Escritura creativa

jueves, 20 de marzo de 2014

Falso argonauta


No. Lo siento pero está no es una noticia fresca, tampoco es para los noticiarios, ni mucho menos para hacer un chisme, bulo o cotilleo, como deseen llamarle, más bien es algo personal. Es la noticia añeja de algo que debí saber hace unos treinta años. ¿Con qué licor se debe  acompañar una noticia como está? Ahora no lo sé, pero seguro que pronto se me ocurrirá algo. 
Tal vez, piensen que se trata de una maternidad o paternidad escondida, como las que dramatizan tanto en las telecomedias o los libros de Corín Tellado; pero no, tampoco es eso. Por desgracia, es algo más ridículo y no piensen que se trata de algo relacionado con el sexo o con un implante de silicona. Para que me entiendan empezaré desde el principio y tendré que remontarme a los años 70´s. 
Cerca de mi casa vivía una niña muy bonita con la que todos los niños de mi edad querían jugar. Se llamaba Alicia y tenía una hermana más pequeña que se llamaba Mónica  y estaba muy lejos de ser comparada con su hermana mayor. Todos estábamos locos por Alicia y siempre que se hacía un corro para jugar, el objetivo primordial era cogerla de la mano para demostrarle a todos los demás lo afortunado que se era, sintiendo la tibieza de la manita de sololoy de la niña ojiazuada  y de guedejas doradas. Yo estaba enamorado de ella, pero sentía ese amor fraternal  e inocente que solo se puede experimentar a los ocho años y que es una de las cosas más hermosas de la infancia. Por desgracia, yo era gordito y muy moreno, lo primero  porque comía muy bien y, lo moreno, porque los fines de semana mi padre nos llevaba a la playa, lo único era que mis hermanos no se bronceaban como yo, a ellos el sol les ponía la piel cobriza y perdían el color con cierta rapidez; a mí se me quedaba la piel negra. Era tal vez por eso que no me acercaba mucho a Alicia, tenía temor de que ella me rechazara y para compensar esa lejanía le confesaba a mis amigos que estaba tonto por ella. 
Un día, cuando jugábamos a las escondidas, ella se escondió conmigo en un arbusto, yo estaba un poco nervioso, entonces ella sin ningún preámbulo me pregunto si era verdad lo que todos los niños decían. Yo sin entender a qué se refería exactamente me encogí de hombros y le pregunté que qué era lo que decían. -¡Qué yo te gusto!- me dijo acercándose mucho a mí. Bajé la mirada, rojo de vergüenza, y le dije que era cierto, entonces ella me dio un beso en la mejilla y me dijo que ya éramos novios. El supuesto noviazgo no duró ni un mes porque el padre de Alicia había terminado de construir su casa y se llevó a su familia a vivir  a las afueras de la ciudad, ni siquiera nos despedimos. 

Perdí el contacto con Alicia y, en cierta medida, la olvidé. Pasaron los años y un día entré a una tienda de helados a comprar una bola de sorbete que era la fenomenal especialidad de la casa. Vi a mi lado a una quinceañera muy guapa que esperaba le dieran su helado, por cortesía y tratando de ligar, me ofrecí a pagar. Ella me dijo que no quería y que no la molestara, sin embargo cuando me vio se quedó pensando un poco y yo la reconocí de inmediato.- ¿eres Alicia, verdad?- le pregunté, emocionado.- ¿Y tu Daniel, no? Soltamos una carcajada al unísono y salimos atiborrándonos de preguntas para recuperar los siete años que habíamos estado separados. 
Así, supe que estudiaba cerca y que esa era la razón de su vuelta a nuestro barrio, que su amiga Laura estudiaba con ella y que la madre de Gabriel le había encargado su custodia para que nadie molestara al chico que era muy especial. Laura se convirtió en nuestra alcahueta porque la señora Blanca, madre de Alicia, me odiaba a morir porque decía que yo era un vago sin oficio ni beneficio, aunque la verdadera razón era que quería conservar a su hija para un buen partido y yo, estudiante de secundaria, hijo de abogado con sueños de ser ingeniero, no encajaba en sus planes. Gracias a Laura, podíamos intercambiar cartas de amor, regalos y citatorios. 
En una ocasión la madre de Alicia salió a hacer unas compras y Laura fue a decirme que Alicia estaba esperándome en un jardín que había al lado de su edificio, salí rápidamente y me fui a verla. Cuando llegué nos escondimos en la entrada de un edificio y sentí el olor de agua de rosas con melocotón de su perfume, luego el calor de su cuerpo y sus labios tiernos y dulces. Me volví loco, solo hasta ese momento supe lo que querían decir Bécquer,Lorca,Neruda,Nervo y todos los demás en sus poemas. 
Fue un año excepcional, la vida tuvo un solo color, un solo nombre y una sola música y todo eso se llamó Alicia. La vida nos da regalos pero no nos consiente mucho, así que la tormenta de la desgracia también me llegó y en el momento menos oportuno. Estaba jugando en un torneo de baloncesto, era la final y José, Arturo, Lino, mi hermano Roberto y yo, habíamos podido llegar al último minuto del encuentro final con un empate y la posesión del balón para ejecutar los tiros de castigo de una falta que me habían cometido a mí. Ahí estaba parado en el centro del medio círculo listo para tirar, pero me llamó Alicia, que pasaba por allí y me vio, le pedí tiempo al árbitro para salir del rectángulo de la cancha y con el abucheo de todo mundo me fui a preguntarle qué quería. 
Tenía la cara triste y solo me dijo que teníamos que terminar y se fue, mis intentos de detenerla y abrazarla fueron vanos. Volví al terreno de juego como un zombi y tiré dos veces el balón sin ni siquiera acertar en el tablero, luego perdimos y me gané el reproche de todos los aficionados y compañeros. Lino me dejó de hablar para siempre y los otros casi me matan. Sin embargo yo era insensible a todo eso, traté de buscar a Alicia pero su casa estaba abandonada.
 No supe más de ella y ese fue el peor día que pasé en mi vida. Por la noche el trago amargo de la impotencia me dejo insensible, el luto de amor duró cuatro años en los que me oculté en los libros y el estudio. Luego conocí a otras chicas y pude olvidar. La herida cicatrizó y el tiempo se encargó de lo demás. Lo malo es que en nuestra mente el tiempo es todavía más relativo que en la realidad y solo la pérdida de la memoria puede hacer que tome dimensiones reales. 
Así que hoy he vuelto a esa época a mirar con detalle lo que pasó antes de aquel día fatídico. 
Permítanme decirles que todo esto lo ha provocado mi hermana con una conversación tonta en la que me ha dicho con ironía las siguientes palabras: 

“Pues fue Ulises, ¿qué no lo sabías?” 

- Se preguntaran quién es ese Ulises famoso. Pues, era un chico travieso que tenía una motocicleta y le encantaba lucirse con sus trucos enfrente de las jovencitas de nuestro barrio. Cogía la moto y como si fuera montando un caballo levantaba la rueda delantera del vehículo y comenzaba a hacer círculos mientras las niñas le aplaudían. 
Una ocasión le propuso a Alicia llevarla a dar una vuelta. Laura, que era un poco mayor, se dio cuenta de las malas intenciones del chico y puso sobre aviso a Alicia pero ésta, empujada tal vez por la curiosidad y la insistencia de las otras mozuelas, aceptó. 
Dicen que tardó más de tres horas en volver y por alguna razón, ni para bien ni para mal nadie me lo dijo. Yo lo habría intuido, de ser un poco más pícaro, pero con los entrenamientos y el estudio, aparte de la inexperiencia, me fue imposible concebirlo. Ahora está claro por qué Alicia se desapareció de esa forma, pues fue tres meses después del  infortunado paseo que se decidió a dejarme.
Hay una equivocación y confusión completa, pues Ulises tenía que haber encontrado  a una Penélope y era él quien tenía que haberse ido a surcar los mares y buscar aventuras en otros mundos. Nadie ha tejido  durante el día y destejido por las noches, ningún almirante ha hecho frente a las tormentas ni al canto de las sirenas, ni se ha recuperado un reino. 
Estoy a miles de kilómetros de distancia y a treinta años en el tiempo. Lo único que me queda es reconciliarme con el pasado y desear que ellos hayan sido felices, que finalmente se hayan amado, que hayan llenado su casa de pequeños argonautas y que se hayan acordado alguna vez de que en los momentos de nostalgia y soledad, siempre he recordado esa primera sensación tibia y agitada de sus tiernos labios. Así es como Ulises me engañó quedándose en tierra y fletándome en su barca me echo a la deriva en busca de otras tierras.


