul marino, unos tenis Nike de la época en que andaba buscando trabajo en la Catedral metropolitana enfrente del Palacio Nacional, tenía el pelo largo y sujeto con una cinta al estilo de los años setenta de la época Hippie. Su discurso fue el más conmovedor en toda la historia de la entrega de los hombrecitos dorados hecho con la figura del imponente Indio Fernández de joven. Hasta Marlon Brando desde la tumba reconoció que El Quijano había sido más elocuente y convincente que la joven señorita apache Sacheen Litlefeather que recibió o, mejor dicho, rechazo en nombre del gran actor el ambicionado premio cuando se declaró en contra del exterminio de los nativos americanos.
Las palabras de Magdaleno Escapulario fueron las siguientes:

“Queridos amigos, hace unos años yo era muy pobre y nadie me contrataba en ningún trabajo. Mi familia pasaba hambre y no podía darles ni siquiera un trozo de pan para que no sufrieran. Un día, por milagro, iluminación divina o, simple y sencillamente porque tenía que pasar así, se me ocurrió adelantarme a mi tiempo narrando lo que pasa, desde diferentes puntos de vista, en este mundo. En esa ocasión estaba sentado frente a una mujer que había perdido a todos sus hijos en el Río Bravo y le escribía cartas a su hija que trabajaba de sirvienta en una casa rica de Los Ángeles, no muy lejos de aquí. La mujer, me inspiró tantas historias que empecé a escribir sin detenerme, ella era como la voz de un pueblo al que le habían sucedido sólo tragedias. Tomé la decisión de venir para hablar con aquella encargada de limpieza que sufría los abusos de su patrón. Mi única intención era llevármela de vuelta a México, pero alguien abrió mi maleta y encontró las cosas que tenía impresas ahí y ya no pude desistir de venderlas. Por desgracia o por fortuna, esas historias enriquecieron al cine y me hicieron empresario, pero ha llegado el momento en que se me han acabado las historias y ya no estoy dispuesto a seguir adelante. Les pido perdón y, a la vez, los culpo de todas las desgracias que vivió esa mujer. Adiós”.

Era imposible pensar que un discurso tan parco y sin talento conmoviera y provocara tanta furia en el público americano. Los directores de cine comenzaron a pelearse entre ellos, el público abucheaba a Magdaleno, la policía rodeó la sala y se llevó a los más escandalosos, pero la trifulca no se pudo evitar. Las actrices salieron arañadas, con los vestidos rotos y despeinadas. Los periodistas hicieron su último agosto porque, después de aquella batalla absurda, el cine no se volvió a recuperar y hasta la fecha lo único que se ha visto en la pantalla son producciones independientes de directores y actores que sueñan con que un buen día vuelva a aparecer un nuevo mesías que cambie la página de la historia y empiece un esplendoroso período de cine que nos salve del aburrimiento.

sábado, 12 de diciembre de 2015

El extraño caso de Néstor Ochoa.

Eran las dos de la tarde y el inspector Néstor Ochoa estaba acomodando unos papeles para irse a comer con su ayudante Germán Montes. Habían cerrado un caso y su jefe, el comandante Alfredo Lara, les había dado el día libre para que descansaran y recuperaran las fuerzas, pues se habían dedicado un mes y medio a seguirle los pasos a un estafador que tenía planeado robarse unos cuadros del artista mexicano José Luis Cuevas, valorados en varios millones de dólares, y por la eficiencia de su trabajo el par de sabuesos había frustrado el atraco. Les habían concedido unos días de descanso y una suma de dinero para que se aislaran, al menos físicamente, de la oficina de homicidios en la que prestaban sus servicios. Néstor Ochoa, en realidad, lo que quería era obtener su jubilación. Había dedicado casi la mitad de su vida a la búsqueda de delincuentes y estafadores y nunca había fallado en el momento preciso. Había conocido a muchos policías principiantes que a su lado se convirtieron en especialistas en la búsqueda de criminales. Germán Montes era su último alumno, Néstor lo había decidido desde que lo vio pasar por la puerta de su oficina, dado que tenía la apariencia de un inspector sacado de las novelas de Agatha Christie. Germán era sistemático, paciente y, aparte de inteligente, testarudo. Gracias a él, habían encontrado el rastro que necesitaban para detener al ladrón de cuadros. Germán había hecho una brillante hipótesis que no convencía al experimentado detective Néstor, sin embargo, conforme fueron avanzando los días, las pistas brotaron con tanto ímpetu como las flores en primavera.