Juan Cristóbal Espinosa Hudtler 



martes, 11 de marzo de 2014

La Indiscreción se paga


Decía Maupassant que la curiosidad es uno de los sentimientos que menos puede controlar el hombre, en el caso de las mujeres-decía- si esta reúne una inquietud agitada natural, astucia para encubrir sus actos con un halo de buena fe y un encanto de sinvergüencería, entonces el deseo de indagación la llevará a cometer locuras o imprudencias audaces que la destruirán por completo o la arrastrarán a situaciones impensables con el riesgo de perderlo todo o perecer.De acuerdo a lo anterior, ninguna persona sea hombre o mujer tiene la suficiente fuerza de voluntad para detener sus pesquisas en el momento en que la lógica demuestra el resultado. Cuántas cosas podríamos conservar si en el momento de retirar la cortina de la duda que nos ha atosigado por mucho tiempo, pudiéramos detenernos y conformarnos con la respuesta que nos da la lógica. Por desgracia, aunque sepamos con anticipación la respuesta a nuestra pregunta, la curiosidad nos obligará a recorrer el camino hasta el final para solo confirmar lo que tanto temíamos o nos amedrentaba. De haber sabido esto, tal vez Afrasinia no se habría divorciado de Valery y no es que tuvieran problemas o muchos conflictos, más bien era al contrario. Se habían conocido en la Universidad cuando Valery estaba por terminar el último año y ella era una estudiante de nuevo ingresó. Chocaron cuando Frosia entraba a la biblioteca y él, impedido por la pila de libros que llevaba en los brazos, no se dio cuenta de que ella pasaba en ese momento y dejó revolotear los pájaros de encuadernación dura que cayeron con gran fuerza en el piso. Se puso rojísimo y se disculpó sin poder ocultar el nerviosismo del que fue presa al ver a la hermosa jovencita que lo miraba con ojos de demonio. Recogió sus libros y se fue rápidamente para desaparecer del campo visual de la pequeña diablita que estaba dispuesta a matarlo. Al alejarse se dio cuenta de que sus pies eran más ligeros y sentía por dentro un ánimo que nunca había sentido, por la noche se le aparecía la imagen de unos ojos verdes muy grandes y una boquita carnosa con forma de fresa apachurrada. Comenzó a pensar en ella y siempre que decidía buscarla ella desaparecía, así que trató de olvidarla y dedicarse por completo a sus estudios, escondía la nariz dentro de los libros y se esforzaba en no escuchar los sonidos que tañían o resonaban a su alrededor. Un día que estaba a punto de terminar un libro muy ameno de Chejov sintió una respiración tibia que le acarició el cuello, se trató de sumergir lo más hondo posible en las pequeñas letritas del rancio libro y cuando estuvo a punto de lograrlo oyó una voz acuosa que le preguntó su nombre. Él contestó con presteza y se alejó unos pasos previendo que la chica que tenía enfrente le acometiera con un par de tortazos, pero ella solo le preguntó si conocía a un tal Victor Shklovski y si le podía recomendar algo de ese critico, entonces en contra de su voluntad, Valera, comenzó a explicarle la teoría del alejamiento de los objetos en el arte y literatura, luego le explicó la polifonía de Bajtín y terminó con algunas ideas de Lotman. La joven estaba impresionada y confirmó los rumores que corrían entre los estudiantes de que este joven atractivo pero desaliñado era un genio que encantaba a cualquiera con su forma de hablar. Unos meses después del afortunado encuentro se casaron y empezaron a gozar de la fortuna que proporciona una vida estable en el aspecto económico y anegada de pasión, deseo y amor. Valery llegó a ser el redactor en jefe de una revista muy reconocida y su posición social se vio compensada con un círculo de personas famosas que lo estimaban con franqueza. Asistía a las reuniones con su mujer y nunca les faltaban  los cumplidos y buenos deseos. Se podía decir que eran la pareja ideal.
Un día Afrasinia descubrió un trozo de papel con unos garabatos que semejaban números. Había un nombre que era casi ininteligible pero ella lo pudo descifrar, el nombre era Adelia. El cacho de papel lo había sacado de una agenda de Valera y al buscar un poco de información relacionada con esa mujer descubrió un estado de cuenta en el que se veía que Valery le había hecho pagos de algunos cientos de dólares a dicha mujer. Afrasinia sintió un fuerte escalofrió y un mal presentimiento le golpeo la cabeza como una campanada, estaba inquieta sin saber qué pensar y al hacer un recuento de los clientes y conocidos de su marido no encontró a ninguna persona con el nombre de Adelia. Decidió no abordar el tema con su marido de forma directa, más bien empezó a tratar de descubrir indicios de lo que le había ocasionado que se le pusiera la piel de gallina y era la idea de que su adorado y pulcro cónyuge le fuera infiel. Comenzó anotando las actividades de su marido, cronometrando todas las salidas de la oficina, las comidas en los restaurantes, las reuniones con el director de la revista y todo lo que le pudiera ayudar a encontrar los días y la hora en que Valery se encontraba con Adelina. Se rindió pronto porque no había ningún hueco que indicara algo en las ausencias de Valera. Aplicó otra técnica interesándose por los clientes del marido, indagaba con escrupulosidad y preguntaba todos los nombres de los que tenían alguna relación comercial con él, sin embargo él seguía limpio y, en cierto grado, eso comenzaba a preocuparle más que tranquilizarla. En algunas ocasiones se despertaba por la noche y miraba fijamente la cara inconsciente de su esposo, como tratando de arrancarle alguna confesión pero sabía que era inútil, Valera jamás había hablado dormido y su sueño era pesadísimo. Un ovillo de ideas espinosas comenzó a incomodarla y lastimarle el alma, se sentía peor cuando los pensamientos le daban vueltas, era necesario que algo le despertara una sospecha o se asociara con la infidelidad para que perdiera el control. Serio y responsable, Valery siempre había sido moderado en cuestiones del amor, antes de casarse había salido con una chica pero por la dedicación a sus estudios, Valera, ocasionó que la relación terminara pronto. Hay hombres que buscan alguna confirmación de su energía varonil y se acuestan con muchas mujeres, otros por un exceso de testosterona buscan refugio en los brazos de todo tipo de damiselas, otros son completamente impotentes y se deforman con algún vicio secreto. Valery no era de ninguno de estos tipos, más bien era un hombre con un concepto muy alto del compromiso sentimental y hacía todo lo posible para que su matrimonio fuera lo más cercano a lo ideal. Le importaba mucho su trabajo y el saber que su vida llevaba un ritmo estable le proporcionaba la motivación para seguir adelante y birlar todo tipo de dificultades. Poco a poco se fue acentuando la desesperación de Afrasinia que alteraba, por consecuencia, el uniforme ritmo de vida de Valera. Cuando ya no pudo soportar la duda le preguntó sin rodeos.
-¿Quién es Adelia?- Él, que nunca se habría imaginado que algún día le hicieran esa pregunta y, mucho menos su mujer, abrió tanto los ojos que estuvieron a punto de saltársele de las cuencas. Con una expresión de asombro respondió con otra pregunta.
-¿De dónde sabes eso?- Ella sin darle oportunidad a recuperarse del golpe, atacó.- ¿Es tu amante, verdad?
–Pero, cómo puedes imaginarte esas cosas, tú sabes que yo solo vivo para ti, eres todo lo que siempre he soñado.
-Si me quieres tanto, entonces por qué mantienes a esa desvergonzada, no trates de mentir porque sé que le mandas dinero cada mes, ¿puedes explicármelo?
El hizo una pausa y exhalo el aire como tratando de librarse de un mal olor y luego le contó la siguiente historia.

Esto no se lo he contado a nadie porque siempre lo consideré algo muy personal, pero veo que no queda más que confiártelo a ti. Resulta que un día fui a un mercado de artículos electrónicos que se encontraba casi en las afueras de la ciudad, era un poco tarde y el camino por el que iba no estaba bien iluminado, de pronto unos maleantes me salieron al paso y me quitaron lo que llevaba, luego me golpearon y perdí por un rato la orientación. Unos minutos más tarde no sabía dónde me encontraba, tenía sangre en la cabeza y me dolía todo el cuerpo. Cuando pude ponerme de pie vi a una mujer a unos metros, estaba tirada con las piernas abiertas, le habían desgarrado toda la ropa, sangraba por la entrepierna y gritaba muy fuerte. Me acerqué para ayudarla, estaba en muy malas condiciones, por desgracia no había nadie ahí cerca y me fui a buscar un taxi o algun conductor que pudiera llevársela al hospital. Conseguí que me ayudara un hombre que pasaba a unos cien metros de donde estábamos nosotros. Hospitalizaron a la mujer y me quedé con la duda de su estado, fue por eso que antes de irme le pedí su teléfono. Al volver a la residencia estudiantil donde vivía en aquellos tiempos recordé que esa mujer joven había pasado a mi lado cuando me estaban atracando, lo más probable era que la hubieran confundido pensando que era mi mujer y la torturaron los maleantes para que no hablara. Por curiosidad y, tal vez por agradecimiento, le llamé un día para saber que había sido de ella. Me contó que había hecho la denuncia pero que al no haber testigos no se había tomado la declaración como cierta y los policías la habían tomado por una mujer de cascos ligeros. Un poco después, su marido la había dejado después de saber que habían perdido su feto engestación de cuatro meses. Al parecer su vida se fue a pique a raíz de ese encuentro circunstancial, pues ella no solo había perdido a su marido y al niño, sino también el empleo y su casa. Luego sentí remordimientos y le pregunté si estaría de acuerdo en aceptar un poco de ayuda económica para compensar la desgracia que yo le había acarreado.

 Desde entonces le envío un poco de dinero para que salga adelante ya que, parece que le quedó un trauma muy fuerte después de la violación. -Terminó de esta forma su confesión, miró a Afrasinia y, pensando que no había nada más que decir, fue prepararse un café. Frosia, sin embargo se sintió engañada y su intuición, quizá afectada ya por el torbellino de dudas e ideas que había revuelto todo en su cabeza, decidió que no quedaría en paz hasta que comprobara que era cierta la historia trágica de Adelia.

-Llámala ahora,-le dijo con mucha autoridad y medio fúrica.
-¿A quién?-Preguntó Valera.
-A quién va a ser, a esa Adelia. Toma, márcale.
Con cierta resistencia por parte de sus dedos, Valera llamó a Adelia. Cuando oyó su voz se desconcertó un poco y quedó ante los ojos de su mujer como un hipócrita que tartaba de ocultar un embuste.
-Adelina, le llamo solo para preguntarle si este mes le ha llegado el dinero.
-Sí, muchas gracias.- Contestó una voz suave y joven. Luego Valera volteó a mirar a Frosia y se dispuso a colgar, pero ella cogió el auricular y empezó a vociferar. Amenazó a Adelia, le dijo que no se ilusionara que no le cedería jamás su puesto y que si quería seguir con vida lo mejor era que se alejara lo más pronto posible de su marido, y esta palabra fue pronunciada en voz muy alta letra por letra. Después colgó y azotó el aparato. Valery estaba frustrado sentía pena, odio y compasión, no sabía qué hacer. Frosia rompió en llanto y recriminó a Valera echándole en cara que ella había sido fiel y que nunca se habría atrevido, ni con el pensamiento, a serle infiel. A partir de ese día la relación fue a menos. Frosia llamaba sin parar a Adelina y a Valera, les gritaba, luego se lamentaba en soledad llorando amargamente por ser tan desgraciada. El matrimonio se disolvió, fue trágico para Valera quien estuvo dispuesto a aceptar cualquier condición de Frosia para conservar la unión, sin embargo ella ya no podía dar un paso atrás y volver a sufrir el tormento que le propinaban sus ideas curtidas de tanto rondar por su mente viciada. Quiso el destino que el final fuera más trágico, pues pasaron algunos años y Valera pensó que de alguna manera el destino de la mujer que le había salvado la vida, entregando su propio retoño, se había cruzado en su camino por alguna razón inexplicable, así que la llamó y concertó una cita con ella. Era la primera vez que se reuniría con ella desde el trágico suceso y se sentía muy incomodo. Ella apareció, caminaba despacio para ocultar una ligera cojera que le afectaba la pierna izquierda, iba vestida modestamente pero con buen gusto y su rostro no llevaba marcadas las huellas de los castigos que había recibido su alma. A Valera le pareció simpática y hasta un poco seductora, tenía un carácter alegre y buen sentido del humor. Pasaron una hora juntos hablando de todo hasta que Valery le contó el final de su vida conyugal y su deseo de disculparse por los malos ratos que le había ocasionado su ex esposa. Ella no dijo nada y con un gesto noble le comunicó que no sentía rencor y que debían ser fuertes para afrontar la vida tal y como se les iba presentando a lo largo del trayecto de su existencia. Descubrieron algo en común que los unía y decidieron quedarse juntos. Prosperaron y adoptaron un niño pequeño que les dio las alegrías que habían dejado de esperar hacia tiempo. Muchos años más tarde, Afrasinia los vio juntos paseando por un parque y no quiso acercarseles. Sola, se quedó con un dolor en el pecho que le hizo recordar la sensación hiriente de la curiosidad que la llevó a destruir todo lo que tenía por aceptar un juicio falso en su primera premisa.