Cuando hubo acomodado las carpetas en su sitio, el veterano Néstor se puso su ropa de paisano y se fue a llamar a su ayudante para irse a almorzar con él. Ya se iba imaginando el plato repleto de los tacos de carnitas con guacamole y otros al pastor con salsa de chile de cascabel que le encantaban y que se vendían en la taquería de la calle de Tamaulipas esquina con Michoacán, cuando lo llamó su jefe para avisarle de que se había encontrado un cadáver cerca de allí, en la calle de río Lerma Nº 220. No pudo evitar que de su boca saliera vomitada una mentada de madre dirigida, en primer lugar, a su inmediato superior y, luego, a todos los criminales que no le daban ni un minuto de descanso. “Lo siento Néstor, es urgente porque al parecer todas las características de este asesinato coinciden con las de El Invisible”. Néstor lo miró con ojos lacerantes como si sufriera por causa de los recuerdos.

 Hacía veinte años que buscaba a un criminal que no dejaba huellas y que tenía un cuadro psicológico criminal tan sencillo que coincidía con todos los asesinos de prostitutas, así que al haber cientos de sospechosos, era casi imposible encontrar al culpable y se había pasado dos décadas repasando en su mente las imágenes de los asesinatos para sumergirse en el caso hasta lograr encontrar alguna pelusa del hilo, que al final, lo llevaría a desenredar el ovillo de acciones que abría el camino hacía el asesino.

 Recordó a las treinta mujeres maniatadas y asfixiadas, con el cuerpo despatarrado lleno de moretones y la vagina desflorada por el palo que usaba el demente criminal. Estaba el mecate y el letrero de sangre en el espejo del baño con la escalofriante leyenda: “Para que aprendas”. Néstor recordaba que, desde la primera vez que la había visto en el espejo del baño de un departamento alquilado por una bailarina de cabaret de origen cubano, jamás lo había podido borrar de su cabeza. A la exuberante mulata la encontró con expresión de angustia y desesperación, y esa imagen del espejo se mezclaba con la aterrorizante cara de la muerta. Lo peor de todo es que él mismo había estado con ella la noche anterior y no sabía que el momento de placer que había experimentado con la habanera se convertiría en su peor pesadilla.

Cuando salió de la cámara de sus recuerdos vio a Germán que estaba vestido de civil y le pareció el mismo de siempre. Tenía esculpida en la frente la frase lapidaria, que un día lo acompañaría al más allá, y que mentaba: “Soy poli de homicidios, nací con la placa y no lo puedo ocultar”.

—¿Ya lo ha oído, jefe? —preguntó sin inmutarse y mirando con sus pequeñísimos ojos inquisitivos como si fuera el maestro del monje llamado El Pequeño Saltamontes de la serie del fallecido Michael Carradine.
—Sí, Germán, tenemos que ir de nuevo a presenciar ese horroroso espectáculo. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a ese hijo de su chingada madre?
—No lo sé, Néstor —Germán era el único aprendiz que desde el primer momento le hablaba de tú a Néstor y éste nunca le había puesto objeciones porque de cualquier forma presentía que el chico fisgón había llegado a su vida con el fin de revelarle todos los misterios de la criminalística y sustituirlo.
—Pues vámonos, jefe.

Salieron y se montaron al viejo Rambler 75 de Néstor. El coche no tenía buen aspecto porque la pintura de la carrocería estaba descarapelada y el motor se había desbielado en una persecución que la pareja había hecho hasta Acapulco. En Chilpancingo, los émbolos del motor se derritieron como chicles y tuvieron que dejar en un taller el carro para que don Panchito, un mecánico tlaxcalteca muy ducho en autos, le montara una máquina casi nueva de un Nissan chocado pero intacto del motor. Ahora la cafetera de Néstor era un automóvil como los veteranos de la guerra: arruinado por fuera, pero con un alma a prueba de todo y un gran corazón. En efecto la máquina del Nissan Rogue que le había empotrado don Panchito, era increíble. La velocidad, inútil en la Ciudad de México, era invalorable en carretera. Don Panchito se había ocupado también de la suspensión y no le dio tiempo de pintar el bólido porque Néstor tuvo que volver de urgencia por petición de su jefe Alfredo Lara, quien era imparcial en sus mandatos, y gracias a esa absurda conducta se había ganado un lugar privilegiado en la policía como el des enmarañador de homicidios y detector de maleantes más famoso del país.