Juan Cristobal Espinosa Hudtler






viernes, 7 de marzo de 2014

El estafador


Con una voz suave y una actitud muy positiva era capaz de convencer con facilidad a las personas, lo que podría ser motivo de envidia entre los empresarios o corredores de bolsa. Este individuo sabía conservar la calma en cualquier situación por complicada que fuera y sus nervios estaban templados como el acero más caldeado. Siempre recibía a sus conocidos con una sonrisa deslumbrante,  su aspecto exterior mostraba el refinamiento depurado por el tiempo. Su vida personal era un misterio y pocas personas podían referir algún aspecto de su juventud o infancia, sin embargo todos creían que era de origen burgués o aristocrático. Tenía la manía de aparecerse siempre,  en el momento en que las personas se encontraban en dificultades para determinar qué hacer con su dinero. Tal vez era vidente, o tenía espías, o había hecho un pacto con los malos espíritus, o simplemente tenía una intuición fuera de lo normal que le permitía olfatear a cientos de kilómetros el dinero. Durante las conversaciones que mantenía en las celebraciones públicas algunos sujetos le confiaban secretos financieros y, él mismo, con un lenguaje bien articulado e impecablemente estructurado hablaba de operaciones bancarias  que excitaban la curiosidad hasta de los más ciegos e ignorantes en materia de transacciones. Era imposible escabullirse o hacerse el desentendido porque el destacado orador iba arrinconando a sus interlocutores hasta que lograba que estos le revelaran su situación financiera o su deseo de enriquecerse.
En algunas ocasiones desaparecía por completo y las únicas referencias que dejaba eran las direcciones de empresas de Internet en las cuales trabajaba. Dichas compañías eran distribuidoras de algún tipo de alimentos o bebidas que siempre se distinguían por ser de muy buena calidad, ecológicas y para consumidores selectos y distinguidos que se preocupaban por su salud. Cuando a alguien le surgía la curiosidad y deseaba comprobar la existencia de las conservas, vinos y alimentos que tanta calidad tenían no encontraba más que las dichosas páginas de internet, entonces con una gran desconfianza se le preguntaba al distinguido empresario dónde demonios se vendía todo lo que él publicitaba y, para sorpresa de todos los incrédulos, se los llevaba a las tiendas para que vieran las estanterías repletas de sus productos. Era asombroso, decían, nunca pensamos que fuera usted tan popular y nosotros tan ciegos. En fin, la gente después de comprobar lo magnifico de las ventas se comprometía a adquirir grandes cantidades de productos y tenerlo como principal distribuidor. Otra de las virtudes de las que hacía alarde, sin aspaviento, era la de conocer todas las obras de economía de los clásicos, pasaba de los conceptos de  John Locke a los de Marx con una facilidad de prestidigitador, pero de quien más hablaba era de Kenneth  Boulding y de Roberto Kiyosaki, sabía combinar las palabras de tal forma que sus interlocutores quedaban obnubilados como serpientes encantadas frente a un faquir. Era suficiente con que les presentara de forma imaginaria los campos donde se desenvuelven los inversionistas, que les aclarara qué es un capital activo y uno pasivo, y que les diera una pauta para ahorrar, invertir y hacer un acto benéfico para que los consideraran los mejores emprendedores e inversores. El ilusionista del fraude, como podríamos llamarlo, empezó sus actividades delictivas después de haberse encontrado con un grupo de truhanes surgidos del rompimiento de la comunidad de repúblicas socialistas de Europa del Este. El encuentro casual fue cerca de un salón de exposiciones donde se vendían obras de arte clandestinas de todo tipo, falsificadas o robadas, nuestro distinguido personaje vendía copias de cuadros famosos que obtenía por conducto de un corredor de arte quien agobiaba a los artistas talentosos desconocidos para que le hicieran reproducciones de Rubens, Rembrandt, Velázquez, Shaliapin, Aybasovski u otros, y al final les pagaba una bicoca y se enriquecía pagándoles poco y exigiéndoles mucho. El estafador solo colocaba a buen precio las reproducciones entre los extranjeros que llevados por la ambición de obtener una pieza única de museo pagaban lo que fuera por poder poseer dichas obras. Así el estafador conoció a un cabecilla del crimen organizado que lo convenció de dejar las chucherías y emprender las grandes estafas. “Robando con mentirijillas, nunca saldrás de pobre, mejor dedícate a los grandes capitales. Ahora es el momento de actuar.”
Así lo hizo se unió al influyente ladrón y comenzó a vender certificados bancarios, empresas falsas, coches inexistentes, drogas, etc. Cada jueves por la noche asistía a un baño sauna donde entre vasos de vodka, risotadas y prostitutas se ganaba la confianza de los hombres más poderosos del mundo delictivo y aprendía los manejes del robo. Se formó a conciencia y se convirtió en un eslabón fundamental de una cadena de maquinaciones que funcionaba como un reloj suizo. Cuando los planes del club de timadores requerían de un elemento que pudiera combinar la capacidad oratoria de Demóstenes, la agilidad mental de un Kasparov y el encanto de un Og Mandino con rostro de santo, se recurría de inmediato al timador que hacía su aparición con lujo de gracia y buen garbo. Llegaba muy seductor, lleno de determinación y con sus carpetas bajo el brazo explicaba con lujo de detalle los pasos que habría que seguir para embelesar las débiles mentes de las ambiciosas personas que poseían dinero pero no sabían qué hacer con él. Cuando el Timador se convirtió en un gran iniciado del pillaje se independizó y comenzó a trabajar en solitario, le fue muy bien y se hizo respetar por todos los clanes de la ratería. Tenía sus principios básicos que eran muy sencillos e infalibles. Robar sobre todas las cosas, no poner atención a las suplicas, ser agudo como el filo de una navaja y, lo más importante, no enamorarse o mezclar el amor con la estafa. Con todos los engranes de su mente bien lubricados y calibrados en milésimas gozaba de unos resultados inmediatos, se podría decir que era infalible y donde ponía la mentira caían los costales de dinero, semejaba esos aparatos en los que uno golpea con un martillo y un perno se eleva hasta tocar una campana en la parte más alta del artilugio. En sus ratos libres y en completa soledad se maquillaba la cara y se reducía el tamaño de los ojos para parecerse a su ídolo, el estafador más grande del mundo, se ponía un anillo del tamaño de una nuez y se peinaba el copete con brillante vaselina. Un día enfermó gravemente y ninguna medicina ni tratamiento lo pudo salvar. Intentó hacer inversiones en las empresas farmacéuticas, quiso clonarse para obtener órganos de recambio para sustituirlos como si se tratara de una máquina pero todo fue en vano, los doctores le dijeron que no tenía remedio, que encomendara su alma a Dios y que pidiera por su salvación, fue entonces cuando se le metió en la cabeza recibir los santos oleos o, lo que era lo mismo en vísperas de su muerte, ser canonizado. Contrató infinidad de gente para que aseveraran sus buenos actos, sobornó a miembros de la iglesia, hizo que la gente hablara de sus milagros en las inversiones y los beneficios que había creado para la gente con sus aportaciones. Anunció públicamente su castidad y se declaró exento de pecado. Murió si dejar herederos. Su fortuna pasó a ser parte de las arcas de la iglesia y se uso su capital para dárselo a los desamparados, inocentes e incautos. Así fue como apareció un nuevo Santo que en vida le robó a los emprendedores y con su muerte hizo justicia a los más necesitados con dinero limpiado.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler






sábado, 1 de marzo de 2014

A una sensible manceba


Quién dijo que eres pecado, mi bella amada     
Si  para adorarla es, quien no ama no vive       
nos lo dijo la voz del cielo, ama a tu prójimo…    
¿Qué mal  les haces  mujer, si tu corazón es tan grande?  
¿Y alcanza para el mundo, para la humanidad?     
¿Quién podría condenarla? Solo el rechazado:   
 por carecer de afecto y caricias, reniega. 
Sigue amándome y no les escuches. Son rumores.   
Concédeme tus favores sin recato,  poséeme.    
 Que nos sancionen  los malogrados y necios. Si  puedo
morirme , que sea en tus brazos. No solo una vez,
ya lo he comprobado, resucitar es morir y con
un  vulvar beso tuyo, reaparecer  consumado.