—Ya llegamos, Néstor, ¿estás preparado para subir?
—A qué viene esa pregunta. ¿Sabes que eres un mocoso y estás a mis órdenes? En el momento en el que yo quiera—, y subrayó esto con voz muy grave—, te echo de la policía. ¿Está claro?
—No se ponga así jefe —dijo Germán, haciendo una excepción en su trato para que Néstor se diera cuenta de que toda la vida lo había respetado e idolatrado.
—Bueno, explícame por qué me has hecho esa pregunta.
—Pues, porque lleva mucho tiempo con ese caso y podría suceder algo impredecible, hoy.
—¿Algo impredecible? ¿Cómo qué?
—Pues, que descubriera quién es el asesino, por ejemplo.
—¿Te das cuenta de lo tonta que es esa deducción, Germán? ¿Te das cuenta de que son veinte años de repetir las mismas acciones, tales como la de interrogar a los vecinos y saber que nadie escuchó nada porque se trataba de una puta que se vendía todos los días y les hacía la vida imposible a las vecinas seduciendo a sus maridos? ¿Quién va a querer encarcelar a ese hombre, o lo que sea, que ha liberado a las esposas de sus preocupaciones?
—Perdona, Néstor, pero no estás pensando como investigador de homicidios, te estás dejando llevar por las debilidades humanas y tienes que ser frío como un hielo para encontrar de una vez por todas a esa bestia.

Néstor recapacitó un poco y cambió de actitud. De pronto, le había dado vergüenza que su alumno le indicara, de forma muy certera, cómo debía conducirse en esa situación. Recordó un anuncio de televisión en el que se aconsejaba respirar profundo, contener el aíre y contar hasta diez. Lo hizo y, una vez que recuperó el aplomo, se dirigió a la vivienda en la que se había llevado a cabo el asesinato.

—No es ahí, Néstor.
—¡Cómo que no es aquí! ¡Si es la dirección que nos dieron!
—Sí, Néstor, pero dijeron que al lado se encontraba el edificio.
—¿El edificio? ¿Qué no sabes que esta colonia está llena de casas antiguas y está estrictamente prohibido por el gobierno construir en esta zona viviendas de más de tres pisos?
—Pues, mira tú mismo y dime qué es eso.
—¡Me lleva su puta madre! ¿Desde cuándo está eso allí?
—Desde ahora mismo. Es decir, ahora mismo no lo sé.
—Mira, Germán, aquí dice alquiler de fracs. ¿Y si el maldito criminal se alquiló un traje de chulo aquí y luego se fue a ver a la piruja? A ver, este es el número 220 ¿Ves como sí es una casa? Y de un sastre, por cierto.
—No, no nos dijeron que el 220, sino a un lado.
—Bueno, veamos, ¿habrá cuidador aquí?
—Sí, pero cuando lo interrogaron dijo que a la hora en que llegó el cliente de nuestra rubita, el portero no resistió las ganas de echarse un cigarrito y se fue al estanco de la esquina a pedir tabaco. Cuando regresó, la difunta y masacrada mujer ya se había metido con su cliente.
—Oye, ¿este edificio no era el de Teléfonos de México? Tengo la impresión de que ya había estado aquí alguna vez.
—Pues, no lo sé. Se ve muy nuevo y los apartamentos son pequeños, pero con buen gusto. Mira cómo está el atrio de lujoso.
—Vamos a la tercera planta.
Subieron por el ascensor y el avezado inspector sintió un desagradable sabor en la boca. Entraron en el piso que tenía las cortinas recogidas con unas toallas que servían de abrazaderas. Germán se río un poco por la ocurrencia del fotógrafo.
—Por lo visto todos ya han estado aquí. ¿No crees Néstor?
—¿Lo dices por el fotógrafo? Si siempre hace lo mismo, sea el lugar que sea. Sin luz natural no toma ni una foto. Dice que el flash espanta el espíritu del crimen. Son creencias locas.
—Bueno, revisemos el cuerpo. Es una mujer guapa, rubia con buenas proporciones, parece extranjera. Tal vez sea de algún país eslavo, quizás de Ucrania, de Bielorrusia o de Rusia. Está tendida boca arriba, atada con los brazos en alto. !Mira nada más qué cama! Seguro que los clientes se volvían locos con esta mujer mirándola en el espejo que hay en el techo. Les cobraría un dineral a los pobres depravados, ¿no crees?
—Sí, pero es insignificante la coincidencia.
—¿Qué cosa, Néstor?
—Que parece como si esta misma escena se hubiera repetido todo el tiempo. Desde el primer crimen. Si observas bien, te darás cuenta de que el escenario es idéntico. Tú has visto sólo cinco crímenes como este, pero yo no. ¿Qué me puedes decir al respecto?
—Pues, sólo constatar tus palabras. Es el mismo espejo, la misma cama, la misma orientación del piso hacía el Norte, el color de los muebles, todo igual. Sólo cambia el cuerpo de la mujer. Incluso la hora en la que hemos llegado. Mira, son las tres de la tarde.
—¿Ves cómo yo tenía razón? En eso estaba pensando cuando me interrumpiste con tu perorata del usted, y tu bla, bla, bla.
—Pues sólo tenía la intención de tranquilizarte, tú cara estaba muy descompuesta.
—Era por el intestino. No podía echarme un pedo. Era por eso, nada más.
—Bien, deja de discutir y revisemos el orden de las cosas. Nuestra misión hoy será revisar que todo esté como siempre y si algo no está como de costumbre lo usaremos como la primera pista. Ruégale a Dios que ese hijo de su pinche madre haya fallado en algún detalle, Néstor.

Los dos inspectores estuvieron enumerando todos los detalles del asesinato que coincidían a la perfección con los anteriores. Parecía que el criminal llevaba una lista de acciones que cumplía al pie de la letra y cada vez que lo examinaban aprobaba con la nota más alta.

—Esto no es posible, Germán. De los treinta asesinatos que ha efectuado ese animal, diez mujeres han sido mulatas, diez castañas y las últimas diez, incluyendo a esta, son rubias.
—Pues, ahora vendrán las orientales, negras y pelirrojas.
—¿Estás loco? No estoy para tus bromas tontas.
—Bueno, Néstor, cálmate. Oye, ¿ya viste el letrero de sangre que dejó en el espejo del baño?
—¿Qué tiene?
—No sé. Está muy raro que la letra no haya cambiado en absoluto. Sigue teniendo un pulso firme y después de veinte años sigue escribiendo a la misma altura. Si empezó con su primer asesinato a los veintitantos, ahora debería tener unos cincuenta y pico, debería estar un poco encorvado y su letra debería ser más marcada o más delineada. La edad da seguridad Néstor. Hagamos una prueba.
—¿A qué te refieres Germán?
—No hables y sigue las instrucciones. Camina despacio hacia el baño, como si hubieras matado a alguien y te costara un poco de trabajo avanzar, vas jadeando, te detienes. Metes el dedo en el recipiente en el que llevas la sangre y te paras frente al espejo. Comienzas a escribir su eterna frase: “Para que aprendas”. Sí, sí, sigue así. ¡Un momento!
—¿Qué pasa Germán?
—A ver, vuelve a escribir la palabra aprendas.
—¿Estás jugando?
—No. No esto es más serio de lo que tú crees. Escribe otra vez esa maldita palabra—Néstor repite los movimientos en el aire y cuando está a punto de escribir la letra de, levanta un poco la mano para escribirla a la altura necesaria—. ¿Lo ves?
—¿Qué cosa?
—¿No te has dado cuenta de que ibas a escribir la letra de, un poco más debajo de lo habitual y luego has rectificado?
—¿Y eso que tiene que ver?
—Eso quiere decir que si fueras el asesino no habrías dudado o, mejor, que si fueras el asesino con veinte años más, habrías hecho lo mismo. Rectificar la altura para escribir la palabra al mismo nivel. A ver, ¿Dónde tienes los pies? —Germán se acerca y nota que Néstor está parado exactamente sobre las huellas que el criminalista había marcado con gis—. Oye, Néstor, ¿Al pararte aquí pusiste atención en pisar el lugar exacto de esas huellas?
—No. Germán, ni siquiera las había notado.
—Pues, da la casualidad de que encajan perfectamente con tus zapatos, son de la misma medida y tienen el mismo dibujo en la suela. Mira, escribe otra vez desde esa posición. ¿Lo ves?
—Ya me estás sacando de mis casillas, Germán, ¿ahora qué?
—¡Qué has hecho otra vez el mismo movimiento de rectificación! Y, además, al escribir has visto tu frente y por eso te has distraído, lo que quiere decir que el criminal está perdiendo la sangre fría y tiene problemas existenciales.
—¿De dónde sacas todas esas locuras, Germán?
—No son locuras. Es teoría de criminalística analítica. Vayamos a la oficina a entregarle el reporte a don Alfredito a ver qué cara nos pone.