JCEH









martes, 18 de febrero de 2014

Atrapado


¿Cuánto tiempo llevo aquí metido? La verdad, no lo sé. Este lugar está muy tranquilo, no hay ruido, no hay gente, no hay nada. Podría intentar describirlo pero no lo veo y, por desgracia, tampoco lo siento. No puedo moverme porque estoy paralizado y me temo, eso es lo que me está preocupando cada vez más, que no puedo respirar: mi abdomen no se mueve, ni mi pecho tampoco. Todo está en silencio, la última vez que escuché una voz fue hace tanto tiempo que ahora no sé con exactitud si eso sucedió en realidad. Bueno, han aparecido otras voces pero son, cómo las llamaría, ah, sí, virtuales. Yo no entiendo muy bien eso pero un día tuve un sueño en el que una voz me decía - “estás en un sueño virtual”- luego me daba unas instrucciones y consejos que no entendí para desaparecer seguidamente.
Sueño mucho, sobre todo estos últimos días. Creo que más bien, todo el tiempo estoy soñando y cuando creo que estoy dormido, estoy despierto en realidad. Cuando despabilé y abrí los ojos, es decir cuando asimilé que estaba inmóvil y atrapado en este lugar, creí que estaba en estado de coma. Sin embargo, el coma es un estado vegetativo en el que una persona vive gracias al funcionamiento de su  sistema nervioso  central, yo en cambio sé que podría mover mis piernas y brazos si estuviera en un espacio más amplio. Además, está la actividad mental, tengo la creencia de que una persona que ha caído en ese estado de pérdida de la conciencia, no puede pensar. Yo en cambio llevo aquí unos días y he ido recordando poco a poco mi identidad. Sé perfectamente que soy un hombre importante y famoso, que soy rico y que fui el gobernante de una gran nación, que hice un negocio que me dejaba un montón de dinero, incluso en mi casa tenía un parque de diversiones y un zoológico.  ¿A qué me dedicaba exactamente? Ya lo descubriré con los días.
Ayer, me pregunté si esto no sería la muerte pero descarté la idea de inmediato, es que si estuviera muerto, ya habría tenido una entrevista con San Pedro, que con mucho gusto me habría guiado al reino del Señor. Tampoco estoy en el infierno porque este lugar es friísimo, estoy completamente congelado, en el infierno ya habría tenido un encuentro con algún diablo y aquí no hay absolutamente nada.
Si no estoy muerto, no estoy en coma y no estoy dormido, qué condición tengo, ¿alguien me lo podría explicar?
Hace poco me he visto a mi mismo comiendo en un restaurante de lujo. Primero, pido una gran ensalada, luego carne magra y bien asada, la comida es muy rica y hay un montón de gente a mí alrededor, al parecer son mis sirvientes porque me tratan con una gentileza excesiva y me dicen patrón, amo, jefe, etc.
 Una joven mulata muy guapa y de proporciones suculentas se acerca a mi mesa y me trae una botella de vino espumoso en una cubeta llena de hielo. Se sienta a mi lado y permanece así largo tiempo. De vez en vez se gira un poco restregándose contra mí mientras yo veo como se transforman en globos enormes sus senos reflejados en el sudoroso metal grisáceo del balde que tengo enfrente con una  botella negra que saca una nubecita de vapor. Le pregunto que si me puede traer otra botella, ella me contesta que no es la camarera y que su trabajo es otro. Me mira con sensualidad y me muestra más sus prominentes curvaturas. En fin, media hora después descubro que en realidad estaba muy lejos de ser del grupo de mayordomos o servidumbre de la casa porque se conduce casi como la dueña. Lo que me dice me deja perplejo. Me comenta que el juicio, en mi contra, se abrirá de nuevo y que mi abogado está listo para llevar mi defensa. ¿Mi defensa? ¿Pero cuál es el crimen?  Ella me mira cariñosamente y dice:
“Es esta semana, mi amor”. - No entiendo nada. ¿A qué semana se refiere? ¿a esta que corre en el tiempo real, o la semana en el tiempo del sueño?
Anoche vi de nuevo mi casa, a mi familia, a todos mis amigos. Fue, a pesar de todo, un buen sueño, aunque había un asesinato, no, no era ahí mismo, más bien  yo daba la orden de que se ejecutara a alguien. Una hora después me decían que la ejecución se había cumplido como siempre. ¿Cómo siempre? ¿Eso quería decir que el asesinato era algo habitual en mi vida? Se lo pregunté al General que se encontraba frente a mí y me miró con gran desconcierto. Incluso me preguntó que si me sentía bien, o que si había dormido la noche anterior. Para no meter las cuatro patas hasta el fondo, le  dije que estaba bien, que no pasaba nada; un descuido nada más. Sin embargo, necesitaba aclarar toda la verdad de la forma más rápida posible porque, como se me había anunciado, me quedaba una maldita semana para declarar ante el juez. A partir de ese momento comenzaron a surgir de una manera vertiginosa todos los recuerdos. Pude ver todo como en una presentación de diapositivas, incluyendo el sonidito ese del clic, toda mi vida se fue rehaciendo en pequeños cuadritos de colores. Ante mis ojos pasaron las fotografías de mi infancia, mi adolescencia, mi juventud, mi madurez, mi vejez y, una cosa que no entendí, mi muerte. Según las imágenes, yo había vivido más de noventa años, son muchos chuchos, la verdad. Me había acompañado en mi sepelio una marea de gente, todos con pancartas y gritando cosas obscenas acompañadas de cánticos que no podía reconocer o entender. Recuerdo que podía leer las pancartas pero el mensaje estaba tan borroso que era imposible deducir lo que decían. Lo que si me quedó muy claro es que las personas tenían expresiones violentas; unos gritaban, otros hacían señas con el dedo medio de la mano otros levantaban el puño de forma amenazante. No comprendí nada.
Apareció de nuevo la morenaza. Al principio me excitó su presencia y quise tocarla pero no habló y desapareció rápidamente, me dejo la impresión de que se había desvanecido como un fantasma, lo que interpreté como mal agüero. Un poquito después vino un hombre con bata blanca. No lo reconocí porque no lo había visto jamás, aunque su voz me sonó muy familiar puesto que tenía el mismo tono y acento de la otra voz que me había informado que yo estaba en un sueño imaginario. Me habló y al hacerlo se tornó muy real, era como si hubiéramos cambiado de una dimensión biplana a una espacial tridimensional.
Era moreno, no muy alto, iba bien peinado y perfumado, más parecía un juez que un galeno.
-Seguro, ya lo sabe, ¿no?- dijo con mucha seguridad.
-¿Qué? ¿Qué cosa?- grité angustiado y silenciosamente porque el alarido salió en forma de pensamiento, era muy raro porque solo yo oía mi voz.
- El juicio, qué otra cosa. Será esta semana. Lo único que tiene que hacer es ver todo lo que se le muestre en las sesiones de cine como la que tuvo hace unos días y recordar, recordar los detalles con exactitud. Su abogado le hará muchas preguntas, así que ponga mucha atención y sea cuidadoso.
No me dejó responder y se fue, mejor dicho se esfumó.
Después de esa desagradable y cortísima conversación con el mequetrefe de la bata he visto cosas horribles. Demasiada sangre, mucha tortura y castigo, violencia física, acoso sexual y psicológico, sadismo, lujuria y demencia. Dios, todo ordenado o ejecutado por mí mismo. He visto el poder de mi mano regia y cruel. No he tenido misericordia de nadie y he castigado cualquier contradicción a mis órdenes e ideas. Y pensar que solo hace un mes tuve la inocente convicción de que podría acercarme a San Pedro. Después de lo que se me ha revelado, creo que ese hombre de blanco es el mismo demonio que viene a por mí. He pensado al principio que este sitio es el infierno pero no lo es, me lo dijeron ayer. Vino otra vez ese imbécil y me dijo que ya faltaba poco, que solo estaban pendientes las formalidades médicas y que todo estaba dispuesto para empezar el proceso legal.
Llegaron por la mañana y me despertaron. Lo que vi me desorientó mucho porque esta vez si había gente y yo podía discernir. Los colores eran reales, mi cuerpo también. Al principio me costó mucho trabajo moverme porque mi cuerpo está decrépito, débil, arrugado y muy flácido. Me han sentado en una silla de ruedas y unas enfermeras me han puesto un uniforme militar. Las medallas que tengo colgadas al pecho dan la impresión de que soy un perro de esos de las exposiciones caninas y que tengo mucho pedigrí.  Cuando he pasado por el pasillo del hospital he visto aparatos rarísimos, el personal médico es extraño. Lo peor ha sido salir del hospital, si es que a esa masa de hormigón y cristal de forma rarísima se le puede llamar hospital. Estoy en un aparato muy cómodo y me han dicho que en unos cuantos segundos estaremos en la sede de la ONU en Nueva York. Yo no les digo que conozco ese lugar y que cuando fue construido yo tendría unos veintitantos años. Hemos llegado. ¿Cómo es posible que todo sea tan diferente? Este edificio o lo que sea, no es la sede que yo había visto tantas veces. Me dicen que vamos hacia la sala donde tendremos el juicio. Me presentan a mi abogado.
-Buenos, días Sr. – me dice con una sonrisa enorme mi abogado negro.
-Buenos para Ud.- le contesto con disgusto. No me ha llamado por mi nombre.
-En unos momentos más entraremos a la sala, es una formalidad.
-¿Y qué sabe Ud. de mí?
-Todo, Sr. No se preocupe. Llevaremos el juicio a feliz resultado. Además, he visto toda la secuencia de su vida proyectada esta semana. Hay que tener mucho valor para hacer todo lo que Ud. hizo, ¿no creé?
-¿Hacer qué?
-No me salga con eso Sr. Ud., sabe perfectamente a qué me refiero – se ríe burlonamente y continua- Los asesinatos, la tortura, la estafa, la usurpación del poder, todo eso.
-lo miro con odio y me callo.
En la sala del juicio hay bastante gente, todos me miran con aberración. No hay ningún rostro conocido y la decoración parece en exceso moderna, incluso podría decir que así vivirá la gente en el siglo XXI.
El juez abre la sesión y empiezan las acusaciones contra mí, me imputan golpes de estado, matanzas, usurpaciones, narcotráfico. La lista de delitos es enorme, se han tardado horas explicando con detalle cada crimen. Yo he dejado de escucharles, lo he hecho desde el momento en que me di cuenta de que mi abogado no tiene la menor intención de contra argumentar todos los delitos que la acusación me ha colgado.
El juez me mira y me pregunta que si puedo responder a su interrogatorio. Le digo que sí, por el tono de voz reconozco al hombre del sueño virtual.
Sí, Sr Juez, pregúnteme lo que quiera.
-Mire,- me dice con parsimonia-, el jurado, antes de dictar su veredicto e imponer la sentencia, ha pedido que se le pregunte a Ud. si se considera culpable de todos los crímenes cometidos contra la humanidad. Todos estamos conscientes de que una persona como Ud. tenía un papel, que debía tener mano dura y ser rígido con el orden. Desde la masacre que se llevó a cabo en la exterminación de judíos en la Segunda Guerra Mundial, nadie había matado tanta gente como Ud. Sr. Por eso me permito preguntarle de nuevo.
¿Se confiesa culpable?
-Necesito un poco de tiempo, Excelencia. Trato de concentrarme pero no lo logro.
-Me permito- dice el Juez con mucha calma- recordarle que está semana ha tenido tiempo suficiente para recapacitar. Además, es posible que por la prontitud del caso Ud. no se imagine lo que sucede. Se lo voy a explicar lo mejor que pueda, ¿de acuerdo?
-Mire, Ud. aprovechó la situación política de su país para reunir fuerzas militares en contra de los partidos democráticos e incluso en contra del Gobierno vigente entonces. Asesinó al presidente y ocupó su lugar. Para mantener el orden en la sociedad la condicionó  a no protestar, luego se dedicó a sofocar con el asesinato cualquier intento de protesta. Mató a miles de persona, cambió la estructura de la economía de su país para que el hambre azotara a la gente y no tuvieran fuerzas para levantarse. Privatizó todos los recursos materiales e intelectuales de su patria y se los confirió a Ud. mismo o a algún miembro de su familia. Hizo muchas cosas más, como sobornar a los Gobiernos de los países vecinos, coaccionó a la sociedad para que los narcotraficantes pudieran enriquecerse. Hay muchas cosas más pero por tratarse de delitos hechos contra personas de su misma calaña, preferimos omitirlos en este proceso. Y bien, Ud. murió en el siglo XX, en vísperas  de su fallecimiento, la gente del pueblo pidió que se hiciera una donación para que con la suma reunida se pagara la conservación de su cuerpo criogenizado, es decir que todo mundo colaboró para que Ud. no fuera enterrado. Se reunió una suma muy grande, ya que cada persona tenía un motivo para odiarle a Ud. , de tal forma que se buscó una empresa que pudiera hacerse cargo de su cuerpo hasta que se pudieran dar las condiciones de su rehabilitación o resurrección, como quiera Ud. llamarlo, para que se pudiera procesarle honestamente. Permítame recordarle que como Ud. había escapado de varios juicios por delitos contra la humanidad, una organización de su país pidió crear un documento en el que se indicaran las condiciones del juicio futuro contra Ud.
-Entre otros puntos, se pidió que antes del juicio se le hiciera un interrogatorio efectuado bajo la asistencia de un perito en derecho y un psicoanalista muy calificado. Eso no lo recuerda Ud. porque lo hemos borrado de sus recuerdos.
-¿Qué dice? ¿Se imagina que mi mente es un cubo de basura donde se puede vaciar y poner cualquier porquería?
-No. No, Sr. De ninguna manera, lo que pasa es que en el test sicológico Ud. ya dio todas las respuestas y el caso es que…, Bueno, ya va a contestar o ¿no?
-Inocente- contesto con gran determinación y golpeo la mesa con la poca fuerza que tengo.
-Eso es imposible- dice el juez con una mirada muy seria- Ud. ha sido analizado, un grupo de doctores especialistas ha determinado que su estado mental y espiritual está en perfectas condiciones, si es que se puede decir eso con respecto a su conciencia, y físicamente se han restablecido sus tejidos, se han fortalecido sus huesos, se le ha dado un tratamiento especial para gozar de la salud de un joven de 25 años, el efecto lo sentirá en cuanto se confiese culpable.
-¿Sabe? Una de las clausulas del llamado “Juicio por la humanidad” exige que sea Ud. ejecutado a través de una inyección letal las veces que sea necesario para pagar por las victimas que Ud. mató. Es decir, que lo condenaremos, lo ejecutaremos y lo volveremos a rehabilitar para volverlo a sentenciar y ejecutar hasta que los recursos económicos con los que contamos, se terminen. Esta misma clausula aclara que en caso de que su organismo se acostumbre a estas condiciones de morir y resucitar, se aplicará la clausula inmediata siguiente, que se refiere a la congelación eterna o hasta que se terminen los recursos económicos de su mantenimiento en un contenedor de hidrogeno.
-¿Están locos? ¿De qué me habla?- le digo.
-¡Conteste a la pregunta! ¿Se considera culpable o inocente?
-Inocente. – Grito con todas mis fuerzas.
-Le aclaro que otra clausula del documento dice que hay un número limitado de declaraciones, por su parte, de inocencia. Por supuesto no le voy a decir cuántas son para que no haga trampas. Así que responda a la pregunta ¿Culpable o inocente?
-En ese caso me niego a seguir respondiendo a esa pregunta.- me río y miro satisfecho a los presentes que me ven con un odio mortal. Miro hacia el estrado donde está el juez y veo que me llama.
-Mire, Sr. Siento mucho decepcionarle  pero el número de intentos eran sólo dos. Así que el jurado dictamina que Ud. es culpable y la condena se aplicara de la siguiente forma…
-Oiga, ¿A que estamos jugando?- Ya no soporto más esta burla, necesito salir de aquí. No puedo más-
-¡Cállese!, Como le decía antes, Ud. será condenado por cada una de las muertes que ordenó o ejecutó por su propia mano. Para eso vamos a conectarle unos cables en el cuerpo, los cuales van a aun aparato especial que mostrara en una pantalla grande los efectos que ira ocasionando la sustancia mortal en cada parte de su cuerpo, también se le estimularan algunas partes del cerebro para que sienta la angustia que sintieron las personas que usted victimó. Le advierto que le dolerá mucho. Si llega a acostumbrarse al dolor y por un momento deja de sentir entonces tendremos que aplicar el apartado CEC 12534 que se refiere a la congelación eterna o abandono por falta de medios de sustento.
-Esto es una estupidez, déjenme ir, me niego a seguir con esta pantomima y remedo de juicio. Son todos unos mentirosos.
No sé cuánto tiempo ha pasado, estoy recostado en una cama y mis pies y brazos se encuentran sujetos por brazaletes de un metal gris rojizo. En la cabeza tengo una especie de casco, me han colocado un circuito, ellos le dicen microchip, llevo puestas unas gafas y frente a mi hay una enorme pantalla. Me veo reflejado en un espejo convexo y, aunque la imagen esta distorsionada, veo que estoy rejuvenecido, tengo la apariencia de un hombre muy joven. Se acerca un doctor y me dice que me va aplicar la primera dosis.
Primero siento solo el piquete, pero luego la sensación de dolor me invade los músculos, es como si me hubieran vertido metal liquido, ah, es muy doloroso, veo en la pantalla como se me revientan los tejidos, hay derrames. Lo peor de todo es el pavor, no, no, no quiero morir, ¡no!
Me ha dicho la enfermera que perdí rápidamente la vida y que se me ha matado tres veces, que mi organismo no es lo suficientemente resistente para completar un ciclo de diez muertes, que se me trasladará de nuevo a la lata, es decir, al contenedor.
Ahora estoy de nuevo como al principio, la única diferencia es que sé que me han dejado aquí abandonado, al parecer estoy consciente y me han activado las neuronas para que piense, ¿A dónde me llevará todo esto? ¿Qué pasará si me dejan así un año o diez? ¿No creen que es injusto? Por más cruel que se haya sido en vida, nadie se merece un infierno como este. Están violando mis derechos, esto es un crimen. Me voy a volver loco, pónganme algo, ! lo que sea! ¡Denme un sueño, por favor! ¡Háblenme! ¡No, no me dejen aquí! ¡Respondan! !Respondan! ¡Respondan!

Juan Cristobal Espinosa Hudtler






domingo, 16 de febrero de 2014

El nuevo Dios tecnología




Nací el siglo pasado, eran tiempos revolucionarios, la gente sentía el cambio y los jóvenes abogaban por el amor y la paz, había pasado la guerra de Vietnam, la historia había impartido su lección y la humanidad necesitaba solo amor, al menos eso pregonaban los Beatles con su canción. Nos sentíamos con empuje y energía para transformarlo todo. Se veía a la gente con su peinado afro y sus camisas estampadas y vestidos sicodélicos, las plataformas de los zapatos dejaban mudos a los viejos y cojos a los descuidados. Los tocadiscos y los acetatos singles y LP  se vendían como pan caliente y por la tele muchos cantábamos con Michel Jackson la canción de Ben (la rata asesina) y  llorábamos de nostalgia y alegría al recordar los pasajes del film. Los sábados mi padre nos llevaba a mi hermano  y a mí a un mercadillo y siempre nos anegaban la inquietud y la ilusión de poder chacharear en los puestos de cosas usadas donde adquiríamos, a veces violando la prohibición de nuestro padre, discos y libros usados muy baratos. Éramos realmente felices y teníamos muchísimo tiempo para comunicarnos con nuestros  amigos, pasábamos horas y horas con nuestros primos hablando de los cómics, los programas de la televisión y de las cosas de la escuela. Después, en la adolescencia, discutíamos sobre la filosofía moderna, y de Freud, y de Erich Fromm, y de otros pensadores importantes. Cuando apareció la tele de colores mi padre se quedó impresionado, puesto que había leído un libro de Alvin Toffler sobre el shock que podría tener la gente en el futuro, creía que la tele era el principio de esa catástrofe, intuía  que ese escritor futurista era una especie de mesías o Nostradamus  que nos prevenía con su sermón de lo que ocurriría después. Según ese vidente predictor, el hombre sufriría un fuerte impacto al adaptarse al devenir pero lo que todos ignorábamos  entonces, era que se estaba gestando un nuevo universo o que estábamos atravesando hacía una nueva dimensión desconocida, el temor al no adaptarse al futuro era minúsculo en comparación con lo que nos deparaba. Surgió así, de pronto, como el Big Bang pero teológico en dónde el Dios antiguo que se comunicaba con nosotros por medios rutinarios y su información llegaba cada milenio o con escritos como la Biblia o la Divina Comedia u otros, se transformó y creó una cosa llamada adelanto tecnológico, una nueva tierra con Adanes y Evas conectados a aparatos electrónicos, que fueron primero alámbricos, después inalámbricos y, por último, heliográficos. El primer hereje que surgió fue un carpintero que hacía ventanas virtuales y luego un falso Mesías vendedor de manzanas del árbol del pecado que envolvió a todos con la belleza de sus frutos. Ahora el Dios T podía controlar mejor a su creación, era suficiente darles una nueva forma de esparcimiento y lograba controlar a media humanidad. Había solo un problema, el de la maldad, el de los demonios. Surgió uno, no tan peligroso pero muy amenazador que  abrió su libro virtual de confesiones al que se hizo todo mundo adicto con un perfil y un espacio público o privado para revelar y compartir su vida. Cambiaron los diez mandamientos, el concepto de pecado, el del matrimonio, la familia, la moral, la justicia y el mismo paraíso se hizo posible en la tierra. La vida real se acortó pero la virtual se eternizó, ya nadie se preocupaba por descubrir el espíritu humano, para qué si nuestro nuevo Dios T nos había embelesado con el amor virtual, el sexo virtual, la resurrección es posible a través de la virtualidad. Lo realmente pecaminoso e insoportable de la vida era no poseer los medios para comunicarse con el Dios T, sino el no poder gozar a tiempo del último modelo virtual para conectarse al paraíso.