Durante el trayecto de vuelta a la oficina, Néstor se empezó a sentir un poco mal porque el inesperado razonamiento de Germán lo había hecho dudar de su capacidad como agente de homicidios y pensó, que en todos los casos que había llevado, nunca había recurrido a planes alternativos porque desde el principio ya tenía el camino claro y sabía a la perfección lo que buscaba. La descabellada idea de que tal vez, en algún caso cerrado hubiera cometido un error, le produjo un escalofrío igual al que se experimenta cuando alguien raspa un metal de forma inesperada. Se le erizaron, por una fracción de segundo, todos los vellos del cuerpo.

Llegaron a la oficina y Néstor le pidió a su ayudante que hiciera el reporte. Se despidió y se fue a comer los tacos que lo habían estado esperando más de tres horas. No lo satisficieron porque le cayeron mal a la barriga. Tuvo una mala noche y después de tomar una botella de leche de magnesia, decidió echarlo todo fuera y sólo de esa forma concilió el sueño.
A la mañana siguiente se puso un traje limpio y se fue a la oficina para revisar el informe de Germán. En la entrada lo recibió Alfredo Lara con un abrazo muy efusivo.
—Enhorabuena, Campeón. Creo que ahora si se ha ganado su jubilación. Un estironcito más y le echaremos el guante a ese miserable mataputas. Oiga, fue una excelente idea quedarnos con El Pingüino, es decir con su colaborador. Hace cinco años Germán no era nadie y ahora es posible que lo suplante a usted. Y, por cierto, se ha tomado unas vacaciones, no volverá antes de un mes.
—Sí, sí, es genial el chico.

Néstor bajó la cabeza y se fue a su despacho para revisar el informe. En el resumen que había hecho Germán se repetía punto por punto lo que habían escrito todos sus predecesores. No había absolutamente nada nuevo. Las fotos eran ahora menos nítidas y a diferencia de las primeras se acompañaban de una tarjeta de memoria en lugar de un negativo de cinta de película fotográfica. De pronto, Néstor quiso comparar la información de lo que se había escrito sobre el letrero de sangre que dejaba siempre el asesino en el baño. Se fue al archivo general y sacó uno por uno los expedientes de los casos y empezó a comparar la letra de la leyenda “Para que aprendas”.

Tenía un manual de caligrafía criminalista y siempre lo consultaba para tratar de determinar el carácter de los criminales que buscaba. En el caso de El invisible, ya tenía todo escrupulosamente analizado. Hombre inteligente, audaz, con encanto y seductor. De actitud amable, pero indiferente al sufrimiento humano. Frío y calculador. Los prolongados y largos rabitos de las emes, las pes, las cus y las tes lo decían todo. Psicópata, asesino serial.

Sobre la mesa de trabajo tenía colocadas las fotos, con sus respectivas fechas, de los espejos manchados con sangre. El primer asesinato databa del año noventa del siglo veinte. El último terminaba en dos mil diez y la extensión de la frase era el mismo, además el espacio entre las palabras era milimétrico. Incluso la última frase, en la que Germán había indagado una alteración o rectificación en el momento de la escritura. Repasó los demás detalles y no encontró absolutamente nada nuevo. La ropa de la mujer doblada en una silla y debajo, bien acomodadas, las zapatillas. En el piso el bolso cerrado, los muebles en la misma posición, las cortinas, recogidas con las risibles abrazaderas y las paredes de color beige. Las pantaletas y el brassier de la víctima secándose en la bañera y los contornos dibujados con tiza de las huellas de los zapatos debajo del lavabo.