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler






sábado, 15 de febrero de 2014

Cuentos I

Queridos amigos,
si les han gustado los cuentos del mes de febrero de este modesto blog, les propongo que los descarguen pinchando en el enlace que aparece más adelante.
Les agradecería mucho su opinión, critica y apoyo para seguir soñando con la fantasía de la creación literaria.
Gracias.


Cuento I.rar

http://booktype-demo.sourcefabric.org/narraciones-cortas/_draft/_v/1.0/static/Narraciones%20cortas_1.pdf


viernes, 14 de febrero de 2014

El Rudo Mc Pérez


Marco Antonio Pérez era un chicano descendiente de una familia de hacendados en la ciudad de San Diego en el estado de California. Como todo macho de origen mexicano tenía un carácter fuerte y la sangre le hervía con facilidad, por eso desde pequeño llamó mucho la atención por sus riñas y broncas. Era suficiente que alguien le llamara “Fucking Pocho” para que sus puños se tornaran en rocas y, a la menor oportunidad, tumbara al imprudente que pronunciara esas palabras de un impacto sordo y seco. Tenía tanto carácter que los niños de tres o cuatro años mayores que él, le tenían pavor. Es que golpeaba con los puños bien apretados, además tenía  una puntería y rapidez para acertar en la nariz, el mentón o el hígado que  los contrincantes que se le ponían “al tiro” se le derrumbaban en un dos por tres. Lo peor de todo era que ni siquiera se daban cuenta del momento en que recibían el golpe. Otra de las cualidades que tenía Marquito, que era como le llamaban en su casa, salió a relucir un día que uno de los chamacos más traviesos del barrio lo cogió desprevenido y le propinó una golpiza que no hubiera soportado ni un hombre ya hecho. El chaval alevoso se llamaba Mauricio y era tres años mayor que el pequeñito Marco Antonio. Para derribarlo, el malilla, le asestó por la espalda un tremendo puñetazo directo a la nuca, Marco cayó al piso y se levantó como si fuera un resorte, se puso en guardia y, un poco atontado y desconcertado, recibió un recto a la nariz, un uppercut  en la barbilla  y un swing en la cabeza, pero no se inmutó ni se rindió. Sangrando a chisguetes por las fosas nasales y la boca, miraba fijamente a su agresor que lo superaba en alcance y estatura por unos 15 centímetros. Así, el Rudito Mc Pérez, como comenzaron a llamarle desde aquel fatídico día, se fue acercando al “Mañoso”, que era el apodo de Mauricio, y le tiro con todas sus fuerzas un golpe en el mentón que casi lo derriba.  Luego, por arte de magia, disparó el puño  izquierdo al estómago del que ya no era un contrincante sino un costal de arena flácido, sin guardia y con las piernas tambaleantes como fideos. Se oyó un fuerte resoplido, primero, y luego un impacto contra la tierra de la placita donde se habían reunido los partidarios de Mauricio para celebrar el triunfo que les había prometido el cabecilla. Mas, los que al principio habían vitoreado a su púgil, ahora permanecían  en silencio con los ojos desorbitados e incrédulos. Al ver que Mauricio tardaría algún tiempo en recuperarse, Marquito le escupió en la cara y se marcho vociferando y limpiándose la sangre con el dorso de la mano. Después de ese percance todos sabían que el diminuto Mc Pérez no solo pegaba como patada de mula, sino que resistía los ataques como un toro.
Pasó el tiempo y por los gimnasios del barrio, y luego los de todo el estado de California, corrió la sangre en riachuelos los gimnasios y arenas por donde pasaba el joven Pérez que a los dieciocho años se había convertido en un atleta carnicero e inmisericorde. En pocos años ya tenía en su cuenta los campeonatos del ayuntamiento donde había nacido, el campeonato de pesos ligeros del estado de  California y el primer lugar de las eliminatorias para participar en los Juegos Olímpicos.
Cuando derrotó al Pelirrojo Floyd Moore, que era el boxeador más prometedor de todos los EEUU para representar la categoría de los pesos wélter en las próximas olimpiadas, todos los entrenadores y promotores del boxeo pusieron el ojo en el correoso e invencible Rudo Mc Pérez. La participación que tuvo El Rudito en las Olimpiadas fue devastadora. Derrotó a todos sus contrincantes por nocaut  en el primero o segundo round. El medallista de oro volvió  envuelto por la gloriosa aureola que le había dado su excelente participación deportiva. Daba entrevistas en inglés y renegaba contra el país vecino cuando le preguntaban por el origen de su apellido. Su familia estaba feliz y orgullosa de él. Su padre, que se dedicaba a la venta de pollos rostizados, decidió ampliar su comercio pidiendo un préstamo al banco. El día de la inauguración de la nueva sala del restaurante familiar se develó una placa de bronce con el nombre de Marco Antonio Pérez García “El Rudito Mc Pérez”- Campeón de Boxeo. La decoración del local contenía una colección muy buena de las fotos del exitoso púgil, y haciendo un recorrido desde la puerta de entrada hasta el amplio salón de fiestas, que era el lugar más amplio y lujoso del establecimiento, se podía ver toda la trayectoria boxística de Marco Antonio. Su padre decía que el puro nombre que le habían puesto al hijo menor de una familia numerosa ya olía a fama, que Marquito había traído al nacer la fortuna debajo del brazo. El lugar estaba a reventar y todos los presentes se morían de ganas por celebrar y comer a costillas del nuevo rico, pero tuvieron que esperar a que se descubriera el mural que se había pintado en honor del campeón olímpico. Un artista callejero de gran talento había cogido una foto del periódico, donde aparecía el Rudito, y le propuso al pollero plasmar en un muro el momento de la gloria de su hijo recibiendo su medalla olímpica dorada. El resultado fue un fresco al estilo callejero pero con sorprendente equilibrio y gusto, incluso alguien se atrevió a decir que habían copiado la geometría de un mural de David Alfaro Siqueiros, lo cual hizo que se marcara una gran sonrisa de satisfacción en la cara de Fernando Pérez  Aguilar y su esposa Laurita dueños del local y progenitores del campeón.
Pasaron los meses y los triunfos vinieron uno tras otro, no había boxeador extranjero o americano que pudiera impedir el imponente paso que llevaba el Rudo Mc Pe, como empezaron a llamarlo lo promotores, hacia el campeonato mundial de los pesos wélter. El nuevo entrenador de Marco Antonio, Ángel Dantés, estaba empeñado en que dejara de ser un matarife estático capaz de matar un buey a golpes, para transformarse en un esgrimista-bailarín de la clase de Sugar Ray Leonard o el mismísimo Cassius Clay. Al principio Mc Pe se negó rotundamente a bailar y desplazarse sobre las puntillas de los pies. Las primeras veces interpretaba los saltitos y alternancia de las piernas como una cosa ridícula y lo interpretaba como una mariconada, pero poco a poco se fue desentumiendo, sus piernas y cadera adquirieron más soltura y agilidad. Un día sintió de pronto la aceptación del público que ahora no esperaba que le destrozaran la cara antes de que derribara a sus rivales, sino la demostración del boxeo defensivo y el ataque, además de los potentes impactos que hacían desplomarse como tablas a los contrincantes. Se comenzaron a publicar artículos sobre el nuevo representante del boxeo americano, se le nominó para boxeador de la década y para eso se incluyó en una famosa revista de boxeo toda su trayectoria pugilística.
Una ocasión, saliendo de su casa de dio de narices con una vecinita que el siempre había recordado por su sonrisa de ángel. Se llamaba Jane Díaz y tendría, según su cálculo, unos diecisiete años. Antonio era un hombre de pocas palabras y nunca había tratado con mujeres, por eso se estremeció cuando vio a tan solo un metro de distancia a una joven rubia de ojos verdes, con  un cuerpo tan atractivo que hubiera dejado impávido al más atrevido de los hombres. Bajó la mirada y quiso pasar de largo pero ella lo detuvo y le preguntó que si él era El Rudo Mc Pérez, el contestó que sí, ella le dijo que lo admiraba mucho y que pensaba que pronto sería el campeón de todas las asociaciones de boxeo. Él se sonrojó y sacó fuerzas de lo más hondo de su ser para decirle tartamudeando que sería campeón del mundo, sólo si ella, aceptaba casarse con él. Ella lo besó.
Un mes después se celebró la boda con aspaviento y lujo en uno de los más caros restaurantes de San Diego. Asistieron grandes personalidades del mundo de la farándula y el deporte. Se echó la casa por la ventana y todos los periódicos publicaron en la primera plana de la sección de sociales el gran acontecimiento. En las fotografías aparecía la pareja sonriente y feliz.
Para cumplir la promesa que le había hecho a su esposa, pues era un hombre de palabra, Marco se puso a entrenar como nunca y le pidió a su promotor que formalizara lo que ya era inevitable: el encuentro con el Súper Monarca de todos los cinturones de todas las organizaciones de boxeo habidas y por haber.
Cuando llegó el día de la pelea, Marco Antonio salió de los vestidores hacia el ring, pero antes de subirse al cuadrilátero, fue a darle un beso a su amada esposa y le dijo murmurando -“El cinturón me lo pones tú”-, y fue verdad, porque no pasó ni un cuarto de hora de riña cuando fue necesario llevarse al ex campeón al hospital y declarar al Rudo Mc Pe soberano invencible y dueño de todos los fajines del peso wélter. Jane, haciendo lujo de su gran atractivo y de una hermosa sonrisa de felicidad, le puso el cinturón a su cónyuge tal y como se lo había pedido.
En un pueblito mexicano de las montañas de la Sierra Madre Occidental de nombre Aguaje, como la fruta que crece en regiones tropicales y húmedas,  había también un boxeador que pronto se cruzaría en el camino de Marco Antonio. Mientras el monarca disfrutaba de la fama, la admiración y el cariño de los americanos, Chava Valdés, que era como se le conocía al gladiador mexicano, corría por las cuestas y pendientes de las montañas para luego dedicarse más de dos horas a cortar leños y transportar cargas pesadas sobre su espalda.
Salvador Valdés Chávez entrenaba en un pequeño gimnasio de su pequeño pueblo chihuahueño y un día se lo llevaron para disputar el campeonato nacional y lo ganó. Luego, se fue a disputar el puesto de retador oficial del campeón de la Asociación Mundial de Boxeo (WAB) y de la Asociación Internacional de Boxeo (IFB). Tuvo que enfrentarse al invencible, hasta ese momento, Steve Cazamayó originario de Puerto Rico. En un encarnizado combate, Salva  ganó por decisión dividida de los jueces con la mínima diferencia de un punto y se convirtió de la noche a la mañana en el aspirante oficial al título mundial supremo.
El encuentro entre  Rudo Mc Pe y Cara de Piedra Valdés se fijó para el 16 de septiembre, y fue tal vez un error o tal vez un presagio, porque Salvita Valdés iría preparado como nunca y con hambrienta sed de victoria. Triunfo o muerte, era su consigna.
Llegó el momento tan esperado y decisivo, en el Madison Square Garden había dieciocho mil almas expectantes esperando el inicio de la riña. Tocaron el himno nacional mexicano interpretado por un grupo de mariachis y un charro adorado en todo el Mundo, que se había ofrecido para cantar gratis porque sabía que si él iba a decirle a “Cara de Piedra” que todo México estaba con él, entonces el ídolo mexicano ganaría por puro orgullo patriótico.  Luego, se ejecutó magistralmente el insigne y celebre himno de EE.UU que cantó una de las estrellas de color  más distinguidas de América del Norte.
El réferi llamó a los peleadores al centro del cuadrilátero para darles las instrucciones habituales, Marco no miró directamente hacía la cara de su retador, pero tampoco bajo la mirada, bien sabía que nunca se debe ver de frente al retador antes de comenzar la riña porque eso puede desorientar, engañar o crear falsos juicios, incluso lástima. Lo que vale es que le vas a dar una tunda al osado que se ha atrevido a medirse contigo, -se decía Mc pe a sí mismo-, eso lo sabían todos.