 ¿Cómo era posible que el asesino eligiera para el crimen departamentos en los que la decoración era la misma? La única hipótesis que había era la de que el hombre se hacía pasar por albañil y decorador y acondicionaba con cuidado las habitaciones donde mataba, un poco después, a sus víctimas. Eso ya lo habían pensado e incluso habían investigado en todas partes sobre los servicios de mantenimiento y reformas en departamentos, casas y oficinas. Habían buscado a todos los albañiles de la ciudad sin éxito alguno. El caso tenía características ridículas, pero existía. Todo estaba registrado en los archivos de la policía y las treinta fotos de los espejos eran tan reales como la vida misma.
Durante la ausencia de Germán, Néstor trató de ocuparse de otras cosas. Evitaba a toda costa lo que se relacionara con el caso de El Invisible, no quería continuar con la investigación mientras no llegara su compañero. Un domingo por la mañana, Néstor se despertó muy nervioso. Había concebido, en sus sueños, la idea de que Germán podía haberlo implicado en los asesinatos, sin embargo, en la vida real no lo había hecho. 

¿Era porque no tenía las pruebas suficientes o porque su mente brillante y escrupulosa estaba destejiendo todos los falsos cabos que se habían atado con anterioridad? Por un lado, estaba a salvo de cualquier implicación, puesto que era, desde el principio, el comisionado para esclarecerlo; pero la pura coincidencia que su ayudante le había hecho distinguir, al pararse exactamente sobre las huellas del asesino pintadas en el baño, ahora le había despertado muchas dudas. ¿Y si tuviera un desdoblamiento de personalidad y fuera como Mr. Hyde y el doctor Jekyll? Le pareció absurda la idea, pero de manera inconsciente, buscaba en su casa algún hilo que lo sacara de ese manicomio de razonamientos falsos. Conforme pasaron los días, Néstor se fue sintiendo peor, era como si la ausencia de Germán lo hubiera sumido en un abismo donde su conciencia lo mortificaba día y noche. Dejó de comer y sólo le apetecía tomar café y uno que otro pan o, como mucho, una torta de jamón con queso que dejaba medio mordisqueada. Néstor estaba en su oficina cuando apareció de nuevo Germán.

—¿Qué tal van las cosas Néstor?
—Hola, Germán, te he extrañado mucho este mes, en verdad. Me da mucho gusto que te encuentres aquí de nuevo.
—Lo mismo digo, Néstor.
—Oye, mira, necesito tu ayuda porque estos últimos días me han invadido infinidad de ideas infundadas. ¿Te imaginas que he llegado a pensar que soy El Invisible?
—Pues, me da gusto que lo hayas adivinado, Néstor. Esa era la razón de mi ausencia. Quería que lo entendieras por ti mismo.
—¿Cómo dices? ¿Estás diciendo que yo maté a esas inocentes mujeres? ¡Te has vuelto loco!
—No, Néstor, en realidad sí has sido tú, pero eso no le afecta a nadie.
—¿Cómo que a nadie? ¿No te das cuenta de que son treinta, treinta víctimas?
—Sí, sí, eso lo sé a la perfección, pero hay muchísimos errores.
—¿Te has vuelto loco? Regresas de tus vacaciones y me culpas, me dices que todo está mal. Seguro que te diste un golpe en la cabeza y estás amnésico.
—No, Néstor, mira, para que me entiendas mejor, ve respondiendo a mis preguntas. La primera es la siguiente, ¿te parece lógico que haya un mismo escenario del asesinato?
—Sí, eso precisamente es lo más patético. Porque en la realidad eso no puede suceder.
—Bien, Néstor la segunda pregunta es ¿te parece adecuado el nombre de Néstor para un inspector de homicidios?
—Pues, eso no importa, ¿cuáles son los nombres apropiados para un inspector? Lo más importante es que tenga personalidad y carácter.
—¿Te parece adecuado ese nombre de Néstor? Yo ni siquiera sabía lo que significaba hasta que lo he visto en el diccionario de nombres y he leído que es “El que llega hasta el final o el inolvidable”.
En este momento se le descompone la cara al inspector y voltea a ver a Germán, en primer lugar y, en segundo, a los lectores que están allí detrás de una cortina o una pantalla blanca y opaca.
—A ver, Germán, ¿Estás diciendo que todo esto son puras invenciones de… no se sabe quién?
—Sí, Néstor, todo esto no existe, allá detrás— y señala con el dedo índice hacia acá donde estás tú—, en lo que tú llamarías la vida real, allá no existimos. Por otro lado, yo soy tu autor y lo he hecho fatal.
—Mira, voy a llamar al loquero para que te dé dos martillazos en la cabeza y termines en el manicomio. ¡Ya está bien de bromas! !Resuelve lo de El Invisible de una vez por todas!
—Lo siento mucho Néstor, eso es imposible porque voy a dejar las cosas hasta aquí. Si quieres puedes salir por esa puerta y enfrentarte a la realidad tú sólo, yo me lavo las manos y me voy.

Germán desaparece y Néstor desesperado lo busca en la pequeña habitación dónde lo único que ha quedado es una mesa vacía y dos sillas que rechinan. Se levanta y sale muy desconcertado.
Bueno, lo primero que voy a hacer es buscar información sobre mí mismo. No veo a nadie por aquí y las oficinas están vacías. La gente parece artificial y el mismo Alfredo Lara suena a leyenda porque en su puerta está sólo una marca y la placa con su nombre ha desaparecido. Su oficina está vacía y su mesa de caoba que tanto cuidaba parece más vieja de lo que ya era. Las personas de este departamento ni siquiera me miran y no sé si sean reales. Tengo que irme a mi departamento.
Bueno, ya estoy aquí en mi casa. ¿Qué olor es ese? Parece que algo está estropeado por allí. Ah, sí son las pechugas que eché a la basura y luego no saqué el cubo. ¡Qué horrible olor, parece el de un cadáver humano! Ahora mismo echo eso al contenedor de desechos orgánicos en la calle y subo a descansar.

¿Qué es esto? Mi cuarto está igualito al descrito por Germán del escenario del crimen. No puede ser. ¿Y esto? Me lleva su puta madre, son muñecas de goma y son mulatas, castañas y rubias, hay un montón. ¿Qué hacen arrumbadas en esta habitación? ¿Y el baño? ¿Por qué está ese letrero pintado en el espejo con esa maldita frase? “Para que aprendas”. Pero si esto no es sangre, está escrito con barniz para uñas. ¡Germán, Germán, ¿Dónde estás cabrón? Ya sal. Está bien la broma, pero ya sal de donde estés. ¡Pinche loco! ¡Ya párale cabrón! ¡Ya está bueno, guey! Haré lo que me digas, pero ya párale, guey.

Qué raro. Está todo en silencio, ni siquiera escucho mi propia respiración, ojalá y no sea cierto lo que me dijo ese cabrón del Germán. Mejor me tomo algo para calmarme. A ver, sí ahí está la botella de ron, me lo voy a echar a pelo, sin nada de refresco. ¡Brrrr! ¡Qué horrible está esta madre! Bueno, dónde estará Germán. ¿Qué es eso? ¿Un libro? ¿Qué dice? A ver, cómo empieza.

El increíble caso de Germán Montes.
Eran las dos de la tarde y el inspector Germán Montes estaba acomodando unos papeles para irse a comer con su ayudante Néstor Ochoa. Habían cerrado un caso y su jefe, el comandante Alfredo Lara, les había dado el día libre para que descansaran y recuperaran las fuerzas, pues se habían dedicado un mes y medio a seguirle los pasos a un estafador que tenía planeado robarse unos cuadros del artista mexicano José Luis Cuevas, valorados en varios millones de dólares, y por la eficiencia de su trabajo, el par de sabuesos había frustrado el atraco. Les habían concedido unos días de descanso y una suma de dinero para que se aislaran, al menos físicamente de la oficina de homicidios en la que servían. Germán Montes, en realidad, lo que quería era obtener su jubilación. Había dedicado un cuarto de su vida a la búsqueda de criminales y nunca había fallado en el momento preciso…


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