Salva estaba tranquilo e inmutable, su cara de guerrero azteca lo hacía parecer una estatua de bronce, además tenía una expresión del rostro férrea  e inexpresiva, quizá milenaria y oxidada por el viento de las montañas. Tenía  una cicatriz en el pómulo izquierdo que parecía una grieta, era la marca que le habían dejado unos enemigos después de haberle atacado con un machete cuando transportaba una carga de leña.
Sonó la campana y comenzó el primer asalto. El campeón salió disparado y dispuesto a terminar con su adversario, el cual comenzó a dar vueltas como cangrejo. Marco Antonio giraba, revoloteaba, recorría cientos de veces los rincones de la lona, y al mismo tiempo, iba soltando sus mortales golpes rectos, ganchos, jabs, uppercauts y volados, pero Chava no daba muestras de dolor, parecía que ni siquiera percibía los golpes que le propinaban. Al término de los primeros tres minutos Mc Pe solo recibió cuatro impactos, muy dolorosos claro, pero no era nada en comparación con lo que él le había recetado a la Piedra Valdés.
Fueron avanzando los asaltos y, poco a poco, al Rudo Marco le surgió la sensación de que tenía enfrente a un guerrero jaguar de la época del imperio Azteca, algo le dijo en el fondo que esa era también su esencia; que él había surgido de la misma tierra con las mismas cualidades de los minerales; que su carácter y su fuerza venían de los más profundo del maíz, los frijoles y el chile. De pronto tuvo miedo, sudó frío. Había comprendido que la vida le había puesto un reto que no podría superar porque mientras él cambiaba la lucha a muerte por el baile y la gimnasia, Salva había seguido luchando en la guerra. Valdés no había parado de combatir la adversidad, había seguido guerreando contra todo tipo de enemigos e invasores, en cambio el se había dormido en sus laureles. Gozaba de las comodidades y el reconocimiento que le daba la fama y una Nación de cuento de hadas que convertía a cualquier anuro en príncipe. Se reprochó el no haber parado a tiempo: el no haber despertado del paradisiaco sueño americano.
A la altura del octavo round, Cara de Piedra ya era un Jaguar armado de cuchillos de obsidiana, su cuerpo era de jade con tonos rojizos y en la cabeza llevaba un plumaje psicodélico que se balanceaba de forma hipnótica y cuando disparaba los golpes se oía el sonido de un cascabel. Marco Antonio se desmoronó en el noveno. Cayó y no se pudo levantar a la cuenta de diez, sus ojos estaban perdidos y veían como en una pesadilla que sobre el volaba la sombra de un águila que se disponía a devorarlo.

En la rosticería del señor Fernando Pérez García  imperaba el silencio, la gente se había quedado con el pollo masticado a medias en la boca, se miraban unos a otros con sorpresa, el televisor parecía haberse congelado y solo mostraba la imagen del cuerpo tendido del ex campeón. Una lágrima de plomo caliente recorrió la mejilla de la Señora Pérez, que no sabía si lamentaba más que su hijo estaba inconsciente en Las Vegas, o que habían perdido el titulo y honor de la familia. Todo mundo gritaba maldiciones contra el maldito mexicano que se había atrevido a llevarse el fajín de incrustaciones, joyas y escudos que avalaba la certificación de soberano de los pesos livianos del Mundo, a México. Entre tanto alarde, furia y lágrimas, un espalda mojada cansado y viejo, cuarteado por el trabajo de la pisca y la mala vida de brasero, sonreía con satisfacción y sus ojos mutilados por el sol de los campos miraban con ilusión un firmamento inexistente mientras sus labios repetían con un dulce y embriagante susurro “Se ha hecho justicia, se ha hecho justicia, Virgencita de Guadalupe”. 

Juan Cristóbal Espinosa Hudtler